La lechuga puede absorber nanoplásticos y pasarlos a la red alimentaria

Madrid. Científicos finlandeses demostraron que la lechuga puede absorber nanoplásticos del suelo y transferirlos a la cadena alimentaria, de acuerdo con un artículo publicado en Nano Today.

La preocupación por esa clase de contaminación se ha generalizado después de comprobarse que los plásticos desechados en el medio ambiente se descomponen en piezas más pequeñas conocidas como microplásticos y nanoplásticos. Es probable que estos últimos, debido a su tamaño tan pequeño, puedan atravesar barreras fisiológicas y entrar en los organismos.

A pesar del creciente cuerpo de evidencia sobre la toxicidad potencial de los nanoplásticos para plantas, invertebrados y vertebrados, nuestra comprensión de la transferencia de plástico en las redes alimentarias es limitada.

Por ejemplo, se sabe poco sobre los nanoplásticos en los ecosistemas del suelo y su absorción por los organismos de ahí, a pesar de que el agrícola puede recibir esas partículas de diferentes fuentes, como la deposición atmosférica, el riego con aguas residuales, la aplicación de lodos de depuradora para fines agrícolas y el uso de película de acolchado.

La medición de la absorción de nanoplásticos del suelo por las plantas, en particular las verduras y las frutas, es, por tanto, un paso fundamental para revelar si esos materiales pueden llegar a los vegetales comestibles y, en consecuencia, a las cadenas alimentarias, y en qué medida.

Expertos de la Universidad de Eastern Finland han desarrollado una técnica novedosa basada en huellas dactilares metálicas para detectar y medir nanoplásticos en organismos. La aplicaron a una cadena alimentaria modelo que consta de tres niveles tróficos, es decir, la lechuga como productor primario, las larvas de mosca soldado negra como consumidor primario y el pez insectívoro como consumidor secundario. Utilizaron desechos plásticos que se encuentran de forma común en el medio ambiente, incluidos los de poliestireno (PS) y cloruro de polivinilo (PVC).

Las plantas de lechuga se expusieron a nanoplásticos durante 14 días a través del suelo contaminado, después de lo cual se cosecharon y alimentaron a los insectos (larvas de mosca soldado negra, que se utilizan como fuente de proteínas en muchos países). Después de cinco días de alimentación con esa planta, se les dieron peces en un periodo de cinco días.

Usando microscopia electrónica de barrido, los investigadores analizaron las plantas, larvas y peces disecados. Las imágenes mostraron que los nanoplásticos fueron absorbidos por las raíces de los vegetales y se acumularon en las hojas. Luego, se transfirieron de la lechuga contaminada a los insectos. Las imágenes del sistema digestivo de éstos mostraron que tanto los nanoplásticos de PS como los de PVC estaban presentes en la boca y en el intestinode los animales.

Fuentes: The conversation [Imagen: Una mina de tierras raras en Indonesia. Foto: Shutterstock / OlliverQueen]

Redes 5G y 6G

En los últimos dos años se ha trabajado intensamente en desplegar las redes 5G (o redes de 5ª generación) en varios países del mundo. De momento se han implementado versiones limitadas de esta tecnología de red móvil, pero se espera que pronto alcance todo su potencial. Y aunque los operadores de telefonía móvil todavía están desplegándola, ya se empieza a plantear cómo deberían ser las redes 6G. Esta nueva generación podría estar operativa en 10 años, relevando a 5G, de la misma forma que han ido haciendo las generaciones predecesoras.

La visión tecno-optimista

Tanto 5G como 6G suponen un salto tecnológico orientado a aumentar la hiperconectividad mundial, no solo de las personas, sino también de los objetos que nos rodean.

Estas redes permitirán avances tecnológicos para que tengamos una experiencia más profunda de nuestra vida online: que podamos, por ejemplo, transmitir el tacto, o representaciones de nuestro cuerpo mediante holografías o incluso los impulsos de nuestro cerebro. Y harán posible que prácticamente todo nuestro alrededor esté interconectado.

El objetivo: hacer más eficientes nuestras industrias, la agricultura, la producción de energía, la logística o el transporte, facilitar la vida en los hogares, así como abrir nuevos modelos de negocio.

En los imaginarios más tecno-optimistas se habla del efecto positivo que tendrá la hiperconectividad, contando con la digitalización y la inteligencia artificial, en la búsqueda de soluciones (tecnológicas) a las múltiples crisis ambientales que vivimos a través, sobre todo, de un uso más eficiente de los recursos.

El coste medioambiental de la hiperconectividad

Pero esta visión tecno-optimista está pasando algo por alto.

Cuando pensamos en la hiperconectividad y el crecimiento exponencial de transmisión y procesado de datos que promueve esta visión, es difícil ver el impacto material que supone.

Por un lado, el impacto en distintas escalas geográficas (alejadas de los puntos donde se implementan estas tecnologías y se benefician de ellas) y por otro lado en distintas temporalidades (por ejemplo, las generaciones futuras).

La cuestión energética y de emisiones es central en este aspecto. La creciente implementación de nuevas tecnologías va de la mano de un incremento en el consumo total de energía.

En un contexto de emergencia climática y crisis energética

Es urgente tener en cuenta el consumo energético que supone mantener la infraestructura necesaria de redes de telecomunicaciones y centros de datos operativa y dando servicio a un consumo cada vez más exacerbado. Esto es si cabe más importante en un contexto de emergencia climática, cuando estamos inmersos en un convulso mercado energético y con una geopolítica de la energía cada vez más conflictiva.

Desde el sector tecnológico, la confianza está puesta en que nuevas técnicas de eficiencia energética consigan reducir el consumo aunque la demanda de datos aumente. Aún está por ver si estas técnicas serán capaces de compensar el incremento de demanda que se espera.

Pero el impacto no se reduce a una cuestión puramente energética o de emisiones directas de gases de efecto invernadero.

Más antenas, más móviles, más interfaces suponen más demanda de tierras raras y minerales y más desechos

Cada vez se van a necesitar más estaciones base, más antenas y más equipos de procesado de datos. Además, las aplicaciones que guían el desarrollo de estas tecnologías promueven la adquisición de nuevos dispositivos de usuario, como teléfonos móviles compatibles con las nuevas generaciones de red, gafas de realidad virtual, interfaces cerebro-máquina y extensiones hápticas, entre otras.

Fabricar todas estas nuevas infraestructuras implica mayor presión en la extracción de materiales, incluyendo tierras raras y otros minerales, más producción, más transporte y un mayor número de desechos para los que es complicado el reciclaje. Además de las consecuencias geopolíticas, conflictos locales y reparto desigual de la riqueza y los costes que esto conlleva.

El necesario debate democrático

Ante la frágil situación socioecológica global, a punto de sobrepasar o habiendo sobrepasado ya algunos de los límites planetarios, necesitamos replantearnos críticamente la necesidad del crecimiento ilimitado en el consumo de datos.

¿Podemos pensar, como sociedad, alternativas a la demanda de más conexión (digital) y velocidad (de datos)? Quizá podamos empezar por acabar con la brecha digital, sin crear nuevas exigencias que impliquen cada vez un mayor consumo y más velocidad.

Evidentemente, esto requiere un debate democrático que no venga dominado por las imposiciones del mercado. A su vez, frente a los discursos más tecno-optimistas, se hace necesario evaluar el impacto de las propias soluciones tecnológicas enfocadas a mitigar las crisis medioambientales, teniendo en cuenta el incremento de demanda de datos y la necesidad de equipamiento y nuevas infraestructuras digitales que requiere su implementación.

Necesitamos empezar a considerar el equipamiento y las infraestructuras digitales como un bien escaso, con importantes implicaciones materiales y energéticas.

Para aliviar la creciente presión en la extracción, producción, distribución de los materiales y equipos, así como en la gestión del desecho tecnológico, hay que reducir la obsolescencia programada, aumentar la modularidad y la extensibilidad del hardware, así como el diseño compatible a futuro.

