Martes, 07 Septiembre 2021 06:35

No es la mala suerte lo que persigue a Haití

No es la mala suerte lo que persigue a Haití

Las malas infraestructuras y la pésima gobernanza se suman a los males de un país abatido por un huracán, que siguió a un terremoto, pocas semanas después del asesinato de su presidente.

El 14 de agosto, exactamente 11 años, siete meses y dos días después de que Haití sufriera el terremoto más mortífero jamás registrado en el hemisferio occidental, el país fue golpeado por otro más fuerte. No fue exactamente en el mismo lugar que el primero, sino a algo más de 90 kilómetros al oeste del «Goudou Goudou», la palabra onomatopéyica en creole haitiano para referirse al terremoto del 12 de enero de 2010.

Luego, el 16 de agosto, la tormenta tropical Grace azotó el país, agravando los problemas que enfrenta la nación caribeña. Muchas personas -tanto en Haití como fuera de sus fronteras- respondieron a las noticias de las dos catástrofes naturales con la sombría frase «Haití nunca tiene un respiro». Otros se limitaron a las condolencias. «Pobre Haití», decían los mensajes de WhatsApp que circulaban entre los haitianos y la gente del extranjero que conoce el país. «Haití cherie. Pobre Haití cherie. ¿Qué puede hacer Haití? Problemas sin parar». Los menesajes representaban una idea fatalista, que supone que Haití está condenado a un sufrimiento constante, que sus problemas son inevitables y que nada cambiará.

No ayudó el hecho de que, el día después del terremoto del 14 de agosto, a medio planeta de distancia,Afganistán volviera a manos de los talibanes. El mundo se vio absorbido por los acontecimientos en Kabul y hubo poco espacio para Haití, con su supuesta mala suerte y sus problemas, aparentemente predestinados.

Hay algo de verdad en la impresión de mala suerte. Cuando se produjeron el último terremoto y la tormenta tropical, Haití ya se tambaleaba por una crisis política provocada por el asesinato de su presidente el 7 de julio. En los años transcurridos desde el goudougoudou de 2010, Haití se ha visto afectado por una serie de catástrofes naturales, incluido el huracán Matthew.

Matthew, que azotó en 2016, fue un huracán de categoría 4, un evento que se prevé que solo ocurra una vez cada 56 años. Una estimación del Banco Mundial (BM) unos meses después del huracán Matthew decía que Haití había sufrido pérdidas equivalentes al 22% del PIB, había afectado a más de 2 millones de personas o a 20% de la población de Haití, había arrasado carreteras y puentes clave y había destruido la cadena de frío de las vacunas. Fue un duro golpe después del terremoto de 2010, que mató a 220.000 personas, desplazó a 1,5 millones y destruyó el equivalente al 120% del PIB. El BM utilizó datos históricos para calcular que las catástrofes relacionadas con el clima habían «causado en Haití daños y pérdidas que ascendían a cerca de 2% del PIB de media anual entre 1975 y 2012».

En términos reales, el terremoto de 2021 fue bastante diferente al de 2010. Fue de una magnitud ligeramente mayor —7,2 Mw frente a los 7,0 Mw de 2010—, pero su epicentro se situó lo suficientemente al oeste del país como para no alcanzar a Puerto Príncipe ni a la región de la capital, donde vive aproximadamente un tercio de los 11 millones de habitantes de Haití. El número de muertos fue mucho menor que en 2010, apenas e 1%. Pwoteksyon Sivil, la Agencia de Protección Civil de Haití, tuiteó el 22 de agosto que había 2.207 muertos y 344 seguían desaparecidos. La agencia añadió que había 12.268 heridos y casi 53.000 casas destruidas. Pero las consecuencias del terremoto de 2021 (y de la tormenta tropical Grace, que le siguió) van más allá del igualmente elevado número de muertos.

Escuelas, hospitales, centrales eléctricas, puentes y carreteras en el sur de Haití, mayoritariamente rural, han sido destruidos. Se trata de infraestructuras clave en cualquier lugar, pero especialmente en Haití, donde puede llevar décadas conseguir financiación para estos proyectos.

La historia de L'Asile, municipio de 52.000 habitantes del departamento de Nippes, es trágica. Tuvo su primer hospital -50 camas y quirófanos- en 2008. Ahora, el hospital está en ruinas y no tiene más que un pequeño centro de triaje al aire libre. El Washington Post citó a un médico frente al hospital derrumbado de L'Asile: «¿Reconstruir? ¿Cuánto tiempo va a llevar? ¿En serio? ¿En Haití? Quizá 100 años». Tras visitar las escuelas afectadas por el terremoto, Bruno Maes, representante de UNICEF en Haití, dijo: «Es realmente un desastre. Es un impacto masivo, masivo en el sistema educativo».

Los haitianos son conscientes de que la reconstrucción costará millones y millones, dinero que ni ellos ni su gobierno tienen. Aún más revelador es el sentimiento de desesperación de la población, que se encuentra sola. El alcalde de L'Asile, Martinor Gerardin, ha dicho con toda naturalidad: «No hemos visto al gobierno venir en nuestra ayuda, y no espero que lo haga. ¿Cómo vamos a reconstruir nuestras escuelas, nuestras iglesias, arreglar nuestro suministro de agua? Les puedo decir que este gobierno no va a ayudar. Estamos solos».

Dice algo sobre la falta de esfuerzos organizados de ayuda, que un famoso gángster, Jimmy Cherizier, alias «Barbacoa», haya prometido audazmente una tregua con otras bandas para permitir que la ayuda llegue al suroeste de Haití.

La mala suerte de Haití es su falta de preparación y de procedimientos para las estrategias de colaboración. Tras el terremoto de 2010, el Banco Mundial ayudó a elaborar un código nacional de construcción y formó a un nuevo equipo técnico en el Ministerio de Obras Públicas para garantizar las normas. Casi una década después, el BM informó de los logros de la Unité de Construction de Logements et de Bâtiments Publics. «En 2012, había completado con éxito las evaluaciones de más de 430.000 edificios. Además, durante el primer semestre de 2018, más de 16.000 albañiles e ingenieros recibieron formación en construcción parasísmica».

Pero el eslogan de la entidad nodal de construcción UCLBP de «reconstruire mieux» (reconstruir mejor) parecía aplicarse principalmente a Puerto Príncipe y las zonas circundantes afectadas por el terremoto. En los años transcurridos desde el terremoto de 2010, apenas se ha intentado desarrollar un conjunto nacional de protocolos de seguridad sólidos y de resiliencia sistémica. A nivel nacional, Haití no ha tratado de reforzar los edificios que no pudieron ser reconstruidos ni de instituir simulacros de respuesta al terremoto.

Al ser el país más pobre de América, lo que se considera más catastrófico es la falta de preparación de Haití ante las catástrofes, más que la frecuencia de estas.

En su Informe sobre Riesgos Mundiales 2020, Bundnis Entwicklung Hilft, una red de organizaciones humanitarias alemanas, clasificó a 181 países según parámetros que incluían la exposición a los riesgos, la susceptibilidad, la adaptación y la falta de capacidad de respuesta. Según el informe, en la región del Caribe, Haití está menos expuesto al riesgo de catástrofes naturales que Dominica y Trinidad y Tobago. Y no está tan expuesto a las catástrofes naturales como Japón, Uruguay y Chile -situados cerca de los bordes de las placas tectónicas y propensos a los terremotos- o los Países Bajos, amenazados por la subida del nivel del mar. Y sin embargo, Japón y los Países Bajos se encuentran entre los 15 países menos vulnerables del mundo. Haití, por el contrario, es muy vulnerable, ocupando el noveno lugar en el cómputo global de falta de capacidad de respuesta, justo detrás de Afganistán y de la conflictiva Siria.

¿Por qué? Cualquier búsqueda de respuestas suele toparse con la aguda falta de recursos de Haití para reconstruir y prepararse para las catástrofes. Cuando recibe recursos -de fuentes extranjeras, como ocurrió tras el terremoto de 2010- la ayuda es en realidad perjudicial porque debilita al Estado haitiano, según argumenta el historiador Laurent Dubois en su libro de 2012 Haití: las réplicas de la historia.

Pero los economistas Daron Acemoglu y James Robinson, autores de Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobrezaescribieron una vez en su blog sobre el enigma de la situación de Haití. Se preguntaban por qué sufre de esta manera y no la República Dominicana, que comparte la isla de La Española con Haití, así como su historia de esclavitud.

«Al final de la Segunda Guerra Mundial, Haití y la República Dominicana tenían niveles de renta per cápita esencialmente idénticos. A partir de entonces, divergieron», escribieron Acemoglu y Robinson. Tal vez se deba a que la República Dominicana tenía un dictador que se embarcó en una senda de crecimiento extractivo, dijeron. Más tarde, la República Dominicana tendría instituciones políticas más inclusivas y crecimiento económico. Pero en el caso de Haití, «no hubo crecimiento extractivo...solo anarquía». Es discutible, pero tal vez eso forme parte del patrón de la evidente falta de preparación de Haití.

