Banderas de los países asistentes a la cumbre de la OTAN que se celebra hasta el jueves en la capital de España, este martes 28 de junio de 2022 en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas.

El presidente estadounidense Joe Biden subrayó que la OTAN está lista para afrontar cualquier desafío, en cualquier parte del mundo: "La Alianza está fortaleciendo su postura".

 

La cumbre de la OTAN que se inaugura este miércoles en Madrid abre sus puertas con una apuesta decidida por seguir armando a Ucrania en la guerra contra Rusia, define a China como una amenaza para los intereses y valores occidentales, reafirma la necesidad de aumentar su capacidad ofensiva y confirma como un futuro teatro de conflicto global la región Indo-Pacífica, donde Estados Unidos reclama su supremacía hegemónica.

A su llegada a Madrid, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha subrayado que la cumbre que acoge España este miércoles y el jueves es "verdaderamente histórica" y se celebra en un "momento clave" para la Alianza Atlántica tras la invasión rusa de Ucrania. Biden no habló ni de alto el fuego ni de mesa de negociaciones con Moscú para poner fin al ataque a Ucrania, sino que reiteró el compromiso occidental de proporcionar mayor asistencia militar al Gobierno de Kiev. "Estamos dispuestos a hacer frente a la agresión de Rusia y a sus amenazas. Porque no hay otra opción", afirmó el presidente estadounidense, cerrando así cualquier atisbo de diálogo sobre el conflicto.

Al contrario, Biden subrayó que la OTAN está lista para afrontar cualquier desafío, en cualquier parte del mundo. "La Alianza está fortaleciendo su postura. Está lidiando con las amenazas y fortaleciendo nuestra postura contra las amenazas del este y los desafíos del sur. La OTAN está enfocada en todas las direcciones y dominios terrestres, aéreos y marítimos", aseveró.

En un comunicado conjunto con el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, dio este martes algunas de las líneas principales del nuevo "concepto estratégico" que la OTAN adoptará en esta cumbre de Madrid y que sustituirá a la anterior hoja de ruta, marcada hace doce años por la cumbre de Lisboa. Este nuevo plan de acción, que define riesgos y establece las directrices estratégicas de la Alianza, deja atrás el carácter más conciliador de otros tiempos e impone sin ambages el espíritu militar sobre la diplomacia a la hora de resolver conflictos.

El concepto estratégico que salga de la cumbre de Madrid "será el modelo para la OTAN en un mundo más peligroso e impredecible", señala ese comunicado, que apuesta por "más fuerzas (armadas) de alta preparación, con más defensa avanzada" para afrontar los nuevos desafíos. "Para poder defendernos en un mundo más peligroso, también debemos invertir más en nuestras defensas", agrega la declaración.

No se olvidaron tampoco Stoltenberg y Sánchez de mencionar la guerra de Ucrania, prioridad en la agenda de Madrid: "Acordaremos un paquete de asistencia integral a Ucrania para ayudarlos a salvaguardar el derecho a la autodefensa. Es extremadamente importante que estemos listos para continuar brindando apoyo porque Ucrania ahora enfrenta una brutalidad que no hemos visto en Europa desde la Segunda Guerra Mundial".

Como recordaron ambos mandatarios, la petición de adhesión a la OTAN por parte de Suecia y Finlandia también figurará en las conversaciones de la cumbre. La retirada por parte de Turquía del veto inicial que había impuesto a la entrada de esos dos países en la OTAN, por dar asilo político a terroristas kurdos, allana ese camino y supone un triunfo para Bruselas después de que la invasión de Ucrania por Rusia diera al traste con la posibilidad de que los ucranianos cumplieran su deseo de aspirar a incorporarse a la Alianza.

Esa propuesta de "más fuerzas armadas" que se tratará en la cumbre de Madrid incluye el incremento de la "fuerza de respuesta rápida" de la OTAN, actualmente estimada en unos 40.000 militares, en su mayor parte estacionados en las repúblicas bálticas (Lituania, Letonia y Estonia), y en el centro y este de Europa (Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria), con cerca de 25.000 efectivos. La idea es aumentar hasta 300.000 soldados esa fuerza de respuesta rápida, capaz de hacer frente a una incursión armada hostil de gran envergadura.

Semejante despliegue militar con capacidad ofensiva, no solo defensiva, supondrá un paso sin precedentes en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ello implicará una escalada, también sin antecedentes, en el gasto militar, de forma que se sobrepase el billón de euros de presupuesto militar conjunto, según las previsiones de este año 2022.

Tal empoderamiento militar de la OTAN, que nadie está poniendo en cuestión en el seno de la Alianza Atlántica, habría sido imposible hace unos años, cuando Estados Unidos se desgañitaba exigiendo con poco éxito a sus aliados el incremento de sus aportaciones al bloque militar. La guerra de Ucrania lo ha cambiado todo y se da vía libre a una mayor polarización en el mundo, con el riesgo de una carrera de armamentos en la que Rusia no sería el rival principal de una OTAN dirigida por Estados Unidos, sino China.

Esta cumbre de Madrid también pasará a la historia como aquella en la que se definieron claramente los enemigos de la Alianza, a corto y a medio plazo. Rusia aparece como el contrincante a abatir ya en Ucrania, premisa que no parece que los rusos estén dispuestos a facilitar y que han refutado ya con la conquista de buena parte del este de ese país. Pero es China, como han insistido Estados Unidos y la propia OTAN en los últimos tiempos, el desafío a afrontar a medio y largo plazo en una pugna por la hegemonía global que tendrá como escenario de operaciones la región de Asia y el Pacífico, el llamado Indo-Pacífico.

Tras el desgaste que está sufriendo Rusia en Ucrania, China aparece como el único país con la capacidad real para desafiar geopolíticamente a Estados Unidos. Tiene el poder militar necesario para amenazar esa hegemonía en Asia y el poder económico para retarla en todo el planeta, incluso aunque el nuevo concepto geoestratégico de la OTAN incluya su expansión al Pacífico, con sus lazos con Australia, Nueva Zelanda, Japón y Corea del Sur, países representados en esta cumbre de la OTAN en Madrid.

El secretario general de la OTAN ha subrayado en varias ocasiones los desafíos que China supone para "la seguridad, los intereses y los valores" europeos. Stoltenberg también ha destacado la necesidad de que se incluya, por primera vez, en el concepto estratégico de la Alianza "el desafío sistémico que para la seguridad y las democracias" de Occidente supone "la creciente influencia de China y sus políticas coercitivas en la arena global".

Rusia, con su invasión de Ucrania, sí podría plantearse como una amenaza para Europa. Pero ahora Estados Unidos pretende incluir a China en ese riesgo, aunque no suponga un desafío directo ni militar para la seguridad europea. La OTAN difumina así sus fronteras de acción y confirma esa servidumbre de los intereses estadounidenses ya vivida en los despliegues de la Alianza en Afganistán o el norte de África.

Otro de los teatros de tensión internacionales que se espera que sea abordado en esta cumbre de Madrid es el llamado frente sur, que abarca el Magreb, el Sahel y Oriente Próximo. La actividad militar rusa en el Mediterráneo de manos de su alianza con el régimen de Siria y el establecimiento de bases navales en este país, y la presencia de cuerpos paramilitares rusos, como la fuerza de contratistas militares Wagner en Libia y Mali, son motivos de preocupación para la Alianza, que además considera entre los riesgos regionales la creciente influencia de las empresas tecnológicas chinas en la cuenca mediterránea y África.

Estas infraestructuras digitales, que monopolizan por parte de China el desarrollo de las redes inalámbricas de quinta generación (5G) en África, podrían desafiar la estabilidad de la zona si son empleadas en ciberataques, otra de las preocupaciones que se espera que sean tratadas en la cumbre de Madrid.

Tal y como señala el general retirado José Enrique de Ayala en su contribución al informe 2022 de la Fundación Alternativas sobre "La defensa europea, la Europa de la defensa", la OTAN no debería excluir una posible reconciliación con Rusia en su nuevo concepto estratégico. Según el militar, diplomado en Estado Mayor y Estados Mayores Conjuntos, y en Altos Estudios Internacionales, "aislar a Rusia de forma prolongada significa una vuelta a la guerra fría, aunque con un rival más débil que la Unión Soviética". Ello provocaría, añade De Ayala, "un mayor acercamiento de Moscú a Pekín y – en definitiva – la vuelta a un mundo bipolar en el que la Unión Europea tendría un papel de mero comparsa" de la consolidación hegemónica por parte de Estados Unidos.

28/06/2022 21:23

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El G7 promete apoyo a Ucrania "el tiempo que sea necesario" y más presión contra Rusia

Mediante una declaración común publicada en la cumbre, las siete potencias mundiales sostuvieron que seguirán "dando apoyo financiero, humanitario, militar y diplomático" a Ucrania "el tiempo que sea necesario".

El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, consiguió este lunes el compromiso de un "apoyo ilimitado" de los líderes del G7, un grupo en el que Estados Unidos puja por endurecer y concretar las sanciones contra Rusia. La intervención de Zelenski ante los mandatarios del G7 fue virtual y a puertas cerradas, y en ella volvió a pedir el envío de armamento para contrarrestar el ataque ruso. Por su parte Rusia rechazó que su país esté en situación de impago aunque admitió que, a causa de las sanciones internacionales, dos pagos no llegaron a sus acreedores antes de la fecha límite, que fue el domingo.

Apoyo "ilimitado" a Ucrania

El G7 seguirá "dando apoyo financiero, humanitario, militar y diplomático" a Ucrania "el tiempo que sea necesario", según una declaración común publicada en la cumbre que se celebra en el castillo Elmau en Baviera, al sur de Alemania. Al hablar por videoconferencia en la reunión, Zelenski instó a "hacer lo máximo" posible para terminar antes de fin de año la guerra y evitar "la dureza del invierno ucraniano" que hace más difícil combatir, según fuentes del G7.

Zelenski, quien participará también en la cumbre de la OTAN en Madrid el martes, pidió a los líderes de las siete potencias más ricas del planeta (Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Japón y Canadá) "intensificar las sanciones" contra Rusia. "Ahora no es el momento para negociaciones" con Moscú, afirmó el mandatario ucraniano, según la presidencia francesa. 

En concreto, Zelenski le exigió a los líderes del G7 sistemas de defensa antiaéreos, ayuda a la reconstrucción de su país y una estrategia contra el bloqueo ruso a las exportaciones de su trigo, según fuentes diplomáticas. Poco después el asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Jake Sullivan, confirmó que el nuevo paquete de ayuda militar para Ucrania incluye sistemas antiaéreos "avanzados" y precisó que Washington proporcionará a Kiev sistemas de defensa antiaérea de medio y largo alcance, así como municiones para artillería y sistemas de radares .

Fuentes de la Casa Blanca precisaron que el G7 se comprometerá a endurecer aún más las sanciones contra la economía de Rusia y a desarrollar un "mecanismo" para "poner un tope a los precios del petróleo ruso", esto último un pedido que formuló Zelenski este lunes. Las potencias industrializadas van a "continuar restringiendo el acceso de Rusia a recursos industriales cruciales", en particular en el sector de la defensa, según esas fuentes, que explicaron que la estrategia también busca golpear de "forma agresiva" a las grandes empresas públicas rusas. 

Ampliar alianzas ante Rusia y China

A medida que la guerra se prolonga, su impacto en otros países se intensifica, con la suba de los precios de los alimentos y la energía que impulsa la inflación mundial y aviva los temores de recesión. "Hacemos un llamado urgente a Rusia para que cese, sin ninguna condición, sus ataques a la infraestructura de agricultura y de transporte, y que permita el libre tránsito de envíos agrícolas desde puertos ucranianos en el mar Negro", afirmaron los líderes del G7 en la declaración conjunta.

Al invitar a la cumbre a cinco países emergentes, entre ellos Argentina o los gigantes sudafricano e indio expuestos a los riesgos de la crisis alimentaria, el G7 quiere ampliar las alianzas ante Rusia y China. Los dirigentes de Argentina, India, Senegal, Indonesia y Sudáfrica, y el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, se sumaron el lunes por la tarde a las conversaciones, en el castillo de Elmau, al pie de los Alpes bávaros.

Para el anfitrión de la cumbre, el canciller alemán Olaf Scholz, esta invitación debe mostrar que la "comunidad de democracias" no se reduce a "Occidente y a los países del hemisferio norte". "Las democracias del futuro están en Asia y África", dijo el dirigente alemán antes del inicio de la cumbre.

Rusia niega el default

A causa de las sanciones ordenadas en respuesta a su ofensiva en Ucrania, Rusia ya no puede efectuar transferencias en divisas occidentales para reembolsar los intereses de su deuda externa adquirida en dólares o en euros. Sin embargo el Kremlin negó que haya incurrido en una suspensión de pagos de su deuda, al asegurar que ha pagado a tiempo en divisas los intereses de dos eurobonos, por lo que el hecho de que los fondos no llegaran a los inversores es culpa de Occidente y de sus sanciones contra el país

La agencia Bloomberg afirmó horas antes que Rusia había incurrido por primera vez desde 1918 en una suspensión de pagos, dado que los acreedores extranjeros no habían recibido tras el periodo de gracia de 30 días el pago de cupones de sendos eurobonos del Estado ruso. "La Federación Rusa no se niega a cumplir con sus obligaciones de deuda con los inversores", recalcó la cartera de Finanzas, por lo que el presidente de Rusia, Vladimir Putin, firmó el día 22 un decreto para pagar en rublos los intereses y el principal de los eurobonos a los acreedores extranjeros, que deben abrir una cuenta especial en un banco ruso y pueden luego cambiar a divisas el dinero.

Rusia, ya profundamente aislada en el sistema financiero internacional, afirma que en la documentación de emisión de los dos eurobonos un acto de impago es descrita como la "falta de pago" por parte del deudor, pero que "el pago se realizó por adelantado". Moscú por ello consideró "apropiado" que los tenedores de los dos eurobonos reclamen directamente ante los intermediarios financieros.

