Fuentes: CTXT [Imagen: Noam Chomsky, en su antiguo despacho del MIT, en Boston, en febrero de 2015. EDU BAYER]

Los líderes de la OTAN anunciaron el miércoles que la alianza planea reforzar su frente oriental con el despliegue de muchas más tropas –incluidas miles de tropas estadounidenses– en países como Bulgaria, Hungría, Polonia y Eslovaquia, y el envío de “equipos para ayudar a Ucrania a defenderse de las amenazas químicas, biológicas, radiológicas y nucleares”. Y aunque la propia alianza de la OTAN no está suministrando directamente armas a Ucrania, muchos de sus Estados miembros sí están enviando armas entre las que se incluyen misiles, cohetes, ametralladoras, etc.

Con toda probabilidad, el 24 de febrero, cuando ordenó una invasión en el país vecino tras un largo y masivo despliegue militar en la frontera, el presidente ruso Vladímir Putin creyó que su ejército tomaría Ucrania en cuestión de días.

Sin embargo, un mes más tarde, la guerra continúa y varias ciudades ucranianas han sido devastadas por los ataques aéreos rusos. Las conversaciones de paz se han estancado y no está claro si Putin sigue queriendo derrocar al gobierno o si, por el contrario, pretende ahora una Ucrania “neutral”.

En la siguiente entrevista, Noam Chomsky, académico de renombre mundial y principal voz disidente, comparte sus pensamientos y percepciones sobre las opciones disponibles para poner fin a la guerra en Ucrania, y reflexiona sobre la idea de la guerra “justa” y sobre si la guerra en Ucrania podría provocar la caída del régimen de Putin.

Noam, ya llevamos un mes de guerra en Ucrania y las conversaciones de paz se han estancado. De hecho, Putin está intensificando la violencia mientras Occidente aumenta la ayuda militar a Ucrania. En una entrevista anterior, usted comparó la invasión rusa de Ucrania con la invasión nazi de Polonia. ¿Así, la estrategia de Putin es la misma que la de Hitler? ¿Quiere ocupar toda Ucrania? ¿Intenta reconstruir el imperio ruso? ¿Por eso se han estancado las negociaciones de paz?

Hay muy poca información creíble sobre las negociaciones. Algunas de las informaciones que se filtran no parecen muy optimistas. Hay buenas razones para suponer que si Estados Unidos aceptara participar seriamente, con un programa constructivo, aumentarían las posibilidades de poner fin al horror.

El que sería un programa constructivo, al menos en líneas generales, no es ningún secreto. El elemento principal es el compromiso de neutralidad de Ucrania: no pertenecer a una alianza militar hostil, no acoger armas que apunten a Rusia (incluso las que llevan el engañoso nombre de “defensivas”), no realizar maniobras militares con fuerzas militares hostiles.

No se trata de nada nuevo en el ámbito internacional, incluso aunque no se reconozca de forma oficial. Todo el mundo entiende que México no puede unirse a una alianza militar dirigida por China, colocar armas chinas apuntando a Estados Unidos y realizar maniobras militares con el Ejército Popular de Liberación.

En resumen, un programa constructivo sería todo lo contrario a la Declaración Conjunta sobre la Asociación Estratégica entre Estados Unidos y Ucrania firmada por la Casa Blanca el 1 de septiembre de 2021. Este documento, que recibió poca atención, declaró enérgicamente que la puerta para que Ucrania ingrese en la OTAN (la Organización del Tratado del Atlántico Norte) está abierta de par en par. También “concluía un Marco Estratégico de Defensa que crea una base para la mejora de la cooperación estratégica en materia de defensa y seguridad entre Estados Unidos y Ucrania”, lo cual proporciona a Ucrania armas avanzadas antitanque y de otro tipo, junto con un “sólido programa de entrenamiento y maniobras acorde con el estatus de Ucrania como Socio de Oportunidades Mejoradas de la OTAN”.

Todo el mundo entiende que México no puede unirse a una alianza militar dirigida por China, colocar armas chinas apuntando a Estados Unidos y realizar maniobras militares con el Ejército Popular de Liberación

La declaración fue otra maniobra para provocar a la bestia. Se trata de otra aportación a un proceso que la OTAN (es decir, Washington) ha estado perfeccionando desde que, en 1998,  Bill Clinton violara el firme compromiso que hizo George H.W. Bush de no ampliar la OTAN hacia el Este, una decisión que suscitó serias advertencias por parte de diplomáticos de alto nivel como George Kennan, Henry Kissinger, Jack Matlock, (el actual director de la CIA) William Burns, y muchos otros, y por la que el secretario de Defensa William Perry estuvo a punto de dimitir en señal de protesta, junto con una larga lista de personas que sabían muy bien lo que hacían. A esto hay que añadirle, por supuesto, las acciones agresivas que atacaban directamente los intereses de Rusia (Serbia, Irak, Libia y crímenes menores), llevadas a cabo de modo que maximizaran la humillación.

No es difícil sospechar que la declaración conjunta fue un factor que provocó que Putin, y el reducido círculo de “hombres duros” que le rodean, decidieran aumentar su movilización anual de fuerzas en la frontera ucraniana en un esfuerzo por atraer la atención respecto a sus preocupaciones en materia de seguridad, en este caso con la agresión criminal directa, que, de hecho, podemos comparar con la invasión nazi de Polonia (junto con Stalin).

La neutralización de Ucrania es el elemento principal de un programa constructivo, pero hay más. Se debería intentar avanzar hacia algún tipo de acuerdo federal para Ucrania que implique un grado de autonomía para la región del Donbás, de acuerdo con las líneas generales de lo que queda de Minsk II. Una vez más, esto no sería nada nuevo en el ámbito internacional. No hay dos casos idénticos y ningún ejemplo real se acerca lo más mínimo a la perfección, pero existen estructuras federales en Suiza y Bélgica, entre otros casos, e incluso en Estados Unidos hasta cierto punto. Los esfuerzos diplomáticos serios podrían encontrar una solución a este problema o al menos contener las llamas.

Y las llamas son reales. Se calcula que, en esta región, desde 2014, unas 15.000 personas han muerto en el conflicto.

Eso nos deja con Crimea. Respecto a Crimea, Occidente tiene dos opciones. Una es reconocer que, de momento, la anexión rusa es sencillamente un hecho, que sería irreversible sin acciones que destruirían Ucrania y posiblemente mucho más. La otra es ignorar las muy probables consecuencias y hacer gestos heroicos sobre cómo Estados Unidos “nunca reconocerá la supuesta anexión de Crimea por parte de Rusia”, como proclama la declaración conjunta, acompañados de numerosas declaraciones elocuentes de personas que están dispuestas a condenar a Ucrania a una catástrofe total mientras pregonan su valentía.

Nos guste o no, esas son las opciones.

¿Quiere Putin “ocupar toda Ucrania y reconstruir el imperio ruso”? Sus objetivos anunciados (principalmente la neutralización) difieren bastante, incluida su declaración de que sería una locura intentar reconstruir la antigua Unión Soviética, pero puede que haya tenido algo así en mente. Si es así, es difícil imaginar lo que él y su círculo siguen haciendo. Para Rusia, ocupar Ucrania haría que su experiencia en Afganistán parezca un picnic en el parque. A estas alturas eso está muy claro.

Putin tiene la capacidad militar –y a juzgar por Chechenia y otras correrías, la capacidad moral– para dejar a Ucrania en ruinas. Eso significaría el fin de la ocupación, el fin del imperio ruso y el fin de Putin.

Nuestra atención se centra, como es lógico, en el incremento de los horrores provo cados por la invasión de Ucrania por parte de Putin. Sin embargo, sería un error olvidar que la declaración conjunta tan solo es uno de los deleites que las mentes imperialistas están conjurando en silencio.

Putin tiene la capacidad militar para dejar a Ucrania en ruinas. Eso significaría el fin de la ocupación, el fin del imperio ruso y el fin de Putin

Hace unas semanas hablamos de la Ley de Autorización de la Defensa Nacional del presidente Biden, tan poco conocida como la declaración conjunta. Este brillante documento –citando de nuevo a Michael Klare– aboga por “una cadena ininterrumpida de Estados centinela armados por Estados Unidos –que se extiende desde Japón y Corea del Sur en el norte del Pacífico hasta Australia, Filipinas, Tailandia y Singapur en el sur y la India en el flanco oriental de China–”, con la intención de rodear a China, incluyendo a Taiwán, “de un modo bastante ominoso”.

Podríamos preguntarnos cómo se siente China ante el hecho de que, según se informa, el comando indopacífico de Estados Unidos está planeando reforzar el cerco, duplicando su gasto en el año fiscal 2022, en parte para desarrollar “una red de misiles de ataque de precisión a lo largo de la llamada primera cadena de islas”.

Es para defenderse, por supuesto, de modo que los chinos no tienen por qué preocuparse.

Hay pocas dudas de que la agresión de Putin contra Ucrania incumple la teoría de la guerra justa, y que la OTAN también es moralmente responsable de la crisis. Pero ¿qué pasa con el hecho de que Ucrania arme a los civiles para que luchen contra los invasores? ¿No está moralmente justificado por los mismos motivos que la resistencia contra los nazis?

La teoría de la guerra justa, lamentablemente, tiene tanta relevancia en el mundo real como la “intervención humanitaria”, la “responsabilidad de proteger” o la “defensa de la democracia”.

A primera vista, parece una obviedad que un pueblo en armas tiene derecho a defenderse de un agresor brutal. Pero como siempre en este triste mundo, cuando se piensa un poco en ello, surgen preguntas.

Por ejemplo, la resistencia contra los nazis. Difícilmente podría haber habido una causa más noble.

Uno puede ciertamente entender y simpatizar con los motivos de Herschel Grynszpan cuando asesinó a un diplomático alemán en 1938; o con los partisanos entrenados por los británicos que mataron al asesino nazi Reinhard Heydrich en mayo de 1942. Y uno puede admirar su coraje y pasión por la justicia, sin reservas.

Sin embargo, ahí no acaba la cosa. El primero sirvió de pretexto de los nazis para las atrocidades de la Kristallnacht e impulsó aún más el plan nazi para lograr sus espantosos resultados. El segundo dio lugar a las impactantes masacres de Lidice.

Los hechos tienen consecuencias. Los inocentes sufren, quizá terriblemente. Las personas con valores morales no pueden esquivar estas cuestiones. Es inevitable que surjan preguntas cuando consideramos armar a quienes se resisten valientemente a la agresión asesina.

Eso es lo de menos. En el caso actual, también tenemos que preguntarnos qué riesgos estamos dispuestos a asumir de una guerra nuclear, que no solo supondrá el fin de Ucrania sino mucho más, hasta lo verdaderamente impensable.

No es alentador que más de un tercio de los estadounidenses esté a favor de “emprender acciones militares [en Ucrania] aunque se corra el riesgo de iniciar un conflicto nuclear con Rusia”, tal vez inspirados por comentaristas y líderes políticos que deberían pensárselo dos veces antes de imitar a Winston Churchill.

Quizá exista el modo de proporcionar las armas necesarias a los defensores de Ucrania para repeler a los agresores y al mismo tiempo evitar las graves consecuencias. Pero no debemos engañarnos creyendo que se trata de un asunto sencillo, que se resuelve con declaraciones audaces

¿Prevé usted una evolución política dramática dentro de Rusia si la guerra dura mucho más tiempo o si los ucranianos resisten incluso después de que hayan terminado las batallas oficiales? Al fin y al cabo, la economía rusa ya está asediada y podría acabar con un colapso económico sin parangón en la historia reciente.

