Sábado, 18 Septiembre 2021 06:15

Ayuda en ruinas

Ayuda en ruinas

Cuando hace 11 años el terremoto pulverizó a Haití, junto con miles de casas –y más de 200 mil víctimas– cayó, como un castillo de naipes, todo el Estado haitiano. Literalmente. Todas las sedes de los ministerios –junto con el emblemático Palacio Presidencial– quedaron en ruinas, salvo una. Más allá de lo anecdótico, la verdad es que el mundo nunca estuvo interesado en que en Haití existiera un organismo estatal fuerte. Sólo un servil “centro colonial”.

Por eso desde hace décadas –ya cuando finalmente se aceptó la sola existencia de este país– se privilegiaba “la ayuda internacional” canalizada por fuera del Estado mediante el incontable número de organismos internacionales y oenegés. Así, éstas, al ir suplantando las funciones que correspondían al Estado, lo minaban aún más. Y cuando se le daba el dinero a los gobiernos “útiles” –para el “desarrollo”, para la “infraestructura”, etcétera– como el de Jean-Claude Baby Doc Duvalier (1971-1986) o los de los “neo-duvalieristas”, como Michel Sweet Micky Martelly (2011-2016) y el recientemente asesinado Jovenel The Banana Man Moïse (bit.ly/3CgTgEo), el mundo cerraba los ojos cuando éstos se forraban los bolsillos (bit.ly/3zdK7uj).

Cuando hablé hace unos años de esto con Alex Dupuy, el sociólogo haitiano, autor de un estudio denominado Haiti and the world economy, the fault of the Haitian underdevelopment, éste apuntaba a razones estructurales del subdesarrollo: “no es que ‘el mundo le haya dado la espalda al país’; todo lo contrario: la pobreza haitiana es consecuencia directa de los intereses de los imperios –Francia, Estados Unidos– y de los perversos vínculos con los mercados internacionales: desde la colonia hasta la desregulación neoliberal”. Durante esta última, iniciada por Baby Doc, se alentó p.ej. migración masiva del campo a las ciudades para proporcionarles a las maquiladoras mano de obra barata, la misma “solución” que fue ofrecida después del terremoto de 2010 (bit.ly/2XkaIsw).

Se forzó la privatización de casi todas las áreas de economía y esfera social, junto con la abolición de aranceles, algo que ató a Haití completamente a la importación de granos desde Estados Unidos. Cuando hacía falta –cuando al poder llegaba una fuerza que en ojos de los haitianos representaba el cambio, como Jean-Bertrande Aristide con su Fanmi Lavalas (1991 y 2004)–, el mundo literalmente sacudía al Estado haitiano. Venían los coups d’etat.

De hecho, la “oenegenización” de Haití fue diseñada antes como estrategia de asfixia y bullying, “para no darle chance a Aristide” (bit.ly/3nxOiiD). “Si sólo en décima parte el mundo estuviera tan eficiente en (re)construcción del Estado en Haití, como lo ha sido en su destrucción...”, decía Dupuy.

La prometida, tras 2010, por la “comunidad internacional” reconstrucción –ideada por Paul Collier, el “especialista en combate a la pobreza” e implementada por... Bill Clinton– que privilegió el modelo de la exportación por encima p.ej. de la reactivación del campo para garantizar la seguridad alimenticia, era en sí misma, una catástrofe.

Los esquemas de “ayuda” diseñadas desde una lógica neolocolonial marginalizaron a los haitianos. De cada 100 dólares que donó el gobierno estadunidense, 98.40 regresaron a Estados Unidos en forma de contratos o sueldos. “Tras el terremoto, Haití se convirtió en una ‘Republica de las oenegés’, dónde el inexistente Estado no tenía ninguna capacidad para responder a las necesidades de sus ciudadanos”, decía Dupuy. El argumento de la “corrupción” –para no financiar al gobierno–, tras el caso de Duvalier (cuando p.ej. el Fondo Monetario Internacional sabía que sus fondos acababan directamente en bolsillos de los tonton macoutes), –y luego Martelly o Moïse–, sonaba aún más hueco ante el escándalo que involucró a los empleados de Oxfam en una red de prostitución (bit.ly/2XkI62a).

Así que cuando el mes pasado, cuando todavía no bajó el polvo después del asesinato del presidente, otro terremoto golpeó al país –esta vez con “apenas”algo más de 2 mil víctimas (bit.ly/3kcZLlF)– nuevamente han sido expuestos todos los puntos ciegos del modelo dominante de “ayuda” (bit.ly/3960Ntn).

“Haití necesita ayuda, pero no de los oenegeros que no bajan de sus camionetas blancas” era una de las críticas más suaves (bit.ly/3CjdcGX).

A pesar de que ahora –como las veces pasadas– los haitianos han sido siempre los primeros en organizar y brindarla (bit.ly/3k9PkPM), el mundo, por más increíble que parezca, seguía ignorando la necesidad de articularse con organizaciones locales –viendo al país como un “desierto social”, cuando en realidad cuenta con riquísima experiencia de autorganización desde abajo– y mostrándose incapaz de abandonar el modelo de asistencia que prioriza las ganancias de los que la ofrecen.

