Superar el comunismo implica elaborar su historia*

El legado de la Revolución de Octubre está rasgado por dos interpretaciones opuestas. En un sentido, el ascenso de los bolcheviques al poder fue el anuncio de una transformación socialista mundial; por otro lado, fue el acontecimiento que preparó el terreno a una época de totalitarismo. No obstante, las versiones más radicales de estas interpretaciones opuestas —el comunismo oficial y el anticomunismo de la Guerra Fría— terminan convergiendo, pues ambas consideran al Partido Comunista como una fuerza histórica demiúrgica.

La experiencia comunista se agotó hace muchas décadas y no es necesario defenderla, idealizarla ni demonizarla. Debemos comprenderla críticamente en su integridad, como una totalidad dialéctica definida por sus tensiones y contradicciones internas, que presenta múltiples dimensiones con un amplio espectro de sombras y tonos que oscilan —muchas veces en breves períodos de tiempo— entre el ímpetu redentor y la violencia totalitaria, entre la democracia participativa o la deliberación colectiva y la opresión ciega o el exterminio masivo, en fin, entre la imaginación más utópica y la dominación más burocrática.

Como muchos de los otros ismos de nuestro léxico político, comunismo es una palabra polisémica y en última instancia ambigua. Dicha ambigüedad no surge únicamente de la discrepancia que separa la idea comunista de sus encarnaciones históricas. Obedece más bien a la enorme diversidad de sus expresiones. No me refiero solo a las diferencias que permiten distinguir el comunismo italiano, el ruso y el chino, sino también a los profundos cambios que experimentaron los movimientos comunistas en el largo plazo, aun si conservaron sus dirigentes y sus referencias ideológicas.

Cuando consideramos su trayectoria histórica como un fenómeno mundial, el comunismo se nos presenta como un mosaico de comunismos distintos. Cuando bosquejamos su posible anatomía, distinguimos al menos cuatro formas generales, que sin oponerse necesariamente unas a las otras, están vinculadas. Y, sin embargo, no dejan de ser suficientemente distintas como para identificarlas por sí mismas: comunismo como revolución, comunismo como régimen, comunismo como anticolonialismo y comunismo como variante de socialdemocracia.

El formato revolucionario

Es importante recordar el espíritu de la Revolución rusa, pues colaboró en la creación de una imagen emblemática que sobrevivió a las desventuras de la URSS y cubrió con su sombra todo el siglo veinte. Su aura atrajo a millones de seres humanos de todo el planeta, y se conservó bastante bien incluso después del derrumbe de los regímenes comunistas. En los años 1960 y 1970, alimentó una nueva oleada de radicalización política que no solo reclamaba autonomía de la URSS y de sus aliados, sino que también los percibía como enemigos.

La Revolución rusa surgió de la Gran Guerra. Fue un producto del colapso del largo siglo diecinueve. Ese vínculo simbiótico entre guerra y revolución terminó definiendo la trayectoria del comunismo del siglo veinte. Como destacaron muchos pensadores bolcheviques, la Comuna de París, surgida de la guerra franco-prusiana de 1870, fue precursora de la política militarizada. Sin embargo, la Revolución de Octubre amplificó el fenómeno a una escala más amplia.

La Primera Guerra Mundial transformó el bolchevismo y alteró muchos de sus rasgos: muchas obras canónicas de la tradición comunista, como La revolución proletaria y el renegado Kautsky (1918) de Lenin, o Terrorismo y comunismo (1920) de Trotski, hubieran sido inimaginables antes de 1914. Si 1789 introdujo un nuevo concepto de revolución —no una rotación astronómica, sino un quiebre social y político—, Octubre de 1917 lo replanteó en términos militares: crisis del viejo orden, movilizaciones de masas, doble poder, insurrección armada, dictadura del proletariado, guerra civil y enfrentamiento violento de la contrarrevolución.
El Estado y la revolución de Lenin formalizó el bolchevismo a la vez como una ideología (una interpretación de las ideas de Karl Marx) y como una serie de preceptos estratégicos homogéneos que lo distinguían del reformismo democrático (política característica de los tiempos ya exhaustos del liberalismo del siglo diecinueve). El bolchevismo surgió en una época brutal definida por la irrupción de la guerra en la política. Cambió las prácticas y los lenguajes de esta última. Fue un producto de la transformación antropológica que moldeó el viejo continente al final de la Gran Guerra.

Este código genético del bolchevismo era visible en todas partes: textos y lenguajes, iconografía y canciones, símbolos y rituales. Sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y siguió alimentando a los movimientos rebeldes de los años 1970, cuyas consignas y liturgias enfatizaron hasta la obsesión la idea de un choque violento con el Estado. El bolchevismo creó un paradigma militar de revolución que determinó profundamente las experiencias comunistas de todo el planeta.
La resistencia europea, al igual que las transformaciones socialistas en China, Corea, Vietnam y Cuba, reprodujeron una simbiosis similar entre guerra y revolución. El movimiento comunista internacional era concebido como un ejército revolucionario formado por millones de combatientes y esto tuvo consecuencias inevitables en términos de organización, autoritarismo, disciplina, división de tareas y, last but not least, jerarquías de género. En un movimiento de guerreros, las dirigentes mujeres solo podían ser excepciones.

Terremoto

Los bolcheviques estaban completamente convencidos de que actuaban en función de las leyes de la historia. El terremoto de 1917 nació del entrelazamiento de múltiples factores, unos anclados en la longue durée de la historia rusa y otros más contingentes; la guerra los sincronizó súbitamente: un violento levantamiento campesino contra la aristocracia terrateniente, una revuelta del proletariado urbano afectado por la crisis económica y, por último, la desorganización del ejército, formado por soldados campesinos cansados después de tres años de conflictos terribles que parecían no tener fin.

Si estas fueron las premisas de la Revolución rusa, es difícil encontrar en ellas una supuesta necesidad histórica. Durante sus primeros años de existencia, el experimento soviético fue frágil, precario e inestable. Estuvo constantemente amenazado y su supervivencia requería a la vez una energía inagotable y sacrificios inmensos. Victor Serge, testigo de aquellos años, escribió que en 1919 los bolcheviques consideraban el colapso del régimen soviético como un escenario bastante probable, pero también que, en vez de desalentarlos, esa idea reforzó su tenacidad. La victoria de la contrarrevolución habría sido una carnicería.

Tal vez la resistencia de los bolcheviques fue posible porque estaba animada por la convicción profunda de actuar en función de las leyes de la historia. Pero, en realidad, no obedecieron a ninguna tendencia natural; estaban inventando un mundo nuevo sin ninguna posibilidad de adivinar el resultado de sus esfuerzos, los movía una imaginación poderosa y utópica y definitivamente no sospechaban el futuro totalitario.
A pesar de que recurrían usualmente al léxico positivista de las leyes históricas, los bolcheviques heredaron su perspectiva revolucionaria militarista de la Gran Guerra. Es verdad que los revolucionarios rusos leían a Clausewitz y participaban de las interminables controversias que planteaba el legado del blanquismo y el arte de la insurrección, pero la violencia de la Revolución rusa no obedeció a un impulso ideológico: surgió de una sociedad embrutecida por la guerra.

Este trauma genético tuvo consecuencias profundas. La guerra transformó la política: cambió sus códigos e introdujo formas de autoritarismo antes desconocidas. Aunque en 1917, en el marco de un partido de masas compuesto principalmente por miembros nuevos y dirigido por un grupo de exiliados, todavía prevalecían el caos y la espontaneidad, el autoritarismo no tardó en consolidarse durante la guerra civil. Lenin y Trotski reclamaban el legado de la Comuna de París de 1871, pero Julius Martov no se equivocaba cuando señalaba que su verdadero ancestro era el Terror jacobino de 1793-1794.
Sin embargo, no debe confundirse el paradigma militar de la revolución con el culto de la violencia. En su Historia de la Revolución rusa, Trotsky argumenta con solidez contra la tesis de un golpe bolchevique, muy difundida a partir de los años 1920. Rechazando la visión idílica de la toma del Palacio de Invierno que postula que se trató de un levantamiento popular espontáneo, Trotsky dedicó muchas páginas a describir la preparación metódica de una insurrección que requería una organización militar eficiente y rigurosa, una evaluación profunda de sus condiciones políticas y una elección cuidadosa de sus tiempos de ejecución.

El resultado fue la dimisión del gobierno interino y la detención de sus miembros sin derramar prácticamente ni una gota de sangre. La desintegración del viejo aparato de Estado y la construcción de uno nuevo fue un proceso difícil que duró más de tres años de guerra civil. Por supuesto, la insurrección requirió preparación técnica y fue ejecutada por una minoría, pero eso no equivale a decir que fue una conspiración. En oposición a la perspectiva dominante promovida por Curzio Malaparte, Trotsky escribió que una insurrección victoriosa se aleja "en su método y en su significado histórico del derrocamiento de un gobierno por un grupo de conspiradores que actúan a espaldas de las masas".

No cabe duda de que la toma del Palacio de Invierno y la dimisión del gobierno provisional fue un acontecimiento de máxima importancia en el proceso revolucionario: Lenin se refirió a este proceso como derrocamiento o levantamiento (perevorot). No obstante, la mayoría de los historiadores reconocen que este giro se dio en un período de efervescencia extraordinaria, caracterizado por una movilización permanente de la sociedad y por el recurso constante al uso de la fuerza, en un contexto paradójico en el que Rusia, involucrada como estaba en una guerra mundial, era un Estado que había perdido en su territorio el monopolio de la violencia legítima.

Desilusiones

Paradójicamente, la tesis del golpe bolchevique es un punto donde se cruzan las críticas conservadoras y las críticas anarquistas de la Revolución de Octubre. Sus motivos son distintos —por no decir diametralmente opuestos— pero sus conclusiones convergen: Lenin y Trotsky habrían impuesto una dictadura.

Emma Goldman y Alexander Berkman, expulsados de los Estados Unidos en 1919 a causa de su apoyo ardoroso a la Revolución rusa, no pudieron soportar el gobierno bolchevique y, después de la represión de la rebelión de Kronstadt en marzo de 1921, decidieron abandonar la URSS. Goldman publicó Mi desilusión en Rusia (1923) y Berkman El mito bolchevique (1925). La conclusión de este último es dura y amarga:
Grises son los días que pasan. Uno a uno han muerto los rescoldos de esperanza. El terror y el despotismo han aplastado la vida que nació en octubre. Los lemas de la revolución han sido pisoteados, sus ideales ahogados en la sangre del pueblo. La vitalidad de ayer está condenando a millones a la muerte; la sombra de hoy cubre como un manto negro el país. La dictadura pisotea a las masas bajo sus botas. La revolución ha muerto; su espíritu clama en el desierto.

Esta crítica merece atención: surgió del interior de la revolución. Su diagnóstico es despiadado: los bolcheviques habían impuesto una dictadura que no siempre gobernaba en nombre de los soviets, sino que a veces —como en Krondstadt— lo hacía contra ellos, y cuyos rasgos autoritarios se habían vuelto cada vez más insoportables.

De hecho, los bolcheviques no pusieron en cuestión esta mordaz opinión. En El año I de la Revolución rusa (1930), Victor Serge se refirió al período de la guerra civil en la URSS en estos términos:

El partido desempeña en este momento, dentro de la clase obrera, las funciones de cerebro y de sistema nervioso; ve, siente, sabe, piensa, quiere para y por las masas; su conciencia y su organización suplen la debilidad de los individuos dentro de la masa. Sin él, no sería ésta más que un polvillo de hombres con aspiraciones confusas, surcadas por destellos de inteligencia -que se perderían por falta de un mecanismo conductor y que no podrían llegar hasta la acción en gran escala-, pero de sufrimientos imperiosos… Por su agitación y su propaganda incesantes, porque decía siempre la verdad desnuda, eleva el partido a los trabajadores por encima de su estrecho horizonte individual y les descubre las vastas perspectivas de la historia. […] A partir del invierno de 1918-1919, la revolución se convierte en obra del Partido Comunista.

El elogio bolchevique de la dictadura del partido, su defensa de la militarización del trabajo y su violenta respuesta a las críticas de izquierda —anarquistas o socialdemócratas— contra su gobierno, era sin duda aborrecible y peligroso. De hecho, el estalinismo hundió sus raíces en la guerra civil. No obstante, no era fácil plantear una alternativa de izquierda. Como reconoció con lucidez Serge, la alternativa más probable al bolchevismo era simplemente el terror contrarrevolucionario.

Sin ser un golpe, la Revolución de Octubre implicó la toma del poder de un partido que representaba a una minoría y que terminó todavía más aislado una vez que decidió disolver la Asamblea Constituyente. Con todo, hacia el final de la guerra civil rusa, los bolcheviques habían conquistado la mayoría, convirtiéndose en la fuerza hegemónica de un país destrozado.
Este cambio dramático no se explica por la Checa ni por el terror estatal —sin que esto implique negar su carácter despiadado—, sino por la división de sus enemigos, el apoyo de la clase obrera y la conquista tanto del campesinado como de las nacionalidades no rusas. Aun si el resultado final fue la dictadura de un partido revolucionario, la verdad es que la alternativa nunca fue un régimen democrático; la única alternativa era una dictadura militar de los nacionalistas rusos, la aristocracia terrateniente y los pogromistas.

Revolución desde arriba

El régimen comunista institucionalizó la dimensión militar de la revolución. Destruyó el espíritu creativo, anárquico y autoemancipatorio de 1917 en el mismo movimiento en que lo inscribió en el proceso revolucionario. El desplazamiento de la revolución hacia el régimen soviético pasó por diferentes etapas: la guerra civil (1918-1921), la colectivización de la agricultura (1930-1933) y las purgas políticas de los juicios de Moscú (1936-1938).