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Habitantes de Beita son dispersados con gas lacrimógeno, en el mejor de los casos, luego de incomodar a colonos israelíes y ahora a soldados que los sustituyen. Foto Afp

En el pueblo palestino de Beita, al norte de Cisjordania, una peculiar función de cine al aire libre se proyecta cada noche. Sentados en sillas de plástico y armados con punteros láser, linternas y altavoces, sus habitantes hacen ruido y proyectan luces hacia la colina vecina y hartar a los israelíes para que se marchen.

Desde mayo Beita quiere encarnar una nueva forma de resistencia que sea independiente de los partidos políticos ante la ocupación israelí.

"Aquí hay sólo una bandera: la de Palestina. No hay Fatah, Hamás o FPLP (Frente Popular para la Liberación de Palestina). No hay líderes carismáticos. Intentamos hacer desde abajo lo que los dirigentes no logran hacer desde arriba", dice Said Hamayel, uno de los manifestantes.

La movilización de los 12 mil 500 habitantes de este pueblo ha tenido frutos: a principios de julio los colonos israelíes que habían instalado sus caravanas en la colina situada frente a Beita fueron remplazados por soldados.

El asentamiento de Eviatar, creado sin el visto bueno de las autoridades israelíes, fue desalojado en virtud de un acuerdo logrado entre colonos y gobierno, mientras éste decide sobre los derechos de propiedad de la colina, territorio palestino que Israel ocupa desde 1967.

Todas las colonias instaladas en los territorios palestinos son ilegales, de acuerdo con el derecho internacional. El gobierno israelí autoriza la instalación de buena parte de estos asentamientos, pero hay una pequeña parte, llamadas "colonias salvajes", que nacen sin ningún tipo de permiso de las autoridades, como fue el caso de Eviatar.

Una vez que los colonos se fueron, los habitantes de Beita hubieran podido abandonar la lucha, pero las protestas siguen con el fin de "volver locos" a los soldados que ahora patrullan la colina y garantizar que la colonia no vuelva nunca a ser reconstruida.

Las protestas han ocasionado enfrentamientos violentos entre palestinos y militares que no han dudado en responder abriendo fuego. Hamayel pagó un alto precio por esto: su hijo Mohamed. El chico de 15 años murió a mediados de junio tras recibir un disparo fatal. El ejército israelí explicó que abrió fuego contra los manifestantes "porque ponían en peligro" a las tropas.

"Los israelíes quieren cortar de raíz esta nueva forma de resistencia popular. Tienen miedo", asegura el hombre, reprochando a la Autoridad Palestina –el gobierno del presidente Mahmud Abas– de que "sólo haga declaraciones" contra la colonización de Cisjordania y Jerusalén Este.

En 2007, después de que Hamás ganara las elecciones en la franja de Gaza y tomara las riendas de este enclave palestino, hubo graves enfrentamientos entre este movimiento islamista y el Fatah, de Abas. Desde entonces, Gaza y Cisjordania funcionan como dos entidades separadas.

Afp

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Sábado, 28 Agosto 2021 06:27

Sangre vegetal

Sangre vegetal

Las consecuencias ambientales del colonialismo chino en África Occidental

La avidez del gigante asiático por madera para sus muebles acelera la deforestación de la costa oeste africana. La demanda y la desertificación crecen como consecuencia de la pandemia.

 

Cuando un chico rebana con una sierra mecánica un árbol de Palo Rosa, los anillos del tronco que nos revelan su edad se tiñen de chorros de savia roja. Esta sangre vegetal es cada vez más joven: apenas quedan ya ejemplares mayores de 35 años. Por eso, cuando uno de esos adolescentes fibrosos encuentra uno en pleno monte, se le pasa momentáneamente el colocón de marihuana y, por unos segundos, deja de beber de la lata de bebida energética que suelen llevar en la mano. Saben que, a miles de quilómetros de allí, un empresario chino pagará una fortuna por esa maravilla de la naturaleza para ser laminada por la insaciable industria del mueble chino.

La mayor dictadura del mundo sabe que ni sus clases media y alta ni las del resto del mundo quieren solo muebles de aglomerado chapado: la pandemia de covid-19 ha desatado un furor por la renovación de la decoración de las casas, y el aumento de los anuncios en las redes sociales de empresas de artículos de decoración es la prueba más evidente de ello. Cuando uno de estos muchachos encuentra un buen ejemplar de Palo Rosa, sabe que ese día recibirá algo más de los 4 dólares diarios que suelen cobrar de media.

Hace un siglo, sus antecesores talaban ejemplares centenarios para la construcción de violines, pianos y otros instrumentos clásicos con los que deleitaba sus oídos la aristocracia de la metrópoli británica. Comenzaban los locos años veinte, las radios llegaban a los hogares y su melodía inundaba las casas de las elites y los patios de las corralas de la clase obrera. Ahora, lo que radian estos troncos que permanecen amontonados en los caminos y carreteras del norte de Sierra Leona es el sonido sordo de la deforestación: la mayoría de los informes estiman que la superficie arbórea de Sierra Leona es ya menos del 5 por ciento.

LA DEMANDA CHINA

En los alrededores de Kabala, una ciudad de unos 30 mil habitantes, muchachos desarrapados duermen sobre los troncos que ocupan buena parte de los caminos de tierra de la población. Han llegado hasta aquí desde distintos lugares del país, pero también desde Guinea Ecuatorial, donde el gobierno ha reducido el negocio de la exportación de madera a China tras una década en la que representó su fuente más importante de ingresos. Ahora, apenas le queda masa forestal y buena parte de sus jóvenes ve como única salida la emigración a Sierra Leona, donde la industria de la tala ilegal sigue funcionando a todo gas.

Al contrario que Europa y Estados Unidos, China se ha negado a firmar convenios dirigidos a combatirla, y su demanda de madera es constante. Cada día, del distrito de Koinadugu, el más afectado por este fenómeno en Sierra Leona, salen unos 40 camiones cargados de troncos camino del puerto de Freetown, de donde partirán en buques rumbo a Asia.

China es la compradora de uno de cada tres árboles talados ilegalmente en el mundo, lo que la convierte en la principal responsable de la deforestación a gran escala que está teniendo lugar en América Latina, Asia y África. Es en este último continente donde más ha aumentado el ritmo de la deforestación en los últimos cinco años, agravando las consecuencias de la crisis climática. Según la Agencia de Investigación Medioambiental (IAE, por sus siglas en inglés), los bosques chinos solo cubren un 40 por ciento de su demanda interna y, de hecho, desde 1999 ese país ha invertido decenas de billones de euros en reforestación para garantizarse madera a largo plazo.

Mientras, en Sierra Leona, que nunca se libra de aparecer en el ranking de los 15 países más pobres del mundo, hay un convencimiento entre la población de un sustancial aumento de las temperaturas a causa de la deforestación, aunque son pocos quienes rechazan este motor económico que ha permitido que muchas de las chozas de adobe en las que vive la mayoría hayan pasado de tener techos de paja a planchas metálicas.

Aunque la verdadera prosperidad, la que representan los chalets de arquitectura palaciega que están construyéndose en medio de la más absoluta miseria, es la que sigue aportando la migración: esas construcciones que despuntan hasta dibujarse desde la lejanía como torres vigías son la promesa de retorno de los migrantes a los que mejor les fue en Europa y Estados Unidos.

DEFORESTAR, CULTURA AGRÍCOLA

«Cuando en Guinea no nos dejaron seguir trabajando, me vine para aquí. Tengo dos camiones y por cada uno de ellos –lleno con unos 160 troncos– los chinos me pagan unos 10 mil dólares», explica Saud, de unos 40 años, cuando un hombre nos interrumpe y ordena que deje de grabar. Alrededor, toda la escena se para: los jóvenes dejan de cargar los troncos y asisten en silencio. Se trata del representante de la asociación de madereros de Sierra Leona, una entidad que juega el paradójico papel de actuar como representación institucional en las aldeas aun cuando su actividad es, aunque alentada por el gobierno, ilegal. Viene acompañado de otros hombres que insisten con su actitud corporal en el mensaje de que no soy bienvenida.

En los últimos tiempos, ha aumentado la presión contra el gobierno por parte de la Unión Europea, de Estados Unidos y de ONG internacionales para que deje de hacer la vista gorda y tome medidas contra una situación crítica: las imágenes por satélite demuestran que, a este ritmo, no quedará un árbol en pocos años, según la IAE. Antes de abandonar el lugar, Saud insiste en lo bien que paga a los jóvenes por una jornada de trabajo: esos 4 euros son cuatro veces los ingresos diarios que tiene de media la población sierraleonesa.

