Martes, 10 Mayo 2022 06:09

¿Aplausos por el espectáculo?

¿Aplausos por el espectáculo?

Con que el tema de la gala anual del Museo Metropolitano (MET), el "evento de moda del año", fue "la edad dorada", mientras multimillonarios oligarcas que han acumulado más riqueza que nunca se disputan el control de la llamada "libertad de expresión" y suprimen la manifestación de los derechos laborales de sus trabajadores; con que mientras las celebridades desfilaban ante las cámaras se filtró que la Suprema Corte está por anular derechos fundamentales de las mujeres; con que se debate si ha estallado la segunda guerra fría incluyendo propuestas sobre si se deben o no usar armas nucleares, y con que se revela que el ex presidente Donald Trump evaluó usar tropas militares con órdenes de disparar para suprimir protestas sociales aquí y lanzar misiles de manera clandestina contra México, el país "amigo", así, es cada vez más difícil resumir de manera coherente lo que pasa en Estados Unidos.

"La edad dorada", frase de Mark Twain en una obra que escribió en 1873 burlándose de los excesos de avaricia de los más ricos, se refiere al periodo entre 1870 y 1900 marcado por un auge económico generado por la industrialización cuyos beneficios se concentraron en las capas ricas encabezadas por los llamados "barones ladrones", entre ellos John Rockefeller, J.P. Morgan, Andrew Carnegie y Cornelius Vanderbilt, y que fue acompañado con extensa corrupción política. No se sabe si los directores del evento del MET seleccionaron el tema cual comentario social (todo indica que no), pero no podría ser más atinado en una coyuntura donde los nuevos barones del capital, el uno por ciento más rico, ahora concentran mayor riqueza que la acumulada por todo el 92 por ciento de abajo, y donde la fortuna colectiva de los 727 multimillonarios (aquellos con fortunas de más de mil millones) se incrementó más de 1.7 billones de dólares durante una pandemia que devastó a los pobres y costó más de un millón de vidas (https://inequality.org/great-divide/updates-billionaire-pandemic/).

Pero, algunos de ellos, invierten millones para suprimir los derechos laborales de sus trabajadores, y se dicen preocupados por las garantías y libertades fundamentales de este país. Recientemente, el mayor potentado de Estados Unidos, Elon Musk, criticó al Washington Post, cuyo dueño es el tercero de la lista de megamillonarios, Jeff Bezos, por haber publicado una columna escrita por el decimotercer hombre más rico del mundo, Michael Bloomberg, quien alerta de que el intento de Musk por tomar el control de Twitter podría poner en peligro la libertad de expresión en el país. Hace recordar la frase del periodista A. J. Liebling, quien escribió en 1960 que "la libertad de prensa es garantizada sólo para aquellos que son dueños de una".

En tanto, la filtración de que una mayoría de la Suprema Corte está por anular el derecho federal al aborto después de 49 años sacudió al país la semana pasada, pero sólo envalentonó a fuerzas conservadoras a promover medidas más extremas. En Luisiana, por ejemplo, legisladores están impulsando un proyecto de ley que califica de homicidio la interrupción voluntaria del embarazo, y otros estados están impulsando la prohibición total del aborto.

Por otro lado, la guerra en Ucrania se está volviendo un conflicto de Estados Unidos y la OTAN contra Rusia, inaugurando una segunda guerra fría con un guion ya bien pulido y ensayado. "Durante la Segunda Guerra Mundial, Washington era conocido como el arsenal de la democracia. Construimos las armas y el equipo que ayudó a defender la libertad y la soberanía en Europa. Eso es verdad, de nuevo hoy", declaró la semana pasada un presidente Joe Biden, emocionado con nostalgia bélica. El debate ahora incluye, otra vez, argumentos de "expertos" sobre cómo "ganar" en una guerra atómica.

"Un incendio comenzó detrás del escenario en un teatro. El payaso salió para alertar al público; ellos pensaron que era una broma y aplaudieron. Lo repitió; la aclamación fue aún mayor. Pienso que es justo así como el mundo llegará a su fin: ante aplausos generales de tipos que creen que es una broma". Soren Kierkegaard.

Tina Turner. Ball of Confusion. https://www.youtube.com/watch?v=r9sruij8Srg

Publicado enInternacional
AL: riqueza y miseria extremas// Concentración y subdesarrollo// Biden-Unión Europea: ladrones

La buena: en 2022, todas las economía latinoamericanas crecerán; la mala: el beneficio se queda en la cada vez más compacta cúpula y la proporción de avance no es suficiente para cubrir el hoyo abierto por la pandemia; la peor: la patria grande se mantiene como la más desigual del planeta, de tal suerte que mientras no se atienda y resuelve el gravísimo problema de la concentración del ingreso y la riqueza nuestras naciones no saldrán del subdesarrollo ni abatirán los terroríficos índices de pobreza.

Según información de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y Oxfam, el 10 por ciento más ricos de América Latina y el Caribe concentra 71 por ciento de la riqueza regional, mientras el 90 por ciento restante se queda (también de forma por demás desigual) con el 29 por ciento restante. Gobiernos van, gobiernos vienen (de todos colores y sabores), y el panorama empeora.

Por ejemplo, se estima que menos de nueve decenas de oligarcas latinoamericanos concentran algo más de 10 por ciento del producto interno bruto regional. En el caso mexicano, 15 barones acaparan alrededor de 13 por ciento del PIB nacional, sin olvidar que la mitad de esa proporción es acaparada por un oligarca: Carlos Slim, quien en los dos años de covid-19 incrementó sus de por sí abultados haberes en cerca de 60 por ciento; el tóxico Germán Larrea lo hizo en 55 por ciento.

Mientras la pandemia hundió –aún más– a miles de millones de seres humanos, los oligarcas nacionales e internacionales no dejaron de acumular y concentrar riqueza, de tal suerte que si no se modifican las "reglas" del juego esta espeluznante historia será perenne con o sin crecimiento económico.

En vía de mientras, la Cepal considera que el panorama para la patria grande no es muy grato, aunque, con todo, se mantienen las cifras positivas (insuficientes a todas luces) en materia de crecimiento. Dice el organismo que la región "enfrenta una coyuntura compleja en 2022 debido al conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, una nueva fuente de incertidumbre para la economía mundial que afectan negativamente el crecimiento global, estimado en 3.3 por ciento, un punto porcentual menos de lo proyectado antes del inicio de las hostilidades. Para Latinoamérica el menor crecimiento va junto con una mayor inflación y una lenta recuperación del empleo; para ella se prevé un avance promedio de 1.8 por ciento; Sudamérica crecerá 1.5, Centroamérica más México, 2.3, y el Caribe, 4.7".

En las nuevas proyecciones de la Cepal des-taca el crecimiento estimado para la economía venezolana, la cual acumuló varios años en caídas libre. Para 2022 se espera avance de 5 por ciento, el tercero de mayor magnitud en la región, sólo superado por Panamá (6.3 por ciento), y República Dominicana, con 5.3 por ciento. En el tablero, las tres mayores economías regionales registrarían un crecimiento de 1.7 por ciento, en el caso mexicano; 0.4 por ciento, en el brasileño, y 3 por ciento, en el argentino.

La Cepal advierte que "si bien los mercados del trabajo dan señales de recuperación, ésta ha sido lenta e incompleta. Para 2022, en concordancia con la desaceleración que se espera en materia de crecimiento regional, se prevé que el ritmo de creación de empleo se reduzca. La acción conjunta de una mayor participación laboral y un bajo ritmo de creación de plazas im-pulsará un alza en la tasa de desocupación durante este año". Previamente, el organismo advirtió que "la desaceleración esperada en 2022, junto con los problemas estructurales de baja inversión y productividad, pobreza y desigualdad, requieren reforzar el crecimiento como un elemento central de las políticas, al tiempo que se atienden las presiones inflacionarias y riesgos macrofinancieros".

Pues bien, a ese ritmo y con creciente concentración del ingreso y la riqueza América Latina corre el riesgo de ser perpetuamente la campeona de la desigualdad mundial.