Estas direcciones de cambio no son únicamente tecnológicas, sino que implican intervenciones políticas y sociales. Es importante democratizar los debates sobre digitalización, y concretamente sobre el 5G/6G, para evitar que el desarrollo tecnológico solo venga dictado por las lógicas del mercado.

Es tarea de la sociedad civil, la academia y la ciudadanía en general imaginar otros futuros posibles que no pasen por el imperativo del crecimiento ilimitado del consumo digital.

Por,

Cristina Cano Bastidas. Profesora agregada (Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación) e investigadora en redes inalámbricas (WINE, IN3), UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Hug March Corbella. Profesor agregado (Estudios Eocnomia y Empresa) e investigador en ecología política (TURBA, IN3), UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Publicado enMedio Ambiente
Las multinacionales imponen su ley a América Latina

Las multinacionales no dan tregua a América Latina y el Caribe. Y cuando ciertos países osan cuestionarlas, el imperio de la ley internacional –elaborada a su medida– les cae encima.


En los últimos 30 años, cada día fue aumentando más la presión de los inversores extranjeros contra los Estados latinoamericanos y se multiplicaron los juicios por “incumplimientos” de parte de los mismos. De 6 casos conocidos en 1996, pasaron a 1.190 en la actualidad.

En dicho periodo, los Estados fueron condenados a pagar 33.638 millones de dólares, que se esfumaron así del erario público. Según el Transnational Institute (TNI), con sede en Ámsterdam, Países Bajos, esa cifra representa un tercio más que las pérdidas por causa del impacto de las catástrofes climáticas en el continente entre 1970 y 2021.

Según el reciente informe elaborado por Bettina Müller y Luciana Ghiotto, del equipo de investigadoras del TNI, que acaba de publicarse la última semana de agosto — y que contiene datos actualizados al 31 de diciembre del 2021– Argentina, Venezuela, México, Perú y Ecuador, con 211 demandas en su contra promovidas por empresas multinacionales, son los países que han soportado una mayor presión jurídica en estas últimas tres décadas (https://www.tni.org/es/publicacion/isds-en-numeros-Estados-de-Am%C3%A9rica-Latina-y-el-Caribe).

Instrumento neoliberal y de dependencia

Los Tratados Bilaterales de Inversiones (TBI), son los instrumentos que permiten tramitar estas demandas. Son acuerdos entre dos países que tienen como objetivo proteger la seguridad jurídica de los inversores.

Como lo explica la organización española Ecologistas en Acción, suelen incluir una serie de disposiciones estándar siempre favorables a las transnacionales y que impiden, por ejemplo, las expropiaciones directas o indirectas de las empresas. Rara vez incorporan alusiones a los derechos humanos.

Sin duda, la disposición más perniciosa es la relativa a la Solución de Diferencias entre Inversores y Estados (SDIE). Si una empresa considera que un Estado no ha cumplido con una u otra cláusula de un acuerdo, puede esquivar la justicia de dicho país y denunciarlo ante tribunales internacionales.

Estas instancias, a las que suelen recurrir las grandes empresas, son el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), que es el más solicitado; la Corte Internacional de Arbitraje de la Cámara de Comercio Internacional o bien la Comisión de las Naciones Unidas para el Derecho Mercantil Internacional (CNUDM). Las mismas pueden dictar sentencias de indemnizaciones a favor de los inversores afectados, que en la mayoría de los casos incluye el lucro cesante, es decir, los beneficios que el inversor calcula que ha dejado de percibir debido a cualquiera de las medidas tomadas por el país demandado y que el acusador considera lesiva a sus intereses (https://www.ecologistasenaccion.org/27101/tratados-bilaterales-de-inversiones/).

Estos acuerdos, calificados por la organización ecologista española como “una herramienta fundamental para la globalización liberal”, se benefician de tres elementos que hacen a su propia esencia. Los enunciados sumamente vagos de la mayoría de estos instrumentos jurídicos, lo que permite enjuiciar a un Estado casi por cualquier motivo. Los métodos opacos y para nada transparentes utilizados para resolver los procesos que serán resueltos, a la postre, por árbitros internacionales. Y finalmente, como señala Ecologistas en Acción, “la unidireccionalidad y exclusividad del SDIE”, ya que los inversores pueden denunciar a los Estados, pero no aceptan la situación inversa, es decir, cuando se trata de inversores que incumplen cualquier parte del acuerdo (o cuando violan los derechos humanos).”

El sitio web ISDS Impactos, que retoma la investigación del TNI, explica, por su parte que «el sistema de solución de disputas inversor-Estado (ISDS por sus siglas en inglés) está incluido en miles de tratados internacionales”. Y precisa que es el mecanismo que le permite a los inversores extranjeros demandar a los Gobiernos ante tribunales internacionales si consideran que los cambios introducidos por estos en las políticas públicas –incluso los concebidos para proteger el medioambiente o la salud– afectan sus ganancias (https://isds-americalatina.org/).

Las transnacionales, aves de rapiña

Según el informe del TNI, en los últimos 30 años, las 327 demandas contra Estados latinoamericanos y caribeños representan una cuarta parte del total de las acusaciones promovidas por las multinacionales en todo el mundo. En el continente, la gran mayoría (86,8% de los casos) fueron iniciadas por inversores estadounidenses, canadienses y europeos. Entre los europeos, principalmente originarios de España, Países Bajos, Gran Bretaña y Francia. Tres de cuatro demandas fueron presentadas ante el CIADI, que es una de las cinco organizaciones del Grupo del Banco Mundial ( https://icsid.worldbank.org/es/acerca). Los resultados hablan por sí mismo: las empresas le han ganado a los Estados en el 62% de los casos resueltos, sea por haber obtenido un laudo favorable o por haberse beneficiado de un acuerdo de partes.

23 de los 42 países de América Latina y el Caribe ya han experimentado el rigor del sistema internacional de arbitraje. Particular saña se expresa contra Argentina (62 demandas); Venezuela (55); México (38); Perú (31) y Ecuador (25). Este mecanismo de enjuiciar a los Estados del continente se intensificó en particular entre 2011 y 2021, período en el cual de 91 demandas se pasó a 180, duplicando el total de los juicios. Los mismos, corresponden mayoritariamente a multinacionales que operan en los sectores de la minería y la extracción de gas y petróleo.  Pero también tocan de forma significativa a empresas que lucran con el gas y la electricidad, así como la manufactura.

Argentina, que contabiliza un 87% de sus juicios perdidos, es el país del continente que sufrió más derrotas ante ese tipo de tribunales. Y tiene el récord de lo que pagó en una sola causa: los 5.000 millones de dólares transferidos a la empresa española Repsol en un acuerdo de partes. Las demandas perdidas le significan al país sudamericano 9.222 millones de dólares que debió pagar a los inversores.

Venezuela, la segunda nación más sancionada del continente por los tribunales internacionales, contabiliza el 64% de demandas en su contra con decisión desfavorable. Tiene a su haber el laudo más costoso del continente. En 2019 el Tribunal del CIADI le ordenó pagar 8.366 millones de dólares a la transnacional Conoco Phillips.

En términos monetarios concretos, los Estados casi siempre resultan ser los grandes perdedores, constata el Transnational Institute en su reciente informe. “Las demandas le cuestan millones de dólares en gastos de defensa (jurídica) y de proceso”.  Aun en los casos en los que los tribunales de arbitraje fallan a favor de los Estados, es normal que estos deban desembolsar millones de dólares para contratar firmas de abogados –para su defensa–, las que pueden cobrar hasta 1.000 dólares por hora de asesoramiento. Caso emblemático, el de Ecuador, que hasta 2013 llevaba gastados 155 millones de dólares para garantizar su defensa jurídica y para pagar los gastos producto del arbitraje.

