Sábado, 11 Junio 2022 05:43

Hilma af KIint, la abstracta

Hilma af KIint, la abstracta

Como si fuera una nueva categoría trasversal a diferentes ámbitos y disciplinas, las que fueron invisibles salen del anonimato con la fuerza que les da su propia reserva, su propio desinterés en los subproductos de la literatura, la fotografía, las artes plásticas, el pensamiento --los laureles, la fama, los premios, la cotización, el dinero, el prestigio, todo eso--. Hilma af Klint es una de ellas, y su obra monumental y enigmática hoy es motivo de celebración en los Guggenheim del mundo, personajes de comic la vuelven popular y se apuran los ensayos sobre la que ya muchos llaman la verdadera madre del arte abstracto.

Recién en los '80 del siglo pasado se abrieron enormes cajas que permanecían desde hacía cuarenta años cerradas en el Museo de Arte Contemporáneo de Estocolmo. Contenían 1200 pinturas, cientos de escritos y 15.000 anotaciones en cuadernos de apuntes. El nombre de su autora no decía nada de nada. Era lo que ella había planeado: que los 20 años transcurridos después de su muerte --que se estiraron a 40--, dejaran a su obra hablar por sí misma, y lo que dijo la obra a la historia del arte ya narrada, es que los iniciadores del arte abstracto, reconocidos hasta entonces en Mondrian, Malevich y Kandinsky, habían tenido una precursora ignorada mucho antes de que ellos tres rompieran lanzas con lo figurativo.

Y como si eso fuera poco, Hilma af Klimt había dejado constancia, en su otra obra paralela y pública como paisajista experta y botánica aficionada, de que había sido técnicamente capaz de capturar con belleza y precisión el mundo real, pero que en su vida secreta había optado por ser una pintora médium que transportaba al lienzo lo que le dictaban los espítitus.

Hilma nació en l862, en Slona, un pueblo cercano a Estocolmo. Cuarta hija de una familia proclive a las bibliotecas y el saber científico. Padre matemático. Veranos campestres. A los dieciocho años, vio morir a su hermana menor, de diez, por gripe. Ese impacto la acompañó toda su vida.

En l882, obtuvo su título en la Real Academia Sueca de Técnicas y Bellas Artes de Estocolmo: fue una de las primeras mujeres europeas en formarse académicamente en Bellas Artes. Su técnica en paisajismo era impecable. Sus retratos le dieron cierta repercusión. Pero mientras hacía esa vida artística que la puso en contacto con la bohemia nórdica de su época, Hilma tenía una vida paralela y secreta que transcurría entre ciencias ocultas y espiritismo.

Eran años de grandes descubrimientos científicos. La radiación electromagnética o los rayos X dieron impulso en el mundo espiritista a la confirmación de la existencia de un mundo paralelo al material. Hilma buscaba rastros de su hermanita muerta en sesiones de contacto con los espíritus. Los grupos ocultistas proliferaban y Hilma creó el suyo: Las Cinco. Eran ella y cuatro amigas que se juntaban durante años los viernes para practicar como médiums la escritura y la pintura automáticas. El resultado de esos años de producción fue la serie Las Pinturas del Templo, que era la más grande de las que cuarenta años después de su muerte estaban embaladas y olvidadas en el Museo de Arte Contemporáneo de Estocolmo.

Cuando en los años '80 se abrieron esas enormes cajas, lo que apareció fue una colección descomunal de pinturas de más de 3 metros de altura por más de dos de ancho, en las que las geometrías protagonizaban interpretaciones abstractas de la vida, la infancia, la vejez, el microcosmos, lo femenino y lo masculino. Círculos, óvalos, triángulos, líneas y espirales que le habían sido dictadas a Hilma durante sus sesiones de Las Cinco y que había pintado sin repasar luego y sin planificar antes. Los colores eran pasteles, diferentes a los elegidos por los pintores abstractos que aparecieron más tarde.

En su momento, ya residente en Suiza y miembro de la Sociedad Teosófica a la que la había llevado su amigo Rudolf Steiner, Hilma le había encargado a un joven pariente que guardara toda su obra abstracta en una casa familiar de su pueblo natal y le hizo firmar unos papeles por los que se comprometía a no hacerla pública hasta veinte años después de su muerte porque “nadie la entendería”. Con el paso del tiempo llegaron nuevos dueños a esa granja, y se encontraron con esos embalajes que les molestaban. Como vieron que se trataba de pinturas antiguas, las llevaron al Museo, que tardó otros años en ocuparse de averiguar qué contenían.

Con más de ochenta años, un día de 1944 salió a la calle y fue atropellada. Ese mismo año murieron, mucho más jóvenes que ella, Kandisky, Mondian y Munch.

11 de junio de 2022

Publicado enCultura
Eduardo Esparza, sin título (Cortesía del autor)

El pasado 10 de diciembre el Premio Nobel de Literatura cumplió 120 años. El primero en recibirlo fue –1901– el francés Sully Prudhomme y el más reciente ganador (2021) fue Abdulrazak Gurnah (Tanzania, 1948). A lo largo de estos años ha sido otorgado a 118 escritores (102 hombres y 16 mujeres) y, su entrega solamente ha sido suspendida entre 1940 y 1943 debido a la Segunda Guerra Mundial. El país más premiado ha sido Francia (15 veces), seguido por Estados Unidos de América (12), Reino Unido (11) y Alemania (8). Esto significa, entre muchas otras cosas, que el francés, el inglés y el alemán son los idiomas a través de los cuales, a juicio de los jurados, se ha expresado lo mejor del arte “universal” hecho con palabras.


Como era de esperar, con 120 años de historia, el premio más prestigioso no ha estado exento de controversias. Para algunos, este premio representa el triunfo de la industria editorial capitalista sobre el genio literario del autor o de la autora, el contubernio entre genio creativo e interés de lucro mediante la programación de lectores por la vía del creciente y cada vez más intensivo mercadeo global, un culto radical al individualismo artístico, o un verdadero reconocimiento a las y los mejores, una hoja de ruta para perseguir las huellas de nuestras maneras de echarnos cuentos, entre otras menores y mayores polémicas.


