Totalitarismo corporativo. Entrevista con Julian Assange

El totalitarismo corporativo se está expandiendo rápidamente, y no sólo van a por Assange o Manning. Van contra todo aquél que desafíe su narrativa oficial.

Una parte superficial de la vasta red subterránea de agencias gubernamentales y de inteligencia de todo el mundo dedicadas a destruir WikiLeaks y arrestar a su fundador, Julian Assange, espera afuera del edificio de ladrillos rojos en Hans Crescent Street que alberga la Embajada de Ecuador. Assange, el refugiado político más conocido del mundo, ha estado en la embajada desde que se le ofreció refugio allí en junio pasado. La policía británica, con chalecos negros de Kevlar, está encaramada día y noche en los escalones que conducen al edificio, y otros esperan en el vestíbulo directamente frente a la puerta de la embajada. Un oficial está parado en la esquina de una calle lateral frente a los icónicos grandes almacenes Harrods, a media manzana de distancia en Brompton Road. Otro oficial mira por la ventana de un edificio vecino a unos metros de la habitación de Assange en la parte trasera de la embajada. La policía se sienta las veinticuatro horas del día en una camioneta de comunicaciones con un conjunto de antenas que presumiblemente captura todas las formas electrónicas de comunicación de la suite de la planta baja de Assange.

El Servicio de Policía Metropolitana (MPS), o Scotland Yard, dijo que el costo estimado de rodear la Embajada de Ecuador desde el 19 de junio de 2012, cuando Assange ingresó al edificio, hasta el 31 de enero de 2013, es el equivalente a $ 4.5 millones.

Gran Bretaña ha rechazado una solicitud ecuatoriana de que se le otorgue a Assange un pasaje seguro a un aeropuerto. Está en el limbo. Es, dijo el mismo Assange, como vivir en una "estación espacial".

"El statu quo, para ellos, es una derrota", dijo Assange refiriéndose a la campaña liderada por Estados Unidos contra él mientras estábamos sentados en su pequeña sala de trabajo, abarrotada de cables y equipos informáticos. Tenía la cabeza llena de canas y barba incipiente en el rostro y vestía una tradicional camisa ecuatoriana bordada en blanco. “El Pentágono amenazó a WikiLeaks y a mí personalmente, nos amenazó ante el mundo entero, exigió que destruyéramos todo lo que habíamos publicado, exigió que dejemos de 'solicitar' nueva información a los denunciantes del gobierno de Estados Unidos, exigió, en otras palabras, la aniquilación total de un editor. Declaró que si no nos autodestruíamos de esta manera, estaríamos 'obligados' a hacerlo”.

“Pero han fallado”, prosiguió. “Ellos establecieron las reglas sobre lo que era una victoria. Perdieron en cada batalla que plantearon. Su derrota es total. Hemos ganado las cosas importantes. La pérdida de prestigio es difícil de exagerar. El Pentágono volvió a emitir sus amenazas el 28 de septiembre del año pasado. Esta vez nos reímos. Las amenazas se inflan rápidamente. Ahora el Pentágono, la Casa Blanca y el Departamento de Estado tienen la intención de mostrarle al mundo lo vengativos perdedores que son a través de la persecución de Bradley Manning, de mí y de la organización en general”.

Assange, Manning y WikiLeaks, al hacer público en 2010 medio millón de documentos internos del Pentágono y el Departamento de Estado, junto con el video de 2007 de pilotos de helicópteros estadounidenses disparando despreocupadamente a civiles iraquíes, incluidos niños, y dos periodistas de Reuters, expuso la hipocresía del imperio, su violencia indiscriminada y el uso de torturas, mentiras, sobornos y crudas tácticas de intimidación. WikiLeaks mostró el funcionamiento interno del imperio -la función más importante de la prensa- y por esto se ha convertido en su presa. Aquellos en todo el mundo con las habilidades informáticas para descubrir sus secretos son ahora los más temidos por el imperio. Si perdemos esta batalla, si estos rebeldes son derrotados, significará el advenimiento de la oscura noche del totalitarismo corporativo. Si ganamos, si se desenmascara el estado corporativo, éste se puede destruir.

Funcionarios del gobierno estadounidense citados en cables diplomáticos australianos obtenidos por The Saturday Age describieron la campaña contra Assange y WikiLeaks como "sin precedentes tanto en su escala como en su naturaleza". El alcance de la operación también se ha extraído de las declaraciones realizadas durante la audiencia previa al juicio de Manning. Según parece, el Departamento de Justicia de EE. UU pagará al contratista ManTech de Fairfax, Virginia, más de millones de dólares solo este año por un sistema informático que -según la licitación- parece diseñado para manejar los documentos de la acusación. La partida del gobierno hace referencia únicamente al "Mantenimiento de hardware y software de WikiLeaks".

El fiscal principal en el caso Manning, el mayor Ashden Fein, le dijo al tribunal que el expediente del FBI que trata de la filtración de documentos gubernamentales a través de WikiLeaks tiene "42.135 páginas o 3.475 documentos". Esto no incluye un gran volumen de material acumulado por una investigación del jurado. Según Fein, Manning representa solo 8.741 páginas o 636 documentos diferentes en ese archivo clasificado del FBI.

No hay divergencias entre los departamentos gubernamentales o los dos principales partidos políticos estadounidenses sobre cuál debería ser el destino de Assange. “Creo que deberíamos ser claros aquí. WikiLeaks y las personas que le difunden información a este tipo de organizaciones son criminales”, dijo el entonces secretario de prensa Robert Gibbs, hablando en nombre de la administración Obama, durante una conferencia de prensa en 2010.

La senadora Dianne Feinstein, una demócrata, y el entonces senador Christopher S. Bond, un republicano, escribieron en una carta conjunta al fiscal general de los EE. UU pidiendo el enjuiciamiento de Assange: “Si el Sr. Assange y sus posibles cómplices no pueden ser acusados mediante la Ley de Espionaje (o cualquier otro estatuto aplicable), tenga en cuenta que estamos listos y dispuestos a apoyar sus esfuerzos para 'cerrar esas brechas' en la ley, tal como mencionó...”

La republicana Candice S. Miller, congresista por Michigan, dijo en la Cámara: “Es hora de que la administración Obama trate a WikiLeaks por lo que es: una organización terrorista, cuya operación continua amenaza nuestra seguridad. Apágalo. Apágalo. Es hora de acabar con este terrorista, este sitio web terrorista, WikiLeaks. Ciérrelo, Fiscal General [Eric] Holder”.

Al menos una docena de agencias gubernamentales estadounidenses, incluido el Pentágono, el FBI, el Departamento de Investigación Criminal del Ejército, el Departamento de Justicia, la Oficina del Director de Inteligencia Nacional y el Servicio de Seguridad Diplomática, están asignadas al caso de WikiLeaks, mientras que la CIA y la Oficina del Director de Inteligencia Nacional están asignadas para rastrear las supuestas violaciones de seguridad de WikiLeaks. El asalto global, que hizo que Australia amenazara con revocar el pasaporte de Assange, es parte de la aterradora metamorfosis de la “guerra contra el terror” en una guerra más amplia contra las libertades civiles. Se ha convertido en una cacería no de terroristas reales, sino de todos aquellos con la capacidad de exponer los crecientes crímenes de la élite del poder.

Esta dinámica ha arrasado con cualquier persona u organización que se ajuste al perfil de aquellos con las habilidades técnicas y la inclinación para excavar en los archivos del poder y difundirlo entre el público. Ya no importa si han cometido un delito. El grupo Anonymous, que ha montado ataques cibernéticos contra agencias gubernamentales a nivel local y federal, vio a Barrett Brown, un periodista asociado con Anonymous y que se especializa en contratistas militares y de inteligencia, arrestado junto con Jeremy Hammond, un activista político que presuntamente proporcionó a WikiLeaks 5,5 millones de correos electrónicos entre la firma de seguridad Strategic Forecasting (Stratfor) y sus clientes. Al parecer, Brown y Hammond fueron detenidos debido a las acusaciones hechas por un informante llamado Héctor Xavier Monsegur, conocido como Sabu, que parece haber intentado tender una trampa a WikiLeaks mientras estaba bajo la supervisión del FBI.

Para atrapar y espiar a los activistas, Washington ha utilizado una serie de informantes, incluido Adrian Lamo, quien vendió a Bradley Manning al gobierno de Estados Unidos.

Los colaboradores o partidarios de WikiLeaks son detenidos de forma rutinaria, a menudo en aeropuertos internacionales, y se intenta reclutarlos como informantes. Jérémie Zimmerman, Smári McCarthy, Jacob Appelbaum, David House y una de las abogadas de Assange, Jennifer Robinson, han sido abordados o interrogados. Las tácticas suelen ser de mano dura. McCarthy, un islandés y activista de WikiLeaks, fue detenido e interrogado extensamente cuando ingresó a Estados Unidos. Poco después, tres hombres que se identificaron como miembros del FBI se acercaron a McCarthy en Washington. Los hombres intentaron reclutarlo como informante y le dieron instrucciones sobre cómo espiar WikiLeaks.

El 24 de agosto de 2011, seis agentes del FBI y dos fiscales aterrizaron en Islandia en un jet privado. El equipo le dijo al gobierno islandés que había descubierto un plan de Anonymous para piratear las computadoras del gobierno islandés. Pero pronto quedó claro que el equipo había llegado con una agenda muy diferente. Los estadounidenses pasaron los días siguientes, en flagrante violación de la soberanía islandesa, interrogando a Sigurdur Thordarson, un joven activista de WikiLeaks, en varias habitaciones de hotel de Reykjavik. Después de que el equipo estadounidense fuera descubierto por el Ministerio del Interior de Islandia y expulsado del país, Thordarson fue llevado a Washington para cuatro días de interrogatorio adicional. Thordarson parece haber decidido cooperar con el FBI. Se informó en la prensa islandesa que fue a Dinamarca en 2012 y vendió al FBI discos duros de computadora de WikiLeaks robados por alrededor de 5.000 dólares.

Ha habido órdenes secretas de búsqueda de información de proveedores de servicios de Internet, incluidos Twitter, Google y Sonic, así como la incautación de información sobre Assange y WikiLeaks de la empresa Dynadot, un registrador de nombres de dominio y alojamiento web.

La maleta y el ordenador de Assange fueron robados en un vuelo de Suecia a Alemania el 27 de septiembre de 2010. Sus tarjetas bancarias fueron bloqueadas. La cuenta de donación principal de Moneybookers de WikiLeaks se cerró después de haber sido colocada en una lista negra en Australia y en una "lista de vigilancia" en los Estados Unidos. Empresas de servicios financieros como Visa, MasterCard, PayPal, Bank of America, Western Union y American Express, tras las denuncias de WikiLeaks por parte del gobierno de Estados Unidos, incluyeron a la organización en la lista negra. El mes pasado, la Corte Suprema de Islandia determinó que la lista negra era ilegal y ordenó que se levantara en Islandia el 8 de mayo. Adicionalmente, cabe destacar que ha habido frecuentes ataques masivos contra la infraestructura de WikiLeaks.

También hay una campaña de desprestigio bien orquestada contra Assange, que incluye descripciones erróneas en el caso de conducta sexual inapropiada presentado contra él por la policía sueca. Assange no ha sido nunca acusado formalmente de ningún delito. Las dos mujeres involucradas no lo han acusado de violación.

Por su parte, el heroísmo de Bradley Manning incluye a su firme negativa, a pesar de lo que parece ser una tremenda presión, a implicar a Assange en el espionaje. Si Manning alegara que Assange le había dado instrucciones sobre cómo descubrir documentos clasificados, Estados Unidos podría intentar acusar a Assange de espionaje.

Assange buscó asilo en la embajada de Ecuador tras agotar su lucha por evitar la extradición del Reino Unido a Suecia. Él y sus abogados dicen que una extradición a Suecia significaría una extradición a Estados Unidos. Si Suecia se negara a cumplir con las demandas estadounidenses de Assange, el secuestro o la “entrega extraordinaria” seguiría siendo una opción para Washington.

