Fuentes: Rebelión [Imagen: HispanTV]

“…No se olviden

De la rosa de la rosa

De la rosa de Hiroshima

La rosa hereditaria

La rosa radioactiva

Estúpida e inválida

La rosa con cirrosis

La anti-rosa atómica

Sin color sin perfume

Sin rosa sin nada”.

(Vinícius de Moraes)

Hace pocos meses del 76° aniversario del bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, por parte de EEUU, las perspectivas del uso de armas nucleares siguen siendo tan peligrosas como en cualquier otro momento desde el apogeo de la Guerra Fría, como lo ha señalado la propia Secretaria General Adjunta y Alta Representante para Asuntos de Desarme de la ONU, Izumi Nakamitsu.

La argumentación central para la defensa del mantenimiento de armas nucleares, muchas veces, es la posibilidad de “disuasión”. Sin embargo, la legitimidad de esa estratégia queda tenuemente sostenida bajo la confianza de que los Estados actúan con base en correlaciones honestas en un mundo cada vez más transfigurado a consecuencia de las fake news. 

De este modo, la posibilidad de aniquilamiento de otras naciones o del propio planeta puede originarse de una operación de falsa bandera o, incluso, de una acción criminal de secuestro de informaciones y manipulación del sistema. Sobre esta última conjetura, recordemos el “terrorismo nuclear” perpetrado por Israel contra Irán, el semestre pasado,   divulgado por la propia radio pública de Israel (Kan) como siendo un ciberataque de autoría del Mossad.

El referido acto terrorista generó un corte de energía eléctrica en la planta de enriquecimiento de uranio del país persa, causando el cierre de instalaciones enteras de esta industria nuclear, que tiene fines pacíficos, ubicada en un país signatario del Tratado de No-Proliferación de Armas Nucleares (TNP) y que es vigilado por inspectores de las Naciones Unidas, al contrario del atacante. Israel, además de nunca haber firmado el TNP, es poseedor de un arsenal nuclear no declarado y sin el monitoreo de ningún organismo internacional. 

Este año, fotos satelitales analizadas por The Associated Press (AP), revelaron el mayor proyecto de instalación nuclear israelí, en décadas. En las cercanías del Centro de Investigación Nuclear Shimon Peres, fue detectada una instalación con varios laboratorios subterráneos que actúan en la obtención de plutonio destinado al programa de bombas nucleares israelíes, como lo ha denunciado la AP. 

Todo eso, bajo el control estricto solamente del país que más ha boicoteado y saboteado los acuerdos internacionales de promoción de la paz, además de impulsar sistemáticas masacres al pueblo palestino y ser complice directa o indirectamente de persecusiones y asesinatos políticos en otras partes del mundo, y como que por milagros más asombrosos que los del antiguo testamento, caen en el total olvido, y consecuente impunidad. 

Asimismo, Israel cuenta con EEUU como su principal aliado, el único país que ha lanzado bombas atómicas contra otras naciones, y que ha abandonado el Tratado de Cielos Abiertos, el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio, y el Acuerdo con Irán, que han sido estratégicos para el control del armamento nuclear. 

Hace poco fue realizada, en Escocia, la Conferencia de Glasgow y las repercusiones de la ruptura del Tratado de París, por parte del gobierno de Trump, siguen evidenciadas pese a que el actual presidente Biden se pronunció favorable al acuerdo climático. Muchos analistas se refirieron a la cumbre como vaciada de densidad política y de acciones multilaterales unificadas.

Aunque innumerables veces este vínculo es subestimado o a propósito invisibilizado, hay una relación intrínseca entre la crisis climática y la militarización, sobretodo cuando hablamos de armas nucleares y el impacto humano y ecológico que ellas implican; no sólo cuando son disparadas contra otros pueblos, pero también en su proceso de elaboración, ensayos, bien como los desechos de residuos tóxicos que expelen. Todo eso, sin hablar del enorme desvío de recursos económicos que son destinados a esa industria de destrucción masiva en detrimento de inversión en la calidad de vida de los diversos seres y ecosistemas del planeta. 

La organización internacional Pax Christi, ha dicho con razón que “las armas nucleares y el cambio climático son dos de las mayores amenazas que enfrenta el mundo” y que “el cambio climático amenaza a todas las vidas y responder a él implica desviar las prioridades y los recursos de las fuerzas armadas y la guerra, hacia una paz justa y sostenible”.

Por otro lado, hay una confusión retórica muy, convenientemente, difundida principalmente por las potencias nucleares, y esta se refiere a la seguridad climática en una asociación alevosa con seguridad militarizada, como lo ha señalado en distintas ocasiones el Transnational Institute (TNI). 

En nombre del estatus de superpotencia que las armas nucleares confieren en el tablero mundial, representantes de esos Estados abogan una interpretación militarista donde la amenaza climática queda arbitrariamente designada conforme a las actividades humanas que puedan herir los privilegios de su establishment y no propiamente el tejido comunitario-ambiental. 

No por casualidad, una estratega del Departamento de Defensa de Estados Unidos, citado por el TNI, refiere, sobre la seguridad climática, que se puede prever “una era de conflicto persistente… un entorno de seguridad mucho más ambiguo e impredecible que el que se enfrentó durante la Guerra Fría”. 

A partir de esas inquietudes y llevando en consideración que, en el año 2022, se realizará la primera reunión del Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, el cual todos los Estados debieran firmar, y la Conferencia de Revisión de las partes del Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares (TNP), hace falta un mayor compromiso multilateral en poner estos temas en la arena del debate público, y quitarle esa aureola oscurantista de que su contenido debe estar restringido a los pasillos de determinadas cumbres o departamentos de defensa. 

Mientras no nos posicionarnos, organizaciones delincuentes, anacrónicas y belicosas como la OTAN, seguirán disputando, literalmente con todas sus armas, ese espacio que dice respecto a toda la humanidad. El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha dicho que la seguridad y el clima son «dos caras de la misma moneda». Ya es bien conocido cuanto cuesta caro la moneda de esta Alianza, el cambio siempre resulta en enormes pérdidas de vidas humanas y depredación territorial. 

Esa opacidad de datos y discusiones acerca de la industria del armamento nuclear y su modus operandi, a la espalda de la opinión pública, favorece su impacto exponencial en el cambio climático. Cuanto más nos movilizamos, aunque con acciones que representan un grano de mostaza frente a un “little boy” (nombre de la bomba atómica lanzada contra Hiroshima), más demostramos nuestra opción por la primavera de la coexistencia pacífica entre los pueblos. Y, en esa primavera, ninguna anti-rosa atómica será bienvenida.

Por Olga Pinheiro | 01/12/2021

Olga Pinheiro es parte de la Revista El Derecho de Vivir en Paz

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El Premio Nobel de Física, "espaldarazo" al estudio de los sistemas complejos: expertos de la UNAM

El Premio Nobel de Física 2021 otorgado al científico japonés Syukuro Manabe, al alemán Klaus Hasselmann y al italiano Giorgio Parisi, muestra que ya existe un consenso mundial acerca de la importancia de la ciencia detrás del calentamiento global, además de que es un "espaldarazo" muy relevante para todo el campo de sistemas complejos, afirmaron investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Los especialistas, integrantes del Departamento de Sistemas Complejos del Instituto de Física, ofrecieron una conferencia a distancia. Gerardo García Naumis expuso que a pesar de que hay políticos y personas como Donald Trump, ex presidente de Estados Unidos, que opinan que no existe el calentamiento global debido a sus causas humanas, el Comité del Nobel consideró que hay un consenso mundial entre científicos para reconocer su existencia.

"Ahí están los resultados científicos, ahí están las predicciones", destacó García Naumis. Al mismo tiempo, insistió en que, pese a ello, "parece que la gente que toma las decisiones no lo comprende". Indicó que los efectos del calentamiento global ya se están observando y, aunque es necesario que se tome "muy serio esto a nivel político y económico", a veces se anteponen otras prioridades.

Además, sostuvo, lo anterior se relaciona con una crisis energética. "Al mismo tiempo, vemos que, por un lado tenemos la paradoja de que los combustibles fósiles son no renovables y, por el otro, emitimos todas estas concentraciones de gases invernadero mediante ellos".

Los especialistas García Naumis, Denis Pierre Boyer y José Luis Mateos Trigos resaltaron que en México hay grupos muy relevantes que trabajan en las áreas que se reconocieron con el Premio Nobel de Física, como el Departamento de Sistemas Complejos, " un parteaguas y uno de los pioneros" a escala nacional e internacional, el Centro de las Ciencias de la Complejidad y el Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM.

Al respecto, Mateos Trigos señaló que si bien esa casa de estudios "va por buen camino", es importante "tener más apoyo para este gran campo que tiene que ver no sólo con el clima, sino con la salud, las pandemias".

El Premio Nobel de Física 2021 se otorgó a Syukuro Manabe y Klaus Hasselmann por el modelado físico del clima que permite predecir de forma confiable el calentamiento global, y a Giorgio Parisi por descubrir la interacción del caos y las fluctuaciones en los sistemas físicos.

