Lunes, 08 Enero 2018 06:08

El derrumbe

El derrumbe

 

REVISITANDO VENEZUELA

Veterano periodista uruguayo, ex jefe de redacción para América Latina de la agencia France Presse, Noboa viajó en noviembre pasado a Venezuela, años después de haber ejercido allí como corresponsal. En esta nota da cuenta de lo que vio y lo que le relataron.

 

Mi amigo José Vicente está preocupado. En su casa son cinco. Todos tienen el carné de la patria, que sirve para acceder a la asistencia del gobierno. Y también para votar. Cuatro votaron por la oposición y uno, su sobrino, por el chavismo, en las últimas elecciones de gobernadores, en las que hubo que validar el carné de la patria. El bono navideño que repartió el gobierno, de 500 mil bolívares, sólo había sido recibido por el sobrino. “¿Será que el carné de la patria les permite saber por quién votamos?”

Los venezolanos de “15 y último”, como les dicen a los asalariados que cobran el 15 y el último día del mes, precisan de la ayuda del gobierno para comer y de ese bono para suavizar en algo la dureza de las fiestas de fin de año. El gobierno anunció en noviembre que los que tuvieran el carné recibirían un bono navideño de 500 mil bolívares, y a los inscriptos en la ayuda alimentaria se les añadiría un jamón, el ingrediente tradicional de las comidas navideñas.

José Vicente tiene 45 años, es negro, divorciado, y tiene dos hijas. Lo conozco de la época en que yo era corresponsal en Caracas, entre 2005 y 2008, el año en que el precio del barril de petróleo llegó a los 100 dólares por primera vez. Trabaja en una oficina haciendo trámites y gana 630 mil bolívares mensuales (350 mil de salario y 280 mil de tiques de cesta básica). Exactamente 8,63 dólares, al cambio paralelo.

Nueve años después de mudarme de Caracas, volví a visitar a mis amigos. Cuando llegué, el 11 de noviembre, el dólar paralelo valía 53 mil bolívares; cuando me fui, el 19, costaba 73 mil.
El salario mínimo es de 456.507 bolívares (tiques de cesta básica incluidos), o 6,26 dólares al cambio paralelo. Una Big Mac costaba 48.900 bolívares cuando llegué y 53 mil una semana después. El cartón de 30 huevos, 60 mil bolívares cuando llegué, 75 mil cuando me fui.

(Venezuela cerró 2017 con 2.735 por ciento de inflación, según datos preliminares de Ecoanalítica, y con un dólar paralelo a 111.413 bolívares. Los jamones no llegaron para Navidad y hubo disturbios en los barrios populares.)

El carné de la patria es una tarjeta plastificada con los colores de Venezuela, la foto y los datos personales del ciudadano y un sello informático que intriga a la gente sobre qué información almacena. Lo gestiona el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) y sirve para votar. Según Maduro, sus funciones se irán ampliando progresivamente.

Otro instrumento de control con que cuenta el gobierno son las cajas que reparten una vez por mes los comités locales de Abastecimiento y Producción (Clap), a un precio de 15.600 bolívares. Los vecinos deben inscribirse para recibir la caja que, dependiendo de las importaciones controladas por empresas manejadas por militares, pueden contener arroz, pastas, salsa de tomate, sardinas, harina... Esas empresas obtienen el dólar al cambio oficial, de diez bolívares por dólar. Venezuela sólo produce 30 por ciento de los alimentos que consume su población.


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Luz Mely Reyes, periodista que se hizo famosa en los años del presidente Hugo Chávez por sus investigaciones publicadas en el diario popular Últimas Noticias, el de mayor tiraje, me contó que en su edificio, en el centro de Caracas, miembros del Concejo Comunal pasaron por su apartamento para que se registrara para el Clap. Ella dijo que no lo precisaba. Entonces le pidieron que diera explicaciones.

El Concejo Comunal utiliza la caja para disciplinar a los vecinos. Cuando José Vicente se opuso en una reunión del Concejo de su cuadra, en el barrio popular de Antimano, a que los vecinos pagaran camiones cisterna para aliviar los cortes diarios de agua, le suspendieron la caja del Clap durante tres meses.

El agua por cañería les llega entre las 5 y las 9 de la mañana. Luego la cortan hasta las 6 de la tarde, cuando es conectada nuevamente hasta las 11 de la noche.

