La resistencia indígena anticapitalista y la travesía zapatista

Hoy día, donde coloquemos la mirada sobre los pueblos indígenas, encontraremos la diversidad de sus resistencias. Cotidianas y puntuales, unas; estratégicas y de largo alcance, otras. A la vez observaremos, un patrón similar en las respuestas en curso por parte del Estado que, en general, hace caso omiso de la implicación que tendría respetar los derechos colectivos de dichos pueblos, en particular en los megaproyectos que ya han sido declarados de interés público y seguridad nacional.

Ubicando la resistencia de largo alcance, me refiero a la que durante este año inició el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), invitando al Congreso Nacional Indígena (CNI) y el Frente de Pueblos en Defensa del Agua y de la Tierra de Morelos, Puebla y Tlaxcala. Recordemos el anuncio en octubre de 2020, de una más de las iniciativas políticas zapatistas, en este caso para recorrer el mundo y escuchar y compartir con sus iguales las luchas en curso, según sus circunstancias, contra el enemigo común que es el capitalismo, más allá de los gobiernos en turno. Y se preguntaron: “¿A quién importa que un pequeño, pequeñísimo, grupo de originarios, de indígenas, viva, es decir, luche? Porque resulta que vivimos. Que a pesar de paramilitares, pandemias, ‘megaproyectos’, mentiras, calumnias y olvidos, vivimos. Es decir, luchamos. Y en esto pensamos: en que continuamos luchando. Es decir, seguimos viviendo…caminaremos o navegaremos hasta suelos, mares y cielos remotos, buscando no la diferencia, no la superioridad, no la afrenta, mucho menos el perdón y la lástima. Iremos a encontrar lo que nos hace iguales…” (5/10/20). 

Esa declaración, se concretó y primero cruzó el Atlántico, desde Isla Mujeres el Escuadrón 421, en el navío denominado La Montaña y tres meses después cerca de 200 delegados arribaron y recorrieron la Europa rebautizada como insumisa, ello no sin tropiezos y racismos que en su momento fueron denunciados en torno a la aparente imposibilidad de obtener un pasaporte para iniciar la travesía por ser extemporáneos en su registro de nacimiento. 

El pasado 14 de diciembre el subcomandante Moisés dio cuenta del retorno sanos y salvos a las comunidades zapatistas en Chiapas y de otras entidades y ante todo dieron GRACIAS, sí, con mayúsculas, a los numerosos colectivos europeos que los recibieron, compartieron, alimentaron , hospedaron y cobijaron, y señaló que ahora toca revisar nuestros apuntes para informar a nuestros pueblos y comunidades de todo lo que aprendimos y recibimos de ustedes: sus historias, sus luchas y su insumiso existir. Y, sobre todo el abrazo de humanidad que recibimos de sus corazones. Todo lo que les llevamos fue de nuestros pueblos. Todo lo que recibimos de ustedes, es para nuestras comunidades. Ya compartirán públicamente los zapatistas lo que consideren de esta importante e inédita experiencia, podemos imaginar lo que serán los relatos en las comunidades. Viene a mi memoria el testimonio de nuestro querido Ronco, Ricardo Robles (†), al regreso a la Sierra Tarahumara de la delegación rarámuri que acompañó al cierre de la marcha El Color de la Tierra en el Zócalo de la Ciudad de México, el 11 de marzo de 2001. Con gran sorpresa informaron que somos muchos; se referían a los pueblos de todo el país y con orgullo agregaron y nos mencionaron. Quien conozca ese pueblo y esa región entenderá la dimensión de esa noticia. Y dos meses después se reunieron de nuevo en la sierra para analizar la contrarreforma indígena; El Ronco aclaró que sólo entre ellos y concluyeron con una palabra: esperanza. Lo cual sólo puede emanar de la conciencia de que el camino es largo y confían en su decisión de luchar, en su fortaleza y resistencia ante adversidades que han sufrido a lo largo de la historia.

Es muy claro que los pueblos indígenas no utilizan la unidad de medida de tiempo de la clase política, no les preocupa si están o no a la mitad del camino; en contrapartida, encontramos que a la sociedad en general y de manera lamentable, no le importa lo que pasa con los pueblos si logran cooptarlos o desmovilizarlos en nombre del llamado desarrollo que bien traducen como despojo. Su narrativa es muy otra y pueden coincidir en que el actual gobierno no es identificable con Gustavo Díaz Ordaz y, sin embargo, no olvidan que tiene una espina clavada con el asesinato impune de Samir Flores Soberanes, que sigue sin esclarecer y no es del pasado.

Así, tenemos a la vista la evidencia de que los problemas de los pueblos y de todos son mundiales, porque el capital no tiene nacionalidad, si acaso domicilio y ya les hicieron la visita a algunas empresas europeas para que se enteren de que deben rendir cuentas de su participación en megaproyectos en tierras mexicanas. Esta estrategia es un eslabón más de la resistencia que en sus ya próximos 28 años de presencia pública, el EZLN ha impulsado bajo el horizonte anticapitalista.

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Aire fresco para el progresismo latinoamericano

La contundente victoria de Gabriel Boric frena a la derecha en Chile y en la región. Ahora, el presidente más joven y con más votos de la historia democrática tendrá el desafío de poner en marcha un proyecto progresista que articule el cambio social y la defensa de los derechos humanos.

La contundente victoria de Gabriel Boric sobre José Antonio Kast (extrema derecha) confirma en las urnas —una vez más— la potencia del «reventón chileno» que atravesó transversalmente a toda la sociedad. Y, también hay que decirlo, revela un sistema electoral que lució impecable. Alrededor de las ocho de la noche (hora local) se conocían los resultados y el perdedor aceptaba su derrota. 

Chile pareció volver a su «normalidad»: la de las victorias electorales de fuerzas partidarias de transformaciones sociales en un sentido progresista. Sin equivocarse, los medios definen la elección como histórica. Y lo es. El triunfo de Apruebo Dignidad, nombre nacido de la anterior batalla política (la que logró poner en pie la Convención Constitucional), lleva inscripta la promesa de cambio. 

Los partidos que dirigieron la transición democrática post-Pinochet quedaron fuera de la contienda presidencial (si bien resistieron en las elecciones para diputados y senadores). Boric, el candidato de izquierda, arrasó con 60% en la Región Metropolitana y, de la mano de Izkia Siches, la joven ex-presidenta del Colegio Médico, uno de sus mejores fichajes para la campaña de la segunda vuelta, logró mejorar sus resultados en las regiones y consiguió casi 56% en la elección nacional.

En la primera vuelta, la centroizquierda fue desbordada desde la izquierda por Apruebo Dignidad (Frente Amplio y Partido Comunista) y la centroderecha naufragó electoralmente tras un segundo gobierno de Sebastián Piñera que nunca encontró un rumbo y terminó apoyando, casi sin condiciones, a un candidato que reivindicaba a Augusto Pinochet (con excepción de su política de derechos humanos —sic—). Pero esto no significa que, como titularon muchos medios internacionales, las elecciones chilenas enfrentaran «dos extremos». En el flanco derecho, en efecto, se puede hablar de un extremo. Fue la paradoja de esta elección: el «pinochetismo» de Kast —junto con sus posiciones conservadoras en el terreno de los derechos sexuales, las demandas LGBTI o el feminismo— apareció como más «transgresor» que el programa de Boric. Por eso convocaba al voto con la consigna «Atrévete»: porque hoy votar por él implicaba ir contra la corriente. Significaba, de hecho, manifestarse contra el nuevo sentido común que fue emergiendo al calor de las movilizaciones y de las olas feministas, de los movimientos contra las administradoras de fondos de pensiones (AFP), por el reconocimiento de los pueblos indígenas y en favor de la lucha contra el cambio climático y las «zonas de sacrificio».

