"El yuan digital es la mayor amenaza a la que nos hemos enfrentado", alertan desde EEUU

Casi 80 países, incluidos China y EEUU, se encuentran en proceso de desarrollar una moneda digital. Sin embargo, Pekín lleva la delantera en lo respecta a la innovación financiera y esto podría suponer una amenaza para el estatus del dólar como moneda de reserva.

Las monedas digitales de Banco Central o CBDC (por sus siglas en inglés) son una forma de dinero regulada por el Estado, pero que solo existe en línea. Esta forma de dinero tiene el potencial de revolucionar los sistemas de pago que actualmente conocemos y podría cambiar el peso que tiene el dólar en la economía mundial.

Sin duda, China es uno de los países con mayores avances en esta área. Su yuan digital ya ha sido lanzado a más de un millón de ciudadanos de la nación. Mientras, EEUU se encuentra en etapa de investigación.

Los dos grupos encargados de esta investigación es el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), a través de su Iniciativa de Moneda Digital, y el Banco de la Reserva Federal de Boston. Ambos tienen el objetivo de analizar qué impacto tendría y cómo podría lanzarse una moneda digital para los estadounidenses, de acuerdo con CNBC.

La principal preocupación de los estadounidense con respecto a las monedas digitales es la privacidad, es por eso que los investigadores y analistas están observando cómo se desenvuele el yuan digital en China.

"Creo que si hay un dólar digital, la privacidad será una parte muy, muy importante de eso (…) Estados Unidos es bastante diferente a China", señaló Neha Narula, directora de la Iniciativa de Moneda Digital en el MIT, citada por CNBC.

La segunda preocupación es el acceso masivo a internet, necesario para poder utilizar una futura moneda digital. De acuerdo con cifras del Pew Research Center, 7% de los estadounidenses afirma que no usa internet. Dentro de la comunidad de los afroamericanos, la cifra llega al 9%, y al grupo etario de mayores de 65 años, aumenta al 25%. Mientras, las personas con discapacidad también son más propensas a no utilizar internet.

"La mayor parte del trabajo que estamos haciendo asume que un CBDC coexistirá con el efectivo físico y que los usuarios aún podrán usar efectivo físico si así lo desean", sostuvo Narula.

Mientras que algunos expertos consideran que el fin último de una moneda digital es que el dólar se mantenga como líder de la economía mundial, otros buscan evitar que el yuan digital supere al dólar.

"El yuan digital es la mayor amenaza para Occidente a la que nos hemos enfrentado en los últimos 30 o 40 años. Permite a China meter sus garras en todo, en Occidente, y les permite exportar su autoritarismo digital", señaló Kyle Bass, de Hayman Capital Management.

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América Latina y el mandato exportador

Economistas ortodoxos y neodesarrollistas tienen un punto de acuerdo: América Latina debe exportar. Pero el fetiche de las exportaciones como fuente de desarrollo se basa en la omisión de una serie de condiciones asociadas al pago de las deudas, a la explotación de la fuerza de trabajo y a conflictos sociales y ecológicos existentes en toda la región.  

 

El desarrollo de las fuerzas productivas orientadas por el impulso de la demanda externa forma parte de América Latina y el Caribe desde su integración a la economía mundial. En ese origen, las necesidades metropolitanas se imponían sobre las locales a la hora de ordenar qué se produce y cómo se lo hace, lo cual implicó una trayectoria de más de trescientos que fue definiendo qué negocios privilegiar y generó estructuras productivas, actores sociales e imaginarios, todos ellos factores que pesan a la hora de pensar alternativas de desarrollo.

La modalidad primario-exportadora fue la privilegiada a la hora de establecer la inserción de la región en el mundo decimonónico, bajo el peso privilegiado no solo de los mercados externos sino de los capitales extranjeros en las economías recientemente nacionales. Las incipientes burguesías locales crecieron asociadas a este impulso. No es de extrañar entonces que aparecieran tan mezcladas las ideas de independencia nacional y la sociedad con los capitales extranjeros.

Esta fusión fue puesta en duda en todo el continente en las vísperas de los centenarios de las revoluciones independentistas, y fermentó en un clima con rasgos antiimperialistas más o menos generalizados. Este ánimo fue usado, a su vez, por muchos gobiernos de la época para renovar sus esfuerzos de nacionalización de la cultura, persecución de extranjeros «indeseables» y represión de la protesta social. Este reverdecer nacionalista se combinó con el estallido de la Primera Guerra Mundial, que fue un primer traspié para el hasta entonces motor de la acumulación, que terminó de desbaratarse durante el interregno abierto entre la crisis de la década de 1930 y la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

Ese período abrió la oportunidad al desarrollo de industrias locales ante la interrupción del abastecimiento externo. Con dudas y reticencias de las elites locales, fueron décadas en las que la acumulación debió reorientarse ante la destrucción masiva de las economías centrales europeas y su desplazamiento por Estados Unidos. Fueron los años de la llamada industrialización por sustitución de impoertaciones, apoyada en la amplia red de talleres desarrollada en las márgenes durante la etapa previa. Casi todas las economías de la región atravesaron cierto impulso industrializador en esas décadas.

Sin embargo, a partir del final de la guerra, con la presión por volver a los negocios «como siempre» de las multinacionales, la continuidad del proceso se restringió a las economías de mayor tamaño relativo, cuyos Estados tuvieron un rol protagónico. Muchos de los proyectos iniciados en esos años madurarían décadas más tarde, dando lugar a «anómalas» producciones de alto valor agregado o composición tecnológica. Durante estas décadas, los flujos de intercambio externo jugaron un rol menos significativo que en el pasado, sin por ello dejar de tener importancia.

La deuda como organizadora de la producción

Esa desconexión relativa empezó a quebrarse en la década de 1970. Operó entonces una reconfiguración de la acumulación a nivel mundial. El ascenso neoconservador en Estados Unidos y Gran Bretaña pondría fin no solo a los arreglos internos en torno a los Estados de Bienestar, sino a los acuerdos monetario-financieros de Bretton Woods, que moldearon los intercambios internacionales por tres décadas. El inicio de las reformas de apertura en China se conjugó en este escenario, para facilitar la incipiente reestructuración de la producción, en forma de cadenas globales de valor y el despliegue de un vigoroso proceso de financiarización. En este momento crítico de quiebre, se inició lo que luego se conocería como neoliberalismo.

Vale resaltar que en un gran número de países de la región —incluidas las poderosas economías argentina y brasileña— la adaptación a estos cambios se dio de la mano de sangrientas dictaduras. No sería preciso suponer que se contaba con un modelo claro de antemano. Por supuesto, existían grupos de presión en el campo de las ideas, donde la ortodoxia neoliberal había ganado presencia con think tanks, becas, publicaciones y cuadros técnicos, todo en estrecho vínculo con las empresas de mayor porte. Pero también existían al interior de estas mismas dictaduras quienes daban relevancia a la industria y a ciertos sectores estratégicos por un problema de soberanía militar. La confluencia se encontraba en la orientación represiva, excluyente y contraria a la organización de las mayorías sociales.

La llave del cambio vino por un canal financiero. La acumulación de dólares excedentes en los sistemas financieros de los países centrales fue reciclada en forma de préstamos casi compulsivos a los países latinoamericanos. Pautados a tasas bajas, pero variables, renegociados anualmente, sin destino específico, sirvieron para responder al impacto de la suba de precios del petróleo como para financiar el terrorismo de Estado. En muy pocos casos los préstamos se canalizaron a la inversión productiva. También fueron a empresas estatales que no precisaban de esos fondos, pero luego deberían pagarlos, lo que reducía su capacidad operativa. Esta abundancia de fondos se vio abruptamente interrumpida a inicios de los años 80, tras la suba de las tasas de referencia en Estados Unidos. Los fondos se retiraron de la región de manera súbita, dirigiéndose a los países centrales. Así, como castillo de naipes, casi todos los países de la región entraron en problemas de pagos. Tanto la entrada masiva de capitales como su salida en estampida fueron definidas por prioridades y arreglos en los países centrales. Pero la crisis recayó sobre la periferia.

¿Por qué es importante remarcar esto? Porque la gestión de la crisis de la deuda en la década de 1980 terminó de dar forma al giro en torno al desarrollo de la región. A pesar de los intentos de organizar clubes de deudores, la presión de los acreedores se impuso. Durante la llamada «década perdida» la región prácticamente no creció, lidió con severos problemas de inflación y una regresividad manifiesta, debió ajustar sus presupuestos, enfrentó términos de intercambio desfavorables, pero al mismo tiempo transfirió valor en forma de pagos. Aun así, su deuda creció. Poco importó el origen de dudosa legalidad y legitimidad, las violaciones de derechos humanos de los gobiernos que recibían los fondos ni la corresponsabilidad de los acreedores.

La cesación de pagos generalizada ponía en crisis los balances contables en las casas matrices, lo cual podía hacer tambalear las economías centrales. Por eso, los Estados intervinieron de manera oficial, negociando durante una década hasta dar forma, tras el hito del plan Baker, al plan Brady, que permitió a inicios de la década de 1990 canjear la deuda en mora por nueva deuda en regla, a cambio de la aplicación de una serie de «recomendaciones» que ya se conocían como Consenso de Washington. Si durante la década de 1980 maduraron proyectos puestos en marcha por el Estado en décadas previas, y se aceleró el proceso de reconversión productiva para obtener divisas, en la de 1990 esto se terminó de organizar con la quita de mecanismos de regulación estatal, privatizaciones, «desregulación» de una multiplicidad de mercados (incluido el laboral), firma de tratados de inversión y de libre comercio, y apertura comercial. La mayor parte de estos cambios se sostuvieron en la región hasta el presente.

¿Qué exportaciones?

La nueva orientación exportadora se forjó no para sostener los niveles internos de consumo ni el desmanejo fiscal, sino para pagar deuda. Con matices, la región se consolidó como exportadora de materias primas, sobre todo de productos agropecuarios, piscícolas, forestales, metalíferos y mineros así como su procesamiento básico. Para ello ha sido clave la falta de estándares ambientales. Algunos pocos países lo combinaron con la exportación de hidrocarburos, en ciertos casos, con muy bajo grado de procesamiento (por ejemplo, México exporta crudo para luego comprar gasolinas procesadas).

Esto es lo que se suele llamar «extractivismo», a saber la explotación a gran escala de recursos naturales o comunes, con alto grado de estandarización, intensivos en capital, para obtener productos de bajo valor agregado normalmente destinados a la exportación. O «neoextractivismo», cuando se combina con captura parcial de la renta asociada por parte del Estado, a través de impuestos o mediante su participación en la producción. Esto no quita que, en algunos casos, en estas producciones se paguen salarios relativamente altos. Pero se hace a costa de segmentar el mercado de trabajo, estableciendo una creciente heterogeneidad entre sectores económicos, que terminan por obstruir cualquier otra actividad productiva: ¿qué otras producciones son compatibles con esta especialización? A esto se suma además del grado de precarización y menor remuneración de las actividades conexas en la cadena de valor, mayormente subcontratadas en condiciones más pauperizadas. Los salarios de estos sectores son relativamente altos respecto de una media social precisamente desvalorizada para garantizar cierto nivel de competitividad externa.

Es habitual que las comunidades ubicadas en torno a los grandes proyectos no sean consultadas. Se trata de un derecho reconocido internacionalmente en el caso de comunidades originarias. Incluso cuando tentadas por posibles puestos de trabajo las comunidades saben que los empleos vienen de la mano de la destrucción de fuentes alternativas (¿cuántas granjas ha arruinado la explotación petrolera por fractura hidráulica, por ejemplo?) y la afectación directa de la salud de las poblaciones vecinas a los emprendimientos extractivos. Las economías regionales devastadas por el huracán neoliberal hoy son presentadas así como zonas de sacrificio.