Por ejemplo, no hay que olvidar que en 1964 el ganador del premio lo rechazó porque no quería que su palabra escrita fuera “institucionalizada”, ni tampoco quería “presionar” a sus lectores. Se trataba nada más y nada menos que del filósofo francés Jean-Paul Sartre. Tampoco hay que olvidar que cuando en 2016 el turno le correspondió al músico estadounidense Bob Dylan, él mismo, quien además no asistió a la ceremonia de premiación aduciendo problemas de salud, manifestó irónicamente que sus posibilidades de ganar eran tan escasas como poner “un pie en la luna”. De hecho, cuando se conoció la noticia, muchas personas en América Latina vaticinaron que si a Dylan le habían otorgado el Premio Nobel de Literatura, no tardaría mucho en pasar lo mismo con Rubén Blades. La mujer de mayor edad en recibirlo hasta hoy ha sido Doris Lessing, una de los íconos del feminismo británico, quien al ser laureada (2007) contaba con 88 años de edad, y tampoco asistió a la ceremonia de premiación bajo el mismo argumento esgrimido por Dylan. Lo más paradójico de este último caso es que la misma Lessing se desescolarizó por voluntad propia cuando contaba con 13 años, y, además, ella nunca creyó en la educación institucional y formal como una opción legítima para aprender sobre sí misma y los demás, sobre todo para aportarle algo al mundo. Una creencia que, como era de suponer, puso en jaque al oficio de algunos de sus seguidores, sobre todo entre aquellas personas que han dedicado su vida a enseñar literatura en centros educativos para niños, niñas, adolescentes y jóvenes universitarios de pregrado o posgrado.


Entre todas las polémicas desatadas desde 1901, y partiendo por reconocer la pertinencia del Nobel de Literatura, desde el reconocimiento de la opción por el proceder desescolarizado y desescolarizante de personas que, como Lessing, no le dieron crédito a ningún centro de educación de baja o alta calidad, ni a las asignaturas de literatura, ni mucho menos a los maestros y maestras dedicados a su enseñanza, dos pregutas: 1) ¿Por qué –sin desconocer las críticas que se le hacen– hay que seguir defendiendo al Premio Nobel de Literatura? 2) ¿Cómo deberíamos leer literatura, es decir, arte hecho con palabras? (¿Hay algún manual de lectura?).


Si bien desde una actitud desescolarizada y desescolarizante hay una plétora de razones para defender la existencia de este premio, importante resaltar la más evidente: como tal, este premio permite acceder a un inventario de autores, autoras y obras de manera más o menos libre en relación con los currículos institucionalizados, más o menos pública en cuanto a que ni siquiera en China se puede ocultar o censurar este listado para la ciudadanía en general y más o menos gratuita en términos monetarios. En esta vía, recuerdo al viejo Noé (q.e.p.d.), a quien conocí en el Pacífico colombiano. Noé aprendió a leer y a escribir en 1999, a los 50 años de edad, gracias a que su nieto Fidel, quien apenas contaba con 16, decidió dedicar dos horas de sus días, durante un año, a motivar a su abuelo a aprender el abecedario y con ello abrir con sus propias manos las puertas de la literatura. Conocí a Noé en el año 2010, mientras mis pasos me llevaban por los territorios negros de Chocó en pos de un trabajo de campo y él, con orgullo, me contó que estaba leyendo, en orden (del más antiguo al más reciente), al menos algún fragmento de los premios Nobel, empezando por la traducción al español de algunos apartes de la obra de Prudhomme. “Voy leyendo Nobel por Nobel”, me dijo con la misma sonrisa orgullosa que alegraba su rostro cuando hablaba acerca de, o se refería a su nieto Fidel. Desde entonces, con algunos y algunas colegas, solemos referirnos al Premio Nobel de Literatura como “el método de Noé”.


Como Noé antes de 1999, según los datos más recientes (de 2015) del Instituto de Estadística de la Unesco (IEU), “cerca del 84% de la población mundial adulta sabe leer y escribir. Esto representa un aumento de un 8 por ciento desde 1990, pero deja todavía a alrededor de 774 millones de adultos analfabetos […]. La mayor parte de adultos analfabetos vive en Asia occidental y meridional y en el África subsahariana. Dos tercios de ellos son mujeres”. Noé murió en 2021, a los 72 años, en el contexto de la pandemia por covid-19. Ignoro cuántas millas de literatura premiada alcanzó a saborear, pero sí sé que se sentía orgulloso, como negro, del Nobel que le fue otorgado en 1986 a Wole Soyinka, el primer africano marcado con el sello de Alfred Nobel.


De otra parte, ¿hay algún manual para leer a un/una premio Nobel? Al respecto, recuerdo que alguna vez un maestro me habló de la diferencia que, según él, estableció Julio Cortázar entre “el lector macho y el lector hembra” (ya el sexismo en la frase me generó sospecha). Nunca corregí a mi maestro de su error porque la vida no nos dio la oportunidad, sobre todo porque años después sí encontré lo que exactamente quería decir Cortázar. Lo dijo en 1980 en el marco de una entrevista que le realizó la profesora peruana, emérita, Sara Castro-Klaren, quien por entonces trabajaba para el Department of Romance Languages and Literature del Darmouth College en Estados Unidos de América. En la conversación, la profesora Sara le preguntó a Cortázar lo siguiente: “¿Existiría algún paralelo entre el lector macho, es decir, edificador de un orden, con el escritor capaz de destruir la literatura para conseguir desde ahí elaborar una nueva obra? ¿Qué tipo de lector (hembra/macho) eres tú, digamos, al leer Don Quijote…?”


A mi juicio, la respuesta de Cortázar fue mejor imposible, como decimos coloquialmente en Bogotá: “No comprendo demasiado esa referencia a un posible paralelo entre un lector macho, es decir, edificador de un orden según vos, con el escritor capaz de destruir la literatura para conseguir desde allí elaborar una nueva obra. Creo que estás mezclando elementos heterogéneos. En todo caso no lo comprendo demasiado. En la frase siguiente cuando me preguntás qué tipo de lector si lector hembra o lector macho era yo cuando leía una serie de libros que citás empezando por Don Quijote, te diré que yo como lector no tengo nunca una actitud agresiva que parecería a priori ser el signo de la virilidad, del machismo. Aunque todo esto, sabemos muy bien que es un juego muy relativo. Mi conducta de lector, tanto en mi juventud como en la actualidad, es profundamente humilde. Es decir, te va a parecer quizá ingenuo y tonto, pero cuando yo abro un libro lo abro como puedo abrir un paquete de chocolate, o entrar en el cine, o llegar por primera vez a la cama de una mujer que deseo; es decir, es una sensación de esperanza, de felicidad anticipada, de que todo va a ser bello, de que todo va a ser hermoso. No tengo ninguna prevención previa […]. Me alegro de que cuando abro un libro lo abro como una especie de premonición de goce, de que todo va a estar bien. Y, claro, si las cosas no salen así, bueno, abandono el libro o lo termino con una cierta decepción”.


