Hay voces que al apagarse nos dejan huérfanos. En el coro polifónico que inunda la esfera pública internacional, una multiplicidad de cascotes de ruido y furia, las voces singulares y originales son trágicamente insustituibles. El 14 de marzo de 2018 dejó de escucharse la de Stephen William Hawking y el silencio sigue siendo ensordecedor.

Hace exactamente una década viajé a Cambridge desde Buenos Aires para su 70 cumpleaños. Al igual que hoy, Hawking no fue de la partida: un problema de salud le obligó a celebrarlo en soledad, viendo las imágenes de la fiesta que llegaban desde el imponente Gran Salón delTrinity College. Allí donde alguna vez cenaron Isaac Newton, Lord Byron o Ludwig Wittgenstein, la ausencia del homenajeado era la forma más amarga y poderosa de estar allí. Tal como hoy. La conversación en todas las mesas giraba en torno suyo. No había quien no tuviera alguna anécdota que devolviera retazos de su carácter terco, agudo, brillante y con un sentido del humor muy británico. Todos afirmaban que su amor incondicional por la vida era el de un sobreviviente.

Cuando se desató el azote de la pandemia, muchos recordamos la infinidad de veces que Hawking anunció su llegada inexorable. No fue, por supuesto, el único que lo advirtió, pero sí quien lo hizo de manera más persistente. Su propio cuerpo era para él, imagino, la evidencia más inmediata de nuestra fragilidad biológica. Su extraordinario intelecto, al mismo tiempo, la de la portentosa e inexplicable capacidad humana de albergar el cosmos en el interior del cráneo.

Además de privarse de ver al mundo acorralado por un virus, Stephen Hawking se perdió por unos pocos meses la primera fotografía de un agujero negro. La luz plasmada en una imagen que ya es icónica viajó por el espacio casi 55 millones de años y llegó a los radiotelescopios cuando aún vivía, pero la complejidad de su procesamiento impidió que Hawking pudiera disfrutarla. Nadie merecía más que él tener el privilegio de ver esa imagen. Sus contribuciones a la teoría de la Relatividad General fueron portentosas, iluminando problemas tan importantes como el inicio del espacio y el tiempo, la formación de estructura a gran escala en el Universo y, justamente, el comportamiento de las criaturas más enigmáticas que pueblan nuestros cielos: los agujeros negros.

Tampoco pudo ver el espectacular aterrizaje de Perseverance ni el insólito vuelo del helicóptero explorador Ingenuity en Marte, ni el cinematográfico lanzamiento y despliegue espacial del telescopio James Webb, que pronto nos permitirá ver cómo nacieron las primeras estrellas. En todos estos eventos se habría escuchado a Hawking haciendo declaraciones que acabarían por contagiarnos su desbordante entusiasmo por todo lo que sucede sobre nuestras cabezas.

"Recuerden mirar arriba, a las estrellas, y no abajo, a sus pies", dijo en un pequeño discurso el día de su cumpleaños, hace una década. De modo que no sé qué habría pensado de la cansina película Don’t look up. Creo que nos recordaría que mirar arriba es ver el pasado. Allá en los cielos están las imágenes del nacimiento del cosmos, de otras galaxias que nos permiten dimensionar la nuestra y de otras estrellas que son de la estirpe de nuestro Sol. Mirando arriba contemplamos la tumultuosa coreografía de supernovas, agujeros negros y quásares que sazonaron con carbono, oxígeno y nitrógeno una mezcla fundente de hidrógeno para convertirla en materia viva.

 

De esa materia puede resultar la alquimia de un ser genial, provocador, divertido, desafiante, tenaz, batallador, juguetón y mordaz como Stephen Hawking. Capaz de conjugar con naturalidad la tradicional flema británica y el humor zafio de la industria del entretenimiento estadounidense. Y si bien, como ocurre con muchos grandes hombres y mujeres de la cultura entregados en cuerpo y alma a su obra, quizás no sobresalían en él los gestos públicos de ternura, compasión, amor o empatía, tuve la fortuna de poder ser testigo de ellos en las distancias cortas.

La dignidad de su desigual combate contra la esclerosis lateral amiotrófica fue una de las mayores gestas que el frágil Eros haya protagonizado jamás frente a la perversidad proverbial de Thánatos. Su denodada lucha diaria contra una adversidad imposible de imaginar para quien no la haya visto de cerca o padecido, es la victoria suprema del hedonismo sobre la autocompasión. Sólo se rindió ante la sentencia inapelable de la parca, que significativamente llegó el día de cumpleaños de Einstein. Esperó dignamente el jaque mate sin inclinar jamás, ni siquiera cuando parecía acorralado, su rey sobre el tablero.

A pesar de su desdén por lo divino, Hawking fue un devoto de las grandes instituciones británicas, por lo que dejó estipulada su autorización para ser velado en la Iglesia de Santa María La Grande, como todos los profesores excelsos de Cambridge. Esa fue la última vez que viajé a esta ciudad para visitarlo. Lejos, en el recuerdo, quedaba la cena en su casa en la que aceptó visitar Argentina en mayo de 2010 para los actos del bicentenario. Un sueño que jamás se concretó por motivos que la razón --al menos la mía-- jamás comprenderá.

La austera ceremonia de su funeral transcurrió en un silencio cuya textura era más de unción que de protocolario respeto, tuvo detalles probablemente previstos y planificados por él, pinceladas de sus gustos musicales y de su humor sardónico. Tras recordarnos que Hawking no creía en que hubiera nada más allá de la muerte, Martin Rees leyó con emocionada delicadeza la apología que Platón escribió sobre la muerte de Sócrates, y que tan bien se adecuaba a un espíritu curioso y explorador como el suyo: "Pero si la muerte fuese un viaje hacia otra parte y allí, como dicen los hombres, habitasen todos los muertos, ¿qué bien, oh, mis amigos y jueces, puede ser más preciado que éste? ¿Qué no daría un hombre si pudiese conversar con Orfeo y Museo, Hesíodo y Homero? Si esto es verdad, déjenme morir una y otra vez. Sobre todo porque, entonces, sería capaz de continuar mi procura del conocimiento verdadero y falso; como lo hice en este mundo, así en el próximo".

Cuando todo parecía haber finalizado y el mutismo sepulcral empezaba a deshilacharse con el salpicado crujir de los bancos de madera, indicando la disposición de los presentes a emprender la salida, se sentó al piano un reverendo ataviado como si saliera de las páginas de El nombre de la rosa. Se acomodó la larga capa ceremonial, respiró hondo y, cuando se esperaba el sonido de algún réquiem, acompañando el vuelo definitivo de Stephen Hawking finalmente liberado de la prisión de su cuerpo, comenzó a tocar con aires festivos Fly me to the Moon. No estaba Frank Sinatra para cantarla, pero su voz muda sonó de memoria en la cabeza de todos.

 

José Edelstein es físico teórico, IGFAE, Universidad de Santiago de Compostela.

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