El candidato a las elecciones en Colombia, Gustavo Petro, durante su entrevista con 'Público'. — Jairo Vargas

Fue guerrillero del M19 y años después, como uno de los senadores más críticos con el Gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010), puso al descubierto los vínculos de políticos conservadores con el paramilitarismo. Fue elegido alcalde de Bogotá en 2012, le destituyeron cuando intentó poner en marcha un proyecto de recogida de residuos y reciclaje, le boicotearon los poderosos empresarios que tenían el control del sector de las basuras en la capital, pero la justicia le dio la razón y le restituyeron sus derechos políticos en 2014. Ahora es el favorito a ganar las elecciones presidenciales de mayo próximo y podría liderar, con el Pacto Histórico, el primer gobierno progresista de la historia de Colombia.

Gustavo Petro (Ciénaga de Oro, 1960) inició esta semana en España su campaña y lo hizo arropado por el exilio colombiano. En un acto multitudinario, en la sede madrileña del sindicato UGT, desfilaron madres de hijos asesinados, lideresas que han abandonado su país por amenazas, jóvenes que formaron la primera línea de lucha durante las protestas del pasado año en Cali (y que sabían que si seguían en su país iban a matarles), mujeres y hombres escapados de la pobreza y la persecución. Más de cinco millones de colombianos viven en el exterior, varios cientos llegaron a Madrid, muchos desde otras ciudades europeas y españolas, y una buena parte no pudo entrar al evento por las restricciones de aforo por la covid, pero no les importó. Le recibieron en la calle al grito: "Petro presidente". Allí le acompañaron políticos de los tres partidos que forman el Gobierno de España (PSOE, Izquierda Unida y Unidas Podemos). Antes había sido recibido por el presidente Pedro Sánchez, la vicepresidenta Yolanda Díaz, Felipe González y empresarios y banqueros con inversiones e intereses en Colombia.

Justo antes de partir a Bogotá, en una entrevista exclusiva con Público, Gustavo Petro afirmó que el proyecto uribista ha llegado a su fin, que ahora comienza la verdadera transición hacia la paz y la democracia en Colombia, y habló de sus prioridades: crisis climática, cambio de la matriz energética, de su ánimo para negociar con los grupos armados y de poner fin al narcotráfico; también lamentó las heridas de la guerra y anunció la transición hacia la democracia real.

Muchas zancadillas en un país donde siempre el poder ha estado en manos de conservadores y oligarquías. ¿Ha llegado el momento de que, por primera vez, la izquierda gobierne en Colombia?

Yo no divido la política entre derecha e izquierda, es difícil aplicar esos conceptos europeos en América Latina, la divido entre política de la vida y política de la muerte, y a Colombia la ha gobernado durante dos siglos, con muy breves interrupciones, una política de la muerte, una política de la exclusión social, por eso tenemos uno de los países más desiguales del mundo y una violencia casi perpetua. En esa medida, mi gobierno, al ganar las elecciones, sería el primero progresista de la historia republicana del país.

¿Y qué cambiará en Colombia?

Se disminuirá la desigualdad, habrá más justicia social y se construirá la paz. Si logramos una sociedad que permita derechos fundamentales, ese sería el verdadero acuerdo de paz, el pacto de la ciudadanía, no de los grupos armados. Un pacto no se puede establecer bajo la base de la exclusión, de la injusticia, un pacto se establece a través de la inclusión y la equidad.

¿Qué es el Pacto Histórico?

El Pacto Histórico es una coalición de fuerzas políticas y sociales, no solo de organizaciones que provienen de la izquierda, también liberales, de centro, de movimientos sociales, indígenas, feministas, ambientalistas. Si ganamos las elecciones, seremos también una forma de gobernar, vamos a gobernar a partir de la concertación y el diálogo, es la única manera de construir una paz grande de camino a unas reformas fundamentales, no para mantener un estatus quo. Un pacto que busque reformas en el terreno de la educación, la salud, los derechos en el terreno productivo.

¿Los acuerdos de paz con las FARC y el estallido social de 2021 han ayudado a unir a las fuerzas progresistas en Colombia?

Ha sido la crisis y el mal gobierno de (Iván) Duque lo que ha hundido completamente algo que era antes valorado: el proyecto uribista. Este proyecto es una especie de franquismo a la colombiana pero con elementos nuevos como la ideología neoliberal que mantiene esa herencia violenta, excluyente y antidemocrática. Ese proyecto hoy está en mínimos históricos de aceptación popular y se plasma en las políticas contra la pandemia. Si miras a Estados Unidos, Europa o el Sudeste Asiático, afectados por el mismo virus, allí se estableció una política socialdemócrata que ha permitido que no aumente la pobreza y que el empleo se mantuviera en niveles en los que se pudiera actuar. En Colombia se aplicó el neoliberalismo, se profundizó el modelo de antes del virus y produjo un crecimiento rápido y sustancial del hambre y de la pobreza. Las estadísticas oficiales muestran saltos de 20 puntos en niveles de pobreza, el hambre se convirtió en algo cotidiano, de ahí el aumento de la delincuencia que es consecuencia del hambre. La élite política y económica de Colombia se equivocó, cuando aumentaba el hambre, el gobierno propuso una reforma tributaria que elevaba el impuesto a la comida y estalló la movilización social que terminó siendo confrontada con asesinatos por el aparato público armado. En vez de proceder a un diálogo, el gobierno de Duque mató a los jóvenes.

La izquierda siempre ha sido perseguida y aniquilada en Colombia. ¿Teme por su vida?

"A las élites les aterroriza la posibilidad de un gobierno transparente, luchan para evitarlo y eso nos pone en riesgo"

No voy a mentir, sí hay riesgos y son altos en la medida que nos acercamos al poder, a gobernar; no hay más que mirar los trinos (tuits) de Uribe mientras yo desarrollaba mi agenda en España para darse cuenta cómo ascendía la histeria y la sinrazón. Es el desespero y el miedo que tiene que ver con una especie de culpabilidad por parte de la elite colombiana porque es promotora de grandes procesos de corrupción y de la quiebra de los derechos humanos, hasta el punto que podemos hablar de genocidio. Les aterroriza la posibilidad de un gobierno transparente, luchan por todas las vías -en Colombia se llama combinar todas las formas de lucha- para impedirlo y eso eleva el riesgo. De hecho la violencia está ascendiendo, el homicidio, la masacre, motivada por el narcotráfico pero también por la propia violencia política y el discurso estatal del odio; y esos son indicadores de riesgo. Lo cierto es que el país ha sido incapaz de resolver la conflictividad propia de toda sociedad con instrumentos pacíficos y ha recurrido permanentemente a la guerra, esa historia nos acompaña desde hace siglos y es el momento de frenarlo. Yo le llamo cambiar de era, es pasar de una era de violencia a una era de paz.

El precio es alto, decenas de integrantes de Colombia Humana, guerrilleros desmovilizados y líderes comunitarios han sido asesinados en los últimos años. ¿Merece la pena?

Sí, siempre merece la pena porque Colombia necesita la paz. El Pacto Histórico ha transformado la enorme burbuja de dolor en una enorme burbuja de esperanza, y estamos ante la posibilidad de construir una sociedad en paz, justa y democrática en el corto plazo.

Lo primero es ganar el 13 de marzo las primarias del Pacto Histórico, su principal rival es Francia Márquez, una mujer afrodescendiente. ¿Si usted lo consigue, Márquez será candidata a vicepresidenta?

Hay varios aspirantes a ser candidatos presidenciales del Pacto Histórico, entre ellos, dos mujeres muy valiosas: una que viene de la afrodescendencia; otra es indígena. La ciudadanía escogerá la candidatura oficial del gran cambio en Colombia y todas las fuerzas participarán del gobierno si ganamos las elecciones. Es una nueva forma de hacer política.

¿Y Francia Márquez?

La candidatura que quede segunda tiene opción preferencial, el acuerdo es que la vicepresidencia no sea un cargo simbólico. Si es Francia Márquez se abre esa posición a un mundo completamente excluido en Colombia, el de las negritudes. Hoy quienes gobiernan son los herederos de los esclavistas. En Colombia una mujer tiene siete veces más posibilidades de morir si es pobre y negra, en el caso de los niños afrodescendientes menores de un año se dispara hasta diez veces. Esta es una de las estadísticas de la política de la muerte más tristes y deprimentes. Si Francia se convierte en fórmula presidencial, porque podría ser al revés [sonríe], será la encargada de una enorme lucha contra la exclusión en términos de mujer, racismo, regiones y pobreza.

Ha habido algunas disputas en la elaboración de las listas al Congreso para las legislativas del 13 de marzo. ¿Cómo evitar una ruptura de la izquierda por desacuerdos internos?

Ha sido un proceso difícil, complejísimo, porque la tradición en Colombia es hacer campañas individuales (listas abiertas). Logré, y espero no equivocarme, que las agrupaciones del Pacto Histórico acordaran una lista cerrada, donde el orden determina quien entra al Congreso, quisimos así intercalar los géneros, que la mitad de curules sean mujeres, en el voto abierto eso no es posible. Es una conquista histórica, por eso se volvió más complejo el proceso. Le agregamos la ‘cremallera’, además del género decidimos que cada cinco renglones se incluyera en la lista un representante étnico para garantizar la diversidad. La bancada progresista será muy femenina y diversa. Obviamente quedaron heridas, individualidades que se sintieron excluidas, pero marcaremos un hito en la nueva política.

Si llega a la Presidencia, ¿cómo va a sacar adelante el programa del Pacto Histórico, teniendo en cuenta que cuando fue alcalde de Bogotá le destituyeron sin razones jurídicas ni constitucionales?

Yo planteé el reciclaje, ¡algo tan subversivo! [ríe con ironía], y por eso me destituyeron; simplemente porque los grandes operadores eran unos empresarios privados poderosos que terminaban su contrato con la Alcaldía. Yo no les quité el contrato, simplemente terminaba; y había una orden de la Corte Constitucional de incluir en el sistema a miles de recicladores que andaban con sus hijos durante las madrugadas en las calles, sobreviviendo, recogiendo residuos que dejaba la gente, y había que incluirles en el modelo de aseo, darles una remuneración y potenciar el reciclaje. El resultado fue que 65.000 niños dejaron de trabajar y esos empresarios, que se creyeron tenían un derecho perpetuo, sabotearon el proceso y yo terminé destituido. Gracias a la justicia internacional, y a la nacional de diversas maneras, logré restablecer mis derechos políticos porque a la postre lo que querían era inhabilitarme para, precisamente, no poder competir en las elecciones, ni disputar el poder.