En 1917, con la disolución de la Asamblea Constituyente, los bolcheviques afirmaron la superioridad de la democracia soviética. Sin embargo, hacia el final de la guerra civil esa democracia estaba agonizando. Durante esa guerra atroz y sangrienta, la URSS introdujo la censura, reprimió el pluralismo político al punto de abolir incluso toda fracción interna en el Partido Comunista, militarizó el trabajo, fundó los primeros campos de trabajo forzado y creó una nueva policía política secreta (la Checa). En marzo de 1921, la represión violenta de Kronstadt se convirtió en el símbolo del fin de la democracia soviética y la URSS salió de la guerra civil transformada en una dictadura de partido único.

Diez años más tarde, la colectivización de la agricultura terminó brutalmente con la revolución campesina, inventó nuevas formas de violencia totalitaria y promovió la modernización burocrática centralizada del país. En la segunda mitad de los años 1930, las purgas políticas eliminaron físicamente los vestigios del bolchevismo revolucionario y disciplinaron a toda la sociedad mediante el reino del terror. Durante dos décadas, la URSS creó un sistema de campos de concentración gigantesco.

En cierto sentido, a partir de la mitad de los años 1930, la URSS llegó a coincidir bastante bien con la definición clásica del totalitarismo elaborada pocos años después por muchos pensadores políticos conservadores: una convergencia entre ideología oficial, liderazgo carismático, dictadura de partido único, supresión del derecho y del pluralismo político, monopolio de todos los medios de comunicación con fines de propaganda oficial, terror fundado en un sistema de campos de concentración y represión del libre mercado capitalista mediante una economía centralizada.

Si bien esta descripción, utilizada frecuentemente para señalar las semejanzas entre el comunismo y el fascismo, no es del todo errada, no deja de ser extremadamente superficial. Aun si uno decide obviar las enormes diferencias que separaron las ideologías fascistas y comunistas, además del contenido económico y social de sus sistemas políticos, la verdad es que la definición canónica del totalitarismo no permite comprender la dinámica del régimen soviético. Básicamente, es incapaz de inscribirlo en el proceso histórico de la Revolución rusa. Describe a la URSS como un sistema estático y monolítico, cuando en realidad el estalinismo implicó una transformación extensa y profunda de la sociedad y de la cultura.

Igualmente insatisfactoria es la definición del estalinismo como una contrarrevolución burocrática o una revolución traicionada. Es cierto que el estalinismo implicó una desviación radical de toda idea de democracia y autoemancipación, pero no fue, propiamente hablando, una contrarrevolución. En la medida en que el estalinismo vinculó conscientemente las transformaciones de la Revolución rusa con la Ilustración y con la tradición del Imperio ruso, es pertinente compararlo con la Francia napoleónica. Pero el estalinismo no fue una restauración del Antiguo Régimen en términos políticos, económicos, ni culturales.

Lejos de restaurar el poder de la vieja aristocracia, el estalinismo creó una élite de gestión intelectual, científica y económica nueva, reclutada en las clases más bajas de las sociedades soviéticas —especialmente el campesinado— y educada por las nuevas instituciones comunistas. Esto es clave para explicar por qué el estalinismo gozó de consenso social a pesar del terror y de las deportaciones masivas.

 

Monumental y monstruoso

Interpretar el estalinismo como un paso en el proceso de la Revolución rusa no implica postular la hipótesis de un desarrollo lineal. La primera ola de terror ocurrió durante la guerra civil, cuando una coalición internacional puso en cuestión la existencia misma de la URSS. La brutalidad de la contrarrevolución de las fuerzas blancas, la violencia extrema de su propaganda y de sus prácticas —pogromos y masacres— llevó a los bolcheviques a imponer una dictadura implacable.

Durante los años 1930, Stalin inició la segunda y tercera olas de terror —colectivización y purgas— en un país pacificado, cuyas fronteras habían sido reconocidas a nivel internacional y sin que mediara la amenaza política de fuerzas internas ni externas. Por supuesto, el ascenso de Hitler en Alemania despejó la posibilidad de una nueva guerra en el mediano plazo pero, lejos de preparar y fortalecer a la URSS frente al peligro que se avecinaba, el carácter tremendo, irracional y ciego de la violencia estalinista terminó debilitándola significativamente.

El estalinismo fue una revolución desde arriba, una mezcla paradójica de modernización y retroceso social. Sus resultados fueron la deportación masiva, el sistema de campos de concentración, un conjunto de juicios que exhumaron las fantasías de la Inquisición y una ola de ejecuciones que descabezaron el Estado, el partido y el ejército. Según Nikolái Bujarin, en las áreas rurales el estalinismo implicó el retorno a un formato de explotación feudal que tuvo consecuencias económicas catastróficas. Mientras los kulaks morían de hambre en Ucrania, el régimen soviético transformaba a cientos de miles de campesinos en ingenieros y técnicos.

En síntesis, el totalitarismo soviético, tendencia prometeica a la vez peculiar y espantosa, combinó la modernidad y el barbarismo. Arno Mayer lo define como "una amalgama inestable y desigual de conquistas monumentales y crímenes monstruosos". Por supuesto, cualquier académico o militante de izquierda compartiría sin vacilar el juicio de Victor Serge, que afirma la separación radical, en términos morales, filosóficos y políticos, entre el estalinismo y el socialismo auténtico: la URSS se convirtió en "un Estado totalitario, castocrático, absoluto, embriagado de poder, para el que el ser humano no cuenta". Pero eso no modifica el hecho, reconocido incluso por Serge, de que este totalitarismo rojo desplegó y prolongó un proceso histórico iniciado por la Revolución de Octubre.
Si evitamos todo enfoque teológico, es fácil observar que este resultado no era ineluctable en términos históricos ni estaba inscripto coherentemente en el patrón ideológico marxista. Sin embargo, tampoco debemos contentarnos, como hace el funcionalismo radical, con atribuir los orígenes del estalinismo a las circunstancias históricas de la guerra y el atraso social de un país gigante con un pasado absolutista, condiciones que hipotéticamente habrían determinado la necesidad de reproducir los espantos de una «acumulación primitiva de capital» con el fin de construir el socialismo.

Durante la guerra civil rusa, la ideología bolchevique jugó un rol determinado en esa metamorfosis que llevó del levantamiento democrático a una dictadura totalitaria y despiadada. Está claro que su visión normativa de la violencia como «partera de la historia» y su indiferencia culpable frente al marco jurídico de un Estado revolucionario —concebido como fase transicional y condenado a la extinción—, favorecieron la emergencia de un régimen autoritario de partido único.

Son muchas las tendencias que conectan la revolución con el estalinismo, lo mismo que la URSS con los movimientos comunistas de todo el mundo. Pues el estalinismo fue a la vez un régimen totalitario y, durante muchas décadas, la corriente hegemónica de la izquierda internacional.

De Moscú a Hunan

Los bolcheviques eran occidentalizadores radicales. La literatura bolchevique estaba plagada de referencias a la Revolución francesa, a 1848 y a la Comuna de París, y nunca mencionaba la Revolución haitiana ni la Revolución mexicana. Para Trotsky y Lenin, que amaban esta metáfora, la rueda de la historia llevaba de Petrogrado a Berlín, pero no del ilimitado campo ruso a las explotaciones agrícolas de Morelos o a las plantaciones antillanas.

En un capítulo de la Historia de la Revolución rusa, Trotsky condenaba el hecho de que los libros de historia ignoraran tan frecuentemente a los campesinos, de modo análogo a los críticos de teatro que no prestan atención a los trabajadores, aun cuando son ellos quienes manejan las cortinas y preparan el escenario. Sin embargo, en su propio libro los campesinos aparecen casi siempre como una masa anónima. Trotsky no los ignora, pero los mira de lejos, más con indiferencia analítica que con empatía.

Los bolcheviques habían empezado a cuestionar su definición del campesinado —heredada de los escritos de Marx sobre el bonapartismo francés— como clase culturalmente atrasada y políticamente conservadora, pero su tropismo proletario era demasiado fuerte como para llevar a término el proceso. La revisión completa quedó en manos del comunismo anticolonial que, durante el período de entreguerras y no sin confrontaciones teóricas y estratégicas, sacó todas las conclusiones de aquel cuestionamiento durante el período de entreguerras.

En China, el giro comunista hacia el campesinado resultó a la vez de la derrota de las revoluciones urbanas de mediados de los años 1920 y del esfuerzo de inscribir el marxismo en una cultura y una historia nacionales. Después de la represión sangrienta desatada por el Kuomintang (KMT), las células del Partido Comunista fueron prácticamente desmanteladas en las ciudades y sus miembros fueron perseguidos y detenidos. En el campo, donde se retiraron en busca de protección y lograron reorganizar su movimiento, muchos dirigentes comunistas empezaron a mirar con otros ojos al campesinado y abandonaron su perspectiva occidentalista que postulaba el «atraso» asiático.

En 1927, antes de las masacres perpetradas por el KMT en Shanghái y Cantón, Mao Zedong anunció el giro estratégico que fue objeto de virulentas discusiones entre la Internacional Comunista y su sección china durante la década de 1930. De vuelta en su Hunan nativa, Mao escribió un informe famoso donde designó al campesinado —en vez de al proletariado urbano— como la fuerza dirigente de la Revolución china.
En 1931, contra los agentes de Moscú, que concebían a las milicias campesinas exclusivamente como gatillos capaces de precipitar lenvantamientos urbanos, Mao insistió en construir una república soviética en Jiangxi. Si no hubiese creído en el carácter rural de la Revolución china, no hubiese podido organizar la Larga Marcha con la que resistió a la campaña de aniquilación lanzada por el KMT. Considerada en principio como una derrota trágica, este proyecto épico pavimentó el camino de la exitosa batalla de la década siguiente, primero contra la ocupación japonesa y después contra el KMT.
Aunque la proclamación de 1949 de la República Popular China en Pekín resultó de un proceso que, desde los levantamientos de 1925 a la Larga Marcha y la lucha antijaponesa, hundía sus raíces en Octubre de 1917, no es menos cierto que fue producto de una revisión estratégica. Un complejo vínculo genético unía a las revoluciones china y rusa. La Revolución china combinó significativamente las tres dimensiones fundamentales del comunismo: revolución, régimen y anticolonialismo.
Como quiebre radical con el orden tradicional, la revolución anunció el fin de siglos de opresión; como conclusión de una guerra civil, culminó con la conquista del poder por un partido militarizado que, desde un principio, impuso su dictadura apelando a las formas políticas más autoritarias. Y como conclusión de quince años de lucha, primero contra la ocupación japonesa y después contra el KMT —fuerza nacionalista que se había convertido en agente de las grandes potencias occidentales—, la victoria comunista de 1949 marcó, no solo el fin del colonialismo en China, sino también, en una escala más amplia, un momento importante en el proceso global de descolonización.

Vientos de Bakú

Después de la Revolución rusa, el socialismo cruzó las fronteras de Europa y se posicionó en las agendas del Sur Global y del mundo colonial. Dada su posición intermediaria entre Europa y Asia, con un territorio gigante que se extiende entre ambos continentes, habitada por una variedad de comunidades étnicas, religiosas y nacionales, la URSS se convirtió en un nuevo punto de intersección entre Occidente y el mundo colonial. El bolchevismo logró hablarles tanto a las clases proletarias de los países desarrollados como a los pueblos colonizados del Sur.

Sin contar la notable excepción del movimiento anarquista, cuyos militantes e ideas circularon ampliamente en Europa meridional, Europa del Este, América Latina y distintos países asiáticos, el anticolonialismo prácticamente no había existido durante el siglo diecinueve. Después de la muerte de Marx, el socialismo fundó sus esperanzas y expectativas en la fuerza creciente de la clase obrera industrial, principalmente masculina y blanca y concentrada en los países capitalistas desarrollados de Occidente (sobre todo los de religión protestante).
Todo partido socialista de masas incluía corrientes poderosas que defendían la misión civilizadora de Europa en el mundo. Los partidos socialdemócratas —sobre todo los de los imperios más grandes— habían pospuesto la liberación colonial hasta el triunfo del socialismo en Europa y en los Estados Unidos. Los bolcheviques rompieron radicalmente con esa tradición.

El segundo congreso de la Internacional Comunista, celebrado en Moscú en julio de 1920, aprobó un documento programático que convocaba a realizar revoluciones coloniales contra el imperialismo: su meta era la creación de partidos comunistas en el mundo colonial y el apoyo de los movimientos de liberación nacional. El congreso afirmó con claridad un giro radical respecto a las viejas perspectivas socialdemócratas sobre el colonialismo.

Unos meses después, los bolcheviques organizaron un Congreso de los pueblos de Oriente en Bakú, República Socialista Soviética de Azerbaiyán, que reunió a dos mil delegados de veintinueve países asiáticos. Grigori Zinóviev afirmó explícitamente que la Internacional Comunista había roto con las antiguas actitudes socialdemócratas según las cuales la Europa civilizada podía y debía actuar como tutora de la Asia bárbara. La revolución dejó de ser considerada como una esfera exclusiva de los obreros europeos y estadounidenses blancos, y en adelante el socialismo se hizo impensable sin la liberación de los pueblos colonizados.