 

El IPCC advierte de que el capitalismo es insostenible

Segunda filtración exclusiva de CTXT del Sexto Informe del panel de expertos de la ONU, en la que se señala que la única forma de evitar el colapso climático es apartarse de cualquier modelo basado en el crecimiento perpetuo

 

El segundo borrador del Grupo III del IPCC, el encargado de las propuestas de mitigación, afirma que hay que apartarse del capitalismo actual para no traspasar los límites planetarios. Confirma además lo que ya  se adelantó en el artículo publicado en CTXT el pasado 7 de agosto: “Las emisiones de gases de efecto invernadero (GHG) deben tocar techo en como mucho cuatro años”. El documento reconoce también que hay muy pocas posibilidades de seguir creciendo. 

Los científicos y periodistas firmantes hemos analizado una nueva parte del Sexto Informe, filtrada por la misma fuente: el colectivo de científicos Scientist Rebellion y Extinction Rebellion España. En este apartado se pueden ver claramente las divergencias existentes en la comunidad científica con respecto a las medidas necesarias para realizar una transición efectiva y justa. Entre las habituales posiciones más tímidas, por fortuna, empiezan a asomar demandas que hace no mucho habría sido impensable que aparecieran.

Antes de entrar en el análisis, es preciso un poco de contexto: en 1990, el Primer Informe del IPCC todavía recogía que “el aumento observado [en la temperatura] podría deberse en gran medida a la variabilidad natural”. Ese debate fue cerrándose en los siguientes informes. Pero si pervivía alguna duda, el análisis del Grupo I del Sexto Informe –ya oficial– ha despejado cualquier incertidumbre. Elimina así cualquier posibilidad de réplica por parte de un negacionismo climático, ampliamente regado de dinero por los que más tenían que perder: los lobbies de los combustibles fósiles. La primera pregunta para resolver un misterio suele ser el clásico Cui Bono (¿Quién se beneficia?).

El interrogante que subyace ahora guarda relación: ¿cómo hacemos para que la inevitable transición sea percibida como un beneficio y no como una renuncia? No hay otra posibilidad que renunciar al crecimiento indefinido, y el informe filtrado lo menciona. La transición ha de tener en cuenta las diferencias culturales e históricas de emisiones entre países, las diferencias entre el mundo rural y el urbano para no beneficiar a uno sobre otro, y sobre todo las tremendas y crecientes desigualdades económicas entre los cada vez más pobres y los cada vez más obscenamente ricos. O se atajan estas tres dicotomías, o la transición tendrá más enemigos que apoyos y se saboteará a sí misma. Textualmente el borrador dice: “Lecciones de la economía experimental muestran que la gente puede no aceptar medidas que se consideran injustas incluso si el coste de no aceptarlas es mayor”.

Aun siquiera logrando cambiar de rumbo, los científicos advierten: “Las transiciones no suelen ser suaves y graduales. Pueden ser repentinas y perturbadoras”. También señalan que “el ritmo de la transición puede verse obstaculizado por el bloqueo ejercido por el capital, las instituciones y las normas sociales existentes”, enfatizando la importancia de las inercias. Y sobre ellas añaden: “La centralidad de la energía fósil en el desarrollo económico de los últimos doscientos años plantea cuestiones obvias sobre la posibilidad de la descarbonización”.

Las políticas favorables a las empresas de combustibles fósiles han extraído la riqueza común –nuestro aire, bosques, tierra…– y la han puesto en manos de una pequeña minoría. Por tanto, las políticas verdes tienen que ser obligatoriamente redistributivas en una época en la que la desigualdad se está disparando. Una de las medidas propuestas para reducir la regresividad de los precios del carbono es la redistribución de los ingresos fiscales para favorecer a las rentas bajas y medias. Pero, como recuerda el antropólogo Jason Hickel: todo lo que no sea un tope a la extracción de combustibles fósiles, con objetivos anuales decrecientes que reduzcan la industria a cero, será solo lavarse las manos.

Y llegamos a uno de los párrafos definitorios del informe: “Algunos científicos subrayan que el cambio climático está causado por el desarrollo industrial, y más concretamente, por el carácter del desarrollo social y económico producido por la naturaleza de la sociedad capitalista, que, por tanto, consideran insostenible en última instancia”. Aunque muchos lo han dicho antes, no creemos haber leído jamás nada tan clarificador en el informe climático más importante del mundo, que añade: “Las emisiones actuales son incompatibles con el Acuerdo de París por lo que es absolutamente obligatorio reducirlas de una forma inmediata y contundente”. 

Diferentes escenarios de reducción de emisiones.

Estas metas, que implican un decrecimiento drástico de las emisiones  y, por tanto, a corto plazo también de la producción de energía y del uso de materiales, son imposibles de lograr con el modelo actual. Además, el Grupo III vincula la reducción de las emisiones con el cumplimiento de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, acordados en 2015 por los países miembros de Naciones Unidas para su cumplimiento en 2030. A pesar de las contradicciones existentes entre los 17 ODS, entre ellos encontramos objetivos incuestionables como la reducción de la desigualdad y la protección de la biodiversidad, entremezclados con uno más polémico, dentro del propio informe: promover el crecimiento económico sostenible.

En el IPCC es costumbre no esconder el debate científico, y si en 1990 este giraba aún sobre las causas del cambio climático, tras 30 infructuosos años, podemos observar que la discusión oscila ahora entre aquellas posiciones que aún creen que se puede seguir creciendo y reducir las emisiones al ritmo necesario, y quienes vemos esto como otro tipo de negacionismo, más sutil, pero que en el fondo beneficia y es defendido por los mismos que antaño cuestionaban el origen del calentamiento global.

El informe del IPCC asume que “los objetivos de mitigación y desarrollo no pueden alcanzarse mediante cambios incrementales”. Obcecarse en el crecimiento exige desarrollar enormemente tecnologías que puedan reducir las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, pero esas tecnologías de CCS (Captura y Secuestro de Carbono) no se están materializando como se preveía. 

Con los sumideros de carbono de los ecosistemas en claro declive y las retroalimentaciones climáticas que se están desencadenando –lo que lleva a la Tierra a sobrepasar varios puntos de no retorno, como reconoce ya una amplia mayoría, y de ahí a un estado más caliente e inestable–, la única forma conocida de evitar el colapso climático es apartarse del modelo de crecimiento perpetuo.

El informe destaca que en cooperación internacional se ha identificado una “hipocresía organizada” en la que los acuerdos y afirmaciones no concuerdan con las acciones, lo que supone una de las barreras más importantes para la mitigación.

El IPCC también apela a no olvidar las lecciones no puestas en práctica de la covid-19. Lecciones que deberían servir para no cometer los mismos errores con el cambio climático, ya que las analogías son claras y directas. Los costes de prevención y acciones preparativas son mínimos comparados con los costes de los impactos causados. Retrasar las medidas tendrá costes crecientes muy difíciles de asumir. 

De no actuar pronto los retos aumentarán de forma no lineal y con consecuencias imprevistas.

Vistas las cada vez más evidentes contradicciones del concepto de desarrollo sostenible, hablar de cualquier forma de desarrollo solo será posible si se deja de lado al PIB como medidor de riqueza, y se cambia a un modelo económico no tan basado en la competición. El único desarrollo sostenible es horizontal, no vertical. Es decir, reducir la desigualdad.

Es evidente que, o existe la percepción de que una gran mayoría nos ‘beneficiamos’, o no habrá solución. Por ello se ha de explicar bien la enorme magnitud del problema para que las medidas puedan ser comprendidas y ciertas renuncias puedan ser entendidas como beneficios, si tenemos en cuenta que la alternativa es cambiar la estabilidad climática para siempre y agravar los conflictos por los recursos. 

La competición ayudó a desarrollar la evolución de las especies, pero, tal y como demostró la genial microbióloga Lynn Margulis, es la cooperación la clave que explica los grandes saltos evolutivos. Ahora nos encontramos ante un precipicio dibujado por la intersección de las crisis ecológica y energética. Podemos tener vidas buenas con menos energía disponible (y a la vez tendremos menos carga laboral), pero el capitalismo no podrá sostenerse con menos energía sin finalizar su mutación a una especie de tecnofeudalismo. Solo si cooperamos, si entendemos que compartimos tantas cosas –entre ellas una atmósfera que no sabe qué es eso de las fronteras– podremos reaccionar y saltar lo suficiente como para evitar la caída. 

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22/08/2021

Pör,


Juan Bordera es periodista, guionista y activista en Extinction Rebellion España y en València en Transició.

Fernando Valladares es doctor en Ciencias Biológicas, profesor de investigación en el CSIC y Premio Jaume I de Protección del Medio Ambiente.

Antonio Turiel es doctor en Física Teórica, licenciado en Matemáticas, investigador científico en el CSIC y experto en energía. Es autor del reciente ensayo Petrocalipsis.

Ferran Puig Vilar es ingeniero superior de Telecomunicaciones, ha trabajado 30 años como periodista y está especializado en la crisis climática.

Fernando Prieto es doctor en Ecología y director del Observatorio de la Sostenibilidad.

Tim Hewlett es doctor en Astrofísica y miembro del colectivo Scientist Rebellion.

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El calentamiento global ha cambiado el eje de la Tierra, según un estudio

Desde la década de 1990, la pérdida de cientos de miles de millones de toneladas de hielo al año en los océanos ha provocado que los polos de nuestro planeta se muevan en nuevas direcciones.