En la misma línea de inspiración que traza la respuesta que Cortázar le dio a la profesora Sara en 1980, hasta aquí, como lo comprenderá el lector, frente a la segunda pregunta formulada es indispensable resaltar que no hay un manual ni para leer a un/una premio Nobel de literatura en particular, ni para leer literatura en general y, sobre todo, no es deseable que exista. Como en el amor, en la vida, ante la muerte, ante la crisis, no hay una fórmula mágica para amar, vivir, asumir la muerte o enfrentar las crisis. Leer literatura es como tocar a la puerta del lugar en el que vive una persona desconocida. Si te abren la puerta, sugiero que te presentes y que le pidas a esa persona que se presente también. Luego, si deciden conversar (en la puerta o más hacia el interior del lugar), como en cualquier diálogo es posible que te resulte agradable o desagradable, pero eso ya lo podrás juzgar luego de un tiempo, o ahí mismo y con base en la experiencia. Sin embargo, lo importante, lo preocupante es que puedas al menos tocar a la puerta. Por eso, quizás, el único manual para leer a un/una premio Nobel es poder saber leer y escribir y, la verdad, por esta razón es un escándalo que el 16 por ciento de la población mundial no pueda hacerlo, y que las más perjudicadas por esto sean las mujeres y, entre ellas, las mujeres asiáticas y africanas. De lo cual se deriva otro escándalo, y no menor: ¿quiénes pueden además acceder a Internet y quiénes no? Sobre todo porque hoy no es suficiente con leer, sino que también se requiere con urgencia que todas y todos podamos acceder a la posibilidad de hacerlo a través de las autopistas de información que hoy nos ofrecen las tecnologías. Por eso duele que desde los fondos públicos o bien no se invierta en ese acceso, o se malversen los recursos destinados a ello. En el manual para leer a un/una premio Nobel de literatura el primer paso es esforzarnos en conseguir un Fidel para cada Noé.


Coda: entre diciembre de 2021 y enero de 2022 pude leer la novela Paraíso, escrita por el más reciente premio Nobel de literatura. Solo tengo unas pocas recomendaciones: ojalá cada lector o lectora que pueda leer y, además, pueda acceder a Internet, no deje de buscar las palabras en suajili o en árabe que por allí se mencionan, pero, además, no deje de investigar los nombres de los lugares, de los paisajes, de la comida, de los vestidos, de las religiones que allí figuran. Y tenga en cuenta dos cosas más, por favor: no compare a Gurnah con nadie más (cada autor o autora es único, única) y sepa usted que está ante el arte hecho con palabras del segundo hombre negro en recibir el premio más codiciado del mundo erudito.

 

*Director de la Fundación Sujetos en Luto, “porque todos y todas hemos perdido algo o a alguien”

 

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En fotos, inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing 2022

 

Una cuenta atrás de dos minutos y un espectáculo de fuegos artificiales iniciaron el acto.
Foto: EFE

 

El presidente chino, Xi Jinping, declaró hoy, 4 de febrero de 2022, inaugurados los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing 2022 con una intervención en la ceremonia de apertura del evento, celebrado en el Estadio Nacional, conocido popularmente como “el Nido”.

“Declaro el inicio de los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing 2022”, dijo Xi durante la ceremonia, que tuvo lugar ante una reducida presencia de dignatarios extranjeros.

Una cuenta atrás de dos minutos y un espectáculo de fuegos artificiales iniciaron el acto, una alegoría del comienzo de la primavera tal y como marca el primer día del calendario lunar chino, que se celebró esta misma semana.

 

Los deportistas chinos Dinigeer Yilamujiang y Zhao Jiawen.
Foto: AP

 

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, aplaude durante la inauguración de los Juegos Olimpicos de Invierno de Beijing 2022.
Foto: AP

 

El equipo de China llega durante la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022.
Foto: AP

 

Arrancan los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing 2022. Foto: EFE

 

Los Juegos están marcados por las estrictas medidas de prevención por la pandemia.
Foto: EFE

 

Thomas Bach y Xi Jinping.
Foto: AP

 

Una cuenta atrás de dos minutos y un espectáculo de fuegos artificiales iniciaron el acto.
Foto: EFE

 

Los actores actúan durante la Ceremonia de Apertura de los Juegos Olímpicos de Beijing 2022 en el Estadio Nacional, también conocido como Nido de Pájaro.
Foto: EFE

 

El espectáculo inaugural de los Juegos se dividió en 15 segmentos.
Foto: EFE

 

Las banderas de los Juegos Olímpicos y China.
Foto: EFE

 

En total, 3,000 atletas tomarán parte en los XXIV Juegos Olímpicos de invierno.
Foto: EFE

 

(Tomado de Televisa News)

Publicado enFotorreportajes
La actualidad de una perturbadora película que hizo historia. Una mirada psi sobre La Naranja Mecánica

La crueldad humana, la violencia institucional, las libertades individuales, la pretensión de anular la subjetividad: a 50 años, el film de Stanley Kubrick sobre la novela de Anthony Burgess mantiene una inusitada vigencia.

El pasado 20 de diciembre se cumplieron 50 años del estreno de La naranja mecánica en Estados Unidos. Como en 1971 la Argentina estaba bajo la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse, el Ente de Calificación Cinematográfica prohibió su exhibición en el país y recién pudo verse en las pantallas nacionales desde el 25 de julio de 1985, ya en democracia. Desde el momento de su estreno, el film de mayor impacto mundial del director estadounidense --nacionalizado británico-- Stanley Kubrick fue motivo de análisis con opiniones a favor y en contra, aunque siempre quedó claro que se trata de una historia ficcional, pero con elementos muy perturbadores que se relacionan con la manipulación psicológica. Basado en la novela homónima del escritor Anthony Burgess (publicada casi diez años antes que el film, en 1962), La naranja mecánica es una película ineludible para debatir desde una mirada psi.


