El clima, la energía y el mito de la transición

El enfoque hegemónico en las políticas de energía a escala global impide el desarrollo de alternativas efectivas de respuesta a la emergencia climática y la satisfacción de necesidades sociales. Lejos de representar una simple falta de ambición o la ausencia de voluntad política de algunos gobiernos, el fracaso cada vez más alarmante del enfoque neoliberal es una consecuencia estructural de un modelo político y económico que concibe a la energía como una mera mercancía y fuente de ganancias privadas. Este enfoque está orientado primordialmente a garantizar beneficios al capital. A pesar de la evidencia empírica acumulada en diversas regiones del mundo y el creciente reconocimiento de sus impactos negativos, la política dominante sigue estando centrada en el mercado como principio rector de los sistemas y recursos energéticos.

El modelo basado en la satisfacción de demandas de ganancias mercantiles a un número reducido de empresas privadas es incompatible con el suministro de energía para asegurar el bienestar social. Al mismo tiempo, el modelo neoliberal bloquea los esfuerzos para limitar el consumo de energía y reducir la emisión de gases de efecto invernadero (GEI). Entender, debatir y generar alternativas viables para salir de este atolladero debería ser prioritario para todas las personas y organizaciones preocupadas por el presente y el futuro del clima y sus ya muy obvios efectos en los territorios y sectores sociales más vulnerables.

El mito de la transición energética

La publicación del más reciente informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) ha puesto de manifiesto –una vez más– la necesidad urgente de soluciones reales a la emergencia climática. El informe demuestra que la extinción de múltiples especies, la expansión de epidemias, la sucesión de olas de calor insoportable, el colapso de ecosistemas terrestres y marinos y el aumento del número de ciudades amenazadas por la subida de los mares, entre muchos otros impactos climáticos devastadores, se están acelerando y pasarían a ser realidades cotidianas antes de que un niño nacido hoy alcance su tercera década de vida (IPCC, 2021).

La dramática señal de alerta lanzada por el IPCC en las semanas previas a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26), a realizarse en Glasgow en noviembre de este año, no debería sorprender a nadie, ya que los cambios globales en la producción y el uso de la energía que necesitamos con urgencia para reducir las emisiones no se están concretando. En la actualidad, más del 80% de la demanda mundial de energía primaria es cubierta por combustibles fósiles (IEA y CCFI, 2021), mientras que las fuentes eólica y solar representan apenas el 10% de la electricidad mundial generada (Jones et al., 2020). A pesar de los repetidos discursos sobre el declive de los combustibles fósiles, la generación basada en la quema de carbón no se ha reducido de forma visible y en algunos países incluso ha aumentado. En 2020, los esfuerzos mundiales por desmantelar las usinas termoeléctricas se vieron compensados por la puesta en marcha de nuevas centrales de carbón en China, lo que supuso un aumento global del parque mundial de carbón equivalente a 12,5 GW (Global Energy Monitor, 2021).

En el contexto de la pandemia de la covid-19, algunos expertos en temas de clima y energía han argumentado que la contracción de la actividad económica marca un punto de inflexión en la tendencia. De hecho, la demanda mundial de energía se redujo casi un 4% en 2020, mientras que las emisiones mundiales de CO2 relacionadas con la energía disminuyeron un 5,8%, el mayor descenso anual registrado desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a pesar de estos cambios a corto plazo, la pandemia no ha provocado ningún cambio significativo a largo plazo: se prevé que las emisiones mundiales de C02 relacionadas con la energía crezcan un 4,8% en 2021, con un aumento del 4,6% en la demanda mundial de energía, a ser cubierta primariamente por combustibles fósiles (IEA, 2021). A finales de 2020, la demanda de electricidad ya había registrado un nivel superior al de diciembre de 2019, con un 3,5% de aumento en la demanda mundial de carbón en relación al mismo periodo de 2019 (IEA, 2021).

Estos indicadores demuestran que la transición energética necesaria para cumplir con los objetivos acordados por los Estados firmantes del Acuerdo de París en el año 2015 está muy lejos de materializarse. De hecho, la mayoría de las principales economías del mundo no han registrado avances que les permitan afirmar que están en camino de cumplir con los compromisos asumidos en las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (CDN) para la reducción de emisiones acordados en la Cumbre del Clima de París. La razón de este grave fracaso es la prevalencia del dogma neoliberal en las políticas del clima y de la energía. El paradigma dominante es el enfoque del palo y la zanahoria que, por un lado, intenta desincentivar el uso de combustibles fósiles mediante el establecimiento de mercados del carbono, mientras que, por otro lado, promueve la inversión en energías renovables y otras estrategias para reducir emisiones mediante subsidios y contratos muy favorables a los intereses de los inversores privados. Tanto el palo como la zanahoria están profundamente por la lógica de acumulación capitalista. En este marco, el rol de los Estados se reduce a salvaguardar la rentabilidad de los actores privados, en lugar de abordar los retos sociales o ambientales de forma directa.

Los resultados de este enfoque han sido desastrosos y todo indica que de no haber una reversión radical de la tendencia, la situación seguirá empeorando. Los mercados del carbono nunca llegaron a funcionar de la forma prevista: más de 15 años después del establecimiento del primer Sistema de Comercio de Emisiones, en la Unión Europea, la inmensa mayoría de las emisiones mundiales (84%) sigue sin tener precio alguno, y la parte de las emisiones con un precio lo suficientemente alto como para ser potencialmente eficaz sigue siendo muy inferior al 1% (World Bank, 2020). Al mismo tiempo, aunque las energías renovables se han expandido, su crecimiento ha sido inferior a la creciente demanda de electricidad. Mientras que el sistema eléctrico mundial se ha expandido en los últimos años a un ritmo anual de casi 300 GW, la capacidad de las renovables ha crecido a un ritmo muy inferior, por lo que la Agencia Internacional de Energías Renovables ha señalado en junio de este año que “las tendencias recientes [de las emisiones] muestran que la brecha entre donde estamos y donde deberíamos estar no disminuye, sino que se amplía. Vamos en la dirección equivocada y debemos cambiar el rumbo ahora” (IRENA, 2021: 4).

Las políticas de energía neoliberales han bloqueado la transición. Además del fracaso de la estrategia de fijación de precios del carbono como mecanismo para reducir la dependencia de los combustibles fósiles, la apuesta por el mercado para la promoción de las renovables ha permitido que unos pocos inversores con aversión al riesgo comercial hayan ganado mucho dinero. La expansión inicial de las renovables fue dependiente de subsidios, pero ante el aumento de los costes para los consumidores, las políticas de mercado pasaron a priorizar las llamadas subastas de capacidad, en las que a la oferta ganadora se le asegura un acuerdo de compra de energía que puede durar entre 15 y 20 años. Bajo este sistema, la caída de los costos de generación ha afectado la rentabilidad de las renovables, que se vuelven menos atractivas para inversores que buscan rendimientos satisfactorios. Esta tendencia ha provocado un déficit de inversión, que está impidiendo aún más la descarbonización de sectores clave de la economía.

Por otra parte, ni la excesiva confianza en el prosumismo (que elimina la distinción entre consumidor y productor de energía, gracias al desarrollo de nuevas tecnologías y mecanismos institucionales para habilitar la conexión de consumidores residenciales o comerciales a la red con el fin de vender la energía solar o eólica excedente) ni la prevista disrupción del mercado, a ser causada por generación distribuida, han satisfecho las expectativas iniciales, como se aprecia hoy en la Unión Europea y en otras partes del mundo donde se han eliminado las subvenciones y se han alterado las normas que rigen el mercado de la energía eléctrica. El enfoque hegemónico tampoco ha logrado abordar de forma efectiva los problemas asociados a la prevista espiral de la muerte de las grandes empresas eléctricas, de la misma manera que ha sido incapaz de anticiparse a los serios desafíos técnicos asociados a la instalación de fuentes renovables a gran escala, con retos que todavía no se han resuelto en países donde la energía eólica y la solar ya representan una porción significativa del suministro eléctrico.

La comunidad científica mundial ha estado planteando durante décadas que para minimizar el riesgo de impactos aterradores previstos en el más reciente informe del IPCC es imprescindible limitar las emisiones de GEI, de las que casi tres cuartas partes proceden de la producción y el consumo de la energía. También se ha reconocido desde hace tiempo que la rápida descarbonización de la generación de electricidad y de otros componentes del sector energético, así como de otros segmentos de la economía que consumen mucha energía –especialmente el transporte, la industria y los edificios–, es una condición ineludible para evitar los peores escenarios de futuro. A pesar de que la magnitud del reto ya ha sido reconocida, la política climática dominante ha fracasado por completo a la hora de dar una respuesta adecuada. Anclados en el optimismo delirante o en posturas negacionistas, diversos analistas, activistas ambientales, ejecutivos de grandes empresas y líderes políticos de diversas corrientes ideológicas han estado repitiendo durante más de una década la simplista idea de que la transición energética es inevitable, que ya está en marcha o que, incluso, se está acelerando. Estas afirmaciones no solo contradicen datos objetivos, sino que la mayoría de las voces que difunden esta idea siguen apostando a un modelo de propiedad y de gestión de la energía que imposibilita la transición energética que ellos pregonan.

No ha habido una transición energética, sino una simple expansión de la producción y el uso de la energía

La convergencia de las demandas de los sectores económicos dominantes con los intereses de las élites políticas es evidente en la defensa de la propiedad privada de la energía, incluyendo a gran parte de quienes proponen una transición energética centrada en fuentes renovables o limpias. En este sentido, tanto el discurso como las estrategias mercantiles de muchas empresas se han actualizado para hacerlas más compatibles con la creciente preocupación de amplios sectores sociales ante la emergencia climática. La creciente ansiedad de la población es percibida, desde una perspectiva mercantil, como una oportunidad económica estratégica para el enriquecimiento de sectores empresariales activos en la promoción de una economía verde facilitada por cambios en el marco normativo o institucional a distintas escalas.

En este contexto, no ha habido una transición energética, sino una simple expansión de la producción y el uso de la energía. Impulsadas por generosas subvenciones públicas o por contratos a largo plazo sin riesgo comercial y garantizados por los gobiernos, las fuentes renovables de generación de energía han experimentado un impresionante crecimiento en los últimos años (al menos si se consideran de forma aislada). No obstante, en el mismo período, la demanda global de energía ha superado con creces el crecimiento de las fuentes bajas en carbono. Como resultado, todas las formas de energía han crecido de forma paralela, sin que haya habido un desplazamiento significativo de los combustibles fósiles por parte de las renovables. A pesar de medidas gubernamentales muy publicitadas y de titulares de prensa excesivamente optimistas sobre la supuesta transición, la demanda global de energía creció más de un 20% en la década pasada, y tres cuartas partes de esa nueva demanda se cubrieron con la quema de carbón, gas y petróleo. Como resultado, las emisiones de gases de efecto invernadero han seguido aumentando (IEA, 2019).

El imperativo del crecimiento permanente, que constituye la razón de ser del sistema de acumulación capitalista, determina que los compromisos y planes para controlar o reducir las emisiones de GEI sean altamente inverosímiles, si no imposibles. La idea de que las economías industrializadas podrían –mediante una modernización ecológica– desvincular el crecimiento económico de las emisiones ha sido desacreditada. Algunos estados afirman haber avanzado en esa dirección gracias a las medidas impulsadas por sus gobiernos, pero en realidad muchos de los avances más visibles son el resultado de la deslocalización de las emisiones hacia otros países. En el año 2018, en el marco de la presentación de un informe que constataba niveles récord en las emisiones mundiales de CO2, el director de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, afirmó: “Traigo muy malas noticias: las cifras me desesperan” (Simon, 2018).