José Vicente, que hace nueve años era un muchacho fuerte, está flaco y demacrado por la “dieta Maduro”, como llaman los venezolanos al adelgazamiento que les ha provocado el desabastecimiento y la carestía. Igual, está decidido a meterse en otro lío. No está de acuerdo con que sean los vecinos quienes paguen los camiones para sacar las montañas de basura que se acumulan en su barrio. Delante de su casa el olor es nauseabundo. Hace un mes que no se recoge la basura.

El tema cotidiano de sus vecinos gira en torno a qué alimentos pueden encontrar y dónde. Hace dos meses que no hay carne bovina ni de pollo. En los supermercados han reaparecido varios productos, pero a un precio prohibitivo. Siguen faltando pasta de dientes, jabón para lavar la ropa, azúcar...

Y no hay billetes, bolívares. No se puede retirar más de 10 mil bolívares (13 centavos de dólar, al cambio paralelo) de un cajero. Hay que peregrinar de uno a otro y comerse colas larguísimas. El gobierno imprimió un nuevo billete de 100 mil bolívares, pero como no hay cambio, casi nadie lo acepta.

Por lo tanto, las tarjetas de débito y los “puntos” (Pos) para utilizarlas se han generalizado. En el centro de Caracas las vendedoras callejeras de hallacas, tamales típicos de la temporada navideña, que cuestan 20 mil bolívares, tienen puntos para las tarjetas. El problema es que no siempre funcionan. Hay tiendas con carteles que dicen: “Hoy el punto funciona”. Como es tan aleatorio, en los mercados populares las colas para pagar son larguísimas. Muchos vecinos abandonan las bolsas de sus compras hartos de esperar. Y los que no tienen tarjeta, los más pobres de las ciudades y el campo, son los que más sufren.

La encuestadora Datanálisis indicó, según un estudio publicado durante mi estadía, que 70 por ciento de los consumidores sufren carencias alimenticias y sanitarias, porque son asalariados, no tienen acceso a dólares, y dependen de la asistencia del gobierno. La mitad de estos reciben la caja Clap.

El otro 30 es el que mueve la economía, el que tiene acceso a dólares o al dinero que emite el gobierno, la elite cívico militar, los contratistas del gobierno, los funcionarios corruptos, los especuladores grandes y pequeños, los que tienen patrimonio en el extranjero, profesionales que hacen trabajos en el exterior, o los que reciben remesas de su familia. Los grandes beneficiarios de la crisis han aumentado su consumo de productos premium, en particular automóviles y teléfonos de alta gama, whiskies.

La desnutrición ha aumentado, sobre todo entre los niños. Cáritas Internacional indica que 8 por ciento de los menores de 5 años tienen desnutrición aguda moderada, 3 por ciento desnutrición aguda severa. La mortalidad posnatal se ha triplicado.

Cáritas señala también que en Venezuela se encuentran sólo 38 por ciento de los medicamentos esenciales de la lista de la Oms, y en los hospitales públicos apenas el 30 por ciento de los necesarios para combatir enfermedades infecciosas básicas; 114 mil personas portadoras de Vih no tienen acceso a medicamentos esenciales. La diabetes aumentó 95 por ciento y la hipertensión 92 por ciento.

Conseguir medicamentos desespera a los venezolanos. Traen sus maletas repletas de ellos cuando viajan, o sus familiares y amigos en el extranjero se encargan de conseguirlos y enviarlos. La gente muere de enfermedades curables.


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Johann Starchevich, periodista de El Estímulo, tiene un hijo de 6 años. La epidemia de disentería está llegando a Caracas y el pediatra le mandó vacunarlo con la triple. Los médicos le cobran 120 dólares por la vacuna. Estaba planificando ir con su esposa y el niño a Cúcuta, ciudad fronteriza colombiana a 850 quilómetros al oeste de Caracas, para vacunarlo a un bajo costo, enfrentando los riesgos del viaje de 14 horas en ómnibus y la inseguridad de la frontera.

La debacle ha incrementado aun más la violencia. En el campo provoca desde hace varios años un catastrófico éxodo rural.

“La gente que no puede pagar una seguridad privada abandona los campos para salvar la vida”, me cuenta una fuente que me pidió que no la identificara, por miedo a represalias.

