El cohete chino Larga Marcha 2F con la nave espacial Shenzhou-13, el 16 de octubre de 2021. AFP

Políticos lamentan que la Fuerza Espacial estadounidense no esté avanzando a la par que el sector espacial privado del país.

China está avanzando en el desarrollo de su potencial espacial "al doble del ritmo" que EE.UU. y podría convertirse en el líder mundial en ese ámbito hacia el final de esta década, expresó este sábado el general David Thompson, jefe adjunto de operaciones espaciales de la Fuerza Espacial estadounidense, según cita el portal Defense One.

"El hecho de que, en esencia, en promedio [los chinos] están construyendo, desplegando y actualizando sus capacidades espaciales al doble del ritmo que nosotros, significa que muy pronto, si no comenzamos a acelerar nuestras capacidades de desarrollo y entrega, ellos nos superarán", manifestó el alto cargo militar durante un panel de discusión en el Foro Reagan de Defensa Nacional en California.

Y expresó que, para tal escenario, "el 2030 no es una estimación irrazonable".

Las palabras de Thompson fueron recibidas con aprobación por parte del congresista demócrata Jim Cooper, actual jefe del subcomité de fuerzas estratégicas del Comité de Servicios Armados.

"Demonios que sí", exclamó el legislador al ser preguntado sobre si Washington y Pekín se encuentran actualmente compitiendo en una carrera espacialrecoge la CNN.

Por otra parte, Cooper lamentó que la Fuerza Espacial estadounidense no esté avanzando a la par que el sector espacial privado del país, instando a esa rama de las FF.AA. a demostrar mucha más creatividad.

"Para ser realmente superiores, tenemos que ir más allá de la imaginación de Elon Musk, de la imaginación de Jeff Bezos, más allá de sus billeteras. El presupuesto [de la Fuerza Espacial] ahora mismo es de 17.000 millones de dólares, eso es mucho dinero, pero considerando cuán crucial es el espacio, ¿estamos haciendo lo suficiente?", cuestionó.

Publicado: 5 dic 2021

El Presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, y el Presidente de Rusia, Vladimir Putin, durante la cumbre en Ginebra.

Estados Unidos consideran que Rusia planea elevar su presencia militar en la frontera con Ucrania hasta las 175.000 soldados con el potencial objetivo de invadir ese país el próximo año.

04/12/2021 21:33

 

Los servicios de inteligencia de Estados Unidos consideran que Rusia planea elevar su presencia militar en la frontera con Ucrania hasta las 175.000 soldados con el potencial objetivo de invadir ese país el próximo año, según indicaron este sábado medios estadounidenses.

"Rusia planea una ofensiva militar contra Ucrania tan pronto como a comienzos de 2022 con el doble de fuerza de lo que vimos esta primavera durante los ejercicios rusos de la pasada primavera cerca de la frontera ucraniana", señaló al diario Washington Post, el primero en acceder a estos nuevos informes de inteligencia.

Moscú ha estado movilizando de nuevo tropas en la frontera con Ucrania en las últimas semanas ante la creciente inquietud por parte de Washington y Kiev.

En concreto, los servicios de inteligencia de EEUU, que cuentan con imágenes de satélite de estos movimientos, apuntan al traslado de cerca de 175.000 soldados rusos, junto con equipamiento y artillería.

Esta revelación se produce a la vez que el Kremlin anunciase que el presidente estadounidense Joe Biden y el ruso, Vladímir Putin, sostendrán una conversación telemática este martes, cita que aún no ha sido confirmada por la Casa Blanca.

El viernes Biden adelantó que está preparando "una serie de medidas" para defender a Ucrania en caso de que Putin decida lanzar un ataque militar.

Ucrania aspira a integrarse en la OTAN como mejor mecanismo de defensa ante la amenaza del Kremlin, que se anexionó en 2014 la península de Crimea y apoya abiertamente a las repúblicas separatistas prorrusas de Donetsk y Lugansk.

Asimismo, el secretario de Estado, Antony Blinken, advirtió esta semana de que Washington y sus aliados golpearían a Moscú con fuertes sanciones económicas si decide atacar Ucrania, después de reunirse en Estocolmo con el ministerio de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov.

El asesor del Kremlin, Yuri Ushakov, confirmó el viernes que, además del estado "insatisfactorio" de las relaciones bilaterales y la implementación de los acuerdos en ciberseguridad y estabilidad estratégica alcanzados en Ginebra, ambos mandatarios también abordarán la situación internacional.

En particular, la actual crisis en Ucrania, pero también la situación en Afganistán, Libia y Siria, y el programa nuclear iraní.

Publicado enInternacional
El curso de la Segunda Guerra Mundial cambia frente a Moscú

Octogésimo aniversario inicio del Batalla de Moscú, 5 de diciembre de 1941

 

Con motivo del octogésimo aniversario inicio del Batalla de Moscú el 5 de diciembre de 1941, una batalla que cambió el curso del Segunda Guerra Mundial, reproducimos el capítulo dedicado a este acontecimiento del libro de Jacques R. Pauwels, «Los grandes mitos de la historia moderna. Reflexiones sobre la democracia, la guerra y la revolución», Boltxe Liburuak, diciembre de 2021 [Traducido al castellano por Beatriz Morales Bastos].

El mito:

El curso de la guerra cambió en junio de 1944, cuando se produjo el desembarco de Normandía. A partir de entonces se hizo retroceder sistemáticamente a los alemanes, y los estadounidenses y sus aliados británicos, canadienses y de otros países liberaron la mayor parte de Europa. Éxitos de taquilla de Hollywood como El día más largo y Salvar a soldado Ryan han fomentado muy eficazmente esta idea.

La realidad:

El curso de la guerra empezó a cambiar despacio, de forma casi imperceptible, ya en el verano de 1941, apenas unas semanas después de que el aparentemente invencible ejército alemán invadiera la Unión Soviética. Una contraofensiva emprendida por el Ejército Rojo frente a Moscú el 5 de diciembre de ese año confirmó el fracaso del Blitzkrieg, es decir, la estrategia que supuestamente había sido la clave de la victoria alemana. Ese día los comandantes de la Wehrmacht informaron a Hitler que ya no era posible la victoria.

Al menos en lo que se refiere al «escenario europeo», la Segunda Guerra Mundial empezó con la invasión de Polonia por parte del ejército alemán en septiembre de 1939. Unos seis meses después hubo otras victorias aún más espectaculares, esta vez sobre los Países Bajos y Francia. Para el verano de 1940 Alemania parecía invencible y predestinada a gobernar indefinidamente el continente europeo (Gran Bretaña se negó a arrojar la toalla, pero no podía esperar ganar la guerra sola y temía que Hitler dirigiera pronto su atención a Gibraltar, Egipto y/o otras joyas de la corona del Imperio británico). Pero cinco años después Alemania experimentó el dolor y la humillación de la derrota total. El 20 de abril de 1945 Hitler se suicidó en Berlín mientras los buldóceres del Ejército Rojo entraban en la ciudad y el 8/9 de mayo Alemania se rindió incondicionalmente.

Está claro, por tanto, que el curso de la guerra había cambiado en algún momento entre finales de 1940 y 1944, pero ¿cuándo y dónde? En Normandía en 1944, según algunos, especialmente según Hollywood; en Stalingrado durante el inverno de 1942-1943, según otros. En realidad, ya había empezado a cambiar en el verano de 1941 y fue evidente a principios de diciembre, cuando el Ejército Rojo emprendió una contraofensiva frente a Moscú.

No debería sorprender que fuera en la Unión Soviética donde cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial. La guerra contra la Unión Soviética era la guerra que Hitler había anhelado desde un principio, como dejó muy claro en las páginas de Mein Kampf, escrito a mediados de la década de 1920. Pero, como hemos visto en un capítulo anterior, los generales e industriales, y toda la clase alta de Alemania también deseaban un Ostkrieg, una guerra en el este, es decir, contra los soviéticos. De hecho, como ha demostrado de forma convincente el historiador alemán Rolf-Dieter Müller en una monografía muy bien documentada [1], lo que Hitler quería emprender en 1939 era una guerra contra la Unión Soviética y no contra Polonia, Francia o Gran Bretaña. El 11 de agosto de ese año Hitler explicó a Carl J. Burckhardt, un funcionario de la Liga de las Naciones, que «todo lo que emprendió estaba dirigido contra Rusia» y que «si Occidente [estos es, los franceses y los británicos] es demasiado estúpido y demasiado ciego para entenderlo, se vería obligado a llegar a un acuerdo con los rusos, volverse y derrotar a Occidente, y después volverse con toda su fuerza para atestar un golpe a la Unión Soviética» [2]. De hecho, eso es lo que ocurrió. Occidente resultó ser «demasiado estúpido y ciego», como Hitler había dicho, y le dio vía libre en el este, de modo que llegó a un acuerdo con Moscú (el «Pacto Hitler-Stalin») y entonces emprendió la guerra contra Polonia, Francia y Gran Bretaña. Pero su objetivo seguía siendo el mismo: atacar y destruir la Unión Soviética lo antes posible.

Hitler y los generales alemanes estaban convencidos de haber aprendido una lección fundamental de la Primera Guerra Mundial. Alemania era una importante potencia industrial, pero no tenía acceso a materias primas esenciales, especialmente desde que el Tratado de Versalles le había despojado de sus colonias. Sin un suministro constante de materias primas estratégicas, en particular petróleo y caucho, Alemania no podía ganar una guerra larga, interminable; el Reich tendría que ganar muy rápido.

Así es como nació el concepto de Blitzkrieg, es decir, la idea de una guerra (Krieg) rápida como un «relámpago» (Blitz). El Blitzkrieg requería ataques sincronizados de oleadas de tanques y aviones para romper las líneas defensivas, ejemplificadas por la Línea Maginot francesa, detrás de las cuales cabía esperar que se concentraran las tropas enemigas; una profunda penetración en el territorio hostil, seguida rápidamente de unidades de infantería que no se desplazaban a pie o en tren, como en la Gran Guerra, sino en camiones; y después regresar para contener y liquidar ejércitos enemigos enteros en gigantescas «batallas de cerco» (Kesselschlachten).

La estrategia Blitzkrieg funcionó perfectamente en 1939 y 1940. La Wehrmacht y la Luftwaffe lograron aplastar las defensas polacas, holandesas, belgas y francesas. Inevitablemente, a los Blitzkriege, «guerras rápidas como el relámpago» siguieron Blitzsiege, «victorias rápidas como el relámpago». Estas victorias fueron muy espectaculares, pero no proporcionaron a Alemania un gran botín en forma de los vitalmente importantes petróleo y caucho. En cambio, la «guerra relámpago» agotó las reservas acumuladas antes de la guerra. Afortunadamente para Hitler, en 1940 y 1941 Alemania pudo seguir importando petróleo de Rumanía (un país neutral que se iba a convertir en aliado en septiembre de 1940, después de un golpe de Estado fascista) y del todavía neutral Estados Unidos. De acuerdo con los términos del Pacto Hitler-Stalin, la Unión Soviética también suministró petróleo a Alemania aunque, como ya hemos visto, no se sabe bien en qué cantidades ni de qué calidad. Lo que es más importante es que a Hitler le preocupaba más que, a cambio del petróleo, Alemania tenía que suministrar a la Unión Soviética productos industriales de gran calidad y tecnología militar de vanguardia, que los soviéticos utilizaron para modernizar su ejército y mejorar su armamento [3].

Es comprensible que Hitler recuperara su anterior plan de guerra contra la Unión Soviética poco después de derrotar a Francia, en concreto en el verano de 1940. Unos meses después, el 18 de diciembre de 1940 se dio la orden formal de planificar dicho ataque, al que se dio el nombre clave de Operación Barbarroja [4]. Ya en 1939 Hitler había estado muy empeñado en atacar a la Unión Soviética y se había vuelto contra Occidente solo «para tener seguridad en la retaguardia cuando finalmente estuviera dispuesto a ajustar cuentas con la Unión Soviética», como señala Rolf-Dieter Müller, el cual concluye que para 1940 nada había cambiado en lo que concernía a Hitler: «El verdadero enemigo era el que estaba en el este» [5].

Hitler simplemente no quería esperar mucho más antes de cumplir la gran ambición de su vida, destruir el país al que había definido como su archienemigo en Mein Kampf. Era consciente de que los soviéticos estaban preparando frenéticamente sus defensas para un ataque alemán que, como muy bien sabían, se iba a producir tarde o temprano. Dado que los soviéticos eran más fuertes cada día, el tiempo no estaba, obviamente, de parte de Hitler. ¿Cuánto más podía esperar antes de que se despareciera la «oportunidad»?

Emprender un Blitzkrieg contra la Unión Soviética prometía proporcionar a Alemania los recursos casi ilimitados de ese vasto país, como el trigo ucraniano (para alimentar tanto a los civiles como a los soldados alemanes), minerales como carbón (a partir del cual se podría producir caucho sintético y lubricante) y, más importante, los ricos yacimientos de petróleo del Cáucaso, donde los Panzers y Stukas, grandes consumidores de gasolina, podrían llenar sus tanques hasta los topes en cualquier momento. Fortalecido con estas bazas, a Hitler le iba a resultar sencillo ajustar cuentas con Gran Bretaña, empezando por apropiarse de Gibraltar, por ejemplo, e incluso emprender una ofensiva desde el Cáucaso contra el rico en petróleo Oriente Próximo. Alemania sería por fin una verdadera potencia mundial, invulnerable dentro de una «fortaleza» europea que se extendería desde el Atlántico hasta los Urales, poseedora de recursos ilimitados y, por lo tanto, capaz de ganar incluso guerras largas e interminables contra cualquier enemigo, incluido Estados Unidos, en una de las futuras «guerras de los continentes» ideadas en la febril imaginación de Hitler.

Hitler y sus generales estaban seguros de que el Blitzkrieg que preparaban contra la Unión Soviética iba a tener el mismo éxito que sus anteriores «guerras relámpago» contra Polonia y Francia. Creían que la Unión Soviética era un «gigante con pies de barro» cuyo ejército, supuestamente decapitado por las purgas de Stalin a finales de la década de 1930, no era «nada más que una broma», como el propio Hitler afirmó en una ocasión [6]. Preveían que para ganar las batallas decisivas que iban a emprender se necesitaría una campaña de entre cuatro y seis semanas a la que posiblemente seguirían algunas operaciones de limpieza en las que lo que quedara de las huestes soviéticas «serían perseguidas por todo el país como a un puñado de cosacos vencidos». En todo caso, Hitler estaba sumamente confiado y la víspera del ataque «se alardeaba de estar a punto de obtener el mayor triunfo de su vida» [7].

