Sábado, 30 Julio 2022 06:37

Engordar con el hambre

Engordar con el hambre

Persiste la ola de incremento de precios de los alimentos, aumentando las hambrunas. Aunque mediáticamente se insiste en el efecto de la guerra en Ucrania, esto es apenas una parte menor del problema. Ciertamente, los dos años pasados en pandemia son un factor de peso. No obstante, ninguno de éstos son la causa principal de la crisis alimentaria. El factor fundamental es que la cadena agroindustrial de alimentos –que provee gran parte de lo que se vende en supermercados y ventas al menudeo– está fuertemente dominada por unas cuantas trasnacionales, cuyo interés es la ganancia, no la alimentación.

De semillas a supermercados, pasando por el comercio de cereales y el procesamiento de alimentos y bebidas, de cuatro a 10 empresas controlan la mayoría del mercado global en cada eslabón de la cadena. A esto se suma la irrupción en el mercado agro-alimentario de las mayores empresas tecnológicas y las gestoras de inversión.

Como analiza Grain, enfrentamos una crisis de precios, no de escasez de alimentos. Principalmente debida a la especulación financiera de los que controlan la cadena alimentaria industrial, no por falta de producción ni de existencias (Grain, julio 2022, https://tinyurl.com/2f7dtxzt).

En su índice de precios globales, la FAO señala que los precios de los alimentos están en el punto más alto (170 puntos) desde 1990, cuando comenzaron esta estadística. En 2022 el aumento superó incluso el punto más alto de la crisis alimentaria de 2007-2008.

No obstante, señala Grain, las gráficas de la FAO muestran que la producción y las existencias de alimentos almacenados se han mantenido estables, con ligeros aumentos desde 1990, mientras los precios se dispararon a porcentajes absurdamente altos, desvinculados totalmente de la producción y existencias.

Esto es cierto también para el trigo, uno de los cereales que se nombran como crucialmente afectados por la guerra en Ucrania. Aún al día de hoy no faltan existencias, pese a que las poblaciones más pobres en los países que dependen en alto grado de las importaciones de Ucrania y Rusia sufren un fuerte impacto. Esto debido a que las empresas que controlan el comercio de trigo del resto del mundo –cerca del 80 por ciento de las exportaciones de ese cereal– han aumentado oportunistamente los precios, lo cual impacta sobre todo en los más pobres de zonas urbanas, que usan hasta 60 por ciento de sus ingresos en comprar alimentos.

Un reciente informe de Oxfam, muestra que la escalada de aumento de precios de los alimentos coincide con ganancias extraordinariamente elevadas de las mayores empresas del sector de alimentos y de sus dueños. Junto a las empresas tecnológicas, las de energía y las farmacéuticas, estos cuatro son los sectores que más han lucrado durante los años de la pandemia de covid-19 (Oxfam, mayo 2022, Beneficiarse del sufrimiento https://tinyurl.com/mrn4za88).

Reportan que la riqueza conjunta de los mil millonarios del sector alimentario y agroindustrial se incrementó en 45 por ciento en los pasados dos años. Además, 62 accionistas del sector se agregaron al grupo de personas mil millonarias en el mundo.

Cargill, la mayor empresa global de comercio de granos y la tercera más grande en cría industrial de animales, obtuvo en 2021 ingresos netos por 5 mil millones de dólares, la mayor ganancia neta de toda su historia. Se prevé que volverá a obtener ganancias récord en 2022. Louis Dreyfus (LDC), también entre las siete mayores globales del comercio de granos, aumentó sus ganancias 82 por ciento en 2021.

Walmart, la mayor empresa del mundo en ventas y el mayor supermercado a nivel global también reportó ganancias extraordinarias en 2021. La familia Walton, principal accionista de la empresa, aumentó su fortuna en 8 mil 800 millones de dólares desde 2020, un ritmo de 503 mil dólares por hora estimó Oxfam.

Por su parte, la trasnacional Nestlé, la mayor empresa global en procesamiento de alimentos, ganó más de 16 mil millones de dólares, por lo que sus ganancias netas en 2021 fueron 38.2 por ciento mayores que el año anterior (https://tinyurl.com/3bzfdd9u). Apoyar a este gigante de la mala comida, como hizo el presidente de México, aumenta su plataforma para obtener estas ganancias demenciales, mientras somete a pésimas condiciones a las y los productores campesinos (Luis Hernández Navarro, 19/7/22 https://tinyurl.com/36jewzyf).

El sistema alimentario agroindustrial controlado por oligopolios trasnacionales es la principal causa estructural de las crisis alimentarias, de las hambrunas y también de la crisis de debilidad inmunológica debido a la proliferación de comida chatarra y comida de baja calidad nutricional.

Salir de la espiral viciosa de crisis alimentarias y de salud, así como de la dependencia de las corporaciones trasnacionales, es urgente, viable y posible. Requiere construir soberanía alimentaria, no como aislamiento ni cierre de fronteras, sino como plantea La Vía Campesina, con reconocimiento a los derechos y apoyo real y en sus términos a la producción campesina, sostenible, agroecológica, a mercados locales y nacionales, en sistemas solidarios y responsables socialmente, que impidan el control y la especulación de las corporaciones en algo tan vital como la comida de todas y todos.

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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Fuentes: Rebelión - Imagen: "City Building" (1930-31), Thomas Hart Benton.

El gran quiebre del siglo XXI

¿Dónde se demuestra que la prosperidad procede de la riqueza acumulada de los ricos? ¿Por qué no ver que el desarrollo y la riqueza son productos de la humanidad, sobre la experiencia y el conocimiento acumulado de la milenaria historia humana?

El profesor Walter Scheidel, en su libro The Great Leveler mostró, de forma más que convincente, que desde la prehistoria hasta nuestros días todos los sistemas socioeconómicos que conoció la humanidad tendieron a la desigualdad y terminaron en catástrofes globales. Lo primero es bastante obvio y lo estamos viendo hoy en día: aquellos que tienen poder financiero y económico tienen poder político inflamado, lo que lleva a un efecto bola de nieve. Los ricos y sus corporaciones son los grandes donantes de los partidos políticos y luego escriben las leyes a su conveniencia. En 1971, un clásico de los comics políticos, The Wizard of Id  lo resumió de forma insuperable: “La regla de oro consiste en que quien tiene el oro hace las reglas”. 

En 2013, el filósofo francés Thomas Piketty escribió su aclamado libro El Capital en el siglo XXI donde expresó que, en gran medida, el crecimiento de la desigualdad se debe a que la riqueza de los ricos (basado en acciones y propiedades) creció más rápido que la economía y los ingresos del resto, es decir, más rápido que los salarios de quienes luchan por sobrevivir. 

Pero la desigualdad no es solo económica; también es racial, sexual, religiosa, ideológica y cultural. Desde generaciones, las sociedades han debatido sobre el significado de desigualdadsocial y si esto es bueno o malo. Una de las hipótesis conservadoras (ya que nunca alcanzaron categoría de teorías) radicó en justificar la desigualdad como una consecuencianatural de la prosperidad.  En una tribu o en la Antigüedad las diferencias nunca fueron tan grandes como en nuestras (orgullosas) sociedades actuales. De ahí se impuso la idea de que (1) la prosperidad procede de la inequidad o (2) la inequidad es una consecuencia necesaria e inevitable de la prosperidad. “Nunca antes los pobres fueron menos pobres que hoy”, y todo eso hay que agradecérselo al capitalismo y a los ricos. 

Esta demostración de ignorancia radical es la bandera de libertarios y neoliberales, misioneros contra la intervención de los gobiernos (de sus regulaciones y sus impuestos) en la vida social y económica de los pueblos. Irónicamente, tienen a EEUU como modelo ideológico, cuya prosperidad, como la europea, fue construida en base a la esclavitud y a fuerza de brutales intervenciones imperiales (de los gobiernos y sus agencias secretas) sobre el resto de la humanidad. Tampoco consideran que las corporaciones son dictaduras como lo eran los feudos en la Edad Media y las repúblicas bananeras más recientemente. 

Meros mitos. ¿Dónde se demuestra que la prosperidad procede de la riqueza acumulada de los ricos? ¿Por qué no ver que el desarrollo y la riqueza son productos de la humanidad, sobre la experiencia y el conocimiento acumulado de la milenaria historia humana?

Otro de los dogmas del mundo actual radica en una mala lectura del mismo Adam Smith, según el cual todo progreso social se basa en la ambición y el egoísmo del individuo. De ahí, el mito social según el cual el progreso y la prosperidad se basan en la ambición de los individuos por ser millonarios, razón por la cual no hay que “castigar el éxito” con impuestos. Un mito popular pero barato, si consideramos que todos los progresos, todos o casi todos los inventos técnicos, científicos y sociales que registra la historia (incluso en la Era capitalista) han sido hechos por gente que no estaba pensando en el maldito dinero. 

Los mitos sociales no proceden del pueblo. Proceden del poder. Sí, (1) la Revolución Industrial multiplicó (2) la riqueza y (3) la desigualdad por cien, pero no se puede separar los tres elementos del (4) brutal imperialismo euro-estadounidense. Si América del Sur hubiese saqueado al resto del mundo por siglos, hoy sería modelo de progreso y desarrollo. 

El hecho de que hoy los pobres sean menos pobres que ayer no es una prueba de las bondades del capitalismo, ya que la Humanidad ha venido haciendo progresos por milenios y todos de forma acelerada. Ningún progreso técnico o científico se debe al capitalismo ni a los capitalistas. Los millonarios solo lo secuestraron. El capitalismo corporativo actual es una herencia del sistema esclavista: en nombre de la libertad, la explotación de los de abajo, la concentración de la riqueza, la sacralización de los amos-empresarios y la demonización de los trabajadores-esclavos.

En este momento, el capitalismo no está aportando nada más que problemas existenciales, como (1) la destrucción del planeta a fuerza de crecimiento basado en el consumo y la destrucción y (2) el agravamiento de las diferencias sociales, las que conducirán a mayores conflictos. El capitalismo está agotado y la crisis radica en negar la socialización del progreso humano, el cual será inevitable (luego del quiebre) con la robotización masiva y el desarrollo de las IA. 

Sugerir que el problema de la desigualdad sea solucionado con limosnas es como combatir una infección con una aspirina. En lugar de curarse, la infección aumenta. El quiebre podría evitarse por un acuerdo global, pero si la sensatez no fuese un bien escaso, no estaríamos ahogándonos en una crisis ambiental. La alternativa es un colapso global, una situación distópica dende se rompan todas las leyes aceptadas hoy como dogmas, como el valor del dólar, de la propiedad privada. Un colapso donde no haya ganadores sino una regresión definitiva a la Edad Media. 

Si en un pueblo hubiese gente muriéndose de hambre y alguien se le ocurriese encender un cigarro con un billete de cien dólares, sería calificado de inmoral. Bueno, esa es la situación hoy en día. Es decir que estamos en el primer nivel de tres:

1) Moral: Es inmoral que mueran niños de hambre en un mundo superrico e hiper tecnológico. Necesidades básicas cubiertas sería el primer escalón de una civilización humanista.

2) Injusticia: Luego, quedaría la discusión de la injusticia de lo que le toca a cada uno y en base a qué razón. 

3) Conveniencia: una discusión menos relevante es sobre la necesidad o la conveniencia de la inequidad. Para muchos de nosotros, la equidad favorece el desarrollo y hasta la producción de riqueza. El crecimiento como condición previa a cualquier redistribución es un dogma creado por el poder.

Los superricos son los enemigos de la Humanidad. No sólo le secuestran riqueza al resto, no sólo monopolizan la política en democracias y dictaduras, sino que lo mantiene en estado de hipnosis a través de (1) los grandes medios de propaganda, (2) los medios de distracción, de diversión tóxica y fragmentaria, y (3) por la virtud de mantener a otros millones de humanos en estado de necesidad, como esclavos asalariados sin tiempo para pensar que los piratas no son sus hermanos ni sus vecinos. 

Pero gran parte de la humanidad ama, admira y desea a los superricos, como los esclavos amaban a los amos que les arrojaban una pócima al final de una jornada agotadora. El amo y la pócima eran recibidos como una bendición y los rebeldes como los demonios que querían poner el mundo patas arriba. 

Por| 16/07/2022

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Martes, 31 Mayo 2022 05:45

Me lo gané con tu trabajo

Me lo gané con tu trabajo

El libreto con el que la nueva derecha liberal capta voluntades entre las clases trabajadoras lleva implícita una peligrosa recodificación de las relaciones de explotación. Si no damos el debate en esos términos, la discusión está perdida de antemano.