Las sumas reclamadas por las empresas desde 1996 — según el detallado informe de la ONG con sede en la capital de los Países Bajos–, ascienden a 240.733 millones de dólares. Sin embargo, en 68 de las 327 demandas no se conocen los montos exigidos, por lo que esta cifra es significativamente mayor. Los tribunales han condenado a las naciones del continente latinoamericano a pagar, hasta ahora, 33.638 millones de dólares.

Según cálculos de las Naciones Unidas, con ese dinero, se podría resolver el drama de la extrema pobreza en 16 de las naciones del continente. “A su vez. Este monto representa más que la deuda externa de El Salvador, Nicaragua y Belice juntos (valores de 2020) y representa un tercio más que el total de las pérdidas que soportó la región entre 1971 y 2021 debido a las catástrofes climáticas”, explica el TNI.
En cuanto a las demandas pendientes (solo se conoce lo que las empresas reclaman en 44 de los 96 casos abiertos) le podría significar pérdidas adicionales por 49.626 millones de dólares a América Latina y el Caribe.

Realidad tan contundente como dramática de un combate desigual institucionalizado como verdad única y universal. Como si en el ring, dos actores (un boxeador y el árbitro) se pelearan, juntos, contra el otro boxeador, vapuleado por los golpes a que recibe a cuatro manos.

05/09/2022

Publicado enEconomía
China: ¿el gran salto adelante a la descarbonización?

En 2020, el presidente chino Xi Jinping sorprendió a la Asamblea de las Naciones Unidas con un ambicioso plan de descarbonización de su país: estableció el máximo de emisiones contaminantes para 2030 y la neutralidad en carbono para 2060. La sorpresa estaba más que justificada, pues suponía un giro radical en una nación que había priorizado el desarrollo frente al ecosistema y actualmente es la mayor emisora mundial de C02. De alcanzarse ambas metas, tendrán un considerable calado en la lucha contra el calentamiento global. ¿Se trata de un compromiso realmente creíble o de la reedición del hábito maoísta de fijar objetivos grandiosos que nunca se cumplían? Es incuestionable que la participación de China en la lucha contra la degradación ambiental ha venido creciendo. En 2003, adhirió al Protocolo de Montreal en defensa de la capa de ozono; y en 2016, suscribió el Acuerdo de París para la reducción de gases con efecto invernadero. Aprovechando el vacío de liderazgo dejado por Estados Unidos durante el mandato del negacionista Donald Trump, Pekín quiere mostrarse a la cabeza de la lucha del cambio climático, como expuso ante las Naciones Unidas su presidente Xi. Pero hay quienes tachan a este despliegue de soft power de ecoblanqueo: una fachada de sostenibilidad que oculta prácticas antiecológicas; y citan como prueba las inversiones de 3.000 millones de dólares en minería de carbón aprobadas este año.

Ciertamente, no faltan datos a favor de China: posee la mayor capacidad instalada de energías renovables (entre el 35-40% del total global de la solar y eólica, y el 28% de la hidroeléctrica), encabeza la exportación mundial de placas solares y viene reduciendo su dependencia del carbón, cuya aportación al total de electricidad generada bajó de 70% en 2005 a 56% en 2021). En 2019, las áreas protegidas suponían algo más del 18% de su superficie terrestre y del 4,6% de su mar territorial. La superficie forestal subió del 8,6% en 1949 a 23,04% en 2020. Y la calidad del aire mejoró: desde 2015 la concentración de partículas nocivas ha bajado a la mitad, 30 microgramos/m3 en 2021.
No obstante, los obstáculos en su camino a la descarbonización se antojan colosales. La desertificación afecta al 27 % de la superficie cultivable, y el deshielo de los glaciares del Tibet amenaza con reducir severamente sus recursos hídricos (la actual sequía del Río Amarillo anticipa lo que se le viene encima). Debe adaptar a las energías renovables una red eléctrica diseñada al servicio de la quema de carbón; dejar de exportar sus malas prácticas ecológicas a otros países; suprimir emisiones de C02 que representan la cuarta parte del total mundial; y, muy especialmente, acabar con las restricciones a la libertad de expresión y a la crítica de las decisiones gubernamentales.

El precio de la desmesura


Hagamos un poco de historia. La llegada del tercer milenio encontró a China sumida en una severa crisis ambiental. Tres décadas de impresionante crecimiento económico y urbanización fulminante habían pasado una factura muy onerosa. Sus urbanitas tenían la peor calidad de aire del mundo (las mascarillas eran de uso habitual en las ciudades); el agua potable escaseaba, grandes extensiones de tierra cultivable estaban contaminadas; y las más de 22.000 mega-presas construidas desde los años ‘50 habían dislocado el curso de los ríos, causando erosión y deforestación, por no hablar de los 45 millones de personas desplazadas que sufrieron un empeoramiento de sus condiciones de vida.


Hubo que esperar hasta la década pasada para que el régimen tomase conciencia de la pésima situación: en 2010, el ministerio de Ecología estimó que la contaminación causaba un perjuicio equivalente al 3,5% del PIB. En el cambio de talante influyeron las protestas de la población y la mala fama internacional que le deparaba su actitud desaprensiva, sobre todo cuando la mega-presa de las Tres Gargantas, con la que quiso sacar pecho ante el concierto de naciones, fue recibida con un abucheo planetario. Optó entonces por multar a los grandes contaminadores, desmantelar algunas industrias sucias y tomar medidas de remediación en el plano doméstico; y en la arena internacional, por suscribir los tratados ambientales a los que se venía rehusando.

Guerra a la naturaleza


Pero los estragos ecológicos no han sido exclusiva responsabilidad del acelerado pasaje de una economía socialista a una de tipo capitalista. El gobierno de Deng Xiao Pin, que en 1979 procedió a desmontar el modo de producción colectivista y abrir paso a la propiedad privada, heredó de sus antecesores un calamitoso legado ecológico.

En verdad, ningún Estado socialista podía jactarse de su respeto al medio ambiente. La dominación de la naturaleza forma parte destacada del núcleo doctrinario del marxismo , y se fue haciendo más patente a medida que Lenin, Stalin, Mao Zedong y hasta disidentes como Tito intentaban aplicarlo. Los marxistas-leninistas, al igual que sus enemigos capitalistas, oponían radicalmente la humanidad a la naturaleza, y solo se diferenciaban en que, para domeñar a esta última, defendían la economía planificada mientras la burguesía apostaba por la iniciativa privada. El desarrollo a cualquier precio, el culto a la industrialización y la exclusión de los costos ambientales de la contabilidad nacional caracterizaron la planificación socialista. En la Unión Soviética, el desastre de Chernóbil y el desecamiento del Mar de Aral –uno de los mayores lagos del mundo– se han grabado en la retina colectiva como las icónicas postales del ecocidio resultante.

En China, particularmente, se libró una auténtica guerra a la naturaleza, explica Judith Shapiro, experta en política ambiental asiática de la American University de Washington. Convencida de que “el ser humano debe conquistar a la naturaleza”, la cúpula maoísta movilizó al pueblo en una serie de campañas encaminadas a forjar una nueva China capaz de resistir a sus enemigos externos y de superar su secular atraso. Y todas repercutieron en el ecosistema con daños igualmente colosales.

Entre ellas destaca el Gran Salto Adelante (1958/1960), el segundo plan quinquenal de la República Popular China. Sus metas: convertir una sociedad agraria en un comunismo avanzado. El programa Hierro y Acero pretendía multiplicar la producción siderúrgica a través de pequeñas fundiciones en las aldeas, con el resultado de que casi el 10% de los bosques fueron talados para alimentar hornos ineficientes. El fomento de la natalidad para proveer los soldados y la mano de obra necesarias para el engrandecimiento de la patria siguiendo el eslogan La fortaleza reside en los números disparó el crecimiento incontrolado de la población. Y la campaña Eliminar las cuatro plagas animó a los niños a matar a los gorriones, cuyo exterminio multiplicó las langostas y otras plagas que devoraron gran parte de las cosechas. Estas hazañas causaron una hambruna que se cobró las vidas de entre 35 y 50 millones de personas y arruinó la reputación de Mao ante sus pares: el Gran Salto Adelante acabó estrellándolo.

