Brasil: Arranca la votación en el "juicio del siglo" sobre tierras indígenas

Se espera que el juez Edson Fachin, relator del caso, lea su voto en la sesión del jueves

 El máximo tribunal debate la tesis del marco temporal, que sostiene que solo deben reconocerse como tierras ancestrales aquellas ocupadas por estos pueblos cuando se promulgó la Constitución brasileña en 1988.

 

El Supremo Tribunal Federal de Brasil (STF) arranca hoy su votación en un juicio que podría poner en jaque a centenares de tierras indígenas pendientes de demarcación en el país. En el llamado "juicio del siglo" sobre los indígenas, la máxima Corte debe decidir si es válida la tesis del marco temporal, defendida por el agronegocio con el apoyo del presidente Jair Bolsonaro, según la cual solo deben reconocerse como tierras ancestrales aquellas ocupadas por estos pueblos cuando se promulgó la Constitución brasileña en 1988.

La sesión del pleno del STF finalizó este miércoles sin iniciar la votación. Se espera que el juez Edson Fachin, relator del caso, lea su voto en la sesión del jueves. Según el aviso del tribunal, los miembros de la Corte fueron consultados y acordaron dejar el voto de Fachin para la próxima sesión debido a la extensión de su fundamento. El juicio podría prolongarse varias sesiones a pedido de alguno de los 11 jueces y se espera una votación ajustada.

En concreto el STF debate una causa sobre el territorio Ibirama-Laklano, en el estado sureño de Santa Catarina, que en 2009 perdió su estatus de reserva después de que una instancia inferior acogiera el argumento de que los grupos no estaban viviendo allí en 1988. Pero, por decisión de la propia Corte, el veredicto tendrá repercusión general y podría afectar a muchas otras tierras en disputa. 

Los indígenas sostienen que la Constitución les reconoce sus derechos sobre sus tierras ancestrales, sin prever ningún marco temporal. Y afirman que en muchos periodos fueron desplazados de sus territorios, especialmente durante la dictadura militar (1964-1985), con lo cual sería imposible determinar su presencia en 1988. 

Por su parte los grandes productores rurales sostienen que en Brasil, con una población de 213 millones de habitantes, los 900 mil indígenas ya poseen mucho territorio (un 13 por ciento de la enorme superficie del país) y que si no se adopta el marco temporal ese número llegará al 28 por ciento, unas proyecciones muy cuestionadas. El sector cuenta con el apoyo de Bolsonaro, que hasta ahora viene cumpliendo su promesa electoral de no demarcar "ni un centímetro más" de tierras indígenas. 

08/09/2021

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La mitigación del cambio climático debe ser una prioridad para la salud pública

El 9 de agosto, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) publicó su último informe, Climate Change 2021: The Physical Science Basis, la contribución del Grupo de Trabajo I al Sexto Informe de Evaluación. El IPCC cuenta con tres grupos de trabajo: El Grupo de Trabajo I, centrado en la comprensión física más actualizada del sistema climático y el cambio climático; el Grupo de Trabajo II, que detalla los impactos, la adaptación y la vulnerabilidad; y el Grupo de Trabajo III, que se ocupa de la mitigación del cambio climático. Los dos siguientes grupos de trabajo presentarán sus informes en 2022. 30 años después del primer análisis del IPCC, esta último proceso añade precisión y mayor nivel de detalle, con, por ejemplo, nuevas evaluaciones regionales del cambio climático, para informar sobre la evaluación de riesgos y la elaboración de políticas. En particular, el informe eleva la influencia humana en el calentamiento global de forma clara a inequívoca. Su conclusión más importante es que es probable que el mundo alcance el objetivo del Acuerdo de París de 2015 de entre 1 y 5 ºC de calentamiento en los próximos 20 años, pero que aún es posible estabilizarse en 1-5 ºC si se producen reducciones drásticas de las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero en las próximas décadas.

Actuar frente a la crisis climática es una prioridad clara, pero aún descuidada, para la salud pública. En la actualidad existe un gran número de trabajos que establecen una clara relación entre el cambio climático y la salud. Los efectos del cambio climático en la salud pueden ser directos –relacionados principalmente con los cambios en la frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos (como olas de calor, sequías, incendios, inundaciones o tormentas)– e indirectos, a través de los cambios en los ecosistemas (por ejemplo, las enfermedades transmitidas por el agua y la contaminación atmosférica) y a través de los efectos mediados por los sistemas humanos (como los impactos laborales, la desnutrición, la salud mental, pero también la migración y los conflictos).

Los beneficios colaterales para la salud de la mitigación se han expuesto de forma exhaustiva en informes como el de la Comisión Lancet sobre Salud y Cambio Climático de 2015. La reducción de las emisiones disminuye la contaminación atmosférica y las enfermedades respiratorias; el transporte activo seguro disminuye las lesiones por accidentes de tráfico y puede reducir la incidencia de la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardíacas. Y lo que es más importante, la respuesta al cambio climático puede aportar inmensos beneficios para la salud humana, con un aire más limpio, dietas más sanas, ciudades más habitables, y puede reducir los factores de riesgo de futuras enfermedades infecciosas. Tener en cuenta los beneficios colaterales para la salud pública podría contribuir de forma importante a compensar los costes de las estrategias de mitigación.

La mitigación del cambio climático es también una cuestión de justicia. El cambio climático afecta de forma desproporcionada a los más vulnerables de las sociedades: personas mayores, niños, grupos socioeconómicos desfavorecidos y quienes viven en los países más frágiles.

Según el informe “Lancet Countdown” (“Cuenta Atrás”), las muertes relacionadas con el calor en los ancianos han aumentado en más de un 50% en las últimas dos décadas. Los efectos del calor sobre la capacidad laboral podrían provocar pérdidas de ingresos equivalentes al 4-6% del PIB en algunos países de renta media-baja. El cambio climático amenaza con socavar los últimos 50 años de avances en materia de salud pública. La comunidad de la salud pública tiene un papel crucial que desempeñar para acelerar los avances en la lucha contra el cambio climático.

Aunque la mayoría de los líderes mundiales reconocen las amenazas climáticas para la salud, sus acciones actuales son profundamente insuficientes. Los gobiernos han firmado el Acuerdo de París y han aceptado las conclusiones del último informe del IPCC (el llamado Resumen para Responsables de Políticas – Summary for Policymakers). Sin embargo, dentro de los países del G20 –responsables colectivamente del 80% de las emisiones–, 12 países (China, India, Brasil, Rusia, Sudáfrica, Arabia Saudí, México, Australia, Turquía, Corea del Sur, Indonesia y Japón) no han reforzado sus objetivos de emisiones tal y como pedía el Acuerdo de París, según The Times. Esta falta de compromiso de liderazgo es un mal augurio para la Cumbre del Clima de la ONU COP26, que se celebrará en noviembre de 2021.

Antes de la Cumbre, y junto con la publicación del informe anual “Cuenta Atrás” de The Lancet sobre el clima y la salud, The Lancet Public Health publicará el segundo informe de la “Cuenta Atrás” sobre el clima y la salud para China (el mayor emisor de carbono del mundo y donde vive una quinta parte de la población mundial). La revista también publicará una introducción al proyecto sobre cambio climático y salud en Europa para apoyar a los responsables políticos en sus decisiones.

El Reino Unido será quien presidirá la Cumbre del Clima COP26, posiblemente la última oportunidad para acordar medidas que puedan limitar el calentamiento global a un aumento de 1-5ºC, deberá liderar la revolución de las emisiones netas cero. Existe una oportunidad única para alinear la recuperación global de la COVID-19 con la respuesta al cambio climático para mejorar la salud pública, crear economías sostenibles y proteger el planeta.

18 agosto 2021

Traducción: Viento Sur

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Frente al elitismo ecofriendly construyamos el ecologismo popular

El informe del IPCC para la ONU ha sido contundente: el cambio climático ya es irreversible y de nosotras depende que sus efectos no sean tan devastadores como pueden llegar a serlo.

El cambio climático es una realidad innegable, a la que hemos llegado en una situación débil a nivel discursivo, político y económico. La hegemonía neoliberal impregna casi todas las esferas de la vida y la del ecologismo no iba a ser menos. Es el momento de plantarse ante todos los discursos que apelan a la responsabilidad individual y a la culpabilización de la gente en relación con el cambio climático. El cambio climático ya es irreversible y, por lo tanto, hay que gestionar las consecuencias sociales del mismo.

