Domingo, 22 Enero 2017 05:59

Mito y realidad de la posverdad

Escrito por Iñigo Sáenz de Ugarte
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Mito y realidad de la posverdad

Desde la victoria de Donald Trump hay un nuevo concepto que persigue a los lectores de los medios de comunicación: “posverdad”. Hasta los diccionarios de Oxford han elegido post-truth como la palabra del año a causa del incremento en su uso en 2016. El aumento es del 2 mil por ciento. Es decir, muy pocos la usabanantes y ahora está en todos los sitios.

 

En su definición, el diccionario de Oxford explica que posverdad “se refiere a las circunstancias en que los hechos objetivos son menos influyentes a la hora de condicionar a la opinión pública que las apelaciones a las emociones y creencias personales”.

La definición es correcta, aunque uno siente la tentación de pensar que podría encontrar múltiples ejemplos de esa situación en un número no pequeño de países en épocas en que nadie sabía que existía ese término.


Si se habla ahora tanto de posverdad es principalmente a causa de dos acontecimientos políticos: el referéndum del Brexit en Reino Unido y las elecciones de Estados Unidos. En ambos casos, una parte muy importante del poder político, económico, cultural y periodístico estaba a favor de un resultado que fue derrotado en las urnas (eso es más cierto en el caso británico que en el estadounidense). Esa derrota no se debió sólo a errores propios –y muy evidentes, como se ha visto después– de las campañas a favor del Sí a la UE o de Hillary Clinton, sino también al triunfo, entre el electorado, de ciertos prejuicios muy arraigados y no confirmados por los hechos y la realidad económica. Por ejemplo, la xenofobia y el rechazo a la inmigración fueron factores decisivos en ambos resultados, pero no los únicos.


La apelación a “hechos objetivos” en la definición nos lleva a pensar en uno de los ámbitos profesionales en los que más se habla de objetividad, que no es otro que el periodismo. La extensión del concepto de posverdad no puede desligarse de la crisis de credibilidad de los medios de comunicación, en especial de las grandes cabeceras periodísticas, lo que años atrás se llamaba la “prensa seria”, para diferenciarla de los tabloides.


En Reino Unido todos los periódicos que llevan ese sello, menos el Daily Telegraph, pidieron el voto a favor de continuar en la UE. En Estados Unidos, medios que durante décadas habían apoyado a candidatos presidenciales republicanos, en algún caso desde hacía un siglo, rechazaron como absurda la idea de votar a Trump.


Es obvio que los votantes del candidato republicano no prestaron mucha atención a esas recomendaciones.


La discusión sobre la posverdad se vio acompañada en la campaña por la polémica de las fake news, noticias falsas que la gente comparte gracias fundamentalmente a Facebook. Varios artículos han demostrado que su origen está en una perversa variante del libre mercado. Hay demanda en Estados Unidos para ciertas “noticias”, y desde varios países de Europa del este unos cuantos emprendedores (pocas veces ha resultado tan adecuada esta palabra) ganaban mucho dinero produciéndolas. A veces las inventaban, a veces utilizaban artículos de otras páginas web y los manipulaban para lograr el efecto deseado en los lectores.


Esa demanda existe desde hace tiempo entre votantes conservadores que desconfían de los grandes medios estadounidenses. La oferta es nueva, pero ha resultado mucho más efectiva que la dieta informativa que facilita cada día Fox News.


Esa combinación de posverdad y fake news ofrece un panorama sombrío para las democracias occidentales. Es también cualquier cosa menos nuevo. Y las fuentes no son siempre aquellas en las que están pensando los que denuncian alarmados este panorama.


The Economist dio antes del referéndum italiano un buen ejemplo de posverdad. En un editorial criticó los planes de Matteo Renzi y pidió el voto negativo en la consulta (que terminó triunfando por una amplia mayoría). Todos los partidos de la oposición, de diferentes ideologías, pedían el No, por lo que la postura de la revista no debe extrañar. Son los argumentos los que chirrían.


