Jueves, 31 Marzo 2022 05:09

¿Nacimos listas?

¿Nacimos listas?

Acerca del marketing y los mandatos heteronormativos

A propósito del nuevo spot publicitario de una de las marcas deportivas más famosas a nivel mundial, dirigida a su público femenino, se menciona la idea que da título al presente artículo. Comencemos por la primera parte del slogan que versa: “#nacimoslistas para lo que sea”.

Pareciera que al día de hoy no resulta aún evidente que No se nace mujer, se llega a serlo, tal como escribió S. De Beauvoir (1949), descalificando toda una tradición de determinaciones biológicas sobre las identidades y los cuerpos femeninos. La idea de que “nacimos” de una forma particularmente femenina vuelve esta vez disfrazada de mensaje feminista, para decirnos que las cuestiones femeninas son “de nacimiento”. Un mensaje que refuerza perspectivas biologicistas de las cuales los feminismos --a excepción de ciertas posturas radicales--, intentan alejarse. Es decir, el mensaje actual nos fuerza al retroceso, pero disfrazado de avance.

Partiendo de De Beauvoir y su idea de llegar a ser mujer, pasamos algunas décadas después al planteo de M. Wittig (1981), quien da cuenta de la posibilidad de que tampocose llegue a serlo. La autora revela cómo para el pensamiento heterosexual hay mujeres que no llegan a serlo, visibilizando la cuestión lesbiana. Es decir, desde los mandatos culturales de heterosexualidad obligatoria hay quienes no llegan a ser natural women.

¿Qué decir entonces de las personas que llevan años trabajando su transición de género, su transformación, su hacerse mujeres por las más diversas vías, simbólicas, hormonales, deseantes, en fin, identitarias? ¿No están listas entonces? ¿No nacieron listas como mujeres? ¿Lo estarán al fin, algún día?

¿Es acaso este eslogan discriminador y revulsivo hacia los colectivos que intenta incluir? La idea de la marca de nacimiento, de una feminidad a la que sólo se accede biológicamente no es el mensaje que en esta época debería primar. Al menos para quienes deseamos un horizonte más inclusivo, por ende, amoroso.

La segunda palabra del slogan resulta aún más confusa. La idea de nacer lista ha llevado a quien escribe, en libre asociación al mejor estilo freudiano, a recordar el famoso slogan de los boy scouts y su mensaje “siempre listos”. ¿Será un buen ejemplo de cómo la sociedad nos pide que seamos a las mujeres, sobre quienes recae el mandato de estar siempre listas para complacer, ayudar, limpiar, cocinar, criar, producir y reproducir? Un estar “siempre listas” como marca de nacimiento.

Es decir, Nacimos listas encubre el mandato de estar siempre listas y de forma natural, para otros que nos necesitan, para otros que nos demanden, lo que hace de nosotras unos seres exigidos por nacimiento a responder estando listas para eso que se nos pide. ¿Qué me pasa si no estoy lista? ¿Qué me sucederá si no nací lista para lo que sea?

Otra asociación que se desprende casi naturalmente de la pregunta anterior es la idea de que las mujeres, por nacer con útero, están preparadas y obligadas a ser madres. Muchas personas enlazan en su historia de vida el deseo de formar familia y esas formas son diversas, al punto que hemos asistido al embarazo y parto de hombres trans. Pero el relato hegemónico dice que ese hombre trans es una mujer de nacimiento porque posee un útero. Podríamos decir que en ese relato, ese hombre es una mujer porque nació lista para ser madre. Relato que deja en el margen la diversidad de identidades que no encajan en el mensaje binario de la heteronormatividad que rige aún nuestros vínculos.

¿Sería una exigencia forzar asociaciones por la vía del “ser listas” como sinónimo de ser inteligentes? ¿No se estaría tirando demasiado de la piola el suponer que nuestra inteligencia viene de la cuna por el hecho de ser mujeres? ¿Estamos obligadas a ser inteligentes por haber nacido mujeres? La mayoría de las mujeres que son valoradas socialmente por su inteligencia han tenido que hacer grandes renuncias personales y no ha sido por haber nacido listas que consiguieron sus logros, sino que generalmente se llegó tras muchísimo trabajo, esfuerzo, años de estudio, y aun así el famoso “techo de cristal” les pone un tope en el crecimiento profesional si se compara con el colectivo masculino.

Continuando en línea asociativa, aparece otra frase, “estás lista”, que se enlaza con la idea de “estar liquidado”. Si no hubiera la cantidad de violaciones y feminicidios a los que asistimos día a día, quizá esa idea hubiese quedado reprimida o censurada por creerla exagerada.

Ser un sujeto sexuado es estar en permanente construcción, en un “ir viendo” que puede definirse en modos identitarios determinados, pero en ningún caso es de nacimiento. Muchas personas cambian de género, dejando atrás el género asignado al nacer y deberíamos acostumbrarnos a que esa es la normalidad. Así como las personas que no tienen pareja pueden realizar un tratamiento de fertilidad para ser padres, y eso es un derecho conquistado, las personas que se autoperciben con un género diferente al sexo biológico que poseen deben poder acceder a tratamientos hormonales si así lo desean.

Ojalá no pase mucho tiempo para que las grandes marcas tengan una perspectiva de género que apunte a la inclusión y la diversidad, tal como mencionan en sus intenciones, que no arrojen al colectivo femenino a nacer listas "para lo que sea" y que el horizonte de nuestras identidades se pueda construir, abrir a las diferencias que ocurren en el derrotero de nuestras propias historias vitales, y no en moldes prefijados por determinaciones biológicas, que a modo de un destino inexorable, nos fijan al modo en que llegamos a este mundo y forzando de manera violenta a identidades binarias que sólo sirven a los fines de la reproducción de la especie. Quizá no estemos nunca listos, y sí estemos en proceso de deconstrucción.

Por Renata Passolini, psicoanalista

Publicado enSociedad
Francesca y Lorena, 9 y 10 de marzo 2018. Fotografía GHT

Si yo acabara de reencontrarme con la amiga que dejé al salir de la secundaria pública Alessandro Manzoni de Roma, si el reencuentro fuera muy emotivo –digamos entre un vuelo mío a Bolivia y uno suyo de Haití– y si ella me pidiese que le contara en una carta qué ha sido de mi vida durante los cuarenta años en que no nos vimos, probablemente le escribiría lo siguiente:

Como sabes, yo nunca he obedecido mandatos. En un principio fue una actuación involuntaria: recuerda cómo me molestaban los vestidos que me imponía mi madre, lo poco que cuidaba la bata de la escuela, el miedo ante mis padres que me paralizaba y, a la vez, me arrojaba a enfrentarlos, los primeros cigarros al salir de la escuela y los tragos de vino que nos echábamos a la sombra de un álamo cercano a la parada del bus, a las dos de la tarde, teniendo que hacerlo de prisa porque nos esperaban de vuelta en casa. Nos sentíamos rebeldes, tú venías de Calabria y yo de Sicilia, teníamos doce años y era 1968.

Quizás más que desobedecer yo no podía evitar ver y sentir lo que los demás fingían o pretendían que no existiera. Como cuando dije en voz alta durante una comida al muy rico amigo de mi tío que dejara de molestar a mi prima. Era más chica que yo y me sentía en deber de protegerla; el viejo la dejaba llorando cuando por las noches decía que iba a “despedirse de los niños” y le pasaba la mano bajo su pijama. Mi tía, la muy pendeja, fingió no haber oído, pero yo me fui a dormir al cuarto de mi prima y cada vez que el carcamán entraba, yo armaba un escándalo tan grande que al poco tiempo él dejó de “visitar a los niños”.

Por supuesto para la cultura de disimulación de las clases altas yo resultaba insoportable, una mujer incapaz de guardar la compostura. Sin embargo, a mis abuelos maternos yo les caía bien, en particular a la abuela Gilda. Ella había quedado huérfana de madre desde muy temprana edad y había sido educada por hombres, así que buscaba en todas las mujeres algo que le recordara quien era ella misma. Y era simpática, mi abuela Gilda. Decía que todo lo que yo hiciera estaba bien, siempre y cuando lo hiciera sonriendo. Para mi abuela la sonrisa manifestaba dos cosas: la propia felicidad, lo cual era importante, pero aún más importante era el agrado de hacer algo con, frente o por las otras personas. Decía que quien sonríe está demostrando que los otros seres humanos le importan.

Aunque es difícil sonreír ante las adversidades propias y las injusticias y las discriminaciones que la mayoría de las personas sufren en el mundo. Mucho antes de ver a los militares salvadoreños apuntar a la puerta de una iglesia donde el cura había refugiado a una entera comunidad rural, mucho antes de entender cómo las autoridades mexicanas manipulaban los derechos laborales de los trabajadores para convertirlos en dádivas de partido, cuando todavía vivía en Italia, me era difícil sonreír a los profesores que, entre bromas, pero en clases y frente a mis compañeros hombres, me daban a entender que estudiaba en balde, porque mi destino era casarme y tener hijos. Apretaba duro las mandíbulas cuando agregaban: “bonita como eres, no va a ser difícil… ”. Antes de encontrarme con otras mujeres tan desobedientes como yo, no creía posible decirles que se equivocaban, que su lógica, su ética y su estética eran pedantes definiciones de quien no abría los ojos a la realidad.

