Lunes, 28 Diciembre 2020 06:57

“La organización del cuidado tiene una marca de género muy clara”

Escrito por Bárbara Schijman
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Eleonor Faur es socióloga (UBA) y doctora en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Es profesora del IDAES, de la Universidad Nacional de San Martín e investigadora del Instituto de Desarrollo Económico y Social (UNGS-IDES).Eleonor Faur es socióloga (UBA) y doctora en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Es profesora del IDAES, de la Universidad Nacional de San Martín e investigadora del Instituto de Desarrollo Económico y Social (UNGS-IDES).

Eleonor Faur, especialista en relaciones de géneros, familia y políticas públicas

La investigadora explica en qué consisten las políticas de cuidado desde una perspectiva de género e invita a desandar la organización generizada de ciertos comportamientos. Además, la Educación Sexual Integral, los estereotipos en las infancias, las masculinidades y el debate alrededor del aborto.

 

Es autora de Masculinidades y desarrollo social. Las relaciones de género desde las perspectivas de los hombres (2004), El cuidado infantil en el siglo XXI. Mujeres malabaristas en una sociedad desigual (2014) y Mitomanías de los sexos (con Alejandro Grimson, 2016), entre otras publicaciones.

Pionera en el estudio de los sistemas de cuidado desde una perspectiva de género, Faur se refiere a las tareas de cuidado en un año signado por una mayor permanencia en los hogares, los dispositivos de transmisión de mensajes, la Educación Sexual Integral (ESI), el surgimiento del movimiento Ni Una Menos, el derecho al aborto, y la importancia de “abrir espacios de reflexión y apuntar a un objetivo que en realidad es un horizonte, que es el horizonte de la igualdad”.

--¿A qué nos referimos cuando hablamos de cuidados?

--El cuidado es un elemento central del bienestar humano. No hay nadie que pueda vivir sin ser cuidado o sin haberlo sido. Y aunque hay algunos momentos de la vida en los cuales necesitamos cuidados de una manera más intensa, en realidad a lo largo de toda nuestra vida necesitamos cuidados. Al mismo tiempo somos proveedores y proveedoras de cuidados. Estamos hablando de una serie de actividades que se requieren para que una vida sea vivible, que haya un bienestar físico y emocional, que haya lazos entre las personas que habiliten una vida social agradable. Entonces, aunque todos y todas necesitamos cuidados y todos y todas tenemos la capacidad de cuidar, lo cierto es que, a nivel social, institucional y político, desde hace por lo menos dos siglos los cuidados se han organizado de una cierta manera por la cual se supone que se proveen básicamente dentro del ámbito de los hogares y que somos las mujeres las principales responsables de ofrecer esos cuidados. La organización del cuidado tiene una marca de género muy clara. Ahí tenemos uno de los nudos críticos de la cuestión de los cuidados que, hace varias décadas, estamos tratando de desandar y desanudar desde la academia y el activismo feminista. No se cuida solo en el hogar, sino en distintos escenarios públicos, comunitarios y privados, y no sólo las mujeres tenemos la capacidad de cuidar. Sin embargo, son muchos los engranajes sociales, institucionales, políticos y culturales que definen esta organización del cuidado como una organización generizada. El problema es que, frente a la escasez de políticas públicas, la variable de ajuste para que no se profundice el déficit de cuidados termina siendo la elasticidad del tiempo de trabajo no remunerado de las mujeres.

--¿Qué observó, en términos de cuidados, en estos tiempos de pandemia y aislamiento?