La única vía –como bien apuntaban en este contexto unos activistas– es: i) parar “la pornografía del desastre”; ii) invertir en la capacidad de los haitianos; iii) apoyar las prioridades identificadas localmente; iv) enfocar los proyectos en los contrapartes locales y la relación con ellos; v) coordinar o notificar sus pasos a los oficiales locales y al ministerio correspondiente (bit.ly/3hvMz9J). El hecho de que su sede –como el propio Palacio Presidencial, el mejor ejemplo del fracaso de las promesas de hace 11 años– pueda continuar aún en ruinas, no es ninguna excusa para no hacerlo.

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Viernes, 29 Septiembre 2017 06:53

Lo que aprendí del pueblo mexicano

Lo que aprendí del pueblo mexicano

Tuve la inmensa fortuna de haber estado en Ciudad de México el 19 de septiembre. A las 13.15 horas estábamos con el compañero y amigo Luis Hernández Navarro cerca de la colonia Juárez. En los días siguientes estuve con compañeros y compañeras en Ciudad Jardín y en la calle Zapata, donde habían colapsado edificios mientras otros presentan severos daños, compartimos con los voluntarios y vecinos sus dolores y afanes para superar el difícil momento.

Lo vivido y convivido esos días en la capital mexicana, y luego en el estado de Chiapas, me inspiran cuatro reflexiones, breves e incompletas.

La primera es comprobar la solidaridad del pueblo mexicano. Maciza, extensa, consecuente, absolutamente desinteresada, sin el menor afán de protagonismo. No se trata de caridad sino de responsabilidad, como señaló Gloria Muñoz en una breve conversación. Una actitud profundamente política, que dijo a las autoridades algo así como "váyanse, nosotros nos hacemos cargo porque no les creemos".

En los puntos de derrumbe que pude visitar había hasta tres mil voluntarios que compraron sus palas, cascos y guantes, que recorrieron decenas de kilómetros con sus motos, a pie o en bicicletas llevando mantas, agua, comida y todo lo que podían. Es probable que más de 100 mil personas se hayan movilizado, sólo en la capital. Cantidad y calidad, energía y entrega que ningún partido político puede igualar.

Interpreto esa maravillosa solidaridad como hambre de participación para cambiar el país, como un deseo profundo de involucrarse en la construcción de un mundo mejor; como una actitud política de no delegar en las instituciones ni en los representantes, sino de ayudar poniendo el cuerpo. En la cultura política en que se formó mi generación, esa actitud se denomina "militante", y es lo que permite intuir que un país tan golpeado como México tiene aún un futuro luminoso.

La segunda es el papel del Estado, desde las instituciones hasta las fuerzas armadas y la policía. Llegaron a los puntos críticos al día siguiente del sismo y lo hicieron como máquina de impedir, de bloquear la participación de los voluntarios, de rechazarlos y enviarlos a otros sitios. Esta labor de dispersar la solidaridad la hicieron con esmero y con esa disciplina que caracteriza a los cuerpos armados, que no sirven para salvar vidas sino para proteger a los poderosos y sus bienes materiales.

Me llamó profundamente la atención que en los barrios pobres, como Ciudad Jardín, el despliegue de uniformados era mucho mayor que en los barrios de clase media, aunque el drama humano ante los edificios colapsados era similar. Diría que las "clases peligrosas" fueron rigurosamente vigiladas por los militares, porque sus patrones saben que allí anida la revuelta.

La tercera es el papel del capital. Mientras los armados se dedicaban a dispersar al pueblo solidario, las empresas empezaban a lucrar. Dos mil edificios dañados en la capital es un bocado apetecible para las constructoras y el capital financiero. Las grandes empresas hicieron gárgaras de solidaridad. Fue tan grande la marea solidaria que el capital tuvo que "hacer como" que dejaba de lado su cultura individualista, para disfrazarse de una cultura que le es ajena y le repugna.

Vale registrar la división del trabajo entre el Estado y el capital. El primero dispersa al pueblo para que el segundo pueda hacer sus negocios. Jugando con las palabras, podemos decir que la solidaridad es el opio del capitalismo, ya que neutraliza la cultura del consumo y frena la acumulación. Aquellos días de desesperación y hermanamiento, muy pocos pensaban en comprarse el último modelo y todo se focalizaba en sostener la vida.

La cuarta cuestión somos nosotros y nosotras. La actitud del pueblo mexicano, esa generosidad que aún me hace temblar de emoción, se estrelló contra los diques del sistema. Los de arriba expropiaron buena parte de las donaciones concentradas en los centros de acopio y desviaron la solidaridad: cuando se trataba de una relación abajo-abajo, la invirtieron para convertirla en caridad de arriba-abajo.

Sabemos que el sistema se sostiene destruyendo las relaciones entre los abajos, porque dinamitan el esqueleto de la dominación construido sobre los pilares del individualismo. Pero aún nos falta mucho para que las relaciones entre los abajos se desplieguen con toda su potencia. Es cuestión de autonomía.

En los días posteriores al sismo tuve largas conversaciones con dos organizaciones de la ciudad: la Brigada Callejera y la Organización Popular Francisco Villa de la Izquierda Independiente. En ambos casos encontré una actitud similar, consistente en rehuir los centros de acopio para trabajar directamente con los afectados. "Nos reservamos", dijo una dirigente de Los Panchos en la comunidad Acapatzingo, en Iztapalapa.

