Choque energético global: "burbuja verde" de 150 millones de millones de dólares

En forma apocalíptica, la revista globalista neoliberal The Economist (https://econ.st/3ASnhcC), vinculada con los intereses de la Banca Rothschild, proclama "el primer gran choque energético de la era verde: existen graves (sic) problemas con la transición a la energía limpia" (sic).

Hasta la flemática reina Isabel II de Inglaterra comentó muy molesta que el mundo habla mucho, pero no implementa la "economía verde" que, como los fallidos Covax/Gavi (https://bit.ly/2YXqCtO), forma parte del proyecto del "gobierno mundial" de la monarquía neoliberal británica.

The Economist sintetiza lo archisabido sobre el alza antigravitatoria de 95 por ciento (sic) del precio de la canasta de petróleo, carbón y gas, mientras Gran Bretaña regresó a las centrales eléctricas de carbón (¡megasic!), por lo que The Economist juzga que "sin reformas rápidas (sic) habrá más crisis energéticas y, quizá, una revuelta (sic) popular contra las políticas climáticas".

Según The Economist, que naturalmente defiende los plutocráticos intereses de la bancocracia globalista, la grave crisis se debe a "tres problemas":

  1. "Las inversiones en energía son la mitad de lo que deberían ser para alcanzar el cero neto en 2050", por lo que los "combustibles fósiles, que satisfacen 83 por ciento de la demanda energética primaria", deberán ser reducidos "hacia cero". ¿Que harán de aquí a 30 años sin gas, que es el "estabilizador de apoyo" de las intermitentes energías renovables?
  1. La geopolítica no pierde su eterna guerra de propaganda contra el "autocráticopetro-Estado" Rusia, fuente de 41 por ciento de las importaciones de gas” y cuya "influencia crecerá conforme abra el gasoducto NordStream2 y desarrolle mercados en Asia". The Economist incita a las "pudientes (sic) democracias a abandonar la producción de combustibles fósiles".
  1. "El diseño defectuoso (sic) de los mercados energéticos", en un "nada confiable mercado spot" que, no lo dice, es el magno incitador de la especulación financierista de entrega inmediata.

Como antítesis a The Economist, vale la pena detenerse en los muy solventes axiomas geoenergéticos del zar Vlady Putin (https://bit.ly/3FRdgQL) cuando de nueva cuenta Prometeo ha sido encadenado (https://amzn.to/3aHDruD) por los globalistas financieristas y su especulativa "burbuja verde".

Daniel Paul Goldman, de Asia Times, alertó juiciosamente sobre una "burbuja verde" por 100 millones de millones de dólares (https://bit.ly/3DI2IRS), mientras Mark Carney, ex gobernador del Banco de Inglaterra, ahora desempolvado como "enviado especial" de la ONU para Finanzas y Acción Climática, en una bombástica entrevista con Libby Casey, del Washington Post (https://wapo.st/2XhcZVE), no ocultó que el sector financiero y los bancos privados (sic) tendrán la tarea de forzar al mundo a la economía verde del "carbón neutral", mediante la "tubería" (plumbing) del sistema financiero para alimentar la "burbuja verde" notoriamente especulativa, en detrimento de las inversiones de la economía productiva: "es el conductor fundamental de cada decisión para las inversiones o para la decisión de empréstitos", por lo que la COP26 requiere de "mucho dinero", será una "enorme inversión en todo el mundo de entre 100 y 150 millones de millones de dólares de finanzas externas en las próximas tres décadas".

Será por medio del financierismo, el verdadero poder de Global Britain desde La City, que erradicará los combustibles fósiles con la "metodología de inversiones" ESG: Ambiente/Social/Gobernanza. The Economist también proyecta el financiamiento de la "burbuja verde" entre 4 y 5 millones de millones de dólares al año, es decir, entre 120 y 150 millones de millones de dólares en 30 años, fecha final para el "carbón neutral" (https://bit.ly/3DHZDRU).

Cual su costumbre supremacista, la monarquía globalista neoliberal de Gran Bretaña da línea neomaltusiana, imponiendo su agenda globalista financierista con disfraz "verde", y resetea su unilateral "nuevo orden mundial" mediante su reingeniería sicobiologista para avanzar la agenda de "Global Britain" (https://bit.ly/2Z1UAgn).

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Asesinato del presidente de Haití: Washington en las sombras

En el Mar Caribe, en la zona central de las Antillas, se encuentra situada la isla de Haití. Considerado el país más pobre del continente americano, que comparte el tercio occidental del territorio insular con República Dominicana.

Un país presente en el análisis internacional, ya sea por temas de inestabilidad social, migratorios, catástrofes derivadas de fenómenos naturales, como también tragedias políticas, como fue el asesinato, en julio de este 2021 del hasta entonces presidente Jovenel Moïse. Haití fue el primer país de Latinoamérica en independizarse, a principios del siglo XIX (1804) a través de un singular proceso revolucionario, que combinó el abolicionismo de la esclavitud de la población negra y la independencia política del dominio francés. Una rebelión de esclavos dirigida por el político y militar François Dominique Toussaint L´Ouverture junto a líderes como Jean Jacques Dessalines quien proclamó, el año 1804, la independencia de esta zona occidental de la Isla La Española denominándola Haití (Tierra de Montañas) en homenaje a los habitantes originarios de la isla (1)

Esta tierra de montañas, surcada de dificultades medioambientales, en la actualidad con un 95% de deforestación, que facilita que fenómenos naturales como tormentas tropicales generen graves inundaciones, unido al incremento de suelos poco fértiles debido a la erosión. A pesar de ello, Haití sigue siendo un territorio de gran importancia geoestratégica. Esto, debido a su proximidad a Estados Unidos y el interés de éste, a su vez de controlar a Cuba, vecino marítimo inmediato de Haití y paso marítimo y aéreo intermedio a la República Bolivariana de Venezuela. Ambos países sometidos a una política de máxima presión por parte de Washington.

Un Estados Unidos con presencia de Organizaciones No Gubernamentales y Fundaciones como la del ex presidente Bill Clinton con fuerte influencia en la vida económica y política en Haití (2) que genera distorsiones políticas, económicas y sociales. Un marcado incremento de la corrupción, catalizando la crisis política y socioeconómica en la frágil república antillana. Donde es una realidad la falta de instituciones estatales, que den cuenta de la satisfacción de las necesidades de su población. Todo ello unido al agravamiento de la lucha entre los principales grupos criminales (3), comotambién el crecimiento de la emigración, comercio de armas y contrabando de drogas; que han encendido las luces de alarma del imperio y al mismo tiempo, ensombrecen cualquier información relativa al asesinato del presidente Moïse, por el fondo enmarañado que cubre todos estos fenómenos.

Jovenel Moïse fue ejecutado el 7 de julio del año 2021, en su propio domicilio, donde además resultó herida su esposa Martine. En un crimen cometido a manos de una veintena de mercenarios – militares colombianos contratados por la empresa Counter Terrorist Unit Federal Academy (CTU) radicada en Miami y dirigida por el venezolano antichavista, cercano al presidente colombiano Iván Duque, Antonio Emmanuel Intriago y dos haitianos de nacionalidad estadounidense. Mercenarios que recibieron entrenamiento militar en Estados Unidos, así confirmado por el propio Pentágono, en el marco de los programas de cooperación en seguridad con el Ejército colombiano (4). Incluso, algunos de los detenidos habrían trabajado para la DEA, la agencia antinarcóticos de Estados Unidos y el FBI, lo que hace poco probable que no se supiera en las altas esferas políticas norteamericanas el plan de magnicidio que se llevó a cabo.

Se ha señalado que el autor intelectual del asesinato sería el médico estadounidense de origen haitiano, Christian Emmanuel Sanon, radicado en Florida – tierra fértil de mercenarios, exiliados ultraderechistas y donde se han fraguado ataques permanentes contra países latinoamericanos – quien se habría contactado con el jefe de Seguridad del palacio presidencial en la capital haitiana, Dimitri Herard, quien presenta numeroso viajes a Bogotá, Panamá y Miami las semanas previas al asesinato de Moïse. Trascendió, según información entregada por la Agencia AP que Sanon habría sido abordado, en Florida, por personas que decían representar a los Departamentos de Estado y Justicia de Estados Unidos que querían ponerlo como presidente de Haití sin especificar que se quería matar a Moïse (5)

Por su parte Martine Moïse, la ex primera dama de Haití acusó a la oligarquía de su país de estar detrás del asesinato de su esposo (6) Una oligarquía férreamente unida a Estados Unidos y Francia y que se había opuesto a las tentativas de cambio dadas a conocer por Moïse a quien sindicaban como usurpador, pues no había cesado en su cargo el día 7 de febrero del 2021 como se supone estaba establecido. Los medios de comunicación proestadounidenses y los propios medios del país del norte americano evitan declaraciones públicas sobre versiones relativas al asesinato de J. Moïse, en parte por los propios vínculos que Moïse tenía con ese país. No hay discusiones significativas sobre este tema, lo que atestigua el interés de las elites políticas haitianas leales a Washington, por ocultar las verdaderas causas y posibles responsables del crimen, los que idearon, financiaron y llevaron a cabo este magnicidio.

Recordemos, que inmediatamente después del crimen, el gobierno de Joe Biden envió a sus representantes políticos y militares, incluso un grupo especial del FBI, para así brindar “asistencia consultiva” a las recién nombradas autoridades haitianas, presididas actualmente por el primer ministro en ejercicio, Ariel Henry, a fin de llevar a las fuerzas políticas controladas por Washington al liderazgo del país. El primer ministro de Haití, Ariel Henry (nombrado el día 5 de julio del 2021, dos días antes del asesinato de Moïse) tuvo un breve período de incertidumbre durante el cual el primer ministro interino, Claude Joseph, solicitó incluso la intervención de tropas norteamericanas – que se estudió seriamente según lo declaró la vocera de la Casa Blanca Jenn Psaki – pero, todo se diluyó con la presión internacional que inclinó la balanza por Henry, confirmándolo en su cargo el día 20 de julio, con la orden sotto voce, de constituir una base política fiel a Washington.

Un Henry, que el pasado 29 de septiembre destituyó a los nueve miembros del Consejo Electoral Provisional (CEP) tras acusarlos de «partidistas». Una decisión que posterga las elecciones planificadas para el día 7 de noviembre, que coincidiría con un llamado a un referéndum, que modifique la actual Constitución. Una decisión que viola el llamado “Acuerdo de Gobernanza Pacífica y Eficaz” firmado entre Henry y más de un centenar de organizaciones políticas haitianas, firmado un par de semanas antes de la destitución de los miembros del CEP y que convocaba a elecciones para mediados del año 2022.

Ariel Henry con estudios de medicina en Francia y Estados Unidos, está ligado a la Iglesia de los Santos de los últimos Días (mormones) incluso ha sido acusado de complicidad en el asesinato de Jovenel Moïse, que ha decidido adelantar las elecciones presidenciales y al mismo tiempo modificar la constitución, tal como lo quería un cuestionado Moïse. A este se le acusaba de buscar mecanismos políticos, para garantizar la impunidad de miembros de su gobierno acusados de corrupción y apoyar a multinacionales interesadas en la explotación de oro y plata en este país de 27.750 kilómetros cuadrados, dando un marco constitucional que diera a la presidencia la potestad, para decidir sobre concesiones mineras, garantizando esa explotación extranjera. La interrogante es si la nueva constitución planteada tendrá o no esos elementos favorables a multinacionales extranjeras.

La totalidad de los hechos disponibles, la historia de intervenciones, agresiones, generación de inestabilidad, apoyo a magnicidios y financiamiento a procesos golpistas en toda Latinoamérica en que Estados Unidos ha sido el actor principal, nos indica que Washington ha trabajado para elaborar un escenario de cambio favorable a sus intereses en Haití. Una realidad que ha consistido, fundamentalmente, en un fuerte socavamiento de la situación política interna previo al magnicidio de Jovenel Moïse – quien ya no servía a los intereses de Washington en virtud de situarse fuera del control y demasiado expuesto en sus vínculos con la corrupción , el despojo a las clases más desfavorecidas y su estrecho vínculos con las bandas armadas (7) – y que continua hoy bajo la exigencia de fijar elecciones que favorezcan a las agrupaciones pronorteamericanas y donde el cambio constitucional favorezca y consolide el dominio extranjero de las riquezas que aún posee Haití. Una campaña que ha significado, la destitución de funcionarios que significan un freno a las intenciones del actual primer ministro, la desorganización del sistema de gobierno impulsando el poder de las fuerzas pro-estadounidenses.

Washington, a través del trabajo de zapa desarrollado por la OEA y su secretario general, el uruguayo Luis Almagro se ha dedicado a estudiar la reacción de potencias críticas a la injerencia norteamericana en Haití, como también las organizaciones internacionales, con el fin de ir ajustando el plan de hegemonía, que le permita modificar aquellos puntos que frenen el objetivo de dominio total de Haití, sin generar críticas regionales ni mundiales. La idea es llevar adelante un plan de dominio, que sirva para implementar sus “revoluciones de colores” en otros países de Latinoamericana signados por el signo de intervención del imperialismo: Cuba, Nicaragua y Venezuela u otros que se salgan del derrotero determinado por la idea y acción de dominio de la potencia del norte. Haití parece haber sido el campo de experimentación que permita asesinar a otros mandatarios de nuestro continente. Y ahí, como siempre, en las sombras, agazapado, se encuentra la mano de Washington

Notas:

  1. Una independencia en lo formal, pues el propio Dessalines derivó en Emperador, eliminando a la población blanca que había quedado en la isla y dando comienzo a un enfrentamiento secular con la minoría mulata de la isla. Ejército, una elite mulata y la mayoría negra serían los ejes de enfrentamiento en un Haití, que pasaría por múltiples golpes de estado, intervención militar por parte de Estados Unidos (entre 1915 a 1934) el dominio extranjero monopólico de su comercio junto a la dictadura de los Duvalier entre 1961 a 1986. Generando una crónica pobreza en este país, que sólo comenzaría a tener gobiernos civiles a partir de 1991 cuando asume Jean Bertrand Aristide, quien es derrocado y por la presión internacional nuevamente vuelve a ejercer su cargo. Tras Aristide se suman Boniface Alexandre, René Preval, Michel Martelly, Jocelerme Privert y Jovenel Moïse, quien resulta asesinado en julio del año 2021.
  2. El Diario The Wall Street Journal en un interesante artículo titulado “La Fundación Clinton y los contratos en Haití” da a conocer que Bill Clinton y su Fundación fue nombrado copresidente de la Comisión Interina para la Reconstrucción de Haití. Y, en ese papel el Departamento de Estado norteamericano empezó a dirigir a los interesados en competir por los millonarios contratos en el país a la Fundación Clinton, en una postergada reconstrucción de Haití tras la tragedia humana y económica del terremoto del año 2010. https://www.wsj.com/articles/SB11689363469961823294104580506600474644786
  3. Existe una banda armada denominada G-9 an Fanmi e Alye – en creolé su significado es Grupo de los 9 en familia y alianza – que tiene su campo de acción en la capital haitiana con actividades de contrabando, venta de drogas, secuestros, y asesinatos.
  4. Según una investigación del gobierno de Haití y la comisión integrada por la Dirección Nacional de Inteligencia y la policía colombiana junto a Interpol, los acusados y detenidos por el magnicidio recibieron las órdenes de asesinar a Moïse tras una reunión tres días antes del crimen con el exfuncionario del Ministerio de Justicia haitiano Joseph Felix Badio. Se sindica también la participación del médico haitiano-estadounidense Christian Emmanuel Sanon, de 63 años y afincado en Florida y del senador opositor a Moïse, John Joel Joseph quien habría facilitado las armas y el facilitar la complicidad de los agentes de seguridad que protegían al asesinado presidente. https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-57858636
  5. https://www.larazon.es/internacional/20210713/hmnuqizckzbx5ngyqhw4mq5q7u.html
  6. https://www.france24.com/es/am%C3%A9rica-latina/20210710-haiti-moise-asesinato-eeuu-tropas
  7. En un interesante trabajo titulado “Haití: el asesinato de Moïse y la política de río revuelto señala que “En el plano internacional, y en particular desde el año 2019, Moïse estrecharía su vínculo con los Estados Unidos y la administración Trump, convirtiéndose en un lobista de los intereses norteamericanos en los organismos regionales como la OEA, reconociendo al autoproclamado Juan Guaidó como presidente “encargado” de Venezuela, abandonando la plataforma energética Petrocaribe, torpedeando espacios de Integración regional como la CARICOM y manifestando apoyo y simpatía por diversos regímenes neoliberales y paramilitares del continente. Esto le daría una suerte de carta de inmunidad, y le garantizaría su blindaje internacional” Cosa que finalmente le fue negado y con ello se dio paso a la autorización tácita de su ejecución. https://www.cadtm.org/Haiti-el-asesinato-de-Moise-y-la-politica-de-rio-revuelto

15/10/2021

Artículo de SegundoPaso ConoSur

Publicado enInternacional
Los horizontes autonomistas del movimiento mapuche

La elección de Elisa Loncon como presidenta de la Convención Constitucional chilena es el emergente de un largo proceso de organización y lucha de la población mapuche, que mediante diferentes estrategias, más gradualistas o más radicales, fue posicionando la cuestión de la autonomía y, más recientemente, del Estado plurinacional. Esta dinámica política constituyó una suerte de «otra transición» dentro de la Transición posdictadura.