Relata que un vecino suyo y sus dos hijos fueron atacados por delincuentes en su finca del estado de Guárico, al sur de Caracas, y arrojados por un barranco dentro de su vehículo. Salvaron sus vidas gracias a que el automóvil chocó contra un tronco y no cayó al vacío. Huyendo de la violencia, otra vecina vendió en 4 mil dólares una granja de 120 hectáreas con todas las instalaciones para criar cerdos. Me dicen que en el campo la policía ya no captura a los delincuentes, los mata y entierra en el lugar.

Según el Observatorio de Violencia, en 2017 la tasa de homicidios fue de 89 cada 100 mil habitantes, con un total de 26.616 asesinados, lo que la coloca en segundo lugar en el mundo, detrás de El Salvador.

De secuestros no hay cifras. Pero en el centro de la capital hay pancartas que dicen “No pagues, denuncia secuestro”, y un número de teléfono con la imagen de un policía detrás.
El vía crucis de los venezolanos se completa con el déficit en el transporte. Setenta por ciento del parque vehicular, ómnibus y taxis incluidos, está fuera de servicio por falta de repuestos. Hay una aplicación que permite pagar los taxis por transferencia bancaria.

El metro de Caracas, que hace nueve años no tenía nada que envidiarle a los de las capitales europeas, está deteriorado y siempre repleto. Los caraqueños, antes tan bien vestidos, rozagantes y acicalados, ahora lucen delgados, mal vestidos y sobre todo con zapatos estropeados. Un tenis trucho de calidad promedio cuesta más de un millón de bolívares, es decir los salarios de dos meses de una secretaria o de un médico de un hospital público.


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Para mis amigos periodistas el peor golpe es haberse visto cortados de su público.

Después del cierre en 2007 de Radio Caracas Televisión (Rctv), la televisora con mayor audiencia del país y que daba un gran espacio a la oposición, el gobierno fue poniendo a los medios independientes contra las cuerdas, extenuándolos.

Tras la muerte de Hugo Chávez, entre 2013 y 2015, el gobierno impulsó la compra de los más importantes, uno tras otro.

Todos cayeron, el venerable El Universal, el popular y de mayor tiraje Últimas Noticias, el económico El Mundo, la cadena opositora Globovision. Sólo queda El Nacional, desprestigiado por la megalomanía de su dueño, obsesionado con la presidencia y las conspiraciones, según un amigo escritor.

Los periodistas independientes se refugiaron en los medios digitales, a los que no accede el venezolano de a pie. Omar Lugo dirige El Estímulo, Luz Mely Reyes Efecto Cocuyo, otros trabajan en arcominero.com, armando.info, Prodavinci, Runrunes, Tal Cual... La mayor preocupación de Luz Mely es la autocensura: “Se está metiendo en la cabeza de los periodistas”.

Venevisión, de Gustavo Cisneros, el poderoso empresario de Direct TV, convive cómodamente con el régimen y evita molestarlo.

En las pantallas de los canales oficiales Venezuela es un paraíso. Los venezolanos cantan, bailan, producen, a lo largo del día y de la noche. El presidente cerró a mediados de noviembre el Congreso Nacional de los Consejos Productivos de los Trabajadores ensayando pasos de baile delante de un grupo de porristas. Conmemoró el aniversario del lanzamiento del satélite Miranda. “Un paso más hacia la Venezuela potencia”, dijo sin rastro de ironía. Exclamó él mismo la consigna en boga: “¡Nicolás Maduro, conductor de victorias!”, y reiteró “Yo soy el protector del pueblo venezolano”. Culpa de la crisis a las sanciones adoptadas por Donald Trump al inicio de este año, a una supuesta “guerra económica”. Habla como Chávez, se mueve como Chávez, pero los chavistas lo siguen abandonando.

La encuesta de Datanálisis de noviembre sitúa la popularidad de Maduro en un 21 por ciento, un aumento de diez puntos desde las elecciones de gobernadores y el fin de las protestas. La figura más popular sigue siendo Chávez, con 55 por ciento, a más de cuatro años de su muerte. La oposición se sitúa en 46 por ciento y la globalidad del chavismo en 16.


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Muchos periodistas, al igual que cientos de miles de venezolanos, emigraron. Otros aún resisten. Ganan el equivalente a 30 dólares un reportero y 90 dólares un director, al cambio paralelo.