 

Entramos en la tercera década del siglo XXI. Durante la década de 2010, América Latina pasó del auge a la crisis del progresismo. Sobrevivió con fórceps en Venezuela. Resucitó agónicamente en Argentina. Llegó tarde pero oportunamente a México. Se salvó heroicamente del peor final en Bolivia. Es una pregunta sin respuesta en las rebeliones de Chile. ¿Por qué parece que el ímpetu progresista, aun con todas sus viejas insuficiencias y a pesar de nuevos episodios de lucha social, no recupera oxígeno? El liberalismo de derecha  se transformó aquí en una corriente de masas potente y activa. Nada menos que en Estados Unidos e Inglaterra supo alcanzar el gobierno, mientras que en Europa continental se consolida y crece. Más allá de haber llegado o no a su techo electoral, su presencia tiñe el debate político y lo corre a la derecha del espectro. No es necesario que lleguen al gobierno para que ejerzan una influencia muy regresiva y aglutinen una masa crítica capaz de vetar procesos democratizadores y hasta legitimar golpes de Estado. 

Independientemente de sus expresiones electorales, la sobrerrepresentación mediática de sus exponentes y la constancia de su trabajo en las redes han ido construyendo una base social cohesionada. No parece un fenómeno pasajero o de superficie. Eso no quiere decir que sea irreversible, ni mucho menos. Al contrario, aún hablamos de fenómenos que expresan minorías. Pero este mix original de liberalismo y fascismo es la tendencia que más creció en la última década y, por la radicalidad antipopular de sus enunciados y prácticas, representa el mayor peligro de nuestro tiempo. 

El problema es un poco el de siempre: cómo y por qué las constelaciones de ideas que se elaboran y se militan desde estas minorías sociales y económicas pasaron a tener tanto sentido para franjas mucho más amplias de la población, cuáles son los núcleos de buen sentido que habilitan esa masificación y a partir de cuándo encontraron condiciones para pasar de la defensa al ataque.

Dentro de este gran problema con múltiples aristas, me interesa detenerme en los intentos del liberalismo de derecha por interpelar a sectores de trabajadores –lo que resultó ser clave allí donde llegaron al gobierno- y pensar de qué modo el progresismo y la izquierda pueden relanzar su vínculo con las clases trabajadoras. Identifico cuatro elementos del ciclo neoliberal de fines del siglo XX que sobrevivieron al interior del ciclo popular-progresista de principios del siglo XXI y que nos complicaron las cosas. En primer lugar, aunque se repusieron muchos sentidos de pertenencia colectivos, se mantuvo, en lo fundamental, la centralidad del yo individual como referencia subjetiva. 

En segundo lugar, a pesar de los beneficios objetivos en términos de ingresos para buena parte de las y los trabajadores asalariados, se mantuvieron la degradación referencial del mundo del trabajo productivo en general y la invisibilización de las transferencias de valor entre grupos sociales y países. Es decir, se mantuvo una cortina de humo alrededor de la explotación como tal. 

En tercer lugar, se conservó la fragmentación vertical de las clases trabajadoras en tres grandes sectores: 1) el de los trabajadores organizados, formalizados y más productivos –en general ocupados en la industria o en enclaves extractivos estratégicos– con ingresos muy por encima de la media de los sectores populares, aunque en términos de generación y apropiación de valor, posiblemente más explotados que ningún otro sector de la clase obrera; 2) el sector de los trabajadores precarizados, dispersos y menos productivos, vinculados a los servicios, al comercio e incluso a la actividad por cuenta propia, centro de la uberización; y, por último, 3) el sector de los trabajadores mal llamados «excluidos», que si efectivamente se encuentran excluidos de niveles mínimos de producción y consumo, no lo están del capitalismo como tal, y sobreviven en los márgenes a fuerza de una mezcla de «economía popular», asistencia estatal y actividades no siempre encuadradas en la ley.

Por último, en el plano más eminentemente económico, otros de los elementos que sobrevivieron del ciclo neoliberal fue el aplanamiento de la recaudación impositiva: salvo excepciones puntuales, se mantuvieron alícuotas impositivas similares para todos los segmentos de ingresos, aliviando proporcionalmente la carga fiscal a los ricos y cargándola más sobre sobre los pobres. 

Mi hipótesis es que los tres sectores de trabajadores y trabajadoras mencionados fueron beneficiados por las políticas de los ciclos popular-progresistas. Sin embargo, los primeros dos sectores –sectores de trabajadores que llamaremos «incluidos»– no estuvieron siempre en el centro de su relato ni fueron los más beneficiados por intervenciones estatales directas. Su mejoría se operó más bien por vías indirectas, vinculadas al aumento del empleo o a mejoras salariales que, si bien eran parte de políticas macroeconómicas progresistas, le reservaban un lugar en ese dinamismo al sector privado (sobre todo, para los trabajadores empleados por el empresariado más concentrado y con más espalda económica para abonar salarios más altos) o a las propias luchas independientes de las y los trabajadores por sus ingresos.

Por el contrario, el núcleo de la épica redistribucionista del progresismo consistió en atender al tercer sector de trabajadores subocupados, «los que menos tienen», a través de intervenciones directas que pusieron al Estado en el centro: impuestos aquí, subsidios allá. Dado lo perentorio de las necesidades de estos sectores tan postergados, y dado el material inflamable que representaban para el conjunto del sistema, no se trató de un mal criterio de prioridades. Pero tampoco representó nada muy lejano a las recomendaciones de Jeremy Rifkin en El fin del trabajo, una de las biblias neoliberales de los años 1990, en donde se alertaba sobre la necesidad de contener a este «tercer sector» de la economía a riesgo de que la estabilidad política del sistema volara por los aires.

En efecto, en buena parte de América Latina, esta asistencia llegó después del estallido social y no antes. Pero, en cualquier caso, esta política priorizó la contención de estos sectores excluidos forzosamente de la producción y del consumo por parte del neoliberalismo dependiente latinoamericano (variante del neoliberalismo que, contra toda recepción sin filtro de la literatura del Norte global, no posee ni la misma lógica, ni los mismos sujetos, ni los mismos resultados que el neoliberalismo en los países centrales, aun considerando todo lo que tienen de común como parte de una etapa total del capitalismo global). 

El hecho es que estas redistribuciones de ingresos no se hicieron tanto en clave de devolver a las y los que producen una parte mayor de lo que generan con su trabajo, ni tuvieron a los mayores productores de valor en el centro. Es decir, no reconocieron conceptualmente al conjunto de las y los trabajadores como creadores del valor distribuido, tal y como en algún momento pregonó el propio peronismo-de-perón en Argentina, o como se estiló más en general en esa parte del siglo XX en la que dos grandes sistemas sociales se disputaban en todos los planos a una clase obrera empoderada por el pleno empleo, por la lucha sindical y por la perspectiva revolucionaria.

Este flanco abierto en la disputa simbólica hizo que muchos de los trabajadores productivos asociaran las mejoras en el marco de la macroeconomía progresista no tanto al «milagro» de la intervención estatal, sino a su propio aporte al valor redistribuido. Y esto no como parte de una clase, en clave colectiva, sino como producto de su yo neoliberal, lo que dio como resultado el lema «me lo gané con mi trabajo». 

Aquí entra en juego la cuestión de los impuestos aplanados del neoliberalismo y la distribución de los ingresos operada más entre distintos sectores de trabajadores que entre el capital y el trabajo. Porque, en la cuenta final, vía impuestos al consumo o aportes previsionales, los trabajadores productivos y/o precarizados se transformaron más en dadores que en receptores de ingresos directos estatales, a diferencia de los grupos sociales más postergados. Esto es clave, porque el libreto de la alianza de clases que la nueva derecha liberal propone a los trabajadores hace eje en este punto.

Aunque suene paradójico, su discurso meritocrático tiende un puente implícito con ellos. Si prestamos atención, observamos muchos guiños de identificación con el trabajo, aunque naturalmente se trate de artificios irreales. En primer lugar, invierte los roles y transforma al empresario en trabajador. Es más: un trabajador mejor que el resto, porque «da trabajo». Y, en segundo lugar, pone el eje en la producción de riqueza. El trabajo y el valor de producir rearman una comunidad de intereses en el «sector privado» –compuesto de empleados y empleadores– frente a los que no producen y solo consumen: el Estado, la clase política y los beneficiarios de planes sociales. Se trata de una recodificación de las relaciones de explotación. No las niega: dice que están en otra parte. Así, obviamente, las oculta. Pero mantiene su tensión y redirige las fuerzas del descontento contra los enemigos políticos de las propias elites. 

Esto reinventa la justicia social en términos individualistas, invirtiendo los roles de productor y apropiador. En esta extraña ecuación, vendrían a ser los pobres y los políticos los que explotan a los trabajadores productivos. Y como existen bases suficientes para sostener esta intuición, si se consideran los circuitos reales de la distribución del ingreso, se mantienen condiciones para un «consenso antiparasitismo» contra los excluidos y la política, en el que asoman las formas más preocupantes de neofascismo. En otras palabras, el núcleo de buen sentido del liberalismo de derecha es la reacción contra el parasitismo; sobre supuestos explicativos falsos, pero sobre bases materiales verdaderas. Nada de esto hubiera sido posible sin la previa invisibilización de las verdaderas relaciones de explotación económica al interior del «sector privado» y sin la centralidad referencial del yo.

De cara a un nuevo ciclo de transformaciones populares que recupere potencia histórica y capacidad crítica, considero prioritario que intentemos reordenar esta ecuación sobre la base económica de cambiar los circuitos de distribución del ingreso heredados del neoliberalismo (centrándolos en una recuperación de valor del trabajo respecto al capital, y dejando de redistribuir meramente entre sectores populares) y sobre la base política y simbólica de recuperar el rol de las y los trabajadores como como creadores del valor que se distribuye, entendiendo también a las mujeres, las diversidades, los afrodescendientes o los indígenas en ese carácter activo, no disociado de la producción y la reproducción social, sino como parte de las y los generadores de riqueza en condición subalterna.

Recuperar una concepción sistémica de la pobreza y de la riqueza, de la producción y el consumo, puede ayudar a una nueva unidad política entre trabajadores «incluidos» y «excluidos» y a una confrontación más clara contra el empresariado concentrado y la derecha liberal, que nos prevenga de sus cantos de cisne alrededor del valor del esfuerzo, el mérito y la justicia social individualista. El valor lo generamos colectivamente las y los trabajadores productivos. Somos requisito y condición de la producción y acumulación de riqueza. En ese carácter reclamamos una mayor parte o todo lo que hemos generado.

Ni más ni menos que cuando el feminismo plantea que las mujeres «mueven al mundo» y reclama todo el trabajo no remunerado que el capital no abona por las tareas productivas y reproductivas. Ellas se hacen fuertes en su rol de generadoras de riqueza y cuidado, saben que no le deben nada a nadie y generan anticuerpos sólidos ante la contraofensiva derechista. De hecho, la desafían todo el tiempo. ¿No hay allí una clave para articular una alianza distinta con las clases trabajadoras, recuperar la potencia y desarmar al neofascismo empresarial?

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Jueves, 26 Mayo 2022 05:52

Las redes sociales son de derecha

Las redes sociales son de derecha

Echemos una mirada a la lógica del desarrollo y crecimiento de las redes sociales. Su lógica es la lógica de los negocios, de los beneficios a casi cualquier precio.

En Crítica de la pasión pura (1998) y luego en artículos publicados en diarios, escribí, con entusiasmo, teorías varias sobre el maravilloso mundo de siglos anteriores que había vivido en África y sobre el casi tan interesante mundo por venir. Juventud, divino tesoro…

En Mozambique, en el Astillero Naval de Pemba, descubrí y colaboré (como joven arquitecto llegado de América, a quien cientos de amables obreros llamaban, equivocadamente, “maestro”) en la construcción de grandes barcos británicos y portugueses del siglo XIX. Por el astillero (los maravillosos árboles de umbila eran materia prima) y para apoyar un programa de escuelas técnicas en las ciudades más pobladas, solía viajar por largas horas al “mato” (Ibo, Quisanga, Montepuez, Mueda, Macimboa, Matemo), a las tribus alejadas del privilegio del hombre blanco del cual yo formaba parte. En el astillero, también tuve contacto con los boers racistas de Sud Africa, con el escritor británico estadounidense y antiapartheid Joseph Hanlon y con el hijo del héroe mozambicano Samora Machel y luego hijastro de Nelson Mandela, Ntuane Machel.

