Choque energético global: "burbuja verde" de 150 millones de millones de dólares

En forma apocalíptica, la revista globalista neoliberal The Economist (https://econ.st/3ASnhcC), vinculada con los intereses de la Banca Rothschild, proclama "el primer gran choque energético de la era verde: existen graves (sic) problemas con la transición a la energía limpia" (sic).

Hasta la flemática reina Isabel II de Inglaterra comentó muy molesta que el mundo habla mucho, pero no implementa la "economía verde" que, como los fallidos Covax/Gavi (https://bit.ly/2YXqCtO), forma parte del proyecto del "gobierno mundial" de la monarquía neoliberal británica.

The Economist sintetiza lo archisabido sobre el alza antigravitatoria de 95 por ciento (sic) del precio de la canasta de petróleo, carbón y gas, mientras Gran Bretaña regresó a las centrales eléctricas de carbón (¡megasic!), por lo que The Economist juzga que "sin reformas rápidas (sic) habrá más crisis energéticas y, quizá, una revuelta (sic) popular contra las políticas climáticas".

Según The Economist, que naturalmente defiende los plutocráticos intereses de la bancocracia globalista, la grave crisis se debe a "tres problemas":

  1. "Las inversiones en energía son la mitad de lo que deberían ser para alcanzar el cero neto en 2050", por lo que los "combustibles fósiles, que satisfacen 83 por ciento de la demanda energética primaria", deberán ser reducidos "hacia cero". ¿Que harán de aquí a 30 años sin gas, que es el "estabilizador de apoyo" de las intermitentes energías renovables?
  1. La geopolítica no pierde su eterna guerra de propaganda contra el "autocráticopetro-Estado" Rusia, fuente de 41 por ciento de las importaciones de gas” y cuya "influencia crecerá conforme abra el gasoducto NordStream2 y desarrolle mercados en Asia". The Economist incita a las "pudientes (sic) democracias a abandonar la producción de combustibles fósiles".
  1. "El diseño defectuoso (sic) de los mercados energéticos", en un "nada confiable mercado spot" que, no lo dice, es el magno incitador de la especulación financierista de entrega inmediata.

Como antítesis a The Economist, vale la pena detenerse en los muy solventes axiomas geoenergéticos del zar Vlady Putin (https://bit.ly/3FRdgQL) cuando de nueva cuenta Prometeo ha sido encadenado (https://amzn.to/3aHDruD) por los globalistas financieristas y su especulativa "burbuja verde".

Daniel Paul Goldman, de Asia Times, alertó juiciosamente sobre una "burbuja verde" por 100 millones de millones de dólares (https://bit.ly/3DI2IRS), mientras Mark Carney, ex gobernador del Banco de Inglaterra, ahora desempolvado como "enviado especial" de la ONU para Finanzas y Acción Climática, en una bombástica entrevista con Libby Casey, del Washington Post (https://wapo.st/2XhcZVE), no ocultó que el sector financiero y los bancos privados (sic) tendrán la tarea de forzar al mundo a la economía verde del "carbón neutral", mediante la "tubería" (plumbing) del sistema financiero para alimentar la "burbuja verde" notoriamente especulativa, en detrimento de las inversiones de la economía productiva: "es el conductor fundamental de cada decisión para las inversiones o para la decisión de empréstitos", por lo que la COP26 requiere de "mucho dinero", será una "enorme inversión en todo el mundo de entre 100 y 150 millones de millones de dólares de finanzas externas en las próximas tres décadas".

Será por medio del financierismo, el verdadero poder de Global Britain desde La City, que erradicará los combustibles fósiles con la "metodología de inversiones" ESG: Ambiente/Social/Gobernanza. The Economist también proyecta el financiamiento de la "burbuja verde" entre 4 y 5 millones de millones de dólares al año, es decir, entre 120 y 150 millones de millones de dólares en 30 años, fecha final para el "carbón neutral" (https://bit.ly/3DHZDRU).

Cual su costumbre supremacista, la monarquía globalista neoliberal de Gran Bretaña da línea neomaltusiana, imponiendo su agenda globalista financierista con disfraz "verde", y resetea su unilateral "nuevo orden mundial" mediante su reingeniería sicobiologista para avanzar la agenda de "Global Britain" (https://bit.ly/2Z1UAgn).

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China y Estados Unidos: la amenaza de una deriva militarista

Entrevista a Walden Bello

¿Qué hay de nuevo en el mundo en este tercer decenio del siglo XXI?

China no es solamente la segunda potencia económica mundial, sino el centro de la acumulación de capital. El 28 % del crecimiento mundial entre 2003 y 2018 proviene de China, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Su crecimiento es dos veces mayor que el de la economía estadounidense, que desde hace 50 años se ve afectada por un declive sistemático de la rentabilidad del capital.

¿Por qué el gran capital representado por las empresas multinacionales decidió apostar por China?

Hasta la década de 2000 entraron en el mercado de trabajo cientos de millones de trabajadores (80 millones solamente en la década de 2010). Hay que subrayar que estos trabajadores venían del mundo rural y su llegada permitió mantener los bajos salarios en todos los sectores de la economía china. El salario medio en China equivalía al 2,9 % del salario medio en EE UU.

¿Quién se benefició?

Para la empresas multinacionales, el desarrollo de las tecnologías de la información permitía segmentar el proceso de producción y repartir las actividades productivas entre varios países en una especie de cadena de valor. El traslado de un gran número de capacidades productivas a China, por tanto, no solo era posible, sino también sumamente lucrativo. Gracias a las normas establecidas por la Organización Mundial del Comercio (OMC), China sacó provecho de la reducción de cuotas y barreras arancelarias.

China salía beneficiada…

La alianza entre China y las multinacionales se basaba en el interés común, pero los objetivos estratégicos de una y otras eran distintos. En cierto modo, el Estado chino ha utilizado las inversiones extranjeras como sucedáneo de una clase capitalista nacional. El desarrollo económico fulgurante ha cambiado China. La renta per capita entre 1988 y 2008 aumentó un 229 %, lo que supera de lejos lo que ha ocurrido en otras partes de Asia. Por otro lado, esta situación ha creado enormes diferencias entre el 1 % más rico y el resto. Además, este crecimiento se ha producido en detrimento del medio ambiente.

¿Existe una correlación entre el crecimiento chino y el declive estadounidense?

El declive estadounidense comenzó antes del auge chino. Importantes sectores de la economía industrial ya eran menos competitivos, menos rentables. Más tarde, varias empresas estadounidenses migraron a China para contrarrestar esta tendencia a la baja. Se calcula que en EE UU se perdieron 8 millones de puestos de trabajo a causa de esta deslocalización, lo que representa un porcentaje del total bastante bajo. Según los trabajos de Thomas Piketty, la razón principal del declive económico estadounidense estriba en el aumento de las diferencias entre los salarios altos y los salarios bajos. De ahí una especie de guerra civil interna, que incluye una fuerte dimensión de racialización. Millones de personas lo vivieron como el final del sueño americano.

La estabilidad de China contrasta con esto…

Las tensiones sociales que se manifiestan cada vez más no desembocan en una crisis política. Una oposición bastante reducida quisiera promover una evolución hacia el liberalismo. Se perciben los efectos de esta crítica en las redes sociales, pero quienes mandan en China, entre ellos el presidente Xi, están en condiciones de preservar la legitimidad del Estado, que esgrime a su favor la prosperidad de la mayor parte de la población. Esto permite a la China actual proyectar una especie de modelo chino, que gana esplendor con el megaproyecto de la Nueva Ruta de la Seda destinada a conectar China con el resto del mundo.

¿Cuáles son las condiciones que han permitido este avance de China?

Un factor importante ha sido que China no ha dedicado una parte excesiva de su presupuesto al sector militar. En vez de implicarse en la gestión de los conflictos en el mundo y el refuerzo de un vasto complejo militar-industrial como EE UU, Pekín ha logrado ampliar su dominio a través de la economía, no solo en la propia China, sino también en África y en América Latina. Mientras que China invertía miles de millones en la economía del Sur global, EE UU se dedicaba a prestar ayuda militar a sus aliados geopolíticos, como Israel, Egipto, Arabia Saudí.

¿Y este proceso continúa?

China ha lanzado recientemente el Banco de Desarrollo e Infraestructuras de Asia. Este proyecto ha atraído incluso a varios aliados europeos de EE UU. Decenas de Estados del Sur global se han unido a esta iniciativa, que les permite disponer de cuatro billones de dólares para proyectos de infraestructura en el vasto continente eurasiático, así como en África y América Latina.

¿Cómo trata el nuevo presidente Biden de gestionar esto?

Trump rompió con el proyecto impulsado desde hacía 20 años al situar los intereses de EE UU por encima de todo. La idea consistía en castigar a China, sobre todo mediante acciones e intervenciones que obstaculizaran el desarrollo técnico-científico chino. Biden, más allá de ñas diferencias retóricas, va en el mismo sentido. Se han reservado más de 250.000 millones de dólares para apoyar la competitividad de las empresas estadounidenses. China es probablemente la única cuestión en que Demócratas y Republicanos comparten las mismas posiciones.

¿Podría conducir esta situación a nuevos conflictos?

Actualmente solo hay un único ámbito en que la superioridad de EE UU todavía es innegable, que es el sector militar. Nos hallamos por tanto en una ecuación peligrosa en que el declive económico y diplomático de EE UU se produce en un contexto en que todavía goza de una innegable superioridad militar. A su vez, China, aunque está invirtiendo masivamente en su ejército, está muy rezagada. En la XIX sesión del Congreso Nacional del Partido Comunista Chino, celebrada el 18 de octubre de 2017, Xi admitió este retraso. Dijo que China necesitaría 30 años para ponerse a la altura de EE UU.

China está realmente rezagada en el terreno militar…

En 2019, el gasto militar de EE UU era del orden de 732.000 millones de dólares anuales, frente a los 261.000 millones de China. El aumento del presupuesto militar estadounidense es del 5,3 % anual (frente al 5,1 % en el caso de China). Si analizamos los datos más en detalle, veremos que el contraste es muy fuerte. China dispone de un número limitado de armas nucleares (260 cabezas nucleares), que en realidad son armas defensivas. EE UU la supera de lejos (18.000 armas nucleares), que pueden ser un medio para imponer su dominación. En conjunto, la capacidad militar de China está muy alejada de la de EE UU. Recordemos que China tiene una única base militar en el extranjero (en Yibuti), mientras que EE UU tiene 25 tan solo en Asia: en Japón, Corea del Sur, Guam y Filipinas. China dispone de dos portaaviones construidos con tecnología soviética un poco anticuada, mientras que EE UU tiene 11, incluidos los de la VII flota, basada en Asia-Pacífico.

La superioridad estadounidense se basa en una estrategia…

Incluso en Washington reconocen que la capacidad de China es de naturaleza defensiva, mientras que la de EE UU es de carácter ofensivo:

  • Apuesta por el despliegue en el exterior, cerca de los enemigos reales o supuestos.
  • La doctrina militar aire-mar (AirSea) establece la necesidad de golpear al adversario en todos los ámbitos al mismo tiempo (centros de mando, sistemas de radar, lugares de producción y almacenamiento de misiles, satélites, etc.). Esto incluye el bloqueo de las rutas marítimas y terrestres.
  • Según Michael Klare, la estrategia estadounidense implica mantener una gran superioridad sobre las fuerzas del adversario y estar en condiciones de lidiar dos conflictos de gran envergadura al mismo tiempo y en todos los terrenos (militar, económico, tecnológico).

Actualmente, la relación de fuerzas es muy desfavorable a China. Las fuerzas estadounidenses rodean el territorio chino, especialmente sus regiones costeras, donde se concentran las capacidades industriales y tecnológicas. Las respuestas de China consisten en desarrollar la expansión de sus fuerzas marítimas y aéreas en la vasta zona alrededor del mar de China. En estos momentos, China y EE UU realizan simulacros de combate, con el riesgo de que se produzcan accidentes o se inicie una escalada.

¿Es posible cambiar la situación?

Hay que obligar a EE UU a aceptar un acuerdo de seguridad, que debería ser asumido y supervisado por la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). Este acuerdo debería incluir la desnuclearización de la región, la clausura de varias bases estadounidenses y la retirada de las fuerzas chinas a zonas alejadas, así como un nuevo pacto económico que incluya el respeto y la protección de la soberanía de los Estados afectados. La obra clásica de Clausewitz establece que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, dando por sentado que es el cálculo racional de los Estados el que puede determinar los niveles de conflictividad. En realidad, esta fórmula excluye demasiado el contexto de cada nación. Desde su origen, EE UU no ha dejado de organizar su expansión militar por todos los medios. Hoy, la mayoría de observadores piensan que la posibilidad de una guerra es elevada, máxime cuando la disparidad actual en el plano militar favorece a EE UU.

25/09/2020

https://alter.quebec/la-chine-et-les-etats-unis-la-menace-dune-derive-militariste/

Traducción: viento sur

Walden Bello es sociólogo y militante de la izquierda democrática en Filipinas.