Los expertos militares de Washington y Londres también creían que la Unión Soviética no podría ofrecer una resistencia importante al gigante nazi, cuyos éxitos militares de 1939 y 1940 le habían granjeado la reputación de invencible. Los servicios secretos británicos estaban convencidos de que la Unión Soviética sería «liquidada en un plazo de entre ocho y diez semanas» y el Jefe del Estado Mayor Imperial (el más alto cargo del ejército británico) afirmó que la Wehrmacht cortaría al Ejército Rojo «como un cuchillo caliente la mantequilla» y que el Ejército Rojo sería acorralado «como ganado». Según la opinión experta de Washington, «Hitler aplastaría Rusia [sic] como un huevo» [8].

El ataque alemán empezó el 22 de junio de 1941 a primera hora de la mañana. Tres millones de soldados alemanes y casi 700.000 soldados aliados de la Alemania nazi, incluidos finlandeses y rumanos, cruzaron la frontera. Su equipamiento consistían en 600.000 automóviles, 3.648 tanques, más de 2.700 aviones y algo más de 7.000 piezas de artillería.

Al principio todo transcurrió según lo planeado. Se abrieron enormes brechas en las defensas soviéticas, rápidamente se conquistaron partes impresionantes de territorio y cientos de miles de soldados del Ejército Rojo murieron, resultaron heridos o fueron hechos prisioneros. El camino a Moscú parecía abierto. Sin embargo, pronto fue evidente que el Blitzkrieg en el este no iba a ser tan sencillo como se había supuesto.

Enfrentado a la maquinaría militar más poderosa que existía, el Ejército Rojo recibió una buena paliza, como cabía esperar, pero también opuso una dura resistencia, tal como el ministro de propaganda Joseph Goebbels reconoció en su diario ya el 2 de julio, y devolvió el golpe con mucha fuerza. El general Franz Halder, en muchos sentidos el «padrino» del plan de ataque de los alemanes, reconoció que la resistencia soviética era mucho más fuerte que todo aquello a lo que se habían enfrentado en Europa Occidental. Los informes de la Wehrmacht citaban una resistencia «dura», «tenaz» e incluso «salvaje», que provocaba grandes pérdidas de hombres y equipos en el bando alemán [9]. Con más frecuencia de lo esperado las fuerzas soviéticas lograron lanzar contraataques que ralentizaron el avance alemán. Algunas unidades soviéticas se ocultaron en los vastos pantanos de Pripet y en otros lugares, y organizaron una mortífera guerra de guerrillas para la que se habían hecho intensos preparativos durante el tiempo ganado gracias al Pacto y que amenazó las largas y vulnerables líneas alemanas de comunicación [10]. También resultó que el Ejército Rojo estaba mucho mejor equipado de lo que se esperaba. Un historiador alemán escribe que los generales alemanes estaban «asombrados» por la calidad de armas soviéticas como el lanzacohetes Katyusha (también conocido como «órgano de Stalin») y el tanque T-34. Hitler estaba furioso porque sus servicios secretos no hubieran tenido conocimiento de la existencia de algunas de estas armas [11].

Lo que más preocupaba a los alemanes era que el grueso del Ejército Rojo lograra retirarse en relativo buen orden y esquivara el cerco y la destrucción, con lo que evitaba una repetición de Cannae o Sedán con la que Hitler y sus generales habían soñado. Parecía que los soviéticos habían observado y analizado minuciosamente los éxitos de los Blitzkrieg alemanes de 1939 y 1940, y sacado lecciones útiles. Debieron haberse dado cuenta de que en mayo de 1940 los franceses habían concentrado el grueso de sus fuerzas justo en la frontera y en Bélgica, lo que permitió que la maquinaria de guerra alemana las encerrara (las tropas británicas también se vieron atrapadas en este cerco, pero lograron escapar a través de Dunkerque). Por supuesto, los soviéticos habían dejado algunas tropas en la frontera y como era de esperar fueron las que más pérdidas sufrieron en las primeras etapas de la Operación Barbarroja. Pero, al contrario de lo que afirman historiadores como Richard Overy [12], el grueso del Ejército Rojo se quedó en la retaguardia, y evitó quedar atrapado. Esta «defensa en profundidad» (facilitada por la adquisición en 1939 de un «glacis», un «respiro» territorial, es decir, «Polonia Oriental») fue lo que frustró la ambición alemana de destruir totalmente el Ejército Rojo. Como escribió el mariscal Zhukov en sus memorias, «la Unión Soviética habría sido aplastada si hubiéramos organizado todas nuestras fuerzas en la frontera» [13].

Para mediados de julio, a medida que la guerra de Hitler en el este empezaba a perder sus cualidades de Blitz, algunos dirigentes alemanes empezaron a expresar su enorme preocupación. Por ejemplo, el almirante Wilhelm Canaris, jefe de los servicios secretos de la Wehrmacht, la Abwehr, confesó el 17 de julio a un colega en el frente, el general von Bock, que no veía «más que negro». En el frente doméstico, también muchos civiles alemanes empezaron a pensar que la guerra en el este no iba bien. En Dresde, Victor Klemperer, un lingüista judío que llevaba un diario, escribió el 13 de julio que «nosotros [los alemanes] sufrimos pérdidas inmensas, hemos subestimado a los rusos» [14].

Más o menos en ese mismo momento el propio Hitler abandonó su sueño de una victoria rápida y fácil, y rebajó sus expectativas; ahora mencionaba la esperanza de que para octubre sus tropas llegaran al Volga y de que más o menos un mes después se apoderaran de los yacimientos de petróleo del Cáucaso [15]. Para finales de agosto, cuando la Operación Barbarroja se debería haber ido reduciendo paulatinamente, un memorando del Alto Comando de la Wehrmacht (Oberkommando der Wehrmacht, OKW) reconoció que no sería posible ganar la guerra [16].

Un problema fundamental era que cuando empezó la Operación Barbarroja el 22 de junio se calculó que los suministros de los que se disponía de petróleo, neumáticos, piezas de recambio, etc., no iban a durar mucho más que uno o dos meses. Se había considerado suficiente porque supuestamente solo iba a costar unas seis semanas doblegar a la Unión Soviética y entonces los victoriosos alemanes podrían disponer de los recursos prácticamente ilimitados de este país (tanto productos industriales como petróleo y otras materias primas [17]. Pero a finales de agosto de 1941 las puntas de lanza de la Wehrmacht estaban lejísimos de esos distantes confines de la Unión Soviética en los que se iba a conseguir petróleo, el más precioso de todos los artículos marciales. Si los tanques consiguieron seguir circulando, aunque cada vez más despacio, hacia las aparentemente interminables extensiones ucranianas y rusas, fue en gran medida gracias al petróleo rumano y al combustible importado de Estados Unidos, vía la neutral España y la ocupada Francia.

Las llamas del optimismo se avivaron de nuevo en septiembre, cuando las tropas alemanas capturaron Kiev y, más al norte, avanzaron en dirección a Moscú. Hitler creía, o al menos pretendía creer, que ahora se acercaba el final para los soviéticos. En un discurso público en el Palacio de Deportes de Berlín pronunciado el 3 de octubre declaró que prácticamente había terminado la «guerra oriental». Y se ordenó a la Wehrmacht dar el golpe de gracia lanzando la Operación Tifón (Unternehmen Taifun), una ofensiva destinada a tomar Moscú.

Sin embargo, las probabilidades de éxito parecían cada vez más exiguas, porque los soviéticos se afanaban en traer unidades de reserva del Lejano Oriente. Su espía principal en Tokio, Richard Sorge, les informó de que los japoneses, cuyo ejército estaba estacionado en el norte de China, ya no consideraban la posibilidad de atacar las vulnerables fronteras de los soviéticos en la zona de Vladivostok [18] (como hemos visto, les había enfadado que Hitler firmara un Pacto con Stalin y habían cambiado a una «estrategia meridional» que los iba a hacer entrar en conflicto con Estados Unidos).

Para empeorar las cosas, los alemanes ya no eran superiores en el aire, en particular sobre Moscú. No se podían llevar suficientes suministros de munición y comida desde la retaguardia al frente, ya que la actividad guerrillera había obstaculizado gravemente las extensas líneas de suministro [19]. Por último, empezaba a hacer frío en la Unión Soviética, aunque probablemente no más que lo habitual en esa época del año. El alto mando alemán, que tenía plena confianza en que su Blitzkrieg habría terminado para el final del verano, no había considerado necesario proveer a las tropas de equipamiento apropiado para luchar bajo la lluvia, con barro, nieve y las gélidas temperaturas del otoño e invierno rusos.

Tomar Moscú era un objetivo extremadamente importante para Hitler y sus generales. Se creía, probablemente de forma equivocada, que la caída de su capital «decapitaría» a la Unión Soviética y provocaría así su colapso. También parecía importante evitar repetir lo ocurrido en verano de 1914, cuando el aparentemente imparable avance alemán dentro de Francia había sido detenido in extremis a las afueras del este de París en la Batalla del Marne. Este desastre (desde la perspectiva alemana) había robado a Alemania una victoria casi segura en el primer momento de la Primera Guerra Mundial y la había obligado a librar una larga lucha que, al carecer de suficientes recursos y debido al bloqueo de la Armada Británica, estaba condenada a perder. Esta vez, en una nueva Gran Guerra contra un nuevo archienemigo no iba a haber un nuevo «milagro del Marne», es decir, no iba a haber el menor titubeo a las afueras de la capital enemiga. Era imprescindible que Alemania no se encontrara sin recursos y bloqueada en un conflicto largo y prolongado que estaba condenada a perder. A diferencia de París, Moscú iba a caer, la historia no se iba a repetir y Alemania iba a acabar victoriosa. O eso era lo que se esperaba en el cuartel general de Hitler.

La Wehrmacht siguió avanzando, aunque lentamente, y a mediados de noviembre algunas unidades estaban ya a solo treinta kilómetros de la capital, pero las tropas estaban totalmente exhaustas y se estaban quedando sin suministros. Sus comandantes sabían que, por muy tentadoramente cerca que estuviera Moscú, era simplemente imposible tomar la ciudad y que ni siquiera hacerlo les daría la victoria. El 3 de diciembre varias unidades abandonaron la ofensiva por propia iniciativa. En unos días se obligó a todo el ejército alemán situado frente a Moscú a pasar a la defensiva. En efecto, el 5 de diciembre a las tres de la madrugada, en medio del frío y de una nevada, el Ejército Rojo lanzó de pronto un importante y bien preparado contraataque. Se abrieron brechas en muchos puntos de las líneas de la Wehrmacht y los días siguientes se hizo retroceder a los alemanes entre 100 y 280 kilómetros, además de sufrir graves perdidas de hombres y de equipamiento. Solo con grandes dificultades se evitó un cerco catastrófico. El 8 de diciembre Hitler ordenó a su ejército abandonar la ofensiva y pasar a posiciones defensivas. Culpó de este revés a la supuestamente inesperada llegada temprana del invierno, se negó a retroceder más hacia la retaguardia, como sugerían algunos de sus generales, y propuso volver a atacar en primavera [20].

Así acabó el Blitzkrieg de Hitler contra la Unión Soviética, la «guerra oriental» que, de haberla ganado, no solo habría realizado la gran ambición de su vida, destruir la Unión Soviética, sino también, y más importante, habría proporcionado a la Alemania nazi recursos suficientes para convertirse en un gigante casi invulnerable.

Se suponía que un triunfo contra la Unión Soviética habría hecho imposible una derrota alemana y probablemente lo habría hecho. Quizá sea justo afirmar que si la Alemania nazi hubiera derrotado a la Unión Soviética en 1941, Alemania sería todavía hoy la potencia hegemónica de Europa y posiblemente también de Oriente Próximo y el Norte de África. La derrota en la Batalla de Moscú en diciembre de 1941 significaba que la guerra relámpago de Hitler no produjo la esperada victoria relámpago. En la nueva «Batalla del Marne» justo al oeste de Moscú la Alemania nazi sufrió la derrota que hizo imposible su victoria no solo contra la propia Unión Soviética, sin también contra Gran Bretaña y en la guerra en general. Hay que señalar que en aquel momento Estados Unidos todavía no estaba ni siquiera involucrado en la guerra contra Alemania.

Hitler y sus generales creían, no sin razón, que para ganar una nueva edición de la Gran Guerra Alemania tenía que ganarla a la velocidad del relámpago. Pero el 5 de diciembre de 1941 fue evidente para todos los presentes en el «cuartel general del Führer» que no iba a haber un Blitzsieg contra la Unión Soviética y que Alemania estaba condenada a perder la guerra antes o después. Según el general Alfred Jodl, jefe del Estado Mayor de Operaciones del OKW, Hitler se dio cuenta entonces de que ya no podía ganar la guerra [21], de modo que se puede afirmar que el éxito del Ejército Rojo frente a Moscú fue sin lugar a dudas el «punto de inflexión» [Zäsur] de toda la guerra mundial», como afirma Gerd R. Ueberschär, un experto alemán en la guerra contra la Unión Soviética [22].

En otras palabras, el curso de la Segunda Guerra Mundial cambió el 5 de diciembre de 1941. Sin embargo, del mismo modo que los verdaderos cursos no cambian repentinamente, sino de forma gradual e imperceptible, en realidad el curso de la guerra no cambió en un solo día, sino a lo largo del período de los al menos cuatro meses transcurridos entre el verano de 1941 y principios de diciembre de ese mismo año.

El curso de la guerra en el este había ido cambiando de manera extremadamente lenta, pero no tan imperceptiblemente. Ya en julio de 1941, menos de un mes después de que se emprendiera la Operación Barbarroja, observadores bien informados habían empezado a dudar de que todavía fuera posible una victoria alemana, no solo en la Unión Soviética sino en la guerra en general. Ese mes los generales del régimen colaborador francés del mariscal Pétain reunidos en Vichy discutieron acerca de los informes confidenciales que habían recibido de sus colegas alemanes sobre la situación en el frente oriental. Se enteraron de que el avance en el interior la Unión Soviética no iba tan bien como se esperaba y llegaron a la conclusión de que «Alemania no iba a ganar la guerra sino que ya la había perdido». A partir de ese momento una cantidad cada vez mayor de miembros de la élite militar, política y económica francesa se preparó discretamente para abandonar el condenado Vichy; esperaban que su país fuera liberado por los estadounidenses, con quienes habían establecido contactos a través de intermediarios simpatizantes, como el Vaticano y Franco [23].