¿Esta experiencia le servirá si llega a la Presidencia? Hay antecedentes en países vecinos, el mejor ejemplo es Brasil con la destitución de Dilma Roussef y el encarcelamiento de Lula da Silva.

He hablado con Felipe Gonzalez, aquí en Madrid, porque fue protagonista de un proceso en el que una sociedad pasa del fascismo a una democracia moderna, de cómo una fuerza policial y militar creada y criada en concepciones fascistas puede convertirse en una fuerza pública y aceptar el control civil. Esto es importante para Colombia, porque estamos en una transición democrática. Mi gobierno de cuatro años será de transiciones, de una economía extractivista basada en el petróleo y el carbón, hacia una economía productiva, agraria y agroindustrial. En el siglo XXI, esto significa una transición de la ignorancia al conocimiento, del autoritarismo a la democracia, desde la violencia a la paz, de una sociedad del machismo a una sociedad femenina. Pero harán falta varios gobiernos, con presidencias diferentes, parecido a lo que inició Chile. En cuatro años sí podremos hacer al menos la transición hacia la democracia, y no será fácil. Implica un gran cambio en el Congreso, si el ciudadano vota progresista a la Presidencia y corrupción al Congreso, lo de Brasil podría volver a ocurrir. También hay que modernizar la fuerza pública, ponerla en la escala del honor militar y policial que corresponde en el respeto a la ciudadanía y los derechos humanos.

La crisis climática es una de sus banderas políticas. ¿Cuál es su propuesta para atajar la explotación de recursos naturales y el uso de energías sucias?

Yo lo introduje en la Alcaldía de Bogotá cuando la expresión ‘cambio climático’ no se usaba en la prensa colombiana, aun sin comprender a fondo la discusión mundial que empezaba a librarse. Este es uno de los ejes ahora de Colombia Humana. Colombia depende desde hace 30 años de exportar carbón y petróleo, el otro sector de la exportación es la cocaína, y no son mundos separados, interactúan entre sí, se mueven como una gran masa de liquidez que hizo creer a la sociedad la ilusión de que se hizo rica. Esas burbujas han explotado y parte de la crisis actual tiene que ver con eso. No es sostenible que un país políticamente, éticamente y económicamente se sustente sobre el petróleo, el carbón y la cocaína. La transición consiste en salir de ahí hacia una economía agraria, agroindustrial, democratizar la producción e iniciar el balbuceante proceso de industrialización.

Pero sin reforma agraria y con la oposición de los empresarios y latifundistas será difícil. ¿Ve posible un acuerdo con esos sectores?

El narcotráfico hizo de la tierra fértil, cerca de 20 millones de hectáreas, su caja de ahorros, se apropió de ella, la compró en efectivo o la tomó de forma violenta, de ahí el desalojo de cinco millones de campesinos y pequeños y medianos empresarios, de ahí la destrucción del mundo agrario, hundido en la violencia y donde han proliferado ejércitos privados del narcotráfico y paramilitares. El narcotráfico está ligado a la destrucción de la economía productiva tanto rural como urbana. Una ciudad como Medellín permitió a un Pablo Escobar porque se destruyó su industria textilera. El narcotráfico creció en la medida que se profundizó el neoliberalismo con mucha ayuda de gobiernos extranjeros que no vieron esta evolución dañina. Hoy dependemos del petróleo, el carbón y la cocaína, y mi gobierno tiene que liberar a Colombia de ello. Dejaremos de firmar contratos de exploración petrolera desde el próximo 7 de agosto si ganamos las elecciones, eso nos da un margen de 12 años porque tenemos reservas para hacer la transición, para que la demanda interna de combustible sea reemplazada por energías limpias. En el corto plazo se puede sustituir petróleo, carbón y cocaína por turismo, tenemos la posibilidad de pasar de 4 a 15 millones de turistas al año, pero eso no se logra si no hay paz. Una serie de variables (acabar con la violencia, la paz, democratizar el país, aumentar la producción) permite las sinergias y eso es lo que nos va a permitir reducir el narcotráfico y desligarnos de una economía fósil.

Las fuerzas reaccionarias califican este discurso de castrochavista.

No tanto Castro, pero sí el proyecto de Chávez -parecido a proyectos del socialismo árabe- se sustentó en el petróleo. En cierta forma, el progresismo latinoamericano resultó afectado por el elevado precio de las reservas fósiles a causa de la demanda china desde la crisis de 2008. Un progresismo realmente sostenible y constructivo no puede afianzarse en los fósiles. Yo propongo lo contrario a lo que se hizo en Venezuela.

¿Cómo va a controlar a las bandas del narcotráfico, a la guerrilla del ELN, a las disidencias de las FARC?

Tengo un reto ambicioso y la realidad es que hay miles de hombres armados bajo diferentes agrupaciones todas ligadas al narcotráfico. Proponemos un desarme para lo que queda de la vieja insurgencia, un diálogo político rápido, y ahí incluyo al ELN (Ejército de Liberación Nacional) y a las disidencias de las FARC, que se forjaron porque Duque saboteó el acuerdo de paz, y ese acuerdo debe cumplirse. El ELN puede dejar las armas en el corto plazo en medio de un proceso de profundización democrática. Pero las agrupaciones más ligadas al narcotráfico son más complejas, ahí no hablamos de un diálogo político, ahí tenemos que hablar de un diálogo judicial. Quiero plantear una opción: el desmantelamiento pacifico del narcotráfico, pero no soy ingenuo, sé de lo que estamos hablando, es un negocio que mueve miles de millones de dólares, y hoy se quedan más en México que en Colombia porque los cárteles mexicanos dominan más el escenario. A Colombia entran unos 15.000 millones de dólares, hoy por hoy es el mayor producto de exportación dada la caída del precio del petróleo. Esto es lo que deja el uribismo en Colombia después de 20 años. La base por la cual el narcotráfico se mantiene y crece es porque tiene poder político, y eso es control sobre la población, sobre tres grandes masas: campesinos-productores de hoja de coca, consumidores en general urbanos, del mundo y de Colombia, y la economía popular que no tiene crédito, también muy urbana, y acude al crédito usurero que la mafia entrega para lavar dólares. Si le quitas esas masas de población, le quitas poder al narcotráfico. Y hay políticas específicas que pueden lograr la democratización del crédito, incluida la banca pública. De eso he hablado en Madrid, de tú a tú, con banqueros muy poderosos españoles que operan en Colombia. El objetivo es democratizar el crédito, regular el consumo de estupefacientes, que es una experiencia mundial exitosa y que quita al consumidor del contacto directo con la mafia, y la reforma agraria para que el campesino tenga opciones distintas al cultivo de coca. Así le quitamos poder al narcotráfico y se puede abrir una vía de desmantelamiento pacifico a través de un sometimiento colectivo a la justicia. No digo que inmediatamente pero se podrían iniciar los procesos.

¿Colombia está preparada para vivir en paz?

En un anhelo, no hay mujer que no quiera vivir en paz, que no quiera que sus hijos no sean materia prima de una guerra, que sus amores acaben muertos en una esquina. Si sumamos todos los casos, eso implica una sociedad que está preparada para la paz.

madrid

12/01/2022 21:39 Actualizado: 13/01/2022 09:27

 

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La oposición de Venezuela ganó el simbólico estado de Barinas: razones y consecuencias

Sergio Garrido fue electo gobernador en un bastión del chavismo

Se trató de la reedición de la contienda del 21 de noviembre tras la inhabilitación del candidato Freddy Superlano. Es el estado natal de Hugo Chávez y donde gobernaron su padre y sus dos hermanos. Barinas es también un estado marcado por numerosas dificultades materiales. 

 

La oposición venezolana ganó el domingo la elección a gobernador en el estado Barinas. Su candidato, Sergio Garrido, de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), venció a Jorge Arreaza, excanciller y ministro de Industria y Producción Nacional. El primero alcanzó 55.37% del apoyo, contra 41.26% del segundo, más de 13 puntos de diferencia, en una elección de la cual participó el 52.23% del padrón. El tercero, Claudio Fermín, también parte de la oposición, obtuvo el 1.77% de los votos.

El resultado fue reconocido por Arreaza, quien, antes que el Consejo Nacional Electoral (CNE) emitiera el boletín oficial twitteó: “Barinas querida. La información que recibimos de nuestras estructuras del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela), indican que, aunque aumentamos en votación, no hemos logrado el objetivo”. Garrido, por su parte, anunció su victoria desde su comando de campaña: “ganó Barinas, ganó Venezuela, ganó la Unidad”, afirmó, acompañado de diferentes dirigentes de la oposición.

La elección en estado llanero de palma y sol fue particularmente importante por varias razones. En primer lugar, se trató de la reedición de la contienda del 21 de noviembre, cuando, luego de que la oposición asomara como vencedora sobre el chavismo por un escaso margen, la Sala Electoral del Tribunal Supremo Justicia declaró que la elección debía repetirse. La razón esgrimida fue la inhabilitación del opositor Freddy Superlano desde el año 2019, una decisión que resultó cuestionada por la oposición, así como por algunas figuras públicas del chavismo.

La historia de los Chávez

La nueva fecha anunciada por el CNE estuvo luego acompañada por denuncias de la inhabilitación de otros candidatos opositores, como Aurora Silva de Superlano, esposa del expostulante, y el candidato del Partido Comunista de Venezuela, Aldemaro Sanoja. En ese contexto tuvo lugar la campaña para una elección en un estado de fuerte carga simbólica por ser el de nacimiento de Hugo Chávez, y por haber sido gobernado por el chavismo durante 23 años seguidos: primero por su padre, Hugo de los Reyes Chávez, luego por su hermano Adán Chávez -actualmente embajador en Cuba-, y finalmente por su otro hermano Argenis Chávez, quien renunció a su intención de ser gobernador luego de la derrota del 21 de noviembre.