La solidaridad se dirige a quien la necesita, pero funciona por capas o círculos concéntricos. Primero atiende a los miembros de la organización. Luego a los miembros de otras organizaciones amigas o aliadas, y también a las personas que no están organizadas, pero en este caso es también directa, cara a cara, para evitar desviaciones.

El mundo nuevo ya existe. Es pequeño si lo comparamos con el mundo del capital y del Estado. Es relativametne frágil, pero está mostrando resistencia y resiliencia. Nuestra solidaridad debe recorrer los cauces de ese mundo otro, fluir mediante sus venas, porque si no lo hace se debilita. La tormenta es un momento especialmente delicado, como comprobamos desde el 19 de septiembre. El sistema está empeñado en destruirnos y para eso está dispuesto, incluso, a fabricarse un camuflaje "humanitario".

La increíble solidaridad del pueblo mexicano se merece un destino mejor que engrosar los bolsillos y el poder de los poderosos. Pero eso depende de nosotros, porque de ellos ya no podemos esperar nada. Si es cierto que la solidaridad es la ternura de los pueblos, como escribió Gioconda Belli, debemos cuidarla para que no la ensucien los opresores.

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Domingo, 24 Septiembre 2017 07:51

La solidaridad y su freno

La solidaridad y su freno

 

Los mexicanos ante el terremoto.

 

El centro parecía una fiesta. A las 11 de la mañana estaba programado un simulacro de evacuación en caso de terremoto, en una fecha más que simbólica: el 19 de setiembre de 1985 la tierra tembló dejando un reguero de destrucción y muerte, en el mayor sismo de la historia reciente de México. Más de 10 mil muertos, aunque la cifra exacta nunca se conoció, y alrededor de 800 edificios derrumbados. El gobierno de la época fue un monumento a la ineficiencia y la solidaridad fue la que salvó vidas, recuperó cuerpos sepultados y trasladó heridos.

A las 11 de la mañana de este 19 de setiembre, 32 años después, era difícil abrirse paso entre los miles de funcionarios que colmaban las aceras de la Colonia San Rafael, una de las más afectadas por lo que sucedería dos horas después. Una serena algarabía emergía de los cientos de grupos que festejaban, quizá, el tiempo libre fuera de la supervisión de sus jefes.

Cuando la tierra tembló, los edificios se tambaleaban y costaba mantenerse en pie, se trataba apenas de mirar hacia arriba para detectar algún peligro, la caída de algo grande sobre las cabezas. “Pinche temblor”, gritaban algunos cuando todavía el mundo se movía frenéticamente alrededor.

Después sobrevino una tensa calma; miles se agolpaban en las aceras, ahora con rostros serios, con la premonición de la tragedia estampada en los gestos. Enseguida apareció la certeza de que estábamos metidos en una inmensa ratonera de la que sería difícil salir. Millones de coches inmovilizados, semáforos apagados, la luz y el agua cortadas y una incertidumbre que crecía como una sombra amenazante. Avanzamos unos metros y paramos.

El primer rasgo que toma la solidaridad son los cientos de espontáneos que ordenan el tránsito agitando pañuelos. Algunas personas acompañan a los que entraron en pánico hasta los centros de salud. Los más decididos, jóvenes casi todos, van corriendo hasta los edificios colapsados para ayudar en el rescate. Empezaron a despejar escombros con las manos y con las pocas herramientas que se conseguían. Llegaron tres horas antes que la Armada, encargada por el gobierno de socorrer a las víctimas.

En cuanto paró de temblar vinieron corriendo los vecinos, porque los que están más cerca son los primeros que responden. La proximidad es ley. Una hora más tarde, hombres y mujeres habían armado un sistema que funcionaba bajo la básica regla de sacar escombros y entrar baldes vacíos con los que ídem. No es que la gente ayude en el rescate, la gente es el rescate.

En uno de los edificios de ¡seis pisos! que cayó en un barrio símil Parque Rodó –no en aspecto sino en perfil socioeconómico– había tres sectores, con cuatro filas cada uno, que iban desde el pie de la pirámide trunca de escombros hasta la calle. Por las filas del medio, grupitos de gente sacaban los pedazos más grandes y pesados que estructuraron la casa, mientras que las líneas de los bordes funcionaban como cintas transportadoras en direcciones opuestas. Las cosas de la gente que ahí vivía aparecían por todas partes: una bota sin compañera, una foto que no perdió el marco de vidrio a pesar de los 7,1 Richter que la sacudieron; y un obrero, mago del cincel y del martillo, que separa en segundos grandes pedazos de pared, que se entretiene un rato mirándola antes de tirarla al vacío que fue patio trasero.

Si los bomberos y los rescatistas de la división de Protección Civil mantuvieron una relación cordial con la gente, indicándole, por ejemplo, que estaban escarbando en un punto que agregaba más peso a la estructura, en vez de alivianarla, todo cambió cuando llegaron los militares de la Armada, que pretendieron sacar a la gente a los gritos. Pero como en ese momento los de verde eran minoría, pronto se los tragó la cadena de trabajo que no paró, aunque se lo ordenaran fuerte. Una minivictoria de la vida contra la militarización de todo.