El hecho de que estos fondos fueran retenidos y no entregados a los inversores "ya no es nuestro problema", enfatizó el Kremlin. "Eso quiere decir que, en este caso, no hay ninguna base para llamar a esta situación un impago", aclaró el vocero del Kremlin, Dmitri Peskov, en su rueda de prensa diaria.

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OTAN aumentará a "más de 300 mil" sus tropas de alta disponibilidad

Bruselas. Los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) aumentarán el número de tropas en situación de alta disponibilidad a "más de 300 mil" combatientes, adelantó ayer el secretario general de la alianza militar, Jens Stoltenberg.

Este paso sería adoptado por los líderes de la OTAN durante una cumbre a ser realizada esta semana en Madrid, y que según Stoltenberg será "transformadora" para la alianza en su respuesta a las acciones militares de Rusia contra Ucrania.

"Mejoraremos nuestros grupos de batalla en la parte Este de la alianza, hasta niveles de brigada. Transformaremos la fuerza de respuesta de la OTAN y aumentaremos el número de nuestras fuerzas de alta disponibilidad a más de 300 mil", dijo Stoltenberg.

"Creo que los aliados dejarán claro en Madrid que ven a Rusia como la mayor y más directa amenaza para nuestra seguridad", señaló el funcionario noruego al presentar los principales temas y desafíos de la cumbre de la OTAN.

La OTAN creó ocho agrupamientos tácticos, con sedes en Lituania, Estonia, Letonia, Polonia, Rumania, Hungría, Eslovaquia y Bulgaria.

Esos grupos serán reforzados por unidades "predesignadas" en otros países de la alianza, y estarán llamadas a intervenir en estos países donde se habrá desplegado armamento pesado, explicó.

Así, la alianza atlántica "transformará su fuerza de respuesta de 40 mil efectivos" y aumentará el número de sus fuerzas de alta preparación a "más de 300 mil", añadió.

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Banderas de China y Hong Kong cuelgan en un edificio residencial hongkonés. — Lam Yik / Reuters

Está previsto que en Madrid se adopte el "nuevo concepto estratégico", marcado por los efectos de la guerra en Ucrania y por el desafío de China, aliada de Moscú, a la hegemonía global de Estados Unidos.

 

La cumbre de Madrid de la OTAN, que se celebrará los próximos 29 y 30 de junio, redefinirá la "hoja de ruta" geoestratégica de la Alianza Atlántica para los próximos años, con Rusia como una amenaza real a corto plazo para la seguridad europea y con China como un riesgo, si cabe, de mayor importancia a medio y largo plazo, dado el vuelco que la economía mundial ha dado hacia Asia y el Pacífico, y el creciente predominio chino en la región.

En Madrid, está previsto que se adopte el "nuevo concepto estratégico" de la Alianza Atlántica, piedra angular del propio Tratado del Atlántico Norte que rige la política de defensa de los treinta miembros de la OTAN. Este nuevo concepto estratégico, que sustituirá al adoptado hace doce años en la cumbre de Lisboa, está marcado por los efectos políticos y económicos de la invasión rusa de Ucrania y por el desafío de China, aliada de Moscú, a la hegemonía global de Estados Unidos apoyada en sus socios de la Alianza Atlántica y Asia.

La OTAN que saldrá reforzada de Madrid tiende una mano a países como Japón, Australia, Nueva Zelanda o Corea del Sur para ampliar su radio de acción hacia el Pacífico y afrontar, con Estados Unidos a las riendas, esa entente de superpotencias hostiles conformada por China y Rusia.

De momento, al presidente de Estados Unidos, Joe Biden, no se le ha ocurrido referirse al contubernio sino-ruso como un nuevo eje del mal, similar al que uno de sus antecesores en la Casa Blanca, George W. Bush, utilizó para responsabilizar del terrorismo internacional a países tan dispares como Irak, Irán, Corea del Norte, Libia, Siria o Cuba.

En aquella ocasión fueron los ataques del 11S en Nueva York y la posterior guerra de Afganistán (lanzada por Estados Unidos y la OTAN) los detonantes de esa categorización de los enemigos jurados de Occidente. Ahora la invasión de Ucrania por Rusia y la oposición de China a las sanciones lanzadas por Occidente contra Moscú están entre los principales argumentos que llevan a Washington y Bruselas a cambiar el paradigma global de seguridad y enemistad.

Los representantes de los países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte acuden a la cita de Madrid con su cooperación militar reforzada a raíz de la invasión rusa de Ucrania y con un gran alborozo ante la posible incorporación a sus filas de Suecia y Finlandia, países que abandonan en desbandada su tradicional neutralidad por el temor a las imprevisibles reacciones del Kremlin.

Conocida ya la condena que se hará en Madrid a Moscú por la guerra, es, sin embargo, el mensaje que se lanzará a China el que capta una mayor atención, pues, aunque nadie quiere decirlo en alto, tal posicionamiento corre el riesgo de acercar más a Pekín y Moscú en un momento muy crítico para la estabilidad y la economía del planeta.

El contexto del nuevo concepto estratégico de la OTAN viene apuntalado por el anuncio realizado en marzo por Estados Unidos de que dedicará 27.000 millones de dólares a reforzar su capacidad armamentística en la región del Pacífico. Este derroche de fondos para armas se une al que está realizando Washington en Ucrania.

El 23 de junio, la Casa Blanca hizo su último anuncio de asistencia militar a Kiev, con otros 450 millones dedicados a ese propósito. Con este monto, las ayudas armamentísticas estadounidenses a Ucrania, desde que el 24 de febrero pasado Rusia invadiera ese país, ascienden a más de 6.000 millones de dólares. El objetivo de ambos gastos es el mismo: China. El sangrado militar y económico del principal socio de Pekín en Europa, Moscú, es el paso previo e indispensable para doblegar al gigante oriental en la región del Índico y el Pacífico.

Cuando en 2019 la OTAN celebró su septuagésimo aniversario con una cumbre en Londres, los aliados firmaron una declaración conjunta en la que se recogía por vez primera el desafío que suponía la creciente influencia política y militar de China en el mundo, no solo en Asia. Entonces, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ya justificaba lo que habría de venir: "No se trata de que la OTAN vaya al Océano Pacífico sino de que China se está acercando a nosotros".

Tres años después, la cumbre de Madrid muestra, ya sin tapujos ni eufemismos, las pretensiones globales de esta organización, nacida en 1949 con un objetivo estrictamente regional que se centraba en la defensa de Europa occidental ante la amenaza de la Unión Soviética.

A partir de la cumbre de Madrid de la OTAN y del nuevo concepto estratégico que se apruebe, cualquier conflicto en la zona del Indo-Pacífico, ya sea una agresión china sobre Taiwán, un enfrentamiento de la pro-China Corea del Norte con alguno de sus vecinos, o cualquier extraña disputa entre Tokio y Pekín en torno a los islotes del mar del Japón, podrá convertirse en un eventual teatro de operaciones (militares o de inteligencia) de la Alianza Atlántica.

También entrarán en los nuevos análisis geoestratégicos de la OTAN los movimientos de China hacia los pequeños Estados del Pacífico, a los que Pekín anda ofreciendo inversiones en infraestructuras a cambio del permiso para desplegar sus propias fuerzas de seguridad con el pretexto de proteger a las empresas chinas que operan en esos territorios. Así ha ocurrido ya con las islas Salomón, consideradas por Estados Unidos como un archipiélago clave para la estabilidad del Pacífico Sur.

En comparecencia de prensa en la Casa Blanca el pasado 23 de junio, el coordinador para Situaciones Estratégicas del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, John Kirby, insistió en esa necesidad de que la OTAN centre su atención en las acciones de Pekín y de que China forme parte del nuevo concepto estratégico de la Alianza Atlántica.

El CSN asesora al presidente Biden sobre asuntos estratégicos en materia de relaciones exteriores y de defensa.

"Por primera vez, la cumbre incluirá a líderes de la región del Índico y el Pacífico, como Australia, Japón, Nueva Zelanda y la República de Corea, y dejará así claro que, ya sea en Europa o en esa región del Indo-Pacífico, los Estados Unidos y nuestros aliados y socios defenderán los principios de la soberanía y la integridad territorial", aseveró el político, contralmirante retirado de la Marina de Estados Unidos y exportavoz del Pentágono con Biden, y del Departamento de Estado con el presidente Barack Obama.

Según Kirby, el mundo ha cambiado mucho, y también los intereses de la Alianza, desde que, en 2010, se definiera por última vez la hoja de ruta estratégica de la OTAN. Hace doce años, la OTAN estaba muy implicada en Afganistán. Ahora, "no solo ha cambiado el paisaje, en especial tras la guerra de Putin en Ucrania. Las capacidades militares y los conceptos organizativos y operacionales se han transformado también. Es hora de que la Alianza se ponga a la altura de esos nuevos acontecimientos", agregó.

La cuestión de China, explicó el antiguo marino, "es un reflejo de preocupaciones semejantes que tienen nuestros aliados sobre el efecto de las prácticas económicas chinas, del uso del trabajo forzado, del robo [de propiedad] intelectual y del comportamiento coercitivo y agresivo no solo en la región, sino en otras partes del mundo, y así ellos consideran también que es importante incluir a China en el nuevo concepto estratégico" de la OTAN.

Kirby explicó que durante meses se ha estudiado la forma de incluir a Pekín en un memorándum semejante, basado en análisis sobre "la amenaza que China supone para la seguridad internacional, más allá de la región del Indo-Pacífico", agregó. Entre las propuestas que ha ido sacando la OTAN como cuentagotas (por ejemplo, desde la división de investigación del NATO Defense College) para compensar el peso chino en esa región, se ha incluido la realización de maniobras militares (navales y aéreas) en el Pacífico y de operaciones de seguridad marítima en el mar de China meridional.

Este avance sin ambages de la OTAN hacia Oriente y el Pacífico, y la promesa de reflejarlo en el documento que salga de la cumbre de Madrid, ha sido respondido ya por Pekín.

El portavoz de Asuntos Exteriores de China, Wang Wenbin, calificó de "altamente peligroso" que la Alianza Atlántica, "un instrumento de Estados Unidos para preservar su hegemonía y controlar la seguridad europea", pretenda ahora mostrar sus dientes en el Asia-Pacífico y "causar el caos en la región", como "ya ha hecho en Europa".

En referencia a la participación de Australia, Nueva Zelanda, Japón y Corea del Sur en la cumbre de Madrid, Wang fue tajante: "Pedimos a la OTAN que deje de trazar líneas ideológicas que puedan llevar a la confrontación, que deje de difundir desinformación sobre China y que no busque comenzar una nueva Guerra Fría".

26/06/2022 20:42

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Bombardeo en Siria

Las intervenciones militares de la Alianza Atlántica han dejado un elevado saldo en términos de vidas humanas. Sus actuaciones no han sido objeto de ningún tipo de examen independiente. Sus crímenes tampoco han sido investigad

 

El precio de la guerra se mide en vidas. Lo saben en Afganistán y lo comprobaron en Irak. Lo sufrieron también en Libia, donde los misiles de la OTAN en nombre de la libertad dejaron un reguero de muerte entre aquellos que, paradójicamente, pretendían liberar. Unos y otros son los crímenes impunes que la Alianza Atlántica nunca ha querido aclarar.

A pocos días de que los atlantistas se reúnan en Madrid bajo estrictas medidas de seguridad, Público ha tenido acceso a un informe del Instituto Watson, un prestigioso centro de estudios sobre asuntos internacionales dependiente de la Universidad Brown, con sede en Rhode Island (EEUU).

El mencionado instituto realiza un detallado seguimiento sobre el número de muertes que dejaron como saldo las principales intervenciones militares lanzadas por EEUU y la OTANtras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Esas campañas militares tuvieron lugar en escenarios como Afganistán, Pakistán, Irak o Siria.  

De acuerdo a las cifras que maneja ese informe –elaborado mediante el uso de distintas fuentes de datos consultadas por sus autores–, se calcula que 350.800 civiles de estos países "han muerto de forma violenta como consecuencia de las guerras". "Las personas que viven en las zonas de guerra han sido asesinadas en sus hogares, en los mercados y en las carreteras. Han muerto a causa de bombas, balas, fuego, artefactos explosivos improvisados y drones", describe el Instituto Watson.

Las víctimas civiles comprenden también a quienes "mueren en los puestos de control, cuando son sacados de la carretera por vehículos militares, cuando pisan minas o bombas de racimo, cuando recogen leña o cuidan sus campos, y cuando son secuestrados y ejecutados con fines de venganza o intimidación". Todos ellos "son asesinados por Estados Unidos, por sus aliados y por los insurgentes y sectarios en las guerras civiles engendradas por las invasiones".

La pesadilla no termina cuando explota la bomba o alguien dispara su arma. "La guerra también puede llevar a la muerte semanas o meses después de las batallas –describe–. Muchas veces han muerto más personas en las zonas de guerra como consecuencia de las infraestructuras maltrechas y las malas condiciones sanitarias derivadas de las guerras que directamente de su violencia".

Solo la aventura de Afganistán lanzada por EEUU y la OTAN en 2001 dejó un saldo de 46.319 civiles asesinados. Se estima que en Irak murieron otras 185.000 personas que no combatían en ningún bando. En Siria, el número llega a los 95.000. En Pakistán se contabilizaron hasta 24.099 fallecidos. 

Víctimas civiles en Libia

Libia fue otro escenario elegido por la OTAN para intervenir con sus máquinas de guerra. En marzo de 2011, varios Estados miembros de la Alianza Atlántica –entre los que se encontraban Estados Unidos, Reino Unido y Francia– iniciaron una serie de ataques por mar y aire contra las fuerzas del coronel Muamar al
Gadafi. 

"Según la OTAN, en su campaña militar aérea y marítima de siete meses se llevaron a cabo más de 9.700 misiones de combate y se destruyeron más de 5.900 objetivos militares", dice un informe publicado un año después por Amnistía Internacional (AI). 