Gracias a ellos y a las reglas de mis familiares nunca me casé, viajé bajo cualquier pretexto, escribí lo que quise, armé diálogos con todas las mujeres rebeldes con las que me topé en la vida y tuve una hija. Sí, el nacimiento de mi hija está ligado a la historia de cómo me liberé en México, de cómo le dije al padre de mi hija que no quería casarme, que quería vivir con él mientras durara y cómo con mis amigas construimos un mundo –un micromundo quizá, pero mundo al fin– de muchas familias posibles. Todas estas cosas acontecieron después de que saliera de la Universidad de Roma con mi título de licenciada en filosofía cum laude. Estudié mucho porque también era una forma de desobedecer los mandatos de la cultura de mis maestros.

Llegué a vivir a México con un libro de cuentos recién publicado bajo el brazo, cuando acababa de cumplir 23 años. Las burocracias italiana y mexicana se cruzaron y no pude inscribirme en una maestría de inmediato: siempre faltaba algún papel. Así que empecé a hacer diversos trabajos, daba clases de lengua, traducía documentos al italiano y al francés, y me inscribí a unos cursos en una universidad privada, la Iberoamericana, de jesuitas. Yo que en Italia me cambiaba de acera para no pasar cerca de una monja o de un cura, porque según yo traían mala suerte, en México me di cuenta que había gente involucrada en la realidad a partir de sus creencias religiosas. Y que eran muy desobedientes con los mandatos de Roma. No me convirtieron, pero me abrieron la visión del mundo. Por lo demás, recibí buenas clases de historia y de arte mesoamericano, un curso de sociología latinoamericana y mis primeras lecciones de economía política.

Mientras llegaba el papelote con el título de filosofía, la revolución sandinista que acababa de triunfar en julio de 1979 llenaba todas mis ansias y fantasías. Así que un día tomé un camión –en mexicano, un autobús y no una máquina de carga– y me fui tres mil kilómetros más al sur.

En Nicaragua todo mundo sonreía, hasta los militares, que eran muchachitos y muchachitas de ojos negros, bellos como el sol, frívolos como un día de viento y dispuestos a hacer lo que fuera para ayudar en lo que fuera a cualquiera de sus connacionales. Los nicaragüenses tenían una forma especial de manifestar a una mujer que le gustaba. Le espetaban, en la cola del bus, en medio del campo, en la oficina o mientras bailaban apretadito, la frase que más excitaba mi rebelión contra el destino manifiesto de todas las mujeres: “Quiero tener un hijo con vos”. Una noche, bastante temprano para mis horarios italomexicanos –las fiestas iban de las 4 de la tarde a las 11 de la noche, luego todos a dormir–, durante los festejos por la finalización de una cosecha colectiva de hojas de tabaco, bailaba yo bien pegadita con un comandante guapísimo, heroico como Ares, por lo menos según él y sus acólitos. Estaba fascinada, por supuesto. Cuando al muy bruto se le salió que quería tener un hijo conmigo. Entonces, repentinamente liberada de todos los miedos a decir explícitamente lo que deseaba decir desde hacía años, empecé a debatir sobre la frase: que desde que existían los condones las relaciones sexuales no estaban necesariamente vinculadas a la reproducción, que las mujeres teníamos derecho al placer libres del riesgo de quedar embarazadas y, finalmente, que aprendiera a masturbarse. En todo eso, hasta la música se había callado y mujeres y hombres me miraban con pánico unos e interés las otras. La mañana después, se organizó el primer grupo de autoconciencia feminista de Matagalpa.

Con los años me di cuenta que la necesidad de explicitar las diferencias de todo modelo impuesto, las mujeres la tenemos inscrita en el cuerpo, que es un cuerpo histórico y un cuerpo materialmente simbólico. Las mujeres podemos controvertir una norma no cuestionada sobre cómo deben ser las mujeres y los hombres (lo cual implica relaciones económicas, arreglos políticos, la organización social del trabajo, el derecho a los afectos y cualquier otra cosa), porque sólo nosotras hemos vivido en cada situación de nuestras vidas las consecuencias de haber sido excluidas de la autoridad que avala las normas. Y esas consecuencias pueden ser tanto nefastas como muy liberadoras, porque nos permiten ver a la autoridad, a su poder desde fuera. En fin, en Nicaragua aprendí a contestar a los hombres que me espetaban que todos los machos han sido educados por su madre, que esa madre no los había educado, sino que les había transmitido sin posibilidad de cambiarlas las pautas de comportamiento que el sistema le había impuesto desde niña. La educación necesita de libertad de investigación y expresión, se basa en la creatividad, pero estas acciones elementales son las desautorizadas a las mujeres.

Meses después, el calor de Nicaragua me derrotó. Era húmedo y duraba todo el año. No pude con él. No sabía que la “contra”, es decir las tropas contrarrevolucionarias financiadas por el gobierno de Reagan, según un programa de su jefe de la CÍA, George Bush padre, estaban por accionar, sembrando la muerte ahí donde antes crecía el tabaco y el café. A los comandantes de la contra, así como a Bin Laden por sus acciones terroristas contra los soviéticos en Afganistán, Reagan los llamaba “combatientes de la libertad”.

Volví a México. Escribí mi primera novela. Encontré editor. Me vinculé a la solidaridad con la lucha del pueblo salvadoreño para su liberación. Me acerqué, siempre desde una perspectiva muy independiente, a las feministas mexicanas e ingresé a un grupo de autoconciencia feminista con exiliadas chilenas, argentinas, uruguayas y guatemaltecas. De ahí fundamos un grupo de apoyo a las mujeres centroamericanas. También me enamoré de una poeta uruguaya, pero era demasiado intimista en sus expresiones y tenía novia. Yo necesitaba de la logorrea de la narrativa, estaba en un momento revolucionario y, para mis sentidos, México en esos años parecía una fiesta.

Por supuesto estaba muy equivocada. México tapaba la represión a los pueblos indígenas y campesinos, a los movimientos populares, a los sindicatos independientes, a las lesbianas, a los homosexuales y a las mujeres solas con una retórica fenomenal y su histórica solidaridad con los refugiados del mundo. Pero yo tenía 25 años y acababa de ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México donde estudiaba lo que quería y donde todas las estudiantes teníamos el derecho de decir, proponer lecturas, emprender análisis. Nunca había estudiado tan bien, ni con tanta pasión. Un maestro, Jorge Ruedas de la Serna, me dijo que estaba destinada a escribir en español y decidió enseñarme cómo hacerlo: durante un año, cada semana me dio un clásico de la literatura latinoamericana, desde María de Jorge Isaac hasta Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón de Albalucía Ángel. Cada semana debía yo llevarle mi reporte de lectura en tres hojas para que él lo corrigiera. Nunca le agradecí lo que hizo por mí. Sólo Marta Lamas, la feminista mexicana con la que más he debatido, porque tenemos algunas posiciones muy encontradas, hizo algo parecido conmigo: una tarde me explicó cuándo “aún” va acentuado y cuándo no. Y mi amigo Coquena, es decir a Rosario Galo Moya, y al enamorado traductor y poeta argentino Eduardo Molina y Vedia: con ellos y con el dibujante y cronista Luis de la Torre leíamos en voz alta los textos de narrativa que producíamos. Era una labor apasionante, a la que se sumó un gran número de mujeres y hombres jóvenes en el sótano de un club de ajedrez, El Alfil Negro. Un encuentro semanal que duró un lustro.

De esa forma tan colectiva el español se convirtió en mi lengua. La lengua en que me doy a entender, escribo, arrullo a mi hija, me sumo a redes de escritoras, les digo a mis amantes cuánto me gustan.

Terminé una maestría, publiqué una segunda y una tercera novela, me inscribí al doctorado. Siempre en Estudios Latinoamericanos, la matriz de la disciplina que en Estados Unidos adquiriría el nombre de Estudios Culturales, es decir estudios realmente interdisciplinarios, donde la filosofía tiene la posibilidad de pensar desde otros instrumentos conceptuales de acercamiento a la realidad para entablar un diálogo transformador. Tuve dos grandes maestros y una maestra: don Leopoldo Zea, con su sorprendente filosofía de la historia nacionalista-antiimperialista-latinoamericanista y algo existencialista; Horacio Cerutti, que sigue siendo mi referente intelectual más admirado; y la feminista Graciela Hierro, una filósofa de la ética utilitaria que propugnaba la superación de la discriminación de las mujeres para beneficio de la humanidad entera, cuya muerte todavía me ofende. La verdad es que los tres eran muy sonrientes; quizá de ahí su contundencia.

México me parecía una fiesta también porque por aquellos años inicié a escribir en Excélsior y a preparar una tesis sobre las transformaciones de la conducta femenina provocadas por la participación en la guerra en El Salvador. Al ir y venir de Centroamérica donde un asesino como el guatemalteco Ríos Montt pudo llevar a cabo un genocidio de más de 200 mil personas en ocho meses, y donde gobiernos y militares mataban civiles y militantes como si hacerlo fuera normal, llegar a Belice o volver a México era como alcanzar un oasis después de atravesar el desierto. Recuerdo el hambre, el miedo, la rabia, la voluntad de la gente que reporté durante esos años. Las maestras salvadoreñas me hablaban de sus estudiantes y de su voluntad de transformar la sociedad; las campesinas lencas de Honduras me relataban la historia de la represión militar en su país, donde las organizaciones ni siquiera podían levantar la cabeza porque sus dirigentes eran asesinados apenas se perfilaban; las madres de familia y las jovencitas cachiqueles y quichés de Guatemala me impresionaban porque podían narrar historias de masacres brutales de las que habían sido testigos o víctimas, con la mirada perdida de quien ya no puede llorar. Desde entonces empecé a reivindicarme mesoamericana, a sentir el territorio de la tortilla como mío, a preferir el debate con las trabajadoras de mi tierra a cualquier repetición académica.