Jakob ha dado un importante salto en la escala social: ahora es intermediario entre quienes talan y los transportistas. A la entrada de su casa se acumulan decenas de maderos y, tras valorarlo con varios vecinos, decide hablar con la periodista: «Estamos hartos de que se nos acuse de ser los responsables de acabar con la selva. Los agricultores y los ganaderos la queman continuamente, mientras nosotros solo cortamos determinados árboles. Pero si tuviéramos una alternativa para sacar adelante a nuestras familias, estaríamos encantados de no hacerlo». De hecho, una de las escenas más cotidianas y sorprendentes en este país es que allá donde viajes encontrarás grandes extensiones de la selva en cenizas o ardiendo. Todo el tiempo, en todas partes.

Es un país, literalmente, en llamas. Es el sistema tradicional que emplea la población para limpiar los montes y sembrar arroz, maíz, yuca… Y también para facilitar el tránsito para el ganado. Pero, en la práctica, se quema sistemáticamente por la creencia popular de que es así como se debe mantener a raya a la selva. Y que, de dejarla, lo devoraría todo. La consecuencia es una desertización del terreno, el aumento de las inundaciones, peores cosechas y una contaminación del aire permanente. En las aldeas y poblaciones medianas es peor porque, cada tarde, cuando cae el sol, sus habitantes tienen que quemar la basura y una neblina pestilente a baja altura lo cubre todo.

UNA LECCIÓN DE COLONIALISMO

Abdoul es un senegalés ingeniero de caminos que trabajó durante siete años en Zaragoza en la empresa Dragados. «Fuimos quienes construimos el AVE [tren de alta velocidad]», explica orgulloso. Después, decidió volver a su país, pero, tras un tiempo intentando poner en marcha varios negocios, se trasladó a Sierra Leona para convertirse también en intermediario maderero. «Guinea, Senegal, Ghana… ya no quedan países en los que sea tan fácil la tala como aquí», dice. Vive en Freetown, una ciudad fundada por esclavos liberados que se creó con la vocación de construir una nación que sirviera de referente para el África que se empezaba a liberar. Viajar por este país es una lección práctica de qué es el colonialismo: la única infraestructura visible es un tren de mercancías que une las minas del interior con el puerto. Toda riqueza aquí tiene como fin la exportación y solo implica a la población local en la parte lucrativa del negocio para engrasar la máquina de la corrupción.

Según el último barómetro de Transparencia Internacional, Sierra Leona ocupa el puesto 117 de 180 en términos de corrupción, el 45 por ciento de su población estima que ha aumentado en el último año y una de cada dos personas acepta haber tenido que pagar mordidas a un funcionario público en ese mismo período. «La tala está prohibida, sí, pero aquí todo pasa por pagar a los policías. En un país tan pobre como este, todo funciona por corrupción», explica Abdoul.

Para adentrarse en la selva, los jóvenes emplean algo a lo que una vez se le pudo llamar coche. A ese esqueleto de chapa al que apenas le queda el motor y el volante, le retiran también los asientos traseros para colocar los troncos. Por caminos imposibles, y como si jugasen como los niños que muchos de ellos son, avanzan a toda la velocidad que pueden mientras rebotan, tocando el techo con sus cabezas, cada vez que caen en uno de los baches que conforman el carril. Los percances son habituales. No hay estadísticas de los fallecimientos de timbers (como se les llama a los madereros), aunque solo hay que recordar que una de las principales causas de muerte entre los cooperantes son los accidentes de tráfico.

«¿Has visto qué fuerte soy?», dice uno de ellos, un chaval de 15 años que llegó hasta aquí con un amigo desde el sur del país. La mayoría no supera los 25 años. No hay cuerpo que resista este trabajo mucho tiempo. Suelen vivir juntos en chozas alquiladas. En este país, la mayoría de las casas no tiene más muebles que algún banco hecho con unas tablas y el mortero gigante en el que muelen las hojas con las que condimentan todas las comidas. Hay aldeas en las que resulta difícil incluso encontrar un árbol bajo el que estar a la sombra. Todo para engrasar esa industria de la que nos llegan continuamente anuncios en Instagram y Facebook, de muebles de diseño nórdico, industrial, rústico, étnico… made in China, talados por los descendientes de los esclavos que una vez fueron liberados en lugares como Sierra Leona.

atricia Simon
27 agosto, 2021

(Publicado originalmente en La Marea, Brecha reproduce de acuerdo con una licencia Creative Commons BY-SA 3.0, titulación propia.)

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Viernes, 06 Agosto 2021 06:03

Semejanzas y coincidencias

Semejanzas y coincidencias

Después de que en 1914 una expedición de los marines desembarcó en Puerto Príncipe y, forzando su entrada al Banco Nacional de Haití, se llevó la mitad de sus reservas de oro (500 mil dólares) −entregándoselos luego a Citibank en Nueva York− el presidente en turno, incapaz entre otros de pagar sus milicias (los cacos), resignó (bit.ly/37izlrh). Su sucesor, Vilbrun Guillaume Sam, a pesar de todo, siguió un firme −en lo político y en lo económico− curso proestadunidense. Incluso estuvo a punto de entregar a Washington las aduanas, una de las pocas fuentes del ingreso del gobierno, desatando una rebelión soberanista en la provincia. Su respuesta: una feroz represión. Pero cuando Sam ordenó la masacre de casi 200 prisioneros políticos en una cárcel capitalina −incluido otro ex presidente−, también la gente en Puerto Príncipe ya tuvo demasiado de él y se fue a buscarlo a su casa. El presidente logró huir a la embajada francesa, pero la turba lo alcanzó de todos modos: linchó, descuartizó y "paseó" sus extremidades por las calles. Para EU, a cuyo gobierno (Wilson) no le costó nada convencer a su opinión pública sobre “la necesidad de ‘restablecer la orden’ en aquella nación”, fue un pretexto perfecto para invadir y ocupar al Haití (1915-1934) introduciendo leyes raciales tipo Jim Crow y corvea, en práctica indistinguible de la esclavitud (bit.ly/3lq8dib).

Cualquier semejanza con el asesinato de Jovenel Moïse el mes pasado, un presidente ilegítimo, corrupto, autoritario y represivo que ocupaba su puesto sólo gracias al visto bueno de Washington, fuerza muda y una red clientelar de "amigos" que al final se volcaron contra él, cuando un comando de ex militares colombianos lo ametralló en su casa en Puerto Príncipe (o tal vez sus propias escoltas, con colombianos más en calidad de "chivos expiatorios"...), es desde luego pura coincidencia. O igual y no.

De hecho, una de las más interesantes teorías (bit.ly/3ywhEQQ) que tratan de explicar lo ocurrido −más allá de la llena de huecos "versión oficial" (bit.ly/2VsDk1N, bit.ly/3ikRcE8)− apunta a un "asesinato preventivo" ideado por las familias más ricas de Haití que optaron por deshacerse del mandatario inepto que desde hace meses enfrentaba una poderosa ola de descontento popular (bit.ly/37eCqZn), a fin de evitar que fuera depuesto por la propia gente o como Sam, asesinado −la represión de Moïse arrojó anteriormente decenas de muertos (y en efecto lo que no se logró por meses, se llevó a cabo en cuestión de minutos)−, frenar el proceso político desde abajo y la movilización del lumpenproletariado haitiano liderado, ante la sistemática destrucción de izquierda en Haití, por figuras criminales que se hicieron del discurso "revolucionario" y "antisistémico" (Jimmy Barbecue Chérizier), redoblar la represión (bit.ly/2WAZK1l) y abrir la puerta incluso a una invasión yanqui: el primer ministro haitiano efectivamente les solicitó una intervención militar (bit.ly/3igNYBB).

En un momento culminante de su conjunto de ensayos sobre la política brasileña (Brazil apart: 1964-2019, Verso, 2020, 240 pp.), Perry Anderson une en forma de "parábola" la participación militar de Brasil en la misión de la OEA en República Dominicana en tiempos de la dictadura militar (1965) y la participación de los militares brasileños en la misión de la ONU en la otra parte de la isla, Haití, bajo el gobierno de Lula (2004), ambas en función de intereses estadunidenses.

Para Anderson, el actual ascenso de los militares y su omnipresencia en todos los niveles del gobierno de Bolsonaro donde ocupan puestos claves, incluyendo los normalmente asignados a los civiles −algo sin precedentes, ni siquiera en tiempos de la dictadura− tiene sus raíces en aquella segunda misión (hoy, paralelamente, y de modo sintomático, Iván Duque, presidente de Colombia, tras el asesinato de Moïse, llamó a la intervención militar de la OEA en Haití al estilo de la primera, con participación de otros países reaccionarios de la región, como Brasil, Honduras o Ecuador, aunque su núcleo, como en aquel entonces, de todos modos hubiesen sido los marines). Los militares brasileños que una vez flirtearon con el "neodesarrollismo" y al final abandonaron sueños de ser una potencia, enviados por Lula a Haití al menos para hacer de Brasil un global player al lado de Estados Unidos, volvieron aún más desilusionados. Su única preocupación era cómo evitar una "haitinización" de Brasil y frenar el (limitado) ascenso político de los pobres que tuvo lugar en tiempos del Partido de los Trabajadores (PT), e imponer una gestión militarizada de la vida social, algo que finalmente pudieron hacer bajo la égida de un ex capitán: Bolsonaro.

