Sede de la OTAN en Bruselas, a 16 de abril de 2022. — ZHENG HUANSONG / XINHUA NEWS / CONTACTOPHOTO / Europa Press

 

Los dos países del norte de Europa reconocen que su petición de ingreso en la Alianza Atlántica está motivada por la invasión de Ucrania por Rusia. Pero, es un desacierto identificar la apuesta de la primera por entrar en la OTAN con la de los dos países bálticos.

 

La eventual adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN pondrá de manifiesto la incapacidad de Rusia, ni siquiera con el uso de la fuerza, para detener el acercamiento de la Alianza Atlántica a sus fronteras. Pero también esa futura incorporación dejará claro otro asunto. Pese a todo lo que sucede en Ucrania, pese a todas las amenazas que se puedan sentir en territorio europeo, la defensa regional en Europa queda en manos de la OTAN y por tanto al albedrío del líder absoluto en esta organización, Estados Unidos.

La guerra de Ucrania muestra, así, el triunfo de la OTAN, pero también la ralentización de la defensa regional europea. Ciertamente, los países de la Unión Europea se han comprometido a aumentar su presupuesto militar hasta un 2% de su PIB. Pero este incremento no redundará en beneficio del tantas veces retrasado proyecto europeo de defensa, sino que, de momento, acabará fortaleciendo las huestes europeas en el seno de la OTAN y aliviando la contribución principal a la Alianza por Estados Unidos, líder indiscutible de este pacto militar.

De hecho, ha sido el presidente estadounidense, Joe Biden, como cabeza de facto de la OTAN, el primero en recibir con júbilo a los mandatarios finlandés y sueco tras la decisión de sus respectivas administraciones de solicitar su integración en la OTAN, paso que los dos países del norte de Europa reconocen que está motivado por la invasión de Ucrania por Rusia.

Biden recibió el jueves en la Casa Blanca a la primera ministra de Suecia, Magdalena Andersson, y al presidente finlandés, Sauli Niinistö. El presidente estadounidense exhibió la futura incorporación de los dos países a la Alianza Atlántica como un triunfo de la organización. La OTAN "es más necesaria que nunca" y muestra así su eficacia, aseveró. "Finlandia y Suecia harán más fuerte a la OTAN", insistió Biden, que subrayó también cómo ambos países cumplen con creces los requisitos de Bruselas para que esa adhesión se produzca cuanto antes. Si no hubiera obstáculos, ese periodo de espera durará entre seis meses a un año.

Sin embargo, esos obstáculos existen. La aceptación de nuevos socios requiere la unanimidad de los treinta miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y ya al menos uno de ellos, Turquía, ha señalado que no ve con buenos ojos ese paso. El Gobierno de Ankara acusa a los de Helsinki y Estocolmo de acoger y amparar a miembros del PKK, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán. Estos milicianos y otros de origen kurdo son considerados como terroristas en Turquía por su apuesta por la independencia del Kurdistán y por los métodos armados con los que sustentan sus reclamaciones. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, podría presionar más sobre sus aliados de la OTAN y especialmente sobre Estados Unidos para lograr algunas concesiones en este sentido y también para que se levanten a Turquía diversas sanciones que pesan sobre este país por la adquisición de material militar ruso.

Esa es la cuestión más candente en este futuro proceso de ampliación de la OTAN, porque Turquía es, en la Alianza Atlántica. el Estado más cercano a Rusia, con una confluencia de intereses geopolíticos y económicos en Transcaucasia y el Asia Central ex soviético. El difícil equilibrio en torno al Mar Negro, donde Rusia y Turquía tienen las costas más extensas, es otra cuestión delicada para la Administración Erdogan, que no está dispuesta a que el ambiente bélico al norte de esa cuenca marina acabe de alguna u otra forma afectando a la península de Anatolia.

Otro elemento de preocupación en este proceso de adhesión finesa y sueca a la OTAN aparece en el enclave ruso de Kaliningrado, rodeado por territorio de Lituania y Polonia. La propaganda de la OTAN reduce el valor de ese territorio a un arsenal, un polvorín cercado también por el norte si Suecia entra en la Alianza. Sin embargo, esta antigua región alemana, llamada antaño Königsberg e incorporada a la Unión Soviética como botín de guerra al terminar la segunda contienda mundial, ha sido durante décadas un motor de crecimiento industrial en Rusia y un modelo de la cooperación con Alemania, gracias a las factorías que este país dispone en ese territorio, especialmente de la industria del automóvil.

Pero si aún así se considera solo su importancia geoestratégica, Kaliningrado, más que un bastión rodeado por países de la OTAN y sobre el que Polonia tiene puestos sus ojos, es en realidad una espina clavada muy profundamente en territorio de la Alianza. Una cabeza de puente hacia Occidente que esperemos que nunca pueda se utilizada como tal.

La incorporación de Suecia y Finlandia a la OTAN encabezará el programa de la Cumbre que la Alianza celebrará en Madrid los próximos 29 y 30 de junio. Aunque el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha invitado al presidente ucraniano, Vladimir Zelenski, a asistir a la Cumbre, no parece que el entusiasmo de Ucrania vaya a ser el mismo que el de Suecia y Finlandia. A pesar de la insistencia estadounidense para que Ucrania se incorporara también a la OTAN, la guerra ha dado al traste con esta posibilidad. Salvo que el conflicto dé un giro inesperado, Ucrania tiene un problema insalvable para los estándares de Bruselas a la hora de admitir un nuevo socio: la existencia de conflictos armados o secesionistas latentes en su territorio, en este caso, en el Donbás y en Crimea. Sin contar, claro está, con toda la porción oriental de Ucrania conquistada por Rusia desde que comenzó la invasión el pasado 24 de febrero.

La invasión se lanzó con las premisas del Kremlin de que Ucrania no debía incorporarse a la OTAN, pues ello habría acercado la Alianza Atlántica a la frontera sur de Rusia, la zona estratégica más sensible de este país. Moscú se sintió amenazada y desató esta guerra brutal. Al menos éste es uno de los argumentos del Kremlin. Otro era que el ejército ucraniano estaba a punto de lanzar una ofensiva contra el Donbás, la región del este de Ucrania que se separó de facto en 2014, con una guerra de secesión respaldada por Moscú.

Ahora, sin tener aprendidas las lecciones sobre las posibles y temidas "respuestas asimétricas" rusas, la OTAN da los pasos para expandirse de nuevo hasta las fronteras de Rusia y rodear algunos de los puertos rusos más importantes en el mar Báltico y el Ártico. La pregunta en Estocolmo y Helsinki ha sido la siguiente: Si Rusia ha invadido un país como Ucrania de 44 millones de habitantes, que tenía un poderoso ejército formado en parte en la ex Unión Soviética y armado por Estados Unidos desde su independencia en 1991 ¿qué le impediría a Moscú tomar Suecia y Finlandia?

Esta premisa, sin embargo, contiene varios errores de apreciación. El primero es pensar en Rusia como un estado sin estrategia, llevado únicamente por una necesidad de expansión más propia de países decimonónicos. El segundo error reside en el desconocimiento de los perjuicios económicos y de seguridad insoportables que supondría para Rusia la invasión de alguno de sus vecinos escandinavos.

El tercer error aparece al ignorar la doctrina básica de seguridad de Rusia, en concreto su necesidad de tener territorios de contención neutrales, entre el territorio ruso y los territorios más amenazadores de sus contrincantes. Esta doctrina se remonta a los siglos XVIII y XIX, con ejemplos como Polonia y Afganistán. Así, Moscú considera a Ucrania como un país que, o bien queda bajo la batuta rusa, o bien se constituye en un territorio neutral entre la OTAN y Rusia.

En este sentido, es un desacierto identificar la apuesta de Ucrania por entrar en la OTAN con la de Finlandia y Suecia. La eventual entrada de aquel país siempre fue considerada por Moscú como un paso inaceptable, un casus belli advertido una y otra vez por Rusia antes de la invasión sin que se le hiciera caso alguno ni en Washington ni en Bruselas. La incorporación de Suecia y Finlandia plantea muchos desafíos de orden estratégico y militar para Rusia, pero en ningún caso una "amenaza existencial", como siempre dejó el Kremlin claro que ocurría con Ucrania.

Pese a los titulares aparecidos en la prensa occidental estos días, la entrada de Suecia y Finlandia en la Alianza Atlántica no acorrala más a Rusia, ni siquiera por el potencial que los dos nuevos ejércitos proporcionarán a la fuerza militar de la OTAN. Lo que hace esta adhesión es reducir los cortafuegos que, entre los dos bloques, suponen los territorios neutrales. Y más inquietante: convierte a las armas nucleares tácticas en un elemento de contención más real y factible de ser utilizado por una Rusia que ve relegado aún más su protagonismo global, aunque de momento no considere como una "amenaza para su existencia" la nueva aproximación de la OTAN a sus fronteras

madrid

20/05/2022 21:21

Por Juan Antonio Sanz

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¿Escalará EU la guerra en Ucrania?

Através de la OTAN, la estrategia militar expansionista de Estados Unidos sobre las fronteras de Rusia se ha mantenido inexorable desde 1999. Hoy es el turno de Finlandia y Suecia. Para compensar su debilitamiento como motor de la economía capitalista mundial y mantener su hegemonía desafiada por China, EU está tratando de trasladar el problema al campo militar, donde todavía mantiene superioridad sobre su rival asiático.

Con el beneplácito de la industria armamentista −que hace su agosto en Ucrania y Europa con el aumento exponencial de los presupuestos militares−, la estrategia de tensión impulsada por el Estado profundo ( Deep State, la estructura paralela secreta que dirige las políticas de inteligencia, defensa y la diplomacia de guerra de Washington) ha orillado a la administración Biden a escalar la guerra por delegación (“ proxy” o subsidiada) contra Rusia y utilizar medios militares directos e indirectos contra su enemigo principal, China, en la región del Asia-Pacífico.

Biden, cuyos índices de aprobación continúan cayendo y podría vivir un desastre en las elecciones intermedias de noviembre próximo, necesita alcanzar una victoria en Ucrania, y es alentado por los neoconservadores para una intervención militar directa como requisito para "mantener el orden basado en reglas"; las de EU, por supuesto. Expertos militares han señalado que el suministro de armas a Ucrania no revertirá la guerra y Rusia prevalecerá, incluso si la OTAN se involucra de manera más directa. Debido a lo cual la apuesta por una escalada militar parece la única opción que le queda a Biden.

Durante su visita a Kiev a comienzos de mayo, el secretario de Defensa de EU, general Lloyd Austin, dijo que quería ver a Rusia "debilitada" para que "no pueda llevar a cabo el tipo de cosas que ha ejecutado al invadir Ucrania". Añadió que Ucrania puede "ganar" la guerra a Rusia si cuenta con el "equipo adecuado". Pero una "victoria" de Ucrania sólo sería posible derrocando a Putin y ejecutando un "cambio de régimen" y el consiguiente aislamiento completo de China.

En respuesta, el ministro del Exterior ruso, Sergei Lavrov, dijo que en esencia la OTAN está hoy en guerra con Rusia y el riesgo de una tercera guerra mundial es "serio, real y no se puede subestimar". A su vez, el vicepresidente ruso, Dimitri Rogozin, declaró que en el caso de una guerra nuclear los países de la OTAN serían destruidos en media hora. (Aunque sabemos que eso sería la destrucción segura de ambas potencias nucleares, de allí las “ proxy wars”.)