“Alex, el personaje de La naranja mecánica, funda su ética en la máxima de goce del marqués de Sade. Es decir, edifica sus acciones y las de sus drugos (los jóvenes que integran la banda criminal que comanda Alex) en una forma del mal que le genera, sin embargo, un inquietante bienestar”, plantea Juan Jorge Michel Fariña, profesor titular de la asignatura Psicología, Etica y Derechos Humanos de la Facultad de Psicología de la UBA. Vale recordar que cuando Alex cae en la trampa que le tienden sus secuaces, es enviado a prisión y acepta ser conejillo de Indias de un método psicológico experimental, denominado “Ludovico”, que tiene la característica de suprimir la voluntad de delinquir y el deseo sexual (los jóvenes violaban en manada). “Cuando Alex es apresado y sometido al tratamiento Ludovico, nos encontramos con el reverso de esta máxima sadeana, ahora ejercida por la ciencia. Podemos decir que el programa de rehabilitación ejerce el bien en el mal, es decir, en nombre de un bien supremo (la curación, la rehabilitación) somete al sujeto a las peores vejaciones. Esta dialéctica kantiano-sadeana entre el mal en el bien y el bien en el mal, formalizada por Lacan en 1966, es un hallazgo de la novela de Burgess, publicada en 1962. Y por cierto una de las cuestiones analíticas más potentes de la película de Kubrick. Aquí la referencia insoslayable es el libro de Eduardo Laso Ética y malestar”, agrega Michel Fariña.


La representación de la violencia


Fabián Naparstek es profesor titular de la cátedra Psicopatología de la Facultad de Psicología de la UBA, Doctorado Mención en Psicoanálisis y miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Según su mirada, en La naranja mecánica la violencia “está caracterizada por lo que uno podría llamar una persona que tiene una satisfacción gozosa en la violencia; es decir, que no puede frenar de encontrar una satisfacción en la violencia misma”. Para Naparstek no es la violencia en términos de lograr un objetivo mayor o la violencia para un fin último determinado sino que la violencia es una satisfacción en sí misma. “Lo que surge es cómo tratar ese tipo de violencia. Por supuesto lo hace con una crítica muy especial a la sociedad de la época, con una familia que pareciera ser tipo pero que va mostrando ciertos conflictos en lo familiar”.


"En tiempos actuales se trata de omitir lo que es la violencia. En otras épocas, de distintas formas, la violencia era la partera de la historia. Lo que pone de manifiesto La naranja mecánica es el no ocultar la violencia”, entiende el psicoanalista César Hazaki, autor de Modo Cyborg. Niños, adolescentes y familias en un mundo virtual, entre otras publicaciones. Para Hazaki, el film exacerba la violencia. "La sociedad trata de sacar la violencia que este muchacho tiene y lo que hace es lanzar un indefenso a la vida, alguien a quien lo van a matar. El tipo no era un muchachito sencillito, pero con la ilusión de sacar la violencia --violencia como los modos agresivos que cada uno tiene para defenderse en la vida-- lo que hacen es mostrar un ser humano endeble, que no puede sostener una vida comunitaria", afirma el psicoanalista.


El psiquiatra y psicoanalista Jorge Schvartzman, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA) ve a La naranja mecánica como una película revolucionaria, sobre todo por cómo trató el tema de la violencia. “Se difundió como una película que tiene que ver con la violencia y la ultraviolencia. Yo pienso que es una película que tiene más que ver con la crueldad que con la violencia. Quiero decir con esto que la violencia habla de violentar al otro, de hacer algo contra el otro”, subraya. Según Schvartzman, Alex, el personaje principal, y toda la banda que lo acompaña, en realidad, “son crueles”. Y establece una diferenciación entre violencia y crueldad. “Tiene características diferentes. Hay un placer, un disfrute, una erotización en el daño del otro, que es algo diferente. En el fondo, estamos hablando de diferentes maneras de agresión. Podemos entender que existe la ira, podemos pensar que existe la violencia, pero la crueldad entra en otra característica”.


Autor de Pasiones en tiempos de cine y La Shoa en tiempos de cine, el psicoanalista Hugo Dvoskin comparte públicamente su propia visión: "Una idea que aparece es la banalidad del bien, la creencia de que la gente se cura y el bien le va a volver. Otra idea es la no banalidad del mal. Es interesante que haya quedado como una especie de crítica social”, explica Dvoskin. Según este analista, La naranja mecánica se puede dividir en tres momentos: “El momento en el que él se llama Alexander, el momento en que él tiene un número y el momento en que él ya no es ni un número ni Alexander. En principio, esta violencia es la de un sujeto probablemente con diagnóstico de perversión. Después, tenemos la película donde él tiene un número, donde está la crítica social a los sistemas penitenciarios. Y luego, la tercera parte es que el sujeto perverso es usado por la política para sus intereses. Tenemos tres temas que son nuestra impotencia con la perversión, la crítica a los sistemas sociales y una crítica demasiado liviana al conductismo”, sostiene Dvoskin.


Terapias y violencias


La técnica o método Ludovico es una creación ficcional de la novela y del film, una terapia de aversión “que va desde el reflejo pavloviano hacia el ‘condicionamiento operante’ de Skinner”, sostiene Michel Fariña. “Es una crítica de Burgess, tanto a la psicología soviética del primer tercio del siglo XX, como a la psicología norteamericana de los años ‘40. En la ironía del film, a través de este recurso, un Estado todopoderoso transforma en desecho a un sujeto violento”, completa Michel Fariña. “Ese método pavloviano, conductista, es lo que usan en la película. Hay una crítica al abuso de las instituciones sobre las personas, donde las convierten en objetos. Y tiene que ver también con un ideal de la ciencia: de poder transformar a la persona. Esa persona con crueldad se transformó en alguien indefenso. En teoría lo curaron”, expresa Schvartzman. Es que para este psiquiatra y psicoanalista la ciencia es capaz de anular la condición de sujeto: "El psicoanálisis se opone a determinados preceptos de la ciencia. Y para esto tengo que hablar de la psicofarmacología, que sirve como elemento de control social. Pasando de lo que estamos viendo en la película a la actualidad hay una línea científica, psiquiátrica, que tiene que ver con que todos tenemos que ser felices, no podemos enojarnos, no podemos deprimirnos, gracias a la psicofarmacología. Tiene que ver con cierto control social y evitar la subjetividad", asegura Schvartzman.


Naparstek se detiene en un punto crucial que se desprende de La naranja mecánica acerca del debate no solamente de la psiquiatría sino de todo tipo de psicoterapia llegando hasta hoy también: “Si tenemos una terapia adaptativa o que intenta condicionar la adaptación del individuo a ciertas normas de lo social, o una terapia que apunta a lo singular y cómo cada uno puede encontrar una solución a los propios problemas”, destaca. Vale recordar que en la ficción el tratamiento en fase experimental pretendía rehabilitar a los criminales en tiempo récord, eliminando sus impulsos a través del condicionamiento psicológico.