Existe un elitismo ecofriendly que construye un discurso del ecologismo sobre un moralismo que expulsa toda alternativa política viable. Es un discurso que nos hace conscientes de ser más a la hora de asumir las culpas, pero que niega la dimensión de ser más a la hora de afirmar nuestro poder frente a las minorías. Es un discurso que pretende hacernos a todas responsables de una cosa que tiene unos responsables determinados. Si todas somos igual de culpables del cambio climático, todas deberemos asumir sacrificios importantes. Y en esa asunción de sacrificios importantes (que siguen la lógica del libre mercado) quienes se va a librar son los ricos y poderosos.

Porque hay que ser muy claras aquí: mientras existan personas con varias mansiones y sus campos de golf, sus jets privados, sus yates y sus coches de gran cilindrada y su consumo abusivo de todo tipo de productos no podemos permitir que nadie nos aleccione sobre nuestros comportamientos individuales. Un multimillonario contamina como todas las personas de un bloque entero de pisos. El truco que pretenden hacer los elitistas ecofriendlys es hacernos pagar al resto esos excesos.

Lo hacen con la siguiente trampa ideológica: "Los ricos son pocos y el resto son muchos, hay que poner el foco en los muchos porque a esa escala se contamina más". Pero esto no es verdad: un coche de gran cilindrada contamina 3 veces más que un vehículo pequeño. Un crucero atracando en el puerto de València contamina como todos los vehículos privados que circulan por la ciudad. Una mansión con piscina y jardín contamina como un decena de apartamentos.

Lo que intentan las grandes fortunas (y las grandes multinacionales) es diluir la enorme responsabilidad que tienen en el cambio climático haciéndola pasar por responsabilidad de cada uno de nosotros.

No hay proyecto político construido en base a la culpabilización individual. Eso solo comporta actuar de forma reactiva, a la defensiva, y que el ecologismo no sea algo deseable sino únicamente un límite moral a nuestra forma de estar en el mundo. A imagen y semejanza de "si no te esfuerzas y trabajas mucho no serás rico" nos inundan con "sino te mentalizas y reciclas, no acabaras con el cambio climático". Y así hemos convertido nuestras cocinas en plantas de selección de reciclaje y eso no ha solucionado el problema. Jamás se había reciclado tanto a nivel individual como se recicla ahora, pero la Tierra nunca había estado tan mal como ahora.

El foco en la responsabilidad individual produce el efecto contrario al deseado. Muchas personas mantienen una actitud positiva de sostenibilidad individual en su día a día, pero que les lleva a creer que no es necesario tener un compromiso colectivo. Muchas de ellas piensan: "Yo ya he cumplido mi parte del trato, ahora le toca al resto".  Y eso es precisamente lo que impide la asunción de ese compromiso colectivo real y sostenido en el tiempo. Ahí muere la posibilidad de la dimensión política.

Siguiendo sus premisas, el ecologismo ecofriendly aplica además las lógicas del mercado para solucionar problemas que son comunes. Por ejemplo, para reducir el número de vuelos intentará encarecer los precios. Pero encareciendo los precios de las cosas únicamente hacemos que los que puedan pagar sigan disfrutando de los excesos que han provocado el problema, excluyendo a cada vez más gente que no pueda pagar. Puede ser una medida para reducir la contaminación, a costa de que los humildes no puedan acceder a ciertos servicios. La solución pasa por aplicar una lógica socialista: en el caso de los aviones, una limitación de KM de vuelo por ciudadano. Así sí se actúa igualando realmente a las personas y generando un sentimiento colectivo de pertenencia, eliminando las trampas ideológicas de este elitismo.

Y esta es la lógica que hay que implementar en el resto de esferas de la lucha contra el cambio climático. Actualmente, las soluciones que se van imponiendo únicamente establecen una confrontación entre ricos y no ricos, excluyendo y culpabilizando a los segundos para que los primeros sigan disfrutando de los privilegios de su posición social.

Hace poco, Berna León -citando el informe del Carbon Disclosure Project- señalaba en la SER que el 70% de las emisiones de carbono procedían de solo 100 empresas. Ahí reside uno de los problemas y es donde debemos poner el foco. Señalar esas multinacionales y exigir a los gobiernos nuevas normativas medioambientales para que esas empresas dejen de hipotecar el futuro de la Tierra.  El cambio climático nos afecta a todas por igual, pero no todas tenemos la misma responsabilidad ni debemos asumir los mismos costes. Las grandes fortunas tienen más responsabilidad y deben asumirlo y verse obligadas a actuar en consecuencia.

Se da la paradoja de que podríamos estar ante el final de nuestro mundo, y la condición social que ha provocado ese final del mundo siga siendo innombrable: el capitalismo. Decía Frédéric Jameson que imaginamos antes el fin del mundo que el fin del capitalismo. Nuestra tarea política es que eso deje de operar así. El ser humano lleva más de 2 millones de años en la tierra, 300.000 como Homo Sapiens y sólo ha sido en los dos últimos siglos de capitalismo cuando ha provocado un desequilibrio catastrófico del clima. El problema no es el humano, sino la condición social efectiva que ha adoptado estos 200 últimos años.

Es ahora cuando se hace más necesario que nunca fundar un nuevo ecologismo, popular y en positivo. Una nueva idea que persiga superar las lógicas de este sistema, para cuidar nuestro planeta, para imaginar y crear nuevas formas de organizarnos colectivamente. Un proyecto que no se haga a la contra de la gente, sino fortaleciendo sus deseos y aspiraciones. Porque las que creemos firmemente en la lucha contra el cambio climático, sabemos quiénes son los principales responsables y cual es el sistema que lo ha provocado. Y no tenemos ningún miedo a que deban pagar y asumir su parte de responsabilidad para salvar nuestro hogar que es el planeta Tierra.

Algunos sueñan con la falsa ilusión de que podremos huir del planeta y vivir igual en otro. Tesla ha puesto la primera piedra de esa ilusión con los viajes espaciales para los ricos. No hay escapatoria a la Tierra, y si la hubiera pasaría lo mismo en otro planeta. Es la idea de Jameson elevada al cuadrado: no me puedo imaginar el fin del capitalismo así que me imagino viajando a otro planeta cuando haya destrozado éste.

Esto no va de huir a otro planeta ni de añorar un pasado de armonía con los ciclos naturales que ya no existe. Va de fundar un nuevo sistema que logre acoplarse a los ciclos de la Tierra, que erradique los excesos de los privilegiados y la arrogancia de las multinacionales, que ponga la vida de todas en el centro y volvamos a ser comunidad y pueblo para afrontar colectivamente los desafíos que tenemos en el futuro.

Por Naiara Davó

Diputada en les Corts Valencianes por Unides Podem

02/09/2021

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Fuentes: APIB [Imagen: Acción de los pueblos indígenas en la plaza de los Três Poderes el martes 25, en apoyo a la Corte Suprema y en contra del "marco temporal". Créditos: APIB]

El día en que el Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil retomó el juicio que podría definir el futuro de los pueblos indígenas de Brasil, la Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil (APIB) publicó una carta en la que lanza al mundo con 10 mensajes claros y contundentes.

Este jueves 26 de agosto, el STF reanuda la sentencia del caso Xokleng, que debate la tesis del «marco temporal», una demanda que argumenta que los pueblos indígenas solo pueden reclamar tierras donde ya estaban el 5 de octubre de 1988 (año en que fue promulgada la Constitución Federal vigente). Lo que está en manos de los 11 ministros y ministras de la Corte Suprema es el futuro de la demarcación de tierras indígenas en Brasil.

Para reforzar la importancia de este juicio y mostrar cómo los pueblos indígenas se relacionan con sus tierras, la Apib ha elaborado esta lista con 10 mensajes de los pueblos indígenas de Brasil para todo el mundo:

1) La historia de los pueblos indígenas en Brasil no comienza en 1500, ni en 1988.

Los pueblos originarios llegaron a esta tierra incluso antes de que se inventara esta noción de tiempo. Somos herederos de los primeros pies que pisaron esta tierra, y nuestro tiempo no puede ser medido ni determinado por relojes y calendarios que pretendan ignorar nuestra trayectoria ancestral.

2) Nuestras tierras son nuestras vidas, no una fuente de ganancias.

A diferencia de la forma en que los terratenientes, ocupantes ilegales y explotadores tratan con la tierra que usurparon y destruyeron, los pueblos indígenas tenemos una relación profunda, espiritual y ancestral con nuestra tierra. Sin tierra no hay vida para nosotros. No exploramos nuestro territorio con fines de lucro, sino para alimentarnos, sostener nuestra cultura y preservar nuestras tradiciones y espiritualidad.

3) Cuidamos los bosques y esto es bueno para todo el mundo.

Los pueblos indígenas han sido reconocidos en más de una ocasión como los mejores guardianes de los bosques. Nuestros territorios se conservan. Donde hay tierra indígena, el bosque permanece en pie, el agua pura, la fauna viva. Y esto beneficia a todo el mundo, especialmente cuando las crisis climáticas y ambientales amenazan la supervivencia de la humanidad.