En septiembre, cuando se suponía que debía haber terminado el Blitzkrieg en el este, un corresponsal del New York Times que trabajaba en Estocolmo se mostró convencido de que la situación en el frente oriental era tal que Alemania «podría colapsar totalmente». Acababa de volver de visitar el Reich donde había sido testigo de la llegada de trenes cargados de soldados heridos. Y el siempre bien informado Vaticano, que al principio estaba muy entusiasmado con la «cruzada» de Hitler contra la patria soviética del «impío» bolchevismo, a finales del verano de 1941 estaba muy preocupado por la situación en el este; a mediados de octubre llegó a la conclusión de que Alemania iba a perder la guerra [24] (evidentemente, no se había informado a los obispos alemanes de las malas noticias, puesto que un par de meses después, el 10 de diciembre, declararon públicamente que «observaban con satisfacción la lucha contra el bolchevismo»). Igualmente, a mediados de octubre los servicios secretos suizos informaron de que «los alemanes ya no pueden ganar la guerra» [25].

A finales de noviembre un cierto derrotismo había empezado a contagiar a los altos rangos de la Wehrmacht y del Partido Nazi. Incluso mientras urgían a sus tropas a avanzar hacia Moscú, algunos generales opinaban que sería preferible hacer propuestas de paz y terminar paulatinamente la guerra sin lograr la gran victoria que tan segura parecía al empezar de la Operación Barbarroja. Y poco después de terminar noviembre el ministro de Armamento Fritz Todt pidió a Hitler que buscara una manera diplomática de salir de la guerra puesto que estaba perdida tanto desde el punto de vista puramente militar como desde el industrial [26].

Es un mito que los invasores alemanes de la Unión Soviética fueran derrotados por el «general Invierno». Los alemanes fueron derrotados por el Ejército Rojo, con el apoyo de toda la nación soviética, excepto, por supuesto, los colaboracionistas que, por desgracia, existen en todos los países. Como los alemanes se enfrentaron a una resistencia tan férrea, al final del verano la Operación Barbarroja no estaba ni mucho menos terminada, tal como Hitler y sus generales habían esperado. Esto significa que a más tardar en septiembre de 1941 había fallado la estrategia Blitzkrieg, que se suponía iba a ser la clave de la victoria alemana. Costó unos pocos meses más, hasta el 5 de diciembre, a principios del inverno, certificar este fracaso con el inicio de la contraofensiva soviética frente a Moscú; pero en lo que respecta a Alemania, el daño fatal ya estaba hecho en verano. El mito que se lo atribuye al «general Invierno» lo idearon los nazis para explicar el fracaso de la Operación Barbarroja y después de 1945, en el contexto de la Guerra Fría, se mantuvo vivo como parte de la campaña para minimizar la contribución soviética a la derrota de la Alemania nazi.

Cuando el Ejército Rojo emprendió su devastadora contraofensiva el 5 de diciembre, el propio Hitler se dio cuenta de que su causa estaba perdida, pero no estaba dispuesto a permitir que lo supiera la opinión pública alemana. Los portavoces nazis presentaron las desagradables noticias del frente cerca de Moscú como un revés temporal, del que culparon a la supuestamente inesperada temprana llegada del «general Invierno» y/o a la incompetencia o cobardía de algunos comandantes. Fue solo un año después, tras la calamitosa derrota en la Batalla de Stalingrado en el invierno de 1942-1943, cuando la opinión publica alemana y todo el mundo se iba a dar cuenta de que Alemania estaba condenada, razón por la cual todavía hoy muchos historiadores creen que el curso de la guerra cambió en Stalingrado.

Resultó imposible mantener en secreto total las catastróficas implicaciones de la debacle frente a Moscú. Por ejemplo, el 19 de diciembre de 1941 el cónsul alemán en Basilea informó a sus superiores en Berlín que el (abiertamente pronazi) jefe de una misión de la Cruz Roja suiza, que había sido enviado al frente en la Unión Soviética para ayudar a los heridos aunque solo en el bando alemán, lo que contravenía las normas de la Cruz Roja, había vuelto a Suiza con la noticia, que había sorprendido mucho al cónsul, de que «ya no creía que Alemania pudiera ganar la guerra» [27].

En su cuartel general situado en las profundidades de un bosque de Prusia oriental Hitler seguía cavilando acerca del desastroso cambio de rumbo cuando recibió otra sorpresa. En la otra punta del globo los japoneses habían atacado la base naval estadounidense de Pearl Harbor, en Hawai, el 7 de diciembre de 1941. Los acuerdos en vigor entre Berlín y Tokio eran de naturaleza defensiva y habrían exigido que el Reich se uniera al bando de Japón si este hubiera sido atacado por Estados Unidos, pero ese no era el caso. Hitler no tenía esa obligación, como se ha afirmado o al menos insinuado en las historias y documentales sobre ese dramático acontecimiento. Tampoco los dirigentes japoneses se habían sentido obligados a declarar la guerra a los enemigos de Hitler cuando este atacó Polonia, Francia y la Unión Soviética. En cada ocasión Hitler ni se había molestado en informar a Tokio de sus planes, sin duda por temor a los espías. Del mismo modo, los japoneses tampoco informaron a Hitler de sus planes de entrar en guerra con el Tío Sam (en realidad, estos planes eran el resultado de una «estrategia meridional» a la que, como hemos visto, Tokio había cambiado porque Hitler había firmado un pacto con Stalin).

Con todo, el 11 de diciembre de 1941 el dictador alemán declaró la guerra a Estados Unidos. Esta decisión aparentemente irracional solo se puede entender a la luz del aprieto en el que se encontraba Alemania en la Unión Soviética. Es casi seguro que Hitler supusiera que este gesto totalmente gratuito de solidaridad iba a llevar a su aliado del Lejano Oriente a declarar en reciprocidad la guerra al enemigo de Alemania, la Unión Soviética, lo que habría llevado a los soviéticos a la extremadamente peligrosa situación de una guerra en dos frentes (el grueso del ejército japonés todavía estaba estacionado en el norte de China y, por tanto, habría podido atacar inmediatamente a la Unión Soviética en la zona de Vladivostok).

Parece que Hitler creyó que podía exorcizar el espectro de la derrota en la Unión Soviética, y en la guerra en general, emplazando a una especie de deus ex machina japonés a acudir la vulnerable frontera siberiana de la Unión Soviética. Efectivamente, según el historiador alemán Hans W. Gatzke, el Führer estaba convencido de que «si Alemania no se unía a Japón [en la guerra contra Estados Unidos], sería […] el fin de toda esperanza de que Japón le ayudara contra la Unión Soviética» [28]. Pero Japón no picó el anzuelo de Hitler. Tokio también despreciaba al Estado soviético, pero el País del Sol Naciente, que ahora estaba en guerra contra Estados Unidos, se podía permitir el lujo de una guerra en dos frentes tan poco como los soviéticos. Tokio prefería apostar por una estrategia «meridional», con la esperanza de ganar el gran premio del Sudeste de Asia (incluidas la rica en petróleo Indonesia y la rica en caucho Indochina) a tener que embarcarse en una incursión en los inhóspitos confines de Siberia. Solo muy al final de la guerra, tras la rendición de la Alemania nazi, se iban a producir hostilidades entre la Unión Soviética y Japón. En el próximo capítulo nos centraremos en la guerra en el Lejano Oriente en la que participaron Japón y Estados Unidos, y finalmente también la Unión Soviética.

Y de este modo, por culpa del propio Hitler, entre los enemigos de Alemania ahora no solo estaban Gran Bretaña y la Unión Soviética, sino también el poderoso Estados Unidos, cuyas tropas se podía esperar que aparecieran en las costas de Alemania, o al menos en las costas de la Europa ocupada por los alemanes, en un futuro inmediato. En efecto, los estadounidenses iban a enviar tropas a Francia, pero solo en 1944 y este acontecimiento sin duda importante a menudo se presenta todavía como el punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, merece la pena preguntarse si los estadounidenses habrían desembarcado en Normandía o, para el caso, si habrían declarado la guerra a la Alemania nazi, si Hitler no les hubiera declarado la guerra el 11 de diciembre de 1941. Y habría que preguntarse si Hitler habría tomado la decisión desesperada, incluso suicida, de declarar la guerra a Estados Unidos si no se hubiera encontrado en una situación desesperada en la Unión Soviética. Así pues, la entrada de Estados Unidos en la guerra contra Alemania que, por muchas razones, no se veía venir antes de diciembre de 1941 y para la que Washington no había hecho preparativo alguno, como pronto veremos, también fue una consecuencia del revés que sufrió Alemania frente a Moscú.

La Alemania nazi estaba condenada, pero la guerra aún iba a ser larga. Hitler ignoró los consejos de sus generales, que le recomendaban encarecidamente buscar una salida diplomática, y decidió seguir luchando con la escasa esperanza de sacarse de algún modo la victoria de la manga. La contraofensiva rusa iba a perder ímpetu a principios de enero de 1942, la Wehrmacht iba a sobrevivir al invierno de 1941-42 y en primavera de 1942 Hitler iba a reunir trabajosamente todas las fuerzas disponibles para una ofensiva en dirección a los yacimientos de petróleo del Cáucaso denominada «Operación Azul» (Unternehmen Blau). El propio Hitler reconoció que «si no conseguía el petróleo de Maikop y Grozny, tendría que terminar esta guerra» [29].

Pero para entonces había desaparecido el factor sorpresa y los soviéticos disponían de inmensas cantidades de hombres, petróleo y otros recursos, además de un equipamiento excelente, en su mayoría producido en fábricas que habían sido trasladadas detrás de los Urales entre 1939 y 1941. La Wehrmacht, en cambio, no se pudo resarcir de las enormes pérdidas que había sufrido en 1941. Entre el 22 de junio de 1941 y el 31 de enero de 1942 los alemanes habían perdido 6.000 aviones y más de 3.200 tanques y vehículos similares. Nada menos que 918.000 hombres habían muerto, resultado heridos o estaban desaparecidos en combate, lo que equivale al 28,7% de la dotación media del ejército, 3,2 millones de hombres [30]. Alemania perdió en la Unión Soviética no menos de 10 millones del total de los 13,5 millones de sus hombres muertos, heridos o hechos prisioneros a lo largo de toda la guerra y el Ejército Rojo reivindicó haber matado al 90% de todos los alemanes muertos en la Segunda Guerra Mundial [31].

Por consiguiente, las fuerzas disponibles para avanzar hacia los yacimientos de petróleo del Cáucaso era muy limitadas. Resulta sorprendente que en esas circunstancias los alemanes lograran llegar tan lejos en 1942. La bestia estaba herida de muerte, pero iba a tardar mucho tiempo en exhalar su último aliento e iba a seguir siendo poderosa y peligrosa hasta el final, como descubrirían los estadounidenses en el invierno de 1944-1945 en la Batalla de las Ardenas. Pero cuando en septiembre de ese año su ofensiva se fue agotando inevitablemente, las debilitadas líneas alemanas se extendían a lo largo de muchos cientos de kilómetros y presentaban un objetivo perfecto para un contraataque soviético. Cuando llegó el ataque consiguió encerrar a todo el ejército alemán y destruirlo en Stalingrado. Después de esta gran victoria del Ejército Rojo fue obvio que la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial era inevitable, pero la condición previa de la sin duda más espectacular y más evidente derrota alemana en Staligrado fue el fracaso del Blitzkrieg oriental en la segunda mitad de 1941, que culminó en una derrota frente a Moscú a principios de diciembre de ese año.

Todavía hay más razones para considerar diciembre de 1941 el punto de inflexión de la guerra. La contraofensiva soviética acabó con la reputación de invencible de la que había disfrutado la Wehrmacht desde sus éxitos contra Polonia en 1939 y levantó así la moral de los enemigos de Alemania en todas partes. En Francia, por ejemplo, la Resistencia se hizo más grande, más audaz y mucho más activa. A la inversa, el fracaso del Blitzkrieg desmoralizó a los finlandeses y a otros aliados de Alemania. Y los países neutrales que habían simpatizado con la Alemania nazi se volvieron ahora complacientes respecto a los «anglo-estadounidenses». Franco, por ejemplo, esperaba congraciarse con ellos mirando hacia otro lado cuando los aviadores aliados derribados, ayudados por la Resistencia francesa, violaban técnicamente la neutralidad española al cruzar el país desde Francia a Portugal en su camino de regreso a Gran Bretaña. Portugal, que también era neutral oficialmente aunque mantenía relaciones amistosas con Gran Bretaña, incluso permitió a los británicos y a los estadounidenses utilizar una base aérea en las Azores, que iba a demostrar ser extremadamente útil en la Batalla del Atlántico.

Lo que es más importante, la batalla de Moscú también garantizó que el grueso de las fuerzas armadas alemanas estuviera ligado a un frente oriental de aproximadamente 4.000 kilómetros durante un periodo de tiempo indefinido y, por tanto, requiriera la mayor parte de los recursos estratégicos disponibles, sobre todo petróleo. Esto eliminaba casi por completo la posibilidad de nuevas operaciones de Alemania contra Gran Bretaña e incluso hizo cada vez más difícil suministrar suficientes hombres y material a Rommel en el norte de África, lo que llevó finalmente a su derrota en la Batalla de El Alamein en otoño de 1942.

Fue frente a Moscú en diciembre de 1941 cuando cambio el curso de la guerra. Allí fue donde se acabó con el Blitzkrieg, que ya llevaba varios meses moribundo, y donde, por consiguiente, se obligó a la Alemania nazi a luchar sin recursos suficientes el tipo de guerra prolongada que Hitler y sus generales sabían que no podían ganar. Fue también en ese momento cuando el Tío Sam se vio arrastrado a la guerra contra la Alemania nazi. Los estadounidense iban a estar preocupados durante mucho tiempo por su guerra contra Japón, así que solo después del desembarco de Normandía, esto es, menos de un año antes del final de la guerra, iban a empezar a contribuir de forma significativa a la derrota de la Alemania nazi [32]. ¿Por qué tardaron tanto?

