El curso de la Segunda Guerra Mundial cambia frente a Moscú

Octogésimo aniversario inicio del Batalla de Moscú, 5 de diciembre de 1941

 

Con motivo del octogésimo aniversario inicio del Batalla de Moscú el 5 de diciembre de 1941, una batalla que cambió el curso del Segunda Guerra Mundial, reproducimos el capítulo dedicado a este acontecimiento del libro de Jacques R. Pauwels, «Los grandes mitos de la historia moderna. Reflexiones sobre la democracia, la guerra y la revolución», Boltxe Liburuak, diciembre de 2021 [Traducido al castellano por Beatriz Morales Bastos].

El mito:

El curso de la guerra cambió en junio de 1944, cuando se produjo el desembarco de Normandía. A partir de entonces se hizo retroceder sistemáticamente a los alemanes, y los estadounidenses y sus aliados británicos, canadienses y de otros países liberaron la mayor parte de Europa. Éxitos de taquilla de Hollywood como El día más largo y Salvar a soldado Ryan han fomentado muy eficazmente esta idea.

La realidad:

El curso de la guerra empezó a cambiar despacio, de forma casi imperceptible, ya en el verano de 1941, apenas unas semanas después de que el aparentemente invencible ejército alemán invadiera la Unión Soviética. Una contraofensiva emprendida por el Ejército Rojo frente a Moscú el 5 de diciembre de ese año confirmó el fracaso del Blitzkrieg, es decir, la estrategia que supuestamente había sido la clave de la victoria alemana. Ese día los comandantes de la Wehrmacht informaron a Hitler que ya no era posible la victoria.

Al menos en lo que se refiere al «escenario europeo», la Segunda Guerra Mundial empezó con la invasión de Polonia por parte del ejército alemán en septiembre de 1939. Unos seis meses después hubo otras victorias aún más espectaculares, esta vez sobre los Países Bajos y Francia. Para el verano de 1940 Alemania parecía invencible y predestinada a gobernar indefinidamente el continente europeo (Gran Bretaña se negó a arrojar la toalla, pero no podía esperar ganar la guerra sola y temía que Hitler dirigiera pronto su atención a Gibraltar, Egipto y/o otras joyas de la corona del Imperio británico). Pero cinco años después Alemania experimentó el dolor y la humillación de la derrota total. El 20 de abril de 1945 Hitler se suicidó en Berlín mientras los buldóceres del Ejército Rojo entraban en la ciudad y el 8/9 de mayo Alemania se rindió incondicionalmente.

Está claro, por tanto, que el curso de la guerra había cambiado en algún momento entre finales de 1940 y 1944, pero ¿cuándo y dónde? En Normandía en 1944, según algunos, especialmente según Hollywood; en Stalingrado durante el inverno de 1942-1943, según otros. En realidad, ya había empezado a cambiar en el verano de 1941 y fue evidente a principios de diciembre, cuando el Ejército Rojo emprendió una contraofensiva frente a Moscú.

No debería sorprender que fuera en la Unión Soviética donde cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial. La guerra contra la Unión Soviética era la guerra que Hitler había anhelado desde un principio, como dejó muy claro en las páginas de Mein Kampf, escrito a mediados de la década de 1920. Pero, como hemos visto en un capítulo anterior, los generales e industriales, y toda la clase alta de Alemania también deseaban un Ostkrieg, una guerra en el este, es decir, contra los soviéticos. De hecho, como ha demostrado de forma convincente el historiador alemán Rolf-Dieter Müller en una monografía muy bien documentada [1], lo que Hitler quería emprender en 1939 era una guerra contra la Unión Soviética y no contra Polonia, Francia o Gran Bretaña. El 11 de agosto de ese año Hitler explicó a Carl J. Burckhardt, un funcionario de la Liga de las Naciones, que «todo lo que emprendió estaba dirigido contra Rusia» y que «si Occidente [estos es, los franceses y los británicos] es demasiado estúpido y demasiado ciego para entenderlo, se vería obligado a llegar a un acuerdo con los rusos, volverse y derrotar a Occidente, y después volverse con toda su fuerza para atestar un golpe a la Unión Soviética» [2]. De hecho, eso es lo que ocurrió. Occidente resultó ser «demasiado estúpido y ciego», como Hitler había dicho, y le dio vía libre en el este, de modo que llegó a un acuerdo con Moscú (el «Pacto Hitler-Stalin») y entonces emprendió la guerra contra Polonia, Francia y Gran Bretaña. Pero su objetivo seguía siendo el mismo: atacar y destruir la Unión Soviética lo antes posible.

Hitler y los generales alemanes estaban convencidos de haber aprendido una lección fundamental de la Primera Guerra Mundial. Alemania era una importante potencia industrial, pero no tenía acceso a materias primas esenciales, especialmente desde que el Tratado de Versalles le había despojado de sus colonias. Sin un suministro constante de materias primas estratégicas, en particular petróleo y caucho, Alemania no podía ganar una guerra larga, interminable; el Reich tendría que ganar muy rápido.

Así es como nació el concepto de Blitzkrieg, es decir, la idea de una guerra (Krieg) rápida como un «relámpago» (Blitz). El Blitzkrieg requería ataques sincronizados de oleadas de tanques y aviones para romper las líneas defensivas, ejemplificadas por la Línea Maginot francesa, detrás de las cuales cabía esperar que se concentraran las tropas enemigas; una profunda penetración en el territorio hostil, seguida rápidamente de unidades de infantería que no se desplazaban a pie o en tren, como en la Gran Guerra, sino en camiones; y después regresar para contener y liquidar ejércitos enemigos enteros en gigantescas «batallas de cerco» (Kesselschlachten).

La estrategia Blitzkrieg funcionó perfectamente en 1939 y 1940. La Wehrmacht y la Luftwaffe lograron aplastar las defensas polacas, holandesas, belgas y francesas. Inevitablemente, a los Blitzkriege, «guerras rápidas como el relámpago» siguieron Blitzsiege, «victorias rápidas como el relámpago». Estas victorias fueron muy espectaculares, pero no proporcionaron a Alemania un gran botín en forma de los vitalmente importantes petróleo y caucho. En cambio, la «guerra relámpago» agotó las reservas acumuladas antes de la guerra. Afortunadamente para Hitler, en 1940 y 1941 Alemania pudo seguir importando petróleo de Rumanía (un país neutral que se iba a convertir en aliado en septiembre de 1940, después de un golpe de Estado fascista) y del todavía neutral Estados Unidos. De acuerdo con los términos del Pacto Hitler-Stalin, la Unión Soviética también suministró petróleo a Alemania aunque, como ya hemos visto, no se sabe bien en qué cantidades ni de qué calidad. Lo que es más importante es que a Hitler le preocupaba más que, a cambio del petróleo, Alemania tenía que suministrar a la Unión Soviética productos industriales de gran calidad y tecnología militar de vanguardia, que los soviéticos utilizaron para modernizar su ejército y mejorar su armamento [3].

Es comprensible que Hitler recuperara su anterior plan de guerra contra la Unión Soviética poco después de derrotar a Francia, en concreto en el verano de 1940. Unos meses después, el 18 de diciembre de 1940 se dio la orden formal de planificar dicho ataque, al que se dio el nombre clave de Operación Barbarroja [4]. Ya en 1939 Hitler había estado muy empeñado en atacar a la Unión Soviética y se había vuelto contra Occidente solo «para tener seguridad en la retaguardia cuando finalmente estuviera dispuesto a ajustar cuentas con la Unión Soviética», como señala Rolf-Dieter Müller, el cual concluye que para 1940 nada había cambiado en lo que concernía a Hitler: «El verdadero enemigo era el que estaba en el este» [5].

Hitler simplemente no quería esperar mucho más antes de cumplir la gran ambición de su vida, destruir el país al que había definido como su archienemigo en Mein Kampf. Era consciente de que los soviéticos estaban preparando frenéticamente sus defensas para un ataque alemán que, como muy bien sabían, se iba a producir tarde o temprano. Dado que los soviéticos eran más fuertes cada día, el tiempo no estaba, obviamente, de parte de Hitler. ¿Cuánto más podía esperar antes de que se despareciera la «oportunidad»?

Emprender un Blitzkrieg contra la Unión Soviética prometía proporcionar a Alemania los recursos casi ilimitados de ese vasto país, como el trigo ucraniano (para alimentar tanto a los civiles como a los soldados alemanes), minerales como carbón (a partir del cual se podría producir caucho sintético y lubricante) y, más importante, los ricos yacimientos de petróleo del Cáucaso, donde los Panzers y Stukas, grandes consumidores de gasolina, podrían llenar sus tanques hasta los topes en cualquier momento. Fortalecido con estas bazas, a Hitler le iba a resultar sencillo ajustar cuentas con Gran Bretaña, empezando por apropiarse de Gibraltar, por ejemplo, e incluso emprender una ofensiva desde el Cáucaso contra el rico en petróleo Oriente Próximo. Alemania sería por fin una verdadera potencia mundial, invulnerable dentro de una «fortaleza» europea que se extendería desde el Atlántico hasta los Urales, poseedora de recursos ilimitados y, por lo tanto, capaz de ganar incluso guerras largas e interminables contra cualquier enemigo, incluido Estados Unidos, en una de las futuras «guerras de los continentes» ideadas en la febril imaginación de Hitler.

Hitler y sus generales estaban seguros de que el Blitzkrieg que preparaban contra la Unión Soviética iba a tener el mismo éxito que sus anteriores «guerras relámpago» contra Polonia y Francia. Creían que la Unión Soviética era un «gigante con pies de barro» cuyo ejército, supuestamente decapitado por las purgas de Stalin a finales de la década de 1930, no era «nada más que una broma», como el propio Hitler afirmó en una ocasión [6]. Preveían que para ganar las batallas decisivas que iban a emprender se necesitaría una campaña de entre cuatro y seis semanas a la que posiblemente seguirían algunas operaciones de limpieza en las que lo que quedara de las huestes soviéticas «serían perseguidas por todo el país como a un puñado de cosacos vencidos». En todo caso, Hitler estaba sumamente confiado y la víspera del ataque «se alardeaba de estar a punto de obtener el mayor triunfo de su vida» [7].

Los expertos militares de Washington y Londres también creían que la Unión Soviética no podría ofrecer una resistencia importante al gigante nazi, cuyos éxitos militares de 1939 y 1940 le habían granjeado la reputación de invencible. Los servicios secretos británicos estaban convencidos de que la Unión Soviética sería «liquidada en un plazo de entre ocho y diez semanas» y el Jefe del Estado Mayor Imperial (el más alto cargo del ejército británico) afirmó que la Wehrmacht cortaría al Ejército Rojo «como un cuchillo caliente la mantequilla» y que el Ejército Rojo sería acorralado «como ganado». Según la opinión experta de Washington, «Hitler aplastaría Rusia [sic] como un huevo» [8].

El ataque alemán empezó el 22 de junio de 1941 a primera hora de la mañana. Tres millones de soldados alemanes y casi 700.000 soldados aliados de la Alemania nazi, incluidos finlandeses y rumanos, cruzaron la frontera. Su equipamiento consistían en 600.000 automóviles, 3.648 tanques, más de 2.700 aviones y algo más de 7.000 piezas de artillería.

Al principio todo transcurrió según lo planeado. Se abrieron enormes brechas en las defensas soviéticas, rápidamente se conquistaron partes impresionantes de territorio y cientos de miles de soldados del Ejército Rojo murieron, resultaron heridos o fueron hechos prisioneros. El camino a Moscú parecía abierto. Sin embargo, pronto fue evidente que el Blitzkrieg en el este no iba a ser tan sencillo como se había supuesto.

Enfrentado a la maquinaría militar más poderosa que existía, el Ejército Rojo recibió una buena paliza, como cabía esperar, pero también opuso una dura resistencia, tal como el ministro de propaganda Joseph Goebbels reconoció en su diario ya el 2 de julio, y devolvió el golpe con mucha fuerza. El general Franz Halder, en muchos sentidos el «padrino» del plan de ataque de los alemanes, reconoció que la resistencia soviética era mucho más fuerte que todo aquello a lo que se habían enfrentado en Europa Occidental. Los informes de la Wehrmacht citaban una resistencia «dura», «tenaz» e incluso «salvaje», que provocaba grandes pérdidas de hombres y equipos en el bando alemán [9]. Con más frecuencia de lo esperado las fuerzas soviéticas lograron lanzar contraataques que ralentizaron el avance alemán. Algunas unidades soviéticas se ocultaron en los vastos pantanos de Pripet y en otros lugares, y organizaron una mortífera guerra de guerrillas para la que se habían hecho intensos preparativos durante el tiempo ganado gracias al Pacto y que amenazó las largas y vulnerables líneas alemanas de comunicación [10]. También resultó que el Ejército Rojo estaba mucho mejor equipado de lo que se esperaba. Un historiador alemán escribe que los generales alemanes estaban «asombrados» por la calidad de armas soviéticas como el lanzacohetes Katyusha (también conocido como «órgano de Stalin») y el tanque T-34. Hitler estaba furioso porque sus servicios secretos no hubieran tenido conocimiento de la existencia de algunas de estas armas [11].