Aunque las relaciones conflictivas entre el comunismo y el nacionalismo terminarían de aclararse durante las décadas siguientes, la Revolución de Octubre fue sin duda el momento inaugural del anticolonialismo mundial. En los años 1920, el anticolonialismo pasó de pronto de la esfera de la posibilidad histórica al campo de la estrategia política y de la organización militar. La conferencia de Bakú anunció este cambio histórico.
La alianza entre el comunismo y el anticolonialismo experimentó distintos momentos de crisis y tensión, vinculados tanto a conflictos ideológicos como a los imperativos de la política exterior de la URSS. Al final de la Segunda Guerra Mundial, el Partido Comunista Francés participó de un gobierno de coalición que reprimió violentamente las revueltas anticoloniales de Argelia y Madagascar, y la década siguiente apoyó a Guy Mollet, primer ministro durante el comienzo de la guerra de Independencia de Argelia. En India, durante la Segunda Guerra Mundial, el movimiento comunista terminó ocupando una posición marginal a causa de su decisión de suspender su lucha anticolonial y apoyar la participación del Imperio británico, en una alianza militar con la URSS contra las fuerzas del Eje.

Aunque estos ejemplos muestran con claridad las contradicciones del anticolonialismo comunista, no cambian en nada el rol histórico que jugó la URSS como base de retaguardia de muchas revoluciones anticoloniales. Todo el proceso de descolonización se desplegó en el contexto de la Guerra Fría y en función de las relaciones de fuerza impuestas por la existencia de la URSS.

En retrospectiva, la descolonización se presenta como una experiencia histórica en la que las dimensiones contradictorias del comunismo mencionadas antes —emancipación y autoritarismo, revolución y dictadura— se combinaron sin cesar. En la mayoría de los casos, se concibió y se organizó las luchas anticoloniales como campañas militares desplegadas por ejércitos de liberación, y estos impusieron, desde el comienzo, dictaduras de partido único.

En Camboya, tras una guerra violenta, la dimensión militar de la lucha anticolonial sofocó por completo todo impulso revolucionario, y la conquista del poder de los Jemeres Rojos resultó inmediatamente en el establecimiento de un poder genocida. La felicidad de La Habana insurgente del primero de enero de 1959 y el terror de los campos de exterminio camboyanos son polos dialécticos del comunismo concebido como anticolonialismo.

Reformistas revolucionarios

La cuarta dimensión del comunismo del siglo veinte es socialdemócrata: en ciertos países y durante ciertos períodos, el comunismo jugó el papel asignado tradicionalmente a la socialdemocracia. Fue el caso de algunos países occidentales, especialmente durante los años de la posguerra y gracias a un conjunto de circunstancias vinculadas al contexto internacional, a la política exterior de la URSS y a la ausencia o debilidad de partidos socialdemócratas clásicos. Pero el proceso también es visible en países surgidos de la descolonización.

Los ejemplos más significativos de este peculiar fenómeno son Estados Unidos durante la época del New Deal, Italia y Francia durante la posguerra y la India (Kerala y Bengala Occidental). Por supuesto, el comunismo socialdemócrata fue geográfica y cronológicamente más limitado que las otras variantes, pero aun así existió. Hasta cierto punto, el renacimiento de la socialdemocracia posterior a 1945 fue un subproducto de la Revolución de Octubre, que había cambiado el equilibrio de poder a escala mundial y forzado al capitalismo a transformarse significativamente y a adoptar un «rostro humano».
Comunismo socialdemócrata es un oxímoron que pretende dar testimonio de los vínculos entre los comunismos indio, italiano y francés y las revoluciones, el estalinismo y la descolonización. No niega la capacidad de esos movimientos de dirigir procesos de insurrección —sobre todo durante la resistencia contra la ocupación nazi— ni sus conexiones orgánicas con Moscú. La primera crítica abierta de estos movimientos a la política exterior de la URSS llegó en los años 1960, primero con la ruptura sino-soviética y después cuando los tanques invadieron Checoslovaquia.

Su estructura y su forma de organización internas eran, al menos hasta fines de los años 1970, mucho más estalinistas que socialdemócratas, lo mismo que su cultura, sus fuentes teóricas y su imaginación política. Pero a pesar de estos rasgos claramente reconocibles, esos partidos jugaron un papel típicamente socialdemócrata: reformar el capitalismo, contener la desigualdad social, garantizar que la mayor cantidad de gente posible accediera a la salud pública, a la educación y al ocio; en síntesis, mejorar las condiciones de vida de las clases trabajadores y otorgarles representación política.

Por supuesto, uno de los rasgos peculiares del comunismo socialdemócrata fue su exclusión del poder político, salvo por unos años entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría (el canto del cisne del comunismo socialdemócrata se hizo oír en Francia a comienzos de los años 1980, cuando el PCF participó de un gobierno de izquierda en el marco de una coalición dirigida por François Mitterrand). A diferencia del Partido Laborista británico, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) o las socialdemocracias escandinavas, el comunismo era incapaz de atribuirse la paternidad del Estado de bienestar.

En Estados Unidos, el Partido Comunista fue, junto a los sindicatos, uno de los pilares de izquierda del New Deal, pero nunca entró al gobierno de Roosevelt. No hizo la experiencia del poder, pero sufrió las purgas del macartismo. En Francia y en Italia, los partidos comunistas tuvieron mucha influencia en el nacimiento de las políticas sociales de la posguerra, principalmente a causa de su fuerza y de su capacidad de presionar a los gobiernos.

La arena de su reformismo social era el socialismo municipal desplegado en ciudades gobernadas que eran baluartes hegemónicos, como Bolonia o el «cinturón rojo» parisino. En un país mucho más grande como India, los gobiernos comunistas de Kerala y Bengala Occidental podrían ser considerados como formas equivalentes de Estados de bienestar «locales» y poscoloniales.
En Europa, el comunismo socialdemócrata tuvo dos premisas: por un lado, la resistencia, que legitimó a los partidos comunistas como fuerzas democráticas; por otro, el crecimiento económico que siguió a la reconstrucción de la posguerra. Como sea, los años 1980 pusieron fin a la época del comunismo socialdemócrata. La caída del comunismo en 1989 arrojó una nueva luz sobre el recorrido histórico de la socialdemocracia.
El Estado de bienestar plenamente desarrollado solo existió en Escandinavia. En otras partes del mundo, se trató más del resultado de una autorreforma del capitalismo que de una conquista socialdemócrata. A finales de la Segunda Guerra Mundial, en medio de un continente en ruinas, el capitalismo no logró garantizar su recomienzo sin una poderosa intervención estatal. Más allá de sus objetivos —obvios y ampliamente satisfechos— de defender el principio del «libre mercado» contra la economía soviética, el Plan Marshall fue, como su nombre indica, un «plan» que aseguró la transición de una guerra total a una reconstrucción pacífica.

Sin esa asistencia colosal, muchos países europeos materialmente destrozados no hubiesen logrado recuperarse tan rápidamente, y Estados Unidos temía que un nuevo colapso económico llevara a países enteros hacia el comunismo. Desde este punto de vista, el Estado de bienestar también fue un resultado inesperado de la confrontación contradictoria y compleja entre el comunismo y el capitalismo comenzada en 1917.

Más allá de los valores, convicciones y compromisos de sus miembros, incluso de sus dirigentes, la socialdemocracia jugó un papel de rentista: podía defender la libertad, la democracia y el Estado de bienestar en los países capitalistas solo porque existía la URSS y el capitalismo se había visto obligado a transformarse a sí mismo en el marco de la Guerra Fría. Después de 1989, el capitalismo recuperó su rostro «salvaje», redescubrió el ímpetu de sus épocas heroicas y desmanteló el Estado de bienestar en casi todo el mundo.

En la mayoría de los países occidentales, la socialdemocracia viró al neoliberalismo y se convirtió en un instrumento fundamental de la nueva transición. Y junto a la vieja socialdemocracia desapareció también el comunismo democrático. En 1991, la autodisolución del Partido Comunista Italiano fue el epílogo emblemático de este proceso: no se convirtió en un partido socialdemócrata clásico, sino en un defensor del liberalismo de centroizquierda que pretendía seguir explícitamente el modelo del Partido Demócrata de Estados Unidos.

Después de la caída

En 1989, la caída del comunismo cerró el telón de una obra tan épica y emocionante como trágica y aterradora. La época de la descolonización y del Estado de bienestar habían terminado, y el colapso del comunismo-régimen también arrasó con el comunismo-revolución. En vez de liberar nuevas fuerzas, el fin de la URSS engendró y propagó cierta conciencia de la derrota histórica de las revoluciones del siglo veinte: paradójicamente, el naufragio del socialismo real se tragó la utopía comunista.

La izquierda del siglo veintiuno está obligada a reinventarse, a distanciarse de los patrones previos. Está creando nuevos modelos, nuevas ideas y una nueva imaginación utópica. La reconstrucción no es una tarea fácil y la caída del comunismo no solo dejó a la izquierda mundial sin alternativas al capitalismo, sino que generó un mapa mental distinto. Una nueva generación creció en un mundo neoliberal en el que el capitalismo se convirtió en la forma de vida «natural».

La izquierda descubrió un conjunto de tradiciones revolucionarias que habían sido reprimidas o marginadas en el curso del siglo anterior, entre las que destaca el anarquismo, y reconoció la pluralidad de sujetos políticos previamente ignorados o relegados a una posición secundaria. Las experiencias de los movimientos antiglobalización, la Primavera Árabe, Occupy Wall Street, los Indignados de España, Syriza en Grecia, Nuit debout y los gilets jaunes en Francia, los movimientos LGBT y Black Lives Matter son escalones en el proceso de construir una nueva imaginación revolucionaria discontinua, nutrida por la memoria, pero al mismo tiempo cercenada de la historia del siglo veinte y privada de un legado útil.

Nacido como un intento de tomar el cielo por asalto, el comunismo del siglo veinte se convirtió, con y en contra del fascismo, en una expresión de la dialéctica de la Ilustración. En última instancia, las ciudades industriales de estilo soviético, los planes quinquenales, la colectivización agrícola, la carrera espacial, los gulags convertidos en fábricas, las armas nucleares y las catástrofes ecológicas fueron distintas formas de triunfo de la razón instrumental.
¿No fue el comunismo el rostro aterrador de un sueño prometeico, de una idea de progreso que erradicó toda experiencia de autoemancipación? ¿No fue el estalinismo una tormenta que apiló escombros sobre escombros, según la metáfora de Walter Benjamin, y a la que millones de personas confundieron con el progreso? El fascismo combinó una serie de valores conservadores heredados de la contrailustración con un moderno culto de la ciencia, la tecnología y la potencia tecnológica. De modo similar, Stalin combinó el culto de la modernidad técnica con una forma radical y autoritaria de Ilustración: el socialismo se transformó en una «utopía fría».

Sin elaborar esta experiencia histórica, la nueva izquierda mundial no será capaz de ganar. Extraer el núcleo emancipatorio del comunismo de este campo en ruinas no es una operación abstracta o ideológica: requerirá nuevas luchas y nuevas constelaciones, en las que el pasado volverá a surgir y la memoria refulgirá con una luz desconocida. Las revoluciones no responden a ninguna agenda, llegan siempre de forma inesperada.
*Fragmento del nuevo libro de Enzo Traverso, Revolution: An Intellectual History, editado por Verso Books.

 

https://jacobinlat.com/2021/12/30/superar-el-comunismo-implica-elaborar-su-historia/?fbclid=IwAR1BtZJ3ff-GLL3OJyTZsTEdjvvOfoX9oFLFNGFVHkIgymLiIB4P_Tx7peA
Traducción: Valentín Huarte

Publicado enPolítica
Lunes, 27 Diciembre 2021 07:22

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MÁS LEÍDOS 2021: ¿Ecce homo?

¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?
En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
[…]
¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue
terminada la Muralla China? […]
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César derrotó a los galos.
¿No llevaba siquiera cocinero?
[…]
Tantas historias.
Tantas preguntas.

Bertolt Brecht

La visión más liberal de la historia humana, de imperios, guerras, gobiernos y gestas de diverso tipo concentra los provechos alcanzados por numerosos pueblos y en varias etapas de su vida en los “grandes hombres”. César, Alejandro, Napoleón, Kublai Khan… El listado podría ser tan extenso como la historia misma de la humanidad. Basten unos pocos nombres para ejemplificar el sentido de esa manera de acercarse a la memoria colectiva.


Un proceder para comprender la realización de los pueblos que por siglos impregnó el imaginario social, y al que aportó a lo largo del siglo XX y por lo menos hasta los años 80, y de manera no despreciable por su importante función cultural, el proceso educativo cuyos textos de la asignatura de Historia universal –y también la llamada historia patria– estaban repletos de fechas, nombres de batallas y personajes. Y la mejor nota la sacaba quien más recitara tales particularidades, sin importar el contexto, sin retomar las luchas y las contradicciones sociales, los intereses y razones que alimentaban las disputas por el poder, escenificadas en determinado momento, de suerte que cada suceso quedaba reducido a intrigas palaciegas, líos de faldas, astucia de alguien, y así…, cosas menores.


Con algo asombroso: ninguno de esos “grandes hombres” –o muy pocos– era retomado como lo que realmente hubiera sido: dictador, asesino, invasor, violador, criminal de guerra –diríamos ahora. Hoy es claro avistarlo: ninguno de ellos llegó al trono sin pisotear a su paso cientos de miles de vidas de los más humildes. Sus triunfos y alegrías eran las derrotas y el llanto de innumerables personas, de pueblos enteros.


Esa visión sobre la vida y la memoria de la humanidad trascendió de la mano de la burguesía, de gobiernos ‘democráticos’ y claro, de formaciones partidistas, reducidas a la figura del líder, el ‘designado’, al carismático, el caudillo –porque las mujeres tenían vetada la participación pública–, visión viva y extendida desde hace por lo menos dos siglos y que aún marca los pasos de nuestros días. Es una visión también reforzada por el anhelo de los de abajo por ser conducidos por líderes fuertes. Los de arriba y los de abajo en esto se dan la mano: los de arriba por anhelo de poder, los de abajo por disposición psicológica e inseguridad sobre sus capacidades y posibilidades.