La organización de derechos humanos documentó sobre el terreno que los ataques de la OTAN habían provocado la muerte de "decenas de civiles
libios
que no participaban directamente en las hostilidades", mientras que otros resultaron heridos. 

En enero y febrero de 2012, una delegación de AI visitó varios lugares situados dentro o cerca de las localidades de Trípoli, Zlitan, Sirte y Brega, "en los que parecían haberse producido víctimas civiles como consecuencia de ataques de la OTAN". Allí inspeccionó los daños causados y los restos de proyectiles, entrevistó a supervivientes de los ataques y a otros testigos y consiguió copias de los certificados de defunción de las víctimas.

Tras esa visita, AI consiguió documentar un total de 55 muertes de civiles, entre los que figuraban 16 niños y niñas y 14 mujeres. De hecho, "decenas de civiles murieron en ataques aéreos de la OTAN contra viviendas particulares de
zonas residenciales y rurales", apuntaba el informe. 

La Alianza Atlántica admitió que había matado civiles en Libia a raíz de un "fallo técnico". Hasta ahí llegó todo. No hubo investigación independiente ni consecuencias de ningún tipo para quienes cometieron tales atrocidades.

"La OTAN ni rinde cuentas ni repara daños en casos de operaciones como las realizadas en Libia. Nadie ha hecho ninguna investigación, mucho menos independiente, sobre cuánto sufrimiento ha costado esas intervenciones", afirma a Público Alejandro Pozo, investigador del Centro Delàs de Estudios por la Paz y autor de La guerra contra el terror (Editorial Icaria). 

Desplazamientos

El trabajo realizado por la Universidad Brown incide también en el número de desplazamientos provocados por las intervenciones militares realizadas por EEUU y la OTAN desde 2001. De acuerdo a ese informe, las guerras posteriores al 11-S "han desplazado por la fuerza a al menos 38 millones de personas" en lugares como Afganistán, Irak, Pakistán, Libia o Siria. Este número, destaca el estudio, "supera a los desplazados por todas las guerras desde 1900, excepto la Segunda Guerra Mundial".

Entre otros aspectos, destaca que los refugiados de guerra "suelen perder el acceso a un suministro estable de alimentos o a sus puestos de trabajo, lo que provoca un aumento de la desnutrición y la vulnerabilidad a las enfermedades". Son las otras consecuencias de las guerras del siglo XXI.

26/06/2022 20:42

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Eugene intenta recuperar algunos objetos, luego de que su casa resultara incendiada tras el ataque de misiles rusos, ayer en Chuhuiv (Ucrania). — Orlando Barría / EFE 25/06/2022 20:36

El objetivo final de la Alianza Atlántica es convertir a Rusia en un paria dentro del futuro concepto estratégico de seguridad global.

 

La OTAN se reúne en su cumbre de Madrid con la decidida voluntad de seguir apoyando diplomática y militarmente a Ucrania contra Rusia, aunque ello suponga alargar la guerra "durante años" e imponer en Europa un espíritu belicista que sirva de contrapeso al manifestado por el Kremlin con su invasión. El objetivo final de la Alianza Atlántica es convertir a Moscú en un paria dentro del futuro concepto estratégico de seguridad global.

La piedra angular del compromiso de la OTAN con el Gobierno de Kiev será la entrega de armamento pesado y de última generación, incluidos misiles de medio alcance, que permita a Ucrania aguantar el embate ruso y, de paso, desgastar militar y económicamente a Rusia.

No es solo Ucrania la que está en guerra con Rusia, sino que es la propia OTAN liderada por Estados Unidos en un conflicto "por delegación" (proxy war) la que busca la derrota de Moscú y la obliteración de Rusia como "amenaza" para el nuevo sistema de defensa y estabilidad internacionales cuya bandera enarbolan Washington y Bruselas.

Las pasos dados contra Moscú por algunos de los países más beligerantes de la OTAN, que son los que comparten fronteras con Rusia, como los Bálticos y Polonia, no dejan lugar a la confusión y avivan el fuego de una eventual extensión del conflicto a otras zonas de Europa: si se quiere parar a Moscú en Ucrania, la OTAN debe tomar medidas excepcionales y proactivas, no solo entregar armas a Kiev. Algunas de las propuestas incluyen la creación de zonas de exclusión aérea en la región del Báltico o el estrambótico despliegue de una fuerza de paz en Ucrania bajo bandera de la OTAN.

Con apoyo de Polonia, Lituania ha cerrado en las últimas jornadas los accesos por tierra al enclave ruso de Kaliningrado (enclaustrado territorialmente entre esos dos estados miembros de la OTAN). La antigua Königsberg prusiana es una de las puntas de lanza militares de Rusia frente a Europa, pero también ha sido un lugar de cooperación privilegiada con Alemania hasta muy recientemente.

La respuesta rusa no se ha hecho esperar: el bloqueo del corredor de Suwalki (un embargo amparado por el cumplimiento de las sanciones que pesan sobre Rusia por la invasión de Ucrania) tendrá "un grave impacto negativo" sobre Lituania y su población, advirtió el secretario general del Consejo de Seguridad de Rusia, Nikolai Patrúshev, quien viajó de urgencia a Kaliningrado.

Lituania, donde sigue habiendo una importante población rusófona, es uno de los territorios de la OTAN donde hay mayores probabilidades de que salte la chispa de una confrontación directa con Rusia, dada la importancia geoestratégica que Moscú da a su enclave báltico.

En el nuevo concepto estratégico global que la OTAN definirá en Madrid y que sustituirá al planteado en la cumbre de Lisboa de 2010, la palabra pacifismo sobra, especialmente cuando buena parte de la opinión pública europea jalea la entrega de armas al ejército ucraniano para continuar la guerra e ignora el fracaso de las negociaciones de paz en Turquía.

Los propios dirigentes de los países europeos más importantes de la OTAN, como Francia o Alemania, un día abogan por la necesidad de no acorralar al presidente ruso, Vladímir Putin, y al siguiente dan por segura la victoria de Ucrania en la guerra, obviando la terrible realidad de que buena parte del este de Ucrania está ya bajo control del ejército ruso.

Ese es el primer fracaso de la estrategia de la OTAN en Ucrania, pese a los miles de millones de euros enviados en armas. El segundo es que Ucrania ha dejado de ser un candidato factible para entrar en la Alianza, una de las razones que llevaron a este conflicto, dada la irreconciliable oposición rusa a la adhesión.

Existe una elevada probabilidad de que el resultado de la guerra sea un país partido y un estado fallido dependiente del exterior, como ya ocurrió con Afganistán, Libia o Somalia. En tales circunstancias, que no figuran en ninguno de los análisis abiertos de la OTAN sobre el conflicto, es poco creíble el compromiso de la Unión Europea para abrirle a Ucrania sus puertas.

Mientras los rusos intensifican sus ataques en el Donbás y la presión se hace insostenible para las tropas ucranianas en Severodonetsk, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, con un soplo de honestidad entre tanta desinformación suministrada por ambos bandos y por la propia Bruselas, ha sido tajante: "Debemos prepararnos para el hecho de que la guerra podría durar años. No debemos dejar de apoyar a Ucrania", incluso "si el precio es alto, no ya solo por el coste militar, sino por el alza de los precios de la energía y los alimentos". Stoltenberg estaba dibujando el panorama que golpeará a Europa y el resto del mundo a partir del otoño.

Rusia, con sus indispensables suministros de hidrocarburos a Europa y sus sólidas relaciones comerciales con muchos de los socios de la OTAN, había sido hasta el comienzo de la guerra en febrero pasado uno de los pilares de la estabilidad económica del viejo continente. Ahora Stoltenberg la deja fuera de la ecuación, como si, de la noche a la mañana, pudieran borrarse del mapa sus 17 millones de kilómetros cuadrados y sus 144 millones de habitantes, muchos de ellos opuestos a la tormenta bélica lanzada por Putin en Ucrania.

Según Stoltenberg, en el nuevo documento estratégico que será firmado por los treinta miembros de la Alianza Atlántica en Madrid el 30 de junio, se declarará que Rusia "es una amenaza para la seguridad, la paz y la estabilidad" en Europa y el mundo. Se supeditan así los intereses europeos a la dirección de Estados Unidos y sus intereses globales, y se borran también cientos de años de historia común. De esta manera, la victoria soviética, codo con codo, con el resto de aliados sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial podría ser ahora revisada en los libros de texto occidentales y considerada como un hecho fortuito y poco relevante.

En la declaración de Madrid también se espera dar la bienvenida a la OTAN a Suecia y Finlandia, cuya futura adhesión a la organización no solo garantizaría la seguridad de estos dos países, sino que, según Stoltenberg, "beneficiará a la alianza en su conjunto". Las trabas van a venir por Croacia y, muy especialmente, por Turquía, que no están de acuerdo con esas incorporaciones. 

Putin y el cambio de paradigma 

La Rusia débil de Boris Yeltsin cedió a finales de los años noventa al ímpetu de la OTAN en su avance sobre los antiguos satélites soviéticos del Pacto de Varsovia. La llegada de Vladímir Putin al poder en Rusia en el año 2000 pidió una tregua en esa ampliación de la OTAN, en un principio con amabilidad y colaborando incluso con la Alianza Atlántica en Asia Central y Afganistán, tras el 11-S, pero después con ira, tras las propuestas en 2008 del presidente estadounidense, George W. Bush, a Georgia y Ucrania para servir de parachoques de la OTAN en la frontera rusa.

Ese mismo 2008, Rusia aplastó militarmente a Georgia cuando el envalentonado presidente Mijail Saakashvili ordenó a su ejército retomar Osetia del Sur, territorio secesionista que contaba con el apoyo ruso. Fue una advertencia a la que nadie hizo mucho caso, al contrario de lo que ocurrió en 2014 con la anexión rusa de la península ucraniana de Crimea y el respaldo del Kremlin al Donbás separatista.

La intervención rusa en Siria en 2017 apuntaló al régimen de Bashar Al Asad, acosado por las guerrillas islamistas, por una parte, y por grupos opositores respaldados por Estados Unidos, por otra. Este puñetazo ruso sobre la mesa de Oriente Medio tiró por los suelos los intereses estadounidenses en Siria. Moscú se hacía así con un balcón privilegiado sobre el Mediterráneo desde los puertos sirios y al tiempo llamaba de nuevo la atención a la OTAN sobre sus renovados avances en torno a Ucrania.

La que fuera canciller alemana Angela Merkel recordó en una reciente entrevista que, durante su mandato (2005 -2021), Berlín sabía a ciencia cierta que la adhesión de Ucrania a la OTAN habría sido considerada por Rusia como una "declaración de guerra". Por ello, siempre bloqueó ese plan de Washington y trató de mantener una relación de confianza con Putin.

Según Merkel, si Rusia hubiera invadido Ucrania antes de 2014, cuando empezó a llegar la multimillonaria asistencia militar estadounidense al ejército ucraniano, Moscú habría tenido un éxito mayor en su invasión. "Uno no se convierte en miembro de la OTAN de la noche a la mañana. Es un largo proceso y yo sabía que, durante el mismo, Putin le habría hecho a Ucrania algo nada bueno", aseveró Merkel. Para la excanciller alemana el asunto era evidente: "Sabía cómo pensaba" Putin y "no quería provocarlo más". Eran otros tiempos.

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El logo de la OTAN (NATO, en sus siglas en inglés) y las banderas de los países miembros de la alianza, en el exterior de su sede en Bruselas. REUTERS/Pascal Rossignol

La organización ha superado el horizonte establecido en su fundación como un muro de contención occidental ante la Unión Soviética y se ha consolidado como el ariete geostratégico y militar de Estados Unidos en la arena internacional.

 

La guerra de Ucrania ha hecho cerrar filas a los treinta miembros de la Alianza Atlántica y ha reforzado el paradigma de seguridad surgido tras el 11-S. La OTAN aparece como la mayor fuerza militar de la historia, pero también es un instrumento global de influencia de las políticas occidentales lideradas por Estados Unidos, desde el norte de África a Afganistán, pasando por la cuenca del Pacífico, gracias a sus lazos y alianzas con países como Australia, Corea del Sur, Japón o Colombia. 

La OTAN cuenta con más de 3,5 millones de soldados y personal militar en sus filas y tiene un presupuesto anual de 2.500 millones de euros. Este monto se disparará a partir de 2024, fecha en la que los miembros de la Alianza se han comprometido como límite para aumentar su contribución nacional hasta al menos el 2 por ciento del PIB. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha anunciado que se alcanzará ese objetivo, pero de forma progresiva, ya que España no llega al uno por ciento del PIB el presupuesto de Defensa. 

La cumbre que la OTAN celebrará en Madrid los próximos 29 y 30 de junio abordará la crisis ucraniana, la eventual ampliación de la Alianza a Suecia y Finlandia y, por ende, el incremento en 1.300 kilómetros de las fronteras directas de la organización militar con Rusia. También se espera marcar a Moscú como un peligro mundial a corto plazo y a China como un desafío inquietante a medio y largo plazo.

Estados Unidos aparece como líder indiscutible de la Alianza y, si bien en estos momentos la posición ante Rusia es unánime, hay grietas que podrían agrandarse, con Francia y Alemania como principales voces discordantes que reclaman un mayor protagonismo europeo en la organización.

El 4 de abril de 1949, doce países firmaron el Tratado de Washington que puso en marcha la OTAN. Los países que dieron su rúbrica al nuevo sistema de seguridad colectiva (Estados Unidos, Canadá, Bélgica, Dinamarca, Francia, Holanda, Islandia, Italia, Luxemburgo, Noruega, Reino Unido y Portugal) se comprometían a defenderse entre sí contra un agresor exterior. Pero ya tenían claro que la defensa regional era solo una de las facetas de la Alianza Atlántica y que la presión política se contaba entre sus funciones, abiertas o solapadas.