Lo que más preocupaba a los alemanes era que el grueso del Ejército Rojo lograra retirarse en relativo buen orden y esquivara el cerco y la destrucción, con lo que evitaba una repetición de Cannae o Sedán con la que Hitler y sus generales habían soñado. Parecía que los soviéticos habían observado y analizado minuciosamente los éxitos de los Blitzkrieg alemanes de 1939 y 1940, y sacado lecciones útiles. Debieron haberse dado cuenta de que en mayo de 1940 los franceses habían concentrado el grueso de sus fuerzas justo en la frontera y en Bélgica, lo que permitió que la maquinaria de guerra alemana las encerrara (las tropas británicas también se vieron atrapadas en este cerco, pero lograron escapar a través de Dunkerque). Por supuesto, los soviéticos habían dejado algunas tropas en la frontera y como era de esperar fueron las que más pérdidas sufrieron en las primeras etapas de la Operación Barbarroja. Pero, al contrario de lo que afirman historiadores como Richard Overy [12], el grueso del Ejército Rojo se quedó en la retaguardia, y evitó quedar atrapado. Esta «defensa en profundidad» (facilitada por la adquisición en 1939 de un «glacis», un «respiro» territorial, es decir, «Polonia Oriental») fue lo que frustró la ambición alemana de destruir totalmente el Ejército Rojo. Como escribió el mariscal Zhukov en sus memorias, «la Unión Soviética habría sido aplastada si hubiéramos organizado todas nuestras fuerzas en la frontera» [13].

Para mediados de julio, a medida que la guerra de Hitler en el este empezaba a perder sus cualidades de Blitz, algunos dirigentes alemanes empezaron a expresar su enorme preocupación. Por ejemplo, el almirante Wilhelm Canaris, jefe de los servicios secretos de la Wehrmacht, la Abwehr, confesó el 17 de julio a un colega en el frente, el general von Bock, que no veía «más que negro». En el frente doméstico, también muchos civiles alemanes empezaron a pensar que la guerra en el este no iba bien. En Dresde, Victor Klemperer, un lingüista judío que llevaba un diario, escribió el 13 de julio que «nosotros [los alemanes] sufrimos pérdidas inmensas, hemos subestimado a los rusos» [14].

Más o menos en ese mismo momento el propio Hitler abandonó su sueño de una victoria rápida y fácil, y rebajó sus expectativas; ahora mencionaba la esperanza de que para octubre sus tropas llegaran al Volga y de que más o menos un mes después se apoderaran de los yacimientos de petróleo del Cáucaso [15]. Para finales de agosto, cuando la Operación Barbarroja se debería haber ido reduciendo paulatinamente, un memorando del Alto Comando de la Wehrmacht (Oberkommando der Wehrmacht, OKW) reconoció que no sería posible ganar la guerra [16].

Un problema fundamental era que cuando empezó la Operación Barbarroja el 22 de junio se calculó que los suministros de los que se disponía de petróleo, neumáticos, piezas de recambio, etc., no iban a durar mucho más que uno o dos meses. Se había considerado suficiente porque supuestamente solo iba a costar unas seis semanas doblegar a la Unión Soviética y entonces los victoriosos alemanes podrían disponer de los recursos prácticamente ilimitados de este país (tanto productos industriales como petróleo y otras materias primas [17]. Pero a finales de agosto de 1941 las puntas de lanza de la Wehrmacht estaban lejísimos de esos distantes confines de la Unión Soviética en los que se iba a conseguir petróleo, el más precioso de todos los artículos marciales. Si los tanques consiguieron seguir circulando, aunque cada vez más despacio, hacia las aparentemente interminables extensiones ucranianas y rusas, fue en gran medida gracias al petróleo rumano y al combustible importado de Estados Unidos, vía la neutral España y la ocupada Francia.

Las llamas del optimismo se avivaron de nuevo en septiembre, cuando las tropas alemanas capturaron Kiev y, más al norte, avanzaron en dirección a Moscú. Hitler creía, o al menos pretendía creer, que ahora se acercaba el final para los soviéticos. En un discurso público en el Palacio de Deportes de Berlín pronunciado el 3 de octubre declaró que prácticamente había terminado la «guerra oriental». Y se ordenó a la Wehrmacht dar el golpe de gracia lanzando la Operación Tifón (Unternehmen Taifun), una ofensiva destinada a tomar Moscú.

Sin embargo, las probabilidades de éxito parecían cada vez más exiguas, porque los soviéticos se afanaban en traer unidades de reserva del Lejano Oriente. Su espía principal en Tokio, Richard Sorge, les informó de que los japoneses, cuyo ejército estaba estacionado en el norte de China, ya no consideraban la posibilidad de atacar las vulnerables fronteras de los soviéticos en la zona de Vladivostok [18] (como hemos visto, les había enfadado que Hitler firmara un Pacto con Stalin y habían cambiado a una «estrategia meridional» que los iba a hacer entrar en conflicto con Estados Unidos).

Para empeorar las cosas, los alemanes ya no eran superiores en el aire, en particular sobre Moscú. No se podían llevar suficientes suministros de munición y comida desde la retaguardia al frente, ya que la actividad guerrillera había obstaculizado gravemente las extensas líneas de suministro [19]. Por último, empezaba a hacer frío en la Unión Soviética, aunque probablemente no más que lo habitual en esa época del año. El alto mando alemán, que tenía plena confianza en que su Blitzkrieg habría terminado para el final del verano, no había considerado necesario proveer a las tropas de equipamiento apropiado para luchar bajo la lluvia, con barro, nieve y las gélidas temperaturas del otoño e invierno rusos.

Tomar Moscú era un objetivo extremadamente importante para Hitler y sus generales. Se creía, probablemente de forma equivocada, que la caída de su capital «decapitaría» a la Unión Soviética y provocaría así su colapso. También parecía importante evitar repetir lo ocurrido en verano de 1914, cuando el aparentemente imparable avance alemán dentro de Francia había sido detenido in extremis a las afueras del este de París en la Batalla del Marne. Este desastre (desde la perspectiva alemana) había robado a Alemania una victoria casi segura en el primer momento de la Primera Guerra Mundial y la había obligado a librar una larga lucha que, al carecer de suficientes recursos y debido al bloqueo de la Armada Británica, estaba condenada a perder. Esta vez, en una nueva Gran Guerra contra un nuevo archienemigo no iba a haber un nuevo «milagro del Marne», es decir, no iba a haber el menor titubeo a las afueras de la capital enemiga. Era imprescindible que Alemania no se encontrara sin recursos y bloqueada en un conflicto largo y prolongado que estaba condenada a perder. A diferencia de París, Moscú iba a caer, la historia no se iba a repetir y Alemania iba a acabar victoriosa. O eso era lo que se esperaba en el cuartel general de Hitler.

La Wehrmacht siguió avanzando, aunque lentamente, y a mediados de noviembre algunas unidades estaban ya a solo treinta kilómetros de la capital, pero las tropas estaban totalmente exhaustas y se estaban quedando sin suministros. Sus comandantes sabían que, por muy tentadoramente cerca que estuviera Moscú, era simplemente imposible tomar la ciudad y que ni siquiera hacerlo les daría la victoria. El 3 de diciembre varias unidades abandonaron la ofensiva por propia iniciativa. En unos días se obligó a todo el ejército alemán situado frente a Moscú a pasar a la defensiva. En efecto, el 5 de diciembre a las tres de la madrugada, en medio del frío y de una nevada, el Ejército Rojo lanzó de pronto un importante y bien preparado contraataque. Se abrieron brechas en muchos puntos de las líneas de la Wehrmacht y los días siguientes se hizo retroceder a los alemanes entre 100 y 280 kilómetros, además de sufrir graves perdidas de hombres y de equipamiento. Solo con grandes dificultades se evitó un cerco catastrófico. El 8 de diciembre Hitler ordenó a su ejército abandonar la ofensiva y pasar a posiciones defensivas. Culpó de este revés a la supuestamente inesperada llegada temprana del invierno, se negó a retroceder más hacia la retaguardia, como sugerían algunos de sus generales, y propuso volver a atacar en primavera [20].

Así acabó el Blitzkrieg de Hitler contra la Unión Soviética, la «guerra oriental» que, de haberla ganado, no solo habría realizado la gran ambición de su vida, destruir la Unión Soviética, sino también, y más importante, habría proporcionado a la Alemania nazi recursos suficientes para convertirse en un gigante casi invulnerable.

Se suponía que un triunfo contra la Unión Soviética habría hecho imposible una derrota alemana y probablemente lo habría hecho. Quizá sea justo afirmar que si la Alemania nazi hubiera derrotado a la Unión Soviética en 1941, Alemania sería todavía hoy la potencia hegemónica de Europa y posiblemente también de Oriente Próximo y el Norte de África. La derrota en la Batalla de Moscú en diciembre de 1941 significaba que la guerra relámpago de Hitler no produjo la esperada victoria relámpago. En la nueva «Batalla del Marne» justo al oeste de Moscú la Alemania nazi sufrió la derrota que hizo imposible su victoria no solo contra la propia Unión Soviética, sin también contra Gran Bretaña y en la guerra en general. Hay que señalar que en aquel momento Estados Unidos todavía no estaba ni siquiera involucrado en la guerra contra Alemania.

Hitler y sus generales creían, no sin razón, que para ganar una nueva edición de la Gran Guerra Alemania tenía que ganarla a la velocidad del relámpago. Pero el 5 de diciembre de 1941 fue evidente para todos los presentes en el «cuartel general del Führer» que no iba a haber un Blitzsieg contra la Unión Soviética y que Alemania estaba condenada a perder la guerra antes o después. Según el general Alfred Jodl, jefe del Estado Mayor de Operaciones del OKW, Hitler se dio cuenta entonces de que ya no podía ganar la guerra [21], de modo que se puede afirmar que el éxito del Ejército Rojo frente a Moscú fue sin lugar a dudas el «punto de inflexión» [Zäsur] de toda la guerra mundial», como afirma Gerd R. Ueberschär, un experto alemán en la guerra contra la Unión Soviética [22].

En otras palabras, el curso de la Segunda Guerra Mundial cambió el 5 de diciembre de 1941. Sin embargo, del mismo modo que los verdaderos cursos no cambian repentinamente, sino de forma gradual e imperceptible, en realidad el curso de la guerra no cambió en un solo día, sino a lo largo del período de los al menos cuatro meses transcurridos entre el verano de 1941 y principios de diciembre de ese mismo año.

El curso de la guerra en el este había ido cambiando de manera extremadamente lenta, pero no tan imperceptiblemente. Ya en julio de 1941, menos de un mes después de que se emprendiera la Operación Barbarroja, observadores bien informados habían empezado a dudar de que todavía fuera posible una victoria alemana, no solo en la Unión Soviética sino en la guerra en general. Ese mes los generales del régimen colaborador francés del mariscal Pétain reunidos en Vichy discutieron acerca de los informes confidenciales que habían recibido de sus colegas alemanes sobre la situación en el frente oriental. Se enteraron de que el avance en el interior la Unión Soviética no iba tan bien como se esperaba y llegaron a la conclusión de que «Alemania no iba a ganar la guerra sino que ya la había perdido». A partir de ese momento una cantidad cada vez mayor de miembros de la élite militar, política y económica francesa se preparó discretamente para abandonar el condenado Vichy; esperaban que su país fuera liberado por los estadounidenses, con quienes habían establecido contactos a través de intermediarios simpatizantes, como el Vaticano y Franco [23].

En septiembre, cuando se suponía que debía haber terminado el Blitzkrieg en el este, un corresponsal del New York Times que trabajaba en Estocolmo se mostró convencido de que la situación en el frente oriental era tal que Alemania «podría colapsar totalmente». Acababa de volver de visitar el Reich donde había sido testigo de la llegada de trenes cargados de soldados heridos. Y el siempre bien informado Vaticano, que al principio estaba muy entusiasmado con la «cruzada» de Hitler contra la patria soviética del «impío» bolchevismo, a finales del verano de 1941 estaba muy preocupado por la situación en el este; a mediados de octubre llegó a la conclusión de que Alemania iba a perder la guerra [24] (evidentemente, no se había informado a los obispos alemanes de las malas noticias, puesto que un par de meses después, el 10 de diciembre, declararon públicamente que «observaban con satisfacción la lucha contra el bolchevismo»). Igualmente, a mediados de octubre los servicios secretos suizos informaron de que «los alemanes ya no pueden ganar la guerra» [25].

A finales de noviembre un cierto derrotismo había empezado a contagiar a los altos rangos de la Wehrmacht y del Partido Nazi. Incluso mientras urgían a sus tropas a avanzar hacia Moscú, algunos generales opinaban que sería preferible hacer propuestas de paz y terminar paulatinamente la guerra sin lograr la gran victoria que tan segura parecía al empezar de la Operación Barbarroja. Y poco después de terminar noviembre el ministro de Armamento Fritz Todt pidió a Hitler que buscara una manera diplomática de salir de la guerra puesto que estaba perdida tanto desde el punto de vista puramente militar como desde el industrial [26].