Cuando durante la década de 1990 las guerrillas centroamericanas firmaron tratados de paz con los gobiernos de sus países, mi vida se volvió mucho más mexicana, urbana y relajada; empecé a deambular entre galerías y estudios de pintores y pintoras. Yo que no puedo dibujar ni una casita, puedo perderme tras el trazo de un brazo que se desplaza sobre el lienzo o escurre pigmentos sobre un piso. Horizontes trazados con una sola línea, en las síntesis pictóricas de Carlos Gutiérrez Angulo; la curva opacidad de un cuerpo recargado en su gesto, como la plasma en sus murales Patricia Quijano; el movimiento que se vuelve baile sobre el papel empapado de tinta china en los dibujos de Guillermo Scully; la cocina del color y las arenas para expresar una finalidad ecológica en las pesadas telas de Gabriela Arévalo: no hay pintora o pintor que en su quehacer no me haya enamorado.

Ni intento de diálogo entre pintura y literatura que no haya ensayado. Desde inventar cuentos para niñas y niños para acompañarlos de dibujos significativos, hasta recorrer biografías de la vida plástica de creadores telúricos como Carlos Gutiérrez Angulo. Yo renuncio a toda la música del mundo por un buen trazo, me quedo sorda con tal de poder seguir viendo cómo el significado del mundo se expresa en una mancha. Siempre he concebido un buen cuadro como un poema: una síntesis en cuyo equilibrio nada tiene derecho a sobrar.

De ahí a que el padre de mi hija fuera un pintor no hay sino un paso. Y la maternidad, cuestionada y rechazada durante el embarazo, se volvió un canto de alegría una vez que hube parido. Luego vinieron los viajes con mi hija, mi deseo de que conociera el mundo y sus contrastes brutales, acompañada de mí y de otras mujeres, amigas mías, tías suyas: la familia cuando no es una convención, es una red de afectos. Durante nueve años compartimos la casa con la poeta hondureña Melissa Cardoza quien le contaba a Helena unos cuentos siempre nuevos que la niña dibujaba sobre el pizarrón que le había regalado la tía Montse, es decir la editora beliceña Montserrat Casademunt, otra de las figuras entrañables de su infancia.

Las mujeres que usan la maternidad como excusa para no realizarse le hacen un gran daño a las otras mujeres, pues las empujan a rechazar una experiencia totalmente femenina, telúrica, vital, generosa, aunque no necesaria ni necesariamente deseada por todas, y a convertir la realización personal en un espacio de masculinización. Lo sé porque odié estar embarazada por el miedo que me provocaba la figura de la madre sin posibilidad de trascendencia. Desde mi infancia, yo había afirmado que no quería ser madre, que no lo sería nunca. Fue difícil luego explicarme por qué me quedé embarazada, por qué no aborté y cómo escogí un parto natural y amamantar a mi hija por año y medio. Por supuesto amamantar fue la elección más fácil: provoca el más intenso, orgásmico placer físico que he experimentado en mi vida.

Con Helena de año y medio nos fuimos a recorrer el arco de la Gran Chichimeca para que yo pudiera escribir La decisión del capitán, mi novela sobre Miguel Caldera, un personaje masculino con el que me identifiqué por sus fracasos: vivió en búsqueda de la paz y haciendo la guerra, desgarrado entre ser el hijo de un soldado castellano o de la madre chichimeca, un mestizo incapaz de elegir a un progenitor, pero en diálogo con sus hermanas, amigos y hermanos. Helena al año y medio cabalgaba mulas y burros sin cansarse jamás y si no había animal a su disposición, yo la cargaba en los hombros para andar cerros, hondonadas y zonas desérticas del Tunal Grande. Desde entonces viajar juntas nos encanta y lo que yo no percibo, ella me lo hace notar.

Luego vinieron Marcha seca, una novela ambientada en el mismo territorio 450 años después, la que he escrito con más angustia; y los cuentos de Verano con lluvia. Enseguida un gran vacío literario, una desolación de la palabra, la muerte de las ideas….

Melissa intentó consolarme; dos queridas amigas, Eli Bartra en México y Edda Gabiola en Guatemala, me exigieron largos artículos sobre la historia de las ideas feministas para impulsarme a volver a escribir; con la estrujante poesía del kosovar Xhevdet Bajraj volví a sentir la emoción de la lectura; pero, con todo, no volví a sentirme feliz. Ni siquiera cuando terminé un libro que considero muy importante, Ideas feministas latinoamericanas, que ha tenido dos ediciones en cinco países. No hay ensayo, por inteligente que sea, que provoque el placer exaltado de una buena ficción. La narrativa dice más que la filosofía.

Quizá para no sentirme derrotada, volví a un viejo amor: la enseñanza. Participé de la fundación de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México porque su rector pregonaba la enseñanza universitaria para todas y todos, sin exámenes de exclusión para quienes no tuvieran un nivel de conocimientos superior al que exige el estado al otorgar un certificado de terminación de escuela media superior. Una universidad que representaba un reto para sus maestras, el de una calidad que no se sustentara en competitividades, una universidad popular y no jerárquica. Durante la organización del programa de la carrera de Filosofía e Historia de las Ideas peleé la existencia de una materia indispensable: Filosofía Feminista. Más aún: filosofía feminista con perfil latinoamericano. Cuando los colegas me cuestionaron la existencia de una materia que “excluía el saber de los hombres”, no pude más y les espeté en la cara: “La suya, amigos míos, es una filosofía de la verga. En francés se dirá falologocentrismo, pero en México se llama filosofía de la verga”.

Ahora, después de nueve años de dar clases en la UACM, y con Helena convertida en una joven, las ganas de escribir están volviendo a mí, poco a poco, como la salud a una convaleciente. Busco espacios, tiempos vacíos en los que las fantasías puedan poblar una escena…

Por supuesto no estoy dispuesta a renunciar al diálogo con otras mujeres, sobre todo con las que viven cotidianamente el racismo de la hegemonía del pensamiento y las leyes de un occidente que se formó hace quinientos años con la invasión de las tierras de pueblos diversos por algunos países europeos. La tierra, la Madre Tierra de la mayoría de las naciones americanas, la portadora y dadora de vida, además, me parece tan brutalmente amenazada por la cultura hegemónica, que la narración -el acto de narrar, es decir de dar a conocer- se me hace cada día más urgida de contenido ecológico y agrícola. No sé dónde publicaré mis próximas novelas, ni siquiera dónde las escribiré, pero sus historias ya están en mí y las conforman muchas historias escuchadas.

Publicado también en: Francesca Gargallo, en Silvana Serafín, Emilia Perassi, Susanna Regazzoni y Luisa Campuzano (Coords.), Más allá del umbral: autoras hispanoamericanas y el oficio de la escritura, Ed. Renacimiento, Colección Iluminaciones n. 61, Sevilla, 231 pp., pp. 294-306. ISBN 978-84-8472-587-9.

Foto: Archivo Amecopress, cedidas por Traficantes de Sueños

Tomado del blog de Francesca Gargallo

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Francesca Gargallo Celentani: viajera, que le dió valor a los pasos de las mujeres y el encuentro sobre un mundo que les pertenece

La última vez que tuvimos la alegría de contar con ella entre nosotros fue en marzo de 2020, precisamente hace dos años. El motivo que la trajo por estar tierras fue su participación en el Foro Internacional “Repensar las bases teóricas para la reconstrucción de un ideario social con perspectiva postcapitalista”, finalmente postergado por la pandemia y el apresurado cierre de la ciudad y del país.

El ambiente de entonces era de expectativa y sorpresa, el virus avanzaba desde Asia y ella, llena de energía y voluntad inquebrantable, no dudó en viajar, con el riesgo de quedar encerrada lejos de su amada “casona”, su lugar de residencia en ciudad de México, siempre abierta a todas las personas que pasaran por allí y requirieran un espacio para el descanso, la conversación intensa y bien argumentada, el compartir de sueños, la recarga de energías, el café al gusto, y mucho más.

Aterrizó en Bogotá entonces con su inmensa y bella corporalidad, ojos brillantes de mirada fuerte y cautivadora, y aquella risa desbordada, contagiosa, al tiempo que abrazos a granel e ideas desbordadas que no ahorraba, que las compartía sin egoísmo ni pretensión alguna.

El cierre de la ciudad fue la confirmación de que el Foro quedaba postergado, y entonces empezó la angustia del regreso, de las imprecisiones de la empresa aérea para cumplir con los viajes que hasta días atrás estaban agendados. Hasta que por fin pudo partir hacia México, pero no vía directa como lo indicaba el pasaje comprado sino vía Panamá y de allí a Costa Rica, para por fin, luego de tres días de malos sueños en aeropuertos poder descansar de manera plácida en habitación cómoda, gozando de la compañía de su amada Helena, hija, amiga, cómplice de sueños y luchas.