Ese enemigo externo lo personalizaba entonces la Unión Soviética, expandida a buena parte de Europa Central y Oriental tras la victoria sobre la Alemania nazi cuatro años antes. La URSS encarnaba al comunismo que era rechazado en casi toda Europa como un contrapeso también totalitario al fascismo recién derrotado. Eso no fue óbice para que en 1954 la propia URSS pidiera su adhesión a la OTAN con el fin común de asegurar la paz en el viejo continente.

En Bruselas, sede de la Alianza, se rechazó la "buena voluntad" soviética y, en cambio, se permitió la entrada de Alemania Occidental un año después. La respuesta inmediata fue la creación del Pacto de Varsovia entre Moscú y sus satélites europeos.

El último país en adherirse a la OTAN fue Macedonia del Norte, en 2020, en los Balcanes, aunque la dirección natural de ampliación de la organización ha sido siempre hacia el este, hacia las fronteras con la Federación Rusa, heredera de la URSS tras su disolución en 1991.

En 1994, la OTAN puso en marcha el programa de Asociación para la Paz, con muchos de los países que formaron la URSS, entre ellos, la propia Rusia y los principales Estados que proclamaron su neutralidad tras el proceso de formación de bloques, como Suecia y Finlandia, que ahora llaman a las puertas de la Alianza. Bill Clinton se había comprometido en 1993 ante Boris Yeltsin a que la OTAN no se ampliaría hacia el este y la garantía fue esta Asociación para la Paz.

Ya en 1990, varios líderes occidentales -entre ellos, George Bush padre, Margaret Thatcher, Helmut Kohl o François Mitterand- dieron su palabra al entonces líder soviético, Mijaíl Gorbachov, de no ampliar la OTAN hacia las fronteras rusas. No fue así.

En 1999, Hungría, Polonia y la República Checa se unieron a la Alianza. Cinco años después lo hacían Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Rumania y las ex repúblicas soviéticas del Báltico: Estonia, Letonia y Lituania. Estas últimas incorporaciones desataron la ira de Moscú, que veía traicionado el apoyo mostrado a la invasión de Afganistán a finales de 2001 por Estados Unidos y fuerzas de la OTAN en la Operación Libertad Duradera, después de los ataques terroristas de Al Qaeda en Nueva York, el 11 de septiembre.

En Afganistán, las tropas de la OTAN siguieron presentes entre 2003 y 2014, en el marco de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF).

No era la primera vez que la OTAN sacaba sus tropas fuera del ámbito atribuido por el Tratado y jugaba así en el tablero internacional. La OTAN participó en la Operación Fuerza Deliberada contra Serbia en 1995, durante la guerra de Yugoslavia. En 1999 lanzó la Operación Fuerza Aliada también contra Serbia en medio de la crisis de Kosovo.

En 2011, la OTAN participó en la guerra civil libia, con la preservación de una zona de exclusión aérea y para garantizar el embargo de armas decretado contra el régimen de Muamar el Gadafi. Sus más de 9.500 ataques aéreos fueron criticados en el seno de la OTAN por muchos de sus miembros, pero de nuevo quedaba claro que el ámbito de acción de la Alianza no se reducía al teatro geopolítico europeo sino al marcado por Washington.

La cooperación en estas operaciones con las fuerzas armadas de regímenes árabes con intereses en la zona y con un deficiente historial democrático, como Qatar o Emiratos Árabes Unidos, dio más munición a quienes veían en la OTAN una fuerza de presión militar y política de Estados Unidos que escapaba a los controles mínimos de la ONU y de los parlamentos y sistemas judiciales europeos.

La "errática" expansión de la OTAN hacia el este 

El enfrentamiento con Rusia a raíz de la expansión hacia el este de la Alianza Atlántica tuvo uno de sus momentos álgidos en febrero de 2007. El presidente ruso, Vladímir Putin, manifestó ante la Conferencia de Seguridad de Múnich que el acercamiento de la OTAN hacia sus fronteras constituía "una provocación" que dinamitaba la ya endeble confianza mutua y obviaba las garantías mínimas de seguridad ofrecidas a Moscú tras la disolución del Pacto de Varsovia en 1991.

Putin repetía las observaciones que habían hecho años atrás prominentes expertos de Estados Unidos, ligados incluso a la lucha de la Guerra Fría y muy críticos con la URSS, como el diplomático e historiador George F. Kennan. En 1997, Kennan fue contundente: la expansión de la OTAN a los antiguos países de la órbita soviética es "un error estratégico de proporciones épicas". Lo corroboró Jack F. Matlock, otro halcón de la diplomacia estadounidense y embajador ante la Unión Soviética entre 1987 y 1991: "La expansión de la OTAN fue la peor torpeza estratégica cometida desde el final de la Guerra Fría".

El año 2008 fue otro de esos hitos del emponzoñamiento de las relaciones de la OTAN con Rusia. Con respaldo estadounidense, Georgia y Ucrania presentaron en Bruselas su solicitud de ingreso en la Alianza. El primer resultado de esta apuesta fue ese mismo año la guerra de Georgia, por la levantisca región de Osetia del Sur, que se saldó con la derrota ante el ejército ruso, garante de los osetios.

El segundo efecto ha sido la actual guerra de Ucrania, que pasó antes por la revolución del Maidán en 2014, la anexión rusa de Crimea y la separación de facto de las regiones prorrusas del Donbás, donde hoy día tienen lugar los combates más duros.

Por cierto, la invasión de Ucrania se produjo medio año después de que Estados Unidos y Ucrania firmaran el 1 de septiembre de 2021 una Declaración Conjunta de Asociación Estratégica destinada a hacer imparable la integración en la OTAN, algo considerado por Moscú como inaceptable en cualquier circunstancia.

El actual secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, lo ha dejado claro en vísperas de esta Cumbre de Madrid: "Rusia ya no es un socio, sino una amenaza para nuestra seguridad, para la paz y para la estabilidad". Ahora, de la duración de la guerra y del aguante de Rusia y Europa ante su desgaste bélico y económico, dependerá el que la OTAN pueda consolidarse como el único gran bloque militar del siglo XXI y mirar hacia otros horizontes de expansión. Horizontes que coincidirán siempre con la hoja de ruta de Estados Unidos, como ha sido hasta ahora.

24/06/2022 21:17

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La remilitarización de Europa y la mirada cansada de la izquierda

Días después de la invasión rusa de Ucrania, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, afirmó en el Parlamento Europeo que la UE estaba más unida que nunca y que se había avanzado más en materia de seguridad y defensa común “en seis días que en las últimas dos décadas", en referencia al desbloqueo de 500 millones de euros de fondos comunitarios para equipamiento militar para Ucrania. Un envío de armas que chocaba con los mismos tratados europeos que prohíben de forma expresa destinar fondos del presupuesto común a proyectos con “implicaciones militares o de defensa”. Demostrando una vez más que los tratados europeos son más flexibles según para qué cuestiones y según la relación de fuerzas de quien propone saltárselos. Si no, que se lo pregunten al pueblo griego que votó contra los memorándums de austeridad.

Unos meses antes de la invasión de Ucrania, en el discurso del estado de la Unión, Von der Leyen, exministra de Defensa alemana, afirmó que, ante la falta de confianza y en un mundo cada vez más convulso 1/,“lo que necesitamos es la Unión Europea de la defensa”. La remilitarización de Europa es una aspiración que las élites europeas llevan mucho tiempo escondiendo bajo paraguas tales como Brújula Estratégica o eufemismos como una mayor autonomía estratégica de la UE. Pero hasta ahora parecía contar con demasiados escollos para llevarse a cabo. La propia Von der Leyen se preguntaba retóricamente, en el mencionado discurso por qué hasta ahora no se ha avanzado en una defensa común: "¿Qué nos ha impedido avanzar hasta ahora? No es la escasez de medios sino la falta de voluntad política". Justamente esa voluntad política es la que parece sobrar desde la invasión de Ucrania, que se ha convertido en la coartada perfecta para la aceleración de la agenda de máximos de unas élites neoliberales europeas que ya no solo ven en la remilitarización de la UE su tabla de salvación, sino abiertamente el nuevo proyecto estratégico de integración europea para complementar al constitucionalismo de mercado que ha imperado hasta ahora. Una Europa de los mercados y la “seguridad”.

En este sentido, el alto representante para la Política Exterior de la UE, Josep Borrell, afirmó en una entrevista al inicio de la invasión de Ucrania: “Los europeos hemos construido la Unión como un jardín a la francesa, ordenadito, bonito, cuidado, pero el resto del mundo es una jungla. Y si no queremos que la jungla se coma nuestro jardín tenemos que espabilar.” Unos meses antes, el propio Borrell había presentado el Plan Estratégico para la Defensa Europa, afirmando que "Europa está en peligro". Hasta ahora ese peligro parecía provenir fundamentalmente de los flujos migratorios que han sido abordados desde la securitización de las fronteras de la Europa Fortaleza.

Una dinámica que, como define Tomasz Konicz, es consustancial al imperialismo de crisis del siglo XXI, que ya no solo es un fenómeno de saqueo de recursos, sino que también se esfuerza por aislar herméticamente los centros de la humanidad superflua que el sistema produce en su agonía. De modo que la protección de las relativas islas del bienestar que aún subsisten constituye un momento central de las estrategias imperialistas, reforzando las medidas securitarias y de control que alimentan un autoritarismo en auge (Konicz, 2017: 187-188). Una buena muestra de ello es el endurecimiento de las leyes migratorias de la UE en las últimas décadas. Un autoritarismo de la escasez que conecta perfectamente con la subjetividad del no hay suficiente para todos que décadas de shock neoliberal han construido entre grandes capas de la población. Este sentimiento de escasez está en el tuétano de la xenofobia del chovinismo del bienestar que conecta perfectamente con el auge del autoritarismo neoliberal del sálvese quien pueda en la guerra de los últimos contra los penúltimos.

Ante la falta de amenazas militares tradicionales que justificasen mayores gastos en defensa, la securitización de las fronteras 2/ exteriores de la UE se había convertido durante todos estos años en una mina de oro para la industria de defensa europea. Se trata de las mismas compañías de defensa y seguridad que se lucran vendiendo armas a la región de Oriente Medio y África, alimentando los conflictos que son la causa de la que huyen muchas de las personas que llegan a Europa buscando refugio. Las mismas empresas que luego proporcionan el equipamiento a los guardias fronterizos, la tecnología de vigilancia para monitorizar las fronteras y la infraestructura tecnológica para realizar el seguimiento de los movimientos de población. Todo un “negocio de la xenofobia” en palabras de la investigadora francesa Claire Rodier. Un negocio que, dada su opacidad y márgenes difusos, cuenta con cada vez más partidas presupuestarias en la UE disfrazadas de ayuda al desarrollo o de “promoción de buena vecindad”. De hecho, podríamos decir que lo más parecido a un ejército europeo que hasta ahora ha tenido la UE ha sido Frontex, la agencia que se encarga de administrar el sistema europeo de vigilancia de las fronteras exteriores como si de un frente militar se tratase.

La propia Frontex señaló el año pasado a Bielorrusia por permitir los cruces ilegales de frontera a Polonia y Lituania, acusándola de utilizar los flujos migratorios como “arma política” con la intención de desestabilizar a la UE. Una estrategia que analistas del Centro de Excelencia de Amenazas Híbridas de la UE y la OTAN no dudaron en titular como parte de las llamadas guerras híbridas. Incluso se ha llegado a dar un importante debate en el seno de la Alianza Atlántica sobre si este tipo de actos híbridos pueden invocar el artículo 5 de la OTAN, que estipula la defensa mutua. No sabemos cómo ni hasta qué punto terminó ese debate en el marco de la OTAN, lo que sí ha sucedido es que la Alianza Atlántica mandó diversos batallones disuasorios a cada país báltico (Estonia, Letonia, Lituania) además de a Polonia, mientras los países de la UE comenzaron la construcción de nuevas vallas fronterizas de concertinas en los cientos de kilómetros de la frontera comunitaria con Bielorrusia.

Al imaginario de invasiones bárbaras 3/ de la Europa Fortaleza y su deriva autoritaria, ahora hay que sumarle el peligro del nuevo imperialismo ruso. La coartada perfecta sobre la que construir el nuevo proyecto neo-militarista europeo que refuerce aún más el neoliberalismo autoritario europeo. Nada cohesiona y legitima más que un buen enemigo externo. “Europa está hoy más unida que nunca” es el nuevo mantra en los pasillos de Bruselas. Un mantra que se repite para alejar los fantasmas de crisis recientes y proyectar hacia el exterior que Europa vuelve a tener un proyecto político común.

Una Europa en crisis en busca de un proyecto común

Desde las sendas derrotas en referéndum del proyecto de Constitución Europea en Francia y Países Bajos, la UE perdió el horizonte de un proyecto de unidad política. El sueño federalista de un Estado europeo parecía desvanecerse. El rechazo popular al modelo de integración europea no solo fue desoído desde las instituciones y élites europeas, sino que, por el contrario, se aceleró el paso de las reformas estructurales con la máxima de mejor decretar que preguntar. En ausencia de una constitución política, se ahondó en el constitucionalismo de mercado en el conjunto de las normas comunitarias, destacando el Tratado de Lisboa que, aunque no tiene formalmente el carácter de una Constitución, se erigió como un acuerdo entre Estados con rango constitucional. Una especie de Constitución económica neoliberal que consagra las famosas reglas de oro: estabilidad monetaria, equilibrio presupuestario, competencia libre y no falseada.

Así, como sostiene Pierre Dardot:

“En ausencia de un Estado europeo, existe una expresión concentrada del constitucionalismo de mercado en el conjunto de las llamadas normas comunitarias que prevalecen sobre el derecho estatal nacional. La ecuación que se impone es la misma que la que formuló Hayek en su tiempo: primacía del derecho privado, garantizada por un poder fuerte. Esta primacía está consagrada en los tratados europeos; el poder fuerte encargado de velar por el respeto de esta primacía lo encarnan diversos órganos que se complementan, como el Tribunal de Justicia, el Banco Central Europeo (BCE), los Consejos interestatales (de jefes de Estado y de ministros) y la Comisión 4/.”

