Sábado, 24 Octubre 2020 06:09

La derrota del racismo

Luis Arce y David Choquehuanca, elegidos presidente y vicepresidente de Bolivia, durante la campaña electoral. AFP, MAS

El nacimiento de un nuevo ciclo político en Bolivia

 

Tras el abrumador triunfo del MAS y con el fin del régimen de Áñez, se abre un nuevo escenario que va más allá de un simple retorno de los partidarios de Evo Morales al Palacio Quemado: ahora la derecha es más fuerte que en 2005 y las bases masistas se encuentran empoderadas y movilizadas luego de su tenaz resistencia al despotismo.

 

En sus primeras declaraciones, el presidente electo, Luis Arce Catacora, esbozó modos y maneras diferentes a las practicadas por Evo Morales en sus 14 años de mandato: «Vamos a construir un gobierno de unidad nacional, vamos a trabajar y vamos a reconducir el proceso de cambio sin odios y aprendiendo y superando los errores como Movimiento al Socialismo [MAS]».

Esas declaraciones encarnan lo que siente una parte del 52 por ciento del electorado que el domingo 18 votó por la candidatura Arce-Choquehuanca. De primar ese sentimiento, es posible que Bolivia se encamine ahora en una dirección distinta a la que predominó durante los gobiernos de Morales-García Linera y, en especial, durante el año en que gobernó Jeanine Áñez.

Es que algo importante parece haber cambiado en el seno del MAS, en particular entre las dirigencias que permanecieron en el país durante un año plagado de incertidumbres y haciendo frente al odio racista desplegado por el gobierno golpista. Un cambio que se refleja en las palabras dichas el lunes 19 por la presidenta del Senado, la masista Eva Copa, sobre el anunciado retorno de Morales: «Nosotros no creemos que sea el momento adecuado, él tiene temas que solucionar todavía. Pero nosotros a la cabeza de Luis Arce y como Asamblea [Parlamento] tenemos tareas que culminar».

UN RESULTADO TRANSPARENTE

Explicar por qué el MAS, sin Morales como candidato, recogió siete puntos más que lo hecho hace un año atrás requiere una doble mirada. Por un lado, a la hora de desmenuzar los resultados, casi todos los analistas colocan en un lugar destacado la gestión del gobierno de Áñez y en particular la del ministro de Gobierno, Arturo Murillo.

«Áñez fue la gran jefa de campaña del MAS», dijo el lunes a la emisora Erbol el politólogo y docente de la Universidad Mayor de San Andrés Roger Cortez, quien agregó que habría que dar «medallas especiales a los ministros de Gobierno y Defensa». El caso de Murillo enseña los peores rasgos de un gobierno de transición que deseaba quedarse el mayor tiempo posible. El rechazo a Murillo provino no sólo de una parte importante de la población, sino también de varios ministros que renunciaron a sus cargos por disconformidad con sus declaraciones, ya que acostumbraba a lanzar amenazas e investigaciones contra oponentes, periodistas y compañeros de gabinete que osaran cuestionarlo. El racismo y las posiciones ultraderechistas enajenaron del oficialismo incluso a parte de las clases medias que se pronunciaron contra Morales en octubre de 2019.

Lo cierto es que el MAS ganó en los cinco departamentos de mayoría indígena: en La Paz superó el 68 por ciento y en Oruro, el 62 por ciento; en Cochabamba votó por encima del 65 por ciento; en Potosí alcanzó el 57 por ciento y en Chuquisaca, el 49. Ganó también en Pando, con el 45 por ciento. Carlos Mesa, sin fibra y muy escorado a la derecha, ganó en Tarija con casi diez puntos de ventaja, pero en Beni con un margen más ajustado.

La polarización territorial es evidente, tanto como el crecimiento de una nueva derecha radical. Recordemos que en las elecciones de 2014 el MAS había obtenido el 49 por ciento de los votos en Santa Cruz y que ahora quedó estancado allí en el 35 por ciento, a contracorriente de su ascenso en el resto del país con respecto a 2019. En ese departamento ganó con holgura el domingo el ultraderechista Luis Fernando Camacho, con el 45 por ciento de los votos.

Para Cortez, la victoria del MAS se explica por el predominio de un electorado conservador, pero no en el sentido ideológico de la palabra, sino en su adhesión al pragmatismo. Una buena parte de los votantes, afirma, se inclinó por Arce «por la situación que vive el país, porque, aunque conoce las fechorías del gobierno del MAS, también sabe y recuerda los resultados que este obtuvo en materia de pobreza e igualdad». En suma, votó por lo conocido, ya que «Arce tiene mejores posibilidades que sus contrincantes de hacerlo bien».

Sin embargo, el analista no se muestra nada optimista de cara al futuro inmediato. Sostiene que el MAS va a tener en contra enemigos más poderosos que los que tuvo en las elecciones: el coronavirus y la inminencia de una segunda ola, y una economía con ingresos decadentes por exportaciones de gas e inversiones en petróleo que, en vistas del actual contexto internacional, difícilmente llegarán.

EL FACTOR CHOQUEHUANCA

El vicepresidente electo tiene una extensa trayectoria política. Durante el gobierno de Morales fue canciller (2006-2017), hasta que el jesuita Xavier Albó tuvo la ocurrencia de mencionarlo como eventual candidato a la presidencia del MAS, ya que el referendo de 2016 había denegado a Evo esa posibilidad. Mantiene un largo diferendo con el exvicepresidente Álvaro García Linera (quien lo tildó de «pachamámico» por su apoyo a la espiritualidad ancestral) y Evo lo aceptó como vice para estas elecciones a regañadientes, presionado por las bases y los movimientos sociales, que se empeñaron en defender su candidatura (véase «La última palabra», Brecha, 24-I-20).

Para algunos, su presencia en la boleta fue clave para el triunfo holgado del domingo. Pablo Solón, exembajador ante la ONU por el gobierno de Morales (2009-2011), lo escribió sin matices al día siguiente de las elecciones: «El MAS no ganó por Evo, sino a pesar de Evo. Evo quería marginar a David Choquehuanca, que es el candidato elegido por las organizaciones sociales, principalmente indígenas de las tierras altas y los valles. El triunfo del MAS fue aplastante en las áreas rurales de estas regiones en gran medida debido a la candidatura de David».

En esas regiones es donde el MAS recuperó los niveles de votación más altos que tuvo en su historia y que habían caído hasta mínimos en octubre de 2019. Este domingo, en Oruro, Potosí y La Paz el voto masista creció entre 15 y 18 puntos en sólo un año. El desastroso gobierno de Áñez y Murillo parece no bastar para explicar este repunte.

Solón recuerda en su blog que en el congreso del MAS de este año «las organizaciones sociales indígenas del altiplano y los valles asumieron una determinación democrática desde las bases que hicieron prevalecer a medias frente a Evo, porque su posición original era “David presidente”». La conclusión del exdiplomático es lapidaria: los resultados de estas últimas elecciones demuestran que en 2019 el MAS se habría evitado contratiempos si hubiera dejado de insistir en la reelección de Morales, forzada a contrapelo de un plebiscito y de la propia Constitución.

Lo cierto es que el factor Choquehuanca no es un asunto de afinidades personales, sino un emergente de las relaciones entre la cúpula del MAS (Morales y García Linera) y las organizaciones sociales. Es probable que en los primeros meses no se repitan escenas de intimidación y cooptación de los movimientos como las vistas durante los gobiernos pasados del MAS, sino que la pelea interna se focalice en arrinconar al nuevo vice, contando con la neutralidad del nuevo mandatario.

«Arce está decidido a mostrar otra cara», explicó Cortez, «pero la situación interna del MAS es complicada». El analista vaticinó, incluso, que el actual presidente podría no cumplir los cinco años de su mandato, ya que a los problemas internos del partido de gobierno se debe sumar una crisis económica que no dará tregua.

MOVIMIENTOS Y PROCESO DE CAMBIO

El director del periódico Pukara, de orientación indianista, Pedro Portugal, señaló este martes que «cuando Evo Morales renunció al poder, tras las elecciones fallidas de 2019, se vislumbró que sectores populares e indígenas eran contrarios al expresidente o estaban indiferentes a su suerte» (Página Siete, 20-X-20).

Pukara reúne a buena parte de la intelectualidad aymara en evidente pugna con García Linera por el relato histórico-político del proceso político boliviano (el exvicepresidente lidera a su vez lo que los indianistas denigran como «el entorno blancoide» de Morales). Según su director, Choquehuanca se movió a sus anchas en el mundo andino durante la campaña electoral. Entre otras cosas, relata, además, que como canciller fue discriminado y excluido de un gobierno en el que se lo consideraba un mero «representante indígena». El conflicto que tuvo con Linera, e indirectamente con el mismo Evo Morales, le habría servido para congeniar con sectores indígenas que empezaban a tener una actitud crítica al MAS, sostiene Portugal.

Prueba de ello son las charlas que Choquehuanca mantuvo durante la campaña con Felipe Quispe, el Mallku, histórico dirigente aymara del altiplano que asumió el liderazgo de varios bloqueos con los que, en agosto, protestaron contra la constante postergación de las elecciones ejercida por el régimen (véase «En suspenso» , Brecha, 28-VIII-20). Días antes de los comicios, Quispe dijo que iba votar por el MAS para respaldar a Choquehuanca: «En estas elecciones tenemos que votar para nuestros propios hermanos que están como candidatos, [como es] el caso de nuestro hermano David Choquehuanca» (Eju.tv, 15-X-20).

Quispe mantuvo tensos enfrentamientos con Morales durante el ciclo de protestas del período 2000-2005, que se saldó con la llegada del MAS al gobierno. Cuando su hijo Ayar fue asesinado en mayo de 2015 en una plaza de El Alto, llegó incluso a acusar indirectamente a su excompañero de guerrilla, el entonces vicepresidente, García Linera, de haber sido el inspirador del crimen (Correo del Sur, 3-VI-15).

Lo cierto es que los vientos no corren a favor de los cuadros que encabezaron el gobierno de Evo. Las juventudes del MAS se han pronunciado en contra del retorno inmediato del expresidente, apelando a la figura andina de la rotación: «Las 20 provincias hemos propuesto que el hermano presidente Evo Morales no tenía que volver porque él ya ha trabajado» (Radio Fides, 19-X-20).

Las bases de los movimientos sociales parecen tener claro que no debe repetirse el libreto anterior, en particular en las relaciones con el gobierno. El exdirigente fabril Oscar Olivera, referente principal de la guerra del agua –que en abril del año 2000 dio inicio al ciclo de protestas antineoliberales–, dijo a Brecha que «la gente confía en reconducir el proceso de cambio» y se mostró favorable a Choquehuanca.