No sé lo suficiente sobre Rusia ni siquiera para aventurar una respuesta. Una persona que sí sabe lo suficiente al menos para “especular” –y solo eso, como él mismo nos recuerda– es Anatol Lieven, cuyas apreciaciones han sido una guía muy útil en todo momento. Considera muy poco probable que ocurran “acontecimientos políticos dramáticos” debido a la naturaleza de la dura cleptocracia que Putin ha construido cuidadosamente. Entre las conjeturas más optimistas, “el escenario más probable”, escribe Lieven, “es una especie de semigolpe, la mayor parte del cual nunca se hará público, por el que Putin y sus colaboradores inmediatos dimitirán ‘voluntariamente’ a cambio de que se garantice su inmunidad personal frente a la detención y la riqueza de su familia. Quién sería el sucesor del presidente en estas circunstancias es un interrogante que queda totalmente abierto”.

Y no es necesariamente un interrogante fácil de digerir.

Por C.J. Polychroniou | 28/03/2022 | Noam Chomsky

Texto original: https://truthout.org/articles/chomsky-lets-focus-on-preventing-nuclear-war-rather-than-debating-just-war/

Traducción: Paloma Farré

Publicado enInternacional
Bukele se otorga poderes extraordinarios para enfrentar la ola de asesinatos en El Salvador

El mandatario pide a soldados y policías “hacer su trabajo” y amenaza a los jueces que lo impidan. En dos días las pandillas mataron a 76 personas poniendo fin al pacto secreto sellado con el Gobierno

 

La luna de miel que mantenían las violentas pandillas de El Salvador con Nayib Bukele ha saltado por los aires en las últimas horas con el asesinato de 76 personas en tan solo dos días. A los 14 muertos del viernes se suman los 62 de este sábado, en lo que supone el día más violento de los últimos 20 años.

La respuesta de Bukele no tardó en llegar y a medida que se conocía la cifra de muertes anunció vía Twitter una solicitud urgente al Congreso para acumular poderes extraordinarios. Al mismo tiempo, pidió vía libre para que militares y policías puedan actuar con contundencia contra los pandilleros y amenazó a los jueces que traten de impedirlo.

“Solicito a la Asamblea Legislativa decretar hoy mismo régimen de excepción, de acuerdo al artículo 29 de la Constitución de la República”, escribió Bukele en la red social. El líder del Congreso, Ernesto Castro, respondió rápidamente a la solicitud del presidente: “¡Estamos con usted! Cuente con ello”. La Constitución salvadoreña contempla la suspensión de garantías constitucionales en caso de “guerra, invasión del territorio, rebelión, sedición, catástrofe, epidemia u otra cala

Los nuevos poderes de los que gozará el mandatario permiten restringir la libertad de entrada y salida del país, la libertad de expresión, la inviolabilidad de la correspondencia, la prohibición de la intervención de telecomunicaciones sin orden judicial. También quedan suspendidas: la libertad de asociación, el derecho a ser informada de las razones de un arresto, la asistencia de un abogado y el plazo máximo de 72 horas de detención y consignación ante un juez.

La aprobación del Estado de excepción es un mero trámite para Bukele que ya ejerce con puño de hierro el poder, ya que son necesarios 63 votos de los 84 congresistas de la cámara, en la que el oficialismo posee al menos 64. Antes de pedir el Estado de excepción, Bukele escribió en la red social que la Policía y el Ejército “deben dejar que los agentes y los soldados hagan su trabajo y deben defenderlos de las acusaciones de quienes protegen a los pandilleros”. Además, señaló que la Fiscalía “debe ser eficaz con los casos” y lanzó una amenaza a los jueces que tengan que atender posibles violaciones a los derechos humanos, a quienes les advirtió: “estaremos pendientes de los jueces que favorezcan delincuentes”.

Hasta este sangriento fin de semana, el gobierno de Bukele y las tres pandillas salvadoreñas, MS13, La 18 y 18-R, con un ‘ejército’ de casi 70.000 personas dedicadas a la extorsión y el homicidio a lo largo de todo el país, mantenía un pacto secreto con el Gobierno que permitió reducir hasta niveles nunca vistos la violencia en El Salvador. El acuerdo concedía privilegios carcelarios y frenar la extradición de los líderes, entre otros beneficios, a cambio de terminar con los homicidios. El pacto, negado por Bukele, pero revelado por el periódico El Faro y confirmado por Estados Unidos, le ha permitido hasta ahora gobernar con altas tasas de popularidad gracias, entre otras cosas, a la seguridad lograda en las calles. Los expertos tratan de averiguar ahora qué falló o qué acuerdos se incumplieron para que las pandillas hayan reaccionado de esta forma. La matanza de este finde semana incluyó también un claro mensaje al mandatario donde más le duele, ya que uno de los cuerpos fue abandonado en Surf City, el complejo turístico cercano a la capital con el que Bukele se exhibe al mundo como el presidente de un país cool que opera en Bitcoin.

Por el momento, las autoridades no han dado las razones que esconden este incremento, pero el mes de marzo confirma la tendencia al alza durante varios días. Con los muertos de viernes y sábado, El Salvador llegó a los 148 asesinatos, una cifra muy superior a enero y febrero, que terminaron con 85 y 79 muertes violentas, respectivamente.

México - 27 mar 2022 - 00:57 COT

Publicado enInternacional
Sábado, 26 Marzo 2022 05:51

El gran peligro

El gran peligro

Hemos asistido a un intercambio de advertencias y amenazas nucleares a cargo de los presidentes de las dos potencias que concentran el grueso de la capacidad de destrucción masiva del planeta

 

Nos encontramos en el momento más peligroso desde la crisis de los misiles de Cuba de 1962. Hemos asistido a un intercambio de advertencias y amenazas nucleares a cargo de los presidentes de las dos potencias que concentran el grueso de la capacidad de destrucción masiva del planeta. Ya en febrero, Biden advirtió a Putin que si invadía Ucrania se arriesgaba a un conflicto nuclear. Por su parte, Putin declaró, una vez iniciada la invasión, que colocaba sus fuerzas estratégicas en alerta. Eso es algo que no tiene precedentes desde 1962, cuando con Kennedy y Jrushov el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear. 

También en los años setenta y ochenta, con las crisis en Oriente Medio y con el despliegue de los euromisiles, hubo tensiones y alertas nucleares, pero nunca se llegó a un nivel declarativo tan explícito. Además, después del susto de 1962 las potencias comprendieron la importancia del control de armas y del desarme, comprendieron la necesidad de dotarse de toda una serie de normas de seguridad. El resultado fue toda una serie de acuerdos como el de no proliferación de 1969 –para limitar la capacidad de destrucción masiva a nivel planetario–, el ABM de 1972 sobre defensa antimisiles –enfocado a evitar que el despliegue de nuevos sistemas antimisiles (el escudo) se resolviera desplegando más misiles (lanzas) capaces de burlar el escudo–, o el acuerdo INF sobre prohibición de armas nucleares intermedias (de corto alcance) firmado en 1987 por Gorbachov y Reagan. Todo eso hoy es historia. 

Clinton disolvió la agencia de desarme y control de armas en los noventa. Bush junior abandonó unilateralmente el AMB. Obama desplegó sistemas de misiles antimisiles en Rumania y Polonia, y Donald Trump derogó unilateralmente, en 2019, el acuerdo INF después de que su responsable de seguridad nacional, John Bolton, explicara a los rusos que tal derogación no iba contra ellos sino para poder desplegar armas nucleares tácticas contra los chinos en Asia Oriental…

En este peligroso mundo sin acuerdos ni normas, el presidente de Estados Unidos ha llamado ya en dos ocasiones “criminal” y “criminal de guerra” a su homólogo ruso (que, desde luego, lo es, aunque no en mayor medida que todos y cada uno de los presidentes de Estados Unidos), un trato que ni siquiera mereció el carnicero Stalin.

Naturalmente, al lado de todo esto hay canales de comunicación, “teléfonos rojos”, entre los dueños del botón nuclear. En Washington, el Pentágono mantiene un pulso con el Departamento de Estado y el complejo mediático, ambos mucho más beligerantes e irresponsables en esta materia. Biden se encuentra en medio de este cruce de influencias. En el fragor de la actual guerra hay una línea directa entre los militares del Pentágono y sus homólogos rusos para evitar incidentes y accidentes que desencadenen lo que en principio nadie desea, pero, en palabras de George Beebe, exjefe del departamento analítico ruso de la CIA, “los peligros a los que nos enfrentamos, sin ser incontrolables, sin duda no tienen precedentes”.

A un mes de su inicio, de momento la guerra ha producido para Rusia tres cosas que Moscú quería evitar: una Ucrania definitivamente unida en su sentir antirruso, una OTAN fortalecida con países neutrales llamando a su puerta, y la revitalización del liderazgo global de Estados Unidos. “Si la guerra convencional se descontrola, el uso de pequeñas armas nucleares no podría descartarse del todo y en ese caso la guerra se extendería al conjunto de Europa”, advierte el director del Instituto de Estudios Globales de la Universidad de Shenzhen, Zheng Yongnian. 

La pregunta es la siguiente: ¿son verdaderamente conscientes los actuales dirigentes europeos –es decir, el grupo de políticos estratégicamente más mediocre desde 1945 que hoy está al mando de la UE– de la gravedad concreta que encierra esta desgraciada crisis? Las señales al respecto no son en absoluto concluyentes.

Es cierto que la OTAN, y el propio Biden, han repetido que no van a intervenir militarmente de forma directa en Ucrania, pero el olor de la sangre del oso en el campo de batalla atrae al tiburón y la tentación puede llegar a hacerse irresistible. La semana pasada el ministro de Defensa estoniano, Kalle Laanet, insistió en la oportunidad de crear una “zona de exclusión aérea” de la OTAN, algo que pondría en inevitable contacto a la aviación rusa con la de Estados Unidos y la OTAN, y cuya aplicación lleva lógicamente consigo la destrucción preventiva de sistemas rusos de defensa antiaérea, bases aéreas, etc, razones por las cuales la OTAN rechaza de momento ese escenario. El primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, y su segundo, Jaroslaw Kaczynski, han ido más lejos al proponer el envío a Ucrania de una “fuerza de paz” de la OTAN con efectivos polacos que tome bajo su control la Ucrania Occidental, que en gran parte perteneció a Polonia en el pasado, incluida la ciudad de Lvov (Lviv, Lemberg o Leópolis, según las diversas denominaciones). Mientras estos proyectos forman parte del debate, la OTAN ha iniciado unas grandes maniobras militares en el Ártico que obligan a Rusia a mantener la guardia en su espacio norte y dividir sus recursos.