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Banderas australianas y estadounidenses se sientan sobre la mesa durante una reunión entre el primer ministro de Australia, Scott Morrison, y el secretario de Defensa de los Estados Unidos, Lloyd Austin, en el Pentágono el 22 de septiembre de 2021 en Arlington, Virginia.- AFP
  1. Que la prensa occidental se esté centrando en el "enfado de París" por ser ninguneado por Washington y haber perdido un contrato de armas con Australia no es sólo otro reflejo de su miopía y el "occidentecentrismo" sino también de su manipulación: corre una cortina de humo sobre la naturaleza de Aukus, un nuevo pacto militar con el que EEUU pretende equipar a una flota de submarinos australianos de capacidad nuclear con el mero objetivo de provocar a China en venganza por haber sido derrotado en la guerra comercial.
  2. "Si la Unión Soviética se hundiera mañana bajo las aguas del océano, el complejo militar-industrial estadounidense tendría que permanecer hasta que se pudiera inventar algún otro adversario", recomendó George F. Kennan, uno de los ideólogos de la Guerra Fría, en 1996. Cuatro años después, el Pentágono inventó la "Guerra infinita contra el Terrorismo Islámico", para justificar la continuidad de la OTAN a pesar de la desintegración del Pacto de Varsovia: ¡El mundo se tragó que un solo individuo, un tal Bin Laden, desde una cueva de Afganistán (¡tan localizado que un mensajero recogía, casi a diario, sus "exclusivos" videos para entregárselo a Aljazeera!), podría ser capaz de poner en jaque a la totalidad de los servicios de inteligencia del planeta y la suma de sus fuerzas militares!

El objetivo no era otro que conquistar nuevos espacios estratégicos del mundo y seguir con el lucrativo negocio de armas a costa de la vida de cientos de millones de personas y la destrucción de estados enteros (Iraq, Afganistán, Libia, Somalia, Yemen, Sudan, Siria, etc.). Veinte años y una ingente ganancia material y geopolítica después, el Pentágono inventa el tercer Superenemigo: República Popular de China, presentándole como "la principal amenaza para la civilización humana" (¡lo mismo que dijeron sobre Sadam Husein!).

La cronología

  1. 14 de septiembre de 2021: EEUU, Reino Unido (RU) y Australia forman Aukus para provocar a China en la región Indo-Pacífico, donde se mueven la mitad de los 470 submarinos (no nucleares) del mundo.
  2. La estrategia de Aukus está basada en "provocación y confrontación" y pretende actuar bajo el pretexto de que "al ser China incapaz de atacar a EEUU (¿y por qué tendría que hacerlo si es su principal mercado?), lo hará a uno de sus aliados en esta región por lo que hay que preparar la defensa".
  3. 15 de septiembre: EEUU entrega la llave de Kabul a los talibanes, grupo fascista a sueldo de la CIA, y protegido por decenas de miles de "contratistas" con turbante (de las compañías como Blackwater o Triple Canopy) con el objetivo de extender el Arco de Crisis a Asia Central arrastrando a China, Rusia e Irán.
  4. 17 de septiembre: China mueve ficha y admite a Irán como miembro de pleno derecho de la Organización de Cooperación de Shanghái (la OCS), después de rechazar su solicitud durante 13 años, y este mismo día solicita unirse al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico ("CPTPP"), el tercer mayor acuerdo comercial del globo.
  5. En las mismas fechas, varios buques militares británicos escoltados por el portaaviones HMS Queen Elizabeth, que por primera vez acogía a 14 cazas F-35B, llegan a Okinawa, Japón, para participar en unas maniobras militares, mirando a China.

Objetivos de Aukus

  1. Ejecutar la Doctrina Obama del "Regreso a Asia" de imponer un Nuevo Orden Mundial basado en contener al Nuevo Coco y, además, en su propio "patio trasero".
  2. Consolidar el modelo de una nueva estructura de alianzas militares basada en acuerdos "minilaterales". Ya había varias de este tipo en la región: el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral «Quad» formada en 2006 por EEUU, Australia, Japón e India, o la alianza de inteligencia Five Eyes (Los Cinco Ojos), con EEUU, Reino Unido, Australia, Canadá y Nueva Zelanda en su seno.
  3. Minar la "Asociación estratégica" franco-australianas diseñada en 2018 por París y su estrategia Indo-Pacífica estructurada en torno al eje Delhi-París-Canberra. EEUU no soporta rivales poderosos como Rusia, China o Francia.
  4. Quebrantar la centralidad de la ASEAN (la Asociación de Naciones del Sureste Asiático), que integra a 10 países de la región y cuyo socio principal es la OCS.
  5. Imponer una carrera armamentística a China, como lo hizo a la Unión Soviética, para que dejara de invertir en su su desarrollo social y económico.
  6. Poder librar una batalla Aire-Mar, desde las bases esparcidas por el Pacífico contra China. EEUU cuenta con unas 400 instalaciones militares alrededor de la potencia asiática, con buques de guerra y armas nucleares: desde la isla Saipán en el Pacífico hasta Darwin y Tindal en Australia; Changi East en Singapur; Korat en Tailandia; Trivandrum en India; Cubi Point y Puerto Princesa en Filipinas; entre otras en Indonesia y Malasia, y el resto de los países de la región.

Bases militares de EEUU alrededor de China

  1. Convertir a Australia, que tenía buenas relaciones con China, en un jugador destacado anti-chino en la zona, y otro integrante del grupo de Las Carnes de Cañón de los intereses exclusivos de Washington.
  2. Asignar al Reino Unido (tras animarle a salir de la Unión Europea) el papel de mayordomo militar de EEUU en los escenarios bélicos que va diseñando por el mundo.
  3. Socava el poder y la posición de Francia en el océano Indo-Pacífico, y de paso, mantenerlo a raya y ponerle "en su lugar" como potencia segundaria para que deje de competir con EEUU.
  4. Enviar las fuerzas navales australianas al Estrecho de Taiwán buscando una reacción de China. Con este tipo de gestos, EEUU de paso se ahorra los costes de sus guerras obligando a sus socios a utilizar sus buques, submarinos o aviones.
  5. Mandar un mensaje a Europa (no solo Francia) y también a Rusia: "¡Es hora de elegir entre yo o China!".
  6. Forzar a los aliados de EEUU a destruir sus relaciones con China. En caso de Australia, le obligó a:

-Cancelar dos acuerdos del proyecto de construcción de infraestructura de la Iniciativa de la Ruta de la Seda china.

-Prohibir las actividades de las telecomunicaciones Huawei.

- Dejar de vender a China el 80% del mineral de hierro del país y renunciar a 74.000 millones de dólares al año, así como el litio. El gigante asiático es el principal socio comercial de Australia. China como respuesta ha suspendido la compra de carne vacuna, mariscos y le ha impuesto aranceles a la cebada y el vino, entre otras medidas.

- Aumentar sus gastos militares comprando armas a EEUU.

El destino de la OTAN y Europa

  1. Washington no va a invitar a Europa al banquete de la nueva configuración del mundo. Necesitaba de la OTAN y sus socios europeos en su enfrentamiento con la Unión Soviética, así como tener un "cómplice" en sus inmorales guerras, entre otros fines. Por lo que, la "sorpresa" de Europa por la jugada de Joe Biden de ocultarle el plan de Aukus está fuera de lugar. EEUU siempre ha practicado el "America First" aunque antes no lo decía con este descaro.
  2. Que EEUU abandonara a la OTAN en su "muerte cerebral" se debe, principalmente, a que Europa, que recibe una ingente inversión de Beijín y se ha apuntado a su Ruta de la Seda, no comulga con la política anti-china de la Casa Blanca.
  3. La pérdida de la relevancia de Europa para la Casa Blanca también explica el permiso de Biden a Alemania para finalizar, la semana pasada, el proyecto Nord Stream II con Rusia.
  4. Ahora, el Pentágono pondrá más empeño en el plan que diseñó en 2014: sacar de las entrañas de la Alianza Atlántica una especie de mini-OTANes regionales, como ya dijimos en 2014.
  5. La OTAN europea sobrevivirá porque existe Rusia. Según Frontal 21, programa de la televisión alemana ZDF, "EEUU planea desplegar en una base aérea del oeste de Alemania 20 nuevas bombas nucleares B61-12, cada una de las cuales tiene una potencia equivalente a 80 veces la que lanzaron en Hiroshima". Cierto es que el Gobierno alemán votó en 2010 por no permitir las armas nucleares en su suelo. Pero la capacidad de decidir de Berlín en tales cuestiones no es mayor que la de otros países atacados, ocupados y controlados por EEUU como lo son Iraq o Afganistán. De hecho, Alemania alberga 235 bases militares de EEUU y es el centro del Estado Mayor del Comando Europeo y del Comando Africano (Africom). Por cierto, Europa debe pedir cuenta a sus servicios de inteligencia por no haberse enterado de lo que cocinaba el trío del AUKUM.
  6. EEUU no tiene en cuenta que un ataque a los intereses de China por parte de quien sea: 1) es también un ataque a a Rusia, país con el que tiene varios acuerdos de defensa mutua, y 2) Afectaría a las economías de al menos 130 países que ya están integrados en la iniciativa de china de la Franja y la Ruta.

Aukus como un negocio militar

  1. Australia, que ha suspendido un contrato de compra de 19 submarinos franceses valorados en 90 mil millones de dólares, no ha revelado (¡para proteger a los contribuyentes de un infarto cardiaco!) lo que le costará a la nación los ocho submarinos nucleares que EEUU le ha prometido vender sin siquiera concretar la fecha de entrega.
  2. Suiza también ha decidido renunciar a los aviones de combate franceses Rafale para comprar el F35 estadounidense.
  3. Francia, que no ha firmado el Tratado Internacional sobre la Prohibición de Armas Nucleares durante el Quinquenio 2021-2025, gastará en armas nucleares unos 30.000 millones de euros. Como si tener un arsenal de 300 cabezas nucleares fuera poco.
  4. En 2020, las exportaciones de armas de EEUU alcanzaron los 175,08 mil millones de dólares, un 2.8% más que en 2019. Este año, el Congreso de EEUU, de mayoría demócrata, aprobó un proyecto de ley de "defensa", con un presupuesto de 738.000 millones de dólares que incluye la creación de la Fuerza Espacial (FE), bajo el pretexto de la farsa de que EEUU no podrá "sobrevivir a un ataque furtivo de China".
  5. Con Aukus, la UE ya puede justificarse ante la opinión pública antimilitarista de la "necesidad de desarrollar una fuerza militar propia". En 2018, los trabajadores europeos aportaron unos 223.400 millones de euros a la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD).
  6. Fue por el negocio de armas que, en 2011, EEUU y Reino Unido lanzaron 110 misiles Tomahawk (por un precio cada uno de 1,4 millones de dólares) sobre Libia sin que hubiera ninguna guerra con este país y cuyo líder, el Coronel Gadafi, ya había rendido sus tributos al imperialismo -como indemnizar a las víctimas del atentado de Lockerbie, sufragar la campaña electoral de Sarkozi o regalar un caballo de dos millones de euros a José María Aznar; o también que Trump estrellara en el suelo afgano el MOAB, la bomba no nuclear más grande del mundo con sus 11 toneladas de TNT y un coste de 16 millones de dólares bajo el falso pretexto de "destruir unos túneles del Estado Islámico" riéndose de la inteligencia de su audiencia.
  7. La nuclearización del Ejército australiano no solo es una amenaza a los vecinos sino que tendrá efecto proliferación de armas nucleares en la región.
  8. Pregunta: Si los submarinos australianos pueden utilizar el combustible nuclear y teniendo en cuenta que la Agencia Internacional de Energía Atómica excluye a los reactores navales de sus inspecciones, ¿podrá Irán trasladar su programa nuclear a los fondos marinos?

Igual que en la Guerra de los Cien Años los únicos beneficiarios de las actuales guerras son los militares y los fabricantes de armas. Hoy no hay ningún indicio de que China represente una amenaza militar para EEUU y sus socios.

 Decía Lenin que las guerras imperialistas (igual que el choque entre ellas) son inevitables: son una exigencia del capitalismo corporativista. Aunque quizás con un movimiento antimilitarista (hoy inexistente), se podría reducir su impacto sobre la vida de los pueblos.

30 septiembre 2021

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El Indo Pacífico, escenario de nuevas alianzas

Recientes informaciones revelan que Estados Unidos (EE.UU.) ha continuado trabajando en fortalecer y ampliar su sistema de alianzas y asociaciones relacionadas con la seguridad y defensa en la denominada región Indo Pacífico, como vía para mantener su autodenominado “liderazgo” a nivel regional y global, especialmente ante el continuado ascenso económico, político y militar de la nación que designan como principal rival estratégico, la República Popular China (RPCH).

Esto lo evidencia el que, recientemente, en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (un escenario no habitual para ese tipo de declaraciones), el presidente de EE.UU. Joseph Biden expresara claramente la importancia de esa región: “Y a medida que Estados Unidos se centre en las prioridades y en las regiones del mundo, como el Indo-Pacífico, que son las más importantes hoy y mañana (Biden, Sept 20)·”

La importancia que los recientes gobiernos norteamericanos asignan a esta región ha estado consignada en sus principales documentos estratégicos, fundamentalmente en las Estrategias de Seguridad Nacional de 2015 y 2017, así como en la Orientación Estratégica de Seguridad Nacional Provisional (Interim National Security Strategic Guidance) (INSSG) emitida por el actual presidente norteamericano en Marzo de 2021, donde se planteó expresamente: “reconoceremos que nuestros intereses nacionales vitales obligan a una conexión más profunda con el Indo-Pacífico, Europa y el hemisferio occidental” (INSSG. Pág 10).

Y no solo son palabras. En la solicitud de presupuesto para el Departamento de Defensa en el año fiscal 2022 (FY 2022 según sus siglas en inglés) se solicitaron 5 mil 100 millones de dólares para la denominada Pacific Deterrence Initiative (Iniciativa de Disuasión en el Pacífico) (Defense Budget Overview,2021), para elevar las capacidades militares norteamericanas en esa región.

