El crecimiento económico de China ha generado más multimillonarios que EE.UU.: ¿por qué Pekín comienza ahora su regulación?

800 millones de chinos han salido de la pobreza, sin embargo, todavía hay 600 millones viviendo con 150 dólares al mes.

El Partido Comunista Chino (PCC) está intentando reestructurar la sociedad del país mediante la regulación de los nuevos multimillonarios y la redistribución de la riqueza de forma más equitativa entre sus habitantes, lo que algunos expertos consideran es un plan de autolegitimación.

Durante la décima reunión del Comité Central de Finanzas de China, encabezada el 17 de agosto por el presidente chino Xi Jinping, se reiteró la necesidad de fortalecer en el país la regulación de los ingresos "excesivamente altos" y de alentar a los grupos y empresas de altos beneficios a "regresar más a la sociedad" para garantizar "la prosperidad común".

"La prosperidad común es la prosperidad de todo el pueblo. Es la vida tanto material como espiritual de las personas. No es la prosperidad de unos pocos, ni tampoco es un igualitarismo uniforme", defendió el líder chino. 

¿Funcionaría la "prosperidad común" en Occidente?

Algunos observadores argumentan que el objetivo de la "prosperidad común" es una misión sin precedentes que solo podría alcanzarse en China bajo el liderazgo del PCC, mientras que otros países occidentales, aunque generen cierto aumento del bienestar social de los trabajadores, están condenados al fracaso.

"La naturaleza del sistema capitalista de los países occidentales es la búsqueda de beneficios y, como resultado, la riqueza solo se concentra en las manos de los capitalistas que acumulan activos explotando a los trabajadores. Esta forma de gestionar los recursos sociales solo conducirá a ampliar la brecha de la riqueza", declaró Wang Yiwei, director del Instituto de Asuntos Internacionales de la Universidad Renmin de China en Pekín, al Global Times.

Cong Yi, decano de la Escuela de Marxismo de la Universidad de Finanzas y Economía de Tianjin, indicó que cualquier país o región que supere la trampa de la renta media y entre en el 'ranking' de la renta media se enfrentará a la cuestión de la prosperidad común de su población, y no abordarla provocará graves contradicciones sociales que envenenarán el desarrollo económico.

En este sentido, "en EE.UU., su política de impuestos para los ricos no pudo arreglar la creciente brecha en un sentido fundamental, lo que significa que la sociedad estadounidense está acelerando sus divisiones", dijo Cong. "En China, podemos ver una serie de medidas marcadas por ajustes institucionales flexibles para abordar los problemas, lo que constituye nuestra mayor ventaja".

"Una oportunidad para presentarse como un gobierno con visión de futuro" 

Algunos expertos afirman que, para el PCC, detrás del objetivo de una mayor igualdad de ingresos hay una lógica de autopreservación: "El Gobierno chino es consciente de que tanto el público nacional como el internacional lo está observando", dijo Austin Strange, profesor asistente de política en la Universidad de Hong Kong. "Es una oportunidad para presentarse como un gobierno con visión de futuro que se preocupa por sus ciudadanos, incluidos los que están en la parte inferior de la distribución de la riqueza".

En los últimos años se ha producido una desaceleración general del estratosférico crecimiento económico del país, que había sido un "pilar crucial de la legitimidad política del Partido Comunista Chino", agregó Strange.

En China, más de 800 millones de personas han salido de la pobreza extrema desde 1978, según el Banco Mundial, y más de la mitad de la población se considera de clase media. El año pasado había 1.058 multimillonarios viviendo en China, frente a los 696 de Estados Unidos, afirma Hurun.

Sin embargo, alrededor de 600 millones de personas, casi el doble de la población estadounidense, viven con el equivalente a unos 150 dólares al mes, según declaró el año pasado el primer ministro Li Keqiang.

Ryan Hass, investigador de la Brookings Institution de Washington, indicó que ahora que "la era del desarrollo económico vertiginoso ha terminado, los líderes chinos están cambiando su enfoque hacia la mejora de la calidad de vida como una nueva fuente de legitimidad en su desempeño".

Objetivos alcanzados 

Anteriormente, Pekín declaró que la pobreza extrema en el país había sido erradicada a finales del año pasado, lo que supuso un paso más para cumplir el objetivo del primer centenario del PCC, que era "construir una sociedad moderadamente próspera en todos los aspectos". 

Ahora, según el informe del comité, el gigante asiático sigue avanzando hacia la meta del segundo centenario, que es "convertir China en un gran país socialista moderno en todos los aspectos", dijo Xi Jinping en julio en el marco de las celebraciones por los 100 años del partido.

Publicado: 7 sep 2021

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Una mujer lleva un retrato de Lenin en una manifestación del Partido Comunista en la Plaza Roja de Moscú, en noviembre de 2014

De cómo sería la transición del capitalismo al socialismo se escribieron ingentes libros y tesis, pero nadie nos preparó para el momento en que la historia daría la marcha atrás, por impensable, irracional, antinatura. ¿Es posible que millones de personas voten en favor de la eliminación de la igualdad, del derecho a tener un puesto de trabajo y un salario digno, de una sanidad y la educación gratuitas? Las mujeres y los hombres de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) no votaron la disolución de su Estado ni la restauración del capitalismo, y eso a pesar de las carencias y los errores de su socialismo, pues, la URSS fue "el primero" en los principales derechos fundamentales del ser humano de la historia.

La primera vida: el zarismo

En la Rusia subdesarrollada, la mujer era tratada como propiedad del hombre: no se le permitía vivir separada de su familia, o trabajar o viajar al extranjero sin la autorización de un hombre. La matemática Sofía Kovalévskaya tuvo que casarse por conveniencia con el paleontólogo, Vladimir Kovalevski, para poder seguir su carrera en Suiza, debido a que en Rusia a las mujeres no les dejaban ingresar en las escuelas superiores. Ella será la primera mujer profesora con plaza en una universidad europea.

Millones de mujeres trabajaban en el campo de sol al sol, mientras en las fábricas niñas de 13-14 años eran explotadas en jornadas de hasta 16 horas por un mísero sueldo. Las mujeres embarazadas ocultaban su estado para no ser despedidas. En la familia, ellas vivían la forma más común y legitimada de prostitución y esclavitud, como describe León Tolstoi en su Anna Karenina. La mayoría de los partos tenían lugar en los domicilios, y la tasa de mortalidad infantil era alta. El divorcio lo decidían el marido y la iglesia, y además, sólo los pudientes podían costearlo. En las provincias de Asia Central, como Tayikistán, había poliginia y la mujer estaba obligada a llevar el velo, símbolo del control y dominio del hombre sobre la mujer.

Mucho por hacer: así cuatro mujeres se unieron a 13 hombres para fundar la Unión de Lucha (1895), entre ellas Nadezhda Krúpskaya, que además será una de las primeras presas políticas de Rusia y una de las pocas del mundo en ser Secretaria en un partido. Cuatro años después, el Partido Socialdemócrata (comunista) será el primero de la historia en dedicar un capítulo de su programa a la liberación de la mujer y una completa igualdad de derechos, como exigía la Segunda Internacional (1889-1916).

En 1912, Konkórdiya Samóilova será, posiblemente, la primera mujer directora de un diario: Pravda (La Verdad), órgano del partido bolchevique, y determinante en la organización de las protestas contra la Primera Guerra Mundial bajo el lema de "Pan y Paz".

La segunda vida: socialista

En 1917, la Revolución convierte a Vladimir Ilich Lenin en el primer jefe de un estado que hace de los derechos de la mujer la bandera del sistema político que acaba de nacer. Y habrá más "primera vez en la historia" para las mujeres del planeta:

  • Aleksandra Kollontai se hace cargo, en 1918, de la cartera de Bienestar Social. En 1943 también será la primera mujer embajadora, representando a la URSS ante el gobierno sueco.
  • Las madres trabajadoras disfrutarán de dieciséis semanas de permiso remunerado para el cuidado de los hijos. Habrá un seguro de maternidad y unas salas de lactancia en las fábricas. Las madres solteras reciben una cartilla de manutención infantil.
  • Se levantan todas las restricciones a la libertad del movimiento de la mujer.
  • La mujer podrá ser "cabeza de la familia", y tendrá acceso libre al aborto.
  • Se despenaliza la homosexualidad, que era castigada con el trabajo forzoso. Las personas homosexuales y transgéneras son protegidas por la ley. En 1918, un gay, Georgy Chicherin, es nombrado ministro de Relaciones Exteriores, y en 1926 se autoriza plasmar el cambio de sexo en el pasaporte.
  • Se desmantelan los harenes en las provincias orientales. Las mujeres "musulmanas" soviéticas son las primeras de este credo que tienen derecho a voto: en la propia tierra de Mahoma, Arabia Saudí, aún son las únicas del globo sin poder votar.
  • Se levanta la obligatoriedad de registrar el matrimonio, y se elimina el concepto de "hijos ilegítimos". Se crean comunas, con el amor y la sexualidad libres, que décadas después reaparecerá en Occidente con el movimiento hippie.
  • Se despenaliza la prostitución, esta "degradación extrema de la mujer en interés de los hombres que pueden pagarla" como la definía Trotsky, y se persigue al proxeneta. Paralelamente, empieza el trabaja para eliminar sus causas y a las mujeres prostituidas se les ofrece formación profesional, empleo y un techo.
  • Se prohíbe matrimonios forzados y también infantiles (pedofilia), que eran norma general en las regiones de Asia Central.
  • Se podrá romper el contrato matrimonial incluso sin el consentimiento de la otra pareja.
  • Se aplica la jornada laboral de 8 horas, propuesta por la Primera Internacional en1866. Se prohíbe el trabajo nocturno para las mujeres embarazadas, así como su traslada o despido sin la aprobación de un inspector de la empresa.
  • Se establece el concepto de "bienes gananciales" (inexistente en las religiones abrahámicas que han sido y son el marco del derecho de la mujer en numerosos países): ellas tendrán derecho sobre la fortuna generada durante el matrimonio.
  • Se declaran gratuitas y universales la enseñanza y la sanidad, y se realizan una vasta campaña de alfabetización de mujeres.

Algunos ideales, como la socialización de las tareas domésticas, - como comedores y lavanderías públicos, suficientes guarderías para disolver la familia, etc.-, que estaba dirigida a suprimir la doble carga de la mujer, no se materializaron por:

  1. La falta de recursos, el retraso económico y social del país, la destrucción de millones de vidas y de las infraestructuras de la nación durante la Guerra Civil (1921-1922) y las dos guerras mundiales que obligaron al Estado canalizar todos los recursos a impedir la muerte de millones de personas de hambre;
  2. La resistencia de los hombres a la liberación de la mujer. En las regiones de Oriente muchas fueron víctimas de crímenes de honor por quitarse el velo o asistir a escuelas o agrupaciones de mujeres.
  3. la falta de experiencia en gestionar los servicios sociales en una estructura funcional.
  4. creer que la institución familiar, basada en las milenarias relaciones de domino y legitimada por la religión, perdería su razón de existir con la mera participación de la mujer en el trabajo remunerado y productivo, y se disolvería. "La remodelación del 'orden' más arraigado, empedernido, reprimido y rígido [el patriarcado] es la transición más difícil", reconoció Lenin en 1921. Así, las mujeres soviéticas, incluidas las científicas, nunca dejaron de ser "amas de casa".

La cultura patriarcal se unió a la falta de libertades políticas, organizaciones y movimientos ciudadanos, para hacer posible la pérdida de algunos derechos socialistas logrados: en el marco de las políticas prenatalitas, Stalin ilegalizó en 1936 el aborto y la homosexualidad, recuperó la educación segregada y con ello las "asignaturas especiales para niñas". Dos décadas después, bajo la presidencia de Jrushchov el aborto volverá a ser legal, para salvar la vida y la salud de las mujeres que se veían obligadas a realizarlo de forma clandestina.

En las décadas de 1960 y 1970, los avances profesionales de la mujer fueron asombrosos. Enviar a Valentina Tereshkova al espacio (1963) era para demostrar al mundo de que "asaltar el cielo" es posible. Aun así, la URSS rechazaba frontalmente los objetivos y los logros del movimiento feminista europeo al no estar integrado en la lucha de la clase obrera. No reconocía que la opresión patriarcal es supraclasista. El "biologismo" (igual de reaccionario que jinelogía), prohibió que soviéticas pudiesen ser bomberas, conductoras de autobús, o capitanas de barco, entre otras 400 profesiones "perjudiciales para su salud". Desde hace unos años, esta lista se ha reducido en un centenar, y desde el 2020 se les permite, por ejemplo, ser maquinistas de metro, mientras siguen sin poder estudiar numerosas carreras de ingeniería.

El término "feminismo" tenía (y tiene) connotaciones negativas: las feministas son mujeres burguesas, feas, lesbianas, que odian a los hombres y e incluso son agentes del Occidente y pretenden difundir su decadente libertinaje en la patria-tribu.

Tercera vida: capitalismo ‘putinista’

A finales de los ochenta, los errores de un sector del Partido Comunista y la traición y corrupción de otro destrozan los logros de la Revolución también la utopía de millones de personas en todo el mundo que se jugaban la vida por un mundo socialista. Las consecuencias de la desintegración de la URSS, el terrorismo y la guerra irán acompañados por el regreso del sistema de mercado, y el saqueo de las arcas públicas se tradujeron en una pobreza generalizada, el desempleo (inexistente en la URSS), y la aparición del crimen organizado internacional que hizo su agosto prostituyendo a las mujeres y madres desesperadas. La esperanza de vida se desplomó: de 68 en 1991 a 62 en 2000.

Poner orden al caos llega con (la Doctrina de) Vladimir Putin, quien, en una complicada situación, buscará una nueva identidad para el nuevo (viejo) sistema en el que el conservadurismo, el nacionalismo y la Iglesia Ortodoxa Rusa harán de pilares. Vuelven los valores medievales sobre la mujer y la familia y con intenciones pronatalistas, el gobierno ruso diseña un inaudito plan: tras declarar el 2008 el Año de la Familia, regala a los ciudadanos el 12 de septiembre como el Día del Contacto (íntimo) para que las parejas permanecieran en casa, y nueve meses después, coincidiendo con el Día de Rusia, el 12 de junio, se pudiese celebrar el nacimiento de miles de nuevos rusos, y así salvar la patria del envejecimiento de la población. Las mujeres al tener un segundo o tercer hijo recibirán una ayuda monetaria llamada el "Capital de maternidad". Esta oxidada idea sobre la mujer, como "procreadora", ha ido paralelo a otra peor aún: la aprobación de la ley de "violencia en la familia" que no "contra la mujer", en la que despenaliza las palizas que el hombre asesta a la mujer si no rompen sus costillas (como el imán de Al Azhar, Ahmed el Tayeb, que aprueba golpear a la esposa siempre y cuando el delincuente no deje prueba en el cuerpo de su cónyuge-esclava). Además, se le perdonará al agresor si es primerizo. Por supuesto que el legislador es consciente de que la mayoría de las mujeres, desamparadas en el capitalismo, no suelen denunciar estos abusos ni la primera, ni la segunda y ni la quinta vez.

La Iglesia ortodoxa rusa (al igual que la católica y la islámica) considera el feminismo un "pecado mortal". El tribalismo y el nacionalismo, siempre ciegos y reaccionarios, muestran fobia hacia lo que nazca en otros Estados, aunque hayan brotado del movimiento progresistas ciudadano.

El propio presidente Putin es la imagen del biopoder: Macho heterosexual, sexy, magnético y "padre salvador" de la nación desvalida, y en concordancia, la imagen que se da de la mujer rusa, incluso en las páginas de información política, es de una rubia esbelta semidesnuda. ¿Cómo ha sido posible la supresión radical de los valores socialistas, supuestamente, implantadas durante setenta años?

A pesar de que a partir de 2013, las desigualdades sociales se reducido, y la esperanza de vida ha aumentado (72 años), Rusia tiene una brecha de género del 70.6%, que le sitúa en el puesto 81 del ranking mundial entre 153 países. El feminicidio arrebata la vida de un promedio de 300 mujeres casa año, y en Moscú, sólo hay un refugio público para las mujeres maltratadas, según las feministas.

Las rusas ganan un 30% menos que los hombres, y al igual que en la era de la URSS, están casi ausentes en el poder político. En Ruanda o Cuba el 38,5% de los diputados son mujeres, en Rusia el 18,2%. La introducción del neotradicionalismo en las relaciones de género ha desactivado, asombrosamente, el cuestionamiento de las desigualdades.

La URSS fue el primer modelo del estado de bienestar de la humanidad, y su mera existencia también obligaba a los estados capitalistas aceptar parte de las demandas de su propia clase trabajadora: no es ninguna casualidad que el asalto del noliberalismo a estos logros en todo el mundo, coincida con la desaparición de aquella república socialista.

Setenta años fue un tiempo demasiado corto para acabar con miles de años de injusticias justificadas e incrustadas hasta en el alma de sus propias víctimas.

Cuál es mejor: ¿un capitalismo con las libertades políticas, pero sin la justicia social e igualdad, o un socialismo sin libertades? La experiencia de la URSS demostró la fragilidad y reversibilidad de las conquistas sociales sin las libertades y un control real del pueblo sobre el poder.

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Orlando Chirinos, presidente de la Federación de Trabajadores del Cemento (Fetracemento)

El presidente de Fetracemento afirma que la industria está produciendo 10% o menos y que se persigue a los trabajadores


La crisis del sector cemento en Venezuela es la metáfora de un proceso político que parece derrumbarse. Con más de 10 años como corporación socialista, no ha conseguido producir personas más felices ni más materiales para construir la nación.

En Barquisimeto se oye la voz de Orlando Chirinos, presidente de la Federación de Trabajadores del Cemento (Fetracemento). Se hace escuchar en medio de ansiedades políticas de todos los colores. Chirinos explica que hay persecución contra los trabajadores, que son el soporte de la industria. Pero también cayeron los resultados: Entre 2007 y 2008 se producían 7,9 millones de toneladas métricas al año, y hoy “estamos produciendo alrededor de 10%”.

Ese retroceso lo atribuye a “falta de voluntad política, no se sustituyen los equipos, la falta de participación de los trabajadores”. También a quienes conducen el sector: “Están colocando a militares” que desconocen el manejo. Desde el año 2008 “han estado militares”, cada uno “llega con un mecanismo distinto, y en lugar de mejorar, retrocede”. La actual administración, asegura, puso en dólares el costo del saco.

Diez plantas, pero “solo siete están operativas y de forma intermitente”, describe. Lara es la única que tiene el sistema para elaborar cemento blanco, y ese sistema “está paralizado desde 2011, más o menos”. De los tres hornos que hay en Lara, que son “el corazón de la industria”, solamente funciona uno “y lo prenden y lo apagan”.

De unos 8.500 trabajadores quedan 7 mil 500, según Chirinos, que ganan al mes un dólar de salario y que perciben como mejor beneficio una paleta de cemento que pueden vender hasta en 200 dólares. HMC modelo pasamos a no tener nada”.

Aunque se supone que es una corporación socialista “lo que hacen es perseguir, amedrentar, explotar a los trabajadores”, a quienes no les entregan los equipos de protección personal. “El nivel de riesgo en materia de salud y seguridad en el trabajo es cada vez más crítico”, sostiene. “El estado de indefensión que tenemos los trabajadores en este país es gigantesco”.

Las organizaciones sindicales “no pueden entrar a las plantas, tienen una limitación de ingreso porque ellos le han dando fuerza a esas estructuras paralelas que llaman consejos de trabajadores”.

A los líderes de las 23 organizaciones sindicales “no nos dejan entrar a las plantas”, reitera. “Yo tengo calificación de despido desde agosto de 2020 y con un argumento vago, sin fundamentos”. En la Inspectoría del Trabajo “nunca vimos el expediente”.

En Barquisimeto “tenemos 20 trabajadores calificados, seis trabajadores bajo presentación”, ejemplifica.

La federación se ha reunido con sectores que puedan ayudar a la recuperación, y por eso Chirinos estima que la industria necesita de 200 a 250 millones de dólares al año, por una década, para revivir: “Estamos hablando de una corporación con 10 plantas productoras de cemento, aparte de las pequeñas fuentes como concreto, transporte y agregados”.

-¿Habría que privatizar o hay otra salida?

-La más inmediata que nosotros vemos es reprivatizar la industria del cemento. Puedes decir que los trabajadores la van a tomar, pero los trabajadores no tienen el dinero para levantar esa industria. Tomarla nosotros es fracasar, porque está muy deteriorada.

El Estado “demostró que no tiene el dinero, el recurso ni la experiencia para hacer eso”, critica.