Mi amigo Juan Sara, al que despedí el día que partió de Caracas, trabajaba en un periódico local de Carúpano, y su esposa, Tamara, había montado una radio comunitaria en Río Caribe, dos ciudades del oriente. Emigraron al sudeste asiático con un proyecto gastronómico; los dos son excelentes cocineros. La radio pasó a manos del chavismo. Tienen un hijo en Australia, otro en España, y su hija se prepara para emigrar a Chile. Juan debía viajar a Caracas desde Cumana en un vuelo de Estelar, una de las nuevas compañías fundadas para mantener la conectividad del país, después del cese de actividades de la mayoría de las líneas aéreas extranjeras. Lo alojaron dos noches en un hotel porque los aviones no aparecían. Finalmente, pusieron a todos los pasajeros en una caravana de taxis y los condujeron a Caracas.

Lo mismo les ocurre regularmente a los pasajeros de esa compañía que van a Santiago de Chile y Buenos Aires. Tienen que pernoctar una o varias noches en hoteles de la capital o de La Guaira a la espera de aviones. Las otras compañías venezolanas tienen problemas similares.

Venezolanos de todas las clases sociales se están yendo, en masa. La hija de José Vicente, ingeniera recién recibida, de 23 años, emigró a Chile.

Cada vez más, los venezolanos se van en ómnibus hasta Perú –el país que mejor los recibe–, Chile –uno de los destinos predilectos de los jóvenes–, y a toda América Latina. Balseros sobre ruedas. La hemorragia apuntala al régimen.

Juan me cuenta que desde enero no tiene agua por tubería en su casa de Río Caribe. Debe comprar dos cisternas por semana a 40 mil bolívares cada una. Una cisterna de 30 mil litros de gasolina cuesta 30 mil bolívares. Los cortes de luz son frecuentes y duran varios días, como en las otras ciudades del interior venezolano. Allí quedó una hermana discapacitada de Tamara y las señoras que la cuidan.


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Una fuente que trabajó en Miraflores en la época de Chávez me asegura que el oficialismo ganó las elecciones de gobernadores no sólo debido a la abstención de una parte de la oposición –una colcha de retazos de rivales enfrentados– sino también gracias a manipulaciones, irregularidades y en algunos casos fraude. Sostiene que hubo fraude en estados donde la oposición no tuvo testigos en todas las mesas. Sin embargo, la oposición no ha presentado pruebas de fraude, salvo en el estado de Bolívar. El candidato opositor e histórico líder sindical Andrés Velázquez impugnó la elección de su contrincante y denunció fraude en varias mesas, actas en mano. Bolívar tiene un valor estratégico por el Arco Minero del Orinoco, de 111 mil quilómetros cuadrados. Es rico en oro, cobre, diamantes, coltán, hierro, bauxita y otros minerales. Maduro quiere abrirlo a la explotación para compensar la caída en la extracción petrolera.

Esta fuente sostiene que el poder en Venezuela lo comparten tres fuerzas. Antiguos militantes de izquierda, como el presidente Nicolás Maduro y su ministro de Educación, Elías Jaua, y los actuales ideólogos, el psiquiatra Jorge Rodríguez, ministro de Comunicación, y su hermana Delcy, presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente. Los militares en actividad o retirados liderados por el ex capitán golpista Diosdado Cabello y el ministro de Defensa, general Vladimiro Padrino. Y los cubanos, que serían fundamentales en el esquema de poder.

La fuente dirige sus baterías contra los cubanos y los militares. A estos últimos les han repartido la administración de empresas clave, sobre todo de importación de alimentos y medicinas. De todas maneras, la policía política, el Sebin, los tiene muy vigilados. Si se reúnen tres oficiales o más, los detienen, sostiene.

La presencia cubana en el aparato del Estado venezolano está envuelta en el mayor secreto desde los años de Chávez. Éste decía que 46 mil cubanos trabajaban en Venezuela, pero se refería sobre todo a los cooperantes, médicos, entrenadores deportivos... La prensa independiente casi no escribe de este tema.

“No hay datos”, se justifica Luz Mely. No hay fuentes.

El caso del vicealmirante Pedro Miguel Pérez Rodríguez ilustra lo que les sucede a quienes se atreven a hablar. En una entrevista publicada por El Estímulo el 6 de julio de 2016 el vicealmirante reconoció que “hay un margen de injerencia cubana en nuestra fuerza armada. Se ha tratado de hacer una copia a lo que son las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, lo que es concepto de regionalización de la fuerza armada. (...) Hay asesores en el Comando Estratégico Operacional”. Al ser interrogado sobre cuántos son, respondió: “ese sí es un tema más delicado del cual, oportunamente, ante la instancia correspondiente, pudiese aclarar más sobre eso”.