--Las transformaciones a nivel social --en este tipo de cuestiones también--, muchas veces llegan de formas que uno no espera. Al mismo tiempo que uno defiende la necesidad de políticas para acelerar ciertos cambios sociales, hay veces que estos últimos vienen de la mano de un torbellino, digamos, que nadie imaginó. Por ejemplo, en los años ‘80, ‘90, las fuertes crisis económicas en América Latina hicieron que las mujeres salieran masivamente al mercado de trabajo. Esto, junto con una historia de mayores niveles educativos y de haber ido construyendo una aspiración de mayor autonomía. La crisis del coronavirus, el estar todos y todas guardados en nuestras casas, supuso una intensificación de las tareas domésticas y de cuidado. En los hogares donde hay una pareja conviviente --que es alrededor de la mitad de los hogares de nuestro país--, esa intensificación de los cuidados pudo haber tenido algún tipo de impacto y de movimiento para los varones adultos. Si bien todavía no tenemos datos representativos que puedan revelar cuál fue la medida de ese cambio, dentro de la escasa información que tenemos lo que se ve es que hay un aumento de participación y dedicación para ambos géneros, pero que sigue manteniéndose una brecha. Las mujeres dedican más tiempo a los cuidados y al trabajo doméstico. En los casos de personas con hijos en edad escolar son casi siempre las madres las que acompañan las tareas, viendo si se conectan, viendo si le tienen que prestar el celular en caso de sectores populares con dificultades de conexión. Ojalá quede una memoria de lo duro que es el trabajo cotidiano de sostenimiento del hogar; hay que ver cómo se empuja también desde las políticas públicas para generar nuevas condiciones para la organización de los cuidados.

--¿Cómo se desarma y desanda esta imagen tan establecida de los roles y las tareas de cuidado?

--Hay muchas maneras. A lo largo de las últimas décadas algo ha ido cambiando. Hay pequeñas transformaciones que todavía son demasiado incipientes. Por ejemplo, todo el auge del feminismo juvenil... Cuando trabajaba en mi tesis sobre cuidados, en los primeros 2000, y decía que era sobre cuidados, la gente me decía “¿sobre qué?”. Era un tema que no estaba en agenda ni siquiera de las feministas; es decir, sí había una agenda feminista sobre esto, pero no era el tema de batalla. Hoy esto circula en las redes sociales, en las conversaciones. Ya es una buena señal. Además, hay grupos trabajando sobre masculinidades, pero todavía más con la agenda de ver cómo se generan o cómo se sostienen masculinidades no violentas que sobre cómo compartir los cuidados.

--En esto, también la Educación Sexual Integral tiene mucho que aportar.

--Sí, la Educación Sexual Integral es una herramienta muy poderosa, que se está trabajando y se está empezando a visualizar en las prácticas pedagógicas pero que todavía hay que reforzar. Históricamente, la escuela fue una de las instituciones que nos formó a las mujeres para con los cuidados. Luego de muchos años y décadas de investigaciónm, Catalina Wainerman señaló cómo representaban la literatura infantil escolar y los libros de lectura de las escuelas primarias las imágenes familiares y las imágenes de géneros. El leitmotiv era “Mi mamá me mima” y las imágenes mostraban a las mujeres cocinando y a los hombres volviendo del trabajo agotados, leyendo el diario o mirando la tele. Lo mismo entre niños y niñas: salían de picnic y las niñas preparaban la ensaladita mientras que los nenes remontaban los barriletes. Todo eso habita nuestro inconsciente. Algo de esto empezó a cambiar a finales del siglo XX, cuando en los libros escolares empezaron a haber familias que no eran necesariamente mamá, papá e hijitos; mujeres que participaban del mercado de trabajo y no solamente con el delantal puesto, lavando los platos o atendiendo al resto de la familia. Son muchas las imágenes que nos atravesaron y que siguen estando presentes en algunas escuelas todavía. Entonces, también desde la perspectiva de los cuidados la ESI es muy importante, porque tiene entre sus componentes centrales la reflexión sobre la construcción social de relaciones de género. El universo a transformar es inmenso. Es necesario transformar desde las leyes, desde las políticas, desde la ESI, desde la escuela, pero también desde nuestras propias prácticas cotidianas.

--Las formas de transmisión de mensajes, además de variadas, son silenciosas. Se puede enseñar que el llanto es una emoción de todas las personas, pero con frecuencia los chicos y las chicas se angustian si el que llora es el padre, por ejemplo.