Fetracemento ha buscado apoyo internacional. Personal de la oficina de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha estado en contacto con Chirinos para saber qué sucede y hacerles seguimiento a las denuncias. “Han estado muy atentos a lo que está sucediendo, e incluso, estamos en el informe que levantó la comisión”.

Orlando Chirinos se ha excusado con los trabajadores por haber defendido la nacionalización: “Lo he pedido, lo he hecho en asambleas nacionales y regionales. Les he dicho a los trabajadores, con toda la sencillez que puede caracterizar a un hombre desde el corazón, pedirles perdón por esta situación de desastre que ha sido la nacionalización de la industria del cemento”.

Por Vanessa Davies-Contrapunto, 28-07-21

 

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El socialismo cosmopolita de José Carlos Mariátegui

Por anudarlo a menudo a la tradición nacional-popular e indigenista, se suele prestar menos atención a la dimensión universalista y cosmopolita del pensamiento de José Carlos Mariátegui. Los textos seleccionados en una reciente Antología del intelectual peruano creador de la revista Amauta reponen la densidad y los pliegues de su pensamiento y permiten revisar algunos lugares comunes ampliamente difundidos.

 

A 91 años de su inesperado fallecimiento, la figura de José Carlos Mariátegui (1894-1930) continúa despertando pasiones y concitando interés entre los investigadores y el público lector en Latinoamérica y otras partes del mundo. Que así sea no se debe solamente a que el peruano haya quedado consagrado como el «primer marxista de América» (según la definitoria fórmula de Antonio Melis, uno de sus mayores estudiosos)1, a su impronta indigenista y confiada en el potencial creativo de individuos y sujetos sociales, o a haber encarnado uno de los más virtuosos maridajes entre vanguardismo estético y vanguardismo político. Además de esos rasgos de su trayectoria y de otros que pueden fácilmente añadirse, el persistente atractivo de Mariátegui descansa en su arborescente producción escrita. 

Consistente en cerca de 2.500 artículos periodísticos y ensayos breves elaborados al ritmo vertiginoso de las publicaciones periódicas para las que fueron concebidos, su obra se ubica a distancia de cualquier ilusión de unidad o coherencia. Ciertamente, su renuncia a la sistematicidad –capaz de incomodar a lectores sagaces de sus escritos, como el gran historiador José Sazbón2– luce como un factor de primer orden a la hora de ingresar en su laboratorio intelectual. De un lado, Mariátegui mismo se jacta, en las notas preliminares de los dos libros que publicó en vida (compuestos a partir del ensamblaje de una porción de sus ensayos ya publicados), de que esa inorganicidad es consustancial a un estilo de trabajo irreverente, que le permite ofrecer radiografías penetrantes del caleidoscopio que le toca vivir. Para captar las instantáneas de su época, su «método», declara al inicio de La escena contemporánea, no puede ser sino «un poco periodístico y un poco cinematográfico»3; su afán, señala al presentar los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, es el de desplegar un pensamiento que se ordene «según el querer de Nietzsche, que no amaba al autor contraído a la producción intencional, deliberada de un libro, sino a aquel cuyos pensamientos formaban un libro espontánea e inadvertidamente»4. Esa disposición vital un tanto salvaje de quien allí mismo se arroga «meter toda mi sangre en mis ideas» (y no ha de ser casual que la otra figura que aparece evocada en esa «Advertencia» sea la de Domingo F. Sarmiento) resulta, en definitiva, una condición inicial que conviene contemplar para leer o releer a Mariátegui. 

De otro lado, precisamente la fluidez de su escritura y los múltiples nombres propios y temáticas en que incursiona habilitan nuevas e insospechadas aproximaciones a su obra. «Estudiaremos todos los grandes movimientos de renovación: políticos, filosóficos, artísticos, literarios, científicos. Todo lo humano es nuestro», escribió nuestro autor en la presentación inicial de su revista Amauta. La perdurable atracción que ejerce Mariátegui obedece también a las posibilidades de lectura que se derivan de la sorprendente ubicuidad de sus intereses. 

Ese carácter proliferante y desprejuiciado de su praxis intelectual se halla compensado, en sus constantes aperturas, por una suerte de brújula interna. Como advirtió Álvaro Campuzano en un lúcido ensayo reciente, el «entramado proteico, complejo y en movimiento» que conforma el amplio abanico de temas visitados por la pluma de Mariátegui se ve regulado por una «orientación básica, comparable a una fuerza gravitatoria»5. Pero ¿dónde radica ese núcleo en torno del cual orbita, a mayor o menor distancia, la pluralidad de sus escritos? Aquí sostenemos que se cifra en el horizonte de un socialismo cosmopolita. Desde 1918, y cada vez con mayor vigor, el primero de los términos de esa fórmula será parte de la identidad pública de Mariátegui como periodista y como intelectual. «Hombre con una filiación y una fe», como se define en La escena contemporánea, su adscripción socialista se verifica sea en su voluntad de marxismo (por ejemplo, para encarar la cuestión indígena desde una perspectiva económica y de clase), en su aliento revolucionario (impulsado por el acontecimiento bolchevique de 1917 y luego por el influjo de Georges Sorel y de otras sugestiones), o en su recurrente lectura de los hechos sociales, estéticos y culturales contemporáneos como índices de fuerzas nuevas o, en su reverso, como síntomas del declive de la sociedad burguesa (según se aprecia en la remisión de una multitud de fenómenos de actualidad a los campos antitéticos de la revolución o la decadencia; aun cuando, como puede verse en algunos de sus textos, esa perspectiva no implicó la condena en bloque de todos los elementos asociados a la cultura liberal). 

En cambio, su constante inclinación cosmopolita, que lo acompaña y lo alienta incluso en sus incursiones en los «problemas peruanos» –que conforman una porción limitada de los textos que compone en su etapa madura–, ha sido menos reconocida. Y es que en América Latina la corriente principal de interpretación de Mariátegui quiso anexarlo sin más a los nombres-faro de la tradición nacional-popular6. Favoreció esa tendencia el uso descontextualizado de algunos giros o frases, ejemplarmente el de la que a todas luces ha sido su cita más famosa: aquella que en el editorial de Amauta titulado «Aniversario y balance» indicaba que el socialismo en América Latina debía evitar ser «calco y copia»7. Frente a los estímulos a la autosuficiencia cultural derivables de esa frase, aquí sostenemos en cambio que la marcha de Mariátegui estuvo animada por una serie de disposiciones vitales que Mariano Siskind denominó «deseos cosmopolitas»8, un conjunto de posicionamientos estratégicos que «permitían imaginar fugas y resistencias en el contexto de formaciones culturales nacionalistas asfixiantes y establecían un horizonte simbólico para la realización del potencial estético translocal de la literatura latinoamericana y de procesos de subjetivación cosmopolitas». En otras palabras, lo que definió globalmente la aventura intelectual de Mariátegui fue una vocación resueltamente antiparticularista, que tanto para ofrecer lúcidos avistajes de los rasgos y figuras de su contemporaneidad como para, incluso, disponer caracterizaciones de la realidad nacional peruana, no cesó de colocar sus análisis en relación con las dinámicas de la época irremisiblemente mundial que latía ante sus ojos.

Defensa y recreación del marxismo

En el inicio de sus investigaciones sobre la realidad peruana, Mariátegui había entrevisto que la cuestión del indio, atinente a las grandes mayorías que habitaban Perú, se vinculaba al «problema de la nacionalidad» (como especificó Terán, «a la posibilidad de constitución de estructuras nacionales sobre la base de realidades heterogéneas y muchas veces centrífugas»9). El autor de los Siete ensayos llega a atisbar este horizonte a la hora de preguntarse por el despliegue de una estrategia socialista que apunte a incorporar a las masas. Sin embargo, si el discurso de Mariátegui llegó a admitir una mirada positiva del nacionalismo, ello tuvo que ver con esquemas y situaciones que trascendían el caso particular de Perú. En primer lugar, y en sintonía con los postulados defendidos entonces por la Internacional Comunista y, de modo más amplio, por el campo antiimperialista que se había desarrollado vigorosamente en el mundo tras el fin de la guerra, Mariátegui suscribía a la tesis según la cual «el nacionalismo que en las naciones de Europa tiene forzosamente objetivos imperialistas y, por ende, reaccionarios, en las naciones coloniales o semicoloniales adquiere una función revolucionaria»10. Las simpatías hacia movimientos antiimperialistas de países como China, la India o Marruecos, así como los fluidos lazos que mantenía entonces con el naciente proyecto del apra de Víctor Raúl Haya de la Torre, eran muestras de esa tesitura. Pero además, esa variante de nacionalismo prototercermundista merecía la atención de Mariátegui tanto por encarnar valores universales como por abonar al clima romántico y convulsionado que daba tono a la época. Así, mientras podía comenzar un artículo sobre Egipto señalando que «despedida de algunos pueblos de Europa, la Libertad parece haber emigrado a los pueblos de Asia y África», en otro se entusiasmaba al comprobar que «la revolución rifeña [en referencia a la República del Rif, en Marruecos] cesó de ser un hecho aislado para convertirse en un episodio y en un sector de la revolución mundial»11

Ese tipo de razonamiento va a verse alterado a partir de la ruptura con el apra en 1928. A comienzos de ese año, Haya de la Torre lanza el llamado «Plan de México» (por su lugar de concepción, durante su exilio) que, inspirado en el antiimperialismo del Kuomintang chino, se propone despertar en Perú un movimiento de masas a partir de la creación desde el exterior de un autodenominado Partido Nacionalista Libertador. Ese proyecto fracasa, pero alcanza a desatar una agria polémica epistolar entre Haya y Mariátegui, quien lo juzga precipitado y propio de la vieja política criolla caudillista. El quiebre entre las dos figuras máximas de la generación peruana de 1920 se proyecta a las páginas de Amauta, desde las cuales su director –en el ya mencionado editorial «Aniversario y balance»– proclama «nuestra absoluta independencia frente a la idea de un Partido Nacionalista», a la vez que enfatiza la adscripción socialista de la revista. Poco después, junto con un núcleo de obreros, Mariátegui promueve la creación del Partido Socialista del Perú. 

Nuestro autor tuvo ocasión de elaborar sus discrepancias con Haya de la Torre en «Punto de vista antiimperialista», texto enviado a la I Conferencia Comunista Latinoamericana que se realizó en Buenos Aires en 1929. Allí, una vez más se expresó a favor de «la formación de partidos de clase y poderosas organizaciones sindicales», en contraposición a las «vagas fórmulas populistas» que observaba en el jefe aprista. La referencia es de interés para una historia del concepto de populismo en América Latina que está aún por hacerse, puesto que los usos de la noción por parte de Mariátegui se cuentan entre los primeros provenientes de figuras de izquierda en el continente (junto a los que, en tono de ácida diatriba, el cubano Julio Antonio Mella espeta al aprismo en su panfleto «¿Qué es el arpa?»). En el peruano, además, esos empleos se solapan con sus críticas al «populismo literario»12

Y mientras esta polémica de gran resonancia posterior en las izquierdas peruanas y latinoamericanas tenía lugar, Mariátegui reafirmaba su colocación socialista y marxista en otro terreno de debate. Entre julio de 1928 y junio de 1929, publica en los semanarios Variedades y Mundial una saga de textos a modo de respuestas a un libro aparecido un par de años antes, primero en alemán y casi de inmediato en otras lenguas, y que en Europa había generado vivaces controversias: Más allá del marxismo, del dirigente del socialismo reformista belga Henri de Man. Ese ensayo, que Mariátegui situaba en la serie de intervenciones que desde fines del siglo xix señalaban las insuficiencias (cuando no la crisis) de la doctrina inspirada en Marx, pretendía efectuar no solo una revisión, sino una «liquidación» del marxismo, que a juicio de De Man subsistía preso de los presupuestos filosóficos decimonónicos de corte racionalista que eran ya obsoletos. 

Mariátegui, habituado a diagnosticar la caducidad de los términos preexistentes a la época inaugurada con la guerra y la revolución, esta vez asumía una «defensa del marxismo» (tal era el título del libro en el que proyectaba reunir la serie de réplicas a De Man). Esa postura no buscaba salvaguardar el socialismo economicista, parlamentarista y de rémoras positivistas que él también despreciaba, sino aprovechar la ocasión para sacar a relucir el proceso de revivificación que en su mirada experimentaba el marxismo contemporáneo. Habiendo tomado contacto inicial con la obra de Marx mediante la tradición del idealismo italiano13, entre los decisivos cambios que le había traído aparejada su estancia europea estaba el de haber trastocado su misticismo religioso de juventud –asociado al catolicismo que había heredado de su madre y vinculado entonces a sus búsquedas literarias– en un ingrediente fundamental para entender la política y los procesos de subjetivación de la posguerra. «¿Acaso la emoción revolucionaria no es una emoción religiosa? Acontece en el Occidente que la religiosidad se ha desplazado del cielo a la tierra», escribía en el artículo dedicado a Gandhi en La escena contemporánea14. La perspectiva vitalista y nietzscheana de Mariátegui, que había comenzado a fermentar en sus apreciaciones del romanticismo político de la gesta bolchevique, pero también de D’Annunzio y el fascismo italiano, había revigorizado al marxismo e insuflado a los movimientos revolucionarios que alborotaban al mundo. Además de Croce, Bergson y Gobetti, para Mariátegui la mediación intelectual fundamental para caracterizar ese fenómeno habían sido Georges Sorel y su teoría del mito como carburante emocional que impulsaba a los sujetos a la acción. Según había escrito en uno de sus principales ensayos,

la experiencia racionalista ha tenido esta paradójica eficacia de conducir a la humanidad a la desconsolada convicción de que la Razón no puede darle ningún camino. El racionalismo no ha servido sino para desacreditar a la razón. (...) La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es la fuerza del Mito15

En su polémica con De Man, Mariátegui escribía que «a través de Sorel, el marxismo asimila los elementos y adquisiciones sustanciales de las corrientes filosóficas posteriores a Marx». Pero persuadido de que el autor de Reflexiones sobre la violencia había tenido seguidores tanto en la izquierda como en el fascismo, ataba su recuperación a la figura de Lenin, a quien siguiendo una senda soreliana consideraba «el restaurador más enérgico y fecundo del pensamiento marxista»16. No por casualidad Mariátegui había traducido y publicado en Amauta un conocido texto tardío de Sorel que elogiaba al revolucionario ruso17. En rigor, el peruano llevaba a cabo una operación exactamente opuesta a la que desplegaba la corriente principal de seguidores del pensador francés, cuyas demandas imperiosas de concreción de un mito revolucionario habilitaron el pasaje de la clase a la nación, aportando así un ingrediente de peso en la conformación de la cultura política fascista18. En Mariátegui el camino iba a ser el inverso. Según escribió, «el nuevo romanticismo, el nuevo misticismo, aporta otros mitos, los del socialismo y el proletariado»19. Su atenta lectura de los componentes emocionales del movimiento liderado por Mussolini lo llevó a presagiar una sentimentalidad análoga férreamente asentada en el mito de la clase obrera mundial. De allí el modo en que concluye su ensayo «Biología del fascismo»: «Solo en el misticismo revolucionario de los comunistas se constatan los caracteres religiosos que Gentile descubre en el misticismo reaccionario de los fascistas»20

En definitiva, en su discusión con De Man, Mariátegui se preocupó por ofrecer numerosas pistas que daban muestras de la vitalidad de la que en su época continuaba gozando el marxismo. Desde una perspectiva analítica, señalaba que «mientras el capitalismo no haya tramontado definitivamente, el canon de Marx sigue siendo válido». Pero más importante le parecía advertir, desde un punto de vista político, que el autor de El capital «está vivo en la lucha que por la realización del socialismo libran, en el mundo, innumerables muchedumbres, animadas por su doctrina»21. Finalmente, como fenómeno intelectual, el marxismo exhibía gran plasticidad, tanto en su diseminación espacial (contaba con especialistas en países como China o Japón) como en las maneras en que absorbía otros saberes y se fusionaba con otras corrientes de la contemporaneidad. No obstante, corresponde decir que ese señalamiento habla seguramente más de las aperturas del socialismo de Mariátegui que de tendencias efectivamente existentes, como evidencian su singular insistencia en valorar la orientación comunista del surrealismo o, más aún, su interés en favorecer una zona de contacto apenas incipiente: la que buscaba yuxtaponer freudismo y marxismo22

Una deriva singular del énfasis de Mariátegui en los componentes vitalistas y favorables a la acción de figuras y grupos está asociada a un tema recurrente en sus textos: el de la aventura. Según llegó a consignar, tenía planeado incluir en el libro El alma matinal un ensayo titulado «Apología del aventurero», que aparentemente no llegó a escribir (es posible conjeturar que, de haberlo hecho, se habría servido de las incursiones sobre el asunto de Georg Simmel, cuya obra conocía23). En una muestra más de su heterodoxia, Mariátegui citaba elogiosamente, de un célebre discurso de Benito Mussolini, el apotegma nietszcheano que predicaba «vivir peligrosamente»24. Así, por caso, ofrecía el siguiente perfil del escritor socialista boliviano Tristán Marof, «caballero andante de Sudamérica»: Yo no lo había visto nunca; pero lo había encontrado muchas veces. En Milán, en París, en Berlín, en Viena, en Praga, en cualquiera de las ciudades donde, en un café o un mitin, he tropezado con hombres en cuyos ojos leía la más dilatada y ambiciosa esperanza. Lenines, Trotskis, Mussolinis de mañana. Como todos ellos, Marof tiene el aire a la vez jovial y grave. Es un Don Quijote de agudo perfil profético25.

El tópico de la aventura reaparece con frecuencia en los ensayos de Mariátegui para ilustrar formas de vida antiburguesa. Por ejemplo, para comentar el cine de Charles Chaplin, trazar un perfil del escritor trashumante de origen rumano Panait Istrati (cuyas novelas se publican y traducen en Minerva) o referir a la «existencia aventurera y magnífica» de la bailarina y coreógrafa Isadora Duncan, desde su San Francisco natal hasta su consagración parisina, y de allí hacia su bienio en la Rusia bolchevique26. La cuestión ronda también la visión de Mariátegui sobre «La misión de Israel», que no podía ser, como pretendía el sionismo, la de confinarse en un Estado nacional. «El pueblo judío que yo amo no habla exclusivamente hebrero ni ídish; es políglota, viajero, supranacional», escribió en ese ensayo. Por ello, estaba destinado a contribuir «al advenimiento de una civilización universal»27

¿Cómo pensar, en definitiva, el gesto de Mariátegui al componer la que probablemente haya sido la respuesta más sofisticada recibida por el libro de De Man, el texto que por excelencia buscaba desafiar al marxismo en la escena internacional de su tiempo? Mariano Siskind ha escrito que la figura del intelectual cosmopolita latinoamericano opera desde la presuposición de

un campo discursivo horizontal y universal donde [los intelectuales] pueden representar su subjetividad cosmopolita en igualdad de condiciones con las culturas metropolitanas. (...) Estos planteos se construyen sobre la estructura de una fantasía omnipotente, (...) una fantasía estratégica y voluntarista, pero muy eficaz en su capacidad de abrir un horizonte de significación cosmopolita28.

Al polemizar con De Man, al apropiarse del surrealismo y debatir sobre sus derivas a fines de la década de 1920, al sopesar las alternativas del socialismo en Japón, o al elogiar matizadamente la figura de Rabindranath Tagore (es decir, al discutir con las expresiones más significativas de la cultura mundial de su tiempo), Mariátegui actúa como si el mundo fuera un espacio liso y sin estrías ni jerarquías culturales, como si fuera lo mismo escribir desde París que desde Lima. El corolario de esa actitud es que, en términos de modernización cultural y aggiornamento político-intelectual, su postura resultó más fértil que la de quienes se contentan con quejarse o denunciar las asimetrías geopolíticas o culturales.

Mayo - Junio 2021

Nota: este texto es parte del estudio preliminar de José Carlos Mariátegui: Antología, selección, introducción y notas de Martín Bergel, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2021.

  • 1.
  1. Melis: «Mariátegui, primer marxista de América» en Casa de las Américas vol. VIII No 48, 5-6/1968.
  • 2.
  1. Sazbón: «Filosofía y revolución en los escritos de Mariátegui» en Historia y representación, Editorial de la UNQ, Bernal, 2002.
  • 3.

J.C. Mariátegui: La escena contemporánea [1925], Amauta, Lima, 1959, p. 11.

  • 4.

J.C. Mariátegui: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana [1928], Era, Ciudad de México, 1993, p. 13.

  • 5.

Á. Campuzano: La modernidad imaginada. Arte y literatura en el pensamiento de José Carlos Mariátegui (1911-1930), Iberoamericana, Madrid, 2017, pp. 22-23.

  • 6.

