¿Abolición del trabajo? Una idea clave para la construcción de la sociedad poscapitalista

Podría decirse que el pensamiento marxista, desde sus inicios y especialmente a partir de los debates en torno a las diferentes experiencias nacionales de construcción del socialismo, ha estado sometido a una tensión particular: productivismo frente antiproductivismo, centralidad normativa del trabajo frente a «desprecio» del mismo, etc. Siempre estuvo claro que la crítica de la economía política de Marx aspiraba a la abolición de la propiedad privada de los medios de producción: como es bien sabido, incluso los textos más sencillos o «divulgativos», por así decirlo, como el Manifiesto Comunista, hacen hincapié en la condición histórica, y por tanto contingente, de la forma burguesa de propiedad, que debe ser superada mediante fórmulas colectivas de carácter social que no se funden en la apropiación privada del plustrabajo ajeno. Sin embargo, la idea de la abolición del trabajo per se no ha conseguido alcanzar la unanimidad: a lo largo de los últimos siglos una gran variedad de propuestas —desde la «alegría de la producción» y el «disfrute del producto» que comporta el trabajo no alienado para el «joven» Marx [1] hasta el «derecho a la pereza» de Lafargue [2], pasando por el estajanovismo soviético— da fe de la complejidad de la cuestión. Tomando como punto de partida un sentido amplio del concepto de abolición, expondremos brevemente la utilidad de reflexionar, desde las problemáticas a las que nos enfrentamos en nuestro presente, no solo sobre la necesaria abolición del mecanismo que asegura la plusvalía, sino también sobre el cuestionamiento radical de la categoría de trabajo tal y como la conocemos.

El comunismo es "el poder de los soviets más la electrificación"

Cuando Lenin formuló esta famosa frase, la propia supervivencia de la Unión Soviética estaba en entredicho a causa de la violencia ejercida por los Estados-nación capitalistas, que habían orquestado un acoso sin precedentes contra ella. De hecho, la NEP fue concebida como una forma de darle alcance a Occidente e incluso de superarlo: estaba claro que la experiencia histórica del socialismo y los valores que la respaldaban estaban profundamente ligados a la tradición modernizadora occidental [3] (por lo que, en todo caso, lo que algunos clamaron como su «derrota» no puede sino poner en duda toda la narrativa occidental en la que esta se fundaba: progreso constante, conquista de la naturaleza, etc., como hizo, por ejemplo, Bolívar Echeverría [4]). La utopía bolchevique —la promesse de bonheur para los históricamente desposeídos— se basaba en la glorificación de una carencia: la «cultura de la máquina» era un síntoma, en un país altamente agrícola y feudalizante, de la falta de «patrimonio industrializador»; el arte constructivista, por poner un ejemplo, era una especie de apología de la subjetividad propia de la fábrica, que resultaba minoritaria (esto es, constituía de alguna manera una sobrecompensación que merece, por lo demás, toda la admiración y cuyo poder sugestivo pervive). El constructivismo aspira a acabar con la historia del arte concebida como la justificación del pasado y, para eso, se consagra a entender y recrear la especificidad de la producción. Esta es una reflexión estimulada por un libro muy interesante de Susan Buck-Morss, Dreamworld and Catastrophe. The Passing of Mass Utopia in East and West (2000), en el que la autora expone, siguiendo un hilo conductor estético, el paralelismo existente entre la industrialización capitalista y el modelo soviético de desarrollo industrial (especialmente tras el primer plan quinquenal). Sería erróneo pensar, de todas formas, que la historia estaba tomando una dirección unívoca e irreversible, pues los «peligros» antedichos ya eran percibidos con gran clarividencia entonces: «(…) la intención constructivista se quedó bajo la forma de imitación ingenua y diletante de las construcciones técnicas, imitación que solo se remite a una veneración hipertrofiada del industrialismo de nuestro siglo» [5].

Si bien es cierto que Engels especificó que el Estado revolucionario debía organizar «la producción social según un plan preestablecido» para garantizar el «desarrollo de la producción» [6], no va de suyo que la Rusia soviética debiera adoptar necesariamente la definición de industria pesada hegemónica de la modernización económica capitalista. También es cierto, por otra parte, que habría sido muy difícil sobrevivir durante casi un siglo, y especialmente afrontar un conflicto armado de la magnitud de la Segunda Guerra Mundial, sin el respaldo de una industria sólida y fuerte. Pero eso se hizo a costa de abandonar (sería mejor decir «minimizar») el deseo utópico (que consiste en la comodidad material, por supuesto, pero también en la capacidad de imaginar relaciones humanas alternativas), por decirlo de algún modo. Según Buck-Morss, los soviéticos «perdieron la oportunidad de transformar la idea misma de "desarrollo" económico» y se vieron obligados a «producir una utopía fuera del propio proceso de producción» [7]. Además, esta situación tuvo ciertas consecuencias evidentes en el ámbito de la cultura, favoreciendo el desarrollo de un reino de lo kitsch y de una cultura de masas en el seno mismo del llamado «socialismo real», tal y como ha estudiado, además de Buck-Morss, el crítico Boris Groys, entre otros [8].

Así, la reproducción «a la rusa» de la industrialización y la técnica capitalistas no pudo alterar sustancialmente la concepción del trabajo como una actividad alienada en la que el trabajador «se siente como un animal», hablando sencillamente [9]. Objetivamente, no había extracción de plusvalía como tal —o tal vez esta quedaba en manos de una clase no capitalista—; sea como fuere, aun suponiendo que se hubiera abolido el trabajo asalariado, el proceso de producción era similar en términos prácticos en lo que respecta a los trabajadores: la alienación seguía presente, como si fuera un elemento más de la cadena de montaje. La imitación demasiado fiel, en este sentido, del capitalismo —lo que Charles Bettelheim y otros llamaron «capitalismo de Estado» [10]— no evitaba e incluso amparaba el impacto sensorial que la producción fabril tenía sobre los trabajadores: a este respecto, Buck-Morss nos invita a relacionar el famoso concepto bejaminiano de shock, que se refiere a la experiencia estética de la modernidad propiamente urbana, con el contexto de la construcción del socialismo en la Unión Soviética. Desde el punto de vista cognitivo, nada diferenciaba al trabajador moscovita del inglés, por ejemplo; el sistema fordista (que fascinaba en la Unión Soviética y al que Gramsci, por cierto, dedicó elogiosas palabras en sus cuadernos de la cárcel) seguía paralizando la imaginación del trabajador, condenándolo a dar respuestas condicionadas o automáticas. Todo esto plantea al menos una pregunta: ¿en qué medida se produjo realmente la abolición de todos los aspectos del trabajo asalariado? Aunque el socialismo, según el esquema marxista-leninista clásico de las etapas del desarrollo histórico —que esbozaba, por poner un ejemplo, Bujarin ya en 1919 [11]—, no implicaba la desaparición del Estado (y por lo tanto es posible imaginar que ciertas categorías económicas del sistema de producción capitalista siguieran vigentes), quizás una de las razones que explican en lo profundo la derrota de la Rusia soviética fuera la de que eternizó en tiempo y forma un determinado modelo de industrialización.

Caos climático o desarrollo de las fuerzas productivas: ¿quién acabará con el trabajo?

Otra cosa que, lamentablemente, la Unión Soviética reprodujo del capitalismo con más exactitud de la que hubiera debido fue la falta de conciencia sobre los efectos que la intervención humana tiene a gran escala sobre la naturaleza. Con todo, conviene no olvidar que, como demuestra magistralmente Andreas Malm, es sobre todo la dinámica de la autovalorización del valor propia del capital la que, en primera y última instancia, en virtud de su esencia misma, está detrás de la degradación del planeta [12]. Pero incluso si, como se debe, valoramos con justicia, al margen de sus insuficiencias, los innumerables éxitos de uno de los mayores proyectos de organización social alternativos al capitalismo, el problema al que se enfrenta nuestro mundo hoy no es simplemente —o no solo, en el caso de las industrias deslocalizadas en los países del Sur global— que las cadenas de montaje alienen a los trabajadores (tanto en los países socialistas como en los capitalistas). El problema es que, si nada cambia, el cambio climático hará imposible la posibilidad misma de la producción alienada (y de cualquier otra), aniquilando la viabilidad de la vida en sociedad. Ahora mismo está claro que la utopía de la abolición, «aplicada» al proceso de producción, como sugería Buck-Morss, debía y debe implicar necesariamente un cambio radical de las expectativas puestas en la explotación de los recursos naturales y de los animales.

