A pesar de los olores fétidos, la gente de Mosquera continúa su vida cotidiana. Foto Afp

Mosquera. Una inmensa capa de espuma que sale de un río contaminado ha llegado hasta la puerta de las casas de los habitantes de Mosquera, Colombia, un pueblo a 22 kilómetros de Bogotá, quienes están cada vez más angustiados por este fenómeno que, aunque no es nuevo, se ha incrementado en la temporada de lluvias que atraviesa el país.

El olor es fétido y el viento se encarga de dispersarlo rápidamente junto a la espuma contaminada, mientras los habitantes del barrio Los Puentes, ubicado a la ribera del río, continúan su vida cotidiana.

"Esto es producto de la contaminación, de la mala disposición de los residuos, materiales, animales muertos, basura, grasas y detergentes", explica a la agencia de noticias Afp Sergio Valero, director de gestión del riesgo de Mosquera, un municipio de la cuenca baja del río Bogotá, que recoge los desechos en su curso por el límite occidental de la capital.

Gonzalo Roa, habitante del sector desde hace 40 años, aseguró a la agencia Ap que la contaminación del río causa enfermedades respiratorias en los niños y la espuma estropea las puertas y ventanas de las casas. "Ya llevamos muchos años en esta situación".

La autoridad ambiental de la zona explicó que la espuma contaminada está aumentando por la cantidad de detergentes que se vierten en los ríos, sumados a las recientes lluvias. Ante la situación, se están "adelantando operativos de monitoreo, control y seguimiento a los vertimientos para disminuir la generación de éstos", dijo en un video Edwin García, director del Laboratorio Ambiental de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca. Desde 2020, agregó García, funciona en Mosquera una planta de tratamiento de aguas residuales que tiene entre sus funciones disminuir "la generación de los agentes que puedan generar la espuma".

La autoridad ambiental recomienda a la población evitar el contacto con la espuma contaminada por posibles afectaciones a la salud. La exposición prolongada a estos químicos puede producir daños a la fauna acuática e irritación en la piel humana, según estudios.

Publicado enColombia
Viernes, 15 Abril 2022 08:08

La buena conciencia

Joe Biden y Emmanuel Macron llegan al Consejo Europeo, Bruselas, 24 de marzo AFP, THOMAS COEX

Los intereses energéticos detrás de la guerra, la crisis climática y el doble discurso de Europa

De cómo la adicción de nuestro sistema económico a los combustibles fósiles provocó otra guerra y la ruptura de varias promesas de transición verde.

Ocurrió en España, pero podría haber pasado en cualquier otro país. A fines de marzo, una investigadora especializada en relaciones internacionales, Arantxa Tirado, intentaba explicar en un canal de televisión madrileño que la guerra de Ucrania tiene «razones geopolíticas, económicas y comerciales», que «la geopolítica, la geoeconomía no tienen valores morales» y que conflictos como este son difícilmente reductibles a una lucha entre buenos y malos. Quiso decir, por ejemplo, que la guerra de Ucrania tiene que ver con el control de las cada vez más escasas fuentes de energía. Que eso es una evidencia, por los movimientos y las jugadas que han hecho los distintos actores, y que por más que estos enmascaren sus jugadas detrás de bellos discursos sobre la defensa de la libertad y la democracia –unos– o de la desnazificación –otro– hay que mirar hacia allí, al menos también hacia allí, para entender parte de la virulencia de este conflicto entre potencias por el nuevo reparto del mundo.

Tirado afirmó que quiso decir eso después, al salir de la tele, porque en el «debate» no pudo: ¿cómo va a insinuar, señora, que en esta guerra hay intereses económicos?, le lanzaron sus interlocutores. ¿Cómo va a decir que Occidente no está defendiendo la libertad y la democracia y que esto es lo central de esta guerra? ¿Cómo va a osar decir que los ucranianos que están muriendo bajo las bombas de Vladimir Putin no están defendiendo los valores más nobles que se puedan defender? La profesora trataba de decir que no estaba justificando la agresión rusa ni defendiendo a Putin, que lo que pretendía era explicar por qué las reacciones a esta invasión y a esta guerra habían sido tan enormes comparadas a otras invasiones y a otras guerras tanto o más odiosas que esta, que eso pasaba porque estábamos en un momento parteaguas, en un momento de ruptura, y que esa ruptura tenía que ver con el nuevo reparto del mundo.

Cuando se produjo ese intercambio que no fue tal, Joe Biden estaba en Bruselas, invitado por el Consejo Europeo para hablar del futuro que se avecinaba para los aliados de ambos lados del Atlántico. En los discursos oficiales se habló, de una parte y otra, como era previsible, de libertad y de democracia. Pero los temas centrales fueron otros: sobre todo, el aprovisionamiento europeo de energía, y también de cereales, ahora que Rusia estaba siendo sacada de Troya y se estaba yendo con su gas, su carbón, su uranio e igualmente con su trigo y sus fertilizantes a otras partes. Manu Pineda, eurodiputado por los españoles de Unidas Podemos, planteaba en una columna (Público, 24-III-22) cómo la visita relámpago del presidente estadounidense a la ciudad sede de la Unión Europea (UE) era esencialmente comercial. Biden llegó a Bruselas, escribía el legislador, como si fuera un lobista de las grandes empresas de su país, las de los sectores de la energía, la alimentación, las armas, «para ofrecer sus productos ante una Europa necesitada, que va a tener dificultades para producir debido al alza del precio de los fertilizantes y las dificultades para importar potasio de Rusia y Bielorrusia, y que se ha quedado sin dos importantes proveedores […] y para garantizar que sus representados sean los grandes beneficiados de una guerra que, una vez más, se lleva a cabo lejos del territorio estadounidense. A los representantes de la UE les ha tocado el papel, que parece que asumen gustosos, de implementar las instrucciones que les traslada el inquilino de la Casa Blanca».

Unas pocas semanas antes, Alemania había decidido abandonar la puesta en funcionamiento del recién terminado, pero aún no estrenado, gasoducto Nord Stream 2, que iba a conectarla a Rusia y proveerla con un combustible relativamente barato (véase «Alemania cambia el rumbo», Brecha, 3-III-22). La invasión de Ucrania fue la ocasión de oro para Estados Unidos de concretar su sueño de ponerle candado a esa megaobra que tanto acercaba Europa a Rusia sin tener que seguir moviéndose entre bambalinas para boicotearla, como había estado haciendo hasta la bendecida guerra de Putin.

Si antes era dependiente de Moscú para aprovisionarse de gas (también de petróleo y de uranio enriquecido), tras la suspensión del Nord Stream 2, Europa pasará a depender de Estados Unidos. Pero deberá pagar una factura sustancialmente más cara para traer el combustible desde el otro lado del océano. Peor aún: en Estados Unidos el gas y el petróleo se extraen en gran medida mediante fracking, un procedimiento considerado altamente contaminante, que países de la UE como Francia y Alemania habían prohibido en su territorio, por considerarlo contrario a los objetivos de combate al cambio climático que la UE presenta como «parte constitutiva de todas sus políticas». Ahora, «para recibir el gas del amigo americano», Europa deberá hacer «grandes inversiones en múltiples plantas regasificadoras», que serán onerosas económica y ambientalmente, señalan el científico Antonio Turiel y el periodista y militante ecologista Juan Bordera (CTXT, 1-III-22).

***

Turiel y Bordera consideran la guerra de Ucrania como «la primera de la era del descenso energético». «Vivimos en el siglo de los límites», escriben, y nos estamos acercando a pasos agigantados al peak oil, «ese momento en el que la producción de petróleo llega a su máximo técnico, económico y físico y comienza inexorablemente a declinar, por más inversión, tecnología e innovaciones que se quieran hacer para evitarlo». Las principales potencias se están preparando para ese momento, pero mientras tanto se están disputando el control de lo que queda de combustibles fósiles a cara de perro. «En los gabinetes del Kremlin se sabe que la bonanza que les da actualmente la abundancia de recursos minerales, con los energéticos a la cabeza, es pasajera. Y por eso mismo a Rusia le interesa situarse lo mejor posible de cara al futuro: controlar el acceso al mar Negro, neutralizar futuras amenazas, controlar la producción mundial de cereales… Todos ellos son objetivos muy alineados con una estrategia para hacer frente a los múltiples picos de extracción de materias primas que se avecinan.»

Lo mismo sucede del otro lado. «Cuando ya se empieza a reconocer que la abundancia del gas del fracking tiene los días contados, también a Estados Unidos le interesa aprovechar esa abundancia mientras dure», sostienen Turiel y Bordera. En los últimos años, dice la nota, la superpotencia ha «incrementado exponencialmente su capacidad de licuefacción de gas» para transportarlo en barcos y venderlo en mercados que lo puedan comprar. En primer lugar, el europeo. De haberse construido el gasoducto Nord Stream 2 no hubiera podido hacerlo. Ahora tiene las puertas abiertas. Hasta que las canillas se cierren. O mientras el planeta aguante.

***

Así como todo el mundo sabe que en algunas décadas se acabarán las reservas de combustibles fósiles, todo el mundo sabe también, sugieren Turiel y Cordera, que la superexplotación de esos recursos ha conducido al desastre ambiental actual. Lo saben, obviamente, quienes lo vienen denunciando y lo saben también quienes de la boca para afuera lo niegan porque están ligados a esas industrias contaminantes. Pero la necesidad tiene cara de hereje, y muchos de aquellos países que se presentaban como campeones del combate a las causas del cambio climático y competían por fijar objetivos ambiciosos de reducción de la emisión de gases de efecto invernadero porque «el planeta se muere» hoy miran para otro lado, aunque el tren les venga de frente y amenace con llevarlos puestos.

A fines del año pasado, Alemania anunció que adelantaría a 2030 el fin de la energía generada a partir de carbón. Se trataba de eliminar simultáneamente dos fuentes contaminantes, la carbonífera y la nuclear, y de apostar a largo plazo a las renovables y al gas como «energía de transición», dijeron entonces referentes de la coalición tripartita gobernante de socialdemócratas, liberales y verdes. De la nuclear, Alemania viene reduciendo su dependencia desde que comenzara a aplicar un plan de reducción de las centrales a partir del desastre de 2011 de Fukushima, en Japón, pero el carbón pesa tanto en el abastecimiento energético que ha convertido al país en uno de los que más emiten dióxido de carbono en Europa.

De todas maneras, la guerra de Ucrania cambió la ecuación y la descarbonización deberá esperar en Alemania. «En nuestra seguridad energética futura, para no depender de Rusia el carbón desempeñará un papel crucial», dijo a mediados de marzo Olaf Lies, el ministro socialdemócrata de Energía del estado de Baja Sajonia. «Que volviéramos a elegir esta frase no era del todo evidente, dado el plan del país de eliminar el carbón para 2030 y alcanzar la neutralidad climática para 2045, pero así son las cosas», añadió.

