Miércoles, 08 Septiembre 2021 06:37

Si todo es facismo, ¿qué es el fascismo?

Si todo es facismo, ¿qué es el fascismo?

Hay quienes le dicen fascista a Donald Trump y quienes definen como fascistas a grupos musulmanes radicales. ¿Qué define hoy la palabra fascismo? ¿Es útil para la izquierda utilizarla como un comodín analítico?

A comienzos de la década de 1930, Antonio Gramsci se lamentaba en sus escritos redactados en prisión de que Europa hubiese caído en lo que denominó «cesarismo». La agitación social en todo el continente había fortalecido a autócratas ambiciosos que, como Julio César, se jactaban de representar la voluntad popular de su nación mientras destruían sus instituciones democráticas. Si bien el concepto se acuñó en el siglo XIX para describir a figuras como Napoleón III, muchos pensaron que caracterizaba acertadamente las nacientes dictaduras del periodo de entreguerras. Gramsci lo invocaba para analizar el Estado fascista de Benito Mussolini y el periodista Jay Franklin lo amplió para caracterizar los regímenes de Hitler y Stalin. El término «cesarismo», sin embargo, también despertó controversias, y otros pensadores lo descartaron por considerarlo inadecuado. El filósofo político Karl Loewenstein, por ejemplo, creía que las analogías con la época romana ocultaban la ambición sin precedentes de los nuevos regímenes de rehacer la naturaleza humana. Solo un término novedoso, como «totalitarismo», podría realmente caracterizar su terrorismo extremo, la utilización de nuevas tecnologías y el deseo de colonizar las mentes de los ciudadanos. Esta última posición finalmente salió victoriosa y la etiqueta totalitaria proliferó en discursos y publicaciones. Aunque el término «cesarismo» siguió circulando en ámbitos académicos durante las décadas de 1940 y 1950, «totalitarismo» se convirtió en el término básico para describir los peligros de la política moderna.

En retrospectiva, el aspecto más notable del debate no fue si los males de la época eran mejor descriptos con los términos «cesarismo» o «totalitarismo». Tanto Gramsci como Loewenstein tenían razón en algo: si bien los dictadores de entreguerras construyeron sobre modelos históricos anteriores, rompieron con ellos. Pero el desacuerdo en la terminología es digno de atención porque echa luz sobre las ansiedades, las esperanzas y las autoconcepciones de la época. Nos ayuda a comprender cómo los pensadores del pasado entendieron su lugar en la historia, cómo buscaron articular lo que era familiar y lo que era extraño, y cómo se esforzaron en desarrollar una respuesta a las aterradoras realidades de la época. Sus innumerables libros y ensayos no fueron un ejercicio pedante de precisión histórica, sino un esfuerzo por definir las características de las dictaduras modernas con la esperanza de frenar su propagación.

En los últimos años, la polémica sobre la analogía fascista ha sido también acalorada. En una avalancha de libros y ensayos, los académicos han debatido sin cesar si nos enfrentamos al renacimiento de la violenta ideología de Mussolini y Hitler o somos testigos de una bestia profundamente diferente para la que se necesita una nueva terminología. Y a pesar de que la derecha radical ha florecido en continentes y países, esta disputa teórica se ha mantenido con mayor intensidad en Estados Unidos. Desde su imposición de restricciones xenófobas a los viajes en 2017 hasta su incitación a la violencia contra el Congreso en 2021, el gobierno de Donald Trump convirtió este asunto en un tema de interés permanente.

Una vez superados los años de Trump, el debate sobre el fascismo está perdiendo algo de su urgencia. Quizás esto signifique que ahora pueda ofrecer nuevas ideas sobre el pensamiento político contemporáneo. En lugar de polemizar sobre el uso contemporáneo del término «fascismo», podemos preguntarnos por qué fue tan importante hacerlo. ¿Qué estaba en juego en la búsqueda de la definición correcta?

Después de todo, no había grandes diferencias políticas entre muchos de quienes participaban en este debate. Todos condenaban el racismo, el sexismo y la plutocracia de la derecha al tiempo que deseaban políticas igualitarias audaces. Incluso se hacían eco unos de otros en sus razonamientos para establecer comparaciones históricas con el fascismo: para exponer los males que han plagado durante mucho tiempo a la democracia liberal, especialmente en Estados Unidos. La mayor diferencia entre las dos posturas no era tanto su mirada de los temas de la época, sino el modo en que encaraban la polémica y su valor tanto para la exploración intelectual como para la movilización política. El choque de definiciones también era un desacuerdo sobre el papel del lenguaje y la historia en la configuración de las agendas políticas.

Condenar a los adversarios tildándolos de fascistas ha sido durante mucho tiempo parte de nuestro discurso político, pero la última década fue testigo de un aumento en la popularidad del término. Los críticos invocaban cada vez más el fascismo para fustigar la xenofobia, la aceptación de la violencia y el sexismo de la derecha radical en todo el mundo. Tal fue el caso de Francia, por ejemplo, donde el ultraderechista Frente Nacional (rebautizado como Agrupación Nacional en 2018) aprovechó el descontento de los votantes para convertirse en la segunda fuerza política más grande del país. Incluso después de que su líder, Marine Le Pen, buscara romper los vínculos históricos del partido con simpatizantes nazis (incluso expulsó a su propio padre, Jean-Marie, por su notorio negacionismo del Holocausto), el racismo y las excentricidades de sus seguidores contra las «elites cosmopolitas» llevaron a académicos como Ugo Palheta a calificarlo de «fascismo con otro nombre». El triunfo de Narendra Modi en la India y el de Jair Bolsonaro en Brasil generaron la misma retórica ansiosa. La etiqueta «fascista» parecía capturar la desviación de una agenda conservadora estándar por parte de estas figuras: su ataque total a la igualdad legal, los medios independientes y el pluralismo político.

Quizás menos esperada fue la creciente popularidad del término en Estados Unidos. En la era Trump se convirtió no solo en parte del discurso político popular (figuras que van desde Madeleine Albright hasta Alexandria Ocasio-Cortez lo usaron), sino en una categoría de análisis académico. El racismo y el sexismo de Trump claramente tenían sus raíces en la política estadounidense reciente, pero muchos también vieron una desviación alarmante en su estilo grosero, en sus amenazas abiertas de castigar a los opositores políticos («¡enciérrenla!») y en sus mentiras incesantes. ¿Podría el fascismo estar avanzando en el país que alguna vez lo derrotó?

El «sí» más rotundo a esta pregunta provino del historiador Timothy Snyder, quien en una serie de publicaciones comparó la administración de Trump con la máquina de propaganda nazi. Ambos regímenes, escribió en Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del siglo XX (2017), buscaron aislar psicológicamente a los opositores y convertirlos en ovejas sumisas, un primer paso hacia la destrucción total de las instituciones democráticas. Una comparación menos cruda, aunque no menos urgente, apareció en Cómo funciona el fascismo (2020), del filósofo Jason Stanley, que utilizó la etiqueta fascista para describir un amplio conjunto de movimientos políticos, desde el terrorismo contra la población negra posterior a la Reconstrucción en el sur de Estados Unidos, siguiendo por la Alemania nazi, hasta el partido Bharatiya Janata en la India actual. En esta narración, los republicanos de la era Trump fueron sencillamente el último partido en combinar la nostalgia por un pasado mítico, ataques a intelectuales y universidades, insistencia en jerarquías de etnia y género, y una fijación con el «orden». Para Stanley, las diferentes encarnaciones del fascismo a lo largo del tiempo y el espacio demostraron su capacidad para expandirse incluso en sociedades con fuertes instituciones liberales. En lugar de destruirlas directamente, como sucedió en Alemania, los movimientos fascistas pueden inyectar su veneno en la vida pública existente, debilitando las culturas democráticas desde adentro.

Si bien Stanley insistía en que el fascismo es un fenómeno mundial, la mayoría de quienes vieron en él una útil herramienta de análisis se centraron en los ejemplos de Italia y Alemania. Esto no se debió en general a que encontraran en Trump una versión actualizada de Mussolini o Hitler, sino a que las comparaciones con los años de entreguerras sacaron a la luz vulnerabilidades claves en la sociedad estadounidense contemporánea. La economista Raphaële Chappe y el sociólogo Ajay Singh Chaudhary vincularon la economía estadounidense con el sistema monopólico y oligárquico del Tercer Reich. Argumentaron que el éxito de Trump, como antes el de Hitler, fue posible gracias a la desintegración de los mecanismos regulatorios y al reemplazo de las instituciones estatales en funcionamiento por una alianza corrupta entre líderes empresariales y burócratas estatales. En Strongmen: Mussolini to the Present [traducido como Hombres fuertes: de Mussolini a Trump] (2020), la historiadora Ruth Ben-Ghiat comparó el repertorio de manifestaciones multitudinarias, masculinidad inflada y ataques a la prensa del líder fascista italiano con los de Trump, revelando cuán desgastados están en nuestros tiempos los lazos cívicos y la confianza en la autoridad. Quizás el esfuerzo más original en la utilización de la década de 1930 para explicar la presencia hipnótica de Trump lo haya hecho el historiador Peter Gordon, quien afirmó que Trump cumplía una función que Theodor Adorno atribuía a Mussolini y Hitler: proporcionar a las masas una fantasía de transgresión (mediante una retórica violenta y un espectáculo sin pausa), al tiempo que mantiene las jerarquías opresivas de la sociedad capitalista-burguesa.

Vincular la derecha radical estadounidense de la actualidad con el momento histórico más oscuro de Europa resultó controvertido. Trump y sus compinches compartían algunas similitudes con los fascistas, afirmaban varios analistas, pero no eran más profundas que su superposición ideológica con los monárquicos; finalmente, las diferencias eran mucho más importantes. Victoria de Grazia, entre los principales historiadores del fascismo italiano, señaló una profunda divergencia: mientras que el fascismo de entreguerras nació en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y siempre se definió como un proyecto de movilización imperial, la derecha estadounidense estaba liderada por un desertor del servicio militar que pedía reducir los interminables conflictos militares del país. El historiador Helmut Walser Smith insistió de manera similar en TheWashington Post en que la violencia tiene una función totalmente diferente para los nacionalistas en el pasado y en el presente. Los nazis utilizaron la violencia de la turba y la policía secreta para aplastar rápidamente todo el sistema político y legal de Alemania, mientras que el gobierno de Trump, a pesar de las exageradas amenazas del presidente, dejó en pie las instituciones del país. Y su crueldad hacia los inmigrantes, las minorías sexuales y otros grupos no fue radicalmente diferente de la de sus predecesores. Otros agregaron que las analogías ocultan a los grupos sociales característicos de los que se nutrían los fascistas y el Partido Republicano. Los agentes más entusiastas del fascismo fueron los jóvenes empobrecidos, las principales víctimas de la economía moderna, mientras que la columna vertebral de la derecha contemporánea son los propietarios de cierta edad, que están tratando de proteger sus privilegios. Como señaló la politóloga Sheri Berman al referirse a Vox, las turbulencias sociales no son todas iguales, y lo que debilitó a las democracias en los años de entreguerras no fue lo que las erosionó en estos años.