En cuanto a las presas, en justicia hay que decir que todos los países con ríos caudalosos ansiaban domarlos para controlar las inundaciones, generar electricidad y obtener agua de regadío, tal como soviéticos y estadounidenses hicieron con el Dniéper y el Colorado respectivamente (la presa egipcia de Asuán ejemplifica el afán por corregir la irracionalidad de los ríos). Sus desventajas se hicieron sentir con el paso de los años: reducción de la capacidad de almacenamiento y de generación eléctrica por la retención de lodos; erosión de los cauces y deltas fluviales e inundación de las orillas, con el inevitable desplazamiento de sus moradores. China no fue la excepción. De las 86.000 presas erigidas desde 1949, unas 3.000 habían colapsado en 1980; un cuantioso despilfarro de recursos que encima empobreció a millones de personas desplazadas. Cuando están bien diseñadas y situadas, las obras hidráulicas pequeñas y medianas resultan provechosas, pero el gigantismo faraónico minimiza sus pro y maximiza sus contra.

La Revolución Cultural (1966/1976) empeoró las cosas. Para recuperar el poder, Mao movilizó a la juventud en contra de sus rivales en el Politburó. La agricultura fue una de las arenas en donde se libró esa pugna. En 1964, Mao instó a seguir el ejemplo de las brigadas rurales de producción capaces de superar toda adversidad y cambiar la cara de los ríos y las montañas. Este remedo de estajanovismo, igualmente ensalzado como dechado de fervor revolucionario e igualmente subvencionado en secreto, fue aplicado haciendo caso omiso de las condiciones locales. Los cultivos en terrazas de Dazhai, aptos para una orografía específica, fueron recreados en laderas demasiado abruptas y en terrenos llanos o colinas levantadas para la ocasión; la imitación mecánica de lo que se presentaba como una modélica utopía campesina impidió que los buenos resultados obtenidos en Dazhai se repitieran. Peor impacto tuvo el drenaje de los humedales de Haigeng: “Los mares azules se han convertido en tierra verde”, se extasiaba la propaganda, pero el desbarajuste causado por la geoingeniería maoísta redundó en que, al cabo de una década, el 80% de la “tierra verde” se tornó incultivable.
Tampoco ayudó la apertura del Tercer Frente (1969/1975). El enfrentamiento con la Unión Soviética, la agresión estadounidense a Vietnam del Norte, y la autonomía de los Guardias Rojos movieron a Mao a agitar el fantasma de la guerra inminente. Con fines estratégicos, convocó a crear una base industrial lejos de las fronteras, en los desiertos de Xinjiang, las praderas de Mongolia interior y la Gran Tierra Baldía del norte. Veinte millones de Guardias Rojos fueron forzados a integrar las tropas de choque que trazaron caminos, cavaron minas, tunelaron montañas, aumentaron la superficie cultivable al precio de la destrucción de humedales, bosques y pasturas, y talaron árboles para suministrar combustible a las 380 fábricas relocalizadas. Consecuencias: aumento de la mortalidad laboral, proliferación de enfermedades infecciosas, niveles de contaminación del aire 300 veces superiores a los recomendables e inundaciones intempestivas en la cuenca del Río Amarillo por causa de la erosión y la tala descontrolada. En 1978, agotados por los desmesurados esfuerzos y decepcionados por los resultados, los jóvenes movilizados iniciaron la protesta Déjennos volver a casa y en 1980 esta generación perdida fue autorizada a retornar a las ciudades.

Voluntarismo, militarismo y censura


Aparte del empeño por domesticar a la naturaleza, tres rasgos de la doctrina maoísta animaban esas desastrosas iniciativas. Primero, el voluntarismo, que postulaba que la voluntad política se impondría a cualquier obstáculo material (nos referimos a la voluntad de la dirigencia que, mediante concienciación o coerción, se inculcaba en la población). En el fondo, la creencia en el poder transformador de las ideas disimulaba la dura realidad: la necesidad de suplir la falta de tecnología con la energía de las masas.

Segundo, la mentalidad militarista de Mao, reforzada por la sensación de asedio insuflada por la guerra de Corea, la ruptura con Moscú y la escalada intervencionista en Vietnam. Comenzando por el propio término campaña, las movilizaciones colectivas se definían en términos bélicos. La naturaleza era el enemigo por vencer, y la militarización del trabajo y de la vida cotidiana, el medio para lograrlo.

Finalmente, la represión de la crítica subsiguiente a la breve liberalización del período de las Cien Flores. Alertar del impacto ambiental de la acción gubernamental se tornó peligroso. Shapiro lo evidencia con el caso de Ma Yinchu, presidente de la Universidad de Pekín, que en 1957 alertó del descalabro económico que causaría una demografía fuera de control y propuso censos periódicos, programas de planificación familiar, educación en el control de la natalidad, etc. Tuvo que renunciar a su puesto y fue acallado, pero su predicción se cumplió: de 542 millones de habitantes en 1949 se pasaron a 925 en 1976. Otro tanto ocurrió con el ingeniero Huang Wanli, contrario a la presa fluvial en Sanmenxia por el riesgo de sedimentación –cosa que sucedió–, por lo que fue perseguido por derechista hasta su rehabilitación en 1978. Una versión local de la purga de los ingenieros ejecutada por Stalin en 1928, dirigida a subordinar el saber y la experiencia de los expertos a los mandatos inapelables del Secretario General.
El maoísmo pasó a la historia como un monumento al desarrollo insostenible.

Después de Mao


Tras el abandono en la práctica del maoísmo efectuado por Deng, la economía despegó y superó a los Tigres Asiáticos: la nación devino el primer exportador mundial, tuvo el crecimiento del PIB per cápita más alto del mundo durante dos décadas, y su PIB medido en capacidad adquisitiva es el tercero del planeta (algunos afirman que es el primero). El nivel educativo de la población subió; la extrema pobreza de la mayoría se redujo; se formó una pujante clase media; se acabó la escasez crónica de alimentos; y los urbanitas disfrutan de agua corriente, luz, alcantarillado y acceso a las tecnologías de la información y comunicación y otros bienes de la sociedad de consumo.

El país campesino con bombas H se convirtió en una nación moderna e industrializada. Pero los costos sociales no suelen ser tan ventilados, y menos por quienes celebraron su abandono del socialismo y ahora deploran el desafío chino. El igualitarismo dio paso a una estridente desigualdad visible en la nueva clase de super ricos, al punto de que hoy China cuenta con más billonarios después de Estados Unidos: de 1990 a 2019, el índice de Gini que mide la disparidad en los ingresos subió de 32,2 a 38,2. Las áreas rurales se empobrecieron mientras las urbes prosperaban; la iniciativa económica concedida a los campesinos facilitó que muchos, para migrar a las ciudades, vendiesen sus derechos sobre la tierra a empresas de construcción. Aparecieron fenómenos desconocidos: la especulación inmobiliaria y el desempleo, ya que se derogó el derecho a un empleo vitalicio. Y las pésimas condiciones laborales igualaron los peores estándares de la Revolución Industrial. Sin dudas, una auténtica curiosidad histórica: prácticas de capitalismo salvaje amparadas por una dictadura comunista. Tales costos fueron ocultados por el régimen. Y cuando no pudo esconderlos, respondió con medidas draconianas: la autoritaria política del hijo único adoptada en respuesta a la explosión demográfica, aplicada sin confiar en el criterio de las familias ni empoderar a las mujeres facilitando su acceso a los anticonceptivos. La subordinación de los sindicatos al Partido Comunista se tradujo en la ausencia práctica del derecho de huelga y en la represión de las protestas laborales. Y la libertad de reunión y expresión no experimentó grandes progresos respecto de la represiva época maoísta a tenor de la masacre de la plaza Tiananmén, la persecución a los periodistas y la censura de Internet; si bien, dentro de estrictos límites, se ha permitido la actuación de las ONG ecologistas. A diferencia de Gorbachov, China impulsó una perestroika sin glasnost: una liberalización económica sin transparencia ni democratización.