Muchas de estas críticas son descartadas, consideradas fatuas no solo por partidarios de visiones ortodoxas de la economía, sino por quienes se consideran neodesarrollistas. No se ha reparado lo suficiente en esta llamativa coincidencia en la veneración a las ventajas comparativas —basadas en la dotación dada de factores o recursos con que cuentan las naciones, como «dones» naturales—. Lo que la ortodoxia abraza como mandato, el neodesarrollismo parece aceptarlo como resignación. Aunque siempre se afirma la necesidad de agregar valor y crear empleo sobre estas ventajas, no se cuestiona la preeminencia de esta fuente de acceso a divisas por la vía exportable.

En algunos países, la especialización primaria se combinó con la provisión de fuerza de trabajo barata, a través del emplazamiento de industrias bajo el modelo de maquilas. Se trata centralmente de la industria textil, la electrónica y la del transporte, orientadas a la exportación a Estados Unidos, como ocurre en Centroamérica y México. Este conjunto de economías se especializa en el uso de fuerza de trabajo mal remunerada para la especialización orientada a la exportación. A este fenómeno Ruy Mauro Marini lo llamó superexplotación de la fuerza de trabajo. Menos teorizado se lo puede entender como el caso de quienes tienen empleos que no les permiten salir de la pobreza. Debe añadirse que en este caso que la desigualdad de género es particularmente explotada como fuente de ganancias: mujeres peor pagas y con peores condiciones laborales como motor de desarrollo.

Finalmente, el turismo es el único servicio en que la región obtiene superávit en el comercio exterior. Esto habilita a múltiples proyectos de inversión que aprovechan la belleza paisajística y la fuerza de trabajo relativamente barata. Al igual que la maquila, se distinguen de la explotación de recursos por ser más demandantes de trabajo, predominantemente mujeres, y en muchos casos con niveles de calificación relativamente bajos. Debe anotarse que, en materia de especializaciones en la provisión de divisas, se pueden anotar dos variaciones más: el envío de remesas por parte de migrantes que debieron irse de su país de origen por falta de oportunidades, y remiten fondos a sus familiares, y las economías que funcionan como guaridas fiscales, lo que les provee cierto excedente de divisas. Aquí, claro, la ventaja está en la baja tributación y escaso control de las operaciones financieras. Ninguno de estos casos parece poder proponerse de forma explícita como proyecto de desarrollo, de modo que se evita resaltarlos en la agenda económica.

Ahora bien, las tres primeras especializaciones señaladas (extractivismo, maquila industrial y turismo internacional) estuvieron centradas en el desmantelamiento de las estructuras productivas internas. No respondieron a necesidades nacionales o a programas de desarrollo, sino a la crisis y la necesidad de obtener recursos externos y fiscales para pagar deuda. Es decir, no fueron puestas en marcha para sostener el consumo ni la inversión. En algunos casos, las exportaciones tienen baja demanda de fuerza de trabajo y en otras dependen de remunerar mal a la misma. No parecen ser promesas de desarrollo atractivas.

Un fetiche de exportación

Las especializaciones productivas de exportación en la región no se fundamentan en programas de desarrollo nacional, ni en el objetivo de superar las barreras impuestas por la escala de mercado, ni en prioridades internas de consumo o inversión, ni siquiera de recaudación. Tampoco se sostienen sobre mecanismos de integración de segmentos clave de las cadenas de valor, ni en la aplicación de conocimientos generados en la región. Se justifican en la urgencia de obtener divisas, como mandato ante la aparente escasez que limita el crecimiento. Sin embargo, la tracción importadora asociada al crecimiento está basada en la propia apertura temprana de las economías latinoamericanas, que desmanteló actividades que bien podrían realizarse localmente.

Más aún, la región no muestra una situación de déficit sistemático en su comercio exterior, ni tampoco los superavits y déficits están asociados a fases de crecimiento o crisis. Mientras que el saldo agregado tiene cierta variabilidad, la salida de divisas por el pago de intereses y de utilidades es sistemático. El saldo negativo de estas rentas se multiplicó por siete en las últimas cuatro décadas, permaneciendo en torno a 3% del PBI desde 1990. Esta brecha debe cubrirse de alguna manera, y es allí donde las exportaciones juegan el rol crucial, tanto para la ortodoxia como para parte de la heterodoxia, que no cuestionan la dinámica de la deuda o el rol del capital extranjero en general.

La inversión extranjera directa, muchas veces asociada a grandes proyectos de desarrollo, se muestra en las últimas décadas como una suerte de pinza, en la que cada vez se necesita más inversión para dejar un mismo aporte de divisas, descontando lo que se va en materia de utilidades remitidas al exterior. En la última década (2011-2020), esta inversión dejó un aporte neto de divisas similar a la fase 1994-2003, pero con un nivel de inversión dos veces y media mayor (lo que representa un menor aporte en el PBI total). Es decir, el esfuerzo para atraer inversiones es cada vez mayor. No en vano, la mayor parte de la región ha sostenido su adhesión a la institucionalidad de los tratados de inversión (con las excepciones de Brasil, Bolivia, Ecuador y Venezuela). América Latina y el Caribe es la región con más demandada por inversores ante tribunales internacionales y 70% de resoluciones fueron favorables a sus intereses. Acumula 21.807 millones de dólares en arreglos desfavorables, lo que es equivalente a toda la inversión extranjera neta de 2020.

El fetiche de las exportaciones como fuente de desarrollo se basa en la omisión de esta clase de consideraciones. Por supuesto, para la ortodoxia económica y los defensores de las grandes corporaciones, esto no constituye un problema. Para una gran parte de la heterodoxia, que no ignora el problema, se trata de un mandato de realpolitik. Incluso cuando no ocupan cargos de gobierno. Esto es extraño, porque al mismo tiempo que reconoce la necesidad de incrementar exportaciones para pagar estas salidas de divisas, elude cualquier consideración respecto de la capacidad de lobby y el peso estructural que adquieren los actores asociados. Su promoción no parece compatible con posteriores controles o regulaciones, a menos que se tenga una idea precaria de las dinámicas de poder o ilusiones respecto de la capacidad de los Estados (en especial, los subnacionales) de eludir la captura por parte de estos actores poderosos. ¿Por qué motivo los actores económicos especializados en actividades tal como existen hoy cederían recursos económicos y políticos para su propio debilitamiento?

Ante la insuficiencia de argumentos para responder estas dudas, no pocas veces hemos visto la reacción conservadora, incluso agresiva, por parte de ortodoxos y heterodoxos que demandan exportar más, ahora mismo, relegando la distribución del ingreso a un «futuro promisorio» si se logra primero consolidar un modelo de crecimiento traccionado por exportaciones. La urgencia se basa en la imposibilidad de cambiar las relaciones externas o discutir procesos de largo alcance. Y al hacerlo, suelen ridiculizar las objeciones de ambientalistas, comunidades locales o incluso sindicatos. Está claro, nadie a esta altura supone que una economía puede sobrevivir aislada del intercambio con el mundo. La propuesta no es aislacionismo y primitivismo, sino desarrollo basado en las necesidades locales, en garantizar niveles de vida decentes para toda la población. Y en esto, la orientación exportadora de las últimas décadas, bajo gobiernos de diferentes ideologías, tiene un número elevado de cuentas pendientes. 

 
Julio 2021

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La arriesgada apuesta de Nayib Bukele por el bitcoin

El presidente de El Salvador impulsa un plan para introducir el bitcoin en la economía de un país en el que cuatro de cada 10 personas son pobres. En el camino, se juega su propia credibilidad.

 

Óscar Romero atiende una tienda en Meanguera, un municipio rural a 200 kilómetros de San Salvador. Vende verduras, hortalizas, productos empacados como galletas, frituras y cervezas. Óscar no es un economista ni un político ni un inversor de riesgo pero sabe que hace unas semanas se ha aprobado en la capital de su país una ley que le obligará, dentro de poco, a aceptar una cosa llamada Bitcoin como pago por sus productos. Y sobre eso dice dos cosas: que es «una moneda que sube y baja»  y que no cree que vaya a funcionar.

No le falta razón. Bitcoin es una moneda digital —o sea no se emiten billetes ni monedas—, privada y descentralizada. Es decir, que ningún organismo de gobierno supervisa la posibilidad de falsificación. Para darle seguridad, se codifica en un circuito de computadoras (de ahí que sea una «criptomoneda») aunque eso no resuelve lo que Óscar acertadamente describe como el «sube y baja», que técnicamente se llama volatilidad. En abril de 2021, el bitcoin alcanzó su máximo histórico de 64.895 dólares. Cuando empecé a escribir esta nota, estaba a 35.767 y cuando la terminé, tres días después, estaba a 32.629.

Entre otras razones, por eso es que pequeños comerciantes como Óscar Romero y premios Nobel de Economía, como Paul Krugman o Robert Schiller, son escépticos sobre la utilidad real de las criptomonedas como el bitcoin.

La adopción de la criptomoneda Bitcoin como moneda de curso legal en El Salvador está poniendo a prueba la lealtad y la confianza de los salvadoreños hacia Nayib Bukele. Dos años después de haber empezado su mandato, el presidente Bukele mantiene una aprobación cercana a 90 %  en diversas encuestas. Sin embargo, su última ocurrencia, que está atrayendo la atención mundial, no ha sido acogida por los salvadoreños con tanta confianza. Y eso, en sí, es un hecho político.

Usualmente, y desde hace algunos años, como funciona en El Salvador es que Bukele dice que se haga la luz y la luz se hace, entre un coro de aplausos. El presidente da entrevistas en exclusiva a youtubers y publica videos de su caravana de camionetas en Tiktok. Llegó al poder tras capitalizar el resentimiento con una clase política corrupta, encabezada por los partidos de la Guerra Fría. En 2018, miles de salvadoreños hicieron fila para firmar por la inscripción de su partido y consiguió 200.000 en un fin de semana. Arrasó con su victoria en primera vuelta en 2019 y la refrendó obteniendo el control de las dos mayorías legislativas en 2021.

Desde entonces, parece inmune al desgaste, raro para un político latinoamericano. Ganó la presidencia con un partido de esa «clase política corrupta» —no se le permitió inscribirse con su partido— y, aunque admitió que esa alianza le podía costar caro, en realidad no le costó nada. Invadió el Congreso militarmente antes de ganar las elecciones, lo que le granjeó decenas de condenas internacionales, pero el 80% de los salvadoreños lo apoyó. Luego vino la crisis del covid-19, que afectó a todo el mundo. El gobierno salvadoreño escondió los datos de fallecidos en la pandemia y acumuló una docena de casos en investigación por corrupción por las compras de emergencia. Hasta la jefa de gabinete de Bukele, Carolina Recinos, terminó en una lista de funcionarios corruptos difundida por el gobierno de Estados Unidos. No pasó nada. Al contrario, Bukele obtuvo 61 de 84 escaños en la Asamblea Legislativa, en la elección de febrero.

Cuando esa enorme mayoría tomó posesión, en mayo pasado, lo primero que hizo fue remover al fiscal general que investigaba al gobierno y a la Sala de lo Constitucional que se había atrevido a contradecir algunas decisiones de Bukele. Aún así, para junio, 80% de los salvadoreños dijo que el presidente estaba haciendo las cosas bien.

Lo del bitcoin está siendo distinto. Un sondeo digital de la Cámara de Comercio señala que 93% de las personas consultadas no quiere recibir su salario en bitcoin y un 96% de pequeños empresarios consultados dijo que no está de acuerdo en que su uso sea obligatorio en el país. Aunque eso es exactamente lo que dice la ley. A partir de septiembre de este año, «todo agente económico» deberá aceptar bitcoin como forma de pago. «Si vas a un McDonalds, no podrán decir ‘no aceptamos bitcoin’. Tienen que aceptarlo por ley», ha dicho Bukele. Los impuestos se podrán pagar en bitcoin así como «todas las obligaciones en dinero expresadas en dólares previas a la emisión de la ley». 

La ley plantea una vaga excepción para quienes no estarán obligados a comerciar con Bitcoin: «quienes por hecho notorio y de manera evidente no tengan acceso a las tecnologías que permitan ejecutar transacciones en bitcoin». ¿Qué significa eso? Los diputados de Bukele no se preocuparon de especificarlo. En teoría, todo lo que se necesita para comprar y vender en bitcoin es un teléfono celular.  En El Salvador hay más celulares que personas y el 94 % de los hogares contaba con al menos uno para 2019. Pero eso no resuelve toda la ley. 