4) Nuestra diversidad y nuestra ancestralidad nos unen

Los enemigos de los pueblos indígenas intentan a toda costa construir rupturas y oposiciones artificiales entre nosotros. Sin embargo, no saben que nuestra ancestralidad es más fuerte y más potente que cualquier división que puedan intentar imponernos.

5) La mayor parte de la tierra está en manos de los propietarios, ¡y la están destruyendo!

El argumento de que hay «demasiada tierra para pocos indios» ha demostrado ser falaz más de una vez. De hecho, la mayor parte de la tierra en Brasil ya está dedicada a la agricultura. Una pequeña parte son tierras indígenas, ¡pero las que han sido registradas están bien conservadas!

6) Nuestra lucha es también por el futuro de la humanidad.

Los pueblos indígenas tenemos una cultura de alteridad y acogida. Nuestra lucha por nuestras tierras también es por la preservación del medio ambiente. Somos plenamente conscientes de nuestro papel como protectores de los bosques y la biodiversidad y estamos dispuestos a compartir nuestro conocimiento por el bien de todos.

7) Los indígenas hemos estado luchando por nuestras vidas durante 521 años, y esto es señal de que algo anda muy mal.

Desde que nuestras tierras fueron invadidas, hemos tenido que luchar a diario para sobrevivir: contra enfermedades traídas de afuera, como la COVID-19, que mató a más de 1.100 familiares, contra el genocidio, contra los ataques. Incluso hoy tenemos que luchar por nuestras vidas, y eso significa que para muchas personas nuestras vidas no importan. ¡Esto debe terminar de inmediato!

8) ¡Tenemos un proyecto de mundo y queremos ser escuchados!

Hemos acumulado tecnologías de producción milenarias y esto nos da condiciones para pensar en un proyecto de sociedad sin desigualdades, basado en el buen vivir, el cuidado de la tierra y la libre convivencia entre los pueblos. Nuestro proyecto garantiza alimentos sin veneno, produce sin devastar. ¡Y el mundo necesita un proyecto como este para salvarnos de la destrucción!

9) Estamos aquí y aquí nos quedaremos.

Sobrevivimos al ataque colonial, sobrevivimos al genocidio, sobrevivimos a las enfermedades. Nuestra gente es resiliente e incluso en las peores condiciones supimos cómo protegernos y mantenernos con vida. Seguiremos vivos y lucharemos por nuestros derechos, y esperamos que cada vez más el mundo comprenda que nuestras vidas importan y que los pueblos indígenas quieren y necesitan y exigen una vida plena y pacífica.

10) ¡Brasil es una tierra indígena! ¡La Madre de Brasil es indígena!

Durante 521 años han estado tratando de borrar la ancestralidad indígena de esta tierra que llamaron Brasil. Pisamos este terreno antes que los demás. Cuidamos este suelo, damos forma a estos bosques, adoramos la ancestralidad milenaria de este territorio. ¡Y no importa cuánto intenten esconderse, nunca lo lograrán, porque somos muchos, somos fuertes y estamos orgullosos de nuestra historia!

 

Por Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil (Apib) | 02/09/2021Traducción: Brasil de Fato.

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Ilustración de tres especies desaparecidas estudiadas. En primer plano, un unicornio siberiano (Elasmotherium sibiricum) y muy cerca dos ejemplares de Merck (Stephanorhinus kirchbergensis).Foto Europa Press

Equipo de la Universidad de Copenhague analiza el genoma de cinco especies vivas y tres extintas

 

La relación entre las cinco especies de rinocerontes vivas del mundo se remonta a los tiempos de Charles Darwin. Una de las razones por las que ha sido difícil encontrar respuestas es que la mayoría se extinguieron antes del Pleistoceno.

Ahora, investigadores publican un informe en la revista Cell que ha contribuido a rellenar las lagunas en este árbol genealógico al analizar los genomas de las cinco especies vivas junto con los de tres antiguas y extinguidas.

Los resultados muestran que la división más antigua separó los linajes africano y euroasiático hace unos 16 millones de años.

También revelan que, aunque las menguantes poblaciones actuales tienen una menor diversidad genética y más endogamia que en el pasado, los rinocerontes han tenido históricamente bajos niveles de diversidad genética.

"Ahora podemos demostrar que la rama principal en el árbol de la vida de los rinocerontes está entre regiones geográficas, África frente a Eurasia, y no entre los animales que tienen uno o dos cuernos", señala Love Dalén, del Centro de Paleogenética y el Museo Sueco de Historia Natural.

"El segundo hallazgo importante es que todos los rinocerontes, incluso los extintos, tienen una diversidad genética comparativamente baja. Hasta cierto punto, esto significa que la que vemos en los ejemplares actuales, todos en peligro de extinción, es en parte consecuencia de su biología", sostiene.

Mick Westbury, de la Universidad de Copenhague, Dinamarca, añade: "Las ocho especies mostraron, en general, una disminución continua pero lenta del tamaño de la población durante los pasados 2 millones de años, o bien tamaños de población pequeños durante largos periodos. El tamaño de los grupos bajos de forma continua pueden indicar que los rinocerontes en general están adaptados a bajos niveles de diversidad".

Esta noción es coherente con una aparente falta de mutaciones venenosas acumuladas en los rinocerontes en las décadas pasadas.

Westbury afirma que los rinocerontes pueden haber purgado esas mutaciones en los pasados 100 años, lo que les ha permitido mantenerse relativamente sanos, a pesar de la baja diversidad genética.

El nuevo estudio se inspiró en una reunión científica. Dalén y Tom Gilbert, de la Universidad de Copenhague, habían trabajado por separado en diferentes especies de rinocerontes. Se dieron cuenta de que si unían fuerzas, junto con colegas de otras partes del mundo, podrían hacer un estudio comparativo de todos los ejemplares vivos junto con las tres especies que se extinguieron en la última Edad de Hielo.

Había que superar algunos retos, destaca Shanlin Liu, de la Universidad Agrícola de China, en Pekín. “Cuando decidimos reunir todos los datos y realizar un estudio genómico comparativo, también nos enfrentamos al problema de los ‘grandes datos’”, explica.

La información del genoma representaba distintos tipos de datos, en parte debido a la inclusión de ADN moderno y antiguo. El equipo tuvo que desarrollar nuevas herramientas de análisis para tener en cuenta esas diferencias. Los nuevos enfoques y herramientas que desarrollaron pueden aplicarse ahora a estudios en otros grupos taxonómicos.

Dalén dice que los hallazgos son "en parte buenas noticias y en parte no". Parece que los bajos niveles de diversidad genética en los rinocerontes forman parte de su historia a largo plazo y no han provocado un aumento de los problemas de salud relacionados con la endogamia y las mutaciones causantes de enfermedades.

"Ahora sabemos que la baja diversidad que vemos en los individuos contemporáneos puede no ser indicativa de una incapacidad de recuperación, sino de un estado natural del rinoceronte. Podemos orientar mejor los programas de recuperación para que se centren en aumentar el tamaño de la población en lugar de la diversidad genética individual", afirma Westbury.

El equipo espera que los hallazgos sean útiles para seguir estudiando los rinocerontes y su conservación.

El IPCC advierte de que el capitalismo es insostenible

Segunda filtración exclusiva de CTXT del Sexto Informe del panel de expertos de la ONU, en la que se señala que la única forma de evitar el colapso climático es apartarse de cualquier modelo basado en el crecimiento perpetuo

 

El segundo borrador del Grupo III del IPCC, el encargado de las propuestas de mitigación, afirma que hay que apartarse del capitalismo actual para no traspasar los límites planetarios. Confirma además lo que ya  se adelantó en el artículo publicado en CTXT el pasado 7 de agosto: “Las emisiones de gases de efecto invernadero (GHG) deben tocar techo en como mucho cuatro años”. El documento reconoce también que hay muy pocas posibilidades de seguir creciendo. 

Los científicos y periodistas firmantes hemos analizado una nueva parte del Sexto Informe, filtrada por la misma fuente: el colectivo de científicos Scientist Rebellion y Extinction Rebellion España. En este apartado se pueden ver claramente las divergencias existentes en la comunidad científica con respecto a las medidas necesarias para realizar una transición efectiva y justa. Entre las habituales posiciones más tímidas, por fortuna, empiezan a asomar demandas que hace no mucho habría sido impensable que aparecieran.

Antes de entrar en el análisis, es preciso un poco de contexto: en 1990, el Primer Informe del IPCC todavía recogía que “el aumento observado [en la temperatura] podría deberse en gran medida a la variabilidad natural”. Ese debate fue cerrándose en los siguientes informes. Pero si pervivía alguna duda, el análisis del Grupo I del Sexto Informe –ya oficial– ha despejado cualquier incertidumbre. Elimina así cualquier posibilidad de réplica por parte de un negacionismo climático, ampliamente regado de dinero por los que más tenían que perder: los lobbies de los combustibles fósiles. La primera pregunta para resolver un misterio suele ser el clásico Cui Bono (¿Quién se beneficia?).