Cualquier semejanza con otra nación latinoamericana gobernada hoy por la socialdemocracia donde los militares ganaron una posición sin precedentes incluso en la época de la dictadura en aquel país y donde avanza la militarización de la vida social, con ex oficiales a cargo de algunos asuntos normalmente gestionados por los civiles y con el ejército directamente a cargo de obras y facilidades públicas en un proceso de una verdadera "acumulación militarizada" −de acuerdo con un trend mundial dentro del neoliberalismo en crisis de "empresarios en uniformes" (bit.ly/3rQTqyc)− y dónde este empoderamiento junto con una estéril política de "conciliación de clases" al estilo del PT, podría fungir como el "huevo de la serpiente" para un futuro régimen (pos)fascista, es desde luego pura coincidencia. O igual y no.

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Domingo, 11 Julio 2021 05:24

Haití y EE.UU., un vínculo tóxico

 Cientos de haitianos se congregan frente a la sede de la embajada de Estados Unidos con la esperanza de que les concedan un visa para abandonar su país.. Imagen: EFE

La política de Estados Unidos hacia Haití, bajo la lupa tras el asesinato de Moïse

La crisis actual hace temer que éste sea un nuevo episodio en un vínculo que nunca resultó ventajoso para el país caribeño.

 

En 1915, después del asesinato de Jean Vilbrun Guillaume Sam, el presidente de Haití en ese momento, Estados Unidos decidió enviar tropas al país caribeño con la excusa de que ayudarían a mantener el orden y lograr una estabilización. Se quedaron hasta 1934. Ahora, tras un episodio similar, el gobierno interino haitiano recurrió a la Casa Blanca para buscar apoyo en medio de la crisis, lo que volvió a poner el foco en la política exterior de Washington hacia Puerto Príncipe.

La crisis actual desatada a partir del asesinato del presidente Jovenel Moïse hace temer que este sea un nuevo episodio en un vínculo que nunca resultó ventajoso para Haití.

La relación entre Estados Unidos y Haití es espinosa desde el inicio. Mientras el país del Caribe comenzaba a buscar su independencia a fines del siglo XVIII, Estados Unidos apoyó a los franceses, recordó este sábado el sitio Vox. Con temor a que el levantamiento de los esclavos haitianos sirviera como ejemplo para los que estaban en territorio nortemericano, Estados Unidos tardó décadas en reconocerle la independencia, mucho más que Francia.

Luego, en el siglo XX, llegaron las intervenciones. Nunca una ocupación de Washington hacia Haití –la de 1915 no fue la última– tuvo efectos positivos para la nación caribeña, una de las primeras en el continente en dejar de ser colonia europea, pero la más pobre del hemisferio occidental actualmente. En la década de 1990, el país norteamericano volvió a invadir para reponer en su puesto al presidente Jean-Bertrand Aristide. Hoy, Estados Unidos es el principal donante de un país que, especialmente desde el devastador terremoto de 2010, depende de los poderes extranjeros y de los organismos internacionales.

Tras el asesinato de Moïse, el primer ministro haitiano Claude Joseph pidió que Estados Unidos enviara tropas al país. El pedido no cayó bien en su propio país, en el que la legitimidad de Joseph también está en duda. Pero además avivó el recuerdo de las anteriores intervenciones.

En los años recientes, Estados Unidos prefirió mantenerse al margen de la situación de Haití. Cuando Moïse asumió en 2017, un año después de ser elegido, su llegada a la presidencia coincidió con el inicio del mandato de Donald Trump. Durante su gobierno, el republicano apoyó a Moïse principalmente porque el haitiano respaldaba su campaña contra Venezuela y Nicolás Maduro. Pero cuando cambió el gobierno en Estados Unidos a principios de 2021, la nueva administración demócrata se limitó a aceptar el argumento de Moïse de que todavía le quedaba un año por gobernar, aunque sectores de la oposición haitiana esgrimían que el mandato ya había terminado.

Concentrado en la pandemia y preocupado más por la política exterior hacia China y Rusia, el actual presidente estdounidense Joe Biden prefirió dejar a Haití en un segundo plano. Se limitó a enviar una partida de 75,5 millones de dólares al país caribeño, que serían destinados a salud, educación, desarrollo de la agricultura y las actividades previas a las elecciones previstas para este año. También paró la deportación de haitianos y restableció el estatus de protección migratoria para quienes vengan de ese país.

Sin embargo, la noticia del asesinato de Moïse obligó a la Casa Blanca a volver la mirada hacia el Caribe. “Estados Unidos ofrece sus condolencias al pueblo de Haití y estamos listos para ayudar mientras continuamos trabajando por un Haití seguro”, dijo Biden en un comunicado tras el asesinato.

En medio de las críticas hacia lo que la administración estaba haciendo en cuanto a política exterior sobre el país caribeño, reapareció un video de Biden de una entrevista de 1994. “Si Haití se hundiera silenciosamente en el Caribe o se elevara 100 metros, no importaría muchísimo en relación a nuestros intereses”, había dicho ese año.

Obligada a dar una respuesta más fuerte ante la crisis en Haití, la Casa Blanca insistió en los últimos días que “Estados Unidos continúa atento y envuelto en consultas estrechas” con sus socios “para apoyar al pueblo haitiano después del asesinato del presidente”. El gobierno también dijo que enviará personal del FBI y del Departamento de Seguridad Nacional a Puerto Príncipe “tan pronto como sea posible para evaluar la situación”, según informó la secretaria de Prensa, Jen Psaki. “Fortalecer la capacidad de las fuerzas de seguridad de Haití es una prioridad clave de Estados Unidos. Lo era antes del asesinato de hace unos días y continúa siéndolo”, dijo.

La Casa Blanca también adelantó que enviará  cinco millones de dólares para “fortalecer la capacidad de la Policía Nacional Haitiana para trabajar con las comunidades para resistir a las pandillas”. El envío de tropas, en un momento en que Biden está más concentrado en retirar las que estuvieron en Afganistán por dos décadas, por ahora no está previsto.

11 de julio de 2021

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Enfrentamientos en la ciudad de Beita entre palestinos (en la imagen) y las fuerzas israelíes. Foto Afp

Ginebra. El relator de la Organización de Naciones Unidas (ONU) sobre la situación de derechos humanos en los territorios palestinos ocupados pidió que las colonias israelíes sean clasificadas como "crímenes de guerra".

Al presentar ayer su más reciente informe al Consejo de Derechos Humanos (CDH) en Ginebra, Suiza, Michael Lynk afirmó que las colonias israelíes constituyen una “violación de la prohibición absoluta de la implantación de colonos.

"La comunidad internacional calificó esta práctica de crimen de guerra cuando adoptó el Estatuto de Roma en 1998", indicó en un comunicado de prensa. Lynk está autorizado por el CDH, pero no habla a nombre de la ONU.

El relator pidió a la comunidad internacional evaluar las "numerosas medidas" posibles para pedir cuentas a Israel, a escala diplomática o jurídica. "Ha llegado el momento de hacer comprender a Israel que su ocupación ilegal y su desprecio por el derecho y la opinión internacionales no pueden ser gratuitos".

Israel, que no reconoce el mandato de Lynk y nunca le ha dado acceso a los territorios palestinos, no asistió a los debates.

El experto, de nacionalidad canadiense, subrayó que muchas resoluciones de la ONU han calificado de ilegal la política israelí de colonización.

Cisjordania es un territorio palestino ocupado desde 1967 por Israel, y todas las colonias israelíes que se encuentran ahí son consideradas ilegales, según el derecho internacional.

La colonización israelí en los territorios palestinos experimentó gran avance en los años recientes con el impulso del ex primer ministro Benjamin Netanyahu y tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Según el experto de la ONU, Jerusalén Este, el sector palestino de la ciudad, ocupado y anexionado por Israel, y Cisjordania ocupada tienen cerca de 300 asentamientos, donde viven más de 680 mil colonos.

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La herencia de Netanyahu en Israel: una fuerte erosión de la democracia

El país dividido que deja Benjamín Netanyahu a sus sucesores debe cambiar radicalmente para no hundirse en un ensimismamiento dañino para la sociedad. Si atendemos a la erosión que ha experimentado en los últimos doce años, la democracia israelí está en peligro. Netanyahu ha atacado con una energía sin precedentes a las principales instituciones del país, desde la judicatura hasta la prensa.