Tras el mostrador de la tienda de Óscar Romero, una de sus hijas matiza la prevalencia de los celulares por dos razones: en las zonas rurales como esta, la señal de celular es intermitente. Sube y baja, como el precio del Bitcoin. La segunda es que, aunque haya muchos teléfonos, la mayoría de las personas lo recarga en promedio con 11 dólares al mes, según una encuesta nacional de 2019, lo que significa que no siempre tienen datos o Internet disponibles. El salario mínimo es de $300 y la canasta básica cuesta $400. Después de la pandemia, cuatro de cada 10 personas son pobres, algo que el Banco Mundial define como vivir con menos de 5,5 dólares al día.

Estas consideraciones, hechas durante una breve charla en una tienda, no alcanzaron a entrar en las discusiones legislativas. La ley se anunció el sábado 5 de junio y ya estaba aprobada en los primeros minutos del 9 de junio. El grupo de diputados que estudió la propuesta de Bukele en la Comisión Financiera tardó 85 minutos, menos de lo que dura un partido de fútbol, en darle el visto bueno.

¿Por qué tanta prisa? No parece evidente, al menos en las declaraciones públicas. Bukele ha ofrecido la ley principalmente como una herramienta para atraer capital e inversionistas extranjeros. Ha dicho, además, que contribuirá a reducir las tarifas que cobran los intermediarios de las remesas: dinero enviado principalmente por salvadoreños desde Estados Unidos a sus parientes y que compone una quinta parte de la economía nacional. La gente que ha hecho fila en los cajeros de bitcoin que existen en el país se ha decepcionado al comprobar que no es cierto que no cobren comisión. Finalmente, Bukele ha dicho que contribuirá a introducir en el sistema bancario a buena parte de la población que no tiene cuenta de ahorro (77% del país hasta 2016).

Hay, sin embargo, otras razones menos evidentes pero implícitas con la medida. En primer lugar, devuelven los titulares positivos a un Bukele que, aunque fuerte internamente, ha visto cómo su imagen internacional se desplomaba, principalmente por sus despliegues autoritarios. El mandatario de 39 años ha hablado más de bitcoin en inglés que en español. La noche antes de anunciar la ley a través de un video presentado en Miami, brindó una conferencia de prensa en la que no dijo nada de la nueva moneda. En cambio, justificó su decisión de eliminar una comisión internacional contra la impunidad liderada por la Organización de Estados Americanos (OEA).

Otra posibilidad, según los expertos, es que Bukele quiera darse un mayor margen de maniobra en cuanto a política monetaria, en una economía dolarizada desde  2001. «El plan parece una desdolarización furtiva», según David Gerard, un experto y autor de varios libros sobre criptomoneda, en Foreign Policy. «Bukele parece estar preparando al país para inyectar bitcoins a la economía, marcarlos como ‘dólares’ para solventar su déficit (fiscal) y tomar los dólares verdaderos para pagar deuda extranjera», sostiene Gerard. El gobierno salvadoreño ciertamente tiene un problema de ingresos y la tasa de endeudamiento incrementó en el 2020, motivado en parte por los gastos extraordinarios para atender la pandemia de covid-19.

El Salvador será un laboratorio de bitcoin, según lo ha expresado Karim Bukele, hermano y uno de los principales asesores del presidente. Para la región y para el mundo, será un interesante experimento, a coste cero, ver cómo le va a un pequeño país centroamericano con la nueva moneda. Pero los especialistas financieros saben todos los riesgos que esto implica.

El Banco Mundial rechazó la solicitud de colaboración que el gobierno Bukele hizo para implementar el bitcoin, alegando razones de transparencia y preocupaciones ambientales. El Fondo Monetario Internacional citó «problemas financieros, macroeconómicos y legales» en el proceso de aprobación de la ley. El Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales advirtió sobre «el riesgo de que El Salvador sea empleado como paraíso para lavar dinero mediante el uso malicioso del bitcoin, ante la incapacidad legal de las autoridades para ejercer control y sancionar».

El mismo Bukele ha aceptado que tendrán que hacer una campaña publicitaria y educacional para hacer que su idea cuele. Pero aún con su impresionante aparato de propaganda, está tropezando con varios obstáculos. La Secretaría de Prensa de la Presidencia presentó fotos de un youtuber que dijo estar asombrado de poder pagar un aguacate con bitcoin, pero el youtuber se hizo más famoso por el video de un vendedor de pan que se quejó de que le estaba regateando. Un empresario anunció que había pagado en bitcoin el salario a sus empleados. La reacción lo obligó a poner una aclaración de que no se había realizado ningún descuento.

Usualmente, las críticas a Bukele señalan sus abusos autoritarios, la falta de respeto al Estado de Derecho y a la separación de poderes. Estos son conceptos vacíos de significado para la mayoría de salvadoreños que valoran más los programas de asistencia durante la pandemia, como múltiples entregas de canastas de víveres a domicilio y un bono de 300 dólares. Pero el bitcoin supone preguntas directas relacionadas al salario y la vida de las personas.

 Por ahora, parece que los salvadoreños están dispuestos a perdonarle todo a Bukele y a apoyarlo. Excepto cuando la apuesta incluye su propio dinero.

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Miércoles, 16 Junio 2021 05:38

Bitcoin, de la gloria a la ruina

Bitcoin, de la gloria a la ruina

Los defensores del bitcoin aseguran que llegará a 250 mil dólares.

 Otro rally alcista de la criptomoneda renueva la polémica

La escalada por arriba de los 40 mil dólares atrae a pequeños inversores, mientras otros advierten por los riesgos.

 

El precio de bitcoin volvió a superar los 40 mil dólares. En las últimas semanas tuvo una fuerte volatilidad que lo hizo pendular entre los 32 y los 38 mil dólares por moneda. Entre los inversores siguen sin ponerse de acuerdo respecto de lo que puede ocurrir. Los gurúes de las monedas digitales aseguran que comenzó una nueva ola de suba de precios e incluso vaticinan que se logrará un record superior a los 250 mil dólares.

Los críticos de esta tecnología consideran que las cotizaciones se están sosteniendo en forma artificial, que muchos ahorristas minoritas serán el principal segmento afectado por el derrumbe de las monedas digitales y que esta burbuja no tiene espacio para seguir creciendo en forma indefinida. El economista Nouriel Roubini fue uno de los que en los últimos días volvió a cargar fuerte contra los criptoactivos como el bitcoin.

El consultor internacional aseguró que es claro que no funciona como un medio de pago ni como una unidad de cuenta pero también planteó que no puede ser una reserva de valor. “En abril alcanzó un pico histórico de 64.000 dólares. Y luego, unas semanas después, bajó a casi 30.000. Bitcoin ni siquiera es una cobertura contra los episodios de riesgo. La gente dice que es un activo no correlacionado al que le va bien cuando, por ejemplo, las acciones globales lo están haciendo mal. Eso no es en absoluto cierto”, dijo Roubini.

Para el economista, el valor de estas monedas digitales no sólo son cero sino que directamente se pueden medir en valores negativos. El impacto medioambiental es uno de los elementos que pueden utilizarse para plantear una situación de pérdida para la sociedad por el uso de estas redes descentralizadas de intercambio de monedas electrónicas.

Pero la lectura de los analistas críticos no es la única que se escucha en los mercados financieros. Los fondos de inversión internacionales siguen aumentando su participación en criptomonedas y los proyectos de instituciones de renombre como Visa y Mastercard se mantienen con el objetivo de sumar procesamiento de pagos en criptomonedas.

Entre las declaraciones más eufóricas a favor de las monedas digitales en las últimas semanas figura la del dueño de la red social Twitter. “No creo que haya nada más importante en mi vida para trabajar que el bitcoin”, dijo Jack Dorsey. El multimillonario sostiene que esta criptomoneda tiene el potencial de convertirse en el dinero de internet. Esto equivale a una moneda que no es emitida por gobiernos sino que circula en forma privada.

Sobre este último punto aparece uno de los grandes interrogantes y de los planteos contra la masificación de la tecnología. Pocos economistas consideran que los Estados permitirán que las monedas digitales circulen libremente perdiendo la capacidad de emitir moneda y limitando el rol de la política monetaria. Por otro lado, se critica la falta de organismos de control propios de un sistema descentralizado que posibilita que circule una parte del dinero no declarado del mundo y encuentre canales sencillos para reintroducirse a la economía.

El avance del Salvador para legislar el uso del bitcoin como moneda de curso legal fue analizado por la mayoría de los organismos internacionales como la excepción a la regla en lugar de una tendencia. El Fondo Monetario Internacional fue uno de los que se declaró en contra de la medida anunciada por el presidente salvadoreño Nayib Bukele.

“La adopción del bitcoin como moneda de curso legal plantea una serie de cuestiones macroeconómicas, financieras y legales que requieren un análisis muy cuidadoso”, dijo el vocero del FMI Gerry Rice. “Estamos siguiendo de cerca los acontecimientos y continuaremos nuestras consultas con las autoridades”.

16 de junio de 2021

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Joe Biden y Boris Johnson celebran su alianza pese a las diferencias sobre Irlanda del Norte

Ambos líderes firmaron una nueva Carta del Atlántico adaptada al siglo XXI

"Nos comprometemos a trabajar de cerca con todos los socios que comparten nuestros valores democráticos", sostuvieron desde Downing Street. En su primer viaje internacional, el presidente estadounidense participará de la cumbre del G7

 

En su primer encuentro cara a cara, Joe Biden y Boris Johnson hicieron hincapié en la histórica alianza entre sus países, dejando de lado las tensiones que la aplicación del Brexit provoca en la región británica de Irlanda del Norte. El presidente de Estados Unidos y el primer ministro del Reino Unido firmaron una nueva "Carta del Atlántico", siguiendo el modelo de la acordada por sus predecesores Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill hace 80 años pero teniendo en cuenta nuevas amenazas como los ciberataques y la crisis climática. Biden inició su viaje reuniéndose con Johnson en Carbis Bay, ciudad costera del sudoeste de Inglaterra donde participará en la cumbre del G7 del viernes al domingo.

Covid-19 y cambio climático

El estímulo del programa de vacunación contra el coronavirus y el cambio climático ocupan un lugar destacado en la agenda de la cumbre, pero es probable que la disputa en curso entre Reino Unido y la Unión Europea sobre los controles reguladores de los bienes que ingresan a Irlanda del Norte desde Gran Bretaña también centre algunas discusiones. Este primer viaje internacional del mandatario estadounidense busca marcar el "regreso" de su país al multilateralismo tras el mandato de Donald Trump.

"Aunque el mundo ha cambiado desde 1941, los valores siguen siendo los mismos", afirmaron desde Downing Street. "Nos comprometemos a trabajar de cerca con todos los socios que comparten nuestros valores democráticos y para contrarrestar los esfuerzos de aquellos que buscan socavar nuestras alianzas e instituciones", agregaron luego de la reunión entre Biden y Johnson.

La versión original del Acuerdo del Atlántico fue firmada en 1941 por los presidentes Roosevelt y Churchill en medio de la Segunda Guerra Mundial y sirvió para marcar los objetivos de Estados Unidos y el Reino Unido después del conflicto. En el nuevo documento, ambos países se oponen "a interferencias a través de la desinformación y otras influencias maliciosas, incluyendo las que se producen en elecciones" y agregan un punto de especial interés para Estados Unidos sobre las "amenazas modernas" y más en concreto los ciberataques, remarcando que la OTAN seguirá siendo su "alianza nuclear". 

La última parte de la nueva carta habla del cambio climático y reitera el compromiso de ambos líderes con la creación de una economía global justa que no impacte en el clima, y se hace eco del "efecto catastrófico de las crisis sanitarias" remarcando la necesidad de fortalecer las "defensas colectivas".

El Brexit y las Irlandas

Las tensiones en torno a la aplicación del Brexit en Irlanda del Norte amenazaban con empañar el amistoso encuentro entre Biden y Johnson. Al presidente demócrata, muy orgulloso de su ascendencia irlandesa, le desagradan los intentos de Londres de incumplir los compromisos comerciales adquiridos con la Unión Europea en el denominado "protocolo norirlandés". 

