Lunes, 06 Diciembre 2021 05:34

Habla con suavidad y lleva un gran garrote: el imperialismo en el siglo XXI

Escrito por Ingar Solty
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Disturbios en Caracas tras la autoproclamación de Juan Guaidó como nuevo presidente de Venezuela el 23 de enero de 2019. Cris FortuneDisturbios en Caracas tras la autoproclamación de Juan Guaidó como nuevo presidente de Venezuela el 23 de enero de 2019. Cris Fortune

El imperialismo sigue con vida y meramente ha modificado, en parte, la forma clásica en la que se manifestaba.

 

El siguiente texto, cuyo título completo es ‘Big Stick: 16 tesis sobre variaciones de la violencia, el surgimiento y la metodología del imperialismo estadounidense en América Latina ayer y hoy’, fue publicado por el diario alemán junge Welt el pasado 10 de noviembre. Se trata de la elaboración de una ponencia que su autor, Ingar Solty, realizó en un encuentro organizado por las asociaciones Netzwerk Cuba y Kuba-Solidarität, vinculada a la dirección del Partido Comunista Alemán (DKP), el pasado 23 de octubre.

  1. Cuando hablamos de la política de EE UU y de la OTAN, una organización dominada por EE UU, en Latinoamérica, hemos de hablar, a la fuerza, de imperialismo, y de sobre qué es y qué no es imperialismo. ¿Qué es ‘imperialismo’? El imperialismo, en el debate marxista, es una noción que ha sufrido desgaste desde hace tiempo por un uso excesivo. Nunca ha quedado claro qué lo diferencia del concepto ‘capitalismo’. Delimitar el concepto de imperialismo es, en consecuencia, importante para no caer en la arbitrariedad. De acuerdo con las ciencias políticas, el imperialismo puede definirse como una “política de violencia, abierta o latente, para la seguridad externa de un régimen interno”.

La clave es la “política”. Esto es, son los Estados quienes se conducen de manera imperialista. Clave es, también, la “violencia”, que lo es de un, por lo general, Estado fuerte, contra otro, por lo general también, débil o más débil. Clave es, finalmente, la relación entre exterior e interior, puesto que el imperialismo es un intento de solucionar las contradicciones internas del capitalismo en su forma de Estado nacional.

2.

El análisis del imperialismo, en correspondencia, muestra cómo las contradicciones sociales internas de una sociedad pueden ser extraterritorializadas, esto es, cómo se asegura el complejo actual de Estado y sociedad civil mediante su política hacia el exterior, cómo se estabilizan y reproducen sus relaciones internas con su política hacia el exterior, cómo se desarrollan y se gestionan, al menos temporalmente, sus contradicciones internas.

Estas contradicciones son el resultado de la lógica y la historia del sistema capitalista. El capitalismo es un sistema mundial que se organiza como sistema de Estados internacional. En el Estado se intensifican institucionalmente las relaciones de fuerza de las clases. En los aparatos del Estado se forma un bloque de poder con fracciones (de capital) dominantes, que combinan sus diferentes intereses dominantes en un proyecto común. Dependiendo del bloque de poder y del proyecto se desarrolla también una forma de Estado u otra (democracia liberal, bonapartismo, fascismo, etcétera) así como el equilibrio del peso de las instituciones del Estado (como, por ejemplo, en el capitalismo global actual, en el que los ministerios de Finanzas y bancos centrales adquieren una destacada relevancia y se sustraen al control democrático mientras se degrada a los ministerios de Trabajo, etc.).

