La inercia que nos impide reaccionar al colapso

Que la humanidad está comenzando a sufrir la confluencia de crisis y pandemias que configuran una situación de caos o colapso de la vida en el planeta, parece fuera de discusión. Que las clases dominantes hacen su propio juego para seguir en su lugar de privilegio y que los políticos tienen pocas intenciones de moverse, también parece evidente para gran parte de la población.

Lo que desconcierta y causa angustia, es la escasa reacción de los sectores más afectados por el colapso en curso. Asistimos a manifestaciones, huelgas, incluso algunos levantamientos de carácter insurreccional como el que estos días sacude Ecuador, pero la tendencia principal es hacia la inercia, hacia la vuelta a una normalidad que, muy en el fondo, todas y todos deseamos.

Las razones de la inexistencia de respuestas a la altura de los desafíos, son muy diversas. Una de ellas es que las viejas formas de acción colectiva, acuñadas sobre todo por el movimiento obrero, resultan ya insuficientes ante los desafíos que enfrentamos. Una nueva cultura política no puede nacer de la noche a la mañana, aunque existen experiencias territoriales que son sumamente auspiciosas.

Días atrás el Laboratorio Europeo de Anticipación Política, centro de pensamiento francés dedicado a analizar y anticipar los desarrollos económicos globales desde una perspectiva europea independiente, advirtió algunos temas centrales en su editorial del boletín de junio.

La primera es que estamos abocados a "una crisis total de una civilización de 500 años", que nos conducirá de cabeza a "una nueva Edad Media mundial" (https://bit.ly/3OR7oL8). Más allá de la referencia más que discutible a ese periodo supuestamente "oscuro" de la historia, el gran problema es que "no se ha preparado la transición a una nueva organización sistémica y, por tanto, no se producirá de forma controlada".

En suma, los años que siguen pueden ser dramáticos. Estima el Laboratorio que incluso este año puede producirse una "ruptura", ante la parálisis de los gobiernos, la escasez, el empobrecimiento generalizado "sin precedente", las hambrunas y catástrofes naturales, que configuran un colapso potenciado por el crecimiento insostenible de la desigualdad.

El segundo, apunta al tema central: "Crisis potencialmente aterradoras y sin precedente histórico se suceden unas a otras, sin llegar a tener un impacto irreversible en nuestra vida cotidiana, lo cual disminuye el miedo a las mismas y la gente acaba retomando el curso normal de sus vidas".

Este asunto nos interpela de lleno como movimientos y personas anticapitalistas. La debacle a la que asistimos, nos halla mal preparados para enfrentarla. Desventaja que puede superarse con organizaciones colectivas territoriales, capaces de asegurar la sobrevivencia y la vida en tiempos de muerte y destrucción. La crisis en Ucrania nos enseña que apostar a los Estados, como hacen las izquierdas europeas, es un mal camino. Si no nos hemos preparado para esta situación, los daños pueden ser enormes.

Como señala el editorial citado, ni siquiera los grandes Estados del Norte están siendo capaces de detener el derrumbe. Por ello, el sistema apuesta a la represión y la militarización. "La irresistible tentación de estrechar su control sobre las masas es ahora la única manera de mantener lo que queda de su sistema", estima el Laboratorio. Control facilitado por las nuevas tecnologías que ofrecen "a los que tienen el mando una amplitud de poder sin precedente".

Los de arriba tienen una estrategia largamente probada en otras transiciones: el militarismo y la guerra para rediseñar el mundo que está colapsando. Es la opción de Estados Unidos y la Unión Europea, pero también de Rusia y China, y de cualquier otra gran potencia, más allá del discurso que enarbolen.

Hay quien dice que China no actúa de ese modo, pero no quiere recordar cómo Pekín aplastó la protesta popular en Hong Kong, apelando a la violencia policial y la brutalidad armada, como cualquier otro país que pugna por la hegemonía.

Décadas de "democracia" y "progreso" han anestesiado a buena parte de la población que sigue creyendo que el Estado o los dirigentes políticos nos van a salvar, o que el dinero servirá de algo en los momentos extremos del colapso. El individualismo nos condena.

Siete años atrás los zapatistas advirtieron sobre la inminencia de una tormenta sistémica, pero fueron pocos los que comprendieron la urgencia del llamado a organizarse. Los poderes de arriba lanzan manadas armadas contra las comunidades mejor organizadas, a las que los medios bautizan como narcos para disimular que son la punta de lanza del capitalismo.

El mundo que conocimos ha desaparecido; el capitalismo colapsará del mismo modo que nació: "chorreando sangre y lodo por todos sus poros" (Marx). Sólo nos queda crear formas colectivas de poder, poderes de abajo, para sobrevivir como pueblos al colapso y al caos.

Publicado enSociedad
Viernes, 01 Julio 2022 05:34

La crisis del sistema imperial

La crisis del sistema imperial

El liderazgo norteamericano está socavado por el deterioro económico y los fracasos bélicos, mientras que Rusia no participa de ese circuito dominante pero motoriza la gestación de un imperio no hegemónico y China plantea un protagonismo que no es sinónimo de expansión imperial.

 

Los debates sobre el imperialismo reaparecen al cabo de una sinuosa trayectoria. Durante la primera mitad del siglo pasado, ese concepto fue muy utilizado para caracterizar las confrontaciones bélicas entre las grandes potencias. Posteriormente quedó identificado con la explotación de la periferia por las economías centrales, hasta que el auge del neoliberalismo diluyó la gravitación del término.

Al comienzo del nuevo milenio, la atención por el imperialismo pasó a un segundo plano y la propia noción cayó en desuso. Ese desinterés sintonizó con el debilitamiento de las miradas críticas hacia la sociedad contemporánea. Pero la invasión norteamericana a Irak erosionó el conformismo y gatilló el resurgimiento de las discusiones sobre los mecanismos de dominación internacional. La denuncia del imperialismo recobró importancia y se multiplicaron los cuestionamientos a la agresividad militar estadounidense.

Esas objeciones se deslizaron ulteriormente hacia la noción sustitutiva de hegemonía, que ganó primacía en los estudios sobre el declive estadounidense frente al ascenso de China. La hegemonía fue subrayada, para evaluar cómo la disputa entre las dos principales potencias del planeta se desenvuelve en el ámbito geopolítico, ideológico o económico. El rasgo coercitivo que singulariza al imperialismo perdió relevancia en muchas reflexiones sobre la confrontación sino-americana.

Cuando ese reemplazo parecía imponerse -junto a la novedosa centralidad de las nociones de multipolaridad y transición hegemónica- las menciones al imperialismo volvieron a recuperar gravitación por un acontecimiento inesperado. Ese término ha reaparecido con la invasión rusa a Ucrania para resaltar el expansionismo de Moscú.

Singularidades y amoldamientos

El imperialismo es una categoría frecuentemente utilizada por los medios de comunicación de Occidente, para contrastar las políticas tiránicas del Kremlin o Beijing con las conductas respetuosas de Washington o Bruselas. Este sesgado uso del término obstruye cualquier comprensión del problema. La lógica del imperialismo sólo es entendible superando esas burdas miradas e indagando la relación del concepto con su matriz capitalista.

Ese curso analítico ha sido explorado por distintos pensadores marxistas, que estudian la dinámica contemporánea del imperialismo, en función de las mutaciones registradas en el sistema capitalista. En estos enfoques el imperialismo es visto como un dispositivo que concentra los mecanismos internacionales de dominación, utilizados por las minorías enriquecidas para explotar a las mayorías populares.

El imperialismo es el principal instrumento de esa sujeción, pero no opera al interior de cada país, sino en las relaciones interestatales y en la dinámica de la competencia, el uso de la fuerza y las intervenciones bélicas. Es un mecanismo esencial para la continuidad del capitalismo y ha estado presente desde los inicios de ese sistema, mutando en correspondencia con los cambios de ese régimen social. El imperialismo nunca constituyó un estadio o una época específica del capitalismo. Siempre corporizó las formas que adopta la supremacía geopolítico-militar, en cada era del sistema.

Por esa variabilidad histórica, el imperialismo actual difiere de sus antecedentes previos. No sólo es cualitativamente diferente a los imperios precapitalistas (feudales, tributarios o esclavistas), que se asentaban en la expansión territorial o en el control del comercio. Tampoco se asemeja al imperialismo clásico que conceptualizó Lenin, cuando las grandes potencias rivalizaban a través de la guerra por el manejo de los mercados y las colonias.

El imperialismo contemporáneo presenta también diferencias con el modelo que comandó Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX. La primera potencia introdujo novedosos rasgos de coordinación colectiva y sometimiento de los socios, para asegurar la protección de todas las clases dominantes, frente a la insurgencia popular y el peligro del socialismo.

En toda esa variedad de etapas, el imperialismo garantizó el usufructo de los recursos de la periferia por parte de las economías avanzadas. Los dispositivos coercitivos de las grandes potencias aseguraron la captura de las riquezas de los países dependientes por los capitalistas del centro. Por esa vía el imperialismo recicló la continuidad del subdesarrollo en las regiones relegadas del planeta.

Esa perpetuación recreó los mecanismos de transferencia de valor de las economías dominadas hacia sus pares dominantes. La desigualdad entre los dos polos del capitalismo mundial fue reproducida mediante variadas modalidades productivas, comerciales y financieras.

 

Mutaciones e indefiniciones

El imperialismo del siglo XXI debe ser evaluado en función de los enormes cambios registrados en el capitalismo contemporáneo. Desde hace 40 años rige un nuevo esquema de acumulación de bajo crecimiento en Occidente y significativa expansión de Oriente, enlazado por medio de la globalización productiva. El desdoblamiento internacional del proceso de fabricación, la subcontratación y las cadenas de valor apuntalan ese esquema productivo sostenido en la revolución informática. Ese desenvolvimiento del capitalismo digital contribuyó a masificar el desempleo y a generalizar la precarización, la inseguridad y la flexibilización laboral.

El nuevo modelo opera a través de la financiarización que introdujo la autonomía crediticia de las empresas, la titulación de los bancos y la gestión familiar de las hipotecas y las pensiones. Esa gravitación financiera en el funcionamiento corriente de la economía multiplicó, a su vez, el periódico estallido de impactantes crisis.

Las burbujas especulativas -que corroen al sistema bancario y desembocan en socorros estatales de creciente envergadura- acentúan los desequilibrios del capitalismo actual. Este sistema está muy afectado por las tensiones que suscita la sobreproducción (que potenció la globalización) y la fractura del poder de compra (que acentuó el neoliberalismo).

El esquema actual incuba, además, potenciales catástrofes de mayor alcance por el incontenible deterioro del medio ambiente, que genera la competencia por mayores ganancias. La reciente pandemia constituyó tan sólo una advertencia de la tormentosa escala de esos desequilibrios. El fin de esa infección no ha derivado en el esperado “retorno a la normalidad”, sino en un escenario de guerra, inflación y rupturas de los circuitos del suministro global.

La crisis comienza a pavimentar nuevos contornos y nadie sabe qué rumbo adoptará la política económica del próximo periodo. Al compás de una renovada intervención estatal, permanece irresuelta la disputa entre un giro neokeynesiano y un curso opuesto de relanzamiento neoliberal.

Pero cualquiera de esos rumbos ratificará la preeminencia del nuevo modelo de capitalismo globalizado, digital, precarizador y financiarizado, con su consiguiente escala de inmanejables contradicciones. Este esquema es tan visible, como la dramática magnitud de sus desequilibrios.