Ese protocolo permite no tener que reimponer tras el Brexit una frontera terrestre entre Irlanda del Norte y la vecina República de Irlanda, país miembro de la Unión Europea, pero dificulta el envío de mercancías a esa región británica desde el resto del Reino Unido. El llamado "Acuerdo del Viernes Santo" de 1998, alcanzado con la participación del expresidente estadounidense Bill Clinton, puso fin a la violencia entre republicanos católicos y unionistas protestantes que dejó unos 3.500 muertos en 30 años de conflicto.

"Hay que proteger los progresos" registrados desde entonces, le dijo en privado Biden a Johnson según un alto responsable estadounidense. Pero "la idea no es entrar en confrontación ni aparecer como un adversario, no ha venido a dar lecciones", agregó esa misma fuente. 

Quitándole peso al asunto, Johnson dijo que existe "un terreno de entendimiento total" entre Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea. "Todos queremos preservar el Acuerdo del Viernes Santo y asegurarnos de que mantenemos el equilibrio del proceso de paz", afirmó el primer ministro y calificó como un "soplo de aire fresco" su conversación con Biden planteando que éste "no" le transmitió estar alarmado por la situación en Irlanda del Norte.

Esa situación no la tendría tan clara la Unión Europea, acusada por Londres de "purismo" jurídico y falta de pragmatismo. "El protocolo debe aplicarse en su totalidad", insistió desde Bruselas la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, asegurando que planteará la cuestión en el G7.

Más allá del desacuerdo, si el estilo populista de Johnson le ha valido comparaciones con Trump, ferviente partidario del Brexit, el conservador británico está más en sintonía con la administración Biden en los grandes temas internacionales, como la crisis climática o los desafíos que plantean China y Rusia.

En la cumbre de los países ricos, la primera que se celebra en persona en dos años y que estará dominada por los debates en torno a la pandemia, el presidente estadounidense, criticado por su lentitud a la hora de compartir vacunas con el resto del mundo, pondrá sobre la mesa la promesa de comprar 500 millones de dosis de la vacuna de Pfizer/BioNTech para donarlas a otros países, 200 millones de ellas este mismo año.

"Es nuestro deber humanitario salvar tantas vidas como sea posible", afirmó Biden tras el encuentro con Johnson, calificando de "paso histórico" esta ayuda a las naciones en desarrollo. La otra prioridad del G7 será la lucha contra el cambio climático, muy importante para el Reino Unido que en noviembre organiza la conferencia de la ONU sobre el clima COP26 en Glasgow.

Tras la cumbre, Biden será recibido el domingo por la reina Isabel II en el castillo de Windsor y luego asistirá a la reunión de la OTAN en Bruselas antes de otra cumbre con la Unión Europea. Su largo viaje a Europa culminará el miércoles en Ginebra, donde se reunirá con el presidente ruso Vladimir Putin.

11 de junio de 2021

Publicado enInternacional
Fuentes: El salto [Foto: Quinn Slobodian, historiador canadiense. © Tony Luong 2021]

Entrevista a Quinn Slobodian

El historiador canadiense Quinn Slobodian publica un recorrido por la historia del globalismo neoliberal y su uso de los Estados y las instituciones para proteger al libre mercado de la democracia.

“Quien solo sepa de economía no puede ser un buen economista”, dijo Frederick Hayek en su libro Economía, ciencia y políticas de 1962. Lo expresó en el momento en el que la corriente neoliberal de la Escuela de Ginebra seducía a gran parte de la corriente económica ortodoxa con la idea de que se necesita abordar el libre comercio y las teorías liberales desde un punto de vista político y jurídico. Cuando los neoliberales comenzaron a poner cada vez más en funcionamiento un mundo partido entre Estados y mercados, donde los primeros servirían para salvaguardar el buen funcionamiento de los segundos. Donde la economía de mercado estaría por encima de la democracia. Y, viendo el panorama actual, no parece que les haya ido muy mal.

La cita de Hayek es una de las muchas que recoge el extenso trabajo del historiador canadiense y profesor en la Wellesley College Quinn Slobodian y que se ha materializado en el libro Globalistas. El fin de los imperios y el nacimiento del neoliberalismo (Capitán Swing, 2021). Una historia que arranca hace 100 años, cuando caían los antiguos imperios y las guerras mundiales, los procesos de descolonización y los repliegues nacionales ponían en peligro el sueño de un libre comercio globalizado sin las ataduras de las barreras comerciales y las medidas proteccionistas.

Con su particular visión histórica de la corriente intelectual más influyente en nuestra vida cotidiana, Slobodian analiza el desarrollo conceptual de las ideas neoliberales hoy en día, el cisma que está sufriendo dicha corriente, el aparente giro keynesiano de los gobiernos más importantes del planeta o el futuro de un neoliberalismo que parece perder la batalla en los niveles más altos de la estructura social y política, pero que se vuelve más violento con las capas bajas de la población.

No sé si en Canadá o los Estados Unidos ocurre, pero en España, cuando yo uso el concepto “neoliberal” en redes sociales no tarda mucho en aparecer un trol que me dice que ese concepto lo inventó la izquierda. Pero tu libro explica lo contrario. ¿Qué le dirías o cómo le resumirías eso a esa gente? ¿Cómo les explicarías lo que es el neoliberalismo?

Yo siempre empiezo diciendo que el término se ha utilizado de muchas maneras diferentes. Por lo que es comprensible y justificable estar confundido por una gran cantidad de definiciones que conflictúan entre sí. Para mí, hay tres formas principales en la que se utiliza el término. Se utiliza para describir una especie de época de la historia global, más o menos desde la década de 1970 hasta la actualidad. Se dice que estamos en la era neoliberal. Luego se utiliza para describir una especie de relación que la gente tiene con el resto, eso de ‘los empresarios hechos a sí mismos’, de la gestión de activos para ser maximizados en el mercado, etc.

El neoliberalismo se trata realmente de un número limitado de personas que tienen un número limitado de conversaciones, pero durante muchas décadas y con una fuerte consistencia en su argumentario

Pero en tercer lugar, también se utiliza para describir un tipo de movimiento intelectual bastante discreto con un número limitado de personas involucradas y que comenzó en la década de 1930, a través de un acto en el que buscaron su autodefinición y lo hicieron como ‘neoliberal’. Un movimiento que sigue hoy en día, 70 años después. Mi definición de neoliberal está limitada a esta tercera. Uso el término para describir una ideología desarrollada por un conjunto de pensadores dentro de contextos específicos, pero que son contextos importantes. Y creo que al señalar que, en 1938, este grupo de personas se reunió y se describió a sí mismo como neoliberales, puede que sea buen punto de partida para que la gente comience a pensar “de acuerdo, tal vez hay algo más de sustancia aquí”. El hecho de que dejaran de llamarse neoliberales en los años 50 confunde un poco las cosas, por supuesto. Pero luego, en los últimos años, ha habido una mayor disposición de este mismo grupo de personas para volver a utilizar el término neoliberal para describirse a sí mismos. Y en Alemania, de hecho, no es tan inusual que la gente que está involucrada en discusiones ordoliberales y de economía social de mercado se llamen a sí mismos neoliberales. No es tan tóxico ni se le coloca una bandera roja como lo es en otros contextos lingüísticos.

Esa es mi forma de abordarlo normalmente, es decir, no es una teoría de todo, no es una afirmación sobre la historia del mundo o una supuesta nueva actitud que tenemos hacia nosotros mismos. El neoliberalismo se trata realmente de un número limitado de personas que tienen un número limitado de conversaciones, pero durante muchas décadas y con una fuerte consistencia en su argumentario.

Otro de esos términos muy utilizado por los neoliberales es “libertad”. En las recientes elecciones de la Comunidad de Madrid, el partido de la derecha conservadora ha usado el eslogan “Comunismo o Libertad”. ¿A qué se refiere un neoliberal cuando hablan de libertad?

Buena pregunta… Creo que aquí es útil distinguir entre las principales escuelas de pensamiento dentro del neoliberalismo. Las escuelas de pensamiento reconocidas son la Escuela de Chicago, principalmente alrededor de Milton Friedman y Gary Becker, la escuela de Friburgo, alrededor de Walter Eucken, y luego también tienes la Escuela Austriaca alrededor de Friedrich Hayek y Ludwig von Mises. En mi libro introduzco la idea de una Escuela de Ginebra, que se interesa sobre todo por las ideas de orden internacional y economía mundial. Así que la respuesta a lo que significa la libertad para cada una de ellas puede ser un poco diferente.

Para los neoliberales, la libertad es el descubrimiento de partes desmercantilizadas de la vida humana, y luego mercantilizarlas y convertirlas en cosas que pueden ser intercambiadas en el mercado

Creo que lo interesante de Hayek es lo explícito que es con lo que significa la libertad cuando dice que la libertad es una especie de libertad estructurada, en el sentido de que somos libres de responder a las fuerzas y señales del mercado. Y la libertad la define así: por responder correctamente a la forma en que se nos empuja a actuar dentro del mercado. Hayek utiliza el ejemplo de una hoja en la rama de un árbol que se mueve según el viento en una tormenta. Y ese espacio que tiene la hoja es su libertad. Tiene libertad de moverse con las fuerzas del viento que la está empujando. Así que la libertad siempre está supeditada a que un sistema más amplio se reproduzca de manera que aproveche partes de la vida humana que, previamente, son absorbidas por el mercado. Así que creo que, para todos los neoliberales, la libertad es el descubrimiento de partes desmercantilizadas de la vida humana, y luego mercantilizarlas y convertirlas en cosas que pueden ser intercambiadas en el mercado. Así que, para los neoliberales, libertad y la mercantilización no son opuestas, en realidad son una especie de sinónimos de la misma cosa. Para experimentar la libertad, tenemos que hacerlo dentro de un espacio de intercambio monetario. Y eso es muy diferente de la forma en que otras personas piensan en la libertad, en particular lo que defienden los socialistas.

Para los neoliberales, la libertad es poder poner un precio a todo, que haya libertad para más intercambio, que se puedan cubrir más aspectos de la vida mediante transacciones del mercado. Y en cierto modo y visto desde su argumentación, tiene sentido. Porque para ellos, el mercado permite el anonimato, permite la equiparación, la entrada de cualquier en ese mercado. También dicen que ello permite romper con las jerarquías del patriarcado, la tradición o la opresión religiosa. Piensan que el mercado es el lugar donde escapamos de estas cosas que son parte de la vida tradicional. Y, al mismo tiempo, dicen que ese mercado en sí mismo no es algo que existe solo para el individuo, sino que siempre requiere de una especie de sistema más grande. Y, de hecho, creo que este es el punto clave para entender el neoliberalismo como una filosofía del individualismo. Porque el punto clave del neoliberalismo es que si quieres un sistema basado en el individualismo, entonces necesitas diseñar un sistema dentro del cual el individuo pueda ser libre. Así que el liberalismo se convierte en ese proyecto de diseñar leyes y diseñar Estados de tal manera que los individuos puedan actuar de manera mercantil pero con mínimas restricciones.

En tu libro hablas mucho sobre ese diseño del Estado, sobre el equilibrio entre Estado y mercado que buscaron esos primeros ideólogos del neoliberalismo. ¿Cuál crees que es el equilibrio que buscan los neoliberales en la actualidad?

No sé si lo describiría como un equilibrio, porque eso implica que esas partes estén de alguna manera estructuralmente separadas, ambas iguales pero separadas o que tengan un estatus autónomo en sí mismas, pero yo no lo veo así, ni creo que lo hagan los neoliberales. La idea que defienden es que los mercados no están liberados de la supervisión del Estado, los mercados sólo son posibles a través de la regulación del Estado, la protección del Estado y la producción de ciertos resultados en lugar de otros. Así que creo que lo que puede parecer en su propia retórica como un equilibrio, una armonía o una especie de separación de esferas, es en realidad algo muy diferente. Es un Estado que está constantemente vigilando, supervisando y reproduciendo espacios de actividad de mercado y de intercambio de mercado. Y la ley trabaja para proteger los activos. Para protegerlos de la expropiación de otras partes del Estado a través de los impuestos. Así que el Estado es cómplice cotidiano de la racionalidad neoliberal y esto no es algo en lo que se haya dado ni un paso atrás.