Aunque el capitalismo es un sistema organizado en Estados nacionales, la tendencia a la globalización es inherente a él. Por ese motivo los intereses del actual bloque de poder tienen necesariamente una dimensión externa. A ellos pertenecen ámbitos de la política económica tan diferentes como la exportación de mercancías y de capital y la importación de recursos naturales hasta la seguridad del propio dominio interno mediante guerras en el extranjero, que —al menos en su etapa inicial y en una situación de grave amenaza percibida— funcionan (re)estabilizando el interior, etcétera. Pero también la política demográfica, pues el establecimiento de las relaciones de propiedad y sociales capitalistas implica, siempre, un excedente de población que exige la exportación (como colonos) de estas personas, depauperadas y redundantes. Inglaterra, por ejemplo, exportó a su excedente de población, al que se presentaba como “clases peligrosas” (pobres, vagabundos, criminales, potenciales revolucionarios, etc.), hacia América del Norte y después también hacia África, Australia y Asia.

Los intereses del bloque de poder y de las fracciones de capital a las que domina se imponen por medio de la política exterior. Los medios de ésta son variados. Un importante medio de poder de la política es la violencia abierta. El Estado es –desde la Paz de Westfalia, al menos idealmente– quien posee el monopolio legítimo de la violencia estatal (ejército y policía). Por emplear las palabras del teórico militar prusiano Carl von Clausevitz (1780-1831), la guerra es “la continuación de la política por otros medios”, posibilita –como ultima ratio (los antibelicistas dirían: ultima irratio)– el ejercicio de la fuerza de manera directa como medio para el establecimiento de los propios intereses: el Estado A obliga al Estado B con violencia a aceptar sus condiciones.

El imperialismo es también política de la violencia, pero gracias a Bertolt Brecht sabemos de la “dificultad a la hora de reconocer la violencia”. Debemos diferenciar entre violencia directa y estructural, entre violencia abierta y latente. El imperialismo bélico es, en última instancia, la forma más débil, por abiertamente brutal y, por ende, contradictoria. El arsenal del imperialismo incluye sin embargo otros métodos para hacer valer sus intereses, con frecuencia más eficientes y sutiles, que no son menos violentos, aunque no lo parezca así.

3.

El proyecto de EE UU, surgido del proyecto colonial inglés de finales del siglo XVI y comienzos del XVII, fue desde sus comienzos expansionista: desde la expansión de las colonias “intra-norteamericanas” hacia el Oeste y el Sur como consecuencia de la compra de Louisana (Louisana Purchase) (1803) hasta su fin con el cierre de la “frontera americana” (american frontier) en los años noventa del siglo XIX, al que siguió la expansión más allá de estas fronteras “internas” de EEUU.

4.

El proyecto colonial de EE UU fue desde buen comienzo bélico, su imperialismo adoptó una forma violenta directa, esto es, militar. Da buena cuenta de ello la guerra contra México por el dominio de Texas (1846-1848), pero sobre todo el genocidio de los pueblos indígenas americanos y, finalmente, también la guerra civil americana de 1861 a 1865. En esta última se decidió, por medio de la violencia, qué modo de producción —el industrial-capitalista del Norte o la producción agrícola basada en el trabajo esclavo del Sur— debía extenderse desde el Medio Oeste hasta las Montañas Rocosas.

5.

También las relaciones sociales en América Central y del Sur fueron originalmente el resultado de una política imperialista y colonial, con el comienzo —una vez terminada la “Reconquista”— a partir de 1492 de la “conquista” del Caribe, América Central y Sudamérica a manos de los españoles y, después, de los portugueses. No va de suyo que —y, en caso de una explicación, por qué— EE UU desempeña su papel actual en el hemisferio Norte y no, pongamos por caso, Brasil, un Estado con una dimensión geográfica y recursos naturales similares, el cual, como la mayor parte de los Estados sudamericanos, proclamó su independencia formal en 1822, esto es, poco después de la declaración de independencia de los Estados Unidos de 1776. Algo parecido vale para México, que se separó de España tras la guerra de independencia de 1810 a 1822.