También con la primera computadora que toqué en mi vida. En Pemba no había internet ni televisión (el correo escrito a mano tardaba semanas en llegar a Uruguay, gracias al cual termine casándome con una ex compañera de arquitectura), pero las enciclopedias en discos ya nos sugerían lo que iba a ser el mundo en el siglo por venir. Desde entonces Windows no ha hecho ninguna innovación, aparte de molestas actualizaciones.

En ese nuevo mundo, pensaba, cada individuo, desde cualquier rincón, iba a poder acceder a las bibliotecas más importantes del mundo y la gente iba a poder decidir en referéndums, mensuales o semanales, qué hacer con cada proyecto, con cada propuesta para su país y para el mundo. No nos equivocamos con lo de las bibliotecas.

Es verdad que también publicamos sobre una sospecha oscura: la idea de una democracia radical, de un avance de la libertad como igual-libertad y no como la libertad-de-unos-para-esclavizar-a-otros, podía suspenderse a favor de su contrario: la progresión de una mentalidad tribal, nacionalista, como reacción natural.

Saltemos veinte años. Echemos una mirada, por ejemplo, a la lógica del desarrollo y crecimiento de las redes sociales, herencia del centenario progreso tecnológico de la Humanidad, secuestrada, una vez más, por los poderosos de turno. Su lógica es la lógica de los negocios, de los beneficios a casi cualquier precio.

¿Cómo se generan estos beneficios?

Capturando la atención, con frecuencia al extremo de la alienación del individuo que se convierte en un consumidor adicto que se cree libre.

¿Cómo se captura la atención del consumidor?

No por las grandes ideas sino a través de emociones simples y potentes.

¿Cuáles son esas emociones simples y potentes?

Según todos los estudios (desde Beihang en China hasta Harvard) las emociones negativas, como la ira, la rabia y el odio.

¿Qué producen esas emociones?

Explosiones virales. La viralidad de un acontecimiento indica el éxito de cualquier interacción en las redes sociales y es altamente estimada por los consumidores honorarios y por sus últimos beneficiarios, los inversores.

¿Para qué sirven los fenómenos virales?

Aumento de usuarios y secuestro de la atención del consumidor. Es decir, beneficios económicos. Pero el poder económico y el poder político tienen sexo todos los días.

¿Cuál es el efecto político?

En un mundo complejo y diverso, este efecto puede beneficiar a cualquier ideología, sea de derecha o de izquierda, pero la lógica del proceso y las estadísticas indican que la derecha es la primera beneficiaria.

¿Por qué?

Primero, porque todas las grandes redes sociales son productos de megaempresas. Toda empresa privada es una dictadura (en democracias y en dictaduras). Ni la “comunidad virtual” ni los consumidores ni los ciudadanos tienen voz ni voto en cómo se administran. Mucho menos en sus algoritmos y sus ganancias económicas. Todo gran negocio transpira su propia ideología. Su ideología, necesariamente, es conservadora, de derecha, desde el capitalismo más primitivo hasta el neoliberalismo, el libertarianismo y todos los fascismos procapitalsitas. De la misma forma que la izquierda se desarrolló en la cultura de los libros, la derecha reinó en medios más masivos como la radio (Alemania), la televisión (Estados Unidos) y, ahora, las redes sociales.

¿Segundo?

El hecho comprobado de que el odio y la ira reinan en estas plataformas, beneficia más a la extrema derecha que a la extrema izquierda.

¿No hay odio en la izquierda?

Sí, claro, como hay amor en la derecha. Pero aquí lo que importa es considerar el estado del clima general. Un grupo de izquierda, supongamos un grupo revolucionario que toma las armas, como los negros esclavos en Haití durante la revolución de 1804, puede usar el odio como instrumento de motivación y fuerza. Pero el odio no suele ser el fundamento ideológico de la izquierda cuyas principales banderas son la “igual libertad”, es decir, la reivindicación de grupos que se consideran oprimidos o marginados por el poder. El odio de la lucha de clases es una tradición de la derecha; el marxismo sólo lo hizo consciente. No es lo mismo luchar por la igualdad de derechos de negros, mujeres, gays o pobres que oponerse a esta lucha como reacción epidérmica ante la pérdida de privilegios de raza, de género, de clase social o de naciones hegemónicas, en nombre de la libertad, la patria, la civilización, el orden y el progreso. Eso es odio como fundamento, no como instrumento.

¿Hay diferencia entre diferentes odios?

El odio es uno solo, es una enfermedad, pero sus causas son múltiples. No es lo mismo el odio de los esclavos por sus amos, de los explotados por sus patrones, de los perseguidos por sus gobiernos, que el odio que irradia y contagia el poder abusivo. El esclavo odia a su amo por sus acciones y el amo odia a sus esclavos por lo que son (una raza inferior). De la misma forma que nadie con un mínimo de cultura podría confundir el machismo con el feminismo, de la misma forma no se puede confundir el patriotismo del revolucionario que lucha contra el colono y el patriotismo del colono que lucha por explotar al pueblo corrompido. En uno, el patriotismo es reivindicación y búsqueda de igualdad de derechos, de independencia, de igual libertad. En el otro es reivindicación de derechos especiales basados en su nacionalidad, en su raza, en su religión o en cualquier otra particularidad de su provincianismo intelectual.

¿Cuáles son las consecuencias de este negocio electrónico?

Las redes sociales expresan el deseo de guerra sin los riesgos de una guerra. Hasta que la guerra real se hace presente. Esta necesidad de confrontación, de canalización de las frustraciones a través de la retórica y un agresivo lenguaje corporal (el líder despeinado, orgullosamente obsceno, calculadamente ridículo para provocar más reacción negativa) es propia de la extrema derecha de las redes. Diferente, la derecha más formal del neoliberalismo prefería las etiquetas de la aristocracia. Una vez fracasadas todas sus políticas, planes económicos y promesas sociales, se recurre al circo de la extrema derecha, al lenguaje corporal antes que la serena disputa dialéctica. Se reemplaza la cultura de los libros, donde se educó la izquierda tradicional desde la Ilustración, a la cultura de las redes sociales de la derecha, donde la inmediatez, la reacción epidérmica reina y domina. La agresión, el enfado, la rabia como expresión del individualismo masivo (no del individuo) se vuelven incontrolables y, por si fuese poco, se vuelven efectivos en la lucha por colonizar los campos semánticos, la verdad y el poder político del momento.

Por Jorge Majfud | 26/05/2022

Publicado enCultura
AL: riqueza y miseria extremas// Concentración y subdesarrollo// Biden-Unión Europea: ladrones

La buena: en 2022, todas las economía latinoamericanas crecerán; la mala: el beneficio se queda en la cada vez más compacta cúpula y la proporción de avance no es suficiente para cubrir el hoyo abierto por la pandemia; la peor: la patria grande se mantiene como la más desigual del planeta, de tal suerte que mientras no se atienda y resuelve el gravísimo problema de la concentración del ingreso y la riqueza nuestras naciones no saldrán del subdesarrollo ni abatirán los terroríficos índices de pobreza.

Según información de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y Oxfam, el 10 por ciento más ricos de América Latina y el Caribe concentra 71 por ciento de la riqueza regional, mientras el 90 por ciento restante se queda (también de forma por demás desigual) con el 29 por ciento restante. Gobiernos van, gobiernos vienen (de todos colores y sabores), y el panorama empeora.

Por ejemplo, se estima que menos de nueve decenas de oligarcas latinoamericanos concentran algo más de 10 por ciento del producto interno bruto regional. En el caso mexicano, 15 barones acaparan alrededor de 13 por ciento del PIB nacional, sin olvidar que la mitad de esa proporción es acaparada por un oligarca: Carlos Slim, quien en los dos años de covid-19 incrementó sus de por sí abultados haberes en cerca de 60 por ciento; el tóxico Germán Larrea lo hizo en 55 por ciento.

Mientras la pandemia hundió –aún más– a miles de millones de seres humanos, los oligarcas nacionales e internacionales no dejaron de acumular y concentrar riqueza, de tal suerte que si no se modifican las "reglas" del juego esta espeluznante historia será perenne con o sin crecimiento económico.

En vía de mientras, la Cepal considera que el panorama para la patria grande no es muy grato, aunque, con todo, se mantienen las cifras positivas (insuficientes a todas luces) en materia de crecimiento. Dice el organismo que la región "enfrenta una coyuntura compleja en 2022 debido al conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, una nueva fuente de incertidumbre para la economía mundial que afectan negativamente el crecimiento global, estimado en 3.3 por ciento, un punto porcentual menos de lo proyectado antes del inicio de las hostilidades. Para Latinoamérica el menor crecimiento va junto con una mayor inflación y una lenta recuperación del empleo; para ella se prevé un avance promedio de 1.8 por ciento; Sudamérica crecerá 1.5, Centroamérica más México, 2.3, y el Caribe, 4.7".

En las nuevas proyecciones de la Cepal des-taca el crecimiento estimado para la economía venezolana, la cual acumuló varios años en caídas libre. Para 2022 se espera avance de 5 por ciento, el tercero de mayor magnitud en la región, sólo superado por Panamá (6.3 por ciento), y República Dominicana, con 5.3 por ciento. En el tablero, las tres mayores economías regionales registrarían un crecimiento de 1.7 por ciento, en el caso mexicano; 0.4 por ciento, en el brasileño, y 3 por ciento, en el argentino.

La Cepal advierte que "si bien los mercados del trabajo dan señales de recuperación, ésta ha sido lenta e incompleta. Para 2022, en concordancia con la desaceleración que se espera en materia de crecimiento regional, se prevé que el ritmo de creación de empleo se reduzca. La acción conjunta de una mayor participación laboral y un bajo ritmo de creación de plazas im-pulsará un alza en la tasa de desocupación durante este año". Previamente, el organismo advirtió que "la desaceleración esperada en 2022, junto con los problemas estructurales de baja inversión y productividad, pobreza y desigualdad, requieren reforzar el crecimiento como un elemento central de las políticas, al tiempo que se atienden las presiones inflacionarias y riesgos macrofinancieros".

Pues bien, a ese ritmo y con creciente concentración del ingreso y la riqueza América Latina corre el riesgo de ser perpetuamente la campeona de la desigualdad mundial.

Las rebanadas del pastel

Si de bandoleros se trata, ahí está la denuncia del ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov: "los pagos por nuestros recursos energéticos se hacían por medio de bancos occidentales; tras la imposición de sanciones, las reservas acumuladas por nuestra nación fueron congeladas por los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea, lo que supone un robo de más 300 mil millones de dólares; simplemente los tomaron y robaron; no tenemos el derecho ante nuestro propio pueblo de permitir que Occidente siga con sus hábitos de ladrón".

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Para tener éxito en Chile, Boric no tiene más remedio que refundar el contrato fiscal

 

Introduciendo principios de progresividad fiscal en su nueva Constitución, Chile puede romper el círculo vicioso de la desigualdad y marcar el camino para el resto del mundo.

 

A Gabriel Boric no le queda otra. El hombre cuya elección es sin duda el acontecimiento político más importante en Chile desde el referéndum de 1988 que restauró la democracia tras la dictadura de Pinochet (1973 a 1990), aseguró que, si “Chile fue la cuna del neoliberalismo, también será su tumba". Si quiere mantener su promesa y negociar un nuevo contrato social, el presidente electo de 35 años tendrá que abordar una prioridad: el sistema fiscal.

En efecto, en Chile, el sistema fiscal es el garante de la perpetuación de las desigualdades, cuya persistencia alimenta desde hace varios años tensiones sociales que rozan la explosión. Quienes se jactan de los éxitos del modelo chileno se topan con cifras implacables: con el 10% más rico del país acaparando casi el 60% de la riqueza nacional y la mitad más pobre de la población recibiendo sólo el 10%, es uno de los países más injustos del mundo.

Esto es la prueba, por si hiciera falta, de que la reducción de las desigualdades no sólo requiere políticas de redistribución, sino también un Estado capaz de financiar servicios públicos de calidad -en particular, la sanidad y la educación- que sean accesibles para el mayor número de personas. Estos esfuerzos no son gastos que deban perseguirse en nombre de la austeridad, sino inversiones esenciales para reducir las desigualdades. En Chile, este motor se ha roto. Con ingresos fiscales del 19,3% del PIB en 2020, Chile está muy lejos de la media del 33,5% de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el club de países ricos del que se enorgullece formar parte.

