Una nueva fase de la guerra en Ucrania

La guerra de Rusia en Ucrania ha entrado en su tercer mes. El hecho de que Putin no haya podido obtener una victoria rápida, y a la vez que Ucrania armada por la OTAN resista pero tampoco pueda derrotar la invasión rusa, ha dado lugar a un empantanamiento que tiende a profundizar el carácter internacional del conflicto y el consiguiente riesgo de escalada.

El ejército ruso se encuentra desplegando lo que el gobierno de Putin definió como la “segunda fase” de la “operación militar especial”. Recordemos que a pesar de las toneladas de bombas, miles de muertos –soldados rusos y ucranianos y sobre todo población civil, millones de refugiados y la destrucción millonaria de la infraestructura ucraniana, Putin sigue sin llamar a la guerra por su nombre. Muchos especulan que dará este paso el 9 de mayo, cuando presida la conmemoración de la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi.

Pero la novedad más significativa no viene del campo de batalla en sentido estricto sino del salto en la intervención detrás del bando ucraniano de las potencias de la OTAN, en particular de Estados Unidos, que potencialmente puede redefinir el curso de la guerra.

Primero veamos el cuadro de situación.

El inicio de la segunda fase de la ofensiva rusa, a fines de marzo, implicó grosso modo la adopción por parte de Rusia de una estrategia más modesta. Pasó de la fallida guerra relámpago con blanco en las grandes ciudades para lograr la caída rápida del gobierno de Zelenski, a reconcentrarse en la región del Donbas y, eventualmente desde ahí, proyectar el control ruso hacia el este y el sur de Ucrania. Que el teatro de operaciones esté centrado en el Donbas no significa que Rusia haya renunciado a bombardear esporádicamente las ciudades ucranianas de las que se retiró. Sin ir más lejos, en plena visita a Kiev de Antonio Guterres, el titular de Naciones Unidas, Rusia lanzó una salva de misiles sobre la capital ucraniana, lo que no puede ser leído más que como un estruendoso mensaje político destinado a las potencias occidentales.

La estrategia del Kremlin es cauta en la forma, dado las vulnerabilidades expuestas en la primera fase de la guerra y el agotamiento militar y también económico por efecto de las sanciones que ya se empieza a percibir. Pero sigue siendo ofensiva en el contenido, lo que implica que el gobierno de Putin espera seguir mejorando su posición para cuando llegue el momento de negociar, si es que alguna vez llega. Primero porque las negociaciones formales están suspendidas desde el último intento fracasado en Turquía –aunque continúan abiertos canales alternativos– y segundo porque no necesariamente la guerra concluya con algún acuerdo diplomático.

Los mapas de la guerra muestran que, aunque lentamente y con dificultades, el avance ruso sigue su curso. Finalmente después de casi dos meses de sitio, el ejército se hizo del control de la ciudad portuaria de Mariupol a excepción de la acería Azovstal, en cuyos túneles han quedado atrapados un número indeterminado de miembros del regimiento de Azov (el renombrado “batallón de Azov” integrado por las milicias de extrema derecha de Ucrania) y también civiles refugiados.

Según el cálculo de los generales rusos, el asalto a la acería hubiera significado una batalla sangrienta con muchas bajas propias, por lo que simplemente optaron por bombardear desde el aire, sellar el lugar y esperar a que los que resisten se queden sin municiones y sin alimentos. Por lo que el fin del sitio es cuestión de tiempo.

Hasta el momento es la posición de mayor valor estratégico conquistada por el ejército ruso en Ucrania, no por la ciudad en sí, que fue reducida a escombros (un “campo de concentración en ruinas” según la acertada descripción del presidente ucraniano Volodimir Zelenski) sino porque con Mariupol Ucrania ha perdido la salida al Mar de Azov y Rusia ha ganado un puente terrestre que une la península de Crimea con las repúblicas de Donetsk y Lugansk. Además obviamente del espectáculo obsceno de “tierra arrasada” que sirve como ejemplo para desalentar otras resistencias.

Desde el punto de vista militar, la caída de Mariupol ha liberado una cantidad de tropas rusas que están siendo relocalizadas en el este, donde Rusia aún no ha podido garantizar el control de Donetsk.

A partir de estos hechos se abren distintos escenarios. Según las estimaciones más conservadoras, Putin podría presentar control de la región del Donbas –y el corredor que la une con Crimea– como un triunfo de su “operación especial” para “desnazificar a Ucrania”, aunque eso en sí mismo no signifique el fin de la guerra que puede continuar bajo otras formas, como operaciones de contrainsurgencia.

Pero hay otra hipótesis, más audaz, de que Putin anuncie una escalada, ampliando los objetivos territoriales hacia Transnistria, una pequeña región separatista de Moldavia, lo que llevaría la ofensiva rusa hacia el oeste, al límite con Rumania, es decir, a las puertas mismas de la Unión Europea.

Si bien las reiteradas referencias del mando ruso a Moldavia alimentan las especulaciones de un escalada ofensiva, este parece ser un objetivo dudoso de alcanzar no solo porque Rusia aún no ha estabilizado el control de las zonas que ya ocupa y donde enfrenta la resistencia ucraniana, sino porque entre otras cosas, tendría que conquistar la ciudad portuaria de Odesa, lo que podría exponer a Rusia a una sobreextensión militar insostenible. Aunque no hay cifras certeras ni método independiente para corroborar las informaciones, que son utilizadas como parte del arsenal de guerra tanto por “occidente” como por el régimen ruso, algunas agencias militares estiman que el ejército ruso ha perdido en las primeras ocho semanas de la guerra un 25% de su capacidad operativa.

Fue el ex secretario de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, quien en una entrevista admitió que las potencias occidentales habían cometido un doble error “subestimar las ambiciones de Vladimir Putin” y al mismo tiempo “sobreestimar la fortaleza militar de Rusia”.

Probablemente, la exposición de las debilidades estratégicas del ejército ruso –y la resistencia ucraniana mayor de lo esperado– hayan influido en la percepción de las potencias imperialistas, en particular de Estados Unidos, que terminó descubriendo en la invasión rusa a Ucrania una oportunidad estratégica. Ese cambio de percepción explicaría en parte la escalada de las potencias occidentales.

Este giro fue anunciado políticamente por Biden en Polonia a fines de marzo donde dio a entender que la estrategia de Estados Unidos era el “cambio de régimen” en Rusia. Y se transformó en política oficial con la visita de Antony Blinken y Lloyd Austin –secretario de Estado y de Defensa respectivamente– a Kiev donde luego de reunirse con el presidente Zelenski, blanquearon un secreto a voces: que el verdadero motor del imperialismo norteamericano no es la “soberanía de Ucrania” sino “debilitar a Rusia en el largo plazo”. En una entrevista con CBS News, Ben Hodges el ex comandante del ejército norteamericano en Europa dio un textual aún más explícito. No solo dijo “queremos ganar” sino que explicó que eso significaba “quebrar la capacidad de Rusia para proyector poder por fuera de Rusia”.

El gobierno de Joe Biden sigue manteniendo sus “líneas rojas” de no entrar de manera directa en un conflicto militar (¿nuclear?) con Rusia –léase no poner “botas en el terreno” ni entrar en combate por ejemplo imponiendo una zona de exclusión aérea sobre Ucrania–. Pero con este límite ha escalado la intervención y los objetivos de Estados Unidos y la OTAN, que actúan abiertamente como el comando político-militar del bando ucraniano detrás de Zelenski.

Este “comando” tomó estatus organizativo con el establecimiento del llamado “grupo de contacto para Ucrania” que tuvo su primer reunión en la base aérea de Ramstein-Miesenbach, la principal base norteamericana en Alemania, presidido por el jefe del Pentágono Lloyd Austin. Este consejo de guerra está integrado por 43 países –los miembros de la OTAN pero también países “amigos” de Estados Unidos como Japón, Israel y Qatar– y se reunirá mensualmente para evaluar las necesidades militares de Ucrania para “ganar” la guerra.

Entre las principales resoluciones está el incremento de la transferencia de armamento y municiones y también de entrenamiento a Ucrania por parte de las potencias occidentales. Es un salto porque de ahora en más la OTAN proveerá al ejército ucraniano de armas pesadas ofensivas. Este arsenal incluye tanques antiaéreos Gepard de Alemania y cañones Howitzer de Estados Unidos y Canadá.

Acorde con esta orientación más ofensiva, el presidente Biden solicitó al congreso la aprobación de un monto de 33.000 millones de dólares adicionales destinados a la asistencia militar y económica de Ucrania. Una multiplicación casi por 10 de los 3500 millones que el imperialismo norteamericano lleva invertidos en los dos meses de la guerra de Ucrania. Un indicador de que Estados Unidos se prepara para un conflicto prolongado.

El canciller ruso, Sergey Lavrov, acusó a Washington y la OTAN de haber entrado en una “guerra subsidiaria” en Ucrania (la traducción imperfecta de una “proxy war”, típica de la Guerra Fría) y agitó el fantasma de una tercera guerra mundial que podría transformarse en nuclear. Lo mismo hizo elípticamente Putin. Es cierto que rápidamente se retractó y aclaró que Rusia no está en guerra con la OTAN, sobre todo después de que China, el principal aliado de Rusia, se haya desligado de la amenaza de una nueva guerra mundial. Pero en sí mismo es un indicador del curso peligroso que pueden tomar los acontecimientos si la política de Estados Unidos deja a Putin ante la elección de rendirse o escalar la guerra más allá de Ucrania.

Por esto, el “ala realista” conservadora de la política exterior norteamericana insiste en que, ante la posibilidad de una escalada peligrosa, lo que más se ajusta al interés nacional imperialista es abrir una negociación con Putin para poner fin al conflicto. Richard Haass, uno de sus principales voceros que fue funcionario de los gobiernos de Bush, plantea en una nota reciente en la revista Foreign Affairs que Estados Unidos debe salir de la discusión táctica (cantidad y calidad del armamento enviado a Ucrania) y definir su estrategia antes de que sea demasiado tarde. Para eso aconseja seguir las lecciones de la guerra fría: evitar un enfrentamiento militar directo con Rusia y aceptar resultados limitados. En síntesis que sería un error definir, como reclaman los halcones, que el “cambio de régimen en Moscú es condición para detener la guerra”.

En lo inmediato el gobierno de Biden está capitalizando la guerra de Ucrania para avanzar en recomponer la hegemonía norteamericana. Apunta contra Rusia para debilitar a China que hoy está en una alianza incómoda con Putin y anuncia un “nuevo orden mundial” bajo liderazgo de Estados Unidos. Pero lejos de una reedición de la “globalización neoliberal”, estratégicamente se ha abierto un período de grandes convulsiones económicas, políticas, sociales y militares del que la guerra en Ucrania es solo un síntoma.

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La guerra y el cambio de época en Europa

La invasión de Ucrania modificó el papel de Europa en el mundo. El cambio se hizo evidente en Alemania, donde se produjeron fuertes realineamientos en política exterior y seguridad.

El año 2022 pasará a la historia de Europa como un claro punto de inflexión, quizás incluso como un quiebre de época. La ofensiva bélica de Rusia contra Ucrania comenzada el 24 de febrero marca el comienzo de un profundo cambio de paradigma en el orden europeo de seguridad y paz, quizás también en el orden mundial y económico. Solo 30 años después de la caída de la Cortina de Hierro y la firma de la Carta de París, Europa se encuentra ante las ruinas de lo que Mijaíl Gorbachov denominó el «hogar común» y de la idea de seguridad cooperativa y colectiva en Europa que se le asociaba. La invasión de Vladímir Putin cuestiona muchas certezas y suposiciones previas.

La guerra cambió sustancialmente el papel y las expectativas de Alemania en Europa y el mundo. El «cambio de época» invocado por el canciller alemán Olaf Scholz en su discurso ante el Bundestag del 27 de febrero es testimonio de esta realidad cambiada. En consecuencia, la República Federal de Alemania invertirá en el área de defensa, de aquí en más, 2% de su PIB. Se creará también un «Fondo Especial para las Fuerzas Armadas», amparado por la Constitución, por un total de 100.000 millones de euros. El gobierno alemán está suministrando armas para la autodefensa de Ucrania y ha anunciado que continuará trabajando en proyectos europeos conjuntos de armamento. La magnitud de estas medidas deja claro que estamos ante un profundo cambio de paradigma en la política exterior y de seguridad alemana. 

Sin embargo, más allá de estas decisiones históricas, es urgente realizar un debate estratégico sobre la implementación concreta y los efectos del «cambio de época» en la política exterior y de seguridad de Alemania. Esto plantea la cuestión de qué están en condiciones de hacer y qué deben hacer las Fuerza Armadas alemanas en el marco de la Unión Europea y de la alianza militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Un mayor gasto en defensa no produce automáticamente y por sí solo una mayor seguridad. Los Estados miembros de la Unión Europea ya están gastando un total de más de 200.000 millones de euros en armamento, cuatro veces lo que gasta Rusia. A pesar de ello, las capacidades de defensa europeas les van muy en zaga a las de otros países debido a la falta de interoperabilidad y a la duplicación de estructuras en las Fuerzas Armadas europeas, así como a un uso ineficiente de los recursos disponibles. Además de una frecuentemente exigida reforma del sistema de adquisiciones de las Fuerzas Armadas alemanas, es esencial una integración más estrecha y una mayor unificación de las fuerzas militares dentro de la Unión.

Desde el comienzo de la invasión rusa, la Unión Europea ha encontrado una nueva unidad y ha adoptado el paquete de sanciones más completo de su historia. Además, está entregando por primera vez armas defensivas a una zona de crisis. Momentos de conmoción como la guerra en Ucrania han sido en el pasado un frecuente catalizador dentro de la Unión Europea para una mayor integración. Por ejemplo, tras la anexión de Crimea en 2014, se pusieron en marcha la Cooperación Estructurada Permanente (CEP), la Revisión Anual Coordinada de la Defensa (CARD, por sus siglas en inglés) y el Fondo Europeo de Defensa (FED). Recién en marzo de este año, la Unión Europea dio otro importante paso para mejorar la cooperación en el área de la seguridad y la defensa con la adopción de la Brújula Estratégica como nuevo documento básico de la política de seguridad de la Unión. La Brújula Estratégica prevé, entre otras cosas, la creación de una fuerza de intervención de la Unión Europea que debería estar operativa para 2025. La ministra de Defensa alemana, Christine Lambrecht, ya ha propuesto que las Fuerzas Armadas de su país brinden el núcleo de la fuerza de intervención rápida durante su primer año de actividad. Alemania envió así una señal importante a sus socios europeos de que está lista para asumir una mayor responsabilidad en el marco de la política común de seguridad y defensa de la Unión.