El Kremlin inició esta invasión rigiéndose por la célebre máxima napoleónica on s'engage et puis on voit (uno se mete en la batalla y luego se decide sobre la marcha). El propio Putin comentó públicamente en febrero que su “operación militar especial” actuaría “según las circunstancias” (“по обстоятельствам”). La impresión es que esperaba que el ejército regular ucraniano se desmoronaría, que los efectivos más irreductibles y nacionalistas destacados frente al Donbass y en Mariupol, puerta para la conexión territorial con Crimea, serían aniquilados, y que en el este y el sur del país no habría gran resistencia popular. Con el gobierno de Kiev en fuga y el sureste controlado, se podría configurar una Ucrania no hostil al este de la línea del Dniéper con un gobierno títere favorable a Moscú y relegando y concentrando la “Ucrania hostil” a la región occidental en la que se configuraría un estado satélite de la OTAN y fuertemente antirruso. La impresión es que la evolución del conflicto ha impuesto escenarios mucho más modestos a Moscú, que se concretarán según evolucionen las cosas en el campo de batalla. Pero, ¿cómo evolucionan? Es difícil decirlo porque el combate de propagandas es muy intenso. Según fuentes militares de Estados Unidos, en la segunda guerra del Golfo, los americanos tardaron un mes en llegar a Bagdad y en la primera jornada de guerra lanzaron más bombas y misiles de las que los rusos han lanzado en lo que llevamos de campaña. En cualquier caso, en Moscú parece seguir pensándose en una partición del país. “Tendremos por mucho tiempo dos Ucranias”, decía el 15 de marzo Konstantin Zatulin, vicepresidente de la Duma para asuntos del entorno postsoviético. “Solo con una victoria habrá espacio para la diplomacia, sin ella nos enfrentaremos a las peores consecuencias como pueblo y Estado”, explicaba. 

Por encima y a costa del sufrimiento de la población ucraniana, de la mortandad, la destrucción de edificios civiles y el éxodo, la guerra viene determinada por los objetivos de cada una de las grandes potencias enfrentadas. El politólogo moscovita Dmitri Trenin define así esos objetivos: “Para el Occidente dirigido por Washington, el objetivo principal no es solo cambiar el régimen político en Rusia, sino también eliminar a Rusia como entidad independiente en el escenario mundial, e idealmente meterla en conflictos internos. Para Rusia, el objetivo principal es establecerse como país autosuficiente e independiente de Occidente en términos económicos, financieros y tecnológicos, así como afirmarse como gran potencia y uno de los centros del emergente mundo multipolar. Estos objetivos no dejan espacio para un compromiso estratégico”, dice. Y ahí radica el peligro. 

Por Rafael Poch 24/03/2022

Publicado enInternacional
El líder norcoreano Kim Jong Un camina delante del misil antes del lanzamiento.. Imagen: AFP

Kim aseguró que su país está preparado para una confrontación con Estados Unidos

Pyongyang lanzó por primera vez desde 2017 un misil intercontinental a pleno alcance, que llegó más alto y más lejos que cualquier proyectil probado previamente.

El líder de Corea del Norte, Kim Jong Un, supervisó en persona el disparo de un "nuevo tipo" de misil balístico intercontinental y aseguró que su país está preparado para una "confrontación a largo plazo" ante Estados Unidos, informaron este viernes los medios estatales norcoreanos. Pyongyang lanzó por primera vez desde 2017 un misil intercontinental a pleno alcance, que llegó más alto y más lejos que cualquier proyectil probado previamente por este país con capacidad nuclear.La prueba del "nuevo tipo de misil balístico intercontinental", el Hwasong-17, se llevó a cabo bajo la "guía directa" del líder, indicó la agencia KCNA.

Kim aseguró que la nueva arma "desempeñará su misión como una poderosa disuasión ante una guerra nuclear" y "hará al mundo claramente consciente del poder de las estratégicas fuerzas armadas" de Corea del Norte, según declaraciones recogidas por este medio.

"Imperialistas estadounidenses"

El país tiene "unas formidables capacidades militares y técnicas imperturbables ante cualquier amenaza militar o chantaje" y está "completamente preparado para una confrontación a largo plazo con los imperialistas estadounidenses", agregó.El Hwasong-17 es un gigantesco misil balístico intercontinental (ICBM) enseñado por primera vez en un desfile en octubre de 2020 y definido como "misil monstruo" por los analistas. Su primer ensayo provocó indignación entre los países vecinos y también en Estados Unidos, que decretó nuevas sanciones contra entidades y personas en Corea del Norte y Rusia acusadas de "transferir artículos sensibles al programa de misiles".

Los medios estatales mostraron este viernes imágenes de Kim, con su habitual chaqueta de cuero negra y gafas de sol, caminando sobre la pista del aeropuerto frente al largo misil o celebrando con sus compañeros el disparo exitoso. "El misil, lanzado desde el aeropuerto internacional de Pyongyang, se desplazó a una altitud máxima de 6.248,5 km y voló 1.090 kilómetros durante 4,052 segundos antes de impactar con precisión una área predefinida en aguas abiertas" en el mar de Japón, dijo KCNA.

La reacción de Seúl, Tokio y Washington

El ejército de Corea del Sur calculó que el alcance del misil era de 6.200 kilómetros, mucho más que el estimado para el Hwasong-15, que Pyongyang probó en octubre de 2017. El proyectil cayó en la zona económica exclusiva de Japón, lo que causó una furibunda respuesta de Tokio. KCNA asegura que el lanzamiento se hizo "en modo vertical en consideración de la seguridad de los países vecinos".

Los cancilleres de Corea del Sur y Japón, Chung Eui-yong y Yoshimasa Hayashi, mantuvieron hoy una conversación telefónica en la que señalaron que el lanzamiento "no solo es una clara violación de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, sino también una violación de la moratoria sobre el lanzamiento de misiles balísticos intercontinentales que Corea del Norte prometió a la comunidad internacional".

Además, Seúl respondió con el disparo de misiles Hyunmoo-II, ATACMS, Haesong-II y JDAM para demostrar su capacidad de atacar con precisión cualquier sitio de lanzamiento y puestos de mando correspondientes en territorio norcoreano.

Seúl, Washington, Tokio y el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, denunciaron que el lanzamiento violaba las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La Unión Europea (UE) condenó “enérgicamente” este viernes el lanzamiento del nuevo misil intercontinental norcoreano. “Se trata de una violación de múltiples resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y de una grave amenaza para la paz y la seguridad internacionales y regionales”, indicó el alto representante de la UE para Asuntos Exteriores, Josep Borrell.

Progreso cualitativo

Pero a pesar de las fuertes sanciones internacionales por su programa armamentístico y nuclear, Corea del Norte ha desplegado una docena de ensayos en lo que va de año. Corea del Norte ha hecho "un importante progreso cualitativo", sostuvo el analista de seguridad, Ankit Panda, citado por la agencia de noticias AFP. "Los norcoreanos están en el umbral de aumentar significativamente la amenaza hacia Estados Unidos", advirtió, señalando que este ICBM puede llevar varias cabezas explosivas y esquivar más fácilmente los sistemas de defensa antimisiles.

Pyongyang había suspendido oficialmente los ensayos de misiles de largo alcance y nucleares mientras Kim Jong Un participaba en negociaciones de alto perfil con el expresidente estadounidense Donald Trump, que colapsaron en 2019 y han estado estancadas desde entonces. Estos avances ocurren en un momento de inestabilidad internacional y regional por el conflicto en Ucrania y el periodo de transición en Corea del Sur hasta la toma de posesión del presidente electo Yoon Suk-yeol en mayo.

Publicado enInternacional
Viernes, 25 Marzo 2022 05:41

Sobre la guerra europea

Sobre la guerra europea

Debates en torno a Ucrania

En una situación de incertidumbre tan trágica, en constante evolución, hay que tomar una posición inequívoca. O, al menos, hay que intentarlo. El filósofo, al que a veces se le atribuye una visión especial, no es la persona más indicada para hacerlo. Por un lado, no tiene ningún privilegio: es un ciudadano entre otros, convocado, como ellos, para responder a la emergencia, buscando información para elegir su lado en las disputas políticas. Pensemos en el decreto de Solón (siglo V a. C.), por el que se destierra a todo aquel que pretenda permanecer neutral en los conflictos de la ciudad. Pero, por otro lado, su vocación incluye una especie de deber estatal; digamos, un deber de parrhesia, que consiste en discrepar o diferir dentro de su propio campo, para detectar los puntos ciegos. Y estos nunca faltan. Me atrevo, pues, a plantear algunas complicaciones (sin ser exhaustivo).

1 En primer lugar, diré que la guerra ucraniana contra la invasión rusa es una guerra justa, en el sentido más fuerte de la palabra. Soy muy consciente de que esta categoría es dudosa y de que su larga historia en Occidente (desde san Agustín hasta Michael Walzer) no está exenta de manipulación o hipocresía ni de ilusiones desastrosas, pero no se me ocurre ninguna otra que pueda encajar y la asumo con las siguientes aclaraciones: la guerra justa es una guerra para la que no basta con reconocer la legitimidad de quienes se defienden de la agresión (un criterio del derecho internacional), sino que es necesario comprometerse a su lado, y es una guerra en la que incluso aquellos (entre los que me encuentro) para los que cualquier guerra (o cualquier guerra hoy, en el estado del mundo) es inaceptable o desastrosa no tienen la opción de permanecer pasivos, porque la consecuencia sería aún peor. Así que no tengo ningún entusiasmo, pero elijo: contra Vladimir Putin.

2 Tal y como se está desarrollando ante nuestros ojos, la guerra en Ucrania (y, por tanto, en Europa: Ucrania y Rusia son naciones europeas) tiene dos caras, dos características. Es, localmente, una guerra total contra un pueblo al que el peligro de aniquilación ha movilizado en una unidad patriótica que borra sus divisiones tradicionales, una guerra de destrucción y terror dirigida por el Ejército de un país vecino más grande y poderoso, al que su gobierno quiere enrolar en una aventura imperialista sin posibilidad de retorno. Pero es también, más ampliamente, una guerra híbrida, en la que este mismo vecino, con unos pocos aliados dispersos por el mundo, con intereses y principios muy heterogéneos, se enfrenta al resto de Europa, que es también el destacamento avanzado de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, es decir, de una alianza militar también imperialista, sobreviviente de otra época, pero actualmente inevitable. Esta confrontación tiene lugar en el terreno del armamento, la movilización de tropas, la comunicación y la información, pero sobre todo en el de las presiones y las contrapresiones económicas, que están en el centro de la guerra moderna. Cuanto más dure, más inextricables parecen ser estos dos aspectos. Cada uno impondrá su propia lógica, logística y duración al otro.

3 Solo se puede ser aterradoramente pesimista sobre la evolución futura (yo lo soy), lo que significa que las posibilidades de evitar el desastre son infinitesimales, por al menos tres razones. La primera, porque es probable que se produzca una escalada, sobre todo si la resistencia a la invasión consigue prolongarse, y puede que no se detenga en las armas convencionales (la frontera entre estas y las armas de destrucción masiva se ha vuelto muy difusa). Por el lado de la guerra total, completará la destrucción de un país y una civilización ante nuestros ojos. Por el lado de la guerra híbrida, tendrá costes gigantescos en todo el mundo (por ejemplo, en cuanto a recursos alimentarios para las poblaciones del Norte y, sobre todo, del Sur). La segunda, porque si la guerra tiene un resultado, será desastroso en cualquier caso: tanto si Putin logra sus objetivos –obviamente, aplastando al pueblo ucraniano y fomentando otras empresas similares– como si se ve obligado a parar o retroceder –volviendo a la política de bloques en la que el mundo se congelará–. En ambos casos, por el estallido del nacionalismo y el odio en el que nos hundiremos durante mucho tiempo. La tercera y última, porque la guerra (y sus secuelas) retrasa la movilización del planeta contra la catástrofe climática e, incluso, contribuye a precipitarla, cuando ya se ha perdido demasiado tiempo.

