La 'yugoslavización' de Ucrania aún puede esperar

No hace mucho, los países de la OTAN destrozaron la vida de 25 millones de iraquíes al perseguir infames objetivos, mientras juraban que el país no solo poseía armas de destrucción masiva, sino que pretendía utilizarla contra el "mundo civilizado", o sea, el Occidente. También mintieron sobre Afganistán en 2011 para ocupar el país más estratégico del mundo: Bin Laden, agente de la CIA, se encontraba en Pakistán, país aliado de EEUU. Vertieron mentiras parecidas para desmantelar Yugoslavia, Libia, Siria, o Yemen, algunas de las víctimas de un militarismo insaciable, desenfrenado.

"La ocupación de Ucrania [por Rusia] es inminente", afirmó Biden el 19 de enero, a pesar de la insistencia de Moscú de no tener ninguna intención en hacerlo. EEUU y sus socios europeos están inventando una nueva y grave crisis bélica, y esta vez contra nada menos que Rusia, que teme que la OTAN esté preparando un "atentado de bandera falsa" para justificar una acción militar. El mes pasado, el ministro de defensa ruso Sergey Shoygu acusó a los mercenarios estadounidenses en Ucrania de preparar provocaciones con armas químicas.

La verdad siempre ha sido la primera víctima de todas las guerras, y la guerra declarada por la OTAN contra Rusia (o China) no es una excepción.

Decía el padre del terrorismo yihadista anticomunista Zbigniew Brzezinski que EEUU podrá consolidar su posición hegemónica sobre el mundo sólo si consigue impedir el surgimiento de una superpotencia en Eurasia. Se equivocaba: 1) Nunca un imperialismo decadente ha podido remontar, y 2) El nacimiento de la Organización de Cooperación de Shanghái, liderada por China y Rusia en julio del 2001 (meses antes de la agresión de la OTAN a Afganistán), puso fin a los únicos años de la hegemonía solitaria de EEUU (1991-2001).

EEUU, incapaz de asimilar esta realidad, desde la Doctrina Obama planeó: 1) Desmantelar la Federación Rusa, 2) Romper la alianza entre Rusia y China. A pesar de que, el presidente Xi no ha apoyado las acciones del Sr. Putin en Crimea ni en Dónbas, limitándose a condenar al "Occidente por causar la crisis", ha establecido las mejores relaciones con Moscú desde la muerte de Stalin, y 3) Contener a su principal rival China.

Joe Biden está cometiendo el mismo error que el intrépido Obama: pretender realizar varias tareas titánicas al mismo tiempo, con una estéril táctica nixoniana.

Los todólogos televisivos psicoanalizan al presidente Putin, presentándole como un psicópata (¡sí, ese es el nivel!) capaz de llevar al mundo al borde de una guerra nuclear, simplemente para paliar su complejo de ser dirigente de un insignificante país, el más grande y con mayores reservas de hidrocarburo y agua dulce del planeta. Sin embargo, la explicación más simple es la más acertada: Rusia ha desplegado sus tropas en la frontera con Ucrania porque la OTAN pretende destruirle desde los cuatro costados, y no porque las autoridades de Kiev, títeres de Washington, desde "su libre voluntad" pretendan ingresar en la alianza militar más grande, más agresiva y más inmoral de la historia, en cuyo armario esconde doscientos millones de vidas destrozadas en pocos años. Hoy, mientras las tropas rusas no han cruzado sus fronteras, las de la OTAN se encuentran a las puertas de Rusia (y de otros decenas de países).

El actual secretario de Estado de EEUU, Anthony Blinken, fue junto con el criminal de guerra el senador Joe MacCain, parte de la cabecilla que participó directamente en la revuelta de Maidan ("Plaza" en persa y en árabe) del 2014, provocando la muerte de alrededor de 14.000 civiles ucranianos.

Los 10 motivos de la OTAN

  1. Provocar una reacción rusa, anunciando la posible admisión de Ucrania en la Alianza Atlántica, para instalar bases militares en este país y apuntar con sus misiles a Kremlin, si no hubiera ido a la Isla Desolación para ampliar su zona de influencia. En septiembre pasado, Reino Unido envió al destructor Royal Navy al Mar Negro, en aguas rusas.
  2. La presión de los resucitados fascismos europeos, que siguen sin perdonar al Ejército Rojo (¡ya disuelto!) por haberles derrotado hace siete décadas. Curioso dato: en la era de la Unión Soviética la derecha le llamaban "Rusia" para borrar sus diferencias con el imperio zarista, y ahora que es Rusia no socialista le señala como "comunista", a sabiendas que, en 2000, V. Putin planeó la integración de Rusia en la OTAN, e incluso cooperó con la Alianza en la ocupación de Afganistán, le facilitó bases militares en Asia Central, y cerró las rusas en Cuba y Vietnam. Fue la codicia y la arrogancia de EEUU lo que convirtió a Rusia (que buscaba su lugar en el "nuevo mundo capitalista", y no convertirse en otro "chico de recados" de Washington) en un rival.
  3. Militarizar aún más las fronteras rusas. El gobierno de Obama-Biden pidió al congreso en 2014 una ayuda militar de unos 111,21 millones de dólares para Ucrania, que el mismo año recibió armas por el valor de 2.700 millones. La Industria militar de EEUU y Europa, tras cuatro años de sequía con Donald Trump, quien propuso la disolución de la OTAN y se negó a lanzar guerras, van a hacer su agosto. Los países de Europa Central y del Norte han anunciado un aumento en su gasto militar, dando significado al llamado "dilema de seguridad" y la carrera armamentística.
  4. Se trata de otra fase de la configuración del nuevo mapa del mundo, que tras el fin de la URSS representa una curiosa característica: que el triunfo (provisional) del capitalismo en 1992 no significó una victoria de EEUU, debido al surgimiento de otros Estados con economía de mercado que desafiaron su hegemonía: desde la propia Rusia, hasta Turquía, Brasil, Irán, India, Arabia Saudí, entre otros. Las constantes agresiones militares de EEUU a diferentes naciones del mundo reflejan esta frustración: ¿sabían que el principal destino del petróleo iraquí es China?
  5. Golpe de propaganda para elevar la popularidad de Biden, caída en un 46%. Desde el fiasco de la (no) retirada de Afganistán.
  6. Biden no solo ha aprobado un presupuesto militar de 740 mil millones de dólares en 2021, sino que con el robo del contrato de submarinos a Francia y la firma del acuerdo de AUKUS pretende demostrar que es el hombre de más y nuevas guerras.
  7. Los generales de la OTAN, que fabrican enemigos para justificar la existencia de la organización, apoyaron la candidatura de Biden, quien vendió su alma al demonio y ahora tiene que cumplir con su parte.
  8. EEUU va a utilizar su superioridad militar para recuperar su posición global al perder la guerra comercial (incluso tecnológica) a China.
  9. Subir la cotización de las acciones de las compañías de armas en la bolsa: las acciones de Raytheon (cuyo exjefe, Lloyd Austin, es secretario de Defensa de Biden), que en enero de 2021 se valoraban por 65,02 dólares, en octubre del mismo año Rusia advirtió a la OTAN sobre la integración de Ucrania, alcanzaron la cifra de 92,32 dólares. A los fabricantes de armas no les importa si "su país" participa en una guerra, la gana o la pierde. Sus beneficios proceden de 1) una simple tensión bélica, aún sin llegar a ser guerra, porque impedirá que el Congreso de EEUU vote en favor de reducir los gastos militares o desmantelar cientos de bases militares que tiene esparcidas por el mundo, y 2) que el conflicto armado sea interminable (Irak, Libia, Yemen, Siria): la guerra ha dejado de ser el último recurso entre dos Estados para atajar sus discrepancias, se ha convertido en sí en un negocio redondo, de probar armas nuevas, deshacerse de las viejas, trafico de droga, de mujeres, niños y de órganos, entre otros. Las compañías "contratistas", que gestionan a los ejércitos privados (compuestos por cientos de miles de delincuentes, desempleados y lumpen), necesitan "tensión militar" para justificar su existencia. Blackwater, por ejemplo (que tras su implicación en los crímenes contra civiles en Irak y Afganistán cambió de nombre a ACADEMI) fue fundado en 1997 por el ex Navy SEAL Erik Prince, y cuenta con al menos 100.000 hombres armados sirviendo al Pentágono.
  10. Justificar el aumento de los gastos militares de los países europeos, que en 2020 alcanzaron los 198.000 millones de euros, un 5% que el año anterior. Ucrania, además, es un gran mercado negro de armas.

Los 7 motivos de Rusia

  1. En el marco de la Doctrina Putin, esta situación se presenta como una oportunidad para que Rusia, de una vez por todas, reafirme su relevancia geopolítica, desmonte el orden posterior a la Guerra Fría que considera injusto, desde un escenario cualitativamente distinto al de Siria en 2015. Ante las negativas de EEUU de cumplir su compromiso de no ampliar la OTAN, Moscú no solo ha llegado a la conclusión de que los Cowboys solo entienden el lenguaje de la fuerza, sino que ahora sí que puede enseñarles dientes. El envío de las tropas a Kazajistán, hace unas semanas, y sin necesidad alguna, fue simplemente para demostrar que está listo para utilizarlas, en un momento en el que EEUU muestra claros signos de agotamiento, desde Afganistán, hasta en la gestión de la pandemia o en la amenaza de revueltas internas y no solo por las fuerzas fascistas.
  2. Exigir a EEUU que se otorgue a Ucrania el estatus del país neutral (y unirse a los Países No alineados), e impedir que la Alianza instale bases militares en Ucrania, país que podrá ser un Estado Tapón entre Occidente y Rusia, del mismo modo que lo es Turquía para la Unión Europea que deniega su ingreso en la Unión para evitar que sus fronteras llegasen a las zonas de conflicto como Irak, Siria, o Irán.
  3. Impedir el despliegue de misiles de la OTAN en las repúblicas bálticas o establecer unidades de combate en Polonia. Obviamente, instalar bases rusas en Cuba y Venezuela no eliminará las amenaza contra la integridad de Rusia.
  1. Prohibir el despliegue de armas nucleares más allá de los territorios nacionales de cada nación.
  2. Disuadir a Kiev de convertirse en una amenaza existencial para Rusia, sea mediante el envío de "tropas de mantenimiento de paz" a las regiones "prorrusas" de Donetsk y Luhansk, o cortando el acceso de Ucrania al Mar Negro, y  condicionar su retirada a que el país vecino cumpla con los Acuerdos de paz de Minsk. Moscú quiere enfrentarse a Kiev, que no a la OTAN.
  3. Enviar un mensaje a los mandatarios del espacio ex soviético que una cosa es independizarse de Moscú y otra bien distinta es pasarse al bando del enemigo.
  4. Sacar, a medio plazo, a Ucrania de la esfera de influencia occidental, como lo ha hecho, y sin fuerza militar, con los países de Asia central, de forma natural: por los lazos históricos económicos, culturales y políticos que les une, a pesar de la resistencia de EEUU. Puede que V. Putin sueñe con la unión de los Estados eslavos (Rusia, Ucrania y Bielorrusia), pero es bastante realista al respecto: con la tragedia de Afganistán en la retina ¡ni se le hubiera pasado por la mente enviar tropas a un país de 44 millones de habitantes, sin tener un gran apoyo por la mayoría, y lanzar una larga guerra contra la OTAN! (pues, Ucrania hoy tiene más apoyo del Occidente que en 2014), enfrentando sus soldados reclutas a los ejércitos profesionales y mercenarios contratados.

El equilibrio de fuerzas entre EEUU y Rusia hace posible que Kremlin logre parte de esta lista maximalista.

Las cartas de Moscú

Para lograr dichos propósitos, Rusia puede recurrir a "disuasión por castigo": evitar que el enemigo actúe por los altos costos de su posible acción:

  1. Desde el programa nuclear de Irán, en las negociaciones en curso de Viena entre las potencias mundiales e Irán, a Biden y a Jameneí les surge un acuerdo para "no ir a una catastrófica guerra", como afirman. Rusia está en condiciones de ofrecer su apoyo las exigencias de EEUU (e Israel y Arabia Saudí) y mantener a Irán fuera del club nuclear y ejercer un control sobre su programa de misiles a cambio de que Ucrania permanezca fuera de la OTAN.
  2. Poner a trabajar al "General Frío", jubilado desde que derrotó a las tropas invasoras nazis en el suelo soviético en 1941. Moscú, esta vez, sólo tendrá que cortar el suministro de gas que calienta los hogares de media Europa si la OTAN no se autocontrola.
  3. Trasladar las tropas a Bielorrusia, que además de compartir frontera con Ucrania, lo hace también con los países miembros de la OTAN: Polonia, Lituania y Letonia.
  4. Reactivar en Ucrania los combates de baja intensidad entre el ejército ucranianos y las fuerzas "prorrusas".

Las cartas de EEUU

  1. Un mayor aislamiento de Rusia, y más castigos económicos, aunque con ello beneficiaría justamente a China: a partir de las sanciones del 2017, Rusia se convirtió en el principal exportador de hidrocarburo a China desplazando a Arabia Saudí.
  2. Desconectar a Rusia del SWIFT, el sistema de pagos internacionales (como a Irán), lo cual es molesto, pero no es mortal.

Cálculo de riesgos y recompensas

"Regla de Pottery Barn" es una expresión comercial estadounidense que significa: "Si lo has destrozado, debes repararlo"Ninguna de las partes puede salir ilesa en esta pelea, todo lo contrario.