Al mismo tiempo, la seguridad en Europa sigue dependiendo en buena parte de la capacidad de la OTAN para formar alianzas. Desde la anexión de Crimea en 2014, la defensa provista por la Alianza ha ido deslizándose paulatinamente hasta ser el centro de nuestra política de seguridad. Ha sido precisamente el presidente ruso Putin, quien, con sus acciones en Ucrania, ha puesto un punto final a años de crisis existencial y de sentido de la OTAN y hecho una contribución significativa a la revitalización de la Alianza. No hace mucho tiempo, un presidente estadounidense calificó a la OTAN de «obsoleta» y el presidente de Francia, Emmanuel Macron, la declaró «con muerte cerebral». Sin embargo, nunca desde el final de la Guerra Fría Occidente estuvo más unido que ahora. Incluso algunos países antes neutrales están evaluando unirse a la OTAN.

Sin dudas ha sido un golpe de suerte de la historia que alguien como Joe Biden, que encarna el espíritu de cooperación con Europa como ningún otro, sea actualmente el presidente de Estados Unidos. Esta oportunidad histórica debería ser aprovechada para que la asociación transatlántica tenga una base más fiable y sólida. Sin embargo, los europeos no deberían ilusionarse: la nueva amenaza rusa le hace ver nuevamente a Europa de forma dramática cuán dependiente es de las garantías de seguridad de Estados Unidos. Reducir esta dependencia seguirá siendo un reto formidable para Europa en los años venideros. Porque incluso aunque Estados Unidos volviera a afirmarse en la Alianza occidental, Europa debería no olvidar las amargas lecciones de los años de Donald Trump y aspirar a un mayor grado de autonomía estratégica. De las próximas elecciones presidenciales, en noviembre de 2024, podría surgir un presidente estadounidense que cuestione una vez más la alianza de defensa occidental y las garantías de seguridad que da su país.

La guerra en Europa del Este no puede ocultar que el conflicto por la hegemonía en el futuro orden mundial entre Estados Unidos y China seguirá estando en el foco de la política exterior estadounidense. De un tiempo a esta parte estamos viendo la erosión de las reglas y normas de la política internacional y un regreso a la geopolítica y a la política de potencias clásicas, ya sea en el Indo-Pacífico, Oriente Medio, el continente africano o Europa del Este. La guerra de Putin contra Ucrania es probablemente el ataque más serio al orden mundial liberal y basado en reglas registrado hasta hoy. Es evidente que nos encontramos en una fase de transición hacia una nueva estructura de poder global. Todavía no sabemos con certeza cómo será el futuro orden mundial, pero si observamos en detalle las dos votaciones sobre la invasión de Rusia a Ucrania realizadas el 2 y el 24 de marzo en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ya tendríamos una pista. En ambas resoluciones, una abrumadora mayoría de los Estados miembros votaron a favor de condenar a Rusia (141 y 140). Solo cinco Estados votaron en contra de la condena: Bielorrusia, Eritrea, Corea del Norte, Rusia y Siria. Se abstuvieron 35 y 38 países respectivamente en cada votación, incluidos muchos Estados autoritarios como China, pero también la India, la democracia más grande del mundo. 

En total, los Estados que no condenaron inequívocamente la agresión rusa constituyen la mitad de la población mundial. Si se agregan los que condenaron a Rusia pero no apoyaron las sanciones occidentales, la cifra asciende incluso a los dos tercios de la población mundial. Cabe señalar que la gran mayoría de estos países están ubicados geográficamente en la masa continental de Eurasia y en África a lo largo de la «Nueva Ruta de la Seda» de China. A pesar de las críticas internacionales, el gobierno chino aún no ha condenado la invasión rusa. Por el contrario: en febrero, Moscú y Beijing reafirmaron su «amistad sin límites» y firmaron un amplio acuerdo de asociación entre ambos países.  Aparentemente, la guerra está llevando a Rusia a depender unilateralmente de China, tanto en lo político como lo económico. Beijing, a su vez, podría aprovechar la dependencia rusa para expandir su área de influencia a las ex-repúblicas soviéticas de Asia Central. Pero la guerra también entraña enormes riesgos para China: contra sus propios principios de política exterior, China ya ha perdido, con su vaga actitud ante la ofensiva bélica de Rusia, una gran cuota de credibilidad como futura potencia ordenadora del mundo. Más allá de la influencia de China, las razones y motivos que tienen los Estados que apoyan –o por lo menos no condenan– a Rusia son muy variados: van desde intereses y dependencias estratégicas y económicas, pasando por relaciones históricas, hasta reflejos antioccidentales. Sin embargo, debe decirse que el orden mundial que está surgiendo no puede simplemente ser reducido a una confrontación entre democracias liberales y autocracias. Las líneas de conflicto de poder político y los intereses divergentes de los distintos Estados parecen ser mucho más complejos y se avizoran tiempos turbulentos en las relaciones internacionales.

La historia muestra que las fases de cambio radical en el poder político suelen ser particularmente inestables y propensas a las crisis. Una de las pocas excepciones sigue siendo el final pacífico del conflicto Este-Oeste en 1989-1990, debido sobre todo a la política de paz y distensión de Willy Brandt, así como a los años de negociaciones en el marco de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE): precisamente esos acuerdos e instituciones que Moscú está dañando gravemente en la actualidad. Sigue siendo muy dudoso que alguna vez sea posible restablecer relaciones confiables con Rusia bajo la regencia de Putin. El orden europeo probablemente estará marcado durante los próximos años, si no décadas, por una fase de confrontación o, en el mejor de los casos, de coexistencia.

Al mismo tiempo, el «cambio de época» no debe agotarse exclusivamente en lo militar. La guerra en Ucrania no cambia en nada la necesidad de un concepto integral de seguridad que no solo incluya aspectos militares, sino también políticos, económicos, ecológicos y humanitarios. Al igual que en la crisis anterior desatada por el coronavirus, la guerra en Ucrania subraya una vez más los riesgos que entraña una gran dependencia de ciertas cadenas de suministro, ya sea por la provisión de energía desde Rusia o bien por la infraestructura tecnológica de China. En síntesis: la Unión Europea debe fortalecer su soberanía conjunta y su resiliencia en cuestiones políticas, económicas y tecnológicas estratégicamente importantes.

Al mismo tiempo, es necesario empezar a pensar hoy en cómo se podría restaurar en el futuro un orden de seguridad europeo. Es obvio que con Putin ya no es posible volver al statu quo anterior. Pero tarde o temprano se tendrá que volver a negociar con el Kremlin sobre la seguridad europea. Sin embargo, en el futuro cercano solo podrá haber seguridad contra Rusia y ya no con Rusia. Esto no significa necesariamente que las lecciones de la política de distensión no puedan seguir siendo relevantes en otras regiones del mundo. Por el contrario: en vista de las inmensas tareas que enfrenta la humanidad, como el cambio climático, la lucha contra la pobreza y las pandemias o las migraciones, la cooperación internacional y el sostenimiento de la paz siguen siendo un componente importante de la política exterior y de seguridad alemana y europea, incluso en un mundo cambiante y caracterizado por sistemas de valores en pugna.

Fuente: IPG

Traducción: Carlos Díaz Rocca

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Ucrania, la economía global de guerra y la crisis del capitalismo

La invasión rusa de Ucrania ha desatado un acalorado debate político sobre las consecuencias geopolíticas del conflicto. Menos advertido, el conflicto ucranio ha abierto el camino para una militarización más amplia de lo que ya era una economía global de guerra cuando el capitalismo global está sumido en una profunda crisis política y económica.

La administración Biden anunció en marzo un aumento de 31 mil millones de dólares en el presupuesto del Pentágono y por encima de una consignación aprobada semanas antes de 14 mil millones de dólares para la defensa de Ucrania. En 2021, Washington aprobó un presupuesto militar de casi 800 mil millones de dólares aun cuando, ese año, puso fin a la guerra en Afganistán. Tras la invasión rusa, los gobiernos de Estados Unidos, Unión Europea y otros asignaron miles de millones más a los gastos militares y enviaron armamentos y contratistas militares privados a Ucrania. Las acciones de las compañías militares y de seguridad se dispararon tras la invasión: Raytheon (8 por ciento), General Dynamics (12), Lockheed Martin (18), Northrop Grumman (22). Las acciones de firmas militares en Europa, In­dia y de otros países tuvieron aumentos similares ante la expectativa de un alza exponencial en el gasto militar global.

La invasión rusa –brutal, imprudente, y condenable– ha desatado debate sobre el papel que la expansión de la OTAN a Ucrania jugó en motivar al Kremlin. Los funcionarios de EU estaban conscientes de que dicha expansión impulsaría a Moscú hacia un conflicto militar, como afirmó un informe reciente de la corporación RAND, consultora del Pentágono. "Las medidas que proponemos se conciben como parte de una campaña para desequilibrar al adversario, causando a Rusia a sobrextenderse militar y económicamente".

Juega aquí un papel central la acumulación militarizada –las guerras sin fin, los conflictos en potencia, los disturbios civiles y políticos, y las acciones policiales– en la economía política global, la cual depende de los mismos para sostener la acumulación de capital ante el estancamiento crónico y la saturación de los mercados globales. Estos procesos abarcando una fusión de la acumulación privada con la militarización estatal para sostener el proceso de la acumulación de capital.

Los ciclos de la destrucción y la reconstrucción proporcionan salidas constantes para el capital sobreacumulado, abriendo posibilidades de reinvertir el dinero que han acumulado los capitalistas trasnacionales. Las guerras proporcionan importante estímulo económico. Históricamente han sacado al sistema capitalista de las crisis en tanto sirven para desviar la atención de las tensiones políticas y de los problemas de la legitimidad. Fue la Segunda Guerra Mundial lo que finalmente permitió al capitalismo global salir de la Gran Depresión. La guerra fría legitimó 50 años de aumentos de los presupuestos militares. Las guerras en Irak y Afganistán, las más largas en la historia moderna, ayudaron a mantener a la economía a flote ante el estancamiento crónico en las primeras dos décadas del siglo en curso. Desde el fervor anticomunista de la guerra fría, hasta la "guerra contra el terrorismo", seguido por la llamada nueva guerra fría, y ahora la invasión rusa a Ucrania, la élite trasnacional, encabezada por Washington, ha tenido que conjurar un enemigo tras otro para legitimar la acumulación militarizada y desviar la atención desde las tensiones internas hacia los enemigos externos y las amenazas artificiales.

El 11 de septiembre de 2001 marcó el inicio de una época de guerra global permanente en la cual la logística, la guerra, la inteligencia, la represión, y el rastreo –hasta el personal militar– están cada vez más en el dominio privatizado del capital trasnacional. Los gastos militares estatales a escala mundial crecieron más de 50 por ciento desde 2001 hasta la fecha, en tanto se cuadruplicaron las ganancias del complejo militar-industrial. Las compañías militares con fines de lucro emplean unos 15 millones de personas en el mundo, mientras otros 20 millones trabajan en la seguridad privada. El monto gastado en la seguridad privada en 2003, el año de la invasión a Irak, era 73 por ciento más alto que el monto gastado en el sector público, y tres veces más personas estaban empleados en compañías de fuerzas privadas que en las fuerzas del orden público.

Estos soldados y policías corporativos fueron desplegados para resguardar la propiedad corporativa; proporcionar seguridad personal a los ejecutivos y sus familiares; monitorear, espiar y recoger datos; efectuar operaciones policiales, paramilitares, contrainsurgentes y de rastreo; control de multitudes, actividades antidisturbios, y represión de manifestantes; administrar prisiones, y participar en guerra. Estas firmas militares privadas están llegando en masa a Ucrania. Algunas firmas mercenarias ofrecen entre mil y 2 mil dólares al día para quienes tienen experiencia en el combate.

La crisis del capitalismo global es económica, del estancamiento crónico y también política, de la legitimidad de los estados y de la hegemonía capitalista. Miles de millones de personas en el mundo encaran luchas inciertas para la sobrevivencia y cuestionan un sistema que ya no consideran legítimo. Las fricciones internacionales crecen en tanto los estados, en su esfuerzo por conservar la legitimidad, buscan sublimar las tensiones políticas y evitar que el orden social se fracture. En el mundo han proliferado las huelgas y protestas en masa. Las guerras y los enemigos externos permiten a los grupos dominantes –en su empeño por retener el dominio– desviar la atención de las tensiones políticas y de los problemas de la legitimidad.

En EU, la lucha de clases se intensifica, con una ola de huelgas y campañas de sindicalización en Amazon, Starbucks, y otros sectores de la economía gig. La actual espiral inflacionaria y la escalada de luchas de clase en el mundo subrayan la incapacidad de los grupos dominantes de contender la creciente crisis. El empuje del Estado capitalista de externalizar las repercusiones políticas de la crisis aumenta el peligro de que las tensiones internacionales y los conflictos locales, como en Ucrania, desemboquen en conflagraciones internacionales más amplias y de consecuencias imprevisibles.

Por William I. Robinson, profesor de sociología. Universidad de California en Santa Bárbara

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Un soldado ucraniano vigila una trinchera en la provincia de Donetsk, Ucrania.. Imagen: EFE

El Kremlin maneja los tiempos de la invasión en los distintos frentes  

El ejército ruso creó múltiples microfrentes, dispensando y agotando a las fuerzas ucranianas,  que difícilmente pueden resistir en las actuales condiciones.

En el este de Ucrania, las fuerzas rusas, superiores en número y mejor armadas, han pasado de la estrategia de la apisonadora a la de un paciente avance, al que las fuerzas de Kiev difícilmente pueden resistir en las actuales condiciones. "No es como en 2014, no hay un frente definido a lo largo de un eje", explica Iryna Rybakova, la oficial de prensa de la 93ª brigada de las fuerzas ucranianas, en alusión a la guerra con los separatistas prorrusos de la región del Donbás (este) hace ocho años.

El ejército ruso creó múltiples microfrentes, dispensando y agotando a las fuerzas ucranianas. "Hay un poblado de ellos, un poblado nuestro. Hay que verlo como un tablero de ajedrez", dice la militar, que reconoce, más de dos meses después del inicio del conflicto, que Ucrania "no tiene de momento la capacidad de hacer retroceder al enemigo".