Los meses siguientes, con pandemia, fueron de reflexión y escritura, pensando en nuevas novelas, realizaciones y sueños marchitos, primero por el ataque del covid-19 que redujo su energía de manera notable, y luego por el cáncer que invadió su humanidad. En un principio la idea era que el virus no la dejaba libre, pero la persistencia por semanas del malestar tocó revisar en laboratorio lo que estaba sucediendo, y el resultado no fue el mejor.

Desde entonces, cuando confirmaron que la razón del malestar no era el virus sino un cáncer, no desistió en vencer el agresivo enemigo. Fueron meses de luchas, de alzas y bajas, de operaciones de diversa índole, de tratamientos intensos, de dolores insoportables que le impedían concentrarse en la escritura, una de sus pasiones. Lucha apasionada, cuerpo a cuerpo, como la liderada a través del activismo y de las letras por la igualdad entre mujeres y hombres, lucha por el cambio social, profundo, cultural, no solo económico, lucha con diversidad de triunfos, acompañados de buenos y no tan buenos momentos y de las cuales queda los argumentos bien trazados en varios libros; escritura y acción que la llevó a acompañar diversidad de causas a lo largo de nuestra región, y mucho más allá. Ensayos teóricos que acompañaba, en otra orilla de su incansable producción con la literatura. Sus novelas dan testimonio de ella

Es de ella, de la italiana que muy joven partió hacia Nicaragua para acompañar la gesta sandinista, de quien hoy les compartimos la mala noticia de su deceso. Sabemos que todas y todos quienes la conocimos de manera directa la extrañaremos; pero también que quienes se acercaron a ella a través de sus investigaciones como de sus creaciones literarias la echaran de manos.

Faltan palabras y anécdotas para describirla, y la mejor manera de resumir su ser, sencillez, capacidad, vitalidad, está resumida en el semblante que de si misma escribió con motivo de uno de los tantos eventos en que acompañó a desdeabajo:

“Escritora, caminante, madre de Helena, partícipe de redes de amigas y amigos, Francesca Gargallo es una feminista autónoma que desde el encuentro con mujeres en diálogo ha intentado una acción para la buena vida para las mujeres en diversos lugares del mundo. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Roma “La Sapienza” y maestra y doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México, se ocupa de historia de las ideas feministas y busca entender los elementos propios de cada cultura en la construcción del feminismo, entendido como una acción política del “entre mujeres” y las reacciones que despierta en la academia, el mundo político, la vida cotidiana. Enamorada de la plástica, busca entre las artistas una expresión del placer y la fuerza del ser mujeres; narradora, encuentra en sus personajes la posibilidad de proponer otros puntos de vista sobre la realidad que no sean misóginos; viajera, le da valor a los pasos de las mujeres y el encuentro sobre un mundo que les pertenece”.

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Hallan en la granada opción para tratar la depresión en la menopausia

La fruta es fuente de fitoestrógenos, los cuales permiten sustituir la terapia de remplazo hormonal, asociada al riesgo de desarrollar cáncer, señalan

 

Varias investigaciones sugieren que la vulnerabilidad para desarrollar trastornos depresivos se relaciona con la fluctuación y disminución de estrógenos antes y durante la menopausia, debido a que dichas hormonas participan en la regulación del estado de ánimo.

Para tratar la depresión durante la menopausia se utilizan antidepresivos y terapia de remplazo hormonal, que pueden producir efectos adversos y, además, algunas pacientes no muestran respuesta; esto hace necesario identificar opciones más eficaces y seguras, explicó Brenda Valdés Sustaita, graduada del Departamento de Farmacobiología del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados (Cinvestav), del Instituto Politécnico Nacional.

La terapia de remplazo hormonal con estrógenos se asocia al riesgo de desarrollar cáncer de endometrio o de mama cuando es administrada por más de cinco años, así como a afectaciones cardiovasculares (infarto o tromboembolismo venoso), por lo que se ha recurrido a tratamientos alternativos como los fitoestrógenos y la granada es una fuente de ellos.

Valdés analizó los efectos antidepresivos de un extracto de esa fruta (Punica granatum) en un modelo animal de menopausia, estudio bajo la dirección de Carolina López Rubalcava, investigadora del Departamento de Farmacobiología del Cinvestav, y Érika Estrada Camarena, del Instituto Nacional de Siquiatría.

Como parte de los resultados se encontró que el extracto de granada produce efectos tipo antidepresivos mediados por los receptores de estrógenos, lo cual sugiere que podría ser una alternativa a la terapia de remplazo hormonal.

En la investigación, parte de la tesis doctoral de Valdés, se determinó que el tipo de receptor a estrógeno involucrado en los efectos antidepresivos de la granada es el denominado beta, asociado principalmente a la regulación de procesos de aprendizaje, memoria y estado de ánimo.

Esto representa una alternativa más segura que la terapia de remplazo hormonal convencional, la cual produce la activación del receptor a estrógeno alfa, asociado con procesos de proliferación celular en tejidos como mama y endometrio que pueden contribuir al desarrollo de cáncer.

Adicionalmente, en las pruebas experimentales se identificó que, de forma similar a algunos fármacos antidepresivos, el efecto reportado para el extracto de granada está mediado por el sistema de neurotransmisión serotoninérgico. La información recabada contribuye a dilucidar algunos de los mecanismos de acción de los compuestos de esta fruta, comprender sus ventajas sobre los tratamientos actuales y establecer las condiciones adecuadas para su uso.

El trabajo se efectuó en un modelo animal de menopausia (ausencia de estrógenos). Para ello, se formaron varios grupos y de manera aleatoria les fue administrado el extracto de granada, vía oral o intraperitoneal, en diferentes dosis y tiempos.

Con la finalidad de evaluar el efecto tipo antidepresivo del extracto se empleó la prueba de nado forzado, que permite detectar cambios en la conducta de los animales (movilidad, nado y escalamiento) tras administrarles las moléculas a analizar. En el caso del extracto de granada aumentó la conducta de nado, lo cual se asocia al sistema serotoninérgico.

La granada tiene alto valor nutricional y, además de fitoestrógenos, posee propiedades antioxidantes, antinflamatorias y anticancerígenas. Por tanto, el efecto tipo antidepresivo podría ser resultado de la sinergia de cada uno de sus componentes y con ello beneficiar al organismo de forma integral, finalizó Valdés.

Perdida en los viajes y en los privilegios

Antes de la pandemia decidí viajar sola, por primera vez, a Taganga, para realizar un curso de buceo. En mis viajes acompañada tenía como premisa dejar que el azar marcara el camino, muchas veces llegamos al terminal de buses y allí nos montábamos en el primer bus que saliera hacía cualquier lado; sin embargo, ante la idea de viajar sola planeé cada uno de los minutos y elegí los hostales pensando que quedaran en zonas centrales. Pensé en mis itinerarios, en cada uno de los días, y les confieso que estaba muy asustada.

Había viajado sola otras veces, en el marco de trabajos de campo, seguramente viajes más arriesgados y complejos, pero en los cuales me sentía protegida y con una agenda clara. Viajaba a lugares donde la guerra era y es la cotidianidad; a los llanos del Yarí, La Macarena, Belén de los Andaquíes, Tibú, Caldono, San Andrés de Tello, Santa Ana, Planadas… y nunca me sentí en riesgo.

En esas experiencias era yo espectadora de las violencias que sufrían otras mujeres, y al ser la “abogada” o la “investigadora”, tenía ciertas licencias que no tenían las mujeres de la zona. Descubrí lo profundo del patriarcado y el machismo. Varios momentos se vienen a mi mente, en los cuales puedo relatar lo que implica ser mujer en estas regiones. Compartiré dos de estos recuerdos, que están asociados a los pensamientos que siguen anquilosados en nuestra sociedad y que hacen del mundo un espacio inseguro para las mujeres, en ellos podemos entender que un lugar de privilegio económico nos da a las mujeres mayor capacidad de decisión, sin embargo, nunca estamos a salvo del todo, porque el patriarcado no es únicamente un asunto de clases.

Recuerdo 1: Un día en un caserío un señor de unos 60 años, sembrador de coca, se acerca al lugar donde estábamos departiendo a preguntar por “los ecuatorianos”. Las personas que estaban allí contestaron: “se fueron del pueblo hace dos semanas”. El señor, con un aire de desaliento, me mira y me dice: “Mija, me vine por acá a comprar una mujer, es que la necesito para la finca, hace dos meses pasaron unos ecuatorianos vendiendo muchachas, indiecitas jóvenes, pero en ese momento no tenía la plata y ahora les ando siguiendo el rastro para ver si me consigo mi mujer, las otras que he tenido me han dejado botado, pero esta que compre no podrá hacer nada porque será mía”. El señor me miraba con un aire de deferencia, hasta con temor; yo era la “abogada”, sin embargo, hablaba de otra mujer, otro ser igual a mí, cómo algo que se puede comprar, que él puede esclavizar. Esta idea me dejó una sensación de absurdo en el cuerpo que aun hoy no me puedo quitar y ni siquiera explicar.

Recuerdo 2: Llevaba varios años visitando el caserío de Pueblo Nuevo, el que había quedado prácticamente solo tras el imperio de la “seguridad democrática”, escasas 15 familias permanecían allí porque no tenían más opción, sin embargo, desde el 2008 empezó a retornar la gente. En 2010 montaron un burdel en el pueblo y cuando esto sucedió el presidente de la junta me dijo: “Mija, esto se compuso, cuando abren el chonto es que la economía crece de nuevo”.