El supuesto del secuestro recibió cobertura legal en un memorando de 1989 emitido por el Departamento de Justicia que establece que "el FBI puede usar su autoridad legal para investigar y arrestar a personas por violar la ley de los Estados Unidos, incluso si las acciones del FBI contravienen el derecho internacional consuetudinario" y que un "arresto que sea incompatible con el derecho internacional o extranjero no viola la Cuarta Enmienda". Este es un ejemplo asombroso del doble discurso orwelliano del estado de la seguridad y la vigilancia. La persecución de Assange y WikiLeaks y la práctica de entregas extraordinarias encarnan la destrucción de la Cuarta Enmienda, que fue diseñada para proteger a la ciudadanía de registros e incautaciones irrazonables y requiere que cualquier orden judicial sea sancionada judicialmente y respaldada por una causa probable.

En agosto pasado, Estados Unidos apresó dos suecos y un británico en algún lugar de África (seguramente fue en Somalia) y los retuvo en uno de nuestros sitios negros. De repente reaparecieron, con el británico despojado de su ciudadanía, en un tribunal de Brooklyn en diciembre enfrentando cargos de terrorismo. Suecia, en lugar de oponerse a la extradición de sus dos ciudadanos, retiró los cargos suecos contra los prisioneros para permitir que ocurriera la entrega. Los prisioneros, informó The Washington Post, fueron acusados en secreto por un gran jurado federal dos meses después de ser apresados.

La persistencia de WikiLeaks, a pesar del ataque, ha sido notable. En 2012 publicó algunos de los 5,5 millones de documentos enviados desde o hacia la empresa de seguridad privada Stratfor. Los documentos, conocidos como “los archivos de inteligencia global”, incluían un correo electrónico con fecha del 26 de enero de 2011 de Fred Burton, un vicepresidente de Stratfor, quien escribió: "No publicar. Nosotros [el gobierno de Estados Unidos] tenemos una acusación sellada contra Assange. Por favor proteja".

La incursión más reciente de WikiLeaks en la divulgación de documentación incluye los archivos de Kissinger, o la Biblioteca Pública de WikiLeaks sobre la diplomacia estadounidense. Los archivos, que han incorporado un motor de búsqueda notable, brindan acceso a 1,7 millones de comunicaciones diplomáticas, alguna vez confidenciales pero ahora en el registro público, que se enviaron entre 1973 y 1976. Henry Kissinger, Secretario de Estado de septiembre de 1973 a enero de 1977, fue el autor de muchos de los 205.901 cables que tratan de sus actividades.

De acuerdo con los archivos parece que el difunto primer ministro indio Rajiv Gandhi pudo haber sido contratado por el grupo sueco Saab-Scania para ayudar a vender su avión de combate Viggen a India, mientras que su madre, Indira Gandhi, era primera ministra.

En 1975, Kissinger, durante una conversación con el embajador de Estados Unidos en Turquía y dos diplomáticos turcos y chipriotas, aseguró a sus anfitriones que podía evitar un embargo de armas oficial en vigor en ese momento. Se le cita en los documentos diciendo: “Antes de la Ley de Libertad de Información, solía decir en las reuniones: Lo ilegal lo hacemos de inmediato; lo inconstitucional tarda un poco más [risas].  Pero desde la Ley de Libertad de Información, tengo miedo de decir cosas así”.

Los documentos, además de detallar las colaboraciones con las dictaduras militares en España y Grecia, muestran que Washington creó una exención de tortura para permitir que el gobierno militar de Brasil reciba ayuda estadounidense.

Los documentos se obtuvieron de la Administración Nacional de Archivos y Registros y tardaron un año en prepararse en un formato digital accesible. “Es esencialmente lo que estaba haciendo Aaron Swartz, poner a disposición documentos que hasta ahora eran difíciles de acceder o que solo se podían obtener a través de un intermediario”, dijo Assange en la entrevista.

Swartz fue el activista de internet arrestado en enero de 2011 por descargar más de 5 millones de artículos académicos de JSTOR, una biblioteca en línea para revistas académicas. Swartz fue acusado por fiscales federales de dos cargos de fraude electrónico y once violaciones de la Ley de Abuso y Fraude Informático. Los cargos conllevan la amenaza de 1 millón de dólares en multas y 35 años de prisión. Swartz se suicidó el pasado 11 de enero.

Assange, de 41 años, trabaja la mayor parte de la noche y duerme hasta altas horas de la tarde. A pesar de que usa un dispositivo de luz ultravioleta, estaba pálido, lo que no es sorprendente para alguien que no ha estado expuesto a la luz solar durante casi un año. Rara vez concede entrevistas. Una cinta de correr estaba apoyada contra una pared de su habitación; dijo que lo configura y trata de correr entre 3 y 5 millas todos los días. Recibe visitas de un entrenador personal, con quien practica calistenia y boxeo. Es larguirucho, mide 6 pies y 2 pulgadas de alto y destila una energía cruda y nerviosa. Salta, a veces de forma desconcertante, de un tema a otro, de una idea a otra, y sus palabras se apresuran a seguir el ritmo de sus pensamientos en cascada. Trabaja con un personal reducido y tiene un flujo constante de visitantes, incluidas celebridades como Lady Gaga. Cuando la embajadora ecuatoriana Ana Alban Mora y Bianca Jagger se presentaron a última hora de una tarde, Assange bajó los vasos y les sirvió a todos whisky de una reserva de licor que guarda en un armario. Sus visitantes charlaban en una pequeña mesa redonda, sentados en sillas de cuero sintético. Jagger quería saber cómo proteger su sitio web de los piratas informáticos. Assange le dijo que “hiciera muchas copias de seguridad”.

Es desde esta sala que Assange y sus seguidores han montado una campaña electoral para un escaño en la cámara alta del Parlamento de Australia. Las encuestas públicas del estado de Victoria, donde Assange es candidato, indican que tiene buenas posibilidades de ganar.

Assange se comunica con su red global de asociados y simpatizantes hasta diecisiete horas al día a través de numerosos teléfonos celulares y una colección de computadoras portátiles. Cifra sus comunicaciones y tritura religiosamente todo lo que se escribe en papel. Los frecuentes movimientos del cordón policial fuera de su ventana dificultan el sueño. Y extraña a su hijo, a quien crió como padre soltero. También puede tener una hija, pero no habla públicamente sobre sus hijos, negándose a revelar sus edades o dónde viven. Su familia, dijo, ha recibido amenazas de muerte. No ha visto a sus hijos desde que comenzaron sus problemas legales. El costo emocional es tan pesado como el físico.

Assange dijo que considera que el papel principal de WikiLeaks es dar voz a las víctimas de las guerras estadounidenses y las guerras subsidiarias (proxy wars) mediante el uso de documentos filtrados para contar sus historias. La publicación de los archivos de la Guerra de Afganistán e Irak, dijo, reveló el alcance de la muerte y el sufrimiento de civiles, y la plétora de mentiras contadas por el Pentágono y el estado para ocultar el número de víctimas. Los registros, dijo Assange, también desenmascararon la decadencia de la prensa tradicional y su obsequioso servicio como propagandistas de guerra.

“Había 90.000 registros en los archivos de la guerra afgana”, dijo Assange. “Tuvimos que mirar diferentes ángulos en el material para sumar el número de civiles que habían muerto. Estudiamos los registros. Clasificamos los eventos de diferentes formas. Me preguntaba si podríamos averiguar la mayor cantidad de civiles muertos en un solo evento. Resultó que esto ocurrió durante la Operación Medusa, dirigida por las fuerzas canadienses en septiembre de 2006. El gobierno local respaldado por Estados Unidos era bastante corrupto. Los talibanes eran, en efecto, la oposición política y tenían mucho apoyo. Los lugareños se levantaron contra el gobierno. La mayoría de los jóvenes de la zona, desde una perspectiva política, eran talibanes. Hubo una ofensiva gubernamental que encontró una fuerte resistencia. La ISAF [la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad dirigida por la OTAN] llevó a cabo un gran barrido. Fue de casa en casa. Luego, un soldado estadounidense fue asesinado. Llamaron a una cañonera AC-130. Este es un avión de carga C-130 reacondicionado con cañones en el costado. Dio vueltas por encima e hizo una lluvia de proyectiles. Los registros de guerra dicen que 181 "enemigos" murieron. Los registros también dicen que no hubo heridos ni capturados. Fue una masacre significativa. Este evento, el día en que la mayor cantidad de personas murieron en Afganistán, nunca ha sido debidamente investigado por los medios tradicionales”.

La Operación Medusa, que ocurrió a veinte millas al oeste de Kandahar, se cobró la vida de cuatro soldados canadienses e involucró a unos 2.000 soldados de la OTAN y afganos. Fue una de las mayores operaciones militares de la ISAF en la región de Kandahar.

Assange buscó relatos de reporteros que estaban en la escena y lo que descubrió lo horrorizó. Vio a un periodista de guerra canadiense, Graeme Smith del Toronto Globe and Mail, usar estas palabras en un sitio web militar canadiense para describir sus experiencias durante la Operación Medusa:

En septiembre de 2006 tuve una de las experiencias más intensas de mi vida. Estaba en el frente de algo llamado Operación Medusa. Fue una gran ofensiva canadiense contra los talibanes que se concentraron en las afueras de la ciudad de Kandahar. Los talibanes estaban cavando trincheras e intimidando a los lugareños, y los canadienses decidieron desplegarse allí en grandes cantidades y expulsarlos. Viajaba con un pelotón que se hacía llamar los "Nómadas". Se trataba de tipos que habían sido enviados por todas partes, ya sabes, una especie de caja de 50.000 kilómetros cuadrados a los mismos límites de la ciudad de Kandahar, por lo que se movían todo el tiempo; nunca dormían en el mismo lugar dos veces e incluso se habían inventado estos pequeños parches para sus uniformes que decían "Nómadas" en ellos. Los nómadas me acogieron y me convirtieron en uno de ellos. Pasé lo que originalmente se suponía que era solo una integración de dos o tres días con ellos, extendido en dos semanas. No tenía una muda de ropa interior. No tenía una muda de camisa. Recuerdo que me duché con mi ropa, lavé primero la ropa de mi cuerpo, luego me quité la ropa y me lavé el cuerpo, y eso fue solo usando un cubo como ducha. Fue una experiencia intensa. Dormí con mi chaleco antibalas muchas noches. Estábamos bajo fuego juntos, ya sabes, oíamos los RPG[1] silbando a nuestro alrededor. Una vez estaba parado detrás de un transporte de tropas y nos estábamos relajando un poco, estábamos en un momento de depresión, y creo que algunos chicos tomaron café alrededor del vehículo y escuché un fuerte golpe junto a mi oreja derecha. Era como si alguien se hubiera acercado sigilosamente detrás de mí y me hubiera gastado una broma aplaudiendo junto a mi oreja. Me di la vuelta para decir, oye, eso no es muy gracioso, es un poco ruidoso, y todos los soldados estaban tirados en el suelo porque saben qué hacer cuando llega una ronda de fuego, y yo no porque [se ríe] fue mi primera vez bajo fuego. Así que me tiré al suelo también. Como que me habían convertido en uno de ellos, me dieron un pequeño parche de "Nómadas" que pegué a mi chaqueta antibalas y, como periodista, intentas evitar el auto-engaño, pero sentí una sensación de pertenecer con esos chicos.

“El comportamiento de este hombre, la forma en que describe la vida al aire libre, me llevó a entender que aquí había alguien que nunca había boxeado, escalado montañas, jugado rugby,  o había estado involucrado en cualquiera de estas actividades habitualmente masculinas”, Assange dijo. “Ahora, por primera vez, se siente un hombre. Ha ido a la batalla. Fue uno de los muchos ejemplos del fracaso de los reporteros de guerra en informar sobre la verdad. Ellos eran parte del equipo”.