Las campanas de alarma para los neoliberales es siempre ese ‘¡que viene la inflación!”, sin importarles lo más mínimo lo que realmente está sucediendo en los mercados

Así que creo que la actualidad es un momento fascinante para este movimiento intelectual neoliberal, porque están experimentando un verdadero cisma, están experimentando una verdadera división. Entienden que no son populares en este momento. Entienden que están bajo la amenaza de nuevas formas de utilizar el Estado de manera diferente a la forma en que quieren utilizarlo ellos.

Están respondiendo básicamente de dos maneras diferentes. La primera forma de responder es decir que el Estado debe simplemente atenerse a las reglas que dice seguir. Por ejemplo vemos que ocurre esto con el Banco Central Europeo y la gestión del euro. Para la mayoría de nosotros, miramos la crisis de la eurozona y parece que el BCE actuó de forma demasiado disciplinada con respecto a Grecia especialmente, pero también con otros países, incluyendo España. Para los neoliberales, el BCE fue demasiado débil y demasiado pasivo en su tratamiento de los países del sur de Europa. Y al rescatar, entre comillas, a los prestamistas alemanes en lugares como Grecia, en realidad rompieron sus propias reglas, rompieron su propio mandato. Y se produce este nuevo mundo de tasas de interés cero, de la flexibilización cuantitativa, y siguen alarmando, contra toda evidencia, que inevitablemente conducirá a la inflación. Las campanas de alarma para los neoliberales es siempre ese ‘¡que viene la inflación!”, sin importarles lo más mínimo lo que realmente está sucediendo en los mercados. 

Por lo que hay un lado de los liberales que su respuesta se centra en cómo el Estado solo necesita tomar más medidas y que los bancos necesitan seguir sus propias reglas. Quieren que haya un límite de déficit que se mantenga, incluso para Alemania y Francia. Y por eso se oponen a los fondos de estabilización y todo lo relacionado con la respuesta al coronavirus. Piensan que el Estado solo tiene que cumplir con sus propios principios y que el Tratado de Maastricht tiene que ser seguido al pie de la letra.

Los neoliberales ahora están preocupados porque creen que la Unión Europea comenzó con una buena disciplina que favorecía el mercado, pero que ahora se está convirtiendo en esta entidad socialista verde suave y muy grande

Todo esto es lo que piensa una parte del movimiento liberal. La otra ala básicamente lo que dice es que este proyecto de crecimiento y escalabilidad, ese experimento de ampliación, ha fracasado. El movimiento hacía lo supranacional al que me refiero en el libro, la idea de que puedes encerrar a los Estados nacionales haciéndoles firmar tratados en Bruselas o Frankfurt, se ha demostrado que es un error, que los gobiernos nunca siguen realmente las reglas. Y estos gobiernos estatales supranacionales o entidades supranacionales se convertirán en otra cosa pasado un tiempo. Así que los neoliberales ahora están preocupados porque creen que la Unión Europea comenzó con una buena disciplina que favorecía el mercado, pero que ahora se está convirtiendo en esta entidad socialista verde suave y muy grande. Así que la opción más popular en este momento para algunos de los liberales es salir de estas instituciones supranacionales.

La principal oposición en Alemania a los gastos de la UE es la gente que fundó el partido AfD. Son los que están presentando demandas ante el Tribunal Constitucional para evitar que Alemania participe en el gasto expansivo de Frankfurt y Bruselas, y además quieren volver al marco alemán. Quieren volver a controlar sus propias fronteras. Y esa es la solución más popular ahora mismo entre los intelectuales neoliberales, desconectar el movimiento supranacional, volver a la nación y usar eso como base para gestionar el capitalismo y fomentar la competencia. Hacer que se compita entre Estados para bajar los impuestos y salarios. Ven que esta opción es mejor que la ampliación supranacional, donde sólo produce más hinchazón burocrática y, tal vez, un cambio político hacia la izquierda.

Entonces crees que ese punto es en el que las élites nacionales se empiezan a convertir en nacionalistas. Yo creo que ese punto también es en el que ese nacionalismo de las élites se convierte o mezcla con las ideas de extrema derecha y empiezan a defender ideas y políticas racistas. ¿Estamos en ese punto?

Creo que esta es una historia bastante antigua. Si nos remontamos 30 años atrás, a la caída del Muro de Berlín, el final de la Guerra Fría, puedes ver muchas de esas cosas muy similares a las suceden en la actualidad. Con el Frente Nacional en Francia, el partido liberal austriaco o, como ya he comentado, en Alemania. Es la misma historia. La política económica era neoliberal: tenemos que cortar el Estado de bienestar y bajar los salarios, romper los sindicatos, etc. Y luego la política cultural era etnonacionalista y racista: El problema son los musulmanes, el problema son los no franceses que vienen a nuestro país. Eso se ha repetido por toda Europa. 

En los años 90, los nuevos partidos liberales hicieron alianzas con los etnonacionalistas. Y con el tiempo, el neoliberalismo se desvaneció y el etnonacionalismo dominó

Lo mismo ocurrió en los años 90. Los nuevos partidos liberales hicieron alianzas con los etnonacionalistas. Y con el tiempo, el neoliberalismo se desvaneció y el etnonacionalismo dominó. Y así, estos partidos que empezaron como partidos defensores de la austeridad junto con la protección de los partidos raciales, se convirtieron en una especie de partidos raciales protectores. Y eso sucedió también en el caso del Brexit. Quiero decir que fue iniciada por personas que querían que el Reino Unido fuera más Singapur, pero al final trató de echar a los extranjeros del país. Es realmente lo que les hizo ganar el referéndum. Así que creo que lo primero que hay que tener en cuenta es que los politólogos e historiadores están de acuerdo en que la tendencia de estas protestas, de los partidos no establecidos, ha sido comenzar como coalición etnonacionalista neoliberal y luego el etnonacionalismo parece tomar el control empujándolo hacia lo que llamamos la extrema derecha.

Pero lo que señalo en el libro y que creo que es importante ver es que muchas de estas facciones neoliberales que iniciaron estos partidos en realidad no necesitaban ser convencidas de que la cultura importa y la raza importa, porque esto, en realidad, ya era un compromiso que hicieron en esa alianza, ya era parte de su pensamiento. Así que una de las cosas que estoy leyendo ahora y sobre la que ya he escrito algo es que el tipo de ordoliberales que se llaman a sí mismos hayekianos, ya en la década de 1980, ya hablaban de cómo la cultura podría importar más de lo que habían pensado anteriormente, que los humanos no son todos iguales. La cáscara económica está en realidad marcada por los rasgos culturales y las diferencias culturales. Y en los principios de los 90 era realmente muy común, incluso en la corriente principal de la economía, decir que la historia, las instituciones o las evoluciones durante largos períodos de tiempo importan.

Así que los neoliberales que han formado estos partidos de extrema derecha, desde Austria a Gran Bretaña, ya llevan años argumentando en este sentido, incluso antes de que hicieran alianzas con los neonazis. Ya decían que no se trata solo del mercado, sino que también se trata de la cultura. Y están usando el mismo argumento. El AfD en Alemania está compuesto por personas que se ven a sí mismos como buenos hayekianos y a la vez chauvinistas culturales, y no ven ninguna contradicción en ello. No es una especie de matrimonio de conveniencia que estén apretando los dientes… simplemente lo hacen porque es perfectamente coherente ideológicamente con sus ideas. Así que creo que actualmente estamos en un punto importante, ya que no es solo una especie de alianza incómoda entre la gente del mercado y la cultura, sino que en realidad es intelectualmente coherente. Es muy importante verlo, porque no hacerlo provoca que sea más difícil averiguar cómo se podría enfrentar este tipo de cosas. Porque creo que normalmente lo que ocurre es que la gente piensa que hay algunas personas buenas que solo se preocupan por el capitalismo, incluso si son un poco extremas. Y luego están los malvados, ya sabes, los racistas… pero claro, ¿cómo podemos hablar con los buenos capitalistas sin confrontar a estos malvados racistas? Porque no es tan fácil trazar una línea entre los dos.

¿Qué opinas de los paquetes de medidas de gasto y monetarias que se están empezando a aplicar tras el covid, como los Next  Generation UE o el Plan Biden? ¿Hay un cambio de paradigma y los Estados se están volviendo keynesianos? ¿Está el libre mercado en peligro?

Lo que creo es que no todos los partidos de extrema derecha en la UE en este momento se puedan catalogar en la misma categoría, ni que tengan esas hojas de ruta neoliberales culturales. Partidos como La Liga italiana no tienen ningún problema con el BCE y su inyección de dinero, en realidad lo que quieren es que les den más dinero a ellos. Así que lo que quiero decir es que no toda la extrema derecha europea actual tiene el mismo perfil cultural neoliberal. La mitad lo tiene, pero la otra tiene ideas más abiertas a la política monetaria europea.

Creo que, de todas maneras, quien tiene la voz cantante es la Reserva Federal Estadounidense, ya que es el prestamista de última instancia, ya no solo de Estados Unidos sino de todo el planeta, como pudimos ver tras la crisis financiera mundial de hace una década. Por lo que si algo tiene que cambiar, está claro que esos cambios tienen que venir de los Estados Unidos. La UE siempre ha respondido más o menos reactivamente a lo que sucede en los Estados Unidos, siempre con un poco de retraso pero aún más neoliberal, en mi opinión, como pudimos ver en la respuesta a la crisis del 2008.

Por lo que aquí podemos ver dos factores clave. El primero es la erosión de las normas neoliberales de las políticas comerciales. Bajo la administración Trump, la única desviación del neoliberalismo fue esa ruptura de la globalización económica en la confrontación con China. Una guerra comercial enorme, la mayor desde los años 30. Fue denunciada rotundamente por todos en el Partido Demócrata e incluso dentro del Partido Republicano cuando empezó en 2017. Pero para 2020 ya todo el mundo lo veía normal. Y eso es ahora la nueva normalidad. La nueva normalidad es que protejas tus propios productos, que intentes romper las cadenas de suministro internacionales para traerlos a tu propia casa, se espera que se desarrolle algún nivel de autosuficiencia y desacoplamiento, etc. Estados Unidos está en ello y Canadá se ha sumado. Así que ese es el primer gran cambio. Creo que esto señala el fin del estilo de globalización mundial de los años 90. El desafío chino como principal fuerza productora del resto del mundo, o mejor dicho del mundo atlántico, ha hecho que los Estados Unidos y la UE se unan para contener a China y su actividad económica. Y eso es muy diferente a todo lo que le precedió. Puede seguir siendo agresivamente capitalista, pero es diferente del tipo de globalismo que he descrito en mi libro. Así que ese es el gran cambio.

Las medidas de gasto de Biden solo son posibles tras la ruptura del hechizo de la fobia a la inflación. La viejas ortodoxias económicas ya no tienen evidencia empírica de esa temida inflación, nadie les cree ya en Washington

Aun más grande que eso, el otro factor importante es el fin del miedo a la inflación. Quiero decir, después de 2008, la suposición de la izquierda y la derecha en los Estados Unidos seguía siendo que si el Estado gasta demasiado, la gente lo pagaría a través de la inflación. Es la ortodoxia económica. Pero, obviamente, no sucedió. Llevamos más de una década sin inflación, es más, hay más movimientos hacia la deflación y parece que es imposible hacer que la inflación suceda. Y ahora que sabemos que no sucedió, significa que cualquier cosa es posible. Y me refiero a los paquetes de medidas de los 100 primeros días de Biden. Las medidas de gasto de Biden solo son posibles tras la ruptura del hechizo de la fobia a la inflación. La viejas ortodoxias económicas ya no tienen evidencia empírica de esa temida inflación, nadie les cree ya en Washington, al menos por el momento. Por lo que creo que ha habido una fuerte ruptura a la racionalidad neoliberal en un nivel superior. 