“Es una técnica comportamental que muestra su propia violencia cuando se violenta la singularidad del sujeto, con dos aristas que me parecen centrales. Una arista es propiamente ética. En la película se plantea un debate: se intenta transformar a ese personaje en alguien bueno. Entonces, lo que se plantea es que si la bondad se escoge, puede estar bien, pero si alguien deja de ser libre, la bondad deja de ser buena. Esto se plantea en la película como un debate ético, es interesante cómo plantea la cuestión”, señala Naparstek, quien está totalmente en contra de ese tipo de terapias. “Más bien en lo que a mí respecta, se apunta a una terapia donde cada sujeto singular pueda encontrar su propia solución sin dejar de tener en cuenta que, por lo menos desde la perspectiva del psicoanálisis, la solución no es sin el otro. No es una solución aislada. Es con el otro, pero una solución singular”. La otra cuestión es la eficacia del otro tipo de terapéutica que hoy en día todavía está en discusión: si son eficaces o no. “Ahí se plantea una terapia rápida, también respecto de los costos porque hay una cuestión con tener a una persona tanto tiempo en la cárcel: ‘Lo curamos en un mes y el Estado ya no gasta más dinero en esa persona y además está totalmente adaptada’. Lo cual muestra el fracaso total”, expresa Naparstek.


Ética vs Ciencia


Los científicos dicen en la ficción que la droga que le inyectan al protagonista para que vea las imágenes violentas en pantalla sin permitirle cerrar los ojos provoca parálisis y terror, dejando al paciente más vulnerable a las sugestiones de condicionamiento. En ese sentido, La naranja mecánica también establece una crítica fuerte a la ética científica. El propio Kubrick dijo que la película reflexiona sobre los maleficios del condicionamiento psicológico en manos de un gobierno autoritario que tiene la oportunidad de formar las mentes de los ciudadanos.


El método Ludovico no cura a nadie sino que suprime la voluntad de delinquir y el deseo sexual. En eso radica la tortura psicológica contra Alex. "Si a una persona le quitan los deseos, ¿qué queda? La deshumanizan. La famosa lobotomía acá no haría falta, pero va en la misma dirección. Atontar a una personas a través de metodologías de condicionamiento es una tortura", sostiene Hazaki. ¿Esto lleva al espectador a identificarse con el personaje? “El personaje, que es cruel, cuando es torturado psicológicamente, a los espectadores les daba lástima. Donde hay una tortura física hay tortura psicológica. Yo también remarcaría que ahí el ideal de la ciencia es suprimir la subjetividad, lo que es cada uno. Es una anulación de las características personales", entiende Schvartzman.


De acuerdo a este psiquiatra y psicoanalista, La naranja mecánica plantea un dilema moral para el espectador. “Por eso también es revulsiva porque, por un lado, te dan determinada pena estas personas que ejercen la crueldad. Y hasta lo presenta en determinadas escenas, como las de violación con la música de ‘Cantando bajo la lluvia’. Te confunde: algo que es horroroso, Kubrick lo transforma en otro tipo de cosa. Por eso es tan revulsivo. Trata la agresión, la violencia y la crueldad de una manera totalmente diferente hasta ese momento".


Según Dvoskin, uno de los problemas es que La naranja mecánica intenta hacer una crítica al conductismo, pero “lo sostiene bastante porque el conductismo logra detenerlo a él, es efectivo”. “Es una crítica moral, no una crítica científica. Logran hacer lo que quieren: que él tenga aversión de la violencia. La película es una crítica casi favorable al conductismo. Mientras está él como Alexander se nota lo que es un sujeto perverso y los problemas que nosotros tenemos es ver qué hacemos con eso, porque tenemos problemas tanto para sancionarlo como para la reintegración social. Parece que en la película eso no va a ser tan sencillo”, sostiene el psicoanalista.


Dvoskin insiste en que La naranja mecánica pretende establecer una crítica a la ética científica “pero el resultado es que el método es efectivo. Entonces, es como una especie de boomerang. Dice: está mal hacerlo pero no hay otra que hacer que esto. Ahora, si no hay otra cosa para hacer, es lo que hay que hacer. Ese es el problema que tiene la película", según afirma. Schvartzman observa claramente una crítica a la ética científica. “A la película la podríamos tomar sobre todo desde dos perspectivas: quién es Alex, el tema de la crueldad, el porqué de la crueldad, pero por otro lado, que es fundamental, el rol de las instituciones sociales, el rol de dominación. En un momento de la película, aparece el ministro del Interior. Y yo creo que alude al Tercer Reich. Acá hay algo que alude y tiene mucho que ver con el nazismo, con la dominación que intentó hacer el nazismo. El nazismo empezó con el tema de las drogas y dominación social. Yo creo que cuando aparece ese ministro del Interior está aludiendo a ese tipo de régimen”, comenta Schvartzman. “Las dos perspectivas que podemos tomar en esta película son el rol del Estado, lo que intenta y, por otro lado, quiénes son estos personajes. Es muy interesante la película y revolucionaria por cómo está hecha: la crueldad termina siendo atractiva", cierra Schvartzman.


Apocalípticos e integrados


“Como lo ha sugerido el psicoanalista Rolando Karothy, la jerga naidsat, creada por Burgess y utilizada en la película, que mezcla el habla coloquial de los jóvenes rusos con el dialecto cockney londinense, tiene una función clara: la identificación de Alex a un grupo del que quedamos excluidos”, dice Michel Fariña. Esto es importante para el psicoanalista porque también en este punto la película se anticipa al concepto de segregación tal como se lo entiende en psicoanálisis. “Es decir, que toda fraternidad supone la segregación. Alex y sus drugos hacen fraternidad, al decir de Lacan, están ‘separados juntos’, separados del resto”, expresa Michel Fariña. “En ese sentido, La naranja mecánica retoma la tradición de las novelas distópicas británicas de los años ‘30 y ‘40 del siglo pasado, como 1984, de George Orwell, o Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Pero frente a ellas, la propuesta psicoanalítica se distingue de la historiografía o la crítica literaria”.


La crítica de la emblemática película de Stanley Kubrick es al trato a las personas desde la misma perspectiva mecanicista e instrumental que el título de la película sugiere: casi como una naranja mecánica, la idea es robotizar al ser humano. Cincuenta años después, puede asegurarse que, a pesar de los intentos y del avance de las prácticas tecnológicas, los seres humanos siguen teniendo corazón. Como decía Eduardo Galeano, son sentipensantes.