Assange tiene razón. La prensa de una nación en guerra, en cada conflicto que cubrí, es un engranaje más de la máquina, animadora de la matanza e incansables creadores de mitos para la guerra y el ejército. A los pocos renegados dentro de la prensa que se niegan a ondear la bandera y enaltecen servilmente a las tropas, no se les otorgarán una serie de virtudes como el heroísmo, el patriotismo o el coraje, se encontraran a sí mismos como parias en las salas de redacción y serán atacados brutalmente por el Estado, como ha sido el caso de Assange y Manning.

Como reportero de The New York Times, estaba entre los que se esperaba que estimulara a las fuentes dentro de los órganos de poder para proporcionar información, incluida información ultrasecreta. Los Papeles del Pentágono, publicados en el Times en 1971, y la exposición del Times -ganadora del Pulitzer en 2005- sobre las escuchas telefónicas sin orden judicial de ciudadanos estadounidenses por parte del Consejo de Seguridad Nacional utilizaron documentos de "alto secreto", una clasificación más restringida que el "secreto" de los documentos publicados por WikiLeaks. Pero a medida que la prensa tradicional se atrofia con una velocidad vertiginosa, efectivamente castrada por el uso de la Ley de Espionaje por parte de Barack Obama media docena de veces desde 2009 para atacar a informadores internos como Thomas Drake, los renegados -personas como Assange y Manning- deben dar un paso al frente e informar al público.

Los documentos que publicó WikiLeaks, por muy inquietantes que fueran, invariablemente tenían un sesgo en favor de Estados Unidos. La realidad en la guerra suele ser mucho peor. Aquellos contados como combatientes enemigos muertos son a menudo civiles. Las unidades militares redactan sus propios informes posteriores a la acción y, por lo tanto, intentan justificar u ocultar su comportamiento. A pesar de la acalorada retórica del estado, nadie ha proporcionado evidencia de que cualquier cosa publicada por WikiLeaks haya costado vidas. El entonces secretario de Defensa, Robert Gates, en una carta de 2010 al senador Carl Levin admitió este mimo hecho. Escribió a Levin: “La evaluación inicial de ninguna manera descarta el riesgo para la seguridad nacional. Sin embargo, la revisión hasta la fecha no ha revelado ninguna fuente de inteligencia sensible ni métodos comprometidos por la divulgación".

The New York Times, The Guardian, El País, Le Monde y Der Spiegel imprimieron copias redactadas de algunos de los archivos de WikiLeaks y luego arrojaron rápidamente a Assange y Manning a los tiburones. No solo era moralmente repugnante, sino también asombrosamente miope. ¿Creen estas organizaciones de noticias que si el estado cierra organizaciones como WikiLeaks y encarcela a Manning y Assange, los medios tradicionales de noticias se quedarán tranquilos? ¿No pueden atar cabos entre los enjuiciamientos de los denunciantes del gobierno bajo la Ley de Espionaje, las escuchas telefónicas sin orden judicial, el monitoreo de las comunicaciones y la persecución de Manning y Assange? ¿No les preocupa que cuando el estado termine con Manning, Assange y WikiLeaks, estos medios de comunicación atrofiados sean los siguientes? ¿No se han dado cuenta de que se trata de una guerra de una élite empresarial global, no contra una organización o un individuo, sino contra la libertad de prensa y la democracia?

Y, sin embargo, Assange es sorprendentemente optimista, al menos a corto y mediano plazo. Él cree que el sistema no puede protegerse por completo de aquellos que destruyen sus muros digitales.

“El estado de seguridad nacional puede intentar reducir nuestra actividad”, dijo. “Puede estrechar el cerco un poco más. Pero hay tres fuerzas que actúan en su contra. El primero es la vigilancia masiva necesaria para proteger su comunicación, incluida la naturaleza de su criptología. En el ejército, ahora todo el mundo tiene una tarjeta de identificación con un pequeño chip para que sepa quién está conectado a qué. Un sistema tan vasto es propenso al deterioro y avería. En segundo lugar, existe un conocimiento generalizado no solo sobre cómo filtrar, sino también sobre cómo filtrar y no ser atrapado, cómo incluso evitar la sospecha de que se está filtrando. Los sistemas militares y de inteligencia recopilan una gran cantidad de información y la mueven rápidamente. Esto significa que también puede sacarlo rápidamente. Siempre habrá personas dentro del sistema que tengan una agenda política que les lleve a desafiar la autoridad. Sí, existen disuasiones generales, como cuando el DOJ [Departamento de Justicia] procesa y acusa a alguien. Pueden disuadir a las personas de  este comportamiento. Pero lo contrario también es cierto. Cuando ese comportamiento tiene éxito, es un ejemplo. Anima a los demás. Por eso quieren eliminar a todos los que brindan este estímulo”.

“La perspectiva a medio plazo es muy buena”, dijo. “La educación de los jóvenes se realiza en Internet. No se puede contratar a nadie que sea experto en cualquier campo sin que se haya formado en Internet. Los militares, la CIA, el FBI, todos no tienen más remedio que contratar entre un grupo de personas que han sido educadas en Internet. Esto significa que están contratando a nuestros topos en grandes cantidades. Y esto significa que estas organizaciones verán disminuir su capacidad para controlar la información a medida que se contraten más y más personas con nuestros valores”.

Sin embargo, es posible que a largo plazo la perspectiva no pueda ser tan optimista. Assange completó recientemente un libro con tres coautores, Jacob Appelbaum, Andy Müller-Maguhn y Jérémie Zimmermann, llamado Cypherpunks: Freedom and the Future of the Internet. Advierte que estamos “galopando hacia una nueva distopía transnacional”. Internet se ha convertido no solo en una herramienta para educar, escriben, sino en el mecanismo para cimentar una “distopía de vigilancia posmoderna” que es supranacional y está dominada por el poder corporativo global. Este nuevo sistema de control global “fusionará a la humanidad global en una red gigante de vigilancia y control masivos”. Es solo a través del cifrado que podemos protegernos, argumentan, y solo rompiendo los muros digitales del secreto erigidos por la élite del poder podemos eliminar el secreto de estado. “Internet, nuestra mayor herramienta de emancipación”, escribe Assange, “se ha transformado en el facilitador más peligroso del totalitarismo que jamás hayamos visto”.

Estados Unidos, según uno de los abogados de Assange, Michael Ratner, parece estar listo para apresar a Assange en el momento en que salga de la embajada. Washington no quiere ser parte en dos solicitudes de extradición en competencia a Gran Bretaña. Pero Washington, con una acusación sellada del jurado preparada contra Assange, puede tomarlo una vez que se resuelva el embrollo sueco, o puede tomarlo si Gran Bretaña toma la decisión de no extraditar. Neil MacBride, quien ha sido mencionado como un posible jefe del FBI, es el fiscal federal del distrito este de Virginia, que dirigió la investigación del jurado, y parece haber completado su trabajo.

Assange dijo: “El jurado estuvo muy activo a fines de 2011, reuniendo testigos, obligándolos a testificar y obteniendo documentos. Sin embargo, ha sido mucho menos activo durante 2012 y 2013. El Departamento de Justicia parece estar listo para proceder con el enjuiciamiento propiamente dicho inmediatamente después del juicio de Manning”.

Assange habló repetidamente sobre Manning, con evidente preocupación. Ve en el joven soldado del Ejército un reflejo de su propia situación, así como de las draconianas consecuencias de negarse a cooperar con la seguridad y vigilancia del estado.

El juicio militar de doce semanas de Manning está programado para comenzar en junio. La fiscalía llamará a 141 testigos, incluido un Navy SEAL anónimo que formó parte de la redada que mató a Osama bin Laden. Assange llamó al Navy SEAL la “diva estrella” del “musical de Broadway de doce semanas” del estado. Manning está tan desprovisto de apoyo del establishment como Assange.

“Los medios tradicionales intentaron eliminar sus supuestas cualidades heroicas”, dijo Assange sobre Manning. “Un acto de heroísmo requiere que hagas un acto consciente. No es una expresión irracional de locura o frustración sexual. Requiere hacer una elección, una elección que otros puedan seguir. Si haces algo únicamente porque eres un homosexual loco, no hay elección. Nadie puede elegir ser un homosexual loco. Así que lo despojaron, o intentaron despojarlo, de todas sus cualidades”.

“Sus supuestas acciones son extraordinarias”, continuó Assange. “¿Y por qué ocurre un evento extraordinario? ¿Qué sabemos de él? ¿Qué sabemos sobre Bradley Manning? Sabemos que ganó tres certámenes científicos. Sabemos que el chico es brillante. Sabemos que estuvo interesado en la política desde el principio. Sabemos que es muy elocuente y franco. Sabemos que no le gustaban las mentiras... Sabemos que era hábil en su trabajo de analista de inteligencia. Si los medios buscaban una explicación, podrían apuntar a esta combinación de sus habilidades y motivaciones. Podrían señalar sus talentos y virtudes. No deberían señalar que sea gay o de una familia desestructurada, excepto quizás de pasada. El diez por ciento de los militares estadounidenses es gay. Más del 50 por ciento proviene de familias desestructuradas. Considere esos dos factores juntos. Eso lo reduce, digamos, al 5 por ciento, al 5 por ciento en el exterior. Hay 5 millones de personas con autorizaciones de seguridad activas, por lo que ahora tienes 250.000 personas. Todavía tienes que pasar de 250.000 a uno. Solo se puede explicar a Bradley Manning por sus virtudes. Virtudes de las que otros pueden aprender”.

Estuve caminando durante mucho tiempo por Sloane Street después de salir de la embajada ecuatoriana. Los autobuses rojos de dos pisos y los automóviles avanzaban poco a poco por la vía. Pasé frente a boutiques con escaparates dedicados a Prada, Giorgio Armani y Gucci. Los compradores me empujaron con bolsas llenas de compras de alta gama. Ellos, estos consumidores, parecían felizmente inconscientes de la tragedia que se desarrollaba a unas cuadras de distancia. “En este sentido, nuestra gente del pueblo era como todos los demás, envuelta en sí misma; en otras palabras, eran humanistas: no creían en las pestilencias”, escribió Albert Camus en La peste. “Una pestilencia no es algo hecho a la medida del hombre; por lo tanto, nos decimos a nosotros mismos que la pestilencia es un mero fantasma de la mente, un mal sueño que pasará. Pero no siempre pasa y, de un mal sueño a otro, son los hombres los que mueren, y los humanistas ante todo, porque no han tomado precauciones”.

Me detuve frente a las cuatro columnas blancas que conducían al hotel Cadogan. El hotel es donde Oscar Wilde fue arrestado en la habitación 118 el 6 de abril de 1895, antes de ser acusado de “cometer actos de grave indecencia con otros hombres”. John Betjeman imaginó el impacto de ese arresto, que arruinó la vida de Wilde, en su poema “El arresto de Oscar Wilde en el hotel Cadogan”. Aquí hay un fragmento:

Un golpe y un murmullo de voces - (“Oh, ¿por qué tienen que hacer tanto alboroto?”) Cuando la puerta del dormitorio se abrió y dos policías de ropa sencilla entraron:

“Señor Wilde, hemos venido a por usted. Donde moran delincuentes y criminales: debemos pedirle que se vaya tranquilamente, porque este es el hotel Cadogan.”

El mundo está patas arriba. La pestilencia del totalitarismo corporativo se está extendiendo rápidamente por la tierra. Los criminales se han apoderado del poder. Al final, no es simplemente Assange o Manning a quien quieren. Son todos los que se atreven a desafiar la narrativa oficial, a exponer la gran mentira del estado corporativo global. La persecución de Assange y Manning es el presagio de lo que está por venir, el surgimiento de un mundo amargo donde los criminales con trajes de Brooks Brothers y gángsteres con uniformes militares con cintas, apoyados por un vasto aparato de seguridad interno y externo, una prensa obediente y un élite política moralmente en bancarrota: vigilar y aplastar a quienes disienten. Escritores, artistas, actores, periodistas, científicos, intelectuales y trabajadores se verán obligados a obedecer o serán sometidos a servidumbre. Temo por Julian Assange. Temo por Bradley Manning. Temo por todos nosotros.