Solón coincide con esta apreciación: «La clave para un relanzamiento del proceso de cambio no está tanto en el futuro gobierno, sino en la capacidad de autogestión y autonomía de las organizaciones sociales y su capacidad de retomar un curso de propuestas alternativas a todos los niveles». Además, piensa que las demandas de 2003, articuladas en torno a la Agenda de Octubre que inspiró al primer gobierno de Evo, están agotadas y que es necesaria una nueva estrategia.

Un dato mayor a tener en cuenta en el nuevo período será la casi inevitable repetición del proceso de entrega de prebendas a dirigentes, una historia que se arrastra desde la revolución de 1952, en reiteración de un vínculo corrupto que ya es cultura política y práctica asentada. Esto viene agravado por el surgimiento durante los gobiernos del MAS de lo que Solón denomina «nueva burguesía», un clase social «asociada a la burocracia estatal, los contratos con el Estado, el comercio, el contrabando, las cooperativas mineras y la producción de la hoja de coca ligada al narcotráfico».

Piensa que estas nuevas elites seguirán incidiendo en el gobierno y en el partido. «El futuro gobierno del MAS es ya un espacio en disputa». Pero ahora la palabra la tendrán, una vez más, las bases sociales rurales y urbanas, esas que llevaron a Morales al gobierno, que lo dejaron caer al no movilizarse en su defensa y luego pelearon y se sacrificaron contra la derecha racista hasta doblegarla. Acumulan una larga experiencia y sabiduría y las pondrán en juego en los próximos meses.

 

Por Raúl Zibechi
23 octubre, 2020

Publicado enInternacional
¿Por qué volvió a ganar el MAS? Lecturas de las elecciones bolivianas

Contra todos los pronósticos, el Movimiento al Socialismo (MAS) se impuso en las elecciones bolivianas con más del 50% según todos los conteos rápidos. ¿Qué explica este resultado a solo un año de la caída de Evo Morales?

 

El triunfo del binomio Luis Arce-David Choquehuanca en primera vuelta, con más de 50% de los votos, acabó abruptamente con muchos de los análisis vertidos durante toda la campaña y le permite al Movimiento al Socialismo (MAS) volver al poder a solo un año de haber sido ejecutado por unas movilizaciones combinadas con un motín policial y, finalmente, el aval de las Fuerzas Armadas.

¿Qué explica está victoria y el fracaso de la candidatura de centroderecha de Carlos Mesa? ¿Qué nos dice este proceso electoral, que logró desarrollarse en orden y con un rápido reconocimiento de los resultados, aún preliminares, por parte de todas las fuerzas políticas? Para responder a estas preguntas, Nueva Sociedad pidió la opinión de analistas e investigadores sociales, que proyectan sus miradas más allá y más acá de las elecciones del pasado 18 de octubre.

Pablo Ortiz (periodista)

Un año después de su caída, el MAS vuelve a ser el partido hegemónico de la política boliviana. Es el único realmente estructurado, con una militancia y un voto fidelizado, que resiste incluso la salida del escenario político de su máximo líder y fundador: Evo Morales.

La elección general de 2020 es la primera elección sin Evo Morales desde 1997 y es la primera votación que cumple con el referendo del 21 de febrero de 2016, que le dijo a Morales que no podía aspirar a una nueva reelección. Durante toda la campaña se había hablado del siguiente quinquenio presidencial como un ejercicio de transición antes de llegar al posmasismo, pero las urnas decidieron contradecir a los pronosticadores de la política y dictaron sentencia: no era el proyecto del MAS el que estaba agotado, sino el mando único, la repetición sin fin de la figura de Morales como presidente.

Luis Arce Catacora concluirá primero cuando se termine de contar los votos y habrá logrado entre seis y diez puntos más que Morales en las elecciones fallidas de 2019. Para eso necesitó algunas herramientas que lo llevaron a un triunfo con una ventaja insospechada.

La primera fue la estrategia correcta. Mientras que Carlos Mesa, Luis Fernando Camacho y otras fuerzas menores apostaron al clivaje MAS/anti-MAS (todos se presentaban como la mejor opción para que el anterior partido de gobierno jamás volviera), el MAS puso el acento en la crisis económica y la estabilidad como ejes de discurso y apostó a consolidar su voto duro como objetivo público número uno. El MAS desarrolló una campaña en los márgenes de las ciudades, con caminatas y concentraciones pequeñas, mezclando reuniones sindicales con conferencias académicas para alejarse de la imagen que predominó en la última campaña de Morales.

Arce y sus estrategas apostaron por las barrios alejados, por los pobres y los empobrecidos del coronavirus; por quienes pasaron de la pobreza a la clase media durante los 14 años de gobierno de Morales y volvieron a caer en la pobreza por el coronavirus; por la nostalgia que el agravamiento de la crisis (a principios de mayo, 3,2 millones de bolivianos no tenían lo suficiente para comprar alimentos, por culpa de la pandemia y la cuarentena) creó de los años de bonanza del MAS.

Para eso tuvo aliados involuntarios, ambos llegados desde el Oriente boliviano, las regiones del país que siempre se le resistieron a Morales. La primera «ayuda» fue la del gobierno de transición. El gobierno de Jeanine Áñez era leído como la continuación de la llamada «revolución de las pititas», la revuelta ciudadana que precedió al motín policial y la «sugerencia» de renuncia de la Fuerzas Armadas a Evo Morales. La presidenta, surfeando sobre los 100 días de luna de miel, se animó a lanzar su candidatura en enero pasado para unas elecciones que debían ser en mayo, y con ello destruyó las bases de su gobierno: un pacto no escrito entre todas las figuras del antievismo para asegurar una transición que finalizara con un partido distinto del MAS en el poder, y la colaboración de los dos tercios de diputados y senadores del MAS en la Asamblea Legislativa, que entendían que colaborando con Áñez llegarían antes a unas elecciones que los devolverían al poder.

Con el inicio de la campaña, cayó el coronavirus. Al tiempo que familiares y ministros de Áñez comenzaban a disfrutar de las ventajas del poder (aviones, fiestas), sus aliados de retiraban dejando un reguero de hechos de corrupción que destruyeron uno de los primeros mitos fundacionales del antievismo: ellos eran capaces de cometer los mismos actos de corrupción y abuso de poder que el MAS. El tiro de gracia a la popularidad de Áñez llegó en plena cuarentena: se compraron más de 100 respiradores de origen español que no solo se pagaron cuatro veces más de su precio de lista, sino que no servían para terapia intensiva. Así, los reemplazantes de los supuestos corruptos y fraudulentos no solo eran corruptos, sino también altamente ineficientes. En pocos meses, y en medio de la pandemia, cayó un ministro de Salud tras otro.

Pero hubo una «ayuda» más. De las calles surgió un liderazgo potente y que prometía victoria: Luis Fernando Camacho, el hombre que había liderado la «revolución de las pititas» e incluso había forzado a Morales a abandonar Bolivia (tras la renuncia del presidente, él mismo anunció que estaban buscándolo para arrestarlo, lo cual precipitó la evacuación hacia México), se postuló para presidente aprovechando su gran popularidad en Santa Cruz.

El MAS y Arce aún eran hegemónicos en La Paz y Cochabamba, pero necesitaban que la renuente Santa Cruz, la segunda región con mayor cantidad de votantes de Bolivia e históricamente antimasista, no se inclinara por Mesa, el candidato que más cerca estaba de Arce. En 2019 se había dado un escenario parecido. Morales lideraba las encuestas y Santa Cruz estaba controlada por Óscar Ortiz, candidato local que aspiraba a ser presidente, pero en la última semana la estrategia de «voto útil» de Mesa le dio 47% de los votos cruceños y lo acercó lo suficiente a Morales como para discutir si había ganado en primera vuelta o no.

Esta vez, Camacho no sufrió el mismo efecto de desgaste. Surgido de las calles, religioso y con un discurso que exuda testosterona, tiene una impronta más emocional que propositiva y se planteó a sí mismo como el garante de que Morales no volvería al país. Pero esa no fue la clave para que se impusiera ante la estrategia del voto útil de Mesa, sino que logró exacerbar el orgullo identitario del cruceño y convertirlo en voto. A diferencia de Ortiz, Camacho no trató de «nacionalizarse» para conquistar votos, sino que apostó por convertir al resto de los bolivianos en cruceños. Eso, sumado a la juventud del votante cruceño, convirtieron a Camacho en una fuerza local e irreductible que cerró el territorio de Santa Cruz a Mesa y polarizó el voto con Arce, lo que le permitió a este una victoria más holgada.

Eso sí, nadie se esperaba que Arce, que no es caudillo sino tecnócrata, superara el 50% de los votos. Para ello tuvo que hacer algunas jugadas finales, que lo acercan a priori a ser el primer presidente del posevismo antes que la continuidad de Morales. Lo primero fue tener la capacidad de criticar la gestión de Morales y cuestionar el entorno con el que gobernó el «primer presidente indígena». Arce ha prometido un gobierno de jóvenes, de nuevas figuras. Lo segundo fue alejar del votante boliviano esa idea de que el MAS viene a eternizarse en el poder. Arce ha prometido gobernar solo cinco años y «reencaminar el proceso de cambio». Y la tercera promesa fue desterrar la idea de que con el MAS volverían las persecuciones políticas y el revanchismo. Arce ha prometido también que no perseguirá a policías ni a militares involucrados en la renuncia de Morales.

Así, el tecnócrata logró resetear el proceso de cambio y podrá gobernar con mayoría absoluta en ambas cámaras de la Asamblea Legislativa. Sin embargo, para saber si de verdad el MAS entró en la era posevista, habrá que ver cuál será el rol de Morales cuando regrese a Bolivia. De ello no solo dependerá la autoridad que podrá ejercer Arce sobre su bancada y sobre el país, sino también su estabilidad política. Para ganar, para cerrar el territorio cruceño a Mesa, el MAS hizo crecer a golpes a Camacho. Ahora, con todo el poder territorial conseguido en el Oriente, este será el único opositor con capacidad de movilización con el que tendrán que lidiar.

Julio Córdova Villazón (sociólogo, investigador sobre movimientos religiosos y cultura política)

Según los conteos rápidos no oficiales, el MAS obtuvo una contundente victoria en primera vuelta con 52% de los votos. ¿Por qué el desempeño electoral del MAS fue tan exitoso, excediendo las expectativas, incluso de los más optimistas? Por tres razones principales.

Primero, por la emergencia de un «voto de resistencia» de sectores urbano-populares y campesinos. Estos sectores fueron objeto de varias violencias en los últimos meses: a) la violencia electoral: su voto por el MAS en 2019 fue escamoteado a raíz de una falsa denuncia de fraude avalada por la Organización de Estados Americanos (OEA); b) la violencia simbólica: hubo constantes descalificaciones desde el Estado y en las redes sociales pobladas por sectores conservadores de clases medias, se difundió la imagen de «hordas de violentos e ignorantes» en referencia a estos sectores populares, y en noviembre de 2019 algunos policías quemaron la wiphala (bandera indígena reconocida constitucionalmente); c) la violencia militar-policial, concretada principalmente en las masacres de Sacaba (en los valles) y de Senkata (en el Altiplano); d) la violencia económica: las medidas de cuarentena frente al covid-19 fueron tomadas en desmedro del sector informal de la economía.