 

Las nuevas problemáticas identitarias

Un momento marcó un punto de inflexión en la trayectoria del movimiento mapuche: alrededor de las 15:20 horas del 4 de julio de 2021. Concluida la segunda ronda electoral para escoger la mesa directiva de la Convención Constitucional, la mayoría del cónclave votó a favor de Elisa Loncon para conducir, en una primera etapa, la redacción de una nueva Carta Magna para Chile. Loncon proviene de una familia vinculada a los movimientos que impulsaron las «recuperaciones de tierras» durante la Reforma Agraria en las décadas de 1960 y 1970, aunque su historia se vincula al ñidolongko Loncomil, quien resistió a las fuerzas militares de Ejército de Chile en la ribera del río Malleco junto con Kilapan, hijo de Mañilwenü, en 1860. Este episodio histórico fue denominado por la historiografía «Ocupación de la Araucanía»1

En su discurso del 4 de julio, Loncon propuso una ruta como horizonte para conformar un nuevo tipo de república que incluya la interculturalidad. La presidenta de la Convención señaló: «mandarles un saludo a los niños que nos están escuchando: se funda un nuevo Chile, plural, plurilingüe, con todas las culturas, con todos los pueblos, con las mujeres, con los territorios. Ese es nuestro sueño para escribir una nueva Constitución»2.

En paralelo, desde principios de 2021, el movimiento mapuche partidario de la autodeterminación, encabezado por la Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco-Malleco (cam), Resistencia Mapuche Lafkenche (rml), Resistencia Mapuche Malleco (rmm) y Weichán Auka Mapu [Lucha del Territorio Rebelde], impulsó una oleada de «recuperaciones de tierras», que incluyó el uso de la violencia política contra maquinarias y camiones forestales, y también el incendio de casas de agricultores y cabañas de turismo. Bajo los marcos ideológicos desarrollados por la cam, que promueve el «control territorial como ejercicio de la liberación nacional», el movimiento favorable a la autodeterminación hizo uso de la violencia en el marco de lo que consideran sabotajes al capitalismo. 

Los movimientos gradualistas y rupturistas han contribuido a la acumulación de fuerzas para la «liberación nacional» del pueblo mapuche. Este último concepto, incorporado en la década de 1990 por la organización Aukiñ Wallmapu Ngulam [Consejo de Todas las Tierras] –aunque debatido en la década anterior entre los jóvenes de la organización Ad Mapu–, creció dentro del movimiento, aunque solo se tornó hegemónica con la creación en 1998 de la cam. La cam fue un catalizador de nuevas ideas que en el plano teórico fueron debatidas por el partido mapuche Wallmapuwen y su equipo de intelectuales en la primera década del nuevo milenio3

Desde nuestro punto de vista, fue como consecuencia de la acción colectiva de la cam, más específicamente de sus estrategias de «recuperaciones de tierras» y edificación del «control territorial como ejercicio de la liberación nacional», que incluye formas de acción directa como la quema de camiones y de maquinaria forestal –«símbolos del capitalismo forestal»–, que el concepto de «liberación nacional» se fue volviendo hegemónico en la discusión en el seno del pueblo mapuche. Sin embargo, en los últimos dos años, algunos hechos de violencia sobre civiles y detenciones de miembros del pueblo mapuche derivaron en hechos delictivos, que fueron criticados por los miembros del propio sector rupturista del movimiento. 

Al movimiento mapuche se unió una corriente autonomista «desde abajo», que transitó de las «recuperaciones de tierras» a las del territorio como ejercicio de poder4. Coincidió con la hegemonía del modelo neoliberal en América Latina, propiciado por dictaduras militares y gobiernos democráticos entre las décadas de 1980 y 1990. El historiador, antropólogo y sociólogo José Bengoa ha llamado este proceso «emergencia indígena en América Latina», debido a la irrupción de las identidades de los pueblos originarios, lo que favoreció la expansión de un movimiento «panindigenista» basado en una «reinvención» de la cuestión indígena que combina urbanidad y ruralidad5.

La gran revuelta indígena en América Latina transformó la situación política de los pueblos originarios y ha insertado la disputa por la historia como fundamento de sus horizontes políticos. Se trata de una suerte de «invención de la tradición» como la que han desarrollado todos los movimientos que se plantean en el marco de la reconstrucción de una nación. En el caso de la cam, lo vemos en la revalorización del weichafe [guerrero] como elemento protagónico en el movimiento rupturista, así como en la del papel de las autoridades tradicionales6

Estas últimas hacen alusión a los conductores y conductoras del pueblo mapuche: longko (cabeza jefe de una comunidad), werken (vocero), machi (autoridad sanadora). Cada comunidad tiene un longko, y el conjunto de las comunidades conforma el Wallmapu, el conjunto de la nación mapuche7. En este marco, se ha producido también una descolonización de nombres y apellidos: los nuevos nacimientos reciben nombres en mapuzungun. Esta es una muestra de lo que se conoce como «orgullo de ser mapuche», resultado del accionar del movimiento, que ha incrementado la pertenencia étnica en los últimos años8. Para los mapuche, a todos los seres y espacios de la naturaleza se les asigna un alma que armoniza con el resto de las vidas existentes en Wallmapu. Según Elicura Chihuailaf: «nuestra existencia se afirma en dos grandes normas que regulan a la gente entre sí y a la gente con el medio natural que lo rodea. Son los conceptos de Nor y Az». El primero refiere a las pautas de la relación que debe tener la gente con la naturaleza y sus componentes, mientras que el segundo apunta al reconocimiento y la determinación del origen biológico y familiar de cada mapuche. Esto último permite articular la relación de cada familia con su lugar de origen, cimiento de los Lof, que luego del proceso de reducción territorial derivaron en lo que la Ley Indígena de 1993 catalogó como «comunidades».

A efectos de comprender los recientes debates internos del pueblo mapuche, es necesario distinguir las comunidades tradicionales, que derivaron de los títulos de merced post-Ocupación de la Araucanía, de las nuevas comunidades creadas al amparo de la Ley Indígena 19.253 de 1993, que permite la asociación de personas mapuche que se postulan para la compra de tierras no exclusivamente en sus territorios originarios, lo que ha sido fuente de nuevas controversias en el seno del pueblo mapuche. Por un lado, se «recuperan» tierras, pero por el otro, se rompen las normativas del equilibrio sobre la base del Az Mapu (sistema jurídico mapuche), al insertar a personas mapuche provenientes de otras identidades territoriales en territorios a los que no pertenecen desde perspectivas cosmológicas9. Esto ya había sucedido, sobre todo durante la Ocupación de la Araucanía, cuando ciertas familias tomaron la decisión de relocalizarse debido a la violencia estatal10.

La reciente elección de la Convención Constitucional demostró la fuerza del voto mapuche en sus territorios. Sin embargo, la misma elección –parafraseando al dirigente Adolfo Millabur, quien señaló que «mapuche vota por mapuche»– demostró que es muy relevante la fuerza de los mapuche que no viven en Wallmapu, sino que habitan en las grandes ciudades fuera del territorio mapuche. Así, las cifras de población mapuche que vive fuera de Wallmapu han llevado al movimiento a pensar sobre su realidad y sus formas de construcción política. De esta forma, un sector comenzó a reflexionar sobre la plurinacionalidad o la autonomía regional como un camino plausible para desarrollar los derechos colectivos en una perspectiva de autodeterminación11. Pero también se planteó la posibilidad de un retorno al país mapuche para construir el control territorial. Con esto último creemos que se relaciona el reciente asesinato del miembro de la cam Pablo Marchant en un enfrentamiento con Carabineros de Chile durante una «recuperación de tierras» en el fundo Santa Ana de Forestal Mininco12.

Los debates sobre la autodeterminación

La autonomía ha dejado de ser una moda o un reclamo aislado para los pueblos indígenas. Para Miguel González y Aracely Burguete Cal y Mayor, este concepto debe ser visto como polisémico; proponen pensar en «las autonomías» como una imagen multicolor, con variables de contenidos y significados culturalmente construidos. Este paradigma, comprendido como parte de los procesos de descolonización, puede ser planteado en el marco de una imagen más amplia: la de los derechos humanos.

Puestas en debate en la Declaración de Barbados de 1971 y luego en la legislación del Régimen de Autonomía Regional de Nicaragua con la Revolución Sandinista, las autonomías permitieron avanzar en la discusión sobre los nuevos derechos que portan los pueblos indígenas. Así, desde la década de 1980, las dirigencias fueron creando marcos políticos, jurídicos y simbólicos para avanzar hacia la libre determinación13.

Los mapuche, no ajenos a estos debates, decidieron avanzar hacia un proyecto de «carácter histórico» –como llamaron a la autodeterminación–. En palabras de José Mariman, estos nuevos postulados difieren de la reivindicación de la tierra del siglo xx; no obstante, las experiencias de las comunidades que refuerzan la concepción de autonomía fueron las «recuperaciones de tierras» bajo las reformas agrarias y los asentamientos. Para Mariman, el concepto de «autonomía» no es homogéneo, trasluce un debate interno en la «sociedad política» mapuche, que nos habla de la existencia de un discurso que pone el énfasis en lo etnocultural o en las tradiciones cuando se imagina un futuro para los mapuche14.

Ahora bien, ¿qué se entiende por autodeterminación? En 1983, en la Tercera Asamblea Nacional del Pueblo Mapuche convocada por Ad Mapu, se señaló: «la Ocupación significó la interrupción del proceso de desarrollo de nuestro pueblo y el arrinconamiento de nuestra población en reducciones indígenas». En los puntos siguientes, la Asamblea se pronuncia a favor de la «autonomía y autodeterminación de nuestro pueblo en cuanto a que debemos ser gestores y protagonistas de nuestro propio proceso de desarrollo» y concluye sosteniendo los deseos de «participar en la redacción de una nueva Constitución Política que resguarde y garantice nuestros derechos y patrimonio cultural de acuerdo con nuestra identidad étnica»15. En 1985, en la revista Nütram –órgano ideológico de Ad Mapu–, se plantea: «un mapuche sin tierra no es un mapuche».

Años después, en una conversación con Ana Llao, dirigente de Ad Mapu, ella recordaba cómo se fue planteando la necesidad de una nueva Constitución que reconociera a los mapuche como sujetos de derechos16. La presión en el interior de Ad Mapu por hacer cumplir los compromisos del candidato a la Presidencia de la Concertación de Partidos por la Democracia, como el reconocimiento constitucional, la ratificación del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (oit) y la creación de una normativa de protección y fomento de la identidad, buscó concretar un compromiso de la oposición a la dictadura, en el marco de una oleada democratizadora a escala global17.

La Ley Indígena de 1993, no exenta de visiones coloniales, diseñó políticas de afirmación que permitieron un desarrollo de la población mapuche sobre la base de la inserción educativa, el apoyo económico a estudiantes, el fomento de las artes y la inserción en el sistema educativo sobre la base de políticas de afirmación identitaria. A casi 20 años de esa ley, es factible pensar que los nuevos desafíos asociados a la politización de la identidad se relacionan con dos nuevas realidades: el auge del movimiento autonomista y las políticas de afirmación. Ambos, suscritos a un modelo económico que se constituye en la desigualdad y la diferencia, han terminado por crear un marco político en el que los miembros con pertenencia étnica son incorporados bajo el neoliberalismo sin ser sujetos de derechos y con dificultades de insertarse en un modelo que se basa en la desigualdad. Esto último potenció el movimiento extrainstitucional, que fue logrando, en los primeros siete años de la transición democrática, mayor peso político18. Desde 1990, con la fundación de Aukiñ Wallmapu Ngulam, la autodeterminación continuó afirmándose como horizonte político para el pueblo mapuche. Esto puede ser visto como la «otra transición» a la democracia, ya que Aukiñ Wallmapu Ngulam reforzó la perspectiva de que fuesen las comunidades las que sustentan el proceso político mapuche y que sus liderazgos tradicionales encabezaran el proyecto de «liberación nacional» mapuche.

Desde esa perspectiva, impulsaron nuevas «recuperaciones de tierras», lo que provocó conflictos con los gobiernos de la Concertación. A su vez, los procesos de «descolonización ideológica» llevaron a los militantes a forjar alianzas con comunidades situadas en Argentina, para fortalecer y ampliar el horizonte por la autonomía y la reconstrucción de Wallmapu. Para los miembros de la organización, la reconstrucción nacional del pueblo mapuche debía ser impulsada a ambos lados de la cordillera ya que esta, antes de que se establecieran las fronteras nacionales, era el centro del antiguo país mapuche. No fue extraño que, hacia el quinto centenario de la conquista de América, el movimiento mapuche lograra desarrollar un movimiento que articulaba a distintas comunidades, autoridades tradicionales y una fuerte movilización por la tierra junto con la creación de un arsenal político e ideológico, y que esto concluyera en la gestación de un movimiento autonomista. En esa línea, en octubre de 1992, la organización presentaría la bandera de la nación mapuche: la Wenüfoye19, que se vio flamear en todo el país durante la última ola de protestas.

La articulación de lo internacional y lo nacional derivó en la discusión de lo que se denominó Estatuto de Autonomía Mapuche. Sostenida en los antiguos territorios del Lof Kallfükura en Argentina, la discusión versó en torno de la definición de la Nación Mapuche desde un punto de vista histórico, normativo, institucional, territorial y cultural. Se propició inscribir el Estatuto bajo las legislaciones internacionales que el Estado debería adoptar para que los mapuche pudiesen ejercer sus derechos colectivos. Todo ello, bajo «el ejercicio concreto del derecho a la libre determinación»20.

Estos avances políticos e ideológicos no fueron comprendidos por los gobernantes de la Concertación, que continuaron desconociendo los derechos colectivos del pueblo mapuche. La fundación de la cam fue producto del proceso de radicalización mapuche. Bajo el influjo de la insurrección zapatista en México y la experiencia de algunos de sus miembros en organizaciones armadas de la izquierda chilena, la violencia política comenzó a ser ejercida y teorizada como un aspecto del proceso de autodeterminación.

Entre sus principales aportes, la cam introdujo la perspectiva de la «descolonización ideológica». En ese ámbito, la ocupación de los territorios y el control de estos mediante lo que llama acción directa quiebra inexorablemente la institucionalidad que se desea imponer.

Las discusiones sobre la autodeterminación fueron cada vez más importantes en el seno de la comunidad política del pueblo mapuche, que continuaba construyendo elementos para forjar una subjetividad militante que el Estado nacional no tomaba en cuenta ni tampoco intentaba encauzar a través de reformas políticas. Al contrario, se inició una política de criminalización que significó abrir un espiral de violencia que no se ha detenido y que inclusive ha roto la confianza hacia cualquier intento de institucionalizar el conflicto mapuche. Lo que es más grave: un sector del movimiento autonomista no cree en los procesos de reformas constitucionales o que sea posible avanzar en los derechos colectivos a partir de la reconfiguración del Estado. La expresión de esto ha sido el reciente viaje de una comitiva de la comunidad Ignacio Queipul en Ercilla para cuestionar a los constituyentes mapuche electos por no representar los derechos colectivos, bajo la idea de que la participación mapuche en la Convención Constitucional es irresponsable e inconsecuente con la historia y el futuro del pueblo mapuche.

