Sábado, 16 Abril 2022 06:47

Putin e ideología (cinco tesis)

Putin e ideología (cinco tesis)

1. La manera en la que muchos, incluso los propios putinólogos (bit.ly/3vgBIGP, bit.ly/37my3iG), han sido −y hemos sido− sorprendidos por la decisión de Putin de invadir a Ucrania emula un patrón más amplio de "inhabilidad" con la cual solemos acercarnos a Rusia. No fue el prolongado bluff, el "ruido de los sables", el "juego estratégico" ni la "tensión sin fin en la frontera" −algo que permitía a Putin "hacer su punto acerca del expansionismo de la OTAN" o “presumir su ‘mano fuerte’ siempre que... no invadía” (bit.ly/3vnM9IK)− que prevaleció. Todo esto a pesar de las insistencias desde Washington, vistas en su momento como "incendiarias", según las cuales "la invasión estaba por ocurrir cualquier día" ("una cosa que atinaron y una sobre la que no nos mintieron", bromeó después uno de los observadores). Algo parecido −como apuntaba hace tiempo Zygmunt Bauman− ocurrió en su momento con todos, casi, sovietólogos que a pesar de ir describiendo y estudiando por décadas el declive de la URSS, han sido sorprendidos por su repentina implosión y desintegración en 1991.

2. Es precisamente este tropiezo en predecir lo que venía que animó a muchos a buscar la "verdadera ideología", las "profundas raíces mesiánicas" o la "mística cosmología" detrás de la decisión de Putin. Si era algo que no se veía venir, igualmente sus motivos tenían que ser "misteriosos" y "ocultos". Ahora Ivan Ilyin, un olvidado pensador ruso filofascista "blanco" reivindicado varias veces por Putin (bit.ly/3KG8uaB) o Aleksandr Dugin, un reaccionario y ultranacionalista "gurú geopolítico" (bit.ly/3vjz8zE) eran las −supuestas− fuentes ideológicas de la invasión, a pesar de que ésta se explicaba bastante bien por el nacionalismo conservador, imperialismo y el chovinismo gran-ruso pregonados de manera abierta por toda la élite de poder en Rusia.

Además si es cierto que “el solo lenguaje de Putin −más allá de sus ‘trasfondos ideológicos’− nos decía todo lo que necesitábamos saber” (bit.ly/3rqlzNE), el núcleo de su fijación en Ucrania estaba igualmente −más que en algún "misticismo"− en su antileninismo reaccionario: previo a la invasión Putin culpó a Lenin por "inventar a Ucrania" e introducir la cláusula de la secesión que hizo estallar a la URSS ("el más grande desastre geopolítico del siglo XX" según él).

3. Mientras la agenda de Putin es mejor expresada en sus propias palabras y decisiones −la guerra con Georgia en 2008, cuando este país se movió hacia la órbita de la OTAN, viene a la mente−, sus motivaciones con raíces en su anticomunismo y la nostalgia por el imperialismo zarista prerrevolucionario son mucho más internalizadas en toda la cultura rusa, diseminadas por todo el espectro político y no limitadas sólo a sus "creencias propias". Esto se refiere tanto a una suerte del "negacionismo" y menosprecio respecto a Ucrania −que "no existe" y "es parte inherente/histórica de Rusia"−, típicos para todo el pensamiento postsoviético dominante, como a la centralidad del pensamiento contrarrevolucionario –"de Pushkin y Chaadáyev hasta Pasternak, Sájarov, Solzhenitsyn y Zinóviev"− que, viendo, de manera contradictoria, tanto a 1917 como a 1991 como traumas y momentos de humillación nacional "salta" siempre cuando alguno de los países de su "extranjero cercano" intenta salirse de su órbita (bit.ly/3xHqa2f).

4. Un afán de centrarse en la ideología de Putin detrás de la invasión tiende a oscurecer las cosas más que esclarecerlas. A "personalizar" e "individualizar" el análisis, lo mismo que aplica a las explicaciones que apuntan a sus "obsesiones": con la OTAN −cuando esta "aversión" es un conocido continuo en la política rusa (bit.ly/3Eeq1Ey)− o con el "ejemplo democrático de Ucrania" (bit.ly/3M3Mozk), siendo éste un argumento "egótico" y (auto)complaciente. El pensamiento de Putin ha sido formado a lo largo de muchos años más que nada por su resentimiento a Occidente, no por ninguna influencia ideológica particular (para justificar la invasión a Ucrania Putin habló tanto de la "traición por los bolcheviques", como de la "traición por Occidente"). No hay un solo gurú ni una sola ideología. Todo ha sido mediado por diferentes ideas y tópicos políticos comunes (bit.ly/3uF0C3G), siendo una mezcla tanto de un cálculo racional −atinado o no−, como de las delusiones de la grandeza imperial (bit.ly/3jCSgmY).

5. Frente a las insistencias en una "repentina ideologización de Putin" y su "fanatismo ideológico" detrás de la invasión en contraste con su "pragmatismo" de hace unos años (bit.ly/3O93Bcl), hay que recordar que en toda política postsoviética los líderes con creencias ideológicas eran y siguen siendo algo atípico: "todos eran más bien unos cínicos que construían regímenes cleptocráticos desprovistos de cualquier ideología y si incluso fuera la verdad que Putin se volvió un fanático, se necesitarían más explicaciones sobre cómo esto se llevó a cabo" (bit.ly/3Jzrzdi). A lo que tal vez apunta la invasión a Ucrania, no es a un particular giro ideológico, sino una "mutación política", donde el cesarismo postsoviético putiniano que se mostró incapaz de contener la ola de las "revoluciones"-insurrecciones en las ex repúblicas está siendo remplazado por un régimen político conservador-imperialista −represivo, reaccionario y centrado aún más en uso de fuerza interna y externamente− "más eficiente" en dominar las clases y naciones subalternas (bit.ly/3xsFY8U).

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La Rusia de Putin o el desenganche espiritual de Europa

En junio de 2021, Vladímir Putin invocó en un artículo a la «nación trina» (Rusia, Bielorrusia, Ucrania) y a la «unidad histórica» de rusos y ucranianos, y advirtió sobre una toma hostil del país vecino por parte de Occidente. Este pensamiento es la consecuencia de un alejamiento cultural de la Europa supuestamente decadente, que los intelectuales cercanos al Kremlin han forzado durante años.

Es indiscutible que las relaciones entre la Unión Europea y Rusia han tocado fondo. A comienzos de 2021, Moscú llegó a amenazar con cortar todos los vínculos con la Unión, y su ministro de Asuntos Exteriores consideró oportuno citar el proverbio latino «Si vis pacem para bellum» («Si quieres la paz, prepárate para la guerra») para subrayar la determinación de su país. En vista de la reciente escalada en Ucrania, esta amenaza era claramente más seria que lo que muchos en Europa quisieron creer en ese momento.

Por supuesto, todos los ojos están puestos en las implicaciones políticas y económicas del abismo cada vez más profundo entre Moscú y Bruselas. Los aspectos inmateriales del cambio en el comportamiento internacional del Kremlin reciben menos atención. Desde la jugada de Crimea y la debacle del este de Ucrania, el imaginario político de las elites de Moscú ha cambiado dramáticamente. En el fondo se trata de un alejamiento mental de Europa.

Nada documenta con más claridad este drástico cambio que un memorándum de 2014, aparecido en relación con el desarrollo de un nuevo concepto político-cultural. «Rusia debe entenderse como una civilización única y distinta que no puede reducirse ni a Occidente (Europa) ni a Oriente», escribieron los autores, y agregaron sin ambages: «En resumidas cuentas, esta tesis –confirmada por toda la historia del país y de su pueblo– dice: Rusia no es Europa».

 «Un mundo nuevo»

Durante los últimos tres o cuatro siglos, las interpretaciones rusas de qué es lo europeo y cuál es la relación de Rusia con Europa han fluctuado constantemente. En la era de Pedro el Grande, los geógrafos e historiadores de su corte jugaron un papel decisivo en el nuevo trazado de las fronteras de Europa. Al designar los Urales como la frontera oriental de Europa, incluyeron decididamente la mayor parte del territorio occidental del Imperio Ruso dentro del viejo continente. Este tipo de cartografía mental sirvió como base simbólica para la política de europeización impulsada tanto por Pedro el Grande como por Catalina la Grande. En su aclamado «Nakaz», el gran «borrador» de su política de 1767, Catalina declaró abiertamente: «Rusia es un estado europeo».

Durante los siguientes dos siglos hubo constantes idas y venidas sobre si Rusia era «europea» y en qué medida. Pero a medida que la Unión Soviética se acercaba a su fin, el Kremlin parecía haber adoptado la fórmula de Catalina. Una de las ideas favoritas de Mijaíl Gorbachov era la de un «hogar europeo común». Boris Yeltsin habló de un «regreso a la civilización europea» y, en 2005, Vladímir Putin afirmó que Rusia era «una potencia europea» que se había desarrollado y modificado «de la mano de otras naciones europeas» durante los últimos tres siglos.

En estos días, sin embargo, el Kremlin proclama que Rusia es una civilización autónoma que se diferencia de la europea. Los principales pensadores políticos del país dicen que Rusia necesita liberarse de las ideas eurocéntricas. Según el politólogo Sergey Karaganov, «desde hace 100 años se habla de la ‘decadencia’ de Europa. Pero ahora parece que se ha llegado a un estadio crítico». En Rossiya v globalnoj politike, la principal revista de política exterior de Rusia, Karaganov afirma que la Europa de la Unión Europea rechaza «muchos valores europeos fundamentales que se han convertido en parte de la identidad rusa». Los «nuevos» valores e «ideologías» de la Unión Europea –ofensiva promoción de la democracia, derechos de las minorías, feminismo, derechos LGBTI, movimiento como Black Lives Matter [Las vidas negras importan] o MeToo– son «tóxicos». Es por eso que, según Karaganov, ha llegado la hora de cuestionar la «orientación cultural y espiritual general de Rusia hacia Europa, nuestras raíces europeas».