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Viernes, 05 Noviembre 2021 05:52

Resonancias

Resonancias

Émile Zola fue muy conocido en el último tercio del siglo XIX; sus novelas fueron traducidas y publicadas en muchos países, incluso en la Argentina, donde influyó mucho en los escritores que comenzaban a observar lo que pasaba en la sociedad y no poseían todavía los instrumentos para manejarlos con voces propias. Eugenio Cambaceres lo tuvo en cuenta y su presencia llega hasta Manuel Gálvez unos años después: su novela Naná es modelo de El mal metafísico y seguramente de otros textos pero, además, el hecho de que defendiera (J’accuse) al injustamente encarcelado Deyfuss, lo convirtió en referencia constante de la responsabilidad de los intelectuales. Quizás la “Carta de un escritor a la Junta Militar”, de Rodolfo Walsh, está en esa línea. Debe haber mucho más.

Como lo saben quiénes han leído las novelas de Zola, su propósito narrativo era mostrar -–denunciar-- a través de la historia de una familia y sus diferentes expresiones individuales, los vicios y aberraciones, siguiendo las prescripciones del triunfante “naturalismo”, de la sociedad francesa durante el llamado “Segundo Imperio”, la Francia industrializada y colonialista, la locura en sus diferentes manifestaciones, los fracasos de las tentativas de una vida posible, quizás con restos del idealismo romántico que el arrollador capitalismo destruía implacablemente y por los más diversos medios. Cada novela los va registrando y son muchas: Zola, como Balzac y Suè, era infatigable, las novelas salían una tras otra, sin descanso. Una de ellas, La obra, creo que de las últimas de la serie, se diferencia en parte del conjunto, se presenta en ella un mundo muy particular, el del arte, donde estaban pasando muchas cosas, el impresionismo en primer lugar, y se insinuaban los lineamientos de las vanguardias.

Es la historia de un pintor de extraordinario talento pero que, tal vez, porque arrastra estigmas hereditarios, no consigue hacerse ver ni escuchar, su existencia es una cadena de dolorosos fracasos, pocos comprenden lo avanzado de su propuesta pictórica, los colegas lo ignoran y la Academia rechaza sus temáticas que son de una audacia sin igual. En especial, su obra maestra: un grupo de hombres, pintores se supone que son, están en un prado sentados en el suelo rodeando con curiosidad a una mujer desnuda, junto a un mantel extendido en el pasto. Ignorado, el pintor termina por morir pobre, enfermo, despreciado. Una escena final de la novela me pareció muy potente y no dejo de recordarla: cuando se procede a su sepelio, sólo dos amigos acompañan el coche fúnebre; dialogan y uno de ellos, melancólicamente, dice más o menos esto: “creímos que la ciencia salvaría a la humanidad pero, al final del camino, al terminar el siglo, la religión ha regresado con toda su fuerza”. ¿Estamos en lo mismo ahora, regresa la religión o las creencias o el sin sentido y la ciencia está arrinconada y la cultura apagada? Espero que en América Latina eso no suceda y estemos a punto de recuperar una fuerza que parecía haberse apagado precisamente con el incomprensible triunfo de las derechas que si no en nombre de la religión, se impusieron seguramente en el del irracionalismo, ver nomás a los Bolsonaros, Macris, Morenos, Añez, Trump, hoy quizás durmiendo el sueño de los canallas.

Pero si bien esa cuestión, razón versus creencias, no cesa de plantearse y parece ser un núcleo de las idas y vueltas que sufren nuestros países, y bien valdría la pena no dejarla de lado, la novela propone al mismo tiempo una cuestión que tiene su importancia: la suerte del pintor y su menospreciada obra. Cuando salió la novela, Cézanne se disgustó: creyó que Zola se había referido a él. No tenía motivos para creerlo porque era bastante evidente que no se tratabade él ni del pintor Edouard Manet sino de su cuadro, “Le déjeuner sur l’herbe” (“El almuerzo campestre”). Zola recreó, ficcionalmente, al desdichado pintor siguiendo su filosofía del fracaso y lo ligó, no con Manet, su autor, sino con la suerte que tuvo el cuadro, rechazado por el Salon y objeto hasta de burlas y escasos reconocimientos: el mismo tema, casi la misma composición le brindó el éxito, poco tiempo después, a otros pintores, a Monet y a Renoir, creo.

En este punto me desvío, dejo a Zola, y voy yendo a lo que más me interesa: Manet también fue rechazado por otra obra, célebre a posteriori, “Olympia”; una mujer desnuda, tendida en un lecho y asistida por una mujer negra. Cuando la mostró una oleada de burlas y de insultos cayeron sobre él. ¿Se habrá deprimido? Es probable pero, con el tiempo, las lecturas que se hicieron fueron siendo consagratorias, críticos de arte y escritores formularon interpretaciones, la obra está y queda, forma parte de un reducido elenco que compone un museo quintaesenciado, el “museo de la pintura” propiamente dicha, que alberga las obras más sobresalientes que se pudieron haber pintado en todos los tiempos. Vale la pena detenerse en ella y lo que muestra.

Desnuda, por cierto, pero como algo indiferente a lo que implicaría la desnudez, o sea indefensión, sexualidad, provocación, tantas cosas que busca la mirada en la desnudez femenina. El cuerpo se extiende, es una gran llanura que va del cuello hasta los tobillos, todo es de una naturalidad tranquila, no hay nada de violento ni de perturbador, salvo, precisamente eso, perturba esa calma, obliga a comprenderla. El desnudo es el gran desafío al que casi todos los pintores responden, tal vez busquen en esas figuras femeninas la gran respuesta sobre lo esencialmente humano. No lo sé y no lo afirmo pero sí me parece ver en ese gesto una actitud metafísica, un incontenible deseo de saber lo que se ignora, la gran falta.

Pero no es sólo eso, es algo más poderoso, difícil de poner en palabras: siento una muda resonancia que brota de ese cuerpo pintado, no importa si es fiel a un modelo o no, es real en la prisión de la tela, no importa si representa a un ser de carne y hueso o sitúa su belleza en una esfera ideal. En esa resonancia, me atrevo a decirlo, descansa lo que significa no la figura y su desafío, técnico u obediente a normas y exigencias, sino la pintura misma, en sí misma, y que es lo que la justifica, así como justifica esas obras que componen el museo al que me referí líneas arriba. Y eso, por contraste, me permite comprender aquellas que no la emiten y que, más que muda resonancia, exhalan sorda vibración.

