AL: riqueza y miseria extremas// Concentración y subdesarrollo// Biden-Unión Europea: ladrones

La buena: en 2022, todas las economía latinoamericanas crecerán; la mala: el beneficio se queda en la cada vez más compacta cúpula y la proporción de avance no es suficiente para cubrir el hoyo abierto por la pandemia; la peor: la patria grande se mantiene como la más desigual del planeta, de tal suerte que mientras no se atienda y resuelve el gravísimo problema de la concentración del ingreso y la riqueza nuestras naciones no saldrán del subdesarrollo ni abatirán los terroríficos índices de pobreza.

Según información de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y Oxfam, el 10 por ciento más ricos de América Latina y el Caribe concentra 71 por ciento de la riqueza regional, mientras el 90 por ciento restante se queda (también de forma por demás desigual) con el 29 por ciento restante. Gobiernos van, gobiernos vienen (de todos colores y sabores), y el panorama empeora.

Por ejemplo, se estima que menos de nueve decenas de oligarcas latinoamericanos concentran algo más de 10 por ciento del producto interno bruto regional. En el caso mexicano, 15 barones acaparan alrededor de 13 por ciento del PIB nacional, sin olvidar que la mitad de esa proporción es acaparada por un oligarca: Carlos Slim, quien en los dos años de covid-19 incrementó sus de por sí abultados haberes en cerca de 60 por ciento; el tóxico Germán Larrea lo hizo en 55 por ciento.

Mientras la pandemia hundió –aún más– a miles de millones de seres humanos, los oligarcas nacionales e internacionales no dejaron de acumular y concentrar riqueza, de tal suerte que si no se modifican las "reglas" del juego esta espeluznante historia será perenne con o sin crecimiento económico.

En vía de mientras, la Cepal considera que el panorama para la patria grande no es muy grato, aunque, con todo, se mantienen las cifras positivas (insuficientes a todas luces) en materia de crecimiento. Dice el organismo que la región "enfrenta una coyuntura compleja en 2022 debido al conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, una nueva fuente de incertidumbre para la economía mundial que afectan negativamente el crecimiento global, estimado en 3.3 por ciento, un punto porcentual menos de lo proyectado antes del inicio de las hostilidades. Para Latinoamérica el menor crecimiento va junto con una mayor inflación y una lenta recuperación del empleo; para ella se prevé un avance promedio de 1.8 por ciento; Sudamérica crecerá 1.5, Centroamérica más México, 2.3, y el Caribe, 4.7".

En las nuevas proyecciones de la Cepal des-taca el crecimiento estimado para la economía venezolana, la cual acumuló varios años en caídas libre. Para 2022 se espera avance de 5 por ciento, el tercero de mayor magnitud en la región, sólo superado por Panamá (6.3 por ciento), y República Dominicana, con 5.3 por ciento. En el tablero, las tres mayores economías regionales registrarían un crecimiento de 1.7 por ciento, en el caso mexicano; 0.4 por ciento, en el brasileño, y 3 por ciento, en el argentino.

La Cepal advierte que "si bien los mercados del trabajo dan señales de recuperación, ésta ha sido lenta e incompleta. Para 2022, en concordancia con la desaceleración que se espera en materia de crecimiento regional, se prevé que el ritmo de creación de empleo se reduzca. La acción conjunta de una mayor participación laboral y un bajo ritmo de creación de plazas im-pulsará un alza en la tasa de desocupación durante este año". Previamente, el organismo advirtió que "la desaceleración esperada en 2022, junto con los problemas estructurales de baja inversión y productividad, pobreza y desigualdad, requieren reforzar el crecimiento como un elemento central de las políticas, al tiempo que se atienden las presiones inflacionarias y riesgos macrofinancieros".

Pues bien, a ese ritmo y con creciente concentración del ingreso y la riqueza América Latina corre el riesgo de ser perpetuamente la campeona de la desigualdad mundial.

Las rebanadas del pastel

Si de bandoleros se trata, ahí está la denuncia del ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov: "los pagos por nuestros recursos energéticos se hacían por medio de bancos occidentales; tras la imposición de sanciones, las reservas acumuladas por nuestra nación fueron congeladas por los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea, lo que supone un robo de más 300 mil millones de dólares; simplemente los tomaron y robaron; no tenemos el derecho ante nuestro propio pueblo de permitir que Occidente siga con sus hábitos de ladrón".

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enEconomía
Para tener éxito en Chile, Boric no tiene más remedio que refundar el contrato fiscal

 

Introduciendo principios de progresividad fiscal en su nueva Constitución, Chile puede romper el círculo vicioso de la desigualdad y marcar el camino para el resto del mundo.

 

A Gabriel Boric no le queda otra. El hombre cuya elección es sin duda el acontecimiento político más importante en Chile desde el referéndum de 1988 que restauró la democracia tras la dictadura de Pinochet (1973 a 1990), aseguró que, si “Chile fue la cuna del neoliberalismo, también será su tumba". Si quiere mantener su promesa y negociar un nuevo contrato social, el presidente electo de 35 años tendrá que abordar una prioridad: el sistema fiscal.

En efecto, en Chile, el sistema fiscal es el garante de la perpetuación de las desigualdades, cuya persistencia alimenta desde hace varios años tensiones sociales que rozan la explosión. Quienes se jactan de los éxitos del modelo chileno se topan con cifras implacables: con el 10% más rico del país acaparando casi el 60% de la riqueza nacional y la mitad más pobre de la población recibiendo sólo el 10%, es uno de los países más injustos del mundo.

Esto es la prueba, por si hiciera falta, de que la reducción de las desigualdades no sólo requiere políticas de redistribución, sino también un Estado capaz de financiar servicios públicos de calidad -en particular, la sanidad y la educación- que sean accesibles para el mayor número de personas. Estos esfuerzos no son gastos que deban perseguirse en nombre de la austeridad, sino inversiones esenciales para reducir las desigualdades. En Chile, este motor se ha roto. Con ingresos fiscales del 19,3% del PIB en 2020, Chile está muy lejos de la media del 33,5% de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el club de países ricos del que se enorgullece formar parte.

Y lo que es peor, el sistema fiscal es altamente regresivo, con un fuerte énfasis en los impuestos indirectos que gravan principalmente a los sectores de ingresos medios y bajos de la población, al tiempo que dan un trato preferente a las grandes empresas. Y la evasión fiscal está pasando factura: hemos calculado, por ejemplo, que entre 2013 y 2018, el fisco perdió entre 7,5 y 7,9 puntos del PIB al año, lo que equivale a 1,5 veces el presupuesto de educación y 1,6 veces el de salud.

Por lo tanto, hay que reconstruir el contrato fiscal, un trabajo gigantesco. Esto significa reformar el impuesto sobre el valor añadido, reduciendo significativamente los tipos para los bienes esenciales, los medicamentos y los libros. Pagar un 19% menos por la leche o el pan marcaría la diferencia para los hogares más pobres. También requiere la introducción de un impuesto progresivo sobre los activos más altos y un impuesto sobre las grandes fortunas. Menos del 0,1% de la población, los muy ricos, tienen en sus manos el equivalente al PIB de Chile. Gravar su riqueza a un tipo del 2,5% permitiría recaudar unos 5.000 millones de dólares, o el 1,5% del PIB. Por último, hay que derogar ciertas exenciones que sólo benefician a los grupos de altos ingresos, ya sean multinacionales o los más ricos.

Por supuesto, es de esperar un tira y afloja en el Congreso, que está controlado a medias por los conservadores. Por ello, la fiscalidad debe estar en el centro de los debates para la nueva Constitución, que se someterá a referéndum en el tercer trimestre de 2022. El texto actual, aprobado en plena dictadura, consagra el modelo neoliberal al limitar la capacidad de los gobiernos para reducir las desigualdades a través de los impuestos y los regímenes de propiedad. La Constitución debe adoptar el principio de progresividad fiscal con su clara definición: es decir, los tipos impositivos efectivos deben depender del nivel de renta o riqueza, contribuyendo más los ciudadanos más ricos. Por supuesto, estos principios tendrán que ser traducidos en leyes por el Congreso. Pero una Constitución de este tipo haría responsables a los funcionarios elegidos, obligándolos a ser más transparentes.

Consolidar el principio de progresividad fiscal es permitir que una eventual mayoría popular y democrática refunde el pacto fiscal, como nos recordó recientemente Thomas Piketty, con quien trabajo en estos temas dentro de la Comisión Independiente para la Reforma de la Tributación Corporativa Internacional (ICRICT), durante un intercambio con los constituyentes chilenos. La sociedad civil ha comprendido la urgencia de retomar este debate, que es ante todo político, para no dejarlo como rehén de los burócratas técnicos que favorecen el statu quo. En ese marco, expertos, ONGs y sindicatos acaban de crear una Red Ciudadana de Justicia Fiscal en Chile para presentar propuestas concretas a los constituyentes.

En la redacción de su nueva Constitución, Chile puede mostrar el camino. Porque, aunque es un país de apenas 19 millones de habitantes al borde de la Antártida, simboliza una tendencia mundial. En todas partes se han reducido los tipos marginales máximos del impuesto sobre la renta de las personas físicas y del impuesto sobre sucesiones, mientras que los impuestos sobre el patrimonio neto, antes relativamente extendidos en los países de la OCDE, han sido abandonados por la mayoría. En todas partes se ha producido una drástica caída de los gravámenes del impuesto de sociedades, ya que las empresas se aprovechan de un sistema fiscal internacional obsoleto para ocultar sus beneficios en los paraísos fiscales.

A escala global, los ricos son aún más ricos dos años después de la pandemia. La riqueza combinada de todos los multimillonarios, estimada en 5 billones de dólares a finales de 2019, ha alcanzado el nivel más alto de la historia con 13,8 billones de dólares, revela Oxfam en un informe reciente. El mundo tiene ahora un nuevo multimillonario cada veintiséis horas, mientras que 160 millones de personas han caído en la pobreza durante el mismo período.

Y en todas partes, la explosión de la desigualdad coincide con la explosión del cambio climático. El 10% más rico de la población mundial, tanto si viven en el Norte como en el Sur, emite casi el 48% de las emisiones globales -¡el 1% más rico produce el 17%! -, mientras que la mitad más pobre de la población mundial es responsable de sólo el 12%. En Chile, como en el resto del mundo, reformar el pacto fiscal haciendo que los más ricos contribuyan más ya no es una cuestión técnica. Es política y, ante la emergencia climática, existencial.

Por Ricardo Martner

15 mar 2022 07:00

Ricardo Martner es economista y miembro de la Comisión Independiente para la Reforma de la Tributación Corporativa Internacional (ICRICT). Anteriormente fue jefe del departamento fiscal de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Publicado enInternacional
El senador Bernie Sanders exhibió también que un puñado de fondos buitre de Wall Street tienen un enorme control sobre muchas industrias y dominan 50 por ciento de los multimedia de Estados Unidos. Foto Ap

Antecedentes: Desde hace casi cinco años enuncié que los tres "gigabancos" BlackRock/Vanguard/StateStreet controlaban, en ese entonces, la mitad de Wall Street: "Nunca acaba de asombrar el grado de reconcentración de la riqueza propiciada por la desregulada globalización financierista que propende por su naturaleza intrínseca al darwinismo oligopólico o casi monopólico" (https://bit.ly/3oYB8uM).

Hace siete años Russia Today desnudó a los cuatro (sic) gigabancos oligopólicos, incluyendo a Fidelity, que "controlan al mundo financierista" (http://goo.gl/UjlfE3). Hace 10 años, el anterior legislador texano Ron Paul señaló que "los Rothschild poseen acciones de las principales 500 trasnacionales de la revista Fortune" que son controladas por "los cuatro grandes (The Big Four): Black Rock, State Street, FMR (Fidelity) y Vanguard".

Fue cuando comenté que "los banqueros esclavistas Rothschild forman parte de las ocho (sic) familias que controlan los cuatro megabancos que dominan Wall Street". ¡Y todavía la maquinaria propagandística de guerra anglosajona pretende engañar con que su plutocracia ciber-bancocrática –que políticamente es una "anocracia" (https://bit.ly/3oYnEPS)– es una democracia!

Hechos: Nada menos que el admirable "judío progresista" Bernie Sanders (BS), en una audiencia ante el Comité del Presupuesto del Senado que preside, fustigó la "codicia de Wall Street" y la creciente oligarquía en Estados Unidos (https://bit.ly/3gZIHx8), donde sentenció que “hoy, en Estados Unidos, sólo tres firmas de Wall Street –Black Rock, Vanguard y State Street– manejan 22 billones de dólares de activos (que) constituyen los principales accionistas de más de 96 por ciento (sic) de las empresas que cotizan en S&P 500”, lo cual refleja una "influencia significativa en varias centenas de empresas que emplean a millones de trabajadores estadunidenses y, de facto, a la economía entera". ¡Y eso que BS no citó a Fidelity, uno de los cuarto gigabancos de Wall Street!

El gigabanco Fidelity, con sede en Boston, que se le pasó mencionar a BS, ostenta 4.9 billones de dólares de "activos bajo manejo" (Assets Under Management: AUM; https://bit.ly/359JKaN). Si agregamos los "activos bajo manejo (AUM)" de Fidelity por 4.9 billones a los 22 billones de dólares de los otros tres gigabancos, pues prácticamente representan el PIB entero de Estados Unidos, cuando ni cuadran ya a esos niveles las etéreas y deletéreas cifras.

BS acotó que los tres gigabancos BlackRock/StateStreet/Vanguard –¡sin Fidelity!– "controlan 22 billones de dólares en activos", poco menos de los casi 24 billones de dólares del PIB entero de Estados Unidos.

Según el FMI, el "PIB nominal" de Estados Unidos se encuentra en 22.9 billones de dólares. Más que una precisión micrométrica del PIB y de la pantagruélica fortuna de los cuatro gigabancos, que prácticamente degluten todo el PIB de Estados Unidos, lo que vale la pena es su abordaje cualitativo y semicuantitativo.