4 La guerra crea una situación política completamente nueva en Europa y para Europa, es decir, para su constitución y construcción. El aspecto en el que más se insiste es el refuerzo de la cohesión estatista desde arriba, en particular, mediante la militarización de la Unión Europea (UE) y la reactivación del debate sobre su soberanía. Además, hay debates que están lejos de terminar sobre el interés de proceder inmediatamente a las ampliaciones en una situación de excepción: ¿es o no una garantía de seguridad?, ¿para quién?; ¿es una forma de escalada? Pero hay otro, igual de decisivo a largo plazo: la afluencia de refugiados ucranianos a la Unión Europea, sin precedentes desde el desplazamiento de personas tras la Segunda Guerra Mundial. Esto es lo que en 2015 (cuando la canciller alemana, Angela Merkel, tomó la decisión, sola y contra todo pronóstico, de acoger a los refugiados de Siria) llamé ampliación demográfica de la UE, ahora a una escala aún mayor. Como el territorio ucraniano (en particular, las ciudades arrasadas por la aviación) se vuelva inhabitable, estos millones de refugiados no volverán a casa en breve. Por lo tanto, también tendrán que estar en casa en la UE. Las actuales medidas de emergencia son un primer paso, pero tendrá que haber más. Dicho de otro modo: Ucrania ya ha entrado en Europa en la práctica, a través de una fracción de su población en el exilio. La frontera se ha desplazado hacia el oeste. Queda encontrar la fórmula institucional para esta integración…

5 Un peligro importante –quizás el principal, si tenemos en cuenta lo que Carl von Clausewitz llamaba factor moral de la guerra– reside en la tentación de movilizar a la opinión pública, que, con razón, simpatiza con los ucranianos, en forma de una rusofobia cuyos síntomas se pueden ver aquí y allá, alimentada por el conocimiento a medias de la historia rusa y soviética, y por la confusión, voluntaria o involuntaria, entre los sentimientos del pueblo ruso y la ideología del actual régimen oligárquico. Pedir la sanción o el boicot de artistas, instituciones culturales y académicas con vínculos probados con el régimen y sus dirigentes es un arma evidente (aunque hay que observar sin complacencia la gran distancia que se abre entre los llamamientos intransigentes a los boicots culturales y la realidad de los compromisos que se siguen haciendo en el ámbito de las sanciones económicas, sobre todo en lo que respecta a la compra de gas y su financiación). Pero estigmatizar la cultura rusa como tal es una aberración si es cierto que una de las pocas posibilidades de escapar del desastre está en la propia opinión rusa. Y pedir a los ciudadanos de una dictadura policial que se posicionen si quieren seguir siendo acogidos en nuestras democracias es una obscenidad.

6 Las complicaciones filosóficas que se quieran introducir (y habría otras), con una perspectiva de corto plazo o con una de largo plazo, no pueden, sin embargo, ocultar la urgencia. La urgencia, el imperativo inmediato, es que la resistencia ucraniana se mantenga firme y que eso sea y se sienta realmente apoyado por acciones y no solo por sentimientos. ¿Qué acciones? Aquí comienza el debate táctico, el cálculo de la eficacia y el riesgo, de la defensa y la ofensiva. Cualquier forma de participar en una guerra o influir en su curso no es una táctica inteligente (otra de las fórmulas de Von Clausewitz que nos vienen a la memoria: la dirección de la guerra es «la inteligencia del Estado personificada»). Abundan los ejemplos de tácticas que pueden precipitar la derrota. O peor. Pero la inteligencia no es dejar venir. Wait and see no es una opción.

 
24 marzo, 2022

(Texto publicado originalmente enPhilosophie Magazine. Traducido del francés por Jean-Claude Bourdin, con la autorización del autor.)

*             Filósofo francés. Autor de obras como La filosofía de Marx, El ciudadano sujeto y Spinoza político; coautor, junto con Louis Althusser, de Para leer El Capital y, junto con Immanuel Wallerstein, de Raza, nación, clase. Las identidades ambiguas, entre otros libros. Actualmente es profesor del Centro para la Investigación en Filosofía Europea Moderna de la Universidad de Kingston.

Publicado enInternacional
Viernes, 25 Marzo 2022 05:36

Para Washington la guerra nunca termina

Capitolio de los Estados Unidos (Washington D.C.). Pxfuel

El objetivo bélico de Estados Unidos no es salvar a Ucrania, sino arruinar a Rusia. Y eso lleva tiempo

 

Y va para largo. La “guerra para acabar con la guerra” de 1914-1918 derivó en la guerra de 1939-1945, conocida como la Segunda Guerra Mundial. Y esta tampoco ha terminado nunca, principalmente porque para Washington fue la Guerra Buena, la guerra que originó el Siglo Estadounidense: ¿por qué no el Milenio Estadounidense?

El conflicto de Ucrania puede ser el detonante de lo que ya llamamos Tercera Guerra Mundial. Pero no se trata de una guerra nueva. Es la misma guerra de siempre, una extensión de la que llamamos Segunda Guerra Mundial, que no fue la misma guerra para todos los que participaron en ella.

La guerra rusa y la estadounidense fueron muy muy diferentes.

La Segunda Guerra Mundial de Rusia

Para los rusos, la guerra fue una experiencia de sufrimiento, destrucción y dolor colectivo. La invasión nazi de la Unión Soviética fue absolutamente despiadada, impulsada por una ideología de desprecio a los eslavos y odio a los bolcheviques judíos. Se calcula que murieron 27 millones de personas, aproximadamente dos tercios de ellas civiles. A pesar de las pérdidas y el sufrimiento abrumadores, el Ejército Rojo logró cambiar el rumbo de la conquista nazi que había sometido a la mayor parte de Europa.

Esta gigantesca lucha para expulsar a los invasores alemanes de su tierra es conocida por los rusos como la Gran Guerra Patriótica, la cual alimentó un orgullo nacional que ayudó a consolar al pueblo por todo lo que había pasado. Pero, independientemente del orgullo generado por la victoria, los horrores de la guerra suscitaron un auténtico deseo de paz.

La Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos

La Segunda Guerra Mundial de Estados Unidos (al igual que la Primera Guerra Mundial) ocurrió fuera de sus fronteras. La diferencia es enorme. La guerra permitió a Estados Unidos emerger como la nación más rica y poderosa del planeta. A los estadounidenses se les enseñó a no transigir nunca, ni para evitar una guerra (Múnich) ni para ponerle fin (“rendición incondicional” era el estilo americano). La intransigencia justa era la actitud adecuada del Bien en su batalla contra el Mal.

La economía de guerra sacó a Estados Unidos de la depresión. El keynesianismo militar surgió como la clave de la prosperidad. Nació el Complejo Militar-Industrial. Para seguir ofreciendo contratos del Pentágono a todos los miembros del Congreso y beneficios garantizados a los inversores de Wall Street, necesitaba un nuevo enemigo. El miedo a los comunistas –el mismo miedo que había contribuido a crear el fascismo– sirvió para ello.

La Guerra Fría: la continuación de la Segunda Guerra Mundial

En resumen, después de 1945, para Rusia la Segunda Guerra Mundial había terminado; para Estados Unidos, no. Lo que llamamos Guerra Fría fue la voluntad de los dirigentes de Washington de que continuara. Se perpetuó con la teoría de que el “Telón de Acero” defensivo de Rusia constituía una amenaza militar para el resto de Europa.

Al final de la guerra, la principal preocupación de Stalin en materia de seguridad era evitar que volviera a tener lugar una invasión de ese tipo. En contra de las interpretaciones occidentales, el control permanente de Moscú sobre los países de Europa del Este que había ocupado en su camino hacia la victoria en Berlín no estaba motivado tanto por la ideología comunista como por la determinación de crear una zona de amortiguación a modo de obstáculo a una nueva invasión desde Occidente.

Stalin respetó los límites de Yalta entre el Este y el Oeste y se negó a apoyar la lucha a vida o muerte de los comunistas griegos. Moscú advirtió a los líderes de los grandes partidos comunistas de Europa Occidental de que evitaran la revolución y acataran las reglas de la democracia burguesa. La ocupación soviética podía ser brutal, pero era decididamente defensiva. El respaldo soviético a los movimientos pacifistas era absolutamente genuino.

La formación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y el rearme de Alemania confirmaron que, para Estados Unidos, la guerra en Europa no había terminado del todo. La displicente “desnazificación” estadounidense de su sector de la Alemania ocupada estuvo acompañada de una fuga organizada de cerebros alemanes que podían ser útiles a Estados Unidos para su rearme y espionaje (desde Wernher von Braun hasta Reinhard Gehlen).

La victoria ideológica de Estados Unidos

Durante la Guerra Fría, Estados Unidos dedicó su ciencia e industria a la construcción de un gigantesco arsenal de armas mortíferas que causó estragos en Corea o Vietnam sin lograr la victoria estadounidense. Pero la derrota militar no eliminó la victoria ideológica de Estados Unidos.

El mayor triunfo del imperialismo estadounidense ha sido la difusión de imágenes e ideología para justificarse, principalmente en Europa. El dominio de la industria del entretenimiento estadounidense ha difundido su particular mezcla de autoindulgencia y dualismo moral por todo el mundo, especialmente entre los jóvenes. Hollywood convenció a Occidente de que la Segunda Guerra Mundial básicamente la ganaron las fuerzas armadas de EE. UU. y sus aliados en la invasión de Normandía.

Estados Unidos se vendió como el poder definitivo del Bien, así como el único lugar divertido para vivir. Los rusos eran monótonos y siniestros.

En la propia Unión Soviética, mucha gente se sentía atraída por la autoglorificación estadounidense. Al parecer, algunos incluso pensaban que la Guerra Fría había sido un gran malentendido y que si éramos muy amables y simpáticos, Occidente también lo sería. Mijaíl Gorbachov era propenso a este optimismo.

Jack Matlock, exembajador de Estados Unidos en Moscú, cuenta que, en la década de 1980, el deseo de liberar a Rusia del lastre que suponía la Unión Soviética estaba muy extendido entre la élite rusa. Fueron los dirigentes, y no el pueblo, los que lograron la autodestrucción de la Unión Soviética y dejaron a Rusia como Estado sucesor con las armas nucleares y el veto de la ONU a la URSS bajo la presidencia empapada de alcohol de Boris Yeltsin y la abrumadora influencia de Estados Unidos durante la década de 1990.

La nueva OTAN

La modernización de Rusia durante los últimos tres siglos ha estado marcada por la controversia entre los “occidentalizadores” –los que ven el progreso de Rusia en la emulación del Occidente más avanzado– y los “eslavófilos”, que consideran que el atraso material de la nación queda compensada por algún tipo de superioridad espiritual, quizá basada en la democracia sencilla de la aldea tradicional.

En Rusia, el marxismo fue un concepto occidentalizador. Pero el marxismo oficial no eliminó la admiración por el Occidente “capitalista” y en particular por Estados Unidos. Gorbachov soñaba con que “nuestra casa común europea” viviera una especie de democracia social. En la década de 1990, Rusia sólo pedía formar parte de Occidente.

Lo que ocurrió después demostró que todo el “miedo comunista” que justificaba la Guerra Fría era falso. Un pretexto. Una falsedad diseñada para perpetuar el keynesianismo militar y la guerra especial de Estados Unidos para mantener su propia hegemonía económica e ideológica.

Ya no había Unión Soviética. Ya no había comunismo soviético. No había bloque soviético ni Pacto de Varsovia. La OTAN ya no tenía razón de ser.

Sin embargo, en 1999, la OTAN celebró su 50 aniversario bombardeando Yugoslavia y, de este modo, pasó de ser una alianza militar defensiva a una agresiva. Yugoslavia había sido un país no alineado que no pertenecía ni a la OTAN ni al Pacto de Varsovia. No amenazaba a ningún otro país. Sin autorización del Consejo de Seguridad ni justificación para la autodefensa, la agresión de la OTAN violó el derecho internacional.