Pero aquí hay que matizar algo. Sí que puede que haya ese cambio a un nivel superior. Lo vemos cuando Biden, Ursula von Der Leyen e incluso las élites corporativas hablan sobre el cambio climático y la necesidad de respuesta, que hay que hacer algo con la desigualdad creciente o que los ricos tienen que pagar más impuestos. Ves eso y puedes pensar que el neoliberalismo está medio muerto o luchando para no terminar de morir. Pero cuanto más bajas en la escalera socioeconómica, menos parece que el neoliberalismo esté muriendo. Cuando ves a la gente que necesita varios empleos para vivir, tiene que estar pagando facturas médicas, necesita que su suegra cuide de sus hijos que no tienen escuela por el covid y está vigilado por cuatro jefes diferentes, pues da la impresión de que todavía queda mucho neoliberalismo.

El único tipo de libertad que se está ganando es la de tener cuatro trabajos y apenas dormir o ver a tu familia

El lugar de trabajo es el lugar donde se pueden observar muchas de las cosas que justificadamente hemos criticado en las últimas décadas y es ahí donde tiene que ser impugnada. Por lo que creo que este es el momento de la verdadera lucha de clases y que no necesariamente se tiene que dar en los niveles superiores, sino en la parte inferior. Porque ahí es donde hay una disminución de la autonomía y de la libertad para la gente común. El único tipo de libertad que se está ganando es la de tener cuatro trabajos y apenas dormir o ver a tu familia. Pero no es el tipo de libertad que la mayoría de gente quiere. Así que, por resumir, a un nivel superior sí que el neoliberalismo está luchando por continuar, pero en la parte inferior sigue formando parte de nuestra vida diaria. 

Con esta confrontación entre Estados Unidos y China, donde Europa es solo un campo de batalla pero no parece ser un jugador decisivo, con una crisis que está afectando, como bien acabas de comentar, a las clases bajas y una extrema derecha ganando popularidad, ¿qué crees que puede ocurrir en la próxima década?

Creo que esa idea que había antes de 2020 de producir donde fuera más barato y no preocuparse por dejar de tener acceso a esos productos ha cambiado. Crecerá la tendencia de traer esas cadenas de producción y suministros a casa porque la pandemia demostró que eso no es cierto. Los países buscarán su propio interés y detendrán la exportación de todo, desde las mascarillas hasta las vacunas y se molestarán por producir esas cosas en casa. Y no solo productos relacionados con la sanidad y las futuras pandemias, también los semiconductores, chips, etc. Esa guerra está ocurriendo ahora mismo y Europa, India o Estados Unidos están en proceso de producir chips en sus propios países, cuando antes solo se producían en Asia. Todo esto hará que se empiece a relocalizar la industria en países que antiguamente eran industriales, como Estados Unidos, y puede que se cree algo de empleo. Aunque lo más probable es que sean grandes fábricas automatizadas y robotizadas controladas solo por unas pocas personas. 

Este momento postliberal creo que puede producir una mayor brecha entre países ricos y pobres en términos de producción, lo que provocará otras brechas como la del acceso a vacunas

Otra cosa a tener en cuenta es la cuestión del carbono y el clima. si la gente se empieza a preocupar de verdad por el clima, se necesitará mucha cooperación internacional. Pero no tiene por qué ser así. La preocupación por el clima puede tener tanto un efecto nacionalista como internacionalista. Las propuestas que hay ahora mismo sobre la mesa son medidas como los ajustes fronterizos del carbono, que básicamente significa que se graven los productos de países que no estén cumpliendo con las exigencias climáticas. Esto puede fomentar la producción doméstica, algo que en realidad puede perjudicar específicamente a los países pobres que tal vez no pueden adaptarse a estas medidas de emisiones cero a la misma velocidad que los países ricos. Por lo que este momento postliberal creo que puede producir una mayor brecha entre países ricos y pobres en términos de producción, lo que provocará otras brechas como la del acceso a vacunas. Así que ese supuesto de que después del neoliberalismo la desigualdad mejorará de alguna manera, no sé si es cierto. Creo que se puede conseguir cosas mejores tras la dominación neoliberal, pero porque la gente se toma ahora más en serio la resiliencia, la política climática, etc.

También creo que es bastante probable que la contención de China se desborde hacia una militarización más belicosa. De hecho, creo que ya está ocurriendo cuando vemos que la Comisión Europea y los Estados Unidos empiezan a preocuparse por los derechos humanos en China. Antes nunca se hablaba de esto, pero ahora que China es un competidor económico, de repente todos se preocupan mucho por las violaciones de derechos humanos allí. Este hecho ya está socavando los intentos de la UE de firmar un acuerdo bilateral con China, tal y como han estado haciendo antes de que llegara Biden firmando un gran acuerdo entre sus bancos de inversión que ahora está en peligro.

Lo que creo que vamos a presenciar es la división de ese mundo globalizado hacia uno de grandes bloques económicos, con libertad de inversión y comercial dentro de ellos. China está haciendo lo mismo con la promoción de la Ruta de la Seda. Y creo que este tipo de bloques económicos podrían tener éxito a la hora de contener el desafío populista de la derecha. Lo creo porque si los centristas se van un poco más a la izquierda, como parece que está ocurriendo ahora, y desarrollan una especie de chovinismo cultural del bienestar, en el sentido de ofrecer servicios sociales a las personas que están cabreadas por haber sido jodidas por la globalización, entonces, tal vez, puedan ganar algo más de simpatía de nuevo. Creo que se les ocurrirán soluciones tecnocráticas para ello. Creo que en Estados Unidos ya se pueden ver cosas así y se ve la posibilidad que haya algo así como una renta básica universal combinado con el trabajo precarizado que ya existe. Pones un suelo por debajo pagado por el Estado para el nivel más bajo de subsistencia. Aunque la gente sigue teniendo que buscar múltiples trabajos de mierda, pero esa combinación de la intervención del Estado mantiene a las grandes empresas felices, porque no tienen que lidiar con la fuerza de trabajo organizada. Así parece que tenemos una combinación de un Estado más generoso, más punitivo con los empresarios… creo que esos dos factores podrían combinarse bien juntos.

No es nada nuevo, como tú explicas en tu libro, pero ahora parece que uno de los principales mantras neoliberales es la protección de las inversiones. Eso que la economista Daniela Gabor llama el consenso de Wall Street. Salvaguardar las inversiones, protegerlas, que la democracia no se interponga en lo económico mediante legislaciones internacionales que escapan a su poder. ¿Es este el nuevo mantra neoliberal dominante?

Creo que hay una especie de rotura de la clase capitalista y sus componentes. Quiero decir que antes había un dominio tradicional del sector de los combustibles fósiles, pero ahora están recibiendo un duro golpe. Además, una de las cosas más extrañas de ese supuesto final del neoliberalismo es que la riqueza se está concentrando cada vez más en un pequeño número de personas muy ricas. Así que todo ese activo que han creado la Reserva Federal y otros bancos centrales tras el estallido de la crisis del covid ha sido capturado por una parte muy pequeña de personas que se encuentra en la cima. Lo que ha producido que haya inflación en el valor de las acciones de un pequeño número de empresas tecnológicas que están muy por encima del valor que probablemente deberían tener. Por lo que, como tú has dicho, no es nada nuevo que el Estado actúe como una especie de respaldo o una salvaguarda para las acciones especulativas y de riesgo en Wall Street. Y no creo que eso vaya a cambiar. Pero creo que lo que se considera una apuesta segura y lo que se considera una apuesta arriesgada sí que se encuentra en un proceso de cambio.

Lo que parece que va a suceder es que habrá un gran impulso para realizar una transición energética en los Estados Unidos, cosas como los vehículos eléctricos y así sucesivamente. Por lo que los productores de litio se van a convertir en entidades extremadamente importantes e invaluables. Al Estado y la FED les convendrá proteger y supervisar estos sectores de la economía, mientras que puede que descuiden otras que antes priorizaban, como por ejemplo la industria del petróleo. 

Por lo que creo que va a ser más de lo mismo. Lo mismo que lleva ocurriendo desde el fin de la era de Bretton Woods en la década de los 70. El papel de la FED ha sido el de rescatar al sistema financiero de su propio colapso y esas crisis periódicas que llevan ocurriendo cada diez años desde el comienzo de la década de los 70. Y creo que va a seguir haciéndolo porque no parece que este post neoliberalismo tenga mucha intención de regular la especulación financiera. Además vemos cosas como el caso de GameStop o las de otras acciones de empresas subiendo por la nubes, que sugieren que hay una atmósfera parecida al salvaje oeste en Wall Street. Por lo que parece que desde Wall Street sí que estén interesados en llegar a un consenso al estilo de Biden en esta transición neoliberal.

Es curioso que este tipo de postneoliberalismo todavía se basa en un mercado de valores masivamente sobrevalorado, bienes raíces masivamente sobrevalorados, unos pocos mercados inmobiliarios en el país y un auge insostenible de construcción de viviendas. Se parece mucho a todo lo que lo ha precedido. De hecho, la única idea que está cambiando parece ser la de una política fiscal unificada para tratar de frenar la evasión de impuestos, lo cual es bastante importante. Creo que si hay una política fiscal para redistribuir algunas de esas ganancias a la gente trabajadora a través de cosas cotidianas, como el cuidado de los niños, el preescolar, la universidad… ahí puede que presenciemos algo diferente.

Por Yago Álvarez Barba | 28/05/2021

Publicado enPolítica
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La montaña rusa de las cotizaciones de las criptomonedas

El bitcoin tuvo un desplome de más del 30 por ciento en pocas horas y se acercó a los 30 mil dólares. Su pico había sido hace unas pocas semanas cuando cotizó por encima de los 63 mil dólares. Con el correr de la tarde revirtió algo de la pérdida para posicionarse en 38 mil. 

 

Las criptomonedas dieron una nueva muestra de la volatilidad extrema. El bitcoin tuvo un desplome de más del 30 por ciento en pocas horas y se acercó a los 30 mil dólares. Su pico había sido hace unas pocas semanas cuando cotizó por encima de los 63 mil dólares. Con el correr de la tarde revirtió algo de la pérdida para posicionarse en 38 mil.

El resto de las monedas digitales como ethereum también marcaron fuertes caídas de más del 20 por ciento, que se suman a pérdidas de más del 15 por ciento en los últimos días. En el mercado empezaron a aparecer las voces que alertaban de una burbuja en el mundo de las criptomonedas y aseguran que así como valían cero volverán a valer cero.

En las últimas jornadas se sumaron distintas noticias que potenciaron el desplome de valor de estos activos digitales. Por un lado la empresa Tesla que había sido la primera firma grande en el mercado internacional que aseguró que aceptaría bitcoin para la compra de sus autos dio marcha atrás en la decisión con la excusa del daño medioambiental.

Luego se supo que en China sancionaron una nueva regulación para limitar el uso de los criptoactivos como el bitcoin. El país impulsa una moneda digital propia que se llamará yuan digital y muchos la consideran como la próxima gran alternativa al dólar a nivel global.

En el China las transacciones de criptomonedas estaban prohibidas desde 2019 para evitar la salida de capitales del país. Pero ahora se refuerza esta situación a través de un comunicado de tres entidades chinas: la Asociación Nacional de Financiamiento de Internet, la Asociación Bancaria y la Asociación de Pagos y Compensación.

Aseguraron que “los precios de las criptomonedas se han disparado y caída y las actividades de especulación rebotaron. Estas fluctuaciones violan gravemente la seguridad de los activos de las personas y alteran el orden económico y financiero normal”.

El comunicado fue difundido a través de las redes sociales por el Banco Popular de China. En la publicación se mencionó además que “las pérdidas causadas por estas transacciones de inversión son asumidas por los propios consumidores”. Con ello se reiteró que los bancos y los proveedores de pago tienen prohibido ofrecer servicios basados en criptomonedas. 