En febrero de 2021, Novaya Gazeta publicó un «manifiesto» con el título «La violación de Europa 2.0». Se expresa en un sentido similar, aunque con un lenguaje mucho más colorido. Konstantin Bogomolov, destacado director de teatro, describe a los ideólogos de la Europa actual como una «mezcla agresiva de activistas queer, femeninas fanáticas y ecopsicópatas». Conforme a su tradición de imitar sin gracia modales y costumbres europeos, los rusos han «terminado en la cola de un alocado tren que se dirige a un infierno como los imaginados por el Bosco, donde seremos recibidos por demonios multiculturales y de género neutro». El consejo de Bogomolov habla por sí solo: «Todo lo que tenemos que hacer es desenganchar el vagón, persignarnos y comenzar a construir un mundo nuevo».

Rusia ha vivido en un mundo eurocéntrico durante, por lo menos, 300 años, tal como afirman los corifeos rusos, por lo que Europa ha visto continuamente a su país como el «bárbaro a las puertas» o el «eterno aprendiz». Pero ahora, según un informe publicado bajo los auspicios del Consejo Ruso de Política Exterior y de Seguridad, «Europa tendrá que darse cuenta de que tiene que revisar su diálogo con Rusia», según los autores Fyodor Lukyanov y Alexei Miller. «No porque el aprendiz ahora domine la cuestión por completo (o no lo domine en absoluto). Esa ya no es la cuestión clave. La razón es simplemente que ya no hay aprendices porque ya no quieren ser aceptados en el gremio ni obtener su reconocimiento».

El dilema de la intelligentsia

En lugar de un completo análisis de cómo las experiencias históricas de Rusia se relacionan con las de «Europa», me gustaría presentar más bien dos enfoques teóricos que pueden ayudar a orientarse en este terreno tan controversial. En primer lugar está la teoría de la división cultural entre Occidente y Oriente presentada por el difunto Martin Malia. Malia pone en duda la existencia de una clara línea que divida «Occidente» de «Oriente». Supone, en cambio, que existe una gradación más suave que puede ser experimentada por quienes atraviesan el esencialmente unificado continente euroasiático en dirección al este. La segunda teoría, desarrollada por Maria Todorova, establece una «sincronicidad relativa en el marco de un desarrollo de longue durée (larga duración)». Al situar diversos nacionalismos europeos en una estructura unificada de modernidad, Todorova evita el discurso del «atraso» y define «Oriente» –Europa oriental, los Balcanes y Rusia– como parte de un espacio europeo común1.

Ambas teorías ponen el acento en el carácter fundamentalmente europeo de Rusia y ninguna discute la posición periférica del país. La relativa subalternidad de Rusia con respecto a Europa parece inevitable simplemente porque nunca ha generado su propia visión de la modernidad, sino que ha adoptado una visión europea. De aquí surgió un dilema persistente que los intelectuales rusos –la llamada intelligentsia– han sufrido durante los últimos 200 años. Según el historiador estadounidense Alan Pollard, «los elementos que constituían su conciencia eran en su mayoría productos occidentales. Así que precisamente esas cualidades de la intelligentsia que le dieron la capacidad de comprender –es decir, lo que constituye su esencia– distanciaron a este grupo de la realidad de la vida en el país, la cual precisamente tenían que retratar»2.

Además, reconocer que la tradición intelectual moderna de Rusia es una imitación y que el país depende culturalmente de Europa se da de bruces con la idea de la grandeza rusa. En la imaginación de las elites gobernantes del país, a lo largo de su historia, Rusia ha formado principalmente un centro de poder alternativo que persigue un «proyecto» global y universal, como el imperio ortodoxo de los Románov o el imperio soviético. Ver a Rusia en un papel de estudiante hizo que el país apareciera como un socio menor en el concierto de poder europeo.

Desde la visión paneslava de Rusia como un «tipo histórico-cultural» originario hasta la reinvención del país como un mundo autónomo dentro del eurasianismo clásico, la lucha con este doble dilema ha sido lo que dio siempre forma a los discursos de la intelligentsia rusa sobre la nación y el posicionamiento internacional a lo largo de los siglos XIX y XX. Detrás de estos ejercicios de geografía simbólica había una aspiración compartida por generaciones de pensadores nacionalistas: cuestionar la perspectiva eurocéntrica dominante e insistir en el estatus de Rusia como una civilización autónoma, totalmente soberana y, como mínimo, a la par de cualquier otra gran potencia europea.

Los actuales ideólogos cercanos al Kremlin se nutren de este reservorio de metáforas, significados, imágenes y tropos. Sin embargo, quienes hoy se oponen a Europa ignoran el hecho de que sus predecesores del siglo XIX, mientras acumulaban amplia evidencia de la inminente desaparición de Occidente, se posicionaban con ello en un animado debate dentro de Europa. De hecho, sus constructos intelectuales fueron en gran medida productos del espíritu europeo. En su estudio histórico-cultural El icono y el hacha, James Billington señaló un «fenómeno significativo» que ha marcado de forma perenne la historia intelectual rusa: la figura del «profeta occidental que mira a Rusia buscando con sus ojos la realización de ideas que en el propio Occidente no encuentran la atención que merecen»3.

A lo largo del siglo XIX, entre estos «profetas occidentales» hubo místicos, románticos, utópicos, reaccionarios y cristianos conservadores europeos como Francois-René de Chateaubriand en Francia, Joseph-Marie de Maistre en Piamonte-Cerdeña, Juan Donoso Cortés en España y Karl Wilhem Friedrich Schlegel en Alemania. En el transcurso del animado diálogo intelectual que mantuvieron con sus hermanos espirituales rusos, les proporcionaron abundantes ilustraciones apocalípticas de la decadencia europea.

La dinámica propia de este debate fue reconocida y comentada ya en la década de 1850. «¿De dónde (...) sacamos la idea o, mejor dicho, este palabrerío melodramático de que Occidente es un viejo decrépito que ya tomó todo lo que pudo de la vida, cuya vida se está acabando, etc.?». Fue el crítico literario ruso Nikolái Chernyshevski quien hizo esta pregunta, y él mismo la respondió de inmediato: «De esos libros y artículos occidentales aburridos y tontos, de ahí lo sacamos»4.

Este venerable y anticuado intercambio intelectual entre el «Occidente» y el «Oriente» de Europa sigue, sorprendentemente, hasta el día de hoy. Los actuales «conservadores» de Rusia tienden a entusiasmarse con la «tiranía de las minorías» en Europa, con la «dictadura del credo occidental» o, más recientemente, con el nuevo «reino» de valores de la Unión Europea. Sin embargo, sus omisiones suelen ser solo pálidas imitaciones de las obras de los paleoconservadores occidentales o intelectuales de la nouvelle droite (nueva derecha) como Paul Gottfried, Alain de Benoist o Guillaume Faye.

Hombres furiosos en el Kremlin

Existe una marcada discrepancia entre los fuertes sentimientos que emanan de los escritos de los intelectuales rusos del siglo XIX y los de sus epígonos actuales. La mayoría de los primeros amaba a Europa y sufría su supuesta decadencia. Por el contrario, los segundos parecen estar motivados principalmente por el resentimiento y la hostilidad hacia «Occidente», sentimientos que surgen de una combinación indigesta de arrogancia y complejos de inferioridad.

Alexéi Jomiakov, líder intelectual de los eslavófilos, y Fiódor Dostoievski más tarde, quedaron profundamente consternados por lo que veían a través de las fronteras occidentales de Rusia. Ambos se daban cuenta, entre suspiros, de que, tras los levantamientos revolucionarios de finales del siglo XVIII y XIX, Europa estaba fuera de quicio, y que su país estaba llamado a curar sus heridas con el poder del espíritu ruso. «Los rusos tenemos dos patrias: nuestra propia Rusia y Europa, incluso aunque nos denominemos eslavófilos», dijo Dostoievski en su Diario de un escritor de 1876. «¡Europa, esto es algo terrible y sagrado, Europa!», escribió allí al año siguiente. «Oh, caballeros, ¿tienen idea de cuánto queremos a Europa (...) Europa, esta ‘tierra de milagros sagrados’! ¿Saben lo queridos que son para nosotros estos ‘milagros’ y cuánto adoramos, con amor más que fraternal y cariño, a esas grandes tribus que la pueblan, junto con todas las cosas grandes y gloriosas que han realizado? ¿Saben cuántas lágrimas hemos derramado y cómo han latido nuestros corazones ante la suerte de esta tierra amada, esta patria, y qué temor cunde en nosotros ante los nubarrones que se ciernen en su horizonte?»5.

Los escritos de los intelectuales contemporáneos favorables al Kremlin carecen de tal cariño. Para Dmitri Trenin, director del Carnegie Center de Moscú, Europa ha dejado de ser «patria», «sagrada» o incluso «amiga». Para la Rusia de hoy es simplemente «uno de los tantos vecinos, parte de una gran Eurasia que se extiende desde Irlanda hasta Japón». El objetivo estratégico de desarrollar una estrecha cooperación y una alianza política con Europa –una idea que aún fascinaba las mentes de intelectuales y políticos liberales en Rusia durante la década de 1990– ahora es considerado impracticable, si no dañino. El progreso de Rusia ya no se conecta con sus raíces europeas.

Timofei Bordashev, destacado analista de Moscú, opina que «es imposible avanzar sin alejarse de una parte esencial de [nuestra] propia herencia, incluido quizás su núcleo: el carácter europeo del Estado ruso»6. Europa como fuente de innovación se considera agotada. «Obtuvimos todo lo que necesitábamos de Europa hace mucho tiempo», observan sobria y fríamente Karaganov y otros analistas políticos de ideas afines. «Todo lo demás», dicen, «o ya lo tenemos o simplemente es inalcanzable porque no podemos manejarlo: desde un punto de vista histórico, Rusia es un Estado autoritario. (…) Es hora de dejar de avergonzarnos del hecho de que históricamente estemos ligados a un sistema de gobierno autoritario y no a la democracia liberal»7.