El interrogante que subyace ahora guarda relación: ¿cómo hacemos para que la inevitable transición sea percibida como un beneficio y no como una renuncia? No hay otra posibilidad que renunciar al crecimiento indefinido, y el informe filtrado lo menciona. La transición ha de tener en cuenta las diferencias culturales e históricas de emisiones entre países, las diferencias entre el mundo rural y el urbano para no beneficiar a uno sobre otro, y sobre todo las tremendas y crecientes desigualdades económicas entre los cada vez más pobres y los cada vez más obscenamente ricos. O se atajan estas tres dicotomías, o la transición tendrá más enemigos que apoyos y se saboteará a sí misma. Textualmente el borrador dice: “Lecciones de la economía experimental muestran que la gente puede no aceptar medidas que se consideran injustas incluso si el coste de no aceptarlas es mayor”.

Aun siquiera logrando cambiar de rumbo, los científicos advierten: “Las transiciones no suelen ser suaves y graduales. Pueden ser repentinas y perturbadoras”. También señalan que “el ritmo de la transición puede verse obstaculizado por el bloqueo ejercido por el capital, las instituciones y las normas sociales existentes”, enfatizando la importancia de las inercias. Y sobre ellas añaden: “La centralidad de la energía fósil en el desarrollo económico de los últimos doscientos años plantea cuestiones obvias sobre la posibilidad de la descarbonización”.

Las políticas favorables a las empresas de combustibles fósiles han extraído la riqueza común –nuestro aire, bosques, tierra…– y la han puesto en manos de una pequeña minoría. Por tanto, las políticas verdes tienen que ser obligatoriamente redistributivas en una época en la que la desigualdad se está disparando. Una de las medidas propuestas para reducir la regresividad de los precios del carbono es la redistribución de los ingresos fiscales para favorecer a las rentas bajas y medias. Pero, como recuerda el antropólogo Jason Hickel: todo lo que no sea un tope a la extracción de combustibles fósiles, con objetivos anuales decrecientes que reduzcan la industria a cero, será solo lavarse las manos.

Y llegamos a uno de los párrafos definitorios del informe: “Algunos científicos subrayan que el cambio climático está causado por el desarrollo industrial, y más concretamente, por el carácter del desarrollo social y económico producido por la naturaleza de la sociedad capitalista, que, por tanto, consideran insostenible en última instancia”. Aunque muchos lo han dicho antes, no creemos haber leído jamás nada tan clarificador en el informe climático más importante del mundo, que añade: “Las emisiones actuales son incompatibles con el Acuerdo de París por lo que es absolutamente obligatorio reducirlas de una forma inmediata y contundente”. 

Diferentes escenarios de reducción de emisiones.

Estas metas, que implican un decrecimiento drástico de las emisiones  y, por tanto, a corto plazo también de la producción de energía y del uso de materiales, son imposibles de lograr con el modelo actual. Además, el Grupo III vincula la reducción de las emisiones con el cumplimiento de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, acordados en 2015 por los países miembros de Naciones Unidas para su cumplimiento en 2030. A pesar de las contradicciones existentes entre los 17 ODS, entre ellos encontramos objetivos incuestionables como la reducción de la desigualdad y la protección de la biodiversidad, entremezclados con uno más polémico, dentro del propio informe: promover el crecimiento económico sostenible.

En el IPCC es costumbre no esconder el debate científico, y si en 1990 este giraba aún sobre las causas del cambio climático, tras 30 infructuosos años, podemos observar que la discusión oscila ahora entre aquellas posiciones que aún creen que se puede seguir creciendo y reducir las emisiones al ritmo necesario, y quienes vemos esto como otro tipo de negacionismo, más sutil, pero que en el fondo beneficia y es defendido por los mismos que antaño cuestionaban el origen del calentamiento global.

El informe del IPCC asume que “los objetivos de mitigación y desarrollo no pueden alcanzarse mediante cambios incrementales”. Obcecarse en el crecimiento exige desarrollar enormemente tecnologías que puedan reducir las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, pero esas tecnologías de CCS (Captura y Secuestro de Carbono) no se están materializando como se preveía. 

Con los sumideros de carbono de los ecosistemas en claro declive y las retroalimentaciones climáticas que se están desencadenando –lo que lleva a la Tierra a sobrepasar varios puntos de no retorno, como reconoce ya una amplia mayoría, y de ahí a un estado más caliente e inestable–, la única forma conocida de evitar el colapso climático es apartarse del modelo de crecimiento perpetuo.

El informe destaca que en cooperación internacional se ha identificado una “hipocresía organizada” en la que los acuerdos y afirmaciones no concuerdan con las acciones, lo que supone una de las barreras más importantes para la mitigación.

El IPCC también apela a no olvidar las lecciones no puestas en práctica de la covid-19. Lecciones que deberían servir para no cometer los mismos errores con el cambio climático, ya que las analogías son claras y directas. Los costes de prevención y acciones preparativas son mínimos comparados con los costes de los impactos causados. Retrasar las medidas tendrá costes crecientes muy difíciles de asumir. 

De no actuar pronto los retos aumentarán de forma no lineal y con consecuencias imprevistas.

Vistas las cada vez más evidentes contradicciones del concepto de desarrollo sostenible, hablar de cualquier forma de desarrollo solo será posible si se deja de lado al PIB como medidor de riqueza, y se cambia a un modelo económico no tan basado en la competición. El único desarrollo sostenible es horizontal, no vertical. Es decir, reducir la desigualdad.

Es evidente que, o existe la percepción de que una gran mayoría nos ‘beneficiamos’, o no habrá solución. Por ello se ha de explicar bien la enorme magnitud del problema para que las medidas puedan ser comprendidas y ciertas renuncias puedan ser entendidas como beneficios, si tenemos en cuenta que la alternativa es cambiar la estabilidad climática para siempre y agravar los conflictos por los recursos. 

La competición ayudó a desarrollar la evolución de las especies, pero, tal y como demostró la genial microbióloga Lynn Margulis, es la cooperación la clave que explica los grandes saltos evolutivos. Ahora nos encontramos ante un precipicio dibujado por la intersección de las crisis ecológica y energética. Podemos tener vidas buenas con menos energía disponible (y a la vez tendremos menos carga laboral), pero el capitalismo no podrá sostenerse con menos energía sin finalizar su mutación a una especie de tecnofeudalismo. Solo si cooperamos, si entendemos que compartimos tantas cosas –entre ellas una atmósfera que no sabe qué es eso de las fronteras– podremos reaccionar y saltar lo suficiente como para evitar la caída. 

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22/08/2021

Pör,


Juan Bordera es periodista, guionista y activista en Extinction Rebellion España y en València en Transició.

Fernando Valladares es doctor en Ciencias Biológicas, profesor de investigación en el CSIC y Premio Jaume I de Protección del Medio Ambiente.

Antonio Turiel es doctor en Física Teórica, licenciado en Matemáticas, investigador científico en el CSIC y experto en energía. Es autor del reciente ensayo Petrocalipsis.

Ferran Puig Vilar es ingeniero superior de Telecomunicaciones, ha trabajado 30 años como periodista y está especializado en la crisis climática.

Fernando Prieto es doctor en Ecología y director del Observatorio de la Sostenibilidad.

Tim Hewlett es doctor en Astrofísica y miembro del colectivo Scientist Rebellion.

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Fuentes: La marea climática [Foto: El océano Pacífico en Huntington Beach, California. LUCY NICHOLSON/REUTERS]

«Mientras la mayor parte de la atención de la crisis climática se centra en tierra firme, muchas de las mejores soluciones están en alta mar», escribe Ian Urbina.

Durante siglos la humanidad ha visto el océano como una metáfora del infinito. La suposición era –y, francamente, sigue siendo para mucha gente– que la enormidad del mar viene acompañada de una capacidad ilimitada para absorber y metabolizarlo todo. Esta inmensidad es lo que confiere al océano un potencial de deidad. Y, más concretamente, es también lo que ha proporcionado a los humanos a lo largo de los años la licencia para verter prácticamente cualquier cosa en alta mar. Petróleo, aguas residuales, cadáveres, efluvios químicos, basura, artefactos militares e incluso superestructuras marinas, como plataformas petrolíferas, pueden desaparecer en el océano, como si fueran tragados por un agujero negro, para no volver a ser vistos. 