En el caso de Boric, pese a ser el candidato de una alianza a la izquierda de la Concertación, su programa está lejos de ser radical. Es, más bien, la expresión de un proyecto de justicia social de tipo socialdemócrata en un país donde, pese a los avances en términos de lucha contra la pobreza, perviven formas de desigualdad social —y jerarquías étnicas y de clase— inaceptables junto a la mercantilización de la vida social. Por otro lado, pese a que Kast se presentaba como un candidato de «orden», todos sabían que el postulante de la derecha habría sido un presidente potencialmente desestabilizador, por su seguro enfrentamiento con la Convención Constitucional en funciones, pero también por la previsible resistencia en las calles. El «orden» en un país que, como se vio en la campaña y en la elevada participación electoral, sigue profundamente movilizado, rima con el cambio y no con los retrocesos conservadores que prometía Kast.

Más que a un radical, muchos en la izquierda consideran a Boric, de 35 años, como demasiado «amarillo», la forma clásica para referirse a las izquierdas reformistas. Y gran parte de su éxito en la segunda vuelta fue haber podido captar el apoyo de la Democracia Cristiana y del Partido Socialista, incluido el de la ex-presidenta Michelle Bachelet, hoy Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, que viajó a Santiago a votar y llamó, mediante un video, a votar por Boric. Como ocurrió con Podemos en España, el Frente Amplio (surgido de las movilizaciones estudiantiles) criticó duramente la transición post-dictadura, pero no podía ganar sin el apoyo de las fuerzas que la dirigieron (solo que, a diferencia de España, sí logró dar el sorpasso frente a la vieja centroizquierda, al menos en la Presidencia, no así en el Congreso). Y menos aún podría gobernar, una tarea cada vez más difícil en una América Latina revuelta.

Ex-dirigente estudiantil y actualmente diputado, Boric llegó a la candidatura presidencial tras un periodo de crisis del Frente Amplio, luego de ganarle las primarias a Daniel Jadue, del Partido Comunista (el sistema electoral chileno favorece la conformación de coaliciones para participar juntas de las primarias y aprovechar los espacios publicitarios y la visibilidad que generan). En la campaña, el ahora presidente electo planteó un choque entre una nueva cultura de izquierda —con eje en los derechos humanos— y la vieja cultura comunista propia de la Guerra Fría, por ejemplo en temas como la crisis en Venezuela o Nicaragua. En uno de los debates con Jadue señaló: «El PC se va a arrepentir de su apoyo a Venezuela como Neruda se arrepintió de su Oda a Stalin». Ahí, Boric puede hacer la diferencia respecto de unas izquierdas latinoamericanas demasiado «campistas» (expresión para señalar a quienes ven el mundo como dos campos geopolíticos opuestos), que terminan mirando con desconfianza los discursos sobre derechos humanos en lugar de transformarlos en un instrumento de la batalla por un mundo más igualitario.

La candidatura de Boric sella una serie de victorias electorales de la idea de «cambio»: el masivo «Apruebo» a la necesidad de una Convención Constitucional en octubre de 2020, la elección de alcaldes y alcaldesas apenas treintañeros en varias ciudades del país y la propia composición de la Convención. Estos liderazgos reflejan un fuerte cambio generacional del cual es expresión el Frente Amplio, pero también las nuevas caras del PC como Irací Hassler, que hoy gobierna la comuna de Santiago Centro. Estos nuevos liderazgos son sociológicamente cercanos al Frente Amplio y plasman también el ascenso de nuevas camadas de mujeres feministas. De hecho, el PC chileno es uno de los pocos casos de un partido comunista en Occidente que, sin renunciar a su identidad, logró renovarse en términos generacionales, pero también de género.

Es posible que el posicionamiento del Frente Amplio en la Convención Constitucional, donde trabaja en coordinación con el PS y más que con el PC, anticipe algo de lo que viene: su lugar como pivote entre la izquierda del PC y la centroizquierda. En su campaña, Boric debió parecerse más a Bachelet que a Salvador Allende. Al final, el «reventón» no significó un giro hacia la izquierda tradicional ni añoranza hacia el pasado, y por eso el desafío del nuevo presidente será poder llevar adelante las banderas de transformación social, sobre todo la de un país más justo, pero sin sobreactuación. Boric captó en su campaña —que en la segunda vuelta penetró en el electorado moderado— que hay en las demandas de cambio más de «frustración relativa» que de añoranzas de la época allendista, aunque sin duda el ex-presidente brutalmente derrocado en 1973 constituyó para muchos una suerte de faro moral de las protestas.

Con un gobierno de Jair Bolsonaro cada vez más impopular, la derrota de Kast, aliado de Vox y otras fuerzas reaccionarias globales, constituye también un freno a la extrema derecha en la región. Con Boric en Chile, la izquierda latinoamericana suma un nuevo presidente —y hay quienes ya colocan a Brasil y hasta a Colombia en esta estela para 2022—. Pero esta «segunda ola» es mucho más heterogénea que la primera y, en general, de menor intensidad programática. Frente a una izquierda latinoamericana desgastada después de la primera «marea rosa», desde un país como Chile —más institucionalizado que otros en la región—, quizás Boric pueda mostrar una vía democrática radical e igualitaria capaz de construir instituciones de bienestar más sólidas (una agenda que tomó una nueva dimensión en la pandemia). Pero también puede significar aire fresco en términos de principios: el «populismo de izquierda» en la región terminó por quedar pegado a la decadencia política y moral del proyecto bolivariano. Y Boric tiene el desafío de mostrar que se puede avanzar en el campo social sin deteriorar la cultura cívica. Aunque eso no solo depende de él, sino también de la futura oposición (tanto política como social). El récord de votos que lo aupó a la Moneda sin duda le da un poder que nadie esperaba días antes de esta elección. 

«Esperamos hacerlo mejor», le dijo a Sebastián Piñera, de manera educada pero contundente, al aceptar un desayuno de transición. Poco después, ante una multitud, dio inicio a lo que sin duda es un nuevo ciclo. Posiblemente el fin de la transición tal como la conocíamos. 

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El ganador de la elección presidencial en Chile, Gabriel Boric, publicó el siguiente tuit: Hoy visitamos el Palacio de la Moneda por invitación del presidente (Sebastián) Piñera. Cuando estuve frente al busto de Salvador Allende pensé en los que, como él, estuvieron antes que nosotros. Sus sueños de un Chile mejor son los que vamos a seguir construyendo junto a todos ustedes. Foto tomada de Twitter

Se consolida el proceso constituyente // Épica, la reacción popular ante una posible regresión pinochetista // El país, en el umbral de un cambio profundo, señala analista

 

Santiago. Al día siguiente de la espectacular victoria de Gabriel Boric en las elecciones presidenciales de Chile, que con 11.74 puntos de ventaja y 4 millones 620 mil votos lo convierten en el más votado de la historia, el primero proveniente de una región que no sea la capital y el más joven en ser elegido, los analistas ensayan explicaciones acerca de la combinación de sucesos que llevaron a este momento de recambio generacional en la política.

Simultáneamente, Boric, quien en su discurso la noche del domingo comenzó a asumir la dimensión republicana que implica conducir al país, continuó con el rito de las formas correctas y participó este lunes en una reunión de dos horas con el presidente Sebastián Piñera, para acordar la coordinación de la transferencia del poder.

Tras ese encuentro, que ocurrió después del mediodía, el presidente electo buscó dar señales para despejar incertidumbres, habida cuenta de que los mercados financiero, accionario y el tipo de cambio, reaccionaron histéricamente: los títulos preferentes cayeron 6.2 por ciento –los más perjudicados fueron los de las mineras y de las administradoras de pensiones– y el peso perdió poco más de 4 por ciento para anotar su peor registro histórico (876 por dólar). Según los operadores, más que por el triunfo de Boric, que estaba internalizado, lo que revolvió las aguas fue la amplitud de su ventaja frente al ultraconservador José Antonio Kast (55.87 por ciento de los votos frente al 44.13).