Segundo, por la rearticulación de las organizaciones sindicales y campesinas. En los últimos años estas organizaciones resultaron debilitadas por su propia relación clientelar con el gobierno de Evo Morales. Después de la renuncia del presidente en noviembre de 2019, estas organizaciones lograron rearticularse rápidamente, en un tejido social vigoroso, que mostró su musculatura paralizando Bolivia a principios de agosto de este año para impedir el prorroguismo del gobierno de transición. Este tejido organizacional fue la base de un renovado apoyo electoral al MAS.

Tercero, por la propia debilidad política y electoral de los competidores de derecha del MAS, fragmentados y enfrentados entre sí. El candidato de centroderecha Carlos Mesa no logró articular un proyecto de país ni un discurso electoral capaz de seducir a los indecisos del Occidente boliviano. El candidato de la derecha empresarial, Fernando Camacho, tampoco logró convencer a los indecisos del Oriente del país. Hasta una semana antes de las elecciones, en el bastión electoral de Camacho, en el departamento de Santa Cruz, había 28% de indecisos, que representan 7,5% del padrón electoral total. Son personas de sectores pobres que fueron excluidos por los empresarios a los que representa el líder cruceño, y que fueron violentadas en las movilizaciones que lideró este empresario contra Evo Morales hace un año. En la elección del 18 de octubre, estos indecisos de tierras bajas optaron por el MAS, en rechazo a una elite empresarial incapaz de incluirlos en su «modelo de desarrollo». Por eso el MAS obtuvo 35% de los votos en esa región.

El próximo gobierno del MAS, con Arce a la cabeza, estará signado por la crisis económica, el conflicto social y la emergencia sanitaria por el covid-19. El apoyo de 52% del electorado no significa una sólida base social necesariamente. El MAS no logrará controlar los dos tercios de la Asamblea Legislativa como lo hizo en los últimos años. La coyuntura política requiere de una cultura democrática de construcción de acuerdos con otros actores políticos. Y tal cultura es muy débil, casi inexistente, en un MAS acostumbrado a un tipo de hegemonía política que ya no existe en Bolivia.

Verónica Rocha Fuentes (comunicadora social)

Durante toda la campaña para las elecciones del 18 de octubre se evidenció la existencia de una categoría de voto que había tenido poca relevancia en otras elecciones anteriores, aquella que se denominó «voto oculto». Esa categoría de votos, junto con la de «voto indeciso», fue determinante para establecer una diferencia que, según todas las proyecciones, es de más de 20 puntos en favor de Luis Arce Catacora. Los múltiples estudios de opinión que se presentaron durante el periodo de campaña electoral habían logrado detectar la existencia de ese voto con una prevalencia mucho mayor a los datos históricos. Lo que no lograron las instituciones de estudios de opinión fue detectar a dónde se iba a dirigir esa votación. En las primeras horas de conocerse esta tendencia, todo parece indicar que fueron esas categorías de voto las que terminaron definiendo la amplia victoria del MAS en primera vuelta.

Un voto que se llamó oculto durante el periodo de campaña y que, tras la jornada electoral, bien podría apellidarse «paciente» podría ser útil para graficar no solo el inesperado virtual resultado, sino además el proceso electoral más largo y difícil de la reciente historia democrática de Bolivia. El voto oculto y paciente no habría sido otro fenómeno distinto de aquel que durante el periodo de la democracia pactada y neoliberal se conocía como el de la «Bolivia profunda». La misma que, habiendo «salido a la superficie» en los últimos años –proceso constituyente de por medio– casi desapareció por completo durante el año de gobierno transitorio en el que se desarrolló el proceso electoral de 2020, y cuya presencia se extinguió en la maquinaria simbólica, institucional, mediática y empresarial que suele establecer las narrativas en pugna política. Tras un año de cotidiana y sistemática estigmatización del «masismo» (o cualquiera que «pareciera» pertenecer o adherir al MAS), todo apunta a que sus partidarios optaron por ocultarse y esperar las urnas. Ocultarse por miedo, ocultarse por vergüenza o quizá hasta ocultarse por estrategia.

Voto oculto sí, pero también inusitadamente paciente. Ese voto que terminó definiendo una virtual pero amplia e indiscutible victoria en primera vuelta tuvo que atravesar una crisis institucional, un gobierno transitorio, una pandemia, un inicio de crisis económica, cuatro cambios de fecha de votación, una jornada electoral bajo amenazas del gobierno, cambios en los planes del Tribunal Supremo Electoral de ultimísima hora, votar bajo un país militarizado y no contar con ningún resultado durante la jornada electoral para, finalmente, con una paciencia que varias veces rozó el límite pero no cedió, aferrarse a lo último que le quedaba a Bolivia antes del precipicio: las urnas.

Así, en menos de un año, bajo la narrativa de un fraude electoral, Bolivia ha transitado abruptos, forzados y violentos reacomodos de su tejido político, institucional y mediático; todo esto a la sombra de un complejo tejido social que, aunque dañado, pareciera haber mantenido sus estructuras en pie. Y que, oculta y pacientemente solo, parecía esperar la oportunidad legítima para volver a dejarse ver. Al menos, ese pareciera, por ahora, el principal resultado de las recientes elecciones que, sin duda, van mucho más allá de una virtual victoria del MAS, pues establecen los mínimos sobre los cuales tocará establecer un urgente proceso de reconciliación nacional.

Fernando Molina (periodista y escritor)

No cabe duda de que los adversarios del MAS subestimaron el potencial electoral de este partido y de su candidato Luis Arce. Por un lado, las encuestas –que no detectaron la verdadera intención de quienes se presentaban como indecisos– los despistaron. Por el otro lado, esta subestimación se debió a la incapacidad de estos grupos políticos, que representan a las elites tradicionales, de reconocer al MAS como una expresión genuina de los sectores sociales menos pudientes y más indígenas del país. En cambio, normalmente han visto al MAS como «marioneta del chavismo», «organización delincuencial», «grupo de narcoterroristas» y han considerado la adhesión que despierta como un fenómeno puramente clientelar.

En esta miopía existe una fuerte carga de racismo. Desde siempre, los sectores tradicionalmente dominantes del país han concebido la politización de los subalternos –que socava los pilares meritocráticos y hereditarios de su poder– como una irrupción de la irracionalidad y la codicia. Esto viene desde el siglo XIX, cuando los representantes de la oligarquía de la época, los septembristas, se quejaban por «tener que descender» a la actividad política a causa de la invasión de esta por el «cholaje belzista» (por los seguidores de Isidoro Belzu), que era tanto como decir la «barbarie».

La subestimación de la que hablamos estuvo presente en el candidato Carlos Mesa, que fue incapaz de construir un partido con incidencia en el mundo indígena. También estuvo presente en el gobierno interino de Jeanine Áñez, que gobernó con la mente puesta en las clases sociales más elevadas, las cuales querían vengarse del MAS y estaban acostumbradas a ver a los indígenas exclusivamente como empleados o incordios sociales.

Las elites se han revelado incapaces de analizar por qué Evo Morales les ganó en 2005, las razones del predominio político de este durante tantos años y las causas por las que el MAS no se hizo trizas después de su caída en noviembre de 2019. Bolivia no es censitaria desde 1952, pero la mentalidad de sus elites tradicionales sigue siéndolo.

De este modo, pese a que estas triunfaron sobre Morales el año pasado y tenían posibilidades de construir una hegemonía –contaban con el apoyo de la parte más educada y económicamente acomodada de la población, así como con un respaldo «intenso» de las Fuerzas Armadas y la Policía–, perdieron el poder que tanto anhelaban solo un año después de haberse hecho de él.

Unas elites oligárquicas y racistas gobernaron el país de 1825, fecha de su nacimiento, hasta 1952, año de la Revolución Nacional. Lo hicieron sobre la base de la imposición ciega y violenta de su voluntad sobre una mayoría ignorante y a menudo silenciosa. Las condiciones de este dominio fueron desapareciendo en el último medio siglo, pero la elite misma solo cambió superficialmente. Hasta hoy sigue siendo «tradicional» y con tendencias a oligarquizarse. Esta es la «paradoja señorial» de la que hablaba René Zavaleta.

La transformación más importante en las condiciones de dominio se dio cuando los sectores subalternos encontraron la forma de crear su propia expresión político-electoral: el MAS. Desde ese momento, la acción electoral ha resultado manifiestamente adversa a los partidos de las elites tradicionales. Teóricamente hablando, la forma en que estas podrían recuperar el poder de una manera algo más durable sería por medio de la fuerza bruta, como en los años 60 y 70, pero esta vía es imposible hoy por las características «epocales».

Por otra parte, una reforma de las elites tradicionales parece imposible. Si no aprendieron la lección después de que Morales se aprovechara de sus errores, abusos y excesos durante el neoliberalismo para derrotarlas, es difícil pensar que aprenderán alguna vez. En efecto, apenas tuvieron una oportunidad de prevalecer nuevamente, desnudaron los mismos vicios y la misma miopía que tenían en los años 90, o unos vicios y una miopía peores aún, porque en este tiempo no impera el neoliberalismo sino una forma particularmente perversa del conservadurismo, el populismo de derecha.

Al mismo tiempo, el MAS haría mal si también menospreciara a sus adversarios en el futuro. Aunque esta no parece capaz de generar un proyecto sostenible de poder en un país insumiso y mayoritariamente indígena como Bolivia, de todas formas está furiosa, resentida, acumula gran parte del capital económico y casi todo el capital cultural y, como demostró en el último año, tiene fuerza suficiente, en alianza con las clases medias militares y policiales, para destrozar las bases de sustentación del proyecto antagónico. Puede salirse del marco democrático cuando esto le sea posible.

Las elites tradicionales pueden aprovechar las deficiencias y fallas del bloque popular (como hizo con el narcisismo de Morales y la corrupción de su gobierno) y atacar justo cuando este pierda pie, se equivoque, se confunda y entonces deje de ser 50% más uno del pueblo boliviano.

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Lunes, 19 Octubre 2020 06:14

El MAS y un triunfo arrollador

El MAS y un triunfo arrollador

Victoria en las elecciones

 

A pesar de la intervención desvergonzada de la OEA, del Departamento de estado norteamericano, de una ultraderecha sometida a las órdenes de fuerzas externas. A pesar de ello el MAS y su binomio conformado por Luis Arce Cataroa como presidente y David Choquehuanca a la vicepresidencia, lograron una victoria furibunda e indiscutible en las elecciones a la que fueron convocados 7.3 millones de bolivianos.