Los dirigentes políticos y militares estadounidenses y británicos, representantes de las clases altas de sus países, siempre habían sido intrínsecamente antisoviéticos, mucho más que antinazis; de hecho, habían sido filofascistas, es decir, miraban con buenos ojos el fascismo porque el fascismo era enemigo del comunismo. Es una ironía de la historia que acabaran entrando en guerra contra el fascismo, personificado por Hitler (y también por Mussolini), y se encontraran así siendo aliados de la Unión Soviética. Pero se trataba de una alianza que no era natural, destinada a durar únicamente hasta derrotar al enemigo común (como dijeron algunos generales estadounidenses en una ocasión, estaban luchando una guerra «con el aliado equivocado contra el enemigo equivocado») [33]. Esto explica por qué, después de que Estados Unidos entrara en la guerra, los «anglo-estadounidenses» se comportaron en la medida de lo posible como un tertius gaudens, encantados de dejar a los soviéticos y a los nazis matarse mutuamente mientras ellos miraban desde la barrera.

El hecho de que el Ejército Rojo suministrara la carne de cañón necesaria para vencer a Alemania permitió a los aliados occidentales minimizar sus pérdidas. También les permitió fortalecerse para intervenir de forma decisiva en el momento adecuado, cuando ambos, el enemigo nazi y el aliado soviético, estuvieran exhaustos. Entonces iban a poder decidir cómo iba a ser Europa (y gran parte del resto del mundo) después de la guerra.

Por ese motivo Washington y Londres no abrieron un «segundo frente» desembarcando tropas en Francia en 1942 (se puede definir como un «fracaso intencionado» el desembarco de una pequeña fuerza de tropas, en su mayoría canadienses, en Dieppe el 19 de agosto de 1942, que fue rechazada con grandes pérdidas por unos defensores alemanes fuertemente atrincherados; el objetivo de esta idea de Churchill era demostrar a los partidarios británicos de un segundo frente y a Stalin que los aliados occidentales todavía no estaban preparados para una empresa de esa envergadura en Francia) [34].

A pesar de lo que han afirmado algunos historiadores, sin lugar a dudas ya era factible desembarcar un ejército en Francia en 1942, el año en el que el grueso de las fuerzas alemanas estaba dedicado a un intento desesperado aunque condenado al fracaso de conquistar los yacimientos de petróleo de la Unión Soviética. En vez de ello, los responsables de Washington y Londres optaron por una operación igualmente complicada desde el punto de vista logístico: en noviembre de 1942 se enviaron tropas al norte de África para ocupar las colonias francesas situadas allí, lo que proporcionó poca o ninguna ayuda al Ejército Rojo, como la habría proporcionado la apertura de un «segundo frente» en Francia.

Solo después de la catastrófica derrota que sufrió la Wehrmacht en la Batalla de Stalingrado, es decir, en febrero de 1942, fue obvio que la Alemania nazi estaba condenada a perder la guerra. Eso hizo que Washington y Londres cambiaran su política y se implicaran directamente en la titánica lucha contra la Alemania nazi donde realmente hacía falta, es decir, en Europa.

A Roosevelt y Churchill no les gustaba en absoluto que, después de Stalingrado, el Ejército Rojo se estuviera abriendo paso de forma lenta pero segura hacia Berlín y posiblemente hacia lugares situados más al oeste, así que desde la perspectiva de la estrategia angloestadounidense «se hizo imperativo enviar tropas a Francia y adentrarse en Alemania para mantener la mayor parte de ese país fuera de las manos [soviéticas]», como han escrito dos historiadores estadounidenses, Peter N. Carroll y David W. Noble [35]. Por consiguiente, se decidió enviar tropas a Francia lo antes posible, pero era demasiado tarde para llevar a cabo una operación tan compleja desde el punto de vista logístico en 1943, especialmente porque había que trasladar desde el norte de África el equipo necesario para el desembarco, de modo que hubo que esperar hasta la primavera de 1944. Y cuando finalmente desembarcaron no fue para provocar la derrota de la Alemania nazi, sino para impedir que la Unión Soviética lo hiciera sola.

En todo caso, cuando los estadounidenses, los británicos y otros aliados occidentales desembarcaron en Normandía en junio de 1944 quedaba menos de un año de una guerra cuyo resultado ya se había decidido realmente tres años antes, en el verano de 1941. La idea de que ese desembarco constituyó una especie de punto de inflexión no es más que un mito, inventado para ocultar el papel fundamental que había desempeñado la Unión Soviética en la derrota de la Alemania nazi. También nació un mito menor y menos importante, útil para el mismo propósito: la idea de que los soviéticos solo habían logrado sobrevivir a la arremetida nazi gracias al importante apoyo material que les había prestado el Tío Sam en el contexto del famoso Programa de Préstamo y Arriendo de ayuda a los aliados de Estados Unidos. Varios hechos demuestran que aunque esta historia se ha tejido en torno a algunos hechos históricos, como suele ocurrir con los mitos, tampoco refleja la realidad histórica [36].

En primer lugar, antes de Pearl Harbor, es decir, a principios de diciembre de 1941, la Unión Soviética no era aliada del Tío Sam. Estados Unidos era un país neutral y su clase alta simpatizaba más con los nazis que con los soviéticos, un tema que abordaremos en los dos próximos capítulos. Una cantidad considerable de estadounidenses ricos, poderosos y muy influyentes (industriales, banqueros, congresistas, generales, líderes religiosos, etc.) esperaba con impaciencia la derrota de la patria del anticapitalista e «impío» bolchevismo. Solo cuando debido a la gratuita declaración de guerra a Estados Unidos por parte de Hitler el 11 de diciembre de 1941 Estados Unidos se encontró con que era enemigo de la Alemania nazi y, por lo tanto, aliado no solo de los británicos, sino también de los soviéticos, las llamas del antisovietismo estadounidense por lo menos disminuyeron sin extinguirse del todo.

En segundo lugar, por lo que se refiere a la ayuda estadounidense a la Unión Soviética, no hubo ninguna ayuda en 1941, el año que terminó con la inversión del curso de la guerra. Moscú pidió suministros estadounidenses en cuanto empezó la Operación Barbarroja, pero no recibió una respuesta afirmativa. A fin de cuentas, también en Estados Unidos se suponía que la Unión Soviética iba a colapsar pronto. El embajador estadounidense en la URSS incluso desaconsejó tajantemente el envío de ayuda argumentando que, en vista de la inminente derrota soviética, estos suministros caerían en manos alemanas [37].

La situación cambió a finales del otoño de 1941, cuando cada vez estaba más claro que los soviéticos no iban a ser «aplastados como un huevo». De hecho, su firme resistencia demostró que probablemente iban a ser un aliado continental muy útil para los británicos, con quienes los empresarios y banqueros estadounidenses podían participar en el muy rentable negocio del Préstamo y Arriendo. Ampliar a los soviéticos la ayuda del Programa de Préstamo y Arriendo (que significaba la venta, no el regalo, de equipamiento) prometía ahora generar más beneficios todavía. La Bolsa de Nueva York empezó a reflejar esa realidad: las cotizaciones ascendieron a medida que se ralentizaba el avance nazi en Rusia. En este contexto es en el que Washington y Moscú firmaron un acuerdo de Préstamo y Arriendo en noviembre de 1941, pero iban a pasar muchos más meses antes de que las entregas empezaran a llegar. Un historiador alemán, Bernd Martin, insiste en que a lo largo de 1941 la ayuda estadounidense a la Unión Soviética siguió siendo meramente «imaginaria» [38].

Así pues, la ayuda material estadounidense solo fue significativa en 1942 o probablemente en 1943, es decir, mucho después de que los soviéticos hubieran destruido sin la ayuda de nadie las posibilidades de una victoria de la Alemania nazi utilizando sus propias armas y equipamiento. Según el historiador británico Adam Tooze, «el milagro soviético no debía nada a la ayuda occidental [y] los efectos del Programa de Préstamo y Arriendo no influyeron en el equilibrio de fuerzas en Europa del este antes de 1943» [39].

En tercer lugar, la ayuda estadounidense nunca representó más del 4% o 5% de la producción soviética total en época de guerra, aunque hay que admitir que en una situación de crisis incluso un porcentaje tan pequeño puede ser crucial. En cuarto lugar, los propios soviéticos fabricaron todas las armas ligeras y pesadas de gran calidad que hicieron posible su éxito contra la Wehrmacht.

En quinto lugar, y probablemente lo más importante, la muy publicitada ayuda del Programa de Préstamo y Arriendo a la URSS quedó neutralizada en gran medida por la ayuda no oficial, discreta, aunque muy importante, que proporcionaron fuentes corporativas estadounidenses a los alemanes, enemigos de los soviéticos, un tema en el que nos centraremos en el capítulo 11. En 1940 y 1941 empresas y trust petroleros estadounidenses participaron en lucrativos acuerdos comerciales con la Alemania nazi y le suministraron enormes cantidades de petróleo a través de países neutrales como España. Por ejemplo, la parte proveniente de Estados Unidos de las importaciones que hizo Alemania de aceite de vital importancia para lubricar motores aumentó rápidamente durante el verano de 1941, concretamente de un 44% en julio a nada menos que un 94% en septiembre. En vista del agotamiento de sus reservas de productos petrolíferos en aquel momento, es justo decir que los Panzer alemanes probablemente nunca habrían llegado hasta las afueras de Moscú sin el combustible suministrado por los trusts del petróleo estadounidenses, como ha argumentado el historiador alemán Tobias Jersak, una autoridad en el ámbito del «combustible estadounidense para el Führer» [40].

Es indudable que no careció de importancia la muy publicitada ayuda del Programa de Préstamo y Arriendo tanto a la Unión Soviética como a Gran Bretaña. Pero la enorme ayuda que proporcionó entre bastidores (sin que lo supiera la opinión pública y ni siquiera, al parecer, la mayoría de los historiadores actuales) no el Estado estadounidense sino las corporaciones estadounidenses fue por lo menos igual, y más probablemente superior.

04/12/2021

Notas:

[1] Rolf-Dieter Müller, Der Feind steht im Osten: Hitlers geheime Pläne für einen Krieg gegen die Sowjetunion im Jahr 1939.

[2] Citado en Müller, p. 152.

[3] Soete, pp. 289-290, incluida la nota de la página 289.

[4] Véase, por ejemplo, Ueberschär (2011a), p. 39.

[5] Müller, p. 169.

[6] Ueberschär (2011b), p. 95.

[7] Citas de Müller, pp. 209, 225.

[8] Pauwels (2015), p. 66; Losurdo (2008), p. 29.

[9] Overy (1997), p. 87.

[10] Ueberschär (2011b), pp. 97-98.

[11] Ueberschär (2011b), p. 97; Losurdo (2008), op. cit., p. 31.

[12] Overy (1997), pp. 64-65.

[13] Furr (2011) p. 343: Losurdo (2008), p. 33; Soete, p. 297.

[14] Citado en Losurdo (2008), pp. 31-32.

[15] Wegner, p. 653.

[16] Ueberschär (2011b), p. 100.

[17] Müller, p. 233.

[18] Hasegawa, p. 17.

[19] Ueberschär (2011b), pp. 99-102, 106-107.

[20] Ueberschär, (2011b), pp. 107-11; Roberts, p. 111.

[21] Hillgruber, p. 81.

[22] Ueberschär (2011b), p. 120.

[23] Este acontecimiento se describe detalladamente en Lacroix-Riz (2016), p. 220 y siguientes.; la cita es de la p. 246.

[24] Lacroix-Riz (1996), p. 417; Baker, p. 387.

[25] Bourgeois, pp. 123, 127.

[26] Ueberschär (2011b), pp. 107-108.

[27] Bourgeois, pp. 123, 127.

[28] Gatzke, p. 137.

[29] Wegner, pp. 654-656.

[30] Ueberschär (2011b), p. 116.

[31] Ponting, p. 72.

[32] Es cierto que su guerra en el aire había comenzado antes, pero su programa de bombardeos estratégicos hizo relativamente poco daño a Alemania, como concluyeron los estudios de posguerra.

[33] Pauwels (2015), p. 199; Canfora (2008), pp. 288-289.

[34] La historia de Dieppe se relata detalladamente en Pauwels (2012).

[35] Carroll y Noble, p. 354.

[36] Para más detalles, véase Pauwels (2017), pp. 197-198.

[37] Mayers, p.131.

[38] Martin, pp. 459, 475.

[39] Tooze, p. 589.

[40] Estadísticas de Jersak, que utilizó documentos «top secret» elaborados por la Werhmacht Reichsstelle für Mineralöl, que se pueden consultar en la sección militar del Bundesarchiv, los archivos federales de Alemania, expediente RW 19/2694.

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U.S. Air Force / Giancarlo Casem / Reuters

"Es una carrera armamentística que lleva bastante tiempo en marcha", afirmó Frank Kendall.

Estados Unidos y China están inmersos en "una carrera armamentística" para desarrollar las armas hipersónicas más letales, declaró este martes Frank Kendall, secretario de la Fuerza Aérea del país norteamericano. 

"Hay una carrera armamentística, no necesariamente para aumentar el número, sino para aumentar la calidad", explicó en una entrevista a Reuters. "Es una carrera que lleva bastante tiempo en marcha. Los chinos se han dedicado a ello de forma muy agresiva", agregó.

El alto funcionario del Pentágono señaló que al concentrar sus fondos en Irak y Afganistán, el Ejército estadounidense dejó fuera del foco central las armas hipersónicas. "Esto no quiere decir que no hayamos hecho nada, pero no lo suficiente", subrayó.

Asimismo dijo que a medida que el Departamento de Defensa de EE.UU. entra en el ciclo presupuestario anual del 2023, espera derivar fondos mediante el retiro de servicio de los sistemas más antiguos y caros de mantener, en favor de los más nuevos, incluidos los programas de desarrollo hipersónico.

"Me encanta el A-10. El C-130 es un gran avión, que ha sido muy capaz y muy eficaz para muchas misiones. Los MQ-9 han sido muy eficaces para la lucha antiterrorista y demás. Siguen siendo útiles, pero ninguna de estas cosas asusta a China", apuntó, refiriéndose a un avión de combate de más de 40 años, a otro para transportar carga y a unos drones muy utilizados, respectivamente.