El sobredimensionamiento de la temática de la nación se constata en Mariátegui tanto en la generación que lo redescubrió y leyó extensamente desde fines de los años 60 hasta mediados de los 80 –José Aricó, Carlos Franco, Alberto Flores Galindo, Robert Paris, el primer Oscar Terán y, en menor medida, Antonio Melis–, como en muchas de las lecturas de nuestros días, más preocupadas en reproducir esa línea interpretativa que en volver a los propios textos mariateguianos.

  • 7.

Según Melis, en la fama que el autor de los Siete ensayos adquirió desde los años 60 «había algo vacío, puesto que muchas veces se utilizaban frases de Mariátegui mutiladas de su contexto. (...) El caso típico es la repetición de la célebre frase sobre el rechazo de toda concepción de socialismo peruano como ‘calco y copia’». A. Melis: Leyendo Mariátegui, Amauta, Lima, 1999, p. 6.

  • 8.
  1. Siskind: Deseos cosmopolitas. Modernidad global y literatura mundial en América Latina, FCE, Buenos Aires, 2016, p. 15.
  • 9.
  1. Terán: Discutir Mariátegui, BUAP, Puebla, 1985, p. 85.
  • 10.

«El Congreso Antiimperialista de Bruselas» en Variedades, 19/2/1927

  • 11.

J.C. Mariátegui: «La libertad y el Egipto» en Variedades, 1/11/1924, y «El imperialismo y Marruecos» en Variedades, 1/8/1925.

  • 12.

J.C. Mariátegui: «Populismo literario y estabilización capitalista» en Amauta No 28, 1/1930.

  • 13.
  1. Aricó: «Introducción», en J. Aricó (ed.): Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, 2a ed. aum., Pasado y Presente, Ciudad de México, 1981, pp. XIV-XX.
  2. Cit. en Michael Löwy: «Communism and Religion. José Carlos Mariátegui’s Revolutionary Mysticism» en Latin American Perspectives vol. 35 No 2, 2008, p. 72.
    15. J.C. Mariátegui: «El hombre y el mito» en Mundial, 16/1/1925.
  • 14.

Cit. en Michael Löwy: «Communism and Religion. José Carlos Mariátegui’s Revolutionary Mysticism» en Latin American Perspectives vol. 35 No 2, 2008, p. 72.

  • 15.

J.C. Mariátegui: «El hombre y el mito» en Mundial, 16/1/1925.

  • 16.

«Henri de Man y la ‘crisis del marxismo’» en Variedades, 7/7/1928.

  • 17.
  1. Sorel: «Defensa de Lenin» en Amauta No 9, 5/1927.
  • 18.

El estudio clásico que reconstruye ese proceso es Zeev Sternhell (con la colaboración de Mario Sznajder y Maia Asheri): El nacimiento de la ideología fascista, Siglo Veintiuno, Madrid, 1994.

  • 19.

J.C. Mariátegui: «El caso Daudet» en Variedades, 2/7/1927.

  • 20.

J.C. Mariátegui: La escena contemporánea, cit., p. 43.

  • 21.

J.C. Mariátegui: «La filosofía moderna y el marxismo» en Variedades, 22/9/1928.

  • 22.

J.C. Mariátegui: «Freudismo y marxismo» en Variedades, 29/12/1928. La plasticidad del marxismo de Mariátegui, más sus estudios sobre la realidad peruana, obraron en conjunto para que para la Internacional Comunista (con la que entró en contacto en los años finales de su vida) no fuera una figura merecedora de confianza. Se ha escrito mucho al respecto; v. sobre todo Alberto Flores Galindo: La agonía de Mariátegui [1980] en Obras completas II, SUR, Lima, 1994.

  • 23.
  1. Simmel: Sobre la aventura. Ensayos filosóficos, Península, Barcelona, 1988.
  • 24.

J.C. Mariátegui: «Dos concepciones de la vida» en Mundial, 9/1/1925.

  • 25.

«La aventura de Tristán Marof» en Variedades, 3/3/1928.

  • 26.

J.C. Mariátegui: «Esquema de una explicación de Chaplin» en Variedades, 6 y 13/10/1928; «Andanzas y aventuras de Panait Istrati» en Variedades, 18/8/1928 y «Las memorias de Isadora Duncan» en Variedades, 17/7/1929.

  • 27.

J.C. Mariátegui: «La misión de Israel» en Mundial, 3/5/1929. Sobre la judeofilia de Mariátegui, v. Claudio Lomnitz: Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, FCE, Ciudad de México, 2018.

  • 28.
  1. Siskind: ob. cit., p. 19.
Publicado enCultura
Domingo, 18 Julio 2021 05:16

La revolución como problema

La revolución como problema

Pertenezco a la generación que creció influenciada por el clima político y cultural de la revolución cubana. Me contagié del entusiasmo que generaba, en particular, la figura del Che, quien no dudó en dejar las comodidades de la vida urbana posrevolucionaria para caminar selvas y montañas, porque «el deber de todo revolucionario es hacer la revolución».

Hoy Cuba atraviesa una situación compleja, que me lleva a reflexionar en varios tiempos sobre la coyuntura, la estructura y el concepto mismo de revolución.

I

La soberanía nacional es intocable, tanto como el derecho de las naciones a su autodeterminación. La soberanía de una nación no depende de quién esté en el gobierno. Nadie tiene derecho a intervenir o subvertir el gobierno de una nación ajena.

El bloqueo a Cuba es inaceptable, como los intentos por derrocar la revolución, sistemáticos y continuos desde hace seis décadas. Nunca pedimos una intervención extranjera para poner fin a las dictaduras del Cono Sur, porque confiamos en que los pueblos deben decidir su futuro. Por eso tampoco pedimos que regímenes oprobiosos y genocidas (como el de Arabia Saudita, entre muchos otros) sean derrocados con invasiones militares.

Cuba tiene derecho a que se la deje en paz, como sucede con todas las naciones del mundo. Solo dos países apoyan el bloqueo: Israel y Estados Unidos.

II

La crisis actual tiene causas precisas. En 2020 la economía registró una contracción del 8,5 por ciento, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe. La industria cayó 11,2 por ciento y el agro, 12 por ciento. La crisis del turismo es tremenda y repercute en toda la sociedad: en 2019 Cuba recibió 4,2 millones de turistas, en 2020 apenas 1,2 millones. En el primer semestre de este año solo recibió 122 mil turistas, según datos recabados por la periodista chilena Francisca Guerrero.

El turismo aporta en torno al 10 por ciento del PBI, emplea al 11 por ciento de la población activa y es la segunda fuente de divisas. La escasez de divisas crea enormes dificultades para la importación de alimentos: Cuba debe importar el 70 por ciento de la comida que consume, mientras los precios internacionales crecieron un 40 por ciento en un año.

El llamado ordenamiento cambiario, que eliminó las tasas diferenciadas con las que se cambiaban los pesos cubanos por dólares, decidido en enero, aunque necesario y deseable, llegó tarde y en un momento de aguda escasez de dólares. Lo cierto es que la población tiene grandes dificultades para acceder a bienes básicos.

Inflación y apagones son el corolario de viejos problemas nunca resueltos (como el deterioro de las infraestructuras) y de improvisaciones en la aplicación de cambios largamente postergados.

El bloqueo es un gran problema para Cuba. Pero no todos sus problemas pueden reducirse al bloqueo. Un problema del que no se quiere hablar, no solo en Cuba, es el de la revolución como problema. O sea, del Estado como palanca de un mundo nuevo.

III

Creíamos que la revolución era la solución a los males del capitalismo. No fue. Quizá la obra mayor de las revoluciones haya sido empujar al capitalismo a reformarse, limando durante cierto tiempo sus aristas más extremas, aquellas que todo lo confían al mantra del mercado autorregulador, que lleva a millones a la pobreza y la desesperación.

Revolución fue siempre sinónimo de conquista del Estado, como herramienta para caminar hacia el socialismo. Originalmente el socialismo debía ser, ni más ni menos, el poder de los trabajadores para superar la alienación que supone la separación entre los productores y el producto de su trabajo. Sin embargo, socialismo se volvió sinónimo de concentración de los medios de producción y de cambio en el Estado, controlado por una burocracia que, en todos los casos, devino en una nueva clase dominante, casi siempre ineficaz y corrupta.

El pensamiento crítico se sometió a esta nueva burguesía, o como quiera denominarse a esa casta burocrática que, no siendo propietaria, tiene la capacidad de gestionar los medios de producción a su antojo, sin rendir cuentas más que a otros burócratas, sin que los trabajadores, privados de formas de organización y de expresión autónomas, puedan incidir en las decisiones. Sin libertades democráticas, los Estados socialistas (contradicción semántica evidente) devinieron en Estados autocráticos y totalitarios, no muy diferentes a las dictaduras que sufrimos y a las democracias que no nos permiten elegir el modelo económico que nos gobierna, sino apenas a representantes ungidos gracias a costosas campañas publicitarias.

Las revoluciones socialistas y de liberación nacional, y aun los movimientos emancipatorios, se autodestruyeron en el rompeolas de los Estados: al institucionalizarse y perder su carácter transgresor y superador del estado actual de cosas; al relegitimar un sistema-mundo que pretendían desbordar; al trasmutar, por la vía institucional, la potencia rebelde de las clases populares en impulso para la conversión de los burócratas en nuevos opresores.

Como sostuvieron Fernand Braudel e Immanuel Wallerstein, y ahora Abdullah Öcalan, el Estado nación es la forma de poder propia de la civilización capitalista. Por lo tanto, dice el líder kurdo, la lucha antiestatal es más importante que la lucha de clases, y esto no tiene nada que ver con el anarquismo, sino con la experiencia de más de un siglo de socialismo. Es revolucionario el trabajador que se resiste a ser proletario, que lucha contra el estatus de trabajador, porque esa lucha apunta a superar y no a reproducir el sistema actual.

Para hacer política centrada en el Estado, las categorías de hegemonía y homogeneidad son centrales. La primera es una forma de dominación, sin más, aunque el progresismo y la izquierda crean que supera al leninismo. La segunda es una pretensión de quienes, desde arriba, quieren llevar a los pueblos de las narices. Agrietados el patriarcado y el colonialismo interno, hoy es imposible una sociedad homogénea, porque las mujeres, los jóvenes y todo tipo de disidencias (desde las culturales hasta las sexuales) rechazan el aplanamiento de las diferencias y diversidades.

Imponer homogeneidad con base en la hegemonía es una apuesta al autoritarismo, ya sea a través del mercado o del partido de Estado. La forma ideal de dominación es aquella que se presenta como democrática (simplemente porque hay elecciones), pero encarcela a la población en un modelo económico que vulnera su propia vida.

IV

La revolución socialista es cuestión del pasado, no es el futuro de la humanidad. Tampoco lo es el capitalismo. El binarismo capitalismo/socialismo ya no funciona como organizador y ordenador de los conflictos sociales.

Mientras las izquierdas siguen prisioneras de su visión estadocéntrica, los sectores más activos y creativos de las sociedades latinoamericanas (feministas, pueblos originarios, jóvenes críticos) ya no se referencian en Cuba, como lo hizo mi generación, sino en luchas concretas como las revueltas chilena o colombiana, en el zapatismo y en los mapuches, en ritmos raperos y en sueños de libertad imposibles en la Nicaragua de Ortega y en la Cuba del Partido, en la Colombia de los paramilitares o en el Brasil de Bolsonaro.

17 julio 2021

 

Publicado enPolítica
Xi Jinping, el autócrata providencial en el centenario del PCCh

El escritor británico Anthony Burgess dio su definición sobre las conmemoraciones: algo así como una celebración de la memoria, ya que recordar de dónde se viene forma parte de diseñar hacia dónde se va. Para el Partido Comunista Chino, que celebra el centenario de su fundación, cumplida en julio de 1921, la celebración también sigue este principio. El pasado milenario de China, que la proyecta como el centro más próspero de las rutas comerciales asiáticas (el "Reino del Medio"), debe estar ligado al futuro en el que China recupere esa posición central; del mismo modo, el Partido Comunista muestra su futuro con los fuertes tintes de las gloriosas acciones de obreros y campesinos que, a mediados del siglo XX, superaron con heroicos esfuerzos la abominable opresión imperialista y la burguesía nacional para dar origen a la República Popular en 1949. Por lo demás, poco importa a la burocracia con sede en Pekín que el PCCh preserve la defensa de los trabajadores solo en una vaga retórica, habiéndose distanciado de hecho de la clase obrera hace mucho tiempo, recortando todas sus libertades de acción y pensamiento y convirtiéndola en un sujeto de explotación infernal por parte de los capitalistas nativos y occidentales para dar lugar al "milagro chino". La ironía es que mientras se celebran los 100 años del partido fundado para emancipar a la clase trabajadora, lo que se alaba hoy es un aparato burocrático que usurpó las conquistas revolucionarias de 1949 para restaurar el capitalismo en el coloso asiático.

Para Xi Jinping, la celebración oficia como un recordatorio de la grandeza personal que quiere transmitir a China y al mundo. Más cerca del romano Quintus Enius, Xi sabe que estará vivo mientras su legado pase por la boca de la humanidad, y es en ese legado en el que se centra. Casi una década en el poder, se enfrenta a enormes desafíos para China. Convertido en la segunda economía del mundo, y entrado en la carrera por la primacía industrial-tecnológica con Estados Unidos, el capitalismo chino (que se distingue del modelo habitual por el dirigismo estatal comandado por el PCCh) se ha convertido oficialmente en un "rival estratégico" de las potencias capitalistas occidentales. Dejando subrepticiamente de lado la "estrategia de los 24 caracteres" de Deng Xiaoping, que predicaba la circunspección y el bajo perfil de China en los asuntos exteriores, ocultando siempre su verdadera fuerza, Xi Jinping quiere mostrarse afirmativo. El Partido Comunista Chino proyecta su poder a nivel internacional, especialmente en el ámbito asiático, preparando la reincorporación de Taiwán y la integración territorial del Mar de la China Meridional, buscando desafiar la hegemonía de Washington existente en la región de Asia-Pacífico desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Los rápidos avances tecnológicos y la modernización de las Fuerzas Armadas –China tiene ahora la mayor flota de guerra del mundo– sirven al propósito del "sueño chino".

En una de las primeras ceremonias de apertura de las celebraciones del centenario, Xi Jinping, ensalzó la "lealtad al partido" y entregó una nueva medalla de honor ("Medalla del 1 de julio") a 29 miembros del PCCh, que ha gobernado China durante 72 años. "Dedica todo, incluso tu vida, al partido y al pueblo", dijo el gobernante a los 92 millones de afiliados. El país de los multimillonarios también tiene el partido de los multimillonarios. Cientos de miles de "capitalistas rojos", incluidos algunos de los empresarios más ricos de China, se encuentran entre los afiliados. Y no solo en sentido figurado, sino en posiciones de liderazgo en el Comité Central y el Politburó. Como revela la investigación de Bruce Dickson en Riqueza y Poder, la cantidad de empresarios capitalistas que son miembros del Partido Comunista Chino ha pasado del 13 % en 1993 al 35 % en 2008, y forma parte de una estrategia de cooptación del partido, en la que los gobiernos locales se fortalecen regionalmente incorporando al PCCh a los industriales más ricos (que se benefician de los resultados proyectados por estos gobiernos), y en la que los empresarios se benefician al tener facilidades para acceder a créditos bancarios y licitaciones, además de obtener la prerrogativa de injerencia política en las decisiones del partido. El mensaje de Xi Jinping a los empresarios chinos en octubre de 2020 seguía exactamente la misma lógica: todos los empresarios y multimillonarios se beneficiarán en China, siempre que colaboren con el mantenimiento del dominio del PCCh. No por casualidad, multimillonarios como Jack Ma, dueño del gigante Alibaba, y Pony Ma, de Tencent, son miembros del Comité Central, que dicta las coordenadas de la Asamblea Popular Nacional, en la que solo 209 diputados tienen una riqueza de 500.000 millones de dólares, equivalente al PBI de Bélgica.

De hecho, la lista de invitados distinguidos del Partido Comunista Chino para la celebración en la Plaza de la Paz Celestial es una radiografía sociológica del partido. Robin Li, multimillonario propietario de la empresa de Internet Baidu, es un querido amigo de Xi Jinping, invitado a las celebraciones junto con el empresario Dong Mingzhu, de Gee Electric Appliances. También está en la lista el multimillonario Lei Jun, dueño de la multimillonaria empresa de telefonía móvil Xiaomi y que fue invitado de gala a la celebración del 70 aniversario de la fundación de la República Popular en 2019. Jack Ma y Wang Xing, fundador del gigante tecnológico Meituan, han sido disciplinados por Xi Jinping para que vuelvan humildemente al reducto del PCCh. Los estalinistas brasileños, como Jones Manoel, celebran esta configuración del PCCh, diciendo (sin sonrojarse) que "no está en el horizonte del partido acabar con los multimillonarios." Por supuesto que no, ya que ninguna formación política prescinde voluntariamente de sus elementos vitales. En el siglo XX, los PC estalinistas defendían la asimilación de los terratenientes al socialismo; hoy, defienden la asimilación de los multimillonarios. Ayer y hoy, siempre con sus "terratenientes progresistas" en aras del orden del sistema estatal internacional.

Desde el punto de vista de las celebraciones, se hizo todo lo posible para entronizar a la burocracia del Partido Comunista como el principal desafío del imperialismo estadounidense y europeo en el nuevo siglo. Pero, ¿por qué Xi Jinping? ¿Qué razones lo convierten en el autócrata providencial en la obtención del "sueño chino"?

La encrucijada de la crisis mundial y el estancamiento chino

Según el filósofo de la escuela legalista china Han Feizi, que escribió en el siglo III antes de nuestra era sobre la necesidad de centralizar la autoridad total en manos de los gobernantes mediante leyes y métodos de administración (no por la virtud o la moral), los valores políticos cohabitaban, en una relación de subordinación, con las posibilidades materiales. Los tiempos materialmente difíciles exigían valores opuestos a la generosidad de la abundancia, así como los tiempos económicamente favorables explicaban la exuberancia y la magnanimidad. Curiosamente en sintonía con este tipo de materialismo individualista, la China del siglo XXI derrocha solidaridad retórica, contrarrestando la decadencia hegemónica del imperialismo estadounidense con los supuestos beneficios globales de su ascenso, adornado con favores para los aliados (y desgracias para los adversarios). Han Feizi probablemente explicaría la capacidad de proyección internacional de China de Xi Jinping con un examen minucioso de sus enormes éxitos económicos, que la han colocado como la segunda potencia mundial y la primera economía del mundo en términos de paridad de poder adquisitivo. El filósofo legalista clásico -si se sigue el ejercicio mental- estaría a favor de la política de premiar a los aliados y castigar a los enemigos como forma de condicionar el comportamiento de la comunidad internacional, cada vez más dependiente de China para sus propios éxitos económicos.

Es innegable que los tiempos son materialmente favorables para China a la luz de su historia reciente en el siglo XX, o el gran dolor de las humillaciones nacionales entre 1840 y 1949. Hay una contradicción de origen en el problema chino actual. La preparación de su crecimiento económico a ritmos monumentales se viene produciendo desde hace décadas, a partir de la apropiación por parte de la restauración capitalista -impulsada por Deng Xiaoping- de aquellos logros de la revolución de 1949. Pero, en realidad, la entrada de China en el escenario de las principales disputas mundiales es excesivamente reciente. Los contornos claros de su entrada en el proscenio de las disputas globales entre las grandes potencias son identificables con certeza desde 2013, cinco años después del estallido de la crisis económica mundial de 2008-2009. Hace menos de una década, la relación de China con las grandes potencias se basaba fundamentalmente en la integración de las cadenas globales de valor y en la estructura de la división internacional del trabajo heredada del neoliberalismo, en el marco de un sentimiento de desconfianza cordial que aún priorizaba la cooperación sobre la ya evidente competencia. Después de 2013, China pasó a ser considerada como una potencia a la que había que frenar en sus saltos económico-tecnológicos, y quedó oficialmente marcada como competidora estratégica de Estados Unidos y la Unión Europea con la iniciativa de la administración estadounidense de Donald Trump (2017-2020) de abrir una agresiva guerra comercial-tecnológica con China.