En un escalón paralelo, es un fenómeno con huella de ampliada talla en las organizaciones sociales, con especial realce en los sindicatos en los cuales no es extraño que su dirigencia se perpetúe en los cargos directivos, práctica con efectos perversos sobre la formación de nuevas generaciones de activistas y sobre la motivación y la inclusión de la totalidad representada para que sienta y encuentre espacios para la participación activa, creativa y desinteresada.


Es una tradición impuesta en la manera de configurarse que se dan las organizaciones comunitarias y las formaciones políticas, que concentran su accionar alrededor del liderazgo impuesto a su interior. Las acciones colectivas casi que no existen o no son valoradas en debida forma, a pesar de asambleas, congresos y otro tipo de encuentros que se dan, los cuales, al final, son mecanismos para entronizar a alguien que, una vez con ese aval, hará todo lo posible para no ser sucedido. Pasarán décadas y ahí continuará, a la cabeza de la formación política o en su curubito. También sucede en el gobierno, del que hay que sacarlos en contra de su voluntad. Es la materialización del personalismo, expresión del individualismo, tan de moda a propósito del neoliberalismo; es la enfermedad del poder, dicen unos y otras. ¿Podrán las sociedades liberarse de tal yunque?


Es una extraña manera de organizar las formaciones políticas en la mayoría de las sociedades, la que –a pesar de su tufillo monárquico o por ello mismo– debe llegar a su final. Así debiera ser.


Es una forma liberal de comprender la realidad de la cual las formaciones comunistas y socialistas, sus opuestas, no pudieron zafarse. Y no solo no pudieron soltarse sino que, además, llevaron esa deformación de lo que debiera ser colectivo hasta su máximo desarrollo, de manera que sus liderazgos se tornaron irreemplazables. El personalismo –individualismo exacerbado– prosperó, deformando las prácticas de izquierda que, contrariamente a su ideario, terminan sumidas alrededor de intereses y dinámicas individuales; un proceder que las desdibuja ante la sociedad que termina sin diferenciar en la práctica, más que en los discursos, a unos de otros.


Se trata de una extensión por deformación cuyas consecuencias son latentes en diversidad de países, en los que la supuesta ausencia de reemplazo para el líder tendió la alfombra para su continuidad hasta el día de su muerte. Cualquiera puede retomar los ejemplos con un simple esfuerzo de memoria.


Pero no solo es cosa del pasado ni de países lejanos en los que esa manera de organizar lo colectivo ha ocurrido. En el vecindario y de la mano del llamado progresismo, resaltan variados ejemplos, algunos de ellos argumentados en la buena gestión al frente del gobierno, como sucediera con Evo Morales, de quien se decía que no podría ser reemplazado, pues, de serlo, se perdería lo alcanzado en sus períodos presidenciales. Tal deformación de esa liberal forma de organizar los gobiernos y las colectividades políticas lo llevó incluso a desconocer el voto consultivo que claramente rechazó su reelección. Tuvo que llegar un golpe conspirativo para que saliera del Palacio Quemado y demostrarse, tras unos pocos meses de dictadura engalanada de ‘civil’, que esa sociedad cuenta con las fibras suficientes para garantizar la dirección de una forma de gobierno con vocación popular.


El mismo tufillo de líder eterno llega desde Ecuador, donde dizque sin Rafael Correa nada es posible, cuando los movimientos indígenas marcan con sus gestas cotidianas un mandato totalmente diferente. La campaña electoral que por estos días se lleva a cabo, con la utilización de su imagen como anzuelo para asegurar el voto a favor del continuador del correísmo, poco aporta a superar tal realidad.


Si dirigimos la mirada a Venezuela, el ejemplo no puede ser más diciente. Una vez muerto Hugo Chávez, todas las culpas de la crisis las carga quien lo reemplazó, sin que existan el suficiente interés y el esfuerzo necesario desde las colectividades políticas y sociales por escudriñar las dinámicas de la economía mundial y regional, el curso de los ciclos de consumo de petróleo y el porqué de la caída de precios, el efecto de la disputa geopolítica que afecta a esa sociedad, revisando los errores de quien estuvo en el Palacio de Miraflores por 15 años, entre otros aspectos.


Son liderazgos ‘insustituibles’ que en algunos casos, como el de Maduro y otros, están reforzados por la militarización de la política, consecuencia de lo cual las colectividades dejan de ser espacios de debate y decisión mayoritaria –o de consenso, si fuera el caso–para reducirse a simples coros para avalar lo que diga el jefe, que en este caso ya es comandante. Basta con revisar las fotos de Maduro, surgido de procesos sindicales, ahora engalanado con atuendo de “comandante en jefe”. Las consecuencias de esta decisión no son de poca monta y, de alguna manera, prolongan lo abonado por Chávez, que, como militar, era asumido como “el Comandante”.


Este tipo de procederes tiene expresión en diversidad de gobiernos y colectividades de izquierda en las cuales, así no exista un comandante militar, en no pocas ocasiones funciona como si de una estructura tal se tratara: centralismo –democrático–, verticalidad, jerarquías, ejecutivos con amplios poderes, funcionamiento colectivo escasamente para estructurar el programa y elegir los candidatos electorales –tanto a presidencia como para otras instancias. De resto, la deliberación poco aparece y lo que impera son las órdenes, los mandatos.
La prolongación del liberalismo en el cuerpo de la izquierda encuentra en Brasil, luego de la prisión sufrida por Lula –excluido de la elección presidencial de 2018– la explicación más facilista sobre el porqué de los fracasos del Partido de los Trabajadores durante los últimos años y, claro, en su posible regreso al ruedo electoral la luz que todo lo ilumina y cambia.


En cada uno de los casos citados, se podría preguntar el poeta: ¿Lograron ellos, solos, lo alcanzado en sus períodos presidenciales? ¿Dónde estaba el pueblo que decían representar? ¿Quiénes salieron a defender sus gestiones gubernamentales cuando fueron asediados por conspiraciones de uno u otro tipo? Y, cuando ese pueblo no salió a defender sus gestiones, ¿a qué se debió su apatía? ¿Por qué, siendo voceros de procesos supuestamente colectivos, estos líderes que algunos consideran insustituibles no se esforzaron en estimular la formación de liderazgos cada vez más colectivos, los cuales, como producto de abiertos y dinámicos procesos educativos, se forjara la más amplia caldera de vocerías en todos los campos de la vida de sus países? Pero, también, ¿por qué no se esforzaron para que las colectividades a cuyo nombre gobernaban se abrieran a sus poblaciones, al punto que dejaran de ser una sigla y se tornaran país?


En Colombia los ejemplos también son notables pero no levantemos ampollas; mejor saltemos al reto que implica dejar atrás al liberalismo y pasar a una nueva etapa de lo que debe ser la organización política y social de nuestras sociedades, reto imperioso y totalmente posible, que implica por lo menos:

1. No organizar ni limitar las estructuras de las organizaciones sociales y políticas alrededor del hecho electoral. Esta es una condición clave para garantizar que su funcionamiento sí esté concentrado en cosechar el liderazgo social, con autonomía de sus actores, sin predeterminar su agenda. De así proceder, los ritmos y el horizonte de las luchas por encarar permanecen abiertos, y el esfuerzo de unos y otros no queda sujeto a reunir apoyos y recursos para el suceso puntual del rito electoral, para administrar el gobierno y no para transformar la sociedad.
2. En todo caso, si en la actividad cotidiana la comunidad decide participar de lo electoral, asumirlo con renovación de libreto, evidenciando que la sociedad es colectiva y no dependiente de una persona. De esta manera, liderar la campaña como equipo de gobierno, es decir, integrado por lo menos por la totalidad de ministerios con que cuenta el país, para que, en caso de triunfo, no lleguen las sorpresas. Que la sociedad conozca la propuesta integral de país por implementar, así como las personas que asumirían la responsabilidad de llevarla a cabo, intuyendo los sectores sociales y económicos que representan y, por tanto, las prioridades que los animan. Es esa una propuesta abierta y que, en el curso de la propia campaña, de acuerdo a lo propuesto por los ‘electores’, puede profundizarse en algunos aspectos, como girar en otros.
3. Orientar los esfuerzos sustanciales de las dinámicas alternativas a la construcción social territorial, sembrando y cimentando día a día, y con un dinámico protagonismo social, experiencias de gobierno propio, en todo momento y en todos los campos.
4. Abrir espacio a experiencias de wikigobierno, factibles en todos los niveles de la cosa pública.
5. Darles rienda suelta a la estructuración y el fortalecimiento en todos los aspectos de proyectos cooperativos, solidarios, mutuales y similares. Se requiere motivar este tipo de organización social como experiencia y vivencia de autogestión y soberanía popular.
6. Estimular en todo momento y como eje transversal de la construcción social soberana, procesos formativos colectivos, de los cuales no esté ausente la comprensión de la formación social del país y del continente, la economía política, la filosofía, la cultura en todos sus aspectos, así como aprendizajes de asuntos esenciales para la vida: agricultura en sus matices básicos, mantenimiento y reparación de redes de servicios hogareños, electricidad y otros asuntos esenciales para conservar y no desechar, intercambiar y no maximizar consumos, adquirir capacidades para reducir gastos y vivir de manera frugal y digna, ganar capacidades y conocimientos para poder colaborar en procesos sociales y comunales de todo tipo y en diversidad de áreas, no solo con ideas.
7. Complementar el proceso formativo con el conocimiento de por lo menos un lenguaje de programación, así como de los asuntos más esenciales para usar redes sobre la base de protegerlas y evitar el espionaje a que estamos sometidos en todo momento.
8. Garantizar siempre el ejercicio de la democracia interna mediante el debate abierto, la rotación de responsabilidades, la construcción colectiva de los referentes de lucha y la manera de encararlos, el veto y la destitución de quienes desconozcan los mandatos colectivos y terminen ejecutando sus intereses personales, entre otros aspectos y posibilidades.

Hay que trascender la herencia y la dinámica liberal, con el propósito sustancial no de administrar sino de transformar toda la estructura social todavía vigente. Esto y mucho más es posible a la hora de los hornos, que gana nuevo tiempo.

 

 

 

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Henry Agudelo, “La Escombrera”, fotografía

Pablo Montoya, escritor colombiano, publicó en el mes de febrero del 2021 La sombra de Orión, novela en la que aborda la operación militar realizada en octubre de 2002 en la ciudad de Medellín para expulsar las milicias comunistas de la Comuna 13, operación desplegada a través de una turbia coalición del ejército oficial del Estado colombiano con grupos narco paramilitares.

Llama la atención en la confección del escritor la utilización de un mito griego para afrontar un suceso trágico colombiano. Así, el título de la novela no sólo alude al momento de la operación militar en Medellín, sino que, desde la literatura, Orión, el guerrero mítico, se asume como un símbolo de lo que ha permeado nuestros destinos, envolviéndonos en su halo de terror. En palabras de Pablo Montoya, “el epígrafe de la novela proviene de Edipo Rey de Sófocles: ‘Un dios armado de fuego ha embestido a la ciudad’. Me decidí por él porque me parece que una de las maneras de actualizar a los clásicos de la antigüedad es anteponerlos en el panorama de las múltiples violencias que seguimos padeciendo, como seres humanos y ciudadanos, por parte de los grupos armados. Y si hay un escritor que ofrece luces para adentrarse en estos territorios del vejamen, ese es Sófocles. En La sombra de Orión hay reflexiones sobre la relación de nuestra tragedia nacional con lo que viene sucediendo desde tiempos remotos”.


El otro intertexto observable en la novela es Antígona. Este mito de la mujer que se opone a la autoridad de la Polis para buscar y enterrar con dignidad a su hermano, sigue siendo de una actualidad impresionante. “Como La sombra de Orión aborda el asunto de la desaparición forzada en los sectores populares de Medellín, la Antígona de Sófocles me dio fuerzas para introducirme en esos núcleos del horror”, asegura el autor.  


En varias de sus novelas y ensayos, Pablo Montoya ha tratado las relaciones entre historia, literatura y violencia. En La sombra de Orión se sumerge en una de las heridas más dolorosas de nuestro país, ubicando su escenario en La Escombrera, ese “basurero cuyos límites se confunden con bosques y areneras; fosa común encaramada en una de las montañas de Medellín”. Dicho diálogo entre la realidad particular de los sucesos y la ficción de los mismos, es el que le da a esta novela un excelente tratamiento estético y poético. Se sabe que la relación entre historia y literatura, y su consecuente deriva en el género denominado “novela histórica”, ha mantenido a lo largo de su trayectoria un enriquecido y controversial pulso entre las intenciones de objetividad de los “hechos”, “la realidad”, “la verdad”, y la creatividad literaria, la ficción, la imaginación, la sensibilidad, la invención fantástica y el goce estético. Las diferencias entre historia y literatura no se pueden observar como un signo de competitividad, ni de inferioridad, ni de desigualdad entre la una y la otra, sino como formas narrativas elevadas de escritura. Desde estas perspectivas, tanto la historia como la literatura representan, interpretan y narran las realidades, aunque ambas conserven la autonomía en sus procesos indagadores. En últimas, se trata de las relaciones de dos formas de conocimiento que difuminan sus disputas gracias al “relato” y a los procedimientos narrativos con los que ambas aventuras creativas y analíticas trabajan.