Por lo tanto, también parece evidente que, aunque hubiera conseguido acabar con el componente alienante, la URSS solo podría haber proyectado una abolición real y satisfactoria, por así decirlo, del trabajo asalariado si hubiera tenido en cuenta la necesidad, igualmente importante, de proyectar una «visión del mundo» orientada a la ecología, por utilizar el término de Lucien Goldmann. El socialismo, que sigue siendo hoy el horizonte para una verdadera democratización de la vida, no podrá ser nunca más, en cambio, eso más la «electrificación» (si por esta entendemos algún tipo de utilización masiva de los combustibles fósiles, por ejemplo). Lo que todo ello nos demuestra es que solo el análisis histórico crítico y riguroso puede ayudarnos a transformar verdaderamente la realidad, permitiéndonos extraer las lecciones pertinentes de las experiencias pasadas. En estas condiciones, cabe preguntarse si a la abolición forzosa y trágica del trabajo a manos del cambio climático podría oponérsele, en un sentido liberador, lo que se denomina «desempleo tecnológico». Esta es una de las cuestiones que la economía política de nuestro siglo debe afrontar.

En este sentido, puede que el cambio climático no sea la única razón para pensar la desaparición forzada del trabajo. Según Aaron Bastani, que propone un modelo de sociedad que bautiza como «comunismo de lujo totalmente automatizado», la creciente desigualdad de la que somos testigos en el mundo está vinculada a varios tipos de crisis (además de la crisis ecológica y climática ya mencionada), entre ellas la que se vincula a una nueva era tecnológica que amenaza con provocar «un desempleo creciente a medida que las máquinas realizan progresivamente más trabajo físico y cognitivo y sustituyen a los humanos» [13]. El desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo ha conducido a una concentración cada vez mayor de la riqueza y a un aumento del desempleo tecnológico —debido a la automatización del trabajo y la consiguiente pérdida de empleo humano (o desplome del precio de la fuerza de trabajo)—, pero no siempre tiene por qué ser así. La digitalización, que sigue un progreso exponencial según la ley de Moore, permite concebir, incluso a corto plazo (siempre que haya una verdadera voluntad política de actuar, por supuesto), una sociedad en la que las máquinas realicen la mayor parte de las tareas, dejando a los humanos mucho tiempo para el autodesarrollo. Esto significaría, en última instancia, de acuerdo con Bastani, que el capital «se convierte en trabajo», es decir, que «las herramientas producidas por el ser humano pueden realizar cualquier tarea» [14]. Todo esto, junto con una distribución equitativa de los recursos y de servicios básicos de carácter universal (lo que implicaría revertir completamente la famosa «acumulación por desposesión» del neoliberalismo), podría finalmente fundar una lógica más razonable en las relaciones sociales: la superación, por fin, del «reino de la necesidad». Se trataría, en resumidas cuentas, de un desarrollo de las fuerzas productivas con un fuerte sentido de la justicia social.

Dado que la automatización del trabajo es probablemente imparable (en el sentido de que, históricamente, el desarrollo de las fuerzas productivas no puede ser obstaculizado), la posición más inteligente —y, con toda probabilidad, también la más difícil— sea la de disputarle al capital el significado y el sentido último de esa automatización: un intento desesperado de las élites para evitar la caída de la tasa de ganancia del capital o una solución democrática a la precariedad de gran parte del mundo y a la crisis climática. De hecho, el capitalismo ha construido su narrativa de legitimación ideológica a partir de la noción de escasez (de recursos, de bienes...), que es lo que justificaría la competencia en el mercado y la intervención etérea de la supuesta «mano invisible»; pero, por ejemplo, el grado de sofisticación alcanzado por la tecnología de las energías renovables —que debería seguir superándose a sí misma, de nuevo, por la Ley de Moore— demuestra que es posible concebir un escenario de abundancia —si bien es igualmente prioritario cuestionar qué abundancia, o bajo qué criterios éticos la entendemos— que también sea respetuoso con el medio ambiente. Puede resultar curioso recordar que la monumental Critique de la raison dialectique de Sartre polemizaba con Marx precisamente en este punto: en el hecho de que la abolición del trabajo asalariado (o de la propiedad privada) no basta, dice el filósofo, para superar cualquiera de las formas de enajenación, pues el ser humano seguirá siendo esclavo de su mundo material mientras esté enfrentado a una relación con el medio marcada por la escasez (no una escasez objetiva, sino, de nuevo, resultado de una determinada relación práctica del ser humano con su medio) [15]. Así, en un contexto de automatización del trabajo en el que la tecnología y la información sean accesibles para todos en el sentido anteriormente apuntado, es concebible que la abolición del trabajo asalariado pueda significar simplemente la abolición del trabajo.

En busca del mejor de los mundos posibles

La industrialización de la URSS —y la reflexión que sigue podría hacerse extensible al caso chino— sentó un precedente para la economía política durante gran parte del siglo XX: la presencia de una industria fuerte era una garantía de soberanía frente a la agresividad de los países capitalistas. Por otro lado, no sería justo atribuirle sin más a estos países el grueso de la responsabilidad en materia de emisiones, por ejemplo, que está probado que corresponde en gran parte al conjunto de países imperialistas que se industrializaron en el siglo XIX, que expolian y consumen las materias primas del Sur global y que, en un intento desesperado por continuar haciéndolo sine die, trasladan allí la generación de emisiones. La justicia climática debe ser otra cosa. Si bien eso es totalmente cierto, el resultado distó mucho de alcanzar la utopía que ha caracterizado al pensamiento socialista desde sus inicios. Lo que lo impidió no fueron el fordismo o la industrialización como tal (al igual que el problema del desempleo tecnológico actual no es la automatización creciente), sino la infravaloración del factor ambiental y de la importancia de las dinámicas alienantes, por decirlo de forma muy simplificada. En definitiva, lo que resulta difícilmente discutible es que por el camino desbrozado por el productivismo —aquello que hizo enloquecer a Fausto— no se ha podido llegar al destino de la abolición del trabajo, aunque hayamos contado con oasis de gran envergadura. En el libro tercero de El capital, compendiado y editado tal y como hoy lo conocemos, como se sabe, por Engels, Marx afirma: «De hecho, el reino de la libertad sólo comienza allí donde cesa el trabajo determinado por la necesidad y la adecuación a finalidades exteriores (...). Allende el mismo empieza el desarrollo de las fuerzas humanas, considerado como un fin en sí mismo, el verdadero reino de la libertad, que sin embargo sólo puede florecer sobre aquel reino de la necesidad como su base. La reducción de la jornada laboral es la condición básica» [16]. Esta cita no corresponde a un pretendido argumento de autoridad, pero es útil para revelar precisamente cuánto de terra incognita alberga aún, en términos prácticos y en la línea de lo que hemos venido sugiriendo, la obra de un pensador cuando menos estimulante. Nikolai Tarabukin, historiador del arte y activo miembro del Proletkult, se mostraba abiertamente contrario a la institución del museo, cuyas salas, «cementerios del paseísmo», hacinaban las pinturas dejándolas fenecer, cuando lo adecuado sería darles su espacio en la vida práctica. Y advertía, como pronunciando un vaticinio que, más tarde, oprimiría «como una pesadilla el cerebro de los vivos»: «toda la tempestad revolucionaria encontrará su calma en los cementerios del museo» [17]. La analogía puede funcionar para lo que aquí se ha propuesto: toda tempestad que anhele una revolución del modo de producción en un sentido progresivo tendrá que evitar la comodidad de los cementerios de la imitación acrítica, del desarrollismo desenfrenado, del complejo de inferioridad.

Este escrito no trataba de arrojar sin más a la laguna Estigia de la condena moral a este tipo de experiencias históricas que tuvieron que enfrentarse, como decimos, a unos desafíos nunca antes planteados y a una presión injerencista sin igual, sino de explorar, evitando toda suerte de determinismos, cuáles han sido las limitaciones endógenas y exógenas de esos proyectos autocondebidos como emancipadores, y qué de su legado puede contribuir con validez a la edificación de un futuro más digno de recibir tal nombre.

‍Por Violeta Garrido, filósofa

 [1] Karl Marx, Manuscritos económico-filosóficos, Madrid, Alianza, 2008, p. 47.

[2] Paul Lafargue, El derecho a la pereza, Madrid, Maia ediciones, 2012.

[3] Lucio Colletti, From Rousseau to Lenin, Nueva York, Monthly Review Press, 1972.

[4] Bolívar Echeverría, Las ilusiones de la modernidad, México D.F., UNAM/El equilibrista, 1995.

[5] Nikolai Tarabukin, El último cuadro, Barcelona, Gustavo Gili, 1977, p. 42-43.

[6] Friedrich Engels, Socialismo utópico y socialismo científico, Madrid, Fundación Federico Engels, 2006, p. 88.

[7] Susan Buck-Morss, Mundo soñado y catástrofe, Madrid, Antonio Machado Libros, 2004, p. 136.

[8] Borys Groys, Obra de arte total Stalin, Valencia, Pre-Textos, 2019.

[9] Karl Marx, op. cit., p. 60.

[10] Charles Bettelheim, Las luchas de clases en la URSS. Primer periodo (1917-1923). Madrid, Alianza, 1976.