Sus palabras no quedaron en el aire y quise visitar tal lugar, ya que llevaba más de 10 días en el pueblo y no había visto a ninguna de las mujeres que trabajaban en el burdel. Le pedí a una amiga, presidenta de una organización de mujeres, que me permitiera entrar a tal sitio. Ella estaba encargada de hacer las pruebas de VIH a las mujeres que trabajaban allí, así que podría acompañarla al día siguiente. Llegamos temprano en la mañana, una hora en la que un burdel es muy similar a cualquier casa de familia, con muchas mujeres acompañándose. La luz del sol se posaba sobre sus rostros cansados tras la noche en que se alargaba su trabajo, estaban allí conversando y peinándose entre ellas. Me contaron que la dueña del establecimiento era quien salía a mercar, ellas no podían andar en el caserío (que era una sola calle) en el día, y esta era una regla que, según escuché, habían puesto las mujeres “decentes” del pueblo, mujeres que tenían que ver todas las noches a sus maridos y sus hijos salir hacía el burdel, así que ellas debían permanacer allí encerradas y tenían permiso para salir, una vez al mes, a ver a sus familias. En este contexto los hombres nunca perdían, no eran responsables de decidir ir al burdel, ni responsables de la furia de sus esposas. Toda esta estructura era responsabilidad de las mujeres.

Estos recuerdos me atormentaban pensando en mi viaje en soledad, aunque en mis viajes de campo estaba protegida por el “rol” que cumplía, ahora que estaba pensando en ser una “turista”, sola en el mar Caribe, era posible que yo también sufriera alguna de estas violencias, basadas en la idea de que una mujer que esta viajando sola “anda buscando macho”, o “al dueño de su vida”, o la otra justificación para violentar a una mujer, sintetizada en el dicho: “eso le pasa por paticaliente”, o “quién la manda a estar dando casquillo”, es decir, esa idea generaliza de que si habló muy duro, o se puso ropa “indecente”, es porque disfruta su cuerpo y eso da vía libre a los abusos.

En mis días de viaje, a pesar de todas mis prevenciones, sufrí violencias. Un día, caminando por la playa, se acercó un señor de 65 años (en ese entonces mi papá tenía 58), preguntándome qué “¿Por qué tan solita?”. Otro día me vi perseguida por un grupo de hombres a lo largo de una cuadra, gritándome cosas, y me tuve que resguardar en una casa de familia.

El viajar sola me permitió entender que, a pesar de mis privilegios, también cargo miedo al patriarcado y su violencia; ese miedo no me hace olvidar mis privilegios y me cuestiona sobre mi pasividad a la hora de presenciar actos de violencia cotidianos contra las mujeres.

Estos recuerdos que acabo de narrar siempre estuvieron en mi cabeza, pero en esos viajes no logré conectarlos rápidamente con acciones políticas concretas o protestas ante lo sucedido, como sí hice con hechos más abstractos como la falta de tierras y de oportunidades para los campesinos y campesinas, las violaciones a los derechos humanos por parte del Estado, entre otras. Al fin de cuentas esos temas son más “científicos”, más “objetivos”, y aceptados en los círculos intelectuales y de izquierda.
Hoy me pregunto ¿Por qué mi silencio ante estos hechos de horror? ¿Por qué si me he declarado feminista no protesté ante esos sucesos, o por lo menos no se volvieron motivaciones vitales de mi trabajo?

Aún no tengo una respuesta clara, quizás entonces, como ahora, en algunos asuntos asumo una postura cómoda, o lo considero “normal” para el contexto. Se que mantener una actitud vigilante ante todas las violencias es muy complejo, y este no es un mea culpa, somos esa amalgama entre el impulso de querer cambiar las cosas y una sociedad violenta que nos ha construido membrana a membrana. Pero valoro la posibilidad de haber podido observar mi privilegio, en una estructura social que nos aísla de aquellos que no se nos parecen.

Para mi reflexión y su reflexión, finalizaré con una frase de Hannah Arendth en su impresionante libro “Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad”, donde esta filosofa realiza un detallado recuento del testimonio de un oficial nazi que envío a miles de judíos a morir en los campos de concentración y las cámaras de gas, en cumplimiento de las leyes alemanas de esa época: “Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de delincuente –tal como los acusados y sus defensores dijeron hasta la saciedad en Nuremberg–, que en realidad merece la calificación de hostis humani generis, comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad”**.

* Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca de mujeres que se atrevieron a tomar decisiones rebeldes: viajar, salir solas, levantarse en armas, romper vínculos… en fin, confrontar la vida que el patriarcado nos niega.
A las mujeres y niñas nos guardan en las casas dizque para cuidarnos, para resguardarnos del peligro, mientras a los varones les permiten explorar el mundo, ser ellos. Cuando las mujeres nos atrevemos a salir del mundo privado, liberamos nuestra potencia, y de paso, convidamos a otras con nuestra rebeldía.
Estas narrativas nos dejarán ver algo de ello. Están hiladas como un tritono disonante y subversivo, figura musical que se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la tercera entrega de nuestro sexto tritono.
Erika Rodríguez Gómez @unaconcubina
¿Quieres escribir para mujeres perdidas? Contáctanos.
** Arendt, Hannah. Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal. Editorial Lumen, 1999, p. 165.

 

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Perdida en los viajes y en los privilegios

Antes de la pandemia decidí viajar sola, por primera vez, a Taganga, para realizar un curso de buceo. En mis viajes acompañada tenía como premisa dejar que el azar marcara el camino, muchas veces llegamos al terminal de buses y allí nos montábamos en el primer bus que saliera hacía cualquier lado; sin embargo, ante la idea de viajar sola planeé cada uno de los minutos y elegí los hostales pensando que quedaran en zonas centrales. Pensé en mis itinerarios, en cada uno de los días, y les confieso que estaba muy asustada.

Había viajado sola otras veces, en el marco de trabajos de campo, seguramente viajes más arriesgados y complejos, pero en los cuales me sentía protegida y con una agenda clara. Viajaba a lugares donde la guerra era y es la cotidianidad; a los llanos del Yarí, La Macarena, Belén de los Andaquíes, Tibú, Caldono, San Andrés de Tello, Santa Ana, Planadas… y nunca me sentí en riesgo.

En esas experiencias era yo espectadora de las violencias que sufrían otras mujeres, y al ser la “abogada” o la “investigadora”, tenía ciertas licencias que no tenían las mujeres de la zona. Descubrí lo profundo del patriarcado y el machismo. Varios momentos se vienen a mi mente, en los cuales puedo relatar lo que implica ser mujer en estas regiones. Compartiré dos de estos recuerdos, que están asociados a los pensamientos que siguen anquilosados en nuestra sociedad y que hacen del mundo un espacio inseguro para las mujeres, en ellos podemos entender que un lugar de privilegio económico nos da a las mujeres mayor capacidad de decisión, sin embargo, nunca estamos a salvo del todo, porque el patriarcado no es únicamente un asunto de clases.

Recuerdo 1: Un día en un caserío un señor de unos 60 años, sembrador de coca, se acerca al lugar donde estábamos departiendo a preguntar por “los ecuatorianos”. Las personas que estaban allí contestaron: “se fueron del pueblo hace dos semanas”. El señor, con un aire de desaliento, me mira y me dice: “Mija, me vine por acá a comprar una mujer, es que la necesito para la finca, hace dos meses pasaron unos ecuatorianos vendiendo muchachas, indiecitas jóvenes, pero en ese momento no tenía la plata y ahora les ando siguiendo el rastro para ver si me consigo mi mujer, las otras que he tenido me han dejado botado, pero esta que compre no podrá hacer nada porque será mía”. El señor me miraba con un aire de deferencia, hasta con temor; yo era la “abogada”, sin embargo, hablaba de otra mujer, otro ser igual a mí, cómo algo que se puede comprar, que él puede esclavizar. Esta idea me dejó una sensación de absurdo en el cuerpo que aun hoy no me puedo quitar y ni siquiera explicar.

Recuerdo 2: Llevaba varios años visitando el caserío de Pueblo Nuevo, el que había quedado prácticamente solo tras el imperio de la “seguridad democrática”, escasas 15 familias permanecían allí porque no tenían más opción, sin embargo, desde el 2008 empezó a retornar la gente. En 2010 montaron un burdel en el pueblo y cuando esto sucedió el presidente de la junta me dijo: “Mija, esto se compuso, cuando abren el chonto es que la economía crece de nuevo”.

Sus palabras no quedaron en el aire y quise visitar tal lugar, ya que llevaba más de 10 días en el pueblo y no había visto a ninguna de las mujeres que trabajaban en el burdel. Le pedí a una amiga, presidenta de una organización de mujeres, que me permitiera entrar a tal sitio. Ella estaba encargada de hacer las pruebas de VIH a las mujeres que trabajaban allí, así que podría acompañarla al día siguiente. Llegamos temprano en la mañana, una hora en la que un burdel es muy similar a cualquier casa de familia, con muchas mujeres acompañándose. La luz del sol se posaba sobre sus rostros cansados tras la noche en que se alargaba su trabajo, estaban allí conversando y peinándose entre ellas. Me contaron que la dueña del establecimiento era quien salía a mercar, ellas no podían andar en el caserío (que era una sola calle) en el día, y esta era una regla que, según escuché, habían puesto las mujeres “decentes” del pueblo, mujeres que tenían que ver todas las noches a sus maridos y sus hijos salir hacía el burdel, así que ellas debían permanacer allí encerradas y tenían permiso para salir, una vez al mes, a ver a sus familias. En este contexto los hombres nunca perdían, no eran responsables de decidir ir al burdel, ni responsables de la furia de sus esposas. Toda esta estructura era responsabilidad de las mujeres.