Por otra parte, dado que el sol no siempre brilla y el viento no siempre sopla, la incorporación de energía renovable variable a las redes eléctricas a una escala significativa implica formidables desafíos técnicos que el enfoque dominante centrado en el mercado no ha logrado superar. La expansión de las energías renovables tampoco ha sido capaz de crear las condiciones para reducir las emisiones de carbono en la industria, en el transporte y en otros sectores esenciales de la economía contemporánea. En el transporte predominan las asociaciones público-privadas (APP), pero este enfoque no ha frenado seriamente las emisiones relacionadas con este sector. En el sector de la construcción tampoco existe una estrategia viable –y mucho menos global– para la conservación de la energía a gran escala, en parte porque no existe un modelo empresarial viable para ganar dinero con la reducción del consumo de energía.

En resumen, el libre mercado, la privatización y el control del mercado de la energía por un grupo cada vez más reducido de empresas transnacionales han demostrado ser incapaces de llevar a cabo la transición energética que el mundo necesita con urgencia. Como ha sido demostrado en el marco de la respuesta mundial a la pandemia, abordar problemas globales complejos en plazos cortos exige la planificación y la coordinación de los gobiernos. Es necesario un cambio de paradigma para la propiedad y la gestión públicas del sector energético, incluyendo la democratización de las actuales empresas públicas de la energía.

La alternativa pública

El fracaso continuo y cada día más obvio de la política energética dominante para generar cambios a la velocidad y en la escala del cambio necesario para abordar la crisis climática debe ser reconocido como una verdadera emergencia política y reafirmar la urgente necesidad de un enfoque radicalmente diferente. Como alternativa a la perspectiva hegemónica basada en el lucro es preciso vigorizar la propiedad pública y democrática de los sistemas y recursos energéticos.

Además de ser menos costosa, la energía pública desmercantilizada facilita la transferencia de tecnologías y capacidades basadas en prioridades sociales antes que en beneficios privados. También permite la ampliación y optimización de los sistemas públicos de transporte, así como la implementación de programas de eficiencia y rendimiento energético en los edificios, además de habilitar más opciones para la descarbonización de la infraestructura industrial.

En síntesis, la alternativa pública significa la recuperación integral de la generación, transmisión, distribución y gestión de la energía. En contextos donde las políticas de privatización han sido más agresivas es necesario que las empresas de energía que han sido privatizadas vuelvan a ser de propiedad y control públicos. En otros contextos, donde la propiedad de las empresas ha permanecido en manos del Estado pero con una gestión orientada por los principios de la gobernanza corporativa de mercado, es necesaria la descorporativización o la desmercantilización de estas empresas, de modo que pasen a operar con una lógica de eficiencia social no restringida a las demandas neoliberales de rentabilidad puramente comercial, y estén orientadas por una concepción de la energía como un bien público y centradas en las necesidades sociales.

La alternativa pública significa la recuperación integral de la generación, transmisión, distribución y gestión de la energía

Desde esta perspectiva, el rol del Estado vuelve a ser esencial. En las últimas dos décadas, en muchos países del mundo (particularmente en Europa occidental) las cooperativas y otras experiencias de energía comunitaria se han expandido de forma significativa, generando nuevas esperanzas en torno a una transición energética a escala mundial anclada en proyectos descentralizados e iniciativas lideradas por la propia ciudadanía. Desafortunadamente, el optimismo inicial ha sido un tanto excesivo (Sweeney y Treat, 2020). En diversos países, los esfuerzos locales y de base comunitaria se han visto gravemente afectados por la supresión de las subvenciones y mecanismos de conexión a la red del tipo tarifas de alimentación (feed-in tariff). Este cambio ha provocado un fuerte descenso del número de nuevas iniciativas locales y dificultades para la supervivencia de las cooperativas en el nuevo mercado de la energía. Los proyectos comunitarios deben competir con los intereses del gran capital (incluidas las grandes empresas de energía eólica y fotovoltaica) tanto por apoyo político (subsidios) como por cuotas de mercado.

La revitalización de la propiedad pública debe ir acompañada de un claro cambio en la concepción de la energía como un bien público. Las empresas de energía que han sido privatizadas, corporativizadas o mercantilizadas no solo deben ser recuperadas, sino que también deben ser democratizadas y pasar a operar con otras modalidades de gestión. Asimismo, al igual que el proyecto neoliberal incluyó como un componente esencial la creación de nuevas agencias reguladoras (supuestamente independientes) para asegurar la competencia entre distintas empresas, la recuperación de la propiedad pública requerirá nuevas instituciones que garanticen que los servicios públicos recuperados funcionen de forma transparente, bajo control social y promoviendo la cooperación y la participación pública a distintos niveles.

La alternativa pública también significa la eliminación progresiva de los llamados mercados eléctricos competitivos

La alternativa pública también significa la eliminación progresiva de los llamados mercados eléctricos competitivos, tanto mayoristas como minoristas. En realidad, muchos Estados (sobre todo en el Sur global) han ignorado las directivas del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de los bancos regionales de desarrollo orientadas a la creación de mercados eléctricos, de la misma manera que han ignorado las instrucciones o presiones para establecer esquemas de comercio de emisiones. El desmantelamiento de los mercados eléctricos ofrece oportunidades para desmercantilizar la electricidad; también es necesario eliminar otras formas de privatización encubierta, como los llamados acuerdos de compra de energía (power purchase agreements, PPA), con contratos a dos o tres décadas con rentabilidad asegurada por el Estado y sin riesgo empresarial para los inversores privados.

La desmercantilización también abre nuevas posibilidades para un enfoque auténticamente integrado y bien planificado de la transición energética. La preocupación por la cuota de mercado ya no determinaría el comportamiento de las empresas de generación o distribución de la energía y, por tanto, evitaría o disminuiría las tensiones entre los prosumidores, las cooperativas de energía y las empresas estatales que se observan en la actualidad en diversos países del mundo. En el marco de un sistema público e integrado, en lugar de proporcionar oportunidades para que unas pocas empresas aumenten sus ganancias a expensas de la sociedad en su conjunto, la eficacia de la generación distribuida podría ser reevaluada sobre la base de criterios sociales y ecológicos y a largo plazo.

Una vez recuperadas y democratizadas, las empresas públicas de energía contarían con más capacidades (o menos restricciones) para ampliar sus operaciones de manera que puedan contribuir de manera más efectiva a la descarbonización no solo de la matriz energética, sino también del transporte, la industria, la agricultura y otros sectores que actualmente dependen de los combustibles fósiles.

Daniel Chavez es coordinador de Políticas Públicas del Transnational Institute, con sede en Ámsterdam. Sean Sweeney es coordinador de Trade Unions for Energy Democracy, con sede en la City University de Nueva York

Por Daniel Chavez, Sean Sweeney | 29/11/2021

 

Referencias

Global Energy Monitor (2021) “Boom and Bust 2021: Tracking the Global Coal Plant Pipeline”. San Francisco: Global Energy Monitor.

IEA (2019) Global Energy & CO2 Status Report. París: International Energy Agency (IEA).

IEA (2021) IEA (2019). Global Energy Review 2021. París: International Energy Agency (IEA).

IEA y CCFI (2021) Energy Investing: Exploring Risk and Return in the Capital Markets. París: International Energy Agency (IEA) y Centre for Climate Finance & Investment (CCFI).

IPCC (2021) Climate Change 2021: The Physical Science Basis. Contribution of Working Group I to the Sixth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Cambridge: Cambridge University Press.

IRENA (2021) World Energy Transitions Outlook: 1.5°C Pathway. Abu Dhabi: International Renewable Energy Agency (IRENA).

Simon, Frédéric (2018) “Bad news and ‘despair’: Global carbon emissions to hit new record in 2018, IEA says”. Euractive.com (18 de octubre): https://www.euractiv.com/section/climate-environment/news/bad-news-and-despair-global-carbon-emissions-to-hit-new-record-in-2018-iea-says/.

Sweeney, Seab y Treat, John (2020) The Rise and Fall of ‘Community Energy’ in Europe. Nueva York: Trade Unions for Energy Democracy (TUED).

World Bank (2020) State and Trends of Carbon Pricing 2020. Washington, DC: World Bank.

Fuente: https://vientosur.info/el-clima-la-energia-y-el-mito-de-la-transicion/

Publicado enMedio Ambiente
Jueves, 18 Noviembre 2021 05:55

Desabastecimiento

Desabastecimiento

La esencia de la carestía de bienes es el choque de un sistema que necesita expandirse constantemente con la imposibilidad física y ecosistémica de sostener esta expansión

El otoño de 2021 está atravesado por una palabra: desabastecimiento. Por ejemplo, faltan chips (lo que afecta a industrias como la de los móviles o la automoción) y materiales de construcción (madera, pinturas, acero). Por faltar, empieza a haber carencia hasta de bebidas alcohólicas. De manera acoplada, aumenta el precio de distintas mercancías, como la electricidad. Esta situación tiene detrás un incremento de la demanda fruto de una cierta reactivación económica, pero la clave está en analizar por qué esa demanda no se está pudiendo cubrir.

Para escudriñar respuestas necesitamos una mirada no unidimensional, pues lo que estamos viviendo es el resultado de múltiples factores entrelazados. Uno de los elementos detrás del desabastecimiento es el logístico: después del parón impulsado por la covid-19, las cadenas de producción y distribución globales no son capaces de ponerse en marcha de manera automática. Necesitan tiempo para restablecer el ritmo de transporte marítimo o el funcionamiento de los puertos.

Se suma el modelo económico. Una producción just in time, sin almacenamiento, y en la que la especialización productiva territorial es muy alta (por ejemplo, la mayoría de los chips del mundo se fabrican en Taiwán) hace que el sistema sea muy vulnerable. Ante el fallo de un nodo de producción mundial, como está sucediendo con el de chips en Taiwán, no hay stock que pueda sostener durante un tiempo la demanda hasta que la producción se recupere. También forma parte del modelo económico imperante un control oligopólico de muchos sectores, como el del transporte marítimo global o el de la producción eléctrica en España, que permite a estos actores usar su posición de fuerza. Y una fijación de precios que depende en buena parte de los mercados financieros, que suelen ser amplificadores de los precios altos, por ejemplo de materias primas, pues fomentan procesos especulativos.

Al modelo económico se añade la crisis económica que se arrastra desde, al menos, 2007, que impulsa una desinversión en diferentes sectores. Sin expectativa clara de beneficios, los capitalistas no invierten en la economía productiva y desvían sus búsquedas de lucro hacia la financiera. El sector petrolero ilustra bien este hecho. A pesar de que cada vez cuesta más extraer petróleo, pues está situado en lugares más inaccesibles (en aguas ultraprofundas, en regiones árticas o embebido en rocas duras), las empresas, en lugar de estar aumentando su inversión, la están reduciendo. La causa detrás de esto es sencilla: simplemente no les sale rentable, como muestra la quiebra en cadena de corporaciones especializadas en fracking desde 2020 o el anuncio de petroleras de tamaño medio como Repsol de que van a abandonar el sector. Esto redunda en una menor disponibilidad de bienes incluso cuando sube la demanda, pues un campo petrolero requiere años para ser puesto en funcionamiento.