Rusia, obviamente, había calculado los costos de su acción antes de hacerla:

- Era consciente de que EEUU no iba a mandar tropas para salvar al gobierno de Kiev.

- Sabía que Europa se opondría a una acción de la OTAN, y no sólo por la crisis económica y la pandemia, sino también por impedir una nueva avalancha de personas refugiadas que en este caso ni podría vender su repatriación a Turquía u otro país traficante de seres humanos. Francia y Alemania temen más a EEUU -que en vez de materia gris en su cerebro tiene una pistola-, que a una Rusia previsible. Berlín ha detenido la entrega de misiles antitanques y obuses por Estonia a Ucrania. Por su parte, Emmanuel Macron se presenta para la reelección en el abril del 2022, y ya es bastante impopular para meterse en una guerra, y además en Europa.

- La subida del precio del petróleo de 85 dólares el barril de hoy a 150, que estiman los pronósticos si la tensión se alarga, hundiría aún más Europa, que ya se enfrenta a una seria crisis energética.

***

La OTAN perdió la razón de existir tras la disolución del Pacto de Varsovia, por lo que inventó la amenaza del "terrorismo islámico" para justificar las ganancias de una poderosa industria de armas que controla la política de EEUU -denunciado por los presidentes Dwight D. Eisenhower y Donald Trump, al que impidieron sacar las tropas de Siria, Irak y Afganistán-.

La crisis de Ucrania intensificará la rivalidad entre las dos potencias en todo el mundo, mientras la yugoslavización de Ucrania, romperla por imaginarias líneas divisorias étnico-lingüísticas (ruso/ucraniana) y religiosas (ortodoxa-católica), podrá volver a las agendas políticas de los que dirigen el mundo.

La diplomacia rusa con esta acción transita de una doctrina defensiva a una "contundente", frente a las amenazas de la OTAN. Ahora, puede que no consiga expulsarla de su vecindario, pero sí podrá conseguir que EEUU renuncie a llevarse a Ucrania, Bielorrusia y Georgia al pacto militar dirigido por el Pentágono.

La solución de este peligroso conflicto no debería estar en manos de los Estados implicados, sino en la Asamblea General de la ONU, respaldada por un movimiento antimilitarista, que vuelve a gestarse.

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Plan de EU para crear un "Afganistán" en Europa

Estados Unidos está anunciando que podría hacer en Ucrania contra Rusia "lo que ya hizo en Afganistán contra la (entonces) URSS. El papel que desempeñaron en Asia los yihadistas de Osama bin Laden lo harían" en Europa los neonazis de la plaza Maidan, denuncia el reconocido politólogo italiano Manlio Dinucci (https://bit.ly/3tNuCdx).

Al hablar –con propiedad– de neonazis, se refiere al ultranacionalista Sector Derecho, cuyos integrantes fueron los más activos y violentos protagonistas del golpe de Estado gestado por Washington en Ucrania en 2014 contra el presidente Viktor Yanukovich, que giró en torno a los disturbios en la mencionada plaza. Añade que "el objetivo estratégico del gobierno de Joe Biden es evidente: precipitar la crisis ucrania creada por aquel golpe, para que Rusia se vea forzada a intervenir militarmente en defensa de las poblaciones rusas del Donbass y acabar en una situación análoga a la que llevó a la Unión Soviética a empantanarse en Afganistán".

En el Donbass, situado en la parte oriental de Ucrania fronteriza con Rusia, habita una mayoría de población rusoparlante, muchos de origen ruso, y gobiernan las autoproclamadas repúblicas populares de Donetz y Lugansk, la cuales no reconocen al gobierno de Kiev. Añade Dinucci que según The New York Times, Estados Unidos ha anunciado a los demás miembros de la OTAN que "toda victoria rusa rápida en Ucrania sería seguida de una insurrección sangrienta similar a la que obligó la Unión Soviética a retirarse de Afganistán", insurrección que tendría el apoyo de la CIA y el Pentágono. Continúa: “El almirante estadunidense James Stavridis –ex jefe del Comando de la OTAN en Europa– recuerda que Washington sabe cómo hacerlo, pues a finales de los 70 y en los años 80 entrenó y armó a los muyahidines contra las tropas soviéticas en Afganistán. Pero ahora, según el almirante, "el nivel de apoyo militar de Washington a una insurrección ucrania haría parecer poca cosa lo que dimos contra la Unión Soviética en Afganistán". “

Mirar al Sur piensa que Washington es capaz de concebir un plan tan criminal e irresponsable. Pero Putin hace lo imposible por no caer en la trampa.

Twitter:@aguerraguerra

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Viernes, 21 Enero 2022 05:42

Guatemala: ¿25 años de paz?

Guatemala: ¿25 años de paz?

El aniversario del fin de la guerra interna en Guatemala pasó desapercibido. Parte de la ciudadanía prefiere hablar con amarga ironía de los «recuerdos de paz». Las esperanzas de derechos, paz e igualdad se disiparon frente a la corrupción, el neoliberalismo, las redes criminales y un proceso de involución democrática que hoy se extiende por gran parte de Centroamérica.

El 29 de diciembre de 1996 se firmó en el Palacio Nacional de la Cultura el Acuerdo de Paz Firme y Duradera entre el gobierno de Guatemala y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG). Con la suscripción de este documento terminaba una década de negociaciones y se ponía fin a una guerra que tuvo, de acuerdo con la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, un saldo de 200.000 muertos y 50.000 desaparecidos. Aquella tarde de diciembre, miles de guatemaltecos se hicieron presentes en la Plaza de la Constitución para celebrar la finalización del conflicto, festejos que se realizaron también en la mayoría de las ciudades y pueblos que fueron afectados por la violencia, así como en los campamentos insurgentes, donde los combatientes guerrilleros se habían «concentrado» para iniciar su desmovilización.

Un cuarto de siglo después, la fecha pasó casi desapercibida para la mayoría de la ciudadanía guatemalteca. El gobierno realizó un acto desangelado en el Patio de la Paz presidido por el ministro de cultura y al que asistieron mayoritariamente empleados de gobierno; el partido de la antigua insurgencia, ahora denominado Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca-Movimiento Amplio de Izquierda (URNG-MAIZ), publicó un largo comunicado en el que subrayaba la importancia de los acuerdos y las fallas en su cumplimiento, mientras que la plataforma de organizaciones de víctimas realizó una pequeña protesta frente al Palacio Nacional. 

¿Cómo fue la negociación y qué se estableció en los acuerdos de paz?

Los grupos insurgentes aglutinados en la URNG negociaron el fin de la guerra con cuatro gobiernos distintos: Vinicio Cerezo Arévalo (1986-1991), Jorge Serrano Elías (1991-1993), Ramiro de León Carpio (1993-1996) y Alvaro Arzú Irigoyen (1996-2000). Cuando iniciaron los diálogos, América Central era en uno de los últimos escenarios de la Guerra Fría y el gobierno estadounidense estaba obsesionado con contener la «amenaza comunista» en la región. Para 1996, el Muro de Berlín había sido derribado, la Unión Soviética se había desintegrado, los sandinistas habían entregado el poder tras un proceso electoral democrático y las guerrillas salvadoreñas aglutinadas en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) eran ya la segunda fuerza política en el vecino país.

Los cambios en el mundo afectaron a los actores en contienda. Las guerrillas pasaron de pensar el diálogo y negociación como una táctica que les permitiera ganar tiempo para recomponer fuerzas a considerarlo un proceso estratégico que posibilitaría, desde su punto de vista, sentar las bases para la solución de los problemas que causaron la guerra. Para el gobierno, implicó también limitar la militarización del Estado y contener la autonomía del Ejército en asuntos de contrainsurgencia. Para un sector de las elites empresariales, la pacificación vendría a mejorar el «clima de negocios» y atraería nuevas inversiones.

Fue entonces cuando se moldeó una compleja agenda de negociación dividida en temas sustantivos y operativos. Lo sustantivo abordaba los problemas que la sociedad guatemalteca venía arrastrando desde tiempos coloniales y poscoloniales: el racismo, la discriminación y la exclusión de los pueblos indígenas, pero también la concentración de la riqueza y la propiedad, así como la persistencia de la pobreza y la desigualdad. Además, dentro del eje sustantivo se ponía el foco en la militarización del Estado y el predominio del Ejército en asuntos de seguridad ciudadana. Las cuestiones operativas, que fueron colocadas al final de la agenda de negociación, se vinculaban con la desmovilización e incorporación a la legalidad de las unidades guerrilleras. Además, se trataron problemáticas como el retorno de la población refugiada en México y en zonas montañosas y selváticas del país, y el esclarecimiento de las violaciones a los derechos humanos.

Las negociaciones establecieron mecanismos para vincular a las organizaciones de la sociedad civil. Primero, se las incorporó a través de una ronda de diálogos con la insurgencia, que facilitó a las guerrillas encontrar puntos de coincidencia con las organizaciones sociales. Posteriormente, se dio lugar a Asamblea de la Sociedad Civil, espacio en el que por primera vez organizaciones, grupos, y pueblos pudieron dialogar y elaborar propuestas de solución a los problemas del país. La Asamblea produjo documentos de consenso sobre cada uno de las temáticas de la negociación. Aunque no eran vinculantes, estos documentos permitían constatar los alcances reales de cada uno de los acuerdos.

Antes de negociar los temas sustantivos, se suscribieron varios acuerdos enmarcados en la defensa de los derechos humanos. En marzo de 1994, se suscribió el Acuerdo global sobre derechos humanos que entró en vigencia inmediatamente y dio lugar al despliegue de la Misión de Naciones Unidas para Guatemala (MINUGUA), cuya presencia no solo contribuyó a la disminución de las violaciones a los derechos humanos, sino que creó un ambiente propicio para la participación y movilización social. En junio de ese mismo año se firmó el Acuerdo para el reasentamiento de las poblaciones desarraigadas por el enfrentamiento armado, bajo el cual se institucionalizó el retorno organizado y en condiciones dignas de las miles de familias que tuvieron que desplazarse por las campañas contrainsurgentes. También en junio de 1994, se firmó el Acuerdo sobre el Establecimiento de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de las Violaciones a los Derechos Humanos y los Hechos de Violencia que han causado sufrimientos a la población guatemalteca. La discusión de este tema fue compleja, ya que para el gobierno y el Ejército resultaba inaceptable aceptar que se juzgara a los responsables de las violaciones graves y sistemáticas a los derechos humanos ocurridos durante la guerra, mientras que, para las bases de la insurgencia y las organizaciones sociales, esta era una demanda central. En el acuerdo se aceptó crear una comisión de la verdad que no individualizaría responsabilidades ni tendría consecuencias judiciales.

El primer acuerdo sustantivo, Identidad y derechos de los pueblos indígenas, fue el más avanzado, tanto en términos conceptuales como políticos. Firmado en marzo de 1995, este documento reconoció el carácter multiétnico y pluricultural de la sociedad guatemalteca y la identidad de los pueblos maya, xinca y garífuna. A partir de ese acuerdo se alcanzaron una serie de medidas y acciones para el pleno reconocimiento y ejercicio de los derechos culturales y políticos de los pueblos indígenas. Pero para su efectivo cumplimiento se acordó la realización de una reforma constitucional.

A diferencia del resto de los documentos, el Acuerdo sobre Aspectos Socioeconómicos y Situación Agraria, firmado en mayo de 1996, fue ambiguo e insuficiente. En esto influyeron varios factores, como la vocación de los mandos guerrilleros de lograr un entendimiento rápido durante el primer año de gobierno del presidente Arzú, así como la presión de los grupos empresariales para que este acuerdo no afectara ni la propiedad ni la estructura tributaria. A esto se sumó la disolución del equipo de asesores de la comandancia insurgente, que no estaba de acuerdo en firmar un documento tan laxo. Con esto se perdió la posibilidad de establecer, por lo menos en el papel, una solución de fondo para cambiar el modelo económico excluyente y concentrado que se mantiene en el país hasta la actualidad.

Finalmente, el Acuerdo sobre Fortalecimiento del poder civil y papel del Ejército en una sociedad democrática, firmado en septiembre de 1996, estableció la reducción efectiva del Ejército, tanto en términos numéricos como de funciones. A su vez, bajo este acuerdo se robustecía a las entidades civiles de seguridad, incluyendo a la Policía Nacional Civil y a los servicios de inteligencia.  Sin embargo, el cambio de atribuciones para el Ejército en materia de seguridad interna requería también de una reforma constitucional. 

Con la suscripción del acuerdo sobre la desmilitarización quedaban pendientes temas que permitirían la desmovilización e incorporación democrática de la insurgencia y afinar los mecanismos de su cumplimiento: cronograma, reformas constitucionales y régimen electoral. Pero, ya en la recta final de la negociación, se dio a conocer que la Organización del Pueblo en Armas (ORPA) —uno de los grupos integrantes de la URNG— había secuestrado a la matriarca de uno de los principales grupos empresariales del país (la familia Novela, monopolista del cemento) para cobrar un millonario rescate. Dos insurgentes fueron capturados: uno de ellos fue desaparecido y el otro fue intercambiado por la anciana. La negociación fue suspendida y no se reanudó hasta que Rodrigo Asturias Amado (comandante Gaspar Ilom) se retiró de la mesa de negociaciones.  

El secuestro y sus consecuencias afectaron las negociaciones. La URNG llegó debilitada a la discusión de los últimos acuerdos, se rompió la confianza construida entre las partes y la guerra terminaba con la desaparición forzada y el posible asesinato de un combatiente guerrillero. El 29 de diciembre de 1996, se firmó el documento final, con el que se cerraban tres décadas de guerra y se abría una nueva etapa para el país.