En ese contexto, el investigador Luo Siyi, de la Universidad Renmin de China, expuso que la guerra de Ucrania representa un cambio cualitativo en la política militar estadunidense, ya que al impulsar al régimen de Zelensky a ingresar a la OTAN y solicitar de armas nucleares, cruzó la línea roja de una Rusia con capacidades militares extremadamente poderosas; lo que implica que EU decidió correr ese riesgo.

Hasta ahora, EU no ha enviado tropas a Ucrania (sólo asesores de la OTAN y contratistas) y dejó claro que no quiere una guerra directa con Rusia que podría desencadenar una tercera conflagración en Europa. Pero como parte de una guerra de poder, desde el golpe de Estado en Kiev, en 2014, EU ha venido desplegando un sucio juego estratégico, militarizando y utilizando a Ucrania como peón, provocando de manera deliberada una guerra sangrienta entre dos pueblos hermanos.

A la vez, desde su llegada a la Casa Blanca, y mientras intensificaba sus acciones encubiertas contra Rusia, la administración Biden ha intentado vaciar la "política de una sola China" de manera provocativa, armando y entrenando al ejército de Taiwán (como antes EU/OTAN a Ucrania), y aumentando el despliegue de la armada de guerra estadunidense en el Mar de China Meridional. Lo que amenaza cruzar una línea roja de China más peligrosa que la de incorporar a Ucrania a la OTAN.

Según Luo Siyi, aunque mantiene el liderazgo en productividad, tecnología y tamaño de las empresas, EU ha venido perdiendo de manera permanente su abrumador dominio de la economía mundial. De acuerdo con el cálculo de paridad del poder adquisitivo (PPA) utilizado por el economista Angus Maddison, la economía de China ya es 18 por ciento más grande que la de EU, mientras el Fondo Monetario Internacional predice que para 2026 la economía china superará a la de EU en 35 por ciento. Situación que nunca alcanzó la ex Unión Soviética en la cúspide de su desarrollo (1975), cuando la economía estadunidense era más del doble del tamaño de la URSS.

En competencia pacífica, China se ha convertido en el mayor comerciante de mercancías del mundo y ha vencido en la guerra comercial iniciada por las administraciones Trump y Biden. Además, en 2021, según la paridad del poder adquisitivo, EU sólo representará 16 por ciento de la producción económica total del orbe; es decir, 84 por ciento de esa producción será creada por otros países. Por lo que ante la pérdida de su dominio económico, afirma Luo Siyi, EU utilizará medios militares y políticos para compensar esa debilidad. Recuerda, también, que el gasto militar de EU excede el de los siguientes nueve países combinados. Y excepto en armas nucleares, donde es superado en números de ojivas por Rusia, el Pentágono sigue siendo fuerte. Por lo que está tratando de trasladar el problema de su debilidad económica al campo militar, con graves riesgos para la humanidad.

Rusia es el único país que puede rivalizar con EU en armas nucleares. A su vez, la alianza estratégica entre China y Rusia es una importante fuerza disuasoria económica-militar para EU, que hace que tenga miedo de ir directamente a la guerra con China. Al provocar la guerra en Ucrania, EU está tratando de subvertir a Rusia para establecer un gobierno en el Kremlin que ya no defienda los intereses nacionales y sea hostil a China, con lo que la larga frontera entre ambos países se convertiría en una amenaza estratégica para Pekín. De allí que el desenlace de la guerra en Ucrania sea crucial para el mundo presumiblemente bipolar emergente.

Putin ha señalado que en el escenario bélico Rusia no tiene prisa. Su aviación controla el cielo de Ucrania y ante el agotamiento físico y sicológico de las unidades ucranias, condenadas a un desgaste lento, la ruptura de la resistencia probablemente esté cerca. De allí la enigmática frase del general Lloyd –Mr. Raytheon− Austin sobre "ganar" la guerra. La pregunta es: ¿cómo?

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La guerra y el cambio de época en Europa

La invasión de Ucrania modificó el papel de Europa en el mundo. El cambio se hizo evidente en Alemania, donde se produjeron fuertes realineamientos en política exterior y seguridad.

El año 2022 pasará a la historia de Europa como un claro punto de inflexión, quizás incluso como un quiebre de época. La ofensiva bélica de Rusia contra Ucrania comenzada el 24 de febrero marca el comienzo de un profundo cambio de paradigma en el orden europeo de seguridad y paz, quizás también en el orden mundial y económico. Solo 30 años después de la caída de la Cortina de Hierro y la firma de la Carta de París, Europa se encuentra ante las ruinas de lo que Mijaíl Gorbachov denominó el «hogar común» y de la idea de seguridad cooperativa y colectiva en Europa que se le asociaba. La invasión de Vladímir Putin cuestiona muchas certezas y suposiciones previas.

La guerra cambió sustancialmente el papel y las expectativas de Alemania en Europa y el mundo. El «cambio de época» invocado por el canciller alemán Olaf Scholz en su discurso ante el Bundestag del 27 de febrero es testimonio de esta realidad cambiada. En consecuencia, la República Federal de Alemania invertirá en el área de defensa, de aquí en más, 2% de su PIB. Se creará también un «Fondo Especial para las Fuerzas Armadas», amparado por la Constitución, por un total de 100.000 millones de euros. El gobierno alemán está suministrando armas para la autodefensa de Ucrania y ha anunciado que continuará trabajando en proyectos europeos conjuntos de armamento. La magnitud de estas medidas deja claro que estamos ante un profundo cambio de paradigma en la política exterior y de seguridad alemana. 

Sin embargo, más allá de estas decisiones históricas, es urgente realizar un debate estratégico sobre la implementación concreta y los efectos del «cambio de época» en la política exterior y de seguridad de Alemania. Esto plantea la cuestión de qué están en condiciones de hacer y qué deben hacer las Fuerza Armadas alemanas en el marco de la Unión Europea y de la alianza militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Un mayor gasto en defensa no produce automáticamente y por sí solo una mayor seguridad. Los Estados miembros de la Unión Europea ya están gastando un total de más de 200.000 millones de euros en armamento, cuatro veces lo que gasta Rusia. A pesar de ello, las capacidades de defensa europeas les van muy en zaga a las de otros países debido a la falta de interoperabilidad y a la duplicación de estructuras en las Fuerzas Armadas europeas, así como a un uso ineficiente de los recursos disponibles. Además de una frecuentemente exigida reforma del sistema de adquisiciones de las Fuerzas Armadas alemanas, es esencial una integración más estrecha y una mayor unificación de las fuerzas militares dentro de la Unión.

Desde el comienzo de la invasión rusa, la Unión Europea ha encontrado una nueva unidad y ha adoptado el paquete de sanciones más completo de su historia. Además, está entregando por primera vez armas defensivas a una zona de crisis. Momentos de conmoción como la guerra en Ucrania han sido en el pasado un frecuente catalizador dentro de la Unión Europea para una mayor integración. Por ejemplo, tras la anexión de Crimea en 2014, se pusieron en marcha la Cooperación Estructurada Permanente (CEP), la Revisión Anual Coordinada de la Defensa (CARD, por sus siglas en inglés) y el Fondo Europeo de Defensa (FED). Recién en marzo de este año, la Unión Europea dio otro importante paso para mejorar la cooperación en el área de la seguridad y la defensa con la adopción de la Brújula Estratégica como nuevo documento básico de la política de seguridad de la Unión. La Brújula Estratégica prevé, entre otras cosas, la creación de una fuerza de intervención de la Unión Europea que debería estar operativa para 2025. La ministra de Defensa alemana, Christine Lambrecht, ya ha propuesto que las Fuerzas Armadas de su país brinden el núcleo de la fuerza de intervención rápida durante su primer año de actividad. Alemania envió así una señal importante a sus socios europeos de que está lista para asumir una mayor responsabilidad en el marco de la política común de seguridad y defensa de la Unión.

Al mismo tiempo, la seguridad en Europa sigue dependiendo en buena parte de la capacidad de la OTAN para formar alianzas. Desde la anexión de Crimea en 2014, la defensa provista por la Alianza ha ido deslizándose paulatinamente hasta ser el centro de nuestra política de seguridad. Ha sido precisamente el presidente ruso Putin, quien, con sus acciones en Ucrania, ha puesto un punto final a años de crisis existencial y de sentido de la OTAN y hecho una contribución significativa a la revitalización de la Alianza. No hace mucho tiempo, un presidente estadounidense calificó a la OTAN de «obsoleta» y el presidente de Francia, Emmanuel Macron, la declaró «con muerte cerebral». Sin embargo, nunca desde el final de la Guerra Fría Occidente estuvo más unido que ahora. Incluso algunos países antes neutrales están evaluando unirse a la OTAN.

Sin dudas ha sido un golpe de suerte de la historia que alguien como Joe Biden, que encarna el espíritu de cooperación con Europa como ningún otro, sea actualmente el presidente de Estados Unidos. Esta oportunidad histórica debería ser aprovechada para que la asociación transatlántica tenga una base más fiable y sólida. Sin embargo, los europeos no deberían ilusionarse: la nueva amenaza rusa le hace ver nuevamente a Europa de forma dramática cuán dependiente es de las garantías de seguridad de Estados Unidos. Reducir esta dependencia seguirá siendo un reto formidable para Europa en los años venideros. Porque incluso aunque Estados Unidos volviera a afirmarse en la Alianza occidental, Europa debería no olvidar las amargas lecciones de los años de Donald Trump y aspirar a un mayor grado de autonomía estratégica. De las próximas elecciones presidenciales, en noviembre de 2024, podría surgir un presidente estadounidense que cuestione una vez más la alianza de defensa occidental y las garantías de seguridad que da su país.

La guerra en Europa del Este no puede ocultar que el conflicto por la hegemonía en el futuro orden mundial entre Estados Unidos y China seguirá estando en el foco de la política exterior estadounidense. De un tiempo a esta parte estamos viendo la erosión de las reglas y normas de la política internacional y un regreso a la geopolítica y a la política de potencias clásicas, ya sea en el Indo-Pacífico, Oriente Medio, el continente africano o Europa del Este. La guerra de Putin contra Ucrania es probablemente el ataque más serio al orden mundial liberal y basado en reglas registrado hasta hoy. Es evidente que nos encontramos en una fase de transición hacia una nueva estructura de poder global. Todavía no sabemos con certeza cómo será el futuro orden mundial, pero si observamos en detalle las dos votaciones sobre la invasión de Rusia a Ucrania realizadas el 2 y el 24 de marzo en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ya tendríamos una pista. En ambas resoluciones, una abrumadora mayoría de los Estados miembros votaron a favor de condenar a Rusia (141 y 140). Solo cinco Estados votaron en contra de la condena: Bielorrusia, Eritrea, Corea del Norte, Rusia y Siria. Se abstuvieron 35 y 38 países respectivamente en cada votación, incluidos muchos Estados autoritarios como China, pero también la India, la democracia más grande del mundo. 