En paralelo, se inició una política de criminalización de los activistas de la cam, quienes fueron enjuiciados usando normativas de excepción, como la Ley por Conductas Terroristas. Esto determinó el paso de la organización a la clandestinidad, así como procesamientos por asociación ilícita terrorista. Esto último se aceleró luego de que entre 2001 y 2004 se sumaran a la cam comunidades Wenteche que combatieron a los agricultores incendiando sus casas. En ese marco, comenzó un proceso de clandestinidad de los miembros de la organización y un conflicto esencialmente político fue entregado a la fuerza pública. Es viable plantear que, en ese escenario, el multiculturalismo como respuesta al ascenso del movimiento mapuche tomó protagonismo.

Los debates sobre la plurinacionalidad

En 1996, el joven mapuche de la provincia de Arauco Adolfo Millabur Ñancul fue elegido alcalde por la comuna de Tirúa. Para ese entonces, era miembro de la Coordinadora Territorial Lafkenche y del hogar de estudiantes Pegun Dugu. Los lafkenche (gente del mar) comenzaron a idear un movimiento en defensa del mar y sus seres vivos y a pensar en formas de recuperar la tierra y crear un movimiento de reivindicación política ante el contexto de emergencia indígena, así como de la influencia de Aukiñ Wallmapu Ngulam.

La provincia de Arauco fue una de las comunas que vivieron la experiencia de la reforma agraria y la violación de los derechos humanos contra quienes participaron de ella. Además, por ser sede de yacimientos de carbón importantes para el país, la formación de una clase trabajadora con conciencia en esas tierras fue un hecho que contribuyó a la politización. Todas estas variables contribuyeron a la conciencia política de jóvenes que además reflexionaron sobre el ser mapuche. 

La organización se caracterizaba por recuperar a las autoridades tradicionales como las conductoras del proceso político, aunque alejándose de una estructura vertical. «No somos un ejército –señalaba Millabur en 1999–, no andamos detrás de una sola persona, no tenemos una estructura única». Ese mismo año los lafkenche realizaron una cabalgata multitudinaria hacia Concepción para dar a conocer sus puntos de vista críticos, sobre todo frente a la construcción de la represa hidroeléctrica Ralco, y señalar su vinculación política con el mar. La relación entre geografía y política reforzó en los lafkenche la noción de pensar una solución económica y política en un sentido pluriétnico. Ello debería ir acompañado de una relación armoniosa con la naturaleza y el manejo de los recursos de los espacios marítimos del territorio mapuche, ya que este no era un aspecto productivo, sino la piedra angular sobre la que se «construye la base de la identidad» de los lafkenche y, por ende, de la organización21.

Críticos del capitalismo, los lafkenche comenzaron a dotar de una perspectiva latinoamericana a sus formas de reflexión política. En 2002, un encuentro internacional en Lleu-Lleu, provincia de Arauco, los fue acercando a los debates en torno de la plurinacionalidad como vía para avanzar hacia los derechos colectivos. Al año siguiente, realizaron encuentros a escala nacional, lo que les permitió una vinculación a lo largo del país con gente mapuche que les permitió consolidar una fuerza política. En 2004, en Trawa Trawa se desarrollaron los primeros debates para formular un Proyecto de Ley de Protección del Espacio Costero haciendo uso del Convenio 169 de la oit para tales efectos. La ley, que se comprometía en la protección de la biodiversidad, se aprobó en 2007 y se promulgó al año siguiente.

En 2006, la Identidad Territorial Lafkenche (itl) realizó en Valdivia su primer congreso, que resolvió continuar luchando por formular una nueva Constitución. Cuatro años después, en el marco del triunfo de Evo Morales en Bolivia y del giro hacia la construcción de un Estado plurinacional en ese país, reafirmó su compromiso de redactar y discutir una Constitución vía Asamblea Constituyente. En 2012, tomó la decisión de construir un poder constituyente para una nueva Constitución agregando como horizonte el Itrofill Mongen [todas las vidas] para lograr un Küme Mongen [vivir en armonía y reciprocidad con todos los seres]. En este crucial debate, teniendo en consideración los ejemplos de Ecuador y Bolivia, que habían redactado para ese entonces constituciones que reconocían los derechos de la naturaleza, la autonomía y la plurinacionalidad como un nuevo marco de Estado, la itl señala en 2013 que su propósito político sería la plurinacionalidad e interculturalidad. 

En su iv Congreso en Hornopirén, en 2014, la itl plantea que todos los acuerdos evidencian la necesidad de fundamentar los derechos colectivos (autodeterminación) en la redacción de una nueva Constitución. Dos años después, se establece la necesidad de forjar alianzas con otros actores involucrados en la protección del mar y defender las normativas consolidadas por el movimiento mapuche hasta el año 2018. Un año después, se produjo el estallido social, y ante la crisis de legitimidad de la República, los mapuche llegaron con una propuesta: la construcción de un Estado plurinacional.

Para Rosa Catrileo, que es en la actualidad convencional constituyente, la plurinacionalidad es un reconocimiento más bien constitucional. De realizarse, plantea que esa declaración debe estar basada en un Estatuto de Garantía de Derechos. ¿Cuáles? «Primero reconocer al pueblo mapuche y a los pueblos originarios como sujeto de derecho, no como objeto de derecho, sujeto de derecho es que sean titulares, son titulares y lo otro es qué derecho; bueno, partamos por el básico: tierra y territorio… esa es la principal preocupación. Luego de ello materializar los derechos políticos, la autodeterminación con miras a la autonomía»22. En ese mismo sentido se suscriben las palabras de la presidenta de la Convención Constitucional, Elisa Loncon, para quien la autodeterminación continúa siendo uno de los ejes fundamentales del pueblo mapuche. No obstante, ve la plurinacionalidad como un punto intermedio para dialogar con los no indígenas, ya que desde su óptica, va a costar preparar a Chile para la plurinacionalidad, porque todas las constituciones fueron en función del Chile único, una sola nación, aun cuando existe tanta diferencia y diversidad. Eso habría calado hondo en la identidad chilena, pero también los chilenos han dicho «¡basta!» con el estallido social, lo que para la presidenta de la Convención significa que hay una decisión del pueblo de querer cambiar y hacer las cosas de otro modo. Para lograrlo, se necesita forjar «una cultura diferente» y para ello se deben introducir en el debate los conceptos plurinacionalidad, interculturalidad, derechos de la Madre Tierra, derechos sociales, derechos humanos fundamentales, verdad histórica.

Conclusión: ¿un camino a la domesticación de los derechos colectivos?

El 11 de agosto de 2021, la constituyente Rosa Catrileo, como parte de la subcomisión de Estructura y Funcionamiento, eliminó del Reglamento de la Convención la frase «República de Chile». Los sectores más conservadores de la Convención expresaron su molestia y sostuvieron que se debilitaba la legitimidad del proceso por ese hecho. Catrileo explicó a los críticos que aquello era justamente lo que se iba a debatir. En su óptica, «Chile es un Estado plurinacional. Los pueblos están hablando, es momento de refundar la historia con muchas banderas y derechos». Y agregó: «Este es un cambio de paradigma, que queremos [que] quede de manifiesto en la nueva Constitución y en la Convención, que es que aquí habemos diversos pueblos, naciones preexistentes al Estado, y nosotros somos los soberanos, los que vamos a refundar o dar esta nueva institucionalidad al Estado». Al siguiente día, reforzó su convicción: «la República de Chile para los mapuche ha sido bien invasora, no nos ha reconocido (...) y nosotros somos los soberanos, los que vamos a refundar o dar esta nueva institucionalidad al Estados». 

Al siguiente día, la abogada Amaya Álvez profundizó sobre la controversia que había generado la reacción de los sectores más conservadores de la Convención y del país. En sus palabras: «sacar la noción de República de Chile del artículo es una especie de símbolo para repensar este Estado Plurinacional (…) y una manera de apoyar la reivindicación histórica que hacían los escaños reservados». Álvez comparte que Chile se encuentra ante un cambio de paradigma: «hablar de los pueblos de Chile con la idea de una república para Chile» no le parece contradictorio23.

Las transformaciones que están llevando adelante los constituyentes mapuche ¿son la puerta para el multiculturalismo neoliberal? ¿Permitirán la consolidación de los derechos colectivos? ¿Es la violencia política el «verdadero camino» a la conquista de los derechos colectivos del pueblo mapuche? El último estudio de opinión pública del ciir daba a conocer que 88% de los encuestados compartía que la naturaleza fuese sujeta de derecho, 81% era favorable al derecho a la propiedad comunitaria de sus territorios, 72% al reconocimiento de la jurisdicción indígena y 62% al reconocimiento de la libre determinación y autonomía24.

Ante las críticas que emanaron de los mapuche de la comunidad Ignacio Queipul luego de llegar a las afueras de la Convención Constitucional, solicitando ser recibidos por el vicepresidente y desconociendo la autoridad de Elisa Loncon, en una conferencia de prensa dada por los convencionales, Adolfo Millabur planteó comprender las diferencias y levantó su mano derecha:

si miran esta mano es un solo órgano pero tiene cinco partes. Un pueblo también tiene derecho a tener diferencias, pero cada parte de las diferencias cumple un rol. Ellos vinieron legítimamente a presentar su diferencia, la escuchamos, estábamos disponibles para conversar, pero no como ellos querían por las normas sanitarias, son públicas las diferencias como mapuche. Nosotros los que estamos aquí creemos que este camino de la Convención es un paso para dar una solución que todos los mapuche conscientes queremos. Ellos vienen a reclamar el territorio, nosotros también queremos lo mismo. Ellos quieren reclamar por justicia y nosotros también queremos lo mismo. La diferencia que tenemos es que creemos que por este camino institucional a través de la Convención podemos avanzar en cambiar las cosas duras de nuestro pueblo. Esa es nuestra apuesta.25

La otra fuerza del movimiento mapuche continúa en la práctica del control territorial. Las «recuperaciones de tierras» han aumentado en los últimos meses. Desde la tumba de Marchant, en un predio en recuperación, Llaitul proclamó: «la única vía posible para la liberación nacional mapuche es el weychan [lucha o guerra] y la confrontación directa contra las expresiones del capitalismo en Wallmapu. Agregó que la participación mapuche en la Convención, como una supuesta oportunidad para refundar el país, lo que en realidad representa es un acto de sometimiento al pacto colonial»26

¿Qué camino es el correcto? ¿Cuál es el válido? Los constituyentes mapuche tienen hoy la legitimidad de las urnas. Si bien el número de quienes sufragaron a favor de los convencionales fue de 282.219, equivalente a 22,81% de un total de 1.239.395 habilitados para sufragar, es un número de adhesión importante para un movimiento que no confía en la institucionalidad debido a la forma de operar del Estado en las últimas décadas. Esto tiene relación, desde mi perspectiva, con la desafección hacia la democracia, que ha venido creciendo en los últimos años, y con el contexto pandémico, que hizo que muchas personas prefirieran restarse del momento político.

A modo de cierre, como me planteó Aracely Burguete Cal y Mayor en un diálogo que sostuvimos hace unos meses, es importante considerar que los pueblos originarios no buscamos un nuevo trato, sino derechos, y como tales deben quedar expresados en la nueva Constitución, «porque luego cuando uno ya los ve en el papel se hacen más pequeñitos, porque uno siempre siembra dinosaurios y al final cosecha hormigas. Entonces hay que tratar de sembrar dinosaurios aun cuando la tierra tiemble»27.

  • 1.
  1. Pairican: Toqui. Guerra y tradición en el siglo xx, Pehuen / CIIR, Santiago de Chile, 2020. Un estudio clásico sobre el tema es el de José Bengoa: Historia mapuche del siglo XIX, LOM, Santiago de Chile, 2000.
  • 2.

El discurso está disponible en www.mapuexpress.org/2021/07/05/video-discurso-inaugural-de-elisa-loncon-como-presidenta-de-la-convencion-constituyente/.

  • 3.
  1. Pairican: «Sembrando ideología: el Aukiñ Wallmapu Ngulam en la transición de Aylwin (1990-1994)» en Sudhistoria No 4, 2012; Víctor Tricot y Germán Bidegain: «En busca de la representación política: el partido mapuche Wallmapuwen en Chile» en Estudios Sociológicos vol. 38 No 113, 5-8/2020.
  • 4.

Es relevante en estas reflexiones políticas el texto de Aracely Burguete Cal y Mayor: «Autonomía: la emergencia de un nuevo paradigma en las luchas por la descolonización en América Latina» en Miguel González, A. Burguete Cal y Pablo Ortiz-T. (coords.): La autonomía a debate. Autogobierno indígena y Estado plurinacional en América Latina, Flacso Ecuador / GTZ / IWGIA / CIESAS / UNICH, Quito, 2010.

  • 5.

José Bengoa: La emergencia indígena en América Latina, FCE, Santiago de Chile, 2000.

  • 6.
  1. Pairican: «Weuwaiñ. La invención de la tradición en la rebelión del movimiento mapuche (1990-2010)» en Enrique Antileo Baeza, Luis Cárcamo-Huechante, Margarita Calfío Montalva y Herson Huinca-Piutrin (eds.): Violencias coloniales en Wajmapu, Ediciones CHM, Temuco, 2015; Eric Hobsbawm y Terence Ranger: La invención de la tradición, Crítica, Barcelona, 2013. Sobre el concepto de «weichafe», v. Héctor Llaitul y Jorge Arrate: Weichan. Conversaciones con un weychafe en la prisión política, Ceibo, Santiago de Chile, 2012.
  • 7.

El pueblo mapuche está dividido en identidades territoriales: Lafkenche (gente del mar), Nagche (gente de tierras bajas), Wenteche (gente de tierras cercanas a las nives), Pewenche (gente de la cordillera) y Williche (gente situada al sur del río Cautín).

  • 8.
  1. Pairican: Malón. La rebelión del movimiento mapuche 1990-2013, Pehuén, Santiago de Chile, 2014. Para mayores detalles, v. el Estudio Longitudinal de Relaciones Interculturales llevado a cabo por el ciir. Entre sus distintas mediciones, da cuenta del apoyo de la sociedad chilena a las reivindicaciones de los pueblos originarios y el crecimiento de la autoidentificación indígena. V. «Estudio UC: los chilenos apoyan cada vez más las demandas indígenas» en www.elri.cl.
  • 9.

Elicura Chihuailaf: Recado confidencial a los chilenos, LOM, Santiago de Chile, 1999. V. tb. José Quidel: «La noción mapuche de che (persona)», tesis de doctorado, Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas, Universidad Estadual de Campinas, 2020.

  • 10.
  1. Florencia Mallon: La sangre del copihue. La comunidad mapuche de Nicolás Ailío y el Estado chileno, 1906-2001, LOM Ediciones, Santiago de Chile, 2004.
  • 11.

Claudia Zapata y Elena Oliva: «La Segunda Reunión de Barbados y el Primer Congreso de la Cultura Negra de las Américas: horizontes compartidos entre indígenas y afrodescendientes en América Latina» en Revista de Humanidades No 39, 1-6/2019.

  • 12.
  1. Pairican: «La tumba de Pablo Marchant y la evolución de la Coordinadora Arauco-Malleco» en CNN Chile, 23/6/2021.
  • 13.
  1. Zapata y E. Oliva: ob. cit.
  • 14.
  1. Mariman: Autodeterminación. Ideas políticas mapuche en el albor del siglo XXI, LOM, Santiago de Chile, 2012, p. 24.
  • 15.

Ad Mapu: «Tercera Asamblea Nacional del Pueblo Mapuche (Resoluciones)» en Civilización, 2/1983.

  • 16.
  1. Pairican: «Ana Llao: ‘Nosotros vemos la concepción de la vida como un bien común para todos’», entrevista en AAVV: 18 de Octubre: primer borrador. Reflexiones desde abajo para pensar nuestro mañana, Quimantú, Santiago de Chile, 2020.
  • 17.

Rafael Otano: Nueva crónica de la transición, LOM Ediciones, Santiago de Chile, 2006.

  • 18.
  1. Pairican y Rolando Álvarez: «La Nueva Guerra de Arauco: la Coordinadora Arauco-Malleco y los nuevos movimientos de resistencia mapuche en el Chile de la Concertación (1997-2009)» en Izquierdas No 10, 8-9/2011.
  • 19.

En relación con la discusión sobre la creación de la bandera, v. «Nación mapuche reafirma su identidad» en Aukiñ, 8-9/1992, p. 3.

  • 20.

«Primer Estatuto de Autonomía» en Aukiñ No 25, 10/1995.