A pesar de su intensidad, la característica más llamativa del debate era la superposición conceptual y retórica entre las dos partes. El filósofo Alberto Toscano, por ejemplo, insistió en el valor del término al señalar que los pensadores afroestadounidenses etiquetan históricamente de fascista el racista sistema carcelario de su país. Cuando Angela Davis acusó a Estados Unidos de ser fascista, explicó Toscano, esclareció correctamente lo superficial que era la noción del genio democrático de Estados Unidos. Peter Gordon, en una vehemente defensa de la analogía fascista, insistió de manera similar en que quienes se oponían a ella «solo han invertido la idea del excepcionalismo estadounidense». Su rechazo a ver similitudes entre el país y los regímenes contra los que alguna vez luchó fue «un truco útil» que absolvió a Estados Unidos de sus constantes injusticias. Sin embargo, aquellos que eran escépticos con respecto al valor de la etiqueta actúan con la misma lógica. Advertían que etiquetar a Trump como fascista era similar a culpar de su victoria a los robots de internet rusos: lo pintaba como una imposición o aberración extranjera, desviando la atención de sus profundas raíces estadounidenses. Este fue el principal reclamo presentado por el historiador Samuel Moyn, quien lamentaba que «anormalizar a Trump oculta que es estadounidense por antonomasia, la expresión de síndromes perdurables y autóctonos». Esto distrajo a los estadounidenses de explorar «cómo construimos a Trump a lo largo de décadas» y cómo su ascenso estuvo condicionado por la «larga historia de asesinatos, sometimiento y terror» del país, más recientemente en forma de encarcelamiento masivo e interminables guerras en el extranjero.

Lo mismo ocurrió con las advertencias contra la autocomplacencia. Stanley atribuyó a la etiqueta «fascista» un poder movilizador único. Como lo expresó en un artículo en coautoría con otros dos historiadores en The New Republic, si los partidarios de la democracia reconocen la «posibilidad de que estemos en presencia de un régimen fascista en ciernes», es más probable que abandonen su inacción e indaguen en las causas de la debilidad de la democracia. Gordon adoptó un tono más agudo y fustigó la negativa a llamar fascista a Trump al considerar que evidenciaba un desinterés elitista por el destino de la democracia. Fue «un juego de privilegio», se burló, «los que quemarían toda la casa no son los que sentirán las llamas». Los escépticos respondieron que era la propia etiqueta fascista la que favorecía el letargo acrítico. Era políticamente inútil, como sugirió el historiador David Bell, ya que, para la mayoría de los votantes, sonaba como una hipérbole histérica que socavaba el mensaje de quienes la usaban. También hizo que pareciera que derrotar a Trump era suficiente, en lugar de reconocer las políticas que hicieron a Trump y de las que fueron responsables tanto los conservadores como los liberales. Moyn remarcó que las comparaciones con Hitler implicaban que la crueldad y la violencia de Estados Unidos antes del ascenso de Trump eran «de alguna manera menos dignas de alarma y oprobio».

Las posturas de los comentaristas en este debate no se correspondían con una división política entre centro e izquierda; en ambos bandos se encontraban escritores de diferentes tendencias políticas. A pesar de la advertencia de Moyn de que la función principal de la etiqueta fascista era reafirmar el centrismo y reprimir alternativas más progresistas (culpando a sus partidarios de sabotear la tarea inmediata de derrotar a Trump), la realidad era mucho más complicada. Algunos de los defensores más vehementes de la analogía fascista, como Stanley, incluían súplicas a favor de reformas progresistas audaces, desde el fortalecimiento de los sindicatos y el fin del encarcelamiento masivo hasta la lucha contra el militarismo, mientras que comentaristas más centristas, como Jan-Werner Müller, rechazaban el epíteto. Y casi todos estaban de acuerdo en que superar el desagradable desafío de la derecha requeriría reformas ambiciosas para abordar las crecientes desigualdades que atraviesan las divisiones de género, económicas, raciales y religiosas.

Si quienes se oponían a Trump tenían tanto en común, ¿por qué una discusión tan persistente?

Los defensores de la analogía «cesarista» en las décadas de entreguerras argumentaron que daba claridad al análisis. Pero también insistieron en su valor polémico. Al invocar el fantasma del tirano romano (en ese momento, un punto de referencia fundacional en la imaginación política del Atlántico Norte), esperaban fomentar el malestar y desatar la ira. Como la mayoría de las obras del género polémico, su propósito no era abrir los ojos de los partidarios de la autocracia a su supuesta locura, sino enfurecer a los ya persuadidos y profundizar las líneas de falla existentes. Irónicamente, esta fue también una de las causas del declive final del término «cesarismo»: después de las atrocidades masivas del siglo XX, las polémicas evocaciones a Stalin y Hitler tenían un atractivo más visceral que las referencias a Julio César.

Los escritores polémicos de los últimos dos siglos a menudo lanzaron ataques contra nuevos movimientos, ideologías o regímenes utilizando precedentes históricos familiares. Los católicos del siglo XIX, por ejemplo, fustigaron la difusión de nuevas ideas e instituciones liberales, a menudo caracterizadas como el renacimiento de la Reforma Protestante. En El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea (1887), uno de los ensayos polémicos más populares y traducidos de la época, Jaime Balmes sostiene que el ataque de Lutero al papel mediador de la Iglesia demolió el respeto de los europeos por la autoridad, lo que llevó directamente a la Revolución Francesa y a todos los trastornos políticos posteriores. Un siglo más tarde, cuando los escritores liberales comenzaron su campaña contra el comunismo, a menudo lo comparaban con el catolicismo, que durante mucho tiempo había sido su enemigo: decían que no era únicamente un sistema económico alternativo, sino un sistema de valores que lo abarcaba todo y que requería una sumisión total, no solo del cuerpo sino también de la mente. Como dijo Arthur M. Schlesinger en El centro vital en 1949, ambos sistemas hacen que sus seguidores sean «tan dependientes emocionalmente de la disciplina» que carecen de capacidad para pensar de manera independiente.

El fascismo también formó parte de la polémica movilizadora. Y aunque este hecho se mencionó pocas veces en los debates posteriores a 2016, uno de sus usos más importantes como analogía histórica no fue la campaña contra la extrema derecha, sino contra los musulmanes. En la primera década del siglo XXI, periodistas y pensadores advirtieron sobre el renacimiento del fascismo entre los grupos musulmanes radicales, un fenómeno que denominaron «islamofascismo». Christopher Hitchens, Norman Podhoretz y otros reflexionaron que los seguidores de Osama bin Laden encarnaban el fanatismo ciego de los nazis, la glorificación de la violencia, el odio al feminismo y la oposición a las «libertades occidentales». Estas afirmaciones hicieron florecer no solo consignas triviales sino también una producción académica considerable. Jeffrey Herf, un destacado historiador del pensamiento y la propaganda nazi, advirtió en The American Interest en 2009 que el antisemitismo y el odio a la Ilustración del «islam radical» lo convertían en una «variante de la política ideológica totalitaria». Para Herf, como para la mayoría de los que utilizaron el epíteto, la analogía histórica dejó en claro por qué Al Qaeda y organizaciones similares no deben ser entendidas como grupos marginales cuyo terrorismo era una expresión de debilidad. Más bien, eran una amenaza existencial para la democracia y, como tales, tuvieron que ser bombardeadas preventivamente hasta ser olvidadas.

Los defensores de la analogía fascista en los últimos años, se han basado así en una larga tradición. Esto no se debe a que compartan ninguna de las agendas políticas o intelectuales de sus predecesores (no lo hacen), sino a su fe común en el uso de la historia como herramienta de movilización. Y el fascismo, creían, capturaba nuestro presente con mucha más fuerza que el autoritarismo o el etnonacionalismo debido a su lugar único en la memoria histórica de nuestra sociedad. La mejor articulación de esta lógica apareció en Cómo funciona el fascismo, de Stanley, que finaliza con una declaración sobre el potencial del término para desbaratar la normalización del mal. Ya sea a través de sus acciones o de su apatía letárgica, los líderes nacionalistas han hecho de los tiroteos en masa, el encarcelamiento masivo o la persecución contra los inmigrantes un hecho recurrente de la vida y han tenido como objetivo adormecer a su oposición para que se someta. Reconocer estas políticas como parte del repertorio fascista podría recordarnos su naturaleza verdaderamente horrible. «La acusación de fascismo siempre parecerá extrema», señaló Stanley, pero esto se debe solo a que «cambian continuamente las reglas de juego para el uso legítimo de la terminología ‘extrema’».

A pesar de su popularidad, esta tradición retórica siempre ha encontrado a algunos escépticos. Incluso a quienes simpatizaban con la agenda de los polemistas a veces les preocupaba que el precio de una movilización exitosa pudiera alienar a los aliados políticos y distraer la atención del necesario autoexamen. En el siglo XIX, por ejemplo, el teólogo católico Ignaz von Döllinger amonestó a quienes, como Balmes, culpaban de los males del mundo al protestantismo acechante. Si los adversarios de la Iglesia vieran la luz y volvieran a su redil, proclamó en un importante discurso de 1871, «el limitado espíritu polémico debe dar paso a uno de compromiso y reconciliación», en el que los católicos destacaran sus similitudes con otros grupos. La misma lógica sustentaba el escepticismo del pensador suizo Emil Brunner sobre la retórica de algunos anticomunistas durante la Guerra Fría. Si bien no sentía mucha simpatía por el comunismo, advirtió que las denuncias combativas impedían un compromiso potencial, que era el único camino para salir de las persecuciones anticristianas. Y después de 2001, incluso algunos belicistas como el historiador conservador Niall Ferguson se quejaban de que la etiqueta de «islamofascista» era profundamente engañosa. La analogía con la Segunda Guerra Mundial, se mofaba, «se está utilizando de manera mendaz» para desestimar objeciones legítimas a la guerra contra el terrorismo como «conciliadoras» y tuvo un efecto infantilizador en el discurso público.

La actual vacilación de los escépticos, entonces, no es un sustituto de otros desacuerdos, sino una expresión de su juicio sobre la utilidad del término: dudan de que realmente fomente la movilización y la autorreflexión que prometen sus defensores. Un ejemplo revelador es la objeción de Moyn a la analogía. «Si dices que está cerca el fin del mundo», escribió, «o bien el mundo confirmará tristemente tus profecías o bien dirás que tu advertencia lo salvó». Pero más importante ha sido la impotencia política de la analogía. Puede haber logrado aportes financieros de donantes liberales, pero difícilmente consiguió el apoyo de la derecha o ayudó a construir nuevas coaliciones. «Lo que hemos aprendido», concluyó Moyn, «es que nuestras analogías políticas no funcionan como esperábamos». El teólogo Adam Kotsko adoptó una postura similar en la Bias Magazine (un órgano de la izquierda cristiana) cuando advirtió que hablar de fascismo era lo contrario a un examen de conciencia. Los demócratas, escribió, lo usaron para no asumir su propia responsabilidad por el desastre económico que hizo posible el ascenso de Trump.