EE.UU. acusa a China de probar un misil hipersónico y Pekín lo niega

En octubre, el jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de EE.UU., general Mark Milley, declaró que las supuestas pruebas de armas hipersónicas por parte de China representan un acontecimiento "muy alarmante" en medio de las crecientes tensiones entre ambos países. 

Mientras, el general John Hyten, vicepresidente del Estado Mayor Conjunto del país, afirmó que EE.UU. está desarrollando sus propias armas hipersónicas, pero no tan rápido como China. Así, detalló que en los últimos cinco años Pekín ha llevado a cabo cientos de pruebas hipersónicas, mientras que Washington solo ha realizado nueve. Según el militar, China ya ha desplegado un arma hipersónica de medio alcance, mientras que a su país aún le faltan unos años para disponer de la primera.

Por su parte, desde Pekín negaron repetidamente haber probado un misil hipersónico e insistieron en que se trataba de la prueba de un vehículo espacial. "Lo que me gustaría reiterar es que la prueba reportada por algunos medios fue una prueba rutinaria de una nave espacial para probar la tecnología de reutilización de naves espaciales", explicó el portavoz del Ministerio de Exteriores de China, Wang Wenbin.

Este año, el Pentágono ha realizado varias pruebas de armas hipersónicas, con resultados desiguales. En octubre, la Marina estadounidense probó con éxito un motor de cohete propulsor que se utilizaría para impulsar un vehículo de lanzamiento, capaz de llevar un arma hipersónica a lo alto.

A diferencia de los misiles balísticos intercontinentales, que se desplazan en un arco predecible y pueden ser rastreados por los radares de largo alcance, un arma hipersónica maniobra mucho más cerca de la tierra, lo que dificulta su detección.

Publicado: 30 nov 2021

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© Foto : Public Domain / Gobierno Federal de Estados Unidos / Mark Allen Leonesio

EEUU planea reforzar su presencia en la región indopacífica. Desde el Pentágono afirman que la medida busca "disuadir una posible agresión militar de China y amenazas de Corea del Norte".

El país norteamericano se embarcará en una "serie de mejoras de infraestructura" en Australia y Guam que incluirá la actualización de su equipamiento militar y el desarrollo de nuevas bases en la región, afirman desde el Departamento de Defensa de EEUU.

"En Australia verán nuevos despliegues rotativos de aviones de combate y bombarderos. Verán el entrenamiento de Fuerzas Terrestres y una mayor cooperación logística", afirmó la subsecretaria adjunta de Defensa para la Política, Mara Karlin.

Asimismo, Karlin aseguró que el Pentágono tiene como "prioridad" la región indopacífica, que describió como "un desafío" para EEUU. Los cambios se realizarán en instalaciones logísticas, almacenamiento de combustible, de municiones y renovación de aeródromos— que se materializarán en los próximos años, comunicó la subsecretaria.

"La Revisión de la Postura Global coopera con aliados y socios en toda la región para promover iniciativas que contribuyan a la estabilidad regional, disuadir una posible agresión militar de China y amenazas de Corea del Norte", aseguró la funcionaria.

Además, reveló que las observaciones realizadas por el secretario de Defensa, Lloyd Austin, sobre la Revisión de la Postura Global han sido aprobadas por el presidente Joe Biden. Sin embargo, la mayoría de las sugerencias en dicha revisión permanece "clasificada" y aun tienen que ser aprobadas por el Congreso.

EEUU no quita su mirada del resto del mundo

En el contexto de América Latina, la Revisión de la Postura Global destaca la "asistencia humanitaria" y "operaciones antinarcóticos" como asuntos de relevancia. Karlin señaló, además, que la estrategia "identificó capacidades adicionales que mejorarán la postura de disuasión de EEUU en Europa".

De igual forma, reveló que los funcionarios estadounidenses han realizado consultas con Australia, Japón, Corea del Sur, sus aliados en la OTAN y con una docena de Gobiernos en Oriente Medio y África.

De cara al futuro, la revisión de la postura global ordena al Departamento [de Defensa de EEUU] "llevar a cabo un análisis adicional sobre los requisitos de postura duradera en Medio Oriente", informó a los periodistas.

Por último, recalcó que el "seguimiento de las amenazas" de "organizaciones extremistas violentas" también era un punto focal en lo que respecta a África.

La Ley de Autorización de Defensa Nacional, la primera bajo la Presidencia de Biden, ha propuesto un gasto federal de Defensa de casi 770.000 millones de dólares. Sin embargo, aún debe ser aprobada por el Congreso, en medio de desacuerdos entre republicanos y demócratas sobre las complejidades del proyecto de ley. Cabe destacar que dicha legislación que aborda los gastos de Defensa en todo el espectro de Estados Unidos fue bloqueada en el Senado el pasado 29 de noviembre.

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Lunes, 22 Noviembre 2021 06:25

La verdadera amenaza estratégica

Inundaciones en la provincia de Henan, China XINHUA, LI AN

China y Estados Unidos en un mundo en calentamiento

 

 Los cálculos de una nueva «guerra fría» podrían quedar obsoletos mientras Canadá y Siberia marcan nuevos récords de temperaturas altas y los incendios arrasan buena parte del planeta.

En los últimos meses, Washington ha tenido mucho para decir sobre el poder misilístico, naval y aéreo cada vez mayor de China. Pero, cuando los oficiales del Pentágono abordan el tema, suelen hablar menos de las capacidades actuales del país –todavía enormemente inferiores a las de Estados Unidos– que del mundo que vislumbran en 2030 o 2040, cuando se espera que Pekín haya adquirido armamento mucho más sofisticado.

«China ha invertido mucho en nuevas tecnologías, con la intención declarada de completar la modernización de sus fuerzas para 2035 y de contar con un “ejército de categoría mundial” para 2049», declaró en junio el secretario de Defensa, Lloyd Austin. Estados Unidos, aseguró Austin ante el Comité de Servicios Armados del Senado, aún posee «la mejor fuerza de combate conjunta de la Tierra». Pero solo con un gasto adicional de miles de millones de dólares al año –añadió– puede este país esperar «superar» los avances proyectados por China para las próximas décadas.

Casualmente, sin embargo, este razonamiento tiene un fallo importante. En 2049, los militares chinos (o lo que quede de ellos) estarán tan ocupados lidiando con un mundo ardiente, inundado y agitado por el cambio climático –que amenaza la propia supervivencia del país– que apenas tendrán capacidad, y menos aún voluntad, para iniciar una guerra con Estados Unidos o cualquiera de sus aliados.

Es normal, por supuesto, que los oficiales militares estadounidenses se centren en las medidas estándar de poder militar cuando se habla de la supuesta amenaza china, incluyendo el aumento de los presupuestos militares, las armadas más grandes y similares. Estas cifras se extrapolan a un momento imaginario del futuro en el que, según estas medidas habituales, Pekín podría superar a Washington. No obstante, ninguna de estas evaluaciones tiene en cuenta el impacto del cambio climático en la seguridad de China. De acuerdo con los expertos en la materia, a medida que la temperatura global aumente, el país será asolado por los graves efectos de una interminable emergencia climática y se verá obligado a desplegar todos los instrumentos de gobierno, incluido el Ejército Popular de Liberación (EPL), para defender a la nación de inundaciones, hambrunas, sequías, incendios forestales, tormentas de arena y océanos invasivos.

China no estará sola en esto. Los efectos cada vez más graves de la crisis climática ya están obligando a los gobiernos del mundo a destinar fuerzas militares y paramilitares a la lucha contra los incendios, la prevención de inundaciones, la ayuda ante las catástrofes, el reasentamiento de la población y, a veces, al simple mantenimiento de las funciones gubernamentales básicas. De hecho, durante este verano de fenómenos climáticos extremos, los militares de muchos países, como Argelia, Alemania, Grecia, Rusia, Turquía y –sí– Estados Unidos, se han visto involucrados en este tipo de actividades, al igual que el EPL.

Este es solo el comienzo. Según un reciente informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) de la Organización de las Naciones Unidas, los fenómenos climáticos extremos, que se producen con una frecuencia cada vez más aterradora, serán cada vez más destructivos y devastadores para las sociedades de todo el mundo, lo que, a su vez, hará que las fuerzas militares tengan que desempeñar un papel cada vez más importante a la hora de enfrentar los desastres relacionados con el clima. «Si el calentamiento global aumenta –señala el informe– habrá una mayor probabilidad de que se produzcan fenómenos [climáticos extremos] con intensidades, duraciones o extensiones espaciales mayores, sin precedentes en los registros de observación.» En otras palabras, lo que hemos presenciado en el verano boreal de 2021, por devastador que pueda parecer ahora, se magnificará muchas veces en las próximas décadas. Y China, un gran país con múltiples vulnerabilidades climáticas, claramente necesitará más ayuda que la mayoría.

EL PRECEDENTE DE ZHENGZHOU

Para comprender la gravedad de la crisis climática a la que se enfrentará China, basta con ver la reciente inundación de Zhengzhou, una ciudad de 6,7 millones de habitantes y capital de la provincia de Henan. En un período de 72 horas, entre el 20 y el 22 de julio, Zhengzhou fue inundada por una cantidad de lluvia que, en otro tiempo, habría representado el nivel de precipitación normal para un año entero. El resultado fue una inundación a una escala sin precedentes y, bajo el peso de esa agua, el colapso de la infraestructura local. Al menos 100 personas murieron en la propia Zhengzhou –entre ellas, 14 que quedaron atrapadas en un túnel del metro que se inundó hasta el techo– y otras 200 en pueblos y ciudades de los alrededores. Además de los daños generalizados en puentes, carreteras y túneles, se inundaron unos 2,6 millones de acres de tierras de cultivo y resultaron dañadas importantes cosechas.

En respuesta, el presidente Xi Jinping llamó a una movilización de todo el gobierno para ayudar a las víctimas de las inundaciones y proteger las infraestructuras vitales. «Xi pidió a los funcionarios y a los miembros del Partido de todo nivel que asumieran sus responsabilidades y fueran a la primera línea para orientar los trabajos de control de las inundaciones», según informó la cadena de televisión gubernamental CGTN. «Las tropas del EPL y de las fuerzas armadas de la Policía deben coordinar activamente las labores locales de rescate y socorro», dijo Xi a los altos funcionarios.

El EPL respondió con celeridad. Ya el 21 de julio, según el diario gubernamental China Daily, más de 3 mil oficiales, soldados y milicianos del Comando del Teatro Central habían sido desplegados en Zhengzhou y sus alrededores para ayudar en la catástrofe. Entre los enviados había una brigada de paracaidistas de la fuerza aérea asignada al refuerzo de dos presas que habían sufrido peligrosas rupturas a lo largo del río Jialu, en la zona de Kaifeng. De acuerdo al China Daily, la brigada construyó un muro de sacos de arena de 1,5 quilómetros de largo y 1 metro de alto para reforzar la presa. A estas unidades pronto se sumaron otras y, finalmente, unos 46 mil soldados del EPL y de la Policía Armada del Pueblo fueron desplegados en Henan para ayudar en las tareas de socorro, junto con 61 mil milicianos. Es significativo que entre ellos había al menos varios centenares de efectivos de las Fuerzas de Cohetes del EPL, la rama militar responsable de mantener y disparar los misiles balísticos intercontinentales de China.

El desastre de Zhengzhou fue importante en muchos sentidos. Para empezar, demostró la capacidad del calentamiento global para dañar de forma grave a una ciudad moderna prácticamente de la noche a la mañana y sin previo aviso. Al igual que las devastadoras lluvias torrenciales que saturaron los ríos de Alemania, Bélgica y los Países Bajos dos semanas antes, el aguacero de Henan fue causado en parte por la mayor capacidad que una atmósfera en calentamiento tiene para absorber humedad y mantenerla fija en el lugar, descargando toda el agua almacenada en una gigantesca cascada. Este tipo de eventos se considera ahora un resultado distintivo del cambio climático, pero su momento y ubicación rara vez pueden predecirse. Por eso, aunque los funcionarios meteorológicos chinos advirtieron de un episodio de fuertes lluvias en Henan, nadie imaginó su intensidad y no se tomaron precauciones para evitar sus consecuencias extremas.

De manera ominosa, ese acontecimiento también puso de manifiesto importantes defectos en el diseño y la construcción de las numerosas «nuevas ciudades» de China, que han surgido en los últimos años a medida que el Partido Comunista Chino (PCCH) ha trabajado para reubicar a los empobrecidos trabajadores rurales en metrópolis modernas y muy industrializadas. Normalmente, estos centros urbanos –el país cuenta ahora con 91 ciudades con más de un millón de habitantes– resultan ser vastos conglomerados de autopistas, fábricas, centros comerciales, torres de oficinas y edificios de apartamentos de gran altura. Durante su construcción, gran parte del paisaje original queda cubierto de asfalto y hormigón. En consecuencia, cuando se producen fuertes precipitaciones, quedan pocos arroyos o riachuelos para que la escorrentía resultante drene y, como resultado, cualquier túnel, metro o autopista de baja altura que se encuentre cerca suele inundarse, amenazando la vida humana de forma devastadora.

EL PELIGROSO FUTURO CLIMÁTICO DE CHINA

La inundación de Zhengzhou no fue sino un incidente puntual, que consumió la atención de los dirigentes chinos durante un momento relativamente breve. Pero también fue un presagio inequívoco de lo que China –ahora el mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo, según un reciente informe del Rhodium Group– va a sufrir con una frecuencia cada vez mayor a medida que aumenten las temperaturas globales.

En las próximas décadas, todas las naciones se verán, por supuesto, asoladas por los efectos extremos del calentamiento global. Pero debido a su geografía y topografía, China corre un riesgo especial. Muchas de sus mayores ciudades y zonas industriales más productivas, como por ejemplo Guangzhou, Shanghái, Shenzhen y Tianjin, están situadas en zonas costeras bajas a lo largo del océano Pacífico, por lo que estarán expuestas a tifones cada vez más graves, inundaciones costeras y aumento del nivel del mar. Según un informe del Banco Mundial de 2013, Guangzhou, situada en el delta del río de las Perlas, cerca de Hong Kong, es la ciudad que corre el mayor riesgo de sufrir daños, desde el punto de vista económico, por la subida del nivel del mar y las inundaciones asociadas; su vecina Shenzhen es la décima ciudad con mayor riesgo.