El vicealmirante pidió su pase a retiro y en abril pasado fue detenido, acusado de liderar un complot contra Maduro. Pérez Rodríguez, que comandó la infantería de marina, había denunciado también la participación de los colectivos chavistas armados, en coordinación con la Guardia Nacional, en la represión del movimiento estudiantil.

El director de El Estímulo, Omar Lugo, se interroga sobre si valió la pena publicar esa entrevista que le costó la libertad a un hombre y destruyó a su familia.

Cuba depende del petróleo venezolano. El ex analista del Ministerio del Interior cubano y ahora profesor en Estados Unidos Antonio López Levy sostiene que si cayera Maduro el Pbi cubano se contraería entre un 20 y un 25 por ciento.


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“Están montando un Estado policial –dice mi fuente–. Detienen a la gente por cualquier cosa. Chávez era mucho más cuidadoso.” Pero Chávez no se andaba con vueltas cuando percibía a alguien con prestigio que pudiera amenazar su poder. Como el general Raúl Isaías Baduel, el mismo que lo salvó del golpe de Estado de 2002, encarcelado durante años por oponerse a su proyecto.
Chávez, que nunca reconoció legitimidad alguna a la oposición ni creía en la alternancia, fue un aplicado alumno de Fidel Castro. Cuando salió de la cárcel amnistiado, en 1994, tras su fracasado golpe militar de 1992, andaba desnorteado, asesorado por el nacionalista de derecha argentino Norberto Ceresole, y visitando a los carapintada. El genio político de Fidel olfateó su potencial y lo invitó a Cuba, cuando ningún otro líder latinoamericano lo recibía. Le desplegó la alfombra roja y lo adoptó. Chávez buscaba un mentor, un padre a su altura; Fidel, el petróleo venezolano.

Siempre fue su obsesión. A principios de los sesenta fue uno de los motivos de su ruptura con Rómulo Betancourt, y luego mandó armas y cuadros a apoyar a la guerrilla de Douglas Bravo.

Fidel le vendió su modelo a Chávez a precio de oro negro. El socialismo dependiente (en este caso del petróleo), no sustentable, pero con un poder autoritario y vertical casi indestructible.

Venezuela llenó en Cuba el vacío dejado en la década del 90 por la Unión Soviética, enviándole más de 100 mil barriles diarios de petróleo. Y sigue mandándole, aunque se calcula que un 40 por ciento menos. Cuba vende parte del petróleo que Venezuela le da. Maduro enfrenta el dilema de incrementar su asistencialismo antes de las elecciones presidenciales de 2018, en las que es candidato a la reelección, o pagar a sus acreedores para evitar el default.

La producción de petróleo de Venezuela (97 por ciento de las exportaciones) había caído en setiembre pasado a 1.890.000 barriles diarios, según fuentes secundarias de la Opep. Antes de la huelga petrolera de 2002-2003 y de la administración chavista de Pdvsa, llegaba a 3,4 millones barriles diarios.

Pero las divisas provienen sobre todo de las exportaciones a Estados Unidos, que se sitúan en un poco menos de 800 mil barriles diarios. Según un análisis publicado en El Universal, más de 600 mil barriles diarios de la producción venezolana van a convenios energéticos con China –que se cobra la deuda en petróleo–, con Cuba y Petrocaribe, que tienen condiciones preferenciales. El resto es consumido por los venezolanos y contrabandeado a Colombia.

La deuda externa asciende a 140.000 millones de dólares. Hasta fines de 2018 debe pagar 10.000 millones de dólares en capital e intereses. Las reservas no alcanzan los 10.000 millones de dólares.

Un default desordenado “podría llevar a la pérdida de activos vitales y al desplome de los ingresos petroleros venezolanos, causando una profundización de la contracción económica y una reducción aun mayor a la sostenida hasta ahora en las importaciones del país”, afirma Francisco Rodríguez, el economista de Torino Capitales.

Esta empresa, que me han dicho detenta una abultada cartera de deuda venezolana, pertenece a Diego Salazar, socio y pariente del ex todopoderoso presidente de Pdvsa caído en desgracia Rafael Ramírez, actualmente prófugo de la justicia venezolana. Salazar fue detenido después de mi partida de Venezuela, acusado de corrupción.

Mis amigos piensan que las elecciones presidenciales serán adelantadas para marzo, y hasta entonces se incrementará la importación de alimentos y medicamentos, y se atrasarán los pagos a los acreedores en el marco del default parcial vigente.

