"No, la educación por sí sola no resuelve la pobreza"

Entrevista a Cristina Groeger, por Mike Stivers

Durante más de un siglo, una de las ideas más persistentes en la política de EE UU ha sido que la educación es la mejor solución frente a la desigualdad. Pero no es persistente porque sea cierta, sino que lo es porque constituye un mito útil  para las élites políticas y económicas que custodian celosamente su dinero y su poder.

Desde mediados del siglo XIX, el número de niñas y niños que asisten a la escuela en EE UU ha aumentado de modo constante; la igualdad económica, no. Sin embargo, la idea de que la educación escolar es la mejor manera de reducir la pobreza y de reducir la distancia entre ricos y pobres casi ni se discute. En su nuevo libro, The Education Trap [La trampa de la educación], la historiadora Cristina Groeger aborda este mito sin rodeos.

Basándose en el caso concreto de Boston y aplicando la lupa a la situación de finales del siglo XIX y comienzos del XX, Groeger examina la relación entre la escuela y la desigualdad en una época en que la educación pública se expandía con rapidez. En conjunto, la conclusión es clara: el crecimiento masivo de la educación pública no generó prosperidad económica generalizada. Las escuelas formaron a algunos trabajadores que consiguieron empleos bien pagados en la creciente burocracia empresarial. Sin embargo, al socavar las bases de los poderosos sindicatos de oficio y establecer un sistema de acreditación, las escuelas también consolidaron la estratificación social existente.

El libro de Groeger muestra la escabrosa historia de la educación como instrumento de lucha contra la pobreza. Tal vez lo más importante es que ayuda al personal enseñante y a la militancia sindical a pensar en las coas que realmente reducen la desigualdad: programas de gobierno universales y sindicatos fuertes. Mike Stivers, autor asiduo de Jacobin, ha hablado con Cristina Groeger, historiadora que enseña en la Lake Forest College, sobre su nuevo libro y lo que puede lograr o no la educación en una sociedad desigual.

Mike Stivers: La idea básica que abordas en el libro es la que dice que la educación es un instrumento político de lucha contra la pobreza. ¿Qué teoría subyace a esta idea?

Cristina Groeger: La visión de la educación como solución para la pobreza tiene una larga historia, que se remonta a Horace Mann, quien a mediados del siglo XIX califica la educación de la gran igualadora. Sin embargo, en los debates políticos más contemporáneos, el marco dominante es la teoría del capital humano, que proviene de la ciencia económica. Considera que la retribución en el mercado de trabajo refleja el grado de cualificación de una persona, que suele medirse en términos de educación y formación. El argumento de economistas como Claudia Goldin y Lawrence Katz es que en las últimas décadas el cambio tecnológico que favorece al personal altamente cualificado se ha acelerado y que el número de personas inscritas en la educación no ha mantenido el paso, por lo que el número de personas que pueden acceder a los empleos mejor pagados es limitado. Así, la solución para abordar la desigualdad social ahora pasa por incrementar el acceso a la educación.

Hay un montón de datos que demuestran que un alto nivel educativo no se traduce automáticamente en un salario más elevado. Pero la relación entre educación y desigualdad también es más compleja. En comparación con otros países, EE UU ha tenido durante mucho tiempo una de las tasas más altas de acceso a la educación del mundo, pero también tiene una de las tasas de desigualdad más elevadas. Esto constituye una paradoja si pensamos que la educación es la mejor vía para reducir la desigualdad.

Podemos hallar un temprano predecesor del modelo de capital humano en los reformadores progresistas de comienzos del siglo XX, que pensaban que el motivo por el que el personal subalterno percibe salarios bajos es la falta de cualificación. Así, si puedes formar a trabajadoras domésticas en escuelas de administración de tareas domésticas, no solo aumentarán sus salarios, sino que también se transformará la ocupación en algo más parecido a una profesión. El problema era que muchas trabajadoras domésticas y otros trabajadores poco cualificados no tenían tiempo para asistir a esas escuelas. Tampoco se tenían en cuenta los motivos por los que muchas personas afroamericanas permanecieron estancadas en empleos mal pagados: no se debía a que no estuvieran suficientemente cualificadas o a su bajo nivel educativo, sino al racismo imperante en el mercado de trabajo u otras clases de desigualdad que estructuran este mercado.

Mike Stivers: Tu libro comienza en la Gilded Age, cuando Boston y muchas otras grandes ciudades de EE UU decidieron invertir masivamente en la educación pública. ¿Por qué la expansión de la escuela pública se convirtió en el buque insignia de la reforma frente a otras opciones que había sobre el tapete?

Cristina Groeger: Había una amplia coalición de apoyo a la educación pública. Los reformadores progresistas pensaban que la educación era la mejor manera de sacar de la pobreza a la clase trabajadora menos cualificada y de integrar a la inmigración. Para las empresas, la educación pública era un medio atractivo para reducir sus costes de formación ‒podían descargarlos en el sistema escolar‒ y además reducía las presiones de que eran objeto para que mejoraran las condiciones de trabajo o aumentaran los salarios. Pero también sostengo que había un amplio apoyo por parte de la clase obrera a favor de la educación pública, especialmente de la que impartiera formación de cara al sector de oficinas, que crecía explosivamente: administrativos, secretarias, mecanógrafas, contables.

Este es el único sector en que el modelo de capital humano viene muy bien para describir la dinámica. Montones de estudiantes, en su mayoría mujeres blancas e inmigrantes de segunda generación, utilizaron las escuelas, especialmente los institutos públicos, para acceder a nuevos tipos de empleos de cuello blanco. Esta fue la base material de la ideología de la educación como instrumento de movilidad social, aunque solo describe a un conjunto específico de estudiantes que accedían a un sector de empleo específico en aquel periodo histórico.

Mike Stivers: Había gente de izquierda que decía que al preparar a la futura fuerza de trabajo, la escuela pública estaba subvencionando la formación para el empleo a las empresas privadas. La alternativa, señalan, sería que se formara a la mano de obra a expensas de las empresas, algo así como una formación práctica. Pero esto era exactamente lo que muchas empresas trataron de hacer a comienzos del siglo XX, mientras que los sindicatos de la época se oponían con uñas y dientes a ello. ¿Por qué?

Cristina Groeger: En aquel entonces casi no había sindicatos en el trabajo de oficina y básicamente ninguna oposición a la expansión de la formación. El sector profesional y el industrial ya eran otra historia. La fuerza de trabajo profesional estaba organizada en sindicatos de oficio y su fuerza se derivaba de su capacidad de controlar el acceso a determinados oficios a través del proceso de aprendizaje sindical. Las empresas que contrataban a profesionales pretendían eludir a los sindicatos y el proceso de aprendizaje, tanto porque regulaba los salarios que tenían que pagar a los y las aprendices como porque a las empresas no les gustan los sindicatos y querían socavar las bases de su poder.

La fuerza de trabajo profesional consiguió cerrar muchas escuelas de oficios privadas y alejar el plan de estudios de las cualificaciones profesionales específicas en la educación industrial pública. El sector de la construcción es todavía uno de los pocos oficios en que existe el aprendizaje sindical y esto se debe a que los sindicatos no cedieron el control de la formación a una entidad externa como el sistema escolar.

Mike Stivers: También señalas que no es cierto que las empresas impartieran la formación a título gratuito. Apareció toda una nueva categoría de escuelas privadas que impartían formación a título oneroso. Esto se parece a lo que ahora llamamos academias privadas con fines lucrativos.

Cristina Groeger: Sí, y esto también varía según el sector. Había algunas escuelas de oficios privadas, en muchos casos relacionadas con empresas. Sin embargo, el crecimiento real del sector con fines lucrativos a comienzos del siglo XX se dio en el trabajo de oficina, donde las escuelas podían ofrecer formación sin apenas oposición por parte de una fuerza de trabajo que no estaba organizada. Estas escuelas de formación profesional, o escuelas comerciales, acapararon una parte importante del panorama educativo hasta que fueron desplazadas los institutos públicos de enseñanza.

Mike Stivers: Cuando las escuelas públicas pasaron a impartir formación práctica, después de años de lucha entre sindicatos y empresas, los empresarios estaban más interesados en que esas escuelas enseñaran lectoescritura y aritmética básicas. Los empresarios no querían que las escuelas impartieran cualificaciones profesionales como, digamos, carpintería o mecánica. ¿Por qué?

Cristina Groeger: En el libro sostengo que podemos contemplar el ascenso de la producción masiva, especialmente alrededor de la primera guerra mundial, en parte como una estrategia encaminada a reducir el número de trabajadores profesionales en general y desplazar al conjunto de la fuerza de trabajo a nuevos tipos de trabajo en que tengan menos fuerza. Se trata también de trabajadores y trabajadoras que no cursan la mayor parte de su formación en el puesto de trabajo, sino en escuelas. Esto incluye a maquinistas inmigrantes que tienen nociones básicas de lectura, escritura y cálculo, que pueden adquirir en la escuela primaria, pero que por lo demás pueden formarse muy rápidamente en el puesto de trabajo.

Ahí está incluida la nueva fuerza de trabajo de cuello blanco, en su mayoría estudiantes que han obtenido el bachillerato y que nutren la burocracia que acompaña a las industrias de la gran producción masiva. Y las escuelan capacitan asimismo a un número muy reducido de administradores educados en la universidad e ingenieros superiores. Así vemos que las empresas pueden apoyarse en distintos tipos de escuelas para diferentes segmentos de su fuerza de trabajo, pero ya en las décadas de 1920 o 1930 se trata también de una fuerza de trabajo que en su gran mayoría no está sindicada y tiene menos poder que sus contrapartes en los tipos de trabajo profesional de antaño.

Mike Stivers: Así es. Señalas que este surgimiento de una clase supervisora ‒hablas mucho de ingenieros de alto nivel, altamente cualificados‒ está estrechamente relacionado con el taylorismo y la descualificación sistemática de la mano de obra.

Cristina Groeger: Podemos ver estas dos caras de la misma moneda. A medida que las empresas pasan a un modelo industrial de producción masiva, que depende del personal de montaje en la base y una nueva fuerza de trabajo de cuello rosa que está ampliamente feminizado, vemos un grupo masivo de trabajadores y trabajadoras que tienen muy poco poder y una nueva clase directiva en lo alto. Esta fuerza de trabajo es mucho más barata. A menudo, las mujeres que realizan estos trabajos cobran la mitad de lo que perciben los hombres, y se trata de una fuerza de trabajo que carece fundamentalmente de sindicatos, de fuerza organizada. Y a medida que se expande la fuerza de trabajo de cuello blanco, deja de ser un tipo de aprendizaje mercantil muy exclusivo y prestigioso a lo que ahora llamaríamos una categoría de cuello rosa.

Mike Stivers: También documentas que la mano de obra afroamericana alcanzaba algunos de los máximos niveles educativos, pero que aun así permanecía en los puestos más bajos de la escala salarial.

Cristinta Groeger: Sí, y no me esperaba descubrir esto, pero si comparamos el grado de matriculación de niños y niñas de clase obrera, las menores afroamericanas mostraban continuamente niveles superiores de escolarización que sus homólogas blancas nativas o inmigrantes. Sin embargo, siempre acababan en los puestos peor pagados. Este es el ejemplo más claro de la incapacidad de la teoría del capital humano para justificar la retribución en el mercado laboral. La gente afroamericana quedó casi completamente excluida del trabajo administrativo, pese a tener estudios secundarios.

Mike Stivers: Mucha gente piensa hoy en EE UU que un título universitario es un pasaporte a la riqueza y buenos ingresos, pero demuestras que históricamente la implantación de los títulos de bachillerato y universitarios cimentó la desigualdad en la misma medida en que la redujo. ¿Cómo pudo ocurrir esto?

Cristina Groeger: A medida que se masifica la escuela secundaria en este periodo y que nuevas poblaciones ‒inmigrantes, mujeres‒ ocupan puestos de trabajo administrativo, vemos una fuerte reacción por parte de la elite económica y profesional bostoniana. Establecen relaciones con universidades privadas para convertir un título universitario en una importante credencial para los puestos de trabajo mejor pagados en la nueva economía empresarial, cuando en el siglo XIX la mayoría de propietarios y administradores de empresas no tenían ningún título universitario, tal vez ni siquiera el bachillerato. Podemos ver esto mismo también en otras profesiones de salarios elevados, como el desarrollo del derecho mercantil.

En el libro examino la correspondencia entre empresarios y consultores universitarios que ayudan a las personas licenciadas a encontrar un empleo. Es una buena fuente para comprender por qué las empresas prefieren a los titulados universitarios. Observo que parte de su conversación tiene que ver con la cualificación, o capital humano, pero que también tiene que ver con las preferencias de las empresas en materia de raza o clase u otras características personales. Esto significa que las universidades de elite son capaces de reproducir la elite tradicional en estos nuevos puestos empresariales, pero ahora las elites tienen una credencial meritocrática para legitimar sus posiciones en la economía.

Mike Stivers: A pesar de su escasa contribución a la reducción de la desigualdad, la idea de que la educación es un instrumento político para superarla sobrevive en todas partes. ¿Por qué es la educación un instrumento político tan atractivo para resolver problemas económicos?

Cristina Groeger: Creo que en parte se debe a que muchas de las personas que promueven la educación pueden imaginar que esta hace tantas cosas diferentes. Vemos lo mismo en el comienzo del siglo XX. Hay una gran coalición de apoyo, a menudo con intereses opuestos en otros terrenos, pero que se unen en torno a la idea de la educación. La idea también persiste porque no cuestiona a algunos de los sujetos más poderosos de la economía. No cuestiona la facultad de los empresarios de pagar el salario que quieran o de establecer las condiciones laborales que se les antoje. Es muy fácil hablar de nobles ideales y propósitos dentro del sistema educativo, pero lo que esta puede lograr tiene sus limitaciones. Y en muchos casos puede correr un tupido velo sobre desigualdades en el mercado de trabajo que desempeñan un papel mucho más importante en la configuración de las desigualdades que vimos a comienzos del siglo XX y que volvemos a ver hoy.

Mike Stivers: Mucha gente de izquierda rechaza que las escuelas sean simplemente un lugar de formación para el empleo, pero la preparación para el empleo sigue siendo también una parte esencial de la finalidad de la educación pública. ¿Cómo debería concebir el movimiento socialista la finalidad de la escuela en el siglo XXI?

Cristina Groeger: En la medida en que la educación es importante para acceder a un puesto de trabajo ‒y en el plano individual, por supuesto, la educación importa‒, no creo que debamos denigrar a los y las estudiantes que acuden a la educación por este motivo. Hay una tendencia a rechazar el carrerismo, o la profesionalización de la juventud estudiantil, lo que en mi opinión le echa la culpa por la economía a que se enfrentan. Si la izquierda desea liberar la educación para otros propósitos creativos o emancipatorios, primero hemos de crear una economía que asegure la subsistencia de todos y todas. Las demandas de gratuidad de la universidad y de universidades no endeudadas son buenas demandas socialistas, pero no son suficientes. Hemos visto cómo las elites pueden crear siempre nuevas barreras utilizando credenciales todavía más elevadas.

Esto me lleva al título del libro, La trampa de la educación. En todo el espectro político se contempla la escuela como la solución de tantos problemas sociales, pero poner el acento en las escuelas puede convenir a quienes gozan del mayor poder económico, porque echa la carga de la reforma sobre las espaldas del estudiantado, del profesorado, lejos de lo que es la causa real de la desigualdad: la falta de poder de la clase trabajadora en la economía y la política.

Las y los profesionales de la educación desempeñan un papel importante en la lucha por el poder de la clase trabajadora. Lo hemos visto en Chicago, donde vivo. Los sindicatos de enseñantes han luchado no solo por sus propias condiciones de trabajo, sino también por un amplio programa político y por inversiones públicas en sus estudiantes y sus comunidades. Y creo que como socialistas, si interpretamos el papel de la escuela en sentido amplio, deberíamos entender que estas campañas de organización también son formas realmente importantes de educación política. Deberíamos promoverlas tanto dentro como fuera de las escuelas.

Por Cristina Groeger | Mike Stivers

23 agosto 2021

14/04/2021

Publicado enSociedad
Jueves, 26 Agosto 2021 05:49

El capital es la verdad neoliberal

El capital es la verdad neoliberal

Fe y progreso en la democracia de los desiguales

 

Tras la conmoción del Covid retorna la música del «business as usual» en una normalidad tan aparente que para diferenciarla de la anterior se le llama eufemísticamente «nueva normalidad». Nueva, pese a que persiste el desorden climático, el crecimiento de las desigualdades sociales, la expansión de los niveles de endeudamiento, la automatización del trabajo, el impulso de la Inteligencia Artificial, y el avance del capitalismo cognitivo, además del ritmo de agotamiento de las fuentes de energía, etc. Es decir; la nueva normalidad es la persistencia de la anormalidad habitual.

Así pues, la nueva normalidad se sostiene tanto sobre la fe tecnológica, como sobre el dopaje monetario de los mercados a los dos lados del Atlántico. Dopaje que recibe el pomposo nombre de fondos «next generation» en la Unión Europea y el gran «Plan de Recuperación» de Biden en EE.UU. En ambos casos el sostenimiento del sistema privado –más allá del clásico neoliberal de la competitividad y de la libertad de mercado sin intervención estatal–, se fundamenta en la financiación pública de las grandes corporaciones y en el mantenimiento de la rentabilidad óptima del capital inversor. Si bien parece contradictorio, lo cierto es que en el mundo real no hay alternativa.

El delirio neoliberal

Si usted es de los que piensan que el neoliberalismo es la fase más avanzada del capitalismo, no se asuste; es normal, pues se trata es una afirmación que muchos pueden compartir sin entrar en más detalle. La anormalidad surge justo en el intento de definir en qué consiste cada cosa. Algunos expertos en la materia piensan que el capitalismo tiene que ver con el mundo bipolar organizado bajo la tensión capital–patrimonio, mientras que otros especialistas, más filantrópicos, son de la opinión de que el neoliberalismo tiene que ver con la lógica que justifica la acumulación de capital en el mundo capitalista.

Sea como fuere existe también la idea extendida de que el neoliberalismo constituye una doctrina de política económica fundamentada en la excelencia de la competitividad por encima de ideas caducas como la igualdad, la justicia basada en la equidad, o la solidaridad. Así, entre los más académicos el neoliberalismo se define, más bien, como una forma de pensamiento pragmático incongruente, de núcleo egocéntrico, que resurge en las primeras décadas del siglo XX en la Europa de entreguerras como revisión del fracasado «laissez faire» del liberalismo del siglo XIX. Revisión que se efectúa frente al avance de los distintos colectivos que revindicaban una democracia de voto universal, la extensión de los derechos y un empoderamiento de los trabajadores.

Desde entonces el neoliberalismo presenta diferentes variantes y capas históricas hasta convertirse en un concepto poliédrico difícil de concretar. Desde una perspectiva histórica el neoliberalismo recibe un primer impulso importante en la Alemania autoritaria de principios del siglo XX bajo el dueto del jurista Hans Kelsen y su influyente doctrina del «positivismo jurídico», y el más reaccionario Carl Schmitt y su doctrina jurídica del «derecho amigo» «el concepto de lo político». Las ideas de ambos no solo sobrevivieron la segunda guerra mundial, sino que fueron modulando con éxito gran parte del pensamiento político y jurídico occidental desde la posguerra hasta nuestros días. No obstante, si el primer impulso tiene alma alemana, el segundo se genera en los Estados Unidos de los años 60 y 70 del siglo XX como proyecto ideológico y económico promovido por el capitalismo corporativo norteamericano que se siente amenazado (1). Consecuentemente el neoliberalismo puede describirse como un pensamiento pragmático que funde dos almas del convulso siglo XX; la alemana y la norteamericana.

El liberalismo del orden, el positivismo jurídico y la libertad de la desigualdad

Bajo la impronta del espíritu alemán –y antes del denominado «Coloquio Walter Lippmann» en 1938 y de la constitución de la Sociedad Mont Pelerín en 1947–, el núcleo económico del ideario neoliberal se empieza a cocer en la Escuela de Friburgo, en la Alemania de los años 30 del siglo XX. El conjunto de ideas se agrupó entonces bajo la denominación de «ordoliberalismo»; o lo que es lo mismo; «liberalismo del orden». Un «orden» que se distingue por detestar la democracia al considerarse incompatible con las dinámicas del mercado y la libre expansión del capitalismo.

Pronto se vio que el «liberalismo del orden» no es posible sin el positivismo jurídico que desecha el concepto de justicia social basado en la equidad para sustituirlo por el más funcional de una sociedad regulada por reglas. De esta forma se hace desaparecer del debate político y académico la lógica de los equilibrios armónicos en un conjunto social integrador, en favor del principio de competitividad entre individuos y de la libertad de mercado. Aquí no hay reparto equitativo porque no se reconoce la riqueza común, y las ganancias son solo atributo del capital.

Ni siquiera el planeta es patrimonio común de la humanidad, y el ejemplo más delirante de esta paradójica realidad lo constituye la explotación de los combustibles fósiles en la doble vertiente de su extracción del subsuelo, como en la vertiente de su enorme responsabilidad destructora del bien común que constituye el medioambiente. Ni el Derecho tiene una concepción ecológica o medioambiental, ni ninguna contabilidad capitalista repercute en su cuenta de resultados las consecuencias negativas de su producción en el medio ambiente físico y social. Sólo China acaba de limitar el desarrollo de su potente industria de videojuegos bajo el convencimiento de que «ninguna industria puede desarrollarse de forma que destruya una generación». (2)

En el capitalismo, la realidad se reduce a lo que se conoce como la economía de goteo que establece, de facto, la estructura jerárquica de la sociedad capitalista. La riqueza pierde entonces su carácter de capital social que solo puede generarse de manera colectiva para transferirse como derecho privado en forma de patrimonio y capital. Napoleón no solo dilapidó el sueño revolucionario de «Liberté, Égalité, Fraternité» con el art. 544 de su código de 1804 por el que establecía la propiedad privada como derecho absoluto natural, sino que también facilitó la lógica ordoliberal alemana de una «libertad» fundamentada en la desigualdad.

Una idea que se desarrolla con fuerza en la segunda mitad del siglo XX bajo la impronta pragmática del espíritu corporativo norteamericano en respuesta tanto al avance del keynesianismo en la Europa de la posguerra, como en contra del despertar de los movimientos sociales con la oleada de huelgas y reivindicaciones de las décadas de los años 60 y 70. No obstante David Harvey (3) destaca, en este sentido, el gran papel decisivo que, en la promoción global de las ideas neoliberales, desempeñan los grandes capitales corporativos que no solo financian las campañas electorales de los políticos norteamericanos, sino que también marcan la agenda política y legislativa del país más influyente del planeta desde la perspectiva económica y militar.

La democracia de los desiguales y el derecho amigo

Así pues, la denominada «democracia liberal» conforma hoy el oxímoron de «la democracia de los desiguales» donde la equidad se reduce a puro formalismo y la armonía social es un sueño irracional. Sin embargo, en la democracia liberal las reglas son la clave del sistema capitalista pues, a duras penas, responden al interés común, sino que, mediante el mecanismo de las mayorías, el poder legislativo sigue, en lo fundamental, la lógica de los intereses de las élites en una sutil variante del «derecho amigo».

Se trata del secreto, a voces, mejor guardado del siglo XX, pese a que la jurisprudencia del derecho positivo está plagada de numerosos ejemplos de esta praxis en todas las ramas del derecho –tanto en España como en el resto de países occidentales–, solo varía la intensidad y la forma. Un positivismo que con la globalización ha transferido, de facto, el poder legislativo nacional a la soberanía de los grandes fondos de inversión internacionales mediante la dinámica de los numerosos tratados internacionales que aseguran los intereses globalizados de las grandes corporaciones económicas (4). No obstante, el ejemplo más lacerante de esta realidad es la modificación exprés en 2011 del art. 135 de la Constitución Española para proteger los intereses de la banca alemana y europea.

En todo occidente los grandes inversores no solo controlan la economía, sino también el orden jurídico. O lo que es lo mismo; la soberanía del inversor corporativo triunfa sobre la soberanía nacional. Consecuentemente, la justicia «positiva», fundamentada en reglas, está también urbanizada con gran diversidad de lagunas y ambigüedades, a la vez que embellecida con leyes placebo y otras bromas togadas. Con el neoliberalismo la justicia asume la función del cancerbero encargado de asegurar el estatus quo del capitalismo como único orden social posible, o lo que es lo mismo; sin alternativa. No en vano; «El derecho no es un simple complemento, como consideran algunos, sino el núcleo mismo de la riqueza» (5). Consecuentemente no es, pues, la economía; es el derecho lo que conforma el núcleo eficiente de la doctrina neoliberal. Si bien «resulta cuando menos paradójico que, siendo el capital la piedra angular de nuestro sistema, desconocemos las características más básicas que permiten y promueven tal acumulación de riqueza y de desigualdad» (6).