The Economist está a favor de reformas institucionales en Italia, pero no las que propuso Renzi. Confunde esa reforma constitucional ahora fracasada con el sistema electoral, abunda en estereotipos típicos sobre Italia (“el país que produjo a Benito Mussolini y Silvio Berlusconi”), comete errores gruesos (sobre la inmunidad de los senadores y sobre la posibilidad de que Beppe Grillo se convierta en primer ministro; no puede), y dice que la idea de que futuros senadores procedan no del voto directo sino de las asambleas regionales “ofende los principios democráticos”. Esto último sería toda una sorpresa para los alemanes, por el método de elección del Bundesrat, por no hablar del país donde se publica The Economist, que cuenta con una segunda institución legislativa llamada Cámara de los Lores, cuyos miembros son designados por el gobierno.


Es sólo un editorial y la revista tiene todo el derecho de criticar a Renzi o a cualquier otro político. Pero sus argumentos están más allá de la posverdad. Son una manipulación de la realidad política italiana y ocultan demasiada ignorancia como para pasarla por alto.


Dejemos a un lado The Economist y veamos otro artículo de finales de noviembre de otra institución periodística de larga trayectoria, The Washington Post. Bajo el titular “Russian propaganda effort helped spread ‘fake news’ during election, experts say”, el reportaje de 2 mil palabras, que fue destacado en primera página, denunciaba que “un diluvio de noticias falsas recibió apoyo de una sofisticada campaña de propaganda rusa que creó y difundió artículos manipuladores con el objetivo de perjudicar a la demócrata Hillary Clinton, ayudar al republicano Donald Trump y socavar la fe en la democracia estadou¬nidense, según investigadores independientes que han rastreado esa operación”.


Esta guerra de propaganda psicológica no estaba dirigida sólo contra Clinton, sino que pretendía “atacar la democracia estadounidense en un momento especialmente vulnerable”, decía el artículo en otro párrafo. Para llegar a esa alarmante conclusión se basaba en dos informes. Uno de la página web War on the Rocks, con el nada ambiguo título “Cómo Rusia está intentando destruir nuestra democracia”. El segundo informe era obra de un grupo desconocido llamado Prop Or Not, que si bien tiene su web y cuenta de Twi¬tter, es anónimo, porque el periódico no dio los nombres de sus responsables. Sólo dijo que son “investigadores independientes con experiencia en asuntos de política exterior, defensa y tecnología”.


Ese informe contaba cosas conocidas sobre la política propagandística del gobierno ruso, otras no sustentadas en ninguna prueba, y una lista de 200 páginas web de derecha e izquierda que habían colaborado con esa operación de guerra psicológica contra Estados Unidos. Por ejemplo: Wikileaks, Drudge Report, Zero Hedge, Truthout, Truthdig, Naked Capitalism y Antiwar.com. Y decía el artículo del Post: “Algunos participantes en esa cámara de difusión digital, concluyeron los investigadores, intervinieron voluntariamente en la campaña de propaganda, mientras otros eran ‘tontos útiles’, un término originado en la Guerra Fría para describir a personas e instituciones que sin saberlo ayudaron a las campañas de propaganda de la Unión Soviética”.


No había más pruebas que los típicos análisis que se realizan a través de las conexiones de enlaces entre distintas páginas web, que a veces sirven para establecer el origen de las informaciones entre varios medios y otras no explican nada, a menos que se piense que enlazar un determinado artículo te convierte en cómplice de las intenciones del artículo original.
Lo más alarmante es que la gravedad de la acusación estaba respaldada por un informe hecho por una organización desconocida y de intenciones obviamente partidistas que ocultaba la identidad de sus responsables con el argumento de que no quería ser atacada “por legiones de experimentados hackers rusos”. Sea o no cierto, el Post dio cobertura a una denuncia anónima de la que sus lectores no tenían derecho a conocer el origen. Ni sus lectores ni los medios que fueron acusados de traición o estupidez.