***

Si para Alemania las vías del Señor para reducir la dependencia energética del gas ruso pasan por recarbonizar o no descarbonizar, en Francia pasan por renuclearizar o no desnuclearizar. No hace tanto, en 2018, cuando la moda verde amenazaba con acabar de trastocar el ya muy trastocado paisaje político francés, el presidente Emmanuel Macron anunciaba su «ambición de reducir la cuota de la energía nuclear en el mix energético» del 70 por ciento actual al «50 por ciento» hacia 2030. Reconocía entonces que la nuclear era una energía potencialmente peligrosa, que no podía ser catalogada como ambientalmente aceptable.

Pero el tremendamente poderoso lobby nuclear puso todo su peso en la balanza, y también lo hicieron las necesidades políticas. Uno de los temas de campaña de la extrema derecha en Francia en los últimos años ha sido la «defensa de la soberanía energética del país, que aquí pasa por afirmar la apuesta a la energía nuclear», según dijo en múltiples actos Marine Le Pen, la candidata de la Agrupación Nacional que en 11 días le disputará la presidencia a Macron en segunda vuelta. La industria nuclear da, además, empleo directo a más de 200 mil personas que viven en zonas empobrecidas del territorio, donde la extrema derecha ha crecido.

A fines del año pasado, Macron anunció el «renacimiento de la industria nuclear en Francia». Y en febrero, cuando ya el conflicto en Ucrania se había tensado, precisó su plan: se construirán seis nuevos reactores, se estudiará la viabilidad de otros ocho y aquellos de los 56 actualmente existentes cuya vida útil pueda ser prolongada serán recauchutados.

A comienzos de febrero, tanto Francia como Alemania habían recibido un espaldarazo de la Comisión Europea para seguir adelante con sus respectivas políticas energéticas. El órgano ejecutivo y encargado de proponer leyes a la UE adoptó un borrador de resolución que etiqueta como «verdes», es decir como «ambientalmente sostenibles», tanto a la energía nuclear como al gas fósil. Al mismo nivel que las energías renovables. (Sobre lo poco «verde» del gas fósil, véase, por ejemplo, «Una jugada por delante», Brecha, 14-I-22). «No se atrevió a catalogar como verde al carbón, pero no desesperemos, ya llegará el momento en que lo haga. Siempre se puede caer más bajo y desdecirse de lo que hasta hace cinco minutos se afirmaba con tanto énfasis», ironizó un integrante del movimiento ecologista Extinction Rebellion cuando se divulgó el borrador.

Si el Parlamento Europeo o el Consejo Europeo no rechazan la propuesta de la comisión antes de agosto, la nuclear y el gas fósil serán consideradas oficialmente energías verdes en los 27 países de la UE el 1 de enero de 2023 y entrarán en la lista de «inversiones sostenibles», aunque los científicos del Panel Internacional de Cambio Climático sigan produciendo documento tras documento denunciando que con decisiones como esas se esté yendo hacia «un seguro suicidio colectivo».

Movimientos sociales europeos habían propuesto que se lanzara una consulta pública en toda la región sobre el tema, pero la comisión nunca barajó esa posibilidad. Y no la barajará. Menos que menos ahora, «en un contexto de guerra que impone decisiones rápidas para salir cuanto antes de la dependencia del gas ruso», según dijo un alto funcionario europeo a mediados de marzo.

«La era del descenso energético no iba a ser un camino de rosas. Eso lo sabíamos. Que de repente las fuentes de energía no renovables (petróleo, carbón, gas natural y uranio), que proporcionan casi el 90 por ciento de la energía primaria que se consume en el mundo, empiecen a disminuir no presagiaba nada bueno», escribían en CTXT Turiel y Bordera. Presagiaba, por ejemplo, cada vez más guerras por el control de los recursos. «Entre las más letales y efectivas espoletas de esas guerras se encuentra la escasez de alimentos […]. Visualicen la sequía que está afectando a amplias zonas de Sudamérica, Norteamérica, Europa o África por el caos climático. Y añadan a eso una UE completamente adicta a los recursos minerales que antes le daba Rusia a bajo precio y que ahora tendrá que buscar en otros lugares. Viertan unas gotas de populismo y creciente manipulación mediática auspiciada por los poderes económicos. Exacerben los miedos al desabastecimiento, ya entrenados durante el confinamiento, agiten fuertemente durante semanas en las que la clase media occidental vea crecer su miedo a dejar de existir al tiempo que crezca la precariedad. Observen cómo todo ello hace subir la espuma del militarismo, y después sírvanse el brebaje bien caliente. Et voilà: gracias a esta fórmula conseguiremos que los países europeos se embarquen en guerras buscando asegurarse recursos vitales para mantener un estilo de vida ya imposible. Y, encima, que tal despliegue militar se venda como que es en defensa propia.» Bordera y Turiel dicen que puede haber otra forma de «descenso energético». El anarquista español Carlos Taibo la llama decrecimiento. Supone una revolución en el modelo de desarrollo, una nueva utopía anticapitalista, a construir en la urgencia, porque los tiempos hoy son más cortos, dice Taibo. Y cuando se le objeta que su planteo «no es realista» porque un cambio de esa magnitud necesitaría de muchas décadas, cita aquella frase del francés Georges Bernanos: «El realismo es la buena conciencia de los hijos de puta».

 12 abril, 2022

Publicado enEconomía
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, durante una visita a la ciudad de Bucha, a 8 de abril de 2022. — Valentyn Ogirenko / REUTERS

La crisis del coronavirus y la invasión rusa monopolizan la primera mitad de la actual legislatura europea. La UE que dejará Von der Leyen en 2024 no seŕá la misma, pero sí lo es la gran asignatura pendiente: crear una política de asilo común.

 

"Una Unión que lucha por más". Así resumió Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, su agenda para la legislatura de 2019-2024. Cinco pilares sostenían sus prioridades políticas: la transición ecológica; el pilar social; la transformación digital; los valores europeos; una Europa más fuerte en el mundo; y la democracia europea.

Pero la pandemia global y el regreso de la guerra en Europa han revertido las ambiciones y el programa de la que está llamada a ser una Comisión geopolítica. La alemana recogió el testigo de su predecesor, Jean-Claude Juncker, con un proyecto europeo asentado en la policrisis. En la última década, la UE ha lidiado con la crisis financiera global, la casi salida de Grecia del euro, la primera marcha de uno de sus Estados miembros, el Reino Unido; la crisis de refugiados de 2015; y la amenaza interna de Polonia y Hungría al Estado de Derecho.

La gran ambición en la Bruselas de 2019 era impulsar la transición verde y convertir a Europa en el primer continente neutralmente climático a mitad de siglo. El gran reto es ahora canalizar la independencia energética de Rusia a través de la apuesta por las energías renovables.

Pocos meses después de aterrizar en el piso 13 del Berlaymont, Von der Leyen se topó con la peor pandemia del último siglo. La crisis sanitaria ha monopolizado la agenda y las energías de la capital comunitaria durante más de dos años y ha dejado hitos impensables antes de su irrupción: la compra conjunta de vacunas, la emisión de deuda común, la flexibilización de las reglas fiscales y el plan de recuperación Next Generation EU.

Cuando el coronavirus comenzaba a pasar a las páginas de la historia y la vida volvía a trasladarse de las pantallas a las calles, llegó la guerra a Ucrania. Un temor que venía calentándose durante meses, pero que los europeos pensaban que no llegaría a materializarse. Tal ha sido el shock y la vorágine de sanciones, reuniones y medidas, que el paso de la pandemia a la gripalización del virus apenas ha encontrado espacio en los discursos de políticos europeos o medios de comunicación.

La guerra se ha comido a la pandemia en términos informativos y de agenda europea. Y también está provocando un cambio tectónico en la seguridad europea y en la esencia del proyecto comunitario. La UE que dejará Von der Leyen dentro de dos años no será la misma que la que tomó en 2019. La Unión es ya un proyecto más militarizado. Por primera vez en su historia financia -con 1.500 millones de euros- el envío de armas a un país en guerra. Son muchos los que hablan de un despertar de la seguridad y la defensa europea, tradicionalmente caracterizada por su potencial diplomático y no belicista, lo que le llevó a ganar el Premio Nobel de la Paz en 2012.

"Para la generación de mis padres, Europa era una aspiración de paz en un continente dividido durante demasiado tiempo. Para mi generación es una aspiración de paz, prosperidad y unidad", asegura la líder del Ejecutivo comunitario en su carta de presentación. Tras más de un mes y medio de guerra es ya una aspiración con un gasto de defensa más elevado, más tropas en los países del Este y más discurso belicista. "Esta guerra se ganará en el campo de batalla", aseguraba recientemente Josep Borrell, Alto Representante de Asuntos Exteriores, marcando la prioridad para la nueva ofensiva que se anticipa en el Donbás: más armas a Ucrania y más pesadas.

Los olvidados y los eclipsados

Una de las grandes asignaturas de la Comisión anterior fue la de impulsar una política de asilo común. La UE suma siete años sin ella, resolviendo los dramas migratorios en sus fronteras y en sus mares con soluciones ad hoc y dejando a solicitantes de asilo durante años atrapados en procesos sin fin. Una de las promesas de la alemana fue acelerar las conversaciones para consumar un nuevo pacto migratorio, algo que ha quedado en el cajón de sastre cuando ha pasado el ecuador de su legislatura.

El 27 de febrero, una barcaza partió del puerto libio de Sabratah con 40 personas a bordo. Los cuerpos de 15 personas, incluido el de un bebé, fueron hallados poco después tras naufragar. Los 35 restantes nunca aparecieron. Tres días después, la Comisión Europea aprobó la Directiva Temporal de Asilo, una herramienta cocinada durante la guerra de los Balcanes y que nunca había sido puesta en marcha. El detonante fue la guerra en Ucrania. A través de esta legislación, los refugiados procedentes de Ucrania tendrían en cuestión de días todos los derechos garantizados para trabajar, vivir y desplazarse por la UE. En paralelo, los refugiados con pasaporte de Siria, Afganistán o Somalia sumaban y suman años en el limbo para obtener su protección internacional.

En términos económicos, las dos grandes crisis -sanitaria y bélica- también han eclipsado los avances en la Unión Bancaria, en la Unión Monetaria y en la reforma de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

También pendiente se encuentra el compromiso de añadir la violencia contra las mujeres en la lista de eurodelitos. El Parlamento Europeo ya lo pidió en septiembre, en una resolución que contó con la abstención del Partido Popular español. Dentro del colegio de comisarios habría reservas de algunos de sus miembros para elevar este lastre social a los crímenes definidos en los Tratados. Y las resistencias de países como Hungría o Polonia en el seno del Consejo Europeo hacen muy difícil que vaya a consolidarse. Una de cada tres mujeres europeas han sufrido en su vida algún tipo de violencia machista física o psicológica. La Comisión Europea sí presentó recientemente un proyecto de directiva que busca unificar el "no es no" en los Veintisiete para penalizar la violación en cualquier relación sexual no consentida.