Las rebanadas del pastel

Si de bandoleros se trata, ahí está la denuncia del ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov: "los pagos por nuestros recursos energéticos se hacían por medio de bancos occidentales; tras la imposición de sanciones, las reservas acumuladas por nuestra nación fueron congeladas por los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea, lo que supone un robo de más 300 mil millones de dólares; simplemente los tomaron y robaron; no tenemos el derecho ante nuestro propio pueblo de permitir que Occidente siga con sus hábitos de ladrón".

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enEconomía
La nueva clase dirigente se esta constituyendo en la nube

El capital está en todas partes, pero el capitalismo está en decadencia. En una era en la que los propietarios de una nueva forma de "capital de control" han ganado un poder exorbitante sobre todos los demás, incluidos los capitalistas tradicionales, esto no es una contradicción.

Érase una vez, los bienes de capital eran solo los medios de producción fabricados. El aparejo de pesca rescatado de Robinson Crusoe, el arado de un granjero y el horno de un herrero fueron bienes que ayudaron a producir una captura de peces más grande, más alimentos y herramientas de acero brillante. Luego, llegó el capitalismo y otorgó a los propietarios del capital dos nuevos poderes: el poder de obligar a los que no tienen capital a trabajar por un salario y el poder de establecer la agenda en las instituciones que formulan políticas. Hoy, sin embargo, está emergiendo una nueva forma de capital y está forjando una nueva clase dominante, quizás incluso un nuevo modo de producción.

El comienzo de este cambio fue la televisión comercial en abierto. La programación en sí no podía comercializarse, por lo que se utilizó para atraer la atención de los espectadores antes de venderla a los anunciantes. Los patrocinadores de los programas utilizaron su acceso a la atención de la gente para hacer algo audaz: encauzar las emociones (que habían escapado a la mercantilización) a la tarea de profundizar… la mercantilización.

La esencia del trabajo del publicista fue capturada en una línea pronunciada por Don Draper, el protagonista ficticio de la serie de televisión Mad Men, ambientada en la industria publicitaria de la década de 1960. Al asesorar a su protegida, Peggy, sobre cómo pensar sobre la barra de chocolate Hershey que su empresa vendía, Draper captó el espíritu de la época:

“No compras una barra Hershey por un par de onzas de chocolate. Lo compras para recuperar la sensación de ser amado que conociste cuando tu padre te compró una por cortar el césped”.

La comercialización masiva de la nostalgia a la que alude Draper marcó un punto de inflexión para el capitalismo. Draper señaló una mutación fundamental en su ADN. Fabricar eficientemente las cosas que la gente quería ya no era suficiente. Los deseos de la gente eran en sí mismos un producto que requería una hábil fabricación.

Tan pronto como los conglomerados se apoderaron del incipiente Internet decididos a mercantilizarlo, los principios de la publicidad se transformaron en sistemas algorítmicos que permitían la orientación específica de personas, algo que la televisión no podía respaldar. Al principio, los algoritmos (como los utilizados por Google, Amazon y Netflix) identificaron grupos de usuarios con patrones y preferencias de búsqueda similares, agrupándolos para completar sus búsquedas, sugerir libros o recomendar películas. El gran avance se produjo cuando los algoritmos dejaron de ser pasivos.

Una vez que los algoritmos pudieron evaluar su propio desempeño en tiempo real, comenzaron a comportarse como agentes, monitoreando y reaccionando a los resultados de sus propias acciones. Fueron afectados por la forma en que afectaron a las personas. Antes de que nos diéramos cuenta, la tarea de inculcar deseos en nuestra alma fue arrebatada a Don y Peggy y entregada a Alexa y Siri. Quienes se preguntan cómo de real es la amenaza de la inteligencia artificial (IA) para los trabajos administrativos deberían preguntarse: ¿Qué hace exactamente Alexa?

Aparentemente, Alexa es un sirviente mecánico en el hogar al que podemos ordenar que apague las luces, pida leche, nos recuerde que llamemos a nuestras madres, etc. Por supuesto, Alexa es solo la fachada de una gigantesca red basada en la nube de inteligencia artificial que millones de usuarios entrenan varios miles de millones de veces por minuto. A medida que hablamos por teléfono, o nos movemos y hacemos cosas en la casa, aprende nuestras preferencias y hábitos. A medida que nos va conociendo, desarrolla una extraña habilidad para sorprendernos con buenas recomendaciones e ideas que nos intrigan. Antes de que nos demos cuenta, el sistema ha adquirido poderes sustanciales para guiar nuestras elecciones, para manipularnos de manera efectiva.

Con dispositivos o aplicaciones similares a Alexa basados ​​en la nube en el papel que una vez ocupó Don Draper, nos encontramos en la más dialéctica de las regresiones infinitas: entrenamos el algoritmo para que nos entrene a servir los intereses de sus propietarios. Cuanto más lo hacemos, más rápido aprende el algoritmo cómo ayudarnos a entrenarlo para darnos órdenes. Como resultado, los dueños de este capital de control algorítmico basado en la nube merecen un término para distinguirlos de los capitalistas tradicionales.

Estos “nubelistas” son muy diferentes a los dueños de una firma de publicidad tradicional cuyos anuncios también podían convencernos de comprar lo que ni necesitábamos ni deseábamos. Por glamurosos o inspirados que hayan sido sus empleados, las empresas de publicidad como el ficticio Sterling Cooper en Mad Men vendían servicios a las corporaciones que intentaban vendernos cosas. En cambio, los nubelistas cuentan con dos nuevos poderes que los diferencian del tradicional sector de servicios.

En primer lugar, los especialistas en la nube pueden obtener grandes beneficios de los fabricantes cuyas cosas nos persuaden a comprar, porque el mismo capital de mando que nos hace querer esas cosas es la base de las plataformas (Amazon.com, por ejemplo) donde se realizan esas compras. Es como si Sterling Cooper se hiciera cargo de los mercados donde se venden los productos que anuncia. Los nubelistas están convirtiendo a los capitalistas convencionales en una nueva clase vasalla que debe rendirles tributo para tener la oportunidad de vendernos.

En segundo lugar, los mismos algoritmos que guían nuestras compras también tienen la capacidad subrepticia de ordenarnos  directamente que produzcamos nuevo capital de control para los nubelistas. Hacemos esto cada vez que publicamos fotos en Instagram, escribimos tweets, ofrecemos reseñas en libros de Amazon o simplemente nos movemos por la ciudad para que nuestros teléfonos aporten datos de congestión a Google Maps.

No es de extrañar, por lo tanto, que esté surgiendo una nueva clase dominante, compuesta por los propietarios de una nueva forma de capital basado en la nube que nos ordena reproducirlo dentro de su propio reino algorítmico de plataformas digitales especialmente diseñadas y fuera de los mercados laborales o de productos convencionales. El capital está en todas partes, pero el capitalismo está en decadencia. En una era en la que los dueños del capital de control han obtenido un poder exorbitante sobre todos, incluidos los capitalistas tradicionales, esto no es una contradicción.

15/04/2022

Publicado enSociedad
En la imagen, Elon Musk (izquierda) y Jeff Bezos (derecha), los dos oligarcas más adinerados de EE.UU.

Mirando los medios corporativos, a menudo escuchamos la palabra “oligarca” precedida por el adjetivo “ruso”. Pero los oligarcas no son solo un fenómeno ruso ni son un concepto extranjero. Claro que no. Estados Unidos tiene su propia oligarquía.

Hoy, en los Estados Unidos, las dos personas más ricas poseen más riqueza que el 42 por ciento inferior de nuestra población (es decir, más de 130 millones de estadounidenses) mientras que el uno por ciento más rico ya posee más capital que el 92 por ciento de la población. Durante los últimos 50 años hubo una transferencia masiva de riqueza en nuestro país, pero en la dirección equivocada. La clase media se está reduciendo, mientras que a los de arriba le está yendo mejor que nunca.

Además, en términos de la economía global, no hay duda de que estamos viendo un aumento enorme y destructivo en la desigualdad de ingresos y de acumulación de riqueza. Mientras que las personas muy, muy ricas se vuelven mucho más ricas, la gente común tiene dificultades para subsistir y los más desfavorecidos se mueren de hambre.

Si bien existían niveles masivos de desigualdad antes del surgimiento de COVID, esta situación ha empeorado mucho en los dos últimos años.