Es un mito que los invasores alemanes de la Unión Soviética fueran derrotados por el «general Invierno». Los alemanes fueron derrotados por el Ejército Rojo, con el apoyo de toda la nación soviética, excepto, por supuesto, los colaboracionistas que, por desgracia, existen en todos los países. Como los alemanes se enfrentaron a una resistencia tan férrea, al final del verano la Operación Barbarroja no estaba ni mucho menos terminada, tal como Hitler y sus generales habían esperado. Esto significa que a más tardar en septiembre de 1941 había fallado la estrategia Blitzkrieg, que se suponía iba a ser la clave de la victoria alemana. Costó unos pocos meses más, hasta el 5 de diciembre, a principios del inverno, certificar este fracaso con el inicio de la contraofensiva soviética frente a Moscú; pero en lo que respecta a Alemania, el daño fatal ya estaba hecho en verano. El mito que se lo atribuye al «general Invierno» lo idearon los nazis para explicar el fracaso de la Operación Barbarroja y después de 1945, en el contexto de la Guerra Fría, se mantuvo vivo como parte de la campaña para minimizar la contribución soviética a la derrota de la Alemania nazi.

Cuando el Ejército Rojo emprendió su devastadora contraofensiva el 5 de diciembre, el propio Hitler se dio cuenta de que su causa estaba perdida, pero no estaba dispuesto a permitir que lo supiera la opinión pública alemana. Los portavoces nazis presentaron las desagradables noticias del frente cerca de Moscú como un revés temporal, del que culparon a la supuestamente inesperada temprana llegada del «general Invierno» y/o a la incompetencia o cobardía de algunos comandantes. Fue solo un año después, tras la calamitosa derrota en la Batalla de Stalingrado en el invierno de 1942-1943, cuando la opinión publica alemana y todo el mundo se iba a dar cuenta de que Alemania estaba condenada, razón por la cual todavía hoy muchos historiadores creen que el curso de la guerra cambió en Stalingrado.

Resultó imposible mantener en secreto total las catastróficas implicaciones de la debacle frente a Moscú. Por ejemplo, el 19 de diciembre de 1941 el cónsul alemán en Basilea informó a sus superiores en Berlín que el (abiertamente pronazi) jefe de una misión de la Cruz Roja suiza, que había sido enviado al frente en la Unión Soviética para ayudar a los heridos aunque solo en el bando alemán, lo que contravenía las normas de la Cruz Roja, había vuelto a Suiza con la noticia, que había sorprendido mucho al cónsul, de que «ya no creía que Alemania pudiera ganar la guerra» [27].

En su cuartel general situado en las profundidades de un bosque de Prusia oriental Hitler seguía cavilando acerca del desastroso cambio de rumbo cuando recibió otra sorpresa. En la otra punta del globo los japoneses habían atacado la base naval estadounidense de Pearl Harbor, en Hawai, el 7 de diciembre de 1941. Los acuerdos en vigor entre Berlín y Tokio eran de naturaleza defensiva y habrían exigido que el Reich se uniera al bando de Japón si este hubiera sido atacado por Estados Unidos, pero ese no era el caso. Hitler no tenía esa obligación, como se ha afirmado o al menos insinuado en las historias y documentales sobre ese dramático acontecimiento. Tampoco los dirigentes japoneses se habían sentido obligados a declarar la guerra a los enemigos de Hitler cuando este atacó Polonia, Francia y la Unión Soviética. En cada ocasión Hitler ni se había molestado en informar a Tokio de sus planes, sin duda por temor a los espías. Del mismo modo, los japoneses tampoco informaron a Hitler de sus planes de entrar en guerra con el Tío Sam (en realidad, estos planes eran el resultado de una «estrategia meridional» a la que, como hemos visto, Tokio había cambiado porque Hitler había firmado un pacto con Stalin).

Con todo, el 11 de diciembre de 1941 el dictador alemán declaró la guerra a Estados Unidos. Esta decisión aparentemente irracional solo se puede entender a la luz del aprieto en el que se encontraba Alemania en la Unión Soviética. Es casi seguro que Hitler supusiera que este gesto totalmente gratuito de solidaridad iba a llevar a su aliado del Lejano Oriente a declarar en reciprocidad la guerra al enemigo de Alemania, la Unión Soviética, lo que habría llevado a los soviéticos a la extremadamente peligrosa situación de una guerra en dos frentes (el grueso del ejército japonés todavía estaba estacionado en el norte de China y, por tanto, habría podido atacar inmediatamente a la Unión Soviética en la zona de Vladivostok).

Parece que Hitler creyó que podía exorcizar el espectro de la derrota en la Unión Soviética, y en la guerra en general, emplazando a una especie de deus ex machina japonés a acudir la vulnerable frontera siberiana de la Unión Soviética. Efectivamente, según el historiador alemán Hans W. Gatzke, el Führer estaba convencido de que «si Alemania no se unía a Japón [en la guerra contra Estados Unidos], sería […] el fin de toda esperanza de que Japón le ayudara contra la Unión Soviética» [28]. Pero Japón no picó el anzuelo de Hitler. Tokio también despreciaba al Estado soviético, pero el País del Sol Naciente, que ahora estaba en guerra contra Estados Unidos, se podía permitir el lujo de una guerra en dos frentes tan poco como los soviéticos. Tokio prefería apostar por una estrategia «meridional», con la esperanza de ganar el gran premio del Sudeste de Asia (incluidas la rica en petróleo Indonesia y la rica en caucho Indochina) a tener que embarcarse en una incursión en los inhóspitos confines de Siberia. Solo muy al final de la guerra, tras la rendición de la Alemania nazi, se iban a producir hostilidades entre la Unión Soviética y Japón. En el próximo capítulo nos centraremos en la guerra en el Lejano Oriente en la que participaron Japón y Estados Unidos, y finalmente también la Unión Soviética.

Y de este modo, por culpa del propio Hitler, entre los enemigos de Alemania ahora no solo estaban Gran Bretaña y la Unión Soviética, sino también el poderoso Estados Unidos, cuyas tropas se podía esperar que aparecieran en las costas de Alemania, o al menos en las costas de la Europa ocupada por los alemanes, en un futuro inmediato. En efecto, los estadounidenses iban a enviar tropas a Francia, pero solo en 1944 y este acontecimiento sin duda importante a menudo se presenta todavía como el punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, merece la pena preguntarse si los estadounidenses habrían desembarcado en Normandía o, para el caso, si habrían declarado la guerra a la Alemania nazi, si Hitler no les hubiera declarado la guerra el 11 de diciembre de 1941. Y habría que preguntarse si Hitler habría tomado la decisión desesperada, incluso suicida, de declarar la guerra a Estados Unidos si no se hubiera encontrado en una situación desesperada en la Unión Soviética. Así pues, la entrada de Estados Unidos en la guerra contra Alemania que, por muchas razones, no se veía venir antes de diciembre de 1941 y para la que Washington no había hecho preparativo alguno, como pronto veremos, también fue una consecuencia del revés que sufrió Alemania frente a Moscú.

La Alemania nazi estaba condenada, pero la guerra aún iba a ser larga. Hitler ignoró los consejos de sus generales, que le recomendaban encarecidamente buscar una salida diplomática, y decidió seguir luchando con la escasa esperanza de sacarse de algún modo la victoria de la manga. La contraofensiva rusa iba a perder ímpetu a principios de enero de 1942, la Wehrmacht iba a sobrevivir al invierno de 1941-42 y en primavera de 1942 Hitler iba a reunir trabajosamente todas las fuerzas disponibles para una ofensiva en dirección a los yacimientos de petróleo del Cáucaso denominada «Operación Azul» (Unternehmen Blau). El propio Hitler reconoció que «si no conseguía el petróleo de Maikop y Grozny, tendría que terminar esta guerra» [29].

Pero para entonces había desaparecido el factor sorpresa y los soviéticos disponían de inmensas cantidades de hombres, petróleo y otros recursos, además de un equipamiento excelente, en su mayoría producido en fábricas que habían sido trasladadas detrás de los Urales entre 1939 y 1941. La Wehrmacht, en cambio, no se pudo resarcir de las enormes pérdidas que había sufrido en 1941. Entre el 22 de junio de 1941 y el 31 de enero de 1942 los alemanes habían perdido 6.000 aviones y más de 3.200 tanques y vehículos similares. Nada menos que 918.000 hombres habían muerto, resultado heridos o estaban desaparecidos en combate, lo que equivale al 28,7% de la dotación media del ejército, 3,2 millones de hombres [30]. Alemania perdió en la Unión Soviética no menos de 10 millones del total de los 13,5 millones de sus hombres muertos, heridos o hechos prisioneros a lo largo de toda la guerra y el Ejército Rojo reivindicó haber matado al 90% de todos los alemanes muertos en la Segunda Guerra Mundial [31].

Por consiguiente, las fuerzas disponibles para avanzar hacia los yacimientos de petróleo del Cáucaso era muy limitadas. Resulta sorprendente que en esas circunstancias los alemanes lograran llegar tan lejos en 1942. La bestia estaba herida de muerte, pero iba a tardar mucho tiempo en exhalar su último aliento e iba a seguir siendo poderosa y peligrosa hasta el final, como descubrirían los estadounidenses en el invierno de 1944-1945 en la Batalla de las Ardenas. Pero cuando en septiembre de ese año su ofensiva se fue agotando inevitablemente, las debilitadas líneas alemanas se extendían a lo largo de muchos cientos de kilómetros y presentaban un objetivo perfecto para un contraataque soviético. Cuando llegó el ataque consiguió encerrar a todo el ejército alemán y destruirlo en Stalingrado. Después de esta gran victoria del Ejército Rojo fue obvio que la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial era inevitable, pero la condición previa de la sin duda más espectacular y más evidente derrota alemana en Staligrado fue el fracaso del Blitzkrieg oriental en la segunda mitad de 1941, que culminó en una derrota frente a Moscú a principios de diciembre de ese año.

Todavía hay más razones para considerar diciembre de 1941 el punto de inflexión de la guerra. La contraofensiva soviética acabó con la reputación de invencible de la que había disfrutado la Wehrmacht desde sus éxitos contra Polonia en 1939 y levantó así la moral de los enemigos de Alemania en todas partes. En Francia, por ejemplo, la Resistencia se hizo más grande, más audaz y mucho más activa. A la inversa, el fracaso del Blitzkrieg desmoralizó a los finlandeses y a otros aliados de Alemania. Y los países neutrales que habían simpatizado con la Alemania nazi se volvieron ahora complacientes respecto a los «anglo-estadounidenses». Franco, por ejemplo, esperaba congraciarse con ellos mirando hacia otro lado cuando los aviadores aliados derribados, ayudados por la Resistencia francesa, violaban técnicamente la neutralidad española al cruzar el país desde Francia a Portugal en su camino de regreso a Gran Bretaña. Portugal, que también era neutral oficialmente aunque mantenía relaciones amistosas con Gran Bretaña, incluso permitió a los británicos y a los estadounidenses utilizar una base aérea en las Azores, que iba a demostrar ser extremadamente útil en la Batalla del Atlántico.

Lo que es más importante, la batalla de Moscú también garantizó que el grueso de las fuerzas armadas alemanas estuviera ligado a un frente oriental de aproximadamente 4.000 kilómetros durante un periodo de tiempo indefinido y, por tanto, requiriera la mayor parte de los recursos estratégicos disponibles, sobre todo petróleo. Esto eliminaba casi por completo la posibilidad de nuevas operaciones de Alemania contra Gran Bretaña e incluso hizo cada vez más difícil suministrar suficientes hombres y material a Rommel en el norte de África, lo que llevó finalmente a su derrota en la Batalla de El Alamein en otoño de 1942.

Fue frente a Moscú en diciembre de 1941 cuando cambio el curso de la guerra. Allí fue donde se acabó con el Blitzkrieg, que ya llevaba varios meses moribundo, y donde, por consiguiente, se obligó a la Alemania nazi a luchar sin recursos suficientes el tipo de guerra prolongada que Hitler y sus generales sabían que no podían ganar. Fue también en ese momento cuando el Tío Sam se vio arrastrado a la guerra contra la Alemania nazi. Los estadounidense iban a estar preocupados durante mucho tiempo por su guerra contra Japón, así que solo después del desembarco de Normandía, esto es, menos de un año antes del final de la guerra, iban a empezar a contribuir de forma significativa a la derrota de la Alemania nazi [32]. ¿Por qué tardaron tanto?