[11] Nikolai Bujarin, ABC del comunismo, Barcelona, Fontamara, 1977, p. 198.

[12] Andreas Malm, Capital fósil, Madrid, Capitán Swing, 2020.

[13] Aaron Bastani, Comunismo de lujo totalmente automatizado, Valencia, Antipersona, 2020, p. 38.

[14] Ibid, p. 94.

[15] Jean-Paul Sartre, Crítica de la razón dialéctica (2 vols.), Buenos Aires, Losada, 1963.

[16] Karl Marx, El capital, Tomo III, Vol. 8, México D.F., Siglo XXI, p. 352.

[17] Nikolai Tarabukin, op. cit., p. 62.

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Sábado, 22 Enero 2022 06:12

Que ni se te ocurra

Ceremonia con motivo del centenario del Partido Comunista de China, en la plaza de Tian´anmen, en Beijing, China, en julio de 2021 XINHUA, SHEN HONG

China impone el silencio en Hong Kong

En el enclave, los últimos periódicos y sindicatos prodemocracia están siendo cerrados. Van quedando pocas vías legales para expresar el descontento con Beijing.

Xia Baolong, jefe de la Oficina de Asuntos de Hong Kong y Macao de China, instó el mes pasado al pueblo de Hong Kong a votar en las elecciones legislativas del 19 de diciembre. «No es solo un voto por sus candidatos preferidos, sino también un voto de confianza en el principio de “un país, dos sistemas”», dijo (la fórmula ideada en la década del 80 que se suponía que garantizaba la autonomía de Hong Kong luego de que el enclave regresara a la soberanía china en 1997). El 19, la mayor parte del electorado rechazó la invitación de Xia. Solo 1,35 millones de personas (el 30 por ciento del electorado) acudieron a votar por los concejos distritales sometidos a votación, muy lejos de los 2,94 millones (el 71 por ciento del electorado) que votaron en las elecciones distritales de noviembre de 2019.

En aquellas elecciones de hace dos años, llevadas a cabo en el punto álgido de las enormes protestas que sacudieron la ciudad (véase «El consenso imposible», Brecha, 12-VI-20), los candidatos prodemocráticos ganaron casi 400 de los 452 escaños disponibles y se hicieron con el control de 17 de los 18 concejos distritales. En las elecciones del mes pasado, celebradas luego de que la Asamblea Popular Nacional de China introdujera una reforma del sistema electoral hongkonés que hizo prácticamente imposible que las figuras de la oposición se presentaran, los candidatos «patrióticos» pro-Beijing ganaron el 100 por ciento de los escaños.

«La legislatura ya no degenerará en una guarida de políticos anti-China, anticomunistas y secesionistas», escribió Lau Siu-kai, vicepresidente de la Asociación China de Estudios de Hong Kong y Macao, en el estatal China Daily. La jefa ejecutiva de Hong Kong (su «gobernadora», elegida por Beijing), Carrie Lam, descartó las críticas por la baja participación electoral. «Hong Kong está de vuelta en el camino correcto. Nosotros no podemos copiar y pegar el llamado sistema democrático de los países occidentales», dijo.

La confianza de Lam puede estar justificada. Es difícil imaginar un retorno de la oposición que durante las dos últimas décadas mantuvo movilizada a la juventud y a gran parte del resto de la población local. Sus principales figuras están ahora en la cárcel, en el exilio o retiradas de la política. El periódico prodemocracia más grande de la ciudad, Apple Daily, fue obligado a cerrar en junio, tras 26 años de actividad. Más de 50 organizaciones de la sociedad civil, desde sindicatos hasta grupos de apoyo a los presos, han sido presionadas para disolverse.1

La represión a la oposición continuará, y será en los tribunales donde podrá seguirse su faceta más visible. Hasta el momento, se han completado dos juicios en virtud de la ley de seguridad nacional, impuesta por China el 30 de junio de 2020, cuya entrada en vigencia marcó el fin del movimiento de protestas. Tong Ying-kit fue condenado en julio a nueve años de cárcel por llevar una bandera con el lema «Liberar a Hong Kong, la revolución de nuestra era» y estrellar su motocicleta contra tres policías antidisturbios. Ma Chun-man fue condenado en noviembre a cinco años y nueve meses por corear consignas, mostrar pancartas y hacer declaraciones a la prensa en las que pedía la separación de Hong Kong de China.

En marzo del año pasado, 47 activistas a favor de la democracia fueron acusados ​​de conspiración subversiva, conforme a la ley de seguridad nacional. Fue luego de que organizaran elecciones primarias no oficiales para elegir candidatos a las elecciones del consejo legislativo. Luego de dos aplazamientos solicitados por la fiscalía, su juicio fue agendado para marzo de este año. A muchos de ellos se les ha negado la libertad bajo fianza y han permanecido detenidos durante los últimos diez meses.

Mientras tanto, a principios de diciembre, ocho personas –entre ellas Jimmy Lai, el expropietario del Apple Daily– fueron sentenciadas a penas de prisión de cuatro a 14 meses por participar de una vigilia prohibida en la que se conmemoró a las personas asesinadas en la masacre de Tiananmén de 1989.

Las protestas callejeras y otras formas de oposición explícita son ahora casi imposibles. No votar es una de las pocas vías de resistencia que todavía quedan abiertas. Pero no les pidas a otros que se unan a tu boicot. En el período previo a las elecciones del 19 de diciembre, la Comisión Independiente contra la Corrupción de Hong Kong arrestó a diez personas por incitar a otras a abstenerse o emitir votos en blanco o anulados, lo que configura un delito según la reciente reforma de las leyes electorales. Los encontrados culpables pueden enfrentar hasta tres años de cárcel.

(Publicado originalmente en London Review of Books. Traducción de Brecha).

*Es un periodista e investigador que reside en Hong Kong desde 1991 y el autor de A System Apart: Hong Kong’s Political Economy from 1997 until Now (Penguin, 2017).

1. La Confederación Hongkonesa de Sindicatos (HKCTU) votó por disolverse, tras 31 años de actividad, en octubre, poco después de que hicieran lo propio el Sindicato de Profesores y la oficina local del Asia Monitor Resource Centre, un organismo dedicado a promover los derechos sindicales y las agremiaciones de base desde la década del 70. La HKCTU citó su preocupación por la seguridad de sus líderes y afiliados como su principal causa para tomar la decisión (N. de E.).

 
20 enero, 2022

Publicado enInternacional
Sábado, 22 Enero 2022 05:57

Tecnohegemonías

Tecnohegemonías

 

Entre las concepciones que ha evaporado la pandemia del covid-19, hay una que resulta tan evidente que, acaso por ello, pasa por desapercibida. Como en el cuento de la Carta robada de Edgar Allan Poe, donde la evidencia del crimen se encuentra frente a los ojos de todos y, por evidente y manifiesta, escapa a la vista de los implicados.

Durante tres décadas hemos hablado de la globalización como si fuera un proceso que da sentido a las contradicciones del mundo contemporáneo y parece referirlo a un horizonte de intelegibilidad. Pero, ¿qué tan certera es esta noción? Por más que sea un concepto polémico, como lo son todos los geoabarcantes, se entiende grosso modo que implica la hipercirculación de mercancías, capitales, signos, culturas y seres humanos de tal manera que los lazos y relaciones que producen tiende a su desterritorilización. Lugares, manufacturas y seres que antes se hallaban desconectados ingresan en un grado de conectividad impredecible e impensable hace unas cuantas décadas. La digitalización del mundo es, acaso, su premisa básica; digamos, el océano donde nadan sus peces.

Y sin embargo, el mundo que reveló la pandemia parece, en efecto, moverse en esta dirección, aunque bajo coordenadas mucho más precisas y acotadas de las que se desprenden de la vaguedad del concepto de lo global. Sobre todo, si se observan las nuevas estructuras de poder que fijan, determinan y definen las formas de globalidad.

La sorpresa fue la desagregación radical de lo global en naciones que se amurallaron por completo en términos de semanas cuando comenzaron los contagios en marzo de 2020. Ninguna institución, ninguna actitud respondió –la OMS es un fantasma propagándistico– al reto de una epidemia efectivamente global. A la hora del peligro, de la implosión económica, cada país se amuralló en su propio miedo. El America first (Estados Unidos primero) de Trump devino el China primero, el Alemania primero, el Rusia primero. Como ha observado Wendy García, incluso las vacunas llevan signaturas nacionales: Sputnik, Pfizer (en estados las marcas expresan la nación), Sinovac, Soberana Y el Estado y la nación se transformaron en las últimas trincheras de la esperanza y la indignación, ya no como estados-nación, sino como naciones-muralla.

Y es aquí donde la globalización devino un suplemento de conglomerados político-corporativos que hoy ejercen sus imperativos sobre ella y definen una forma singular de expansión y dominación: las tecnohegemonías. Aceptémoslo: el concepto de globalización, a diferencia del de imperio o imperialismo, evade la distinción de las estructuras de poder y expoliación que encierra.