Hoy, en todo el mundo, los diez hombres más ricos poseen más riqueza que 3.100 millones de personas, casi el 40 por ciento de la población mundial. Increíblemente, la riqueza de estos diez multimillonarios se ha duplicado durante la pandemia, mientras que los ingresos del 99 por ciento de la población mundial han disminuido.

Los oligarcas gastan enormes cantidades de dinero en lujosos yates, mansiones y obras de arte, mientras que 160 millones de personas en todo el mundo se han hundido en la miseria. Según Oxfam (“Comité de Oxford contra la hambruna”), la desigualdad global de ingresos y riqueza causa la muerte de más de 21.000 personas por día en todo el mundo como resultado del hambre y la falta de acceso a la atención médica. Sin embargo, los 2.755 multimillonarios del mundo vieron aumentar su riqueza en 5 billones de dólares (5 trillones en inglés) desde marzo de 2021, pasando de 8,6 billones a 13,8 billones de dólares.

Pero no se trata solo del aumento de la brecha de ingresos y riqueza entre los muy ricos y el resto del mundo. Es una creciente concentración de la propiedad y el poder económico y político. Algo de lo que no se habla mucho, ni en los medios ni en los círculos políticos, es la realidad de que un puñado de firmas de Wall Street, Black Rock, Vanguard y State Street, ahora controlan más de $21 billones en activos, suma equivalente a todo el PIB de los Estados Unidos. Esto le da a un pequeño número de directores ejecutivos un enorme poder sobre cientos de empresas y sobe la vida de millones de trabajadores. Como resultado,  en los últimos años hemos visto a los ultrarricos aumentar significativamente su influencia sobre los medios, la banca, la atención médica, la vivienda y muchas otras partes de nuestra economía. De hecho, nunca antes tan pocos poseyeron y controlaron tanto.

Todo esto no es otra cosa que una fuerte tendencia hacia la oligarquía en nuestro país y en el mundo, donde un pequeño número de multimillonarios ejercen un enorme poder político y económico.

Entonces, en medio de esta realidad, ¿hacia dónde debemos dirigirnos?

Claramente, mientras enfrentamos la oligarquía, el COVID, los ataques a la democracia, el cambio climático, la horrible guerra en Ucrania y otros desafíos, es fácil comprender por qué muchos caen en el cinismo y la desesperanza. Sin embargo, este es un estado mental que debemos superar, no solo por nosotros mismos, sino también por nuestros hijos y las generaciones futuras. Hay demasiado en juego y la desesperación no es una opción. Debemos unirnos y luchar.

Lo que la historia siempre nos ha enseñado es que el cambio real nunca ocurre de arriba hacia abajo, sino de abajo hacia arriba. Esa es la historia del movimiento laboral, de la lucha por los derechos civiles, por los derechos de la mujer, de los gays y por la protección del ambiente. Esa es la historia de cada esfuerzo que ha producido un cambio transformador en nuestra sociedad.

Esa es la lucha que debemos librar hoy.

Debemos unir a la gente en torno a una agenda progresista. Debemos educar, organizar y construir un movimiento popular que ayude a crear un tipo de nación y un mundo basado en los principios de justicia y solidaridad, no en la codicia y la oligarquía.

Nunca debemos perder nuestro sentido de indignación cuando tan pocos tienen tanto y tantos tienen tan poco.

No debemos permitir que nos dividan por el color de nuestra piel, por el lugar donde nacimos, por nuestra religión o por nuestra orientación sexual.

La mayor amenaza de la clase multimillonaria no es simplemente su riqueza y su poder ilimitados, sino su capacidad para crear una cultura que nos hace sentir débiles y desesperanzados y así disminuir la fuerza de la solidaridad humana.

Ahora, como resultado de la horrible invasión rusa de Ucrania y del extraordinario valor y solidaridad del pueblo ucraniano, los países de todo el mundo se están dando cuenta de que se está produciendo una lucha mundial entre la autocracia y la democracia, entre el autoritarismo y el derecho de las personas a expresar libremente sus opiniones.

Ahora es el momento de construir un nuevo orden global progresista que reconozca que cada persona en este planeta comparte una humanidad común y que todos nosotros, sin importar dónde vivamos o el idioma que hablemos, queremos que nuestros hijos crezcan sanos, tengan una vida digna, una educación y puedan respirar aire puro y vivir en paz.

Lo que estamos viendo ahora no es solo la increíble valentía de la gente en Ucrania, sino miles de rusos que han salido a las calles para exigir el fin de la guerra de Putin en Ucrania, sabiendo que es ilegal hacerlo y que probablemente serán arrestados por ello.

También hemos visto el coraje de los trabajadores aquí en nuestro país que se unen para enfrentarse a la avaricia empresarial y organizarse por mejores salarios, beneficios y condiciones de trabajo.

Hermanas y hermanos, en este momento estamos en una lucha entre un movimiento progresista que se moviliza en torno a una visión compartida de prosperidad, seguridad y dignidad para todas las personas, contra uno que defiende la oligarquía y la desigualdad mundial masiva de ingresos y riqueza.

Es una lucha que no podemos perder; es una lucha que podemos ganar, siempre y cuando estemos unidos.

En solidaridad,

Bernie Sanders

Traducción de Jorge Majfud

Publicado enEconomía
Sábado, 19 Marzo 2022 06:10

Oligarcas

Oligarcas

El regreso de una palabra

 

De repente reapareció. Traída del fondo de los tiempos de la política, la palabra oligarca reapareció. No vino sola. Vino acompañada de un gentilicio: ruso. Oligarca ruso. Medios, políticos –gobernantes y opositores–, analistas, militares, señores y señoras de su casa: todos hablan hoy de los oligarcas rusos, de su poder, de su influencia en el Kremlin, de cuán malos y perversos son, de cuántas sanciones hay que ponerles, de cómo hacer para que no escapen a esas sanciones o no huyan a paraísos fiscales, y si allí se refugian, de cómo hacerles la vida un infierno. Hasta oligarcas rusos (defenestrados) hablan de (otros) oligarcas rusos (putinistas). Esos son menos malos, se los consulta, se habla con ellos para saber qué es esa cosa de la oligarquía, qué es esa casta que por aquí –parece– nos suena tan extraña. Porque aquí hablar de oligarquía huele a rancio, a sesentista, a algo inapropiado. Sonó tan raro cuando una candidata a vicepresidenta de Uruguay dijo que «la cuestión es entre oligarquía y pueblo». Nadie le dijo entonces a Graciela Villar que eso era cosa de rusos. Todavía la maldad del oso cubierto de nuevas ropas (ya no se podía dibujarlos con hoces y martillos) aparecía apenas solapada. Pero sí se le gritó en todos los tonos a Villar que se fuera con antiguallas a otra parte, que se fuera a cantarle a algún troglodita. Se lo dijeron tirios, pero también troyanos, y la candidata calló.

Se le podría haber discutido a Villar si lo de «oligarquía o pueblo» era la «contradicción principal» o no. Si no era otra. Incluso, si la referencia a una idea como esa no era acaso contraproducente, porque cuando algo no prende, mejor buscarle la vuelta para decirlo sin decirlo. O cualquier otra crítica circunstancial. Pero ese no era el tema. El tema era borrar la palabra, que hoy resurge, en boca de los mismos tirios y los mismos troyanos, asociada a un lujo asiático.

* * *

Habría que bucear bien en la memoria para recordar alguna otra mención reciente a la oligarquía criolla. Quizás aquello de oligarca puto que malsonó en el Parlamento. Fuera de algún insulto, de algún grito de comité, el vacío. Hoy la palabra vuelve por sus fueros de la mano de los ricos, riquísimos rusos. Que tienen plata a raudales, que por lo general la colocan afuera, que tienen yates y autos ultimísimo modelo, y 4 x 4, y muchas tierras, y mucho poder, y que usan ese poder, y que se valen del Estado prebendariamente. Como los de por aquí cerquita. De todo eso los oligarcas rusos tienen mucho y mucho más que los de acá, seguramente, y lo muestran, y lo exhiben a cara de perro. Brutalmente. Como buenos rusos, se dirá. En eso no son como los de acá. Quizás, también se diferencien por lo de las mafias. Pero las oligarquías no se distinguen tanto por constituir mafias asesinas. A veces sí, pero no es esa su marca de fábrica. Sí el poder concentrado, sí la riqueza concentrada. Sí el uso del Estado. Y por ese aire. Por ese estilo.

