Colombia: mueren doce obreros por la explosión en una mina de carbón

Se trata de la mina La Carbonara, en Tópaga, departamento de Boyacá. Los cuerpos de los mineros fueron rescatados esta mañana. La mina tenía una prohibición para adelantar trabajos de explotación.

 

Es una de las peores tragedias del departamento de Boyacá. Una explosión de gas metano y polvo de carbón los había dejado encerrados este martes en horas tempranas de la mañana.

Los doce trabajadores se encontraban ya en el interior de la mina, a 500 metros de profundidad. Dos mineros que se encontraba en la entrada del socavón resultaron heridos.

Esta mina, La Carbonara, tenía una prohibición de seguir adelantando trabajos, según la propia Agencia Nacional de Minas, un organismo gubernamental que a pesar de haber emitido esa prohibición, sus autoridades no hicieron nada para controlar que la misma fuera respetada por los dueños de la mina.

Hoy 12 familias trabajadoras tienen que sufrir esta pérdida. Pero en Boyacá se vienen sucediendo estas muertes obreras, verdaderos crímenes sociales ya que no son simples accidentes, sino que se trata de falta de cuidados, de verificaciones de obras e incluso de casos de minas ilegales, donde el Gobierno mira para otro lado.

Por ejemplo en marzo de este año 11 mineros murieron en un socavón de una mina ilegal de oro en el departamento de Caldas. En junio en el mismo departamento de Boyacá, municipio de Socha, también fueron 11 los trabajadores fallecidos tras la explosión de la mina Santa Inés por explosión de gas metano.

Según datos de la propia Agencia Nacional Minera en 2020 se registraron 161 explosiones o desprendimientos mineros que dejaron 171 muertos, mientras que en lo que va de este año se reportaron 85 emergencias con 102 víctimas fatales.

En su gran mayoría se trata de minas de oro y carbón, recursos del país que los empresarios explotan, expoliando el suelo colombiano, mientras son responsables, junto con los gobiernos municipales y el del propio Duque, de estas muertes obreras.

Miércoles 25 de agosto | 09:58

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Cambio de «Zeitgeist»: trabajo, ingreso y placer en la nueva normalidad

La pandemia modificó los parámetros del mundo laboral. Mientras miles de jóvenes de los países ricos piensan en abandonar su trabajo o pasar a la hibridez entre las tareas presenciales y remotas, se produce un debate sobre el placer, la tecnología y los ingresos en el capitalismo contemporáneo.

Un fantasma recorre los países centrales: la epidemia de la «gran renuncia». En Estados Unidos, cuatro millones de trabajadores –oficinistas, empleados de comercio, gastronomía y supermercados, trabajadores de transporte y cargas y «esenciales» (médicos, enfermeros, docentes, cuidadores)– presentaron su renuncia en abril de este año. En Reino Unido, hay más de un millón de empleos vacantes que los reclutadores o empleadores no pueden llenar, a pesar de que existen más de dos millones de personas buscando empleo. Además, según el «índice de tendencia laboral» de Microsoft relevado por el Foro Económico Mundial, al menos 40% de la fuerza de trabajo juvenilestá considerando abandonar su empleo o revisar las condiciones para pasar de modo estable al modo híbrido (entre presencial y remoto). Según la misma investigación, los jefes declaran que durante la pandemia han prosperado significativamente, y la brecha con los empleados se ha hecho palpable, evidente, dolorosamente indisimulada.

Los empleadores han realizado tímidos esfuerzos, hasta el momento, para tentar a la demanda a reingresar al empleo formal: se ofrecen bonos de ingreso, aumento de salarios y esquemas híbridos de trabajo (remoto-presencial), pero sin éxito. Asimismo, algunas empresas como LinkedIn y Twitter han brindado beneficios ostentosos a sus empleados, como vacaciones con todo pago o bonos sorpresa, con el objetivo de retener sus talentos. ¿Cómo se llegó hasta aquí?

Los analistas coinciden en señalar que, al irrumpir la pandemia, los sectores medios-bajos se encontraron en la disyuntiva entre pagar personal de cuidado para sus hijos o renunciar al empleo para cuidarlos ellos mismos, lo cual financieramente tuvo mucho más sentido, al tiempo que evitaron la exposición de sí mismos y la familia al virus. Los oficinistas y profesionales, cubriendo largas horas en soledad frente a la computadora, pronto se encontraron cuestionando la relevancia, significatividad y propósito de sus empleos. En gran medida, fueron estos bullshit jobs o «empleos redundantes» los que fueron abandonados por los propios empleados.

Según un estudio de la Universidad de Stanford, uno de los principales factores causales de la gran renuncia fue el maltrato en el lugar de trabajo. Los trabajadores y trabajadoras tomaron la decisión de irse o quedarse según cómo la empresa los trató (o destrató) durante la pandemia. Quienes ya se encontraban al borde de la renuncia fueron empujados al punto de ruptura. Muchas de las empresas reforzaron sus políticas restrictivas y despidieron personal o redujeron salarios, lo que hizo que quienes no fueron afectados por esas medidas renunciaran de todas maneras, al comprobar la hostilidad de la empresa hacia su fuerza de trabajo. Asimismo, muchos de estos empleados –ya acostumbrados a las inversiones en criptomonedas, bonos o acciones– utilizaron su dinero para pasar el tiempo de confinamiento sin trabajar. Impulsados por el boom de las redes sociales y por el tiempo disponible para consumirlas, otros tantos se lanzaron al emprendedorismo, el e-commerce o su pasatiempo como fuente de ingresos.

Esta «economía YOLO» (you only live once, o solo se vive una vez), mezcla de carpe diem con burnout digital, maltrato y culturas empresariales tóxicas, sumada al descreimiento respecto de las instituciones políticas y económicas para responder adecuadamente a la necesidad de seguridad, protección y contención de los individuos, decantaron en lo que el Washington Post denominó «una revisión profunda del trabajo en Estados Unidos» (aunque el fenómeno se evidencia también en otros países centrales). Jack Kelly, periodista de la revista Forbes, fue más allá y lo identificó como un cambio de Zeitgeist [espíritu de la época]. «Ha habido un cambio de humor y un cambio en el Zeitgeist. Hemos aprendido de primera mano lo frágil que es la vida. Muchas personas han reexaminado sus vidas. Se dan cuenta de que tienen un tiempo limitado en este mundo. Esto ha causado una suerte de momento existencial. La gente ha comenzado a reflexionar acerca de qué ha estado haciendo y si desea continuar en el mismo empleo o carrera por los próximos cinco a 25 años. Los resultados de esta introspección claramente muestran que desean hacer un cambio”, asegura.

El trabajo no solo constituye un eje de la economía. Es, también, un ordenador sociopolítico, un mecanismo de control social y una institución que jerarquiza, incluye y expulsa identidades y cuerpos. El trabajo organiza la vida familiar y comunitaria, impacta en las creencias o cosmovisiones y tiene un rol ineludible en la dinámica de la disputa ideológica dentro de la sociedad.

En la nueva normalidad, la ética protestante parece entrar en conflicto con el principio del placer. El constreñimiento al trabajo deja lugar a un inconsciente colectivo que busca el hedonismo para superar un tiempo crítico y de muerte. La lógica del deseo y su satisfacción está vinculada a la pulsión erótica, es decir, a la continuidad de la vida y de la especie: el placer es indisociable de la fecundidad, aun en los casos en que esté mediado por técnicas artificiales. Eso indica, precisamente, la fuerza con que la vitalidad irrumpe y busca los caminos para materializarse, con el esfuerzo y los recursos que sean necesarios. La pulsión erótica, en este sentido, se relaciona con la natalidad, como quería Hannah Arendt. Cada acción humana conlleva el germen de la disrupción, de la introducción de lo inesperado, de lo improbable sucediendo. La natalidad, para Arendt, equivale a la libertad, y esta, a la capacidad creativa y creadora de la especie humana.

Esta gran ola de renuncias, esta Great Resignation, ¿no es acaso una disrupción en las relaciones entre el trabajador y la patronal, la introducción de un repertorio de acción social por fuera de los mecanismos tradicionales de protesta, movilización y sindicalización? ¿No se trata acaso de una innovación en las relaciones sociales, que evade por completo el camino de la lucha y del conflicto y se apropia de los instrumentos que el mismo opresor dispone y de sus propias reglas para aliviar el yugo, mejorar sus condiciones de existencia y compartir (a través de las redes sociales, ni más ni menos) estas historias de éxito, es decir, épicas, con quien quiera oírlas?

Si se corrobora la tesis de que que nos encontramos ante un nuevo escenario de estancamiento secular, como señala Paula Bach, en el que el capitalismo se muestra débil para resurgir de su crisis (como es su modus operandi) y, asimismo, los principales actores económicos y políticos reconocen esta falencia –un dato no menor–, la puesta en crisis de la relación entre el trabajo, el ingreso y el uso del tiempo es ineludible. Por un lado, están quienes sostienen que, en el futuro cercano, simplemente no habrá empleo para todos: la automatización reemplazará más empleos de los que se crearán («algunos empleos no volverán», advierten los asesores de Joe Biden). Pero hay corrientes teóricas de la automatización que aseguran lo contrario. Es decir, que este escenario no se verificará y que la fuerza laboral humana seguirá siendo esencial para que el capital pueda reproducirse.

Como sea, la idealización de la tecnología, junto con demandas como la renta básica universal, el Green New Deal [Nuevo Pacto Verde] global o la semana laboral de cuatro días, apunta a un horizonte reformista de la institución del trabajo. Las relaciones de producción quedarían intactas, desde luego, pero sería un escenario optimista –progresista– para la fuerza de trabajo. Asimismo, el boom de las inversiones financieras durante la pandemia llevó a muchos trabajadores a incrementar sus ahorros, haciendo su vida cada vez más holgada e independiente del «de 9 a 5». Esto presenta para muchos una arista excitante y estimula la especulación con las criptomonedas y los mercados.

En otras palabras, el divorcio entre la economía real y el mercado financiero va en aumento. Los comunes, los «plebeyos», han encontrado ahora la forma de volverse masivamente hacia los ingresos pasivos, la «economía de la pasión» (emprendedores, oficios, artesanos, profesionales independientes que trabajan como freelancers o consultores), el autoempleo o una mezcla de ellos. Así, la gig economy o economía de pequeños encargos –de empleados flexibilizados, precarizados y explotados– muestra su contracara en la independencia personal inherente al sueño americano (self-made) y su desafío abierto a los patrones corporativos abusivos, de maltrato y avaros. La trayectoria de la ambición yuppie retratada en la vieja película Secretaria ejecutiva, con la meritocracia y el rascacielos como dispositivos de ascenso social, tiene 40 años después su desenlace en el éxodo de los oficinistas al campo, donde redescubren su amor por las gallinas, las huertas y la comunidad.

En síntesis, el mercado laboral de las economías centrales tiene dos fugas: las renuncias masivas y el mercado financiero. Es en esta lenta sangría del capitalismo donde podemos ubicar una causa poderosa del estancamiento secular.