¿Qué pasó con los acuerdos?

La implementación de los Acuerdos de Paz llevaba implícitas tres condiciones necesarias para su cumplimiento. La primera era la aprobación de las reformas constitucionales necesarias para ajustar el orden legal y el diseño estatal a lo acordado. La segunda era la decisión gubernamental de invertir recursos políticos, administrativos y financieros para hacer realidad los cambios establecidos. La tercera era que los grupos guerrilleros, convertidos en partido político, lograran tener suficiente fuerza para impulsar desde el Congreso y el Ejecutivo la agenda de la paz.

Ninguna de estas condiciones se cumplió. En mayo de 1999, después de una compleja negociación en el Congreso, se realizó una consulta popular para aprobar las reformas establecidas en los acuerdos. Una coalición de grupos empresariales, denominaciones protestantes y sectores conservadores se movilizaron contra las reformas, particularmente las referidas al reconocimiento de los pueblos maya, xinca y garífuna. Con una campaña de desinformación y miedo, lograron que una mayoría de electores rechazara las reformas. Con esto, se limitaron las posibilidades de cumplimiento del acuerdo.

Por su parte, el gobierno firmante de la paz optó por impulsar un programa de reformas neoliberales que eran contrarias al espíritu y la letra de los acuerdos.  Aunque se creó una secretaría adscrita a la presidencia, se optó por cumplir varios de los compromisos de manera aislada y no de la forma integral en la que originalmente fueron concebidos. Temas clave como la participación indígena a todo nivel, la reforma tributaria progresiva y la ley de desarrollo rural fueron postergadas. Finalmente, después de lograr una votación de 12% en las elecciones de 1999, el partido político de la guerrilla (URNG-MAIZ) entró en una dinámica de pugnas internas que lo llevó a una votación y una presencia política marginal, de entre 2% y 4% de los votos, que limitó su capacidad de influencia.

Sin embargo, tanto el proceso como los acuerdos de paz produjeron una serie de transformaciones que fueron liderados por las organizaciones de la sociedad civil y los pueblos indígenas. Y, por supuesto, la propia finalización de la guerra terminó con la violencia política como práctica institucional, la proscripción política por razones ideológicas y posibilitó la desmovilización e incorporación de los insurgentes sin que se dieran venganzas ni el rearme de ex-combatientes.

En relación a los derechos de los pueblos indígenas, la irrupción del movimiento maya en la década de1990, la suscripción del acuerdo y la continuidad de las organizaciones y autoridades indígenas han posibilitado un cambio en la forma en la que se concibe el país y la sociedad. Hoy, Guatemala se reconoce como un país plural. Pese a que persiste el racismo, este no solo es rechazado, sino perseguido y sancionado por entidades públicas que se crearon como resultado de los acuerdos. Ahora bien, la población indígena continúa siendo excluida en términos económicos y sociales, y la persistencia del Estado monoétnico y el fracaso de la reforma constitucional han contribuido a que la demanda por una Asamblea Nacional Constituyente Plurinacional sea asumida hoy no solo por los pueblos y organizaciones indígenas, sino por buena parte de las organizaciones sociales y partidos políticos progresistas. Por su parte, pese a que no existió un acuerdo específico sobre los derechos de las mujeres, las organizaciones de mujeres organizadas en la Asamblea de la Sociedad Civil lograron articular un fuerte movimiento que ha logrado cambios en la estatalidad y las políticas públicas, así como en la construcción de una agenda en favor de la plena igualdad.

En cuanto a la justicia transicional, a pesar de que el propio Acuerdo de paz firme y duradera establecía una nueva amnistía para los involucrados en la guerra, las asociaciones de víctimas, las organizaciones de derechos humanos y las agrupaciones de abogados continuaron trabajando para alcanzar justicia. En los últimos 25 años se han impulsado juicios contra miembros del alto mando militar que han sido condenados por crímenes de lesa humanidad. 

Como se señaló, el acuerdo sobre aspectos socioeconómicos fue el más limitado y el que menos resultados tuvo. En el documento suscrito, se planteaba que Guatemala alcanzara una carga tributaria de apenas 12% del PIB. En la última década, el promedio de la carga tributaria ha sido de 10% y cada intento de reforma ha sido bloqueado y limitado por los grupos empresariales que en este tema continúan teniendo poder de veto. Otro de los desafíos, el de la situación agraria, ha tendido a deteriorarse, tanto por el proceso de reconcentración de la tierra asociada a la expansión de monocultivos, como por la profundización del empobrecimiento en las zonas rurales.

En cuanto al papel del Ejército, aunque este efectivamente se redujo, las redes de militares en situación de retiro han seguido articuladas e influyendo en el proceso político. Ya en el acuerdo de derechos humanos, se mencionó la necesidad de identificar y desarticular a los denominados Cuerpos Ilegales y Aparatos Clandestinos de Seguridad (CIACS), estructuras formadas en la contrainsurgencia que anidaron en varias instituciones del Estado (aduanas, finanzas, entidades de seguridad) y que se asociaron con estructuras de crimen organizado y mutaron a lo que la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) denominó «redes políticas y económicas ilícitas (RPEI)». 

Estas redes, formadas por militares en activo y situación de retiro, pero también por políticos y funcionarios, así como por empresarios y grupos criminales propiamente dichos, fueron ampliando su influencia y control sobre las instituciones del Estado para beneficiarse económicamente de este y garantizarse impunidad. Con el gobierno del general retirado y firmante de la paz Otto Pérez Molina (2011-2015), estas redes lograron el control del Ejecutivo, la subordinación mediante sobornos de parte del Legislativo y el control parcial del sistema de justicia. La acción de la CICIG y la movilización ciudadana de 2015 contra esas estructuras, provocaron la renuncia y encarcelamiento de los más altos funcionarios del Ejecutivo.

Los gobiernos sucesivos, encabezados por Jimmy Morales (2016-2020) y Alejandro Giammattei, actualmente en el poder, fueron electos con el apoyo y la participación directa de estas redes. Morales se encargó de limitar el trabajo y terminar con el mandato de la CICIG, mientras que Giammattei facilitó el pleno control del Estado por parte de estas estructuras. Hoy, los tres poderes del Estado son parte de la coalición conocida como «pacto de corruptos». Instituciones que resultaron claves en la lucha contra la impunidad como la Corte de Constitucionalidad y el Ministerio Público fueron finalmente cooptadas por estas redes.

Esto ha implicado retrocesos tanto para el Estado de derecho como para el respeto de los derechos humanos. Una de las decisiones del actual presidente fue desmantelar las entidades públicas que fueron creadas para acompañar el cumplimiento de los acuerdos de paz: la Secretaría de la Paz, el Consejo Nacional de los Acuerdos de Paz y el Programa Nacional de Resarcimiento, entre otras. Las amenazas contra periodistas, defensores de derechos humanos, opositores y voces independientes han aumentado, incluidas acciones de criminalización y el asesinato de defensores del territorio. En el Congreso de la República se discuten abiertamente iniciativas «antiderechos» y los actores conservadores sigan apelando al discurso anticomunista para descalificar al campo progresista.

De este modo, no es extraño que irónicamente se haga referencia a los «recuerdos de paz» y no a los acuerdos. 25 años después de su firma, Guatemala está en un proceso de involución democrática, la deriva autoritaria que enfrentan otros países de la región está presente en el país y el control que las redes criminales tienen sobre el Estado y sus instituciones eleva el peligro. Frente a esto, las autoridades ancestrales de los pueblos indígenas han asumido un liderazgo nacional que puede contener al autoritarismo e impulsar un proceso de reformas que actualicen y profundicen la agenda esbozada por los acuerdos de paz.

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El conflicto de Ucrania y la nueva guerra fría

La confrontación con Rusia le interesa especialmente a EEU U pues con ella da sentido al organismo multilateral OTAN, que siempre ha utilizado para ejercer presión sobre Europa occidental frente a un competidor geopolítico como es Rusia.

 Para entender que pasa en Ucrania hay que retroceder a las grandes perturbaciones que atravesó este país y que son en buena parte las causantes del conflicto actual. Y es que la historia siempre cuenta, y, como en este conflicto, condiciona el presente. Conocer la historia de Ucrania es a la vez conocer los orígenes de la Rusia contemporánea. No se entiende Rusia sin los mitos que surgen del corazón de Ucrania y de la península de Crimea. El puerto de Odessa, la batalla de Balaklava, la base militar rusa de Sebastopol o los acuerdos de Yalta tras la Segunda Guerra, éstos son nombres en los que se asienta parte de la mitología de la nación rusa, una nación de naciones, la multicultural e inmensa Rusia que tiene varios millones de personas de procedencia rusa fuera de sus fronteras y una buena parte en Ucrania.

En la Ucrania de hoy, la población está dividida entre los partidarios de la Europa occidental y la oriental. Las barbaridades cometidas por unos y otros en suelo ucraniano condicionaban y mucho el posicionamiento de la población a la hora de inclinarse hacia uno u otro bando. No se puede olvidar que Stalin sometió a la población ucraniana a una hambruna, tras el despojo de sus cosechas en 1932, que mató de hambre a millones de personas y que deportó a diversas minorías, entre otras, judías y polacas, provocando un gran resentimiento entre la población ucraniana hacia Rusia. Tampoco se olvida que durante la 2ª Guerra Mundial los ejércitos de la Alemania nazi con la colaboración de grupos nacionalistas ucranianos exterminaron a varios millones de personas prorrusas, en parte, como represalia a las hambrunas infringidas por la URSS de Stalin.

Respecto a Crimea también sufrió dramáticas vicisitudes: una limpieza étnica por parte de Stalin, que deportó en 1944 a Asia central a la población tártara por el apoyo de sus dirigentes a los nazis, y repobló con rusos Crimea; y más adelante, en 1954, Nikita Jrushchov decidió regalar de forma arbitraria Crimea a Ucrania, sin pensar que algún día la URSS podía colapsar y desintegrarse y que Ucrania se convertiría en una república independiente.

Una vez mostrados estos antecedentes, seria pecar de ingenuos pensar que Rusia se cruzaría de brazos viendo cómo la revuelta de Maidán de 2014, en Kiev, auspiciada por el bloque euroatlántico, hacía caer un gobierno prorruso y se lanzaba en brazos de la UE y pedía la entrada en la OTAN. Sobre todo, pensando que la parte oriental el Donbás (Luganks y Donnetsk) y el sur de Ucrania, junto a Crimea, son de población mayoritaria rusa y que comparten lazos culturales y de lengua muy estrechos con Rusia. Además, en Crimea, Rusia tiene en Sebastopol una base militar para su armada desde donde tiene acceso al Mediterráneo. Una península de vital importancia para los intereses geoestratégicos de Rusia.

Obviar todo eso es no querer entender el conflicto de Ucrania. Un conflicto que en buena parte vienen provocado desde el exterior. Una UE que ha actuado con manifiesta mala fe intentando que Ucrania se incorporara a su bloque económico; Estados Unidos que deseaba su entrada en la OTAN; Rusia que no piensa abandonar unos territorios que considera por historia suyos. Cierto es que la respuesta rusa ocupando Crimea es una violación del derecho internacional, porque esta península formaba parte del Estado de Ucrania. Pero se debe recordar que nuestra OTAN hizo lo mismo en Kosovo y EE UU en Iraq. Por tanto, es de un enorme cinismo acusar a Rusia de violar la legalidad cuando EE UU lo ha hecho en innumerables ocasiones en el pasado. Y de una ingenuidad absoluta pensar que Rusia se quedaría de brazos cruzados ante los ataques del ejército ucraniano para recuperar el Donbás; o de que EE UU enviara ayuda militar a esta región sin que Rusia respondiera con la misma moneda. Aunque cierto es que el envío de un ejército de 100.000 militares a la frontera con Ucrania por parte de Rusia es una amenaza. Pero es insensato pensar que Rusia invadirá Ucrania pues la OTAN respondería ayudando a la Ucrania occidental, empezando una guerra en el centro de Europa de insospechadas consecuencias para todas las partes. Especialmente porque los intereses de Europa occidental y de Rusia son interdependientes, especialmente por la dependencia energética de Europa occidental de Rusia que hace inimaginable una confrontación armada.

Rusia, primero por pasiva y ahora por activa (la presión en la frontera de Ucrania) está reclamando a Europa Occidental y a EE UU que la OTAN no la amenace en sus fronteras. ¿Qué respuesta daría EE UU si Rusia instalará misiles o un escudo antimisiles en Cuba o Venezuela?

La confrontación con Rusia le interesa especialmente a EE UU pues con ella da sentido al organismo multilateral OTAN y que siempre ha utilizado para ejercer presión sobre Europa occidental frente a un competidor geopolítico como es Rusia. Como lo demuestran las varias crisis anteriores generadas por la instalación del escudo antimisiles en Polonia y Rumania (también está en Rota, Cádiz); o cuando Georgia inició un ataque militar en Osetia del Sur y pretendía incorporarse a la OTAN. Unas actuaciones que se deben considerar cómo una amenaza para la seguridad de Rusia y que explican su reacción de entonces y de ahora.