En rigor, sólo existen en la actualidad dos estados y medio que han mostrado su adaptabilidad para adecuarse a esta nueva forma de dominación global: Estados Unidos y China. El medio corresponde, sorpresivamente, a Rusia. Ni Europa, ni Japón ni los tigres asiáticos entran en esta categoría. Es impresionante cómo la Unión Europea no cuenta con ninguna plataforma digital con capacidad de intervención política general. En el mundo de las tecnohegemonías, Europa representa una provincia.

Una potencia tecnohegemónica es aquella capaz de producir tecnologías que se adapten, en días, a las condiciones, materiales, culturales y políticas de las sociedades y países en los que se propone intervenir. Fue Michel Foucault quien desdibujó los cuatro tipos de tecnologías que requieren un orden social para autorreproducirse. Partamos de esa tipología.

  1. Las tecnologías de producción. China se ha revelado como la única potencia capaz de producir bienes a la carta en un tiempo, precio y calidad inalcanzables para cualquier competidor. Estados Unidos olvidó que la industria de la manufactura es la infantería de cualquier forma de hegemonía. La pregunta que se hacen muchos analistas es si este proceso transcurre hoy bajo formas estrictamente capitalistas. Las grandes corporaciones hacen hoy sus ganancias, más que del consumo, de su relación con los bancos centrales. Acaso vivimos un proceso que se asemeja más a un tecnopatrimonialismo. Acaso habría que hablar de un poscapitalismo.
  2. Las tecnologías del signo. Es la parte más débil de China y el centro del dominio estadunidense. La esfera de la construcción del drama social e individual es nula en China. Es aquí donde una potencia produce los arquetipos bajo los cuales la vida íntima e individual resulta en horizontes de sentido y bloques de afectos.
  3. Las tecnologías del poder. Los sistemas de control, vigilancia e intervención para modificar conductas y percepciones se han desplazado ya a la esfera digital. En este ámbito, Estados Unidos se asemeja más a una potencia del siglo XX que a una del XXI.

¿En qué cabeza coherente cabe abrir simultáneamente tres frentes de alta conflictividad al mismo tiempo, como hace hoy Washington en Ucrania, Taiwán e Irán? Por otro lado, el poder chino es autoritario, vertical, abrasivo y sofocante. Simplemente inaceptable. Todo está abierto en esta esfera.

  1. Las tecnologías del yo. En china marchan en dirección del hipertrabajo; en Estados Unidos, del hedonismo. Difícil augurar el resultado final.
La persecución de Biden a Julian Assange

¡Dejen de criminalizar a la prensa!

Con la persecución que está llevando a cabo en contra del fundador de Wikileaks, Julian Assange, el Gobierno de Biden está liderando el ataque contra el periodismo y fortaleciendo a los aspirantes a autócratas de todo el mundo

Al cumplirse un año de la insurrección que tuvo lugar el 6 de enero de 2021 en Estados Unidos, cuando el expresidente Donald Trump incitó a miles de sus simpatizantes a irrumpir violentamente en el Capitolio con la intención de revocar los resultados de las elecciones presidenciales de 2020, las amenazas a la democracia continúan en el centro de la escena. Mientras el Partido Republicano se sume en el culto de Trump, activistas progresistas de todo el país luchan para ampliar los derechos electorales y garantizar el desarrollo de elecciones libres y justas. Uno de los principales baluartes de la democracia es la libertad de prensa. Lamentablemente, con la persecución que está llevando a cabo en contra del fundador de Wikileaks, Julian Assange, el Gobierno de Biden está liderando el ataque contra el periodismo y fortaleciendo a los aspirantes a autócratas de todo el mundo.

Julian Assange es el fundador y editor de Wikileaks, un sitio web pionero al servicio de la transparencia. Wikileaks expuso los crímenes de guerra cometidos por Estados Unidos en Irak y Afganistán, así como también sus prácticas de tortura en Guantánamo y otros abusos de poder, al publicar miles de documentos militares y gubernamentales secretos estadounidenses que los principales medios de noticias de diversas partes del mundo —incluidos los periódicos The New York Times, The Washington Post y The Guardian— utilizaron como base para publicar reportajes que luego fueron ampliamente galardonados. Mientras lucha contra el intento del Gobierno de Estados Unidos de extraditarlo por cargos de espionaje y hackeo de información, Assange se encuentra encerrado en la prisión de alta seguridad de Belmarsh, en Londres, que ha sido descrita como la “versión británica de la prisión de la bahía de Guantánamo”. Si es extraditado, el fundador de Wikileaks podría enfrentar una condena de hasta 175 años de prisión.

Este miércoles se cumplieron 1.000 días de reclusión de Julian Assange en Belmarsh y un grupo de activistas se congregó frente a la prisión para conmemorar la fecha y exigir su liberación. Antes de ser recluido en Belmarsh, Assange pasó casi siete años en la Embajada de Ecuador en Londres, en calidad de asilado político.

Entre los manifestantes se encontraba Stella Moris, pareja de Assange y madre de sus dos hijos menores. Como parte de su campaña por la liberación de Assange, Moris concurrió a la cumbre contra el cambio climático que se desarrolló en noviembre en Glasgow. En esa ocasión dijo a Democracy Now!: “Realmente todo esto ha comenzado a afectarlo. Cada día es una lucha para él. No se vislumbra un final. Esta [situación] puede continuar así durante años”.

Stella Moris anunció la vigilia de protesta por los 1.000 días de encarcelamiento de Assange en un tuit que incluye una grabación de audio supuestamente realizada dentro de la celda de la prisión de Belmarsh donde está recluido Assange. En dicha grabación, los gritos de los reclusos, los ladridos de los perros guardianes y el sonido incesante de puertas de metal que se abren y cierran pintan una imagen cruda de las duras condiciones que se viven dentro de Belmarsh.

En su conversación con Democracy Now!, Stella Moris agregó: “El relator especial de Naciones Unidas sobre la Tortura ha dicho que Julian está siendo torturado psicológicamente. Su salud física se ha deteriorado muchísimo. Lo están matando. Si muere, es porque lo mataron. Lo están torturando hasta la muerte”.

Stella Moris reveló recientemente que Julian Assange sufrió un pequeño accidente cerebrovascular en prisión el 27 de octubre, el primer día de su audiencia de apelación ante el Tribunal Superior de Londres. Ese tribunal finalmente falló a favor del Gobierno estadounidense para que Assange pueda ser extraditado. Assange está actualmente solicitando permiso a ese mismo tribunal para apelar el fallo ante la Corte Suprema del Reino Unido.

Las amenazas a periodistas y trabajadores de los medios en todo el mundo han ido en aumento. El Comité para la Protección de los Periodistas declaró que, al 8 de diciembre, 24 periodistas habían sido asesinados en el cumplimiento de su deber en 2021 y se cree que otras ocho muertes estuvieron relacionadas con el trabajo periodístico. Asimismo, 293 periodistas fueron encarcelados durante 2021, lo que constituye una cifra récord.

El 9 de diciembre pasado, el presidente Joe Biden inauguró la “Cumbre por la Democracia”, organizada por la Casa Blanca, con las siguientes palabras: “Medios de comunicación libres e independientes. Esa es la base de la democracia. Así es como la población se mantiene informada y como los Gobiernos rinden cuenta de sus actos. En todo el mundo, la libertad de prensa está amenazada”.

Las palabras del presidente Biden son ciertas, pero suenan huecas, ya que su Departamento de Justicia busca encerrar en prisión a Julian Assange de por vida, por el simple hecho de desempeñar justamente las funciones de la prensa libre que Biden elogia.

Refiriéndose a los periodistas María Ressa, de Filipinas, y Dmitry Muratov, de Rusia, quienes fueron galardonados con el Premio Nobel de la Paz 2021 por los valientes informes que llevaron a cabo mientras estaban bajo la amenaza de sus Gobiernos, el director ejecutivo adjunto del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés), Robert Mahoney, dijo el 10 de diciembre: “El mismo día que se honra a los periodistas con el Premio Nobel de la Paz, un tribunal del Reino Unido dictamina que Estados Unidos puede extraditar a Julian Assange, un fallo que daña gravemente al periodismo. […] La obstinada persecución del Departamento de Justicia de Estados Unidos contra el fundador de WikiLeaks ha sentado un precedente legal dañino para la prensa […]. Esta semana, en su Cumbre por la Democracia, el Gobierno de Biden se comprometió a apoyar al periodismo. Para ello, podría comenzar por eliminar la amenaza que ahora enfrentan los periodistas de investigación de todas partes del mundo de ser juzgados según la Ley de Espionaje”.