Se diría que la resonancia es todo y es nada o, mejor dicho, es generada desde un lugar y por determinados medios: una mano que maneja pinceles y colores, una textura sobre la que se va cubriendo, formas que van brotando y que pueden tener todos los orígenes que se quieran pero cobra identidad y existencia una vez concluidas. No (me) importa si lo que resulta se coloca en determinado estante, realismo o fantástico o abstracto, lo que me importa es la resonancia que se puede percibir, afinando el oído, en lo obtenido que, a su vez, conduce a otra parte, me gustaría designar ese lugar como “significación”, vehículo, además, de lo que es el “reino de este mundo”. 

Por esa soberana razón es claro que no se trata sólo y únicamente de la pintura sino de lo que emerge de cualquier manifestación humana, empezando por la poesía --un verso iluminado resuena--, por la música más allá de los sonidos, de las llamaradas discursivas, de las declaraciones más íntimas; por contraste, cuando no hay resonancia es que no hay significación y, en consecuencia, todo se disipa en la niebla de la inutilidad. La resonancia está en el convencimiento y en la memoria, en la credibilidad y la persuasión. Sin eso, creo, o sea si no se produce o si no se percibe cuando se produjo, la sociedad chapotea en el fango, no queda sino perdurar y esperar que alguna resonancia seque el pantano y todo empiece a palpitar. 

5 de noviembre de 2021

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Jari Schroderus, https://www.flickr.com/photos/shadows_and_light/

Cuando se suplican las migajas que puede arrojarle el poder estatal se claudica la función que le corresponde en la sociedad.

 

De niño venía de vacaciones a la helada Bogotá a casa de mi abuela paterna, una anciana rezandera que tenía en una esquina de su habitación un altar adornado con imágenes de santos y veladoras peligrosamente encendidas. El piso era de madera y la habitación rezumaba un vaho asfixiante aumentado por la abundancia de colchas y cortinas y ruanas y ropa sobre las sillas y la cama. En mis ingenuos ocho años, ajeno a tanto vapor celestial pero lleno de curiosidad, pregunté a la venerable señora, encorvada y arrugadas sus manos y rostro: “Abuelita, quiero ir a cielo, deseo conocerlo y estar allí, ver cómo es”. Ella guardó silencio y dijo, momentos después, sin mirarme y mientras encendía de nuevo una veladora. “Para ir al cielo, primero hay que morirse”. Protesté, supliqué: “Pero no quiero morir todavía”. “Entonces no puedes conocer al cielo aún”. Y quedó murmurando una letanía en latín indescifrable para mí. Al cabo de unos minutos volvió a decir algo, que desde entonces siempre retumba en mis oídos: “No se puede tener lo mejor de dos mundos a la vez.”

Volví a recordar esa sentencia hace unos días cuando un colega me buscó afanosamente con el fin de suscribir una carta de protesta y solidaridad con algunos escritores que se sintieron ignorados al no haber recibido invitación a un evento internacional. “Debemos unirnos frente a este abuso, No es posible que sólo inviten a los amigos del gobierno y que dejen a algunos de sus críticos por fuera”, decía la misiva. “Eso es coartar la libertad de expresión” concluía la carta. Me negué a hacerlo. Durante los siguientes días las redes sociales y columnas de opinión se poblaron de voces indignadas de un sector de la intelectualidad nacional. Además, la polémica fue sazonada por declaraciones del embajador colombiano que intentó justificar la decisión del gobierno según si los escritores están a favor, son neutros y o están en contra del gobierno. Los que viajaron fueron, finalmente, los “neutros” y los progobiernistas.

Lo anterior es una página más del anecdotario de la cultura nacional. Sin embargo, la cuestión que permanece abierta es sobre la posición de los intelectuales en el seno de la estructura social. Es un asunto abordado una y otra vez desde cuando Zola lanzó el célebre J’accuse... ! Aun mucho antes, la historia de los intelectuales incómodos para los gobiernos es antigua. Sócrates fue obligado a beber la cicuta por ser una influencia nefasta para la ciudad, en especial, para los jóvenes. El filósofo, fiel a sus principios, prefirió la ponzoña antes de retractarse o tomar el camino del exilio.

A pocos el tema les ha sido extraño. Gramsci, Hobsbawm, Foucault, Blanchot, Chomsky, Eagleton, Anderson, LeGoff, Maldonado, Baumann, Said, entre muchos, han abordado este tema en diversos trabajos Durante buena parte del siglo pasado la discusión giró en torno a si los intelectuales son integrantes de una clase social en sí misma como afirma Benda, o al parecer de Gramsci, estos pertenecen a un grupo social aún más amplio, o como afirma Mannheim, estos trascienden la noción de clase social. Ahora bien, esta misión oscila entre dos extremos. De un lado, los que abogan por un intelectual independiente, que se dedica a producir conocimiento, en principio objetivo, y del otro extremo, aquellos que propenden por un intelectual con compromiso político y en defensa de los sectores más vulnerables de la sociedad.

Más allá de esa discusión, lo cierto es que a los intelectuales siempre se les atribuye un fin, una misión específica en la sociedad, así los límites de la función sean autoimpuestos por ellos mismos, como afirma Baumann. La función no deja de admitir ángulos y perspectivas. Hoy día, el debate original ha perdido fuerza a medida que nuestro mundo se ha vuelto multicultural, complejo, multifocal. La clase social ha dejado de ser una variable discreta. Hoy parece más importante el lugar y el medio de enunciación; así, los canales de comunicación, la academia y las agencias estatales sirven más para encausar la actividad del intelectual en la sociedad del siglo 21.

En años recientes se ha visto en el país, casos como el de la revista Semana, donde escritores, columnistas, caricaturistas se han retirado, por cuenta propia o no, de los medios de comunicación donde escribían debido a presiones de los grupos económicos que controlan la gran prensa. Basta la llamada de un presidente, de un accionista de peso, de un poder influyente para que uno o varios intelectuales abandonen su tribuna. Sus voces gozan de perifoneo siempre y cuando no pisen los callos de quienes los sustentan. Por lo mismo, parece un contrasentido tratar de ejercer unas voz crítica desde un lugar adscrito a una potencia económica, política o social. Aún peor sucede cuando el intelectual acepta la autocensura o la limitación de su independencia por mandato de quien le permite mantener su voz, pero con sordina. Caso de este tipo es el del caricaturista Matador, de El Tiempo, que durante la campaña presidencial anterior, siempre mostró al candidato de derecha (y hoy presidente) como un cerdito sujetado por un lazo de la mano de su jefe, el expresidente Uribe. Bastó que la elección se decidiera para que Matador dejara de mostrar al nuevo presidente de esa manera, seguramente por indicación de los dueños del periódico. Desde entonces, de la original y mordaz figura porcina solo quedan los orificios nasales resaltados. El resto desapareció.