En total, los Estados que no condenaron inequívocamente la agresión rusa constituyen la mitad de la población mundial. Si se agregan los que condenaron a Rusia pero no apoyaron las sanciones occidentales, la cifra asciende incluso a los dos tercios de la población mundial. Cabe señalar que la gran mayoría de estos países están ubicados geográficamente en la masa continental de Eurasia y en África a lo largo de la «Nueva Ruta de la Seda» de China. A pesar de las críticas internacionales, el gobierno chino aún no ha condenado la invasión rusa. Por el contrario: en febrero, Moscú y Beijing reafirmaron su «amistad sin límites» y firmaron un amplio acuerdo de asociación entre ambos países.  Aparentemente, la guerra está llevando a Rusia a depender unilateralmente de China, tanto en lo político como lo económico. Beijing, a su vez, podría aprovechar la dependencia rusa para expandir su área de influencia a las ex-repúblicas soviéticas de Asia Central. Pero la guerra también entraña enormes riesgos para China: contra sus propios principios de política exterior, China ya ha perdido, con su vaga actitud ante la ofensiva bélica de Rusia, una gran cuota de credibilidad como futura potencia ordenadora del mundo. Más allá de la influencia de China, las razones y motivos que tienen los Estados que apoyan –o por lo menos no condenan– a Rusia son muy variados: van desde intereses y dependencias estratégicas y económicas, pasando por relaciones históricas, hasta reflejos antioccidentales. Sin embargo, debe decirse que el orden mundial que está surgiendo no puede simplemente ser reducido a una confrontación entre democracias liberales y autocracias. Las líneas de conflicto de poder político y los intereses divergentes de los distintos Estados parecen ser mucho más complejos y se avizoran tiempos turbulentos en las relaciones internacionales.

La historia muestra que las fases de cambio radical en el poder político suelen ser particularmente inestables y propensas a las crisis. Una de las pocas excepciones sigue siendo el final pacífico del conflicto Este-Oeste en 1989-1990, debido sobre todo a la política de paz y distensión de Willy Brandt, así como a los años de negociaciones en el marco de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE): precisamente esos acuerdos e instituciones que Moscú está dañando gravemente en la actualidad. Sigue siendo muy dudoso que alguna vez sea posible restablecer relaciones confiables con Rusia bajo la regencia de Putin. El orden europeo probablemente estará marcado durante los próximos años, si no décadas, por una fase de confrontación o, en el mejor de los casos, de coexistencia.

Al mismo tiempo, el «cambio de época» no debe agotarse exclusivamente en lo militar. La guerra en Ucrania no cambia en nada la necesidad de un concepto integral de seguridad que no solo incluya aspectos militares, sino también políticos, económicos, ecológicos y humanitarios. Al igual que en la crisis anterior desatada por el coronavirus, la guerra en Ucrania subraya una vez más los riesgos que entraña una gran dependencia de ciertas cadenas de suministro, ya sea por la provisión de energía desde Rusia o bien por la infraestructura tecnológica de China. En síntesis: la Unión Europea debe fortalecer su soberanía conjunta y su resiliencia en cuestiones políticas, económicas y tecnológicas estratégicamente importantes.

Al mismo tiempo, es necesario empezar a pensar hoy en cómo se podría restaurar en el futuro un orden de seguridad europeo. Es obvio que con Putin ya no es posible volver al statu quo anterior. Pero tarde o temprano se tendrá que volver a negociar con el Kremlin sobre la seguridad europea. Sin embargo, en el futuro cercano solo podrá haber seguridad contra Rusia y ya no con Rusia. Esto no significa necesariamente que las lecciones de la política de distensión no puedan seguir siendo relevantes en otras regiones del mundo. Por el contrario: en vista de las inmensas tareas que enfrenta la humanidad, como el cambio climático, la lucha contra la pobreza y las pandemias o las migraciones, la cooperación internacional y el sostenimiento de la paz siguen siendo un componente importante de la política exterior y de seguridad alemana y europea, incluso en un mundo cambiante y caracterizado por sistemas de valores en pugna.

Fuente: IPG

Traducción: Carlos Díaz Rocca

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Foto: MarcoHamilton12 y Linda Tammisto.

Entrevista a Teivo Teivainen

Teivo Teivainen es uno de los latinoamericanistas más importantes de Finlandia -es profesor de Política Mundial en la Universidad de Helsinki- y es además un intelectual público que interviene en los debates políticos locales. En esta entrevista analiza cómo se ve la guerra en Ucrania desde un país que fue parte del Imperio ruso y tuvo relaciones muy complejas con la potencia vecina. Por el momento, la invasión tuvo su efecto: aumentar de manera aluvional el apoyo popular a la adhesión a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Muchos trazan analogías entre la situación de Ucrania hoy y la de Finlandia en el pasado.

Desde lejos, algunos sectores de izquierda tienden a «complejizar/explicar» tanto las razones de la invasión de Ucrania que se termina a menudo casi por justificarla, por ejemplo en razón de la «expansión de la OTAN», ¿cómo se ve la situación desde los sectores progresistas finlandeses?

Desde las izquierdas, quienes están lejos muchas veces parecen ver la cuestión de forma diferente a quienes tenemos frontera con Rusia. A veces da un poco de risa, por decirlo de algún modo, cuando desde algunos sectores, por ejemplo de la izquierda latinoamericana, se trata de relativizar de algún modo la imagen de Putin como un líder autoritario, homofóbico, antifeminista y ahora imperialista, y volverlo una suerte de aliado de la izquierda. Es una vieja discusión con los tankies [las izquierdas «tanquistas» que justificaban las invasiones soviéticas durante la Guerra Fría].

En Finlandia lo que ha pasado con la invasión de Ucrania es que la opinión favorable al ingreso a la OTAN ha subido de manera drástica. Y ocurrió lo mismo con la percepción, entre la población, de que Rusia es una amenaza para la propia existencia de la nación finlandesa.

Hay sectores de izquierda en diferentes partes del mundo que aceptan la narrativa del Kremlin de una forma sorprendente. En Finlandia eso ocurre en una media casi insignificante. Y hay un elemento interesante adicional: la izquierda finlandesa ha sido siempre mucho más dura con Rusia que sus contrapartes europeas. 

¿El apoyo a la adhesión a la OTAN es transversal a los diferentes espacios políticos?

En los partidos con representación parlamentaria, el único que no adhiere mayoritariamente al ingreso a la OTAN es la Alianza de Izquierda. Pero no obstante, como socio minoritario de la alianza de gobierno con los socialdemócratas de Sanna Marin [la primera ministra de 36 años], todo indica que no van a hacer del tema una cuestión de Estado, es decir una línea roja con el oficialismo. En caso de que se diera la adhesión, es posible que propongan limitarla de tal forma que no haya armamento nuclear en territorio finlandés.

El gobierno parece preparado para enviar la solicitud de adhesión…

Sí. El presidente Sauli Niinistö siempre sostuvo que para ingresar a la OTAN debía llevarse a cabo un referéndum. Ahora él y casi todos sostienen que no es necesario porque, primero, no hay tiempo, y segundo, se nota en la opinión pública que la opinión, desde el 24 de febrero, es muy mayoritariamente favorable a la adhesión. Más de 60% a favor y 15/20% en contra -con algo menos de apoyo entre los jóvenes-. Antes de febrero de 2022, la opinión pública era claramente contraria al ingreso en la OTAN. La invasión provocó un vuelco.

Los que han cambiado de posición son los socialdemócratas y el Partido de Centro y más radicalmente aún, los verdes. En los Verdaderos Finlandeses, la extrema derecha, ha habido cambios internos y parece prevalecer una posición en favor de la membresía. 

Finlandia fue parte del imperio ruso y tuvo luego una relación compleja con la Unión Soviética, tiene además una larguísima frontera terrestre con Rusia. Algunos comparan la invasión de Ucrania con la Guerra de Invierno 1939.

Muchos creen que a Ucrania le está pasando ahora algo similar a lo que le ocurrió a Finlandia. Hay ahí una analogía concreta: Finlandia había sido parte del imperio ruso hasta 1917, es decir 20 años antes del ataque de Stalin, y Ucrania formaba parte de la Unión Soviética hasta hace 30 años. En ambos casos aparecen como rezagos, primero del imperio y ahora de la URSS. Y en ambos casos, es el vecino grande contra el pequeño que resiste más allá de sus fuerzas. 

Se supone que Stalin pensaba que sectores de clase trabajadora le daría la bienvenida al Ejército rojo, por la memoria de la guerra civil finlandesa entre rojos y blancos, pero se produjo una enconada resistencia nacional que no fue una victoria de Finlandia pero que sí evitó una invasión total. 

Hoy las banderas de Ucrania están en casi todos los espacios públicos de Finlandia. La idea, además, es que si hay una condena moral y sanciones económicas, eso no significa que Rusia pare la agresión a Ucrania pero sí que pensará dos veces antes de atacar a otro país. Y en el imaginario social, cada tanque ruso destruido en Ucrania es un tanque menos para invadir Finlandia. Es es muy común esa percepción.

Por otra parte, hay una suerte de militarización mental de la sociedad finlandesa. Tanto en el apoyo a Ucrania como a la hora de pensar la defensa nacional: por ejemplo, hay un gran apoyo al aumento del presupuesto militar. 

¿Esto está generando también acercamientos geopolíticos con Suecia?

Entre Finlandia y Suecia hay muchas conversaciones para evaluar una solicitud conjunta de adhesión a la OTAN . La situación de ambos países es algo diferente.

El 1948, Finlandia firmó el Acuerdo de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua con la Unión Soviética de Stalin que plasmó una suerte de neutralidad de vigilada y duró hasta 1992. Ese tratado le permitió a Finlandia mantener su independencia y sus sistema democrático pese a estar en una zona de influencia geopolítica soviética. Eso generó cierta autocensura, en la política y en la prensa, sobre lo que ocurría en el vecino soviético. Por eso, hoy se habla de una posible «finlandización» de Ucrania.

Suecia tiene una historia diferente: 200 años de cierto tipo de neutralidad, sin guerras. Entonces, tienen más bases históricas para pensar que mejor quedar fuera, mientras que Finlandia ha tenido muchas más guerras y conflictos con el «vecino grande». Hay un dicho según el cual Suecia va a luchar contra Rusia hasta el último finlandés. Finlandia es una suerte de buffer zone frente a Rusia.

Hasta hace poco, se pensaba que una alternativa a la OTAN podía ser una alianza militar explícita entre Suecia y Finlandia pero con la invasión de Ucrania el tren para esta opción ya pasó, el peso militar de Suecia no es tan grande mientras que la OTAN ofrece un paraguas nuclear. 

Alguna vez usted mencionó que la derecha Finlandesa, en el marco del acuerdo con Moscú, siempre trató de no irritar a Rusia y que durante la invasión soviética de Checoslovaquia se dio la paradoja de que solo el Partido Comunista Finlandés emitió una condena. ¿Cuándo se rompió ese statu quo?

Algunos dirían que hasta el 8 de agosto de 2008, cuando Rusia invadió Georgia. El ex-primer ministro y ex-ministro de Relaciones Exteriores finlandés Alexander Stubb habló del «momento 080808». Y En 2018, escribió: «Diez años desde la guerra en Georgia. 080808 fue un punto de inflexión en la política mundial. Rusia violó la integridad territorial de Georgia […]». Luego, otro momento fue la invasión de Crimea en 2014. Y finalmente, el 24 de febrero  de este año. 