* * *

Un trabajo del economista Mauricio da Rosa presentado a fines de 2016 muestra que el 10 por ciento más rico de la población uruguaya acumula 62 por ciento de la riqueza neta total, que el 1 por ciento concentra el 26 por ciento y que el 0,1 por ciento, apenas unas 2.500 personas, tienen el 14 por ciento (La Diaria, 13-I-17). Dice Da Rosa en ese trabajo, una tesis de maestría: «Si consideraciones tan antiguas como las de Adam Smith respecto de la asociación entre riqueza y poder siguen siendo ciertas, entonces los resultados aquí presentados sugieren que el poder económico está fuertemente concentrado en Uruguay». A esos representantes del poder económico concentrado, a esos 2.500, tal vez a los 25.000 del 1 por ciento, en otros tiempos se los llamaba oligarcas. Hoy no.

* * *

Un poco antes, otro economista, Martín Buxedas, se preguntaba (Hemisferio Izquierdo, 4-VII-16) si se había esfumado la oligarquía uruguaya, dado que ya hacía tiempo que no aparecía en las menciones de la mayor parte de la izquierda y la academia vernáculas. «El silencio ha sido tan grande que seguramente una o más generaciones de adultos ni siquiera sintió hablar del tema que unas décadas atrás convocaba a la izquierda», escribía Buxedas en ese trabajo, titulado «La riqueza y el poder. ¿Dónde está la oligarquía?». Hubo excepciones: un estudio de Luis Bértola, Luis Stolovich y Juan Manuel Rodríguez en 1989 y otro de un equipo interdisciplinario de la Universidad de la República 20 años más tarde. Y pará de contar.

En aquella nota –tras evocar las diferencias entre el país de hoy y el de los años cincuenta, sesenta, setenta, la composición de los sectores dominantes, el papel del Estado, el auge de la inversión extranjera– Buxedas concluía que «el corazón de la oligarquía, tal como se lo describía hace 50 años, no está presente en el Uruguay actual». Pero culminaba con una pregunta: «¿Será que “los molinos ya no están pero el viento sigue soplando”?». El economista, que ocupó un cargo de gobierno entre 2005 y 2010, lamentaba la ausencia de interés en la academia por «generar conocimientos sobre las características actuales de la distribución de la riqueza y el poder». Habrán cambiado, habrán mutado los oligarcas, pero que los hay, los hay, parecía sugerir Buxedas. Solo que poco se sabe de ellos. Y no se los nombra, que es una manera de no querer saber.

* * *

A fines del año pasado (10-XII-21), la publicación digital América Latina en Movimiento entrevistó al investigador uruguayo-estadounidense Jorge Majfud acerca de su último libro, Estados Unidos: la frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina. En cierto momento de la entrevista dice el autor: «Las dictaduras [latinoamericanas] tampoco son la consecuencia de los tan mentados guerrilleros que vinieron después de un siglo de genocidios, de masacres y barbaridades sociales. Pero a la oligarquía y a sus mayordomos les conviene repetir esta estupidez, no pocas veces mencionando una historia muy limitada».

La periodista le dice entonces, quizás para darle pie a Majfud y atizar su ira: «La referencia a la oligarquía suena a sesentismo…». Y la respuesta: «Que suene, y que suene fuerte. Elloslos oligarcas latinoamericanos, sí son los primeros responsables de las dictaduras, de las masacres, de las injusticias, de la explotación, de la muerte joven y de la miseria de millones en nuestras sociedades. Que publiquen mil libros y millones de diarios y revistas, que les den 100 mil, un millón de subscribers a los nuevos mercenarios en Youtube, ahora etiquetados como influencers, pero la historia dura y oscura no la cambia nadie». Claro, concreto y contundente, diría un periodista deportivo bien de por acá.

* * *

Los que se llenan la boca con los oligarcas rusos muy seguido olvidan hacer hincapié en su origen. No porque no lo sepan, porque muchos de ellos lo dan como un dato del que no sacan demasiadas conclusiones. Surgieron, esos oligarcas, del desmantelamiento de las estructuras de la Unión Soviética en los primeros años noventa. De las estructuras malas y horrorosas y también del aparato estatal y todas las protecciones que brindaba. Se enriquecieron a partir de hacerse con las empresas públicas que antes ellos mismos dirigían y de la instauración de un sistema de capitalismo salvaje que muchos de los que hoy incendian a los oligarcas putinistas soñarían instaurar. Tal vez más limado, menos bestial, menos exhibicionista, menos ruso, más criollo, pero, al fin y al cabo, no tan distinto. Y eso es también parte de esta historia.

17 marzo, 2022

Publicado enSociedad
Lunes, 21 Febrero 2022 06:43

Prosperidad exclusiva

Prosperidad exclusiva

La riqueza de los 10 hombres más acaudalados del mundo se duplicó durante la pandemia, entre ellos los estadunidenses Elon Musk (en imagen de archivo), Jeff Bezos, Bill Gates, Mark Zuckerberg y Warren Buffett, reportó Oxfam. Su riqueza colectiva pasó de 700 mil millones a 1.5 billones de dólares (cifra superior al PIB anual de México). Foto Ap

“Compra cuando hay sangre en las calles” es un dicho de Wall Street con el cual una fuente de La Jornada en uno de los bancos más grandes del sector nos explica la reciente baja en la Bolsa de Valores que se atribuye a "preocupaciones" por una posible guerra en Ucrania.

¿Pues no que las guerras son buen negocio? Explica que en el camino hacia un conflicto armado los mercados financieros tienden a "preocuparse", causando una baja, pero al estallar una guerra, eso suele llevar a una alza en los valores bursátiles; por eso el dicho. Según algunos, la cita se atribuye al barón Rothschild en el siglo XVIII, quien hizo una fortuna durante el pánico de la Batalla de Waterloo contra Napoleón. La cita entera, según otros, fue "compra cuando hay sangre en las calles, incluso si esa sangre es tuya".

Para unos pocos, guerras, pandemias, crisis sociales y económicas y cambios de gobierno por elecciones dentro de las reglas del sistema no sólo no interrumpen su gran juego de negocios, sino que ofrecen aún más oportunidades para lucrar. No es que todos los mega-rricos estén de acuerdo en todo, pero sí hay un consenso en lo más fundamental que viene desde los orígenes de este país. James Madison, como suele recordar Chomsky, estableció durante la Convención Constitucional de Estados Unidos que la responsabilidad primordial del nuevo gobierno era "proteger la minoría de la opulencia contra la mayoría". Madison, una década despues, asombrado por la avaricia y abuso de esos ricos, se arrepintió un poco, denunciando que se comportaban como "los instrumentos y tiranos del gobierno". Eso, según Chomsky, es tan actual hoy día como lo fue entonces.

En 2006, Warren Buffett, entre los 10 hombres más ricos del país, causó un terremoto cuando se atrevió a expresar una verdad al comentar al New York Times: "claro que sí hay una guerra de clases, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo esa guerra, y la estamos ganando".

Todo indica que no sólo están ganando esa guerra, sino que también están ganando más lana que nunca.

La riqueza de los 10 hombres más ricos del mundo se duplicó durante la pandemia, entre ellos los estadunidenses Elon Musk, Jeff Bezos, Bill Gates, Larry Ellison, Mark Zuckerberg y Buffett, reportó Oxfam. Su riqueza colectiva se elevó de 700 mil millones de dólares a $1.5 billones de dólares (cifra superior al PIB anual de México).

Para ganar 1.5 billones de dólares, uno tendría que ganar un millón de dólares al día por 1.5 millones de días, o sea, 4 mil años.

En Estados Unidos, la riqueza combinada de los poco más de 700 multimillonarios se incrementó más de 70 por ciento durante la pandemia (entre marzo de 2020 y octubre de 2021) par ascender a más de 5 billones de dólares, según un análisis del Institute for Policy Studies (https://inequality.org/facts/wealth-inequality/).