El laboratorio neoliberal de la Unión Europea para sostén del capital

Es por esta razón que en el marco de la denominada «guerra fría» entre capitalismo y comunismo, el ideario liberal asume el estandarte de guerra ideológica contra toda clase de valores colectivos, cobrándose su primera víctima en la socialdemocracia europea. Así, pues, la lógica neoliberal se imbrica en instituciones y gobiernos como un credo antikeynesiano; o lo que es lo mismo; una doctrina favorable a las restricciones tanto a la acción del Estado –a la que tildan de intervencionismo–, como al alcance de la democracia mediante la austeridad en el gasto público; o ajuste presupuestario. Y todo en favor del orden competitivo del mercado y la protección de la sociedad de los empresarios (7). En la misma línea, un reciente libro de Thomas Biebricher publicado por la Universidad norteamericana de Stanford señala a la Unión Europea como el laboratorio más avanzado de las formas políticas neoliberales. (8)

Sin embargo, Biebricher en su libro sobre «Teoría Política del Neoliberalismo» señala «la sorprendente incapacidad del pensamiento neoliberal para teorizar una política de reforma neoliberal, al menos no sin violar los mismos supuestos que subyacen a sus propios análisis y críticas de las deficiencias de la política democrática» (9).Biebricher resalta aquí la paradoja general de que el neoliberalismo, si bien carece de relato coherente, muestra una extraordinaria eficacia en la implantación de sus ideas urbi et orbe.

Quizás la virtud principal de esa eficacia desarrollada en los últimos decenios del siglo XX sea la de haber transformado el clásico eslogan de Margaret Thatcher «There is no alternative» (No hay Alternativa), en materia de fe en el siglo XXI. Fe que deviene incomprensible a la luz de las crisis económicas, por cuanto éstas muestran diáfanamente la incongruencia de que, lejos de ser antiestatales, los neoliberales ven el Estado como el instrumento de garantía para la defensa a ultranza del orden capitalista; y no tienen reparo alguno en el desarrollo de generosas políticas monetarias para sostén del capital financiero y accionarial cada vez que el sistema capitalista colapsa. No importa la enorme masa de damnificados y perdedores que, en proporciones desconcertantes, causan las crisis. Lo realmente paradójico es que es entonces cuando los intereses del capital se elevan públicamente a interés general, transformando la deuda privada en deuda pública, para que las élites sigan haciendo caja con la bendición de los Bancos Centrales. Ciertamente ¡No hay alternativa!… ¡¡¡para el capital!!!

El socialismo neoliberal de la realidad compartida

Quizás una explicación a este fenómeno social de subordinación masiva a la doctrina neoliberal se encuentre en el hecho de que frente al empuje neoliberal en la crisis del petróleo del año 1973 –que puso fin al periodo conocido como «los treinta gloriosos», 1945–1973, o «el boom de la posguerra»–, la socialdemocracia no supo defender, con eficacia, ni las ideas keynesianas, ni los equilibrios básicos de un Estado democrático del bienestar. Así mientras Thatcher arrasaba en Inglaterra a los sindicatos del carbón declarando ilegal la huelga de 1984 (10), las socialdemocracias escandinavas balbuceaban tímidamente con la democracia económica incorporando a los representantes de los trabajadores en los consejos de administración de las empresas.

No obstante, el intento no tuvo mayor impacto toda vez que el laborismo inglés terminó sucumbiendo a las principales tesis económicas del neoliberalismo thatcheriano; –competitividad y libre mercado–, integrándolas en la conocida como «tercera vía» de Tony Blair (11). Sin embargo, no deja de sorprender que laboristas y socialdemócratas europeos terminaran aceptando no solo el postulado thatcheriano de que «la sociedad no existe», sino que además se sumaran pasivamente al programa neoliberal de cambiar el concepto mismo de vida social borrando toda idea de lo común. Incluso desde el punto de vista jurídico hay constitucionalistas que ven hoy la esfera social como una «realidad compartida» entre individuos.

Esa pasividad de la izquierda europea en la tolerancia de la denominada «democracia liberal» –la creación maestra del fundamentalismo neoliberal del siglo XXI–, hay que conectarla directamente tanto con las facultades de derecho, como con los propios órganos parlamentarios legislativos. Así, la idea de un individualismo mecanicista –sin más vínculos reconocidos jurídicamente que los transaccionales (contratos) y patrimoniales (propiedades)–, es la piedra angular del neoliberalismo que penetra instituciones, gobiernos y partidos como pauta evidente de sentido común.

En ningún momento la izquierda occidental –europea, norteamericana, o latinoamericana–, ha criticado a fondo los postulados del positivismo jurídico, ni planteado revisión alguna de sus fundamentos en orden a formular un ordenamiento jurídico neutral, alejado de la peregrina visión de la sociedad como un taller mecánico propiedad de la élite. Un ordenamiento, en definitiva, regido más por un principio de equidad integradora que reconozca la amplia gama de vínculos que rigen la vida en común, y se fundamente, también, en el equilibrio armónico del conjunto social vinculado (12). Y todo sin darle prioridad alguna a la protección de los intereses en juego en la competencia entre desiguales. Consecuentemente, sin poner fin al positivismo jurídico es imposible siquiera modificar el capitalismo. ¡¡¡No hay alternativa!!!… ni para la sociedad humana, ni para el planeta. (13)

La toxicidad letal del derecho positivo de la desigualdad y la nueva tribu de jíbaros

No importa cuantas alarmas estén ya activadas, ni cuantos informes haya sobre amenazas de catástrofes sociales o naturales. Ni siquiera importa el descubrimiento de una energía limpia y gratuita. Si nuestro Derecho sigue defendiendo el imperio de la desigualdad y la primacía de la propiedad privada sobre el interés general, la lógica capitalista acabará irremediablemente con el planeta.

La ficción histórica de la separación de poderes mantiene vigoroso el juego trilero de la política en el que izquierdas y derechas se alternan en un profesionalismo de élites del cambio para que todo siga igual. La lógica del mercantilismo liberal lejos de palidecer se refuerza constantemente pese a que la estructura institucional, y su sistema de gobernanza, carecen de rumbo y empiezan a mostrar signos preocupantes de deterioro consecuencia de muchos factores. Entre estos factores destaca su cambio de sentido, una burocratización irracional, una eficacia fluctuante y grandes bolsas de inoperatividad frente a las graves crisis económicas sanitarias y medioambientales.

En este ambiente tóxico, el lenguaje político desvanece su certeza en una niebla espesa de jeroglíficos sintagmáticos y algoritmos retóricos convertida en el gran teatro de las tragicomedias trileras de conveniencia. En el reparto de papeles, los medios de comunicación asumen la función de amplíar y mantener densa la niebla como parte fundamental de su negocio convirtiendo las noticias en una dimensión más del entretenimiento donde el reduccionismo de la realidad acompaña a la jibarización de sus seguidores.

La IDA de Madrid y el Júpiter de Francia; il faut s’adapter

En este orden de cosas se impone la idea de que los derechos sindicales, la justicia social, los impuestos progresivos, los servicios públicos, etc. son delirios colectivistas que constituyen rigideces del mercado y que, por tanto, deben limitarse y preferiblemente eliminarse. Madrid es un ejemplo extremo de este discurso que en Francia se abre paso bajo la idea de Macron de modernizar y liberalizar el país pese a que las fuertes protestas callejeras de los chalecos amarillos y otros colectivos se oponen continuamente a la ideología de la competitividad y el libre mercado.

Júpiter, como Macron gusta llamarse a sí mismo, rompió con la izquierda reformista francesa cuando bajó considerablemente los impuestos a los accionistas e inversores, al mismo tiempo que reducía los derechos sociales, bajaba las ayudas a la vivienda y recortaba las pensiones. Pero Macron, al igual que Thatcher, combate también a los movimientos sindicales bajo la convicción de que el capital es la única verdad real, y toda alternativa al neoliberalismo la define como «populismo». Llegados a este punto, la pregunta vuelve al centro del debate¿cómo es posible que poblaciones, asombrosamente mayoritarias, asuman su subordinación a unas élites tan sorprendentemente minoritarias?

Una respuesta obvia es que a diferencia del «pueblo», las élites detentan el control histórico de los poderes legislativo y coercitivo; policía y ejército. Sin embargo, durante los últimos 50 años el éxito del neoliberalismo como corriente de pensamiento se ha visto reforzado por la aceptación generalizada de su lógica por gran parte del mundo, a excepción de unos pocos países, entre los que destaca China. En todo caso, la globalización de esta doctrina se ha efectuado sobre la transferencia de las ideas de Darwin al campo de la economía competitiva, mezclando las ideas de progreso y evolución social con el realismo del capital inversor. Así, el capitalista empresario, rico, es considerado como el «Big Man» con capacidad para crear empresa, dar trabajo y pagar salarios.

Pero si el capital es la verdad, los flujos de capital son la realidad. Esta es, al menos una de las tesis que desarrolla Barbara Stiegler (14) en su ensayo publicado en 2019 «Il faut s’adapter» (Es necesario adaptarse) (15). Stiegler enfrenta la vieja tesis de Walter Lippmann sobre un modelo psudodarwiniano que marca la dirección de la evolución social en la sociedad del mercado y la competencia. Según Lippmann el imaginario de la masa de individuos se encuentra anquilosado en la vieja sociedad estática que gravita en torno a ideas como la igualdad, la justicia social o el control de los excesos. Se trata de un imaginario atrasado e inadecuado porque ignora «los flujos»; ignoran la realidad. Razón por la que la democracia obstaculiza el progreso y debe ser sustituida por la regla de los expertos. El razonamiento podría parecer sensato en el siglo XX, si no se tiene en cuenta el hecho de que son los expertos los que han llevado al planeta a la comprometida situación del siglo XXI.

El determinismo evolutivo y la dictadura de la adaptabilidad

No obstante, la idea de progreso está todavía impregnada en el imaginario occidental de un determinismo evolutivo en la secuencia de más riqueza, más especialización, más tecnología, más división del trabajo, más globalización y una vida humana totalmente absorbida por la dinámica del mercado y la competencia. Ni siquiera la pandemia del Covid, o las amenazas del cambio climático tienen fuerza suficiente para frenar la inercia de este determinismo evolutivo neoliberal de crecimiento perpetuo.

En su libro Stiegler denuncia lo que denomina «la dictadura de la adaptabilidad» a este determinismo evolutivo ya que el principal problema del neoliberalismo es la exigencia de adaptación pragmática de los individuos a los nuevos entornos resultantes de los cambios industriales y tecnológicos generados por la dinámica del mercado y su desarrollo tecnológico. La autora defiende la tesis de que el modelo neoliberal fundamentado en «reglas del juego» (16) que organizan las interacciones de los individuos, requiere algo más que el control legislativo a los efectos de conseguir una verdadera «acción social» (17) neoliberal en la línea evolutiva de producir individuos plenamente adaptados al juego de la competitividad en los mercados. O lo que es lo mismo; individuos eficazmente formados y con el máximo grado de productividad. El problema serio es que el progreso de la desigualdad es cada vez más excluyente generando preocupantes cifras de individuos plenamente inadaptables.

El ensayo de Stiegler trasciende el análisis de las originarias ideas de Lippmann y del pragmático John Dewey en el entorno de principios del siglo XX para mostrar en la segunda década del siglo XXI que el proyecto neoliberal es plenamente intervencionista más allá del mero ordenamiento jurídico, pues reorienta y estructura los entornos sociales e institucionales a los efectos de generar las individualidades adecuadas a cada momento tecnológico para la generación de beneficios. O lo que es lo mismo: ¡¡¡sin negocio no hay nada; solo el abismo del vacío!!!

El capital es la verdad… constitucional.

El Estado se convierte así en el principal instrumento neoliberal capaz de reorientar las instituciones en la dirección necesaria. Su aprovechamiento varía según las características internas de cada Estado. Si bien es fácil observar que todos los sistemas públicos de formación están reorientados en la dirección de la capacitación laboral. Los sistema públicos sanitarios se conciben como empresas de servicios bajo lógica mercantil antikeynesiana, la producción de vacunas Covid es solo un ejemplo. La justicia se concibe como un sistema bunkerizado (soberano), en sus aspectos más relevantes, para servicio y protección del estatus quo. El sistema militar, también; tan solo hay que mirar las cuentas de resultados de todas las guerras desde Vietnam hasta Afganistan, así como los presupuestos astronómicos de los ministerios de defensa. Y así sucesivamente con todas las instituciones del Estado. No deviene, pues, irracional pensar que; ¡¡¡El capital es la verdad!!!

Tan verdad que ya se habla en las facultades de derecho españolas de la «Constitución económica» separada de la «Constitución política». Reaparece ahora la vieja idea del ordoliberalismo alemán que veía la necesidad de separar el orden político del orden económico. En la Constitución Española de 1978, algunos juristas acostumbran a extraer los artículos que afectan al Derecho Mercantil para agruparlos bajo la denominación de «Constitución económica». Otros la amplían añadiendo aquellos que afectan al trabajo y al consumo. En cualquier caso el Tribunal Constitucional reconoce en sentencia de 1982 el concepto de Constitución Económica ligado al Título VII de la Constitución de 1978, (18) donde en su art. 128.1 se afirma algo tan eufemísticamente lírico como que; «toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general.» Precepto tan cierto como inútil si como «interés general» se entiende el interés del capitalOtra cosa muy distinta es si el «interés general» cambia de criterio.

En cualquier caso un reciente artículo de mayo 2021 (19) va más allá del criterio de independencia de los Bancos Centrales y defiende «la desvinculación conceptual de las Constituciones económica y política, lo que implica aceptar una separación funcional entre el mercado y la política.»  Seguidamente Daniela Dobre, investigadora predoctoral de la Universidad de Granada, afirma que; «Alcanzar un equilibrio entre el principio democrático y el mercado libre representa uno de los retos más importantes del Derecho constitucional en la actualidad.» (20) Equilibrio que la autora fija claramente en el resumen inicial señalando «…dos posibles funciones de la Constitución económica, definidas como efectos de la regulación jurídica: la función constitutiva (reconocimiento del mercado como herramienta de protección de la libertad económica en sentido estricto) y la función potenciadora (garantía de la libertad económica sustantiva y su armonización con el resto de vertientes de la libertad humana).»

Llegados a este punto, la pregunta vuelve al centro del debate¿cómo es posible que poblaciones, asombrosamente mayoritarias, asuman su subordinación a unas élites tan sorprendentemente minoritarias? O lo que es lo mismo; ¿Estamos ya tan adaptados al neoliberalismo que somos las propias masas de subordinados los que en realidad sostenemos las élites minoritarias?

Por Francisco Muñoz Gutiérrez | 26/08/2021

 

Notas:

(1).- Ver; https://www.jacobinmag.com/2016/07/david-harvey-neoliberalism-capitalism-labor-crisis-resistance/ Ver también: David Harvey, Breve historia del neoliberalismo. Akal, 2007.

(2).- Ver; https://www.xataka.com/empresas-y-economia/a-china-nadie-se-le-sube-a-chepa-asi-como-estan-parando-pies-a-sus-gigantes-tecnologia-distracciones?utm_source=recommended&utm_medium=DAILYNEWSLETTER&utm_content=recommended6&utm_campaign=20_Aug_2021+Xataka

(3).- Ver; https://www.jacobinmag.com/2016/07/david-harvey-neoliberalism-capitalism-labor-crisis-resistance/

(4).- «La ofensiva contra la democracia representativa se culmina con la apuesta por una justicia privatizada en defensa de la constitución económica global. Esta nueva legalidad, además de alterar el procedimiento de toma de decisiones, precisa también de un sistema judicial ad hoc, de parte. De esta manera, al igual que los acuerdos bilaterales firmados en las últimas décadas, ahora todos los tratados de nueva generación incorporan un capítulo o hacen explícita referencia a la protección de las inversiones. Se aboga así por implantar a escala global una serie de tribunales privados de arbitraje, con mayor capacidad jurídica que la propia justicia pública.» Fernández, Gonzalo (2018) Mercado o democracia. Los tratados comerciales en el capitalismo del siglo XXI, Barcelona: Icaria. Pág. 108

(5).- Las palabras son de Katharina Pistor, profesora de derecho de la Universidad de Columbia y directora del Center on Global Legal Transformation de la misma institución, autora del libro The Code of Capital (Princeton University Press, 2019). La cita está extraída de la entrevista realizada por Hernán Garcés publicada el 19 de sep. 2019: https://www.eldiario.es/alternativaseconomicas/concentracion-riqueza-aumento-desigualdad-derecho_132_1351846.html

(6) ibid.

(7).- Ver https://www.jacobinmag.com/2016/06/keynes-roosevelt-fdr-depression-inflation-imf-world-bank/

En todo caso, no hay que perder de vista que la idea de «Estado mínimo» neoliberal se basa en una visión instrumentalista del Estado, fundamentada en un poder judicial y un poder coercitivo –policía y ejército–, cuya función principal es la protección y defensa de los intereses del capital, mientras que la función de gobierno e instituciones se limita a una función de agencia encargada de las labores de gestión diaria de las necesidades del mercado.

(8).- Thomas Biebricher, The political theory of neoliberalism. Stanford University Press, 2018

(9).- T. Biebricher, The political theory of neoliberalism, p. 31.

(10).- Ver Selina Todd, El pueblo. Auge y declive de la clase obrera (1910-2010) (Akal, Madrid, 2018).

(11).- https://www.sinpermiso.info/textos/el-pueblode-selina-todd-un-libro-de-historia-para-pensar-hoy-la-clase-obrera

(12).- La idea kantiana de que «la libertad de cada uno sea compatible con la de los demás» fundamenta no solo la doctrina positivista de Hans Kelsen, sino también la de John Rawls en su libro de 1993 «El liberalismo político». Rawls traduce la idea kantiana de compatibilidad en derechos básicos iguales para todos, fijando la idea de equidad en el formalismo abstracto de la «igualdad de oportunidades» para justificar a continuación las desigualdades mediante lo que denomina «principio de la diferencia», que no es otra cosa que la ilusión moral de la economía de goteo. Es decir: que un mayor beneficio privado resulta justo a condición de que también se beneficien con la ganancia aquellos que obtienen menos. Sin embargo, inversión y fiscalidad no resuelven el problema fundamental del capitalismo en su intento de conciliar libertad e igualdad en un contexto democrático. Así, la creciente desigualdad inherente al desarrollo del capitalismo bajo el impulso de las tecnologías, expulsa cada vez más personas del sistema que dejan de ser sujetos libres, y dueños de su propia vida, para convertirse en objetos de carga sin vínculo alguno con la sociedad. Incluso urbanísticamente los excluidos tienden a compartir  realidad en las ciudades con otros excluidos en zonas muy determinadas, a los efectos centrífugos de que no pueden compartir realidad con los «incluidos». Y solo a los efectos de supervivencia hay excluidos que pueden percibir, como derecho, un subsidio limitado, nunca un vínculo de integración. Otros subsisten de la caridad contingente.

(13).- Ver; https://www.eldiario.es/theguardian/Atrevete-dar-muerto-capitalismo-mate_0_892411706.html

(14).-https://fr.wikipedia.org/wiki/Barbara_Stiegler#S’adapter,_un_credo_n%C3%A9olib%C3%A9ral

(15).- Barbara Stiegler, «Il faut s’adapter». Sur un nouvel impératif politique, Paris, Gallimard, coll. «NRF Essais», 2019.

(16).- Ibid, pág. 209.

(17).- Ibid, pág. 230.

(18).- Ver; https://app.congreso.es/consti/constitucion/indice/titulos/articulos.jsp?ini=128&tipo=2

(19).- Ver http://www.revistasmarcialpons.es/revistaderechopublico/article/view/573/580

(20).- Ibid, apartado 4. Conclusiones.

Publicado enEconomía
Héctor Béjar, excanciller de Perú: "Los grupos ultras del Congreso quieren la destitución de Pedro Castillo"

El exguerrillero y sociólogo cuenta los entretelones de su salida del Ministerio de Relaciones Exteriores

Béjar está convencido de que su forzada renuncia le brinda espacio político a la derecha, pero no así en la calle. "Esto ha sido el comienzo de un golpe de Estado blando" afirma quien seguirá apoyando al gobierno de izquierda. 

 En diálogo con Página12, el primer canciller del gobierno de Pedro Castillo, el exguerrillero y sociólogo Héctor Béjar, que antes de cumplir tres semanas en el cargo tuvo que renunciar a pedido del gobierno por presiones de los militares, la derecha y los medios, habla sobre los entretelones y repercusiones de su salida, el rumbo que está tomando la gestión de Castillo y los riesgos para su estabilidad. Este martes, Béjar traspasó la conducción de las relaciones exteriores del país a su sucesor, el diplomático Oscar Maúrtua, quien ya ejerció el cargo en el gobierno neoliberal de Alejandro Toledo (2001-2006). En su discurso de despedida insistió en lo que había dicho cuando asumió la Cancillería: la necesidad de cambiar la política exterior peruana para apostar por la integración regional.

El excanciller revela que después que la Marina emitiera un airado comunicado atacándolo por haber dicho, en una pasada conferencia dada antes de ser ministro, que miembros de ese instituto armado iniciaron en los años setenta el terrorismo en el país -hubo atentados contra altos oficiales de la propia Marina que apoyaban al gobierno reformista de izquierda del general Juan Velasco y sabotaje con explosivos contra dos barcos pesqueros cubanos-, lo llamó el jefe del gabinete ministerial, Guido Bellido, para comunicarle que el gobierno quería su renuncia. “Eso fue muy divertido porque Bellido estaba muy nervioso y no sabía explicar lo que quería decirme”, dice, riendo.

- La Marina amenazó denunciarlo judicialmente si no se rectifica y pide disculpas por sus afirmaciones de que ese instituto armado inició el terrorismo en el Perú. ¿Lo va a hacer?

- Claro que no. Lo que he hecho es acopiar más información. Lo que yo he dicho en una conferencia del año pasado de que, en 1974, antes que aparezca Sendero Luminoso en 1980, elementos de la Marina iniciaron el terrorismo en el Perú, es una verdad histórica.

- ¿En la guerra interna de los años ochenta y noventa hubo terrorismo de Estado?

- Claro que sí. El terrorismo de Estado fue terrible. Los Andes peruanos son una gran fosa común, hay miles de personas sepultadas. En el cuartel general del ejército, que aquí llamamos El Pentagonito, ubicado en un barrio residencial de Lima, hay hornos en los que se quemaron cuerpos. Son tan torpes que dejaron un dedo carbonizado, lo cual permitió comprobar que ahí se quemaban cadáveres.

- ¿Que el gobierno haya cedido a las presiones de la derecha y los militares para su salida de la Cancillería demuestra su debilidad y ha permitido que esos sectores ganen un importante espacio?

- Sí, absolutamente. Lo ocurrido ha sido una muestra de debilidad del gobierno ante el poder armado y un precedente muy peligroso. Aquí la derecha está formada por mafias comprometidas en diversos delitos que se cubren con una ideología de ultraderecha. Esos sectores han ganado muchísimo espacio político, pero en la calle no han ganado espacio. Esto ha sido el comienzo de un golpe de Estado blando. Los grupos ultras del Congreso lo que quieren es la destitución del presidente. La derecha puede sacar a Castillo en el Parlamento, otra cosa es que el Perú lo acepte.

- ¿La calle se levantaría si sacan a Castillo?

- Estos grupos de derecha están sumamente desprestigiados y me parece difícil que el país, más allá que la calle apoye o no al presidente Castillo, acepte un gobierno impuesto por estos grupos de delincuentes.

- ¿Por qué cree que la oposición de derecha al gobierno apuntó prioritariamente contra usted?

- A ellos les parece inaceptable que alguien que ha estado en la guerrilla esté en el gobierno. Les parecía que yo era el más peligroso del régimen, porque tengo una posición clara. En mi primer mensaje como canciller anuncié una política exterior independiente, soberana, eso es inaceptable para esos sectores.

- ¿Se forzó su salida para bloquear un cambio en la política exterior que priorice la integración regional?

- Sí. Ellos todavía viven la era Trump. La política exterior peruana ha obedecido a la política de Trump sin ninguna discusión. Trump ya no está, pero ellos siguen con esa política.

- ¿Cómo ve la política exterior peruana con el nuevo canciller Oscar Maúrtua?

- Es una interrogante. Espero que sean lo suficientemente valientes para no aceptar las sanciones contra Venezuela. Ojalá se tenga la decencia de no continuar la política hostil que ha habido contra ese país hermano. Por cortesía no quiero opinar sobre el nuevo canciller, pero tengo profundas dudas sobre la capacidad del gobierno de Castillo para mantener una política exterior digna.

- ¿Cuánta importancia le da Castillo a la política exterior, a la integración regional?

- Eso no está en su agenda prioritaria. Creo que eso lo tiene asumido de manera muy vaga, muy poco precisa.