Lo deseable sería que los gobiernos europeos se distanciaran del alineamiento al lado los intereses particulares de EE UU, tampoco situándose al lado de Rusia, pero sí buscando una neutralidad que rebaje las tensiones entre ellas en Ucrania y en otros puntos. Pero escuchando las lastimosas declaraciones de José Borrell como representante de Exteriores de la UE y de otros cancilleres europeos, hay que temer que Europa occidental se alineará una vez más al lado de Estados Unidos para dar paso a una nueva guerra fría, aunque eso sí, de mucha menor gravedad que la anterior.

20 ene 2022 06:03

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Lunes, 17 Enero 2022 05:37

De espectros y vencidos

De espectros y vencidos

 

Tres espectros se encontraron en Colombia en la conmemoración de los cinco años de la firma de los acuerdos de paz, a finales de 2021. Un primer espectro viene del pasado y llegó como un comentario reiterado de los ex combatientes de las FARC: "¿Y todos los que cayeron en esta guerra?¿Los muertos que dieron su vida para terminar en esto?". La primera vez que lo escuché fue con un ex guerrillero que recordó a su compañera asesinada en un bombardeo del que él se salvó por minutos. La última vez, en diciembre, como en forma de autorreproche, cómo se iba a justificar toda la sangre de sus camaradas que habían caído en combate ante esto.

Un segundo espectro llegó en forma de unas FARC acusadas de "esclavismo" por la justicia transicional, cuando la Sala de Reconocimiento de la Justicia Especial para la Paz concluyó que esta guerrilla había obligado a trabajos forzados a secuestrados y poblaciones que estaban en zonas donde operaban.

El tercer espectro llegó del futuro en forma de un laboratorio de guerra recreado por ejércitos contrainsurgentes conformados por ex combatientes desertores, entrenados por militares nacionales y extranjeros, ubicados estratégicamente en áreas de interés geopolítico, como Arauca, Cauca o Putumayo. En unas áreas sería el petróleo, en otras las economías de la cocaína, en una más proyectos económicos como los puertos privados en el Urabá colombiano. Nacidos como una escisión política a los acuerdos, posteriormente aprovechados como una fuerza paramilitar, éstos disputan no sólo con los insurgentes que quedan, sino con la población, aplastada en la mitad. En el futuro, más que nunca, se sentían como ejércitos invasores.

En el libro Melancolía de izquierda, de Enzo Traverso, transitamos de la utopía a la memoria. Vamos leyendo cómo, tras la última gran derrota encarnada en la caída del Muro de Berlín, parece haberse aplastado el horizonte de expectativa de la izquierda, por lo menos de la europea. Y surge, en este escenario, un nuevo sujeto histórico: la víctima. Ese maniquí despolitizado, amorfo, limpio de contradicciones, carente de agencia, objeto de inversión. Bajo esta sombra, se enterró la discusión antifascista, anticolonial, revolucionaria, arrodilladas ante el "deber de la memoria", advierte. Yo agrego que apareció el otro actor, "el terrorista".

El tema es que en un país como Colombia, donde el humanitarismo internacional ya es un rubro del PIB y la injerencia de Estados Unidos ha transformado la narrativa y el oficio de la guerra, la comprensión de la nuestra, como una pelea entre buenos y malos, es insuficiente.

Se ha discutido que lo que se negoció no fue tan radical como se creía, cómo lo que se negoció no se cumplió, cómo el país se rearma y sigue habiendo botas para la guerra, cómo la paz no importa en el debate electoral, lo que no fue, lo que no será. Urge alejarse de la nostalgia de la guerra perdida, sin sentido y cultivar un proyecto revolucionario en una era no revolucionaria –como dice Traverso–, o en este caso, en una transición adversa en la que la izquierda –la armada, la no armada o la desmovilizada–, vuelve a recibir tratamiento de "terrorista". Pensar en tiempos del pos-Muro de Berlín, en el que la búsqueda de una paz justa es revolucionaria y la agenda imperial es la guerra.

Aún hay guerra en los campos en Colombia y tres actores tienen responsabilidades diferentes. Una institucionalidad transicional que parece sembrar los cimientos de la siguiente confrontación al estrechar los espacios de comprensión del conflicto armado y volver al marketing del "terrorismo". Intentar aplastar y negar desobediencias siempre será una forma de alimentarlas.

En otra orilla, pienso en el relato de Walter Benjamin cuando rememora los disparos contra los relojes en las torres que hacen los revolucionarios de la Comuna de París. Los espectros del tiempo pasado, presente y futuro de una u otra forma requieren ser demolidos. La izquierda armada y no armada sabrá que eso no pasa con un disparo, sino con reconocer que el horizonte de la expectativa seguirán siendo las luchas. Y éstas no están representadas en la víctima abstracta y negociada, sino desde la intensidad del duelo concreto, el despertar de unos vencidos y vencidas emancipadas, invencibles.

Estefanía Ciro*

* Doctora en sociología, investigadora del Centro de Pensamiento de la Amazonia Colombiana AlaOrillaDelRío. Su libro más reciente es Levantados de la selva

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Imagen de febrero de 20290 de la toma de posesión del presidente tunecino, Kais Saied, en el palacio presidencial de Cartago, en las afueras de la capital, Túnez. — Fethi Belaid/Pool / REUTERS

Esta semana se han revelado más detalles del papel que Egipto está jugando en el proceso tunecino que se inició con el golpe de estado de julio y con el que el presidente Kais Said, respaldado por la alianza que lideran Israel y los Emiratos Árabes Unidos.

Ya puede decirse que todo el norte de África, con excepción de Argelia, se haya bajo la tutela de la coalición que lideran Israel y los Emiratos Árabes Unidos, y de la que también son elementos clave Egipto y Arabia Saudí. El caso de Túnez es un ejemplo claro de esta ofensiva, como el caso de Líbia, cuyo primer ministro acaba de entrevistarse con el director del Mosad, David Barnea, según han informado medios árabes y hebreos.

La coalición que dirige Israel tiene por principal enemigo el islam político, que en Túnez representa el partido Ennahda. Lo que está tratando de hacer la coalición es descoyuntar el movimiento islámico tunecino, a pesar de que desde el reciente golpe del presidente Kais Said, Ennahda, como ocurrió en 2013 tras el golpe egipcio, ha demostrado que descarta la violencia.

El veterano periodista David Hearst, de The Middle East Eye (MEE), desvela en su último artículo que el coronel egipcio Ali Mohamed al Farran es el contacto de la coalición israelí para "replicar (en Túnez) la experiencia egipcia", es decir para desarticular a los islamistas.

En su informe Hearst, citando fuentes que no descubre, indica que Farran ha preparado planes para acabar con Ennhada. En su calidad de miembro de los servicios de inteligencia egipcios, Farran quiere replicar lo sucedido en Egipto después del golpe militar de Abdel Fattah al Sisi en 2013, al que siguió una fuerte represión contra los Hermanos Musulmanes.

Como en Túnez, los islamistas egipcios decidieron no recurrir a la violencia y desde entonces han sufrido los embates continuados de los servicios de inteligencia de El Cairo. Said estaría imitando al presidente Sisi con el objetivo de aplastar las estructuras islamistas más básicas en Túnez.

Hearst añade que Farran, que tiene a su cargo el "Expediente tunecino", está trabajando estrechamente con Khaled al Yahyaoui, director de la Seguridad Presidencial además de consejero del presidente Kais Said. En esta misión Farran ha obtenido un "acceso sin restricciones" a lo que sucede en Túnez con el fin de aplastar a los islamistas.

El partido Ennahda obtuvo una mayoría relativa en el parlamento en las últimas elecciones. Durante la gobernanza cometió errores de bulto, y su programa fue finiquitado definitivamente en julio, cuando Said dio el golpe. Hasta ese momento Ennahda se había comportado como un partido democrático, y de hecho ha mantenido esta misma actitud tras el golpe.

Said justificó el golpe aduciendo que era necesario combatir el elevado desempleo, la corrupción y la pandemia de coronavirus. Para ello suspendió el Parlamento y destituyó al primer ministro al tiempo que se atribuía prácticamente todos los poderes constitucionales.

"Numerosas fuentes" confirmaron a The Middle East Eye que funcionarios de la seguridad egipcios aconsejaron al presidente Said desde antes del golpe y estuvieron presentes en el palacio presidencial, dirigiendo las operaciones desde antes del golpe y colaborando con Said en esa dirección.

Esta circunstancia confirma otra vez que hubo intervención extranjera en el golpe tunecino. En este mismo sentido, con anterioridad al golpe de julio, la administración de Facebook suspendió varias cuentas que se dedicaban a "crear opinión" política desde internet en Túnez, es decir a fomentar la desestabilización y el malestar social preparando el golpe, una operación en la que estuvieron implicados directamente elementos israelíes, información que apareció en su momento en las páginas del Yediot Ahronot y Haaretz.

Una de las fuentes mencionadas por MEE, que se publicó en julio, el mes del golpe de estado, señalaba que el presidente egipcio Sisi "se ofreció para proporcionar a Said todo el apoyo que necesitara para el golpe, y Said lo aceptó".

"Personal militar y de la seguridad egipcia se trasladó a Túnez con el respaldo absoluto de Mohammad bin Zayed, el príncipe de la corona de Abu Dabi", según MEE, que citaba una fuente al respecto. El príncipe Bin Zayed es la personalidad árabe más implicada en todos los conflictos árabes y colabora estrechamente con Israel.

David Hearst añade que desde que Said elaboró el plan para el golpe en mayo, ha seguido fielmente lo que había previsto para declarar una "dictadura constitucional", "concentrando todos los poderes en manos del presidente de la república". El plan también preveía poner bajo arresto domiciliario a dirigentes de Ennahda, como después ha sucedido.

Uno de ellos, Noureddine Bhiri, número dos de Ennahda, fue detenido por agentes de paisano el 31 de diciembre, que le acusaron de "terrorismo", una acusación calcada de las que hizo Sisi a los islamistas de los Hermanos Musulmanes detenidos tras el golpe de 2013. Bhiri, que está enfermo, fue ingresado dos días después en un hospital.

Esta semana, por segunda vez en menos de dos meses, el ministro del Interior tunecino ordenó el martes la jubilación de altos responsables de la seguridad, lo que en el país se interpreta como una purga política. El ministro del Interior, Tawfiq Sharaf al Din, no ha dado ninguna explicación satisfactoria que explique esa orden, y algunos medios indican que a los cesados se les considera próximos a Ennahda y que a quienes los sustituyen se les exige lealtad política.

En noviembre sucedió algo parecido cuando una veintena de responsables de la seguridad fueron cesados por el ministro, y algunos de ellos se encuentran bajo arresto domiciliario. El presidente Said sigue ignorando las protestas que se celebran en el país y parece determinado a no ceder y consolidar el golpe de julio con el apoyo de la coalición israelo-emiratí.

 13/01/2022 23:52

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El candidato a las elecciones en Colombia, Gustavo Petro, durante su entrevista con 'Público'. — Jairo Vargas

Fue guerrillero del M19 y años después, como uno de los senadores más críticos con el Gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010), puso al descubierto los vínculos de políticos conservadores con el paramilitarismo. Fue elegido alcalde de Bogotá en 2012, le destituyeron cuando intentó poner en marcha un proyecto de recogida de residuos y reciclaje, le boicotearon los poderosos empresarios que tenían el control del sector de las basuras en la capital, pero la justicia le dio la razón y le restituyeron sus derechos políticos en 2014. Ahora es el favorito a ganar las elecciones presidenciales de mayo próximo y podría liderar, con el Pacto Histórico, el primer gobierno progresista de la historia de Colombia.

Gustavo Petro (Ciénaga de Oro, 1960) inició esta semana en España su campaña y lo hizo arropado por el exilio colombiano. En un acto multitudinario, en la sede madrileña del sindicato UGT, desfilaron madres de hijos asesinados, lideresas que han abandonado su país por amenazas, jóvenes que formaron la primera línea de lucha durante las protestas del pasado año en Cali (y que sabían que si seguían en su país iban a matarles), mujeres y hombres escapados de la pobreza y la persecución. Más de cinco millones de colombianos viven en el exterior, varios cientos llegaron a Madrid, muchos desde otras ciudades europeas y españolas, y una buena parte no pudo entrar al evento por las restricciones de aforo por la covid, pero no les importó. Le recibieron en la calle al grito: "Petro presidente". Allí le acompañaron políticos de los tres partidos que forman el Gobierno de España (PSOE, Izquierda Unida y Unidas Podemos). Antes había sido recibido por el presidente Pedro Sánchez, la vicepresidenta Yolanda Díaz, Felipe González y empresarios y banqueros con inversiones e intereses en Colombia.

Justo antes de partir a Bogotá, en una entrevista exclusiva con Público, Gustavo Petro afirmó que el proyecto uribista ha llegado a su fin, que ahora comienza la verdadera transición hacia la paz y la democracia en Colombia, y habló de sus prioridades: crisis climática, cambio de la matriz energética, de su ánimo para negociar con los grupos armados y de poner fin al narcotráfico; también lamentó las heridas de la guerra y anunció la transición hacia la democracia real.

Muchas zancadillas en un país donde siempre el poder ha estado en manos de conservadores y oligarquías. ¿Ha llegado el momento de que, por primera vez, la izquierda gobierne en Colombia?

Yo no divido la política entre derecha e izquierda, es difícil aplicar esos conceptos europeos en América Latina, la divido entre política de la vida y política de la muerte, y a Colombia la ha gobernado durante dos siglos, con muy breves interrupciones, una política de la muerte, una política de la exclusión social, por eso tenemos uno de los países más desiguales del mundo y una violencia casi perpetua. En esa medida, mi gobierno, al ganar las elecciones, sería el primero progresista de la historia republicana del país.