Una coalición de 24 organizaciones internacionales —incluidas Human Rights Watch, la Unión Estadounidense para las Libertades Civiles, Freedom of the Press Foundation, PEN America y Reporteros sin Fronteras— instaron al Gobierno de Biden a detener el juicio contra Assange, afirmando que este “amenaza la libertad de prensa porque gran parte de la conducta descrita en la acusación es la conducta de muchos periodistas en su día a día, y la que deben adoptar para poder hacer el trabajo que la ciudadanía necesita que hagan”.

La democracia está bajo ataque. El presidente Biden debe cumplir con su promesa de apoyar la libertad de prensa, que actualmente se necesita más que nunca, y abandonar la persecución contra Julian Assange.

Por Amy Goodman - Denis Moynihan | 10/01/2022

Traducción al español de la columna original en inglés. Edición: Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

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Carta abierta de la madre de Julian Assange al mundo

Una superpotencia vengativa que usa sus recursos ilimitados para intimidar y destruir a un individuo indefenso

 

«Hace cincuenta años, cuando di a luz por primera vez como madre joven, pensé que no podía haber dolor más grande, pero pronto lo olvidé cuando sostuve a mi hermoso bebé en mis brazos. Lo llamé Julian.

Ahora me doy cuenta de que estaba equivocada. Hay un dolor más grande.

El dolor incesante de ser la madre de un periodista galardonado, que tuvo el valor de publicar la verdad sobre los crímenes gubernamentales de alto nivel y la corrupción.

El dolor de ver a mi hijo, que intentó publicar verdades importantes, manchado a nivel mundial.

El dolor de ver a mi hijo, que arriesgó su vida para denunciar la injusticia, inculpado y privado del derecho a un juicio justo, una y otra vez.

El dolor de ver a un hijo sano deteriorarse lentamente, porque se le negó la atención médica y sanitaria adecuada en años y años de prisión.

La angustia de ver a mi hijo sometido a crueles torturas psicológicas, en un intento de romper su inmenso espíritu.

La constante pesadilla de que sea extraditado a los Estados Unidos y luego pasar el resto de sus días enterrado vivo en total aislamiento.

El miedo constante de que la CIA pueda cumplir sus planes para asesinarlo.
La ola de tristeza cuando vi su frágil cuerpo caer exhausto por un mini derrame cerebral en la última audiencia, debido al estrés crónico.

Muchas personas quedaron traumatizadas al ver una superpotencia vengativa que usa sus recursos ilimitados para intimidar y destruir a un individuo indefenso.

Quiero dar las gracias a todos los ciudadanos decentes y solidarios que protestan globalmente contra la brutal persecución política que sufrió Julian.

Por favor, sigan levantando la voz a sus políticos hasta que sea lo único que oirán.

Su vida está en sus manos».

Fuente: https://www.resumenlatinoamericano.org/2021/12/29/inglaterra-carta-abierta-de-la-madre-de-julian-assange-al-mundo/

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La revolución que hace que cuatro millones de trabajadores abandonen su puesto cada mes en EE UU

El alto número de bajas en la población activa altera el mercado laboral y provoca cuellos de botella en la contratación

 

Las entrevistas de salida son una tradición en EE UU, un género propio en la gestión de los recursos humanos. Las hacen las empresas a los trabajadores que se van voluntariamente, para saber qué fue mal y cuáles fueron los motivos que marchitaron las expectativas del empleado. A juzgar por la sangría de estadounidenses que dejan el mercado laboral desde que despegó la recuperación pospandémica, las conclusiones de esos interrogatorios resultan hoy más reveladoras que de costumbre. Un modo de entender por qué desde abril, cuando se registró el primer pico de salidas, en torno a cuatro millones de personas abandonan voluntariamente cada mes la población activa, ya que en muchos casos la baja no va acompañada, o al menos no inmediatamente, de búsqueda de empleo.

Uno de los factores que más se citan para explicarlo serían los ahorros acumulados gracias a la inyección de estímulos contra la pandemia del Gobierno federal, pero no es el único. El fenómeno es una madeja enmarañada, con hilos coyunturales y un meollo estructural. Los expertos lo han bautizado ―la movilidad existía, pero no a este ritmo― como la Gran Dimisión o la Gran Renuncia, con mayúsculas, no solo porque la letra capital se use para escribir los nombres en inglés, sino porque la tendencia está dinamitando la cultura del trabajo tradicional: el desempeño profesional como prioridad en la vida; la realización personal, proyectada solo en el oficio o la carrera. De ahí que algunos prefieran ampliar el foco y definir lo que sucede como la Gran Remodelación, una reformulación radical de la cultura del trabajo, o, incluso, como el Gran Agotamiento, porque muchas veces se trata de trabajadores quemados o pasados de vueltas por el sistema, con el acelerador de la pandemia.

Es el caso de Phyllis Curran O’Neill, de 67 años. “Trabajé desde julio de 2020 hasta septiembre de 2021 como recepcionista en un complejo de apartamentos para mayores en Nueva Jersey; a tiempo completo, por 12 dólares la hora. La compañía ofrecía seguro médico, seguro de vida y un plan limitado de pensiones, pero como tengo más de 65 años y me corresponde Medicare, prescindí del seguro médico. Medicare [cobertura pública para mayores] es mejor”, explica. En EE UU el seguro médico privado corre a cuenta de las empresas, de ahí que habitualmente contar con beneficios de ese tipo signifique cobrar menos sueldo neto, y a la inversa: más salario, menor protección.

El detonante de su salida fue el exceso de trabajo y, por ende, el estrés y el agotamiento emocional. “A medida que pasaban los meses, noté cómo aumentaban mis responsabilidades hasta el punto de que un día me vi tan sobrepasada que estallé y grité: ‘¡Quiero más dinero por hacer esto!’. Después del arrebato sentí que mi comportamiento había sido inaceptable y decidí que era hora de irme”, continúa. “De hecho, la dirección se ofreció a mantenerme en la reserva, pero me han llamado solo un día en los últimos dos meses para cubrir una baja”. Otra característica del sistema son las contadísimas bajas médicas de los empleados para no sufrir recortes en el sueldo.

Esta deserción masiva está ocasionando trastornos a los empresarios, que lidian con una creciente escasez de mano de obra, y comprometiendo la recuperación plena en sectores como el comercio o el transporte, hoy deficitarios funcionalmente: basta apreciar las colas interminables ante cajas cerradas en unos grandes almacenes, en hora punta. A finales de julio, había en EE UU 11 millones de puestos de trabajo vacantes. En septiembre los cesantes fueron más de 4,4 millones, una cifra ligeramente superior a la de agosto (4,3 millones), en una población de 331 millones de personas. Se trata del porcentaje más elevado de abandono desde que empezó a registrarse este tipo de absentismo laboral, hace dos décadas.

La escasez de mano de obra agrava el gripado del sistema a consecuencia del gran atasco global en las cadenas de producción y distribución. Casi un millón de los extrabajadores se desempeñaban en el sector del ocio y restauración, uno de los que se han recuperado a mayor velocidad. Otros 863.000 han salido de actividades relacionadas con el alojamiento y 706.000 ofrecían servicios profesionales. En total, a finales de septiembre había 10,4 millones de puestos de trabajo vacantes en el país, una cifra ligeramente inferior a la de agosto, pero aún extraordinariamente alta para los registros históricos. Es decir, aproximadamente 75 trabajadores desempleados por cada 100 vacantes, la proporción más baja de las últimas dos décadas.

Expertos y medios de comunicación hablan de una sacudida sísmica, de una reescritura del contrato social (ergo laboral) gracias a la cual el tradicional desequilibrio de fuerzas entre el empleador y el empleado se está nivelando paulatinamente a favor del segundo. El creciente empoderamiento del trabajador explicaría la movilización sindical que recorre el país, otro fenómeno que eclosionó con la pandemia. El trabajador se ve en posición de exigir, a veces por encima de la media. “Hemos rechazado a algunos que pedían 25 dólares por hora. ‘Por menos dinero me quedo en casa cobrando los cheques del Gobierno’, nos decían. No podemos pagar 25 dólares porque aún no hemos recuperado el volumen de negocio previo a la pandemia”, explicaba el jueves Davide, dueño de una trattoria en Manhattan.

La mayoría de los trabajadores que salen del mercado habían alcanzado un punto de no retorno: sus ocupaciones les imponían un peaje psicológico, y a veces incluso físico, que ya no parecen dispuestos a pagar. Peter Christophe Atwill, de 25 años, licenciado en Políticas y Económicas, ha dejado un trabajo con el que a priori soñaría cualquiera de sus coetáneos porque “no encajaba, no acababa de sentirme cómodo”. Hace dos semanas se fue de Bloomberg, donde fungía como gestor de una cuenta empresarial, “trabajaba con asesores fiscales y contables, ayudándoles en las declaraciones de impuestos a través de nuestras plataformas, para que puedan incrementar el valor de sus negocios gestionando mejor sus gastos”, explica por teléfono desde Washington. Pero no se encontraba a gusto y decidió emprender un nuevo rumbo profesional, “sabiendo que voy a ganar el 50% de lo que percibía en Bloomberg”.