07/09/2021

[1] N. del T.: Iniciales para Rocket Propelled Granade hace referencia a un tipo de arma antivehículo a menudo cargada por un solo soldado y de uso habitual en conflictos contemporáneos.

Por Chris Hedges

es un periodista ganador del Premio Pulitzer, autor de best sellers del New York Times, fue profesor de la Universidad de Princeton. Pasó casi dos décadas como corresponsal extranjero en Centroamérica, Oriente Medio, África y los Balcanes.

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Pilotos y trabajadores de United y American Airlines recuerdan a sus colegas muertos en 2001, en el Memorial del 11 de Septiembre en Nueva York.Foto Afp

En ese lapso, Washington ejecutó operaciones antiterroristas en 85 países y violó libertades de árabes y musulmanes en su propio territorio

 

Nueva York. Pedacitos de papel llovían del cielo, llevados por el viento desde las Torres Gemelas en Manhattan a Brooklyn, como mil mensajes sin sentido de la torre de Babel en esta ciudad de más de 200 idiomas, en esa transparente mañana del 11 de septiembre con la cual amanecería algo llamado "la guerra global contra el terror".

Todos sentían la inmensa gravedad de lo que había sucedido, pero nadie sabía quién, cómo, por qué, ante la tragedia que poco a poco sumaría más de 3 mil trabajadores, patrones, limpiadores, bomberos, estudiantes, artistas, hijos, padres, hermanos.

Y a pesar del estallido de solidaridad y abrazos entre desconocidos para salvar a otros durante los primeros días, del apoyo mutuo y la fraternidad que inundó la ciudad, también ya se sentía la ominosa sensación de que se preparaba la muerte para cosechar a miles, decenas de miles, cientos de miles más trabajadores, patrones, limpiadores, bomberos, estudiantes, artistas, hijos, padres, hermanos, que perecerían en otros lados del mundo como consecuencia, primero en Afganistán, después en Irak y otros frentes de esa "guerra contra el terror".

Noam Chomsky, entrevistado por La Jornada 48 horas después de los atentados, sintetizó las implicaciones inmediatas: “El ataque terrorista (a Estados Unidos) fue un asalto mayor contra los pueblos pobres y oprimidos de todo el mundo. Los palestinos serán aplastados por esto. Es un regalo a la derecha dura jingoísta estadunidense, y también a la de Israel. Y la respuesta planeada será lo mismo, será un regalo a Bin Laden... el tipo de acción de represalia que se está planeando es justo lo que él y sus amigos están buscando. Exactamente las cosas que promoverá un apoyo masivo y que llevará a más, y tal vez peores, ataques terroristas, lo cual entonces llevará a una creciente intensificación de la guerra” (https://www.jornada.com.mx/2001/09/15/006n1mun.html).

Más tarde advirtió: "En general, las atrocidades y la reacción ante ellas fortalecen a los elementos más brutales y represivos en todas partes".

Casi de inmediato, Washington proclamó su nueva "guerra global contra el terror" a nombre de los que perecieron en la llamada zona cero en Nueva York, los héroes de un tercer avión que dieron sus vidas al hacerlo caer sobre un campo en Pensilvania, y en el Pentágono.

Pero de los escombros también surgió una creciente ola de opositores a esa nueva aventura imperial que, encabezada por familiares de las víctimas, proclamó en respuesta a Washington: "No en nuestro nombre". Las movilizaciones antiguerra más masivas de la historia moderna –algunos calculan que el 15 de febrero de 2003 participaron casi 15 millones alrededor del mundo– no fueron suficientes para frenar la ampliación de la nueva guerra "sagrada" contra "el mal".

¿Qué cambió con lo que fue el primer ataque bélico desde el extranjero contra el territorio de Estados Unidos desde 1812? El superpoder no podía tolerar nunca un ataque desde el exterior y de inmediato la maquinaria de guerra, incluyendo su propaganda, fue encendida. Casi toda la cúpula política de ambos partidos promovieron, o fueron obligados, a subordinarse al canto bélico patriótico, con el presidente George W. Bush dejando claro: "Quien no esté con nosotros está con el enemigo".

Legalización de la tortura

Desde entonces, Estados Unidos ha generado guerras y realizado operaciones "antiterroristas" en unos 85 países, que han incluido programas de asesinato con drones, acciones encubiertas y el uso de fuerzas especiales clandestinas, incluyendo secuestros y desapariciones de "sospechosos" en cualquier parte del planeta. Se legalizó y se empleó la tortura en centros clandestinos en lugares como Afganistán y otros países, y se levantó el campo de concentración en Guantánamo, que sigue existiendo. Ese primer año después del 11-S, el Pentágono detuvo a más de 2 mil 700 personas en el extranjero, y unas 600 de ellas fueron trasladadas a Guantánamo.

Esa guerra global tiene un frente interno también. Se promovió la Ley Patriota, con la cual se empezó a condicionar y hasta violar las libertades civiles dentro del país. En los primeros días, cientos –tal vez miles– de inmigrantes árabes y musulmanes fueron detenidos de manera arbitraria y se les incomunicó. Una reforma migratoria que estaba a punto de ser celebrada por Estados Unidos y México fue destruida por los atentados, y ahora los inmigrantes en general se volvieron sospechosos de ser "terroristas". Los crímenes de odio contra todos ellos proliferaron por todo el país, nutridos por la retórica oficial. Comercios árabes, incluyendo carritos de comida y taxis, colocaban enormes banderas estadunidenses como escudos sobre sus tiendas y vehículos.

Se estableció una nueva entidad federal masiva –la más grande después del Pentágono– llamada Secretaría de Seguridad Interna (DHS), la cual incluye las agencias de control migratorio y de fronteras, entre otras. Se elaboraron listas de sospechosos, a quienes no se les permitía ir en vuelos comerciales o ingresar al país.

Espionaje masivo

De ahí se desarrollaron y pusieron en marcha los masivos sistemas de espionaje ciudadano dentro y fuera de Estados Unidos, revelados después por Edward Snowden y otros. "El pánico nos hizo políticamente vulnerables, y esa vulnerabilidad fue explotada por nuestro propio gobierno para darse la autorización de ampliar sus poderes de manera radical", comentó Snowden a The Guardian recientemente.

Esa "guerra contra el terror" continúa 20 años después. El presidente Joe Biden proclamó el fin del combate sólo en Afganistán el 30 de agosto, pero no de la "guerra contra el terror", la cual, dejó claro, procedería en toda esquina del mundo.

A pesar de lo ocurrido a lo largo de estas dos décadas, la derrota de Estados Unidos en Afganistán –aunque no todos "perdieron": el complejo militar-industrial ganó más de 2 billones en contratos durante esa guerra–, la invasión de un país, Irak, que no tuvo nada que ver con el 11-S, bombardeos y operaciones clandestinas en decenas de lugares alrededor del planeta, Wa-shington alerta que no sólo persiste la amenaza terrorista internacional, sino ahora es acompañada por una aún más peligrosa que proviene desde dentro del país, encabezada por estadunidenses ultraderechistas, entre ellos, neonazis.

Mas de ocho de cada 10 estadunidenses opinan que el 11-S cambió a su país de una manera duradera; 46 por ciento cree que el cambio fue para mal, y sólo 33 por ciento opina que ese cambio fue positivo, según una encuesta de The Washington Post/ABC News de esta semana. Sólo 49 por ciento cree que el país está más seguro ante el terrorismo que antes del 11-S.

O sea, en el vigésimo aniversario del 11-S y su "guerra global", cientos de miles de muertos, millones de desplazados y billones en costos, nadie está más seguro. Tal vez, dentro y fuera de este país, todo lo contrario.

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Nicaragua: Ortega encabeza lista de candidatos presidenciales mientras sus opositores están en la cárcel

Managua. El Consejo Supremo Electoral (CSE) de Nicaragua presentó ayer la lista definitiva de candidatos a las elecciones presidenciales previstas para el 7 de noviembre, marcadas hasta ahora por la detención de varios de los principales líderes de la oposición, y en las que el presidente, Daniel Ortega, intentará sumar un nuevo periodo, junto a su esposa, Rosario Murillo, como vicepresidenta.

La lista está formada por seis fórmulas presidenciales, entre las que no está la que se perfilaba como principal fuerza para desbancar a Ortega del poder, Ciudadanos por la Libertad, después de que la formación fue suspendida hace un mes a petición del también opositor Partido Liberal Constitucionalista (PLC) "por violar constantemente la ley electoral".

Las candidaturas deben estar formadas por un hombre y una mujer, como marca la ley. Por el lado oficialista, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) vuelve a contar con Ortega, que aspira a su cuarto mandato, y con Murillo, que sería su segundo en caso de que obtuvieran el triunfo.

El resto de los aspirantes son Walter Espinoza y Mayra Argüello por el PLC, Guillermo Osorno y Violeta Martínez por el Partido Camino Cristiano Nicaragüense (CCN), Marcelo Montiel y Jennyfer Espinoza por la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN), Gerson Gutiérrez y Claudia Romero por la Alianza por la República (APRE) y Mauricio Orúe y Zobeyda Rodríguez por el Partido Liberal Independiente (PLI).

La otra formación que se presenta es el regionalista Yapti Tasba Masraka Nanih Asla Takanka (Yatama), que debido a su carácter local sólo presentará candidatos a diputados por las regiones autónomas de la Costa Caribe Norte y Sur, informa La Gaceta, diario oficial del Estado nicaragüense.

Estados Unidos y la Unión Europea han cuestionado la legitimidad de estas elecciones presidenciales y han denunciado la deriva autoritaria del gobierno de Ortega por su persecución a líderes opositores, periodistas y colectivos de la sociedad civil críticos de sus políticas.

Hace unos días, la justicia de Nicaragua envió a juicio a 11 opositores por presuntos delitos de conspiración y decidió mantenerles en prisión. Entre ellos estaban algunos que se presentarían a las elecciones, como Félix Madariaga, Juan Sebastián Chamorro, el ex viceministro de Exteriores José Bernard Pallais y los antiguos guerrilleros sandinistas Hugo Torres y Dora María Téllez.

Unos 4.7 millones de nicaragüenses están convocados a votar el 7 de noviembre, cuando además de la fórmula presidencial están en juego los 92 escaños de la Asamblea Nacional y otros 20 del Parlamento Centroamericano.

Por otra parte, el gobierno de Estados Unidos informó que sus ciudadanos han sido objeto de "acoso y agresión" por "personas enmascaradas" en Nicaragua y recomendó a los estadunidenses no viajar a la nación centroamericana.

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Sergio Ramírez a Ortega: “Las dictaduras carecen de imaginación y repiten sus mentiras si saña, su odio y sus caprichos”

El escritor, novelista y exvicepresidente de Nicaragua Sergio Ramírez Mercado señaló el miércoles al mandatario nicaragüense, Daniel Ortega, de haberlo acusado “a través de su propia Fiscalía”, de supuestamente “realizar actos que fomentan e incitan al odio y la violencia”.

“Daniel Ortega me ha acusado a través de su propia Fiscalía y ante sus propios jueces de los mismos delitos de incitación al odio y la violencia, menoscabo de la integridad nacional y otros que no he tenido tiempo de leer, acusaciones por las que se encuentran presos en las mazmorras de la misma familia muchos nicaragüenses dignos y valientes”, dijo el también premio Cervantes 2017, a través de una declaración enviada a los medios.

Ramírez Mercado, de 79 años, que fue vicepresidente durante el primer Gobierno sandinista (1979-1990) y ahora es crítico del presidente Ortega, también fue acusado de haber recibido, a través de la Fundación Luisa Mercado que dirige, dinero de la Fundación Violeta Barrios de Chamorro, precisó la Fiscalía.

El Ministerio Público solicitó una orden de detención y allanamiento en contra de Ramírez Mercado, quien se encuentra fuera de Nicaragua y ya había anunciado que no regresaría al país para evitar represalias del Gobierno tras haber sido citado por la Fiscalía.