Aquí nos centraremos en los impactos ecológicos. Cierto, con Deng se introdujo la legislación ambiental: en 1987 se creó la Agencia Nacional de Protección Ambiental; y en 1996 se incluyó el concepto de desarrollo sostenible en los planes quinquenales. Pero la obsesión por aumentar la producción relajó la seguridad industrial y se multiplicaron los siniestros contaminantes (solo en la industria química se registró casi un accidentes al día en 2016, según Greenpeace, la mayoría fugas de sustancias tóxicas). La tala ilegal, los incendios forestales y la mala gestión de los bosques dispararon la deforestación. El deterioro ambiental repercutió en la calidad de vida; sirvan de prueba las 1.100.000 muertes prematuras anualmente achacables al aire contaminado, o las miles de vidas sesgadas por las inundaciones en 1998, sin contar los 15 millones de personas que perdieron sus hogares. Los logros parciales en legislación, investigación ambiental y tratamiento de residuos industriales no modifican el balance general negativo: Deng dejó el ecosistema peor de lo que lo había recibido.

La Ruta de la Seda… y de la contaminación


Los sucesores de Deng no mejoraron la situación. Como hemos apuntado, apuraron el paso de las medidas de protección ambiental, siempre detrás del avance de la crisis. Y a menudo se decantaron por soluciones tecnológicas que ya habían fracasado (la modificación del clima por medio de la siembra de nubes con yoduro de plata para provocar lluvia). Peor aún: el impacto chino en el ecosistema global se vio multiplicado por la acción de sus empresas en el extranjero, especialmente en la Nueva Ruta de la Seda: un corredor comercial auspiciado por Pekín desde 2013 y que abarca 70 países. El ambicioso esquema de desarrollo prevé el trazado de líneas férreas y carreteras, la construcción de puertos y centrales energéticas y la apertura de zonas industriales.

Pero esta ambición amenaza con pasar una factura ambiental muy elevada. Un informe de 2017 del World Wildlife Fund alertó que algunos planes afectan a más de 1.739 importantes áreas de biodiversidad y, concretamente, a 265 especies amenazadas. En lo referido al calentamiento global, el Global Environment Institute advirtió que el 91% de los proyectos energéticos financiados en la mentada ruta entre 2014 y 2017 se basaban en combustibles fósiles. En Vietnam, por ejemplo, las centrales térmicas proyectadas subirán el peso del carbón en su matriz energética del 36% actual al 56% en 2030. Nada puede ir más a contrapelo de la prometida descarbonización.

El hilo rojo que une esas inversiones fue detectado por un estudio del año 2005 de 2.886 emprendimientos industriales promovidos por Pekín: la mayoría se localizó en “países pobres con controles y regulaciones ambientales débiles”. Su modus operandi resulta familiar: emulando a las multinacionales occidentales, a medida que se endurecen los controles en su país, los empresarios chinos trasladan sus industrias adonde pueden contaminar impunemente, sobre todo a Asia y África, y cargan la responsabilidad sobre dichos países, aduciendo que estos han dado su visto bueno.

La industria pesquera china, por su parte, ostenta el doble récord de ser la más grande del mundo y la mayor practicante de la pesca ilegal e irregular. Sus barcos violan las aguas jurisdiccionales extranjeras o sobrepasan las capturas permitidas, amenazando con colapsar los grandes caladeros. Sus malas artes en el Mar Argentino ejemplifican el proceder de una flota especializada en esquilmar la biodiversidad ajena.

Entre otras deplorables plusmarcas, China ostenta el título de mayor consumidor mundial de vida silvestre, alimentando la caza furtiva de especies amenazadas (rinocerontes, por ejemplo) y propiciando los riesgos sanitarios que la covid puso de relieve (por esta última causa, Pekín prohibió este año el tráfico de fauna salvaje). Asimismo, es el principal comprador de madera ilegal, propiciando la deforestación en los países proveedores; y descolla entre las naciones que más plásticos arrojan al mar: en 2017, vertió en el océano más de un millón de residuos plásticos, según sus propios cómputos.

En ocasiones, sus tropelías han chocado con resistencias. En Kazajistán hubo protestas masivas contra la importación de 55 de sus factorías contaminantes; en Kirguistán se registraron numerosas manifestaciones contra los vertidos contaminantes de la minería china y canadiense; en Myanmar, el clamor popular obligó a la suspensión de una mega-presa promovida por capitales chinos; y en el sudeste asiático se extiende el malestar contra las 100 presas proyectadas en la cuenca del Mekong y el dinamitado del lecho fluvial para permitir el paso de buques de gran calado. Niwat Roykaew, presidente de la ONG tailandesa Rak Chiang Khong Conservation Group, acusó a esas operaciones de destruir zonas de cría de los peces y hábitats ornitológicos, y de acelerar la erosión de las tierras cultivadas en las orillas: “será la Muerte del Mekong”. El malestar ha crecido a tal punto que, presionado por una alianza de diversas ONG, entre ellas Greenpeace, el gobierno chino se ha comprometido a no financiar nuevas centrales de carbón en el exterior, con excepción de las planificadas o en fase de construcción.

Sacando la obsesión hidroeléctrica , la actuación china en el extranjero en poco se distingue del rapaz extractivismo de las multinacionales occidentales. Y su ayuda al desarrollo se asemeja demasiado a la implementada por las naciones centrales: un instrumento de la política exterior dirigido a comprar votos en la Asamblea de la ONU y a alentar las inversiones y las exportaciones hacia los países presuntamente beneficiarios.

Un modelo con poco que aplaudir y mucho que criticar


El itinerario referido se resume en pocas palabras: de la guerra a la naturaleza se pasó a su total mercantilización. La explotación manu militari de los recursos naturales por un Estado ultraideologizado quedó en manos privadas, aunque la vieja mentalidad reflotó en la declaración del presidente Jiang Zemin de que “el hombre debe conquistar a la Naturaleza”, hecha al inaugurar la presa de las Tres Gargantas. El cambio fue a peor, puesto que el maoísmo, incapaz de industrializar el país, no destruyó el ecosistema en la escala en que lo han hecho las fuerzas del mercado desatadas por sus sucesores.
En retrospectiva, resulta paradójico que, al garantizar la unidad del vasto mercado nacional e inculcar en las masas trabajadoras una férrea disciplina unida a un espíritu de sacrificio, la revolución socialista allanase el camino a una acumulación capitalista primitiva que conseguiría la modernización del país inútilmente perseguida por Mao. Un tema apasionante para los estudiosos de los derroteros del socialismo, pero aquí nos interesa explicar la desidia del régimen chino frente al medio ambiente.

A este respecto, entrevemos dos razones. Mientras el Partido Comunista de Mao basaba su legitimidad en la liberación del yugo extranjero y de los terratenientes, y en la fuerza ideológica del socialismo, la nomenklatura actual se apoya en la exaltación del nacionalismo y en la constante expansión económica. Tal condicionamiento político la aboca al desarrollismo interno y a proyectarse como una potencia mundial, poniéndola en rumbo de colisión con la hegemonía estadounidense… y con el ecosistema.

Se trata, sin duda, de un caso peculiar de modernización autoritaria. Mientras en Corea del Sur y Taiwán la industrialización corrió por cuenta de dictadores de derecha (Park-Chung Hee y Chiang Kai-Shek respectivamente), aquí se llevó a cabo bajo la égida de un partido modelado conforme al patrón estalinista, dirigido por una casta burocrática que, atenta al desplome de la Unión Soviética, no ha permitido resquicios de disenso que socaven su monopolio político y los privilegios asociados a sus cargos.

El desaguisado descrito se suma a la lista de ecocidios perpetrados primero por el colonialismo europeo, cuya economía de la plantación devastó ecosistemas enteros, y posteriormente por las compañías multinacionales, cuyo extractivismo insaciable hace estragos en el Tercer Mundo. Nada tiene de excepcional la experiencia china, excepto el haber combinado lo peor del socialismo y del capitalismo en materia ambiental.