Uno de los aspectos que más se destacan dentro de esta INSSG es el reforzamiento, ampliación y modernización de las llamadas “alianzas y asociaciones” en todo el planeta. Dentro de ellos, destacan principalmente que: “reafirmaremos, invertiremos y modernizaremos la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y nuestras alianzas con Australia, Japón y la República de Corea, que, junto con nuestras otras alianzas y asociaciones, son el mayor activo estratégico de Estados Unidos”( INSSG pág. 10).

También se refieren a fomentar otras asociaciones, entre los que se destacan la India, Nueva Zelanda, Singapur, Vietnam y otros estados de la ASEAN, y los estados insulares del Pacífico, en esa región.

La reciente gira de la vicepresidenta Kamala Harris por países de la ASEAN, la firma del tratado AUKUS por EE.UU., Australia y Gran Bretaña, y la reciente cumbre del grupo QUAD son elementos que señalan que los gobernantes norteamericanos persiguen objetivos concretos en su afán de “contener” al gigante asiático, y para ello pretenden mantener e incrementar el número de aliados comprometidos con esa tarea.

En la conferencia de prensa realizada en Hanoi el 26 de Agosto de 2021, la vicepresidenta Kamala Harris hizo declaraciones respecto a sus relaciones con Vietnam, el tema del Indo Pacífico, las relaciones con China, y otros aspectos; respondiendo a una pregunta de un periodista, expresó: "Cuando se trata de Beijing, permítanme ser muy clara y el presidente ha sido muy claro. Damos la bienvenida a la dura competencia. No buscamos el conflicto, pero en temas como el que usted ha planteado del Mar de China Meridional, vamos a hablar. Vamos a alzar la voz cuando Beijing lleve a cabo acciones que amenacen el orden internacional basado en normas. De nuevo, como la actividad en el Mar de China Meridional. Y la cuestión, en particular, de la libertad de navegación en ese sentido es un asunto vital para esta región. Hablé de ello tanto en Singapur como aquí en Vietnam. Y vamos a seguir haciendo lo que podamos para asegurarnos de que seguimos comprometidos con nuestros socios y nuestros aliados en este tipo de cuestiones importantes. Pero nuestra política es mucho más amplia que el Mar de China Meridional y la asociación que tenemos aquí en el Sudeste Asiático (Harris, Agosto 26)”.

En otros momentos de esa gira la vicepresidenta norteamericana fue incluso mucho más agresiva en sus declaraciones respecto a la RPCH. Ello demuestra que entre los objetivos de dicha visita estaba buscar un mayor compromiso en la denominada contención a China por parte de esas naciones. En particular, el tema de la libertad de navegación en el Mar Meridional de China tuvo especial atención.

Otro paso importante en la política norteamericana de reforzamiento de compromisos en el Indo Pacífico parece ser el reciente anuncio de la creación de una alianza designada con las siglas AUKUS, que agrupa a Australia, el Reino Unido (United Kingdom en inglés) y EE.UU. (United States). Esta alianza incluye un acuerdo para facilitar a Australia por parte de sus dos aliados varios submarinos de propulsión nuclear, hecho que por cierto ha provocado la ira de Francia, que al parecer estaba en negociaciones desde 2016 con el gobierno de la isla continente para proporcionarle un número importante de esos navíos, aunque no de propulsión nuclear. Dentro de la Unión Europea e incluso varios aliados importantes miembros de la OTAN también se ha manifestado un rechazo a este acuerdo.

El anuncio de esta nueva alianza fue hecho por videoconferencia a las 15:00 (hora de Washington) del día 15 de Septiembre de 2021, en la que participaron el Presidente de EE.UU., Joseph Biden, el primer ministro británico, Boris Johnson, y el primer ministro australiano, Scott Morrison. El acuerdo también cubre áreas de cooperación en inteligencia artificial, tecnología cuántica y cibernética, instalaciones industriales o cadenas de suministro, y los dominios submarinos.

"Promoveremos un intercambio más profundo de información y tecnología, fomentaremos una integración más profunda de la ciencia, la tecnología, las bases industriales y las cadenas de suministro relacionadas con la seguridad y la defensa y, en particular, profundizaremos significativamente la cooperación en una variedad de capacidades de seguridad y defensa (Biden, Morrison, Johnson, Sept 15)",

Algunos especialistas señalan que entre los objetivos de esta nueva alianza y el incremento de sus fuerzas navales, estaría permitir a Australia realizar patrullas de rutina que podrían incluir zonas del Mar de China Meridional, sumándose a las llamadas Operaciones de Libertad de Navegación que realiza la US NAVY, y que incluso tales patrullas pudieran llegar hasta el norte de Taiwán.

Además, de la firma de este acuerdo, el viernes 24 de Septiembre el presidente Biden participó en una cumbre del Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD) en la que participaron también los primeros ministros de Australia (Morrison), India (Modi) y Japón (Suga). Fue la primera vez que los principales dirigentes del QUAD se reúnen de forma presencial, y significativamente en territorio de EE.UU., coincidiendo con las sesiones de Alto Nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Esta agrupación también es considerada como una forma de afianzar el liderazgo estadounidense en Asia, e incluso se ha intentado involucrar a otros líderes asiáticos con la visita de la vicepresidenta, Kamala Harris, a Singapur y Vietnam el pasado mes de agosto.

Respecto al QUAD, el presidente Biden en su discurso en las Naciones Unidas dijo: “Hemos reforzado la asociación QUAD entre Australia, India, Japón y Estados Unidos para afrontar retos que van desde la seguridad sanitaria hasta el clima y las tecnologías emergentes. (Biden, Sept 20)”.

Previo a la cumbre del QUAD, los gobernantes participantes hicieron unos breves discursos, y finalizada la misma se hizo pública la Declaración Conjunta de los líderes de esa organización, de fecha 24 de Septiembre de 2021.

En la Declaración Conjunta se plantea inicialmente: “En esta ocasión histórica nos comprometemos de nuevo con nuestra asociación y con una región que es la base de nuestra seguridad y prosperidad compartidas: un Indo-Pacífico libre y abierto, que también es inclusivo y resistente”. Estas ideas están en correspondencia con documentos anteriores del QUAD.

Se reiteraron los criterios sobre un “orden libre, abierto y basado en las normas, arraigado en el derecho internacional e impávido ante la coerción, para reforzar la seguridad y la prosperidad en el Indo-Pacífico y más allá” (Joint Statement from Quad Leaders. 2021).

También se refirieron a la defensa del Estado de Derecho, la libertad de navegación y de sobrevuelo, la resolución pacífica de conflictos, los valores democráticos y la integridad territorial de los Estados. Manifestaron su apoyo a la ASEAN y saludaron la emisión de la Estrategia de Cooperación de la UE en el Indo-Pacífico de septiembre de 2021.

Dedicaron una parte importante a plantear sus acciones en el enfrentamiento a la COVID 19 y se comprometieron a donar más de 1 200 millones de dosis en todo el mundo de vacunas contra la COVID-19, seguras y eficaces. También anunciaron acciones contra el Cambio Climático.

Plantearon mantener la cooperación en materias de tecnologías críticas y emergentes; incrementar la cooperación en el ciberespacio y el espacio exterior.
Respecto a la región del Sur de Asia expresaron: “coordinaremos estrechamente nuestras políticas diplomáticas, económicas y de derechos humanos con respecto a Afganistán e intensificaremos nuestra cooperación antiterrorista y humanitaria” (Joint Statement from Quad Leaders. 2021)

Un aspecto importante es que plantaron que: “nuestro futuro compartido se escribirá en el Indo-Pacífico, y redoblaremos nuestros esfuerzos para garantizar que la QUAD sea una fuerza de paz, estabilidad, seguridad y prosperidad regional”. (Joint Statement from Quad Leaders, 2021)

Plantearon la necesidad de que se cumplan la normas establecidas en la en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), especialmente referidos a los mares Meridional y Este de China. Manifestaron además su apoyo a los estados insulares del Pacífico, y se pronunciaron sobre la necesidad de la nuclearización completa de la Corea del Norte (República Popular Democrática de Corea).

En la Declaración Conjunta no se hace mención directa a la RPCH ni a la Federación de Rusia, aunque en varios de los párrafos es evidente que los problemas señalados están en correspondencia con las diferencias existentes entre EE.UU. y sus aliados del QUAD con esos países. En sentido general, el lenguaje es mucho más comedido que en algunos documentos anteriores, lo que muestra una ruptura con el discurso de la anterior administración norteamericana.

Conclusiones

La gira de la vicepresidenta Harris por países del sur de Asia, la conformación de la llamada alianza AUKUS y la cumbre del QUAD realizada en Washington son elementos que demuestran que el gobierno de EE.UU. está dando pasos para consolidar e incrementar el sistema de alianzas y asociaciones en la región que consideran actualmente como la más importante en su esquema de dominación global, el llamado Indo-Pacífico.

El reforzamiento de las capacidades militares, fundamentalmente navales, por parte de EE.UU. y sus principales aliados en la región demuestra que sigue siendo este un instrumento principal en la política estadounidense, a pesar de que el presidente Biden haya manifestado en su discurso en la Asamblea General de la ONU que es el último recurso a utilizar.

Consideramos que estas acciones confirman que la rivalidad estratégica con la RPCH enunciada en los principales documentos estadounidenses seguirá siendo el principal escenario de acción del gobierno asentado en Washington, aun cuando en algunos textos recientes no se exprese directamente.

30 septiembre 2021

 

BIBLIOGRAFIA

Joint Leaders Statement on AUKUS. Globalsecurity. September 16, 2021https://www.globalsecurity.org/military/library/news/2021/09/mil-210916-australia-pm04.htm?_m=3n%2e002a%2e3154%2eeg0ao0644z%2e2x6b
Office of the Under Secretary of Defense (Comptroller)/ Chief Financial Officer. Defense Budget Overview. Washington, May 2021https: //comptroller.defense.gov/Portals/45/Documents/defbudget/FY2022/FY2022_Budget_Request_Overview_Book.pdf

The White House, Remarks by President Biden, Prime Minister Morrison of Australia and Prime Minister Johnson of the United Kingdom. Washington, September 15, 2021https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2021/09/15/ remarks-by-president-biden-prime-minister-morrison-of-australia-and-prime-minister-johnson-of-the-united-kingdom-announcing-the-creation-of-aukus/

The White House. Remarks by President Biden Before the 76th Session of the United Nations General Assembly. New York, SEPTEMBER 21, 2021https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2021/09/21/ remarks-by-president-biden-before-the-76th-session-of-the-united-nations-general-assembly/

The White House. Remarks by Vice President Harris in Press Conference in Hanoi, Vietnam. Hanoi, AUGUST 26, 2021https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2021/08/26/remarks-by-vice-president-harris-in-press-conference-in-hanoi-vietnam/

The White House. National Security Strategy of United States of America. Washington, December 2017, (https://www.whitehouse.gov/wp-content /uploads/ 2017/12/NSS-Final-12-18-2017-0905.pdf)

The White House. Interim National Security Strategic Guidance. Washington, March 2021. (https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2021/03/NSC-1v2.pdf)

The White House Remarks by President Biden, Prime Minister Morrison, Prime Minister Modi, and Prime Minister Suga at Quad Leaders Summit, Washington, SEPTEMBER 24, 2021https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2021/09/24/remarks-by-president-biden-prime-minister-morrison-prime-minister-modi-and-prime-minister-suga-at-quad-leaders-summit/

The White House. Joint Statement from Quad Leaders, Washington, SEPTEMBER 24, 2021 (https://www.whitehouse.gov/briefing-room/statements-releases/2021/09/24/joint-statement-from-quad-leaders/)

Publicado enInternacional
Jueves, 30 Septiembre 2021 05:19

El subimperialismo en Medio Oriente

El subimperialismo en Medio Oriente

Turquía, Arabia Saudita e Irán disputan primacía en un novedoso contexto de protagonismo regional en las tensiones de Medio Oriente. Esa gravitación es registrada por muchos analistas, pero la conceptualización de ese rol exige recurrir a una noción introducida por los teóricos marxistas de la dependencia.

El subimperialismo se aplica a estos casos y contribuye a esclarecer la peculiar intervención de esos países en el traumático escenario de la zona. La categoría es pertinente y común en múltiples planos, pero también presenta tres significados muy singulares.

Características y singularidades

El subimperialismo es una modalidad paralela y secundaria del imperialismo contemporáneo. Se verifica en las potencias medianas que mantienen un significativo distanciamiento de los centros del poder mundial. Esos países desenvuelven contradictoras relaciones de convergencia y tensión con las fuerzas hegemónicas de la geopolítica global. Turquía, Arabia Saudita e Irán se amoldan a ese perfil.

Los subimperios despuntaron en la posguerra junto a la mayoritaria extinción de las colonias y la creciente transformación de las semicolonias. El ascenso de las burguesías nacionales en los países capitalistas dependientes modificó sustancialmente el status de esas configuraciones.

En el segmento superior de la periferia irrumpieron modalidades subimperiales, en sintonía con el contradictorio proceso de persistencia mundial de la brecha centro-periferia y la consolidación de ciertos segmentos intermedios. El principal teórico de esa mutación describió en los años 60 los principales rasgos del nuevo modelo, observando la dinámica de Brasil (Marini, 1973).

El pensador latinoamericano situó el surgimiento de los subimperios, en un contexto internacional signado por la supremacía de Estados Unidos, en tensión con el denominado bloque socialista. Resaltó el alineamiento de esas formaciones con la primera potencia en la guerra fría contra la URSS. Pero también destacó que los gobernantes de esos países hacían valer sus propios intereses. Desarrollaban cursos autónomos y a veces conflictivos con el mandante norteamericano.

Esa relación de asociación internacional y poder regional propio se afianzó como una característica posterior del subimperialismo. Los regímenes que adoptan ese perfil mantienen lazos contrapuestos con Washington. Por un lado asumen posturas de estrecha imbricación y al mismo tiempo exigen un trato respetuoso.