Otras partes de China se enfrentan a amenazas igual de desalentadoras. Las regiones centrales del país, densamente pobladas, con grandes ciudades, como Wuhan y Zhengzhou, así como sus vitales zonas agrícolas, están atravesadas por una enorme red de ríos y canales que a menudo se inundan tras las fuertes lluvias. Gran parte del oeste y el noroeste de China están cubiertos por el desierto y una combinación de deforestación y disminución de las lluvias allí ha dado lugar a una mayor propagación de dicha desertificación, según un estudio publicado en la revista Nature. Del mismo modo, otro estudio, de 2018, sugirió que la muy poblada llanura del norte de China podría convertirse en el lugar más mortífero de la Tierra en cuanto a olas de calor devastadoras para finales de siglo y, para entonces, podría resultar inhabitable (véase «Lo que no miden los termómetros», Brecha, 12-XI-21); hablamos, pues, de futuros desastres casi inimaginables. Los distintos riesgos climáticos de China se pusieron de manifiesto en el nuevo informe del IPCC, Cambio Climático 2021. Entre sus conclusiones más preocupantes: el aumento del nivel del mar a lo largo de las costas chinas se está produciendo a un ritmo más rápido que la media mundial, con la consiguiente pérdida de superficie costera y el retroceso del litoral; el número de tifones cada vez más potentes y destructivos que azotan el país está destinado a aumentar; las fuertes precipitaciones y las inundaciones asociadas serán más frecuentes y generalizadas; las sequías prolongadas serán más frecuentes, especialmente en el norte y el oeste de China; las olas de calor extremas serán más frecuentes y durarán más tiempo.

Estas realidades tan arrolladoras darán lugar a inundaciones urbanas masivas, inundaciones costeras generalizadas, colapsos de presas e infraestructuras, incendios forestales cada vez más graves, pérdidas desastrosas de cosechas y la posibilidad cada vez mayor de una hambruna general. Todo esto, a su vez, podría provocar disturbios cívicos, trastornos económicos, movimientos incontrolados de población e incluso conflictos interregionales (en especial si el agua y otros recursos vitales de una zona del país se desvían a otras por motivos políticos). Todo esto, a su vez, pondrá a prueba la capacidad de respuesta y la durabilidad del gobierno central de Pekín.

FURIA CRECIENTE

En Estados Unidos se tiende a suponer que los dirigentes chinos se pasan todo el tiempo pensando en cómo alcanzar y superar a Washington como superpotencia mundial. En verdad, la mayor prioridad del PCCH es simplemente permanecer en el poder, y durante el último cuarto de siglo eso ha significado mantener un crecimiento económico suficiente cada año para asegurar la lealtad (o al menos la aquiescencia) de una mayoría de la población. Cualquier cosa que pueda amenazar el crecimiento o poner en peligro el bienestar de la clase media urbana –pensemos en los desastres relacionados con el clima– se considera una amenaza vital para la supervivencia del PCCH.

El hecho de que Xi sintiera la necesidad de intervenir personalmente envía un mensaje. Con la garantía de que las catástrofes urbanas serán cada vez más frecuentes y causarán daños a los residentes de la clase media, los dirigentes del país creen que deben demostrar su vigor e ingenio para que no desaparezca su aura de competencia y, por tanto, su mandato para gobernar. En otras palabras, cada vez que China sufra una catástrofe de este tipo, el gobierno central estará preparado para asumir el liderazgo de las tareas de socorro y enviar al EPL a supervisarlas.

No cabe duda de que los altos cargos militares son plenamente conscientes de los desafíos climáticos a la seguridad de China y del papel cada vez más importante que se verán obligados a desempeñar para hacerles frente. Sin embargo, la edición más reciente del Libro blanco de defensa de China, publicado en 2019, ni siquiera los menciona como amenaza para la seguridad de la nación. Tampoco lo hace su equivalente estadounidense más cercano, la Estrategia de defensa nacional del Pentágono de 2018, a pesar de que los altos mandos estadounidenses son muy conscientes de esos peligros crecientes.

Al haber tenido que llevar adelante operaciones de ayuda de emergencia en respuesta a una serie de huracanes cada vez más graves en los últimos años, los mandos militares de Estados Unidos están íntimamente familiarizados con el impacto en potencia devastador del calentamiento global. Los gigantescos incendios forestales que todavía se están produciendo en el oeste estadounidense no han hecho más que reforzar este convencimiento. Al igual que sus homólogos en China, desde 2010 el Departamento de Defensa reconoce que las fuerzas armadas se verán obligadas a desempeñar un papel cada vez más importante en la defensa del país, no de misiles enemigos u otras fuerzas, sino de la furia creciente del calentamiento global.

En este mismo momento, el Departamento de Defensa está preparando una nueva edición de su Estrategia de defensa nacional. En una orden ejecutiva firmada el 27 de enero, su primer día completo en el cargo, el presidente Joe Biden ordenó al secretario de Defensa que «considerara los riesgos del cambio climático» en esta nueva versión. No cabe duda de que la cúpula militar china traducirá la nueva Estrategia de defensa nacional estadounidense en cuanto se publique, probablemente a finales de este año. Después de todo, gran parte de ella se centrará en el tipo de movimientos militares de Estados Unidos para contrarrestar el ascenso de China en Asia, que han sido enfatizados tanto por las administraciones de Donald Trump como de Biden. Será interesante ver cómo interpretan las menciones al cambio climático y si una retórica similar comienza a aparecer en los documentos militares chinos.

De una manera u otra, podemos estar razonablemente seguros de una cosa: como su propio nombre deja muy claro, el viejo formato de guerra fría para la política militar ya no se sostiene, no en un planeta tan sobrecalentado. En consecuencia, cabe esperar que en 2049 los soldados chinos pasen mucho más tiempo llenando sacos de arena para defender la costa de su país de la subida del nivel del mar que manejando armamento para luchar contra los soldados estadounidenses.

* Michael T. Klare es profesor emérito de Estudios de Paz y Seguridad Mundial en la Universidad de Hampshire. Su último libro es All Hell Breaking Loose: The Pentagon’s Perspective on Climate Change.

(Publicado originalmente en Tom Dispatch. Brecha publica fragmentos con base en la traducción de Roberto Álava para Sin Permiso.)

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"Dio la vuelta al mundo, luego volvió a China e impactó en su objetivo": el Pentágono sobre la supuesta prueba de un misil hipersónico por Pekín

Por su parte, China negó repetidamente haber probado un misil hipersónico y subrayó que llevó a cabo una prueba de un vehículo espacial.

El vicepresidente del Estado Mayor Conjunto de EE.UU., el general John Hyten, habló este martes sobre la supuesta prueba de un arma hipersónica, que habría llevado a cabo China el pasado verano, y del peligro que esta podría representar para el país norteamericano.

"Lanzaron un misil de largo alcance", afirmó el alto militar en una entrevista a CBS News. "Dio la vuelta al mundo, soltó un vehículo hipersónico que planeó todo el camino de vuelta a China, que impactó en un objetivo en China", agregó. Cuando se le preguntó si había dado en el blanco, respondió: "Por poco".

A diferencia de los misiles balísticos intercontinentales, que se desplazan en un arco predecible y pueden ser rastreados por los radares de largo alcance, un arma hipersónica maniobra mucho más cerca de la tierra, lo que dificulta su detección por los radares. El general declaró que supone que, en combinación con los cientos de nuevos silos de misiles que Pekín está construyendo, el gigante asiático podría tener algún día la capacidad de lanzar un ataque nuclear por sorpresa contra EE.UU. "Parecen un arma de primer uso", dijo. "Eso es lo que me parecen esas armas", señaló.

Hyten subrayó que, durante décadas, el equilibrio nuclear entre EE.UU. y Rusia ha dependido de que ninguna de las partes tuviera la capacidad de lanzar un primer ataque con éxito y que, si China intenta ahora desarrollar una capacidad de primer ataque, ese equilibrio estaría en peligro.

Asimismo, apuntó que EE.UU. está desarrollando sus propias armas hipersónicas, pero no tan rápido como China, detallando que, en los últimos cinco años, Pekín ha llevado a cabo cientos de pruebas hipersónicas, mientras que Washington solo ha realizado nueve. Según el militar, China ya ha desplegado un arma hipersónica de medio alcance, mientras que a su país aún le faltan unos años para disponer de la primera.

"No era un misil, era un vehículo espacial"

La prueba hipersónica, que supuestamente tuvo lugar el pasado 27 de julio, fue comparada anteriormente por el jefe del Estado Mayor Conjunto de EE.UU., el general Mark Milley, con el lanzamiento del primer satélite artificial por parte de la URSS en 1957, que dio una ventaja importante a los soviéticos en la carrera espacial de aquel entonces. Al ser preguntado si compararía ese acontecimiento con el supuesto ensayo por parte de China, Hyten respondió que, "desde el punto de vista tecnológico, es bastante impresionante", pero "el Sputnik creó una sensación de urgencia en EE.UU.". "La prueba del 27 de julio no creó esa sensación de urgencia. Creo que probablemente debería crear un sentido de urgencia", concluyó.

No obstante, China repetidamente negó haber probado un misil hipersónico y subrayó que llevó a cabo una prueba de un vehículo espacial. "Lo que me gustaría reiterar es que la prueba reportada por algunos medios fue una prueba rutinaria de una nave espacial para probar la tecnología de reutilización de naves espaciales", explicaron desde Pekín.

Publicado: 17 nov 2021

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El portal del Pentágono advirtió sobre el “ritmo de las amenazas de China, de Rusia, Norcorea, Irán, ISIS y los desafíos que involucran al espacio y al ciberespacio.Foto Ap

El general Mark Milley (MM), mandamás de las Fuerzas Conjuntas del Pentágono, sostuvo el 3 de noviembre pasado una trascendental entrevista con el conductor Lester Holt de la cadena NBC durante el Foro de Seguridad de Aspen (https://bit.ly/3Fejg4W), en la que plasmó su cosmogonía sobre el "mundo tripolar" de Estados Unidos/Rusia/China (https://bit.ly/3oA6XJr).

El portal del Pentágono realizó un resumen de los asertos del polémico general –quien se ha enfrascado en un duelo verbal con Trump y ha expresado que tiene comunicación secreta con su homólogo de China– sobre el "ritmo de las amenazas de China, así como de Rusia, Norcorea, Irán, ISIS y los desafíos que involucran al espacio y al ciberespacio, el Covid-19, el cambio climático y los tópicos ambientales, como los incendios en Estados Unidos que enfrentan las fuerzas militares". Que conste que citó en primer lugar a China, 12 días antes de la exitosa cumbre virtual entre el presidente Biden y el mandarín Xi Jinping (https://bit.ly/30o9VZ7).

Sobre China, su fijación permanente, comentó: “Hemos visto un país en cuatro décadas (…) que ha ido de la séptima economía en el mundo a la segunda economía”, cuando China ha invertido sus riquezas en forma significativa en el ámbito militar. Aquí exagera el general, por no decir que desinforma, pues nadie se compara al gasto militar de Estados Unidos (39%) en el planeta frente a China (13%), según SIPRI. El despilfarro militar de Estados Unidos es mucho mayor si se mide per cápita (https://bit.ly/3cjmsjh).

MM, quien se ha vuelto muy incontinente, asienta que "hace 40 años China era una muy extensa infantería campesina (sic). Hoy, posee capacidades en el espacio, en cibernética, tierra, mar, aire y en el rubro submarino y están claramente desafiándonos regionalmente".

Alega, sin aportar evidencias, que China "desea revisar" el "orden (sic) liberal", cuando ni China ni Rusia han manifestado desear cambiar el presente "(des)orden mundial", pero sí han expresado la necesidad de que sea reformado en forma más justa y armónica, porque ni a Moscú ni a Pekín les conviene atacar a Estados Unidos cuando van ganando la partida global, mientras Estados Unidos declina aceleradamente, como enunció en forma notable el historiador Alfred McCoy (https://bit.ly/3kGBAM0).

MM prevé que el verdadero desafío será en los "próximos 10 a 20 años", cuando "el mundo atestigüe uno de los mayores giros en el poder geoestratégico global que jamás haya visto", en especial, el "giro" es un cambio fundamental en el carácter de la guerra: "Hoy vemos la robótica, la inteligencia artificial, municiones de precisión y una amplia variedad de otras tecnologías". Viene la parte nodal: calificó a la guerra fría de una "guerra (sic) bipolar (sic)" entre la URSS y Estados Unidos, y asentó que hoy se ha entrado a una "guerra tripolar" de Estados Unidos/Rusia/China como "grandes superpotencias", cuando "el mundo es potencialmente mucho más inestable estratégicamente que en los pasados 40 a 70 años".

Instó a que Estados Unidos/Rusia/China deberán ser "más cuidadosos y conscientes (sic) de cómo lidiar uno con el otro en adelante y en sus comunicaciones coordinadas", que serán una "necesidad". Finalmente, definió al "espacio" como el "nuevo dominio de mayor conflicto" (https://bit.ly/3HwHYze).

A propósito, un servidor fue de los primeros en proponer la hipótesis del nuevo "orden tripolar" de Estados Unidos/Rusia/China desde hace nueve (sic) años, con base en una prospectiva multidimensional de las tendencias dinámicas (https://bit.ly/3nk7RKM). En forma expeditamente dialéctica, vale la pena ponderar la antítesis del connotado científico ruso-estadunidense Dmitry Orlov (DO), quien, si bien acepta el concepto estratégico del "orden mundial tripartita", coloca a Estados Unidos muy por detrás de Rusia y China en los rubros militar y tecnológicos (https://bit.ly/3nk8kN2).

DO juzga que a Estados Unidos sólo le queda apoderarse de los "recursos y productos manufacturados del mundo" para "alimentar su apetito a cambio de dólares impresos (continuamente expropiando los ahorros del mundo mientras exporta su inflación)" mediante sus "guerras financieras" y su poderosa maquinaria propagandística.

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Imagen del vestíbulo de la se del Consejo Europeo, conocido como el Edificio Europa, en Bruselas, durante la reunión de ministros de Defensa de la UE. — OLIVIER HOSLET / EFE/EPA

"La diferencia entre guerra y paz está desapareciendo". Así de contundente se mostraba este martes Josep Borrell en la presentación de la Brújula Estratégica, la hoja de ruta en materia defensiva que propone la creación de una fuerza europea de despliegue rápido con 5.000 soldados.