 

El cambio climático es probablemente la causa de una alteración reciente en el eje de rotación de la Tierra, sugiere un nuevo estudio publicado en la revista Geophysical Research Letters.

El derretimiento de los glaciares en todo el mundo, como resultado del aumento de las temperaturas atmosféricas por la quema de combustibles fósiles, redistribuyó suficiente agua para hacer que la ubicación de los polos norte y sur se desplazara hacia el este desde mediados de la década de 1990.

Las posiciones de los polos no son fijas e invariables. La forma en la que el agua se mueve alrededor de la superficie del planeta es un factor que provoca que los dos polos se desvíen, según el estudio.

En el pasado, solo factores naturales como las corrientes oceánicas y la convección de rocas calientes en las profundidades de la Tierra contribuían a la posición de los polos. Sin embargo, la nueva investigación muestra que desde la década de 1990, la pérdida de cientos de miles de millones de toneladas de hielo al año en los océanos como resultado de la crisis climática ha provocado que los polos se muevan en nuevas direcciones.

"El derretimiento más rápido del hielo bajo el calentamiento global fue la causa más probable del cambio de dirección de la deriva polar en la década de 1990", afirmó el coautor del estudio, Shanshan Deng, del Instituto de Ciencias Geográficas e Investigación de Recursos Naturales de la Academia de Ciencias de China en un comunicado.

Desde los años 1980, la posición de los polos se ha movido unos cuatro metros de distancia. Los científicos encontraron que la dirección de la deriva polar cambió de sur a este en 1995 y que la velocidad promedio de la deriva de 1995 a 2020 fue 17 veces más rápida que la de 1981 a 1995. 

Los datos de gravedad del satélite Grace, lanzado en 2002, ya se habían utilizado para vincular el derretimiento de los glaciares con los movimientos del polo en 2005 y 2012, ambos tras el aumento de las pérdidas de hielo. No obstante, la nueva investigación demuestra que las actividades humanas han cambiado los polos desde la década de 1990.

El bombeo de agua subterránea

Mientras, el estudio mostró que las pérdidas de los glaciares representaron la mayor parte del cambio en el eje de rotación de la Tierra, es probable que el bombeo de agua subterránea también haya contribuido a los movimientos de los polos.

El agua subterránea se almacena debajo de la Tierra pero, una vez que se bombea para beber o para la agricultura, la mayoría finalmente fluye al mar, redistribuyendo su peso en todo el mundo. En los últimos 50 años, la humanidad ha extraído 18 billones de toneladas de agua de depósitos subterráneos profundos sin que haya sido reemplazada.

Publicado: 27 abr 2021 00:34 GMT

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Esquema de algunas de las ideas para refrescar la atmósfera terrestre. — Universidad de Harvard

Un informe sobre la geoingeniería solar de las Academias Nacionales de Estados Unidos cree que hay que investigar más esta segunda línea de defensa.

 

Si no hay nuevos retrasos, un globo estratosférico del que pende una góndola con instrumentos será lanzado el próximo mes de junio por la agencia espacial de Suecia para hacer la primera prueba de funcionamiento de un sistema que pretende investigar cómo se comportarían partículas de polvo mineral en la parte superior de la atmósfera. El objetivo último es comprobar si se le podrían poner a la Tierra unas gafas de sol para amortiguar la crisis climática.

Es Bill Gates quien financia este proyecto de la Universidad de Harvard y, a pesar de que este primer vuelo del globo y los siguientes no soltarán ninguna partícula, la oposición al experimento ya se ha hecho notar en Suecia. Sin embargo, no son pocos los científicos que creen que la geoingeniería es una línea de investigación que se debe continuar para, si no se alcanzan los objetivos de reducción de emisiones de efecto invernadero, contribuir a aminorar los efectos del cambio climático, como segunda línea de defensa. No es, sin embargo, un sustituto de la descarbonización y la mitigación, aseguran.

Esta postura se refleja ahora en el nuevo informe de las Academias Nacionales de Estados Unidos (NASEM) sobre técnicas para reflejar la luz del Sol, que disminuirían el calentamiento de la Tierra. El informe es favorable a que este país, en colaboración con otros, desarrolle "de forma cautelosa" la investigación sobre la posible intervención en el clima a través de la geoingeniería, para conocer tanto sus efectos potenciales positivos como los riesgos de la gestión de la radiación solar.

La estrategia para refrescar la Tierra se basa en tres técnicas que, según el informe, vale la pena investigar e incluso se podrían combinar. Dos son para reflejar más la radiación solar y la tercera para aumentar la radiación terrestre. La primera y mejor estudiada consiste en añadir pequeñas partículas reflectivas (de carbonato cálcico en el caso del experimento SCoPEx de perturbación estratosférica de Harvard) para formar aerosoles en la parte superior de la atmósfera, entre los 16 y los 25 kilómetros de altura. Algo parecido a lo que sucede en las erupciones volcánicas. La segunda consiste en aumentar el espesor o la reflectividad de las nubes bajas marinas y está muy poco desarrollada. Basándose en las nubes acumuladas que se observan claramente en las rutas marítimas, causadas por la contaminación emitida por los barcos, se ha lanzado la idea de pulverizar agua marina en diversas zonas para que se formen más nubes. La tercera sería aligerar las nubes altas de hielo (los cirros, entre los 6 y los 13 kilómetros) para que escape más radiación infrarroja al espacio. Para ello se sembrarían las nubes con hielo para formar núcleos mayores que los naturales y acortar así su vida, pero esto solo funcionaría en unas condiciones determinadas.

Todas son propuestas arriesgadas y, como en la primera se actuaría sobre el mismo nivel que ocupa la capa de ozono, se sabe que, al menos en esta, las consecuencias serían de larga duración. Sin embargo, se estima que bastaría con reflejar un 1% de la radiación solar que ahora absorbe la Tierra para contrarrestar el aumento de los gases de efecto invernadero hasta la fecha.

El informe es el fruto de varios años de trabajo de ingenieros, científicos y médicos, entre otros especialistas, y pretende ser un documento de consenso para la política científica y también informar al público en general sobre el tema. Desarrolla uno anterior, de 2015, más general, pero se centra con mayor detalle en la intervención atmosférica.

No se trata, se afirma en el informe, de diseñar un programa nacional de geoingeniería solar para ponerlo en práctica en el futuro sino para comprender mejor los muchos aspectos desconocidos de esta tecnología, entre ellos cómo podrían afectar a los fenómenos meteorológicos extremos, a la agricultura, a los ecosistemas naturales y a la salud humana, señalan las Academias Nacionales. El programa estaría sometido a estrictas reglas y a la participación pública. Solo se permitirían experimentos al aire libre cuando fueran absolutamente necesarios para complementar los trabajos de laboratorio y modelización o cuando aprovecharan algún fenómeno natural, como una erupción volcánica.

Para todo ello, la comunidad científica pide entre 100 y 200 millones de dólares durante los primeros cinco años para estudiar 13 áreas de investigación concretas que se pueden agrupar en tres grandes ámbitos: los objetivos y el contexto de la geoingeniería solar, los impactos y las dimensiones técnicas de cada tecnología, y los aspectos sociales. Actualmente estos temas se investigan parcialmente, sin coordinación y sin reglas específicas.

"En la ingeniería solar hay muchas preguntas científicas sin respuesta sobre los riesgos y los efectos secundarios, pero son igualmente importantes las preguntas sobre quién decidirá el despliegue de esta intervención para enmascarar el calentamiento global y durante cuánto tiempo", ha dicho Marcia McNutt, presidenta de las academias. "Dada la urgencia de la crisis climática, es necesario estudiar más la geoingeniería solar, pero lo mismo que sucede con otros campos, como la inteligencia artificial o la edición genética, la ciencia tiene que preguntar a la población no solo si podemos hacerlo realidad sino si debemos".

Como pasa tantas veces en ciencia, avanzar en el conocimiento, aunque sea en temas que nunca se hagan realidad exactamente como se previeron, puede dar una ventaja sustancial en muchas otras áreas a los países que los investigan. Este puede ser uno de esos casos.

 06/04/2021 07:07

Por Malen Ruiz de Elvira

Sábado, 26 Diciembre 2020 09:14

Calentamiento global: las cifras esquivas

Calentamiento global: las cifras esquivas

Desde su estudio detallado, en 1974, la evolución del agujero de la capa de ozono ha sido objeto de múltiples teorías. La más afianzada a partir de la década de los 80 fue la que atribuye su extensión y profundidad a la contaminación del medio ambiente con aerosoles, combustión de energéticos fósiles, depredación de bosques, sequías provocadas por desviación de ríos y el comercio del agua, etcétera. El agujero es responsable de permitir el paso a la superficie de la Tierra de rayos UV y gama que la sobrecalientan. El calentamiento global se tradujo paulatinamente en un cambio climático, cuya progresión gradual y sistemática coloca en peligro la posibilidad de la vida misma (de seres humanos, animales y plantas).