La toma de Mariupol

Una victoria rápida de Rusia parece descartada, según los analitas, que atribuyen al presidente ruso, Vladimir Putin, el deseo de mostrarse triunfante en las ceremonias nacionales del 9 de mayo, cuando Rusia conmemora la victoria sobre los nazis. Las tropas rusas han tomado el puerto de Mariupol (sureste), permitiéndoles abrir un corredor terrestre hasta Jersón, más al oeste, única capital regional conquistada desde el inicio de la ofensiva, el 24 de febrero.

Pero el Donbás -la cuenca minera que engloba las regiones de Donetsk y Lugansk que Rusia dice querer "liberar" del yugo de "nazis" rusófobos en el poder en Kiev- está lejos de haber caído. "Aunque hay un cierto avance de las tropas rusas en el terreno, no es muy rápido" indica el analista militar ruso Alexandre Jramchijin.

"Avance difícil"

"En la región de Lugansk (norte del Donbás, ndlr), los objetivos anunciados por Moscú están cerca de conseguirse" prosigue el analista. "Pero en Donetsk, el avance es más difícil" agrega. La línea del frente, fijada desde los acuerdos de paz de 2015, no ha cambiado en estos dos meses de ofensiva. Pero para algunos analistas, el avance ruso parece irreversible."Ya es demasiado tarde para nosotros", dice un soldado ucraniano en un centro de reparación de blindados.

La ofensiva se concentra en el norte de la región: Moscú está cerrando progresivamente una tenaza, que desciende hacia Kramatorsk - "capital" de facto del Donbas controlado por Kiev - desde Izium, una ciudad del norte de Ucrania conquistada a principios de abril. Las tropas rusas tienen esta vez a su favor --contrariamente a la ofensiva contra Kiev al inicio de la guerra-- la ventaja de una continuidad logística directa con su retaguardia.

Prueba del pesimismo reinante, es que ya está todo listo para ralentizar el avance de las tropas rusas: un tren abandonado en los pasos a nivel, minado de infraestructuras viales, obstáculos antitanque en las carreteras.

Desproporción 

En lo referente al armamento, en medio de las grandes planicies de la región y de las ciudades industriales, el enfrentamiento se hace mediante la artillería, la "Diosa de la guerra", en una expresión consagrada por Stalin. Pero la relación de fuerzas sigue siendo extremadamente desproporcionada, hasta "cinco veces superior en términos de material", según Irina Terehovich, sargento de 40 años de la 123ª brigada ucraniana.

El "cierre" del cielo por la OTAN, tan esperado por Kiev, no se ha producido. Y a Ucrania solo les quedan algunos aviones Su-24 y Su-25 para atacar posiciones rusas. En tierra, los soldados ucranianos en el Donbas serían entre 40.000 y 50.000, según analistas. Moscú no comunica sobre sus fuerzas en presencia. Aunque aguanten, muchos soldados de la infantería ucraniana se sienten superados por los acontecimientos.

"Viking", un sargento de 27 años, está desmoralizado, y sus hombres, agotados, esperan una orden de retirada. "Si fuera una guerra de infantería contra infantería, tendríamos nuestras posibilidades. Pero aquí es sobre todo una guerra de artillería, y no tenemos bastante material" dice el soldado.

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Domingo, 01 Mayo 2022 05:44

¿Es Rusia una potencia imperialista?

¿Es Rusia una potencia imperialista?

Rusia no integra el circuito dominante del imperialismo contemporáneo. Desarrolla igualmente una activa intervención geopolítica acorde a su poderío bélico. La figura de un imperio no hegemónico en gestación ofrece la mejor definición de su estadio actual. 

Nadie hubiera preguntado si Rusia actuaba como una potencia imperialista en los años que siguieron al colapso de la Unión Soviética. En esa época sólo se discutía si ese país mantendría alguna relevancia. La era Yeltsin condujo a la insignificancia internacional de Moscú y todas las evaluaciones sobre el imperialismo estaban referidas a Estados Unidos.

Treinta años después ese escenario ha mutado en forma drástica, con el resurgimiento de Rusia como gran actor geopolítico. Este viraje ha reabierto los debates sobre la pertinencia de la categoría imperial para ese país. El concepto es asociado con la figura de Putin y ejemplificado en la reciente invasión a Ucrania. Esa incursión es vista como una contundente prueba del renovado imperialismo ruso.

Las miradas más corrientes consideran que esa impronta es un dato indiscutible. Destacan que Moscú oprime a sus vecinos con el objetivo de socavar la libertad, la democracia y el progreso. También denuncian que el Kremlin intensifica su agresividad para expandir un modelo político autocrático.

Desaciertos convencionales

Los principales gobiernos y medios de comunicación de Occidente cuestionan las incursiones de Moscú que justifican en el propio campo. El despliegue de tropas en Ucrania, Georgia o Siria es presentado como un acto inadmisible, pero las ocupaciones de Afganistán, Irak o Libia son interpretadas como episodios habituales. La anexión de Crimea es categóricamente repudiada, pero la apropiación de tierras en Palestina es calurosamente bienvenida.

Esa hipocresía es combinada con inverosímiles denuncias para atemorizar a la población. Se describe un gigantesco poder ruso con inconmensurable capacidad de daño. La manipulación moscovita de los comicios estadounidenses a través de infiltrados y algoritmos ha sido la acusación más absurda de esa campaña.

Todas las conspiraciones diabólicas son atribuidas a Putin. Los medios suelen mostrarlo como la encarnación del mal. Es retratado como un déspota que reconstruye un imperio con brutales métodos de totalitarismo interno (Di Palma, 2019). Nunca se hacen comparaciones con las elogiadas plutocracias de Estados Unidos o Europa, que imponen la convalidación del dominio ejercido por las elites gobernantes.

Las liberales suelen describir al imperialismo ruso como una enfermedad enraizada en la historia autoritaria del país. Consideran que esa sociedad arrastra una antigua compulsión al avasallamiento de territorios ajenos (La Vanguardia, 2020).

Con esa mirada repiten lugares comunes, sin avanzar en la evaluación seria del problema. Si Rusia contiene el gen del imperio en su innata constitución, no tendría mucho sentido profundizar el estudio del tema. Constituiría simplemente un caso perdido frente a las consabidas virtudes de Occidente.

Con la misma naturalidad que se resalta la omnipotencia imperial de Rusia se exime a Estados Unidos y a sus socios de esa condición. El imperialismo es visto como un corolario de la autocracia moscovita, que el apego a la tolerancia republicana ha evitado en el universo transatlántico. Cómo se compatibiliza ese relato con el saqueo colonial padecido por África, Asia y América Latina es un irresoluble misterio.

Las diatribas contra Moscú recrean el viejo libreto de la guerra fría, que contraponía el opresivo totalitarismo ruso con las maravillas de la democracia norteamericana. Los muertos que desparramó el Pentágono para garantizar los beneficios de ese paraíso son rigurosamente ocultados. El contraste entre la felicidad estadounidense y la lúgubre supervivencia de Rusia ha persistido como un invariable mito.

La compulsión imperial del Kremlin es también observada como un desafortunado recurso del país, para lidiar con su sombrío destino. Las miradas euro-céntricas más extremas observan a los rusos como una etnia de blancos, que no supo asimilar la civilización occidental y quedó atascada en el atraso de Oriente. El castigo nazi intentó resolver esa anomalía con el exterminio de una parte de los eslavos, pero la derrota de Hitler sepultó durante un largo tiempo las ópticas denigratorias. En la actualidad vuelven a renacer los viejos prejuicios.

Para evaluar con alguna seriedad el lugar de Rusia en el club de las potencias imperiales hay que archivar esas tonterías. Se necesita clarificar ante todo el status de ese país en el universo del capitalismo. La vigencia de ese sistema es una condición de pertenencia al enjambre imperial. El desconocimiento de esa conexión impide a los liberales (y a sus vulgarizadores mediáticos) aproximarse al entendimiento del problema.

La reintroducción del capitalismo

Desde hace tres décadas prevalecen en Rusia los tres pilares del capitalismo. Se restauró la propiedad privada de los medios de producción, se consolidaron las normas de ganancia, competencia y explotación y se introdujo un modelo político que garantiza los privilegios de la nueva clase dominante.

La adopción de ese sistema fue vertiginosa. En tan sólo tres años (1988-1991) quedó sepultado el intento de reformas paulatinas de la URSS que promovía Gorbachov. Como su modelo de Perestroika rechazaba la renovación socialista y la participación popular, facilitó una arrolladora restauración del capitalismo. La vieja elite auto demolió su régimen, para desembarazarse de todas las restricciones que impedían su reconversión en clase propietaria.

Yeltsin timoneó esa fulminante transformación en 500 días de privatizaciones. Repartió la propiedad pública entre sus allegados y transfirió la mitad de los recursos del país a siete grupos empresarios. El nuevo sistema no emergió como en Europa Oriental desde afuera y bajo la influencia occidental. Fue gestado desde arriba y al interior del sistema precedente.

La burocracia se transformó en oligarquía mediante un simple cambio de vestimenta. Esa misma mutación de abanderados del comunismo en exaltadores del capitalismo se verificó en todos los países asociados con el Kremlin.

Es evidente que el estancamiento económico, el declive de la productividad, la ineficiencia de la planificación compulsiva, el desabastecimiento y la subproducción determinaron el malestar que precipitó el colapso de la URSS. Pero la magnitud de esos desequilibrios ha sido sobredimensionada, olvidando que nunca presentaron la envergadura de los desplomes financieros padecidos por el capitalismo occidental. La economía soviética no afrontó, por ejemplo, un terremoto equivalente al desmoronamiento sufrido por los bancos en el 2008-09.

El modelo de la URSS fue sepultado en el ámbito político por una clase dominante que remodeló el país. En esa alteración radica la gran diferencia con China, que mantuvo intacta su estructura tradicional de gobierno, en un nuevo escenario signado por la protagónica presencia de los capitalistas.

Esa diferencia determina la preeminencia de una restauración ya completada en Rusia y en una disputa aún irresuelta en China. El manejo del Estado ha sido la variable decisiva del retorno al capitalismo. Este giro presenta el mismo alcance histórico que tuvo la caída de los regímenes monárquicos en el surgimiento de ese sistema.

Yelstin forjó una república de oligarcas que se apoderaron del petróleo, el gas y la exportación de materias primas. Introdujo el manejo autoritario del poder ejecutivo y generalizó el fraude en los comicios parlamentarios.

Putin contuvo esa dinámica depredadora mediante una sostenida tensión con la nueva plutocracia. Pero no revirtió los privilegios de los millonarios. Para frenar el endeudamiento privado, el déficit externo, el temblor monetario y la desinversión local, introdujo controles y disputó el poder de decisión con los enriquecidos.

Ese conflicto fue zanjado con el encarcelamiento de Jodorkovski, el desplazamiento de Medvedev y el acoso a Navalny. Al compás de esos desenlaces, Putin logró prorrogar su mandato e hizo valer su autoridad. Pero convalidó las privatizaciones y el manejo elitista de los sectores estratégicos de la economía. Tan sólo puso un límite al saqueo de los recursos naturales, para marginar a los acaudalados del control directo del gobierno.

Esta doble acción es frecuentemente incomprendida por los analistas que ubican a Putin en el simple casillero de los mandatarios autoritarios. Omiten la estratégica labor que cumplió en el afianzamiento del capitalismo.

Esa convalidación ha requerido un sistema político superpresidencial, asentado en burocracias y aparatos de seguridad que duplicaron el tamaño legado por Yelstin. Putin asegura su predominio mediante la manipulación del sistema electoral y de los candidatos que disputan cargos de relevancia.

Pero esa supremacía no implica un modelo unipersonal dependiente de los humores del primer mandatorio. El jefe del Kremlin gestiona en forma consensuada, para preservar la cohesión de las élites. Con ese rol moderador evita la confrontación entre las 100 familias que controlan la economía. Esa armonización exige un arbitraje, que el mandatario ha perfeccionado al cabo de dos décadas de comando gubernamental.

En Rusia se corrobora, por lo tanto, la vigencia del capitalismo como insoslayable precondición de cualquier status imperial. Pero la variedad imperante de ese sistema crea otro tipo interrogantes.

Un modelo contradictorio e inciero

Desde hace tres décadas los académicos neoliberales desojan la margarita, para desentrañar cuánto maduró la ponderada “transición hacia una economía de mercado”. Nunca logran develar ese curioso devenir, en un país que refutó todos augurios ortodoxos de competencia y bienestar. La prometida prosperidad capitalista no emergió de las cenizas de la URSS. La planificación burocrático-compulsiva fue reemplazada por un modelo que arrastra mayores desequilibrios (Luzzani, 2021).

La dinámica habitual de los mercados afronta inéditos obstáculos en una economía de baja productividad, ausencia de transparencia y prácticas empresariales reñidas con los manuales del liberalismo. El peso de los monopolios es tan dominante como el protagonismo de las mafias, en un esquema irónicamente identificado con el “capitalismo jurásico”.

El curso de la acumulación está signado por la omnipresencia de los clanes y sus consiguientes modalidades de dependencia personal. Un estrecho círculo de beneficiarios lucra con mecanismos informales de apropiación, basados en la coerción estatal. Con esos patrones, el capitalismo funciona en la sombra, a favor de una elite que ensancha sus patrimonios con acotada inversión, despegue productivo o expansión del consumo.

Varias adversidades del esquema imperante en la URSS (burocratismo, corrupción, descoordinación administrativa, ineficiencia) han sido recicladas en un modelo igualmente inoperante. Las relaciones culturales forjadas al cabo de muchas décadas de primacía burocrática se han recompuesto, generando una inercia que potencia la desigualdad, sin permitir el desarrollo que enorgullecía a la Unión Soviética. Las viejas adversidades del modelo burocrático han convergido con las novedosas penurias del capitalismo (Buzgalin, 2016).

Desde hace treinta años prevalece un esquema de exportación de materias primas, con grandes empresas especializadas en la comercialización del gas (Gazprom), el petróleo (Rosneft) y los recursos naturales (Lukoil). El peso del sector privado es un dato tan sobresaliente, como el enriquecimiento de los millonarios vinculados a esas actividades. Por esa dependencia del combustible exportado, Rusia ha quedado sometida al vaivén internacional de los precios del petróleo.