Junto con la creciente desmaterialización, digitalización y abstracción de la economía (pensemos en las billeteras digitales, las criptomonedas o los vales no fungibles), aumenta, asimismo, la brecha de acceso a la inclusión financiera. Los sectores medios de las economías centrales ya están dando ese salto, gracias a su proximidad a los catalizadores, resortes y explicadores del proceso.

Para las economías periféricas como las de América Latina, este escenario profundiza la disyuntiva en que la región se encuentra actualmente, acelerada por la «nueva normalidad», dado que las inversiones escasean y las economías centrales se encuentran enfocadas en resolver sus propias dificultades, absorbiendo los flujos de capital y los cargamentos de vacunas en la misma medida. Observemos que, mientras Elon Musk y Richard Branson fogonean la nueva carrera espacial, buscando quizás reactivar la economía pero, más importante aún, ensayando la misión de colonizar un nuevo territorio donde exiliar a la especie (o al 1% de ella), Bill Gates decide invertir en activos reales, ni más ni menos que la tierra cultivable de Estados Unidos. Resulta llamativo que el milmillonario decida invertir en aquello que se anuncia que está por extinguirse. En los tres casos, de todas maneras, la inversión permanece en el circuito de la economía central, sin posibilidad de derrame o inclusión alguna.

Frente a este escenario centrípeto de los flujos de riqueza, las periferias tienen al menos dos alternativas claras. Una es asumir un mayor endeudamiento, como proveedores de mano de obra ultrabarata remota (outsourcing) y doméstica (inmigrantes), receptores del dumping medioambiental (cerdos, salmones, minería) y alimento para buitres financieros. La otra es dar un salto análogo al de los tigres asiáticos, invirtiendo en educación financiera, premiando la audacia política y ejercitando la disciplina colectiva.

Estas naciones, sin dudas, deberán pelear por ingresar al Green New Deal global y adquirir todos los derechos sociales, ambientales y políticos del Primer Mundo (que, de otro modo, solo serán privilegios).

El punto en que convergen, tal vez, todos los discursos es el punto final impuesto por el trabajador al explotador, pero no como se lo imaginaban los marxistas. La opción por la salida hacia una fuente de ingresos alternativa, benigna y soberana, cuando es masiva, resulta en una especie de revolución silenciosa, un salto de conciencia más parecido a un despertar místico que a las milicias de Sierra Maestra.

Paradójicamente, este salto fue habilitado por el propio capital en su búsqueda insaciable de incrementar las ganancias mediante instrumentos derivativos y digitales. Con la desmaterialización del dinero llega la desmaterialización del empleo, en formato remoto primero, como ingreso autónomo después, y finalmente pasivo. ¿La meta? Restaurar el placer, aquello que el capitalismo llama «calidad de vida». Pasar más tiempo con los seres queridos, disfrutar del ocio, consumir calidad, compartir experiencias, desarrollar talentos y proyectos creativos.

La revolución, por tanto, también se ha desmaterializado y desterritorializado. La lucha por la independencia, la soberanía nacional o la democracia popular ha dado paso al combate por el placer, entendido como bienestar integral del individuo y su comunidad.  El plot twist de la especie que vuelve al origen cuando se siente amenazada. Recupera su instinto y no se disculpa, no se cuestiona, no se resiste; simplemente obedece a un recurso ancestral implantado en su memoria antes que el chip: la supervivencia. 

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La amenaza fantasma Inteligencia artificial y derechos laborales

Más allá de los discursos sobre el «gran reemplazo» del trabajo humano por las máquinas, lo cierto es que la inteligencia artificial está cambiando las formas de trabajar. Los algoritmos son las nuevas «cajas negras», y los recursos de la organización del trabajo son hoy inseparables de los medios de vigilancia. Abrir y regular esas cajas negras es fundamental para evitar el ludismo silencioso que implica la competencia humana con la inteligencia artificial.

¿Es una certeza que en el futuro los robots podrán realizar todas o algunas tareas mejor que los seres humanos? Hoy, solo algunas funciones del trabajo pueden ser mecánicamente automatizadas. Desde la creación de la primera máquina capaz de emular la figura humana hasta las advertencias de John F. Kennedy en 1960, cuando describió la automatización como una «oscura amenaza», el mundo se mostró maravillado con la organización científica del trabajo y reservaba sus temores a la posibilidad de que el autómata –generalmente representado en la ciencia ficción como un único individuo– se rebelara contra su creador.

El impacto actual del desarrollo de la inteligencia artificial está ligado a las reformas neoliberales, que implican descentralización productiva, precariedad laboral y una distribución desigual tanto de la fuerza como de los frutos del trabajo. Más allá de los debates en torno del desempleo tecnológico, el discurso agorero del fin del trabajo, verdadero o falso, pierde de vista el impacto real que la inteligencia artificial tiene sobre las condiciones de trabajo y los derechos laborales involucrados. ¿Existe un lazo inseparable entre la inteligencia artificial y la robótica? La inteligencia artificial era una deriva de la ciencia ficción hasta hace apenas 15 años. El ritmo de desarrollo de la automatización de la organización del trabajo estuvo determinado, hasta entrada la década de 1990, por los avances y el perfeccionamiento de máquinas físicas integradas al proceso de producción. La industria automotriz –estandarte de la organización del trabajo en el siglo xx– incorporó rápidamente los brazos mecánicos en el armado y ensamblaje de automóviles1. Este desarrollo se ralentizó cuando las máquinas no resultaron eficientes para ejecutar la motricidad fina de la que solo son capaces los seres humanos. Aún hoy, en el marcador de la motricidad fina, la biología gana el partido por goleada contra la artificialidad cuando no hay mecánica que pueda reproducir la multifuncionalidad de una rodilla para subir una escalera. Por el contrario, si bien en los últimos años la motricidad robótica encontró obstáculos en su desarrollo, la inteligencia artificial creció sin límites y de manera exponencial. Conocemos los límites de la robótica, pero no los del aprendizaje artificial. ¿Cuál es la frontera de la capacidad de procesamiento artificial y cuáles son los alcances de la creatividad humana? ¿Cuán fundado es el miedo a su competencia? ¿Cuáles son las perspectivas de la colaboración entre ellas?

Comúnmente, los expertos presentan el problema del reemplazo de las capacidades humanas por la automatización como un pastiche en el que inteligencia artificial y robots son siempre ingredientes integrados. El tardocapitalismo podría abastecerse de «recursos de recursos»2, es decir, de recursos producidos por los mismos recursos –humanos y tecnológicos– para llevar a cabo una serie de operaciones que van desde la logística del comercio internacional hasta el cuidado. Solo que, como sostiene Silvia Federici, los trabajos de cuidado podrían ser la última actividad humana en ser reemplazada por la automatización3. Por otro lado, el difundido concepto del centauro inverso, introducido por teóricos de la automatización a partir de la famosa partida de ajedrez entre el robot Deep Blue y Garri Kaspárov, consiste en que sean los robots los que usen a los humanos como complemento: el ser humano como asistente. La máquina en el centro, la persona en los márgenes. Esto ocurre actualmente en el campo virtual. En la nube digital, las personas trabajan realizando microtareas mal pagas –como identificar imágenes con escaleras– para ser los ojos de la máquina, que se desenvuelve eficientemente realizando tareas cognitivas pero no puede ver y reconocer patrones a la vez.

La amenaza fantasma

Así como los primeros autómatas solo emulaban la figura humana y los usos de la mecánica robótica –sin imitación– se desarrollaron de manera eficiente, el concepto de inteligencia artificial más coloquialmente difundido es el de la imitación de la cognición humana, pero su desarrollo más ambicioso –no imitativo– es el de resolver problemas, alcanzar soluciones o realizar tareas. Si la tecnología es capaz de problematizar el concepto de inteligencia, por qué no habría de socavar el de trabajo. Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial y creador y promotor del concepto de «cuarta revolución industrial» en 2016, es incapaz de precisar las propiedades de la inteligencia artificial. Por el contrario, se limita a destacar los logros más recientes y los avances más atractivos del cómputo4. Desde entonces, el tardocapitalismo convino en llamar revolución a un nuevo ecosistema global motorizado por una tecnología disruptiva que aún no logró conceptualizar. En ese contexto, la pregunta por la producción y el trabajo aparece omitida detrás de los caracteres aparentemente revolucionarios de las facilidades y soluciones que ofrecen los productos tecnológicos de última generación5.Los analistas neoliberales más avezados comienzan por aceptar la inexorabilidad tanto del cambio tecnológico como del reemplazo de humanos por máquinas6. La inteligencia artificial es solo un ingrediente más del proceso irrefrenable hacia el fin del trabajo humano. El discurso hegemónico del «sálvese quien pueda», que insta a los jóvenes a adaptarse a la incertidumbre, suele asentarse a veces en el anecdotario de los casos de éxito, en la reorganización de los modelos educativos o en la desregulación laboral, pero siempre, siempre, en la amenaza del reemplazo. La maravilla de la técnica se convierte en amenaza. Ante la certeza de que el cambio tecnológico ha implicado la fragmentación de los mercados de trabajo y un aumento de la precariedad laboral, la amenaza se condensa7.

Por cada noticia que destaca anécdotas sobre los avances de la mecánica para imitar tareas humanas, hay cientos de miles de horas en YouTube de robots haciendo el ridículo. Todavía hoy, algunos divulgadores continúan rezando que «47% de los empleos será reemplazado por robots o computadoras inteligentes»8. La frase erróneamente atribuida a Carl Benedikt Frey y Michael Osborne aún resuena como un mantra en universidades y fábricas9. Es curioso que los padres de la cuarta revolución industrial omitan mayores indagaciones sobre el trabajo y la producción, o las presenten como preguntas exclusivas de la etapa más reciente del desarrollo técnico. Porque antes del solucionismo tecnológico que omite la pregunta por la producción y el trabajo existió otro señalamiento muy distinto. La inexorabilidad de la automatización del trabajo no siempre estuvo asociada a la del reemplazo de humanos por máquinas. Durante una conferencia sindical de la Federación Estadounidense del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales (afl-cio, por sus siglas en inglés), en 1960, John F. Kennedy advertía por primera vez sobre las ventajas y peligros de lo que definió como «la revolución de la automatización», entre los que se encontraba «la oscura amenaza de la desarticulación industrial, el aumento del desempleo y la profundización de la pobreza». Y agregaba que «el avance de la automatización ya amenaza con destruir miles de puestos de trabajo y acabar con plantas enteras. Pero este no es el producto inevitable del avance de la tecnología»10. Solo el contraste del enfoque de Kennedy con las prioridades del Foro Económico Mundial puede explicar que esta cita pasara inadvertida. Es curioso que la infraestructura que no se utiliza para alcanzar el pleno empleo o su adecuada distribución sí sea capaz de alcanzar para producir todas las máquinas necesarias para reemplazar el empleo que aún existe. La mejor limpiadora automática de piso controlada por inteligencia artificial del mercado cuesta alrededor de 750 dólares. Esto equivale a 350 horas de trabajo de una empleada doméstica registrada en Argentina. Aun suponiendo que la limpiadora automática de piso –que solo puede limpiar eso, el piso– realiza su función de manera satisfactoria, se encuentra a años luz de las capacidades y la multiplicidad de tareas que puede desempeñar una trabajadora de casa particular. Mientras que una empleada doméstica11 puede limpiar toda tu casa, cuidar a tus hijos y hasta llamar a una ambulancia si un adulto mayor tiene una descompensación, la limpiadora automática de piso continuará haciendo eso que hace, que no es otra cosa que limpiar pisos. La familia siquiera considerará si el costo marginal cero, propio de la transformación tecnológica, se aplica a su economía doméstica. El costo marginal se incrementa a medida que se replica la producción de un bien. La tecnología, en especial la digital, permite reducir a cero los costos marginales. Pero, por el contrario, para cubrir la necesidad de cuidar a un adulto mayor bajo las reglas útiles del reemplazo de robots por humanos, la familia deberá comprar un smartwatchwearable con un sensor Spo2 incorporado, que costará en Argentina otros 400 dólares, e integrarlo a un sistema de servicios de salud que procese sus datos en tiempo real. Quizás no exista una cobertura de salud que ofrezca este servicio por menos de otros 1.000 dólares mensuales12. Aun ante la probable expansión global del 5g y la internet de las cosas, la digitalidad continuará expandiéndose de manera exponencial exhibiendo sus costos marginales cero, y la robótica permanecerá estancada, dejando detrás su fantasmal amenaza.