Barinas, el pueblo de Sabaneta donde nació y se crío Hugo Chávez, es uno de los puntos fundacionales de la historia del chavismo, parte de su mitología, como, en términos de acontecimientos históricos lo es el caracazo del 27 de febrero de 1989 o el levantamiento del 4 de febrero de 1992 en el cual Chávez apareció en la escena pública. Pero Barinas es también un estado marcado por las numerosas dificultades materiales, de servicios gasolina, gas o luz -como gran parte del país-, así como por las críticas a las gestiones de los gobernadores, algo repetido y conocido desde varios años atrás. Una organización popular chavista, con trabajo en el estado, atribuyó, por ejemplo, la derrota a “una parte, no toda, de la dirigencia, que practica una forma de hacer política autocrática, distanciada de las bases, sin contenido ideológico, meramente asistencialista, que trata al pueblo como reservorio de dádivas”.

Esa situación de desgaste en Barinas fue reconocida implícitamente por Arreaza que levantó la antigua consigna de Chávez, “revisión, rectificación y reimpulso”, en el marco de una campaña que puso al expresidente en el centro, a diferencia de otras apuestas electorales del chavismo que, para el 21 de noviembre, optaron por dejar de lado, o poner en segundo plano, la simbología roja más tradicional. Arreaza apostó a un despliegue de elementos del chavismo, desde la música hasta la espada de Simón Bolívar. “Logramos reconectar con el sentimiento, logramos reconectar con el Chávez que llevamos dentro (…) hubo una desconexión, pero hemos logrado reconectar”, afirmó en una rueda de prensa el día lunes.

Arreaza señaló que se trató por un lado de una “derrota cuantitativa”, pero, por el otro, de una “victoria cualitativa de la revolución bolivariana en un escenario difícil y adverso”. La dimensión cuantitativa fue visible en la diferencia de Garrido y el crecimiento de votos: entre la elección del 21 de noviembre y la del domingo 9 de enero la MUD pasó de 103.809 votos a 172.693, un 66% más, mientras que el chavismo creció de 103.693 a 128.583 votos, es decir un 24% más. Garrido, oriundo de Barinas y militante de Acción Democrática en el sector de Henry Ramos Allup, no era, hasta entonces, un dirigente de gran fuerza o trayectoria reconocida nacionalmente.

El resultado abre diferentes puertas de interpretación y posibles cursos de acción política para cada lado. Por el lado del chavismo, la nueva derrota en Barinas confirma el escenario adverso en el estado de Chávez, que no logró ser revertido aún con un candidato de envergadura nacional y el gran despliegue de fuerzas y recursos. Una pregunta podría ser si ese cuadro es extensible a otros estados del país o no. Si bien visto en términos de mapa el chavismo tiene 19 de las 23 gobernaciones, en las alcaldías ganó en cambio 205 de 322, y, en términos de votos su tendencia es, como se vio en los últimos años, a una disminución. El chavismo, con un núcleo duro y en gran parte organizado, se encuentra ante la pregunta de cómo volver a crecer en un marco de fuerte desgaste político generalizado, donde la división de la oposición no le es, como se vio el domingo, una garantía de victoria.

¿Qué estrategia encarará la oposición?

Del lado de la oposición, el panorama sigue, a pesar de los festejos por Barinas, marcado por la fragmentación y la falta de certeza sobre las estrategias a seguir. El resultado del domingo fue utilizado, por ejemplo, para posicionar en redes sociales la idea del referéndum revocatorio presidencial, cuyo camino podría ser iniciado este año. Sin embargo, esa apuesta no aparece como compartida en las filas de una oposición que puede subdividirse en cerca de cuatro sectores, atravesada por disputas públicas dentro de algunos de ellos, con la figura Juan Guaidó que volvió a ser reconocido como “presidente interino” por Washington, pero que dentro del país se encuentra reducido a una virtualidad por momentos grotesca.

¿Buscará la oposición un proceso de unificación y acumulación de fuerza en el horizonte de las presidenciales del 2024? ¿Intentará antes el revocatorio? ¿Optará nuevamente por un atajo? Las preguntas, que tienen varias de sus respuestas en el departamento de Estado, ocurren en el marco de la que aparece como el freno a la caída económica que se mantuvo desde el 2014, un posible nuevo crecimiento del PIB, con una visible mayor circulación de dinero, dólares, consumo, zonas de opulencia en el este caraqueño, que conviven con las dificultades crónicas de falta de agua, luz, gasolina o gas en numerosas partes del país. 

11 de enero de 2022

Publicado enInternacional
Lunes, 10 Enero 2022 07:09

¿Puede pasar aquí?

El 6 de enero de 2021, partidarios de Donald Trump chocaron con la policía y las fuerzas de seguridad mientras tomaban por asalto el Capitolio en Washington, DC. Un año después, los estadunidenses aún esperan que el sistema judicial aclare si se trató de una simple manifestación exacerbada o de un intento de golpe de Estado.Foto Afp

 

 

David Brooks

No es extraordinario que periodistas tengan que reportar sobre riesgos de golpes de Estado, guerra civil, amenazas de muerte contra políticos y líderes sociales, de complots de secuestros políticos, sobre atentados terroristas contra ciudadanos e instalaciones gubernamentales. Sí es extraordinario que estemos reportando todo esto no en torno a un país tercermundista o sobre un Estado fallido, sino desde el autoproclamado guardián planetario de la democracia.

Durante la semana pasada, alertas urgentes sobre amenazas potencialmente letales a la democracia estadunidense incluyendo guerras civiles, golpes de Estado, terrorismo político y hasta neofascismo provinieron del propio presidente Biden –quien al marcar el aniversario del asalto al Capitolio se vio obligado a preguntar a sus paisanos: ¿Vamos a ser una nación que acepta la violencia política como lo normal?–, como también de los líderes de ambas cámaras del Congreso, de dos ex presidentes (Carter y Obama), de expertos en sistemas democráticos y sus crisis (incluyendo veteranos de servicios de inteligencia que evaluaban estas condiciones en otros países), de ex generales y de intelectuales reconocidos. Estas voces se sumaron al coro de alarma generado durante los recientes cinco años y que se intensificó durante las pasadas elecciones presidenciales que culminaron con, por primera vez en la historia del país, un presidente rehusando aceptar los resultados e intentando descarrilar el proceso constitucional incluso con un asalto violento del Capitolio de parte de sus seguidores hace un año.

¿Están exagerando?, Eso está a debate, y aunque hay expertos que rechazan que el país está ante la posibilidad de algo remotamente parecido a la catastrófica guerra civil del siglo XIX ni tampoco un golpe de Estado exitoso, sí hay amplio consenso de que la violencia política puede intensificarse aún más con, por ejemplo, nuevos atentados terroristas de ultraderechistas estadunidenses (el peor atentado terrorista antes del 11-S fue realizado por estadunidenses en Oklahoma City en 1995, con 168 muertos ). Pero también, recuerdan otros, en varios países que de repente sufrieron un golpe o en donde estalló una guerra civil, muchos aseguraban, estaban convencidos, justo antes que eso no puede ocurrir aquí.

Noam Chomsky afirma que el asalto al Capitolio de hace un año nos muestra que la democracia política limitada que aún existe (en Estados Unidos) pende de un hilo delicado y advirtió que los esfuerzos republicanos de subversión electoral en el país forman parte del golpe suave que está procediendo ahora.

Chomsky explica: mientras las acusaciones de propagandistas derechistas son en gran medida fantasías delirantes, tienen suficiente base en la realidad para incendiar a aquellos que ven su mundo de dominio desaparecer, al referirse a la cada vez más reducida mayoría blanca en Estados Unidos. En entrevista la semana pasada en Truthout, Chomsky continúa: con el orden social desmoronándose bajo el asalto neoliberal, estos temores son fácilmente manipulados por demagogos y oportunistas, mientras que sus patrones en sus oficinas ejecutivas y mansiones gozan la oportunidad de continuar con el robo que han llevado a cabo por 40 años, y donde los desafíos pueden ser reprimidos, por violencia estatal y privada si es necesario. Eso es un mundo que podría no estar lejos. Alertó: cuando Estados Unidos desciende hacia el fascismo, la supervivencia a largo plazo de la sociedad humana se vuelve una perspectiva dudosa.

Estados Unidos siempre ha sido uno de los países más violentos en el mundo. Pero eso sí, siempre se suponía que los golpes de Estado, atentados de terrorismo político, violencia tipo paramilitar y más que ocurren en otros países –muchas veces con el apoyo o participación de Washington– nunca ocurrirían aquí dentro, hasta ahora.

El futuro, y no sólo el de Estados Unidos, ahora depende de las fuerzas democratizadoras progresistas que han transformado y rescatado a este país en el pasado, y hoy, más que nunca, necesitan de la solidaridad de todas sus contrapartes alrededor del mundo.

Playing for Change. Everyday People. https://www.youtube.com/watch?v=-g4UWvcZn5U

Black Pumas/Playing for Change. Colors. https://www.youtube.com/watch?v=-rM3xn2JXGU

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Cuando fue procuradora de California, Kamala Harris se ganó la reputación de favorecer a las empresas tecnológicas en lugar de perseguirlas. Foto Afp

El primer aniversario de la captura del Capitolio por los zelotes de Trump, donde el presidente Biden impugna a su antecesor de haber incitado a una revuelta, agudiza tanto la elección intermedia de noviembre de 2022 como la elección presidencial de 2024, cuando los demócratas buscan una candidatura idónea.

Pese al atroz 6 de enero, se vaticina un tsunami republicano en las dos cámaras, lo cual se debe más a los errores de la dupla Biden/Kamala Harris (KH) –el incandescente e indecente tema migratorio, la hiperinflación, la parálisis Demócrata de la Enmienda de la Infraestructura, el pésimo manejo de la pandemia, etcétera– más que al desempeño propiamente dicho de los republicanos (https://bit.ly/3G5r4Xp). Ya la elección a gobernador en Virginia del 2 de noviembre de 2021, donde triunfó el moderado empresario republicano Glenn Youngkin y perdió Terry McAuliffe, íntimo estratega de los Clinton, constituyó un sonoro aviso de las elecciones legislativas de 2022 y la presidencial de 2024 (https://bit.ly/3G32er7).

No obstante la terrible conducción como vicepresidenta ciclotímica, KH, quien estaba destinada a vuelos más altos, sigue siendo la "favorita" de los demócratas para competir en la presidencia de 2024 y quien todavía goza del conspicuo apoyo de la cada vez mas impopular Hillary Clinton (HC).