Esa unidad entre hechos históricos y ficción –como invención imaginativa– es uno de los pilares en los que reposa gran parte del trabajo literario de Pablo Montoya. Lograr el diálogo de historia y literatura es alcanzar un intercambio de posibilidades creativas entre ambos universos, con diferentes y, a la vez, unificados métodos de indagación sobre las múltiples realidades. Ambas aventuras del pensamiento se unen puesto que son relatos, formas de la más alta creación del lenguaje, registradas en el tiempo desde la clásica obra de Heródoto hasta las propuestas de las novelas históricas de los siglos XIX y XX.


En la búsqueda de esos vasos comunicantes, Pablo Montoya confiesa que por momentos se ha sentido “como un Atlas colombiano que carga sobre sus hombros un mundo fisurado por el crimen. Eso comenzó a pasarme cuando asesinaron a mi padre en 1985. Pero esa impresión se agudizó todavía más al enterarme de que en Medellín, esa ciudad que se pretende la más educada e innovadora del país, hay un lugar llamado La escombrera. Un lugar que está en lo alto de la Comuna 13 y se ve desde muchos sitios del valle de Aburrá. Un sitio emblemático en la geografía de la violencia colombiana. En la medida en que fui adentrándome en ella, porque La sombra de Orión es como una inmersión en esa fosa común, me di cuenta de que ella es una metáfora siniestra no solo de Medellín, sino de todo el país. Ahora bien, ¿metáfora o representación o símbolo de qué? De la desaparición forzada. Hoy sabemos que La escombrera es el corolario de la operación Orión”.


Para trabajar literariamente estos acontecimientos que pesan sobre la cultura colombiana y en particular en la de Medellín, Pablo Montoya leyó mucho sobre el tema, habló con personas, victimarios y víctimas, visitó una y otra vez algunos sectores de la Comuna 13; “debí recorrer esas coordenadas que llaman La escombrera”, comenta. “Pero lo que hice, al final, fue ficcionalizar estos dramas a través de Pedro Cadavid, que es como un alter ego mío. Hay un telón de fondo histórico sin duda, el de la ciudad de Medellín que ha crecido vertiginosamente en las últimas décadas, rodeada de injusticias y desigualdades sociales, de crímenes que vienen de diferentes partes. Pero todos los personajes son novelescos. Y las tramas y las intrigas pertenecen al dominio de la literatura. La sombra de Orión es como el punto final que pongo a una de las facetas de mi obra, aquella que se ocupa de la violencia en Medellín. Por ello esta novela establece diálogos con otros libros míos, como las novela Los derrotados y los libros de cuentos Réquiem por un fantasma y El beso de la noche”.


Desde esta apuesta lúcida y crítica, su escritor considera que “la política de seguridad democrática que impuso Álvaro Uribe, con la aprobación de una gran cantidad de ciudadanos, fue nefasta. Esa política, para muchos, detuvo el accionar de las guerrillas, abrió el país a las inversiones económicas, oxigenó las finanzas, y por tales razones sigue siendo celebrada. Pero no hay que olvidar que dejó tras de ella un rastro abominable. Crecieron los grupos paramilitares y la desaparición forzada aumentó a niveles demenciales. A mí, como ser humano y como escritor, la situación de los desaparecidos me pesa demasiado. Aún me pesa, por supuesto, pero escribir La sombra de Orión me alivió de algún modo. Sé, por lo demás, que hay muchas personas que creen que La escombrera, como fosa común, es una invención. Hay otros más que no tienen idea de lo que es eso. No les interesa, ni les gusta mirarse como comunidad humana en un botadero de escombros que, al mismo tiempo, es un conjunto de areneras y una gigantesca fosa común”.


A partir de estas apreciaciones parte su propuesta: escribir una novela donde, con una visión dialógica, se logre un tejido narrativo entre historia nacional y regional; entre memoria, ficción, imaginación, desde un escenario específico, en este caso el tenebroso suceso de desapariciones y de operaciones militares llevadas a cabo en Medellín. De allí que su novela instale en el escenario algunas de las apuestas de la literatura moderna como son las relaciones entre el escritor y su tiempo, el reflexionar y representar estéticamente los dramas sociales, una conciencia crítica sobre la época que le tocó vivir.  


Pero al mismo tiempo su novela trata de registrar algunos de nuestros imaginarios nacionales y nuestra complejidad vivencial. Como tal, explora cómo, la macro y la microhistoria colectiva de conflictos, violencias y desgarramientos nacionales y regionales, han ido formando unas sensibilidades más apegadas a lo necrofílico que a la defensa de la vida. “La sombra de Orión, es, entre otras cosas, una fuerte requisitoria situada en el plano de la ética literaria, a una sociedad que ha permitido, eligiendo los gobernantes que ha elegido, dejándose dirigir por sus élites corruptas y perniciosas, que seamos uno de los países más desiguales del planeta. Que seamos uno de los que más desplazados internos tiene, y el que posee más cantidad de desaparecidos”, manifiesta Montoya. Y continúa: “En este último aspecto, sobrepasamos a México, a Argentina, a Chile, a Brasil. Ocupamos pues un escalafón elevado de la ignominia universal. Ahora bien, escribir en estos tiempos una literatura ajena a este tipo de crisis es algo que decide cada escritor. Y son decisiones, por supuesto, que se deben respetar. En mi caso, sí hay una necesidad de ejercer posturas de repudio y denuncia. Me interesa escribir una literatura que incomode, que le quite el velo a esas realidades que nos han querido imponer como necesarias o positivas, que deje de endulzar la píldora. Y no sólo lo hago en esta nueva novela, sino que ha sido una constante en otros de mis libros, como Los derrotados, Adiós a los próceres y Tríptico de la infamia. La verdad es que desde muy temprano y, justamente por ser un lector de Sófocles, de Voltaire, de Víctor Hugo, de Tolstoi, de Rivera, de Gide y de Camus, he asumido la literatura como un ejercicio de la rebeldía y la disidencia. Sin estos elementos, a mi juicio vitales, escribir sería un acto de mera recreación”.


Entonces, es de suponer que, frente a las novelas que se están produciendo en Colombia, La sombra de Orión vaya en contravía de dichas narrativas, pues éstas, como lo denuncia el mismo Montoya en uno de sus ensayos, “intentan penetrar en los fenómenos nacionales, pero resueltas de manera ligera, sensacionalista, poco audaz…con tramas más audiovisuales que literarias, con triviales atmósferas telenovelescas, con frágiles tratamientos narrativos, con complejidades estructurales”, sobre todo, en el tratamiento de la violencia (1). Más allá de un canon global construido tanto por el marketing como por el periodismo, y a contracorriente de lo institucional, de lo supremamente excluyente y jerarquizado, esta novela logra una mirada incluyente de personajes y de familias pertenecientes a los sectores populares que sufrieron los dramas de las desapariciones. Con ello, trata de ver las tensiones presentes entre los acontecimientos y los sucesos de nuestra historia conflictiva nacional y las vivencias particulares, por lo regular ignoradas y olvidadas por la historia oficial.


En este tejer de historia y vida presente, para enfrentar literariamente los fenómenos de la violencia Montoya ha utilizado el arte como una especie de espejo. Y lo explicita: “he acudido a la pintura, a la música, a la fotografía, a la utilización de un lenguaje que muchas veces se afianza en la poesía y a las indagaciones en la historia, para que mis libros, dedicados a estos temas, se distancien de lo que me ha parecido ser una constante fácil y enteca de la narrativa colombiana en los últimos años. He tratado de no caer en estos tratamientos que alguna vez critiqué. Esto me ha significado ir en contravía de lo más o menos establecido”.


La sombra de Orión, en esta perspectiva, sigue una ruta bastante subjetiva. En ella, por ejemplo, como manifiesta el autor, “hay tres formas de tratar la violencia cernida sobre Medellín. La primera, por supuesto, es desde la literatura. Aquí me he apoyado en el testimonio y en la memoria de las víctimas. Esto se puede observar en el catálogo de desaparecidos que ocupa el núcleo central de la novela. Luego, hay una pesquisa de orden visual o pictórico representada en la figura de un cartógrafo de La Comuna. Este hace una especie de mapa de la muerte, cuyo anhelo es ser una representación tan extensa como la ciudad misma. Y el tercer modo de confrontar lo innombrable de una realidad tan dolorosa y compleja como es la de los desaparecidos, lo representa un músico. Un personaje excéntrico que busca, apoyado en una serie de instrumentos de captación sonora, las huellas de quienes están enterrados en La escombrera. Como ves, el asunto de la violencia está entre nosotros, como una rémora adherida al sangriento tiburón que llamamos nación colombiana, pero yo trato de abordarlo desde ópticas muy personales”.  


Con este abordaje da voz a los sujetos excluidos y olvidados por una historia de “pro-hombres” que niega la existencia de un “otro” particular, in-visibilizando su presencia e importancia histórica. Se trata de mostrar a esos “otros” en las relaciones particulares y públicas, íntimas y oficiales, dibujando sus conflictos y problemáticas, sus esperanzas y fracasos a través de la ficción literaria. Tal como lo afirma Juan Moreno Blanco “el tiempo de la memoria histórica dejó de ser patrimonio de un proyecto hegemónico de poder para convertirse en territorio liberado donde los escritores emprenden una escritura conjuradora de la pluralidad histórica del país colombiano” (2).

 

** Montoya, Pablo, Penguin Random House, 2021.
1. Ver: Montoya, Pablo: “La novela colombiana actual: canon, marketing y periodismo” En: Estéticas en Colombia siglo XXI. Bogotá: Ediciones Desde abajo, 2020, pp. 181-194.
2. Blanco, Moreno, Juan, 2015, Novela histórica colombiana e historiografía a finales del siglo XX. Bogotá: Universidad del Valle, 2015, p. 112.

* Poeta y ensayista colombiano.

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"Hay que entender a la Unión Soviética tratando de prestar atención a su complejidad, a todas sus dimensiones.". Imagen: Bernardino Avila

A 30 años del fin de toda una era, el historiador analiza el proceso que llevó a la desaparición del coloso soviético y el rol de Gorbachov y Yeltsin en la aparición de un modelo capitalista.

En diciembre se cumplen treinta años de la disolución de la Unión Soviética, donde la puerta que abrió Mijaíl Gorbachov a una serie de profundas reformas pensadas para consolidar la URSS frente al fin del siglo XX, terminaron por producir la caída de ese modelo de sistema en diciembre de 1991. Con una precisión histórica conceptual y que no ahorra críticas bien fundamentadas, el Doctor en Historia Martín Baña desmenuza los pormenores de aquel suceso en Quien no extraña al comunismo no tiene corazón (Editorial Crítica, Grupo Planeta).


Baña* llega incluso a analizar cuáles fueron las principales consecuencias de las privatizaciones post-soviéticas, y cómo la denominada “terapia de shock” terminó por desmantelar el sistema económico soviético. El recorrido histórico llega hasta la actualidad de Vladimir Putin: el autor entiende que el ex agente de la KGB basó su gobierno en un modelo neoconservador, un análisis que pretende explicar el presente de Rusia a partir de ese pasado reciente.


Historiadores como Eric Hobsbawm sostuvieron que la disolución de la Unión Soviética marcó el fin del siglo XX. Otros fueron un poco más lejos y directamente dijeron que era el fin de la historia. “Yo no sería tan terminante”, dice Baña, que es profesor de Historia de Rusia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. “Sí marcaría que algunos aspectos o algunas dimensiones efectivamente se terminaron con la disolución de la Unión Soviética como, por ejemplo, el ordenamiento del mundo bajo dos polos. Bajo la Guerra Fría, por ejemplo. También esa amenaza constante que suponía la Unión Soviética en términos de que el capitalismo tenía que otorgar mejoras porque la Unión Soviética aparecía como una alternativa viable y potable hacia el capitalismo, como fue el Estado de bienestar. O incluso, lo que la Unión Soviética suponía en términos de una amortización de lo que fueron después las políticas neoliberales en los '90. En ese sentido, la disolución supuso el fin de una etapa conflictiva, pero no el fin de los conflictos. Los conflictos se reconvirtieron en otros”, agrega el historiador.


-¿Cuánto influyeron la realidad económica de la Unión Soviética y la realidad de un mundo que giraba para otro lado en la disolución?
-El económico fue un gran problema. Una de las grandes reformas de Gorbachov apuntaba a tratar de mejorar el sistema económico que estaba muy oxidado, y tenía grandes problemas porque sobre todo era una economía que crecía a costa del derroche y donde prácticamente se planificaba todo: desde qué se producía hasta la demanda. Planificar la demanda generó problemas porque es muy difícil de planificar qué va a querer cada consumidor. En la medida en que en comparación con Occidente era escasa, eso podía ser más o menos efectivo, pero cuando los productos de Occidente empezaron a llegar a la Unión Soviética y la comparación era más obvia, eso terminó jugando un papel importante porque muchos empezaron a desear esos objetos, esas mercancías que entendieron que eran de mejor calidad o estaban mejor realizadas. La economía jugó un papel importante en la disolución, sobre todo por no haber podido resolver ese problema. Podemos agregar que en los '70 las economías capitalistas se fueron volcando más hacia una producción sin stock. Y en el caso de la Unión Soviética fue todo lo contrario. De hecho, uno tiene la imagen de que era una economía de desabastecimiento y, en realidad no. Sólo que había un problema para consignar esa oferta con los deseos de la demanda y con la distribución de esa producción. Eso no se pudo resolver. Incluso, con las reformas que quiso introducir Gorbachov, abrió un camino para que surgiera una coalición más procapitalista.


