Martes, 14 Junio 2022 05:25

Las señoras de la guerra

Escrito por Irene Zugasti
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Hillary Clinton, durante un encuentro del Partido Demócrata. Brett WeinsteinHillary Clinton, durante un encuentro del Partido Demócrata. Brett Weinstein

Hay mujeres que disputan el poder y el privilegio, las armas y las muertas, y el mapa de las relaciones internacionales de los últimos cincuenta años no se entendería sin Albright, Nuland o Clinton

 

La guerra no es sólo cosa de señores. Puede que la industria de las armas, los ejércitos profesionales, las milicias populares, o la diplomacia misma, sean la quintaesencia del poder patriarcal, donde siempre fuimos intrusas. Puede que el feminismo haya sido y sea, de hecho, el más valiente movimiento político organizado contra el conflicto armado y por la paz. Pero todas las guerras tienen señoras. Víctimas, heroínas, genocidas, titanas y tiranas. Y para quienes tenemos fascinación con las villanas, incluso desde la más profunda de las repulsiones, conviene nombrarlas y conocerlas, porque la guerra no se habría hecho sin ellas. Tampoco la de Ucrania.

“Que le jodan a la Unión Europea”. Esta frase de Victoria Nuland, filtrada en una llamada telefónica hecha en 2014 al embajador norteamericano en Kiev, resultó ser un preciso resumen geopolítico de la situación. Ella era en aquel tiempo portavoz del Departamento de Estado americano y responsable de la política exterior para asuntos europeos y euroasiáticos, y no podríamos empezar con mejor supervillana, pues sin Nuland es imposible comprender lo que ha pasado en Ucrania. Demócrata (del partido, se entiende), hija de judíos ucranianos en la diáspora y habilísima negociadora, su labor en Ucrania se recuerda por su decidido respaldo a las protestas de Euromaidán inmortalizado en un reparto de bocadillos a los activistas acampados en la plaza aquel invierno de 2013. Su trabajo fue clave para derrocar al entonces presidente prorruso, Yanukovich, y consolidar una narrativa democratizadora alrededor de las movilizaciones. Nuland cocinó el gobierno de Petro Poroshenko que emergería tras las protestas y dejó claro, en ese “fuck the EU”, el papel subalterno de Europa en esa crisis. Meses después estallaría la guerra en Donbass. Y hasta hoy.

Pero Ucrania no ha sido la única obra inacabada de Nuland, que cuenta en su haber con otros cuantos países que se han ido al carajo, o, como se dice ahora, Estados fallidos. Como representante permanente de EE.UU. en la OTAN bajo el gobierno de Bush hijo, Nuland lideró las intervenciones en Afganistán, y como embajadora americana en Rusia en los años decisivos de Yeltsin –del 91 al 93– disfrutó en primera fila del colapso soviético y sus consecuencias. Su marido es el neocon Robert Kagan, cuyas teorías sobre el destino manifiesto de Estados Unidos son la fantasía húmeda que une a rednecks, incels pajilleros, “wasps” de universidad privada, Mel Gibson o Aznar. “He is my Mars, he is my Venus, he is my planet Earth”, ha dicho de su pareja. Se enamoraron, confesó, “hablando de democracia y del rol de América en el mundo”. Siniestro, sí. Pero no estamos aquí para hablar de maridos. Sí convendría recordar que nuestra supervillana Nuland ha tenido mucho que ver en el posicionamiento internacional de las principales empresas productoras de armamentos de su país, como General Dynamics o Northrop Grumman, con las que no en vano comparte y celebra la quimera del empoderamiento y liderazgo femenino: de hecho, cuatro de las cinco principales industrias armamentísticas americanas tienen CEOs mujeres, lobistas clave en los pasillos de Washington. No sé si será su blanquitud inmaculada, sus medias melenas calculadamente cardadas, esos pendientes –ni demasiado ostentosos, ni demasiado discretos– o esa pose de seguir sonriendo para el anuario de la Universidad, pero hay en todas ellas un elemento común, un escalofriante privilegio que se asoma en esa sonrisa, y que hace que a una se le agote el stock de sororidad.