Esa preeminencia de las materias primas contrasta con la primacía de la industria en el régimen precedente. Rusia preserva un importante desenvolvimiento tecnológico, pero la apertura importadora, la desinversión y la simple desidia afectaron severamente al viejo aparato fabril y obstruyeron su modernización. La industria fue penalizada por una elite liberal de exportadores despreocupada por ese sector. La pequeña producción fabril fue afectada además por el ingreso de corporaciones multinacionales, en un contexto de baja financiación interna.

La contracara de esa reducida provisión crediticia fue el desproporcionado endeudamiento externo de la elite que demolió a la URSS. Mediante esa hipoteca precipitaron un descontrol de los flujos financieros. El efecto de ese vaciamiento fue la enorme fuga al exterior del excedente generado en el país.

La gigantesca masa de dinero que los oligarcas diseminaron en los paraísos fiscales quedó sustraída de la acumulación. Rusia ocupa el primer lugar en el ranking mundial de capitales expatriados, que Argentina integra en el tercer puesto. La degradación que afecta a esa economía sudamericana, ilustra las dramáticas consecuencias de expatriar los grandes patrimonios. En 1998 esa descapitalización condujo en Rusia a una descomunal crisis del rublo.

Putin reaccionó con drásticos cambios para contener esa vulnerabilidad neoliberal. Obstruyó la hemorragia de fondos y construyó un enorme petroestado, que retiene el excedente comercial para facilitar el resguardo de las reservas (Tooze, 2022). Con ese dique contrapesa la fragilidad de un modelo afectado por la primarización. La consistencia de ese esquema es un gran interrogante para todos los economistas.

Actual semiperiferia 

Rusia integra el casillero de las economías igualmente distanciadas del capitalismo central y periférico. Es una semiperiferia ubicada en el eslabón intermedio de la división global del trabajo. Esa inserción es asemejada por algunos analistas con el lugar mundial de India o Brasil (Clarke; Annis, 2016). En los tres casos pesa la enorme dimensión del territorio, la población y los recursos. También se verifica la misma distancia con las economías más funcionales a la globalización (Corea del Sur, Taiwán, Malasia).

Rusia no integra el club de las potencias que comandan el capitalismo mundial. Mantiene brechas estructurales con los países desarrollados, en todos los indicadores de nivel de vida, promedio del consumo o dimensión de la clase media. Pero es igualmente significativa su lejanía con las economías relegadas de África o Europa Oriental. Se mantiene como una semiperiferia tan distanciada de Alemania y Francia, como de Albania y Camboya.

El gigante euroasiático tampoco actúa como un simple proveedor de materias primas. Hace valer su enorme influencia en el abastecimiento de gas a dos continentes. Por eso compite con otros suministradores de peso, en la batalla por los precios y las condiciones de prestación de ese recurso.

Pero ninguna de las empresas rusas de energía tiene la relevancia estratégica de los bancos o las firmas tecnológicas de Estados Unidos, Europa Occidental o Japón. El país no disputa en las ligas mayores de la competencia globalizada y del capitalismo digital.

El status semiperiférico de Rusia en la estratificación global difiere del impresionante ascenso que logró China, al escalar a un lugar central de esa jerarquía. Moscú no se aproximó a ese podio.

El acoso imperial norteamericano 

La conversión de Rusia en una potencia imperial es una posibilidad abierta por el peso del país en el escenario mundial. Exhibe un capitalismo inestable, pero plenamente restaurado y una inserción internacional intermedia, pero muy gravitante. Su rol geopolítico está determinado por el choque con la estructura mundial dominante que encabeza Estados Unidos.

Rusia es el blanco predilecto de la OTAN. El Pentágono está empeñado en socavar todos los dispositivos defensivos de su gran adversario. Busca la desintegración de Moscú y estuvo a punto de lograrlo en la era Yelstin, cuando los bancos norteamericanos llegaron a tantear el control accionario de las empresas rusas (Hudson, 2022). Ese fallido intento fue sucedido por una sistemática presión militar.

El primer paso fue la destrucción de Yugoslavia, con la consiguiente conversión de una vieja provincia serbia en la fantasmal república de Kosovo. Ese enclave custodia en la actualidad los corredores energéticos de las multinacionales estadounidenses, en las proximidades de Rusia.

La OTAN transformó a los tres países Bálticos en una catapulta de misiles contra Moscú, pero no pudo extender ese cerco a Georgia. Falló en la aventura militar que intentó su títere de ese momento (Saakashvili).

El Pentágono se concentró posteriormente en el cinturón fronterizo del Sur, mediante una gran diversidad de operativos localizados en Transcaucasia y Moldavia. Por ese camino terminó convirtiendo a Ucrania en la madre de todas las batallas.

El ensañamiento yanqui contra Rusia incluye un ingrediente de inercia y otro de memoria histórica por la experiencia de la Unión Soviética. Demoler al país que incubó la primera revolución socialista del siglo XX es una meta reaccionaria, que ha sobrevivido a la propia desaparición de la URSS (Piqueras, 2022). A pesar de la categórica preeminencia del capitalismo, Occidente no ha incorporado a Rusia a su esfera corriente de funcionamiento.

Estados Unidos desenvuelve una interminable sucesión de agresiones para impedir la recomposición de su enemigo. Implementa esa escalada a través de una alianza militar forjada en la posguerra, como si el extinguido campo socialista se mantuviera en pie. La OTAN recrea la guerra fría con los mismos lineamientos del siglo XX y reaviva las viejas tensiones internacionales. De la misma forma que la Santa Alianza continuó hostilizando a Francia luego de la derrota Napoleón (por la simple memoria de la revolución), la agresión contemporánea contra Rusia incluye resabios de venganza contra la Unión Soviética.

Complicidades y reacciones

Francia y Alemania participan del acoso de Rusia con una agenda propia que prioriza la negociación económica. Moscú ofrece suministros de energía en condiciones muy convenientes para las industrias germanas y Berlín intentó contrarrestar el disgusto de Washington con esa sociedad.

El punto crítico se ubica en las obras del oleoducto construido bajo las aguas del Mar Báltico (Nord Stream 2). Ya se han ensamblado 1230 kilómetros de tuberías que conectan directamente al proveedor ruso con el adquiriente germano. Estados Unidos recurrió a todas las maniobras imaginables para sabotear ese proyecto, que rivaliza con sus ventas de gas licuado. Ese conflicto es uno de los principales trasfondos de la guerra de Ucrania.

Washington ha presionado en todos los terrenos y durante la pandemia logró imponer el veto europeo a la vacuna Sputnik. Ahora exige una sumisión total en sanciones contra Moscú, que tienden a socavar el proyecto alemán de convenios comerciales con Rusia.

Berlín intentó aprovechar el desmoronamiento de la URSS para extender sus prósperos negocios de Europa Oriental. Buscaba usufructuar de la apertura comercial iniciada por Yeltsin y aspiraba a forjar un eje franco-alemán, para atenuar el predominio de Washington. El Departamento de Estado escaló los choques con Rusia para neutralizar esa estrategia y logró arrastrar a sus socios a la gran cruzada en curso contra Moscú (Poch, 2022).

Estados Unidos impuso un rearme de la OTAN que acrecienta la brecha de gastos militares con Rusia. El presupuesto bélico de la primera potencia bordeó en el 2021 los 811.000 millones de dólares, Gran Bretaña invirtió 72.000, Alemania 64.000 y Francia 59.000. Esas cifras superan largamente los 66.000 de la Federación Rusa (Jofre, 2021).

La guerra de Ucrania fue precedida, además, por una intensificación de los ejercicios transatlánticos conjuntos. En el Defender Europe 21 (mayo y junio del año pasado) participaron 40.000 efectivos y 15.000 unidades de material bélico, con simulaciones muy próximas a las fronteras del Este.

Rusia intentó frenar esa avanzada con varias propuestas desoídas por Occidente. Ese rechazo ha sido una constante de Washington, que defraudó una y otra vez a Putin. El líder del Kremlin inició su carrera con una gran expectativa de coexistencia con Estados Unidos. Después de la traumática experiencia de Yeltsin intentó alcanzar un status quo, basado en el reconocimiento de Moscú como potencia. Con ese propósito emitió incontables mensajes de conciliación.

Putin colaboró con la presencia yanqui en Afganistán, mantuvo términos cordiales con Israel, canceló la entrega de misiles a Teherán y no interfirió el bombardeo a Libia (Anderson, 2015). Esa sintonía inicial llegó a incluir una sugerencia de asociación con la OTAN.

El Departamento de Estado respondió a todas las ofrendas de paz con mayores incursiones y Putin perdió sus ilusiones de convivencia armoniosa. En 2007 comenzó una contraofensiva, que afianzó con las victorias de Georgia y Siria. Mantuvo igualmente propuestas de armisticio que Washington ni siquiera consideró (Sakwa, 2021).

Rusia es hostilizada, con el mismo descaro que el Pentágono exhibe frente a todos los países que desoyen sus exigencias. Pero Estados Unidos confronta en este caso con un rival que no es Irak o Afganistán, ni puede ser maltratado como África o América Latina.

Intervención externa y armamento

Rusia es un país capitalista que ha recompuesto su gravitación internacional, pero no reunía hasta la incursión en Ucrania los rasgos generales de un agresor imperial. Ese formato presupondría profundizar un curso geopolítico ofensivo que Putin aún no desenvuelve, pero ya sugiere.

La implosión de la URSS fue sucedida por tensiones bélicas en 8 de las 15 ex repúblicas soviéticas. En todos los conflictos de sus zonas aledañas Moscú desplegó su fuerza militar. De la discreta presencia antes de la destrucción de Yugoslavia, pasó a una fulminante incursión en Georgia y a la invasión actual a Ucrania.

Rusia intenta frenar el pasaje de sus viejos aliados al campo occidental y pretende evitar la desestabilización de sus fronteras. Un ejemplo de esa política fue la reciente tregua que impuso a los armenios y azerbaiyanos en Nagorno Karabaj. Avaló la recuperación de territorios que consumó el segundo contendiente, para contrarrestar la derrota sufrida en el 2016.

Pero frente al peligro de una conflagración mayor, Putin forzó un armisticio que disgustó a sus aliados de Armenia. Moscú exhibió su poderío al imponer un arbitraje que pospone la resolución de los conflictos pendientes (refugiados, autonomías locales, corredores de unión de zonas pobladas por ambos grupos).

El equilibrio con todas las elites locales bajo su estricto comando, guía la intervención del Kremlin en el espacio postsoviético. Rusia ordena sus decisiones siguiendo la doctrina Primakov, que propicia una recuperación del peso del país para contrarrestar la hegemonía de Estados Unidos (Armanian, 2020).

El gestor de esa concepción ganó relevancia como precursor de Putin, promoviendo el proyecto multipolar frente al unilateralismo norteamericano. Propició un triángulo estratégico con India e China (ampliado a Brasil y Sudáfrica), para crear un polo alternativo a la primacía estadounidense.

Putin ha seguido esas pautas para frustrar la dominación unilateral de Washington, a fin de convertir al Kremlin en un coadministrador de los asuntos internacionales. Esa estrategia es muy activa pero no define un status imperial.

La acción militar es el ingrediente clave de esa condición y el poderío bélico de Rusia ha ganado visibilidad. Moscú cuenta con 15 bases militares en 9 países extranjeros y hace valer su gravitación como segundo exportador mundial de armas.

Esa influencia bélica no compite igualmente con el arsenal del contrincante norteamericano. Estados Unidos tiene 800 bases extranjeras y duplica las exportaciones del armamento ruso. De las 100 principales empresas de este sector 42 corresponden a Washington y sólo a 10 a Moscú. Además, el gasto de defensa de los 28 miembros de la OTAN supera en 10 veces a su equivalente ruso (Smith, 2019).

Pero la incidencia de la economía armamentista en Rusia es muy significativa. Es el único sector exento del retroceso industrial que sucedió a la caída de la URSS. La alta competitividad de esa rama ya constituía una excepción durante el declive de ese régimen y se ha consolidado en las últimas décadas.

Putin no se limitó a preservar el arsenal legado por la Unión Soviética. Reactivó la industria militar para afianzar la presencia internacional del país. Esa intervención obliga a extender las funciones del complejo militar más allá de su lógica disuasiva. La dinámica defensiva de esos dispositivos coexiste con su utilización para intervenciones externas.

Un imperio no hegemónico en gestación 

Rusia no forma parte del imperialismo dominante, ni es socio alterimperial o coimperial de ese entramado. Pero desenvuelve políticas de dominación con intensa actividad militar. Es globalmente hostilizada por Estados Unidos, pero adopta conductas opresivas en su propio radio ¿Cómo podría definirse ese contradictorio perfil? El concepto de imperio no hegemónico en gestación sintetiza esa multiplicidad de rasgos.

El componente no hegemónico está determinado por el lugar contrapuesto que mantiene el país frente a los centros del poder imperial. Al igual que China es objeto de un sistemático acoso por parte de la OTAN y ese hostigamiento ubica a Rusia fuera del principal circuito de dominación del siglo XXI.

El elemento imperial despunta en forma embrionaria. La restauración capitalista en una potencia con siglos de prácticas opresivas ya se ha consumado, pero los indicios de políticas imperiales tan sólo asoman como posibilidades. El término de imperio en formación resalta ese status incompleto y a la vez congruente con el regreso del capitalismo.

La definición de un imperio no hegemónico en gestación permite evitar dos unilateralidades. La primera aparece con el mero señalamiento de conflictos entre Moscú y Washington. La segunda con la exclusiva atención a las tendencias opresivas.

El doble status de Rusia -como imperio naciente enfrentado con el dominador estadounidense- es soslayado por los analistas que optan por la mera descripción de la política moscovita. Destacan correctamente que Rusia es el país más grande del planeta, sin cabida posible en asociaciones con Europa o Asia. Cuenta, además, con un arsenal nuclear tan sólo superado por Estados Unidos.

Pero Rusia mantiene un desenvolvimiento económico muy desequilibrado y con mayúsculas debilidades frente a China. Arrastra una convulsiva restauración capitalista, que obstruye su encasillamiento en los modelos habituales del imperialismo.

Las comparaciones con Brasil o India no resuelven el status imperial de Rusia, puesto que esa condición es igualmente controvertida en ambos referentes. En el siglo XXI ya no alcanza con distinguir a las potencias centrales dominantes de los países periféricos sometidos. Tampoco la simple constatación de semejanzas entre economías semiperiféricas de gran porte, esclarece el status geopolítico de cada país. El acoso norteamericano a Rusia no se extiende a India o Brasil y determina un lugar muy distinto de Moscú en el orden global.