Ya para la tarde, en torno a la mayoría de los derrumbes se había formado una cadena de policías con escudos que no permitían la libre entrada de la gente a colaborar. Para el segundo día, eternas filas de jóvenes con palas, carretillas y cascos de construcción esperaban horas a que la autoridad les permitiera prestar sus manos para remediar el desastre. Fue la respuesta de arriba para frenar la acción de abajo: dejar a la gente fuera, esperando.

El aluvión, igual, se sigue viendo en la cantidad de donaciones que desbordan los centros de acopio. En la calle hay un clima agitado, como de pecho inflado por la respuesta colectiva. Todo el mundo colabora en la manera que puede, pero los más visibles son los jóvenes pos 85: no vivieron el sismo anterior, pero eso no importa, porque aquella respuesta colectiva ante la inacción estatal fue una lección que quedó metida en la memoria de todos. Los mexicanos se cobijan en su capacidad de respuesta, que es genuina y espontánea, y deciden que sea esa la identidad que se han creado para sí.

La solidaridad es el milagro de la vida. Como una manta gigantesca que abriga en medio del colapso. Una solidaridad que saca lo mejor de los seres humanos, incluso en esta ciudad inhóspita, esculpida por el individualismo del consumo y los valores que arrastra. Es imposible no pensar que la única salvación posible nace de esa ternura que aún practican los pueblos y que ya nada podrá revertir.

 

 

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Terremoto en Ecuador: 246 muertos y más de 2 mil heridos

Rescatistas sacaban decenas de cadáveres de los escombros este domingo luego del terremoto que azotó la región costera de Ecuador el sábado por la noche, y que provocó el derrumbe de decenas de casas y edificios y destruyó carreteras. El saldo oficial es de al menos 246 muertos y 2 mil 527 heridos. No se descarta que la cifra de decesos sea mucho mayor.

 

Más de un millón de personas fueron afectadas por el fenómeno telúrico en el país sudamericano, reportó la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios. Stephen O’Brien, director del organismo, expresó su tristeza por la pérdida de vidas y la destrucción, citó que hay decenas de miles de damnificados en diversos centros, y afirmó que la ONU y su socios ya están listos para prestar apoyo.


El epicentro del sismo de magnitud 7.8, el más fuerte que ha afectado Ecuador desde 1979, ocurrió en zonas escasamente pobladas, compuestas por puertos de pescadores y playas turísticas sobre el Pacífico, a 170 kilómetros de Quito, capital del país. El epicentro fue en Pedernales, en la provincia de Manabí.

 

 
El presidente interrumpe visita a Roma

 

La mayor parte de las poblaciones de la provincia de Manabí, en Guayaquil, la capital, y otras ciudades importantes, han sido las más afectadas, entre ellas Pedernales, Portoviejo y Manta, en la costa del Pacífico. De hecho, son seis provincias de la costa ecuatoriana, de sur a norte, donde el presidente Rafael Correa declaró el estado de excepción por 60 días.


Correa, quien emitió el decreto del estado de excepción cuando estaba de visita diplomática en el Vaticano (este domingo volvió de Roma), señaló que todo se puede reconstruir, menos las vidas perdidas y eso es lo que más nos duele.Asimismo, pidió a los ecuatorianos mantenerse firmes. A su vez, el papa Francisco oró por las víctimas.

 

Muchas de las viviendas que se derrumbaron, construidas con ladrillo y cemento baratos, quedaron reducidas a escombros. En el centro de Guayaquil el techo de un centro comercial se derrumbó y un puente de una autopista colapsó y aplastó un coche.

 

En Quito el movimiento telúrico se sintió durante aproximadamente 40 segundos. Se cancelaron encuentros deportivos y conciertos en todo el país hasta nuevo aviso. En Manta, el aeropuerto cerró cuando la torre de control colapsó e hirió a un trabajador de control de tráfico aéreo y a un guardia de seguridad.

 

El vicepresidente de Ecuador, Jorge Glas, de visita en las zonas afectadas, llamó a la calma e indicó que fue declarada una alerta de movilización, pero no de tsunami, que significa alejarse de costas en las provincias de Santa Elena, Manabí y Esmeraldas. En Pedernales muchas personas huyeron de sus casas y estuvieron a la intemperie por la noche, pues temían además un tsunami.

 

Se han contado unas 189 réplicas, hasta el cierre de esta edición, en tanto el gobierno envió unos 13 mil 500 soldados y policías a las zonas afectadas para poner orden en medio del caos y la destrucción. Las vías de acceso estaban literalmente bloqueadas por derrumbes. En horas de la mañana llegó maquinaria pesada para ayudar en la remoción de escombros, así como las primeras ayudas internacionales.

 

Glas dijo que se dispuso de 300 millones de dólares para la emergencia y agradeció “la solidaridad y la rápida respuesta de países amigos como Venezuela, Colombia, México, Perú, España, la Unión Europea y otros.

 

El Ministerio de Salud convocó a médicos voluntarios para atender la emergencia, y la brigada médica cubana en Ecuador se puso a disposición del gobierno.