Los dirigentes políticos y militares estadounidenses y británicos, representantes de las clases altas de sus países, siempre habían sido intrínsecamente antisoviéticos, mucho más que antinazis; de hecho, habían sido filofascistas, es decir, miraban con buenos ojos el fascismo porque el fascismo era enemigo del comunismo. Es una ironía de la historia que acabaran entrando en guerra contra el fascismo, personificado por Hitler (y también por Mussolini), y se encontraran así siendo aliados de la Unión Soviética. Pero se trataba de una alianza que no era natural, destinada a durar únicamente hasta derrotar al enemigo común (como dijeron algunos generales estadounidenses en una ocasión, estaban luchando una guerra «con el aliado equivocado contra el enemigo equivocado») [33]. Esto explica por qué, después de que Estados Unidos entrara en la guerra, los «anglo-estadounidenses» se comportaron en la medida de lo posible como un tertius gaudens, encantados de dejar a los soviéticos y a los nazis matarse mutuamente mientras ellos miraban desde la barrera.

El hecho de que el Ejército Rojo suministrara la carne de cañón necesaria para vencer a Alemania permitió a los aliados occidentales minimizar sus pérdidas. También les permitió fortalecerse para intervenir de forma decisiva en el momento adecuado, cuando ambos, el enemigo nazi y el aliado soviético, estuvieran exhaustos. Entonces iban a poder decidir cómo iba a ser Europa (y gran parte del resto del mundo) después de la guerra.

Por ese motivo Washington y Londres no abrieron un «segundo frente» desembarcando tropas en Francia en 1942 (se puede definir como un «fracaso intencionado» el desembarco de una pequeña fuerza de tropas, en su mayoría canadienses, en Dieppe el 19 de agosto de 1942, que fue rechazada con grandes pérdidas por unos defensores alemanes fuertemente atrincherados; el objetivo de esta idea de Churchill era demostrar a los partidarios británicos de un segundo frente y a Stalin que los aliados occidentales todavía no estaban preparados para una empresa de esa envergadura en Francia) [34].

A pesar de lo que han afirmado algunos historiadores, sin lugar a dudas ya era factible desembarcar un ejército en Francia en 1942, el año en el que el grueso de las fuerzas alemanas estaba dedicado a un intento desesperado aunque condenado al fracaso de conquistar los yacimientos de petróleo de la Unión Soviética. En vez de ello, los responsables de Washington y Londres optaron por una operación igualmente complicada desde el punto de vista logístico: en noviembre de 1942 se enviaron tropas al norte de África para ocupar las colonias francesas situadas allí, lo que proporcionó poca o ninguna ayuda al Ejército Rojo, como la habría proporcionado la apertura de un «segundo frente» en Francia.

Solo después de la catastrófica derrota que sufrió la Wehrmacht en la Batalla de Stalingrado, es decir, en febrero de 1942, fue obvio que la Alemania nazi estaba condenada a perder la guerra. Eso hizo que Washington y Londres cambiaran su política y se implicaran directamente en la titánica lucha contra la Alemania nazi donde realmente hacía falta, es decir, en Europa.

A Roosevelt y Churchill no les gustaba en absoluto que, después de Stalingrado, el Ejército Rojo se estuviera abriendo paso de forma lenta pero segura hacia Berlín y posiblemente hacia lugares situados más al oeste, así que desde la perspectiva de la estrategia angloestadounidense «se hizo imperativo enviar tropas a Francia y adentrarse en Alemania para mantener la mayor parte de ese país fuera de las manos [soviéticas]», como han escrito dos historiadores estadounidenses, Peter N. Carroll y David W. Noble [35]. Por consiguiente, se decidió enviar tropas a Francia lo antes posible, pero era demasiado tarde para llevar a cabo una operación tan compleja desde el punto de vista logístico en 1943, especialmente porque había que trasladar desde el norte de África el equipo necesario para el desembarco, de modo que hubo que esperar hasta la primavera de 1944. Y cuando finalmente desembarcaron no fue para provocar la derrota de la Alemania nazi, sino para impedir que la Unión Soviética lo hiciera sola.

En todo caso, cuando los estadounidenses, los británicos y otros aliados occidentales desembarcaron en Normandía en junio de 1944 quedaba menos de un año de una guerra cuyo resultado ya se había decidido realmente tres años antes, en el verano de 1941. La idea de que ese desembarco constituyó una especie de punto de inflexión no es más que un mito, inventado para ocultar el papel fundamental que había desempeñado la Unión Soviética en la derrota de la Alemania nazi. También nació un mito menor y menos importante, útil para el mismo propósito: la idea de que los soviéticos solo habían logrado sobrevivir a la arremetida nazi gracias al importante apoyo material que les había prestado el Tío Sam en el contexto del famoso Programa de Préstamo y Arriendo de ayuda a los aliados de Estados Unidos. Varios hechos demuestran que aunque esta historia se ha tejido en torno a algunos hechos históricos, como suele ocurrir con los mitos, tampoco refleja la realidad histórica [36].

En primer lugar, antes de Pearl Harbor, es decir, a principios de diciembre de 1941, la Unión Soviética no era aliada del Tío Sam. Estados Unidos era un país neutral y su clase alta simpatizaba más con los nazis que con los soviéticos, un tema que abordaremos en los dos próximos capítulos. Una cantidad considerable de estadounidenses ricos, poderosos y muy influyentes (industriales, banqueros, congresistas, generales, líderes religiosos, etc.) esperaba con impaciencia la derrota de la patria del anticapitalista e «impío» bolchevismo. Solo cuando debido a la gratuita declaración de guerra a Estados Unidos por parte de Hitler el 11 de diciembre de 1941 Estados Unidos se encontró con que era enemigo de la Alemania nazi y, por lo tanto, aliado no solo de los británicos, sino también de los soviéticos, las llamas del antisovietismo estadounidense por lo menos disminuyeron sin extinguirse del todo.

En segundo lugar, por lo que se refiere a la ayuda estadounidense a la Unión Soviética, no hubo ninguna ayuda en 1941, el año que terminó con la inversión del curso de la guerra. Moscú pidió suministros estadounidenses en cuanto empezó la Operación Barbarroja, pero no recibió una respuesta afirmativa. A fin de cuentas, también en Estados Unidos se suponía que la Unión Soviética iba a colapsar pronto. El embajador estadounidense en la URSS incluso desaconsejó tajantemente el envío de ayuda argumentando que, en vista de la inminente derrota soviética, estos suministros caerían en manos alemanas [37].

La situación cambió a finales del otoño de 1941, cuando cada vez estaba más claro que los soviéticos no iban a ser «aplastados como un huevo». De hecho, su firme resistencia demostró que probablemente iban a ser un aliado continental muy útil para los británicos, con quienes los empresarios y banqueros estadounidenses podían participar en el muy rentable negocio del Préstamo y Arriendo. Ampliar a los soviéticos la ayuda del Programa de Préstamo y Arriendo (que significaba la venta, no el regalo, de equipamiento) prometía ahora generar más beneficios todavía. La Bolsa de Nueva York empezó a reflejar esa realidad: las cotizaciones ascendieron a medida que se ralentizaba el avance nazi en Rusia. En este contexto es en el que Washington y Moscú firmaron un acuerdo de Préstamo y Arriendo en noviembre de 1941, pero iban a pasar muchos más meses antes de que las entregas empezaran a llegar. Un historiador alemán, Bernd Martin, insiste en que a lo largo de 1941 la ayuda estadounidense a la Unión Soviética siguió siendo meramente «imaginaria» [38].

Así pues, la ayuda material estadounidense solo fue significativa en 1942 o probablemente en 1943, es decir, mucho después de que los soviéticos hubieran destruido sin la ayuda de nadie las posibilidades de una victoria de la Alemania nazi utilizando sus propias armas y equipamiento. Según el historiador británico Adam Tooze, «el milagro soviético no debía nada a la ayuda occidental [y] los efectos del Programa de Préstamo y Arriendo no influyeron en el equilibrio de fuerzas en Europa del este antes de 1943» [39].

En tercer lugar, la ayuda estadounidense nunca representó más del 4% o 5% de la producción soviética total en época de guerra, aunque hay que admitir que en una situación de crisis incluso un porcentaje tan pequeño puede ser crucial. En cuarto lugar, los propios soviéticos fabricaron todas las armas ligeras y pesadas de gran calidad que hicieron posible su éxito contra la Wehrmacht.

En quinto lugar, y probablemente lo más importante, la muy publicitada ayuda del Programa de Préstamo y Arriendo a la URSS quedó neutralizada en gran medida por la ayuda no oficial, discreta, aunque muy importante, que proporcionaron fuentes corporativas estadounidenses a los alemanes, enemigos de los soviéticos, un tema en el que nos centraremos en el capítulo 11. En 1940 y 1941 empresas y trust petroleros estadounidenses participaron en lucrativos acuerdos comerciales con la Alemania nazi y le suministraron enormes cantidades de petróleo a través de países neutrales como España. Por ejemplo, la parte proveniente de Estados Unidos de las importaciones que hizo Alemania de aceite de vital importancia para lubricar motores aumentó rápidamente durante el verano de 1941, concretamente de un 44% en julio a nada menos que un 94% en septiembre. En vista del agotamiento de sus reservas de productos petrolíferos en aquel momento, es justo decir que los Panzer alemanes probablemente nunca habrían llegado hasta las afueras de Moscú sin el combustible suministrado por los trusts del petróleo estadounidenses, como ha argumentado el historiador alemán Tobias Jersak, una autoridad en el ámbito del «combustible estadounidense para el Führer» [40].

Es indudable que no careció de importancia la muy publicitada ayuda del Programa de Préstamo y Arriendo tanto a la Unión Soviética como a Gran Bretaña. Pero la enorme ayuda que proporcionó entre bastidores (sin que lo supiera la opinión pública y ni siquiera, al parecer, la mayoría de los historiadores actuales) no el Estado estadounidense sino las corporaciones estadounidenses fue por lo menos igual, y más probablemente superior.

04/12/2021

Notas:

[1] Rolf-Dieter Müller, Der Feind steht im Osten: Hitlers geheime Pläne für einen Krieg gegen die Sowjetunion im Jahr 1939.

[2] Citado en Müller, p. 152.

[3] Soete, pp. 289-290, incluida la nota de la página 289.

[4] Véase, por ejemplo, Ueberschär (2011a), p. 39.

[5] Müller, p. 169.

[6] Ueberschär (2011b), p. 95.

[7] Citas de Müller, pp. 209, 225.

[8] Pauwels (2015), p. 66; Losurdo (2008), p. 29.

[9] Overy (1997), p. 87.

[10] Ueberschär (2011b), pp. 97-98.

[11] Ueberschär (2011b), p. 97; Losurdo (2008), op. cit., p. 31.

[12] Overy (1997), pp. 64-65.

[13] Furr (2011) p. 343: Losurdo (2008), p. 33; Soete, p. 297.

[14] Citado en Losurdo (2008), pp. 31-32.

[15] Wegner, p. 653.

[16] Ueberschär (2011b), p. 100.

[17] Müller, p. 233.

[18] Hasegawa, p. 17.

[19] Ueberschär (2011b), pp. 99-102, 106-107.

[20] Ueberschär, (2011b), pp. 107-11; Roberts, p. 111.

[21] Hillgruber, p. 81.

[22] Ueberschär (2011b), p. 120.

[23] Este acontecimiento se describe detalladamente en Lacroix-Riz (2016), p. 220 y siguientes.; la cita es de la p. 246.

[24] Lacroix-Riz (1996), p. 417; Baker, p. 387.

[25] Bourgeois, pp. 123, 127.

[26] Ueberschär (2011b), pp. 107-108.

[27] Bourgeois, pp. 123, 127.

[28] Gatzke, p. 137.

[29] Wegner, pp. 654-656.

[30] Ueberschär (2011b), p. 116.

[31] Ponting, p. 72.

[32] Es cierto que su guerra en el aire había comenzado antes, pero su programa de bombardeos estratégicos hizo relativamente poco daño a Alemania, como concluyeron los estudios de posguerra.

[33] Pauwels (2015), p. 199; Canfora (2008), pp. 288-289.

[34] La historia de Dieppe se relata detalladamente en Pauwels (2012).

[35] Carroll y Noble, p. 354.

[36] Para más detalles, véase Pauwels (2017), pp. 197-198.

[37] Mayers, p.131.

[38] Martin, pp. 459, 475.

[39] Tooze, p. 589.

[40] Estadísticas de Jersak, que utilizó documentos «top secret» elaborados por la Werhmacht Reichsstelle für Mineralöl, que se pueden consultar en la sección militar del Bundesarchiv, los archivos federales de Alemania, expediente RW 19/2694.

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Evo Morales (izq.), Luis Arce y su vice, David Choquehuanca, encabezan la marcha. . Imagen: AFP

La bautizada "Marcha por la Patria" llegará el próximo lunes a La Paz

"El pueblo tiene la palabra siempre y lo dijimos: si no quieren respetar el voto en las urnas lo haremos respetar en las calles", advirtió un presidente eufórico. Por su parte, el exmandatario de Bolivia aseguró que la derecha "quiere volver al Estado colonial".

 

Entre banderas multicolores, música y rituales andinos, el presidente de Bolivia, Luis Arce, y el exmandatario, Evo Morales, encabezaron este martes el primer tramo de una masiva movilización a favor del gobierno que recorrerá casi 200 kilómetros. "El pueblo boliviano marcha para reivindicar y decir que su apuesta es la democracia. Quienes han perdido en las urnas quieren ganar de otra manera", dijo Arce aludiendo a la oposición de derecha, que mantuvo un paro de nueve días en rechazo a una ley antilavado promovida por el oficialismo.