Y lo que es peor, el sistema fiscal es altamente regresivo, con un fuerte énfasis en los impuestos indirectos que gravan principalmente a los sectores de ingresos medios y bajos de la población, al tiempo que dan un trato preferente a las grandes empresas. Y la evasión fiscal está pasando factura: hemos calculado, por ejemplo, que entre 2013 y 2018, el fisco perdió entre 7,5 y 7,9 puntos del PIB al año, lo que equivale a 1,5 veces el presupuesto de educación y 1,6 veces el de salud.

Por lo tanto, hay que reconstruir el contrato fiscal, un trabajo gigantesco. Esto significa reformar el impuesto sobre el valor añadido, reduciendo significativamente los tipos para los bienes esenciales, los medicamentos y los libros. Pagar un 19% menos por la leche o el pan marcaría la diferencia para los hogares más pobres. También requiere la introducción de un impuesto progresivo sobre los activos más altos y un impuesto sobre las grandes fortunas. Menos del 0,1% de la población, los muy ricos, tienen en sus manos el equivalente al PIB de Chile. Gravar su riqueza a un tipo del 2,5% permitiría recaudar unos 5.000 millones de dólares, o el 1,5% del PIB. Por último, hay que derogar ciertas exenciones que sólo benefician a los grupos de altos ingresos, ya sean multinacionales o los más ricos.

Por supuesto, es de esperar un tira y afloja en el Congreso, que está controlado a medias por los conservadores. Por ello, la fiscalidad debe estar en el centro de los debates para la nueva Constitución, que se someterá a referéndum en el tercer trimestre de 2022. El texto actual, aprobado en plena dictadura, consagra el modelo neoliberal al limitar la capacidad de los gobiernos para reducir las desigualdades a través de los impuestos y los regímenes de propiedad. La Constitución debe adoptar el principio de progresividad fiscal con su clara definición: es decir, los tipos impositivos efectivos deben depender del nivel de renta o riqueza, contribuyendo más los ciudadanos más ricos. Por supuesto, estos principios tendrán que ser traducidos en leyes por el Congreso. Pero una Constitución de este tipo haría responsables a los funcionarios elegidos, obligándolos a ser más transparentes.

Consolidar el principio de progresividad fiscal es permitir que una eventual mayoría popular y democrática refunde el pacto fiscal, como nos recordó recientemente Thomas Piketty, con quien trabajo en estos temas dentro de la Comisión Independiente para la Reforma de la Tributación Corporativa Internacional (ICRICT), durante un intercambio con los constituyentes chilenos. La sociedad civil ha comprendido la urgencia de retomar este debate, que es ante todo político, para no dejarlo como rehén de los burócratas técnicos que favorecen el statu quo. En ese marco, expertos, ONGs y sindicatos acaban de crear una Red Ciudadana de Justicia Fiscal en Chile para presentar propuestas concretas a los constituyentes.

En la redacción de su nueva Constitución, Chile puede mostrar el camino. Porque, aunque es un país de apenas 19 millones de habitantes al borde de la Antártida, simboliza una tendencia mundial. En todas partes se han reducido los tipos marginales máximos del impuesto sobre la renta de las personas físicas y del impuesto sobre sucesiones, mientras que los impuestos sobre el patrimonio neto, antes relativamente extendidos en los países de la OCDE, han sido abandonados por la mayoría. En todas partes se ha producido una drástica caída de los gravámenes del impuesto de sociedades, ya que las empresas se aprovechan de un sistema fiscal internacional obsoleto para ocultar sus beneficios en los paraísos fiscales.

A escala global, los ricos son aún más ricos dos años después de la pandemia. La riqueza combinada de todos los multimillonarios, estimada en 5 billones de dólares a finales de 2019, ha alcanzado el nivel más alto de la historia con 13,8 billones de dólares, revela Oxfam en un informe reciente. El mundo tiene ahora un nuevo multimillonario cada veintiséis horas, mientras que 160 millones de personas han caído en la pobreza durante el mismo período.

Y en todas partes, la explosión de la desigualdad coincide con la explosión del cambio climático. El 10% más rico de la población mundial, tanto si viven en el Norte como en el Sur, emite casi el 48% de las emisiones globales -¡el 1% más rico produce el 17%! -, mientras que la mitad más pobre de la población mundial es responsable de sólo el 12%. En Chile, como en el resto del mundo, reformar el pacto fiscal haciendo que los más ricos contribuyan más ya no es una cuestión técnica. Es política y, ante la emergencia climática, existencial.

Por Ricardo Martner

15 mar 2022 07:00

Ricardo Martner es economista y miembro de la Comisión Independiente para la Reforma de la Tributación Corporativa Internacional (ICRICT). Anteriormente fue jefe del departamento fiscal de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

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El senador Bernie Sanders exhibió también que un puñado de fondos buitre de Wall Street tienen un enorme control sobre muchas industrias y dominan 50 por ciento de los multimedia de Estados Unidos. Foto Ap

Antecedentes: Desde hace casi cinco años enuncié que los tres "gigabancos" BlackRock/Vanguard/StateStreet controlaban, en ese entonces, la mitad de Wall Street: "Nunca acaba de asombrar el grado de reconcentración de la riqueza propiciada por la desregulada globalización financierista que propende por su naturaleza intrínseca al darwinismo oligopólico o casi monopólico" (https://bit.ly/3oYB8uM).

Hace siete años Russia Today desnudó a los cuatro (sic) gigabancos oligopólicos, incluyendo a Fidelity, que "controlan al mundo financierista" (http://goo.gl/UjlfE3). Hace 10 años, el anterior legislador texano Ron Paul señaló que "los Rothschild poseen acciones de las principales 500 trasnacionales de la revista Fortune" que son controladas por "los cuatro grandes (The Big Four): Black Rock, State Street, FMR (Fidelity) y Vanguard".

Fue cuando comenté que "los banqueros esclavistas Rothschild forman parte de las ocho (sic) familias que controlan los cuatro megabancos que dominan Wall Street". ¡Y todavía la maquinaria propagandística de guerra anglosajona pretende engañar con que su plutocracia ciber-bancocrática –que políticamente es una "anocracia" (https://bit.ly/3oYnEPS)– es una democracia!

Hechos: Nada menos que el admirable "judío progresista" Bernie Sanders (BS), en una audiencia ante el Comité del Presupuesto del Senado que preside, fustigó la "codicia de Wall Street" y la creciente oligarquía en Estados Unidos (https://bit.ly/3gZIHx8), donde sentenció que “hoy, en Estados Unidos, sólo tres firmas de Wall Street –Black Rock, Vanguard y State Street– manejan 22 billones de dólares de activos (que) constituyen los principales accionistas de más de 96 por ciento (sic) de las empresas que cotizan en S&P 500”, lo cual refleja una "influencia significativa en varias centenas de empresas que emplean a millones de trabajadores estadunidenses y, de facto, a la economía entera". ¡Y eso que BS no citó a Fidelity, uno de los cuarto gigabancos de Wall Street!

El gigabanco Fidelity, con sede en Boston, que se le pasó mencionar a BS, ostenta 4.9 billones de dólares de "activos bajo manejo" (Assets Under Management: AUM; https://bit.ly/359JKaN). Si agregamos los "activos bajo manejo (AUM)" de Fidelity por 4.9 billones a los 22 billones de dólares de los otros tres gigabancos, pues prácticamente representan el PIB entero de Estados Unidos, cuando ni cuadran ya a esos niveles las etéreas y deletéreas cifras.

BS acotó que los tres gigabancos BlackRock/StateStreet/Vanguard –¡sin Fidelity!– "controlan 22 billones de dólares en activos", poco menos de los casi 24 billones de dólares del PIB entero de Estados Unidos.

Según el FMI, el "PIB nominal" de Estados Unidos se encuentra en 22.9 billones de dólares. Más que una precisión micrométrica del PIB y de la pantagruélica fortuna de los cuatro gigabancos, que prácticamente degluten todo el PIB de Estados Unidos, lo que vale la pena es su abordaje cualitativo y semicuantitativo.

A juicio de BS, los gigabancos son a su vez los principales accionistas de algunos de los máximos bancos de Estados Unidos –que yo he denominado "megabancos"– como JP Morgan Chase, Wells Fargo y Citibank, y exhibió que, además de los "tres grandes (Big Three)" gigabancos, "un puñado de fondos buitre de Wall Street" –empresas de fondo de capital privado (private equity)–, también tienen un enorme control sobre muchas industrias y dominan 50 por ciento (sic) de los multimedia de Estados Unidos (¡mega-uf!). Los fondos buitre se hicieron famosos gracias a la depredación deliberada del israelí-estadunidense Paul Elliott Singer, de Elliott Management, que ha descuartizado a Argentina (https://bit.ly/33wi5k2).

Conclusión: El senador republicano Mike Braun le replicó a BS que no estaba seguro de que el tópico de la codicia de Wall Street forme parte de la jurisdicción del Comité del Presupuesto (https://bit.ly/33vJSRA).

En efecto, la jurisdicción en el Congreso ha sido, desde hace mucho, rebasada y horadada en cualquiera de sus comités por el infinito poder político de los cuatro gigabancos de Wall Street que tienen secuestrado a un país entero con sus más de 333 millones de habitantes esclavizados ciberfinancieramente.

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La eterna lucha por la igualdad: a propósito del último libro de Piketty

La lucha por la igualdad es el motor de la historia. Eso se desprende del último ensayo publicado por Thomas Piketty, un interesante trabajo de historia económica, política y social, más relevante si cabe por el momento histórico en el que se inscribe. Un momento en el que los marcos ideológicos que asentaban nuestra concepción de la economía se han resquebrajado después del impacto de la pandemia. Aunque es prematuro hablar del final del neoliberalismo como paradigma económico imperante, sí que es verdad que algunos de sus dogmas empiezan a resquebrajarse después del impacto social, económico y laboral causado por la pandemia de la covid-19. El fetichismo por la austeridad, una política monetaria restrictiva o la negación del intervencionismo estatal parecen estar guardados en un cajón a la espera de que las fuerzas promercado vuelvan a recuperar la hegemonía ideológica. Una hegemonía que obras como Una breve historia de la igualdad intenta combatir.

Si en sus anteriores obras, Piketty se centraba en el análisis de la desigualdad socioeconómica y en las justificaciones ideológicas y culturales que se han asociado a su mantenimiento en el tiempo, en este ensayo el autor invierte el objeto de estudio. Piketty analiza la búsqueda de la igualdad desde el S. XVIII. Para el economista, la lucha por la igualdad ha sido el hilo histórico que ha ligado luchas, revueltas y revoluciones a lo largo y ancho del globo desde hace más de 300 años, consolidando una tendencia que, con sus avances y retrocesos, camina siempre hacía mayores cotas de igualdad. Cuestiones como un reparto más equitativo de la riqueza, de los ingresos o de las propiedades, el acceso al poder político o el reconocimiento de derechos, pasando por la mejora en los indicadores educativos o sanitarios son ejemplos de esa tendencia.

Sin embargo, es necesario hacer hincapié en cómo el economista francés define la desigualdad ya que se aleja de lecturas economicistas de la misma. Para Piketty la desigualdad es un fenómeno multidimensional cuyas derivadas se relacionan con el poder político, el estatus social, los ingresos, el género, la etnia, las propiedades o el acceso a determinados bienes y servicios y afectan directamente al individuo. El autor considera la desigualdad, por lo tanto, como un conjunto de factores construidos políticamente que afectan al pleno desarrollo de las capacidades y a la autonomía de las personas. La desigualdad serían aquellos condicionantes estructurales que no nos permiten ser individuos autónomos y regir nuestros destinos. Unos condicionantes que emanan de decisiones políticas conscientes de determinados grupos que ostenta el poder y que se benefician de la situación.

La desigualdad, por lo tanto, es política y no es un fenómeno natural. Solo una actuación multidimensional contra la desigualdad puede ser efectiva ya que estos elementos se interrelacionan entre ellos dando lugar a múltiples factores de opresión. Estos factores han sido combatidos con la creación de unos mecanismos institucionales que han permitido transformar las sociedades desigualitarias por sociedades en las que instituciones de carácter más justo permitían consolidar unas estructuras políticas, sociales y económicas más igualitarias. Algunas de estos mecanismos institucionales son la igualdad jurídica, el sufragio universal, el seguro social universal, la progresividad fiscal el acceso a una educación gratuita o las leyes que fomentan la igualdad de género son un ejemplo. Todos estos mecanismos nacen de una serie de movilizaciones políticas y se han ido consolidando a lo largo del tiempo, aunque no sin dificultades. Piketty nos muestra como todas las luchas, revueltas y revoluciones sociales y políticas han sido en favor de la redistribución de la riqueza, el reequilibrio de poder o reconocimiento como grupos con acceso a la esfera política y las han llevado a cabo las mayorías oprimidas por las élites.