Para comprender mejor la actualidad concentrada de la posición cambiante de China en el mundo, es necesario arrojar brevemente luz sobre tres momentos. El primero de ellos es la apertura de la Gran Recesión en 2008. La crisis económica y financiera mundial no solo derribó a Lehman Brothers y la noción de infalibilidad capitalista que se propagó durante la era del triunfalismo neoliberal: también derribó la noción, alimentada por la burocracia del Partido Comunista Chino, de que su crecimiento podría seguir sosteniéndose de forma estable dentro del viejo sistema industrial orientado a la exportación. Victor Shih señala que al inicio de la crisis económica mundial de 2008 las exportaciones chinas se desplomaron drásticamente: mientras que en los años de bonanza china el crecimiento de las exportaciones era de una media del 20% anual, en 2009 las exportaciones chinas cayeron a menos de un 18 %. La contracción del comercio mundial, la fragilidad de la economía estadounidense, pero sobre todo la falta de nuevos nichos de acumulación de capital por parte de las grandes potencias que dieran solución a la crisis de 2008, obligaron al Politburó de Pekín a iniciar un tortuoso cambio en su patrón de crecimiento. El objetivo era dejar de depender de la exportación de productos con escaso valor añadido basados en la mano de obra intensiva, e introducir elementos de una economía avanzada que produjera alta tecnología. Para el mantenimiento de las tasas de crecimiento chinas, la dependencia del mercado exterior debe suavizarse a partir del impulso de un aumento masivo de la capacidad de consumo del mercado interno chino. También vinculado a esta transformación, China pasó de ser un bolsillo para la acumulación capitalista occidental a convertirse gradualmente en un competidor por el espacio de inversión mundial y el liderazgo en tecnología de punta. La crisis de 2008, por tanto, abrió el camino a un complejo cambio en las bases estructurales que sustentaban la economía china en los últimos 40 años.

El segundo momento fue el año decisivo de 2013. China, que seguía actuando como contratendencia mundial de los factores que impulsaban la crisis, anclando el desarrollo industrial y comercial mundial, se convirtió en parte del problema. Entre 2013 y 2014 comenzó a sentir los efectos de la crisis dentro de su propio territorio. El aumento de las exportaciones volvió a los niveles anteriores a la crisis durante los breves años de recuperación entre 2010-12, con un crecimiento medio del 25 % anual. Pero la recuperación fue efímera: en el bienio 2013-14, este crecimiento cayó al 7 % anual, y al -2 % entre 2015-16, y el superávit por cuenta corriente de China, que osciló entre el 8-10 % entre 2008 y 2010, cayó al 2 % después de 2013 (SHIH, 2019). Las dificultades materiales más graves fueron contenidas por el colchón de reservas internacionales de China, utilizado por Hu Jintao y Wen Jiabao para aplicar un plan de estímulo fiscal (o "flexibilización cuantitativa", cómo se conocieron las medidas similares) de 4 billones de yuanes entre 2009 y 2010. Pero la línea de fragilidad china se había hecho evidente, más aún con la crisis de las bolsas chinas en 2015, que le hizo perder billones de dólares en pocos días. Los esfuerzos por modificar el patrón de crecimiento de China y disminuir su dependencia de las exportaciones tuvieron que chocar con los intereses cristalizados de segmentos de la propia burocracia del PCCh que se beneficiaban demasiado del curso de la industrialización exportadora en las provincias. La necesidad de autopreservación de la burocracia china ante la posibilidad de un malestar social en la lucha de clases con los efectos de la crisis económica –en los años 2013-14 se registraron huelgas obreras récord– fortaleció al sector más decisivo de la burocracia para operar agresivamente este cambio: Xi Jinping llegó al poder en China precisamente en 2013.

El tercer momento de estos cambios en la posición de China en el sistema internacional de Estados se refleja en la reacción de las potencias occidentales, en primer lugar Estados Unidos, ante el nuevo rumbo del bonapartismo de Xi Jinping. El hito estratégico de esta etapa es la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Entre todas las tendencias nacionalistas y proteccionistas de sus políticas, sin duda fundadas en la propia crisis económica mundial y en las dificultades que atravesaba la economía estadounidense, se destaca una de ellas: la agresividad contra el avance de China. La carrera de China por cambiar el contenido de su producción, aumentando las inversiones en investigación y desarrollo de alta tecnología en ramas económicas de primera importancia –semiconductores, vehículos eléctricos, comunicación espacial, robótica, entre otras– ha hecho que China entre en la disputa por nichos de acumulación de capital. Esta entrada de China en la competencia por los espacios de inversión de capital ha puesto a China en curso de colisión con los intereses de Estados Unidos para preservar su primacía en la tecnología mundial. Todas las medidas de Trump relacionadas con China se basaron en el consenso bipartidista del imperialismo estadounidense para frenar el desarrollo chino. La disputa que marca nuestro siglo entre la superpotencia imperialista central (Estados Unidos) y la potencia emergente (China) –incluso teniendo en cuenta que China no está en condiciones de disputar la primacía imperialista en el mundo a Estados Unidos, muy por delante tecnológica y militarmente– entra en funcionamiento sin ningún disimulo.

Este período entre 2008 y 2017 es, por tanto, fundamental para entender la entrada de China en la contienda de los grandes asuntos capitalistas mundiales. Como no podía ser de otra manera, la línea política del Partido Comunista Chino, con Xi Jinping a la cabeza, tomó un rumbo aún más autoritario. Steve Tsang y Honghua Men afirman que el retroceso de la economía mundial provocado por la crisis financiera de 2008 representó la oportunidad para que un político como Xi Jinping se hiciera notar:

Los avances en materia de desarrollo que China había logrado hasta 2012 la colocaron en un lugar que obligó a los dirigentes a tomar decisiones estratégicas sobre la dirección que tomaría el país a partir de entonces. El enfoque desarrollista seguido por los dirigentes del Partido Comunista después de que Deng Xiaoping inaugurara las reformas en 1978 ya estaba agotado para entonces. La "década dorada" de la asociación entre Hu Jintao y Wen Jiabao marcó el punto álgido de lo que el viejo enfoque podía ofrecer. La perspectiva de prolongar ese enfoque durante otra década no es prometedora. La atmósfera internacional cambiaba, el panorama económico se modificaba, las ventajas demográficas se erosionaban rápidamente, las presiones medioambientales aumentaban, las expectativas de los ciudadanos crecían, las relaciones entre grupos étnicos presentaban desafíos. El gobierno chino tenía que adoptar una vía más dinámica, o arriesgarse a que estos retos se le escaparan de las manos [1].

¿El momento Xi Jinping?

Esta es una forma de presentar las importantes modificaciones estructurales en el modus operandi del Partido Comunista para adaptarse a las necesidades impuestas por la crisis de 2008 y sus claros efectos en China a partir de 2013. Desde que Xi llegó al poder en noviembre de 2012, durante el 18º Congreso del Partido Comunista Chino, su conducta ha sido combinar las políticas de aumento de las capacidades tecnológicas de producción (cambiando el contenido de la producción), con la regulación de las tasas de crecimiento medio del PBI de China. En contra de lo que se suele pensar, la reducción de la tasa media de crecimiento anual del PBI no implica necesariamente un debilitamiento económico. El punto de inflexión de 2013 se impuso a China para deshacerse del patrón de crecimiento a tasas superiores al 10 %. El enfoque estratégico del PCCh para equilibrar la economía implica objetivos de crecimiento anualizados del 7 %, y Xi quiere dejar claro que esta disminución de ritmos forma parte de la planificación económica en esta etapa. El énfasis está en la calidad del crecimiento, o en qué sectores de la economía se convierten en los nuevos centros de gravedad del capitalismo chino.

Xi Jinping añadió su marca a las supuestas premisas que entronizaron los derechos vitalicios de poder de la burocracia del PCCh: la búsqueda de China del estatus de gran potencia mundial. El actual nacionalismo chino se difunde ideológicamente en estrecha relación con la responsabilidad del pueblo de cooperar con los esfuerzos del "gran rejuvenecimiento" de la nación china, también estipulado en el XVIII Congreso del Partido Comunista. Los principales líderes gubernamentales que encabezan estos esfuerzos son todos aliados cercanos de Xi. Li Keqiang y Liu He (economía), Chen Xi y Wang Huning (ideología), Wang Qishan (seguridad), Zhang Dejiang (asuntos exteriores), Liu Yunshan (organización del partido) y Meng Jianzhu (asuntos políticos internos) son algunos de los principales hombres fuertes de Xi Jinping, que dirigen comités de administración que van desde la economía hasta la jurisdicción política estatal.

Pero esto se refiere a las necesidades de China en el centenario del Partido Comunista Chino. Otra cosa es saber por qué Xi Jinping fue consagrado como agente político todopoderoso, el segundo después de Mao Zedong, para llevar a cabo esas necesidades. Nada indicaba previamente que Xi Jinping sería el líder ungido del Partido Comunista. Hijo de un veterano del Partido, Xi Zhongxun –que fue uno de los favoritos de Mao para hacer carrera militar en el Norte durante la Guerra Civil, y que luego fue clave en la aplicación de las reformas procapitalistas de Deng Xiaoping–, Xi Jinping conoció desde muy joven el ambiente olímpico de la casta burocrática china. Tras ser enviado al campo en la provincia de Shaanxi durante la Revolución Cultural (1966-69), conoció los efectos directos de la entrada de capital extranjero en China cuando estuvo destinado en Xiamen, en la provincia de Fujian, una ciudad industrial que en la década de 1980 se convirtió en una de las primeras Zonas Económicas Especiales (ZEE). Xi se benefició políticamente de la represión de la Plaza de Tiananmen en 1989, ascendiendo en la jerarquía del partido con los triunfos de Deng, cuyo famoso "Viaje al Sur" de 1992 Xi pudo observar de primera mano. Secretario del Partido en el distrito de Ningde en la década de 1990 e incorporado al Comité Central del PCCh en medio de la crisis financiera asiática de 1997 (ayudado por las maniobras burocráticas del entonces presidente Jiang Zemin), Xi Jinping se trasladó posteriormente a la provincia agraria de Zhejiang a principios de la década de 2000, donde adquirió cierta notoriedad ya que la proximidad de la provincia a Shanghái hizo que se desarrollara rápidamente: bajo el liderazgo de Xi, las exportaciones de Zhejiang aumentaron un 33 % en cuatro años.

En cuanto a la orientación política, Xi Jinping era un partidario declarado de Deng Xiaoping y su política de reformas procapitalistas. La apariencia conduce al engaño y la exageración si se separa de la esencia de las cosas: a pesar del fortalecimiento de algunos gigantes nacionales (requisito para la proyección internacional, por cierto), Xi Jinping es un rígido defensor del capitalismo chino. Siguiendo los pasos de su padre, el actual presidente de China dio rienda suelta, allí donde trabajó, a las reformas liberalizadoras que devoraron los logros de la revolución de 1949 para catapultar el capitalismo chino a nuevas alturas. Patrocino el fortalecimiento de los principales propietarios privados del PCC, como Jack Ma, dueño de Alibaba, y Li Shufu, propietario de la automotriz Geely (ambos son de la provincia de Zhejiang). Animó a 2.000 empresarios de la provincia costera a invertir en el exterior en 116 países. Observando los tiempos actuales, se descubre fácilmente el origen de los enormes beneficios entregados por Xi Jinping al capital privado, a pesar de las eventuales medidas contra la cartelización de sectores de la economía.

Combinación de Mao y Deng

Sin embargo, la agresividad liberalizadora de Xi nunca implicó una clara separación individual de la figura de Mao. Curiosamente, en realidad ha ocurrido lo contrario. En ocasiones emblemáticas, Xi ha hecho públicos sus homenajes al "Gran Timonel". A finales de 2012, en uno de sus primeros viajes por China como secretario general del PCCh, Xi Jinping visitó la industrializada ciudad sureña de Shenzhen, rindiendo homenaje a la estatua de Mao. En las extensas celebraciones militares del 70 aniversario de la República Popular, Xi apareció en la plaza de Tiananmen con el mismo atuendo maoísta. Esto no es una casualidad. Revestir la línea de profundización de la liberalización a la Deng con la armadura de Mao sirve para señalar, interna y externamente, que China no seguirá el camino de la URSS, sacrificada por la odiada política de Gorvachov, según la ideología del PCCh. En enero de 2013, Xi se dirigió al Comité Central Chino sobre las razones de la caída de la Unión Soviética y la desaparición del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), señalando la "confusión ideológica" como factor central, e identificando la máxima traición que habría llevado al abismo la propia renuncia al legado de Stalin, con las acusaciones de Khrushchev en el famoso XX Congreso del PCUS de 1956.

De hecho, el nuevo gobierno posterior a 2013 no escatimó esfuerzos para hacer entender que China preservaría el legado de Mao, evitando el proceso de "desestalinización" que, a ojos de la burocracia autoritaria de Pekín, fue la decisión que hizo sonar la campana de muerte del PCUS. En ese mismo inicio de su gobierno, en enero de 2013, Xi Jinping fue más allá e incluyó su visión sobre cómo deben verse los periodos históricos en China. Como recuerda François Bougon en "Inside the Mind of Xi Jinping", en su discurso en la Escuela del Partido de Pekín dirigido a los miembros permanentes del Comité Central del PCCh, Xi argumentó que la historia del Partido debía considerarse como un todo, sin la fragmentación de sus partes. Haciendo hincapié en las épocas de la "implantación del socialismo" de Mao Zedong en China, y la era de la reforma y la apertura de Deng Xiaoping, que dio paso al "socialismo con características chinas", el nuevo presidente concluyó que los treinta años de maoísmo (entre 1949 y 1979), y los posteriores treinta años de reformas procapitalistas son complementarios; no deben separarse el uno del otro, y mucho menos oponerse. En parte, Xi bebía en la fuente de las resoluciones de 1981 sobre "Algunas cuestiones sobre la historia de nuestro partido desde la fundación de la República Popular China", adoptadas en el sexto pleno del undécimo Comité Central del Partido, según las cuales era necesario distinguir el pensamiento de Mao, de los errores que había cometido su figura política. Pero Xi elevó esta decisión a la categoría de una concepción integral que respalda el derecho histórico del PCCh al poder. En ese discurso dejó claro que evocaba la síntesis entre las dos épocas, la de Mao y la de Deng, la de la fundación de la República Popular con la de las reformas procapitalistas, como pilar del nuevo régimen: al igual que sería incorrecto invocar a Mao para criticar las reformas de apertura, sería inaceptable señalar las reformas como punto de apoyo crítico a Mao. En palabras de Xi:

Nuestro Partido ha dirigido al pueblo en la construcción del socialismo durante dos épocas, antes y después del período de reforma y apertura. Estas dos épocas están mutuamente conectadas, aunque difieran entre sí en muchas cosas, pero ambas son períodos en los que la construcción del socialismo fue implementada y explotada por nuestro Partido a la cabeza del pueblo. El "socialismo con características chinas" se inició con el nuevo período histórico de la reforma y la apertura, pero también se inició sobre los cimientos del sistema socialista ya establecido en la Nueva China [...] Aunque haya grandes diferencias entre los dos períodos en cuanto a la ideología, la política gubernamental y el trabajo práctico, no pueden separarse, y menos aún ponerse en oposición. El período histórico que precedió a la apertura y a la reforma no puede ser negado por el que le sucedió; tampoco puede utilizarse el período histórico que precedió a la apertura y a la reforma para negar el período posterior.

La conducta gubernamental de Xi Jinping es ilustrativa de la puesta en común de los rasgos distintivos de las épocas Mao-Deng, cristalizados entonces en el concepto "los dos que no se pueden negar" (liangge buneng fouding). En otras palabras, ni la era de la reforma ni la era de la apertura podían utilizarse para negarse mutuamente. En diciembre de 2013, en el 120º aniversario del nacimiento de Mao, Xi Jinping rindió homenaje al Gran Timonel en términos benévolos: se trataba de indicar la línea maestra del gobierno, que busca perpetuar el dominio del capitalismo chino bajo la égida del Partido Comunista, como soñó Deng Xiaoping. La ironía es que la complementariedad entre las dos épocas, si no fue virtuosa, sin duda operó en común en un aspecto primordial, que a la burocracia le interesa menos destacar: la preservación de la concepción estalinista del socialismo en un solo país para China, como bloqueo a la expansión internacional de la revolución y que resultó en la restauración capitalista por las propias fuerzas del PCCh.

Ascendiendo la montaña burocrática

Pero esto, aunque arroja luz sobre la concepción impulsora del nuevo gobierno, sigue sin explicar la elección de Xi Jinping. Frente a una nómina de burócratas empeñados en la restauración acelerada del capitalismo, tras el triunfo del ala de Deng contra el ala de los restauracionistas "moderados" (Chen Yun, Deng Liqun) a mediados de los años noventa, Xi Jinping no se erigió con ninguna capacidad extraordinaria a pesar de figurar entre los funcionarios bien situados en el Comité Central.

El sinólogo británico Kerry Brown, en su libro "CEO, China: the Rise of Xi Jinping", explica que en 2007, poco antes de la remodelación del liderazgo del partido en 2012 (el último año del gobierno de Hu Jintao-Wen Jiabao), tres nombres figuraban entre los más mencionados en la línea de sucesión: Li Keqiang, Li Yuanchao y Xi Jinping. Otro político de prestigio, Bo Xilai, hijo de un veterano del PCCh (Bo Yibo), surgió entre los aspirantes. Aunque menos cercano que los demás a Hu Jintao, Xi Jinping alcanzó el puesto de vicepresidente de la Comisión Militar Central, una institución clave en la política china cuya dirección aseguró el dominio indiscutible de Mao y Deng. Este paso supuso una ventaja considerable para Xi, complementada por un juego de fortuna: ante las acusaciones de corrupción de Chen Liangyu, jefe del Partido en Pekín, la burocracia del partido elige a Xi Jinping como su sustituto. El control de las provincias, o de ciudades estratégicas como Pekín, ha sido la plataforma más importante para ascender en la jerarquía interna del Partido Comunista desde su creación. Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi Jinping fueron líderes provinciales que llegaron a la cima de la burocracia de Pekín. Las provincias chinas tienen economías y densidades de población que a veces superan las de muchos estados nacionales. Henan y Sichuan tienen más de 100 millones de habitantes cada una, Shangái tiene el PBI de Finlandia y Guangzhou el de Indonesia. Esto confiere un inmenso poder a los líderes de estos colosos provinciales, que constituyen el grupo más influyente dentro de un Comité Central poblado por ministros, presidentes de empresas estatales y propietarios privados.

Con estas credenciales necesarias, Xi Jinping asumió la presidencia de la República Popular China en noviembre de 2012, ascendiendo también al cargo de presidente de la Comisión Militar Central y al de secretario general del PCCh. Pero estas credenciales necesarias no eran suficientes por sí mismas. Xi demostró ser el más capaz de encarnar las tendencias bonapartistas y nacionalistas que exigía la crisis económica mundial de 2008 y sus efectos en China en 2013. El bonapartismo, según la tradición marxista, distingue a una figura política autoritaria que, ante el enfrentamiento de las clases sociales en momentos de crisis y para evitar procesos abiertos de revolución y contrarrevolución, se eleva aparentemente por encima del eje de las clases y de su representación parlamentaria, convirtiéndose en un "juez árbitro" de la nación; este dominio del sable no está suspendido en el aire: sociológicamente, sirve a los intereses del sector y empresa más fuerte de la clase explotadora (el capital financiero), y políticamente sitúa el eje de su poder en la policía, la burocracia estatal y la camarilla militar” [2]. En el caso de la China capitalista, cuyo sistema presenta muchas diferencias con respecto a las formaciones occidentales, esta característica bonapartista afecta también, como un factor tan importante como los mencionados anteriormente, a la preservación del poder del Partido Comunista como fuerza política de dominio indiscutible. Xi Jinping reunió en sí mismo las mejores características disponibles para mantener el poder del PCCh en tiempos de crisis mundial. Como tal, se alzó como la fuerza más bonapartista para la defensa de los intereses de la casta burocrática de Pekín.