La repudiada HC, quien, con el fin de ocultar los escándalos sicalípticos de su marido Bill con el pedófilo "suicidado" Jeffrey Epstein, y ahora con la sentencia desfavorable de su pareja Ghislaine Maxwell, acaba de arremeter contra el ala progresista del Partido Demócrata: el SQUAD, que encabeza la millennial puertorriqueña neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), en santa alianza con el "judío progresista" Bernie Sanders. Para defender a la candidata presidencial KH, su confidente HC atribuye el desplome en las encuestas del Partido Demócrata al wokenismo y al radicalismo del SQUAD, en una entrevista con Willie Geist de MSNBC (https://bit.ly/3t0TZby).

Por su parte, el investigador Charles Ortel, del Wall Street Journal, rotativo cercano al Partido Republicano, aduce que "si HK fuera inteligente (sic) debería apoyar a Michelle Obama para sustituirla" (https://bit.ly/3HFqQXt). KH no goza más con la bendición de Biden, quien en 2024 tendría 80 años y ha comentado que buscaría su relección en caso de encontrarse en óptima salud (https://abcn.ws/3n1sudW).

Joe Concha, del portal The Hill, muy cercano a los demócratas, considera que las aspiraciones presidenciales de Hillary para 2024 no están todavía eliminadas (https://bit.ly/34ikn6i) cuando la administración Biden se tambalea feamente. KH no se da por vencida, pese al desplome espectacular en su aceptación ciudadana, cuando, incluso, ostenta un raquítico 13 por ciento (¡megasic!) de apoyo para su candidatura presidencial (https://bit.ly/3qadigV). En su naufragio, KH se ha refugiado en el rescate de sus omnipotentes aliados de Wall Street/Silicon Valley/Hollywood para impulsar su campaña presidencial.

Según Justin Sink (JS), del portal financiero Bloomberg (https://bloom.bg/3n37xQ0), KH recurrió a los "amos del Universo" (metáfora del novelista dandy Tom Wolfe) de Wall Street y Silicon Valley para asesorarla. KH ha interactuado con Jane Fraser, mandamás de Citigroup, Chuck Robbins, jerarca de Cisco, y Brad Smith, presidente de Microsoft. Según JS, cuando fue procuradora de California, KH "se ganó la reputación de favorecer a las empresas tecnológicas en lugar de perseguirlas".

KH está casada con el israelí-estadunidense Douglas Emhoff, influyente cabildero de Hollywood y socio del tercer bufete más importante de Estados Unidos, DLA Piper (https://bit.ly/3qOcInO). Para su pésimo manejo de las "raíces" de la crisis migratoria en Centroamérica, KH recurrió a sus aliados "filántropos (sic) globales": Rockefeller Brothers Fund, Open Society Foundations de George Soros, The Seattle International Foundation, Foundation for a Just Society y Ford Foundation (https://bit.ly/3JNXc4k), a quienes sumó ahora a Microsoft, a Visa y a Nespresso de Nestlé (para monopolizar el café centroamericano).

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El candidato opositor a la Gobernación de Barinas, Sergio Garrido, muestra la bandera del estado durante una rueda de prensa. Garrido se reconoció este domingo como ganador de la repetición de los comicios.

El triunfo en Barinas en un segundo intento fortalece a los opositores de cara a las presidenciales de 2024 o un posible revocatorio a Maduro, que algunos sectores promueven para este año

 

La oposición venezolana volvió a ganar en el estado de Barinas. El candidato de la Mesa de la Unidad Democrática, Sergio Garrido, resultó electo gobernador en la repetición de los comicios que ordenó el Tribunal Supremo tras anular la victoria del opositor Freddy Superlano en las regionales del pasado 21 de noviembre, una juagada que le ha salido mal al chavismo. El triunfo lo obtuvo con 57,6% de los votos, una ventaja de 16 puntos y una participación de más de la mitad del electorado, según el escueto reporte que dio el Consejo Nacional Electoral.

El resultado se conoció inicialmente por la declaración del perdedor Jorge Arreaza, exyerno de Hugo Chávez que fue promovido por el Gobierno. “Barinas querida. La información que recibimos de nuestras estructuras del PSUV indican que, aunque aumentamos en votación, no hemos logrado el objetivo. Agradezco de corazón a nuestra heroica militancia. Seguiremos protegiendo al pueblo barinés desde todos los espacios”, escribió en un tuit pasadas las 10 de la noche, cuando el CNE todavía no anunciaba los resultados.

Luego del reconocimiento de Arreaza, Sergio Garrido y Freddy Superlano dieron una conferencia de prensa en la que confirmaron su victoria. “Barinas ha dado un ejemplo de cómo podemos salir de los obstáculos en unidad”, dijo Superlano, quien asumió como jefe de breve campaña luego de que le despojaran el triunfo en noviembre y lo inhabilitaran.

La oposición venezolana logra una importante victoria, frente al apabullante poder del chavismo. No solo ha puesto fin a la dinastía de los Chávez, que gobernaban el Estado desde hace 20 años, sino que también ha desafiado al Gobierno en todas sus maniobras para intentar torcer los resultados que comenzaron con la anulación de la victoria de Superlano. Sergio Garrido ganó contra todo el derroche de recursos del Estado dirigido por varios ministros de Nicolás Maduro, que se instalaron en Barinas para empujar a su candidato. Las nuevas elecciones se celebraron un enorme despliegue militar y policial de más de 25 mil funcionarios para poco menos de mil mesas de votación, que fue considerado una intimidación. El chavismo repartió neveras y electrodomésticos y abasteció a la región con la gasolina y el gas que escasean en todo el país.

Barinas se suma a Zulia, Guárico y Nueva Esparta entre las gobernaciones ganadas por la oposición, más un tercio de las alcaldías. La elección en Barinas se convirtió en un objetivo común para la oposición, en medio divergencias en la plataforma de apoyos al liderazgo de Juan Guaidó. Dirigentes nacionales de distintos partidos opositores se sumaron a la campaña de Garrido.

Ahora el resultado sirve de base para un cambio de dirección en la estrategia opositora, debilitada por sus fracasos en la búsqueda de una transición política en Venezuela y desdibujada por abstenerse en los comicios de los últimos años. El triunfo de Barinas en un segundo intento los fortalece de cara al escenario electoral de las presidenciales de 2024 o un posible revocatorio a Maduro que algunos sectores promueven para este año.

Caracas - 09 ene 2022

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Los retos de Pedro Castillo: gobernar y transformar Perú, resistiendo a la derecha golpista

El maestro debe tener un gobierno de izquierda consolidado para iniciar un proceso de cambio, advierten analistas consultados por PáginaI12. Pese a los embates, el país creció y avanzó con la vacunación.

Desde Lima

Al profesor rural Pedro Castillo, que sorprendió a todos en 2021 convirtiéndose en presidente de Perú luego de derrotar a la derecha y los grupos de poder encolumnados detrás de Keiko Fujimori, se le abre un nuevo año tan agitado y complicado como han sido sus primeros cinco meses de gobierno, en los que el exsindicalista ha enfrentado la guerra sin pausa de la derecha y los medios hegemónicos, y ha podido eludir un intento de golpe parlamentario, amenazas que se renuevan este año que comienza. 

Con la derecha golpista preparando un nuevo intento para destituirlo, Castillo inicia el año también con problemas en su frente interno: distanciado del partido que lo llevó al poder, con la bancada parlamentaria oficialista fracturada entre quienes respaldan al gobierno y los que lo cuestionan con un discurso radical que acusa a Castillo de haberse moderado, con la dirigencia del oficialista Perú Libre (PL) enfrentada a otros sectores de izquierda aliados del gobierno, errores de gestión, cuestionados nombramientos, denuncias de corrupción que lo salpican, silencios y reacciones tardías en momentos de crisis.

Vacunación y crecimiento 

A pesar de los ataques externos y las debilidades internas, el gobierno ha tenido logros que tiene el reto de consolidar en este año. Ha logrado un exitoso avance en la vacunación contra la covid 19. En julio pasado cuando Castillo asumió la presidencia, se había vacunado al 15 por ciento, ahora se ha llegado al 80 por ciento de los mayores de 12 años y en enero se comenzará a inmunizar a los niños desde los cinco años. La pandemia, con la amenaza de una nueva ola, seguirá siendo un reto central. La reactivación económica, que era el otro gran reto del inicio de su gestión, ha tenido como resultado un 13 por ciento de crecimiento del PIB para 2021, el más alto en la región. Para este año se estima un crecimiento alrededor del cuatro por ciento, que estaría entre los mayores de la región. El desafío es consolidar esa reactivación y que no quede en un rebote luego de la caída de 11 por ciento del PIB en 2021, como asegura la derecha.

A pesar de esos logros, minimizados por sus enemigos y opacados por sus propias falencias, el gobierno no ha podido proyectar un rumbo claro y hasta ahora no se ven los grandes cambios ofrecidos y esperados. La imagen del campesino que llegó a la presidencia desde los sectores más pobres y marginados del país encarnando una reivindicación histórica y una esperanza, ha comenzado a despintarse. La aprobación a la gestión de Castillo, que ganó la segunda vuelta con el 50,12 por ciento, ha caído y está entre el 28 y el 36 por ciento, y su nivel de rechazo entre 60 y 58 por ciento, según los sondeos realizados en diciembre por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) e Ipsos. Detener esa caída y recuperar respaldo popular es un reto clave para Castillo.

PáginaI12 conversó con tres analistas sobre los principales desafíos en este 2022 para el acosado gobierno de Castillo.

“Para enfrentar a la ultraderecha golpista e irracional y al acoso de los medios de comunicación que es impresionante, el principal reto que tiene Castillo es gobernar y transformar al mismo tiempo. El gobierno no debe solamente sobrevivir, tiene que iniciar un proceso de cambios, y eso implica tener un equipo de gobierno cohesionado, capaz. Lo primero que debe hacer Castillo es poner orden al interior de su gobierno y consolidar la alianza de izquierda de la segunda vuelta de las elecciones y aplicar el programa de cambios que esa alianza propuso. Hasta ahora está gobernando a medias con ese programa, hay chispazos, como el lanzamiento de la segunda reforma agraria (un programa de apoyo a los pequeños productores agrarios), pero no se ve a un gobierno consolidado con una imagen de que avanza en ese programa. Frente a una correlación de fuerzas desfavorable en el Congreso, Castillo debe tener un gobierno de izquierda consolidado, serio, sin conflictos internos, y sobre la base de esa consolidación y una alianza sólida con la izquierda, que es lo primero, buscar alianzas con sectores de centro derecha, en el camino se verá si eso es posible”, señala el sociólogo y exparlamentario andino Alberto Adrianzén.