Órganos a los que tendríamos que sumar el Eurogrupo, que en la crisis de la deuda griega jugó un papel fundamental. Mecanismos de decisión institucionales no sometidos a ningún control democrático a escala supranacional, en donde el Parlamento Europeo no deja de ser un mero maquillaje.

Con todo, la ausencia de un proyecto político europeo más allá del rebuscado máximo beneficio de los mercados, de la constitucionalización del neoliberalismo y de la consagración de un modelo de autoridad burocrática protegida de la voluntad popular, ha ido erosionando poco a poco el apoyo social a la UE. Un proceso acelerado a raíz del encadenamiento de crisis en el seno de la UE que han afectado a su legitimidad e incluso a su propia integridad. Fundamental en este sentido ha sido la radicalización neoliberal del austeritarismo como respuesta a la crisis de 2008 y, sobre todo, sus consecuencias: un brutal aumento de la desigualdad, la aceleración en la destrucción de los restos del Estado del Bienestar y la expulsión de millones de personas trabajadoras de los estándares preestablecidos de ciudadanía. Y, sin embargo, hasta la fecha ha sido el Brexit la crisis que ha golpeado más traumáticamente a la eurocracia bruselense. Por primera vez, la UE no solo no ampliaba el club sino que perdía a uno de sus miembros. Y no a uno cualquiera. Así, la salida del Reino Unido hay que leerla no como una crisis más, sino como el síntoma mórbido de la profunda crisis que sufre la mutación neoliberal del proceso de integración europea. Una ruptura con la UE, hegemonizada desde la derecha, en clave de repliegue nacional y de un mayor acercamiento si cabe a EE UU.

Europa rompe su tabú militar

La dura, larga y no exenta de problemas negociación para aplicar el artículo 50 del Tratado de Lisboa por el que se ejecutaba la separación británica de la UE aumentó la melancolía de unas instituciones europeas que parecían asistir impasibles a su lento desmoronamiento. Pero, a la vez, la salida del Reino Unido del club europeo abría una posibilidad hasta entonces bloqueada por los británicos: la integración militar. En su discurso sobre el estado de la Unión de 2016 5/, con el referéndum del Brexit aún caliente, el ex presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, rompió el tradicional tabú europeo en cuestiones militares para hablar de un fondo de defensa común, un "cuartel general europeo" y una "fuerza militar común" para "complementar a la OTAN". De esta forma se abría paso en los pasillos de Bruselas una vieja aspiración de gran parte de las élites, defendida ardientemente por una Francia necesitada de un ejército europeo que vele por sus intereses neocoloniales en África.

Con motivo del 60 aniversario del Tratado de Roma y con el Brexit como telón de fondo, la Comisión Europea presentó el Libro Blanco sobre el futuro de Europa donde se analizaban cinco diferentes escenarios a los que se podía encaminar la UE. A pesar de pretender ser una reflexión con aires estratégicos, aquel ejercicio de política ficción de autoconsumo omitía los principales problemas a los que se enfrentaban las sociedades, las economías y las instituciones europeas. Ni una sola alusión a la intensificación de las divergencias productivas y sociales en las décadas de “avance y consolidación” del proyecto europeo. Ni una mención al aumento de la desigualdad durante la década anterior. Por el contrario, el texto llamaba la atención sobre los peligros que para Europa supone ser un “poder blando” en un contexto donde “la fuerzapuede prevalecer sobre la ley”. ¿Qué se quiere decir exactamente con poder blando y cómo fortalecerlo? Evidentemente, se trata de una invitación, apenas disimulada, a reforzar el gasto militar.

Porque aquel Libro Blanco de Europa no solo planteaba la “Europa a la carta” con la que durante tantos años habían soñado Merkel y otros países del centro y norte de la Unión. La cuestión ya no era solo que algunos Estados Miembros puedan avanzar a mayor velocidad que otros en la integración europea en términos generales (cosa que, por cierto, ya ocurría, o qué es si no la zona euro o el espacio Schengen del que no forman parte todos los Estados Miembros o incluye a países que no lo son), sino que estos ritmos dispares puedan aplicarse a ámbitos concretos a elección del consumidor. La puerta quedaba abierta a más Europa para algunos temas, freno para otros e incluso menos Europa en algunos aspectos. Pero, sobre todo, la Europa que diseñaba el Libro Blanco tenía un menú muy concreto y reducido: quienes quieran y puedan están invitados a sumarse a “más Europa” en las áreas de defensa y seguridad. Ahí quedaba la puerta por fin abierta.

Así pues, ya en 2017 esa ya era la gran (y por lo visto única) apuesta estratégica de las élites europeas: la militarización de la UE. Un proyecto ni mucho menos nuevo que se asentaba sobre la lógica de: si ya no podemos ofrecer bienestar y democracia, al menos sí seguridad ante las amenazas que surgen y crecen por todo el mundo. Y, para ello, se empieza a desarrollar la “cooperación reforzada” entre los Estados Miembros que así lo deseen, con el objetivo de crear un Fondo Europeo de Defensa, una industria común militar y armamentística y una mayor coordinación policial y militar para, quién sabe si más temprano o más tarde, ver por fin nacer el tantas veces anunciado ejército europeo.

De esta forma, desde 2017 la UE ha establecido varias estructuras para financiar la investigación y el desarrollo de tecnología militar a través de entidades y organizaciones con acrónimos como PADR (Acción Preparatoria para la Investigación en materia de Defensa, programa pionero dotado con 90 millones de euros), al que siguió el EDIDP (Programa Europeo de Desarrollo Industrial en materia de Defensa, con 480 millones) y el actual programa FED (Fondo Europeo de Defensa) cuya financiación asciende ya a 7.900 millones. Estos planes han supuesto un aumento considerable de los presupuestos y de la financiación pública a la investigación en defensa.

Las cuatro grandes empresas (Thales, Airbus, Indra Sistemas y Leonardo) que reciben la mayor parte de los fondos públicos cuentan con unos pocos Estados europeos entre sus accionistas: Francia, Alemania, España e Italia. Además de sus lazos con los gobiernos, estos grandes fabricantes de armas tienen en su capital a los mismos fondos de inversión estadounidenses que también poseen acciones de la industria armamentística de Estados Unidos. En conjunto, esto crea una concentración del mercado en manos de unos pocos gigantes de la industria, lo que, como señalan los expertos, esto no es un problema de competencia sino también un problema para la democracia europea dado el impacto de estos gigantes sobre sus instituciones y decisiones.

En este sentido, un reciente informe de European Network Against the Arms Trade (ENAAT), Stop Wapenhandel y el Transnational Institute (TNI) no solo afirma que “la UE está financiando deliberadamente a empresas armamentísticas que están involucradas en prácticas altamente cuestionables que se sitúan lejos de la defensa de los estándares de los derechos humanos y el Estado de derecho”, sino también que “al conceder millones de euros para el desarrollo de nuevas tecnologías de defensa, la UE está alimentado una tercera y profundamente preocupante carrera armamentístisca”. 6/Un proceso que se está acelerando de forma frenética desde la invasión rusa de Ucrania.

Porque, a pesar de que hay pocas máquinas de propaganda mejor engrasadas que la UE (y no será por falta de expertise y recursos) y del apoyo incondicional de los lobistas armamentísticos, lo cierto es que la integración militar nunca ha gozado de la suficiente aceptación popular más allá de las moquetas de Bruselas como para avanzar con paso decidido. Al menos hasta ahora. Porque la guerra de Ucrania lo está cambiando todo.

Un informe reciente del diario francés Le Monde mostró un ejemplo instructivo del efecto de la guerra de Ucrania en la opinión pública y en la financiación de la industria armamentística: citando a Armin Papperger, jefe de Rheinmetall, uno de los principales fabricantes de armas de Alemania que en enero se quejó de la renuncia de los fondos de inversión a colaborar con su empresa, el periódico señalaba cómo el cambio radical de atmósfera ha permitido que el Commerzbank, uno de los principales bancos alemanes, anunciara su decisión de dedicar una parte de sus inversiones a la industria de armamento. Algo impensable hace tan solo unos meses por el impacto que podría tener en la opinión pública. Algo, sin embargo, perfectamente pasable ahora mismo en el contexto de la guerra en Ucrania.

En Francia, donde la presión ciudadana originó una tendencia creciente a la desinversión de la industria de armamento por motivos de responsabilidad ética (especialmente a la luz de la repugnante contribución de las armas occidentales a la destrucción de Yemen por parte del ejército de Arabia Saudí), Guillaume Muesser, director de asuntos de defensa y económicos de la Asociación de la Industria Aeroespacial, explicó a Le Monde que “la invasión de Ucrania ha cambiado el tablero de juego. Demuestra que la guerra sigue en el orden del día, ante nuestras puertas, y que la industria de defensa es muy útil” 7/.

La militarización de la UE como proyecto de integración

Aunque la propuesta de rescatar el proyecto de integración de la UE en torno a la re-militarización de Europa es un proceso que lleva años en marcha, nadie puede negar que la invasión de Ucrania lo ha acelerado dramáticamente y le ha dado un soporte de legitimidad popular nunca soñado meses antes. Un buen ejemplo de ello es el reciente referéndum en Dinamarca por el que el país escandinavo abandona después de 30 años la cláusula de exclusión voluntaria de las políticas de defensa de la Unión Europea. Esto implica, entre otras cosas, que Dinamarca se convertirá en miembro de pleno derecho de la Política Común de Seguridad y Defensa; que los soldados daneses podrán ser enviados a operaciones militares de la UE si así lo ratifica la mayoría del Parlamento de Dinamarca; y que el Gobierno danés podrá incrementar en 7.000 millones de coronas (unos 940 millones de euros) el gasto en defensa en los dos próximos años.

En un país tradicionalmente euroescéptico, el 66,9% de los votantes apoyaron la integración de Dinamarca en los programas militares de la UE, lo que significa la mayor victoria de una medida referente a la Unión Europea en una votación danesa. El mismo presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, expresó en su perfil oficial de Twitter: "El pueblo de Dinamarca ha tomado una decisión histórica. El mundo ha cambiado desde que Rusia invadió Ucrania. Esta decisión beneficiará a Europa y hará que tanto la UE como el pueblo danés sean más seguros y fuertes” 8/.La integración militar se está configurando como el auténtico salvavidas de una UE que carecía de un proyecto unificador ante las pulsiones disgregadoras que se mostraron con el Brexit.

En este contexto marcado por la guerra de Ucrania, los Estados Miembros aprobaron en marzo el Strategic Compass, un plan de acción para reforzar la política de seguridad y defensa de la UE de aquí a 2030. Aunque esta Brújula Estratégica ha estado en elaboración durante dos años, realmente su contenido se adaptó rápidamente al nuevo contexto abierto por la invasión rusa de Ucrania. "Este entorno de seguridad más hostil nos obliga a dar un salto decisivo y exige que aumentemos nuestra capacidad y nuestra voluntad de actuar, reforcemos nuestra resiliencia y garanticemos la solidaridad y la asistencia mutua” 9/. Esta nueva postura recogida en el Strategic Compass construye una visión de la defensa europea que ya no se basa en el mantenimiento de la paz, sino en la seguridad nacional-europea y la protección de las “rutas comerciales clave”. Esto es, proteger los intereses europeos asegurando la “autonomía estratégica” de la UE.

El Strategic Compass repite varias veces que “la agresión de Rusia a Ucrania constituye un cambio tectónico en la historia europea” a la que la UE tiene que responder. ¿Y cuál es la principal recomendación de esta Brújula Estratégica? El aumento del gasto y coordinación militar. Precisamente en un contexto en el que los presupuestos militares de los países miembros de la UE son más de cuatro veces superiores a los de Rusia y donde el gasto militar europeo se ha triplicado desde 2007 10/. Pues dicho y hecho: este aumento del gasto en defensa se concretó en el Consejo Europeo de Versalles 11/ en el que los Estados Miembros se comprometieron a invertir el 2% de su PIB en esta partida. Se trata de la mayor inversión en defensa en Europa desde la II Guerra Mundial. Por eso mismo, en dicha cumbre el presidente del Consejo, Charles Michel, declaró sin tapujos que la invasión rusa de Ucrania y esa reacción presupuestaria de la UE habían "consagrado el nacimiento de la defensa europea".

Por cierto, el aumento del gasto militar hasta el 2% del PIB no es una cifra baladí: ha sido una demanda del gobierno estadounidense a todos sus aliados de la OTAN desde la cumbre de Gales en 2014 y, especialmente, tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, quien hizo la suya hasta el punto de amenazar a sus socios europeos con reducir sus aportes a la Alianza Atlántica si no aumentaban sus presupuestos militares hacia ese horizonte. El cambio europeo más drástico ha sido el del Gobierno alemán, que gastará 100.000 millones de euros más en defensa y aumentará el presupuesto por encima del 2% del PIB a partir de 2024. Con ello, Alemania sobrepasará a Reino Unido, que el año pasado fue el segundo país de la OTAN y el tercero del mundo en gasto militar. Un aumento que supone casi el doble del presupuesto de defensa ruso, que en 2020 fue de 55.494,3 millones de euros.

Además del aumento del gasto militar, otra de las iniciativas estrella de la Brújula Estratégica es la creación de un cuerpo de reacción rápida de la UE de hasta 5.000 efectivos para diferentes tipos de crisis, que estaría plenamente operativo en 2025. Esta fuerza militar estará basada en los batallones con los que ya contaba la UE, pero que nunca han llegado a utilizarse. En este caso, su organización será modular y tendrá componentes terrestres, aéreos y marítimos. Un auténtico embrión de ejército europeo.