En 2019 todo parecía indicar que esta teoría era prácticamente infalible, hasta que llegó la pandemia. Tal y como lo reporta Noticias ONU, la contaminación ambiental creció como nunca antes y fue el segundo año más cálido registrado desde 2016. Pero las sorpresas comenzaron en abril de 2020. El agujero en la capa de ozono comenzó a cerrarse y en agosto volvió a ensancharse como nunca lo había hecho, tanto en su extensión como en su profundidad. La temperatura terrestre subió varios grados centígrados, superando incluso las cifras de 2019. En principio, todo esto resulta en cierta manera inexplicable.

La pandemia del nuevo coronavirus trajo consigo una súbita y masiva reducción de la actividad industrial en todo el planeta y, con ello, del consumo de aerosoles y combustibles fósiles. Disminuyó, como nunca había sucedido, por motivos completamente ajenos a cualquier política ecológica, la cantidad de sustancias contaminantes que se arrojan sobre la atmósfera. Alcanzando incluso niveles de descenso menores que los que se preveían en el Acuerdo de París para estabilizar nuestra condición ecológica. Pero si la cantidad de contaminantes se redujo a lo largo de tantos meses, ¿por qué entonces continuó en aumento la temperatura en la superficie terrestre?

Los científicos se han visto obligados a recurrir a otras teorías, ya no las que ligan directamente la depredación industrial de la naturaleza con el crecimiento del agujero en la capa de ozono. De por sí ya existían otras teorías; mismas que fueron opacadas por el gran relato que homologaba el calentamiento global con una suerte de juicio final a la vuelta de la esquina (hace dos meses se publicó un reloj que contaba las horas que nos separaban de la destrucción final, siete años en total). Esas interpretaciones alternativas partían de otras premisas: el cambio de orientación de los ejes magnéticos de la Tierra, perturbaciones de la órbita terrestre alrededor del Sol, el sobrecalentamiento del núcleo terrestre, etcétera.

Durante décadas, la teoría que ligaba a la contaminación ambiental con el calentamiento terminal fue uno de los grandes centros narrativos de la izquierda en su crítica al capitalismo contemporáneo. Después apareció el ecologismo light, la idea de que el capitalismo contenía las opciones y los ingredientes necesarios para hacer frente al colapso ecológico que se avecinaba. Quien negaba esta visión era fustigado como "negacionista" y conservador. ¿Pero qué pasaría si se revela que el calentamiento global se debe a alguna de las propiedades cambiantes de la physis actual del globo terrestre más que a nuestra fruición depredadora? Simplemente entonces habría que enfriar a la Tierra, como se enfría una casa con aire acondicionado o los alimentos que se resguardan en el refrigerador. Hoy existen opciones biotecnológicas para lograrlo.

¿Se evaporaría entonces el gran relato sobre la crisis ecológica final? No, en absoluto. Quienes hoy esgrimen este argumento son los grandes centros de la reproducción industrial y financiera del sistema. Con la 5G, pronto asistiremos a la aprobación de leyes que prohíbirán circular a vehículos de combustión interna (para que la gente se vea obligada a adquirir un automóvil eléctrico), a la condena del uso de estufas (para promover la venta de las llamadas cocinas inteligentes). La revolución tecnodigital que se encuentra en marcha cambiará todos los dispositivos que nos relacionan con el mundo, desde el cepillo de dientes hasta el televisor y el coche. Incluso tu computadora actual. La lógica del consumo y del capital desatadas en un nuevo y patético esplendor. Esa revolución requiere, como argumento de legitimación, la imagen del apocalipsis ecológico.

La verdadera crisis ecológica no se encuentra en algún futuro escatológico. Sucede a cada día frente nuestras narices. En nuestras urbes desérticas y delirantes, en las viviendas casi carcelarias de la actualidad, en los sitios de encierro en que han devenido las heterotopías de nuestro mundo. Si algo demostró la pandemia es que el lugar más amenazante para la vida (de humanos, animales y plantas) es la gran urbe, fruto en parte del comercio de las formas de vida. El dilema, como algún día lo intuyeron Ivan Ilich y Jean Robert, es la configuración de un hábitat que se encuentre a la medida de los seres (humanos y animales) que habitan el planeta. Por ahí debería acaso comenzar la nueva crítica al capitalismo.

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La crisis ambiental no se resuelve solo con plantar árboles

Podría decirse que sumarse a la iniciativa Trillion Tree (Un Billón de Árboles) se convirtió en el coste de admisión para que la élite global acudiera al Foro Económico Mundial de Davos (Suiza) de este año (bueno, eso y las decenas de miles de euros que cuesta la entrada). De hecho, la idea de plantar árboles se ha convertido en ese extraño asunto sobre el que incluso Jane Goodall y Donald Trump, parecen haberse puesto de acuerdo en el encuentro.

De forma paralela, la semana pasada Axios reveló que el congresista republicano de Arkansas (EE. UU.) Bruce Westerman estaba trabajando en un proyecto de ley denominado Trillion Trees Act que establecería un objetivo nacional en relación con la plantación de árboles (aunque es poco probable que literalmente se acaben plantando un billón de árboles).

Es genial que los árboles vivan su momento de gloria. El mundo debe plantar y proteger la mayor cantidad posible de árboles, para absorber el dióxido de carbono de la atmósfera, proporcionar un hábitat para los animales y restaurar los ecosistemas frágiles. “Los árboles son una respuesta importante, muy visible y muy socializable”, destaca el director del programa de investigación sobre la eliminación de dióxido de carbono denominado Iniciativa de Carbono del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore (EE. UU.), Roger Aines.

Pero también es una forma limitada y poco fiable de abordar el cambio climático. Hasta la fecha, nuestro historial de proyectos de reforestación resulta terrible. Para compensar solo una pequeña parte de las emisiones globales, deberíamos plantar y proteger una cantidad enorme de árboles durante décadas. Y los esfuerzos de esos años podrían ser anulados por sequías, incendios forestales, plagas y deforestación en otros lugares.

Quizás el mayor riesgo consiste en que el atractivo de las soluciones que suenan naturales podría hacernos creer que son medidas más significativas de lo que realmente son. “Invita a las personas a ver la plantación de árboles como un sustituto” de los cambios radicales necesarios para evitar que las emisiones de gases de efecto invernadero lleguen a la atmósfera, explica la profesora adjunta de la Escuela para el Futuro de la Innovación en la Sociedad de la Universidad Estatal de Arizona, Jane Flegal.

Para analizar el papel real que los árboles podrían desempeñar en la lucha contra el cambio climático, hay que tener en cuenta varios aspectos.

El tiempo. La semana pasada, la aplicación de compra de viajes Hopper anunció que donaría fondos para plantar cuatro árboles por cada vuelo comprado a través de su servicio.

La empresa estima que un árbol almacena de media casi una tonelada métrica de dióxido de carbono, aproximadamente lo mismo que emite cada pasajero de un vuelo promedio comprado a través de la aplicación. El problema es que para compensar esas emisiones el árbol debería crecer durante 40 años. Dadas las diferentes especies, las condiciones climáticas y otros factores, a cuatro árboles por pasajero, harían falta 25 años de crecimiento para compensar las emisiones proporcionales de cada vuelo.

Por eso, es un error creer que este tipo de programas de compensación de carbono hacen que nuestras acciones se vuelvan en neutras en carbono de forma inmediata. Esa forma de pensar podría incitarnos a seguir emitiendo carbono en un momento en el que las emisiones deben disminuir rápidamente.

Si sumamos los vuelos de cada individuo a cada empresa que intente justificar su funcionamiento habitual plantando unos árboles que no cumplirán su misión hasta dentro de un par de décadas (eso suponiendo que los árboles vivan tanto), veremos que este planteamiento pronto podrá convertirse en un gran problema.

La escala. Para que los árboles desempeñen un papel importante en la situación climática, tendríamos que encontrar espacio para plantar una enorme cantidad. Un informe del año pasado de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de EE. UU. estimó que para capturar y almacenar 150 millones de toneladas métricas de carbono al año habría que convertir hasta cuatro millones de hectáreas de terreno en bosques en los que nunca se podrían cosechar. Es un área más grande que el estado de Maryland.

Solo el año pasado, la economía de Estados Unidos produjo alrededor de 5800 millones de toneladas de emisiones. En ausencia de otras políticas climáticas, esa cifra requeriría una extensión casi 155 millones de hectáreas, más del doble del área del estado de Texas. El problema consiste en que la mayoría de países no tienen grandes terrenos adecuados disponibles para eso. Y convertirlos en bosques afectaría a la agricultura, a la producción de alimentos, a la tala y a otros usos.

De hecho, un informe de la semana pasada de la Comisión del Cambio Climático concluyó que Reino Unido debería dedicar una quinta parte de sus tierras de cultivo a almacenar carbono, además de muchos otros esfuerzos, para que el país alcance su objetivo de cero emisiones netas hasta 2050.

Dados los límites de espacio, las dificultades económicas y otros factores, el estudio de las Academias Nacionales de EE. UU. estima que la cantidad "factibleamente alcanzable" de eliminación de carbono mediante los bosques allí sería de 250 millones de toneladas métricas al año, 1/23 de lo que el país emitió el año pasado.

Plantar un billón de árboles en todo el mundo, suponiendo que la densidad relativa es de unos 2000 árboles por hectárea, requeriría alrededor de 500 millones de hectáreas. Un artículo publicado en Science el año pasado, y que ha sido muy debatido, encontró que la cantidad de tierra mundial capaz soportar la cobertura continua de los árboles y que actualmente no está siendo utilizada por la gente roza los 900 millones de hectáreas.