Los barcos liberan intencionadamente en los océanos más aceite de motor y lodo que el derramado en los accidentes de Deepwater Horizon y Exxon Valdez juntos. Emiten enormes cantidades de ciertos contaminantes atmosféricos, mucho más que todos los coches del mundo. La pesca comercial, en gran medida ilegal, ha saqueado con tanta eficacia los recursos marinos que la población mundial de peces depredadores ha disminuido en dos tercios. Al mismo tiempo, desde la Revolución Industrial se ha permitido a las empresas terrestres verter carbono en el aire de forma gratuita, y aproximadamente una cuarta parte de ese carbono es absorbido por los océanos. El coste oculto de este vertido para el público es lo que ahora llamamos la crisis climática. 

Como pulmones del planeta, los océanos producen y filtran la mitad del oxígeno que respiramos. Pero nuestro hábito de fumar nos ha alcanzado y esos pulmones están fallando. En formas grandes, pequeñas y sorprendentes, la sobrepesca es un motor del cambio climático. Por ejemplo, dado que las ballenas son enormes sumideros de carbono, el último siglo de caza de ballenas equivale a la quema de más de veintiocho millones de hectáreas de bosque.

Con el aumento de las temperaturas globales, los niveles de oxígeno disuelto en el océano se han disparado. Cuando las precipitaciones atraviesan la tierra y terminan en lagos o mares, arrastran aguas residuales, fertilizantes, detergentes y microplásticos en su camino hacia los océanos del mundo. Esta escorrentía de nutrientes alimenta el crecimiento excesivo de algas y microbios, empeorando los cerca de 500 lugares de aguas costeras clasificados como «zonas muertas» o áreas con tan poco oxígeno que la mayoría de la vida marina no puede sobrevivir. La mayor de ellas es más grande que Escocia. 

El panorama actual de la crisis climática apenas tiene en cuenta el océano, a pesar de que cubre dos tercios de la superficie terrestre. Por ejemplo, los acuerdos sobre el cambio climático, como el Acuerdo de París, han adoptado el objetivo de limitar las temperaturas globales a menos de 2 °C por encima de los niveles preindustriales. Sin embargo, ¿qué significa ese ambicioso objetivo para la vida marina? Si las temperaturas globales aumentan 1,5 °C, solo sobrevivirán entre el 10 y el 30% de los arrecifes de coral, lo que disminuirá el hábitat de aproximadamente una cuarta parte de todas las especies oceánicas, por no mencionar el impacto en la protección de las tormentas costeras, la seguridad alimentaria y laboral, y las perspectivas biomédicas

Pero el mayor problema es éste: mientras la mayor parte de la atención de la crisis climática se centra en tierra firme, muchas de las mejores soluciones están en alta mar. Un coro cada vez más numeroso de investigadores marinos pide a los gobiernos que «reserven» las costas del mundo, una táctica de conservación que consiste en restaurar los hábitats para que la naturaleza pueda revivir. Los océanos albergan tres tipos de ecosistemas costeros –manglares, marismas y praderas marinas– que en conjunto absorben más carbono que todos los bosques del planeta. Si se refuerzan, estos biosistemas oceánicos podrían frenar drásticamente la crisis.

Por supuesto, este enfoque solo funciona si la protección de estos hábitats en un lugar no da permiso tácito para que se destruyan más rápidamente en otros lugares. El riesgo más grave de cualquier enfoque destinado a mejorar el cambio climático es que, si tiene éxito, podría proporcionar a las industrias de combustibles fósiles y otras industrias intensivas en carbono una excusa para eludir sus compromisos de reducción de emisiones y mantener su actividad como siempre. La recuperación de los océanos requerirá controles más estrictos de actividades destructivas como la pesca de arrastre, el dragado y la minería y perforación en alta mar, que diezman el lecho marino y liberan el carbono almacenado en la columna de agua. 

El océano también se ha convertido en un laboratorio para algunas de las formas más prometedoras y arriesgadas de geoingeniería. Un grupo de científicos espera poder retener el carbono atmosférico utilizando un tipo de arena especialmente diseñada a partir de una abundante roca volcánica, conocida por los joyeros como peridoto. Depositándola en el 2% de las costas del mundo se capturaría el 100% del total de las emisiones anuales de carbono. Otro grupo de ingenieros ha desarrollado una máquina llamada reactor de flujo que aspira al agua de mar y, mediante una carga eléctrica, la alcaliniza, provocando, de forma similar a la formación de conchas marinas, que el dióxido de carbono reaccione con el magnesio y el calcio del agua de mar, produciendo piedra caliza y magnesita. Entonces el agua sale limpia, desprovista de su dióxido de carbono, y capaz de absorber más. Entre las ideas más atrevidas pero controvertidas están la fertilización oceánica, que consiste en verter grandes cantidades de gránulos de hierro en el océano para fomentar la proliferación de algas que capturan carbono, o el aclaramiento de nubes marinas, que busca rociar una fina niebla de agua de mar en las nubes para que la sal las haga más brillantes y reflejen mejor el calor del sol.

La energía eólica marina puede producir más de 7.000 teravatios hora al año de energía limpia sólo en Estados Unidos. Esto es aproximadamente el doble de la cantidad de electricidad utilizada en Estados Unidos en 2014. Los buques de carga y los transbordadores de pasajeros emiten casi el 3% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, incluido el carbono negro. Descarbonizar la flota marítima mundial equivaldría aproximadamente a reducir todas las emisiones de carbono de Alemania.

Los océanos son un lugar de trabajo bullicioso donde más de 50 millones de personas se ganan la vida. Casi la mitad de la población mundial vive actualmente a menos de cien millas del mar. Y sin embargo, la mayoría de las personas, con ocupaciones sedentarias y estilos de vida sin salida al mar, conciben este espacio como un desierto líquido que sobrevuelan ocasionalmente, un lienzo de azules más claros y más oscuros. Mientras tanto, la lamentable falta de gobernanza en alta mar ha dado lugar a un interior distópico en el que operan impunemente una galería de pícaros de esclavistas marítimos, piratas de la pesca, recobradores, traficantes de armas, vertederos de petróleo y vigilantes conservacionistas. Los países disponen de una vasta y desaprovechada jurisdicción para actuar en este ámbito relativamente ignorado. La mitad del territorio de Estados Unidos, por ejemplo, está bajo el agua. Pero la misma perspectiva que hace que el océano esté fuera de la ley ha creado nuestro peor punto ciego en la crisis climática.

Quizás sea hora de pensar en los océanos de una manera radicalmente nueva. Sin duda, ya no son algo que damos por sentado, un cubo de basura sin fondo, un recurso que se autoabastece eternamente y que utilizamos para llenar nuestros estómagos o llenar nuestras carteras. Tal vez los océanos sean un vasto hábitat que deberíamos dejar en paz. Mejor aún, ¿y si los océanos son nuestra gracia salvadora de última hora, o un lugar donde encontrar respuestas, más una biblioteca que una tienda de alimentos? Tal vez al ayudarlos a florecer, veamos que los océanos no son sólo una víctima de la crisis climática, sino una gran parte de su solución. 

 

Por Ian Urbina | 20/08/2021

Ian Urbina es periodista y director de The Outlaw Ocean Project, una organización periodística sin ánimo de lucro con sede en Washington DC que se centra en los problemas medioambientales y de derechos humanos en el mar a nivel mundial.

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Sábado, 14 Agosto 2021 07:01

¿Estamos fritos?

¿Estamos fritos?

Esta semana, un nuevo informe del Panel Intergubernamental de expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) volvió a mostrar que el desequilibrio climático global es muy severo y que las cosas están peor de lo que ya habían advertido en su informe anterior en 2013.

El ritmo del calentamiento global, desde el periodo industrial, no tiene precedentes y la mayoría ocurrió desde fines de la década de los 90. Estiman que el calentamiento no había sido tan alto en 125 mil años; en ese caso, debido a cambios en la órbita de la Tierra. Esto se traduce en aumento de huracanes, lluvias y sequías extremas; derretimiento de glaciares y otros hielos permanentes; acidificación y aumento del nivel del mar, así como disrupción de corrientes oceánicas que regulan la temperatura en países costeros.

En suma, los datos muestran que el capitalismo como sistema y un centenar de sus empresas trasnacionales han logrado desequilibrar en tiempo récord el clima global que para estabilizarse se llevó millones de años de coevolución, con un calentamiento que podría llevar al planeta, en pocas décadas, a puntos de no retorno, lo cual nos afectará a todos, pero fundamentalmente a quienes menos recursos tienen para enfrentar la crisis.