En el fondo, se trata de eso. Lo que preocupa a los furiosos hombres del Kremlin no es «Gayropa» –un cuco producido para consumo interno– sino los ideales y valores políticos fundamentales de la Unión Europea: dignidad humana y libertad, Estado de derecho, democracia y tolerancia. Son estos aspectos de la herencia de Europa los que los gobernantes del Kremlin, que presiden un régimen autoritario cada vez más represivo, no pueden manejar.

Pero estos «valores europeos» ya son universales. Las generaciones más jóvenes lo entendieron. Ganan las calles de todo el vasto país para desafiar a las elites en el poder. Los gobernantes del Kremlin, por su parte, también parecen entenderlo. Pero ahora, siempre dispuestos recurrir a técnicas de ocultación, tildan toda la herencia europea de «tóxica». Desde su punto de vista, a Rusia le va mejor cuando desengancha su «vagón» del «alocado tren» europeo. Pero queda claro que esto no es más que una utopía reaccionaria.

Este artículo fue publicado originalmente en Eurozine con el título «Putins Russland oder: Die geistige Entkopplung von Europa» y reproducido por Blätter für deutsche und internationale Politik.

Traducción: Carlos Díaz Rocca

1.

Martin Malia: Russia under Western Eyes: From the Bronze Horseman to the Lenin Mausoleum, Belknap Press, Cambridge, 1999; Maria Todorova: «The Trap of Backwardness: Modernity, Temporality, and the Study of East European Nationalism» en Slavic Review vol. 64 N° 1, 2005.

  • 2.

Alan Pollard: «The Russian Intelligentsia: The Mind of Russia» en California Slavic Studies N° 3, 1964, p. 15.

  • 3.

James H. Billington: The Icon and the Axe: An Interpretive History of Russian Culture, Alfred A. Knopf, Nueva York, 1966, p. 173.

  • 4.

Nikolai G. Chernyshevskii: Polnoe sobranie sochinenii, 15 vols., Moscú, 1947, vol. 3, p. 83.

  • 5.

Fyodor M. Dostoevsky: A Writer’s Diary. Vol. 1: 1873–1876, Northwestern University Press, Evanston, 1994, p. 505; vol. 2: 1877–1881, p. 1066.

  • 6.

Timofei Bordachev: «Legko li Rossii rasstatsia s Evropoi» en VTimes, 16/2/2021.

  • 7.

Sergei Karaganov: «Avtoritarism v Rossii ne naviazan sverkhu» en Peterburgskii dialog, 4/10/2018. 

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Miércoles, 23 Febrero 2022 05:30

Putin y Lenin

Vladimir Putin, en su discurso del pasado 21 de febrero. RTVE

El presidente de la Federación Rusa mandó ayer al infierno cualquier mínimo reconocimiento a la política internacional soviética y adoptó sin complejos un discurso nacional-imperialista de estilo zarista. Y eso da miedo

 

Putin es un anticomunista convencido y un nacionalista de derechas. Ayer lo dejó claro en un discurso para la Historia en el que dejó muchas pistas sobre su imaginario cultural y sus referentes ideológicos así como su sentido de la ironía y la imagen que tiene de sí mismo. Cualquiera diría que a Putin le complace esa caricatura que le presenta en la escena mediática “occidental” como ese padre autoritario al que su yerno tiene pánico. Cualquier psicoanalista diría que se gusta en ese rol superyoico castigador. Me lo imagino trasteando en las redes sociales disfrutando de esas imágenes en las que aparece cabalgando un oso. Pareciera que las psicologías individuales no tienen importancia geopolítica y es verdad que de Putin se hacen demasiadas caricaturas, pero no desprecien nunca los factores psicológicos a la hora de entender el comportamiento de los líderes políticos. Ahora volvamos al discurso.

En su proclama de ayer Putin atacó a Lenin y ya les digo que el hecho de que el presidente de la Federación Rusa ataque a Lenin en un discurso que vieron millones de rusos, en el contexto de una grave tensión militar, no es un asunto baladí. Putin cargó contra el federalismo, contra el pacifismo y contra el respeto de la plurinacionalidad propio de los bolcheviques que, al menos mientras Lenin mandaba, defendieron incluso el derecho de autodeterminación de los pueblos. Putin dijo ayer nada menos que Lenin era el arquitecto de la nación ucraniana y atacó incluso el talento geopolítico del Lenin de la paz de Brest-Litovsk. El Lenin consciente de la realidad de la correlación de fuerza militar con Alemania frente al poco racional optimismo de Bujarin y Trotsky fue, para Putin, un cobarde. Llamar a Lenin cobarde en Rusia es, para muchos rusos y para cualquier comunista, una provocación. Con una ironía innegable, Putin sugirió además que para continuar el proceso de “descomunistización” de Ucrania quizá Ucrania debería desaparecer. En gramática parda castiza a esto se le llama una macarrada.

Putin mandó ayer al infierno cualquier mínimo reconocimiento a la política internacional soviética y adoptó sin complejos un discurso nacional-imperialista de estilo zarista. Y ciertamente eso da miedo a cualquiera.

Pero ojo, eso no hace de la OTAN una reserva moral y militar democrática ni convierte al corrupto gobierno ucraniano, que ha atacado los derechos civiles de buena parte de sus ciudadanos, en la encarnación de una resistencia popular anti-imperialista. Y tampoco resta lógica geopolítica a los deseos rusos de tener a la OTAN lejos de sus fronteras. A esa izquierda deseosa de encontrar un bando al que dar un poco la razón ética y moral hay que decirle que, desde el fin de la Guerra Fría, eso se ha hecho muy complicado. Ni la (supuesta) izquierda otanista ni el rojipardismo tienen fácil dar argumentos presentables a la hora de explicarnos quiénes son los buenos y quiénes son los malos.

Ayer me escribía Rafael Poch, quizá uno de los periodistas de nuestro país que más sabe de Rusia y que jamás se ha alineado con el atlantismo dominante en la prensa española, que el discurso de Putin no beneficiará a Rusia y dará vitaminas a una OTAN que estaba en “muerte cerebral”. Me decía que enterrar los acuerdos de Minsk (rechazados por el gobierno de Ucrania) con el reconocimiento de las “repúblicas” no auguraba nada bueno para la paz y que la retroalimentación entre un nacionalismo ruso agraviado por 30 años de humillaciones y el nacionalismo ucraniano, en el marco de un Estado fallido entregado a los EEUU, era algo “muy malo”.

Creo que Poch tiene toda la puñetera razón

22/02/2022

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Novak Djoković: campeón, héroe y mártir del nacionalismo serbio

La expulsión del tenista de Australia ha provocado una reacción nacionalista en Serbia. Hace tiempo que el «número 1» se transformó en el símbolo de una Serbia triunfadora y ha difundido versiones revisionistas de la historia nacional. Pero ahora es también una suerte de héroe de los antivacunas a escala global.

Novak Djoković llegó a Belgrado el lunes 18 de enero, 24 horas después de su expulsión de Australia. Cientos de aficionados aclamaron a «Nole» al bajar del avión, agitando banderas serbias y entonando canciones en su honor.

En su país natal, Nole es mucho más que un tenista: desde el momento en que irrumpió en la escena deportiva internacional en la segunda mitad de la década de 2000, se ha convertido en un símbolo de una «Serbia diferente», que se ha alejado del sombrío pasado bélico de la década de 1990 y encarna un país moderno y triunfador. Es uno de los principales símbolos de una identidad serbia a menudo maltratada.

También ha podido contar con el apoyo de los sucesivos gobiernos serbios, conscientes de que es la mejor baza comunicacional del país. Cuando su carrera explotó, el Partido Democrático (DS), antigua punta de lanza de la oposición al régimen de Slobodan Milošević, estaba en el poder en Belgrado. Liberales y proeuropeos, los demócratas tuvieron que enfrentarse a la independencia de Kosovo en febrero de 2008. Para contrarrestar las pretensiones de la antigua provincia serbia, podían contar con la glamorosa imagen del tenista.

«Serbia es una carga pesada de llevar, pero en lugar de rechazarla o convertirla en un elemento insignificante en la creación de su identidad mediática, decidió cambiar esa imagen», se entusiasmó hace una década Srđan Šaper, máximo comunicador del Partido Democrático, en las columnas del semanario Vreme, hoy uno de los últimos medios independientes de la esfera comunicacional Serbia, cercenada por el régimen autoritario del presidente Aleksandar Vučić.

El «Djoker», como se llama a sí mismo el campeón, nunca ha rehuido su compromiso, mostrando gustosamente camisetas y otros signos patrióticos. Expresó su apoyo a los manifestantes que protestaban en las calles de Belgrado contra la independencia de Kosovo y contribuyó a la renovación de monasterios ortodoxos en la antigua provincia serbia, mientras que la fundación que lleva su nombre ofrecía ayuda humanitaria a los niños de los enclaves serbios repartidos por ese territorio mayoritariamente albanés.

Como toda su familia, Novak Djoković hace gala de su fe ortodoxa y, durante sus últimas aventuras en Australia, sus padres apelaron a referencias religiosas para movilizar a la opinión pública, llegando a comparar a Nole con «Cristo crucificado» y con «un cordero sacrificado».

Contra viento y marea

El «calvario» vivido por el tenista provocó una crisis diplomática entre Belgrado y Canberra. Cuando se anunció su expulsión el domingo, el presidente Vučić incluso acusó al gobierno australiano de llevar a cabo una «caza de brujas» «contra Serbia» como país. Ya el 5 de enero, cuando Novak Djoković acababa de ser recluido en un centro de detención, Vučić explicaba en Instagram, su red social preferida, que «las autoridades [estaban] tomando todas las medidas necesarias para que el maltrato al mejor tenista del mundo cesara lo antes posible».

En los medios sensacionalistas, considerados perros guardianes del régimen serbio, un ministro tras otro reiteró su apoyo a Nole y arremetió contra las autoridades australianas. Según Informer, citado por Le Courrier des Balkans, la expulsión de Novak Djoković sería simplemente el «escándalo del siglo». El periódico llegó a entrevistar a Dragan Vasiljković, alias «Capitán Dragan», antiguo jefe de la unidad paramilitar de los Boinas Rojas, responsable de crímenes de guerra en Croacia y Bosnia-Herzegovina en la década de 1990. Un columnista de la cadena privada Radio Televisión Pink, también muy cercana al gobierno, afirma en voz alta su apoyo al tenista y le aconseja relanzar la batalla legal contra Canberra. Batalla que, no obstante, Djokovic perdió. De hecho, tras las guerras de los años 90, el capitán Dragan se exilió con una identidad falsa en Australia. Identificado en 2010, fue finalmente extraditado a Croacia, donde fue condenado a 15 años de prisión, antes de regresar a Serbia en 2020 tras una reducción de la pena.