Estos recuerdos me atormentaban pensando en mi viaje en soledad, aunque en mis viajes de campo estaba protegida por el “rol” que cumplía, ahora que estaba pensando en ser una “turista”, sola en el mar Caribe, era posible que yo también sufriera alguna de estas violencias, basadas en la idea de que una mujer que esta viajando sola “anda buscando macho”, o “al dueño de su vida”, o la otra justificación para violentar a una mujer, sintetizada en el dicho: “eso le pasa por paticaliente”, o “quién la manda a estar dando casquillo”, es decir, esa idea generaliza de que si habló muy duro, o se puso ropa “indecente”, es porque disfruta su cuerpo y eso da vía libre a los abusos.

En mis días de viaje, a pesar de todas mis prevenciones, sufrí violencias. Un día, caminando por la playa, se acercó un señor de 65 años (en ese entonces mi papá tenía 58), preguntándome qué “¿Por qué tan solita?”. Otro día me vi perseguida por un grupo de hombres a lo largo de una cuadra, gritándome cosas, y me tuve que resguardar en una casa de familia.

El viajar sola me permitió entender que, a pesar de mis privilegios, también cargo miedo al patriarcado y su violencia; ese miedo no me hace olvidar mis privilegios y me cuestiona sobre mi pasividad a la hora de presenciar actos de violencia cotidianos contra las mujeres.

Estos recuerdos que acabo de narrar siempre estuvieron en mi cabeza, pero en esos viajes no logré conectarlos rápidamente con acciones políticas concretas o protestas ante lo sucedido, como sí hice con hechos más abstractos como la falta de tierras y de oportunidades para los campesinos y campesinas, las violaciones a los derechos humanos por parte del Estado, entre otras. Al fin de cuentas esos temas son más “científicos”, más “objetivos”, y aceptados en los círculos intelectuales y de izquierda.
Hoy me pregunto ¿Por qué mi silencio ante estos hechos de horror? ¿Por qué si me he declarado feminista no protesté ante esos sucesos, o por lo menos no se volvieron motivaciones vitales de mi trabajo?

Aún no tengo una respuesta clara, quizás entonces, como ahora, en algunos asuntos asumo una postura cómoda, o lo considero “normal” para el contexto. Se que mantener una actitud vigilante ante todas las violencias es muy complejo, y este no es un mea culpa, somos esa amalgama entre el impulso de querer cambiar las cosas y una sociedad violenta que nos ha construido membrana a membrana. Pero valoro la posibilidad de haber podido observar mi privilegio, en una estructura social que nos aísla de aquellos que no se nos parecen.

Para mi reflexión y su reflexión, finalizaré con una frase de Hannah Arendth en su impresionante libro “Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad”, donde esta filosofa realiza un detallado recuento del testimonio de un oficial nazi que envío a miles de judíos a morir en los campos de concentración y las cámaras de gas, en cumplimiento de las leyes alemanas de esa época: “Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de delincuente –tal como los acusados y sus defensores dijeron hasta la saciedad en Nuremberg–, que en realidad merece la calificación de hostis humani generis, comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad”**.

* Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca de mujeres que se atrevieron a tomar decisiones rebeldes: viajar, salir solas, levantarse en armas, romper vínculos… en fin, confrontar la vida que el patriarcado nos niega.
A las mujeres y niñas nos guardan en las casas dizque para cuidarnos, para resguardarnos del peligro, mientras a los varones les permiten explorar el mundo, ser ellos. Cuando las mujeres nos atrevemos a salir del mundo privado, liberamos nuestra potencia, y de paso, convidamos a otras con nuestra rebeldía.
Estas narrativas nos dejarán ver algo de ello. Están hiladas como un tritono disonante y subversivo, figura musical que se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la tercera entrega de nuestro sexto tritono.
Erika Rodríguez Gómez @unaconcubina
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** Arendt, Hannah. Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal. Editorial Lumen, 1999, p. 165.

 

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Publicado enEdición Nº287
6 enero 2022 Simone Biles de EEUU aplaude durante la final del equipo femenino de gimnasia artística durante los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.- Loic Venance / AFP

El martes 27 de julio del recién despedido 2021, la más aclamada estrella olímpica de Estados Unidos dijo basta. Simone Biles, cuatro veces medalla de oro, pronunció ante el mundo las palabras "salud mental". Y todo cambió. "Tengo que concentrarme en mi salud mental", dijo para explicar por qué se retiraba de la competición. Empezamos este 2022 con algo que ha cambiado definitivamente. 

Esas palabras asestan un golpe de muerte a la idea del mejor, del mayor, del más fuerte, a la idea de la superioridad como triunfo. Las palabras de Biles abrieron una grieta en la forma en la que se estructura nuestra sociedad. Todo. El deporte, evidentemente, pero por encima de eso, la educación, el trabajo, las relaciones personales, la cultura, la descripción de lo que somos. De golpe, puso en evidencia que la Historia no pertenece a los ganadores. Más aún, puso en crisis la idea misma de qué es un ganador, una ganadora. 

Bajemos al colegio. Lo escolar se basa en las calificaciones. Las calificaciones son una construcción competitiva. Ahí están "la mejor" contra "la peor". Pero ¿quién es "la mejor"? De eso se trata. Vamos a lo bestia. La Historia se articula en el relato entre vencedores y vencidos. Pero ¿quién es el que vence? De eso se trata. "El más". El más fuerte, el más grande, el más alto, el más listo, el más blablablá. 

¿Y si ya no fuera así? Porque probablemente ya ha empezado a no ser así.

"Simplemente creo que la salud mental es más importante en los deportes en este momento. Tenemos que proteger nuestras mentes y nuestros cuerpos, y no solo salir y hacer lo que el mundo quiere que hagamos", dijo Biles. "Ya no confío tanto en mí misma", dijo. ¿Quién es mejor, la que gana o la que es capaz de, con 24 años, admitir en público que no confía tanto en sí misma? ¿Quién gana, la medalla de oro o quien enuncia las palabras "salud mental" y se las cuelga con una cinta que representa a todas las naciones? "Simplemente tienes que dar un paso atrás", enunció Biles. Puede subirse al podio quien lo hace dando un paso atrás. Eso es.

El 8 de marzo de 2018, varios millones de mujeres secundaron en España una huelga feminista que paró el país. Era una huelga por los derechos de las mujeres, contra la violencia machista, y además una huelga de cuidados y de consumo. Las mujeres del mundo entero se movilizaron y con el tiempo se ha visto que una idea en principio complementaria lo ha cambiado todo. Los cuidados. Para entender qué significa exactamente eso, bastan dos preguntas: 

Pregunta 1: ¿Cuánto ganan un corredor de Bolsa y una cuidadora de ancianos? 

Pregunta 2: ¿Qué es más importante para una sociedad, un corredor de Bolsa o una cuidadora de ancianos?

La respuesta es obvia. La cuidadora de ancianos es inmensamente más necesaria que el corredor de Bolsa. Cuidar de nuestros ancianos y ancianas, de nuestros menores, es inmensamente más importante que jugar a la Bolsa. Y ahora, busquen y comparen los sueldos. 

Sin embargo, la idea de cuidados no se quedó ahí donde la clavamos con una chincheta en el corcho de aquel 2018. En un par de años, los cuidados han empapado lo que somos y ya no solo tienen que ver con el ámbito asistencial, laboral o "doméstico". Se trata de cómo nos comportamos con nosotras mismas y entre nosotras. Ahí está la brecha, que es histórica e íntima. Es común. Al asumir y ensanchar la idea de cuidados, las mujeres hemos sacudido la jerarquía de los valores que ordenan nuestra sociedad. Hasta el punto de que una fuera de serie de una competición diga "Hasta aquí he llegado". 

El gesto de Simone Biles responde y es consecuencia de un cambio estructural, esencial e histórico, fruto del desarrollo del feminismo y de la posibilidad de difusión que dan las nuevas formas de comunicación. No por casualidad la base de su pequeña inmensa revolución se sustenta en la salud mental. Ah, los tabúes, los mundos prohibidos a los victoriosos, a los "superiores". Pero ese paso sucede al anterior: su denuncia de abusos sexuales por parte de Larry Nassar, el médico de la selección estadounidense de gimnasia artística. 

Todo paso sucede al anterior. Las mujeres lo sabemos bien. Pero de pronto se salta. Hay saltos que coronan el paso a paso. Por ejemplo, un triple doble en suelo. 

El 15 de enero de 2018, Simone Biles publicó en las redes sociales: "La mayoría de vosotros me conocéis como una chica feliz, graciosa y con energía. Pero últimamente me he sentido rota y cuanto más trato de apagar esa pequeña voz en mi cabeza, más alto me grita. Ya no tengo miedo de contar mi historia. Yo también soy una de las supervivientes que sufrió abusos sexuales por parte de Larry Nassar". Tenía 20 años y el movimiento #MeToo había estallado apenas tres meses atrás. "Durante muchos años me pregunté: ‘¿Fui muy inocente?, ¿fue mi culpa?’ Ahora ya sé la respuesta a esas preguntas. No. No fue mi culpa. Tras escuchar las valientes historias de mis amigas y otras supervivientes, sé que esta horrible experiencia no me define".