Exactamente al mismo tiempo, violando promesas diplomáticas no escritas pero manifiestas a los líderes rusos, la OTAN acogió a Polonia, Hungría y la República Checa como nuevos miembros. Cinco años después, en 2004, la OTAN acogió a Rumanía, Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia y las tres Repúblicas Bálticas. Mientras tanto, los miembros de la OTAN se veían arrastrados a la guerra de Afganistán, la primera y única “defensa de un miembro de la OTAN”, es decir, de Estados Unidos.

Entender a Putin, o no

Entretanto, Yeltsin había elegido a Vladímir Putin como su sucesor, en parte sin duda porque, como antiguo oficial del KGB en Alemania del Este, tenía ciertos conocimientos sobre Occidente. Putin sacó a Rusia del caos causado porque Yeltsin aceptó el tratamiento de choque económico diseñado por Estados Unidos.

Putin puso fin a las estafas más flagrantes, lo cual provocó la ira de los oligarcas desposeídos que utilizaron sus problemas con la ley para convencer a Occidente de que eran víctimas de una persecución (un ejemplo: la ridícula Ley Magnitsky).

El 11 de febrero de 2007, el occidentalizador ruso Putin acudió a un centro de poder occidental, la Conferencia de Seguridad de Múnich, y pidió la comprensión de Occidente. Es fácil de entender, si hay voluntad. Putin cuestionó el “mundo unipolar” que imponía Estados Unidos y subrayó el deseo de Rusia de “interactuar con socios responsables e independientes con los que pudiéramos colaborar en la construcción de un orden mundial justo y democrático que garantizara la seguridad y la prosperidad no sólo de unos pocos elegidos, sino de todos”.

La reacción de los principales socios occidentales fue la indignación, el rechazo y una campaña mediática de 15 años en la que se presentaba a Putin como una especie de criatura demoníaca.

De hecho, desde ese discurso no ha habido límites en los insultos de los medios de comunicación occidentales dirigidos a Putin y a Rusia. Y en este trato despectivo vemos las dos versiones de la Segunda Guerra Mundial. En 2014, los líderes mundiales se reunieron en Normandía para conmemorar el 70º aniversario del desembarco del Día D por parte de las fuerzas estadounidenses y británicas.

En realidad, esa incursión de 1944 encontró ciertas dificultades, a pesar de que las fuerzas alemanas se concentraban principalmente en el frente oriental, donde estaban perdiendo la guerra frente al Ejército Rojo. Moscú lanzó una operación especial precisamente para alejar a las fuerzas alemanas del frente de Normandía. Aun así, los avances aliados no pudieron derrotar al Ejército Rojo hasta llegar a Berlín.

Sin embargo, gracias a Hollywood, muchos en Occidente consideran el Día D como la operación decisiva de la Segunda Guerra Mundial. Para honrar el acontecimiento, Vladímir Putin estuvo allí y también la canciller alemana Angela Merkel.

Al año siguiente, los líderes mundiales fueron invitados a un fastuoso desfile de la victoria que se celebraba en Moscú para conmemorar el 70º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial. Los líderes de Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania decidieron no asistir.

Esto era consecuente con una serie interminable de gestos occidentales de desprecio hacia Rusia y su contribución decisiva a la derrota de la Alemania nazi (acabó con el 80% de la Wehrmacht). El 19 de septiembre de 2019, el Parlamento Europeo adoptó una resolución sobre “la importancia del recuerdo europeo para el futuro de Europa” que acusaba conjuntamente a la Unión Soviética y a la Alemania nazi de desencadenar la Segunda Guerra Mundial.

Vladímir Putin respondió a esta afrenta gratuita en un largo artículo sobre “Las lecciones de la Segunda Guerra Mundial” publicado en inglés en The National Interest con motivo del 75º aniversario del final de la guerra. Putin respondió con un cuidadoso análisis sobre las causas de la guerra y la profunda incidencia en las vidas de las personas atrapadas en el homicida asedio nazi de 872 días en Leningrado (actual San Petersburgo), incluidos sus propios padres, cuyo hijo de dos años fue uno de los 800.000 que perecieron.

Es obvio que Putin estaba profundamente ofendido por la continua negativa de Occidente a comprender el significado de la guerra en Rusia. “Profanar e insultar la memoria es mezquino”, escribió Putin. “La mezquindad puede ser deliberada, hipócrita y bastante intencionada, como las declaraciones que conmemoran el 75º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, que mencionan a todos los partícipes de la coalición antihitleriana excepto a la Unión Soviética”.

Y durante todo este tiempo, la OTAN continuó expandiéndose hacia el este, apuntando cada vez más abiertamente a Rusia con sus profusas maniobras bélicas en sus fronteras terrestres y marítimas.

La toma estadounidense de Ucrania

El cerco a Rusia dio un salto cualitativo cuando Estados Unidos tomó Ucrania en 2014. Los medios de comunicación occidentales relataron este complejo acontecimiento como un levantamiento popular, pero los levantamientos populares pueden caer en manos de poderes con sus propios objetivos, y este fue el caso. El presidente electo Viktor Yanukovich fue derrocado con violencia un día después de haber aceptado la celebración de elecciones anticipadas en un acuerdo con los líderes europeos.

 22/03/2022

Publicado enInternacional
Viernes, 25 Marzo 2022 05:25

Abrir la puerta de salida

Abrir la puerta de salida

Debates en torno a Ucrania

 

Noam Chomsky desarrolla en esta entrevista su postura acerca de la salida de la guerra y el papel de las negociaciones internacionales. Alerta, además, sobre lo que implica con respecto a la crisis climática.

—Resulta poco probable que la paz en Ucrania se alcance en el corto plazo. No parece que los ucranianos vayan a rendirse, y Vladimir Putin se muestra decidido a continuar con su invasión. En ese contexto, ¿qué piensa de la respuesta del presidente ucraniano a las cuatro demandas principales de Putin: a) cesar la acción militar, b) reconocer a Crimea como territorio ruso, c) enmendar la Constitución ucraniana para consagrar la neutralidad, y d) reconocer las repúblicas separatistas en el este de Ucrania?

—Antes de responder, me gustaría enfatizar el tema crucial que debe estar al frente de todas las discusiones sobre esta terrible tragedia: debemos encontrar una manera de poner fin a esta guerra antes de que se intensifique, posiblemente hasta la total devastación de Ucrania y una ulterior catástrofe inimaginable. La única forma es hacerlo a través de un acuerdo negociado. Nos guste o no, este debe dar alguna puerta de salida a Putin o sucederá lo peor. No darle la victoria, sino una vía de escape. Estas preocupaciones deben ser lo más importante en nuestras mentes. No creo que Volodímir Zelenski tenga que limitarse a aceptar las demandas de Putin. Creo que su respuesta pública del 7 de marzo fue juiciosa y apropiada. En esa declaración, reconoció que unirse a la OTAN [Organización del Tratado del Atlántico Norte] no es una opción para Ucrania. También insistió, con razón, en que las opiniones de los habitantes del Donbás, ahora ocupado por Rusia, deben ser un factor crítico a la hora de definir algún tipo de arreglo. En resumen, reiteró lo que muy seguramente habría sido un camino para prevenir esta tragedia, aunque ya no podemos saberlo, porque Estados Unidos se negó a intentarlo.

Ha sido comúnmente aceptado por mucho tiempo –décadas, en verdad– que una eventual entrada de Ucrania a la OTAN sería como si México se uniera a una alianza militar dirigida por China y organizara maniobras conjuntas con el Ejército chino, manteniendo armamento que apuntara hacia Washington. Insistir en el derecho soberano de México a hacer semejante cosa superaría el colmo de la idiotez (afortunadamente, a nadie se le ocurre traerlo a cuento). La insistencia de Washington en el derecho soberano de Ucrania de unirse a la OTAN es todavía peor, ya que establece una barrera infranqueable para la resolución pacífica de una crisis que ya es un crimen escandaloso y que pronto será mucho peor, a menos que se resuelva mediante negociaciones, negociaciones a las que Washington es reticente. Y esto sin hablar siquiera del show de comedia que es escuchar al líder mundial lamentarse por el principio de soberanía en desprecio por esa doctrina, ridiculizado a lo largo de todo el Sur global, aunque Estados Unidos y Occidente en general mantienen su impresionante disciplina y toman sus propias lágrimas de cocodrilo en serio, o al menos fingen hacerlo.

Las propuestas de Zelenski reducen considerablemente la distancia respecto de las demandas de Putin y brindan la oportunidad de profundizar las iniciativas diplomáticas que han emprendido Francia y Alemania, con un limitado apoyo chino. Las negociaciones pueden tener éxito o pueden fracasar. La única manera de averiguarlo es probar. Por supuesto, no llegarán a ningún lado si Estados Unidos persiste en su negativa de formar parte y la prensa continúa insistiendo en que el público permanezca ignorante de esta situación, negándose a informar, incluso, sobre las propuestas de Zelenski. Sin embargo, debo agregar –nobleza obliga– que el 13 de marzo The New York Times publicó un llamado a la diplomacia que iba a llevar adelante la cumbre virtual Francia-Alemania-China, en la que se defiende la posición de ofrecerle a Putin una salida decorosa, por desagradable que esto sea. El artículo fue escrito por Wang Huiyao, presidente de un think tank no gubernamental de Beijing.

—Muchas voces, tanto en Washington como en Londres, instan a Ucrania a seguir luchando (aunque han descartado enviar tropas para defenderla), quizás con la esperanza de que continuar la guerra pueda llevar –junto con las sanciones económicas– a un cambio de régimen en Moscú. Pero si Putin cayera, ¿no sería aún necesario negociar un tratado de paz con el gobierno que le sucediera?

—Solo podemos especular acerca de las razones de la concentración total de Estados Unidos y Reino Unido en las medidas bélicas y punitivas, y la negativa a unirse al único enfoque sensato para poner fin a la tragedia. Tal vez se base en la esperanza de un cambio de régimen. Si es así, es a la vez criminal y necio: criminal porque perpetúa la guerra feroz y corta la esperanza de acabar con los horrores; necio porque es bastante probable que si Putin es derrocado, alguien peor tome el poder, como nos indica un patrón constante de los últimos años cada vez que Occidente decide eliminar el liderazgo de sus enemigos. Y, en el mejor de los casos, como usted dice, un cambio de régimen dejaría el problema de los acuerdos posbélicos exactamente donde ya está.

Otra posibilidad es que Washington esté satisfecho con cómo se desarrolla hoy el conflicto. En su estupidez criminal, Putin le dio a Washington un enorme regalo: establecer firmemente en Europa el marco atlantista dirigido por Estados Unidos y eliminar la opción de una casa común europea independiente, un tema de larga data en los asuntos internacionales. Personalmente, soy reacio a ir tan lejos, como lo hacen algunas fuentes altamente calificadas que concluyen que Washington planeó este escenario, pero está suficientemente claro que se ha materializado algo que habían previsto. Y, posiblemente, los planificadores de Washington no vean ninguna razón para intentar cambiar lo que ya está en marcha.