Novak Djoković también ha visto una afluencia de apoyos de todos los Balcanes. «Para nosotros, en la República Srpska, no hay duda de que se trata de una decisión política y de que han ocurrido muchas cosas vergonzosas en Australia porque usted es serbio», le escribía personalmente Milorad Dodik, el líder político de los serbios de Bosnia y Herzegovina, que inició la actual secesión de esa parte del territorio bosnio en favor de Serbia. Se dice que Novak Djoković tiene una íntima relación con la familia Dodik, a cuya casa llegó a reponer fuerzas en otoño de 2020 tras su aplastante derrota en la final del US Open, símbolo de su fracaso en la consecución del Grand Slam. En los videos que han circulado por las redes sociales, se puede ver a Nole y a la familia Dodik cantando juntos en una boda.

Novak Djoković también aprovechó su visita al clan Dodik para reunirse con Milan Jolović, conocido como «Leyenda», el antiguo comandante de los Lobos del Drina, una unidad paramilitar serbia que participó en la masacre de Srebrenica, como puede verse en este video disponible en YouTube.

Durante el primer confinamiento, Novak Djoković había confiado, a través de la cuenta de Instagram de su novia, su pasión por las teorías «alternativas» sobre el pueblo serbio del historiador revisionista Jovan Ilić Deretić. Este ingeniero de formación se ha forjado una sólida reputación en los círculos conspiranoicos balcánicos con varios libros «científicos» en los que multiplica los tópicos nacionalistas sobre la «valentía del pueblo serbio» y su supuesto origen «celestial».

«Cada uno de nosotros debe tener la mente abierta y realizar su propia investigación», explicó el tenista. «Si seguimos solo una parte de la historia, difícilmente pueda dar cuenta de la realidad».

No obstante, el apoyo a Novak Djoković va mucho más allá de los círculos nacionalistas. También en la entidad serbia de Bosnia-Herzegovina, la ONG Restart, una de las últimas voces ciudadanas que se atreven a criticar el régimen de Milorad Dodik, publicó el pasado fin de semana un artículo en el que comparaba la negativa del tenista a vacunarse, «por buenas o malas razones», con la resistencia del boxeador estadounidense Mohamed Ali contra la Guerra de Vietnam en la década de 1960.

Héroe de los antivacunas

A Novak Djoković probablemente le habría ido mejor sin la polémica mundial de los últimos días y es probable que no esperara convertirse en el héroe de las corrientes mundiales antivacunas, muchas de las cuales se refieren ahora a él como «Novax». Desde que se hizo vegano y decidió seguir una dieta sin gluten, el campeón de tenis se ha mostrado como una suerte de predicador de la medicina alternativa, citando por ejemplo al gurú indio Osho, inventor de la «meditación dinámica».

«No me gustaría que nadie me obligara a vacunarme, ni siquiera para viajar», dijo en un livestream de Facebook con atletas serbios en la primavera de 2020, antes de reiterar sus dudas sobre la vacunación un año después, durante el Adria Tour, el torneo que organiza en los Balcanes. «No quiero que me etiqueten como alguien que está en contra o a favor de las vacunas. No voy a responder a la pregunta», declaró entonces a los periodistas. Unas semanas más tarde, dio positivo de covid-19, al igual que muchos de los participantes en el torneo. Le llovieron entonces las críticas por no respetar las medidas de prevención y los protocolos sanitarios.

En Serbia, las corrientes antivacunas no son muy activas, aunque la situación de la vacunación en el país es muy paradójica: Belgrado, de hecho, había iniciado su campaña de vacunación con fuerza, a finales de diciembre de 2020. Al ser el único país que ofrece casi todas las vacunas disponibles -Pfizer, AstraZeneca, Moderna, pero también las rusas y chinas-, tuvo uno de los mejores índices de vacunación de Europa durante varios meses, justo tras Reino Unido. Esta dinámica se rompió en primavera, y la mitad de la población serbia sigue negándose recibir la vacuna. Si los antivacunas no marchan en las calles de Serbia cada semana, eso no quita, como escribe el ex-ministro demócrata Vuk Jeremić, ahora en la oposición, que exista «una desconfianza generalizada en los gobiernos y las instituciones, tras décadas de terrible corrupción y creciente desigualdad».

Las aventuras de Novak Djoković no ayudarán, sin duda, a la reanudación de la campaña de vacunación, pero ahora es el momento de la unidad nacional detrás del campeón, héroe y mártir. El sentimiento de humillación colectiva es tan fuerte que incluso el epidemiólogo Predrag Kon, pilar científico del comité de crisis encargado de la gestión de la pandemia y heraldo inagotable de la vacunación, ha llegado a condenar la actitud de las autoridades australianas, invocando el imprescriptible derecho de todos a la «libertad de circulación».

Nota: este artículo fue publicado originalmente en francés en Mediapart, con el título: «La Serbie fait front derrière son héros Novak Djoković», disponible aquí. Traducción: Pablo Stefanoni.

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Domingo, 11 Octubre 2020 05:13

Trump, presidente de los obreros

Donald Trump y Mike Pence han visitado varias veces la planta que Shell está construyendo en Monaca, en el condado de Beaver (Pensilvania). En agosto del 2019 habló ante 5.000 trabajadores ligados a las obras. La prensa local reveló que algunos empleados asistieron obligados para poder cobrar ese día. (Jeff Swensen / Getty)

La batalla de los demócratas por recuperar la Casa Blanca choca con una incómoda realidad: la clase trabajadora idolatra al presidente

Primera parada de la ruta en los estados clave en las elecciones presidenciales de EE.UU.

Beatriz Navarro, Beaver, Pensilvania

11/10/2020 01:53 | Actualizado a 11/10/2020 10:36

El cinturón del óxido parece menos roñoso al oeste de Pittsburgh (Pensilvania). La actividad es frenética en los alrededores de la nueva planta que la petroquímica Shell está construyendo en el condado de Beaver, a orillas del río Ohio.

Alimentada por el gas natural obtenido a pocos kilómetros gracias a la técnica del fracking , en un año debería estar produciendo millones de toneladas de pellets de plástico para fabricar botellines, móviles o coches. “La inversión nos ha puesto en el mapa”, celebra Lew Villotti, presidente del consejo económico del condado. “A los que me preguntan por la contaminación siempre les digo lo mismo: ¿qué había antes ahí? Una fundición de zinc y laderas con árboles muertos. Es lo que recuerda la gente de aquí. La mayoría no lo ve como un problema”.

El plástico, dicen, puede ser el nuevo carbón para los Apalaches. “El renacimiento energético de América ha llegado a Pensilvania”, proclamaDonald Trumpen sus frecuentes visitas a la zona, en las que se arroga el mérito de la inversión, aunque se decidió antes de su elección. Otros dicen que no es más que un espejismo. Aunque las obras emplean a 6.000 personas y están dejando mucho dinero a los gremios locales, cuando la planta esté acabada no dará trabajo a más de mil. Las autoridades locales aseguran que la presencia de Shell será un imán para otras compañías.

Los 6.000 millones de dólares invertidos han sido un auténtico maná para esta deprimida región al oeste de Pittsburgh. Por primera vez en décadas, en el 2016 Pensilvania dio la espalda a los demócratas para apoyar a Trump. En este condado, el terremoto fue devastador: 19 puntos a favor del republicano, a pesar de que más de la mitad de los votantes están registrados como demócratas. Aunque hay más carteles de apoyo a Joe Biden que hace cuatro años por Hillary Clinton y en las ciudades compiten bien con los republicanos, los de Trump arrasan. La demografía local le es propicia: el 92% de sus habitantes son blancos y el 76% de los trabajadores no tiene estudios universitarios.

En amplias regiones de Pensilvania y el Medio Oeste, el presidente sigue siendo el improbable ídolo de la clase obrera. Pero este año, para ganar, no solo necesita mantener esos votos –y los de la América rural, a la que sacó por sorpresa de su letargo– sino conseguir bastantes más. Solo así podrá contrarrestar la potente ola demócrata que recorre las zonas urbanas y amenaza con convertirle en una rareza, un presidente de un solo mandato.

Trump volverá a contar con el voto de Robert, un obrero jubilado que siempre antes respaldó a los demócratas. “Es lo que votaba todo el mundo en mi familia. Ahora casi todos vamos con Trump. Yo me cambié porque me gustó lo que proponía”, afirma señalando la bandera con el lema Make America Great Again que tiene en el porchede su casa en Ambridge, una ciudad que lleva su origen grabado en el nombre (la acerería American Bridge).

 “Es un bocazas pero no me importa. Dice lo que piensa y, te guste o no, siempre sabes dónde está. No es una marioneta. Dijo lo que iba a hacer y básicamente lo ha hecho”, sostiene este antiguo montador de bombas y compresores citando lo bien que iba la economía hasta que llegó la pandemia. “Ha apoyado mucho a los trabajadores y a la gente con fondos de jubilación”. Ni se plantea votar a Joe Biden. “No creo que pueda hacer todo lo que está haciendo Trump por los trabajadores. ¿Que es de Pensilvania? Pero si no vivió aquí más que unos meses...”. (Biden vivió allí hasta los 11 años).

“No es un político. Le voté porque era diferente y no era parte del sistema. Los dos partidos son unos mentirosos. Necesitábamos a alguien nuevo. Voté por Barack Obama en el 2008 y en su primer mandato no hizo nada más que darnos un seguro médico universal que yo no quiero. Quien trabaja tiene seguro, así debe ser”, afirma Chuck, un obrero de la construcción jubilado de 61 años en Monroe (Michigan). “Necesitamos un presidente fuerte y no creo que Biden lo sea”.