-Dice que aunque autoritario, el sistema soviético no era totalitario. ¿Esa es la diferencia entre la crítica y el fanatismo anticomunista?
-Es una manera de entender a la Unión Soviética tratando de prestar atención a su complejidad, a todas sus dimensiones y tratando de salirse de lo que son las interpretaciones dominantes y más extremas. Hay una interpretación más vinculada al liberalismo que sostiene que la Unión Soviética fue un totalitarismo, donde prácticamente no existió la vida individual, donde no hubo resistencia y donde se imponía la ideología a través del terror y del líder. Y, por otro lado, la interpretación asociada a un marxismo más clásico, que entendía que era la república de los trabajadores. Lo que se ve en los documentos no es ni una cosa ni la otra. No podemos decir que fue un totalitarismo porque hubo resistencias al poder durante toda su existencia, como también apoyos genuinos. No hay que perder de vista que hubo una gran cantidad de población que tuvo un ascenso social importante durante esos años y era lógico que apoyara al sistema. Podemos decir que tenía características dictatoriales (de hecho, fue un sistema de partido único), pero dentro de ese sistema había formas de ejercer la resistencia, como también se pueden encontrar apoyos genuinos.


-¿Cuál fue el principal acierto y el principal error de Gorbachov al plantearse la necesidad de reformas?
-El acierto fue entender que había que ensayar algún tipo de reformas, pero no solo económicas sino culturales, sociales y también políticas. Gorbachov fue consecuente con su programa de reformas que era, de alguna manera, intentar reflotar los principios de la Revolución de 1917. El error fue -o al menos, así lo estiman algunos investigadores-haber abierto el juego político, pensándolo en términos de Gorbachov porque eso le quitó al partido la posibilidad de controlar el destino de esas reformas. Le permitió que surgiera una coalición procapitalista que pudiera participar de ese juego político y que terminara decidiendo el reemplazo del sistema soviético por uno capitalista. El talón de Aquiles del proceso de Gorbachov terminó siendo la apertura del juego político.

-La implosión de la Unión Soviética no estaba en el plan de reformas de Gorbachov. ¿Allí es donde entra Boris Yeltsin con sus ideas promercado?
-Exactamente. Yeltsin va a ser el representante político de esa coalición formada por miembros de la élite comunista, pero también por directores de fábricas o emprendedores en la Perestroika que van a ver no tanto la posibilidad de seguir reformando el sistema y van a ver con buenos ojos la posibilidad de reemplazar al sistema soviético por uno capitalista. Yeltsin va a jugar el rol de unificador, o representante político de esta coalición, que es la que va a terminar disolviendo a la Unión Soviética.

-¿Qué impacto simbólico tuvo la caída del Muro de Berlín en 1989 en el futuro soviético?
-El impacto fue más a nivel global, en el sentido de que le ponía fin o terminaba una de las dimensiones que dominaron el siglo XX, que fue la Guerra Fría. En el caso de la URSS, la propia dirigencia soviética ya había asumido y les había dicho a los líderes de Europa Oriental que no iba a intervenir en ningún tipo de conflicto, como había sucedido, por ejemplo, en Checoslovaquia en 1968. La dirigencia soviética se había concentrado más en el aspecto interno y, de hecho, a la URSS le convenía que descendiera ese conflicto, bajar la intensidad del conflicto con Estados Unidos en la Guerra Fría porque, a pesar de que gastaba una gran cantidad de recursos en mantener el arsenal militar, se sabía en inferioridad de condiciones. En ese sentido, la Caída del Muro de Berlín pudo haber sido incluso un alivio para la dirigencia soviética porque no tenía que preocuparse por seguir manteniendo ese conflicto de la Guerra Fría que le costaba bastante.

Autor del libro "Quien no extraña al comunismo no tiene corazón"

Publicado enInternacional
El artefacto James Webb Space Telescope, en imagen durante una prueba en California, fue concebido en 1989. Saldrá de Kourou, en la Guayana Francesa.Foto Ap Afp
París. Al cabo de una espera de 30 años y tras superar innumerables problemas, el telescopio James Webb –el instrumento de observación más grande y potente hasta hoy– será lanzado mañana al espacio, donde escrutará los orígenes del universo y explorará exoplanetas parecidos a la Tierra.
 
El lanzamiento, que estaba previsto para este martes, fue aplazado debido a malas condiciones meteorológicas, anunció la NASA.
 
El telescopio James Webb seguirá los pasos del mítico Hubble, con el objetivo de esclarecer dos preguntas esenciales: ¿De dónde venimos? y ¿estamos solos en el universo?, resumió Amber Straughn, astrofísico de la NASA, en conferencia de prensa a inicios de mes.
 
Concebido en 1989 y bautizado JWST (James Webb Space Telescope, en honor de un ex dirigente de la NASA), el aparato fue diseñado en colaboración con la Agencia Espacial Europea (ESA) y la Agencia Espacial Cala Canadiense (CSA).
 
Su desarrollo estuvo marcado por innumerables problemas que aplazaron el lanzamiento durante años y que cuadruplicaron los costos iniciales hasta alcanzar 10 mil millones de dólares. Fue fabricado en Estados Unidos y su lanzamiento se llevará a cabo en Kourou, en la Guayana Francesa, a bordo de un cohete Ariane 5.
 
Estamos muy emocionados. Esperamos este momento desde hace mucho tiempo, explicó a la AFP Pierre Ferruit, uno de los científicos a cargo del proyecto en la agencia ESA.
 
Para Ferruit, como para muchos otros científicos e ingenieros, la misión representa un logro al que consagraron su carrera. La lista de espera para acceder a los horarios de observación crece y la agencia ESA ya ha recibido más de mil solicitudes sólo para el primer año de funcionamiento.
 
Para el científico, esto demuestra que “las cuestiones por las cuales el Webb fue concebido siguen siendo de actualidad, 20 años después”. Este observatorio generalista sin parangón, tanto en tamaño y en complexidad, está dotado de un inmenso espejo compuesto de 18 segmentos hexagonales. Su diámetro es de 6.5 metros, tres veces el del Hubble.
 
El espejo es de tal magnitud que tuvo que ser plegado como origami para poder colocarlo en la nave que lo llevará al espacio y una vez en su destino instalarlo será sumamente delicado, ya que su parasol tiene la talla de una cancha de tenis.
 
Este gigante estará situado en la órbita del Sol, a unos 1.5 kilómetros de la Tierra, superando con creces al Hubble situado apenas a 600 kilómetros.
 
La ubicación del Webb, conocida como Lagrange 2, fue minuciosamente escogida. Su posición permite que la Tierra, el Sol y la Luna estén situados del mismo lado de su parasol, lo que lo deja permanecer en la oscuridad y bajo un gran frío, explicó Ferruit.
 
El aparato quedará a resguardo de cualquier perturbación, condición indispensable para su gran misión: rastrear el mundo invisible de los rayos infrarrojos, un espectro al que el Hubble no tiene acceso.
 
Es tan potente que es capaz de ver un abejorro a 380 mil kilómetros de distancia, es decir el trecho entre la Tierra y la Luna, explicó John Mather, uno de los padres científicos de la misión.
Salvar a la humanidad: tarea histórico universal de los trabajadores

Hoy, la élite que ha gobernado en Colombia piensa que si Petro gana las elecciones la sociedad dará un salto al vacío. El futuro, en esas condiciones, es inviable. Un no lugar invivible. Se trata, pues, de evitar que tal desenlace se produzca. La idea que orienta ese juicio valorativo es la imposibilidad de cambiar la sociedad. Pero la sociedad colombiana hoy es ya un lugar invivible para el 90 por ciento de sus habitantes. Esa situación local vista desde una perspectiva planetaria se vuelve global. El planeta Tierra es invivible para el 90 por ciento de sus habitantes. Las conclusiones de la COP26 en Glasgow muestra una conciencia plena de la necesidad de cambiar el modo de funcionamiento de la sociedad global y local.

En sentido estricto, el salto al vacío consiste en mantener el modo de existencia que nos ha conducido a la situación actual. El traumatismo que estamos padeciendo, es la premisa vivencial que obliga a pensar en los cambios que es necesario realizar. Esa tarea coloca en primer plano el esfuerzo por establecer los actos, acciones, proyectos y políticas que permitan la transformación de las condiciones económicas, sociales y políticas que nos están conduciendo a la extinción. Esa tarea tiene ciertos desarrollos recientes en Colombia. Mencionemos dos: el pliego del Comité de Paro y el informe que la Misión de Sabios le entregó a la sociedad y también al presidente Duque. Existen también los documentos que empiezan a diseñar las campañas políticas: El Pacto Histórico, La Coalición de la Esperanza y la Coalición de la Experiencia y hasta el Centro Democrático.

Hay una convergencia en tareas que también podemos considerar compromisos, que cualquiera puede constatar. Enumero diez: 1. El cuidado del agua. 2. La preservación de la biodiversidad. 3. La protección de los bosques. 4. La garantía del derecho a la salud. 5. A la educación. 6. A la vivienda digna y el saneamiento básico 7. A la renta básica. 8. La construcción de una paz estable y duradera y el respeto al mandamiento de No Matarás. 9. La formación de la Conciencia Ecológica como mandato intergeneracional. 10. El cultivo de la amistad y la cordialidad con todas las personas. Estos compromisos tienen su especificidad colombiana, pero son también planetarios.

Así, pues, el pánico de las élites en razón de su impotencia y su responsabilidad por la crisis es justificado. Pero hay que neutralizar la búsqueda psicótica de chivos expiatorios y la opción extrema de la guerra. Culpar a los palestinos de Hezbola de las dificultades en Cúcuta es una muestra ya de esa locura. Lo mismo que inventar que el Ministerio de Defensa fue víctima de un ataque cibernético manipulado desde Moscú. Así como la exaltación del soldado como el superhéroe que salvará a la familia, la propiedad y la patria.

Las conclusiones de la COP26 pueden jugar un papel terapeútico. La pandemia ya hizo su tarea macabra en el planeta y aunque persiste el virus, dicen los epidemiólogos que estamos en tránsito hacia una epidemia. Es decir, el virus puede ser tratado, las vacunas cumplen su papel preventivo y la sociedad humana tendrá que vivir por un tiempo, todavía incierto, en las nuevas condiciones. Esa transformación operada por la biología es irreversible. Ahora necesitamos transformar la sociedad para garantizar nuestra supervivencia, incluida la de los responsables del desastre planetario: el 10 por ciento que concentra y centraliza la riqueza creada por el capitalismo global.

Esa tarea no la pueden adelantar los responsables del desastre, su pánico los inhabilita, sus opciones son apocalípticas y lo peor de su experiencia se pone al servicio de sus miedos y sus odios.

Aunque les parezca a algunos personajes de la clase media un llamado a la lucha de clases, esa tarea le corresponde a los trabajadores quienes, a pesar de todas sus limitaciones, son al final los que mantienen funcionando la sociedad. Es claro que no basta con ser considerada la clase llamada a salvar a la humanidad. Es necesario asumir esa tarea histórico universal. En octubre de 1917 se concretó la primera experiencia cuando se derrocó a la autocracia zarista. En el año de 1990 se disolvió sin violencia y guerra esa experiencia y con ella el Estado Soviético abrumado con el peso de sus errores. Hoy enriquecidos con esas experiencias los trabajadores pueden salvar a la humanidad incluyendo a las élites responsables del desastre creado por ellas mismas.

Estas verdades elementales pueden sonar a ideología pura pero son evidencias simples de una experiencia que nos está llevando del materialismo de la sociedad civil al materialismo de la sociedad humana como lo proclamara Carlos Marx en sus tesis sobre Feuerbach.

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Publicado enColombia
Salvar a la humanidad: tarea histórico universal de los trabajadores

Hoy, la élite que ha gobernado en Colombia piensa que si Petro gana las elecciones la sociedad dará un salto al vacío. El futuro, en esas condiciones, es inviable. Un no lugar invivible. Se trata, pues, de evitar que tal desenlace se produzca. La idea que orienta ese juicio valorativo es la imposibilidad de cambiar la sociedad. Pero la sociedad colombiana hoy es ya un lugar invivible para el 90 por ciento de sus habitantes. Esa situación local vista desde una perspectiva planetaria se vuelve global. El planeta Tierra es invivible para el 90 por ciento de sus habitantes. Las conclusiones de la COP26 en Glasgow muestra una conciencia plena de la necesidad de cambiar el modo de funcionamiento de la sociedad global y local.

En sentido estricto, el salto al vacío consiste en mantener el modo de existencia que nos ha conducido a la situación actual. El traumatismo que estamos padeciendo, es la premisa vivencial que obliga a pensar en los cambios que es necesario realizar. Esa tarea coloca en primer plano el esfuerzo por establecer los actos, acciones, proyectos y políticas que permitan la transformación de las condiciones económicas, sociales y políticas que nos están conduciendo a la extinción. Esa tarea tiene ciertos desarrollos recientes en Colombia. Mencionemos dos: el pliego del Comité de Paro y el informe que la Misión de Sabios le entregó a la sociedad y también al presidente Duque. Existen también los documentos que empiezan a diseñar las campañas políticas: El Pacto Histórico, La Coalición de la Esperanza y la Coalición de la Experiencia y hasta el Centro Democrático.

Hay una convergencia en tareas que también podemos considerar compromisos, que cualquiera puede constatar. Enumero diez: 1. El cuidado del agua. 2. La preservación de la biodiversidad. 3. La protección de los bosques. 4. La garantía del derecho a la salud. 5. A la educación. 6. A la vivienda digna y el saneamiento básico 7. A la renta básica. 8. La construcción de una paz estable y duradera y el respeto al mandamiento de No Matarás. 9. La formación de la Conciencia Ecológica como mandato intergeneracional. 10. El cultivo de la amistad y la cordialidad con todas las personas. Estos compromisos tienen su especificidad colombiana, pero son también planetarios.