Las elecciones son una herramienta imperfecta para medir el valor de la retórica política, y las de noviembre de 2020 no fueron la excepción. A años de advertencias constantes sobre una inminente tiranía les siguió la rara derrota de un presidente en funciones. Nadie sabe si ambos hechos estuvieron relacionados ni cómo: las encuestas a boca de urna no ofrecen el «miedo al fascismo» como opción para marcar las principales preocupaciones de los votantes. Además, los resultados fueron tan ambiguos que no se prestan a conclusiones claras. Los demócratas ganaron tanto la Casa Blanca como el Congreso con márgenes penosamente estrechos y no pudieron sosegar la sostenida radicalización del Partido Republicano. De este modo, los acontecimientos han hecho poco para resolver el debate sobre el fascismo. Algunos, como el periodista del New York Magazine Eric Levitz, afirmaron que el triunfo de Joe Biden reivindicaba a quienes usaban el epíteto. No solo ayudaron a convencer a CNN y otros medios de comunicación de que adoptaran una postura severa contra Trump (Stanley aparece frecuentemente opinando en los medios), sino que lo hicieron mientras presionaban a la izquierda del Partido Demócrata en cuestiones económicas. De manera análoga, los escépticos tampoco cambiaron de opinión. El politólogo Corey Robin dijo después de las elecciones que el magro resultado de Trump en comparación con otros republicanos lo exponía como débil e ineficaz, «casi todo lo contrario del fascismo».

Pero si hay una lección por aprender de las últimas elecciones, posiblemente sea que nombrar correctamente a nuestros oponentes más radicales no es la clave del triunfo político. Tanto durante como después de su campaña, Biden evitó persistentemente hablar de su adversario. Las raras ocasiones en que lo hizo, como cuando comentó que Trump era «una aberración» o «uno de los presidentes más racistas que hemos tenido», fueron las excepciones que confirmaron la regla; siguió enfocado en políticas específicas. De manera similar, la retórica de Biden no abundó en analogías históricas. A diferencia de su predecesor, cuyos lemas «Make America Great Again» y «America First» eran claras referencias a movimientos históricos nativistas y racistas, Biden apenas invocó el pasado. Su discurso inaugural es un ejemplo revelador: recorrió la Guerra Civil, la Gran Depresión, las dos guerras mundiales y el 11 de septiembre en media oración, mencionándolos como testimonios de la capacidad de recuperación de la nación antes de centrarse en los temas de la unidad y la reconciliación. Los comentaristas progresistas dedican poco tiempo a reflexionar sobre una retórica tan insulsa e insípida como parece ser. Quizás nombrar correctamente al enemigo no sea tan importante para la movilización de la izquierda como sugería el debate sobre el fascismo.

 

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí.Traducción: Carlos Díaz Rocca

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Pesimismo de Agamben y América Latina
Cierra el círculo de su pesimismo al sostener que no hay modo de frenar ni revertir el moderno totalitarismo en sociedades homogéneas.
 

El filósofo italiano Giorgio Agamben es probablemente el analista que con mayor profundidad está exponiendo los mecanismos de dominación actuales, exacerbados durante la pandemia. Ha definido la forma de gobernarnos como un «estado de excepción permanente», a lo que añade que «el campo de concentración y no la ciudad es hoy el paradigma político de Occidente» [En “Estado de excepción” y “El poder soberano y la nuda vida”, respectivamente].

Llega más lejos aún cuando sostiene que «desde los campos de concentración no hay retorno posible a la política clásica», entre otras razones, porque el poder ha arrebatado los rasgos que diferenciaban al cuerpo biológico del cuerpo político. Algo que está resultando evidente durante el confinamiento global decretado por los poderosos, al reducirnos a cuerpos incapaces de hacer política, actividad que requiere del espacio público y del contacto humano.

Acuñó el concepto de «nuda vida» (vida desnuda, sin atributos) para analizar cómo el poder nos trasmuta de ciudadanos en «comatosos»: seres en coma que no hacen otra cosa que respirar, son alimentados, están «como si» vivieran, zombies como el «musulmán» en la jerga del campo de Auschwitz, nombre con el que los confinados se referían a aquellos que habían perdido la esperanza y se entregaban inertes a su destino, sin la menor resistencia [En “Lo que queda de Auschwitz”].

Encuentro el análisis de Agamben muy pertinente para describir una situación en la que toda resistencia parece, casi, imposible. Resulta, sin embargo, tan lúcido como demoledor. En la entrevista que abre la edición argentina de “Estado de excepción”, Agamben es consultado si «ante la expansión totalitaria a escala global», se puede apostar por la negatividad, el silencio y el éxodo. Su respuesta lo lleva a indagar en la historia europea, como no puede ser de otro modo, en particular en la relación entre el monaquismo (la vida en monasterios) y el imperio romano, y sus formas de resistencia a los poderes establecidos.

«El éxodo del monaquismo se fundaba de hecho sobre una radical heterogeneidad de la forma de vida cristiana», razona Agamben, para rematar: «Hoy el problema es que una forma de vida verdaderamente heterogénea no existe, al menos en los países de capitalismo avanzado». De este modo, cierra el círculo de su pesimismo, al sostener que no hay modo de frenar ni revertir el moderno totalitarismo en sociedades homogéneas.

En América Latina, luego volveré sobre Europa, las resistencias que asombran al mundo y nos llenan de esperanza, surgen y se sostienen, precisamente, en las formas de vida heterogéneas. En las hendiduras que los pueblos han abierto en la dominación, en esas rugosidades creadas por las resistencias durante cinco siglos (de los pueblos originarios y negros, de los campesinos y los pobres urbanos); fisuras dilatadas por las nuevas resistencias (protagonizadas por los feminismos y las rebeldías juveniles).

El sociólogo peruano Aníbal Quijano, consideró que uno de los rasgos distintivos de América Latina es la «heterogeneidad histórico-estructural de las relaciones capital-trabajo». Entiende que existen cinco formas de trabajo articuladas al capital: el salario, la esclavitud, la servidumbre personal, la reciprocidad y la pequeña producción mercantil, denominada «informalidad» por el Estado y «economía popular y solidaria» por quienes lo resistimos.

Los pueblos, sectores sociales, clases y géneros que hoy resisten y crean mundos nuevos, están enraizados en territorios diversos y heterogéneos respecto a los espacios homogéneos del agronegocio y la especulación inmobiliaria. No son pocos, ni marginales, ni secundarios.

Pongamos el caso de Brasil. Las tierras de los pueblos originarios suman 110 millones de hectáreas, a las que se deben sumar otros 100 millones de las unidades territoriales de conservación, bajo control de poblaciones tradicionales (recolectores de látex, pescadores, ribereños, quebradoras de coco, comunidades de pastoreo, entre otras). Además de 88 millones de hectáreas de asentamientos de reforma agraria, 40 millones propiedad de quilombos reconocidos por el Estado y 71 millones de hectáreas de pequeños establecimientos campesinos (con menos de 100 hectáreas).  En base a estos datos, el informe 2018 del Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica, asegura que el 40% del territorio brasileño «es usado de forma directa por grupos que escapan al control de las oligarquías latifundistas» (https://bit.ly/38xVaC7).

En las ciudades estos espacios en disputa son menores, pero en absoluto inexistentes como lo mostró el campamento del Movimiento Sin Techo, “Povo Sem Medo”: 8 mil familias acampadas siete meses, en plena ciudad, hasta conseguir tierra para construir viviendas (https://bit.ly/2y5dc1S).

Las resistencias que se visibilizan durante la pandemia se asientan en comunidades y mercados, en prácticas de trueque y rituales de armonización, en trabajos colectivos que multiplican alimentos y cuidados en torno a fogones y ollas populares. Mundos trenzados por valores de uso, en base a relaciones que mantienen a raya la acumulación y el despojo. Prácticas que engendran mundos nuevos que, a su vez, resisten creando.

Desde la crisis de 2008, en Italia, Grecia y el Estado español se multiplican huertas y espacios colectivos, haciendas y fábricas recuperadas, y hasta barrios enteros como Errekaleor en Vitoria. Inmigrantes, pobres urbanos y personas desechadas por el capital por «improductivas», enseñan que el viejo continente ya no es un mundo homogéneo, aplastado por la racionalidad capitalista.

La crisis de ayer y el colapso de hoy, nos permiten acercar y enhebrar las formas de vida que no caben en sus negocios ni en sus urnas. Si la humanidad emerge de este colapso conservando rasgos humanos no antropocéntricos, será en buena medida por las formas de vida alternas que los pueblos han sabido conservar y reproducir, como fuegos sagrados, en sus territorios de vida.

2020/05/03

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Viernes, 05 Enero 2018 07:18

La Primavera de Praga cumple medio siglo

Alexander Dubcek.

 

El sueño de un “socialismo con rostro humano” fue aplastado por los tanques soviéticos

 

Hace 50 años, el 5 de enero de 1968, Alexander Dubcek, un sui generis dirigente del Partido Comunista de Checoslovaquia, impulsó en su país el sueño de un socialismo más abierto conocido como la Primavera de Praga, una efímera etapa aplastada sin piedad por los tanques soviéticos apenas ocho meses después.

Desde finalizada la Segunda Guerra Mundial (1945), Checoslovaquia (hoy República Checa y Eslovaquia) se había consolidado como uno de los países más avanzados de la Europa de postguerra, donde el intento de construcción del socialismo se fundamentaba en un fuerte consenso y apoyo popular. Ese apoyo, aparte de la contención social que implicaba el sistema, tenía su origen más inmediato en el decisivo papel desempeñado por los luchadores comunistas en la activa resistencia de checos y eslovacos contra el nazismo.

La muerte de Stalin (1953) y la llegada al poder en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) de Nikita Kruschev –con ideas reformistas– facilitaron que en Checoslovaquia se diera un periodo de “desestalinización” que empujó la presión pública por reformas más sustanciales. En 1968, Dubcek, tras ser nombrado nuevo líder del PC checoslovaco, inició una serie de reformas radicales y declaró que el partido seguiría una política de “socialismo con rostro humano”, que entre otros elementos incluía una reducción del control burocrático y mayor tolerancia hacia los deseos libertarios de los ciudadanos. El breve período reformista tuvo tres momentos clave: el congreso de los escritores checoslovacos, que exigieron la puesta en práctica de las libertades ciudadanas reconocidas en la Constitución socialista; las manifestaciones estudiantiles; y el enfrentamiento de los comunistas reformadores con los sectores más inmovilistas del partido.

En la medida en que fue quedando claro, el intento de Dubcek –no meramente nominal, sino concreto– de construcción de una sociedad socialista por fuera de los lineamientos de la URSS, se desató el enfado del Kremlin.

En plena Guerra Fría, este incipiente proceso de reformas constituía un desafío para la hegemonía de la URSS en Europa Oriental, donde se habían implantado gobiernos comunistas después de la Segunda Guerra Mundial. El temor soviético por los cambios introducidos en Checoslovaquia fue que estos podían llevar a ese país a abandonar el bloque de sus aliados y así sentar un peligroso precedente.

En agosto de ese año, Dubcek y sus compañeros renovadores dieron otro paso adelante publicando en la prensa los nuevos estatutos del partido. Incluían conceptos nuevos, como socialismo humanitario y democrático. Para los sectores más tradicionalistas del comunismo checoslovaco, estas nuevas categorías así como su nuevo lenguaje representaban una claudicación y eran indicio de traición, de abandono, de inadmisible restauración de la cultura burguesa.