Ahora bien, la desigualad no se combate solo con movilizaciones. La consecución de la igualdad también se basaría en una batalla cultural e ideológica que asiente la base teórica y práctica de las nuevas estructuras. Este factor es vital porque la conquista del poder político sin un orden alternativo coherente y legítimo lleva al fracaso de estas experiencias y a la falta de consolidación de los mecanismos que deben estructurar una mayor igualdad. Los movimientos emancipadores deben tener la suficiente imaginación política para asentar nuevos consensos que sean aceptados socialmente. Lucha y hegemonía deben ir de la mano.

No obstante, parte del optimismo histórico que transmite Piketty parece topar con la realidad de los últimos 40 años. Si atendemos a los datos que autores como el propio Piketty, Milanovic o Atkinson han analizado, la tendencia hacía la igualdad parece haberse frenado en seco. La desigualdad se ha acelerado en la mayor parte de las sociedades democráticas y en los países en vías de desarrollo se da una creciente polarización de ingresos y de riqueza. Pero no solo ha habido un aumento de la desigualdad socioeconómica. Las consecuencias de la crisis climática además de las luchas por el reconocimiento de grupos minoritarios y oprimidos generan nuevos ejes de desigualdad que serán combustible para futuras luchas. Vivimos un momento además que, a causa del ascenso de fuerzas políticas reaccionarias a lo largo y ancho del planeta, algunos de los compromisos políticos que cimentan una cierta concepción igualitaria de la sociedad están en retroceso: la democracia representativa, los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales o la persecución de la disidencia política se dan o se han dado en Europa y en EEUU.

La lucha, por lo tanto, no ha acabado aún. Y es en los momentos de crisis y tensión, en el momento en que los sistemas políticos y económicos muestran sus costuras cuando las movilizaciones políticas pueden alcanzar su objetivo y cuando las nuevas ideas pueden penetrar en la opinión pública con más facilidad. Las crisis, y la del coronavirus es un buen ejemplo, son ventanas de oportunidades políticas y culturales que facilitan la lucha por instituciones más justas y emancipadoras. Es por eso por lo que las consecuencias de la pandemia deben ser aprovechadas por las fuerzas políticas que defienden proyectos igualitarios y emancipadores. Las izquierdas y todas las opciones políticas preocupadas por el aumento de la desigualdad en las últimas décadas deben aprovechar el contexto actual y tener en cuenta que la igualdad no solo se consigue con movilización y luchas, o con victorias electorales, por aplastantes que estas sean. Para combatir la desigualdad hace falta dar la batalla por las ideas. Producir marcos ideológicos coherentes que aúnen ambición política y posibilidades prácticas. El debate, la reflexión, la experimentación, la negociación y el acuerdo alrededor de qué instrumentos o mecanismos son los más justos para combatir la desigualdad son vitales para que estos sean considerados legítimos socialmente y eficaces en su cometido. Sin poder y sin alternativas ideológicas consistentes no hay cambio posible. La izquierda, por lo tanto, no debe olvidar la batalla cultural si quiere realmente reducir la desigualdad que rompe sociedades y deshumaniza al individuo. Una batalla ideológica que deben llevar a cabo las instituciones u organizaciones de intermediación como son los partidos o los sindicatos.

La consecución de la igualdad es constante. Es un proceso de lucha política y elaboración intelectual continuo para garantizar y consolidar los precarios compromisos sociales, políticos y económicos que combaten la desigualdad. Nunca se debe dar por segura: la lucha por la igualdad es eterna. Economistas como Piketty, Milanovic, Atkinson o Mazzucato ya han realizado su parte del trabajo: han generado y difundido el conocimiento suficiente para crear nuevas instituciones más justas. Ahora es el turno de la política. La movilización social, política y electoral en favor de proyectos políticos igualitarios es más necesaria que nunca y cuenta en su favor con un arsenal de propuestas y un contexto favorable. ¿Qué fuerzas políticas y sociales liderarán las nuevas propuestas igualitarias? Solo el futuro nos lo dirá.

Por Mario Ríos Fernández, analista político, doctorando en la Universitat de Girona y profesor asociado en la Universitat de Barcelona y en la UdG.

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Viernes, 07 Enero 2022 07:05

Mundo Musk

Elon Musk en la ceremonia de entrega de los premios Axel Springer, en Berlín, en diciembre de 2020 AFP, BRITTA PEDERSEN

Convertidos en el nuevo modelo mediático a imitar por la humanidad, los multimillonarios de la industria tecnológica se presentan como emprendedores resueltos a salvar la civilización. Es más bien lo contrario.

 

En 2021 la brecha entre ricos y pobres llegó a un nivel desconocido desde comienzos del siglo XX. Un informe macro del Laboratorio sobre la Desigualdad Global publicado en diciembre muestra que hoy el 10 por ciento más poderoso de la población mundial concentra el 76 por ciento de la riqueza, mientras que la mitad más pobre, solo el 2 por ciento. En América Latina, la diferencia es aún más pronunciada: el 10 por ciento más rico acapara el 77 por ciento de la riqueza, mientras que el 50 por ciento más pobre, apenas el 1 por ciento.

En la punta baja, el año pasado otros 100 millones de terrícolas cayeron en la extrema pobreza, ese territorio hacinado en el que se nada en la nada. En la punta alta, los hiperhipermillonarios –ese puñado– aumentaron su riqueza en un 14 por ciento. «Observamos un mundo todavía más polarizado, en el que el covid ha amplificado el fenómeno del ascenso de los multimillonarios y ha dejado más pobreza», dijo a comienzos del mes pasado a El País de Madrid Lucas Chancel, cabeza del grupo coordinador de los más de 100 investigadores que trabajaron para el informe. No es el virus, sino el sistema, aclaró luego el economista francés.

La tendencia a la aceleración de las desigualdades arrancó en los años ochenta y de ahí en adelante se ha mantenido, salvo frenos puntuales aquí y allá, que no han alterado el panorama sustancialmente. Desde los noventa (ya en un mundo homogéneamente capitalistizado), esos que ahora llaman –en inglés– zillionaires, los astronómicamente millonarios, un 0,0001 por ciento de la población mundial, aumentaron su riqueza en un promedio anual del 8,1 por ciento; los un poquito menos ricos, el 0,001 por ciento, en un 5,9, y el 0,01 por ciento del escalón siguiente, en un 5 por ciento. Una norma: a mayor riqueza, mayor ganancia.

«Lo que cabe esperar es que siga siendo así», dice Thomas Piketty, otro integrante del equipo coordinador del Informe sobre la Desigualdad Global 2022. El documento apunta que la desigualdad se acentuará no solo entre individuos, sino también entre los recursos del sector público y los del sector privado: «Los gobiernos son hoy mucho más pobres que hace 40 años. Es una tendencia secular que observamos: el sector público se empobrece y el privado se enriquece». La pandemia (el manejo de la pandemia, el contexto en el que transcurre la pandemia) aportará su cuota para hacer más hondo el foso, con Estados más endeudados y ricos aún más enriquecidos e intocados.

La revista Forbes estimó que el patrimonio líquido sumado de las 500 personas más ricas (que en 2021 se incrementó en 1 billón de dólares) es hoy mayor que el producto bruto interno individual de todos los países del planeta, con excepción de Estados Unidos y China, y dejó entrever, como Piketty, que todo hace prever que la distancia aumentará.

***

Elon Musk es el zillionaire más en boga. En 2021, el dueño de la fábrica de vehículos eléctricos Tesla y de la compañía aeroespacial Spacex, y fundador de la plataforma de pagos Paypal se convirtió no solo en el hombre más rico del planeta, sino en el primero en la historia en haber acumulado una fortuna superior a los 300.000 millones de dólares. Forbes la calculó en 308.000 millones en noviembre del año pasado. Otras fuentes la reducen a 270.000 millones. Qué más da. Del puñado de magnates que componen lo que el Instituto de Estudios Políticos (IPS) de Estados Unidos llama la docena oligárquica, Musk fue quien más se benefició con la pandemia. De acuerdo a Forbes, hizo el grueso de su fortuna entre enero de 2020 y fines de octubre de 2021. Antes de comienzos de 2020 no figuraba ni siquiera en el top 10 de los más ricos, el pobre.

Entre la docena de oligarcas identificados por el IPS están, por supuesto, los principales ejecutivos de las GAFAM (las megaempresas del sector tecnológico: Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft). Desfilan por allí Jeff Bezos, el propietario de Amazon y Starlink, a quien Musk desplazó del lugar de más rico del mundo en la escala de milmillonarios; Mark Zuckerberg, el patrón de Facebook; Bill Gates, el fundador de Microsoft, y varios altos ejecutivos de Google. También se alinean los herederos del gigante de la distribución Walmart y el bueno de Warren Buffett, aquel gurú de Wall Street que pidió que, por favor, el fisco de Estados Unidos le cobrara impuestos más o menos a la altura de sus ganancias, porque pagaba menos que su secretaria, el mismo que hace unos años dijo: «La lucha de clases existe y la estamos ganando los ricos». Solo entre marzo y agosto de 2020, de acuerdo al IPS, los 12 habían acrecentado globalmente sus ganancias en un 40 por ciento.

Las cifras dadas por Forbes son particularmente alucinantes. A noviembre del año pasado, los 20 mayores magnates yanquis reunían una riqueza de 5,3 billones de dólares. A alguien en Europa se le dio por calcular que cualquiera de estos milmillonarios gana en un año más o menos lo mismo que lo que ganan, sumadas, varias decenas de miles de trabajadores europeos de ingresos medios a lo largo de toda su vida (Bezos como unos 50 mil trabajadores, Musk como unos 80 mil).

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En diciembre, Time eligió a Musk como personaje del año. «Guste o no, hoy estamos en el mundo de Musk», dijo Edward Felsenthal, editor de la revista estadounidense. «Este tímido sudafricano con síndrome de Asperger, que escapó de una infancia brutal y superó una tragedia personal, que hace solo unos pocos años era objeto de continuas burlas y tratado como un estafador loco al borde de la quiebra, ahora somete a los gobiernos y a la industria a la fuerza de su ambición. […] Con un movimiento de su dedo, el mercado de valores se dispara o se desmaya y un ejército de devotos está pendiente de cada una de sus palabras» en Twitter, añadió, donde lo siguen casi 70 millones de personas. A Time le fascina este «genio» y «payaso» que fabrica autos eléctricos, que los vende como una de las soluciones al cambio climático y que, al mismo tiempo, promueve el turismo espacial y se propone llevar a Marte, de aquí a 2050, a 1 millón de personas en naves de Spacex para ir colonizando el planeta rojo e ir preparando un futuro humano posterrícola, por si a Gea le quede poco tiempo.

En 2016, en un congreso internacional de astronáutica, Musk dijo: «No hay para la humanidad más que dos caminos: o bien permanece aferrada a la Tierra para siempre y llegará el momento en que un acontecimiento causará su extinción, o bien apuesta a una civilización multiplanetaria». Tiempo después fue más taxativo aún: «Es esencial para la supervivencia de la humanidad fundar una sociedad centrada en el viaje espacial». Time cree que Musk sabe vender como nadie lo que hasta hace poco parecía una quimera y que, sobre todo, sabe hacer que muchísimos lo tomen a él como modelo de lo que hay que ser.

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En 2021, cuatro hiperricos viajaron al espacio sideral a bordo de una nave de Spacex, la empresa de Musk, quien no fue de la partida. Algunos de sus competidores sí volaron en naves de sus propias empresas. El primero fue el zillionaire británico Richard Branson, dueño de Virgin Galactic, que invirtió 1.000 millones de dólares para darse el gustito de decir: «Oh, my God!» al contemplar la Tierra desde una altura de 85 quilómetros y dar el puntapié inicial de un programa comercial de turismo espacial que ya está completito: Virgin asegura que le han reservado 600 boletos. Cada uno vale entre 200 mil y 250 mil dólares.