Los EE UU se convirtieron en el “coloso del Norte”, como los llamó José Martí, porque el modelo de desarrollo que allí se puso en obra era el inglés, mientras que en América del Sur se estableció el de España. Inglaterra ya era en el momento de su colonización de América del Norte un país capitalista, el capitalismo de allí había surgido a finales del siglo XVI, y ello no en las ciudades, sino en el campo, en el curso del gran cercado y privatización de los comunes, las antiguas tierras de propiedad común, y el surgimiento de una clase de trabajadores asalariados sin propiedad (Karl Marx: “doblemente libres”). La estructura económica de España y Portugal, por el contrario, se estructuraba en el momento de sus expansiones hacia América Central y del Sur todavía de manera feudal. Mientras los ingleses exportaban a sus colonias un sistema capitalista con su propia base de acumulación, que comprendía las condiciones previas a la autonomía económica que condujo entre 1775 y 1783 a la guerra de independencia contra Inglaterra (seguida por la insurrección social y democrática que supuso la Rebelión de Shay y un proceso de redacción de la Constitución conservador, enfocado contra aquélla), España y Portugal utilizaron el continente americano solamente como espacio de explotación para la estabilización de su dominio, para el lujo de su clase aristocrática parasitaria y la financiación de su propio poder militar con el objetivo de nuevas conquistas coloniales. Las raíces de la dependencia y periferización de América Latina han de buscarse en esta oposición entre la colonización inglesa capitalista y feudal española-portuguesa.

6.

La historia previa al imperialismo estadounidense en América Latina comenzó con la Doctrina Monroe de 1823. Esta doctrina, que recibe el nombre de James Monroe, el quinto presidente de los Estados Unidos, fue el modelo para la imposición de los intereses estadounidenses en el hemisferio occidental. Inicialmente fue formulada de manera defensiva. Con ella, EE UU perseguía en última instancia, en una formulación exagerada, el objetivo de un “orden territorial de acuerdo con los derechos humanos, con la prohibición de intervención para las potencias ajenas a ese espacio”, como el jurista Carl Schmitt, ‘Kronjurist’ del Tercer Reich, formuló más tarde, cuando buscó legitimar y reafirmar la aspiración de la Alemania nazi al dominio de Europea oriental.

7.

La declaración de la Doctrina Monroe se realizó a la sombra de las guerras de independencia sudamericanas entre 1809 y 1825, cuya consecuencia fue el nacimiento de los Estados soberanos que aún hoy existen en el continente. Los EE UU, que desde su declaración de independencia de 1776 formularon una aspiración anticolonial y antimonárquica, que todavía resonaba en la formulación “(making the world ready for) freedom and democracy” (preparando al mundo para la libertad y la democracia) durante la guerra fría, vincularon así sus propios intereses en América del Sur y Central con la ideología del anticolonialismo y con su demostración de poder se posicionaron contra España y Portugal, aparentemente a favor de las nuevas repúblicas independientes de América Latina.

8.

El imperialismo estadounidense tiene, teniendo en cuenta estos antecedentes, una forma específica. Los EE UU desarrollaron un nuevo tipo de imperialismo que fue descrito por Leo Panitch como un “informal empire without colonies”, como un imperio informal sin colonias. Este tipo es hoy la forma dominante de imperialismo. Su predominio es el motivo por el que el debate sobre las diferentes formas de política de la violencia imperialista –directa y estructural, militar y no-militar, y así sucesivamente– es tan importante. De lo contrario existe el riesgo de que los árboles impidan ver el bosque y el imperialismo termine considerándose una etapa histórica que comenzó en los setenta del siglo XIX y que terminó con la victoria de los Aliados sobre las potencias del Eje (sobre el fascismo aliado y sus aliados Italia, Japón y el resto). El imperialismo, sin embargo, sigue con vida y meramente ha modificado, en parte, la forma clásica en la que se manifestaba.

9.

El modus operandi del “nuevo imperialismo” del “imperio americano” consiste en construir una dependencia para otros países y sociedades sin –como era común hasta 1945– tener que ocuparlos durante un período prolongado de tiempo, enviar colonos y luego –con o, como la Francia revolucionaria en el caso de Haití, sin derechos ciudadanos– integrarlo en el propio Estado. ¿Pero cómo es ello posible? ¿Cómo pueden controlarse espacios geográficos sin ejercer en la práctica en ellos el poder del Estado? ¿Cuando en estos países extranjeros incluso se celebran “elecciones libres” en las que pueden ser elegidos nuevos gobiernos soberanos? Para entenderlo, debemos prestar atención al proceso de desarrollo del imperialismo estadounidense.