Tras referirse brevemente al encuentro con Piñera –"fue una reunión con altura de miras, hoy estamos más conscientes de los tremendos desafíos que debemos abordar"–, el presidente electo afirmó: "estamos iniciando las conversaciones" para la integración del gabinete, y agregó que anunciará los nombres en no más de un mes.

"Hay que llevar adelante un proceso de chequeo y contra chequeo, para no equivocarse", explicó, prometiendo paridad de género y no de cuota entre los partidos; "vamos a incorporar a las personas más capacitadas, seguramente varios independientes".

Insistió en que habrá responsabilidad y convergencia fiscal porque "Chile requiere cuentas claras, una macroeconomía ordenada, porque si no, se termina retrocediendo. Gastos permanentes tienen que ser con ingresos permanentes, vamos a avanzar en reformas estructurales, pero paso a paso, para no desbarrancarnos".

Nuevo ciclo

Para Ernesto Águila, académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, el triunfo nítido del izquierdista sobre el candidato de la extrema derecha tiene importantes significados.

"Consolida el proceso constituyente en marcha y ratifica un camino de cambios progresistas de signo antineoliberal. Lo que viene no es fácil para el nuevo presidente porque el Parlamento se encuentra empatado y deberá hacer grandes esfuerzos para construir las mayorías necesarias para viabilizar su programa", dice.

También destaca que "la reacción y movilización popular ante el riesgo de una regresión pinochetista fue épica frente a un intervencionismo electoral del gobierno sin precedente".

Considera que el país "queda con este triunfo en el umbral de iniciar cambios profundos en manos de una nueva generación de políticos. Jóvenes que han demostrado capacidad para enfrentar situaciones adversas y que pueden abrir un nuevo ciclo en la política chilena".

También para Mauricio Morales, académico de la Universidad de Talca, el resultado electoral "implica un quiebre generacional y político crucial en la historia reciente de Chile, porque elegimos al presidente más joven, con más votos y que no proviene de los pactos políticos tradicionales dominantes desde los años 90".

Se produjo, dice, "un cambio muy brusco, apareció una coalición de izquierda con el Frente Amplio y el Partido Comunista que ahora se consolida poderosamente, que fue capaz de derrotar a la izquierda tradicional y a la derecha más radical, por tanto, la esperanza que encarna Boric pasa como ideario de izquierda por generar un país mucho más igualitario, con acceso a los recursos básicos y con mejoras sustantivas en pensiones, salud y educación".

"El recambio generacional es muy evidente, pasan a dominar la escena política personas en torno a los 35 y 40 años que vinieron desde los movimientos sociales y estudiantiles. Eso no lo consiguió la ex Concertación, lo cual es un fracaso para generar militancia que les permitiera sobrevivir".

Así, mientras el desempeño electoral de los partidos clásicos de la centroizquierda va a la baja –tres de ellos (la DC, los radicales y el PPD) están cerca de la muerte electoral– el Frente Amplio y el PC produjeron un cambio significativo, la construcción de un polo de izquierda muy desarrollado electoralmente.

Coincide en que la victoria de Boric es crucial para viabilizar el avance de la Convención Constitucional, que debe terminar su trabajo a más tardar en julio del próximo año para después ir a un plebiscito ratificatorio.

"En esta nueva etapa van a convivir un gobierno de izquierda con una Convención que tiene las misma características, hay congruencia programática e ideológica, por tanto debiera ser una relación de convivencia sana, lo cual no habría ocurrido con Kast", explica.

El mayor desafío para el nuevo gobierno será ampliar su base política en el Parlamento, porque la izquierda, desde marzo próximo, no tendrá las mayorías suficientes para aprobar proyectos de ley por sí sola.

"Boric tendrá que ser lo suficientemente hábil para ampliar su coalición incluyendo a personas de los partidos Socialista, del PPD, Radical e incluso de la DC, esa es la estrategia que debe utilizar: ampliar la coalición para tener un congreso mucho más favorable".

Pero advierte que "el presidente debe ser cuidadoso en no elevar demasiado las expectativas porque si los resultados no lo acompañan, puede haber una espiral de desaprobación y eso no va a contribuir al plebiscito de salida pronosticado para septiembre".

Al respecto, no se trata de minimizar o reducir los objetivos de gobierno por cuanto "hay un compromiso por escrito", sino que las personas entiendan que "los tiempos pueden variar, que el programa se cumplirá en un calendario que no será todo lo acelerado que quisiéramos".

Para el sociólogo Axel Callis, la inmensa votación de Boric se debe a que la gente despertó en términos políticos, cuando percibió que ciertas conquistas sociales corrían riesgo de perderse.

“Hay una apoliticidad peligrosa, el voto pragmático, la abstención, donde las personas dan por descontado que la democracia avanza, aunque sea lentamente. Después de la primera vuelta, sobre todo jóvenes, sintieron que algo de sus vidas podía cambiar, pero en un sentido negativo, si ganaba la ultraderecha, entonces muchos dijeron ‘atinemos, hay que impedir que Kast sea presidente’ y salieron a votar”.

Las manifestaciones de celebración, espontáneas, múltiples y muy numerosas, fueron "expresiones de esperanza pero también de alivio, de haber evitado que naciera algo que podía ser regresivo en términos valóricos y de derechos".

Asimismo, la inmensa votación que obtuvo Boric implica una gran responsabilidad, porque "en democracia cuando las cosas no se dan rápidamente te dejan caer. Mientras más acumulas a favor, también puedes acumular en contra, pasar del amor al odio y a la frustración es algo que está en el ser humano, su gran legitimidad de origen lo obliga a responder a esa enorme masa de votantes".

Por Aldo Anfossi

Especial para La Jornada

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Domingo, 28 Noviembre 2021 11:31

La segunda oleada progresista latinoamericana

En Caracollo, partidarios del gobierno boliviano participaron en la Marcha por la Patria el martes pasado. Foto Ap

El mundo está atravesando una transición política-económica estructural. El viejo consenso globalista de libre mercado, austeridad fiscal y privatización que encandiló a la sociedad mundial durante 30 años, hoy se ve cansado y carece de optimismo ante el porvenir. La crisis económica de 2008, el largo estancamiento desde entonces, pero principalmente el lockdown de 2020 han erosionado el monopolio del horizonte predictivo colectivo que legitimó el neoliberalismo mundial. Hoy, otras narrativas políticas reclaman la expectativa social: flexibilización cuantitativa para emitir billetes sin límite; Green New Deal, proteccionismo para relanzar el empleo nacional, Estado fuerte, mayor déficit fiscal, más impuestos a las grandes fortunas, etc., son las nuevas ideas-fuerza que cada vez son más mencionadas por políticos, académicos, líderes sociales y la prensa del mundo entero. Se desvanecen las viejas certidumbres imaginadas que organizaron el mundo desde 1980, aunque tampoco hay nuevas que reclamen con éxito duradero el monopolio de la esperanza de futuro. Y mientras tanto, en esta irresolución de imaginar un mañana más allá de la catástrofe, la experiencia subjetiva de un tiempo suspendido carente de destino satisfactorio agobia el espíritu social.

América Latina se adelantó a estas búsquedas mundiales hace más de una década. Los cambios sociales y gubernamentales en Brasil, Venezuela, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, dieron cuerpo a esta "primera oleada" de gobiernos progresistas y de izquierda que se plantearon salir del neoliberalismo. Más allá de ciertas limitaciones y contradicciones, el progresismo latinoamericano apostó a unas reformas de primera generación que logró tasas de crecimiento económico entre 3 y 5 por ciento, superiores a las registradas en tiempos anteriores. Paralelamente, se redistribuyó de manera vigorosa la riqueza, lo que permitió sacar de la pobreza a 70 millones de latinoamericanos y de la extrema pobreza a 10 millones. La desigualdad cayó de 0.54 a 0.48, en la escala de Gini y se aplicó un incremento sostenido del salario y de los derechos sociales de los sectores más vulnerables de la población que inclinó la balanza del poder social en favor del trabajo. Algunos países procedieron a ampliar los bienes comunes de la sociedad mediante la nacionalización de sectores estratégicos de la economía y, como en el caso de Bolivia, se dio paso a la descolonización más radical de la historia, al lograr que los sectores indígena-populares se constituyan en el bloque de dirección del poder estatal.