El chavismo realizó la hazaña de fundir a Venezuela, el país con las mayores reservas de petróleo de la Opep. La caída del precio del barril de petróleo en 2015 agudizó la crisis. Cayó de un promedio de 100 dólares en 2014 a la mitad y menos. El Pbi se contrajo 36 por ciento en los últimos cuatro años. Por falta de inversión, la producción de petróleo se desplomó desde 2015.
Mis amigos se dividen entre los que creen que habrá una nueva explosión social, esta vez bajando de los cerros como en el Caracazo, y los que piensan que la gente depende tanto del gobierno para comer que no puede rebelarse y desafiar a la Guardia Nacional y a los colectivos que tiran a matar.

 

Publicado enInternacional
Sábado, 04 Junio 2016 07:31

Tiempo de plagas

Tiempo de plagas

La situación que vive Venezuela desafía el clásico concepto de crisis. Entre otras razones porque se prevé la emergencia de una sociedad bien distinta. Quizá mejor. Quizá peor. En todo caso, está en curso una profunda mutación, probablemente la más trascendente.

“Aquí se ha desarrollado un complejo proceso revolucionario donde una camarilla terriblemente corrupta y apolítica terminó haciéndose del poder. La cueva de gángsteres que le quitó a la clase obrera venezolana diez veces el valor de su trabajo. Si alguien en el mundo ha podido hacer semejante desmán con la población que lo diga”, escribió la semana pasada Roland Denis, filósofo, militante social y viceministro del gobierno de Hugo Chávez en sus primeros años (Aporrea, 19-V-16).


Es tan sencillo acusar de la situación que vive actualmente Venezuela a enemigos externos e internos del proceso bolivariano, que los hay y muchos, como difícil aceptar los desvaríos que se fueron acumulando con los años. No hay gas. Aunque es monopolio del Estado, que produce y exporta hidrocarburos a granel. No hay cemento. Inexplicable, porque las fábricas, todas estatales, trabajan y producen. Sin duda las mafias desvían la producción para beneficio de viejas y nuevas elites con fuerza suficiente como para hacerlo: tramas de poder que Denis califica como “cueva de ladrones”, en las que participan diversos actores, desde las nuevas y las viejas mafias hasta militares, policías y miembros del oficialismo. Tramas que se reproducen en todos los rincones de la sociedad, arriba y abajo, porque se ha convertido en moneda corriente hacer las cosas para beneficio personal sin mirar al resto, sin tener en cuenta que se vive en algo que –antes– se llamaba sociedad.


Militares

El general retirado Cliver Alcalá integró el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, fue nombrado comandante por Hugo Chávez y fue ministro para la Región Estratégica de Desarrollo Integral Central. En declaraciones a Globovisión (18-V-16) dijo que “votaría por el revocatorio” (el referéndum que podría decidir la continuación o el cese de la gestión de Nicolás Maduro) “para evitar un enfrentamiento entre el pueblo”.


Se trata de un militar fiel a Chávez, de gran audiencia dentro de las fuerzas armadas, que ahora se desmarca del gobierno. “El legado de Chávez está vigente, pero Maduro lo ha administrado muy mal”, dijo. Sobre la llamada guerra económica del imperio, con la que el presidente justifica el desabastecimiento, el general retirado dijo que existe, pero “la genera la cantidad de trámites y la discrecionalidad de los funcionarios en la administración pública, (lo cual) origina un diferencial cambiario que promueve esa corrupción”.


Este tipo de declaraciones, formuladas por un general que se reivindica chavista, deben interpretarse como un misil contra el gobierno, y en particular demuestra la existencia de una sensibilidad chavista contraria a Maduro. Como destaca Denis, “un mesianismo profano pareciera nacer de nuevo teniendo la posibilidad de canalizar un chavismo de¬sesperado por la descomposición total del gobierno que dice representarlo”.


Cliver Alcalá se muestra temeroso de un posible “estallido”, por la falta de alimentos y la corrupción. Apuesta a que la salida de Maduro unifique al chavismo, con lo que reconoce la división existente en filas de quienes apoyan el proceso bolivariano.


Lo cierto es que hay dos hechos que parecen incontrovertibles. Uno es que los militares están divididos: no todos apoyan al gobierno, aunque los disidentes no necesariamente estén alineados con la oposición. Lo mismo sucede con parte considerable de los chavistas, lo cual se puede constatar en la calle, en las colas y en cualquier conversación familiar. Los chavistas críticos del actual gobierno no quieren alinearse con un discurso que culpa de todo a la derecha, los medios y el imperialismo, un discurso gastado, que hace agua por todos los costados.