No sorprende que la ciudad de Rotterdam esté dispuesta a desmantelar un puente histórico para permitir que pase un nuevo superyate de Jeff Bezos, o que esa industria tuvo su mejor año en 2021, o que Rolls-Royce reportó ventas sin precedente en su existencia de 117 años, incluyendo modelos que cuestan de 300 mil a 455 mil dólares.

“Hay muy, pero muy buenas noticias para la clase multimillonaria: hoy, ustedes son dueños de más ingreso y riqueza, en porcentaje, que en cualquier momento en la historia de Estados Unidos. ¡Felicidades! Como resultado de un traslado masivo de riqueza de la clase trabajadora al 1 por ciento más rico a lo largo de los últimos 50 años, el 1 por ciento más rico ahora tiene más riqueza que el 92 por ciento de la población… Tal vez el momento está llegando cuando deberíamos de… felicitar a la clase multimillonaria por llevar a este país hacia la forma oligárquica de sociedad que tanto han deseado”, declaró Bernie Sanders ante el pleno del Senado la semana pasada.

Algunos de estos datos sobre los más ricos y sus vidas de ultralujo provocan pensar, bromeó Stephen Colbert, en algo así como "construyamos una guillotina".

Joel Grey/Lisa Minnelli. Money (de Cabaret). https://www.youtube.com/watch?v=PIAXG_QcQNU&t=165s

O’Jays. For the love of Money. https://www.youtube.com/watch?v=GXE_n2q08Yw

Publicado enEconomía
Empresas de Wall Street concentran riqueza como nunca en la historia de Estados Unidos

 Tres operadoras controlan fondos equivalentes al PIB anual de la potencia mundial // Su poder es dañino para la economía general: Bernie Sanders

 

Nueva York. Tres empresas administradoras de activos en Wall Street controlan hoy fondos equivalentes a casi el producto interno bruto de Estados Unidos, concentrando un inmenso poder económico y político en un momento en el cual "nunca en la historia tan pocos han sido dueños de tanto y han tenido tal poder sobre nuestra economía", declaró el senador Bernie Sanders.

En un audiencia ante el Comité del Presupuesto, que preside Sanders, agregó que Black Rock, State Street y Vanguard controlan 22 billones de dólares en activos, poco menos de los casi 24 billones que es el PIB de Estados Unidos y una cifra que es cinco veces el PIB de Alemania.

Estas tres son los principales accionistas en más de 96 por ciento de las 500 empresas del índice S&P en la Bolsa de Valores. Son los participantes bursátiles más grandes en casi todos los principales sectores económicos, desde bancos, aerolíneas, farmacéuticas, hospitales y agroindustria, aludió el congresista.

Estas administradoras masivas de fondos de inversión, junto con las firmas de fondos de capital privado, las cuales llamó "fondos buitre", también dominan aproximadamente 50 por ciento de los periódicos del país. La toma de empresas por estos recursos de capital privado han resultado en la anulación de casi 1.3 millones de empleos, el cierre de más de 20 mil tiendas, y al controlar cada vez más el mercado de bienes raíces en las ciudades, han elevado las rentas hasta por 30 por ciento.

Sanders subraya que ni el Congreso ni los medios hablan lo suficiente acerca de "la increíble concentración de poder en un puñado de firmas de inversión de Wall Street sobre nuestra economía entera y el impacto que tienen sobre trabajadores, consumidores y casi todos en nuestro país".

Como ejemplo de las consecuencias del manejo económico de estos grandes administradores de inversiones privadas, el legislador demócrata invitó al presidente del sindicato nacional de mineros UMWA, Cecil Roberts (de una familia de seis generaciones en la industria extractiva), y Braxton Wright, uno de los más de mil trabajadores del sector que han estado en huelga en una mina de carbón en Alabama por más de 11 meses.

Señaló que los ejecutivos de la empresa y los ejecutivos en jefe de Blackstone y Apollo, dos de las firmas de Wall Street que compraron la minera, declinaron la invitación a presentarse a esta audiencia, pero que "tuvieron miedo de presentarse ante el público y responder a preguntas relevantes".

Derriban salarios y empleos

Los trabajadores explicaron que estallaron en huelga para recuperar una remuneración justa y mejores condiciones de trabajo después de que hace 5 años hicieron concesiones para ayudar a salvar la empresa, pero con el acuerdo de que sus sacrificios serían temporales.

Cuando las grandes firmas de inversiones de Wall Street compraron Walter Energy en 2016 (en bancarrota) y la convirtieron en Warrior Met, con la ayuda de los tribunales cancelaron el contrato colectivo, redujeron en 20 por ciento el salario, anularon permisos médicos y beneficios de jubilación, incluyendo a 2 mil 800 ex trabajadores ya jubilados.

"¿Pueden imaginar tratar de negociar con alguien que llegó de Nueva York para tomar las minas, que ni sabe de que color es el carbón, que no tiene ni idea de lo que ocurre en una región extractiva de ese mineral?", preguntó Roberts. "Sólo conocen que había con que lucrar aquí, y después se van". Y esto ha ocurrido en unas 60 de las mineras similares en la región de los Montes Apalaches, afirmó.

“La empresa a la cual ayudé ganar miles de millones durante la década pasada nos ha dado la espalda durante nuestra huelga… Pero continuaremos luchando por nuestros hermanos y hermanas en el UMWA… ahí y en otras minas… hablaremos contra la explotación de trabajadores por empresas financiadas por las firmas de fondos privados (de Wall Street)”, agregó Braxton.

Declaró ante los senadores que las jornadas llegaron a ser de 12 horas, a veces 6 o 7 días a la semana mientras los inversionistas elevaron la deuda y se repartieron 800 mil millones de dólares. Ante todo esto, estallaron la huelga.

La senadora Elizabeth Warren señaló que esto es lo que hacen estas firmas de inversión privada de Wall Street en el país, costando empleos, beneficios y generando un deterioro en condiciones y calidad.

La economista Nomi Prins, una de las críticas más reconocidas de Wall Street quien fue anteriormente una directora administrativa en Goldman Sachs y trabajó a niveles altos de otras empresas financieras, subrayó en la audiencia que las empresas de inversión y administradoras de fondos privados tienen "una magnitud de influencia sobre valores bursátiles y empresas que no tiene comparación histórica".

Aunque “los bancos de Wall Street permanecen tan poderosos e influyentes como siempre… ahora administradores de valores… con billones de dólares a su disposición se han vuelto hasta más influyentes en gobiernos y en las entidades reguladoras responsables de mantenerlas bajo control”, agrego.

Prins informó que en la cima de esta jerarquía financiera esta BlackRock, "un Goliat financiero que maneja 10 billones en activos, eso es más dinero que el tamaño del PIB de cualquier país diferente de China o Estados Unidos".

Advierte que la magnitud de poder de estas empresas “representa una influencia tipo monopolio sobre la competencia en activos y transacciones, y eleva el riesgo sistémico que enfrenta el sistema financiero global, dejando a gente ordinaria, inversionistas individuales, trabajadores… expuestos al riesgo que representan estas instituciones multibillonarias”.

El miércoles, ante el pleno del Senado, Sanders "felicitó" a la clase multimillonaria, informando que “ustedes son dueños de más ingresos y riqueza en términos de porcentaje que en cualquier momento en la historia de Estados Unidos… el uno por ciento ahora tiene más riqueza que 92 por ciento de la población”.

Publicado enInternacional
Lunes, 31 Enero 2022 05:51

Reseteados

Reseteados

DAVOS Y LOS MILLONARIOS INDIGNADOS POR LA DESIGUALDAD

 

Los diez hombres más ricos del mundo tienen seis veces más que el conjunto de los 3.100 millones de personas más pobres. La distancia crece y sus sombras atemorizan incluso a los más beneficiados.

                       

  • Los informes se suceden y las conclusiones son las mismas: las desigualdades entre ricos y pobres han llegado a niveles desconocidos desde, por lo menos, comienzos del siglo XX. El año pasado se cerró con la difusión de un macroestudio del Laboratorio sobre la Desigualdad Global (véase «Mundo Musk», Brecha, 7-I-22) y 2022 se abrió con uno de Oxfam que reafirma el anterior y aporta datos complementarios. El documento de la ONG británica («Las desigualdades matan») se presenta como un balance de lo sucedido desde el inicio de la pandemia de covid-19. Parte de marzo de 2020 y llega a noviembre último. En ese lapso, dice Oxfam, los diez hombres más ricos del planeta duplicaron sus ya siderales fortunas: ganaron, en promedio, unos 15 mil dólares por segundo, es decir unos 1.300 millones al día, para llegar a acumular una riqueza seis veces mayor a la que tienen, todos juntos, los 3.100 millones de personas más pobres del planeta.