La caracterización de Rusia como un imperio no hegemónico en gestación contrasta con la imagen de una potencia ya integrada al imperialismo. La inserción semiperiférica, el radio acotado de las intervenciones militares de Moscú y la magnitud reducida de las firmas transnacionales rusas ilustran diferencias con un status ya afianzado. Pero Rusia incluye nítidas potencialidades imperiales por su condición capitalista y por su rol dominante en los conflictos con los vecinos.

El imperio en gestación afronta una prueba decisiva en la guerra de Ucrania. Esa incursión introduce un giro cualitativo en la acción de Moscú, cuyos resultados incidirán en la condición internacional del país. El conflicto ha consolidado el lugar contrapuesto de la potencia euroasiática frente al imperialismo occidental, pero también refuerza la conducta opresiva del Kremlin en su radio fronterizo. Las tendencias imperiales que asomaban como posibilidades han adoptado otro espesor, luego del operativo militar contra Kiev (Katz, 2022).

El escenario de esa contienda sigue abierto. Pero cabría imaginar qué si Rusia sale airosa de esa primera incursión en gran escala, su embrionario perfil actual podría tender a madurar, hasta atravesar la barrera que lo separa de un imperio en regla.

Por el contrario, si Moscú afronta una súbita derrota o se empantana en una agobiante guerra de desgaste, las tendencias imperiales podrían abortar antes de efectivizarse. Ucrania definiría en ese caso, si Rusia consuma o diluye su salto hacia un status imperialista.

Pero en ambas hipótesis hay que clarificar más elementos del significado contemporáneo del imperialismo. Analizaremos ese problema revisando la tesis de Lenin en nuestro próximo texto.

Referencias 

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Armanian, Nazanín (2020). El suicidio armenio y la “Doctrina Primakov” 27/11/2020

Buzgalin, A., Kolganov, A., Barashkova, O. (2016). Russia: A new imperialist power? International Critical Thought, 6(4), 64.

Clarke, Renfrey; Annis, Roger (2016). Perpetrator or victim? Russia and contemporary imperialism, February 7, 2016, https://www.academia.edu/28685332

Di Palma, Gustavo (2019). Putin y el nuevo imperialismo, 26-5-2019, rusohttpsus://www.lavoz.com.ar/mundo/putin-y-nuevo-imperialismo-ruso/

Hudson, Michael (2022). Ucrania los Estados Unidos quiere evitar que Europa comercie con China y Rusia, 12/02/2022, https://rebelion.org/con-el-pretexto-de-la-guerra-en-ucrania-los-estados-unidos-quiere-evitar-que-europa-comercie-con-china-y-rusia/

Jofre Leal Pablo (2021). La OTAN contra Rusia 22/12/2021 https://www.telesurtv.net/bloggers/La-OTAN-contra-Rusia-20211213-0004.html

Katz, Claudio (2022), Dos confrontaciones en Ucrania, 1-3-2022, www.lahaine.org/katz

La Vanguardia, (2020). ¿Ha vuelto el Imperio Ruso? https://www.lavanguardia.com15-2-2020.

Luzzani, Telma (2021). Crónicas del fin de una era, Batalla de Ideas, Buenos Aires,

Piqueras, Andrés (2020). ¿Occidente contra Rusia (y China), https://redhargentina.wordpress.com/2020/09/22/occidente-contra-rusia-y-china-por-andres-piqueras/

Poch de Feliu, Rafael (2022). La invasión de Ucrania 22/01/2022 https://rebelion.org/la-invasion-de-ucrania/

Sakwa, Richard (2021). Comprender el pensamiento estratégico ruso El mundo visto desde Moscú, 13/12/2021 https://rebelion.org/autor/richard-sakwa/

Smith, Stansfield (2019). Is Russia imperialist? Posted Jan 02, 2019 https://mronline.org/2019/01/02/is-russia-imperialist/

Tooze, Adam (2022). El desafío de Putin a la hegemonía occidental 29/01/2022, https://www.sinpermiso.info/textos/el-desafio-de-putin-a-la-hegemonia-occidental

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El misil balístico intercontinental de propulsión nuclear Satan-2. — Ministerio de Defensa ruso / Reuters

La tensión entre Occidente y Rusia aumenta las amenazas del eventual uso por parte de Moscú de armas nucleares para conseguir sus objetivos en la invasión del país vecino. Pero, ¿son creíbles las advertencias rusas sobre un conflicto nuclear en Europa? ¿O quizá forma parte de la retórica de Moscú para detener el imparable apoyo exterior a Ucrania?

 

La ofensiva rusa en el este de Ucrania se ha acelerado en esta última semana, cuando se han cumplido ya dos meses desde el comienzo de la invasión y se acerca la fecha simbólica del 9 de mayo. Esa jornada, Rusia celebra el Día de la Victoria sobre el ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial y en Moscú se apuntaba como un posible hito en la guerra contra Ucrania, con algún importante anuncio triunfal por parte del presidente Vladímir Putin en la Plaza Roja. Sin embargo, y aunque el avance ruso continúa en la zona del Donbás y el sur ucraniano, los miles de millones de dólares añadidos por Estados Unidos a la ayuda militar a Ucrania y el anuncio del envío de carros de combate con capacidad antiaérea y de artillería pesada por Alemania y otros países auguran una guerra aún larga y un mayor desgaste que quizá sea imposible de asumir por el ejército ruso.

Esta semana, Rusia realizó con éxito la prueba de un misil balístico RS-28 Sarmat, también conocido en la terminología de la OTAN como Satán 2. El misil fue disparado desde el cosmódromo de Plesetsk, a orillas del Mar Blanco, e impactó en un blanco del polígono militar de Kura, en Kamchatka, este de Rusia y a más de 6.000 kilómetros. Este misil intercontinental, capaz de portar hasta quince ojivas nucleares, fue presentado por Putin hace cuatro años como una de las armas más poderosas del arsenal ruso, capaz de destruir un objetivo en cualquier punto del planeta.

Si bien la prueba con éxito del Satán 2 sube muchos grados la tensión en un mundo en el que los acuerdos regulares de contención atómica parecen solo un mito del pasado, la amenaza principal en estos momentos reside en las armas nucleares tácticas, cuyo uso no había pesado de forma realista en los planes estratégicos de las grandes potencias desde la caída de la Unión Soviética en 1991. Rusia podría disponer de dos mil armas de este tipo, que tienen un alcance mucho menor y pueden ser utilizadas para eliminar bastiones concretos de resistencia, columnas de tanques y unidades estacionadas del ejército enemigo. También pueden aniquilar áreas de poblaciones y los puestos de mando y decisión del contrincante. Una de estas armas tácticas podría, en este sentido, descabezar el Gobierno ucraniano y dar un giro inesperado a la guerra en cuestión de horas.

La primera alarma nuclear en torno al conflicto armado de Ucrania la dio Putin el pasado 27 de febrero, apenas tres días después de comenzar la invasión. El jefe de Estado ordenó poner "las fuerzas de contención del Ejército ruso en un modo especial de servicio de combate". Ese contingente incluye precisamente las armas nucleares rusas. Dos meses después de comenzar la contienda fue de nuevo tajante: "Si alguien, quiero subrayarlo, pretende interferir en los acontecimientos en marcha y crear amenazas estratégicas inadmisibles para Rusia, responderemos con ataques relámpago y demoledores".

La amenaza de utilizar armas atómicas por parte de Rusia ha sido tomada como una muestra de vana retórica por el Gobierno ucraniano, como dijo el ministro de Asuntos Exteriores Dmitro Kuleba, para quien las afirmaciones realizadas por Putin y otros miembros de la cúpula de poder rusas son solo una baladronada y una muestra de que "Moscú siente la derrota en Ucrania".

Pero después de que el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, insistiera también esta semana en que el peligro de una guerra nuclear "es serio y real", una pregunta más concreta sobrevuela los centros de decisión en Washington, Londres y Bruselas aunque sea de momento una hipótesis poco creíble: ¿Cuál debería ser la respuesta occidental ante un ataque nuclear táctico ruso en Ucrania? ¿Llevaría inmediatamente a una escalada nuclear irremediable o hay previstas otras formas de contención ante un desarrollo bélico de esas características?

Las armas nucleares tácticas figuraron en los manuales de combate básicos tanto de la OTAN como del Pacto de Varsovia durante toda la Guerra Fría como parte de los planes de avance rápido en territorio enemigo y descartando el uso de bombas atómicas estratégicas, de mayor capacidad de destrucción. Las armas nucleares tácticas tienen una fuerza destructiva que oscila entre el kilotón y los 50 kilotones (aunque hay alguna de hasta cien kilotones). La bomba que destruyó Hiroshima estaba en torno a los quince kilotones.

No hay una hoja de ruta clara que marque el rumbo a seguir si una de las partes enfrentadas utiliza una cabeza nuclear táctica en un teatro de operaciones específico, especialmente porque en estos momentos no hay un solo comando único en Europa que pueda tomar esa decisión. En tiempos de la Guerra Fría, el llamado "balance de terror" que garantizaba la paz consideraba como un tema a evitar el del uso de las bombas atómicas, pues el resultado parecía evidente: la "total destrucción mutua asegurada", otro de los conceptos de la época.

La guerra de Ucrania parece haber acabado con estas consideraciones. Hay dos líderes, Putin y el presidente estadounidense Joe Biden, el principal aliado de Ucrania, que han manifestado en diversas ocasiones desde que empezó el conflicto su intención de ver al enemigo arrodillado y desarmado. El panorama es muy preocupante en este sentido, pues la retórica de guerra ha superado en algunos casos aquella vertida en los trece días de la Crisis de los misiles soviéticos llevados a Cuba, que, en 1962, puso al mundo al borde de la hecatombe nuclear.

No solo es Rusia la que tiene en sus documentos sobre disuasión nuclear, el último de 2020, la previsión de utilizar armas atómicas en caso de que se ponga en juego su "supervivencia". El propio Biden ha firmado un memorándum que contempla el uso de armas atómicas por Estados Unidos en respuesta a un ataque nuclear o químico. ¿Qué sucedería, por ejemplo, si Rusia atacara un blanco militar en Ucrania, por ejemplo, la siderúrgica de Azovstal, en Mariúpol, donde aún resisten cientos o quizá miles de soldados ucranianos y que impide el control efectivo ruso de esa ciudad del Mar Negro? Ucrania no pertenece a la OTAN y el artículo 5 no podría ser invocado. ¿Pero cuál sería la reacción de Washington y Bruselas, que han prometido hasta la saciedad llevar hasta el final la defensa de Ucrania en el marco de una guerra convencional?

¿Y en qué condiciones estaría Putin dispuesto a utilizar un arma que seguramente le daría una superioridad demoledora sobre el ejército ucraniano? No parece estar en juego la supervivencia de Rusia, pero ¿emplearía Putin esas armas para garantizar su propia supervivencia política? Y una pregunta clave e independiente de la respuesta que pudieran dar Estados Unidos y la OTAN a la detonación de una de estas ojivas nucleares: ¿Cuál sería la reacción de China? Este es uno de los mayores riesgos que podría tener Moscú a la hora de emplear un arma nuclear del tipo que sea. Parece poco probable que Pekín siguiera respaldando a Moscú, aunque fuera indirectamente. El ejemplo del uso de un arma de este tipo pondría a China en un compromiso inasumible. La tensa rivalidad entre sus vecinos India y Pakistán, y las propias diferencias chinas con Nueva Delhi, con la posibilidad de que pudiera ser detonado uno de estos artefactos en las fronteras del Himalaya, hacen poco probable una aquiescencia de China con semejante decisión por parte de Moscú en Ucrania y posiblemente llevarían a una ruptura clara con sus socios rusos.

Serguéi Karagánov, quien fuera asesor de Putin y del presidente Borís Yeltsin, señaló en una reciente entrevista al diario digital indio The Statesman que, para la élite rusa, la guerra de Ucrania es "una guerra existencial" y, por eso, "Putin no puede permitirse una derrota". Karagánov, presidente honorario del Consejo para la Política Exterior y de Defensa, uno de los principales centros de análisis rusos, dijo que, si se observa la historia de la estrategia nuclear estadounidense, parece poco probable que Washington defendiera Europa, y menos aún Ucrania, con armas atómicas. Sin embargo, precisó, en este conflicto "existe la posibilidad de una escalada militar y ese es un escenario abismal. Confío en que se pueda alcanzar algún tipo de acuerdo de paz entre nosotros y los Estados Unidos, y entre nosotros y Ucrania, antes de que se avance más en esa peligrosa dirección".

29/04/2022 23:21

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Alemania da otro salto armamentista y anuncia el envío de tanques a Ucrania

 “Hemos decidido que Alemania va a enviar tanques antiaéreos ‘Gepard’ a Ucrania”, según declaraciones de la ministra de Defensa Christine Lambrecht en la apertura de una reunión con sus homólogos occidentales en la base estadounidense de Ramstein (oeste de Alemania).

 

Estados Unidos ha reunido a los ministros de Defensa de más de cuarenta aliados en la base estadounidense de Ramstein (Alemania) para alinear el envío de armamento a Ucrania. En la reunión no sólo participaron miembros de la OTAN, Ucrania y los candidatos a ingresar (Suecia y Finlandia), sino también países no europeos: entre otros, Japón, Australia, Corea del Sur, Israel, Qatar, Kenia. Una muestra más de como Estados Unidos están buscando agrupar fuerzas incluso más allá de “Occidente” en su puja con Rusia, que tiene el objetivo estratégico de debilitar el eje de Moscú con Pekín, con China en la mira como hemos explicado en otro articulo.

Frente al desarrollo de la segunda fase de la guerra, instaron fuertemente a sus aliados a enviar más y mejor armamento. «No tenemos tiempo que perder», declaró el secretario de defensa norteamericano, Lloyd Austin, pues "las próximas semanas serán cruciales para Ucrania", ya que Rusia intenta hacerse con el control total del sur de Ucrania y de la región de Donbass. Es probable que detrás de estas palabras el objetivo real sea impedir que Putin prive a los ucranianos del acceso al Mar Negro, aunque como se ve desde el comienzo de la guerra la táctica norteamericana se va adaptando a la situación del terreno. De ahí su mayor tono triunfalista y ofensivo frente a las dificultades de la invasión rusa. En palabras de Austin: “Ucrania cree claramente que puede ganar, al igual que todos los presentes. Vamos a seguir moviendo cielo y tierra para poder satisfacerlos”. Y ofreciendo para este fin unos 400 millones de dólares con el propósito de reemplazar las armas que los distintos países envían a Kiev.