Miles de partidarios del Movimiento al Socialismo (MAS), liderado por Morales, iniciaron la denominada "Marcha por la Patria" en el poblado de Caracollo, al oeste del país, y esperan llegar el próximo lunes a La Paz. Con las montañas de los Andes de fondo, integrantes de sindicatos afines al MAS y otras organizaciones sociales emprendieron a paso ligero la larga caminata por la ruta ondeando banderas de Bolivia y wiphalas, estandarte de los pueblos del altiplano.

Lucían trajes típicos de telas coloridas, sombreros ornamentados, cascos de mineros y los tradicionales sacos tejidos donde indígenas aimaras y quechuas cargan sus pertenencias e incluso a sus bebés. En la caravana de más de un kilómetro resaltaban enormes pancartas, algunas con imágenes de Arce y Morales, mientras la multitud gritaba consignas a favor de sus líderes.

Arce, quien encabezó los primeros kilómetros de la marcha, pidió fortaleza y unidad a los manifestantes recordando antiguas movilizaciones entre Caracollo y La Paz que fueron hitos de la construcción de la democracia en Bolivia, incluyendo las que derrotaron a las dictaduras en el siglo pasado y las que dieron vida al actual Estado Plurinacional hace poco más de una década.

"El pueblo boliviano tiene la palabra siempre y lo dijimos: si no quieren respetar el voto en las urnas lo haremos respetar en las calles", advirtió un Arce eufórico, quien también destacó que "el pueblo boliviano es sabio" porque "resolvió el problema de 2019 en las urnas". 

El mandatario dijo que, por el contrario, "quienes han perdido en las urnas, quienes no han tenido la capacidad de generar mayoría quieren ganarla de otra manera, por eso el pueblo boliviano hoy marcha para reivindicar" y para decir que la "apuesta" es por la "democracia". En medio de aplausos y vítores de "Lucho no está solo", Arce dijo que "no se sentía solo" porque "el pueblo estaba con él".

"La derecha quiere volver al Estado colonial"

El expresidente Morales, también presente en el acto, hizo un largo recuento de hechos con los que la oposición derechista trató de impedir primero la asunción presidencial de Arce, y se empeñó luego en desestabilizarlo. "El tema de fondo es que la derecha no quiere el Estado Plurinacional, quiere volver al Estado colonial", afirmó Morales en ese sentido.

"No nos perdonan, esa pequeña oligarquía, que hayamos nacionalizado, recuperado los recursos naturales", advirtió el expresidente de Bolivia entre 2006 y 2019, quien dijo que la marcha era una suerte de "calentamiento" para la concentración del 29 de noviembre en La Paz, sobre la que pronosticó que será tan grande que "hará reventar" a la capital política del país.

"Esta marcha es por la patria, quienes amamos a Bolivia vamos a hacer un esfuerzo de siete días de marcha, todo por la nueva Bolivia que vamos a empezar a reconstruir", señaló y destacó desde una tarima, visiblemente emocionado, la "gran sorpresa de ver miles y miles de hermanos concentrados". Morales finalizó su discurso diciendo que "gracias al voto de ustedes estoy acá de nuevo con vida" e invitó al "pueblo boliviano" a defender al presidente Arce.

En una pausa de la extensa caminata, el dirigente petrolero Rolando Borda dijo que el inicio de la marcha "superó las expectativas" y que se han adherido más personas de las que inicialmente estaban previstas. La dirigenta indígena Flora Aguilar aseguró por su parte que "hoy más que nunca estamos unidos" en "defensa de la democracia" y que ahora la "tarea fundamental" es cuidar también al gobierno.

Desde primeras horas del martes miles de personas se desplazaron hasta Caracollo convocadas por el MAS y por organizaciones afines como la Central Obrera Boliviana (COB), que instruyó de manera "obligatoria" a todas las bases campesinas, indígenas y cívicas a sumarse a la marcha.

La distancia entre Caracollo y La Paz se suele recorrer en unos siete días, por lo que está planificado llegar a la ciudad sede del gobierno el próximo lunes, haciendo escalas en pueblos intermedios que se han organizado para preparar ollas comunes. La marcha en apoyo a la gestión de Arce fue convocada por Morales el pasado 12 de noviembre, luego de una huelga de casi una semana impulsada por la oposición contra una ley de blanqueo de capitales que el gobierno finalmente derogó.

El país sudamericano vive una profunda división política desde 2019, cuando Morales se vio forzado a renunciar a la presidencia luego de perder el respaldo de las Fuerzas Armadas y la policía, en medio de protestas masivas en su contra y acusaciones de fraude electoral cuando buscaba la reelección a un cuarto mandato. De nuevo en el poder desde 2020, el MAS considera que las últimas protestas opositoras fueron un "pretexto" y que en realidad lo que se buscaba era un "segundo golpe de Estado".

24 de noviembre de 2021

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Miércoles, 24 Noviembre 2021 05:20

Masacre que no se filtra, no existe

Masacre que no se filtra, no existe

 Si las guerras pueden comenzar con mentiras, la paz bien puede comenzar con la verdad”.  Julian Assange.

El 8 de marzo de 2019, los analistas de un comando militar estadounidense localizado en la millonaria península de Catar se encontraban observando una calle de un pueblo pobre en Siria a través de imágenes de alta definición captadas por un dron inteligente. En la conversación que quedó grabada, los analistas reconocieron que la multitud estaba compuesta mayormente por niños y mujeres. A un costado, un hombre portaba un arma, pero todo parecía desarrollarse de forma tranquila. Hasta que una bomba de 220 kilogramos fue arrojada desde un poderoso F-15E, justo sobre la multitud. Doce minutos más tarde, cuando los sobrevivientes de la primera bomba comenzaban a correr o a arrastrarse, el mismo avión arrojó dos bombas más, esta vez de una tonelada de explosivos cada una y a un costo de un millón de dólares por explosión.

A 1870 kilómetros, en el Centro de Operaciones Aéreas Combinadas del ejército estadounidense en la base de Al Udeid en Catar, los oficiales observaron la masacre en vivo. Alguien en la sala preguntó, sorprendido, de dónde había partido la orden.

Al día siguiente, los observadores civiles que llegaron al área encontraron casi un centenar de cuerpos destrozados de niños y mujeres. La organización de derechos humanos Raqqa Is Being Slaughtered publicó algunas fotos de los cuerpos, pero las imágenes satelitales sólo mostraron que donde cuatro días atrás había un barrio modesto sobre el río Eufrates y en un área bajo el control de la “coalición democrática”, ahora no quedaba nada. La Oficina de Investigaciones Especiales de la Fuerza Aérea de Estados Unidos se negó a explicar el misterio.

Luego se supo que la orden del bombardeo había procedido de un grupo especial llamado “Task Force 9”, el cual solía operar en Siria sin esperar confirmaciones del comando. El abogado de la Fuerza Aérea, teniente coronel Dean W. Korsak, informó que muy probablemente se había tratado de un “crimen de guerra”. Al no encontrar eco entre sus colegas, el coronel Korsak filtró la información secreta y las medidas de encubrimiento de los hechos a un comité del Senado estadounidense, reconociendo que, al hacerlo, se estaba “poniendo en un serio riesgo de represalia militar”. Según Korsak, sus superiores se negaron a cualquier investigación. “La investigación sobre los bombardeos había muerto antes de iniciarse”, escribió. “Mi supervisor se negó a discutir el asunto conmigo”.

Cuando el New York Times realizó una investigación sobre los hechos y la envió al comando de la Fuerza Aérea, éste confirmó los hechos pero se justificó afirmando que habían sido ataques necesarios. El gobierno del presidente Trump se refirió a la guerra aérea contra el Estado Islámico en Siria como la campaña de bombardeo más precisa y humana de la historia.

El 13 de noviembre el New York Times publicó su extensa investigación sobre el bombardeo de Baghuz. De la misma forma que esta masacre no fue reportada ni alcanzó la indignación de la gran prensa mundial, así también será olvidada como fueron olvidadas otras masacres de las fuerzas de la libertad y la civilización en países lejanos.

El mismo diario recordó que el ejército admitió la matanza de diez civiles inocentes (siete de ellos niños) el 10 de agosto en Kabul, Afganistán, pero este tipo de reconocimiento público es algo inusual. Más a menudo, las muertes de civiles no se cuentan incluso en informes clasificados. Casi mil ataques alcanzaron objetivos en Siria e Irak solo en 2019, utilizando 4.729 bombas. Sin embargo, el recuento oficial de civiles muertos por parte del ejército durante todo el año es de solo 22. En cinco años, se reportaron 35.000 ataques pero, por ejemplo, los bombardeos del 18 de marzo que costaron la vida a casi un centenar de inocentes no aparecen por ninguna parte.

En estos ataques, varias ciudades sirias, incluida la capital regional, Raqqa, quedaron reducidas escombros. Las organizaciones de derechos humanos informaron que la coalición causó miles de muertes de civiles durante la guerra, pero en los informes oficiales y en la prensa influyente del mundo no se encuentran, salvo excepciones como el de este informe del NYT. Mucho menos en los informes militares que evalúan e investigan sus propias acciones.

Según el NYT del 13 de noviembre, la CIA informó que las acciones se realizaban con pleno conocimiento de que los bombardeos podrían matar personas, descubrimiento que podría hacerlos merecedores del próximo Premio Nobel de Física.

En Baghuz se libró una de las últimas batallas contra el dominio territorial de ISIS, otro grupo surgido del caos promovido por Washington en Medio Oriente, en este caso, a partir de la invasión a Irak lanzada en 2003 por la santísima trinidad Bush-Blair-Aznar y en base a las ya célebres mentiras que luego vendieron como errores de inteligencia. Guerra que dejó más de un millón de muertos como si nada.

Desde entonces, cada vez que se sabe de alguna matanza de las fuerzas civilizadoras, es por alguna filtración. Basta con recordar otra investigación, la del USA Today que hace dos años reveló los hechos acontecidos en Afganistán el 22 de agosto de 2008. Luego del bombardeo de Azizabad, los oficiales del ejército estadounidense (incluido Oliver North, convicto y perdonado por mentirle al Congreso en el escándalo Irán-Contras) informaron que todo había salido a la perfección, que la aldea los había recibido con aplausos, que se había matado a un líder talibán y que los daños colaterales habían sido mínimos. No se informó que los habían recibido a pedradas, que habían muerto decenas de personas, entre ellos 60 niños. Un detalle.

Mientras tanto, Julian Assange continúa secuestrado por cometer el delito de informar sobre crímenes de guerra semejantes. Mientras tanto los semidioses continúan decidiendo desde el cielo quiénes viven y quiénes mueren, ya sea desde drones inteligentes o por su policía ideológica, la CIA. Este mismo mes, la respetable cadena de radio estatal de Estados Unidos, NPR (no puedo decir lo mismo de la mafia de las grandes cadenas privadas), ha reportado que hace un año la CIA debatió entre matar o secuestrar a Julian Assange.

La conveniente, cobarde y recurrente justificación de que estos ataques se tratan de actos de “defensa propia” es una broma de muy mal gusto. No existe ningún acto de defensa propia cuando un país está ocupando otro país y bombardeando inocentes que luego son etiquetados como “efectos colaterales”.

Está de más decir que ninguna investigación culminará nunca con una condena efectiva a los responsables de semejantes atrocidades que nunca conmueve a las almas religiosas. Si así ocurriese, sólo sería cuestión de esperar un perdón presidencial, como cada mes de noviembre, para Acción de Gracias, el presidente estadounidense perdona a un pavo blanco, justo en medio de una masacre de millones de pavos negros.

Nadie sabe y seguramente nadie sabrá nunca los nombres de los responsables de esta masacre. Lo que sí sabemos es que en unos años volverán a su país y lucirán orgullosas medallas en el pecho que sólo ellos saben qué significa. Sabemos, también, que al verlas muchos patriotas les agradecerán “por luchar por nuestra libertad” y les darán las gracias “por su sacrificio protegiendo este país”. Muchos de estos agradecidos patriotas son los mismos que flamean la bandera de la Confederación en sus 4x4, el único grupo que estuvo a punto de destruir la existencia de este país en el siglo XIX para mantener “la sagrada institución de la esclavitud”.

Tradición que nunca murió. Sólo cambió de forma.

Jorge Majfud es escritor uruguayo-estadounidense. Profesor en la Jacksonville University. 

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Uno de los últimos bloqueos de ruta en Santa Cruz. . Imagen: EFE

El proyecto que ya había sido retirado del Parlamento motivó nueve días de protesta

El presidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz y uno de los principales impulsores del paro, Rómulo Calvo, anunció la suspensión de la medida de fuerza pero advirtió que "la lucha debe continuar".