El también ganador del Premio Alfaguara de Novela en 1998 e Iberoamericano de Letras “José Donoso” en 2011 recordó que “no es la primera vez que ocurre” en su vida una acusación en su contra.

“En el año de 1977, la familia Somoza (que gobernaron Nicaragua de 1939 a 1979) , cuando yo luchaba contra esa dictadura, igual que lucho ahora contra esta”, anotó.

“Las dictaduras carecen de imaginación, repiten sus mentiras, su saña, sus odios y sus caprichos. Son los mismos delirios y el mismo empecinamiento ciego por el poder y la misma mediocridad de quienes teniendo en su puño los instrumentos represivos y habiéndose despojado de todos los escrúpulos, creen también que son dueños de la dignidad, de la conciencia y la libertad de los demás”, valoró.

Ante el posible allanamiento de su vivienda, Ramírez Mercado dijo que “lo que van a hallar es una casa llena de libros, los libros de un escritor, los libros de toda mi vida”.

9 septiembre 2021

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Brasil: Arranca la votación en el "juicio del siglo" sobre tierras indígenas

Se espera que el juez Edson Fachin, relator del caso, lea su voto en la sesión del jueves

 El máximo tribunal debate la tesis del marco temporal, que sostiene que solo deben reconocerse como tierras ancestrales aquellas ocupadas por estos pueblos cuando se promulgó la Constitución brasileña en 1988.

 

El Supremo Tribunal Federal de Brasil (STF) arranca hoy su votación en un juicio que podría poner en jaque a centenares de tierras indígenas pendientes de demarcación en el país. En el llamado "juicio del siglo" sobre los indígenas, la máxima Corte debe decidir si es válida la tesis del marco temporal, defendida por el agronegocio con el apoyo del presidente Jair Bolsonaro, según la cual solo deben reconocerse como tierras ancestrales aquellas ocupadas por estos pueblos cuando se promulgó la Constitución brasileña en 1988.

La sesión del pleno del STF finalizó este miércoles sin iniciar la votación. Se espera que el juez Edson Fachin, relator del caso, lea su voto en la sesión del jueves. Según el aviso del tribunal, los miembros de la Corte fueron consultados y acordaron dejar el voto de Fachin para la próxima sesión debido a la extensión de su fundamento. El juicio podría prolongarse varias sesiones a pedido de alguno de los 11 jueces y se espera una votación ajustada.

En concreto el STF debate una causa sobre el territorio Ibirama-Laklano, en el estado sureño de Santa Catarina, que en 2009 perdió su estatus de reserva después de que una instancia inferior acogiera el argumento de que los grupos no estaban viviendo allí en 1988. Pero, por decisión de la propia Corte, el veredicto tendrá repercusión general y podría afectar a muchas otras tierras en disputa. 

Los indígenas sostienen que la Constitución les reconoce sus derechos sobre sus tierras ancestrales, sin prever ningún marco temporal. Y afirman que en muchos periodos fueron desplazados de sus territorios, especialmente durante la dictadura militar (1964-1985), con lo cual sería imposible determinar su presencia en 1988. 

Por su parte los grandes productores rurales sostienen que en Brasil, con una población de 213 millones de habitantes, los 900 mil indígenas ya poseen mucho territorio (un 13 por ciento de la enorme superficie del país) y que si no se adopta el marco temporal ese número llegará al 28 por ciento, unas proyecciones muy cuestionadas. El sector cuenta con el apoyo de Bolsonaro, que hasta ahora viene cumpliendo su promesa electoral de no demarcar "ni un centímetro más" de tierras indígenas. 

08/09/2021

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La justicia nicaragüense giró ayer una orden de aprehensión contra el novelista Sergio Ramírez (en imagen de archivo), a quien acusa de "conspiración, incitar al odio y lavado de dinero". Los cargos contra el también articulista de La Jornada son los mismos que la Fiscalía atribuye a 34 opositores y críticos del presidente Daniel Ortega, todos detenidos entre junio y agosto.Foto Erik Muñiz

La Fiscalía de Nicaragua acusó ayer y pidió detener al escritor y ex vicepresidente Sergio Ramírez, por actos que "incitan al odio", "conspirar" contra la soberanía, y "lavado de dinero", similares a los que se han imputado a decenas de opositores al presidente Daniel Ortega, quien busca la relección en los comicios de noviembre.

El también Premio Cervantes 2007, quien se encuentra en el exilio, replicó en un video publicado en Twitter: "no es la primera vez que ocurre en mi vida. En 1977, la familia Somoza me acusó por medio de su propia Fiscalía, y ante sus propios jueces, de delitos parecidos a los de ahora: terrorismo, asociación ilícita para delinquir, atentar contra el orden y la paz, cuando yo luchaba contra esa dictadura igual que lucho ahora contra esta otra", informó Confidencial en su página de Internet.

"Las dictaduras carecen de imaginación y repiten sus mentiras, su saña, su odio y sus caprichos. Son los mismos delirios, el mismo empecinamiento ciego por el poder, y la misma mediocridad de quienes teniendo en su puño los instrumentos represivos, y habiéndose despojado de todos los escrúpulos, creen también que son dueños de la dignidad, de la conciencia y la libertad de los demás", señaló el escritor, cuya última novela, Tongolele no sabía bailar, está inspirada en las protestas de 2018 y la represión del gobierno nicaragënse, y será presentada por el autor la próxima semana en Madrid, añadió Confidecial.

La fiscalía acusa al también colaborador de La Jornada de "realizar actos que fomentan e incitan al odio y la violencia", y de recibir fondos de la Fundación Violeta Barrios de Chamorro, cuyos directivos están acusados de lavado bienes y activos.

La acusación, petición de captura y allanamiento de morada fueron presentadas antier contra Ramírez, quien según la Fiscalía recibió dinero de la Fundación Luisa Mercado con el objetivo de "desestabilizar" al país.

Ramírez, de 78 años, fue miembro de la junta de gobierno que asumió el poder tras el triunfo de la revolución de 1979, y fue vicepresidente de Ortega en su primer mandato (1985-1990).

En 1995 renunció por discrepancias con el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

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Ruleta del casino afgano: el general Mark Milley advierte la probabilidad de una guerra civil

Esquivo abordar ahora la impactante reseña del científico ruso Dimitry Orlov(https://bit.ly/3jM65QX), no se diga del francés Thierry Meyssan(https://bit.ly/3tjhivl), sobre la cadena de mentiras imbricadas al montaje hollywoodense del 11/9 al que sucumbió la mayoría del planeta debido al control de los multimedia/redes sociales y a su perenne guerra de propaganda: quizá la más eficiente arma del eje anglosajón de EU y Gran Bretaña, hoy resquebrajado.

Hasta The Washington Post expone “Los papeles de Afganistán: la guerra contra la verdad de EU (https://bit.ly/3BLtLuQ)”.

Desde que sigo la guerra de la CIA en Afganistán hace ya 40 (sic) años no pierdo de vista la indeleble entrevista a Le Nouvel Observateur de Zbigniew Brzezinski(ZB) –ex-asesor de Seguridad Nacional con Carter, íntimo de Obama y máximo geoestratega del Partido Demócrata–, quien confesó haberle tendido una trampa a la ex URSS, con su marioneta Osama Bin Laden –muy cercano al nepotismo dinástico de los Bush– para que Moscú se empantanara en Afganistán,lo cual contribuyó a la disolución del imperio soviético (https://bit.ly/3BBtH0C).

El ex Director de la DIA(Defense Intelligence Agency https://www.dia.mil ), teniente general Michael Flynn,confiesa que toda la parafernalia yihadista es creación de los servicios de inteligencia de EU: instrumento geoestratégico del Pentágono para la nueva cartografía de Medio Oriente(https://bit.ly/2ViOerj).

Con tanta confesión literaria de las matrushkas yihadistas de la CIA/DIA desde hace más de 40 años, los comunes navegamos en el campo minado de las intrigas y las triangulaciones de EU y Gran Bretaña en la ruleta del casino afgano(https://bit.ly/3n1YQWZ).

Nada menos que el general Mark Milley, mandamás de las Fuerzas Armadas Conjuntas de EU, predijo a Fox News en su estancia en Ramstein (Alemania) –adonde fue a operar la recepción de refugiados,espías, colaboracionistas, contratistas, consultores y traductores que huyeron de Afganistán– una probable guerra civil después del retiro de las tropas de EU, lo cual pudiera desembocar en la parusía de “Al Qaeda o al crecimiento de ISIS u otra miríada (sic) de grupos terroristas (https://fxn.ws/3h5aMn2)” cuando “se puede vislumbrar la resurgencia del terrorismo proveniente de esa región en general (sic) en 12, 24 o 36 meses”.

El General Milley no es tampoco una perita en dulce y se ha enfrascado en fechas recientes en un duelo verbal con el ex presidente Trump, quien lo acusó de insubordinación a sus órdenes como comandante supremo (https://reut.rs/3ncVh0a). Además, la caótica evacuación en el aeropuerto de Kabul le ha valido airados reclamos al general Milley para que presente su renuncia por ineptitud junto al secretario de Defensa Lloyd Austin (https://bit.ly/2VkPES8).

El polémico general Milley parece haber adoptado los teoremas geopolíticos euroasiáticos del británico Halford Mackinder, heredados por el polaco-canadiense-estadunidense ZB y lo que queda de geoestrategas en el Partido Demócrata, al mantener la espada de Damocles de bombardeos potenciales en Afganistán con los temibles drones de EU, que hoy usa generosamente en Somalia como terreno de experimentación.

Según el general Milley, los bombardeos con sus letales drones son una alta posibilidad –repite lo mismo que las justificaciones de Biden (https://bit.ly/3tjB61O)– y dependerán de los “muy intensos niveles de indicadores (sic) y alertas y observación de ISR en la región entera (¡megasic!)”.Las siglas en inglés de ISR: Intelligence/Surveillance/Reconnaisance significan espionaje/vigilancia/ reconocimiento.

Las ominosas amenazas de Biden y del general Milley se gestan en medio del ballet diplomático del secretario de Estado, el israelí-estadunidense Antony Blinken,quien se fue a negociar con los talibanes a Doha (Qatar),mientras el teniente general Faiz Hameed, mandamás del espionaje de Pakistán, se reunió con los jerarcas talibanes en Kabul para negociar la conformación de un gabinete “incluyente(https://bit.ly/3zPm9qr)”.

Los Talibanes no existirían sin la bendición de Pakistán.

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Miércoles, 08 Septiembre 2021 06:37

Si todo es facismo, ¿qué es el fascismo?

Si todo es facismo, ¿qué es el fascismo?

Hay quienes le dicen fascista a Donald Trump y quienes definen como fascistas a grupos musulmanes radicales. ¿Qué define hoy la palabra fascismo? ¿Es útil para la izquierda utilizarla como un comodín analítico?

A comienzos de la década de 1930, Antonio Gramsci se lamentaba en sus escritos redactados en prisión de que Europa hubiese caído en lo que denominó «cesarismo». La agitación social en todo el continente había fortalecido a autócratas ambiciosos que, como Julio César, se jactaban de representar la voluntad popular de su nación mientras destruían sus instituciones democráticas. Si bien el concepto se acuñó en el siglo XIX para describir a figuras como Napoleón III, muchos pensaron que caracterizaba acertadamente las nacientes dictaduras del periodo de entreguerras. Gramsci lo invocaba para analizar el Estado fascista de Benito Mussolini y el periodista Jay Franklin lo amplió para caracterizar los regímenes de Hitler y Stalin. El término «cesarismo», sin embargo, también despertó controversias, y otros pensadores lo descartaron por considerarlo inadecuado. El filósofo político Karl Loewenstein, por ejemplo, creía que las analogías con la época romana ocultaban la ambición sin precedentes de los nuevos regímenes de rehacer la naturaleza humana. Solo un término novedoso, como «totalitarismo», podría realmente caracterizar su terrorismo extremo, la utilización de nuevas tecnologías y el deseo de colonizar las mentes de los ciudadanos. Esta última posición finalmente salió victoriosa y la etiqueta totalitaria proliferó en discursos y publicaciones. Aunque el término «cesarismo» siguió circulando en ámbitos académicos durante las décadas de 1940 y 1950, «totalitarismo» se convirtió en el término básico para describir los peligros de la política moderna.