¿Y qué cambiará en Colombia?

Se disminuirá la desigualdad, habrá más justicia social y se construirá la paz. Si logramos una sociedad que permita derechos fundamentales, ese sería el verdadero acuerdo de paz, el pacto de la ciudadanía, no de los grupos armados. Un pacto no se puede establecer bajo la base de la exclusión, de la injusticia, un pacto se establece a través de la inclusión y la equidad.

¿Qué es el Pacto Histórico?

El Pacto Histórico es una coalición de fuerzas políticas y sociales, no solo de organizaciones que provienen de la izquierda, también liberales, de centro, de movimientos sociales, indígenas, feministas, ambientalistas. Si ganamos las elecciones, seremos también una forma de gobernar, vamos a gobernar a partir de la concertación y el diálogo, es la única manera de construir una paz grande de camino a unas reformas fundamentales, no para mantener un estatus quo. Un pacto que busque reformas en el terreno de la educación, la salud, los derechos en el terreno productivo.

¿Los acuerdos de paz con las FARC y el estallido social de 2021 han ayudado a unir a las fuerzas progresistas en Colombia?

Ha sido la crisis y el mal gobierno de (Iván) Duque lo que ha hundido completamente algo que era antes valorado: el proyecto uribista. Este proyecto es una especie de franquismo a la colombiana pero con elementos nuevos como la ideología neoliberal que mantiene esa herencia violenta, excluyente y antidemocrática. Ese proyecto hoy está en mínimos históricos de aceptación popular y se plasma en las políticas contra la pandemia. Si miras a Estados Unidos, Europa o el Sudeste Asiático, afectados por el mismo virus, allí se estableció una política socialdemócrata que ha permitido que no aumente la pobreza y que el empleo se mantuviera en niveles en los que se pudiera actuar. En Colombia se aplicó el neoliberalismo, se profundizó el modelo de antes del virus y produjo un crecimiento rápido y sustancial del hambre y de la pobreza. Las estadísticas oficiales muestran saltos de 20 puntos en niveles de pobreza, el hambre se convirtió en algo cotidiano, de ahí el aumento de la delincuencia que es consecuencia del hambre. La élite política y económica de Colombia se equivocó, cuando aumentaba el hambre, el gobierno propuso una reforma tributaria que elevaba el impuesto a la comida y estalló la movilización social que terminó siendo confrontada con asesinatos por el aparato público armado. En vez de proceder a un diálogo, el gobierno de Duque mató a los jóvenes.

La izquierda siempre ha sido perseguida y aniquilada en Colombia. ¿Teme por su vida?

"A las élites les aterroriza la posibilidad de un gobierno transparente, luchan para evitarlo y eso nos pone en riesgo"

No voy a mentir, sí hay riesgos y son altos en la medida que nos acercamos al poder, a gobernar; no hay más que mirar los trinos (tuits) de Uribe mientras yo desarrollaba mi agenda en España para darse cuenta cómo ascendía la histeria y la sinrazón. Es el desespero y el miedo que tiene que ver con una especie de culpabilidad por parte de la elite colombiana porque es promotora de grandes procesos de corrupción y de la quiebra de los derechos humanos, hasta el punto que podemos hablar de genocidio. Les aterroriza la posibilidad de un gobierno transparente, luchan por todas las vías -en Colombia se llama combinar todas las formas de lucha- para impedirlo y eso eleva el riesgo. De hecho la violencia está ascendiendo, el homicidio, la masacre, motivada por el narcotráfico pero también por la propia violencia política y el discurso estatal del odio; y esos son indicadores de riesgo. Lo cierto es que el país ha sido incapaz de resolver la conflictividad propia de toda sociedad con instrumentos pacíficos y ha recurrido permanentemente a la guerra, esa historia nos acompaña desde hace siglos y es el momento de frenarlo. Yo le llamo cambiar de era, es pasar de una era de violencia a una era de paz.

El precio es alto, decenas de integrantes de Colombia Humana, guerrilleros desmovilizados y líderes comunitarios han sido asesinados en los últimos años. ¿Merece la pena?

Sí, siempre merece la pena porque Colombia necesita la paz. El Pacto Histórico ha transformado la enorme burbuja de dolor en una enorme burbuja de esperanza, y estamos ante la posibilidad de construir una sociedad en paz, justa y democrática en el corto plazo.

Lo primero es ganar el 13 de marzo las primarias del Pacto Histórico, su principal rival es Francia Márquez, una mujer afrodescendiente. ¿Si usted lo consigue, Márquez será candidata a vicepresidenta?

Hay varios aspirantes a ser candidatos presidenciales del Pacto Histórico, entre ellos, dos mujeres muy valiosas: una que viene de la afrodescendencia; otra es indígena. La ciudadanía escogerá la candidatura oficial del gran cambio en Colombia y todas las fuerzas participarán del gobierno si ganamos las elecciones. Es una nueva forma de hacer política.

¿Y Francia Márquez?

La candidatura que quede segunda tiene opción preferencial, el acuerdo es que la vicepresidencia no sea un cargo simbólico. Si es Francia Márquez se abre esa posición a un mundo completamente excluido en Colombia, el de las negritudes. Hoy quienes gobiernan son los herederos de los esclavistas. En Colombia una mujer tiene siete veces más posibilidades de morir si es pobre y negra, en el caso de los niños afrodescendientes menores de un año se dispara hasta diez veces. Esta es una de las estadísticas de la política de la muerte más tristes y deprimentes. Si Francia se convierte en fórmula presidencial, porque podría ser al revés [sonríe], será la encargada de una enorme lucha contra la exclusión en términos de mujer, racismo, regiones y pobreza.

Ha habido algunas disputas en la elaboración de las listas al Congreso para las legislativas del 13 de marzo. ¿Cómo evitar una ruptura de la izquierda por desacuerdos internos?

Ha sido un proceso difícil, complejísimo, porque la tradición en Colombia es hacer campañas individuales (listas abiertas). Logré, y espero no equivocarme, que las agrupaciones del Pacto Histórico acordaran una lista cerrada, donde el orden determina quien entra al Congreso, quisimos así intercalar los géneros, que la mitad de curules sean mujeres, en el voto abierto eso no es posible. Es una conquista histórica, por eso se volvió más complejo el proceso. Le agregamos la ‘cremallera’, además del género decidimos que cada cinco renglones se incluyera en la lista un representante étnico para garantizar la diversidad. La bancada progresista será muy femenina y diversa. Obviamente quedaron heridas, individualidades que se sintieron excluidas, pero marcaremos un hito en la nueva política.

Si llega a la Presidencia, ¿cómo va a sacar adelante el programa del Pacto Histórico, teniendo en cuenta que cuando fue alcalde de Bogotá le destituyeron sin razones jurídicas ni constitucionales?

Yo planteé el reciclaje, ¡algo tan subversivo! [ríe con ironía], y por eso me destituyeron; simplemente porque los grandes operadores eran unos empresarios privados poderosos que terminaban su contrato con la Alcaldía. Yo no les quité el contrato, simplemente terminaba; y había una orden de la Corte Constitucional de incluir en el sistema a miles de recicladores que andaban con sus hijos durante las madrugadas en las calles, sobreviviendo, recogiendo residuos que dejaba la gente, y había que incluirles en el modelo de aseo, darles una remuneración y potenciar el reciclaje. El resultado fue que 65.000 niños dejaron de trabajar y esos empresarios, que se creyeron tenían un derecho perpetuo, sabotearon el proceso y yo terminé destituido. Gracias a la justicia internacional, y a la nacional de diversas maneras, logré restablecer mis derechos políticos porque a la postre lo que querían era inhabilitarme para, precisamente, no poder competir en las elecciones, ni disputar el poder.

¿Esta experiencia le servirá si llega a la Presidencia? Hay antecedentes en países vecinos, el mejor ejemplo es Brasil con la destitución de Dilma Roussef y el encarcelamiento de Lula da Silva.

He hablado con Felipe Gonzalez, aquí en Madrid, porque fue protagonista de un proceso en el que una sociedad pasa del fascismo a una democracia moderna, de cómo una fuerza policial y militar creada y criada en concepciones fascistas puede convertirse en una fuerza pública y aceptar el control civil. Esto es importante para Colombia, porque estamos en una transición democrática. Mi gobierno de cuatro años será de transiciones, de una economía extractivista basada en el petróleo y el carbón, hacia una economía productiva, agraria y agroindustrial. En el siglo XXI, esto significa una transición de la ignorancia al conocimiento, del autoritarismo a la democracia, desde la violencia a la paz, de una sociedad del machismo a una sociedad femenina. Pero harán falta varios gobiernos, con presidencias diferentes, parecido a lo que inició Chile. En cuatro años sí podremos hacer al menos la transición hacia la democracia, y no será fácil. Implica un gran cambio en el Congreso, si el ciudadano vota progresista a la Presidencia y corrupción al Congreso, lo de Brasil podría volver a ocurrir. También hay que modernizar la fuerza pública, ponerla en la escala del honor militar y policial que corresponde en el respeto a la ciudadanía y los derechos humanos.

La crisis climática es una de sus banderas políticas. ¿Cuál es su propuesta para atajar la explotación de recursos naturales y el uso de energías sucias?

Yo lo introduje en la Alcaldía de Bogotá cuando la expresión ‘cambio climático’ no se usaba en la prensa colombiana, aun sin comprender a fondo la discusión mundial que empezaba a librarse. Este es uno de los ejes ahora de Colombia Humana. Colombia depende desde hace 30 años de exportar carbón y petróleo, el otro sector de la exportación es la cocaína, y no son mundos separados, interactúan entre sí, se mueven como una gran masa de liquidez que hizo creer a la sociedad la ilusión de que se hizo rica. Esas burbujas han explotado y parte de la crisis actual tiene que ver con eso. No es sostenible que un país políticamente, éticamente y económicamente se sustente sobre el petróleo, el carbón y la cocaína. La transición consiste en salir de ahí hacia una economía agraria, agroindustrial, democratizar la producción e iniciar el balbuceante proceso de industrialización.

Pero sin reforma agraria y con la oposición de los empresarios y latifundistas será difícil. ¿Ve posible un acuerdo con esos sectores?

El narcotráfico hizo de la tierra fértil, cerca de 20 millones de hectáreas, su caja de ahorros, se apropió de ella, la compró en efectivo o la tomó de forma violenta, de ahí el desalojo de cinco millones de campesinos y pequeños y medianos empresarios, de ahí la destrucción del mundo agrario, hundido en la violencia y donde han proliferado ejércitos privados del narcotráfico y paramilitares. El narcotráfico está ligado a la destrucción de la economía productiva tanto rural como urbana. Una ciudad como Medellín permitió a un Pablo Escobar porque se destruyó su industria textilera. El narcotráfico creció en la medida que se profundizó el neoliberalismo con mucha ayuda de gobiernos extranjeros que no vieron esta evolución dañina. Hoy dependemos del petróleo, el carbón y la cocaína, y mi gobierno tiene que liberar a Colombia de ello. Dejaremos de firmar contratos de exploración petrolera desde el próximo 7 de agosto si ganamos las elecciones, eso nos da un margen de 12 años porque tenemos reservas para hacer la transición, para que la demanda interna de combustible sea reemplazada por energías limpias. En el corto plazo se puede sustituir petróleo, carbón y cocaína por turismo, tenemos la posibilidad de pasar de 4 a 15 millones de turistas al año, pero eso no se logra si no hay paz. Una serie de variables (acabar con la violencia, la paz, democratizar el país, aumentar la producción) permite las sinergias y eso es lo que nos va a permitir reducir el narcotráfico y desligarnos de una economía fósil.

Las fuerzas reaccionarias califican este discurso de castrochavista.

No tanto Castro, pero sí el proyecto de Chávez -parecido a proyectos del socialismo árabe- se sustentó en el petróleo. En cierta forma, el progresismo latinoamericano resultó afectado por el elevado precio de las reservas fósiles a causa de la demanda china desde la crisis de 2008. Un progresismo realmente sostenible y constructivo no puede afianzarse en los fósiles. Yo propongo lo contrario a lo que se hizo en Venezuela.

¿Cómo va a controlar a las bandas del narcotráfico, a la guerrilla del ELN, a las disidencias de las FARC?

Tengo un reto ambicioso y la realidad es que hay miles de hombres armados bajo diferentes agrupaciones todas ligadas al narcotráfico. Proponemos un desarme para lo que queda de la vieja insurgencia, un diálogo político rápido, y ahí incluyo al ELN (Ejército de Liberación Nacional) y a las disidencias de las FARC, que se forjaron porque Duque saboteó el acuerdo de paz, y ese acuerdo debe cumplirse. El ELN puede dejar las armas en el corto plazo en medio de un proceso de profundización democrática. Pero las agrupaciones más ligadas al narcotráfico son más complejas, ahí no hablamos de un diálogo político, ahí tenemos que hablar de un diálogo judicial. Quiero plantear una opción: el desmantelamiento pacifico del narcotráfico, pero no soy ingenuo, sé de lo que estamos hablando, es un negocio que mueve miles de millones de dólares, y hoy se quedan más en México que en Colombia porque los cárteles mexicanos dominan más el escenario. A Colombia entran unos 15.000 millones de dólares, hoy por hoy es el mayor producto de exportación dada la caída del precio del petróleo. Esto es lo que deja el uribismo en Colombia después de 20 años. La base por la cual el narcotráfico se mantiene y crece es porque tiene poder político, y eso es control sobre la población, sobre tres grandes masas: campesinos-productores de hoja de coca, consumidores en general urbanos, del mundo y de Colombia, y la economía popular que no tiene crédito, también muy urbana, y acude al crédito usurero que la mafia entrega para lavar dólares. Si le quitas esas masas de población, le quitas poder al narcotráfico. Y hay políticas específicas que pueden lograr la democratización del crédito, incluida la banca pública. De eso he hablado en Madrid, de tú a tú, con banqueros muy poderosos españoles que operan en Colombia. El objetivo es democratizar el crédito, regular el consumo de estupefacientes, que es una experiencia mundial exitosa y que quita al consumidor del contacto directo con la mafia, y la reforma agraria para que el campesino tenga opciones distintas al cultivo de coca. Así le quitamos poder al narcotráfico y se puede abrir una vía de desmantelamiento pacifico a través de un sometimiento colectivo a la justicia. No digo que inmediatamente pero se podrían iniciar los procesos.