En opinión del también sociólogo Sinesio López, profesor universitario y columnista del diario la República, es urgente una alianza de Castillo más allá de la izquierda. “El primer reto para Castillo es definir con claridad un programa viable de cambios, lo que ahora no tiene, y sobre esa base armar una correlación de fuerzas de izquierda y de centro para aislar a la ultraderecha que busca destituirlo. Mantenerse en el gobierno con una derecha golpista es un reto para Castillo, para lograrlo debe consolidar un bloque de centro izquierda con un programa claro. Creo que hay sectores de centro y centro derecha que pueden acordar un programa viable de cambios con la izquierda. Castillo tiene que saber manejar eso. Debe buscar un acuerdo para terminar con la posibilidad que el Congreso pueda destituir al presidente y que a su vez el presidente ya no pueda disolver el Parlamento. Su reto más grande es armar y mantener una coalición viable. Creo que ahora está corrigiendo errores y yendo en esa dirección. Tendría que lanzar un gran programa movilizador, como Hambre Cero, fundamental en este momento en que los ingresos de los pobres han bajado mucho”.

Por su parte, Juan de la Puente, politólogo, abogado y director del portal de análisis político Pata Amarilla, señala que “el mayor reto para Castillo es mantenerse en el poder, eso solo lo puede lograr ampliando la base de su gobierno llegando a un acuerdo con una centro derecha parlamentaria de origen provinciano que creo estaría a favor de determinados cambios, como en los temas de las pensiones, los monopolios, la defensa de los consumidores, la descentralización, la entrega de bonos de ayuda a los sectores vulnerables”. “Otro desafío del presidente -agrega- es volverse a conectar con las demandas sociales. La sociedad que demandaba cambios y que votó por cambios al hacerlo por Castillo se siente abandonada. La razón por la que en las encuestas se desaprueba a Castillo no es por su posición política, sino porque no está promoviendo los cambios que había ofrecido. Conectarse arriba con la centro derecha parlamentaria y reconectarse abajo con los sectores populares son los dos grandes desafíos del presidente”.

Adrianzén indica que “para derrotar a la derecha golpista, Castillo debe movilizar a la gente en las calles y enfrentar ese golpismo en un debate político público”. “Hasta ahora no está respondiendo como debería”, asegura. El exparlamentario andino señala que el presidente “tiene que hacer los cambios que ha prometido: cambios en educación, avanzar más en la segunda reforma agraria, generar empleo, insistir en la reforma tributaria (recientemente el Congreso bloqueó una reforma tributaria para subir impuestos a las grandes mineras favorecidas con el alza de los precios de los minerales y al uno por ciento más rico del país). Y debe tener una política exterior acorde con un gobierno de izquierda, ahora la política exterior no está mal, pero es tímida”.

Los tres analistas coinciden en que el presidente debe cambiar un estilo de gobierno marcado por la poca transparencia y con preminencia de un cuestionado círculo de amigos.

“Creo que Castillo -señala Sinesio López- es una persona limpia, pero como no tiene un equipo de gente para gobernar que él conozca de antes y no confía en los profesionales, entonces confía solamente en la familia y sus paisanos, y ahí hay pillos que se están aprovechando. Debe romper con el círculo cercano que tiene y lo viene complicando. Tiene que confiar en la gente más capacitada de la izquierda, que no está en Perú Libre sino en ese sector que Vladimir Cerrón (secretario general de PL) critica llamando ‘los caviares’ (término usado despectivamente por la derecha para atacar a una izquierda intelectual, profesional, y que ahora Cerrón repite), y ponerla en el gobierno en lugar de gente que no da la talla”.

Juan de la Puente dice que “cuando la gente le pide a Castillo realizaciones, eficacia, le está pidiendo un cambio de estilo”. “Su mayor desafío -precisa- es cambiar un estilo de gobierno de profunda desconfianza, de mantener una presidencia muy achicada, no relacionarse, no rendir cuentas. Para lograr la alquimia de la necesidad de cambios y de consensos, Castillo necesita tener un círculo más abierto, tener más transparencia, mejores filtros para la designación de funcionarios, recuperar un discurso de cambios ciertos porque el radicalismo vacío ya está agotado, gobernar para el país y no para el Parlamento. Si no cambia el estilo, eso puede terminar siendo la perdición de Castillo”.

Un reto pendiente para el primer maestro que llega a la presidencia es volver a abrir las escuelas para comenzar el nuevo año escolar con el retorno a las clases presenciales, un tema en el que Perú está a la zaga en la región.  

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Jueves, 23 Diciembre 2021 07:27

¿Qué le espera a Gabriel Boric?

¿Qué le espera a Gabriel Boric?

Además de lidiar con los poderes fácticos, el nuevo gobierno chileno debe salvar el proceso del estallido social y mitigar la chance de que Boric se convierta en el presidente que le entregue el poder a la ultraderecha o a un auténtico outsider dentro de cuatro años. Por los desafíos planteados, la presidencia de Boric debe asumirse como un gobierno de transición más que como un gobierno de transformación.

La elección de Gabriel Boric como presidente de Chile se produjo tras dieciséis años de alternancia entre los liderazgos de Michelle Bachelet y Sebastián Piñera, cuya acción de gobierno terminó vaciando de legitimidad a las dos coaliciones que dominaron la transición chilena: la Concertación (centroizquierda) y la Alianza por Chile (centroderecha). Ambas coaliciones se quedaron, por primera vez desde la restauración democrática, sin opción propia en la segunda vuelta presidencial del 19 de diciembre pasado. Paradójicamente, la elección que deja desahuciados a ambos actores de la transición terminó jugándose en la oposición entre «pinochetismo» y «comunismo», reviviendo en la puja electoral el viejo clivaje del plebiscito del «Sí» y el «No». La adhesión a Gabriel Boric puede entenderse como una mezcla de rechazo al pasado pinochetista encarnado por Kast, pero también como una apuesta a futuro. Desde esa perspectiva es también y en buena medida el voto del «apruebo» a la Convención Constitucional.


Apruebo Dignidad, la coalición entre el Frente Amplio, el Partido Comunista y otras fuerzas menores, posee hoy tres ventajas sobre las destartaladas fuerzas políticas tradicionales. Primero, sintoniza muy bien con el clima de época caracterizado por un Chile feminista, verde, joven y más justo. En segundo lugar —aunque no sin contratiempos importantes en términos de su relación con los movimientos sociales y con grupos de izquierda más extremos durante estos últimos años— el Frente Amplio logró erigir a Boric como interprete legítimo de la demanda por transformaciones sociales que son a la vez profundas y graduales. En tercer término, Apruebo Dignidad posee hoy un enorme capital de liderazgos jóvenes, pero ya fogueados, capaces de consolidar el proceso de cambios en próximas elecciones (Camila Vallejo, Izkia Siches, Karol Cariola, Giorgio Jackson y una serie de figuras recientemente electas en las alcaldías y la Convención Constituyente). Apruebo Dignidad no tiene en frente otra coalición con un capital político y una épica semejante. La sincronía entre el tiempo social y el tiempo biológico también corre a su favor.


Durante la campaña, Boric desplegó características personales que, aunque son genuinas, eran desconocidas al grueso de la ciudadanía. A pesar de su juventud, su liderazgo parece desfasado de una época en que predominan narcisistas y mesiánicos. Se trata de un líder auténticamente dispuesto a dudar de sus certezas, a pedir perdón, a abrir diálogos incómodos e improbables, con todos. Es también alguien que entiende que su suerte dependerá de poder persuadir a quienes hoy le temen. Tal vez solo intuitivamente, pero en base a esa personalidad, Boric ha ido consolidando la capacidad de transmitir que se puede dialogar y negociar con quienes hay que hacerlo, sin necesariamente arriar principios ni el compromiso con los cambios que el grueso de la ciudadanía espera. En un clima social en el que predominan visiones moralizantes de la política y sus actores, esa capacidad también es inusual. El nítido contraste entre el liderazgo de Boric y la figura presidencial de Sebastián Piñera, le garantiza, al menos por un tiempo, un piso casi automático de popularidad y adhesión.


A pesar de todos estos activos, el gobierno Boric será dificilísimo. La dificultad no deriva de la «radicalidad» de la demanda ciudadana, como afirma el latiguillo de una derecha desnorteada (la gente entiende que los cambios no serán inmediatos pero la elite chilena parece seguir sin comprender que en política lo simbólico importa tanto o más que lo estrictamente material), sino de otras características de Apruebo Dignidad y del contexto que enfrentará el gobierno.


Más allá de sus fortalezas relativas, en términos de su estructura política, Apruebo Dignidad tiene las debilidades propias de un sistema de partidos socialmente desarraigado. Con algunas excepciones puntuales, sus liderazgos son mucho más de aire que de tierra y carecen de capacidad para vertebrar y canalizar intereses y conflictos que hoy cruzan a la sociedad chilena. Aunque pueden generar palizas electorales, como la que acabamos de ver en Chile, los liderazgos sustentados en el aire son por definición evanescentes. Más aún, cuando una fracción no despreciable de sus votos fueron más anti-Kast que pro-Boric. A su vez, Apruebo Dignidad llega a La Moneda con una evidente escasez de cuadros propios para la acción de gobierno, por lo que deberá recurrir (evitando «contaminarse») a cuadros prestados o a independientes con know-how sectorial, pero carentes de oficio político y de experiencia en la gestión del Estado. En términos económicos, al menos durante el primer año de gobierno, el país enfrentará un frenazo en su crecimiento, en un contexto de creciente inflación en que también cesarán los paquetes de ayuda social por la emergencia del covid-19. El gobierno también enfrentará una dura situación fiscal. En términos políticos, el resultado de la elección parlamentaria aumentó los niveles de fragmentación partidaria en el Congreso, ambientó niveles sin precedentes de recambio parlamentario y generó un empate en el Senado entre el bloque de centroderecha y el de centroizquierda. No hay mayorías automáticas para ninguno de los proyectos símbolo con los que Gabriel Boric hizo campaña.