Las decisiones políticas también desempeñan un papel en el proceso de desabastecimiento. De este modo, el brexit, combinado con las medidas de restricción migratoria, han impulsado la falta de camioneros en Reino Unido, lo que contribuye al desabastecimiento. Otro ejemplo es cómo Rusia usa su posición de fuerza con Europa (es uno de nuestros principales suministradores de gas) para ganar terreno en la geopolítica global.

Tanto empresas como gobiernos han precarizado hasta lo intolerable la vida de muchas personas que, simplemente, abandonan los sectores donde las condiciones de trabajo son inadmisibles

Hay políticas de más largo aliento que también es necesario destacar, como las laborales. Tanto empresas como gobiernos han precarizado hasta lo intolerable la vida de muchas personas que, simplemente, abandonan los sectores donde las condiciones de trabajo son inadmisibles. Nuevamente, el sector de los camioneros es un buen ejemplo. Y esta precarización no es consecuencia de la avaricia de unas pocas personas (o, al menos, no solo), sino que está relacionada con los procesos de desinversión y, en definitiva, con la crisis estructural del capitalismo. Como nuestro sistema socioeconómico no consigue recuperar altas tasas de reproducción del capital, presiona a los eslabones más débiles para intentarlo. Dicho de otro modo, la precariedad laboral es una política hasta cierto punto inevitable en una coyuntura de debilidad de las fuerzas populares en un sistema altamente competitivo y en crisis que es ciego a cualquier otro imperativo que no sea reproducir el capital.

Pero todo esto es insuficiente para comprender lo que sucede si no sumamos la mirada ambiental. Vivimos en un planeta de recursos finitos y estamos alcanzando los límites de disponibilidad de distintos materiales. Por ejemplo, la extracción de plata, necesaria junto a otros 40 elementos para la producción de móviles, pues es uno de los que integran los chips, está estancada desde hace años como consecuencia de los límites de disponibilidad geológica. El problema no se restringe a la plata, sino que abarca el cadmio, el cobalto, el cromo, el cobre, el indio, el litio, el manganeso, el níquel, el plomo, el platino, el teluro o el zinc. Los impactos se extienden por el conjunto de la economía, pues sin una disponibilidad creciente de estos elementos no se pueden fabricar cada vez más molinos eólicos, ordenadores, acero o coches.

No solo faltan materiales, sino también energía. El aumento del precio del gas es el principal vector que está haciendo crecer los precios de la electricidad en España y en otros lugares de Europa. Los principales suministradores de gas a la Unión Europea son Rusia y Argelia y ambos países están atravesando una situación similar: su capacidad extractiva de este combustible fósil está estancada desde hace años. Es más, su consumo interno aumenta, lo que hace que su posibilidad exportadora se resienta más, lo que tensiona los precios al alza. Y, sin cambiar de modelo, hay pocas opciones, pues el gas se transporta mal por mar (es caro y podemos moverlo en cantidades pequeñas si las comparamos con el consumo), lo que excluye como alternativa el gas estadounidense o catarí.

La situación del gas no es única dentro del panorama energético. La extracción de petróleo parece que llegó a su máximo en 2018 y esto es fundamental en la articulación de la economía global, pues alrededor del 95% del transporte quema derivados del petróleo. Es más, este transporte depende sobre todo del diésel, que está en caída por lo menos desde ese 2018. Y podemos añadir el carbón, pues detrás de los apagones en la red eléctrica china está su dificultad para encontrar este combustible en cantidades suficiente en sus propias minas y en las internacionales. Por ejemplo, ha levantado el veto que tenía a la importación de carbón australiano, pero ni con esas consigue garantizar una producción eléctrica que evite cortes recurrentes.

El cambio climático también está contribuyendo a la situación. Volviendo a Taiwán, principal productor mundial de chips, allí el cambio climático está siendo un factor determinante en la sequía que sufre el país. Esto está afectando a la producción de chips, pues Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), líder mundial de esta industria, utiliza 156.000 toneladas de agua al día en la producción de sus chips. Y si no hay agua…

Incluso la crisis ecosistémica ha empujado al desabastecimiento. Los problemas logísticos como consecuencia de la pandemia de covid-19 se relacionan con la pérdida de biodiversidad, pues hay una amplia bibliografía científica que señala que la ruptura de los equilibrios ecosistémicos es determinante en la expansión de enfermedades zoonóticas (que provienen de otros animales) que estamos viviendo en los últimos años. Una de estas enfermedades, como sabemos, es la covid-19 que, combinada con unos insuficientes servicios sanitarios y una fuerte interconexión global, ha provocado una pandemia que ha obligado a ralentizar la economía entre invierno de 2019 y verano de 2021.

Varias de las causas del desabastecimiento son coyunturales, pero otras, como las ambientales, son estructurales e irresolubles. Por más dinero que se invierta, no conseguiremos crear plata o gas nuevo en la Tierra. La esencia del desabastecimiento es el choque de un sistema que necesita expandirse constantemente con la imposibilidad física y ecosistémica de sostener esta expansión.

Por ello, en el siglo XXI tenemos una gran disyuntiva: mantener un sistema que nos aboca a un desabastecimiento, que será cada vez más profundo y generador de desigualdades, o transformar radicalmente nuestra forma de relacionarnos con el resto de la vida y entre las personas. Esta segunda opción obliga a poner en marcha políticas de decrecimiento, localización e integración del metabolismo humano en el funcionamiento del metabolismo de la vida (o, dicho de otro modo, economías basadas en la agroecología y no en la industria o los servicios). También a trascender el capitalismo a través de una desmercantilización y desalarización de nuestras vidas. Y todo ello debe realizarse con fuertes medidas de redistribución de la riqueza que nos permitan vivir a toda la población mundial dignamente de manera austera. En definitiva, tener vidas plenas en armonía con el conjunto de la vida sin intentar, enfermiza y continuamente, traspasar los límites de nuestro bello planeta. En Escenarios de trabajo en la transición ecosocial 2020-2030 proponemos ideas más concretas de cómo hacer esta gran transición para nuestro territorio.

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Por Luis González Reyes, miembro de Ecologistas en Acción. 17/11/2021

Este artículo ha sido redactado para Entrepobles.

 

Publicado enEconomía
El mayor complejo industrial flotante del planeta: Arabia Saudita construirá la futurista ciudad de Oxagon, "donde las ideas pueden cambiar el mundo"

Oxagon se ubicará en un gran territorio en el suroeste de la ciudad de Neom y tendrá una forma octogonal que le ayudará a minimizar su impacto sobre el medioambiente.

Mohamed bin Salmán, príncipe heredero de Arabia Saudita y presidente de la junta directiva del proyecto de creación de la futurista ciudad de Neom, anunció la construcción del centro industrial Oxagon, que se convertirá en el mayor complejo industrial flotante  del mundo, recogen medios locales.

La ciudad industrial Oxagon se ubicará en el mar Rojo cerca del canal de Suez, en un gran territorio en el suroeste de Neom, y tendrá una forma octagonal que permitirá minimizar el impacto en el medioambiente. 

Está previsto que en esta ciudad se puedan alcanzar niveles de producción de primera clase a la vez que las emisiones de carbono netas se reducen a cero.

En la cuenta oficial de Twitter de Neom se destaca que Oxagon se convertirá en "el lugar donde las ideas pueden cambiar el mundo".

"Oxagon contribuirá a la redefinición del enfoque mundial para el desarrollo industrial en el futuro, protegiendo el medioambiente a la vez que se crean empleos y crecimiento para Neom", declaró en ese contexto el príncipe heredero. "Contribuirá al comercio regional de Arabia Saudita y apoyará la creación de un nuevo punto focal para corrientes comerciales globales", añadió.

Publicado: 16 nov 2021

Publicado enInternacional
Martes, 16 Noviembre 2021 05:32

China, el nuevo imperialismo emergente

Konstantinos Lambrianidis / Flickr

La formación de un nuevo imperialismo [1] es un acontecimiento muy raro. Requiere múltiples condiciones previas relacionadas con la situación internacional y las características específicas del país en cuestión. Desde este doble punto de vista, la emergencia de China ha planteado cuestiones insólitas.

El surgimiento de un nuevo imperialismo fuera de la esfera occidental, no es en sí mismo novedoso. Tenemos el caso de Japón, si bien el surgimiento de ese imperialismo estaba dentro de un marco de análisis bastante clásico: la creación de los imperios occidentales aún no se había completado en el noreste de Asia, las grandes potencias luchaban por el control de China y el gobierno japonés podía reaccionar de forma preventiva. En cuanto a la estructura social del país, en lo fundamental parecía similar a la de los países europeos, con el advenimiento del Imperio Meiji (1868-1912) que aseguró la transición del feudalismo tardío al capitalismo moderno, la industrialización acelerada y la constitución de un poderoso Ejército que demostró su valía de forma magistral contra Rusia: por primera vez, una potencia europea fue derrotada por un país asiático, un acontecimiento importante que provocó un terremoto geopolítico[2]... Así pues, Japón fue el último Estado imperialista que se formó en los albores del siglo XX.

La transformación del inmenso Imperio Ruso en un Estado imperialista moderno fracasó, principalmente por las consecuencias de su derrota ante Japón en la Guerra ruso-japonesa (1904-1905). Su capacidad militar se vino abajo, y su flota naval fue destruída en dos tiempos: primero fue la flota basada en Siberia; después, la estacionada en el Mar Báltico, que había sido enviada como refuerzo. En el plano político interno, la debacle tuvo como secuela la revolución de 1905 que marcó el inició de la crisis del régimen zarista. Derrotada en el Este por el nuevo imperialismo japonés y, después, en el Oeste por Alemania durante la Primera Guerra Mundial, Rusia estuvo a punto de convertirse en un Estado dependiente o escindido, destino del que escapó gracias a la revolución de 1917.

Con la formación de los imperios coloniales, casi llegó a completarse una primera división del mundo; a partir de entonces, la cuestión en juego en los conflictos interimperialistas sería poner en cuestión esa partición del mundo.

China en el centro de la globalización capitalista y de las tensiones geopolíticas

A principios del siglo XXI, la China de Xi Jingping se ha consolidado como segunda potencia mundial en el corazón de la globalización capitalista. Se proyecta en todos los continentes y en todos los océanos. Para Xi, "en la era de la globalización económica, la apertura y la integración son una tendencia histórica irreprimible. La construcción de muros o la ruptura de lazos va en contra de las leyes económicas y los principios del mercado". Philip S. Golub señala que "el partido-estado se hace pasar por el campeón del libre comercio y de las finanzas globales", flexibilizando el acceso de los grandes grupos estadounidenses a "ciertos segmentos del mercado de capital nacional (...) y otorgando licencias para operar con filiales 100% en su poder o con participación mayoritaria (...)" para. Para The Economist (5/09/2021), "China está creando oportunidades [que el capital extranjero no esperaba, al menos no tan rápidamente]". La magnitud de laa entradas de capital estadounidense en China es difícil de estimar porque "muchas empresas chinas que emiten acciones tienen filiales en paraísos fiscales". Según un informe publicado por Investment Monitor el 13 de julio de 2021, China tiene más filiales en las Islas Caimán que cualquier otro país ”tras Estados Unidos, Reino Unido y Taiwán"[3].

"Capaz de dictar sus condiciones en las industrias clave", el Estado chino pilota el avión de China, alimentando una vasta red de patrocinio reforzada por la capacidad del partido para imponer una amplia vigilancia de la sociedad. No estamos ante un "socialismo de mercado con características chinas", sino ante un capitalismo de Estado que sí tiene "características chinas"[4]. Desde la India hasta Corea del Sur, en Asia no es nada nuevo que el Estado impulse el desarrollo económico. Bajo diversas formas, muchas oligarquías dominantes combinan el capital privado, el capital militar y el capital estatal. A menudo, el vínculo se realiza a través de las grandes familias propietarias.