¿Colombia está preparada para vivir en paz?

En un anhelo, no hay mujer que no quiera vivir en paz, que no quiera que sus hijos no sean materia prima de una guerra, que sus amores acaben muertos en una esquina. Si sumamos todos los casos, eso implica una sociedad que está preparada para la paz.

madrid

12/01/2022 21:39 Actualizado: 13/01/2022 09:27

 

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Un hombre se santigua delante del edificio en el que más de 40 fueron quemadas vivas el 2 de mayo de 2014 tras los enfrentamientos en Odesa, Ucrania. PABLO MIRANZO

La caída de Afganistán en verano ha sido el detonante de una nueva fase tras la fallida “guerra contra el terror” emprendida por Estados Unidos. Pero esta nueva fase se aleja del objetivo de una paz duradera y resucita viejos fantasmas del pasado a mayor gloria de un presupuesto de Defensa desmesurado.

 

La vuelta a la normalidad tras el paso de Donald Trump por la Casa Blanca ha supuesto, en la esfera internacional, el estreno de una era de recrudecimiento de la tensión con China —uno de los debates del año en la esfera del Pentágono es si ya se puede calificar a la situación actual de “guerra fría”— y la espera de un 2022 de conflictos. Gideon Rachman, el comentarista principal de asuntos exteriores de Financial Times, publicaba recientemente una pieza en la que valoraba la posibilidad de que Estados Unidos se embarque en el año que comienza en hasta tres conflictos. “No existe un plan único que vincule las ambiciones de Pekín, Moscú y Teherán”, reconocía Rachman, pero sí hay un desafío al equilibrio de poder global que, desde la II Guerra Mundial ha dominado Estados Unidos.

Global Times —la mejor ventana para Occidente de la imagen que la China oficialista quiere proyectar a la esfera internacional— abría el pasado martes con una piñata de artículos sobre los tres movimientos que, según el Gobierno chino, confirman la escalada ofensiva de Estados Unidos.

El control del Mar del Sur de China y de la isla de Taiwán, uno de esos conflictos arrastrados del siglo XX, es el escenario de conflicto más improbable. En octubre, el presidente Xi Jinping prometió cumplir “el destino” que lleva a la reunificación con Taiwán. La proclama estuvo acompañada de un desfile de aviones que sobrevolaron la isla.

El gobierno taiwanés protestó y habló de la peor situación militar de los últimos 40 años. Estados Unidos, a través de su secretario de Defensa, ha deslizado que las maniobras parecen los ensayos para una invasión a gran escala de la isla. El Ejército Popular de Liberación china (EPL), dicen las fuentes prooccidentales, ha ganado la capacidad militar de bloquear y controlar el Estrecho de Taiwán.

Joseph Biden manifestó en el mismo mes de octubre, después de que trascendieran unos informes que señalaron que China probó un misil hipersónico con capacidad nuclear a principios de este año, que su Gobierno defenderá a la isla —oficialmente República de China— si se produce un ataque por parte de la República Popular. China negó esos informes e indicó que se trataba de una maniobra rutinaria.

La escalada, al menos en términos retóricos, ha seguido durante el otoño. Estados Unidos fue calculadamente ambiguo durante décadas sobre la posibilidad de la reunificación. Recientemente, el Pentágono ha sido algo más explícito para presentar esa opción como peligrosa para los intereses de sus aliados en Oriente: Japón y Filipinas.

China, por su parte, ha denunciado que aviones espías estadounidenses “llevaron a cabo alrededor de 1.200 salidas aéreas de reconocimiento y algunas de ellas se acercaron a 20 millas náuticas de la línea de base territorial de China continental”. El “imperio del centro” acusa a Estados Unidos de crear “simulacros y construcción de campos de batalla” en lo que consideran su espacio natural.

Global Times hila fino y ha publicado recientemente los resultados de una encuesta que indican que más de la mitad de la población de Taiwán cree que su Gobierno —presidido por Tsai Ing-wen— no está en condiciones de sostener una guerra con China. Un porcentaje similar reconoce que no quiere que sus familiares participen en un posible conflicto.

Informe Irán

Segundo frente abierto. Tras la espantada de Estados Unidos y el final patético de la “Guerra contra el terror” que supuso el regreso de los talibanes al Gobierno de Afganistán, la siguiente parada en Oriente Medio es la recuperación del Acuerdo Nuclear con Irán (JCPOA, por sus siglas en inglés), que Trump rompió en mayo de 2018. No parece tarea fácil retomar el camino saboteado por el expresidente, que había llevado a Irán a cumplir sus objetivos de atraer inversiones extranjeras, convertirse en un exportador de petróleo pujante y reducir su inflación.

Estados Unidos acusa a Irán de haber aprovechado la ruptura del acuerdo —que conllevó una nueva ronda de sanciones por parte de Washington— para acelerar el enriquecimiento de uranio. Según su prensa afín, el régimen de Ebrahim Raisi, que fue elegido en agosto de 2021, a tenor de la velocidad a la que ha desarrollado el enriquecimiento de uranio, tiene la capacidad de crear el arma nuclear “en pocas semanas”.

El Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA), a través de su presidente ha declarado que no hay ninguna información de que Irán tenga un programa de armas nucleares ni que tenga tenga alguna actividad que conduzca a un programa de armas nucleares. Estados Unidos advierte de que tiene sospechas de que la capacidad nuclear iraní ha avanzado extraordinariamente después de que el acuerdo JCPOA quedase en papel mojado.

Las conversaciones que, a lo largo del mes de diciembre, han tenido lugar en Viena (Austria) han querido resucitar el acuerdo como forma de que Teherán no desarrolle la bomba nuclear, un temor de Estados Unidos no del todo fundamentado —Irán sigue siendo un firmante del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares— pero que marca la actitud del complejo militar-industrial ante un país considerado el centro del “eje del mal”.

Los intentos de llegar a un acuerdo provisional —que Irán congele su programa nuclear a cambio de levantamiento de sanciones— no satisfacen completamente a ninguna de las partes pero parecen los únicos objetivos al alcance de la Conferencia de Viena.

El periódico progubernamental Kayhan, a través de Hossein Shariatmadari, un representante de la considerada línea dura del régimen, reclamó el pasado 16 de diciembre que terminen “todas” las sanciones que “se mantienen bajo pretextos engañosos y hostiles como derechos humanos, terrorismo, industrias de misiles, presencia regional, etc“.

Halcones del aparato industrial militar estadounidense como Michèle Flournoy, Leon Panetta, el general David Petraeus o Dennis Ross publicaron el 17 de diciembre una “Declaración sobre la mejora del potencial de una resolución diplomática al desafío nuclear de Irán” en la que sugieren que Estados Unidos puede “orquestar ejercicios militares de alto perfil (...) potencialmente en concierto con aliados y socios, que simulen lo que estaría involucrado en una operación tan significativa, incluido el ensayo de ataques aire-tierra sobre objetivos y la supresión de baterías de misiles iraníes”.

La experiencia de Afganistán podría impulsar una escalada bélica por parte de Irán, que tiene poco que perder en un escenario de ruptura con los países occidentales con el estado actual de cosas y tras el shock del asesinato de Qasem Soleimani, alto mando militar iraní, en las proximidades del aeropuerto de Bagdad (Iraq) en 2020. Estados Unidos dice confiar en la vía diplomática pero “estar preparada para todo” y acusa al régimen de Ebrahim Raisi de haber intervenido en Iraq y llevar a cabo maniobras secretas en Arabia Saudí. Los analistas no descartan ataques aéreos contra instalaciones nucleares, una opción menos arriesgada que la apertura de un conflicto con Rusia o China. Israel, principal aliado de Estados Unidos en la zona, también refiere estar preparándose para un hipotético conflicto con Irán.

El articulista de The Intercept, Jeremy Scahill, resumía así la situación: “La administración Biden ha mantenido y, en algunos casos, ampliado las sanciones económicas de Estados Unidos contra Irán, lo que ha provocado acusaciones de Teherán de que Estados Unidos ya está librando una guerra no militar contra civiles iraníes. Irán exige el cese de las sanciones como condición previa para volver a las negociaciones”.

El conflicto con Rusia

Apenas un mes y medio después de su investidura, Biden llamó asesino a Vladimir Putin, presidente de la Federación Rusa. El año termina, sin embargo, con los dos mandatarios dialogando por teléfono “para discutir una variedad de temas” en dos llamadas telefónicas que pretenden atenuar la creciente tensión en la frontera ucraniana, donde Rusia ha destacado a un número no inferior a cien mil soldados en las últimas semanas.

Desde hace semanas, el Pentágono valora la posibilidad de que “tan pronto como a principios de 2022” Rusia decida cruzar la frontera para “proteger” a los ciudadanos rusos que, según el Gobierno de Putin, están siendo hostigados en el Donbás en las provincias de Donetsk y Lugansk, en disputa desde el cambio de gobierno en Kiev en 2014.

El comandante en jefe de las Fuerzas Armadas estadounidenses no ha sido tan rotundo al asegurar que habrá una respuesta militar contra Rusia como lo ha sido con un hipotético conflicto en torno a Taiwán. Estados Unidos, hasta el momento, ha amenazado con una tormenta de sanciones y un incremento de las ayudas militares tanto a Kiev como a los aliados de la OTAN en el entorno oriental y central de Europa.

Rusia pretende que Estados Unidos frene su expansión, a través de la Alianza Atlántica, entre las naciones de su esfera de influencia y así lo expresó en dos borradores de acuerdo enviados en diciembre a los países occidentales. Los casos de Ucrania y Georgia y su adhesión a la OTAN preocupan a Putin y su sistema de Defensa. La interpretación de los acuerdos alcanzados en la última década del siglo XX tras la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas es hoy un tema de conflicto en sí mismo. Jens Stoltenberg, máximo responsable de la OTAN, defiende que esta organización “nunca prometió no expandirse” en torno a la Federación Rusa. Putin ha recordado estos días que Mijail Gorbachov recibió garantías de que esa expansión no se iba a producir y reclama ahora que esas garantías queden por escrito.

Las opciones permanecen abiertas: van desde el lanzamiento de misiles de precisión, hasta una incursión limitada y otra no tan limitada con el apoyo de sistemas cibernéticos. Aunque una encuesta sitúa a los ucranianos como dispuestos a entrar en guerra contra su vecino, sobra decir que Ucrania no tiene capacidad de sostener una guerra con Rusia y que a un hipotético ataque sucedería la capitulación de Kiev y la apertura de vías diplomáticas para reencauzar la relación con Rusia de la Unión Europea —atrapada entre su seguidismo de Estados Unidos y su dependencia de las fuentes energéticas rusas— y con la estrategia de Washington.

Cuando se va a cumplir un año de la asunción por parte de Biden de la presidencia de Estados Unidos, el presupuesto militar sigue creciendo a razón de un 5% anual. La Ley de Autorización de Defensa Nacional promulgada este otoño autoriza 778.000 millones de dólares en gasto militar. Se trata de una partida que duplica el plan estrella de Reconstrucción, en términos de gasto social y clima, con que los demócratas esperan ganar las elecciones midterm que tendrán lugar en otoño de 2022.

Pese a la salida de Afganistán, el incremento del presupuesto y de la capacidad militar de Estados Unidos han llevado a veteranos escritores del antimilitarismo a alertar sobre la posibilidad de una nueva Guerra Mundial, que comenzaría en el que hoy parece el escenario más improbable de guerra abierta: el mar meridional de China. Quizá la vuelta a la normalidad tras el periodo de Trump sea simplemente el regreso de una posibilidad para la que el poderoso aparato militar estadounidense se ha mostrado entusiásticamente preparada durante mucho tiempo.

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Fuentes: Rebelión - Imagen: Durante el siglo XIX, Estados Unidos libró tres guerras de exterminio contra la nación Seminole.

El Congreso de Estados Unidos acaba de aprobar la construcción de un Memorial de la Guerra contra el Terrorismo a construirse no muy lejos del monumento a Lincoln, “para honrar aquellos que sirvieron en el conflicto más largo de la historia de la Nación”.

No será el primero, ya que existe el Global War on Terrorism Memorial en Georgia, para que las nuevas generaciones nunca olviden el sacrificio de «El país de las leye»s que, como Superman, lucha “por la libertad y la justicia” en el mundo. Narrativa para niños educados en Disney World y para adultos que valoran la fé sobre la razón: el mundo se reduce a la lucha del Bien contra el Mal y nosotros somos los guardianes del Bien, del Destino manifiesto.