A juicio de BS, los gigabancos son a su vez los principales accionistas de algunos de los máximos bancos de Estados Unidos –que yo he denominado "megabancos"– como JP Morgan Chase, Wells Fargo y Citibank, y exhibió que, además de los "tres grandes (Big Three)" gigabancos, "un puñado de fondos buitre de Wall Street" –empresas de fondo de capital privado (private equity)–, también tienen un enorme control sobre muchas industrias y dominan 50 por ciento (sic) de los multimedia de Estados Unidos (¡mega-uf!). Los fondos buitre se hicieron famosos gracias a la depredación deliberada del israelí-estadunidense Paul Elliott Singer, de Elliott Management, que ha descuartizado a Argentina (https://bit.ly/33wi5k2).

Conclusión: El senador republicano Mike Braun le replicó a BS que no estaba seguro de que el tópico de la codicia de Wall Street forme parte de la jurisdicción del Comité del Presupuesto (https://bit.ly/33vJSRA).

En efecto, la jurisdicción en el Congreso ha sido, desde hace mucho, rebasada y horadada en cualquiera de sus comités por el infinito poder político de los cuatro gigabancos de Wall Street que tienen secuestrado a un país entero con sus más de 333 millones de habitantes esclavizados ciberfinancieramente.

www.alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: alfredojalifeoficial

https://t.me/AJalife

https://www.youtube.com/channel/ UClfxfOThZDPL_c0Ld7psDsw? view_as=subscriber

Tiktok: ZM8KnkKQn/

Publicado enEconomía
La eterna lucha por la igualdad: a propósito del último libro de Piketty

La lucha por la igualdad es el motor de la historia. Eso se desprende del último ensayo publicado por Thomas Piketty, un interesante trabajo de historia económica, política y social, más relevante si cabe por el momento histórico en el que se inscribe. Un momento en el que los marcos ideológicos que asentaban nuestra concepción de la economía se han resquebrajado después del impacto de la pandemia. Aunque es prematuro hablar del final del neoliberalismo como paradigma económico imperante, sí que es verdad que algunos de sus dogmas empiezan a resquebrajarse después del impacto social, económico y laboral causado por la pandemia de la covid-19. El fetichismo por la austeridad, una política monetaria restrictiva o la negación del intervencionismo estatal parecen estar guardados en un cajón a la espera de que las fuerzas promercado vuelvan a recuperar la hegemonía ideológica. Una hegemonía que obras como Una breve historia de la igualdad intenta combatir.

Si en sus anteriores obras, Piketty se centraba en el análisis de la desigualdad socioeconómica y en las justificaciones ideológicas y culturales que se han asociado a su mantenimiento en el tiempo, en este ensayo el autor invierte el objeto de estudio. Piketty analiza la búsqueda de la igualdad desde el S. XVIII. Para el economista, la lucha por la igualdad ha sido el hilo histórico que ha ligado luchas, revueltas y revoluciones a lo largo y ancho del globo desde hace más de 300 años, consolidando una tendencia que, con sus avances y retrocesos, camina siempre hacía mayores cotas de igualdad. Cuestiones como un reparto más equitativo de la riqueza, de los ingresos o de las propiedades, el acceso al poder político o el reconocimiento de derechos, pasando por la mejora en los indicadores educativos o sanitarios son ejemplos de esa tendencia.

Sin embargo, es necesario hacer hincapié en cómo el economista francés define la desigualdad ya que se aleja de lecturas economicistas de la misma. Para Piketty la desigualdad es un fenómeno multidimensional cuyas derivadas se relacionan con el poder político, el estatus social, los ingresos, el género, la etnia, las propiedades o el acceso a determinados bienes y servicios y afectan directamente al individuo. El autor considera la desigualdad, por lo tanto, como un conjunto de factores construidos políticamente que afectan al pleno desarrollo de las capacidades y a la autonomía de las personas. La desigualdad serían aquellos condicionantes estructurales que no nos permiten ser individuos autónomos y regir nuestros destinos. Unos condicionantes que emanan de decisiones políticas conscientes de determinados grupos que ostenta el poder y que se benefician de la situación.

La desigualdad, por lo tanto, es política y no es un fenómeno natural. Solo una actuación multidimensional contra la desigualdad puede ser efectiva ya que estos elementos se interrelacionan entre ellos dando lugar a múltiples factores de opresión. Estos factores han sido combatidos con la creación de unos mecanismos institucionales que han permitido transformar las sociedades desigualitarias por sociedades en las que instituciones de carácter más justo permitían consolidar unas estructuras políticas, sociales y económicas más igualitarias. Algunas de estos mecanismos institucionales son la igualdad jurídica, el sufragio universal, el seguro social universal, la progresividad fiscal el acceso a una educación gratuita o las leyes que fomentan la igualdad de género son un ejemplo. Todos estos mecanismos nacen de una serie de movilizaciones políticas y se han ido consolidando a lo largo del tiempo, aunque no sin dificultades. Piketty nos muestra como todas las luchas, revueltas y revoluciones sociales y políticas han sido en favor de la redistribución de la riqueza, el reequilibrio de poder o reconocimiento como grupos con acceso a la esfera política y las han llevado a cabo las mayorías oprimidas por las élites.

Ahora bien, la desigualad no se combate solo con movilizaciones. La consecución de la igualdad también se basaría en una batalla cultural e ideológica que asiente la base teórica y práctica de las nuevas estructuras. Este factor es vital porque la conquista del poder político sin un orden alternativo coherente y legítimo lleva al fracaso de estas experiencias y a la falta de consolidación de los mecanismos que deben estructurar una mayor igualdad. Los movimientos emancipadores deben tener la suficiente imaginación política para asentar nuevos consensos que sean aceptados socialmente. Lucha y hegemonía deben ir de la mano.

No obstante, parte del optimismo histórico que transmite Piketty parece topar con la realidad de los últimos 40 años. Si atendemos a los datos que autores como el propio Piketty, Milanovic o Atkinson han analizado, la tendencia hacía la igualdad parece haberse frenado en seco. La desigualdad se ha acelerado en la mayor parte de las sociedades democráticas y en los países en vías de desarrollo se da una creciente polarización de ingresos y de riqueza. Pero no solo ha habido un aumento de la desigualdad socioeconómica. Las consecuencias de la crisis climática además de las luchas por el reconocimiento de grupos minoritarios y oprimidos generan nuevos ejes de desigualdad que serán combustible para futuras luchas. Vivimos un momento además que, a causa del ascenso de fuerzas políticas reaccionarias a lo largo y ancho del planeta, algunos de los compromisos políticos que cimentan una cierta concepción igualitaria de la sociedad están en retroceso: la democracia representativa, los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales o la persecución de la disidencia política se dan o se han dado en Europa y en EEUU.

La lucha, por lo tanto, no ha acabado aún. Y es en los momentos de crisis y tensión, en el momento en que los sistemas políticos y económicos muestran sus costuras cuando las movilizaciones políticas pueden alcanzar su objetivo y cuando las nuevas ideas pueden penetrar en la opinión pública con más facilidad. Las crisis, y la del coronavirus es un buen ejemplo, son ventanas de oportunidades políticas y culturales que facilitan la lucha por instituciones más justas y emancipadoras. Es por eso por lo que las consecuencias de la pandemia deben ser aprovechadas por las fuerzas políticas que defienden proyectos igualitarios y emancipadores. Las izquierdas y todas las opciones políticas preocupadas por el aumento de la desigualdad en las últimas décadas deben aprovechar el contexto actual y tener en cuenta que la igualdad no solo se consigue con movilización y luchas, o con victorias electorales, por aplastantes que estas sean. Para combatir la desigualdad hace falta dar la batalla por las ideas. Producir marcos ideológicos coherentes que aúnen ambición política y posibilidades prácticas. El debate, la reflexión, la experimentación, la negociación y el acuerdo alrededor de qué instrumentos o mecanismos son los más justos para combatir la desigualdad son vitales para que estos sean considerados legítimos socialmente y eficaces en su cometido. Sin poder y sin alternativas ideológicas consistentes no hay cambio posible. La izquierda, por lo tanto, no debe olvidar la batalla cultural si quiere realmente reducir la desigualdad que rompe sociedades y deshumaniza al individuo. Una batalla ideológica que deben llevar a cabo las instituciones u organizaciones de intermediación como son los partidos o los sindicatos.

La consecución de la igualdad es constante. Es un proceso de lucha política y elaboración intelectual continuo para garantizar y consolidar los precarios compromisos sociales, políticos y económicos que combaten la desigualdad. Nunca se debe dar por segura: la lucha por la igualdad es eterna. Economistas como Piketty, Milanovic, Atkinson o Mazzucato ya han realizado su parte del trabajo: han generado y difundido el conocimiento suficiente para crear nuevas instituciones más justas. Ahora es el turno de la política. La movilización social, política y electoral en favor de proyectos políticos igualitarios es más necesaria que nunca y cuenta en su favor con un arsenal de propuestas y un contexto favorable. ¿Qué fuerzas políticas y sociales liderarán las nuevas propuestas igualitarias? Solo el futuro nos lo dirá.

Por Mario Ríos Fernández, analista político, doctorando en la Universitat de Girona y profesor asociado en la Universitat de Barcelona y en la UdG.

Publicado enEconomía
Viernes, 07 Enero 2022 07:05

Mundo Musk

Elon Musk en la ceremonia de entrega de los premios Axel Springer, en Berlín, en diciembre de 2020 AFP, BRITTA PEDERSEN

Convertidos en el nuevo modelo mediático a imitar por la humanidad, los multimillonarios de la industria tecnológica se presentan como emprendedores resueltos a salvar la civilización. Es más bien lo contrario.

 

En 2021 la brecha entre ricos y pobres llegó a un nivel desconocido desde comienzos del siglo XX. Un informe macro del Laboratorio sobre la Desigualdad Global publicado en diciembre muestra que hoy el 10 por ciento más poderoso de la población mundial concentra el 76 por ciento de la riqueza, mientras que la mitad más pobre, solo el 2 por ciento. En América Latina, la diferencia es aún más pronunciada: el 10 por ciento más rico acapara el 77 por ciento de la riqueza, mientras que el 50 por ciento más pobre, apenas el 1 por ciento.

En la punta baja, el año pasado otros 100 millones de terrícolas cayeron en la extrema pobreza, ese territorio hacinado en el que se nada en la nada. En la punta alta, los hiperhipermillonarios –ese puñado– aumentaron su riqueza en un 14 por ciento. «Observamos un mundo todavía más polarizado, en el que el covid ha amplificado el fenómeno del ascenso de los multimillonarios y ha dejado más pobreza», dijo a comienzos del mes pasado a El País de Madrid Lucas Chancel, cabeza del grupo coordinador de los más de 100 investigadores que trabajaron para el informe. No es el virus, sino el sistema, aclaró luego el economista francés.

La tendencia a la aceleración de las desigualdades arrancó en los años ochenta y de ahí en adelante se ha mantenido, salvo frenos puntuales aquí y allá, que no han alterado el panorama sustancialmente. Desde los noventa (ya en un mundo homogéneamente capitalistizado), esos que ahora llaman –en inglés– zillionaires, los astronómicamente millonarios, un 0,0001 por ciento de la población mundial, aumentaron su riqueza en un promedio anual del 8,1 por ciento; los un poquito menos ricos, el 0,001 por ciento, en un 5,9, y el 0,01 por ciento del escalón siguiente, en un 5 por ciento. Una norma: a mayor riqueza, mayor ganancia.

«Lo que cabe esperar es que siga siendo así», dice Thomas Piketty, otro integrante del equipo coordinador del Informe sobre la Desigualdad Global 2022. El documento apunta que la desigualdad se acentuará no solo entre individuos, sino también entre los recursos del sector público y los del sector privado: «Los gobiernos son hoy mucho más pobres que hace 40 años. Es una tendencia secular que observamos: el sector público se empobrece y el privado se enriquece». La pandemia (el manejo de la pandemia, el contexto en el que transcurre la pandemia) aportará su cuota para hacer más hondo el foso, con Estados más endeudados y ricos aún más enriquecidos e intocados.

La revista Forbes estimó que el patrimonio líquido sumado de las 500 personas más ricas (que en 2021 se incrementó en 1 billón de dólares) es hoy mayor que el producto bruto interno individual de todos los países del planeta, con excepción de Estados Unidos y China, y dejó entrever, como Piketty, que todo hace prever que la distancia aumentará.

***

Elon Musk es el zillionaire más en boga. En 2021, el dueño de la fábrica de vehículos eléctricos Tesla y de la compañía aeroespacial Spacex, y fundador de la plataforma de pagos Paypal se convirtió no solo en el hombre más rico del planeta, sino en el primero en la historia en haber acumulado una fortuna superior a los 300.000 millones de dólares. Forbes la calculó en 308.000 millones en noviembre del año pasado. Otras fuentes la reducen a 270.000 millones. Qué más da. Del puñado de magnates que componen lo que el Instituto de Estudios Políticos (IPS) de Estados Unidos llama la docena oligárquica, Musk fue quien más se benefició con la pandemia. De acuerdo a Forbes, hizo el grueso de su fortuna entre enero de 2020 y fines de octubre de 2021. Antes de comienzos de 2020 no figuraba ni siquiera en el top 10 de los más ricos, el pobre.

Entre la docena de oligarcas identificados por el IPS están, por supuesto, los principales ejecutivos de las GAFAM (las megaempresas del sector tecnológico: Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft). Desfilan por allí Jeff Bezos, el propietario de Amazon y Starlink, a quien Musk desplazó del lugar de más rico del mundo en la escala de milmillonarios; Mark Zuckerberg, el patrón de Facebook; Bill Gates, el fundador de Microsoft, y varios altos ejecutivos de Google. También se alinean los herederos del gigante de la distribución Walmart y el bueno de Warren Buffett, aquel gurú de Wall Street que pidió que, por favor, el fisco de Estados Unidos le cobrara impuestos más o menos a la altura de sus ganancias, porque pagaba menos que su secretaria, el mismo que hace unos años dijo: «La lucha de clases existe y la estamos ganando los ricos». Solo entre marzo y agosto de 2020, de acuerdo al IPS, los 12 habían acrecentado globalmente sus ganancias en un 40 por ciento.