No carguemos las tintas con la China contemporánea; sus pecados ecológicos son los comunes de cualquier potencia capitalista, incluida su persecución de esa ilusoria cuadratura del círculo, la economía de mercado sostenible, con el agravante del persistente autoritarismo que inhibe la crítica pública de la degradación del entorno.

De todos modos, su trayectoria reciente demuestra que cuando existe voluntad política se pueden revertir parcialmente los daños en un lapso relativamente corto; al mismo tiempo deja claro cuánto dista de ser un modelo que aplaudir e imitar. Desde luego, los tigres de papel imperialistas no pierden la oportunidad de explotar sus malos hábitos ecológicos con el ánimo de desacreditar a la Nueva Ruta de la Seda; pero esto no debe servir de excusa para moderar las críticas, sino para exigir a Pekín que deje de suministrar municiones al enemigo. Urge, por consiguiente, que sea objeto, al igual que los demás grandes contaminadores, de una constante presión para que haga los deberes en los planos interno y externo y comience una transición energética que no se subordine a las conveniencias de las empresas sino a las exigencias de la crisis ambiental. Solo así evitará que su tránsito a la descarbonización resulte otro fracasado salto adelante como el impulsado por el Gran Timonel hace más de seis décadas.

3 SEPTIEMBRE 2022

Publicado enMedio Ambiente
Concentración de gases de efecto invernadero es la más alta en un millón de años

Evidencia científica convincente de que el cambio climático tiene impactos globales y no da señales de desaceleración, dice informe

Washington. La concentración atmosférica de gases de efecto invernadero y los niveles del mar alcanzaron nuevos récords en 2021, señala un informe del gobierno de Estados Unidos, elcual muestra que el cambio climático avanza a pesar de los esfuerzos para frenar las emisiones.

"Los datos presentados en este informe son claros: seguimos viendo más evidencia científica convincente de que el cambio climático tiene impactos globales y no muestra señales de desaceleración", afirmó Rick Spinrad, quien dirige la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA).

El aumento en los niveles de gases de efecto invernadero se produce a pesar de una disminución de las emisiones de combustibles fósiles el año anterior, cuando gran parte de la economía mundial se desaceleró drásticamente debido a la pandemia de covid-19.

La agencia estadunidense indicó que la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera se situó en 414.7 partes por millón (ppm) en 2021, 2.3 ppm más que en 2020.

El nivel es "el más alto en al menos el pasado millón de años según los registros paleoclimáticos", indicó el informe anual sobre el estado del clima dirigido por científicos de la NOAA.

El nivel del mar del planeta aumentó por décimo año consecutivo, llegando a un nuevo récord de 97 milímetros por encima del promedio en 1993, cuando comenzaron las mediciones satelitales.

El año pasado estuvo entre los seis más cálidos registrados desde mediados del siglo XIX, y los anteriores siete fueron los más calurosos registrados, precisó.

La cantidad de tormentas tropicales también estuvo muy por encima del promedio el año pasado, incluido el tifón Rai, que mató a casi 400 personas en Filipinas en diciembre, e Ida, que arrasó el Caribe antes de convertirse en el segundo huracán más fuerte en azotar el estado estadunidense de Luisiana después de Katrina.

Entre los eventos extraordinarios que cita el informe, destaca que los célebres cerezos de Kioto, en Japón, florecieron en 2021 más temprano que nunca desde 1409.

Los incendios forestales, que también se prevé que aumenten debido al cambio climático, fueron comparativamente bajos respecto de los años asados, aunque hubo incendios devastadores tanto en el oeste de Estados Unidos como en Siberia.

El informe se divulgó poco después de que un estudio afirmó que la capa de hielo de Groenlandia está a punto de derretirse a niveles peligrosos. Eso podría provocar serios perjuicios a zonas del mundo donde habitan cientos de millones de personas.

El planeta sigue muy lejos de la meta fijada por el Acuerdo de París en 2015 de limitar el calentamiento global a 1.5 grados Celsius por encima de los niveles preindustriales y de esa forma evitar los peores efectos del cambio climático.

Publicado enMedio Ambiente
Maravillosas y extrañas compañías del mundo animal

Desde la página de Facebook de Artes y Manualidades, nos llegan hoy estas hermosas imágenes de animales que pocas veces se relacionan, pero que han sido captados en una verdadera escena maravillosa. Cubadebate comparte con sus lectores, estos instantes.

Compañía poco comunes.

 

Compañía poco comunes.

 

Compañía poco comunes.

 

Compañía poco comunes.

 

Compañía poco comunes.

 

Compañía poco comunes.

 

Compañía poco comunes.

 

Compañía poco comunes.

 

Compañía poco comunes.

Publicado enFotorreportajes
Azota sequía a la mitad de China y ola de calor deja mil muertos en Europa

Chongqing. La mitad del territorio de China sufre una fuerte sequía que incluye partes de la gélida meseta del Tíbet, en medio de una ola de calor sin precedente en el país, informó ayer el Centro Nacional del Clima. La zona más afectada, la cuenca del río Yangtsé, desde la provincia de Sichuan en el suroeste hasta Shanghái, en la que viven 370 millones de personas.

China pasa por una racha de temperaturas récord, inundaciones y sequías; fenómenos extremos que los científicos aseguran serán más intensos y frecuentes por el cambio climático.

Más de 70 días de temperaturas extremas y escasas precipitaciones devastaron la cuenca del río Yangtsé, que da sustento a más de 450 millones de personas y a un tercio de los cultivos del país.

Partes del suroeste de Sichuan tuvieron fuertes lluvias que obligaron a evacuar a casi 30 mil personas y en el sureste del país, el tifón Ma-on tocó tierra ayer, lo que provocó aguaceros.

Desastre por contaminación en río de Europa

Unas 300 toneladas de peces muertos fueron sacadas del río Oder, que separa a Alemania y Polonia, en un desastre ambiental que podría estar relacionado con un alga tóxica, informó ayer Berlín.

Un anterior balance registró unas 100 toneladas, pero la ministra alemana de Medio Ambiente, Steffi Lemke, confirmó que fueron 300 las toneladas de peces muertos que se sacaron del Oder para ser incinerados en plantas especializadas.

Agregó que se detectó en el río la microalga tóxica Prymnesium parvum, que es frecuente en aguas con menor nivel salino que el mar, por lo que su proliferación en el agua dulce del Oder pudo deberse a que una contaminación industrial que volvió más salado el río.

La peor sequía de Italia en 70 años ha dejado al descubierto los pilares de un antiguo puente sobre el río Tíber que alguna vez usaron los emperadores romanos, pero que se deterioró en el siglo III.

Roma declaró estado de emergencia en varias regiones debido a la sequía prolongada y la ola de calor, que también ha dejado expuestos un tanque de la Segunda Guerra Mundial en el río Po, el más grande de Italia.

Hogares y negocios se inundaron tras tormentas en Reino Unido. Parques y caminos permanecían intransitables en varias provincias del país y Londres. Esto ocurre mientras la ola de calor en Europa sigue causando estragos en zonas de Francia y España. Unas mil personas han muerto en el continente como resultado de la canícula, informó el diario británico The Independent.

Las inundaciones que asolan Afganistán desde hace un mes han dejado 182 muertos y 250 heridos, informó ayer el portavoz talibán Zabiullah Mujahid, quien mencionó que más de 3 mil casas quedaron destruidas por las lluvias torrenciales, así como tierras agrícolas, sobre todo en el este del país.

Fábrica de lluvia

Níger decidió provocar lluvia con ayuda de productos químicos ante la sequía que causó este año una grave crisis alimentaria, informaron ayer los servicios de meteorología. Esta tecnología consiste en introducir, con ayuda de un avión, productos químicos en las nubes, especialmente una mezcla de plata, sodio y acetona.