Más acá del desempleo tecnológico

Más allá de las imágenes de un futuro próximo catastrófico o de la potencialidad teórica de la automatización, a la hora de evaluar la evidencia sobre el desempleo tecnológico, la idea de que los humanos podrían ser sustituidos por robots pertenece todavía al campo de la ciencia ficción13. El impacto del cambio tecnológico no se reduce ni debe limitarse a un mero cálculo contable entre los empleos que se crean y los que se destruyen, sino que nos informa sobre los modos de organización del trabajo y sus regulaciones14. La incorporación de paquetes digitales de monitoreo de tareas para garantizar el just in time del siglo xxi –la videovigilancia de los espacios de trabajo, el gps en las aplicaciones de entrega a domicilio, los sistemas biométricos para la identificación de perfiles en línea o el uso de artefactos wearable que se integran a los cuerpos humanos– queda empequeñecida ante el poder transformador de los sistemas de procesamiento de datos para la organización del trabajo. La gestión algorítmica consiste en el uso de recursos informáticos y digitales de supervisión para la administración y dirección del trabajo. A través del aprendizaje artificial o por medio del uso de la interfaz de usuarios, la gestión algorítmica implica un conjunto de utilidades que sirven en primer término para producir datos sobre el trabajo que requiere la prestación de un servicio o la producción de manufacturas; también para adquirir esos datos, ya sean tareas, imágenes, patrones, conversaciones, distancias o valores de cualquier clase; o para procesar esos datos para la elaboración de informes de perfiles o reportes de todo tipo; y completando el ciclo, para tomar decisiones y dar instrucciones sobre las tareas laborales, seleccionar personal o descartarlo, entre otros múltiples usos. Suele subestimarse el hecho de que todas estas dimensiones de uso de la gestión algorítmica impactan actualmente sobre las condiciones de trabajo15. El desarrollo de la inteligencia artificial tensiona potencialmente las capacidades humanas, pero también acecha en la actualidad a una serie de derechos laborales, y lo hace de manera concreta, sin necesidad de recurrir a Isaac Asimov, a la serie Black Mirror o a los libros de Andrés Oppenheimer. Algunos de los derechos involucrados requieren de refuerzos y actualizaciones, pero también podrían ser necesarios nuevos derechos y nuevas políticas. La capacidad de vigilancia y dirección de la inteligencia artificial traspasa los límites de la privacidad, puede incurrir en discriminaciones aberrantes, no reconoce la apelación humana, afecta la salud, corroe la libertad de asociación sindical y desplaza las garantías de protección social. Estas barreras son traspasadas para asegurar la gestión más eficiente posible del tiempo, de las acciones humanas y su valor, es decir, del trabajo. Una organización científica –y computarizada– del trabajo.

En América Latina, las leyes laborales usualmente contemplan la minimización de la vigilancia sobre las personas trabajadoras, imponiendo el deber de informar sobre los medios de control utilizados16. Sin embargo, la ley argentina, por ejemplo, solo ordena la minimización de los controles personales «destinados a la protección de los bienes del empleador» y establece que los controles a mujeres pueden ser realizados únicamente «por personas de su mismo sexo»17. La falta de actualidad de la norma es hilarante. Esta redacción corresponde a una era en la cual las formas de vigilancia en el trabajo se reducían al cacheo o al fichaje de ingreso y salida. El reloj a la vista de todos –que funcionaba como metrónomo de las tareas– no podía ser considerado un medio de control, y menos aún uno muy invasivo. ¡Solo era un reloj! Actualmente, los recursos para la organización del trabajo se encuentran fundidos con los medios de vigilancia. La plataforma Rappi, por ejemplo, recoge la ubicación de los repartidores, entre otros datos, para «tramitar las órdenes más cercanas a su ubicación (...) aun cuando la aplicación se encuentre cerrada o no esté en uso», a la vez que reconoce la utilización de esos datos «para identificar comportamientos atípicos» de los trabajadores y trabajadoras18. Las plataformas disponen de sistemas de monitoreo que violentan la privacidad de quienes trabajan en ellas, pero estos sistemas no tienen como objetivo proteger los bienes de las empresas, sino optimizar el trabajo humano. Por ejemplo, aws Panorama (Amazon, Inc.) es un paquete de software y dispositivos de aprendizaje automático que interpreta imágenes de video y permite chequear remotamente la calidad de un producto, reconocer faltantes en una góndola o hacer vibrar el celular de un trabajador de almacén si este se desvía del curso asignado por la inteligencia artificial. Va de suyo que para alimentar de datos a la inteligencia artificial se requiere de dispositivos que detecten al detalle los movimientos de cada persona trabajadora. ¿Acaso podemos ignorar que si la voz puede ser captada por los dispositivos móviles, y estos devolver en tiempo real una publicidad sobre nuestra conversación, las compañías se privarían de utilizar esta tecnología para optimizar un servicio monitoreando el contenido de las conversaciones de un telemarketer, una agente de ventas o un chofer?

Los métodos algorítmicos para medir con precisión la productividad humana no solamente implican un riesgo para la intimidad de quienes trabajan, sino que son la «caja negra» de la organización del trabajo en el siglo xxi. Detrás de los peligros futuros del desempleo tecnológico o la falta de capacitación de los trabajadores que aún conservan su empleo, hay una maquinaria informática en funcionamiento que las compañías no van a transparentar de manera voluntaria, aunque esté impactando hoy mismo en las condiciones de trabajo de las personas. En la industria, empresas como Coca Cola, Johnson & Johnson y Shell utilizan Ignition, un software de supervisión, control y adquisición de datos tipo scada19, que permite gestionar procesos industriales de manera remota «cerrando la brecha entre producción y tecnologías de la información». Estas plataformas administran los procesos industriales de punta a punta y, por supuesto, incluyen la posibilidad de calendarizar cada microtarea que deben desempeñar los operarios, quienes a la vez están integrados a brazos mecánicos conectados a internet, rampas que se deslizan al ritmo de la inteligencia artificial o motores que emiten la exacta cantidad de gas que les prescribe un algoritmo. Cuando se trata de optimizar comportamientos de trabajadores que reciben órdenes a través de su teléfono celular, los artefactos wearable que pueden medir la frecuencia cardíaca o las distancias recorridas se vuelven inútiles. En el caso de los repartidores de plataformas de venta y entrega de productos, la caja negra tiene otras preocupaciones. Por ejemplo, la mayoría de estas plataformas, como Uber o Rappi, utiliza sistemas de análisis del comportamiento como el cohort analysis, que sirve para estudiar el desempeño de consumidores organizados por grupos y predecir las posibilidades de retener a un determinado cliente según, por ejemplo, el rating promedio que los choferes le asignaron. El mismo modelo se utiliza para predecir qué choferes dejarán de conectarse a la aplicación y en qué momento comenzará a mermar su productividad, o su tasa de aceptación de viajes. El concurso de horas de trabajo o modelo de franjas horarias o slots funciona de manera similar. Si el repartidor o repartidora cancela un pedido o resigna trabajar durante las horas por las cuales concursó en el calendario de la aplicación, entrará en el grupo de repartidores que no podrán acceder al slot de horas del día siguiente. De igual manera, el modelo de análisis de datos que permite conocer cuál es el camino que eligen los consumidores desde que abren la aplicación hasta que concertan la compra de un producto a través de una plataforma sirve para saber cuál es el porcentaje de repartidores que abren la aplicación y alcanzan a completar un pedido o, por el contrario, cuándo y por qué no lo completan. Este modelo de análisis se denomina por embudos o funnel analysis20. No es tan complejo: los métodos para predecir el comportamiento de los prosumidores y optimizar las ventas sirven también para diseñar las aplicaciones e incentivar a los repartidores a tomar más pedidos, asignar viajes a los choferes más productivos o desalentar a los menos, justo antes de que estos empiecen a bajar su productividad. Las implicancias de la gestión algorítmica en las condiciones de trabajo podrían clasificarse según los criterios para obtener datos o según la aplicación y uso de estos.
(a) Se necesita una cantidad de datos para alimentar las bases que luego puedan ser procesados.
(b) Las instrucciones del algoritmo sirven para impartir órdenes (soluciones). Entonces, la extracción de datos usualmente requiere de dispositivos que puedan recabarlos y clasificarlos, los cuales potencialmente ponen en riesgo el derecho a la privacidad de quienes trabajan. Son ejemplos de esta posible y probable afectación de derechos los dispositivos que monitorean el estado de salud de las personas, los que levantan datos de actividades ajenas al trabajo, como la navegación en redes sociales, los que miden el tiempo en que se desarrolla una tarea, los que miden la distribución horaria del trabajo, los que permiten tomar fotografías, leer mails o chats o capturar incumplimientos, demoras, etc. Por otro lado, las instrucciones provistas por los algoritmos permiten asignar tareas a quienes son más productivos, administrar premios y castigos para retener a algunos perfiles de trabajadores, desalentar a otros o seleccionar a quienes el modelo presume menos costosos21. Este aspecto de la gestión algorítmica implica una potencial afectación del derecho de toda persona a no ser discriminada. Mientras la caja negra siga siendo oscura, debemos presumir que el error de cálculo, la calificación desestandarizada, el uso de datos no inclusivos, las evaluaciones arbitrarias y la discriminación racial y de género serán criterios más que excepciones en el diseño algorítmico aplicado al trabajo22. Las normas laborales prohíben la imposición de restricciones religiosas, políticas, gremiales, de residencia o de género en las ofertas de empleo. Sin embargo, estas leyes quedaron muy por detrás de las nuevas formas de selección de personal, que raras veces utilizan avisos para dar con los perfiles buscados. Nuevamente, la falta de transparencia sobre los criterios utilizados, que actualmente se sirven de diversas herramientas tecnológicas, podría encubrir abusos sistemáticos en la selección de personal. En 2018, Amazon debió cambiar su sistema de selección de personal cuando la agencia Reuters probó que el algoritmo aprendió a elegir preferentemente a mayor cantidad de hombres y penalizaba a los perfiles que en su ficha contenían el dato «mujer». En diciembre de 2020, el departamento de ética de inteligencia artificial de Google estalló por los aires cuando la experta en algoritmos Timnit Gebru fue despedida del equipo tras publicar un artículo en el que cuestionaba la inescrutabilidad de los sesgos algorítmicos. La falta de transparencia en la gestión digital también se evidencia en otro derecho laboral clásico: el que permite cuestionar, apelar o impugnar una sanción disciplinaria. Es imposible cuestionar el sesgo de aquello que no puede ser conocido ni explicado.