10.

El imperialismo estadounidense no fue siempre enteramente informal. Hubo una fase imperialista clásica de los EE UU, que desplegaron cuando, con el “cierre de la frontera” a mediados de los noventa del siglo XIX, se alcanzaron las fronteras “internas” de la colonización. Aquí se inscriben, en particular, los gobiernos estadounidenses de William McKinley (1897-1901) y Theodore Roosevelt (1901-1909). Roosevelt fue durante la presidencia de McKinley el vicesecretario de Marina y sucedió a aquél como presidente después de que muriese como consecuencia de un atentado. Contra España, que había puesto en marcha una campaña contra las aspiraciones de Cuba a su independencia, los EE UU libraron una guerra según los planes de Roosevelt entre 1898 y 1900. El propio Roosevelt comandó a los llamados rough riders en el conflicto. La victoria en la guerra contra España terminó con una colonización parcial. Los EE UU reconocieron Filipinas, hasta entonces una colonia española, y con ella, se aseguraron también las colonias pertinentes. Entre ellas, Guantánamo en Cuba, que funciona como centro de tortura extraterritorial en las guerras de EEUU en Oriente Medio y Próximo, así como la isla del Pacifico occidental de Guam, que como colonia desempeña hasta el día de hoy un importante papel estratégico para los intereses occidentales, concretamente como punto militar avanzado en el contexto de la política de contención contra China, su principal rival con una tecnología desarrollada.

11.

Como presidente, Roosevelt amplió la Doctrina Monroe de 1823 y las estipulaciones para una política ofensiva de acuerdo con sus intereses en Latinoamérica. Así es como surge el “corolario de Roosevelt” de 1904, cuyo lema era: “Speak softly and carry a big stick; you will go far” (“Habla con suavidad y lleva un gran garrote, así llegarás lejos”). Los EE UU reaccionaron con esta adición a la Doctrina Monroe al bloqueo militar de Venezuela por parte de Reino Unido, Alemania e Italia entre diciembre de 1902 y febrero de 1903. Estas potencias capitalistas europeas querían obligar a Venezuela a pagar su deuda externa. La manera en que Washington abordó la llamada “crisis de Venezuela” sentó las bases para el imperialismo informal de EE UU. Formuló su aspiración a ser la “potencia de orden” militar más importante y, de facto, la única en el hemisferio occidental (con las potencias europeas en última instancia concentradas en el continente africano, que se habían repartido en la Conferencia del Congo en Berlín de 1884-1885), por una parte, y a imponerse a los intereses financieros de otras potencias capitalistas, si era necesario mediante el uso de la fuerza militar, por la otra. En esta etapa, más tarde, los EE UU comenzaron a contemplar a América Latina como su “patrio trasero”.

12.

A diferencia de los ingleses, franceses, belgas, holandeses, portugueses y alemanes en África, el modelo de imperialismo estadounidense evolucionó. Su imperialismo en el hemisferio occidental no tenía como objetivo el dominio colonial formal, sino el (pre)dominio informal. Así lo vio también Carl Schmitt, quien, en 1933, escribió, al hablar de EEUU, de las “formas de imperialismo moderno ajustadas al derecho internacional”. Como constitucionalista al servicio de los preparativos del fascismo alemán para la guerra y la conquista, Schmitt tenía una comprensión realista de lo que representaba esta nueva forma de imperialismo: se trataba de un imperialismo constitucional. Los EE UU querían amenazar o someter a los Estados de América Central y del Sur militarmente, pero no “habían llegado para quedarse”, sino que, al retirarse, modificaban por regla general las constituciones de los respectivos países en favor de sus intereses políticos y sobre todo económicos. Entre ellos, el establecimiento de una economía abierta al excedente y la inversión del capital sobreacumulado estadounidense. Hasta el día de hoy es poco lo que ha cambiado de esta política.