La economía política de esos proyectos de reforma también juega en contra. La construcción del imprescindible pacto social que se requiere para avanzar hacia un modelo de desarrollo que combine crecimiento económico, sustentabilidad medioambiental y un piso de derechos sociales garantizados supone amenazar a grupos de interés tan poderosos como miopes. El empresariado chileno, sus medios de comunicación y sus think tanks más influyentes, solo parecen vislumbrar dos escenarios posibles: o se mantiene «el modelo» o Chile se transforma en Cuba, Venezuela o Corea del Norte. Si bien tras el estallido social de 2019 el sector empresarial hizo una leve autocrítica y generó algunas señales de apertura, su posición durante la campaña electoral refleja que, ante el primer desafío, su tropismo los domina al punto de nublar toda racionalidad. Lo que para empresarios extranjeros y prensa internacional era un liderazgo de extrema derecha, para buena parte de los locales aparecía como la tabla de salvación ante la «amenaza comunista».


La intransigencia del empresariado chileno es lo que explica que ante un modelo que se quedó sin economía moral y sin enclaves institucionales (porque más allá de la Constitución aún vigente, los actores de la transición, así como sus repertorios y sus instituciones, son hoy inoperantes) solo atinen a buscar reimponer el modelo «por la razón o la fuerza», mientras vociferan en sus medios contra la violencia y la anomia. Con su miopía a cuestas, el empresariado chileno no tiene, no obstante, contrapeso en cuanto a su poder estructural e instrumental en la sociedad. Los sindicatos están diezmados, mientras que las comunidades locales y la sociedad civil permanecen débiles y fragmentadas. Más allá de su precaria encarnación en la Convención Constituyente y en la adhesión que hoy genera Gabriel Boric, los espasmos de protesta y la calle, no tienen ni orgánica, ni voceros legítimos, ni vínculo estrecho con la institucionalidad partidaria. En eso, Pinochet está más vivo que sus herederos.


La economía política asociada a los temas de orden público —un aspecto central en las preocupaciones ciudadanas— es también sumamente compleja. En este plano deben enfrentarse tres desafíos mayúsculos, parcialmente heredados de un gobierno que en los últimos dos años profundizó con su desidia cada problemática: el conflicto en la Araucanía, el avance del crimen organizado, la ilegalidad y la creciente informalidad, y la necesidad de conciliar el derecho a la protesta con el orden público. En esos tres ámbitos, la capacidad de coordinar y ejercer control civil sobre las fuerzas de orden es clave, así como lo es avanzar con la reforma de fuerzas policiales no solo golpeadas por la violación de derechos humanos, sino también por escándalos de corrupción institucional. La capacidad de reconstituir el orden público depende entonces de lograr articular una reforma exitosa que limite la autonomía de las fuerzas de orden de las que simultáneamente depende solucionar (o seguir deteriorando) los problemas que angustian a la ciudadanía.


¿Cómo lidiar exitosamente con los poderes fácticos y sus operaciones? ¿Cómo evitar el derrotero de los gobiernos que lo preceden, eludiendo así la norma de la alternancia entre presidencias crecientemente inoperantes? ¿Cómo salvar el proceso de cambio disparado por el estallido social de 2019 y amenazado por la «coalición restauradora» que encabezó José Antonio Kast? ¿Cómo mitigar la chance de convertirse en el presidente que entregue el poder a la ultraderecha o a un auténtico outsider y cómo aumentar la probabilidad de ser quien encabece la transición hacia el «nuevo» Chile?


Aunque pese, la presidencia de Boric debe asumirse como un gobierno de transición más que como un gobierno de transformación. El objetivo central del primer año de gobierno debe ser el éxito del proceso constituyente. Ese éxito requiere de dos condiciones: garantizar la autonomía de la Convención y brindarle apoyo al proceso. La autonomía es necesaria porque el proyecto de Constitución no puede ser meramente el de Apruebo Dignidad y el de sus socios cercanos, sino que debe representar, convocar y dar garantías a una amplia mayoría de la ciudadanía. La Convención también debe tener claridad al respecto, asumiendo su autonomía frente al poder constituido. El apoyo institucional es imprescindible para que la Constituyente logre culminar con éxito su proceso, lo que implica también organizar un plebiscito de salida en el que el voto será obligatorio. Los problemas con el transporte público vividos durante la elección del domingo, en el contexto de una elección con voto voluntario en que participó solamente un 55% de los habilitados (pese a que se superó en ocho puntos la participación de la primera vuelta), simbolizan el tenor de ese desafío.


El gobierno de Boric también debe evitar que la elección del año próximo se transforme en un plebiscito sobre el nuevo gobierno o sobre la figura presidencial. Usualmente se dice que el gobierno debe acometer rápidamente las reformas centrales de su programa, durante la luna de miel. No es lo que conviene, me temo, al gobierno Boric. Si su popularidad cae rápidamente intentando aprobar reformas que asusten a los «fácticos», es bien probable que el debate constituyente se contamine (es evidente que los grupos de poder cuentan con recursos más que suficientes con que instalar climas de opinión que cristalicen ese escenario), al punto de arriesgarlo. El riesgo será aún mayor en un contexto de recesión y estancamiento económico como el que se vislumbra para 2022.


Incluso resultando exitoso, el proceso constituyente es necesario pero no suficiente para solucionar los problemas que hoy enfrenta Chile. Por esa razón, las virtudes del liderazgo presidencial deben volcarse, desde el primer día, a ambientar un proceso amplio de negociación y concertación social en torno a un nuevo modelo de desarrollo, capaz de sentar las bases para un crecimiento económico compatible con los derechos que serán incorporados a la nueva Constitución. Antes que comenzar por promover reformas sectoriales, el gobierno de Boric debe ambientar un proceso de concertación social amplio sobre un nuevo modelo de desarrollo para Chile. Ese modelo, que deberá contar con una base amplia de apoyo político, podrá aterrizarse en un segundo tiempo con reformas sectoriales clave.


En otras palabras, más que enviar proyectos de ley al Parlamento en torno a políticas sectoriales específicas (impuestos, salud, educación, pensiones, políticas de cuidado), se requiere sentar a la mesa actores que en Chile no están acostumbrados a negociar. Tampoco hay que hacer «escucha» para luego interpretarla y desde allí, y desde arriba, hacer propuestas. Se trata de una negociación. A quienes están acostumbrados a imponer condiciones unilateralmente habrá que persuadirlos de escuchar y negociar. A otros habrá que vertebrarlos para que puedan incorporarse con su voz a una negociación sobre los parámetros de un nuevo modelo de desarrollo para Chile.


Así, durante el primer año y mientras se discute (y eventualmente aprueba) el nuevo texto constitucional, la negociación de un nuevo modelo no debe hacerse en clave parlamentaria ni sectorial, sino mediante un proceso de concertación social que incorpore un conjunto amplio de actores e intereses. Las inusuales características del liderazgo de Gabriel Boric hacen posible un giro como el propuesto. Además de fijar los parámetros de un nuevo modelo de desarrollo, un pacto social exitoso tal vez pueda contribuir a recomponer las confianzas necesarias para una negociación más aterrizada respecto a reformas sectoriales y su priorización en los últimos tres años del gobierno.


El nuevo gobierno debe asumir desde el primer día la importancia de la administración e implementación de las políticas públicas. Cuando consultamos a la ciudadanía sobre sus demandas respecto a la Convención Constituyente, quienes se encuentran en posiciones socialmente más precarias usualmente refieren a problemas que afectan su vida cotidiana. Esos problemas tienen relación con déficits de implementación de políticas públicas (colegios para sus hijos, acceso a médicos especialistas, problemas barriales o de índole municipal, el abandono por parte del Estado y sus representantes en términos de su presencia territorial y acceso). En el corto plazo, mitigar una buena parte de estos problemas pasa más por establecer mecanismos de articulación, coordinación e implementación (son problemas de «última milla») que por reformas legales o constitucionales. En suma, se puede avanzar bastante en solucionar problemas centrales para la vida de la gente mediante una buena administración. Elegir muy bien quiénes, con qué criterios, y con qué competencias administran y coordinan políticas sectoriales constituye por tanto un desafío relevante. No contar con cuadros propios suficientes abre una oportunidad para elegir bien, pero también genera el riesgo evidente de no conocer bien a quien se está reclutando.


El Frente Amplio y sus partidos enfrentan también un desafío inmenso. Cuando las fuerzas políticas llegan al gobierno, usualmente desatienden la relación con la ciudadanía para volcarse de lleno a la acción de gobernar. El Frente Amplio no solo debe contribuir a la acción de su gobierno, sino que sus partidos, con independencia del gobierno, deben construir una relación que nunca han tenido con sectores amplios de la ciudadanía chilena. Solo mediante esa articulación política, podrá institucionalizarse la frágil y tentativa adhesión lograda el 19 de diciembre. La continuidad del proyecto depende de dicha institucionalización.


La suerte del gobierno también dependerá, finalmente, de lo que tenga en frente. La derecha deberá administrar una derrota costosa. Con contadísimas excepciones, tras la primera vuelta, quienes hicieron gárgaras durante años con la centroderecha, la derecha liberal y la derecha social, abrazaron pragmáticamente a un liderazgo retrógrado y carente de profundidad en términos de su proyecto de país. Reconstituir la credibilidad de un proyecto de derecha comprometido con la democracia es clave, no solo para ella misma, sino para la estabilidad institucional. Pero hoy carecen de liderazgos que puedan hacer ese tránsito rápidamente. Quien abrace la autocrítica y entienda que es necesario participar constructivamente de la negociación de un nuevo Chile, podrá eventualmente erigirse como puntal de una derecha democrática. El gobierno de Boric tiene la posibilidad de habilitar esa opción, abriéndose también al diálogo y a la negociación con las fracciones constructivas de la oposición. Eso pavimentará además el camino a las mayorías parlamentarias de las que hoy carece para aprobar proyectos clave. La alternativa para la derecha es desarrollar una estrategia de oposición sin concesiones, apostando al desgaste de un gobierno que la tendrá muy difícil. Esa bien podría ser también la estrategia que asuma José Antonio Kast. Y podría terminar siendo una estrategia exitosa para ganar la próxima elección. Si Kast o cualquier equivalente funcional a su liderazgo logran el objetivo, Chile habrá perdido la última oportunidad en mucho tiempo para intentar el desarrollo y fortalecer su democracia.