Ni siquiera hay que cambiar de pasillos para reconocer aquí a otra dama de todas las batallas que bien merece mención: la recientemente fallecida Madeleine Albright, también demócrata y secretaria de Estado con Bill Clinton. Albright –en realidad, Korbèlova– provenía de una familia checa de altos funcionarios que huyó dos veces de Praga, primero de los nazis, y de nuevo tras la llegada al poder de los comunistas en 1948, aunque, metafóricamente, nunca salió de allí. Por eso su tesis fue sobre la Primavera de Praga y su ejercicio diplomático se centró, siempre, en mantener a raya todo lo que estuviera al este de su casa. Su visión supremacista de Estados Unidos y su obsesión rusófoba se comprenden leyendo Prague Winter, su autobiografía, que no tiene desperdicio, como todas las memorias de los políticos boomer en las que intentan, casi siempre sin éxito, justificar sus actos. Albright estaba firmemente convencida de que “los Estados Unidos se erguían más alto que cualquier otra nación, y, por tanto, podían mirar más lejos”. Y rescato otra frase reveladora de sus libros: “Dos veces en mi vida he visto a Europa central perder su libertad y recuperarla. Esto es motivo de celebración, pero también de alarma: el trabajo de la OTAN no ha hecho más que empezar”. Como máxima responsable de la diplomacia estadounidense de 1997 a 2000, bajo su mandato se produjo el bombardeo de la OTAN de Yugoslavia (¡hola, Solana!), y también tuvo alguna frase desafortunada sobre los serbios que le valió un beef de la época con Emir Kusturica, que llegó a llamarla “vaca” (muy mal ahí, Emir). Pero no todo era diplomacia: Albright tuvo tiempo para hacer cameos en series como Gilmore Girls y en Parks and Recreation, porque cuando se es tan mala, hacer de una misma debe ser divertidísimo. Que se lo digan al casting español de Master Chef.

Se la recuerda también por tener algún que otro patinazo de sinceridad, como cuando, entrevistada en 1996 por la periodista Lesley Stahl en el programa “60 minutos” de la cadena CBS, se le preguntó por el medio millón de niños muertos en Irak. “Esta es una elección muy difícil, pero creemos que el precio vale la pena. Pragmatismo, sin duda, no le faltaba. Una de las frases de Albright que ha pasado a la posteridad es que “hay un lugar en el infierno para las mujeres que no ayudan a otras mujeres”. Convertida hoy en cita comodín para usar en cualquier reunión de CEOs y directivas de alto copete, Albright la utilizó en realidad para mostrar su apoyo a Hillary Clinton en las primarias demócratas contra Bernie Sanders. El objetivo, entonces, era interpelar al electorado joven y feminista que apoyaba a Sanders, con la sutil amenaza de arder en el infierno por poco sororas e insolidarias si lo hacían. Podría deseársele que descanse en paz, pero el chiste se hace solo. Como ella ha llegado primero –al infierno, digo– nos quedaremos sin comprobarlo.

¿Alguien ha dicho Clinton? Demasiados años perdidos fijándonos en el flojo de Bill cuando “the one and only” siempre fue ella, Hillary. La eterna esperanza demócrata comenzó militando como republicana, aunque visto lo visto, no parece mediar demasiada diferencia. Clinton fue pionera en el “mujerismo”, es decir, en la defensa de los derechos de las mujeres blancas, decentes y heterosexuales en nombre de la democracia y los Derechos Humanos. Hay que reconocerle, de hecho, una gran habilidad para manejar las agendas de la igualdad de género y de la diversidad, desde su aparición en aquella histórica cumbre de ONU Mujeres en Pekín 1995 a sus fotos con las Pussy Riot. Aplaudida en Belfast, adorada en Kosovo, tiene sin embargo en su cuenta, como recuerda Olga Rodríguez en este esclarecedor artículo, unas cuantas guerras, y de hecho, como secretaria de Estado, Clinton cerró la mayor exportación de armas de la historia de EE.UU., al menos hasta hoy, con la guerra ruso-ucraniana batiendo todos los récords. Junto a otras prime ladies, Cherie Blair y Laura Bush, Hilllary Clinton lideró un profuso trabajo diplomático tras el 11-S para justificar la invasión a Afganistán como una cuestión de derechos de las mujeres, a las que había que liberar del velo y del yugo del régimen talibán, otrora sus aliados “freedom fighters”. Debe de haber un lugar en el infierno para las mujeres que no ayudan a otras mujeres, ¿no?