  • 21.
  1. Pairican: «La vía política hacia la autonomía. Una comprensión del discurso y práctica de la Identidad Territorial Lafkenche en torno a la Plurinacionalidad, 1997-2020», inédito.
  • 22.

Libertad Pinto: «Rosa Catrileo, constituyente mapuche: ‘Tierra y territorio son la principal preocupación que vamos a llevar a la Convención’» en The Clinic, 18/6/2021.

  • 23.

«Sacar la noción de República de Chile del artículo es una especie de símbolo para repensar este Estado Plurinacional» en El Mercurio, 14/8/2021.

  • 24.

CIIR: «Estudio de opinión pública: pueblos originarios y nueva Constitución», 25/8/2021, disponible en www.ciir.cl.

  • 25.

Conferencia de prensa de los constituyentes mapuche, 7/9/2021.

  • 26.

«CAM califica como ‘acto de sometimiento’ presencia de mapuche en la Convención» en El Mercurio, 16/7/2021.

  • 27.
  1. Pairican: «Aracely Burguete Cal y Mayor y los pueblos originarios: ‘El derecho madre es el de la libre determinación’», entrevista en The Clinic, 9/7/2021.
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Baduel, en épocas de gloria, junto a su compañero y presidente Hugo Chávez

El general Raúl Isaías Baduel, exministro de Defensa de Venezuela murió el martes 12 de octubre como consecuencia de un paro cardiorespiratorio potenciado por el covid-19

Baduel estuvo preso de 2009 a 2015, cuando le dieron una medida cautelar. Luego fue apresado nuevamente en 2017. Hace días su familia denunció que no sabían dónde lo tenían. Sin embargo se conoce que Baduel, quien era considerado un preso político había sido trasladado de la prisión conocida como La Tumba a otra en el El Helicoide

La información oficial la dio a conocer Tarek William Saab, Fiscal General de la República quien señaló que el deceso se generó «mientras se le aplicaban los cuidados médicos correspondientes y recibido la primera dosis de la vacuna".

Hay que recordar que el general Raul Isaías Baduel fue uno de los cuatro miembros fundadores del Movimiento Bolivariano Revolucionario - 200 (MBR200) que el 17 de diciembre de 1982 sentó las bases para el partido político Movimiento V República (MVR) que llevó a Chávez al poder y con los años se sumó el grupo unitario llamado Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

Baduel, junto a Hugo Chávez, Jesús Urdaneta y Felipe Antonio Acosta Carlés, prestó juramento en 1982 bajo el Samán de Güere: un compromiso clandestino entre los integrantes del MBR-200 con la intención de hacer una revolución política, a través de las armas en el país.

Su liderazgo y capacidad de mando lo puso en el punto decisivo al momento del primero de los golpes de Estado que sufriría la llamada “revolución bolivariana” el 11 de abril del año 2002, en momento en el cual Hugo Chávez fue captura y trasladado por los golpistas a (…), de donde fue rescatado por el General Baduel y un puñado de militares a su mando, acción que lo ratificó como uno de los hombres de confianza de su compañero de lucha.

Ocupó los máximos niveles que su carrera profesional pudiera brindarle: comandante general del Ejército venezolano desde enero de 2004 hasta julio de 2006 y ministro de la Defensa desde junio de 2006 hasta mediados del año 2007, cuando perdió la confianza del alto gobierno venezolano por oponerse al referendo constitucional que, además de otros importantes reformas territoriales y políticas para su país, permitía la reelección indefinida de Chávez. Sin renovación del liderazgo político y social, la revolución bolivariana fracasaría, y esa contradicción con el proceso en marcha, que finalmente fue sellada de manera meridiana por la historia, marcó el aislamiento del General, llevándolo a la cárcel en varias ocasiones, la primera de ellas en  enero de 2008, acusado y sentenciado en 2010 por “sustracción de dinero de las Fuerzas Armadas”.

Según la condena, se había apropiado de 30 millones de bolívares y 3,9 millones de dólares durante su gestión como ministro. A su vez, fue inhabilitado a ejercer cargos públicos.

Sus abogados y familiares denunciaron que los cargos en su contra no contaban con sustento jurídico.

El 12 de agosto de 2015 salió de la cárcel militar de Ramo Verde bajo libertad condicional. Pero el 12 de enero de 2017, a poco de cumplir la condena que terminaba en marzo de ese año, nuevamente fue encarcelado, acusado esta vez del delito de traición a la patria e instigación a la rebelión. Eran momentos de un intenso alzamiento social en Venezuela, fuertemente reprimido por el gobierno encabezado por Nicolás Maduro.

En febrero de 2018, Maduro lo destituyó y lo degradó de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, afrenta sufrida junto con otros 13 oficiales.

Desde ese entonces permaneció recluido en los calabozos del Sebin, hasta el día martes 12 de octubre, cuando el gobierno informó que había sido trasladado al penal conocido como El Helicoide, informando al mismo tiempo que su muerte fue el efecto final de un cardiorespiratorio propiciado por infección con covid-19.

Muere así, como preso político, un oficial fiel al proyecto político jurado bajo el Samán de Güere en 1982.

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Aspecto del Pabellón de España titulado Inteligencia para la vida, presentado en la Expo 2020 Dubái, el 1º de octubre en esa ciudad de Emiratos Árabes Unidos.Foto Ap

Cabe recalcar el axioma geoestratégico del zar Vlady Putin a unos estudiantes en las afueras de Moscú: “La inteligencia artificial es el futuro, no sólo de Rusia, sino de toda la humanidad; ello traerá colosales oportunidades, pero también amenazas que son difíciles de predecir. Cualquiera que lidere la inteligencia artificial controlará el mundo (https://bit.ly/2YRJFG1)”.

El prodigio francés de 37 años Nicolas Chaillan lanzó una verdadera bomba atómica en una entrevista al rotativo globalista Financial Times (10/10/21), al afirmar que había renunciado a su puesto hace justo una semana como jefe de Ciberseguridad del Pentágono (https://bit.ly/3mNvU39) debido a que EU ya perdió la batalla de la inteligencia artificial (IA) frente a China, cuando “la ciberseguridad de EU en algunos departamentos gubernamentales se encuentra a un nivel de kindergarten”.

Chaillan comentó que no tenemos una oportunidad competitiva para luchar contra China de 15 a 20 años, mientras Pekín se encamina al dominio global debido a sus avances en IA, aprendizaje automático y capacidades cibernéticas. Su renuncia fue en protesta al paso lento de la transformación tecnológica del ejército de EU y porque no deseaba quedarse viendo a que China supere a EU. Chaillan aduce que China está lista a dominar el futuro del mundo, controlando todo (sic), desde las narrativas de los multimedia hasta la geopolítica.

Fustiga la reticencia de Google para colaborar con el Departamento de Defensa de EU sobre IA y critica acerbamente los interminables debates sobre la ética de la IA que han ralentizado su desarrollo en EU, mientras, en contraste, los chinos hacen todo lo contrario. Aquí se equivoca Chaillan, pues el Partido Comunista Chino ha procurado sus axiomas bioéticos, más persuasivamente superiores a la depredadora bioética capitalista con disfraz de regulador estatal (https://bit.ly/3v2QX5C). Reconoce que EU gasta tres veces más que China en Defensa, pero asintió que existe mucha disipación, pues la extra liquidez era inmaterial debido a los muy elevados costos, además que eran colocados en los rubros erróneos, mientras la burocracia y la sobrerregulación obstruyen el cambio más que necesitado del Pentágono.

La dilapidación y la disipación del gasto militar del Pentágono son legendarias donde se han llegado a extraviar (sic) en forma surrealista hasta 35 (¡megasic!) millones de millones de dólares (trillones en anglosajón; https://bit.ly/30pBQbj), sin contar el extravío del contralor del Pentágono, el rabino (literal) Dov Zakheim ( https://bit.ly/3ayzW9P), por 2.3 millones de millones de dólares. No comment!

El libro seminal de Andrei Martyanov (https://amzn.to/3FGX1p5) expone cómo el Deep State de EU dilapida su gasto militar. En el rubro de las armas hipersónicas, EU viene en tercer lugar detrás de Rusia y China (https://bit.ly/3ABuXA3), que acepta hasta el mismo STRATCOM, mientras los expertos rusos alardean su ventaja de 20 años. Si es de fiar la bombástica confesión de Chaillan, ahora EU estaría rezagada en IA otros 20 años, esta vez detrás de China.

En medio de su dislocación centrífuga, ¿qué le queda a EU, la otrora superpotencia militar, fuera de su control financiero globalista, su dólar, su dominio del FMI y el Banco Mundial, aparte de su supuesta supremacía marítima, su omnipotente maquinaria propagandística, su pacto comercial tripartita del T-MEC y su nuevo pacto defensivo del Aukus? Cabe la posibilidad de que el prodigio francés de la ciberseguridad, Chaillan, esté exagerando el rezago de EU en la IA con el fin de causar alarma en el Congreso para obtener un mayor gasto militar en tal rubro y, de paso, obligar a los gigantes de Silicon Valley a colaborar más estrechamente con el Pentágono. ¿Qué sucedió, pues, con el tan cantado Defense Innovation Board (DIB, por sus siglas en inglés; https://bit.ly/3awQ7Vq) que dirige el israelí-estadunidense Joshua Marcuse (https://bit.ly/3mHTvCm)? ¿Le habrá hecho daño al Pentágono, la atomización de la ciberprivatización a ultranza del disfuncional sistema capitalista en EU?

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El 10 de octubre, se realizó el simulacro de votación en Venezuela. Un paso más dentro un cronograma electoral que culmina con la mega elección de gobernadores y alcaldes prevista para el 21 de noviembre próximo.

La situación económica en la República Bolivariana, aunque muestra una ligera mejoría, está lejos de los tiempos de estabilidad y bonanza del segundo gobierno del presidente Chávez. La turbulencia social ocasionada por las sanciones económicas aplicadas por Washington, obliga a los actores políticos en pugna, no solo a repensar su estrategia sino a sortear un clima de desgaste anímico y desafiliación política que ha hecho crecer el sector de los electores que se identifican como independientes.

Jacqueline Montes, experta en opinión pública y consultora política, en diálogo para Sputnik comenta que cuando se trata de desarrollar estrategias es necesario entender que "no existen dos campañas iguales" y que la mirada debe estar siempre enfocada en si el objetivo es conservar el poder o por el contrario conquistarlo.

Es por ello, que luego de una amplia reflexión, sintetizamos en un decálogo lo que Montes considera son los consejos a seguir para lograr sortear una atípica elección en un contexto de largo asedio.

1.     "Investigarás ante todas las cosas"

Repite después de mí: no existe estrategia sin investigación. Más allá del boom del Big Data y la minería de datos, a la que no todos pueden acceder por sus elevados costos, la investigación cualitativa que aporta Thick Data, como los focus group y las entrevistas a profundidad, se han revalorizado durante la pandemia. Mientras las encuestas y otros métodos cuantitativos aportan representatividad, las metodologías cualitativas nos aportan comprensión y profundidad sobre las opiniones, las narrativas y muy importante: sobre las emociones y sentimientos del electorado. También las redes sociales resultan una fuente valiosa de información para realizar escucha social (análisis cuantitativo de las redes) y antropología digital (análisis cualitativo). ¿Qué investigarás? Todo, los problemas, el lugar actual que ocupa el candidato y su contendor en la escalera del posicionamiento, pasando por la valoración de las gestiones, aceptación e imagen actual, expectativas futuras, autoubicación ideológica, simpatías partidistas, intención de voto, disposición para ir a votar, estados de ánimo y sentimientos del electorado, etc.

2.     "Escucharás y no usarás el nombre del Pueblo en vano"

Este es quizá el más importante de los mandamientos: ESCUCHARÁS (a tus electores siempre, y también a tus asesores si los tienes). Para que el candidato esté en capacidad de responder para qué quiere y le sirve a la gente que resulte electo: DEBE SABER ESCUCHAR. La gente está cansada de los partidos, y de los políticos que solo hablan de sí mismos. Los electores quieren saber en qué mejorará su vida de resultar electo el candidato, qué es lo que hay para sí en su mensaje.

Un candidato debe abrazar una Causa, definir un Tema de Campaña, frente al cual establecerá una posición sólida y una oferta de solución que defenderá hasta el cansancio. El tema debe estar conectado con el problema, la preocupación más fuerte de su electorado, un buen tema siempre es relevante y es capaz de mover una reacción intensa en el elector, mucho mejor si apunta a una debilidad del oponente y sirve para hacer gala de las propias fuerzas. El tema define el Mensaje, y éste es el corazón de la Estrategia. Al enunciar el problema se debe poder sentir el dolor que causa, y poder identificar la solución, los culpables, los salvadores, las víctimas y los cómplices.

3.     "Reunirás y te rodearás con los mejores"

El equipo de campaña es una pieza clave en la campaña. Decir los mejores no es sinónimo de los amigos o de aduladores. Constituir un comando con los mejores perfiles es vital. Ganar una elección no se trata de trabajar con los que me agradan, sino con los que mejor saben y están capacitados para hacer las cosas. Existen funciones muy especializadas que deben estar en manos de gente formada y experimentada: investigación, seguimiento y control; estrategia y organización electoral; comunicación, propaganda y contra propaganda; agitación y movilización, así como logística y finanzas, son funciones muy claves para dejarlas en manos de aficionados.

4.     "Reconocerás y respetarás al árbitro y sus normas"

En el caso de Venezuela, nos encontramos que tras años de ataques contra el árbitro electoral por parte de la oposición más radical. El nuevo CNE que rige las Megaelecciones tiene el reto de escribir una nueva página en la historia contemporánea, que ayude a revertir la erosión de la confianza en el voto. Una alta participación sellaría con broche de oro el retorno al camino electoral como vía para dirimir las diferencias, y enterraría las esperanzas de los sectores más radicales e insurreccionales.

5.     "Tendrás claros quiénes son tus electores: segmentarás a tu público, incorporando la categoría generacional"

Quiénes son tus electores, cuántos son, dónde están, cómo se han comportado históricamente, cuántos necesitas para ganar, cuántos de estos puedes contar como votos duros, cuántos entran en la categoría de blandos, de posibles o alcanzables, cuántos son difíciles y cuántos debes descartar de entrada porque son imposibles, es vital para construir una sólida estrategia electoral, de búsqueda organizada del voto, de comunicación y también de movilización. Cruzar esta dimensión cuantitativa con otras variables cualitativas como la territorial, las problemáticas, las socioeconómicas y más allá de la segmentación acostumbrada por edades. Hoy día es relevante organizar y entender estos grupos etarios por generaciones, con todo el contenido que agrega esta categoría en cuanto a las claras diferencias que existen desde las visiones del mundo, en torno a la política, la economía, el uso de la tecnología, las formas de comunicación y que están muy marcadas.

6. "Te diferenciarás construyendo contraste: conocerás a tus adversarios como a ti mismo"

 

Un candidato no solo debe tener un tema y un mensaje claro, sino que debe diferenciarse de su adversario y luchar por establecer sobre qué se va a discutir y en qué términos. Los clivajes son fundamentales aquí, así como los contrastes entre los problemas que se priorizan y las soluciones que se ofrecen, frente a lo que priorizan y ofrecen los adversarios. De igual forma, deben quedar muy claros los atributos que nos diferencian de aquellos que identificamos como los enemigos de la sociedad.

7.      "Administrarás con prudencia y efectividad los recursos"

Los recursos económicos son vitales y escasos. Las buenas ideas para recaudar fondos, y más aún el buen criterio para administrarlos resultan competencias deseables en el equipo de campaña. Es aquí donde cabe valorar que lo barato (hablando de talento humano) puede salir muy caro. Experiencia, disciplina y capacidad son factores determinantes en toda campaña que es una carrera contra el tiempo, donde usualmente no gana siempre el mejor candidato, sino quien comete menos errores, tiene un mensaje claro y el mejor equipo.

8.      "En lo posible no mentirás, y cuando ataques recuerda prepararte para defenderte"

En una campaña siempre existirán ataques, defensas, contrataques, flanqueos, guerrilla. La contra propaganda es una pieza más de la comunicación y la propaganda, quizá su cara más controvertida. Todo candidato debe estar preparado para una eventual crisis. Los puntos débiles de la historia de vida propia permiten prever algunos posibles ataques, pero la intensidad de los mismos, su contenido y las posibles estratagemas son difíciles de anticipar. El candidato debe tener un equipo de máxima confianza en el cual poder confiar la preparación de las posibles defensas, es preferible tenerlas y no necesitarlas, que necesitarlas y no tenerlas.