Los cuatro pilares de Xi

Podemos señalar cuatro ejes de intervención de esta fuerza social representada por Xi Jinping, y que le dieron amplios poderes. En primer lugar, desde el punto de vista económico, Xi representó la creciente necesidad de desarrollo tecnológico de China. A diferencia de Li Keqiang (que estudió Derecho) y Li Yuanchao (que estudió Historia), Xi tenía formación en ingeniería y ocupó comités responsables del desarrollo de la investigación y la innovación en los departamentos estatales. El actual presidente chino se opuso a lo que llamó "estructura industrial irracional" combinada con una "capacidad de innovación inadecuada". La carga presupuestaria dedicada a la investigación y el desarrollo (I+D) se ha disparado desde 2013. El gasto en I+D de China, en relación con el PBI, creció del 0,7 % (2.800 millones de dólares) en 1991 al 2,2 % del PBI (263.000 millones de dólares) en 2017. Según el Centro Común de Investigación de la Unión Europea, China fue el mayor usuario del sistema internacional de patentes por primera vez en 2019, seguido de Estados Unidos, Japón, Alemania y Corea del Sur. En el ranking publicado en 2019 por la Comisión Europea de las 2.500 empresas del mundo que más invierten en investigación y desarrollo, China es el segundo país con más empresas, por detrás de Estados Unidos, seguido de Japón y Alemania. El gasto total en I+D de China alcanzó los 2,214 billones de yuanes (unos 321.300 millones de dólares) en 2019, un 12,5 % más, o 246.570 millones de yuanes, en comparación con 2018, según un informe del Ministerio de Ciencia y Tecnología y el Ministerio de Finanzas. El resultado de este movimiento ha sido una competencia por la primacía tecnológica con Estados Unidos. Este énfasis de la tecnología en el régimen de Xi ilustra la respuesta que China se vio obligada a dar ante la crisis del comercio mundial con la Gran Recesión de 2008. Más que eso, Xi fue proactivo y se encargó de llevar a cabo, de forma gradual pero segura, el cambio necesario en el patrón chino de acumulación capitalista, reduciendo la dependencia de la economía china de las exportaciones de bajo valor añadido, y desarrollando las bases de una economía de producción de alto valor añadido basada en el fortalecimiento del mercado interno. Con Xi, la fábrica del mundo debería convertirse en la inteligencia artificial de circuitos integrados del mundo. Tanto es así que el XIV Plan Quinquenal, por primera vez en la historia de la República Popular China, tiene un capítulo especial dedicado a la tecnología. Como informa Jaime Santirso, de El País:

En términos prácticos, el impulso estatal a la innovación, un concepto abstracto, se traduce en más recursos. El Gobierno prevé que en los próximos cinco años la inversión en investigación y desarrollo crezca a un ritmo anual superior al 7 %, una cifra viable, ya que en el último cuarto de siglo nunca ha bajado del 8 %. En términos absolutos, China dedica el 2,4 % de su PBI a esta partida, tres puntos porcentuales menos que Estados Unidos. Los recursos se destinarán a sectores considerados estratégicos. El plan menciona siete: la inteligencia artificial, la información cuántica, los semiconductores, la neurociencia, la ingeniería genética, la medicina clínica y la exploración del espacio, las profundidades oceánicas y los polos. El tema central es la autosuficiencia: un concepto transversal en la planificación, ya que China pretende reducir sus vulnerabilidades y blindarse frente al exterior.

Desde el punto de vista de la seguridad interna, China se enfrentó en 2009 a una insurgencia amenazante en la región separatista del Tíbet y a movilizaciones de la población musulmana en la región de Xinjiang, en el noroeste del país. Estos fenómenos de resistencia al autoritarismo estatal y en defensa de la autodeterminación nacional de los pueblos oprimidos por China hicieron tambalear la confianza del gobierno de Hu Jintao. A mediados de la década de 2000, las llamadas "revoluciones de colores" en varios países que formaban parte de la antigua Unión Soviética, como Ucrania, Georgia y Kirguistán, ya habían hecho saltar las alarmas en la burocracia china. No menos llamativos fueron los procesos de la Primavera Árabe de 2011, con movilizaciones de masas que derrocaron a dictadores en Túnez, Egipto y Libia (procesos que, en ausencia de una fuerza independiente de la clase trabajadora, fueron derrotados). La cuestión de la unidad nacional china, siempre una delicada llaga para el gobierno, se convirtió en una preocupación aún mayor con estos hechos políticos que aumentaron la desconfianza en Pekín sobre las intenciones de las potencias occidentales. Del Tíbet a Xinjiang, de Hong Kong a Taiwán, creció el sentido de autopreservación de la burocracia del PCCh, que depende de los logros de la unificación nacional heredados (e incompletos) de 1949. Xi Jinping, como presidente de la Comisión Militar Central y jefe supremo del Ejército Popular de Liberación, representó a la perfección el sentimiento agresivo del segmento mayoritario del gobierno sobre la defensa de su territorio, pero también de la necesaria realización de las tareas de unificación nacional. Ha impulsado la virtual incorporación de Hong Kong al territorio chino, con la aplicación de la Ley de Seguridad Nacional en la ciudad financiera, e invoca un discurso cada vez más amenazante en favor de la reincorporación de Taiwán –que es muy importante para los planes de desarrollo tecnológico chino al tener en su territorio al principal productor mundial de semiconductores (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company)–. La retórica de Xi contra el imperialismo estadounidense ha adquirido un tono mucho más asertivo contra cualquier amenaza de injerencia extranjera en los asuntos chinos.

Socialmente, Xi Jinping ha encarnado la represión virulenta de cualquier manifestación de los trabajadores chinos en el terreno de la lucha de clases. En la nueva fase de la historia nacional china, tras la crisis mundial de 2013, no se toleran las manifestaciones de los trabajadores, además de la habitual asfixia de las iniciativas para organizarse independientemente del aparato sindical oficial. Los años de crisis económica fueron tiempos de aumento exponencial de las huelgas de trabajadores en China. Los disturbios en huelga –que en la terminología gubernamental aparecen como "incidentes masivos"– aumentaron de 87.000 en 2005 a 127.000 en 2008, en plena Gran Recesión. Los datos de los tribunales de arbitraje en materia laboral confirmaron este monumental crecimiento de las huelgas en 2008, que casi se duplicaron respecto a las cifras del año anterior. El China Labour Bulletin (CLB), por su parte, identifica la tendencia de crecimiento de las huelgas laborales entre 2013-2014, un periodo de caída de las exportaciones y del superávit comercial chino, lo que se traduce en la menor tasa de crecimiento del PBI en décadas.

El récord se estableció en 2015, cuando se registraron más de 2.700 huelgas en China (en 2018 hubo 1.700 huelgas, frente a las 1.200 registradas en 2017).

Militarmente, el programa central de Xi Jinping es la modernización acelerada de las Fuerzas Armadas chinas. China ya no puede contenerse dentro de sus propias fronteras nacionales, ya que su influencia económica y, en consecuencia, política tiene alcance internacional. Por tanto, la tradicional cautela geopolítica china debe combinarse con elementos de mayor asertividad en el ámbito regional. La remodelación de las bases de crecimiento de China la sitúa directamente en una trayectoria de colisión con el status quo de la estructura de seguridad asiática, que desde la Segunda Guerra Mundial ha estado bajo la responsabilidad de Estados Unidos. Como presidente de la Comisión Militar Central y comandante supremo del Ejército Popular de Liberación, Xi Jinping ha encarnado el programa de modernización acelerada del arsenal bélico chino para romper con el status quo de la estructura de seguridad asiática. De forma subrepticia, Pekín desea comunicar que Asia ya no pertenece a los estadounidenses, y que son las naciones asiáticas las que ejercerán el control de la seguridad de las rutas comerciales y marítimas estratégicas del Océano Pacífico. Esto es así porque el control de Asia sirve de plataforma para la proyección del poder de China sobre todo el mundo.

Hay otra forma de ver el ascenso de Xi Jinping, combinable con la primera apreciación: simplemente heredó del pasado las tareas inconclusas de los últimos líderes. Este elemento subraya la continuidad, más que la discontinuidad, con el legado político de las generaciones anteriores. La coherencia con la historia pasada del gobierno del Partido Comunista no es un factor secundario en la elevación de un líder en la China post-Mao. En su década en el poder, Hu Jintao insistió en la necesidad de perseguir el desarrollo científico y lograr una sociedad moderadamente próspera para 2035, puntos programáticos marcados con énfasis en las banderas de Xi Jinping. Las críticas del actual presidente chino al crecimiento insostenible y desequilibrado de China ya estaban en boca del anterior primer ministro, Wen Jiabao. Estos y otros componentes fueron objetivos heredados por la nueva administración. La capacidad de cumplir estos objetivos influyó sin duda en la unción de Xi, más allá de los nuevos retos que planteó la crisis económica de 2008. Estas capacidades se refieren, nada menos, que a la preservación de las fortalezas morales de los dirigentes del PCCh ante el pueblo.

¿Burocracia posmaoista o clase obrera en acción?

En definitiva, Xi se inscribe en la tradición de las proyecciones políticas a largo plazo características de la administración china posterior a 1949. Para Mao Zedong, el futuro debería corresponder a una especie de paridad de condiciones materiales para todo el pueblo chino, una igualdad que tendría que encajar dentro de un régimen político completamente burocratizado, sin ningún rastro de democracia obrera urbana y rural, y encerrado dentro de los estrechos confines de las fronteras nacionales (la noción reformista-nacional de Stalin-Bujarin de "socialismo en un solo país"). Después de 1978, para Deng Xiaoping, el futuro consistía en el crecimiento económico a cualquier precio, y debía pasar por encima de la preocupación por una cierta paridad de condiciones materiales entre las personas, un pensamiento que se inscribía en el marco de una política restauradora del capitalismo a las puertas de la ofensiva neoliberal a nivel mundial. Para Xi Jinping, que les sigue en importancia, el futuro implica el "sueño chino" (zhongguo meng), una especie de rescate de la milenaria grandeza imperial para proyectar a China al estatus de superpotencia mundial. A partir de 1980, dentro de los parámetros establecidos por Deng tras la muerte de Mao, China debería pasar por tres fases. En la primera fase, la tarea consistiría en proporcionar alimentos y ropa a la población china, aún sumida en la pobreza resultante de las catástrofes del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural. En la segunda fase, China se esforzaría por lograr una sociedad moderadamente próspera (xiaokang sheshui, un concepto extraído del confucianismo) para 2035; esta fase está en curso. En la tercera fase, China debería completar la modernización de sus zonas urbanas y rurales en su conjunto para el centenario de la Revolución China en 2049, convirtiendo al país en una gran potencia mundial. Bougon lo atestigua:

“La fórmula del "Pensamiento de Xi Jinping" anunció una nueva era de treinta años, que se extendería hasta 2050, siguiendo las eras de Mao y Deng, con sus herederos Jiang Zemin y Hu Jintao. Xi se consolidó como maestro y guía todopoderoso de China. Para él estaría reservado conducir a China por un camino que atraviesa dos etapas distintas para convertirse en una "gran nación socialista moderna": entre 2020 y 2035, el objetivo es lograr una "sociedad moderadamente próspera", la expresión confuciana utilizada por Deng; entre 2035 y 2050, la nación china volverá a ser un líder económico mundial. China será "próspera, fuerte, democrática, culturalmente avanzada, armoniosa y hermosa", como dijo Xi a 2200 delegados [...] Para Xi, esta nueva era –su era– será de pleno rejuvenecimiento”.

Estos dos últimos objetivos coinciden con fechas conmemorativas estratégicas: respectivamente, el centenario de la fundación del PCCh y el centenario de la fundación de la República Popular. Como vínculo moderno que conecta el pasado con el futuro, Xi Jinping quiere dejar su huella en esta transición de la sociedad moderadamente próspera al "gran rejuvenecimiento" (fuxing-zhilu) de la nación china como gran potencia. De todo lo anterior se desprende una importante conclusión: no estamos tratando una cuestión individual de la figura de Xi Jinping, extrayéndola de la historia concreta. Aunque las personalidades son muy importantes en la historia política, lo esencial es qué fuerzas de clase y qué programa representan. Su ascenso responde a ciertas tendencias internas de China, y sobre todo externas. La autoridad de Xi está revestida de las necesidades sociales de la burguesía china y de la burocracia estatal ante la crisis económica mundial de 2008 (agravada por la pandemia de 2020), que amenazaba dramáticamente el rumbo previsto, y cuyos efectos solo podían prolongarse con fuertes inyecciones de estímulo fiscal y control social. Es una figura providencial para las necesidades de una burguesía que necesita operar un complejo giro interno que altere el patrón de crecimiento adoptado por China en las últimas décadas.

El único baluarte contra la disputa intercapitalista entre China y Estados Unidos solo lo puede proporcionar la clase obrera china y su acción en la lucha de clases. El nacionalismo reaccionario de la burocracia post-maoísta de Xi no es una alternativa al imperialismo occidental. La fuerza de los trabajadores chinos, como en todo el mundo, está en su unidad, no solo en su propio territorio sino a nivel internacional, a la solidaridad con los musulmanes de Xinjiang reprimidos por Pekín, en la oposición a la explotación de los trabajadores migrantes en Taiwán y en la coalición del PCCh con la junta militar asesina de Myanmar. Este es el verdadero poder del siglo, y es en la lucha de clases donde los trabajadores chinos necesitan construir su propia herramienta política, independiente del aparato burocrático reaccionario del PCCh.

Traducción: Javier Occhiuzzi

Fuentes bibliográficas (no citadas directamente en el texto):

Fulda, Andreas, The Struggle for Democracy in China, Taiwan and Hong Kong, E. Tylor & Francis Ltd, 2019.

Elfstrom, Manfred, Workers and Change in China: Resistance, Repression, Responsiveness, Ed. Cambrigde University Press, 2014.

Elfstrom, Manfred & Kuruvilla, Saros, The Changing Nature of Labor Unrest in Chine, Ed Cornell University ILR School, 2014.

Publicado enInternacional
Claudio Katz

Entrevista al economista argentino Claudio Katz

 

En los primeros meses al frente del Gobierno de Estados Unidos, Joe Biden ha anunciado planes de expansión fiscal y un “giro” keynesiano. En cuanto a la política exterior, “China persiste como el gran enemigo a derrotar.

Con más diplomacia e hipocresía, continuará la estrategia de hostilidades en el Mar de China, la militarización de Taiwán y las provocaciones en Hong Kong”, afirma el economista argentino Claudio Katz. Frente al gigante asiático, “Biden intenta recomponer las alianzas con Europa”, añade el profesor de la Universidad de Buenos Aires, en la siguiente entrevista realizada por correo electrónico.

Claudio Katz ha participado recientemente en el curso internacional El mundo después de la pandemia, organizado por la Academia de Pensamiento Crítico y la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM). Es miembro de Economistas de Izquierda (EDI), investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina y autor, entre otros volúmenes, de Bajo el imperio del Capital (2011); Neoliberalismo. Neodesarrollismo. Socialismo (2015) y La Teoría de la dependencia. 50 años después (2018). Sus artículos y reflexiones sobre Ciencias Sociales, Economía y Marxismo pueden seguirse en la página Web https://katz.lahaine.org

-A principios de junio, 6 meses después que comenzaran a aplicarse las primeras vacunas, la OMS señaló que los países de ingresos altos habían administrado cerca del 44% de las dosis del mundo, mientras que en el Sur global el porcentaje se situaba en el 0,4%. ¿Cabe atribuir alguna responsabilidad a los Estados del Norte y las multinacionales farmacéuticas?

Esa responsabilidad es tan evidente como chocante. Desde el descubrimiento de las vacunas una decena de países se apropió de esos remedios y acumuló dosis suficientes para inmunizar tres veces a su población. El grueso de la población mundial quedó marginado por la espantosa desigualdad que rige en el reparto de las vacunas. Esa inequidad es congruente con el principio del beneficio que ha gobernado toda la gestión de la pandemia.

Los laboratorios archivaron rápidamente su compromiso inicial de comercializar las vacunas a su costo de fabricación y optaron por el incremento de sus beneficios. Impusieron un patrón de precios elevados, en los contratos que suscriben con estrictas cláusulas de confidencialidad. Los países con más recursos abonaron el doble y acapararon de entrada toda la producción. Aunque el descubrimiento de las vacunas se financió con subsidios del estado, las empresas pudieron patentarlas y venderlas como si fueran el fruto de su propia inversión.

La dramática carencia de vacunas en África, América Latina y gran parte de Asia es una consecuencia directa del régimen de patentes. Muchas firmas no pueden fabricarlas por la negativa de los laboratorios a compartir el secreto de su elaboración. Hay empresas que cuentan con el equipamiento necesario para elaborar el producto, pero no tienen acceso a la fórmula o a los procedimientos necesarios para concretar esa tarea.

Algunos expertos estiman que por esa razón se está utilizando un bajo porcentaje de la capacidad instalada. El capitalismo impide la cooperación y refuerza la competencia entre los laboratorios para conseguir los mejores contratos.

Frente a tantas injusticias cobró fuerza la exigencia de anular las patentes del Covid. India y Sudáfrica encabezaron los reclamos para viabilizar esa eliminación, pero Estados Unidos y la Unión Europa han bloqueado esa posibilidad. En el caso precedente del SIDA se logró imponer la fabricación de un genérico, sólo diez años después de iniciado el reclamo y en un dramático contexto de infección. La urgencia de liberar las patentes del Covid salta a la vista. Cuando se difundió la primera propuesta, la pandemia había provocado un millón de muertos y en la actualidad esa cifra se ha triplicado.

-Pero las empresas argumentan que las patentes son imprescindibles para superar esta pandemia y afrontar eventuales situaciones de mayor dramatismo…

El lobby de los laboratorios difunde cataratas de mentiras para proteger sus patentes. Afirma que la producción no podrá incrementarse por falta de infraestructura o conocimientos en las firmas que operan fuera de su control. Pero olvida que los propios fabricantes ya fragmentan esas elaboraciones en cadenas de valor localizadas en numerosas regiones. Tampoco toma en cuenta la gran variedad de vacunas que han aparecido desde el inicio de la pandemia. Lo único que impide salvar más vidas es el inagotable apetito de lucro de Pfizer, Moderna, Johnson, Astrazeneca y cia.

Es totalmente falso que la anulación de las patentes imposibilite las inversiones requeridas para crear nuevas vacunas. El costo de esos descubrimientos es habitualmente asumido por sector público, mientras los laboratorios embolsan fortunas vendiendo esas mismas inyecciones a los estados. En el caso del Covid se ahorraron los gastos de investigación y se enriquecieron con los precios de comercialización. Por eso han logrado récords de ganancias en Wall Street.

Me parece que el rebrote de la pandemia y las mutaciones del virus reavivan la presión para modificar las patentes. Esas adversidades recrean el problema incluso en los pocos países desarrollados que han inmunizado al grueso de su población. Esa protección local no tendrá eficacia, si la enfermedad persiste en el resto del planeta. Una lenta inmunización de la periferia terminaría afectando a los propios centros del capitalismo, al obstruir la recuperación de la economía global.

En la pandemia se ha demostrado que un cataclismo global no puede remediarse con meros correctivos nacionales. La infección ha demolido también la absurda tesis neoliberal que atribuye a cada individuo la responsabilidad de su propia curación. Frente a esa tontería de libre mercado se ha corroborado la centralidad de la salud pública y la necesidad de un compromiso solidario para superar la infección.

El pasado 14 de junio el Gobierno de Argentina informó de que el país había recibido 20,6 millones de vacunas, de las que 9,4 millones corresponden a la rusa Sputnik V y 4 millones a la china Sinopharm. ¿Puede hacerse una lectura geopolítica de estos datos?

Sí, efectivamente corresponde una lectura geopolítica. El gobierno actuó con gran autonomía externa al concertar convenios que irritaron a los grandes laboratorios de Occidente. Resistió la presión de esas compañías para impedir el contrato con Rusia. El veto explícito que interpuso Washington a la adquisición de la Sputnik por parte de los gobiernos estaduales de Brasil ilustra la dimensión de esos aprietes.

Alberto Fernández optó por la compra de esa vacuna, cuando se desconocía su efectividad y sólo Bielorrusia solicitaba su provisión. Actualmente ese producto es apetecido por todos los jugadores del universo farmacéutico. El gobierno demostró la misma independencia cuando negoció con China la adquisición de varias partidas de Sinopharm.

El oficialismo acordó, además, la próxima elaboración de ambas vacunas en laboratorios instalados en el país. La Sputnik comenzará a fabricarse en la empresa Richmond y la Sinopharm en el laboratorio Sinergium Biotech. Si se concreta la rápida producción de las dosis previstas, Argentina podría reducir su actual dependencia externa en ese decisivo terreno.

-¿Qué ventajas tendría?

Ese logro permitiría afrontar en los próximos años la previsible demanda de inmunizaciones. En medio del fenomenal retroceso que padece la industria local se ha demostrado que el país preserva cierta solvencia en el campo farmacéutico. Esta elaboración local de las vacunas propina, además, un golpe simbólico a la habitual impugnación derechista de cualquier iniciativa nacional.

Pero los avances alcanzados con la Sputnik y la Sinopharm contrastan con la escandalosa inutilización de 40 millones de dosis de Astrazeneca, que fueron producidas y exportadas durante seis meses por un laboratorio de Sigman. Argentina ha sido el único país que fabricó vacunas en pleno Covid, sin poder aplicarlas en su propio territorio. El estado abonó 50 millones de dólares a esa empresa para elaborar la primera fase del remedio. Su envasado debía concretarse en México para asegurar la inmediata remisión del producto terminado. Pero recién ahora comienzan a llegar las primeras partidas de una inyección que debía aplicarse en enero.

¿Qué ocurrió?