La nitidez del capitalismo contemporáneo no se extiende, sin embargo, al plano geopolítico o militar. El imperialismo de siglo XXI está signado por un cúmulo de incertidumbres, indefiniciones y ambivalencias muy superiores a su basamento económico. Las mutaciones radicales que se consumaron en las últimas décadas en este último ámbito, no se proyectan a otras esferas y ese divorcio determina la enorme complejidad del actual entramado imperial.

Erosión del liderazgo imperial

La existencia de un bloque dominante comandado por Estados Unidos es la principal característica del sistema imperial contemporáneo. La primera potencia es la mayor exponente del nuevo modelo y la evidente gestora del aparato de coerción internacional, que asegura la dominación de los acaudalados. El diagnóstico del imperialismo actual transita por una evaluación de Estados Unidos, que concentra todas las tensiones de ese dispositivo.

La contradicción primordial del imperialismo actual radica en la impotencia de su conductor. El coloso del Norte padece un liderazgo erosionado, como consecuencia de la profunda crisis que afecta a su economía. Washington perdió la preponderancia del pasado y su declinante competitividad fabril, no es contrarrestada por su continuado comando financiero o su significativa supremacía tecnológica.

Estados Unidos corroboró sus ventajas frente a otras potencias durante la crisis del 2008. Pero las mayores adversidades de Europa y Japón, no aminoraron el sistemático retroceso de la economía norteamericana, ni atenuaron el sostenido despunte de China. Estados Unidos no ha podido contener la reconfiguración geográfica de la producción mundial hacia el universo asiático.

Esa erosión económica afecta la política exterior norteamericana, que ha perdido su tradicional sustento interno. La vieja de homogeneidad del gigante yanqui ha quedado quebrantada por la dramática grieta política que afronta el país. Estados Unidos está corroído por tensiones raciales y por fracturas político-culturales, que contraponen al americanismo del interior con el globalismo de las costas.

Ese deterioro impacta sobre las operaciones del Pentágono, que ya no cuentan con el aval del pasado. La privatización de la guerra se procesa en un marco de creciente desaprobación interna a las aventuras bélicas foráneas.

La economía estadounidense no afronta un simple retroceso de su continuada supremacía. La gravitación internacional del aparato estatal norteamericano y la primacía de sus finanzas, contrastan con el declive comercial y productivo del país.

Ese desgaste no implica un ocaso inexorable e ininterrumpido. Estados Unidos no logra restaurar su viejo liderazgo, pero continúa ejerciendo un rol dominante y su devenir imperial no se esclarece aplicando los criterios histórico-deterministas, que postula la teoría del auge y decadencia cíclica de los imperios. El retroceso de la economía norteamericana es sinónimo de crisis, pero no de colapso terminal en alguna fecha preestablecida.

En los hechos, el poderío que preserva Estados Unidos se asienta más en el despliegue militar, que en la incidencia de su economía. Por esa razón resulta indispensable analizar a la primera potencia en clave imperial.

El fracaso del belicismo

Desde hace varias décadas Washington intenta recuperar su liderazgo mediante acciones de fuerza. Esas incursiones concentran los principales rasgos del imperialismo actual. El Pentágono gestiona una red de contratistas que se enriquecen con la guerra, reciclando el aparato industrial-militar. Conservan en los períodos de distensión bélica, la misma preeminencia que en las etapas de alta conflictividad.

El modelo económico armamentista norteamericano se recrea mediante elevadas exportaciones, altos costos y permanente exhibición del poder de fuego. Esa visibilidad exige la multiplicación de las guerras híbridas y todo tipo de incursiones de las formaciones paraestatales.

Con esos mortíferos instrumentos Estados Unidos ha generado dantescos escenarios de muertes y refugiados. Recurrió a hipócritas justificaciones de intervención humanitaria y “guerra contra el terrorismo” para perpetrar las atroces invasiones en el “Gran Oriente Medio”.

Esas operaciones incluyeron la gestación de las primeras bandas yihadistas, que posteriormente cobraron vuelo propio con acciones contra el padrino estadounidense. El terrorismo marginal que propiciaron esos grupos, no alcanzó nunca la terrible escala del terrorismo de estado que monitorea el Pentágono. Washington fue muy lejos al consumar la pulverización completa de varios países.

Pero el dato más llamativo de ese destructivo modelo ha sido su estrepitoso fracaso. En los últimos veinte años, el proyecto de recomposición estadounidense mediante acciones bélicas ha fallado una y otra vez. El “siglo americano” que concibieron los pensadores neoconservadores fue una fantasía de corta duración, que el propio establishment de Washington abandonó para retomar el asesoramiento de consejeros más pragmáticos y realistas.

Las ocupaciones del Pentágono no consiguieron los resultados esperados y Estados Unidos se convirtió en una superpotencia que pierde guerras. Fracasaron Bush, Obama, Trump y últimamente Biden, en todos los intentos de utilizar la superioridad militar del país para inducir un relanzamiento de la economía yanqui.

Esa falencia ha sido particularmente visible en Medio Oriente. Washington instrumentó sus agresiones estigmatizando a los pueblos de esa región, con imágenes de masas primitivas, autoritarias y violentas que no logran asimilar las maravillas de la modernidad.

Esas tonterías fueron difundidas por los medios de comunicación, para encubrir el intento de apropiación de las principales reservas petroleras del planeta. Pero al final de una tormentosa cruzada, Estados Unidos fue humillado en Afganistán, se repliega de Irak, no pudo doblegar a Irán, fracasó en la creación de gobiernos títeres en Libia y Siria e incluso debe lidiar con el boomerang de los yihadistas que operan en su contra.

Inflexibilidad de un entramado

Las desventuras que afronta la primera potencia no desembocarán en su abandono del intervencionismo externo, ni en un repliegue a su propio territorio. La clase dominante norteamericana necesita preservar su acción imperial, para sostener la primacía del dólar, el control del petróleo, los negocios del complejo industrial-militar, la estabilidad de Wall Street y las ganancias de las empresas tecnológicas.

Por esa razón, todos los conductores de la Casa Blanca ensayan nuevas variantes de la misma contraofensiva. Ningún mandatario estadounidense puede renunciar al intento de recomponer la primacía del país. Todos retoman ese objetivo, sin llegar nunca a buen puerto. Sufren la misma compulsión a buscar algún camino de recuperación del perdido liderazgo.

Estados Unidos no cuenta con la plasticidad de su antecesor británico, para traspasar el mando global a un nuevo socio. No tiene la capacidad de adecuación al repliegue que demostró su par transatlántico en la centuria pasada. Esa inflexibilidad norteamericana le impide amoldarse al contexto actual y acentúa las dificultades para ejercer la dirección del sistema imperial.

Esa rigidez, en gran medida obedece a los compromisos de una potencia que ya no actúa sola. Washington encabeza el tejido de alianzas internacionales construido a mitad del siglo XX, para lidiar con el denominado campo socialista. Esa articulación se asienta en una estrecha asociación con el alterimperialismo europeo, que desenvuelve sus intervenciones bajo la égida norteamericana.

Los capitalistas del Viejo Continente defienden sus propios negocios con operaciones autónomas en Medio Oriente, África o Europa Oriental, pero actúan en estricta sintonía con el Pentágono y bajo un comando articulado en torno a la OTAN. Los grandes imperios del pasado (Inglaterra, Francia) preservan su influencia en las viejas áreas coloniales, pero condicionan todos sus pasos al veto de Washington.

Esa misma asociación subordinada mantienen los coimperios de Israel, Australia o Canadá. Comparten con su referente la custodia del orden global y desenvuelven acciones amoldadas a las demandas de su tutor. Suelen apuntalar a escala regional, los mismos intereses que Estados Unidos asegura a nivel mundial.

Este sistema global articulado es un rasgo que el imperialismo actual heredó de su precedente de posguerra. Opera en frontal discrepancia con el modelo de potencias diversificadas, que disputaban primacía durante la primera mitad de la centuria pasada. La crisis de la estructura jerarquizada que sucedió a ese esquema es el dato crucial del imperialismo del siglo XXI.

Una contundente expresión de esa inconsistencia fue el carácter meramente pasajero del modelo unipolar, que el proyecto neoconservador imaginaba para un nuevo y prolongado “siglo americano”. En lugar de ese renacimiento emergió un contexto multipolar, que confirma la pérdida de supremacía norteamericana frente a numerosos actores de la geopolítica mundial. El ansiado predominio de Washington ha quedado sustituido por una mayor dispersión del poder, que contrasta con la bipolaridad imperante durante la guerra fría y con el fallido intento unipolar que sucedió a la implosión de la URSS.

El imperialismo actual opera, por lo tanto, en torno a un bloque dominante comandado por Estados Unidos y gestionado por la OTAN, en estrecha asociación con Europa y los socios regionales de Washington. Pero los fracasos del Pentágono para ejercer su autoridad han derivado en la irresuelta crisis actual, que se verifica en el despunte de la multipolaridad.

Un imperio no hegemónico en gestación

¿Cómo se aplica el concepto actualizado de imperialismo a las potencias que no participan del bloque dominante? Este interrogante sobrevuela los enigmas más complejos del siglo XXI. Es evidente que Rusia y China son grandes potencias rivales de la OTAN, ubicadas en una esfera no hegemónica del contexto actual. Con esa diferenciada localización: ¿comparten o no un status imperial?

La clarificación de esa condición se ha tornado particularmente insoslayable para el caso ruso, desde el inicio de la guerra de Ucrania. Para los liberales de Occidente, el imperialismo de Moscú es un dato evidente y enraizado en la historia autoritaria de un país, que eludió las virtudes de la modernidad para optar por el oscuro atraso de Oriente. Con el desgastado libreto de la guerra fría contraponen el totalitarismo ruso, con las maravillas de la democracia norteamericana.

Pero con esos absurdos presupuestos resulta imposible avanzar en alguna clarificación del perfil contemporáneo del gigante euroasiático. La potencial condición imperial de Rusia debe ser evaluada en función del afianzamiento del capitalismo y la transformación de la vieja burocracia en una nueva oligarquía de millonarios.

Es evidente que en Rusia se han consolidado los pilares del capitalismo, con el afianzamiento de la propiedad privada de los medios de producción y los consiguientes patrones de ganancia, competencia y explotación, bajo un modelo político al servicio de la clase dominante. Yelstin forjó una república de oligarcas y Putin sólo contuvo la dinámica depredadora de ese sistema, sin revertir los privilegios de la nueva minoría de enriquecidos.

Ese capitalismo ruso es muy vulnerable por el descontrolado peso que mantienen los distintos tipos de mafias. También los mecanismos informales de apropiación del excedente, reciclan las adversidades económicas del viejo modelo de planificación compulsiva. El esquema predominante de exportación de materias primas afecta además al aparato fabril y recrean una significativa fuga de recursos nacionales hacia el exterior.

En el plano geopolítico Rusia es un blanco predilecto de la OTAN, que ha intentado desintegrar al país mediante un gran despliegue de misiles fronterizos. Pero también Putin afianzó la intervención rusa en el espacio postsoviético y ha desarrollado una acción militar, que desborda la dinámica defensiva y la lógica disuasiva.

En este marco, Rusia no integra el circuito del imperialismo dominante, pero desarrolla políticas de dominación en su entorno, que son propias de un imperio no hegemónico en gestación.