Como siempre, los mitos están recargados de olvidos estratégicos. Ni siquiera se trató del conflicto más largo, ya que sólo la guerra de despojo, no de la tribu sino de la Nación Seminole se extendió desde 1816 hasta mediados del siglo XIX. Antes de convertirse en mascota de un equipo de fútbol, los seminoles fueron verdaderos héroes en una verdadera guerra de defensa contra el despojo de su territorio en Florida y contra una abismal diferencia de poder militar. Al igual que otros pueblos despojados y masacrados por el fanatismo anglosajón, fueron considerados salvajes (terroristas) que, según el discurso de la Unión del presidente Andrew “Mata Indios” Jackson de 1832,  “nos atacaron primero sin que nosotros los provocásemos”.

El 31 de agosto de 2021, el presidente Joe Biden anunció el “fin de la guerra contra el terrorismo”. (Naturalmente, como escribimos hace veinte años, el negocio de la guerra se desplazará al Extremo Oriente. Habrá una Segunda Guerra Fría en el ciberespacio, no sin los fuegos de la primera.) Como ningún presidente estadounidense puede hablar de amor sino de guerra, el bueno de Biden, con un estilo muy Obama, ha advertido: “permítanme dejarlo bien claro: si buscas hacerle daño a Estados Unidos… debes saber que nunca te perdonaremos. No lo olvidaremos. Te perseguiremos hasta los confines de la Tierra y pagarás por tu ofensa”. Una copia literal de las advertencias de recordar y castigar las defensas y ofensas ajenas que se leen por miles en los anales de la historia de los últimos doscientos años. 

Sólo la “Guerra contra el terrorismo” oculta las raíces del problema de la misma forma que la “Guerra contra las drogas”, diseñada, según sus autores, para criminalizar a negros y latinos. (También Pekin ha usado ese ideoléxico de “Guerra contra el terrorismo” para justificar la violación de los derechos humanos del pueblo Uighur.) El nombre “Guerra contra el terrorismo” y la obligación de no olvidar ocultan un olvido sistemático, como la destrucción de democracias en Oriente Medio (como la de Irán en 1953), la desestabilización de gobiernos seculares (como el de Afganistán en los años 70), la  creación de milicias descontroladas (como los Muyahidín o los Contras en los 80), las Guerras perdidas y genocidas (como Vietnam en los 60 o Irak en los 2000). Como los más recientes bombardeos indiscriminados en Siria e Irak, filtrados por accidente pero probados como recurso sistematico. (Luego, mejor criminalizar a quienes nos descubrieron matando, como es el caso de Julian Assange.) Como la detención indefinida de sospechosos derivada de la Ley Patriota de 2003, la cual se ha extendido de forma obscena a los inmigrantes pobres. Porque los pobres son siempre sospechosos. Porque este es El país de las leyes, como les gusta repetir a los pobres que logran pasar y hacerse de papeles y papelitos.

No es posible hablar de terrorismo en Medio Oriente sin considerar el rol de los imperios Noroccidentales. No es posible hablar del rol de los imperios sin los intereses corporativos. Mientras éstos existan, existirá el imperialismo y existirán las sangrientas “guerras de defensa”. En 1933, Smedley Butler, el general más condecorado de su generación y héroe de las Guerras bananeras, se puso a pensar y reconoció: “he sido el músculo de Wall Street, un mafioso del capitalismo”. En 1961 otro general, el presidente Eisenhower, antes de ser acusado de comunista advirtió de la injerencia del Complejo Industrial Militar en el gobierno. La última “Guerra contra el terrorismo” costó 8.000.000.000.000 dólares (dos veces la economía de todos los paises de América latina juntos), causó la muerte de más de un millón de personas y el desplazamiento de otros 38 millones. ¿Cuántos grupos terroristas se necesitan para alcanzar alguna de estas cifras?

Pues, entonces, ¿por qué es posible este absurdo universal? La injusta muerte de un ciudadano estadounidense por motivos raciales puede movilizar a millones de indignados, pero cuando se filtra una matanza oculta de cincuenta niños en Medio Oriente, pasa desapercibida. No existe.

¿Acaso no es el imperialismo la mayor expresión de racismo? La vergonzosa cárcel de Guantanamo, el centro de violación de los Derechos Humanos en Cuba, ha sobrevivido dos décadas de vanas promesas porque hasta los psicólogos han hecho fortunas asesorando a torturadores. Al igual que los barcos-prisión de la CIA, Guantánamo no es territorio estadounidense sino territorio ocupado, y, por lo tanto, no se aplican sus leyes humanitarias. Incluso cientos de inocentes torturados por años, muchos liberados como esponjas secas, nunca lograrán indemnización alguna sino estigmatización del resto del mundo. Lo mismo las decenas de cárceles secretas e ilegales que mantiene la CIA alrededor del mundo (black sites) como si fuesen agujeros negros de todos los derechos humanos, esos gobiernos paralelos que Washington mantiene al tiempo que da lecciones de Derechos Humanos.  

Aparte de sus propias raíces, la “Guerra contra el terrorismo” ha logrado ocultar los problemas reales del presente. Los países continúan su absurdo incremento del gasto militar, incrementando la pobreza y la violencia de las naciones. La pandemia los ha desnudado en toda su inutilidad pero, por otro lado, ha contenido masivas protestas sociales en los países “civilizados”, peligro creciente que antes había llevado a la militarización de la policía. (Con la previsible excepcion del asalto al Congreso de Estados Unidos del 6 de enero de 2021, donde la policía enfrentó a la turba de banderas confederadas con palitos y palabras de consolación.)

¿De verdad quieres servir a tu país? Pues, déjate de masturbaciones patrióticas y empieza a decir la verdad, sobre todo esa verdad que los pueblos no quieren escuchar. Eso requiere más valor que apretar botones y suprimir decenas de inocentes a distancia, como si se tratase de un videojuego. Eso no es heroísmo. Es un crímen mayor. Pero más condenable que esos soldados adoctrinados por una maquinaria trillonaria es el silencio de los ciudadanos, distraídos en apasionados debates sobre fuegos artificiales.

Para terminar, Biden agregó: “La obligación fundamental de un presidente es defender y proteger a Estados Unidos, no contra las amenazas de 2001, sino contra las amenazas de 2021… Gracias, que Dios proteja a nuestras tropas”. 

Sr. presidente, la solución es bastante simple y no requiere más gastos sino menos: deje de considerar que Dios tiene un pasaporte y una bandera colgada a la entrada de su casa. Deje de considerar que las invasiones preventivas son actos de defensa y comience a cumplir con las leyes internacionales. Salvará usted no sólo a su país y la vida de sus soldados, sino millones de otras vidas humanas.

Claro que eso no será un buen negocio para los Señores de la Guerra, pero, en fin, alguien siempre tiene que perder algo. 

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Lunes, 27 Diciembre 2021 07:09

Biden toca tambores de guerra

Biden toca tambores de guerra

Ha sido durante el breve periodo de gobierno de Joseph Biden en el que ha comenzado una ofensiva en toda la regla contra Rusia.

El Eje Anglosajón (EE UU- Inglaterra) ha tenido siempre una preocupación especial con Europa: evitar su unión completa, una que incluya a Rusia (potencia que sostuvo a Europa durante siglos) y, en general, al mundo eslavo al mismo nivel de equidad de trato. Esa unión implicaría también, por tanto, la de Eurasia, y pasaría indefectiblemente por el acercamiento germano-ruso, circunstancias que significarían el fin absoluto de la hegemonía anglosajona en el mundo.

Para evitar eso el Eje Anglosajón contempló dos intervenciones tras la Segunda Gran Guerra interimperialista: la OTAN y el Mercado Común europeo.

Contrariamente a lo que se cree, ese mercado, como la idea de una Europa común, en realidad no es europea sino estadounidense. La estrategia de Washington tras la Segunda Guerra Mundial para asegurarse su dominio económico de la Europa occidental estuvo basada en la penetración de los mercados europeos por su capital. Algo en lo que se empeñó muy especialmente y obtuvo en la Alemania vencida, a la que impuso la total apertura de su economía a los productos norteamericanos y a su inversión externa directa. Después presionó para una integración de Europa Occidental a través de tratados que garantizasen la apertura de la economía de cada país a los productos de los demás. De esta forma, desde su base alemana, los capitales industriales norteamericanos tendrían a su alcance la totalidad de mercados de Europa Occidental, al tiempo que separaba más a los germanos del mundo eslavo.

Así, durante cerca de 30 años EE UU lideró indiscutiblemente el espacio político y económico unificado en que había convertido al hasta entonces conjunto disperso de potencias capitalistas europeas occidentales.

En cuanto a la OTAN, su principal misión en principio fue establecer un cordón sanitario contra cualquier intento de acercamiento de la población trabajadora europea al mundo soviético. En 1949 tuvo lugar su fundación contra el que se contemplaría como enemigo sistémico del capitalismo, al que desde el fin de la guerra se le empezó a agredir política, diplomática, económica, mediática e ideológicamente, sin tregua, en un asedio que no paró hasta su disolución y que se reemprendió después contra su sucesora: la actual Rusia. Por una parte, había que derrotar al que los ideólogos de la OTAN empezaron a llamar el “mundo comunista”, y por otra, la OTAN debía prevenir contra la subversión interna.

Que la OTAN no estaba pensada para posibilitar un mundo en paz y de prevención de conflictos bélicos, tiene la prueba en que la URSS pidió formar parte de ella, en 1954. Obviamente se le negó, mientras sí se le concedió a Alemania el ingreso un año más tarde, con el permiso para su rearme.

Después fueron rechazadas sucesivas propuestas de la URSS, como poner las armas nucleares bajo control de la ONU o acordar la reunificación de Alemania bajo condiciones de no amenaza entre los bloques. Lo que sí haría la OTAN sería incorporar a especialistas nazis, sobre todo en tecnología armamentística y en inteligencia militar. En realidad, con la OTAN se estaban sentando las bases para la reconstrucción europea occidental bajo el mando militar de EE UU; también como lugar privilegiado para vender parte de su ingente excedente improductivo, esto es, del enorme arsenal de su industria militar.

Para ello lo primero que se hizo fue impedir que el partido más votado en Francia tras la Gran Guerra, el Partido Comunista Francés, pudiera acceder al poder. Igual en Italia, EE UU amenazó con retirarla del Plan Marshall si la coalición socialista-comunista resultaba la más votada. Con Grecia tuvieron que ir más lejos, apoyando la invasión británica para desplazar a los comunistas de sus posibilidades de hacerse cargo del país; mientras que a España y Portugal se les dejaba con las dictaduras fascistas más largas de la historia, “amigas”, eso sí, de EE UU y la OTAN.

No, el “mundo occidental” no se hizo ni se unificó bajo la hégira de EE.UU. de manera tan pacífica como nos han hecho creer (El método Yakarta, de Vincent Bevins, lo cuenta con detalle a partir del golpe contra Sukarno en Indonesia y el exterminio allí de alrededor de un millón de comunistas). Poco a poco el dominio de la OTAN se extendería a todo el hemisferio (sin importar si sus miembros o aliados eran “democracias” o dictaduras, las cuales, estas últimas ya se encargó de propiciar también en el Cono Sur americano, entre bastantes otros lugares). Esa organización fungiría como brazo armado de EE UU contra la extensión de la influencia soviética y los intentos de emancipación de los países del Sur y el Oriente Global.

Pero fue en Afganistán, contra la presencia rusa, que empezaría a foguearse. A partir de entonces, llevaría a cabo todo un reguero de intervenciones, contraviniendo su propia acta fundacional como organización exclusivamente defensiva. Entre sus más visibles y destacadas agresiones a terceros países están las de Yugoslavia (en 1995 y 1999) —y especialmente en Kosovo—, sin sanción de la ONU, para desmembrar el país. Intervendría también de nuevo en Afganistán, desde 2001 hasta 2021, igualmente sin autorización de la ONU; como tampoco la tuvo en su apoyo a la invasión de Irak. En cambio sí lo haría en Libia (2011) con el respaldo de esa organización. En Siria lo lleva haciendo más o menos abierta o subrepticiamente, según el momento, desde 2014, como apoyo a la agresión y ocupación estadounidense del país.

En el caso concreto de su ofensiva contra Rusia cabe recordar algunas cuestiones de gran importancia. El 21 de noviembre de 1990, en Francia, justo antes de la disolución de la URSS, los jefes de Estado de este país, más los de Europa Occidental, EE UU, y Canadá, firmaron la Carta de París, la que por un momento pareció fungir como acta de defunción de la “Guerra Fría”, y que proclamó el “fin de la división de Europa” y ligó la seguridad de cada Estado a la de los demás.

Con el fin de la URSS la OTAN perdía toda razón de ser y debería haberse disuelto en ese mismo momento, aún más tras la firma de la mencionada Carta y sus promesas. Entre ellas estaba la de no extender la OTAN hacia los antiguos países del Este ni desplegar fuerzas suyas allí.

Sin embargo, lejos de ello, la OTAN fue ocupando militar y geopolíticamente los espacios que Rusia fue dejando en Europa con su retirada militar unilateral (como bien describe Poch de Feliu en su Entender la Rusia de Putin). Así lo haría durante la Administración Clinton en todo el Este de Europa, con excepción de Yugoeslavia, que siempre se opuso a ser una colonia europea, por lo que pronto se decidió su invasión y desmembración.

Tras el “Consenso de Washington” para establecer las nuevas reglas del juego mundial contra el Sur y el Oriente Global, tendría lugar la “Cumbre de Washington”, en 1999, en la que la OTAN se otorgaba el derecho a la “guerra preventiva”. Y en la cumbre de Praga (2002) acordó su expansión acelerada hacia el Este de Europa, faltando a todas las promesas dadas.