- ¿El gobierno entregó su cabeza a la derecha para intentar bajar sus críticas pocos días antes que este jueves el gabinete ministerial se presente en el Congreso para pedir el voto de confianza?

- Sí. Quieren hacer méritos para que el Congreso, que está bajo la presión de un grupo de ultraderecha tipo Vox, los acepte. Desgraciadamente hay una tradición de un sector de la izquierda peruana de querer ser la izquierda que la derecha acepta. Creo que esa es la conducta que el gobierno está adoptando en este momento.

- ¿La estrategia de la derecha es centrar sus ataques contra el sector más de izquierda del gobierno?

- Sí, coincido con eso. La estrategia de estos grupos es primero hacer que el gobierno se desembarace de su izquierda más radical, cosa que ya el gobierno está haciendo, dividir al gobierno, que es una especie de alianza entre radicales y moderados, y cuando esa división esté establecida comenzar a atacar a los grupos moderados de la izquierda que están en el gabinete y sobre la base de este ataque chantajear a estos grupos moderados para que giren a la derecha. Si no logran eso, buscarán sacar al presidente Castillo.

- ¿Cómo ha visto al presidente Castillo y al gobierno desde adentro del Ejecutivo?

- Para ser franco, he visto un gobierno heterogéneo, débil, con una estatura menor que la necesaria. Y a un presidente sorprendido, que desconoce los mecanismos del poder estatal. Los grupos corruptos tienen iniciativa, mucho dinero y sí conocen el Estado. Hay una situación de desigualdad muy peligrosa para los intereses del pueblo y del país.

- ¿Siente desilusión por el rumbo que está tomando el gobierno?

- Más que desilusión, diría preocupación, y peor todavía, más que preocupación, casi tengo la convicción que el Perú se encamina a un gobierno de centro que es inviable, porque la corrupción es tan grande y el poder de estos grupos tan feroz que ni siquiera eso los va a satisfacer.

- ¿Cuál es la alternativa?

- Trazar una línea roja que no debe pasarse, que Castillo mantenga su alianza con los sectores más radicales y sobre la base de esa alianza proyectar una democracia real, con protagonismo de los sectores más pobres, a los que hay que darles poder.

- ¿Es viable un gobierno radical de Castillo con la derecha controlando el Congreso?

- Creo que sí, porque estos grupos de derecha son cobardes y cuando la gente se moviliza en la calle los matones corren. Se debe movilizar a la gente, pero no solo en mítines y manifestaciones, sino poniendo el poder en manos del pueblo, en los comités barriales que ya existen, darle poder a esa población. Esa enorme red de organización popular que hay en el Perú que está desarticulada, el gobierno debería articularla y transferirle poder y crear una nueva situación. Eso tiene que ser alrededor de los puntos que están en la primera agenda de sobrevivencia de la gente, que son trabajo, salud y educación.

- ¿Qué le dijo Castillo cuando le ofreció la Cancillería?

- Nunca antes había hablado con él. Me dijo que quería nombrarme canciller en homenaje a lo que represento. El homenaje no era a mí, sino a todos los que lucharon conmigo, sobre todo a ellos. Cómo iba a decir que no. No esperaba esa propuesta, vacilé unos quince segundos y acepté.

- ¿Cómo se siente ahora que ha tenido que dejar la Cancillería?

- Me siento muy bien, liberado. Seguiré escribiendo, dando conferencias. Seguiré tratando de colaborar con el gobierno porque esta es una oportunidad histórica que no debemos perder. Seré siempre un aliado del gobierno. Claro que si el gobierno se va al otro lado, entonces ya no seré su aliado. He recibido una enorme adhesión de miles de personas de toda América Latina, incluyendo muchos compañeros y compañeras de Argentina, por lo que estoy muy agradecido.

 

24/08/2021

Publicado enInternacional
La amenaza fantasma Inteligencia artificial y derechos laborales

Más allá de los discursos sobre el «gran reemplazo» del trabajo humano por las máquinas, lo cierto es que la inteligencia artificial está cambiando las formas de trabajar. Los algoritmos son las nuevas «cajas negras», y los recursos de la organización del trabajo son hoy inseparables de los medios de vigilancia. Abrir y regular esas cajas negras es fundamental para evitar el ludismo silencioso que implica la competencia humana con la inteligencia artificial.

¿Es una certeza que en el futuro los robots podrán realizar todas o algunas tareas mejor que los seres humanos? Hoy, solo algunas funciones del trabajo pueden ser mecánicamente automatizadas. Desde la creación de la primera máquina capaz de emular la figura humana hasta las advertencias de John F. Kennedy en 1960, cuando describió la automatización como una «oscura amenaza», el mundo se mostró maravillado con la organización científica del trabajo y reservaba sus temores a la posibilidad de que el autómata –generalmente representado en la ciencia ficción como un único individuo– se rebelara contra su creador.

El impacto actual del desarrollo de la inteligencia artificial está ligado a las reformas neoliberales, que implican descentralización productiva, precariedad laboral y una distribución desigual tanto de la fuerza como de los frutos del trabajo. Más allá de los debates en torno del desempleo tecnológico, el discurso agorero del fin del trabajo, verdadero o falso, pierde de vista el impacto real que la inteligencia artificial tiene sobre las condiciones de trabajo y los derechos laborales involucrados. ¿Existe un lazo inseparable entre la inteligencia artificial y la robótica? La inteligencia artificial era una deriva de la ciencia ficción hasta hace apenas 15 años. El ritmo de desarrollo de la automatización de la organización del trabajo estuvo determinado, hasta entrada la década de 1990, por los avances y el perfeccionamiento de máquinas físicas integradas al proceso de producción. La industria automotriz –estandarte de la organización del trabajo en el siglo xx– incorporó rápidamente los brazos mecánicos en el armado y ensamblaje de automóviles1. Este desarrollo se ralentizó cuando las máquinas no resultaron eficientes para ejecutar la motricidad fina de la que solo son capaces los seres humanos. Aún hoy, en el marcador de la motricidad fina, la biología gana el partido por goleada contra la artificialidad cuando no hay mecánica que pueda reproducir la multifuncionalidad de una rodilla para subir una escalera. Por el contrario, si bien en los últimos años la motricidad robótica encontró obstáculos en su desarrollo, la inteligencia artificial creció sin límites y de manera exponencial. Conocemos los límites de la robótica, pero no los del aprendizaje artificial. ¿Cuál es la frontera de la capacidad de procesamiento artificial y cuáles son los alcances de la creatividad humana? ¿Cuán fundado es el miedo a su competencia? ¿Cuáles son las perspectivas de la colaboración entre ellas?

Comúnmente, los expertos presentan el problema del reemplazo de las capacidades humanas por la automatización como un pastiche en el que inteligencia artificial y robots son siempre ingredientes integrados. El tardocapitalismo podría abastecerse de «recursos de recursos»2, es decir, de recursos producidos por los mismos recursos –humanos y tecnológicos– para llevar a cabo una serie de operaciones que van desde la logística del comercio internacional hasta el cuidado. Solo que, como sostiene Silvia Federici, los trabajos de cuidado podrían ser la última actividad humana en ser reemplazada por la automatización3. Por otro lado, el difundido concepto del centauro inverso, introducido por teóricos de la automatización a partir de la famosa partida de ajedrez entre el robot Deep Blue y Garri Kaspárov, consiste en que sean los robots los que usen a los humanos como complemento: el ser humano como asistente. La máquina en el centro, la persona en los márgenes. Esto ocurre actualmente en el campo virtual. En la nube digital, las personas trabajan realizando microtareas mal pagas –como identificar imágenes con escaleras– para ser los ojos de la máquina, que se desenvuelve eficientemente realizando tareas cognitivas pero no puede ver y reconocer patrones a la vez.

La amenaza fantasma

Así como los primeros autómatas solo emulaban la figura humana y los usos de la mecánica robótica –sin imitación– se desarrollaron de manera eficiente, el concepto de inteligencia artificial más coloquialmente difundido es el de la imitación de la cognición humana, pero su desarrollo más ambicioso –no imitativo– es el de resolver problemas, alcanzar soluciones o realizar tareas. Si la tecnología es capaz de problematizar el concepto de inteligencia, por qué no habría de socavar el de trabajo. Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial y creador y promotor del concepto de «cuarta revolución industrial» en 2016, es incapaz de precisar las propiedades de la inteligencia artificial. Por el contrario, se limita a destacar los logros más recientes y los avances más atractivos del cómputo4. Desde entonces, el tardocapitalismo convino en llamar revolución a un nuevo ecosistema global motorizado por una tecnología disruptiva que aún no logró conceptualizar. En ese contexto, la pregunta por la producción y el trabajo aparece omitida detrás de los caracteres aparentemente revolucionarios de las facilidades y soluciones que ofrecen los productos tecnológicos de última generación5.Los analistas neoliberales más avezados comienzan por aceptar la inexorabilidad tanto del cambio tecnológico como del reemplazo de humanos por máquinas6. La inteligencia artificial es solo un ingrediente más del proceso irrefrenable hacia el fin del trabajo humano. El discurso hegemónico del «sálvese quien pueda», que insta a los jóvenes a adaptarse a la incertidumbre, suele asentarse a veces en el anecdotario de los casos de éxito, en la reorganización de los modelos educativos o en la desregulación laboral, pero siempre, siempre, en la amenaza del reemplazo. La maravilla de la técnica se convierte en amenaza. Ante la certeza de que el cambio tecnológico ha implicado la fragmentación de los mercados de trabajo y un aumento de la precariedad laboral, la amenaza se condensa7.

Por cada noticia que destaca anécdotas sobre los avances de la mecánica para imitar tareas humanas, hay cientos de miles de horas en YouTube de robots haciendo el ridículo. Todavía hoy, algunos divulgadores continúan rezando que «47% de los empleos será reemplazado por robots o computadoras inteligentes»8. La frase erróneamente atribuida a Carl Benedikt Frey y Michael Osborne aún resuena como un mantra en universidades y fábricas9. Es curioso que los padres de la cuarta revolución industrial omitan mayores indagaciones sobre el trabajo y la producción, o las presenten como preguntas exclusivas de la etapa más reciente del desarrollo técnico. Porque antes del solucionismo tecnológico que omite la pregunta por la producción y el trabajo existió otro señalamiento muy distinto. La inexorabilidad de la automatización del trabajo no siempre estuvo asociada a la del reemplazo de humanos por máquinas. Durante una conferencia sindical de la Federación Estadounidense del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales (afl-cio, por sus siglas en inglés), en 1960, John F. Kennedy advertía por primera vez sobre las ventajas y peligros de lo que definió como «la revolución de la automatización», entre los que se encontraba «la oscura amenaza de la desarticulación industrial, el aumento del desempleo y la profundización de la pobreza». Y agregaba que «el avance de la automatización ya amenaza con destruir miles de puestos de trabajo y acabar con plantas enteras. Pero este no es el producto inevitable del avance de la tecnología»10. Solo el contraste del enfoque de Kennedy con las prioridades del Foro Económico Mundial puede explicar que esta cita pasara inadvertida. Es curioso que la infraestructura que no se utiliza para alcanzar el pleno empleo o su adecuada distribución sí sea capaz de alcanzar para producir todas las máquinas necesarias para reemplazar el empleo que aún existe. La mejor limpiadora automática de piso controlada por inteligencia artificial del mercado cuesta alrededor de 750 dólares. Esto equivale a 350 horas de trabajo de una empleada doméstica registrada en Argentina. Aun suponiendo que la limpiadora automática de piso –que solo puede limpiar eso, el piso– realiza su función de manera satisfactoria, se encuentra a años luz de las capacidades y la multiplicidad de tareas que puede desempeñar una trabajadora de casa particular. Mientras que una empleada doméstica11 puede limpiar toda tu casa, cuidar a tus hijos y hasta llamar a una ambulancia si un adulto mayor tiene una descompensación, la limpiadora automática de piso continuará haciendo eso que hace, que no es otra cosa que limpiar pisos. La familia siquiera considerará si el costo marginal cero, propio de la transformación tecnológica, se aplica a su economía doméstica. El costo marginal se incrementa a medida que se replica la producción de un bien. La tecnología, en especial la digital, permite reducir a cero los costos marginales. Pero, por el contrario, para cubrir la necesidad de cuidar a un adulto mayor bajo las reglas útiles del reemplazo de robots por humanos, la familia deberá comprar un smartwatchwearable con un sensor Spo2 incorporado, que costará en Argentina otros 400 dólares, e integrarlo a un sistema de servicios de salud que procese sus datos en tiempo real. Quizás no exista una cobertura de salud que ofrezca este servicio por menos de otros 1.000 dólares mensuales12. Aun ante la probable expansión global del 5g y la internet de las cosas, la digitalidad continuará expandiéndose de manera exponencial exhibiendo sus costos marginales cero, y la robótica permanecerá estancada, dejando detrás su fantasmal amenaza.

Más acá del desempleo tecnológico

Más allá de las imágenes de un futuro próximo catastrófico o de la potencialidad teórica de la automatización, a la hora de evaluar la evidencia sobre el desempleo tecnológico, la idea de que los humanos podrían ser sustituidos por robots pertenece todavía al campo de la ciencia ficción13. El impacto del cambio tecnológico no se reduce ni debe limitarse a un mero cálculo contable entre los empleos que se crean y los que se destruyen, sino que nos informa sobre los modos de organización del trabajo y sus regulaciones14. La incorporación de paquetes digitales de monitoreo de tareas para garantizar el just in time del siglo xxi –la videovigilancia de los espacios de trabajo, el gps en las aplicaciones de entrega a domicilio, los sistemas biométricos para la identificación de perfiles en línea o el uso de artefactos wearable que se integran a los cuerpos humanos– queda empequeñecida ante el poder transformador de los sistemas de procesamiento de datos para la organización del trabajo. La gestión algorítmica consiste en el uso de recursos informáticos y digitales de supervisión para la administración y dirección del trabajo. A través del aprendizaje artificial o por medio del uso de la interfaz de usuarios, la gestión algorítmica implica un conjunto de utilidades que sirven en primer término para producir datos sobre el trabajo que requiere la prestación de un servicio o la producción de manufacturas; también para adquirir esos datos, ya sean tareas, imágenes, patrones, conversaciones, distancias o valores de cualquier clase; o para procesar esos datos para la elaboración de informes de perfiles o reportes de todo tipo; y completando el ciclo, para tomar decisiones y dar instrucciones sobre las tareas laborales, seleccionar personal o descartarlo, entre otros múltiples usos. Suele subestimarse el hecho de que todas estas dimensiones de uso de la gestión algorítmica impactan actualmente sobre las condiciones de trabajo15. El desarrollo de la inteligencia artificial tensiona potencialmente las capacidades humanas, pero también acecha en la actualidad a una serie de derechos laborales, y lo hace de manera concreta, sin necesidad de recurrir a Isaac Asimov, a la serie Black Mirror o a los libros de Andrés Oppenheimer. Algunos de los derechos involucrados requieren de refuerzos y actualizaciones, pero también podrían ser necesarios nuevos derechos y nuevas políticas. La capacidad de vigilancia y dirección de la inteligencia artificial traspasa los límites de la privacidad, puede incurrir en discriminaciones aberrantes, no reconoce la apelación humana, afecta la salud, corroe la libertad de asociación sindical y desplaza las garantías de protección social. Estas barreras son traspasadas para asegurar la gestión más eficiente posible del tiempo, de las acciones humanas y su valor, es decir, del trabajo. Una organización científica –y computarizada– del trabajo.

En América Latina, las leyes laborales usualmente contemplan la minimización de la vigilancia sobre las personas trabajadoras, imponiendo el deber de informar sobre los medios de control utilizados16. Sin embargo, la ley argentina, por ejemplo, solo ordena la minimización de los controles personales «destinados a la protección de los bienes del empleador» y establece que los controles a mujeres pueden ser realizados únicamente «por personas de su mismo sexo»17. La falta de actualidad de la norma es hilarante. Esta redacción corresponde a una era en la cual las formas de vigilancia en el trabajo se reducían al cacheo o al fichaje de ingreso y salida. El reloj a la vista de todos –que funcionaba como metrónomo de las tareas– no podía ser considerado un medio de control, y menos aún uno muy invasivo. ¡Solo era un reloj! Actualmente, los recursos para la organización del trabajo se encuentran fundidos con los medios de vigilancia. La plataforma Rappi, por ejemplo, recoge la ubicación de los repartidores, entre otros datos, para «tramitar las órdenes más cercanas a su ubicación (...) aun cuando la aplicación se encuentre cerrada o no esté en uso», a la vez que reconoce la utilización de esos datos «para identificar comportamientos atípicos» de los trabajadores y trabajadoras18. Las plataformas disponen de sistemas de monitoreo que violentan la privacidad de quienes trabajan en ellas, pero estos sistemas no tienen como objetivo proteger los bienes de las empresas, sino optimizar el trabajo humano. Por ejemplo, aws Panorama (Amazon, Inc.) es un paquete de software y dispositivos de aprendizaje automático que interpreta imágenes de video y permite chequear remotamente la calidad de un producto, reconocer faltantes en una góndola o hacer vibrar el celular de un trabajador de almacén si este se desvía del curso asignado por la inteligencia artificial. Va de suyo que para alimentar de datos a la inteligencia artificial se requiere de dispositivos que detecten al detalle los movimientos de cada persona trabajadora. ¿Acaso podemos ignorar que si la voz puede ser captada por los dispositivos móviles, y estos devolver en tiempo real una publicidad sobre nuestra conversación, las compañías se privarían de utilizar esta tecnología para optimizar un servicio monitoreando el contenido de las conversaciones de un telemarketer, una agente de ventas o un chofer?

Los métodos algorítmicos para medir con precisión la productividad humana no solamente implican un riesgo para la intimidad de quienes trabajan, sino que son la «caja negra» de la organización del trabajo en el siglo xxi. Detrás de los peligros futuros del desempleo tecnológico o la falta de capacitación de los trabajadores que aún conservan su empleo, hay una maquinaria informática en funcionamiento que las compañías no van a transparentar de manera voluntaria, aunque esté impactando hoy mismo en las condiciones de trabajo de las personas. En la industria, empresas como Coca Cola, Johnson & Johnson y Shell utilizan Ignition, un software de supervisión, control y adquisición de datos tipo scada19, que permite gestionar procesos industriales de manera remota «cerrando la brecha entre producción y tecnologías de la información». Estas plataformas administran los procesos industriales de punta a punta y, por supuesto, incluyen la posibilidad de calendarizar cada microtarea que deben desempeñar los operarios, quienes a la vez están integrados a brazos mecánicos conectados a internet, rampas que se deslizan al ritmo de la inteligencia artificial o motores que emiten la exacta cantidad de gas que les prescribe un algoritmo. Cuando se trata de optimizar comportamientos de trabajadores que reciben órdenes a través de su teléfono celular, los artefactos wearable que pueden medir la frecuencia cardíaca o las distancias recorridas se vuelven inútiles. En el caso de los repartidores de plataformas de venta y entrega de productos, la caja negra tiene otras preocupaciones. Por ejemplo, la mayoría de estas plataformas, como Uber o Rappi, utiliza sistemas de análisis del comportamiento como el cohort analysis, que sirve para estudiar el desempeño de consumidores organizados por grupos y predecir las posibilidades de retener a un determinado cliente según, por ejemplo, el rating promedio que los choferes le asignaron. El mismo modelo se utiliza para predecir qué choferes dejarán de conectarse a la aplicación y en qué momento comenzará a mermar su productividad, o su tasa de aceptación de viajes. El concurso de horas de trabajo o modelo de franjas horarias o slots funciona de manera similar. Si el repartidor o repartidora cancela un pedido o resigna trabajar durante las horas por las cuales concursó en el calendario de la aplicación, entrará en el grupo de repartidores que no podrán acceder al slot de horas del día siguiente. De igual manera, el modelo de análisis de datos que permite conocer cuál es el camino que eligen los consumidores desde que abren la aplicación hasta que concertan la compra de un producto a través de una plataforma sirve para saber cuál es el porcentaje de repartidores que abren la aplicación y alcanzan a completar un pedido o, por el contrario, cuándo y por qué no lo completan. Este modelo de análisis se denomina por embudos o funnel analysis20. No es tan complejo: los métodos para predecir el comportamiento de los prosumidores y optimizar las ventas sirven también para diseñar las aplicaciones e incentivar a los repartidores a tomar más pedidos, asignar viajes a los choferes más productivos o desalentar a los menos, justo antes de que estos empiecen a bajar su productividad. Las implicancias de la gestión algorítmica en las condiciones de trabajo podrían clasificarse según los criterios para obtener datos o según la aplicación y uso de estos.
(a) Se necesita una cantidad de datos para alimentar las bases que luego puedan ser procesados.
(b) Las instrucciones del algoritmo sirven para impartir órdenes (soluciones). Entonces, la extracción de datos usualmente requiere de dispositivos que puedan recabarlos y clasificarlos, los cuales potencialmente ponen en riesgo el derecho a la privacidad de quienes trabajan. Son ejemplos de esta posible y probable afectación de derechos los dispositivos que monitorean el estado de salud de las personas, los que levantan datos de actividades ajenas al trabajo, como la navegación en redes sociales, los que miden el tiempo en que se desarrolla una tarea, los que miden la distribución horaria del trabajo, los que permiten tomar fotografías, leer mails o chats o capturar incumplimientos, demoras, etc. Por otro lado, las instrucciones provistas por los algoritmos permiten asignar tareas a quienes son más productivos, administrar premios y castigos para retener a algunos perfiles de trabajadores, desalentar a otros o seleccionar a quienes el modelo presume menos costosos21. Este aspecto de la gestión algorítmica implica una potencial afectación del derecho de toda persona a no ser discriminada. Mientras la caja negra siga siendo oscura, debemos presumir que el error de cálculo, la calificación desestandarizada, el uso de datos no inclusivos, las evaluaciones arbitrarias y la discriminación racial y de género serán criterios más que excepciones en el diseño algorítmico aplicado al trabajo22. Las normas laborales prohíben la imposición de restricciones religiosas, políticas, gremiales, de residencia o de género en las ofertas de empleo. Sin embargo, estas leyes quedaron muy por detrás de las nuevas formas de selección de personal, que raras veces utilizan avisos para dar con los perfiles buscados. Nuevamente, la falta de transparencia sobre los criterios utilizados, que actualmente se sirven de diversas herramientas tecnológicas, podría encubrir abusos sistemáticos en la selección de personal. En 2018, Amazon debió cambiar su sistema de selección de personal cuando la agencia Reuters probó que el algoritmo aprendió a elegir preferentemente a mayor cantidad de hombres y penalizaba a los perfiles que en su ficha contenían el dato «mujer». En diciembre de 2020, el departamento de ética de inteligencia artificial de Google estalló por los aires cuando la experta en algoritmos Timnit Gebru fue despedida del equipo tras publicar un artículo en el que cuestionaba la inescrutabilidad de los sesgos algorítmicos. La falta de transparencia en la gestión digital también se evidencia en otro derecho laboral clásico: el que permite cuestionar, apelar o impugnar una sanción disciplinaria. Es imposible cuestionar el sesgo de aquello que no puede ser conocido ni explicado.

¿Hay un factor de baja de la productividad más relevante que el de las redes sociales? El tensiómetro de la gestión algorítmica escala a niveles dramáticos con relación a la administración de la atención de las personas trabajadoras. Al mismo tiempo que las compañías utilizan dispositivos para determinar si las teletrabajadoras desvían su concentración, las redes sociales compiten por su atención –compitiendo entonces con el tiempo de trabajo– hasta impactar gravemente en la salud mental. Esta competencia no es explícita. Los equipos y las plataformas de gestión del trabajo a distancia suelen contener funciones de bloqueo de las redes sociales, mientras que estas no disponen de funciones que permitan a los usuarios suspender voluntariamente el ingreso de mensajes y notificaciones. Es entonces cuando la gestión de la atención en el trabajo –presa de la supervisión permanente y la competencia– depende exclusivamente de la capacidad de las personas trabajadoras de sobreponerse a estas circunstancias opresivas.

Por supuesto que cualquiera es libre de tirar el celular por el inodoro. Pero no es tan sencillo. Las órdenes de trabajo pueden llegar en cualquier momento del día y la noche, traspasando los límites de la jornada habitual. En ocasiones, la gestión algorítmica admite el uso de recursos técnicos para desmovilizar a sindicatos en formación o identificar a activistas sindicales –como es el caso de Rappi con la Asociación de Personal de Plataformas de Argentina– o para la evaluación de áreas o nodos de las compañías más susceptibles de ser sindicalizadas.