Un año después de estas declaraciones, en agosto de 2019, Biles se convirtió en la primera mujer que ejecutaba un triple doble salto en suelo.

Al denunciar a Nassar, la gimnasta se unió a un movimiento que acababa de arrancar y aún sigue tomando impulso. Al anunciar este pasado 2021, tres años después, su decisión de abandonar una competición para cuidarse, cambió las reglas de una manera que ni ella misma ni nadie ha alcanzado todavía a valorar. 

Este 2022 ya no somos las mismas. Todo ha cambiado definitivamente. El sempiterno baremo masculino que señala quién gana y quién pierde yace a sus propios pies como la muda de una piel sin recambio. La misma idea de ganar o perder huele a bragueta triste de tergal. Ya no gana el más fuerte, se acabó la competición. No es un asunto deportivo. Es académico. 

Hace ya demasiado tiempo que me ronda una cuestión. Cuando se denuncia que no hay mujeres en los premios nacionales de lo que sea, que no hay mujeres en los jurados, me pregunto: ¿por qué deberíamos interesarnos por eso? Ganar algo implica competir. Competir implica aceptar unas normas de rivalidad donde debe ganar el mejor. ¿Qué significa ser "el mejor"? A partir de ahora y para nosotras, significa atender a nuestra salud mental, denunciar aquello que nos agrede sin atender a las represalias, parar y mirarnos. 

Empezamos un año como nunca ha habido otro. Algo así como un triple doble en suelo, algo nunca visto.

Publicado enSociedad
Imagen: Leandro Teysseire

La líder afrodescendiente es precandidata presidencial en Colombia por el Movimiento Soy Porque Somos

De luchar contra las multinacionales mineras que contaminan los territorios ancestrales a ganar el Premio Medioambiental Goldman, la dirigente de izquierda apuesta a una Colombia "digna, en paz, justa e igualitaria".

 

“Llegar a la presidencia de Colombia no es un fin, es un medio para seguir empujando las luchas”, afirma Francia Márquez Mina, que con su candidatura sacudió el tablero político de su país. Abogada, dirigente social y defensora del medioambiente, Márquez busca convertirse en la primera presidenta mujer y afrodescendiente en un país donde el racismo va desde lo más sutil hasta lo estructural. Desde las expresiones racistas hasta el despojo de territorios ancestrales. “El racismo estructural define las condiciones en las que la gente racializada debe vivir. Vemos como el modelo neoliberal y el capitalismo salvaje necesitan de esas formas de opresión para mantenerse”, explica en diálogo con Página/12.

 “Cuando a mí estos hombres blancos de élite me vienen a decir que no tengo los méritos para ser presidenta, pues que me digan ellos cuál es la experiencia que tienen. Su experiencia es de corrupción, su experiencia es de condenar a pueblos enteros a la muerte, a la guerra”, dice Márquez en una conferencia en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, junto a la titular del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), Victoria Donda.

"Tenemos todo por ganar"

“Nosotros no tenemos nada que perder porque ya nos han arrancado todo. Parte de ese todo es que nos siguen expropiando la condición humana. Tenemos todo por ganar y hay que hacer un camino”, remarca la precandidata a la presidencia de Colombia. Desde su niñez hasta la actualidad, la protección de su comunidad y el territorio ancestral llevaron a Márquez Mina a encabezar movilizaciones para exigirle una y otra vez al gobierno que frene el despojo de los pueblos afrodescendientes e indígenas.

“Certificaron que no éramos comunidad negra y por tanto no teníamos que ser consultados y yo me vi metida en la política”, cuenta la líder del Movimiento Soy Porque Somos en referencia a las circunstancias que la llevaron a la política. Porque “políticamente están definiendo que mi comunidad, que ha estado en un territorio desde 1636, tiene que ser desalojada para privilegiar a una empresa multinacional que llegó”, relata.

“Para privilegiar el desarrollo. Siempre nos han sacrificado por el desarrollo. En nombre del desarrollo esclavizaron a nuestros ancestros y ancestras. En el nombre del desarrollo nos han racializado y en el nombre del desarrollo el patriarcado ha hecho lo que quiere con nuestros cuerpos y con nuestros territorios. Ahí me tocó tomar partida”.

Disputar el poder

En 2014, Francia Márquez encabezó la Marcha de los Turbantes, Movilización de Mujeres Afrodescendientes por el Cuidado de la Vida y de los Territorios Ancestrales. Junto a más de 100 mujeres caminaron cerca de 300 kilómetros desde el corregimiento de la Toma en el Cauca hasta la capital Bogotá para exigirle al gobierno del entonces presidente Juan Manuel Santos que retirara los títulos mineros concedidos tras una violenta incursión en el territorio ancestral.

“Como mujeres negras dejamos a nuestros hijos al cuidado de otras personas para caminar, para parar la minería que estaba envenenando con mercurio el territorio. En un territorio donde tenemos niñas y niños con mercurio en la sangre. Con niveles de cinco partículas de mercurio en el cuerpo de niños que tienen 10 u 8 años”, recuerda la candidata.“Eso también es parte del exterminio físico, eso es parte del racismo ambiental. No en todos los lugares se envenenan esos territorios. El veneno se vierte en esos territorios racializados. Entonces ahí me di cuenta de que había que disputarse el poder, había que participar porque eso no iba a parar”.

Ese mismo año, Francia Márquez conoció a la líder indígena hondureña y defensora del medioambiente, Berta Cáceres, quien en 2016, un año después de haber recibido el Premio Medioambiental Goldman fue asesinada en su casa. En 2018, Márquez Mina ganó la misma distinción. “Para mí fue muy doloroso cuando la asesinaron. La lucha que ella hacía era la misma lucha que nosotros hacemos y terminaron asesinándola. No es fácil, pero asistimos a eso. Nuestras luchas siempre están trazadas por los riesgos y pues ahí nos ponemos de frente”, explica a Página/12. Márquez recordó las palabras de Cristina Bautista, gobernadora indígena asesinada en el departamento de Cauca. “Si callamos nos matan y si hablamos también, entonces hablamos porque no tenemos de otra”.

"Soy porque Somos"

En este sentido, la candidatura de Francia Márquez se enmarca en la necesidad de su pueblo. “Un pueblo que está cansado de que no lo dejen respirar, cansado de que le quiten sus sueños. Este es el sueño de los jóvenes que todos los días los asesinan y que justifican sus asesinatos llamándolos criminales,terroristas y vándalos”, dice la líder de Soy porque Somos en referencia a la muerte de jóvenes que se manifestaron durante el estallido social.

“Creo que Duque se ha empecinado en hacer trizas la paz y sostener una política de muerte que ha venido fomentando el uribismo hace 20 años, incidiendo incluso en la política exterior cuando deberíamos respetar la autonomía de cada estado”, afirma Márquez a este diario. “Aquí estamos resistiendo, pensando en cómo en esta apuesta por ganar las elecciones podemos confrontar este sistema de muerte y despojo hacia una Colombia digna, en paz, justa e igualitaria. Sobre todo una Colombia que reestablezca sus relaciones con todos los países de la región

4 de noviembre de 2021

Publicado enColombia
Sábado, 30 Octubre 2021 04:59

Home office

Home office

Durante la pandemia surgieron costumbres y usos totalmente nuevos y recrudecieron otros que ya eran conocidos y habituales, por ejemplo, el teletrabajo.

Para los y las oficinistas que acostumbraban llevarse trabajo a casa y para aquellos que tipeaban desde la rutina, para quienes el teletrabajo era su ocupación diaria, la pandemia solo incrementó la habitualidad.

Pero para múltiples mujeres cuyo quehacer requería viajar hasta su ocupación y debieron quedarse en casa para realizar su trabajo como un trabajo doméstico, el teletrabajo constituyó una novedad inquietante. Había que entregar las hojas tipeadas en medio del alboroto provocado por los hijos que no concurrían a la escuela y la novedad se sumó al compañero en la casa y los temores que la pandemia y las estadísticas habían introducido en el hogar.

La Comisión Interamericana de Mujeres (CIM), en colaboración con la Secretaría Técnica de la conferencia Interamericana de Ministros de Trabajo, del Departamento de Desarrollo Humano, Educación y Empleo (DHDEE) de la Secretaría Ejecutiva para el Desarrollo Integral de la OEA,  financiados por el Programa Laboral del Ministerio de Trabajo de Canadá, advirtieron que el trabajo de las mujeres se había potenciado. De manera que el 26 de mayo de 2021 realizaron el Segundo Diálogo entre Ministerios de Trabajo de la OEA colocando como tema central el teletrabajo que realizan las mujeres y la corresponsabilidad en los cuidados.

En 2020, la Comisión Interamericana de Mujeres ”había evidenciado cómo las mujeres que se mantuvieron en el sector laboral formal con el ‘home office’  se debaten entre su empleo, el cuidado infantil, la educación en el hogar, el cuidado de personas mayores y el trabajo doméstico”.