Diferencias con el pasado

Moscú no participa del grupo dominante del capitalismo mundial. Carece de un capital financiero significativo y de un número gravitante de empresas internacionales. Se ha especializado en la exportación de petróleo y gas y afianzó su lugar de economía intermedia con pocas conexiones con la periferia. No obtiene lucros importantes del intercambio desigual.

Pero con esta ubicación económica secundaria, Rusia exhibe un perfil potencialmente imperial asentado en intervenciones foráneas, impactantes acciones geopolíticas y dramáticas tensiones con Estados Unidos.

Ese protagonismo externo no conduce a la reconstitución del viejo imperio zarista. Las distancias con ese pasado son tan monumentales, como las diferencias cualitativas con los regímenes sociales del pasado feudal.

Las asimetrías son igualmente significativas con la URSS. Putin no recompone el denominado “imperialismo soviético”, que es una categoría inconsistente y estructuralmente incompatible con el carácter no capitalista del modelo que precedió a la implosión de 1989. La URSS estaba dirigida por una burocracia gobernante que actuaba en forma opresiva, pero no desenvolvía acciones imperialistas en sus conflictos con Yugoslavia, China o Checoslovaquia.

En la actualidad persiste un gran circuito de colonialismo interno, que perpetúa las desigualdades entre regiones y la primacía de la minoría gran rusa. Pero esa modalidad opresiva no presenta la escala del apartheid de Sudáfrica o Palestina. Además, lo determinante de un status imperial es la expansión externa, que hasta la guerra de Ucrania se perfilaba tan sólo como una tendencia de Moscú.

El proyecto imperialista es efectivamente auspiciado por los sectores derechistas que alimentan el negocio bélico, las aventuras externas, el nacionalismo y las campañas islamófobas. Pero ese rumbo es resistido por la internacionalizada elite liberal y durante mucho tiempo Putin gobernó manteniendo el equilibrio entre ambos grupos.

Conviene no olvidar que Rusia se ubica también en las antípodas de un status dependiente o semicolonial. Es un gran jugador internacional con gran protagonismo exterior, que moderniza su estructura bélica y hace valer su incidencia como segundo exportador de armas del mundo

En lugar de socorrer a sus vecinos, Moscú refuerza su propio proyecto dominante, cuando por ejemplo envía tropas a Kazajistán, para sostener un gobierno neoliberal que depreda la renta petrolera, reprime huelgas e ilegaliza al Partido Comunista.

El impacto de Ucrania

La guerra de Ucrania ha introducido un giro cualitativo en la dinámica rusa y los resultados finales de esa incursión incidirán drásticamente en el status geopolítico del país. Las tendencias imperiales que tan sólo asomaban como posibilidades embrionarias han adoptado otro espesor.

Ciertamente hubo una responsabilidad primordial de Estados Unidos, que intentó sumar a Kiev a la red de misiles de la OTAN contra Moscú y alentó la violencia de las milicias ultraderechistas en el Donbass. Pero Putin consumó una acción militar inadmisible y funcional al imperialismo occidental, que no tiene justificación como acción defensiva. El jefe del Kremlin despreció a los ucranianos, suscitó odio hacia el ocupante e ignoró la generalizada aspiración de soluciones pacíficas. Con su incursión generó un escenario muy negativo para las esperanzas emancipadoras de los pueblos de Europa.

El resultado final de la incursión permanece indefinido y no se sabe si los efectos de las sanciones serán más adversos para Rusia que para Occidente. Pero la tragedia humanitaria de muertos y refugiados ya es mayúscula y convulsiona a toda la región. Estados Unidos apuesta prolongar la guerra, para empujar a Moscú al mismo pantano que afrontó la URSS en Afganistán. Por eso induce Kiev a rechazar las negociaciones que frenarían las hostilidades. Washington pretende someter a Europa a su agenda militarista, a través de un interminable conflicto que asegure el financiamiento de Bruselas a la OTAN. Ya no aspira a incorporar tan sólo a Ucrania a esa alianza militar. Ahora también presiona por el ingreso de Finlandia y Suecia.

En síntesis: Rusia es un país capitalista que no reunía hasta la incursión en Ucrania los rasgos generales de un agresor imperial. Pero el curso geopolítico ofensivo de Putin apuntala ese perfil e induce a transformar el imperio en gestación en un imperio en consolidación. El fracaso de ese operativo podría también derivar en una prematura neutralización del imperio naciente.

El protagonismo de China

China comparte con Rusia una ubicación análoga en el conglomerado no hegemónico y afronta un conflicto semejante con Estados Unidos. Por esa razón su status actual suscita el mismo interrogante: ¿Es una potencia imperialista?

En su caso corresponde registrar el excepcional desarrollo que logró en las últimas décadas, con cimientos socialistas, complementos mercantiles y parámetros capitalistas. Afianzó un modelo conectado con la globalización, pero centrado en la retención local del excedente. Esa combinación permitió una intensa acumulación local enlazada con la mundialización, mediante circuitos de reinversión y gran control del movimiento de capitales. La economía se expandió en forma sostenida, con una significativa ausencia del neoliberalismo y la financiarización que afectaron a sus competidores.

China fue igualmente golpeada por la crisis del 2008, que introdujo un techo infranqueable al modelo precedente de exportaciones financiadas a Estados Unidos. Ese vínculo de “chinamérica” se agotó, transparentando el desbalance generado por un superávit comercial solventado con gigantescas acreencias. Ese desfasaje inauguró la crisis actual.

La conducción china optó inicialmente por un viraje hacia la actividad económica local. Pero ese desacople no generó beneficios equivalentes a los obtenidos en el globalizado esquema precedente. El nuevo curso acentuó la sobreinversión, las burbujas inmobiliarias y un círculo vicioso de sobreahorro y sobreproducción, que obligó a retomar la búsqueda de mercados externos, mediante el ambicioso el proyecto de la Ruta de la Seda.

Ese rumbo suscita tensiones con los socios y afronta el gran límite de un eventual estancamiento de la economía mundial. Es muy difícil sostener un gigantesco plan de infraestructuras internacionales en un escenario de bajo crecimiento global.

Durante la pandemia, China volvió a exhibir más eficiencia que Estados Unidos y Europa, con sus expeditivos mecanismos de contención del Covid. Pero la infección irrumpió en su territorio, como consecuencia de los desequilibrios precipitados por la globalización. El hacinamiento urbano y el descontrol de la industrialización de los alimentos ilustraron las dramáticas consecuencias de la penetración del capitalismo.

Actualmente China se encuentra afectada por la guerra que sucedió a la pandemia. Su economía es muy susceptible a la inflación de los alimentos y la energía. Afronta, además, los obstáculos que obstruyen el funcionamiento de las cadenas globales de valor.

Una novedosa ubicación

China no completó su tránsito al capitalismo. Ese régimen está muy presente en el país, pero no domina en toda la economía. Hay una significativa vigencia de la propiedad privada de grandes empresas, que operan con normas de beneficio, competencia y explotación, generando agudos desequilibrios de sobreproducción. Pero a a diferencia de lo ocurrido en Europa Oriental y Rusia, la nueva clase burguesa no logró el control del estado y esa carencia impide coronar la preeminencia de las normas capitalistas que imperan en el grueso del planeta.

China se defiende en el terreno geopolítico del acoso norteamericano. Obama inició una secuencia de agresiones, que Trump redobló y Biden refuerza. El Pentágono ha erigido un cerco naval, mientras acelera la gestación de una “OTAN del Pacífico”, junto a Japón, Corea de Sur, Australia, e India. También avanza la remilitarización de Taiwán y el intento de cargar a Europa con todo el costo de la confrontación con Rusia, para concentrar recursos militares en la pulseada con China.

Hasta ahora Beijing no despliega acciones equivalentes a su rival. Afianza su soberanía en un acotado radio de millas, para resistir el intento estadounidense de internacionalizar su espacio costero. Apuntala la pesquería, las reservas submarinas y sobre todo las rutas marítimas que necesita para transportar sus mercancías.

Esa reacción defensiva está muy lejos de la embestida que motoriza Washington en el Océano Pacifico. China no envía acorazados a las costas de Nueva York o California y sus crecientes gastos bélicos todavía mantienen una significativa distancia con el Pentágono. Beijing privilegia el agotamiento económico, mediante una estrategia que aspira a “cansar al enemigo”. Elude, además, cualquier tejido de alianzas bélicas comparable con la OTAN.

China no reúne, por lo tanto, las condiciones básicas de una potencia imperialista. Su política exterior dista de mucho de ese perfil. No despacha tropas al extranjero, mantiene una sola base militar fuera de sus fronteras (en un neurálgico cruce comercial) y no se involucrar en los conflictos foráneos.

La nueva potencia evita especialmente el sendero belicista que transitaron Alemania y Japón en el siglo XX, utilizando pautas de prudencia geopolítica inconcebibles en el pasado. Ha lucrado con formas de producción mundializadas que no existían en la centuria anterior.

China ha soslayado también el camino seguido por Rusia y no consumó acciones semejantes a la desplegada por Moscú en Siria o Ucrania. Por esa razón, no esboza el curso imperial que Rusia insinúa con creciente intensidad.

Esa moderación internacional no ubica igualmente a China en el polo opuesto del espectro imperial. La nueva potencia ya se encuentra muy alejada del Sur Global y ha ingresado en el universo de las economías centrales, que acumulan beneficios a costa de la periferia. Dejó atrás el espectro de las naciones dependientes y se ha situado por encima del nuevo grupo de economías emergentes.

Los capitalistas chinos capturan plusvalía (a través de las firmas que localizan en el exterior) y lucran con el abastecimiento de materias primas. El país ya alcanzó un status de economía acreedora, en potencial conflicto con sus deudores del Sur. Obtiene beneficios del intercambio desigual y absorbe excedentes de las economías subdesarrolladas, a partir de una productividad muy superior a la media de sus clientes.

En síntesis: China se ha situado en un bloque no hegemónico lejos de la periferia. Pero no completó el status capitalista y evita desenvolver políticas propias del imperialismo.

Semiperiferias y subimperialismo

Otra novedad del escenario actual es la presencia de importantes jugadores regionales. Exhiben un peso inferior a las principales potencias, pero demuestran una relevancia suficiente para requerir alguna clasificación en el orden imperial. La gravitación de esos actores proviene de la inesperada incidencia de economías intermedias, que han consolidado su perfil con estructuras de emergente industrialización.

Esa irrupción ha tornado más compleja la vieja relación centro-periferia, como consecuencia de un doble proceso de drenaje de valor de las regiones subdesarrolladas y retención del valor de las semiperiferias ascendentes. Varios integrantes del polo asiático, India o Turquía ejemplifican esa nueva condición, en un contexto de creciente bifurcación en el tradicional universo de los países dependientes. Este escenario -más tripolar binario- gana relevancia en la jerarquía internacional contemporánea.

La diferenciación interna en la vieja periferia es muy visible en todos los continentes. La distancia mayúscula que separa a Brasil o México de Haití o El Salvador en América Latina se reproduce en la misma escala al interior de Europa, Asia y África. Esas fracturas tienen significativas consecuencias internas y completan el subyacente proceso de transformación de las viejas burguesías nacionales en nuevas burguesías locales.

En ese espectro de economías semiperiféricas se verifica una compleja variedad de status geopolíticos. En algunos casos se procesa el despunte de un imperio en gestación (Rusia), en otros persiste la tradicional condición dependiente (Argentina) y en ciertos países emergen los rasgos del subimperialismo.