9.      "Definirás claramente los espacios donde debes estar y cómo los ocuparás, no sucumbirás a la ilusión de los likes en redes sociales"

Esto apunta tanto a las actividades de tierra (contacto directo: recorridos, mítines, asambleas, reuniones, casa a casa, etc) en las que la capacidad de operación política, el equipo y la maquinaria juegan un papel vital, como en las operaciones de aire (comunicación, propaganda y estrategia digital). Ambos tipos de operaciones deben complementar los esfuerzos destinados a alcanzar la meta diaria de contactos efectivos necesarios para la victoria, sin perder de vista que mientras las operaciones de tierra impactan favorablemente en la calidad de los vínculos y su alcance en cuanto al número de personas es limitado. Las operaciones de aire llegan a más personas, pero no garantizan el vínculo, por lo que la estrategia digital debe tener como objetivo generar interacciones significativas, más allá de conseguir likes en las redes sociales. Recordar que un like no es un voto. En Venezuela es particularmente importante que los candidatos eviten el espejismo de las redes sociales, en un momento en que gran parte del país tiene problemas con las telecomunicaciones y de suministro eléctrico; la radio y la televisión (desde las nacionales hasta las comunitarias) siguen siendo medios privilegiados para la campaña en estos momentos.

10. "Aprovecharás el tiempo"

Finalmente, en una campaña el único recurso no renovable es el tiempo. Un día perdido no se recupera. Las distintas etapas de la campaña deben estar bien definidas en cuanto a objetivos, lapsos de tiempo (calendarizado), y tareas. Desde la precampaña, hasta el cierre de la jornada y la defensa del voto el día D.

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Jueves, 07 Octubre 2021 06:05

La sucesión hegemónica

La sucesión hegemónica

¿Qué distingue al actual proceso de sucesión hegemónica, de Estados Unidos a China, que rompe de manera profunda con eventos similares observados desde hace siglos? Todo evento histórico es único en el tiempo, el espacio y lo que es su circunstancia, su encuadre multidimensional. Lo que contenga de generalizable se somete a escrutinio y discusión. Para algunos, como John Ikenberry en El ascenso de China y el futuro de Occidente (Foreign Affairs, 2008), si China mantiene su impresionante crecimiento económico en las próximas décadas –dice Ikenberry citando a John Mearsheimer analista del realismo histórico– es probable que Estados Unidos y China entren en una intensa competencia de seguridad con un considerable potencial para la guerra.

Algo semejante le oí decir a Giovanni Arrighi en conferencia magistral dictada en el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM poco antes de morir en 2009. Con razón profunda Arrighi centró la atención en el presidente Harry Truman (1945-1953), el sucesor de Franklin D. Roosevelt.

El arribo de EU a la supremacía global ocurrió luego de un vertiginoso ascenso hegemónico después de las guerras (en realidad masacres) del siglo XIX contra las naciones indígenas de América del Norte. Agrega a la lista el conflicto contra México, la guerra civil y la guerra hispanoamericana, seguidas en el siglo XX por la primera y segunda guerras mundiales, así como las perennes guerras "antiterroristas".

El terrorismo de Estado desplegado por Truman fue abiertamente rechazado por los altos mandos militares. Almirantes y generales. Marshall, MacArthur y Eisenhower estuvieron de acuerdo con el almirante William D. Leahy en el sentido de que: "el uso de este bárbaro armamento en Hiroshima y Nagasaki no fue de ayuda material en nuestra guerra contra Japón. Los japoneses ya estaban derrotados y listos para rendirse". Le aseguraron a la Casa Blanca que lanzar la bomba a la población no era una necesidad militar. (evidencia documental en The Decision to use the Bomb, Gar Alperovitz, 1996). Para los mandos militares de EU, el estallido de una bomba atómica en un desierto sería una opción suficiente sin necesidad de incinerar a decenas de miles de personas.

El uso de la bomba además de innecesario fue cruel: ambas ciudades estaban repletas de viudas, huérfanos y los hombres en retirada de los campos de batalla. A Truman en los hechos le importó más la transición hegemónica vía una diplomacia de fuerza con la que EU aspiraba impactar el periodo de posguerra mostrando al mundo y a José Stalin, entonces líder soviético, así como a China, que sólo EU poseía la bomba y la utilizaría contra la población. Al terror de Estado atómico siguió una carrera armamentista. En agosto de 1949 la Unión Soviética (URSS) estalló su primera bomba atómica y en agosto de 1953, una bomba H, un arma termonuclear mil veces más destructiva en choque y radiación que la lanzada en Hiroshima. El mundo arribó en lo referido a la modernización y a los sistemas de balística intercontinental a la edad de la destrucción mutua y asegurada (MAD, por sus siglas en inglés).

Después de grandes éxitos militares en su carrera, Douglas MacArthur, arrogante, valiente y popular, sufrió fuertes reveses en varias batallas de la guerra de Corea ante oleadas de soldados chinos mal armados, pero respaldados por la aviación soviética. Humillado, MacArthur propuso a Truman usar 26 bombas atómicas contra China.

La petición fue rechazada por un Truman realista y cauteloso frente al poderío atómico de la URSS. Después ante la fuerte insistencia, mordaces críticas e insubordinación del popular general, en abril de 1951 Truman retira a MacArthur de su comando en lo que es la primera crisis civil-militar públicamente conocida en la historia de Estados Unidos. Para Arrighi, síntoma de declinación hegemónica. Con Trump la ecuación civil-militar podría haber sido letal para el planeta, incluido EU.

El 9 de septiembre de 2021 la prensa informó que el general John E. Hyten, vicepresidente del Estado Mayor Conjunto de EU, advirtió que "una guerra con Rusia y China destruiría el mundo". Agregó que "EU debe encontrar vías para la paz con estos rivales de Oriente". En su presentación en el Brookings Institution, en Washington DC, el general Hyten dijo que con los arsenales nucleares del mundo en aumento y con países mejorando las cabezas nucleares y los cohetes de lanzamiento, existe una necesidad sin precedente de bajar la intensidad de las tensiones y de evitar un armagedón atómico.

El mundo no es "unipolar",-actuar como si lo fuera es letal para la biosfera. Las fuerzas de la multipolarización del sistema son estructurales a lo largo del siglo XX y lo que va del actual.(Ver Gabriel y Joyce Kolko en The Limits of Power, 1972)

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El presidente anunció el proyecto ante centenares de campesinos reunidos en la gigantesca explanada de la fortaleza inca de Sacsayhuamán, a las afueras de Cusco. Quiero dejar claro que esta reforma no busca expropiar tierras ni afecta derechos de propiedad, destacó. Uno de los ejes es dar a los agricultores acceso justo a los mercados. Foto Presidencia de Perú. Agencias

Se estima que dará a más de 2 millones de agricultores un acceso más justo a los mercados

 

Lima. El presidente de Perú, Pedro Castillo, anunció ayer una segunda reforma agraria en el país y anticipó que, a diferencia de la primera de hace 52 años, ésta se hará sin expropiaciones.

"Quiero dejar muy claro que esta segunda reforma agraria no busca expropiar tierras ni afecta derechos de propiedad a nadie", dijo el mandatario desde Cusco.

Castillo anunció la puesta en marcha de este proyecto ante centenares de campesinos reunidos en la gigantesca explanada de la fortaleza inca de Sacsayhuamán, en las afueras de Cusco.

Uno de los ejes de este plan consiste en dar a los agricultores "acceso más justo a los mercados", agregó el presidente peruano.

La llamada segunda reforma agraria prevé un plan de industrialización a favor de los campesinos para impulsar el desarrollo en ese sector de la economía.

El gobierno estima que puede lograr una mayor inclusión social con la nueva reforma al sumar con mejores condiciones al mercado a los más de 2.2 millones de pequeños productores dedicados a la agricultura familiar.

La inversión en tecnología y en vías de comunicación serán parte de este plan, según las autoridades.

La segunda reforma agraria era una promesa electoral de Castillo, que ganó las elecciones como candidato de Perú Libre, un pequeño partido marxista leninista.

"En la segunda reforma agraria vamos a impulsar lo que quedó pendiente en la primera, donde se le dio la oportunidad de dar terreno a quien le corresponde y para que la tierra sea de quien la trabaje. Ahora el gobierno está en deuda con el trabajador y agricultor", explicó Castillo.

El gobierno ha descartado que el plan signifique expropiar tierras, como ocurrió durante la dictadura militar del general Juan Velasco Alvarado (1968-1975).

En junio de 1969, Velasco promulgó una radical reforma agraria que en la práctica adjudicó alrededor de 11 millones de hectáreas propiedad de hacendados y latifundistas a cooperativas y comunidades campesinas.

Castillo eligió como fecha para lanzar la reforma el 3 de octubre, la misma fecha en que ocurrió en 1968 el golpe de Estado del general Velasco contra el presidente Fernando Belaúnde.

La clase política también conmemoró la efeméride, aunque desde distintos puntos de vista. La presidenta del Congreso, María del Carmen Alva, cuya familia ha estado vinculada al gobierno derrocado por Velasco, tuiteó ataques contra el general, que además de la reforma agraria impulsó nacionalizaciones.

El ex canciller Héctor Béjar, declaró a la agencia Prensa Latina que "lo que hicieron Velasco y sus compañeros, aunque no puede repetirse, sirve de orientación e inspiración a las nuevas generaciones".

Señaló que "53 años después del inicio de aquel gobierno, Perú se encuentra buscando orientación y gobierno, después de medio siglo de destrucción del país" y anotó que "parte del pueblo ha logrado desplazar del gobierno a los políticos tradicionales".

La vicepresidenta, Dina Boluarte, comentó que a Velasco "no lo dejaron avanzar más porque intervino Francisco Morales Bermúdez (quien lo derrocó en 1975) porque el poder económico no quiere que los pueblos se desarrollen".

El ex parlamentario y analista político Gustavo Espinoza comentó que es importante reflexionar sobre el gobierno del general, ahora que Perú vive "un proceso en esencia similar", tras la elección del maestro rural Pedro Castillo como presidente, y añadió que las mismas fuerzas que acosan hoy al mandatario "centraron sus baterías contra Velasco y sus colaboradores".

Espinoza señaló que Velasco "tuvo el mérito histórico de romper la cadena de dominación que nos ataba a Estados Unidos", siendo su primera medida la toma militar de los yacimientos de La Brea y Pariñas, explotados ilegalmente por una subsidiaria de la trasnacional estadunidense Standar Oil.

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China y Estados Unidos: la amenaza de una deriva militarista

Entrevista a Walden Bello

¿Qué hay de nuevo en el mundo en este tercer decenio del siglo XXI?

China no es solamente la segunda potencia económica mundial, sino el centro de la acumulación de capital. El 28 % del crecimiento mundial entre 2003 y 2018 proviene de China, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Su crecimiento es dos veces mayor que el de la economía estadounidense, que desde hace 50 años se ve afectada por un declive sistemático de la rentabilidad del capital.

¿Por qué el gran capital representado por las empresas multinacionales decidió apostar por China?

Hasta la década de 2000 entraron en el mercado de trabajo cientos de millones de trabajadores (80 millones solamente en la década de 2010). Hay que subrayar que estos trabajadores venían del mundo rural y su llegada permitió mantener los bajos salarios en todos los sectores de la economía china. El salario medio en China equivalía al 2,9 % del salario medio en EE UU.

¿Quién se benefició?

Para la empresas multinacionales, el desarrollo de las tecnologías de la información permitía segmentar el proceso de producción y repartir las actividades productivas entre varios países en una especie de cadena de valor. El traslado de un gran número de capacidades productivas a China, por tanto, no solo era posible, sino también sumamente lucrativo. Gracias a las normas establecidas por la Organización Mundial del Comercio (OMC), China sacó provecho de la reducción de cuotas y barreras arancelarias.

China salía beneficiada…

La alianza entre China y las multinacionales se basaba en el interés común, pero los objetivos estratégicos de una y otras eran distintos. En cierto modo, el Estado chino ha utilizado las inversiones extranjeras como sucedáneo de una clase capitalista nacional. El desarrollo económico fulgurante ha cambiado China. La renta per capita entre 1988 y 2008 aumentó un 229 %, lo que supera de lejos lo que ha ocurrido en otras partes de Asia. Por otro lado, esta situación ha creado enormes diferencias entre el 1 % más rico y el resto. Además, este crecimiento se ha producido en detrimento del medio ambiente.

¿Existe una correlación entre el crecimiento chino y el declive estadounidense?

El declive estadounidense comenzó antes del auge chino. Importantes sectores de la economía industrial ya eran menos competitivos, menos rentables. Más tarde, varias empresas estadounidenses migraron a China para contrarrestar esta tendencia a la baja. Se calcula que en EE UU se perdieron 8 millones de puestos de trabajo a causa de esta deslocalización, lo que representa un porcentaje del total bastante bajo. Según los trabajos de Thomas Piketty, la razón principal del declive económico estadounidense estriba en el aumento de las diferencias entre los salarios altos y los salarios bajos. De ahí una especie de guerra civil interna, que incluye una fuerte dimensión de racialización. Millones de personas lo vivieron como el final del sueño americano.

La estabilidad de China contrasta con esto…

Las tensiones sociales que se manifiestan cada vez más no desembocan en una crisis política. Una oposición bastante reducida quisiera promover una evolución hacia el liberalismo. Se perciben los efectos de esta crítica en las redes sociales, pero quienes mandan en China, entre ellos el presidente Xi, están en condiciones de preservar la legitimidad del Estado, que esgrime a su favor la prosperidad de la mayor parte de la población. Esto permite a la China actual proyectar una especie de modelo chino, que gana esplendor con el megaproyecto de la Nueva Ruta de la Seda destinada a conectar China con el resto del mundo.

¿Cuáles son las condiciones que han permitido este avance de China?

Un factor importante ha sido que China no ha dedicado una parte excesiva de su presupuesto al sector militar. En vez de implicarse en la gestión de los conflictos en el mundo y el refuerzo de un vasto complejo militar-industrial como EE UU, Pekín ha logrado ampliar su dominio a través de la economía, no solo en la propia China, sino también en África y en América Latina. Mientras que China invertía miles de millones en la economía del Sur global, EE UU se dedicaba a prestar ayuda militar a sus aliados geopolíticos, como Israel, Egipto, Arabia Saudí.

¿Y este proceso continúa?

China ha lanzado recientemente el Banco de Desarrollo e Infraestructuras de Asia. Este proyecto ha atraído incluso a varios aliados europeos de EE UU. Decenas de Estados del Sur global se han unido a esta iniciativa, que les permite disponer de cuatro billones de dólares para proyectos de infraestructura en el vasto continente eurasiático, así como en África y América Latina.

¿Cómo trata el nuevo presidente Biden de gestionar esto?

Trump rompió con el proyecto impulsado desde hacía 20 años al situar los intereses de EE UU por encima de todo. La idea consistía en castigar a China, sobre todo mediante acciones e intervenciones que obstaculizaran el desarrollo técnico-científico chino. Biden, más allá de ñas diferencias retóricas, va en el mismo sentido. Se han reservado más de 250.000 millones de dólares para apoyar la competitividad de las empresas estadounidenses. China es probablemente la única cuestión en que Demócratas y Republicanos comparten las mismas posiciones.

¿Podría conducir esta situación a nuevos conflictos?

Actualmente solo hay un único ámbito en que la superioridad de EE UU todavía es innegable, que es el sector militar. Nos hallamos por tanto en una ecuación peligrosa en que el declive económico y diplomático de EE UU se produce en un contexto en que todavía goza de una innegable superioridad militar. A su vez, China, aunque está invirtiendo masivamente en su ejército, está muy rezagada. En la XIX sesión del Congreso Nacional del Partido Comunista Chino, celebrada el 18 de octubre de 2017, Xi admitió este retraso. Dijo que China necesitaría 30 años para ponerse a la altura de EE UU.