La formación social china es el resultado de una larga historia, particularmente compleja y muy heterogénea. Como taller del mundo, su economía sigue dependiendo en parte del capital extranjero y de la importación de componentes o piezas de recambio. Por otro lado, proporciona la base para un desarrollo internacional independiente. En algunos sectores produce tecnologías avanzadas, en otros es incapaz de ponerse al día, como en el caso de los semiconductores. Atraviesa una crisis de sobreproducción (y de la deuda) al estilo capitalista, que está golpeando con fuerza al sector inmobiliario, simbolizado por la casi quiebra del gigante Evergrande[5]. Hasta ahora, todas las predicciones sobre el estallido de la burbuja inmobiliaria han sido desmentidas[6], pero eso no significa que vaya a seguir siendo así. Como señala Romaric Godin, "la suerte aún no está echada para una posible crisis china, pero las contradicciones del capitalismo de Estado en la República Popular parecen ser cada vez más profundas".

A partir de los años 80, los dirigentes chinos prepararon su expansión internacional. De forma discreta con Deng Xiaoping, agresivamente con Xi Jinping. Esta expansión tiene razones económicos internas (encontrar salida a sectores con baja rentabilidad y sobreproducción, como el acero, el cemento o la mano de obra). Tiene profundas raíces culturales: restaurar la centralidad del Imperio Medio, borrar la humillación de la dominación colonial y ofrecer una alternativa global al modelo de civilización occidental. Alimenta un nacionalismo de Gran Potencia que legitima el régimen y su ambición de desafiar la supremacía estadounidense.

Nos encontramos en una situación clásica en la que un gran potencia consolidada (Estados Unidos) se enfrenta a la emergencia de una potencia creciente (China).

Las precondiciones internacionales

¿Cómo se puede conseguir en el umbral del siglo XXI lo que era imposible a principios del siglo XX (la aparición de un nuevo imperialismo)? A riesgo de simplificar, veamos dos períodos.

Tras las revoluciones rusa (1917) y china (1949), la mayor parte de Eurasia escapó de la dominación directa de los imperialismos japonés y occidental, ganando una posición de independencia sin la cual nada de lo que ocurrió después habría sido posible.

Por un lado, tras la derrota internacional de los movimientos revolucionarios en los años 80 y, por otro, tras la desintegración de la URSS, el ala dominante de la burguesía internacional pecó de triunfalismo, pensando que estaba asegurado su dominio indiviso sobre el planeta. Al parecer, no previó que el orden mundial neoliberal que estaba imponiendo podría ser utilizado por Pekín en beneficio propio y con el éxito que conocemos.

Los cambios de China

Los análisis que afirman que la actual política internacional de China no es imperialista se basan en la continuidad del régimen desde 1949 hasta la actualidad, pero esta continuidad es sólo nominal: República Popular (RPC), Partido Comunista (PCC), gran sector económico estatal. Cierto que hay continuidades, sobre todo culturales, entre ellas la larga tradición burocrática del Imperio que embellece los regímenes contemporáneos con una normalidad histórica. Sin embargo, las discontinuidades son mucho mayores, con creces. En efecto, como atestiguan las sucesivas convulsiones de las clases sociales, hubo revolución y contrarrevolución.

La posición del proletariado industrial. Cuando se proclamó la República Popular, el PCC tuvo que reconstruir su base social en los centros urbanos. Para ello, se vinculó a la clase obrera, en un doble sentido: subordinándola y proporcionándole considerables beneficios sociales.

Políticamente, la clase obrera se mantiene bajo el control del partido; no dirige ni la empresa ni el país. Los trabajadores y trabajadoras están asignados a unidades de trabajo, como los funcionarios territoriales en la tradición francesa. No obstante, la clase trabajadora de las nuevas empresas estatales goza de considerables beneficios sociales (empleo de por vida, etc.). Ningún otro estrato social tiene una posición social tan ventajosa, excepto, por supuesto, la burocracia en los órganos de poder político-estatal.

La situación de las mujeres populares. Las dos leyes emblemáticas adoptadas tras la conquista del poder benefician a las mujeres populares: la igualdad de derechos en el matrimonio y una reforma agraria que las incluye[7].

Las antiguas clases dirigentes. Una vez consolidada la República Popular[8] y fuera cual fuera el destino individual de cualquier miembro de las élites chinas, las antiguas clases dominantes (burguesía urbana y alta burguesía rural) se desintegraron.

El régimen maoísta se consolidó mediante una revolución social, nacionalista, antiimperialista y anticapitalista, un proceso de revolución permanente[9]. Tuvo profundas raíces populares, pero no por ello dejó de ser autoritario, moldeado por décadas de guerra. La herencia democrática de las movilizaciones sociales propia de la estrategia de guerra popular siguía viva, pero el partido-estado era el marco en el que se desarrolló el proceso de burocratización. No se trataba del socialismo, sino de una sociedad de transición cuyo resultado no estaba claro[10].

La crisis del régimen maoísta. Todas las contradicciones inherentes al régimen maoísta estallaron durante la mal llamada Revolución Cultural (1966-1969)[11]: una crisis global muy compleja que no es posible resumir aquí, durante la cual la administración y el partido se desmoronaron: sólo el Ejército siguió siendo capaz de intervenir coherentemente a escala nacional. Finalmente, Mao le pidió al Ejército que impusiera una vuelta al orden mediante la represóin, volviéndose contra los Guardias Rojos y los grupos obreros que le apoyaban. En los años 70 preparó el terreno para la dictadura oscurantista de la Banda de los Cuatro, la victoria definitiva de la contrarrevolución burocrática. El resultado catastrófico de la Gran Revolución Cultural Proletaria sancionó la crisis terminal del régimen maoísta y la muerte política de Mao Zedong, diez años antes de su muerte física[12].

La contrarrevolución burocrática creó el caldo de cultivo para la contrarrevolución burguesa, desarticulando las movilizaciones populares y haciendo que la rehabilitación de Deng Xiaoping, superviviente de las purgas de la Revolucion Cultural, apareciera como una vuelta a la cordura. Unos años más tarde, quedó claro que lo que había sido una justificación calumniosa de las purgas en los años 60 se había convertido en una realidad en los 80: Deng encarnó entonces la opción capitalista dentro de la nueva dirección del PCCh.

La contrarrevolución de los años 80. Bajo el impulso de Deng Xiaoping, el ala más clarividente de la burocracia preparó su mutación, su aburguesamiento y la reinserción del país en el mercado mundial capitalista. Para ello, se benefició de unas ventajas excepcionales:

  • En relación a la herencia del régimen maoísta: un país, una industria y una tecnología independientes, una población educada y cualificada...
  • En cuanto a la herencia del periodo colonial: Hong Kong (colonia británica), Macao (colonia portuguesa) y Taiwán (protectorado estadounidense) eran puertas abiertas de par en par al mercado mundial y a las finanzas internacionales, ofreciéndole una pericia en la gestión que no existía en el continente y facilitando las transferencias de tecnologías (siendo Macao un canal ideal para saltarse las legislaciones y regulaciones)...
  • La posibilidad de colaborar con el poderoso capital transnacional chino sobre la base de un sólido compromiso: este último recibe un trato privilegiado en China, mientras que sabe que sólo el gobierno y el PCC pueden garantizar el mantenimiento de la unidad del país-continente.
  • El peso intrínseco de China (su tamaño geográfico y demográfico): un país como Vietnam puede seguir la misma evolución que su vecino, pero no puede reclamar el rango de gran potencia por ello.

La acelerada transformación capitalista de China no se llevó a cabo sin infligir una derrota histórica a las clases trabajadoras durante la represión masiva conocida como Tiananmen en abril de 1989 (afectando a todo el país, no sólo a Pekín)[13]. Una derrota que forma parte de la nueva disposición de las clases sociales.

  • El proletariado. La clase obrera de las empresas estatales se resistió obstinadamente a la intensificación del trabajo exigida por las autoridades, hasta el punto de que, como último recurso, éstas decidieron retirar a una gran parte de ella de la producción, sin dejar de pagarle mediante diversos dispositivos. El éxodo rural permitió la creación de un nuevo proletariado, especialmente en las zonas francas. En aquella época, el 70% eran mujeres y trabajadores chinos indocumentados (en China está prohibido cambiar de residencia sin autorización oficial). Una fuerza de trabajo perfecta para la sobreexplotación que caracterizó el período de acumulación de capital primitivo. La primera generación de la inmigración interior sufrió a la espera de volver al pueblo. La segunda generación luchó por su regularización con el apoyo de numerosas asociaciones.
  • Se invirtió el orden social e ideológico. Las élites intelectuales, hasta entonces en lo más bajo de la jerarquía social, volvieron a ser aduladas. Las mujeres de la clase trabajadora se hicieron invisibles. Deng Xiaoping defendió las virtudes de lq teoría goteo (que supone que el enriquecimiento de unos pocos anuncia el enriquecimiento de todos). El sector económico estatal comenzó a funcionar en simbiosis con el capital privado. China tiene un número récord de multimillonarios, que se encuentran en los órganos de gobierno del PCC.

 Gran potencia, imperialismo e interdependencia

No hay ninguna gran potencia capitalista que no sea imperialista. China no es una excepción. Algunos ejemplos.

  • Poner en marcha a su periferia. Gracias al desarrollo de una red de transporte de alta velocidad, el Tíbet se ha convertido en objeto de colonización. En el Turquestán Oriental (Xinjiang), la población uigur de mayoría musulmana está sometida a una serie de medidas que van desde la asimilación forzosa hasta el internamiento masivo, con el objetivo, como mínimo, de un genocidio cultural[14]. El tratado que garantizaba el respeto de los derechos democráticos de la población de Hong Kong cuando se devolviera la colonia ("un país, dos sistemas") fue denunciado unilateralmente por Xi Jinping. Tras años de resistencia popular, Pekín ha impuesto su orden represivo, criminalizando a las organizaciones independientes (obligándolas a disolverse) y condenando cualquier disidencia a fuertes penas[15]. El derecho a la autodeterminación, la libertad de los pueblos a la autodeterminación, ya no es una cuestión en el orden del Imperio.
  • Para proteger sus inversiones en la era de las nuevas rutas de la seda y asegurar el acceso al océano Índico (corredores)[16], Pekín no duda en apoyar las peores dictaduras (como en Birmania) y en interferir en los asuntos internos de un país (como en Pakistán).
  • La parálisis temporal de Estados Unidos (empantanado en Oriente Medio) ha permitido a Xi Jinping militarizar todo el Mar de la China Meridional, haciéndose con el control de territorios marítimos pertenecientes a los países limítrofes, desde Filipinas hasta Vietnam. Pekín denuncia (con razón) la política de gran potencia de Estados Unidos en la región, pero no duda en utilizar la abrumadora superioridad de sus fuerzas navales contra sus vecinos.
  • Para asegurar sus vías marítimas (mercantiles o militares), Pekín se apodera de los puertos de muchos países, desde Sri Lanka hasta Grecia, utilizando el arma de la deuda cuando es necesario. Un impago puede permitirle exigir que un territorio portuario se convierta en una concesión china por un periodo de hasta 99 años (¡que era el estatus colonial de Hong Kong!).
  • Al proyectarse internacionalmente, China participa ahora en la creación de zonas de influencia en el Océano Pacífico Sur, reclamando un importante espacio marítimo[17].
  • Estados Unidos fue y sigue siendo la principal potencia imperialista, la principal fuente de militarización, guerras e inestabilidad mundial. Es importante tenerlo en cuenta. No voy a tratar este tema aquí, salvo para señalar que Joseph Biden ha conseguido reorientar la estrategia estadounidense en el gran teatro de operaciones del Indo-Pacífico. Obama quiso hacerlo, pero no lo consiguió[18] al empantanado en Oriente Medio[19]. Hay una continuidad entre la política de Donald Trump y la de Joe Biden[20]. Sin embargo, la política de este último parece ser más coherente que la de Donald Trump[21].