Un 53% y una diferencia de 20 puntos sobre Carlos Mesa Gisbert (31,2%) y cuarenta puntos sobre Luis Fernando Camacho (14,1%), son cifras extraordinarias, que representan aire fresco para la lucha de los pueblos. Con esto se confirma, tal como se sostuvo, que hubo una operación destinada a impedir el triunfo del MAS, por parte de la derecha en las elecciones del año 2019. Avalado esto por los gobiernos derechistas latinoamericanos, el silencio cómplice de organismos internacionales. Hubo un golpe de estado orquestado por Washington y sus aliados incondicionales y que con el triunfo de este 18 de octubre permite al pueblo boliviano volver a Palacio Quemado y además controlando las dos cámaras del parlamento. Una victoria que traerá consigo un tremendo impacto regional e internacional, que da nuevos aires al progresismo en América Latina y que recupera la democracia para Bolivia y su pueblo, que sabiamente vuelve a confiar en aquellos que lo dignificaron, que le dice no al racismo, al robo, al sometimiento a Washington y le dice no a la corrupción.

Mientras más postergaba la derecha golpista el convocar a elecciones, con una estrategia política errada del gobierno de facto presidiso por Jeanine Añez, más debilitaban sus opciones. Esto, pues ante la política supremacista, racista, de corte fascista, de insulto al pueblo indígena a sus símbolos y cultura. En ese contexto, más y más la sociedad boliviana, los más humildes, tenían más tiempo de comparar lo que había sido un proceso revolucionario, que durante 14 años le cambio la cara y el organismo entero a esta Bolivia. Una revolución que nacionalizó los recursos naturales, que llevó a los indígenas a ocupar Palacio Quemado y decirle al mundo que Bolivia existía, que tenía una dignidad que necesitaba aflorar tras cientos de años de sometimiento y abusos. Cada día que pasaba el pueblo más ponía en la balanza a los golpistas con el MAS

El ministro de gobierno de la dictadura, el empresario Arturo Murillo estuvo en la noche del día 18, largas horas presionando a los medios de comunicación, al Tribunal Supremo Electoral y a las encuestadoras para que no dieran a conocer lo que ya se sabía a las 20:00 horas y que demoró cuatro horas en visibilizar: el triunfo del MAS era inobjetable triunfando por una mayoría abrumadora. Una maniobra que comenzó a cocinarse en la vista que hizo Murillo a la sede de la OEA a fines de septiembre y al Departamento de Estado dirigido por Mike Pompeo, que dieron las órdenes y los apoyos necesarios para impedir que el MAS volviera a presidir el gobierno. Un plan que mostró su fracaso absoluto, una derrota del imperio y de los gobiernos derechistas latinoamericanos coordinados por Almagro.

El resultado del recuento fue claro y planeadamente postergado. El propio ex presidente Evo Morales, en conferencia de prensa dada en Argentina sostuvo “Las empresas encuestadoras se niegan a publicar el resultado en boca de urna. Se sospecha que algo están ocultando”. Por su parte, Sebastián Michel, vocero del MAS señaló que existía una estrategia del gobierno de facto para lograr que no se entregara información y así generar un clima de violencia con el objetivo final de anular las elecciones. La enorme amplitud de cifras entre Arce y Mesa ha hecho imposible llevar a cabo lo que el departamento de estado norteamericano, junto a la OEA habían planeado junto al ultraderechista Ministro de Gobierno Arturo Murillo.

La parte más difícil viene ahora para recuperar una vida trastornada por una dictadura que ha violado los derechos humanos en todos los ámbitos en que pueden ser violados; sanitarios, integridad física, en el acceso al trabajo, a la educación, en derechos cívicos y políticos. Ahora viene justicia por los muertos, por los humillados sanar las heridas propiciadas por un gobierno de facto que cometió atropello a los derechos de millones de bolivianos y bolivianas.

En un interesante análisis de Mario Rodríguez, periodista y educador popular boliviano con especialidad en interculturalidad, los resultados de estas elecciones el 18 de octubre “han sido una victoria en el territorio del enemigo, en un campo conservador donde se aglutinó lo más fascista que puede tener la política. Articulado en los sectores más retrógrados que puede tener un país. Un triunfo sobre el dinero, el poder mediático, los poderes hegemónicos. Dicho marco permite evidenciar que En primer lugar es evidente que se trata de una victoria del pueblo boliviano, que supera la conformación partidaria y sumerge a la sociedad en la búsqueda de su futuro.

En segundo lugar, para el análisis interno de lo que ha sido una fortaleza en el masismo, se conformó el sujeto de lo plurinacional, con un abanico amplio de posibilidades, que hay que fortalecer. Un triunfo que se da contra viento y marea, que permite pensar en transformaciones profundas. Un tercer elemento es que se necesita una profunda reflexión y una crítica respecto a lo que fueron los gobiernos del MAS para recomponer elementos que fueron erosionados y que necesitan ser reconstituidos en la capacidad de participación popular. Y en cuarto lugar este triunfo es un tremendo impulso para las luchas populares en Latinoamérica, de la patria grande.

Claramente este es un laurel obtenido por el MAS, una conquista enorme, que representa la justeza de tres lustros de gobierno transformador en Bolivia, que caló hondo, que a la hora de la comparación le ganó por cientos de miles de votos a esa derecha recalcitrante. Una derrota del fascismo que le va a doler a la derecha, al grupo de Lima, al converso Luis Almagro que deberá responder de esta derrota ante sus amos estadounidenses, que gastó cientos de millones de dólares, para tratar de consolidar un gobierno de facto y darle posibilidades a la derecha boliviana, para tratar de volver a ejercer sus gobiernos nefastos, fracasando estrepitosamente en esta misión que los visibiliza como lo que son: oportunistas, racistas, soberbios y escasos de visión, para calar en plenitud el pensamiento y los anhelos de un pueblo que aprendió a defender su dignidad.

Para el triunfador de estas elecciones del 18 de octubre Luis Arce Catacora, el desafío es claro “Hemos recuperado la democracia y la esperanza, como también estamos recuperando la certidumbre para beneficiar a la pequeña, mediana, gran empresa, al sector público y a las familias bolivianas. Gobernaré para todos los bolivianos y trabajaré para reencaminar, sobre todo, la estabilidad económica del país” Luis Arce agradeció la confianza del pueblo boliviano, de los militantes del MAS, de la comunidad internacional y a los observadores que llegaron para supervigilar las elecciones.

El MAS logró una victoria inapelable, a pesar del Covid 19, las amenazas del gobierno y los intentos de impedir que se votara. El MAS arrasó en las grandes ciudades y en el mundo rural. No hubo lugar en Bolivia, donde el mundo masista no haya logrado hacer morder el polvo de la derrota a Carlos Mesa, Luis Fernando Camacho y los suyos. El MAS triunfó a pesar de la labor de desestabilización de la OEA y el títere Luis Almagro secretario general de esta organización, definida como el Ministerio de colonias de Estados Unidos. El MAS triunfó a pesar de fuerzas poderosas en su contra, porque la marcha justa no tiene freno posible.

El MAS triunfó porque el pueblo sabio de Bolivia entendió, que a pesar de todas las críticas que a su movimiento se le podían hacer, hizo un trabajo que tenía como centro a los más postergados de Bolivia, por la defensa de sus derechos y la construcción de aquellos negados, a los que por cientos de años fueron humillados, denigrados y que con el MAS comenzaron a andar con su marcha de gigantes. No hay freno posible cuando un pueblo defiende lo suyo

Por Pablo Jofré Leal | 19/10/2020 

Cedido por www.segundopaso.es

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Sábado, 17 Octubre 2020 06:24

Horas de incertidumbre

Manifestante del partido MAS frente al Tribunal Departamental de Justicia en La Paz, Bolivia, el 5 de octubre. XINHUA, MATEO ROMAY

La previa de las elecciones bolivianas

Polarizada y bajo la amenaza de un nuevo ciclo de protestas y represión, Bolivia celebra elecciones generales este domingo 18. Sus habitantes se preparan para lo que pueda ocurrir mientras enfrentan la crisis económica y una avalancha de rumores y noticias falsas sobre lo que sucederá este fin de semana.

Soledad, de 22 años, cuida las tres bolsas de mercado y los quintales de arroz, azúcar y harina que acaba de comprar. Mientras espera que su mamá adquiera otros productos de la canasta familiar, cuenta que llegó temprano al mercado para abastecerse porque «cualquier cosa puede pasar» después de las elecciones nacionales de este 18 de octubre en Bolivia. Como la suya, otras familias hacen compras en la populosa calle Antonio Gallardo de la ciudad de La Paz para aprovisionarse, principalmente, de alimentos secos. Tras la experiencia de los conflictos poselectorales del año pasado, no quieren quedar desabastecidas.

Son las 8 del martes 13 de octubre, y en este sector hay más movimiento que en los días anteriores. Algunas personas hacen fila en la tienda de la Empresa de Apoyo a la Producción de Alimentos, porque ahí el precio es menor que en otros lugares; otras ya abordan los taxis con varias compras. La harina es el producto más demandado porque, además, restan pocas semanas para la celebración de Todos Santos y los paceños requieren de esa materia prima para hacer los panes que ofrecerán a sus difuntos el 1 de noviembre.

Faltan cuatro días para las ansiadas elecciones nacionales, que fueron pospuestas tres veces debido a la pandemia del coronavirus. Los bolivianos las esperan con mucha incertidumbre porque se trata de un evento sin igual, ya que se realizarán después de la anulación de los resultados de los anteriores comicios a causa de un presunto fraude electoral. El fantasma de los conflictos sociales de 2019 –que duraron 35 días y en los que murieron 35 personas– toma más fuerza. Por ello, las gasolineras también se llenan de automóviles, públicos y privados, que buscan proveerse de combustible. El panorama es similar en los supermercados y mercados de La Paz y de la ciudad de El Alto.

Soledad dice que los conflictos del año pasado la sorprendieron con pocos alimentos y que le afectó el incremento de los precios de productos frescos; por eso, en esta oportunidad, también se surtió de verduras, que almacenará en su refrigerador.

Esta joven, que está en el último año de la carrera universitaria de Bioquímica, espera que no ocurra nada similar a 2019 tras estas elecciones y que los adeptos de las fuerzas políticas acepten el resultado, sea cual sea. Eso sí, quiere que haya un proceso eleccionario justo. Así, piensa que se podría evitar que haya una nueva convulsión social y que actúen las fuerzas coercitivas, algo que el gobierno ya anticipó.

«La presidenta lo ha dicho con claridad: “No se hagan a los vivos”. La Policía Nacional va a actuar, el Ejército va a actuar; nosotros no estamos de adorno», afirmó el ministro de Gobierno, Arturo Murillo, a inicios de este mes, tras su retorno de Estados Unidos.

POLARIZACIÓN

Wendy Chambi está segura de su voto. Sin dudarlo, dice que apoya a Luis Arce, candidato por el Movimiento al Socialismo (MAS) y exministro de Economía, a quien ya llama presidente. Dice que le gustan sus propuestas de «llevar adelante el país» y asegura firmemente que no desea que Carlos Mesa, el aspirante de Comunidad Ciudadana (CC), asuma la presidencia, porque «endeudará al país».