 

En tanto, se informó que al menos 100 presos se fugaron de la cárcel El Rodeo, de la ciudad de Portoviejo, en Manabí, aprovechando los daños materiales en el edificio. El Ministerio de Justicia dijo más tarde que unos 30 de los fugados fueron recapturados.

 

Temblores menores se sintieron este domingo en El Salvador y en Honduras

 

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Nepal: la reconstrucción y la disputa por su control

Nepal es un país en proceso de cambio, producto de una intensa revolución vivida en las últimas décadas. El 26 de abril este país sufrió un terremoto tremendo. Todas sus fuerzas sociales, ante la catástrofe, quedaron en tensión en pro de socorro y la misma reconstrucción de sus territorios. La solidaridad internacional llegó rápido, otra está en camino, pero el temor de que fuerzas externas conspiren contra el proceso de cambio llena de inquietud a su gobierno. ¿Un terremoto para temblar social y políticamente?

El terremoto que sacudió a Nepal el pasado 26 de abril, y que casi lo destruye, fue de magnitud 7,9 grados, con una profundidad de 15 kilómetros. El fenómeno natural también se sintió en Tíbet, Pakistán y la India, y remeció la cordillera más alta del mundo, la magnífica e imponente Himalaya. Hace 80 años sucedió algo similar. Terremoto seguido en 24 horas de más de 50 réplicas, incluyendo dos terremotos más, uno de 5,6 y otro de 6,7 grados, que agravaron aún más la ya difícil situación que vive su población.

Los geólogos dicen que por fortuna Nepal está situada por encima de la "roca sólida" que evitó más temblores y deslizamientos, aunque estos sí se presentaron en las llanuras. Terremoto producto del movimiento de la placa índica que se dirige hacia Asia central a una velocidad de quince centímetros por año, una de las razones que explican la altura de los Himalaya y los terremotos recientes, como el de 7,6 en Cachemira y el de 7,5 en la Cachemira –controlada por la India–, y en Afganistán, ambos en 2005, con más de 100.000 muertos.

Nepal se "encuentra en un punto de liberación del vapor tectónico resultante de la colisión de la placa euroasiática y la índica, que forma la parte sur de Eurasia. El 26 de abril "un fragmento hizo un salto de dos metros a una profundidad de 15 kilómetros bajo tierra, lo que causó una onda de choque equivalente a 20 explosiones de bombas termonucleares", según la Sociedad Nacional de Tecnología Sísmica de Nepal, y geofísicos de la Universidad de Hong Kong.

El terremoto ha dejado hasta este momento más de 8.000 víctimas (el gobierno dice que podrían ser 10.000), 18.000 heridos, y seis millones de damnificados en 30 distritos. Desplazados internos: 450.200 personas, y 300.000 familias quedaron sin hogar. Según la ONU, por el piso quedaron 307.706 casas, 292.084 averiadas y el 80 por ciento de las escuelas destruidas.

Hubo, además, destrucción de la red vial, del suministro de energía eléctrica –que siendo precario ha empeorado en lo cotidiano –, aunque el gobierno la restableció en algunos distritos; no hay agua potable, y hay esfuerzos por impedir brotes de cólera o cualquiera otra enfermedad.

La destrucción cubrió todo tipo de edificios, entre ellos los monumentos históricos, importantes en la cultura nepalesa, como la Torre Dharahara, el Swayambhunath "el templo de los monos", la Plaza de Durbar, el Palacio de Bosantapur, el templo de Kalmochan y el Real Museo de Patán, entre otros.

Los daños causados por el terremoto están evaluados en más de 5.000 millones de dólares. Si el PIB de Nepal alcanza los 20.000 millones de dólares, entonces el costo del siniestro ronda el 20 por ciento del mismo.

 

Problemas sociales

 

Desde el punto de vista social, uno de los problemas serios del país asiático es el tráfico de niños para la prostitución o para trabajos forzados, entonces, debido a que el terremoto causó serios problemas sociales –destruyendo lazos familiares y comunitarios– las mafias aprovechan el caos para convencer a niñas de un mejor fututo fuera del país. Las organizaciones sociales y ONG's han rescatado en la frontera con la India, y en parajes lejanos, a 16.000 niñas, sin embargo, a pesar de los esfuerzos ya han sido "traficadas" 13.000 de entre los 12 y los 19 años, las que van a parar a burdeles, bares y circos en la India, o para trabajos forzados en la manufactura de textiles.

Según su Gobierno, están al frente de un trabajo social lo mejor posible para alertar a las comunidades y familias del modus operandi de las mafias, al tiempo que intentan ampliar el control fronterizo con la India, que es extenso.

Las escuelas y colegios, hasta ahora comienzan su trabajo improvisado, pues sus instalaciones quedaron en ruinas.

El Gobierno ha llamado a toda la población a participar en las labores de rescate, remoción de escombros y la reconstrucción del país.