Ante la amenaza estadounidense, el régimen maoísta desarrolló una estrategia defensiva basada en el ejército, la movilización popular y el tamaño del país: un invasor llevaría las de perder. Por otra parte, una gran potencia debe imponerse en los océanos (al igual que, hoy en día, en el espacio y en la inteligencia artificial). La fuerza aeronaval ha sido el primer pivote militar de la política de Xi Jingping, que moviliza los recursos del país para avanzar rápidamente en esos ámbitos.

Con ello, el actual régimen chino participa en la dinámica de militarización del mundo (y, por tanto, en el agravamiento de la crisis climática). En la izquierda, alguna gente habla del derecho de China a exigir su lugar bajo el sol, pero ¿desde cuándo hay que defender los derechos de una potencia y no los de los pueblos?

La tensión entre Washington y Pekín sobre la cuestión de Taiwán está ahora en su punto álgido[22]. Se oponen dos lógicas. La propia de los Estados que se enfrentan en una competencia severa y duradera, y la de la globalización capitalista en la que la interdependencia en términos de tecnologías, cadenas de producción -la cadena de valor-, comercio o finanzas es primordial. La competencia se produce en todos los ámbitos y surgen campos en un mercado y unas finanzas globalizados. Independientemente de las contradicciones a las que se enfrenta actualmente la globalización, la desglobalización capitalista de la economía parece ser un reto. La interdependencia es tal que una guerra no interesa a las clases burguesas ni en China ni en Estados Unidos, pero la tensión es tal que no se puede excluir un deslizamiento con consecuencias explosivas.

La situación es aún más inestable porque tanto el presidente Biden como Xi se enfrentan a una frágil situación interna.

¿Hacia dónde va China? No intentaré responder a esta pregunta, lo dejo para quien esté  más informado que yo. Si todavía fuera el PCCh el que dirigiera el país…, pero ya no es así. Es la camarilla de Xi Jinping. Xi Jinping ha impuesto un cambio de régimen político[23]. Antes, una dirección colegiada permitía preparar el relevo generacional al frente del partido, un factor de estabilidad. Hoy, la facción de Xi Jinping tiene el control exclusivo del poder. Tras las sangrientas purgas y la modificación de la Constitución, puede pretender gobernar de por vida.

También en China, la selección del personal político se está volviendo irracional en relación con los intereses colectivos de las clases dirigentes.

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article60088

Versión larga del artículo publicado en la revista l'Anticapitaliste n° 130, noviembre de 2021.

 

16 noviembre 2021

Traducción: viento sur

 

Notas:

[1] El término imperialismo puede utilizarse en varios contextos históricos. En este caso, se trata de una gran potencia capitalista.

[2] Pierre Rousset, 4 de junio de 2017, " La crise coréenne et la géopolitique en Asie du Nord-Est : du passé au présent http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article41214

[3] Philip S. Golub, "Contre Washington, Pékin mise sur la finance", Le Monde diplomatique, noviembre de 2021, p.13.

[4] Au Loongyu, mai 2014, « What is the nature of capitalism in China ? – On the rise of China and its inherent contradictions », Europe solidaire sans frontieres (ESSF, article 35764) :
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article35764

[5] Véase Romaric Godin, 9 de septiembre de 2021, "Les contradictions du modèle chinois", Mediapart.

[6] Así lo reconoce Paul Krugman en sus propias previsiones en el New York Times del 22 de octubre de 2021.

[7] Por supuesto, el techo de cristal y el patriarcado no desaparecen de la sociedad.

[8] A pesar del calvario de la Guerra de Corea, que comenzó en 1953 y fue un verdadero escenario de desastre para Pekín, cuya prioridad era la reconstrucción del país.

[9] Pierre Rousset, « L’expérience chinoise et la théorie de la révolution permanente », revue L’Anticapitaliste n°126 (mai 2021). Disponible sur ESSF (article 58489), « L’expérience chinoise et la théorie de la révolution permanente » :
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article58489

[10] Por eso es mejor no utilizar la fórmula de sociedad de transición al socialismo.

[11] Se ha generalizado la denominación de todo el periodo 1966-1976 como Revolución Cultural. Esto es confundir en la misma periodización los años de tumulto que precedieron a la represión de 1968-1969, y los de una inestable normalización burocrática.

[12] Pierre Rousset, « La Chine du XXe siècle en révolutions – II – 1949-1969 : crises et transformations sociales en République populaire », ESSF (article 13546) :
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article13546

[13] Véanse, en particular, los dos artículos de Jean-Philippe Béja recogidos en:

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article46572

[14] Daniel Tanuro, "Xinjiang (China) - Una mirada a la historia del Turquestán Oriental y la geopolítica de Asia Central":http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article57947

[15] Alain Baron, Le mouvement de 2019 à Hong Kong, et son écrasementhttp://www.europe-solidaire.org/spip.php?article59294

[16] Para una visión general de esta cuestión, véase Globalization Monitor, China's overseas investments in the Belt and Road Era. Una perspectiva popular y medioambiental, agosto de 2021.

[17] Véase, en particular, el mapa que acompaña al artículo de Nathalie Guibert en Le Monde del 10 y 11 de octubre de 2021.

[18] Simon Tisdall, 25 de septiembre de 2016, The Guardian:

https://www.theguardian.com/commentisfree/2016/sep/25/obama-failed-asian-pivot-china-ascendan

[19] Biden se apoya especialmente en Israel, Arabia Saudí y Egipto para "vigilar" esta región del mundo.

[20] Dianne Feeley, "The foreign policy of the Biden administration", The Anticapitalist:

https://lanticapitaliste.org/actualite/international/la-politique-etrangere-de-ladministration-biden

[21] Dan La Botz, 13 de octubre de 2021, "Biden focuses foreign policy on China", The Anticapitalist:

https://lanticapitaliste.org/actualite/international/aux-usa-biden-concentre-sa-politique-etrangere-sur-la-chine

[22] Brian Hioe, 4 de noviembre de 2021 "Caught Between the Two Superpowers. Taiwán en medio de la rivalidad de grandes potencias entre Estados Unidos y China", Spectrum:

https://spectrejournal.com/caught-between-the-two-superpowers/

[23] Au Loongyu, Pierre Rousset, 22 octobre 2017 , « Le 19e congrès du Parti communiste chinois – La modernisation par une bureaucratie prémoderne », ESSF (article 42298) :
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article42298
Pierre Rousset, 3 décembre 2017, ESSF (article 42569), « Le 19e congrès du Parti communiste chinois et les ambitions mondiales de la direction Xi Jinping » :
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article42569

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Boris Johnson, en el discurso inaugural de la COP26.

La presidencia de la COP26 intenta sacar adelante un consenso para la aprobación de un texto que ha vuelto a ser descafeinado en la última versión entregada hoy, 12 de noviembre.

 

12 nov 2021 17:53

Escepticismo en la penúltima jornada de la COP26 de Glasgow. Pese a que la presidencia de la cumbre sigue tratando de que haya un acuerdo final, la principal noticia es que sigue sin haber acuerdo. El borrador entregado este mediodía por la presidencia de Alok Sharma no ha resuelto las dudas ni dentro ni fuera de la cumbre oficial.

Aunque se trata de pequeños matices, la revisión que el último borrador ha hecho sobre el texto anterior ha seguido rebajando el contenido de la propuesta de conclusiones. Del llamamiento a la “eliminación progresiva de la energía del carbón y de los subsidios ineficientes para los combustibles fósiles”, que suponía un hito en cuanto es la primera vez que se mencionaba esta posibilidad en las 26 cumbre sobre cambio climático, ha sido sustituida por una mención más vaga en un párrafo genérico sobre tecnología, obviando las advertencias científicas de que el 80% de los combustibles fósiles deben permanecer bajo el subsuelo para conseguir el objetivo marcado en la Cumbre de París, señalan desde Ecologistas en Acción. 

Irene Rubiera, delegada de esta organización en la COP26, cree que esta rebaja del texto permite que los responsables de la situación actual sigan funcionando como hasta ahora. La presión de países productores de petróleo como Arabia Saudí y Rusia ha sido fundamental para esta rebaja del contenido sobre el borrador anterior.

Oficialmente, la cumbre tendría que haber llegado a un consenso hoy a las 18h. El texto final debe ser aprobado por los 200 delegados de los países en Glasgow, pero el redactado, las correcciones y los añadidos se están produciendo a lo largo de toda la tarde.

La Alianza por la Solidaridad-ActionAid se suma a una lectura crítica del último borrador antes de la hora límite. Esta plataforma destaca como “inadmisible” que los cien mil millones de dólares del llamado Fondo Verde para el Clima que en 2020 debían ser destinados a la mitigación y adaptación al cambio climático, no sólo no se hayan conseguido en la fecha prevista, “sino que se aplazan”. Las organizaciones ecologistas exigen que se ponga fecha de inicio a un Fondo Verde para el Clima que fue aprobado en 2009 pero que aun no se ha puesto en marcha.

Tampoco hay garantías, y también se presiona para que entre en el texto final, para el avance de los Fondos para las pérdidas y los daños, destinados a cubrir los efectos inmediatos de los fenómenos asociados al cambio climático, tales como las sequías o las tormentas DANA.

Sí está previsto que el texto actualice el mantra de la reducción necesaria de 2ºC de aumento de la temperatura a 1,5 grados para mitigar los efectos del calentamiento global. Ecologistas en Acción subraya que la posición oficial de la cumbre debe incluir una revisión de los compromisos de reducción, adaptación y financiación de cada país que se produzca al menos cada cinco años para conseguir ese objetivo de que la temperatura de la tierra “solo” suba 1,5 grados en el corto plazo.

 El propio borrador especifica que el compromiso internacional de reducción de emisiones de dióxido de carbono dista mucho del objetivo de que en 2030 se hayan reducido un 45% las emisiones respecto al año de referencia de 2010. Un informe de la plataforma científica Climate Action Tracker ha detallado que, con los objetivos marcados en Glasgow, las emisiones globales de efecto invernadero en 2030 seguirán siendo aproximadamente el doble de lo necesario para conseguir el límite de 1,5º.

Como en otras ocasiones, las organizaciones sociales y ecologistas temen que la COP26 solo sea útil para lanzar de nuevo una patada a seguir hacia siguientes cumbres y no adquirir compromisos vinculantes. 

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"La escasa agua potable es el recurso que define este siglo": estos son los inversores que empiezan a comprar el 'nuevo crudo'

Estados Unidos y Australia son los países del mundo donde la venta de agua es más activa.

Para el año 2050 se pronostica que, debido a la incidencia del calentamiento global, la mitad de la población humana vivirá en regiones concentradas en torno a las reservas de agua.

La carencia de reservas de agua ya es palpable incluso en algunas zonas del los países desarrollados, donde el mercado financiero ha llegado a reaccionar enviando señales de aviso para que la gente deje de dar por sentado el acceso al agua.