Ella tiene 32 años y es comerciante de artesanías en plena Ceja de El Alto, uno de los lugares más céntricos y populares de esa urbe. La mayor parte de los pobladores de esa ciudad apoyan al MAS y se levantaron para respaldar a Morales luego de que renunciara el 10 de noviembre del año pasado, tras 14 años en el poder.

Es mediodía y en medio de su puesto de venta de carteras y billeteras de cuero, guantes de lana y llaveros artesanales, Wendy asegura que el MAS ganará en primera vuelta, aunque sea con pocos puntos de diferencia, y que triunfará incluso en el caso de una eventual segunda vuelta.

—¿Y si gana Mesa? –le pregunto.

—No vamos a permitir, porque van a haber más bloqueos, convulsión, marcha. No va a ser normal nuestro país.

Asegura que, aunque gane Mesa en una segunda vuelta, habrá más presencia del MAS en la Asamblea Legislativa, lo que ocasionaría un escenario de ingobernabilidad. Esa posible situación también le causa incertidumbre.

La última encuesta de preferencia electoral, realizada el 11 de octubre y elaborada por la consultora Ciesmori para las redes televisivas Unitel y Bolivisión, coloca a Arce en primer lugar (32,4 por ciento) y a Mesa en segundo (24,5 por ciento), con una diferencia de 8,1 por ciento entre ambos candidatos, lo que significaría una segunda vuelta. Por debajo, y en tercer lugar, se encuentra Luis Fernando Camacho, de Creemos, con 10,7 por ciento. Hubo un 8,6 por ciento de encuestados que no quiso revelar su voto y los indecisos alcanzan el 6,2 por ciento.

Un joven se acerca al puesto de Wendy y pregunta por los llaveros, pero no los compra. La vendedora, quien trae mercadería desde el departamento de Cochabamba, relata que la venta no es como antes. Hasta octubre del año pasado, en un día bueno vendía un valor de 400 bolivianos (57 dólares), ahora sólo llega a 100 bolivianos. Siente que, desde que Jeanine Áñez gobierna el país, la economía entró en crisis y que para revertir esa situación votará por el MAS, al igual que el gremio al que pertenece.

La Federación Gremial de El Alto, uno de los sectores más numerosos –con cerca de 100 mil afiliados– y con mayor poder de movilización en aquella urbe, es aliada del MAS; incluso una de sus representantes es candidata a diputada por ese frente. Su secretario ejecutivo, Rodolfo Mancilla, asegura a Brecha que Arce es la única opción sólida para mejorar la situación del país. «En estos últimos diez meses no hay economía. Estamos fregados. So pretexto de pandemia, nos han encerrado más de 60 días, luego hemos vuelto a salir [a vender], pero la economía ha caído, ya no es igual; estamos obligados a apretarnos el cinturón», afirma.

Mancilla, quien es originario del área rural, como la mayoría de los comerciantes en El Alto, cree que las encuestas mienten y que el MAS ganará en primera vuelta. Para garantizar los resultados, los militantes de ese partido harán control social en todos los recintos electorales.

El dirigente teme que haya un posible fraude, postura que manejan hace algunos meses los líderes del MAS. Desde el mes pasado, Arce viene afirmando que Mesa sólo puede ganar en caso de que haya fraude, y que no confía en el órgano electoral.

Ante ese tipo de afirmaciones, el presidente del Tribunal Supremo Electoral, Salvador Romero, explica a Brecha que esa instancia garantiza «la mayor transparencia» en los comicios. Romero señala que se saneó el padrón, se rediseñó la cadena de custodia del material electoral, se reforzaron los sistemas de resultados preliminares y de cómputo, y se garantizó la presencia de cuatro misiones veedoras internacionales y de dos plataformas de organizaciones nacionales de la sociedad civil. «Hacemos una exhortación a la ciudadanía y a todos los actores políticos, sociales y regionales a que acudamos en un ambiente tranquilo», acota.

VOTO ÚTIL

Mientras viaja en una cabina del teleférico Amarillo desde el sur de La Paz hacia Sopocachi, Pati, una joven de unos 35 años, evita hablar de política porque teme que las otras tres personas, que se dirigen a la urbe alteña, se molesten con su posición. Ella votará por CC porque dice que no «hay otra opción» que tenga oportunidad frente al MAS; cree que el partido de Morales ya tuvo su turno de gobernar por 14 años y que el país requiere una renovación.

Son las 19.45 y Pati regresa de su trabajo, en la banca privada, a su hogar. Tras bajar de la cabina, apura el paso para tomar movilidad, pues en La Paz aún hay restricción de circulación desde las 20, a causa de la pandemia. Ya en la calle, dice que Mesa es una persona preparada y que por ello este domingo le dará su voto, aunque admite que se trata de un «voto útil», es decir, para que no retorne el MAS al gobierno.

Aunque espera que este domingo gane Mesa, o que al menos se apunte a una segunda vuelta, Pati dice que, en caso de que ganara el MAS, ella respetará los resultados; sin embargo, no todos los partidarios de CC opinan igual. Muchos de los militantes afirman que, si su candidato no triunfa, saldrán nuevamente a las calles a «defender su voto». Lo mismo piensan los seguidores de Camacho, la opción radical contra el partido de Arce.

Redes de desinformación

Pati, Soledad, Wendy y el dirigente gremial de El Alto tienen algo en común: se informan, principalmente, por las redes sociales. Por ello, la primera asegura que Mesa afirmó públicamente que pedirá dinero prestado del exterior; la segunda, que los masistas se alistan activamente para convulsionar las calles, y el tercero, que el candidato de CC tiene Alzheimer.

«Ahí está la certificación médica, que este señor [Mesa] es un olvidadizo está en las redes sociales», afirma Mancilla con mucha seguridad, pese a que la anterior semana esa información fue desmentida. Y es que una de las características de estas elecciones es que campea la desinformación, principalmente, en las redes sociales. Esto se incrementó a mediados de julio, cuando se reforzaron las campañas políticas.

Adriana Olivera, subeditora de Bolivia Verifica –medio digital que se dedica a la verificación de noticias– explica que los bulos circulan principalmente en Facebook, Twitter y Whatsapp, y que el análisis de las noticias falsas desmentidas por el medio indica que tienen el fin de asustar a la gente. «Desinforman sobre las encuestas, sobre las propuestas políticas, pero también sobre el hecho de que ambos bandos se estén armando de cara a las elecciones.»

Karen Gil
16 octubre, 2020

 

Con el politólogo y sociólogo boliviano Fernando Mayorga

La duda central

Francisco Claramunt

—Por estos días la ONU, la Unión Europea (UE) y la Iglesia Católica manifestaron de forma conjunta su preocupación por el «clima de confrontación política» en Bolivia. ¿Cómo cree que puede influir este contexto en lo que suceda el domingo?

—Ha habido acciones de violencia, más que nada perpetradas por grupos parapoliciales organizados el año pasado, secundando el golpe de Estado contra Evo Morales, y que desde entonces han actuado de manera impune, incluso con el cobijo del gobierno y la Policía. En los últimos días esos grupos atacaron la sede de la Fiscalía General en la ciudad de Sucre. Ha habido también enfrentamientos e incidentes entre simpatizantes del MAS y otras fuerzas, pero han sido muy focalizados. El clima de temor y de violencia proviene más que nada por el riesgo de que los grupos parapoliciales puedan llevar adelante acciones durante y después de las elecciones. Sin embargo, ese ambiente no va a tener efectos inhibitorios en la asistencia a las urnas. Tampoco la pandemia los tendrá, puesto que ahora todos los actores políticos están impulsando la participación. Todo parece indicar que vamos a tener una asistencia mayor al 85 por ciento, el porcentaje histórico en Bolivia en los últimos 20 años.

—Esta semana el ministro de Gobierno instó a la Policía a que el día de las elecciones «vuelva a ponerse del lado correcto de la historia», en referencia al rol de la institución en los sucesos de noviembre. ¿Este tipo de comentarios se trata de exabruptos puntuales o responden a un comportamiento general del gobierno durante la campaña?

—El gobierno es fruto de un golpe de Estado y tuvo como primer objetivo proscribir al MAS y desmantelar su base organizativa. Como parte de esa conducta, la presidenta interina fue, en su momento, candidata para estas elecciones, aprobó una serie de decretos anticonstitucionales –puesto que permitían acusar de sedición a cualquier persona, de manera arbitraria– y encabezó una persecución a militantes sindicales y militantes del MAS. Cuando vino la pandemia y se tomaron medidas como la cuarentena rígida, estas tuvieron un carácter represivo y selectivo, con presencia militar y policial focalizada en lugares donde la población es mayoritariamente leal al MAS. Ahora el gobierno tiene un discurso de apoyo a Carlos Mesa –puesto que es el único que podría forzar una segunda vuelta– y lo acompaña de amenazas. Este martes, el ministro de Justicia dijo que el MAS «va a salir a matar más gente» si pierde. Lamentablemente, el Tribunal Superior Electoral [TSE] no ha llamado la atención a las autoridades por este tipo de intervenciones. Se trata de un gobierno que en 11 meses de gestión no sólo se ha caracterizado por su fracaso total en la lucha contra la corrupción, sino por su desvarío discursivo. La única motivación de su accionar político es la desaparición del MAS, la ilusión de que ese partido no sólo pierda las elecciones, sino que pueda disgregarse en el corto plazo.

—¿Hay garantías de que estas elecciones serán limpias?

—Sí. De la misma forma que lo fueron las del año pasado, que fueron anuladas por denuncias de fraude nunca comprobadas. Era cuestión de tiempo que se revelara que el comportamiento de la misión electoral de la OEA en aquel entonces fue tendencioso y formó parte de una lógica conspirativa. No hubo fraude porque el sistema electoral boliviano tiene varios elementos de resguardo. Ahora, tras lo sucedido el año pasado, se suma la presencia de una multitud de observadores internacionales, sobre todo de la UE. Va a haber mucha atención internacional. Y el TSE –salvo algunas acciones criticables, como las que mencionaba antes– ha tenido en general un desempeño aceptable. Considero que no es conveniente plantear dudas sobre este proceso electoral. Además, dudo de que se dé un resultado que invierta las tendencias de voto que están vigentes ahora.

—¿Ese resultado será respetado por ambos bloques?