Las cifras dadas por Forbes son particularmente alucinantes. A noviembre del año pasado, los 20 mayores magnates yanquis reunían una riqueza de 5,3 billones de dólares. A alguien en Europa se le dio por calcular que cualquiera de estos milmillonarios gana en un año más o menos lo mismo que lo que ganan, sumadas, varias decenas de miles de trabajadores europeos de ingresos medios a lo largo de toda su vida (Bezos como unos 50 mil trabajadores, Musk como unos 80 mil).

***

En diciembre, Time eligió a Musk como personaje del año. «Guste o no, hoy estamos en el mundo de Musk», dijo Edward Felsenthal, editor de la revista estadounidense. «Este tímido sudafricano con síndrome de Asperger, que escapó de una infancia brutal y superó una tragedia personal, que hace solo unos pocos años era objeto de continuas burlas y tratado como un estafador loco al borde de la quiebra, ahora somete a los gobiernos y a la industria a la fuerza de su ambición. […] Con un movimiento de su dedo, el mercado de valores se dispara o se desmaya y un ejército de devotos está pendiente de cada una de sus palabras» en Twitter, añadió, donde lo siguen casi 70 millones de personas. A Time le fascina este «genio» y «payaso» que fabrica autos eléctricos, que los vende como una de las soluciones al cambio climático y que, al mismo tiempo, promueve el turismo espacial y se propone llevar a Marte, de aquí a 2050, a 1 millón de personas en naves de Spacex para ir colonizando el planeta rojo e ir preparando un futuro humano posterrícola, por si a Gea le quede poco tiempo.

En 2016, en un congreso internacional de astronáutica, Musk dijo: «No hay para la humanidad más que dos caminos: o bien permanece aferrada a la Tierra para siempre y llegará el momento en que un acontecimiento causará su extinción, o bien apuesta a una civilización multiplanetaria». Tiempo después fue más taxativo aún: «Es esencial para la supervivencia de la humanidad fundar una sociedad centrada en el viaje espacial». Time cree que Musk sabe vender como nadie lo que hasta hace poco parecía una quimera y que, sobre todo, sabe hacer que muchísimos lo tomen a él como modelo de lo que hay que ser.

***

En 2021, cuatro hiperricos viajaron al espacio sideral a bordo de una nave de Spacex, la empresa de Musk, quien no fue de la partida. Algunos de sus competidores sí volaron en naves de sus propias empresas. El primero fue el zillionaire británico Richard Branson, dueño de Virgin Galactic, que invirtió 1.000 millones de dólares para darse el gustito de decir: «Oh, my God!» al contemplar la Tierra desde una altura de 85 quilómetros y dar el puntapié inicial de un programa comercial de turismo espacial que ya está completito: Virgin asegura que le han reservado 600 boletos. Cada uno vale entre 200 mil y 250 mil dólares.

A Branson le siguió Bezos: el hombre se embarcó a bordo de una nave de Blue Origin en julio y tres meses después invitó a dar un paseíto al actor Wiliam Shatner, el capitán Kirk, de Viaje a las estrellas, su héroe de infancia. Los héroes de Musk eran personajes de El Señor de los Anillos y la Serie de la Fundación. «Me hacían sentir el deber de salvar el mundo», le contó en 2009 a la revista The New Yorker, cuando recién estaba probando el Roadster, el primer auto eléctrico de Tesla, pero ya era un rico y megalómano empresario que, a falta de un imperio mediático propio, tenía un habilísimo manejo de Twitter y despuntaba como nuevo gurú del sector tecnológico, cosa en la que se convirtió tras la muerte de Steve Jobs. «De niño soñaba con ser quien soy: alguien que está por fuera de cualquier conflicto social y pone todo su talento, todo su esfuerzo, al servicio de los demás. A mí lo que más me interesa es que la Tierra siga existiendo, pero tengo el deber, también, de proponer alternativas», le dijo el año pasado a un canal de televisión nórdico.

***

«Lo sideralmente extraño de esta historia es cómo los milmillonarios han logrado imponer la idea de que de ellos –los superricos, más ricos que cualquier Estado, más poderosos que cualquier organización internacional– depende nada menos que la supervivencia del planeta; la idea de que son ellos, y solo ellos, quienes tienen el dinero, el talento y el poder necesarios para rescatarnos y evitar el apocalipsis», se sorprendía, en noviembre, en Glasgow –donde se estaba desarrollando la COP 26, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático–, un directivo de la confederación internacional Oxfam. «Más extraño aún es que hayan logrado desligarse de cualquier responsabilidad sobre el estado actual del mundo, cuando no hay que ser demasiado agudo para darse cuenta de que ellos son una parte fundamental del problema, no de la solución», decía.

Hoy «los ultrarricos están de moda», constataba, a su vez, el 24 de diciembre, el diario Il Manifesto. Y, evocando también la conferencia de Glasgow, recordaba que allí, en sus corredores, en sus ambulatorios, quienes más se hacían notar no eran los ministros de medioambiente ni los militantes sociales, sino los Bezos, los Musk, los Gates y los representantes de la Financial Alliance for Net Zero, un conglomerado de 400 y pico de bancos, fondos de inversión y grandes empresas (entre ellos, Black Rock, Goldman Sachs, Moody’s, Bloomberg) que se proponen desarrollar fabulosos proyectos verdes que poco y nada ayudarán a cumplir su supuesto objetivo. «Después de Glasgow, a mediados de noviembre, Thomas Friedman, editorialista de The New York Times, ganador de tres Pulitzer, escribió en ese diario una larga nota que se podría resumir así: “Necesitamos un poco menos de Greta Thunberg (la joven ecologista sueca) y un poco más de Elon Musk. La buena noticia es que eso es lo que está sucediendo”», apuntaba la publicación italiana.

***

Las imposturas de los zillionaires son tan astronómicas como sus fortunas. Los megaplanes de reforestación de Bezos y los automóviles eléctricos de Musk no son más que engañapichangas. Carísimos engañapichangas a los que ellos destinan una parte ínfima de sus ingresos que parece fabulosa y en los que se embarcan los Estados que no pretenden encarar transformaciones de fondo.

Hace un par de años, Amazon anunció varios compromisos climáticos, según los cuales para 2040 habrá llegado al «equilibrio ecológico», pero falseó a tal punto su propia huella de carbono –la que dejan los aviones que transportan sus mercaderías, que cada vez son más y cada vez vuelan más; la que deja la mayor parte de los productos que comercializa, como artículos electrónicos y textiles– que cualquiera de las cifras que anuncia son mentirosas, dice una investigación conjunta de Amigos de la Tierra, el sindicato Solidaires y la asociación ATTAC publicada en Francia (Mediapart, 26-XII-21). Un solo vuelo al espacio de Blue Origin emitió en 11 minutos tantos gases de efecto invernadero como los que emite en toda su vida una de las 1.000 millones de personas más pobres del planeta.

También son espejitos de colores los megaplanes de reforestación que financia el dueño de Amazon. Emmanuel Macron recibió a Bezos a besos en Glasgow el 1 de diciembre, luego de que el zillionaire anunciara que «donará» 1.000 millones de dólares para la Gran Muralla Verde que se proyecta en África, que el presidente francés promueve. «Resolver el problema que supone la emisión de gases de efecto invernadero plantando árboles es simplemente un espejismo», dice el documento de Amigos de la Tierra, Solidaires y ATTAC.

Mismo espejismo con Musk y sus autos eléctricos. En su página web, Tesla asegura que su razón de ser es «acelerar la transición mundial hacia una energía sostenible», eléctrica o solar. Bienvenidos sean los planes para abandonar las energías fósiles, pero la visión de Musk, dice Laura Villadiego en La Marea Climática, «se basa en los mismos principios que crearon el problema: un mundo de sobreconsumo, que deja las opciones sostenibles a los que más abusan de ellas, los ricos». «Y eso hace que pierdan todo su sentido. El propio Musk es parte de ese modo de vida», añade. De acuerdo a The Washington Post, solo en 2018 el magnate recorrió unos 250 mil quilómetros en avión, incluidos sus viajes entre una punta y otra de Los Ángeles para evitar los embotellamientos.

En cuanto a los autos de Tesla, que se están vendiendo como pan entre los consumidores ricos y riquitos, sus baterías requieren toneladas de litio, cuya extracción tiene costos ambientales y sociales enormes. Por ejemplo, dejar sin agua a las comunidades que pueblan las zonas áridas en que se ubican las salinas donde se halla el metal. En América Latina están en Chile, Bolivia y Argentina. En el desierto de Atacama (Chile tiene el 40 por ciento de las reservas de lo que hoy se llama oro blanco) el agua, ya naturalmente escasa, lo es aún más debido a la extracción de litio.

***

En nada les interesa a estos superricos el bien común, su altruismo es de pacotilla, sugería, en una nota publicada en 2018 en varios medios, el profesor de cultura virtual estadounidense Douglas Rushkoff: «Ellos se están preparando para un futuro digital que tiene mucho menos que ver con hacer del mundo un lugar mejor que con trascender la condición humana y aislarse de un peligro muy real y presente de cambio climático, migraciones masivas, pandemias globales y agotamiento de recursos. Para ellos, el futuro de la tecnología consiste realmente en una sola cosa: escapar».

***

Mientras preparan el escape, son seres bien de este mundo, bien de su clase. Y así actúan: oponiéndose a pagar impuestos, porque a los ricos hay que incentivarlos para que sigan creando riqueza y empleo (Bezos reclamó que le descontaran de sus impuestos lo que gasta en colegios privados para la educación de sus hijos); exigiendo a sus empleados que trabajen más por menos, porque el mundo está en crisis y se necesita el esfuerzo de todos («Nunca vi que nadie transformara nada trabajando solamente ocho horas diarias», declaró hace no tanto Musk, para quien una semana laboral de 80 horas sería lo normal); considerando a los trabajadores de sus empresas «eslabones reemplazables de una cadena», según dijo un gerente de Amazon en medio de su enésima campaña de desprestigio contra quienes pretendían formar un sindicato en la empresa (y no lo lograron), y viendo los puestos de trabajo que destruyen (por un empleo creado por Amazon, desaparecen 2,2 en el sector del comercio de cercanía) como meros daños colaterales.

Meros daños colaterales deben también haberle resultado a Bezos las ocho muertes en el almacén de Amazon que se desplomó en Kentucky por un tornado en diciembre. La pareja de uno de los fallecidos contó que a los trabajadores les impedían salir del local a pesar de las alertas, porque estaban embalando a todo trapo para la zafra de Navidad. «Amazon no nos deja irnos», tuiteó este empleado, Larry Virden. En los enormes depósitos de la empresa de Bezos en Estados Unidos, los trabajadores deben atravesar enormes corredores para llegar a un baño. Como por lo general el tiempo no les da, deben usar pañales. En las plantas de Musk saben que si no se dejan sobreexplotar o si reclaman, pueden perder el empleo. «La gente que normalmente me conoce se lleva una buena impresión de mí. Si no los he despedido», le dijo una vez el megarrico a The New Yorker.

En 2019, Martín Capparós escribía en una columna («El modelo Bezos») que décadas atrás pensaba, ingenuo él, que los sindicatos de izquierda argentinos «debían llevar a sus trabajadores a Punta del Este para que, al ver esas mansiones, esos coches, esas siliconas, esos precios, los obreros se llenaran de sacrosanta indignación de clase y reaccionaran». Alguien le contestó que «quizás el resultado sería que muchos insistirían en admirar y desear esos sitios, esas vidas». El periodista concluía: «Para eso sirven los Bezos de este mundo: te ofrecen la ilusión de que podés ser así. Lo malo no es siquiera que no es cierto; lo peor es que te convencen de que eso es lo que vale la pena querer, que esa es la meta. El negocio es redondo: si muchos quieren ser como ellos, ellos podrán seguir siendo como ellos sin parar». Curiosa forma de síndrome de Estocolmo, decía. Un síndrome que por aquí opera a full cuando, pongamos, nos dicen que a los malla oro –incluso a nuestros chiquitos malla oro– hay que dejarlos pedalear tranquilos, porque según les vaya a ellos nos irá a nosotros. Y lo creemos.

Publicado enInternacional
MÁS LEÍDOS 2021: El Banco Mundial y la “Tierra prometida del capital”

El Banco Mundial (BM) publicó el 27 de octubre el informe “Hacia la construcción de una sociedad equitativa en Colombia”. El estudio se fundamenta en la teoría del “capital humano”; según ésta, el conocimiento y la salud promueven la equidad y determinan el incremento de la productividad individual y el crecimiento económico. La política fiscal deberá ser el medio para invertir en el “capital humano”: el impuesto extendido a toda renta personal –IRP– y el impuesto universal al valor agregado –IVA– serán las principales fuentes utilizadas por el Estado para redistribuir entre los más pobres. El colofón es sencillo: i) hay pobreza porque los pobres cuentan con poco capital humano; ii) hay desigualdad y pobreza porque el Estado no dispone de los suficientes recursos presupuestales para incrementar el capital humano de los pobres; superados estos impasses, alcanzaremos la “Tierra prometida del capital”.

 

El BM, organización multinacional especializada en finanzas y asistencia creada en 1944, tiene como misión reducir la pobreza extrema y promover la prosperidad compartida en los países en desarrollo (fomentar el aumento de los ingresos de los más pobres). Funcionarios de la institución analizaron la situación de Colombia como sociedad equitativa. Una sociedad equitativa, la define el BM, es aquella en la que las personas tienen las mismas oportunidades para seguir la vida que elijan, independientemente de las circunstancias en las que nacieron, y no están sometidas a la pobreza.

El informe documenta y describe las principales fuentes de desigualdad en Colombia, identifica los impulsores de esas disparidades y propone un menú con opciones de políticas, para abordar las causas de la desigualdad y promover una sociedad más equitativa. Para explorar los factores que conducen a las disparidades entre grupos, el informe se enfoca en el marco basado en activos, esto es, los elementos que determinan la capacidad de un individuo o un hogar para generar ingresos de mercado.