“Danubio” fue el nombre en clave del plan de ataque militar, que se inició el 20 de agosto a las 11 de la noche. Con el beneplácito de los gobiernos de la Unión Soviética, la República Democrática Alemana, Polonia, Bulgaria y Hungría, 200 mil soldados y unos 5.000 tanques del Pacto de Varsovia atravezaron la frontera checoslovaca. Precedidos por las tropas aerotransportadas, los tanques invasores entraron en Praga seis horas más tarde, a las 5 de la mañana del 21 de agosto. La ocupación de Checoslovaquia causó un centenar de muertos y fue seguida por una ola de emigración nunca vista antes, que se detuvo poco tiempo después. Se estima que 70 mil personas huyeron de inmediato, y en total se llegó a 300 mil emigrantes.

“Me hicieron esto a mí, a mí que he dedicado toda mi vida a la cooperación con la Unión Soviética. Es la mayor tragedia de mi vida”, lamentó Dubcek antes de ser arrestado, deportado a Moscú y obligado a firmar un protocolo humillante sobre “la normalización de la situación”.

 

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Ernesto Cardenal en su casa de Managua, en 2015.

 

El poeta nicaragüense y antiguo dirigente sandinista denuncia su situación política y considera que la muerte no es definitiva: "Creo en la resurrección"

 

Ernesto Cardenal (Granada, Nicaragua, 1925) recibe a EL PAÍS en su casa modestamente amueblada del barrio de Los Robles, en Managua, de cuyas paredes cuelgan obras del poeta y pinturas primitivistas, técnica desarrollada en la comunidad de artistas que impulsó en el archipiélago de Solentiname. Allí llegó en los años sesenta del siglo pasado para fundar una utopía que aún hoy sigue atrayendo el interés de periodistas, documentalistas, investigadores, escritores y lectores. El lugar, en concreto la propiedad de un hotel llamado Mancarrón, está en el centro de una disputa en la que ha intervenido la justicia nicaragüense, que lo condenó al pago de una multa de 753.000 euros por supuestos daños y perjuicios a favor de Nubia Arcia, esposa de Alejandro Guevara, uno de los miembros de esa comunidad, fallecido en los noventa. Ella reclama el hotel como una herencia.

Cardenal ha denunciado una persecución política en su contra por parte del presidente Daniel Ortega y lo que ha llamado la instauración de una nueva “dictadura” en Nicaragua. Tras la presión generada por esta manifestación de solidaridad, un juez de Managua declaró nula la orden judicial que obligaba a Cardenal, de 92 años, a pagar la multa.

“Me alegra que el mundo entero se esté enterando de que soy un perseguido político en Nicaragua. Perseguido por el Gobierno de Daniel Ortega y su mujer [Rosario Murillo], que son dueños de todo el país, hasta de la justicia, de la Policía, y del Ejército. No te puedo decir más, porque esta es una dictadura”, explica Cardenal.

En Solentiname, Nubia Arcia prefiere guardar silencio sobre este caso. Consultada al respecto, la mujer catalogó como un “teatro” la reacción de Cardenal tras conocer el fallo inicial en su contra. “Ernesto Cardenal hizo un teatro. No siento que yo tenga que aclarar algo. Tengo todo en los juzgados, por lo que prefiero no hablar del tema”, responde.

A pesar de que el fallo que obligaba al pago de una indemnización fue congelado, la demanda contra el poeta Cardenal sigue en los juzgados, a la espera de que otro juez la reviva. “Ellos [Ortega y Murillo] son dueños de todos los poderes de Nicaragua. Tienen un poder absoluto, infinito, que no tiene límites, y ese poder está ahora en mi contra”, continúa Cardenal, que deja los comentarios políticos para hablar del tema que más le apasiona: la poesía y su acercamiento a la ciencia, que magistralmente trató en su obra cumbre: Cántico cósmico. “Siempre he tenido interés por las ciencias naturales, por libros sobre los océanos, sobre las mariposas, sobre las tribus primitivas”.

 

Pregunta. ¿Se define entonces como un innovador?

Respuesta. Sí. Creo que soy el único poeta, o al menos el único que yo conozco, que está haciendo poesía sobre la ciencia, poesía científica.

 

P. ¿Qué relación hay entre ciencia y religión? ¿Hay un punto de unión entre ambas?

R. Richard Feynman, un científico de física cuántica se pregunta, y leo: “A nadie inspira nuestra actual imagen del universo este valor de la ciencia, sigue sin ser cantado por los cantores. Uno está reducido a oír no una canción o un poema, sino una conferencia en la noche”. Yo soy una excepción, yo hago poemas sobre ciencia. Te leo lo que ha dicho el biólogo inglés (John Burdon Sanderson) Haldane: “La ciencia es más estimulante para la imaginación que los clásicos”. Y el físico Paul Davies ha dicho: “La ciencia es un camino hacia Dios más seguro que la religión”. Y yo así lo creo, porque las religiones dividen a los pueblos y la ciencia no. Otro científico ha dicho: “Demasiados poetas, y durante demasiado tiempo, han ignorado la mina de oro de la inspiración que ofrece la ciencia”. Estas son las razones por las que yo he hecho estos poemas con temas científicos. Y en cuanto a lo de Dios, estos también son poemas sobre la creación. Para mí es casi como una oración leer libros científicos. Veo en ellos lo que algunos han dicho que son huellas de la creación de Dios.

 

P. ¿En ese proceso de investigación, durante sus lecturas científicas, se le plantearon dudas sobre la religión, su fe?

R. No, porque simplemente mi fe cristiana me explica lo que la ciencia también dice en su lenguaje científico: la creación, que para mí es hecha por Dios. Creo que Dios también ha hecho la evolución de la creación.

 

P. ¿Tras esa inmersión científica y mística cómo se ubica a sus 92 años?

R. Tengo una visión distinta de la que antes se tenía, de que la tierra era el centro del universo, y de que todo giraba alrededor del planeta. Después se fue descubriendo que somos simplemente una galaxia y que son miles de planetas en la galaxia y de que son miles, millones, de galaxias las que hay en el universo. Creo que cada vez nos sentimos más pequeños ante esto, pero al mismo tiempo más grandes, porque nosotros, así tan pequeños como somos, comprendemos el universo, nos damos cuenta, somos la evolución consciente de sí misma. Somos también el centro del universo.

 

P. ¿Siente miedo a la muerte?

R. Sí. Cada vez estoy más cerca, pero al mismo tiempo pienso que la muerte no es definitiva; creo en la resurrección.

 

P. ¿Cómo afronta el erotismo?

R. Yo he sido muy erótico, muy enamorado del sexo, debo decir. Muy obsesionado incluso por el sexo en mi juventud y aun después de mi juventud. Mi poesía siempre había estado inspirada en el amor humano, hasta que descubrí el amor a Dios, la boda con Dios, ese erotismo también místico o religioso.

 

P. ¿Y el sexo entre dos hombres o dos mujeres?

R. También es amor.

 

P. Ha mencionado su obsesión por el sexo. ¿Cómo enfrentó el dilema de elegir entre el amor, el sexo, frente a la unión con Dios?

R.Hay una mística que dice que el sexo es parte de uno con Dios. Yo esto lo comencé a descubrir mucho tiempo después. Me doy cuenta de que si lo hubiera descubierto antes no hubiera entrado a la vida religiosa, no hubiera sido célibe, hubiera tenido una familia y entonces hubiera tenido menos contacto con Dios y menos compromiso político.

 

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Raffaele Simone: “Somos totalitarios por instinto”

El pensador italiano sostiene que la izquierda está en vías de extinción y que el sistema democrático se ha vaciado de contenido

Fraguó su prestigio como lingüista, pero últimamente Raffaele Simone (Lecce, 1944) da más que hablar por sus controvertidos ensayos políticos. “Sigo una tradición ilustre de lingüistas dedicados a la política, desde Humboldt a Chomsky”, explica. “Pero no soy politólogo, lo que hago es análisis de la modernidad”. Lo aborda desde una posición inclasificable, que bebe tanto de Ortega —“una de mis pasiones teoréticas principales”— como de Pasolini. “Me he ganado reputación de pesimista, pero creo que no la merezco”, bromea Simone en su pequeño despacho de la Universidad de Roma III. Esa fama se ha acrecentado con sus dos últimos libros, que desprenden el frío metálico de una autopsia: el primero, El monstruo amable (2008), opera sobre el cadáver de la izquierda; el segundo, El hada democrática (ambos en Taurus) sobre la democracia misma. El hada es la idea de democracia como un ente benefactor y lleno de principios nobles que, según Simone, ha colapsado.


Pregunta. ¿La democracia siempre ha tenido un componente utópico?


Respuesta. Es evidente, sus orígenes son utópicos. El paradigma democrático tiene dos fuentes, la socialista y la liberal, pero la contribución fundamental es la primera. Todo el mundo ha creído en este elemento utópico, pero, con el cambio de siglo, algunos mitos se han caído. La democracia se sostiene en ficciones, en ideas que no se pueden realizar, pero que adoptamos como ciertas y en las que tenemos que creer. Ahora hemos comprendido que algunas eran ficciones, sobre todo la idea de representación, que está completamente cuestionada.


P. ¿La democracia entra en crisis al descubrir que lo que prometía no era posible?


R. Hay tres motivos. Primero, el propio paradigma democrático era frágil por lo que yo llamo el pensamiento político natural, que instintivamente no es democrático, sino totalitario. Se ve en el comportamiento primario de los niños, que crean entre ellos jefes, gregarios, dinámicas de poder... La democracia se basa en la negación de ese elemento natural. Luego viene la construcción histórica del paradigma. Por ejemplo, la idea de representación, que ya Ortega definía como “acrobática” porque supone que mil personas, al no poder ejercer directamente su soberanía, la transmiten a otras diez que se consideran idénticas a las mil. Es un salto lógico audacísimo, que podría tener consecuencias muy nobles, pero que está ya despojado de toda nobleza: por la corrupción, los privilegios de los políticos, el descuido frente a las necesidades del pueblo... Y el tercer motivo: una serie de acontecimientos planetarios que han impactado durísimamente en la democracia.


P. ¿Comparte ese análisis izquierdista de que el desarrollo del capitalismo ha asfixiado la democracia?


R. Sí, claro, pero no es una posición izquierdista, es una posición obvia. Que el mando del mundo está en manos del supercapital es evidente. Hay hechos emblemáticos, como el conflicto entre Apple y el FBI: un poder político institucional no puede hacer nada contra una corporación.


P. ¿Debemos resignarnos a lo que usted llama una “democracia de baja intensidad”?


R. Es lo que parece que nos espera. Necesitaríamos ciertas dosis de imaginación institucional, inventar cosas nuevas. Por ejemplo, la elección de cargos por sorteo, inviable en el ámbito nacional, podría serlo en otros. ¿Por qué no recuperar una tradición antigua para rechazar a un representante que demuestra que no merece esa función? Es una medida pequeñísima, pero de gran interés, como también lo sería pedir su opinión a los ciudadanos sobre asuntos de gran trascendencia. Aunque solo sea por fragmentos, se puede devolver a los ciudadanos algo de su soberanía.


P. Parte de su análisis coincide con lo que usted llama el movimentismo, en referencia a Cinco Estrellas y a Podemos. Pero también es muy crítico con ellos.


R. Tengo más simpatía por Podemos, porque ha tenido la voluntad de proclamarse un partido. Cinco Estrellas no tiene ni estatutos, van fijando las reglas arbitrariamente. Los movimientos cristalizan los deseos del pueblo de participar y en este sentido son importantes. Pero su punto débil es que son genéricos: no tienen programa ni reivindicaciones precisas. No son más que agregados de personas que protestan. Tienen energía pero no dirección. Podemos sí ha elegido ser un partido de izquierda, pero intransigente, no se pone de acuerdo con nadie. Y la democracia exige el compromiso como elemento fundamental, que todos renuncien a algo por el interés general. Pero es un fenómeno interesante. La política necesita un reinicio, una tarea para políticos con imaginación.