China está realmente rezagada en el terreno militar…

En 2019, el gasto militar de EE UU era del orden de 732.000 millones de dólares anuales, frente a los 261.000 millones de China. El aumento del presupuesto militar estadounidense es del 5,3 % anual (frente al 5,1 % en el caso de China). Si analizamos los datos más en detalle, veremos que el contraste es muy fuerte. China dispone de un número limitado de armas nucleares (260 cabezas nucleares), que en realidad son armas defensivas. EE UU la supera de lejos (18.000 armas nucleares), que pueden ser un medio para imponer su dominación. En conjunto, la capacidad militar de China está muy alejada de la de EE UU. Recordemos que China tiene una única base militar en el extranjero (en Yibuti), mientras que EE UU tiene 25 tan solo en Asia: en Japón, Corea del Sur, Guam y Filipinas. China dispone de dos portaaviones construidos con tecnología soviética un poco anticuada, mientras que EE UU tiene 11, incluidos los de la VII flota, basada en Asia-Pacífico.

La superioridad estadounidense se basa en una estrategia…

Incluso en Washington reconocen que la capacidad de China es de naturaleza defensiva, mientras que la de EE UU es de carácter ofensivo:

  • Apuesta por el despliegue en el exterior, cerca de los enemigos reales o supuestos.
  • La doctrina militar aire-mar (AirSea) establece la necesidad de golpear al adversario en todos los ámbitos al mismo tiempo (centros de mando, sistemas de radar, lugares de producción y almacenamiento de misiles, satélites, etc.). Esto incluye el bloqueo de las rutas marítimas y terrestres.
  • Según Michael Klare, la estrategia estadounidense implica mantener una gran superioridad sobre las fuerzas del adversario y estar en condiciones de lidiar dos conflictos de gran envergadura al mismo tiempo y en todos los terrenos (militar, económico, tecnológico).

Actualmente, la relación de fuerzas es muy desfavorable a China. Las fuerzas estadounidenses rodean el territorio chino, especialmente sus regiones costeras, donde se concentran las capacidades industriales y tecnológicas. Las respuestas de China consisten en desarrollar la expansión de sus fuerzas marítimas y aéreas en la vasta zona alrededor del mar de China. En estos momentos, China y EE UU realizan simulacros de combate, con el riesgo de que se produzcan accidentes o se inicie una escalada.

¿Es posible cambiar la situación?

Hay que obligar a EE UU a aceptar un acuerdo de seguridad, que debería ser asumido y supervisado por la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). Este acuerdo debería incluir la desnuclearización de la región, la clausura de varias bases estadounidenses y la retirada de las fuerzas chinas a zonas alejadas, así como un nuevo pacto económico que incluya el respeto y la protección de la soberanía de los Estados afectados. La obra clásica de Clausewitz establece que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, dando por sentado que es el cálculo racional de los Estados el que puede determinar los niveles de conflictividad. En realidad, esta fórmula excluye demasiado el contexto de cada nación. Desde su origen, EE UU no ha dejado de organizar su expansión militar por todos los medios. Hoy, la mayoría de observadores piensan que la posibilidad de una guerra es elevada, máxime cuando la disparidad actual en el plano militar favorece a EE UU.

25/09/2020

https://alter.quebec/la-chine-et-les-etats-unis-la-menace-dune-derive-militariste/

Traducción: viento sur

Walden Bello es sociólogo y militante de la izquierda democrática en Filipinas.

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Jueves, 30 Septiembre 2021 05:19

El subimperialismo en Medio Oriente

El subimperialismo en Medio Oriente

Turquía, Arabia Saudita e Irán disputan primacía en un novedoso contexto de protagonismo regional en las tensiones de Medio Oriente. Esa gravitación es registrada por muchos analistas, pero la conceptualización de ese rol exige recurrir a una noción introducida por los teóricos marxistas de la dependencia.

El subimperialismo se aplica a estos casos y contribuye a esclarecer la peculiar intervención de esos países en el traumático escenario de la zona. La categoría es pertinente y común en múltiples planos, pero también presenta tres significados muy singulares.

Características y singularidades

El subimperialismo es una modalidad paralela y secundaria del imperialismo contemporáneo. Se verifica en las potencias medianas que mantienen un significativo distanciamiento de los centros del poder mundial. Esos países desenvuelven contradictoras relaciones de convergencia y tensión con las fuerzas hegemónicas de la geopolítica global. Turquía, Arabia Saudita e Irán se amoldan a ese perfil.

Los subimperios despuntaron en la posguerra junto a la mayoritaria extinción de las colonias y la creciente transformación de las semicolonias. El ascenso de las burguesías nacionales en los países capitalistas dependientes modificó sustancialmente el status de esas configuraciones.

En el segmento superior de la periferia irrumpieron modalidades subimperiales, en sintonía con el contradictorio proceso de persistencia mundial de la brecha centro-periferia y la consolidación de ciertos segmentos intermedios. El principal teórico de esa mutación describió en los años 60 los principales rasgos del nuevo modelo, observando la dinámica de Brasil (Marini, 1973).

El pensador latinoamericano situó el surgimiento de los subimperios, en un contexto internacional signado por la supremacía de Estados Unidos, en tensión con el denominado bloque socialista. Resaltó el alineamiento de esas formaciones con la primera potencia en la guerra fría contra la URSS. Pero también destacó que los gobernantes de esos países hacían valer sus propios intereses. Desarrollaban cursos autónomos y a veces conflictivos con el mandante norteamericano.

Esa relación de asociación internacional y poder regional propio se afianzó como una característica posterior del subimperialismo. Los regímenes que adoptan ese perfil mantienen lazos contrapuestos con Washington. Por un lado asumen posturas de estrecha imbricación y al mismo tiempo exigen un trato respetuoso.

Esa dinámica de subordinación y conflicto con Estados Unidos se sucede con imprevisible velocidad. Regímenes que parecían marionetas del Pentágono se embarcan en díscolos actos de autonomía y países que actuaban con gran independencia se someten a las órdenes de la Casa Blanca. Esta oscilación es un rasgo del subimperialismo, que contrasta con la estabilidad prevaleciente en los imperios centrales y en sus variedades alterimperiales.

Las potencias regionales que adoptan un perfil subimperial recurren al uso de la fuerza militar. Utilizan ese arsenal para afianzar los intereses de las clases capitalistas de sus países, en un acotado radio de influencia. Las acciones bélicas apuntan a disputar el liderazgo zonal con los competidores del mismo porte.

Los subimperios no actúan en el orden planetario y no comparten las ambiciones de dominación global de sus parientes mayores. Restringen su esfera de acción al ámbito regional, en estricta sintonía con la limitada influencia de los países medianos. El interés por los mercados y los beneficios es el principal motor de las políticas expansivas y las incursiones militares.

La gravitación alcanzada en las últimas décadas por las economías intermedias explica ese correlato subimperial, que no existía en la era clásica del imperialismo a principio del siglo XX. Solo en el período posterior de posguerra despuntó esa incidencia de las potencias intermedias, que ha cobrado mayor contundencia en la actualidad.

En Medio Oriente la rivalidad geopolítico-militar entre actores de la propia región ha sido precedida por cierto desarrollo económico de esos jugadores. La era neoliberal acentuó la depredación internacional del petróleo, la desigualdad social, la precarización y el desempleo en toda la región. Pero consolidó también a diversas clases capitalistas locales, que operan con mayores recursos y no disimulan sus apetitos de ganancias superiores.

Este interés por el lucro motoriza el engranaje subimperial, entre países igualmente situados en el casillero intermedio de la división internacional del trabajo. Turquía, Arabia Saudita e Irán merodean por esa inserción, sin aproximarse al club de las potencias centrales.

Comparten la misma ubicación mundial que otras economías intermedias, pero complementan su presencia en ese ámbito con impactantes incursiones militares. Esa extensión de las rivalidades económicas al terreno bélico es determinante de su especificidad subimperial (Katz, 2018: 219-262).

Actualidad y raíces

El subimperialismo es una noción útil para registrar el sustrato de rivalidad económica que subyace en numerosos conflictos de Medio Oriente. Permite notar ese interés de clase, en contraposición a los diagnósticos centrados en disputas por la primacía de alguna vertiente del islam. Esas interpretaciones en términos religiosos obstruyen la clarificación de la motivación real de los crecientes choques.

Los negocios en pugna entre Turquía, Arabia Saudita o Irán explican el carácter singular que adopta el subimperialismo en esos países. En los tres casos actúan gobiernos belicosos al comando de estados gestionados por burocracias militarizadas. Todos utilizan los credos religiosos para afianzar su poder y conquistar mayores porciones de recursos en disputa. Los subimperios han buscado capturar en Siria los botines generados por el desguace del territorio y la misma competencia se verifica en Libia por el reparto del petróleo. Participan allí de las mismas pulseadas que dirimen las grandes potencias.

En el plano geopolítico los subimperios de Turquía y Arabia Saudita actúan en sintonía con Washington, pero sin participar en las decisiones de la OTAN, ni en las definiciones del Pentágono. Se distinguen de Europa en el primer terreno y de Israel en el segundo. No intervienen en la determinación de la batalla que libra el imperialismo estadounidense para recuperar hegemonía frente al desafío de China y Rusia. Su acción se restringe a la órbita regional. Mantienen contradictorias relaciones con el poder norteamericano y no aspiran al reemplazo de los grandes dominadores del planeta.

Pero su intervención regional es mucho más relevante que la exhibida por sus pares de otras latitudes. En América Latina o en África no se observan acciones subimperiales del mismo porte. El subimperialismo empalma en Medio Oriente con antiguas raíces históricas del imperio otomano y persa. Esa conexión con cimientos de larga data no es muy corriente en el resto de la periferia.

Las rivalidades entre potencias incluyen, en este caso, un fundamento que retoma la antigua competencia entre dos grandes imperios pre-capitalistas. No sólo la animosidad entre otomanos y persas se remonta al siglo XVI. También las tensiones de este último conglomerado con los sauditas (chiitas versus wahabitas) arrastra una larga historia de batallas por la supremacía regional (Armanian, 2019).

Esos grandes poderes locales no se diluyeron en la era moderna. Tanto el imperio otomano como el persa se mantuvieron en el siglo XIX, evitando que Medio Oriente fuera simplemente rematado (como África) por los colonialistas europeos. El desmoronamiento otomano a principio de la centuria posterior dio lugar a un estado turco que perdió su vieja primacía anterior, pero renovó su consistencia nacional. No quedó relegado al mero status de semicolonia.

Durante la república kemalista Turquía apuntaló un desarrollo industrial propio, que no tuvo el éxito del bismarkismo alemán o su equivalente japonés, pero moldeó a la clase capitalista intermedia que maneja el país (Harris, 2016). Un proceso de consolidación burgués semejante se verificó con la monarquía de los Palhevi en Irán.

Ambos regímenes participaron activamente en la guerra fría contra la URSS, para apuntalar sus intereses fronterizos contra el gigante ruso. Albergaron bases norteamericanas y siguieron el guión de la OTAN, pero reforzando sus propios dispositivos militares. El subimperialismo arrastra, por lo tanto, viejos fundamentos en ambos países y no es una improvisación del escenario actual.

Ese concepto aporta un criterio para entender los conflictos en curso, superando la vaga noción de “choques entre imperios”, que no distingue a los actores globales de sus equivalentes regionales. Los subimperios mantienen una diferencia cualitativa con sus pares mayores, que desborda la simple brecha de la escala. Adoptan roles y cumplen funciones muy distintas al imperialismo dominante y sus socios.

Rivalizan además entre sí con cambiantes alineamientos externos y en conflictos de enorme intensidad. Por la magnitud de esos choques algunos analistas registran la presencia de una nueva “guerra fría interárabe” (Conde, 2018). Pero cada uno de los tres casos actuales presenta rasgos muy específicos.

El prototipo de Turquía

Turquía es el principal exponente del subimperialismo en la región. Varios marxistas han discutido ese status, en polémicas con el contrapuesto diagnóstico semicolonial (Güneş, 2019). Remarcaron los signos de autonomía del país frente a la visión que subraya la intensa dependencia hacia Estados Unidos.

En ese debate se ha resaltado correctamente la obsolescencia del concepto de semicolonia. Ese status constituía una característica de principios del siglo XX, que perdió peso con la oleada posterior de independencias nacionales. A partir de allí la sujeción económica ganó preeminencia sobre la dominación explícitamente política.

El despojo sufrido por la periferia en las últimas décadas no alteró ese nuevo patrón introducido por la descolonización. La dependencia asume otras modalidades en la época actual y la noción de semicolonia resulta inadecuada para caracterizar a las economías medianas o a los países de larga tradición política autónoma como Turquía.

El status subimperial de ese país se verifica en su política regional de expansión externa y en la contradictoria relación que mantiene con Estados Unidos. Turquía es ciertamente un eslabón de la OTAN y alberga en la base de İncirlik un monumental arsenal nuclear bajo custodia del Pentágono. Las bombas almacenadas en esa instalación permitirían destruir a todas las regiones aledañas (Cigan, 2021).

Pero son muy numerosas las acciones que Ankara desarrolla por su propia cuenta sin consultar al tutor estadounidense. Adquiere armamento ruso, discrepa con Europa, despliega tropas en forma inconsulta en varios países y rivaliza en muchos negocios con Washington.

Este rol de Turquía como potencia autónoma ha sido reconocido de hecho por Estados Unidos como un dato del ajedrez regional. Distintos mandatarios de la Casa Blanca toleraron las aventuras de Ankara sin contraponer ningún veto. Hicieron la vista gorda a la anexión del norte de Chipre en 1974 y permitieron la persecución de las minorías entre 1980-1983.

Turquía no desafía al mandante norteamericano, pero aprovecha las derrotas de Washington para escalar sus propias acciones. Erdogan ha concertado varias alianzas con los rivales de Estados Unidos (Rusia e Irán) para impedir la constitución de un estado kurdo.

Los virajes de ese mandatario ilustran una típica conducta subimperial. Hace una década inauguró un proyecto de islamismo neoliberal enlazado con la OTAN y orientado al empalme con la Unión Europea. Este rumbo era presentado por Washington como un modelo de modernización de Medio Oriente. Pero en los últimos años los voceros del Departamento de Estado cambiaron drásticamente de opinión. Pasaron del elogio a la crítica y en lugar de ponderar un régimen político afín comenzaron a denunciar a una tiranía hostil.

Ese giro en la calificación norteamericana de su controvertido socio acompañó los virajes de Turquía. Erdogan mantuvo el equilibrio de su política exterior, mientras manejaba con cierta holgura las tensiones internas. Pero se despistó con operaciones fuera de sus fronteras cuando perdió el control del rumbo local. El detonante fue la oleada democratizadora de la primavera árabe, el levantamiento kurdo y el ascenso de las fuerzas progresistas.

Erdogan respondió con violencia contrarrevolucionaria al desafío de la calle (2013), a las victorias de los kurdos y al avance de la izquierda (2015). Optó por un virulento autoritarismo represivo. Aunó fuerzas con variantes seculares reaccionarias y lanzó una contraofensiva con banderas nacionalistas (Uslu, 2020). Con ese estandarte persigue opositores, encarcela activistas y gestiona un régimen lindante con la dictadura civil (Barchard, 2018). Su comportamiento encaja con el perfil autoritario que predomina en todo Medio Oriente.

En muy pocos años transformó su inicial islamismo neoliberal en un amenazante régimen derechista, que desguarneció a la oposición burguesa. Las clases dominantes finalmente avalaron a un presidente que desplazó a la vieja elite secular kemalista y excluyó del poder a los sectores más pro-norteamericanos.

Aventuras externas, autoritarismo interno

Erdogan optó por un rumbo pro-dictatorial luego de la frustrada experiencia de su colega Morsi. El proyecto de islamismo conservador de los Hermanos Musulmanes fue demolido en Egipto por el golpe militar de Sisi. Para evitar un destino semejante, el presidente turco reactivó las operaciones bélicas externas.

Ese rumbo militarista también incluye un perfil ideológico más autónomo de Occidente. Los discursos oficiales exaltan la industria nacional y convocan a expandir los intercambios comerciales multilaterales, para consolidar la independencia de Turquía. Esa retórica es intensamente utilizada para denunciar las posturas “antipatrióticas” de la oposición. Sin abandonar la OTAN, ni cuestionar a Estados Unidos, Erdogan se ha distanciado de la Casa Blanca.

Esa autonomía generó serios conflictos con Washington. Turquía instauró un "cinturón de seguridad" con Irak, afianzó la presencia de sus tropas en Siria, envío efectivos a Azerbaiyán y ensaya alianzas con los talibanes de Afganistán. Estas aventuras -parcialmente financiada por Qatar y solventadas con recursos extraídos de Trípoli- presentan hasta ahora un alcance limitado. Son operativos de bajo costo económico y alto beneficio político. Permiten distraer la atención interna y justificar la represión, pero desestabilizan la relación con Estados Unidos.