Esta primera oleada progresista que amplió la democracia con la irrupción de lo popular en la toma de decisiones, se sostuvo sobre un flujo de grandes movilizaciones sociales, descrédito generalizado de las políticas neoliberales, emergencia de liderazgos carismáticos portadores de una mirada audaz del futuro y un estado de estupor de las viejas élites gobernantes.

La segunda oleada progresista

La primera oleada del progresismo latinoamericano comenzó a perder fuerza a mediados de la segunda década del siglo XXI, en gran parte, por cumplimiento de las reformas de primera generación aplicadas.

El progresismo cambió la tasa de participación del excedente económico en favor de las clases laboriosas y el Estado, pero no la estructura productiva de la economía. Esto inicialmente le permitió transformar la estructura social de los países mediante la notable ampliación de las "clases medias", ahora con mayoritaria presencia de familias provenientes de sectores populares e indígenas. Pero la masificación de "ingresos medios", la extendida profesionalización de primera generación, el acceso a servicios básicos y vivienda propia, etc., modificó no sólo las formas organizativas y comunicaciones de una parte del bloque popular, sino también su subjetividad aspiracional. Incorporar estas nuevas demandas y darle sostenibilidad económica en el marco programático de mayor igualdad social, requería modificar el modo de acumulación económica y las fuentes tributarias de retención estatal del excedente.

La incomprensión en el progresismo de su propia obra y la tardanza en plantarse los nuevos ejes de articulación entre el trabajo, el Estado y el capital, dieron paso desde 2015 a un regreso parcial del ya enmohecido programa neoliberal. Pero, inevitablemente, este tampoco duró mucho. No había novedad ni expansivo optimismo en la creencia religiosa en el mercado, sólo un revanchismo enfurecido de un "libre mercado" crepuscular que desempolvaba lo realizado en los años 90 del siglo XX: volver a privatizar, a desregular el salario y concentrar la riqueza.

Ello dio pie a la segunda oleada progresista que desde 2019 viene acumulando victorias electorales en México, Argentina, Bolivia, Perú y extraordinarias revueltas sociales en Chile y Colombia. Esto enmudeció esa suerte de teleología especulativa sobre el "fin del ciclo progresista". La presencia popular en la historia no se mueve por ciclos, sino por oleadas. Pero claro, la segunda oleada no es la repetición de la primera. Sus características son distintas y su duración también.

En primer lugar, estas nuevas victorias electorales no son fruto de grandes movilizaciones sociales catárticas que por su sola presencia habilitan un espacio cultural creativo y expansivo de expectativas transformadoras sobre las que puede navegar el decisionismo gubernamental. El nuevo progresismo resulta de una concurrencia electoral de defensa de derechos agraviados o conculcados por el neoliberalismo enfurecido, no de una voluntad colectiva de ampliarlos, por ahora. Es lo nacional-popular en su fase pasiva o descendente.

Es como si ahora los sectores populares depositaran en las iniciativas de gobierno el alcance de sus prerrogativas y dejaran, de momento, la acción colectiva como el gran constructor de reformas. Ciertamente, el "gran encierro" mundial de 2020 ha limitado las movilizaciones, pero curiosamente no para las fuerzas conservadoras o sectores populares allí donde no hay gobiernos progresistas, como Colombia, Chile y Brasil.

Una segunda característica del nuevo progresismo es que llega al gobierno encabezado por liderazgos administrativos que se han propuesto gestionar de mejor forma en favor de los sectores populares, las vigentes instituciones del Estado o aquellas heredadas de la primera oleada; por tanto, no vienen a crear unas nuevas. Dicho de otra manera, no son liderazgos carismáticos, como en el primer progresismo que fue dirigido por presidentes que fomentaron una relación efervescente, emotiva con sus electores y disruptivas con el viejo orden. Sin embargo, la ausencia de "relación carismática" de los nuevos líderes no es un defecto sino una cualidad del actual tiempo progresista, pues fue por esa virtud que fueron elegidos por sus agrupaciones políticas para postularse al gobierno y, también, por lo que lograron obtener la victoria electoral. En términos weberianos, es la manera específica en que se rutiniza el carisma, aunque la contraparte de ello será que ya no puedan monopolizar la representación de lo nacional-popular.

En tercer lugar, el nuevo progresismo forma ya parte del sistema de partidos de gobierno, en cuyo interior lucha por ser dirigente. Por tanto, no busca desplazar el viejo sistema político y construir uno nuevo como en la primera época, lo que entonces le permitió objetivamente enarbolar las banderas del cambio y de la transgresión por exterioridad al "sistema tradicional". Lo que ahora se proponen es estabilizarlo preservando su predominancia, lo que los lleva a una práctica moderada y agonista de la política.

En cuarto lugar, la nueva oleada progresista tiene al frente a unos opositores políticos cada vez más escorados hacia la extrema derecha. Las derechas políticas han superado la derrota moral y política de la primera oleada progresista y, aprendiendo de sus errores, ocupan las calles, las redes y levantan banderas de cambio.

Han cobrado fuerza social mediante implosiones discursivas reguladas que las ha llevado a enroscarse en discursos antiindígena, antifeminista, antiigualitarista y anti-Estado. Abandonando la pretensión de valores universales, se han refugiado en trincheras o cruzadas ideológicas. Ya no ofrecen un horizonte cargado de optimismo y persuasión, sino de revancha contra los igualados y exclusión de quienes se considera son los culpables del desquiciamiento del viejo orden moral del mundo: los "populistas igualados", los "indígenas y cholos con poder", las mujeres "soliviantadas", los migrantes pobres, los comunistas redivivos…

Esta actual radicalización de las derechas neoliberales no es un acto de opción discursiva, sino de representación política de un notable giro cultural en las clases medias tradicionales, con efecto en sectores populares. De una tolerancia y hasta simpatía hacia la igualdad hace 15 años atrás, la opinión pública construida en torno a las clases medias tradicionales ha ido girando hacia posiciones cada vez más intolerantes y antidemocráticas ancladas en el miedo. Las fronteras de lo decible públicamente han mutado y el soterrado desprecio por lo popular de años atrás ha sido sustituido por un desembozado racismo y anti-igualitarismo convertidos en valores públicos.

La melancolía por un antiguo orden social abandonado y el miedo a perder grandes o pequeños privilegios de clase o de casta ante la avalancha plebeya han arrojado a estas clases medias a abrazar salvacionismos político-religiosos que prometen restablecer la autoridad patriarcal en la familia, la inmutabilidad de las jerarquías de estirpe en la sociedad y el mando de la propiedad privada en la economía ante un mundo incierto que ha extraviado su destino. Es un tiempo de politización reaccionaria, fascistoide, de sectores tradicionales de la clase media

Y finalmente, en quinto lugar, el nuevo progresismo afronta no sólo las consecuencias sociales del "gran encierro" planetario que 2020 desplomó la economía mundial sino, en medio de ello, el agotamiento de las reformas progresistas de primera generación.

Esto conlleva una situación paradojal de unos liderazgos progresistas para una gestión de rutina en tiempos de crisis económicas, médicas y sociales extraordinarias.

Pero, además, globalmente se está en momentos de horizontes minimalistas o estancados: ni el neoliberalismo en su versión autoritaria logra superar sus contradicciones para irradiarse nuevamente ni los diversos progresismos logran consolidarse hegemónicamente. Esto hace prever un tiempo caótico de victorias y derrotas temporales de cada una de estas u otras opciones.