—Esa es la duda central. La distancia entre Luis Arce y Carlos Mesa podría ser algo mayor al 10 por ciento. Y si eso no aparece, si la distancia apenas supera ese porcentaje, será decisiva la posición que tomen los rivales de Arce. De la misma manera en la que, si hay una diferencia menor a 10 puntos y hay segunda vuelta, será muy importante la posición del MAS. En ambos casos, el rol de los candidatos y de los líderes va a ser fundamental para que se concluya el recuento y se respeten los resultados. Hay que recordar que el año pasado la crisis empezó a raíz de una especulación en torno a resultados que no eran siquiera preliminares, sino fotografías de las actas. A las 8 de la noche había una diferencia de siete puntos a favor de Evo Morales respecto de Carlos Mesa y este declaró que ya estaba decidida la segunda vuelta. Al otro día la OEA dio un informe muy irresponsable: cuando el recuento estaba en el 95 por ciento de las actas, dijo que por la situación de polarización y por la diferencia muy estrecha –puesto que Evo Morales tenía entonces un 10,3 por ciento de diferencia con Mesa– era recomendable convocar a segunda vuelta. Un acto inverosímil porque nunca se vio que una misión de observación recomendara algo semejante, sin siquiera haberse llegado al recuento final oficial. Allí empezó la espiral que derivó en el golpe. Para este domingo hubiera sido adecuado un compromiso previo de aceptación de los resultados si es que no se pueden probar irregularidades, pero no lo hubo y ahora estamos con ese riesgo. Existe un contraste entre la amplia participación y confianza de la población, y el riesgo de que alguno de los sectores ponga en cuestión el resultado.

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Lunes, 28 Septiembre 2020 05:58

Asombro

Un participante en las protestas de Black Lives Matter en Portland, Oregon, recibió ayer atención médica por el gas pimienta que le roció la policía.Foto Afp

Para todos quienes hemos vivido en América Latina, las coyunturas electorales frecuentemente incluían especulaciones sobre el despliegue de violencia oficial, el papel de los militares, golpes de Estado e injerencias extranjeras. Nada de esto estaba en el vocabulario estadunidense en torno a sus propias elecciones. Pero hoy día se puede anunciar que, en este sentido, Estados Unidos ya se latinoamericanizó.

No es que las elecciones en Estados Unidos hayan sido un ejemplo de pureza. Por supuesto, existe una larga tradición de maniobras ilegales, corrupción, una larga historia de supresión del voto y un sistema que no puede garantizar que cada voto cuente, ni que se cuentan todos los votos.

Desde 2016 en adelante también se ha estrenado el tema de la injerencia extranjera en el proceso electoral, provocando investigaciones por agencias de inteligencia, acusaciones contra actores foráneos y denuncias rimbombantes de la violacion de esos sagrados principios de la soberanía y la autodeterminación al intervenir en el proceso democrático de una nación, con muy poca ironía al ignorar la historia de injerencia e intervención estadunidense en demasiadas elecciones del mundo.

Esta coyuntura electoral ya de por sí se realiza en un contexto sin precedente: en la crisis de salud pública más grave en un siglo, en la peor crisis económica desde la Gran Depresión y una crisis social con el estallido del movimiento de protesta más grande de la historia del país sobre el racismo sistémico y la violencia oficial.

Pero junto con ello, es una coyuntura electoral donde el mismo presidente está amenazando con detonar una crisis política tan severa que algunos advierten podría marcar el fin del llamado “experimento americano”.

Trump ha cuestionado el mero corazón del sistema político-electoral del país al declarar de manera abierta que no sólo no reconocerá los resultados de la elección el 3 de noviembre si él no gana, sino que tampoco está dispuesto a comprometerse a una transición pacífica del poder, y que él es el único defensor del país ante la amenaza del desorden en las calles promovido por la "izquierda radical" y los "socialistas" detrás de su contrincante demócrata Joe Biden. Nadie nunca ha dicho algo parecido.

Es en este contexto que de repente y por primera vez en Estados Unidos el debate político ahora incluye referencias a "golpe de Estado", "represión armada", fuerzas "paramilitares" ultraderechistas y la pregunta de ¿qué harán los militares?

El New York Times recién publicó un reportaje sobre la creciente preocupación en el Pentágono de que Trump colocará a los militares en medio de una crisis poselectoral citando a oficiales comentando que "altos generales podrían renunciar si Trump ordena desplegar las fuerzas armadas en las calles para reprimir protestas".

El jefe del Estado Mayor, general Mark A. Milley, respondió a preguntas de legisladores federales afirmando que las disputas electorales deben ser resueltas por tribunales y el Congreso, según la ley, y que la institución castrense es y debe ser "apolítica". Concluyó: "no anticipo ningún papel para las fuerzas armadas de Estados Unidos en este proceso". No sorprende su respuesta, pero el simple hecho de que se le haya hecho la pregunta, y que haya tenido que responder, ya es alarmante.

De hecho, cada día se informa de cómo más ex altos funcionarios, ex militares, gobernadores, ejecutivos y líderes sociales están alarmados ante la posibilidad de un escenario poselectoral explosivo.

Con cada ataque de Trump contra la credibilidad y las normas del proceso electoral, se nutre la alarma de que ésta es una elección existencial para este país. David Simon, creador de The Wire y Treme, entre otras exitosas series de televisión, tuiteó que las palabras del presidente de que no reconocerá resultados adversos para él indican que "nuestra republica está colapsando a nuestro alrededor. ¡Despierten, chingao!"

Tal vez lo único que puede evitar el peor escenario es una ola suficientemente masiva del voto a favor de la deportación de Trump del poder.

El momento es asombroso.

https://vimeo.com/459419656

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Protestas en Bielorrusia: denuncian que la Policía detuvo a 12 mil personas

Manifestaciones en las principales ciudades del país europeo

 

En Bielorrusia la policía reprimió y detuvo a miles de personas durante manifestaciones contra el presidente Alexander Lukashenko. Ocurrió este domingo, cuando alrededor de 100.000 personas se reunieron para protestar contra el mandatario, quien prestó juramento en secreto luego de las elecciones en agosto pasado. Lukashenko lleva 26 años consecutivos al frente del país europeo.

Es que desde la elección presidencial, miles de personas colman a las calles, cada domingo en Minsk, para denunciar la reelección de Lukashenko, que consideran fraudulenta. Las movilizaciones resisten pese a la fuerte represión por parte de las fuerzas policiales que arrestaron a decenas de manifestantes pacíficos y a líderes de la oposición. Según Hanna Liubakova, periodista bielorrusa, "más de 80 mujeres fueron arrestadas ayer, incluyendo menores de edad". 

Desde las elecciones, "alrededor de 12 mil peronas han sido detenidas. No tiene precedentes en la historia de Bielorrusia. Muchos han sido torturados y golpeados", denunció en sus redes sociales.

En el centro de Minsk, varias estaciones de metro habían sido cerradas al público antes de que comenzara la marcha. El Palacio de la Independencia, sede del gobierno de Lukashenko, estaba rodeado de barreras y con una fuerte custodia de la policía antidisturbios.

Oposición

Tras ser encarcelado su marido, Serguéi Leonídovich Tijanovsk, Svetlana Tijanóvskaya se presentó como candidata a las elecciones presidenciales de 2020 en Bielorrusia. Aglutinó a la oposición frente al presidente Lukashenko y, según datos oficiales negados por la oposición, logró el 9,9 % de los votos.

"¡Somos millones!", lanzó este domingo la rival de Lukashenko, Svetlana Tijanóvskaya, en un mensaje subido a las redes sociales en apoyo a la protesta, "¡ganaremos!", añadió.

"No es más presidente de Bielorrusia: es simplemente el jefe de los antidisturbios que sin distintivos actúan en las calles", completó la líder de la oposición .

Por su parte, las criticas de varios países occidentales -incluyendo la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York- no tardaron en llegar. El gobierno alemán no reconoció al presidente Lukashenko y consideró que el "secreto" que rodeaba la ceremonia de investidura era un símbolo "revelador" de la debilidad del régimen y de su "falta de legitimidad".

El presidente francés, Emmanuel Macron, declaró por su parte que lo que ocurre en Bielorrusia es "una crisis de poder, un poder autoritario que no consigue aceptar la lógica de la democracia y que se aferra por la fuerza", en una entrevista este domingo con el periódico Journal du dimanche. "Está claro que Lukashenko debe irse", concluyó.

Estados Unidos tampoco considera a Lukashenko "como el presidente legítimo" de Bielorrusia, según afirmó en un comunicado el Departamento de Estado.

El mandatario bielorruso, que acusa a los países occidentales de impulsar las protestas, prometió una difusa reforma constitucional para hacer frente a esta crisis política, pero rechaza cualquier diálogo con los detractores del régimen, del que está al frente de 1994. El presidente se niega a dar su brazo a torcer y ha pedido ayuda a su homólogo ruso, Vladimir Putin, quien prometió apoyo a nivel de seguridad "de ser necesario" y un préstamo de 1.500 millones de dólares.

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Luis Arce lidera los sondeos pero no evitaría el ballottage

A 35 días de los comicios presidenciales en Bolivia

El candidato del MAS, partido de Evo Morales, aventaja en 10 puntos a Carlos Mesa, de cara a las elecciones del 18 de octubre. 

 

 A 35 días de las elecciones en Bolivia solo existen dos certezas. El futuro político del país se definirá bajo las condiciones que impusieron los golpistas y el Movimiento al Socialismo (MAS) que lidera todas las encuestas tiene asegurado su paso a una eventual segunda vuelta. Como en los comicios de octubre de 2019, resta saber si le sacará un margen indescontable a Comunidad Ciudadana (CC), la segunda fuerza. Luis Arce Catacora orilla una ventaja cercana a los 10 puntos sobre Carlos Mesa, porcentaje que necesita además del 40 % de los votos para no ir al ballottage donde los distintos partidos de derecha se aliarían en su contra. En esa eventual entente están Juntos, de la presidenta de facto Jeannine Añez, el Frente Cívico de Luis Fernando Camacho que lidera los sondeos en su bastión, Santa Cruz y otros candidatos como Chi Hyung Chun y Tuto Quiroga que por ahora no mueven demasiado el amperímetro. El otro dato clave es que Evo Morales fue proscripto la semana pasada y no podrá aspirar a una banca en el Senado. Lo reemplazará por el Departamento de Cochabamba el dirigente cocalero Leonardo Loza.

  El panorama electoral convive en Bolivia con la pandemia que atraviesa un crecimiento sostenido de los casos. Hay 125.172 contagiados y 7.250 muertos según las últimas cifras conocidas. El país lejos está de detener al coronavirus. Añez admitió errores en su política sanitaria a fines de mayo e incluso separó del cargo al entonces ministro de Salud, Marcelo Navajas, quien quedó detenido por un hecho de corrupción en la compra de respiradores. El gobierno y los sectores que acompañaron el golpe creen haberse librado del MAS con las medidas judiciales que tomaron para marcarle la cancha pero están muy lejos de conseguirlo. Algunas señales de preocupación se perciben en el oficialismo y las fuerzas destituyentes que apartaron del poder a Morales el 10 de noviembre pasado. 

El candidato a vice de Añez, Samuel Doria Medina, uno de los hombres más ricos de Bolivia y referente de Unidad Nacional (UN), dijo: “voy a gastar lo que sea necesario para que ganemos”. Según las últimas encuestas difundidas, la fórmula que integra con la presidenta viene tercera cómoda detrás de Mesa, el exmandatario que podría pasar a la segunda vuelta si el exministro de Economía de Evo no le saca una ventaja decisiva.