A Branson le siguió Bezos: el hombre se embarcó a bordo de una nave de Blue Origin en julio y tres meses después invitó a dar un paseíto al actor Wiliam Shatner, el capitán Kirk, de Viaje a las estrellas, su héroe de infancia. Los héroes de Musk eran personajes de El Señor de los Anillos y la Serie de la Fundación. «Me hacían sentir el deber de salvar el mundo», le contó en 2009 a la revista The New Yorker, cuando recién estaba probando el Roadster, el primer auto eléctrico de Tesla, pero ya era un rico y megalómano empresario que, a falta de un imperio mediático propio, tenía un habilísimo manejo de Twitter y despuntaba como nuevo gurú del sector tecnológico, cosa en la que se convirtió tras la muerte de Steve Jobs. «De niño soñaba con ser quien soy: alguien que está por fuera de cualquier conflicto social y pone todo su talento, todo su esfuerzo, al servicio de los demás. A mí lo que más me interesa es que la Tierra siga existiendo, pero tengo el deber, también, de proponer alternativas», le dijo el año pasado a un canal de televisión nórdico.

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«Lo sideralmente extraño de esta historia es cómo los milmillonarios han logrado imponer la idea de que de ellos –los superricos, más ricos que cualquier Estado, más poderosos que cualquier organización internacional– depende nada menos que la supervivencia del planeta; la idea de que son ellos, y solo ellos, quienes tienen el dinero, el talento y el poder necesarios para rescatarnos y evitar el apocalipsis», se sorprendía, en noviembre, en Glasgow –donde se estaba desarrollando la COP 26, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático–, un directivo de la confederación internacional Oxfam. «Más extraño aún es que hayan logrado desligarse de cualquier responsabilidad sobre el estado actual del mundo, cuando no hay que ser demasiado agudo para darse cuenta de que ellos son una parte fundamental del problema, no de la solución», decía.

Hoy «los ultrarricos están de moda», constataba, a su vez, el 24 de diciembre, el diario Il Manifesto. Y, evocando también la conferencia de Glasgow, recordaba que allí, en sus corredores, en sus ambulatorios, quienes más se hacían notar no eran los ministros de medioambiente ni los militantes sociales, sino los Bezos, los Musk, los Gates y los representantes de la Financial Alliance for Net Zero, un conglomerado de 400 y pico de bancos, fondos de inversión y grandes empresas (entre ellos, Black Rock, Goldman Sachs, Moody’s, Bloomberg) que se proponen desarrollar fabulosos proyectos verdes que poco y nada ayudarán a cumplir su supuesto objetivo. «Después de Glasgow, a mediados de noviembre, Thomas Friedman, editorialista de The New York Times, ganador de tres Pulitzer, escribió en ese diario una larga nota que se podría resumir así: “Necesitamos un poco menos de Greta Thunberg (la joven ecologista sueca) y un poco más de Elon Musk. La buena noticia es que eso es lo que está sucediendo”», apuntaba la publicación italiana.

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Las imposturas de los zillionaires son tan astronómicas como sus fortunas. Los megaplanes de reforestación de Bezos y los automóviles eléctricos de Musk no son más que engañapichangas. Carísimos engañapichangas a los que ellos destinan una parte ínfima de sus ingresos que parece fabulosa y en los que se embarcan los Estados que no pretenden encarar transformaciones de fondo.

Hace un par de años, Amazon anunció varios compromisos climáticos, según los cuales para 2040 habrá llegado al «equilibrio ecológico», pero falseó a tal punto su propia huella de carbono –la que dejan los aviones que transportan sus mercaderías, que cada vez son más y cada vez vuelan más; la que deja la mayor parte de los productos que comercializa, como artículos electrónicos y textiles– que cualquiera de las cifras que anuncia son mentirosas, dice una investigación conjunta de Amigos de la Tierra, el sindicato Solidaires y la asociación ATTAC publicada en Francia (Mediapart, 26-XII-21). Un solo vuelo al espacio de Blue Origin emitió en 11 minutos tantos gases de efecto invernadero como los que emite en toda su vida una de las 1.000 millones de personas más pobres del planeta.

También son espejitos de colores los megaplanes de reforestación que financia el dueño de Amazon. Emmanuel Macron recibió a Bezos a besos en Glasgow el 1 de diciembre, luego de que el zillionaire anunciara que «donará» 1.000 millones de dólares para la Gran Muralla Verde que se proyecta en África, que el presidente francés promueve. «Resolver el problema que supone la emisión de gases de efecto invernadero plantando árboles es simplemente un espejismo», dice el documento de Amigos de la Tierra, Solidaires y ATTAC.

Mismo espejismo con Musk y sus autos eléctricos. En su página web, Tesla asegura que su razón de ser es «acelerar la transición mundial hacia una energía sostenible», eléctrica o solar. Bienvenidos sean los planes para abandonar las energías fósiles, pero la visión de Musk, dice Laura Villadiego en La Marea Climática, «se basa en los mismos principios que crearon el problema: un mundo de sobreconsumo, que deja las opciones sostenibles a los que más abusan de ellas, los ricos». «Y eso hace que pierdan todo su sentido. El propio Musk es parte de ese modo de vida», añade. De acuerdo a The Washington Post, solo en 2018 el magnate recorrió unos 250 mil quilómetros en avión, incluidos sus viajes entre una punta y otra de Los Ángeles para evitar los embotellamientos.

En cuanto a los autos de Tesla, que se están vendiendo como pan entre los consumidores ricos y riquitos, sus baterías requieren toneladas de litio, cuya extracción tiene costos ambientales y sociales enormes. Por ejemplo, dejar sin agua a las comunidades que pueblan las zonas áridas en que se ubican las salinas donde se halla el metal. En América Latina están en Chile, Bolivia y Argentina. En el desierto de Atacama (Chile tiene el 40 por ciento de las reservas de lo que hoy se llama oro blanco) el agua, ya naturalmente escasa, lo es aún más debido a la extracción de litio.

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En nada les interesa a estos superricos el bien común, su altruismo es de pacotilla, sugería, en una nota publicada en 2018 en varios medios, el profesor de cultura virtual estadounidense Douglas Rushkoff: «Ellos se están preparando para un futuro digital que tiene mucho menos que ver con hacer del mundo un lugar mejor que con trascender la condición humana y aislarse de un peligro muy real y presente de cambio climático, migraciones masivas, pandemias globales y agotamiento de recursos. Para ellos, el futuro de la tecnología consiste realmente en una sola cosa: escapar».

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Mientras preparan el escape, son seres bien de este mundo, bien de su clase. Y así actúan: oponiéndose a pagar impuestos, porque a los ricos hay que incentivarlos para que sigan creando riqueza y empleo (Bezos reclamó que le descontaran de sus impuestos lo que gasta en colegios privados para la educación de sus hijos); exigiendo a sus empleados que trabajen más por menos, porque el mundo está en crisis y se necesita el esfuerzo de todos («Nunca vi que nadie transformara nada trabajando solamente ocho horas diarias», declaró hace no tanto Musk, para quien una semana laboral de 80 horas sería lo normal); considerando a los trabajadores de sus empresas «eslabones reemplazables de una cadena», según dijo un gerente de Amazon en medio de su enésima campaña de desprestigio contra quienes pretendían formar un sindicato en la empresa (y no lo lograron), y viendo los puestos de trabajo que destruyen (por un empleo creado por Amazon, desaparecen 2,2 en el sector del comercio de cercanía) como meros daños colaterales.

Meros daños colaterales deben también haberle resultado a Bezos las ocho muertes en el almacén de Amazon que se desplomó en Kentucky por un tornado en diciembre. La pareja de uno de los fallecidos contó que a los trabajadores les impedían salir del local a pesar de las alertas, porque estaban embalando a todo trapo para la zafra de Navidad. «Amazon no nos deja irnos», tuiteó este empleado, Larry Virden. En los enormes depósitos de la empresa de Bezos en Estados Unidos, los trabajadores deben atravesar enormes corredores para llegar a un baño. Como por lo general el tiempo no les da, deben usar pañales. En las plantas de Musk saben que si no se dejan sobreexplotar o si reclaman, pueden perder el empleo. «La gente que normalmente me conoce se lleva una buena impresión de mí. Si no los he despedido», le dijo una vez el megarrico a The New Yorker.

En 2019, Martín Capparós escribía en una columna («El modelo Bezos») que décadas atrás pensaba, ingenuo él, que los sindicatos de izquierda argentinos «debían llevar a sus trabajadores a Punta del Este para que, al ver esas mansiones, esos coches, esas siliconas, esos precios, los obreros se llenaran de sacrosanta indignación de clase y reaccionaran». Alguien le contestó que «quizás el resultado sería que muchos insistirían en admirar y desear esos sitios, esas vidas». El periodista concluía: «Para eso sirven los Bezos de este mundo: te ofrecen la ilusión de que podés ser así. Lo malo no es siquiera que no es cierto; lo peor es que te convencen de que eso es lo que vale la pena querer, que esa es la meta. El negocio es redondo: si muchos quieren ser como ellos, ellos podrán seguir siendo como ellos sin parar». Curiosa forma de síndrome de Estocolmo, decía. Un síndrome que por aquí opera a full cuando, pongamos, nos dicen que a los malla oro –incluso a nuestros chiquitos malla oro– hay que dejarlos pedalear tranquilos, porque según les vaya a ellos nos irá a nosotros. Y lo creemos.

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MÁS LEÍDOS 2021: El Banco Mundial y la “Tierra prometida del capital”

El Banco Mundial (BM) publicó el 27 de octubre el informe “Hacia la construcción de una sociedad equitativa en Colombia”. El estudio se fundamenta en la teoría del “capital humano”; según ésta, el conocimiento y la salud promueven la equidad y determinan el incremento de la productividad individual y el crecimiento económico. La política fiscal deberá ser el medio para invertir en el “capital humano”: el impuesto extendido a toda renta personal –IRP– y el impuesto universal al valor agregado –IVA– serán las principales fuentes utilizadas por el Estado para redistribuir entre los más pobres. El colofón es sencillo: i) hay pobreza porque los pobres cuentan con poco capital humano; ii) hay desigualdad y pobreza porque el Estado no dispone de los suficientes recursos presupuestales para incrementar el capital humano de los pobres; superados estos impasses, alcanzaremos la “Tierra prometida del capital”.

 

El BM, organización multinacional especializada en finanzas y asistencia creada en 1944, tiene como misión reducir la pobreza extrema y promover la prosperidad compartida en los países en desarrollo (fomentar el aumento de los ingresos de los más pobres). Funcionarios de la institución analizaron la situación de Colombia como sociedad equitativa. Una sociedad equitativa, la define el BM, es aquella en la que las personas tienen las mismas oportunidades para seguir la vida que elijan, independientemente de las circunstancias en las que nacieron, y no están sometidas a la pobreza.

El informe documenta y describe las principales fuentes de desigualdad en Colombia, identifica los impulsores de esas disparidades y propone un menú con opciones de políticas, para abordar las causas de la desigualdad y promover una sociedad más equitativa. Para explorar los factores que conducen a las disparidades entre grupos, el informe se enfoca en el marco basado en activos, esto es, los elementos que determinan la capacidad de un individuo o un hogar para generar ingresos de mercado.

De acuerdo con el BM, la desigualdad de ingresos en Colombia es muy alta (gráfico 1), lo que se constituye en una limitación fundamental para el crecimiento económico y el progreso social. Esta realidad, que es estructural y crónica, en el 2019 fue la más alta entre todos los países de la Ocde y la mayoría de los de América Latina y el Caribe (ALC). Los ingresos del 10 por ciento de la población más rica de los colombianos son once veces mayor que la del 10 por ciento más pobre.

Una constante histórica en aumento desde 2018, agravada, además, por el impacto del covid-19, factor que aumentó la pobreza en 6,8 puntos porcentuales en 2020, y llevó a que 3,6 millones de personas más se volvieron pobres, particularmente en las áreas urbanas, provocando, también, que la pobreza extrema aumentara en 5,5 puntos porcentuales, para dejar a 2,8 millones de personas más sin poder cubrir las necesidades alimentarias básicas.

Estas realidades, la histórica y la coyuntural, al ritmo del declive observado entre 2008 y el 2019, justo antes de que estallara la pandemia, implican que a Colombia le tomaría cerca de cuatro décadas para alcanzar el nivel promedio de desigualdad que resalta entre los países de la Ocde.