De acuerdo con el BM, la desigualdad de ingresos en Colombia es muy alta (gráfico 1), lo que se constituye en una limitación fundamental para el crecimiento económico y el progreso social. Esta realidad, que es estructural y crónica, en el 2019 fue la más alta entre todos los países de la Ocde y la mayoría de los de América Latina y el Caribe (ALC). Los ingresos del 10 por ciento de la población más rica de los colombianos son once veces mayor que la del 10 por ciento más pobre.

Una constante histórica en aumento desde 2018, agravada, además, por el impacto del covid-19, factor que aumentó la pobreza en 6,8 puntos porcentuales en 2020, y llevó a que 3,6 millones de personas más se volvieron pobres, particularmente en las áreas urbanas, provocando, también, que la pobreza extrema aumentara en 5,5 puntos porcentuales, para dejar a 2,8 millones de personas más sin poder cubrir las necesidades alimentarias básicas.

Estas realidades, la histórica y la coyuntural, al ritmo del declive observado entre 2008 y el 2019, justo antes de que estallara la pandemia, implican que a Colombia le tomaría cerca de cuatro décadas para alcanzar el nivel promedio de desigualdad que resalta entre los países de la Ocde.

El BM sostiene que las políticas tributarias y de transferencias vigentes en Colombia, en el mejor de los casos, solo tienen un impacto positivo modesto sobre estos desequilibrios, por lo que es evidente que existe un amplio potencial para mejorar el papel redistributivo de su política fiscal. Las reformas de políticas en muchas áreas podrían ayudar a trazar un futuro más equitativo para el país.


La estructura

El informe está estructurado en seis capítulos: i) vista general del desafío: impulsores de las desigualdades y opciones de política; ii) principales activos con los que las personas, en particular las más pobres, pueden contar para generar ingresos: la educación y la salud, o lo que se conoce como su capital humano; iii) barreras que afectan la utilización y el rendimiento del capital humano en el mercado laboral: las barreras a la movilidad laboral, desde sectores con baja productividad a los sectores más dinámicos, y el acceso desigual a las nuevas tecnologías que limitan el acceso de los pobres a los trabajos del futuro; iv) propiedades redistributivas del sistema fiscal en Colombia y análisis del alcance de los impuestos directos e indirectos, el gasto social y los subsidios en la reducción de la desigualdad; v) impulsores de las diferencias en el bienestar entre territorios; vi) impactos a largo plazo del cambio climático sobre la desigualdad, a través de sus efectos sobre la productividad sectorial, la productividad laboral y el suministro de energía.

El aspecto más grave que describe este informe es el de la persistencia intergeneracional de las desigualdades, la pobreza y las exclusiones. En Colombia no existe movilidad social ascendente: quien nace pobre, vive y muere en igual circunstancia y las generaciones que le siguen heredan la pobreza. Las perspectivas de ingresos y formación de un niño o niña en el país dependen, lamentablemente, de las circunstancias en que nacen, de la situación de sus padres, de su pertenencia étnica, incluso de la región geográfica.

De este modo, las disparidades entre los ingresos en los adultos surgen de las brechas abiertas desde la vida temprana para las oportunidades de alta calidad en desarrollo infantil, nutrición, educación y servicios de atención médica. La desigualdad en el acceso a empleos de calidad amplifica aún más estas brechas, lo que convierte al país en un territorio donde las desigualdades son más persistentes entre generaciones. La desigualdad de larga data entre las regiones se superpone con las grandes brechas en el bienestar entre los afrodescendientes e indígenas y el resto de la población.

De manera crónica y estructural, la evidencia empírica en Colombia muestra históricamente que los pobres se vuelven más pobres mientras los ricos se vuelven más ricos. La intervención del Estado a través de la política fiscal, el gasto social y los subsidios no transforma esta cruda realidad ni reduce las amplias brechas de la desigualdad. No importa que el ingreso social crezca a un ritmo significativamente más rápido que la población; de todos modos la pobreza y la desigualdad se reproducirán de manera ineluctable (gráfico 2). Durante las últimas tres generaciones, de 1950 a 2021, el ingreso per cápita (valor del PIB dividido por el tamaño de la población) creció 3,5 veces en precios constantes y el coeficiente de concentración Gini aumentó en 0,153, esto es, de 0,400 a 0,553 (el valor del coeficiente tiene un rango de 0 a 1, donde 0 es igualdad absoluta y 1 la máxima desigualdad). El sistema está diseñado de tal manera que los pobres transfieren ingresos y riqueza a los más ricos mediante diversos procedimientos.

Una realidad tal que lleva a que Colombia sea uno de los países del mundo donde las desigualdades sean más persistentes entre generaciones. Las desigualdades y las brechas de pobreza entre sus connacionales son abrumadoras, multifactoriales y se generan desde el nacimiento (gráfico 3).

 

 

Una realidad palpable. En general, un niño o niña pobre recibe dos años y medio menos de educación y tiene tres veces más riesgo de sufrir desnutrición que uno que no está en esa condición socioeconómica. La educación que reciben los pobres es de mala calidad y poco pertinente para su desarrollo personal, la inserción en el mercado laboral y el ejercicio de la ciudadanía. Los pobres no tienen acceso a una atención médica de alta calidad; esto contribuye a las disparidades en los resultados: los niños más empobrecidos tienen tasas de retraso en el crecimiento que son tres veces mayores que las de los niños más ricos. El empleo que logran es de bajos e inestables ingresos y sin acceso a la seguridad social; además la informalidad, los puestos de trabajos precarios e inhumanos son la marca imborrable de sus actividades laborales. Cuando el mercado laboral los excluye por vejez, enfermedad o invalidez, los pobres están desprotegidos, esto es, no acceden a una pensión y deben sobrevivir, si lo logran, del asistencialismo público o de la solidaridad familiar, pues carecen de ahorros o medios de vida o sustento que les permitan asegurar sus necesidades vitales.

Debido a la alta informalidad, inestabilidad laboral y desempleo, solo uno de cada cuatro colombianos logra acceder a una mesada pensional. De los cerca de 80 billones de pesos que al año debe sacar el fisco para todos los fines sociales, unos 25 billones de pesos se están yendo a subsidiar las pensiones del régimen público (prima media) y de esos subsidios, el 65 por ciento (unos 16,3 billones de pesos) va al 20 por ciento de mayores ingresos de la población, y menos del uno por ciento (solo 250.000 millones de pesos al año) son apropiados para subsidiar las pensiones del 20 por ciento de la población de menores ingresos. Las pensiones de más de veinte salarios mínimos legales (SML), subsidiadas con recursos públicos, favorecen y benefician a los altos funcionarios del Estado, miembros de las fuerzas armadas, políticos de carrera y poderosos empresarios. En el régimen de prima media el monto máximo de la mesada pensional no puede exceder al equivalente de 25 SML mínimos mensuales según el artículo 18 de la ley 100 de 1993; no obstante, políticos y magistrados han logrado pensiones infinitamente superiores a ese tope, pero ello no está al alcance del ciudadano común y corriente, quien no podrá aspirar a más de 25 SML mensuales (el 85% de las mesadas pensionales son inferiores a los dos SML mensuales). Este es un ejemplo entre muchos de como la institucionalidad y las leyes favorecen la desigualdad y las profundas brechas de ingresos entre ricos y pobres, entre quienes detentan el poder y el ciudadano de a píe. La teoría del “capital humano” no tiene ni asomo de validez para explicar esta situación de inequidad estructural; ni siquiera el nivel educativo alcanzado es un buen predictor de la distribución de los ingresos. En resumen, el sistema de seguridad social es inequitativo, puesto que los subsidios pensionales se concentran en los sectores más ricos de la población.


Principales hallazgos y recomendaciones


En este plano el informe, “Hacia la construcción de una sociedad equitativa en Colombia”, plantea:

• La desigualdad en nuestro país se extiende más allá de los aspectos materiales de los medios de vida. Los colombianos con menos educación, la población rural y los desempleados o empobrecidos tienen muchas menos probabilidades de considerarse felices. Cuatro de cada cinco connacionales creen que la distribución del ingreso es injusta o severamente injusta.
• En Colombia, las desigualdades afectan a las personas desde el comienzo de sus vidas de una manera que tiene consecuencias en la acumulación de capital humano y, por lo tanto, en las oportunidades disponibles al momento de ingresar al mercado laboral u obtener ingresos.
• Una mujer tiene 1,7 veces más probabilidades de estar desempleada que un hombre. Un indígena recibe en promedio dos años menos de escolaridad que otros habitantes del país, y un afrocolombiano tiene el doble de probabilidad de vivir en un barrio pobre.
• Las desigualdades también persisten entre generaciones. Los niños en este país enfrentan perspectivas de vida muy diferentes, debido a las circunstancias en las que nacen: es probable que un hijo de un padre con bajos ingresos gane menos que un hijo de un padre con altos ingresos. Entre un grupo de 75 países, la transferencia de la brecha de ingresos de una generación a la siguiente en Colombia es la más arraigada.
• Las desigualdades afectan a las personas desde el comienzo de sus vidas de una manera que tiene consecuencias en la acumulación de capital humano y, por lo tanto, en las oportunidades disponibles al momento de ingresar al mercado laboral u obtener ingresos.
• Promover la acumulación de capital humano desde la primera infancia requiere simplificar los procedimientos administrativos para que los ciudadanos accedan a los servicios de desarrollo de la primera infancia (DPI), introducir un plan de estudios básico para las competencias esenciales en todo el sistema educativo y brindar apoyo pedagógico a sus docentes sobre las pautas del plan de estudios básico. Al mismo tiempo, también requiere fortalecer los vínculos entre la educación primaria y secundaria y terciaria, asegurando la calidad y pertinencia del plan de estudios. En salud, el modelo de prestación de servicios debe transformarse en un sistema de atención primaria que se adapte a las necesidades locales; se deben proporcionar acreditación e incentivos financieros a las aseguradoras de salud.
• Solo el 40 por ciento de los colombianos que trabajan tiene empleo en el sector formal, lo que es una de las tasas más bajas de ALC. Las estrictas regulaciones laborales y los altos salarios mínimos desalientan la creación de empleos en el sector formal, y dejan a la mayoría de los pobladores trabajando en el sector informal. Con una clasificación de 109 entre 141 países, Colombia tiene una de las disparidades más grandes del mundo en el uso de tecnología entre grupos socioeconómicos: aunque el 73 por ciento de las personas en el 60 por ciento superior usa Internet, esa cifra es solo del 53 por ciento entre los del 40 por ciento inferior.
• Las políticas para reducir las distorsiones del mercado laboral que afectan a estos grupos incluyen hacer contribuciones a la seguridad social proporcionales a las horas trabajadas y limitar el crecimiento del salario mínimo a la inflación hasta que alcance un nivel más favorable a la creación de empleo. Cerrar las brechas entre los grupos también exige eliminar las barreras al acceso equitativo a las oportunidades económicas.
• La brecha entre la región más rica y la más pobre de Colombia es más del doble que la de otros países de la Ocde. Las disparidades espaciales se superponen con los grupos de población definidos por etnia. Reducir la desigualdad territorial requiere de políticas que fortalezcan la capacidad técnica y el desempeño fiscal de los gobiernos subnacionales, particularmente entre aquellos que están rezagados y necesitan más apoyo. La expansión de la conectividad, desde las secciones residenciales de las áreas periurbanas y los municipios más pequeños, hasta la red de carreteras terciarias y secundarias, y el refuerzo de los programas de vivienda también pueden aumentar el acceso a las oportunidades y reducir las desigualdades.
• En comparación con otros países de la Ocde y ALC, en Colombia los impuestos y las transferencias impactan poco para reducir la desigualdad de ingresos. Las políticas para aumentar el efecto redistributivo del sistema fiscal incluyen (i) extender el impuesto de renta personal a los dos deciles superiores de la distribución del ingreso en el corto plazo, con el objetivo de extenderlo a la mitad superior de la distribución del ingreso a largo plazo, a medida que aumenta el ingreso y la pobreza se reduce significativamente; (ii) reducir la lista de bienes exentos de IVA, lo que podría hacerse de manera paulatina, imponiendo inicialmente una tasa baja que va aumentando para dar tiempo a las cadenas productivas (especialmente para aquellos bienes que están excluidos del IVA) a adecuar sus precios; y (iii) mejor focalización de las transferencias y reducción de las fugas en los subsidios a los servicios públicos. Además, la creación de un registro social único dinámico, confiable e integrado puede informar el diseño y la implementación de programas de gasto social más efectivos.
• Los programas de asistencia social no están diseñados para proteger de manera flexible a los hogares contra las crisis. Las opciones de política relacionadas con las políticas de mitigación y adaptación climáticas que tienen como objetivo reducir el impacto de los choques climáticos en los más vulnerables incluyen (i) fortalecer el Sistema Nacional de Extensión Agrícola, mediante la incorporación de criterios de mitigación y adaptación en los planes departamentales de extensión y el desarrollo de la capacidad de los proveedores de servicios de extensión agrícola; (ii) consolidar el Sistema de Identificación de Potenciales Beneficiarios de Programas Sociales (Sisbén), registros administrativos de asistencia social y otras bases de datos clave en un registro social único dinámico, confiable, integrado y equipado con herramientas de evaluación de riesgos climáticos; y (iii) fortalecer la fijación de precios del carbono, mediante la ampliación del impuesto al carbono y la introducción de un sistema de comercio de emisiones.
• Reducir las desigualdades no es solo un objetivo por motivos morales, también tiene un buen sentido económico. Abordar las desigualdades puede conducir a una fuerza laboral mejor preparada, más capacitada y productiva; un crecimiento económico más fuerte y sostenible, y una cohesión social más estrecha. En síntesis, la “Tierra prometida del capital”.