La presión norteamericana y de los aliados más guerreristas es tal que incluso Alemania ha tenido que adaptarse. En un nuevo giro, antes del comienzo de la reunión, el gobierno alemán anuncio el envío de sistemas antiaéreos blindados, unos cuarenta Gepard que serán reacondicionados por la industria armamentista alemana y el futuro entrenamiento de soldados ucranianos en Alemania. Hasta entonces, el canciller Olaf Scholz se oponía a suministrar directamente vehículos blindados o piezas de artillería, además de los lanzacohetes y misiles antiaéreos ya suministrados. El canciller justificaba su negativa por el deseo de proteger a sus compatriotas de un ataque atómico ruso. Sin embargo, la actitud en relación a la entrega de armamentos de potencias nucleares (Estados Unidos, Gran Bretaña) hasta los socios más pequeños en términos militares (República Checa, Polonia u Holanda), que no albergan este temor, ha dejado a Scholz a la defensiva. En el plano interno el retroceso del canciller socialdemócrata es una pequeña victoria de los conservadores del CDU/CSU. Con la amenaza de la presentación de una resolución a favor del suministro de armas pesadas prevista para el jueves en el Bundestag, los conservadores han obligado a Olaf Scholz a un nuevo giro. Con los Verdes y los Liberales presionando por las demandas de Kiev, el jefe de gobierno se habría enfrentado a un virtual voto de confianza.

Como hemos escrito, a pesar de las vacilaciones, fuertes contradicciones y enormes costos, el gobierno alemán ha decidido su camino guerrerista dentro del esquema global diseñando por los Estados Unidos. Tendencia militarista que solo puede profundizarse como anuncia el hecho que la reunión de hoy será la primera de muchas, según el jefe del Pentágono. Esté anunció que Washington y sus aliados se reunirán a partir de ahora cada mes. Con un objetivo claro: organizar la acción de "las naciones de buena voluntad para intensificar [los esfuerzos], coordinar [la asistencia] y centrarse en ganar la lucha actual y la que está por venir", según palabras de Austin.

Martes 26 de abril

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Estados Unidos cree que Ucrania puede derrotar a Rusia con el "equipamiento adecuado"

Moscú declaró este lunes "persona non grata" a 40 diplomáticos alemanes en respuesta a una medida similar adoptada por Berlín, y el canciller Serguei Lavrov aseguró que su país sigue abierto a negociar con Ucrania para esquivar el peligro "real" de una Tercera Guerra Mundial.

 

Estados Unidos cree que Ucrania puede ganar la guerra contra Rusia si cuenta con el "equipamiento adecuado", dijo el jefe del Pentágono, Lloyd Austin, luego de un histórico viaje a Kiev junto al secretario de Estado Antony Blinken. Rusia declaró este lunes "persona non grata" a 40 diplomáticos alemanes en respuesta a una medida similar adoptada por Berlín el pasado cuatro de abril, y el canciller Serguei Lavrov aseguró que su país sigue abierto a negociar con Ucrania para esquivar el peligro "real" de una Tercera Guerra Mundial. Por su parte el secretario general de la ONU, António Guterres, le expresó al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, su apoyo a la mediación que Ankara está llevando a cabo para tratar de detener el conflicto.

"Están convencidos de que pueden ganar"

"La primera cosa para ganar es creer que se puede ganar. Y ellos están convencidos de que pueden ganar", le dijo Austin a periodistas después de que él y Blinken se reunieran con el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski. "Pueden ganar si tienen buenos equipamientos y el apoyo adecuado", subrayó el secretario de Defensa estadounidense. 

Luego de las discusiones, Austin afirmó que Estados Unidos espera que la capacidad militar de Rusia quede debilitada "al punto de que no pueda hacer el tipo de cosas que ha hecho al invadir Ucrania". Austin y Blinken anunciaron en concreto que los diplomáticos estadounidenses iniciarán esta semana un regreso gradual a Ucrania y el envío de 700 millones de dólares en ayuda militar adicional

Desde hace meses Zelenski le viene pidiendo a los países occidentales armas pesadas, incluyendo artillería y aviones de combate, asegurando que las fuerzas ucranianas podrían cambiar el rumbo de la guerra con más potencia de fuego. Los llamamientos parecen tener eco: varios países de la OTAN se comprometieron en los últimos días a proporcionar armas pesadas y equipos a Ucrania, pese a la protesta de Moscú.

Rusia expulsa a 40 diplomáticos alemanes 

En Rusia, el presidente Vladimir Putin acusó a Estados Unidos y sus aliados de tratar de "partir a la sociedad rusa y destruir a Rusia desde adentro" con una batería de "sanciones sin precedentes". En paralelo un comunicado oficial del ministerio de Relaciones Exteriores expresó que "al embajador de Alemania se le entregó una nota sobre la declaración de 'persona non grata' a 40 miembros de las representaciones diplomáticas alemanas en Rusia".

Al embajador alemán, Geza Andreas von Geyr, se le expresó la "enérgica protesta" de Moscú por la decisión "abiertamente hostil" de expulsar a 40 diplomáticos rusos. De acuerdo con la Cancillería, ese paso de las autoridades alemanas "está motivado por una afirmación absolutamente falsa" de que los diplomáticos rusos "tenían como objetivo socavar la libertad de Alemania" y la "cohesión de la sociedad alemana", así como por "especulaciones sobre lo que está sucediendo en Ucrania".

El jefe de la diplomacia rusa, Serguei Lavrov, aseguró este lunes que su país continuará las negociaciones de paz con Ucrania pero acusó a Kiev de "aparentar" que las lleva a cabo, y advirtió del peligro "real" de una Tercera Guerra Mundial. "La buena voluntad tiene límites. Y si no es recíproca, no contribuye al proceso de de negociaciones", declaró Lavrov, citado por agencias de noticias rusas. 

Guterres respalda la mediación turca

Mientras tanto el secretario general de la ONU, António Guterres, coincidió con el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en la necesidad de un inmediato alto el fuego en Ucrania, en una escala previa a sus encuentros de este martes con el presidente Putin, y luego con Zelenski. Aunque no hubo encuentro con los medios después de la reunión, Naciones Unidas informó que el objetivo común de ambos líderes es "poner fin a la guerra cuanto antes y crear las condiciones para terminar con el sufrimiento de los civiles".

Guterres y Erdogan remarcaron además la "necesidad urgente" de que haya "acceso efectivo" a través de corredores humanitarios para evacuar a civiles y suministrar ayuda a las comunidades afectadas por el conflicto, siempre según la versión de la ONU. El gobierno turco ha protagonizado hasta ahora el principal esfuerzo de mediaciónentre Rusia y Ucrania, con varias reuniones entre las dos partes en las que llegó a discutirse un posible plan de paz, pero ahora mismo las negociaciones permanecen congelada.

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El presidente ucranio, Volodymir Zelensky, flanqueado por Lloyd Austin, secretario estadunidense de Defensa (a la izquierda) y el jefe de la diplomacia de Washington, Antony Blinken, el domingo, en una visita relámpago a Kiev.Foto Ap/Oficina de prensa de la presidencia de Ucrania

En esencia, la OTAN está envuelta en un conflicto bélico con Moscú, señala el ministro del Exterior

 

Kiev. El canciller ruso, Serguei Lavrov, advirtió ayer del riesgo "real" de una tercera guerra mundial, reprochó a Estados Unidos que envíe armas a Ucrania, y aseveró que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) "en esencia, está involucrada en una guerra con Rusia".

Moscú quiere descartar la amenaza de conflictos nucleares, a pesar de los altos riesgos en este momento, y reducir todas las posibilidades de elevar "de manera artificial" esos riesgos, indicó el jefe de la diplomacia rusa en entrevista televisiva transmitida anoche.

En un contexto de tensiones sin precedente entre Rusia y Occidente, Lavrov advirtió que "no se puede subestimar el peligro de una tercera guerra", en declaraciones citadas por la agencia Interfax.

"Esta es nuestra posición. Los riesgos ahora son considerables", comentó Lavrov a la televisión estatal rusa, según una transcripción proporcionada en el sitio web del ministerio del Exterior.

Comparó la situación actual con la crisis de los misiles de 1962, y subrayó que "en esa época había reglas escritas, las normas de conducta eran muy claras. Moscú sabía cómo se estaba comportando Washington y viceversa, pero ahora quedan pocas normas", refirió.

Entonces, en 1962, "había un canal de comunicación en el que los dirigentes confiaban. Ahora no existe uno, y nadie está intentando crearlo. Hay intentos tímidos que se han quedado en la primera fase, pero no han dado resultado".

Indicó que está vigente el tratado de armas START, "pero al mismo tiempo otros instrumentos de control y no proliferación han quedado prácticamente destruidos".

Al preguntarle qué hace Moscú para evitar esta tercera guerra, Lavrov señaló que su país “ya ha hecho mucho y de diferentes maneras durante años.

"En la administración de (Donald) Trump defendimos al más alto nivel que Moscú y Washington reafirmaran la declaración de (Mijail) Gorbachov y (Ronald) Reagan de 1987, acerca de que no puede haber vencedores en una guerra nuclear y que no debe pasar jamás. Pedimos al equipo de Trump que retomara esta declaración tan importante para nuestros pueblos, pero también para el mundo entero", afirmó.

"Desgraciadamente, no conseguimos convencer a nuestros colegas de que fuera necesaria esta iniciativa, y en junio del año pasado, durante la reunión de Ginebra, nuestros presidentes realizaron esa declaración", comentó.

Además, Lavrov recordó que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas han hecho una declaración similar. "Y esa es nuestra postura de principios".

Reprochó a Estados Unidos que hayan enviado muchas armas a Ucrania, "a pesar de nuestras advertencias" y que hayan "azuzado su esencia rusófoba".

Las entregas de armamento occidental a Ucrania significan que la OTAN está "en esencia, en guerra con Rusia" y Moscú considera estas armas como "objetivos legítimos", aseveró.

"Las instalaciones de almacenamiento en el oeste de Ucrania han sido objetivo más de una vez (de las fuerzas rusas). ¿Cómo puede ser de otra manera?", preguntó Lavrov.

Acusó al presidente ucranio, Volodymir Zelensky, de "aparentar" que negocia. "Es un buen actor, si se observa con atención y se lee con cuidado lo que dice, se encontrarán miles de contradicciones", subrayó.

"La buena voluntad tiene límites. Y si no es recíproca, no contribuye al proceso de negociaciones, pero seguiremos manteniendo negociaciones con el equipo enviado por Zelensky", manifestó, citado por agencias rusas.

Desde que comenzó la guerra, hace ya más de dos meses, Zelensky ha pedido a sus aliados occidentales armamento pesado para contrarrestar la teórica superioridad militar de Rusia.

Lavrov se mostró confiado en que "todo terminará seguramente con la firma de un acuerdo" con Ucrania, y añadió que "los parámetros de éste serán definidos por la situación en que estén los combates cuando el pacto se vuelva una realidad".

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Algunos elementos para el análisis militar de la guerra en Ucrania

Desde el comienzo de la guerra en Ucrania, en Ideas de Izquierda hemos venido publicando toda una serie de análisis desde diferentes ángulos y abordamos algunos de los principales debates que ha suscitado desde la perspectiva de una política independiente contra la invasión de Putin, contra la OTAN y el armamentismo imperialista. En el presente artículo nos vamos a detener en una dimensión específica del conflicto: la militar. Pensar la situación mundial hoy es, inevitablemente, pensar también la guerra, y a quienes luchamos para terminar con este sistema capitalista, también nos toca hacerlo. El análisis de las guerras desde el punto de vista del campo de batalla, como parte de sus múltiples dimensiones, ha sido característico del marxismo, desde Marx y Engels en adelante. Una dificultad central, como señalara Carl von Clausewitz, es que la “inseguridad en todas las noticias e hipótesis y la constante intromisión del azar, hacen que en la guerra se aparezcan sin cesar las cosas de manera distinta a como se las esperaba” [1]. Si esto es cierto para los Estados Mayores, más aún para el análisis externo. Las informaciones y los análisis que se generan en torno al conflicto, en su gran mayoría sesgados, y de los que encontramos una superproducción en la actualidad con las nuevas tecnologías, son parte de la guerra misma.

Con todas las reservas del caso, en estas líneas vamos a analizar algunos aspectos técnico-militares de la guerra buscando ir un poco más allá de la coyuntura, primero desde el lado del ejército ruso y luego desde el lado ucraniano. A partir de allí abordaremos la coyuntura actual, marcada por cambios importantes en la estrategia rusa respecto a los primeros dos meses de la invasión, así como por la toma de Mariupol (la primera ciudad importante –y estratégica– que logró controlar Rusia desde el comienzo de la guerra) y la preparación de la campaña por el Donbás.

La doctrina militar rusa actual y sus antecedentes

Comenzaremos dando una mirada a la doctrina del ejército ruso. Todos los ejércitos se constituyen en torno a una determinada doctrina, es decir, a una manera “correcta” según la cual cada ejército considera que deben conducirse los combates. Según Carlos Javier Frías Sánchez, miembro del Estado Mayor español: “la actual doctrina rusa es una evolución de la soviética. Así, la doctrina actual del ejército ruso sigue siendo heredera de la ‘batalla en profundidad’ de Tujachevski, Triandafilov, Svechin, Issersson…, desarrollada en los años 30 y empleada con éxito en la Gran Guerra Patria (la Segunda Guerra Mundial), acontecimiento reivindicado todavía hoy. Posteriormente, los soviéticos la fueron actualizando y refinando, pero sin cambiar las ideas fundamentales que la componen” [2].

Esta noción de “batalla en profundidad” o “batalla profunda” a la que hace referencia fue concebida originalmente por Mijaíl Tujachevski, uno de los principales comandantes militares del Ejército Rojo durante la guerra civil, designado mariscal de la URSS en 1933, luego ejecutado por Stalin en 1937 [3]. La misma fue oficializada como la doctrina militar de la URSS en 1936 en los siguientes términos: “La operación en profundidad consiste en ataques simultáneos sobre las defensas del enemigo por la aviación y la artillería en toda la profundidad de las posiciones defensivas, penetración en la zona de defensa por unidades acorazadas, con un rápido paso del éxito táctico al éxito operacional con el objetivo de envolver y destruir al enemigo. El papel principal es jugado por la infantería, con el apoyo del resto de los diferentes tipos de fuerzas trabajando en el interés de la misma” [4].