Tal “guerra preventiva” no tenía justificación alguna contra un país que había solicitado de nuevo su ingreso en la OTAN cuando dejó de ser la URSS: además de las expresas intenciones de Yeltsin al respecto, cuando Putin llegó a la presidencia quiso que Rusia fuera parte de Europa; abogó por la Gran Europa y sugirió que su país se uniera a la OTAN —nada, en conjunto, que causara más pavor al Eje Anglosajón—. Lo que ha hecho esa ofensiva ha sido poner crecientemente en alarma tanto al Báltico (e incluso las latitudes polares) como a la Europa oriental, desestabilizando el Cáucaso (con especial hincapié en Georgia) y arrasando los Balcanes.

Durante el gobierno de George W. Bush, EE UU (y por tanto con repercusión inmediata en la OTAN) abandonó el Tratado ABM sobre no proliferación de armas nucleares, levantando bases militares en Alaska, Europa del Este (Polonia y Rumanía), Japón y Corea del Sur, envolviendo a Rusia de armas de destrucción masiva (y de paso también acercando éstas contra China).

Asimismo, la potencia dominante se negaría a firmar el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares y el Tratado de Militarización del Espacio. En cambio, tras la Cumbre de Varsovia, en 2016, la OTAN desplegaría en el Este de Europa sistemas anti-misiles, bombas nucleares avanzadas y también batallones de diversos países. En la Cumbre de Bruselas, del año siguiente, se establecía el compromiso de aumentar un 2% los gastos militares de los países miembros, una estructura militar permanente de la UE, así como que ésta se hiciese cargo de los gastos de infraestructura de la OTAN. También se dieron los acuerdos para una futura incorporación de Japón, Corea del Sur y Colombia.

Por su parte, la Administración Obama junto con la OTAN y la UE perpetrarían un sangriento golpe de Estado en Ucrania, desconsiderando que entre lo firmado en París estaba que Ucrania sería algo así como un colchón entre Rusia y la OTAN en Europa, una especie de “tierra de nadie” sin anexión a ninguna de las partes, un territorio que no albergaría armas nucleares, de cara a garantizar la seguridad rusa, dado que a una distancia de cinco minutos en términos de balística de misiles, el país agredido pierde la capacidad de responder a tiempo, y el equilibrio de fuerzas se rompe. ¿Puede alguien imaginarse qué haría EE UU si alguien diese un golpe de Estado en Canadá o en México e instalara allí armas letales apuntando a su territorio?, por hacer sólo una suposición. Y si no queremos suponer hagamos memoria de lo que estuvo a punto de pasar cuando se quisieron instalar misiles nucleares en Cuba.

Nada de aquello se cumplió. El triplete EE UU-OTAN-UE impuso en Ucrania un gobierno de filiación nazi, y por supuesto antirruso, en el que declarados neonazis (Partido de la Patria, Svoboda, Pravy Sektor…) pasaron a controlar los servicios de seguridad y a mantener importantes posiciones en el Ministerio del Interior y en el Parlamento, entre otros ámbitos. Tan clara estaba la jugada que por eso Estados Unidos y Ucrania fueron los dos únicos países que votaron contra la resolución ‎de la Asamblea General de la ONU que se oponía a la glorificación del nazismo, el 12 de ‎noviembre de 2021 (luego, sobre el mismo tema se abstendrían otros países europeos, como España, a pesar de haber arrostrado casi medio siglo de fascismo). ‎Con ello las potencias imperiales pensaban también sustraer la única salida que mediante acuerdo con Ucrania tenía la flota rusa a los mares calientes: la península de Crimea (que por cierto fue regalada por Khruschev en 1954 a una Ucrania cuyos contornos territoriales no se estabilizaron sino hasta la formación de la URSS, como parte del territorio de la Federación de Repúblicas Soviéticas). Esta circunstancia resulta mucho más grave que si a EE UU le hubiesen quitado la península de Florida, ciertamente. Así que ante ese juego sucio Rusia hizo lo menos malo de lo que podría haber hecho en su defensa: pedir a los habitantes de Crimea que se pronunciasen en referéndum si querían volver a casa. Y volvieron.

Ya con Trump en la Casa Blanca se incrementarían los riesgos bélicos, al ampliarse los supuestos para utilizar armas nucleares (abandonando el Tratado INF, para la no proliferación de armas nucleares de rango intermedio); aunque a diferencia de otros gobiernos, sobre todo demócratas (de corte financiero-globalista-guerrerista), el tan vilipendiado presidente, preocupado más por taponar la propia decadencia estadounidense, no estuvo interesado en aumentar la presión sobre Rusia ni en fortalecer la OTAN.

Eso correría a cargo de Joe Biden, “el ensalzado”. Ha sido durante este breve periodo de gobierno suyo en el que nos sumimos ya en una ofensiva en toda la regla contra el país eslavo. Y de nuevo rebrota la obsesión anglosajona por separar a germanos y eslavos. EE UU renueva su presión contra el abastecimiento energético europeo (Nord Stream 2), dando marcha atrás en la retirada de tropas del territorio alemán. Llama a Putin “asesino”, lo que en términos diplomáticos equivale a solamente medio escalón previo a una declaración abierta de guerra. Frena la retirada de tropas de Asia occidental, y en el caso concreto de Siria (donde ocupa ilegalmente sus pozos petrolíferos), pretende reactivar la guerra con nuevas infiltraciones de paramilitares y yihadistas en el país. Si no hubiera sido por la firme intervención de Rusia, que por primera vez tras la Guerra Fría se decide a enfrentar los desmanes de EE UU-OTAN, en un proceso de resoberanización y de recuperación del protagonismo internacional, hoy la bandera de Isis ondearía sobre Damasco. Provoca permanentes roces y maniobras amenazantes contra Corea del Norte y China, además del recrudecimiento de la guerra económica contra estos países. Crea el AUKUS para poner en estado de guerra también todo el Pacífico, despreciando de paso, otra vez, a Europa como “aliada”. Pero lo más descabelladamente peligroso de todo es que instiga y surte de armamento de alto poder al ejército ucraniano para desplegar masivamente sistemas de cohetes de lanzamiento múltiple, contra lo suscrito en el protocolo de Minsk.

Esto marca un peligro inminente de guerra total, especialmente sobrecogedor para las sociedades europeas, dado que Rusia parece tener superioridad militar sobre la OTAN. De desencadenarse un enfrentamiento podría causar una destrucción masiva en el continente en cuestión de días. Mientras, aunque EE UU pagaría también un precio, siempre queda más alejado del escenario bélico.

Así que hoy la OTAN está extendida por el Báltico, Transcaucasia y Asia Central, completando de tal guisa un asedio a Rusia por casi todas sus fronteras, llegando hoy hasta sus mismas puertas, especialmente con las desestabilizaciones de Georgia y Ucrania, más la que se está llevando a cabo, por si fuera poco, con Bielorrusia.

Ante todo ello (que es sólo una parte de la guerra total otanera), Rusia no puede retroceder más —ya no tiene a dónde—, así que no le queda otra que exigir a la OTAN que retire las promesas hechas en 2008 en la cumbre de Bucarest a Georgia y Ucrania de que serán admitidas en la Alianza Atlántica. Demanda también a la OTAN que aleje las maniobras militares de sus fronteras, que se acuerde la distancia mínima de acercamiento entre buques y aviones militares de ambas partes y que se reanude el diálogo entre los ministerios de Defensa de Rusia, EE UU y la Alianza Atlántica. Reitera la necesidad de que tanto Ucrania como la OTAN cumplan con el Protocolo de Minsk (auspiciado por la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), por el que se acordaba la resolución pacífica del conflicto con las repúblicas secesionistas de mayoría rusa, de Donetsk y Lugansk (que incluye la remoción del armamento pesado de cara a crear una zona de seguridad, la prohibición de acciones ofensivas y la del vuelo de aviones de combate en aquella zona). Asimismo, Rusia ha vuelto a poner sobre la mesa su propuesta de que EE UU se sume a la moratoria unilateral de Moscú al emplazamiento de misiles de corto y medio alcance en Europa y de que se establezcan medidas de verificación.

Lejos de hacer caso a esas propuestas, la OTAN, y con ella todos los grandes media europeos, nos machacan sin cesar con noticias sobre la “amenaza rusa”. Pensémoslo un momento. La “preocupación” expresada por los líderes de “Occidente” viene porque Rusia está moviendo tropas… en la propia Rusia. ¿Dónde están desplegando tropas la OTAN y EE.UU. y quiénes emprendieron toda esta espiral de presión diabólica? Serían buenas preguntas a hacerse por la ciudadanía europea.

El último paso de esa espiral hacia la guerra total ha sido la convocatoria por parte de Biden de una Cumbre para la Democracia los pasados 9 y 10 de diciembre. Muy curiosa, en verdad, porque el mundo ya tiene una cumbre regular para la democracia y se llama Asamblea General de las Naciones Unidas. Hoy en día hay 193 países miembros de la ONU signatarios de la Carta de esa organización, con obligaciones para cada Estado. Entre ellas las del artículo 2, que dice que (1) la ONU se basa en “el principio de la igualdad soberana de todos sus miembros”; (2) que los miembros de la ONU “arreglarán sus controversias internacionales por medios pacíficos”. Es el mayor documento de consenso del planeta.


Contra su costumbre una China que ha decidido empezar a hacer valer también su peso internacional (pero cuyo proyecto, al que se la ha unido Rusia, pasa por el comercio, los entrelazamientos económicos del tipo ganar-ganar y la paz que a ellos va unida), ha respondido esta vez a las patochadas estadounidenses sobre la democracia. Cuba (junto con los países del ALBA) hizo lo propio en esta ocasión, diciendo que un Estado en el que la guerra es su negocio más lucrativo tiene poco que proponer al resto del mundo, y que en esa reunión no se dio respuesta a ninguno de los grandes problemas que acucian a la humanidad, como el hambre, las desigualdades monstruosas, las masivas migraciones forzadas, el crimen organizado o la propia gestión de la pandemia. Luego añadió que poca democracia puede hacer servir de ejemplo EE.UU. cuando ampara y procura dictaduras en todo el mundo, promueve golpes de Estado y agita redes paramilitares por doquier. En general, la “comunidad internacional” no-occidental se queda perpleja ante un país que exime razones de supuestas violaciones de derechos humanos, sobre todo contra minorías, para atacar con unas otras formas de guerra a otros países, cuando en el suyo practica un sistemático racismo institucional y la más absoluta marginación de sus minorías originarias.

Pero vayamos más allá del uso de los Derechos Humanos como arma de guerra y de la retórica sobre “democracia” (por cierto, que la propia publicación The Economist confirma que EE UU  presenta serias carencias en la misma —a llama “flawed democracy”—, y le otorga el puesto 25 en el “democracímetro” mundial que se arroga el privilegio de poseer). Con ella se pretende dividir definitivamente al mundo en dos mitades: la que sigue sumisamente los dictados de la potencia anglosajona y la que ha empezado a revelarse frente a su unilateralismo mortífero. En realidad, todo eso no quiere decir sino que EE UU no está dispuesto a dejarse relevar pacíficamente y está reclamando un cierre de filas en su guerra. Por eso planifica, no importa la contradicción en los términos, extender la OTAN al hemisferio sur, especialmente para preservar a América como su Isla-Continente frente a las otras potencias; razón por la cual necesita destruir también cualquier experiencia autónoma de desarrollo, cualquier atisbo de soberanía, empezando por la cubana, pero también hoy especialmente las de Venezuela, Bolivia y Nicaragua. Ya está asegurada la presencia de la Alianza Atlántica en las Malvinas, por ejemplo, y prepara insertarla también en Colombia, un país que practica un brutal terrorismo de Estado permanente contra su población (por más que el ultraderechista Felipe VI, riéndose una vez más de todas las víctimas, entregara el premio “World Peace & Liberty” de la World Jurist Association a uno de los mayores perpetradores de ese terrorismo, Iván Duque, al tiempo que “exaltaba” la “democracia” colombiana).

Suenan tambores de guerra. Y lo peor de todo es que los líderes europeos parecen dispuestos a seguir una vez más al amo en una carrera suicida, absurda además, desde cualquier aspecto económico o de mercado, por no hablar ya desde el punto de vista energético. Mientras, el amo queda a miles de kilómetros de distancia, listo para presenciar cómo se hunden de nuevo los europeos. Los “halcones” sueñan allí con que luego podrán hacer un nuevo tipo de “plan Marshall” energético con ellos, volviendo a salir fortalecidos y enriquecidos merced a los escombros de Europa.

Afganistán 15 de agosto de 2021 marca nítidamente los límites de EE UU-OTAN para resolver a su favor los desmanes que causa y los nuevos retos que se le plantean, dejando en evidencia su pérdida de capacidad para proyectar poder económico técnico-militar, poder de inclusión social y estratégico cultural. Pero tiene todavía una gran capacidad de destrucción.

Por eso lo que es realmente espantoso es que en Europa (y en España en concreto) se siga aumentando nuestra contribución a la OTAN, como nuestro gasto militar; al tiempo que la sanidad o la educación públicas se desmoronan, los mercados de trabajo se barbarizan, las pensiones se devalúan sin parar y el “derecho a la vivienda” se ve como una utopía cada vez más lejana por millones de personas. Y luego dicen que de esta pandemia “salimos todos juntos” o “que nadie va a quedar atrás” y otras patrañas como esas.

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