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Aire fresco para el progresismo latinoamericano

La contundente victoria de Gabriel Boric frena a la derecha en Chile y en la región. Ahora, el presidente más joven y con más votos de la historia democrática tendrá el desafío de poner en marcha un proyecto progresista que articule el cambio social y la defensa de los derechos humanos.

La contundente victoria de Gabriel Boric sobre José Antonio Kast (extrema derecha) confirma en las urnas —una vez más— la potencia del «reventón chileno» que atravesó transversalmente a toda la sociedad. Y, también hay que decirlo, revela un sistema electoral que lució impecable. Alrededor de las ocho de la noche (hora local) se conocían los resultados y el perdedor aceptaba su derrota. 

Chile pareció volver a su «normalidad»: la de las victorias electorales de fuerzas partidarias de transformaciones sociales en un sentido progresista. Sin equivocarse, los medios definen la elección como histórica. Y lo es. El triunfo de Apruebo Dignidad, nombre nacido de la anterior batalla política (la que logró poner en pie la Convención Constitucional), lleva inscripta la promesa de cambio. 

Los partidos que dirigieron la transición democrática post-Pinochet quedaron fuera de la contienda presidencial (si bien resistieron en las elecciones para diputados y senadores). Boric, el candidato de izquierda, arrasó con 60% en la Región Metropolitana y, de la mano de Izkia Siches, la joven ex-presidenta del Colegio Médico, uno de sus mejores fichajes para la campaña de la segunda vuelta, logró mejorar sus resultados en las regiones y consiguió casi 56% en la elección nacional.

En la primera vuelta, la centroizquierda fue desbordada desde la izquierda por Apruebo Dignidad (Frente Amplio y Partido Comunista) y la centroderecha naufragó electoralmente tras un segundo gobierno de Sebastián Piñera que nunca encontró un rumbo y terminó apoyando, casi sin condiciones, a un candidato que reivindicaba a Augusto Pinochet (con excepción de su política de derechos humanos —sic—). Pero esto no significa que, como titularon muchos medios internacionales, las elecciones chilenas enfrentaran «dos extremos». En el flanco derecho, en efecto, se puede hablar de un extremo. Fue la paradoja de esta elección: el «pinochetismo» de Kast —junto con sus posiciones conservadoras en el terreno de los derechos sexuales, las demandas LGBTI o el feminismo— apareció como más «transgresor» que el programa de Boric. Por eso convocaba al voto con la consigna «Atrévete»: porque hoy votar por él implicaba ir contra la corriente. Significaba, de hecho, manifestarse contra el nuevo sentido común que fue emergiendo al calor de las movilizaciones y de las olas feministas, de los movimientos contra las administradoras de fondos de pensiones (AFP), por el reconocimiento de los pueblos indígenas y en favor de la lucha contra el cambio climático y las «zonas de sacrificio».

En el caso de Boric, pese a ser el candidato de una alianza a la izquierda de la Concertación, su programa está lejos de ser radical. Es, más bien, la expresión de un proyecto de justicia social de tipo socialdemócrata en un país donde, pese a los avances en términos de lucha contra la pobreza, perviven formas de desigualdad social —y jerarquías étnicas y de clase— inaceptables junto a la mercantilización de la vida social. Por otro lado, pese a que Kast se presentaba como un candidato de «orden», todos sabían que el postulante de la derecha habría sido un presidente potencialmente desestabilizador, por su seguro enfrentamiento con la Convención Constitucional en funciones, pero también por la previsible resistencia en las calles. El «orden» en un país que, como se vio en la campaña y en la elevada participación electoral, sigue profundamente movilizado, rima con el cambio y no con los retrocesos conservadores que prometía Kast.

Más que a un radical, muchos en la izquierda consideran a Boric, de 35 años, como demasiado «amarillo», la forma clásica para referirse a las izquierdas reformistas. Y gran parte de su éxito en la segunda vuelta fue haber podido captar el apoyo de la Democracia Cristiana y del Partido Socialista, incluido el de la ex-presidenta Michelle Bachelet, hoy Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, que viajó a Santiago a votar y llamó, mediante un video, a votar por Boric. Como ocurrió con Podemos en España, el Frente Amplio (surgido de las movilizaciones estudiantiles) criticó duramente la transición post-dictadura, pero no podía ganar sin el apoyo de las fuerzas que la dirigieron (solo que, a diferencia de España, sí logró dar el sorpasso frente a la vieja centroizquierda, al menos en la Presidencia, no así en el Congreso). Y menos aún podría gobernar, una tarea cada vez más difícil en una América Latina revuelta.

Ex-dirigente estudiantil y actualmente diputado, Boric llegó a la candidatura presidencial tras un periodo de crisis del Frente Amplio, luego de ganarle las primarias a Daniel Jadue, del Partido Comunista (el sistema electoral chileno favorece la conformación de coaliciones para participar juntas de las primarias y aprovechar los espacios publicitarios y la visibilidad que generan). En la campaña, el ahora presidente electo planteó un choque entre una nueva cultura de izquierda —con eje en los derechos humanos— y la vieja cultura comunista propia de la Guerra Fría, por ejemplo en temas como la crisis en Venezuela o Nicaragua. En uno de los debates con Jadue señaló: «El PC se va a arrepentir de su apoyo a Venezuela como Neruda se arrepintió de su Oda a Stalin». Ahí, Boric puede hacer la diferencia respecto de unas izquierdas latinoamericanas demasiado «campistas» (expresión para señalar a quienes ven el mundo como dos campos geopolíticos opuestos), que terminan mirando con desconfianza los discursos sobre derechos humanos en lugar de transformarlos en un instrumento de la batalla por un mundo más igualitario.

La candidatura de Boric sella una serie de victorias electorales de la idea de «cambio»: el masivo «Apruebo» a la necesidad de una Convención Constitucional en octubre de 2020, la elección de alcaldes y alcaldesas apenas treintañeros en varias ciudades del país y la propia composición de la Convención. Estos liderazgos reflejan un fuerte cambio generacional del cual es expresión el Frente Amplio, pero también las nuevas caras del PC como Irací Hassler, que hoy gobierna la comuna de Santiago Centro. Estos nuevos liderazgos son sociológicamente cercanos al Frente Amplio y plasman también el ascenso de nuevas camadas de mujeres feministas. De hecho, el PC chileno es uno de los pocos casos de un partido comunista en Occidente que, sin renunciar a su identidad, logró renovarse en términos generacionales, pero también de género.

Es posible que el posicionamiento del Frente Amplio en la Convención Constitucional, donde trabaja en coordinación con el PS y más que con el PC, anticipe algo de lo que viene: su lugar como pivote entre la izquierda del PC y la centroizquierda. En su campaña, Boric debió parecerse más a Bachelet que a Salvador Allende. Al final, el «reventón» no significó un giro hacia la izquierda tradicional ni añoranza hacia el pasado, y por eso el desafío del nuevo presidente será poder llevar adelante las banderas de transformación social, sobre todo la de un país más justo, pero sin sobreactuación. Boric captó en su campaña —que en la segunda vuelta penetró en el electorado moderado— que hay en las demandas de cambio más de «frustración relativa» que de añoranzas de la época allendista, aunque sin duda el ex-presidente brutalmente derrocado en 1973 constituyó para muchos una suerte de faro moral de las protestas.

Con un gobierno de Jair Bolsonaro cada vez más impopular, la derrota de Kast, aliado de Vox y otras fuerzas reaccionarias globales, constituye también un freno a la extrema derecha en la región. Con Boric en Chile, la izquierda latinoamericana suma un nuevo presidente —y hay quienes ya colocan a Brasil y hasta a Colombia en esta estela para 2022—. Pero esta «segunda ola» es mucho más heterogénea que la primera y, en general, de menor intensidad programática. Frente a una izquierda latinoamericana desgastada después de la primera «marea rosa», desde un país como Chile —más institucionalizado que otros en la región—, quizás Boric pueda mostrar una vía democrática radical e igualitaria capaz de construir instituciones de bienestar más sólidas (una agenda que tomó una nueva dimensión en la pandemia). Pero también puede significar aire fresco en términos de principios: el «populismo de izquierda» en la región terminó por quedar pegado a la decadencia política y moral del proyecto bolivariano. Y Boric tiene el desafío de mostrar que se puede avanzar en el campo social sin deteriorar la cultura cívica. Aunque eso no solo depende de él, sino también de la futura oposición (tanto política como social). El récord de votos que lo aupó a la Moneda sin duda le da un poder que nadie esperaba días antes de esta elección. 

«Esperamos hacerlo mejor», le dijo a Sebastián Piñera, de manera educada pero contundente, al aceptar un desayuno de transición. Poco después, ante una multitud, dio inicio a lo que sin duda es un nuevo ciclo. Posiblemente el fin de la transición tal como la conocíamos. 

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El ganador de la elección presidencial en Chile, Gabriel Boric, publicó el siguiente tuit: Hoy visitamos el Palacio de la Moneda por invitación del presidente (Sebastián) Piñera. Cuando estuve frente al busto de Salvador Allende pensé en los que, como él, estuvieron antes que nosotros. Sus sueños de un Chile mejor son los que vamos a seguir construyendo junto a todos ustedes. Foto tomada de Twitter

Se consolida el proceso constituyente // Épica, la reacción popular ante una posible regresión pinochetista // El país, en el umbral de un cambio profundo, señala analista

 

Santiago. Al día siguiente de la espectacular victoria de Gabriel Boric en las elecciones presidenciales de Chile, que con 11.74 puntos de ventaja y 4 millones 620 mil votos lo convierten en el más votado de la historia, el primero proveniente de una región que no sea la capital y el más joven en ser elegido, los analistas ensayan explicaciones acerca de la combinación de sucesos que llevaron a este momento de recambio generacional en la política.

Simultáneamente, Boric, quien en su discurso la noche del domingo comenzó a asumir la dimensión republicana que implica conducir al país, continuó con el rito de las formas correctas y participó este lunes en una reunión de dos horas con el presidente Sebastián Piñera, para acordar la coordinación de la transferencia del poder.