 

 Los últimos doce años al frente del gobierno (2009-2021) y los tres años anteriores en el mismo cargo (1996-1999) han convertido a Benjamín Netanyahu en el político occidental que más tiempo ha ocupado esa posición, con excepción de la canciller Angela Merkel, y le han permitido moldear el estado judío a su antojo, dejando una herencia que ha erosionado la democracia y que sin duda perdurará en el futuro.

El descrédito de la democracia puede observarse en numerosos aspectos de la sociedad israelí y es consecuencia natural del nacionalismo y el religionismo.

Durante su prolongado mandato el país se ha convertido en lo que se denomina una "democracia iliberal", en la que todo el poder se ha concentrado en sus manos, sirviéndose de las mayorías que le han dado las urnas para oprimir a los sectores que no comulgaban con sus ideas.

La justicia

La judicatura ha sido posiblemente el frente de la política interior al que Netanyahu ha dedicado más tiempo. Lo ha debilitado todo lo que ha podido, tanto él como los ministros de Justicia que ha designado y que permanentemente se han enfrentado a los jueces, especialmente a los del Tribunal Supremo. Ha sido una persecución en toda regla argumentando que el parlamento, y no los jueces, es quien debe decidir lo que se hace y que el parlamento no debe obedecer las decisiones del Supremo cuando hay discrepancias entre los dos poderes.

Sus ataques a la justicia se han intensificado en los últimos años, ya desde antes de que comenzara el juicio contra la corrupción que ahora se está celebrando en un tribunal de distrito en el sector ocupado de Jerusalén.

Netanyahu ha creído que, respaldado por una mayoría parlamentaria, podía hacer y deshacer a su antojo al margen de las leyes, y no está claro cómo y hasta dónde podrá recuperarse el Supremo de esos embates que lo han desacreditado entre una buena parte de la población más populista.

La crispación

La crispación ha alcanzado límites desconocidos, incluso superiores a los que existieron en el periodo previo al asesinato de Yitzhak Rabin en noviembre de 1995. Los citados ataques contra la justicia, o contra la policía y la prensa, han contribuido a crear un clima de tensión y división permanente que Netanyahu y su entorno han impulsado conscientemente puesto que consideraban que la crispación y la división les beneficiaba electoralmente.

Esa misma política de enfrentamiento es la que Netanyahu ha empezado a aplicar en el parlamento desde mediados de este mes de junio como jefe de la oposición. Su nueva responsabilidad en la Kneset sin duda augura malos momentos para el gobierno de Naftalí Bennett, especialmente si, como todo parece indicar, mantiene el sistemático descrédito del sistema en su conjunto.

Palestinos

Los doce últimos años se han caracterizado por una creciente expansión colonial judía en los territorios ocupados, encerrando a los palestinos en guetos cada día más precarios que se sostienen por la ayuda que reciben de Occidente. Netanyahu ha conseguido que los palestinos sobrevivan en un estado de hibernación permanente a la espera de que más pronto o tarde se presente la ocasión de darles la patada definitiva.

Esta misma política continuará con el nuevo gobierno si EEUU y Europa no dan un golpe sobre la mesa y obligan a Israel a cumplir las resoluciones internacionales. Es una cuestión que sobre todo está en las manos de Biden, pero también de los europeos. Los mandatarios Angela Merkel y Emmanuel Macron deberían implicarse puesto que la solución de este conflicto redundará en beneficio de Europa y apuntalará su estabilidad.

Irán

Irán es una bicoca que permite a Israel apartar la atención internacional de la brutal ocupación militar de los territorios palestinos. Con las negociaciones de Viena a pleno rendimiento, es muy probable que pronto se restablezca el acuerdo nuclear de Barack Obama de 2015, un acuerdo contra el que Netanyahu ha luchado con todas sus fuerzas.

No está del todo claro cuál será la actitud del nuevo gobierno con respecto a Teherán, entre otras cosas porque dependerá de las decisiones que adopte el presidente Joe Biden, pero el choque con Irán seguirá siendo positivo y ventajoso para Israel por muchos motivos, en particular porque pone en la órbita israelí a varios países sin escrúpulos, como Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, lo que se traducirá en importantes negocios, sobre todo militares y de inteligencia.

El objetivo de las potencias mundiales debe ser impulsar la cooperación entre los países de Oriente Próximo, pero esto solo puede hacerse partiendo de la justicia. Durante décadas el cinismo occidental ha contribuido a la desestabilización de la región, lo que se ha traducido en una instabilidad que ha llegado a Occidente de manera repetida y constante.

Encaminar a Oriente Próximo hacia un futuro mejor requiere ante todo resolver el conflicto entre Israel y los palestinos, algo en lo que Netanyahu no tiene el menor interés. El nuevo primer ministro Bennett es de la misma escuela, de hecho empezó su carrera política a las órdenes de Netanyahu y es tan radical como él. Si ese problema persiste, lo más probable es que toda la región continúe bajo la precariedad e inestabilidad de las últimas décadas.

23/06/2021 12:08 Actualizado: 24/06/2021 07:44

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Una mujer palestina toma una fotografía a una amiga frente a una pintada en el muro con Israel que representa a Iyad al-Halaq, un palestino autista y desarmado que fue asesinado a tiros por la policía israelí, en Belén, en la Cisjordania ocupada. REUTERS / Mussa Qawasma

Un alto el fuego más, después de tantos otros, en la ocupación colonial de Palestina por Israel; otra estadística de muertes para los archivos del olvido; otra oportunidad para pacificar la conciencia de la comunidad internacional, especialmente estadounidense y europea; otro período de banalización de la humillación diaria de quienes, por motivos laborales, cruzan los puestos de control israelíes; otro proceso de intensificación de las provocaciones hasta los próximos bombardeos; otro momento de limpieza étnica por parte de una potencia colonial y violenta.

La historia es conocida. Las atrocidades cometidas contra los judíos por el régimen nazi alemán durante la Segunda Guerra Mundial colocaron a Occidente ante el deber moral de atender la reivindicación sionista de la creación de un Estado judío. Fue en este contexto que, poco después de la constitución de las Naciones Unidas, el Comité Especial de las Naciones Unidas para Palestina, liderado por Estados Unidos y la entonces URSS, presentó un Plan de Partición del territorio. Este plan, que preveía la división de Palestina en un Estado judío (55% del territorio) y un Estado palestino (45% del territorio), tiene su origen en el proyecto colonial moderno, y se asemejó a varios otros proyectos de partición cuyos conflictos aún siguen sin resolverse en la actualidad (por ejemplo, de las dos Coreas o de la India y Pakistán). En un contexto en el que la ONU aún contaba con una débil participación de las naciones del Sur, se aprobó el Plan, aunque los Estados árabes no reconocieron al nuevo Estado de Israel. De la consiguiente guerra entre Israel y los Estados árabes y las fuerzas palestinas (1948-1949), salió vencedor Israel, que ocupó varias regiones, expandiendo el territorio cerca de 20 mil km² (75% de la superficie de Palestina). El territorio restante fue ocupado por Jordania, que se anexó Cisjordania, y por Egipto, que ocupó la Franja de Gaza. Estos episodios violentos, en el origen del Estado de Israel, provocaron el desplazamiento forzado de casi un millón de palestinos, quienes abandonaron las áreas incorporadas por Israel[1]. Este enorme contingente de refugiados, dispersos en campamentos de países del Oriente Próximo y del resto del mundo, está en el origen de la "cuestión palestina". Como subrayó Tariq Ali, lo que hasta entonces había sido una cultura común para musulmanes árabes, cristianos y judíos, sufrió una profunda brecha, que los palestinos bautizarían como la Nakba, la catástrofe[2].

Nada de lo que se escriba en defensa del pueblo palestino podrá ayudarlo a aliviar los tormentos que ha sufrido desde la creación de Israel, un sufrimiento aún más injusto por ser impuesto para expiar los crímenes de los europeos. Tampoco puede ayudar gran parte del pueblo judío a desvincularse del proyecto colonial sionista que está llevando a cabo Israel en Palestina, tal es la intoxicación ideológica a la que está hoy sometido. Cuando se trata de Palestina, escribir no es más que un acto de contención de la rabia, un grito escrito de desesperación e impotencia. En esto radica paradójicamente el papel crucial de esta tragedia: muestra con inquietante transparencia la falsedad histórica, filosófica y sociológica de los "hechos" que más decisivamente sostienen las políticas dominantes de nuestros días. Siempre que la mentira y la mala fe se convierten en política de Estado, la buena fe y la verdad las combaten sin armas. Son piedras contra bombas. Nos enfrentamos a una destrucción masiva de sentido. Albert Camus solía decir que "las ideas falsas terminan en sangre, pero en todos los casos se trata de la sangre de otros"[3]. Palestina es el gran descodificador de la hipócrita falsedad de los mecanismos dominantes para hacer prevalecer los "valores occidentales", que incesantemente conducen a su propia violación. Los mismos mecanismos ya están siendo "remasterizados" para el próximo uso catastrófico: la guerra con China.