¿Hay un factor de baja de la productividad más relevante que el de las redes sociales? El tensiómetro de la gestión algorítmica escala a niveles dramáticos con relación a la administración de la atención de las personas trabajadoras. Al mismo tiempo que las compañías utilizan dispositivos para determinar si las teletrabajadoras desvían su concentración, las redes sociales compiten por su atención –compitiendo entonces con el tiempo de trabajo– hasta impactar gravemente en la salud mental. Esta competencia no es explícita. Los equipos y las plataformas de gestión del trabajo a distancia suelen contener funciones de bloqueo de las redes sociales, mientras que estas no disponen de funciones que permitan a los usuarios suspender voluntariamente el ingreso de mensajes y notificaciones. Es entonces cuando la gestión de la atención en el trabajo –presa de la supervisión permanente y la competencia– depende exclusivamente de la capacidad de las personas trabajadoras de sobreponerse a estas circunstancias opresivas.

Por supuesto que cualquiera es libre de tirar el celular por el inodoro. Pero no es tan sencillo. Las órdenes de trabajo pueden llegar en cualquier momento del día y la noche, traspasando los límites de la jornada habitual. En ocasiones, la gestión algorítmica admite el uso de recursos técnicos para desmovilizar a sindicatos en formación o identificar a activistas sindicales –como es el caso de Rappi con la Asociación de Personal de Plataformas de Argentina– o para la evaluación de áreas o nodos de las compañías más susceptibles de ser sindicalizadas.

Contra todo pronóstico, aún existen caminos por recorrer. En la conferencia antes citada, Kennedy planteó: «debemos dejar claro que la instalación de nuevos procesos y nuevas máquinas es propiamente un tema de la negociación colectiva. Ha pasado el tiempo en que los empleadores podían hacer valer la prerrogativa de la acción unilateral en un asunto tan vital para el bienestar de sus empleados». Resulta que el tiempo de la acción unilateral de los empleadores en un asunto tan vital como la inteligencia artificial no ha pasado, pero podría. Para hacer esto realidad, las negociaciones colectivas y las regulaciones deberían incorporar el derecho a la desconexión digital; el derecho a la información y transparencia sobre los criterios algorítmicos por actividad; la publicación de algoritmos utilizados en actividades de alto riesgo; la formación laboral en programación y la formación de programadores en derechos sociales y de género; la soberanía del tiempo de trabajo como alternativa a la flexibilización horaria; el uso de datos inclusivos en el diseño de inteligencia artificial; el derecho a la impugnación de decisiones disciplinarias tomadas mediante inteligencia artificial; la obligación de colocar la marca o sello de inteligencia artificial en los productos o servicios producidos con esa tecnología para revalorizar el trabajo intelectual humano; la prohibición de sistemas de bloqueo de medios de comunicación digital; y la salarización del aumento de la productividad tecnológica23, entre otras iniciativas que alienten el desarrollo tecnológico basado en trabajo de calidad. Para evitar el ludismo silencioso que implica la competencia humana con la inteligencia artificial desregulada, deberíamos poder superar la ignominia que encarna el algoritmo, haciéndolo público. Para el caso de que la propiedad intelectual corporativa prevalezca24, los gobiernos y sindicatos deberían, cuanto menos, poder conocerlo para regularlo.

Regular la caja negra

No todo es distopía o utopía. Existen respuestas reales y muy actuales. A fines de abril de 2021, la Comisión Europea envió un proyecto al Parlamento de la Unión en el que se considera el uso de la inteligencia artificial en la administración del trabajo como un sistema de «alto riesgo» y se ordena a los proveedores corregir los modelos algorítmicos que no se adecúen a los protocolos de respeto por los derechos. Según sus definiciones, la categoría de «alto riesgo» se describe como el paso anterior a la de «riesgo inaceptable». Poco después, el gobierno español aprobó una ley que, además de presumir el carácter asalariado de la actividad de los riders (repartidores), ordena a las empresas abrir la caja negra e informar a los sindicatos sobre la composición de «los algoritmos o sistemas de inteligencia artificial» que impactan en las condiciones de trabajo25.Las corporaciones comienzan a reformular sus discursos a medida que emergen regulaciones que buscan develar la composición de los algoritmos que organizan el trabajo, transparentar los procesos o reconocer la laboralidad de los vínculos de los trabajadores y trabajadoras de plataformas con las corporaciones tecnológicas. Anabel Díaz, programadora de inteligencia artificial y directora general de Uber Technologies Inc. en Europa, Oriente Medio y África, argumentó que estas leyes se basan en una suerte de mitosobre «ese concepto difuso de que hay una máquina que nadie sabe bien cómo funciona, que toma las decisiones» y sobre «un miedo atroz de que hay algo que va a tomar el control sobre nuestras vidas y no es más que una ayuda»26. Cuando emergen regulaciones sobre la gestión algorítmica, la inteligencia artificial reaparece nuevamente como un mito, pero ahora como un concepto vago, incomprendido o incomprensible, y en definitiva inocuo. La inteligencia artificial se nos presenta a la vez como una amenaza inexorable –del fin del trabajo– y como mito inofensivo, como una caja negra vacía. Una amenaza fantasmal acechante por la que nadie debería preocuparse ni un poco. ¿En qué quedamos?

Más y mejor trabajo

Si nos enfocamos en el problema de la subclasificación de trabajos –como el de las empresas de plataformas digitales, de servicios o la industria que, como reseñamos, es el eje de la precariedad laboral y de las condiciones de trabajo–, el discurso mainstream de la destrucción neta de puestos de trabajo se desvanece. Entre las ocho empresas privadas que más personas emplean en el mundo se encuentran Amazon (comercio electrónico y servicios de computación en la nube) y Accenture (servicios tecnológicos y externalización). Comercio electrónico, servicios tecnológicos y tercerización son mercados de grandes empleadores que a la vez configuran un ecosistema de ruptura o disociación entre el trabajo humano y los derechos laborales y sociales. Asoma el debate por el modelo rentístico y desregulado de la infraestructura digital global27. Mientras esa infraestructura se sirva de máquinas e inteligencia artificial para producir valor, el esfuerzo de los gobiernos progresistas, de los sindicatos y de las empresas debería concentrarse en reasociar, directa o indirectamente, el crecimiento de la productividad tecnológica con el aumento de las protecciones sociales, y en orientar los recursos a la creación de puestos de trabajo de calidad en la economía de reducción del impacto ambiental y de los cuidados. Poner a las personas en el centro y la técnica a su servicio es el camino posible hacia un nuevo acuerdo laboral y social de desarrollo tecnológico, y recuperar lo dicho en el Tratado de Versalles, que dio lugar a la creación de la Organización Internacional del Trabajo, cuando no se avizoraban los beneficios y desafíos de la inteligencia artificial: aspirar a «un régimen del trabajo realmente humano»28.

Nota del autor: este artículo fue elaborado con la asistencia de herramientas artificiales de redacción, corrección y traducción.

  • 1.

Enrique de la Garza Toledo y Marcela Hernández Romo (coords.): Configuraciones productivas y laborales en la tercera generación de la industria automotriz terminal en México, UAM, Ciudad de México, 2018.

  • 2.

Esta denominación se utiliza para referir la forma circular en que la propuesta de la inteligencia artificial inscribe en el sistema de producción su propia lógica homotecnooperativa.

  • 3.
  1. Federici: Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas, Traficantes de Sueños, Madrid, 2013.
  • 4.
  1. Schwab: La cuarta revolución industrial, Debate, Buenos Aires, 2017.
  • 5.

Evgeny Morozov: La locura del solucionismo tecnológico, Katz, Buenos Aires, 2016.

  • 6.

Eduardo Levy Yeyati: Después del trabajo, Sudamericana, Buenos Aires, 2018.

  • 7.

Organización Internacional del Trabajo (OIT): «Non-Standard Employment around the World: Understanding Challenges, Shaping Prospects», OIT, Ginebra, 2016.

  • 8.

Andrés Oppenheimer: ¡Sálvese quien pueda! El futuro del trabajo en la era de la automatización, Penguin Random House, Ciudad de México, 2018.

  • 9.

«Will A Robot Really Take Your Job?» en The Economist, 6/2019.

  • 10.

J.F. Kennedy: «Remarks of Senator JFK at the AFL-CIO Convention, Grand Rapids, Michigan, June 7 1960» en JFK Presidential Library and Museum, jfklibrary.org.

  • 11.

Mercedes D’Alessandro: «Los cuidados, un sector económico estratégico. Medición del aporte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado al Producto Interno Bruto», Ministerio de Economía de Argentina, 2020.

  • 12.

Costo de referencia de cobertura familiar de salud según Organización de Servicios Directos Empresarios, plan 510 (junio de 2020). La cobertura no incluye el monitoreo remoto en tiempo real del estado de salud de los beneficiarios.

  • 13.

Uta Dirksen: «Trabajo del futuro y futuro del trabajo» en Nueva Sociedad No 279, 1-2/2019, disponible en www.nuso.org.

  • 14.

Laura Perelman: «El futuro del trabajo ya llegó: ¿qué hacemos con él?» en Nueva Sociedad edición digital, 8/2020, www.nuso.org.

  • 15.

Valerio De Stefano: «Masters and Servers: Collective Labor Rights and Private Government in the Contemporary World of Work» en International Journal of Comparative Labour and Industrial Relations vol. 36 No 4, 2020.

  • 16.

OIT: «Protección de los datos personales de los trabajadores», Ginebra, 1997.

  • 17.

Régimen de contrato de trabajo, ley 20.744 (t.o.), art. 70.

  • 18.

«Política de tratamiento de datos personales (política de privacidad)», Rappi, Inc., Bogotá, 2021.

  • 19.

Acrónimo de Supervisory Control and Data Acquisition.

  • 20.

Yipeng Jiang, Fang Liu, Qing Yan y Zhengxiang Ke: «An Improved Method for Orderly Funnel Analysis of Massive User Behavior Data», trabajo presentado en la Conferencia Internacional sobre Infraestructura de Red y Contenido Digital (IC-NIDC), 2018.

  • 21.

Valerio De Stefano: «Algorithmic Management and Collective Bargaining», European Trade Union Institute, Bruselas, 2021.

  • 22.

Rob Matheson: «Identifying Artificial Intelligence ‘Blind Spots’», MIT, 24/1/2019.

  • 23.

Diego Schleser, Matías Maito y Jorge Trovato: «Agenda de los trabajadores y trabajadoras para la productividad», análisis, Fundación Friedrich Ebert, Buenos Aires, 2020, disponible en library.fes.de.