Esa dinámica de subordinación y conflicto con Estados Unidos se sucede con imprevisible velocidad. Regímenes que parecían marionetas del Pentágono se embarcan en díscolos actos de autonomía y países que actuaban con gran independencia se someten a las órdenes de la Casa Blanca. Esta oscilación es un rasgo del subimperialismo, que contrasta con la estabilidad prevaleciente en los imperios centrales y en sus variedades alterimperiales.

Las potencias regionales que adoptan un perfil subimperial recurren al uso de la fuerza militar. Utilizan ese arsenal para afianzar los intereses de las clases capitalistas de sus países, en un acotado radio de influencia. Las acciones bélicas apuntan a disputar el liderazgo zonal con los competidores del mismo porte.

Los subimperios no actúan en el orden planetario y no comparten las ambiciones de dominación global de sus parientes mayores. Restringen su esfera de acción al ámbito regional, en estricta sintonía con la limitada influencia de los países medianos. El interés por los mercados y los beneficios es el principal motor de las políticas expansivas y las incursiones militares.

La gravitación alcanzada en las últimas décadas por las economías intermedias explica ese correlato subimperial, que no existía en la era clásica del imperialismo a principio del siglo XX. Solo en el período posterior de posguerra despuntó esa incidencia de las potencias intermedias, que ha cobrado mayor contundencia en la actualidad.

En Medio Oriente la rivalidad geopolítico-militar entre actores de la propia región ha sido precedida por cierto desarrollo económico de esos jugadores. La era neoliberal acentuó la depredación internacional del petróleo, la desigualdad social, la precarización y el desempleo en toda la región. Pero consolidó también a diversas clases capitalistas locales, que operan con mayores recursos y no disimulan sus apetitos de ganancias superiores.

Este interés por el lucro motoriza el engranaje subimperial, entre países igualmente situados en el casillero intermedio de la división internacional del trabajo. Turquía, Arabia Saudita e Irán merodean por esa inserción, sin aproximarse al club de las potencias centrales.

Comparten la misma ubicación mundial que otras economías intermedias, pero complementan su presencia en ese ámbito con impactantes incursiones militares. Esa extensión de las rivalidades económicas al terreno bélico es determinante de su especificidad subimperial (Katz, 2018: 219-262).

Actualidad y raíces

El subimperialismo es una noción útil para registrar el sustrato de rivalidad económica que subyace en numerosos conflictos de Medio Oriente. Permite notar ese interés de clase, en contraposición a los diagnósticos centrados en disputas por la primacía de alguna vertiente del islam. Esas interpretaciones en términos religiosos obstruyen la clarificación de la motivación real de los crecientes choques.

Los negocios en pugna entre Turquía, Arabia Saudita o Irán explican el carácter singular que adopta el subimperialismo en esos países. En los tres casos actúan gobiernos belicosos al comando de estados gestionados por burocracias militarizadas. Todos utilizan los credos religiosos para afianzar su poder y conquistar mayores porciones de recursos en disputa. Los subimperios han buscado capturar en Siria los botines generados por el desguace del territorio y la misma competencia se verifica en Libia por el reparto del petróleo. Participan allí de las mismas pulseadas que dirimen las grandes potencias.

En el plano geopolítico los subimperios de Turquía y Arabia Saudita actúan en sintonía con Washington, pero sin participar en las decisiones de la OTAN, ni en las definiciones del Pentágono. Se distinguen de Europa en el primer terreno y de Israel en el segundo. No intervienen en la determinación de la batalla que libra el imperialismo estadounidense para recuperar hegemonía frente al desafío de China y Rusia. Su acción se restringe a la órbita regional. Mantienen contradictorias relaciones con el poder norteamericano y no aspiran al reemplazo de los grandes dominadores del planeta.

Pero su intervención regional es mucho más relevante que la exhibida por sus pares de otras latitudes. En América Latina o en África no se observan acciones subimperiales del mismo porte. El subimperialismo empalma en Medio Oriente con antiguas raíces históricas del imperio otomano y persa. Esa conexión con cimientos de larga data no es muy corriente en el resto de la periferia.

Las rivalidades entre potencias incluyen, en este caso, un fundamento que retoma la antigua competencia entre dos grandes imperios pre-capitalistas. No sólo la animosidad entre otomanos y persas se remonta al siglo XVI. También las tensiones de este último conglomerado con los sauditas (chiitas versus wahabitas) arrastra una larga historia de batallas por la supremacía regional (Armanian, 2019).

Esos grandes poderes locales no se diluyeron en la era moderna. Tanto el imperio otomano como el persa se mantuvieron en el siglo XIX, evitando que Medio Oriente fuera simplemente rematado (como África) por los colonialistas europeos. El desmoronamiento otomano a principio de la centuria posterior dio lugar a un estado turco que perdió su vieja primacía anterior, pero renovó su consistencia nacional. No quedó relegado al mero status de semicolonia.

Durante la república kemalista Turquía apuntaló un desarrollo industrial propio, que no tuvo el éxito del bismarkismo alemán o su equivalente japonés, pero moldeó a la clase capitalista intermedia que maneja el país (Harris, 2016). Un proceso de consolidación burgués semejante se verificó con la monarquía de los Palhevi en Irán.

Ambos regímenes participaron activamente en la guerra fría contra la URSS, para apuntalar sus intereses fronterizos contra el gigante ruso. Albergaron bases norteamericanas y siguieron el guión de la OTAN, pero reforzando sus propios dispositivos militares. El subimperialismo arrastra, por lo tanto, viejos fundamentos en ambos países y no es una improvisación del escenario actual.

Ese concepto aporta un criterio para entender los conflictos en curso, superando la vaga noción de “choques entre imperios”, que no distingue a los actores globales de sus equivalentes regionales. Los subimperios mantienen una diferencia cualitativa con sus pares mayores, que desborda la simple brecha de la escala. Adoptan roles y cumplen funciones muy distintas al imperialismo dominante y sus socios.

Rivalizan además entre sí con cambiantes alineamientos externos y en conflictos de enorme intensidad. Por la magnitud de esos choques algunos analistas registran la presencia de una nueva “guerra fría interárabe” (Conde, 2018). Pero cada uno de los tres casos actuales presenta rasgos muy específicos.

El prototipo de Turquía

Turquía es el principal exponente del subimperialismo en la región. Varios marxistas han discutido ese status, en polémicas con el contrapuesto diagnóstico semicolonial (Güneş, 2019). Remarcaron los signos de autonomía del país frente a la visión que subraya la intensa dependencia hacia Estados Unidos.

En ese debate se ha resaltado correctamente la obsolescencia del concepto de semicolonia. Ese status constituía una característica de principios del siglo XX, que perdió peso con la oleada posterior de independencias nacionales. A partir de allí la sujeción económica ganó preeminencia sobre la dominación explícitamente política.

El despojo sufrido por la periferia en las últimas décadas no alteró ese nuevo patrón introducido por la descolonización. La dependencia asume otras modalidades en la época actual y la noción de semicolonia resulta inadecuada para caracterizar a las economías medianas o a los países de larga tradición política autónoma como Turquía.

El status subimperial de ese país se verifica en su política regional de expansión externa y en la contradictoria relación que mantiene con Estados Unidos. Turquía es ciertamente un eslabón de la OTAN y alberga en la base de İncirlik un monumental arsenal nuclear bajo custodia del Pentágono. Las bombas almacenadas en esa instalación permitirían destruir a todas las regiones aledañas (Cigan, 2021).

Pero son muy numerosas las acciones que Ankara desarrolla por su propia cuenta sin consultar al tutor estadounidense. Adquiere armamento ruso, discrepa con Europa, despliega tropas en forma inconsulta en varios países y rivaliza en muchos negocios con Washington.

Este rol de Turquía como potencia autónoma ha sido reconocido de hecho por Estados Unidos como un dato del ajedrez regional. Distintos mandatarios de la Casa Blanca toleraron las aventuras de Ankara sin contraponer ningún veto. Hicieron la vista gorda a la anexión del norte de Chipre en 1974 y permitieron la persecución de las minorías entre 1980-1983.

Turquía no desafía al mandante norteamericano, pero aprovecha las derrotas de Washington para escalar sus propias acciones. Erdogan ha concertado varias alianzas con los rivales de Estados Unidos (Rusia e Irán) para impedir la constitución de un estado kurdo.

Los virajes de ese mandatario ilustran una típica conducta subimperial. Hace una década inauguró un proyecto de islamismo neoliberal enlazado con la OTAN y orientado al empalme con la Unión Europea. Este rumbo era presentado por Washington como un modelo de modernización de Medio Oriente. Pero en los últimos años los voceros del Departamento de Estado cambiaron drásticamente de opinión. Pasaron del elogio a la crítica y en lugar de ponderar un régimen político afín comenzaron a denunciar a una tiranía hostil.

Ese giro en la calificación norteamericana de su controvertido socio acompañó los virajes de Turquía. Erdogan mantuvo el equilibrio de su política exterior, mientras manejaba con cierta holgura las tensiones internas. Pero se despistó con operaciones fuera de sus fronteras cuando perdió el control del rumbo local. El detonante fue la oleada democratizadora de la primavera árabe, el levantamiento kurdo y el ascenso de las fuerzas progresistas.

Erdogan respondió con violencia contrarrevolucionaria al desafío de la calle (2013), a las victorias de los kurdos y al avance de la izquierda (2015). Optó por un virulento autoritarismo represivo. Aunó fuerzas con variantes seculares reaccionarias y lanzó una contraofensiva con banderas nacionalistas (Uslu, 2020). Con ese estandarte persigue opositores, encarcela activistas y gestiona un régimen lindante con la dictadura civil (Barchard, 2018). Su comportamiento encaja con el perfil autoritario que predomina en todo Medio Oriente.

En muy pocos años transformó su inicial islamismo neoliberal en un amenazante régimen derechista, que desguarneció a la oposición burguesa. Las clases dominantes finalmente avalaron a un presidente que desplazó a la vieja elite secular kemalista y excluyó del poder a los sectores más pro-norteamericanos.

Aventuras externas, autoritarismo interno

Erdogan optó por un rumbo pro-dictatorial luego de la frustrada experiencia de su colega Morsi. El proyecto de islamismo conservador de los Hermanos Musulmanes fue demolido en Egipto por el golpe militar de Sisi. Para evitar un destino semejante, el presidente turco reactivó las operaciones bélicas externas.

Ese rumbo militarista también incluye un perfil ideológico más autónomo de Occidente. Los discursos oficiales exaltan la industria nacional y convocan a expandir los intercambios comerciales multilaterales, para consolidar la independencia de Turquía. Esa retórica es intensamente utilizada para denunciar las posturas “antipatrióticas” de la oposición. Sin abandonar la OTAN, ni cuestionar a Estados Unidos, Erdogan se ha distanciado de la Casa Blanca.

Esa autonomía generó serios conflictos con Washington. Turquía instauró un "cinturón de seguridad" con Irak, afianzó la presencia de sus tropas en Siria, envío efectivos a Azerbaiyán y ensaya alianzas con los talibanes de Afganistán. Estas aventuras -parcialmente financiada por Qatar y solventadas con recursos extraídos de Trípoli- presentan hasta ahora un alcance limitado. Son operativos de bajo costo económico y alto beneficio político. Permiten distraer la atención interna y justificar la represión, pero desestabilizan la relación con Estados Unidos.

Erdogan refuerza el protagonismo de las fuerzas armadas, que han sido desde 1920 el principal instrumento de modernización autoritaria del país. El subimperialismo turco se asienta en esa tradición belicista, que uniformó coercitivamente a la nación mediante la imposición de una religión, un idioma y una bandera. Esos estandartes son ahora retomados, para ampliar la presencia externa y conquistar los mercados aledaños. Una variante más salvaje de ese nacionalismo fue utilizado en el pasado para exterminar armenios, expulsar griegos y forzar la asimilación lingüística de los kurdos.

El presidente de Turquía preserva ese legado con el nuevo formato de la derecha islamista. Alienta sueños expansivos y exporta contradicciones internas con tropelías en el exterior. Pero actúa a favor de los grupos capitalistas que controlan las nuevas industrias medianas exportadoras. Esas fabricas localizadas en las provincias han motorizado el crecimiento de las últimas tres décadas.

Como Turquía importa el grueso de su combustible y exporta manufacturas, la geopolítica subimperial intenta apuntalar el desarrollo fabril. La agresividad de Ankara en el norte de Irak, el Mediterráneo Oriental y el Cáucaso sintoniza con el apetito de nuevos mercados que exhibe la burguesía industrial islamista.

La prioridad de Erdogan es el aplastamiento de los kurdos. Por eso buscó socavar todas las tratativas que consagraban en Siria el establecimiento de una zona bajo control de esa minoría. Intentó varias ofensivas militares para destruir ese enclave, pero terminó avalando el status quo de una frontera atosigada de refugiados.

Erdogan no ha logrado contrarrestar la autonomía que el gobierno sirio concedió a las organizaciones kurdas (PYP-UPP). Esas fuerzas logaron repeler el asedio de Kobanî en 2014-2015, derrotaron a las bandas yihadistas y ratificaron sus éxitos de Rojava. El presidente turco no logra digerir esos resultados.

La estrategia norteamericana de sostener parcialmente a los kurdos -para crear instalaciones del Pentágono en sus territorios- acentuó el distanciamiento de Ankara con Washington. El Departamento de Estado utiliza en forma muy cambiante a los kurdos como prenda de negociación con el díscolo mandatario. Obama apuntaló a esa minoría, Trump retrajo los apoyos sin cortarlos y Biden aún no definió cuál será su línea de intervención. Pero en todos los escenarios Erdogan ha puesto de manifiesto que no acepta el lugar de satélite servil que le asigna la Casa Blanca.