 

Nuevo terremoto

 

Pero esa capacidad de destrucción no ha cesado, a tal punto que el 12 de mayo Nepal fue sacudido por un nuevo terremoto de 7,3 grados de magnitud, con seis replicas –una de 6.3 grados de magnitud en la escala de Richter–, que volvió a golpear la zona más impactada por el terremoto del 26 de abril: el distrito de Sindhapalchowk y su capital Chautara, paralizando lo que se estaba haciendo para la reconstrucción del país, tornando la situación aún más difícil. El terremoto también se sintió en India, con víctimas mortales. Lo que sigue, depende de la capacidad que tenga el gobierno por movilizar a la sociedad nepalina.

 

La disputa por este país

Nepal es un país asiático, himaláyico, de 141.180 kilómetros de extensión, sin salida al mar, con límites con dos países grandes y poderosos: al norte la China Popular y al sur la India; también limita al norte con el Tíbet, al oriente con Sikkim –provincia de la India– y Bután, y al occidente con Cachemira.

Su territorio es de montañas, colinas y llanuras de Terai, y cuenta con todos los climas. En Nepal, en los Himalaya, se encuentran siete de las mayores alturas de la tierra: el monte Sagarmatha –llamado en Occidente monte Everest, y los Anapurnas, colosos ubicados hacia el occidente del país. Es un territorio agrícola y con una gran riqueza hídrica y turística.

Con todo y esto, es uno de los países más pobres del mundo, con 27 millones de habitantes de los cuales más de siete millones viven en la pobreza; su producto percápita es de 1.000 dólares al año.

Su historia reciente es larga. Durante los últimos 240 años estuvo regido por una monarquía absoluta, dirigida por varias dinastías, hasta la última, la familia Rana del Rey Gyanendra, quien después de ordenar asesinar a la familia real fue depuesto y abolida la monarquía. Esto sucedió en el año 2008, después de diez años de guerra civil entre el ejército dirigido por el Partido Comunista de Nepal-Unificado Maoísta y el ejército de la monarquía.

Entre 1996 y hasta 2006 fue la guerra revolucionaria que tuvo como fondo una revolución democrática con el fin de abolir “el semifeudalismo, al imperialismo y al capitalismo burocrático” e instaurar una república democrática. Siguiendo la estrategia maoísta de guerra en el campo y con bases de apoyo rodear las ciudades hasta tomarlas, el Partido Comunista de Nepal –Maoista– (PCN –M), junto al ejército y las organizaciones de masas lograron controlar más del 70 por ciento del territorio del país y construir nuevas formas de poder en el campo. Durante un tiempo las ciudades fueron controladas por el gobierno al servicio de la monarquía, aunque los demás partidos Marxista Leninistas (ML), socialistas, y otros, con presencia en su territorio desarrollaron luchas de masas.

En 2004 se iniciaron las luchas de masas fuertes en Katmandú, capital del país, en 2005 el PCN (M), junto con el Frente Unido Popular, divulgaron el programas de 12 puntos en donde exigían: abolición de la monarquía, república democrática, elecciones libres para una Asamblea Nacional Constituyente –ANC. Pocas semanas después este partido suscribió un acuerdo con otros –siete– partidos para iniciar las sublevaciones urbanas y rurales.

En esta lucha el gobierno estuvo apoyado con entrenamiento, armas e inteligencia, por India, EU, Gran Bretaña, la Unión Europea, Israel y otros países. El PCN (M) fue incluido en la lista de “grupos terroristas” hasta el 2009. Cuando el rey Gyanendra toma el control total del gobierno desató una ola represiva muy fuerte contra intelectuales, periodistas, partidos políticos, sindicatos, estudiantes, extranjeros y el pueblo en general. El PCN (M) pidió elecciones (y ANC) y no monarquía constitucional, que era la propuesta de la monarquía y partidos políticos y sociales a fines con el rey.

Luego se presenta el acuerdo de paz para terminar con la guerra revolucionaria, el PCN (M) entra en la lucha legal, y el ejército se desmoviliza en un acuerdo en donde de 30.000 combatientes más o menos 3.000 ingresaron al nuevo ejército de la recien constituida república, ejército que contaba con 12.000 combatientes mujeres, algo extraordinario en un país como Nepal, con tradiciones religiosas muy arraigadas. Los maoístas, en alianza con los siete partidos aliados, dieron fin a la monarquía, estableciendo una ANC que proclamó la República Federal Democrática de Nepal, vigente aún hoy.

El primer gobierno le correspondió dirigirlo al PCN(M) tomando forma duros debates sobre la nueva constitución que debía aprobarse. A pesar de lograr algunos avances sociales, como abolir el sistema Haliya –una especie de aparcería semifeudal–, la liberación de 100.000 siervos de la casta de los “thero”, luchar contra el alcoholismo, la drogadicción y la trata de niños, avanzar en los matrimonios libres, organizar las mujeres, elevar el ingreso percápita anual a 1.000 dólares, luchar contra las inundaciones, etcétera, el hecho es que en la disputa de facciones el PCN (M) perdió capacidad de maniobra y en el 2013, con las elecciones para la ANC, perdieron el control del poder que pasó, por primera vez,  a manos del Partido del Congreso y del Partido Comunista de Nepal (ML) unificado, mientras los maoístas entran a la oposición. Tema fundamenal de discordia: el contenido de la nueva constitución.

