Sábado, 04 Noviembre 2017 07:58

Los hermanos sean unidos

Escrito por Jorge Bañales
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Vladimir Putin y Donald Trump Vladimir Putin y Donald Trump Foto: Afp, Saul Loeb

 

Injerencia rusa en la vida política de Estados Unidos.

 

Estados Unidos, que tantas veces ha intervenido en elecciones ajenas o en golpes para desconocerlas, es blanco de la injerencia de un adversario en su sistema político. Hasta ahora, los estadounidenses parecen más interesados en pelearse entre sí que por defenderse del ataque.

El presidente Donald Trump y millones de sus votantes se acaloran y entran en frenesí de negación absoluta ante la mera mención de la injerencia de Rusia en el proceso electoral de 2016. Para ellos, cualquier insinuación del asunto es un intento de los demócratas por justificar la derrota de su candidata Hillary Clinton y una jugada traidora para quitarle legitimidad al mandato de Trump.

Cuando la popularidad del presidente ha caído al 33 por ciento, de los encuestados por Gallup, la paranoia se justifica.

Por su parte, los millones de votantes demócratas y los que no votaron, que aborrecen a Trump, buscan por cualquier parte pruebas de que hubo un entendimiento entre la campaña del republicano y los manipuladores desde el Kremlin. Para ellos, lo que ya se conoce de la injerencia rusa y lo que se sospecha de Trump y sus socios es suficiente para iniciar en el Congreso un impeachment que lleve a la destitución del presidente.

Los anti-Trump parecen olvidarse que en realidad Clinton recibió más votos que Trump en noviembre de 2016, y que si éste es presidente, sólo es resultado del sistema electoral indirecto que le dio mayoría en un Colegio Electoral. Las tretas rusas fueron eficaces, pero no decisivas en la victoria de Trump.

El ímpetu por embanderarse con una u otra noción de lo ocurrido, y de sus consecuencias, sigue nublando el hecho de que el objetivo mayor de Moscú no fue la derrota de Clinton ni la victoria de Trump, sino una forma muy peculiar de subversión del sistema político estadounidense.


DELACIONES.


El lunes pasado un jurado investigador ordenó el arresto del ex jefe de la campaña presidencial de Trump, Paul Manafort, y su socio Rick Gates, ambos acusados por tratos turbios con Rusia. Ninguno de los cargos se relaciona directamente con la supuesta colusión entre la campaña de Trump y Moscú, sino más bien con lavado de dinero, evasión fiscal y el ocultamiento de sus trabajos como agentes de un gobierno extranjero.

Ambos quedaron bajo arresto domiciliario. La fiscalía pidió para Manafort una fianza de diez millones de dólares, y para Gates, una de cinco millones.

Lo más interesante de la jornada, sin embargo, fue la revelación de que George Papadopoulos, quien fuera asesor en materia de política internacional para la campaña de Trump, se había declarado culpable de mentirle al Buró Federal de Investigaciones (Fbi) acerca de sus contactos con agentes rusos (un delito con posible sentencia de cinco años de prisión), a cambio de que se le retirara el cargo de obstrucción de la justicia y destrucción de documentos (que conlleva hasta 20 años de prisión). Durante la campaña, Papadopoulos abogó por un mejor entendimiento entre Estados Unidos y Rusia, argumentando que si Trump era elegido, se restablecería la confianza entre ambos gobiernos.

Y así es como avanza la investigación que conduce el fiscal especial Robert Mueller, un ex director del Fbi, en la mejor tradición de la justicia estadounidense que promueve la delación.

Papadopoulos había sido detenido por el Fbi en julio. Nada se sabía entonces de su interrogatorio, y ahora las personas vinculadas a Trump revisan si desde julio intercambiaron llamadas o correos electrónicos con él. Nadie sabe con seguridad si Papadopoulos grabó sus conversaciones para entregárselas al Fbi. Sólo se sabe que alguien de tercer nivel está ofreciendo datos sobre sus superiores, quienes, a su vez, deberán elegir entre enfrentar juicios o contar a la fiscalía lo que hacían sus superiores.


GUERRA DE INFORMACIÓN.


En los dos últimos meses han salido a luz otras injerencias rusas cuyo propósito no fue especialmente el beneficio de Trump o el perjuicio de Clinton, sino el espoleo de disensiones y animadversión entre los estadounidenses.

Hackers vinculados a Rusia distribuyeron, por un costo estimado en unos meros 120 mil dólares, en las redes sociales cientos de miles de mensajes que, con la capacidad de multiplicación de esos medios, fueron vistos y repetidos por más de 150 millones de estadounidenses.

Facebook ha identificado 80 mil mensajes vinculados a cuentas rusas cuyo propósito fue crear discordia y confusión en la política estadounidense, y que fueron vistos por unos 126 millones de personas. Según el asesor legal de Facebook, Colin Stretch, los mensajes los introdujo la Agencia de Investigación de Internet (Aii) rusa, entre enero de 2015 y agosto de 2017. “Muchos de los avisos y mensajes que hemos visto son muy inquietantes, y su intención fue amplificar las divisiones sociales y enfrentar grupos entre sí”, dijo Stretch en el Congreso.

Twitter por su parte indicó que encontró 36.746 cuentas automatizadas con posibles vínculos en Rusia, las que generaron unos 1,4 millones de mensajes relacionados con la campaña de 2016. Google encontró al menos dos cuentas vinculadas a la Aii, y en Youtube al menos 18 canales vinculados a la entidad rusa.

Un ejemplo de actividad para incitar los conflictos dentro de Estados Unidos fue la creación de un grupo que se presentó como una organización musulmana con sede en California, llamada United Muslims of America, para agitar a los jóvenes musulmanes estadounidenses.

Otro fue la difusión, en las ciudades de Baltimore y Ferguson –escenarios recientes de incidentes en los cuales la policía mató a ciudadanos negros–, de mensajes que parecían promover la militancia del movimiento Black Lives Matter, el movimiento que denuncia la violencia policial contra los negros. Los avisos, pagos también por Aii, presentaban a Black Lives Matter con un tono amenazante para los blancos.

El ex director de la Cia, James Clapper, quien se ha convertido en un locuaz crítico de Trump, advirtió que Rusia continúa y multiplicará sus injerencias cibernéticas.

“¿Por qué no habría de hacerlo?”, dijo Clapper en una entrevista con el diario Politico. “Los rusos han tenido un éxito que supera sus expectativas más ambiciosas. El primer objetivo en la elección fue sembrar descontento, discordia y conflicto en nuestra vida política. Y lo han logrado con creces. Los rusos han acelerado y amplificado la polarización y las divisiones en este país, y han socavado nuestro sistema democrático. Querían crear, en la mente de la ciudadanía, la duda acerca de nuestro gobierno y nuestro sistema, y lo han conseguido”.

 

 

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