Algunos de los inversores de Wall Street más importantes de las últimas décadas vienen vaticinando hace tiempo un colapso para las criptomonedas. Por ejemplo Warren Buffet fue uno de los más críticos sobre estos activos digitales y asegura que su precio no tiene ningún fundamente. En otras palabras plantea que pueden llegar a valer "cero" luego de haber sido una gran estafa para muchos inversores minoristas.

Sin embargo no todos los economistas e inversores se muestra escépticos del valor de las criptomonedas. En Wall Street comenzó a operar un de las plataformas de intercambio de criptoactivos más grande del mundo. Se llama Coinbase y batió record en su salida al mercado. El gran interrogante es si occidente seguirá siendo igual de flexible con las regulaciones de estas monedas digitales o avanzará en una línea similar a la que tomaron países como China o incluso India. 

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La economía neoliberal, el polizón en nuestro cerebro

¿No es extraño? Los mismos que se ríen de los adivinos se toman en serio a los economistas.

Comenzaremos con el ingenioso inventor Buckminster Fuller para dar una imagen de lo que queremos explicar. Este investigador decía: “Nunca se cambian las cosas luchando contra la realidad existente. Si quieres cambiar algo, construye un modelo nuevo que vuelva obsoleto el modelo actual”. En base a esta frase, la idea es comenzar a desbaratar algunos de los preceptos sobre los que se fundamenta la economía actual. Queremos comenzar a discutir una nueva economía, una economía para el siglo XXI.

Nadie duda que el modelo actual es obsoleto, pero de ahí a aceptarlo hay un trecho. Olvidar lo que nos han susurrado durante años: leyes, principios, preceptos y máximas económicas, no es un tema menor. Es verdad que esas ideas nos han conducido a perseguir falsos objetivos. Las imágenes tan perfectamente depositadas en nuestro cerebro permanecen como tatuajes, son los polizones de nuestro equipaje intelectual y saldrán a la luz como reflejo ante cualquier debate. Recordemos, por ejemplo, la afirmación, repetida hasta el cansancio, que el déficit fiscal es nocivo para cualquier país. ¿Alguien lo duda? Si la respuesta es no, deberíamos desconfiar.

Para desarrollar las ideas tomaremos algunas ideas del libro “La economía dona” de Kate Raworth, economista que intenta exponer múltiples maneras de pensar la economía del siglo XXI,  olvidando las normas económicas preestablecidas y creando una mentalidad para esta centuria. No es posible pensar este siglo en términos económicos si los manuales de economía fueron escritos en 1950, con raíces teóricas que van a 1850, o más atrás.

Aunque no parezca, hay en el mundo una cantidad de universitarios y técnicos importantes que se reciben habiendo cursado o rendido economía. Y para su formación, ya sean chinos o chilenos, según detectó la autora mencionada, echan mano de los mismos manuales (en su versión original o traducidos) de Cambridge o Chicago, y con los mismos preceptos, aunque varíen los autores. Lo cierto es que, a lo largo del siglo XXI, políticos, empresarios, periodistas, líderes sociales van a repetir las mismas normas y leyes que en 1850, todas, por cierto, fracasadas.

Resultado más nocivo acompaña a los propios economistas. La economía constituye el lenguaje de las políticas públicas, de la austeridad, la desigualdad y la pobreza, y entre fines del siglo XX y principios del XXI ha sido la dueña de las disputas dominantes. Ya sea en consejos económicos de los países centrales o en la primera fila de los organismos internacionales, los economistas no son esquivos a asesorar al poder, ya sea para depositar sus ideas, o porque el establishment les paga para demostrar las bondades de la concentración del ingreso. Muchos hombres prácticos que se creen exentos de cualquier influencia económica, al decir de Keynes, “son generalmente esclavos de algún economista difunto”.

El primer problema al que nos enfrentamos es que ciertos elementos de la teoría económica ortodoxa han sido introducidos a lo largo de años de batalla cultural y han quedado tan arraigados en nuestra memoria que resulta muy laborioso modificarlos o sustituirlos. Quizás quien mejor lo expresó fue uno de los más brillantes y desconocidos economistas, Joseph Schumpeter, quien comprendió la dificultad de deshacerse de las ideas que se nos transmiten.

“En la práctica todos iniciamos nuestra propia investigación a partir del trabajo de nuestros predecesores, es decir, que casi nunca partimos de cero. Pero, supongamos que partiéramos de cero, ¿qué pasos tendríamos que dar? El trabajo analítico comienza con el material proporcionado por nuestra visión de las cosas, y dicha visión es ideológica casi por definición.”

La idea es que todo punto de vista nos da una interpretación del mundo o de nuestra realidad social, la que intentamos resolver. Para solucionarla, los científicos o estudiosos del tema elaboran ideas a partir de modelos adquiridos a través de la educación. Es decir, hay un análisis anterior que toma en cuenta un marco teórico establecido. No existe ninguna visión preanalítica correcta, ningún paradigma verdadero o marco perfecto con leyes para su aplicación, nacional o mundial. Repensar los preceptos económicos no nos va a permitir encontrar la economía correcta, sino una que sirva para el contexto que afrontamos y que sea adecuada a nuestros fines.

Esta idea está dirigida a anular y descreer de las leyes económicas existentes, pero quizás, en la misma medida, se encuentren las palabras. Pongamos un ejemplo: para los políticos una buena iniciativa sería un “alivio tributario”, una idea harto conocida para los conservadores americanos, adoptada por un sinnúmero de filibusteros del subdesarrollo.

Lo interesante resulta que la sociedad jamás se opone a un alivio de ese tipo. ¿Quién se enfrentaría a tan noble causa como un alivio tributario o a cualquier mitigación, desde la pobreza hasta enfermedad? Aunque la pregunta debería ser: este alivio tributario, ¿a quién consuela? Los impuestos, por lo general, son progresivos, se les cobran a los que más tienen, por lo que aliviaríamos a los ricos, aunque no sabemos de qué pesada carga podríamos paliar a tan nobles contribuyentes, porque en realidad nunca pagan.

Esta idea de anteponer el “alivio” al tributo la tendríamos que pensar ante la posibilidad fiscal de moda en los países centrales y organismos internacionales de grabar a la opulencia. La imposición tendría que ser tratada como una colaboración, una ayuda, una asistencia a los desbarrancados del mundo. O sea, habría que poner algo como “limosna tributario a la pobreza”, pero como limosna no encuadra en tributo, tendría que ser un “aporte” para dejar perfectamente clara la colaboración, la asistencia indulgente de los ricos a la pobreza. Hay que colaborar para combatir esta pobreza, esta desgracia caída del cielo, y siempre pedir disculpas, a tan noble colaboración, por única vez. Lo importante es que sea una aportación, colaboración, auxilio, cualquier palabra difícil de desterrar.   

¿Cómo llegamos a este mundo donde 1 % de la población acumula el 82 % de la riqueza global o alguien que para ingresar al listado de millonarios de la revista Forbes necesita tener como piso 1.000 millones de dólares? Quien tuviera esta cifra y gastara al mes 50 000 dólares, tardaría 1.667 años en agotar su fortuna. Llegamos a este estado de cosas por el simple triunfo del neoliberalismo y la aplicación de sus políticas. Y por si faltara algo, por creer en sus leyes económicas.

Una de las primeras cosas que reconocimos fue que el libre mercado tenía ventajas sobre los servicios públicos. Lo público pasó a ser un negocio privado, en las privatizaciones le regalamos clientes cautivos, sin regulación, al sector privado. Este es uno de los debates actuales en Argentina, por ejemplo, sobre quién paga los aumentos de la energía: el Estado (los contribuyentes) con subsidios aumentando el déficit público desbalanceando de esta manera la ecuación ingresos – gastos = pago intereses de deuda, o que lo paguen las usuarias + aporte a los intereses de deuda vía impuestos al consumo. En síntesis, de una forma u otra, siempre los pagan los usuarios. Aquí hay varios preceptos y leyes de la antigua economía que debemos respetar. Que los mercados son más eficientes que los privados, que las tarifas publican no son políticas, que los que no reciben luz se la pidan a Dios y que achicar el gasto es más eficiente que cobrar impuestos. El alivio tributario.    

La teoría consisten en no restringir las capacidades y las libertades empresariales de los individuos, en un marco de derechos fuertes a la propiedad privada, los mercados libres y las libertades de comercio”. Pero el neoliberalismo es más que eso, es también “una tradición intelectual, un programa político, y un movimiento cultural. Es, pues, una transformación en la manera de ver al mundo y en la manera de entender la naturaleza humana (Fernando Escalante, Historia mínima del neoliberalismo).

Ninguna de estas leyes diseminó las bondades de sus promesas; de hecho, los resultados están a la vista. A esta dosis de estupidez le agregamos que en la actualidad la desigualdad es un atributo para impulsar el espíritu emprendedor. La cúspide del 1% de los multimillonarios del mundo está abierta para todos. O sea, el trabajo duro (si se encuentra), la actitud y los méritos son los caminos para la movilidad de clase. Pero si esto fuera cierto, como dice George Monbiot, “si la riqueza fuera el resultado inevitable del trabajo duro y el emprendimiento, todas las mujeres en África y en Latinoamérica serían millonarias”.

Lo que nos lleva a repensar las leyes y las ideas. La austeridad no ha dado resultado desde su implementación, solo ha consolidado que los pobres sean más pobres y lo ricos más opulentos. El análisis de las proyecciones fiscales del FMI muestra que se esperan recortes presupuestarios en 154 países este año, y hasta en 159 países en 2022. Esto significa que 6.600 millones de personas, o el 85 % de la población mundial, vivirá en condiciones de austeridad el próximo año, tendencia que probablemente continuará hasta 2025.

Durante más de setenta años la economía ha tenido una especie de fijación por el PIB, o producción nacional, como su principal indicador de progreso. Esa fijación se ha utilizado para justificar desigualdades extremas de renta y riqueza, junto con una destrucción sin parangón del medio ambiente. Para el siglo XXI se necesita un objetivo mucho más ambicioso: crear economías —desde el nivel local hasta el global— que ayuden a llevar a toda la humanidad a un espacio seguro, más justo y sustentable. En lugar de perseguir un PIB que sólo aspire a cercer, como los neoclasico creen, sino cual es el modelo de desarrollo mas equitativo. Es hora de descubrir cómo prosperar de forma equilibrada y no va a ser siguiendo las leyes anteriores.

Por Alejandro Marcó del Pont | 10/05/2021

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Los bancos empiezan a retirar su apoyo financiero incondicional a las grandes petroleras

La pandemia está dejando otra lectura trasversal en los mercados: la banca ha reducido un 9% sus líneas financieras a las empresas petrolíferas desde el inicio de la Covid-19. Comienza a calar la advertencia de que las inversiones deben "dejar de asumir un clima relativamente estable" porque "estamos al borde de que los riesgos se conviertan en realidad".

  

El viraje de gobiernos, sociedades civiles y empresas hacia la sostenibilidad y el combate contra la catástrofe climática se emprendió antes de la crisis sanitaria del coronavirus. Pero parece que ha virado con mayor intensidad con las secuelas de la recesión global derivada de la covid-19, a juzgar por no pocos vestigios surgidos desde los mercados de capitales. Jennifer Laidlaw, analista de S&P Global Market Intelligence, ofrece uno de ellos. Los bancos han comenzado a retirar sus apoyos crediticios a las supermajors y otros grandes emporios petrolíferos. Hasta en un 9% a lo largo de 2020. Aunque matiza que este sónar, aun relevante, todavía está lejos de convertirse en una tendencia efectiva. Los 60 mayores bancos comerciales y de inversión del mundo otorgaron a la industria petrolífera 750.730 millones de dólares de financiación, por debajo de los 823.680 de 2019, pero por encima de los 709.230 de 2016; el primer ejercicio posterior a los Acuerdos de París.

Los datos parten de Bloomberg Finance, en colaboración con la consultora de investigación energética Rystad Energy y la ONG ecologista alemana Urgewald, cuyo estudio ha sido esponsorizado por una asociación de defensa medioambiental de la que forman parte entidades como Rainforest Action Network, BankTrack, The Indegenous Environmental o la Oil Change International, entre otras. En el estudio se constata que tanto inversores como instituciones reguladoras -como los bancos centrales- han elevado su preocupación por el cambio climático en sus evaluaciones de riesgos y se avanza que las empresas de combustibles fósiles empiezan a ser percibidas como obsoletas por el mercado y con unos activos encallados por parte de los bancos de inversión por sus escasas adecuaciones a las exigencias de reducción de CO2 y a sus cambios estratégicos corporativos hacia la sostenibilidad.