La última pata de la agenda Von der Leyen es el "empujón a la democracia europea". Para ello se buscaba escuchar la voz de los ciudadanos a través de la Conferencia sobre el Futuro de Europa, una iniciativa que consagró muchas expectativas durante su arranque pero que se anticipa muy descafeinada en términos de resultados concretos.

El Estado de Derecho, la crisis interna más punzante para la estabilidad de la UE, es otra de las víctimas de las macro-tensiones actuales. El líder iliberal y ultraconservador Víktor Orbán acaba de revalidar su cuarto mandato en Hungría. Bruselas, tras meses aplazando la decisión, ha anunciado que aplicará el mecanismo de condicionalidad contra el país, privándole de millones de euros de fondos europeos por sus desmanes con la corrupción. Quien está saliendo más triunfante de esta crisis en Ucrania es el otro país rebelde, Polonia. La invasión rusa ha proyectado a los de Kaczynski como los alumnos privilegiados de la clase pasando de un choque frontal con Bruselas a ser uno de los grandes aventajados por acoger a millones de refugiados ucranianos y ser la voz más tenaz contra Vladimir Putin.

Bruselas

14/04/2022 21:36

Por María G. Zornoza@MariaGZornoza

Publicado enInternacional
  Bombas de extracción de petróleo en Vaca Muerta en Argentina. — Agustin Marcarian / REUTERS

En 2021, los sesenta principales bancos del mundo destinaron más dinero a los combustibles fósiles que en en 2016, año en el que se firmó en la capital francesa el principal acuerdo internacional contra la crisis climática. 

 

La banca mundial sigue dando la espalda a la lucha contra la crisis climática. En la última Cumbre del Clima de Glasgow (COP26), más de un centenar de entidades financieras firmaron un compromiso para reducir los flujos de dinero que respaldan actividades que contribuyen al calentamiento del planeta. No era la primera vez. Los bancos llevan años prometiendo cambios en sus negocios, pero esos cambios no llegan y el tiempo de acción se estrecha.

Desde que se firmó el Acuerdo de París en 2016 –el tratado internacional más importante para la lucha contra la crisis climática–, los sesenta bancos privados más grandes del mundo han incrementado la financiación y las inversiones en combustibles fósil, es decir, en petróleo, gas o carbón, cuya quema es la causa principal de la subida global de temperaturas.

Así lo evidencian los datos del informe anual Banking on Climate Caos, que detalla que la cantidad de dinero destinada en 2021 a estas materias o actividades relacionadas con ellas, 742.000 millones de dólares, se mantiene por encima de lo que se invertía antes del acuerdo climático de 2016, cuando las sesenta principales entidades bancarias destinaron 723.468 millones de dólares, una subida del 2,5%. En estos últimos seis años la banca mundial ha destinado a combustibles fósiles un total de 4,6 billones de dólares.

En 2020 y 2021, la financiación de gas, carbón y petróleo se redujo levemente, en parte, debido a las consecuencias económicas de la covid-19. Antes de la pandemia los bancos estaban destinando 829.000 millones de dólares a estos negocios. Aún así, la contracción no ha conseguido rebajar las finanzas nocivas para el clima y mantenerlas por debajo de los niveles previos al histórico acuerdo parisino.

En esas seis decenas de bancos, destacan cuatro entidades estadounidenses que acapararan una cuarta parte de toda la financiación de combustibles fósiles de los últimos seis años: JPMorgan Chase, Citi, Wells Fargo y Bank of America. De esta forma, suman 1,1 billones de dólares a actividades que se relacionan de alguna forma con los combustibles fósiles. 

La banca lleva años trabajando para cambiar su imagen, presentándose al mundo en las cumbres internacionales como ejes imprescindibles para la transición energética y como pilar central para movilizar los flujos de dinero hacia las nuevas tecnologías renovables. Sin embargo, los datos del informe revelan que estos sesenta bancos siguen otorgando crédito a empresas cuya actividad se basa en la extracción y comercialización de petróleo, gas o carbón. Concretamente, se ha destinado 26.000 millones a proyectos de exploración de hidrocarburos –nuevos yacimientos de petróleo o gas– de una veintena empresas, como las petroleras ExxonMobil o Saudi Aramco o la gasista rusa Gazprom. Esta cifra es relativa al crédito otorgado entre 2019 y 2021.

Los bancos españoles

En el listado aparecen tres entidades conocidas en España: el banco Santander, BBVA y CaixaBank. De estas, destaca el grupo dirigido por Ana Patricia Botín, pues sigue la tendencia global de incrementar las inversiones en los combustibles sucios. En 2016 este compañía destinó 6.512 millones de dólares a estos actividades y ahora, seis años después, la cantidad es de 7.920 millones. Es decir, un incremento del 21% respecto a los niveles del Acuerdo de París.

En el caso del BBVA, el banco ha reducido en cerca de mil millones sus inversiones fósiles, pasando de 4.640 millones en 2016 a 3.550 en 2021, un 23% menos en seis años. CaixaBank, por su parte, mantiene estables sus finanzas en esta materia, aunque hay un ligero descenso del 7%, al pasar de 584 millones en 2016 a 541 millones en 2021.

madrid

14/04/2022 21:35

Por Alejandro Tena@AlxTena

Publicado enMedio Ambiente
El impacto en la salud del 5G. El estudio científico que asesora a las y los europarlamentarios

Estado actual de los conocimientos sobre los riesgos cancerígenos y reproductivos y de desarrollo, tal y como se desprende de estudios epidemiológicos y estudios experimentales in vivo.

Extracto/resumen realizado por Ecologistas en Acción del Estudio sobre el «Impacto del 5G en la salud. Estado actual de los conocimientos sobre los riesgos cancerígenos y reproductivos y de desarrollo, tal y como se desprende de estudios epidemiológicos y estudios experimentales in vivo” (ver documento original completo en inglés), realizado por un grupo de trabajo del Instituto Ramazzini (Bolonia) dirigido por la Dra. Fiorella Belpoggi, por encargo del Panel STOA del Parlamento Europeo (junio, 2021), para su presentación como la base documental tecno-científica en este ámbito a las y los europarlamentarios.

Hasta donde sabemos, se trata de la revisión más completa hasta la fecha del estado de la investigación sobre el 5G, tanto de las bajas a las más altas radiofrecuencias (gigahercios) utilizadas en el 5G, por lo que es también una evaluación de las comunicaciones móviles en su conjunto, limitada al ámbito carcinogénico y de la fertilidad/desarrollo.

Los resultados del informe STOA pueden resumirse como sigue:

Esta revisión concluye que actualmente hay pruebas suficientes y limitadas (sufficient evidence y limited evidence en inglés) tanto de su carcinogenicidad como de su afectación a la fertilidad, especialmente en las radiofrecuencias de los rangos GSM, UMTS, LTE y 5G (450 a 6.000 MHz) utilizados hasta ahora.

«Dado que se han realizado pocas investigaciones sobre las consecuencias para la salud de la exposición a largo plazo a las ondas milimétricas, el despliegue generalizado de la infraestructura 5G constituye un experimento masivo que puede tener impactos adversos en la salud pública».

En la evaluación deben tenerse en cuenta los efectos no térmicos, algo que no se ha hecho hasta ahora. “Los efectos nocivos de la interacción biológica no térmica de las RF-EMF con los tejidos humanos y animales no se han incluido en la determinación de las directrices de la Comisión Internacional de Protección contra las Radiaciones No Ionizantes (ICNIRP 2020), a pesar de la enorme cantidad de publicaciones científicas disponibles que demuestran la nocividad o la nocividad potencial de dichos efectos”. Por ello, se critica directamente a la ICNIRP y se considera que sus directrices no tienen ninguna función protectora.

Los autores del estudio piden que se detenga la expansión del 5G (una moratoria para las ondas milimétricas, el rango de frecuencias más alto, de 24 a 100 GHz), que se investigue sobre las altas frecuencias del 5G, que se eduque a la población y que se apueste por la expansión de las redes de fibra óptica en vez de inalámbricas.

En su punto 8, el informe recomienda a las y los representantes europarlamentarios las siguientes opciones políticas:

“8.1. Optar por una tecnología novedosa para los teléfonos móviles que permita reducir la exposición a los campos electromagnéticos (CEM) de radiofrecuencia (RF)”.

“…los estudios epidemiológicos han observado un aumento estadísticamente significativo de los tumores cerebrales y de los tumores de células de Schwann de los nervios periféricos, principalmente entre los usuarios intensivos de teléfonos móviles.

Por ello, es necesario actuar para que se fabriquen aparatos telefónicos más seguros, que emitan poca energía y que, a ser posible, sólo funcionen cuando estén a cierta distancia del cuerpo. El auricular con cable resuelve gran parte del problema, pero es incómodo y, por tanto, desanima a los usuarios; por otra parte, no siempre es posible utilizar el modo de altavoz. La opción de reducir al máximo la exposición a los CEM de RF en relación con los teléfonos sigue siendo válida sean cuales sean las frecuencias utilizadas, desde el 1G hasta el 5G. … la adopción de límites más estrictos en la UE para los dispositivos de telefonía móvil [del 5G] sería a la vez un enfoque sostenible y de precaución”.

“8.2. Revisión de los límites de exposición para el público y el medio ambiente con el fin de reducir la exposición a los campos electromagnéticos de radiofrecuencias de las torres de telefonía móvil …”.

“8.3. Adopción de medidas para incentivar la reducción de la exposición a los CEM de RF”.

“… Por ejemplo, podrían utilizarse cables de fibra óptica para conectar escuelas, bibliotecas, lugares de trabajo, casas, edificios públicos y todos los edificios nuevos, etc., y los lugares de reunión pública podrían ser zonas «LIBRES de CEM de RF” (al igual que las zonas “Libres del humo del tabaco”) para evitar la exposición pasiva de las personas que no utilicen un teléfono móvil o una tecnología de transmisión de largo alcance, protegiendo así a muchas personas vulnerables de edad avanzada o inmunocomprometidas, los niños y las personas hipersensibles”.