El BM sostiene que las políticas tributarias y de transferencias vigentes en Colombia, en el mejor de los casos, solo tienen un impacto positivo modesto sobre estos desequilibrios, por lo que es evidente que existe un amplio potencial para mejorar el papel redistributivo de su política fiscal. Las reformas de políticas en muchas áreas podrían ayudar a trazar un futuro más equitativo para el país.


La estructura

El informe está estructurado en seis capítulos: i) vista general del desafío: impulsores de las desigualdades y opciones de política; ii) principales activos con los que las personas, en particular las más pobres, pueden contar para generar ingresos: la educación y la salud, o lo que se conoce como su capital humano; iii) barreras que afectan la utilización y el rendimiento del capital humano en el mercado laboral: las barreras a la movilidad laboral, desde sectores con baja productividad a los sectores más dinámicos, y el acceso desigual a las nuevas tecnologías que limitan el acceso de los pobres a los trabajos del futuro; iv) propiedades redistributivas del sistema fiscal en Colombia y análisis del alcance de los impuestos directos e indirectos, el gasto social y los subsidios en la reducción de la desigualdad; v) impulsores de las diferencias en el bienestar entre territorios; vi) impactos a largo plazo del cambio climático sobre la desigualdad, a través de sus efectos sobre la productividad sectorial, la productividad laboral y el suministro de energía.

El aspecto más grave que describe este informe es el de la persistencia intergeneracional de las desigualdades, la pobreza y las exclusiones. En Colombia no existe movilidad social ascendente: quien nace pobre, vive y muere en igual circunstancia y las generaciones que le siguen heredan la pobreza. Las perspectivas de ingresos y formación de un niño o niña en el país dependen, lamentablemente, de las circunstancias en que nacen, de la situación de sus padres, de su pertenencia étnica, incluso de la región geográfica.

De este modo, las disparidades entre los ingresos en los adultos surgen de las brechas abiertas desde la vida temprana para las oportunidades de alta calidad en desarrollo infantil, nutrición, educación y servicios de atención médica. La desigualdad en el acceso a empleos de calidad amplifica aún más estas brechas, lo que convierte al país en un territorio donde las desigualdades son más persistentes entre generaciones. La desigualdad de larga data entre las regiones se superpone con las grandes brechas en el bienestar entre los afrodescendientes e indígenas y el resto de la población.

De manera crónica y estructural, la evidencia empírica en Colombia muestra históricamente que los pobres se vuelven más pobres mientras los ricos se vuelven más ricos. La intervención del Estado a través de la política fiscal, el gasto social y los subsidios no transforma esta cruda realidad ni reduce las amplias brechas de la desigualdad. No importa que el ingreso social crezca a un ritmo significativamente más rápido que la población; de todos modos la pobreza y la desigualdad se reproducirán de manera ineluctable (gráfico 2). Durante las últimas tres generaciones, de 1950 a 2021, el ingreso per cápita (valor del PIB dividido por el tamaño de la población) creció 3,5 veces en precios constantes y el coeficiente de concentración Gini aumentó en 0,153, esto es, de 0,400 a 0,553 (el valor del coeficiente tiene un rango de 0 a 1, donde 0 es igualdad absoluta y 1 la máxima desigualdad). El sistema está diseñado de tal manera que los pobres transfieren ingresos y riqueza a los más ricos mediante diversos procedimientos.

Una realidad tal que lleva a que Colombia sea uno de los países del mundo donde las desigualdades sean más persistentes entre generaciones. Las desigualdades y las brechas de pobreza entre sus connacionales son abrumadoras, multifactoriales y se generan desde el nacimiento (gráfico 3).

 

 

Una realidad palpable. En general, un niño o niña pobre recibe dos años y medio menos de educación y tiene tres veces más riesgo de sufrir desnutrición que uno que no está en esa condición socioeconómica. La educación que reciben los pobres es de mala calidad y poco pertinente para su desarrollo personal, la inserción en el mercado laboral y el ejercicio de la ciudadanía. Los pobres no tienen acceso a una atención médica de alta calidad; esto contribuye a las disparidades en los resultados: los niños más empobrecidos tienen tasas de retraso en el crecimiento que son tres veces mayores que las de los niños más ricos. El empleo que logran es de bajos e inestables ingresos y sin acceso a la seguridad social; además la informalidad, los puestos de trabajos precarios e inhumanos son la marca imborrable de sus actividades laborales. Cuando el mercado laboral los excluye por vejez, enfermedad o invalidez, los pobres están desprotegidos, esto es, no acceden a una pensión y deben sobrevivir, si lo logran, del asistencialismo público o de la solidaridad familiar, pues carecen de ahorros o medios de vida o sustento que les permitan asegurar sus necesidades vitales.

Debido a la alta informalidad, inestabilidad laboral y desempleo, solo uno de cada cuatro colombianos logra acceder a una mesada pensional. De los cerca de 80 billones de pesos que al año debe sacar el fisco para todos los fines sociales, unos 25 billones de pesos se están yendo a subsidiar las pensiones del régimen público (prima media) y de esos subsidios, el 65 por ciento (unos 16,3 billones de pesos) va al 20 por ciento de mayores ingresos de la población, y menos del uno por ciento (solo 250.000 millones de pesos al año) son apropiados para subsidiar las pensiones del 20 por ciento de la población de menores ingresos. Las pensiones de más de veinte salarios mínimos legales (SML), subsidiadas con recursos públicos, favorecen y benefician a los altos funcionarios del Estado, miembros de las fuerzas armadas, políticos de carrera y poderosos empresarios. En el régimen de prima media el monto máximo de la mesada pensional no puede exceder al equivalente de 25 SML mínimos mensuales según el artículo 18 de la ley 100 de 1993; no obstante, políticos y magistrados han logrado pensiones infinitamente superiores a ese tope, pero ello no está al alcance del ciudadano común y corriente, quien no podrá aspirar a más de 25 SML mensuales (el 85% de las mesadas pensionales son inferiores a los dos SML mensuales). Este es un ejemplo entre muchos de como la institucionalidad y las leyes favorecen la desigualdad y las profundas brechas de ingresos entre ricos y pobres, entre quienes detentan el poder y el ciudadano de a píe. La teoría del “capital humano” no tiene ni asomo de validez para explicar esta situación de inequidad estructural; ni siquiera el nivel educativo alcanzado es un buen predictor de la distribución de los ingresos. En resumen, el sistema de seguridad social es inequitativo, puesto que los subsidios pensionales se concentran en los sectores más ricos de la población.


Principales hallazgos y recomendaciones


En este plano el informe, “Hacia la construcción de una sociedad equitativa en Colombia”, plantea:

• La desigualdad en nuestro país se extiende más allá de los aspectos materiales de los medios de vida. Los colombianos con menos educación, la población rural y los desempleados o empobrecidos tienen muchas menos probabilidades de considerarse felices. Cuatro de cada cinco connacionales creen que la distribución del ingreso es injusta o severamente injusta.
• En Colombia, las desigualdades afectan a las personas desde el comienzo de sus vidas de una manera que tiene consecuencias en la acumulación de capital humano y, por lo tanto, en las oportunidades disponibles al momento de ingresar al mercado laboral u obtener ingresos.
• Una mujer tiene 1,7 veces más probabilidades de estar desempleada que un hombre. Un indígena recibe en promedio dos años menos de escolaridad que otros habitantes del país, y un afrocolombiano tiene el doble de probabilidad de vivir en un barrio pobre.
• Las desigualdades también persisten entre generaciones. Los niños en este país enfrentan perspectivas de vida muy diferentes, debido a las circunstancias en las que nacen: es probable que un hijo de un padre con bajos ingresos gane menos que un hijo de un padre con altos ingresos. Entre un grupo de 75 países, la transferencia de la brecha de ingresos de una generación a la siguiente en Colombia es la más arraigada.
• Las desigualdades afectan a las personas desde el comienzo de sus vidas de una manera que tiene consecuencias en la acumulación de capital humano y, por lo tanto, en las oportunidades disponibles al momento de ingresar al mercado laboral u obtener ingresos.
• Promover la acumulación de capital humano desde la primera infancia requiere simplificar los procedimientos administrativos para que los ciudadanos accedan a los servicios de desarrollo de la primera infancia (DPI), introducir un plan de estudios básico para las competencias esenciales en todo el sistema educativo y brindar apoyo pedagógico a sus docentes sobre las pautas del plan de estudios básico. Al mismo tiempo, también requiere fortalecer los vínculos entre la educación primaria y secundaria y terciaria, asegurando la calidad y pertinencia del plan de estudios. En salud, el modelo de prestación de servicios debe transformarse en un sistema de atención primaria que se adapte a las necesidades locales; se deben proporcionar acreditación e incentivos financieros a las aseguradoras de salud.
• Solo el 40 por ciento de los colombianos que trabajan tiene empleo en el sector formal, lo que es una de las tasas más bajas de ALC. Las estrictas regulaciones laborales y los altos salarios mínimos desalientan la creación de empleos en el sector formal, y dejan a la mayoría de los pobladores trabajando en el sector informal. Con una clasificación de 109 entre 141 países, Colombia tiene una de las disparidades más grandes del mundo en el uso de tecnología entre grupos socioeconómicos: aunque el 73 por ciento de las personas en el 60 por ciento superior usa Internet, esa cifra es solo del 53 por ciento entre los del 40 por ciento inferior.
• Las políticas para reducir las distorsiones del mercado laboral que afectan a estos grupos incluyen hacer contribuciones a la seguridad social proporcionales a las horas trabajadas y limitar el crecimiento del salario mínimo a la inflación hasta que alcance un nivel más favorable a la creación de empleo. Cerrar las brechas entre los grupos también exige eliminar las barreras al acceso equitativo a las oportunidades económicas.
• La brecha entre la región más rica y la más pobre de Colombia es más del doble que la de otros países de la Ocde. Las disparidades espaciales se superponen con los grupos de población definidos por etnia. Reducir la desigualdad territorial requiere de políticas que fortalezcan la capacidad técnica y el desempeño fiscal de los gobiernos subnacionales, particularmente entre aquellos que están rezagados y necesitan más apoyo. La expansión de la conectividad, desde las secciones residenciales de las áreas periurbanas y los municipios más pequeños, hasta la red de carreteras terciarias y secundarias, y el refuerzo de los programas de vivienda también pueden aumentar el acceso a las oportunidades y reducir las desigualdades.
• En comparación con otros países de la Ocde y ALC, en Colombia los impuestos y las transferencias impactan poco para reducir la desigualdad de ingresos. Las políticas para aumentar el efecto redistributivo del sistema fiscal incluyen (i) extender el impuesto de renta personal a los dos deciles superiores de la distribución del ingreso en el corto plazo, con el objetivo de extenderlo a la mitad superior de la distribución del ingreso a largo plazo, a medida que aumenta el ingreso y la pobreza se reduce significativamente; (ii) reducir la lista de bienes exentos de IVA, lo que podría hacerse de manera paulatina, imponiendo inicialmente una tasa baja que va aumentando para dar tiempo a las cadenas productivas (especialmente para aquellos bienes que están excluidos del IVA) a adecuar sus precios; y (iii) mejor focalización de las transferencias y reducción de las fugas en los subsidios a los servicios públicos. Además, la creación de un registro social único dinámico, confiable e integrado puede informar el diseño y la implementación de programas de gasto social más efectivos.
• Los programas de asistencia social no están diseñados para proteger de manera flexible a los hogares contra las crisis. Las opciones de política relacionadas con las políticas de mitigación y adaptación climáticas que tienen como objetivo reducir el impacto de los choques climáticos en los más vulnerables incluyen (i) fortalecer el Sistema Nacional de Extensión Agrícola, mediante la incorporación de criterios de mitigación y adaptación en los planes departamentales de extensión y el desarrollo de la capacidad de los proveedores de servicios de extensión agrícola; (ii) consolidar el Sistema de Identificación de Potenciales Beneficiarios de Programas Sociales (Sisbén), registros administrativos de asistencia social y otras bases de datos clave en un registro social único dinámico, confiable, integrado y equipado con herramientas de evaluación de riesgos climáticos; y (iii) fortalecer la fijación de precios del carbono, mediante la ampliación del impuesto al carbono y la introducción de un sistema de comercio de emisiones.
• Reducir las desigualdades no es solo un objetivo por motivos morales, también tiene un buen sentido económico. Abordar las desigualdades puede conducir a una fuerza laboral mejor preparada, más capacitada y productiva; un crecimiento económico más fuerte y sostenible, y una cohesión social más estrecha. En síntesis, la “Tierra prometida del capital”.


