Martes, 28 Abril 2015 06:36

El sabotaje. Pensando en palabras

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
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El sabotaje. Pensando en palabras

El sabotaje, una forma de acción no violenta, acaso el mejor destino para nuestros zapatos: para los viejos cuando ya no parecen tener más vida; o una acción digna para los zapatos del día, cuando no aguantamos un acto de injusticia, inequidad o indignidad.



Existen diversas maneras de pensar. Desde el diálogo del alma consigo misma, de Platón; ese mismo que funda a la filosofía en y como diálogo; hasta el pensar con ideas y conceptos. Hay quienes piensan en voz alta, pero también cabe pensar en palabras. Esto de pensar en palabras es lo que uno de los Humberto Maturana (pues existen varios) llamaba el "palabrear"; y acaso puede traducirse en lingüística como el contacto con el canal, como le gustaba decir a R. Jakobson.


Pensemos el sabotaje, una hermosa palabra.


El sabotaje hace directamente referencia a la historia de esos zapatos que comienzan a fabricarse en madera en el siglo XIV y XV, por tanto, zapatos populares a diferencia de los zapatos de cuero, propios de los nobles y el clero, y que se hacen realizando un hueco y un cierto redondeo. Esos son los sabots, en francés, pero con diversas traducciones a otros idiomas. En español la traducción adecuada son los zuecos.


Los sabots eran zapatos del pueblo con los que, adicionalmente, el pueblo celebraba ruidosos bailes; no podía ser de otro modo. Vale recordar que en el baile, como por lo demás también en el lenguaje, el pueblo es rey, pues, efectivamente, son las clases populares las que han venido, a todo lo largo de la historia, introduciendo bailes mucho más "salvajes", ruidosos y naturales que los bailes siempre acartonados de las clases superiores. Siempre, a la postre, las élites han terminado por adoptar y acoger con gusto los bailes del pueblo, luego de haberlos despreciado por un tiempo. El cuerpo siempre habla, y habla y piensa distinto a como lo hace la cabeza.


El sabotaje tiene por lo menos dos historias. De un lado, la más inocente, del lado de los linotipistas, el sabotaje era el acto de echar las piezas de plomo usadas en los linotipos y que ya no servían más, en un cuenco muy parecido a los sabots. Sin embargo, de otra parte, el sabotaje consistía en el acto mediante el cual, en el siglo XIX, los obreros de las fábricas echaban sus zapatos viejos —los sabots— a las máquinas para que pararan, se interrumpiera la producción y ellos poder protestar contra los actos de injusticia. Esta historia es el complemento, en Francia, de los movimientos luditas en Inglaterra que se dedicaban a destruir las máquinas de producción industrial. Los saboteadores no destruían las máquinas, sino las atoraban, las atascaban, hacían que entraran en colapso. Con el único bien propio que tenían los obreros y que sabían que podían utilizar. Pues los otros dos bienes de que disponían eran sus ropas y sus propios cuerpos.


Así las cosas, el sabotaje consiste en arrojar los zapatos propios a los mecanismos de poder, o a sus representantes. Zapatos usados, gastados, ajados, y acumulan cansancio, sudor y una vida a ajetreo injusta y sin equidad.


También en este caso observamos aquello que en otro contexto estudiara Nietzsche: la transvaloración de los valores; esto es, la inversión de los mismos en su contrario. Es de esta forma como el sabotaje termina siendo apropiado por las fuerzas de policía y de seguridad del Estado, con la ayuda de sus abogados y políticos, en acciones militares, de desestabilización y anomia social. Con todo y que es cierto que quienes se apropiaron e hicieron suyo el término de sabotaje fueron los anarquistas; no los socialistas ni los comunistas. Hablando de esa historia que conduce del siglo XIX a comienzos del siglo XX.
Una palabra sonora, metafórica y semánticamente hermosa: sabotaje (sabotage, en francés). (Algo se pierde de la "j" suavizada del español a la "j" fricativa del francés).


Sin ambages, el sabotaje se asemeja más a un acto en el que es la biología la que se impone, por encima de la cultura, pues, sin la menor duda, los zapatos son una proyección del pie y una protección para el proceso de enraizamiento nuestro en la tierra.


Pensar que los zuecos se transformaron en la historia del vestuario y de la moda. Primero pasaron a ser zapatos usados exclusivamente por las mujeres. Posteriormente también los hombres los usaron, pues se hicieron zuecos con gusto y refinamiento. Y al cabo, las clases sociales superiores llegaron a usarlos sin miramientos y como cuestión de gustos.
Los sabots, unos zapatos que se comienzan a fabricar en Francia, pero que luego se extienden a toda Europa, zapatos de hombres y mujeres, sin distinciones de sexo o de género. La historia posterior modifica por completo el panorama: existen zapatos para hombres, y también para mujeres, y se elevan como un signo claro de distinción de género.


Los zapatos hablan mucho de cada quien, dicen algunas personas. Tanto, como para otras, sus manos, y demás. Pues bien, mejor aún es la historia del uso de los zapatos. Y los zapatos se pueden emplear para varios fines en diferentes contextos. No cabe duda, uno de ellos es el sabotaje. Una acción política y militarmente inofensiva. Así las cosas, el sabotaje bien puede ser incluido en las formas de acción no violenta.


El sabotaje, una forma de acción no violenta, acaso el mejor destino para nuestros zapatos: para los viejos cuando ya no parecen tener más vida; o una acción digna para los zapatos del día, cuando no aguantamos un acto de injusticia, inequidad o indignidad. Protestar con los zapatos como con el cuerpo propio. El sabotaje, una acción que remite a nuestras raíces con el piso y la tierra, y a nuestro desplazamiento por la sociedad y por el mundo.


En fin, sin ambages, el sabotaje, un término que bien cabe en cualquier buen verso.

Información adicional

  • Autor:Carlos Eduardo Maldonado
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
  • Fuente:Palmiguía
Visto 1008 vecesModificado por última vez en Martes, 28 Abril 2015 07:47

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