Atwill quiere trabajar en servicios sociales, y en concreto en la acogida de inmigrantes, porque su familia llegó a este país como inmigrante. “Es algo que tengo muy presente, por eso creo que me llenará mucho más un trabajo al que le veo sentido, aunque cobre menos”, afirma. De momento va a tomarse un tiempo de respiro. “Soy optimista. Mis padres eran los más preocupados, mucho más que yo, pero han aceptado el cambio porque me ven feliz, y eso es lo único que les importa”, dice sobre su salto al vacío.

Según un reciente estudio publicado en Harvard Business Review, Atwill no pertenece al grupo de edad más representado en el fenómeno de la Gran Renuncia: los empleados entre 30 y 45 años, que han abandonado el mercado en más de un 20% entre 2020 y 2021. La movilidad entre los jóvenes, tradicionalmente alta, se ha reducido el último año por la incertidumbre económica, señala el informe. La suspensión a causa de la pandemia de cualquier expectativa de mejora o promoción en la franja de edad intermedia explicaría en parte esa mayor defección. Los sectores más afectados, según el estudio, son los más expuestos al burnout o agotamiento: el de la salud (3,6% de incremento) o el tecnológico (4,5%). Ambos experimentaron un alto nivel de demanda durante la pandemia.

Patricia Campos-Medina, directora del Instituto del Trabajador de la Universidad de Cornell, enumera algunos de los factores que explicarían el porqué de la sangría, entre ellos la insatisfacción. “Hemos vivido momentos de angustia económica y personal. Muchos evalúan los inconvenientes de regresar al trabajo sin garantías de protección y sin flexibilidad para cuidar de sus familias. Muchas mujeres deben ocuparse de sus hijos o sus mayores porque lo que ganarían trabajando fuera no bastaría para pagar a una persona, eso explica su salida del mercado. La Gran Renuncia existe entre los profesionales liberales, pero aún más entre las categorías peor pagadas; y ocurre de manera parecida entre los trabajadores sindicados, el 10% del total, y los que no lo están. Durante la pandemia hubo una reacción contra el abuso de las grandes corporaciones, que multiplicaron sus ingresos; muchos trabajadores vieron que estaban hipotecando sus vidas por salarios miserables. En parte ha sido una reacción a ese estado de cosas”.

El argumento de la pereza o la desincentivación por la inyección de estímulos del Gobierno ―cheques de 1.400 dólares, bonos extra por desempleo― no acaba de explicar, según la experta, el fenómeno. “Muchos decían que los beneficios públicos mantenían a la gente fuera del mercado laboral, pero los subsidios de desempleo por la pandemia expiraron en septiembre y la gente no está volviendo. Y no regresa porque los salarios no suben y porque no hay garantías de flexibilidad”.

Las reglas del juego que existían antes de la pandemia ya no valen. El sí a todo, o a cualquier oferta, ha dado paso, cuando menos, a las dudas. “Ha habido un cambio fundamental: existe una demanda de responsabilidad a las empresas (en protección, higiene o beneficios sociales) y también de políticas públicas que protejan al trabajador, eso ya se vio durante la pandemia”, concluye Campos-Medina, para quien la actual crisis hunde también sus raíces en la proliferación de empleos basura en los últimos veinte años, sobre todo “un incremento notorio de los contratos a tiempo parcial: con ellos las empresas se ahorran el pago de beneficios sociales como el seguro médico”.

La pandemia, pues, habría sido el catalizador de un nuevo tipo de trabajador, que apuesta por un mayor equilibrio entre la vida y el empleo y para el que la flexibilidad ―no solo la teóricamente inherente al teletrabajo para quienes puedan acogerse a esta modalidad― es un factor clave. “Aunque no utilizo el concepto Gran Agotamiento, refleja bien mi visión sobre lo que sucede. Creo que lo usaré en el futuro, o quizás la Gran Reevaluación”, explica por correo electrónico el sociólogo Mishal Khan, de la Universidad de Chicago. “Creo que el burnout [agotamiento] es una gran razón, pero hay otras. Veo este fenómeno como un referéndum colectivo sobre la crisis y los problemas del trabajo. La gente se ha hartado y busca alternativas a ser explotada, degradada o hacer ganar dinero a empresas que no dan lo suficiente a cambio. El acceso a los cuidados es otro gran problema, tanto el cuidado infantil como las formas asequibles de cuidar a los ancianos. Otras personas optan por iniciar sus propios negocios, incorporarse a la economía gig [trabajar por proyectos] o ven muy atractivo hacerse autónomos, ya que no tienen que trabajar para nadie. El hecho de que existan estas oportunidades puede haber dado a las personas la confianza para dejar sus trabajos”.

En la entrevista de salida de su último trabajo, a Irene San Segundo, periodista de 36 años de Nueva York, le costó encontrar motivos de queja que respaldaran su decisión. “Era el trabajo mejor pagado que he tenido, me trataban estupendamente…, no había una fuerza mayor, una enfermedad, nada. Pero el exceso de reuniones por Zoom durante la pandemia fue la razón que más me empujó a decidirme, porque llevaba una vida con el piloto automático: jornadas de 10 horas, siempre conectada…, la vida de la marmota. La covid aceleró la sensación del tiempo, es como si nos hubieran robado dos años. Ya me había planteado dejarlo antes de la pandemia, sin ahorros, pero la covid fue determinante para dar el paso”, explica, confiando en que el fenómeno de la Gran Renuncia “implique un cambio de prioridades”. “Por primera vez me he dado permiso para elegir, antes era solo tirar para adelante”. Como en otros muchos casos, las señales de alerta fueron evidentes: “No dormir, o tener que hacerlo con pastillas, ansiedad… incapacidad para desconectar o cogerme días libres porque sabía que el trabajo entonces no saldría, o reservar el domingo para sacar trabajo adelante”.

Un mes y medio después de dar el paso, tras hacer cuentas y con un colchón de ahorros, San Segundo se siente como si le hubiese “tocado la lotería”. Está mucho más implicada en un voluntariado con la tercera edad que antes realizaba a salto de mata; tiene una lista de actividades “de 9 a 5″ (el horario tradicional de oficina en EE UU), y ganas de escribir por placer, no por obligación. “Si me dieran a elegir tres deseos, tengo claro cuál sería el más valioso: el tiempo”. Un factor que tal vez figure en breve, con letras de molde, en el baremo de razones esgrimidas en las entrevistas de salida de cualquier trabajo.

Por María Antonia Sánchez-Vallejo

Nueva York - 20 nov 2021 - 21:48 COT

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Las menores de edad son las más perseguidas por el delito de aborto en Colombia

 La Corte decidirá esta semana si despenaliza la interrupción del embarazo, que llevó ante la justicia a más 5.700 mujeres entre 2006 y 2019

 

El 10 de julio de 2020 el mundo seguía paralizado por la pandemia de coronavirus. En un pequeño pueblo de Santander, en el oriente de Colombia, una adolescente de 15 años quedaba marcada por el sistema judicial: “homicidio en grado de aborto”. Meses antes, una mañana de enero, la menor fue hallada en el baño de su casa sangrando, después de tomar un medicamento abortivo. Estaba embaraza de siete meses. El relato, detallado en un expediente judicial al que ha tenido acceso este diario, dice que la Policía las trasladó a ella y al bebé a una clínica; que la joven jamás le contó a su familia que estaba embarazada por temor a su reacción; que el bebé falleció y que ella aceptó los cargos.

Ni la Fiscalía, ni la Defensora de Familia ni el juez se preocuparon por el estado de salud de la menor, tampoco por si se encontraba dentro de las tres causales permitidas para abortar en Colombia desde 2006: si había sido abusada, si el embarazo había puesto en riesgo su vida o tenía alguna malformación. En su lugar, el fiscal alegó que no le importaba si llevaba “un día, una semana, siete u ocho meses (de embarazo)”, y regañó a los padres: “Lo que más extraña es ver lo que hizo una hija de un matrimonio católico”, les dijo.

En Colombia, el Código Penal ordena penas de entre 16 y 54 meses a las mujeres que aborten, pero las menores tienen un régimen especial. La adolescente fue condenada a libertad asistida y a recibir tratamiento psicológico y terapéutico para “orientar al menor a controlar sus impulsos sexuales”.

No se trata de un caso aislado. A comienzos de 2016, en la ciudad fronteriza de Cúcuta, otra menor sentía que el mundo le caía encima. Tenía un retraso. “Estaba estudiando y la situación económica en mi casa era muy precaria”, dijo ante un juzgado, en el que narró que empezó a investigar cómo interrumpir su embarazo de seis semanas “sin tanto riesgo”. “Mientras averiguaba, di con una página de internet y los contacté. Quien me respondió me dijo que enviara 80.000 pesos (21 dólares). Cuando confirmaron mi giro, me enviaron las pastillas con un domiciliario y me dieron las indicaciones”, contó la adolescente de 17 años. Tras dos días con cólicos y sangrado decidió acudir a una clínica. Allí determinaron que tenía un aborto retenido y, al ver que era menor de edad, llamaron a la Policía.