Toda esta concepción partía de la idea de que con los ejércitos excesivamente grandes, en especial en el siglo XX, la destrucción del ejército enemigo es imposible con una sola batalla decisiva. Son necesarias batallas simultáneas o secuenciales, pero dirigidas hacía un fin único y ejecutadas por un mando único. De allí el origen de la idea de “arte operacional”, como escalón de transición entre los tradicionales niveles estratégico y táctico. En este nivel operacional se planea, conduce y sostiene la campaña militar, se articulan acciones tácticas, de tal forma que su combinación, coordinación y sincronización permitan alcanzar los objetivos estratégicos. Este nivel sigue siendo fundamental hoy en día. Aunque los ejércitos son más pequeños –y no se pueden excluir de antemano batallas decisivas–, cada oponente sigue siendo un sistema complejo compuesto por mucho más que las fuerzas comprometidas directamente en el campo de batalla, depende de toda una serie de sistemas críticos (como por ejemplo, satélites, internet, etc.), así como de la opinión pública, cuyo peso ha aumentado exponencialmente por el desarrollo actual de los diversos medios masivos de comunicación.

Ahora bien, volviendo a aquella continuidad que analiza Frías en la doctrina rusa –aggiornada a los tiempos que corren– vale la pena detenernos en algunos graves inconvenientes que, señala, trae aparejados para el ejército ruso actual. En primer lugar, la concepción original de Tujachevski implica la necesidad de que los jefes, a todos los niveles, tengan una gran iniciativa para poder aprovechar las oportunidades que se presentan en el campo de batalla. Esto se debe a que no es posible prever donde se configurará el punto débil del enemigo para seguir avanzando. Desde luego, esta no era una característica del Ejército Rojo bajo el estalinismo. Reflejo del bonapartismo imperante, la cultura del ejército era altamente burocrática, basada en planes centralizados, y la exigencia de que sean ejecutados sin cuestionamiento alguno. Cualquier cambio podía entenderse como crítica o ruptura de la jerarquía y, por lo tanto, ser castigado. En este sentido, bajo el bonapartismo de Putin los métodos del ejército no varían demasiado.

La cuestión es que, en el caso de URSS dominada por Stalin, esta falta de iniciativa podía ser compensada por la abundancia de medios. Un plan rígido pero con medios suficientes para superar la resistencia, donde en vez de aprovechar las oportunidades dadas se buscaba “crearlas” por la fuerza, mediante artillería de campaña, contingentes masivos de carros de asalto e infantería motorizada. Esta aproximación también se expresaba en el terreno de la logística. El Manual de campaña del Ejército Rojo de 1936 resaltaba la necesidad de evitar que luego de la ruptura del frente enemigo este pudiera reorganizarse y crear un nuevo frente defensivo. Para ello no se debía detener su avance, lo cual implicaba que, en general, no se relevara a las fuerzas ofensivas. Las unidades de primera línea atacan hasta ser destruidas, luego la segunda línea las sobrepasa y continúa el ataque. Esto reduce la logística, ya que no se planea reabastecer a las fuerzas destruidas.

Trotsky había anticipado toda una serie de problemas relacionados con aquella ecuación entre medios abundantes y el rol de la burocracia luego del fracaso militar en la invasión a Finlandia de 1939. El papel de la burocracia conspiraba abiertamente contra la capacidad de combate del Ejército Rojo –de hecho Stalin se dedicó a ejecutar a su propio (experimentado) Estado Mayor poco antes de la II Guerra Mundial–, mientras que la fortaleza relativa de la economía nacionalizada y la planificación (burocrática) permitían disponer de enormes recursos con los que se intentaba compensar la incompetencia burocrática.

Algunos de los elementos señalados parecen corresponderse en general, según lo que es posible discernir de las diversas informaciones, con la lógica con la que encaró la invasión de Ucrania el ejército de Putin. Ahora bien, el problema central es que la Rusia de Putin no es la URSS. Es un país capitalista que actúa como una especie de “imperialismo militar”, pero que no cuenta con proyección internacional significativa de sus monopolios y exportación de capitales, que exporta esencialmente gas, petróleo y commodities. El proceso de modernización y fortalecimiento del ejército realizado por Putin no logró escapar a esta situación de base.

La “batalla en profundidad” y los problemas del ejército de Putin

La ejecución de la “batalla en profundidad” sin iniciativa en los escalafones subordinados requiere una masa enorme de fuerzas, y en el caso de la Rusia capitalista de Putin aquellos recursos no existen. Muchos de los problemas que hemos visto durante estos primeros dos meses de ofensiva rusa pueden ser interpretados desde aquí. En el trabajo citado, Frías Sánchez aborda desde este ángulo algunos de ellos, que son relevantes para el análisis y que vamos a retomar en parte para nuestro análisis.

En primer lugar, están las limitaciones de la propia organización del ejército y del sistema de mando. La unidad básica del ejército ruso son los grupos tácticos de batallón (BTG por la abreviatura en inglés de Battalion Tactical Group), que tienen entre 700 y 900 miembros e incluyen infantería motorizada, tanques, artillería, ingeniería, etc. El ejército actual mezcla tropa profesional con tropa de reemplazo con un año de servicio militar, de forma tal que el primer batallón de maniobra de cada brigada es de tropa profesional, lo mismo la primera batería de los grupos de artillería de cada brigada, así como la primera compañía de las unidades de apoyo. Pero el resto son tropas de reemplazo, con algunas posiciones críticas dentro de ellas ocupadas por profesionales. Esto hace que si se decide no emplear tropa de reemplazo en una operación, el nivel de brigada no exista y en consecuencia los BTG se queden sin elementos esenciales de artillería procedentes del nivel de brigada (como radares de contrabatería, puestos de mando de grupo, medios de integración de la artillería antiaérea en el sistema de defensa aérea) y de apoyos clave también de su brigada en logística, transmisiones y vehículos aéreos no tripulados. A su vez, los suboficiales son tropa profesional pero las unidades basadas en tropa de reemplazo no tienen suboficiales al mando, sino que los suboficiales profesionales ocupan las posiciones que requieren determinados conocimientos técnicos, proyectando las funciones de mando sobre los niveles superiores. Como consecuencia de estas inconsistencias, los puestos de mando de las grandes unidades del ejército ruso terminan teniendo que controlar directamente un número variable de BTG, sin escalones de mando intermedios. Todo esto sería coherente con las noticias de la significativa proporción de altos mandos que cayeron en los combates, teniendo que involucrarse directamente o cerca de las zonas de enfrentamiento. Según algunas fuentes ascienden 20, incluidos 7 generales muertos en el frente.

En segundo lugar, cabe mencionar las limitaciones logísticas y de coordinación entre armas. Los batallones rusos solo tienen una sección de apoyo logístico con capacidades limitadas. Solo se amplían estas capacidades a nivel de brigada, las cuales disponen de un batallón de abastecimiento y otro de mantenimiento. Esto implica que si los BTG no son reforzados por su brigada tienen escasa capacidad para recuperar vehículos averiados o para reabastecerse. Esto explicaría las pérdidas de material rodante ruso de las cuales se han difundido muchas imágenes –aunque un porcentaje significativo de ellas eran falsas o no correspondían a la guerra actual–. Otro elemento que contribuiría a explicar estas pérdidas es una deficiente o baja utilización de drones para el reconocimiento aéreo en la vanguardia de las columnas acorazadas limitando su vulnerabilidad, anticipando los ataques y utilizando la artillería contra ellos. También se pudieron ver, en estos dos meses de guerra, imágenes de columnas de vehículos rusos moviéndose por las rutas de Ucrania sin protección antiaérea, que en el análisis que mencionamos de Frías este lo atribuye al deficiente y aislado despliegue de baterías antiaéreas, siendo que la potente artillería antiaérea rusa no está diseñada para actuar en forma aislada y han faltado los medios de coordinación y las directivas sobre cómo y dónde desplegarlas.

En tercer lugar, al día hoy, a pesar de su superioridad, Rusia todavía lucha por lograr el control del espacio aéreo de Ucrania. Esto se debe en buena medida a la información de inteligencia suministrada por Estados Unidos a Ucrania a comienzos de la guerra, que logró reducir su vulnerabilidad dispersando sus aparatos antes de los ataques rusos, los cuales fueron esencialmente contra zonas de estacionamiento de aviones y contra instalaciones clave como depósitos de combustible pero sin dedicarse a destruir las pistas, posiblemente con la intención de poder tomarlas y utilizarlas. Por otro lado, los aviones rusos tienen una considerable exposición al utilizar bombas de gravedad, lo que les obliga a volar mucho más bajo para tener un mínimo de precisión poniéndose de esta forma al alcance de las defensas antiaéreas. Algunos analistas [5] sostienen que hay evidencias de que la Fuerza Aérea Rusa está aumentando el número de sus aviones de vigilancia por radar desplegados alrededor de Ucrania, para apuntar mejor a los aviones ucranianos. Si Rusia obtiene el control del espacio aéreo sería determinante, pero lo cierto es que aún no lo ha logrado.

En cuarto lugar está el limitado tamaño de las fuerzas rusas desplegadas, lo que, entre otras cosas, explicaría la lentitud de muchos movimientos, ya que esto hace que la segunda línea de las unidades prácticamente no exista, lo cual en un esquema como el que mencionábamos de “batalla en profundidad” sería clave para conservar el impulso. Agotados los recursos logísticos iniciales, faltan unidades a la retaguardia que permitan continuar las operaciones. Las alrededor de 180 mil tropas empleadas en la invasión se muestran insuficientes para el despliegue y la escala que la misma había adquirido desde el inicio. Igualmente, en este marco, y al contrario de lo que pareció opinar la mayoría de los analistas, sería extraño que con solo una porción de aquellas tropas –divididas entre varios frentes– Putin aspirase a ocupar –otra cosa es asediar– una ciudad como Kíev que, incluyendo su área metropolitana, albergaba a más de 3 millones y medio de habitantes. Por ejemplo, no guardaría proporción alguna en comparación con la segunda batalla de Faluja en Irak: allí las fuerzas norteamericanas ascendían a 18 mil soldados para tomar una ciudad de 321 mil habitantes defendida por milicias con 5 mil miembros, y los combates se prolongaron por un mes y medio hasta que las fuerzas imperialistas lograron tomarla.

Todos estos elementos hacen a las enormes limitaciones mostradas por el ejército de Putin para llevar adelante algún tipo de “batalla en profundidad”. Ahora bien, la actual toma de la ciudad de Mariupol al sur del país, con 441 mil habitantes y de mayoría rusófona –lo cual es un elemento a sopesar también–, se corresponde mucho más con las proporciones que señalábamos. Lo cual nos introduce al cambio de enfoque que parece está teniendo la estrategia rusa en Ucrania a partir del abandono del asedio a Kíev y la concentración de fuerzas en el sur y el este del país. Pero antes de referirnos a esto repasemos sintéticamente algunas cuestiones referentes al ejército ucraniano.

El ejército ucraniano y las reformas de la OTAN

Desde luego, el ejército ruso no es el único que tiene su pasado ligado a la URSS. Ucrania había heredado de ella uno de los ejércitos más grandes de Europa, con 780.000 efectivos, 6.500 tanques, 1.100 aviones de combate, más de 500 barcos y el tercer arsenal nuclear más grande del mundo. También su doctrina, su cultura organizativa y el tipo formación de sus miembros. Tras el colapso de la URSS y la semicolonización de Ucrania, vino el desmantelamiento de este ejército desproporcionado (armamento nuclear dejó de tener en 1996). Desde aquel entonces, el país ha descrito una trayectoria pendular marcada por el enfrentamiento entre las oligarquías capitalistas locales “pro-rusas” y “pro-occidentales”. Es en este marco que para 2014 sus fuerzas armadas estaban reducidas a una mínima expresión.

En 2013-2014 se produjo la revuelta contra el gobierno pro-ruso de Yanukóvich que terminaría siendo conocida como Euromaidán. Brutalmente reprimida, la revuelta sería crecientemente copada por fuerzas reaccionarias y de ultraderecha pro-occidentales. Tras la caída de Yanukóvich, grupos armados pro-rusos tomarán los gobiernos de Donetsk y Lugansk, y el parlamento de Crimea, región que Rusia terminó por anexarse. En la región de la cuenca del río Donets quedará planteada una guerra civil de baja intensidad con intervención de fuerzas rusas irregulares. En este contexto consolidaron su peso las organizaciones paramilitares de extrema derecha surgidas en torno a Euromaidán y volcadas luego a combatir en la guerra del Donbás. Entre ellas la organización Sector Derecho, cuyo ex-líder Dmytro Yarosh afirmó en 2021 haber sido nombrado asesor del comandante en jefe de las fuerzas armadas; el batallón Dnepr-1, apodado “el batallón de Kolomoisky” por el nombre del oligarca que lo financió desde el principio; el batallón Azov, que se integraría posteriormente a la Guardia Nacional ucraniana; entre otros.

En ese marco, en agosto de 2015 el ministerio de defensa de Ucrania lanzó oficialmente la política de reforma de las fuerzas armadas con la intervención y financiamiento de la OTAN. Los militares ucranianos se sometieron constantemente a actividades especiales de entrenamiento basadas en los enfoques y prácticas de la OTAN. El sistema de gestión de la defensa de Ucrania incorporó los enfoques de la Alianza Atlántica, sus sistemas de mando y control, su estructura. En 2020 la OTAN le otorgó el estatus de “socio de oportunidades mejoradas”, y la cumbre de la OTAN de 2021 reafirmó el acuerdo estratégico de que Ucrania se convertiría en miembro de la Alianza. En el ínterin, el presupuesto militar pasó de 1,5 % del PBI en 2014 a más del 4,1 % en 2020, y de 6000 tropas listas para el combate a 150 mil, según el servicio de investigación del congreso de EE. UU. Junto con ello, avanzó en modernizar su armamento: tanques, vehículos blindados y sistemas de artillería; obtuvo piezas clave como los misiles antitanque portátiles Javelin o los drones Bayraktar TB2, entre otros.