La oleada de calor y los incendios forestales en Estados Unidos del verano de 2020 fueron vistos como una oportunidad en Wall Street: en diciembre, CME Group y Nasdaq lanzaron un nuevo contrato de futuros —Nasdaq Veles California Water Index Futures—, que permite a los granjeros, fondos de cobertura y municipalidades protegerse contra los potenciales futuros saltos de precios del agua en California.

Mientras se barajan las mejores opciones para asegurar la conservación de un recurso indispensable para la vida en el planeta, dos posiciones encontradas gobiernan las discusiones: la de aquellos que insisten que el acceso al agua potable es un derecho esencial de los humanos y debe ser pagado por el Estado, y la de quienes optan por modelos de gestión y propiedad privada.

Matthew Diserio, presidente y cofundador de Watter Asset Management, que invierte tanto en activos físicos de agua como en valores temáticos, asegura que "la escasa agua potable es el recurso que define este siglo, al igual que el petróleo y el gas definían el previo", informa The Financial Times.

La venta de agua tiene sus limitaciones y el peso y la ubicación son algunas. "Poseer un iceberg en Groenlandia no les hará rico, pero tenerlo en Reno, Nevada [EE.UU.] sí lo hará", explica Christopher Gasson, director ejecutivo de la revista Water Intelligence.

A la vanguardia del mercado 

EE.UU. y Australia son los países donde la venta de agua es más activa. En la cuenca del Murray-Darling, en Australia, se ha formado un mercado valorado en 2.000 millones de dólares al año (1.460 millones de dólares estadounidenses). A los granjeros se le asigna un volumen de agua fluvial que pueden usar o vender. El precio de agua depende de los precios de productos agrícolas y de las condiciones climáticas.

Publicado: 12 nov 2021

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Demasiadas cosas que parecían imposibles están sucediendo al mismo tiempo

La tormenta perfecta después de la Covid-19: no llegan microchips, falta gas natural, los alimentos se encarecen, las materias primas están al límite y... la crisis energética va para largo.

Demasiadas cosas juntas que parecían imposibles están sucediendo al mismo tiempo. Falta de todo. Suben los precios de todo. Informaciones de prensa hablan del hecho de que no habrá magnesio en Europa, que hay un problema con el uranio, que fallarán los nitratos para la agricultura. Son frecuentes los cortes de electricidad en China. Falta agua en Taiwán. Medio millar de barcos están atrapados en puertos de todo el mundo. Maersk no tiene suficientes contenedores. No hay camioneros en Alemania. Latas de refrescos se venden sin pintar. El precio de los juguetes, de la alimentación o del diésel se encarece. Estantes vacíos en supermercados del Reino Unido. Fábricas paradas en la Zona Franca [de Barcelona]. ¿Habrá cortes de suministro de gas este invierno? No podrás comprar la PlayStation 5 ni tu nueva bicicleta eléctrica. La prensa achaca esta crisis a los cuellos de botella y la Covid-19, pero si amplías el zoom, podrás ver el cuadro completo: crisis energética, falta de materias primas… y los efectos del cambio climático en el seno de un capitalismo globalizado zombi. La Covid-19 fue un ensayo del colapso que vendrá.

Los diarios económicos hablan todo el día de esto; las grandes patronales empresariales están por primera vez realmente asustadas… y todos dicen que la culpa es de una demanda de consumo disparada, de los cuellos de botella, de los trabajadores asiáticos confinados por la pandemia, de la dependencia de China, del bloqueo del canal de Suez, de los barcos que no llegan. Lo venden, sin embargo, como una situación temporal. Algunos científicos y activistas denuncian que también está ocurriendo una cosa más, que es más estructural que momentánea: las materias primas estarían llegando a su pico, la crisis energética no sería temporal, la crisis climática ya está afectándonos, no podremos seguir consumiendo tres planetas como hasta ahora. “La crisis de los microchips no es más que la punta del iceberg”, dice Alicia Valero, profesora de la Universidad de Zaragoza y autora de Thanatia. Los límites minerales del planeta: “Un ejemplo: en el siglo XXI ya hemos gastado más cobre que en toda la historia”. ¿Se acabó la fiesta? Viene el decrecimiento, y ya no será una elección: vendrá a hostias. Todo es incierto, todo es confuso, todo es complejo.

Dicen que no están llegando microchips para la industria del automóvil, que no están llegando los teléfonos móviles para la Navidad ni las bicicletas eléctricas que ahora se han puesto de moda. ¿Puede que sea un problema temporal y que en un año todo se solucione? Puede ser. Pero entonces, ¿cómo se explican otras cosas que echaremos en falta muy pronto, como el gas que viene de Argelia, el petróleo de Arabia Saudita, el litio de Chile o… por ejemplo, ¿cómo se explica que falte vidrio para embotellar el vino del Penedès y papel para imprimir libros cuando la mayor parte provienen del reciclaje y no dependen de los barcos de Maersk que vienen de Shanghái? El científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), experto en energía y autor de Petrocalipsis, Antonio Turiel, lo dijo hace poco: “Falta vidrio. Hablamos de un material reciclable y de proximidad, así que ¿en este caso también radica el problema en cuellos de botella logísticos? ¿No se trata más bien de que los costes energéticos de fundir vidrio ahogan a la industria?”

Demasiadas cosas juntas que parecían imposibles están sucediendo al mismo tiempo. Arabia Saudita reconoce que casi ya no le queda capacidad ociosa de producción de petróleo. Lo explican en el portal económico Sharecast. Los precios del propano en EEUU son tan elevados que los mercados predicen un “Armaguedon” durante los meses más duros del invierno. Lo dice el Financial Times. La falta de electricidad en Europa está afectando a la producción de silicio y de zinc, perjudicando, entre otras, la producción de placas solares. Tan solo el precio del silicio ha aumentado un 300% este año. Lo dice Reuters. Europa podría quedarse sin magnesio en poco tiempo, el 87% del cual proviene de China, y esto pararía la industria de transformación del aluminio, del titanio e incluso del acero: es decir, bicis, coches, aviones. Lo dice El Economista. El precio del algodón se duplica en apenas un año (más del 120% de aumento) y ahoga el sector textil. Los precios más altos en 10 años. Lo dice Forbes. La subida de los precios de los materiales de construcción ha hecho que las obras en el Estado español sean ya un 22% más caras y que 4 de cada 10 empresas estén cancelando o parando el trabajo. Lo dice La Vanguardia.

Y hablemos de cosas aún más serias: está subiendo y todavía subirá más el precio de la alimentación. Lo anuncian las patronales del sector. En agosto, el índice de precios de los alimentos ya había aumentado un 32,9% respecto a agosto de 2020. “Y lo que es peor: nuestros márgenes son estrechos y los costes se disparan”, aseguran. En estos 12 meses, los grupos de alimentos que utiliza la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para fijar el índice han evolucionado así: los cereales, como el trigo, la cebada o el maíz, suben un 31%; los lácteos, un 13%; la carne, un 22%, y el azúcar, un 9,6%. ¿Esto también tiene que ver con los cuellos de botella en Asia? Gustavo Duch, activista por la soberanía alimentaria, explicaba hace poco en un artículo en Ctxt: “Subirá el recibo de la comida por factores productivos derivados de la crisis climática, la desaparición de polinizadores o el agotamiento de insumos como los fertilizantes. Y por factores puramente capitalistas como la especulación.”

Por qué pasa todo esto ahora y todo al mismo tiempo

Demasiadas cosas juntas que parecían imposibles están sucediendo al mismo tiempo. Es cierto que las causas principales del colapso son los puertos colapsados, que el transporte terrestre no da abasto, la crisis del modelo just in time, que no almacenamos casi nada, las fábricas funcionan a medio gas en China o en Taiwán. Pero también hay causas de fondo, como una crisis energética global que no hace más que empeorar, una transición de los combustibles fósiles a las energías renovables mucho más compleja de lo que decían, el límite o pico del petróleo y de otras materias primas. Y en medio de todo esto está el factor de la elevada demanda de consumo: con una parte de la ciudadanía europea o norteamericana que tiene los bolsillos llenos (tras el ahorro forzoso del confinamiento por la pandemia de la Covid-19). Crisis sanitaria, crisis económica, crisis de la globalización, crisis energética y… crisis climática.

Probablemente los síntomas que estamos experimentando no son indicadores de un colapso total inminente. Habrá un invierno duro debido a la demanda de energía a causa del frío, y después mejorará en la primavera, y en verano volverá a crecer la demanda. “El proceso de crisis irá repitiéndose”, asegura Turiel. De todos modos, Luis González Reyes, miembro de Ecologistas en Acción y autor del libro La espiral de la energía, explicaba a los compañeros de El Salto que los síntomas que aparecen influyen en los factores que sí que llevarían a un colapso. “Estamos viviendo las primeras etapas del colapso”, decía. Hay fenómenos coyunturales y hay algunas cosa que han venido para quedarse. “Hemos de ser capaces de leer las coyunturas, que se recuperarán, como el desabastecimiento de bicicletas que ha habido; pero si miramos la articulación de las cadenas de producción globales, estamos ante un proceso sostenido y que tiene mar de fondo, que apunta hacia el colapso de la civilización industrial.”

Cada vez más investigadores e incluso la Agencia Internacional de la Energía reconocen que el planeta está llegando al límite de materias primas, al menos de las reservas conocidas. El citado Antonio Turiel y el activista de Extinction Rebellion y València en Transició, Juan Bordera, concluyen en el mejor artículo escrito hasta ahora sobre esta crisis en Ctxtque “el pico de todo tenía que llegar pronto o tarde, y está llegando”. Alicia Valero, que tiene conocimiento de la falta de minerales, confirma que “si seguimos a este ritmo, toda la transición ecológica y digital está en riesgo” porque “pasaremos de ser dependientes del petróleo a ser dependientes de toda la tabla periódica”. En su opinión, en los próximos años “habrá más paradas económicas y bajará el PIB: o cambianos el modelo, o la falta de recursos nos hará cambiar bruscamente el modelo”. Esto va en serio.

Y “en medio del marasmo de esta crisis total del capitalismo, de este pico de todo”, Turiel y Bordera reclaman que ahora debería ser el momento de relocalizar lo esencial, producir nuestros propios alimentos, asegurarnos los suministros básicos y el saneamiento del agua”. Decrecimiento, relocalización de la economía, salvar el agua, el aire y la alimentación… y disfrutar de los centenares de cosas que no contaminan.

Pero sobre todo hay una solución de este lío: “Tengo la solución: consume meeenos”, susurra al estilo joebiden. ¿Sabéis quién lo ha dicho? Un tal Morten Engelstoft, máximo ejecutivo de Maersk, la mayor empresa de transporte marítimo y de contenedores del mundo y una de las más afectadas por el caos. ¿Dónde lo ha dicho? En el Financial Times, la biblia capitalista. Abro comillas de la reflexión completa que hizo este empresario poco sospechoso de ecologismo radical: “Necesitamos un crecimiento más bajo del consumo para dar tiempo a la cadena de suministros para ponerse al día, o deberíamos repartir el crecimiento de manera diferente. La recuperación nos llevará un largo periodo de tiempo.”

 

11 noviembre 2021

Insisto: demasiadas cosas juntas que parecían imposibles están sucediendo al mismo tiempo (la frase, por cierto, no es mía: es del compañero Luis González Reyes).