El resultado es que surge una tercera opción entre el gobierno y la oposición y que busca, en palabras de Alcalá, “el reencuentro del chavismo”. Esta corriente parece pensar en el mediano plazo más que en la coyuntura, intentando evitar que el legado de Chávez sea dilapidado y sus fuerzas se dispersen en multitud de corrientes. Ese proyecto pasa por poner distancias con el actual gobierno y, según se desprende de las declaraciones del general, por deponer a Maduro.


Estallido.

Desde el Caracazo de febrero de 1989, la posibilidad de que se repitan estallidos sociales en Venezuela es un hecho. Esta semana en Barquisimeto se pudieron apreciar, de primera mano, dos hechos marcantes. Frente a una cooperativa que distribuye alimentos con precios regulados se formó una multitud, en su mayoría de adultos mayores, que exigían cuotas para ellos. Había personas que atizaban el saqueo y que los cooperativistas identificaron con miembros de la oposición.


En las enormes colas que se forman frente a las ferias de Cecosesola hay entre cinco y diez mil personas. Muchas veces se impacientan, ya sea por la prolongada espera o porque los “bachaqueros” se cuelan rompiendo el orden. Alguien gritó: “¡Saqueo!”.

Un señor fornido se agarró al portón y dijo en voz muy alta: “No habrá saqueo”. La multitud pareció sentirse aliviada. Sin embargo, todos aseguran que hay pequeños saqueos que no suelen aparecer en los medios, sobre todo en pequeños supermercados de barrio.


Es evidente que la oposición quiere e impulsa levantamientos populares. Pero también parece claro que la población no la acompaña, por lo menos en este tipo de métodos. Uno de los mayores legados del chavismo consiste en que afianzó la autoestima de los sectores populares y su politización. La gente sabe de qué se trata y parece consciente de que debe evitar situaciones de violencia para no dar oportunidad a salidas que no la van a favorecer.


Denis colocó, por fortuna, el escenario sirio como salida posible. Por fortuna, porque es evidente que es el peor escenario para los pueblos de esta región del mundo, pero quizá uno de los más apetecibles para los think tanks del Comando Sur estadounidense. La caída del gobierno sería apenas un paso en busca de algo mayor: “Lo cierto, como en Siria, es que la sangre y la desesperación harán imposible cualquier opción de liberación”, señala Denis.


Lo que no dice la propaganda oficialista es que el imperio está acostumbrado (y en ello basa su poder) a negociar con cúpulas corruptas, pero poco puede hacer ante las multitudes decididas a hacer valer sus derechos. Los poderosos, aun los progresistas, “tomarán sus aviones y dólares expropiados a la riqueza pública para abordar los apartamentos y quintas que ya tienen comprados en Europa y Estados Unidos. Pero los centenares de miles de muertos que vendrán a continuación los pondremos nosotros”.


¿Acaso el dictador Marcos Pérez Jiménez no huyó a República Dominicana para terminar en España protegido por el dictador Francisco Franco, cuando una insurrección popular y un levantamiento militar lo alejaron del poder en 1958?


Sí se puede

“Ya descubrí por qué a la gente le gusta hacer colas”, dice un chico de pocos años a su madre. En las horas que pasó de pie esperando para comprar hizo amigos, se relacionó con otros que le ofrecieron arepas y jugos, conversaron, compartieron, se lo pasaron en grande. Todos los días, en todas las colas, se pueden ver gestos conmovedores de generosidad.


Así como existen fuertes tendencias hacia la descomposición (véase edición de la semana pasada de Brecha), hay otras ancladas en la solidaridad que se mueven en sentido inverso, manteniendo la cohesión social. En la Venezuela de hoy se producen muchos alimentos, y en algunos rubros, como hortalizas y frutas, son abundantes. Las ferias de la Central Cooperativa de Servicios Sociales de Lara (Cecosesola) son un buen ejemplo. Varios días recorriendo los puestos son suficientes para convencerse de la abundancia de plátanos, papayas, mangos, piñas y otras variedades de frutas tropicales. Tomates no faltan, así como las principales hortalizas.

Otra cuestión es el precio. En todo caso, en las tres ferias con 300 cajas hay alimentos en número adecuado.