“8.4. Promover la investigación científica multidisciplinar para evaluar los efectos a largo plazo del 5G sobre la salud y encontrar un método adecuado de control de la exposición al 5G”

“La bibliografía no contiene estudios adecuados que permitan descartar el riesgo de que se produzcan tumores y efectos adversos en la reproducción y el desarrollo tras la exposición a la las Ondas Milimétricas del 5G, ni excluir la posibilidad de algunas interacciones sinérgicas entre la 5G y otras frecuencias que ya se están utilizando … estas lagunas de conocimiento justifican la petición de una MORATORIA SOBRE LAS ONDAS MILIMÉTRICAS DEL 5G, a la espera de que se complete la investigación adecuada … «Introducir la tecnología de las Ondas Milimétricas del 5G sin más estudios preventivos supondría realizar un ‘experimento’ en la población humana, cuyas consecuencias son totalmente inciertas …”

Aconseja aplicar el mismo criterio que en el “Registro, Evaluación, Autorización y Restricción de las Sustancias y Preparados Químicos” (REACH -CE, 1907/2006-): para “mejorar la protección de la salud humana y del medio ambiente mediante una mejor y más temprana identificación de las propiedades intrínsecas de las sustancias químicas” …, “mejorar la innovación y la competitividad de la industria química de la UE”, y “responsabiliza a la industria de proporcionar información sobre la seguridad de las sustancias”…

8.5. Promover campañas de información sobre el 5G.

“… Las campañas de información deben llevarse a cabo a todos los niveles, empezando por las escuelas. Hay que informar a los ciudadanos de los posibles riesgos para la salud, …, y del uso correcto de los teléfonos móviles…”.

Algunas pinceladas para saber más sobre el Panel STOA

La Evaluación de Opciones Científicas y Tecnológicas (STOA por sus siglas en inglés) es el órgano oficial del Parlamento Europeo responsable de la evaluación tecnológica.

Tiene como propósito llevar a cabo evaluaciones expertas e independientes del impacto de las nuevas tecnologías, además de identificar opciones de políticas a largo plazo, las cuales sean estratégicamente útiles a las comisiones del Parlamento en su papel de formulación de políticas.

Su trabajo es realizado en colaboración con expertos externos (institutos de investigación, universidades, laboratorios, consultorías o investigadores individuales contratados para ayudar a preparar proyectos específicos).

Algunas pinceladas para saber más sobre el Instituto Ramazini

Es una cooperativa independiente sin ánimo de lucro con más de 27.000 personas socias, dedicada a la promoción de la investigación científica para la prevención del cáncer y de enfermedades de origen ambiental.

El Instituto Ramazzini colabora desde hace años con el Programa Nacional de Toxicología, del Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental de Estados Unidos, para el tratamiento de los datos experimentales de los ensayos de carcinogénesis a largo plazo realizados en el Centro de Investigación del Cáncer Cesare Maltoni (CRCCM). El principal objetivo de esta colaboración es poner a disposición de la comunidad científica los datos de los estudios publicados, permitiendo así la evaluación cualitativa y cuantitativa del riesgo y la realización de nuevas investigaciones.

En el CRCCM es el segundo centro en el mundo por el número de sustancias estudiadas por su carcinogenicidad (más de 200 compuestos) después del Programa Nacional de Toxicología de EE. UU. Los resultados de numerosos estudios realizados durante más de 40 años han constituido la base científica normativa a nivel nacional e internacional.

07/04/2022

Fuente: https://www.ecologistasenaccion.org/194950/el-impacto-para-la-salud-del-5g-el-estudio-cientifico-que-asesora-a-las-y-los-europarlamentarios/

Miércoles, 16 Febrero 2022 06:14

El patriarcado climático capitalista racial

El patriarcado climático capitalista racial

El colapso climático es el cálido aliento tóxico del patriarcado capitalista supremacista blanco. Mujeres, feministas y personas LGBTQIA2S+ de todo el planeta vienen denunciando desde hace décadas que la crisis climática tiene raíces patriarcales. Tanto si se llaman ecofeministas, feministas climáticas o ecoqueer, las activistas feministas climáticas propugnan un “cambio feminista del sistema y no un cambio del clima”, como dice uno de los lemas del movimiento.

Mujeres y Feministas por la Justicia Climática se ha convertido en una fuerza transnacional que tiene su propio acrónimo particular: WFCJ. A medida que se acelera el calentamiento global, este movimiento redobla su activismo global por una justicia climática feminista en todos los continentes. Aunque WFCJ impulse la movilización global, nace de la resistencia y la acción localizadas a nivel comunitario, regional y nacional.

Transnacional

Las mujeres indígenas que defendieron los recursos hídricos en el Campamento de Standing Rock y su victoria frente a los promotores del oleoducto de acceso XL Dakota simbolizan las innumerables luchas localizadas contra los proyectos de minería extractiva encabezadas por mujeres indígenas en todo el planeta. Las campañas comunitarias de las mujeres campesinas de La Vía Campesina para combatir y desmantelar estructuras patriarcales domésticas cimentaron su activismo internacionalista en pro de un feminismo campesino frente a la agricultura industrial planetaria.

También está el Colectivo Ecofeminista Africano, que aboga por la recuperación de los bienes comunales y se opone a las empresas multinacionales y al neoliberalismo. El Movimiento Kurdo de Mujeres refuerza las alianzas ecofeministas transfronterizas a partir de la construcción en su tierra de una sociedad ecofeminista en Rojava. Asimismo está el bloque Queer Pink en la campaña contra el carbón en Alemania, Ende Gelände, que contesta la estructura cis-heteronormativa de un sistema patriarcal transnacional que destruye el clima. Estos son algunos ejemplos de actividades locales del feminismo ecológico que han construido solidaridades transnacionales con WFCJ en todo el globo.

Solidaridad

Las luchas locales son fundamentales para este movimiento. Son específicas, situadas históricamente e interseccionales. Nombrarlas es crucial para evitar afirmaciones esencialistas, etnocéntricas y universalistas sobre el género y el clima por encima de las fronteras. Los movimientos arriba citados construyen solidaridades entre luchas locales e intercontinentales, de la misma manera que las activistas académicas Linda E. Carty y Chandra T. Mohanty han explicado que son centrales para la construcción de movimientos feministas transnacionales exitosos.

En resumen, WFCJ no es monolítico. Carty y Mohanty también subrayan la necesidad de abordar y trabajar las dificultades de la divisoria norte-sur, un término utilizado para describir el acceso desigual a recursos materiales, a la producción de conocimiento y al poder en general entre las mujeres del norte global y las del sur global, tanto históricamente como en la actualidad. Las mujeres de WFCJ se reúnen para implementar esta clase de solidaridad en escenarios internacionales para la acción climática. Esto demuestra que al igual que la resistencia climática, la justicia climática feminista no solo es nacional, sino que es global.

Liberador

En una presentación en línea realizada en 2020, Ruth Nyambura, ecologista política keniana y cofundadora del Colectivo Ecofeminista Africano, expuso las complejidades de lo que llamó políticas de solidaridad feministas transnacionales. Subrayó la importancia de “trabajar colectivamente, con cuidado y ternura, para transformar las luchas locales en luchas globales”. Explicó cómo “nuestras luchas no solo son parecidas, sino que parece que combatimos a los mismos poderes”, que “el contexto que nos une es real, pero también lo es el que nos divide…” y cómo “mucha gente… también experimenta los efectos y secuelas de la colonización”.

También formuló una propuesta vital para el movimiento cuando declaró que “mi llamamiento no es a favor de una solidaridad romantizada, sino a que nos comprometamos de verdad con sus posibilidades. Pensemos cómo podrían ser esos nuevos mundos liberados”. Las palabras de Nyambura también vinieron acompañadas de un mensaje de posibilidades anticapitalistas y descoloniales como cuestiones centrales de la visión del movimiento.

La Red de Mujeres para la Tierra y la Acción Climática (Women’s Earth & Climate Action Network, WECAN), la Organización de Mujeres por el Medioambiente y el Desarrollo (Women’s Environmental & Development Organization, WEDO), MADRE Global Women’s Rights y  Alternativas de Desarrollo con Mujeres por una Nueva Era (Development Alternatives with Women for a New Era, DAWN) son destacadas ONG climáticas de mujeres que propugnan los mundos liberadores que Nyambura nos invita a imaginar.

Sequías

La Agenda Feminista por un Nuevo Pacto Social Verde (Feminist Agenda For a Green New Deal, FemGND), la Escuela de Organización Feminista Indígena, la Escuela de Organización Feminista Internacional Berta Cáceres, la Unión Global de Mujeres Indígenas Cura da Terra Pre-Ella y el Grupo Mujeres y Género (Women and Gender Constituency, WGC) son algunas iniciativas impactantes que galvanizan un movimiento WFCJ transnacional. Son la primera línea de las comunidades que encabezan soluciones climáticas reales y robustas.

WFCJ impulsó una presencia popular y vibrante en la Conferencia sobre el Clima de Naciones Unidas COP26 de este año en Glasgow. Incluso Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), la congresista estadounidense, se unió a su plataforma climática antipatriarcal llevando una de sus máscaras “Feminist Climate Justice”.

Tal vez uno de los informes sobre clima y género que más ha circulado es el que muestra que las mujeres, especialmente las indígenas y las del sur global, son las que se ven más desproporcionadamente afectadas en todo el mundo por el cambio climático. Son ellas las que reciben los impactos y soportan las cargas más pesadas de las catástrofes naturales relacionadas con el cambio climático. Inundaciones, sequías, derrumbes, falta de agua, crecientes enfermedades infecciosas y problemas respiratorios golpean primero y con más saña a las mujeres.

Comunidades

Las mujeres constituyen el 80 % de la gente que se ve forzada a abandonar su hogar durante catástrofes climáticas, según estudios de Naciones Unidas. También tienen 14 veces más probabilidades que los hombres de morir a raíz de alguna catástrofe relacionada con el cambio climático. Las personas trans y no binarias, especialmente si son de color, también se ven afectadas desproporcionadamente por el cambio climático. Durante y después de una catástrofe ambiental se producen más actos de violencia física y sexual contra ellas. Asimismo se enfrentan a más peligros durante emergencias climáticas debido a que es menos probable que lleguen a ser evacuadas al encontrarse aisladas por culpa de la discriminación que sufren.

Phillip Brown, femme queer no binaria, activista de la justicia climática, artista y escritor, nos recuerda cómo “los cuerpos queer resisten, los cuerpos queer pertenecen, los cuerpos queer protegen”. Habiendo inmigrado a EE UU procedente de Kingston, Jamaica, a la edad de 18 años, Phillip me explicó una vez por qué las comunidades queer y trans son cruciales para la justicia climática. Cómo sus manifestaciones de autenticidad y la creación de comunidades se estructuran alrededor de la cooperación y el amor, que son parte integrante de la ética de cuidados necesaria para un mundo realmente justo desde el punto de vista climático.

Multiplicidad

Sin embargo, a pesar de que las cargas del cambio climático varían en función del género, el cambio climático también afecta de modo distinto a diferentes grupos de mujeres. No solo el género, sino también la raza y la clase determinan los impactos que tiene el calentamiento global en mujeres de distintas identidades, países y antecedentes sociopolíticos. Si este es el caso, ¿cómo es que mujeres y feministas de todos los continentes generan solidaridad en un movimiento transnacional por la justicia climática?