  • 24.

Sofía Scasserra y Leonardo Fabián Sai: «La cuestión de los datos. Plusvalía de vida, bienes comunes y Estados inteligentes», análisis, Fundación Friedrich Ebert, Buenos Aires, 2020, disponible en library.fes.de.

  • 25.

Real Decreto-Ley 9/2021, BOE No 113, S. I, p. 56733.

  • 26.

María Fernández: «Uber, contra la ley de ‘riders’» en El País, 30/5/2021.

  • 27.

Nick Srnicek: Capitalismo de plataformas, Caja Negra, Buenos Aires, 2018.

  • 28.

Tratado de Versalles (1919), parte XIII, sección I; Alain Supiot (dir.): Au-delà de l’emploi. Les voies d’une vraie réforme du droit du travail, Flammarion, París, 2016.

Lunes, 23 Agosto 2021 05:33

El enigma de lo popular

El enigma de lo popular

“Le encanta conceptualizar lo de ‘pueblo’, pero le molesta cuando el pueblo con ojos, nariz y boca se le acerca en una cafetería a pedirle una selfi”. Esta frase, tan lapidaria como provocadora, me la comentó un gran amigo hace varios años sobre un dirigente político que se jactaba de teorizar sobre cómo hay que entender, comunicarse y sintonizar con el ‘pueblo’, pero que luego, a la hora de la verdad, le incomodaba y, mucho, tener el más mínimo roce con la gente sencilla que habita las calles de cualquier ciudad. ¡Qué viva el pueblo, pero cuánto más lejos de mí, mejor!

¿Nos estará pasando algo similar como progresismo latinoamericano? ¿Será que interpelamos a la clase popular creyéndonos que se trata de la clase media? ¿Que abusamos de una visión paternalista con demasiados prejuicios? ¿Que hemos dejado de oírles? ¿Que los vemos desde muy lejos? ¿Que no entendemos sus códigos porque tenemos otros marcos referenciales?

No hay respuesta única ni sencilla para un asunto de dimensiones tan complejas. Asunto que, además, ha de considerar otro eje clave: la episteme local, que determina qué es lo popular, desde lo económico, social, cultural… No debemos caer en la trampa de considerar a América Latina como un todo, monolítico y homogéneo. Encontraríamos infinitas diferencias si comparamos el comportamiento de los sectores populares en Colombia con Argentina. Y el tema "país" no lo es todo, debemos considerar otros aspectos determinantes, como la división entre rural/urbano, la condición de género, la juventud, la cuestión regional, etc.

Esta amplia gama de variables nos obliga a enfrentar un “dilema de época“ en que no caben atajos. Ni mucho menos darle la espalda. O, peor, creer que la clase popular se activa a través de un software o un simple clic sólo por interpelarla como tal. Este desafío para el progresismo es impostergable. Y más si consideramos que la pandemia ha hecho estragos, que el neoliberalismo está en crisis de respuesta y expectativas y que, además, se ha iniciado la segunda ola progresista a escala regional en este siglo XXI, por lo que los focos están puestos sobre los nuevos proyectos políticos que tienen como base la mejora de las clases populares.

¿Y qué es justo lo que la clase popular entiende como “mejora para sí?“ Estoy seguro que si a una mamá de la clase popular le hablamos del riesgo-país, ella nos dirá que lo que le importa es el riesgo-pañal; si a una pareja con bajísimo nivel de ingresos le hablamos de que tiene que esforzarse para mejorar su situación, seguramente nos mandará "a la mierda" porque ambos se despiertan a las 5 de la mañana y regresan a casa a las 11 de la noche (en encuestas del Celag, alrededor de 80 por ciento en ocho países de la región considera que el origen de la riqueza no está en el esfuerzo); si hacemos referencia a la importancia de la deuda externa nos dirán, como también lo hemos demostrado en diversas encuestas, que lo que les preocupa es el endeudamiento que sufren y que no les deja vivir porque les preocupa la situación financiera, la tienda de la esquina u otro prestamista informal; si les hablamos de política internacional, ellos responderán que lo que les interesa es aquello que transcurre en su barrio; si procuramos emplear un lenguaje política y académicamente correcto para sostener una conversación en un bar popular, nos mirarán como extraterrestres; e inclusive en muchos países, si pretendemos implementar una justísima y necesaria agenda feminista, la mayoría de mujeres no estarán de acuerdo (como lo dictan encuestas del Celag en Perú, Ecuador, Bolivia y Paraguay).

Otro tema recurrente es el de la "meta aspiracional", que si bien existe y hay un patrón de imitación de la clase media, es cierto que este horizonte no es inmóvil; cambia en función de las condiciones. Cuando el ingreso de una familia no alcanza para llegar a mitad de mes, ésta deja de pensar en aquello que hacía cuando tenía capacidad para finalizar el mes con relativa holgura. Las prioridades y hasta los sueños mutan al compás del cambio en las condiciones materiales.

La relación que las clases populares tienen con la política constituye otro nubarrón indescifrable para buena parte de nosotros. Presuponer que cuando se lavan los dientes están cavilando sobre la amenaza del "populismo" es una estupidez. Lo mismo que creer que están preocupados cotidianamente por "la grieta" o por el lawfare.

No obstante, esto no significa que las clases populares estén despolitizadas. Aceptar esta premisa es justo lo que pretende hacernos creer la Iglesia neoliberal. Nada más lejos de la realidad; la clave está en saber cómo la gente común se politiza, sobre qué temas, por cuál vía, cómo se informan, qué les preocupa. Y conocer si se sienten representados por la clase dirigente que pretende defenderlos. En muchos casos ocurre que encontramos un porcentaje marginal de representantes, candidatos o gabinetes progresistas de extracción popular, salvo excepciones (véase lo de Pedro Castillo en Perú o Evo Morales en Bolivia).

En este sentido, el tipo de liderazgo también importa. Vargas Llosa nunca ganó una elección.

Y hablando de elecciones: de vez en cuando, surgen sorpresas aparentemente ilógicas. ¿Por qué un barrio popular le ha dado la espalda a un candidato progresista si es éste el único que seguramente tomará medidas en su favor? Para muestra, un botón: la votación a favor de Lasso en barrios populares de Quito. La mejor explicación es mirar holísticamente la relación que tenemos con eso que llamamos "lo popular", muy por encima de campañas y apuntes coyunturales.

Estas reflexiones constituyen un primer esbozo de lo que nos estamos preguntando en el Celag. Salir de nuestra burbuja es condición sine qua non para seguir pensando acertadamente en América Latina. Al enigma de lo popular sólo lo podremos afrontar con éxito asumiendo que aún estamos lejos de saber cómo piensan, sienten, sufren, en qué condiciones habitan, cómo se divierten, cómo se relacionan con los otros, cómo se entretienen, consumen, votan, sueñan, cuál es su unidad de tiempo (cómo conjugan presente y futuro)…

Y si nos toca cambiar metodologías y marcos teóricos, pues deberá hacerse tanto como sea necesario.

Alfredo Serrano Mancilla, doctor en economía, director del Celag

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Cuba aprueba esperada ley para crear Pymes privadas y estatales

Pasos firmes para actualizar el modelo económico en la isla: Díaz-Canel

Estas pequeñas empresas ya existen de forma "enmascarada", admite el gobierno

 

La Habana. El gobierno cubano aprobó a última hora del viernes el decreto de ley que autoriza el funcionamiento de las pequeñas y medianas empresas (Pymes) privadas y estatales, una medida que avanza hacia las reformas económicas en el país socialista, en el que predomina la empresa pública.

"El Consejo de Estado aprobó el decreto-ley Sobre las Micro, Pequeñas y Medianas Empresas, que facilita su inserción de forma coherente en el ordenamiento jurídico como actor que incide en la transformación productiva del país", señala una nota en la página web de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba.

La aprobación de las "normas jurídicas" que regirán las Pymes "ya es un hecho", celebró en Twitter el presidente Miguel Díaz-Canel. "Seguimos dando pasos firmes en la actualización del modelo económico de Cuba", apuntó.

Su ministro de Economía, Alejandro Gil, destacó que con la legalización de las Pymes y mayor autonomía de la empresa estatal, "la economía cubana entra en un proceso de transformación y desarrollo".

Esta decisión, largamente esperada por los emprendedores cubanos, llega casi un mes después de que estallaron las inéditas manifestaciones opositoras al gobierno, los pasados días 11 y 12 de julio en más de 40 ciudades del país, que dejaron un muerto, decenas de heridos y cientos de detenidos.

En una sesión ordinaria del Consejo de Estado, en la que Díaz-Canel participó mediante videoconferencia, se aprobaron otras medidas orientadas al desarrollo de las cooperativas no agropecuarias y de los trabajadores independientes o por cuenta propia.

"Para la economía cubana, no sólo en el ámbito económico, sino también en el ámbito histórico, esto representa un paso gigante que tendrá consecuencias en el mediano y largo plazos" para la reconfiguración de la economía, declaró Oniel Díaz, consultor especializado en desarrollo de negocios.

La asamblea determinó que las Pymes podrán ser estatales, privadas o mixtas y que las microempresas podrán tener de uno a 10 empleados; las pequeñas, de 11 a 35 personas, y las medianas, hasta 100 trabajadores.

En febrero pasado, el gobierno amplió a más de 2 mil las actividades en las que pueden laborar los trabajadores independientes en la controlada economía cubana.

El gobierno señaló en junio que algunas actividades autorizadas para trabajadores independientes no estarán en la lista de las Pymes, como "programador de equipos de cómputo, tenedor de libros, traductores e intérpretes, veterinarios para animales afectivos o domésticos, diseñadores y ciertos tipos de consultorías".

El primer ministro, Manuel Marrero Cruz, aseveró en junio que la ampliación de actividades a manos de privados "no conduce a un proceso de privatización, pues hay límites que no se pueden rebasar".

Para Oniel Díaz es un "momento importantísimo por el que muchos empresarios privados llevan años esforzándose, trabajando y tratando de aportar en el debate nacional".

El gobierno ha reconocido que las pequeñas empresas funcionan ya en la isla de manera "enmascarada", pero con un marco legal se podría generar mayor interés hacia estos negocios.

Para la comunidad de negocios de Estados Unidos, el gobierno de Díaz-Canel tomó "una decisión significativa que puede revalorizar el interés empresarial en la isla", dijo el Consejo Económico y Comercial Cuba-Estados Unidos en junio pasado, cuando el gobierno cubano anunció que reglamentaría las Pymes.

Cuba ha acelerado sus reformas, mientras enfrenta una profunda crisis económica por la pandemia de coronavirus que ha golpeado al sector turístico, motor de su economía, y en medio del embargo económico de Estados Unidos endurecido por los gobiernos de Donald Trump y Joe Biden.