Los organismos internacionales dieron la voz de alarma liderados por la Comisión Internacional de Mujeres y por eso se buscó intercambiar experiencias entre los Estados sobre cómo lograr que el trabajo desde la casa no continuase profundizando las brechas existentes entre mujeres y hombres en el mercado de trabajo y al interior de los hogares y, por el contrario,  contribuya a alcanzar corresponsabilidad de los cuidados y a promover la igualdad de género en la región.

Es interesante advertir cómo la aparición de un nuevo hábito como forma de cultura se transforma automáticamente en un novedoso sometimiento al patriarcado para las mujeres. Porque son innumerables las mujeres que continúan con el home office ahora que la pandemia ha cedido y los hijos e hijas han retornado a la escuela, pero mamá en casa debe supervisar los deberes y aun ir a buscar a los chicos a la escuela “total ya que mamá está en casa...” Por ese mismo motivo tiene que encargarse de conseguir el número de teléfono y llamar al médico de la suegra para pedir un turno.

Ocuparse de la cena y llamar por teléfono a los proveedores de los supermercados es otro de los trabajos domésticos que se suman al tipeado cotidiano.

Es evidente que las culturas patriarcales como la nuestra rápidamente adhieren a los hábitos que someten a las mujeres. El trabajo doméstico le ha sido asignado a las mujeres como una obligación enlazada a su ADN, por lo cual no puede prescindir del mismo como mandato patriarcal; entonces ahora el home office se enlazó con la entrega a horario, con las escobas y las obligaciones educativas que reclaman los hijos.

Los comentarios cotidianos afirman que ahora los hombres “colaboran” más que antes en el trabajo doméstico; quizás sea cierto. Pero para que las Cosas de la Vida se emparejen un poco más, han tenido que intervenir los organismos internacionales.

A pesar de lo cual, el home office como un producto de la modernidad tardía ocupa las horas de trabajo de innumerables mujeres que deben multiplicarse para cumplir con lo que de ellas se espera, atadas al trabajo doméstico.

30 de octubre de 2021

Publicado enSociedad
Lunes, 02 Agosto 2021 09:29

Perdida en la enfermedad pandémica

Perdida en la enfermedad pandémica

Covid es el virus,

el capitalismo la pandemia y la organización

es la respuesta.

Lo grita el mundo.

Lloro. Por todo y por nada. En la cama boca abajo, en la ducha acurrucada, en los marcos de las puertas y frente al espejo. Yo lloro a lo grande, con quejido, con fuerza abdominal, con mocos, incluso, lloré con un chorro de sangre saliendo por mi nariz, cuando acribillaron a bala a la Minga Indígena en Cali e hirieron a Daniela. 

Siendo una llorona completa, no había tenido nunca miedo de llorar. No es que me guste llorar delante de la gente, y me he arrepentido de mostrar mis bellas lágrimas ante seres poco empáticos, egocéntricos y arrogantes, pero esa incomodidad no se parece ni de cerca al miedo. El temor que sentía al acto de llorar, pasando quizá el cuarto día con el covid-19 en mi cuerpo, me congelaba el alma. 

Quería llorar porque me dolían las caderas y las piernas y nada me quitaba ese terrible dolor, y quería llorar porque estaba sola, y también llorar por no poder llorar. Sentía miedo de no poder respirar si lloraba, miedo de que se me liberara la congestión terrible que se afincó en algún lugar de mi cabeza y eso fuera un mal síntoma, o al menos un mal precedente para la recuperación de una gripa que no tiene nada que ver con la gripa “normal”, porque dura un montón y te manda a la cama diciéndote que ya no eres más dueña de tu cuerpo. Es como un bicho inteligente que aparece y desaparece cuando se le da la gana, que te da tregua en las mañanas, pero te golpea en las noches, cuando todo se pone en calma. 

El Taita Víctor sabe decir que en la noche no hay silencio, porque en su lengua no hay cómo traducir lo que en Occidente es la ausencia de sonido, y pues no, algo siempre esta sonando. Y en la calma, cuando llega la noche, la enfermedad encuentra su momento para revelarse con más fuerza, para decirte ¿Me recuerdas?, soy yo la demonia que viene a mostrarte qué se siente estar viva y muerta al tiempo. 

Así he entendido la enfermedad hasta ahora, como una maestra. Si bien una nunca quiere estar enferma, al cuerpo le hace falta mostrar lo que tiene; sus fortalezas, sus defensas y su vulnerabilidad, Pero, ¿qué tenía que enseñarme el covid-19?

Hasta el momento he tenido una confianza excesiva en mi cuerpo. No acostumbro a tomar fármacos de ninguna índole; ni antibióticos, ni analgésicos, ni antidepresivos, y no como animales. Me considero más o menos saludable, pero después de un año y medio de vivir una vida al revés, el ejercicio desapareció y las rutinas se esfumaron. Con el paro nacional, me olvidé de que estamos en medio de un virus pandémico, me relajé, me descuidé y me puse en ‘bandeja de plata’ para que un bicho que va muy orondo, determinando a quiénes pesca, en efecto nos pescara. 

Tengo una teoría sobre cómo y por qué me contagié, que casa perfecta con la idea de este virus como un artefacto químico y espiritual que nos reveló el colapso del capitalismo como lo conocemos y nos puso en una guerra entre la vida y la muerte, pues tuve un bajón emocional el 18 de junio. Un ataque de pánico que me hizo acostar sobre la tierra para respirar y repetirme frenéticamente que todo estaría bien; así no tuviera casa, así no tuviera plantas, así tuviera un montón de cosas innecesarias, así estuvieran matando gente en los barrios en una larga noche que no cesa, y así el mundo no parara de decirme que por favor parara. 

Mi cuerpo y mi corazón quedaron listos para cualquier cosa inmunda que quisiera apoderarse de ellos. Ocho días después sentí el inicio de una “gripita”, y me eché flores por creer que como siempre, no me había tumbado, sino que se sentía suave y pasaría al otro día. Pero esas jactancias se vinieron abajo cuando cuatro días después me sentí extremadamente ajena en mi propio cuerpo. 

El cerebro estaba tensionado, como un motor a media marcha, completamente bloqueado. La piel hipersensible. Los oídos, raros. La frente, inaguantable. No había tos, no había fiebre. Solo frio. Ganas de llorar, miedo a llorar. Miedo a morirme por darme cuenta de que respirar es un gran privilegio. ¿Qué no intuía esto antes?

La posibilidad de morir siempre me ha rondado la cabeza, pero morirme cuando yo quiera, así que fue inevitable no culparme por pensar en todo lo que podría pasarme si mi cuerpo no respondía, si mi arrogante juventud se veía burlada por este habitante extraño, este otro poseyéndome desde el cerebro, que podía arrancarme la capacidad de decidir, de seguir gestionándome la vida y la muerte. 

Todo el covid es una congestión-contención. Congestión en la nariz, congestión en el pecho, contención de los olores, contención en los gustos. Como un detenimiento, una pausa de miles de microsegundos en el que el mundo para, hacia adentro. Como la tierra misma moviéndose espasmódicamente en este mundo tan desencantado para decirte: ¡Piensa!  Pero, ¿cómo si no encuentro las ideas?

Es también contención de los gobiernos, contención de los recursos, de la información, de la democracia y las libertades. Contención para ver a los otres, contención de tocar a los otres. Construcción de la frontera. Erguimiento de tu cuerpo como un nuevo límite, y por decisión ajena. 

Así lo describió Paul Preciado; tu cuerpo individual como nuevo territorio de una agresiva política de frontera. Todo lo que la humanidad occidental ha ensayado para configurar una biopolítica del poder, ahora adentro de tu cuerpo. Ya lo había experimentado visitando a mis amigas al otro lado de la puerta, dejando cariños y hierbas, pero no había dimensionado la asfixia de la frontera en mi propia nariz y de un aire que respiré únicamente yo por casi quince días, queriendo estar en las calles con las compas para, paradójicamente, derribar fronteras. 

Entonces, la guerra que nos declaró esta enfermedad es energética, orgánica y por ello también es química. Es entre cuerpos, aparatos, entidades y cosas, y el espíritu de todas esas cosas y de todas nosotras, que seguimos resistiendo desde el cuerpo colectivo. 

Yo (el triunfo del biopoder en ese vocablo), tenía que aprender a pedir ayuda. Tenía que activar la cadena de afectos, que es grandísima, llena de fueguitos y colores, cada quien con su propia vibra, pero cada uno y una en su propia presencia… y estar presente yo (de nuevo), así, enferma, demandando cuidado y sintiéndome “carga” porque una voz ancestral me dice que hay que ser productiva, incluso, produciendo la resistencia. Pero no, está bien parar, que pare esta locomotora y que entendamos los ritmos de la vida, en comunidad, en juntanza. 

Gracias a todos y todas las que me cuidaron. 

*Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca de la experimentación de la enfermedad de la Covid-19. 

A las mujeres se nos ha endilgado la responsabilidad del cuidado y se nos ha remitido al escenario doméstico como jaula, para proveer afectos, comida, medicina y todo lo necesario para la supervivencia de otres y de nosotras mismas. Allí también hemos construido resistencias, saberes, brujerías. ¿Cómo aparecen estas herramientas cuando somos nosotras las que nos enfermamos?

Estas narrativas nos dejarán ver algo de ello. Están hiladas como un tritono disonante y subversivo, figura musical que se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la primera entrega de nuestro sexto tritono. 

 

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Publicado enEdición Nº282
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