Contra todo pronóstico, aún existen caminos por recorrer. En la conferencia antes citada, Kennedy planteó: «debemos dejar claro que la instalación de nuevos procesos y nuevas máquinas es propiamente un tema de la negociación colectiva. Ha pasado el tiempo en que los empleadores podían hacer valer la prerrogativa de la acción unilateral en un asunto tan vital para el bienestar de sus empleados». Resulta que el tiempo de la acción unilateral de los empleadores en un asunto tan vital como la inteligencia artificial no ha pasado, pero podría. Para hacer esto realidad, las negociaciones colectivas y las regulaciones deberían incorporar el derecho a la desconexión digital; el derecho a la información y transparencia sobre los criterios algorítmicos por actividad; la publicación de algoritmos utilizados en actividades de alto riesgo; la formación laboral en programación y la formación de programadores en derechos sociales y de género; la soberanía del tiempo de trabajo como alternativa a la flexibilización horaria; el uso de datos inclusivos en el diseño de inteligencia artificial; el derecho a la impugnación de decisiones disciplinarias tomadas mediante inteligencia artificial; la obligación de colocar la marca o sello de inteligencia artificial en los productos o servicios producidos con esa tecnología para revalorizar el trabajo intelectual humano; la prohibición de sistemas de bloqueo de medios de comunicación digital; y la salarización del aumento de la productividad tecnológica23, entre otras iniciativas que alienten el desarrollo tecnológico basado en trabajo de calidad. Para evitar el ludismo silencioso que implica la competencia humana con la inteligencia artificial desregulada, deberíamos poder superar la ignominia que encarna el algoritmo, haciéndolo público. Para el caso de que la propiedad intelectual corporativa prevalezca24, los gobiernos y sindicatos deberían, cuanto menos, poder conocerlo para regularlo.

Regular la caja negra

No todo es distopía o utopía. Existen respuestas reales y muy actuales. A fines de abril de 2021, la Comisión Europea envió un proyecto al Parlamento de la Unión en el que se considera el uso de la inteligencia artificial en la administración del trabajo como un sistema de «alto riesgo» y se ordena a los proveedores corregir los modelos algorítmicos que no se adecúen a los protocolos de respeto por los derechos. Según sus definiciones, la categoría de «alto riesgo» se describe como el paso anterior a la de «riesgo inaceptable». Poco después, el gobierno español aprobó una ley que, además de presumir el carácter asalariado de la actividad de los riders (repartidores), ordena a las empresas abrir la caja negra e informar a los sindicatos sobre la composición de «los algoritmos o sistemas de inteligencia artificial» que impactan en las condiciones de trabajo25.Las corporaciones comienzan a reformular sus discursos a medida que emergen regulaciones que buscan develar la composición de los algoritmos que organizan el trabajo, transparentar los procesos o reconocer la laboralidad de los vínculos de los trabajadores y trabajadoras de plataformas con las corporaciones tecnológicas. Anabel Díaz, programadora de inteligencia artificial y directora general de Uber Technologies Inc. en Europa, Oriente Medio y África, argumentó que estas leyes se basan en una suerte de mitosobre «ese concepto difuso de que hay una máquina que nadie sabe bien cómo funciona, que toma las decisiones» y sobre «un miedo atroz de que hay algo que va a tomar el control sobre nuestras vidas y no es más que una ayuda»26. Cuando emergen regulaciones sobre la gestión algorítmica, la inteligencia artificial reaparece nuevamente como un mito, pero ahora como un concepto vago, incomprendido o incomprensible, y en definitiva inocuo. La inteligencia artificial se nos presenta a la vez como una amenaza inexorable –del fin del trabajo– y como mito inofensivo, como una caja negra vacía. Una amenaza fantasmal acechante por la que nadie debería preocuparse ni un poco. ¿En qué quedamos?

Más y mejor trabajo

Si nos enfocamos en el problema de la subclasificación de trabajos –como el de las empresas de plataformas digitales, de servicios o la industria que, como reseñamos, es el eje de la precariedad laboral y de las condiciones de trabajo–, el discurso mainstream de la destrucción neta de puestos de trabajo se desvanece. Entre las ocho empresas privadas que más personas emplean en el mundo se encuentran Amazon (comercio electrónico y servicios de computación en la nube) y Accenture (servicios tecnológicos y externalización). Comercio electrónico, servicios tecnológicos y tercerización son mercados de grandes empleadores que a la vez configuran un ecosistema de ruptura o disociación entre el trabajo humano y los derechos laborales y sociales. Asoma el debate por el modelo rentístico y desregulado de la infraestructura digital global27. Mientras esa infraestructura se sirva de máquinas e inteligencia artificial para producir valor, el esfuerzo de los gobiernos progresistas, de los sindicatos y de las empresas debería concentrarse en reasociar, directa o indirectamente, el crecimiento de la productividad tecnológica con el aumento de las protecciones sociales, y en orientar los recursos a la creación de puestos de trabajo de calidad en la economía de reducción del impacto ambiental y de los cuidados. Poner a las personas en el centro y la técnica a su servicio es el camino posible hacia un nuevo acuerdo laboral y social de desarrollo tecnológico, y recuperar lo dicho en el Tratado de Versalles, que dio lugar a la creación de la Organización Internacional del Trabajo, cuando no se avizoraban los beneficios y desafíos de la inteligencia artificial: aspirar a «un régimen del trabajo realmente humano»28.

Nota del autor: este artículo fue elaborado con la asistencia de herramientas artificiales de redacción, corrección y traducción.

  • 1.

Enrique de la Garza Toledo y Marcela Hernández Romo (coords.): Configuraciones productivas y laborales en la tercera generación de la industria automotriz terminal en México, UAM, Ciudad de México, 2018.

  • 2.

Esta denominación se utiliza para referir la forma circular en que la propuesta de la inteligencia artificial inscribe en el sistema de producción su propia lógica homotecnooperativa.

  • 3.
  1. Federici: Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas, Traficantes de Sueños, Madrid, 2013.
  • 4.
  1. Schwab: La cuarta revolución industrial, Debate, Buenos Aires, 2017.
  • 5.

Evgeny Morozov: La locura del solucionismo tecnológico, Katz, Buenos Aires, 2016.

  • 6.

Eduardo Levy Yeyati: Después del trabajo, Sudamericana, Buenos Aires, 2018.

  • 7.

Organización Internacional del Trabajo (OIT): «Non-Standard Employment around the World: Understanding Challenges, Shaping Prospects», OIT, Ginebra, 2016.

  • 8.

Andrés Oppenheimer: ¡Sálvese quien pueda! El futuro del trabajo en la era de la automatización, Penguin Random House, Ciudad de México, 2018.

  • 9.

«Will A Robot Really Take Your Job?» en The Economist, 6/2019.

  • 10.

J.F. Kennedy: «Remarks of Senator JFK at the AFL-CIO Convention, Grand Rapids, Michigan, June 7 1960» en JFK Presidential Library and Museum, jfklibrary.org.

  • 11.

Mercedes D’Alessandro: «Los cuidados, un sector económico estratégico. Medición del aporte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado al Producto Interno Bruto», Ministerio de Economía de Argentina, 2020.

  • 12.

Costo de referencia de cobertura familiar de salud según Organización de Servicios Directos Empresarios, plan 510 (junio de 2020). La cobertura no incluye el monitoreo remoto en tiempo real del estado de salud de los beneficiarios.

  • 13.

Uta Dirksen: «Trabajo del futuro y futuro del trabajo» en Nueva Sociedad No 279, 1-2/2019, disponible en www.nuso.org.

  • 14.

Laura Perelman: «El futuro del trabajo ya llegó: ¿qué hacemos con él?» en Nueva Sociedad edición digital, 8/2020, www.nuso.org.

  • 15.

Valerio De Stefano: «Masters and Servers: Collective Labor Rights and Private Government in the Contemporary World of Work» en International Journal of Comparative Labour and Industrial Relations vol. 36 No 4, 2020.

  • 16.

OIT: «Protección de los datos personales de los trabajadores», Ginebra, 1997.

  • 17.

Régimen de contrato de trabajo, ley 20.744 (t.o.), art. 70.

  • 18.

«Política de tratamiento de datos personales (política de privacidad)», Rappi, Inc., Bogotá, 2021.

  • 19.

Acrónimo de Supervisory Control and Data Acquisition.

  • 20.

Yipeng Jiang, Fang Liu, Qing Yan y Zhengxiang Ke: «An Improved Method for Orderly Funnel Analysis of Massive User Behavior Data», trabajo presentado en la Conferencia Internacional sobre Infraestructura de Red y Contenido Digital (IC-NIDC), 2018.

  • 21.

Valerio De Stefano: «Algorithmic Management and Collective Bargaining», European Trade Union Institute, Bruselas, 2021.

  • 22.

Rob Matheson: «Identifying Artificial Intelligence ‘Blind Spots’», MIT, 24/1/2019.

  • 23.

Diego Schleser, Matías Maito y Jorge Trovato: «Agenda de los trabajadores y trabajadoras para la productividad», análisis, Fundación Friedrich Ebert, Buenos Aires, 2020, disponible en library.fes.de.

  • 24.

Sofía Scasserra y Leonardo Fabián Sai: «La cuestión de los datos. Plusvalía de vida, bienes comunes y Estados inteligentes», análisis, Fundación Friedrich Ebert, Buenos Aires, 2020, disponible en library.fes.de.

  • 25.

Real Decreto-Ley 9/2021, BOE No 113, S. I, p. 56733.

  • 26.

María Fernández: «Uber, contra la ley de ‘riders’» en El País, 30/5/2021.

  • 27.

Nick Srnicek: Capitalismo de plataformas, Caja Negra, Buenos Aires, 2018.

  • 28.

Tratado de Versalles (1919), parte XIII, sección I; Alain Supiot (dir.): Au-delà de l’emploi. Les voies d’une vraie réforme du droit du travail, Flammarion, París, 2016.

Fotografía de archivo difundida por presidencia del Perú, que muestra al excanciller Héctor Béjar. — Presidencia del Perú / EFE

El escritor, sociólogo, artista plástico y docente aceptó la propuesta de Pedro Castillo para ser su canciller. Unas declaraciones suyas tergiversadas y sacadas de contexto y la presión de la oposición desencadenaron su precipitada salida del Gobierno. Tan solo 19 días después de haber asumido el cargo, fue obligado a renunciar.

 

La llamada del presidente Castillo alborotó la tranquilidad de Héctor Béjar. Un escritor, sociólogo, artista plástico y docente de la Universidad Mayor de San Marcos y la Pontificia Universidad Católica, próximo a cumplir 86 años. Sin dudar aceptó la propuesta: ser el canciller del gobierno peruano. Los medios, empeñados en derribar al nuevo gobierno escarbaron en su pasado y comenzaron la demolición del mismo: hace sesenta años Béjar, luego de recibir instrucción en Cuba y con el nombre de 'Calixto' había integrado la guerrilla del ELN (Ejército de Liberación Nacional). Encarcelado en 1966, fue liberado por una amnistía en 1966. Su pasado era imperdonable.

Frases tergiversadas y sacadas de contexto, y del pasado lo conducía a una interpelación por parte del Congreso, empeñado también, en no darle respiro al nuevo gobierno, la finalidad era la censura, la cual no llegó a realizarse, 19 días después de haber asumido el cargo, fue obligado a renunciar.

El detonante fue unas declaraciones suyas y un posterior comunicado de la Marina: "El terrorismo en Perú lo inició la Marina, y eso se se puede demostrar históricamente y han sido entrenados para eso por la CIA". Estas fueron las palabras difundidas por un programa dominical de televisión. Béjar se refería a actos conocidos entre los años 1975 y 77 donde La Marina participó en atentados contra dos barcos pesqueros cubanos y otro con bomba en la casa del vicealmirante Guillermo Faura Gaig, un marino afín al velasquismo.

La Marina reaccionó indignada, y tergiversándolo, asoció sus declaraciones a la acciones de esta fuerza en la lucha contra Sendero Luminoso a partir de los ochenta. Las Fuerzas Armadas peruanas se niegan a aceptar que hubo terrorismo de Estado, aunque está comprobado que participaron en sistemáticas violaciones a los derechos humanos en forma de torturas, secuestros, matanza de campesinos, desapariciones y asesinatos.

¿Usted esperaba que le ofrecieran el cargo de canciller, o lo cogió por sorpresa?

-No, para mí fue una sorpresa.

¿Quién se lo ofreció?

El propio presidente Castillo, a quien yo no conocía. Nunca lo había visto personalmente.

¿Y pensó, al asumir el cargo, que esta aventura iba a durar tan poco?

Sí, estaba dentro de las alternativas. Eso no ha sido una sorpresa.

¿Tampoco le sorprendió que Guido Bellido (presidente del Consejo de Ministros) le pidiera renunciar? ¿Qué sintió en ese momento?

Nada especial. Yo lo tenía dentro de las alternativas probables, ya había un clima de hostilidad en los medios de la prensa concentrada (se refiere a los medios oligopólicos, en especial al Grupo El Comercio) y de parte de la Marina, contra mí. Es parte del juego político.

¿Cree que este caso es una claudicación del Gobierno ante la derecha?

No quiero calificarlo, sigo pensando que el señor Castillo es una excelente persona y le deseo lo mejor. Sí creo que este es un Gobierno débil, no lo voy a negar, y uno que se niega a fortalecerse por algunas razones que yo no me explico.

¿A qué llama usted fortalecerse? ¿Fortalecerse de qué manera?

Bueno, yo lo dije antes de ser ministro, que el Gobierno debía elegir a las mejores personalidades. No de Perú, -aquí cuando hablamos de Perú solemos estar hablando de Lima-, sino del Perú real. El país tiene muchas universidades en provincia, donde hay gente excelente, con profesores que deberían ser ministros en este momento. Y además tiene excelentes dirigentes de organizaciones populares que también deberían ser ministros. No ha sido así y esa es una pena.

Algo difícil de aceptar por Lima...

Sí, pero son las provincias las que ganaron las elecciones, y es a ellas a quienes les corresponde gobernar. Es decir, al pueblo peruano, que nunca ha gobernado.

Hace más de 100 años Manuel González Prada escribía sobre el desprecio de Lima por las provincias, parece que eso sigue igual...

Evidentemente. Es un desprecio racista, como todos sabemos, porque los limeños, independientemente de si son pobres o ricos, en su mayoría se sienten superiores a los provincianos. Desgraciadamente, en Perú decir "serrano" es prácticamente un insulto. Serrano es un hombre de la sierra, y la mayor parte de Perú es de la sierra.

En esta elección se hizo más evidente el racismo que existe en Perú...

Por supuesto. Y es otra cosa que Perú se niega a reconocer: somos un país racista, y yo me incluyo, a veces me sorprendo a mí mismo con pensamientos racistas.

¿Se sintió poco defendido por el Ejecutivo, por sus colegas ministros, teniendo en cuenta que lo que detonó esto es una tergiversación de sus dichos? ¿Esperaba más de ellos?

No, no esperaba más. Yo no los conozco. No conozco prácticamente a nadie del Ejecutivo, incluido al presidente Castillo.

El comunicado de la Marina debió haber pasado, supongo, por el Ministerio de Defensa antes de conocerse...

No solamente hay un comunicado. He recibido en mi casa una amenaza en forma de carta notarial dirigida a mí por el procurador del Ministerio de Defensa, es decir, por el propio Gobierno. El Gobierno me está amenazando con enjuiciarme si no rectifico mis declaraciones. Me acusan de ofender a la Marina y exigen que le pida disculpas, si no me harán un juicio.

¿Pero de qué lo acusan? Los hechos que usted mencionó, la participación de la Marina en esos atentados, están casi comprobados.

Y sí. Yo solo he citado hechos conocidos. Editados además por la propia Marina en sus publicaciones.

¿Qué sintió usted después de pasados más de 50 años de su actividad guerrillera y su participación en el gobierno de Velasco Alvarado, y de una posterior tranquila vida académica, cuando tres este nombramiento se lo tilda de "terrorista", de "asesino"?

Nada especial, yo lo esperaba por supuesto. Sabía los riesgos a que me sometía al aceptar ser canciller, pero no podía negarme, no le podía decir que no a una persona que yo creo de bien, una persona excelente como el profesor Castillo. Yo encantado de apoyarlo. Sabía los riesgos, pero esa es la vida, uno tiene que asumir las obligaciones que uno debe asumir.

¿Esperaba una reacción tan virulenta de la oposición?

Sí, esperaba esa reacción, realmente la esperaba. A mí me propusieron hace unos cinco años ser candidato a la presidencia, y era eso lo que les decía justamente, lo que ocurriría al momento que yo ingresara a la política del sistema… Siempre he estado fuera del sistema, es decir del sistema político entendido como el parlamento, los partidos, etc. Me van a demoler, les dije, hay mucha gente que no me quiere. De manera que yo lo sabía.

¿Y esperaba las tergiversaciones de la prensa? ¿Las mentiras?

Claro que sí. Si es lo que esa prensa ha hecho toda la vida. Si usted lee El Comercio, yo me he leído todo El Comercio del siglo XIX, sin excepción, número por número, desde 1839 va a encontrar eso. De manera que la historia del Perú, usted no puede leerla en El Comercio, puede leer una parte de la historia, pero lo que pasaba realmente en el país, no está allí.

Es una impunidad, un abuso de la libertad de prensa: me han llamado "asesino sediento de sangre". Yo prefiero reírme. Me han acusado hasta de matar al hermano del arzobispo Castillo.

¿Cree que se miden con distinta vara algunas declaraciones? Alan García en su momento elogió la "mística" de Sendero Luminoso, [su ministro del Interior] Agustín Mantilla visitó en la cárcel a [el fundador del MRTA] Víctor Polay...

En Perú siempre se mide con distinta vara. En realidad, aquí no se ha combatido verdaderamente al terrorismo, se usa al terrorismo para fines políticos. Sendero ha sido usado para fines políticos. Ya no existe, pero sigue presente en la prensa, por ejemplo. Ningún movimiento ha tenido tanta prensa como ese grupo, si usted suma desde el 80 hasta ahora, son kilómetros de titulares.

Si lo que usted dijo de la participación de la Marina en atentados es cierto, ¿porque cree que la gente no lo acepta?

Porque tienen miedo, la gente tiene miedo, la gente tiene una actitud reverencial frente a las Fuerzas Armadas, que son entendidas como instituciones tutelares de la nación. Pero una nación no tiene tutelas, una democracia no acepta tutelas, la gente no sabe y además nadie se atreve a decir, que los tanques, los fusiles, los barcos son nuestros. No son de los marinos o de los militares, son nuestros, han sido comprados con nuestro dinero.

Los militares son servidores públicos, no tenemos por qué nosotros servir a los militares. Pero en Perú existe un criterio inverso auspiciado por las propias Fuerzas Armadas. Nos han enseñado a lo largo de la historia que son instituciones tutelares contra las cuales no se puede decir nada.

Tú puedes decir cualquier cosa contra el Colegio de Abogados, contra el Colegio Médicos, contra el Poder Judicial, pero nada contra la Marina, ni contra el Ejército, ni contra la Aviación. Y yo modestamente como ciudadano común me pregunto: ¿Por qué? ¿Por que no puedo decir nada contra la Marina como institución? Ninguna institución puede estar libre de críticas, todas tienen que ser criticadas. A quienes han purgado alguna pena por terrorismo se les exige que pidan perdón. Sin embargo, las Fuerzas Armadas han violado sistemáticamente los derechos humanos en el conflicto interno, pero ellas no reciben las mismas exigencia.

¿No se acepta que hubo terrorismo de Estado?

Se llama negacionismo. En Alemania es condenado, es un delito, aquí no. Hay gente que niega que las Fuerzas Armadas hayan violado los derechos humanos. Se aceptó a regañadientes el informe de la Comisión de la Verdad, a su nombre le agregaron "y la reconciliación".

¿Reconciliación con quién? ¿Con los violadores de derechos humanos? Porque si usted habla de reconciliación habla de los dos contendientes, es decir Sendero y las Fuerzas Armadas, o en todo caso Sendero y el pueblo del Perú. Pero esa reconciliación nunca se alentó, pero si eso lo digo en la televisión peruana me harían otro juicio por decirlo.

A usted le cobran hechos de hace casi sesenta años...

En Perú las condenas son eternas. Yo acabo de escuchar a un marino decir otra mentira: que yo fui condenado. Yo nunca fui condenado, contra mí hubo una investigación de cinco años que demostró que yo no era culpable de los terribles delitos de los que se me acusaba. Una investigación hecha por un juzgado militar, un consejo de guerra. Mi amnistía está firmada por el almirante Vargas Caballero, jefe de la Marina de aquella época.

¿Es necesaria una reforma de las Fuerzas Armadas?

Por supuesto, hay que introducir la formación de derechos humanos en las Fuerzas Armadas. He sido por muchos años profesor del CAEN [Centro de Altos Estudios Nacionales, escuela de posgrados militares dependiente del Ministerio de Defensa] y conozco las virtudes y los defectos de la formación de los militares de alta graduación. Muchos de ellos tienen unos enormes vacíos en conocimientos sobre el Perú.

¿Sigue enquistado el fujimorismo en las Fuerzas Armadas?

Las Fuerzas Armadas en el Perú son fujimoristas. El fujimorismo está en la conciencia de muchos militares, hay algunos criterios que impregnaron el fujimorismo desde los años 90 en adelante que siguen presentes. [El ex jefe del Servicio de Inteligencia, Vladimiro] Montesinos está preso pero el montesinismo sigue presente, la metodología, la forma de pensar está en la práctica militar de hoy día. Por eso Montesinos se comunica con el exterior cuando quiere y no pasa nada.

Parece que la palabra imperialismo en el lenguaje político de cierta nueva izquierda ha pasado de moda.

Sí, hay palabras que no pueden ser pronunciadas: imperialismo, revolución, socialismo, ya no pueden ser usadas en el Perú. Así que sería bueno que editen un diccionario peruano omitiendo esas palabras, y que tengamos una historia peruana como hacían los faraones, a la medida de los actuales dominadores del Perú.

¿Las prioridades de la izquierda han cambiado? Se habla más de reivindicaciones de la mujer, o derechos LGTB que del hambre, la miseria. No mencionar lo primero le fue muy criticado a Castillo, pero ¿tal vez por eso ganó?

Exactamente. Nuestras provincias son muy conservadoras en términos sexuales y reproductivos. Pero los derechos humanos son integrales, y no soy solo yo quien lo dice, sobre el tema hay dos grandes principios: uno que son eso, integrales, no pueden ser separados los derechos civiles y políticos de los de última generación, los ambientales, sexuales y reproductivos. Eso por un lado.

Y por otro, usted no puede retroceder en el tema derechos humanos, lo que se conquistó se conquistó, son principios internacionales, son acuerdos firmados por el Perú. Pero acá hay gente que solo recuerda los derechos civiles y políticos, pero no quiere acordarse de los económicos y sociales, por ejemplo, y al revés. Y lo que tenemos que lograr es todo, aunque parezca demasiado ambicioso, pero hay que conseguirlo, no podemos retroceder.

¿Se necesita una nueva constitución?

Sí. Esta es obsoleta no solamente por lo que dice, por la subordinación a la que somete al Estado, sino porque no incluye muchos derechos humanos, que son los que deben imperar. Derechos de acciones de garantía como el habeas data y otros fueron incluidos pero inmediatamente los constituyentes se dieron maña para, o dejarlos sin posibilidades de aplicación, o introducir otros elementos que impedían su aplicación, entre ellos el referéndum.

¿Cree que ahora cambiarán los lineamientos de la política exterior? Usted dijo que fue esa la verdadera razón de su salida.

Ojalá que no, espero que no. Pero hay que ver qué es lo que quiere hacer el Congreso. Allí quieren reinventar un grupo que ya no existe: el grupo de Lima. Yo siento que desgraciadamente en este momento -y ojalá esto cambie con el nombramiento de un buen o buena canciller-, el tema internacional no está presente en la agenda del Gobierno, y lo digo por hoy día, por este momento.

¿Pero usted cree que la oposición va a parar acá? El congresista Jorge Montoya ha dicho, palabras más, palabras menos, que van a bajar a todos los ministros.

El Congreso quiere armar un Gobierno de quienes perdieron las elecciones. Es decir, un golpe de Estado de nueva edición. Hay muchas formas de hacer un golpe de Estado, lo de ayer [se refiere a su salida, consumada este miércoles] ha sido un golpe de Estado blando. Los jefes de las instituciones armadas, que deben obedecer al presidente, se reúnen con él para avalar la renuncia de un canciller. Es un golpe de Estado blando, o el comienzo de él. Yo espero que no continúe.

El objetivo es la vacante presidencial.

Sí, ya lo han expresado desde el comienzo, el objetivo es la presidencia. Empezó conmigo y acabará con el presidente Castillo. Ojalá que no, pero ese es el plan.

¿Cómo califica usted este momento político?

Perú es un país en movimiento, y eso está muy bien, es un país en donde la gente empieza a darse cuenta de las cosas, aunque aún de una manera muy nebulosa. El pueblo ya llegó al gobierno y eso es muy bueno, pero eso también tiene sus problemas: el pueblo no sabe gobernar porque nunca ha gobernado, entonces es explicable que este gobierno tenga todos los defectos que tiene. Si fuésemos democráticos, ayudaríamos a ese gobierno en lugar de aprovechar su debilidad para derribarlo.