Las tensiones entre ambos gobiernos se profundizaron por los intereses contrapuestos en el reparto de Libia. Para colmo, Erdogan desafió al Departamento de Estado con una compra de misiles rusos, que provocó la cancelación de inversiones estadounidenses.

El punto culminante del conflicto fue el fallido golpe de estado del 2016. Washington emitió varias señales de aprobación a una asonada que estalló en zonas próximas a las bases de la OTAN. Esa conspiración fue auspiciada por un pastor refugiado en Estados Unidos (Gulen), que lidera el sector más occidentalista del establishment turco. Erdogan descabezó de inmediato a todos los militares afines a ese sector. El fracasado golpe indicó hasta qué punto Estados Unidos aspira a imponer un gobierno títere en Turquía (Petras, 2017). En su respuesta Erdogan reafirmó su resistencia a la obediencia que exige la Casa Blanca.

Ambivalencias y rivales

El subimperialismo turco equilibra la permanencia en la OTAN con las aproximaciones a Rusia. Por eso Erdogan comenzó su mandato como un estrecho aliado de Estados Unidos y luego se involucró en el rumbo opuesto (Hearst, 2020).

En la guerra de Siria estuvo enfrentado con Rusia y escaló un gran choque cuando derribó un avión militar de ese país. Pero posteriormente retomó las relaciones con Moscú e incrementó la adquisición de armamento (Calvo, 2019). También tomó distancia de los principales peones de la OTAN (Bulgaria, Rumania) y negoció un gasoducto submarino para exportar combustible ruso a Europa sin pasar por Ucrania (TurkStream).

Putin es plenamente consciente de la escasa confiabilidad de un mandatario que entrena fuerzas azerbaiyanas en conflicto con Rusia. No olvida que Turquía integra la OTAN y alberga el mayor arsenal nuclear próximo a Rusia. Pero apuesta a negociar con Ankara la disuasión de una flota norteamericana permanente en el Mar Negro.

Las tensiones con Europa son igualmente significativas. Erdogan presiona a Bruselas para recibir aportes millonarios, a cambio de retener a los refugiados sirios en sus propias fronteras. Siempre amenaza con inundar el Viejo Continente con esa masa de desamparados, si Europa sube el tono de sus cuestionamientos al gobierno turco o retacea los fondos para el sostenimiento de esa marea humana.

A nivel regional Turquía confronta ante todo con Arabia Saudita. Los dos países enarbolan estandartes islámicos divergentes, dentro del propio conglomerado sunita. Erdogan difundió un perfil de islamismo liberal en contraste con la severidad del wahabismo saudita, pero no ha podido sostener esa imagen por el feroz comportamiento de sus propios gendarmes.

Los conflictos con Arabia Saudita se concentran en Qatar, que es el único emirato del Golfo aliado con Turquía. La monarquía saudita ha intentado encuadrar a ese díscolo mini-estado con varios complots. Pero no logró repetir la exitosa conspiración que destronó a Morsi en El Cairo, sepultando la principal apuesta geopolítica de Ankara en la región.

El otro rival estratégico de Turquía es Irán. La disputa incluye en este caso, un contrapunto de adhesiones religiosas diferenciadas entre vertientes sunitas y chiitas del islamismo. La confrontación entre ambos escaló en Irak, con la frustrada expectativa turca de conquistar alguna zona afín en ese territorio. Esa pretensión chocó con la continuada primacía de los sectores pro-iraníes. Erdogan hace valer igualmente su presencia, a través de las tropas afincadas en la frontera para doblegar a los kurdos.

El vaivén ha sido la nota dominante del subimperialismo turco. Estas oscilaciones fueron muy visibles en Siria. Erdogan intentó primero tumbar a su viejo competidor Assad, pero encaró un abrupto viraje hacia el sostenimiento de ese gobierno, cuando avizoró la peligrosa perspectiva de un estado kurdo.

Ankara albergó primero al Ejército Libre Sirio para crear un régimen afín en Damasco y chocó luego con los yihadistas, que Arabia Saudita envió con el mismo propósito. Finalmente ha creado una zona tapón en la frontera de Siria para utilizar a los refugiados como moneda de cambio, mientras entrena a sus propios bandoleros.

En otras áreas Turquía entreteje el mismo tipo de contradictorias alianzas. En Libia tomó partido por la fracción de Sarraj contra Haftar, en una coalición con Qatar e Italia contra Arabia Saudita, Rusia y Francia. Envió paramilitares y fragatas para lograr una mayor tajada en los contratos petroleros y ha resuelto erigir una base militar en Trípoli, para disputar su parte en el gas del Mediterráneo. Con el mismo propósito refuerza su presencia en la porción de Chipre bajo su influencia y rivaliza por esos yacimientos con Israel, Grecia, Egipto y Francia.

Las avanzadas subimperiales de Turquía se verifican también zonas más alejadas como Azerbaiyán, donde Ankara restableció lazos con las minorías de origen turco. Suministró armas a la dinastía de los Aliyev en Bakú y apuntaló los territorios ganados el año pasado en los enfrentamientos bélicos de Nagorno-Karabaj. El añorado expansionismo otomano cobra fuerza incluso en regiones más remotas. Turquía entrenó al ejército somalí, despachó un contingente a Afganistán y amplió su presencia en Sudán.

Pero Ankara cuenta con poco margen para jugar esas partidas geopolíticas. A lo sumo puede intentar sostener su autonomía en el rediseño de Medio Oriente. Su habitual oscilación expresa una combinación de arrogancia e impotencia, derivada de la fragilidad económica del país.

Las ambiciones militaristas externas requerirían una fortaleza productiva que Turquía no detenta. Los abultados pasivos financieros del país coexisten con un déficit comercial y un desbalance fiscal, que desatan periódicas convulsiones cambiarias y bursátiles (Roberts, 2018). Esa inconsistencia económica recrea, a su vez, la división entre los sectores atlantistas y euroasiáticos de las clases dominantes, que privilegian negocios en áreas geográficas contrapuestas.

Erdogan ha intentado unificar esa diversidad de intereses, pero sólo consiguió un equilibrio transitorio. Ha impuesto cierta reconciliación entre las elites seculares de la gran burguesía con el ascendente capitalismo del interior. Logró morigerar los desequilibrios estructurales de la economía turca, pero está muy lejos de poder corregirlos. Comanda un subimperio económicamente débil para las ambiciones geopolíticas que alienta. Por eso motoriza aventuras con abruptos repliegues, enredos y volteretas.

El potencial modelo saudita

Arabia Saudita no cuenta con antecedentes subimperiales, pero se encamina hacia esa configuración. Ha sido un sostén tradicional de la dominación estadounidense en Medio Oriente, pero la acumulación de rentas, las aventuras belicistas y las rivalidades con Turquía e Irán empujan al reino hacia ese conflictivo club.

Ese curso introduce mucho ruido en la relación privilegiada de la monarquía wahabita con el Pentágono. Arabia Saudita es la primera importadora de armas del mundo (12% del total) y destina el 8,8% de su PIB a la defensa. Estados Unidos coloca en la región el 52% de sus exportaciones bélicas totales y provee el 68% de las compras de los sauditas. Cada contrato suscripto entre ambos países tiene correlatos directos en inversiones norteamericanas. La monarquía wahabita aporta un sostén estratégico a la supremacía financiera de la divisa norteamericana.

Por la decisiva gravitación de esa élite arábiga, todos los mandatarios de la Casa Blanca han buscado armonizar la incidencia de lobby sionista con su equivalente saudita. Trump logró un punto máximo de equilibrio al aproximar ambos países a un eventual establecimiento de relaciones diplomáticas (Alexander, 2018).

El entrelazamiento estadounidense con la dinastía saudita se remonta a la posguerra y al protagonismo de esa monarquía en las campañas anticomunistas. Los jeques se involucraron en incontables acciones contrarrevolucionarias, para contener la irrupción de repúblicas en toda la región (Egipto-1952, Irak-1958, Yemen-1962, Libia-1969, Afganistán-1973). Cuando el Shah de Irán fue tumbado, los reyes wahabitas asumieron un papel más directo en la defensa del orden reaccionario en el mundo árabe.

Ese regresivo rol fue nuevamente visible durante la primavera árabe de la última década. El gendarme saudí y sus huestes yihadistas encabezaron todas las incursiones para aplastar esa rebelión.

Pero al cabo de muchos años de manejo de un excedente petrolero gigantesco, los monarcas de Riad han creado también un poder propio, asentado en la renta que generan los yacimientos de la península. Esos caudales enriquecieron a los emiratos organizados en el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), que consolidó un centro de acumulación para coordinar el uso de ese excedente.

En esa administración el viejo entramado semifeudal saudita adoptó modalidades más contemporáneas de rentismo, compatibles con el manejo despótico del estado. Las pocas familiares que monopolizan los negocios utilizan el poder monárquico para impedir la presencia de competidores. Pero el descomunal volumen de riquezas que gestionan, acrecienta las rivalidades por el control del Palacio y el consiguiente tesoro petrolero (Hanieh, 2020).

El poder económico de Riad ha incentivado las ambiciones geopolíticas de la monarquía y las incursiones de los militares sauditas, colocando al país en el sendero del subimperialismo.

Este curso ha sido acertadamente interpretado por los autores que aplican el concepto de Marini al actual perfil de Arabia Saudita. Retratan cómo ese reinado cumple con los tres requisitos señalados por el teórico brasileño, para identificar la presencia de ese status. El régimen wahabita motoriza activamente la inversión extranjera directa en las economías aledañas, mantiene una política de cooperación antagónica con el dominador norteamericano y despliega un manifiesto expansionismo militar (Sánchez, 2019).

El Cuerno de África es la zona privilegiada por los monarcas para esa intervención. Extendieron a esa región todas las disputas de Medio Oriente y dirimen allí quién controla el Mar Rojo, las conexiones de Asia con África y el transporte de los recursos energéticos consumidos por Occidente.

Los gendarmes sauditas participan activamente en las guerras que han devastado a Somalia, Eritrea y Sudán. Comandan el despojo de los recursos y el empobrecimiento de las poblaciones de esos países. Las brigadas que envía Riad demuelen estados para acrecentar el lucro del capital saudí en negocios de agricultura, turismo y finanzas.

De las regiones supervisadas por los monarcas proviene, además, una significativa porción de la fuerza de trabajo explotada en la península arábiga. Los inmigrantes sin derechos conforman entre el 56% y el 82% de la masa laboral de Arabia Saudita, Omán, Bahréin y Kuwait. Esos asalariados no pueden desplazase sin permiso y están sujetos al chantaje de expulsión y consiguiente corte de las remesas. En esa estratificada división del trabajo -en torno al género, la etnia y la nacionalidad- se asienta una monumental remisión de fondos desde esa región al exterior.

Las aspiraciones de primacía regional saudita confrontan con el protagonismo logrado por los ayatolás de Irán. Desde la ruptura de relaciones diplomáticas en el 2016, las tensiones entre ambos regímenes se han procesado a través de los choques militares, entre los aliados de ambos bandos. Esa confrontación ha sido particularmente sangrienta en Yemen, Sudán, Eritrea y Siria.

La actual disputa saudí-iraní retoma, a su vez, el divorcio entre dos procesos históricos disimiles de regresión feudal e incompleta modernización. Esa bifurcación moldeó las configuraciones estatales diferenciadas de ambos países (Armanian, 2019a).

Esa disparidad de trayectorias ha desembocado, además, en cursos capitalistas igualmente contrapuestos. Mientras Riad emerge como un centro internacionalizado de acumulación del Golfo, Teherán comanda un modelo auto-centrado de recuperación económica gradual. Esa diferencia se traduce cursos geopolíticos muy divergentes.

El peligroso descontrol de la teocracia

Los reyes sauditas encabezan el sistema político más oscurantista y opresivo del planeta. Ese régimen funciona desde los años 30´, mediante un compromiso entre la dinastía gobernante y una capa de clérigos retrógrados que supervisa la vida cotidiana de la población. Una división especial de la policía tiene atribuciones para azotar a las personas que permanecen en la calle a la hora de la oración. Ese modelo retrata una modalidad acabada de totalitarismo.

La prensa estadounidense cuestiona periódicamente el descarado sostén occidental de esa clique medieval y se congratula con las reformas cosméticas que prometen los monarcas. Pero en los hechos, ningún presidente norteamericano está dispuesto a distanciarse de un reinado tan impresentable como imprescindible, para la dominación de la primera potencia.

El principal problema de un régimen tan cerrado es la potencial explosividad de sus tensiones internas. Como todos los canales de expresión están clausurados, el descontento irrumpe con actos revulsivos. Esa impronta tuvo el estallido de 1979 en La Meca y el mismo efecto produjo el protagonismo de Bin Laden. Este personaje de la capa teocrática acumuló los típicos resentimientos de un sector desplazado y canalizó ese despecho hacia el padrino estadounidense (Achcar, 2008; cap 2).

La política imperial norteamericana debe lidiar también con las peligrosas aventuras externas de la teocracia gobernante. Los jeques que administran la principal reserva petrolera del planeta han sido fieles vasallos del Departamento de Estado. Pero en los últimos años asumieron apuestas propias, que Washington observa con gran temor.

Los monarcas ambicionan confluir en una alianza con Egipto e Israel para controlar un vasto territorio. Esa mortífera expansión ya encendió muchos polvorines que complican a los propios agresores.