Los incendios en la Amazonia brasileña registraron un récord en casi 15 años el lunes, según cifras oficiales, en una nueva señal de la destrucción ocasionada en el mayor bosque tropical del mundo. Imágenes satelitales detectaron 3 mil 358 incendios el 22 de agosto, el número más alto para un día desde septiembre de 2007, confirmaron autoridades.

Creció hoyo en la capa de ozono sobre la Antártida

Los numerosos incendios ocurridos durante el catastrófico "verano negro" de Australia, entre finales de 2019 y principios de 2020, ensancharon el agujero en la capa de ozono de la Tierra, según un nuevo estudio publicado el viernes.

El informe, aparecido en la revista Scientific Reports, de Nature, establece un vínculo entre el humo sin precedente desprendido por los incendios con el agujero de la capa de ozono sobre la Antártida.

Los incendios que calcinaron unos 5.8 millones de hectáreas en el este de Australia fueron tan intensos que provocaron la formación de decenas de nubes pirocumulonimbo infundidas de humo.

Durante el "verano negro", estas nubes enviaron más humo que nunca a las partes altas de la atmósfera. Esta acumulación de partículas de humo provocó que la baja estratosfera se calentara hasta niveles no vistos desde la erupción del volcán Pinatubo en Filipinas en 1991.

El calentamiento ensanchó el agujero en la capa de ozono que aparece cada primavera austral en la Antártida y que alcanzó "niveles récord en las observaciones de 2020".

Este agujero fue creado por la contaminación humana, especialmente de los clorofluorocarbonos antes emitidos por muchos refrigeradores, pero la cooperación global reciente da esperanzas de que pueda volver a cerrarse.

Publicado enMedio Ambiente
De izquierda a derecha están los fémures de Sahelanthropus tchadensis, un humano moderno, un chimpancé y un gorila. Foto Ap

 El Sahelanthropus tchadensis es el representante más antiguo de la humanidad, revelan paleontólogos

 

París. Tumai, el más antiguo representante conocido de la humanidad, caminaba con dos pies hace 7 millones de años, pero aún sabía trepar a los árboles, según un estudio publicado ayer en Nature, basado en tres huesos de un ejemplar de su especie, Sahelanthropus tchadensis.

La historia comenzó en Toros-Menalla, en el norte de Chad, cuando en 2001 un equipo de la misión paleoantropológica franco-chadiense descubrió un cráneo.

Sahelanthropus tchadensis, Tumai, desaloja entonces a Orrorin tugenensis, de 6 millones de años y descubierto en Kenia, como el más antiguo representante de la humanidad.

La posición del orificio occipital en el cráneo de Tumai, con una columna vertebral situada bajo el cráneo y no detrás como en los cuadrúpedos, lo coloca como primate bípedo. Algunos epecialistas cuestionaron esta conclusión, con el argumento sobre el estado incompleto del fósil.

La investigación resalta que la forma del cráneo sugiere una estación bípeda y su descripción de tres huesos de las extremidades del Sahelanthropus confirma el bipedismo habitual, pero no exclusivo.

La adquisición del bipedismo se considera un paso decisivo en la evolución humana. El equipo, en el que participan investigadores del Centro Nacional para la Investigación Científica y la Universidad de Poitiers, en Francia, junto a paleontólogos de la Universidad de Yamena y el Centro Nacional de Investigación para el Desarrollo, en Chad, examinó tres huesos de las extremidades del Sahelanthropus tchadensis.

Refuerza la idea de que el bipedismo se adquirió muy pronto en nuestra historia, en una época todavía asociada a la capacidad de desplazarse sobre cuatro extremidades en los árboles.

“El cráneo nos dice que Sahelanthropus pertenece al linaje humano”, explicó el martes Franck Guy, paleoantropólogo y uno de los autores del estudio. Se demuestra que "el bipedismo era su modo de locomoción preferido", agregó en conferencia de prensa.

Este bipedismo "habitual aunque no exclusivo, se acompañaba de un poco de arboricolismo", o sea, la capacidad de desplazarse en los árboles. Una herencia del hipotético ancestro común al linaje humano y a los chimpancés.

El equipo hace la demostración con el estudio detallado de un fémur y de dos huesos del antebrazo, unos cúbitos, los que nunca se sabrá si eran los correspondientes a Tumai, pero que fueron hallados en el mismo sitio y pertenecen a los de un homínido, del linaje humano.

Los científicos de la misión franco-chadiana estudiaron de forma exhaustiva los huesos durante años, con pruebas y medidas. Identificaron 23 trazos morfológicos y funcionales, antes de compararlos con los de otros homínidos y grandes monos actuales y fósiles.

Su conclusión es que "el conjunto de esos rasgos de carácter es mucho más cercano a lo que se observa en un homínido que en cualquier otro primate", agregó Guillaume Daver, paleoantropólogo del equipo.

Por ejemplo, cuando en función cuadrúpeda un gorila o un chimpancé –el más cercano primo del hombre– camina apoyándose en la parte exterior de las falanges, eso no se observa en el Sahelanthropus.

El individuo, cuyos huesos fueron estudiados, pesaba entre 43 y 50 kilos. El paisaje desértico y desnudo que acoge en la actualidad sus restos mezclaba en su época bosques de palmeras y sabanas húmedas, marco favorable para la marcha y la cuadropedia de "precaución" entre el follaje.

El estudio aporta “una imagen más completa de Tumai y de los primeros humanos”, subrayó a Afp Antoine Balzeau, del Museo Nacional de Historia Natural, al elogiar un trabajo "muy consistente".

Esto da argumentos suplementarios a quienes abogan por una evolución muy "arborescente" del linaje humano, con múltiples ramas, lo que se enfrentaría a una "imagen simplista de humanos que se suceden, con capacidades que mejoran a lo largo del tiempo", destacó Balzeau.

Lo que hacía del Sahelanthropus un humano era su capacidad para adaptarse al medio ambiente, según los investigadores de Palevoprim.

(Con información de Europa Press)

Solidaridad interespecies para una transición justa

En 2019 Will Kymlicka reflexionaba en un texto publicado por New statsment (1) sobre por qué consideraba a los defensores de los animales los “huérfanos de la izquierda”. En ese texto, Kymlicka definía de modo amplio el objetivo de los diferentes proyectos de izquierdas como la protección de los vulnerables frente a la explotación de los poderosos. Es por ello que agradezco enormemente a Viento Sur por ofrecer este espacio y a Juanjo Alvárez por tratar el tema en su libro De animales y clases, porque gracias a ellos somos un poco menos huérfanos.

Con todo lo que sabemos hoy sobre la sensibilidad, capacidad cognitiva, complejidad de sus relaciones y de la capacidad comunicativa de los animales (asunto sobre el que reflexionaba Nuria del Viso en esta misma casa (2), resulta difícil argumentar por qué los animales no deberían estar incluidos dentro de ese proyecto amplio de las izquierdas. A día de hoy además, para poder pensar en la protección de los vulnerables es imprescindible hacerlo en el marco de la crisis ecosocial que atravesamos, dado que pone en riesgo la existencia de todos los habitantes del planeta, y esto no se puede hacer sin una mirada anticapitalista, puesto que ha sido esta forma de actividad productiva y organizativa humana la que ha provocado la crisis ecológica en la que nos encontramos. El capitalismo, que nos trata a todos, animales humanos y animales no humanos, como recursos de usar y tirar con el único objetivo de la acumulación de beneficio y crecimiento infinito, es el que está devastando los ecosistemas en los que viven los animales salvajes y que sustentan toda forma de vida en el planeta, también la nuestra. Esta crisis ecosocial (que incluye el cambio climático pero también otras facetas relacionadas, como por  ejemplo la sexta extinción de especies) es el mayor reto al que nos hemos enfrentado históricamente, y afecta también a los animales.