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Sábado, 31 Julio 2021 06:20

Inédito aumento de remesas

Inédito aumento de remesas

Las medidas para reducir el riesgo de contagio de Covid-19 en términos positivos implica reconocer que 11.1 por ciento de los trabajos del sector salud de la Unión Europea fueron realizados por migrantes, y que en Estados Unidos la fuerza laboral migrante en sectores esenciales fue mayor; durante 2020 representó más de 16 por ciento en el sector salud, 19.8 por ciento del sector agrícola y 11.7 en manufactura de alimentos. Paralelamente, los impactos negativos de la pandemia no sólo afectaron la actividad económica, sino que también la migración y las remesas internacionales. Las afectaciones incluyeron la postergación de migraciones planeadas, el cierre de fronteras de los países de origen, tránsito y destino y la interrupción o ralentización de trámites migratorios.

Los protocolos anunciados en enero de 2019 por la administración de Donald Trump, conocidos como Quédate en México, restricciones que afectaron el flujo de migrantes e hicieron que más de 71 mil personas tuvieran que permanecer en México para culminar su trámite de asilo, concentrándose en las principales ciudades fronterizas del lado mexicano. Fue hasta el presente año cuando el presidente Joe Biden acabó con esos protocolos.

En abril de 2020 el número de aprehensiones e inadmisiones llegó a su menor nivel desde abril de 2017, expresión directa del flujo migratororio. Los migrantes mexicanos padecieron los efectos de la crisis sanitaria, tanto en términos de salud (3 mil 384 fallecimientos por Covid-19) como económicos, al alcanzar una tasa de desempleo de 17 por ciento en abril de 2020.

Uno de los asuntos trascendentes de la migración internacional son los dineros que los migrantes envían a los familiares que residen en su país de origen. Se conocen como remesas y pueden llegar a ser fundamentales para el sostén de una familia y amplian sus vínculos sociales, pero además pueden generar dependencia económica de alcance local y nacional cuando representan un porcentaje alto del producto interno bruto. De ahí la importancia de estudiar los montos, las condiciones de su transferencia y el uso que se dé a estos recursos.

Debido al Covid-19 se vio disminuido el volumen de las remesas en diversos países. La estimación global es que de 2020 a 2021 los envíos disminuirán alrededor de 7 por ciento respecto de 2019, sería la caída más grande desde 1970. Sin embargo, en América Latina y el Caribe las remesas sólo se contrajeron 0.2 por ciento en 2020.

El Banco Mundial estima que en 2020 una cuarta parte de las remesas del mundo llegaron a India, China y México, y otra cuarta parte se dirigió a otros 7 países. En uno de cada 10 países crecieron las remesas; México, Pakistán y Bangladesh, entre ellos.

El aumento de remesas en México es una tendencia que lleva más de una década. Los hogares receptores aumentaron 3.6 por ciento en 2010 y 5.1 por ciento en 2020. Desde 2003 el país presenta una dependencia de remesas nunca vista, equivalente a 3.8 por ciento del PIB. En 2020 llegaron a su máximo histórico al alcanzar 40.6 mil millones de dólares, lo que representa un incremento de 11.4 por ciento a tasa anual. Noventa y uno y medio por ciento provinieron de Estados Unidos, 98.9 por ciento se enviaron vía transferencia electrónica. Para este año se estima que las remesas aumentarán 21.7 por ciento, llegarán a los 49 mil 400 millones de dólares a fines de 2021.

Algunas de las hipótesis que buscan explicar el comportamiento ascendente de las remesas mexicanas apuntan al tipo de cambio con la moneda estadunidense y a la necesidad de repatriar ahorros, a que algunos migrantes ya retirados piensan regresar al país y otros decidieron retornar ante el Covid-19. También se llega a afirmar que se debe al aumento del empleo relacionado con el mayor acceso de migrantes a la seguridad social en Estados Unidos. Y para otros es reflejo de la recuperación de la economía en el país del norte, por los estímulos fiscales brindados durante la pandemia.

La información de esta co­laboración se toma del Anuario de migración y remesas México 2021, presentado el pasado 14 de julio; un esfuerzo entre la Secretaría General del Consejo Nacional de Población (Conapo), la Fundación BBVA y BBVA Research. En esta ocasión, los textos hacen énfasis en los efectos de la pandemia por el COVID-19: un panorama de la migración global y de la población estudiantil internacional; perfil sociodemográfico de la migración mexicana contemporánea y de la población residente nacida en el extranjero, la inmigrante reciente, la de migración circular, en tránsito con origen en otros países, así como en refugio. Se abordan las condiciones de salud relacionadas con la pandemia de la población mexicana en Estados Unidos, así como un acercamiento a la migración internacional de niños y adolescentes. Finalmente, se analiza la variación de las remesas y se incluye un perfil estadístico sobre migración y remesas para cada una de las entidades del país. La publicación completa se puede consultar en https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/653479/Anuario_Migracion_y_Remesas_2021.pdf

Gabriela Rodríguez, Secretaria general del Consejo Nacional de Población

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Líbano, en caída libre económica y política

Hasta hace poco, la descomposición de Líbano podía apreciarse de mes a mes, pero el país ha alcanzado ahora una descomposición que se aprecia de hora a hora, con disturbios más violentos protagonizados por una población que observa a una clase política y económica corrupta e incapaz de sacar al país del pozo sin fondo donde continúa en caída libre.

 

Los datos económicos de Líbano se deterioran de un día a otro para sugerir un inminente caos general. Pocos dudan de que el colapso está a la vuelta de la esquina. La libra se ha devaluado hasta un 90% en año y medio, el precio de los alimentos se ha incrementado en un 400% en pocas semanas, y en el mercado negro el dólar costaba el jueves por la noche más de 21.000 libras, frente a un cambio oficial artificialmente fijado en 1.570 libras.

Los salarios están por los suelos y el desempleo supera el 40%. En realidad muy pocos libaneses pueden sobrevivir debido a que sus ingresos son insuficientes. Quien tiene familia en el extranjero, debe depender de ella, y lo más terrible es que el horizonte no es halagüeño. Al contrario, el pequeño país tiene que hacer frente a la presencia de cientos de miles de refugiados sirios que carecen de lo más elemental.

Buena parte de sus seis millones de habitantes debe contentarse con suerte con dos horas diarias o poco más de electricidad, lo que obliga a la población a adquirir generadores que normalmente funcionan con diésel a precios estratosféricos. La mayoría de los servicios públicos o no funcionan o lo hacen sin satisfacer las necesidades de la gente.

¿Quién es responsable de esta situación? Naturalmente todos miran a los políticos, una clase privilegiada que controla el país desde un tiempo inmemorial participando en una gigantesca corrupción que llega hasta los rincones más alejados del Estado, que perjudica a todos y sostiene una amplia red clientelar que obra como una infección gangrenosa que destruye las pocas células sanas que todavía quedan.

Quienes tienen empleo trabajan por salarios miserables, incluidos los militares, a quienes las pocas libras que les dan no les bastan para alimentarse. Muchos oficiales y soldados cuentan con uno o dos empleos adicionales. Los jefes temen que los soldados se enrolen en milicias privadas, una actividad bien conocida en Líbano donde se cobra bastante más que en el Ejército.

El mismo Ejército ha habilitado helicópteros militares para sobrevolar partes del país por 150 dólares a quien tenga dinero y ganas de hacer turismo. El montante que se recauda se destina a productos alimenticios para oficiales y soldados. En este contexto, el que puede, joven o mayor, emigra sin pensárselo dos veces.

Los mayores recuerdan la gloria del país y de Beirut que se prolongó hasta mediados de los años 70, cuando estalló una terrible guerra civil que duró 15 años y de la que Líbano no se recuperó. El endeudamiento, el mayor del mundo, y la pobreza actuales pronostican que se tardará muchos años en enmendar el rumbo, y para ello será preciso dar un vuelco completo para el que el país no está preparado.

Fundamentado en la religión, Líbano cuenta con un reparto de poder que se adscribe a cada una de las confesiones presentes en el país, siendo las más importantes la chií, la suní y la cristiana. Se trata de un sistema disfuncional que no está basado en los votos sino en las distintas confesiones religiosas, una herencia del periodo de colonización francesa.

Para complicar las cosas, el analista Ibrahim Haidar considera que existe una serie de problemas internacionales que repercuten directamente sobre la crisis, empezando por las difíciles relaciones entre Irán y EEUU. Teherán tiene un gran ascendiente sobre Hizbolá, una formación chií clave para la estabilidad de Líbano.

Otra incidencia notable es el conflicto entre israelíes y palestinos. La ocupación israelí incide de una manera u otra en los conflictos de la región, y el de Líbano no es una excepción. Sin embargo, ni franceses ni alemanes ni americanos están por la labor de enfrentarse a la ocupación israelí, una circunstancia que seguirá dificultando la resolución del problema. "Mientras los problemas regionales sigan ahí, será imposible resolver la crisis libanesa", sostiene Haidar.

En las calles de Beirut se observan enormes colas ante las gasolineras, las señales de tráfico no funcionan, el número de comercios cerrados crece a diario, e incluso las estanterías de las farmacias abiertas están semivacías. Muchos comerciantes dicen que no les merece la pena vender el género que tienen porque al día siguiente les costará mucho más caro adquirirlo debido a la inflación.

Varias iglesias y ONG ayudan como pueden distribuyendo alimentos básicos como arroz o aceite. No es extraño ver en esas colas a personas que conducen un mercedes o un BMW, es decir, gente que hasta hace poco pertenecía a la clase media y que ahora no tiene para comer. Naturalmente, quienes ya eran pobres antes ahora lo son mucho más. Según Unicef, el 70% de los libaneses no dispone de suficiente dinero para alimentarse.

Francia y Estados Unidos se están implicando a fondo en Líbano, pero sus intenciones solo serán eficaces de una manera aparente, incluso aunque logren resolver la crisis política. A medio plazo es evidente que solo se podrá avanzar si se resuelven otras crisis regionales, como la de Irán y la de los palestinos, algo que no parece estar al alcance de franceses y americanos.

La situación, que algunos califican de "más que peligrosa", se complicó un poco más el jueves cuando el presidente cristiano Michel Aoun rechazó la distribución de carteras propuesta por el nominado primer ministro suní Saad Hariri. Hariri ha dimitido y ahora otro político deberá intentar formar gobierno, una empresa harto complicada a cuyo frente deberá figurar un suní con amplio apoyo dentro de su rama religiosa.

17/07/2021 08:27

Por Eugenio García Gascón

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Califican como un "éxito abrumador" el mayor experimento del mundo de una semana laboral de cuatro días

El programa piloto, que redujo la semana laboral a entre 35 y 36 horas sin reducción del salario total, involucró a más del 1 % de toda la población activa de Islandia.

El experimento más grande del mundo de una semana laboral de cuatro días, realizado en Islandia, fue un "éxito abrumador" y debería considerarse en otros países, como el Reino Unido, según un análisis conjunto del 'think tank' británico Autonomy y la Asociación para la Sostenibilidad y la Democracia (Alda) islandesa.

El programa piloto, que redujo la semana laboral a entre 35 y 36 horas sin reducción del salario total, involucró a más de 2.500 personas, o más del 1 % de toda la población activa de Islandia.

Aunque el país nórdico tiene una población relativamente baja, el estudio —que se desarrolló entre 2015 y 2019— es el más grande de este tipo jamás realizado.    