Una historia similar a la de otra joven de 17 años, que acudió al hospital con complicaciones y fue denunciada por una enfermera, o a la de una de 15 que, tras un año de agotador proceso judicial, aceptó los cargos. Los ingredientes que se unen en casi todas las historias de menores judicializadas por abortar son similares. Datos sacados de internet de fiabilidad dudosa, vendedores de pastillas, falta de información que pone en riesgo sus vidas, patrulleros que interrogan, médicos o enfermeras que las denuncian, defensores de familia, fiscales o jueces que las obligan a largos procesos judiciales.

De acuerdo con un informe de la Mesa por la Vida y la Salud de la Mujer y de la Universidad de los Andes, las menores de edad son más perseguidas y sancionadas por el delito de aborto que las mujeres de otros rangos de edad. De acuerdo con el estudio La criminalización del aborto en Colombia, de las 355 sentencias condenatorias contra mujeres entre 2006 y 2019 en el país, 81 corresponden a menores de 14 a 17 años. “El 12,5% de los casos perseguidos (5.737 investigaciones por aborto) involucran a mujeres menores de edad, el 25% de las finalmente condenadas (estrictamente se usa la expresión sancionadas) son menores”, asegura el documento.

Para el movimiento feminista Causa Justa, que agrupa a casi 100 organizaciones de mujeres, la eliminación del delito de aborto en el Código Penal que estos días estudia la Corte Constitucional permitiría que adolescentes como estas tuvieran información segura en clínicas legales que no pusieran en riesgo sus vidas.

Desde el punto de vista de la salud se podrían evitar muertes maternas, afirma la ginecobstetra Laura Gil, del Grupo Médico por el Derecho a Decidir, una de las organizaciones que llevó el caso ante la Corte para que elimine el delito. “En estos doce años de despenalización parcial teníamos la Ley para evitar 500 muertes maternas y las barreras lo impidieron. Con la eliminación del delito disminuiríamos muchísimo los abortos inseguros”, dice.

Desde el ámbito legal, también se evitarían costosos procesos que no contribuyen a evitar o disuadir a las mujeres del aborto, como explica Catalina Martínez, directora para América Latina y el Caribe del Centro de Derechos Reproductivos. “Hay un uso excesivo del derecho penal en relación con el aborto y está demostrado que el delito no es eficaz ni ha servido para proteger la gestación”.

Por Catalina Oquendo

Bogotá - 16 nov 2021 - 02:22 CET

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Democracia china vs. democracias elitistas occidentales

¿Cuál tiene más valor político y cultural, la emergente democracia socialista china o la decadente democracia electoral occidental?

El comunicado de la VI Sesión Plenaria del XIX Comité Central del Partido Comunista de China, celebrado en Pekín del 8 al 11 de noviembre, destaca que en el país del Dragón existe una "democracia popular" o "democracia socialista", que funcionaría de modo bien diferente a lo que piensan los gobiernos occidentales.

Creo que es más importante intentar comprender la posi

ción china, antes que apoyarla o condenarla, lo que no quiere decir que todo lo que diga el PCCh sea compartible. El punto de partida es que están convencidos de que es una democracia al estilo chino:

"Hemos desarrollado activamente la democracia popular en todos los procesos, hemos promovido integralmente la institucionalización, reglamentación y procedimentalización de la política democrática socialista de nuestro país", destaca el mencionado comunicado.

Un editorial de Global Times del 13 de noviembre toma como referencia una conferencia de prensa posterior a la sesión del Comité Central, en la que se desarrollan esos conceptos. "La democracia es uno de los resultados importantes del desarrollo de la sociedad humana", sostiene el editorial.

Ante los medios, funcionarios del Partido criticaron la democracia occidental como un "juego de los ricos" y dijeron que China necesita un tipo de sistema que permita "hacer crecer el pastel y dividirlo mejor" y a la vez "luchar contra los monopolios y la expansión desordenada del capital".

El editorial del diario oficialista lleva un título que dice: "Vigorosa democracia china versus envejecimiento occidental", que pone en el tapete dos aspectos, el vaciamiento de las viejas democracias occidentales y la pugna de China por reivindicar su propia forma de entender la democracia.

Global Times sostiene que la democracia socialista está "centrada en las personas" y que el resultado es palpable en el crecimiento económico del país, los logros sociales y la eliminación de la pobreza. En suma, atan la democracia al desarrollo económico con justicia social.

Cuando el órgano oficioso del Gobierno chino explica cómo funciona la "democracia socialista", se refiere a cómo los órganos del Estado pretenden reflejar las opiniones del pueblo.

"Los gobiernos en varios niveles han estado explorando cómo hacer que la democracia sea realmente efectiva en todas las áreas. Esto ha conformado la construcción democrática orientada a objetivos en la que el pueblo es dueño del país", dice Global Times. El énfasis en "pueblo dueño del país", parece destinado a confrontar con los sistemas occidentales donde el 1% más rico es el verdadero dueño de cada nación.

El editorial insiste en las consultas y elecciones para la formulación de políticas, para su gestión y supervisión, y que a través de ellas "los deseos y opiniones de las personas siempre se pueden informar rápidamente a los gobiernos en diferentes niveles". Se trata, según esta versión, de haber canalizado la participación del pueblo a través de mecanismos institucionales, controlados por el Estado y el Partido.

Sin embargo, el aspecto fundamental sigue siendo el económico. En China, "todos tienen derecho a compartir los frutos del desarrollo nacional, pero se han evitado conflictos atroces entre diferentes grupos de intereses". Las autoridades chinas tienen pánico al desorden, quizá porque fue la causa de la humillación nacional en el siglo XIX y la primera mitad del XX.

Por eso enfatizan en que el mayor logro es el crecimiento económico habiendo mantenido el orden. "Hay muy pocas alteraciones causadas por trastornos parciales o a gran escala", destaca Global Times. Por el contrario, estima que la democracia occidental está "llena de inconvenientes como el populismo, las luchas políticas, la participación popular descarrilada y elecciones manipuladas y equivocadas".

Hasta aquí las ideas básicas de la actual dirección del PCCh sobre la democracia socialista, compartibles o no. Lo que sí es bien fundada es la crítica que hace Global Times a la actitud de los gobiernos occidentales, quienes se creen "misioneros de la democracia, como si estuvieran otorgando licencias democráticas al mundo, predicando a la gente de otros países sobre cómo ser democrático y juzgando quién es democrático y quién no".

Sin embargo, el mismo editorial parece echar una mano a Occidente cuando hace un llamado a que unos y otros puedan aprender de las experiencias ajenas, en la convicción de que no hay una sola forma de democracia.

Para poner el debate en su sitio, el analista brasileño José Luis Fiori recuerda en una serie de artículos sobre el desarrollo chino, que el país "tiene poco que ver con los pequeños Estados nacionales originarios de Europa, y es de hecho un Estado-civilización que no posee una sociedad civil ni conoce el principio de soberanía popular".

Las diferencias históricas entre China y Europa son evidentes. La centralización del poder en China data de 2.300 años, siendo según Fiori "el país con la historia continua más antigua de la humanidad", como parte de una civilización que se remonta al año 5.000 antes de nuestra era.

Siguiendo con las diferencias, el imperio chino fue gestionado durante siglos por "un mandarinato meritrocrático y homogéneo", cultura política milenaria que el PCCh "prolongó y radicalizó" con la revolución, al crear "una especie de dinastía mandarín que sigue gobernando China según los mismos preceptos morales confucianos del período imperial".

En suma, dos historias y dos civilizaciones bien distintas. En la occidental, la tardía creación de los Estados, la existencia de una sociedad civil que va naciendo desde el siglo XIII en los burgos medievales y la potencia de la soberanía popular, contrastan con la de China con un Estado milenario y la ausencia de sociedad civil y, por lo tanto, de soberanía popular. Lo anterior no es para juzgar como buena o mala la historia, sino sólo para contribuir al ejercicio de la comprensión.

El punto es que China no pretende exportar su modelo de Estado ni de gobernanza, mientras Occidente cree en la "inevitabilidad de la democracia electoral y multipartidaria", como paradigma que quiere imponer el resto en un claro ejercicio colonial-imperial.

Como destaca Fiori, los dirigentes chinos actuales sienten que están sirviendo al pueblo, en la certeza de que ese pueblo confía en el Estado que ellos dirigen, mientras Occidente recela de esa forma de hacer política.

Por último, Occidente tiene en estos momentos una gran desventaja: su democracia electoral no es capaz de garantizar bienestar a la población y está siendo utilizada por el 1% más rico para instalar algo así como oligarquías plebiscitarias, que excluyen a las mayorías y les imponen un sistema capitalista que las perjudica.