En Perú nunca hemos tenido una democracia -en el mejor de los casos la estamos construyendo con grandes dificultades-, pero democracia no tenemos. Lo que tenemos es una dictadura de los monopolios económicos y mediáticos.

¿Qué sabor le deja lo sucedido con usted, a nivel personal y político?

Ninguno. Soy feliz ahora, con mis libros. Estoy preparando uno que va por la tercera o cuarta edición, sobre la historia del Perú. Me dedicaré a mis placeres, que son las artes plásticas. Estoy en una etapa feliz de mi vida, no me siento para nada resentido ni dolido, me siento libre otra vez.

¿Es cierto que usted conoció al Che Guevara? 

[Risas] No solamente lo conocí, lo admiré y fui su soldado.

23/08/2021 10:18

Sengo Pérez

Publicado enInternacional
Domingo, 22 Agosto 2021 06:00

El socialismo, una cultura

El socialismo, una cultura

El socialismo fue mucho más que una doctrina. Fue una cultura que desbordó a sus ideólogos, sus organizaciones y sus votantes, y que sigue alimentando estudios desde nuevas perspectivas historiográficas. La vasta obra de Madeleine Rebérioux, centrada en el caso francés, permite volver sobre el socialismo como un movimiento radicalmente diverso y plural.

Ni más ni menos que cualquier otra doctrina política, el socialismo no se deja encerrar en el perímetro de una definición simple y estable. Si bien constituye un capítulo obligado en cualquier historia de las ideas políticas, la doctrina socialista permanece más abierta que otras, probablemente porque su historia la ha puesto en una relación más estrecha con el movimiento social. En la gran cocina de las ideologías, el caldero socialista es el que más cuidados y atenciones reclama. Todavía desborda a sus fundadores, sus organizaciones, su electorado tradicional, las fuerzas sociales que se supone que representa.Por lo tanto, es un poco por comodidad que las páginas siguientes intentan presentar el socialismo como un «hecho de cultura», a raíz de la obra de Madeleine Rebérioux, a quien en primer lugar quieren rendir homenaje1. Se trata menos de diluir la noción o debilitar su consistencia dejando fuera todo lo que contribuya a su institucionalización social y política que de, por el contrario, enriquecer su paleta constitutiva. Hay de todo en el socialismo: ideas, modos de vida, elecciones estéticas, prácticas políticas, instituciones, pero también, simplemente, hombres y mujeres.

El socialismo como cultura política

¿Cultura? ¿Identidad? ¿Mentalidad?

Interrogarse en estos términos por la naturaleza del socialismo es tanto más decisivo puesto que se trata de un momento de su historia (finales del siglo xix- principios del siglo xx) en el que se encuentra en una fase de emergencia institucional y de consolidación ideológica. Poco a poco, por caminos tan diversos como enfrentados, el socialismo se fue consolidando como una «cultura política» fluida, incluso más que como una doctrina bien pulida. ¿Socialismo? Una «forma de felicidad», escribió Madeleine Rebérioux después de decenas de años de investigación. En todo caso, esta es la representación más compartida por todos los activistas en el pasaje del siglo xix al xx. En un artículo de 1966 donde estudia las formas en que se formula el socialismo en el periódico publicado en 1905-1906 por Armand Girard, activista de un grupo socialista que él mismo creó en Cuisery, Saône-et-Loire, Rebérioux resumió en estos términos, que bien pueden pasar por la representación colectiva más extendida del socialismo durante estos años que apenas suceden a la política de unidad de la izquierda liderada por el presidente del Consejo de Ministros Émile Combes, un anticlerical mordaz y receloso del Ejército, siempre temido como «jesuita»: «Libre pensamiento militante, amor a la patria y antimilitarismo, odio a los nobles y holgazanes [da la lista: funcionarios, sacerdotes, oficiales] más que a los capitalistas; desconfianza en el parlamentarismo, pero aún mayor desconfianza hacia quienes utilizan el antiparlamentarismo con fines ‘reaccionarios’, confianza en la ciencia y el progreso, profunda solidaridad, gusto por la felicidad»2.

Rebérioux ha luchado una y otra vez con la definición imposible de un socialismo huidizo. El socialismo se presenta ante todo como un hecho de cultura; al menos así lo concebía un momento historiográfico marcado, en la década de 1970, por las alianzas ambivalentes entre historia y antropología, una creencia multidimensional, un comportamiento, un arte de vivir, una moral:

En la década de 1880, ¿qué era el socialismo? ¿Un intento de captar mediante el estudio el significado de la sociedad en que vivimos? ¿Un modo embrionario de estructuración y organización obrera? ¿La expectación apasionada y flambeante de la revolución que, formulada por algunos apóstoles y alimentada por grandes luchas, da contenido al espíritu de rebelión y enciende el corazón de los trabajadores? ¿Preparación educativa para la victoria del proletariado? Todo esto y mucho más3.

Se trata, pues, de un hecho de cultura. Hecho de mentalidad, en el mismo momento en que la historia de las mentalidades estaba en su apogeo, cuando los historiadores partían en busca de representaciones mentales colectivas. No es baladí ver a Rebérioux optar por el término, que ella sin dudarlo prefiere a doctrina, ideología o incluso idea.En la época de Jean Jaurès, sin embargo, se habla ciertamente de una «idea socialista»… Incluso cuando se trata de rastrear «tendencias hostiles al Estado en la sfio4», un tema de investigación que bien podría aparecer claramente relacionado con la historia de las ideas políticas, Rebérioux muestra un programa completamente diferente, más adecuado a su objeto: «Se trata menos de un análisis ideológico que se opone a las diversas corrientes que se reclaman del marxismo o del proudhonismo que de un esfuerzo por comprender la persistencia y las mutaciones de una mentalidad antiestatal dentro de la sfio y entre quienes la siguen5». Conserva el término «mentalidad» para designar lo que ella considera la summa divisio de los socialistas franceses durante la década de 1880, la división que opone a los «revolucionarios» y los «reformistas»: «De hecho, no es tanto una cuestión de doctrinas y de organización como de mentalidades colectivas cuyas diferencias se agudizan con la desocupación y las huelgas»6.

Rebérioux no renuncia en modo alguno a esta perspectiva cuando elige la escala biográfica. Cuando se trata de abordar la concepción jauresiana de nación, ella desea también dar cuenta de «una mentalidad»7. No se cansa de subrayar que el socialismo de Jaurès se nutrió tanto de la cultura del libro como de las experiencias políticas y los contactos humanos. Asimismo, pretende liberar la figura de Jaurès de un «jauresismo» partidista que ciñe al gran hombre del socialismo francés en un ropaje teórico demasiado estrecho: «Si contribuyó a establecer las formas políticas que definieron los estatutos votados en el Congreso del Globe, ha sido a través de su práctica», añade la autora8. La doctrina de Jaurès es ante todo producto de los alborotos de la historia. Es el resultado de constantes ajustes pragmáticos que obviamente sus adversarios consideran como otras tantas renuncias, abandonos, incluso traiciones. Tan persistente es la sospecha que nunca ha dejado de pesar en la historia del socialismo francés: su oportunismo tramposo.¿Hay otros términos que sean más adecuados para definir la elusiva doctrina? Algunos han encontrado una fortuna crítica en el distinguido círculo de las ciencias sociales. Identidad o cultura han respondido a múltiples usos, no siempre bien precisados. Rebérioux cede poco. Casi no habla de «cultura política»9. La noción está emparentada con «identidad» y a menudo solo reemplaza, sin mayor provecho heurístico, la noción actual de «familia política», antigua fórmula, algo polvorienta sin duda, pero que no está tan mal adaptada a las descripciones del socialismo propuestas por Rebérioux. Ella misma ha llegado a interrogarse, a raíz de Louis Dubreuilh, secretario general de la sfio, antes de 1914: «¿Debemos dar crédito a las confiadas palabras de Dubreuilh, para quien el partido es ‘una gran familia’ donde todos los miembros se consideran en cierta medida emparentados entre sí?»10.

En definitiva, sin retenerla realmente, Rebérioux no pierde del todo una analogía final que surge inevitablemente para cualquiera que conozca a Jaurès y su filosofía: la religión. «No hemos terminado de reflexionar sobre la relación entre socialismo y religión»11, escribió en la presentación de una obra inédita de Jaurès de 1891 donde expresa todo un impulso metafísico que recientemente encontró a varios comentaristas asombrados, en especial entre los filósofos que leyeron a Jaurès12. Sin embargo, esta nueva pista, un tanto iconoclasta, ha sido lamentablemente poco seguida.

República y nación

No podemos contentarnos con la observación que pone de relieve la naturaleza dúctil del socialismo francés. El pluralismo es ciertamente constitutivo de su historia13, incluso de manera casi paradojal a la luz de una odisea en la que chocan tantas capillas, una debilidad teórica que los socialistas mismos no se cansan de poner de relieve respecto de su comunidad de pertenencia. El «análisis teórico», señala Rebérioux, ha sido lamentablemente deficiente en el socialismo francés14.

¿No podemos caracterizar de alguna manera la idea socialista más allá de unos pocos rasgos de mentalidad o comportamiento? Para tratar de desentrañar la cuestión, es necesario distinguir los niveles de análisis (líderes, intelectuales, activistas, votantes) a los que se dirigen las investigaciones. Coincidamos con Rebérioux en que el socialismo del «hombre joven» –la expresión remite a Charles Péguy, pues este era su caso– no siempre se distingue fácilmente de otras tendencias políticas afines cuando se examinan situaciones políticas locales. Porque el socialismo –como hemos comprendido– es una respuesta política que surge de esas «racionalidades situadas» tan queridas por la historia de las ciencias. Los socialistas se inscriben políticamente en esas configuraciones singulares. Se ajustan y adaptan a unos trazos amplios definidos para otras escalas temporales y políticas, negociando los principios con la realidad del terreno en el que trabajan. En su contribución principal a la Histoire générale du socialisme, Rebérioux señala, por ejemplo, que durante las elecciones legislativas de 1893, el candidato socialista de Gard, Delon, en su profesión de fe define el socialismo como «el respeto por la libertad y la conciencia humana» y agrega «la reverencia ante el trabajo»; durante la campaña por las legislativas de 1898 en Burdeos, el socialista Jourde, por su parte, pretendía reclamarse «ante todo como parte de la gran familia republicana»15. Así como no siempre es fácil distinguir entre sectas socialistas rivales, a veces es difícil, si no imposible, trazar las fronteras que separan a un socialista de un radical16, en especial porque la parlamentarización del socialismo francés alentó una serie de reconciliaciones. Lo que con acierto se denominó «disciplina republicana» exige que, ante los «reaccionarios», el votante socialista, sin mala conciencia, ceda su voz al candidato radical si este se encuentra en la mejor posición.

Esta proximidad política está respaldada por un tronco común republicano. Tanto radicales como socialistas administran por igual la herencia republicana; es esta tradición la que inspira su acción. El primero sin reservas, el segundo con el deseo de corregir las desviaciones y superar su incompletud. Ahí reside, sin duda, una de las propiedades más reconocibles de la cultura política de los socialistas: la prolongación casi ad infinitum de los ideales republicanos gradualmente desarrollados desde la Revolución Francesa. Pocos son los que se desvían de esta base doctrinal, mínima pero no menos exigente. Además, es lo suficientemente evasiva como para que todos encuentren algo en ella: la debilidad del vínculo es una de las fuentes de su fuerza.

Un ejemplo permitirá resaltar algunas de las contradicciones y ambivalencias que pesaron sobre el socialismo francés y que explican muchos de los bloqueos y traspiés que han contribuido a trastocar su desarrollo teórico. Nos detenemos aquí en un panorama ideológico que prescinde de la evocación de adaptaciones locales y personales. Gracias a que había llegado al estudio de esta secuencia histórica del socialismo francés con el deseo de comprender mejor las relaciones que tenía con la nación, Rebérioux ha reflexionado mucho sobre esta cuestión. Lo hizo con especial cuidado en el caso de Jaurès, un análisis que sin duda no es válido para todos los socialistas, pero que se acerca a una línea media suficiente para definir un horizonte ideológico común. Esta comunidad de visión de la nación, esta «cultura política» compartida, si uno se conforma con esta noción un tanto incierta, arroja luz sobre los obstáculos que han surgido a la hora de construir una conciencia militante internacionalista o de afrontar los retos nacidos de un colonialismo que ningún socialista, o casi, cuestionaría en sus fundamentos. La denuncia de las brutalidades de las conquistas o los abusos sin escrúpulos de los colonizadores han servido durante mucho tiempo como medio para el análisis socialista y la crítica del colonialismo. Asimismo, la faceta patriótica de la herencia republicana podría de vez en cuando tomar los colores no del nacionalismo –que se había inclinado definitivamente a la derecha–, sino de un chovinismo más o menos discreto que la actitud de la mayoría de los socialistas durante la Primera Guerra Mundial confirmó y reforzó. Solo hay que seguir la historia de las tumultuosas relaciones entre los socialistas franceses y los socialistas alemanes para convencerse de ello. Tal como Rebérioux terminó lamentando, la indefinición teórica del socialismo francés se hizo sentir en el debate internacional sobre el imperialismo que se inició a principios del siglo xx y se intensificó en vísperas de las hostilidades: «El lugar de Francia es casi nulo. (…) ¿Qué les faltaba? ¿Formación económica? ¿Práctica del marxismo? ¿Voluntad revolucionaria? Ningún francés ha intentado presentar una teoría global del imperialismo»17.

Fuentes teóricas y la cuestión del legado: Marx, marxismo y marxistas

Dibujando los contornos de una problemática «cultura política» socialista, que ella nunca describe ni ausculta –debe enfatizarse– como un cuerpo de doctrina acabado, Rebérioux se dedicó a la revisión de autores reputados de haber dejado su marca en la cultura teórica de los socialistas franceses, tan diáfana como era. Una de sus primeras investigaciones la dedicó a Pierre-Joseph Proudhon18.

Además del caso bastante singular, desde cualquier punto de vista, de Jaurès, Rebérioux apenas se dedicó al estudio teórico de los escritos socialistas. Por otro lado, como ya he comentado, está lejos de explorar el pensamiento de Jaurès fuera de la política o la sociedad de su tiempo. Aquí, nuevamente, lo que ella escudriña es una «racionalidad situada». Por otro lado, se preguntó mucho por las modalidades de recepción de los escritos de Karl Marx entre los socialistas franceses. En la historia de la invención del marxismo francés, que se ha enriquecido con numerosas obras19, Rebérioux fue pionera tanto en la elección del objeto como en los métodos utilizados.

Es en relación con Jaurès como Rebérioux analiza la historia de la recepción francesa de Marx en los años posteriores a la muerte del filósofo. Vuelve a esto en su brillante capítulo de la Histoire générale du socialisme donde detalla los aspectos materiales (la edición de las obras de Marx20) e intelectuales (la traducción y el estado del conocimiento económico y filosófico en Francia y Alemania) de la transferencia de Marx a Francia, cuya dimensión familiar no debe descuidarse21. Después de hacer notar que Jaurès está «demasiado vivo, demasiado cerca de la acción» para apoyarse únicamente en otros autores, Rebérioux intenta, no obstante, el inventario de sus lecturas decisivas. Jamás hizo de Jaurès un marxista, ni un adepto a la doctrina, y mucho menos uno de esos apasionados del marxismo, tan intransigentes en la defensa de una filosofía reducida a unas cuantas fórmulas impactantes –para las que Marx era genial– como ignorantes de los grandes textos. Estos son los primeros marxistas a los que Marx, como sabemos, no estaba lejos de considerar unos necios. Cuando ingresó al socialismo a principios de la década de 1890, Jaurès era más versado en la obra de Marx, que había explorado en parte durante la preparación de su tesis dedicada a los orígenes del socialismo alemán, que sus epígonos guesdistas22

En la década de 1880, estos últimos aún le eran desconocidos, por fuera del excelente conocedor de Marx, Édouard Vaillant, cuyo nombre ya le era familiar al joven diputado oportunista en marcha hacia el socialismo.

Rebérioux sigue con gran minucia la historia de una lectura. Sigue las etapas de una apropiación, detecta las dificultades, identifica los obstáculos. Pone en evidencia los marcos de un descubrimiento intelectual, los consejos que lo orientan, los fondos de referencias literarias a los que se superpone:

¿Habría sido lo mismo si realmente hubiera leído a Marx o si, en Francia, los que se creían marxistas le hubieran dado las claves? Hipótesis... Fue con los ojos de Benoît Malon, en el mejor de los casos los de Lucien Herr, como estudió El capital. Fue con la «quintaesencia del socialismo» de Schoefflé y los folletos de propaganda, los «catecismos socialistas» escritos en 1883 por Guesde y Lafargue, como abordó el materialismo dialéctico. ¡No es de extrañar si, para distinguirlo del materialismo mecanicista, no vio otra solución que redescubrir la «conciencia» en los orígenes de la materia!23

En un importante artículo que se presenta como una contribución tanto a la historia de la recepción de Marx como a la del pensamiento de Jaurès, Rebérioux profundiza en este aspecto evidentemente decisivo de la historia cultural del socialismo francés. No decimos mucho argumentando que el marxismo es parte de su repertorio teórico. Todavía hay que saber qué es el marxismo, de qué está compuesto y cómo se forjó. Junto con un puñado de intelectuales, no tan numerosos, como Lucien Herr, Charles Andler, Gabriel Deville, Georges Sorel y Hubert Lagardelle, Jaurès fue uno de los mediadores franceses de las ideas de Marx. Sin duda, su conocimiento pasivo del alemán le dio acceso directo a los textos, aunque todo sugiere que tomó conocimiento de El capital en la traducción de Joseph Roy. Por otro lado, como señala Rebérioux, sus herramientas intelectuales, todas ellas integradas en las humanidades y en una tradición filosófica francesa tan alejada del hegelianismo como de las ciencias sociales, no pudieron animarlo a convertirse, en rigor, en un seguidor de las ideas de Marx. Tampoco tiene necesidad de Marx para descubrir la realidad de la lucha de clases, que reconoce directamente en el suelo de las minas, en Carmaux, o en la observación de los numerosos conflictos sociales que agitaron los años 1880 y 1890. También se ha mencionado a menudo el impacto que ejercieron en él las muertes de Fourmies, perpetradas por el Ejército el 1o de mayo de 1891. Esta forma de hacer historia y de describir la formación socialista de Jaurès le valió a Rebérioux, siempre marcada por una sensibilidad labroussiana, enfrentarse enérgicamente a Georges Lefranc, cuya obra Jaurès et le socialisme des intelectuals [Jaurès y el socialismo de los intelectuales]24 defendía la idea de que solo la frecuentación de los buenos espíritus del socialismo podía dar cuenta de la «conversión» de Jaurès a esa doctrina.

Jaurès conocía relativamente bien la obra de Marx, al menos la conocía mejor que muchos militantes que se proclamaban marxistas, especialmente en las filas guesdistas, pero no era marxista. Esto no dejó de tener algunas consecuencias políticas para un líder de talla internacional como él:

El medio marxista de la Segunda Internacional está dominado por los socialdemócratas de habla alemana. Jaurès no maneja su vocabulario, rara vez utiliza sus conceptos, o bien lo hace de manera descuidada, o incluso buscando equivalentes espiritualistas. Su lenguaje y su filosofía lo hicieron incomprensible para los marxistas de su tiempo, de cualquier tendencia que fueran. Ni ortodoxo, ni revisionista, ni radical. Inclasificable.25

Prácticas militantes

Variopinta, la cultura socialista, por lo tanto, se deja circunscribir mal bajo la forma de una simple ecuación doctrinal. ¿Hay más unidad en las prácticas militantes que resultan de ella? Varios estudios de Rebérioux han contribuido a enriquecer los estudios etnohistóricos de la historia de la cultura política de los socialistas. Algunos autores la habían precedido en este proceso, empezando por Maurice Dommanget, experto en prácticas militantes a las que Rebérioux prestó especial atención.

¿Existe el Partido Socialista?

A principios de los siglos xix y xx, el término «partido» no era tan claro como parece haberlo sido desde entonces. Son el siglo xx y la modernización del campo político, el desarrollo de experimentos democráticos como, a la inversa, el establecimiento de regímenes totalitarios, los que otorgan al partido político sus propiedades de aparato burocrático y de institución dedicada a la conquista o gestión del poder. Esta forma contemporánea de partido surgió paulatinamente en las filas socialistas durante las dos últimas décadas del siglo xix sin eliminar por completo otra forma partidista, más plástica, cercana a la red informal, donde se reúnen individuos que tienen el sentimiento de compartir convicciones morales y políticas. El socialismo en Francia se ha extendido desde hace mucho tiempo en una forma reticular en la que se disponen muchísimas microestructuras al margen de la política: sociedades de libre pensamiento, masonería, corporaciones, grupos de reflexión, etc. Rebérioux propone para el partido socialista en formación la siguiente definición: un conjunto formado por «una comunidad de personas que tienen un mismo ideal»26. Este «partido» es simplemente más parecido a un «campo» con fronteras cambiantes, un poco como el «Partido Republicano» del que los socialistas son, además, herederos directos. Este sentido también se encuentra en lo que se denomina «partido obrero» o «partido de los trabajadores»: ¿no es el Partido Socialista, además, el que reivindica una identidad de clase? Podemos comprender mejor el nombre que se dio a sí mismo por el primer partido socialista unificado, después del congreso «inmortal» de Marsella en 1879: Federación del Partido de los Trabajadores Socialistas de Francia (fptsf). Este partido es un encuentro apenas estructurado de todas las organizaciones obreras, políticas, corporativas, cooperativas y culturales, federadas en este vasto e informal fptsf.

Esta última forma, que podría calificarse de baja intensidad institucional, fue la que más favoreció el socialismo francés, a diferencia de la gran maquinaria alemana y, en menor medida, británica. Sin teorizar al respecto, y aunque, desde Robert Michels hasta Moisei Ostrogorski, las sociologías de los partidos habían florecido antes de la Primera Guerra Mundial, Rebérioux se esfuerza por describir y observar el funcionamiento de los partidos socialistas franceses desde la década de 1880 hasta la unidad de 1905.Echa luz así sobre una cultura partidista original. En repetidas ocasiones enfatiza que todos los partidos, incluidos los más estructurados, como los tres partidos guesdistas, el Partido Obrero, el Partido Obrero Francés y después el Partido Socialista de Francia, en realidad no eran muy centralizados, estaban sostenidos en una burocracia a menudo transparente y compuestos por un número muy reducido de activistas. Estamos muy lejos de los «batallones de aportantes» de la socialdemocracia alemana contra los que muchos socialistas franceses arremetieron no sin una dosis de envidia. La organización es tan desordenada que, durante la década de 1880, aun entre los guesdistas los congresos se reunieron de forma extremadamente esporádica.

Pasar por el examen del pensamiento de Jaurès para intentar comprender qué era el Partido Socialista antes de 1914 no es el camino menos relevante. Jaurès se cuenta entre quienes entienden que las nuevas coordenadas de la vida política democrática (parlamentarización y masificación) exigen a los socialistas dotarse de una organización lo más poderosa y unificada posible. La consecución de este objetivo, junto con la lucha contra la guerra, ocupa el centro de su reflexión y su acción27.

Propagandizar

«Antes de 1914, escribe Gilles Candar, ser socialista era ‘propagandizar’ y ‘organizar’»28. Como la idea republicana, la idea socialista tiene la propiedad de estar destinada a «descender» a las masas para expandirse29. Por lo tanto, la primera misión de los socialistas es el proselitismo. El desafío es tanto mayor cuanto que el sufragio universal masculino ha colocado la política bajo el dominio de la cultura de masas. Era necesario convencer por todos los medios; no era suficiente con la movilización de la razón ciudadana o la agitación de los intereses de clase. Activar los resortes emocionales es ahora una cuestión de acción política que ha dejado de ocupar solo a unos pocos círculos de elegidos.

Los socialistas han tomado nota de esta nueva situación definiendo todo un conjunto de prácticas simbólicas, cuyo abanico va desde la adopción de comportamientos privados ejemplares hasta un gesto militante compuesto por acciones destacables que incluyen el uso de objetos claramente reconocibles: banderas, insignias, canciones, vestimenta. Charles de Fitte sube los escalones de la catedral de Auch a caballo y Paule Minck llama a su primer hijo Lucifer-Blanqui-Vercingétorix. Esta intrusión de lo público en lo privado, de la política incluso en la más íntima de las vidas individuales, constituye un modo particular de relación con la política que fomenta la «vida socialista». Incluso después de la unidad de 1905, los guesdistas conservan una panoplia en la que se distingue el uso del sombrero de ala ancha y la inevitable corbata lavallière. Comportamientos de tribu que a veces conciernen a toda la familia socialista cuando se trata de encontrarse en una memoria compartida: la Revolución Francesa y, más aún, la Comuna.