Para muchos, con la invasión de Ucrania «cayeron las máscaras», ya no se puede pretender que con el gobierno de [Vladímir] Putin vamos a buscar una política de entendimiento y amistad sobre bases racionales. La opinión pública se ha vuelto mayoritariamente muy antirrusa. Stubb declaró al periódico español El País: « siempre he dicho que la membresía en la OTAN es un termómetro de la visión de Finlandia sobre Rusia. Pues, ahora mismo, el termómetro está incandescente».

Incluso en la derecha más radical y xenófoba. Los Verdaderos Finlandeses -un partido algunos de cuyos miembros visibles del partido sostuvieron posiciones bastante proPutin y proChina- tienen la presidencia del Comité de Asuntos Exteriores del Parlamento. Su presidente, Jussi Halla-aho, del ala más racista del partido, dijo que Finlandia tuvo en el pasado una actitud ingenua hacia Rusia. En el Parlamento, hay diversas posiciones pero predomina el apoyo a la adhesión.

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Sábado, 16 Abril 2022 06:01

Neutralidad

Neutralidad

Los países de la antigua Unión Soviética, sin incluir a los tres bálticos que desde su ingreso a la OTAN dejaron de formar parte del espacio postsoviético, rechazan los argumentos del Kremlin para invadir Ucrania, salvo Bielorrusia, cuyo gobernante se mantiene en el poder gracias al respaldo económico y militar de Rusia.

Algunos condenan lo que califican de agresión, pero ninguno votó en favor de la resolución de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) que exige a Rusia retirar de inmediato y sin condiciones sus tropas del territorio ucranio: la mayoría, menos Bielorrusia que votó en contra, optaron por la abstención o de plano no participaron en la votación, como Azerbaiyán y Uzbekistán.

Ninguno se ha sumado a las sanciones contra Moscú y todos prefieren mantener intactos sus nexos económicos y comerciales con la antigua metrópoli. Incluso lo hacen los países que más critican al Kremlin, Georgia y Moldavia, y tienen motivos para estar preocupados, el primero por su intención de ingresar a la OTAN desde que perdió Abjazia y Osetia del Sur, y el segundo por su identificación con Rumania, vecino y miembro de la alianza noratlántica.

Kazajistán, cuyo presidente recibió el pasado enero el apoyo de Moscú en la revuelta que enfrentó a los clanes que gobiernan ese país centroasiático, no se alineó con el Kremlin y se pronunció por respetar la integridad territorial de Ucrania, consciente de que un sector de la élite rusa considera que parte de su territorio debería pertenecer a Rusia.

Kirguistán, Turkmenistán y Uzbekistán promueven que las controversias deben resolverse mediante el diálogo, sin el uso de la fuerza, Tayikistán evita comentar la guerra entre Moscú y Kiev, Azerbaiyán envía ayuda humanitaria a Ucrania y Armenia sólo aclara que no está en sus planes reconocer la independencia de Donietsk y Lugansk.

En síntesis, la decisión de desatar la guerra en Ucrania alejó de la órbita de Moscú a sus vecinos de la ex Unión Soviética y, a partir del 24 de febrero pasado, la casi unánime neutralidad de éstos anticipa que el Kremlin ya no puede esperar un apoyo incondicional, como el de Bielorrusia, lo cual pone en entredicho la aspiración de Rusia de ostentar en el espacio postsoviético el liderazgo que debería tener por extensión, población, economía y arsenal nuclear

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Putin y el crimen de agresión. Entrevista con Philippe Sands

“La verdad, me gustaría estar en Leópolis”, afirma Philippe Sands desde su oficina de Londres. "Es por mi relación con la gente que conozco y que hoy vive allí. Pero es que también es el lugar en el que nació mi abuelo. Se escapó cuando tenía diez años. La estación de tren de Leópolis es la misma desde la que mi abuelo huyó de los rusos. La historia da muchas vueltas".

Destacado abogado internacional, que ha actuado como asesor de las Islas Salomón, Georgia y Gambia en el Tribunal Internacional de Justicia, Sands es también un autor célebre. En Calle Este-Oeste relata la invención de dos conceptos jurídicos – el de "crímenes contra la humanidad" y el de "genocidio"- y su intersección con la vida de su abuelo. Sands desveló de qué modo dos hombres, Hersch Lauterpacht y Raphael Lemkin, estuvieron en el orígen de esos conceptos enfrentados mientras eran profesores de Derecho en la ciudad que fue primero Lemberg, luego Lwów y ahora es Lviv [Leópolis]. Se trata de una compleja disputa jurídica que cambió el curso de los juicios de Núremberg y el futuro del Derecho internacional.

Poco después de que Rusia invadiera Ucrania, Sands sostuvo en el Financial Times que, si bien apoyaba las recién anunciadas investigaciones del Tribunal Penal Internacional sobre crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, debería haber también una investigación inmediata por el crimen de agresión.

La propuesta de Sands no tardó en cobrar fuerza, y el ex primer ministro británico Gordon Brown se sumó a Sands para proponer la creación de un tribunal especial que pudiera investigar el crimen de agresión. Entre los firmantes del plan se encuentran decenas de personalidades de la política y el Derecho internacionales, así como escritores e intelectuales públicos.

Sam Wolfson, del diario The Guardian, conversó con Sands para entender los orígenes del crimen de agresión y su importancia en la guerra de Ucrania.

¿Podría explicarnos por qué es importante comenzar ahora las investigaciones y hasta iniciar procesos judiciales, mientras las bombas siguen cayendo, la gente sigue muriendo y la guerra no tiene un final evidente a la vista? ¿Cuál es la urgencia de una respuesta legal? Núremberg tuvo lugar después de que terminara la Segunda Guerra Mundial.

Las distintas comunidades hacen lo que pueden. En esos momentos, la comunidad médica proporciona asistencia médica, la comunidad artística proporciona apoyo moral, los escritores redactan peticiones. ¿Y qué pueden hacer los abogados? Somos bastante inútiles, pero tenemos el Derecho.  Eso es lo que conocemos.

Lo que es diferente, por ejemplo, de 1939, es que hay un conjunto de normas, hay tribunales: el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, el Tribunal Internacional de Justicia y el Tribunal Penal Internacional. Así que el litigio de los conflictos es algo que ha ido subiendo en la agenda. Pero la cuestión más importante es qué se consigue con ello.

En primer lugar, creo que proporciona esperanzas a las personas que están sufriendo el horror. Sé por los mensajes que estoy recibiendo, desde Kiev, desde Leópolis, que les da esperanzas, porque la gente siente que no está sola.

En segundo lugar, nos ofrece un medio de deslegitimar ciertos comportamientos.

En tercer lugar, en términos muy prácticos, políticos: si toda Ucrania cae, hay procedimientos en marcha, que el gobierno actual, existente y legal de Ucrania podrá llevar adelante.

En cuarto lugar, en algún momento habrá que llegar a un acuerdo, y eso le da a Ucrania mucha más influencia. No puede hacer que el fiscal del TPI deje de investigar o procesar. No puedes decirle al TIJ que deje sus instrumentos a un lado y pare el caso su caso. Así que se convierte en otro factor en el proceso, y eso deslegitima a Putin.

El TPI está investigando crímenes contra la Humanidad y crímenes de guerra, pero ha argumentado usted que es necesario crear un tribunal especial para investigar un tercer crimen, el de agresión. ¿Por qué es tan importante y hay tanta diferencia entre los tres crímenes?

A partir de 1939, hubo básicamente un solo crimen internacional relevante, que eran los crímenes de guerra.

Luego, en 1945, en Londres, los redactores de lo que se convirtió en el estatuto de Núremberg, se sentaron y analizaron por qué iban a procesar y acusar a los nazis. No había delitos, así que básicamente tuvieron que idearlos. Los llamaron crímenes contra la humanidad, genocidio y lo que entonces llamaron crímenes contra la paz, que es hoy el crimen de agresión: librar una guerra manifiestamente ilegal.

Desde 1945, esos han sido los cuatro crímenes que hemos tenido (he pasado gran parte del último año trabajando en un quinto crimen, que es el ecocidio, pero podemos dejarlo de lado por el momento).

En teoría, el TPI tiene jurisdicción sobre los cuatro. Sin embargo, cuando se adoptó la normativa del TPI en 1998 se tomó la decisión de no otorgarle jurisdicción sobre el crimen de agresión, porque algunas grandes potencias se mostraban preocupadas: ¿va a volverse en nuestra contra?

Cinco años después, tuvimos la guerra de Irak. Así que decidieron no otorgar al TPI la competencia sobre el crimen de agresión hasta que definieran el crimen de agresión, y eso llevó casi 20 años. Finalmente, acordaron una definición en 2017 en Kampala y 43 países la han ratificado. Pero la definición reza: no se puede ejercer la jurisdicción del TPI en relación con el crimen de agresión contra una persona que sea nacional de un país que no sea parte de la norma del TPI.

.Así que, para que lo entiendan los legos: Karim Khan, fiscal del TPI, puede investigar crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio en el territorio de Ucrania. Pero no puede investigar el crimen de agresión porque Rusia no ratificó el estatuto [de Roma].

La dificultad de los crímenes contra la humanidad y los crímenes de guerra es que hay que demostrar una conexión directa entre el acto que constituye el crimen y el perpetrador del mismo. Así, por ejemplo, hemos visto algunos vídeos horribles en los que aparentemente se dispara contra unas personas. Como el soldado ruso que le disparó a un hombre que salía de su coche con las manos en alto. Eso parecería un crimen de guerra a primera vista. Entonces, ¿quién entra en ese marco? El soldado ruso, sí. Su oficial al mando probablemente, por autorizar las normas para entablar combate, que permitieron que eso sucediera.

¿Pero llega esto hasta los generales? ¿Alcanza al mando civil? ¿Llega hasta Putin? Son preguntas realmente complejas.

Si nos centramos en los crímenes contra la humanidad y en los crímenes de guerra, acabaremos dentro de siete años con juicios a gente de un nivel medio. Y el gran tema, librar una guerra ilegal, nunca va a llegar a la justicia. Por eso es por lo que he escrito que las investigaciones de crímenes de guerra y de crímenes contra la humanidad por sí solas podrían dejar libre de culpa al principal responsible.

¿Esperaba que el artículo condujera a algo más concreto?

No esperaba las consecuencias que se derivaron del artículo. Pero me alegro de que haya habido consecuencias, porque, francamente, el delito de agresión es cosa hecha. Hemos hecho grandes progresos. Estamos hablando informalmente con un pequeño grupo de países sobre la posibilidad de establecer una oficina provisional para investigar. Estamos hablando con posibles fiscales de amplia experiencia.

La acusación se escribe sola. No hay dificultades con las pruebas. No hay gran dificultad con las evidencias. No se trata sólo de la decisión de librar la guerra, se trata de la decisión de seguir haciéndola incluso ahora, después de que el Tribunal Internacional de Justicia haya declarado en una decisión legal vinculante: detente, retira las tropas. Todo acto, todo ataque, toda bomba en un teatro con mil personas dentro constituye un crimen de agresión. No quiero dejar que esta gente quede libre de culpa.

¿Hay algún obstáculo para la creación de un tribunal de este tipo?