En el MAS también analizaron como un gesto de nerviosismo la invitación con cierto apuro a debatir que le cursó Mesa al candidato que encabeza las pesquisas electorales. El jefe de campaña de CC, Ricardo Paz, le comentó a la red Unitel: “Estamos expectantes a su respuesta, esperamos que ésta sea positiva y que Luis Arce se anime y no como hacía Evo Morales, huir del debate”. Sebastián Michel, el vocero del Movimiento al Socialismo, respondió: “que guarde un poco de paciencia que vamos a tomar una decisión a cuál de todos los debates vamos a asistir”. Uno de ellos está programado para el 4 de octubre en La Paz con los ocho candidatos presidenciales y lo convocaron la Asociación Nacional de Periodistas, la Confederación de Empresarios Privados, la Fundación Jubileo, la Universidad Mayor de San Andrés y varios medios de Comunicación.

La estrategia de Añez

Añez sabe que no le dan los números para prolongar su estadía en el gobierno y apunta a esmerilar a Mesa que le llevaría hasta ahora casi 7 puntos porcentuales. En sus últimas declaraciones señaló que consiguió frenar al partido de Evo “en dos oportunidades”, y se preguntó: “¿Carlos Mesa frenó al MAS alguna vez?”. Su estrategia se completa con el intento de poralizar con Morales – como si fuera un candidato imaginario -, quien se encuentra refugiado en la Argentina y vio caer su última chance de competir por una senaduría la semana anterior.

“Aún tenemos la lucha contra el virus, por la reactivación y el empleo, y la lucha contra el tirano, porque Evo Morales intentará volver para tumbar a este gobierno y al siguiente, pero mientras yo esté en esta presidencia quiero garantizarles algo: ese señor solo va a volver a Bolivia para dar explicaciones a la justicia”. El ataque de la presidenta se produjo durante un mensaje que dio el último sábado al cumplir diez meses de mandato.

Arce Catacora se muestra aplomado en cada aparición pública y aún cuando es presionado por la prensa complaciente con el régimen de Añez, no consiguieron correrlo de su eje. Sobre la medida judicial que le impide competir a Evo por una banca señaló que se respetará la decisión del Tribunal paceño, tal como había anticipado el líder histórico del MAS el lunes. Incluso agregó que “no hay posibilidad legal de realizar otro recurso”. La resolución se tomó después de que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) lo inhabilitara a Morales y que el fallo fuera validado por la Sala Constitucional Segunda de La Paz con dos votos a favor y uno en contra.

Querella por crímenes de lesa humanidad

Donde también avanzó una causa pero contra el gobierno de facto de Añez es en Córdoba. La Cámara Federal de la provincia deberá resolver una querella por crímenes de lesa humanidad en Bolivia. Uno de los abogados que se presentó ante el tribunal de la provincia, Rafael Ortiz, aportó como pruebas para invocar la jurisdicción universal informes de Amnistía Internacional y la Defensoría del Pueblo boliviana, entre otras organizaciones. El próximo 8 de octubre, además, está convocada una audiencia ante la CIDH. El frente internacional nunca dejó de ser complicado para los golpistas. Hace unos días se conoció un informe de Human Rights Watch titulado La justicia como arma: Persecución política en Bolivia, en el que advirtió sobre los “cargos desproporcionados contra Evo Morales” y le exigió al gobierno que abandonara su campaña contra el expresidente en el exilio.

El TSE que le impidió inicialmente al líder del MAS presentarse a las elecciones lo conduce el sociólogo y escritor Salvador Romero designado por el gobierno de facto. Revelaciones de WikiLeaks en el pasado hicieron evidente su estrecho vínculo con el Departamento de Estado de EE.UU. y con la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Una organización de superficie que opera a menudo como un solo bloque junto a la CIA.

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Domingo, 06 Septiembre 2020 06:10

¿Qué haremos si gana Trump?

¿Qué haremos si gana Trump?

 En algún momento de los dos meses siguientes tendremos que decidir si absolveremos al pueblo estadunidense si relige a Donald Trump. Hubo un tiempo en 2016 –pese a que Michael Moore ya describía al candidato como un "perverso, ignorante y peligroso payaso de medio tiempo y sociópata de tiempo completo"– en que quizás habríamos disculpado a los electores de ese país si resultara que habían cometido un error en esa primera vez. Hasta los demócratas seguían farfullando después de la elección que quizá Trump llegaría a volverse "presidencial". Pero esas excusas ya no valen el día de hoy.

Para algunas naciones, no importa. Pregunten a los árabes. Es un extraño fenómeno que, cuando los obligan a votar por su tirano local en elecciones por completo fraudulentas, los perdonamos por su elección considerando que las votaciones son una farsa o que no tienen alternativa, o porque –digámoslo con franqueza– se trata sólo de las "masas" árabes y los occidentales preferimos tratar con sus amos sobre la base de si esos dictadores harán lo que queremos. Aún más extraño es que, mientras más alto es el falso porcentaje que los autócratas sueñan –y mientras más "legitimados" se sienten–, más reconocemos su poder y aceptamos sus dichos.

Así, después que el mariscal de campo Abdel Fatah el-Sisi –cuyos servicios de seguridad habían dado muerte a miles de egipcios, aprisionando a decenas de miles más y destruido la libertad de expresión– "ganó" la elección presidencial de 2018 con 97 por ciento de los votos, Trump lo llamó para ofrecer sus "sinceras felicitaciones". Un año después se refería a Sisi como su "dictador favorito". Pero cuando el pobre Alexander Lukashenko alardeó de un mero 80.1 por ciento de la votación presidencial en Bielorrusia, este mes, Trump habló de una "terrible situación" en ese país.

Esto ocurre una y otra vez. Nadie cuestiona el afecto de los jordanos por su intrépido reyezuelo Abdalá, aunque nadie les ha pedido votar en una elección monárquica (o ni siquiera presidencial). De todos modos, sabemos cuál sería el resultado. En cuanto al viejo sha de Irán, no necesitó triunfar en elecciones inexistentes después de que Jimmy Carter se refirió al "respeto, admiración y amor que su pueblo le profesa" cuando cenó con él en Teherán en 1977. Fue un acto casi trumpiano en su irrealidad. En cambio resultó un poco demasiado, sobra decirlo, cuando Saddam Hussein ganó un referendo en 2002 con 100 por ciento de los votos… después de todo, ya lo estábamos perfilando como el Hitler árabe para la invasión del año siguiente.

Pero en 2014 Assad se atribuyó una victoria de 88.7 por ciento en la elección presidencial, que fue aprobada por Rusia –reconociendo caritativamente que un montón de sirios no pudieron votar a causa de la guerra civil– y por la cual Assad recibió la felicitación nada menos que de Alexander Lukashenko y de Afganistán (cuyas falsas elecciones presidenciales obtuvieron la congratulación de Barack Obama a Hamid Karzai en 2009). Los "consejeros" de Trump lograron disuadirlo de felicitar también a Assad.

Así pues, cuando se trata de los ciudadanos de esos países, en realidad no los tomamos en cuenta. Sabemos lo que valen sus votos. Tan conscientes estamos de la naturaleza opresiva de los regímenes árabes que, cuando nos disponemos a bombardearlos, nos vamos a los extremos para asegurar a los árabes que viven en Medio Oriente que en realidad no estamos contra ellos… sólo contra sus dictadores. Desde luego, cada vez que un presidente de Estados Unidos anuncia que no está "contra el pueblo de Libia/Irak/Siria" (bórrese según corresponda) –sino sólo contra los tiranos–, podemos estar seguros de que los millones de civiles que viven dentro de sus fronteras correrán hacia sus refugios antiaéreos.

El enorme respeto, admiración y amor que sentimos por los árabes cuando vamos a la guerra no los salvará de nuestros misiles. Miremos a Trípoli, Bagdad, Mosul y Raqqa.

De hecho, Irak ofrece el ejemplo más poderoso de por qué los árabes deben recelar de las promesas estadunidenses de afecto. De las decenas de miles de iraquíes que perecieron del modo más terrible bajo fuego estadunidense en los años posteriores al derrocamiento de Saddam en 2003, muchos sin duda poseían el voto democrático que se les confirió en las elecciones que siguieron a la invasión angloestadunidense. En realidad, gracias a la invasión, tuvieron algo que decir sobre el futuro de su país. De mucho que les sirvió una vez muertos.

En cambio, cuando se trata de Occidente, se aplica un conjunto diferente de normas. Como este 3 de septiembre marcó el aniversario del día en que Gran Bretaña y Francia "desenvainaron la espada" por la más o menos democrática Polonia en 1939, vale la pena recordar que, pese a una masiva violencia e intimidación, Hitler nunca obtuvo en realidad una mayoría en elecciones democráticas en Alemania: fue la subsecuente "ley de habilitación" de los nazis la que le concedió poderes dictatoriales. Sin embargo, nadie dudó que la mayoría de los alemanes apoyaron a Hitler una vez que comenzó la Segunda Guerra Mundial, y por tanto hubo poca simpatía por las víctimas civiles del conflicto (salvo en personas como el arzobispo de Chichester, Vera Brittain y, en una ocasión, Winston Churchill). No fueron absueltos de los crímenes de Hitler.

Resulta interesante que a los italianos los tratamos mejor, aunque Mussolini, después de ejercer violencia e intimidación, sí obtuvo una mayoría en las elecciones de 1924. Tal vez porque era un bufón y su malignidad era menos obvia que la de Hitler –y en especial porque el país cambió de bando en 1943–, los italianos fueron perdonados. Mussolini, como Trump, era un sicópata ridículo, malvado, perverso e ignorante –aquí se aplican también las palabras de Moore–, pero fue despachado con una bala y colgado de manera ritual de una viga en una gasolinera (boca abajo), lo que de algún modo absolvió a su pueblo. Por necesidad evitaremos aquí toda mención de los dictadores fascistas Franco y Salazar (porque ayudaron a los aliados cuando fue obvio que Hitler estaba condenado). La neutralidad portuguesa fue por ello más valiosa que la irlandesa, la cual sin duda fue apoyada por el pueblo que eligió democráticamente a Eamon de Valera como su Taoiseach. Pero Gran Bretaña quiso en 1940 que le devolvieran los puertos navales cedidos por tratado y los irlandeses no quisieron entregarlos, así que Churchill no los perdonó. Tampoco los estadunidenses los perdonaron más tarde, y demoraron el intento irlandés de unirse a las nuevas Naciones Unidas.