Ha sido un proceso a sabiendas de los causantes del caos climático. Setenta y uno por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) son responsabilidad de 100 empresas trasnacionales, principalmente de la industria de combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón). Esa industria es la que más tempranamente comenzó a estudiar el cambio climático (mucho antes del IPCC), para entender lo que estaban causando y buscar formas de prevenir las demandas que podrían enfrentar, demandas que aún no se materializan, pese a algunos avances como la que ganó Amigos de la Tierra contra Shell este año, que exige a la petrolera reducir sus emisiones en 45 por ciento (https://tinyurl.com/4j76kj7c).

Por ahora, como explica John Saxe-Fernández, la industria de la energía fósil, brutalmente devastadora de comunidades y del ambiente, sigue siendo la que más subvenciones públicas recibe, con más de 5.3 billones de dólares anuales (https://tinyurl.com/3ry4j6sp)

Pese a todo esto, la declaratoria de "emergencia climática" o "código rojo para la humanidad" como la llamó el Secretario de Naciones Unidas António Guterres, no nos ayuda a enfrentar la situación. Para empezar, porque desde el IPCC al propio Guterres, en lugar de promover acciones para lograr reducciones de GEI reales, lo cual conlleva necesariamente cuestionar a esas industrias de altas emisiones y al modelo de producción y consumo masivo e injusto, aceptan que las empresas que más contaminan (energía, agronegocios, alimentaria, aviación, construcción, minería, automotriz y financiera, tecnológica, entre otras) avancen en consolidar una nueva trampa llamada "emisiones netas cero" .

Esas empresas afirman que aunque van a aumentar sus emisiones (la industria petrolera y gasera en forma exponencial), las van a "compensar" con megaplantaciones de árboles y monocultivos, con mercados de carbono y con técnicas de geoingeniería (almacenamiento de carbono, captura directa de aire, manipulación de la química oceánica, cultivos transgénicos, etc.) que no funcionan para cesar el cambio climático; son de alto riesgo y provocan mayor desplazamiento de comunidades y acaparamiento de tierras. Estados Unidos ya aprobó nuevos subsidios millonarios para el desarrollo de estas técnicas "captura de carbono", que irán a parar fundamentalmente a las arcas de las empresas petroleras, las cuales, paradójicamente, las usan para extraer más petróleo de reservas profundas a las que no podían acceder. (https://tinyurl.com/35e6j2sz)

Sin cuestionar las causas estructurales ni señalar claramente a los culpables del caos climático, llamar a imponer un estado de "emergencia climática" crea un ambiente de desesperación e incertidumbre y prepara el terreno para que no nos opongamos a esas y otras medidas inaceptables, que sólo van a favorecer a las mismas empresas y perpetuar el caos.

Tom Goldtooth, navajo, director de la Red Ambiental Indígena y miembro de la Alianza por Justicia Climática declaró: "La gravedad de la crisis climática ha sido denunciada incansablemente por las comunidades indígenas y de base afectadas durante décadas. Debemos presionar al IPCC antes de que se publique el siguiente informe sobre mitigación el año que viene, para que escuchen las voces y conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas y pongan fin a las propuestas de falsas soluciones, como poner precio al carbono, la captura de carbono y la geoingeniería solar, que facilitan que se siga extrayendo combustibles fósiles".

Aunque la situación es grave, desde los pueblos indígenas, las organizaciones campesinas y por justicia climática, las comunidades rurales y urbanas tenemos una gran diversidad de propuestas, experiencias y conocimientos hacia la justicia climática y social, como la producción campesina y agroecológica de alimentos, el cuidado y restauración de bosques, manglares y ecosistemas con los pueblos y comunidades, la construcción y organización colectivas urbanas, sistemas de transporte colectivos y muchas más, que son las que realmente urge apoyar y fortalecer, porque no sólo pueden absorber parte del carbono excedente sino sobre todo prevenir futuras emisiones.

Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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Jueves, 12 Agosto 2021 06:27

Capitalismo catastrófico

Capitalismo catastrófico

El documento del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU (IPCC, por sus siglas en inglés) es histórico. Ofrece la síntesis de unos 14 mil estudios científicos que llevan a entender que el cataclismo climático en curso puede frenarse y que es "el ahora o nunca", el momento humano para movilizarse, levantarse contra un grave riesgo existencial que durante algunas semanas dejó ver los altos órdenes de destrucción física y de vidas que conlleva. Más que un "cambio climático", ante la posposición suicida y omnicida de toda regulación de los gases de efecto invernadero, prefiero calificarlo de colapso climático capitalogénico y a un "omnicidio" contra la biosfera terrestre, que puede y debe ser frenado y revertido en la medida en que esto todavía es posible.

António Guterres, secretario general de la ONU, acertó al calificar el texto del IPCC dado a conocer el 9 de Agosto de "código rojo para la humanidad". Desde fuentes como Bloomberg se indica que “en declaraciones preparadas vinculadas a la publicación, el secretario general Guterres dijo que –textual–: "Este informe debe sonar como una sentencia de muerte para el carbón y los combustibles fósiles (CF) antes de que destruyan nuestro planeta". Una potente observación lanzada urbe et orbi, desde esta secretaría general de la ONU. ¿Por qué? Porque es expresión que toda posposición en la regulación drástica e inmediata de los combustibles fósiles llevaría a una velocidad e intensidad tan sorprendentes como los peores escenarios que hemos vivido en fechas recientes: acontecimientos en el ascenso de los niveles marítimos, inundaciones con cuerpos de agua inusitados e incendios forestales en Estados Unidos del tamaño de algunos estados mientras en Grecia y Turquía arrecian fuerte. Eventos que los modelos cibernéticos proyectaban para 2030 o 2050, pero que están en curso ahora.

Ante la urgencia, mejor hablar claro. Eso hizo Guterres al mencionar especificidades que permiten la localización de las instituciones y fuerzas sociales centrales en la gestación del problema. La acción social ante la enormidad de esta grave amenaza existencial, cuya naturaleza "antropogénica" ha quedado demostrada desde hace décadas no es suficiente. Ahora es necesaria la localización en el sistema socio-económico dominante de donde emanan esos gases de efecto invernadero. El origen capitalogénico del fenómeno; resulta crucial empezando por los subsidios estatales a los CF hasta las fuentes bancario-financieras de las industrias vinculadas a los CF.

En relación a los subsidios, los economistas del Fondo Monetario Internacional (FMI), institución pública de EU que junto al Banco Mundial se maneja en función de intereses articulados por la presidencia de Estados Unidos, estiman que los subsidios gubernamentales a nivel mundial a los CF ascendían en 2015 a la friolera de 5.3 billones anuales de dólares ( trillions en el sistema numérico de ese país).

Esa cifra todavía no refleja los impactos de los poderosos monopolios privados que manejan esos CF, no en función de la humanidad o "el hombre", sino de sus inversionistas a quienes tienen que dar cuenta.

Cuando algunos de esos inversionistas hicieron algún esfuerzo por alentar la inversión, en energías limpias, digamos , en lo que ahora es Exxon-Mobil, las fuerzas que dirigen esa institución rechazaron la propuesta aunque viniera de los nietos del fondo de los hermanos Rockefeller. Ahora el FMI hace los cálculos sobre los costos del clima, el medio ambiente y la salud humana. Se informa que las implicaciones fiscales de esa inmensidad en subsidios, esos 5.3 billones al sector de la energía exceden la inversión pública mundial en salud, según los economistas del FMI, Benedict Clements y Vitor Gaspar en un blog que acompaña el magno dato elaborado por David Coady y otros.

En el caso de Estados Unidos y la Unión Europea las principales beneficiarias de esta política son bien conocidas. Encabezadas por lo que ahora es Exxon-Mobil, se incluye a Chevron Texaco, Equinor, Repsol, Total, Shell, ENI, conocidas como "las mayores" se inclinan a presentarse al público en las conferencias sobre el "cambio climático", jugando el papel de que "somos parte de la solución", cuando son parte central del problema. Muchas de sus subsidiarias o firmas s son usadas en el magno saqueo de la riqueza pública. Pero para eso está la ahora fusionada banca comercial y de inversión del tipo que siempre gustó a los especuladores. Todo eso es también parte nodal del "problema". Si los gobiernos del mundo no colocan drástico freno a la inversión bancaria en CF, no habrá un clima capaz de ser soportado por el cuerpo humano. Los 60 bancos más grandes del mundo durante los siguientes cinco años del acuerdo de París 2015. En 2016, 709 mil millones de dólares (mil mdd); 2017, 740 mil mdd; 2018, 781.8 mil mdd; 2019, 824.8 mil mdd; 2020, 751.8 mil mdd, para un total de 3.4 billones de dólares con un saldo de miles de vidas.

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Crisis climática. Al borde del precipicio: el escenario que no modela el IPCC

El Grupo de Trabajo 1 del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio climático en inglés) ha presentado su informe sobre la base física, una contribución al Sexto Informe de Evaluación del Clima, previsto para principios de 2022. El informe y su resumen están redactados con el estilo y el vocabulario precisos de las publicaciones científicas que realizan afirmaciones objetivas. Sin embargo, nunca antes un informe de expertos en calentamiento global había provocado semejante angustia a partir del análisis de los hechos a la luz de las ineludibles leyes de la física.