--Exactamente, son tantos los dispositivos de transmisión de mensajes y esa idea de que los varones no lloran, los hombres no lloran, muchas veces puede estar solapada, de manera imperceptible en películas, en dibujos animados, donde simplemente vemos pocos varones llorando, mientras abunda la imagen de mujeres emocionadas hasta las lágrimas. Esas cuestiones forman parte de una sensibilidad social que, si bien cambia, todavía está muy presente. Entonces, es importante comprender que los cambios culturales profundos, como las transformaciones en los estereotipos y en las dinámicas de género, se van desarrollando en capas. No sucede todo al mismo tiempo ni somos conscientes de todo. No hay recetas tampoco. Es fundamental tener esto en cuenta, porque con el auge del feminismo también nos hemos llenado de mandatos y recetas. Hay muchas cuestiones que permean nuestras sensibilidades, nuestras subjetividades. La tarea es más de filigranas, una tarea lenta, una tarea que requiere de autorreflexión y muchas preguntas: “¿por qué te preocupás cuando tu papá llora?”, más que “¡ay, bueno, pero es normal que los varones lloren!”. La ESI es un desafío importantísimo. Es un derecho y al mismo tiempo tiene una complejidad que es más un proceso que un resultado. Hay que dar lugar a la reflexión, a sorprendernos de lo que nos encontramos, a permitir que se habiten las dudas y las preguntas con mayor libertad. Porque si nos llenamos rápidamente de certezas estamos escondiendo muchas de las cuestiones que están ahí todavía persistiendo.

--Entre otras cosas, ¿cuánto de miedo hay detrás de aquellos sectores que se oponen a la ESI?

--Hay una férrea oposición que se expresa en este slogan absolutamente brillante desde el punto de vista comunicacional que dice “Con mis hijos no te metas”. Creo que es una mezcla de activar temores basados en el prejuicio: “que la ESI adoctrina a les niñes”, “que es el nuevo fachismo”. Por un lado, está todo ese temor y, por otro, hay realmente una férrea defensa de ciertas corporaciones religiosas que han encontrado un lenguaje simple y directo para llegar a las familias que tienen dudas. Funcionan a partir de provocar lo que suele denominarse el “pánico moral”, que es eso de “Con mis hijos no”. Estos movimientos vienen de los años ‘90; desde ahí se está hablando de una supuesta ideología de género con una asociación fuerte que se estableció entre el Vaticano y algunos sectores evangélicos conservadores -subrayo porque los evangélicos no son todos conservadores. Estas grandes corporaciones religiosas fueron permeando fuertemente en la capilaridad social a través de iglesias, parroquias y de una cantidad de educadores y educadoras de este tipo de espacios y, en los últimos años, vía redes sociales. Estas posiciones se reflejan también en los triunfos de Jair Bolsonaro, en Brasil, y de derechas muy rancias a lo largo de la región.

--En varios de sus libros aborda el tema de las masculinidades. ¿A qué refiere el concepto?

--Empecé a abordar las masculinidades en los ‘90. En esos años había diferentes maneras de pensar las masculinidades y no todas eran feministas. Había algunas miradas reactivas también con relación a “las mujeres ya avanzaron muchísimo” o “ahora los discriminados somos nosotros”. Siempre un poquito de pánico moral hay alrededor de los movimientos que buscan detener las grandes transformaciones igualitarias. Hubo algunos pensadores y algunas pensadoras que empezaron a trabajar las masculinidades desde una perspectiva feminista, esto es, comprender que las identidades de género --sean femeninas, masculinas o de la diversidad-- se producen y se desarrollan en una particular configuración de relaciones sociales de género. Cuando hablamos de masculinidades estamos hablando de una posición dentro de una práctica de género, y al mismo tiempo, de los efectos de esa práctica en los cuerpos y en las subjetividades masculinas. Es imposible ver las masculinidades por fuera de las prácticas de género. No hace sentido desvincularlas de un mundo de relaciones de poder, así como tampoco tienen sentido los feminismos si los desvinculamos del análisis de las relaciones sociales de género.