En noviembre, Cody Campbell, un joven de Battle Creek (Michigan) de 23 años, votará por primera vez y lo hará por Trump. Le gusta que haya sido empresario. “Es un hombre de negocios, un millonario. No sé cómo explicarlo bien, pero creo que está del lado de los trabajadores y me gusta. La mayoría de los presidentes no lo está. Él se preocupa por nosotros”, dice Campbell, propietario de un taller de motos.

Eso que a este votante le cuesta explicar es un movimiento de tierras que politólogos y analistas definen como “el gran realineamiento de los partidos políticos estadounidenses”. “Nos encontramos en un proceso de transformación a diez años vista. La gente que hoy pone carteles de Trump en sus casas solía trabajar en minas o fábricas y nunca antes había votado a un republicano. Y la gente del Duquesne Club, fundado por magnates del acero e industrialistas, ya son en su mayoría demócratas”, afirma el estratega republicano Mike DeVanney en sus oficinas en Pittsburgh.

El fenómeno va más allá de la figura del presidente. “Donald Trump no hay más que uno” pero “no creo que se pueda volver a meter al genio en la lámpara. El Partido Republicano, antes gran defensor del libre comercio, lleva 20 años haciéndose más proteccionista y conservador socialmente, mientras que el demócrata ahora es más atractivo para la gente con más ingresos y educación”, sostiene DeVanney.

Pero mientras Hillary Clinton, que llamó “deplorables” a los votantes de Trump, se confió y solo hizo campaña en las grandes ciudades de Pensilvania, “Biden es consciente de que debe ir a las zonas rurales y tiene un perfil con el que puede ir un poco más allá de su base”. Para eso le eligieron los demócratas. Según las encuestas va 10 puntos por delante de Trump en intención de voto en Pensilvania, pero nadie se fía.

Los republicanos saben que tienen el viento en contra, pero confían en que ocurra lo mismo que en el 2016. “Salió gente a votar que no había votado nunca o no lo había hecho en años. Gente que había tirado la toalla con los políticos porque pensaba que nadie se preocupaba por ellos. Trump fue el primero en tocar esa fibra. Los anteriores gobiernos nos habían vendido firmando malos acuerdos comerciales”, afirma Sam DeMarco, presidente del Partido Republicano del condado de Allegheny, donde se encuentra Pittsburgh.

Con 1,2 millones de habitantes, es el segundo mayor condado del estado después de Filadelfia. Tiene 250.000 votantes republicanos registrados, pero en el 2016 cosechó 367.000 votos para Trump. “Mi trabajo es educar a la gente en los logros del presidente antes de la pandemia. Puedo defender al presidente por lo que ha hecho. Hay gente que me dice que le gustan sus tuits o cómo habla. Yo les digo que lo que importan sus políticas”, afirma.

Pero contra Clinton se hacía campaña mejor. “Era una figura muy polarizadora, nada simpática. Biden cae bien y te tomarías una cerveza con él. Pero no es alguien a quien se tome en serio”, opina DeMarco. Movilizar al máximo ciudades y suburbs a la vez que arañan votos a Trump entre los obreros blancos es la única forma que tienen los demócratas de llevarse los 20 votos del colegio electoral de Pensilvania. Lo mismo en el Medio Oeste .

El ambiente de estas elecciones “no tiene nada que ver con el 2016”, asegura Terri Mitko, presidenta del Partido Demócrata del condado de Beaver. Pero no todos los votantes se convencen por sí mismos y lo que le gustaría es ver a Biden sobre el terreno. “No será porque no lo hayamos pedido”, dice sin ocultar su fastidio, aunque está convencida de que al final los visitará. Trump ha ido varias veces en pocos meses.

No todos ven a Biden como el héroe de la clase obrera (los blue collar workers , por el mono azul de faena) que él dice ser. Pero el hartazgo tras cuatro años de Trump es un aliciente poderoso para votantes desengañados como Valery. “Dijo que iba a resucitar el carbón. Hizo todo tipo de promesas y le creí. Le había ido bien como empresario ¿por que no lo iba a hacer bien como presidente?”, dice antes de echarse una buena carcajada. “Mi empresa cerró en el 2018 después de 35 años. Yo perdí mi trabajo”, explica esta sexagenaria frente a un supermercado Walmart cerca de la planta de Shell. “Trump es una vergüenza para el país. Biden es mayor, pero con la edad viene la experiencia”.

A Jennifer Curtis, en cambio, no la convence. “Iba a votar por Biden, pero vi todos esos anuncios en la tele y me desanimé”, dice citando publicidad negativa pagada por la campaña de Trump. “Biden quiere quitarnos cosas y sale siempre llevando mascarilla”, dice con desconfianza esta votante de 48 años. Trabajaba en una guardería de Beaver pero perdió su empleo por la pandemia. “No es justo, pero tenemos que mantenernos sanos. Trump está intentando encontrar una vacuna. Lo estamos esperando”.

La polarización es extrema, y la mayoría de los votantes tiene las cosas claras. Alguno duda. Mike, un electricista de 38 años que trabaja en la planta de Shell, dice estar dividido entre lo que su sindicato le dice que vote (demócrata) y lo que le pide el cuerpo, porque no tiene nada que objetar a la presidencia de Trump. A él, admite, le ha ido bien desde que está en la Casa Blanca. “He hecho mucho dinero en bolsa estos años”, comenta a salir de la obra. “Pero los dos partidos –dice desmotivado– podían haber elegido candidatos menos viejos y seniles”

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El libremercadismo retrocede en chancletas

La crisis desatada por el coronavirus obligó a replantear políticas

Desde las principales usinas de formación de pensamiento económico comenzó a bajar un mensaje contundente en favor de la intervención del Estado en la economía.

“Actuar rápido y hacer todo lo que sea necesario”. Así se titula un documento editado en las últimas horas por el Centro de Investigación de Política Económica (CEPR), con sede en Londres, que reúne a 40 economistas de “alto perfil”, incluyendo a la economista en Jefe del FMI, Gita Gopinath, y a Jason Furman, ex asesor de primera de línea de la administración de Barack Obama. En el mismo sentido, el Foro Económico Mundial de Davos insta a los países a “usar la artillería pesada” y hasta aconseja la política del “helicóptero de dinero”, es decir, emitir billetes y transferirlos a la población. La OCDE, que nuclea a los países industrializados, también recomienda aplicar todo tipo de medidas de fuerte intervención estatal. El FMI y el Banco Mundial sugirieron que los Estados se olviden por un rato de aquellas viejas definiciones sobre la ineficiencia de la política pública y la bondad del libre mercado.

La agenda global de política económica tuvo un giro de 180 grados en dos meses, desde que los países comenzaron a aplicar todo tipo de medidas restrictivas con carácter sanitario, desde cancelar masivamente vuelos, cerrar fronteras y apagar casi toda la vida industrial y comercial. La inmensa corrida financiera hacia los bonos más seguros del mundo, los del Tesoro de los Estados Unidos, el impacto sobre el comercio global y el apagón de los mercados internos encendieron todas las alarmas y no dejaron otra opción que desempolvar los manuales de las crisis sistémicas del capitalismo, como pasó en 2008/2009.

El nuevo orden económico

“La recesión es una medida de salud pública necesaria. Mantener a los trabajadores alejados de su empleo y a los consumidores de sus consumos reduce la actividad económica”, explica el documento del CEPR, que muestra cómo a mayores restricciones sanitarias, más profunda es la crisis económica.

Jason Furman, ex primer asesor económico de Obama, plantea una serie de guías para los gobiernos: es mejor hacer demasiado que muy poco; usar los mecanismos existentes todo lo que se pueda; inventar nuevos programas si es necesario; no temer a la duplicación de beneficios y que la respuesta sea dinámica y persistente.

A diferencia de la crisis de las hipotecas subprime, en donde los Bancos Centrales salieron a salvar a los bancos privados y otras entidades financieras, la política monetaria no es efectiva para la actual crisis. Por más que bajen las tasas de interés y se ofrezca crédito barato, la expectativa de una crisis duradera no mueve la demanda de dinero. En cambio, asoma plenamente la necesidad de una política fiscal contundente, porque es directamente la demanda la que está afectada. Ahí es donde se levantan todos los reparos que suelen escucharse acerca de la inyección de dinero del Estado.

“Grandes gastos del Estado implican subas del endeudamiento público --ya que el Banco Central emite dinero y le presta al Tesoro--. ¿Deberíamos estar preocupados? Guerras, desastres, epidemias y fuertes crisis son ejemplos de libro de texto para llevar adelante grandes déficit fiscales y para la acumulación de deuda”, dicen Richard Baldwin (profesor de economía de la Universidad de Ginebra) y Beatrice Weder di Mauro (economista asesora del consejo de administración del UBS Group).

Desde el Foro Económico Mundial, usina del pensamiento económico dominante, replicaron un artículo en donde se insta a los gobiernos a usar la “artillería pesada”. El informe advierte que incluso “políticas no convencionales como el ´helicóptero de dinero´ deberían estar sobre la mesa”. El “helicóptero” significa emitir dinero para entregarlo a los hogares, que éstos consuman y así no se frene la rueda económica. “Los gobiernos necesitan reducir las quiebras de los individuos y las empresas, asegurar que las personas tengan dinero para seguir gastando, incluso si no están trabajando, y aumentar la inversión pública y el gasto en el sector de salud”, agrega el artículo.

El titular de la OCDE, Angel Gurría, publicó un texto en donde pide a los gobiernos lanzar planes de empleo de corto plazo, reducir requerimientos para acceder al seguro de desempleo y transferir dinero a los empleados autónomos. También recomienda diferir cobro de impuestos a las empresas, asegurar crédito para pagar sueldos y planes de apoyo especiales para las pymes del sector de servicios y turismo.

En la misma línea, el FMI publicó una especie de manual de buenas prácticas para que los gobiernos intervengan frente a la crisis. En el capítulo fiscal, indica que “los gobiernos deben proveer considerable apoyo a las personas y empresas afectadas. Los subsidios salariales pueden prevenir quiebras escalonadas, mientras que transferencias en efectivo a hogares de bajos ingresos pueden mantener los niveles de consumo”.