Sin embargo, hasta el inicio de la guerra actual aún se debatía entre los protagonistas de la reforma cuánto de la vieja formación del ejército ucraniano se mantenía y qué efectividad había tenido aquel “formateo” de la OTAN. El teniente coronel británico Glen Grant, quién había sido asesor del ministerio de defensa ucraniano y contratista para EE. UU., planteaba en 2021 que el sistema de defensa de Ucrania no se había reformado. “Las razones –decía– son extraordinariamente complejas y entrelazadas. Van desde la falta de dirección política; la continua selección de oficiales superiores que son “comandantes rojos” de la vieja escuela, es decir, aquellos que se oponen a la OTAN y desean mantener el legado soviético; a la incapacidad o falta de voluntad de los oficiales para desafiar un sistema marcado por leyes, normas y reglamentos obsoletos o perjudiciales, ya que violarlos asegura el castigo y el fracaso profesional”. Y concluía: “Ucrania prácticamente no ha hecho más cambios que los que habrían ocurrido naturalmente por la evolución a lo largo del tiempo o en reacción a los ataques rusos” [6].

A pesar de declararse públicamente que el ejército contaba con 250.000 efectivos, Grant consideraba que la fuerza de combate real era de 130.000 o menos. Dos cuestiones a destacar eran que no se había logrado resolver los problemas de suministros ni tampoco reformar la artillería, considerada obsoleta. No había capacidad de producción de munición de 152 mm –la utilizada por el ejército ucraniano– y desde 2014 había habido 5 explosiones de depósitos que hicieron volar toneladas de municiones. Se quejaba de que Zelenski hubiera dejado el mando del ejército en manos del general Ruslan Jomchak, graduado en la escuela superior de mando de Moscú antes de la caída de la URSS. Jomchak posteriormente sería desplazado, pero su formación no difiere de la de otros altos mandos, como por ejemplo el actual segundo comandante en jefe, Serhii Shaptala.

Irakli Jhanashija, ex miembro de la oficina de reforma del Ministerio de Defensa, sugería que los líderes políticos ucranianos malinterpretan la verdadera naturaleza de la OTAN y piensan que es la Alianza Atlántica la que tiene el deber de luchar contra Rusia. Grant se preguntaba “Cuántos nombramientos de alto nivel dentro del sistema de defensa son todavía del ‘Mundo Ruso’ (Russkii Mir) es algo difícil de juzgar, pero hay algunos que se destacan por hablar muy bien de la OTAN y sus aliados, mientras que luego se aseguran de que nunca se lleve a cabo ninguna reforma significativa”. La conclusión era que el personal militar estudiaba y se entrenaba según los estándares de la OTAN con la ayuda de EE. UU. y sus aliados, pero que esto ocurría a nivel táctico, mientras que en los niveles estratégico y operativo, la educación y el entrenamiento seguían siendo predominantemente “soviéticos”, incluida la enseñanza del arte operativo.

A nivel táctico, la OTAN instruyó por más de ocho años a las fuerzas armadas ucranianas, especialmente, en táctica de guerrilla y métodos de guerra no convencionales (incluyendo también utilización de drones, piratería telefónica, medicina en el campo de batalla, etc.). Tácticas que han sido utilizadas y han tenido resultados durante la guerra civil en el Donbás y a mayor escala frente a la invasión rusa actual. El acento de la crítica de Grant está puesto sobre todo en el nivel estratégico y operacional. Señala, por ejemplo, que “las ideas occidentales como el mando tipo misión, la flexibilidad o la proactividad son anatema”. En el enfoque de la OTAN los objetivos de combate de alto nivel se transmiten a los niveles inferiores de la cadena de mando y se adoptan de forma flexible.

En un trabajo escrito como respuesta contra aquellas críticas de Grant, el ex-ministro de defensa de Ucrania (2019-2020) Andriy Zagorodnyuk, junto con otros involucrados, resaltaba la importancia de la introducción de nuevos documentos doctrinales en línea con los enfoques y las prácticas de la OTAN, y negaba el predominio de la ideología, los valores y la cultura soviéticos en las fuerzas de defensa, aunque reconocía que se necesitan generaciones para cambiar la mentalidad y la cultura institucional. Pero concluía que: “Los oficiales ucranianos comparten la misma cultura militar que sus pares en la OTAN y son el resultado de su crianza, educación y experiencia” [7].

Seguramente tanto Grant como Zagorodnyuk digan parte de la verdad. Pero justamente esto plantea un problema profundo que tiene consecuencias para pensar la guerra actual, ya que la misma depende directamente de la articulación efectiva y eficiente entre la OTAN y el ejército ucraniano. La estrategia de la Alianza Atlántica, y en particular de EE. UU., de “animar desde atrás” a las fuerzas ucranianas sin comprometerse con tropas, a través de la colaboración operativa, de inteligencia, financiera y el envío masivo de armas, presupone la compatibilidad, no solo política general sino de doctrina y formación (táctica, estratégica y operacional) del interlocutor militar en el terreno, es decir, del ejército de Ucrania, de sus generales y sus tropas.

El armamento de la OTAN y la mano que lo empuña

Clausewitz sostenía que “lo físico es la empuñadura de madera, mientras que lo moral es el noble metal de la hoja; por consiguiente, la verdadera y resplandeciente arma que hay que manejar” [8]. En la guerra actual es claro que aquella “fuerza moral” está del lado ucraniano en tanto resiste a la invasión de Putin. Una fuerza dilapidada por el gobierno de Zelenski e instrumentalizada por la OTAN en función de sus fines. Ahora bien, Clausewitz también decía que en la guerra, al momento de medir fuerzas, la “fuerza moral” y “material” no son dos elementos que puedan separarse en la realidad: “la medida de las fuerzas morales y materiales [se da] por medio de estas últimas” [9], es decir, por medio de las fuerzas materiales.

La OTAN viene suministrando armas constantemente a Ucrania desde antes de la guerra. Solo el imperialismo norteamericano ya gastó o asignó alrededor de 2.600 millones de dólares en suministros militares desde el comienzo del conflicto, la Unión Europea alrededor de 1.500 millones de euros. Biden anunció recientemente otro paquete por 800 millones de dólares. En el citado trabajo de Grant, este plantea respecto al armamento de última generación entregado por la OTAN al ejército ucraniano: “Podría compararse con un invitado que llega a una fiesta de cumpleaños de vegetarianos con un bistec tejano de primera de dos libras. El regalo es genial para quien lo da, pero totalmente inapropiado para quien lo recibe”. Grant hacía referencia, entre otros elementos, al suministro de armas antitanque Javelin. En este caso específico todo parece indicar que se equivocó, ya que estas armas antitanque parecen estar infligiendo importantes daños a los tanques rusos; tanto que algunos analistas hablan de la muerte definitiva del tanque. El problema real aquí es que Ucrania ya recibió alrededor de 7.000 Javelin, lo que representa aproximadamente un tercio del stock norteamericano, cuyo tiempo de reemplazo está calculado en 3 o 4 años.

Ahora bien, no obstante esto, el problema planteado por Grant existe. Aprender a manejar un tanque de última generación puede llevar hasta seis meses. El armamento pesado del que dispone EE. UU. implicaría un tiempo de entrenamiento que la guerra actual en Ucrania no otorga. Según una nota reciente del New York Times, solo una decena de soldados ucranianos han sido entrenados para utilizar drones armados de última generación, como los Switchblade –que están hechos para volar directamente hacia el objetivo y explotar– de los cuales ahora EE. UU. va a suministrar 700. Incluso en el terreno de las municiones, la OTAN utiliza proyectiles de 155 milímetros, mientras que el ejército ucraniano utiliza el estándar de la ex-URSS de 152 milímetros.

De ahí que Robert Gates, ex-secretario de defensa de EE. UU., señalara que Estados Unidos, “debería saquear los arsenales” de los países del antiguo Pacto de Varsovia en busca de sistemas de blindaje y antiaéreos, “con la promesa de Estados Unidos de reponer con el tiempo nuestro equipo a nuestros aliados de la OTAN”. Según el NYT, Washington y numerosos aliados están concentrándose en el suministro de armas de la era de la “guerra fría” que los ucranianos saben utilizar, junto con armas occidentales que los ucranianos pueden aprender a utilizar con más facilidad. Esta carrera logística podría ser determinante para el curso de la guerra, especialmente teniendo en cuenta la nueva etapa que se avizora en torno a la lucha por el Donbás por las características que se supone que adquirirá.

El nuevo capítulo de la guerra y la campaña por el Donbás

Desde luego, el momento actual de la guerra para quien escribe está repleto de incógnitas. Quizá dos de las más significativas sean: el nivel de desgaste y la moral de las tropas rusas, por un lado, y qué queda en pie realmente del ejército ucraniano, por el otro. Ahora bien, en base a los elementos que fuimos analizando, podemos esbozar algunos aspectos que creemos relevantes para entender lo que viene desde el punto de vista del campo de batalla.

En relación a la lógica de la “batalla en profundidad”, la retirada del asedio a Kíev, la reorganización y el repliegue de las tropas rusas hacia el sur y el este de Ucrania plantea un cambio significativo en el enfoque ruso de la próxima etapa de la guerra de tintes más bien conservadores, no necesariamente respecto a las hipótesis más osadas que barajaban ciertos analistas de la conquista del país o parte importante de él como objetivo de Putin, sino respecto al amplio despliegue y dispersión de tropas inicial en sí. Cuánto pesaron en este replanteo las diferentes limitaciones del ejército de Putin que fuimos reseñando en este artículo es difícil saberlo, pero parece probable que hayan influido.

La toma de la ciudad de Mariupol representa un éxito, el primero significativo, del ejército ruso, que de esta manera se hace del principal puerto del mar de Azov (y del Donbás) y puede establecer un corredor terrestre desde la península de Crimea y hasta los territorios de la región del Donbás bajo control ruso. La conquista de esta posición para una estrategia que ahora se concentra en el sur y el este es muy significativa. Tiene el potencial de compensar una parte de los problemas logísticos que analizábamos antes, permite constituir líneas de suministro más cortas y menos expuestas que las anteriores. Otros problemas, como la falta de coordinación, probablemente subsistan. Respecto a los problemas de mando, el nombramiento de general Alexander Dvornikov, antes destacado en el sur y ex-comandante de las operaciones en Siria, como nuevo comandante para la guerra en general probablemente apunte a enfrentar esta cuestión para la etapa que viene.

De conjunto la lucha en el Donbás –Rusia controla solo una parte de la región– plantea nuevas condiciones que eliminarán, o como mínimo reducirán significativamente, algunos de los obstáculos con los que se enfrentó el ejército ruso. Se trata de un territorio en gran parte llano y abierto, a diferencia por ejemplo del más urbano de las afueras de Kíev. Desde este punto de vista, es ideal para la artillería y los tanques rusos, aunque las lluvias pueden complicar el terreno. La cercanía a la frontera rusa se sumará a lo aportado por la toma de Mariupol y el corredor con Crimea para disminuir los problemas de suministro y de comunicaciones, incluso los organizativos, en tanto se tratará de una lucha más concentrada.

Ahora bien, también es cierto, como destacan algunos analistas, que durante los últimos años el ejército ucraniano ha fortificado sus posiciones defensivas en el Donbás, incluidos extensos sistemas de trincheras y vehículos blindados con revestimientos fortificados. Pero, por otro lado, la situación para el ejército ucraniano se torna difícil, ya que hasta ahora utilizaban preferentemente tácticas de guerra de guerrillas, con las que todo indicaría que tuvieron cierta efectividad y generaron daño en las tropas rusas. El terreno del Donbás, contra un ejército regular como el ruso, hará inviable esa táctica, frente una geografía más abierta y con menos lugares para ocultarse. A su vez, expondrá ampliamente las falencias del ejército ucraniano en cuanto a artillería y combinación de armas que señalábamos antes, y es difícil que las entregas de armas de la OTAN lleguen a tiempo para compensarlas.

Claro que un ataque exitoso sobre la zona fortificada por las tropas ucranianas en el Donbás requeriría mucha potencia de fuego de artillería y blindados, así como una infantería agresiva y resistente, y un mando táctico competente. Esto se choca con ciertas limitaciones que fuimos señalando. De allí que haya analistas [10] que anticipen que las fuerzas rusas intentarán lo que se denomina una “batalla de caldera”: una maniobra operativa para rodear al enemigo por al menos tres lados, que es una variación de un movimiento de pinzas o “doble envolvimiento” en el que se ataca por ambos flancos al defensor. El objetivo es forzar al enemigo a una “batalla de aniquilación”, a la rendición o a la retirada a lo largo de un frente estrecho que deja el atacante.

En un escenario así, la forma de mejorar sus probabilidades para el ejército ucraniano pasa por negar el cerco. Pero para ello tendrían que lanzar una serie de ataques anticipados que impidan la acumulación de fuerzas rusas. Tendrían que pasar de una situación defensiva a una ofensiva y utilizar las posiciones fortificadas para absorber los ataques y como plataformas para fijar un avance y aprovechar oportunidades de ataques sobre los flancos rusos. Este no parece ser, sin embargo, un curso de acción sencillo para las fuerzas ucranianas tal como las pudimos ver actuar hasta ahora.

Aunque estos elementos sugerirían cambios favorables para las fuerzas de Putin, las batallas en la guerra hay que librarlas, y el campo de batalla no es el único factor que juega en el asunto. Lo que sí es posible afirmar es que el desarrollo de la guerra en Ucrania tal como la vimos hasta ahora comienza a cambiar, y es este el momento en el que nos encontramos ahora.

Pensar la guerra

La guerra en Ucrania muestra que las tendencias a conflictos militares de mayor escala son una realidad. Es un hecho que guerrerismo y capitalismo siguen siendo hermanos de sangre. Como decíamos al principio, a quienes luchamos por terminar con este sistema capitalista también nos toca pensar la guerra. Muchas de las grandes revoluciones de la historia surgieron frente a la barbarie de la guerra y los sufrimientos que impone. Fue el caso de la Comuna de París con la guerra franco-prusiana, de la Revolución rusa de 1905 con la guerra ruso-japonesa, de la Revolución rusa de 1917 y la Revolución alemana de 1918-19 con la Primera Guerra Mundial. Luego de la Segunda Guerra Mundial llegaría la Revolución china de 1949, entre otras, mientras que, para evitar levantamientos revolucionarios en Alemania, el imperialismo norteamericano tiró toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre la población civil de Dresde. Por esto, pensar la guerra es parte de pensar una perspectiva revolucionaria, y seguirá siendo determinante hasta tanto la revolución socialista logre poner fin a la barbarie capitalista, cuando, como decía Engels: “La sociedad, reorganizando de un modo nuevo la producción sobre la base de una asociación libre de productores iguales, [envíe] toda la máquina del Estado al lugar que entonces le ha de corresponder: al museo de antigüedades, junto a la rueca y al hacha de bronce” [11].

24-04-22

Publicado enInternacional