--Hay varias posiciones e ideas sobre el feminismo. ¿Qué entiende usted por feminismo?

--Cuando pienso en feminismo lo que pienso es un movimiento emancipatorio que ha trabajado desde hace muchísimos años por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, en primer lugar. Luego con la feliz movilización de la diversidad sexual aprendimos que cuando hablamos de igualdad de género no estamos solamente refiriéndonos a un esquema binario donde sólo existen varones y mujeres, presuntamente heterosexuales. En realidad, el feminismo nunca pensó en la heterosexualidad como una pauta universal ni mucho menos. Hoy definir al feminismo es pensar en la igualdad entre géneros, la igualdad entre personas, la igualdad de derechos y la necesidad de igualación de oportunidades para permitir mayores libertades. Todo ello, a través de una serie de dispositivos sociales y políticas públicas. Lo importante es abrir espacios de reflexión y apuntar a un objetivo que en realidad es un horizonte, que es el horizonte de la igualdad.

--Las luchas de mujeres lograron instalar el debate alrededor de la legalización del aborto, la decisión sobre el propio cuerpo, entre otras cuestiones de suma relevancia. ¿Cuánto se ha avanzado en lo que tiene que ver con vivir la sexualidad libremente?

--La posición de feminidades y masculinidades en relación con la sexualidad es un proceso que viene transformándose hace muchas décadas. Hubo un tema importante que fue la píldora anticonceptiva en los años ‘60. En el momento en que se empieza a desligar tecnológicamente la sexualidad de la reproducción tenemos un paso ganado. Entonces ahí las mujeres también se hacen más dueñas de su cuerpo, de su sexualidad, de sus deseos. Pero por supuesto, yendo al contexto argentino, definitivamente el estallido feminista, que lo ubico en el Ni Una Menos, y después el debate del aborto, trajo una nueva ola, asentada en mas de 30 años de Encuentros Nacionales de Mujeres (hoy plurinacionales y conteniendo a las disidencias). Hay una historia larga de feminismo en la Argentina, sobre todo después de la recuperación democrática. Todo eso trajo transformaciones muy importantes en la subjetividad y en la sexualidad femenina y en los últimos años eso se ve cada vez más claro. Empieza a aparecer esto que llamamos una nueva pedagogía del deseo, donde se empiezan a generar ciertas reglas que, para mí, no deben confundirse con recetas: la libertad y el consenso en los vínculos sexo-afectivos.

--¿Cuáles son los estereotipos más comunes en la infancia y cuánto puede aportar la ESI para terminar con ellos?

--Los estereotipos más frecuentes en la infancia siguen siendo que las nenas son dulces y emotivas y los varones son hiperactivos e inquietos y menos detallistas. Habría que mirar si eso responde realmente a algo verdadero o cuánto de lo que pusimos nosotros y nosotras socializando niños y niñas de esa manera no se expresa después en personalidades diferentes. Yendo a la ESI, en relación con estas cuestiones de género, lo importante es poder dejar atrás estereotipos, aceptar que las personas no son sólo una cosa. Dar lugar para que niños, niñas, niñes vayan encontrando cómo quieren vivir, cómo se sienten, a sabiendas de que la identidad es un proceso de construcción permanente. Para mí la ESI tiene eso como una de las batallas: poder dar lugar al desarrollo de cada persona en los términos en los cuales esa persona sienta que va a vivir de la manera más cercana posible a su propia forma de sentir y de pensar, siempre que no vulnere derechos de otras personas. Ese apropiarse de la propia vida es generar todas las condiciones para vivir una vida libre de violencias en la cual podamos promover y proteger los derechos de cada persona, con independencia de su identidad sexo-genérica. 

Información adicional

  • Autor:Bárbara Schijman
  • País:Argentina
  • Región:Suramérica
  • Fuente:Página12
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