El investigador de la Universidad de California en Los Ángeles, Jesse Reynolds, fue uno de los que cuestionó esas cifras. En su opinión, algunas de esas tierras probablemente se estén usando para el pastoreo de ganado, mientras que otros argumentaron que una gran parte no sería realmente adecuada para la forestación.

Los críticos también cuestionaron las conclusiones más amplias del estudio, que calificó la plantación de árboles como “la mejor solución para el cambio climático disponible en la actualidad”. En su opinión, los investigadores sobreestimaron bastante la cantidad de dióxido de carbono que se podría almacenar por hectárea.

El dinero. Existen inherentes y posiblemente insuperables desafíos para calcular con precisión cuánto dióxido de carbono adicional eliminaríamos a través de la forestación. Los estudios y las conclusiones de investigación han encontrado de forma consistente que los programas de compensación de carbono, incluidos los establecidos por la ONU y California, han sobrestimado drásticamente las reducciones alcanzadas por los árboles y han animado a los propietarios de terrenos a astutas maniobras.

El problema consiste en que las compensaciones de carbono se suelen tratar como una sustitución, otorgando permiso para emitir el mismo nivel al que supuestamente se compensa. Por lo tanto, si las reducciones estimadas se inflan, podríamos acabar emitiendo más de lo que emitiríamos de otra manera.

La permanencia. Resulta especialmente sorprendente ver que tantas partes se están poniendo de acuerdo sobre la plantación de árboles el mismo año que presenciamos esos incendios catastróficos en Australia y la deforestación generalizada en Brasil, señala Flegal. Cuando los árboles y las plantas se mueren, ya sea por incendios o tala o porque simplemente se caen, la mayor parte del carbono atrapado en sus troncos, ramas y hojas simplemente regresa a la atmósfera.

La experta señala: “Limitarse a trasladar el CO2 de la atmósfera a la biosfera terrestre no representa una captura permanente de las emisiones. Los sumideros de carbono podrían convertirse en fuentes muy rápidamente”.

Y es probable que ese problema vaya aumentando a medida que las condiciones climáticas se vuelvan más duras en los próximos años. Se espera que las sequías y las temperaturas más altas perjudiquen los bosques y los hagan más susceptibles a las plagas de escarabajos y a grandes incendios.

Una idea seductora. La mayoría de las investigaciones plantean que tendremos que eliminar el dióxido de carbono del aire a gran escala para evitar niveles peligrosos del calentamiento. Y plantar árboles es la forma más barata y fiable que tenemos actualmente para hacerlo a una escala tan grande. Por lo tanto, no hay duda de que necesitamos encontrar mejores formas de alentar, financiar, controlar e implementar los esfuerzos de forestación y preservación en todo el mundo.

Pero el informe anterior de las Academias Nacionales de EE. UU. descubrió que los árboles por sí solos no serían suficientes para cumplir con este papel, conocido como emisiones negativas. Necesitaremos otras soluciones relacionadas con el terreno, como mejores formas de almacenar carbono en el suelo y el concepto aún teórico conocido como bioenergía con captura y almacenaje de carbono. Y si queremos alimentar a la cada vez mayor población mundial, es probable que necesitemos soluciones tecnológicas que no ocupen mucho espacio, como las máquinas de captura directa del aire.

En un escenario de medidas combinadas, los árboles sí pueden y deben desempeñar algún papel en el almacenaje de carbono que ya está en la atmósfera, al menos durante un tiempo. Pero no podemos confiar en los árboles como sustitutos para cumplir la monumental tarea de reducir las emisiones de nuestros sistemas de energía, transporte y agricultura.

Resulta difícil interpretar el repentino entusiasmo de los republicanos por plantar árboles como algo más que un cínico esfuerzo para amortiguar las crecientes demandas de regulaciones e impuestos para lograr esos cambios.

También hay una gran cantidad de temas complicados que se deben considerar, incluido el alto coste de los esfuerzos de forestación a gran escala, las emisiones adicionales que surgen de la plantación y el cuidado de los árboles, y el hecho de que la cobertura forestal podría absorber el calor y aumentar el calentamiento hasta cierto grado.

Lo que pasa es que la gente quiere que los árboles sean capaces de resolver nuestro problema. Las soluciones que parecen naturales resultan mucho más atractivas que las tecnológicas. Evitan inquietantes y costosos compromisos como asociados a las plantas de gas natural con sistemas de captura de carbono, las centrales nucleares y las líneas de transmisión de larga distancia.

Por lo tanto, la gente y las publicaciones de todo el espectro político se inclinarán por aceptar el mito de que los árboles nos salvarán, y aquellos que quieren detener o limitar los esfuerzos más efectivos lo usarán con mucho gusto.

1 febrero 2020 

(Tomado de MIT Technology Review)

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Australia está cometiendo su suicidio climático

Australia es hoy la zona cero de la catástrofe climática. Su fantástica gran barrera de coral se está muriendo, sus selvas tropicales, patrimonio mundial, están ardiendo, sus bosques de algas gigantes han desaparecido en gran parte, numerosos pueblos se han quedado sin agua o están a punto, y ahora el vasto continente se quema en una escala nunca antes vista .

Las imágenes de los incendios son una mezcla de “Mad Max” y “En la playa”: miles de personas huyen a las playas en una neblina de color naranja opaco, conforman cuadros de personas y animales casi medievales en su extraño mutismo, mitad Bruegel, mitad Bosch, rodeados de fuego, con los rostros de los supervivientes escondidos detrás de máscaras de buceo y gafas de natación. El día se convierte en noche mientras el humo extingue toda la luz en los horribles minutos antes de que el resplandor rojo anuncie la inminencia del infierno. Llamas que se elevan 60 metros en el aire. Tornados de fuego. Niños aterrorizados al timón de botes, alejándose de las llamas, refugiados en su propio país.

Los incendios han quemado unos 14,5 millones de acres - un área casi tan grande como Virginia Occidental, más del triple de la zona destruida por los incendios de 2018 en California y seis veces el tamaño de los incendios de 2019 en la Amazonia. El aire de Canberra el día de Año Nuevo fue el más contaminado del mundo, en parte debido a una nube de humo del fuego tan grande como Europa.

Los científicos estiman que cerca de 500 millones de animales nativos han muerto y temen que algunas especies de animales y plantas hayan sido aniquiladas por completo. Los animales supervivientes abandonan a sus crías en lo que se describe como una gigantesca “hambruna”. Al menos 18 personas han muerto y se teme seriamente por la suerte de muchos más.

Todo esto, y la temporada alta de incendios apenas ha comenzado.

Mientras escribo se ha declarado el estado de emergencia en Nueva Gales del Sur y el estado de catástrofe en Victoria, están teniendo lugar evacuaciones masivas, se teme una catástrofe humanitaria, y las ciudades a lo largo de la costa este están rodeadas por los incendios, se han cortado el transporte y la mayoría de los enlaces de comunicación, y su destino se desconoce.

Un correo electrónico que el ingeniero retirado Ian Mitchell ha enviado a sus amigos el día de Año Nuevo desde la pequeña comunidad de Gipsy Point, en el norte de Victoria, da voz a un sinnúmero de australianos en este momento de catástrofe:

“Queridos, nosotros y la mayoría de las casas de Gipsy Point seguimos aquí por ahora. Somos 16 habitantes en Gipsy pt.

No hay electricidad, ni teléfono, sin posibilidad de que alguien llegue en 4 días, ya que todas las carreteras están bloqueadas. Solo funciona el correo electrónico satelital. Tenemos 2 barcos grandes y podríamos obtener suministros, especialmente combustible, en Coota.

Necesitamos más gente capaz de defender el pueblo ya que subirá mucho la temperatura de nuevo a partir del viernes. El área de bosque será un problema a partir de hoy, pero los árboles caen en todas las pistas y no hay nadie para luchar contra ello.

Estamos cansados, pero bien.

¡Pero estamos aquí en 2020!

Amor

Nosotros"

 

La librería en el pueblo devastado por el fuego de Cobargo, en Nueva Gales del Sur, cuenta con un nuevo letrero en la fachada: “la sección de ciencia-ficción post-apocalíptica se ha trasladado a la sección de actualidad”.

Y, por increíble que parezca, la respuesta de los dirigentes de Australia a esta crisis nacional sin precedentes ha sido no defender su país, sino la industria del carbón, un gran donante a los dos grandes partidos - como si estuvieran dispuestos a abandonar al país a su destino. Aunque los fuegos comenzaron a mediados de diciembre, el líder de la oposición laborista hizo una gira por las minas de carbón para expresar su apoyo inequívoco a las exportaciones de carbón. El primer ministro, el conservador Scott Morrison, se fue de vacaciones a Hawai.


Desde 1996, los sucesivos gobiernos conservadores de Australia han luchado con éxito para subvertir los acuerdos internacionales sobre el cambio climático en defensa de las industrias de combustibles fósiles del país. Hoy, Australia es el mayor exportador mundial de carbón y gas. Recientemente ocupó el puesto 57 de 57 países en sus medidas contra el cambio climático.