En una carta dirigida a su pastor juvenil, se describió a sí misma como “conservadora de mente y liberal de corazón”. Eran los años sesenta, y ella no quería fumar porros en Woodstock ni parar Vietnam, sino cambiar el sistema desde dentro. No sé, permítanme, de nuevo, la sospecha, porque si una piensa así siendo adolescente en la década más salvaje del siglo XX, no sé qué puede esperarse de ella a estas alturas del XXI. Aunque, bueno, aquí hay quien se afilia a las Juventudes Socialistas y a las Nuevas Generaciones.

Sería injusto hablar solo de norteamericanas cuando la guerra se libra en Ucrania y la invasión la llevó a cabo Rusia. Las mujeres del poder y la guerra del este de Europa, poco amigas del feminismo occidental, han construido su propio relato de liderazgo y dominación en femenino, y es fascinante. Piensen, por ejemplo, en Yulía Tymoshenko, princesa del gas y la corrupción y superviviente de todas las quemas de la Rada ucraniana; o en Elvira Nabiúllina, la banquera más importante de Rusia y cerebro detrás del baile de rublos. O en Ksenia Sobchak, la presentadora de TV que disputó las elecciones generales a Putin, hoy exiliada en Turquía; o Valentina Matviyenko, eterna presidenta de la Cámara Alta rusa, que acaba de poner firmes a Suecia y Finlandia a causa de su futura anexión a la OTAN. La esposa de Zelensky, Olena Zelenska, comienza también, por méritos propios, a ser una señora de la guerra, muy elegante, además, porque a ver quién gestiona vivir bajo el asedio y ser a la vez portada de Vogue. En el plano militar hay mujeres combatientes que merecen, sin duda, que se cuente su historia, porque reflejan el absurdo de la guerra y sus lógicas: Nadezhda Sávchenko, veterana piloto ucraniana, fue prisionera de guerra rusa, heroína nacional a su vuelta en Kiev en 2018 y, meses después, detenida por querer, presuntamente, atentar contra su propio gobierno. Un drama con paralelismos con el de Svetlana Druyk, la comandante de las milicias de Donbass que pasó de protagonizar cine bélico a pedir asilo político en Ucrania, con un amante-espía incluido. Pero eso merece, sin duda, otro artículo.

En la guerra, donde a las mujeres se nos condena a existir en el pack “mujeresyniños”, hemos aprendido que hay otras muchas formas de estar y ser, de huir y de sobrevivir, o de oponerse a las guerras, pero también, de vivir de ellas. Hay mujeres que disputan el poder y el privilegio, las armas y las muertas, y el mapa de las relaciones internacionales de los últimos cincuenta años no se entendería sin Albright, Nuland o Clinton, como tampoco, sin ellas, podría entenderse la feminización de la política y lo que podemos esperar de ella. Y si cupiese alguna duda, “follow the money”. Aunque en la RAE no haya un sustantivo femenino para las hembras de los halcones.

Y hablando de antagonistas, no olvidemos que aquí, en las trincheras domésticas, las del Manzanares o las de Guadalquivir, también tenemos villanas de andar por casa, que son señoras de sus guerras. Y de las nuestras.

Por Irene Zugasti 13/06/2022

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  • Autor:Irene Zugasti
  • Fuente:Público
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