Así, pues, el pánico de las élites en razón de su impotencia y su responsabilidad por la crisis es justificado. Pero hay que neutralizar la búsqueda psicótica de chivos expiatorios y la opción extrema de la guerra. Culpar a los palestinos de Hezbola de las dificultades en Cúcuta es una muestra ya de esa locura. Lo mismo que inventar que el Ministerio de Defensa fue víctima de un ataque cibernético manipulado desde Moscú. Así como la exaltación del soldado como el superhéroe que salvará a la familia, la propiedad y la patria.

Las conclusiones de la COP26 pueden jugar un papel terapeútico. La pandemia ya hizo su tarea macabra en el planeta y aunque persiste el virus, dicen los epidemiólogos que estamos en tránsito hacia una epidemia. Es decir, el virus puede ser tratado, las vacunas cumplen su papel preventivo y la sociedad humana tendrá que vivir por un tiempo, todavía incierto, en las nuevas condiciones. Esa transformación operada por la biología es irreversible. Ahora necesitamos transformar la sociedad para garantizar nuestra supervivencia, incluida la de los responsables del desastre planetario: el 10 por ciento que concentra y centraliza la riqueza creada por el capitalismo global.

Esa tarea no la pueden adelantar los responsables del desastre, su pánico los inhabilita, sus opciones son apocalípticas y lo peor de su experiencia se pone al servicio de sus miedos y sus odios.

Aunque les parezca a algunos personajes de la clase media un llamado a la lucha de clases, esa tarea le corresponde a los trabajadores quienes, a pesar de todas sus limitaciones, son al final los que mantienen funcionando la sociedad. Es claro que no basta con ser considerada la clase llamada a salvar a la humanidad. Es necesario asumir esa tarea histórico universal. En octubre de 1917 se concretó la primera experiencia cuando se derrocó a la autocracia zarista. En el año de 1990 se disolvió sin violencia y guerra esa experiencia y con ella el Estado Soviético abrumado con el peso de sus errores. Hoy enriquecidos con esas experiencias los trabajadores pueden salvar a la humanidad incluyendo a las élites responsables del desastre creado por ellas mismas.

Estas verdades elementales pueden sonar a ideología pura pero son evidencias simples de una experiencia que nos está llevando del materialismo de la sociedad civil al materialismo de la sociedad humana como lo proclamara Carlos Marx en sus tesis sobre Feuerbach.

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Publicado enEdición Nº286
'La persistencia de la memoria', de Salvador Dalí, 1931.

Los asombrosos avances tecnológicos de nuestro tiempo generan una enorme variedad de reflexiones sobre los alcances naturales de nuestras capacidades innatas. Este artículo versa sobre una de esas capacidades, la memoria, ante los dispositivos externos para almacenar información. ¿Será que lo mismo ocurrirá con la experiencia?

La memoria, esa inquietante función cerebral que parecía exclusiva de algunos seres vivos, increíble en cuanto a su actividad, está adquiriendo otras formas de almacenamiento. Durante siglos, ejercitarla había sido parte fundamental para el perfeccionamiento de los saberes humanos. Sin embargo, a estas alturas de la historia, las formas de acumulación ya no sólo están depositadas en el cerebro, ahora contamos con dispositivos artificiales digitales con enormes capacidades de retención y procesamiento de datos. Así, el almacenamiento digital de información es la actual forma de memoria y, al mismo tiempo, una de las más inquietantes.

En la Antigüedad se considera que el inventor del arte de la memoria fue el poeta griego Simónides de Ceos, siglo IV aC, aunque esto pueda resultar controversial. La anécdota es que, luego de haber recitado un poema en una especie de banquete, tuvo que salir de aquel sitio. Una vez fuera se desplomó el techo del recinto, aplastando a todos los invitados. Fue tal el destrozo que los cadáveres quedaron irreconocibles. Pero Simónides, quien salió ileso, recordaba los lugares en los que habían estado sentados cada uno de ellos y, por eso, fue capaz de indicar a los familiares de los deudos cuáles eran sus muertos (Yates, 2005).

Para adquirir una buena memoria era indispensable lograr una disposición ordenada de imágenes, de situaciones o de los elementos que debían intervenir para esos propósitos, incluida la secuencialidad que involucra esta actividad cerebral. De manera que las sociedades sin papel, sin fotografías, sin grabadoras de ningún tipo, dependían de la memorización y la fortalecían con manuales o ejercicios repetitivos. Incluso, mucho tiempo antes de que se utilizara la escritura como principal forma de comunicación, el adiestramiento de la memoria era fundamental. De ahí que la retórica fuera considerada como una de las artes más representativas dentro de esa actividad. Mediante ella, se priorizaba el uso de lenguajes cifrados para almacenar la mayor cantidad de recuerdos, utilizando objetos que pudieran funcionar como depósitos de símbolos. Así, los discursos eran construidos mediante secuencias espaciales; se recurría a imágenes cautivadoras o capaces de perturbar al público mediante yuxtaposiciones de figuras dramáticas. Para lograrlo, el orador debía colocar las imágenes inquietantes en los distintos espacios de su esquema mental. A partir de eso, lograba trazar el recorrido en su mente e iba desplegando dichas etapas frente al público.

El no-lugar de la memoria

Más adelante, en la Edad Media, esta práctica también ocupó un lugar central, sobre todo impulsada por los escolásticos. Durante el Renacimiento, su uso estuvo relacionado con la imaginería medieval del conjunto del arte, junto a la arquitectura y los grandes monumentos literarios. Sin embargo, aun con todas aquellas actividades, incluyendo los innumerables ejercicios que han existido, nuestra memoria tiene fallas. Se equivoca. Olvida. Confunde. Agustín de Hipona decía que se puede recorrer la memoria como si de un laberinto se tratara. Pero, al intentar describirla o fundamentarla, descubría que era más compleja: “¿y por qué ando buscando el lugar en que moras, como si ahí dentro hubiese lugares? No hay lugar alguno. Vamos hacia adelante y hacia atrás y no hay lugar”. No hay en dónde situarla. Tampoco se puede explicar a sí misma. Es compleja.

Se dice, además, que el orador Marco Anneo Séneca era capaz de repetir dos mil nombres en el mismo orden en que se le habían dicho, incluida la capacidad de recitar grandes cantidades de versos invirtiendo su orden, es decir, del último al primero. La Ilíada, antes de ser escrita por Homero, era recitada de memoria. Previo a esta versión, existieron otras antes de la de este autor. También Don Quijote juega con los conceptos de memoria; las primeras palabras aluden al nombre de un lugar en específico, pero que al mismo tiempo el autor prefiere no recordar. Es, quizá, una desmemoria intencionada. Una especie de docta ignorantia a la manera de Nicolás de Cusa.

La pérdida de memoria del camino que lleva de regreso a casa también genera angustia. Como ejemplo está el cuento Hansel y Grettel, de los hermanos Grimm. Por su parte, Temístocles se negaba a aprender el arte de la memoria diciendo que él prefería el olvido y no el recuerdo.

El nuevo recinto de la memoria

De ese modo llegamos a nuestros tiempos, cuando pasamos de objetos de almacenamiento de conocimiento como la escritura, los grabados o los libros, a instrumentos digitales con enormes capacidades de procesamiento. La memoria externa. El ejemplo más destacado e inquietante dentro de este ámbito es el llamado GPT-3, que están perfeccionando cada vez más en el laboratorio Openai, en Estados Unidos, enfocado a la inteligencia artificial. Se trata de un sistema desarrollado a partir de 2020, y que tiene la capacidad de aprender, memorizar y utilizar el lenguaje humano. No sólo es capaz de escribir tweets y poemas, ahora realiza funciones más complejas a partir de datos previos.

Al inicio, los investigadores crearon al GPT-3 como parte de una propuesta tecnológica conocida como “modelo de lenguaje universal”. Su objetivo era desarrollar una red neuronal que sirviera para predecir la siguiente palabra a partir de analizar la secuencia de letras precedentes. Sin embargo, el prototipo ha superado las expectativas de los investigadores. Esta red neuronal artificial ya está siendo entrenada con grandes bases de datos; incluso puede escribir códigos para computadoras. Además, el GPT-3 realiza tareas para las cuales no había sido diseñado, todo sin cambiarle ningún código, sólo insertando algunos pocos ejemplos referentes a un nuevo tema. Para lograrlo, este sistema obtiene toda la información de los libros y publicaciones especializadas disponibles en millones de páginas de internet. De alguna manera, de ahí obtiene todo el conocimiento. Su memoria es toda la web.

Nosotros, los humanos, desconocemos la capacidad de nuestra mente. No sabemos cuánta cantidad de información podemos almacenar en ella. Y, sobre todo, ignoramos ese procedimiento natural con el que ella misma se desarrolla. En su obra El cerebro y el mito del Yo (2004), Rodolfo Llinás asegura que la función del cerebro, en términos generales, es la de generar la cognición y la emoción humana, a partir del registro sensorial del mundo externo y del estado corporal asistido por las neuronas. Mediante la síntesis de estas dos informaciones se logra la representación interna de la realidad externa y de nuestra corporalidad, mediando las respuestas motoras generadas frente a las demandas del medio.

Otros resultados científicos determinan que nuestro crecimiento cerebral significa que somos organismos prematuros, inmaduros, y que para madurar en lo físico y psicológico necesitamos de una infancia prolongada; es decir, estamos abiertos al aprendizaje y, debido a la plasticidad cerebral, podemos ser parte de todas las formas de experiencia durante toda la vida. Eso explica, de alguna manera, por qué en la Antigüedad y en el Renacimiento, junto con todas las culturas alrededor del mundo, se han admirado las proezas notables de la memoria.

El arte de la memoria

El conocimiento y la forma de preservarlo ha sido una preocupación de todos los tiempos. Desde aquellas comunidades remotas se ha trabajado con las bases materiales disponibles en el momento. Ahora, las formas de almacenamiento de información y conocimiento se extienden más allá de la memoria natural. Esto, sin duda, transformará la forma de ver y hacer toda posterior labor intelectual.

Lo sorprendente de nuestra memoria contemporánea, fluida, integrada, flexible en el manejo de información procesada, no se formó de inmediato. Se manifestó hace casi 60 mil años, cuando el ser humano fue capaz de generar la evolución cultural. Es el resultado de la mente del homo sapiens sapiens, que se ha venido fraguando desde hace más de 3.8 millones de años, de manera que la trama de la película Matrix, así como buena parte de la ciencia ficción, no son simples delirios creativos o imaginarios. Ya es posible el desarrollo e instalación de programas de aprendizaje. En algún momento de la historia podremos, quizá, aprender a partir de programas elaborados que contengan todas las instrucciones, todo sin necesidad de realizar ejercicios de repetición o de asimilación y reduciendo, además, el temor a equivocarnos.

En su obra Lo que las computadoras no pueden hacer (1979), Hubert Dreyfus decía que “el primer hombre en subir a un ár0bol podría decir que ha hecho un progreso tangible para acercarse a la luna”. Lo mismo puede anticiparse con los dispositivos actuales de almacenamiento digital. Son los principios de la memoria externa. O de otra inteligencia, tal vez superior a la nuestra. Con menos riesgo, quizá, de equivocarse. O con la posibilidad de superarnos; el comienzo de un ars memorativa artificial que competirá con la natura.

14 Nov 2021

Publicado enCultura
Viernes, 24 Septiembre 2021 15:36

Historias sin contar sobre violencia y paz

Historias sin contar sobre violencia y paz

En días pasados fui invitado a un taller sobre “Intervención en miedo y duelo” organizado por el Programa de Desarrollo y Paz del Cesar en Pueblo Bello, a 56 km de la ciudad de Valledupar. Durante la visita, conocí algunas personas de la región que me contaron sus testimonios de luchas y conquistas en contextos de violencia. Sus relatos me llevaron a reflexionar sobre lo poco o nada que sabemos de la vida en los territorios más apartados del país ni de sus experiencias en torno a la paz y el conflicto militar, porque las noticias rápidas de la televisión o los titulares del periódico no se pueden comparar con las historias contadas por las mismas personas. .

La imagen que tenía de Valledupar se limitaba a las evocaciones nostálgicas que hacía mi mamá sobre los años que vivió allí en su juventud. Había ido solo una vez hace muchos años a un encuentro de un movimiento juvenil. Recuerdo el ambiente vallenatero, un resbalón en las piedras del río Guatapurí y la gran cantidad de árboles en todas las calles. Las vivencias que me contaron los locales cambiaron mi impresión sobre la ciudad y elevaron mi asombro sobre los alcances inimaginables del conflicto armado.

En el taller reflexionamos sobre la connotación del miedo y del duelo; de lo frágil y delicado que son estos procesos en la piel de quienes han vivido el conflicto desde adentro porque les tocó una suerte peor que nacer en Colombia: la de nacer en zonas abandonadas por el Estado, donde se está a merced de guerrilleros, paracos, narcotraficantes, políticos y empresarios corruptos y mafiosos que han propiciado desplazamientos forzados, desapariciones, secuestros, tortura y muchas formas de violencia.


En Pueblo Bello conocí a una familia de indígenas arhuacos, a los que visitamos después del taller. En el patio de su casa nos hablaron del hombre moderno y su distracción en cosas sin importancia; y del maestro pájaro que canta todos los días sobre la rama de un árbol y así nos enseña a vivir, porque es libre y es feliz cantando y saltando de rama en rama, sin preocuparse por tener o acumular. Simplemente es.