Sin embargo, la sociedad no puede vivir indefinidamente en la indefinición de horizontes predictivos duraderos. Más pronto que tarde, de una u otra manera, las sociedades apostarán por una salida, la que sea. Y para que el porvenir no sea el desastre o un oscurantismo planetario con clases medias rezando por "orden" a la puerta de los cuarteles como en Bolivia, el progresismo debe apostar a producir un nuevo programa de reformas de segunda generación que, articuladas en torno a la ampliación de la igualdad y la democratización de la riqueza, propugne una nueva matriz productiva para el crecimiento y bienestar económicos.

Pero, además, con ello, ayudar a impulsar un nuevo momento histórico de reforma moral e intelectual de lo nacional-popular, de hegemonía cultural y movilización colectiva, hoy ausentes, sin los cuales es imposible imaginar triunfos políticos duraderos.

Por Álvaro Garcia Linera. Fragmentos del discurso pronunciado en la Universidad Nacional de La Rioja, Argentina, al recibir el nombramiento de doctor honoris causa, el 5 de noviembre pasado.

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Martes, 09 Noviembre 2021 05:21

La vuelta de los Chalecos Amarillos

Asamblea de Asambleas de los “chalecos amarillos” a principios de abril de 2019 en Saint Nazaire (Francia). Foto de Yves Monteil de la web Reporterre

¿Qué queda del movimiento que encendió las calles de París y puso contra las cuerdas al gobierno de Macron entre finales de 2018 y principios de 2019?

Ante el aumento histórico del precio de la gasolina, el gas y la electricidad en Francia, muchas son las voces que pronostican el posible regreso masivo de los chalecos amarillos a las calles. Sin embargo, ¿es esto posible? ¿Y qué queda de este movimiento que encendió las calles de París y puso contra las cuerdas al gobierno de Macron entre finales de 2018 y principios de 2019?

En primer lugar, hay razones para no sobredimensionar esta pretendida vuelta del movimiento, empezando por la durísima represión vivida en carne propia. Recordemos que en los dos primeros meses de chalecos amarillos hubo más personas mutiladas por la actuación policial que en los diez años anteriores. El balance humano, sólo hasta abril 2019, es de un muerto, tres personas en coma, cinco perdieron una mano y 23 perdieron un ojo.

Pero es que a la represión policial se une la represión judicial (juicios exprés), la represión de los servicios de inteligencia (dosieres, escuchas, captación de datos, etc.) y la represión administrativa encarnada principalmente por la polémica “ley antidisturbios”, que facilita detenciones en las manifestaciones y permite castigar con hasta 15.000 euros o con una pena de prisión a quien se tape la cara. No es muy difícil de imaginar lo que todo esto supone para los que tienen menos recursos.

También hay otras razones más endógenas al movimiento que nos hacen ser precavidos: desgaste de una militancia muy intensa con efectos laborales y lo que el sociólogo Peter Berger llama una limpieza afectiva, es decir, las separaciones sentimentales, amicales o familiares que se han producido a causa de un movimiento muy exigente y polémico en el seno de las estructuras familiares y de sociabilidad cotidiana. Además en varias rotondas ocupadas, con el paso del tiempo y los cambios en la opinión pública, reaparecieron las divisiones sociales o políticas que se habían puesto en suspenso garantizando la unidad y su éxito inicial. La manifestación de las diferencias políticas entre participantes, pero también de clase (entre las fracciones más estables y las más frágiles de las clases populares) hicieron mella en un movimiento que fue perdiendo apoyo social al ser, sobre todo, asociado a la violencia.

Dicho esto, también hay razones para pensar que una re-movilización es posible. Hay todavía rotondas activas, chalecos amarillos que manifiestan en otros conflictos sociales, los grupos de Facebook siguen ahí y existen acciones que se preparan desde los anuncios de las subidas de precio o eventos que se organizan para el tercer aniversario del movimiento. Por lo general los militantes siguen en contacto, debaten y esperan el momento adecuado para salir a la calle. Entre los chalecos amarillos encontramos una parte considerable de primo-manifestantes y entre estos hay muchos para los que el movimiento ha supuesto más bien una socialización agonística y están dispuestos a todo para enfrentase al ejecutivo. Muchas de estas personas que no estaban “interesadas por la política” ahora también miran con lupa las decisiones del ejecutivo y pueden re-movilizarse.

A partir de sus estudios sobre el movimiento feminista, la socióloga Verta Taylor nos invita a pensar la continuidad de los movimientos sociales según sus ciclos de movilización, postulando que se parecen más a una montaña rusa y son bastante dependientes de los ciclos de atención mediática. Y observa como algunos movimientos sociales devienen “estructuras durmientes” que se re-activan con contextos políticos favorables. ¿Y qué mejor contexto que el de una subida histórica de los precios de la electricidad, el gas y la gasolina? Unas reformas como estas, mal medidas, pueden ser la chispa que reavive la protesta y la legitimidad pública de los chalecos amarillos.

Como ha dicho el historiador económico Adam Tooze, “la lección de la crisis de los chalecos amarillos no es que la tarificación del carbono sea imposible, sino que hay que hacerlo siendo conscientes de los efectos distributivos". En esto reside la clave de la cuestión, en saber si Macron ha aprendido la lección. ¿Actuará como en 2018 con etnocentrismo de clase, es decir menospreciando u obviando los efectos en desigualdad de estas subidas, o tratará de corregir este impacto desproporcional para evitar un nueva crisis política justo antes de las elecciones?

Con los chalecos amarillos como protagonistas o no, lo que está claro es que una movilización social semejante sería condición de posibilidad para volver a situar la cuestión social en el centro del debate y despejar el marco dominante seguridad/migración, que favorece a la dupla Macron y Zemmour, de cara a las elecciones de 2022

Por Aldo Rubert

Es investigador en la Universidad de Lausanne y en el INRAE.

9 nov 2021

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Viernes, 22 Octubre 2021 06:20

La Constituyente, de rodillas

La Constituyente, de rodillas

La declaración de los estados de excepción en Chile y Ecuador es la mejor muestra del fracaso de las mal llamadas democracias. En Ecuador sucede luego de que los Papeles de Pandora revelaron que el presidente Guillermo Lasso tiene cuentas ocultas en paraísos fiscales y blinda a militares y policías de cualquier juicio por sus actuaciones.

En Chile, el presidente Sebastián Piñera envía soldados, tanques y helicópteros de guerra a territorio mapuche, para frenar la recuperación de tierras del movimiento. Este hecho se produce mientras la Convención Constituyente sesiona para redactar un texto que supere la carta heredada del régimen de Pinochet.

Lo más objetable es que la mayoría de izquierda de la Constituyente, los movimientos sociales que la integran y el sector de los pueblos originarios que decidieron participar, apenas han hecho declaraciones sin tomar ninguna medida enérgica contra el estado de excepción.

Meses atrás dije que la Constituyente sería la tumba de los movimientos (https://bit.ly/3C0mHuT). Estaba equivocado. En realidad, la lucha popular está mostrando los límites del proceso iniciado en noviembre de 2019 para desviar la lucha callejera hacia las instituciones.

El 12 de octubre, la Comunidad Autónoma de Temucuicui difundió un comunicado donde nombra la realidad en los términos más claros. “Es la demostración objetiva del fracaso de la Convención Constitucional y los escaños reservados, donde la lucha histórica del pueblo mapuche ha sido relativizada y reducida a una abstracción de "pueblos"; ahora en plena discusión y proclamación del Estado plurinacional se ha declarado oficialmente la militarización y la continuación del genocidio del cual el pueblo mapuche ha sido víctima de manera histórica” (https://bit.ly/3mVgTw8).

En un comunicado del 16 de octubre, la Coordinadora Arauco Malleco reafirma su línea histórica de "recuperaciones con base en el control territorial y la transformación de estos lugares, recuperando espacios vitales para la vida mapuche" (https://bit.ly/3jl8eT0).