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Pacientes infectados por el coronavirus esperan ser transferidos del hospital Wuhan No.5 al centro médico Leishenshan, de nueva construcción, para enfermos con COVID-19.Foto Afp

Desde 2007 sostuve que el mundo se encaminaba –con o sin ciclos Kondratiev; con o sin virus globales– a la desglobalización y a regionalismos geoeconómicos (https://bit.ly/2TuQUxa).

Los tratados comerciales de Obama han sido sepultados por Trump: TISA (servicios globalizados); TPP (Asociación Transpacífico); TTIP (Asociación Transatlántica).

El Brexit y su "nacionalismo anglosajón", al unísono del "nacionalismo económico" del trumpismo coexisten y/o compiten con tres relevantes regionalismos económicos: 1. El RCEP encabezado por China: el mayor bloque geoeconómico del planeta, por su número de países, habitantes y PIB, y al que in extremis se negó a participar India (https://bit.ly/2TtekTs); 2. La Unión Europea de 27 países que se comienza a desgajar con el ascenso de los "nacionalismos escandinavos", no se diga los de Alemania/Francia/Italia; y 3. El T-MEC encabezado por EU con Canadá y México (https://bit.ly/3axWXrJ).

La eclosión del coronavirus –más como "cisne negro" (https://bit.ly/3cqEb7e) que como "canto de cisne", blanco o negro–, solamente ahondó las fracturas tectónicas geopolíticas.

El ex gobernador del Banco Central de India, Raghuram Rajan, fanático de la globalización y del monetarismo, comentó que "la globalización de la producción será severamente golpeada" cuando la pandemia viral forzará a las empresas a relocalizar las cadenas de abasto y la producción de las instalaciones de ultramar.

Raghuram Rajan constata que la gente ha pasado de la extrema confianza en los mercados al pánico extremo en sólo una semana (https://bit.ly/2IeEG6o).

Los economistas de Bank of America alertaron a sus clientes que esperan un crecimiento global de 2.8 por ciento, el más débil desde 2009.

El Covid-19 coloca así el último clavo en el féretro de la globalización, mientras que en forma ominosa, en un artículo para la revista bimensual, de corte sionista, The National Interest, el autor israelí-estadunidense Robert Kaplan –quien formó parte del ejército de Israel, además de consultor del Pentágono y ser colaborador de Eurasia Group que controla el megaespeculador George Soros–, mueve el espectro del "neomalthusianismo" y su "mundo del coronavirus" (https://bit.ly/2IfBiIE).

Kaplan aduce que ahora hay que tomar en cuenta, a la par de la geopolítica, los factores demográficos y ambientales (léase: el coronavirus) cuando el “neomalthusianismo del siglo XXI (sic) es –y será cada vez más –uno de formaciones de masas, potencialmente llevando la política a extremos y colocando al centro político bajo amenaza”.

Según la interpretación de Robert Kaplan, Thomas Malthus "imaginó los efectos políticos de tales cosas como la enfermedad y la hambruna, y la calidad miserable de vida entre los pobres de pésima urbanización".

kaplan reinterpreta a Thomas Malthus e infiere que "un mundo más poblado tendrá una dinámica geopolítica diferente y potencialmente peligrosa" cuando las pandemias "serán el acompañamiento natural del mundo neomalthusiano".

Cabe señalar que el genio humano, ayudado por la parte bondadosa de la tecnología, desmintió hasta ahora la tesis del economista y demógrafo Thomas Malthus y su ensayo sobre El Principio de la población (https://amzn.to/2TB7BHj), de 1798, diez años más tarde de las turbulencias de la Revolución Francesa, de la cual en cierta medida fue uno de sus reflejos apocalípticos cuando vaticinó que "la población aumenta en forma geométrica mientras que el suministro de alimentos aumenta sólo en forma aritmética".

Nada nuevo. Ya Gustave Le Bon, universalista galo de varias especialidades, al estilo de Leonardo Da Vinci se adelantó en el siglo XIX a la "Psicología de las Masas"(https://bit.ly/32KfVZ8) cuya única diferencia, aparte de la brecha de dos siglos con las "masas" cibernéticas de hoy, son la velocidad y globalidad de la interacción, lo cual, a mi juicio, propenderá a su inevitable balcanización como reflejo de los regionalismos geoeconómicos y de la parusía geoestratégica de las “esferas de influencia (https://bit.ly/32KggLv)” entre las tres superpotencias EU/Rusia/China del nuevo (des)Orden tripolar (https://bit.ly/3cm4nQx).

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Diálogo post Brexit: Johnson descartó un acuerdo de libre comercio con la UE  

A tres días de la salida formal del Reino Unido de la Unión Europea , de los buenos deseos mutuos y las promesas de paz y cooperación, empezaron los ladridos. De cara a la negociación sobre el futuro de la relación bilateral, el primer ministro británico Boris Johnson fue enfático al decir que no habría alineamiento regulatorio con la Unión Europea cuando termine el actual período de transición el 31 de diciembre, ni libre acceso para la pesca europea en aguas británicas. 

"No hay ninguna necesidad para alcanzar un acuerdo de libre comercio que el Reino Unido acepte la política europea respecto a subsidios, competencia, la protección social o medioambiental. Tendremos nuestra propia regulación, igual o mejor que la europea", dijo Johnson.

Unos minutos antes, en una conferencia de prensa en Bruselas que terminó superpuesta con el comienzo del discurso de Johnson, el negociador europeo Michel Barnier reafirmó una posición diametralmente opuesta respecto a las reuniones que comenzarán el 3 de marzo. 

El jefe de negociadores europeos indicó que la igualdad de reglas para un futuro tratado de libre comercio estaba contemplada en la declaración política firmada por las dos partes, que esperaba que el Reino Unido respetara la tradicional pesca europea en aguas británicas y que el Peñón de Gibraltar, cuya devolución reclama España al Reino Unido, no formaría parte de las negociaciones.

La síntesis de ambas declaraciones es que el diálogo post-Brexit empezó a los gritos y con cara de perro. Suele suceder en la apertura de toda negociación comercial que las partes expresan su posición de máxima para que cualquier concesión sea valorada y debidamente reciprocada. En este caso el problema es que el principio nodal del diálogo es una dicotomía excluyente: alineamiento o divergencia regulatoria. 

La UE exige un alineamiento regulatorio dinámico que obligaría al Reino Unido a seguir el mismo esquema regulatorio a nivel laboral, social, medioambiental, de ayuda estatal y tributario, entre otros temas. La posición británica, delineada por Boris Johnson y anticipada el domingo por el canciller Dominique Raab, es que esto no va a suceder porque el Reino Unido quiere divergir de estas normas. Según el gobierno el Brexit – la separación de la UE - no tiene sentido si el Reino Unido no puede establecer sus propias reglas.

En juego están más de ocho mil productos de un intercambio que constituye la mitad del comercio británico global a nivel industrial y agrícola en una negociación que deberá también lidiar con la pesca y los servicios, en especial el sector financiero, tan central en la economía británica. Boris Johnson quiere un acuerdo que le dé pleno acceso al mercado europeo, pero que no le impida tener un marco regulatorio propio. 

La UE ha dejado en claro desde el referendo de 2016 que eso atentaría contra la unidad del mercado común europeo que se basa precisamente en que todos los miembros respetan las mismas reglas de juego: ¿qué precedente se daría si a un ex miembro se le permite exportar con los mismos derechos que a los miembros, pero con regulaciones más laxas?

Con estos puntos de partida, se dispara la posibilidad de un “hard Brexit”, es decir que el 31 de diciembre las dos partes lleguen a acuerdos sectoriales mínimos o directamente a ningún acuerdo y que los intercambios se rijan por las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Termómetro habitual, la libra esterlina reaccionó al mediodía con una caída de un punto ante las declaraciones de Johnson y Barnier. ¿Hay posibilidades de salir de este punto de partida aparentemente inconciliable?

Los especialistas consultados por Página12 coinciden en que, a menos que una de las dos partes dé marcha atrás (y ambas tienen fuertes razones para no moverse de lugar), el 31 de diciembre llegará con un acuerdo ínfimo o sin acuerdo. “Hay que recordar que los acuerdos de libre comercio toman normalmente mucho tiempo. Es cierto que acá hay un punto de partida teóricamente promisorio porque tras 47 años en que el Reino Unido formó parte de la UE hay por el momento un pleno alineamiento regulatorio. La pregunta es qué margen hay para apartarse de eso y tener un acceso similar a los mercados. Mi propia percepción es que habrá un acuerdo limitadísimo, pero que también es muy posible que haya ningún acuerdo”, indicó a este diario Richard Whitman, experto en temas europeos y comerciales de Chatham House, uno de los “think- Tanks” más antiguos del Reino Unido.

Otro experto, Thomas Sampson, de la London School of Economics, alerta sobre el impacto económico. “Un acuerdo muy elemental es possible porque hay sectores en los que la Unión Europea no tiene ni aranceles ni cuotas para la cantidad a importar, caso de los productos farmacéuticos y libros. En cambio hay sectores fuertemente regulados donde el impacto será muy fuerte como agricultura y finanzas. Y en caso de que no haya acuerdo, hay sectores como la industria automotriz que pasarían a regirse con las reglas de la OMC con aranceles de hasta el 10% mientras que con los productos agrícolas los aranceles podrían llegar a un 80%. Esto les quitaría competitividad a estos sectores y encarecería la producción interna ya que el Reino Unido importa gran parte de sus alimentos”, señaló a Página12.

Una síntesis de este dilema sería buscar una fórmula sector por sector que combine alineamiento regulatorio y divergencia. Mientras que la industria automotriz, la aeroespacial, la farmacéutica y la de productos químicos han manifestado su deseo de mantener el alineamiento regulatorio, desde el viernes surgieron voces tanto pro-europeas como pro-Brexit que reivindicaron áreas como Inteligencia Artificial o high tech en los que la divergencia regulatoria podría ser beneficiosa para el Reino Unido .