Los milmillonarios siguen siendo una pequeña elite: 2.755 en todo el mundo, hasta donde Oxfam pudo contar, pero son casi unos 700 más que antes de la pandemia. Están, entre ellos, los dueños de las GAFAM (sigla de Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft), el cowboy espacial Elon Musk, el gurú de Wall Street Warren Buffett, pero se les sumaron, entre otros, cinco ejecutivos de las grandes farmacéuticas, como Pfizer, Biontech, Moderna. «En todo este tiempo, en lugar de vacunar a miles de millones de personas en países de renta media y baja, se generaron 1.000 millonarios gracias a esas vacunas, vendidas por empresas que deciden de hecho quién vive y quién muere», denuncia Oxfam. En el marco de este apartheid de las vacunas, las farmacéuticas se embolsaron unos 1.000 dólares por segundo (86,4 millones por día) en beneficios.

Si los riquísimos crecieron en número –y los bienes destinados a ellos se vendieron bastante más que antes de la pandemia–, los pobres de toda solemnidad, esos que viven con menos de 5,5 dólares por día, aumentaron infinitamente más: en 160 millones. Aun si a los milmillonarios se les sacara, por ejemplo, vía impuestos, el 99 por ciento de su fortuna, dice Oxfam, seguirían siendo más ricos que los pobrísimos.

También creció en el año y medio analizado la brecha entre países y la brecha en el interior de los países más ricos. Y la brecha entre hombres y mujeres, y la que separa a los blancos de los negros o los indios u otras «minorías».

***

El informe de Oxfam, además de sus datos, tiene otro mérito: destruye el mito de que los ricos y los riquísimos son ricos y riquísimos debido a sus habilidades, su talento, su capacidad de innovación, su creatividad y que, en definitiva, el resto de los mortales deberíamos estarles agradecidos por tanto empeño, trabajo, generosidad, y por tanta generación de empleo. Pues bien, su fortuna de este año y medio provino, esencialmente, de no hacer nada. De sentarse a esperar y dejar que el precio de las acciones de sus empresas aumentara y aumentara.

«La ironía absoluta de este aumento fabuloso de las riquezas de los ricos –dice el diario francés Libération, que poco puede ser confundido en sus recientes versiones con una publicación de izquierda radical– es la consecuencia directa de políticas públicas de respaldo a la economía para hacer frente a la crisis económica provocada por la pandemia de covid-19. El vertido masivo de dinero decidido por los Estados engendró, en un contexto de tasas de interés sumamente bajas y, en consecuencia, no remuneradoras, una corrida hacia los mercados de acciones. Las fortunas de todos los Elon Musk, Jeff Bezos, Bernard Arnault de este mundo están precisamente asentadas en el valor de las participaciones en las empresas que dirigen o poseen. […] Un ejemplo es el de Apple, la empresa más cara de la historia, que superó recientemente los 3 billones de dólares en la bolsa de Wall Street.»

Quentin Parrinello, representante de Oxfam en Francia, fue más claro aún: «Si esta gente se enriqueció, no fue por la mano invisible del mercado ni por sus brillantes opciones estratégicas, sino principalmente por el dinero público que les fue entregado sin condiciones por los gobiernos y los bancos centrales». Es un fenómeno similar al de las farmacéuticas y los laboratorios productores de las vacunas, que se beneficiaron de gigantescas subvenciones públicas que les generaron aún más gigantescas ganancias privadas. El resultado de todo esto es «más riqueza para unos pocos y más deuda pública para todos», dijo el director de Oxfam en España, Franc Cortada. «No vino solo, no cayó del cielo: es consecuencia de políticas.»

***

El informe de Oxfam fue presentado ante el Foro Económico Mundial (FEM), ese «intelectual colectivo» de los poderosos del mundo que se reúne desde hace ya décadas en las alturas de la coquetísima ciudad alpina de Davos, en la riquísima Suiza. La paradoja es solo aparente.

***

Fue en 1971 que el ingeniero alemán Klaus Schwab tuvo la idea de crear un ámbito para que los grandes empresarios y banqueros europeos «dispusieran de tiempo y espacio para pensar el mundo en el que viven y proyectarlo hacia el futuro». Lo llamó Simposio Europeo del Management y lo instaló en Davos, una pequeña localidad montañosa (hoy no supera los 11 mil habitantes) promocionada en el siglo XIX para el tratamiento de la tuberculosis por su microclima seco y frío. Thomas Mann ambientó allí La montaña mágica.

Hoy Davos es una (cara) estación de esquí. «Es un lugar ideal para que los grandes empresarios, los creadores de riqueza encuentren el reposo que necesitan para pensar más allá de lo que sus obligaciones les imponen cada día», dijo en su momento Schwab. Unos 15 años después, el simposio salió del marco estrictamente corporativo y regional y dio paso al Foro Económico Mundial, incluyendo a gobernantes, dirigentes políticos de variado pelaje (fundamentalmente conservadores y liberales, pero también socialdemócratas), académicos y «analistas».

Rápidamente el FEM se convirtió en un think tank, una usina de pensamiento de quienes comparten, como premisa fundamental, la defensa de la economía de mercado y «su permanente readecuación a los cambiantes contextos mundiales», según definió hace unos años un alto dirigente de la confederación patronal francesa, quien se presenta como «abierto a las evoluciones societales». Desde la crisis económico-financiera de 2007-2008, se hizo evidente que en el FEM las disputas intercapitalistas estaban en vías de saldarse en favor de los representantes de los sectores empresariales «modernos», que comenzaron a pesar decisivamente en el foro con sus propuestas en favor de un capitalismo supuestamente «moralizado». A la George Soros, a la Joseph Stiglitz, a la Warren Buffett.

Pero también a la Kristalina Georgieva, la búlgara que desde 2019 funge como directora gerenta del Fondo Monetario Internacional, una institución que hasta hace poco incluía invariablemente en su famoso recetario desregular la economía, privatizar todo lo que se pueda y reducir impuestos y salarios, y que ahora propone en todos lados (tanto en países ricos como «emergentes») reformas de la fiscalidad para obligar a los riquísimos a soltar algún dinerillo para las arcas de Estados cuyo papel en cierta medida hoy revaloriza. «El inicio de esta década –escribió Georgieva en 2019– trae recuerdos inevitables de los años veinte del siglo XX: elevada desigualdad, rápido desarrollo tecnológico y grandes retornos en el ámbito financiero.»

En un libro publicado al año siguiente, en 2020, Joseph Stiglitz proponía un «capitalismo progresista» que limara, afirmaba, las apabullantes desigualdades que minan la confianza de la población en el sistema, alteran la «calidad de la democracia», afectan el crecimiento y, a la larga, fomentan eventuales rebeliones que, al decir de Warren Buffett, «no convienen a nadie», menos que menos a los ricos que están («estamos», precisó el gurú de las finanzas) «ganando la lucha de clases».

Hoy las palabras clave para esta gente son refundación, regeneración, reinicio, escribió en 2020, cuando el covid-19 estaba recién en sus balbuceos, el economista español Manuel Garí (Viento Sur, 3-II-20). «El gran reseteo» se tituló la propuesta que en junio de 2020 presentó en Davos Klaus Schwab para reconstruir la economía pospandemia «sobre bases sostenibles». El ingeniero alemán recogía en su planteo parte de las discusiones que habían tenido lugar en la ciudad suiza en enero de ese año durante la última, hasta ahora, de las ediciones presenciales del FEM.

Unos 3 mil grandes empresarios, banqueros, gobernantes y dirigentes políticos de todo el planeta, así como representantes de organizaciones internacionales, se dieron cita en esa ocasión, cuidados por más de 5 mil policías que acordonaron la localidad alpina durante casi una semana. Los señores allí reunidos hablaron de responsabilidad social empresarial, de ética, de economía circular y colaborativa, de fomentar un «capitalismo de los partícipes» en el que «accionistas, clientes, asalariados, empresarios, proveedores» se den la mano, de un capitalismo más distributivo e inclusivo, más «conectado con la economía real que lo que lo ha estado en los últimos años», según dijo Schwab.