Menos estrés sin reducir la productividad

El ensayo descubrió que el bienestar de los trabajadores mejoró dramáticamente en una variedad de indicadores. El estrés y el agotamiento se redujeron, mientras que la salud y el equilibrio entre el trabajo y la vida mejoraron de manera significativa en prácticamente todos los grupos incluidos en el experimento.

Además, como resultado, la productividad y el nivel de la prestación de servicios se mantuvieron iguales o mejoraron en la mayoría de los lugares de trabajo participantes.

Lecciones para otros Gobiernos

El ensayo "nos dice que no solo es posible trabajar menos en los tiempos modernos, sino que el cambio progresivo también es posible", sostiene Gudmundur Haraldsson, investigador de Alda, recogen medios británicos. 

Entretanto, Will Stronge, director de investigación de Autonomy, subrayó que el estudio muestra "que la prueba más grande del mundo de una semana laboral más corta en el sector público fue, en todos los sentidos, un éxito abrumador". Las conclusiones ponen de manifiesto que "el sector público está listo para ser pionero en semanas laborales más cortas, y se pueden aprender lecciones para otros Gobiernos", en particular, para el Reino Unido, enfatizó.

En consecuencia, en Islandia, las federaciones sindicales ya han comenzado a negociar la reducción de las horas de trabajo. Los investigadores estiman que como resultado de los nuevos acuerdos alcanzados entre 2019 y 2021, después de que terminaran los ensayos, el 86 % de toda la población trabajadora de Islandia ahora tiene horas reducidas o flexibilidad dentro de sus contratos para acortar la jornada laboral.

Publicado: 5 jul 2021 08:42 GMT

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La filósofa francesa Claire Marin reflexiona sobre las "rupturas" en el mundo capitalista

"El liberalismo disimula lo doloroso detrás de la idea de adaptabilidad"

Tras superar una larga enfermedad, escribió un libro que fue suceso en Francia y se editó en la Argentina. Allí interroga las experiencias límite que atraviesan siempre nuestras vidas, y que sin embargo el mundo capitalista busca esconder bajo la alfombra. La pandemia abrió una nueva percepción de lo que implica "romper", esta vez a nivel global. 

 

Hermosas, inconfesables, dolorosas, trágicas o salvadoras, las rupturas atraviesan toda nuestra vida. Romper es sufrir y renacer, o, también, perderse para siempre. Algo tan íntimo y común a la condición humana como la ruptura no figura entre las reflexiones filosóficas predilectas. Y, sin embargo, la ruptura es, a su manera demoledora, la batuta de nuestras existencias. Alguien, en ese mundo trastornado por la ruptura global que introdujo la pandemia, se puso a pensar en ello mucho antes del virus. Se trata de la filosofa francesa Claire Marin, cuyo libro Rupturas (publicado en español por Alienta Editorial) interroga esa experiencia límite sin caer en ninguna de las tentaciones más fáciles: no es un tratado para consolar a los que sufren, ni un intento de ver la ruptura bajo la lupa de la incongruente psicología híper positiva tan promocionada por los gringos, ni tampoco un ungüento literario sobre el dolor, la tragedia, la separación o la catástrofe. 

Claire Marin pertenece a la corriente de “los filósofos de lo íntimo” y ello la condujo a pensar la ruptura, el lugar que tiene en nuestras vidas, lo que produce, sus mitos, sus alcances y sus límites, así como su variable ideológica. Porque, a no dudarlo, la ruptura también cuenta con una mirada ideológica. El ultra liberalismo ponzoñoso, por ejemplo, la niega, ni quiere oír hablar de ella, ni de sus consecuencias. El liberalismo necesita que admitamos las rupturas que el sistema propone como si fuera un deber religioso. En este ensayo delicioso y alentador, Claire Marin recorre el amplio catalogo de la ruptura: separación, engaño amoroso, perdida de trabajo, viaje, tragedias, desaparición de seres queridos. En suma, la infinidad de terremotos que cimbran las costas de nuestras vidas, las incertidumbres majestuosas a las que las rupturas dan lugar y nuestra curiosa incapacidad o capacidad para seguir con la melodía, imponernos a las catástrofes, superar las fronteras dolorosas y, de allí, empezar nuevas vidas. 

Publicó antes de la ruptura universal que trajo la pandemia, con el ensayo Rupturas muchos seres humanos encontraron en esas páginas maduras y alegres un reflejo de sus almas. La pensadora francesa sufrió los azotes de una larga enfermedad, que superó. De esas experiencias intimas, de esa soledad, se nutren muchas de sus reflexiones.

--Nuestras vidas están casi reguladas por la ruptura. Sin embargo, nos empeñamos en negarla, las sociedades contemporáneas escoden la ruptura y presentan lo que produce como una debilidad. ¿Por qué cree que es?

--Tenemos una tendencia a cubrir los momentos de ruptura con una especie de continuidad que nos tranquiliza. Pero, en realidad, nuestra vida transcurre al ritmo de las rupturas. También hay una suerte de silencio filosófico en torno a la dimensión física, encarnada, corporal, del sufrimiento. Sabemos que en los momentos de ruptura perdemos el apetito, adelgazamos, tenemos insomnio, perdemos el equilibrio y el cuerpo nos duele. Es como si nuestro cuerpo se volviera un extraño. Nuestro cuerpo es una caja de resonancia y cuando atravesamos momentos difíciles el cuerpo se llena de malestar y perturbaciones. Nunca entendí por qué esta dimensión corporal del sufrimiento se veía silenciada cuando, en realidad, en la vida cotidiana, para contar la gravedad de lo que nos ocurre solemos decir “he perdido diez kilos, hace tres meses que no duermo, pierdo la memoria”. Cada persona hace de su cuerpo un testigo de la violencia de la experiencia. Lo paradójico de esta situación es que, en la mayoría de los análisis académicos, esta dimensión corporal del sufrimiento no es tomada en cuenta.

Un mundo de héroes camaleónicos

--En este mundo ultraliberal donde se valoriza el éxito, la dureza, el caparazón, se prohíbe prácticamente la ruptura, incluso se la niega. ¿El liberalismo no quiere sufrimientos sino héroes siempre dispuestos a adaptarse a todo?

--De una forma muy hipócrita, el liberalismo disimula la ruptura detrás de la idea de elasticidad, flexibilidad, adaptabilidad, las cuales aparecen como las nuevas virtudes de las generaciones más jóvenes. Hay que ser capaz de pasar de un trabajo a otro, de una región a otra, de un país a otro como si, cada vez, no hubiese un profundo esfuerzo de la persona para adaptarse, acomodarse, aceptar e interiorizar las relaciones con los demás, para trabajar con un equipo nuevo, en otro país, en otro idioma, con otras normas. Esto siempre requiere un esfuerzo. Pero la ideología liberal va más lejos: no solo esconde la ruptura en lo que tiene de más brutal, sino que, además, impone rupturas violentas que termina por disimular como una suerte de virtud del trabajador contemporáneo. Nos postulan camaleones cuando, de hecho, cada vez que cambiamos de espacio o de relación perdemos algo de nosotros mismos. Desde luego que, felizmente, podemos cambiar de contexto, de país, de idioma. Eso forma parte de la existencia. Pero una cosa es decidirlo, otra es verse prácticamente obligados a hacerlo de forma explicita, lo cual se niega. Y eso es lo que está latente en esta lógica ultraliberal: hacer aparecer la ruptura como un simple acomodo que, al final, va a beneficiar a la lógica económica. Hay rupturas, cambios, que son felices, excitantes, llenos de aventuras, y en los cuales –y esto es importante–tenemos la posibilidad tomarnos el tiempo necesario para adaptarnos. Eso es precisamente lo que la lógica liberal no nos ofrece. Nos priva del tiempo necesario para que una ruptura sea lo menos violenta y lo menos dolorosa posible.

--Pero usted resalta que la ruptura también puede ser una posibilidad de transformación, porque comporta “un impulso creador”.

--Esa es una de las características que más me interesó, esta ambivalencia de la experiencia de la ruptura. Yo no quería presentarla bajo la mirada de una suerte de psicología ultra positiva y decir que de todas las catástrofes se puede sacar algo formidable. No creo en ello. Pienso que hay catástrofes que nos hieren definitivamente. Hay duelos, heridas y deformaciones corporales o psíquicas que afectan profundamente a las personas y es difícil imaginar que la vida pueda ser mejor después. Ahora bien, inversamente, creo que hay momentos complicados de la existencia, rupturas profesionales o amorosas, accidentes, enfermedades, que vivimos como una catástrofe dolorosa pero que, al cabo del tiempo, resultan decisivas para una nueva inflexión, una nueva orientación. Desde luego, hace falta que el individuo trabaje sobre la representación de esos acontecimientos, los integre psicológicamente y les de un sentido. Cada persona le da un sentido diferente a las catástrofes por las cuales atraviesa. Nuestra ruta en la vida no es directa, lineal. Hay bifurcaciones obligadas, contrariedades, objeciones fuertes a nuestros proyectos iniciales. Esas bifurcaciones pueden hacer aparecer horizontes que no habíamos previsto, que pueden ser felices, aunque no sean los que habíamos concebido. Estamos entonces ante revelaciones inesperadas.

--¿Incluso si es una experiencia vertiginosa que buscamos evitar, la ruptura posee una dosis de renovación?

---Con la ruptura se produce una suerte de reconversión de la mirada. De pronto miro las cosas de otra manera y me miro a mí mismo también de otra forma. Si fuimos capaces de atravesar la mala experiencia descubrimos que disponíamos de más recursos de lo que imaginábamos. Luego, se trata de saber qué hacemos con esos recursos, con esa autonomía, con nuestra capacidad de adaptación para realizar cosas que no contemplábamos. La ruptura también nos libera de ciertas convenciones, de esquemas preestablecidos que corresponden a nuestros orígenes sociales, a nuestra educación familiar. En la perdida hay algo que forma parte del orden de la libración frente situaciones que, tal vez, no eran forzosas, que se inscribían en un proyecto de vida, con las cuales vivíamos bien, pero ante las cuales, luego de la catástrofe, entendemos que no nos eran tan esenciales, sea un trabajo, una relación afectiva o una promoción. La catástrofe tiene un efecto de distanciamiento que puede ser liberador. Ya no me importa tanto estar bien con mi familia o con mis colegas. Somos más libres, el juicio de los demás nos parece secundario. Me he liberado de obligaciones de las cuales no era del todo consciente.

Tornar visible lo invisible

--De alguna manera entonces, la ruptura torna visible lo que era invisible en nosotros.

--Tiene el efecto de dejarnos ver claro cosas que estaban enterradas, negadas, cosas a las que habíamos renunciado porque las considerábamos tal vez como ideales de la juventud. Es como si, de pronto, un montón de cosas que eran periféricas, que estaban latentes, se volviesen centrales, emergieran, se desplazaran del margen hacia el centro. Se produce una visibilidad nueva, que es muy importante en la vida.

No se trata de decir que aquello que no me mata me hace más fuerte. Pero, dentro de cierta temporalidad, es decir, meses o años, tomamos consciencia de capacidades que ignorábamos. Entonces estamos dispuestos a reorganizar nuestra vida profesional o sentimental con otras prioridades. Podemos atravesar rupturas violentas y luego comprometernos con otras iniciativas voluntarias y controladas por el sujeto.