Los dos gobiernos que creo que causarán más problemas al respecto serán el británico y el francés. No tiene nada que ver con los principios. Tiene todo que ver con el miedo a crear un precedente y a lo que pueda ocurrirles. Tenemos que dedicar bastante tiempo a animar a los gobiernos británico y francés a reflexionar sobre si quieren ser los que efectivamente dejen libre de culpa a Putin por su propio miedo a verse ante algún tribunal en el futuro.

El presidente Biden ha llamado a Putin criminal de guerra y Zelenskiy ha invocado la palabra genocidio para describir lo que está ocurriendo en Ucrania. ¿Por qué se siente incómodo con su lenguaje?

Me pregunto hasta qué punto es prudente que los políticos de alto nivel tachen a determinados individuos de criminales de guerra. Creo que se puede decir que el señor Putin ha librado una guerra que es manifiestamente ilegal. No hay ninguna defensa o justificación concebible para ello en la ley. Pero ¿diría yo que el señor Putin es un criminal de guerra? No. No estoy seguro de que el presidente Biden haya elegido sus palabras con especial cuidado. ¿Estaba diciendo que había violado las convenciones de Ginebra? No me siento del todo cómodo con ese tipo de etiquetas adheridas a individuos concretos.

¿Y qué hay de Zelenskiy, que dijo que "se está cometiendo un genocidio con los ucranianos"?

Creo que lo ha utilizado en sentido político. Por lo que he visto, no se está produciendo un genocidio de la población ucraniana en términos de lenguaje jurídico. No veo intención de destruir un grupo en su totalidad o en parte, en el sentido de la convención de 1948.

¿Son los ucranianos conscientes de que estos conceptos tuvieron su origen en su país?

Cuando llegué por vez primera a Lviv en octubre de 2010, la gente de la Facultad de Derecho, con una sola excepción, un profesor muy mayor, no sabía que los creadores de los conceptos de crímenes contra la humanidad y genocidio habían estudiado en su Facultad de Derecho, y que se podían rastrear los orígenes de esos dos delitos hasta llegar a esa ciudad, hasta esa Facultad de Derecho, hasta una sola sala. Cuando volví, un año después, había fotos de Lauterpacht y Lemkin, y hoy hay placas conmemorativas en [los que fueron] sus domicilios, hay bustos de ellos en sus aldeas y en la facultad de Derecho.

Y eso debe haber sido una satisfacción

Ha sido una satisfacción. Lo interesante de esto es que es muy complejo, porque [Lauterpacht y Lemkin] eran judíos polacos, y lo cierto es que en el periodo entre 1941 y 1944, algunos ucranianos se mostraron muy activos apoyando a los alemanes. De esa compleja historia he hablado a menudo estando en Ucrania, y ellos quieren comprometerse con ello. Me preocupa mucho que Putin aproveche eso para afirmar que Ucrania es un país nazi. No lo es.

Pero poco a poco, con el paso de los años, han llegado a asumirse esos datos de Lauterpacht y Lemkin.

¿Hay razones para ser optimistas?

Es una llamada de atención. Creo que nos hemos vuelto increíblemente complacientes en Occidente, imaginándonos que la guerra en Europa había terminado para siempre.

El mundo cambió en 1945. Fue un momento revolucionario. Por primera vez, los estados aceptaron que no eran absolutamente soberanos, que no podían liquidar individuos ni aniquilar grupos.

Quienes verdaderamente atacaron el legado de 1945 fueron Gran Bretaña y los Estados Unidos. Hoy en día, el "Make America Great Again" y el Brexit nos han recordado la singular importancia de ese momento de 1945.

¿Quién podía imaginarse hace un mes que el Senado de los Estados Unidos admitiría una resolución del senador Lindsey Graham en la que se pedía el apoyo total a la investigación del Tribunal Penal Internacional? Y que se aprobaría por unanimidad. Eso supone un cambio radical, y es un cambio radical realmente significativo.

No se puede aprobar una resolución diciendo que el TPI tiene jurisdicción sobre los ciudadanos rusos, mientras se afirma que no tiene jurisdicción sobre los norteamericanos. Así que, no es que sea otro momento como 1945, pero con un poco de suerte, reforzará lo que se enmendó en 1945 y le dará una vida renovada. Y eso es una buena cosa.

 

Philippe Sands, abogado y profesor de Derecho en el University College de Londres, ha intervenido en destacados jui­cios internacionales celebrados en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y el Tribunal Penal Internacional de La Haya, en casos como el de Pi­nochet, la guerra de Yugoslavia, el genocidio de Ruanda, la invasión de Irak o Guantánamo. Algunos de sus libros más conocidos se han publicado en castellano, como “Calle Este-Oeste” (Anagrama, Barcelona, 2017) o “Ruta de escape” (Anagrama, Barcelona, 2021).

Fuente: The Guardian, 30 de marzo de 2022

Traducción: Lucas Antón

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¿Por qué la izquierda debe apoyar el derecho de Ucrania a defenderse?

Para parte de la izquierda el poder responsable, en última instancia, de todas las guerras, es Estados Unidos y la OTAN. Desconociendo procesos particulares del espacio postsoviético, alimentan análisis geopolíticos que pasan por alto el derecho a la autodefensa. Detrás de ciertos saludos pacifistas, hay una invitación más o menos abierta a la rendición.

No soy una especialista, en el sentido académico del término, ni en relaciones ruso-ucranianas, ni en cuestiones geopolíticas. Estoy escribiendo una tesis en filosofía. Pero nací en Kiev, donde viví durante 20 años antes de llegar a Francia. Mi familia se encuentra actualmente en Ucrania. Mi madre abandonó Kiev el 28 de febrero psado, pero muchos amigos y familiares de amigos permanecen aún en la capital ucraniana, ya sea porque tienen a cargo personas ancianas y enfermas, o porque decidieron defender su ciudad y ayudar a quienes se quedaron allí. Otros amigos ya escaparon y están tramitando pedidos de asilo en Polonia, Alemania o Francia. Desde el primer día de la invasión, he seguido sobre todo la información local, a través de los medios de comunicación ucranianos y diferentes canales de Telegram, o directamente a través de los testimonios de mis familiares. Es una de las razones por las cuales decidí escribir este texto, para hablar de la magnitud de la destrucción, las condiciones de vida y de supervivencia de las personas que se encuentran actualmente en el lugar, y las redes de solidaridad y resistencia en las cuales se involucra masivamente la población ucraniana.

Tras el fracaso de la guerra relámpago, el ejército ruso intensificó los bombardeos en los centros urbanos, especialmente en Járkov, Mariupol y Kiev, sin dejar a salvo los barrios residenciales y la infraestructura civil como las escuelas y los hospitales. Lo que sucede se parece cada vez más a una guerra punitiva. Las imágenes de los suburbios del noroeste de Kiev pueden dar fe de ello: Irpín, Borodyanka, Bucha, Gostomel, así como varios pueblos situados a lo largo de la ruta Kiev-Zhitomir ya están semidestruidos. En esos suburbios donde los combates continúan, la población carece de electricidad, calefacción y red de telefonía desde los primeros días de la guerra. Deben pasar varios días seguidos en sótanos fríos y húmedos, que no están preparados para protegerse de los misiles tipo Grad o Iskander utilizados por el ejército ruso. La situación es absolutamente dramática. Ni la Cruz Roja se arriesga a ingresar en los territorios donde está instalado y circula el equipamiento militar ruso. 

A pesar de los acuerdos sobre los «corredores humanitarios», el alto el fuego es apenas respetado por el ejército ruso. Los militares disparan con frecuencia contra los automóviles de civiles que tratan de escapar de estas zonas de combate. El 6 de marzo fue asesinada en Irpín una familia que se dirigía a pie hacia uno de los autobuses de evacuación. Por el momento, el medio más seguro para abandonar la capital sigue siendo el tren que sale de la estación central. Ahora bien, esta última también fue dañada por una explosión que se produjo frente a la estación el miércoles 2 de marzo. Circular por la ruta en automóvil se ha vuelto cada vez más peligroso, y la gasolina escasea: los soldados rusos ya destruyeron varios depósitos de petróleo, especialmente en la región de Kiev, y actualmente se da prioridad a las necesidades del ejército. Por ahora, los trenes de evacuación circulan con regularidad, pero están repletos y las personas se amontonan de a cuatro en los asientos individuales, e incluso se ven obligadas a viajar paradas o sentadas en el piso durante más de 10 horas. En la estación de Lviv, donde los refugiados esperan los trenes que se dirigen a Polonia, la situación se vuelve cada vez más tensa. Viniendo por la carretera, debe esperarse hasta 24 horas para cruzar la frontera polaca.

Pero es en la sitiada Mariupol -una ciudad rusoparlante situada en el sur de la región administrativa de Donetsk- donde la hipocresía de la «operación especial» destinada a liberar estos territorios del yugo de los «nazis de Kiev» se revela en su extrema brutalidad. Esta urbe, que posee actualmente 360.000 habitantes, sufre bombardeos masivos que ya causaron al menos 1.500 víctimas civiles, que comienzan a ser enterradas en fosas comunes. Los habitantes de la ciudad están completamente aislados de todos los medios de comunicación, sin agua, electricidad ni calefacción. La ayuda humanitaria no puede llegar hasta allí y los corredores humanitarios siguen siendo inseguros. Un canal de Telegram comenzó a hacer un listado de las personas vivas, para que las familias y los amigos puedan tener información sobre sus parientes con los que no pueden contactarse desde hace nueve días.

Pero si Kiev, Járkov, Mariupol y otras ciudades resisten al ejército ruso aun cuando este posea una clarísima ventaja militar, es porque, frente a esta invasión, se interpuso una vasta movilización popular que supera ampliamente los aparatos estatales, incluso en las ciudades rusoparlantes que deberían, según la lógica, tanto de Putin como de cierta izquierda occidental, recibir con los brazos abiertos al ejército de liberación. Esta movilización adquiere múltiples formas: en Energodar y en otras ciudades, gente desarmada sale a formar cadenas humanas para impedir el avance de los tanques rusos; en las ciudades ya ocupadas, como Jersón y Melitópol, se produjeron grandes manifestaciones para protestar contra el ejército invasor. En otras ciudades, los grupos de defensa territorial y los grupos de solidaridad autoorganizados garantizan la seguridad y el abastecimiento de la población. Según las palabras de una amiga que permanece en Kiev, todo el mundo participa de una manera u otra en los movimientos de solidaridad a través de los miles de canales de Telegram especializados: se trata de organizar puntos de distribución y la entrega de alimentos, medicamentos u otros productos de primera necesidad, especialmente a las personas aisladas y a los más frágiles; encontrar u ofrecer alojamiento; solicitar o indicar la disponibilidad de lugares en los automóviles para evacuar a las personas a Ucrania Occidental. Cada ciudad propone una lista de sitios (iglesias, gimnasios, restaurantes) que pueden recibir gratuitamente a refugiados y personas en tránsito. El canal de Telegram «Ayuda para partir» tiene actualmente 94.000 miembros, incluyendo conductores y pasajeros. Todas estas iniciativas son horizontales y no dependen del Estado: síntoma a la vez de la quiebra del Estado ucraniano, tomado por sorpresa por una guerra de semejante magnitud, pero también del impulso de solidaridad y resistencia del pueblo ucraniano frente al invasor.