En gran parte, el señor Morrison debe su estrecha victoria electoral a principios de este año al oligarca de la minería del carbón Clive Palmer, que formó un partido títere para mantener fuera del gobierno al Partido Laborista, que se había comprometido a llevar a cabo una política limitada, pero real, de lucha contra el cambio climático. El presupuesto de publicidad del Sr. Palmer para la campaña fue más del doble que la suma de los dos principales partidos. Más tarde, Palmer anunció planes para abrir la mina de carbón más grande de Australia.

Desde que el Sr. Morrison, que viene de la publicidad, se vio obligado a regresar de sus vacaciones y se disculpó públicamente, ha optado por pasar su tiempo distribuyendo imágenes positivas de sí mismo, posando con jugadores de críquet o su familia.Se le ve con mucha menos frecuencia en la primera línea de los incendios, visitando comunidades devastadas o con los supervivientes. El Sr. Morrison ha tratado de presentar los incendios como una catástrofe más, nada fuera de lo común.

Esta postura parece responder a un cálculo político escalofriante: sin una oposición efectiva del Partido Laborista, que no se ha recuperado de su derrota electoral, y con unos medios dominados por Rupert Murdoch, que controla el 58 por ciento de la circulación diaria de los periódicos, y que apoya firmemente el negacionismo climático, Morrison parece esperar que prevalecerá en tanto no reconozca la magnitud del desastre que sufre Australia.

El Sr. Morrison se hizo famoso como ministro de inmigración, perfeccionando la crueldad de una política que internó a refugiados en campamentos infernales de las islas del Pacífico, y parece indiferente al sufrimiento humano. Ahora su gobierno ha dado un giro autoritario inquietante, tomando medidas enérgicas contra sindicatos, organizaciones cívicas y periodistas. De acuerdo con la legislación en vigor en Tasmania, y que espera copiar en el resto de Australia, los activistas medio-ambientales pueden ser condenados hasta 21 años de cárcel por manifestarse.

"Australia es una nación en llamas dirigida por cobardes", escribió el conocido presentador de TV Hugh Riminton, hablando por muchos. Podría haber agregado “ e idiotas", después de que el viceprimer ministro Michael McCormack atribuyera los incendios a la ignición espontánea del estiércol de caballo.

Así son los que abren las puertas del infierno y llevan a una nación a cometer su suicidio climático.

Se estima que más de un tercio de los australianos se ven afectados por los incendios. Pero una mayoría significativa y creciente de australianos quieren actuar para luchar contra el cambio climático, y ahora están haciendo preguntas sobre la creciente brecha entre las fantasías ideológicas del gobierno Morrison y la realidad de una Australia árida, que se está calentando rápidamente y ardiendo.

La situación recuerda inquietantemente a la Unión Soviética en la década de 1980, cuando los aparatos gobernantes eran todopoderosos pero perdían la legitimidad moral esencial para gobernar. Hoy en Australia, una clase política cada vez más esclerótica y demente en sus propias fantasías, se enfrenta a una realidad monstruosa contra la que no tiene la capacidad ni la voluntad de enfrentarse.

Morrison puede contar con una máquina de propaganda masiva gracias a la prensa de Murdoch y no tener oposición, pero su autoridad moral se desvanece por horas. El jueves, después de alejarse de una mujer que pedía ayuda, se vio obligado a huir de los residentes indignados de una ciudad quemada. Un político conservador local describió la humillación de su propio líder como "la bienvenida que probablemente merecía".

Como observó una vez Mikhail Gorbachev, el último líder soviético, el colapso de la Unión Soviética comenzó con el desastre nuclear en Chernobyl en 1986. A raíz de esa catástrofe, "el sistema tal como lo conocíamos se volvió insostenible", escribió en 2006 ¿Podría ser que la inmensa tragedia de los incendios australianos pueda ser el Chernobyl de la crisis climática?


Richard Flanagan, escritor australiano, ganó el Premio Man Booker por su novela “The Narrow Road to the Deep North” (“El camino estrecho hacia el norte profundo”). Su última novela es “First Person”(”Primera persona”).

Fuente:NYT, 3 de enero 2020
Traducción: Enrique García

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La imagen de Steffen Olsen, del Instituto Danés de Meteorología, dio la vuelta al mundo. En ella se observa a sus perros de trineo avanzar con dificultad en una zona de hielo derretido. La experta Ruth Mottram teme que por las temperaturas récord aumente el descongelamiento del glaciar más alto de Groenlandia, el cual podría afectar a zonas costeras del mundo. Foto Afp

Sólo el 17 de junio perdió 3 mil 700 millones de toneladas de hielo // Se romperá récord de 2012, advierten

 

Copenhague. Aún no ha llegado el verano y los científicos ya temen un infierno en Groenlandia debido a las temperaturas récord y a la anticipación del deshielo. De continuar así, en el futuro el derretimiento de la capa congelada podría inundar las zonas costeras del planeta.

 

Los científicos no excluyen que 2019 sea un nuevo annus horribilis para el continente blanco. "Es posible que se batan los récords de 2012, tanto en lo que concierne a la banquisa (capa de hielo provocada por el congelamiento de las aguas oceánicas) más baja del Ártico (...) como para el deshielo del casquete glaciar más alto de Groenlandia", advirtió Ruth Mottram, climatóloga del Instituto Danés de Meteorología (DMI). "Esto dependerá sobre todo de las condiciones climáticas", agregó.

 

Una foto impresionante del deshielo precoz captada la semana pasada en el noroeste del territorio por un científico del DMI ha dado la vuelta al mundo.

 

En tanto buscaba balizas oceanográficas y una estación meteorológica, Steffen Olsen captó la imagen de sus perros de trineo avanzando con dificultad sobre un fiordo cuya banquisa estaba recubierta por cinco o seis centímetros de hielo derretido. Bajo un cielo extremadamente azul, frente a las montañas casi sin nieve, el trineo parece navegar sobre el agua.

 

"La imagen es impactante (...) puesto que muestra realmente cómo está cambiando el Ártico", prosiguió Mottram.

 

"Los lugareños (que acompañan la expedición) no esperaban que la banquisa empezara a fundirse tan pronto. Acostumbran tomar la ruta porque el hielo es muy espeso, pero tuvieron que dar marcha atrás debido a que el agua era cada vez más profunda y ya no podían avanzar."

 

La víspera, el 12 de junio, la estación meteorológica más cercana, la de Qaanaaq, registró 17.3 grados Celsius, o sea 0.3 grados por debajo de su récord absoluto del 30 de junio de 2012.

 

"El invierno ha sido seco y recientemente hubo corrientes de aire caliente, el cielo despejado y mucho sol, todas las condiciones necesarias para un derretimiento precoz", señaló Mottram.

 

A medida que la atmósfera se calienta, se espera que este fenómeno se agrave, con la consecuencia de alterar el modo de vida de la población local, al reducir los periodos de caza y perturbar el ecosistema.

 

La cantidad de osos polares en todo el Ártico ha disminuido en 40 por ciento durante la última década, según el Instituto de Estudios Geológicos de Estados Unidos, así como la de narvales –también llamados unicornios de mar–, que se encuentran cada vez más privados del refugio natural que constituye para ellos la banquisa contra la orca, un temible predador.

 

El 17 de junio, en un solo día, Groenlandia perdió 3 mil 700 millones de toneladas de hielo, según estimaciones del instituto danés.

 

Desde comienzos de este mes, la pérdida ha llegado a 37 mil millones de toneladas, escribió en su cuenta de Twitter Xavier Fettweis, climatólogo de la Universidad de Lieja, Bélgica.

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Domingo, 31 Marzo 2019 06:15

Necesitamos vivir de forma diferente

Necesitamos vivir de forma diferente

Para acabar con nuestra adicción al combustible fósil necesitamos un cambio tecnológico fundamental - pero esto no puede suceder sin cambiar nuestro sistema económico y social.

Las malas noticias sobre el cambio climático siguen llegando: récord de los niveles de calor en Australia en enero, y en Reino Unido en febrero; cada vez más incendios descontrolados; saltos desconcertantes en las temperaturas en el Ártico. La peor noticia de todas es que la brecha entre lo que los científicos dicen que es necesario hacer y lo que proponen las conferencias internacionales sobre el clima sigue creciendo.


En las negociaciones de diciembre en Katowice (Polonia) -la cual, de una forma grotesca, fue patrocinada por el mayor productor de carbón, entre otros- la principal conclusión fue el acuerdo sobre las propuestas para monitorizar las acciones de los gobiernos, aunque en una versión descafeinada. Los delegados no discutieron, ni tampoco mejoraron, los objetivos voluntarios para reducir las emisiones, acordados en París en 2015; los científicos piensan que esto pone a la economía mundial en el camino de un aumento potencialmente desastroso de la temperatura media global de hasta tres grados por encima de los niveles preindustriales. La reunión incluso declinó tener en cuenta el último informe, afinado de forma diplomática, del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, por la insistencia de los Estados Unidos, Arabia Saudí y otros países productores de petróleo.


Katowice fue la última ronda de conversaciones que empezó en Río de Janeiro en 1992, donde se reconoció que el uso de combustible fósil es el principal causante del calentamiento global y que necesita ser reducido. Desde entonces, ha aumentado de forma global en más de un 60 por ciento. Los gobiernos han firmado acuerdos con una mano y han despilfarrado decenas de miles de millones de dólares al año en subsidios al consumo y producción de combustible fósil con la otra.