Las tensiones escalaron a un punto crítico desde que el príncipe Bin Salman se alzó con el trono de Riad (2017) y puso en práctica su descontrolada violencia. Maneja la incuantificable fortuna de la monarquía con total discrecionalidad y alocadas ambiciones de poder regional.

Acrecentó primero su control del sistema político confesional, con una sucesión de purgas internas que incluyeron encarcelamientos y apropiaciones de riquezas ajenas. Posteriormente se embarcó en varios operativos militares para disputar poder geopolítico. Comanda la devastadora guerra del Yemen, amenaza a sus vecinos de Qatar, rivaliza con Turquía en Siria y exhibió un insólito grado de interferencia en el Líbano, al chantajear con el secuestro del presidente de ese país. Bin Salman está decidido a subir la apuesta bélica contra el régimen de Irán, especialmente luego de la derrota de sus milicias en Siria.

Las matanzas en Yemen encabezan la andanada saudita. La realeza arremetió contra ese país para capturar los pozos petroleros aún inexplorados de la península arábiga. Al cabo de muchas décadas de frenética extracción, los yacimientos tradicionales comienzan a enfrentar ciertos límites, que inducen a buscar otras vetas de abastecimiento. Riad pretende asegurar su primacía, con el acceso directo a los tres cruces estratégicos de la zona (Estrecho de Ormuz, Golfo de Adán y Bab el- Mandeb). Por eso rechazó la reunificación de Yemen y buscó romper a ese país en dos mitades (Armanian, 2016).

Pero la sangrienta batalla de Yemen se ha convertido en una trampa. La dinastía saudita afronta allí un pantano semejante al padecido por Estados Unidos en

Afganistán. Ha provocado la mayor tragedia humanitaria de la última década sin conseguir el control del país. No logra doblegar la resistencia, ni disuadir los ataques en su propia retaguardia. Los impactantes bombardeos con drones al corazón petrolero de Arabia Saudita ilustran la dimensión de esa adversidad.

Se ha demostrado que la alta tecnología en el uso de los misiles es un arma de doble filo cuando los enemigos descifran su manejo. La única respuesta de Riad ha sido acentuar el cerco alimentario y sanitario con muertos de hambruna al por mayor y 13 millones de afectados por epidemias de distinto tipo.

Esos crímenes son ocultados en la presentación corriente de esa guerra como una confrontación entre súbditos de Arabia Saudita e Irán. El sostén que aporta Teherán a la resistencia contra Riad, no es el factor determinante de un conflicto derivado del apetito expansivo de la monarquía.

Esa ambición explica también el ultimátum a Qatar, que estableció una alianza con Turquía. La monarquía wahabita no tolera esa independencia, ni la equidistancia con Irán o la variedad de posturas que exhibe la cadena Al Jazzera (Cockburn, 2017).

Los qataríes albergan una estratégica base norteamericana, pero han concertado importantes acuerdos energéticos con Rusia, mantienen intercambios con la India y no participan en la “OTAN sunita” que fomenta Riad (Glazebrook, 2017). Lograron, además, disfrazar su opresivo régimen interno con un operativo de “sportwashing” que los transformó en un gran auspiciante del futbol europeo. Bin Salman no ha podido lidiar con ese adversario y algunos analistas advierten que tiene en carpeta una operación militar para forzar el sometimiento de sus vecinos (Symonds, 2017).

Al borde del precipicio

El intervencionismo del príncipe saudita se afianza a un ritmo vertiginoso. En Egipto consolida su influencia multiplicando el financiamiento de la dictadura de Sisi. En Libia sostiene a la fracción de Haftar contra el rival que apadrina Ankara y espera la correspondiente retribución en contratos.

El monarca apuntala en Irak las contraofensivas de las fracciones sunitas para erosionar la primacía de Irán. Ese apoyo incluye el incentivo de masacres y guerras religiosas. En Siria buscó crear un califato sometido a Riad y enemistado con Ankara y Teherán. El fanatismo bélico del monarca se ha corporizado en la red de mercenarios que reclutó a través de la denominada “Alianza Militar Islámica”.

Arabia Saudita es una guarida internacional de los yihadistas que el Pentágono apadrinó con gran entusiasmo inicial. Pero los monarcas utilizan cada vez más a esos grupos como tropa propia, sin consultar a Estados Unidos y a veces en contrapunto con Washington.

En Somalia, Sudán y algunos países africanos la coordinación con el mandante norteamericano se quebró. Nunca se ha clarificado, además, el significado de los atentados de una organización como Al Qaeda, que contaba con el visto bueno de la monarquía. Las acciones terroristas de los yihadistas como fuerza transfronteriza son frecuentemente indescifrables y suelen desestabilizar a Occidente.

Ese descontrol chocó con la estrategia de Obama de aquietar las tensiones de la región, mediante sintonías con Turquía y tratativas con Irán. Trump apostó, en cambio, a favor del príncipe Salman con mayores ventas de armas, encubrimientos de masacres y convergencias con Israel.

Pero las imprevisibles acciones del monarca han generado crisis mayúsculas. El salvajismo que exhibió con el descuartizamiento del opositor Khashoggi desató un escándalo que no ha cicatrizado. El periodista era un fiel servidor de la monarquía, que posteriormente estrechó vínculos con los liberales de Estados Unidos. Trabajaba para el Washington Post y destapó datos de la criminalidad imperante bajo el régimen saudita.

El arrogante príncipe optó por asesinarlo en la propia embajada de Turquía y quedó expuesto como un vulgar criminal, cuando el presidente Erdogan transparentó el caso para su propia conveniencia. Trump hizo lo imposible para encubrir a su socio con algún cuento de alocados asesinos, pero no pudo ocultar la responsabilidad directa del joven reyezuelo.

Ese episodio retrató el carácter inmanejable de un mandatario aventurero, que con el ocaso de Trump perdió sostén directo en la Casa Blanca. Ahora Biden anunció un nuevo rumbo, pero sin aclarar cuál será ese sendero. Mientras tanto pospone la apertura de los archivos secretos que esclarecerían la relación de las cúpulas sauditas con el atentado a las Torres Gemelas.

En el establishment norteamericano se han multiplicado las prevenciones contra un aventurero, que dilapidó parte de las reservas del reino en belicosas andanzas. La factura de la guerra del Yemen ya está a la vista en el agujero presupuestario, que aceleró los proyectos de privatización de la empresa estatal de petróleo y gas.

La teocracia medieval se ha convertido en un dolor de cabeza para la política exterior norteamericana. Algunos artífices de esa orientación propician cambios más sustanciales en la monarquía, pero otros temen el efecto de esas mutaciones sobre el circuito internacional de los petrodólares. Washington terminó perdiendo la fidelidad de muchos países que aligeraron sus dictaduras o atemperaron sus reinados.

Esas disyuntivas no tienen soluciones preestablecidas. Nadie sabe si las acciones de Bin Salman son más peligrosas que su reemplazo por otro príncipe del mismo linaje. La existencia de un gran reinado en el entramado de los mini-estados que componen las dinastías del Golfo aporta más solidez, pero también mayores riesgos para la política imperialista.

Por esa razón los asesores de la Casa Blanca discrepan a la hora de auspiciar políticas de centralización o balcanización de los vasallos de Washington. En ambas opciones el deslizamiento de Arabia Saudita hacia un sendero subimperial entraña conflictos con el dominador norteamericano.

Contradictoria reconstitución en Irán

El status subimperial actual de Irán es más controvertido y permanece irresuelto. Incluye varios elementos de esa performance, pero también contiene rasgos que cuestionan esa ubicación.

Hasta los años 80 el país era un modelo de subimperialismo y Marini lo presentó como un ejemplo análogo al prototipo brasileño. El Shah era el principal socio regional de Estados Unidos en la guerra fría contra la URSS, pero al mismo tiempo desarrollaba su propio poder en disputa con otros aliados del Pentágono.

La dinastía de los Palhevi afianzó esa gravitación autónoma mediante un proceso de modernización con parámetros de occidentalismo anticlerical. Apuntaló la expansión de las reformas capitalistas en sucesivos conflictos con la casta religiosa.

El monarca pretendía gestar un polo de supremacía regional distanciado del mundo árabe y sentó las bases para un proyecto subimperial, que reconectaba con la raíz histórica de las confrontaciones que tuvieron los persas con los otomanos y los sauditas (Armanian 2019b).

Pero el desplome del Shah y su reemplazo por la teocracia de los Ayatolás modificaron radicalmente el status geopolítico del país. Un subimperio autónomo -pero estructuralmente asociado con Washington- se transformó en un régimen sacudido por la tensión permanente con Estados Unidos. Todos los mandatarios de la Casa Blanca han buscado destruir al enemigo iraní.

Ese conflicto altera el perfil de un modelo que ya no cumple con uno de los requisitos de la norma subimperial. La estrecha convivencia con el dominador norteamericano ha desaparecido y ese cambio confirma el carácter mutable de una categoría, que no comparte la perdurabilidad de las formas imperiales.

Los choques con Washington han modificado el perfil subimperial precedente de Irán. La vieja ambición de supremacía regional ha quedado articulada con la defensa frente al acoso norteamericano. Todas las acciones externas del país apuntan a crear un anillo protector, ante las agresiones que el Pentágono coordina con Israel y Arabia Saudita. Teherán interviene en los conflictos en curso con ese propósito de salvaguardar sus fronteras. Opta por alianzas con los adversarios de sus enemigos y busca multiplicar los incendios en la retaguardia de sus tres peligrosos atacantes.

Esta impronta defensiva determina una modalidad muy singular de eventual resurgimiento subimperial de Irán. La búsqueda de supremacía regional coexiste con la resistencia al acoso externo, determinando un curso geopolítico muy peculiar.

Defensas y rivalidades

El expansionismo suave de Irán en las zonas de conflicto refleja esa contradictoria situación del país. El régimen de los Ayatolás ciertamente comanda una red reclutamiento chiita con milicias adscriptas a esa identidad en toda la región. Pero en sintonía con la impronta defensiva de su política, actúa con mayor cautela que sus adversarios yihadistas.

La principal victoria del régimen fue lograda en Irak. Consiguieron colocar al país bajo su mando, luego de la devastación perpetrada por los invasores yanquis. Ahora utilizan el control de ese territorio como un gran tapón defensivo, para desalentar los ataques que Washington y Tel Aviv retoman una y otra vez.

El mismo propósito disuasivo ha guiado la intervención de Teherán en la guerra de Siria. Sostuvo a Assad y se involucró directamente en acciones armadas, pero buscó afianzar un cordón de seguridad para sus propias fronteras. Las milicias del Hezbollah libanés actuaron como los principales artífices de ese cinturón amortiguador.

Los sangrientos choques en Siria se desenvolvieron como ensayos de la conflagración mayor que los sionistas imaginan contra Irán. Por eso Israel descargó sus bombardeos sobre los destacamentos chiitas.

Washington ha denunciado reiteradamente la “agresividad de Irán” en Siria, cuando en los hechos Teherán refuerza su defensa frente a la presión estadounidense. En esa resistencia logró resultados satisfactorios. Trump jugó sus cartas a las distintas incursiones de Israel, Arabia Saudita y Turquía y terminó perdiendo la batalla. Ese fracaso corrobora la adversidad general que afronta Washington. Al cabo de incontables arremetidas no pudo someter a Irán y la madre de todas las batallas continúa pendiente.

En un plano más acotado, Irán disputa primacía regional con Arabia Saudita en las guerras de los países vecinos. En Siria los yihadistas de Riad privilegiaron los asaltos contra tropas adiestradas por su rival y en Yemen la monarquía wahabita ataca a las milicias que sintonizan con Teherán. En Qatar, Líbano e Irak se verifica la misma tensión, que tiende a dirimirse en la disputa por el estrecho de Ormuz. El control de ese pasaje puede consagrar al ganador de la partida entre los Ayatolás y la principal dinastía del Golfo. Por esa ruta -que conecta a los exportadores de Medio Oriente con los mercados del mundo- circula el 30% del petróleo comercializado en todo el planeta.

Al igual que su adversario saudita, el régimen iraní utiliza el velo religioso para encubrir sus ambiciones (Armanian, 2019b). Enmascara la intención de acrecentar su poder económico y geopolítico, alegando la superioridad de los postulados chiitas frente a las normas sunitas. En los hechos, las dos vertientes del islamismo se amoldan a regímenes igualmente controlados por oscurantistas capas de clérigos.

La rivalidad con Turquía no presenta hasta ahora contornos tan dramáticos. Incluye desinteligencias que están a la vista en Irak, pero no alteran el status quo, ni asumen la peligrosidad del choque con los sauditas. El gobierno pro-turco de los Hermanos Musulmanes en Egipto mantenía los equilibrios regionales que ansía Irán. Por el contrario la tiranía -que actualmente apadrinan Washington y Riad- se ha transformado en otro adversario activo de Teherán.

Al igual que Turquía y Arabia Saudita, Irán ha expandido su economía y el gobierno busca amoldar ese crecimiento a una presencia geopolítica más descollante. Pero Teherán ha seguido un desenvolvimiento autárquico adaptado a la prioridad de la defensa y a la resistencia del acoso externo. Las exportaciones petroleras han sido utilizadas para apuntalar un esquema que mixtura el intervencionismo estatal con el fomento de los negocios privados.

Todos los avances geopolíticos han sido transformados por la elite gobernante en esferas de lucro, manejadas por grandes empresarios asociados con la alta burocracia estatal. El control de Irak abrió un inesperado mercado para la burguesía iraní, que ahora también disputa el negocio de la reconstrucción de Siria.