En la Europa actual, supongo que el húngaro Orban –un poco bufón, pero autócrata de todos modos– se acerca más a Mussolini, aunque nadie pone en disputa los resultados del populista de derecha en las elecciones de su país, aunque su conducta dejara que desear. La nueva legislación le permite gobernar por decreto. Es un juego de manos como los que eran de esperarse en la década de 1930. Las elecciones en Polonia tienen mejor registro, pese a las campañas xenófobas, así que no es mucho lo que podemos hacer para cambiar los aspectos antidemocráticos de sus resultados. Pero esas son naciones de Europa oriental (o central), y es probable que todavía tengamos conciencia culpable por haberlas dejado –en especial a Polonia– soportar la hegemonía rusa durante más de cuatro décadas.

Cuando el Reino Unido eligió salir de la Unión Europea, pudimos afirmar –con muy buenas razones– que el electorado había sido embaucado, que le habían mentido, que el referendo en sí estuvo mal construido. Muchos europeos –y un montón de británicos– lo consideraron una aberración. Sin embargo, las elecciones generales del año pasado cambiaron todo: Gran Bretaña ya no pudo lavarse las manos ni su pueblo ser absuelto de sus pecados. Afirmar que la retirada del Reino Unido no fue más que un mero reflejo de su retiro del imperio –Palestina, India, tal vez el último "hurra" en Suez– ya no fue suficiente para perdonar al pueblo por esa locura. ¿Dónde deja todo esto a Estados Unidos? Todos hemos decidido contener más o menos el aliento hasta noviembre, sobre la base de que será el momento en que el país gire en redondo, recupere su antiguo prestigio y los demócratas triunfantes nos ofrezcan disculpas a todos por los desquiciados años de Trump. Como todos los esnobs, hemos adoptado la opinión de que Trump en realidad no representa los valores estadunidenses, así como los dictadores árabes no reflejan las opiniones de su pueblo. De hecho, más bien hemos tratado a Estados Unidos como si fuera una tiranía, y a su lunático presidente como un cruce entre la ostentación de Mohammad bin Salman y la chifladura de Kadafi. Mi colega Patrick Cockburn ha esbozado con ingenio los paralelos con Saddam Hussein.

Hemos esperado, orado y nos hemos inducido a creer que fue sólo una autocracia temporal, una desviación, un viejo y confiable amigo que padece una enfermedad mental seria, pero al final curable. Sin embargo, mientras más observo a la élite demócrata alinearse detrás del nada inspirador Joe Biden, dando pasos vacilantes entre la condena y el lugar común –¿quién creería que escucharíamos al anciano hablar esta semana a sus partidarios de "sanar" y "mirar hacia delante"?–, más me pregunto cómo miraremos a los estadunidenses si los años de Trump se convierten en la era de Trump, o si su temible y ambiciosa familia se transforma en el califato Trump. Sin duda, el viejo lenguaje estalinista y de la Cortina de Hierro acerca del imperialismo y sus "tigres de papel" resurgirá bajo nuevas formas.

¿Cómo reaccionaremos si se cruza la línea, si el Estados Unidos con el que sentíamos que al final siempre podíamos contar –una vez que se hubiera sacudido la pequeña desventura trumpiana– se convierte en una nación en la que nunca podremos confiar?

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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Sábado, 05 Septiembre 2020 05:34

Activo tóxico

Activo tóxico

El presidente de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko, repudiado desde el 9 de agosto por cientos de miles de compatriotas que exigen su dimisión y la convocatoria de nuevas elecciones, ha perdido todo contacto con la realidad y parece dispuesto a hacer importantes concesiones a Rusia con tal de mantenerse en el poder.

Emulando al inolvidable Tin Tan en la película ¡No me defiendas, compadre!, Lukashenko llegó a decir que el espionaje militar bielorruso interceptó una llamada entre Varsovia y Berlín donde queda claro que no hubo ningún envenenamiento del líder opositor Aleksei Navalny, según él lo inventaron todo.

Tendría gracia el galimatías si no fuera porque Navalny sigue en coma desde el 20 de agosto y destacadas figuras del oficialismo ruso no descartan lo que llaman "probable conspiración occidental" para dañar la imagen del Kremlin, mientras Moscú dice haber creído la versión de Minsk de que en su territorio "están listos para entrar en acción no menos de 200 extremistas de Ucrania".

Acorralado Lukashenko, antes reacio a aceptar un papel secundario en una eventual confederación con Rusia, la coyuntura es favorable para que el Kremlin intente avanzar en la articulación de un proyecto de integración que prime sus intereses geopolíticos, más allá de evitar que Bielorrusia le dé la espalda, busque alinearse con la Unión Europea y, después, abra la puerta a la OTAN.

Esta semana ambos países intercambiaron visitas de alto nivel –el canciller bielorruso vino a Moscú y el primer ministro ruso estuvo en Minsk–, que mostraron el respaldo del Kremlin al gobierno de Lukashenko, previo a la anunciada reunión de éste con el presidente ruso Vladimir Putin en Moscú, en la cual se podrá ver hasta qué punto el huésped acepta las exigencias del anfitrión.

En paralelo, y pese a la represión, los adversarios de Lukashenko no cejan en sus demandas con multitudinarias manifestaciones y el sector más prorruso, el del banquero Viktor Barbariko, ahora en la cárcel, fundó Juntos, partido político que pretende agrupar a todos los inconformes.

Para el Kremlin, Lukashenko se presenta como mejor opción hasta que se defina la actual crisis en Bielorrusia, pero se convirtió en una suerte de activo tóxico y a la primera intentará deshacerse de él y promover a un político de su total confianza.

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Convención republicana: Donald Trump exhibe su agenda conservadora en busca de la reelección en Estados Unidos

Fe, familia y libertad son los pilares de un programa sin grandes propuestas

El presidente estadounidense reafirmó sus posturas en contra del aborto y a favor de la portación de armas y la libre elección de escuelas y el

endurecimiento de pol{iticas migratorias.

 

Desde Nueva York.Familia, fe y libertad. La campaña republicana no tiene propuestas para un segundo mandato y no siente que las necesite. Tiene en cambio una agenda conservadora basada en esos tres pilares. Porque la principal promesa de la convención partidaria de esta semana fue la de mantener Estados Unidos tal como está.

Si la Convención Nacional Demócrata habló de derechos reproductivos, la republicana puso a una ex directora de una clínica de Planned Parenthood y a una monja entre los oradores que se expresaron en contra del aborto. Si la nominación de Joe Biden incluyó pedidos de control de armas, la de Donald Trump defendió la famosa Segunda Enmienda, que permite a los estadounidenses portar armas.

La convención republicana no se mantuvo ajena a los reclamos de reformas que actualmente existen en Estados Unidos, pero si los incluyó fue para oponerse a ellos. La tercera noche de la convención fue dedicada casi en su totalidad a “celebrar a los héroes”. Es decir, a los integrantes de las fuerzas armadas y las de seguridad del país. Si a partir del asesinato de George Floyd ganó fuerza el pedido de quitarle fondos a la policía (Defund the police, en inglés), los seguidores de Trump decidieron contrarrestarlo con su propia variación: “Defend the police” (defender a la policía, en inglés).

El domingo, antes de que comenzara el evento de cuatro días, la campaña de reelección había anunciado las “prioridades centrales” que el magnate tendrá si accede a un segundo mandato. Bajo el lema “¡Luchando para vos!”, la lista constituye la columna vertebral del discurso de Trump de la noche del jueves, pero es apenas un punteo de ideas.

Una de ellas, por ejemplo, promete el desarrollo de una vacuna contra el covid-19 antes de fin de año, a pesar de que esa fecha cae dentro de la actual presidencia. Sobre este tema habló el vicepresidente, Mike Pence, durante su discurso del miércoles por la noche, aunque no dio detalles de cómo cumplirán ese objetivo. “En las próximas semanas, el presidente compartirá detalles sobre sus planes a través de discursos enfocados en políticas durante la campaña electoral”, había adelantado el anuncio del domingo pasado.

Sin embargo, tanto los discursos de esta semana como esa lista de prioridades dejan ver cuáles son los temas que obsesionan a Trump en su cuarto año de mandato. En primer lugar, la economía. Ahí, la promesa es la de crear 10 millones de nuevos puestos de trabajo en 10 meses. Solo durante marzo y abril, en Estados Unidos se destruyeron más de 22 millones de empleos. La recuperación todavía no llegó a la mitad.

El empleo, en el pensamiento de Trump, está atado al control de la inmigración. Sus promesas sobre este tema son las de impedir que quienes llegaron sin papeles al país accedan a la salud pública o a la universidad gratuita y que las empresas no puedan “reemplazar a los ciudadanos estadounidenses” con “trabajadores extranjeros de bajo costo”. Además, quiere terminar con las ciudades santuario para “restaurar” los barrios y “proteger” a las familias. Esta vez no hay mención a la construcción del muro en la frontera con México.

La política exterior será la de “Estados Unidos primero”, con la vaga idea de “terminar con las guerras sin fin”, “hacer que los aliados paguen su parte”, “mantener y expandir la fortaleza militar sin igual” del país, “borrar a los terroristas mundiales que amenazan con lastimar a los estadounidenses” y “construir un gran sistema de defensa de ciberseguridad y contra misiles”.

La relación con China es toda una sección aparte, enfocada en “terminar” con la “dependencia” de Estados Unidos de ese país. En estos puntos, el plan es un poco más específico: una segunda administración de Trump no permitirá ningún contrato del gobierno con empresas que tercericen sus servicios en China y dará incentivos fiscales a las que “traigan de vuelta” los puestos de trabajo desde el gigante asiático.

Tanto en la lista como en los discursos de la convención, la educación es solo una mención. No debería extrañarle a nadie: la principal política educativa del gobierno de Trump es la de implementar la libre elección de escuelas. En Estados Unidos, los niños solamente pueden asistir a las escuelas públicas que les corresponden por su distrito o el código postal en el que viven. Por supuesto, también pueden ir a una privada, pero eso es inaccesible para la mayoría. La libre elección de escuelas les permite, valga la redundancia, elegir la institución a la que quieren ir sin importar el lugar en el que vivan. Incluso pueden asistir a una privada si así lo prefieren y recibir algún tipo de apoyo del Estado mientras lo hacen. Para los críticos, este sistema solo favorece la privatización del sistema educativo.

Para Trump, la expansión de la libre elección de escuelas es uno de los dos únicos puntos que ameritaría una política de educación durante su segundo mandato. El otro es el de “enseñar el excepcionalismo estadounidense”, un mito que asegura que el país norteamericano, su sistema político, su historia y sus valores son únicos en el mundo.

Precisamente, la campaña decidió caracterizar el último día de convención como “Estados Unidos, tierra de grandeza”, con el presidente como orador de cierre. Esto tampoco debería sorprender a nadie. Trump llegó a la Casa Blanca con la promesa de hacer al país “grande otra vez”. Es el pilar de su mensaje. Está convencido de que lo logró y de que la crisis causada por la pandemia es apenas una interrupción que solamente él puede solucionar. Ahora, el espíritu de su nueva propuesta parece ser el de engrandecer a Estados Unidos otra vez, de nuevo.

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