Rebérioux hizo de la Comuna un «lugar de memoria» para el movimiento socialista, con la distancia crítica que, a su juicio, requería ese concepto. Es notorio el respeto que despierta la gran figura del veterano de la Comuna, Édouard Vaillant. Cuando entra en las salas de reuniones, todos se levantan. No cabe duda de que el estudio más completo de las prácticas militantes es el que se encargó de escrutar en la larga duración las rememoraciones primaverales de la izquierda frente al Muro de los Federados en el cementerio del Père-Lachaise de París. Esta práctica se fue imponiendo gradualmente a partir de la década de 1880, no sin tensiones entre los grupos conmemorativos que lucharon por la memoria de los mártires. El Partido Socialista Unificado hizo en 1905 de la «subida hasta el muro» [de los federados de la Comuna] una «iniciativa eficaz de estructuración»30, necesaria para la construcción de una conciencia partidista. La emoción compartida, cualesquiera sean su origen y pertenencia, une a los activistas de manera mucho más efectiva que las mociones del congreso. Por eso, sin duda, la sfio supervisa eficazmente la organización de este momento que se ha convertido en capital en la historia de los rituales socialistas y confía la responsabilidad al hombre del aparato, Pierre Renaudel. A partir de 1910, fue él quien fijó de antemano el plan de las manifestaciones, cuidando de colocar a «hombres de confianza» cada 100 metros.

Al mismo tiempo que aumenta su membresía, el Partido Socialista se profesionaliza. Sin embargo, no hay que exagerar sus capacidades de acción ni su organización antes de 1914. Aún estamos muy lejos de los aparatos que conocemos hoy, pero es poco discutible que una «curva de aprendizaje» permitió entonces a los socialistas afirmarse mejor sobre la escena militante. El fenómeno es particularmente observable en relación con las manifestaciones. Rebérioux lo demuestra en su estudio sobre las dos principales protestas que siguieron a la ejecución del anarquista español Francisco Ferrer. La primera, el 13 de octubre de 1909, día de la muerte de Ferrer, fue una manifestación muy violenta que terminó con la muerte de un policía. La segunda, el 17 de octubre, fue por el contrario muy tranquila, luego de negociaciones entre los funcionarios socialistas y la policía. A falta de todo derecho de manifestación, obstinadamente negado por la legislación republicana, nació clandestinamente un «derecho a manifestarse», complemento esencial del sufragio universal31.

La creación de responsables permanentes de propaganda es otro ejemplo que puede ilustrar este aumento gradual de la organización socialista y la profesionalización de las prácticas militantes después de 1905. A raíz de la unificación socialista, el Partido Socialista confió a tres de sus mejores oradores, Jules Guesde, Marcel Cachin y Pierre Renaudel, la tarea de difundir la buena nueva socialista por todo el país. La unificación en la parte superior debe encontrar su traducción en la base. Los tres delegados se pusieron a disposición de los secretarios federales para animar reuniones en los pueblos más pequeños, al final de las cuales se podía esperar la creación, más o menos duradera, de grupos socialistas. Esta labor de propaganda se reparte entre los diputados –a quienes suelen reservarse las grandes ciudades y aglomeraciones en las que estaba bien estructurado el partido– y los responsables permanentes a quienes se asigna, en palabras de Marcel Cachin, «la tarea de clarificación, educación y organización en pequeños pueblos y aldeas de provincias. Su tarea es el contacto directo con obreros, campesinos, artesanos y comerciantes hasta entonces ajenos a la influencia de las ideas socialistas»32.

El balance de la propaganda socialista, por muy elemental que fuere –fortalecer sin cesar la consistencia de grupos cuya existencia es a menudo muy frágil–, es menos sombrío de lo que a veces sugieren algunos delegados, agotados por una labor tan ingrata. Hay que mencionar también los esfuerzos por modernizar este tipo de prácticas militantes: en la década de 1910, el fonógrafo y el cine vinieron a enriquecer el equipamiento de ciertos activistas que ya estaban munidos de un legado de carteles o tarjetas postales, fuentes que ahora se están estudiando de cerca. Aquí y allá, también percibimos entre los militantes socialistas la conciencia de que «la política no lo es todo, que no puede darnos todo lo que tenemos»33, como comentó Armand Girard, el activista de Cuisery cuyo periódico estudió Rebérioux. Otras vías de «cambiar la vida» eran posibles, como se diría más adelante34. En torno del deporte o las actividades intelectuales se formó una vida asociativa que dio al socialismo francés un prestigio muy singular.

Un socialismo educativo

La educación está en el corazón de las cuestiones identitarias del socialismo francés. La cita de Cachin acaba de ilustrarlo: la propaganda socialista es, a los ojos de sus agentes, nada más y nada menos que una labor educativa. Politizar es educar. Charles Péguy –¡de nuevo él!– no se equivocó al plantear este ideal y al hablar de un «socialismo educativo», traicionado, según él, por la alineación impuesta por la lógica partidaria.

Rebérioux insistió mucho en esta dimensión propiamente cultural del socialismo francés, que también refleja su inserción en los horizontes republicanos. Para apreciar a pleno esta propiedad educativa del socialismo francés, es necesario alejarse del exclusivo perímetro partidista. Por supuesto, existen tales preocupaciones dentro del aparato. La sfio tiene una «librería» que publica y vende folletos pero, si hemos de creer a los diversos testimonios, siempre en número insuficiente. Una de las fórmulas más escuchadas en cada inicio de un congreso es la de su líder, Lucien Roland, que deplora constantemente las débiles ventas de la librería del partido, atestiguando, según él, las deficiencias doctrinarias de muchos militantes. La sfio tampoco apoya ningún proyecto editorial importante, a pesar de algunos intentos de publicar las obras completas de Marx, de las que Jean Longuet, su nieto, fue durante un tiempo el promotor.

Rompiendo con la tradición de las universidades populares, una Escuela Socialista fue fundada en 1909 por unos pocos estudiantes, patrocinados particularmente por el germanista Charles Andler, profesor de la Sorbona. Esta iniciativa, impulsada por el deseo de poner la ciencia al servicio de la política, fue un éxito. Pero el estallido de la guerra de 1914 le puso fin. Dos intentos anteriores, por otro lado, se extinguieron rápidamente: uno en 1899, a raíz del caso Dreyfus, una crisis que había alertado a los socialistas dreyfusistas de los peligros inherentes a la falta de educación; el otro en 1908, impulsado por los socialistas de la Federación del Sena.1909 es un buen año. La iniciativa de crear una nueva Escuela Socialista fue tomada por Jean Texcier, secretario del Grupo de Estudiantes Socialistas Revolucionarios, que contó con el concurso de hombres experimentados, científicos y académicos atraídos por el socialismo: además del ya nombrado Andler, Hubert Bourgin, Lucien Herr, Marcel Mauss, François Simiand. El Partido Socialista apoya la escuela, dejando plena libertad al equipo de dirección. El objetivo que se le asigna es sencillo y responde a la concepción del activismo político cercano a la enseñanza mutua: La Escuela Socialista es una cooperativa libre cuyo objetivo es ofrecer al socialismo francés un órgano de información científica. Se preocupa por unir a la juventud socialista intelectual y obrera en el estudio común del movimiento socialista en Francia y el extranjero y por darle, a través de una amplia información extendida a todos los campos de las ciencias sociales, el espíritu crítico necesario para el desarrollo continuo de la vida y de la doctrina del socialismo35.

Las Universidades Populares habían prefigurado la Escuela Socialista incluso antes de que el asunto Dreyfus les diera el impulso que conocemos. Diezmadas desde los años 1903-1904, fueron reemplazadas por la Escuela Socialista, que trató de reactivar su espíritu evitando hundirse en sus fallas, comenzando por sus deficiencias pedagógicas: la inadecuación de los programas y métodos de enseñanza a su audiencia principal, la clase trabajadora. Y sin embargo... ¿No dio Jaurès, ya en 1895, la bienvenida a una educación socialista que no debía reducirse a «una parafernalia de erudición o a una mezcolanza de fantasías que obstaculizarían la marcha del proletariado»? Por el contrario, la educación «verdaderamente socialista» debía confundirse «con la vida misma»: «Solo el socialismo puede hacer pensar a la gente; frente a un formalismo escolar que cesa a los 13 años cuando el niño entra al taller, son necesarios un hábito y una verdad»36.

Por tanto, es sobre todo en los márgenes donde es necesario situarse para captar lo más plenamente posible las prácticas vinculadas al «socialismo educativo». Se puede citar otro ejemplo, que dio lugar a la publicación de un importante artículo de Rebérioux. El guesdista Adéodat Compère-Morel, después de haberse forjado una sólida competencia en política agraria, decidió dotar al ps de una «nueva arma de propaganda»: la Encyclopédie socialiste. Rodeándose de varios autores, Charles Rappoport y Hubert Rouger entre los más prolíficos de los surgidos directamente de la familia guesdista, Compère-Morel logró publicar nueve volúmenes entre 1912 y 1914 (los últimos tres aparecieron después de la Primera Guerra Mundial), con el objetivo de abarcar el universo socialista en Francia y en el exterior: por la enciclopedia desfilan ideas, actores e instituciones.

Si bien la Encyclopédie socialiste no fue publicada por el ps sino por un sello editorial independiente, contribuyeron en ella grandes activistas como Jean Longuet, Paul Louis y Anatole Sixte-Quenin. La iniciativa también está tratando de responder a las preocupaciones expresadas repetidamente dentro del partido en materia de propaganda o, si se prefiere, ya que las dos palabras aún no se enfrentaban, de educación.

También es conocida por sus preo- cupaciones educativas la Librería Quillet, que se encarga del negocio editorial. Aristide Quillet, quien se afilió al ps en 1906 (y no lo abandonó hasta 1927), era el editor de L’homme et la terre de Élisée Reclus. Desde 1902 publica asimismo varias obras de tipo enciclopédico en las que se abordan simultáneamente la medicina, la higiene, la mecánica y la electricidad. En 1907, la Librería Quillet publicó la obra Mon professeur, que, en cinco copiosos volúmenes, se dirige a «los hijos del pueblo que carecían de capacidades escolares»37. Por lo tanto, es fácil ver que Quillet acogió con satisfacción el proyecto Compère-Morel, que estaba en línea con sus elecciones editoriales.

No cabe duda de que el socialismo francés constituye un fenómeno cultural a gran escala, nacido en los primeros años del siglo xix, que no puede confinarse a la superficie de una única organización política. Si bien los políticos y las instituciones se han apoderado de él, especialmente en las últimas dos décadas, durante mucho tiempo ha sido un asunto de intelectuales, de hombres y mujeres de la cultura. Lo era mucho más a principios del siglo xx. Pero fue especialmente en la década de 1930, observa Rebérioux, cuando durante un «breve momento», «entre el activismo y la cultura, tuvo lugar un matrimonio feliz»38.

El socialismo como cultura

Los intelectuales y el socialismo

Tomamos nota: el socialismo es más que un movimiento político y no puede reducirse a la expresión de los intereses de la clase obrera. Es toda una cultura, y su esfera de influencia es amplia. Ha integrado a las elites culturales desde principios del siglo xix. En el momento histórico en el que se centró en particular el trabajo de Rebérioux, la cuestión de quienes comenzamos a llamar simplemente «intelectuales»39 deviene primordial.

El socialismo educativo se ha basado sobre todo en la entrada de los intelectuales en el socialismo. El caso de Péguy, cuya adhesión al socialismo fue efímera, está lejos de ser un hecho aislado. El movimiento de las Universidades Populares (aunque dos tercios de estas instituciones se fundaron a petición de las Bolsas del Trabajo) atrajo a miles de intelectuales. ¿Qué estaban haciendo allí? «Difundiendo su conocimiento», señala Rebérioux, esperaban hacer retroceder los impulsos de la barbarie racista y de burdo nacionalismo cuya presencia reconocieron entre quienes querían «colgar a Zola» y matar a «todos los judíos»40.

Sin embargo, este primer gran compromiso de los intelectuales no benefició al movimiento socialista, como se sostiene a veces con demasiada rapidez. Las grandes figuras intelectuales del socialismo francés, desde Lucien Herr hasta Charles Andler41, incluidos Georges Sorel o Bracke-Desrousseaux42 y algunos otros, le habían jurado lealtad antes de que estallara el caso Dreyfus. Después del affaire, los intelectuales apenas siguieron a Jaurès en el Partido Socialista Unificado. Este último, que podría haber pasado por su mentor, a veces incluso se convierte en un indeseable (¡ver Péguy!), un traidor, que aliena su libertad de pensamiento y la independencia de su juicio a la disciplina partidaria. Indudablemente, hubo en este comportamiento una excesiva indolencia, ya que el naciente sfio, como hemos visto, no se parece en nada al Partido Comunista, que condujo a sus intelectuales bajo su batuta. Pero la reglamentación, por offenbachiana43 que fuera, era vista como una amenaza por los intelectuales celosos de una libertad que acababa de demostrar su fuerza durante los acontecimientos dreyfusianos.

¿Cómo entender entonces qué es en estos años (e incluso después) un intelectual socialista? ¿Es una fórmula realmente adecuada? ¿Cómo clasificar a Jaurès en esta configuración sociocultural propia del socialismo francés? En el conjunto del socialismo europeo, bajo el peso creciente de las profesiones intelectuales dentro del movimiento socialista, fueron los escritores quienes desde el interior de sus filas comenzaron a interrogarse sobre el significado de esta penetración. ¿Debemos temerla, alentarla, controlarla? ¿Qué lugar y qué papel asignaríamos a estas «nuevas capas» del socialismo, cuya naturaleza de clase no era entonces un problema? ¿Acaso no eran solo el vector de las aspiraciones de los trabajadores? Embarazosa y peligrosa contradicción...En Francia, hubo muchos artículos y obras destinados a abordar la cuestión: Georges Sorel, Paul Lafargue, Hubert Lagardelle, Édouard Berth, Charles Péguy fueron sin duda quienes más hablaron sobre ella, en el cambio de siglo y a raíz del caso Dreyfus. En Alemania, Karl Kaustky fue el autor de una reflexión sobre el papel de la intelligentsia publicada en Die Neue Zeit, que resonó en toda Europa. En Italia, Antonio Gramsci esbozó su teoría del intelectual orgánico y en Gran Bretaña la Sociedad Fabiana también hechizó a los intelectuales44. En este contexto, llama la atención que Jaurès aportara poco a un debate que sin duda consideraba periférico. Como sostiene en uno de sus artículos más citados, el futuro del socialismo descansa en la idea de que el proletariado es la «verdadera clase intelectual», es decir, la única capaz de trazar los contornos de un futuro histórico. Por lo demás, si no se le pueden negar a Jaurès cualidades intelectuales eminentes y envidiables –también podría ponerse a Georges Clemenceau en un nivel similar–, es claro que su práctica social pertenece mucho más al repertorio de la acción política, a la cual confiere una innegable profundidad reflexiva, que al universo de escritores, artistas, profesores o académicos.

El vasto mundo de las revistas

Sabemos hasta qué punto las revistas estructuran el mundo intelectual. Su poder creciente es perfectamente contemporáneo al proceso de empoderamiento que dio origen a los «intelectuales». Por tanto, no es indiferente mencionar que, a pesar de las raras colaboraciones ocasionales en algunas publicaciones periódicas, Jaurès no es –a contrapelo de varios «intelectuales» socialistas– un hombre de revistas. Por otro lado, es un periodista consumado45.

Acompañando el vivo desarrollo de los estudios sobre intelectuales, los historiadores y los sociólogos han ido acumulando conocimiento y análisis sobre el particular mundo de las revistas, tan particular que podría ser considerado, por el lado de la sociología de Pierre Bourdieu, como un «campo»46. El concepto no deja de tener relevancia si permite resaltar el sistema relacional real que las publicaciones periódicas establecen entre sí: jerarquías simbólicas, concursos, alianzas, nacimientos y desapariciones animan el dispositivo en su conjunto. La esfera socialista obedece a las mismas reglas. El «campo de las revistas socialistas» se organiza en torno de algunos polos cuya historia Rebérioux fue la primera en esbozar.

Los intelectuales han llevado al movimiento socialista una práctica nacida sobre todo en los márgenes de la literatura de vanguardia, donde los jóvenes escritores se reúnen en torno de un pequeño periódico para hacerse oír y promover obras e ideas. El género se ha extendido al mundo de la ciencia. En la década de 1890, las ciencias sociales en proceso de afirmación o la filosofía en plena resistencia no dejaron de recurrir a las revistas: Revue Historique, Revue Philosophique, Revue de Métaphysique et de Morale, etc., y ayudaron a organizar disciplinas o, dentro de ellas, corrientes de pensamiento, incluso «escuelas».

Lo mismo sucedió dentro del movimiento socialista. Existía una circulación entre las revistas del mundo erudito y las revistas socialistas, que gozaban de un alto grado de independencia política. Ninguna está adscripta a una organización. Solo muestran ambiciones intelectuales y teóricas, lo que les ofrece un gran margen de maniobra y explica por qué a menudo son de alta calidad. El caso de Georges Sorel basta para demostrar que se puede escribir al mismo tiempo en la Revue de Métaphysique et de Morale, de la que es colaborador habitual, y contribuir en las revistas socialistas. El caso Dreyfus facilitó las transferencias entre estos medios tan compenetrados entre sí.

En la década de 1890, asistimos al surgimiento de varias revistas, más o menos afines al «marxismo», es decir al estudio crítico de los escritos de Marx, lanzadas por jóvenes intelectuales urgidos por convertir el socialismo en una doctrina articulada, algo que, según ellos, faltaba por completo. L’Ère Nouvelle lanzada por Georges Diamandy, La Jeunesse Socialiste fundada en Toulouse por Hubert Lagardelle, luego Le Devenir Social y LeMouvement Socialiste, ilustran esta brillante generación.El compromiso de los intelectuales con el dreyfusismo le da a esta práctica un segundo impulso. Además de Le Mouvement Socialiste, fundada por varios jóvenes intelectuales socialistas e intelectuales dreyfussards como Jean Longuet y Hubert Lagardelle, se fundaron otras publicaciones periódicas que dejaron una huella perdurable en la historia intelectual del socialismo, si no en la propia historia intelectual: Pages Libres de Charles Guyesse o Les Cahiers de la Quinzaine de Charles Péguy constituyeron polos estructurantes en el campo de las revistas dreyfusianas.Finalmente, merece ser destacada una tercera ola. Se puede ver en la década de 1910 en torno de una pequeña revista provincial, L’Effort, creada en Poitiers por un joven profesor de historia, Jean-Richard Bloch. El fundador, que aspiraba a hacer de su pequeño periódico un punto focal para la renovación de la cultura socialista, atrajo a una pequeña falange de escritores y artistas deseosos de promover el «arte revolucionario». En torno a L’Effort, que se ha convertido en L’Effort Libre, se configura toda una red de publicaciones periódicas del mismo tipo que mantienen un proyecto político y estético similar entre ellas: Les Horizons, Les Cahiers d’Aujourd’hui, Les Feuilles de Mai, Les Cahiers du Centre, etc.47

Estas tres oleadas de creación esconden la presencia de revistas más singulares, pero igualmente interesantes para la historia del socialismo. Se ubican en otro espacio ideológico del socialismo francés. La primera, la «anciana dama del socialismo», como le gusta llamarla a Rebérioux, es la Revue Socialiste, sobre la que volvió en varias ocasiones, especialmente en un largo artículo de los Cahiers Georges Sorel. Fue creada en 1880 para desaparecer poco después como una suerte de «aborto espontáneo»48, de modo que realmente nació en 1885 y permaneció viva, a pesar de los periodos de somnolencia, hasta la Gran Guerra. Benoît Malon49 es inicialmente el verdadero hombre orquesta, al mismo tiempo director, gerente y secretario editorial, poniendo todas sus fuerzas al servicio de «la Idea». Fue sucedido por Georges Renard, Gustave Rouanet y Eugène Fournière, antes de que en enero de 1910 Albert Thomas asumiera el cargo de editor en jefe, hecho a su medida. Thomas aporta sangre fresca a la revista. Fusionó su propia revista, la Revue Syndicaliste, creada en 1905 pero en estado vegetativo, con la Revue Socialiste. A este primer trasplante, suma un segundo movilizando parte de su red. Compuesto por muchos de los mejores egresados de la École Normale Supérieure, imbuidos de la sociología de Émile Durkheim, este medio activo de intelectuales socialistas se había dado a conocer a través del lanzamiento de una serie de pequeños folletos, los Cahiers du Socialiste. Este Grupo de Estudios Socialistas –tal era el nombre del cenáculo dirigido por un joven etnólogo, Robert Hertz– buscaba respuestas a los grandes interrogantes planteados por el socialismo en el gabinete secreto de las ciencias sociales. La Revue Socialiste se convirtió así en el centro de elaboración de un socialismo reformista y gradualista modernizado.

Opciones culturales

En el seno de estas revistas (a decir verdad, especialmente de la Revue Socialiste y la pléyade de revistas político-literarias de los años 1910 conocidas como «vitalistas») suele haber secciones críticas dedicadas al «movimiento literario y artístico», y también de forma más episódica, en las columnas de los periódicos socialistas. En particular en L’Humanité, sobre todo después de su paso a seis páginas en 1913, se expresa lo que en ningún otro caso podría reconocerse como una «línea cultural» monolítica. Se hacen elecciones, a menudo coherentes, a veces sorprendentes, que se combinan vagamente en una teoría estética indecisa, el arte social, en el que la moral y la filosofía se superponen.

Basta volver, una vez más, al diario que lleva Armand Girard para apreciar el importante lugar que ocupa la cultura, en sentido estricto, en el trabajo de emancipación en que están comprometidos los activistas:

Es necesario que nosotros, los socialistas, que creemos tener un ideal humano más elevado que otros, sepamos disfrutar y hacer disfrutar de todo lo que es bueno y es bello, las artes, el deporte, la literatura, todo aquello que hace a la felicidad de los hombres. Cuando tengamos una habitación bien amueblada, cuando tengamos una biblioteca compuesta por las obras de nuestros mejores autores socialistas. Cuando algún músico haya creado una sinfonía, algún poeta haya aportado un poco de literatura y otros prueben sus lápices, sus pinceles o sus cinceles, o traigan un poco de su ciencia, ese día nuestro grupo será indispensable, necesario para los jóvenes que quieran vivir y aprender, será fuente de buena educación, de bello espíritu, de enorme saber. Aquí vivirá la verdadera fraternidad, que crecerá con libertad e igualdad.

Hacemos un llamado a todos los republicanos, artistas, músicos o poetas, para que difundan sus talentos, sus conocimientos, su espíritu, entre sus hermanos de ideal. Seguimos llamando a todos aquellos que tienen libros y folletos para que los compartan con nosotros y los hagan circular en el grupo.

También recibiremos donaciones artísticas, pinturas, imágenes, colecciones, documentos viejos, monedas antiguas, etc. Cualquier cosa que pueda interesar y divertir.50

Para captar una conciencia militante es necesario, pues, estudiar la cultura que los socialistas intentaron inculcar en sus contemporáneos. Esa cultura era sobre todo literaria, aunque también las bellas artes fueron objeto de la crítica, a veces incluso el cine, en particular en las columnas de L’Humanité durante los meses que precedieron a la Primera Guerra Mundial. Rebérioux, por su parte, se dedicó especialmente a las relaciones que los socialistas tuvieron con la crítica literaria, dejando a otros extender estas primeras vías a las artes visuales o sonoras. Abordar la «crítica socialista», si tuvo alguna coherencia en Francia en el cambio de siglo, debería permitir identificar los aspectos eruditos de la cultura socialista, en todo caso aquellos que quisieron promover los militantes responsables de esta tarea. Sin duda, se puede considerar que los militantes socialistas se dedicaron entonces a forjar una cultura popular que complementó los conocimientos y los gustos heredados de la experiencia escolar. Su mediación fue una educación que transmitió tanto como transformó un patrimonio heredado.

¿Qué podemos extraer de esta observación? Información evidentemente contradictoria, ya que es imposible forjar una cultura socialista ex post. Por otro lado, es posible destacar algunas tendencias importantes. Rebérioux señala sobre todo que entre los socialistas el escritor se «define en primer lugar como alguien que da a conocer la vida social»51. La buena literatura es la que tiene sus raíces en un buen contenido: pintar primero a los pobres y a los que sufren. Sin embargo, se experimenta cierta dificultad para identificar entre los socialistas una contracultura capaz de anunciar un mundo completamente nuevo. Aparte del famoso caso de Paul Lafargue, cuando ataca el mito de Hugo en La légende de Victor Hugo, escrito con motivo de la muerte del gran poeta nacional en 1885, o cuando acusa a los filósofos del siglo xviii y a sus «rameras metafísicas», son esta herencia y algunas otras las que, a ojos de Lafargue y de varios dirigentes guesdistas, componían la arquitectura para el vuelco de una «cultura burguesa», la que reivindicaban la mayoría de los intelectuales y activistas socialistas: Émile Zola y todo el naturalismo, Léon Tolstoi, Upton Sinclair… Jaurès, de formación muy clásica, no es una excepción: Puvis de Chavannes es uno de sus pintores favoritos. En vísperas de la guerra, el escritor «de genio» que descubre es Alain, no Proust o Apollinaire, que le eran completamente desconocidos.