Vale la pena notar que la mayor parte del mundo se mantiene al margen del horrible espectáculo que se desarrolla en Europa. Un ejemplo revelador son las sanciones. El analista político John Whitbeck ha elaborado un mapa que muestra de dónde vienen las sanciones contra Rusia: Estados Unidos y el resto de la angloesfera, Europa y parte del este de Asia. No se ha plegado ningún gobierno del Sur global, que mira, desconcertado, cómo Europa vuelve a su pasatiempo tradicional de masacre mutua mientras continúa con su vocación de destruir cualquier otra cosa que tenga a su alcance: Yemen, Palestina y mucho más. Muchas voces del Sur global condenan el brutal crimen de Putin, pero no ocultan la suprema hipocresía de las potencias occidentales con respecto a crímenes que son una fracción mínima de sus propias prácticas regulares.

—La invasión de Ucrania por Rusia puede muy bien cambiar el orden global, especialmente en lo que respecta a la probable militarización de la Unión Europea. ¿Qué significa para Europa y la diplomacia global el cambio en la estrategia rusa de Alemania, es decir, su rearme y el fin aparente de la Ostpolitik?

—El efecto principal, sospecho, será el que mencioné: una imposición más firme del modelo atlantista basado en la OTAN dirigido por Estados Unidos, y la reducción, una vez más, del repetido esfuerzo para crear un sistema europeo independiente, una tercera fuerza en asuntos mundiales, como se le llamaba a veces, que fue un tema fundamental desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Putin lo ha solucionado al brindarle a Washington su mayor deseo: una Europa tan servil que una universidad italiana intentó, incluso, prohibir una serie de conferencias sobre Fédor Dostoievski, para tomar solo uno de los muchos ejemplos atroces de cómo los europeos están haciendo el ridículo.

Mientras tanto, parece probable que Rusia se desplace aún más hacia la órbita de China, profundizando su rol de cleptocracia productora de materias primas en decadencia. Es probable que China persista en sus programas de incorporar cada vez más partes del mundo al sistema de desarrollo e inversión basado en la Iniciativa de la Franja y la Ruta, y la Organización de Cooperación de Shanghái. Estados Unidos parece decidido a responder con su ventaja comparativa: la fuerza. En este momento, eso incluye los programas de Joe Biden de cercar a China mediante bases militares y alianzas regionales. Hay un breve período en el que las correcciones de rumbo siguen siendo posibles. Es posible que ese período pronto llegue a su fin, en la medida en que la democracia estadounidense, tal como la conocemos, continúe en su curso autodestructivo.

—La invasión de Ucrania por Rusia también puede haber asestado un golpe severo a nuestras esperanzas de abordar la crisis climática, al menos en esta década. ¿Tiene algún comentario que hacer al respecto?

—Hacer un comentario realmente apropiado sobre ese tema supera mis limitadas habilidades literarias. El golpe no solo es severo, sino que puede ser terminal para la vida humana organizada en la tierra y para las otras innumerables especies, que estamos en proceso de destruir con relativa indiferencia. En medio de la crisis de Ucrania, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático publicó su informe de 2022. Es, por lejos, la advertencia más terrible que ha hecho hasta ahora. El informe dejó muy claro que debemos tomar medidas firmes ahora, ya, sin demora, para reducir el uso de combustibles fósiles y avanzar hacia las energías renovables. Las advertencias recibieron un breve momento de atención, y luego nuestra extraña especie volvió a dedicar sus escasos recursos a la destrucción y a aumentar rápidamente su envenenamiento de la atmósfera, mientras bloquea el esfuerzo por salir de su camino suicida. La industria de los combustibles fósiles difícilmente puede reprimir su alegría por las nuevas oportunidades que la invasión de Ucrania le ha brindado para acelerar la destrucción de la vida en la tierra. En Estados Unidos, es probable que el partido negacionista –que ha bloqueado con éxito el esfuerzo limitado de Biden para hacer frente a esta crisis existencial– vuelva pronto al poder, con el fin de reanudar la dedicación de la administración Trump a la destrucción de todo, de la manera más rápida y efectiva posible.

Estas palabras pueden sonar duras. Pero no son lo suficientemente duras. No estamos aún en el final. Todavía hay algo de tiempo para hacer una corrección radical de rumbo. Ya se sabe cómo hacerlo. Si hay voluntad, es posible evitar la catástrofe y pasar a un mundo mucho mejor. La invasión de Ucrania ha sido, efectivamente, un durísimo golpe para estas perspectivas. Si se trata de un golpe terminal o no, depende de nosotros.

24 marzo, 2022

(Texto publicado originalmente en Truthout. La traducción es de Brecha.)

Publicado enInternacional
Josep Borrell, Alto Representante de Asuntos Exteriores de la UE, y Margarita Robles, ministra de Defensa. — OLIVIER HOSLET / EFE

Los Estados miembros se dividen sobre boicotear o no el sector energético ruso. Para algunos, Putin ha traspasado demasiadas "líneas rojas", mientras que para otros este paso tendría un coste inasumible para sus economías.

 

"No queremos crear un Ejército europeo", ha señalado Josep Borrell, Alto Representante de Asuntos Exteriores, el día en el que el bloque comunitario echa a rodar lo que en la jerga bruselense se conoce como 'brújula estratégica'. Pero lo cierto es que la UE sí pone la primera semilla hacia una fuerza armada conjunta.

Por primera vez, los europeos tendrán capacidad de utilizar una fuerza de despliegue rápido. Con una capacidad máxima de 5.000 efectivos, espera estar efectiva a partir de 2025. Dos años antes, se comenzarán a realizar los primeros entrenamientos militares por tierra, mar y aire. La hoja de ruta y sus detalles se irán actualizando de forma gradual y progresiva. Serán los 27 jefes de Estado y de Gobierno los que den la patada definitiva en la cumbre europea que se celebra el próximo jueves y viernes en la capital comunitaria.

Es así como Bruselas busca hablar el lenguaje de la "fuerza y el poder" en un "mundo cada vez más hostil". La guerra declarada por Rusia a su vecino ucraniano deja ya una consecuencia directa para la seguridad del Viejo Continente: los europeos apuestan pasan la página del soft al hard power.

La medida se suma a la decisión histórica de enviar armas -financiadas y coordinadas por la UE- a un país en guerra. Los Veintisiete han rubricado este lunes un acuerdo político para duplicar el monto del Instrumento Europeo para la Paz con hasta 1.000 millones de euros. El proyecto europeo quiere hacerse mayor en el área de la seguridad y la defensa, su gran caballo de Troya. Es el ámbito en el que más le ha costado avanzar. Y con motivo de la guerra en Ucrania, lo ha hecho más en las últimas semanas que en las últimas décadas, aunque por el camino ha sacrificado parte de su esencia como proyecto pacifista y diplomático.

Borrell insiste en que este nuevo plan para reforzar su músculo militar durante la próxima década no es una respuesta directa a la agresión rusa. Sin embargo, el documento aprobado este lunes hace 19 menciones directas a Moscú. "Adoptamos la brújula estratégica en un momento en el que la guerra ha regresado a Europa (…) La guerra provocada por Rusia constituye un cambio tectónico en la historia europea", recoge el acuerdo.

La caótica evacuación de agosto del aeropuerto de Kabul unido a la invasión a Ucrania han sido catalizadores para que la UE dé este salto. El plan se encontraba en stand by durante dos años, pero los últimos acontecimientos en el tablero global lo han precipitado. La inestabilidad en las fronteras europeas ha permitido que se consuma la unidad sorteando las resistencias de los países del Este y el Báltico, que temían que más autonomía europea se tradujese en una menor dependencia de la OTAN, y en consecuencia, del paraguas de Estados Unidos.

Bruselas insiste en que hay que invertir más y mejor en gasto militar. La UE, en su conjunto, gasta 200.000 millones de euros en aspectos bélicos. Una cantidad que iguala a China y que multiplica por cuatro la inversión militar de Rusia. Pero cree que lo hace de forma poco efectiva y con muchas duplicidades entre las industrias de sus 27 Estados miembros.

Camino del primer mes de guerra en Ucrania, la UE endurece las medidas el mensaje. Siguiendo los pasos de Estados Unidos, ha calificado de "crimen de guerra masivo" lo que está haciendo Rusia en ciudades como Mariúpol. El último embajador europeo ha salido de la ciudad asegurando que la urbe será la nueva "Leningrado, Alepo o Guernika" por su enorme nivel de destrucción. Además, Borrell ha acusado a Rusia de utilizar a los refugiados como arma contra Occidente, como ya hizo hace unos meses Bielorrusia. "No están destruyendo las infraestructuras del transporte. Lo que hacen es destruir las ciudades para aterrorizarlos", ha asegurado el español en la rueda de prensa posterior al encuentro.

Boicot energético, el elefante en la habitación

"Sin vuestro comercio, sin vuestras empresas y bancos, Rusia se quedará sin dinero para financiar esta guerra". El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, ha reiterado su llamada a que los europeos sigan los pasos de Estados Unidos y el Reino Unido y decreten el boicot energético a Rusia.

Los ministros han tomado la temperatura al quinto paquete de sanciones contra Vladimir Putin, que ya comienza a cocinarse en Bruselas. Tras una batería de medidas restrictivas sin precedentes, consumadas de forma inusualmente rápida y unida entre los Veintisiete, es ahora cuando la unidad europea puede ver saltar sus costuras.

Irlanda, Polonia o Lituania consideran que Putin ha sobrepasado demasiadas "líneas rojas", especialmente atacando a civiles, hospitales o refugios de forma deliberada. Piden que se deje de comprar el petróleo, gas y carbón ruso. Desde que comenzó la guerra, los europeos han pagado a Moscú más de 17.000 millones de euros por estos recursos, según contabiliza en directo la ONG Center for Research on Energy and Clean Air.

En el otro lado, se encuentran la resistencia de Hungría o Alemania. El primero, principal aliado de Putin en Bruselas, amenaza con vetar cualquier medida que tenga como objetivo penalizar el sistema energético ruso. Y Berlín, uno de los grandes dependientes del gas y el petróleo ruso, reconoce que no puede dejar esta dependencia de un día para otro. Una postura compartida por Países Bajos.

Este debate se prevé como el elefante en la habitación de la próxima cumbre europea. Sobre la mesa planean medidas alternativas y menos radicales como gravar el petróleo y gas ruso o utilizar los activos congelados a los oligarcas sancionados para crear un fondo de ayuda a Ucrania, una medida que presenta dificultades desde el punto de vista legal. El miedo de los países que abogan por una línea más dura, como Lituania o Estonia, es que se produzca una fatiga sancionadora entre algunos socios comunitarios o que se levanten algunas medidas restrictivas como acicate para la paz.

En cualquier caso, la sensación generalizada es que el primer mes de guerra en Ucrania deja un escenario que ha pillado por sorpresa a muchos en la capital comunitaria. "Rusia está usando todo tipo de capacidades militares contra la población civil. Esto no es una guerra, es la destrucción de un país sin ningún tipo de respeto por las leyes de la guerra, porque en la guerra también hay leyes", ha denunciado Borrell.

bruselas

21/03/2022 21:55

Por María G. Zornoza

Publicado enInternacional
Lunes, 21 Marzo 2022 07:42

Un conflicto global

Un conflicto global

Aunque por ahora la guerra se desarrolla en un teatro de operaciones limitado al territorio de Ucrania, sus repercusiones son planetarias: ningún país está a salvo de sus efectos. La posición de China, el rearme alemán y el acercamiento entre Estados Unidos y Venezuela así lo demuestran.

La guerra en Ucrania marca el inicio de una nueva edad geopolítica. Sus consecuencias ya se sienten en todo el mundo: ningún país, por lejano que se encuentre, está a salvo de los efectos del conflicto.