En esta situación, me sorprendió realmente la persistente incapacidad de buena parte de nuestros compañeros en Francia y otras partes para superar una visión del mundo donde el poder responsable, en última instancia, de todas las guerras, es Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Es la razón por la cual muchos análisis sobre la situación en Ucrania, sorprendentemente, buscan remontarse a las «causas profundas» bastante lejanas, histórica y geográficamente. Un enfoque geopolítico semejante oculta en parte el desconocimiento de los procesos políticos y sociales del espacio postsoviético, alimentando especialmente la idea según la cual, en el fondo, todos los gobiernos oligárquicos de esta parte del mundo son iguales, cualquiera sea el grado de represión que ejerzan sobre su propia población y la población de Estados vecinos. Es en nombre de esta visión reduccionista de las realidades complejas que prácticamente se invita a los ucranianos a rendirse, ya sea directamente, o -de manera más indirecta y bajo el pretexto de un antimilitarismo revolucionario- oponiéndose a toda ayuda militar a Ucrania provista por países miembros de la OTAN. Enviando a los ucranianos un saludo internacionalista, se sugiere así que deberían aceptar la ocupación militar y un gobierno impuesto por Putin.

Por supuesto, desde la invasión, pocos compañeros se permiten negar que se trata de una agresión militar alimentada por las pretensiones imperialistas de Rusia. Pero las posiciones campistas siguen siendo sin embargo legibles en diferentes tomas de posición a través del orden en el cual se presentan los argumentos (sí, la inaceptable agresión a Ucrania por parte de Rusia, «pero por otro lado» el asedio a Rusia por parte de la OTAN...), que siguen sosteniendo la imagen de Rusia como una potencia imperialista subalterna y esencialmente reactiva. Hace varios días en Francia, en el anuncio en Facebook de la manifestación «por la paz» organizada por los jóvenes del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) al margen de la gran manifestación de apoyo al pueblo ucraniano que se realizaba en la Plaza de la República, podía leerse que la invasión militar a Ucrania por parte de Rusia era una reacción de Rusia a la política agresiva de la OTAN. Podía leerse que los organizadores apoyan a aquellos que «tanto en Ucrania como en Rusia luchan contra la guerra». Ahora bien, los ucranianos no luchan contra la guerra: están, a su pesar, en guerra contra Rusia. ¿Es esto pues otra cosa que una invitación a rendirse?

Cuando estalló la guerra, dada la aplastante superioridad de las fuerzas rusas, yo misma esperaba que Kiev fuese ocupada en 48 horas, para que al menos el precio a pagar por una derrota segura fuera el menor posible. Pero quedé asombrada, y creo que todos quedamos asombrados por la resistencia del ejército y la población ucraniana. Es importante que los compañeros comprendan que actualmente esta no incumbe solo a los neonazis, ni siquiera al Estado capitalista ucraniano, ni a los Estados imperialistas occidentales. Mis amigos y amigas anarquistas, socialistas y feministas participan en grupos de solidaridad, organizan colectas para el ejército ucraniano, se movilizan en grupos de defensa territorial. La población en su conjunto parece muy decidida a defender el simple derecho a vivir en paz en su país, país donde manifestarse y expresar públicamente posiciones divergentes se volvió quizás más complicado estos últimos años, pero no imposible, como sucede en Rusia.

Ciertamente, no hay que cerrar los ojos a las oscuras perspectivas de todos los posibles desenlaces de esta guerra. Como ucraniana, rusoparlante y marxista, observaba con preocupación la evolución política de mi país desde 2014, desde el desmantelamiento de las estatuas de Lenin y las leyes de descomunización hasta la proliferación de los grupos paramilitares de extrema derecha y la guerra en el Donbas. La guerra de Putin en Ucrania corre el riesgo de acentuar fuertemente estas tendencias y sentimientos antirrusos en todas las esferas de la vida. Todas las guerras, todos los movimientos de la llamada «liberación nacional» conllevan riesgos semejantes. Prevenir el avance de un nacionalismo imbécil que busca eliminar el multilingüismo y la herencia soviética en Ucrania, dificultando el desarrollo en este país de los movimientos anticapitalista, feminista y ecologista, será la tarea que tiene por delante la izquierda ucraniana e internacional. Pero en este momento, debemos expresar una total solidaridad con la resistencia ucraniana contra los invasores. La solidaridad con Ucrania es al mismo tiempo una solidaridad con las voces que, en Rusia, se elevan cada vez más fuerte contra la guerra y contra el gobierno. Al mismo tiempo que la represión, se intensificarán las fracturas políticas y sociales en Rusia. El poder quiere ocultarle a su población las imágenes de los bombardeos a los barrios civiles de Kiev, Járkov y Mariupol, pero ¿cuánto tiempo podrá hacerlo? Cualquiera sea el desenlace de esta guerra, estoy cada vez más convencida de que Ucrania será el fin de Putin.

Desde luego, con esta invasión, la izquierda occidental se ve enfrentada a serios dilemas. Solo abordaré aquí dos de ellos: ¿cómo apoyar a la resistencia ucraniana -y ello implica, a mi modo de ver inevitablemente, el apoyo a la provisión de armas y otros equipamientos al ejército ucraniano, dada la incomparable superioridad del ejército ruso- denunciando de manera general la industria armamentista y el anunciado aumento de los presupuestos militares? ¿Cómo apoyar a los refugiados ucranianos y alegrarse del impulso de la sociedad civil al respecto, recordando el tratamiento infligido desde hace décadas a los refugiados no blancos que huyen de conflictos que no afectan directamente al continente europeo, sin caer en una postura que consiste, desde la posición de un militante occidental, en señalar con el dedo al «refugiado privilegiado»?

Entre los argumentos mencionados por la izquierda para oponerse a la provisión de armas, se encuentran tres grandes categorías. La primera, al parecer, refiere a la preocupación por limitar el conflicto a Ucrania. La izquierda, al igual que la derecha, tiene miedo de incitar a Rusia a extender el conflicto, reconociendo sin decirlo que Occidente podría legítimamente sacrificar Ucrania para preservar la paz en el «mundo civilizado». A pesar de las grandes declaraciones de apoyo, Estados Unidos se mantiene muy prudente en esta cuestión, rechazando no solo la concesión de la No fly zone, que implicaría que los aviones de la coalición occidental derriben aviones rusos, sino también la provisión de aviones de combate solicitados por el gobierno ucraniano. En efecto, parece más que prudente hacer una clara distinción entre la implicación directa de los países de la OTAN en la guerra contra Rusia y el suministro de armas defensivas al ejército ucraniano. Del lado del invasor, Bielorrusia ya participa abiertamente en la guerra en Ucrania, sin que ello incite a Occidente a cruzar la línea roja. Pero también debe tenerse en cuenta el hecho de que toda intervención de Occidente, incluso bajo la forma de sanciones económicas, que Putin ya ha calificado como «declaración de guerra», podría servir de pretexto para una ampliación del conflicto, si esa fuera su intención.

El segundo argumento consiste en oponer la solución diplomática a la solución militar, un discurso por la paz al discurso belicista. Olvidan al parecer que el proceso de negociaciones con las fuerzas de ocupación depende actualmente, en gran medida, de las relaciones de fuerza en el terreno militar. Por otra parte, el desconocimiento de los objetivos en torno a Crimea y Donbas, y de las circunstancias históricas reales en las cuales las poblaciones locales debieron expresar su derecho a la autodeterminación -lo que implica una injerencia activa de Rusia a través de la ocupación en Crimea o la campaña de desinformación sobre las supuestas intenciones del «gobierno nazi» de Kiev de exterminar a las poblaciones rusoparlante en Donbas, por no hablar del carácter poco transparente de los referéndos- hace que las condiciones bajo las cuales Rusia dice estar dispuesta a sentarse seriamente a la mesa de las negociaciones se vuelvan aceptables a los ojos de algunos compañeros. Mientras Rusia se niegue a retirar sus tropas, la protección de las poblaciones civiles dependerá también, ante todo, de la capacidad defensiva del ejército ucraniano.

Finalmente, surge el temor respecto de los destinatarios de la ayuda militar occidental, teniendo en cuenta la existencia de Azov, una brigada de extrema derecha, en el seno del ejército ucraniano. Su armamento genera con justa razón serias preocupaciones. Pero significa también reducir la resistencia de todo un pueblo a su franja más minoritaria, compuesta por unos miles de combatientes, y negarse a ver que la sociedad ucraniana es una sociedad tan compleja como cualquier otra, en la que se entretejen identidades sociales, culturales y políticas heterogéneas. Cuando se habla del armamento de la resistencia ucraniana, debe pensarse ante todo en las necesidades de los grupos de defensa territorial surgidos de la movilización general, así como en la necesidad de protección de las poblaciones civiles con armas que permitan derribar cohetes y repeler los ataques aéreos de los que son blanco. En síntesis, una posición antimilitarista abstracta debe dejar lugar a un movimiento concreto por la paz en Ucrania, que tenga en cuenta tanto las necesidades militares como las no militares de la resistencia a la invasión. Cuanto más dure y más se fortalezca, más posibilidades de éxito tiene el movimiento por la paz tanto en Rusia como en el extranjero.

Respecto de la cuestión de los refugiados, los compañeros señalan con justa razón la hipocresía y los dobles estándares racistas de Europa, de los cuales la frontera polaca, donde miles de personas sufrieron tratos inhumanos hace apenas unos meses, se vuelve hoy uno de los símbolos flagrantes. Contrariamente a nuestros adversarios que buscan discriminar entre buenos y malos refugiados, se trata para nosotros de reafirmar nuestro apoyo a todas las resistencias y a todas las víctimas de las potencias imperialistas, basándose en el precedente ucraniano para exigir que la apertura de las fronteras y la «protección temporal» se vuelvan norma para todas las personas que buscan asilo en los países europeos, cualquiera sea su nacionalidad, su color de piel o la proximidad del conflicto con respecto a las fronteras europeas. Y habrá además que asegurarse de que, en lo que atañe a los propios ucranianos, las grandes declaraciones no se vuelvan, al cabo de unas semanas, simples fórmulas vacías, y que las ayudas prometidas permitan instalaciones duraderas en condiciones dignas.

Nota: este artículo fue publicado originalmente en francés en la revista Contretemps. Puede leerse el original aquí. Traducción: Gustavo Recalde.

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Asia Central y las consecuencias de la guerra

Durante el Foro Diplomático de Antalya (Turquía), que tuvo lugar del 11 al 13 de marzo de 2022, el ministro de Asuntos Exteriores de la República Kirguisa, Ruslan Kazakbaev, le dijo a Helga Maria Schmid, secretaria general de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), que su país estaría encantado de acoger las conversaciones entre Rusia y Ucrania y servir de “mediador para el restablecimiento de la paz y el entendimiento mutuo” entre ambos países.

En los márgenes del foro, Kazakbaev también se reunió con el ministro de Asuntos Exteriores de Azerbaiyán, Jeyhun Bayramov, y con el secretario de Estado del Ministerio de Asuntos Exteriores de Eslovenia, Stanislav Rascan, y les dijo que la República Kirguisa deseaba que se terminara el conflicto ruso-ucranio, reiterando que su país estaba dispuesto a desempeñar un papel para lograr este resultado.