Pero el impulso a la militarización que apunta el Strategic Compass no solo debe leerse en términos cuantitativos, ya sea por el aumento del gasto militar o por la creación de este cuerpo de reacción rápida. El propio Borrell lo reconocía en twitter: "El entorno hostil actual requiere un salto cuántico hacia adelante (...) La brújula nos ofrece un plan de acción ambicioso para una seguridad y una defensa de la UE más sólidas para la próxima década”. Estamos pues ante una mirada holística de la defensa europea que no solo involucra a todos los dominios operativos (“fortalecer nuestras acciones en los dominios marítimo, aéreo y espacial”), sino también la migración (vista como una “amenaza importante”) y el cambio climático (“una amenaza-multiplicador”). Aunque reconoce la emergencia climática, reitera la importancia de la protección militar de la “seguridad energética” de la UE que sigue basándose en combustibles fósiles.

El resurgimiento de la OTAN

A pesar de que el Strategic Compass marque los pasos de una mayor autonomía estratégica europea, el documento deja claro que la Alianza Atlántica “sigue siendo la base de la defensa colectiva de sus miembros”. Desde el final del Pacto de Varsovia y la caída del Muro de Berlín, la OTAN ha intentado reinventarse y adaptarse a una nueva realidad geopolítica en la que la trascendencia del vínculo transatlántico parecía superada. El propio presidente francés, Emmanuel Macron, aseguró en 2019 que la falta de liderazgo estadounidense estaba causando la “muerte cerebral” de la Alianza Atlántica y que Europa debía comenzar a actuar como una potencia mundial estratégica. Ahora, con soldados rusos invadiendo Ucrania, y con Moscú amenazando tácitamente con el uso de armas nucleares, la OTAN vive un resurgimiento, vuelve a tener un propósito y un nuevo sentido existencial.

En una entrevista a mediados de la década de los noventa del siglo pasado, Mijaíl Gorbachov argumentaba que “la ampliación de la OTAN es la respuesta de Estados Unidos a la unidad europea; en Washington muchos temen perder influencia y quieren apuntalarla a través de la OTAN. 12/”La Alianza Atlántica ha sido tradicionalmente un instrumento de sumisión de la política exterior europea a los intereses estadounidenses. Una buena muestra de esta subordinación europea a la agenda de la OTAN fue la resolución aprobada a los pocos días del inicio de la invasión de Ucrania por parte del Parlamento Europeo. Entre otras cosas, el texto decía textualmente:

“Reitera que la OTAN es la base de la defensa colectiva de los Estados miembros aliados en la OTAN; acoge con satisfacción la unidad entre la Unión, la OTAN y otros socios democráticos afines para hacer frente a la agresión rusa, pero subraya la necesidad de reforzar su posición de disuasión colectiva, su preparación y su resiliencia; alienta la intensificación de la Presencia Avanzada Reforzada de la OTAN en los Estados miembros más próximos geográficamente al agresor ruso y al conflicto; destaca las cláusulas de asistencia mutua y solidaridad de la Unión y pide que se pongan en marcha ejercicios militares comunes; reitera su llamamiento a los Estados miembros para que incrementen el gasto en defensa y garanticen capacidades más eficaces, y para que hagan pleno uso de los esfuerzos conjuntos de defensa en el marco europeo, en particular la Cooperación Estructurada Permanente (CEP) y el Fondo Europeo de Defensa, con el fin de reforzar el pilar europeo en el seno de la OTAN, lo que aumentará la seguridad de los países de la OTAN y de los Estados miembros por igual”

Puede parecer un dato anecdótico, pero en la resolución europarlamentaria la palabra paz aparecía solo en cuatro ocasiones, mientras que términos como OTAN se repetían 15 veces y seguridad otras 22. Las palabras pueden decir mucho de los verdaderos intereses de un texto. Pero, desde luego, de lo que no cabe duda alguna es que la Alianza Atlántica se ha reafirmado como garante de la seguridad europea y que, en gran medida, la UE ha delegado y subordinado a EE UU su defensa colectiva. Ningún Estado Miembro cuestiona en estos momentos las relaciones con la OTAN y nadie aboga por la creación de una fuerza europea totalmente autónoma fuera de la Alianza Atlántica. En este sentido, la política militar europea ha sido diseñada sobre todo para apoyar financieramente la expansión de la industria militar europea en el marco de las prioridades fijadas en el seno de la OTAN.

Menos de tres años entre la “muerte cerebral” de la Alianza Atlántica que anunciaba Macron en 2019 y su resurgimiento y ampliación sin precedentes con la petición de entrada en la OTAN de dos países tradicionalmente neutrales como son Suecia y Finlandia. Una decisión que el propio secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, dijo que se trataba de "un paso histórico". Y es que Suecia no ha participado en una guerra desde los tiempos de Napoleón y ha construido su política de seguridad en torno a "la no participación en alianzas militares". Y Finlandia, por su parte, ha hecho gala durante décadas de un comportamiento neutral hacia Rusia que asumió tras el fin de la Segunda Guerra Mundial como manera de asegurarse la paz frente a un vecino mucho más poderoso que ya le había invadido en 1939 durante la llamada Guerra de Invierno.

La realidad es que, desde la caída de la Unión Soviética, tanto Suecia como Finlandia han ido aumentando su cooperación militar con la OTAN, especialmente desde la anexión rusa de la península de Crimea en 2014. Pero la invasión de Ucrania lo ha cambiado todo y ha decantado a la opinión pública hacia la incorporación de ambos países en la Alianza Atlántica. Una encuesta del pasado marzo mostró que un 57% de suecos aprobaba la entrada en la OTAN, la primera vez en la historia que la mayoría del país optaba por posicionarse claramente en favor de un bloque militar. En Finlandia, donde la opción de unirse a la OTAN jamás había alcanzado más del 30% de aprobación entre la población, a las pocas semanas de la invasión de Rusia a Ucrania la opinión pública dio un giro dramático alcanzando el 76% de aprobación, la más alta en la historia de las encuestas.

Las lideresas políticas de ambos países han insistido en repetidas ocasiones que la invasión rusa de Ucrania les hizo modificar su histórica postura de neutralidad. "Cuando Rusia invadió Ucrania, la posición de seguridad de Suecia cambió fundamentalmente", explicó en un comunicado en abril el partido dirigido por la primera ministra sueca, Magdalena Andersson. En el caso de Finlandia, la primera ministra justificó su cambio de opinión respecto a la OTAN asegurando que "Rusia no es el vecino que pensábamos que era".

De concretarse esta ampliación de la OTAN, supondría un cambio destacable en el tablero geopolítico internacional con implicaciones futuras. No podemos olvidar que Finlandia comparte 1.300 kilómetros de frontera con Rusia. De esta forma, sumado a los países nórdicos que cuentan con un notable potencial militar, la Alianza cerraría definitivamente el Báltico, además de acabar con la neutralidad de los dos citados países nórdicos que habían hecho de esta posición su seña de identidad. De hecho, estamos asistiendo estos días al entierro definitivo de la finlandización como concepto de neutralidad en plena Guerra Fría que paradójicamente hoy vuelve a reclamarse como estrategia de descompresión y alternativa para Ucrania en un hipotético acuerdo de paz con Rusia. Por eso, la entrada de Finlandia tiene una importancia no solo material y estratégica, sino que supone también una victoria política de hondo calado para la OTAN, acabando con los pocos países europeos que habían hecho de la neutralidad ante los bloques militares una política de Estado.

La guerra como doctrina del shock

La invasión de Ucrania se está convirtiendo en un trauma que promete reconfigurar el futuro de Europa. Un cambio de paradigma en la defensa y en su relación con Rusia, su vecino nuclear. Un shock político similar al que sufrió EE UU tras el ataque yihadista del 11-S o la propia Europa tras la caída del muro de Berlín. Un auténtico acontecimiento entendido como una quiebra disruptiva en donde emerge una nueva Europa, que por desgracia tiene mucho que ver con la consecución de los viejos anhelos de las élites europeas.

En la antesala de la actual guerra, la pandemia ya había servido de catalizador de una (nueva) gigantesca transmisión de dinero público hacia manos privadas, con los Fondos de Recuperación actuando como puntal de los intereses de las grandes empresas. Y todo ello vendiendo la ilusión euro-reformista de que es posible llevar a cabo una política que no se base en el ajuste sin poner en duda de forma definitiva los tratados europeos y las reglas básicas mediante las que ha funcionado la economía europea en las últimas tres décadas. Una ilusión óptica de “otra manera de salir de la crisis” que sin embargo, en la práctica, no ha dejado de ahondar en la especialización productiva de cada país en el seno de la UE y en la solidificación de las relaciones jerárquicas entre los capitalismos centrales y periféricos.

Pues si la gestión de la pandemia fue la excusa, la guerra de Ucrania se está convirtiendo en una coartada perfecta para aplicar una auténtica doctrina del shock. Porque la UE no solo se está remilitarizando para poder hablar el “lenguaje duro del poder” en un desorden global en donde las disputas por los recursos escasos son cada vez más agudas. También se está acelerando la agresiva agenda comercial europea con el pretexto de la guerra. Porque todo vale cuando estamos en guerra. Un buen ejemplo de ello es lo rápido y fácil con que el maquillaje verde de la UE ha saltado por los aires al decretar la Comisión Europea que el gas y la nuclear pasaban a ser consideradas energías verdes con el pretexto de romper con la dependencia energética rusa.

Estrategias como la recientemente aprobada de la “granja a la mesa”, uno de los pilares del Pacto Verde Europeo, que prometía triplicar la superficie dedicada a la agricultura ecológica, reducir a la mitad los pesticidas y recortar los fertilizantes químicos en la UE en un 20% para 2030, se ha desvanecido en cuestión de semanas. Porque en guerra todo vale. De la misma forma, la Comisión Europea anunció la autorización del uso de las llamadas zonas de “interés ecológico” y de barbecho para aumentar la producción agrícola europea. De nuevo con el pretexto de que la seguridad alimentaria debe tener prioridad sobre el desarrollo de la agricultura ecológica. Otra vez la guerra como pretexto. Y algunos no lo esconden, como el eurodiputado alemán del PPE Norbert Lins, presidente de la Comisión europarlamentaria de Agricultura: “Putin está utilizando el hambre como arma. Cada tonelada de grano en Europa es una tonelada que invertimos en democracia y libertad” 13/.

En una resolución supuestamente sobre sanciones a Rusia, el Parlamento Europeo aprobó favorecer la importación de grano transgénico desde EE UU ante la falta de las exportaciones ucranianas y rusas. La intención es clara: apoyar a la muy contaminante ganadería intensiva cueste lo que cueste. Por eso la Comisión Europea aprobó una ayuda excepcional de 500 millones de euros para el sector. De esta forma, compromisos climáticos y Pactos Verdes Europeos se desvanecen al ritmo de los tambores de guerra y del incremento frenético del gasto militar. Incluso los fondos europeos que las fuerzas que conforman el gobierno de España catalogaron como históricos, no solo han quedado totalmente desfasados. Sino que incluso, con la guerra como coartada, se han rebajado aún más las barreras ambientales y climáticas con tal de asegurar el suministro energético a la UE. Así, las inversiones para la mejora de las infraestructuras energéticas y la seguridad de suministro quedan exentas de la obligación de cumplir con el principio de no causar un perjuicio significativo. La excepcionalidad se convierte en regla general una vez más.

La mirada cansada de la izquierda

Cabe preguntarse por qué la UE ha decidido desde el inicio de la invasión rusa enviar armas saltándose sus propios tratados, que lo prohíben expresamente. ¿Por qué a Ucrania? ¿Por qué no a cualquiera de los otros muchos conflictos en el mundo donde la legalidad internacional también es vulnerada de forma flagrante? La respuesta parece clara atendiendo a las declaraciones del Canciller Olaf Scholz: “Nuestro objetivo es que Rusia no gane esta guerra” (…) Eso es lo que hay detrás de nuestros envíos de armas, de nuestra ayuda financiera y humanitaria, de las sanciones y de la recepción de refugiados” 14/. Y es que desde que Rusia se separara públicamente de la estrategia de guerra contra el terrorismo emprendida a comienzo del siglo XXI por EE UU y la OTAN con las invasiones de Afganistán e Irak, la competencia estratégica con Occidente no ha dejado de crecer. La anexión de Crimea en 2104 fue un punto de inflexión fundamental en esta relación conflictual. Pero quizás sea la guerra en Siria en donde por primera vez Rusia retoma una agenda militar imperialista en disputa con Occidente apoyando la dictadura de Bachar el Asad al margen de sus tradicionales áreas de influencia. Esta relación conflictual ha escalado hasta el punto que Rusia ha vuelto a convertirse en una amenaza existencial, un rival por el poder en Europa, en una especie de reedición de las tensiones políticas de la Guerra Fría.

Es innegable que la brutal invasión rusa ha supuesto el inicio de una guerra injusta contra Ucrania, pero no hay que olvidar que el país lleva al menos ocho años inmerso en una guerra civil entre la oligarquía pro-occidental y la pro-rusa con el telón de fondo de una intensa disputa inter-imperialista por el control geopolítico y geoeconómico del país. Esta disputa, aunque localizada fundamentalmente en el este del país, en las regiones de Donetsk y Luhansk, ha costado 14.000 muertes antes de 2022. Que la oligarquía pro-occidental controle el poder en Kiev es fundamental para entender el decidido apoyo material, logístico, económico y político de la Alianza Atlántica al gobierno ucraniano. Como explicó hace poco la vicesecretaria de Estado de EEUU, Victoria Nuland: “Estados Unidos se ha gastado en Ucrania más de 5000 millones de dólares en promover el “cambio de régimen” vía organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y compra de lealtades. 15/

La criminal invasión de Ucrania ha sentenciado definitivamente el final de la globalización y sus mecanismos de gobernanza, para volver a una disputa de bloques y áreas de influencia. Una desglobalización, al menos parcial, que lleva años produciéndose y que se ha turboalimentado a raíz de la pandemia de la COVID19 que ha acelerado un descenso de las interconexiones y de la interdependencia de las relaciones mundiales, y que ha engendrado el preludio de un nuevo orden global. En donde la economía mundial globalizada parece estar escindiéndose poco a poco en una especie de regionalización conflictiva y en disputa entre dos principales áreas de influencia: una zona bajo EE UU y otra zona bajo la órbita de China, en donde a su vez conviven con potencias regionales subalternas de uno y otro bloque como son la propia UE y Rusia. Aunque quizás lo más paradigmático de esta desglobalización sea el desplome de los mecanismos multilaterales de gobernanza, especialmente significativo el colapso de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

En este sentido, la guerra de Ucrania es un elemento disruptivo clave, una recomposición del escenario geopolítico de la misma profundidad de lo que en su día fue la caída del Muro de Berlín y el comienzo de la era de la globalización, pero en sentido inverso. Podríamos decir que si Corea fue el primer gran campo de batalla de la Guerra Fría, Ucrania puede ser el primer campo de batalla de una nueva contienda imperialista entre bloques. Mientras esto sucede, la izquierda parece actuar como si nada hubiera cambiado o, incluso aún peor, eligiendo bloque.