Esta última categoría no identifica a las variantes débiles del dispositivo imperial. Ese lugar menor es ocupado por varios integrantes de la OTAN (como Bélgica o España), que recrean un simple rol subordinado al comando norteamericano. El subimperio tampoco alude a la condición actual de antiguos imperios en declive (como Portugal, Holanda o Austria).

Como acertadamente anticipó Marini, los subimperios contemporáneos actúan como potencias regionales, que mantienen una contradictoria relación de asociación, subordinación o tensión con el gendarme estadounidense. Esa ambigüedad coexiste con fuertes acciones militares en las disputas con sus competidores regionales. Los subimperios operan en una escala muy alejada de la gran geopolítica mundial, pero con arremetidas zonales que rememoran sus antiguas raíces de imperios de larga data.

Turquía es el principal exponente de esa modalidad en Medio Oriente. Despliega un significativo expansionismo, exhibe una gran dualidad frente a Washington, recurre a imprevisibles jugadas, promueve aventuras externas y desenvuelve una intensa batalla competitiva con Irán y Arabia Saudita.

Especificidades del siglo XXI

De todos los elementos expuestos se deducen los rasgos del imperialismo contemporáneo. Ese dispositivo presenta a modalidades singulares, novedosas y divergentes con sus dos precedentes de la centuria pasada.

El imperialismo actual conforma un sistema estructurado en torno al rol dominante ejercido por Estados Unidos, en estrecha conexión con los socios alterimperiales de Europa y los apéndices coimperiales de otros hemisferios

Esa estructura incluye acciones militares para garantizar la transferencia de valor de la periferia al centro y afronta una crisis estructural, al cabo de sucesivos fracasos del Pentágono, que han desembocado en la actual configuración multipolar.

Fuera de ese radio dominante se ubican dos grandes potencias. Mientras que China expande su economía con cautelosas estrategias externas, Rusia actúa con modalidades embrionarias de un nuevo imperio. Otras formaciones subimperiales de escala muy inferior, disputan preeminencia en los escenarios regionales con acciones autónomas, pero también enlazadas al entramado de la OTAN.

Esta renovada interpretación marxista jerarquiza el concepto de imperialismo, integrando la noción de hegemonía a ese ordenador de la geopolítica contemporánea. Resalta la crisis del comando estadounidense sin postular su inexorable declive, ni la inevitable emergencia de una potencia sustituta (China) o de varios reemplazantes coaligados (BRICS).

La mirada centrada en el concepto de imperialismo, también remarca la continuada gravitación de la coerción militar, recordando que no ha perdido primacía frente a la creciente incidencia de la economía, la diplomacia o la ideología.

Las miradas clásicas

Los debates al interior del conglomerado marxista incluyen polémicas entre el enfoque renovado (que hemos expuesto) y la mirada clásica. Esta última visión propone actualizar la misma caracterización que postuló Lenin a comienzo del siglo XX.

Considera que la validez ese abordaje no se restringe al período en que fue formulado, sino que extiende su vigencia hasta la actualidad. De la misma forma que Marx sentó las bases perdurables para una caracterización del capitalismo, Lenin habría postulado una tesis que desbordó la fecha de su formulación.

Este enfoque objeta la existencia de varios modelos de imperialismo, adaptados a los sucesivos cambios del capitalismo. Entiende que un sólo esquema resulta suficiente para comprender la dinámica de la última centuria.

De esa caracterización deduce una analogía del escenario actual con el imperante durante la Primera Guerra Mundial, estimando que el mismo conflicto interimperial reaparece en la coyuntura en curso. Plantea que Rusia y China compiten con sus pares de Occidente, con políticas semejantes a las desplegadas hace cien años por las potencias desafiantes de las fuerzas dominantes.

Con esa óptica observa los conflictos actuales como una competencia por el botín de la periferia. La guerra de Ucrania es vista como un ejemplo de ese choque y la batalla entre Kiev y Moscú es explicada por el apetito que suscitan los recursos de hierro, gas o trigo en el territorio en disputa. Todos los países involucrados en esa batalla son equiparados y denunciados como bandos de una pugna interimperial.

Pero este razonamiento pierde de vista las grandes diferencias del contexto actual con el pasado. A principios del siglo XX, una pluralidad de potencias chocaba con fuerzas militares comparables para hacer valer su superioridad. No existía la estratificada supremacía que actualmente ejerce Estados Unidos sobre sus socios de la OTAN. Ese predominio confirma que las potencias ya no actúan como guerreros autónomos. Estados Unidos direcciona tanto a Europa como a sus apéndices de otros continentes

En la actualidad opera, además, un sistema imperial frente a cierta variedad de alianzas no hegemónicas, que sólo incluyen tendencias imperiales en gestación. El núcleo dominante agrede y las formaciones en constitución se defienden. A diferencia del siglo pasado no se libra una batalla entre pares igualmente ofensivos.

Los criterios de Lenin

La tesis clásica define al imperialismo con pautas que subrayan el predominio del capital financiero, los monopolios y la exportación de capital. Con esos parámetros propone respuestas positivas o negativas al status de Rusia y China, según el grado de cumplimiento o distanciamiento de esos requisitos.

En las respuestas afirmativas se coloca a Rusia en el campo imperialista, al evaluar que su economía se ha expandido en forma significativa, con inversiones en el extranjero, corporaciones globales y explotación de la periferia. La misma interpretación para el caso chino resalta que la segunda economía del mundo, ya satisface sobradamente todos los requisitos de una potencia imperial.

En las evaluaciones contrapuestas se destaca que Rusia no ingresó aún al club de los dominadores por carecer del potente capital financiero que exige ese ascenso. Se recuerda, además, que cuenta con pocos monopolios o empresas descollantes en el ranking de las corporaciones internacionales. La misma opinión para el caso de China señala que la poderosa economía asiática no sobresalió aún, en la exportación de capitales o en el predominio de sus finanzas.

Pero estas clasificaciones económicas extraídas de caracterizaciones formuladas en 1916 son inadecuadas para evaluar el imperialismo contemporáneo. Lenin sólo describió los rasgos del capitalismo de su época, sin utilizar esa evaluación para definir un mapa del orden imperial. Estimaba por ejemplo que Rusia integraba el club de los imperios, a pesar de incumplir todas las condiciones económicas exigidas para esa participación. Lo mismo sucedía con Japón, que no era un exportador relevante de capital, ni albergaba formas preeminentes de capital financiero.

La forzada aplicación actual de esos requisitos conduce a incontables confusiones. Hay muchos países con finanzas poderosas, inversiones en el extranjero y grandes monopolios (como Suiza), que no despliegan políticas imperialistas. Por el contrario, la propia economía rusa opera como una mera semiperiferia en el ranking mundial, pero desenvuelve acciones militares propias de un imperio en gestación. A su vez, China reúne todas las condiciones del recetario económico clásico para ser tipificada como un gigante imperial, pero no implementa acciones bélicas acordes a ese status.

El lugar de cada potencia en la economía mundial no esclarece, por lo tanto, su papel como imperio. Ese rol se dilucida evaluando la política exterior, la intervención foránea y las acciones geopolítico-militares en el tablero global. Este abordaje sugerido por el marxismo renovado esclarece más las características del imperialismo actual, que la óptica postulada por los actualizadores de la mirada clásica.

Transnacionalismo e imperio global

Otro planteo marxista alternativo fue propiciado en la década pasada por la tesis del imperio global. Esa visión logró gran predicamento durante el auge de los Foros Sociales Mundiales, postulando la vigencia de una era posimperialista, superadora del capitalismo nacional y la intermediación estatal. Destacó una novedosa contraposición directa entre los dominadores y dominados, resultante de la disolución de los viejos centros, la movilidad irrestricta del capital y la extinción de la relación centro-periferia.

En un marco de gran euforia con el libre-comercio y las desregulaciones bancarias, remarcó también la existencia de una clase dominante amalgamada y entrelazada mediante la transnacionalización de los estados. Observó a Estados Unidos, como la encarnación de un imperio globalizado, que transmite sus estructuras y valores al conjunto del planeta.

Esa mirada ha quedado desmentida por el escenario de intensos conflictos actuales entre las principales potencias. El drástico choque entre Estados Unidos y China resulta inexplicable, con una óptica que postula la disolución de los estados y la consiguiente desaparición de las crisis geopolíticas, entre países diferenciadas por sus basamentos nacionales.

La tesis del imperio global omitió, además, los límites y contradicciones de la globalización, olvidando que el capital no puede emigrar irrestrictamente de un país a otro, ni usufructuar de un libre desplazamiento planetario de la mano de obra. Una continuada secuencia de barreras obstruye la constitución de ese espacio homogéneo a nivel mundial.

Ese enfoque extrapoló eventuales escenarios de larguísimo largo plazo a realidades inmediatas, al imaginar simples y abruptas globalizaciones. Diluyó la economía y la geopolítica en un mismo proceso y desconoció el continuado protagonismo de los estados, al imaginar entrelazamientos transnacionales entre las principales clases dominantes. Olvidó que el funcionamiento del capitalismo se asienta en la estructura legal y coercitiva que proveen los distintos estados.

Más desacertado fue asemejar la estructura piramidal del sistema imperial contemporáneo que dirige Estados Unidos, con un imperio global, horizontal y carente de asociados nacionales. Omitió que la primera potencia opera como protectora del orden global, pero sin disolver su ejército en tropas multinacionales. Por este cúmulo de inconsistencias, la mirada de un imperio global perdió gravitación en los debates actuales.

 Conclusión

La teoría marxista renovada ofrece la caracterización más consistente del imperialismo del siglo XXI. Subraya la preminencia de un dispositivo militar coercitivo, encabezado por Estados Unidos y articulado en torno a la OTAN, para asegurar la dominación de la periferia y hostigar a las formaciones no hegemónicas rivales de Rusia y China.

Esas potencias incluyen modalidades imperiales tan sólo embrionarias o acotadas y desenvuelven acciones primordialmente defensivas. La crisis del sistema imperial es el dato central de un período signado por la recurrente incapacidad norteamericana para retomar su alicaída primacía.

(El presente artículo es una síntesis de la conferencia: “El imperialismo en el nuevo escenario global”, expuesta en el Centro de Investigación y Docencia Económicas, México DF, 6 de junio de 2022)

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Tras perder el apoyo de su partido Perú Libre, Pedro Castillo llama a la unidad

Lima. El presidente peruano, Pedro Castillo, convocó ayer a las "fuerzas políticas" del país a trabajar por la democracia, luego de que Perú Libre, el partido que lo llevó a poder, le pidió su renuncia, en momentos en que el mandatario es investigado por presuntos actos de corrupción en su gobierno.

Castillo afronta una fuerte inestabilidad política que le ha llevado a nombrar hasta cuatro gabinetes de ministros en medio de conflictos sociales. Asimismo, ha sobrevivido a dos intentos de juicio político en busca de su destitución en el Congreso, dominado por la derecha.

Perú Libre solicitó la noche del martes su renuncia "después de haber evaluado estatutariamente el comportamiento", según una carta difundida en Twitter por el fundador del partido, Vladimir Cerrón, considerado radical de izquierda.

Castillo, un profesor de primaria que asumió la presidencia en julio de 2021, agradeció a Perú Libre por postularlo en las elecciones y sostuvo "que por encima de todo" están los intereses del país, en una aceptación implícita al pedido de renuncia.