13.

La transición a esta forma de política la ilustra el ejemplo de la construcción del canal de Panamá, que no solamente costó la vida a decenas de miles de trabajadores de una sociedad mercantil francesa que lo construyó, sino que redujo considerablemente los costes de transporte para las mercancías por ruta marítima –no en último lugar a las costas Este y Oeste americanas– como ruta de navegación interior más importante. Tras la quiebra de la sociedad francesa. Roosevelt recibió el derecho en el año 1902 del Congreso estadounidense de adquirir el canal en el istmo de Panamá. El Parlamento de Colombia, al que pertenecía entonces la región, votó sin embargo en contra de la venta a EE UU, a lo que Washington, que con todo hubiera preferido Nicaragua como lugar de construcción del canal por motivos perfectamente razonables, únicamente vio dos salidas: una guerra en Nicaragua para que se llevase a cabo el “plan de Nicaragua” o una rebelión en Nicaragua que –siguiendo el ejemplo del putsch en Hawaii para asegurarse el dominio blanco diez años atrás– permitiese a EE UU impulsar sus propios intereses, en colaboración con la burguesía local que actuaba como intermediaria. La insurrección tuvo éxito, y los golpistas, que se ocupaban del “plan Nicaragua”, declararon su región independiente. Un nuevo Estado había nacido: Panamá, y EE UU impidió con el envío de sus tropas militares que el gobierno de Bogotá pudiese recuperar el territorio de los secesionistas. EE UU consiguió su canal, los golpistas fueron recompensados por su servicio con embajadas y otros puestos y el nuevo Estado renunció por acuerdo escrito a todos y cada uno sus derechos soberanos: impuestos, tasas por el uso del canal e incluso el control territorial, ya que los EEUU se aseguraron un corredor de 22 millas a lo largo del canal como territorio soberano y el derecho a ampliar esa extensión a su discreción, como más se ajustase a sus intereses en el canal mismo. Además, hizo consagrar en la constitución del nuevo Estado el derecho a intervenir en Panamá en cualquier momento para restablecer “la paz pública y el orden constitucional”, esto es, los EE UU se ocupaban, por ley, del estatus de un Estado satélite independiente con una soberanía profundamente limitada para siempre y para toda la eternidad. Todo ello siguiendo el ejemplo de la Constitución cubana tras la Guerra hispano-americana. Finalmente, EE UU hizo adaptarse a su Estado satélite –una vez más, siguiendo el ejemplo anterior en Cuba y Filipinas– a la economía estadounidense, obligándolo a llevar a cabo una reforma financiera en la que vinculaba su divisa al estándar oro, abría su economía al capital estadounidense en busca de inversiones y, de este modo, se hacía dependiente de EE UU. A esto se lo denominó “la diplomacia del dólar”.

14.

Poco ha cambiado hasta el día de hoy de este modus operandi: invasiones y guerras breves, golpes de Estado y reformas constitucionales. El modelo continuó con Cuba en 1961, Chile en 1973, Grenada en 1983 y el escándalo Irán-Contra de 1985-1987 hasta los planes de golpe de Estado e invasión en Venezuela por los que Juan Guaidó fue declarado presidente legítimo de Venezuela, casos que todavía se guiaban por el procedimiento ensayado en Panamá. Igualmente decisiva, empero, es la relación de EE UU hacia su patio trasero con la política de la violencia, que no es abierta, sino más bien latente y sutil.

15.