Erdogan refuerza el protagonismo de las fuerzas armadas, que han sido desde 1920 el principal instrumento de modernización autoritaria del país. El subimperialismo turco se asienta en esa tradición belicista, que uniformó coercitivamente a la nación mediante la imposición de una religión, un idioma y una bandera. Esos estandartes son ahora retomados, para ampliar la presencia externa y conquistar los mercados aledaños. Una variante más salvaje de ese nacionalismo fue utilizado en el pasado para exterminar armenios, expulsar griegos y forzar la asimilación lingüística de los kurdos.

El presidente de Turquía preserva ese legado con el nuevo formato de la derecha islamista. Alienta sueños expansivos y exporta contradicciones internas con tropelías en el exterior. Pero actúa a favor de los grupos capitalistas que controlan las nuevas industrias medianas exportadoras. Esas fabricas localizadas en las provincias han motorizado el crecimiento de las últimas tres décadas.

Como Turquía importa el grueso de su combustible y exporta manufacturas, la geopolítica subimperial intenta apuntalar el desarrollo fabril. La agresividad de Ankara en el norte de Irak, el Mediterráneo Oriental y el Cáucaso sintoniza con el apetito de nuevos mercados que exhibe la burguesía industrial islamista.

La prioridad de Erdogan es el aplastamiento de los kurdos. Por eso buscó socavar todas las tratativas que consagraban en Siria el establecimiento de una zona bajo control de esa minoría. Intentó varias ofensivas militares para destruir ese enclave, pero terminó avalando el status quo de una frontera atosigada de refugiados.

Erdogan no ha logrado contrarrestar la autonomía que el gobierno sirio concedió a las organizaciones kurdas (PYP-UPP). Esas fuerzas logaron repeler el asedio de Kobanî en 2014-2015, derrotaron a las bandas yihadistas y ratificaron sus éxitos de Rojava. El presidente turco no logra digerir esos resultados.

La estrategia norteamericana de sostener parcialmente a los kurdos -para crear instalaciones del Pentágono en sus territorios- acentuó el distanciamiento de Ankara con Washington. El Departamento de Estado utiliza en forma muy cambiante a los kurdos como prenda de negociación con el díscolo mandatario. Obama apuntaló a esa minoría, Trump retrajo los apoyos sin cortarlos y Biden aún no definió cuál será su línea de intervención. Pero en todos los escenarios Erdogan ha puesto de manifiesto que no acepta el lugar de satélite servil que le asigna la Casa Blanca.

Las tensiones entre ambos gobiernos se profundizaron por los intereses contrapuestos en el reparto de Libia. Para colmo, Erdogan desafió al Departamento de Estado con una compra de misiles rusos, que provocó la cancelación de inversiones estadounidenses.

El punto culminante del conflicto fue el fallido golpe de estado del 2016. Washington emitió varias señales de aprobación a una asonada que estalló en zonas próximas a las bases de la OTAN. Esa conspiración fue auspiciada por un pastor refugiado en Estados Unidos (Gulen), que lidera el sector más occidentalista del establishment turco. Erdogan descabezó de inmediato a todos los militares afines a ese sector. El fracasado golpe indicó hasta qué punto Estados Unidos aspira a imponer un gobierno títere en Turquía (Petras, 2017). En su respuesta Erdogan reafirmó su resistencia a la obediencia que exige la Casa Blanca.

Ambivalencias y rivales

El subimperialismo turco equilibra la permanencia en la OTAN con las aproximaciones a Rusia. Por eso Erdogan comenzó su mandato como un estrecho aliado de Estados Unidos y luego se involucró en el rumbo opuesto (Hearst, 2020).

En la guerra de Siria estuvo enfrentado con Rusia y escaló un gran choque cuando derribó un avión militar de ese país. Pero posteriormente retomó las relaciones con Moscú e incrementó la adquisición de armamento (Calvo, 2019). También tomó distancia de los principales peones de la OTAN (Bulgaria, Rumania) y negoció un gasoducto submarino para exportar combustible ruso a Europa sin pasar por Ucrania (TurkStream).

Putin es plenamente consciente de la escasa confiabilidad de un mandatario que entrena fuerzas azerbaiyanas en conflicto con Rusia. No olvida que Turquía integra la OTAN y alberga el mayor arsenal nuclear próximo a Rusia. Pero apuesta a negociar con Ankara la disuasión de una flota norteamericana permanente en el Mar Negro.

Las tensiones con Europa son igualmente significativas. Erdogan presiona a Bruselas para recibir aportes millonarios, a cambio de retener a los refugiados sirios en sus propias fronteras. Siempre amenaza con inundar el Viejo Continente con esa masa de desamparados, si Europa sube el tono de sus cuestionamientos al gobierno turco o retacea los fondos para el sostenimiento de esa marea humana.

A nivel regional Turquía confronta ante todo con Arabia Saudita. Los dos países enarbolan estandartes islámicos divergentes, dentro del propio conglomerado sunita. Erdogan difundió un perfil de islamismo liberal en contraste con la severidad del wahabismo saudita, pero no ha podido sostener esa imagen por el feroz comportamiento de sus propios gendarmes.

Los conflictos con Arabia Saudita se concentran en Qatar, que es el único emirato del Golfo aliado con Turquía. La monarquía saudita ha intentado encuadrar a ese díscolo mini-estado con varios complots. Pero no logró repetir la exitosa conspiración que destronó a Morsi en El Cairo, sepultando la principal apuesta geopolítica de Ankara en la región.

El otro rival estratégico de Turquía es Irán. La disputa incluye en este caso, un contrapunto de adhesiones religiosas diferenciadas entre vertientes sunitas y chiitas del islamismo. La confrontación entre ambos escaló en Irak, con la frustrada expectativa turca de conquistar alguna zona afín en ese territorio. Esa pretensión chocó con la continuada primacía de los sectores pro-iraníes. Erdogan hace valer igualmente su presencia, a través de las tropas afincadas en la frontera para doblegar a los kurdos.

El vaivén ha sido la nota dominante del subimperialismo turco. Estas oscilaciones fueron muy visibles en Siria. Erdogan intentó primero tumbar a su viejo competidor Assad, pero encaró un abrupto viraje hacia el sostenimiento de ese gobierno, cuando avizoró la peligrosa perspectiva de un estado kurdo.

Ankara albergó primero al Ejército Libre Sirio para crear un régimen afín en Damasco y chocó luego con los yihadistas, que Arabia Saudita envió con el mismo propósito. Finalmente ha creado una zona tapón en la frontera de Siria para utilizar a los refugiados como moneda de cambio, mientras entrena a sus propios bandoleros.

En otras áreas Turquía entreteje el mismo tipo de contradictorias alianzas. En Libia tomó partido por la fracción de Sarraj contra Haftar, en una coalición con Qatar e Italia contra Arabia Saudita, Rusia y Francia. Envió paramilitares y fragatas para lograr una mayor tajada en los contratos petroleros y ha resuelto erigir una base militar en Trípoli, para disputar su parte en el gas del Mediterráneo. Con el mismo propósito refuerza su presencia en la porción de Chipre bajo su influencia y rivaliza por esos yacimientos con Israel, Grecia, Egipto y Francia.

Las avanzadas subimperiales de Turquía se verifican también zonas más alejadas como Azerbaiyán, donde Ankara restableció lazos con las minorías de origen turco. Suministró armas a la dinastía de los Aliyev en Bakú y apuntaló los territorios ganados el año pasado en los enfrentamientos bélicos de Nagorno-Karabaj. El añorado expansionismo otomano cobra fuerza incluso en regiones más remotas. Turquía entrenó al ejército somalí, despachó un contingente a Afganistán y amplió su presencia en Sudán.

Pero Ankara cuenta con poco margen para jugar esas partidas geopolíticas. A lo sumo puede intentar sostener su autonomía en el rediseño de Medio Oriente. Su habitual oscilación expresa una combinación de arrogancia e impotencia, derivada de la fragilidad económica del país.

Las ambiciones militaristas externas requerirían una fortaleza productiva que Turquía no detenta. Los abultados pasivos financieros del país coexisten con un déficit comercial y un desbalance fiscal, que desatan periódicas convulsiones cambiarias y bursátiles (Roberts, 2018). Esa inconsistencia económica recrea, a su vez, la división entre los sectores atlantistas y euroasiáticos de las clases dominantes, que privilegian negocios en áreas geográficas contrapuestas.

Erdogan ha intentado unificar esa diversidad de intereses, pero sólo consiguió un equilibrio transitorio. Ha impuesto cierta reconciliación entre las elites seculares de la gran burguesía con el ascendente capitalismo del interior. Logró morigerar los desequilibrios estructurales de la economía turca, pero está muy lejos de poder corregirlos. Comanda un subimperio económicamente débil para las ambiciones geopolíticas que alienta. Por eso motoriza aventuras con abruptos repliegues, enredos y volteretas.

El potencial modelo saudita

Arabia Saudita no cuenta con antecedentes subimperiales, pero se encamina hacia esa configuración. Ha sido un sostén tradicional de la dominación estadounidense en Medio Oriente, pero la acumulación de rentas, las aventuras belicistas y las rivalidades con Turquía e Irán empujan al reino hacia ese conflictivo club.

Ese curso introduce mucho ruido en la relación privilegiada de la monarquía wahabita con el Pentágono. Arabia Saudita es la primera importadora de armas del mundo (12% del total) y destina el 8,8% de su PIB a la defensa. Estados Unidos coloca en la región el 52% de sus exportaciones bélicas totales y provee el 68% de las compras de los sauditas. Cada contrato suscripto entre ambos países tiene correlatos directos en inversiones norteamericanas. La monarquía wahabita aporta un sostén estratégico a la supremacía financiera de la divisa norteamericana.

Por la decisiva gravitación de esa élite arábiga, todos los mandatarios de la Casa Blanca han buscado armonizar la incidencia de lobby sionista con su equivalente saudita. Trump logró un punto máximo de equilibrio al aproximar ambos países a un eventual establecimiento de relaciones diplomáticas (Alexander, 2018).

El entrelazamiento estadounidense con la dinastía saudita se remonta a la posguerra y al protagonismo de esa monarquía en las campañas anticomunistas. Los jeques se involucraron en incontables acciones contrarrevolucionarias, para contener la irrupción de repúblicas en toda la región (Egipto-1952, Irak-1958, Yemen-1962, Libia-1969, Afganistán-1973). Cuando el Shah de Irán fue tumbado, los reyes wahabitas asumieron un papel más directo en la defensa del orden reaccionario en el mundo árabe.

Ese regresivo rol fue nuevamente visible durante la primavera árabe de la última década. El gendarme saudí y sus huestes yihadistas encabezaron todas las incursiones para aplastar esa rebelión.

Pero al cabo de muchos años de manejo de un excedente petrolero gigantesco, los monarcas de Riad han creado también un poder propio, asentado en la renta que generan los yacimientos de la península. Esos caudales enriquecieron a los emiratos organizados en el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), que consolidó un centro de acumulación para coordinar el uso de ese excedente.

En esa administración el viejo entramado semifeudal saudita adoptó modalidades más contemporáneas de rentismo, compatibles con el manejo despótico del estado. Las pocas familiares que monopolizan los negocios utilizan el poder monárquico para impedir la presencia de competidores. Pero el descomunal volumen de riquezas que gestionan, acrecienta las rivalidades por el control del Palacio y el consiguiente tesoro petrolero (Hanieh, 2020).

El poder económico de Riad ha incentivado las ambiciones geopolíticas de la monarquía y las incursiones de los militares sauditas, colocando al país en el sendero del subimperialismo.

Este curso ha sido acertadamente interpretado por los autores que aplican el concepto de Marini al actual perfil de Arabia Saudita. Retratan cómo ese reinado cumple con los tres requisitos señalados por el teórico brasileño, para identificar la presencia de ese status. El régimen wahabita motoriza activamente la inversión extranjera directa en las economías aledañas, mantiene una política de cooperación antagónica con el dominador norteamericano y despliega un manifiesto expansionismo militar (Sánchez, 2019).

El Cuerno de África es la zona privilegiada por los monarcas para esa intervención. Extendieron a esa región todas las disputas de Medio Oriente y dirimen allí quién controla el Mar Rojo, las conexiones de Asia con África y el transporte de los recursos energéticos consumidos por Occidente.

Los gendarmes sauditas participan activamente en las guerras que han devastado a Somalia, Eritrea y Sudán. Comandan el despojo de los recursos y el empobrecimiento de las poblaciones de esos países. Las brigadas que envía Riad demuelen estados para acrecentar el lucro del capital saudí en negocios de agricultura, turismo y finanzas.

De las regiones supervisadas por los monarcas proviene, además, una significativa porción de la fuerza de trabajo explotada en la península arábiga. Los inmigrantes sin derechos conforman entre el 56% y el 82% de la masa laboral de Arabia Saudita, Omán, Bahréin y Kuwait. Esos asalariados no pueden desplazase sin permiso y están sujetos al chantaje de expulsión y consiguiente corte de las remesas. En esa estratificada división del trabajo -en torno al género, la etnia y la nacionalidad- se asienta una monumental remisión de fondos desde esa región al exterior.

Las aspiraciones de primacía regional saudita confrontan con el protagonismo logrado por los ayatolás de Irán. Desde la ruptura de relaciones diplomáticas en el 2016, las tensiones entre ambos regímenes se han procesado a través de los choques militares, entre los aliados de ambos bandos. Esa confrontación ha sido particularmente sangrienta en Yemen, Sudán, Eritrea y Siria.

La actual disputa saudí-iraní retoma, a su vez, el divorcio entre dos procesos históricos disimiles de regresión feudal e incompleta modernización. Esa bifurcación moldeó las configuraciones estatales diferenciadas de ambos países (Armanian, 2019a).

Esa disparidad de trayectorias ha desembocado, además, en cursos capitalistas igualmente contrapuestos. Mientras Riad emerge como un centro internacionalizado de acumulación del Golfo, Teherán comanda un modelo auto-centrado de recuperación económica gradual. Esa diferencia se traduce cursos geopolíticos muy divergentes.

El peligroso descontrol de la teocracia

Los reyes sauditas encabezan el sistema político más oscurantista y opresivo del planeta. Ese régimen funciona desde los años 30´, mediante un compromiso entre la dinastía gobernante y una capa de clérigos retrógrados que supervisa la vida cotidiana de la población. Una división especial de la policía tiene atribuciones para azotar a las personas que permanecen en la calle a la hora de la oración. Ese modelo retrata una modalidad acabada de totalitarismo.

La prensa estadounidense cuestiona periódicamente el descarado sostén occidental de esa clique medieval y se congratula con las reformas cosméticas que prometen los monarcas. Pero en los hechos, ningún presidente norteamericano está dispuesto a distanciarse de un reinado tan impresentable como imprescindible, para la dominación de la primera potencia.

El principal problema de un régimen tan cerrado es la potencial explosividad de sus tensiones internas. Como todos los canales de expresión están clausurados, el descontento irrumpe con actos revulsivos. Esa impronta tuvo el estallido de 1979 en La Meca y el mismo efecto produjo el protagonismo de Bin Laden. Este personaje de la capa teocrática acumuló los típicos resentimientos de un sector desplazado y canalizó ese despecho hacia el padrino estadounidense (Achcar, 2008; cap 2).

La política imperial norteamericana debe lidiar también con las peligrosas aventuras externas de la teocracia gobernante. Los jeques que administran la principal reserva petrolera del planeta han sido fieles vasallos del Departamento de Estado. Pero en los últimos años asumieron apuestas propias, que Washington observa con gran temor.

Los monarcas ambicionan confluir en una alianza con Egipto e Israel para controlar un vasto territorio. Esa mortífera expansión ya encendió muchos polvorines que complican a los propios agresores.

Las tensiones escalaron a un punto crítico desde que el príncipe Bin Salman se alzó con el trono de Riad (2017) y puso en práctica su descontrolada violencia. Maneja la incuantificable fortuna de la monarquía con total discrecionalidad y alocadas ambiciones de poder regional.