Para Davos, apuntó Manuel Garí, «la solución a los problemas generados por el capitalismo no se encuentra en una nueva política y un nuevo modelo productivo y de relaciones de producción y de intercambio, que reorganicen la apropiación del plusvalor y la riqueza entre clases y a nivel mundial, respetando los límites de suministro y carga de la biosfera, sino simplemente en una nueva forma de hacer negocio. Forma que no cuestiona la propiedad y, por tanto, quién tiene el botón rojo de la economía. […] El foro apuesta por el capitalismo productivo (en torno a la digitalización y la robótica) frente al especulativo, sin tener en cuenta la realidad: la imbricación de la producción con la especulación, que ha convertido el dinero en la principal mercancía mundial, y la creación de este por el complejo entramado de las finanzas (viejas y nuevas) en la forma mayoritaria de acuñación, al margen del control de los Estados. Hoy la economía financiera mundial representa un monto casi diez veces superior al PBI mundial. Economía real y financiera son las dos caras del mismo modelo. Y los presentes en el foro lo saben. Podríamos decir que en Davos se dicen cosas a medias y se deciden cosas enteras. Por un lado, se detectan los efectos del funcionamiento del sistema y, por otro, se ocultan las causas de fondo».

Muy claro quedó todo eso cuando, en 2020, Schwab creó un grupo de «expertos» para ir pensando las líneas de la futura «economía colaborativa» en el marco del capitalismo decente y remoralizado que preconiza. A la cabeza del grupo designó al entonces presidente del Bank of America, un señor al que, al parecer, la justicia social le debe preocupar mucho. «Recuerda la fábula de la zorra y las gallinas», comentó Garí.

***

El informe de Oxfam sobre las desigualdades que matan fue distribuido en instancias virtuales del foro de Davos.En junio, cuando se prevé Que el FEM vuelva a ser presencial, estará entre los «insumos para la discusión de los líderes económicos, políticos e intelectuales», dijo Schwab. «Somos gente comprometida en mejorar el estado del mundo», dijo también, repitiendo un viejo eslogan del foro.

Algunos creen, acaso buenamente, que efectivamente es así, que del magín de la «clase de Davos», como la define la activista estadounidense Susan George, saldrá algo nuevo y bueno. Señal del estado en que se encuentra eso que alguna vez se llamó pensamiento crítico.

Por Daniel Gatti

27 enero, 2022

Publicado enInternacional
Wolff llama a deconstruir el plan tecnofascista de K. Schwab

Corren tiempos turbulentos y peligrosos. En el marco de una permanente campaña de manipulación e intoxicación (des)informativa mediática sobre poblaciones infantilizadas e incapaces de discernir la ficción de la realidad, y con la coartada del covid-19, el complejo financiero-digital está llevando a cabo la destrucción del sistema económico capitalista y busca "resetearlo" en beneficio de la élite plutocrática.

Pese a la guerra sicológica y su narrativa apocalíptica y de saturación para generar terror, parálisis social y sicosis de masas con base en un virus enemigo, ubicuo, invisible y genocida, cada vez surgen más evidencias de que, como sostiene Ernst Wolff −igual que otros pensadores citados en columnas anteriores: Agamben, Chossudovsky, S. Zuboff, Paul Schreyer, Norbert Häring, C. J. Hopkins, Mattias Desmet, Robert F. Kennedy Jr.−, estaríamos asistiendo al nacimiento de un sistema totalitario cuidadosamente ensayado, donde el Foro Económico Mundial y su fundador, el eugenista sin complejos Klaus Schwab, juegan un papel estratégico como operadores.

Tras analizar al detalle durante 18 meses la crisis que transformó al mundo en "sicótico corona", en agosto pasado el economista y periodista alemán Ernst Wolff se preguntó si todo fue "realmente planeado". Si bien no encontró pruebas concluyentes (documentos verificados), llegó a la conclusión de que hay un número aplastante de señales e indicaciones que apuntan exactamente en esa dirección. Lo que embona con la frase del presidente Franklin D. Roosevelt: "Nada sucede accidentalmente en la política. Y cuando algo sucede, puedes apostar que fue exactamente planeado de esa manera".

Describe la situación actual como sin precedente en la historia humana, con millones de personas sometidas a un régimen coercitivo que emite sucesivas medidas ininteligibles, absurdas y contradictorias para "prevenir" la enfermedad (ver "Descubriendo la narrativa alrededor del coronavirus: ¿Se planeó todo cuidadosamente?"), y afirma que éstas fracasaron y causaron un desastre tras otro: la logística global está en crisis y las cadenas de suministro rotas; se pierden cosechas y el abastecimiento de alimentos y semiconductores esenciales escasea, mientras se quitaron a las personas sus derechos de asociación y libertad de expresión y viajar. A raís de los bloqueos la producción mundial está en un caos, y en el campo de la salud los médicos pueden confirmar que la situación es hoy peor que antes de la "pandemia". De allí que pregunte: ¿quién tiene interés en esa agenda global y se beneficia de ello?

Responde que el mayor beneficiario y "tirador de los hilos" más importante detrás de la escena es el complejo financiero-digital, integrado por cinco corporaciones tecnológicas estadunidenses: Google −cuya empresa matriz es Alphabet−, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft (conocidas como Gafam) y cuatro grandes administradores de activos: BlackRock, Vanguard, State Street y Fidelity. La capitalización de mercado de esas cinco empresas de tecnología de la información, expone Wolff, asciende a 9.1 billones de dólares, superior al PIB bruto de Alemania, Francia e Italia, que es de 8.6 billones de dólares, mientras los cuatro administradores de activos gestionan 33 billones de dólares, cifra que duplica el PIB de las 28 naciones de la Unión Europea, que asciende a 15.7 billones. Concluye que el complejo financiero-digital es el centro del poder global y está listo para poner de rodillas a todos los gabinetes gubernamentales del mundo y hacerlos obedientes.

Con esos beneficios, ¿por qué la plutocracia financiera-digital socava al sistema con una agenda escrita previamente formulada? Porque no tiene más remedio, responde Wolff, pues no se puede mantener vivo con el modelo de negocios anterior. Dice que sus alternativas son el colapso final o la hiperinflación, lo que significa la pérdida total del valor del dinero. De allí que, en un "gigantesco acto de desesperación", haya optado por instalar un nuevo sistema, previo saqueo −lejos de la vista del público− del viejo sistema moribundo. Eso es lo que hace desde marzo de 2020, cuando la OMS decretó la "pandemia" del covid.

Según Wolff, la destrucción deliberada y premeditada de la economía mundial y su sustitución por un nuevo sistema, se impulsará a través de los bancos centrales con la colaboración de las Gafam, y su objetivo es la total eliminación del efectivo y la introducción del dinero digital. Todos tendremos una sola cuenta, y el dinero digital del banco central permitirá a los gobiernos vigilar toda transacción y asignar tasas impositivas, y con un solo clic del mouse, imponer multas individuales o cancelar nuestra capacidad de realizar pagos y operaciones financieras. Como prevén que ello generará malestar social y una gran resistencia, sumirán a la sociedad en el caos y presentarán el dinero digital como la solución a todos los problemas, en forma de renta básica universal.

Si se consulta el libro de Schwab The Great Reset (junio de 2020), dice Wolff, se verá que contiene las instrucciones exactas sobre cómo el Foro de Davos, cuyo estandarte es la Asociación Público Privada (APP), ha venido utilizando el covid-19 para destruir el mundo y construir un nuevo sistema, que sería la realización del sueño de Mussolini: el "corporativismo autoritario", encarnado ahora en la asociación entre los grandes consorcios y el Estado.