P. ¿Esa respuesta puede venir de los partidos tradicionales?


R. No me parece posible. En los acontecimientos humanos hay momentos en que las cosas recomienzan desde el origen. Este es uno de ellos. Lo que estamos viviendo ya no es democracia. Los partidos tradicionales han agotado su papel histórico.


P. Una de sus ideas más controvertidas es que considera demasiado generosa la política de inmigración.


R. La inmigración puede disolver Europa. El paradigma democrático contiene un principio ficción fundamental, que yo llamo de inclusión ilimitada: cualquiera se puede presentar a mi puerta, sobre todo si está escapando de la represión, y encontrará hospitalidad. Es un principio sacrosanto, pero se puede aplicar solo a individuos. Aquí tenemos el caso de subcontinentes enteros que se transfieren a Europa. Ese choque es fatal desde el punto de vista económico, porque va a gravar nuestros presupuestos sociales, y cultural, porque la inmensa mayoría son islámicos. Y provienen de países con una cultura del trabajo débil o inexistente; la mayoría son varones que plantearán problemas de acompañamiento sentimental, por decirlo así, y tienen un ritmo de reproducción mucho más alto. Se han inventado mitos, como que, al sufrir Europa una crisis demográfica, los recién llegados van a compensarlo. Pero son islámicos y esa es una diferencia radical. Ante esto, la izquierda ha adoptado la filosofía de “que vengan todos”. Pero eso no es una filosofía, es la renuncia a tomar una decisión. Y ha hecho un regalo monumental a la derecha. De ahí que el futuro de países como Francia, Austria o los escandinavos esté definido por la mala gestión del tema de la inmigración. Y Europa se desplazará hacia la derecha.


P. Usted también es muy crítico con la herencia sociocultural de mayo del 68.


R. No soy crítico, soy descriptivo. Es necesario tener algún concepto de autoridad y ya no tenemos ninguno. El 68 conectó morfológicamente autoridad con autoritarismo. Y prácticamente la única autoridad que se reconoce es la de la policía, y ni siquiera ella. En la escuela, la idea que se ha difundido de que la educación la pueden hacer solo los alumnos es absolutamente loca. Las estructuras humanas necesitan que alguien tenga una responsabilidad de coordinación.


P. ¿Es la cultura de masas la que socava los viejos conceptos de autoridad intelectual y moral?.


R. Está pasando exactamente lo que ya describió Ortega en los años veinte en La rebelión de las masas. La masa no tiene la aspiración de convertirse en clase cultivada, no; impone su incultura. Eso es lo perturbador, que desaparece la aspiración a mejorar. Y eso no es democrático, porque la democracia supone elevación cultural de todos.


P. Su libro tiene un último capítulo terrorífico sobre Italia. De ahí parece concluirse que Berlusconi ha dejado el país moralmente devastado.


R. Así es. Conectándose a un clima general planetario de masificación, Berlusconi ha trastocado completamente la moral pública, el lenguaje público, las relaciones entre ciudadanos e instituciones, el concepto de lo público y lo privado. Es un fenómeno históricamente importantísimo y del que se derivan consecuencias sociales y políticas. El perfil de Renzi [Matteo, primer ministro, del Partido Democrático] es autoritario, berlusconiano. Hasta los analistas reconocen que es un Berlusconi sin dinero propio. Tiene su grupo de amigos, compañeros del colegio, que han crecido con él y actúa con él políticamente, entre los que ha distribuido los cargos. Nuestra transformación ha sido radical.

 

 

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Arabia Saudita, entre el Estado Islámico y los neocons

La ejecución por Arabia Saudita de 47 presos, incluyendo a un influyente clérigo chiita, un hecho que tensó al máximo las relaciones entre ese país e Irán, amenaza desestabilizar más aun la región más explosiva del planeta. Si la Casa de Saud puede llevar a cabo tal provocación es sólo porque cuenta con la aceptación de la más importante corriente política estadounidense, los neoconservadores.

 

"Las bárbaras ejecuciones de Arabia Saudita prometen que 2016 será un año sombrío y tumultuoso en el reino y en todo Oriente Medio", señala el editorial de The New York Times del lunes 4. La opinión de uno de los diarios más influyentes del mundo refleja un sentimiento muy extendido en el planeta, con la excepción de los neoconservadores estadounidenses, una minoría que aspira a la guerra para imponer la remodelación del planeta al gusto de las elites. Esa minoría tiene estrechos lazos con poderes tan influyentes como la banca occidental, los gobiernos de Arabia y otras petromonarquías, Turquía, Israel y una parte sustancial de la Unión Europea.

El periódico destaca que el objetivo de la ejecución de 47 prisioneros fue "una distracción de los problemas económicos en el país y para silenciar a los disidentes". La monarquía saudí atraviesa actualmente por su peor situación en medio siglo, con una crisis económica que ha provocado recortes en el gasto social y una incipiente protesta social. Las ejecuciones son "una advertencia de lo que les puede ocurrir a los críticos", dice el New York Times. Entre los ejecutados estaba Nimr al-Nimr, un clérigo chiita disidente de la Provincia Oriental, una de las principales voces que reclamaban elecciones libres en Arabia Saudita. Durante las protestas de la primavera árabe de 2011 y 2012 Al-Nimr fue considerado como el clérigo chiita con más poder local e influencia entre los jóvenes. Fue detenido en varias ocasiones y estaba en prisión desde 2012. En 2014 fue condenado a muerte.

Según Human Rights Watch, "la ejecución masiva del 2 de enero siguió a un año en el que fueron ejecutadas 158 personas, la mayor cantidad en la historia reciente en Arabia Saudita, ejecuciones basadas en gran medida en leyes vagas y pruebas dudosas. Al-Nimr fue un fuerte crítico del régimen y campeón de los derechos de la minoría chiita en la Provincia Oriental de Arabia Saudita, pero no un defensor de la acción violenta" (The New York Times, lunes 4). El clérigo fue acusado por delitos como "romper la lealtad" e "incitar a la lucha sectaria". Hace sólo unas semanas, destaca el Times, se habían iniciado conversaciones lideradas por Estados Unidos y Rusia con los ministros de Exteriores saudí e iraní "para discutir una hoja de ruta para la paz en Siria". Al día siguiente de anunciar las ejecuciones, los saudíes pusieron punto final a un alto el fuego en Yemen, donde sus tropas están empantanadas en una guerra contra aliados de Irán sin final a la vista.


DIFICULTADES INTERNAS.


La monarquía está asustada. Enfrenta dos graves problemas: en el país, una fuerte crisis económica por la caída de los precios del petróleo, que está socavando el apoyo popular a la Casa de Saud. En la arena internacional, está sufriendo duras derrotas en todos los frentes y viejos aliados toman distancias por su apoyo a opciones problemáticas, como el Estado Islámico (véase contratapa) y grupos armados que aspiran a desatar la guerra santa en China y Rusia, entre otros.

Arabia Saudita es el primer productor de petróleo de la Opep, e Irán es el quinto. Si Teherán vuelve a los mercados internacionales de crudo, de concretarse, como parece, el fin de las sanciones internacionales, sus enormes reservas de petróleo forzarán una nueva caída de los precios del petróleo, un escenario que aumentará el agujero en las finanzas saudíes.


En 2015 Riad registró un déficit público récord de 98.000 millones de dólares, un 15 por ciento del Pib, debido a la caída del precio del petróleo, de acuerdo al propio Ministerio de Finanzas saudita. Según la revista militar Jane's Defence Weekly, Arabia Saudita anunció "recortes profundos en los gastos de defensa" que llegan al 30 por ciento del presupuesto anterior (Jane's Defence Weekly, 29-XII-15).

El país tiene reservas por 700.000 millones de dólares que, si no suben los precios del petróleo, le alcanzarían apenas para cinco años, aun reduciendo el déficit actual. Pero los reacomodos geopolíticos y el carácter feudal de la monarquía saudí le complican aun más las cosas. Hasta hace bien poco China se abastecía principalmente del petróleo saudita. Ahora el principal proveedor de China es Rusia. Según el analista David Goldman, "las exportaciones de petróleo de Rusia a China se multiplicaron por cuatro desde 2010, mientras las exportaciones saudíes se han estancado" (Asia Times, domingo 3). Pekín, agrega Goldman, compra a Rusia por "razones estratégicas", que suelen ser siempre las mismas: "China ha perdido la paciencia por el apoyo de la monarquía a los islamistas wahabíes en China y en los países limítrofes". Con su actitud sectaria y guerrera, Riad perdió su mejor cliente y un buen proveedor de armas sofisticadas, incluyendo misiles tierra-tierra.

Para la monarquía, la crisis puede ser el comienzo del fin, toda vez que se trata de un régimen sin legitimidad que se mantiene por su capacidad de subvencionar a la población. La semana pasada Riad cortó los subsidios al agua, la electricidad y la gasolina, por lo cual "la capacidad de la familia real para comprar el apoyo popular se está erosionando, mientras la seguridad regional se ha venido abajo", comenta Goldman.

El otro gran problema que desangra las arcas de la monarquía son los nueve meses de guerra en Yemen, donde Riad interviene en apoyo al presidente Abd Rabbo Mansur Hadi, que enfrenta una guerra contra los rebeldes hutíes, aliados con las fuerzas leales al ex presidente Ali Abdalá Saleh, que se hicieron con el control del país entre setiembre de 2014 y enero de 2015. Según Riad los rebeldes cuentan con apoyo iraní, razón por la que se involucraron en la guerra en marzo de 2015 junto a una coalición de estados árabes.

Lo cierto es que la intervención militar en Yemen es un enorme esfuerzo para un país en crisis, pero es sobre todo la muestra de que ambas potencias regionales, Irán y Arabia Saudita, están dispuestas a competir hasta el final, cada una con los respectivos apoyos internacionales: Rusia y China con Irán; Estados Unidos y la Unión Europea con los saudíes. Más que ante un enfrentamiento entre distintas versiones del islam –la sunita y la chiita–, se está ante un conflicto geopolítico vinculado al acceso al petróleo.


PERSPECTIVAS.


En el plano regional las cosas también están saliendo mal para la Casa de Saud. Desde que Rusia decidió intervenir en la guerra siria, los aliados de Riad se encuentran a la defensiva y se aleja la posibilidad de la renuncia o caída del presidente sirio Bashar al Asad, uno de los principales objetivos saudíes en la región. Pero el régimen saudí pierde terreno además en Irak, Líbano y en Yemen. En resumen, Riad pierde globalmente terreno en una coyuntura en la que su archirrival Irán está a punto de reingresar en el escenario luego de los acuerdos firmados en 2015 con las potencias occidentales.

Analistas estadounidenses consideran que el conflicto de-satado por las ejecuciones "podría socavar los esfuerzos más amplios por la paz en Oriente Medio" y temen que "en algún momento Estados Unidos pueda verse obligado a tomar partido entre Arabia Saudita e Irán, lo que podría amenazar el acuerdo nuclear" con Teherán (The Wall Street Journal, 3-XII-15).