Las vanguardias políticas que indiscutiblemente constituyen los socialistas y los republicanos avanzados difícilmente se encuentran con las vanguardias estéticas. Los socialistas franceses no mostraron la atención que les prestaban sus camaradas alemanes, rusos o rumanos a las formas de su modernidad. En el Congreso de Gotha en 1896, los socialdemócratas alemanes abrieron un debate sobre la orientación «naturalista» dada al semanario ilustrado del partido Die Neue Welt52. Nada parecido aconteció en ninguno de los congresos socialistas franceses. Como se lamenta la crítica Camille Mauclair, entonces cercana a los socialistas, hay que admitir «el distanciamiento y la desconfianza que algunos socialistas muestran hacia el arte contemporáneo»53. Sin duda, el socialismo francés estaba más preocupado por conquistar votantes que por la doctrina o la estética. Las excepciones son tanto más sobresalientes: mientras Marcel Cachin, salido de las filas guesdistas, mostraba una sensibilidad política particularmente cerrada a las innovaciones estéticas, siempre sospechosas de ser nada más que fantasías burguesas que de ninguna manera resolverían las contradicciones e injusticias del capitalismo, a las que solo el advenimiento del socialismo podría remediar, Marcel Sembat tenía, como Cachin, muchos amigos entre los pintores postimpresionistas, de los que fue uno de los más eficaces defensores54.

Por lo tanto, nada separa realmente a los intelectuales socialistas de principios de siglo, en el mismo momento en que la cultura europea se aceleraba, de sus colegas y amigos republicanos: «Los formó la misma escuela, la misma cultura clásica, el mismo gusto por el pensamiento ordenado de una narrativa bien construida, la misma desconfianza hacia las distorsiones de la gramática y las tinieblas del lenguaje donde algunos ven una de las fuentes del oscurantismo religioso»55. No sorprenderá entonces que la vanguardia estética, ávida de revolucionar el mundo, rehuya las filas socialistas para refugiarse en el cálido y acogedor invernadero del anarquismo. El arte para el anarquismo, las ciencias sociales para el socialismo, tal es la distribución de los roles culturales repartidos entre las dos grandes vanguardias políticas revolucionarias de la Belle Époque.

¿Qué podemos concluir de estos pocos comentarios históricos? Si se está de acuerdo con la idea de que el socialismo no es reductible en modo alguno al estado de una fórmula única, ni siquiera al de la expresión uniforme de una sola clase, se arroja una piedra al estanque de quienes hoy intentan reducirlo a esas coordenadas. No puede impulsarse un movimiento histórico deteniéndose en los límites de un programa, ni siquiera uno marcado por una gran experiencia. Pero sería igual de vano limitar su alcance únicamente a la expresión de la indignación social, por legítima que esta sea. El socialismo tuvo un alcance mayor y su pluralismo radical debe ser asumido por quienes pretenden ser sus herederos. Dar voz a una cultura socialista no es un desafío sencillo. Comienza con un correcto inventario de su pasado, que apartará a los verdaderos reconstructores de las imitaciones serviles y sin futuro, así como de la ignorancia más ruinosa.

Nota: la versión original de este artículo en francés fue publicada por la Fundación Jean Jaurès con el título Le socialisme, une culture, 2009. Traducción y notas: Horacio Tarcus.

 

  • 1.

Madeleine Rebérioux (1920-2005) fue en su juventud una militante de la Resistencia francesa que sobrevivió al campo de concentración de Buchenwald. Después de la Liberación sobresalió como historiadora especializada en la Tercera República francesa, con especial foco en la tradición socialista. Fue presidenta de la Liga por los Derechos del Hombre [N. del T.].

  • 2.
  1. Rebérioux: «Un groupe de paysans socialistes de Saône-et-Loire à l’heure de l’unité (1905-1906). Le Journal du groupe d’études sociales de Cuisery» en Le Mouvement Social, 7-9/1966, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, Belin, París, 1999, p. 24.
  • 3.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914» en Jacques Droz (ed.): Histoire générale du socialisme, PUF, París, 1974, p. 136. [Hay traducción en español: Historia general del socialismo, Destino, Barcelona, 8 vols., 1984-1986].
  • 4.

Sección Francesa de la Internacional Obrera, como se denominó el Partido Socialista hasta 1969 [N. del T.].

  • 5.
  1. Rebérioux: «Les tendances hostiles à l’État dans la sfio (1905-1914)» en Le Mouvement Social, 10-12/1968, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p. 39 (énfasis mío).
  • 6.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914», cit., p. 155
  • 7.
  1. Rebérioux: «Jaurès et la nation» en Actes du Colloque Jaurès et la Nation, Association des Publications de la Faculté des Lettres et Sciences Humaines de Toulouse, Toulouse, 1965.
  • 8.
  1. Rebérioux: «La conception du parti chez Jaurès» en Jaurès et la classe ouvrière, Editions Ouvrières, París, 1981, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p. 410.
  • 9.

Michel Winock: «La culture politique des socialistes» en Serge Berstein (dir.): Les cultures politiques en France, Seuil, París, 1999.

  • 10.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914», cit., p. 207.
  • 11.
  1. Rebérioux: «Socialisme et religion: un inédit de Jaurès (1891)» en Annales ESC, 11-12/1961, cit. en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p. 287.
  • 12.

Vincent Peillon: Jean Jaurès et la religion du socialisme, Grasset, París, 2000.

  • 13.

Es el punto de vista adoptado por Jean-Jacques Becker y Gilles Candar en la obra que han dirigido: Histoire des gauches en France, La Découverte, París, 2004, 2 vols.

  • 14.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914», cit., p. 228.
  • 15.

Ibíd., p. 173.

  • 16.

El radicalismo es una corriente política que tuvo especial peso en Francia entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, caracterizada por sostener los principios republicanos, humanistas, laicistas y anticlericales. Otras corrientes radicales se expresaron en Gran Bretaña, Italia, España y en algunos países latinoamericanos como Chile, Argentina y Colombia [N. del T.].

  • 17.

Ibíd., p. 228.

  • 18.
  1. Rebérioux: Proudhon et l’Europe. Les idées de Proudhon en politique étrangère, Domat-Montchrestien, París, 1945.
  • 19.

Entre una profusa bibliografía científica, cabe destacar, además de las numerosas obras del fallecido Jacques Grandjonc y a la espera de la tesis de Jacqueline Cahen, las siguientes: Daniel Lindenberg: Le marxisme introuvable, Calmann-Lévy, París, 1975; Thierry Paquot: Les faiseurs de nuages. Essai sur la genèse des marxismes français, Le Sycomore, París, 1980; Robert Stuart: Marxism at Work: Ideology, Class and French Socialism during the Third Republic, Cambridge UP, Cambridge, 1992. Para la última generación de trabajos, v. Emmanuel Jousse: ¿Reviser le marxisme? De Édouard Bernstein à Albert Thomas, 1896-1914, L’Harmattan, París, 2007.

  • 20.

Bert Andreas: Le Manifeste communiste de Marx et Engels. Histoire et bibliographie, Feltrinelli, Milán, 1963.

  • 21.

Gilles Candar: Jean Longuet. Un internationaliste à l’épreuve de l’histoire, Presses Universitaires de Rennes, Rennes, 2007.

  • 22.

Jaurés redactó su tesis Les origines du socialisme allemand en 1892, mientras era profesor en Toulouse. Hay edición en español: Los orígenes del socialismo alemán, Ediciones de Cultura Popular, Barcelona, 1967. Los «guesdistas» constituían la corriente «colectivista» del socialismo francés liderada por Jules Guesde, con escasa asimilación del marxismo teórico [N. del T.].

  • 23.
  1. Rebérioux: «Socialisme et religion: un inédit de Jaurès (1891)», cit.
  • 24.

Aubier, París, 1968. V. la respuesta de Rebérioux en el Bulletin de la Société d’Études Jaurésiennes, 1970.

  • 25.
  1. Rebérioux: «Jaurès et le marxisme» en Histoire du marxisme contemporain, t. 3, Union Générale d'Éditions, París, 1977, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p. 390-391.
  • 26.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914», cit., p. 151.
  • 27.
  1. Rebérioux: «La conception du parti chez Jaurès», cit.
  • 28.
  1. Candar: Jean Longuet, cit., p. 89.
  • 29.

Maurice Agulhon: La République au village. Les populations du Var de la Révolution à la IIe République, Seuil, París, 1979.

  • 30.
  1. Rebérioux: «Le Mur des Fédérés. Rouge, ‘sang craché’» en Pierre Nora (dir.): Les lieux de mémoire 1: La République, Gallimard, París, 1984, p. 367.
  • 31.
  1. Rebérioux: «Manifester pour Ferrer» en L’affaire Ferrer, Centre National et Musée Jean Jaurès, Castres, 1991, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit.; Olivier Fillieule y Danielle Tartakowsky: La manifestation, Presses de Sciences Po, París, 2008. [Hay edición en español: La manifestación. Cuando la acción colectiva toma las calles, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2015].
  • 32.

Institut de Recherches Marxistes, Archives Marcel Cachin, caja 8, carpeta 1: «Notas autobiográficas de Marcel Cachin», cit. en G. Candar y Ch. Prochasson: «Un militant socialiste: Marcel Cachin», introducción a M. Cachin: Carnets 1906-1916 1, CNRS Éditions, París, 1993, p. 16; G. Candar y Ch. Prochasson: «Le socialisme à la conquête des terroirs» en Le Mouvement Social, 7-9/1992.

  • 33.
  1. Rebérioux: «Un groupe de paysans socialistes de Saône-et-Loire à l’heure de l’unité (1905-1906)», cit., p. 35.
  • 34.

En 1977 un himno del PS se titularía «Cambiar la vida». V. una versión en <www.youtube.com watch?v="witedhxlxpu"> [N. del T.].

  • 35.

Archives de l’École Socialiste, comunicación de Madeleine Rebérioux, cit. en Ch. Prochasson: Les intellectuels, le socialisme et la guerre. 1900-1938, Seuil, París, 1993, p. 64.

  • 36.
  1. Jaurès, prefacio a Benoît Malon: La morale sociale. Morale socialiste et politique réformiste, Le Bord de l’Eau, París, 2007, pp. 386-387.
  • 37.

Citado por M. Rebérioux en «Guesdisme et culture politique. Recherches sur L’Encyclopédie socialiste de Compère-Morel» en Mélanges d’histoire sociale offerts à Jean Maitron, Éditions Ouvrières, París, 1976, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p.79.

  • 38.
  1. Rebérioux: «Culture et militantisme» en Le Mouvement Social No 91, 4-6/1975.
  • 39.

Christophe Charle: Naissance des «intellectuels». 1880-1900, París, Minuit, 1990. [Hay edición en español: El nacimiento de los «intelectuales», Nueva Visión, Buenos Aires, 2009].

  • 40.

Christophe Charle, prefacio a Lucien Mercier: Les Universités Populaires. 1899-1914. Éducation populaire et mouvement ouvrier au début du siècle, Éditions Ouvrières, París, 1986.

  • 41.

Daniel Lindenberg y Pierre-André Meyer: Lucien Herr. Le socialisme et son destin, Calmann-Lévy, París, 1977.

  • 42.

Ch. Prochasson: Les intellectuels et le socialisme, Plon, París, 1997.

  • 43.

Paródica, trivial. Referencia a Jacques Offenbach, compositor francés, creador de la opereta [N. del T.].

  • 44.

Shlomo Sand: «Le marxisme et les intellectuels vers 1900» en M. Rebérioux y G. Candar (dirs.): Jaurès et les intellectuels, Éditions de l’Atelier, París, 1994.

  • 45.

Ch. Prochasson: «Jaurès et les revues» en M. Rebérioux y G. Candar (dirs.): Jaurès et les intellectuels, cit.

  • 46.

Anna Boschetti: Sartre et Les Temps Modernes, Minuit, París, 1985. [Hay edición en español: Sartre y Les Temps Modernes. Una empresa intelectual, Nueva Visión, Buenos Aires, 1990].

  • 47.

Ch. Prochasson: «L’Effort libre de Jean-Richard Bloch (1910-1914)» en Cahiers Georges Sorel No 5, 1987.

  • 48.
  1. Rebérioux: «La Revue socialiste» en Cahiers Georges Sorel No 5, 1987, p. 15.
  • 49.
  1. Steven Vincent: Between Marxism and Anarchism: Benoît Malon and French Reformist Socialism, University of California Press, Berkeley-Los Angeles, 1992. V. tb. B. Malon: La morale sociale. Morale socialiste et politique réformiste (textes choisis), Le Bord de l’Eau, París, 2007.
  • 50.

Cit. en M. Rebérioux: «Un groupe de paysans socialistes de Saône-et-Loire à l’heure de l’unité (1905-1906)», cit., p. 34.

  • 51.
  1. Rebérioux: «Critique littéraire et socialisme au tournant du siècle» en Le Mouvement Social No 59, 4-6/1967, p. 19.
  • 52.
  1. Rebérioux: «Avant-garde esthétique et avant-garde politique. Le socialisme français entre 1880 et 1914» en AAVV: Esthétique et marxisme, 10/18, París, 1974, p. 24.
  • 53.

Ibíd., p. 25.

  • 54.
  1. Sembat: Les cahiers noirs. Journal, 1905-1922, Viviane Hamy, París, 2007.
  • 55.
  1. Rebérioux: «Avant-garde esthétique et avant-garde politique», cit., p. 30.
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Mao Tse-Tung, charlas sobre arte y literatura

En 1942, en Yenán, punto final de la Larga Marcha, en medio de la guerra de resistencia contra la invasión del Japón, y lejos de las zonas dominadas por el Kuomintang (el inseguro aliado), se forjaba el futuro de la revolución china. Yenán era el centro de irradiación de donde habría de partir, años después, el impulso para destruir el anciano régimen semicolonial y construir la Nueva Democracia, y convergían en él las vanguardias combatientes, obreros y campesinos armados y muchos intelectuales desprendidos de otras clases. Mao (o Mao Zedong, como se dice ahora), quien era ya el dirigente máximo de ese proceso, impartía sus enseñanzas y doctrinas, abordando los temas más espinosos, entre los que estaban los del arte y la literatura, para un pueblo preocupado más que nada por el hambre y el analfabetismo, en una China que estaba llegando a los quinientos millones de habitantes.

En tres reuniones celebradas durante el mes de mayo del año ‘42, Mao Tse-Tung, político ante todo, sostenía que era indispensable tener “un ejército cultural para unirnos y para derrotar al enemigo” y que “este ejército cultural ha cobrado forma en China y ha ayudado a la revolución china en el proceso de reducir paulatinamente el dominio así como de debilitar la influencia de la cultura difundida en China por la clase feudal y la burguesía compradora, cultura adaptada a la agresión imperialista”. El objetivo de estas reuniones, señalaba, “es adecuar el arte y la literatura en el conjunto de la máquina revolucionaria como partes componentes, para hacer de ellas un arma poderosa que una y eduque al pueblo, para atacar y aniquilar al enemigo con un solo impulso y un solo propósito”.

El punto de partida es la situación bélica en que se encuentran, y el papel de los combatientes y de los aliados. Respecto del público, distingue los lugares y las zonas dominadas por el Kuomintang de Shangai y las grandes ciudades, donde hay “un público propio del arte y la literatura revolucionarios”, estudiantes, empleados de oficina y dependientes de comercio. En las zonas dominadas por el Kuomintang, “desde la iniciación de la Guerra de Resistencia, ese público se ha ampliado hasta cierto punto; pero fundamentalmente esos núcleos continúan siendo lo principal, puesto que el gobierno ha mantenido apartados de la literatura y el arte revolucionarios a los obreros, los campesinos y los soldados”. En las bases propias, sostiene, es totalmente diferente: “Aquí, el público del arte y la literatura se compone de obreros, campesinos, soldados y activistas o cuadros revolucionarios. Hay estudiantes también, pero se diferencian de los estudiantes de viejo cuño, en el hecho de que son o excuadros o cuadros en cierne”. Estos “quieren libros y periódicos si saben leer y escribir, y asistir a representaciones de obras, contemplar pinturas y grabados, cantar canciones o escuchar música, si no saben leer ni escribir”.

La voluntad del dirigente es sobre todo pedagógica. Reflexiona: “Nuestros artistas y escritores deben trabajar en su propio campo, que es el arte y la literatura, pero su deber primordial consiste en comprender y conocer bien al pueblo. ¿Cómo se comportaron a este respecto en el pasado? Yo diría que fueron incapaces de conocer bien al pueblo, incapaces de comprenderlo, y permanecieron como héroes sin espacio para desplegar su heroísmo”. /// “¿Qué fueron incapaces de comprender?”, se pregunta didáctico, socráticamente. Y responde, yendo al que considera el núcleo del problema: “Fueron incapaces de comprender el lenguaje, vale decir, carecieron de un adecuado conocimiento del rico y vivo lenguaje de las masas del pueblo”.

Como él mismo dice, “una vez resuelta la cuestión de “a quién servir”, surge la cuestión de “cómo servir””. Adecua pues la formulación: “¿Debemos dedicarnos a la elevación o a la popularización?”. “Hay que poner énfasis en la elevación”, dice, “pero es erróneo hacerlo desequilibradamente, aisladamente y excesivamente”. Así, sostiene que “una obra artística o literaria es, ideológicamente, el producto del cerebro humano al reflejar la vida de una sociedad. La literatura y el arte revolucionarios son los productos cerebrales de escritores y artistas revolucionarios que reflejan la vida del pueblo”.

Frente a su reiterada invocación de la creatividad se pregunta cuál es la posición a asumir respecto del arte del pasado. ¿Qué hacer con la obra de “antiguos y extranjeros”? Aquí, conocida la experiencia de la lucha de Lenin contra el Proletkult y las corrientes estéticas de la Rusia revolucionaria que querían abolir las obras del pasado para crear un arte nuevo, Mao, considerando que la cultura del proletariado era heredera de la suma de conocimientos alcanzados por la humanidad toda, afirma: “Debemos tomar posesión de todo el bello legado artístico y literario, asimilar de él todo lo que es beneficioso para nosotros, y debemos alzarlo como un ejemplo cuando intentamos elaborar la materia prima artística y literaria”.

Resumiendo certeramente estas declaraciones de Mao, el filósofo español-mexicano Adolfo Sánchez Vázquez, en su Estética y marxismo, expone que aquél “reitera el carácter ideológico del arte, reafirma la necesidad de subordinar el arte y la literatura a la política, deduce de esto la exigencia de que acepten la dirección y el control del partido, establece dos criterios: político y artístico con la supeditación del segundo al primero, y resuelve el problema de las relaciones entre el arte y las masas conjugando su popularización con su elevación”. Dichas declaraciones, que fueron formuladas en medio de la guerra (nacional y revolucionaria), revelan el sentimiento de la necesidad de un arte ideológico y político de servicio.

Esta política continuó hasta hoy (salvo el paréntesis “que se abran cien flores”, que duró oficialmente unos diez años, hasta la Revolución Cultural). Así lo confirma la “Carta de felicitación por el 70º aniversario de grupos nacionales de escritores y artistas” (julio, 2019) donde se sostiene que “el desarrollo de la literatura y el arte es una causa importante del Partido y el pueblo, y el frente literario y artístico es un frente vital del Partido y el pueblo”. Carta en la que Xi Jinping los exhortó a “unir y a encabezar a escritores y artistas de todo el país para documentar, escribir y ensalzar la nueva era, esforzarse por crear obras sobresalientes que hagan justicia a los tiempos, el pueblo y la nación, y hacer mayores aportaciones para el cumplimiento de los dos objetivos centenarios y la realización del sueño chino de la revitalización nacional”.

Aunque todo ello, suponemos, con menos vigor y mayor elasticidad que antes, dado los cambios producidos en China y la culta personalidad de Xi, su máximo dirigente actual, quien se luce citando en los encuentros a sus autores preferidos, Hemingway, cuando visitó Cuba, Maupassant, Molière y al Stendhal de Rojo y negro, cuando se vio con Emmanuel Macron, o el Fausto, de Goethe, cuando estuvo con Angela Merkel. Un connaisseur...

Por Mario Goloboff

20/08/2021

Mario Goloboff es escritor, docente universitario.

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Ahmad Massoud, líder del Frente de Resistencia Nacional afgano, en una imagen de archivo. — REUTERS

Los talibanes tendrán que enfrentarse a corto y medio plazo no solo a una oposición política desde dentro y fuera de Afganistán sino también a una resistencia armada. A día de hoy es una incógnita el calibre que alcanzará la violencia, aunque puede avanzarse que la represión será directamente proporcional y redundará en perjuicio del conjunto de la población.

 

Menos de una semana después de la toma de Kabul, la oposición a los talibanes empieza a cristalizar en distintos frentes y no faltan indicaciones de que también se está organizando una resistencia armada que salpicará a distintos puntos del país, incluida la capital, una resistencia que podría conducir a una guerra desigual en la que los talibanes tienen la sartén por el mango.

La resistencia contará con el apoyo de una parte de la oposición política de dentro y fuera que los talibanes intentarán desarticular o contener, aunque el país no es el mismo de 1996, cuando los rigoristas tomaron el control por primera vez. Muy posiblemente eso influirá en las políticas del régimen y en sus relaciones con la ciudadanía, especialmente la urbana.

Ahmad Massoud, el líder del Frente de Resistencia Nacional educado en Occidente, anunció esta semana mediante un artículo de The Washington Post, su intención de encabezar la resistencia armada. Massoud es consciente de que para ello deberá contar con el apoyo monetario y militar de los países occidentales, que ya ha pedido explícitamente, pero no está claro que la lucha armada sea una buena idea.

Después de la experiencia de las primaveras árabes, es más evidente que la opción liberal que propone Massoud, la que a Occidente le suena a música celestial, es una quimera en el mundo musulmán. Y es más minoritaria en un país con costumbres tan tradicionales como Afganistán que en los países árabes, de modo que la lucha armada en la que Massoud quiere embarcar a Occidente no será victoriosa. Al contrario, podría causar grandes males.

Massoud, de solo 33 años, es conocido como hijo de un célebre jefe muyahidín ya fallecido y cuenta con respaldo en una remota región afgana. Pero el hecho de que el mencionado artículo ponga como su guía espiritual al reaccionario filósofo francés Bernard-Henry Lévy es una muestra de que Massoud es demasiado ajeno a la realidad afgana. Lévy no solo es un controvertido y acérrimo ultraliberal sino que también ha sido denunciado en infinitas ocasiones por islamófobo, y Afganistán es profunda y esencialmente islámico.

La rápida caída de Kabul sin ofrecer ningún tipo de resistencia muestra que los talibanes son fuertes. La opción occidental de financiar una resistencia armada que propone Massoud se arriesgaría a llevar al país una sangrienta lucha que no garantizaría el final del régimen sino más bien su endurecimiento, con previsibles y nefastas consecuencias para los afganos.

Conviene insistir en que la población, particularmente la urbana, no es la misma que la del periodo 1996-2001. Una parte notable ha podido vivir durante veinte años bajo unas condiciones de libertad relativa a la que no todos renunciarán resignados. Ya se está viendo con protestas en distintas ciudades que son novedosas respecto al anterior periodo talibán.

Es muy probable que en algunas ciudades, y especialmente en la capital, surjan combatientes que operen de manera puntual contra los talibanes, pero serán acciones que tendrán un recorrido limitado y que sin duda provocarán una dura represión.

El papel de Emiratos

Otra cuestión relacionada con la resistencia armada es la señalada por el presidente Ashraf Ghani, que el pasado domingo huyó para refugiarse en los Emiratos Árabes Unidos alegando que no quería provocar un "baño de sangre", pero que el jueves manifestó que piensa volver para "continuar la lucha por el pueblo".

No sorprende que Ghani se haya refugiado en los Emiratos, un país que cuenta con una larga trayectoria de hostilidad antiislamista, y que ha intervenido e interviene, de manera directa o encubierta, en numerosos estados árabes y no árabes, como Libia, Egipto o Túnez, entre otros, para combatir al islam político sin importarle la fortuna que emplea en esos menesteres.

La injerencia de los Emiratos es como una espada de doble filo que en algún momento quizá se volverá contra el activo príncipe Mohammed bin Zayed que gobierna ese país con la obsesión de que el islam político constituye la principal amenaza para los musulmanes. Y debe considerarse que el islam político de los países árabes se puede digerir mejor que el de Afganistán.