 

Las actividades volvieron progresivamente a la normalidad en Bolivia luego de que sectores de la oposición, comerciantes y transportistas levantaran un paro que duró nueve días hasta la derogación de una resistida ley antilavado. El presidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz, Rómulo Calvo, anunció la suspensión de la medida de fuerza pero advirtió que "la lucha debe continuar". La misma decisión adoptaron los cívicos del departamento de Potosí, el otro epicentro de las protestas que el gobierno de Luis Arce evaluó como un nuevo intento de golpe.

Emergencia y cuarto intermedio

La oriental Santa Cruz, la región boliviana que encabezó las movilizaciones contra la anulada ley de Estrategia Nacional de Lucha Contra la Legitimación de Ganancias Ilícitas y Financiamiento del Terrorismo, decidió levantar las presiones aunque se mantiene en estado de emergencia. "Hemos conseguido este logro del pueblo, pero es sólo una batalla, la lucha debe continuar", indicó Rómulo Calvo en rueda de prensa.

"Levantamos el paro indefinido desde este momento y nos declaramos en emergencia y movilización permanente", anunció Calvo antes de insistir en que la administración de Luis Arce "ha salido derrotada" porque "no han logrado doblegar a un pueblo que valientemente defendió con firmeza y convicción su derecho".

La decisión de suspender el paro no fue bien recibida por ciertos sectores y, durante la noche del martes, grupos identificados con la Unión Juvenil Cruceñista (UJC) cercaron el edificio que alberga al Comité Cívico Pro Santa Cruz para pedir la renuncia de Calvo, a quien tildaron de "traidor".

Por su parte, la Conferencia Episcopal de Bolivia (CEB) llamó a las autoridades a evitar la confrontación e ingresar a un "diálogo sincero, limpio y constructivo sobre una agenda nacional" porque la apertura hacia un "Estado autocrático" es el riesgo en caso de aprobarse proyectos y leyes de "dudosa constitucionalidad".

El tránsito en las calles cruceñas y la actividad económica se reestablecieron el miércoles luego del levantamiento del paro. Mientras tanto los cívicos de Potosí, el otro foco fuerte de las protestas, declararon un cuarto intermedio en sus movilizaciones hasta fin de año. Cabe recordar que en Potosí murió un campesino como consecuencia de los enfrentamientos entre cívicos y seguidores del MAS.

A pesar de la derogación de la ley 1386, algunos sectores en La Paz como la Asamblea de la Paceñidad adelantaron que se realizará una gran marcha a favor de la reposición de los dos tercios en las votaciones legislativas y el rechazo de algunas leyes en el marco del "regocijo" de la ley ya abrogada. En contrapunto, organizaciones sociales afines al gobierno también han convocado a cabildos y marchas en ciudades como El Alto, Santa Cruz y Chuquisaca en respaldo a la gestión de Arce.

Evaluación de pérdidas y nuevo proyecto

"Evaluamos las pérdidas causadas por el paro en algunas ciudades, y analizamos medidas para revertirlas", escribió en Twitter el presidente de Bolivia, Luis Arce, en una publicación en la que adjuntó fotografías de la reunión de gabinete ministerial de este miércoles. Por su parte, el expresidente Evo Morales aseguró: "Cada día, con esfuerzo y dignidad el pueblo trabajador derrota los afanes golpistas de cívicos racistas y derechistas que con paros violentos atentan contra la economía de Bolivia".

El gobierno boliviano promulgó en la noche del martes la norma que anula la ley 1386 y la publicó en la Gaceta Oficial, que era uno de los requisitos que exigían los sectores movilizados para levantar el paro. La medida de fuerza encarada por comerciantes, transportistas, cívicos y plataformas de opositores fue señalada por el gobierno como un nuevo intento de golpe de Estado similar al que se produjo durante la crisis de 2019. 

De todas formas, algunas voces críticas dentro del oficialismo admitieron que lo que falló fue la "socialización" que debió hacer el Ejecutivo y los ministerios antes de la aprobación de una ley que la oposición consideró que atentaba contra las libertades ciudadanas. En esa línea, el gobierno boliviano aseguró que trabajará, en colaboración con los sectores pertinentes, en una nueva ley contra la regularización de las ganancias ilegales, cuyo borrador espera tener para diciembre.

18 de noviembre de 2021

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Manifestación por la justicia climática en Glasgow el 3 de noviembre, con motivo de la COP26. Francis Mckee (CC BY 2.0)

Solo dos jefes de Estado son menores de 35 años. Nuestra presencia en las instituciones es insignificante y, sin embargo, nuestra generación (y las venideras) son las que más sufrirán los efectos de la crisis climática

La Cumbre del Clima que está teniendo lugar estos días en Glasgow, la COP26, es un momento decisivo para el futuro de la humanidad. Esta conferencia se está desarrollando en el contexto de la denominada “nueva normalidad”, tras los peores momentos de la covid-19. Esta pandemia ha puesto de manifiesto las desiguales (e injustas) consecuencias que tiene una crisis global en diferentes partes del mundo y en las sociedades de cada país. No podemos permitir que suceda lo mismo con la crisis climática. Necesitamos acciones contundentes de manera inmediata. La ciencia lo tiene claro. Y la juventud también.

Del 28 al 31 de octubre tuvo lugar la 16ª Conferencia de la Juventud sobre el Cambio Climático (COY16). Esta conferencia está organizada anualmente por YOUNGO, la red juvenil oficial de Naciones Unidas, junto con multitud de voluntarios y voluntarias, y reúne a jóvenes de todo el mundo en los días previos a la COP. Sus objetivos son crear un espacio de intercambio global, establecer las demandas de la juventud y empoderar y capacitar a los jóvenes para defender estas demandas en las negociaciones.

La Declaración Mundial de la Juventud sobre el cambio climático

El resultado principal de la COY16 es el Global Youth Statement (La Declaración Mundial de la Juventud), un documento que representa las demandas de la juventud global a los líderes políticos de la COP26. Este documento, que ya ha sido firmado por más de 40.000 jóvenes, es el resultado de consultas realizadas a nivel nacional, de una conferencia virtual (vCOY) celebrada en agosto de este año, y de una encuesta online respondida por más de 2.000 instituciones educativas, organizaciones medioambientales y jóvenes individuos provenientes de más de 130 países. Todos estos datos han sido procesados y sintetizados durante el último mes por un equipo de más de 100 jóvenes que hemos dedicado horas y horas, pero sobre todo mucha pasión, energía y entusiasmo. Nuestro objetivo era crear un documento lo más representativo e inclusivo posible, siendo conscientes de que este año muchas personas no han podido asistir personalmente a este evento. Necesitamos más que nunca escuchar todas las voces.

Las más de 70 páginas están estructuradas en torno a quince temáticas diferentes entre las que se incluyen energía, finanzas, agricultura, movilidad o justicia climática. Nuestra principal reivindicación es la necesidad de incorporar la participación de la juventud en los procesos de gobernanza medioambiental y climática, ya que son estos procesos los que determinarán el futuro que vamos a heredar.

Más concretamente, los jóvenes exigimos una actualización de las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDCs), de manera que los objetivos establecidos compartan los mismos plazos y aspiren a limitar el aumento de la temperatura media global a 1,5ºC. Esto requiere una eliminación drástica de los combustibles fósiles dentro del mix energético mundial, especialmente el carbón y el petróleo. A su vez, debe haber una transferencia de tecnología y conocimientos a los países del Sur Global, de manera que se asegure un acceso justo a energía limpia.

Con respecto a la financiación, instamos a que los países del Norte Global cumplan su compromiso de garantizar un flujo de financiación climática de 100.000 millones de dólares hacia acciones de mitigación y adaptación adecuadas a las necesidades locales de los países en desarrollo, así como un mayor foco en la subsanación de pérdidas y daños. Como Mia Mottley, primera ministra de Barbados, afirmó el pasado 1 de noviembre “el hecho de no proporcionar la financiación necesaria se mide en vidas y medios de subsistencia en nuestras comunidades. Esto es inmoral e injusto”. La justicia climática es precisamente otra de nuestras principales demandas. Si no queremos dejar a nadie atrás, es imprescindible proteger y promover los derechos humanos e incorporar los principios de justicia, equidad, diversidad e inclusión (JEDI) en la toma de decisiones.

Para alcanzar estos objetivos –y el resto de los que forman parte de la declaración–, es necesario un reconocimiento de la crisis climática como una crisis sociopolítica innegablemente interconectada con otras problemáticas sociales como la desigualdad de género o el racismo estructural. Solucionar la crisis climática requiere una transformación social sin precedentes basada en la cooperación y centrada en el bienestar humano y su prosperidad, y no el crecimiento económico o el poder.

Todas estas demandas fueron presentadas el pasado viernes 5 de noviembre en la COP26 dentro del día del empoderamiento juvenil y ciudadano a varios líderes políticos, entre ellos a Alok Sharma, el presidente de la COP26; Patricia Espinosa, secretaria general de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC); y Nicola Sturgeon, la primera ministra de Escocia. En este evento pudimos situar la importancia de la participación juvenil en el centro del diálogo climático internacional y conseguimos recibir el compromiso de líderes políticos para incorporar nuestras demandas en las negociaciones. De momento solo hemos recibido declaraciones de intenciones, pero ninguna acción concreta.

Estos días hemos visto algunos avances importantes como los compromisos de acabar con la deforestación, o reducir las emisiones de metano al menos un 30% en 2030, o el acuerdo suscrito por 40 países para poner fin a la energía proveniente del carbón. Apreciamos estas promesas, pero no son suficientes.

Las más de 100.000 personas que asistimos a la manifestación del pasado sábado por la justicia climática en Glasgow demostramos que la ciudadanía y la juventud no solo estamos listas para el cambio, sino que lo exigimos. Ahora, en los últimos días de la COP26, es el momento de que los líderes políticos cumplan con nuestras expectativas. Los jóvenes seguiremos presionando, en la COP26 y posteriormente.  

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Por Ester Galende Sánchez / Irene Pérez Beltrán 11/11/2021

Ester Galende e Irene Pérez forman parte del equipo coordinador de la Declaración de la Juventud Mundial.

Nota: El documento completo está disponible en inglés aquí. Las principales demandas políticas han sido traducidas a los otros cinco idiomas oficiales de Naciones Unidas y la versión en español puede encontrarse aquí.

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Martes, 09 Noviembre 2021 05:25

Gracias

Pequeños partidarios de la joven ambientalista sueca Greta Thunberg gritan mientras ésta subía al podio para hablar durante una manifestación en Glasgow, Escocia, ciudad sede de la cumbre del clima COP26.Foto Ap

“La generosidad real hacia el futuro reside en dar todo al presente”, escribió Albert Camus.

Por ello, habría que dar las gracias al magnífico coro de jóvenes de todas las esquinas del mundo que se juntaron para expresar su amor a esta tierra y con ello para todos nosotros, al marchar por las calles de Glasgow y varias otras ciudades para denunciar el "bla bla bla" de casi toda la cúpula política y económica mundial y por su invitación a rescatar nuestro futuro colectivo.

Las palabras, gritos, coros, baile y canto de jóvenes de África, Asia, América Latina, América del Norte, Australia, Medio Oriente, en alianza con representantes indígenas, en la llamada COP26 en Glasgow son lo único que ofrece esperanza después de una semana de discursos de mandatarios y de las delegaciones oficiales de la mayoría de los países del mundo (todo reportado con excelencia en estas páginas por nuestro corresponsal Armando G. Tejeda).

Pero tal vez lo más notable es que el mensaje de los jóvenes activistas de los países del sur no sólo ha sido escuchado por sus contrapartes del norte, sino que ya fue integrado a la narrativa común de que esta crisis existencial del cambio climático es resultado del modelo económico neocolonialista que fomenta la desigualdad, la explotación, el colonialismo y "la muerte de la naturaleza". O sea, ofrecen un análisis sistemico y hasta antimperialista; algo más sofisticado que lo que se atreven a declarar las cúpulas mundiales.

Nadie puede pretender que no están enterados de las consecuencias mortales del continuo uso de los hidrocarburos. Tampoco pueden negar que Estados Unidos es el líder acumulativo en emisiones de los contaminantes que nutren el calentamiento global, y que junto con los otros países industrializados debe asumir el costo para cualquier transición ecológica necesaria en las naciones del sur. Pero muchos políticos demuestran su gran talento al reconocer todo eso y, a la vez, rehusar aceptar responsabilidad mientras emiten sus grandes proclamaciones aparentemente pensando que están convenciendo a su público.

Ante ello, sólo se puede concluir que los niños y jóvenes en la calles de Glasgow y otras ciudades que rechazan todo ese "bla bla bla" son los verdaderos adultos en este debate, y los que están demostrando, como afirmó Greta Thunberg, "cómo se ve el liderazgo real" ante esta crisis.

Con razón políticos de todo tipo buscan descalificar a estos jóvenes –"no saben de lo que están hablando"– y hasta se burlan de ellos. Generan sospechas de que son unos inocentes manipulados por adultos malévolos afirmando que "no se mueven solos". Nada tan lamentable y en esencia reaccionario ver y escuchar a progresistas en varios países sumarse a estos argumentos.