Si dices “el sistema”, ding ding ding… ¡correcto! (emoji de levantamiento de hombros). Pero espero que estés de acuerdo en que vayamos más allá y lo llamemos por su nombre: es el patriarcado climático. O más concretamente, el patriarcado climático capitalista racial, un sistema que devalúa a las mujeres y mercantiliza el planeta y que históricamente ha sido alentado y sostenido a través del colonialismo y el imperialismo y por imposición de modelos de familia y subjetividades cis-heterosexuales dominantes. También quisiera indicar que dentro de esta estructura transnacional existe una multiplicidad de patriarcados climáticos capitalistas raciales, una plétora de manifestaciones más específicas de un lugar o localizadas del sistema global del patriarcado climático capitalista racial.

Ecológico

Los patriarcados climáticos se caracterizan por localizaciones geográficas e historias sociopolíticas específicas y por personalidades subjetivas determinadas por género, raza y clase. Soy una mujer cisgénero blanca occidental (ella) y activista académica. Procuro iluminar la teoría que escribo junto con los movimientos activistas de base en los que participo. Llevo casi una década actuando con mujeres y feministas transnacionales por la justicia climática. Muchas de ellas son ahora mis amigas y compañeras más queridas.

La acción directa, la impresión de lemas feministas en pancartas por la justicia climática, la retirada de la insignia de la COP ‒de quién si no‒ y la búsqueda colectiva de ideas y soluciones para la resistencia climática feminista son algunas de mis experiencias en este movimiento, junto con las grandes almas que lo componen. He entrevistado a más de un centenar de mujeres WFCJ de docenas de países en actos muchas veces citados a ambos lados del Atlántico. He leído la teoría y la literatura que relaciona el género y el clima en todo el globo y la teoría ecofeminista que explica cómo ha ocurrido todo esto.

Desigualdades

Lo que está claro es que existe tanto una ciencia académica como una narrativa común de WFCJ sobre el impacto desproporcionado del clima en la labor ecológica y el trabajo basado en la tierra de las mujeres, su poder, sus cuerpos y sus epistemologías en el conjunto de este movimiento transnacional, pero de maneras marcadamente diferentes e interseccionales. Lo que une a WFCJ es un sentido compartido a la hora de calificar el sistema económico global de hoy, que tiene sus raíces en legados coloniales racistas, como causa histórica y actual responsable de su desempoderamiento y su subordinación al provocar y agravar el propio cambio climático.

Existe una estructura patriarcal climática capitalista racial a la que nos resistimos colectivamente. Sin embargo, afecta a todas nosotras de modo distinto, en función de nuestras posiciones localizadas específicas y nuestras historias materiales. Las cargas desproporcionadas del cambio climático que pesan en el género y la raza en todo el mundo no son una coincidencia, ni tampoco una especie de plan patriarcal global. Lo que nos muestran los datos empíricos es que el cambio climático agrava las desigualdades estructurales preexistentes de las mujeres.

Descolonial

Ataques internacionales a los derechos reproductivos, crisis de feminicidio, machismo incesante, trabajos infravalorados y no remunerados, crecientes niveles de pobreza y sinhogarismo, desplazamiento geográfico, nivel patológico en ascenso y tasas de violencia sexual cada vez mayores suenan como una lista sobrecargada que describe las puertas encendidas del infierno  patriarcal. Trágicamente, no es más que un resumen de las cargas estructurales desproporcionadas que las mujeres han tenido que soportar bajo el capitalismo durante cientos de años. La globalización y el neoliberalismo son los instigadores de esos ataques sin fronteras.

Tetet Nera-Lauron, activista WFCJ desde hace tiempo y asesora de la Rosa-Luxemburg-Stifung en su casa de Manila, Filipinas, me contó hasta qué punto las desigualdades sistémicas tienen sus raíces en una “mala lógica inherente a una arquitectura global quebrada comercial y financiera”. Añadió explicando cómo “en un contexto en que la covid-19 y la recesión económica cada vez más intensa magnificaron las vulnerabilidades preexistentes en todo el sur y el norte globales; la incapacidad del paradigma de desarrollo dominante de ofrecer soluciones justas y duraderas a las múltiples crisis devino más evidente que nunca antes”. En su reciente artículo Climate migration is a feminist issue, Nera-Lauron explica asimismo cómo en respuesta a las desigualdades de género sistémicas que conllevan impactos climáticos desproporcionados para las mujeres es preciso plantear un nuevo pacto social verde global, descolonial y feminista.

Renombrar

El término patriarcado climático capitalista racial no es un mero lema inventado sobre la marcha o un conjunto de palabras inconexas juntadas en una expresión, sino que pretende nombrar y explicar las jerarquías estructurales globales del poder y la opresión. El concepto tiene sus raíces en décadas de activismo feminista fundacional y de teorización sobre pautas sistémicas de opresión de género, raza y clase que se remontan a la década de 1970. Sistemas de opresión que se superponen en parte y configuran la economía capitalista global tal como la conocemos.

El patriarcado climático capitalista racial es una adaptación del patriarcado capitalista, un término acuñado por Zillah R. Eisenstein en 1978. Expresa que el capitalismo no es el único sistema causante de desigualdades globales y que la opresión capitalista también es patriarcal y racista, además de ser clasista. Trata de hallar las raíces más profundas de la desigualdad global y las ubica en la opresión de género racial.

En 1983, el profesor Cedric J. Robinson desarrolla y teoriza el término capitalismo racial. Este término abarca la relación interdependiente entre opresión racial y capitalismo global, planteada décadas antes por pensadores revolucionarios como W.E.B. Du Bois, Oliver Cromwell Cox y Frantz Fanon, entre otros. En la década de 1990, la gran profesora feminista bell hooks fusiona los términos de patriarcado capitalista y capitalismo racial, renombrando el sistema global con la expresión “patriarcado capitalista imperial supremacista blanco”.

Opresión

En una entrevista realizada en 2015 con el profesor George Yancy, hooks reafirma la importancia del término para el análisis estructural global actual, declarando que “… para mí, esta expresión siempre me remite a un contexto global, al contexto de clase, de imperio, de capitalismo, de racismo y de patriarcado. Todas estas cosas tienen que ver entre sí: un sistema interconectado”. Ese mismo año, la actriz y activista trans Laverne Cox dio su versión del término tuiteando: “En realidad, su patriarcado capitalista supremacista blanco imperialista cisnormativo heteronormativo…”. Esto añade a la panoplia la opresión estructural de los binarios cisgénero hegemónicos.

El patriarcado climático capitalista racial está basado en las aportaciones de estas pensadoras activistas. En su forma más divulgada es el patriarcado climático capitalista supremacista blanco imperialista cisnormativo heteronormativo. En la línea de estas pensadoras feministas y transnacionales del sistema mundo creo que es fundamental calificar la opresión climática de sistema raíz de opresión, interconectado inseparablemente de los demás.

Ecofeminismo

La opresión climática es extractiva y ecocida. Trata a las mujeres y los pueblos marginados del mismo modo que trata el planeta. Las activistas y académicas feministas ecológicas sostienen desde hace tiempo que no se puede liberar la naturaleza sin liberar a las mujeres y a las personas trans y no binarias. Afirman que la ideología fundacional del capitalismo del crecimiento continuo ‒que se manifiesta en forma de extracción infinita de recursos naturales finitos‒ viene habilitada por la subordinación interconectada de las mujeres, las gentes racializadas y marginadas y la naturaleza.

En su libro de 1974 Le féminisme ou la mort, la feminista francesa Françoise d’Eaubonne sostiene que una opresión histórica interconectada de las mujeres y el planeta se hallan en la raíz tanto de la crisis ambiental como de la opresión sistémica generalizada de las mujeres y que la crisis ambiental es de hecho un resultado de la opresión de las mujeres. Para D’Eaubonne, el remedio para esta crisis es el ecofeminismo, siendo Le féminisme ou la mort el libro en que se publicó por primera vez el término.

Bases

No obstante, feministas y activistas indígenas han articulado la doble subordinación de género y ambiental bajo el capitalismo desde el comienzo de la crisis climática. Más recientemente, Tom Goldtooth, director dine' y dakota de la Indigenous Environmental Network (IEN), intervino ante la asamblea general de la Coalición COP26 y subrayó que “el sistema que cosifica a las mujeres es el mismo sistema que cosifica a la Madre Tierra”. Sus palabras se hacen eco de las que pronunció la activista cree Melina Laboucan-Massimo cuando dijo que “la violencia contra la Tierra engendra violencia contra las mujeres”. Y hace muy poco la miembra del clan gidimt'en y defensora del territorio wet'suwet'en, Delee Nikal, expresó cómo “el feminicidio está directamente vinculado al ecocidio”.

El colonialismo es el vehículo que exportó el patriarcado climático capitalista racial a todo el mundo mediante proyectos de desarrollo e industrialización. “ El colonialismo causó el cambio climático” fue un mensaje central de las bases en la COP26 de este año.

Promesas

En el pleno de apertura, la activista climática maorí India Logan-Riley explicó cómo “el cambio climático es el resultado final del proyecto colonial, y en nuestra respuesta hemos de ser descoloniales, basarnos en la justicia y la atención a comunidades como la mía, que han soportado la carga de la codicia del norte global durante demasiado tiempo”. El patriarcado climático capitalista racial no es una estructura inamovible frente a la que no tengamos alternativas. Y las WFCJ no son víctimas, sino dianas, como han explicado muchas.

Además, las WFCJ y comunidades de primera línea siempre han liderado soluciones climáticas reales e innovadoras. Activistas de base siguen pugnando por el cambio sistémico necesario para salvar el planeta, pero les bloquearon el paso los guardianes de este sistema violento en el interior de la COP, los grupos de presión de los combustibles fósiles: había dos de ellos por cada persona indígena en esta COP; intervenciones de opereta de líderes mundiales contrayendo compromisos insólidos mientras incumplían promesas anteriores. La lógica institucional de la misma estructura de la COP está compuesta de las mismas fuerzas contra las que luchan estas activistas.

Interseccional

El último día de la conferencia, en el Pleno de los Pueblos, Ta'kaiya Blaney, del pueblo tla’amin, representó a los pueblos indígenas al explicar que “no vengo a mis colonizadores en busca de soluciones… ¡rechazamos las falsas soluciones de nuestros colonizadores!” El mensaje se hacía eco de las palabras de Riley en el comienzo de la conferencia cuando exclamó que “¡vuelve tierra, volved océanos!” es lo que equivale a justicia climática. Terminó con una advertencia a quienes frenan la acción climática real: “uníos o apartaos del camino”.

Las mujeres y feministas por la justicia climática también fueron explícitas con respecto a las demandas de justicia climática tanto dentro como fuera de la COP. Como me contó Andrea Vega Troncoso, de la Women’s Environment & Development Organization (WEDO), el movimiento no se detendrá hasta que no haya “un cambio feminista del sistema centrado en un feminismo interseccional con no más patriarcado, no más colonialismo y no más capitalismo”.