El texto, firmado por decenas de comunidades, agrega que "el enemigo es el gran capital-extractivista inserto en nuestros territorios y no iglesias, ni el campesinado común", y considera que "la militarización impuesta por este gobierno fascista responde al avance sustantivo del proceso de recuperación político y territoriales".

En los hechos, la declaración del estado de excepción pretende frenar la recuperación de tierras que se viene multiplicando en los dos últimos años. De hecho, en los primeros meses de 2021 se ocuparon cinco veces más fundos que el año anterior y la movilización del pueblo mapuche no hace más que intensificarse.

Se pueden sacar algunas conclusiones de esta deriva del Estado de Chile, de la parálisis de la Constituyente y de la persistencia de las comunidades autónomas.

La primera es que el gobierno de Sebastián Piñera y el Estado no encuentran más recursos que repetir y profundizar la militarización para resolver un conflicto histórico. A mediano y largo plazo, no conseguirán sus objetivos, como viene sucediendo cada vez que reprimen. Todo lo contrario, conseguirán más apoyo y solidaridad con el pueblo-nación mapuche.

La segunda consiste en el fracaso de la Convención Constituyente. Por un lado, está siendo paralizada por la derecha y la extrema derecha que buscan su fracaso. Pero, sobre todo, por la debilidad de las y los constituyentes que responden a la izquierda y a los movimientos sociales, que no atinan a tomar medidas drásticas, por lo menos tan radicales como la decisión del gobierno de enviar al ejército a territorio mapuche.

Piñera siguió la onda de los camioneros que paralizaron la circulación en el sur, exigiendo medidas ante el avance del sabotaje mapuche al transporte. Un gremio ultraderechista, que vive del despojo del territorio por el modelo extractivo de grandes plantaciones de pinos para la exportación.

Pero el fracaso de la convención es, también, la derrota de la gran maniobra para conducir la lucha de calles al redil de las instituciones, empeño en el que destacó Gabril Boric, el candidato de la izquierda a la presidencia en las próximas elecciones de noviembre. En rigor, Boric traicionó la lucha de millones de personas contra el modelo pospinochetista, ya que firmó un Acuerdo por la Paz Social y nueva Constitución sin consultar ni siquiera a su propio partido.

La tercera conclusión, es la fundamental: como demuestra la amplia movilización del 18 de octubre, en el segundo aniversario de la revuelta, amplios sectores de la juventud chilena están retomando el camino de la calle para expresar su rechazo al neoliberalismo militarista chileno. Hubo dos muertos, pero Boric "condenó tajantemente los destrozos, saqueos y enfrentamientos" (https://bit.ly/3G1gT6L).

Es evidente que si llega a la presidencia va a continuar con el extractivismo, seguirá militarizando territorio mapuche y reprimirá con la misma dureza a quienes sigan en las calles.

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La multiplicación de los gobiernos autónomos

El pueblo shipibo-konibo de Perú ha formado su propio gobierno autónomo y llama al gobierno de Pedro Castillo a que lo reconozca oficialmente, como señala una carta abierta publicada el 16 de setiembre.

El Consejo Shipibo Konibo Xetebo (Coshicox) de la Amazonía peruana informó sobre el Gobierno Autónomo del Pueblo Shipibo-Konibo y exige reconocimiento “al mismo nivel político y administrativo que los gobiernos regionales”. Las propuestas que detallan en su carta son “resultados de acuerdos políticos con nuestras bases y son parte de la plataforma de negociación de los pueblos indígenas en su relación con el Estado y que han sido continuamente postergados”.

Exigen además que se reconozcan “nuestros propios órganos representativos que funcionan como instancias de deliberación política”, así como las normas jurídicas creadas por las comunidades y nuestro territorio integral como nacionalidad indígena y no a nivel comunal”.

Estos puntos son centrales porque la legislación peruana reconoce las comunidades y hasta los territorios de los pueblos, pero no así las naciones y las formas de autogobierno a escala supra comunitaria.

Aseguran que las guardas indígenas que han formado son la versión amazónica de las rondas campesinas, surgidas hace medio siglo en la sierra andina para la defensa de las comunidades campesinas, y destacan que esas guardias de autodefensa hoy son más necesarias que nunca para “proteger la Amazonía de invasiones de traficantes de tierras, deforestación y otras actividades como las explotaciones mineras e hidrocarburíferas” que violan las autonomías.

Las comunidades Shipibo-Konibo están asentadas en los departamentos de Ucayali, Madre de Dios, Loreto y Huánuco y abarcan una población de casi 33 mil habitantes, siendo uno de los pueblos más numerosos de la Amazonía peruana.

El pueblo Shipibo demanda el reconocimiento de 2,4 millones de hectáreas, está asentado de forma dispersa y no continua como suele suceder con los pueblos amazónicos (https://www.coshikox.pe/). Cuenta con un sistema propio de comunicación a través de informativos diarios de radio, con programas económicos de cooperativas de banano y de productos orgánicos y crearon un Banco Shipibo que ha realizado préstamos a más de 300 artesanas para que puedan mejorar su producción.

Los emprendimientos económicos tienen por objetivo “soportar el proceso político de independencia y autogobierno a través de acciones económicas basadas sobre el apoyo mutuo entre productores”, según señala su página. Se puedan ver algunos videos para comprender mejor el entorno de los pueblos que ahora se proclaman gobiernos autónomos, como “Canaán: la tierra prometida” (https://www.youtube.com/watch?v=PPkTP-HV_IE&t=72s) y “Uchunya” (https://www.youtube.com/watch?v=RqAOMBeux6A), que permiten acercarse a realidades, identidades y culturas de los pueblos amazónicos, que enarbolan formas de resistencia distintas a las que conocemos pero convergentes con ellas.

“El dinero hoy lo tenemos y mañana ya no. Nuestro territorio lo vamos a tener de por vida y nunca se va a terminar”, dice una mujer autoridad de Santa Clara de Uchunya.

Es evidente que para quienes aspiran a gobernar naciones, provincias o ciudades, las autonomías de los pueblos originarios suenan a poco: escasa población, asentada en territorios remotos lejos de los centros del poder de arriba. No son atractivos para la estrategia de conquistar el poder, ni para rejuntar votos ni para acarrear militantes.

Sin embargo, en los últimos años estamos asistiendo a una notable expansión de las autonomías de los pueblos. Como hemos visto en otras ocasiones, las autodefensas comunitarias que develan la existencia de procesos autonómicos, comenzaron en las regiones de tierras altas, se fueron expandiendo por las tierras bajas, pero también fueron adoptadas por los pueblos negros y campesinos.

Desde la revuelta colombiana de este año, comienzan a organizarse “guardias urbanas” en grandes ciudades como Cali, formas de organización que demandarán largos procesos de aprendizajes colectivos. Sin embargo, como los gobiernos autónomos, las formas de organización no estatales ya están caminando, se multiplican en un proceso imparable, interminable.

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Guerra y caos arriba; resistencia y dignidad abajo

Desde la distancia no se pueden aportar análisis tan precisos y ajustados como los que aparecen en el comunicado del EZLN, del 19 de setiembre, "Chiapas al borde de la guerra civil" (https://bit.ly/3krmlH6). Tampoco un bordado de datos como los que integran el artículo de Luis Hernández Navarro, "El infierno chiapaneco" (https://bit.ly/3ksil9l).

Sólo quisiera enmarcar la agresión a las bases de apoyo zapatistas, en particular, y a los pueblos originarios de Chiapas y de otras geografías, en general, en la estrategia de "guerra perpetua" definida por el Pentágono, que se despliega en estos momentos con una tremenda capacidad destructiva.

La contrainsurgencia ha mutado tanto como la guerra. En Vietnam, el Pentágono creó las "aldeas estratégicas", donde encarceló a 8.5 millones de campesinos, 55 por ciento de la población total de Vietnam del Sur (https://bit.ly/3kwjmxm). Era la forma de aislar a la guerrilla para evitar que se moviera como "pez en el agua", según el aserto de Mao.