El semanario “The Economist”, el ex primer ministro laborista Tony Blair en el campo pro-europeo y Larry Elliot, un pro-brexit de centro izquierda, editor económico del pro-europeo matutino “The Guardian, están de acuerdo sobre ese punto a pesar de que parten de premisas ideológicas muy diferentes. “El Reino Unido es uno de los líderes mundiales en Inteligencia Artificial. El primer ministro sugirió que el gobierno puede usar su libertad regulatoria para dar más ayuda estatal a este sector, algo que no estaría permitido en la regulación europea que es muy estricta respecto a la asistencia estatal. De hecho este fue en los 70 uno de los argumentos más importantes de la izquierda laborista para oponerse al ingreso a la UE. Pero además la creación del mercado común europeo no llevó a un crecimiento económico sostenido porque está muy centrado en dos obsesiones germanas: el control de la inflación y el déficit fiscal”, escribió Ellliot en su columna en el "The Guardian".

En caso de "Hard Brexit" o de acuerdos muy elementales, el modelo económico-social británico, que reformateó el Thatcherismo en los 80, podría terminar con una variante más extrema que convertirá al Reino Unido en un gigantesco paraíso fiscal con el objetivo de competir con bajos costos frente a los productos de la UE. 

La City de Londres, con su red asociada de paraísos fiscales, ya es uno de los grandes responsables de la evasión fiscal y el lavado de dinero a nivel mundial, pero ahora Boris Johnson planea la creación de 10 "freeports" que estarán en términos tributarios fuera del Reino Unido y servirán como imán para la inversión extranjera y la nacional. “El proyecto de Johnson es lo que él ha llamado un Singapur en el Támesis. Lo que quiere decir con esta frase es un lugar donde haya bajos o nulos impuestos y una degradación de la regulación laboral, medioambiental y social existente, todo lo que impactará muy fuerte en el Estado de Bienestar Social británico. Los beneficiarios serán un núcleo oligárquico nacional y extranjero. Los grandes perjudicados el resto de la población y la posibilidad de supervivencia del Estado de Bienestar. La única posibilidad que tiene Europa de evitar el impacto de esta política es adoptar una posición dura respecto al alineamiento regulatorio”, dijo a este diario John Christensen director y fundador de la organización líder de la lucha contra los paraísos fiscales Tax Justice Network.

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Lunes, 03 Febrero 2020 06:03

La Inglaterra que entronizó a Boris

La Inglaterra que entronizó a Boris

El Brexit y la sensación de abandono de la élite de Londres alentaron el viraje conservador de viejos feudos laboristas

Un pub centenario del centro de Durham (65.500 habitantes), al noreste de Inglaterra, recibe al visitante con un sugerente mensaje: “La minería, la profesión más peligrosa del mundo, desarrolla un cierto tipo de hombre”. Los habitantes de esta región deprimida son duros, obreros y, desde siempre, laboristas hasta la médula, ya sea por creencia o por herencia. Olvidados por el establishment londinense, en 2016 votaron en masa a favor del Brexit. Y, sobre todo, dando un giro ideológico contranatura, el pasado diciembre encumbraron al conservador Boris Johnson como primer ministro. La muralla roja, como se conoce a este bastión de la izquierda, cayó en manos de los tories. Por primera vez en la historia, el muro se tiñe de azul.

A pocos kilómetros, brilla el sol en Sedgefield, un pueblo de clase media de 5.200 habitantes donde los vecinos de avanzada edad salen sigilosamente a hacer recados, a tomar el té o a comer al Dun Cow, un clásico pub con flores en la fachada en el que el primer ministro laborista Tony Blair invitó al presidente de EE UU George W. Bush a un típico fish and chips (pescado con patatas fritas, el plato nacional) justo antes de que ambos se embarcaran en la guerra de Irak, en 2003. Pese a haber sido la circunscripción del líder laborista en los años noventa, Sedgefield dio el escaño en Westminster a los tories en las pasadas elecciones por una diferencia de tan solo 4.513 papeletas. Una victoria pírrica, pero de gran calado simbólico, lo que propició la visita casi inmediata de Johnson al club de críquet local, donde echó sal en la herida laborista. Leo McCormack, el alcalde del municipio que no está adscrito a ningún partido, cree que la visita del líder tory fue “pura propaganda”. Otros creen que Sedgefield era el lugar obvio para regodearse. “Fue una manera de decir: ‘Lo siento Tony [Blair], tu idea de una Inglaterra socialista está enterrada”, ríe David Coupe, 63 años y político tory en la cercana Middlesbrough.

Como escribe en una de sus columnas Brendan O’Neil enThe Spectator, ahora “los antiguos mineros de clase obrera confían en un hombre torpe excéntrico y educado en Eton [la escuela de la alta sociedad] más que en el Partido Laborista”. Brian McGill, un antiguo minero de 83 años de manos fuertes y cara curtida, es uno de ellos. “He votado toda mi vida a los laboristas. ¡Toda mi vida!”, se lamenta. “Pero el partido no escucha la voluntad de la gente y en cambio Johnson hace exactamente lo que la gente pide”, dice en referencia al ajustadísimo resultado del referéndum de 2016, en el que el 51,9% del país optó por el portazo a la UE. “Él es el único que puede llevar a cabo el Brexit”, asevera. Más tarde añade que espera que Johnson sea premier durante más de un mandato, algo que ya auguran muchos analistas gracias a esa “pedazo de mayoría” —como repite el mandatario— que le dieron los británicos: 365 escaños de 650.

Paul Howell, de 60 años y nuevo diputado tory en Sedgefield que ahora ocupa en Westminster la silla que un día fue de Tony Blair, reconoce que muchos de los votos que le hicieron ganar en diciembre fueron “prestados” por votantes de izquierdas. “Quieren mirar al futuro y el partido laborista actual está anclado en un pasado que ya no existe”, dice mientras toma un té preparado por su esposa, Lillian. Su gata Pepsi merodea por la casa en busca de las caricias de un dueño que ahora desaparece de lunes a jueves para trabajar en la Cámara de los Comunes. “Intentaré acercar las políticas de Londres a mis votantes”, promete. Coupe explica que la gente en el noreste del país aún se siente desconectada de la capital. “¡Y mucho más de Bruselas!”. Mientras más del 60% de la región votaba a favor de irse de la UE, él votó a favor de quedarse. Ahora acepta el resultado de una consulta que tacha de error.

Abandono

A pesar de que el Brexit ha dirigido el cambio político de esta región de tres millones de habitantes y aún sumergida en el recuerdo del humo de las fábricas de hierro, acero y las minas de carbón, existe otro factor casi más relevante para que sus vecinos hayan cambiado de religión: la desconfianza hacia el actual líder laborista, Jeremy Corbyn. El alcalde de Sedgefield le votó, pero dice que en el fondo se sabía que no estaba capacitado para ser primer ministro. “Le voté para que hubiera un segundo referéndum y frenar el Brexit”, dice mientras pasea alrededor de la iglesia que corona el pueblo y junto a la que ondea la Union Jack (bandera tricolor del Reino Unido). “La gente se ha sentido ninguneada y olvidada por este laborismo”, resume. Aquí, unos y otros coinciden en que “Corbyn dio por sentado” que volvería a ganar en la muralla roja. Pero se confió. Se desentendió. Y perdió.

Los vecinos de este rincón del mundo estaban acostumbrados a estar en el candelero en un pasado que para todo el laborismo siempre fue mejor. En el pueblo minero de Trimdon (2.800 habitantes), a pocos kilómetros de Sedgefield, una gran casa de ladrillo oscuro destaca sobre las demás, apiñadas, con sábanas y ropa aireándose a la luz de un resol invernal. Su inquilino fue Blair, representante de esta región en Westminster y el primer ministro del país durante una década (1997-2007). Shirley Swalwell, de 77 años, siempre lo apoyó porque “representaba al centro”. Al hablar de Corbyn, esta empleada del hogar pone una mueca de rechazo: “Es el extremo. Representa a un pasado minero que ya no existe por aquí”.

Tras unos minutos de charla en los que Swalwell se va acomodando, admite que en diciembre también votó a los tories porque desde que Blair ya no está, la región está paralizada. “La gente se ha cansado de votar a los laboristas y ver que nada cambia”, añade McCormack. El alcalde, nostálgico, asegura que el Partido Laborista debería empezar a agrupar a toda la amplia clase trabajadora.

Muchos de los que solían trabajar en las minas están jubilados y los antiguos empleados del acero y del hierro viven ahora de indemnizaciones por despido. Aún queda en pie una fábrica de Nissan en la región. Pero poco más. Y pese a que el noreste tiene una tasa de paro del 6% —la mayor del país—, el fenómeno de los trabajadores pobres ha afectado a buena parte de la región. Como a Paul, de unos 50 años, al que le ha salido un trabajo de manitas. “Mañana trabajaré de otra cosa”, dice.

Matthew Goodwin, autor de National Populism (Pelican Books, 2018), y miembro del think tank Chatham House, augura a través de un correo electrónico que el camino que va a recorrer el laborismo para su reconstrucción será largo porque ni siquiera se ha dado cuenta aún de la dimensión de su derrota. El experto cree que el partido necesita construir un puente rojo hacia estos bastiones perdidos para recuperar los votos de la clase obrera.

Consumado el Brexit, y consumada su derrota, los laboristas entran ahora en una fase de discusión interna “fascinante”, opina el editor de política del The Northern Echo, Chris Lloyd, de 55 años, desde una redacción que huele a una mezcla deliciosa de papel, tinta y café. “Tendrán que dirimir si son de derechas o de izquierdas; si quieren estar dentro o fuera de la UE. E incluso si es un partido del norte o del sur”. Y es que lo que ocurrió hace 52 días fue un “tsunami tory”, describe. “La gente del noreste no solía votar a los conservadores porque sus antepasados [esa antigua clase obrera] se revolverían en su tumba”. Pero el Brexit lo ha puesto todo del revés.