"Desde acá llamo a todas las fuerzas políticas a ponernos de acuerdo, a trabajar por la democracia", dijo el mandatario en una breve declaración a periodistas a su salida de la Catedral de Lima, adonde asistió por un feriado católico.

"Estamos en unos momentos críticos", afirmó. "No podemos entretenernos en otros temas, sino más bien en mirar con responsabilidad al país, que para eso mayoritariamente el pueblo peruano nos ha puesto al frente", refirió.

Perú Libre dijo que el pedido a Castillo de su "renuncia irrevocable" al grupo es porque el mandatario ha promovido el "quebramiento de la unidad partidaria" en el Congreso.

Afirmó que las políticas del gobierno no guardan relación con las promesas de campaña y menos con el plan de Perú Libre. Refirió que Castillo implementó el "programa neoliberal" del partido perdedor.

Perú Libre llevó 37 legisladores al Congreso en las elecciones pasadas, pero tras varias renuncias el bloque se ha reducido a sólo 16. Hace unos meses, la vicepresidenta, Dina Boluarte, fue expulsada del grupo.

La fiscalía investiga la relación de Castillo con una presunta trama de corrupción en la concesión de obras públicas por su ex ministro de Transportes y Comunicaciones, Juan Silva, quien se encuentra prófugo de la justicia.

Es la primera vez que la fiscalía investiga a un mandatario en pleno ejercicio por casos de corrupción. Ya había realizado pesquisas a otros presidentes, pero por acciones cometidas antes de ejercer el cargo.

Castillo ha rechazado todas las acusaciones, y afirma que son orquestadas por sus opositores, partidos minoritarios en el Congreso y grupos económicos que no aceptan que ganó las elecciones y por eso quieren sacarlo del poder.

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«Q Train», de Nigel Van Wieck (2012)

Si los problemas estructurales se viven como sufrimientos privados, entonces el desafío pasa por tender puentes que los conviertan en causas colectivas y apunten a construir soluciones públicas.

La distancia cínica de la ciudadanía hacia la política es la contracara de la impotencia del poder político formal para implementar transformaciones y dar respuestas a las variadas demandas materiales. Zygmunt Bauman plantea que en el marco de la globalización neoliberal los gobiernos han perdido la capacidad de resolución de los problemas públicos frente a la emergencia de poderes globales. Los Estados nacionales han mermado su soberanía a mano de las grandes corporaciones globales, que actúan por encima de las autoridades locales.

Más que a un orden opresivo y orquestado por la voluntad humana, esta situación parece asemejarse más a una maquinaria de gobernanza global sin sujeto, abstracta y automatizada, lo que dificulta encontrar los puntos de resistencia. Las variantes de localismo primitivista con democracia directa no presentan una alternativa al globalismo del capital y, por otro lado, tampoco existen instituciones supranacionales de coordinación y planificación que funcionen como contrapoder.

El capital se caracteriza por una necesidad de crecimiento constante en función de lograr ventajas competitivas mediante innovaciones tecnológicas y aumento de la explotación laboral. Un mecanismo de destrucción creativa que, en lo social, aumenta la fractura, porque a medida que aumenta la automatización algorítmica de la economía también aumenta la población sobrante y se precariza el trabajo. Lo que debería ser liberador para el ser humano, se transforma así en una experiencia de mayor desigualdad y explotación. 

De esta manera, el capitalismo impulsa el progreso pero también lo frena. Y, aunque el malestar social es creciente, nuestro contexto está desprovisto de alternativas a futuro. El aluvión cultural de distopías críticas no afecta al sistema, que las convierte en consumo e incluso las alienta para entretener, creando una fascinación de masas por el apocalipsis. Tal como señala Mark Fisher, la ideología capitalista puede convertirse de hecho en anticapitalista. El neoliberalismo como tecnología de poder captura el deseo, no ofrece perspectivas de futuro y se agota en una cultura del presentismo.

Las plataformas, donde hoy por hoy transcurre gran parte de la interacción social, se hacen dueñas de los datos. Y los datos, como apunta Srnieck, son la materia prima más importante en el capitalismo del siglo XXI: retroalimentan el algoritmo, habilitan la predicción y abren la posibilidad de regular los comportamientos con el objetivo de obtener mayores ganancias. El lucro y la vigilancia coinciden en este capitalismo de plataformas, que tiende a una cada vez mayor concentración de la propiedad de las infraestructuras claves de la sociedad. Es por ello que Srnicek plantea una solución radical: socializar las plataformas y convertirlas en servicios públicos.

¿Es posible controlar el panóptico digital? Su importancia estratégica deriva de un proceso de subjetivación que da forma a la mentalidad algorítmica que pareciera limitar las formas de pensar. Vivimos una apariencia de libertad individual dada por la elección entre una serie de opciones que en realidad son ajenas, agotando el tiempo entre el consumo y el entretenimiento. Hay creencias y gustos preconstruidos para cada uno, ya sea que se trate de elegir un producto o un político. Da igual: todo es mercancía, y en tanto tal entra en el juego de la ilusión por alcanzar la distinción individual, la construcción de una identidad propia y exclusiva.

Si los problemas estructurales se viven como sufrimientos privados, entonces el desafío pasa por tender puentes que los conviertan en causas colectivas y apunten a construir soluciones públicas. La cuestión es cómo traducir esas frustraciones individuales, esa impotencia que en realidad es colectiva, en modos organizativos que le den salida. Debemos imaginar otra sociabilidad, formas de asociación que puedan darle cauce a las explosiones aisladas y evitar que el explotado se convierta en depresivo.

Cambio climático y soberanía 

El Antropoceno designa a una era geológica marcada por la acción humana. Como señala Bratton en La Terraformación, «las respuestas al cambio climático antropogénico deben ser igualmente antropogénicas». La idea del cambio climático es de hecho un logro epistemológico de la tecnología computacional que ha permitido hacerlo medible, legible y comunicable a escala planetaria. 

Los conflictos que se anuncian a futuro en caso de no darse cambios drásticos antes de 2030, con una población mundial actual de nueve mil millones de habitantes y un agotamiento de recursos, conducen naturalmente a interrogarse por los procesos de decisión. ¿Dónde se asentará la soberanía en fenómenos que son globales como el cambio climático y la automatización de la economía? ¿Qué arquitectura institucional emergerá de la crisis? Como plantea Bratton: «si el soberano no es solo aquel que puede proclamar un estado de emergencia, sino también aquello que la emergencia produce a su propia imagen, ¿qué soberanos traerán las emergencias del cambio climático?».

En esta línea no existe aún una geopolítica, un mecanismo de gobierno que funcione para hacer frente a los desafíos que se imponen. Por el contrario, la actual arquitectura de la gobernanza institucional funciona como un obstáculo, y ello en parte explica el descrédito ciudadano hacia las instituciones democráticas.

Siguiendo con el autor, el cambio tecnológico debería provocar el cambio político más que a la inversa. Se trata de que la geoingeniería, la geotecnología, y la geopolítica estén sincronizadas y puedan asemejarse entre sí. Ello requiere una planificación que se sobreponga al individualismo conservador que domina la cultura, que sea una planificación democrática para una planetariedad viable distinta a la de las plataformas monopólicas (Google, Walmart, Amazon, Facebook, etc.) y que también aborde las consecuencias de la automatización algorítmica. Esto implica dejar atrás el «modelo avatar de la representación política», entendido como 

una cadena de suministro simbólica para la articulación de intereses transitorios y el cumplimiento de deseos: primero, designa un mal que perjudica a la gente, y luego imagina lo contrario de lo malo para convertirlo en lo bueno y que todo el mundo se identifique con ello. A continuación, encuentra avatares humanos que lo personifiquen (…) mientras tanto, la bioquímica planetaria permanece impasible.

Este modelo funciona como un guion ordenador del sistema político que está agotado porque no resuelve los problemas. Basta analizar su expresión en las denominadas «grietas», polarizaciones políticas que viabilizan una dimensión identitaria emocional. Este modelo puede producir gratificaciones instantáneas encontrando culpables, pero inmediatamente después tiene como efecto un aumento de la frustración y su potencial canalización en salidas autoritarias. Necesitamos un giro copernicano. Como observa Bratton,

el ser humano individual no debería ser el centro de la geotécnica ni de la geoeconomía más de lo que ya es el centro del mundo. Los mecanismos de gobernanza algorítmica en sí deben ser menos antropocéntricos, mucho menos movilizados en torno a los deseos y anhelos individuales, y mucho menos obsesionados con la microgestión de la cultura humana. En cambio, deben tomar como propósito de su proyecto la transformación material de la bioquímica planetaria, los ecosistemas regionales incluidas las ciudades, la heterogeneidad ecológica viable (tanto dada como artificial) y demás.

Construir un futuro que ilusione

La descripción crítica de las tendencias a futuro no puede agotarse en un aferrarse al presente, porque las cosas podrían ponerse peores. Pero, más allá de esta caracterización, debemos evitar caer en el fatalismo catastrofista y conservador, que es a lo que lleva el aparato cultural de propaganda del individualismo y el libre mercado. Si la imaginación está capturada y predeterminada por el sistema, entonces es necesario salir de ese lugar y construir otros futuros que ilusionen. Al respecto, Bauman se pregunta:

si la libertad ya ha sido conquistada, ¿cómo es posible que la capacidad humana de imaginar un mundo mejor y hacer algo para mejorarlo no haya formado parte de esa victoria? ¿Y qué clase de libertad hemos conquistado si tan solo sirve para desalentar la imaginación y para tolerar la impotencia de las personas libres en cuanto a temas que atañen a todas ellas?

Como plantean los aceleracionistas de izquierda, la democracia debería definirse por sus fines (el autodominio colectivo) y no por sus medios formales. También debería reconstruirse el poder de clase, integrando en un sujeto político a las diversas identidades fragmentadas del precariado posfordista. Si las ideas del neoliberalismo fueron diagramadas a partir de 1947 —con la fundación de la Sociedad Mont Pelerin por parte de Friedrich Hayek y Milton Friedman— en contra el socialismo y a favor del libre mercado, habría también que construir una infraestructura intelectual de carácter global que reproduzca ese tipo de experiencia cristalizando nuevos modos de organización política y económica.

Por último, es necesario agregar que estos desafíos que mencionan los aceleracionistas se enfrentan con un problema derivado de los encierros de la experiencia pandémica, que han profundizado un tipo de vínculo identitario con la política. Y, sin dudas, las redes sociales potencian esta circunstancia, puesto que allí se exacerba el mostrar y comunicar todo el tiempo lo que es el individuo enunciando principios morales. Las redes separan a la gente para hablarle solo al espejo que son los iguales.

El desafío reside entonces en lograr una política que parta de lo común. Una política que sea duradera, que se desprenda de las polémicas efímeras que alimentan los egos en las redes y que intervenga en la realidad.

Referencias bibliográficas

Bauman, Zygmunt (2001) En busca de la política, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Bratton, Benjamin (2021) La Terraformación: Programa para el diseño de una planetariedad viable, Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Caja Negra.

Fisher, Mark (2016) Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? Buenos Aires: Caja Negra.