En ese marco, el connotado periodista estadounidense Robert Parry se quejó de que la administración de Barack Obama siga moviéndose con mucha cautela "ante alianzas desagradables en Oriente Medio", como la siempre renovada con la Casa de Saud. Parry encuentra dos explicaciones a la cautela del presidente. La primera es que "en los últimos años Arabia Saudita selló su protección a las críticas del gobierno estadounidense mediante la formación de una alianza no declarada con Israel en torno a su odio mutuo a Irán, una causa levantada por los neoconservadores". La segunda consiste precisamente en "la incapacidad" de altos funcionarios estadounidenses, incluso militares, preocupados respecto de "los estragos que las estrategias neoconservadoras causan en toda la región y que se están extendiendo en Europa" para detener la ofensiva neocon (Consortiumnews, lunes 4). Como ejemplo cita declaraciones formuladas en 2014 por el vicepresidente Joe Biden acusando a Arabia Saudita de apoyar el terrorismo islámico en Siria (véase contratapa). Biden no decía nada que no fuera evidente, pero debió luego pedir disculpas. Prisionero de los neocons que controlan la política exterior e interior de su gobierno, Obama termina en los hechos apoyando cualquier acción de los saudíes y los turcos, aunque sean indefendibles, porque "monopolizan casi todos los resortes del poder político y los medios de comunicación", sostiene Parry.

Paul Craig Roberts, secretario del Tesoro bajo la presidencia de Ronald Reagan, recuerda el nacimiento de la política neoconservadora: "El colapso de la Unión Soviética en 1991 dio a luz una ideología peligrosa llamada neoconservadurismo. La Unión Soviética había servido como una limitación a la acción unilateral de Estados Unidos. Con la eliminación de esta restricción, en Washington los neoconservadores declararon la hegemonía mundial. Estados Unidos era ahora la 'única superpotencia' que podría actuar sin restricciones en cualquier parte del mundo" (paulcraigroberts.org, 28-XII-15).

Roberts considera que, como consecuencia de la hegemonía de los neoconservadores, la guerra nuclear ha vuelto a plantearse como una posibilidad. Cree que sólo habría dos formas de evitarla: "Una es que Rusia y China se rindan y acepten la hegemonía de Wa¬shington. La otra es que un líder independiente en Alemania, el Reino Unido o Francia decida retirarse de la Otan, que es la herramienta primordial de Washington para causar conflictos con Rusia y, por lo tanto, la fuerza más peligrosa para todos los países europeos y el mundo entero. Si la Otan continúa existiendo, junto con la ideología neoconservadora de la hegemonía estadounidense, la guerra nuclear será ine¬vitable".

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México transita hacia un totalitarismo suave: Tariq Ali

En México, como en varios países del mundo, la democracia está dejando de existir gradualmente para dar paso a un régimen de "totalitarismo suave", producto, por supuesto, del neoliberalismo, afirma en entrevista con La Jornada el ensayista, historiador y cineasta Tariq Ali (Pakistán, 1943).

 

El también periodista se encuentra en el Distrito Federal, invitado por los organizadores de la 13 Feria Internacional del Libro (FIL) en el Zócalo para participar en varias tertulias públicas y compartir sus agudos análisis acerca de los movimientos sociales, los fundamentalismos y las nuevas formas de operación del imperialismo, entre otros temas.

 

La cita con el escritor es en un hotel en el Centro Histórico, en medio de calles vigiladas por granaderos y decenas de vehículos de la policía en los alrededores. Tariq Ali sale, observa a los uniformados, pide que se le haga una foto con ellos detrás y señala: "No me sorprende lo que ocurre ahora en México; es el resultado lógico de las políticas neoliberales que hasta hace no mucho tenían ciertos controles, pero se han perdido todo tipo de restricciones y los neoliberales hoy operan libremente; lo malo es que esto se puede poner aún peor, es un proceso de degeneración".

 

El autor lamentó que en el país se estén aceptando como normales los viejos hábitos totalitarios que ya se conocían: "En esta normalización, no importa qué partido gane, si es de derecha o de centro izquierda, pues se trata de un sistema en el que el partido totalitario tiene un control hegemónico y domina todo el sistema".

 

La vez anterior que Ali estuvo en México fue en 2007, cuando participó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Iniciaba el gobierno de Felipe Calderón. El escritor afirmó entonces que Estados Unidos había trabajado muy duro para que su candidato ganara. (La Jornada, 2 de diciembre de 2007)

 

"En todo el mundo siempre existe un pensamiento: las cosas no se pueden poner peor, pero sí, se ponen peor. Cuando estuve aquí hace seis años, muchas personas esperábamos que ante una elección tan claramente manipulada los ciudadanos se enardecerían y habría protestas, pero eso no sucedió, el proceso continuó", explica.

 

Por tal motivo, puntualiza: "Para que un sistema cambie se requiere la participación activa de todos los agentes de la sociedad. En el momento en que un grupo o movimiento se rehúsa a participar, como hicieron los zapatistas que entonces dijeron 'nosotros no nos ensuciamos las manos en asuntos como la política', en ese momento se imposibilita el cambio. Es la misma posición que están tomando los indignados en España.

 

"Esos argumentos, el decir que la política es sucia y abandonar todo, no nos sirve. Si no se actúa con las herramientas del sistema político se abandona cualquier posibilidad de cambio".

 

Tariq Ali, asesor del canal de televisión sudamericano Telesur, con sede en Caracas, y autor del libro Piratas del caribe. El eje de la esperanza, en el cual presenta una semblanza de Fidel Castro, Evo Morales y Hugo Chávez, afirma que el único país donde hay un auténtico avance y cambio de sistema es Venezuela. "No llamo a lo que sucede ahí una auténtica revolución, pero sí existe un trabajo real en pro de los pobres; es la única región que se está moviendo hoy día en esa dirección. En México hubo esa posibilidad de cambio. Si el grupo que empujó a Calderón no hubiera manipulado las elecciones, este país estaría marchando en aquella dirección".

 

Ahora, lo que podría funcionar, añade, "es la combinación de un líder carismático con un ideario claro que defienda con pasión, y un movimiento social que lo apuntale y se encargue de que ese programa sea una realidad. Pero los líderes no caen del cielo, son producto de situaciones muy concretas. México tiene una tradición rica en ese aspecto, ahí esta la Revolución campesina de 1910, empujando al país a cambiar, o el modelo de República de Lázaro Cárdenas, que empujaba a la nación en dirección de la gente más desprotegida. No hay un solo tipo de líder, lo importante es que empujen a la nación en la dirección correcta".

 

A propósito de las revelaciones que el ex agente Edward Snowden hizo al semanario alemán Der Spiegel, difundidas ayer domingo, respecto de que la Agencia de Seguridad Nacional estadunidense (NSA, por sus siglas en inglés) espió el correo electrónico del ex presidente, Ali bromea: "Hay que decirle a Snowden que lo que realmente nos interesa saber no es cuántos tequilas se echaba Calderón, sino cómo y qué intereses manipularon esas elecciones".

 

Tariq Ali ha sido activista político desde los años 60; estudió Ciencias Políticas y Filosofía en Oxford. En 1990 empezó a escribir ficción, entre sus novelas más conocidas están las agrupadas en la serie Quinteto islámico. Su obra The Shadows of the Pomergranate Tree, un estudio sobre la decadencia de la civilización musulmana, fue galardonada en 1994 en España como la mejor novela extranjera con el Premio Arzobispo Juan Clemente del Instituto Rosalía de Castro.

 

Insiste en que "vivimos en un mundo dominado por lo que llamo el 'extremo centro', una corriente que apoya las guerras, el combate, el abuso, el despojo y el comportamiento neoliberal que se ve en todo el mundo.

 

"En México, el enemigo es doble: no sólo la oligarquía local, sino el gran imperio estadunidense, pues es un país estratégicamente muy importante, por eso el vecino del norte siempre va a invertir y gastar lo que sea necesario para que la oligarquía aquí se mantenga donde está.

 

"La izquierda, cualquiera que ésta sea, tiene que entender que cuando ataca los intereses de la oligarquía local, ataca al imperio. Los actos simbólicos son muy importantes, pero por sí solos no logran mucho. Todo esto se ha visto en Europa.

 

"El único país donde los movimientos de izquierda tienden hacia algo distinto es en Grecia. La clase media está aterrada con la Coalición de la Izquierda Radical (Syriza), que ha fusionado en un partido único las facciones y organizaciones que hasta ahora la componían, con el propósito de reforzar sus posibilidades de convertirse en alternativa de gobierno.

 

"El líder de este partido, Alexis Tsipras, con quien hablé la semana pasada, es un tipo muy capaz e inteligente. Le preguntaron que a quién admiraba en el mundo y respondió Hugo Chávez; de inmediato todos los medios europeos se fueron sobre él. Pero no cambió su discurso.

 

"Se necesitan líderes como estos. Hugo Chávez fue una persona con mucha pasión, no tenía miedo a decir lo que pensaba. Combinado con un movimiento social fuerte empujó al cambio. Su ausencia es un golpe duro, se pierde mucho, pero tampoco debemos pensar que un movimiento depende de una sola persona, estaríamos condenados al fracaso.

 

"La gran debilidad del movimiento bolivariano en Venezuela es que dependía demasiado de Chávez, y eso se lo dije. Le molestaba, pero lo reconocía y me explicaba: 'Ese es el problema que enfrentamos, pues toda la clase media es hostil a nuestro proyecto, si no lo entiendes es que no estás viendo el cuadro completo'.

 

"Era cierto, Chávez y su grupo estaban muy aislados de ese sector que tradicionalmente produce a los intelectuales y a los voceros de la sociedad. Un intelectual de izquierda de una universidad, amigo mío, al preguntarle por qué no apoyaba a Hugo Chávez me respondió: 'Es que nosotros no apoyamos a un zambo, alguien que tiene sangre de esclavo'.

 

"Nunca he visto un racismo tan marcado como el que hay en Venezuela. El odio que generaba Chávez en algunos sectores de la sociedad era terrible, en los medios de comunicación lo llegaron a llamar mono, debido a ese racismo tan profundo. Por eso tuvo que trabajar desde cero para integrar a la sociedad en su proyecto, ese fue su gran problema. Hoy, el otro es que Nicolás Maduro no sólo no es Chávez, sino que pretende un error, política y sicológicamente, grandísimo, tratando de serlo".

Tariq Ali acaba de terminar de escribir un guión de cine acerca del líder revolucionario ruso Vladimir Illich Lenin (1870-1924) que quizá lleve a la pantalla grande Oliver Stone para conmemorar el centenario de la revolución bolchevique de 1917. Un proyecto que le parece de suma importancia, pues "vivimos en un mundo en el que todos conspiran contra la memoria, pues la historia ofrece soluciones a los ciudadanos. Sin el enorme sacrificio del pueblo ruso y las victorias claves del ejército rojo la guerra no hubiera acabado como acabó. En muchos lugares no lo niegan, pero tampoco hablan de eso.

"Es una tendencia en todo el mundo hacer sentir que la historia es peligrosa, y la gente de izquierda, que de repente se convirtió en posmoderna y empezó a jugar con algunos conceptos, es parcialmente responsable de esto.