Desde que Rusia decidió invadir Ucrania se declaró una guerra de liberación nacional. Y es lógico que quienes se encuentran en estos momentos en Ucrania luchando contra Putin decidan tomar las armas o adoptar otras formas de resistencia civil y hacer todo lo posible para evitar esta ocupación y defender su soberanía (algo que debería pasar por el no alineamiento, precisamente lo contrario de convertirse en un satélite de la OTAN o de Rusia) y deben ser apoyados por la izquierda europea. Pero las veleidades militaristas de nuevo cuño que parecen haber conquistado las moquetas y despachos de Bruselas nada tienen que ver con un apoyo desinteresado al legítimo derecho del pueblo ucraniano a la defensa.

Por el contrario, el envío de armas a Ucrania no solo es un elemento fundamental de la disputa militar inter-imperialista, en donde cada vez está más clara la participación directa de la UE y la OTAN en lo que podríamos catalogar como una guerra proxy. Una participación directa que no se circunscribe exclusivamente al envío de armas, que por otro lado ya no son solo ni mucho menos defensivas; sino también por el apoyo de entrenamiento militar al ejército ucraniano o por la información de inteligencia compartida por Washington con Kiev que habría permitido al ejército ucraniano localizar y acabar con la vida de 12 generales rusos desde el comienzo de la invasión rusa o el hundimiento del buque Admiral Makarov, el más moderno de la flota de Putin. Por no hablar de cómo el Centro de Satélites de la Unión Europea ofrece inteligencia geoespacial a Ucrania para controlar los movimientos de tropas en la guerra, de la utilización de los sistemas experimentales de inteligencia artificial para predecir los movimientos y estrategias del ejercito ruso o del envío de cientos de mercenarios occidentales pagados por empresas de EE UU 16/.

Al igual que en la Guerra Fría, las potencias imperialistas se enfrentan de forma interpuesta en el campo ucraniano. Lo novedoso y quizás más peligroso de este enfrentamiento es que, por primera vez desde la II Guerra Mundial, este choque se produce en territorio europeo y el peligro de una confrontación entre potencias nucleares nunca ha estado tan cerca desde la crisis de los misiles en Cuba. El antecedente europeo más cercano fue el ataque aéreo de la OTAN en 1999 contra Serbia (incluida su capital, Belgrado) sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU y sin una declaración previa de guerra, con el supuesto fin de acabar con las violaciones de los derechos humanos en Kosovo. A pesar de los lazos de hermandad étnicos e históricos de los pueblos ruso y serbio, Moscú no respondió a esa agresión y se conformó con condenas formales, alejando el fantasma de una posible contienda con armas nucleares. La gran diferencia es que, en el caso ucraniano, la escalada del conflicto entre potencias no está ni mucho menos descartada. Más bien al contrario, cada día que dura la guerra es un escenario más plausible.

En este sentido, el envío de armas no es solo una participación en el conflicto por parte del bloque OTAN, sino que internamente en el contexto europeo es sobre todo un elemento performativo clave en la remilitarización de la UE. Pero, además, no nos engañemos, el envío de armas no solo es un poderoso incentivo para los sectores y la industria armamentística europea, sino que es la primera vez que Europa habla el llamado lenguaje duro del poder”. Esta primera experiencia de coordinación militar europea pretende ser el elemento fundacional de una política de defensa más agresiva que pueda concluir en un cuerpo operativo o incluso en un ejército europeo para intervenir en el nuevo tablero internacional.

Un ejército europeo ni separado de la OTAN ni pensado para grandes contiendas militares, sino más bien como un cuerpo operativo de reacción rápida que pueda controlar áreas y recursos en el escenario del aumento de las disputas neocoloniales. Dicho de otro modo, un ejército para intervenir más en Níger que en Ucrania. La ministra de Defensa española Margarita Robles alertó recientemente del peligro de la “creciente penetración de Rusia en África” mediante su presencia militar a través del ejército regular ruso o de compañías de mercenarios como Wagner. Declarando que, ante esta situación, “la OTAN no puede permanecer indiferente” 17/ y reclamando así una mayor presencia de la Alianza Atlántica en el continente africano.

Con la presencia de la OTAN y de un futuro ejército europeo en África, EE UU y la UE quieren asegurarse el acceso a los enormes recursos energéticos y de materias primas del continente, en competencia directa con los países emergentes y en especial con China y Rusia, no sólo con contratos comerciales, sino construyendo todo un entramado de relaciones políticas y militares. El apoyo a la creación de la Fuerza de Reserva Africana (ASF), el entrenamiento militar de fuerzas africanas en las escuelas de la OTAN y la difusión de las doctrinas e ideologías militares de la Alianza Atlántica permiten crear relaciones y lazos que aseguran una incidencia política real en las élites dirigentes, al tiempo que garantizan una buena parte del jugoso mercado africano de compras de armamento, que también es objeto de competencia. Como afirma el Centre Delás de Estudios por la Paz: “si la OTAN fue una pieza clave para asegurar la hegemonía norteamericana en Europa occidental durante la Guerra Fría primero y en toda Europa después, ahora la Alianza Atlántica pretende jugar el mismo papel en África 18/.”

Es indudable que la invasión criminal de Putin ha permitido cohesionar a la opinión pública de la UE sobre la base de un fuerte sentimiento de inseguridad ante las amenazas externas, legitimando su remilitarización (que es mucho más que el aumento del gasto militar antes mencionado). A la vez que permite a la OTAN diluir toda veleidad de independencia política de la UE mientras recupera una legitimidad y una unidad perdidas tiempo atrás, especialmente tras el fracaso de la ocupación de Afganistán. La incorporación de Suecia y Finlandia es una buena muestra del resurgimiento e impulso que ha tomado la OTAN, la mayor alianza militar nunca conocida, ampliando con mucho los marcos alcanzados durante la Guerra Fría. Porque, más allá de apreciaciones de táctica militar, lo que está fuera de toda duda es que los auténticos ganadores hasta ahora de la invasión rusa de Ucrania son el imperialismo norteamericano, el militarismo de la UE y las empresas que fabrican muerte.

Por esto es tan curioso que una gran parte de la izquierda y de los verdes europeos esté sufriendo de un repentino ataque de mirada cansada que le impide ver lo que más cerca tiene. Grandes conocedores de la situación tanto de Ucrania como de Rusia, pero incapaces de ver cómo las élites europeas y el imperialismo norteamericano están utilizando esta guerra como un momento de reordenación capitalista e imperialista de hondo calado en el contexto de un desorden geopolítico global y de crisis ecológica. En donde la disputa por los recursos escasos será cada vez mas intensa y violenta. En este sentido, el reclamo abstracto del envío de armas por parte de la OTAN y la UE a Ucrania aludiendo a su derecho a la defensa no puede descontextualizarse de los interés inter-imperialistas en curso y de cómo dicha contribución armamentística es un elemento central en la legitimación de la remilitarización europea. Por ello resulta políticamente desastroso que una parte de la izquierda se haya sumado a las veleidades militaristas del imperialismo norteamericano y europeo.

Desde algunos sectores se ha intentado comparar de forma torticera el caso de la república española y la guerra civil española y su imposibilidad de armarse adecuadamente con el de Ucrania en estos momentos, como una forma de justificar ante la opinión pública española el envió de armas por parte de la OTAN. No solo es absurdo e incluso de mal gusto comparar a la revolución española y lo que significaba con el actual gobierno de Zelensky y la situación en Ucrania. Sino que además son contextos militares totalmente distintos: para empezar, por la misma sublevación militar de buena parte del ejército español en contra del gobierno legítimo de la República. Pero en cambio creo que si es un buen ejemplo para poder razonar por qué los republicanos españoles sufrieron un boicot de las democracias occidentales en su derecho a armarse, cuando Francia e Inglaterra pusieron en pie la farsa del Comité de No Intervención. Y en cambio el gobierno de Zelensky está recibiendo apoyo material, militar y económico, aunque no sea todo el que está demandando. No está mal recordar que independientemente del hecho de que Ucrania tiene todo el derecho a resistir la invasión de Putin, la OTAN y el imperialismo jamás armará a ningún actor que no defienda abiertamente los intereses imperialistas de dicha organización. El ejemplo de la República española es uno entre tantos otros en la historia que así lo demuestra.

Por cierto, las ayudas imperiales nunca son gratis, los republicanos españoles durante la guerra civil así como los revolucionarios vietnamitas pagaron un precio muy alto por la ayuda militar soviética: unos constreñidos a frenar y reprimir la revolución social e imponer una especie de democracia popularavant la lettre; y los otros sufriendo las maniobras diplomáticas capituladoras del Kremlin, empezando por la partición del país en 1953 19/. Ningún apoyo financiero o militar es neutro y está exento de subordinación política. Tampoco ahora en Ucrania, en donde los préstamos europeos están condicionados a una subordinación económica y a la aplicación de reformas estructurales en la línea de la legislación laboral en tiempo de guerra aprobada por el parlamento. Así como el apoyo militar a la subordinación a los intereses geoestratégicos occidentales.

Además, no deja de resultar curioso el énfasis de la mayoría de la izquierda institucional en reclamar este envío de armas a Ucrania, cuando la OTAN y la UE no necesitan presión alguna para mandarlas. ¿En serio el papel de la izquierda en este contexto es erigirse en corifeos de las pulsiones más militaristas? Quizás sería más útil presionar por que la UE o el FMI anulasen la deuda exterior ucraniana, una decisión que aliviaría la presión sobre una economía devastada y, de paso, sobre su población y sus finanzas de cara a una futura reconstrucción; levantar una campaña de movilización ciudadana para conseguir un registro de los propietarios reales que esconden su dinero en los paraísos fiscales europeos, lo cual permitiría la incautación de bienes de la oligarquía rusa que sostiene al régimen de Putin. Una acción que no solo presionaría para acabar con la guerra, sino que también permitiría obtener unos fondos fundamentales para la reconstrucción de Ucrania; y/o presionar para que la UE acoja a los desertores de ambos ejércitos favoreciendo la deserción colectiva ante la guerra. Todas estas propuestas han sido presentadas en diferentes formas y ocasiones por parte de diputados y diputadas de la izquierda en parlamento europeo y han sido sistemáticamente rechazadas.

Aún es más sorprendente la presbicia de esa izquierda que a su condena de la invasión rusa y la solidaridad con el pueblo ucraniano no incorpora el rechazo a la remilitarización de la UE y el resurgimiento de la Alianza Atlántica. Porque “ahora no toca” y por lo visto todo vale para ganar la guerra y acabar con la amenaza del imperialismo ruso. “Todo vale” porque estamos en guerra. ¿De qué me sonará todo esto? De esta forma asistimos a una incomprensible coincidencia de intereses con el imperialismo propio, el europeo en nuestro caso, que nos devuelve a la lógica de la Unión Sagrada de los albores de la Primera Guerra Mundial, obligándonos a aceptar unos nuevos créditos de guerra. La pregunta sería por qué cierta izquierda ha caído en la trampa binaria de apoyar a uno de los imperialismos en disputa, cuando el deber de los anticapitalistas sería precisamente romper esa dicotomía y adoptar una posición de parte, activa y clara a favor de los pueblos ucraniano y ruso, por la paz sin anexiones, por la retirada incondicional de las tropas rusas de Ucrania y por garantizar el derecho de los pueblos sin excepciones a decidir libremente su futuro.

La pandemia global que hemos sufrido ha acrecentado nuestros temores e inseguridades. Nunca ha sido más evidente la necesidad de volver a imaginar qué entendemos por seguridad y definir qué nos hace sentir seguros. La invasión de Putin a Ucrania se ha convertido en la coartada perfecta para explotar todas estas inseguridades por parte de la UE, aumentando exponencialmente los presupuestos de defensa y favoreciendo una integración europea basada en la remilitarización. Una decisión política que prioriza los beneficios de las empresas armamentísticas, alimentando, en vez de frenando, la inestabilidad así́ como la probabilidad de la guerra. La izquierda debe cuestionar el concepto de seguridad basado en el gasto en armamento, infraestructuras de defensa y militares. Para plantear, alternativamente, un modelo de seguridad antimilitarista a través de la garantía de acceso a un sistema público de salud operativo, a la educación, el empleo, la vivienda, la energía, mejorando el acceso a servicios sociales que aseguren una vida digna y respondiendo al cambio climático desde un horizonte ecosocialista. Como afirma el manifiesto ReCommons Europe, “las fuerzas de la izquierda política y social que desean encarnar una fuerza de cambio en Europa con el objetivo de sentar las bases de una sociedad igualitaria y solidaria, es imperativo adoptar políticas antimilitaristas. Esto significa luchar no solo contra las guerras de las fuerzas imperialistas europeas, sino también contra la venta de armas y el apoyo a los regímenes represivos y beligerantes.”

El futuro de nuestro siglo se está escribiendo hoy en las llanuras ucranianas. Ante la deriva militarista y belicista que está azotando a Europa, y a pesar del ambiente macartista de intimidación intelectual y de demagogia belicista, las fuerzas transformadoras europeas debemos tomar una posición activa con una agenda antimilitarista propia que rechace sin ambigüedades el proyecto político imperial de la oligarquía rusa, pero también la agenda militarista de la OTAN y la remilitarización de la UE. Tenemos el gran reto de pensar cómo conseguir que pierda el imperialismo putinista sin que ello suponga una victoria del militarismo imperial occidental.