 

Afganistán. El Sahel. Bielorrusia. Ucrania. Los Balcanes. El acuerdo Aukus. Las crisis y la inestabilidad se agolpan a las puertas de Europa. El mundo bipolar que dejó la Guerra Fría poco tiene que ver con la realidad del nuevo milenio. Las guerras de antaño ya no se libran rifle en mano, son más multidisciplinares y versátiles, como demuestran las amenazas híbridas, los ataques con agentes químicos en suelo europeo por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial o la guerra cibernética que ha puesto en jaque las democracias actuales.

En este contexto, la UE se prepara para rearmarse en los tres frentes que identifica como prioritarios: el espacio, el mar y la tecnología. "La diferencia clásica entre guerra y paz está desapareciendo. Ya no es blanco o negro", Josep Borrell, Alto Representante de Asuntos Exteriores de la UE, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Defensa de este martes.

Tampoco la sagrada relación transatlántica es la misma. El aterrizaje del huracán Donald Trump hizo saltar por los aires la confianza de Bruselas y Washington. El distanciamiento entre los aliados ya había comenzado con presidentes anteriores depositando la semilla para reducir la dependencia de Estados Unidos sobre Europa en temas de seguridad, defensa y política exterior.

Todo ello unido a la salida del Reino Unido, principal freno para la integración en defensa, ha precipitado los avances de la UE de la Defensa. En los últimos meses se ha avanzado en este plano más que durante las últimas décadas. La Unión Europea ha rubricado la cooperación estructurada permanente (PESCO), conocida como Bella Durmiente del Tratado de Lisboa, y el Fondo Europeo para la Paz, que prevén aumentar la cooperación y las inversiones intra-europeas en la acción defensiva y militar para evitar duplicidades.

En paralelo, durante los últimos meses sobrevuelan la capital comunitaria términos como la autonomía estratégica. En términos terrenales no es otra cosa que el desarrollo de una hoja de ruta europea para ser más rápidos, eficientes, robustos y flexibles a la hora de hacer frente a crisis imprevisibles que atentan contra su seguridad y sus intereses. Como lo fue la retirada de Afganistán hace unos meses o la crisis actual en la frontera con Bielorrusia.

2025 y 5.000 soldados: objetivos de la UE de la Defensa

En este contexto ha visto la luz el primer documento que pone forma y fecha al embrión de una fuerza militar europea. Borrell presentaba este martes a los 27 ministros de Defensa un plan en el que su equipo lleva mucho tiempo trabajando: la Brújula Estratégica. El texto contempla la puesta en marcha de un cuerpo militar de despliegue rápido con 5.000 soldados procedentes de todos los Estados miembros. La ambición es que esté operativo para 2025. Pero todo ello está sujeto a las modelaciones que harán las capitales.

"No es otro documento cualquiera. Es una guía para la acción futura que contiene medidas y un calendario concreto. La conclusión principal de nuestra evaluación es que estamos viendo inestabilidad, conflicto y amenazas transnacionales que son una amenaza para nuestra seguridad", señala el jefe de la diplomacia europea. La llamada 'capacidad de despliegue rápido' contaría con efectivos terrestres, marítimos y aéreos. Serían equipos especializados en evacuaciones, rescates u operaciones de estabilización en zonas hostiles. Con ello, la UE buscaría responder a "la coerción" e "intimidación" en crisis como la desatada recientemente por Alexander Lukashenko, conocido como el último dictador de Europa, para presionar a Bruselas utilizando a los migrantes como arma política.

Ejército europeo: ambiciones y divisiones

Todo ello reaviva el debate sobre la creación de un Ejército europeo. El principal propulsor de esta iniciativa es el presidente francés Emmanuel Macron. "No podemos proteger a Europa si no contamos con un Ejército europeo real", aseguró poco después de alcanzar el Elíseo.

Sin embargo, la idea genera todavía importantes rechazos y contradicciones. En primer lugar, la Seguridad y Defensa continúa siendo una competencia ligada a los Gobiernos nacionales. Los Tratados impiden, además, destinar dinero europeo a proyectos "que tengan implicaciones militares o de defensa". Hasta la fecha, la tarea defensiva de la UE en el exterior se ha limitado a entrenamientos y asesoramiento a las fuerzas de seguridad de países terceros, como ocurre en Mali.

Las ambiciones sobre avanzar en este aspecto son también diferentes entre las capitales. Algunos países más pequeños y, especialmente, los del Este lo ven como una amenaza a los acuerdos con Estados Unidos o la OTAN. Países como Polonia confían la seguridad de sus fronteras a los aliados transatlánticos más que a los europeos por lo que sienten como una amenaza constante de una Rusia cada vez más fuerte en la arena global. Incluso Estados Unidos y la Alianza Atlántica miran la medida con recelo y prefieren que Europa invierta en las alianzas actuales.

Por ello, la iniciativa que ve la luz en la actualidad corre el riesgo de caer en el cajón de sastre. Los líderes europeos la abordarán a fondo en el Consejo Europeo de marzo. La herencia de la UE en materia de seguridad refleja falta de unidad y genera frustración e impotencia. El bloque comunitario cuenta con battlegroups que nunca han sido utilizadas. Los objetivos de Helsinki, establecidos tras las guerras de Yugoslavia, avalaban crear una fuerza europea de 60.000 miembros. Nunca llegó a ver la luz.

El anhelo de una UE de la Defensa y Seguridad se remonta al nacimiento del proyecto comunitario. Jean Monnet, uno de sus padres fundadores, siempre apostó por esta idea. Pero también en este nacimiento se plasma una de las contradicciones que arguyen los pacifistas: la razón de ser de la UE es que es un proyecto de paz nacido para evitar que los europeos se matasen entre ellos como ocurrió durante las oscuras páginas del siglo pasado en el Viejo Continente. La creación de un Ejército europeo inminente no es realista en el corto plazo, pero Bruselas quiere depositar los pilares unas amenazas que no se librarán exclusivamente en el campo de batalla tradicional.

16/11/2021 22:30

Por María G. Zornoza@MariaGZornoza

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Martes, 16 Noviembre 2021 05:32

China, el nuevo imperialismo emergente

Konstantinos Lambrianidis / Flickr

La formación de un nuevo imperialismo [1] es un acontecimiento muy raro. Requiere múltiples condiciones previas relacionadas con la situación internacional y las características específicas del país en cuestión. Desde este doble punto de vista, la emergencia de China ha planteado cuestiones insólitas.

El surgimiento de un nuevo imperialismo fuera de la esfera occidental, no es en sí mismo novedoso. Tenemos el caso de Japón, si bien el surgimiento de ese imperialismo estaba dentro de un marco de análisis bastante clásico: la creación de los imperios occidentales aún no se había completado en el noreste de Asia, las grandes potencias luchaban por el control de China y el gobierno japonés podía reaccionar de forma preventiva. En cuanto a la estructura social del país, en lo fundamental parecía similar a la de los países europeos, con el advenimiento del Imperio Meiji (1868-1912) que aseguró la transición del feudalismo tardío al capitalismo moderno, la industrialización acelerada y la constitución de un poderoso Ejército que demostró su valía de forma magistral contra Rusia: por primera vez, una potencia europea fue derrotada por un país asiático, un acontecimiento importante que provocó un terremoto geopolítico[2]... Así pues, Japón fue el último Estado imperialista que se formó en los albores del siglo XX.

La transformación del inmenso Imperio Ruso en un Estado imperialista moderno fracasó, principalmente por las consecuencias de su derrota ante Japón en la Guerra ruso-japonesa (1904-1905). Su capacidad militar se vino abajo, y su flota naval fue destruída en dos tiempos: primero fue la flota basada en Siberia; después, la estacionada en el Mar Báltico, que había sido enviada como refuerzo. En el plano político interno, la debacle tuvo como secuela la revolución de 1905 que marcó el inició de la crisis del régimen zarista. Derrotada en el Este por el nuevo imperialismo japonés y, después, en el Oeste por Alemania durante la Primera Guerra Mundial, Rusia estuvo a punto de convertirse en un Estado dependiente o escindido, destino del que escapó gracias a la revolución de 1917.

Con la formación de los imperios coloniales, casi llegó a completarse una primera división del mundo; a partir de entonces, la cuestión en juego en los conflictos interimperialistas sería poner en cuestión esa partición del mundo.

China en el centro de la globalización capitalista y de las tensiones geopolíticas

A principios del siglo XXI, la China de Xi Jingping se ha consolidado como segunda potencia mundial en el corazón de la globalización capitalista. Se proyecta en todos los continentes y en todos los océanos. Para Xi, "en la era de la globalización económica, la apertura y la integración son una tendencia histórica irreprimible. La construcción de muros o la ruptura de lazos va en contra de las leyes económicas y los principios del mercado". Philip S. Golub señala que "el partido-estado se hace pasar por el campeón del libre comercio y de las finanzas globales", flexibilizando el acceso de los grandes grupos estadounidenses a "ciertos segmentos del mercado de capital nacional (...) y otorgando licencias para operar con filiales 100% en su poder o con participación mayoritaria (...)" para. Para The Economist (5/09/2021), "China está creando oportunidades [que el capital extranjero no esperaba, al menos no tan rápidamente]". La magnitud de laa entradas de capital estadounidense en China es difícil de estimar porque "muchas empresas chinas que emiten acciones tienen filiales en paraísos fiscales". Según un informe publicado por Investment Monitor el 13 de julio de 2021, China tiene más filiales en las Islas Caimán que cualquier otro país ”tras Estados Unidos, Reino Unido y Taiwán"[3].

"Capaz de dictar sus condiciones en las industrias clave", el Estado chino pilota el avión de China, alimentando una vasta red de patrocinio reforzada por la capacidad del partido para imponer una amplia vigilancia de la sociedad. No estamos ante un "socialismo de mercado con características chinas", sino ante un capitalismo de Estado que sí tiene "características chinas"[4]. Desde la India hasta Corea del Sur, en Asia no es nada nuevo que el Estado impulse el desarrollo económico. Bajo diversas formas, muchas oligarquías dominantes combinan el capital privado, el capital militar y el capital estatal. A menudo, el vínculo se realiza a través de las grandes familias propietarias.

La formación social china es el resultado de una larga historia, particularmente compleja y muy heterogénea. Como taller del mundo, su economía sigue dependiendo en parte del capital extranjero y de la importación de componentes o piezas de recambio. Por otro lado, proporciona la base para un desarrollo internacional independiente. En algunos sectores produce tecnologías avanzadas, en otros es incapaz de ponerse al día, como en el caso de los semiconductores. Atraviesa una crisis de sobreproducción (y de la deuda) al estilo capitalista, que está golpeando con fuerza al sector inmobiliario, simbolizado por la casi quiebra del gigante Evergrande[5]. Hasta ahora, todas las predicciones sobre el estallido de la burbuja inmobiliaria han sido desmentidas[6], pero eso no significa que vaya a seguir siendo así. Como señala Romaric Godin, "la suerte aún no está echada para una posible crisis china, pero las contradicciones del capitalismo de Estado en la República Popular parecen ser cada vez más profundas".

A partir de los años 80, los dirigentes chinos prepararon su expansión internacional. De forma discreta con Deng Xiaoping, agresivamente con Xi Jinping. Esta expansión tiene razones económicos internas (encontrar salida a sectores con baja rentabilidad y sobreproducción, como el acero, el cemento o la mano de obra). Tiene profundas raíces culturales: restaurar la centralidad del Imperio Medio, borrar la humillación de la dominación colonial y ofrecer una alternativa global al modelo de civilización occidental. Alimenta un nacionalismo de Gran Potencia que legitima el régimen y su ambición de desafiar la supremacía estadounidense.

Nos encontramos en una situación clásica en la que un gran potencia consolidada (Estados Unidos) se enfrenta a la emergencia de una potencia creciente (China).

Las precondiciones internacionales

¿Cómo se puede conseguir en el umbral del siglo XXI lo que era imposible a principios del siglo XX (la aparición de un nuevo imperialismo)? A riesgo de simplificar, veamos dos períodos.

Tras las revoluciones rusa (1917) y china (1949), la mayor parte de Eurasia escapó de la dominación directa de los imperialismos japonés y occidental, ganando una posición de independencia sin la cual nada de lo que ocurrió después habría sido posible.

Por un lado, tras la derrota internacional de los movimientos revolucionarios en los años 80 y, por otro, tras la desintegración de la URSS, el ala dominante de la burguesía internacional pecó de triunfalismo, pensando que estaba asegurado su dominio indiviso sobre el planeta. Al parecer, no previó que el orden mundial neoliberal que estaba imponiendo podría ser utilizado por Pekín en beneficio propio y con el éxito que conocemos.

Los cambios de China

Los análisis que afirman que la actual política internacional de China no es imperialista se basan en la continuidad del régimen desde 1949 hasta la actualidad, pero esta continuidad es sólo nominal: República Popular (RPC), Partido Comunista (PCC), gran sector económico estatal. Cierto que hay continuidades, sobre todo culturales, entre ellas la larga tradición burocrática del Imperio que embellece los regímenes contemporáneos con una normalidad histórica. Sin embargo, las discontinuidades son mucho mayores, con creces. En efecto, como atestiguan las sucesivas convulsiones de las clases sociales, hubo revolución y contrarrevolución.

La posición del proletariado industrial. Cuando se proclamó la República Popular, el PCC tuvo que reconstruir su base social en los centros urbanos. Para ello, se vinculó a la clase obrera, en un doble sentido: subordinándola y proporcionándole considerables beneficios sociales.

Políticamente, la clase obrera se mantiene bajo el control del partido; no dirige ni la empresa ni el país. Los trabajadores y trabajadoras están asignados a unidades de trabajo, como los funcionarios territoriales en la tradición francesa. No obstante, la clase trabajadora de las nuevas empresas estatales goza de considerables beneficios sociales (empleo de por vida, etc.). Ningún otro estrato social tiene una posición social tan ventajosa, excepto, por supuesto, la burocracia en los órganos de poder político-estatal.

La situación de las mujeres populares. Las dos leyes emblemáticas adoptadas tras la conquista del poder benefician a las mujeres populares: la igualdad de derechos en el matrimonio y una reforma agraria que las incluye[7].