--Usted escribe que, tras la ruptura, se aprende a domesticar la nueva soledad para luego poseerla de forma positiva.

--Este proceso interroga nuestra angustia ante la ruptura porque hacemos lo imposible para evitarla y también interroga nuestra capacidad a vivir solos. La ruptura que engendró la pandemia, o sea, el confinamiento, donde muchísimas personas se encontraron solas, nos mostró cuán poco preparados estamos tanto cultural como psicológicamente a la soledad. El confinamiento nos demostró igualmente a qué punto necesitamos de los demás en una sociedad moderna, capitalista, que, por el contrario, está fundada sobre la lógica de un individuo solo, autónomo. Ahora vemos que vivir solos requiere un trabajo, una reapropiación, una capacidad para vivir frente a frente con uno mismo. Cuando un individuo se queda solo hay un espacio por habitar, un espacio de verdad del sujeto.

--La sociedad moderna quiso hacer de nosotros súper héroes y en realidad somos seres frágiles.

--Esta es una temática muy contemporánea, es decir, la vulnerabilidad de los individuos. En cuanto nos encontramos aislados constatamos inmediatamente hasta qué grado todos los aspectos de nuestra vida, sean los aspectos materiales o los aspectos psicológicos más profundos, están construidos mediante el intercambio con los demás y la presencia del otro. El mito del individuo autónomo y autosuficiente mostró sus límites durante los últimos meses.

--Usted dice: nunca renacemos solos, y nunca somos los mismos después. ¿La ruptura marca también el comienzo de otra relación con la vida?

---Absolutamente. En el caso de una enfermedad, el cuerpo nunca vuelve a ser el mismo después. El cuerpo se transforma, conserva huellas. Podemos utilizar esta imagen en lo que atañe a la ruptura. Por eso no creo que se deban olvidar o considerar las dificultades como paréntesis que cerramos. Las rupturas dicen algo sobre nuestra historia y en vez de cubrirlas con tatuajes es más idóneo reverlas para ver también las dificultades por las que atravesamos. La tendencia más espontánea, de mala fe, consiste en pasarle a los demás la responsabilidad de las dificultades cuyo origen está en nosotros. Se dan insatisfacciones personales porque nuestra vida no coincide con lo que queremos. Buscamos mantener un ideal de nosotros mismos y, como no lo logramos, hacemos responsable de esto al otro, a la situación económica o política. En la ruptura, cuando la decidimos, hay una forma de valentía al decidir que será en otro marco o en otra relación donde podemos expresarnos mejor. A veces no se tiene esa valentía y volcamos en los otros el peso de nuestro malestar.

---Es un tema complejo. Se trata igualmente de evitar el mito de la ruptura. La separación, el alejamiento, no lo arreglan todo.

---Es posible que ese ideal que tenemos de nosotros mismos no se concretice con la ruptura. Si sueño con ser un novelista y tengo la impresión de que mi vida familiar o mi trabajo me lo impiden y dejo a mi compañero o mi trabajo, no es por eso que me convertiré en la novelista que quiero ser. Permanece la posibilidad de que, en el imaginario que origina la ruptura, haya representaciones fantasmagóricas. La ruptura comporta riesgo, nada está ganado. No es porque decido romper con mi vida de antes que la nueva será tal y como la imagino.

---El amor es quizá el sentimiento más amenazado por la ruptura. Siempre está ahí, flotando.

---El riesgo de la ruptura es inherente a la relación amorosa, pero también es el que aporta intensidad. La fragilidad intrínseca del amor reviste de belleza la relación amorosa, esa pasividad consentida que preside el amor. La ruptura es un código que forma parte del amor, es como una catástrofe que se avecina ante todo aquel que se enamora.

La ruptura global de la pandemia

---La ruptura es una experiencia intima, individual. Sin embargo, la pandemia hizo de la ruptura una experiencia colectiva, planetaria, compartida al mismo tiempo por casi toda la humanidad. ¿Hemos pasado a vivir en un estado de duelo globalizado?

--En una sociedad contemporánea diseñada como espacio atomizado, hemos visto hasta qué punto estamos ligados los unos a los otros, y digo ligados y no simplemente conectados. Estamos ligados incluso biológicamente y en esta interdependencia hay un riesgo, como lo vimos con la pandemia. Las fronteras no existen, para bien y para mal. Ojalá que esta conciencia desemboque en transformaciones, modificaciones de nuestras maneras de relacionarnos. La pandemia nos condujo a una emoción universal. Ha sido una experiencia inédita: ingresamos al unísono en la enfermedad, la tristeza, la angustia o la depresión. En la historia de la humanidad no creo que haya existido una emoción colectiva semejante.

--A esa emoción colectiva le sigue también un interrogante global: al cabo de esta gran ruptura, ¿qué perspectiva tenemos para el mundo de después?

--Hubo un primer momento en el que estuvimos aturdidos por ese esfuerzo colectivo que fueron las restricciones impuestas a nuestras libertades. Luego pensamos que esta tragedia nos traería un mundo mejor, pero rápidamente nos dimos cuenta de que esa esperanza era una simple ilusión. Ello no quita que conservemos la esperanza de que se produzcan cambios, sobre todo porque las sociedades ricas estuvieron también bajo la amenaza de la pandemia. La pregunta que me hago consiste es saber qué impacto tendrá en las nuevas generaciones esta experiencia colectiva de la pandemia, de las rupturas que acarreó. ¿Acaso cambiará sus formas de interactuar, sus comportamientos? No es imposible que esa generación cambie porque las representaciones del futuro han sido modificadas por la presencia de la amenaza.

--La pandemia expuso públicamente y a escala universal la fragilidad de la condición humana.

---Sí, totalmente. La pandemia amplificó esa evidencia: los seres vivientes son frágiles. Precisamente, porque estoy vivo soy vulnerable. La ilusión según la cual todo podía ser tratado o curado no funciona más. La pandemia aportó una duda existencial. De pronto, todo lo que parecía seguro, garantizado, trazado, derivó en una duda, en un interrogante sobre lo que nos ocurrirá. La realidad se tornó más compleja porque cuando estamos enfermos la realidad se vuelve más hostil. La enfermedad pone todo en un plano condicional. Nuestra relación con el tiempo, con la vida, se focaliza más en el presente, en el instante. Al inicio de la pandemia era insoportable no poder hacer proyectos, anticipar. Es lo propio de las enfermedades: nada está asegurado, los próximos pasos son inciertos. No somos nosotros quienes decidimos, se produce una experiencia de desposesión de la vida muy característica. Recordemos lo que fue ocurriendo en el transcurso de la pandemia cuando perdimos nuestra capacidad de pensar, de crear, de programar. Todo era demasiado enorme como para pensarlo. La experiencia de la enfermedad tiene ese mismo perfil: es una catástrofe tan enorme en la existencia que hace falta cierto tiempo para comprenderla, para inscribirme en la historia de una vida en un contexto donde todo aparece como absurdo, inimaginable e inaceptable.

---Es no obstante paradójico que algo tan íntimo y a menudo inconfesable como la ruptura se haya convertido en público.

---Sí, totalmente. Hay algo inédito aquí porque nos llevó a poner en el espacio público las fragilidades que, por lo general, se tratan de disimular. La gente confiesa que está cansada, que tiene miedo, que no soporta, que está deprimida, que no aguanta más. Hay como confesiones públicas de nuestras vulnerabilidades que no son comunes en nuestras sociedades competitivas, perfectas, optimistas. La lógica del éxito y la del súper héroe se tambalea y tal vez ello reconfigure las relaciones con perfiles más humanos.

Por Eduardo Febbro

05 de julio de 2021

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El falso mito del esfuerzo en América Latina

¿Cómo le explicamos a una mujer que su salario está acorde a su esfuerzo tras trabajar todos los días de la semana, catorce horas seguidas, limpiando casas ajenas? ¿Cómo se lo justificamos a un joven que cada día se despierta a las 4:30 de la mañana para irse a trabajar a la construcción y regresar a casa por la noche? ¿Quién puede asumir que el salario es un fiel reflejo del esfuerzo?

El mito del esfuerzo en América Latina es una gran mentira, tanto desde un criterio de subjetividad como si lo miramos objetivamente en cifras.

En el imaginario de la ciudadanía latinoamericana existe una gran mayoría que no “se come el cuento” de que los altos ingresos vienen originados por el esfuerzo. Hay un claro sentido común latinoamericano a este respecto. Por ejemplo, en Argentina, según nuestra encuesta CELAG, cuando se pregunta cuál es el origen de la riqueza de las familias más adineradas, sólo el 15,1% considera que se debe al esfuerzo. El resto cree que es un asunto de corrupción o de herencia. En Chile, México, Bolivia, Perú y Colombia, los porcentajes son muy parecidos (13,4 %, 21,7 %, 20,7 %, 19,9 % y 18 %, respectivamente).

Pero no sólo es una cuestión de subjetividad; lo que piensa la gente está en sintonía con lo que objetivamente acontece.

Esta falsa relación entre esfuerzo y riqueza queda absolutamente demostrada en el libro “El capital del siglo XXI”, del economista francés Thomas Piketty. En ese estudio se concluye que la herencia es uno de los principales factores para estudiar la reproducción del modelo económico capitalista. Para él, el control de la riqueza se transmite en grandes proporciones por vía hereditaria. Es lo que Kathleen Geier denominó heiristocracy (gobierno de los herederos). Esta suerte de “capitalismo patrimonial”, de alta concentración, condiciona definitivamente el devenir de la economía real.

Se espera que las 500 personas más ricas del mundo les entreguen a sus herederos la suma de 2,4 billones de dólares en las próximas dos décadas. Y a nivel latinoamericano el fenómeno es idéntico. Más de la mitad de la riqueza pasa de generación en generación sin verse afectada por nada ni por nadie. Por ejemplo, en un informe de la OCDE (“¿Un elevador social descompuesto? Cómo promover la movilidad social”) se destaca que en Colombia se necesitan al menos 11 generaciones para que un niño pobre deje de serlo. Más de dos siglos para salir de una condición heredada desfavorable, por mucho que se esfuercen. En Brasil se necesitan 9; en Chile, 6.

El otro eje es la corrupción, que representa un significativo porcentaje del PIB en la región latinoamericana. Esta es la otra variable observada por la población para explicar la procedencia del dinero de los que verdaderamente tienen dinero. Al hablar de corrupción no sólo nos referimos a un asunto circunscrito exclusivamente a los políticos. Hay tanta o más corrupción en el sector privado. O, mejor dicho, en las grandes empresas, porque el valor de la corrupción a nivel de pequeña y mediana empresa es marginal.

Corrupción y herencia constituyen, definitivamente, el combo explicativo de buena parte de la riqueza latinoamericana. El esfuerzo es mayoritario, pero la riqueza no; está concentrada en muy pocas manos.

A veces, siento que nos pretenden imponer ese veredicto tan bien ilustrado en la viñeta de El Roto: “Prohibido ver lo evidente”.

27 de junio de 2021

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