Uno de los aspectos de mayor polémica en Nepal son las minorías étnicas y nacionales, en un país donde existen, por lo menos, 69, dos de las cuales están exigiendo autonomía: los indígenas o janajati y los Madhesi de las llanuras del Terai al suroriente de Nepal. El PCN (M) propuso en 2006 el proyecto de nueva constitución interina, hoy vigente. En ese proyecto establecieron autodeterminación política y de gobierno autónomo para varias minorías nacionales y regionales oprimidas en las colinas, valles y llanuras, finalizando así el sistema feudal basado en el chauvinismo  de la alta clase aria-Khasa” (preámbulo); también dispusieron el establecimiento de nueve repúblicas autónomas y organizaciones locales, lo que hasta hoy ha suscitado serios debates con los que se oponen a estas transformaciones.

Estos debates y contradicciones son retomados por la prensa occidental, la que difunde que además del caos, producto del terremoto, tiene forma la inestabilidad política del país, al que  debe ponerse término.

También debe anotarse que la India influencia partidos políticos, personas y organizaciones sociales y pretende socavar lo hasta ahora conquistado, intentando volver a una monarquía pro-india.

La India ha mantenido una importante influencia en Nepal a través de la depuesta y asesinada familia real, pero también a través de sectores del ejército, de organizaciones nacionalistas pro India y en el Partido del Congreso.

En el año 2004 y en el 2006, en plena guerra civil, la India intentó invadir Nepal para apoyar a la monarquía y sectores sociales específicos. Hoy, usando las necesidades del pueblo y gobierno de Nepal, producto del terremoto, intenta controlar zonas del país. Para ello, además de enviar rescatistas también envió agentes de seguridad del Buró de Información india y activistas del RSS (Organización del voluntariado nacional, que es nacionalista hindú).

Un avión Hércules de la India sobrevoló una región de Nepal fronteriza con China, el distrito nepalés de Rosowa al norte, que llevó a que el gobierno de ese país pidiera que aviones indios no vigilaran esas fronteras.

India envió, además, seis helicópteros M-17 para trabajos de emergencia, usados para grabar videos del desastre que luego se pasan en la tv india, con comentarios de que el gobierno de Nepal no es capaz de solucionar la crisis por sí mismo y que entonces India debe intervenir de “manera humanitaria”.

Todo esto significa intervención y pérdida de soberanía, como en el reciente pasado intentaron los Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel. El objetivo de todos ellos no es solo lo político sino también las riquezas naturales del país, de ahí que el actual sea un momento propicio para lograr sus propósitos a través de “ayudas humanitarias”,.

Sabiendo que están ante tal amenaza, el gobierno de Nepal trabaja por centralizar, analizar y manejar las ayudas, de tal manera que no puedan ser usadas para subvertir los procesos de cambio en curso en esta nación asiática. El Gobierno espera que los partidos de izquierda en el poder, o en la oposición, trabajen por sacar al país de la crisis en que lamentablemente cayó. El futuro inmediato confirmará o denegará el efecto de este llamado.

Publicado enEdición Nº 213
Martes, 05 Mayo 2015 14:51

Lo que mata es la pobreza

Lo que mata es la pobreza

Geólogos y físicos de todo el mundo advirtieron hace apenas tres semanas que en Nepal ocurriría un movimiento sísmico de gran magnitud. El pronóstico se cumplió y los muertos pueden llegar a 10 mil. "Es la calidad de las casas lo que mata a la población, no el terremoto en sí", dice un científico en Katmandú.

 

"Serían alrededor de las 11 de la mañana, no sé exactamente, estaba en el hotel y de repente sentí una extraña sensación. Sentí que algo se movía en la habitación, unos segundos. Pero después parecía como si estuviera en un barco y de repente tienes la sensación de que pierdes el suelo, era un movimiento leve de la habitación, cuando saltó la alarma del hotel. Me asomé a la ventana y vi a un montón de gente parada, sin saber qué hacer, rezando en el suelo, y bajé tal como estaba, en pantalón corto, camiseta y con las chancletas puestas, sin nada más. Toda la gente bajaba por las escaleras a trompicones y empujones saliendo a la calle. Han sido unos instantes." Desde Calcuta (India), el relato que el fotógrafo español Juan Díaz hace a Brecha ilustra la dimensión de lo ocurrido el sábado 25 por la mañana en Nepal, a casi mil quilómetros de distancia. Al cierre de esta edición, el terremoto que tuvo una magnitud de 7,8 en la escala de Richter había provocado la muerte de por lo menos 5 mil personas en Nepal, unas 70 en el norte de India y 18 en Tíbet. El primer ministro nepalí, Sushil Koirala, reconoció que los fallecidos en su país podrían llegar a ser 10 mil.