Tras ese encuentro, que ocurrió después del mediodía, el presidente electo buscó dar señales para despejar incertidumbres, habida cuenta de que los mercados financiero, accionario y el tipo de cambio, reaccionaron histéricamente: los títulos preferentes cayeron 6.2 por ciento –los más perjudicados fueron los de las mineras y de las administradoras de pensiones– y el peso perdió poco más de 4 por ciento para anotar su peor registro histórico (876 por dólar). Según los operadores, más que por el triunfo de Boric, que estaba internalizado, lo que revolvió las aguas fue la amplitud de su ventaja frente al ultraconservador José Antonio Kast (55.87 por ciento de los votos frente al 44.13).

Tras referirse brevemente al encuentro con Piñera –"fue una reunión con altura de miras, hoy estamos más conscientes de los tremendos desafíos que debemos abordar"–, el presidente electo afirmó: "estamos iniciando las conversaciones" para la integración del gabinete, y agregó que anunciará los nombres en no más de un mes.

"Hay que llevar adelante un proceso de chequeo y contra chequeo, para no equivocarse", explicó, prometiendo paridad de género y no de cuota entre los partidos; "vamos a incorporar a las personas más capacitadas, seguramente varios independientes".

Insistió en que habrá responsabilidad y convergencia fiscal porque "Chile requiere cuentas claras, una macroeconomía ordenada, porque si no, se termina retrocediendo. Gastos permanentes tienen que ser con ingresos permanentes, vamos a avanzar en reformas estructurales, pero paso a paso, para no desbarrancarnos".

Nuevo ciclo

Para Ernesto Águila, académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, el triunfo nítido del izquierdista sobre el candidato de la extrema derecha tiene importantes significados.

"Consolida el proceso constituyente en marcha y ratifica un camino de cambios progresistas de signo antineoliberal. Lo que viene no es fácil para el nuevo presidente porque el Parlamento se encuentra empatado y deberá hacer grandes esfuerzos para construir las mayorías necesarias para viabilizar su programa", dice.

También destaca que "la reacción y movilización popular ante el riesgo de una regresión pinochetista fue épica frente a un intervencionismo electoral del gobierno sin precedente".

Considera que el país "queda con este triunfo en el umbral de iniciar cambios profundos en manos de una nueva generación de políticos. Jóvenes que han demostrado capacidad para enfrentar situaciones adversas y que pueden abrir un nuevo ciclo en la política chilena".

También para Mauricio Morales, académico de la Universidad de Talca, el resultado electoral "implica un quiebre generacional y político crucial en la historia reciente de Chile, porque elegimos al presidente más joven, con más votos y que no proviene de los pactos políticos tradicionales dominantes desde los años 90".

Se produjo, dice, "un cambio muy brusco, apareció una coalición de izquierda con el Frente Amplio y el Partido Comunista que ahora se consolida poderosamente, que fue capaz de derrotar a la izquierda tradicional y a la derecha más radical, por tanto, la esperanza que encarna Boric pasa como ideario de izquierda por generar un país mucho más igualitario, con acceso a los recursos básicos y con mejoras sustantivas en pensiones, salud y educación".

"El recambio generacional es muy evidente, pasan a dominar la escena política personas en torno a los 35 y 40 años que vinieron desde los movimientos sociales y estudiantiles. Eso no lo consiguió la ex Concertación, lo cual es un fracaso para generar militancia que les permitiera sobrevivir".

Así, mientras el desempeño electoral de los partidos clásicos de la centroizquierda va a la baja –tres de ellos (la DC, los radicales y el PPD) están cerca de la muerte electoral– el Frente Amplio y el PC produjeron un cambio significativo, la construcción de un polo de izquierda muy desarrollado electoralmente.

Coincide en que la victoria de Boric es crucial para viabilizar el avance de la Convención Constitucional, que debe terminar su trabajo a más tardar en julio del próximo año para después ir a un plebiscito ratificatorio.

"En esta nueva etapa van a convivir un gobierno de izquierda con una Convención que tiene las misma características, hay congruencia programática e ideológica, por tanto debiera ser una relación de convivencia sana, lo cual no habría ocurrido con Kast", explica.

El mayor desafío para el nuevo gobierno será ampliar su base política en el Parlamento, porque la izquierda, desde marzo próximo, no tendrá las mayorías suficientes para aprobar proyectos de ley por sí sola.

"Boric tendrá que ser lo suficientemente hábil para ampliar su coalición incluyendo a personas de los partidos Socialista, del PPD, Radical e incluso de la DC, esa es la estrategia que debe utilizar: ampliar la coalición para tener un congreso mucho más favorable".

Pero advierte que "el presidente debe ser cuidadoso en no elevar demasiado las expectativas porque si los resultados no lo acompañan, puede haber una espiral de desaprobación y eso no va a contribuir al plebiscito de salida pronosticado para septiembre".

Al respecto, no se trata de minimizar o reducir los objetivos de gobierno por cuanto "hay un compromiso por escrito", sino que las personas entiendan que "los tiempos pueden variar, que el programa se cumplirá en un calendario que no será todo lo acelerado que quisiéramos".

Para el sociólogo Axel Callis, la inmensa votación de Boric se debe a que la gente despertó en términos políticos, cuando percibió que ciertas conquistas sociales corrían riesgo de perderse.

“Hay una apoliticidad peligrosa, el voto pragmático, la abstención, donde las personas dan por descontado que la democracia avanza, aunque sea lentamente. Después de la primera vuelta, sobre todo jóvenes, sintieron que algo de sus vidas podía cambiar, pero en un sentido negativo, si ganaba la ultraderecha, entonces muchos dijeron ‘atinemos, hay que impedir que Kast sea presidente’ y salieron a votar”.

Las manifestaciones de celebración, espontáneas, múltiples y muy numerosas, fueron "expresiones de esperanza pero también de alivio, de haber evitado que naciera algo que podía ser regresivo en términos valóricos y de derechos".

Asimismo, la inmensa votación que obtuvo Boric implica una gran responsabilidad, porque "en democracia cuando las cosas no se dan rápidamente te dejan caer. Mientras más acumulas a favor, también puedes acumular en contra, pasar del amor al odio y a la frustración es algo que está en el ser humano, su gran legitimidad de origen lo obliga a responder a esa enorme masa de votantes".

Por Aldo Anfossi

Especial para La Jornada

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Chile: multitudinario acto de Gabriel Boric: entre las demandas de la rebelión y la moderación

Una multitud acudió a escuchar el discurso del recientemente presidente electo Gabriel Boric, que hizo muchas promesas sobre las demandas más sentidas de las mayorías populares, sin plantear cómo realizarlas. Se escuchó el grito por la libertad de los presos políticos de la revuelta del 2019, algo que 

Con amplia distancia Gabriel Boric ganó la candidatura presidencial por sobre José Antonio Kast. Los resultados no dejaron de sorprender por la diferencia de más de 10 puntos, superando el 55,8% del total de los votos.

Gabriel Boric se convertirá en el presidente más joven de la historia de Chile, quien comenzó su carrera política en las movilizaciones estudiantiles del 2011 a través de la presidencia de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile.

En Santiago y en varias comunas del país se realizaron caravanas y actos para festejar los resultados. El acto central se realizó en las cercanías de Metro Universidad de Chile, en un acto multitudinario que expresó las amplias expectativas para quienes acompañaron las demandas de la rebelión contra el "Chile de los 30 años". Aunque muchos votaron para que no salga el ultraderechista José Antonio Kast, quien es una amenaza directa para los derechos de los trabajadores, mujeres y diversidad sexual. Otros votaron sin mucho entusiasmo tras el rol de Boric en el “Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución” que le salvó el pellejo a Piñera y propició la impunidad.

El discurso de Boric

"No puede volver a ocurrir que en un momento tan importante como este se prive a la gente por cualquier motivo", comenzó Boric aludiendo a la falta de transporte durante la jornada de votación. Saludó a Izkia Siches (ex presidenta del Colegio de Médico de Chile, autodefinida como feminista) quien en las últimas semanas de campaña electoral se sumó al comando de Boric para ser su jefa de campaña. Saludó a las mujeres aludiendo al derecho a decidir por el aborto. Aunque recientemente no estuvo presente durante la votación de una ley para despenalizarlo, que después el senado rechazó.

"El futuro de Chile nos necesita a todos, espero que podamos a contar con sus ideas", señaló Boric con guiños a los programas de los ex candidatos presidenciales, incluyendo a José Antonio Kast: “Sean civiles o militares. Sí, señores. Sí, compatriotas. Civiles o militares”.

Pero, también señaló: "no nos encerremos a las trincheras", haciendo guiños a los distintos sectores políticos y empresariales. "Llegamos acá para conversar con quiénes opinan diferentes, la colaboración con el mundo empresarial, construir alianzas", puntualizó.

Liberar, liberar a los presos por luchar

En su discurso, un fuerte grito por la libertad a los presos políticos de la revuelta se sostuvo a lo largo de su acto. En su discurso, Boric respondió con ambigüedad: “He hablado con las familias y sé bien lo que hay que hacer”. Con esto, se abre una contradicción en su próximo gobierno con los sectores que luchan por las demandas de la rebelión y la libertad de los presos políticos de la revuelta.

Guiños políticos

Desde el comando de campaña Boric e Iskia Siches, señalaron estar "muy contentos y esperanzados para reconstruir Chile". Giorgio Jackson, jefe del comando de Boric y reconocida figura del Frente Amplio indicó "Esto no se hace sólo de un comando, se hace desde la ciudadanía y con el resto de las agrupaciones". Ante el reconocimiento de Kast a este resultado: "mostró ponerse a disposición... así que se verá de alguna manera un momento de conversación, que dejamos que exista un espíritu cívico que anime la conversación"

Esto expresa más el giro hacia el centro que realizó Boric durante la campaña, quien tuvo sus guiños políticos con los ex presidentes Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. Lagos, en uno de sus twitt felicitó a Boric para luego plantearle algunas pautas próximo gobierno: "En medio de los desafíos del presente con una crisis económica y una pandemia, tanto el gobierno como la oposición deberán encontrar algunos puntos en común para dar una señal de unidad al país. Además tendrá el honor de firmar y poner en marcha la próxima Constitución de Chile".condicionará su próximo gobierno.

Domingo 19 de diciembre

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