Galliano Alejandro (2022) «El planeta se quema, el país se estanca y esta democracia ya no sirve» en El DiarioAr, 23 de abril de 2022. Disponible en https://www.eldiarioar.com/cultura/planeta-quema-pais-estanca-democracia-no-sirve_129_8936055.html 

Entrevista a Francisco Martorell Campos (2021) «¿Por qué el capitalismo no les teme a las distopías?» en Revista Nueva Sociedad, diciembre de 2021. Disponible en https://nuso.org/articulo/distopias-capitalismo-izquierdas-neoliberalismo-libro/ 

Srnicek Nick y Willians Alex (2013) Manifiesto por una Política Aceleracionista. Disponible en https://syntheticedifice.files.wordpress.com/2013/08/manifiesto-aceleracionista1.pdf 

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El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg (d), el presidente de Estados Unidos, Joe Biden (c), y el primer ministro de Reino Unido, Boris Johnson (i), durante la primera jornada de la cumbre de la OTAN que se celebra este miércoles en el recinto de Ifema, en Madrid. — Lavandeira Jr / EFE

Los 30 aliados aprueban en la cumbre de Madrid el concepto estratégico. Su predecesor establecía hace 12 años que una agresión a territorio aliado era poco probable. Un escenario que ha cambiado por completo con la guerra en Ucrania.

 

"Nos hemos reunido en mitad de la crisis de seguridad más seria desde la Segunda Guerra Mundial". Este ha sido el pistoletazo de salida de una cumbre de la OTAN que ha rubricado el concepto estratégico, una especie de brújula geoestratégica que desglosa las amenazas, prioridades y retos de la seguridad del área euroatlántica de cara a la próxima década.

La OTAN selló su hoja de ruta previa en 2010 en Lisboa. Era un mundo marcado por la crisis financiera global y que vivía a cuatro años luz de la anexión rusa de Crimea. Punto canalizador que marcó el inicio del fin en la relación de Occidente con Rusia. "La región euroatlántica está en paz y la amenaza de un ataques convencional en territorio aliado es bajo", señalaba la declaración.

"La región euroatlántica no está en paz. La Federación rusa ha violado las reglas que contribuían a un orden de seguridad europeos predecible. No podemos descartar la posibilidad de un ataque contra la soberanía y a la integridad territorial de la Alianza", recoge la cocinada en la capital española.

De Lisboa 2010 a Madrid 2022 han pasado las primaveras árabes, una crisis de refugiados, el aumento imparable de China, una ola de atentados yihadistas en Europa, el avance de fuerzas populistas y de ultraderecha y el regreso de la guerra a suelo europeo. El miedo y la sensación permanente de amenaza e inestabilidad están haciendo mella en las sociedades occidentales. Y todo ello ha tenido un efecto inmediato en cómo Europa y Estados Unidos miran a la arquitectura de seguridad del Viejo Continente.

En el texto de 16 páginas rubricado este miércoles por los 30 aliados, la OTAN define a Rusia como una amenaza; a China como un desafío por primera vez en su historia; e incluye la crisis climática y los flujos migratorios como nuevos retos de cara al futuro. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, en Bruselas –sede de los cuarteles generales y de las instituciones europeas- se ha sucedido sin cesar el mensaje de que el mundo es progresivamente "peligroso", "volátil" y "competitivo". Y todo ello se ha materializado en el concepto estratégico que ha visto hoy la luz.

El cambio de tono, la dureza del lenguaje y el aumento de la militarización se aprecia a través de la lupa de los dos documentos sucesivos. La mirada de la OTAN al resto del mundo ha sufrido en apenas 12 años un cambio tectónico. En Lisboa, los por entonces 28 países integrantes del mayor foro militar del mundo pusieron el foco en "prevenir crisis, gestionar conflictos y estabilizar" lugares inestables en cooperación con la ONU y con la UE. Bajo el nombre de compromiso activo, defensa moderna, abanderaba el objetivo de conseguir un mundo libre de armas nucleares, aunque dejaba claro que sus miembros no renunciarían a este arsenal.

La radiografía que devuelve el documento actual poco tiene que ver. El mundo está "en disputa y es impredecible"; "Rusia ha acabado con la paz"; "la amenaza del terrorismo es persistente"; "el avance del autoritarismo pone en riesgo nuestros intereses y valores" son algunas de las referencias que ponen de relieve el aumento del tono belicista y de confrontación que impera en el mundo de 2022.

El Concepto estratégico en cuatro compases

La Alianza Atlántica nace en 1949 bajo el paraguas del Tratado de Washington bajo las cenizas de la Segunda Guerra Mundial y con el objetivo de hacer frente al músculo militar soviético. Siete décadas después, mira a Rusia, China, la crisis climática o la migración irregular como los principales retos para su estabilidad.

Rusia. No fue hasta 1991 hasta cuando aprobó su primer Concepto Estratégico que buscaba dar razón de ser a su existencia en el tablero de ajedrez internacional post-Guerra Fría. 73 años después, la contención a Rusia ha revitalizado una OTAN que se encontraba en "muerte cerebral" y "obsoleta". En definitiva, que no encontraba su lugar en el mundo.

La guerra de Ucrania le ha dado esa razón de ser. En 12 años, Moscú ha pasado de ser un socio estratégico con el que colaborar para asentar la "paz, estabilidad y seguridad" a ser catalogado como la "mayor amenaza". El fondo y las formas sobre cómo la OTAN proyecta la relación presente y futura ha sufrido un cambio de 180º con la agresión a Ucrania. Hace una década el gran foco de atención pasaba por una desescalada nuclear en el territorio europeo, hoy nadie se atreve a descartar un ataque de este alcance.

China. También por primera vez, la OTAN constata por escrito que ve a China como un desafío para sus "valores, seguridad e intereses". Unas referencias que tienen el sello de Estados Unidos, quien suma años instigando a sus aliados para que adopten una postura más firme con el gigante asiático. Pekín se cuela así en la órbita de una OTAN que afea sus "ambiciones y políticas coercitivas" y su "falta de transparencia en el torno a su desarrollo militar". En el marco de la guerra en Ucrania, los de Xi Jinping han mantenido una postura muy ambigua que los europeos no le han perdonado. "Nos acordaremos de todo aquel que no esté junto a nosotros en este momento de la historia", ha advertido Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, en numerosas ocasiones.

Crisis climática. La lucha contra el calentamiento global es la patata caliente de nuestros tiempos. El Green Deal estaba llamado a ser el buque insignia de la actual legislatura europea, pero la batalla verde en los pasillos de Bruselas se ha visto empañada por la pandemia o la guerra en Rusia, que han monopolizado buena parte de las energías y fuerzas europeas. Ahora es la OTAN la que busca surfear las consecuencias de este temporal desde el punto de vista militar. Otro "primera vez". La crisis climática amenaza con alterar las misiones o cadenas de suministro de una Alianza en creciente poderío militar. Y Jens Stoltenberg, su secretario general, llama ya a los aliados a proporcionar equipamiento y entrenamiento a las tropas ante situaciones de temperaturas extremas.

Migración. España ha sido uno de los países que más ha peleado por incluir en el texto una alusión a los "flujos migratorios irregulares" como otro de los desafíos de la próxima década. Los líderes autoritarios de Bielorrusia, Marruecos o Turquía han utilizado a refugiados y personas migrantes como armas de presión y chantaje a la UE. España está especialmente preocupada por esta cuestión. A sus puertas cuenta con una olla en ebullición: regiones como el Sahel son cada vez más inestables, la tensión Argelia-Marruecos no tiene visos de amainar y la crisis alimentaria que está provocando la falta de salida de grano desde Ucrania anticipan un gran éxodo que tendría como destino inicial el sur de Europa.

Por María G. Zornoza@MariaGZornoza

29/06/2022 21:29

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La universidad necesaria para América Latina

¿La enseñanza superior impartida hasta ahora ha generado resultados satisfactorios para el planeta y la humanidad? No, simplemente. De otra manera la Unesco no habría convocado en mayo pasado a la Conferencia Mundial de Educación Superior con una temática indudable sobre sus propósitos: "Reformular los ideales y prácticas de la educación superior" para asegurar el desarrollo sostenible del mundo y la humanidad.

Esa reformulación se enmarca en los objetivos de la Agenda para el Desarrollo Sostenible 2030 de la ONU; concretamente: "Poner fin a la pobreza y el hambre en todas sus formas, así como velar para que todos los seres humanos puedan explotar su potencial con dignidad e igualdad en un medio ambiente saludable." Los Objetivos del Milenio planteaban hace dos décadas algo semejante. Nadie se atrevería a afirmar que se hayan cumplido en sus mínimos. Más bien se puede decir que han fracasado.

Si las agendas de la ONU y sus organismos especializados tuvieran cierto margen de concreción no seríamos testigos del mundo en que vivimos. Pobreza –al grado de causar hambrunas en algunas regiones–, violencia, emigración, racismo, discriminación social y, junto a ello, destrucción de recursos naturales (aguas, oxígeno, suelos, flora y fauna). Las consecuencias de esto último se comenzaron a sentir hace ya medio siglo: alteración en los ecosistemas naturales, extinción de especies, calentamiento ambiental. Y frente a unas y otras realidades, la incapacidad de los gobiernos para evitar profundas lesiones a la humanidad y a su hábitat.

En el último decenio del siglo XX, el balance sobre la educación que hacía la ONU, después de cuatro décadas de la Declaración Universal de Derechos Humanos, era francamente sombrío. Entre la población sin acceso a la escuela, analfabetos y ayunos de lectura y acceso a las tecnologías de la información, más de un tercio de la humanidad se hallaba al margen de los beneficios de una educación útil para la sobrevivencia digna y la capacidad de participar en cualquier cambio.

Pronto aparecieron las iniciativas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que convirtieron a las instituciones de educación superior en maquiladoras cognitivas al servicio del mercado global. Las universidades fueron su blanco preferido. Un blanco al que habían preparado ciertos gobiernos, como el de Pinochet en Chile.

En la sostenibilidad ve la Unesco el gran recurso, si no es que la panacea, para evitar el deterioro creciente del planeta y de la humanidad que lo habita. Y llama a que la educación superior sea la que aporte las condiciones adecuadas para conseguir ese objetivo.

En su expresión más avanzada y consciente del suelo que pisan, los movimientos universitarios en el subcontinente americano –por lo general contrainstitucionales–, desde la reforma de Córdoba de 1918 han producido cambios cualitativos en la enseñanza superior y en el tejido político y social.

El espíritu de esa reforma –un espíritu imaginativo y democrático– se vino manifestando con gran vigor en varios países de América Latina durante las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado. Con frecuencia increíble, la respuesta de los gobiernos a las demandas universitarias era balazos y bombazos. Como editor de la revista Universidades, el órgano de difusión de la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (Udual), me tocó conocer a numerosos y distinguidos universitarios que encontraban asilo en México debido a la violencia y la persecución de que eran objeto en sus naciones. Algunos de ellos nutrieron mi programa La universidad latinoamericana, que era difundido por Radio UNAM. Ambas instituciones, la Udual y Radio UNAM continúan siendo baluartes de lo mejor que ha producido el espíritu universitario de Córdoba.

Al contenido de la convocatoria de la Unesco, la propia Udual propuso un punto de vista específico sobre sus ejes temáticos. Esa especificidad geohumana se refería al ámbito de América Latina y el Caribe. Y en ella había una valoración insoslayable que no estaba en el documento oficial de la Conferencia. El énfasis de la Conferencia estuvo puesto en el covid-19 y sus efectos en la educación superior. “La educación superior en el mundo entero –dice el documento de la Udual– se ha visto afectada profundamente por la pandemia que, conviene recordar, surgió en un momento en el que enfrentábamos otra crisis sistémica derivada de un modelo civilizatorio excluyente y depredador, que afectaba de distintas maneras a nuestras universidades”.