Acrecentó primero su control del sistema político confesional, con una sucesión de purgas internas que incluyeron encarcelamientos y apropiaciones de riquezas ajenas. Posteriormente se embarcó en varios operativos militares para disputar poder geopolítico. Comanda la devastadora guerra del Yemen, amenaza a sus vecinos de Qatar, rivaliza con Turquía en Siria y exhibió un insólito grado de interferencia en el Líbano, al chantajear con el secuestro del presidente de ese país. Bin Salman está decidido a subir la apuesta bélica contra el régimen de Irán, especialmente luego de la derrota de sus milicias en Siria.

Las matanzas en Yemen encabezan la andanada saudita. La realeza arremetió contra ese país para capturar los pozos petroleros aún inexplorados de la península arábiga. Al cabo de muchas décadas de frenética extracción, los yacimientos tradicionales comienzan a enfrentar ciertos límites, que inducen a buscar otras vetas de abastecimiento. Riad pretende asegurar su primacía, con el acceso directo a los tres cruces estratégicos de la zona (Estrecho de Ormuz, Golfo de Adán y Bab el- Mandeb). Por eso rechazó la reunificación de Yemen y buscó romper a ese país en dos mitades (Armanian, 2016).

Pero la sangrienta batalla de Yemen se ha convertido en una trampa. La dinastía saudita afronta allí un pantano semejante al padecido por Estados Unidos en

Afganistán. Ha provocado la mayor tragedia humanitaria de la última década sin conseguir el control del país. No logra doblegar la resistencia, ni disuadir los ataques en su propia retaguardia. Los impactantes bombardeos con drones al corazón petrolero de Arabia Saudita ilustran la dimensión de esa adversidad.

Se ha demostrado que la alta tecnología en el uso de los misiles es un arma de doble filo cuando los enemigos descifran su manejo. La única respuesta de Riad ha sido acentuar el cerco alimentario y sanitario con muertos de hambruna al por mayor y 13 millones de afectados por epidemias de distinto tipo.

Esos crímenes son ocultados en la presentación corriente de esa guerra como una confrontación entre súbditos de Arabia Saudita e Irán. El sostén que aporta Teherán a la resistencia contra Riad, no es el factor determinante de un conflicto derivado del apetito expansivo de la monarquía.

Esa ambición explica también el ultimátum a Qatar, que estableció una alianza con Turquía. La monarquía wahabita no tolera esa independencia, ni la equidistancia con Irán o la variedad de posturas que exhibe la cadena Al Jazzera (Cockburn, 2017).

Los qataríes albergan una estratégica base norteamericana, pero han concertado importantes acuerdos energéticos con Rusia, mantienen intercambios con la India y no participan en la “OTAN sunita” que fomenta Riad (Glazebrook, 2017). Lograron, además, disfrazar su opresivo régimen interno con un operativo de “sportwashing” que los transformó en un gran auspiciante del futbol europeo. Bin Salman no ha podido lidiar con ese adversario y algunos analistas advierten que tiene en carpeta una operación militar para forzar el sometimiento de sus vecinos (Symonds, 2017).

Al borde del precipicio

El intervencionismo del príncipe saudita se afianza a un ritmo vertiginoso. En Egipto consolida su influencia multiplicando el financiamiento de la dictadura de Sisi. En Libia sostiene a la fracción de Haftar contra el rival que apadrina Ankara y espera la correspondiente retribución en contratos.

El monarca apuntala en Irak las contraofensivas de las fracciones sunitas para erosionar la primacía de Irán. Ese apoyo incluye el incentivo de masacres y guerras religiosas. En Siria buscó crear un califato sometido a Riad y enemistado con Ankara y Teherán. El fanatismo bélico del monarca se ha corporizado en la red de mercenarios que reclutó a través de la denominada “Alianza Militar Islámica”.

Arabia Saudita es una guarida internacional de los yihadistas que el Pentágono apadrinó con gran entusiasmo inicial. Pero los monarcas utilizan cada vez más a esos grupos como tropa propia, sin consultar a Estados Unidos y a veces en contrapunto con Washington.

En Somalia, Sudán y algunos países africanos la coordinación con el mandante norteamericano se quebró. Nunca se ha clarificado, además, el significado de los atentados de una organización como Al Qaeda, que contaba con el visto bueno de la monarquía. Las acciones terroristas de los yihadistas como fuerza transfronteriza son frecuentemente indescifrables y suelen desestabilizar a Occidente.

Ese descontrol chocó con la estrategia de Obama de aquietar las tensiones de la región, mediante sintonías con Turquía y tratativas con Irán. Trump apostó, en cambio, a favor del príncipe Salman con mayores ventas de armas, encubrimientos de masacres y convergencias con Israel.

Pero las imprevisibles acciones del monarca han generado crisis mayúsculas. El salvajismo que exhibió con el descuartizamiento del opositor Khashoggi desató un escándalo que no ha cicatrizado. El periodista era un fiel servidor de la monarquía, que posteriormente estrechó vínculos con los liberales de Estados Unidos. Trabajaba para el Washington Post y destapó datos de la criminalidad imperante bajo el régimen saudita.

El arrogante príncipe optó por asesinarlo en la propia embajada de Turquía y quedó expuesto como un vulgar criminal, cuando el presidente Erdogan transparentó el caso para su propia conveniencia. Trump hizo lo imposible para encubrir a su socio con algún cuento de alocados asesinos, pero no pudo ocultar la responsabilidad directa del joven reyezuelo.

Ese episodio retrató el carácter inmanejable de un mandatario aventurero, que con el ocaso de Trump perdió sostén directo en la Casa Blanca. Ahora Biden anunció un nuevo rumbo, pero sin aclarar cuál será ese sendero. Mientras tanto pospone la apertura de los archivos secretos que esclarecerían la relación de las cúpulas sauditas con el atentado a las Torres Gemelas.

En el establishment norteamericano se han multiplicado las prevenciones contra un aventurero, que dilapidó parte de las reservas del reino en belicosas andanzas. La factura de la guerra del Yemen ya está a la vista en el agujero presupuestario, que aceleró los proyectos de privatización de la empresa estatal de petróleo y gas.

La teocracia medieval se ha convertido en un dolor de cabeza para la política exterior norteamericana. Algunos artífices de esa orientación propician cambios más sustanciales en la monarquía, pero otros temen el efecto de esas mutaciones sobre el circuito internacional de los petrodólares. Washington terminó perdiendo la fidelidad de muchos países que aligeraron sus dictaduras o atemperaron sus reinados.

Esas disyuntivas no tienen soluciones preestablecidas. Nadie sabe si las acciones de Bin Salman son más peligrosas que su reemplazo por otro príncipe del mismo linaje. La existencia de un gran reinado en el entramado de los mini-estados que componen las dinastías del Golfo aporta más solidez, pero también mayores riesgos para la política imperialista.

Por esa razón los asesores de la Casa Blanca discrepan a la hora de auspiciar políticas de centralización o balcanización de los vasallos de Washington. En ambas opciones el deslizamiento de Arabia Saudita hacia un sendero subimperial entraña conflictos con el dominador norteamericano.

Contradictoria reconstitución en Irán

El status subimperial actual de Irán es más controvertido y permanece irresuelto. Incluye varios elementos de esa performance, pero también contiene rasgos que cuestionan esa ubicación.

Hasta los años 80 el país era un modelo de subimperialismo y Marini lo presentó como un ejemplo análogo al prototipo brasileño. El Shah era el principal socio regional de Estados Unidos en la guerra fría contra la URSS, pero al mismo tiempo desarrollaba su propio poder en disputa con otros aliados del Pentágono.

La dinastía de los Palhevi afianzó esa gravitación autónoma mediante un proceso de modernización con parámetros de occidentalismo anticlerical. Apuntaló la expansión de las reformas capitalistas en sucesivos conflictos con la casta religiosa.

El monarca pretendía gestar un polo de supremacía regional distanciado del mundo árabe y sentó las bases para un proyecto subimperial, que reconectaba con la raíz histórica de las confrontaciones que tuvieron los persas con los otomanos y los sauditas (Armanian 2019b).

Pero el desplome del Shah y su reemplazo por la teocracia de los Ayatolás modificaron radicalmente el status geopolítico del país. Un subimperio autónomo -pero estructuralmente asociado con Washington- se transformó en un régimen sacudido por la tensión permanente con Estados Unidos. Todos los mandatarios de la Casa Blanca han buscado destruir al enemigo iraní.

Ese conflicto altera el perfil de un modelo que ya no cumple con uno de los requisitos de la norma subimperial. La estrecha convivencia con el dominador norteamericano ha desaparecido y ese cambio confirma el carácter mutable de una categoría, que no comparte la perdurabilidad de las formas imperiales.

Los choques con Washington han modificado el perfil subimperial precedente de Irán. La vieja ambición de supremacía regional ha quedado articulada con la defensa frente al acoso norteamericano. Todas las acciones externas del país apuntan a crear un anillo protector, ante las agresiones que el Pentágono coordina con Israel y Arabia Saudita. Teherán interviene en los conflictos en curso con ese propósito de salvaguardar sus fronteras. Opta por alianzas con los adversarios de sus enemigos y busca multiplicar los incendios en la retaguardia de sus tres peligrosos atacantes.

Esta impronta defensiva determina una modalidad muy singular de eventual resurgimiento subimperial de Irán. La búsqueda de supremacía regional coexiste con la resistencia al acoso externo, determinando un curso geopolítico muy peculiar.

Defensas y rivalidades

El expansionismo suave de Irán en las zonas de conflicto refleja esa contradictoria situación del país. El régimen de los Ayatolás ciertamente comanda una red reclutamiento chiita con milicias adscriptas a esa identidad en toda la región. Pero en sintonía con la impronta defensiva de su política, actúa con mayor cautela que sus adversarios yihadistas.

La principal victoria del régimen fue lograda en Irak. Consiguieron colocar al país bajo su mando, luego de la devastación perpetrada por los invasores yanquis. Ahora utilizan el control de ese territorio como un gran tapón defensivo, para desalentar los ataques que Washington y Tel Aviv retoman una y otra vez.

El mismo propósito disuasivo ha guiado la intervención de Teherán en la guerra de Siria. Sostuvo a Assad y se involucró directamente en acciones armadas, pero buscó afianzar un cordón de seguridad para sus propias fronteras. Las milicias del Hezbollah libanés actuaron como los principales artífices de ese cinturón amortiguador.

Los sangrientos choques en Siria se desenvolvieron como ensayos de la conflagración mayor que los sionistas imaginan contra Irán. Por eso Israel descargó sus bombardeos sobre los destacamentos chiitas.

Washington ha denunciado reiteradamente la “agresividad de Irán” en Siria, cuando en los hechos Teherán refuerza su defensa frente a la presión estadounidense. En esa resistencia logró resultados satisfactorios. Trump jugó sus cartas a las distintas incursiones de Israel, Arabia Saudita y Turquía y terminó perdiendo la batalla. Ese fracaso corrobora la adversidad general que afronta Washington. Al cabo de incontables arremetidas no pudo someter a Irán y la madre de todas las batallas continúa pendiente.

En un plano más acotado, Irán disputa primacía regional con Arabia Saudita en las guerras de los países vecinos. En Siria los yihadistas de Riad privilegiaron los asaltos contra tropas adiestradas por su rival y en Yemen la monarquía wahabita ataca a las milicias que sintonizan con Teherán. En Qatar, Líbano e Irak se verifica la misma tensión, que tiende a dirimirse en la disputa por el estrecho de Ormuz. El control de ese pasaje puede consagrar al ganador de la partida entre los Ayatolás y la principal dinastía del Golfo. Por esa ruta -que conecta a los exportadores de Medio Oriente con los mercados del mundo- circula el 30% del petróleo comercializado en todo el planeta.

Al igual que su adversario saudita, el régimen iraní utiliza el velo religioso para encubrir sus ambiciones (Armanian, 2019b). Enmascara la intención de acrecentar su poder económico y geopolítico, alegando la superioridad de los postulados chiitas frente a las normas sunitas. En los hechos, las dos vertientes del islamismo se amoldan a regímenes igualmente controlados por oscurantistas capas de clérigos.

La rivalidad con Turquía no presenta hasta ahora contornos tan dramáticos. Incluye desinteligencias que están a la vista en Irak, pero no alteran el status quo, ni asumen la peligrosidad del choque con los sauditas. El gobierno pro-turco de los Hermanos Musulmanes en Egipto mantenía los equilibrios regionales que ansía Irán. Por el contrario la tiranía -que actualmente apadrinan Washington y Riad- se ha transformado en otro adversario activo de Teherán.

Al igual que Turquía y Arabia Saudita, Irán ha expandido su economía y el gobierno busca amoldar ese crecimiento a una presencia geopolítica más descollante. Pero Teherán ha seguido un desenvolvimiento autárquico adaptado a la prioridad de la defensa y a la resistencia del acoso externo. Las exportaciones petroleras han sido utilizadas para apuntalar un esquema que mixtura el intervencionismo estatal con el fomento de los negocios privados.

Todos los avances geopolíticos han sido transformados por la elite gobernante en esferas de lucro, manejadas por grandes empresarios asociados con la alta burocracia estatal. El control de Irak abrió un inesperado mercado para la burguesía iraní, que ahora también disputa el negocio de la reconstrucción de Siria.

En el tablero entre Irán y sus rivales hay numerosas incógnitas. Los Ayatolás han ganado y perdido batallas fuera de su país y afrontan disyuntivas económicas muy difíciles. La cúpula clerical-militar gobernante que prioriza el negocio petrolero debe lidiar con la desconexión financiera internacional que ha impuesto Estados Unidos. El régimen perdió la cohesión del pasado y debe definir respuestas frente a la decisión israelí de evitar la conversión del país en una potencia atómica.

Las dos principales alas del oficialismo impulsan estrategias diferenciadas de mayor negociación o creciente pulseada bélica. El primer rumbo prioriza los colchones defensivos en las zonas de conflicto. El segundo curso no rehúye repetir el desangre sufrido durante la guerra con Irak. La reconstitución subimperial depende de esas definiciones.

Escenarios críticos

El concepto de subimperialismo contribuye a clarificar el explosivo escenario de Medio Oriente y sus regiones aledañas. Permite registrar el protagonismo de las potencias regionales en los conflictos de la zona. Esos jugadores tienen mayor incidencia que en el pasado y no actúan en el mismo plano que las grandes potencias globales.

La noción de subimperialismo facilita la comprensión de esos procesos. Esclarece el papel de los países más relevantes y clarifica la continuada distancia que mantienen con Estados Unidos, Europa, Rusia y China. Explica, además, por qué razón las nuevas potencias regionales no reemplazan al dominador estadounidense y desenvuelven trayectorias frágiles corroídas por inmanejables tensiones.

Turquía, Arabia Saudita e Irán rivalizan entre sí desde configuraciones subimperiales y el desemboque de esa competencia es muy incierto. Si alguno de los contrincantes emerge como ganador doblegando a otros, podría introducir un cambio total en las jerarquías geopolíticas de la región. Si por el contrario las potencias en disputa se agotan en interminables batallas, terminarían anulando su propia condición subimperial.

Estas caracterizaciones y diagnósticos aportan el cimiento para otro debate clave. ¿Cuál es la singularidad de Israel en el tablero regional? ¿Cómo debería caracterizarse el rol de ese país? Abordaremos ese tema en nuestro próximo texto

Resumen

Tres países de la región reúnen las características del subimperialismo. Son economías intermedias que despliegan acciones militares y relaciones contradictorias con Estados Unidos. No sustituyen a los protagonistas globales y enlazan con raíces de larga data.

El concepto se aplica a Turquía. Clarifica su expansionismo externo, las ambigüedades frente a Washington y el autoritarismo de Erdogan. También esclarece las aventuras externas y la persecución de los kurdos.

La acumulación de rentas, las aventuras bélicas y las ambiciones de los monarcas encaminan a Arabia Saudita hacia el subimperialismo. Pero la teocracia incuba explosivas reacciones internas y afronta adversos resultados militares.

La eventual reconstitución del status subimperial de Irán se combina con una nueva tónica defensiva de tensiones con Estados Unidos. Las disputas entre subimperios modifican el status de todos los contrincantes.

 

29 septiembre 2021

 

Referencias

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Armanian, Nazanín (2016). EEUU y Arabia Saudí provocan en Yemen la mayor crisis humanitaria del mundo, 25-9, https://blogs.publico.es/puntoyseguido/3550/eeuu-y-arabia-saudi-provocan-en-yemen-la-mayor-crisis-humanitaria-del-mundo/

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