En el tablero entre Irán y sus rivales hay numerosas incógnitas. Los Ayatolás han ganado y perdido batallas fuera de su país y afrontan disyuntivas económicas muy difíciles. La cúpula clerical-militar gobernante que prioriza el negocio petrolero debe lidiar con la desconexión financiera internacional que ha impuesto Estados Unidos. El régimen perdió la cohesión del pasado y debe definir respuestas frente a la decisión israelí de evitar la conversión del país en una potencia atómica.

Las dos principales alas del oficialismo impulsan estrategias diferenciadas de mayor negociación o creciente pulseada bélica. El primer rumbo prioriza los colchones defensivos en las zonas de conflicto. El segundo curso no rehúye repetir el desangre sufrido durante la guerra con Irak. La reconstitución subimperial depende de esas definiciones.

Escenarios críticos

El concepto de subimperialismo contribuye a clarificar el explosivo escenario de Medio Oriente y sus regiones aledañas. Permite registrar el protagonismo de las potencias regionales en los conflictos de la zona. Esos jugadores tienen mayor incidencia que en el pasado y no actúan en el mismo plano que las grandes potencias globales.

La noción de subimperialismo facilita la comprensión de esos procesos. Esclarece el papel de los países más relevantes y clarifica la continuada distancia que mantienen con Estados Unidos, Europa, Rusia y China. Explica, además, por qué razón las nuevas potencias regionales no reemplazan al dominador estadounidense y desenvuelven trayectorias frágiles corroídas por inmanejables tensiones.

Turquía, Arabia Saudita e Irán rivalizan entre sí desde configuraciones subimperiales y el desemboque de esa competencia es muy incierto. Si alguno de los contrincantes emerge como ganador doblegando a otros, podría introducir un cambio total en las jerarquías geopolíticas de la región. Si por el contrario las potencias en disputa se agotan en interminables batallas, terminarían anulando su propia condición subimperial.

Estas caracterizaciones y diagnósticos aportan el cimiento para otro debate clave. ¿Cuál es la singularidad de Israel en el tablero regional? ¿Cómo debería caracterizarse el rol de ese país? Abordaremos ese tema en nuestro próximo texto

Resumen

Tres países de la región reúnen las características del subimperialismo. Son economías intermedias que despliegan acciones militares y relaciones contradictorias con Estados Unidos. No sustituyen a los protagonistas globales y enlazan con raíces de larga data.

El concepto se aplica a Turquía. Clarifica su expansionismo externo, las ambigüedades frente a Washington y el autoritarismo de Erdogan. También esclarece las aventuras externas y la persecución de los kurdos.

La acumulación de rentas, las aventuras bélicas y las ambiciones de los monarcas encaminan a Arabia Saudita hacia el subimperialismo. Pero la teocracia incuba explosivas reacciones internas y afronta adversos resultados militares.

La eventual reconstitución del status subimperial de Irán se combina con una nueva tónica defensiva de tensiones con Estados Unidos. Las disputas entre subimperios modifican el status de todos los contrincantes.

 

29 septiembre 2021

 

Referencias

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Kristalina Georgieva, directora del Fondo Monetario Internacional, el 20 de enero de 2020 en Davos, Suiza, en una sesión del Foro Económico Mundial.Foto Afp

El omnipotente eje Wall Street/La City de la anglósfera y su nuevo Aukus optó destituir a Kristalina Georgieva, directora del FMI, mediante su bufete de abogados WilmerHale, sin juicio ni juez ni jurado de por medio (https://bit.ly/2WpVAKc).

El economista israelí-estadunidense Jeffrey Sachs, en un artículo surrealista en el globalista Financial Times (27/9/21), defiende a la acorralada directora del FMI, la búlgara Georgieva, quien sufre un linchamiento de los multimedia de la anglósfera que la acusan de favorecer a China en los rankings Ease of Doing Business del Banco Mundial (BM).

Sachs, graduado de Harvard, estuvo muy de moda en la década de 1990 por su propedéutica sobre el desarrollo sustentable que abogó en la Escuela de Gobierno Kennedy y hoy dirige el mismo tópico en la Universidad de Columbia. No obstante, Sachs ha cometido graves errores al haberse entrometido en la política interna de Bolivia con su nefario plan de estabilización de corte fiscalista neoliberal: pecado muy común de los académicos estadunidenses, quienes se inmiscuyen en países de los que ignoran su idiosincrasia y donde experimentan su reingeniería neomalthusiana. Sachs apoyó al dictador boliviano Hugo Banzer que fue defenestrado por los ciudadanos. Tras haber aconsejado a las economías poscomunistas, ahora Sachs se ha consagrado a la mitigación (sic) de la pobreza y a la sustentabilidad ambiental con enfoque globalista.

Usual a su estilo tajante, Sachs alega sobre el caso de Georgieva que los candentes (sic) ataques no tienen nada que ver en realidad con la presunta santidad de los datos del BM o sobre la calidad de su gestión, sino que se trata más bien del papel de China en la institución multilateral con sede en Washington. Confiesa que muchos en el Congreso de EU desean a Georgieva fuera porque no es una jurada enemiga de Pekín.

Sachs, hoy partidario de su correligionario, el senador Bernie Sanders, exhibe la carta de tres congresistas republicanos a la también israelí-estadunidense secretaria del Tesoro, Janet Yellen, que fustigan la participación de China en instituciones multilaterales como FMI, OMS y la ONU (https://bit.ly/3F1YNRC).

Los congresistas exigen que la Secretaría del Tesoro reporte las interacciones de Georgieva con los representantes chinos en el FMI que desembocaron en la aprobación de la nueva asignación por 650 mil millones de dólares de derechos especiales de giro (DEG) –de los que, por cierto, se benefició México con un maná de 18 mil millones de dólares.

Sachs arguye que se trata meramente de la creciente obsesión de EU con China, ya que los alegatos específicos contra Georgieva son veniales (sic) a primera vista. Expone que Shanta Devarajan, profesor de la Universidad Harvard a cargo del Ease of Doing Business del BM “niega que Georgieva lo hubiera presionado (https://bit.ly/3CTll51)”.

Sachs expone la hipocresía del BM, sobre todo, durante la presidencia del republicano David Malpass cuando el Congreso de EU presionaba en forma rutinaria al gobierno federal y al BM para enviar miles de millones de dólares a los regímenes apoyados por EU (como los 5 mil 300 millones de dólares a Afganistán durante la ocupación de EU) mientras intentaba bloquear fondos a los gobiernos con crisis de liquidez cercanos a China y a Rusia.

Sachs exclama que Georgieva recibe una persecución anticomunista al estilo McCarthy que llevará a la defenestración de la directora del FMI, que probaría en forma concluyente que el FMI es una institución dirigida por EU, lo cual orillará a que China, Rusia y otros busquen crecientemente su propia vía. Aduce en forma dramática que tal perspectiva retrocedería al planeta al crudo nacionalismo monetario y financiero de la década de 1930 que profundizó la Gran Depresión y colocó al mundo en el camino de la guerra total. Exhortó finalmente a que el FMI no deba capitular a la histeria congresista contra China. Sea lo que fuere, el eje Wall Street/La City de la anglósfera y su nuevo Aukus ya sellaron la suerte de KG en su muro financierista globalista.

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Lunes, 20 Septiembre 2021 05:41

Resurge Celac como actor contrahegemónico

Resurge Celac como actor contrahegemónico

Las dos visiones históricas antagónicas sobre la integración americana, aquella que abraza a la Doctrina Monroe de 1823, y su derivación, el panamericanismo de cuño estadunidense, y la que impulsa el bolivarismo, el unionismo y el multilateralismo con apego a los principios de las cartas fundacionales de las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos (OEA), volvieron a enfrentarse en México el 18 de septiembre durante la sexta Cumbre de Presidentes y Jefes de Estado de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac).

En el marco de una reconfiguración geopolítica marcada por la irrupción de China y Rusia como actores que desafían al hegemón del sistema capitalista mundial (Estados Unidos), y autoexcluidos por decisión propia los tres países más alineados con Washington: Brasil, Colombia y Chile, correspondió a los presidentes oligárquicos y neoliberales de Paraguay y Uruguay, Mario Abdo y Luis Lacalle, respectivamente, introducir en el seno de lo que debió ser una cumbre pragmática y desideologizada –un diálogo entre mandatarios con posiciones políticas diversas como habían acordado los cancilleres de los 33 países participantes−, la retórica de la guerra fría impulsada por la Casa Blanca, sintetizada por los aparatos de propaganda del imperio y sus repetidores locales en la falsa contradicción democracia vs dictadura.

Fieles a las posiciones de fuerza −unila­terales, extraterritoriales y al margen del derecho internacional− de sucesivas ad­ministraciones de la Casa Blanca, Abdo descalificó la presencia en la cumbre del presidente constitucional y legítimo de Ve­nezuela, Nicolás Maduro, y el uruguayo Lacalle expresó su "preocupación" por lo que ocurre en Cuba, Nicaragua y Venezue­la.

Al margen de esa escaramuza descortés y grosera de cara al anfitrión: el presiden­te Andrés Manuel López Obrador, la De­claración de la Ciudad de México resalta el papel de la Celac como "mecanismo de concertación, unidad y diálogo político" que incluye a los 33 países de América Latina y el Caribe, sobre la base de “los lazos históricos, los principios y valores compartidos […] la confianza recíproca, el respeto a las diferencias, la necesidad de afrontar los retos comunes y avanzar en la unidad en la diversidad a partir del consenso regional”.

El punto 3 de la declaración reitera el compromiso con "la construcción de un orden internacional más justo, inclusivo, equitativo y armónico", basado en el respeto al derecho internacional y los principios de la Carta de la ONU, entre ellos "la igualdad soberana de los estados, la solución pacífica de controversias, la cooperación internacional para el desarrollo, el respeto a la integridad territorial y la no intervención en los asuntos internos de los estados". Reafirma el compromiso con "la defensa de la soberanía y del derecho de todo Estado a construir su propio sistema político, libre de amenazas, agresiones y medidas coercitivas unilaterales".

El punto 4 reafirma que el proceso histórico de consolidación, preservación y el ejercicio pleno de la democracia en la región "es irreversible", no admite interrupciones ni retrocesos y seguirá estando marcado por el respeto a los "valores esenciales" de la democracia. Reafirma el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al estado de derecho; el respeto a las facultades constitucionales de los poderes del Estado y el diálogo constructivo entre los mismos; la celebración de elecciones libres, periódicas, transparentes, informadas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo, la participación ciudadana, la justicia social y la igualdad.

En otra implícita alusión a Estados Unidos, el punto 20 reitera el rechazo "a la aplicación de medidas coercitivas unilaterales contrarias al derecho internacional", y reafirma el compromiso "con la plena vigencia del derecho internacional, la solución pacífica de controversias y el principio de no intervención en los asuntos internos de los estados".

Otro punto significativo, que alude a las directrices de la guerra no convencional del Pentágono, al terrorismo de Estado y las acciones encubiertas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) es el 41, que expresa "el profundo rechazo a todo acto de terrorismo en todas sus formas y manifestaciones, sin importar sus motivaciones, financiamiento, lugar y persona que lo haya cometido"; reafirma la necesidad "de negar cobijo, libertad de operación, circulación y reclutamiento y apoyo financiero, material o político a grupos terroristas o a todo aquel que apoye o facilite la financiación, planificación o preparación de actos terroristas o participe o trate de participar en estas actividades", y en una alusión a la Colombia de Iván Duque y/o a un eventual dislate de Jair Bolsonaro, renueva el compromiso de "adoptar las medidas prácticas que sean necesarias para que nuestros territorios no se utilicen para ubicar instalaciones terroristas o campamentos de adiestramiento ni para preparar u organizar actos terroristas contra otros Estados o sus ciudadanos o incitar a su comisión". Reitera el rechazo "a la aplicación de medidas coercitivas unilaterales (sanciones) contrarias al derecho internacional", incluyendo "las listas y certificaciones" (de EU) que afectan países de América Latina y el Caribe.

El punto 42 reafirma el uso pacífico de las tecnologías de la información y la comunicación, e insta a la "comunidad internacional" (verbigracia, EU) evitar y abstenerse de "actos unilaterales" al margen de la Carta de la ONU, como aquellos que "tienen como objetivo subvertir sociedades o crear situaciones con el potencial de fomentar conflictos entre estados".

En una declaración especial, la Celac instó al presidente Joe Biden a modificar "sustancialmente" la aplicación del bloqueo comercial, económico y financiero contra Cuba y al Congreso de EU a "eliminarlo", y rechazó la "ejecución de leyes y medidas extraterritoriales" (como la Ley Torricelli) que atentan contra la soberanía e intereses de terceros países.

La discusión sobre el futuro de la injerencista OEA quedó para otra ocasión y la Celac resurgió como actor contrahegemónico.

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Sábado, 18 Septiembre 2021 05:46

Más munición en una Asia que se rearma

Lanzamiento de un misil desde un submarino surcoreano este miércoles 15 de septiembreHANDOUT / Reuters

El acuerdo estratégico impulsado por Biden para frenar a China añade tensión a una zona con un gasto militar al alza

 

La nueva alianza estratégica de defensa entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia (Aukus), un movimiento que puede cambiar el transcurso de la intensa partida de ajedrez geoestratégico entre Washington y Pekín en Asia, ha desatado la furia de China. Apenas se habían apagado las voces de los líderes del nuevo Aukus tras anunciar el pacto cuando el Gobierno de Xi Jinping ya ponía el grito en el cielo. El acuerdo, advertía, puede precipitar “una carrera de armamento”. Pero la vasta región que aglomera al Índico y el Pacífico se rearma desde hace tiempo.