¿Intervendrá Bin Zayed también en Afganistán? El hecho de que el presidente Ghani haya buscado cobijo en los Emiratos apunta en esa dirección. Ya se ha visto cómo Bin Zayed ha financiado la guerra en Libia y ha actuado de manera más sibilina en Túnez, de modo que no hay que descartar que también se implique con la resistencia armada en Afganistán.

Resistencia de desgaste

El problema es que Afganistán es un país más complejo que Libia, más pobre, más poblado y donde el islam está más arraigado. Además, requeriría unas inversiones considerablemente superiores. Naturalmente, los Emiratos también pueden optar por el modelo que han aplicado en Túnez con buenos resultados, es decir movilizar a la opinión pública contra el régimen talibán, pero en este caso se arriesgarían a represalias de los talibanes que podrían llegar por varios caminos.

Lo más probable es que en Afganistán haya lucha armada, pero será una resistencia de desgaste y limitada que los talibanes podrán gestionar, es decir no supondrá una amenaza existencial para el régimen. En cuanto a Occidente, crear un campo de minas en el territorio afgano no parece una buena idea dado que redundaría en perjuicio del conjunto de la población

 

20/08/2021 22:04

Por Eugenio García Gascón

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“La libertad de los medios de comunicación públicos depende del nivel de democracia de la sociedad”

Noam Chomsky / Filósofo y lingüista

 

Para todo crítico con los medios de comunicación y la política a finales del siglo pasado y principios de este, Los guardianes de la libertad, de Edward S. Herman y Noam Chomsky, era una lectura imprescindible. El “modelo de propaganda” del libro ofrecía un marco de referencia útil para entender cómo la cobertura informativa típica filtra cierto tipo de datos mientras que enfatiza otros, lo que a la larga favorece el discurso dominante. La lección clave de este análisis estaba clara: para cambiar el mundo, primero hay que cambiar los medios de comunicación.

A principios de la década de los 2000, esa idea me llevó hasta el movimiento de reforma de los medios y al campo académico de la comunicación, donde esperaba aprender sobre las limitaciones y las alternativas al hiper mercantilizado sistema mediático estadounidense. Sin embargo, me resultó descorazonador encontrar en la escuela de postgrado una mezcla de hostilidad e indiferencia hacia el análisis crítico de los medios. Con los años, encontré círculos de corriente radical, sobre todo en el subcampo de la economía política, que se centra en los análisis críticos e históricos de los medios, pero este trabajo seguía siendo marginal. Hoy en día, con el auge de los nuevos monopolios digitales, el miedo al fascismo y el hundimiento del periodismo, hay un renovado interés en los análisis estructurales de nuestros sistemas informativos, aunque con demasiada frecuencia carece de crítica radical.

Chomsky aporta desde hace tiempo una voz radical firme en estos temas. He hablado con él sobre la importancia actual de la crítica a los medios que escribieron Herman y él y le he preguntado por qué se centró en los medios de comunicación como un lugar importante de conflicto. Me preguntaba si había cambiado su análisis, si algo le había sorprendido a lo largo de las décadas y, sobre todo, si creía que un sistema de medios democrático era concebible y alcanzable.

A sus 92 años, Chomsky sigue haciendo gala de una crítica aguda y un análisis sagaz. En nuestra conversación por Zoom, sacó en repetidas ocasiones el New York Times del día para ilustrar los diversos temas que íbamos tratando. Lo que más me impresionó fue su optimismo con matices: si bien considera que las mismas patologías estructurales siguen aquejando a nuestros sistemas de medios de comunicación comerciales, hoy en día, también percibe un avance significativo en la cobertura informativa, sobre todo a la hora de enfrentarse a atrocidades históricas que los relatos de los principales medios de comunicación ignoraban o tergiversaban en el pasado.

El subtítulo [original] de su famoso libro junto con Ed Herman es “La economía política de los medios de comunicación”, pero la economía política es marginal dentro de los estudios de comunicación. Viniendo de fuera del campo, ¿qué le llevó a centrarse en el análisis crítico de los medios?

A mí lo que más me interesa es la cultura intelectual general y es sobre lo que más he escrito. Una de sus manifestaciones son los medios de élite. Te lees The New York Times y no estás muy lejos del Harvard Faculty Club. Viene siendo el mismo ambiente cultural. Ahí tenemos de manera clara y manifiesta, un día tras otro, una recopilación de datos fácil de estudiar que refleja bastante bien la cultura intelectual general y ofrece la posibilidad de asomarse a ella. Ed Herman y yo discrepábamos un poco sobre este orden de prioridades. A él le interesaban más concretamente los medios de comunicación y a mí me interesaban más los medios de élite como reflejo de la cultura intelectual general. Esta discrepancia no tuvo repercusión alguna, nos resultó muy fácil colaborar. Pero esa es básicamente mi entrada en el tema. Por eso, por ejemplo, no me molesto en escribir sobre las noticias de la Fox.

Es verdad, las noticias de la Fox ofrecen la posibilidad de asomarse a otro discurso. Me gustaría ahondar en esa diferencia: ¿su objetivo es examinar el discurso de élite mientras que el de Ed estaba más centrado en las estructuras económicas de nuestro sistema de medios de comunicación?

Eso es, esa parte del libro es suya por entero. Y era también lo que le interesaba profesionalmente. Por ejemplo, uno de sus libros más importantes fue Corporate Control, Corporate Power (Control corporativo, poder corporativo).

Sin embargo, las estructuras económicas de los medios, como el poder monopolístico y el mercantilismo, suelen favorecer los discursos dominantes.

¿Hay alguna diferencia en la manera en que las instituciones de los medios de comunicación perpetúan los discursos de élite hoy en día? Sé que ya le han preguntado esto otras veces, pero ¿sigue siendo relevante el modelo de propaganda en nuestra era digital?

Herman y yo actualizamos el libro para tener en cuenta el auge de internet, pero llegamos a la conclusión de que no había cambiado gran cosa. Las fuentes de información siguen siendo las mismas. Si quieres saber qué está pasando en Karachi, no encuentras información fiable en Facebook ni en Instagram que no sea la que se filtra de los principales medios de comunicación. Por eso, lo primero que hago por las mañanas es leer The New York Times, Washington Post, Financial Times, etcétera. De ahí es de donde viene la información.

O sea, que aunque por encima parezca que disponemos de diversos tipos de información, buena parte todavía proviene de las mismas fuentes mayoritarias.

Así es. Puedes obtener información de otras fuentes, internet te permite leer la prensa extranjera si te interesa. Pero creo que el efecto principal de internet es limitar la variedad de información a la que accede la mayoría de la gente a fuerza de empujarlos a las burbujas de las redes sociales. El modelo de propaganda es básicamente el mismo.

Pero bueno, ha habido otros cambios de diversa índole. Uno de ellos, por supuesto, no es más que el declive de los medios. Por ejemplo, yo he vivido buena parte de mi vida en Boston, y The Boston Globe, cuando estaba allí, era un periódico de verdad. Tenía una de las mejores coberturas del país sobre Centroamérica, por ejemplo. Ahora ni siquiera merece la pena suscribirse. Es básicamente una agencia de noticias. Lo mismo ocurre con The San Francisco Chronicle y muchos otros periódicos. Hay mucha limitación en las principales fuentes de información.

Por otra parte, si se analiza un periódico como The New York Times, se nota que le han afectado considerablemente los cambios en el nivel general de concienciación y sensibilización. El efecto civilizador del activismo de los años sesenta y sus repercusiones ha afectado a los periodistas, a los editores, al contenido y a todo. Mucho de lo que aparece hoy en el Times habría sido impensable hace un par de décadas. Mire el de esta mañana: el artículo principal es sobre la destrucción de Gaza.

El cambio en la cobertura mediática ha sido impresionante.

No nos habríamos encontrado con algo así hace un par de años, ¿verdad? Es uno de los efectos que ha tenido el activismo popular a la hora de cambiar la forma en la que el país entiende las cosas. Pero claro, genera una reacción negativa, así que también obtenemos todo lo contrario. El Proyecto 1619 [proyecto periodístico de largo alcance, publicado por el New York Times en agosto de 2019, cuyo objetivo es replantear la historia de EE.UU. “colocando las consecuencias de la esclavitud y las contribuciones de los estadounidenses negros” en el centro de la  narrativa nacional] recibió su correspondiente aluvión de quejas de historiadores: que si había una nota al pie que estaba mal y eso. Pero fue un auténtico avance el hecho de poder analizar 400 años de atrocidades en un periódico de gran tirada. Si nos remontamos a la década de los sesenta, por ejemplo, sería inconcebible. Ahora estamos empezando a enfrentarnos a parte de esa historia.

Resulta que el periódico de hoy también trae un artículo importante acerca de las atrocidades canadienses cometidas contra la población indígena: el asesinato en unos internados dirigidos por la Iglesia católica de cientos de niños, puede que de miles, a los que básicamente los secuestraban y los obligaban a entrar en estas escuelas de reeducación. En los años sesenta ni siquiera se podía hablar de algo así. Hasta historiadores profesionales e importantes antropólogos nos decían: “Bueno, aquí no había más que unos pocos cazadores-recolectores rezagados deambulando por el país, no había prácticamente nada”. Todo ha cambiado radicalmente, y es así con un tema tras otro. Tampoco quiero exagerar. Sigo emitiendo el mismo tipo de críticas que he formulado durante años, pero el marco ha cambiado. El activismo ha abierto oportunidades importantes.

Yo también comparto parte de ese optimismo, pese a todo. Sin embargo, también sufrimos claramente las consecuencias de la desinformación y la propaganda en nuestros medios de comunicación, cada vez más degradados. ¿Hay otras formas de censura que expliquen la limitación de nuestro imaginario político?

Oh, claro, hay una profunda labor de censura. Mire otro artículo de esta mañana: el gobernador de Florida está promoviendo leyes para investigar las opiniones de los estudiantes en las universidades del estado y asegurarse de que hay lo que él llama “diversidad”, es decir, suficiente ideología de derechas. Quiere asegurarse de que las opiniones de extrema derecha tienen un papel primordial, en vez del papel importante que ya tienen. Es control del pensamiento al más puro estilo estalinista.

Mientras tanto, siguen inventando villanos imaginarios de izquierda y delitos de pensamiento.

Un ejemplo llamativo es el ataque que sufre en los estados republicanos la denominada “teoría crítica de la raza”. Está claro que no tienen la menor idea de qué es la teoría crítica de la raza, pero para ellos supone cualquier tipo de debate sobre temas como el Proyecto 1619, la voluntad de enfrentarnos a la historia real del país y al terrible legado que dejó. No se puede permitir porque puede acabar con el dominio de la supremacía blanca. Hay que asegurarse de que no ocurra con una labor directa de censura en colegios y universidades. Así mismo, la derecha ha desenterrado acusaciones sobre una pequeña escuela no sé dónde, no me acuerdo, que adoctrinaba a alumnos de tercero para que apoyasen los derechos de las personas transgénero, y ahora invaden las redes de ultraderecha. No cabe duda de que este tipo de censura ocurre y es importante, pero es un complemento a la iniciativa más amplia de dificultar el derecho al voto y asegurarse de que dominen las doctrinas de la supremacía blanca cristiana, tengan el apoyo popular que tengan.

Aparte de esta descarada forma de censura, ¿hay otros medios más sutiles de limitar el debate?

Sí, los ves cada vez que abres el periódico. Mire, volvamos al New York Times de esta mañana: informan sobre la última votación de la ONU, 184 votos a favor y dos en contra, de terminar con el embargo estadounidense que está oprimiendo a Cuba y que es un escándalo internacional. Es interesante analizar la redacción. Dicen que es la manera de marcar distancia por parte de “los críticos con Estados Unidos”. Los críticos con Estados Unidos resulta que son el mundo entero menos Israel, que tiene que seguirle la corriente a Estados Unidos porque es un Estado cliente. Así que, en esencia, según el Times, no es más que la oportunidad de que el mundo entero demuestre su crítica irracional hacia Estados Unidos. La narrativa no puede ser que Estados Unidos está cometiendo un delito grave que el mundo detesta y rechaza. No es censura directa, pero instruye sobre cómo se supone que tenemos que ver las cosas: que el mundo no está en sintonía con Estados Unidos, no se sabe por qué.

O sea, que sigue habiendo una frontera tácita. Creo que también entra en juego cuando hablamos del papel del capitalismo y de cómo funcionan nuestros medios de comunicación dentro del sistema capitalista. Apenas se oye hablar de esas conexiones en los medios… ni en buena parte del discurso académico, siquiera.

Eso es indiscutible. De hecho, resulta interesante echarle un vistazo a la historia del debate en torno al capitalismo. Incluso en los años sesenta, al contrario de lo que se cree, no había muchas inclinaciones anticapitalistas, ni siquiera entre la izquierda radical. Me acuerdo de una charla espectacular que dio el presidente de los SDS [Estudiantes por una Sociedad Democrática, por sus siglas en inglés], Paul Potter, en 1965, en la que defendía que había que “nombrar el sistema” cuando hablábamos de problemas sociales importantes. Sin embargo, él no lo hizo, no mencionó ni una vez la palabra capitalismo. Eran los sesenta. Hoy es distinto. Podemos hablar de capitalismo, pero solo un poco. En realidad, todavía no se puede insinuar que puede que haya otras opciones aparte del capitalismo.

Hablando de alternativas al capitalismo, desde la izquierda somos rápidos a la hora de criticar los medios corporativos, pero no tanto cuando se trata de discutir alternativas sistémicas. Como ha apuntado, hay menos periodismo de verdad hoy en día y lo que queda se va degradando cada vez más. ¿Tiene alguna idea de cómo podría ser un sistema de medios de comunicación no capitalista?

Me hago alguna idea después de leer su libro, así que voy a venderle miel al colmenero si le cuento lo que usted ha escrito. Pero bueno, usted analizaba cómo los fundadores de la República de Estados Unidos creían que el Gobierno debía subvencionar con fondos públicos la difusión de medios informativos variados. En este sentido, debería entenderse que la Primera Enmienda proporciona lo que se denomina “libertad positiva”, no solo “libertad negativa”. Debería crear oportunidades para la información libre e independiente. Subvencionar los medios informativos era una de las funciones principales de la oficina de correos. La inmensa mayoría del tráfico del servicio postal se componía de periódicos.

De modo que esa es una alternativa. De hecho, prácticamente todos los países democráticos tienen un sistema público de medios de comunicación con fondos suficientes, excepto Estados Unidos. Su obra y las de Bob McChesney analizan la historia de cómo el sistema de medios estadounidense pasó a estar más manejado por las empresas en comparación con otros sistemas del mundo. En Estados Unidos, el interés comercial y sus aliados destruyeron y acabaron con iniciativas de radio y televisión para crear un mayor sistema público de medios como contrapartida al sector privado, por eso no llegó a consolidarse aquí.

Resulta instructivo oír que apoya la subvención de los medios para construir un sistema democrático y de propiedad pública al margen del mercado (algo que evidentemente comparto), pero ¿hay otros enfoques? ¿Cómo sería un modelo socialista libertario?

Está claro que las subvenciones públicas a los medios son una posibilidad dentro del marco actual de instituciones, sin siquiera cambiarlas, simplemente recuperando las ideas que se supone que veneramos, los famosos fundadores. Pero hay mucho más. Como a finales del siglo XIX, que teníamos una prensa obrera muy diversa, independiente y con inquietudes. Publicaba artículos muy interesantes, entre ellos crónicas, análisis y debates serios escritos por trabajadores, muchos de los cuales tenían poca o ninguna educación formal, pero producían obras tremendamente destacadas (por ejemplo, el trabajo de las denominadas factory girls, las mujeres jóvenes que trasladaron del campo a las fábricas). Esa dinámica prensa obrera duró mucho tiempo en Estados Unidos, llegando a adentrarse en la década de 1950 y condenando el “sacerdocio comprado” que servía al poder privado en los principales medios de comunicación. Pero terminó arrollada por la concentración de capital y la dependencia de los anunciantes.

Todo eso puede recuperarse, todas esas posibilidades para los medios de comunicación liberados del control corporativo o estatal. Y en cuanto a los medios de comunicación públicos, hasta cierto punto pueden tener más libertad que los medios comerciales. La medida de su libertad depende en gran parte del nivel de democracia en la sociedad en general. Si están controlados por el Estado bajo el mando de la Rusia estalinista, obviamente no van a ser libres, pero si es la BBC del Reino Unido, entonces sí, pueden ser razonablemente libres (no totalmente libres, para nada, pero razonablemente libres).

Una última pregunta que no tiene que ver con los medios directamente, pero que se me antoja pertinente, sobre todo dados los recientes ataques a académicos progresistas. En el imaginario popular, la academia está plagada de enconados izquierdistas. Sin embargo, sabemos que es predominantemente una institución liberal, donde los de izquierdas son una pequeña minoría. ¿Tiene algún consejo para los radicales que actualmente están intentando hacerse un hueco en el sistema y ser eficaces activistas académicos?

Es difícil porque hay muchas barreras. El mundo académico es básicamente de centro. Dicen que es liberal, que para los estándares internacionales significa más o menos de centro. Puede que esté alineado con el Partido Demócrata, pero ni siquiera es socialdemócrata. Si intentas desligarte y ser más radical, encuentras trabas. Suelen ser sutiles, comentarios como “este no es el tipo de tema en el que quieres trabajar”, que es otra forma de decir “más te vale espabilar y hacer otra cosa”. Hay que enfrentarse a la realidad del sistema doctrinal e intentar ampliar los límites. A veces se encuentran compañeros que te apoyan y te permiten superar esas limitaciones, pero muchos no lo van a hacer. Así que hay que entender la naturaleza de la institución, la naturaleza de los factores que la llevan a funcionar así, y luego, intentar encontrar una vía a través de la maraña de dificultades.

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Por Victor Pickard (The Nation) 17/08/2021

Victor Pickard es profesor de políticas de medios de comunicación y economía política en la Escuela de Comunicación Annenberg de la Universidad de Pensilvania, donde codirige el Media, Inequality & Change Center (Centro de medios, desigualdad y cambio).

Esta entrevista se publicó en The Nation.

Texto traducido por Ana González Hortelano

Publicado enSociedad
Fuentes: El diario [Imagen de archivo de varias personas frente a la Puerta de Brandeburgo en Berlín, Alemania. EFE/EPA/FILIP SINGER]

 ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’ ha logrado que el próximo 26 de septiembre, día de las elecciones generales y de comicios al Ayuntamiento de la capital alemana, los berlineses voten sobre remunicipalizar casas de grandes dueños de vivienda de la ciudad

Los alemanes están llamados a votar el próximo 26 de septiembre en las primeras elecciones de la ya bautizada como era «post-Merkel». Tras 16 años en el poder, la canciller Angela Merkel no se presenta a su reelección. Sin embargo, para los berlineses, ese día 26 de septiembre no sólo será electoralmente importante por suponer una despedida a la todavía jefa del Gobierno alemán.

Los capitalinos germanos también votarán en sus elecciones locales y, además, se pronunciarán sobre la hoy por hoy exitosa campaña ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’. Esta iniciativa, lanzada en 2019, ha conseguido las firmas de berlineses necesarias para organizar un referéndum en el que se vote sobre si expropiar o no a las empresas que poseen más de 3.000 viviendas en suelo de la capital.

La campaña lleva en su nombre el de la firma inmobiliaria Deutsche Wohnen, que dispone de 110.000 viviendas en la capital alemana. El objetivo de los activistas es hacerse con unos 240.000 pisos hoy en manos de grandes propietarios.

El pasado mes de julio se ponía la fecha del 26 de septiembre para la celebración del referéndum, después de confirmarse que los activistas de la iniciativa habían reunido suficientes firmas para seguir adelante con la votación. Superaron ampliamente, según los datos comprobados por las autoridades, las 183.700 firmas necesarias para organizar la votación.

«Hay detalles técnicos por terminar, pero el referéndum es el 26 de septiembre», dice a elDiario.es Ingrid Hoffmann. La activista de la iniciativa berlinesa menciona algunas responsabilidades de última hora que aún han de asumir ella y sus compañeros de ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’. Por ejemplo: la impresión de folletos sobre el referéndum que tienen que hacer llegar a todos los hogares berlineses.

Hofmann explica que el colectivo también da la batalla con las autoridades para que dejen de afirmar «lo astronómico» que resultará el pago de la indemnización para expropiar las casas de los grandes propietarios. Los periódicos alemanes están estos días llenos de este tipo de estimaciones. La convocatoria también ha llegado al influyente Financial Times. «Mi piso es ahora una commodity», lamentaba la activista Lorena Jonas, una de las promotoras del referéndum, calificada de «campaña radical» por el rotativo británico, que advertía de que las encuestas sugieren que casi la mitad de los berlineses apoyan la iniciativa y esta «podría fijar un precedente para otras ciudades con elevadas rentas».

Quienes más se oponen a esta medida –como Sebastian Czaja, el líder del partido liberal, el FDP– hablan de un coste de no inferior a los 36.000 millones de euros. El Gobierno de la capital sitúa los costes totales en un montante que va entre 29.000 y los 39.000 millones.

Esos números sirven a menudo para transmitir la idea a la población de que el proyecto de Hoffmann y compañía está fuera del alcance de las autoridades berlinesas. Berlín, por muy capital que sea, sigue siendo una ciudad, en el mejor de los casos, con un presupuesto muy ajustado. Pero en ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’ defienden que el mecanismo de expropiación no lastrará las cuentas de la capital.

«El presupuesto berlinés no se verá afectado en absoluto», sostiene Hoffmann. «Porque se tiene que crear una entidad pública para reunir los recursos con los que conseguir los 240.000 pisos, emitiendo bonos de deuda. Eso es lo que permite obtener dinero como en un crédito pero sin pedir dinero al banco. Luego, el pago de los alquileres de esos pisos permitirá devolver el dinero», explica la activista. «Esto, nuestros adversarios nunca lo mencionan», abunda la activista en conversación con este medio.

La Constitución como pilar de la iniciativa

Lo que no falta entre los responsables de ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’ son las referencias al artículo 15 de la Ley Fundamental alemana, que es como aquí se conoce a la Constitución. «La tierra, los recursos naturales y los medios de producción pueden transferirse a la propiedad común u otras formas de economía común con fines de socialización mediante una ley que regule la naturaleza y el alcance de la indemnización», se lee en dicho artículo de la Carta Magna germana.

En caso de que haya mayoría de «sí» en el referéndum, el resultado no implicará directamente la expropiación. La política tendrá que actuar en consecuencia legislando y, por lo que deja ver el Ayuntamiento de Berlín en sus campañas, plasmar en la legislación la expropiación no será sencillo. Sólo el partido Die Linke, el que está situado más a la izquierda del espectro parlamentario alemán, apoya a las claras la iniciativa.

En el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), la formación del actual alcalde de Berlín, Michael Müller, y de la favorita a ganar la carrera al Ayuntamiento berlinés, Franziska Giffey, no contemplan la expropiación. En Los Verdes, el segundo mayor partido progresista, hablan de ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’ como un «último recurso» ante la tensa situación del mercado inmobiliario de la capital alemana.

Precios al alza, carestía de vivienda y fusiones de grandes empresas

Berlín, ciudad gobernada por una coalición de izquierdas liderada por el socialdemócrata Müller, es de las ciudades donde más suben los precios del alquiler, según un reciente estudio de la plataforma inmobiliaria de internet Inmmoscout24. En la subida que se registrará en la capital en 2022, del 5,7%, según las estimaciones de ese portal, jugará un papel importante que se declarara inconstitucional por motivos competenciales la conocida como ‘Ley de Tope al alquiler‘. La normativa consiguió bajar los alquileres considerados excesivos.

Con esa medida, que Die Linke y Los Verdes quieren ver aplicada en todo el país y no sólo a una ciudad o región, las autoridades berlinesas trataron de hacer frente a la situación de carestía habitacional que se vive en la capital teutona. Se estima que al año hacen falta en Berlín 40.000 nuevas viviendas. En 2020 se construyeron 16.000 cuando se querían levantar 20.000. En general, Alemania no construye lo suficiente. De ahí que en la prensa económica se considere que el Gobierno de la ‘gran coalición’ de Merkel ha fracasado en materia de vivienda.

Este es el contexto en el que ha surgido ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’ y en el que también Deutsche Wohnen y Vonovia, dos de los grandes actores del mercado inmobiliario alemán, quieren fusionarse. Si eso ocurre, la activista Hoffmann considera que no será una traba para su iniciativa. «Llevan ya tres intentos para fusionarse. A lo mejor, juntas, esas empresas se sienten más seguras formando una empresa más poderosa aún. Pero para nosotros, en una expropiación, que dos empresas pasen a formar una significa menos papeleo» destaca con sorna.

Ella confía en que el 26 de septiembre, en una jornada en la que se votará para reconfigurar el Bundestag, el Gobierno federal y el Ayuntamiento berlinés, haya una alta participación. Según sus cuentas, a partir de una participación del 70%, ganará el «sí» en el referéndum de ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’.

Por Aldo Mas | 19/08/2021

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