"También estoy por terminar un libro cuyo objetivo es demostrar que el imperio estadunidense no ha terminado, ahí está y es fuerte. Que la izquierda diga lo contrario es muy peligroso", concluyó el autor, quien charlará esta tarde a las 17 horas en el Foro 1 con el público que asista a la Feria Internacional del Libro en el Zócalo de la ciudad de México.

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“El liberalismo se plasma como un nuevo totalitarismo”

Algunos ya lo ven terminado, otros a punto de caer en el abismo, o en pleno ocaso, o en vías de extinción. Otros analistas estiman al contrario, que si bien el liberalismo atraviesa por una seria crisis, su modelo está lejos, muy lejos de abdicar. A pesar de las crisis y sus hondas consecuencias, el liberalismo sigue en pie, produciendo su lote insensato de beneficios y desigualdades, sus políticas de ajuste, su irrenunciable impunidad. Sin embargo, aunque siga aún vivo, la crisis ha desnudado como nunca sus mecanismos perversos y, sobre todo, puso en el centro de la escena no ya el sistema económico en el que se articula sino el tipo de individuo que el neoliberalismo terminó por crear: hedonista, egoísta, consumista, frívolo, obsesionado por los objetos y por la imagen fashion que emana de él. La trilogía de la modernidad liberal es muy simple: producir, consumir, enriquecerse. En su último libro, El individuo que viene después del neoliberalismo, el filósofo francés Dany-Robert Dufour plantea una pregunta que pocos se hacen: ¿Cómo será el individuo que surgirá tras los cataclismos y las intervenciones globales del liberalismo?
 

–El liberalismo, que se presentó como el salvador de la humanidad, terminó llevando al ser humano a un camino sin salida. Usted plantea su fin y se pregunta qué tipo de ser humano surgirá después del ultraliberalismo.

–En el siglo pasado conocimos dos grandes caminos sin salida históricos: el nazismo y el stalinismo. De alguna manera y entre comillas, después de la Segunda Guerra Mundial fuimos liberados de esos dos caminos sin salida por el liberalismo. Pero esa liberación terminó siendo una nueva alienación. En sus formas actuales, es decir, ultra y neoliberal, el liberalismo se plasma como un nuevo totalitarismo porque pretende gestionar el conjunto de las relaciones sociales. Nada debe escapar a la dictadura de los mercados y ello convierte al liberalismo en un nuevo totalitarismo que sigue a los dos anteriores. Es entonces un nuevo camino sin salida histórico. El liberalismo hizo explotar al ser humano. El historiador húngaro Karl Polanyi, en un libro publicado después de la Segunda Guerra Mundial, demostró cómo, antes, la economía estaba incluida en una serie de relaciones: las sociales, las políticas, las culturales, etc. Pero con la irrupción del liberalismo la economía salió de ese círculo de relaciones para convertirse en el ente que buscó dominar a todos los demás. De esta forma, todas las economías humanas caen bajo la ley liberal, es decir, la ley del provecho donde todo debe ser rentable, incluidas las actividades que antes no estaban bajo el mandato de lo rentable. Por ejemplo, en este momento usted y yo estamos hablando pero no apuntamos hacia la rentabilidad, sino a producir sentido. En este momento estamos en una economía discursiva. Pero hoy, hasta la economía discursiva está sujeta al “quién gana más”. Cada una de las economías humanas están bajo la misma lógica: la economía psíquica, la economía simbólica, la economía política, de allí el hundimiento de la política. Lo político sólo existe hoy para seguir lo económico. La crisis que atraviesa Europa muestra que cuanto más se profundiza la crisis, más la política deja la gestión en manos de la economía. La política abdicó ante la economía y ésta tomó el poder. Los circuitos económicos y financieros se apoderaron de la política. La crisis es, por consiguiente, general.
 

–El título de su libro, El individuo que viene después del liberalismo, implica la doble idea de una fase triunfal y de un fin del liberalismo.

–Paradójicamente, en el momento de su triunfo absoluto el liberalismo da signos de cansancio. Nos damos cuenta de que nada funciona y le gente va tomando conciencia de esta fallo y tiene una reacción de incredulidad. Los mercados se propusieron como una suerte de remedio a todos los males. ¿Tiene usted un problema? Pues entonces acuda al Mercado y éste le aportará la riqueza absoluta y la solución de los problemas. Pero ahora nos damos cuenta de que el Mercado acarrea devastaciones. Así vemos cómo ese remedio que debía aportarnos la riqueza infinita no trae sino miseria, pobreza, devastación. Desde luego, el capitalismo produce riqueza global pero pésimamente repartida. Sabemos que desde hace 20, 30 años las desigualdades han aumentado a través del planeta. La riqueza global del capitalismo despoja de sus derechos a millones de individuos: los derechos sociales, el derecho a la educación, a la salud, en suma, todos esos derechos conquistados con las luchas sociales están siendo tragados por el liberalismo. El liberalismo fue como una religión llena de promesas. Nos prometió la riqueza infinita gracia a su operador, el Divino Mercado. Pero no cumplió.
 

–En su crítica filosófica al liberalismo usted pone de relieve uno de los estragos principales que causó el pensamiento liberal: los individuos están sumidos a los objetos, no a los semejantes, al otro. La relación en si, la sensualidad, fue reemplazada por el objeto.

–Las relaciones entre los individuos pasan al segundo plano. El primero lo ocupa la relación con el objeto. Esa es la lógica del mercado: el mercado puede a cada momento agitar ante nosotros el objeto capaz de satisfacer todos nuestros apetitos. Puede ser un objeto manufacturado, un servicio y hasta un fantasma a medida construido por las industrias culturales. Estamos en un sistema de relaciones que privilegia el objeto antes que el sujeto. Esto crea una nueva alienación, una suerte de modalidad adictiva con los objetos. Este nuevo totalitarismo que es el liberalismo pone en manos de los individuos los elementos para que se opriman a sí mismos a través de los objetos. El liberalismo nos deja la libertad de alienarnos nosotros mismos.
 

–Usted sitúa el principio de la crisis en los años ’80 a través de la restauración de lo que usted llama el relato de Adam Smith. Usted cita una de sus frases más espantosas: para esclavizar a un hombre hay que dirigirse a su egoísmo y no a su humanidad.

–Adam Smith remonta al siglo XVIII y su moral egoísta se expandió un siglo y medio después con la globalización del mercado en el mundo. De hecho, Smith tardó tanto porque hubo otro mensaje paralelo, otro Siglo de las Luces, que fue el del trascendentalismo alemán. Al contrario de las Luces de Smith, las alemanas proponían la regulación moral, la regulación trascendental. Esta regulación podía manifestarse en la vida práctica a través de la construcción de formas como las del Estado a fin de regular los intereses privados. A partir del Siglo de las Luces hay dos fuerzas que se manifiestan: Adam Smith y Kant. Estos dos campos filosóficos coexistieron de manera conflictiva a lo largo de la modernidad, es decir, a través de dos siglos. Pero en un momento el trascendentalismo alemán se hundió y le dejó el lugar al liberalismo inglés, el cual adquirió una forma ultraliberal. Se puede fechar ese fenómeno a partir del principio de los años ‘80. Hay incluso una marca histórica que remonta al momento en que Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña llegan al poder e instalan la libertad económica sin regulación. Esa ausencia de regulación destruyó inmediatamente las convenciones sociales, es decir, los pactos entre individuos.
 

–De allí proviene la trilogía “producir, consumir, enriquecerse”. Usted llama a esa trilogía la pleonexía.

–El término de pleonexía lo encontré en la República de Platón y quiere decir “siempre tener más”. La República griega, la Polis, se construyó sobre la prohibición de la pleonexía. Puede decirse entonces que, hasta el siglo XVIII, toda una parte de Occidente funcionó en base a esa prohibición y se liberó de ella en los años ’80. A partir de allí se liberó la avidez mundial, la avidez de los mercados, la avidez de los banqueros. Recuerde el discurso que pronunció Alan Greenspan (ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos) ante la Comisión norteamericana después de la crisis de 2008. Greenspan dijo: “Pensaba que la avidez de los banqueros era la mejor regulación posible. Me doy cuenta de que eso no funciona más y no sé por qué”. Greenspan confesó de esa manera que lo que guía las cosas es la liberación de la pleonexía. Y ya vemos ahora adónde conduce.
 

–Llegamos ahora al después, al hipotético ser humano del después del liberalismo. Usted lo ve bajo los rasgos de un individuo simpático. ¿Qué sentido tiene el término simpático en este contexto?

–Nadie es bueno al nacer como lo pensaba Rousseau, ni tampoco malo como lo pensaba Hobs. Lo que podemos hacer es ayudar a la gente a ser simpática, es decir, a no pensar sólo en sí misma y a pensar que para vivir con el prójimo hay que contar con él. El otro está en mí, las imágenes de los otros están en mí y me constituyen como sujeto. La idea misma de un individuo egoísta es un sinsentido porque esto obliga a que nos olvidemos de que el individuo está constituido por partes del otro. Y cuando hablo de un individuo simpático no empleo el término en su acepción más común, digamos alguien simplemente simpático. No. Se trata del sentido que tenía la palabra en el siglo XVIII, donde la simpatía era la presencia del otro en mí. Necesito entonces la presencia del otro en mí y el otro necesita mi presencia en él para que podamos constituir un espacio donde cada uno sea un individuo abierto al otro. Yo cuido del otro como el otro cuida de mí. Eso es un individuo simpático.
 

–Vamos con la simpatía, pero sobre qué bases se construye el individuo que viene después del liberalismo. ¿La razón, la religión, el deporte, el ocio, la solidaridad, otra idea del marcado?

–En este libro hice un inventario sobre los relatos antiguos: el relato del logos, de la evasión del alma de los griegos, el relato sobre la consideración del otro en los monoteísmos. Me di cuenta de que en ambos relatos había cosas interesantes y también aterradoras. Por ejemplo, la opresión de las mujeres en el patriarcado monoteísta equivale a la opresión de la mitad de la humanidad. ¿Acaso queremos repetir esa experiencia? No, por supuesto. Otro ejemplo: en el logos, para que haya una clase de hombres libres en la sociedad es preciso que haya una clase oprimida y esclavizada. ¿Queremos repetir eso? No. Refundar nuestra civilización luego de los tres caminos sin salida que fueron el nazismo, el stalinismo y el liberalismo requiere una refundación sobre bases sólidas. Por eso llevé a cabo el inventario, para ver qué podíamos recuperar y qué no, cuánto del pasado podía servirnos y cuánto no. La segunda consideración atañe a aquello que podría ayudar al individuo a ser simpático antes que egoísta. Para ello es preciso reconstruir un medio donde se pueda ser simpático y no egoísta. En este contexto, la idea de la reconstrucción de lo político, de una nueva forma del Estado que no esté dedicado a conservar los intereses económicos, sino a preservar los intereses colectivos, es central.
 

–¿Cuál es entonces el gran Relato que podría salvarnos?