Tal modelo excluyente y depredador, al que los numerosos eventos de la ONU suelen no aludir y menos llamar por su nombre es el que las universidades de América Latina y el Caribe deben cuestionar, so pena de ser cómplices de sus efectos contrarios a la vida y la naturaleza. No hay recetas para ello, pero con alentar el debate, la duda ("No nos enseñan a dudar", se quejaba Ortega y Gasset), el análisis de los problemas reales, la solidaridad con las causas que buscan su solución y la elaboración de propuestas que sirvan a ello se logrará que la educación por competencias –cara a la OCDE– modifique su carácter conductista por uno de crítica y discusión abierta al examen y al cambio.

Las universidades de América Latina y el Caribe no pueden atenerse a las decisiones de los organismos polinacionales que dominan a Occidente. Los suyos son problemas que esos organismos no han podido resolver a lo largo de tres cuartos de siglo.

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Ecuador: el Congreso rechazó la destitución de Guillermo Lasso luego de 18 horas de debate

Con 11 abstenciones, 42 votos en contra y 84 a favor, la votación quedó muy cerca de los 92 votos requeridos para que la moción fuera aprobada. Más temprano, el gobierno había suspendido el diálogo con los movimientos indígenas por la muerte de un militar durante las protestas.

Luego de tres sesiones y 18 horas de debate, la Asamblea Nacional de Ecuador rechazó el pedido de destitución del presidente Guillermo Lasso, promovido por un grupo de asambleístas afines al expresidente Rafael Correa. La moción fue votada por una importante mayoría de los congresistas--81 votos a favor, 42 en contra-- y estuvo a apenas ocho votos de ser aprobad. Había sido presentada bajo la causal contemplada en la Constitución ecuatoriana de "grave crisis política y conmoción interna", en el marco de las protestas indígenas contra el gobierno por el aumento del costo de vida y los combustibles. Lasso había sido noticia más temprano al rechazar cualquier posibilidad de diálogo con el presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas (Conaie), Leonidas Iza, al responsabilizar al movimiento que lidera de estar detrás del ataque en la provincia de norteña de Sucumbíos a un convoy que custodiaba camiones cisterna en el que murió un militar.

Molesto por la acusación, Iza le respondió a Lasso que "está muy alejado de la realidad", aunque reconoció que ambas partes "necesitan bajar de tono". Un segundo día de conversaciones entre la Conaie y una delegación del Ejecutivo liderada por el ministro de Gobierno, Francisco Jiménez, fracasó este martes ante la ausencia de la representación oficial. Entre los diez puntos de la agenda propuesta por el movimiento indígena se destaca la reducción de los precios de los combustibles, ya que la dispuesta por el gobierno fue valorada como insuficiente.

La votación en la Asamblea

La del martes fue la tercera sesión del pleno de la Asamblea de Ecuador para debatir la continuidad del derechista Guillermo Lasso, quien asumió la presidencia hace poco más de un año luego de superar en segunda vuelta al candidato correísta, Andrés Arauz. Para destituir al jefe de Estado y convocar inmediatamente a elecciones se requería el voto favorable de dos tercios de la Cámara.

Las principales fuerzas políticas a favor de la salida de Lasso eran las bancadas de Unión por la Esperanza (Unes), cercanas al expresidente Rafael Correa; y un sector del movimiento indigenista Pachakutik, brazo político de la Conaie. 109 asambleístas intervinieron a lo largo de las sesiones aunque varios de los argumentos, e incluso los videos que algunos legisladores utilizaron para realizar sus exposiciones, parecían calcados.

En uno de los últimos discursos previos a la votación, el presidente de la Asamblea Nacional, Virgilio Saquicela, le pidió a Lasso que reconsidere su postura y vuelva a la mesa de diálogo. "Estamos a un pequeño paso de resolver el conflicto social que vive el país", aseguró el jefe del Legislativo al recordar la serie de avances que se produjeron durante la jornada del lunes, en la que participaron representantes de todos los poderes del Estado.

En su cadena nacional previa al debate y posterior votación en la Asamblea, Lasso había acusado al correísmo de intentar "asaltar la democracia" en Ecuador con la moción para destituirlo. El gobernante rechazó "las amenazas, chantajes, persecuciones e intimidaciones a quienes con su voto en la Asamblea Nacional están dispuestos a defender la institucionalidad y la paz".

Las palabras de Lasso fueron rápidamente respondidas por el expresidente Correa desde su cuenta de Twitter, donde le pidió al actual jefe de Estado que "ya no sea ridículo". "Por su engreimiento, cobardía e incapacidad tiene al borde de guerra civil. (...) Gradúese de demócrata, vamos a elecciones, y no siga llenándose las manos de sangre", señaló el expresidente ecuatoriano, actualmente asilado en Bélgica.

"No volveremos a sentarnos a dialogar"

En el fragmento más agresivo de su discurso al país, Lasso disparó: "El país ha sido testigo de todos los esfuerzos que hemos hecho para entablar un diálogo fructífero y sincero. Además hemos dado respuestas concretas a las demandas de nuestros hermanos indígenas, pero no volveremos a sentarnos a dialogar con Leonidas Iza, quien solo defiende sus intereses políticos y no los de sus bases". El mandatario de derecha agregó que solo "cuando se cuente con legítimos representantes" de todos los pueblos y nacionalidades del Ecuador se sumará a la mesa de diálogo.

Horas antes de la difusión de este mensaje por cadena nacional, el gobierno había informado que un militar falleció y 12 resultaron heridos por el ataque a un convoy que custodiaba camiones cisterna en una ruta de la Amazonía del país. "Fueron cobardemente atacados con armas de fuego y lanzas", apuntó Lasso al recordar también que, en la sureña provincia andina de Azuay, fue impedido el paso de un camión que transportaba oxígeno para enfermos hospitalizados.

"Lasso rompe con el pueblo"

Luego del mensaje de Lasso, miles de indígenas volvieron a manifestarse en Quito. A su paso los comercios, que habían abierto luego de un lunes calmo, volvían a cerrar sus puertas. "Lasso no rompe con Leonidas, rompe con el pueblo", dijo la Conaie en su cuenta de Twitter. La confederación indígena aseguró que la ruptura del diálogo confirma el "autoritarismo, falta de voluntad e incapacidad" del gobierno para resolver los problemas del país. 

El gobierno se ausentó de la mesa de diálogo con los indígenas que tiene lugar en la Basílica del Voto Nacional de Quito desde el lunes. "Fue un ataque brutal. Pero, ¿cómo podemos saber que si realmente salió o no salió de los manifestantes?, se preguntó Iza en la mañana durante la frustrada reunión. En ese sentido, pidió formar una comisión independiente para que investigue los hechos.

El presidente de la Conaie dejó en claro que el movimiento indígena y los otros colectivos sociales que llevan adelante las protestas jamás han querido "desestabilizar" al gobierno, como afirmó más temprano Lasso. Iza también rechazó la afirmación de que el movimiento indígena haya "sitiado" Quito. "Lo que ha sitiado a los ecuatorianos es la pobreza, la delincuencia, el narcotráfico. De tanta pobreza nuestras comunidades no tenemos más que luchar", advirtió el líder indígena, al tiempo que dijo que el diálogo "no es una imposición de un lado ni del otro".

La ONU en alerta por los niños

Al margen del ataque del martes a un convoy, las protestas dejan hasta el momento cinco manifestantes muertos, más de 500 heridos entre uniformados y civiles, y unos 150 detenidos, según diversas fuentes. El Comité de Derechos del Niño de la ONU exhortó a las autoridades de Ecuador a cesar la violencia contra niños y adolescentes de parte de las fuerzas de seguridad en medio de las movilizaciones contra el gobierno. La entidad internacional también instó a una investigación de los incidentes de uso excesivo de la fuerza por parte de la policía contra los niños.

El comité de la ONU además denunció que muchos niños en Quito se encuentran sin protección alguna ni contacto con sus parientes adultos como consecuencia de las acciones represivas del Estado, y realizó un llamado a todas las partes a que "escuchen, cuiden y protejan a todos los niños, niñas y adolescentes durante las manifestaciones".

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Manifestantes rodean el edificio de la Asamblea mientras esperan el juicio político a Lasso. . Imagen: EFE

Quito. El presidente de Ecuador, Guillermo Lasso, derogó ayer el estado de excepción en las seis provincias donde se han registrado protestas indígenas contra su gobierno desde hace ya 13 días, horas después de que funcionarios de su gobierno hablaron en un primer acercamiento con el líder indígena Leonidas Iza, en momentos en que la Asamblea Nacional avanzó en una sesión maratónica en la que se debate la posible destitución del mandatario.

Mediante el decreto ejecutivo 461, firmado por Lasso y difundido por la Secretaría de Comunicación de la Presidencia, se dispuso la terminación del estado de excepción que ordenó días después del inicio de las protestas ante la "grave conmoción interna" en las provincias de Chimborazo, Tungurahua, Cotopaxi, Pichincha, Pastaza e Imbabura, donde se han acentuado las movilizaciones de los grupos indígenas.

"El gobierno nacional ratifica la disposición de garantizar la generación de espacios de paz, en los cuales los ecuatorianos puedan retomar paulatinamente sus actividades", se informó en un comunicado.

La Asamblea Nacional inició una sesión extraordinaria para tratar, a pedido de la bancada de Unión por la Esperanza (Unes), afín al ex presidente Rafael Correa (2007-2017), la destitución de Lasso, quien antier denunció un intento de golpe de Estado en su contra supuestamente impulsado por Iza, líder de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador (Conaie).

Antes de abrir el debate virtual entre los legisladores, el presidente del Legislativo, Virgilio Saquicela, informó al pleno sobre la eventual conformación de una comisión que viabilice el diálogo entre el gobierno y la mayor organización indígena del país y ponga fin a un paro nacional que cumple su decimotercer día.

La reunión se llevó a cabo en la iglesia Basílica del Voto Nacional, ubicada en el casco colonial de Quito, a la que acudió Iza acompañado por otros dirigentes indígenas, así como el ministro de Gobierno, Francisco Jiménez; el canciller, Juan Carlos Holguín, y otros funcionarios del régimen, informó Saquicela en declaraciones a la prensa.

“No ha habido compromiso alguno, sino simplemente la decisión de la Conaie… de consultar a sus bases la designación de una comisión para el inicio de este diálogo”, aseguró Saquicela, y ratificó que "de parte del gobierno ha habido la apertura correspondiente".

El titular del Legislativo indicó que se trata de "un avance", pues "hemos pedido que se bajen las tensiones, que se bajen los enfrentamientos mientras se da este diálogo y se encuentra una solución".

Amanda Yépez, del colectivo Geografía Crítica, alertó que hay "agresiones graves del Estado" contra los manifestantes, registradas el pasado día 14, mientras Viviana Idrovo, de la Alianza por los Derechos Humanos, informó que "existen 68 incidentes de violación de derechos humanos: 123 detenciones, 166 personas heridas y cinco fallecidas, en el contexto de la represión".