Trascender la ideología

Una distribución más equitativa del ingreso social ha sido reconocida durante largo tiempo como uno de los fines principales de la política económica. El método más popular y simple a corto plazo para la redistribución del ingreso real consiste en la recaudación de impuestos sobre la renta y sobre el capital altamente progresivo, al mismo tiempo que el gobierno suministra a todo el mundo, de manera gratuita, un mayor número de bienes y servicios1.

Método que ha conducido a la autoreproducción ampliada, parasitaria e imparable del moderno Estado administrativo, intervencionista, fiscalista y policial. Tendencia que recuerda la ley wagneriana, conocida también como “ley de la cuota estatal creciente” o “ley de la ampliación continua de la actividad estatal”. Cada vez son menos los que consideran la ampliación autógena de las actividades estatales dentro del marco de la satisfacción de la necesidad comunitaria, mientras que la mayoría contempla con ojos escépticos y conciencia crítica el complejo del estatalismo, fiscalismo, intervencionismo, autoritarismo y represión, y suponen en él, cada vez más, el teatro absurdo de una sobredimensionada institución de autoservicios y corrupción que es contraproductiva. De este modo, la exigencia actual de “justicia social” tiende a confiscar la propiedad del sector productivo y los ingresos de la clase trabajadora para desviarla “socialmente” al sector improductivo2.

La distribución del ingreso depende de una multitud de factores que ejercen una variada influencia. Los más visibles son el grado de concentración de la propiedad y de la renta del capital, y los niveles de remuneraciones y ocupacionales. La distribución determinada por estos factores (distribución funcional del ingreso) es modificada por la tributación sobre el capital y el trabajo y por el sistema de seguridad social. La distribución que resulta –distribución personal y familiar del ingreso– refleja de manera predominante ingresos de carácter monetario; por lo que es necesario también incorporar la provisión por parte del Estado de bienes y servicios colectivos (educación, salud, vivienda, servicios domiciliarios) y los gastos improductivos del Gobierno (técnicamente llamados de funcionamiento) que genera esta intermediación: sostenimiento de un frondoso aparato burocrático-militar improductivo.

En Colombia siempre ha habido una relación de simbiosis entre el gran capital privado y el poder del Estado. Las políticas públicas son un reflejo de la lucha de clases cuidadosamente perfiladas y planeadas para favorecer a los ricos y exprimir aún más a los pobres. En la perspectiva de la dinámica sociopolítica, económica, cultural y ambiental sistémica y compleja el modelo de análisis para la determinación de las fuerzas que operan en la distribución y redistribución del ingreso debe contemplar los siguientes elementos y ámbitos:

i) la ideología económica y política preponderante que deriva de la coalición hegemónica existente y que sirve de orientación general para la política económica, en particular, y las políticas públicas, en general (complejo de necesidades e intereses que predominan en el poder y los centros de decisión);
ii) la composición del elenco gobernante que toma las decisiones principales de la política económica; los partidos y grupos políticos de donde provienen y las alianzas que establecen, los intereses sectoriales que representan y las vinculaciones que mantienen con los principales grupos, transnacionales y sectores económicos privados dentro del contexto de las relaciones entre “los negocios” y el gobierno;
iii) los grupos de presión, partidos, movimientos políticos y mafias organizadas: sus principales conexiones y alianzas, grado de influencia y medios a través de los que la ejercen, ideologías respecto a la distribución del ingreso y la riqueza;
iv) la política económica misma, en tanto estrategia para la distribución del ingreso, sus relaciones con la política general y la ideología predominante, su consistencia interna, las reacciones de aceptación y oposición que produce, dinámica y resultados de la lucha de clases;
v) La situación económica general, tendencias del modelo dominante de desarrollo, estado coyuntural de la economía, dependencia, articulaciones y relaciones comerciales con el sistema mundo capitalista, políticas gubernamentales orientadas a mejorar las condiciones de los pobres, heterogeneidad del aparato productivo, vigencia de los derechos humanos y calidad de la democracia, el proceso inflacionario y los precios relativos, etcétera.

Todos estos elementos y ámbitos deben considerarse como unidades de un conjunto analítico estructural y de un tipo histórico que tiene sentido y significado propio al interior de una totalidad sistémica emergente, dinámica, dialéctica, cambiante y en desarrollo3.

1 Mishan, E. J. Los costes del desarrollo económico. Oikos-Tau ediciones, España, p. 44.
2 Sloterdijk, Peter. (2018) ¿Qué sucedió en el siglo XX? Ediciones Ciruela S. A. España, pp. 16 y 82.
3 Graciarena, Jorge. (1974), “Estructura de poder y distribución del ingreso en América Latina”; en: Foxley, Alejandro (editor), Distribución del ingreso, Fondo de Cultura Económica, México, pp. 318-319.
* Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos desdeabajo y Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 


 Perspectiva analítica

La desigualdad es un agravio a la justicia. El valor central para definir una desigualdad como iniquidad es la justicia: la iniquidad es una desigualdad considerada injusta. La desigualdad también afecta negativamente la garantía y disfrute de los derechos humanos como también el efectivo ejercicio de la democracia diaria.


Por debajo de la distribución del ingreso subyace una estructura de poder. De una parte, el ingreso es una categoría económica y, de otra, los mecanismos que pueden modificar las pautas dominantes de la distribución son de naturaleza política, dado que son controlados desde los grandes centros de decisión de la sociedad (principalmente el Estado). Por tanto, el punto de convergencia estructural entre el ingreso y el poder social se encuentra en la propiedad y organización de las fuerzas productivas y en las relaciones sociales de producción que dan origen a las clases sociales, o grupos de gentes, que se diferencian unos a otros en su posición en un modo de producción, y en el tamaño de la parte de ingresos sociales y riqueza que les corresponde como consecuencia de su conciencia social, fuerza organizativa, posición y del balance de la lucha de clases.


Generalmente se utilizan cuatro tipos de análisis económico de la distribución del ingreso: i) la funcional (capital/trabajo), ii) la personal o familiar según factores demográficos y socioeconómicos, iii) la dada por categorías socioeconómicas; iv) la propiciada por las fuerzas sociopolíticas que operan en la asignación del ingreso social desde la perspectiva de la dinámica societal sistémica, estructural e histórica.


Un modelo analítico para la determinación de las fuerzas socioeconómicas y políticas que operan en la asignación del ingreso social debe contar con la perspectiva de la dinámica histórica y societal global. En el campo de la lucha sociopolítica, el enfrentamiento entre derechos iguales lo define el poder o la fuerza dominante. Es una regla para el análisis de la dinámica social, primero, que las acciones sociopolíticas están motivadas por necesidades e intereses y, luego, que habitualmente hay una convergencia relativa entre los efectos de la acción y las finalidades perseguidas por los agentes beneficiados por ella. Una de las características centrales de las sociedades capitalistas modernas es la vinculación cada vez más estrecha entre los “negocios” y la política*. Las necesidades e intereses de los grupos que dominan se proyectan en la política económica, monetaria, crediticia, cambiaria, de precios, fiscal y de subsidios.


En la perspectiva analítica del informe del BM, ni el sistema económico ni la estructura de poder son cuestionados, en consecuencia carece del análisis de la dinámica sociopolítica. La distribución del ingreso es un hecho “natural” económico e institucional, sin que nada tenga que ver con el sistema o la estructura del modo de producción y menos aún con la lucha política entre las diferentes clases o grupos sociales. Las participaciones en los ingresos sociales del factor capital y del factor trabajo (distribución funcional) están determinadas por las productividades marginales relativas que, con una tecnología dada, dependen a su vez de los montos relativos de los factores empleados. En este modelo analítico, a nivel microeconómico las participaciones relativas se alteran tanto con los cambios técnicos que modifican las productividades marginales, cuanto con las variaciones en las cantidades relativas de factores empleados; el nexo con el análisis macroeconómico se concreta a través de las funciones agregadas de producción. Dinámica que depende de los precios relativos del capital y el trabajo, en un contexto de maximización de utilidades y de competencia perfecta en el cual operan las fuerzas del mercado.


La productividad del factor trabajo es fruto, según la ideología que sustenta el informe del BM, del “capital humano” que posee cada individuo. En consecuencia, el documento “Hacia la construcción de una sociedad equitativa en Colombia” se centra en los principales activos con los que las personas, en particular las más pobres, pueden contar para generar ingresos: la educación y la salud, o lo que se conoce como su capital humano. Por esa razón, el BM se centra en los mecanismos que dispone el gobierno para modificar la distribución primaria y secundaria del ingreso a través del sistema fiscal (impuestos directos e indirectos), el gasto social y los subsidios, teniendo como objetivo principal del análisis la reducción de la desigualdad y la pobreza. Corolario del “capital humano”, el BM da preponderancia al uso diferencial y selectivo de mecanismos redistributivos directos al margen del mercado, tales como “inversiones” en educación, salud, vivienda y equipamiento comunitario.


El Grupo Banco Mundial que tiene como eslogan trabajar con los países en desarrollo con el fin de reducir la pobreza y aumentar la prosperidad compartida, no toma en cuenta que una estrategia redistributiva, para lograr el éxito, necesita de un sólido apoyo político. El problema consiste en que los grupos sociales a favor de los cuales hay que redistribuir son aquellos que tienen un menor grado de organización, cohesión interna y capacidad de presión sobre el aparato del Estado. Es preciso diseñar estrategias y políticas que abran paso a la participación directa de estos grupos en el poder. La conciencia social, la organización, la lucha por el poder y la profundización de la democracia real y directa son fundamentales en la conquista y construcción de una sociedad igualitaria. Los ricos raramente ayudan a los pobres, más a menudo los explotan.
En resumen, el estudio del BM carece de un análisis sistémico, de una perspectiva histórica crítica y de mecanismos estructurales que permitan superar la desigualdad y garantizar el acceso de todos los connacionales a una vida digna, solidaria y democrática.

* Graciarena, Jorge. (1974). “Estructura de poder y distribución del ingreso en América Latina”; en: Foxley, Alejandro (editor), Distribución del ingreso, Fondo de Cultura Económica, México, p. 311.


 Retos que tendría un gobierno “progresista” de salir electo en el 2022


Siete son los retos que debe enfrentar un gobierno alternativo a las clases y grupos hegemónicos que han dominado el escenario sociopolítico y económico durante el último medio siglo en Colombia: i) deconstruir los mecanismos de conservación y reproducción que siempre han estado representados o encarnados en las clases o grupos que controlan el poder, son dueños del capital y determinan las instituciones públicas; ii) romper el vínculo entre negocios, política y corrupción; iii) transformar la política social asistencialista en una dinámica que recupere la dignidad humana, el trabajo productivo y asociativo, a la vez que promueve la autonomía territorial y el desarrollo sostenible de las localidades y comunidades; iv) profundizar la democracia radical en una perspectiva universal y sistémica; v) garantizar un ingreso básico ciudadano universal y la satisfacción gratuita de las necesidades vitales de toda persona (educación, salud y seguridad social); vi) emprender una reforma agraria integral y nacional, fortalecida financiera, técnica y comercialmente orientada a abastecer los mercados internos y externos; vii) Control estatal y popular sobre los medios estratégicos y financieros del desarrollo, sustituyendo el modelo económico neoliberal por un sistema de planificación democrático, plural y global, sectorial y regional.


 

La otra cara de la riqueza

El BM encubre la estructura económica y sociopolítica del capitalismo, sus desigualdades, contradicciones y conflictos. Oculta que la otra cara de la riqueza y la concentración del ingreso son la pobreza crónica y la exclusión. El principio guía: “lo que es bueno para los ricos necesariamente debe ser bueno para los pobres”. Ignora que la sociedad capitalista con su estructura definida de clases antagónicas contiene, a la vez, una inmodificable estratificación socioeconómica al interior de las clases. El informe descansa en la utopía de una sociedad sin pobres, armónica, prospera y equitativa. En síntesis, el BM prefigura para Colombia, si se obedecen sus recomendaciones, el que se haga realidad el concepto mesiánico de la “Tierra prometida del capital”. En la lectura del informe, por su ocultamiento o negación, es necesario, entonces, evidenciar las contradicciones y antagonismos del sistema, como también desenmascarar los mecanismos de conservación y reproducción que siempre están representados o encarnados en las clases o grupos controladores del poder y que determinan la estructura de las desigualdades y la pobreza.

 

Para adquirir suscripción

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Publicado enColombia
Miércoles, 15 Diciembre 2021 05:40

Un planeta cada día más desigual

Un planeta cada día más desigual

El 10% más rico del planeta posee el 76% de la riqueza mundial.

La mitad más pobre dispone apenas del 2% del total de la riqueza.

Unos poquitos, siempre tienen más. La mayoría, cada vez cuenta con menos. Aunque no sea un fenómeno nuevo, la desigualdad global continúa acentuándose e invita al estallido social.

De los 7.8 billones de personas que habitan actualmente el planeta, son solo 9 los mega ricos que tienen una riqueza individual superior a los 100 mil millones de dólares, lo que representa, en conjunto, 1.320 mil millones. Otros 62 millones de individuos son los *millonarios*, es decir, cuentan con una fortuna mayor a 1 millón de dólares.

Cien investigadores del mundo entero, coordinados por cuatro “pesos pesados” del análisis macro –Lucas Chancel, Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucma–cruzaron datos, estadísticas y análisis para producir el Informe Sobre Desigualdad Mundial Global 2022, publicado el pasado martes 7 de diciembre (https://wir2022.wid.world/www-site/uploads/2021/12/Summary_WorldInequalityReport2022_Spanish.pdf).

Según dicho informe, las 52 personas más ricas del planeta han visto crecer el valor de su riqueza un 9,2% anual durante los últimos 25 años, en tanto que el club del 1% más rico –aquellos con más de 1,3 millones de dólares de riqueza– ha acaparado más de un tercio de toda la riqueza planetaria desde 1995.