04/11/2021

https://www.elcritic.cat/opinio/sergi-picazo/massa-coses-que-semblaven-impossibles-estan-passant-al-mateix-temps-107501

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El Tratado de la Carta de la Energía: el elefante del que nadie habla en la COP26

"Los seis años transcurridos desde el Acuerdo de París han sido los más calurosos de los que tenemos constancia. Nuestra adicción a los combustibles fósiles está llevando a la humanidad al borde del abismo. Nos enfrentamos a una dura elección: o lo detenemos o nos detiene". Con estas palabras el Secretario General de la ONU, António Guterres, abría el acto inaugural de la tan esperada Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en Glasgow (COP26), hace algo más de una semana. 

Después de dos años de espera –desde la celebración de la COP25 de Madrid en 2019– y una pandemia de por medio, la ciudadanía en todos los rincones del mundo sigue atenta las promesas de las y los líderes políticos. Pero, inevitablemente, una mezcla amarga de esperanza y hastío sobrevuela las negociaciones en la región escocesa. Como advertía la activista Greta Thunberg en el foro de la Juventud por el Clima de Milán semanas antes, llevamos 30 años de "bla bla bla" e inmovilismo a la hora de generar respuestas frente a la crisis climática. Y el planeta no puede esperar más.

La COP26 ha comenzado tras un verano marcado por episodios climáticos extremos –inundaciones, sequías e incendios– y el mensaje de "alerta roja" enviado por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) a través de su sexto y último informe del pasado 9 de agosto. El grupo de expertas y expertos alertan de que el cambio climático ya está afectando "todas las regiones de la Tierra", y de que muchos de los daños serán "irreversibles" durante "siglos o milenios". Por ello, urgen a los gobiernos a llevar a cabo "reducciones fuertes, rápidas y sostenidas de los gases de efecto invernadero". Algo que pasa, sí o sí, por la eliminación de los combustibles fósiles.

El carbón: tachado de muerte lenta

En el quinto día de la COP26, una coalición de más de 40 países anunciaron un acuerdo para eliminar gradualmente la producción de energía a partir de carbón (el combustible que más emisiones genera en su quema). Y es que el objetivo de "relegar el carbón a la historia" ha sido un punto clave de la estrategia del Reino Unido como anfitrión de la Cumbre de Glasgow. 

Mientras muchas organizaciones de la sociedad civil han celebrado la noticia, otras han criticado el plan de insuficiente y tardío: los países ricos tan solo se han comprometido a abandonar el carbón en la horquilla de "la década de 2030", una fecha poco ambiciosa. Algunas de las potencias que más emiten han quedado fuera del acuerdo. 

Sea como fuere, abandonar el uso del carbón es uno de los puntos clave para limitar el aumento de la temperatura global. Es indiscutible. Su eliminación ha llegado a ser calificada como "el paso más importante para alcanzar el objetivo de 1,5 grados del Acuerdo de París". Sin embargo, quedan muchas preguntas en el aire sin resolver que comprometen la consecución de este objetivo. Entre ellas: ¿qué mecanismos se implementarán para contrarrestar el descontento de los operadores que han invertido en centrales eléctricas de carbón?

El elefante fósil de la Cumbre del Clima

Hay un escollo del que nadie hablará en la COP26 que puede minar cualquier acuerdo alcanzado estas semanas para reducir el uso de combustibles fósiles: el Tratado de la Carta de la Energía (TCE). 

Se trata de un acuerdo internacional de los años 90 –firmado por 53 países de Europa, Asia y la UE en su conjunto– que protege las inversiones en el sector energético, pero sobre todo aquellas relacionadas con la industria del carbón, petróleo y gas. Solo en la UE, Reino Unido y Suiza, la infraestructura fósil protegida por el TCE asciende a 344.600 millones de euros, incluyendo oleoductos, yacimientos de petróleo y gas, así como centrales eléctricas de gas y carbón. En el caso del carbón, actualmente existen 61 centrales en todo el mundo que se benefician de la protección de inversiones que ofrece el Tratado, de las cuáles 50 se encuentran en Europa.

Gracias a su mecanismo de resolución de conflictos inversor-Estado (ISDS, por sus siglas en inglés), multinacionales e inversores extranjeros pueden disputar las decisiones soberanas de los gobiernos, aunque estas vayan encaminadas a proteger el clima y a la ciudadanía. El TCE les permite demandar a los Estados signatarios cuando consideran que han legislado en contra de sus beneficios económicos, presentes o futuros. Y las demandas no se resuelven ante tribunales ordinarios, sino ante un sistema paralelo de justicia en el que no hay jueces, tan solo tres árbitros privados que se reúnen a puerta cerrada y deciden si un país ha de pagar o no. 

Uno de los ejemplos más recientes es el de las demandas de las energéticas alemanas RWE y Uniper contra Países Bajos por su decisión de prohibir la producción de electricidad a partir de carbón en 2030. Una ley aprobada en diciembre de 2019 que se incluye dentro del plan de descarbonización del país para cumplir con el objetivo del Acuerdo de París. Las dos compañías reclaman al Gobierno holandés alrededor de 2.400 millones de euros en compensación por vulnerar sus expectativas de ganancias debido a las implicaciones que tendrá esta medida en el cierre de sus centrales que operan en el país, las cuales empezaron a funcionar a partir de 2015.

Pero existen muchos más casos. Italia se enfrenta a una demanda de 350 millones de euros por denegar un permiso de exploración petrolífera en sus costas a la compañía británica Rockhopper Exploration. Eslovenia podría verse obligada a pagar 120 millones a la empresa británica Ascent Resources por solicitar una evaluación de impacto ambiental a un proyecto de fracking. Y Alemania acumula dos demandas por prohibir la energía nuclear tras el accidente de Fukushima y por elevar los estándares de calidad del agua del río Elba para proteger la fauna y flora.

Durante la última década la industria fósil ha recurrido cada vez más al TCE para desafiar cambios en las políticas energéticas de los países ante tribunales privados. Una dinámica que se espera que continúe al alza durante los próximos años si los países no actúan de forma contundente.

¿Dónde están los recortes a los subsidios fósiles?

Otro tema que brilla por su ausencia en las negociaciones de la COP26 es la eliminación de subvenciones a la industria fósil. Y es que, aunque pueda sorprender, cada año las compañías de combustibles fósiles reciben miles de millones de dinero público. Solo en 2020, los países del G-20 proporcionaron conjuntamente casi 600.000 millones de dólares en subsidios y otros apoyos para estas actividades. Estas ayudas colaboran a que la industria más nociva del planeta se mantenga viva a pesar de la urgencia de reducir las emisiones. Y nadie se atreve a tocar esta bomba de oxígeno de la energía fósil, ni siquiera en una Cumbre del Clima decisiva para el futuro del planeta. Pero, ¿qué hay detrás? ¿A qué presiones invisibles están sometidos los Estados? 

Es de sobra conocido que el TCE también puede tener un efecto disuasorio en los gobiernos a la hora de tomar decisiones valientes para proteger el clima. En palabras del científico español Fernando Valladares: "Es completamente incuestionable que el tratado hace temblar a muchos países a la hora de reorientar su política energética. Ante un posible escenario de demandas multimillonarias que comprometen los presupuestos públicos, a veces los gobiernos prefieren pensárselo dos veces". Y esto mismo se puede aplicar a los subsidios en combustibles fósiles: su retirada podría desembocar en una oleada de demandas contra los Estados en cuestión.

Nunca podremos conocer el número de leyes y medidas imprescindibles que se han quedado en un cajón a causa de este tratado. Tampoco podemos predecir qué medidas podrían desencadenar nuevas demandas. Lo que sí sabemos es que el TCE es un cheque en blanco para las multinacionales e inversores y un freno a la transición energética.

Jaque mate a las arcas públicas

Hasta la fecha existen 142 demandas conocidas bajo el TCE y una cantidad total reclamada a los Gobiernos signatarios de alrededor de 52.000 millones de euros, lo que equivale a más de la mitad del fondo anual de adaptación al cambio climático para los países del Sur global, prometidos en la cumbre de Copenhague de 2009.

El 1 de noviembre veíamos a Pedro Sánchez anunciar que España incrementará un 50% la financiación contra el cambio climático, para llegar así a los 1.350 millones de euros anuales en 2025. Una cifra que salta a la vista si consideramos la deuda que acumulan las arcas públicas españolas bajo el TCE.

España ha recibido 50 demandas por los cambios legislativos en los subsidios a las energías renovables entre 2008 y 2014. Con 18 demandas resueltas a favor de los inversores, ya ha sido condenada a pagar 971 millones de euros en concepto de indemnización, pero la suma total reclamada supera los 10.000 millones de euros. Es decir, España tiene que pagar casi la misma suma que Pedro Sánchez se ha comprometido a aportar en la lucha contra la crisis climática, pero podría tener que llegar a desembolsar 7,5 veces esta cantidad.

Continúa la modernización abocada al fracaso

De forma paralela a la COP26, ha dado comienzo la octava ronda de negociaciones para modernizar el TCE. Un proceso abocado al fracaso que comenzó hace ya dos años y que se dilata indefinidamente en un tiempo que no tenemos.

Hasta la fecha no se ha avanzado nada en la eliminación de la protección de las inversiones en combustibles fósiles. La propuesta más ambiciosa que hay encima de la mesa –de la Comisión Europea (CE)– blindaría las inversiones en energía fósil durante otros 10-20 años. Y aún así, países como Kazajistán ya han mostrado su rechazo. Otros países como Azerbaiyán, Turkmenistán o Japón, cuyas economías dependen directamente del petróleo, el carbón o el gas, son claros detractores de cualquier reforma que implique el abandono de la energía fósil. Un hecho decisivo ya que para modificar el Tratado se requiere la unanimidad por parte de las 53 partes signatarias del TCE.

A pesar de las buenas palabras que estamos viendo por parte de un gran número de países en la Cumbre de Glasgow, sólo Francia, España, Polonia y Grecia han declarado su intención de abandonar el Tratado si la modernización fracasa. Una decisión que más de 400 organizaciones de la sociedad civil en todo el mundo –entre ellas Ecologistas en Acción y la campaña estatal No a los Tratados de Comercio e Inversión– consideran "indispensable" y que debería anunciarse no más tarde de esta Cumbre de Glasgow.

La celebración de una octava ronda de negociaciones en plena COP demuestra una vez más que los intereses detrás de este tratado están a años luz de la consecución de políticas climáticas efectivas.

Si la COP26 debe servir para incrementar la ambición climática, ¿por qué no se hablará del TCE? ¿A qué esperan los países para salir de un tratado que les ata de pies y manos a los combustibles fósiles?

10/11/2021

Publicado enMedio Ambiente
Aún resta una semana de negociaciones climáticas

Jóvenes, pueblos indígenas, sindicatos, organizaciones de la sociedad civil y más, muchos más, están marchando este sábado por las calles de Glasgow, en Escocia, al cierre de la primera semana de la Conferencia de Naciones Unidas sobre cambio Climático o COP26

“No es un secreto que la COP26 es un fracaso. Debería ser obvio que no podemos resolver la crisis con los mismos métodos que nos metieron en ella en primer lugar”, dijo la activista juvenil Greta Thunberg ayer, luego de una marcha organizada por Fridays For Future en esta ciudad. Frente a unas 25.000 personas, la joven activista acusó: “La COP se ha convertido en un evento de relaciones públicas, en el que los líderes pronuncian discursos bonitos, y anuncian compromisos y objetivos extravagantes, mientras que detrás de las cortinas los gobiernos de los países del Norte Global siguen negándose a tomar ninguna medida drástica sobre el clima”.