Los diputados laboristas en Westminster procedentes de regiones como Darlington o Sedgefield estaban públicamente a favor de permanecer en la UE. En ese sentido, bloquearon una y otra vez los planes de salida que tanto Theresa May como Boris Johnson presentaban en el Parlamento. Esto no gustó a los 778.000 habitantes del noreste (frente a medio millón) que estaban decididos a salir del club europeo y empezaron a sentirse huérfanos en Londres. Su diputado ya no les representaba. Como herramienta para que se hiciera cumplir el resultado en las urnas y en protesta al abandono que sintieron por parte de Corbyn, que nunca tuvo una posición clara respecto a la madre de todas las cuestiones en el Reino Unido, votaron al único que tenía rumbo: Boris Johnson y su Get Brexit done.

“Cuando la gente dice que se quiere ir, es que se quiere ir”, ilustra Wendy Gill, de 75 años y vecina de Sedgefield, donde vive desde 1973, año en el que el país entró en la UE. Y es la tónica general. “Una vez que la gente dice ‘vamos fuera’, vamos fuera. ¡Esto es una democracia!”, exclama Howell, quien revela que en 2016, cuando aún trabajaba en el sector privado, votó a favor de quedarse en la UE. Como el primer diputado tory en la historia de Sedgefield, Howell deberá cumplir ahora con aquellos que le han prestado el voto. “Se pueden debatir muchas cosas, si el referéndum estuvo bien o mal… Pero una vez que la gente vota, ya no hay vuelta atrás”, insiste. Richard, de 25 años, hijo y nieto de trabajadores del acero en Middlesbrough, también heredó esa ideología laborista. Pero en diciembre optó por los tories. Está cansado de tanta disputa. “Salgamos [de la UE] y luego ya veremos”, opina.

De momento, la semana pasada un grupo de tories se apuntó un tanto con la inauguración de siete rutas desde el aeropuerto de Teesside, en el centro de la región. Los destinos ya sugieren la línea del Gobierno: Aberdeen (Escocia), Cardiff (Gales), Belfast (Irlanda del Norte), Dublín (Irlanda), isla de Man (entre Irlanda e Inglaterra), Southampton (una de las mayores ciudades portuarias) y Londres. “Vamos a unir al país y traer inversión a esta región que ha estado abandonada por los laboristas”, dice Peter Gibson, primer diputado tory de Darlington, tras el espectáculo en el que se convirtió el anuncio: los políticos bajando de un avión con el éxito de The Killers Brightside (El lado bueno) como banda sonora.

Pero a los tories no les basta con ganar. Ni siquiera con arrebatar bastiones a los laboristas. Se trata también de lograr consolidarse en la muralla roja, desliza Lewis Mates, profesor en la Universidad de Durham. Ello dependerá de si Johnson es capaz de cumplir sus promesas y mejorar las condiciones de vida de, por ejemplo, los que acuden habitualmente a los 2.000 food banks (bancos de alimentos) de todo el país —frente a los 55 de España— como último recurso para subsistir en este país, la segunda economía europea.

Empobrecimiento

“Si el actual Gobierno no tiene un plan inteligente para mitigar los efectos del Brexit, regiones como el noreste van a sufrir muchísimo más” que el resto, vaticina Mates. El PIB per cápita aquí es de 28.500 euros frente a los 58.300 de Londres. El noreste es la región más pobre de Inglaterra, y la tercera del Reino Unido, solo por delante de Gales e Irlanda del Norte. El experto culpa del empobrecimiento a la Tercera Vía de Blair y Anthony Giddens por la que “hicieron creer que la clase media era más grande de lo que realmente era”. El efecto fue, según él, que los más vulnerables quedaron en el olvido.

Los motores económicos del noreste se empezaron a apagar hace décadas: primero, las minas de carbón; luego, el hierro y el acero. Es el dinero público lo que se echa en falta. “Esta región lleva sufriendo desde los años setenta”, revela con marcado acento norteño el exmarine Stuart Hudson, de 55 años y ahora encargado del mayor almacén de comida de la región. Según Trussell Trust, la ONG paraguas de los bancos de alimentos, el 87% de los beneficiarios son nacidos en el Reino Unido. “Británicos blancos”, añade Hudson.

En Newcastle, Chris, de 40 años, en el paro desde hace un lustro y padre de una niña pequeña, recibe y también ayuda a dar comida a gente —35.000 personas solo en este banco en 2019— que no se siente arropada ni por Londres, ni por Bruselas. “Los bancos de alimentos y sus causas son inaceptables”, opina Howell, que asegura afrontará esta crisis durante su mandato como diputado en Londres. Kelly, 37 años, tres hijos y maltratada hasta haber sido apuñalada por su primer marido, llora tras recoger su comida: “La política me da asco”. Brian Le Fevre lleva un par de años como voluntario y confiesa que ver esta realidad fue “un shock”.

Mientras, en el arcén de la autovía que recorre esta región, una joven vende café y hamburguesas desde una caravana. Robert, de 31 años, reconoce asomado a la ventanilla de su camión que tampoco le interesa la división izquierda-derecha, pero tiene claro que a él le irá mejor fuera de la UE. “Take back control”, sonríe. Un lema que, junto al también pegadizo Get Brexit done —ambos ideados por Dominic Cummings, el estratega número uno del primer ministro y oriundo de esta zona—, es ya una realidad con Johnson entronizado en el número 10 de Downing Street.

Por BELÉN DOMÍNGUEZ CEBRIÁN (ENVIADA ESPECIAL)

Sedgefield (noreste de Inglaterra) 3 FEB 2020 - 02:34 COT

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Estamos ante un tiempo para soñar y tomar alientos de construir en conjunto

Palabras de apertura a la presentación de libros a dos voces, en Intercambio de saberes, entre Arturo Escobar y Carlos Eduardo Maldonado; evento llevado a cabo el pasado 30 de agosto en las instalaciones de la Institución Educativa Distrital Camilo Torres de Bogotá.

 

Una civilización está muriendo ante nuestros ojos. En medio de su profunda crisis, el capitalismo se torna más violento y agresivo con la humanidad y con la naturaleza toda; no es casual por tanto que cada día que pasa aumente la xenofobia, el racismo, los feminicidios, las desapariciones, las muertes violentas, las guerras locales como expresión de confrontación de las potencias en cuerpos ajenos, las angustias y los malestares de la sociedad; cada día que pasa, con la extracción de agua de bolsones acumulados por la naturaleza por milenios, con el extractivismo y otros métodos y mecanismos que pretenden hacer rendir más a la madre tierra, la llevan hasta el límite.

 

De igual manera, los depredadores de la vida levantan muros y todo tipo de obstáculos para impedir el ingreso a sus territorios de los indeseables procedentes de los países periféricos, militarizan los campos y las ciudades, estimulan el fortalecimiento de los nacionalismos y de las derechas, haciendo de la democracia un simple formalismo electoral. Recursos todos estos con los cuales el desahuciado hace hasta lo imposible por seguir con vida en el planeta, controlándolo.

 

Mientras tanto, en la vida diaria que muchas veces se siente vacía, sin sentido y caótica, donde se impone el individualismo y la dispersión social, muchos y muchas empiezan a sentir que esta realidad no es la que desean vivir, que la vida debe tomar otro sentido, y que ese nuevo horizonte debe empezarse a construir aquí y ahora. Un nuevo mundo ya está naciendo.

 

Todo esto ocurre a pesar de vivir un tiempo que hace un siglo era difícil de imaginar. Contamos –como especie– con la mayor revolución científica de toda la historia, a la par de la cuarta revolución industrial. Avances posibles, únicamente, por el trabajo realizado por el conjunto de quienes habitamos el planeta, pero que, privatizados, terminan favoreciendo a unos pocos. Como es lógico, estos bienes no deben ser privados sino, por el contrario, deben pertenecerle a toda la humanidad.

 

Con los avances que tenemos en estos momentos, si estuvieran al servicio del conjunto humano, nuestra especie podría dejar de padecer angustias y alcanzar la vida digna y plena, pues con la tecnología actual, que entre otras maravillas ha permitido la socialización del conocimiento, podríamos eliminar el analfabetismo del mundo, así como visibilizar todas las culturas y saberes no occidentales como bases fundamentales para crear y construir ese otro mundo que ya está naciendo.

 

Con estos avances, el trabajo podría dejar de ser una carga para convertirse en un espacio para la realización de cada uno, pues con el nivel actual de producción es posible llegar en poco tiempo a una distribución equitativa de alimentos y riquezas, así como a una drástica reducción de los horarios de trabajo, por ejemplo a dos o tres horas diarias, dejando así tiempo para la imaginación, el goce, el trabajo libre y experimentar con ello la vida digna, y así reconstruir el planeta.

 

Para así avanzar, es cuestión de poder y democracia. Para esta, es la primera vez que la humanidad cuenta con las bases materiales y culturales para consolidar la democracia real, radical, plebiscitaria, donde la política deje de ser una actividad de políticos profesionales y pasemos a un momento donde las decisiones de la economía, educación, ciencia, cultura, salud, ordenamiento territorial, y toda la complejidad de la vida misma, sean decididas en colectivo.

 

Es un sueño y un reto, ante una realidad compleja. Es claro que para llegar a esta victoria de la especie humana es necesario dejar a un lado al capitalismo. Es tiempo, por tanto, de imaginar y trabajar por construir otras relaciones humanas –horizontales, antipatriarcales, anticoloniales– que permitan llegar al postcapitalismo.

 

Esta es una tarea para la sociedad en su conjunto y un reto especial para los movimientos sociales, que debemos empezar a construir alternativas políticas más allá del Estado-nación, pues la historia demanda una ruta y un método nuevo para por fin hacer real el propósito universal de vida digna.

 

Los aportes que sobre este particular nos hacen los profesores Arturo Escobar y Carlos Eduardo Maldonado, son referentes, argumentos, tesis, proposiciones, que debemos empezar a problematizar, cuestionar, debatir. Pues son aportes para seguir en la tarea de esos otros mundos posibles, que ya están naciendo.

Sean bienvenidos a este encuentro que nos permitirá imaginar otros mundos posibles, mundos que no deben quedar únicamente en teorías y literatura, sino que, por el contrario, debemos empezar a construir y materializar aquí y ahora.

Publicado enEdición Nº250
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