Compartimos planeta con el resto de especies animales y, como decía Greta Thunberg, nuestra casa, que es la suya también, está en llamas, por lo que el ecologismo y el anticapitalismo necesitan de una mirada animalista para ser verdaderamente justos, ya que los humanos (aunque no todos por igual) hemos sido el motor de esta devastación y sobre todo, somos los únicos capaces de organizar medudas para frenarla.

Es indispensable que el animalismo, en la situación actual, incluya una perspectiva ecologista y sobre la protección de ecosistemas porque dentro de las condiciones mínimas para garantizar una vida digna para los animales es requisito innegociable (como para los humanos) que el planeta sea habitable.

El capitalismo es poderoso y hace falta una articulación social amplia en torno a objetivos en común, se necesitan coaliciones y alianzas frente al sistema que pone en riesgo la supervivencia de todos. Con todo lo que sabemos hoy, la punta de lanza de esas luchas en común y de los objetivos que pueden compartir tanto el movimiento animalista como el ecologista debería ser la industria ganadera. El devastador impacto medioambiental de la ganadería es ampliamente conocido desde que en 2006 la FAO lanzó el informe “La larga sombra del ganado” (3), y desde entonces no ha parado de acumularse información sobre ello. En terreno patrio, el Ministerio de Consumo emitió este mismo año un informe (4) sobre el impacto de los consumos de los españoles, siendo la alimentación el área que mayor impacto produce, y siendo lo que dispara ese impacto en gran medida el consumo de carne.

Pero no se puede olvidar que las víctimas directas de esta industria que indirectamente nos está perjudicando a todos (humanos, ecosistemas, animales salvajes) son los animales considerados de consumo. Si como anticapitalistas ponemos la mirada sobre la propiedad privada y la mercantilización de la vida es difícil no cuestionar la mercantilización, una de las más brutales, que sufren estos animales, cuya vida es arrebatada para despiezar y convertir sus propios cuerpos en productos consumibles.

Y los animales no son los únicos explotados por esta industria ya que se necesitan trabajadores para mantenerla funcionando, fundamentalmente en los mataderos (5). Es sorprendente que estos sean tan frecuentemente olvidados a la hora de pensar en una transición justa para trabajadores de industrias de gran impacto ecológico que es necesario replantear para abordar la crisis ecosocial. Más aún siendo además esta una industria donde trabajan en condiciones mucho más precarias que otras como la automovilística, no solo en cuanto a condiciones económicas, horarias, etc., sino incluso en cuanto a su propia seguridad vital, trabajando a velocidades vertiginosas con cuchillos e instrumentos cortantes para poder mantener el ritmo exigido de producción. Estas condiciones podrían ser mejorables, incluso dignas, en otro sistema que no priorizase el beneficio por encima de todo, pero hay una característica indisoluble del trabajo realizado en los mataderos, y es que, como su propio nombre indica, consiste en matar. Se mata a animales que quieren vivir, están asustados y se resisten, y eso tiene un impacto psicológico y emocional sobre quien se ve abocado a realizar esa tarea que no se puede disociar de ese trabajo por mucho que mejorasen las condiciones en las que se realizan. Se trata, por todo lo anteriormente mencionado, de un sector de trabajadores especialmente vulnerable, siendo en muchos casos migrantes, en ocasiones irregulares, y en general trabajadores que tienen difícil acceder a otros empleos y es por eso que tienen que aceptar las penosas condiciones del trabajo en mataderos. Cualquier plan de transición ecosocial verdaderamente justa, con la mirada en los ecosistemas, los animales y los trabajadores, debería poder plantear salidas para esta industria.

Con todo lo anterior, y aunque los argumentos morales y éticos para oponerse a la explotación animal son legítimos, dada la urgencia con la que tenemos que acometer cambios a gran escala para enfrentar la emergencia ecosocial, es necesario pensar en medidas políticas y colectivas en la lucha contra la industria ganadera. Hay algunas vías ya señaladas en ese sentido, como el cuestionamiento de las millonarias subvenciones públicas por parte de la UE a la ganadería industrial (6) o la promoción (hasta hora no solo inexistente sino incluso penalizada como elección) de las dietas vegetales en instituciones públicas. Pero esto no es incompatible con los cambios individuales, ya que sí queremos conseguir transformaciones en el modelo alimentario general, estas van a repercutir necesariamente en nuestros hábitos. Aunque las medidas individuales nunca deberían sustituir a las políticas y colectivas, el cambio de hábitos puede favorecer la normalización de dietas vegetales a nivel sociocultural, puede mitigar la impotencia y el desvalimiento frente a la emergencia ecológica otorgando un papel activo frente a una de las áreas en las que el impacto individual es mayor (7), mientras se favorece el cuestionamiento y la conversación social al respecto de la explotación animal.

Por terminar, el valor fundamental en el que apuntalar una transición ecosocial verdaderamente justa es la solidaridad, y no sería lícito negársela al resto de habitantes de otras especies de este planeta en riesgo, que, como decía Kymlicka, también merecen la consideración de las izquierdas frente a la explotación de los poderosos.

24 agosto 2022

Sara Hernández es activista social

(1) https://www.newstatesman.com/politics/2019/04/human-supremacism-why-are-animal-

rights-activists-still-the-orphans-of-the-left-2

(2) https://vientosur.info/sirve-mantener-la-idea-de-excepcionalidad-humana-en-el-

antropoceno/

(3) https://www.fao.org/3/a0701s/a0701s.pdf

(4) https://www.consumo.gob.es/es/system/tdf/prensa/Informe_de_Sostenibilidad_del_consu

mo_en_Espan%CC%83a_EU_MinCon.pdf?file=1&type=node&id=1126&force

(5) https://vientosur.info/acabar-con-las-macrogranjas-como-palanca-ecosocialista/

(6) https://es.greenpeace.org/es/wp-

content/uploads/sites/3/2019/02/20190209_AlimentandoElProblema_PAC.pdf

(7) https://www.theguardian.com/environment/2018/may/31/avoiding-meat-and-dairy-is-

single-biggest-way-to-reduce-your-impact-on-earth

Publicado enSociedad
Las pisadas datan de hace 113 millones de años.Foto Afp

Texas. Condiciones excesivas de escasez de agua en Texas secaron el cauce de un río que recorre el Parque Estatal del Valle de los Dinosaurios, lo cual expuso huellas de reptiles gigantes que vivieron hace unos 113 millones de años, informó ayer un funcionario del recinto.

Imágenes difundidas en Facebook muestran rastros de tres dedos que descienden por el lecho de un río seco en este estado del sur de Estados Unidos. Se trata de "uno de los conjuntos de pisadas de dinosaurios más largos del mundo", señala un mensaje que acompaña las gráficas.

Stephanie Salinas Garcia, del Departamento de Parques y Vida Silvestre de Texas, explicó que el clima seco las hizo visibles. “Debido a las condiciones excesivas de escasez de agua el verano pasado, el río se secó completamente en la mayoría de los lugares, permitiendo que más huellas fueran descubiertas en el parque.

"En condiciones normales del río, estas pisadas nuevas estarían bajo el agua y, por lo común, llenas de sedimentos, enterrándolas y haciendo que no sean tan visibles", continuó Garcia.

La mayoría de las recién revelados rastros corresponden a un Acrocanthosaurus, de un peso aproximado de 6 mil 350 kilos y de unos 4.5 metros de altura, cuando adulto.

Otro dinosaurio, el Sauroposeidon, también paseó por el parque. Medía unos 18 metros de altura y pesaba 44 toneladas.

Ubicado en una zona interior al suroeste de la ciudad de Dallas, el parque estaba antes al borde de un antiguo océano, y los dinosaurios dejaban sus huellas en el barro, narra su página web.

No obstante, se prevén lluvias, lo que seguramente cubrirá las recién descubiertas pisadas una vez más.

"Aunque pronto serán enterradas otra vez, el Parque Estatal del Valle de los Dinosaurios las seguirá protegiendo no sólo para esta generación, sino para las futuras", indicó Garcia.

Página 1 de 68