Sus palabras resuenan en los pasillos de una COP que, efectivamente, esta semana fue escenario de grandes anuncios y promesas por parte de los Jefes de Estado de muchos países. Entre ellos, los Estados Unidos, India y el anfitrión, el Reino Unido, y, del lado de América Latina están Argentina, Colombia y Costa Rica, entre otros. La ausente presencia de los presidentes de China, Rusia y Brasil, tres de los grandes contaminadores e impulsores de la crisis climática a nivel global, no pasó desapercibida, al punto que el propio Joe Biden, mandatario estadounidense, apuntó que fue “un gran error” de su parte no ir.

Tal fue el nivel de anuncios que se presentaron en los primeros días de esta Cumbre del Clima, que, opinan algunos observadores, existe el riesgo de que se pierda de vista cuán efectiva o no está siendo esta reunión para resolver los temas que están en la agenda de los negociadores. En estas palabras lo expresó Mohamed Adow, director del think tank sobre energía y clima Power Shift Africa: “La COP26 corre el riesgo de ahogar a la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) en un bombardeo de anuncios. Estos pueden generar titulares, pero evaluar su verdadero valor es enormemente difícil, especialmente en la velocidad de una reunión de la COP. Son un caramelo para la vista, pero el subidón de azúcar que proporcionan son calorías vacías”.

Lo que sí

Entre las promesas que se hicieron en estos días, se destacan el Acuerdo sobre los Bosques y el Uso de la Tierra que se propone frenar la deforestación a nivel planetario para 2030; y el Compromiso Mundial sobre el Metano, que busca reducir las emisiones globales de este gas de efecto invernadero (el segundo más preocupante después del dióxido de carbono) en al menos un 30% para 2030, versus 2020, lo que —calculan los científicos— podría eliminar 0,2°C de calentamiento para 2050. 

Quizás aún más contundente, por las repercusiones económicas que plantea, es el acuerdo sellado por 190 países, regiones y organizaciones para eliminar progresivamente la energía a carbón, no construir nuevas centrales eléctricas alimentadas por este combustible fósil y cerrar las existentes. Importante aquí: entre los firmantes se incluyen países con una significativa capacidad energética a carbón, como Canadá, Chile, Alemania, Italia, España y Vietnam.

“Estos países quieren eliminar el carbón. La lista también incluye a los financieros, lo que subraya que el dinero inteligente está en la energía limpia, no en el carbón”, afirma Dave Jones, Global Lead del think tank Ember. “Hasta ahora, la historia del carbón desde París se ha centrado en cómo detener la construcción de nuevas centrales eléctricas. Este anuncio mueve los postes de la ambición de ‘no al carbón nuevo’ a ‘eliminar el carbón’ por completo.”

A ello se suma que, pocas horas después, más de 20 países —entre ellos, el Reino Unido, los Estados Unidos, Canadá e Italia— definieron frenar el financiamiento público internacional a los combustibles fósiles en 2022, para dar prioridad a las energías limpias. ¿El impacto de esta decisión? Dependiendo de la lista final de firmantes (se publicarán los próximos días), el desplazamiento directo de al menos US$18.000 millones al año de los fósiles a las renovables, algo que puede darle a las transiciones energéticas hacia economías descarbonizadas el impulso que necesita.  

Financiamiento: ¿el dinero está o no está?

Ahora bien, resta ver cómo todos estos anuncios y promesas se traducirán en acciones. De momento, no parecen estar ayudando a destrabar los puntos contenciosos de la negociación que deberían definirse antes de que esta COP termine. Pasados los discursos de los Jefes de Estado, comenzó el trabajo fino. Esto es, la tarea técnica de ir limpiando los textos y buscando compromisos para avanzar con los temas más complicados de la agenda.

Entre ellos se incluye el financiamiento. En 2009, en la COP15 de Copenhague (Dinamarca), los países desarrollados se comprometieron a aportar US$100.000 millones anuales entre 2020 y 2025 para ayudar a los países en desarrollo y más vulnerables en sus estrategias de mitigación y adaptación al cambio climático. En ese mismo marco, también acordaron trazar un plan para elevar la vara a partir de 2025. Pero, el dinero no está. Se estima que se movilizaron casi US$80.000 millones en 2019. Y los países desarrollados no están pudiendo demostrar que honrarán el compromiso en 2021, ni cómo lo cumplirán en los próximos años.

Poco es lo que se avanzó sobre este tema en los primeros días de esta cumbre y los presidentes se fueron sin haber hecho anuncios rimbombantes de cuánto aportarán al Fondo Verde del Clima. Sigue sin haber un plan claro de cómo se honrará este compromiso, que por muchos es visto como un prerrequisito para el éxito de esta COP26 y algo crucial no sólo para aumentar la ambición climática global, sino también para construir confianza entre los países. Lo dijo Sonam P Wangdi, presidente del grupo LCD (los países menos desarrollados), antes de que empezara la COP: “En Glasgow, comenzaremos a negociar un nuevo objetivo financiero colectivo, que debemos acordar antes de 2025. Pero, ¿cómo pueden los países desarrollados fomentar nuestra confianza antes de estas conversaciones cruciales cuando sus actuales promesas de financiación siguen sin cumplirse? No habrá acuerdo en la COP26 sin un acuerdo financiero”. 

“Los US$100.000 millones que se prometieron a los países en desarrollo para apoyar la adaptación y la mitigación no se han proporcionado y aquí estamos, 12 años después, esperando que la financiación se materialice. Será necesario que la Presidencia británica haga un gran esfuerzo si queremos salir de Glasgow con algún acuerdo real, aparte de la serie de declaraciones que dan bombo y platillo, pero que se quedan en nada”, señala Adow. Y agrega: “Tienen que dar garantías a los países vulnerables de que la financiación va a llegar; aumentar la parte de la financiación de la adaptación para dar apoyo a los países pobres que sufren los impactos del cambio climático; y para esas cuestiones tan olvidadas de Pérdidas y Daños tenemos que movilizar alguna financiación, seria para poder dar apoyo a las comunidades”.

Artículo 6: ¿reglas claras o green washing?

Otro de los puntos difíciles de la agenda de esta COP26 es el Artículo 6, el único del Acuerdo de París que queda por reglamentar (ya son varias las cumbres que han ido y venido sin poder dar punto final a esta discusión). Se trata de los mecanismos de cooperación internacional, de mercado y no mercado, para que los países puedan comercializar reducciones de emisiones de carbono y fortalecer sus metas climáticas.

¿Por qué cuesta tanto resolverlo? Desacuerdos sobre distintos temas técnicos están en el camino, con posiciones que —parecen— irreconciliables entre los países. Entre ellos, cómo evitar la doble contabilidad de las emisiones (esto es, uno reduce sus emisiones, pero las vende, entonces, ¿en qué inventario se incluye esa reducción?), si se transferirán o no al nuevo esquema créditos previos que surgen del Protocolo de Kioto, y si se debe asignar un porcentaje de los ingresos para financiar la adaptación a las medidas climáticas. 

Al cerrar la COP25 (en Madrid, España, en diciembre de 2019), había tres textos de trabajo y no mucha idea de cómo continuar. Las reuniones previas a esta COP26, no mostraron muchos avances en la materia. En esta primera semana, sin embargo, algo lentamente comenzó a gestarse y los tres textos se consolidaron en uno. Todavía no está claro si se llegará al final de esta reunión con un Artículo 6 consensuado, pero lo que sí que es mucho lo que está en juego: la creación de un reglamento sólido es esencial, ya que sus normas influirán en la gobernanza de los mercados internacionales de carbono. Esto es, podría destrabar financiamientos adicionales y reducir los costos de bajar las emisiones.

En cambio, normas más débiles podrían darles buenas excusas a los países para no reducir sus emisiones. Algunos observadores incluso creen que esto podría socavar la solidaridad entre los países o peor aún, menoscabar el Acuerdo de París. Por este motivo, afirman desde el think tank londinense Chatham House, llegar a un mal acuerdo “podría ser peor que no llegar a ningún acuerdo”.

Lo que no 

Más allá de los anuncios y los progresos (o falta de…) en las negociaciones, lo que está en boca de todos en los pasillos de esta COP —que había sido anunciada por el Gobierno británico como “la más inclusiva de la historia”— son los problemas para el acceso y la participación.

Para entrar al centro de convenciones deben hacerse colas (en las que la distancia social escasea y el uso de tapabocas no es reforzado) de hasta dos horas. Hay una única entrada y unas 10.000 personas deben atravesarla cada día. Las cuentas no cierran. Sumado a ello, la Presidencia de la COP26, ejercida por Reino Unido, limitó el número de observadores (la sociedad civil) que puede estar presente en las salas de negociación, un elemento fundacional de estas conversaciones y clave para garantizar la transparencia de los procesos. 

Esta fue la razón por la que, el lunes pasado, la coalición de ONGs Climate Action Network Internacional (CAN) le otorgó el tradicional premio “Fósil del Día” a la Presidencia de esta COP y a la CMNUCC.

“El espíritu de inclusión ha puesto de manifiesto lo que mejor saben hacer los británicos, el arte de hacer cola, durante horas en algunos casos. Las personas que han invertido tiempo y recursos para viajar a Glasgow han esperado pacientemente sólo para descubrir que ‘no hay sitio en la posada’ para la sociedad civil y se les ha dicho que ‘se unan a los eventos de forma online’, para luego descubrir que estaban desconectados. Podríamos habernos quedado en casa, aunque nos habríamos perdido el clima”, dijo la organización en un comunicado.

“La sociedad civil debe ser tratada como un socio con igualdad de acceso: todos tenemos el mismo objetivo de evitar el colapso climático. Tienes dos semanas para dirigir un proceso de negociación exitoso y cultivar un entorno de negociación productivo en un momento de importancia crítica. Están avisados: ¡estamos observando y no vamos a hacer cola!”.

| 08/11/2021

Este artículo es parte de COMUNIDAD PLANETA, un proyecto periodístico liderado por Periodistas por el Planeta (PxP) en América Latina, del que Ojo al Clima forma parte. Licencia Creative Commons con mención del autor/es.

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"La COP26 es un fracaso": Greta Thunberg describe la cumbre climática como un "evento de relaciones públicas donde los líderes dan hermosos discursos"

 "La COP26 ha sido calificada como la más excluyente de la historia, pero ya no es una conferencia climática, [...] es un festival global de lavado verde", aseveró la activista.

Durante la manifestación realizada frente a la sede de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP26) en Glasgow (Escocia, Reino Unido), Greta Thunberg declaró que esa cumbre devino en un "evento de relaciones públicas" y criticó a los líderes mundiales por convertir las discusiones urgentes en un "festival verde".

"La COP se ha convertido en un evento de relaciones públicas, donde los líderes están dando hermosos discursos y anunciando compromisos y objetivos sofisticados, mientras que detrás de las cortinas los gobiernos de los países del Norte Global todavía se niegan a emprender cualquier acción climática drástica", puntualizó Thunberg.

"No es un secreto que la COP26 es un fracaso. Debería ser obvio que no podemos resolver la crisis con los mismos métodos que nos llevaron a esta situación", dijo la activista. 

Asimismo, Thunberg acusó a los organizadores del encuentro de permitir que se convierta en un "festival de lavado verde". "La COP26 ha sido calificada como la más excluyente de la historia, pero ya no es una conferencia climática, [...] es un festival global de lavado verde, [...] una celebración de dos semanas de negocios como siempre y bla, bla, bla", sostuvo Thunberg.

El término 'lavado verde' (o blanqueamiento verde) alude a la desinformación producida por una entidad para presentar una imagen pública de responsabilidad ambiental

Publicado: 5 nov 2021

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