Solo esta semana, en los días inmediatamente previos al anuncio trilateral, en las aguas asiáticas Corea del Norte ha disparado dos misiles balísticos y uno de crucero, de larga distancia. Corea del Sur ha probado con éxito el lanzamiento de un misil desde uno de sus submarinos de fabricación propia, en lo que supone un hito de su capacidad militar. El Gobierno en Taiwán ha propuesto una partida presupuestaria extra por valor de miles de millones de euros para el desarrollo y la adquisición de nuevo armamento, incluidos misiles de crucero y buques de guerra. Algunos de los misiles más punteros del mundo se están desarrollando en esta región.

El año pasado Asia y Oceanía invirtieron 528.000 millones de dólares (unos 450.187 millones de euros) en la dotación para sus ejércitos, según los datos recopilados por el Stockholm International Place Research Institute (Sipri). Una suma que representaba un aumento del 2,5% con respecto al año anterior, y por debajo de los 801.000 millones de dólares gastados en América del Norte, pero cerca de un 40% más del total de las partidas del continente europeo.

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En gran medida, este crecimiento, en línea con un aumento constante a lo largo de las últimas dos décadas, viene arrastrado por la vasta inversión china en la modernización de sus Fuerzas Armadas. El gasto militar de Pekín en 2020, según el Sipri, rondó los 258.000 millones de dólares. Un aumento relativamente modesto con respecto al año previo, del 1,9%. Pero que representa un incremento del 76% en una década.

“El gasto de China ha crecido durante 26 años consecutivos, la cadena más larga sin interrupciones (de incremento del gasto militar) de cualquier país en nuestra base de datos”, indica el instituto sueco en su informe anual. En comparación, aunque la inversión de Estados Unidos, el país con mayor presupuesto para sus Fuerzas Armadas, alcanzó los 778.000 millones de dólares, un alza del 4,4%, esa partida se ha recortado en un 10% desde 2011.

El Ejército Popular de Liberación (EPL) chino cuenta con el mayor número de tropas, unos dos millones de soldados, y la mayor flota del mundo, con cerca de 360 buques, y aspira a convertirse en una fuerza de combate totalmente modernizada para 2027, el centenario de su fundación. Fabrica dos nuevos portaaviones, que doblarán el número de estas naves de las que dispone, desarrolla cohetes de largo alcance y compite con Estados Unidos en el terreno de las armas del futuro, desde la tecnología cuántica a misiles hipersónicos.

Junto a una mayor disponibilidad de efectivo gracias al crecimiento económico de Asia a lo largo de este siglo, y razones ideológicas en ciertos casos -el conservador primer ministro nipón Shinzo Abe hizo del fortalecimiento de las fuerzas japonesas una de sus prioridades hasta su renuncia por motivos de salud hace un año- el creciente poderío militar de Pekín ha espoleado a otros países en la región a reforzar sus equipos militares.

Al presentar su propuesta de presupuesto extraordinario de 240.000 millones de dólares taiwaneses, o unos 9.000 millones de dólares para los próximos cinco años -que se sumarán a los 474.000 millones ya previstos en el presupuesto para 2022-, el Ministerio de Defensa en Taipéi advirtió este jueves de la “grave amenaza” que encara desde China. Pekín considera a la isla parte inalienable de su territorio y nunca ha renunciado a la fuerza como vía para la unificación.

China “ha seguido invirtiendo profusamente en su presupuesto de defensa nacional, su fuerza militar ha crecido con rapidez y con frecuencia envía aviones y buques para invadir y hostigar nuestras aguas y espacio aéreo”, apuntaba el ministerio en un comunicado. “A la vista de las graves amenazas del enemigo, las Fuerzas Armadas de la nación participan activamente en labores de preparación y cimentación de nuestro ejército, y es urgente que consiga una producción de armamento rápida y de calidad en un corto plazo de tiempo”, agregaba. Taipéi denuncia que desde hace aproximadamente un año China ha lanzado constantes incursiones de sus aviones militares en su zona de identificación aérea.

Este mismo viernes, y tras la presentación presupuestaria, la fuerza aérea taiwanesa interceptaba a una decena de aviones chinos en su espacio aéreo.

En otros países de la región, el gasto militar también parece alentado por el recelo ante el poderío chino. Además de sus nuevos misiles balísticos lanzados desde submarinos (SLBM) Corea del Sur planea la construcción de un portaaviones y el desarrollo de su misil Hyunmoo-4, con un alcance de 800 kilómetros, una inversión más orientada a crear un elemento disuasorio contra Pekín que a hacer frente a Corea del Norte.

Y, aunque no se la mencionó por su nombre en la presentación del Aukus, Pekín y su auge son el objetivo de la nueva alianza estratégica. “Es imposible interpretar esto como algo que no sea una respuesta a la pujanza de China”, opina Sam Roggeveen, del Lowy Institute australiano, en el blog The Interpreter de su laboratorio de ideas.

El pacto también representa una “escalada significativa del compromiso estadounidense contra ese desafío”, en opinión de ese experto. El pacto dotará a Australia -que se verá reforzada así como actor militar en la región- de tecnología para la construcción de submarinos nucleares. Pero incluye también la colaboración de Washington, Londres y Canberra en el desarrollo de sistemas de armamento de tecnología punta, desde la inteligencia artificial a armas cuánticas.

Ataque por el flanco comercial

“Llegando solo dos semanas después de que Biden declarara la guerra en Afganistán terminada, y solo ocho días antes de la primera cumbre del QUAD -la alianza de seguridad formada por India, Japón, Australia y Estados Unidos-, la presentación de Aukus afirma la determinación de la Administración de Biden para hacer jugar a los aliados y socios estadounidenses en la competición con China”, apunta Ali Wyne, de la consultora Eurasia Group, en una nota.

De momento, y tras la primera reacción de furia verbal, China ha optado por dirigir su respuesta a otro terreno más allá del militar. Horas después de la constitución de Aukus, Pekín presentaba su solicitud formal de ingreso en el Acuerdo Exhaustivo y Progresivo para la Alianza Transpacífica (CPTPP, por sus siglas en inglés), el pacto para crear una zona de libre comercio a ambas orillas del Pacífico que originalmente lideró la Administración de Barack Obama, pero del que Donald Trump retiró a Estados Unidos en 2017.

La iniciativa de Pekín, en opinión de Wyne, apunta A que China “percibe la falta de una estrategia comercial en Estados Unidos como quizá el talón de Aquiles en los esfuerzos de Washington por competir con China en el Indo-Pacífico y más allá”.

 

Pekín - 17 sept 2021 - 22:40 COT

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El primer ministro de Australia, Scott Morrison, el presidente de EE.UU., Joe Biden, y el primer ministro británico Boris Johnson, durante una reunión virtual, 15 de septiembre de 2021.Foto: Andrew Harnik / AP

El anuncio se realiza en medio del aumento de la influencia de China en la zona.

El presidente de EE.UU., Joe Biden, el primer ministro británico Boris Johnson y el primer ministro de Australia, Scott Morrison, han anunciado este miércoles la formación de una nueva alianza de seguridad y cooperación en materia de defensa para el Indo-Pacífico.

La cooperación trilateral, que llevará el nombre de AUKUS, prevé que EE.UU. ayude a Australia con tecnologías necesarias para dotarse de submarinos de propulsión nuclear, argumentando la "estabilidad" en la región donde China va aumentando su influencia y capacidades militares.

"Todos reconocemos el imperativo de garantizar la paz y la estabilidad en el Indo-Pacífico a largo plazo", declaró Biden desde la Casa Blanca en una reunión virtual con sus homólogos.

Por su parte, Morrison aseguró que Australia seguirá cumpliendo con todas sus obligaciones de no proliferación nuclear y no va a poseer armas nucleares. Los submarinos en cuestión se construirán en Adelaida en una estrecha colaboración con EE.UU. y Reino Unido, agregó.

Johnson calificó el proyecto de los submarinos de propulsión nuclear para Australia como "uno de los más complejos y técnicamente exigentes del planeta", al sostener que su construcción hará del mundo un lugar más seguro.

La propulsión nuclear permitiría a los submarinos australianos moverse y operar sigilosamente y durante períodos más prolongados. Además de la cooperación naval, la nueva alianza también implicará colaboración en la inteligencia artificial, la tecnología cuántica y la cibernética.

Pese a que ninguno de los tres líderes mencionó si su iniciativa va dirigida contra algún país en particular, durante su presidencia, Biden ha buscado reorientar la política exterior de EE.UU. hacia el Pacífico, mientras que su Administración ha acusado a Pekín de ignorar las normas del mar de la China Meridional, lamentando que el Gobierno chino "no se ha enfrentado a ninguna consecuencia" por ello.

En ese sentido, desde China recuerdan que Washington no ha ratificado la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, y, sin embargo, se considera a sí mismo como "un juez de la Convención, que señala con el dedo a otros países e interfiere arbitrariamente". Además, insisten en que Pekín siempre ha defendido el concepto de seguridad marítima común con el fin de lograr una cooperación mutuamente beneficiosa para todos.

Publicado: 15 sep 2021

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Viernes, 10 Septiembre 2021 06:36

Los medios de información y la guerra perpetua

Los medios de información y la guerra perpetua

"La información es a la vez nuestro producto básico y el factor más desestabilizador de nuestro tiempo", escribe el teniente coronel retirado Ralph Peters, en un artículo titulado "Constant Conflict", publicado en 1997 en la revisa militar Parameters (https://bit.ly/3h6nUID), portavoz de la política del Pentágono.

Nunca pensé que la información fuera capaz de modelar sociedades, sectores y clases, quizá por una deformación iluminista que me llevó a confiar en la autonomía de criterio de los seres humanos. Nada más alejado de la realidad, como nos enseña el panorama de sumisión de una parte de la humanidad al poder de los poderosos.

Peters razona como la minoría privilegiada que se siente ganadora. "Para las masas del mundo, devastadas por información que no pueden manejar o interpretar con eficacia, la vida es desagradable, brutal y en cortocircuito." Sostiene que el ritmo del cambio es capaz de abrumar, o sea de paralizar la capacidad de pensar.

Menciona que "una de las bifurcaciones definitorias del futuro será el conflicto entre los maestros de la información y las víctimas de la información". Escribe poco después de que Estados Unidos liberará la Internet, que rápidamente se convirtió en medio hegemónico para las comunicaciones con un volumen de información imposible de digerir.

"La imagen triunfa sobre el texto en la sique de masas", afirma Peters, explicando la potencia de la cultura popular estadunidense. “Si la religión es el opio de los pueblos, el video es su crack”, sentencia parafraseando a Carlos Marx.

El militar comprende las razones profundas del éxito de la cultura yanqui, sin concesiones a la ética, ni al buen gusto. "Las películas más despreciadas por la élite intelectual, las que presentan violencia extrema y sexo para los vencedores, son nuestra arma cultural más popular, comprada o pirateada en casi todas partes."

Ese poder estriba en que narrativas visuales, como las que practica Chuck Norris, no requieren del diálogo para su comprensión, ya que se asientan en impulsos básicos, como motor de una cultura a la que define como "vulgar" y a la vez "maravillosa".

La "guerra de la información" es parte central de la guerra perpetua de la superpotencia para "sobrevivir en medio del desorden". Es evidente que aquí no hay ética sino poder y violencia, sin más, para la sobrevivencia del más fuerte sin la menor concesión a cualquier tipo de humanismo. "Sólo los necios pelearán limpio", sentencia el militar.

Creo que es necesario comprender para actuar acertadamente. Sin juzgar, sobre todo porque cierta intelectualidad abusa de conceptos como "fascismo" o "democracia", que obturan la comprensión al abusar de adjetivos. El mundo está siendo modelado por la violencia bruta, que no irracional, de los de arriba, y ante ello sólo nos valen la organización y la acción colectiva.

Sobre la guerra de información y la concentración monopólica de los grandes medios es necesario detenernos a debatir. Se han tomado varios caminos. La izquierda y el progresismo en el gobierno han intentado regular los monopolios de la información, con escaso éxito. La Unión Europea viene perdiendo su intento de regular mínimamente a megaempresas como Google y Amazon. Es casi imposible, dado el enorme poder que ostentan.

La segunda opción es fortalecer la comunicación comunitaria, alternativa o popular. Existe una enorme variedad de medios de este tipo, en todos los países del mundo. En algunos, como en Argentina, han conseguido una audiencia importante, que puede alcanzar 15 por ciento de la población, lo que no es nada menor.

Sin embargo, aún estamos lejos de emitir mensajes potentes como hace la industria audiovisual estadunidense, capaces de atrapar corazones y mentes de las poblaciones. Uno de los casos más exitosos es la serie colombiana Matarife (https://bit.ly/38NpeM3), que denuncia la alianza entre el ex presidente Álvaro Uribe y los narcoparamilitares que lo llevaron al gobierno.

Daniel Mendoza Leal, autor de la serie, la define como "subversión creativa", desde su exilio en España por amenazas de la ultraderecha (https://bit.ly/3hdk0xG). Su objetivo es llegar a los jóvenes de los sectores populares, que "no tienen acceso a plataformas como Netflix y Amazon", por eso la serie se difunde en las redes sociales.

La tercera es que no podremos crear imaginarios potentes si no formamos parte de realidades en resistencia. Matarife se retroalimenta con la lucha social: mostró la brutalidad de las mafias estatales, siendo un factor importante en la protesta en curso porque alumbró zonas de la política casi inaccesibles.

Finalmente, decir que "la mente piensa con ideas, no con información", como destaca Fritjof Capra con base en los trabajos de Theodore Roszak. En la información no hay ideas: "Las ideas son patrones integradores que no derivan de la información, sino de la experiencia"*.

Tenemos mucho trabajo por delante.

* Fritjof Capra, La trama de la vida, Anagrama, 1998, p. 88.

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