 

Por Miguel Urbán Crespo, eurodiputado, miembro de Anticapitalistas

24 junio 2022

Notas

1/ Unas semanas antes del debate de la Unión acababa de caer Kabul en manos de los talibanes después de 20 años de ocupación de la OTAN.

2/ Para saber más sobre la securitización de las fronteras de la UE son muy recomendables los estudios del Transnational Institute https://www.tni.org/es/publicacion/guerras-de-frontera

3/ Los romanos utilizaban este término para designar a aquellos pueblos que habitaban fuera de sus fronteras.

4/https://vientosur.info/regimenes-politicos-neoliberalismo-y-autoritarismo/

5/https://ec.europa.eu/info/priorities/state-union-speeches/state-union-2016_en

6/https://www.tni.org/files/publication-downloads/avivando-las-llamas-execsum-es.pdf

7/https://vientosur.info/para-los-fabricantes-de-armas-la-guerra-en-ucrania-es-un-gran-negocio//

8/https://www.europapress.es/internacional/noticia-ciudadania-danesa-vota-favor-participar-programas-militares-ue-20220601225021.html

9/https://www.infolibre.es/politica/once-claves-creciente-militarizacion-ue_1_1224340.html

10/http://centredelas.org/wp-content/uploads/2021/07/A-militarised-Union-2.pdf

11/https://www.consilium.europa.eu/media/54773/20220311-versailles-declaration-en.pdf

12/ Poch de Feliu, Rafael. “La Invasión de Ucrania”. Escritos Contextatarios, marzo 2022, Madrid. pp 60

13/https://www.infolibre.es/mediapart/parlamento-europeo-dice-no-ambiciones-verdes-politica-agricola-comun_1_1223488.html

14/https://ctxt.es/es/20220401/Firmas/39377/Rafael-Poch-Estados-Unidos-rusia-invasion-Ucrania-guerra-Finlandia-Guerra-de-Invierno.htm

15/ Poch de Feliu, Rafael. “La Invasión de Ucrania”. Escritos Contextatarios, marzo 2022, Madrid. pp 46

16/https://theobjective.com/internacional/2022-03-10/mercenarios-ucrania-dolares-guerra-putin/

17/https://elpais.com/internacional/2022-05-25/espana-y-el-reino-unido-advierten-a-la-otan-del-riesgo-de-desatender-el-avance-ruso-en-africa.html

18/http://centredelas.org/actualitat/la-expansion-de-la-otan-en-africa/?lang=es

19/https://vientosur.info/el-drama-ucraniano-y-la-ruleta-rusa/#_edn28

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  Imagen de militares ucranianos se dirigen en un autobús a sus posiciones cerca de la ciudad de Severodonetsk de la zona de Luhansk, Ucrania, 19 de junio de 2022. — Oleksandr Ratushniak / EFE. — Oleksandr Ratushniak / EFE

La invasión rusa de Ucrania cumple cuatro meses. 121 días marcados por bombardeos constantes y cambios de estrategia.

 

Este viernes se cumplen cuatro meses desde el inicio de la guerra en Ucrania. Son 121 días marcados por la invasión de Rusia, que, lejos de terminar, no para de incrementar el número de muertos, heridos y refugiados. 

Lejos del frente de guerra, en los despachos de Bruselas, Ucrania ha conseguido convertirse en país candidato a la Unión Europea. Casi al mismo tiempo, las fuerzas ucranianas tenían que retirarse de la sitiada ciudad de Severodonetsk. A continuación, repasamos los hitos más relevantes desde que las tropas rusas iniciaran la invasión de Ucrania el 24 de febrero

Primeras semanas de guerra

Lo que ocurre a día de hoy entre Rusia y Ucrania viene de lejos. Hace ocho años que el conflicto entre ambos países se avivó debido a los enfrentamientos por las dos regiones orientales de ucrania. La zona del Donbás, muy relevante en el transcurso de estos cuatro meses de guerra, es un enclave geoestratégico para el Kremlin. 

Vladimir Putin firmó el 21 de febrero los decretos que reconocían a las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk. Este primer movimiento de Putin fue visto con recelo por parte de Occidente. Tres días después, comenzaron los bombardeos a las principales ciudades ucranianas

El miedo a una escalada del conflicto con implicaciones nucleares tomó forma cuando las tropas rusas atacaran y tomaran la planta de Zaporiyia, la mayor de Europa. Los militares de Putin también se hicieron con el control de la central Chernóbil, que, según Ucrania, abandonaron a finales de marzo.

Durante el mes de marzo se comenzó a entender la magnitud de la invasión por las grandes pérdidas humanas y materiales. Cientos de miles de civiles ucranianos salieron del país convirtiéndose ahora en refugiados de guerra. Las ciudades claves durante la ofensiva este mes fueron: Járkov (segunda ciudad del país), Jersón y la ciudad portuaria de Mariúpol (principal foco de los ataques rusos. 

La matanza de Bucha

Abril tiene un nombre propio: Bucha. Esta ciudad cercana Kiev sufrió una de las peores matanzas vividas en Europa en los últimos 27 años. Las imágenes de los cadáveres en las calles de la pequeña localidad conmocionaron al mundo entero. Unos días después, Rusia era expulsada del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

A partir de ese momento, Moscú centró sus esfuerzos en "liberar el Donbás", región en la que las tropas rusas tenían un gran objetivo: Mariúpol. El Kremlin centró sus esfuerzos en conquistar este enclave estratégico situado a orillas del mar de Azov. Finalmente, el Ejército de Putin se hizo con el control total de la ciudad tras acabar con la resistencia ucraniana en la planta de Azovstal, donde llegaron a estar atrapados cientos de civiles.

El presidente ruso tenía prisa por ofrecer un triunfo importante de cara a la celebración del Día de la Victoria del 9 de mayo. Y es que lo que no se esperaba Putin es la resistencia de Ucrania, cuyos militares no lo han puesto nada fácil en el campo de batalla. Que Suecia y Finlandia rompiesen su neutralidad histórica en favor de ingresar en la OTAN no sentó tampoco muy bien a Rusia.

La situación en Severodonetsk

Este mismo viernes, Serhiy Haidai, el jefe de la Administración Militar de la región de Lugansk, una de las dos que componen el Donbás, ha anunciado a través de su cuenta de Telegram que "lamentablemente" los ucranianos van a tener que retirar sus tropas de este enclave, ya que las posiciones están "rotas" y el número de muertos estaba creciendo. 

Prosiguió su mensaje diciendo que: "Los rusos bombardean Severodonetsk casi todos los días desde hace cuatro meses" y que "la infraestructura de la ciudad fue completamente destruida, el 90% de las casas fueron dañadas o destruidas por completo". 

Mientras tanto, la ofensiva en Lugansk prosigue: "Las tropas rusas continúan las operaciones ofensivas en la zona operativa oriental para obtener el control total de la región de Donetsk y Lugansk", informó este viernes el Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas de Ucrania en su página oficial de Facebook.

No es Severodonetsk el único territorio al que tienen que resignarse a rechazar las tropas ucranianas, pues desde que comenzó la guerra Rusia ejerce el control militar sobre una quinta parte del país invadido. 

Desde mediados del mes de mayo, su avance se ha quedado estancado pero ha permitido a Moscú que ejerza un control efectivo en toda la costa ucraniana del mar de Azov. También en regiones del este y el sur del país, controlando principalmente las provincias de Jersón, Zaporiyia, Donetsk, Lugansk, Mariúpol y, ahora también, Severodonetsk.

La situación humanitaria del país es desastrosa. La ONU ha reportado más de 4.000 civiles fallecidos y alerta de que las cifras reales son considerablemente más altas. La guerra ha provocado unos cinco millones de refugiados ucranianos, que han tenido que huir a otros países europeos, y más de siete millones de desplazados internos, según datos de ACNUR.

Una nueva etapa para Kiev

Este jueves 23 de junio se abrió una nueva etapa para Kiev, que cada vez más cerca su ingreso en la Unión Europea. Bruselas otorgó formalmente el estatus de candidato a entrar en el bloque a Ucrania después de que el Gobierno de Volodímir Zelenski lo pidiera apenas cuatro después del inicio de la guerra.

La reunión de los jefes de Estado europeos estuvo marcada por una predecible unanimidad, pero sin obviar las reformas que el bloque comunitario reclama a Kiev. Estas se centran en la independencia judicial, en la lucha contra la corrupción y el crimen organizado, así como legislar para limitar el poder de los oligarcas.

Al respecto, Rusia espera que el paso dado por la UE no cause más problemas al país, según ha declarado el portavoz de la Presidencia rusa, Dmitri Peskov. Peskov ha expresado también su esperanza en que esta medida "no conduzca a un futuro empeoramiento de nuestras relaciones con la UE, aunque es muy difícil estropearlas más, ya están bastante deterioradas".

Zelenski, en la cumbre de la OTAN en Madrid

La cumbre de la OTAN en Madrid tomará decisiones "importantes", según ha señalado el secretario general de la Alianza, Jens Stoltenberg. La cumbre se llevará a cabo los próximos 29 y 30 de junio. Y en ella participará Zelenski por videoconferencia, tal y como ha anunciado el ministro de Exteriores, José Manuel Albares.

Todo apunta a que el presidente ucraniano estará presente en la sesión inaugural. En la cumbre se abordará la cuestión ucraniana y se aprobará una declaración final en la que se abordará un nuevo concepto estratégico en materia de defensa.

Por María Crespo

madrid

24/06/2022 22:50

 

 

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Los Estados gastan un 10% del PIB global en hacer del mundo un lugar más violento

El Índice de la Paz Global mide un año más el grado de militarización de 163 países, que abarcan al 99,7% de la población, y dictamina que el mundo es más inseguro que en 2021.

“El mundo está en guerra. Hace unos años se me ocurrió decir que estamos viviendo la tercera guerra mundial a pedazos. Para mí, hoy se ha declarado la tercera guerra mundial”. Así hablaba ayer, 14 de junio, el papa Francisco en un encuentro con fieles de la Compañía de Jesús. Hoy, un informe le da la razón. El Índice de la Paz Global (IPG) mide la paz en tres ámbitos: la “seguridad” de las sociedades, su grado de militarización y la existencia de conflictos internos o externos. Para ello, se evalúan 23 indicadores que van desde el grado de suicidios, el gasto militar hasta las manifestaciones violentas. 

Por decimocuarto año consecutivo, el nivel de paz en el mundo ha descendido. Sudán del Sur, Rusia, Yemen Afganistán y Siria marcan el top de países con menos paz, mientras que hay pocas novedades entre los países menos violentos.

Islandia sigue siendo el país que encabeza el ranking de la paz. Entre los diez primeros países, siete son europeos. Portugal se mantiene como el sexto país con menos violencia, España está en el 29º lugar, aunque asciende tres puestos en la anterior clasificación como consecuencia del momento político en el que se ha entrado en Catalunya.

En el informe destaca el impacto económico de la violencia en la economía mundial. El impacto de la violencia es el equivalente al 10% del producto mundial bruto o, lo que es lo mismo, 2.117 dólares por persona van destinados a alimentar la maquinaria de violencia. El incremento del año pasado, dicen los autores del IPG, fue de 1,3 billones de dólares (trillones, según la nomenclatura estadounidense), esto es de un 12,4% con respecto al año pasado. Por el contrario, el gasto en mantenimiento y fomento de la paz representa un 0,5% del gasto militar. 

Los indicadores que permiten estimar el precio de la violencia son de tres tipos. Los costes directos incluyen las consecuencias sobre salud, justicia o seguridad; los costes indirectos calculan la bajada de productividad causada por la violencia y los efectos físicos y psicológicos de la exposición a la violencia, el efecto multiplicador es el último de los indicadores evalúa que el dinero destinado a armamento o a los tratamientos sanitarios por accidentes y ataques con armas detrae recursos de la salud, la inversión empresarial, la educación o las infraestructuras.

La guerra de Ucrania y el incremento de la capacidad de la OTAN requerido por Estados Unidos para cumplir sus objetivos ha influido en el aumento de presupuestos militares en Europa, pero no ha sido una excepción a la regla: solo 29 países redujeron el gasto militar en 2021, mientras que 132 lo aumentaron. El aumento el pasado año ha sido de un 18,8% sobre el gasto de 2020. Está previsto que, de cumplirse el compromiso de los países de la OTAN de aumentar el gasto militar el 2%, el conjunto del gasto militar mundial se incrementará un 7%.

El impacto también se mide por el aumento del número de personas desplazadas y refugiados, así como las pérdidas en términos de Producto Interior Bruto que acarrean los conflictos. Ese impacto ha sido estimado en 559.300 millones de dólares, y ha crecido un 27% en un año. El 80% de la economía de Siria o el 41% de la de Sudán del Sur está lastrada por la guerra. El coste económico de la violencia en los diez países de la parte baja de la clasificación es del 34%. 

Algún dato positivo

Hay, sin embargo, reducciones positivas según el IPG, como la del número de soldados en el mundo, que ha bajado de 460 soldados por cada cien mil habitantes —los que había en 2008— a 389 en 2022. Asimismo, el porcentaje del PIB destinado a gasto militar cayó en América del Sur y Central, donde se produjo un descenso de el 18% y el 15%, respectivamente.

En la otra orilla, Estados Unidos ha seguido una dinámica de deterioro de la tranquilidad ininterrumpida desde 2008. El informe reporta un aumento del terrorismo —con casos como el de la escuela de Uvalde aun en la retina— y de la inestabilidad política. EE UU es el país que encabeza las exportaciones mundiales de armas: 30 de cada cien armas que se venden en el mundo proceden de ese país. En 2021 solo hubo 16 países en todo el planeta que no importaron armamento.

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