El primer paso para ocuparse del cambio climático es rechazar la ilusión de que los gobiernos se están ocupando del problema. La sociedad en conjunto debe actuar.


Cómo darle mayor contenido a esa generalización no es tan simple. ¿Deberíamos protestar? ¿Intentar forzar a que los gobiernos inviertan en proyectos de energía renovable? ¿Hacer algo contra las nuevas centrales eléctricas? ¿Centrarnos en la energía comunitaria? ¿Todo lo anterior?


CÓMO EL USO DE COMBUSTIBLE FÓSIL HA LLEGADO A NIVELES INSOSTENIBLES


Para resolver el qué hacer con el cambio climático, la historia es una herramienta inestimable. Un entendimiento del proceso que convirtió a los combustibles fósiles en algo primordial para la actividad económica humana nos ayudará a hacer la transición desde esos combustibles.


La fuerza física concentrada, la fuerza motriz y el calor que pueden derivarse de la quema de carbón fue primordial para la Revolución Industrial de finales del siglo XVIII, y también para la consolidación del capitalismo en el Norte global. Aprovechar la energía del carbón y disciplinar a la mano de obra iban de la mano. Las tecnologías de la así llamada segunda revolución industrial de finales del siglo XIX -turbinas de vapor, redes eléctricas y el motor de combustión interna- multiplicaron el uso de carbón de forma exponencial y produjeron una demanda de petróleo.


Pero fue necesario un cambio enorme posterior en la economía mundial, a mitad del siglo XX, para incrementar el peligro del calentamiento global hasta su nivel actual. El incremento en el uso global de combustible fósil se aceleró en el boom de post-guerra, se paró brevemente después de la crisis de los precios del petróleo de los setenta y desde entonces no ha hecho más que incrementarse. Los científicos de los sistemas terrestres que estudian el impacto de la actividad económica en el mundo natural -de la cual el calentamiento global es un aspecto fundamental- dan al período que arranca a mitad del siglo XX el nombre de "la gran aceleración".


¿Quién o qué exactamente ha consumido todos esos combustibles fósiles? Mayoritariamente, los combustibles son usados por, y a través de, grandes sistemas tecnológicos, tales como sistemas de transporte basados en automóviles, redes de electricidad, sistemas de construcción de ciudades y sistemas militares, agrícolas e industriales.


Analizar estos sistemas tecnológicos -y el modo en que están incrustados en los sistemas económicos y sociales- es la clave para entender el ascenso incesante del uso de combustible fósil, tal y como argumento en mi libro Burning Up: A Global History of Fossil Fuel Consumption (Pluto Press, 2018).


Pensemos en los coches, por ejemplo. Sin duda, el cambio tecnológico ha ayudado a catapultarlos al protagonismo: el motor de combustión interna fue una innovación fundamental. Pero fue necesario el cambio económico y social para hacer de los coches el modo predominante de transporte urbano.


En los Estados Unidos en los años 20, los fabricantes de coches fueron los primeros en automatizar las líneas de ensamblaje e hicieron que los coches pasaran de ser un lujo a un producto de consumo de masas. Inventaron la obsolescencia programada y otras técnicas de márketing y usaron el músculo político para marginar -y a veces sabotear- otras formas de competencia dentro del transporte tales como los trolebuses y las vías férreas.


En el boom de postguerra, el uso de coches en Estados Unidos ascendió a un nivel todavía más alto, gracias una inversión estatal masiva en autopistas. Los barrios periféricos proliferaron: las gentes trabajadoras se mudaron a casas unifamiliares independientes en cantidades sin precedentes, ascendiendo la construcción de casas en Estados Unidos de varios cientos de miles al año en los años 30 a más de un millón al año durante y después de la guerra. La propiedad de casas a través de hipotecas para toda la vida era parte del trato; los jardines delanteros y traseros, y los coches, otra. Otros países ricos -aunque no todos- adoptaron este patrón de desarrollo urbano.


En los 80, algunas ciudades fuera del mundo rico empezaron a sufrir de problemas de tráfico. En Estados Unidos los fabricantes organizaron una resistencia efectiva durante bastante tiempo contra los esporádicos intentos estatales de regular la eficiencia del combustible. Llegaron los coches devoradores de gasolina: en vez de animar a los conductores a usar modelos más ligeros y más pequeños, los productores de coches popularizaron vehículos familiares que fueron clasificados como camiones y, por tanto, tenían permiso por ley para recorrer menos distancia por galón. Las ventas en Estados Unidos de estos coches alcanzaron en el 2000 los 17 millones al año.


Por tanto, aquellos que ahora trabajan en crear ciudades libre de carbono no solo se enfrentan a un elemento tecnológico más inteligente (el motor de combustión interna) sino a las estructuras sociales y económicas que han creado los sistemas de transporte urbano basados en los coches, es decir, esos sillones móviles de metal que consumen mucho combustible.
Los sistemas de transporte basados en el coche son modos extremadamente ineficientes desde el punto de vista energético de llevar a la gente de un sitio a otro. Por ejemplo, Atlanta (Estados Unidos), una ciudad muy diseminada dominada por las casas en las afueras y el transporte en coche, tiene 11 veces las emisiones de gases de efecto invernadero per cápita de Barcelona, la cual tiene una cantidad similar de población, con niveles de salario similares, pero es más compacta, con mejor transporte público y un centro relativamente libre de coches.


En el mismo sentido, la agricultura industrial que consume mucho combustible es un modo ofensivamente ineficiente desde el punto de vista energético de alimentar a la gente y la mayoría de los entornos construidos de las ciudades son formas ineficientes energéticamente de alojar a la gente. Otras áreas de actividad económica -tales como la producción militar y la industria de la publicidad- son destructivas por razones más amplias, y también ineficientes en el consumo de combustible. Tal y como ocurre en el caso del transporte urbano, esos sistemas fueron determinados por relaciones de poder y riqueza, y sigue siendo así.


La magnífica investigación del Instituto de Rendición de Cuentas sobre el Clima ha mostrado que cerca de dos tercios del dióxido de carbono emitido desde la década de 1750 pueden ser rastreados hasta la producción de los 90 mayores productores de cemento y combustible fósil, la mayoría de los cuales siguen activos hoy. La lista más reciente del Instituto incluye en el top ten a Saudi Aramco, Gazprom de Rusia, la Compañía de Petróleo Nacional de Irán, ExxonMobil de Estados Unidos, Pemex de México, Royal Dutch Shell y la Corporación Nacional de Petróleo de China.


Una lista de las compañías que controlan el consumo de combustible fósil -productores de electricidad, consorcios de ingeniería y metales, fabricantes de coches, compañías de construcción, gigantes de la agricultura y la petroquímica- es mucho más larga y más compleja, porque el consumo de combustible fósil está muy integrado en todos los tipos de actividad económica. Pero las relaciones de poder son las mismas.


NO SE TRATA SÓLAMENTE DEL CONSUMO INDIVIDUAL


Ya que la mayoría de los combustibles fósiles son consumidos por y a través de esos grandes sistemas económicos, sociales y tecnológicos, los llamamientos para reducir el consumo individual solo pueden tener un efecto limitado.


Tomemos a los conductores de coches en Atlanta. Viven en el país más rico del mundo y conducen algunos de los coches más energéticamente ineficientes del mundo. Pero están atrapados en un sistema de transporte urbano que hace casi imposible -especialmente para los que tienen hijos- llevar a cabo las funciones más básicas como llevar a los niños al colegio o comprar comida sin un coche. Además, el combustible no solo se consume en sus desplazamientos individuales sino en la fabricación de coches, la construcción de carreteras y aparcamientos, etc.


Desde luego, el consumo atroz de combustibles fósiles y de bienes de consumo es un síntoma de una sociedad enferma. Millones de personas en el mundo rico trabajan muchas horas y gastan el dinero que ganan en bienes materiales en la creencia de que esos bienes les pueden hacer felices. Pero la arraigada alienación de la cual es parte el consumo tiene que ser desafiada por la lucha por el cambio social. Las apelaciones a la moral no son suficientes.


El destino de las recientes propuestas del gobierno francés de incrementar los impuestos sobre el combustible es una historia aleccionadora. Los planes fueron presentados como unas medidas medioambientales. Pero, a pesar de las declaraciones en contra de los comentaristas de derechas, la gente los vio por lo que eran -la última de una larga serie de medidas para imponer políticas de austeridad neoliberales. Esto produjo la revuelta de los "chalecos amarillos" y la propuesta fue retirada.


En el sur global, un enfoque en el consumo individual todavía tiene menos sentido. La mayoría del uso de combustible fósil hecho por la industria, incluyendo los procesos de energía intensiva (por ejemplo la fabricación de cemento y acero) fue trasladado desde el norte global en los años 80 y 90. Fue el boom industrial de China, que está centrado en la producción de mercancías para la exportación al norte global, la que a mitad de los 2000 hizo que el país superase a los Estados Unidos como el mayor consumidor en el mundo de combustibles suministrados comercialmente.