En retrospectiva, el aspecto más notable del debate no fue si los males de la época eran mejor descriptos con los términos «cesarismo» o «totalitarismo». Tanto Gramsci como Loewenstein tenían razón en algo: si bien los dictadores de entreguerras construyeron sobre modelos históricos anteriores, rompieron con ellos. Pero el desacuerdo en la terminología es digno de atención porque echa luz sobre las ansiedades, las esperanzas y las autoconcepciones de la época. Nos ayuda a comprender cómo los pensadores del pasado entendieron su lugar en la historia, cómo buscaron articular lo que era familiar y lo que era extraño, y cómo se esforzaron en desarrollar una respuesta a las aterradoras realidades de la época. Sus innumerables libros y ensayos no fueron un ejercicio pedante de precisión histórica, sino un esfuerzo por definir las características de las dictaduras modernas con la esperanza de frenar su propagación.

En los últimos años, la polémica sobre la analogía fascista ha sido también acalorada. En una avalancha de libros y ensayos, los académicos han debatido sin cesar si nos enfrentamos al renacimiento de la violenta ideología de Mussolini y Hitler o somos testigos de una bestia profundamente diferente para la que se necesita una nueva terminología. Y a pesar de que la derecha radical ha florecido en continentes y países, esta disputa teórica se ha mantenido con mayor intensidad en Estados Unidos. Desde su imposición de restricciones xenófobas a los viajes en 2017 hasta su incitación a la violencia contra el Congreso en 2021, el gobierno de Donald Trump convirtió este asunto en un tema de interés permanente.

Una vez superados los años de Trump, el debate sobre el fascismo está perdiendo algo de su urgencia. Quizás esto signifique que ahora pueda ofrecer nuevas ideas sobre el pensamiento político contemporáneo. En lugar de polemizar sobre el uso contemporáneo del término «fascismo», podemos preguntarnos por qué fue tan importante hacerlo. ¿Qué estaba en juego en la búsqueda de la definición correcta?

Después de todo, no había grandes diferencias políticas entre muchos de quienes participaban en este debate. Todos condenaban el racismo, el sexismo y la plutocracia de la derecha al tiempo que deseaban políticas igualitarias audaces. Incluso se hacían eco unos de otros en sus razonamientos para establecer comparaciones históricas con el fascismo: para exponer los males que han plagado durante mucho tiempo a la democracia liberal, especialmente en Estados Unidos. La mayor diferencia entre las dos posturas no era tanto su mirada de los temas de la época, sino el modo en que encaraban la polémica y su valor tanto para la exploración intelectual como para la movilización política. El choque de definiciones también era un desacuerdo sobre el papel del lenguaje y la historia en la configuración de las agendas políticas.

Condenar a los adversarios tildándolos de fascistas ha sido durante mucho tiempo parte de nuestro discurso político, pero la última década fue testigo de un aumento en la popularidad del término. Los críticos invocaban cada vez más el fascismo para fustigar la xenofobia, la aceptación de la violencia y el sexismo de la derecha radical en todo el mundo. Tal fue el caso de Francia, por ejemplo, donde el ultraderechista Frente Nacional (rebautizado como Agrupación Nacional en 2018) aprovechó el descontento de los votantes para convertirse en la segunda fuerza política más grande del país. Incluso después de que su líder, Marine Le Pen, buscara romper los vínculos históricos del partido con simpatizantes nazis (incluso expulsó a su propio padre, Jean-Marie, por su notorio negacionismo del Holocausto), el racismo y las excentricidades de sus seguidores contra las «elites cosmopolitas» llevaron a académicos como Ugo Palheta a calificarlo de «fascismo con otro nombre». El triunfo de Narendra Modi en la India y el de Jair Bolsonaro en Brasil generaron la misma retórica ansiosa. La etiqueta «fascista» parecía capturar la desviación de una agenda conservadora estándar por parte de estas figuras: su ataque total a la igualdad legal, los medios independientes y el pluralismo político.

Quizás menos esperada fue la creciente popularidad del término en Estados Unidos. En la era Trump se convirtió no solo en parte del discurso político popular (figuras que van desde Madeleine Albright hasta Alexandria Ocasio-Cortez lo usaron), sino en una categoría de análisis académico. El racismo y el sexismo de Trump claramente tenían sus raíces en la política estadounidense reciente, pero muchos también vieron una desviación alarmante en su estilo grosero, en sus amenazas abiertas de castigar a los opositores políticos («¡enciérrenla!») y en sus mentiras incesantes. ¿Podría el fascismo estar avanzando en el país que alguna vez lo derrotó?

El «sí» más rotundo a esta pregunta provino del historiador Timothy Snyder, quien en una serie de publicaciones comparó la administración de Trump con la máquina de propaganda nazi. Ambos regímenes, escribió en Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del siglo XX (2017), buscaron aislar psicológicamente a los opositores y convertirlos en ovejas sumisas, un primer paso hacia la destrucción total de las instituciones democráticas. Una comparación menos cruda, aunque no menos urgente, apareció en Cómo funciona el fascismo (2020), del filósofo Jason Stanley, que utilizó la etiqueta fascista para describir un amplio conjunto de movimientos políticos, desde el terrorismo contra la población negra posterior a la Reconstrucción en el sur de Estados Unidos, siguiendo por la Alemania nazi, hasta el partido Bharatiya Janata en la India actual. En esta narración, los republicanos de la era Trump fueron sencillamente el último partido en combinar la nostalgia por un pasado mítico, ataques a intelectuales y universidades, insistencia en jerarquías de etnia y género, y una fijación con el «orden». Para Stanley, las diferentes encarnaciones del fascismo a lo largo del tiempo y el espacio demostraron su capacidad para expandirse incluso en sociedades con fuertes instituciones liberales. En lugar de destruirlas directamente, como sucedió en Alemania, los movimientos fascistas pueden inyectar su veneno en la vida pública existente, debilitando las culturas democráticas desde adentro.

Si bien Stanley insistía en que el fascismo es un fenómeno mundial, la mayoría de quienes vieron en él una útil herramienta de análisis se centraron en los ejemplos de Italia y Alemania. Esto no se debió en general a que encontraran en Trump una versión actualizada de Mussolini o Hitler, sino a que las comparaciones con los años de entreguerras sacaron a la luz vulnerabilidades claves en la sociedad estadounidense contemporánea. La economista Raphaële Chappe y el sociólogo Ajay Singh Chaudhary vincularon la economía estadounidense con el sistema monopólico y oligárquico del Tercer Reich. Argumentaron que el éxito de Trump, como antes el de Hitler, fue posible gracias a la desintegración de los mecanismos regulatorios y al reemplazo de las instituciones estatales en funcionamiento por una alianza corrupta entre líderes empresariales y burócratas estatales. En Strongmen: Mussolini to the Present [traducido como Hombres fuertes: de Mussolini a Trump] (2020), la historiadora Ruth Ben-Ghiat comparó el repertorio de manifestaciones multitudinarias, masculinidad inflada y ataques a la prensa del líder fascista italiano con los de Trump, revelando cuán desgastados están en nuestros tiempos los lazos cívicos y la confianza en la autoridad. Quizás el esfuerzo más original en la utilización de la década de 1930 para explicar la presencia hipnótica de Trump lo haya hecho el historiador Peter Gordon, quien afirmó que Trump cumplía una función que Theodor Adorno atribuía a Mussolini y Hitler: proporcionar a las masas una fantasía de transgresión (mediante una retórica violenta y un espectáculo sin pausa), al tiempo que mantiene las jerarquías opresivas de la sociedad capitalista-burguesa.

Vincular la derecha radical estadounidense de la actualidad con el momento histórico más oscuro de Europa resultó controvertido. Trump y sus compinches compartían algunas similitudes con los fascistas, afirmaban varios analistas, pero no eran más profundas que su superposición ideológica con los monárquicos; finalmente, las diferencias eran mucho más importantes. Victoria de Grazia, entre los principales historiadores del fascismo italiano, señaló una profunda divergencia: mientras que el fascismo de entreguerras nació en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y siempre se definió como un proyecto de movilización imperial, la derecha estadounidense estaba liderada por un desertor del servicio militar que pedía reducir los interminables conflictos militares del país. El historiador Helmut Walser Smith insistió de manera similar en TheWashington Post en que la violencia tiene una función totalmente diferente para los nacionalistas en el pasado y en el presente. Los nazis utilizaron la violencia de la turba y la policía secreta para aplastar rápidamente todo el sistema político y legal de Alemania, mientras que el gobierno de Trump, a pesar de las exageradas amenazas del presidente, dejó en pie las instituciones del país. Y su crueldad hacia los inmigrantes, las minorías sexuales y otros grupos no fue radicalmente diferente de la de sus predecesores. Otros agregaron que las analogías ocultan a los grupos sociales característicos de los que se nutrían los fascistas y el Partido Republicano. Los agentes más entusiastas del fascismo fueron los jóvenes empobrecidos, las principales víctimas de la economía moderna, mientras que la columna vertebral de la derecha contemporánea son los propietarios de cierta edad, que están tratando de proteger sus privilegios. Como señaló la politóloga Sheri Berman al referirse a Vox, las turbulencias sociales no son todas iguales, y lo que debilitó a las democracias en los años de entreguerras no fue lo que las erosionó en estos años.

A pesar de su intensidad, la característica más llamativa del debate era la superposición conceptual y retórica entre las dos partes. El filósofo Alberto Toscano, por ejemplo, insistió en el valor del término al señalar que los pensadores afroestadounidenses etiquetan históricamente de fascista el racista sistema carcelario de su país. Cuando Angela Davis acusó a Estados Unidos de ser fascista, explicó Toscano, esclareció correctamente lo superficial que era la noción del genio democrático de Estados Unidos. Peter Gordon, en una vehemente defensa de la analogía fascista, insistió de manera similar en que quienes se oponían a ella «solo han invertido la idea del excepcionalismo estadounidense». Su rechazo a ver similitudes entre el país y los regímenes contra los que alguna vez luchó fue «un truco útil» que absolvió a Estados Unidos de sus constantes injusticias. Sin embargo, aquellos que eran escépticos con respecto al valor de la etiqueta actúan con la misma lógica. Advertían que etiquetar a Trump como fascista era similar a culpar de su victoria a los robots de internet rusos: lo pintaba como una imposición o aberración extranjera, desviando la atención de sus profundas raíces estadounidenses. Este fue el principal reclamo presentado por el historiador Samuel Moyn, quien lamentaba que «anormalizar a Trump oculta que es estadounidense por antonomasia, la expresión de síndromes perdurables y autóctonos». Esto distrajo a los estadounidenses de explorar «cómo construimos a Trump a lo largo de décadas» y cómo su ascenso estuvo condicionado por la «larga historia de asesinatos, sometimiento y terror» del país, más recientemente en forma de encarcelamiento masivo e interminables guerras en el extranjero.

Lo mismo ocurrió con las advertencias contra la autocomplacencia. Stanley atribuyó a la etiqueta «fascista» un poder movilizador único. Como lo expresó en un artículo en coautoría con otros dos historiadores en The New Republic, si los partidarios de la democracia reconocen la «posibilidad de que estemos en presencia de un régimen fascista en ciernes», es más probable que abandonen su inacción e indaguen en las causas de la debilidad de la democracia. Gordon adoptó un tono más agudo y fustigó la negativa a llamar fascista a Trump al considerar que evidenciaba un desinterés elitista por el destino de la democracia. Fue «un juego de privilegio», se burló, «los que quemarían toda la casa no son los que sentirán las llamas». Los escépticos respondieron que era la propia etiqueta fascista la que favorecía el letargo acrítico. Era políticamente inútil, como sugirió el historiador David Bell, ya que, para la mayoría de los votantes, sonaba como una hipérbole histérica que socavaba el mensaje de quienes la usaban. También hizo que pareciera que derrotar a Trump era suficiente, en lugar de reconocer las políticas que hicieron a Trump y de las que fueron responsables tanto los conservadores como los liberales. Moyn remarcó que las comparaciones con Hitler implicaban que la crueldad y la violencia de Estados Unidos antes del ascenso de Trump eran «de alguna manera menos dignas de alarma y oprobio».