Terribles perspectivas...

La angustia proviene, en primer lugar, del contexto: las terribles inundaciones e incendios que están sembrando la desolación, la muerte y el miedo en los cuatro rincones del planeta son precisamente lo que el IPCC lleva advirtiendo desde hace más de treinta años, y ante lo que los gobiernos han hecho poco o nada. También se debe al hecho enorme de que, incluso si la COP26 (que se celebrará en Glasgow en noviembre) decidiera poner en práctica el más radical de los escenarios de estabilización estudiados por los científicos del clima, es decir, el que garantiza la reducción más rápida de las emisiones de CO2 y anula las emisiones globales netas a más tardar en 2060, reduciendo también las emisiones de otros gases de efecto invernadero), la humanidad seguiría enfrentándose a unas perspectivas terribles. En resumen:

  • Se superaría el tope de París. La temperatura media global de la superficie aumentaría probablemente 1,6°C (+/-0,4) entre 2041 y 2060 (en comparación con la era preindustrial) y luego disminuiría entre 2081 y 2100 a 1,4°C (+/-0,4).
  • Obsérvese que sólo se trata de promedios: es casi seguro que la temperatura en la tierra aumentará más rápido que en la superficie del océano (probablemente entre 1,4 y 1,7 veces más rápido). También es casi seguro que el Ártico seguirá calentándose más rápido que la media mundial (muy probablemente más del doble).
  • Algunas regiones de latitudes medias y semiáridas, y la región de los monzones en Sudamérica, tendrán los mayores aumentos de temperatura en los días más calurosos (de 1,5 a 2 veces la media mundial), mientras que el Ártico tendrá los mayores aumentos de temperatura en los días más fríos (3 veces la media mundial).
  • En tierra, las olas de calor que solían producirse una vez cada diez años se producirán cuatro veces cada diez años, y las que solían producirse sólo una vez cada cincuenta años se producirán casi nueve veces en el mismo periodo.
  • Es muy probable que el calentamiento adicional (en comparación con los 1,1 °C actuales) intensifique los fenómenos de precipitación extrema y aumente su frecuencia (globalmente, un 7% más de precipitaciones por 1 °C de calentamiento). También aumentarán la frecuencia y la fuerza de los ciclones tropicales intensos (categorías 4-5). Se espera que las precipitaciones intensas y las inundaciones asociadas se intensifiquen y sean más frecuentes en la mayor parte de África y Asia, América del Norte y Europa. Las sequías agrícolas y ecológicas también serán más graves y frecuentes en algunas zonas (en todos los continentes excepto en Asia), en comparación con 1850-1900.
  • Ni que decir tiene que este calentamiento adicional (de 0,5 °C+/-0,4 respecto a la actualidad) seguirá amplificando el deshielo del permafrost y, por tanto, la liberación de metano. Esta retroalimentación positiva del calentamiento no está totalmente incorporada en los modelos (que, a pesar de su creciente sofisticación, siguen subestimando la realidad).
  • Es probable que el calentamiento del océano durante el resto del siglo XXI sea de 2 a 4 veces mayor que entre 1971 y 2018. La estratificación, la acidificación y la desoxigenación del océano seguirán aumentando. Los tres fenómenos tienen consecuencias negativas para la vida marina. Tardarán milenios en revertirse.
  • Es casi seguro que los glaciares de las montañas y de Groenlandia seguirán derritiéndose durante décadas, y es probable que el deshielo también continúe en la Antártida;
  • También es casi seguro que el nivel del mar subirá entre 0,28 y 0,55 m en el siglo XXI, en comparación con el período 1995-2014. En los próximos 2.000 años, es probable que siga subiendo, entre 2 y 3 metros, y luego el movimiento continuará. Como resultado, en la mitad de los lugares con mareógrafos, los eventos de marea excepcionales que se observaban una vez por siglo en el pasado reciente se observarán al menos una vez al año, aumentando la frecuencia de las inundaciones en las zonas bajas.
  • Podrían producirse eventos poco probables pero de muy alto impacto a nivel global y local, incluso si el calentamiento se mantiene dentro del rango probable en el escenario radical (+1,6 ° +/-0,4 °C). Incluso con este escenario de 1,5 °C, no se pueden descartar respuestas abruptas y puntos de inflexión, como el aumento del deshielo en la Antártida y la muerte de los bosques.
  • Uno de esos acontecimientos, improbable pero posible, es el colapso de la Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico (AMOC). Su debilitamiento es muy probable en el siglo XXI, pero la magnitud del fenómeno es una incógnita. Lo más probable es que un colapso provoque cambios bruscos en los climas regionales y en el ciclo del agua, como un desplazamiento hacia el sur del cinturón de lluvias tropicales, el debilitamiento de los monzones en África y Asia, el fortalecimiento de los monzones en el hemisferio sur y la desecación de Europa.

... en el mejor de los casos?

Este informe nos obliga a enfrentarnos a la realidad: estamos literalmente al borde. Más aún debido a que, repitámoslo e insistamos en ello: 1) las proyecciones de subida de los océanos no incluyen los fenómenos de ruptura de los casquetes polares, que no son lineales y, por tanto, no pueden modelizarse, y que tienen el potencial de convertir la catástrofe en cataclismo de forma rápida; 2°) todo lo anterior es lo que el GIEC cree que ocurrirá si los gobiernos del mundo deciden poner en práctica el más radical de los escenarios de reducción de emisiones estudiados por los científicos, el destinado a no superar los 1,5 °C (demasiado).

Detallar los impactos de los otros escenarios haría este texto innecesariamente pesado. Contentémonos con una indicación, relativa al nivel del mar: en la hipótesis de mantenimiento del statu quo, "no se excluye" una subida de 2 metros en 2100 y de 5 metros en 2150. Y a largo plazo, a lo largo de dos mil años, para un calentamiento de 5 °C, los mares subirían inevitable e irreversiblemente (en la escala de tiempo humana) de... ¡19 a 22 metros!)

Empecemos de nuevo. Los gobiernos no aplican el más radical de los escenarios que se les propone. Sus planes climáticos (las "contribuciones determinadas a nivel nacional") nos llevan actualmente a un calentamiento de 3,5 °C. A cien días de la COP26, sólo unos pocos socios han "aumentado sus ambiciones"... pero ni mucho menos hasta los niveles necesarios de reducción de emisiones. La UE, campeona del clima, ha fijado un objetivo de reducción del 55% para 2030, cuando se necesita un 65%.

Una simple cuestión matemática, y su conclusión política

Greta Thunberg dijo en una ocasión que "la crisis climática y ecológica simplemente no puede resolverse dentro de los sistemas políticos y económicos actuales. Esto no es una opinión, es simplemente una cuestión de matemáticas”. Tenía toda la razón. Basta con mirar las cifras para darse cuenta de ello:

1°) el mundo emite unas 40GT de CO2 al año;

2°) el presupuesto de carbono (la cantidad de CO2 que aún puede emitirse a nivel mundial para no superar los 1,5 °C) es sólo de 500Gt (para una probabilidad de éxito del 50%; para el 83%, es de 300Gt);

3°) según el informe especial del IPCC sobre 1,5 °C, para lograr cero emisiones netas de CO2 en 2050 es necesario reducir las emisiones mundiales en un 59% antes de 2030 (65 % en los países capitalistas desarrollados, dada su responsabilidad histórica)

4°) El 80 % de estas emisiones se deben a la combustión de combustibles fósiles que, a pesar del bombo político y mediático sobre la irrupción de las renovables, todavía cubrían en 2019... el 84 % (!) de las necesidades energéticas de la humanidad;

5°) las infraestructuras fósiles (minas, oleoductos, refinerías, terminales de gas, centrales eléctricas, fábricas de automóviles, etc.) -cuya construcción no se ralentiza, o apenas se ralentiza- son equipos pesados, en los que se invierte capital durante unos cuarenta años. Su red ultracentralizada no puede adaptarse a las renovables (necesitan otro sistema energético descentralizado): debe ser destruida antes de que los capitalistas la amorticen, y las reservas de carbón, petróleo y gas natural deben permanecer bajo tierra.

Por tanto, sabiendo que 3.000 millones de seres humanos carecen de lo esencial y que el 10 % más rico de la población emite más del 50 % del CO2 mundial, la conclusión es inevitable: cambiar el sistema energético para mantenerse por debajo de 1,5 °C, dedicando al mismo tiempo más energía a la satisfacción de los derechos legítimos de los pobres, es estrictamente incompatible con la continuación de la acumulación capitalista que genera destrucción ecológica y crecientes desigualdades sociales.