Trascender la ideología

Una distribución más equitativa del ingreso social ha sido reconocida durante largo tiempo como uno de los fines principales de la política económica. El método más popular y simple a corto plazo para la redistribución del ingreso real consiste en la recaudación de impuestos sobre la renta y sobre el capital altamente progresivo, al mismo tiempo que el gobierno suministra a todo el mundo, de manera gratuita, un mayor número de bienes y servicios1.

Método que ha conducido a la autoreproducción ampliada, parasitaria e imparable del moderno Estado administrativo, intervencionista, fiscalista y policial. Tendencia que recuerda la ley wagneriana, conocida también como “ley de la cuota estatal creciente” o “ley de la ampliación continua de la actividad estatal”. Cada vez son menos los que consideran la ampliación autógena de las actividades estatales dentro del marco de la satisfacción de la necesidad comunitaria, mientras que la mayoría contempla con ojos escépticos y conciencia crítica el complejo del estatalismo, fiscalismo, intervencionismo, autoritarismo y represión, y suponen en él, cada vez más, el teatro absurdo de una sobredimensionada institución de autoservicios y corrupción que es contraproductiva. De este modo, la exigencia actual de “justicia social” tiende a confiscar la propiedad del sector productivo y los ingresos de la clase trabajadora para desviarla “socialmente” al sector improductivo2.

La distribución del ingreso depende de una multitud de factores que ejercen una variada influencia. Los más visibles son el grado de concentración de la propiedad y de la renta del capital, y los niveles de remuneraciones y ocupacionales. La distribución determinada por estos factores (distribución funcional del ingreso) es modificada por la tributación sobre el capital y el trabajo y por el sistema de seguridad social. La distribución que resulta –distribución personal y familiar del ingreso– refleja de manera predominante ingresos de carácter monetario; por lo que es necesario también incorporar la provisión por parte del Estado de bienes y servicios colectivos (educación, salud, vivienda, servicios domiciliarios) y los gastos improductivos del Gobierno (técnicamente llamados de funcionamiento) que genera esta intermediación: sostenimiento de un frondoso aparato burocrático-militar improductivo.

En Colombia siempre ha habido una relación de simbiosis entre el gran capital privado y el poder del Estado. Las políticas públicas son un reflejo de la lucha de clases cuidadosamente perfiladas y planeadas para favorecer a los ricos y exprimir aún más a los pobres. En la perspectiva de la dinámica sociopolítica, económica, cultural y ambiental sistémica y compleja el modelo de análisis para la determinación de las fuerzas que operan en la distribución y redistribución del ingreso debe contemplar los siguientes elementos y ámbitos:

i) la ideología económica y política preponderante que deriva de la coalición hegemónica existente y que sirve de orientación general para la política económica, en particular, y las políticas públicas, en general (complejo de necesidades e intereses que predominan en el poder y los centros de decisión);
ii) la composición del elenco gobernante que toma las decisiones principales de la política económica; los partidos y grupos políticos de donde provienen y las alianzas que establecen, los intereses sectoriales que representan y las vinculaciones que mantienen con los principales grupos, transnacionales y sectores económicos privados dentro del contexto de las relaciones entre “los negocios” y el gobierno;
iii) los grupos de presión, partidos, movimientos políticos y mafias organizadas: sus principales conexiones y alianzas, grado de influencia y medios a través de los que la ejercen, ideologías respecto a la distribución del ingreso y la riqueza;
iv) la política económica misma, en tanto estrategia para la distribución del ingreso, sus relaciones con la política general y la ideología predominante, su consistencia interna, las reacciones de aceptación y oposición que produce, dinámica y resultados de la lucha de clases;
v) La situación económica general, tendencias del modelo dominante de desarrollo, estado coyuntural de la economía, dependencia, articulaciones y relaciones comerciales con el sistema mundo capitalista, políticas gubernamentales orientadas a mejorar las condiciones de los pobres, heterogeneidad del aparato productivo, vigencia de los derechos humanos y calidad de la democracia, el proceso inflacionario y los precios relativos, etcétera.

Todos estos elementos y ámbitos deben considerarse como unidades de un conjunto analítico estructural y de un tipo histórico que tiene sentido y significado propio al interior de una totalidad sistémica emergente, dinámica, dialéctica, cambiante y en desarrollo3.

1 Mishan, E. J. Los costes del desarrollo económico. Oikos-Tau ediciones, España, p. 44.
2 Sloterdijk, Peter. (2018) ¿Qué sucedió en el siglo XX? Ediciones Ciruela S. A. España, pp. 16 y 82.
3 Graciarena, Jorge. (1974), “Estructura de poder y distribución del ingreso en América Latina”; en: Foxley, Alejandro (editor), Distribución del ingreso, Fondo de Cultura Económica, México, pp. 318-319.
* Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos desdeabajo y Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 


 Perspectiva analítica

La desigualdad es un agravio a la justicia. El valor central para definir una desigualdad como iniquidad es la justicia: la iniquidad es una desigualdad considerada injusta. La desigualdad también afecta negativamente la garantía y disfrute de los derechos humanos como también el efectivo ejercicio de la democracia diaria.


Por debajo de la distribución del ingreso subyace una estructura de poder. De una parte, el ingreso es una categoría económica y, de otra, los mecanismos que pueden modificar las pautas dominantes de la distribución son de naturaleza política, dado que son controlados desde los grandes centros de decisión de la sociedad (principalmente el Estado). Por tanto, el punto de convergencia estructural entre el ingreso y el poder social se encuentra en la propiedad y organización de las fuerzas productivas y en las relaciones sociales de producción que dan origen a las clases sociales, o grupos de gentes, que se diferencian unos a otros en su posición en un modo de producción, y en el tamaño de la parte de ingresos sociales y riqueza que les corresponde como consecuencia de su conciencia social, fuerza organizativa, posición y del balance de la lucha de clases.


Generalmente se utilizan cuatro tipos de análisis económico de la distribución del ingreso: i) la funcional (capital/trabajo), ii) la personal o familiar según factores demográficos y socioeconómicos, iii) la dada por categorías socioeconómicas; iv) la propiciada por las fuerzas sociopolíticas que operan en la asignación del ingreso social desde la perspectiva de la dinámica societal sistémica, estructural e histórica.


Un modelo analítico para la determinación de las fuerzas socioeconómicas y políticas que operan en la asignación del ingreso social debe contar con la perspectiva de la dinámica histórica y societal global. En el campo de la lucha sociopolítica, el enfrentamiento entre derechos iguales lo define el poder o la fuerza dominante. Es una regla para el análisis de la dinámica social, primero, que las acciones sociopolíticas están motivadas por necesidades e intereses y, luego, que habitualmente hay una convergencia relativa entre los efectos de la acción y las finalidades perseguidas por los agentes beneficiados por ella. Una de las características centrales de las sociedades capitalistas modernas es la vinculación cada vez más estrecha entre los “negocios” y la política*. Las necesidades e intereses de los grupos que dominan se proyectan en la política económica, monetaria, crediticia, cambiaria, de precios, fiscal y de subsidios.


En la perspectiva analítica del informe del BM, ni el sistema económico ni la estructura de poder son cuestionados, en consecuencia carece del análisis de la dinámica sociopolítica. La distribución del ingreso es un hecho “natural” económico e institucional, sin que nada tenga que ver con el sistema o la estructura del modo de producción y menos aún con la lucha política entre las diferentes clases o grupos sociales. Las participaciones en los ingresos sociales del factor capital y del factor trabajo (distribución funcional) están determinadas por las productividades marginales relativas que, con una tecnología dada, dependen a su vez de los montos relativos de los factores empleados. En este modelo analítico, a nivel microeconómico las participaciones relativas se alteran tanto con los cambios técnicos que modifican las productividades marginales, cuanto con las variaciones en las cantidades relativas de factores empleados; el nexo con el análisis macroeconómico se concreta a través de las funciones agregadas de producción. Dinámica que depende de los precios relativos del capital y el trabajo, en un contexto de maximización de utilidades y de competencia perfecta en el cual operan las fuerzas del mercado.


La productividad del factor trabajo es fruto, según la ideología que sustenta el informe del BM, del “capital humano” que posee cada individuo. En consecuencia, el documento “Hacia la construcción de una sociedad equitativa en Colombia” se centra en los principales activos con los que las personas, en particular las más pobres, pueden contar para generar ingresos: la educación y la salud, o lo que se conoce como su capital humano. Por esa razón, el BM se centra en los mecanismos que dispone el gobierno para modificar la distribución primaria y secundaria del ingreso a través del sistema fiscal (impuestos directos e indirectos), el gasto social y los subsidios, teniendo como objetivo principal del análisis la reducción de la desigualdad y la pobreza. Corolario del “capital humano”, el BM da preponderancia al uso diferencial y selectivo de mecanismos redistributivos directos al margen del mercado, tales como “inversiones” en educación, salud, vivienda y equipamiento comunitario.


El Grupo Banco Mundial que tiene como eslogan trabajar con los países en desarrollo con el fin de reducir la pobreza y aumentar la prosperidad compartida, no toma en cuenta que una estrategia redistributiva, para lograr el éxito, necesita de un sólido apoyo político. El problema consiste en que los grupos sociales a favor de los cuales hay que redistribuir son aquellos que tienen un menor grado de organización, cohesión interna y capacidad de presión sobre el aparato del Estado. Es preciso diseñar estrategias y políticas que abran paso a la participación directa de estos grupos en el poder. La conciencia social, la organización, la lucha por el poder y la profundización de la democracia real y directa son fundamentales en la conquista y construcción de una sociedad igualitaria. Los ricos raramente ayudan a los pobres, más a menudo los explotan.
En resumen, el estudio del BM carece de un análisis sistémico, de una perspectiva histórica crítica y de mecanismos estructurales que permitan superar la desigualdad y garantizar el acceso de todos los connacionales a una vida digna, solidaria y democrática.

* Graciarena, Jorge. (1974). “Estructura de poder y distribución del ingreso en América Latina”; en: Foxley, Alejandro (editor), Distribución del ingreso, Fondo de Cultura Económica, México, p. 311.


 Retos que tendría un gobierno “progresista” de salir electo en el 2022


Siete son los retos que debe enfrentar un gobierno alternativo a las clases y grupos hegemónicos que han dominado el escenario sociopolítico y económico durante el último medio siglo en Colombia: i) deconstruir los mecanismos de conservación y reproducción que siempre han estado representados o encarnados en las clases o grupos que controlan el poder, son dueños del capital y determinan las instituciones públicas; ii) romper el vínculo entre negocios, política y corrupción; iii) transformar la política social asistencialista en una dinámica que recupere la dignidad humana, el trabajo productivo y asociativo, a la vez que promueve la autonomía territorial y el desarrollo sostenible de las localidades y comunidades; iv) profundizar la democracia radical en una perspectiva universal y sistémica; v) garantizar un ingreso básico ciudadano universal y la satisfacción gratuita de las necesidades vitales de toda persona (educación, salud y seguridad social); vi) emprender una reforma agraria integral y nacional, fortalecida financiera, técnica y comercialmente orientada a abastecer los mercados internos y externos; vii) Control estatal y popular sobre los medios estratégicos y financieros del desarrollo, sustituyendo el modelo económico neoliberal por un sistema de planificación democrático, plural y global, sectorial y regional.


 

La otra cara de la riqueza

El BM encubre la estructura económica y sociopolítica del capitalismo, sus desigualdades, contradicciones y conflictos. Oculta que la otra cara de la riqueza y la concentración del ingreso son la pobreza crónica y la exclusión. El principio guía: “lo que es bueno para los ricos necesariamente debe ser bueno para los pobres”. Ignora que la sociedad capitalista con su estructura definida de clases antagónicas contiene, a la vez, una inmodificable estratificación socioeconómica al interior de las clases. El informe descansa en la utopía de una sociedad sin pobres, armónica, prospera y equitativa. En síntesis, el BM prefigura para Colombia, si se obedecen sus recomendaciones, el que se haga realidad el concepto mesiánico de la “Tierra prometida del capital”. En la lectura del informe, por su ocultamiento o negación, es necesario, entonces, evidenciar las contradicciones y antagonismos del sistema, como también desenmascarar los mecanismos de conservación y reproducción que siempre están representados o encarnados en las clases o grupos controladores del poder y que determinan la estructura de las desigualdades y la pobreza.

 

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