Falsificación histórico-teológica. Jerusalén no es ni puede ser la capital de Israel. Jerusalén es, desde hace muchos siglos, una ciudad sagrada y, como tal, pertenece a todos los que profesan las religiones que allí conviven. Los Estados tienen capital; los pueblos, no. Israel reivindica ser un Estado judío. Como Estado, no tiene derecho a Jerusalén, a menos que se reduzca a cenizas el derecho internacional; como pueblo, es un absurdo teológico tener capital. Como dice el rabino Yaakov Shapiro: los pueblos no tienen capital, el pueblo judío no tiene capital.

Falsificación política 1. Se ha invocado la defensa de la democracia para justificar la posición occidental. Como señaló el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, al firmar el programa de ayuda a Israel hasta 2028, Estados Unidos e Israel son dos "democracias vibrantes" que comparten los mismos valores y deben ser defendidas por igual de sus enemigos. Es una invocación doblemente falsa. Israel es tan democrático como lo era Sudáfrica en la época del apartheid. Los palestinos que viven en el Estado de Israel (alrededor del 21% de la población) son los descendientes de los aproximadamente 150.000 palestinos que se quedaron en lo que hoy es Israel, una pequeña minoría en comparación con los que fueron expulsados ​​de su tierra y ahora viven en los territorios ocupados. Son ciudadanos de segunda clase con fuertes limitaciones legales y políticas, sobre todo desde que en 2009 Benjamin Netanyahu llegara al poder y comenzara su política de sobreponer el carácter judaico de Israel al carácter democrático. Ante la constante erosión de los derechos a los que están sujetos, unos luchan por la igualdad de derechos, otros abandonan la política.[4] Actualmente viven divididos por el dilema de "mi Estado está en guerra con mi nación". La otra falsedad se refiere al gobierno de los territorios ocupados. En Palestina, como en el resto del mundo, la democracia solo es reconocida cuando favorece los intereses occidentales. Como en Palestina los intereses occidentales son los intereses de Israel, no se reconoció la victoria libre y justa de Hamás en las elecciones legislativas de 2006 (74 diputados frente a los 45 de Al Fatah, en un Parlamento de 132 diputados). Lo ocurrido en los últimos dieciséis años no se puede entender sin tener en cuenta esta decisión arbitraria de los países occidentales bajo la presión de Israel y su aliado, Estados Unidos.

Falsificación política 2. Vengo defendiendo que el colonialismo no desapareció con la independencia política de las colonias europeas. Solo ha desaparecido una forma de colonialismo, el colonialismo de ocupación extranjera e incluso esta ni siquiera del todo. Basta mencionar el colonialismo al que está sujeto el pueblo saharaui. Actualmente existe bajo otras formas, de las cuales las dos más obvias son el racismo estructural y el régimen de apartheid impuesto por Israel en los territorios ocupados. Reconocer la existencia del apartheid es reconocer la existencia del colonialismo. La más pronorteamericana de las organizaciones de derechos humanos, Human Rights Watch, publicó en abril de 2021 un informe que caracteriza a Israel como un Estado de apartheid. Cabe recordar que en 1973 la Asamblea General de la ONU aprobó la Convención Internacional para la Represión y el Castigo del Crimen de Apartheid (Resolución 3068), que entró en vigor en 1976. En los territorios ocupados (Jerusalén Este, Cisjordania Palestina y la Franja de Gaza), el autogobierno de los palestinos está totalmente subordinado a la potencia ocupante. La opresión es sistemática y la discriminación es institucional: expropiación de tierras, cambio forzoso de residencia, control de movimientos, gestión del agua y la electricidad, negación de servicios esenciales (últimamente las vacunas contra el COVID-19). Una ocupación violenta que convirtió la Franja de Gaza en la prisión al aire libre más grande del mundo. En fin, colonialismo puro y duro. Si la ONU reconoce el apartheid como un crimen contra la humanidad, ¿por qué no se juzga a Israel por tal crimen? Porque los valores occidentales se utilizan solo cuando conviene a quienes tienen poder para beneficiarse de ellos.

Pero el colonialismo al que está sometido el pueblo palestino tiene muchas otras caras que lo identifican con el colonialismo histórico. Una de ellas es la eliminación de la identidad palestina y de la memoria de la anexión del 78% del territorio de Palestina por parte de Israel en 1948, la Nakba. La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA por su sigla en inglés) que, como su nombre indica, tiene como objetivo cuidar a los refugiados palestinos expulsados ​​violentamente de sus hogares en 1948 y 1967, así como a sus descendientes, ha sido duramente criticada por organizaciones sionistas conservadoras por estar contribuyendo a que los palestinos "no pierdan su identidad y sean asimilados por la sociedad que los rodea". ¿Cuál es la diferencia entre esto y las políticas de los colonizadores en las Américas y en África para eliminar la identidad y la memoria de los pueblos originarios?[5]

La falsificación de las equivalencias. Al contrario de lo que dice Israel, no se trata de responder con violencia a la violencia. No defiendo el lanzamiento de misiles contra Israel ni las muertes que causa, pero la desproporción entre los ataques de Hamás y la respuesta israelí es tan impactante que no es aceptable como justificación para la matanza indiscriminada de miles de personas inocentes. Israel tiene el cuarto ejército más poderoso del mundo. Entre los recurrentes estallidos de violencia, basta recordar que en 2014 los ataques de Israel duraron 51 días y mataron a más de 2.200 palestinos, incluidos 551 niños. Esta vez, en 11 días (el 20 de mayo se impuso un alto el fuego), del lado palestino hubo 232 muertos, de los cuales 65 eran niños, y 12 muertos del lado israelí (incluidos dos niños), además de la brutal destrucción de infraestructuras en la Franja de Gaza, incluyendo escuelas. Estamos ante un terrorismo de Estado que utiliza las armas más sofisticadas proporcionadas por Estados Unidos para mantener a un pueblo en un estado de terror constante desde 1948.

La falsificación mediática. Los medios de comunicación mundiales se avergonzarán algún día de los prejuicios con los que informan lo que está sucediendo en Palestina. Dos ejemplos. La opinión pública mundial se entera de que lo que desencadenó el ataque más reciente de Israel contra la Franja de Gaza fueron los misiles lanzados por Hamas. Porque más allá de eso no pasó nada. No ocurrieron antes para los medios la invasión de la mezquita de Al Aqsa, en Jerusalén, y los disparos contra creyentes en oración, en medio del Ramadán (un mes sagrado para los musulmanes); ni tampoco ocurrieron los ataques, durante meses, de grupos de fanáticos en Jerusalén Este contra viviendas y casas comerciales. La culpa, por lo tanto, es de Hamas e Israel solo se está defendiendo. Segundo ejemplo: durante los ataques israelíes, los palestinos simplemente "mueren", mientras que los israelíes son "asesinados por Hamas" o "asesinados por ataques con misiles".

El horror de una simetría impensable. El gran historiador judío Illan Pappé fue quizás el primero en preguntarse, con angustia, cómo se podía imaginar que, setenta años después del Holocausto, los israelíes usaran contra los palestinos las mismas tácticas de destrucción, humillación y negación que los nazis habían usado contra los judíos. En 2002, José Saramago, de visita en Palestina, hizo comparaciones polémicas entre el sufrimiento de los palestinos bajo la opresión israelí y el sufrimiento de los judíos bajo la opresión nazi. En una entrevista con la BBC, aclaró: "Evidentemente fue una comparación forzada a propósito. Una protesta formulada en términos habituales puede que no provocase la reacción que ha provocado. Por supuesto que no hay cámaras de gas para exterminar a los palestinos, pero la situación en la que se encuentra el pueblo palestino es una situación de campo de concentración… [y añadió premonitoriamente] Esto no es un conflicto. Podríamos llamarlo un conflicto si fueran dos países, con una frontera, y dos estados, cada uno con su propio ejército. Es algo completamente diferente: apartheid". En 1933, la mayoría de los judíos alemanes no eran sionistas, es decir, no abogaban por la creación de un Estado para los judíos. De hecho, la organización judaica más grande se autodenominó "organización central de ciudadanos alemanes de fe judía".