"¿Por qué debo estar en la escuela si ustedes me han robado el futuro?", preguntan jóvenes en sus pancartas, y en respuesta a aquellos "adultos" que les dicen que deberían de estar en la escuela y no en las calles y dejar estos problema para los expertos y los políticos.

El consenso científico claro y contundente es que proceder con la explotación y uso de los hidrocarburos, continuar con las mismas industrias extractivas, con los modelos agroindustriales llevan al suicidio colectivo de la humanidad y otros seres vivientes. Punto.

Casi todo ciudadano medio consciente en el mundo ya lo sabe, y cada día los medios y los periodistas (entre los cuales soy cómplice) reportan cada vez más historias de desastres naturales, y nuevos informes e investigaciones que no sólo comprueban que las cosas están muy mal, sino que pronostican que las cosas serán cada vez peor. ¿Qué hacer ante el diluvio de tanta noticia literalmente fatal?

Pues, mínimo, dar las gracias a los jóvenes, y, aún mejor, aceptar su generosa invitación para cambiar el curso de esta historia. Dar las gracias por lo mejor y lo más noble que puede hacer la juventud: rechazar el curso actual de esta historia al invitarnos a un futuro diferente.

Leonard Cohen (a cinco años de su fallecimiento). Everybody Knows. https://www.youtube.com/watch?v=xu8u9ZbCJgQ

Leonard Cohen. Ain’t no cure for love. https://www.youtube.com/watch?v=F24VqlFBvrU

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Martes, 09 Noviembre 2021 05:21

La vuelta de los Chalecos Amarillos

Asamblea de Asambleas de los “chalecos amarillos” a principios de abril de 2019 en Saint Nazaire (Francia). Foto de Yves Monteil de la web Reporterre

¿Qué queda del movimiento que encendió las calles de París y puso contra las cuerdas al gobierno de Macron entre finales de 2018 y principios de 2019?

Ante el aumento histórico del precio de la gasolina, el gas y la electricidad en Francia, muchas son las voces que pronostican el posible regreso masivo de los chalecos amarillos a las calles. Sin embargo, ¿es esto posible? ¿Y qué queda de este movimiento que encendió las calles de París y puso contra las cuerdas al gobierno de Macron entre finales de 2018 y principios de 2019?

En primer lugar, hay razones para no sobredimensionar esta pretendida vuelta del movimiento, empezando por la durísima represión vivida en carne propia. Recordemos que en los dos primeros meses de chalecos amarillos hubo más personas mutiladas por la actuación policial que en los diez años anteriores. El balance humano, sólo hasta abril 2019, es de un muerto, tres personas en coma, cinco perdieron una mano y 23 perdieron un ojo.

Pero es que a la represión policial se une la represión judicial (juicios exprés), la represión de los servicios de inteligencia (dosieres, escuchas, captación de datos, etc.) y la represión administrativa encarnada principalmente por la polémica “ley antidisturbios”, que facilita detenciones en las manifestaciones y permite castigar con hasta 15.000 euros o con una pena de prisión a quien se tape la cara. No es muy difícil de imaginar lo que todo esto supone para los que tienen menos recursos.

También hay otras razones más endógenas al movimiento que nos hacen ser precavidos: desgaste de una militancia muy intensa con efectos laborales y lo que el sociólogo Peter Berger llama una limpieza afectiva, es decir, las separaciones sentimentales, amicales o familiares que se han producido a causa de un movimiento muy exigente y polémico en el seno de las estructuras familiares y de sociabilidad cotidiana. Además en varias rotondas ocupadas, con el paso del tiempo y los cambios en la opinión pública, reaparecieron las divisiones sociales o políticas que se habían puesto en suspenso garantizando la unidad y su éxito inicial. La manifestación de las diferencias políticas entre participantes, pero también de clase (entre las fracciones más estables y las más frágiles de las clases populares) hicieron mella en un movimiento que fue perdiendo apoyo social al ser, sobre todo, asociado a la violencia.

Dicho esto, también hay razones para pensar que una re-movilización es posible. Hay todavía rotondas activas, chalecos amarillos que manifiestan en otros conflictos sociales, los grupos de Facebook siguen ahí y existen acciones que se preparan desde los anuncios de las subidas de precio o eventos que se organizan para el tercer aniversario del movimiento. Por lo general los militantes siguen en contacto, debaten y esperan el momento adecuado para salir a la calle. Entre los chalecos amarillos encontramos una parte considerable de primo-manifestantes y entre estos hay muchos para los que el movimiento ha supuesto más bien una socialización agonística y están dispuestos a todo para enfrentase al ejecutivo. Muchas de estas personas que no estaban “interesadas por la política” ahora también miran con lupa las decisiones del ejecutivo y pueden re-movilizarse.

A partir de sus estudios sobre el movimiento feminista, la socióloga Verta Taylor nos invita a pensar la continuidad de los movimientos sociales según sus ciclos de movilización, postulando que se parecen más a una montaña rusa y son bastante dependientes de los ciclos de atención mediática. Y observa como algunos movimientos sociales devienen “estructuras durmientes” que se re-activan con contextos políticos favorables. ¿Y qué mejor contexto que el de una subida histórica de los precios de la electricidad, el gas y la gasolina? Unas reformas como estas, mal medidas, pueden ser la chispa que reavive la protesta y la legitimidad pública de los chalecos amarillos.

Como ha dicho el historiador económico Adam Tooze, “la lección de la crisis de los chalecos amarillos no es que la tarificación del carbono sea imposible, sino que hay que hacerlo siendo conscientes de los efectos distributivos". En esto reside la clave de la cuestión, en saber si Macron ha aprendido la lección. ¿Actuará como en 2018 con etnocentrismo de clase, es decir menospreciando u obviando los efectos en desigualdad de estas subidas, o tratará de corregir este impacto desproporcional para evitar un nueva crisis política justo antes de las elecciones?

Con los chalecos amarillos como protagonistas o no, lo que está claro es que una movilización social semejante sería condición de posibilidad para volver a situar la cuestión social en el centro del debate y despejar el marco dominante seguridad/migración, que favorece a la dupla Macron y Zemmour, de cara a las elecciones de 2022

Por Aldo Rubert

Es investigador en la Universidad de Lausanne y en el INRAE.

9 nov 2021

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Aún resta una semana de negociaciones climáticas

Jóvenes, pueblos indígenas, sindicatos, organizaciones de la sociedad civil y más, muchos más, están marchando este sábado por las calles de Glasgow, en Escocia, al cierre de la primera semana de la Conferencia de Naciones Unidas sobre cambio Climático o COP26

“No es un secreto que la COP26 es un fracaso. Debería ser obvio que no podemos resolver la crisis con los mismos métodos que nos metieron en ella en primer lugar”, dijo la activista juvenil Greta Thunberg ayer, luego de una marcha organizada por Fridays For Future en esta ciudad. Frente a unas 25.000 personas, la joven activista acusó: “La COP se ha convertido en un evento de relaciones públicas, en el que los líderes pronuncian discursos bonitos, y anuncian compromisos y objetivos extravagantes, mientras que detrás de las cortinas los gobiernos de los países del Norte Global siguen negándose a tomar ninguna medida drástica sobre el clima”.

Sus palabras resuenan en los pasillos de una COP que, efectivamente, esta semana fue escenario de grandes anuncios y promesas por parte de los Jefes de Estado de muchos países. Entre ellos, los Estados Unidos, India y el anfitrión, el Reino Unido, y, del lado de América Latina están Argentina, Colombia y Costa Rica, entre otros. La ausente presencia de los presidentes de China, Rusia y Brasil, tres de los grandes contaminadores e impulsores de la crisis climática a nivel global, no pasó desapercibida, al punto que el propio Joe Biden, mandatario estadounidense, apuntó que fue “un gran error” de su parte no ir.

Tal fue el nivel de anuncios que se presentaron en los primeros días de esta Cumbre del Clima, que, opinan algunos observadores, existe el riesgo de que se pierda de vista cuán efectiva o no está siendo esta reunión para resolver los temas que están en la agenda de los negociadores. En estas palabras lo expresó Mohamed Adow, director del think tank sobre energía y clima Power Shift Africa: “La COP26 corre el riesgo de ahogar a la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) en un bombardeo de anuncios. Estos pueden generar titulares, pero evaluar su verdadero valor es enormemente difícil, especialmente en la velocidad de una reunión de la COP. Son un caramelo para la vista, pero el subidón de azúcar que proporcionan son calorías vacías”.

Lo que sí

Entre las promesas que se hicieron en estos días, se destacan el Acuerdo sobre los Bosques y el Uso de la Tierra que se propone frenar la deforestación a nivel planetario para 2030; y el Compromiso Mundial sobre el Metano, que busca reducir las emisiones globales de este gas de efecto invernadero (el segundo más preocupante después del dióxido de carbono) en al menos un 30% para 2030, versus 2020, lo que —calculan los científicos— podría eliminar 0,2°C de calentamiento para 2050. 

Quizás aún más contundente, por las repercusiones económicas que plantea, es el acuerdo sellado por 190 países, regiones y organizaciones para eliminar progresivamente la energía a carbón, no construir nuevas centrales eléctricas alimentadas por este combustible fósil y cerrar las existentes. Importante aquí: entre los firmantes se incluyen países con una significativa capacidad energética a carbón, como Canadá, Chile, Alemania, Italia, España y Vietnam.

“Estos países quieren eliminar el carbón. La lista también incluye a los financieros, lo que subraya que el dinero inteligente está en la energía limpia, no en el carbón”, afirma Dave Jones, Global Lead del think tank Ember. “Hasta ahora, la historia del carbón desde París se ha centrado en cómo detener la construcción de nuevas centrales eléctricas. Este anuncio mueve los postes de la ambición de ‘no al carbón nuevo’ a ‘eliminar el carbón’ por completo.”

A ello se suma que, pocas horas después, más de 20 países —entre ellos, el Reino Unido, los Estados Unidos, Canadá e Italia— definieron frenar el financiamiento público internacional a los combustibles fósiles en 2022, para dar prioridad a las energías limpias. ¿El impacto de esta decisión? Dependiendo de la lista final de firmantes (se publicarán los próximos días), el desplazamiento directo de al menos US$18.000 millones al año de los fósiles a las renovables, algo que puede darle a las transiciones energéticas hacia economías descarbonizadas el impulso que necesita.  

Financiamiento: ¿el dinero está o no está?

Ahora bien, resta ver cómo todos estos anuncios y promesas se traducirán en acciones. De momento, no parecen estar ayudando a destrabar los puntos contenciosos de la negociación que deberían definirse antes de que esta COP termine. Pasados los discursos de los Jefes de Estado, comenzó el trabajo fino. Esto es, la tarea técnica de ir limpiando los textos y buscando compromisos para avanzar con los temas más complicados de la agenda.

Entre ellos se incluye el financiamiento. En 2009, en la COP15 de Copenhague (Dinamarca), los países desarrollados se comprometieron a aportar US$100.000 millones anuales entre 2020 y 2025 para ayudar a los países en desarrollo y más vulnerables en sus estrategias de mitigación y adaptación al cambio climático. En ese mismo marco, también acordaron trazar un plan para elevar la vara a partir de 2025. Pero, el dinero no está. Se estima que se movilizaron casi US$80.000 millones en 2019. Y los países desarrollados no están pudiendo demostrar que honrarán el compromiso en 2021, ni cómo lo cumplirán en los próximos años.

Poco es lo que se avanzó sobre este tema en los primeros días de esta cumbre y los presidentes se fueron sin haber hecho anuncios rimbombantes de cuánto aportarán al Fondo Verde del Clima. Sigue sin haber un plan claro de cómo se honrará este compromiso, que por muchos es visto como un prerrequisito para el éxito de esta COP26 y algo crucial no sólo para aumentar la ambición climática global, sino también para construir confianza entre los países. Lo dijo Sonam P Wangdi, presidente del grupo LCD (los países menos desarrollados), antes de que empezara la COP: “En Glasgow, comenzaremos a negociar un nuevo objetivo financiero colectivo, que debemos acordar antes de 2025. Pero, ¿cómo pueden los países desarrollados fomentar nuestra confianza antes de estas conversaciones cruciales cuando sus actuales promesas de financiación siguen sin cumplirse? No habrá acuerdo en la COP26 sin un acuerdo financiero”. 

“Los US$100.000 millones que se prometieron a los países en desarrollo para apoyar la adaptación y la mitigación no se han proporcionado y aquí estamos, 12 años después, esperando que la financiación se materialice. Será necesario que la Presidencia británica haga un gran esfuerzo si queremos salir de Glasgow con algún acuerdo real, aparte de la serie de declaraciones que dan bombo y platillo, pero que se quedan en nada”, señala Adow. Y agrega: “Tienen que dar garantías a los países vulnerables de que la financiación va a llegar; aumentar la parte de la financiación de la adaptación para dar apoyo a los países pobres que sufren los impactos del cambio climático; y para esas cuestiones tan olvidadas de Pérdidas y Daños tenemos que movilizar alguna financiación, seria para poder dar apoyo a las comunidades”.