En la reunión, uno de ellos me explicó que el conocimiento de los arhuacos y su arraigo cultural los ha ayudado a sobrevivir después del genocidio de la colonización, la marginación estatal y los múltiples exterminios que la violencia ha infringido a los pueblos originarios en Colombia. De no conservar sus creencias, sus prácticas y su cosmología sin duda habrían desaparecido hace cientos de años y junto con ellos, un conocimiento ancestral y una espiritualidad profundamente conectada con la tierra, tan relevante y urgente para la conservación natural.

Hubiera querido grabar esa conversación aunque lo más importante era aprovechar el encuentro, como un regalo que llega sin anunciarse para atesorarlo en la memoria y el corazón. Al día siguiente por la mañana, un mamo nos compartió su reflexión en un lugar sagrado, dentro del patio de su casa. Allí nos invitó a depositar nuestras preocupaciones y deseos en un pedacito de algodón de lana de ovejo que enrollamos con los dedos para que él las ofreciera en un pagamento a la Madre Tierra. También nos dio un puñadito de hojas de coca para usarla como “jabón espiritual” en el río y luego echarlas al agua antes de irnos. Hermoso.

El mamo, con sus palabras sencillas. nos explicó lo que yo intenté decir en una tesis de casi 100 hojas. Sus historias y reflexiones se articulan en ese proyecto de decolonizar la paz, es decir, de construirla desde los territorios y las características de las luchas de las comunidades. Conocer cómo se vive, se piensa y lo que se hace por fuera del orden establecido, a través de formas subalternas de subsistencia es abrir una puerta a otros mundos posibles y desconocidos, a pesar de existir desde mucho antes del mundo que conocemos.

Es necesario acercarse a otros saberes a partir de lo que cuentan quienes han tejido las historias y procesos de paz al interior de las comunidades y en los territorios apartados. Esto nos puede ayudar a ampliar nuestra comprensión sobre los fenómenos que han marcado el rumbo del país y cuestionar la retórica oficial del gobierno y de los medios comprometidos con sus intereses, que promocionan la paz como un tema de seguridad y exaltan la labor de la fuerza armada como garante de la paz y la tranquilidad.

Ese libreto no se detiene en lo que sintieron, por ejemplo, aquellas familias en la Serranía del Perijá cuando huyeron de sus casas repentinamente dejando todo porque ese día llegaron los paracos a su vereda, quemaron sus casas y asesinaron a su gente. Ahora sabemos por qué hay personas que se acostumbraron a vivir en la zozobra permanente, tanto como para cambiar sus hábitos alimenticios y comer solo plátano verde cocido, porque era lo más rápido de preparar por si les tocaba emprender la huida en cualquier momento.

Estas historias de dolor y tragedia permiten dimensionar los efectos del conflicto. Lo que pesa saberse entre las más de 8 millones de víctimas, como las que tuvieron que huir en una carrera a muerte por las trochas de la Sierra porque los venían persiguiendo, obligados a abandonar a sus padres en el camino para que no retrasaran al resto de la familia, previo ingenio para ocultarlos vivos, enterrándolos pero que pudieran respirar de algún modo.

No conocemos muchas historias de paz distintas a las que cuentan los dirigentes políticos, esos que anuncian una Paz definitiva y en mayúscula, como dice William Ospina, con la promesa de desmovilizar a grupos insurgentes, bandoleros, guerrilleros, paramilitares para generalmente atribuirles la responsabilidad de todo lo ocurrido. Pero la Paz nunca llega, afirma, porque lo que nunca se construye es la paz con la ciudadanía pacífica que lleva vidas enteras esperando una economía incluyente y una cultura que dignifique … que “nos den lo que ya tuvimos y que ahora dicen que es imposible” dice.

Los procesos de paz tejidos por la gente en sus territorios, en cambio, tienen una resonancia más espectacular y urge darlos a conocer. Algunos de ellos, como el colectivo artísticos y de danza creado por hijos e hijas de excombatientes y víctimas en un Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (Etcr), como estrategia para romper los discursos de odio y de venganza; el proyecto de cultivo y producción de café en la Serranía del Perijá de campesinos desplazados por paramilitares que han retornado a sus hogares. Estos son solo dos casos en los que ha sido posible cambiar la historia de violencia y muerte en Colombia por medio de la acción y el empoderamiento de las comunidades.

Un conocimiento a fondo del país no tiene que ver con portar una bandera y ponerse a discutir con quienes la exhiben al revés en señal de repudio al orden corrupto que nos gobierna. Más bien, es la escucha atenta de las historias que la gente ha vivido en las regiones apartadas impregnadas de sabiduría ancestral, históricamente desechada por la hegemonía del pensamiento occidental. La diversidad de culturas, lenguas y tradiciones, aunque algunos se avergüencen de las raíces originarias e insistan en criminalizar a la minga indígena y excluirla de la sociedad, han dado respuestas sostenibles al problema.

De mi visita a Valledupar me queda lo que escuché y aprendí de un arhuaco de la sierra orgulloso de su identidad y guardián de su pueblo; de un joven hijo de ex guerrilleros desmovilizados que cree en el impacto social de su trabajo y sus proyectos; de un líder comunitario que defiende la gobernanza como modelo de desarrollo económico y social; y de un ejecutivo comprometido con la paz de la región aún arriesgando su propia seguridad.

Estas personas con mucho para contar y compartir nos ayudan a descubrir la verdadera cara de este país, sin maquillajes ni imaginerías patrióticas y románticas como los que repiten e insisten en que este es un país feliz y en paz, mientras reprimen con la mayor brutalidad cualquier intento de rebeldía y de emancipación. No sé cuántas historias de paz y reconciliación deben haber por ahí pero me gustaría escucharlas todas y contárselas al mundo para ayudar a transformar la narrativa que define a Colombia por dentro y fuera. Dejar por sentado que en este país de violencias desgarradoras pero también de resiliencias, resistencias y re-existencias no todo está dicho.

 

 

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Publicado enEdición Nº284
Viernes, 24 Septiembre 2021 15:12

Historias sin contar sobre violencia y paz

Historias sin contar sobre violencia y paz

En días pasados fui invitado a un taller sobre “Intervención en miedo y duelo” organizado por el Programa de Desarrollo y Paz del Cesar en Pueblo Bello, a 56 km de la ciudad de Valledupar. Durante la visita, conocí algunas personas de la región que me contaron sus testimonios de luchas y conquistas en contextos de violencia. Sus relatos me llevaron a reflexionar sobre lo poco o nada que sabemos de la vida en los territorios más apartados del país ni de sus experiencias en torno a la paz y el conflicto militar, porque las noticias rápidas de la televisión o los titulares del periódico no se pueden comparar con las historias contadas por las mismas personas. .

La imagen que tenía de Valledupar se limitaba a las evocaciones nostálgicas que hacía mi mamá sobre los años que vivió allí en su juventud. Había ido solo una vez hace muchos años a un encuentro de un movimiento juvenil. Recuerdo el ambiente vallenatero, un resbalón en las piedras del río Guatapurí y la gran cantidad de árboles en todas las calles. Las vivencias que me contaron los locales cambiaron mi impresión sobre la ciudad y elevaron mi asombro sobre los alcances inimaginables del conflicto armado.

En el taller reflexionamos sobre la connotación del miedo y del duelo; de lo frágil y delicado que son estos procesos en la piel de quienes han vivido el conflicto desde adentro porque les tocó una suerte peor que nacer en Colombia: la de nacer en zonas abandonadas por el Estado, donde se está a merced de guerrilleros, paracos, narcotraficantes, políticos y empresarios corruptos y mafiosos que han propiciado desplazamientos forzados, desapariciones, secuestros, tortura y muchas formas de violencia.


En Pueblo Bello conocí a una familia de indígenas arhuacos, a los que visitamos después del taller. En el patio de su casa nos hablaron del hombre moderno y su distracción en cosas sin importancia; y del maestro pájaro que canta todos los días sobre la rama de un árbol y así nos enseña a vivir, porque es libre y es feliz cantando y saltando de rama en rama, sin preocuparse por tener o acumular. Simplemente es.

En la reunión, uno de ellos me explicó que el conocimiento de los arhuacos y su arraigo cultural los ha ayudado a sobrevivir después del genocidio de la colonización, la marginación estatal y los múltiples exterminios que la violencia ha infringido a los pueblos originarios en Colombia. De no conservar sus creencias, sus prácticas y su cosmología sin duda habrían desaparecido hace cientos de años y junto con ellos, un conocimiento ancestral y una espiritualidad profundamente conectada con la tierra, tan relevante y urgente para la conservación natural.

Hubiera querido grabar esa conversación aunque lo más importante era aprovechar el encuentro, como un regalo que llega sin anunciarse para atesorarlo en la memoria y el corazón. Al día siguiente por la mañana, un mamo nos compartió su reflexión en un lugar sagrado, dentro del patio de su casa. Allí nos invitó a depositar nuestras preocupaciones y deseos en un pedacito de algodón de lana de ovejo que enrollamos con los dedos para que él las ofreciera en un pagamento a la Madre Tierra. También nos dio un puñadito de hojas de coca para usarla como “jabón espiritual” en el río y luego echarlas al agua antes de irnos. Hermoso.

El mamo, con sus palabras sencillas. nos explicó lo que yo intenté decir en una tesis de casi 100 hojas. Sus historias y reflexiones se articulan en ese proyecto de decolonizar la paz, es decir, de construirla desde los territorios y las características de las luchas de las comunidades. Conocer cómo se vive, se piensa y lo que se hace por fuera del orden establecido, a través de formas subalternas de subsistencia es abrir una puerta a otros mundos posibles y desconocidos, a pesar de existir desde mucho antes del mundo que conocemos.

Es necesario acercarse a otros saberes a partir de lo que cuentan quienes han tejido las historias y procesos de paz al interior de las comunidades y en los territorios apartados. Esto nos puede ayudar a ampliar nuestra comprensión sobre los fenómenos que han marcado el rumbo del país y cuestionar la retórica oficial del gobierno y de los medios comprometidos con sus intereses, que promocionan la paz como un tema de seguridad y exaltan la labor de la fuerza armada como garante de la paz y la tranquilidad.

Ese libreto no se detiene en lo que sintieron, por ejemplo, aquellas familias en la Serranía del Perijá cuando huyeron de sus casas repentinamente dejando todo porque ese día llegaron los paracos a su vereda, quemaron sus casas y asesinaron a su gente. Ahora sabemos por qué hay personas que se acostumbraron a vivir en la zozobra permanente, tanto como para cambiar sus hábitos alimenticios y comer solo plátano verde cocido, porque era lo más rápido de preparar por si les tocaba emprender la huida en cualquier momento.

Estas historias de dolor y tragedia permiten dimensionar los efectos del conflicto. Lo que pesa saberse entre las más de 8 millones de víctimas, como las que tuvieron que huir en una carrera a muerte por las trochas de la Sierra porque los venían persiguiendo, obligados a abandonar a sus padres en el camino para que no retrasaran al resto de la familia, previo ingenio para ocultarlos vivos, enterrándolos pero que pudieran respirar de algún modo.

No conocemos muchas historias de paz distintas a las que cuentan los dirigentes políticos, esos que anuncian una Paz definitiva y en mayúscula, como dice William Ospina, con la promesa de desmovilizar a grupos insurgentes, bandoleros, guerrilleros, paramilitares para generalmente atribuirles la responsabilidad de todo lo ocurrido. Pero la Paz nunca llega, afirma, porque lo que nunca se construye es la paz con la ciudadanía pacífica que lleva vidas enteras esperando una economía incluyente y una cultura que dignifique … que “nos den lo que ya tuvimos y que ahora dicen que es imposible” dice.

Los procesos de paz tejidos por la gente en sus territorios, en cambio, tienen una resonancia más espectacular y urge darlos a conocer. Algunos de ellos, como el colectivo artísticos y de danza creado por hijos e hijas de excombatientes y víctimas en un Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (Etcr), como estrategia para romper los discursos de odio y de venganza; el proyecto de cultivo y producción de café en la Serranía del Perijá de campesinos desplazados por paramilitares que han retornado a sus hogares. Estos son solo dos casos en los que ha sido posible cambiar la historia de violencia y muerte en Colombia por medio de la acción y el empoderamiento de las comunidades.

Un conocimiento a fondo del país no tiene que ver con portar una bandera y ponerse a discutir con quienes la exhiben al revés en señal de repudio al orden corrupto que nos gobierna. Más bien, es la escucha atenta de las historias que la gente ha vivido en las regiones apartadas impregnadas de sabiduría ancestral, históricamente desechada por la hegemonía del pensamiento occidental. La diversidad de culturas, lenguas y tradiciones, aunque algunos se avergüencen de las raíces originarias e insistan en criminalizar a la minga indígena y excluirla de la sociedad, han dado respuestas sostenibles al problema.

De mi visita a Valledupar me queda lo que escuché y aprendí de un arhuaco de la sierra orgulloso de su identidad y guardián de su pueblo; de un joven hijo de ex guerrilleros desmovilizados que cree en el impacto social de su trabajo y sus proyectos; de un líder comunitario que defiende la gobernanza como modelo de desarrollo económico y social; y de un ejecutivo comprometido con la paz de la región aún arriesgando su propia seguridad.

Estas personas con mucho para contar y compartir nos ayudan a descubrir la verdadera cara de este país, sin maquillajes ni imaginerías patrióticas y románticas como los que repiten e insisten en que este es un país feliz y en paz, mientras reprimen con la mayor brutalidad cualquier intento de rebeldía y de emancipación. No sé cuántas historias de paz y reconciliación deben haber por ahí pero me gustaría escucharlas todas y contárselas al mundo para ayudar a transformar la narrativa que define a Colombia por dentro y fuera. Dejar por sentado que en este país de violencias desgarradoras pero también de resiliencias, resistencias y re-existencias no todo está dicho.

 

 

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Publicado enColombia
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