Hubo una extraña maniobra de retención del producto -primero en México y luego en Estados Unidos- que fue amparada con el silencio oficial. Los pretextos que expuso la empresa carecen de credibilidad. Lo cierto es que el gobierno estadounidense aprovechó la colocación de un filtro fabricado en su territorio para bloquear el reenvío de la vacuna. El producto quedó inmovilizado en el Norte, cuando Trump prohibió todas las exportaciones vinculadas al Covid. Paralizaron esas remisiones para reforzar el monopolio de sus laboratorios, mientras Argentina padecía un dramático aumento de los fallecidos.

Frente a esa tropelía, la inacción de Alberto Fernández fue mayúscula. No denunció el bloqueo norteamericano y encubrió al socio argentino. Contó con el llamativo sostén de la derecha, que exceptuó el tema de su campaña contra el gobierno. La pasividad del gobierno frente a las vacunas retenidas en el exterior, contrastó con las acciones legales que por ejemplo inició la Unión Europea frente a maniobras semejantes de Astrazeneca.

Fernández no consideró la propuesta de prohibir la salida del principio activo fabricado en el país para exigir la entrega de los productos exportados. Tampoco evaluó la posibilidad de completar localmente el envasado de la vacuna. Los nuevos convenios suscriptos con Richmond incluyen esa terminación, confirmando la factibilidad de realizar ese proceso en Argentina. Esa inacción del gobierno ha sido congruente con la búsqueda del respaldo político estadounidense. Alberto y su canciller Solá equilibran los actos de soberanía con mensajes de fidelidad a Washington.

-¿Cuál es la situación actual de Argentina?

En la coyuntura actual el país padece la misma carencia de inmunizaciones que afecta al conjunto de América Latina, pero cuenta con más recursos de abastecimiento externo y producción local para revertir ese retraso. Argentina está ubicada en un lugar intermedio en el ranking global de vacunación y afronta una dramática carrera entre el ritmo de las inmunizaciones y los contagios. La segunda ola del Covid ha generado una explosión de contagios con un terrible récord de muertos.

El gobierno ha enfrentado ese rebrote a los tumbos, con grandes vacilaciones a la hora de instrumentar restricciones. Quedó muy afectado por el clima que instaló la derecha durante la cuarentena del año pasado. En lugar de explicar que ese cierre contribuyó a evitar la catástrofe sanitaria de Brasil o Perú, se quedó sin respuestas y ese vacío fue cubierto por la verborragia de los negacionistas.

-¿Se ha utilizado políticamente en Argentina la crisis sanitaria por la Covid?

La derecha transformó a la pandemia en un campo de batalla y utiliza el desconcierto creado por la infección para renovar sus mensajes de privatización. Impugna las experiencias de salud pública y ataca los cuidados requeridos para proteger a la población. Ha instalado, además, un cúmulo de mentiras en torno a las vacunas. Repite que el oficialismo fracasó en el aprovisionamiento de las inyecciones, sin mostrar algún contraejemplo de éxito latinoamericano con sus recetas. Silencia, por ejemplo, sus ensalzados modelos de Chile o Colombia que acumulan inocultables desaciertos.

La decisión oficial de suplir las carencias con la provisión de vacunas Sputnik directamente enloqueció a la oposición conservadora, que presentó incluso una denuncia penal para prevenir el «envenenamiento» que generaría esa inyección. Como esas tonterías quedaron rápidamente desmentidas, los cruzados de la campaña anti-rusa dieron vuelta a la página y optaron por el cuestionamiento inverso. Ahora patalean contra la lenta o parcial aplicación de esa vacuna. Obedecen en forma muy disciplinada las órdenes que reciben de la embajada estadounidense y se han convertido en lobistas de Pfizer. Alaban a esa empresa y enaltecen los viajes de vacunación a Miami, suponiendo que los ricos deben gozar de prioridad frente a la gran masa de pobres desechables. Por distintas vías, la derecha fomenta el descreimiento en los planes de vacunación y espera lucrar con el desánimo que genera la pandemia.

-¿Qué balance harías de la gestión del presidente de Argentina, Alberto Fernández, cumplido un año y medio de gestión? ¿Podría establecerse un hilo de continuidad respecto a los gobiernos de Cristina Fernández?

Fernández asumió el manejo de un país agobiado por décadas de primarización, endeudamiento y precarización y afrontó de entrada la durísima carga legada por el vaciamiento financiero perpetrado por Macri. Esperaba remontar esa adversidad introduciendo mejoras económico-sociales, que no cuestionaran los privilegios de los grupos dominantes. Pero afrontó la desgracia de la pandemia, debió gestionarla en un escenario de furibunda agresión de la derecha y optó por el vaivén y la indefinición en todos los campos.

En el terreno sanitario intentó una gestión progresista. Propició medidas de protección con la drástica cuarentena inicial y una acelerada inversión en camas y hospitales para evitar la saturación de las terapias intensivas. De esa forma logró sortear el tremendo drama atravesado por Ecuador, Perú o Brasil. No hubo muertos en las calles, sepulturas colectivas, ni venta de oxígeno a los desesperados. Esa activa intervención alineó al principio a todo el espectro político, revitalizó la auto-estima nacional y generó gran conciencia de los peligros de la infección.

Pero esos promisorios resultados duraron poco y el operativo sanitario quedó erosionado por la expansión de la pandemia. El resguardo se diluyó, la enfermedad se descontroló y el número de víctimas escaló en forma vertiginosa. Terminó imperando la disolución de las normas de cuidado, bajo la incansable campaña de erosión que la motorizó la derecha sin respuestas por parte del gobierno.

-¿Qué sucedió en otros campos, por ejemplo la economía?

En el plano económico la oposición conservadora impuso de entrada el freno a un proyecto de expropiar una gran empresa quebrada (Vicentin), mientras arrancó concesiones a los financistas mediante la presión cambiaria. Fernández violó ahí su promesa electoral, al sancionar una fórmula de ajuste de las jubilaciones que reduce la incidencia de la inflación. Pero al mismo tiempo resistió las exigencias de devaluación de los principales grupos capitalistas e introdujo un impuesto a las grandes fortunas, que sienta las bases para una reforma fiscal progresiva.

El gobierno navegó entre dos aguas y esperaba retomar el crecimiento por el simple efecto del arreglo de la deuda alcanzado con los acreedores privados. Pero ese convenio no contuvo el desmoronamiento del nivel de actividad, ni suscitó la prometida “confianza” de los mercados.

Como todos sus pares de la región, Alberto intentó contrarrestar el gran confinamiento generado por la pandemia, con mayor expansión del gasto público. Mediante ese auxilio limitó una retracción superior del PBI, pero potenciando el quebranto fiscal, el desplome de la recaudación y un desbarranque mayúsculo de la producción.

Ahora se negocia posponer los pagos de la deuda con el FMI legitimando el mayor fraude de la historia nacional y apostando a una imaginaria benevolencia del Fondo. Lo más preocupante es el continuado deterioro del salario como consecuencia del desborde inflacionario.

-¿Cuál es la conclusión, a tu juicio?

Yo creo que en ese mar de oscilaciones, Fernández no implementa el ajuste, ni la redistribución. Pretende transitar por un camino intermedio que no satisface las necesidades populares, ni avala las exigencias de los poderosos. Por un lado soslaya el freno a la carestía y por otra parte resiste el maximalismo de la derecha. Con emisión, recortes de gasto y un nuevo endeudamiento va tirando a la espera del rebote económico y del resultado de las próximas elecciones de medio término.

Los mismos vaivenes prevalecen en la política exterior. Ha buscado ubicarse en un lugar equidistante junto a México, para apuntalar una alternativa al declive del derechista Grupo de Lima. Pero emite guiños para todos los públicos. Condena y sostiene según la ocasión al gobierno venezolano y toma distancia de la OEA, mientras afianza los vínculos con Israel.

Pero también soporta una fuerte crítica de la derecha….

Sí. Efectivamente Fernández debe lidiar con una oposición que ha buscado instalar el caos, para judicializar y paralizar el sistema político. Los derechistas intentan recuperar el gobierno por cualquier medio, con un proyecto destituyente que ha incluido todo tipo de marchas contra el “totalitarismo populista”. Actúan con la descarada complicidad del Poder Judicial, que tiene en carpeta nuevas variantes del mismo lawfare que llevó a Macri a la Casa Rosada. Cuentan además con el sostén de los principales medios de comunicación, que recurren a una prédica virulenta para crear un clima de crispación.

Los derechistas apuestan todas sus cartas a los próximos comicios y esperan repetir el triunfo conseguido por el trumpismo madrileño contra otro oficialismo progresista. Pero olvidan las grandes diferencias con un contexto latinoamericano signado por el resurgimiento de la izquierda. Además, la marginalidad política del ejército les impide concebir el golpe militar que consumaron en Bolivia y el desprestigio del poder judicial anula el protagonismo que tuvieron los tribunales en Brasil.

-¿Cómo han respondido las clases populares de Argentina?

El lugar preeminente que ha logrado el espectro reaccionario se explica también por la infrecuente desmovilización popular. La pandemia afectó a los sindicatos, en un marco de gran retracción de las luchas y demandas de las organizaciones sociales. La infección desarticuló el funcionamiento de esos movimientos, obstruyó la deliberación, impidió las asambleas y acotó las manifestaciones. Sólo la izquierda de los movimientos sociales mantiene las protestas y por primera vez en mucho tiempo, un gobierno ha logrado desembarazarse de la presión directa que suele imponer la movilización social.

Tomando en cuenta esta variedad de acontecimientos y posturas, yo diría que por ahora Alberto Fernández se ubica en un cuadrante moderado del progresismo. Es evidente que no comparte el signo derechista de Macri, pero también transita por un sendero muy distante de la radicalidad de Evo Morales o Chávez. Es afín al rumbo que inauguraron Néstor y Cristina, pero en un contexto económico-social muy diferente. Todavía no se sabe qué tipo de peronismo prevalecerá con Fernández.

El justicialismo incluyó históricamente variantes de nacionalismo con reformas sociales, virulencia derechista, virajes neoliberales y rumbos reformistas. Menem y Kirchner fueron los exponentes más llamativos de ese pragmatismo, que aún no maduró una modalidad singular con Alberto.

Por otra parte el nuevo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció en mayo unos presupuestos expansivos, planes billonarios en inversiones públicas, empleo y la elevación del impuesto de sociedades. ¿Se trata realmente de un “giro” keynesiano en la política económica estadounidense?

Los planes económicos que mencionas son indudablemente significativos no sólo por la escala del gasto previsto, sino que también se auspician cuando la economía está encaminada hacia la recuperación. Ya no alientan estímulos para contrarrestar la pandemia. Buscan asegurar un repunte que empareje el crecimiento de Estados Unidos con China, frente al continuado freno que registra Europa y Japón. Biden quiere tomar la delantera en la competencia que libra con el gigante asiático.

Pero lo más llamativo es la orientación del nuevo paquete económico. A diferencia de las intervenciones de las últimas décadas, esta vez se avizora un incremento de impuestos a las grandes corporaciones, que será convalidado con el acuerdo internacional para obstruir la evasión de esos gravámenes en los paraísos fiscales. El tradicional socorro estatal a los grandes capitalistas esta vez será reemplazado por iniciativas de mayor recaudación que contradicen todos los dogmas del ofertismo neoliberal.

Hay un giro evidente, no sólo frente a la política de reducción impositiva que propiciaba Trump. El programa de socorro a los bancos con erario público que implementó Obama es reemplazado por medidas de compensación de las pérdidas sufridas por el grueso de la población. Se intenta recomponer los ingresos de los ciudadanos medios con transferencias directas a los contribuyentes. Este viraje en el direccionamiento del gasto público es un dato muy relevante.

Esa iniciativa tiene ingredientes tan keynesianos, como el énfasis puesto en la inversión en infraestructura. La retórica utilizada por Biden para exponer estos proyectos retoma el tono del New Deal, cuestiona espejismo del derrame, convoca a estimular la economía desde abajo y avala el resurgimiento de los sindicatos.

-¿Por qué razones se produce este viraje?

Biden ha tomado nota de enorme retroceso económico de Estados Unidos que se verifica en la pérdida de competitividad fabril. El continuado liderazgo financiero y la significativa supremacía tecnológica del país no contrarrestan ese declive industrial, ni revierten la crisis de largo plazo que afecta a la estructura productiva.

Al igual que todos sus antecesores Trump no logró modificar esa regresión. Su intento de restaurar la “grandeza americana” a costa del resto del mundo fracasó. Sólo pudo inducir un alivio de la coyuntura, sin contener los desequilibrios fiscales y comerciales. Acentuó el deterioro del medio ambiente con la renovada explotación del carbón y el shale-oil y aumentó el riesgo de nuevas burbujas con la desregulación financiera. Biden necesita cambiar ese libreto para buscar otro resultado y ha recurrido al acervo keynesiano.

Ese sorpresivo curso obedece también al resurgimiento de demandas populares, que vuelven a ejercer una influencia social significativa. Por eso Biden emitió un mensaje favorable al renacimiento de los sindicatos. Necesita además impedir la reaparición de Trump, que forjó una gran base social derechista e intentará el retorno si la decepción con los Demócratas se verifica con cierta celeridad.

Estas razones económicas, sociales y políticas internas explican el llamativo rumbo que ensaya Biden, para recomponer la insoslayable cohesión interna que se necesita para intentar restaurar el poder imperial estadounidense en el mundo. Para alcanzar esa ambiciosa meta, un viejo promotor de las reducciones fiscales conservadoras como Biden, ahora propicia medidas contrapuestas de expansión del gasto público social.

Intenta suturar las divisiones internas del país para sostener las acciones imperialistas en el exterior. El neo-keynesianismo de la Casa Blanca apunta todos los cañones a la gran contienda que se avecina con China. Lo ocurrido con Trump demuestra que esa batalla está perdida, si persiste la enorme grieta que fractura a la sociedad norteamericana.

El tono progresista que asume Biden apunta a comprometer a todas las fuerzas políticas del país, en una estrategia común para frenar a China. Busca neutralizar especialmente a la corriente de Sanders para sumarla a esta campaña Yo creo que existe un real peligro de cooptación, si en la izquierda estadounidense persiste la pasiva aceptación del padrinazgo internacional norteamericano.

-¿Opinas que funcionará el plan de Biden?

El nuevo curso recién debuta y conviene registrar sus propios límites. Aunque las mejoras sociales que propone son importantes, con su aprobación Estados Unidos recién comenzaría a aproximarse a las deterioradas prestaciones sociales que imperan en Europa.

Además, el plan de Biden no incluye el salario mínimo que demandan los sindicatos y no destina el grueso de las inversiones previstas a las comunidades más necesitadas. Prevé un número muy acotado de trabajadores alcanzados por la nueva creación de empleos y no incluye una efectiva ley de protección de los derechos gremiales.

En cualquier caso se avecinan grandes conflictos para la aprobación legislativa de las propuestas presidenciales. Los republicanos ya anticiparon su rechazo y la derecha de los demócratas pone muchos reparos. El lobby de los banqueros influye especialmente en ese sector y sus economistas ya están alertando contra el peligro de un “rebrote inflacionario”, si se aprueban las medidas expansivas que propicia Biden.

El próximo manejo de las tasas de interés indicará qué grado de recepción tienen esos cuestionamientos en la cúspide del poder económico. Pero incluso si termina efectivizándose, el nuevo plan keynesiano deberá traspasar el gran test de la utilización capitalista de los fondos públicos. Si en lugar de generar nuevas inversiones, esos recursos se canalizan hacia nuevas burbujas, el resurgimiento keynesiano quedará abortado.

La actual negociación sobre patentes puede anticipar el resultado de las tensiones económicas que se avecinan. Frente a la presión internacional creada por la pandemia, Biden sugirió suspender esas normas de protección para las vacunas del Covid. La Casa Blanca tiene enormes facultades legales para implementar esa decisión y afronta un novedoso escenario de excedentes locales por la inmunización ya completada de gran parte de la población.

Biden intenta tantear en ese terreno de las patentes la recuperación del espacio geopolítico, que Estados Unidos perdió frente a Rusia y China. El localismo egoísta que desplegó Trump debilitó seriamente a la primera potencia. Todos saben que durante la pandemia Washington distribuyó más cachetadas que auxilios entre sus socios y aliados. Pero los laboratorios, los bancos y el Wall Street Journal ya se subieron al ring para impedir cualquier alteración de los derechos de propiedad y la iniciativa oficial está frenada. Veremos si este desenlace anticipa lo que sucederá en otras esferas.

-En la última cumbre de la OTAN, celebrada el 14 de junio en Bruselas, el secretario general de la alianza militar, Jens Stoltenberg, afirmó que la relación con Rusia se situaba “en su punto más bajo desde la Guerra Fría”, y que China “también plantea algunos desafíos a nuestra seguridad”. ¿Auguras diferencias entre la política exterior de Biden y la de Trump?

Biden mantiene el propósito central del establishment norteamericano que es la recuperación del dominio internacional de la primera potencia. Seguirá buscando la forma de contrarrestar la pérdida de autoridad y capacidad de intervención de Estados Unidos y la consiguiente diseminación del poder mundial. Intentará reconquistar esa supremacía imperial para capturar riquezas y disuadir competidores. También perfeccionará la nueva variedad de guerras híbridas que propicia el Pentágono, combinando el cerco económico, la provocación terrorista y la promoción de conflictos étnicos, religiosos o nacionales en los países diabolizados.

Pero enfrentará los mismos problemas que encontraron sus antecesores para lidiar con los pantanos militares de Afganistán e Irak. El nuevo mandatario debe  convivir con el trauma de una superpotencia que pierde guerras y Biden tiene muy fresca la sucesión de frustraciones que tuvo Trump. El magnate no pudo lograr un relanzamiento de la economía utilizando la superioridad militar del país. No doblegó a China, no sumó a Europa a sus operativos, fracasó en el control de la proliferación nuclear de Corea del Norte e Irán y falló en los golpes contra Venezuela.

Para remontar esos resultados Biden pone ahora el acento en la recomposición de la cohesión interna y en la atenuación de la grieta política, las tensiones raciales y la división político-cultural, entre el americanismo del interior y el globalismo de las costas. Con ese nuevo sostén en la retaguardia retomará los propósitos estructuralmente agresivos del imperialismo. Ya seleccionó un equipo de asesores externos especializado en esa política. Todos mantienen estrechos vínculos con el complejo industrial militar.

¿China será el gran adversario?

Sí. El gigante asiático persiste como el gran enemigo a derrotar. Con más  diplomacia e hipocresía, Biden continuará la estrategia de hostilidades en el Mar de China, la militarización de Taiwán y las provocaciones en Hong Kong. Ya retomó la absurda campaña para culpabilizar a Beijing del coronavirus y se dispone a desplegar la tradicional demagogia de los demócratas con los derechos humanos para justificar las intromisiones imperiales.

Biden intenta recomponer las alianzas con Europa para reclutar aliados frente a la creciente tensión que avizora con China. Ya logró un cierto guiño de los socios transatlánticos en la última reunión del G7, pero todas las economías del Viejo Continente mantienen negocios con China que buscarán preservar. Por esa razón es incierto el alineamiento de todo el bloque occidental que demanda el nuevo ocupante de la Casa Blanca. Biden suspendió la guerra comercial de Boeing contra Airbus y parece dispuesto a olvidar las objeciones yanquis a la finalización del gasoducto Nord Stream 2 con Rusia, a cambio de una mayor agresividad contra Beijing. Pero reticencias de Europa al desacoplamiento tecnológico con China son muy grandes e incluyen también a los británicos.

La postura frente a Rusia es más ambivalente. Biden comenzó con insultos contra Putin, pero ya bajó el tono y renegocia un convenio de distensión nuclear. En Medio Oriente, no se avizoran cambios en la simbiosis con Israel y en el apuntalamiento de los sauditas. Pero la reacción frente a los desplantes de Turquía es por ahora tan incierta, como la postura frente al suspendido acuerdo nuclear con Irán. América Latina continúa en el tradicional casillero de patio trasero, pero con grandes tormentas en puerta que Biden aún no definió cómo manejar.

-El gasto militar de China alcanzó los 252.000 millones de dólares en 2020, según el instituto de investigación SIPRI, el segundo del mundo tras el de Estados Unidos. ¿Consideras acertado referirse a un imperialismo chino, por su influencia en África y América Latina? ¿Sería equiparable al estadounidense?

No. Creo que corresponde establecer una diferencia entre ambos contendientes, dado el perfil agresor de Estados Unidos y la conducta defensiva de China. Mientras que la primera potencia busca restaurar su alicaída dominación mundial, el gigante asiático intenta sostener un crecimiento capitalista sin enfrentamientos externos. China afronta, además, serios límites históricos, políticos y culturales para intervenir con actos de fuerza a escala global y por esas razones no integra actualmente el club de los dominadores del planeta. Me parece equivocado caracterizarla como una potencia imperial, depredadora o colonizadora.