¿Por qué la República Kirguisa tiene tanto interés en involucrarse en la guerra de Rusia en Ucrania? Porque este país centroasiático sin salida al mar, de más de 6.5 millones de habitantes, depende de sus vínculos económicos con Rusia a través de la Unión Económica Euroasiática, “organización internacional para la integración económica regional”, que incluye a Armenia, Bielorrusia, Kazajistán y la República Kirguisa. Cualquier sanción occidental a Rusia repercutirá directamente en la República Kirguisa, donde –según cifras de 2019– 20 por ciento de la población vive por debajo del umbral de pobreza nacional. El conflicto entre Rusia y Ucrania ya ha empezado a tener un impacto económico negativo en las cinco repúblicas centroasiáticas de Kazajistán, la República Kirguisa, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán, que formaban parte de la antigua Unión Soviética.

Petróleo, remesas y alimentos

Las sanciones a Rusia han provocado ondas de choque desde Nur-Sultan, la capital de Kazajistán, hasta Ashgabat, la capital de Turkmenistán, ya que cada uno de los países de Asia Central lucha con las consecuencias de estas sanciones y el impacto que tendrán en sus economías.

Kazajistán, que “exporta dos tercios de sus suministros de petróleo a través de puertos rusos”, aumentó apresuradamente su tipo de interés básico de 10.25 por ciento a 13.5 por ciento e intervino en los mercados de divisas para proteger el tenge (su moneda), que “se hundió junto al rublo ruso después de que Moscú lanzó ataques contra Ucrania”, según Reuters. A partir de entonces, los funcionarios kazajos mantuvieron conversaciones con la embajada de Estados Unidos en Nur-Sultan para minimizar el impacto que las sanciones occidentales impuestas a Rusia podrían tener en la economía de Kazajistán.

Mientras tanto, ninguna gran ciudad rusa puede funcionar sin migrantes estacionales, especialmente en el sector de la construcción. Según datos del Ministerio del Interior ruso, aproximadamente 5.2 millones de trabajadores migrantes entraron a este país entre enero y septiembre de 2021, procedentes de los países centroasiáticos Tayikistán, Uzbekistán y la República Kirguisa. Muchos de estos migrantes envían el dinero que ganan a sus países de origen. Esto supone un porcentaje importante del PIB de los estados de Asia Central, como la República Kirguisa, donde estas remesas representaron 31 por ciento del PIB en 2020, y Tayikistán, donde supusieron 27 por ciento del PIB durante el mismo año. A medida que el rublo siga cayendo frente al dólar, que Rusia imponga controles centralizados a las transferencias de divisas y que se produzca un endurecimiento económico dentro del país, la migración y las remesas se irán agotando lentamente en Asia Central. El tenge de Kazajistán y el som de Uzbekistán ya están luchando por mantener su valor. Las continuas sanciones occidentales contra Rusia van a tener un grave impacto a largo plazo para las repúblicas de Asia Central.

Además de la crisis del petróleo y de remesas a las que se enfrentan los países de Asia Central, Rusia también anunció recientemente que dejará de suministrar grano y azúcar a Kazajistán y a la República Kirguisa. En tiempos normales estas repúblicas dependen de las importaciones de grano y azúcar, pero con la sequía del cinturón central en 2021 estas importaciones se han convertido en algo fundamental para la supervivencia de sus habitantes. Por ahora, los gobiernos de la región dicen tener suficientes reservas de grano y azúcar, pero la “prohibición temporal” de estos artículos por parte de Rusia se convertirá en un problema si la situación se prolonga hasta el verano.

Es importante señalar aquí que las personas rusoparlantes conforman sectores significativos de la población de cada una de las repúblicas de la antigua URSS y que también representan una gran parte de la población de muchos de los países de Europa del Este. A medida que prosperan las actitudes nacionalistas en Rusia –algo contra lo que Vladimir Lenin se pronunció en 1914–, se teme que se produzca una desestabilización similar entre los países fronterizos, especialmente considerando que, en algunos casos, los rusoparlantes son mayoría (como en Bielorrusia, donde 70 por ciento de la población habla ruso) y, en otros caso, representa una minoría sustancial (como en Kazajistán, donde 20 por ciento de la población habla ruso). No ayudó que en diciembre de 2020, Vyacheslav Nikonov, del partido Rusia Unida (del presidente ruso, Vladimir Putin), dijera en el programa de la televisión rusa El Gran Juego que “Kazajistán simplemente no existía”. Esta declaración irritó al gobierno de Nur-Sultan, que le exigió retractarse.

Por ahora, las relaciones entre Rusia y muchos de estos estados han sido fraternales –en gran medida–; con Rusia proporcionando seguridad cuando es necesario, en especial a través de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) (alianza militar formada por Rusia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Armenia y Tayikistán) producto de un tratado firmado en 1992 por estos estados postsoviéticos. Fue a través de la OTSC que las fuerzas rusas intervinieron en Kazajistán en enero de 2022 y ayudaron al gobierno a poner fin a un movimiento de protestas en su contra, y, después de que Estados Unidos se retirara de Afganistán en agosto de 2021, las fuerzas de la OTSC acordaron “reforzar” las fronteras compartidas de Afganistán con los estados de Asia Central que son miembros de la organización. Como parte de la OTSC, Bielorrusia podría apoyar y unirse a Rusia en la guerra de Ucrania. Hasta ahora, ningún otro Estado miembro de la OTSC se ha unido a esta guerra.

La conexión china

En toda Asia Central, los gobiernos se esfuerzan por aprovechar la inestabilidad resultante de la guerra. Kirguistán, por ejemplo, creó de forma apresurada un Comité Anticrisis. El 25 de febrero, el presidente ruso, Vladimir Putin, llamó al presidente uzbeko, Shavkat Mirziyoyev, para discutir sobre la guerra y la crisis provocada por las sanciones occidentales. Ese mismo día Mikhail Mishustin, premier ruso, visitó al presidente kazajo, Kassym-Jomart Tokayev, para hablar sobre de la disminución del comercio entre los dos países y de lo que probablemente significará. A Rusia le preocupan las repercusiones de la guerra de Ucrania en los países de Asia Central, en gran medida, porque no tiene soluciones para los problemas a los que se enfrentarán.

China, por otro lado, está bien posicionada para desempeñar un papel clave en Asia Central en los próximos años. China ya ha creado una serie de acuerdos institucionales que serán importantes para reforzar esta relación en la región. Entre éstos, resaltan la Organización de Cooperación de Shanghai y la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI). El 25 de enero tuvo lugar la reunión “China más Asia Central”, celebrada virtualmente entre el presidente de China, Xi Jinping, y los jefes de Estado de Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán, para conmemorar los crecientes lazos entre China y estos países en los últimos 30 años, desde el colapso de la URSS. En este periodo, el comercio entre China y Asia Central aumentó en 100 por ciento, y los mayores volúmenes correspondieron a la compra de energía por parte de China a las repúblicas postsoviéticas. Pero esta conversación virtual, que tuvo lugar antes de la intervención rusa en Ucrania, se extendió más allá del comercio a lo largo de la Ruta de la Seda de la Salud de China (creada en 2016) y de la creación de un centro de comercio regional en Urumqi, capital de la región autónoma uigur de Xinjiang. Durante el punto álgido de la pandemia, la inversión china en Asia Central se ralentizó; ahora existe la expectativa en la región de que no sólo vuelva a los niveles previos a la pandemia, sino que también compense las pérdidas al norte de las fronteras.

Asia Central tiene otras opciones, sobre todo para aumentar el comercio con India, Irán y Turquía. En enero de 2022, India celebró la primera cumbre virtual bienal con las cinco repúblicas centroasiáticas, y hay expectativas de que estos lazos se profundicen con el tiempo.

Sin embargo, India –a diferencia de China– no comparte frontera terrestre con ninguno de estos estados, y su volumen de negocios (2 mil millones de dólares) es mucho menor que el de China con Asia Central (9.2 billones de dólares entre 2013 y 2020). Las relaciones comerciales de Irán y Turquía con Asia Central son significativas, pero también mínimas, y las relaciones comerciales importantes para estos países ya se han integrado en el proyecto BRI de China.

Las economías de las repúblicas centroasiáticas están fundamentalmente integradas en la de Rusia. China puede proporcionar cierto apoyo a la inversión, pero no puede suplantar tan fácilmente a las centenarias instituciones rusas que han desempeñado un importante papel económico en Asia Central. Las repúblicas centroasiáticas se encontrarán en apuros a medida que se endurezcan las sanciones contra Rusia, pero obtendrán cierto alivio de la BRI y de sus socios regionales (incluidos Irán y Turquía).

No es de extrañar que el ministro de Asuntos Exteriores de Kirguistán, Kazakbaev, pidiera con entusiasmo la mediación en Ucrania. Su país quiere que este conflicto termine y que se retiren las duras sanciones. De lo contrario, aumentará la angustia económica en una región que sigue plagada de inestabilidad como consecuencia de los 20 años de ocupación estadunidense de Afganistán, y las dificultades económicas podrían dar lugar a un malestar político que podría incendiar todo el borde de Asia Central.

Este artículo fue producido para Globetrotter.

Por Vijay Prashad, historiador, editor y periodista indio. Es miembro de la redacción y corresponsal en jefe de Globetrotter. Es editor en jefe de LeftWord Books y director del Instituto Tricontinental de Investigación Social. También es miembro senior no residente del Instituto Chongyang de Estudios Financieros de la Universidad Renmin de China. Ha escrito más de 20 libros, entre ellos The Darker Nations y The Poorer Nations. Su último libro es Washington Bullets, con una introducción de Evo Morales Ayma.

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Chomsky: La única forma de lograr la paz incluye una Ucrania neutral

Nueva York. El presidente Joe Biden participará en una reunión de la OTAN, la legislatura estadunidense escuchará al mandatario ucraniano solicitar más apoyo militar, la Casa Blanca aumenta las sanciones contra Rusia e intensifica la retórica bélica en nombre del “mundo libre”, pero notable por su ausencia en Washington es un esfuerzo oficial para promover una salida negociada de la crisis y recuperar la paz.

La Casa Blanca confirmó que Biden ha programado un viaje a Europa la próxima semana para participar en la cumbre extraordinaria de la OTAN el 24 de marzo donde se discutirán “esfuerzos actuales de disuasión y defensa” ante las acciones bélicas de Rusia. El presidente también asistirá a una cumbre del Consejo Europeo ya programada. Circulan reportes extraoficiales de que se ha contemplado una visita del mandatario a Europa oriental en esa misma gira.

Todo esto para buscar proyectar una imagen unida de la OTAN y de la comunidad europea bajo el timón de Washington -como en la guerra fría— sin por ahora ninguna propuesta oficial para promover una solución negociada al conflicto.

Este miércoles, Volodymyr Zelensky, presidente de Ucrania, ofrecerá un discurso ante una sesión conjunta del Congreso para abogar por más apoyo de Washington. El discurso será a puerta cerrada ante diputados y senadores, y algunos esperan que el ucraniano reiterará entre otras cosas su solicitud de hace dos semanas de que Estados Unidos envíe aviones caza a su gobierno.

En Washington continúa el debate sobre el envío de más asistencia militar, incluyendo armamento y hasta aviones de combate y también mayor asistencia humanitaria de todo tipo. Muchos políticos están compitiendo para ver quién puede izar más alto las banderas de la guerra fría contra Rusia. Varios analistas y asesores que se entusiasman con las guerras proponen imponer una zona de “no volar” sobre Ucrania -algo descartado por ahora por Biden porque podría llevar a un enfrentamiento directo con Rusia- y argumentan que Washington debería ser más agresivo militarmente en la defensa de Ucrania.