La pandemia, por otra parte, ha jugado y continúa jugando como un disparador de las distancias sociales. Después de más de 18 meses de Covid-19, el mundo está más polarizado que antes en términos de desigualdad de riqueza, declaró Lucas Chancel, codirector del Laboratorio Mundial de la Desigualdad de la Escuela de Economía de París y coordinador del informe. Mientras que la riqueza de los multimillonarios ha aumentado más de 3,6 billones de euros, otros 100 millones de personas han pasado a engrosar las filas de la pobreza extrema a causa de la crisis sanitaria actual.

Información abierta: bien público mundial

Estos investigadores fundamentan la motivación de su trabajo en un nuevo paradigma interpretativo: la información sobre la desigualdad, abierta a la gente, transparente y confiable, constituye un bien público mundial.

Los promotores de esta investigación enfatizan una realidad incontrovertible: “vivimos en un mundo en el que abundan los datos y, sin embargo, carecemos de información básica sobre la desigualdad. Ejemplo de hecho es la paradoja de que, a pesar de que los gobiernos publican anualmente cifras sobre el crecimiento económico, por lo general sus informes no detallan cómo se distribuye ese crecimiento entre la población. En otras palabras: no explican quién gana y quién pierde en este partido. Y definen un concepto de referencia de su trabajo científico “el acceso a dichos datos es fundamental para promover la democracia”. Más allá de los ingresos y la riqueza, también es fundamental “mejorar nuestra capacidad colectiva para medir y monitorear otras dimensiones de las disparidades socioeconómicas, incluidas las temáticas ambientales y de género”, subrayan.

Un planeta cada vez más desigual

El 10% más rico de la población del planeta recibe actualmente el 52% del ingreso mundial, mientras que la mitad más pobre tan solo un 8,5%. En promedio, un individuo que forma parte de ese 10% privilegiado gana 87.200 euros (122.100 dólares) por año, en tanto que otro en la mitad más pobre sólo 2.800 euros (3.920 dólares).

Si las distancias en cuanto a ingresos producen escalofríos, las desigualdades mundiales a nivel de riqueza son, incluso, más pronunciadas. Por ejemplo: la mitad más pobre de la población mundial apenas posee el 2% del total de la riqueza. La otra cara de la misma moneda: el 10% más rico dispone del 76% de toda la riqueza. Lo que significa que la mitad más pobre de la población cuenta con un patrimonio promedio de 2.900 euros (4.100 dólares) por persona, en tanto el 10% más rico acapara, en términos promedio, una riqueza de 550.900 euros (771.300 dólares).

La desigualdad varía significativamente entre la región más igualitaria (Europa) y la más desigual (Medio Oriente y África del Norte). En Europa, el 10% más rico se queda con el 36% de los ingresos, mientras que en la región del Medio Oriente y África del Norte esta cifra alcanza el 58%. Entre estos dos niveles, se constata una diversidad de patrones. Por ejemplo, en el este de Asia, el 10% más rico se apropia del 43% del ingreso total, mientras que en América Latina el sector más rico se queda con el 55% de dicho ingreso.

Algo que también es evidente, según este informe, es que las desigualdades de ingresos y riqueza han ido en aumento en casi todas partes desde la década de 1980, tras una serie de programas de desregulación y liberalización – ajustes neoliberales — que diferentes países adoptaron con diversas modalidades.

Este aumento no ha sido uniforme: en algunos países (incluidos Estados Unidos, Rusia e India) la desigualdad ha experimentado incrementos espectaculares, mientras que en otros (en Europa y China) este aumento fue relativamente menor. Estas diferencias, según los autores del informe, confirman que la desigualdad no es un fatalismo inevitable, sino producto de “una elección política”, una consecuencia del modelo que se aplica.

Por otra parte, y desde una perspectiva histórica, “las desigualdades globales contemporáneas se acercan a los niveles de principios del siglo XX, en la cúspide del imperialismo occidental”, sostiene el estudio coordinado por el joven economista francés Lucas Chancel. De hecho, la proporción de ingresos que capta actualmente la mitad más pobre de la población mundial equivale aproximadamente a la mitad de lo que captaba en 1820, antes de la gran divergencia entre los países occidentales y sus colonias. En otras palabras, escriben los investigadores, “aún queda un largo camino por recorrer para deshacer las desigualdades económicas globales heredadas de la alta desigualdad en la organización de la producción mundial entre mediados del siglo XIX y mediados del XX”.

La “privatización” acelerada de la riqueza

Otra conclusión contundente del Informe Sobre la Desigualdad Mundial Global 2022 es que durante los últimos 40 años las naciones se han vuelto más ricas, mientras que los gobiernos son cada vez más pobres. Para entender esta paradoja es esencial evaluar la brecha entre la riqueza neta de los gobiernos y la del sector privado.

La participación de la riqueza en manos de los actores públicos es cercana a cero o negativa en los países ricos, lo que significa que la totalidad de la riqueza está en manos privadas. Esta tendencia se ha visto magnificada por la crisis del Covid-19, durante la cual los gobiernos han tomado prestado, esencialmente del sector privado, el equivalente al 10-20% del Producto Interno Bruto.

La escasa riqueza actual de los gobiernos tiene importantes implicaciones para las capacidades estatales de abordar la desigualdad en el futuro. Y para hacer frente a los desafíos clave del siglo XXI como, por ejemplo, el cambio climático. Así lo afirma el centenar de economistas que participaron en esta investigación.

Desigualdad ecológica y de género

Las desigualdades mundiales de ingresos y riqueza están estrechamente relacionadas con desigualdades ecológicas y en las contribuciones al cambio climático, sostienen.

En promedio, los seres humanos emiten 6,6 toneladas de dióxido de carbono (CO2) per cápita por año. Sin embargo, el 10% más acaudalado de los emisores es responsable de cerca del 50% de todas las emisiones, mientras que el 50% de los emisores más pobres produce el 12% del total.

Pero no es solo un problema de países ricos contra países pobres, ya que hay altos emisores en países de ingresos bajos y medianos, y bajos emisores en países ricos. Así, por ejemplo, en Europa el 50% más pobre de la población emite alrededor de cinco toneladas al año por persona; en el este de Asia, el 50% equivalente emite alrededor de tres toneladas, y en América del Norte alrededor de 10 toneladas. Esto contrasta marcadamente con las emisiones del 10% más rico en estas regiones (29 toneladas en Europa, 39 en Asia Oriental y 73 en América del Norte).

El informe también revela que la mitad más pobre de la población en los países ricos ya ha alcanzado o está por alcanzar las metas climáticas para 2030 si se tiene en cuenta el criterio de cálculo per cápita. No es el caso de la mitad más pudiente. Las grandes desigualdades en lo que hace a emisiones sugieren que las políticas climáticas deberían apuntar más a los contaminadores ricos. Hasta ahora, las políticas climáticas, como los impuestos al carbono, a menudo han impactado de manera desproporcionada a los grupos de ingresos bajos y medianos, sin modificar los hábitos de consumo de los grupos más poderosos, enfatiza el informe.

A otro nivel, en un mundo que reconoce y afirma la igualdad de género, las mujeres deberían ganar el 50% de todos los ingresos laborales. Pero la realidad es otra: la participación de las mujeres en los ingresos laborales totales se acercó al 30% en 1990 y se sitúa en menos del 35% en la actualidad. Es decir, en 30 años, el progreso a nivel mundial ha sido muy lento.

Redistribuir la riqueza para invertir en el futuro

Chancel, Piketty, Saez, Zucman y el centenar de expertos que investigaron durante los últimos cuatro años no se autocensuran cuando llega el momento de sugerir algunas propuestas viables.

Por ejemplo, abogan por una tasa sobre el patrimonio de los multimillonarios globales. Según sus cálculos, un modesto impuesto progresivo sobre ese gran volumen de concentración de riqueza podría generar ingresos importantes para los gobiernos, lo que les facilitaría una inversión substancial y justa en educación, salud y protección climática.

En 2021, señalan, había en el mundo 62 millones con más de 1 millón de dólares, o su equivalente. Su riqueza promedio era de 2.8 millones de dólares, lo que representa un total de 174 billones. A la luz de estas cifras, un impuesto progresivo sobre semejante patrimonio global, como estos investigadores proponen, generaría un ingreso significativo para las arcas de los Estados con el consiguiente impacto en sus políticas sociales.

Abordar los desafíos del siglo XXI no es factible sin una redistribución de ingresos y riqueza de tal modo que las desigualdades actuales se reduzcan gradualmente. El surgimiento de los Estados modernos de bienestar en el siglo XX, asociado con un significativo progreso en los ámbitos de la salud, la educación y oportunidades para todos, estuvo vinculado con el aumento de tasas impositivas progresivas y pronunciadas. Según el informe, fue este progreso, precisamente, lo que contribuyó fundamentalmente a la aceptación definitiva de una política de expansión fiscal, así como de socialización de la riqueza.

El informe enfatiza que será necesaria una evolución similar para abordar los desafíos del siglo XXI. La evolución del siglo XX de la fiscalidad internacional muestra que, de hecho, es posible avanzar hacia políticas económicas más justas tanto a nivel mundial como nacional. La desigualdad es siempre una opción política, y aprender de las políticas implementadas en otros países o en otros momentos es fundamental para diseñar vías de desarrollo más justas.

En cuanto a la evasión fiscal, el informe aboga por la creación de un registro financiero internacional bajo la égida de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos o de la ONU, lo cual «le permitiría a las autoridades fiscales y reguladoras verificar si los contribuyentes declaran correctamente sus activos e ingresos de capital, independientemente de lo que las instituciones financieras offshore quieran revelar».

Al igual que en el caso de la crisis climática, también en el terreno de las desigualdades mundiales el diagnóstico es contundente. La enfermedad estructural está claramente identificada. Una parte de la sociedad civil internacional, como los autores del informe, optan por proponer soluciones viables. Las condiciones necesarias para una terapia efectiva están prácticamente a la mano. Falta solo voluntad política para revertir el mundo que no queremos.

Publicado enEconomía
'Diego y yo', autorretrato de Frida Kahlo. — Javier Otazu (EFE)

Obras de Basquiat, Rothko, Warhol, Giacometti y otros iconos del arte contemporáneo han alcanzado precios estratosféricos en las grandes subastas. ¿Estamos ante una burbuja? Los expertos analizan los factores que explican las altas cotizaciones.

 

 ¿Es barato un Basquiat por 42,7 millones de dólares cuando los expertos calculaban que podría alcanzar los 80? ¿Y si ese cuadro, The Guilt of Gold Teeth, se había vendido por solo 400.000 dólares en 1998, la penúltima vez que se subastó? ¿Qué decir de In This Case, adjudicado en mayo por 93,1 millones, más económico que el Untitled que costó 110 hace cuatro años? El pintor neoyorquino Jean-Michel Basquiat, fallecido en 1988, y el precio que han alcanzado sus obras son solo un ejemplo para ilustrar las altas cotizaciones que está alcanzando el arte contemporáneo. ¿Podemos hablar de burbuja? ¿Acaso se ha vuelto loco el mercado?

"No hay una burbuja, sino que se trata de un momento muy puntual. No es normal que confluyan dos colecciones importantísimas con nombres tan ilustres, porque estamos hablando de la historia canónica del arte", explica José Luis Guijarro, director del máster en Mercado del Arte y Gestión de Empresas Relacionadas en la Universidad Nebrija. Se refiere a las dos subastas efectuadas por Christie’s y Sotheby’s el pasado noviembre en Nueva York, donde un Rothko fue comprado por 82,5 millones de dólares o, si lo prefieren, por 89,3 millones impuestos incluidos. "Hay artistas que son un valor refugio, porque un Manet siempre será un Manet", añade el fundador de la plataforma 57 org.

"El mercado del arte no está inflado. De hecho, lo veo moderado", asegura Kristian Leahy Brajnovic, director de arte contemporáneo en la casa de subastas Fernando Durán. "El récord de ventas de Christie’s y Sotheby’s no indica una burbuja, porque las ventas ya iban bien en los últimos años, aunque en noviembre Sotheby’s ha ganado la partida a su rival en esa competencia feroz", comenta el doctor en Historia del Arte, quien matiza que los precios estratosféricos de los cuadros responden a que eran piezas únicas e históricas, es decir, obras maestras por las que se paga una millonada. "Han tenido la suerte de conseguir unas colecciones gracias a un divorcio y a un fallecimiento".

Esa es una de las claves que señalan varios expertos para justificar las cotizaciones. De repente, Christie’s subasta la colección del empresario texano Ed Cox, fallecido en 2020 y Sotheby’s, la del magnate inmobiliario Harry Macklowe, divorciado poco antes. La primera asciende a 332 millones de dólares; la segunda, a 676, la mayor venta de la historia a cargo de un solo propietario, según Sotheby’s, que ahora solo ha vendido 35 obras y se ha reservado otra treintena para mayo. Las mareantes cifras de noviembre tampoco indicarían un boom pospandémico, sino que se deben a que las grandes subastas se celebran en primavera y en otoño.

"Las casas de subastas son muy inteligentes porque saben qué, cuándo y cómo vender. Es el evento del año en Nueva York y crean expectación para que se genere mucho interés", explica Guijarro, quien justifica los altos precios porque son obras de una calidad excepcional cuya subasta ha coincidido en el tiempo. "Generan operaciones de marketing brutales, como la venta de Salvator Mundi, de Leonardo da Vinci, cuya campaña fue una auténtica obra de arte". El fundador de 57 org se refiere a la presencia del actor Leonardo DiCaprio, quien en noviembre de 2017 fue fotografiado cuando miraba extasiado el cuadro en el Rockefeller Center de Nueva York. Perteneciente al magnate ruso Dmitry Rybolovlev, Christie’s lo subastó por 450 millones de dólares, batiendo un récord histórico.

Estimaciones y precios finales

Entre las ventas recientes de la colección Cox efectuadas por Christie’s en la Gran Manzana, cuatro cuadros de Van Gogh por 161 millones de dólares, entre ellos Jeune homme au bleuet por 46,7 millones, seis veces más de lo calculado por los expertos, o Cabanes de bois parmi les oliviers et cyprès, que no había salido a subasta desde 1923 y fue comprado por 71,3 millones, unos 31 más de los estimados por la firma; ocho Picassos por 92 millones; el Jean-Michel Basquiat de Andy Warhol por 40 millones, el doble de lo esperado; o el Jeune homme à sa fenêtre de Gustave Caillebotte por 53 millones, en manos del Museo Getty de Los Ángeles, que revalorizó con su adquisición la obra del impresionista francés, cuyo tope era 22 millones.