La catástrofe sólo puede detenerse de forma digna para la humanidad mediante un doble movimiento consistente en reducir la producción mundial y reorientarlo radicalmente para que sirva a las verdaderas necesidades humanas, las de la mayoría, determinadas democráticamente. Este doble movimiento pasa necesariamente por la supresión de la producción inútil o nociva y por la expropiación de los monopolios capitalistas, en primer lugar de la energía, las finanzas y la agroindustria. También requiere una reducción drástica de las extravagancias de consumo de los ricos. En otras palabras, la alternativa es dramáticamente simple: o la humanidad liquida el capitalismo, o el capitalismo liquida a millones de personas inocentes para continuar su curso bárbaro en un planeta mutilado y tal vez invivible.

Bandidos unidos a favor de las tecnologías de emisiones negativas

Ni que decir tiene que los amos del mundo no quieren liquidar el capitalismo... Entonces, ¿Qué harán? Dejemos de lado a los negacionistas del clima como Trump, esos seguidores de Malthus que apuestan por un neofascismo de los combustibles fósiles, una inmersión en la barbarie planetaria a costa de los pobres. Dejemos también de lado a los Musk y a los Bezos, esos obscenos multimillonarios que sueñan con abandonar la nave Tierra convertida en invivible por sus codiciosos roedores capitalistas. Centrémonos en los otros, más astutos, aquellos -los Macron, Biden, Von der Leyen, Johnson, Xi Jiping...- que lucharán como bandidos por un acuerdo en Glasgow que les de ventaja sobre los competidores, pero se pegarán ante los medios de comunicación para intentar persuadirnos de que todo está bajo control.

Para escapar de esa alternativa que hemos citado más arriba ¿qué proponen estos señores? En primer lugar, por supuesto, hacen que los consumidores se sientan culpables y pidiéndoles que cambien su comportamiento, so pena de sanciones. A continuación, un conjunto de trucos: algunos, francamente burdos (el hecho de no tener en cuenta las emisiones del transporte aéreo y marítimo internacional, por ejemplo) y otros, más sutiles, pero no más eficaces (por ejemplo, la afirmación de que la plantación de árboles -en el Sur global- permitiría absorber suficiente carbono para compensar de forma sostenible las emisiones fósiles de CO2 del Norte). Pero más allá de estos trucos, todos estos gestores políticos del capital creen ahora (o fingen creer) en una solución milagrosa: aumentar la cuota de las tecnologías de baja emisión de carbono (nombre en clave de la energía nuclear, sobre todo de las microcentrales) y, sobre todo, desplegar las llamadas tecnologías de emisiones negativas (RTE o CDR, por sus siglas en inglés), que supuestamente enfriarán el clima eliminando enormes cantidades de CO2 de la atmósfera para almacenarlo bajo tierra. Esta es la hipótesis de la superación temporal del umbral de peligro de 1,5 °C.

No es necesario insistir en la energía nuclear después de Fukushima. En cuanto a las tecnologías de emisiones negativas, la mayoría de ellas sólo están en fase de prototipo o demostración, y sus efectos sociales y ecológicos prometen ser formidables (más adelante hablaré de ello). Sin embargo, se nos hace creer que salvarán el sistema productivista/consumista y que el libre mercado se encargará de desplegarlos. En realidad, este escenario de ciencia ficción no tiene como objetivo principal salvar el planeta: tiene como objetivo principal salvar la vaca sagrada del crecimiento capitalista y proteger los beneficios de los principales responsables del desorden: las multinacionales del petróleo, el carbón, el gas y la agroindustria.

El IPCC: entre la ciencia y la ideología

¿Y qué piensa el IPCC de esta locura? Las estrategias de adaptación y mitigación no forman parte de las competencias del Grupo de Trabajo 1 [GT1, que ha emitido el informe hecho público]. Sin embargo, hace consideraciones científicas que deberían ser tenidas en cuenta por los demás Grupos de Trabajo del GIEC. En cuanto a las RTE, el IPCC tiene cuidado de no precipitarse. El resumen para los responsables políticos afirma:

"La eliminación del CO2 antropogénico de la atmósfera (eliminación del dióxido de carbono, CDR) tiene el potencial de eliminar el CO2 de la atmósfera y almacenarlo de forma sostenible (sic) en depósitos (alta confianza)". El texto continúa diciendo que "el CDR tiene como objetivo compensar las emisiones residuales para lograr cero emisiones netas de CO2 o, si se aplica a una escala en la que las eliminaciones antropogénicas superen las emisiones antropogénicas, para reducir la temperatura de la superficie".

Evidentemente, el resumen del GT1 respalda la idea de que las tecnologías de emisiones negativas no sólo podrían desplegarse para capturar las "emisiones residuales" de los sectores en los que la descarbonización es técnicamente difícil (por ejemplo, la aviación): también podrían aplicarse a gran escala, para compensar el hecho de que el capitalismo mundial, por razones que no son técnicas sino de beneficio, se niega a abandonar los combustibles fósiles. El texto continúa exaltando los beneficios de este despliegue masivo como medio para lograr emisiones netas negativas en la segunda mitad del siglo:

"La CDR que conduce a emisiones globales netas negativas reduciría la concentración atmosférica de CO2 y revertiría la acidificación de la superficie del océano (confianza alta)".

El resumen hace una advertencia, pero es críptica: "Las tecnologías CDR pueden tener efectos potencialmente generalizados sobre los ciclos biogeoquímicos y el clima, que pueden debilitar o aumentar el potencial de estos métodos para eliminar el CO2 y reducir el calentamiento, y también pueden influir en la disponibilidad y calidad del agua, la producción de alimentos y la biodiversidad (confianza alta)."

Evidentemente, no está claro que las RTE sean tan eficaces, ya que algunos "efectos" podrían "debilitar (su) potencial para eliminar el CO2". La última parte de esta frase se refiere a los impactos sociales y ecológicos: la bioenergía con captura y secuestro de carbono (la RTE más madura en la actualidad) sólo podría reducir significativamente la concentración de CO2 en la atmósfera si se utilizara una superficie equivalente a más de una cuarta parte de las tierras cultivadas permanentemente en la actualidad para producir energía a partir de biomasa, a costa de los suministros de agua, la biodiversidad y/o la alimentación de la población mundial (nota a pie de página: Véase la discusión en mi libro "Demasiado tarde para ser pesimistas", Sylone-viento sur, 2020)).

Así, por un lado, el GT1 del IPCC se basa en las leyes físicas del sistema climático para decirnos que estamos al borde del abismo, a punto de volcar irreversiblemente en un cataclismo inimaginable; por otro lado, objetiviza y banaliza la carrera político-tecnológica por la que el capitalismo intenta, una vez más, posponer ante sí el antagonismo irreconciliable entre su lógica de acumulación ilimitada de beneficios y la finitud del planeta. "Nunca antes un informe de expertos en calentamiento global había provocado semejante angustia a partir del análisis de los hechos a la luz de las ineludibles leyes de la física", hemos escrito al principio de este artículo. Nunca antes un informe de este tipo había ilustrado tan claramente que un análisis científico que considera la naturaleza como un mecanismo y las leyes del beneficio como leyes de la física no es realmente científico sino cientifista, es decir, al menos parcialmente ideológico.

Por tanto, el informe del GT1 del IPCC debe leerse teniendo en cuenta que es tanto lo mejor como lo peor. Lo mejor, porque proporciona un diagnóstico riguroso del que extraer excelentes argumentos para acusar a los gobernantes y a sus representantes políticos. Lo peor, porque siembra tanto el miedo como la impotencia... ¡de la que se benefician los pudientes, los ricos, aunque el diagnóstico les acuse! Su ideología cientificista ahoga el espíritu crítico en la avalancha de datos. Así, desvía la atención de las causas sistémicas, con dos consecuencias: 1°) la atención se centra en el "cambio de comportamiento" y en otras acciones individuales, llenas de buena voluntad pero patéticamente insuficientes; 2°) en lugar de ayudar a salvar la brecha entre la conciencia ecológica y la social, el cientificismo la mantiene.

Ecologizar lo social y socializar la ecología es la única estrategia que puede detener la catástrofe y reavivar la esperanza de una vida mejor. Una vida de cuidado de las personas y los ecosistemas, ahora y a largo plazo. Una vida sobria, alegre y con sentido. Una vida que los escenarios del IPCC nunca modelan, en la que la producción de valores de uso para la satisfacción de necesidades reales, determinadas democráticamente en el respeto a la naturaleza, sustituye a la producción de bienes para el beneficio de una minoría.

Por Daniel Tanuro

10 agosto 2021

Publicado enMedio Ambiente