Sin embargo, afirma que el plan de la plutocrática está condenado al fracaso por varias razones. La principal: la narrativa sobre un virus mortal como amenaza existencial para la humanidad no puede sostenerse a largo plazo. El paquete de mentiras mediáticas atestigua, no su fuerza, sino sus debilidades; como "la pandemia de los no vacunados", que declara a las personas sanas como enemigo público número uno. Wolff dice que las élites no actúan conforme a las reglas de la razón sino por codicia y poder. Un poder que no se basa en el dinero, sus posesiones y armas, sino en la "ignorancia" de la mayoría de las personas. Por eso llama a impulsar una "campaña de esclarecimiento" para exponer todas las mentiras del complejo financiero-digital y mostrarle a la gente por qué y por quién están siendo engañadas.

Publicado enEconomía
La eterna lucha por la igualdad: a propósito del último libro de Piketty

La lucha por la igualdad es el motor de la historia. Eso se desprende del último ensayo publicado por Thomas Piketty, un interesante trabajo de historia económica, política y social, más relevante si cabe por el momento histórico en el que se inscribe. Un momento en el que los marcos ideológicos que asentaban nuestra concepción de la economía se han resquebrajado después del impacto de la pandemia. Aunque es prematuro hablar del final del neoliberalismo como paradigma económico imperante, sí que es verdad que algunos de sus dogmas empiezan a resquebrajarse después del impacto social, económico y laboral causado por la pandemia de la covid-19. El fetichismo por la austeridad, una política monetaria restrictiva o la negación del intervencionismo estatal parecen estar guardados en un cajón a la espera de que las fuerzas promercado vuelvan a recuperar la hegemonía ideológica. Una hegemonía que obras como Una breve historia de la igualdad intenta combatir.

Si en sus anteriores obras, Piketty se centraba en el análisis de la desigualdad socioeconómica y en las justificaciones ideológicas y culturales que se han asociado a su mantenimiento en el tiempo, en este ensayo el autor invierte el objeto de estudio. Piketty analiza la búsqueda de la igualdad desde el S. XVIII. Para el economista, la lucha por la igualdad ha sido el hilo histórico que ha ligado luchas, revueltas y revoluciones a lo largo y ancho del globo desde hace más de 300 años, consolidando una tendencia que, con sus avances y retrocesos, camina siempre hacía mayores cotas de igualdad. Cuestiones como un reparto más equitativo de la riqueza, de los ingresos o de las propiedades, el acceso al poder político o el reconocimiento de derechos, pasando por la mejora en los indicadores educativos o sanitarios son ejemplos de esa tendencia.

Sin embargo, es necesario hacer hincapié en cómo el economista francés define la desigualdad ya que se aleja de lecturas economicistas de la misma. Para Piketty la desigualdad es un fenómeno multidimensional cuyas derivadas se relacionan con el poder político, el estatus social, los ingresos, el género, la etnia, las propiedades o el acceso a determinados bienes y servicios y afectan directamente al individuo. El autor considera la desigualdad, por lo tanto, como un conjunto de factores construidos políticamente que afectan al pleno desarrollo de las capacidades y a la autonomía de las personas. La desigualdad serían aquellos condicionantes estructurales que no nos permiten ser individuos autónomos y regir nuestros destinos. Unos condicionantes que emanan de decisiones políticas conscientes de determinados grupos que ostenta el poder y que se benefician de la situación.

La desigualdad, por lo tanto, es política y no es un fenómeno natural. Solo una actuación multidimensional contra la desigualdad puede ser efectiva ya que estos elementos se interrelacionan entre ellos dando lugar a múltiples factores de opresión. Estos factores han sido combatidos con la creación de unos mecanismos institucionales que han permitido transformar las sociedades desigualitarias por sociedades en las que instituciones de carácter más justo permitían consolidar unas estructuras políticas, sociales y económicas más igualitarias. Algunas de estos mecanismos institucionales son la igualdad jurídica, el sufragio universal, el seguro social universal, la progresividad fiscal el acceso a una educación gratuita o las leyes que fomentan la igualdad de género son un ejemplo. Todos estos mecanismos nacen de una serie de movilizaciones políticas y se han ido consolidando a lo largo del tiempo, aunque no sin dificultades. Piketty nos muestra como todas las luchas, revueltas y revoluciones sociales y políticas han sido en favor de la redistribución de la riqueza, el reequilibrio de poder o reconocimiento como grupos con acceso a la esfera política y las han llevado a cabo las mayorías oprimidas por las élites.

Ahora bien, la desigualad no se combate solo con movilizaciones. La consecución de la igualdad también se basaría en una batalla cultural e ideológica que asiente la base teórica y práctica de las nuevas estructuras. Este factor es vital porque la conquista del poder político sin un orden alternativo coherente y legítimo lleva al fracaso de estas experiencias y a la falta de consolidación de los mecanismos que deben estructurar una mayor igualdad. Los movimientos emancipadores deben tener la suficiente imaginación política para asentar nuevos consensos que sean aceptados socialmente. Lucha y hegemonía deben ir de la mano.

No obstante, parte del optimismo histórico que transmite Piketty parece topar con la realidad de los últimos 40 años. Si atendemos a los datos que autores como el propio Piketty, Milanovic o Atkinson han analizado, la tendencia hacía la igualdad parece haberse frenado en seco. La desigualdad se ha acelerado en la mayor parte de las sociedades democráticas y en los países en vías de desarrollo se da una creciente polarización de ingresos y de riqueza. Pero no solo ha habido un aumento de la desigualdad socioeconómica. Las consecuencias de la crisis climática además de las luchas por el reconocimiento de grupos minoritarios y oprimidos generan nuevos ejes de desigualdad que serán combustible para futuras luchas. Vivimos un momento además que, a causa del ascenso de fuerzas políticas reaccionarias a lo largo y ancho del planeta, algunos de los compromisos políticos que cimentan una cierta concepción igualitaria de la sociedad están en retroceso: la democracia representativa, los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales o la persecución de la disidencia política se dan o se han dado en Europa y en EEUU.

La lucha, por lo tanto, no ha acabado aún. Y es en los momentos de crisis y tensión, en el momento en que los sistemas políticos y económicos muestran sus costuras cuando las movilizaciones políticas pueden alcanzar su objetivo y cuando las nuevas ideas pueden penetrar en la opinión pública con más facilidad. Las crisis, y la del coronavirus es un buen ejemplo, son ventanas de oportunidades políticas y culturales que facilitan la lucha por instituciones más justas y emancipadoras. Es por eso por lo que las consecuencias de la pandemia deben ser aprovechadas por las fuerzas políticas que defienden proyectos igualitarios y emancipadores. Las izquierdas y todas las opciones políticas preocupadas por el aumento de la desigualdad en las últimas décadas deben aprovechar el contexto actual y tener en cuenta que la igualdad no solo se consigue con movilización y luchas, o con victorias electorales, por aplastantes que estas sean. Para combatir la desigualdad hace falta dar la batalla por las ideas. Producir marcos ideológicos coherentes que aúnen ambición política y posibilidades prácticas. El debate, la reflexión, la experimentación, la negociación y el acuerdo alrededor de qué instrumentos o mecanismos son los más justos para combatir la desigualdad son vitales para que estos sean considerados legítimos socialmente y eficaces en su cometido. Sin poder y sin alternativas ideológicas consistentes no hay cambio posible. La izquierda, por lo tanto, no debe olvidar la batalla cultural si quiere realmente reducir la desigualdad que rompe sociedades y deshumaniza al individuo. Una batalla ideológica que deben llevar a cabo las instituciones u organizaciones de intermediación como son los partidos o los sindicatos.

La consecución de la igualdad es constante. Es un proceso de lucha política y elaboración intelectual continuo para garantizar y consolidar los precarios compromisos sociales, políticos y económicos que combaten la desigualdad. Nunca se debe dar por segura: la lucha por la igualdad es eterna. Economistas como Piketty, Milanovic, Atkinson o Mazzucato ya han realizado su parte del trabajo: han generado y difundido el conocimiento suficiente para crear nuevas instituciones más justas. Ahora es el turno de la política. La movilización social, política y electoral en favor de proyectos políticos igualitarios es más necesaria que nunca y cuenta en su favor con un arsenal de propuestas y un contexto favorable. ¿Qué fuerzas políticas y sociales liderarán las nuevas propuestas igualitarias? Solo el futuro nos lo dirá.

Por Mario Ríos Fernández, analista político, doctorando en la Universitat de Girona y profesor asociado en la Universitat de Barcelona y en la UdG.

Publicado enEconomía
Página 1 de 6