10/12/2021

Artículo publicado en The Ecologist

Publicado enMedio Ambiente
El ensayo y manifiesto ha sido escrito por Floreal M. Romero y traducido por Sergio España Maca Hernández (CC BY-NC)

Se presenta este mes el libro ‘Actuar aquí y ahora. Pensando la ecología social de Murray Bookchin’. Su autor, Floreal M. Romero, nos hace un repaso por las principales líneas del pensamiento del historiador y activista anarquista.

 

Allá por los años 60 del siglo pasado, Murray Bookchin fue de una de las pocas personas que advirtieron de los peligros del cambio climático como consecuencia de las emisiones de gases de efecto invernadero. Menos fueron aquellas personas que lo tomaron en serio. Ahora, bien entrados en esa dinámica de calentamiento global que ya nadie niega y que ninguna cumbre del clima puede detener, la ciencia advierte de que estamos al borde de un colapso energético, de que nos enfrentamos a una sexta extinción masiva de la diversidad mundial. A lo que se suman unas fuentes hídricas comprometidas, una contaminación acentuada y la desforestación. O sea, un desastre medioambiental que, además de haber acabado con muchas especies, amenaza ahora a la humanidad. Pero el desastre empezó con el mismísimo deterioro de la sociedad y su rapto por parte del capitalismo a partir del siglo XVI, que se apoyó tanto en las dominaciones preexistentes como en la del Estado. Y ese deterioro interno no solo no ha cesado, sino que se ha acelerado provocando cada vez una mayor desigualdad, precarización y marginalización, además de la atomización de los individuos y de la creación de trabajos asalariados sin sentido. O sea, vivimos en una sociedad suicida en la que los seres humanos han ido perdiendo hasta su mismísima esencia: el apoyo mutuo y las relaciones. Lo que viene a confirmar de nuevo la más apremiante advertencia de Bookchin: “Si no hacemos lo imposible, tendremos que afrontar lo impensable”.

La conceptualización de la ecología social y del comunalismo —las ramas más libertarias de la ecología política— son obra de Murray Bookchin (1921-2006), un exobrero sindicalista que, además, se involucró en todas las luchas de naturaleza emancipadora de su tiempo. Ya en 1950 trabajaba en una doble investigación histórica sobre las causas de la crisis ecológica y sobre las políticas que podrían contribuir a superar dicha crisis. En 1960, rechaza la posición ambientalista que defiende que la crisis ecológica se puede resolver simplemente aprobando ciertas leyes proteccionistas. Tampoco está de acuerdo con el extremismo de la ecología profunda que pretende equiparar y, en cierto sentido un tanto ambiguo, someter los humanos a la naturaleza no humana.

Para Bookchin, ambas corrientes comparten una idea de base: no abordan la raíz social de los problemas. Al destacar que “casi todos los problemas ecológicos son problemas sociales” quiere evitar el reduccionismo ecológico que hace al ser humano —mediante una especie de entidad abstracta—responsable de la degradación del medio ambiente natural, mientras se ignoran las relaciones sociales capitalistas. En realidad, en el centro de todo está la búsqueda de la valorización monetaria, que se traduce en la mercantilización forzosa del mundo. Las empresas se ven obligadas a reducir constantemente sus costes de producción para ser competitivas en el mercado. “Crecer o morir” es el leitmotiv empresarial por excelencia que lleva a una explotación desenfrenada y sin límites de los “recursos humanos” y naturales. Así, el capitalismo globalizado —construido sobre las primeras jerarquías de dominación y sus corolarios de explotación y exclusión humanas— termina ejerciendo su dominación sobre el medio natural. Por tanto, “proteger la naturaleza” significa ante todo buscar la emancipación social.

Hasta aquí, las causas. La segunda parte de la investigación histórica de Bookchin se centra en cómo superar esta crisis, lo que lo lleva a integrar plenamente la ecología en la tradición socialista revolucionaria, sobre todo en su vertiente antiautoritaria. Esto significa repensar y desmitificar, liberarse de mitos como los del “Grand soir”, ese día D en el que la clase obrera o el pueblo se alzaría de golpe y tumbaría al sistema capitalista. Se trata más bien de un proceso constructivo para la emergencia de una organización de la lucha, aquí y ahora, que persiga los objetivos establecidos de salir del capitalismo creando instituciones alternativas paralelas que, una vez conseguida una relación de fuerza favorable, puedan enfrentarse a las instituciones del Estado. Y puesto que las sociedades de clase encuentran su semilla en las sociedades jerárquicas, uno de los objetivos de esta política será disolver cualquier tipo de dominación, incluyendo, claro, el patriarcado. En cierto modo, se trata, en un mismo movimiento, de luchar contra la dominación del hombre sobre el hombre, del hombre sobre la mujer y del hombre sobre la naturaleza. Bookchin actualiza el comunalismo del siglo XIX e integra la ecología, no como un añadido —el de la necesidad de «conservar el medio ambiente»—, sino como un anclaje en su problematización ecológica de la política.

Al alimentarse tanto del pensamiento anarquista como del de Marx, los supera al integrar la ecología para hacer del comunalismo una síntesis de esos tres fundamentos teóricos. Al hacer que los seres humanos interaccionen entre ellos —como seres plenamente sociales— y con los elementos de los ecosistemas a los que pertenecen, el comunalismo sitúa el vínculo social en el centro de su organización, como fundamento de una ecocomunidad basada en el principio de la “unidad en la diversidad”.  Esta ecocomunidad es un proyecto colectivo político entendido en su sentido primario: un autogobierno democrático de la ciudad por la propia ciudadanía. En las antípodas del sistema representativo y estatal, la democracia es “desespecializada” para convertirse en popular, directa, con mandatos revocables y rotatorios. Bookchin llama a un movimiento revolucionario capaz de estimular la creación de asambleas decisorias por pueblos, barrios y ciudades, articuladas juntas y en tensión con las instituciones del Estado centralizado. Para ir ganando una progresiva autonomía, estas nuevas entidades deberán instaurar circuitos cortos de abastecimiento de la manera más directa posible, con campesinos y núcleos rurales, para evitar la escasez de alimentos. La política en tanto que lugar de poder será la que determine la economía, y no al revés. Se trata de crear juntas, de decidir sobre el reparto de las tareas y sus frutos según nuestras necesidades auténticas, en interacción directa con el entorno natural en el que vivimos, para cuidarlo y enriquecerlo. Tras una evaluación exhaustiva de las posibilidades locales, las comunidades y regiones interdependientes y organizadas de la confederación “tendrán que contar las unas con las otras para la satisfacción de importantes necesidades materiales”.

Murray Bookchin, como muchos otros pensadores de la ecología política, se enfrentó a la cuestión central de la tecnología. ¿Se puede poner al servicio de la emancipación humana o se trata de una fuerza contraria a cualquier proyecto de autonomía? ¿Nos servirá o nos someterá? La abundancia material que la tecnología genera en el capitalismo devasta el medio natural y es siempre insuficiente para la creación compulsiva de necesidades alienantes y jamás satisfechas. La “tecnología para todos”, un objeto de consumo en sí misma, gestiona nuestras vidas, acentúa la atomización social e intensifica el control social. “Estandarizado por las máquinas, el ser humano se ha convertido en una máquina. El hombre-máquina es el ideal burocrático”, afirma Bookchin. Sin embargo, no desespera. Además de proteger a los seres humanos de la escasez, ahorrando esfuerzo y liberando tiempo, la tecnología ayudaría a perfilar el comunalismo tanto a nivel regional como en niveles geográficos mayores. «Una tecnología al servicio de la vida puede desempeñar un papel decisivo en la asociación entre varias colectividades; puede servir como aglutinante del concepto de confederación». En otras palabras, la tecnología bajo control puede ser liberadora: “Una sociedad liberada no buscará negar la tecnología: precisamente porque, al ser libre, encontrará un equilibrio”.

Al pensar la tecnología o cualquier otro tema que nos afecte fundamentalmente, tanto a nivel social como personal, hemos de abordarlo de forma holística, esto es, teniendo en cuenta los demás parámetros con los que interactúan. Puesto que la urgencia es salir del capitalismo, no podemos mas que unir nuestros esfuerzos para ir creando un movimiento político emancipador que abarque toda la diversidad y los componentes de la vida sin dejarlos en manos ajenas. En consecuencia, si las personas partidarias del comunalismo reivindicamos lo político, es para salir del surco profundo trazado históricamente por el Estado, esa otra cara del capitalismo en el que cayó y está embarrada tanto la izquierda como el movimiento ecologista. Estemos donde estemos, convocaremos a las fuerzas sociales emancipadoras de nuestro entorno inmediato, tanto las que luchan como las que intentan alternativas. Esa diversidad es nuestra fuerza, a poco que juntemos nuestros esfuerzos en pos de una estrategia política común que cambie a medida que avancemos. El papel del comunalismo es reanudar con la esperanza, salir de esa lógica de sumisión al cristalizar las relaciones de poder contra la economía de mercado, o sea, contra las fuerzas de destrucción social y ecológica, las del Estado y el capital. Y como nunca habrá vacío de poder, iremos tejiendo un mundo nuevo, vivo y esperanzador donde quepan muchos mundos a medida que vayamos destejiendo las tramas de la mentira y de esa pulsión de muerte que representan los poderes actuales y su dinámica del «crecer o morir»

Por Floreal M. Romero

Especialista en Ecología Social y autor de varios libros

9 feb 2022 16:00

Publicado enMedio Ambiente
La imagen muestra la basura, en su mayoría desechos plásticos, en la parte superior, y los alimentos, abajo, encontrados en esta tortuga carey después de practicarle la autopsia. Foto Ap

El material se encuentra en las fosas oceánicas más profundas, en la superficie y en el hielo marino del Ártico, según revisión de casi 2 mil 600 investigaciones

 

Berlín. La contaminación por plástico en el mar está alcanzando niveles preocupantes y seguirá creciendo incluso si se toman medidas significativas ahora para evitar que esos desechos lleguen a los océanos, según una revisión de cientos de estudios académicos.

La revisión del Instituto Alfred Wegener de Alemania, que realiza investigaciones en el Ártico, el Antártico y los océanos de latitudes altas y medias examinó casi 2 mil 600 trabajos de investigación sobre el tema para ofrecer una visión general antes de una reunión de Naciones Unidas a finales de este mes.

"Lo encontramos en las fosas oceánicas más profundas, en la superficie del mar y en el hielo marino del Ártico", sostuvo la bióloga Melanie Bergmann, coautora del estudio, que se publicó ayer.