En las guerras actuales no se trata de "quitarle el agua al pez", como se hizo hasta la derrota de Estados Unidos en el sudeste asiático, sino de enturbiar y envenenar el agua, para que nadie pueda vivir en paz, y así el capital sigue destruyendo "creativamente", territorios y pueblos, para seguir acumulando.

Lo primero a tener en cuenta es que la guerra dejó de ser un medio para convertirse en un fin. Antes las guerras pretendían derrotar enemigos para instalar una paz que permitiera la continuidad y fluidez de la acumulación de capital. Ahora la guerra es el fin, porque el capital acumula despojando, robando, destruyendo.

Los ingenieros de la guerra, los que tienen una visión más clara y descarnada de las necesidades del capital y del imperio, para seguir siendo el poder dominante, no andan con vueltas. El teniente coronel Ralph Peters, en un texto diáfano como "Constant conflict" (Conflicto constante), publicado en la revista militar Parameters en 1997, enseña la brutalidad conceptual del Pentágono (https://bit.ly/39pEHBY).

La democracia es apenas "esa hábil forma liberal de imperialismo". Peters recomienda la guerra sucia para mantener la dominación, y destaca que "no habrá paz", ya que "durante el resto de nuestras vidas habrá múltiples conflictos en formas mutantes en todo el mundo".

La "guerra perpetua" del Pentágono busca "mantener el mundo seguro para nuestra economía y abierto a nuestro asalto cultural", con un ejército bien informado capaz de "negar ventajas militares a nuestros oponentes". Es evidente que cuando el capitalismo se convirtió en sinónimo de guerra, el pensamiento militar es el que define los modos de actuar y los pasos a seguir.

No se le puede negar precisión y lucidez a estos análisis, por más que resulten repugnantes. La "guerra perpetua" busca eliminar porciones enteras de la población, a la que consideran sobrante, como ha sido analizado por el subcomandante Marcos, en el texto "¿Cuáles son las características fundamentales de la IV Guerra Mundial?", hace ya más de dos décadas (https://bit.ly/3hSKwfS).

Que la guerra se haya convertido en el fin del sistema, cambia las cosas de raíz. El mejor escenario para comprender la "guerra perpetua" es Siria, donde no hay potencias mejores ni peores, ni regímenes o gobiernos aceptables; donde las milicias kurdas defienden a su pueblo de un amplio espectro de enemigos: desde los ejércitos de Turquía y Siria hasta las bandas del Estado Islámico y otros grupos terroristas.

Como en Chiapas, estos grupos no surgieron espontáneamente, sino arropados por el Estado, sostenidos por los más diversos gobiernos, incluso por los que se denominan progresistas. Sencillamente, porque son formas sistémicas de dominación, o sea los modos de mantener a los capitalistas en el lugar de mandones.

Asumir que la guerra será para un largo periodo histórico, plagado de tormentas sistémicas, supone decidir el tipo de organización y las formas de lucha adecuadas a esta nueva situación. Si la guerra busca instalar el caos, debemos ser principio de orden y claridad en nuestros territorios. Si quieren instalar la muerte de pueblos y de geografías, defendamos la vida en todo tiempo y lugar.

Por supuesto que los gobiernos progresistas no comprenden el peligro, porque sueñan con poder gobernar a las mafias narcoparamilitares. No perciben que esas mafias están dispuestas a enfilar sus armas contra esos mismos gobiernos que miran para otro lado, mientras disparan contra los pueblos. Cuando adviertan el error, será demasiado tarde.

Entre los de abajo, lo primero es la cohesión comunitaria y el apego a los territorios en resistencia. Aunque elegimos transitar el camino de la lucha pacífica, no somos pacifistas, no renunciamos a defendernos. En cierto momento hace falta un "tatequieto", un ya basta colectivo que ponga las cosas en su sitio.

El potente comunicado del EZLN nos alerta de la cercanía de esos momentos. Cada quien, en su geografía, estamos alertados.

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Marcha del movimiento Ocupa Wall Street por Nueva York, en octubre de 2011. Foto Ap/Archivo

Nueva York. Hace 10 años estalló Ocupa Wall Street, cuya presencia física duró solo un par de meses pero cuyo impacto sigue retumbando por Estados Unidos al cambiar la narrativa política con su famoso lema de “somos el 99%” colocando la injusticia económica al centro del debate sobre la democratización del pais y nutrir algunos de los movimientos progresistas sociales y electorales sin precedente a lo largo de esta última década.

Respondiendo a un llamado por un revista independiente activista, Adbusters, a que 20 mil manifestantes tomaran Wall Street el 17 de septiembre del 2011, sólo unos cientos de jóvenes respondieron. Se encontraron con una masiva presencia policiaca estableciendo un perímetro de seguridad de cuadras alrededor de Wall Street pero que en efecto logró el objetivo de los manifestantes - poner bajo sitio el símbolo del capitalismo, la Bolsa de Valores de Nueva York. Hasta la famosa escultura del toro de Wall Street sería asignada protección policiaca de 24 horas durante esos dos meses.

Al ser impedidos llegar a Wall Street, los manifestantes procedieron al Parque Zuccotti a unas cuatro cuadras, una plaza a un lado de Broadway, el cual tomaron re-bautizando el lugar como “Plaza Libertad”. Durante los primeros días instalaron una cocina popular, una biblioteca, una carpa de asistencia medica y empezaron a organizar foros. Todos los días realizaban una “asamblea general” en las cuales toda decisión se tomaba por consenso en su experimento de organización horizontal sin líderes.

Identificaron como su inspiración al movimiento de los Indignados en España, la Primavera Arabe, y las movilizaciones estudiantiles en Chile y reconocieron como sus antepasados inmediatos al movimiento altermundista de fines de los noventa y algunos tenían como referencia al EZLN y nuevas expresiones en Sudamérica.

Se asombraron de que eran percibidos como una amenaza tan peligrosa que las autoridades asignaron a cientos de policías y agentes para protegerse de lo que era un movimiento no violento y al inicio muy blanco y de clase media. Pero sus filas fueron creciendo y diversificándose tanto en color como de edades.

En los primeros días de repente apareció una brigada de trabajadores del sindicato del transporte publico de varias razas y etnias coreando “somos el 99%”. Con los días, se empezaron a sumar integrantes de otras organizaciones y movimientos incluyendo los de otros gremios - telefonistas, maestros, electricistas, jornaleros - como agrupaciones de derechos civiles, activistas gay, veteranos de guerra, religiosos, anarquistas, activistas comunitarios, académicos y artistas.

El cambio se notó en las conversaciones e intercambios, los idiomas y sobre todo en el ritmo de los incesantes tambores, que ahora ya hacían bailar.

El comedor popular daba de comer a todos de manera gratuita, gracias a donativos de todo el pais, se coordinaron proyectos de difusión y comunicación incluyendo un periódico impreso de alta calidad llamada The Occupied Wall Street Journal, se organizaron grupos de trabajo y hasta una “universidad” sobre temas de todo tipo. Aparecieron y participaron líderes sociales e intelectuales y artistas de renombre entre ellos Jesse Jackson, Pete Seeger, el presidente de la central obrera nacional Rich Trumka, Tom Morello, Michael Moore, Naomi Klein y en otras ciudades participaron Noam Chomsky y Cornel West.

En uno de los foros de Ocupa en Nueva York, Arundhati Roy declaró que “lo que ustedes han logrado desde el 17 de septiembre… es introducir nueva imaginación, un nuevo idioma político, en el corazón del imperio. Ustedes han reintroducido el derecho a soñar’.

Realizaban acciones directas diarias, marchas, bailes, acciones directas no violentas y algunas aventuras y travesuras con gran humor [https://theyesmen.org/project/occupybullfight/video] y producian videos con nombres tramposos para difundir sus mensajes [https://vimeo.com/30476100].