El mandatario no compareció

Lasso fue convocado para presentar su defensa, pero no asistió. En su lugar acudió Fabián Pozo, secretario jurídico de la presidencia, quien leyó una carta a nombre del mandatario en la que afirmó: "no hay pruebas del incumplimiento del programa ofrecido en campaña y su nexo con la crisis política y conmoción interna", como acusó la Unes.

Sin embargo, reconoció "que el país actualmente enfrenta problemas que deben ser solventados".

Al iniciarse el debate entre legisladores, Patricia Núñez, de la Unes, firmó la carta para iniciar el proceso de "muerte cruzada", mecanismo en el que se destituye a la presidencia y se disuelve la Asamblea Nacional. Al recordar a las víctimas del paro nacional, aseguró que hay un uso excesivo de la fuerza en las protestas.

Marlon Cadena, jefe de la bancada de Izquierda Democrática, rechazó el vandalismo y la represión que han marcado el paro, negó compromisos con el gobierno, pero enfatizó que no respaldarán la destitución del presidente.

Por parte del Partido Social Cristiano, el congresista Esteban Torres se congratuló del diálogo iniciado entre el gobierno y la Conaie e indicó que su partido no votará la destitución del mandatario porque eso no resuelve los problemas estructurales del país.

Hasta el cierre de esta edición sólo habían intervenido 15 asambleístas de 135.

Luego del debate, la Asamblea Nacional tiene 72 horas para votar la continuidad del mandatario, para lo que requiere una mayoría de dos tercios, equivalente a 92 de los 137 legisladores.

De ser aprobada, asumiría el vicepresidente Alfredo Borrero el mando del gobierno, y el Consejo Nacional Electoral, en un plazo de siete días, convocaría a elecciones presidenciales y legislativas.

Corredores humanitarios

En la mañana, Iza indicó en la Universidad Central que abrirán vías como "corredores humanitarios" para permitir el ingreso de alimentos a Quito y reiteró que el paro continúa.

"No venimos a dejar regando la sangre de los hermanos aquí, venimos con una propuesta", agregó Iza en la concentración de manifestantes, a quienes señaló que sólo cuando haya sido contestada, concluirá el paro.

Entre los 10 puntos que reclama la organización constan la reducción de los precios de los combustibles y subsidios a campesinos.

El dirigente dijo que no llegaron a la capital a cometer "vandalismo" y pidió pacificar el país para no enfrentarse entre hermanos; sin embargo, calificó como un "ataque brutal de violencia" el operativo con el que fueron desalojados el viernes de la Casa de la Cultura donde celebraban una asamblea popular y a la cual dijo retornarían para efectuar una minga y limpiarla, al igual que en los lugares donde son acogidos.

En las inmediaciones del parque El Arbolito, la tarde de ayer manifestantes se expresaron en medio de danzas, bailes y silbidos. Un importante contingente militar y policial permanece en el lugar, sin que hasta el momento haya habido enfrentamientos.

En la mañana cientos de mujeres organizaron un ritual en el norte de la capital y luego marcharon contra el gobierno. Algunas indígenas iban con los ojos pintados con franjas rojas y portaban plantas medicinales.

"Toda la canasta básica está muy cara y nuestros productos del campo (...) no valen nada", declaró Miguel Taday, un productor de papa de la sureña Chimborazo, a unos 200 kilómetros de Quito.

La Conaie participó en revueltas sociales que derrocaron a los presidentes Abdalá Bucaram (1996-1997), Jamil Mahuad (1998-2000) y Lucio Gutiérrez (2003-2005). En 2019 encabezó más de una semana de protestas contra el mandato de Lenín Moreno (2017-2021), que dejaron 11 muertos.

Ecuador, cuya dolarizada economía empezaba a recuperarse de los efectos de la pandemia, pierde unos 50 millones de dólares diarios por las crisis política. El gobierno asegura que reducir los precios del combustible costaría al Estado más de mil millones de dólares al año en subsidios.

Las últimas dos noches Quito ha sido escenario de cruentos enfrentamientos entre la fuerza pública y los manifestantes con bombas molotov, cohetes pirotécnicos, gas lacrimógeno y granadas aturdidoras.

La rebelión indígena deja seis civiles muertos y un centenar de heridos en 13 días, según la Alianza de Organizaciones por los Derechos Humanos. Las autoridades registraron más de 180 lesionados entre militares y policías y prometieron reprimir más enérgicamente las manifestaciones.

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Un vehículo policial dispara gas lacrimógeno a los manifestantes durante una protesta contra el Gobierno de Ecuador en Quito. — Adriano Machado / Reuters

Guillermo Lasso asegura que esto es un golpe de Estado en el que se busca "el derrocamiento del Gobierno".

 

El presidente de la Asamblea Nacional (Parlamento) de Ecuador, Virgilio Saquicela, convocó para este sábado una sesión para debatir como único punto del día una petición de destitución del presidente del país, Guillermo Lasso, quien lo ha calificado de un intento de golpe de Estado contra él.

La convocatoria, confirmada por la Agencia Efe, fue realizada este viernes a petición de al menos un tercio de los asambleístas al alegar una grave conmoción interna debido a la ola de protestas contra el alto coste de la vida y las políticas económicas del Gobierno.

La activación del procedimiento de destitución presidencial ya había sido anticipada este viernes por un grupo de asambleístas afines al expresidente Rafael Correa y por un sector del movimiento indigenista y plurinacional Pachakutik, brazo político de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), principal promotora de las protestas.

La sesión del Legislativo ecuatoriano se desarrollará en la sede de la Asamblea, a escasa distancia de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y del aledaño parque de El Arbolito, que durante los dos últimos días ha sido escenario de un enfrentamiento casi constante entre manifestantes y fuerzas de seguridad.

La ley orgánica de la Asamblea obliga a que la sesión para debatir la destitución presidencial se convoque en menos de 24 horas desde la presentación de la solicitud, y a ella también está convocado el mismo presidente para exponer sus alegaciones.

El Parlamento tiene 72 horas para votar

Tras el debate, el Parlamento tiene 72 horas para votar la continuidad del mandatario, para lo que requiere una mayoría de dos tercios, equivalente a 92 de los 137 asambleístas.

En caso de conseguirlo, el vicepresidente asumiría la Presidencia y el Consejo Nacional Electoral (CNE), en un plazo de siete días tras publicada la resolución, y convocaría para una misma fecha elecciones legislativas y presidenciales anticipadas.

En un mensaje a la nación difundido en televisión y redes sociales, Lasso denunció este viernes un intento de golpe de Estado promovido por los líderes de las protestas e hizo una llamada "a la comunidad internacional para advertir de este intento de desestabilizar la democracia en el Ecuador".

El mandatario acusó al presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), Leonidas Iza, principal promotor de las movilizaciones, de buscar "el derrocamiento del Gobierno".

El gobernante agradeció el apoyo ya anticipado de grupos parlamentarios de la oposición como Izquierda Democrática, el Partido Social Cristiano y una parte de Pachakutik, lo que permitiría ganar la moción y mantener el poder.

Doce días de protestas

Las protestas comenzaron el 13 de junio convocadas principalmente por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), aunque luego también se adhirieron otras organizaciones de campesinos, así como sindicatos y federaciones de estudiantes.

Desde el movimiento indígena se exige el cumplimiento de un pliego de diez demandas, entre ellas que se reduzcan y congelen los precios de los combustibles, que se controlen los precios de los productos de primera necesidad, que no se privaticen empresas estatales y que no se amplíe la actividad petrolera y minera en la Amazonía.

Hasta el momento la movilización deja un saldo de cinco fallecidos y no menos de 200 heridos entre manifestantes y fuerzas de seguridad, así como más de 100 detenciones, según organizaciones de derechos humanos.

25/06/2022 09:48

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Ecuador: indígenas y gobierno miden fuerzas

Reportan desabasto tras 10 días de protestas y bloqueos // La Conaie, dispuesta al diálogo sin intermediarios

 

Quito. El gobierno de Ecuador se negó ayer a derogar el estado de excepción en seis de las 24 provincias del país y en la capital, como exige el movimiento indígena para negociar una salida a la crisis que cumple 10 días de protestas con saldo de dos muertos, decenas de heridos y detenidos, además de policías desaparecidos.

La ciudad de Puyo se encontraba sitiada ayer por los manifestantes, sin custodia policial y en crisis por la falta de alimentos, tras una violenta noche en que los manifestantes indígenas incendiaron un cuartel policial, saquearon negocios y atacaron bienes públicos y privados, luego de que un comunero fue abatido por fuerzas de seguridad.

Ríos de manifestantes aumentan la presión en las calles militarizadas de Quito. Los indígenas y el gobierno ecuatoriano miden fuerzas sin que se vislumbre una solución.

Ante la negativa oficial, el movimiento de protesta mantuvo la presión para exigir una reducción de precios de los combustibles, entre otras medidas.

Llegados de varios puntos, unos 10 mil indígenas están en Quito desde el lunes. A su paso van quemando neumáticos y armando barricadas con troncos. A su vez, los militares protegen la sede de la presidencia con vallas de alambre de púas. La ciudad está semiparalizada por la protesta.

El gobierno del presidente Guillermo Lasso tiene las "manos manchadas de sangre", denunció Leonidas Iza, líder de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador (Conaie), que llamó al paro nacional.

Entre lunes y martes murieron dos personas en las protestas, informó la Alianza de Organizaciones por los Derechos Humanos, que además registra 90 heridos y 87 detenidos desde el 13 de junio. Según la policía, hay 101 efectivos y soldados lesionados.

Iza reiteró su disposición al "diálogo" sin intermediarios, pero con la supervisión ciudadana que garantice "resultados".

Como punto de partida, la Conaie exige que se levante el estado de emergencia bajo el cual militares salieron de los cuarteles y se decretó un toque de queda nocturno en Quito.

El ministro de Gobierno, Francisco Jiménez, expresó: "no podemos levantar el estado de excepción porque eso es dejar indefensa a la capital, y ya sabemos lo que sucedió en octubre de 2019 y no lo vamos a permitir", advirtió en entrevista para el canal Teleamazonas.

Tras la negativa del gobierno a los puntos planteados por el dirigente Iza la noche del martes, la Conaie envió ayer por la tarde una carta a Lasso, y el ministro Jiménez tuiteó que revisaban el texto para "comenzar un proceso de diálogo efectivo", sin dar más detalles.

La fiscalía en Quito fue atacada por segundo día consecutivo. La Coanaie comentó al respecto: "dejamos claro que los autores de estos graves hechos no forman parte del movimiento indígena; nosotros, de hecho, seguimos llamando a evitar el vandalismo".

Al cabo de 10 días de protestas con bloqueos y movilizaciones, comienza el desabasto, mientras en las calles retumba el grito de los indígenas: "¡Fuera Lasso!"

El subsecretario estadunidense de Estado para el Hemisferio Occidente, Brian Nichols, llamó a "todas las partes a que se abstengan de la violencia", luego de que Washington aumentó el nivel de alerta para viajar a Quito.

Las embajadas de la Unión Europea, Alemania, Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Francia, España, Italia, España y Suiza, externaron su "preocupación por los disturbios, en especial porque afectan los derechos fundamentales de todos los ciudadanos", e invitaron a las partes al diálogo y "la concreción de acuerdos".

Al cierre de esta edición se informó que el presidente Lasso dio positivo a covid-19. "No presenta síntomas y cumplirá con los protocolos médicos correspondientes", informó la oficina de comunicación de su gobierno.

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