Mucho antes de ordenar el Holocausto, Hitler, obsesionado con expulsar a los judíos de Alemania (y más tarde de Europa), negoció con la organización sionista (la Federación Sionista de Alemania) un acuerdo (muy controvertido entre los judíos) para transferir judíos a Palestina (entonces bajo control británico), ofreciéndoles "mejores" condiciones (es decir, menos vergonzosas) que las imperantes para la emigración a otros países. Bajo el Acuerdo Haavara de Transferencia (1933), el Estado les confiscó todos los bienes que poseían, pero transfirió el 42,8% de ese capital a la Agencia Judía en Palestina, el 38,9% de esa cantidad en forma de bienes industriales producidos en Alemania. Es evidente la humillación de obligar a los emigrantes forzados a utilizar los productos del Estado que los expulsó. Se estima que entre 1933 y 1938 solo unos 40.000 alemanes y 80.000 polacos emigraron a Palestina. Habrían sido aún menos si los países europeos hubieran estado más dispuestos a aceptar inmigrantes judíos, incluso si más tarde quedó claro que el objetivo final era "una Europa sin judíos"[6].

En nuestro tiempo, el Estado de Israel se creó sobre la base de una operación masiva de limpieza étnica: 750.000 palestinos fueron expulsados ​​de sus hogares y tierras, a los que se sumaron más de 300.000 después de la guerra de 1967. Hoy crecen en Israel los grupos de extrema derecha que proclaman la expulsión de todos los palestinos de los territorios ocupados hacia los países árabes vecinos. E incluso los "árabes israelíes" están legalmente prohibidos de residir en ciertas ciudades. En 2011, la Knéset promulgó una ley que permite a las ciudades del Negev y de Galilea, con una población de hasta 400.000 familias, crear comités de admisión que pueden negar la admisión a personas que "no sean adecuadas para la vida social de la comunidad" o que sean incompatibles con "el perfil sociocultural"[7]. Durante décadas, ciudades enteras fueron destruidas y se deja morir a los palestinos heridos debido a que el ejército israelí bloquea el paso de las ambulancias. Ante la sospecha de algún acto individual de resistencia por parte de los palestinos, las autoridades ocupantes detienen a padres, familiares, vecinos, les cortan el agua y la luz. Nada de esto es nuevo y trae recuerdos horribles. Según el diario israelí Maariv, citado por el prestigioso periodista Robert Fisk, un destacado militar israelí aconsejaba a las tropas, en caso de entrada en campos de refugiados densamente poblados, seguir las lecciones de batallas pasadas, incluidas las del ejército alemán en el gueto de Varsovia[8].

Lo que sucede hoy en Sheikh Jarrah es un microcosmos de la repetición de la historia. En 1956, 28 familias palestinas, expulsadas de su tierra en 1948, se establecieron en este barrio de Jerusalén Este con la esperanza de no ser expulsadas de nuevo de su hogar. En ese momento, este vecindario y toda Cisjordania estaban bajo administración jordana (1951-1967) y la instalación se negoció con Jordania, la ONU y organizaciones de derechos humanos de Jerusalén. Hoy en día, están siendo desalojados de sus hogares por orden de la Corte Suprema de Israel y durante años han visto sus casas apedreadas por fanáticos, algunos de los cuales se instalan en la parte principal de la casa y obligan a sus residentes a acomodarse en la parte trasera de la casa. Con la complicidad de la policía, extremistas israelíes deambulan por las calles del barrio de noche gritando "Muerte a los árabes". Las casas incluso llegan a ser marcadas para que no haya errores en los ataques. ¿Todo esto no hace recordar otras épocas.

El rayo de esperanza. Es difícil hablar de esperanza de una manera que no ofenda al pueblo palestino. La esperanza no puede residir en los acuerdos de alto del fuego porque el propósito de estos es mantener estables las alianzas entre las potencias que son cómplices de la continuación del sufrimiento injusto del pueblo palestino, y preparar el siguiente alto el fuego que seguirá al próximo estallido de violencia. En este momento, la única esperanza proviene de la sociedad civil internacional. Se han venido fortaleciendo tres iniciativas muy diferentes, pero que convergen en provocar el creciente aislamiento de Israel de lo que podría resultar del cumplimiento de las resoluciones de la ONU, si no es demasiado tarde. La primera iniciativa son las manifestaciones públicas, más numerosas e incisivas que nunca, de intelectuales, periodistas, reconocidos artistas judíos contra las políticas de Israel. Las fuentes de este texto son prueba de ello. La segunda iniciativa son las manifestaciones públicas, en varias partes del mundo, que demandan cada vez más el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino. La tercera iniciativa está inspirada en la lucha internacional contra el apartheid en Sudáfrica. El desequilibrio de fuerza violenta entre la población negra de gran mayoría y la minoría blanca era menor que el desequilibrio entre las fuerzas de guerra israelíes y la resistencia palestina. Una de las iniciativas que más contribuyó al fin del apartheid fue el movimiento internacional para aislar a Sudáfrica: boicot a empresas sudafricanas, así como a algunas empresas internacionales especialmente involucradas en el apartheid; boicot académico, turístico y deportivo a nacionales sudafricanos. Inspirado por este movimiento, existe desde 2005 el movimiento internacional de boicot, desinversión y sanciones contra Israel (BDS), que se ha ido expandiendo en los últimos años. Es una iniciativa activa de no violencia que no está exenta de problemas, ya que puede implicar costos para los medios de vida legítimos de personas inocentes. Pero, curiosamente, es un movimiento que puede contar con el apoyo de quienes, viviendo en estos países, se oponen a las políticas de apartheid actualmente vigentes. Recuerdo que cuando participé en el embargo académico a Sudáfrica durante la era del apartheid, los colegas sudafricanos blancos no solo entendieron, sino que apoyaron las acciones, ya que fortalecían su lucha en el ámbito interno.

Hoy, el contexto y la situación son diferentes. Ante el injusto martirio del pueblo palestino que está siendo castigado por un crimen cometido por los europeos, y ante la hipócrita indiferencia de la comunidad internacional, ¿hasta cuándo vamos a seguir pensando que el problema palestino no es nuestro problema? Toda mi vida he luchado contra el antisemitismo y es en nombre de esta coherencia que denuncio la limpieza étnica que está llevando a cabo Israel en contra el pueblo palestino.

 

22 junio, 2021

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

NOTAS

[1] De hecho, la limpieza étnica de Palestina comenzó a principios de diciembre de 1947 con una serie de ataques a aldeas palestinas por parte de las milicias sionistas. Antes de que los soldados árabes llegaran a Palestina, 300.000 palestinos fueron expulsados ​​de sus tierras y hogares. Por ejemplo, Deir Yassin era una pequeña aldea palestina situada al oeste de Jerusalén. La aldea había firmado un pacto de no agresión con Haganá, una organización paramilitar sionista que existió entre 1920 y 1948. Sin embargo, la noche del 8 de abril de 1948, las fuerzas sionistas atacaron la aldea y mataron a más de 100 palestinos inocentes (30 de ellos niños). Las cuatro aldeas cercanas (Qalunya, Saris, Beit Surik y Biddu) fueron destruidas por la misma milicia y sus habitantes fueron expulsados ​​(Ilan Pappe, The Ethnic Cleansing of Palestine, Oxford: Oneworld Publications, 2006, págs. 90-91). Al inicio de su libro, Pappe cita una declaración vergonzosa de Ben Gurion en junio 1938 en la Jewish Agency Executive: "Apoyo el traslado obligatorio de poblaciones; no veo nada inmoral en ello". Diez años después, Ben Gurion sería el primer ministro de Israel.
[2]El choque de los fundamentalismos: cruzadas, yihads y modernidad. Madrid, Alianza, 2002.
[3] John Foley, Albert Camus: from the Absurd to Revolt. Londres, Routledge, 2008, pág. 49.
[4] As'ad Ghanem, "Israel's Second-Class Citizens: Arabs in Israel and the Struggle for Equal Rights", Foreign Affairs, julio/agosto, 2016, págs. 37-42. Se puede consultar una lista de las leyes discriminatorias en Israel en: https://www.adalah.org/en/law/index.
[5] Peter Beinart, "Teshuvah: A Jewish Case for Palestinian Refugee Return", Jewish Currents, 11 de mayo de 2021. Disponible en: https://jewishcurrents.org/teshuvah-a-jewish-case-for-palestinian-refugee-return/
[6] Samuel Miner, "Planning the Holocaust in the Middle East: Nazi Designs to Bomb Jewish Cities in Palestine", Jewish Political Studies Review, Fall 2016, p. 7-33.
[7]Human Rights Watch, 2021, p. 59.
[8] W. Cook (org.) The Plight of the Palestinians. Palgrave Macmillan, New York, 2010, p. 16

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Sábado, 12 Junio 2021 06:42

Israel y Palestina: el laberinto

Israel y Palestina: el laberinto

Fnalmente, Bibi (Benjamin Netanyahu) será depuesto. El próximo domingo el Knéset (el parlamento) votará su sustitución por Naftali Bennett, representante de una amplia –y hasta bizarra– coalición de partidos políticos de izquierda, centro y derecha, que incluye a las formaciones árabes. El resultado de las elecciones de marzo fue inobjetable al respecto: la mayoría de la población israelí quiere verlo fuera del gobierno y del poder. La celebración popular de su derrota alcanzó el paroxismo de un carnaval, pero Netanyahu es hábil hasta lo obsceno. Acusado de corrupción, tráfico de influencias, coerción a la prensa (y uno espera que pronto por crímenes de guerra) aún guarda sus últimos cartuchos para boicotear el mandato de las urnas. Hay algo que el político-policía no soporta: la lejanía del poder. El único error que cometió Fouché en su vida fue no saber cuándo retirarse. El mismo que acabó con Fernando Gutiérrez Barrios en México.