Algunas regiones, como el Mediterráneo, el este de China y los mares Amarillos, ya contienen niveles peligrosos de plástico, mientras otras corren el riesgo de contaminarse cada vez más en el futuro, descubrió. Los autores concluyeron que casi todas las especies del océano se han visto afectadas por la contaminación plástica y que está dañando ecosistemas importantes como los arrecifes de coral y los manglares.

A medida que el plástico se descompone en pedazos cada vez más pequeños, también ingresa a la cadena alimentaria marina y es ingerido por todos, desde ballenas hasta tortugas y plancton diminuto.

Sacar ese plástico del agua nuevamente es casi imposible, por lo que los formuladores de políticas deberían concentrarse en evitar que más de ese material ingrese a los océanos en primer lugar, destacó Bergmann.

Algunos de los estudios mostraron que incluso si esto sucediera, la cantidad de microplásticos marinos seguiría aumentando durante décadas, precisó.

Matthew MacLeod, profesor de ciencias ambientales en la Universidad de Estocolmo que no participó en el informe, señaló que parecía ser una revisión sólida de los estudios existentes, centrada en los efectos de la contaminación plástica.

"La parte sobre la que se puede (y se discutirá) es si hay suficiente evidencia para justificar una acción agresiva (como la que se defiende en este informe) que ciertamente interrumpirá las prácticas actuales de producción, uso y eliminación de plástico", destacó.

MacLeod participó recientemente en un estudio separado que también concluyó que se requieren medidas inmediatas debido a los posibles impactos globales.

Heike Vesper, del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés), dijo que si bien los consumidores pueden ayudar a reducir la contaminación plástica cambiando su comportamiento, los gobiernos deben intensificar y compartir la carga de abordar el problema.

"Lo que necesitamos son buenas políticas", añadió, anticipando la próxima reunión ambiental de la ONU en Nairobi. "Es un problema global y necesitan soluciones globales".

Publicado enMedio Ambiente
Domingo, 30 Enero 2022 06:04

La teocracia del crecimiento

La teocracia del crecimiento

Economía del crecimiento económico perpetuo

 

Si salimos a la calle y le preguntamos a cualquier persona de un país occidental si considera que vive bajo un gobierno de fundamentalistas religiosos, sería muy sorprendente que alguien dijese que sí (a menos que tuviese su residencia en algún lugar como Texas, claro). "Nuestros gobiernos son laicos y gobernados por la razón, guiados por la mejor ciencia disponible en cada asunto donde la ciencia tiene algo que decir. Faltaría más." Pero la realidad es que esta percepción social es totalmente errónea: las políticas más importantes de nuestros países, aquellas que condicionan todas las demás, es decir, las políticas ecónomicas, están basadas en un pensamiento mágico, que contradice las ciencias físicas, y que por tanto es perfectamente equiparable a una religión. Y esa religión no reconocida, pero dominante a escala planetaria, bien podría denominarse la Iglesia del Crecimiento Perpetuo. No es tanto que el crecimiento haya "sustituido a la religión en las sociedades modernas, dando así sentido a todos los esfuerzos colectivos", como afirma Yoros Kallis, sino que el crecimiento es ahora la Religión, con mayúscula.

Según una famosa cita atribuida a Kenneth Boulding —quien además de ser un notable economista fue uno de los padres de la ciencia de sistemas—, alguien que creyese que el crecimiento infinito era posible en un planeta finito sólo podía ser o un loco o un economista. Lo que viene a decirnos ese acertado aforismo es que una economía que se fundamente en la posibilidad de crecer indefinidamente es una completa irracionalidad. No hace falta cursar un doctorado para llegar a esta conclusión lógica: no hay nada en el mundo real, ningún ser ni objeto natural, que crezca ad infinitum. Todo aquello que crece llega un momento en que deja de hacerlo; es decir, su crecimiento es temporal y llegado a un punto, se detiene. Boulding lo explicaba hace medio siglo comparándolo con el crecimiento de las personas:

"Los problemas del siglo XX no son diferentes de los de la adolescencia: un crecimiento rápido que excede la capacidad de las organizaciones para gestionarlo, una emoción incontrolable y una desesperada búsqueda de la identidad. Pero después de la adolescencia, llega la madurez en la cual el crecimiento físico, con todas sus dificultades inherentes, llega a su fin, pero donde se sigue creciendo en conocimiento, en espíritu, en comunidad y en amor; es esto lo que esperamos también como especie humana".

Sin embargo, lejos de cumplirse esa esperanza de Boulding, durante el siglo pasado no hizo sino consolidarse el dominio dogmático de una visión magufa de la economía que —del mismo modo que el Cristianismo o el Islam se elaboran como doctrinas religiosas basándose en credos previos— hundiría sus raíces en mitos previos con siglos de antigüedad y un inmenso poder cultural: el mito del Progreso, el mito de excepcionalismo humano o el mito de la separación y dominio del Homo sapiens con respecto al resto de la Biosfera.

Interpretar esta religión oculta pero hegemónica por medio de la analogía biológica nos puede resultar enormemente útil para comprender los efectos de no detener el crecimiento a tiempo: así, el cáncer y las plagas se convierten en contraejemplos de gran valor esclarecedor y predictivo, pues todo el mundo sabe que ambos terminan muy mal. Por si fueran insuficientes la apreciación intuitiva y el sentido común, o las matemáticas más simples, disponemos también desde hace al menos medio siglo de advertencias científicas que se han demostrado sorprendentemente precisas al contrastar sus predicciones con la realidad actual, como la del modelo informáticoWorld3, utilizado en Los límites del crecimiento (1972) por el equipo liderado en el MIT por Donnella Meadows: o abandonamos nuestra obsesión por el crecimiento, o habrá un colapso trágico del mundo humano. Recientemente el último premio Nobel de Física, Giorgio Parisi, se lo recordaba a parlamentarios de todo el mundo reunidos en la preparación de la cumbre del clima COP26, con un suave pero sacrílego ataque al tótem de esta Iglesia Crecentista: "El PIB no proporciona una buena medida de la economía. (...) Los políticos, periodistas, economistas que planean nuestro futuro y monitorizan el progreso que se ha realizado, deben usar un indicador que tenga en cuenta otros aspectos aparte del Producto Nacional Bruto". Pocos días después, el presidente español Pedro Sánchez clausuraba un seminario bajo el inaudito título "Más allá del PIB" con palabras que reconocían los defectos de dicho tótem, pero para no ser excomulgado por sus correligionarios, inmediatamente volvía a hacer acto de fe afirmando, contra toda prueba científica disponible, que "la reducción de CO2 es compatible con el crecimiento, a través de la transición energética".

Y es que vistiéndose con ropajes pseudocientíficos y estandartes nuevos como la "transición energética", la "economía circular", el "hidrógeno verde", "la transición digital", el "coche eléctrico" y muchos otros —cuanto más moderna y tecnológica suene la letanía, mejor—, recitando los mantras de "la eficiencia, la innovación y la competitividad", pretenden mantener viva su ya desacreditada religión, como intentaron mucho antes que ellos las élites romanas cuando los tiempos cambiaban, mediante el sincretismo religioso con las nuevas religiones que penetraban en el Imperio, o como las diversas confesiones cristianas han ido adaptando sus dogmas para dar cabida a constataciones científicas relativas a la creación del universo o a la evolución de las especies con conceptos como el del diseño inteligente del Universo. Son tácticas con siglos de antigüedad que siempre buscan la pervivencia gattopardiana de los dogmas de las religiones tocadas de muerte, cuando la realidad los hace ya insostenibles. Trágicamente, nuestros líderes se parecen cada vez más a esos líderes tiránicos de sectas que, cuando se demuestra que no van a venir los ángeles en sus platillos volantes a llevarse a sus acólitos a la derecha del Padre, están dispuestos a cubrir el fallo de sus dogmas con un baño de sangre que no deje a nadie atrás. Y sabemos que el Dios Dinero (aquel que los evangelistas cristianos llamaron Mammón) nos acabará fallando al final, porque no nos va a servir para comprarnos un planeta nuevo cuando hayamos destruido el único que tenemos.

Por tanto, podemos concluir, por sentido común y por contraste con toda la ciencia disponible, que la economía actualmente hegemónica, la escuela denominada neoclásica marginalista, es anticientífica y que se fundamenta no en la razón, sino básicamente enla fe. Un economista ecológico relataba en una ocasión su conversación con un catedrático de economía acerca de la imposibilidad de continuar creciendo. El economista ortodoxo le reclamaba al ecológico datos que soportasen su afirmación, y este aceptó el reto pidiéndole, a su vez, datos que apoyasen la confianza del catedrático en el crecimiento perpetuo, a lo cual este respondió: "Esos datos no existen porque los avances disruptivos no son previsibles, pero los habrá". Amén. Ahí muere toda discusión racional, en cuanto entra en acción la fe. "Ante posiciones de fe, ya no hay argumentación posible", concluía nuestro herético economista ecológico.

El santo catecismo de esta Iglesia incluye viejos dogmas economicistas como la perfecta sustituibilidad de los factores productivos (si falta energía o una biosfera sana, ¡se sustituye con capital y santas pascuas!) y algunos de más reciente cuño como la desmaterialización de la economía (las economías pueden seguir creciendo sin que crezca su consumo material y energético, moviendo los inmensos metabolismos industriales por arte de birlibirloque). Pero las consecuencias del estrepitoso fallo de los dogmas de esta religión, no sólo las va a pagar la posteridad con un futuro devastado, sino que las estamos ya sufriendo en propia carne aquí y ahora, en el presente y en todas partes. Y ello sin olvidarnos del hecho incontrovertible de que la rama más asesina de esta Religión, el llamado Neoliberalismo, tiene a su cuenta miles de muertos en las últimas décadas, principalmente en los países llamados "en desarrollo" (países en fase de colonización criptorreligiosa, sería más apropiado llamarlos) mediante esas campañas de cruzada neoliberal en las Tierras Santas de los recursos llamadas Planes de Ajuste.

Pero sin necesidad de remontarnos históricamente podemos también apreciar en la actual falta de suministros que se está produciendo en todo el mundo la consecuencia de un sistema de comercio mundializado, de una era de deslocalizaciones y de abastecimiento just-in-time que partía de la premisa (puramente religiosa) de que el petróleo barato iba a durar para siempre y que siempre iba a tener sentido económico concentrar toda la producción mundial en un par de fábricas y luego mover cada pieza decenas de miles de kilómetros de país en país buscando la eficiencia de costes. Un sistema que sacrificó en el altar de la plusvalía monetaria las necesarias características de redundancia y racionalidad energética imprescindibles para la resiliencia de cualquier sistema, sea artificial o natural. Esto es, en el fondo, el resultado del dominio del pensamiento mercadolátrico y tecnolátrico propio de la Iglesia hegemónica y sus presupuestos sin base científica alguna.