"Nuestras ventas nocturnas del siglo XX y XXI, que tienen lugar en mayo y noviembre de cada año en Nueva York, son momentos clave del mercado de subastas y están pensadas para tener un impacto duradero", afirma María García Yelo, delegada de Christie's en España, quien detalla que se vendieron las 23 obras de la colección Cox por 330 millones de dólares. "Participaron pujadores procedentes de 27 países, con un 52% de los lotes vendidos a América, un 35% a Europa y un 13% a Asia", añade García Yelo, cuya casa ya había subastado colecciones de la familia Rothschild, Peggy y David Rockefeller o Yves Saint-Laurent.

"Los coleccionistas compran con mucho criterio piezas que valen la pena", asegura Kristian Leahy Brajnovic, quien ve el arte más como un valor refugio que como un activo especulativo. "No quieren perder dinero, pero sí disfrutar viendo los cuadros colgados en sus casas. Con Basquiat, Rothko o Pollock no hay especulación y Monet o Picasso son valores seguros, porque nunca van a bajar de precio. En todo caso, veo una gran burbuja en los NFT (obras digitales únicas), porque se pagan millones por artistas desconocidos; y también especulación en las obras de jóvenes artistas estadounidenses que van de los 100.000 dólares al millón, porque hay quien invierte en ellos para ver si sube su cotización y pueden ganar dinero", reflexiona el director de arte contemporáneo en la casa de subastas Fernando Durán.

El artista digital Beeple, por ejemplo, vendió Human One por 29 millones de dólares en la subasta de Christie’s, pese a que su precio estimado inicialmente era de unos 15 millones. La misma casa ya había subastado en marzo Everydays - The First 5000 Days por 69 millones, convirtiéndose en la obra digital más cara de todos los tiempos. Pero esta, la de los NFT, es otra historia, pues aquí hablamos de arte tangible. En ese sentido, "especula quien no sabe", opina Guijarro. "Los entendedores compran un Picasso o un Giacometti porque son conscientes de que no fallan".

Frida Kahlo supera a Diego Rivera

Sotheby’s también llevó a cabo su gran subasta a mediados de noviembre. El cuadro de Mark Rothko Nº 7 se vendió por 82,5 millones de dólares después de una disputa entre varios pujadores asiáticos. El empresario Eduardo Constantini, presidente del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), se llevó por 34,9 millones Diego y yo, de Frida Kahlo, quien desplazaba así a Diego Rivera como el artista latinoamericano más cotizado. Nine Marilyns y Sixteen Jackies, de Andy Warhol, se subastaron por 48,5 y 33,8 millones, respectivamente. Number 17, de Jackson Pollock, alcanzó los 61 millones. Y la escultura Le nez, de Alberto Giacometti, fue comprada por 78,4 millones por Justin Sun, empresario chino-estadounidense fundador de la plataforma de criptomonedas TRON.

Los compradores asiáticos han irrumpido en el mercado. Algunos son anónimos y otros, conocidos millonarios como el japonés Yusaku Maezawa, el propietario del Basquiat de 110 millones. Hong Kong se ha convertido en una plaza importante donde se compra y se vende más allá de Londres o Nueva York. Y China, además de adquirir, también exporta la obra de artistas locales. "Se han sumado a los coleccionistas de siempre, porque los chinos tienen que llenar sus museos con el arte de mejor calidad y van por las firmas que ocupan los titulares. Y luego está el nuevo dinero, procedente de la bolsa o de las criptomonedas, representado en un 20 o 30% de nuevos compradores, lo que es muy significativo", apunta Guijarro. "Estas obras son trofeos para un asiático o para un ruso, porque además de simbólicas también pueden ser destinadas a la reventa".

Aurora Zubillaga, directora de Sotheby's en Madrid, detalla que un tercio de los compradores de la colección Macklowe procedían de Asia, otro de América y otro de Europa. El porcentaje es similar entre los que participaron en la subasta nocturna The Now, con obras de artistas emergentes, que se vendieron a precios superiores a los esperados. ¿Cómo Night Crossing, de Matthew Wong, con un precio estimado entre 1 y 1,5 millones, llega a venderse por 4,8? Sorprende todavía más el caso de Lisa Brice, pues No Bare Back, after Embah, que podría costar según los expertos entre 200.000 y 300.000 dólares, alcanzó los 3,1 millones.

Zubillaga explica que en el mercado primario —es decir, en galerías— hay listas de espera para hacerse con una pieza de uno de estos artistas jóvenes, por lo que resultan muy jugosas cuando salen a subasta a un precio "apetecible", aunque luego también entra en juego "el furor psicológico de la puja". La justificación de que su precio se multiplique por cuatro, cinco o diez es, a su juicio, sencilla: "No hay más obra de ellos en el mercado y es muy difícil encontrarla". La directora de Sotheby's en Madrid asegura que para el artista joven también hay mucho comprador joven. "Los menores de cuarenta años que adquieren ese arte se han duplicado en el último año".

Hong Kong y China

Algunos de estos datos se reflejan en el informe de Artprice de 2020-21, que cifra la pujanza de China, Hong Kong y Taiwán, que registraron un 40% de la facturación mundial de arte contemporáneo, por delante de Estados Unidos (32%) y Reino Unido (16%). En concreto, Hong Kong registró un aumento de la facturación del 277%, superando a Londres como segundo centro de compra y venta, y sumando —junto a Nueva York, todavía a la cabeza—, el 60% de la facturación mundial. Pekín no se queda atrás, con una subida del 161%, si bien el importe es inferior.

A nivel global, el período que va del 1 de julio de 2020 al 30 de junio de 2021 fue el mejor año —tanto en lotes vendidos (102.000 obras) como en facturación (2.700 millones, un 117% más que en 2019-20)— de la historia de las subastas de arte contemporáneo, que comprende a los artistas nacidos después de 1945, un 23% de todo el mercado. En cuanto a las casas de subastas, Christie's (32%), Sotheby's (26%) y Phillips (10%) representaron dos tercios de la facturación mundial, según el informe de Artprice. Y, entre los nombres propios, Banksy, Amy Sherald, Amoako Boafo y Beeple, un desconocido en las pujas tradicionales hasta que alguien pagó 69 millones por Everydays - The First 5000 Days, cuyo precio de salida fue de 100 dólares.

"Hay mucha liquidez en el mundo y la pandemia ha sido un factor psicológico, pues los coleccionistas quieren volver a la normalidad y tienen muchas ganas de adquirir arte. Después de meses complicados en los que no pudieron hacerlo, se han lanzado ante una oportunidad así", explica Aurora Zubillaga respecto a la subasta de los tesoros de Macklowe en Sotheby’s de Nueva York. "No hay un efecto burbuja, sino una reacción del mercado para adquirir lo mejor, porque en los próximos cincuenta años no saldrá una colección comparable", presume la responsable de la casa en Madrid. Frida Kahlo, Pollock, Rothko, Warhol, Giacometti o Cy Twombly, pero también otras "maravillas" del impresionismo y el arte contemporáneo, recuerda Zubillaga, quien insiste en que el aumento de las cotizaciones responde a varias causas, si bien la principal es que la colección Macklowe es "única", de "categoría museística" y representa "lo mejor de cada artista".

Pone como ejemplo la escultura de Giacometti (Le nez, 78,4 millones): "Hay esa y nunca más, porque en cuanto entra en una colección particular ya no se puede adquirir". También a Frida Kahlo (Diego y yo, 34,9 millones): "Un cuadro único; lo compras ahora o luego ya no será posible". Ese es otro atractivo para los coleccionistas, su escasez, sobre todo si el artista ha fallecido. Pensemos en Basquiat y su In This Case, que en 2002 fue valorado en un millón de dólares y ahora vendido por 93. O en el caso de la pintora mexicana, cuyos cuadros son considerados patrimonio nacional y no se pueden vender en el exterior, lo que hace que haya muy pocos al alcance de los coleccionistas.

"Su autorretrato es una obra maestra", afirma Kristian Leahy Brajnovic, quien destaca los récords alcanzados por algunas mujeres artistas, tras "la dejadez que ha habido hasta hace pocos años por el arte femenino". Así, valora Mujeres de la abstracción, en el Guggenheim de Bilbao, como "una exposición maravillosa de mujeres que reinterpreta el arte contemporáneo abstracto gracias a las pioneras del género, como Georgiana Houghton, autora de la primera acuarela abstracta de la historia, antes que Kandinsky". El director de arte contemporáneo en la casa de subastas Fernando Durán cree que ahora muchas de ellas ocupan el espacio que se merecen: "Siempre fueron buenísimas, pero debido a que los hombres dominaban la historia del arte estuvieron en un segundo lugar hasta ahora".

Tendencias en las compras

Jóvenes compradores y una mayor presencia asiática, aunque también un aumento desatado de las ventas online, que precisamente han rejuvenecido la edad de los coleccionistas, muchos de ellos nuevos. Aurora Zubillaga, directora de Sotheby's en Madrid, reconoce que han aumentado "muchísimo" y cifra en un 50% el aumento de la actividad antes de la subasta de Macklowe, todavía mayor en los artículos de lujo: joyas, bolsos o unas zapatillas Nike de Michael Jordan vendidas por casi 1,5 millones de dólares. Una tendencia a la que habría que sumar las subastas globales, como la de Sotheby’s en Londres, Hong Kong y Nueva York, con obras de Francis Bacon o Jean-Michel Basquiat; o como la de Christie’s en Hong Kong, París, Londres y Nueva York, con obras de Picasso o Roy Lichtenstein.

Y, claro, la pujanza de Asia, como explica María García Yelo, delegada de Christie's en España: "Hemos visto, en los primeros seis meses del año, una participación récord de los compradores asiáticos, que contribuyeron con el 39% del valor de las ventas de subastas de Christie's en todo el mundo. Pero los nuevos compradores que hemos tenido hasta la fecha proceden en primer lugar de EMEA (39%), en segundo lugar de América (33%) y en tercer lugar de APAC (29%)". Respecto a las ventas en subasta, sin incluir el comercio electrónico ni las ventas privadas, en los seis primeros meses de este año García Yelo ofrece estas cifras: EMEA (Reino Unido + Ginebra + Francia), 848 millones de dólares; América, 1.100 millones; y Asia-Pacífico (Hong Kong), 496,6 millones".

Kristian Leahy Brajnovic cree que varios factores, incluido el ahorro durante la pandemia, han animado a comprar. La adquisición y reforma de viviendas, añade, han fomentado las ventas de arte, antigüedades y muebles decorativos en Fernando Durán, algo que considera muy positivo para el arte español, aunque matiza la impresión que han causado las cifras en Londres o Nueva York. "Un Rothko en Sotheby's casi bate el récord, pero no lo ha superado, por lo que indica su moderación, igual que sucedió con el Basquiat. Los coleccionistas no se han vuelto locos y no veo ningún peligro al respecto", concluye el doctor en doctor en Historia del Arte.

Sin embargo, Femme assise près d’une fenêtre (Marie-Thérèse), un retrato de la amante de Picasso, salió con un precio inicial de 55 millones en una subasta celebrada en mayo en Christie’s de Nueva York. En diecinueve minutos de puja entre dos compradores que comunicaban sus ofertas por teléfono a través de representantes, alcanzó los 103,4 millones. La obra que más sorprendió, no obstante, fue Toweling Off, del estadounidense Wayne Thiebaud. Rozó los 8,5 millones de dólares, cuadruplicando los 1,8 millones de precio máximo que habían estimado los expertos de Christie's.

¿Burbuja y especulación?

"Cuando hay una burbuja, se vende todo, tanto los cuadros caros como los baratos. Y no es el caso, por lo que mi intuición me dice que no estamos ante otra. Es más, las galerías más locales, sin mercado internacional, están sufriendo mucho", asegura el consultor cultural Llucià Homs, quien ve al mercado "robusto" tras el "descalabro" durante la pandemia. Lo confirman las citadas subastas de guante blanco, donde se vendieron todos los lotes, porque los inversores consideraron que eran un negocio sólido, explica este analista del mercado del arte. Ahora bien, le quita importancia a los precios alcanzados en las pujas de noviembre, porque las casas de subasta se guardan para otoño —y también para primavera— las mejores piezas. Algo determinado, a su juicio, por un mercado estacional, no porque de repente el mercado se haya inflado.

¿Y hay especulación? "Siempre la ha habido, pero también en otros sectores. La especulación es intrínseca al mercado, no solo al del arte", zanja Homs, quien cree que cada vez es más transparente y que "todo influye" en las cotizaciones. Desde la evolución de la economía hasta el aumento de la tasa de ahorro, pasando por el valor refugio o la pujanza de Asia, "un mercado en alza de compradores y de artistas, quienes se han revalorizado y ya venden en todo el mundo". No solo depende, añade, de que la economía vaya bien.

Las grandes obras, concluye Llucià Homs, determinan quiénes son los artistas más valorados en las subastas: "Muchos aumentan su cotización, como Basquiat, pero en cambio Julian Schnabel ha bajado. Por desgracia, las noticias se limitan a hablar de los precios altos: que si un Calder cuesta tanto, que si un Kahlo bate un récord… Sin embargo, habría que ver las piezas que han bajado desde los años noventa, porque el mercado evoluciona con el tiempo y hay artistas que suben mientras otros bajan. Es un sector muy cruel".

30/11/2021 21:43

Publicado enCultura
Viernes, 05 Noviembre 2021 06:19

Nuestra América, la más desigual

Nuestra América, la más desigual

La pobreza no se resuelve con políticas asistencialistas y focalizadas, no es un asunto de subsidios puntuales al mejor estilo neoliberal: se trata de un asunto de justicia en la repartición de la producción en el propio proceso social del trabajo.