–Hemos dejado en el camino los grandes relatos de antes y creemos cada vez menos en el gran relato del mercado. Estamos a la espera de algo que una al individuo, es decir, un gran relato. Yo propongo el relato de un individuo que ha dejado de ser egoísta, que no sea tampoco el individuo colectivo del stalinismo, ni tampoco el individuo ahogado en la raza que se cree superior como en el nazismo y el fascismo. Se trata de un relato alternativo a todo esto, de un relato que persiste en el fondo de la civilización. Creo que el valor de civilización occidental radica en que puso el acento en la individuación, es decir, la idea de la creación de un individuo capaz de pensar y actuar por sí mismo. No hay que olvidar la noción de individuo, sino reconstruirla. Contrariamente a lo que se dice, no creo que nuestras sociedades sean individualistas, no, nuestras sociedades son lamentablemente egoístas. Esto me hace pensar que al individuo como tal le queda mucho margen de existencia, que hay muchas cosas de él que no conocemos. Tenemos que hacer existir al individuo fuera de los valores del mercado. El individuo del stalinismo fue disuelto en la masa del colectivismo, el individuo del nazismo y del fascismo fue disuelto en la raza, el individuo del liberalismo fue disuelto en el egoísmo. El individuo liberal es un esclavo de sus pasiones y sus pulsiones. Debemos elevarnos de este camino sin salida liberal para recrear un individuo abierto al otro, capaz de realizarse totalmente. Hay textos filosóficos de Karl Marx que no soy muy conocidos y en los cuales Marx quería la realización total del individuo fuera de los circuitos mercantiles: en el amor, en la relación con los otros, en la amistad, en el arte. Poder crear lo máximo a partir de las disposiciones de cada uno. Tal vez habría que recuperar ese relato del Marx filósofo y olvidar el del Marx marxista.
 

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Sábado, 07 Marzo 2009 07:27

Llamémoslo simplemente "N"

Hay palabras que significan cosas. Y luego existen las palabras con aura, que significan cosas y, además, sugieren otras. Las meras palabras se emplean y no ocurre nada. En cuanto a las otras, las del aura, a menudo sale caro mentarlas. El verbo "nacionalizar", por ejemplo. El diccionario de la Real Academia Española lo define así: "Hacer que pasen a depender del Gobierno de la nación propiedades industriales o servicios explotados por los particulares". Pero políticos con mando en plaza han recurrido a la palabra en las últimas semanas y, acto seguido, han visto cómo se hundían Wall Street y las contagiosas bolsas mundiales.
 
En el subconsciente de las principales economías occidentales, y especialmente en mecas del capitalismo como Estados Unidos y Reino Unido, hablar de "nacionalizar bancos" es recuperar algunos ecos de la ya enterrada Guerra Fría y de modelos políticos no democráticos como el comunismo o el fascismo. Y esa aura de la palabra explica el esmero de la nueva Administración Obama en evitar el término, que algunos comentaristas de la prensa económica internacional denominan ya con ironía la "palabra n".
 
"Es mejor no usar la palabra para evitar debates ideológicos: nacionalizar bancos suena a comunismo", resume Charles Wyplosz, economista del Graduate Institute of International Studies de Ginebra.
 
El experto en finanzas públicas y privadas del Brooking Institute de EE UU Douglas J. Elliott puntualiza que "en este país se duda en emplear la palabra nacionalización porque implica una fe en el Gobierno sobre los mercados que aquí es francamente impopular". Elliott acaba de publicar un estudio sobre pros y contras de nacionalizar bancos en el que concluye que la "plena nacionalización" puede revelarse necesaria sólo como último recurso para un par de gigantes bancarios. Ve, sin embargo, improbable una toma de control generalizada de bancos a menos que la economía empeore mucho más. Y sí ve venir más tomas de participaciones parciales de acciones. Ya se constata en Citigroup y Bank of America.
 
Elliot es una de tantas voces que intenta vaciar el debate al máximo (o en lo posible) de ideología. "Los americanos sospechamos de cualquier implicación del Gobierno en los negocios, sobre todo porque no creemos que negocios y política se mezclen bien. Es una cuestión de ser competente o no, no de comunismo".
 
Pero la incomodidad demócrata al hablar de nacionalizaciones es evidente. "Bueno, pueden llamarlo como quieran", espetó hace unos días Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, cuando en una entrevista se le preguntó si era favorable a intervenir los mayores bancos estadounidenses.
 
Y la incomodidad viene de la intencionalidad en el uso del término. Desde la Universidad de Tejas, el economista James Galbraith, experto en relaciones entre Gobierno y empresa, corrobora que el empeño del uso frecuente del vocablo maldito proviene "mayoritariamente de sectores muy a la derecha, que intentan sacar ventaja del hecho de que el término tiene sus connotaciones de decisiones políticas de naturaleza anticapitalista, de decisiones tomadas como un castigo".
 
Galbraith niega que el Gobierno de EE UU esté ante una decisión política o ideológica, sino técnica: hay que evitar como sea poner en peligro el sistema financiero mundial. "Precisamente por esta razón no creo que emplear la palabra nacionalización ayude", dice, para añadir que "aquí solemos hablar de 'puesta bajo tutela" de la Administración. Eso se dijo en el caso de las hipotecarias Fanny Mae y Freddie Mac.
 
Hay que actuar y punto, viene a decir, para evitar que todo el sistema enferme entre bancos zombi que ni se dejan caer, luego no están muertos, ni prestan dinero porque no se sabe qué bomba de relojería llevan dentro y siguen sin prestarse dinero entre sí. Ya se actuó en tiempos de vientos liberales: el verano pasado, con George Bush hijo aún en la Casa Blanca, fue nacionalizado el banco hipotecario californiano IndyMac. Una vez saneado, volvió a manos privadas a los pocos meses. También bajo el imperio de alguien poco sospechoso de antiliberalismo como Ronald Reagan, en 1984, se nacionalizó el Continental Illinois. Pero, atención: llevó siete años encontrar un nuevo novio privado para esta entidad, pese a la bonanza económica. Y eso que, siendo el séptimo banco del país entonces, era 50 veces más pequeño (por activos) que Citigroup, recuerda Elliott.
 
Cuando se sugieren las nacionalizaciones, se etiquetan ipso facto como "temporales", como si el Tesoro y la Fed fueran una especie de administradores fiduciarios que ponen la casa en orden unos meses desbrozando activos y bancos aprovechables e inservibles: ¿Será posible para el Estado acometer nacionalizaciones acotadas por poco tiempo de gigantes financieros complejísimos? En el reto han fracasado las figuras de Wall Street. ¿Es demasiado riesgo para el contribuyente?
 
"El debate asusta en EE UU porque en la cultura americana la nacionalización remite a fantasmas, a guerra fría, a comunismo", corrobora el catedrático en Ciencias Políticas Gabriel Colomer, porque "todos los partidos comunistas llevaban en su programa la toma de control de los bancos". Colomer ve "lógico, en tanto que herederos del New Deal, que los demócratas hablen aún menos del tema". The Financial Times atribuía esta semana la elipsis de la palabra nacionalización al "principio Richard Nixon en China". Éste consiste en que el ex presidente republicano, en pura Guerra Fría, podía visitar China y aproximarse al gigante comunista. Eso no se le hubiera tolerado a un demócrata.
 
Lo sabe ya el senador demócrata Christopher Dodd, quien, pese a enfatizar que el presidente Obama intentará evitar la estatalización de bancos, es posible "una toma de capital momentánea". Las Bolsas enloquecieron a la baja. A Barak Obama ya le llaman socialista. "Lo mismo ocurrió en su día con Franklin D. Roosevelt, que tuvo a toda la derecha empresarial preparada para atacar las políticas del New Deal. Si encima Obama hablara de nacionalización, se le echarían encima", opina el historiador Josep Fontana.
 
Convencido de que las dimensiones y profundidad de esta crisis global obligará a revisar algunos tabúes, Fontana advierte de que, "aunque nos gusta decir que en EE UU se excitan los ánimos, si en Europa se plantearan nacionalizaciones permanentes se oiría bramar a empresarios, banqueros y hasta obispos". Basta recordar la experiencia de François Mitterrand en su primer año en el Elíseo, cuando en 1981 nacionalizó la banca. La experiencia duró un año. El dinero huyó a Suiza.
 
La hemeroteca cuenta que, en 2007, Felipe González evocó una anécdota en la 70ª Convención Bancaria de México, a la que había sido invitado. En 1982, González había mantenido un encuentro en Madrid con el ex secretario de Estado Henry Kissinger. En él, Kissinger le había preguntado si González era socialista y cómo era que, siéndolo, no estaba por nacionalizar la banca. González le replicó: "Usted cree que ser socialista y ser tonto es la misma cosa. Y no es la misma cosa".
 
Hoy, de nacionalizaciones hablan casi todos en Occidente. La canciller alemana, Angela Merkel, ha impulsado una ley -pensada para el Hypo Real Estate- que permite expropiar bancos como "último recurso". Dexia y Fortis le deben la vida a los gobiernos del Benelux y a Francia, que acaba de bendecir la creación del segundo banco del país (Caisse d'Épargne más Banque Populaire) con más de 2.500 millones. O un 15% del capital.
 
Los partidarios de actuar -y no por motivos ideológicos, sino para que el contribuyente pueda ser compensado de algún modo con los beneficios futuros del banco- advierten de los riesgos de intervenir tarde. "Obama lo probará todo antes que nacionalizar. Pero cuidado con actuar tarde. Ocurrió en Japón, frente al modelo que suele ponerse como ejemplo de acción rápida y enérgica en los noventa, el de Suecia", señala Federico Steinberg, investigador del Real Instituto Elcano y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). "De alguna manera, estamos lanzando el mensaje de que el Estado da dinero pero no acaba de tomar las riendas, porque el debate está siendo mal recibido por los mercados, a pesar de que no estamos ante intervenciones ideológicas, sino ante la constatación de que dejar caer a Lehman Brothers fue un error", sentencia Alberto Montero, miembro del Centro de Estudios Políticos y Sociales. De nacionalizaciones han hablado senadores republicanos (Lindsey Graham) y ex secretarios republicanos (James Baker), como algo feo pero irremediable. Y temporal.
 
"Muchos no se oponen a que el Estado intervenga, no por ideología, sino por pragmatismo. Pero sí rechazan que mande. Asociamos nacionalizar a que, además de poner dinero, el Estado mande y la retórica, el eufemismo, tiene su papel en las políticas públicas", considera el catedrático Antón Costas. Y de nacionalizaciones ha hablado una (ex) vaca sagrada como el ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan: "Podría ser necesario nacionalizar temporalmente algunos bancos para facilitar una rápida y ordenada reestructuración. Una vez cada cien años, es algo que hay que hacer".
 
El nerviosismo de los inversores ha provocado mensajes contundentes. El ministro de Economía británico, Alistair Darling, ha subrayado que "los bancos se gestionan mejor en manos privadas" Pero hasta un 95% del capital del Royal Bank of Scotland está a punto de ser público. Por no hablar del caso Northern Rock.
 
También el secretario del Tesoro de EE UU, Timothy Geithner, ha expresado la "firme presunción de que los bancos deben permanecer en manos privadas". Mientras, reforzaba el control sobre la aseguradora AIG, de facto nacionalizada en septiembre, y el Estado tomaba un 36% del Citigroup. Esta semana, además, ha entrado en vigor un nuevo programa para inyectar capital en las entidades no capaces de asegurarse el dinero privado. Como paso previo, la Administración somete estos días a los primeros 19 bancos del país a un examen para ver hasta qué punto podrían aguantar un deterioro de la economía aún peor. Según Bloomberg, 335.000 millones de dólares se han destinado en EE UU a reforzar el capital de bancos. Pero no se habla de nacionalizar.
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