Yo entiendo también que China dejó atrás su vieja condición de país subdesarrollado e integra actualmente el núcleo de las economías centrales. Desde ese nuevo lugar captura grandes flujos de valor internacional y comanda una expansión que lucra con los recursos naturales provistos por la periferia. Por esa ubicación en la división internacional del trabajo me parece igualmente desacertado ubicarla en el casillero del Sur Global.

China combina la expansión productiva con la prudencia geopolítica. No condice con el perfil imperial, que se define más por acciones internacionales de dominación que por parámetros económicos. El gigante asiático no participa hasta ahora en la política de sujeción internacional ejercida por los poderosos del planeta a través de sus estados.

Me parece que debemos prestar especial atención a la forma en que Estados Unidos hostiliza a su rival, desde que Obama inició el viraje hacia una confrontación más dura, Trump redobló esa embestida. Designó a China como el enemigo estratégico de su país, introdujo una virulenta agenda de presión económica mercantilista y acentuó la disputa por la primacía tecnológica.

Siguiendo estas pautas el Pentágono comenzó a erigir un cerco, mediante el acoso naval en el mar de China y la gestación de una “OTAN del Pacífico”. Todo el establishment de Washington apuntala esa presión geopolítico-militar. La política previa de asociación económica con China está agotada. Ese entrelazamiento quedó muy erosionado por la crisis del 2008 y ha sido fulminado por la pandemia.

La nueva potencia oriental mantiene una actitud muy distinta a su contendiente. No envía buques a navegar por las cercanías de Nueva York o California. Más bien ejerce su soberanía en un acotado radio de millas y mantiene un presupuesto militar muy inferior a su rival. La estrategia geopolítica china no enfatiza el aspecto bélico. Privilegia el agotamiento económico de su competidor, mediante una política que intenta quebrar el liderazgo estadounidense del bloque occidental.

-Por lo tanto, China actúa como una gran potencia…

Sí. China logró un impresionante protagonismo económico internacional, aprovechando las ventajas competitivas que encontró en la globalización. Pero no comparte la compulsión a la conquista territorial que aquejaba a las grandes potencias del silgo XX. Desenvolvió formas de producción mundializadas y consiguió expandir su economía con pautas de prudencia geopolítica inconcebibles en el pasado.

Los límites que afronta China para actuar como una potencia imperialista derivan del carácter inconcluso de la restauración capitalista y de la propia historia de un país acosado y carente de tradiciones expansionistas.

China obtiene grandes beneficios de sus inversiones en África, pero no despacha tropas hacia ese continente y su única base militar en el neurálgico cruce comercial de Djibuti, contrasta con el enjambre de instalaciones que ha montado Estados Unidos. Evita además involucrarse en los explosivos procesos políticos del continente negro.

También es cierto que lucra con la primarización de América Latina, pero se ubica lejos del intervencionismo estadounidense. No es lo mismo hacer negocios con la venta de manufacturas y la compra de materias primas, que enviar marines, entrenar gendarmes y financiar golpes de estado. China ha consolidado un comercio desigual con América Latina, pero sin consumar la geopolítica imperial que continúa representada por la presencia de la DEA, el Plan Colombia y la IV Flota.

-Por último, en un artículo publicado en La Haine (abril 2021), señalabas un “conflicto que opone a los sectores neoliberales y estatistas” en China. ¿En qué consiste y con qué implicaciones?  

La postura defensiva de China es coherente con el status de un país que se expandió con cimientos socialistas, complementos mercantiles y un modelo capitalista enlazado a la globalización. Esa combinación apuntaló la retención local del excedente. Además, la ausencia de neoliberalismo y financiarización permitió evitar los agudos desequilibrios que afrontaron sus competidores.

Yo creo que el conflicto con Estados Unidos tiene una enorme incidencia en el rumbo que seguirá China. Influirá en la definición del sector que prevalecerá en el comando de la sociedad. La contundente gravitación del capitalismo no se ha extendido aún a toda la estructura del país y una nueva clase dominante maneja gran parte de la economía sin controlar el estado. Ese sector logró revertir la transición socialista previa sin instaurar su preeminencia. A diferencia de lo ocurrido en Rusia o Europa Oriental, en China prevalece una formación intermedia, que no cohesiona a los funcionarios con los capitalistas, en un marco de legado socialista aún presente.

Esa peculiar estructura determina la política exterior diferenciada que te mencionaba en la pregunta anterior. China diverge de Estados Unidos por la vigencia de un status capitalista insuficiente que obstruye la implementación de políticas imperialistas.

Pero la continuidad de ese curso está sujeta al desenlace del conflicto que opone en el país a los sectores neoliberales y estatistas. El primer núcleo aglutina a los grupos capitalistas que auspician el libre-comercio con proyectos expansivos y tentaciones imperiales. El segundo segmento propicia reforzar la gestión estatal, moderar el curso capitalista y preservar la prescindencia geopolítica internacional.

Xi Jinping ejerce un fuerte arbitraje entre todas esas vertientes de la elite gobernante. Y para asegurar la cohesión territorial del país mantiene a raya a los enriquecidos acaudalados de la costa. Ha defenestrado a varios multimillonarios y multiplicado las campañas contra la corrupción, para sepultar los gérmenes que condujeron a la disgregación semicolonial padecida en el pasado.

China evita el conflicto con Estados Unidos, pero la propia búsqueda de ese compromiso está obstruida por la expansión del capitalismo. Las exigencias competitivas que impone el apetito por el lucro acentúan la sobreinversión y las consiguientes presiones para descargar excedentes en el exterior. La distensión con Estados Unidos es socavada por los proyectos expansivos que China acrecienta para atemperar la sobreproducción.

En síntesis: hay un conflicto irresuelto dentro del oficialismo y una tensión con la clase dominante que no maneja los resortes del estado y debe aceptar la estrategia internacional cauta que propicia el Partido Comunista.

Por Enric Llopis | 03/07/2021

Publicado enInternacional
La Comuna en la historia de la izquierda

La Universitat Progressista d’Estiu de Catalunya (UPEC) organizó el 12 de mayo una jornada sobre la Comuna con el sugerente título “El Temps de les Cireres” (El tiempo de las cerezas). Aquí puede verse la grabación de todas las ponencias. Reproducimos la que realizó Miguel Salas.

Gracias por esta invitación que estrecha aún más la colaboración entre la UPEC y la revista Sin Permiso.

Agradezco esta iniciativa que nos permite actualizar el pasado y darle significado hoy a la Comuna. Los hechos que sucedieron en París y en Francia tuvieron una repercusión internacional que cambió y concretó las perspectivas emancipadoras. La teoría se convirtió en práctica: por primera vez se constituía un gobierno dirigido por la clase trabajadora. Y la práctica enriqueció la teoría y permitió comprender mejor los procesos de transformación social.

Su influencia ha llegado hasta nuestros días y sigue siendo una fuente de conocimiento y reflexión, porque cada vez que volvemos a estudiar la historia de la Comuna descubrimos un nuevo matiz gracias a las posteriores experiencias revolucionarias.

En una entrevista que publicamos en Sin Permiso con Kristin Ross, le preguntan sobre su libro Lujo comunal. El imaginario político de la Comuna:

“Este libro vuelve a poner en escena a la Comuna de París en nuestra época. ¿Por qué la Comuna es un recurso que nos permite pensar reivindicaciones políticas actuales? -y Kristin responde- Me alegra que elijas la palabra ‘recurso’ en vez de la palabra ‘lección’”.

Sí. Ciento cincuenta años después, la Comuna sigue siendo una fuente de matices y de recursos, de los que estamos tan necesitados las izquierdas. Sigue viva y necesitamos seguir aprendiendo de ella. Leemos y escuchamos los ecos que nos vienen de lejos, pero lo hacemos mirando al futuro que queremos cambiar.

Lo que nos atrae de la Comuna

¿Qué poderosa influencia la ha mantenido viva durante todo este tiempo? Es cierto que hay bastante desconocimiento y tergiversación sobre lo que fue, pero cuando cualquier persona, cualquier militante o activista social entra en contacto con ella y empieza a conocerla se le abre un mundo de interés, de ansia de saber más, y puede transportarle hasta imaginarse la sociedad que querríamos para el futuro.

Espero que a lo largo de estos debates sepamos transmitir ese interés y ayudemos al renacimiento de muchas de sus ideas y experiencias. El título de esta mesa es “La Comuna de París en la historia de la izquierda”. Podríamos decir que la historia de la izquierda está determinada por la Comuna. Veámoslo.

Muchas cosas cambiaron tras 1871. Una brutal represión acabó con la Comuna, se persiguió al movimiento obrero en toda Europa y especialmente a la I Internacional; también fue el inicio de un periodo de fértil desarrollo del capitalismo y marcó el comienzo del imperialismo; pero la semilla ya había sido plantada, y de las cenizas de la Comuna surgieron los partidos y los sindicatos obreros y se actualizaron sus ideas y métodos de lucha.

Las repercusiones políticas de la Comuna fueron enormes en todo el mundo. El historiador de la Comuna, Lissagaray, escribió: “La atracción del París rebelde fue tan fuerte que hasta vinieron de América para ver este espectáculo desconocido en la historia: la mayor ciudad del continente europeo en manos de los proletarios”. La solidaridad se extendió por todo el continente. August Bebel, diputado socialdemócrata, declaró en el Reichstag alemán: “Si ahora París ha sido vencida, os prevengo que la lucha iniciada no es más que una avanzadilla. Pronto el grito de guerra del proletariado parisino: “¡guerra a los palacios, paz en las cabañas, muerte a la miseria!”, será el grito de guerra de todo el proletariado”. No fue fácil. La reorganización del movimiento obrero costó tiempo y esfuerzos.


La Comuna encuentra un nuevo impulso en Rusia

Fue en la lejana Rusia donde la Comuna encontró un nuevo impulso. Se comenta la anécdota de que cuando la revolución rusa superó los 72 días que la Comuna había durado, Lenin salió a la calle y se puso a bailar sobre la nieve para celebrarlo (es difícil imaginar sus virtudes como bailarín). Sea real o no, las anécdotas suelen reflejar momentos o estados de ánimo. Para los revolucionarios rusos la Comuna fue su referencia histórica, la inspiración teórica y práctica de lo que querían para su país. Por ejemplo, en el catálogo de referencias de las obras de Lenin se encuentran 367 entradas referidas a la Comuna. Regularmente, los aniversarios de la Comuna se aprovechaban para publicar artículos en su prensa o, cuando se podía, celebrar actos conmemorativos. “Todos, en el movimiento actual, descansamos sobre los hombros de la Comuna”, escribió Lenin.

La Comuna estuvo bien presente en los debates más importantes de los revolucionarios rusos. Si se hablaba del carácter de la revolución, aparecía la Comuna para defender el carácter obrero de la futura revolución; si se debatía sobre si la clase obrera estaría o no preparada para dirigir la sociedad, ¡qué mejor ejemplo que lo sucedido en París!; si la polémica giraba en torno a cómo combinar las exigencias democráticas de un país atrasado con el carácter socialista de la revolución, surgía la Comuna para ofrecer ejemplos y argumentos; si se trataba de la actitud a tomar ante la guerra imperialista, solo había que recordar lo aprobado en el Congreso de Basilea de 1912: “Que los gobiernos sepan muy bien que, con el actual estado de Europa y disposición de espíritu de la clase obrera, no podrían desencadenar la guerra sin correr peligro ellos mismos. Que recuerden que la guerra franco-alemana provocó la explosión revolucionaria de la Comuna, que la guerra ruso-japonesa puso en movimiento las fuerzas de la revolución de los pueblos de Rusia”.

Claro que también entre las izquierdas había quienes huían de cualquier referencia a la Comuna o, como mucho, la consideraban un accidente de la historia que no se volvería a repetir o que no correspondía a las particularidades rusas.

La historia lo resolvió. La mayoría de vosotros conoceréis o habréis oído hablar de las Tesis de Abril de Lenin. Son las tesis que defendió en su retorno a Rusia y que dieron un vuelco a la revolución. Si las repasáis, podréis comprobar que básicamente lo que hizo fue adaptar, en realidad podríamos decir copiar, la experiencia de la Comuna a las condiciones del momento.

¿Qué proponen las Tesis de Abril?: “Supresión de la policía, del ejército y de la burocracia (armamento general del pueblo). La remuneración de los funcionarios, todos ellos elegibles y renovables en cualquier momento, no deberá exceder del salario medio de un obrero cualificado”. Es una copia literal de lo que pusieron en práctica los comuneros parisinos. Los revolucionarios rusos también habían aprendido de los errores y las debilidades de la Comuna. Y en las Tesis de Abril se lee: “Fusión inmediata de todos los bancos del país en un Banco Nacional único, sometido al control de los Soviets de diputados obreros”. Como sabéis, en 1871 los parisinos no se atrevieron a tomar el Banco de Francia, dejando de utilizar esa importante palanca financiera. En dichas Tesis hay unas notas de Lenin que dicen: “Sobre la posición ante el Estado y nuestra reivindicación de un "Estado-Comuna"”, y añade a pie de página: “Es decir, de un Estado cuyo prototipo dio la Comuna de Paris”.

Como es de suponer, no todas las izquierdas compartían ni ese entusiasmo ni ese proyecto. En aquella época también había reformistas a quienes la revolución les producía grima; siempre hay quienes están dispuestos a rendirse antes que luchar. Un socialdemócrata alemán llamado Vollmar declaró que a “los comunalistas, en vez de tomar el poder les hubiese ido mejor echarse a dormir”. O quien, como Kautsky, utilizó la Comuna como arma arrojadiza para denigrar la revolución rusa.

A pesar de las diferencias entre marxistas y anarquistas -especialmente porque los segundos rechazan intervenir en política y su comunismo libertario debía producirse de un día para otro-, en torno a la Comuna se produce una mayor aproximación conceptual: la democracia participativa y de base, las comunas como la organización base de la sociedad y una defensa clara de la Comuna parisina como anticipo de una nueva sociedad.

 

Asturias. Nuestra Comuna

El hecho es que, a ojos del mundo, la continuidad de la Comuna fue el poder de los soviets y ambos se convirtieron en la referencia para casi todos los levantamientos obreros y populares. Viajemos ahora hasta la China de los años veinte del siglo pasado. Un país ocupado por potencias extranjeras e inmerso en un proceso revolucionario en el que participan la clase trabajadora y los campesinos, y una burguesía nacional que quiere sacudirse el peso de las potencias extranjeras. Durante el año 1926 se desarrollaron importantes huelgas en la zona de Cantón y Hong Kong, y en el mes de junio se reunió un congreso de 800 delegados obreros en el que se considera el primer soviet del continente asiático. Al año siguiente fue el turno de Shanghái. Una insurrección popular estalló el 21 de marzo hasta el 12 de abril, que fue conocida como la Comuna de Shanghái.

Nosotros también tenemos nuestra Comuna. En octubre de 1934 se había preparado una huelga general contra la entrada en el gobierno de las derechas reaccionarias contrarias a la república. El levantamiento solo triunfó en Asturias, donde se había conformado una Alianza Obrera de todas las izquierdas y sindicatos. La insurrección empezó el 5 de octubre y duró hasta el 18. Como en todo proceso comunal, hubo orden entre las filas obreras y desorden y represión causado por la guardia civil y el ejército (dirigido por Franco; el dictador hizo allí su aprendizaje represor). Se empezaron a tomar medidas de defensa de lo común de carácter socialista, y a organizar la vida en un sentido comunitario. En su libro Hacia la segunda revolución, Joaquín Maurín explica: “Hay otra (fortaleza) que los insurrectos se disponen a asaltar. Es el Banco de España. Nuestros revolucionarios no incurrirán en el grave error de la Comuna (de París) que respetó, cándidamente, el Banco de Francia. […] El Comité revolucionario de Asturias ha aprendido esta importante lección marxista. La dinamita hace saltar hecha trizas la cámara acorazada del Banco de España. Y, sucesivamente, saltan otras cajas en las sucursales de los bancos que hay en las poblaciones de la zona minera. […] El dinero, en último término, no es más que un signo de poder. El banco es un auxiliar puesto al servicio de quien manda. Y los que ahora mandan son los obreros revolucionarios”.

La derecha española utilizó la represión en París para que se aceptara la suya. En la sesión parlamentaria del 5 de noviembre de 1934, Melquiades Álvarez, diputado por Oviedo, evocó los asesinatos del gobierno francés en 1871 para defender la legitimidad de la represión contra el levantamiento asturiano. En esa misma sesión fue más lejos Calvo Sotelo, el dirigente de las derechas reaccionarias, que justificó la represión porque las ejecuciones de los comunards en París habían proporcionado a Francia sesenta años de paz social, o sea, la paz de los cementerios.

La Comuna de París vuelve a ser una referencia durante la revolución de 1936. Un batallón de las Brigadas Internacionales se pone de nombre “Comuna de París”. Conmemorando la Comuna, Federica Montseny, la dirigente anarquista de la CNT, da una conferencia en Valencia en mayo de 1937 en la que defiende la relación entre la experiencia de la Comuna y la revolución que está en marcha en España. “Por primera vez se aplican principios socialistas -dice Federica. [La Comuna] realizó una serie de hechos justos, proclamó una cantidad de principios socialistas por los que ahora precisamente estamos pugnando nosotros. […] Eran comunalistas, como en España lo era el movimiento federalista y libertario”.

La Comuna ha seguido siendo un evocador ejemplo. No podía faltar en el Mayo francés de 1968, en donde se volvió a hablar de la Comuna en París y de la Comuna del Barrio Latino (la de los estudiantes); y especialmente en la huelga general del 13 de mayo, en una manifestación que reunió en París a un millón de manifestantes. En el recorrido ondeaban las banderas rojas, y en un momento determinado un joven subió a una farola a descolgar la bandera francesa y a dejar allí una bandera roja. Fue un reflejo de la Comuna de 1871. La bandera tricolor representaba al ejército que reconquistó Paris a sangre y fuego. La bandera roja era la que ondeaba en las barricadas como enseña de la república de las clases trabajadoras. Sigue viva la Comuna, por ejemplo, en las protestas de los ‘chalecos amarillos’, donde se podían ver pancartas de “Viva la Comuna” y “Viva Louise Michel (una de sus figuras revolucionarias)”. En el movimiento la Nuit Debout, la Plaza de la República de París fue bautizada como “Plaza de la Comuna”.

Continuidad

Hay un hilo conductor que desde la Comuna llega hasta nosotros. Una continuidad, a pesar de las dificultades y de los giros que da la historia, que expresa la incansable lucha por la emancipación social y nacional, por liberar al trabajo del capital. John Reed, el periodista norteamericano que escribió Diez días que conmovieron al mundo, tiene un pequeño relato -que les recomiendo- titulado Hija de la revolución. Sucede en el París de 1914, donde coincide con una mujer joven que cuenta la historia de su familia. Su abuelo luchó en la Comuna; su padre fue un sindicalista revolucionario; su hermano siguió los pasos del padre y fue enviado a la guerra y ella -no os desvelo el final- quiere ser una mujer libre. Esa continuidad es la que convierte en normal, natural, la conmemoración de este 150 aniversario. Como escribió el socialista británico William Morris, “nos plantean de nuevo a todos los socialistas la periódica tarea de celebrarla a la vez con entusiasmo e inteligencia”.

Todos sabemos que la historia no es un proceso lineal, sino que está llena de avances y retrocesos y de sinuosas curvas que nos desvían del objetivo emancipador. Pues, así como la Comuna renace cada vez que hay un proceso revolucionario en marcha, podemos decir que su espíritu ha desaparecido en la práctica de la mayoría de los partidos políticos. ¿Qué tiene que ver el intento de la Comuna de asaltar los cielos, de emancipar el trabajo del capital, con la política de la socialdemocracia que ya en los años veinte del siglo pasado se opuso a la revolución y cuya única tarea parece ser gestionar mejor el capitalismo? En la tradición estalinista se hablaba de la Comuna, incluso se la conmemoraba, para hacer lo contrario. ¿Qué tiene que ver la participación democrática en la Comuna, la elegibilidad y revocabilidad de los dirigentes, con la práctica estalinista de ausencia de libertades? ¿Qué tiene que ver la práctica de la Comuna de que los elegidos debían cobrar el salario medio de un obrero cualificado con los privilegios y la corrupción de la burocracia estalinista? ¿O la aspiración de la Comuna a un gobierno barato con el monstruo de Estado creado por la burocracia estalinista?

Claro que siempre se puede decir que el mundo ha cambiado, que ahora no habría condiciones, que el mundo es mucho más complejo… siempre se pueden encontrar excusas, pero hay algo que no ha cambiado: la necesidad de luchar y acabar con el capitalismo y construir una sociedad igualitaria, solidaria, democrática, fraternal, es decir, socialista.