El imperialismo estadounidense opera con frecuencia de manera informal, pero ello no quiere decir con menos violencia. Cuando los programas de ajuste estructural por parte de las organizaciones financieras internacionales dominadas por EE UU, como el FMI y el Banco Mundial, fuerzan la liberalización del comercio de acuerdo con las condiciones de EE UU y en arreglo a los intereses de la agricultura y el capital industrial estadounidenses, la privatización de la propiedad estatal en favor del capital estadounidense en busca de inversiones, la desregulación de los mercados de trabajo y de los recursos naturales, etc., en interés de las empresas transnacionales con sede en EE UU (o Europa), todo ello formulado en nombre de la “competitividad”, entonces ya no se trata solamente de una forma de imperialismo a través del endeudamiento. Se trata, también, de una violencia directa contra las poblaciones de Latinoamérica.

La guerra contra las drogas es el mejor ejemplo de ello. NAFTA y CAFTA han “repercutido” en la vida de decenas de millones de pequeños agricultores y agricultores de subsistencia, esto es, han hecho de pequeños propietarios proletarios que dependen del trabajo asalariado, que, no obstante, nunca pueden encontrar, toda vez que el desmantelamiento de la ocupación pública en nombre de la competitividad bloquea este camino. Cuando se les plantea la elección entre trabajar en el sector informal o en el narcotráfico, o en el tráfico de armas o de personas, o buscar un trabajo y huir de la terrible violencia de este sector informal de América Central para morir en la frontera estadounidense, vivir separados de sus familias en EEUU, ser arrojados en jaulas y finalmente expulsados, o, cuando han conseguido permanecer, ser sobreexplotados en la agricultura estadounidense como “ilegales”, todo ello no es una violencia menos espantosa que cualquier forma directa de guerra abierta. Algo similar puede decirse de la política de sanciones y bloqueo de EE UU hacia Cuba y Venezuela, que, con el encarecimiento de los alimentos o el bloqueo del suministro de medicamentos a Venezuela conduce a que muchísimas personas lo paguen con sus vidas. La prohibición de las sanciones como un acto de guerra es una de las principales tareas del movimiento pacifista hoy. Esta política de la violencia indirecta solamente conoce un origen en el hemisferio occidental: el coloso del Norte.

16.

La historia de la resistencia contra el imperialismo estadounidense y de la lucha por la independencia económica y la justicia social en América Latina es larga. Tras la victoria de la Revolución cubana en 1959 hubo un largo ciclo protagonizado por los movimientos de liberación nacional que actuaban por medio de guerrillas. Con la victoria de las alianzas de izquierdas en los noventa, con la victoria del MAS en Bolivia, la de la Revolución bolivariana en Venezuela, la victoria de Rafael Correa en Ecuador y la fundación de la ALBA, parecía como si este ciclo hubiese sido sustituido por otro nuevo, el de los gobiernos de izquierda. El ejemplo de Colombia muestra el agotamiento de la guerrilla.

Los límites del modelo de desarrollo extractivista y el fracaso del período de los gobiernos de izquierda, así como los moderados intentos de independencia de los gobiernos de centro-izquierda y del Mercosur y de la Revolución bolivariana, condujeron a los movimientos de liberación nacional en América Latina a una crisis profunda. La izquierda se encuentra ahora, frente al catastrófico fracaso de las derechas, como por ejemplo la gestión de la crisis del coronavirus de Jair Bolsonaro en Brasil, en un nuevo proceso de búsqueda. Mientras tanto, vuelven a haber nuevos y fuertes movimientos sociales y también nuevos gobiernos de izquierdas. Conviene prestar especial atención a los movimientos actuales por una asamblea constituyente, sobre todo en Chile. Son significativos si tenemos en cuenta el trasfondo del carácter constitucional del imperialismo estadounidense. Porque el camino de la independencia, como muestra a las claras el imperialismo estadounidense, pasa no en último lugar por el camino de la modificación de las constituciones vigentes en América Latina, en las cuales el neoliberalismo está inscrito como régimen disciplinar en interés del capital estadounidense.

5 dic 2021 05:52

Artículo original: Big Stick, publicado por Junge Welt y traducido al castellano por Àngel Ferrero

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  • Autor:Ingar Solty
  • Fuente:El Salto
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