Uno de éstos, el profesor Eliot Cohen, ex consejero legal del Departamento de Estado, quien promovió la guerra contra Irak, escribió en The Atlantic, que Washington no debería aceptar el chantaje ruso sobre el uso de armas nucleares: “las armas nucleares son la razón por la cual Estados Unidos debería de no atacar a Rusia directamente, pero no para temer luchar contra los rusos en un país que invadieron”. Junto con muchos otros, el experto declaró orgullosamente: “ésta es una guerra de importancia desesperada no sólo para Europa sino para el orden y la libertad en todas partes”.

Pero otros expertos señalan que la prioridad de Washington tiene que ser la promoción de un acuerdo negociado lo más pronto posible.

Noam Chomsky argumenta que “tenemos que encontrar una manera de concluir esta guerra antes de que se intensifique, posiblemente resultando en la devastación completa de Ucrania y catástrofes inimaginables más allá de eso”, y señala que la única manera de lograrlo es a través de un acuerdo negociado que tiene que incluir la condición de una Ucrania neutral.

Declaró que se ha entendido durante décadas que “Ucrania sumándose a la OTAN sería como si México se sumara a una alianza administrada por China, participando en maniobras conjuntas con el ejército chino y manteniendo armas apuntadas hacia Washington”. En ese escenario, insistir que México tiene el derecho soberano de hacerlo “superaría la idiotez…. la insistencia de Washington sobre el derecho soberano de Ucrania de sumarse a la OTAN es hasta peor ya que establece una barrera imposible a una resolución pacífica de una crisis que ya es un crimen atroz y pronto será mucho peor si no es resuelto por las negociaciones a las que Washington rehúsa integrarse”.

En entrevista con Truthout, Chomsky señala que todos en el sur global ridiculizan el “espectáculo cómico de la postura sobre soberanía del lider mundial en descarado desprecio por esa doctrina”.

Otros que coinciden en la prioridad de una negociación señalan que “llamados para hacer más de lo que occidente ya está haciendo [sobre todo en traslados de armamentos] sólo arriesgaría un conflicto más largo y amplio”, como argumenta Kelly Grieco, experta en seguridad y estrategia escribiendo en Responsible Statecraft del Instituto Quincy en Washington. Advierte que una respuesta militar más amplia de Estados Unidos y la OTAN sólo dañará las posibilidades de una salida negociada, y hasta podría llevar a una escalada sumamente peligrosa, incluyendo la guerra nuclear.

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Un convoy de vehículos militares rusos avanza hacia Kiev.. Imagen: AFP

El imperialismo funciona con una geometría impúdica: le exige al mundo el respeto de ciertos valores y del derecho Internacional pero el imperio los viola cuando mejor le conviene

 

 La invasión rusa de Ucrania dividió a las opiniones públicas y a las izquierdas en torno a una elección primaria: el imperio bueno contra el imperio malo, el imperio del mal y el otro que pone en tela de juicio su hegemonía: Moscú contra Washington. Sin embargo, las conductas de las potencias mundiales, por más adversas que sean entre sí, responden a una relación mimética. El imperialismo copia la metodología imperial del otro allí donde tiene capacidad de hacerlo. A través de la cultura, las armas, la finanza o la tecnología. Es un despropósito pensar que Vladimir Putin es mejor que cualquier otro dirigente occidental sólo porque cuestiona la hegemonía cínica de Occidente o porque se levanta contra esa maquina de guerra casi inerte que es la OTAN.

”Lo que estamos viviendo es la muerte cerebral de la OTAN”, dijo el presidente francés, Emmanuel Macron, en una entrevista publicada en noviembre de 2021 por el semanario The Economist. Macron se refería a uno de los momentos más patéticos de la Alianza Atlántica: en octubre de 2019, Turquía, país miembro de la OTAN, desplegó una operación militar en el Norte de Siria contra un rama de las Fuerzas democráticas sirias (FDS) respaldadas por Occidente. Se trata de las fuerzas kurdas locales aliadas de la coalición occidental en el doble combate contra el Estado Islámico y el régimen del presidente sirio Bachar-al-Assad. Turquía lanzó su operativo tres días después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidiera retirar sus soldados del Norte de Siria. La batuta de la OTAN, Estados Unidos, se retiró del terreno y uno de los miembros de la OTAN atacó a los aliados de los mismos aliados. Eso es la OTAN. Un despilfarro de armas sin coordinación estratégica.

Geometría impúdica

Vladimir Putin no ha hecho más que calcar la irreverencia armada que Estados Unidos ha llevado a la práctica en las últimas décadas. Invadir Ucrania con la excusa de que hay nazis es lo mismo que invadir un país, en este caso Irak en 2003, con el argumento de que hay armas de destrucción masiva que jamás se encontraron. Los imperios se persiguen con la supremacía como objetivo sin importar lo que cueste. El imperialismo funciona con una geometría impúdica: le exige al mundo el respeto de ciertos valores y del derecho Internacional pero el imperio los viola cuando mejor le conviene. 

Una vez más, el ejemplo sangriento de la Segunda Guerra de Irak es un modelo perfecto de esa geometría. La invasión, la ocupación y el derrocamiento del régimen de Saddam Hussein respondía a un vasto proyecto elaborado por la administración de George W. Bush cuya definición apareció en 2004: el Gran Medio Oriente. Para los neoconservadores estadounidenses se trataba de remodelar una enorme región que iba desde Mauritania hasta Pakistán (10 por ciento de la población mundial) con el fin de favorecer lo que los “neocons” llamaron “el desarrollo económico y social, la democracia, la seguridad, la educación, la liberalización de los mercados y las reformas políticas” y alejar así a esas sociedades de la tentación terrorista. 

De paso, esa reconfiguración le permitía a Estados Unidos posicionarse en el Sur de Rusia. Sabemos en qué terminó: en un castigo para la población civil de Irak, la destrucción íntegra de un país y la creación de lo que Washington pretendió combatir: el terrorismo. El administrador civil de Irak, Paul Bremer, aplicó una serie de decretos que conducirían al apocalipsis: el primero, la disolución del Partido Baas: el segundo, la suspensión del ejército iraquí. En rueda libre, con el Estado desestructurado, los miembros del Partido Baas y parte del ejército se agruparon primero en Al Qaeda en Irak y luego formaron la columna vertebral del Estado Islámico. 

Esta obra destructora de la híper potencia imperial es una de las más abismales aventuras del mal en nombre del bien promovida por Estados Unidos. Antes, en 2001, actuaron igual en Afganistán para desalojar del poder a los talibanes y capturar a quien había sido uno de sus más firmes muyahidines lacayos durante la invasión de Afganistán por parte de URSS (1979-1989): Osama Bin Laden.

Guerra fría y después

Treinta años después del fin de la Guerra Fría y luego de haber participado en la gestión imperial del mundo como miembro pleno del G8 (el G7 –70 por ciento del PIB mundial--que integró a Rusia entre 1998 y 2014) Putin activó su guerra imperial en Ucrania con la misma insolencia con la que su imperio enemigo actuó antes –y no sólo en Irak. Al cabo de una de las conversaciones telefónicas que el presidente francés mantuvo con su par ruso tras la invasión de Ucrania, el palacio presidencial francés denunció “el discurso paranoico de Putin”. Con sus sucesivas intervenciones en la televisión, varios observadores de Occidente creyeron intuir una suerte de “descomposición” del mandatario ruso. 

Ni siquiera ese “estado” de aparente desequilibrio es nuevo. Se inspira en la “teoría del loco” del otro imperio (madman theory en inglés, también llamada “estrategia del loco)”. Es una práctica de política exterior ideada por Henry Kissinger (promotor de los golpes de Estado en América Latina) y asumida por la administración del ex presidente de Estados Unidos Richard Nixon cuya meta consistía en hacer creer a la URSS y a los países del Este miembros del Pacto de Varsovia que Nixon era imprevisible, caprichoso, que estaba lo suficientemente loco como para hacer cualquier cosa, incluida la destrucción más fatal. Más tarde, a partir de 2017, Donald Trump actuaría de forma semejante ante China y Corea del Norte.

Rusia es un imperio nuclear y se mira en el mismo espejo que el otro imperio. Cuando sus designios imperiales se lo dictan no duda en seguir los pasos de sus enemigos: así lo hizo en Siria, en 2016, cuando la aviación rusa bombardeó y arrasó la ciudad de Alepo sirviéndose de la misma retórica que Occidente empleó en la misma guerra Siria mientras respaldó a la coalición que se oponía a Bachar al Assad: “liberar al país de los yihadistas” (Dmitri Peskov, portavoz de Vladimir Putin). Rusia derrotó en Siria a sus enemigos imperiales y afianzó en el poder a al Assad.

No existen imperios justos

En vez de suscitar tantos insultos, falsificaciones y confrontaciones, la invasión de Ucrania debería incitarnos a repensar la forma en que consumimos los imaginarios de Occidente y el imaginario de los imperios. Para muchísimos comunistas, socialistas y gente de izquierda, el sueño de que la URSS representaba una forma ideal de sociedad se acabó cuando las tropas rojas aplastaron la Primavera de Praga, el 21 de agosto de 1968. 

El “socialismo con rostro humano” promovido por el reformista Alexander Dubček disgustó al imperio rojo y la primavera se volvió un extenso y reprimido invierno. La invasión de Ucrania tiene el mismo valor testimonial y político: no existen imperios justos o más buenos que otros. El imperialismo es mimético y, cualquiera sea su protagonista central, nos arrastra hacia la espesura de la dominación y la colonización. Ambas son la negación de la libertad y la dignidad humanas.

 El odio a Occidente como consecuencia de la dominación colonial no puede situarnos en uno u otro lado de la línea de los imperios sino en un espacio muy distinto. Rusia y las potencias occidentales cogestionaron el mundo durante varios años sin que el reclamo justo de la no extensión de la OTAN entorpeciera esa administración imperial. Recién en 2007, durante la Conferencia de Munich sobre seguridad, Putin se levantó contra la supremacía imperial de Estados Unidos. El presidente, ante un auditorio atónito, dijo: “¿Qué es un mundo unipolar? Es un sólo centro de poder, un único centro de fuerza, un único centro de decisión. Es el mundo de un amo único, de un sólo soberano. Ese mundo no es sólo inadmisible, sino también imposible”. Putin agregó que la “ampliación de la OTAN es una provocación que socava la confianza mutua”. 

Pasaron 15 años. Las bases de lo que ocurre hoy estaban allí. Los imperios tuvieron tiempo y oportunidades de negociar, tanto más cuanto que, entre tanto, Estados Unidos y Rusia negociaron el tratado de desarme New Start (Strategic Arms Reduction Treaty) sobre la reducción de armas estratégicas nucleares (2010). Las líneas estratégicas del mundo se trastornaron con esta guerra. Las líneas ideológicas y las simpatías también deberían moverse hacia algo más humano y creativo, por encima de la desdicha inhumana de dos imperios que se imitan y combaten a costa de la libertad y la vida de otros pueblos inocentes.

16 de marzo de 2022

Desde París

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