Una investigación en la India ha destacado el papel ínfimo del consumo individual de las personas más pobres. Del incremento en la India de las emisiones de gases de efecto invernadero en las tres décadas que van de 1981 a 2011, sólo el 3-4 por ciento fue debido a la electrificación que introdujo por primera vez a 650 millones de personas, principalmente en el campo, en la red eléctrica. Del resto, la mayoría provenía de la industria y de las poblaciones urbanas más pequeñas.


QUÉ HACER CON LA ELECTRICIDAD


Las redes eléctricas están en el centro del sistema de energía dominado por el combustible fósil. En 1950, su porción en el uso global de combustible fósil era de más o menos una décima parte; hoy, es más de un tercio.


Los sistemas eléctricos, como los coches, fueron una gran innovación de finales del siglo XIX. Su primera fase de desarrollo, que culmina en el boom de postguerra, dependía de grandes centrales de energía, normalmente alimentadas por carbón.


Las centrales son inherentemente ineficientes. Aproximadamente, para cada unidad de energía que producen en forma de electricidad, se pierden dos unidades en el proceso de producción, la mayoría como pérdidas de calor, lo que produce las nubes de vapor que todos vemos salir de las torres de refrigeración de las centrales de energía. La eficiencia media global de las centrales de energía térmicas (es decir, la proporción de la energía del combustible que sale como electricidad) ha aumentado desde principios del siglo XX desde alrededor de un 25-30% al actual 34% para el carbón y un 40% para el gas. Pero nunca podrá aumentar mucho más por razones físicas.


En los años 70, cuando las élites políticas se dieron cuenta de que los combustibles fósiles no eran ni infinitos ni baratos, los ecologistas señalaron a la pérdida de energía en los procesos de conversión como la fuente potencial clave del ahorro. Quemar carbón para producir electricidad, la cual es enviada a la calefacción eléctrica de las casas de la gente, era como “cortar mantequilla con una motosierra”, según afirmó el defensor de la energía sostenible Amory Lovins en el Congreso de los Estados Unidos.


El defendía “estrategias energéticas no invasivas” que combinarían una cultura de eficiencia energética y una transición a las renovables: casas diseñadas y construidas para necesitar el mínimo de calefacción; paneles solares y molinos de viento; atención a los flujos de energía en los sistemas.


Hace más de 40 años, Lovins describía estos como “los caminos que no han sido tomados” por los gobiernos que defendían los intereses corporativos de turno más que el uso sabio de tecnologías energéticas. A pesar de haber descubierto mientras tanto el calentamiento global, estos caminos a menudo siguen siendo ignorados. Esto ocurre con el potencial de ahorro de energía de las tecnologías más recientes, especialmente de los ordenadores conectados en red e Internet.


Estos productos de la “tercera revolución industrial” han hecho posible superar las antiguas redes centralizadas fuertemente dependientes de combustibles fósiles por sistemas descentralizados, integrados, dependientes de múltiples productores de energía. Las mejoras en tecnologías renovables (bombas solares, turbinas eólicas, bombas de calor, etc.) han ayudado.


Pero en las tres décadas que han transcurrido desde que fue descubierto el efecto del calentamiento global, la tecnología de “redes eléctricas inteligentes” apenas ha sido aplicada. En primer lugar, esas redes están gestionadas por compañías cuyo modelo de negocio es vender toda la electricidad posible. Los sistemas de generación distribuida -donde la red extrae electricidad de varias fuentes renovables y las reparte de forma eficiente- les asustan. Las empresas de electricidad descentralizadas comunitarias se ven forzadas a competir en los mismos términos con las corporaciones ya establecidas.


Un breve informe de ingenieros del Imperial College (Londres) afirmaba el año pasado que para sacar la electricidad y los sistemas de calefacción del Reino Unido fuera de los combustibles fósiles se necesitaba un “enfoque integral” coordinado por “una sola organización”. La implicación (que los investigadores no explicaron detalladamente) es que las agencias estatales tienen que coordinar la transición. ¿Qué otra “única organización” podría hacerlo? Y tal estrategia ha sido combatida ferozmente por las “seis grandes” compañías de energía de Reino Unido y sus amigos en el gobierno conservador. Este es un buen ejemplo de cómo el dominio corporativo y el dogma de la “competencia” están bloqueando las tecnologías necesarias para enfrentar el calentamiento global.


¿Y AHORA QUÉ?


No hay respuestas fáciles a la crisis histórica producida por tres décadas de inacción gubernamental en las negociaciones internacionales sobre el clima. Sugeriré tres pasos.
El primer paso es rechazar el discurso producido por estas negociaciones, que los gobiernos tienen la situación bajo control. No la tienen.


El proceso de las negociaciones ha producido y reproducido su propio discurso, desconectado del mundo, en donde 16 de los 17 años más calurosos registrados fueron en los últimos veinte años -y en donde los estudiantes, desde Australia hasta Suecia y Bélgica, hacen huelga por este motivo. Es bienvenido el hecho, en mi opinión, de que los estudiantes no solo estén instando a los gobiernos a declarar una “emergencia climática” -lo cual parece lo mínimo que podrían hacer- sino que también están buscando modos de tomar el asunto en sus manos, exigiendo aprender sobre ciencia del clima.


Los movimientos sociales, las organizaciones de trabajadores y las comunidades preocupadas por el cambio climático podrían adoptar enfoques similares: no solo exigiendo acciones del gobierno sino también adquiriendo el conocimiento para guiar la acción colectiva por nosotros mismos; no solo exigiendo “new deals verdes” legislativos sino bloqueando los proyectos corporativos de consumo intensivo de combustibles fósiles y desarrollando nuestras propias tecnologías post-combustibles fósiles. Ya existe una rica historia de estos dos tipos de acciones -desde las protestas contra el fracking o contra el oleoducto de Dakota Access a los proyectos de energía comunitaria y las iniciativas de “transición justa” en los lugares de trabajo- desde la que partir.


Un segundo paso es rechazar las soluciones técnicas falsas que oscurecen la realidad: que para abandonar los combustibles fósiles necesitamos un cambio económico y social; necesitamos vivir de forma diferente.


El enfoque actual en los coches eléctricos autónomos es un gran ejemplo de esto. La tecnología de los coches eléctricos probablemente no reducirá gran parte de las emisiones de carbono, y podría no reducirlas en absoluto, a menos que la electricidad sea generada completamente por renovables. Y mientras países como Alemania y España han dado el paso importante de aumentar la proporción de energía generada por renovables de un quinto a un cuarto, la parte realmente difícil -crear sistemas casi o completamente renovables- todavía queda por hacer.


Una posibilidad más atractiva es que las ciudades se conviertan en lugares donde la gente viva con sistemas de transporte mejores, más saludables y no dependientes de los coches. Tecnologías como los tranvías y las zonas peatonales y las infraestructuras para el uso de las bicicletas pueden ayudar. La función social principal de los coches eléctricos, por el contrario, es preservar los beneficios de los fabricantes de coches. ¿Por qué ayudarles?


Tales cambios en el transporte urbano -sustituir un sistema tecnológico por otro- significan romper la resistencia de los centros de poder y riqueza (productores de combustibles fósiles, productores de coches, constructores de carreteras, etc.) que se benefician de ellos.


Lo mismo ocurre con otros sistemas tecnológicas. Rehacer la relación entre el campo y la ciudad, desplazar la infraestructura de construcción urbana del actual modelo de consumo de energía intensivo -que acabaría con la construcción de consumo intensivo de energía de casas que desperdician calor- significa romper la resistencia de los agentes inmobiliarios, de las compañías de construcción y de sus amigos en todos los niveles del gobierno. Ir hacia redes eléctricas descentralizadas, completamente integradas, significa romper la resistencia de las compañías eléctricas actuales.


Tales cambios, que combinan un cambio tecnológico, social y económico, son el tercer paso hacia el cambio. Estos cambios, por su parte, apuntan hacia transformaciones más profundas de los sistemas social y económico que respaldan los sistemas tecnológicos. Podemos imaginar formas de organización social que sustituyen el control corporativo y estatal de la economía, avanzar un control colectivo y comunitario y, lo que es crucial, en el cual el trabajo asalariado -un punto central del capitalismo centrado en el beneficio- es superado por tipos de actividad humana más valiosos.


Una transformación social semejante -una ruptura con un sistema económico basado en el beneficio y una ruptura paralela con la política basada en la falsa premisa de que el “crecimiento económico” equivale al bienestar humano- ofrecería la base más sólida para el tipo de cambios en los sistemas tecnológicos que se necesita para completar el abandono de los combustibles fósiles.


El hecho de que los movimientos obreros y sociales hayan aspirado a tales transformaciones durante dos siglos o más y que no los hayan conseguido todavía sugiere que no hay una forma sencilla de hacer esto. Y no intento ofrecer fórmulas triviales para el éxito. Pero entender que el cambio tecnológico es interdependiente del cambio social y económico, y que deberíamos resistir la tentación de pensar en ello de forma separada, es crucial.

Por Simon Pirani*
Traducción: Cristopher Morales

publicado
2019-03-30 07:00:00

*Simon Pirani es autor de Burning Up: A Global History of Fossil Fuel Consumption, y profesor visitante en el Instituto de Oxford para Estudios Energéticos.
El artículo original fue publicado en Roar Magazine.

 

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