"Los flujos financieros hacia las firmas fósiles en los últimos cinco años han estado definitivamente enfocados en la dirección errónea, pero los bancos parecen haber reforzado su cambio de decisión en 2020, a la espera de que el actual ejercicio corrobore si vuelven al business as usual o se consolidan sus nuevas directrices, en las que priman los proyectos verdes", aclaran sus autores.

El reingreso de EEUU en los Acuerdos de París, los ambiciosos objetivos europeos para lograr las emisiones netas cero de CO2 a la atmósfera en 2050 -con la corregida meta intermedia de una reducción del 55% de los gases contaminantes en 2030- y la correlación de fuerzas anunciada en la misma dirección por países como China, Japón e, incluso, Rusia, añaden dosis de optimismo al desafío de recortar el periodo de transición entre las energías renovables y los combustibles fósiles. Una cohabitación que podría no ser tan pacífica como apuntaba el consenso del mercado antes de la Gran Pandemia.

Entre otras razones, porque la rápida caída de costes de las fuentes limpias, que inducen a aventurar un descenso de los precios y de los beneficios de las compañías de petróleo y gas a lo largo de esta década. Algunas de ellas, como BP, Total o Shell han revelado ya una transformación en sus líneas de negocios, en nombre de los fondos de pensiones o de las carteras de inversión que se rigen bajo criterios ESG -Environmental, Social y Governance- que sostienen sus activos bursátiles, modificando sus inversiones hacia tecnologías y proyectos con sello renovable.

Varios de los gigantes del sector -sobre todo, multinacionales europeas- se han comprometido con la era de recortes drásticos de emisiones. Incluso algunas de ellas, como la noruega Equinor, con sede en Stavanger, en los límites del Mar del Norte, se adelantó a sus rivales. Y ya a mediados de 2019, antes de la epidemia, su CEO, Eldar Saetre, lo sintetizó de esta forma tan elocuente: "La cuestión más importante para nosotros como compañía y como sector industrial, pero también para Noruega como nación es cómo mantenernos relevantes y al mismo tiempo competitivos", afirma antes de precisar: "No se trata de política, sino de negocios", y el nuevo rumbo de los mercados reclama energías conciliadoras con el medio ambiente. Equinor está convencida -enfatiza- de que la estrategia de bajas emisiones en la fase de producción es la que puede mantener a la compañía en las cotas de rivalidad y competitividad más elevadas. Tras lo cual, anunció que Equinor y sus asociadas se han propuesto invertir 5.700 millones de dólares para alcanzar el objetivo de reducir sus emisiones contaminantes en un 40% en 2030, el 70% en 2040 y el 100% en 2050. En líneas con la meta de la UE, aunque Noruega no forme parte del club comunitario.

Otro de los botones de muestra es Repsol, que recibió elogios del mercado cuando desveló, en diciembre de 2019, una táctica similar a la de Equinor, y suscitó una amplia difusión internacional con su mensaje de que focalizará su reto sobre el valor en vez de en el crecimiento productivo. La petrolera hispana también afirmó que revisaría su visión de futuro sobre la valoración de sus activos de crudo y gas en un mundo descarbonizado, lo que les supondrá un cargo en las cuentas de 4.800 millones de euros.

Los gastos, dicen en Repsol, serán redirigidos a la transición energética con inversiones en proyectos solares y eólicos que, de forma combinada, tendrán una capacidad de 1.600 mega watios, impulsando la cartera de renovables de la firma hasta el 40%. "Estamos convencidos de que debemos ser más ambiciosos en los objetivos de lucha contra el cambio climático" dijo Josu Jon Imaz, consejero delegado, porque "creemos que es ahora el momento de Repsol, en el que tenemos que demostrar toda nuestra confianza". La hoja de ruta de la cotizada hispana pasa por alcanzar una disminución de su producción contaminante del 10% en 2025 -a partir de un indicador de intensidad de carbono con base de emisiones en 2016- para alcanzar el 20% en 2030, el 40% en 2040 y emisiones netas cero en 2050. Y vinculará el 40% de las retribuciones variables de sus directivos a la consumación de los Objetivos de París.

Rémoras empresariales a las emisiones netas cero

Estas maniobras corporativas, sin embargo, no han calado en las petroleras estatales. Foreign Policy certificaba en un artículo de hace unas fechas que las National Oil Companies (NOC’s) no se han adentrado aún en las tácticas de reducción de sus exposiciones a sus negocios de petróleo y gas y de aumento de sus inversiones en tecnología para uso renovable. Y siguen contribuyendo en un 40% a los gastos de capital en combustibles fósiles. Alrededor de 1,9 billones de dólares. Pese a que una quinta parte de esta factura -más de 400.000 millones- se destinarán a proyectos de altos costes y alejados de los objetivos de París.

Pese a la depresión de la cotización del barril de crudo de 2019 y 2020 -pese a la recuperación por los recortes de la OPEP+ en la última mitad del pasado ejercicio- en un clima generalizado y arraigado de altas volatilidades a lo largo de la última década. O de que emporios como Exxon Mobil -estandarte del rechazo de la industria del petróleo estadounidense a la neutralidad energética- haya pasado de ser la compañía con mayor capitalización bursátil -en 2013- a instalarse en el furgón de cola del Dow Jones, con pérdidas milmillonarias -de más de 22.000 millones de dólares en 2019, año en el que, no obstante, valoró sus beneficios en 14.300 millones-, por el camino; en menos de un decenio. Durante la que, en gran parte, fue dirigida por Rex Tillerson, el primer secretario de Estado de Donald Trump y uno de los ejecutores de la salida de EEUU de los Acuerdos de París. Exxon, a juzgar por los análisis del mercado, "se ha adentrado en una dinámica de descensos irreversible", de drásticos ajustes en sus gastos de capital, mientras no transforme su postura en favor de los combustibles fósiles.

El resto de la industria petrolífera americana, en general, no adopta el giro que se atisba con el Green New Deal que ultima la Casa Blanca y cuyos objetivos parecen estar a la altura de las exigencias europeas. Porque en el informe de S&P Global Market Intelligence se revela el "escepticismo" por la predisposición financiera de la banca estadounidense hacia las empresas fósiles americanas, a las que bancos como JP Morgan Chase les ha provisto de los mayores fondos entre 2016 y 2020, pese a que sus líneas crediticias decrecieron un 20% en los dos últimos ejercicios.

Como JP Morgan, Citigroup, anunciaron su compromiso de sustentar sus préstamos a las metas del acuerdo parisino. Lo hizo un mes antes del triunfo electoral de Joe Biden, que anticipó en campaña su intención de unir el destino de EEUU a los objetivos de sostenibilidad. JP Morgan desembolsó 51.300 millones de dólares al sector petrolífero americano y Citigroup, segundo prestamista, otros 48.390 millones. Entre las entidades europeas con más concesiones financieras -si bien, menos condescendientes que sus rivales de EEUU y, sobre el papel, más exigentes con los avales financieros futuros a las petroleras- destacan Barclays y BNP Paribas. Ambas dentro del top-ten bancario del informe de Bloomberg Finance.

Esto en medio de un clima de suspensiones de pagos masivas de las empresas en todo el mundo, tal y como constata S&P en su último diagnóstico de 2021. Muy por encima de la del resto de áreas de actividad. El diagnóstico también augura mayores dificultades financieras -y necesidades prestamistas- de las empresas vinculadas al negocio del gas y del petróleo. Todo ello apunta a una predicción que se empieza a configurar en el ambiente inversor. Los mercados, explican en la consultora McKinsey, "deberían tomarse mucho más en serio el cambio climático" porque, aunque los inversores y los organismos reguladores permanezcan atentos y alertas sobre los daños del efecto invernadero, el aumento global de las temperaturas amenaza con crear estragos. "Asumen que el clima será relativamente estable", advierten sus expertos, "pero estamos al borde de que los riesgos se conviertan en realidad".

Quizás esta amenaza sea la que esté marcando el paso bursátil porque los fondos de inversión con criterios ESG han superado la rentabilidad del S&P 500 en el primer año de pandemia. Es decir, en los doce meses desde la proclamación oficial de la epidemia de la covid-19, Entre el 5 de marzo de 2020 y la misma fecha de 2021. También, según cálculos de S&P Global Market Intelligence, entre los 26 fondos de inversión que operan bajo parámetros ESG en este mercado, con más de 250 millones en activos, su rentabilidad osciló entre el 27,3% y el 55%, frente a la revalorización del 27,1% del índice S&P 500. Dato que corrobora que las carteras de capitales bajo estas estrategias, de marcado cariz medioambiental- lograron retornos premium de beneficios. Y que confirma la preferencia inversora por colocar sus activos en fondos ESG, que alcanzaron en EEUU, en 2020, los 51.500 millones de dólares, más del doble que en 2019 y casi diez veces más que en 2018, según Morningstar.

madrid

10/05/2021 07:08

Diego Herranz

Publicado enEconomía
Reunión de cancilleres del G-7 concluye en Londres con críticas a Rusia y China

Londres. El grupo de las siete principales economías mundiales G-7 concluyó ayer su primera reunión presencial en más de dos años con críticas a Rusia por su "actitud irresponsable" en Ucrania y llamados a China a "respetar los derechos humanos".

Además de China, Rusia e Irán, los cancilleres amenazaron a la junta golpista de Myanmar con nuevas sanciones y se comprometieron a apoyar económicamente el programa de reparto de vacunas Covax.

Sin embargo, los cancilleres de Reino Unido, Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia, Canadá y Japón no hicieron ningún anuncio inmediato sobre nuevos fondos para mejorar el acceso a las vacunas contra el Covid-19, pese a los reiterados llamados para que el G-7 haga más para ayudar a los países más pobres.

La reunión de esta semana marcó el tono de la cumbre de líderes de estas potencias que se llevará a cabo del 11 al 13 de junio y que supondrá el debut internacional del presidente estadunidense, Joe Biden.

"Reconocemos que nos reunimos en un contexto excepcional y de cambios rápidos", indicó el comunicado final, que apuesta por el sistema multilateral para dar forma a un futuro más limpio, más libre, más justo y más seguro para el planeta.

Los cancilleres del G-7 reservaron sus críticas más duras para China, a la cual llamaron a cumplir con sus obligaciones en virtud de la legislación nacional e internacional.

También externaron su preocupación por las violaciones de los derechos humanos y los abusos contra la minoría musulmana uigur en la provincia de Xinjiang y en el Tíbet, e instaron a poner fin a la represión de los manifestantes en Hong Kong.

Las siete potencias dejaron, no obstante, la puerta abierta a una futura cooperación con Pekín y subrayaron la necesidad de una postura común para enfrentar los retos globales, en contraste con el creciente unilateralismo de los últimos años durante el mandato de Donald Trump en Estados Unidos.

Los jefes de la diplomacia también acusaron a Rusia por su "actitud desestabilizadora" al desplegar tropas en la frontera con Ucrania, la "ciberactividad maliciosa", la desinformación y sus acciones de inteligencia.

"Seguiremos reforzando nuestras capacidades colectivas y las de nuestros socios para hacer frente y disuadir el comportamiento ruso que está amenazando el orden internacional basado en normas", advirtieron.

La reunión se realizó en un contexto de creciente presión para mostrar más solidaridad, máxime cuando a los países pobres les siguen faltando vacunas para luchar contra la pandemia y las campañas masivas de inmunización en los ricos permiten el desconfinamiento.

Más de mil 200 millones de dosis contra el Covid-19 se han administrado a nivel global, pero menos de uno por ciento ha sido en los países menos desarrollados. En su comunicado, el G-7 promete apoyar económicamente el programa Covax "para permitir un despliegue rápido y justo" de vacunas, aunque no anunciaron ayuda adicional.

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