El dilema reside en la composición del Knéset, donde la aritmética de la votación no correspondió a la distribución de los curules. El bloque de derecha y ultraderecha que gobernó a Israel en el último cuarto de siglo quedó tan sólo a dos asientos de la mayoría. Una invitación a Bibi para maniobrar hasta el último momento. Habrá que aguardar hasta el domingo.

Algunos observadores sostienen que el último y artero ataque militar contra la población de Gaza perseguía el propósito de mantenerlo en el poder. No es improbable. En el gobierno, el primer ministro tiene poderes plenipotenciarios sobre el aparato tecnológicomilitar. Netanyahu es capaz de eso y mucho más.

El último intento serio de la política israelí por encontrar una solución pacífica al conflicto con los palestinos fue sepultado en 1995 con el asesinato de Isaac Rabin. Para percibir la dimensión del efecto de este magnicidio, piénsese tan sólo en que las estadísticas de homicidios en Israel son una de las más bajas en el mundo. Hay años que no suman más de 150 casos. Matar entre israelíes continúa siendo un acto en extremo sacrílego.

Ninguno de los gobiernos de Likud que siguió a los acuerdos de Camp David, no sólo no buscó una solución pacífica, sino que, más grave aún, nunca aceptó la opción de dos Estados. Antes lo ocultaban, hoy lo dicen abiertamente. ¿Cuál ha sido entonces el propósito de esta política extrema? Basta con examinar las estrategias que rigen a los ataques militares a Gaza para darse una idea. Están siempre dirigidos contra escuelas, hospitales, caminos, ductos, silos de armas (por supuesto) y nuevas construcciones oficiales. El objetivo es sofocar las posibilidades de la vida en Gaza, crear las obscenas condiciones que obliguen a sus habitantes a la diáspora. En resumen, una política de expulsión de la población. La sorpresa ha sido que los palestinos resisten (y resisten) frente a todas las inclemencias de este asedio.

Desde la percepción oficial israelí, la situación palestina se reduce, en esencia, a lo siguiente: una nación sin Estado. Fue Hanna Arendt la que llamó la atención por primera vez a la condición de los sin Estado como una de las claves para descifrar las transformaciones de la hegemonía y la dominación en la segunda mitad del siglo XX. Lo hizo de manera breve en un par de ensayos. La historiadora y socióloga Wendy García expandió recientemente, en su tesis de doctorado ( La nación y lo vivo), la comprensión de este concepto para descifrar los vericuetos del laberinto en el que hoy habitan, entre muchas otras, las vastas poblaciones de migrantes a los países industriales, el drama del Tibet, la dilemática situación de Cataluña, Escocia y Quebec y, por supuesto, la condición de los palestinos.

Por su parte, la representación política de quien hoy rige en Gaza no es precisamente un dechado de virtudes. Después de haber ganado las elecciones a Fatah –la antigua organización civil que inició la resistencia desde la década de los 60–, y perseguir y expulsar a todos sus miembros de Gaza, Hamás nunca ha convocado a elecciones. No existe la libertad de expresión y los partidos políticos no están permitidos. El poder se encuentra en manos exclusivas de esta organización religiosa cuya misión, según sus propios documentos, reside en la conformación de un Estado panislámico en Palestina. En otras palabras, una teocracia hecha a la medida de hoy. Por supuesto, no reconoce la existencia del Estado de Israel. La paradoja es que el gobierno israelí fue el que más apoyó su desarrollo, en parte, para debilitar la influencia de la Organización para la Liberación de Palestina, de Yasser Arafat. En política nunca se sabe dónde comienza el amigo y dónde el enemigo.

Se trata de un conflicto entre dos fuerzas que parecen darse la mano en aquello que precisamente las confronta. Una mano del todo asimétrica: de un lado, una de las maquinarias teconológico-militares más mortíferas y precisas; del otro, morteros manuales y recursos de combate precarios. La política israelí parece haber olvidado del todo que incluso la guerra tiene un método de la dignidad. El saldo de todo esto: el sufrimiento interminable de la población palestina en Gaza. Para doblegar a la derecha que gobierna en el Knéset, el movimiento palestino requeriría de un Gandhi o un Nelson Mandela, y no de un grupo de jeques e imanes que prometen salvación a cambio del martirio de una población entera.

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¡El ex presidente estadunidense Jimmy Carter impugnó el apartheid de Israel hace 15 años!

Un cuarto de siglo después de haber sido eyectado de la presidencia, Jimmy Carter escribió “Palestina: paz, no apartheid” (https://amzn.to/3fZU6Mr), que hoy, 15 años más tarde, cobra mayor relevancia y que, en su momento, provocó la furia de los encriptados supremacistas judíos (https://nyti.ms/3uJmjwt), que han mostrado su verdadero rostro irrendentista de imponer su solución de “un (sic) solo Estado”, que tiene sitiados a 6 millones de palestinos semitas autóctonos desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo –cuatro Palestinas (https://bit.ly/3v3h1fW) y cuatro subtipos de palestinos (https://bit.ly/3uaAbze)– sin contar los otros 6 millones de refugiados: arrumbados en los países aledaños a Israel como consecuencia de su masiva expulsión (https://bit.ly/3vCoeEe).

La magia de la cronogeopolítica: el libro de Carter sobre el inocultable apartheid del supremacismo fundamentalista judío toma su verdadera dimensión 15 años después con los reportes que lo avalan: tanto de la ONG israelí B’Tselem como de HRW (https://bit.ly/3vcH58x), no se diga la explosiva declaración del canciller francés Le Drian (https://bit.ly/3fO6wXs), en medio del despertar conjugado de Black Lives Matter y Palestinian Lives Matter en Estados Unidos, primordialmente con la base progresista de influyentes congresistas del Partido Demócrata.

La tesis nodal de Carter hace 15 años –prácticamente la era supremacista fundamentalista judía del saliente premier Netanyahu– fue que los ilegales asentamientos de colonos israelíes y el control militar de Israel de los territorios ocupados constituyen los principales obstáculos a un acuerdo de paz integral cada vez más elusivo en el Medio Oriente.

A diferencia de su compañero de partido Obama –que obtuvo un Premio Nobel de la Paz pirata sin ninguna concreción pacifista–, Carter fue el mediador para conseguir el Tratado de Paz entre Egipto e Israel. A juicio de Carter, el propósito último de su libro es “presentar hechos (sic) sobre el Medio Oriente que son ampliamente desconocidos (sic) en Estados Unidos”. ¡Increíble!

Tanto el control de los multimedia globales como el eje Hollywood/Las Vegas/Silicon Valley/Wall Street, lubricados por su legendaria Hasbará (distorsión publicitaria del gobierno israelí), consiguieron desinformar, cuando no ocultar, la supervivencia de 6 millones de palestinos semitas autóctonos desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, no se diga de los otros 6 millones de refugiados expoliados.

Para Carter, hace 15 años –lo cual evidentemente ha involucionado debido al obsceno irredentismo neocolonial y neomalthusiano del supremacismo fundamentalista judío, que busca expulsar a todos los palestinos semitas autóctonos del río Jordán al mar Mediterráneo – existían “dos obstáculos interrelacionados (sic) para una paz permanente en el Medio Oriente”: 1) “algunos (sic) israelíes creen que tienen el derecho de confiscar (sic) y colonizar la tierra palestina y tratan de justificar la subyugación (sic) sostenida y la persecución de los palestinos cada vez más agraviados y sin esperanza”; y 2) “algunos (sic) palestinos reaccionan al honrar a sus suicidas como mártires para ser recompensados en el cielo y consideran la muerte de israelíes como victorias”.

No detecto ninguna correlación entre un asunto meramente catastral, que infringe las resoluciones de la ONU y el derecho internacional, con el último recurso de resistencia de los sitiados palestinos.

Después de 15 años, la dinámica doméstica intraisraelí e intrapalestina, no se diga el ecosistema regional, han variado sustancialmente en detrimento de la autodeterminación de los palestinos desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo. Vale la pena reconocer la temeridad de Carter hace 15 años antes de la parusía de Black Lives Matter y de Palestinian Lives Matter .Quizá lo más valioso de su libro haya sido su temerario título sobre el apartheid –cuando nadie se atrevía a pronunciar lo evidente como muy pocos osamos hacerlo– que ejerce el supremacismo fundamentalista judío en la Palestina histórica.

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