El problema principal está en los productos con precios regulados. Sobre todo la harina de maíz para elaborar arepas (la comida nacional), y también las pastas, el azúcar, el aceite y, de modo especial, la leche. Escasean a los precios regulados pero se pueden encontrar en el mercado paralelo a precios diez y hasta 50 veces superiores al oficial.


Otra recorrida por pueblos rurales de los estados de Lara y Trujillo permite conocer grupos de campesinos que cultivan y cosechan grandes cantidades de hortalizas y verduras. Desafían no pocos problemas: la falta de semillas, la escasez de insumos, las enormes dificultades para trasladar la producción hasta las ferias, porque los transportes necesitan neumáticos (que no existen o tienen precios abusivos) y porque no hay repuestos para los coches y camiones. En la ciudad hay una enorme cola de coches para comprar baterías. Una fila permanente, de varias cuadras, donde los autos y sus conductores duermen y velan el momento de poder comprar.


Ciertamente, el país aún produce. Aunque las colas consumen una energía social considerable que se le hurta a la producción. Las fábricas nacionalizadas producen cada vez menos, mucho menos que cuando estaban en manos privadas. Es el caso, por ejemplo, de las cementeras mexicanas, como la Siderúrgica del Orinoco (Sidor) que fue reestatizada en 2008 luego de un largo conflicto sindical. Llegó a producir 4,3 millones de toneladas de acero, pero ya en 2014 bajó a 1,3 millones de toneladas, un 29 por ciento de su capacidad.


Es triste comprobar que cuando Sidor pertenecía al grupo argentino Techint producía 3,5 veces más que en manos del Estado. El propio sindicato reconoció que hay desvíos de fondos, falta de repuestos y materias primas y que no existen auditorías. De algún modo se conjugan la ineficiencia con la corrupción, en todos los niveles, para que el país haya llegado a este extremo.


Plagas y clases

Un sencillo recorrido de este a oeste de la ciudad, y viceversa, permite comprobar que toda la propaganda oficial se disuelve en la cruda realidad. Los ricos viven cada vez mejor. Los pobres siguen como siempre, pero además hacen colas muy largas.


La zona este luce elegante, con amplios espacios verdes y arbolados; por sus avenidas circulan coches nuevos y se pueden observar numerosos edificios de reciente construcción. Pero lo que más llama la atención es que en plena crisis y escasez de cemento se siguen construyendo centros comerciales, edificios, hoteles de lujo. Es el mismo estilo de ciudad que conocemos en todas las zonas de clase media alta del continente.


La zona oeste es bien diferente. Calles polvorientas y casas precarias, absoluta falta de alumbrado público en las noches, autos viejos destartalados y un largo etcétera que también conocemos en las ciudades latinoamericanas. Las colas son interminables, no sólo extensas sino permanentes ante cualquier comercio en busca de cualquier producto. En los barrios privilegiados las colas son casi inexistentes.


Es seguro que la geografía urbana esconde detalles que deben ser desvelados. La clase media tradicional está en caída libre y es uno de los sectores más crispados contra el chavismo. La segunda cuestión es que a la antigua elite debe sumarse la nueva, surgida del proceso bolivariano, la llamada “boliburguesía”.


Ante semejante panorama vale preguntarse: ¿por qué los ricos de Venezuela quieren derribar al chavismo, cuando no les ha ido tan mal en estos años? No es fácil enhebrar una respuesta, sobre todo porque entre los antichavistas hay sectores muy diversos, desde las clases medias empobrecidas hasta las viejas y nuevas mafias. La respuesta sería obvia si se considerara que los grandes países occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, desean controlar las mayores reservas de petróleo del mundo.


La respuesta verdadera, la que no se puede pronunciar en alto, la dio un empresario uruguayo radicado hace muchos años en Caracas. “No queremos que nos gobiernen los negros”, dijo en tono mortecino, esbozando una sonrisa, como quien se saca las ganas de expulsar el gargajo atragantado. Cuando las clases se solapan con el color de piel, el racismo debe dar un largo rodeo eludiendo las tranqueras de lo políticamente correcto. Quizás el orgullo y la autoconfianza adquiridos por los sectores populares, que fue creciendo desde el Caracazo de 1989 hasta colorear la sociedad con su estilo bullanguero y desaliñado, rompiendo la monotonía de las salas de espera de los aeropuertos, sea la mejor herencia del chavismo. Esos modales que molestan e irritan a las buenas familias.

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