Artículo 6: ¿reglas claras o green washing?

Otro de los puntos difíciles de la agenda de esta COP26 es el Artículo 6, el único del Acuerdo de París que queda por reglamentar (ya son varias las cumbres que han ido y venido sin poder dar punto final a esta discusión). Se trata de los mecanismos de cooperación internacional, de mercado y no mercado, para que los países puedan comercializar reducciones de emisiones de carbono y fortalecer sus metas climáticas.

¿Por qué cuesta tanto resolverlo? Desacuerdos sobre distintos temas técnicos están en el camino, con posiciones que —parecen— irreconciliables entre los países. Entre ellos, cómo evitar la doble contabilidad de las emisiones (esto es, uno reduce sus emisiones, pero las vende, entonces, ¿en qué inventario se incluye esa reducción?), si se transferirán o no al nuevo esquema créditos previos que surgen del Protocolo de Kioto, y si se debe asignar un porcentaje de los ingresos para financiar la adaptación a las medidas climáticas. 

Al cerrar la COP25 (en Madrid, España, en diciembre de 2019), había tres textos de trabajo y no mucha idea de cómo continuar. Las reuniones previas a esta COP26, no mostraron muchos avances en la materia. En esta primera semana, sin embargo, algo lentamente comenzó a gestarse y los tres textos se consolidaron en uno. Todavía no está claro si se llegará al final de esta reunión con un Artículo 6 consensuado, pero lo que sí que es mucho lo que está en juego: la creación de un reglamento sólido es esencial, ya que sus normas influirán en la gobernanza de los mercados internacionales de carbono. Esto es, podría destrabar financiamientos adicionales y reducir los costos de bajar las emisiones.

En cambio, normas más débiles podrían darles buenas excusas a los países para no reducir sus emisiones. Algunos observadores incluso creen que esto podría socavar la solidaridad entre los países o peor aún, menoscabar el Acuerdo de París. Por este motivo, afirman desde el think tank londinense Chatham House, llegar a un mal acuerdo “podría ser peor que no llegar a ningún acuerdo”.

Lo que no 

Más allá de los anuncios y los progresos (o falta de…) en las negociaciones, lo que está en boca de todos en los pasillos de esta COP —que había sido anunciada por el Gobierno británico como “la más inclusiva de la historia”— son los problemas para el acceso y la participación.

Para entrar al centro de convenciones deben hacerse colas (en las que la distancia social escasea y el uso de tapabocas no es reforzado) de hasta dos horas. Hay una única entrada y unas 10.000 personas deben atravesarla cada día. Las cuentas no cierran. Sumado a ello, la Presidencia de la COP26, ejercida por Reino Unido, limitó el número de observadores (la sociedad civil) que puede estar presente en las salas de negociación, un elemento fundacional de estas conversaciones y clave para garantizar la transparencia de los procesos. 

Esta fue la razón por la que, el lunes pasado, la coalición de ONGs Climate Action Network Internacional (CAN) le otorgó el tradicional premio “Fósil del Día” a la Presidencia de esta COP y a la CMNUCC.

“El espíritu de inclusión ha puesto de manifiesto lo que mejor saben hacer los británicos, el arte de hacer cola, durante horas en algunos casos. Las personas que han invertido tiempo y recursos para viajar a Glasgow han esperado pacientemente sólo para descubrir que ‘no hay sitio en la posada’ para la sociedad civil y se les ha dicho que ‘se unan a los eventos de forma online’, para luego descubrir que estaban desconectados. Podríamos habernos quedado en casa, aunque nos habríamos perdido el clima”, dijo la organización en un comunicado.

“La sociedad civil debe ser tratada como un socio con igualdad de acceso: todos tenemos el mismo objetivo de evitar el colapso climático. Tienes dos semanas para dirigir un proceso de negociación exitoso y cultivar un entorno de negociación productivo en un momento de importancia crítica. Están avisados: ¡estamos observando y no vamos a hacer cola!”.

| 08/11/2021

Este artículo es parte de COMUNIDAD PLANETA, un proyecto periodístico liderado por Periodistas por el Planeta (PxP) en América Latina, del que Ojo al Clima forma parte. Licencia Creative Commons con mención del autor/es.

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Miles de personas exigen en Glasgow una transformación radical para evitar la catástrofe climática

Más de cien mil personas secundan la marcha principal del día de Acción Global por la Justicia Climática en Glasgow (Escocia), donde se celebra la COP26.

Más de 250 acciones en todo el mundo tuvieron lugar ayer, sábado 6 de noviembre, durante la celebración del día de Acción Global por la Justicia Climática, con el objetivo de exigir a los líderes políticos reunidos en la Cumbre del Clima COP26 que se celebra en Glasgow (Escocia) compromisos ambiciosos para evitar que la temperatura global sobrepase 1.5 ºC y también para reclamar soluciones basadas en la justicia climática.

En la ciudad escocesa se desarrolló el acto principal de la jornada de protesta, con una manifestación secundada por más de cien mil personas, según la organización, movilizadas bajo el lema Dejad de apañar los números: reducid la huella de carbono, no a los combustibles fósiles ni a las falsas soluciones.

“Nos encontramos frente a una crisis que va más allá de la crisis climática, el planeta se enfrenta a múltiples crisis sociales, políticas y económicas interrelacionadas, en cuyo centro se encuentra un sistema económico insostenible y patriarcal, cuyo único objetivo es un crecimiento sin control y beneficios infinitos para unos pocos”, aseguraba Cristina Alonso, responsable de Justicia Climática de Amigos de la Tierra desde la macha en Glasgow, y añadía que “las cien mil personas que nos encontramos hoy aquí en Glasgow estamos demostrando a los gobiernos que solo con un cambio de sistema, con una transformación radical de nuestros sistemas energéticos, alimentarios y económicos, podemos realmente evitar una catástrofe climática y un aumento de la temperatura media global que supere los 1,5 grados. Estamos demostrando que la solución está en devolver a la gente su poder”.

Con lemas como Stop Carbon Markets y No false solutions, activistas de la organización ecologista han criticado las falsas soluciones y el peligro que se esconde tras el concepto Cero Neto.

“La multitudinaria movilización que estamos viviendo hoy aquí en Glasgow y las más de 250 acciones que se están desarrollando en todo el mundo reclaman a los líderes políticos una acción climática que deje atrás las falsas promesas del Cero Neto, los mercados de carbono, la geoingeniería y las ilusorias soluciones basadas en la naturaleza, ha afirmado Cristina Alonso. “Estamos muy preocupadas por el espacio que los países ricos y las grandes corporaciones ocupan en las negociaciones. No podemos confiar en tecnologías costosas, arriesgadas y no probadas que tienen impactos potencialmente devastadores en los países del Sur y son, además, una excusa para evitar la acción climática real y seguir fortaleciendo el poder empresarial. Los Gobiernos tienen la responsabilidad de escuchar a todas estas personas que marchan hoy aquí en Glasgow y en todo el mundo, realizar compromisos reales para frenar la emergencia climática y no ceder a las presiones del poder corporativo que obstaculiza la acción climática real”.

El Día de Acción por la Justicia Climática supone también el inicio de la Cumbre de los Pueblos que se celebrará del 7 al 10 de noviembre en Glasgow. Un espacio de encuentro, charlas y talleres protagonizado por movimientos sociales de todo el mundo: movimientos indígenas, sindicatos, grupos por la justicia racial, grupos juveniles, personas trabajadoras agrícolas, movimientos feministas y ONG entre otras, para impulsar un el cambio de sistema.

 

7 nov 2021 10:00

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Un mupuche herido es llevado al hospital de Temuco.. Imagen: AFP

El presidente Sebastián Piñera quiere extender la militarización en regiones mapuches

Piñera contradijo a su propio gobierno al informar que un mapuche falleció en un presunto choque con las fuerzas de seguridad, luego de que el ministro del Interior hablara de dos muertos y tres heridos.

 

La confusión sobre el número de muertos que provocó un nuevo episodio de violencia en el militarizado sur de Chile se instaló en la capital, Santiago, luego de que el presidente Sebastián Piñera contradijera a su propio gobierno e informara que un mapuche y no dos fallecieron el miércoles en un presunto enfrentamiento con las fuerzas de seguridad, una versión también apoyada por una organización de derechos humanos. El incidente ocurrió un día después de que Piñera anunciara su pedido al Congreso de extender el estado de excepción y militarización de cuatro provincias en las regiones de Biobío y La Araucanía.

Primero fuentes médicas y de la Fiscalía local informaron que una persona de 23 años y otra de 44 habían resultado heridas en dos incidentes distintos en la región del Biobío, y murieron cuando eran trasladadas a un hospital. Luego, el ministro del Interior, Rodrigo Delgado, confirmó la información de dos muertos y tres heridos en dos incidentes separados en la ruta que une las localidades de Tirúa y Cañete, en la provincia de Arauco, pero no identificó a las víctimas reconociendo que aún hay cierta confusión sobre lo sucedido.

Poco después el presidente Piñera cambió esta versión inicial oficial y sostuvo que sólo una persona falleció y tres resultaron heridas. El jefe de Estado aclaró que Carabineros y las Fuerzas Armadas sufrieron "emboscadas y ataques, cuya naturaleza y circunstancias están siendo investigadas por la Fiscalía, una persona falleció, tres resultaron heridas y dos personas fueron detenidas, incautándoseles armas de fuego".

"Estos graves hechos, sumado a publicaciones de grupos terroristas fuertemente armados, que amenazan a nuestra sociedad, no hacen más que ratificar la necesidad de mantener este estado de emergencia constitucional", indicó Piñera junto a sus ministros de Interior y Defensa. 

El mandatario hacía referencia a un video publicado en redes sociales en el que medio centenar de encapuchados armados de la organización Weichan Auka Mapu califican a las fuerzas de seguridad de "perros guardianes de los ricos" y los amenazaron con combatirlos "con armas" si no abandonan el territorio.

En sintonía con Piñera, el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) de la ciudad de Concepción, capital de Biobío, informó que solo un mapuche fue muerto y no dos. Carolina Chang, de la INDH, afirmó que una de las personas que resultó herida fue dada por muerta.

Ante la creciente confusión Rodrigo Díaz, gobernador de la región del Biobío, acusó al gobierno de ser "responsable" de los hechos y exigió precisiones. Díaz reconoció que existe temor a que haya "una escalada de violencia a raíz de los fallecimientos" y que el conflicto requiere "un abordaje integral para que más gente no resulte muerta".

La versión mapuche

Mientras tanto, dirigentes mapuches eligieron distanciarse de la versión "oficial" de los hechos ocurridos el miércoles. Sostienen que los policías abrieron fuego contra personas que protestaban contra la militarización de la zona y que intentaron liberar a dos mapuches detenidos sobre la ruta cuando iban en un auto que según la policía era robado.

José Huanchuleo, testigo de los incidentes, declaró a medios locales que el enfrentamiento ocurrió en medio de un corte de ruta con barricadas donde "un milico se dio la media vuelta y nos dispara a quemarropa". Huanchuleo agregó que "iba una niña dentro de la camioneta y los milicos sin decir nada nos dispararon".

Sobre el segundo hecho, ocurrido horas más tarde en la misma zona, el jefe de la Defensa Nacional del Biobío, contraalmirante Jorge Parga, explicó que funcionarios de la Armada fueron "nuevamente atacados con armas de fuego desde el interior de un predio". Detalló que, ante el ataque, los efectivos "debieron hacer ingreso reaccionando a esta agresión y procediendo a la detención de dos personas: un adulto de 21 años y un menor de 15 años".

Un grupo de convencionales, entre los que estaban los 17 representantes de los pueblos indígenas que integran el órgano que redacta la nueva Constitución, marcharon el miércoles hasta La Moneda para pedirle a Piñera el fin del estado de excepción. 

"La militarización no es el camino. Es tiempo de construir política con altura histórica. En la convención trabajamos para ello, es urgente que esto irradie y gestemos amplios diálogos plurinacionales con respeto a los derechos humanos", exigió Elisa Loncón, la académica mapuche que preside el órgano.

Militarización y estado de excepción

El presidente Piñera decretó este mes, y luego amplió por 15 días, la militarización en Biobio y la vecina región de La Araucanía tras una serie de hechos de violencia. Ambas regiones atraviesan un histórico conflicto entre el pueblo mapuche y el Estado por la propiedad de tierras, que los indígenas consideran propias por derecho ancestral y que fueron entregadas a privados, principalmente a empresas forestales y hacendados.

En La Araucanía, en tanto, un grupo de personas quemó este jueves siete máquinas, entre camiones y retroexcavadoras, de una empresa constructora en un barrio de la localidad de Victoria, provincia de Malleco, informó el diario La Tercera citando a la Fiscalía local. Hace años se registran en la zona ataques a predios y maquinarias, a menudo usados como excusas por policías y militares para reprimir a estos grupos, que ya cuentan con varios muertos.

5 de noviembre de 2021

Publicado enInternacional
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