Las antiguas clases dirigentes. Una vez consolidada la República Popular[8] y fuera cual fuera el destino individual de cualquier miembro de las élites chinas, las antiguas clases dominantes (burguesía urbana y alta burguesía rural) se desintegraron.

El régimen maoísta se consolidó mediante una revolución social, nacionalista, antiimperialista y anticapitalista, un proceso de revolución permanente[9]. Tuvo profundas raíces populares, pero no por ello dejó de ser autoritario, moldeado por décadas de guerra. La herencia democrática de las movilizaciones sociales propia de la estrategia de guerra popular siguía viva, pero el partido-estado era el marco en el que se desarrolló el proceso de burocratización. No se trataba del socialismo, sino de una sociedad de transición cuyo resultado no estaba claro[10].

La crisis del régimen maoísta. Todas las contradicciones inherentes al régimen maoísta estallaron durante la mal llamada Revolución Cultural (1966-1969)[11]: una crisis global muy compleja que no es posible resumir aquí, durante la cual la administración y el partido se desmoronaron: sólo el Ejército siguió siendo capaz de intervenir coherentemente a escala nacional. Finalmente, Mao le pidió al Ejército que impusiera una vuelta al orden mediante la represóin, volviéndose contra los Guardias Rojos y los grupos obreros que le apoyaban. En los años 70 preparó el terreno para la dictadura oscurantista de la Banda de los Cuatro, la victoria definitiva de la contrarrevolución burocrática. El resultado catastrófico de la Gran Revolución Cultural Proletaria sancionó la crisis terminal del régimen maoísta y la muerte política de Mao Zedong, diez años antes de su muerte física[12].

La contrarrevolución burocrática creó el caldo de cultivo para la contrarrevolución burguesa, desarticulando las movilizaciones populares y haciendo que la rehabilitación de Deng Xiaoping, superviviente de las purgas de la Revolucion Cultural, apareciera como una vuelta a la cordura. Unos años más tarde, quedó claro que lo que había sido una justificación calumniosa de las purgas en los años 60 se había convertido en una realidad en los 80: Deng encarnó entonces la opción capitalista dentro de la nueva dirección del PCCh.

La contrarrevolución de los años 80. Bajo el impulso de Deng Xiaoping, el ala más clarividente de la burocracia preparó su mutación, su aburguesamiento y la reinserción del país en el mercado mundial capitalista. Para ello, se benefició de unas ventajas excepcionales:

  • En relación a la herencia del régimen maoísta: un país, una industria y una tecnología independientes, una población educada y cualificada...
  • En cuanto a la herencia del periodo colonial: Hong Kong (colonia británica), Macao (colonia portuguesa) y Taiwán (protectorado estadounidense) eran puertas abiertas de par en par al mercado mundial y a las finanzas internacionales, ofreciéndole una pericia en la gestión que no existía en el continente y facilitando las transferencias de tecnologías (siendo Macao un canal ideal para saltarse las legislaciones y regulaciones)...
  • La posibilidad de colaborar con el poderoso capital transnacional chino sobre la base de un sólido compromiso: este último recibe un trato privilegiado en China, mientras que sabe que sólo el gobierno y el PCC pueden garantizar el mantenimiento de la unidad del país-continente.
  • El peso intrínseco de China (su tamaño geográfico y demográfico): un país como Vietnam puede seguir la misma evolución que su vecino, pero no puede reclamar el rango de gran potencia por ello.

La acelerada transformación capitalista de China no se llevó a cabo sin infligir una derrota histórica a las clases trabajadoras durante la represión masiva conocida como Tiananmen en abril de 1989 (afectando a todo el país, no sólo a Pekín)[13]. Una derrota que forma parte de la nueva disposición de las clases sociales.

  • El proletariado. La clase obrera de las empresas estatales se resistió obstinadamente a la intensificación del trabajo exigida por las autoridades, hasta el punto de que, como último recurso, éstas decidieron retirar a una gran parte de ella de la producción, sin dejar de pagarle mediante diversos dispositivos. El éxodo rural permitió la creación de un nuevo proletariado, especialmente en las zonas francas. En aquella época, el 70% eran mujeres y trabajadores chinos indocumentados (en China está prohibido cambiar de residencia sin autorización oficial). Una fuerza de trabajo perfecta para la sobreexplotación que caracterizó el período de acumulación de capital primitivo. La primera generación de la inmigración interior sufrió a la espera de volver al pueblo. La segunda generación luchó por su regularización con el apoyo de numerosas asociaciones.
  • Se invirtió el orden social e ideológico. Las élites intelectuales, hasta entonces en lo más bajo de la jerarquía social, volvieron a ser aduladas. Las mujeres de la clase trabajadora se hicieron invisibles. Deng Xiaoping defendió las virtudes de lq teoría goteo (que supone que el enriquecimiento de unos pocos anuncia el enriquecimiento de todos). El sector económico estatal comenzó a funcionar en simbiosis con el capital privado. China tiene un número récord de multimillonarios, que se encuentran en los órganos de gobierno del PCC.

 Gran potencia, imperialismo e interdependencia

No hay ninguna gran potencia capitalista que no sea imperialista. China no es una excepción. Algunos ejemplos.

  • Poner en marcha a su periferia. Gracias al desarrollo de una red de transporte de alta velocidad, el Tíbet se ha convertido en objeto de colonización. En el Turquestán Oriental (Xinjiang), la población uigur de mayoría musulmana está sometida a una serie de medidas que van desde la asimilación forzosa hasta el internamiento masivo, con el objetivo, como mínimo, de un genocidio cultural[14]. El tratado que garantizaba el respeto de los derechos democráticos de la población de Hong Kong cuando se devolviera la colonia ("un país, dos sistemas") fue denunciado unilateralmente por Xi Jinping. Tras años de resistencia popular, Pekín ha impuesto su orden represivo, criminalizando a las organizaciones independientes (obligándolas a disolverse) y condenando cualquier disidencia a fuertes penas[15]. El derecho a la autodeterminación, la libertad de los pueblos a la autodeterminación, ya no es una cuestión en el orden del Imperio.
  • Para proteger sus inversiones en la era de las nuevas rutas de la seda y asegurar el acceso al océano Índico (corredores)[16], Pekín no duda en apoyar las peores dictaduras (como en Birmania) y en interferir en los asuntos internos de un país (como en Pakistán).
  • La parálisis temporal de Estados Unidos (empantanado en Oriente Medio) ha permitido a Xi Jinping militarizar todo el Mar de la China Meridional, haciéndose con el control de territorios marítimos pertenecientes a los países limítrofes, desde Filipinas hasta Vietnam. Pekín denuncia (con razón) la política de gran potencia de Estados Unidos en la región, pero no duda en utilizar la abrumadora superioridad de sus fuerzas navales contra sus vecinos.
  • Para asegurar sus vías marítimas (mercantiles o militares), Pekín se apodera de los puertos de muchos países, desde Sri Lanka hasta Grecia, utilizando el arma de la deuda cuando es necesario. Un impago puede permitirle exigir que un territorio portuario se convierta en una concesión china por un periodo de hasta 99 años (¡que era el estatus colonial de Hong Kong!).
  • Al proyectarse internacionalmente, China participa ahora en la creación de zonas de influencia en el Océano Pacífico Sur, reclamando un importante espacio marítimo[17].
  • Estados Unidos fue y sigue siendo la principal potencia imperialista, la principal fuente de militarización, guerras e inestabilidad mundial. Es importante tenerlo en cuenta. No voy a tratar este tema aquí, salvo para señalar que Joseph Biden ha conseguido reorientar la estrategia estadounidense en el gran teatro de operaciones del Indo-Pacífico. Obama quiso hacerlo, pero no lo consiguió[18] al empantanado en Oriente Medio[19]. Hay una continuidad entre la política de Donald Trump y la de Joe Biden[20]. Sin embargo, la política de este último parece ser más coherente que la de Donald Trump[21].

Ante la amenaza estadounidense, el régimen maoísta desarrolló una estrategia defensiva basada en el ejército, la movilización popular y el tamaño del país: un invasor llevaría las de perder. Por otra parte, una gran potencia debe imponerse en los océanos (al igual que, hoy en día, en el espacio y en la inteligencia artificial). La fuerza aeronaval ha sido el primer pivote militar de la política de Xi Jingping, que moviliza los recursos del país para avanzar rápidamente en esos ámbitos.

Con ello, el actual régimen chino participa en la dinámica de militarización del mundo (y, por tanto, en el agravamiento de la crisis climática). En la izquierda, alguna gente habla del derecho de China a exigir su lugar bajo el sol, pero ¿desde cuándo hay que defender los derechos de una potencia y no los de los pueblos?

La tensión entre Washington y Pekín sobre la cuestión de Taiwán está ahora en su punto álgido[22]. Se oponen dos lógicas. La propia de los Estados que se enfrentan en una competencia severa y duradera, y la de la globalización capitalista en la que la interdependencia en términos de tecnologías, cadenas de producción -la cadena de valor-, comercio o finanzas es primordial. La competencia se produce en todos los ámbitos y surgen campos en un mercado y unas finanzas globalizados. Independientemente de las contradicciones a las que se enfrenta actualmente la globalización, la desglobalización capitalista de la economía parece ser un reto. La interdependencia es tal que una guerra no interesa a las clases burguesas ni en China ni en Estados Unidos, pero la tensión es tal que no se puede excluir un deslizamiento con consecuencias explosivas.

La situación es aún más inestable porque tanto el presidente Biden como Xi se enfrentan a una frágil situación interna.

¿Hacia dónde va China? No intentaré responder a esta pregunta, lo dejo para quien esté  más informado que yo. Si todavía fuera el PCCh el que dirigiera el país…, pero ya no es así. Es la camarilla de Xi Jinping. Xi Jinping ha impuesto un cambio de régimen político[23]. Antes, una dirección colegiada permitía preparar el relevo generacional al frente del partido, un factor de estabilidad. Hoy, la facción de Xi Jinping tiene el control exclusivo del poder. Tras las sangrientas purgas y la modificación de la Constitución, puede pretender gobernar de por vida.

También en China, la selección del personal político se está volviendo irracional en relación con los intereses colectivos de las clases dirigentes.

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article60088

Versión larga del artículo publicado en la revista l'Anticapitaliste n° 130, noviembre de 2021.

 

16 noviembre 2021

Traducción: viento sur

 

Notas:

[1] El término imperialismo puede utilizarse en varios contextos históricos. En este caso, se trata de una gran potencia capitalista.

[2] Pierre Rousset, 4 de junio de 2017, " La crise coréenne et la géopolitique en Asie du Nord-Est : du passé au présent http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article41214

[3] Philip S. Golub, "Contre Washington, Pékin mise sur la finance", Le Monde diplomatique, noviembre de 2021, p.13.

[4] Au Loongyu, mai 2014, « What is the nature of capitalism in China ? – On the rise of China and its inherent contradictions », Europe solidaire sans frontieres (ESSF, article 35764) :
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article35764

[5] Véase Romaric Godin, 9 de septiembre de 2021, "Les contradictions du modèle chinois", Mediapart.

[6] Así lo reconoce Paul Krugman en sus propias previsiones en el New York Times del 22 de octubre de 2021.

[7] Por supuesto, el techo de cristal y el patriarcado no desaparecen de la sociedad.

[8] A pesar del calvario de la Guerra de Corea, que comenzó en 1953 y fue un verdadero escenario de desastre para Pekín, cuya prioridad era la reconstrucción del país.

[9] Pierre Rousset, « L’expérience chinoise et la théorie de la révolution permanente », revue L’Anticapitaliste n°126 (mai 2021). Disponible sur ESSF (article 58489), « L’expérience chinoise et la théorie de la révolution permanente » :
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article58489

[10] Por eso es mejor no utilizar la fórmula de sociedad de transición al socialismo.

[11] Se ha generalizado la denominación de todo el periodo 1966-1976 como Revolución Cultural. Esto es confundir en la misma periodización los años de tumulto que precedieron a la represión de 1968-1969, y los de una inestable normalización burocrática.

[12] Pierre Rousset, « La Chine du XXe siècle en révolutions – II – 1949-1969 : crises et transformations sociales en République populaire », ESSF (article 13546) :
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article13546

[13] Véanse, en particular, los dos artículos de Jean-Philippe Béja recogidos en:

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article46572

[14] Daniel Tanuro, "Xinjiang (China) - Una mirada a la historia del Turquestán Oriental y la geopolítica de Asia Central":http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article57947

[15] Alain Baron, Le mouvement de 2019 à Hong Kong, et son écrasementhttp://www.europe-solidaire.org/spip.php?article59294

[16] Para una visión general de esta cuestión, véase Globalization Monitor, China's overseas investments in the Belt and Road Era. Una perspectiva popular y medioambiental, agosto de 2021.

[17] Véase, en particular, el mapa que acompaña al artículo de Nathalie Guibert en Le Monde del 10 y 11 de octubre de 2021.

[18] Simon Tisdall, 25 de septiembre de 2016, The Guardian:

https://www.theguardian.com/commentisfree/2016/sep/25/obama-failed-asian-pivot-china-ascendan

[19] Biden se apoya especialmente en Israel, Arabia Saudí y Egipto para "vigilar" esta región del mundo.

[20] Dianne Feeley, "The foreign policy of the Biden administration", The Anticapitalist:

https://lanticapitaliste.org/actualite/international/la-politique-etrangere-de-ladministration-biden

[21] Dan La Botz, 13 de octubre de 2021, "Biden focuses foreign policy on China", The Anticapitalist:

https://lanticapitaliste.org/actualite/international/aux-usa-biden-concentre-sa-politique-etrangere-sur-la-chine

[22] Brian Hioe, 4 de noviembre de 2021 "Caught Between the Two Superpowers. Taiwán en medio de la rivalidad de grandes potencias entre Estados Unidos y China", Spectrum:

https://spectrejournal.com/caught-between-the-two-superpowers/

[23] Au Loongyu, Pierre Rousset, 22 octobre 2017 , « Le 19e congrès du Parti communiste chinois – La modernisation par une bureaucratie prémoderne », ESSF (article 42298) :
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article42298
Pierre Rousset, 3 décembre 2017, ESSF (article 42569), « Le 19e congrès du Parti communiste chinois et les ambitions mondiales de la direction Xi Jinping » :
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article42569

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