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Yuval Hariri asiste al Foro Económico Mundial en Davos (Suiza), el 21 de enero de 2021. Denis Balibouse / Reuters

Yuval Harari ofrece recomendaciones para evitar el control global de la vida de la sociedad.

Los datos personales que las personas proporcionan a las corporaciones acabarán por ser aprovechados para 'hackear' al propio ser humano, si no se llega a regular la recolección de datos y la inteligencia artificial, asegura el antropólogo y escritor israelí Yuval Harari.

En declaraciones a 60 Minutes de CBS, el autor de fama mundial advirtió que gracias a los avances tecnológicos, los países y grupos que más datos controlarán, reinarán el mundo.

El también profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén considera que los métodos de control y manipulación se volverán cada vez más sofisticados con el uso de la inteligencia artificial.

"Netflix nos dice qué ver y Amazon nos dice qué comprar. Con el tiempo, dentro de 10, 20 o 30 años, estos algoritmos también podrían decirnos qué estudiar en la universidad y dónde trabajar y con quién casarnos, e incluso por quién votar", explica Harari.

La pandemia del covid-19, sostuvo, ha abierto la puerta a métodos de recolección de datos aún más intrusivos. "En la próxima fase, la vigilancia llegará por debajo de nuestra piel", asegura.

El antropólogo menciona que es imposible controlar el "poder explosivo del intelecto artificial" a nivel nacional, por lo que insta a desarrollar normas comunes internacionales para prevenir el uso distópico de los datos personales.

Al respecto, Hariri propone como cimientos una regla crucial: si se toman los datos de las personas, se deben usar para ayudar y no para manipular. Además, con el aumento de la vigilancia de la gente, se debe intensificar la vigilancia de las corporaciones y gobiernos que concentran estos datos. También se debe evitar que los datos se almacenen en un único centro, que describió como una "receta de dictadura".

Publicado: 31 oct 2021

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Ressa es cofundadora del sitio Rappler, mientras Muratov es uno de los fundadores del periódico independiente Novaja Gazeta.. Imagen: EFE

Por sus esfuerzos para "salvaguardar la libertad de expresión"

Los periodistas Maria Ressa, de Filipinas, y Dimitri Muratov, de Rusia, ganaron este viernes el premio Nobel de la Paz por su lucha por la libertad de expresión, anunció el comité noruego, reconociendo así por primera vez el papel de la prensa independiente. Ressa y Muratov fueron galardonados "por sus esfuerzos para salvaguardar la libertad de expresión, que es una condición previa para la democracia y la paz duradera", dijo la presidenta del comité Nobel, Berit Reiss-Andersen, en Oslo.

Ressa

Maria Ressa, de 58 años, experiodista de CNN y cofundadora de la página de información online Rappler, ha sido objeto en los últimos años de varias investigaciones, procesos judiciales y ha sufrido un intenso ciberacoso. Rappler ha publicado artículos críticos contra el jefe de Estado, Rodrigo Duterte, incluyendo su sangrienta y polémica lucha contra el narcotráfico.

"Nada es posible sin hechos", dijo Ressa, tras recibir la noticia del Nobel, e insistió en que "es el mejor momento" para ser periodista. "Los momentos más peligrosos son también los momentos en los que es más importante" el trabajo de periodista, explicó en una entrevista online retransmitida por Rappler. Ressa, que también tiene nacionalidad estadounidense, ya fue galardonada en abril con el Premio Mundial de la Libertad de Prensa Unesco/Guillermo Cano 2021, creado en memoria del periodista colombiano Guillermo Cano asesinado en 1986.

"El periodismo te pondrá a prueba mentalmente, intelectualmente, físicamente, moralmente", señaló la reportera, quien reconoció que Rappler no hubiera sobrevivido sin el apoyo recibido en los últimos cinco años de acoso por parte de las autoridades filipinas. Ressa fue elegida personalidad del año junto con otros periodistas por la revista Time en 2018 por su lucha contra la desinformación de, según ella, la "sofisticada maquinaria" de cuentas falsas vinculadas al entorno de Duterte para intimidar y silenciar a los críticos.

La periodista, que se enfrenta a siete casos criminales por presunta evasión de impuestos y vulneración de las leyes de propiedad de los medios, fue condenada en junio 2020 por ciberdifamación por un tribunal filipino. Tras ser condenada, alertó de que la "democracia está muriendo poco a poco" debido al ascenso de líderes autoritarias y populistas como Duterte y alertó de la manipulación en las redes sociales, sobre todo en plataformas como Facebook.

Muratov

Dimitri Muratov, de 59 años, es uno de los fundadores y jefe de redacción del periódico independiente ruso Novaya Gazeta, y "ha defendido desde hace décadas la libertad de expresión en Rusia en condiciones cada vez más difíciles", subrayó el jurado del Nobel. Novaya Gazeta ha sacado a la luz "la corrupción, la violencia policial, los arrestos ilegales, el fraude electoral y las 'granjas de trolls'", señaló el comité, unos temas por los que ha pagado un alto precio: seis de sus periodistas fueron asesinados, entre ellos Anna Politkovskaya, muerta hace 15 años.

Muratov les dedicó el premio: "No puedo atribuirme el mérito. Es de Novaya Gazeta. Es de los que murieron defendiendo el derecho de la gente a la libertad de expresión", dijo. "Habría votado por la persona por la que apostaban las casas de apuestas, y esa persona tiene todo el futuro por delante. Me refiero a Alexei Navalni", aseguró Muratov, sobre uno de los principales opositores rusos.

Tras el anuncio, el Kremlin elogió al reportero. "Felicitamos a Dimitri Muratov, trabaja en base a sus ideales y está comprometido con ellos", dijo Dimitri Peskov, portavoz de la Presidencia rusa,. Peskov dijo que Muratov "tiene talento" y es "valiente", pero no aclaró si también el presidente, Vladimir Putin, se sumará a las felicitaciones. "Acabamos de enterarnos, dadnos algo de tiempo", respondió al ser consultado al respecto.

Novaya Gazeta fue creado en 1993 con la ayuda de Mijaíl Gorbachov, que precisamente destinó una parte del dinero que obtuvo al ganar el Nobel de la Paz tres años antes. "Felicito a un hombre maravilloso, valiente y honesto, a un periodista, a mi amigo Dimitri Muratov", aseguró el expresidente soviético tras el anuncio del premio.

"Llamado a la acción"

El premio no es solo un mensaje a Rusia y Filipinas, según el comité noruego. "Por supuesto que condenamos la situación en estos dos países especialmente, pero quiero subrayar que condenamos también la situación en todos los países donde la actividad de los periodistas está limitada y donde la libertad de expresión está bajo presión", declaró Reiss-Andersen.

En 120 años de historia, el Nobel de la Paz nunca había reconocido la labor de una prensa independiente que fuerza a las autoridades a rendir cuentas y contribuye a luchar contra la desinformación. "El periodismo libre, independiente y de hechos sirve para proteger contra los abusos del poder, las mentiras y la propaganda de guerra", insistió la presidenta del comité del Nobel noruego.

El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, instó a emprender un esfuerzo mundial por la libertad de prensa tras felicitar a los periodistas rusos Maria Ressa y Dmitry Muratov por haber obtenido el Nobel de la Paz "Mientras felicitamos a los galardonados, reafirmemos el esfuerzo por el derecho a la libertad de prensa, reconozcamos el papel fundamental de los periodistas y reforcemos a todo nivel el apoyo a los medios libres y diversos", dijo Guterres en una declaración. "Ninguna sociedad puede ser libre y justa sin periodistas que puedan investigar delitos, aportar información a los ciudadanos, responsabilizar a los líderes y decir la verdad al poder", señaló.

Según la última clasificación anual de Reporteros Sin Fronteras (RSF) --una de las organizaciones que más sonaba entre los posibles ganadores del Nobel--, la situación de la libertad de prensa es problemática, difícil e incluso muy grave en el 73% de los 180 países analizados. La organización señala que, en lo que va de año, 24 reporteros profesionales han muerto y otros 350 siguen encarcelados. Este premio es "un llamado a la acción", reaccionó el secretario general de RSF, Christophe Deloire.

El premio, que consiste en un diploma, una medalla de oro y un cheque de 10 millones de coronas (980.000 euros), se entrega habitualmente el 10 de diciembre, fecha del aniversario de la muerte de Alfred Nobel (1833-1896). Novaya Gazeta informó que una parte de la suma recibida será destinada a un fondo de caridad que ayuda a niños con enfermedades raras. Esta organización, Krug Dobra (El círculo de la bondad) fue fundada en enero por iniciativa de Putin.

Ressa es la primera mujer galardonada en la edición de este año de los Nobel. Después del premio de la Paz, el único anunciado en la capital noruega, los Nobel vuelven a Estocolmo para cerrar el lunes la temporada de anuncios con el galardón de Economía

8 de octubre de 2021

Publicado enInternacional