Y así también, el actual encarecimiento de la electricidad en Europa es, en buena medida, la consecuencia de un sistema de determinación de precios marginalista ideado por unos economistas neoliberales que creían que pagar toda la electricidad al precio de generación más caro estimularía laaparición (nótense las connotaciones sobrenaturales del término) de nuevas energías y tecnologías, en un ejemplo más de la parusía tecnológica propia de esta fe. Sin embargo, el contraste de esta absurda fe con el mundo de las energías realmente existentes, en el que el gas natural se enfrenta a su previsible Peak Exports (todos los combustibles finitos se terminan acabando, y antes de agotarse deja de ser rentable energéticamente extraerlos, y antes que eso se acaba la capacidad exportadora de los países donde se extraen), nos cuesta cada mes millones de euros a quienes no nos queda más remedio que ser sus feligreses sin saberlo. Y cada día, este cepillo obligatorio que nos pasan los sumos sacerdotes en el templo del libre mercado nos saldrá más y más caro, mientras siguen construyendo moáis tecnológicos como la 5G, el coche eléctrico o toda la Cuarta Revolución Industrial (¡alabada sea!)... hasta que lleguemos al punto en que tengamos que abandonar, con los bolsillos completamente vacíos, sus templos económicos, excluidos del sistema, excomulgados al desempleo y al desconsumo. Mientras, los concilios del G20, de la Comisión Europea o del Foro de Davos prosiguen marcando el camino ortodoxo hacia la extinción sacrificial de nuestra especie.

Todo esto sería ridículamente gracioso, propio de una película de los hermanos Marx o de Monty Python, si no fuese esta Sharia económica la que rige con mano de hierro nuestras vidas día a día y la que nos está llevando de cabeza a un suicidio colectivo. A diario se nos extrae por medio de los impuestos un diezmo religioso que se pone inmediatamente al servicio de este conjunto de dogmas. Por supuesto que hay unos imprescindibles servicios públicos que también se financian con esos impuestos, pero no podemos engañarnos pensando que son un objetivo primordial de los gobernantes adscritos a esta fe. En realidad, no dejan de ser una especie de hipócrita caridad estatal (el Welfare State bien podría verse como la gran Cáritas de esta Iglesia), unos beneficios obtenidos colateralmente de su gran misión y que nos han logrado mantener apaciguados desde hace casi un siglo, pero siempre supeditados a la mayor gloria del beneficio privado del capital, único motor que justifica, en realidad, el mandamiento religioso del crecimiento. De la misma manera que la Iglesia cristiana, entre otras, funcionó al servicio del poder a lo largo de buena parte de su historia, ahora constatamos cómo la Iglesia del Perpetuo Crecimiento se mantiene en pie únicamente porque presta un vital servicio a los mismos de siempre: nos obcecamos en seguir creciendo, única y exclusivamente porque les resulta beneficioso a quienes detentan el auténtico poder, el económico. Es falso que necesitemos crecer: lo que necesitamos se puede lograr sin crecimiento, de hecho... una vez hemos chocado con los límites de la realidad, dejar de crecer es la única manera de lograr lo que necesitamos: una vida digna para todas las personas y una casa biosférica que no se nos derrumbe encima. Pero quizás lo más trágico es que los ayatolás del PIB no se dan cuenta de que esa iglesia se convertirá también al final en su propia tumba. Como escribió Frank Herbert en su famosa novela Dune: "Cuando religión y política viajan en el mismo carro, los viajeros piensan que nada podrá interponerse en su camino. Se vuelven apresurados… viajan cada vez más rápido y más rápido y más rápido. Dejan de pensar en los obstáculos y se olvidan de que un precipicio siempre se descubre demasiado tarde."

Nos llevamos las manos a la cabeza, con razón, por las atrocidades cometidas por regímenes teocráticos como el de los talibanes, atentando a diario contra los derechos de millones de mujeres en Afganistán, guiados por su dogma religioso. Pero ¿acaso nuestros democráticos gobernantes no los superan al destruir el propio derecho a la vida de incontables generaciones futuras con su dogma del crecimiento perpetuo? Porque insistir en seguir creciendo, cuando uno ya ha chocado con los límites de su propio crecimiento, sólo puede causar dolor y destrucción. Por tanto, no parece exagerado afirmar que la escuela económica que dirige el mundo bien merecería encabezar las listas de sectas destructivas. Otro concepto similar que también estaría justificado emplear es el de yihad o el de cruzada, bajo cuyos nombres se han justificado —ayer y hoy— miles de muertos a lo largo y ancho del mundo, aumentando los sangrientos saldos de los más dañinos fundamentalismos religiosos. Sin embargo, la religión más genocida, la que insiste en que producción, consumo y polución sigan creciendo como un auténtico cáncer destructor de vidas humanas y no humanas, sigue sin ser reconocida como tal, y por tanto no percibimos que la guerra civil mundial en la que estamos embarcados, contra la vida actual y futura, es en realidad la peor de las guerras santas que jamás haya existido.

Por supuesto, cualquier ministra de economía o presidenta de gobierno o de Estado occidental negará con indignación cualquier acusación de estar guiada por la religión y defenderá su laicismo y el carácter técnico y científico de sus decisiones en política económica. Por eso hablamos de una criptorreligión, un culto religioso que niega serlo, pese a tener un funcionamiento, un objetivo y una estructura que se corresponden de manera sorprendentemente ajustada al paradigma religioso. Y precisamente por ese ocultamiento de su carácter religioso, resulta mucho más peligroso y difícil de combatir. No cabe ninguna duda de que esta religión es parte constitutiva de esa cultura o civilización que llamamos Capitalismo, que es el auténtico marco religioso de la Modernidad, y que no pocas voces han identificado desde entonces como un culto tanático, un culto a la muerte. Walter Benjamin lo denominaba "quizás el culto más extremo que jamás haya existido". El crecimiento constituiría así, la norma moral suprema para cumplir con aquello que constituye "el único sacramento de la religión capitalista: el crédito-débito", como concluye Giorgio Agamben a partir del protoecosocialista Benjamin.

Percibirlo en estos términos ayuda a comprender por qué cuesta tanto afrontar las salidas más lógicas, simples y efectivas al cataclismo climático hacia el que nos dirigimos, y sobre todo nos aporta claridad a la hora de combatirlo. La mitigación del cambio climático o cualquier otra consecuencia de la extralimitación a la que nos ha conducido la irrefrenada metástasis del crecimiento civilizacional no se trata de un problema técnico que resolver con nuevas tecnologías, ni siquiera de un problema político. Esto ya no va solamente de lucha de clases, no. La batalla definitiva que está librando nuestra especie contra sí misma, tiene lugar simultáneamente en el terreno social, en el cultural, en el simbólico y en el del mito. Nos enfrentamos, pues, a una auténtica y asimétrica guerra de religión, a un exterminio a la altura de las matanzas religiosas más terribles de la historia. Reconocerlo y denunciarlo como tal debería ser el primer paso para arrojar a los teócratas de sus púlpitos y poner, al fin, a una ciencia honesta, no reduccionista, comprometida con la vida, al servicio del futuro y liberada de los grilletes y de la censura de la hegemonía religiosa, a guiarnos hacia la supervivencia y la emancipación.

Por Manuel Casal Lodeiro

28 enero 2022 |

Manuel Casal Lodeiro espadre, activista y divulgador. Autor de La izquierda ante el colapso de la civilización industrial y Nosotros, los detritívoros. Coordinador de la Guía para el descenso energético, de la revista 15/15\15 para una nueva civilización y del Instituto Resiliencia.

Publicado enEconomía
Esquema de funcionamiento de las recolectoras artificiales. Foto Aditya Prajapati /UIC

Tiene potencial para desempeñar un papel importante en la reducción de gases de efecto invernadero, explican científicos

 

Ingenieros de la Universidad de Illinois en Chicago (UIC) crearon una hoja artificial rentable que puede captar dióxido de carbono a tasas 100 veces mejores que los sistemas actuales.

A diferencia de otros sistemas de captación de carbono, que funcionan en laboratorios con dióxido de carbono puro de tanques presurizados, esta hoja artificial funciona en el mundo real. Capta el dióxido de carbono de fuentes más diluidas, como el aire y los gases de combustión producidos por las centrales eléctricas de carbón, y lo libera para su uso como energético y otros materiales.

"Nuestras hojas artificiales se pueden implementar fuera del laboratorio, donde tiene el potencial de desempeñar un papel importante en la reducción de gases de efecto invernadero en la atmósfera gracias a su alta tasa de captacion de carbono, costo relativamente bajo y energía moderada, incluso en comparación con los mejores sistemas" producidos por el hombre, señaló en un comunicado Meenesh Singh, profesor asistente de ingeniería química en la Facultad de Ingeniería de la UIC y autor correspondiente del artículo.

Los científicos modificaron un sistema estándar de hojas artificiales con materiales económicos para incluir un gradiente de agua, un lado seco y un lado húmedo, a través de una membrana cargada eléctricamente.

En el lado seco, un solvente orgánico se adhiere al dióxido de carbono disponible para producir una concentración de bicarbonato o bicarbonato de sodio en la membrana. A medida que éste se acumula, los iones cargados negativamente atraviesan la membrana hacia un electrodo cargado positivamente en una solución a base de agua en el lado húmedo de la membrana. La solución líquida disuelve el bicarbonato en dióxido de carbono, por lo que puede liberarse y aprovecharse para combustible u otros usos.

Carga eléctrica

La carga eléctrica se utiliza para acelerar la transferencia de bicarbonato a través de la membrana.

Cuando probaron el sistema, que es lo suficientemente pequeño como para caber en una mochila, los científicos de la UIC descubrieron que tenía un flujo muy alto (una tasa de captura de carbono en comparación con el área requerida para las reacciones) de 3.3 milimoles por hora por 4 centímetros cuadrados. Esto es más de 100 veces mejor que otros sistemas, aunque sólo se necesitó una cantidad moderada de electricidad (0.4 KJ/hora) para impulsar la reacción, menos que la de energía necesaria para una bombilla LED de un vatio. Estimaron el costo en 145 dólares por tonelada de dióxido de carbono, lo cual está en línea con las recomendaciones del Departamento de Energía de que no debe exceder 200 dólares por tonelada.

"Es emocionante que esta aplicación en el mundo real de una hoja artificial impulsada por electrodiálisis tuviera un alto flujo con un área de superficie modular pequeña", destacó Singh. "Esto significa que tiene el potencial de ser apilable, los módulos se pueden agregar o quitar para adaptarse perfectamente a la necesidad y se pueden usar de manera asequible en hogares y aulas, no sólo entre organizaciones industriales rentables. Un pequeño módulo del tamaño de un humidificador doméstico puede eliminar más de un kilogramo de dióxido de carbono por día, y cuatro pilas industriales de electrodiálisis pueden captar más de 300 kilogramos por hora de los gases de combustión".

El estudio se publicó en Energy & Environmental Science.

Viernes 28 de enero de 2022

Página 1 de 8