La lista de medios ya no aparece en el informe de Prop Or Not (pero sí en su web), probablemente porque varios de ellos amenazaron con presentar una demanda.


A causa de la polémica generada, el Post terminó incluyendo una aclaración en su artículo en la web, no una rectificación. Afirmó que no había dado los nombres de esos medios señalados ni suscribía las acusaciones concretas realizadas por Prop Or Not contra esos medios. No lo había hecho, pero sus lectores habían conocido a esa organización anónima gracias a su artículo, y habían leído en él que había una larga lista de medios que estaban colaborando con un intento de acabar con la democracia estadounidense o eran lo bastante idiotas como para picar en el anzuelo tendido por Moscú. Todo ello empleando un viejo truco de la prensa estadounidense, que es añadir al titular las palabras “experts say”, como si no fueran ellos quienes eligieron a los expertos entrevistados.


Por mucho que luego intentaran marcar distancia, habían ayudado a difundir una lista negra de la que el senador McCarthy hubiera estado orgulloso en los años cincuenta.


El artículo del Post fue criticado en varios medios y blogs, pero esa reacción tuvo mucha menos repercusión en las redes sociales que la historia original, lo que no debe sorprendernos. A dos semanas de las elecciones en Estados Unidos, recibió una amplia difusión en Twitter y Facebook, en primer lugar a través de las cuentas del periódico y de sus periodistas. Entre ellos su director, Marty Baron, más conocido por su gran trabajo como responsable del Boston Globe en la historia que contó la película Spotlight.


No nos engañemos. El gobierno ruso tiene una serie de medios de comunicación a su servicio cuya función es desacreditar a los adversarios de Putin en Europa y Estados Unidos. Otra institución que comparte un estilo similar es el Partido Republicano, cuyos dirigentes han propagado en los últimos años historias falsas o manipuladas sobre, por ejemplo, el certificado de nacimiento de Obama, su ley de reforma de la salud o el ataque al consulado estadounidense en Bengasi con la intención de minar a sus rivales. Y en esta última campaña electoral, y tras la victoria de Trump, hemos visto al Partido Demócrata intentar presentar la derrota de Clinton no como la suma de una serie de factores políticos y económicos, además de los errores de su candidata, sino como el resultado de una gran conspiración cuyo origen –al igual que en la época de McCarthy– está en Moscú. Y los medios más cercanos a esos dos partidos, además de hacer con otros temas un gran trabajo, han bebido de esa fuente conspirativa para producir historias insostenibles.


Hay poco material nuevo en el debate sobre la posverdad y las fake news. No hay que remontarse al incidente del Golfo de Tonkín o al hundimiento del Maine. Todos tenemos que recordar la campaña de desinformación con que se vendió en 2003 en Estados Unidos y Europa la imperiosa necesidad de invadir Irak. En cada país podemos encontrar ejemplos similares, hasta cierto punto, de algo que se repite con frecuencia y que hay que definir de esta manera: nadie tiene más capacidad de difundir hechos falsos con intencionalidad política que los gobiernos. Y su herramienta principal suelen ser los medios de comunicación de toda la vida. Los ejemplos que he dado de The Economist y The Washington Post llaman la atención porque no son nada originales.


Ahora hay nuevos protagonistas en eso que podríamos llamar el mercado de la información (y probablemente ninguno es tan poderoso como Facebook), y cuentan con una audiencia que está dispuesta a creerse cualquier cosa si eso confirma sus prejuicios o ideas políticas. Obviamente, el hecho de que esa situación no sea nueva no la hace menos alarmante.
No conocíamos la palabra posverdad, pero lo que esconde nos acompaña desde hace mucho tiempo. Quizá si estuviéramos menos obsesionados por la palabra “verdad” y dedicáramos más tiempo a la palabra “hechos”, nos iría mejor, pero estamos muy condicionados por eso que solemos llamar la naturaleza humana.

Información adicional

  • Autor:Iñigo Sáenz de Ugarte
  • Fuente:Brecha
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