Ocupa Wall Street se multiplicó y en un momento llegó a tener presencia en más de 100 ciudades y pueblos - desde Filadelfia a Boston, Chicago, Oakland, Phoenix y Washington y hasta Alaska - con diversas expresiones y dimensiones como en otros 82 países, incluyendo brevemente en México.

El sociólogo Immanuel Wallerstein proclamó que era en su momento “el acontecimiento politico más importante de Estados Unidos desde los levantamientos del ’68, de los cuales es descendiente…” [https://www.jornada.com.mx/2011/10/22/politica/036a1pol]. Jesse Jackson, al acompañarlos declaró que los manifestantes eran “los hijos de la campaña de los pobres” de Martin Luther King.

La autora y analista Rebecca Solnit registró que fue el primer momento unplugged de la generación que nació enchufada a las computadoras y las redes cibernéticas, porque por primera vez se reunieron fisicamente, podían verse, enojarse, enamorarse y organizarse en persona. Entre sus logros, escribió en el primer aniversario de ese estallido, fue el “articular, clara e incontrovertiblemente, y a todo volumen, que espantoso y destructivo es el actual sistema económico. Nombrar algo es una acción poderosa… hablar la verdad cambia la realidad (…) Los astutos de Ocupa trajeron a un caballo de Troya lleno de la verdad a la ciudadela de Wall Street”.

Dos meses más tarde, la policía logró reprimir y desmantelar el campamento en la Plaza Libertad, llegando con gases y equipo anti-motín y tirando a la basura cientos de libros. “No pueden desalojar una idea cuyo momento ha llegado” fue la respuesta en pancartas.

Diez años después se debate el impacto real de Ocupa. Un lider veterano de diversas luchas sociales, desde el sindicalismo democrático en los setenta, el movimiento Arcoiris de Jackson, a la fundación de un partido politico de izquierda, comento a La Jornada esta semana que se tiene que reconocer que “Ocupa puso la desigualdad sobre la mesa - ellos cambiaron [el debate politico] sobre ese tema mas en tres meses que nosotros en 30 años”.

Muchos jóvenes que despertaron políticamente con ese movimiento se han sumado a una amplia gama de nuevas iniciativas, desde cooperativas de trabajadores a nuevos movimientos ambientalistas [ver el nuevo llamado de Adbusters https://www.adbusters.org] al movimiento por las vidas negras a nuevas organizaciones poltiico-electorales e incluso han ganado puestos electorales.

De hecho, varios veteranos de Ocupa participaron en las dos campañas presidenciales del socialista democratico Bernie Sanders quien retomo y puso al centro del mensaje de su movimiento el vocabulario hecho masivo por Ocupa de defender el 99% contra el control antidemocrático del 1% mas rico de la economía y la política en este pais.

El enfoque sobre la injusticia económica, el 1% contra el 99% promovido por Ocupa Wall Street sigue siendo un eje central de la disputa política, económica y social de Estados Unidos 10 años después.

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Martes, 14 Septiembre 2021 05:47

El EZLN por ahora rompe el cerco racista

El subcomandante Moisés, con otras delegadas del EZLN.Foto Roberto García Ortiz

La compañía zapatista aerotransportada, llamada La Extemporánea, con 177 integrantes, salió de la Ciudad de México ayer, con destino a Viena, Austria, con escala en Madrid. No fue sencillo vencer el racismo estructural en torno a la posibilidad de que cualquier persona en el país obtenga un pasaporte. Fue necesaria la denuncia y exhibición pública del discurso y descalificaciones de empleados públicos encargados de las oficinas de trámite de pasaportes, los cuales tenían tras de sí el “respaldo “de la cadena originada desde el registro de nacimiento de los solicitantes zapatistas, a la cual por cierto no es ajena gran cantidad de mexicanos que no representan el ideal urbano y clasista detrás de los requisitos de acreditación. Se constituyeron así en personas bajo sospecha. ¿Por qué y para qué pretendían un pasaporte? Juicios culturales plagados de ofensas. Por fortuna, con la denuncia se logró una intervención oficial de funcionarios, tanto en Relaciones Exteriores como en Gobernación, para ir superando obstáculos. Si a ello sumamos el contexto de pandemia, el acceso a vacunas potenciados en requisitos de ingreso a países europeos, podemos imaginar el desafío a la voluntad que implicó concretar esta fase de la Travesía por la Vida. Ciertamente los numerosos colectivos europeos en paralelo al acompañamiento al escuadrón marítimo 421, que regresó al país el pasado sábado, han realizado gestiones de respaldo para las medidas que en su caso deban cubrirse al arribar a Viena.

El EZLN informó que La Extemporánea, nombrada así por el calificativo recurrente que recibieron por sus registros de nacimiento, “está organizada en 28 equipos de Escucha y Palabra, formados por cuatro-cinco compas cada uno; uno de juego y travesura y uno coordinador, por lo que podrá cubrir 28 rincones de la geografía europea en forma simultánea. [...] Días después se incorporará la delegación del Congreso Nacional Indígena-Concejo Indígena de Gobierno y el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y el Agua”.

Como evidencia de la congruencia proverbial que les caracteriza, los zapatistas promovieron "por qué sí a la consulta y sí a la pregunta". Con ello iniciaron la Campaña Nacional por la Verdad y la Justicia. Y hoy dedican este esfuerzo de la travesía “a todas las desaparecidas, a las familias que sufren su ausencia y, sobre todo, a las mujeres y hombres que luchan por encontrarlas y conseguir la verdad y justicia que todos necesitamos y merecemos. Justamente han traído consigo desde Chiapas las actas de las asambleas de las comunidades zapatistas, no zapatistas y antizapatistas, con sus acuerdos sobre el apoyo a la lucha por verdad y justicia para las víctimas de la violencia, según la consulta realizada el pasado 1º de agosto.

Por otra parte, ante la cacería de migrantes que en los últimos días se ha producido en Chiapas, el pasado 4 septiembre los subcomandantes Moisés y Galeano difundieron un enérgico llamado denominado "Contra la xenofobia y el racismo, la lucha por la vida". Desmontaron los argumentos oficiales para mostrar el trasfondo de esta política, pues tiene ese rango, vinculada a los acuerdos con el gobierno estadunidense. Es inaceptable señalar que sólo dos agentes de migración golpearon a migrantes y fueron suspendidos. Las imágenes de la persecución a las caravanas, por elementos de la Guardia Nacional y empleados del Instituto Nacional de Migración están en lo que una vez se llamaron benditas redes sociales. Como muestra de su solidaridad, que nos evoca aquella que organizaron en favor de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación en Chiapas en los días de intensa movilización, ahora informaron que tanto las 12 juntas de Buen Gobierno como la Comisión Sexta, reunieron una cantidad "de paga" para hacerla llegar a los albergues y organizaciones de trabajo humanitario con migrantes en Chiapas.

En Europa se están encontrando también el estigma y persecución a migrantes, la lucha contra megaproyectos y tantas realidades de luchas que ahora se articulan para recibir dignamente a los zapatistas que van a escucharles y a aprender. Objetivamente están acercándose al concepto central de que el capitalismo no se da en un solo país.

Falta conocer a detalle el balance de la actividad intensa que desplegó el comando marítimo Escuadrón 421, que navegó en el mar durante siete semanas en la ruta inversa a quienes se dijo llegaron a conquistarnos y hoy se responde no nos conquistaron, así lo afirmaron en el inicio del año 501 de la resistencia y en el arduo despliegue en las tierras de la Europa insumisa durante tres meses.

Las muestras de racismo estructural aquí enunciadas, incluida la persecución de migrantes, en especial los haitianos fácilmente perseguibles por su color de piel, son sólo un ejemplo ante el que está naturalizado en la sociedad mayoritaria. Toda una tarea para integrarlo con la lucha anticapitalista sin reduccionismos.

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