Las posturas de los comentaristas en este debate no se correspondían con una división política entre centro e izquierda; en ambos bandos se encontraban escritores de diferentes tendencias políticas. A pesar de la advertencia de Moyn de que la función principal de la etiqueta fascista era reafirmar el centrismo y reprimir alternativas más progresistas (culpando a sus partidarios de sabotear la tarea inmediata de derrotar a Trump), la realidad era mucho más complicada. Algunos de los defensores más vehementes de la analogía fascista, como Stanley, incluían súplicas a favor de reformas progresistas audaces, desde el fortalecimiento de los sindicatos y el fin del encarcelamiento masivo hasta la lucha contra el militarismo, mientras que comentaristas más centristas, como Jan-Werner Müller, rechazaban el epíteto. Y casi todos estaban de acuerdo en que superar el desagradable desafío de la derecha requeriría reformas ambiciosas para abordar las crecientes desigualdades que atraviesan las divisiones de género, económicas, raciales y religiosas.

Si quienes se oponían a Trump tenían tanto en común, ¿por qué una discusión tan persistente?

Los defensores de la analogía «cesarista» en las décadas de entreguerras argumentaron que daba claridad al análisis. Pero también insistieron en su valor polémico. Al invocar el fantasma del tirano romano (en ese momento, un punto de referencia fundacional en la imaginación política del Atlántico Norte), esperaban fomentar el malestar y desatar la ira. Como la mayoría de las obras del género polémico, su propósito no era abrir los ojos de los partidarios de la autocracia a su supuesta locura, sino enfurecer a los ya persuadidos y profundizar las líneas de falla existentes. Irónicamente, esta fue también una de las causas del declive final del término «cesarismo»: después de las atrocidades masivas del siglo XX, las polémicas evocaciones a Stalin y Hitler tenían un atractivo más visceral que las referencias a Julio César.

Los escritores polémicos de los últimos dos siglos a menudo lanzaron ataques contra nuevos movimientos, ideologías o regímenes utilizando precedentes históricos familiares. Los católicos del siglo XIX, por ejemplo, fustigaron la difusión de nuevas ideas e instituciones liberales, a menudo caracterizadas como el renacimiento de la Reforma Protestante. En El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea (1887), uno de los ensayos polémicos más populares y traducidos de la época, Jaime Balmes sostiene que el ataque de Lutero al papel mediador de la Iglesia demolió el respeto de los europeos por la autoridad, lo que llevó directamente a la Revolución Francesa y a todos los trastornos políticos posteriores. Un siglo más tarde, cuando los escritores liberales comenzaron su campaña contra el comunismo, a menudo lo comparaban con el catolicismo, que durante mucho tiempo había sido su enemigo: decían que no era únicamente un sistema económico alternativo, sino un sistema de valores que lo abarcaba todo y que requería una sumisión total, no solo del cuerpo sino también de la mente. Como dijo Arthur M. Schlesinger en El centro vital en 1949, ambos sistemas hacen que sus seguidores sean «tan dependientes emocionalmente de la disciplina» que carecen de capacidad para pensar de manera independiente.

El fascismo también formó parte de la polémica movilizadora. Y aunque este hecho se mencionó pocas veces en los debates posteriores a 2016, uno de sus usos más importantes como analogía histórica no fue la campaña contra la extrema derecha, sino contra los musulmanes. En la primera década del siglo XXI, periodistas y pensadores advirtieron sobre el renacimiento del fascismo entre los grupos musulmanes radicales, un fenómeno que denominaron «islamofascismo». Christopher Hitchens, Norman Podhoretz y otros reflexionaron que los seguidores de Osama bin Laden encarnaban el fanatismo ciego de los nazis, la glorificación de la violencia, el odio al feminismo y la oposición a las «libertades occidentales». Estas afirmaciones hicieron florecer no solo consignas triviales sino también una producción académica considerable. Jeffrey Herf, un destacado historiador del pensamiento y la propaganda nazi, advirtió en The American Interest en 2009 que el antisemitismo y el odio a la Ilustración del «islam radical» lo convertían en una «variante de la política ideológica totalitaria». Para Herf, como para la mayoría de los que utilizaron el epíteto, la analogía histórica dejó en claro por qué Al Qaeda y organizaciones similares no deben ser entendidas como grupos marginales cuyo terrorismo era una expresión de debilidad. Más bien, eran una amenaza existencial para la democracia y, como tales, tuvieron que ser bombardeadas preventivamente hasta ser olvidadas.

Los defensores de la analogía fascista en los últimos años, se han basado así en una larga tradición. Esto no se debe a que compartan ninguna de las agendas políticas o intelectuales de sus predecesores (no lo hacen), sino a su fe común en el uso de la historia como herramienta de movilización. Y el fascismo, creían, capturaba nuestro presente con mucha más fuerza que el autoritarismo o el etnonacionalismo debido a su lugar único en la memoria histórica de nuestra sociedad. La mejor articulación de esta lógica apareció en Cómo funciona el fascismo, de Stanley, que finaliza con una declaración sobre el potencial del término para desbaratar la normalización del mal. Ya sea a través de sus acciones o de su apatía letárgica, los líderes nacionalistas han hecho de los tiroteos en masa, el encarcelamiento masivo o la persecución contra los inmigrantes un hecho recurrente de la vida y han tenido como objetivo adormecer a su oposición para que se someta. Reconocer estas políticas como parte del repertorio fascista podría recordarnos su naturaleza verdaderamente horrible. «La acusación de fascismo siempre parecerá extrema», señaló Stanley, pero esto se debe solo a que «cambian continuamente las reglas de juego para el uso legítimo de la terminología ‘extrema’».

A pesar de su popularidad, esta tradición retórica siempre ha encontrado a algunos escépticos. Incluso a quienes simpatizaban con la agenda de los polemistas a veces les preocupaba que el precio de una movilización exitosa pudiera alienar a los aliados políticos y distraer la atención del necesario autoexamen. En el siglo XIX, por ejemplo, el teólogo católico Ignaz von Döllinger amonestó a quienes, como Balmes, culpaban de los males del mundo al protestantismo acechante. Si los adversarios de la Iglesia vieran la luz y volvieran a su redil, proclamó en un importante discurso de 1871, «el limitado espíritu polémico debe dar paso a uno de compromiso y reconciliación», en el que los católicos destacaran sus similitudes con otros grupos. La misma lógica sustentaba el escepticismo del pensador suizo Emil Brunner sobre la retórica de algunos anticomunistas durante la Guerra Fría. Si bien no sentía mucha simpatía por el comunismo, advirtió que las denuncias combativas impedían un compromiso potencial, que era el único camino para salir de las persecuciones anticristianas. Y después de 2001, incluso algunos belicistas como el historiador conservador Niall Ferguson se quejaban de que la etiqueta de «islamofascista» era profundamente engañosa. La analogía con la Segunda Guerra Mundial, se mofaba, «se está utilizando de manera mendaz» para desestimar objeciones legítimas a la guerra contra el terrorismo como «conciliadoras» y tuvo un efecto infantilizador en el discurso público.

La actual vacilación de los escépticos, entonces, no es un sustituto de otros desacuerdos, sino una expresión de su juicio sobre la utilidad del término: dudan de que realmente fomente la movilización y la autorreflexión que prometen sus defensores. Un ejemplo revelador es la objeción de Moyn a la analogía. «Si dices que está cerca el fin del mundo», escribió, «o bien el mundo confirmará tristemente tus profecías o bien dirás que tu advertencia lo salvó». Pero más importante ha sido la impotencia política de la analogía. Puede haber logrado aportes financieros de donantes liberales, pero difícilmente consiguió el apoyo de la derecha o ayudó a construir nuevas coaliciones. «Lo que hemos aprendido», concluyó Moyn, «es que nuestras analogías políticas no funcionan como esperábamos». El teólogo Adam Kotsko adoptó una postura similar en la Bias Magazine (un órgano de la izquierda cristiana) cuando advirtió que hablar de fascismo era lo contrario a un examen de conciencia. Los demócratas, escribió, lo usaron para no asumir su propia responsabilidad por el desastre económico que hizo posible el ascenso de Trump.

Las elecciones son una herramienta imperfecta para medir el valor de la retórica política, y las de noviembre de 2020 no fueron la excepción. A años de advertencias constantes sobre una inminente tiranía les siguió la rara derrota de un presidente en funciones. Nadie sabe si ambos hechos estuvieron relacionados ni cómo: las encuestas a boca de urna no ofrecen el «miedo al fascismo» como opción para marcar las principales preocupaciones de los votantes. Además, los resultados fueron tan ambiguos que no se prestan a conclusiones claras. Los demócratas ganaron tanto la Casa Blanca como el Congreso con márgenes penosamente estrechos y no pudieron sosegar la sostenida radicalización del Partido Republicano. De este modo, los acontecimientos han hecho poco para resolver el debate sobre el fascismo. Algunos, como el periodista del New York Magazine Eric Levitz, afirmaron que el triunfo de Joe Biden reivindicaba a quienes usaban el epíteto. No solo ayudaron a convencer a CNN y otros medios de comunicación de que adoptaran una postura severa contra Trump (Stanley aparece frecuentemente opinando en los medios), sino que lo hicieron mientras presionaban a la izquierda del Partido Demócrata en cuestiones económicas. De manera análoga, los escépticos tampoco cambiaron de opinión. El politólogo Corey Robin dijo después de las elecciones que el magro resultado de Trump en comparación con otros republicanos lo exponía como débil e ineficaz, «casi todo lo contrario del fascismo».

Pero si hay una lección por aprender de las últimas elecciones, posiblemente sea que nombrar correctamente a nuestros oponentes más radicales no es la clave del triunfo político. Tanto durante como después de su campaña, Biden evitó persistentemente hablar de su adversario. Las raras ocasiones en que lo hizo, como cuando comentó que Trump era «una aberración» o «uno de los presidentes más racistas que hemos tenido», fueron las excepciones que confirmaron la regla; siguió enfocado en políticas específicas. De manera similar, la retórica de Biden no abundó en analogías históricas. A diferencia de su predecesor, cuyos lemas «Make America Great Again» y «America First» eran claras referencias a movimientos históricos nativistas y racistas, Biden apenas invocó el pasado. Su discurso inaugural es un ejemplo revelador: recorrió la Guerra Civil, la Gran Depresión, las dos guerras mundiales y el 11 de septiembre en media oración, mencionándolos como testimonios de la capacidad de recuperación de la nación antes de centrarse en los temas de la unidad y la reconciliación. Los comentaristas progresistas dedican poco tiempo a reflexionar sobre una retórica tan insulsa e insípida como parece ser. Quizás nombrar correctamente al enemigo no sea tan importante para la movilización de la izquierda como sugería el debate sobre el fascismo.

 

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí.Traducción: Carlos Díaz Rocca

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El portavoz de los talibanes, Zabhiullah Mujahid, anuncia el nuevo Gobierno afgano en Kabul. — EFE

Sirajuddin Haqqani lidera la red Haqqani, fundada por su padre para luchar contra la invasión soviética y considerada como una organización terrorista por Estados Unidos. El jefe del nuevo Ejecutivo será el mulá Hassan Akhund.