Puestos a encontrar excusas, también se utiliza aquello de que las propuestas de la Comuna solo servirían para momentos revolucionarios, y ahora no lo son. No es una buena excusa. La participación democrática, la revocabilidad de los dirigentes, la elegibilidad de jueces y funcionarios, un gobierno barato, etc. Medidas que empezaron a aplicar los trabajadores parisinos serían perfectamente posibles en nuestra sociedad actual y una respuesta democrática a los numerosos problemas que arrastramos, desde la desigualdad hasta el crecimiento de la extrema derecha, o hechos como las recientes elecciones en Madrid.

Estudiando el pasado mirando al futuro

Al iniciar esta conferencia me preguntaba, os preguntaba, ¿qué nos atrae de la Comuna?

Me aventuraría a decir qué nos atrae:

  1. A) Su audacia y heroicidad. Fueron capaces de defender su ciudad y su país frente al ejército invasor, mientras la burguesía pactaba con los invasores y prefería sofocar la revolución antes que luchar contra el ejército enemigo.
  2. B) Su energíapara aplicar las medidas que respondían a las necesidades del pueblo trabajador. No tenían un plan preciso, pero tampoco tuvieron miedo para atacar lo que parecía intocable: el ejército permanente, el poder de la Iglesia, la judicatura como un cuerpo ajeno al pueblo. Tampoco se echaron atrás ante la propiedad privada. Las viviendas desocupadas fueron adjudicadas a quienes las necesitaban. Las fábricas abandonadas por sus propietarios empezaron a ser controladas por sus trabajadores. Solo les faltó tiempo para proseguir su labor.
  3. C) Su radicalidad democrática. ¿Dónde se había visto que las clases trabajadoras pudieran gobernar, una tarea que parecía solo reservada a burgueses, a gente con fortuna o abogados? ¿Dónde se había visto que los gobernantes, diputados, jueces podían ser revocados por sus electores si no cumplían con lo acordado? Hasta entonces el Estado había sido un botín para repartirse entre los distintos sectores de la burguesía; la Comuna instauró un gobierno barato del que se podía beneficiar el conjunto de la sociedad. Digamos también que, aunque las mujeres jugaron un importante papel en las decisiones y en la lucha, incluso en las barricadas, no llegaron a conquistar su derecho a votar. La Comuna como célula básica de la nación. No la nación creada desde arriba, sino una federación de comunas que libremente conforman la nación. Su aceptación del extranjero, del inmigrante: algunos de ellos hasta tuvieron puestos de responsabilidad en la dirección de la Comuna. La fraternidad con los pueblos, la Comuna como base de una república universal, decían.
  4. D) Su lucha contra la desigualdad. La libertad y la democracia necesitan asegurar la base material de la existencia, tener una vida digna. Solo pudieron empezar, pero abrieron el camino que siguieron muchas generaciones para conquistar una nueva sociedad.

Esta conmemoración de la Comuna la hacemos estudiando el pasado con los ojos bien abiertos hacia el futuro.

Para acabar, quisiera recuperar un discurso pronunciado en otro aniversario. Cuando se cumplían cien años de la Comuna le concedieron a Pablo Neruda el Premio Nobel de Literatura. En su discurso de aceptación dijo: “Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades)”.

“Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente, -dijo Neruda-. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera”.

“En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: Solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano”.

Por Miguel Salas 

Miembro del consejo editorial de Sin Permiso

Publicado enInternacional
Lunes, 08 Febrero 2021 06:06

Slavoj Zizek y el coronacapitalismo

Slavoj Zizek. Imagen: Gentileza David Levene Eyevine

Experto en tirar frases contundentes, Zizek sostiene que "el capitalismo global no puede contener esta crisis" y que "en la pandemia las divisiones de clase han explotado". El pensador que construyó su obra mixturando y aggiornando conceptos de marxismo y psicoanálisis lacaniano dice que "exigir hoy una vuelta a la normalidad implica una exclusión psicótica de lo real del virus: seguimos actuando como si las infecciones no se estuvieran produciendo realmente”.

 

Algo huele a podrido en Occidente. El filósofo esloveno Slavoj Zizek practica la audacia intelectual con ese estilo que patentó desde su Liubliana natal: la combinación de marxismo y psicoanálisis lacaniano. “La pandemia ha afectado a la economía. Por un lado ha forzado a las autoridades a acciones que casi apuntan al comunismo: una forma de renta básica universal, sanidad para todos. Pero es solo una cara de la moneda. Paralelamente hay grandes corporaciones amasando riqueza y siendo rescatadas por los Estados. Los contornos del coronacapitalismo emergen y con ellos nuevas formas de lucha de clases (...) Lo que más necesitamos es un nuevo orden económico que nos permita evitar la debilitante elección entre resurgimiento económico y salvar vidas”, advierte Zizek en Pandemia 2. Crónicas de un tiempo perdido, publicado en inglés por OR Books, aún sin fecha de edición en España y América Latina.

Descarada concentración

A los 71 años, el filósofo esloveno --que en 2020 publicó el primer volumen Pandemia. La covid-19 estremece al mundo por Anagrama, en traducción de Damià Alou-- acaba de publicar Como un ladrón en pleno día (Anagrama), donde alerta sobre los cantos de sirena de la agonía del capitalismo. La covid ha hecho más visible al ladrón. “La descarada concentración de la riqueza ya no es secreta. Es repugnantemente visible. En el ultracapitalismo, Gates, Soros y el resto son presentados como el consejo de sabios, una nueva aristocracia”, afirma Zizek en una entrevista reciente con el diario El País de España. “Amazon o Microsoft no ejercen la explotación clásica —yo trabajo y tú te llevas el beneficio extra—, sino que privatizan lo que Marx llamaba el bien común, el espacio compartido donde nos comunicamos, y se benefician de las rentas. El capitalismo cambia hacia uno más feudal y digital, donde un par de megacompañías controlarán todo en complicidad con los aparatos de seguridad de los Estados. Ya no es que te tengan geolocalizado (…), eso no da miedo. Es que saben por dónde vas del libro que estás leyendo, la tele reconoce tu expresión facial para ver si te gusta un programa; en Estados Unidos, China o Israel las conversaciones privadas se graban; en Europa ya es difícil encontrar billetes de 100 euros, al final pagaremos mirando a cámara y sonriendo. Y el Estado lo sabrá todo”.

El polémico filósofo arroja preguntas que van al grano de algunas cuestiones: ¿Qué economía no puede sostener las necesarias medidas sanitarias? “El capitalismo global que pide permanente autoexpansión, obsesionado con tasas de crecimiento y beneficio”, responde Zizek. “Como explica Marinov, ‘el instinto de no herir la economía nos ha traído una economía arruinada y un virus que se ha expandido por todas partes y será muy difícil de erradicar’”. Como en el primer volumen vuelve a la carga con una idea: la crisis que generó la pandemia es una oportunidad para instalar un nuevo sistema social. “Creo que algo como una nueva forma de comunismo deberá emerger si queremos sobrevivir (...) El capitalismo global no puede contener esta crisis porque en su centro el capitalismo es sacrificial, en vez de consumir el beneficio inmediatamente debes reinvertirlo, la satisfacción completa debe ser pospuesta (...) Con la pandemia se nos solicita sacrificar nuestras vidas para que la economía continúe, como la petición de algunos trumpistas de que los mayores de 60 años deberían aceptar la muerte para salvar el modo de vida capitalista (...) ¿Puede el capitalismo sobrevivir a este giro en la vida diaria en la que estamos mucho más expuestos a la muerte? No creo. Mina la lógica de posponer el disfrute que le permite funcionar”, escribe Zizek en Pandemia 2.

La nueva clase trabajadora

Zizek (Liubliana, 21 de marzo de 1949) coincide con lo que anunció el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus: “La mayor amenaza a la que nos enfrentamos ahora no es el virus en sí. Más bien, es la falta de liderazgo y solidaridad a nivel mundial y nacional. No podemos derrotar esta pandemia como un mundo dividido (…) El virus prospera con la división, pero se frustra cuando nos unimos”. Para el filósofo esloveno hay que tener en cuenta también las divisiones de clase. “Como escribió Philip Alston en The Guardian: ‘El coronavirus simplemente ha levantado la tapa de la pandemia preexistente de pobreza. La Covid-19 llegó a un mundo donde prosperan la pobreza, la desigualdad extrema y el desprecio por la vida humana, y en el que las políticas legales y económicas están diseñadas para crear y mantener la riqueza para los poderosos, pero no para acabar con la pobreza’. Conclusión: no podemos contener la pandemia viral sin atacar también la pandemia de pobreza”, plantea el autor de Todo lo que usted siempre quiso saber sobre Lacan y nunca se atrevió a preguntarle a Hitchcock, A propósito de Lenin, El títere y el enano, Mis chistes, mi filosofía, La nueva lucha de clases y La vigencia de El manifiesto comunista, entre otros títulos.

“El verdadero problema de la pandemia no es el aislamiento social sino la excesiva dependencia de otros, de lazos sociales. ¿Podemos ser más dependientes que en una cuarentena? La crisis vírica nos ha hecho totalmente conscientes de lo que David Harvey llama la nueva clase trabajadora: cuidadores en todas sus formas, desde las enfermeras a los que nos entregan comidas y paquetes, vacían nuestras basuras. Para los que pudimos confinarnos, estos trabajadores se convirtieron en nuestra principal forma de contacto con otros en su forma corporal”, subraya el filósofo esloveno. “Contra el lema barato de que todos estamos en el mismo barco, en la pandemia las divisiones de clase han explotado (...) Somos bombardeados por celebraciones sentimentales de enfermeras en primera línea de la lucha contra el virus. Pero las enfermeras son solo la parte más visible de una entera clase de cuidadores explotados a los que la pandemia ha visibilizado”, agrega Zizek para dejar en claro las diferencias de clase.

No es la primera vez que Zizek expresa su apoyo a Greta Thunberg, la activista medioambiental sueca de 18 años. “El lazo entre la pandemia y nuestros problemas ecológicos es cada vez más claro. Podemos llegar a controlar la covid pero el calentamiento global exigirá medidas mucho más radicales. Greta Thunberg acertaba al señalar que ‘la crisis climática y ecológica no puede ser resuelta con los sistemas político y económico actuales’”, reconoce el filósofo esloveno. “No estamos ‘destruyendo la naturaleza’, solo cocreando una nueva en la que no habrá sitio para nosotros. ¿No es esta pandemia un ejemplo de nueva y siniestra naturaleza? No nos deberíamos preocupar mucho por la supervivencia de la naturaleza, sobrevivirá, solo que cambiada más allá de nuestro reconocimiento (...) Una nueva ética global es necesaria”.

Rastros del racismo y el sexismo

La corrección política “es una forma de autodisciplinamiento que no permite verdaderamente superar el racismo” para el filósofo esloveno. “Las protestas antirracistas fallan al estar dominadas por la pasión políticamente correcta de borrar los rastros de racismo y sexismo, pasión que se acerca mucho a su opuesta, el control del pensamiento neoconservador (...) ¿Qué quedará si descartamos todos los autores en los que hallemos trazas de racismo y antifeminismo? Todos los grandes filósofos y escritores desaparecerán (...) Descartes es visto ampliamente como el iniciador filosófico de la hegemonía occidental, que es inmanentemente racista y sexista. Pero no debemos olvidar que la posición de Descartes de duda universal es precisamente una experiencia multicultural de cómo la propia tradición no es mejor que las tradiciones que nos parecen excéntricas: para un filósofo cartesiano, las raíces étnicas y la identidad nacional simplemente no son una categoría de verdad (...) No hay feminismo moderno ni antirracismo sin el pensamiento cartesiano. Pese a sus ocasionales lapsus racistas y sexistas, merece ser celebrado”, escribe Zizek en uno de los capítulos de Pandemia 2. Crónicas de un tiempo perdido.

La pandemia se ha convertido en un conflicto de visiones globales sobre la sociedad. “Al inicio, parecía como si cierto tipo de solidaridad básica, con el acento en ayudar a los más amenazados, prevaldría; pero esa solidaridad ha dado paso, como dice John Authers, a ‘una amarga batalla fraccional y cultural en la que principios morales rivales silban como metafísicas granadas –recuerda Zizek-. ¿Somos libertarios que rechazan cualquier cosa que limite nuestras libertades individuales? ¿Utilitaristas prestos a sacrificar miles de vidas por el bienestar económico de la mayoría? ¿Autoritarios que creen que solo el control y la regulación estatal nos pueden salvar? ¿Espiritualistas New Age que creen que la pandemia es un aviso de la naturaleza, un castigo por nuestra explotación de los recursos naturales? ¿Creemos que Dios nos está probando y al final nos ayudará a encontrar una salida? Todas esas ideas se asientan en una visión específica de lo que son los seres humanos. Por eso, para enfrentar la crisis, primero todos debemos convertirnos en filósofos”.

Ese oscuro objeto del deseo

El filósofo esloveno busca materiales para reflexionar en películas o series. En su nuevo libro se refiere a varios títulos de Luis Buñuel que se construyen en torno a la “imposibilidad inexplicable de la realización de un simple deseo. “En La edad de oro, la pareja quiere consumar su amor, pero una y otra vez se lo impide un estúpido accidente; en La vida criminal de Archibaldo de la Cruz, el héroe quiere realizar un simple asesinato, pero todos sus intentos fallan; en El ángel exterminador, después de la conclusión de una fiesta, un grupo de ricos no puede cruzar el umbral para salir de la casa; en El discreto encanto de la burguesía, tres parejas quieren cenar juntas pero complicaciones inesperadas siempre impiden la realización de este simple deseo; y, finalmente, en Ese oscuro objeto del deseo, tenemos la paradoja de una mujer que, a través de una serie de trucos, pospone continuamente el momento final del reencuentro con su antiguo amante… Nuestra reacción a la pandemia de Covid-19 es bastante similar: todos sabemos de alguna manera lo que hay que hacer, pero un extraño destino nos impide hacerlo”, compara Zizek.

Meter el dedo en la llaga es algo que el filósofo esloveno suele hacer con cierta saña metódica. “Con las infecciones por Covid-19 nuevamente en aumento, se están anunciando nuevas medidas restrictivas, pero esta vez acompañadas de la condición implícita (y a veces explícita) de que no habrá retorno al cierre total: la vida pública continuará. Esta condición se hace eco de una protesta espontánea de muchas personas: ‘¡No podemos volver a hacerlo (cierre total)! ¡Queremos recuperar la vida normal! ‘¿Por qué? ¿Fue el confinamiento, para dar la vuelta a la ‘dialéctica en un punto muerto’ de Benjamin, un punto muerto sin dialéctica? Nuestra vida social no se detiene cuando tenemos que obedecer las reglas de aislamiento y cuarentena; en momentos de (lo que puede parecer) quietud, las cosas están cambiando radicalmente. Los rechazos al confinamiento no son un rechazo a la quietud sino al cambio”, analiza Zizek.

Las páginas de cualquier libro son un territorio donde se disputan interpretaciones. “Escucho en las protestas contra el confinamiento una confirmación inesperada de la afirmación de Jacques Lacan de que la normalidad es una versión de la psicosis –precisa Zizek-. Exigir hoy una vuelta a la normalidad implica una exclusión psicótica de lo real del virus: seguimos actuando como si las infecciones no se estuvieran produciendo realmente”.

Publicado enSociedad
Viernes, 05 Febrero 2021 05:50

General Engels

General Engels
  1. Apodado El General por Eleanor, la hija menor de Marx, a la luz de su periodismo militar, "algo que se le pegó de inmediato ya que parecía reflejar igual una verdad más profunda sobre él": su disciplina, el don de pensar estratégicamente, la manera en que dirigía el movimiento comunista, etcétera (Tristram Hunt, Marx’s General. The revolutionary life of Friedrich Engels, 2009, p. 8), Friedrich Engels fue en efecto uno de los principales analistas militares de su época. No es que a Marx no le interesaban las guerras −al final insistía que "la violencia era la partera de la historia"−, pero en asuntos militares y estratégicos, el experto era El General. Engels desarrolló su propio enfoque materialista en cuanto al poder militar, aunque en una curiosa negación a esto y a su propia aversión a los "grandes hombres", se mostraba poseído −muy en el espíritu rancieriano (véase: Jacques Rancière, The names of history, 1994)− por nombres y figuras de verdaderos grandes generales de la historia: Garibaldi, Napier, Napoleón, Wellington... (Hunt, p. 216).
  1. En sus textos, a menudo ignorados por futuras generaciones de socialistas-pacifistas −con notables excepciones de Lenin, Trotsky o Mao− no sólo analizaba los conflictos actuales (el levantamiento en Hungría, la guerra de Crimea, la guerra franco-prusiana, la guerra civil en Estados Unidos, etcétera), sino pretendía ver qué lecciones de las guerras interestatales se podían sacar para las guerras de clases. Ofrecer "un surplus teórico" para el futuro de la revolución, esperando que en algún −inevitable− conflicto mundial los proletarios vueltos soldados voltearían sus armas en contra de sus enemigos de clase y del capitalismo mismo.

A pesar de grandes cambios tecnológicos y estratégicos, sus teorizaciones guardan su relevancia (bit.ly/3cuBxjf), sobre todo en cuanto a las maneras de cómo el desarrollo de las fuerzas armadas y de la tecnología militar siguen el simultáneo desarrollo del capitalismo y la evolución del Estado o de cómo el avance tecnológico y la introducción del nuevo tipo de armamento (véase: F. Engels, The history of the rifle, 1860) moldean el moderno campo de la batalla.

  1. Su contribución radicaba, principalmente, en poner la guerra en contexto del desarrollo capitalista. Para él, el principal "ganador" del progreso militar −muy por encima de la economía y de la sociedad−, era el Estado. Sólo éste, dada su posición monopolística, tenía recursos necesarios para adquirir "los nuevos, centralizados medios de la destrucción a gran escala" y construir y mantener la fuerza de trabajo −"el ejército"− necesaria para operarlos.

Para Engels, el avance tecnológico-militar resultaba incluso en la formación de "un modo social de exterminación", distinto al "modo social de producción" que con su propia dinámica "completaba" al capitalismo (sic). Igualmente, por encima del sector privado, enfatizaba el rol del Estado en el desarrollo de las tecnologías militares y de las fuerzas armadas, algo que cobró particular relevancia en el siglo XX y sigue coexistiendo con un trend de ir privatizando las guerras y relegando "la labor de la muerte" a las compañías privadas, ante la reorganización neoliberal del Estado.

  1. Nunca dejó que sus camaradas se olvidaran de sus tiempos en las barricadas. Teniendo experiencia militar (la artillería de la Guardia Real Prusiana, duodécima compañía), tras el golpe de Estado en Prusia (1849) se enlistó en el cuerpo de voluntarios de August Willich para luchar en contra del absolutismo prusiano: “izó la bandera roja sobre su Barmen natal y resistía hasta donde se podía a la infantería regular, huyendo bajo fuego por el Schwarzwald...” (Hunt, p. 149), primero a Suiza, luego a Inglaterra. Esta experiencia resultó crucial en su papel del principal estratega del socialismo internacional, alimentando su desconfianza en prematuros levantamientos y oposición, junto a Marx, a posteriores llamados de Willich "a la inmediata acción militar", viéndolos como una amenaza a la causa comunista.

Para él, tanto la derrota del ejército campesino de Münzer (1525), aplastado por aliados de Lutero, como los fracasos de las "primaveras" 1848-9, tenían que ver por igual con "disparidades entre la base económica y la superestructura política" y malas decisiones militares (frente a lo que, junto con Marx, desarrolló su teoría de la "revolución permanente", relaborada luego por Trotsky).

5. Lejos de ser "el segundo violín a Marx", Engels −cuyo "retorno" celebramos el año pasado (véase: Memoria,Nº 276, bit.ly/3jkX8fp)− ha sido incluso, como argumenta de manera convincente Wolfgang Streeck, "fundador de una independiente rama de la teoría social materialista que contribuyó al necesario entendimiento de la política y el Estado". Así complementó la concepción materialista de la historia desarrollada por Marx −y él mismo− como una crítica de la economía política, con "algo-como-una-teoría" del Estado y la política. En ningún campo se manifiesta mejor esta contribución que en el terreno de lo militar. Marx incluso, reconociendo su pericia, le encargó escribir un capítulo aparte sobre la historia militar para el primer tomo de El Capital, idea que no prosperó, tal vez porque “todos los datos empíricos ofrecidos por él resistían su ‘subsunción’ en el sistema del fetichismo de la mercancía marxista allí expuesta” (bit.ly/3hO6W0z).

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