 

Dicen algunos que el socialismo es un fracaso, que genera hambre y miseria. En contraposición, y como parte del discurso hegemónico que ha logrado calar en el imaginario de miles de millones de personas, afirman que el capitalismo es el modelo a seguir. Según ellos, este último es exitoso.

Los hechos y los números muestran todo lo contrario, más del 95% de los países a nivel mundial son capitalistas, y sin embargo, la humanidad está plagada de hambre, pobreza y miseria a pesar de todo lo que se ha producido: desde 1800 hasta 2016, la producción mundial per cápita aumentó 1.234% (Maddison Project Database 2020), es decir, estos últimos dos siglos de capitalismo la producción aumentó en mayor proporción que la población, pero 2.300 millones de personas pasan hambre diariamente y 6 millones mueren todos los años por no tener qué comer. Quienes se encuentran mayoritariamente en estas condiciones son los de la clase trabajadora, los asalariados. ¿Y es que acaso no ha sido la clase obrera la que agregó valor y aumentó la producción con su fuerza de trabajo?

La causa principal y determinante de la pobreza en este mundo es la desigualdad, no es, como algunos dicen, porque se produce poco, mucho menos está asociada al discurso manipulador y malintencionado en el que se afirma que el pobre es pobre porque no es productivo, o porque es flojo, vago y de paso despilfarrador. El problema radica en la manera desigual cómo se ha distribuido dicha producción, la cual, en capitalismo, se concentra en pocas manos (la clase burguesa dueña del capital) dejando migajas para que sean repartidas entre las grandes mayorías (la clase obrera, dueña de la fuerza de trabajo y verdaderos productores). Según OXFAM, en 2018, el 1% de la población mundial se apropió del 80% de todo lo que se produjo, y el 20% restante fue lo que se repartió entre el 99% de la población.

En Nuestra América, a excepción de Cuba, todos los países son capitalistas, hay hambre y hay miseria, somos la región con mayor pobreza y la más desigual del mundo. En 2016, Alicia Bárcenas, secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), dijo: “América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo. En 2014, el 10% más rico de la población de América Latina había amasado el 71% de la riqueza de la región. Según los cálculos de Oxfam, si esta tendencia continuara, dentro de solo seis años el 1% más rico de la región tendría más riqueza que el 99% restante”.

En pandemia, los pronósticos se quedaron cortos: en 2020, el número de multimillonarios en la región subió 41%, de 76 multimillonarios (personas con patrimonio superior a US$ 1.000 millones) pasaron a 107, y su fortuna acumulada aumentó 61%, pasó de US$284.000 millones a US$480.000 millones en un año. Los países con más multimillonarios son: Brasil (66), México (14), Chile (9), Perú (6), Colombia (5), Argentina (5) (BBC News Mundo, julio 2021).

Conocer dónde y cómo se originan estas desigualdades es fundamental. La distribución de lo producido se concreta en el propio proceso social de producción, es en ese momento en el que dicha producción se distribuye entre los trabajadores y los dueños del capital. El que se destine más o menos a cada uno depende del nivel de salario, si este es mayor, la ganancia será menor y viceversa. Esta distribución la miden y publican todos los países del mundo siguiendo los manuales del FMI, se conoce como distribución factorial del ingreso, y para ello usan dos categorías: 1) remuneración de los asalariados y 2) excedente bruto de explotación (así mismo como lo están leyendo, el mencionado organismo, que no es marxista, se refiere a la ganancia calificándola de explotación). Por lo tanto, dada una producción, en la medida en que la remuneración a los asalariados es menor, la explotación (o ganancia) será mayor.

En América Latina y el Caribe la producción se ha distribuido en promedio de la siguiente manera: por cada 100 dólares que se producen, 37 corresponden a la remuneración de los asalariados y 52 han ido a parar al excedente bruto de explotación, la diferencia, 11 dólares, se destina a impuestos y consumo de capital (Alarco Germán, “Ciclos distributivos y crecimiento económico en América Latina. 1950-2014”). Con el agravante de que, en promedio, por cada capitalista hay, por lo menos, 10 asalariados, por lo tanto, esos 37 dólares de salarios, a su vez, debían repartirse entre 10 veces más personas que los 52 de ganancia.

A mayor desigualdad, más pobreza, más hambre y más miseria

Según la CEPAL, en 2020, de cada 100 habitantes de América latina y el Caribe, 34 se encontraban en pobreza, es decir, sus ingresos (en su gran mayoría provenientes del salario) no cubrían la canasta básica. De esos 34 habitantes, 13 se encontraban en pobreza extrema, es decir, no solo no podían cubrir la canasta básica, sino que ni siquiera les alcanzó para la canasta alimentaria. Estamos hablando de 209 millones de personas pobres en 2020 (22 millones más que el 2019) y 78 millones en situación de pobreza extrema (8 millones más que en 2019).

El hambre es una manifestación de la pobreza, como lo es la indigencia o la mortalidad por causas prevenibles o el analfabetismo o el hacinamiento. De acuerdo con datos de la CEPAL, en 2020, la inseguridad alimentaria (grave y moderada) alcanzó el 40% de la población de Nuestra América, es decir, 249 millones de personas no tuvieron acceso regular y suficiente a alimentos (en 2019 la inseguridad alimentaria fue 33,8%). Simultáneamente, en este sistema capitalista que predomina en nuestra región, se desechan (se botan al basurero) 220 millones de toneladas de alimentos al año, el 11,6% de los alimentos que se producen, lo que equivale a US$ 150.000 millones (FAO, “El Estado de la Alimentación y la Agricultura de 2019”).

Mientras tanto, en 2020, la riqueza de los multimillonarios de la región aumentó 61%, en un escenario en el que, de paso, la producción cayó 6,8%. Entonces, si la torta a repartir es menor porque se produjo menos y los ricos se hicieron más ricos y los pobres se hicieron más pobres, es porque dicha torta se repartió de manera mucho más desigual que antes: lo que se destinó a salarios, en proporción fue mucho menor y lo que se destinó a la explotación/ganancia (parafraseando al FMI) fue mucho mayor. ¿Es o no la pobreza y sus manifestaciones (hambre y miseria) una consecuencia de la desigualdad de la distribución de lo que se produce? 

Disminuir la pobreza es una bandera de lucha importante, por supuesto que lo es, así como lo es la lucha contra el hambre y la miseria, pero este problema no se resuelve con políticas asistencialistas y focalizadas hacia los pobres extremos, no es un asunto de subsidios puntuales o bolsas de comida al mejor estilo neoliberal, el problema va más allá, es un asunto de justicia en la repartición de la producción en el propio proceso social del trabajo, lo cual pasa por disminuir la brecha entre el salario y la explotación/ganancia, que solo es posible (en el marco de la propiedad privada de los medios de producción) mediante mayores niveles de salario para impedir que, el burgués, se apropie indebidamente del valor de la fuerza de trabajo del obrero que es quien, al final, agrega valor a la economía, o sea el que produce.

05/11/2021

Publicado enEconomía
Viernes, 22 Octubre 2021 05:53

Preocupación común

Xi Jinping, presidente de China

Mientras Estados Unidos y China se enfrentan por gran cantidad de temas, desde el comercio internacional hasta las islas del mar del Sur de China, en la interna ambos países intentan reducir la desigualdad de ingresos. 

La similitud de los objetivos y en algunos casos, incluso, de las políticas adoptadas es producto de las similitudes en la evolución de la desigualdad de las últimas décadas y del mayor consenso social actual con respecto a que hay que hacer algo para frenarla.

En el momento en que se introdujo el sistema de responsabilidad (privatización de la tierra), en 1978, y se hicieron las primeras reformas de mercado, la desigualdad de ingresos en China se encontraba en un nivel extremadamente bajo, estimado en 0,28 puntos del índice de Gini; hoy está en 0,47, un nivel casi latinoamericano. La desigualdad de ingresos en Estados Unidos, usando la misma métrica, era de 0,35 cuando Ronald Reagan llegó al poder; hoy es de 0,42. El aumento de la desigualdad en China, impulsado por el notable cambio estructural (movimiento de la agricultura a la industria y luego a los servicios) y la urbanización, ha sido más dramático que el estadounidense. Solía estar «oculto» por el hecho de que, al mismo tiempo, los ingresos chinos, en general, habían aumentado enormemente y, por ende, la torta había crecido tanto que, aunque los pedazos se distribuían más desigualmente, casi todos los ingresos reales se elevaban.

En la última década, quedó claro que tanto en China como en Estados Unidos la desigualdad debía controlarse y, si era posible, revertirse. El proceso estadounidense es bien conocido: se remonta a, por lo menos, el Occupy Wall Street, cuyo décimo aniversario se celebró el mes pasado. La situación china es menos conocida. La alta desigualdad ha dado lugar a muchas protestas. En 2019 (año al que corresponden las últimas mediciones disponibles), el recuento oficial era de 300 mil casos de «alteración del orden en lugares públicos», la mayoría de ellos por motivos económicos o sociales (Anuario estadístico de China 2020, cuadro 24.4). La causa inmediata de muchas protestas tiene que ver con las expropiaciones que enriquecieron a los propietarios de empresas constructoras y alimentaron la malversación de fondos por parte de funcionarios locales, al tiempo que desposeyeron de sus tierras a los agricultores. La brecha de ingresos urbano-rural, estimada oficialmente en casi dos a uno, está entre las más altas del mundo (calculada a partir de encuestas en hogares urbanos y rurales). La brecha regional entre las ciudades y las provincias prósperas del este, y las zonas occidentales y centrales de China amenaza la unidad del país. En las grandes ciudades, una vivienda digna se ha vuelto algo prácticamente inasequible para las familias jóvenes. Esto ha contribuido a la caída de la tasa de natalidad y ha acelerado los problemas demográficos de China (el envejecimiento y, por lo tanto, la disminución de la proporción de la población en edad de trabajar).

Los líderes chinos, de cierta manera en sintonía con los críticos sociales estadounidenses y los participantes del Foro de Davos, han lamentado estas desigualdades durante años, pero no han hecho casi nada para revertirlas. Ese estado de cosas está ahora en proceso de cambio. Las decisiones anteriores de aumentar las inversiones estatales en las regiones central y occidental, extender la red de ferrocarriles rápidos por todo el país y otorgar autoridad a las provincias sobre la implementación del sistema hukou (permiso de residencia) –incluso con el derecho de abolirlo por completo– pueden ser vistas como un intento de reducir la desigualdad en toda China, al reducir la disparidad de ingresos entre las provincias, facilitar el movimiento de la mano de obra entre las áreas rurales y urbanas, y reducir, así, la desigualdad entre ambas.

Las últimas medidas del gobierno chino muestran una conciencia incluso mayor de lo que debe hacerse para detener el aumento de la desigualdad. Se parecen, en algunos aspectos, a medidas que Estados Unidos podría estar por aprobar en los próximos años. El esfuerzo concertado para tomar medidas enérgicas contra las plataformas y las empresas digitales y aumentar su regulación es similar a las demandas antimonopolio presentadas en Estados Unidos contra Google y Facebook. Debido a sus muchos contrapesos y al poder del lobby de los gigantes tecnológicos, el sistema estadounidense se mueve mucho más lento que el chino, pero el objetivo de poner un límite a los sectores que son monopolios naturales y han adquirido un enorme poder económico y político es común a ambos países. Las decisiones de Xi Jinping a menudo se interpretan casi únicamente en términos de disputa política. Si bien tal elemento existe, frenar el poder de los monopolios tiene sus propias motivaciones económicas (eficiencia) y sociales (igualdad).

La educación, tanto en Estados Unidos como en China, se ha vuelto extremadamente competitiva y, en sus mejores niveles, es accesible solo para una pequeña minoría. La transmisión de privilegios familiares a través del sistema educativo es algo ampliamente documentado en Estados Unidos. Un trabajo reciente de los economistas Roy van der Weide y Amber Narayan muestra que la movilidad social en China es tan baja como en Estados Unidos. La reciente decisión de Xi de prohibir las empresas de enseñanza particular con fines de lucro es un intento de democratizar el acceso a la educación superior y reducir los privilegios de las familias ricas. Se puede cuestionar si la medida tendrá éxito. La desigualdad subyacente y la competitividad educativa no se verán afectadas, ya que los padres ricos aún pueden pagar por tutorías individuales. Sin embargo, la intención de la medida va en la dirección correcta. También Joe Biden ha hablado en los últimos tiempos sobre la revitalización del sistema de educación pública, que fue la columna vertebral de la prosperidad de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, pero que desde entonces se ha deteriorado.

La «prosperidad común», el nuevo eslógan del gobierno chino, apunta a promover políticas que corrijan las desigualdades acumuladas durante los últimos 40 años –algunas de ellas, quizás inevitables en el proceso de transformación del país–, poniendo el énfasis ya no en una búsqueda a toda costa de altas tasas de crecimiento, sino en una sociedad más equitativa. No es muy diferente de lo que en Estados Unidos el ala izquierda y una parte del establishment del Partido Demócrata han defendido en los últimos tiempos: el fin del neoliberalismo que ha regido las políticas económicas de todos los gobiernos estadounidenses desde principios de la década del 80. Si este «giro a favor de la igualdad» tiene, finalmente, lugar en ambos países, las medidas que hemos visto hasta ahora son solo un preámbulo. La larga era que comenzó con Deng Xiaoping en China y Reagan en Estados Unidos podría estar llegando a su fin.

*   Branko Milanovic es profesor distinguido visitante en la Graduate Center City University de Nueva York y académico sénior en el Stone Center for Socio-Economic Inequality. Economista líder en el Departamento de Investigación del Banco Mundial durante casi 20 años, es autor de varios libros sobre desarrollo y desigualdad, como Desigualdad mundial. Un nuevo enfoque para la era de la globalización (2016) y Capitalismo, nada más: El futuro del sistema que domina el mundo (2019).

Por Branko Milanovic
21 octubre, 2021

(Tomado del blog del autor. Traducción de Brecha.)

Publicado enInternacional
Página 1 de 18