 

Sirajuddin Haqqani ha sido nombrado ministro de Interior del Gobierno provisional de Afganistán, en el que no hay ninguna mujer y todos los miembros son talibanes. El ministro de Interior, que lidera el ala radical del movimiento islamista, es el responsable de la red Haqqani, considerada como una organización terrorista por Estados Unidos, y es buscado por el FBI.

Además del responsable de algunos de los atentados más cruentos en Afganistán, el Ejecutivo interino será presidido por relativamente desconocido mulá Hassan Akhund, que figura en la lista negra de Naciones Unidas. Contará con el mulá Abdul Ghani Baradar como su mano derecha y jefe del Gabinete de ministros, ha anunciado el portavoz de los talibanes, Zabihullah Mujahid, en una rueda de prensa en Kabul. El líder supremo de los talibán, el mulá Hibatulá Ajundzada, no figura en el Gobierno.

El FBI busca a Haqqani para interrogarlo por un atentado

Sirajuddin Haqqani está en busca y captura por la policía federal estadounidense (FBI) "para ser interrogado por el atentado de enero de 2008 contra un hotel en Kabul, Afganistán, en el que fueron asesinadas seis personas, incluido un ciudadano estadounidense". 

Haqqani es el líder de la Red Haqqani, principal aliado militar de los talibán en la contraofensiva que les ha llevado al poder. Además de su supuesta participación en el atentado contra el hotel, habría participado en la planificación de un intento de atentado contra Hamid Karzai en 2008. Por todo ello, el FBI ofrece hasta cinco millones de dólares por información que lleve a la captura de Haqqani.

Ley islámica

Por ahora, en el Gobierno no hay mujeres y todos sus miembros pertenecen a la formación islamista, aunque hoy prometieron que "este Gabinete será más inclusivo" con futuros nombramientos.

El mulá Hibatullah Akhundzada, considerado como el nuevo jefe supremo espiritual de Afganistán, afirmó tras el anuncio que el Gobierno del Emirato Islámico, como se autodenominan los talibanes, trabajará por mantener la ley islámica aunque protegerá los derechos humanos en el marco del islam.

Hassan Akhund

Hassan Akhund , menos conocido públicamente que otros líderes talibanes que han sido nombrados al frente de importantes ministerios, es uno de los miembros fundadores y forma parte del consejo de dirección de la formación fundamentalista desde hace dos décadas, dijo a Efe una fuente de la comisión de cultura insurgente, que pidió el anonimato.

Es originario de la provincia sureña de Kandahar, que dirigió en un primer momento como gobernador durante el régimen talibán entre 1996 y 2001, explicó la fuente.

El mulá sirvió más tarde como director adjunto del Consejo de Ministros y después como ministro adjunto de Exteriores y, al igual que otros líderes talibanes, sigue en la lista negra de Naciones Unidas. "Se trata de un líder inteligente y experimentado", zanjó la fuente.

Gobierno interino

El principal portavoz de los talibanes avanzó este martes una veintena de nombres que formarán parte del Gobierno interino, después de que los insurgentes capturasen Kabul el pasado 15 de agosto al término de una rápida ofensiva durante la retirada final de las tropas estadounidenses y de la OTAN.

El Ejecutivo provisional contará con dos jefes adjuntos del Gabinete de ministros, el primero de ellos el mulá Abdul Ghani Baradar. Este líder talibán, de 53 años, es el cofundador de la milicia talibán y se le consideró durante años como la mano derecha del mulá Omar, el líder fundador del movimiento insurgente.

Baradar jugó un importante papel en las negociaciones con Estados Unidos en Catar, que culminaron con el histórico acuerdo en febrero de 2020 que puso fecha a la retirada final de las tropas extranjeras.

Haqqani y la lucha contra la invasión soviética

Sirajuddin Haqqani, nueve ministro de Interior, tiene 48 años y es el jefe de una de las agrupaciones insurgentes más temidas en Afganistán: la red Haqqani, fundada por su padre, Jalaluddin Haqqani, para luchar contra la invasión soviética en la década de 1980. 

Mujahid anunció igualmente que Mullah Yaqoob, hijo del fundador del movimiento insurgente y actualmente jefe militar del grupo, se convierte en el ministro de Defensa interino.

El portavoz aclaró que se trata de un "Gobierno interino", aunque los talibanes han dado pocas pistas sobre el futuro proceso político en Afganistán.

Emirato Islámico

El mulá Hibatullah Akhundzada, quien es considerado, aunque aún no de manera oficial, el nuevo jefe supremo espiritual de Afganistán, afirmó en un comunicado que la misión del Gobierno interino será "trabajar duro para defender las reglas islámicas y la sharía (ley islámica) en el país".

Akhundzada también prometió que el Gobierno "tomará pasos decididos y efectivos para proteger los derechos humanos y los derechos de las minorías" en el marco del islam.

Igualmente en el marco de la sharía, bajo cuya estricta interpretación los talibanes prohibieron a las mujeres trabajar o ir a la escuela, el Gobierno proveerá un "ambiente sano y seguro para las ciencias religiosas y modernas a todos los compatriotas".

Protestas a favor de la resistencia

El anuncio de los talibanes llega el mismo día en que cientos de afganos, muchos de ellos mujeres, se manifestaron en varias localidades de Afganistán para mostrar su apoyo a la resistencia contra los insurgentes y para criticar la supuesta ayuda militar de Pakistán a la formación islamista.

En Kabul, cientos de mujeres y hombres salieron a la calle con banderas y pancartas para reclamar "libertad" y mostrar su apoyo al Frente Nacional de Resistencia (NRF) en la provincia norteña de Panjshir, un día después de que los talibanes anunciaran la conquista de este último bastión opositor en el país.

Las protestas se saldaron con detenciones de manifestantes y periodistas y denuncias de agresiones por parte de los insurgentes. El portavoz de los talibanes, tras anunciar los miembros del Gobierno, afirmó que "ahora no es el momento para manifestarse".

"Las protestas que se están celebrando actualmente son ilegales (...) y pedimos a los medios que no cubran las manifestaciones ilegales. Los manifestantes de hoy son alborotadores", concluyó.

 

Kabul

07/09/2021 17:11 Actualizado: 07/09/2021 21:33

Público / Agencias

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Así es cómo China planea convertirse en la economía líder del mundo

Recientemente, Bloomberg consideró que la economía china podría superar a la de Estados Unidos en una década. Un experto explica cuáles son los planes del país asiático para convertirse en líder del mundo en el sector económico.

China ha demostrado que se esfuerza no solo para superar a Estados Unidos en términos de PIB, sino también para reemplazar a la nación norteamericana en la cadena de valor global, apuntó el medio estadounidense.

Sin embargo, si antes China tenía al mercado inmobiliario y a la esfera de la construcción de infraestructura como los principales motores de crecimiento, ahora, se centrará en lograr el liderazgo mundial en el sector manufacturero.

Pese a que a China se le llama la "fábrica mundial", en los últimos años se ha observado una disminución de la participación del sector manufacturero en la economía del país. A medida que aumentó el nivel de vida general en la nación asiática, disminuyó su competitividad como fábrica global con mano de obra barata.

En las últimas dos décadas, el PIB per cápita de China se ha multiplicado por diez, hasta alcanzar los 10.000 dólares. Para 2035, el país se ha dado la tarea de alcanzar el nivel de los países desarrollados que, según los estándares del Banco Mundial, corresponde a los 30.000 dólares. La tarea es ambiciosa, pero China ha logrado más de una vez implementar lo que parecía difícil en términos económicos en su historia reciente. En algunas pocas décadas, 800 millones de personas salieron de la pobreza en el país, por ejemplo.

A partir de la segunda mitad de la década de 2000, China empezó a lidiar con el problema del crecimiento a través de la inversión en el mercado inmobiliario y en la construcción de infraestructuras. En ese momento, esta era probablemente la mejor solución, ya que las reformas agrarias que luego se llevaron a cabo en el país hicieron que la tierra se convirtiera en la fuente de ingresos más importante para los gobiernos locales. Además, el rápido ritmo de urbanización observado en el país en la época también impulsaba la demanda para el desarrollo del mercado inmobiliario, explica Jia Jinjing, subdirector del Instituto de Investigación Financiera de Chongyang en la Universidad Popular de China, en una entrevista con Sputnik.

"Desde el inicio de la implementación de la política de reforma y apertura en China, el proceso de urbanización ha avanzado rápidamente. Su ritmo fue uno de los más altos del mundo. Si en 2000 la proporción de la población urbana era del 38%, en 2020 esta cifra superó el 60%. Y un ritmo de urbanización tan rápido, por supuesto, requería la construcción de viviendas a gran escala", explicó el experto.

Según agregó Jia Jinjing, en el proceso de desarrollo del mercado de la vivienda, el papel de la asignación de terrenos para la construcción también ha cambiado. La tierra se ha convertido en un factor importante y participante de la cadena industrial, apunta el experto, antes de aclarar que esto se refleja no solo en la demanda de vivienda, sino también en el desarrollo de inmuebles comerciales.

La construcción de infraestructura se dio también para suplir las demandas objetivas generadas por la urbanización. Además, la crisis financiera mundial de 2008 exacerbó todavía más estas tendencias. En aquella ocasión, para apoyar la economía del país, las autoridades chinas asignaron una cantidad sin precedentes de fondos. Más del 12% del PIB del país se gastó en proyectos de infraestructura, así como en el desarrollo del mercado inmobiliario.

Los proyectos de infraestructura ayudaron a crear puestos de trabajo y generar un fuerte crecimiento del PIB. Sin embargo, no se podía contar con estos incentivos a largo plazo. Existía una amenaza de sobrecalentamiento en el mercado inmobiliario. La construcción masiva de infraestructura también creó ciertos desequilibrios, haciendo que el nivel de deuda creciera en la economía.

La necesidad de un nuevo modelo de crecimiento hizo que, en los últimos años, las autoridades chinas pasaran a hablar con frecuencia sobre la necesidad de estimular el consumo interno como el principal motor futuro que hará crecer la economía. El raciocinio detrás de ello es lógico: a medida que crece el PIB per cápita y, en consecuencia, el bienestar de la sociedad, aumenta su poder adquisitivo.

Además, el enfrentamiento con algunos países occidentales, en particular con Estados Unidos, mostró que China no debe depender excesivamente de los mercados externos, sino que debe desarrollar su potencial nacional. El nuevo plan económico quinquenal del país asiático apunta en gran medida a lograr su independencia tecnológica e industrial y a llenar los vacíos en las cadenas de producción, dice Jia Jinjing.

"Actualmente se trata principalmente del campo de macrodatos y las industrias que están asociadas con la automatización industrial. Por ejemplo, la industria inteligente. Podemos decir que China tiene una excelente base de macrodatos. Otra área importante es la superación de los llamados 'cuellos de botella', es decir, el rezago en áreas como la creación de chips y otros componentes básicos", sostuvo el especialista.

En los próximos años, la nación asiática pondrá énfasis en el desarrollo de sus propias cadenas productivas y en la formación de personal calificado, no solo en la industria, sino también en otras áreas, incluida la ciencia fundamental. En particular, se dará destaque a las tecnologías como la producción de chips, las computadoras cuánticas, la ingeniería genética y la biotecnología, entre otras

Algunos expertos temen que al centrarse en el desarrollo doméstico, China ralentice el ritmo de su política de reforma y apertura. Al mismo tiempo, la confrontación con Estados Unidos en la industria de alta tecnología solo se intensificaría. Para Jia Jinjing, estos son temores infundados, ya que China y Estados Unidos actúan en campos distintos y, en lugar de enfrentarse, se complementan.

"Estados Unidos y China siguen diferentes caminos de desarrollo industrial. En Estados Unidos, el principal objetivo es la tecnología de la información. Muchas industrias sirven a este complejo, están lejos de la industria tradicional. Además, la producción tradicional estadounidense fue sacada del país hace unos 20 o 30 años. Por lo tanto, ya no existe una base de producción correspondiente en los EEUU. China, por otro lado, está desarrollando su industria en una dirección completamente diferente. Por lo tanto, es más probable que los dos países se complementen", subrayó el académico.

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