En primer lugar, se trata de una confrontación entre dos países –uno grande, el otro mediano– que se desarrolla en un teatro local, preciso (el territorio de Ucrania, sobre todo en el Este), y que se está extendiendo por más tiempo de lo originalmente previsto. En un principio, se podía imaginar, con cierta razonabilidad, que las fuerzas armadas rusas podían conseguir sus objetivos mediante una operación relámpago de pocos días. Pero esto no se produjo, y el estado mayor ruso se enfrenta hoy a un dilema entre dos necesidades contradictorias: 1) ir rápido, y 2) preservar vidas humanas. Recordemos que la «operación militar especial» de Putin tiene también por objetivo conquistar los corazones de los ucranianos rusoparlantes, pero no se conquistan corazones machacando a la gente con bombardeos, incendios y destrucciones… O sea, las fuerzas rusas no pueden desplegar una guerra relámpago y al mismo tiempo preservar la vida de la población civil, que está sufriendo grandes pérdidas.

La ofensiva se ha vuelto por lo tanto más lenta y más peligrosa, y no debe descartarse una escalada. El presidente de Ucrania, Volodomir Zelenski, le exigió a la OTAN y a EE.UU. que establezcan una prohibición de sobrevuelo –una zona de exclusión– sobre el territorio ucraniano, cosa que las potencias occidentales no aceptaron, porque en los hechos significaría derribar aviones rusos… Rusia, por su parte, anunció que no la respetaría. Llegar a esta situación implicaría un choque directo entre Rusia y las fuerzas de la OTAN, o sea, una guerra nuclear, que hasta ahora se procura evitar.

En el actual escenario, el objetivo principal de Estados Unidos podría ser inmovilizar por largo tiempo, enlodar, a las fuerzas rusas en los campos de Ucrania. Literalmente. Es decir, lograr que queden empantanadas. Hay que tener en cuenta un elemento estratégico que no siempre se considera: la invasión rusa se inició el 24 de febrero, cuando los campos ucranianos todavía estaban cubiertos de nieve; la tierra congelada, dura, permitía que los tanques y los camiones avanzaran sin problemas campo a través. Porque muchas carreteras y puentes están minados, saboteados o destruidos… Pero en poco más de un mes, cuando lleguemos a fines de abril, comenzará allí la primavera, la temperatura subirá y la nieve y el hielo transformarán las inmensas estepas ucranianas en barro… Los tanques, los camiones y los vehículos de las largas líneas de aprovisionamiento de Rusia comenzarán a enterrarse, a inmovilizarse, y esto marcará el comienzo de una guerra totalmente diferente… Fue, sin ir más lejos, lo que le ocurrió al ejército alemán cuando Hitler se topó con la resistencia soviética en Ucrania. Por eso Rusia no dispone de mucho tiempo: si quiere ganar la guerra tiene que hacerlo en menos de un mes. Si no, se expone a un conflicto largo en cierta manera al estilo Afganistán. ¿Y qué ocurriría si, entre tanto, sucede algo en otro teatro de operaciones de los rusos, por ejemplo en Siria? Rusia no cuenta con la capacidad para llevar a cabo dos guerras de gran envergadura al mismo tiempo. Ni siquiera la tiene Estados Unidos, que es una potencia económicamente muy superior.

Rusia no dispone de mucho tiempo: si quiere ganar la guerra tiene que hacerlo en menos de un mes.

Más allá de lo que ocurra en el terreno concreto de la batalla, por lo demás se trata de un conflicto mundial: comercial, financiero y mediático, con derivaciones incluso deportivas y culturales. Es un conflicto que no deja a ningún país al margen. Nadie puede decir, se encuentre donde se encuentre, que se trata de un conflicto ajeno. Esto le da a esta guerra un carácter único desde la caída del bloque soviético y el fin de la Guerra Fría.

La batería de sanciones o medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea junto a sus aliados, Japón, Corea del Sur, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, repercuten de manera global. Esto se refleja ya en los precios de la energía y los carburantes, que han pegado un salto: Rusia, como se sabe, es un gran productor de petróleo y gas, Ucrania de carbón. Las dificultades para sostener la producción y las sanciones están limitando al aprovisionamiento, sobre todo en Europa. Por Ucrania, además, pasan los oleoductos y gasoductos que llevan petróleo y el gas ruso a Europa, que depende aproximadamente en un 40 % de esos hidrocarburos. Todo esto altera de manera muy acelerada la geopolítica de la energía. Y produce nuevos efectos sobre las sociedades. El gas y el petróleo son clave para la producción de electricidad, porque muchas centrales generadoras funcionan con petróleo. Esto ha hecho que la electricidad, por ejemplo en España, alcance precios altísimos, o que otros países, como Alemania, vuelvan a plantearse la necesidad de mantener las centrales nucleares.

Del mismo modo, metales como el aluminio, el cobre y el níquel registraron un aumento de precios exorbitante. El níquel superó los 100 mil dólares la tonelada. Las fábricas de automóviles, en particular las de modelos más modernos y caros, están sufriendo los nuevos precios. BMW está estudiando si detiene su producción. Rusia es además una gran productora de titanio, clave para la fabricación de microprocesadores (chips), que ya venían en crisis por la pandemia.

En otras palabras, sobre una situación de grave recesión económica mundial provocada por el Covid, el estallido de la guerra de Ucrania y las sanciones impulsan un aumento del costo de vida tan elevado que probablemente despierte movimientos de protesta y eleve el descontento con los gobiernos en muchos países, entre ellos los de América Latina. La traducción política de la guerra probablemente sea una ola de manifestaciones y reclamos sociales a través del planeta.

Pero las ramificaciones de la pandemia también se sienten en los posicionamientos de las grandes potencias mundiales. China, la segunda potencia global, mantiene una posición cercana a Rusia, en un momento delicado y difícil, sin romper necesariamente con el mundo occidental. Por Rusia y Ucrania pasan parte de las nuevas rutas de la seda, el gran proyecto de infraestructura china, que ahora están parcialmente interrumpidas por la guerra y las sanciones. Para China, la guerra supone un golpe económico fuerte, en la medida en que afecta un proyecto fundamental, definido por Xi Jinping como uno de los ejes del desarrollo chino y de su despliegue por el mundo.

Por otra parte, como consecuencia de las sanciones, Rusia pasa a depender cada vez más de China. En cierta medida, las medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos y Europa empujan a Rusia a una creciente dependencia de China, que podría adquirir una capacidad hegemónica sobre Rusia. Al mismo tiempo estamos viendo una eventual amenaza de sanciones a China en caso de que le ofrezca a Rusia soluciones que le permitan evitar las sanciones o morigerar su efecto. Por eso China ha mantenido una línea de cooperación con Moscú sin alinearse de maneta unívoca con la posición rusa. Por ejemplo, no votó en contra de la resolución de Naciones Unidas de condena a Rusia; se abstuvo.

Otra consideración, en un contexto de río revuelto como el actual, China teme que Estados Unidos aproveche la ocasión para lanzar alguna iniciativa en favor de Taiwán, por ejemplo si Taiwán inicia una maniobra militar preventiva con la excusa de una inminente invasión china al estilo de la de Rusia sobre Ucrania; o si Estados Unidos y sus aliados avanzan en mayores niveles de reconocimiento político y diplomático a Taiwán. Asimismo, el gobierno estadounidense anunció recientemente que revisará el esquema de subsidios de China a aquellas industrias cuyos productos se colocan en el mercado norteamericano con vistas a un posible aumento de aranceles, retomando la guerra comercial que en su momento había intensificado Donald Trump. En suma, se ve una voluntad de Washington de hostigar a China, reafirmando que el objetivo estratégico principal de Estados Unidos en el siglo XXI es contener a China, debilitarla de modo tal que no logre superar a Estados Unidos y disputarle su hegemonía.

El otro actor importante, junto a Estados Unidos y China, es Europa. Y en este sentido la consecuencia más significativa de la guerra es el rearme alemán. Desde la finalización de la Segunda Guerra, Alemania no contaba con fuerzas armadas importantes ni con un presupuesto militar relevante. Era la OTAN, y en última instancia los EEUU, de acuerdo a los pactos firmados tras el fin del conflicto armado, quienes aseguraban esencialmente la defensa alemana. Hace pocos días, sin embargo, el canciller Olaf Scholz anunció un programa de rearme colosal, de más de 100 mil millones de euros, que incluye el relanzamiento de la industria militar alemana, la reconstrucción de los astilleros, la fuerza armada, la aviación… Los recursos totales equivalen a casi el 3 % del presupuesto anual, es decir casi tanto como Estados Unidos. Es una verdadera revolución militar, que tendrá impactos geopolíticos (aunque siga sin disponer de armas nucleares, Alemania se convertirá pronto en la principal potencia militar europea) y económicos (Alemania es el único país realmente industrializado de Europa y el mayor exportador industrial del mundo per cápita; puesto a fabricar armas, barcos, submarinos o drones, podemos apostar que producirá una conmoción en la industria armamentista global).

Por último, la importancia de la guerra de Ucrania se refleja en movimientos geopolíticos que hasta hace poco tiempo parecían impensables en América Latina. Uno de ellos es la entrevista entre el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y una delegación de Estados Unidos, para iniciar, al parecer, negociaciones que permitan retomar las exportaciones de petróleo venezolano a ese país. En los hechos, esto implica un reconocimiento «de facto» a Maduro que termina de desplazar definitivamente a Juan Guaidó del escenario político y que también afecta al principal aliado militar de Washington en América Latina, Colombia, cuyo presidente, Iván Duque, quedó descolocado… Este tipo de cambios súbitos de posición confirman que estamos ante un conflicto de consecuencias globales. La historia, en efecto, se ha puesto nuevamente en marcha.

Por Ignacio Ramonet. Periodista, semiólogo, ex director de  Le Monde diplomatique, edición española

21/03/2022

Publicado enInternacional
  Un tanque con una 'z' en una calle de Armyansk (Crímea). — Reuters

Los presupuestos de Defensa no han escatimado en gastos. Sobre todo, entre las grandes potencias. Incluso en periodos de crisis. Desde el 'tsunami' financiero de 2008 se han empleado 26,2 billones de dólares (la suma de los PIB de EEUU, Japón y España) en rearmar sus Ejércitos. Recursos que, lejos de remitir, van a intensificarse en los próximos años.

 

 El mundo no ceja en su empeño de armarse hasta los dientes. Como si la doctrina de la disuasión fuese el único argumento diplomático para evitar guerras que, en el caso de la invasión de Ucrania, revelan errores de cálculo manifiestos. Porque uno de los mayores ejércitos del planeta no ha tenido compasión a la hora de destruir a su vecino, en otra demostración histórica más de que el poderío militar es el factor más determinante de los estallidos de conflictos bélicos. Y las más poderosas potencias del planeta han alimentado con inusitadas energías sus fuerzas armadas, a juzgar por el ingente gasto desplegado desde la crisis financiera de 2008: nada menos que 26,2 billones de dólares hasta el presente ejercicio 2022. Esta cantidad, facilitada por Statista, resulta similar a la suma de los PIB de EEUU, Japón y España, el primero, tercero y decimocuarto del planeta.

La fiebre por la modernización, la adaptación tecnológica y la inclusión de armas y prototipos de última generación en los Ejércitos se ha intensificado en el último lustro. Desde 2017. Después de una ralentización, con leve tendencia a la baja, de otros cinco años que, en Europa, coincide con la larga travesía de la crisis de la deuda en la que estuvo en juego, incluso, la supervivencia del euro. Aunque desde el International Institute for Strategic Studies (IISS), think tank de temas de Seguridad, se matiza que los 1,92 billones de dólaresdesembolsados en 2021 y que elevaron en un 3,4% el presupuesto militar del mundo en comparación al primer año de la gran pandemia supuso, en términos reales, descontada la inflación, un recorte del 1,8%. "La escalada de precios tiraron al alza los costes energéticos y las disrupciones en las cadenas de valor y en el comercio generaron presiones adicionales a las partidas de Defensa", señala el IISS.