La población de Nepal, unos 29 millones de personas, vive en una estrecha franja montañosa cuya extensión es menor a la de Uruguay, casi imperceptible en el mapa por estar situada entre las gigantes India y China. Pequeño país, pero imposible de ignorar por albergar la montaña más alta del mundo, el Everest. La cordillera del Himalaya, de la que forma parte el Everest, se ha formado a lo largo del tiempo sobre la colisión de placas tectónicas indo-euroasiáticas que hace de esta una de las zonas con mayores riesgos sísmicos del planeta. Nepal despierta, en ese sentido, gran inquietud entre geólogos y físicos. De hecho, hace casi tres semanas un grupo de 50 investigadores liderado por Laurent Bollinger, de la Comisión de Energías Alternativas y Energía Atómica de Francia, estuvo en la zona, observó y vaticinó lo ocurrido. "Este terremoto definitivamente no fue una sorpresa. El último evento similar en esta parte del Himalaya fue hace unos 500 años, aproximadamente el promedio de tiempo en que se producen estos eventos", dijo Marin Clark, geofísico de la Universidad de Michigan, a la agencia Efe. Se trató, según palabras del grupo de científicos, de una "pesadilla" previsible, por lo que podrían haberse tomado recaudos para mitigar sus consecuencias. El experto en movimientos sísmicos David Wald aseguró a otra agencia, Reuters, que un terremoto de la misma magnitud hubiera causado la muerte de 20 o 30 personas por cada millón de habitantes en California, pero 1.000 o más por cada millón en Nepal. "Físicamente y geológicamente lo ocurrido es exactamente lo que pensábamos que iba a suceder", apuntó James Jackson, otro de los científicos presentes.


Las consecuencias eran previsibles no sólo por los factores naturales sino también por los humanos. Por ejemplo, existe en Nepal la tradición de que cada hijo construya su vivienda sobre la de sus padres. Esto lo hacen con delgados ladrillos u hormigón de mala calidad, como la mayoría de las casas que fueron destruidas en la capital, Katmandú, y en el distrito de Gorkha, donde tuvo lugar el epicentro del terremoto. "Es la calidad de las casas lo que mata a la población, no el terremoto en sí", manifestó Jackson. La inoperancia del gobierno nepalí para afrontar un golpe de esta naturaleza se vio en el propio aeropuerto, incapaz de organizar la llegada de aviones con ayuda internacional. El martes 28 los helicópteros sobrevolaron la zona más afectada y pudieron comprobar que varias aldeas habían quedado totalmente enterradas bajo los deslaves provocados por la lluvia que no ha cesado de caer durante estos días.


Tras el terremoto cerca de un millón de menores se han quedado sin hogar, en un país donde según la Unicef el 40 por ciento de los niños padece desnutrición. Las Naciones Unidas estiman que 8 millones de personas se han visto afectadas por el desastre, y 1,4 millones necesitan alimentos. La Onu señala que entregará 15 millones de dólares para las víctimas del terremoto, que permitirán ampliar las operaciones y proporcionar refugio, agua, suministros médicos y servicios logísticos. Estados Unidos y la Unión Europea anunciaron la donación de millones de euros o dólares para la reconstrucción, "que bien podrían haberse utilizado en tareas de prevención y construcciones decentes", tal como comenta uno de los tantos foristas indignados en las redes sociales.


Naturaleza humana.

 

"Por muy 'natural' que parezca, ninguna catástrofe es natural. Un seísmo de intensidad idéntica causa más víctimas en un país empobrecido que en otro rico e industrializado. Ejemplo: el terremoto de Haití, de magnitud 7,0 en la escala de Richter, ocasionó más de 100 mil muertos, mientras que el de Honshu (Japón), de idéntica fuerza (7,1), acaecido hace seis meses, apenas provocó un muerto y un herido", escribió el periodista Ignacio Ramonet en Le Monde después del terremoto de Haití en 2010. El periodista español Iván M García, que estuvo en Haití hace cinco años, dijo a Brecha que allí "todo salió mal de entrada". "En Haití había un gobierno ausente, promesas incumplidas en cuanto a fondos internacionales y una ayuda humanitaria enfocada en el corto plazo. Al cabo de un año, de dos años, los desplazados seguían en los asentamientos, normalmente en plazas de la capital, Puerto Príncipe. Se habituaron a recibir plata, comida y agua. En el país más pobre de Latinoamérica si te aseguran eso, te quedas. Obvio. Nadie pensó o casi nadie pensó en la reconstrucción."


En las últimas décadas Nepal vivió bajo una monarquía absoluta que desembocó en un parricidio y la disolución del régimen, además de una guerra interna que culminó en 2006, dejando como saldo 13 mil muertos. Hoy el país tiene un gobierno democrático al que en su último informe la organización Social Watch califica como "frágil" e inestable, entre otras cosas por su extrema pobreza. Si ésta no se supera, los terremotos y otros desastres naturales seguirán matando de a miles. "Si usted vive en el valle de Katmandú tiene otras prioridades, urgencias cotidianas propias de la pobreza. Pero eso no aleja a los terremotos", expresa el científico Jackson.


El panorama actual hace prever una lenta y peliaguda recuperación, dependiente además "de un pequeño grupo de burócratas", asegura el periódico británico The Guardian. El país tiene por delante la atención de 7 mil heridos, el suministro de alimentación, agua, medicamentos y carpas. El peligro, alerta el español García, es que lo provisorio se convierta en permanente. "Hay asentamientos, campos de refugiados, que terminan por ser barrios. Pasó en Beirut con los refugiados palestinos, pasa en Palestina con los desplazados por los militares israelíes. Campos no ya de carpas sino de edificios. En Haití no se han tomado medidas para evitar otra catástrofe." En Nepal es probable que tampoco se tomen.

 

 

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