EEUU lideró los desembolsos en el último bienio, si bien redujo en un 6%, ajustado a la inflación, los recursos asignados al Pentágono el pasado ejercicio. De los 775.000 millones de dólares a los 754.000 millones, en los que se incluyen también las operaciones y maniobras en el exterior. El argumento inflacionista sirve al IISS para certificar contracciones del gasto en América Latina, el África subsahariana, Rusia y los países de Eurasia. Al igual que en Oriente Próximo y el Magreb. Pese a que nominalmente subieran sus presupuestos. Una doble medición que explica de forma más elocuente al analizar los fondos militares de Rusia, que ha venido suministrando mayores cantidades desde 2017 en rublos, pero cuyos registros certifican rebajas en el último lustro en sus aportaciones anuales cuando su valor se traduce a dólares.

Aun así, el Programa Estatal de Armamento 2011-20 del Kremlin, dirigido a modernizar sus arsenales e incorporar innovación armamentística, se ha cumplido en su totalidad. Motivo por el que el pasado fue un ejercicio de un crecimiento más moderado que, sin embargo, llegó a movilizar partidas por una cifra similar al 3,8% de su PIB, que el FMI valora en 1,64 billones de dólares.

Precisamente, por porcentaje de cada PIB nacional -el baremo que la OTAN ha establecido como aportación mínima del gasto militar entre sus aliados europeos, y que se sitúa en el 2%-, el país con un presupuesto más generoso destinado a Defensa es Arabia Saudí, con el 8,4% del tamaño de su economía. El régimen de Riad está enfrascado en la financiación de la guerra de Yemen y en su conflicto armado desde marzo de 2015. Le siguen Israel, con un 5,6%, y Rusia, con un 4,3%, con datos de 2020.

James Hackett, analista del IISS, reconoce que la crisis sanitaria de la covid-19 no ha menguado las perspectivas de militarización ni los recursos estatales para modernizar los Ejércitos. Más bien al contrario. Como tampoco hubo en 2020 una disminución de confrontaciones armadas. Ni se redujo la percepción entre las principales potencias de estar participando en una carrera competitiva con planificaciones plurianuales precisas e importantes recursos públicos.

"Los conflictos armados se mantuvieron sin resolver". En África, por ejemplo, Francia redobló sus contingentes en el Sahel, focalizando sus fuerzas en misiones contraterroristas, mientras la guerra en Etiopía y la insurgencia en Mozambique siguieron en activo. Como en Oriente Próximo las confrontaciones bélicas de Libia, Siria y Yemen, pese a las tentativas de desescalada.

La guerra en Ucrania eleva el ritmo del rearme

Con la invasión de Ucrania las cuentas económicas nacionales han abierto huecos para mayores gastos militares. Y no sólo Rusia o los socios de la Alianza Atlántica, que han reanudado la meta de desembolsar, al menos, el 2% de cada PIB aliado. China, por ejemplo, lo va a incrementar en 2022 en un 7,1%, debido a "la compleja situación global"; hasta los 230.000 millones de dólares.

Una cota y decisión "razonable" en un periodo "crucial" en el que China "necesita salvaguardar su soberanía nacional y modernizar sus capacidades militares por las severas amenazas externas y la inestable atmósfera de seguridad", explican portavoces del Gobierno de Pekín. Desde Global FirePower, firma de investigación del mercado y la industria militar global, avisan de que, según sus estimaciones, la factura de Defensa de China alcanzará el cuarto de billón de dólares. Aunque la estadística oficial incide en que será el séptimo ejercicio fiscal consecutivo -desde 2016- en el que ha registrado crecimientos de un solo dígito y admite que rebasa la ratio del bienio de gran pandemia: un 6,8% en 2021 y un 6,6% en 2020.

Alemania también ha reaccionado de forma contundente con la guerra abierta por el Kremlin. En el orden militar y en la dependencia energética de Rusia. Dos medidas fulgurantes anti-Putin. La primera compromete al Gobierno del canciller Olaf Scholz a que el 100% de la electricidad se genere exclusivamente de fuentes renovables en 2035; anunciada junto a la cancelación, sine die, del Nord-Steam 2 con la que se inició las sanciones europeas, británicas y estadounidenses hacia Moscú.

La segunda, devuelve a Berlín a la militarización al asumir desembolsos superiores al 2% del PIB en Defensa en una maniobra que Jeff Rathke, presidente de American Institute for Contemporary German Studies, calificaba en Foreign Policy como la "revolución de la diplomacia y la política de seguridad" alemana, en alusión al "final del sueño de la post-Guerra Fría de evitar una confrontación con Rusia debido a una escalada de la capacidad militar" entre ambos países.

De paso, la mayor potencia económica europea se replantea de forma crítica el alto grado de dependencia energética del Kremlin durante los largos años de Angela Merkel como canciller. "Tendremos que invertir más en la seguridad de nuestra nación para proteger así la libertad y la democracia", justificó Scholz el rearme germano en una sesión extraordinaria en el Bundestag.

El pistoletazo del gobierno semáforo de Berlín -entre socialdemócratas, liberales y verdes- se ha dejado sentir en el resto de capitales comunitarias. Entre ellas, España, cuyo Gobierno ha puesto en marcha, no sin discrepancias internas, los mecanismos para encauzar este nivel de gasto en futuros presupuestos, lo que implicará aumentar al menos en un 20%las partidas militares en dos años. La promesa del presidente Pedro Sánchez de llegar al 1,22% del PIB habría supuesto 2.500 millones más si se hubiera aplicado en 2021. Un cheque que se quedó en blanco por los rigores de la covid-19.

Según la OTAN, Alemania destinó el 1,53% de su PIB en 2021 a dotaciones de carácter militar, dentro de un clima generalizado de aumento presupuestario. El IISS cataloga, de hecho, como "intenso y fuerte" el repunte de los recursos militares en Europa. El pasado año fue el séptimo ejercicio consecutivo de incrementos del gasto regional. En un 4,8% en términos reales, una tasa más elevada que en cualquier otra latitud del planeta. Bajo el dominio, eso sí, de Reino Unido y su pertinente programa de modernización e innovación de las Fuerzas Armadas para el que este año no había previsto, inicialmente, antes de la guerra de Ucrania, ningún repunte de fondos.

Suecia, país ajeno a la OTAN pero con cada vez más colaboración permanente en la Alianza y en debate permanente -como Finlandia- para la convocatoria de un referéndum de acceso al club del Atlántico Norte con las encuestas presagiando desde hace años un holgado respaldo social, también ha movido ficha. Su primera ministra, Magdalena Andersson, ha avanzado que cumplirá con el 2% de gasto militar, después de años de rearme de una de las naciones más destacadas del movimiento de los no alineados. La economía escandinava de mayor calado había reservado el 1,3% de su PIB para su Ejército en 2021, tras un lustro de incrementos graduales. Mientras, ha implorado a los socios de la OTAN poder invocar el artículo 5 del tratado militar conjunto por el que se activa la defensa colectiva de la alianza. Ante un supuesto ataque ruso que Moscú no ha descartado en su retórico belicista. "Es un paso decisivo y crucial para nuestro país", recalca la dirigente socialdemócrata.

Francia, país que se abstuvo de ser miembro de pleno derecho de la estructura armada de la OTAN desde 1966, por decisión del General Charles De Gaulle -entonces su jefe de Estado-, hasta 2009, desplegó 39.900 millones de dólares en 2021. Global FirePowell le otorga un gasto inicial para este año -sin prever las secuelas de la guerra en Ucrania- de 40.900 millones, el undécimo puesto de su ranking internacional, en el que España ocupa el vigésimo primer peldaño de una clasificación que encabezan, en términos cuantitativos, EEUU, China y Rusia, que anteceden al Reino Unido, a Alemania e India. Y cuyo top ten culminan Japón, Corea del Sur, Arabia Saudí y Australia. París ha convertido los 40.900 millones de dólares en euros en el actual presupuesto en vigor, aprobado a finales del pasado año, que incluye perspectivas financieras para acelerar inversiones en Defensa "en innovación tecnológica de nueva generación".

Más madera financiera para la unidad de Europa

La Comisión Europea, en una de las medidas sobre las que delibera su colegio de comisarios tras el estallido del conflicto bélico en Ucrania, sopesa la emisión de bonos conjunta para configurar un fondo dirigido a sufragar gastos en Energía y Defensa. Iniciativa que modela el vicepresidente Frans Timmermans y que fue puesta en conocimiento de los jefes de Estado y de Gobierno de la UE en la reciente cumbre de Versalles.

Sería otra pica más en la mutualización de la deuda como la que se fraguó para sufragar los desembolsos asociados a la crisis sanitaria del coronavirus en el que la prima de riesgo entre el bund alemán y el bono italiano a diez años apenas saltó en 11 puntos, hasta los 150 de diferencial, durante la parte más compleja de la epidemia, en 2020. "Estoy completamente seguro que el mayor peligro sobre la seguridad europea desde la Segunda Guerra Mundial acabará recibiendo apoyo de nuestros líderes, que asumirán como necesaria la adopción de nuevas vías de financiación que refuercen la transición energética y la revisión de las estrategias defensivas del continente", dijo Timmermans a Bloomberg Televisión.

El contexto coyuntural es cada vez más urgente. Con una mayor factura de pago del gas licuado procedente de EEUU para consumo inminente, pero también para hacer acopio de inventarios, y que podría elevar el cheque emitido por Europa hasta los 70.000 millones de euros. Un fuerte incremento si se compara con los 10.000 millones de los años precedentes, explican en Bruegel. Mientras, Alec Phillips, de Goldman Sachs, incide en que los dirigentes europeos deberían cerrar iniciativas para asegurar el abastecimiento energético y la seguridad de sus fronteras que eviten una caída en una recesión profunda en el segundo trimestre bajo una espiral inflacionista.

Estas dos premisas han sido enfatizadas por el ministro de Finanzas eslovaco, Igor Matovic, para quien se requieren "varias decenas de miles de millones de euros para fortalecer la Defensa europea y ser energéticamente autosuficiente respecto a EEUU y totalmente independiente frente a Rusia". A su juicio, la emisión de bonos conjuntos de la UE "va en la dirección correcta" y resulta ser un mecanismo de "cooperación y de transferencia de ayudas entre socios con más y menos poder económico y financiero".

Una consolidación de fuerzas que Thomas de Maizière, ministro de Interior y Defensa durante el amplio periplo de Merkel en la cancillería alemana, también apunta en el orden geopolítico. Porque -señala Maizière en Foreign Policy- la afrenta belicista de Putin "ha unido a Occidente en torno a la OTAN" y alrededor de una "nueva y más intensa política de Defensa en el seno de la UE". Para parar a Putin y su guerra -matiza- los países aliados más tarde o más temprano deben dejar de comprar petróleo y gas a Rusia "aunque suponga un perjuicio enorme", ya que Europa adquiere unos tres millones de barriles rusos diarios, y EEUU, otros 700.000. "Y revertir estos flujos traerá, a buen seguro, inflación y recesión cuando nuestras economías y sociedades despegaban con fuerza en el ciclo de negocios post-covid".

20/03/2022 22:25

Publicado enEconomía