Por lo anterior, el asunto parece no dar pie a confusiones. El intelectual goza de su influencia en la proporción que mantiene su autonomía, su agudeza y sobre todo, su conciencia crítica por fuera de cualquier institucionalidad. Pretender defender un pensamiento crítico desde el interior de una institución que hace parte del sistema hegemónico parece, o bien un contrasentido o, en el mejor de los casos, el borde del abismo de saber que en cualquier momento puede ser silenciado, persuasivamente o a la fuerza. En la misma línea, todo intento de crear una cultura “oficial” a través de instituciones, subvenciones o políticas gubernamentales está condenada al fracaso. Todo gobierno, por más democrático que sea, tiende a suprimir las voces de oposición, y a la vez, busca imponer su particular concepción de lo que debe ser la cultura, la memoria o el pensamiento imperante.
Los intelectuales de izquierda aprendieron esta lección con sangre en la boca, cuando no con la vida, durante el estalinismo. Algunos que vivían extramuros, como en Europa, rompieron sus carnés de afiliación al Partido y terminaron abandonando sus filas. Otros, como Sartre, se vieron en dificultades para defender la ortodoxia y no hacerse los ciegos ante los abusos del totalitarismo soviético y de los países de la cortina de hierro. En la derecha, los intelectuales que pertenecen a la academia o a instituciones dominadas por grupos ecónomos no suelen ser más amplificadores del capital y su ideología. Hay casos insólitos, claro está, como el de Noah Chomsky quien durante décadas logro mantener su pensamiento crítico desde el interior de uno de los bastiones intelectuales del capital, la universidad de MIT. Algunos dicen que se lo permitieron precisamente para justificar su vocación democrática, pero a costa de una estrecha vigilancia y seguimiento.

La prueba de fuego para cualquier intelectual es llegar a vivir y ser parte del tipo de sociedad por la que ha propendido durante años, desde la oposición al régimen imperante. No es infrecuente que esto suceda. Verse de la noche a la mañana, tras un triunfo electoral o revolucionario, en el seno de un gobierno por el que ha postulado sus ideas e inclinaciones. ¿Qué hacer? Es fácil pasar de critico a mandarín, de opositor a oficialista, de asediante a áulico, de radical libre a electrón en órbita del poder. Cuando no es por la vía de la cooptación, es por la absorción orgánica la forma como el poder asimila a los intelectuales incómodos a sus propósitos. Lo difícil es mantener siempre la vocación crítica, la agudeza de observación, la inquebrantable vocación de afirmar lo embarazoso para los gobernantes, lo inconveniente para algunos, lo prohibido o silenciado por el poder.

Por lo anterior, al intelectual no parece quedarle otro lugar que el construido con su independencia. Se trata de defender su locus de enunciación, su postura crítica más allá de cualquier tipo de gobierno que haya atacado o defendido. La vocación profunda de este es la autonomía, la crítica, el pensar libremente sin compromisos o cortapisas, y esto es solo posible desde el extrañamiento de los círculos de poder. De igual forma, la prensa libre, aquella que adopta otra posición para pensar, leer, escribir no acepta subvenciones ni se pliega a afiliaciones que la limiten o condicionen.

Desde esta perspectiva un intento de debate como el que se dio hace unas semanas en torno a los escritores que se sintieron excluidos de una feria del libro internacional es innecesario y superficial. Cuando el intelectual se viste de pordiosero para suplicar las migajas que le puede arrojar el poder estatal, en la forma, por dar un ejemplo, de un viaje al exterior, está claudicando la función que le corresponde. Y cuando este, al igual que el niño que no comprende la línea que separa una vida de la otra, y quiere estar en el cielo y a la vez seguir vivo, cae en el infantilismo mental. No vale la pena sacarlo de ese egocentrismo en que lo sume el sentirse “ignorado” por las esferas del poder.

*Escritor, integrante del consejo de redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

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Foto: "Duoyishu Terraces" de Ryan Tian

Ver el mundo desde arriba es una experiencia metamórfica. Un árbol sin hojas se convierte en una telaraña, un circo se transforma en una caja de dulces, mientras que un campo de cosecha se simplifica en cortes de lino y oro.

Rara vez tenemos la oportunidad de cambiar nuestra perspectiva, pero en el nuevo libro Above the World, destacados fotógrafos aéreos nos invitan a hacer precisamente eso. Las imágenes espectaculares, todas tomadas con cámaras de drones DJI, son una deliciosa fiesta de color, textura y una belleza natural excepcional.

Capturar tanto lo abstracto como lo fáctico es otro atractivo para los fanáticos de los drones. “Lo que encuentro realmente divertido es comparar tomas aéreas de objetos hechos por el hombre con objetos naturales”, dice el fotógrafo y camarógrafo Michael Shainblum, un especialista en time-lapse.

Te dejamos las mejores fotografías capturadas en dron y elegidas por Above the World 2021.

Vea además

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Spencer Tunick se une al rescate del Mar Muerto

Unas 300 personas desnudas, pintadas de blanco, participaron en el proyecto del fotógrafo estadunidense en una zona desértica cerca del lago salado, en Arad, Israel. La reducción paulatina del Mar Muerto se ha agravado debido a que este último país y Jordania han usado el agua para la agricultura o como bebida, a lo que se agrega la acelerada evaporación por el cambio climático. Dijo que usó ese tono en los modelos para evocar la historia bíblica de la esposa de Lot, quien se convirtió en estatua de sal. Foto Afp. Agencias

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Lunes, 11 Octubre 2021 05:12

La estética de todos los días

La estética de todos los días

¿Dónde acaba el artista que presume de serlo y empieza el que prefiere no serlo? ¿Puede un autor renunciar a ser él mismo con un pestañeo, a partir de determinada hora o con determinados clientes?

 

Todos nos hemos preguntado en alguna ocasión de dónde salen los cuadros anodinos que adornan bufetes de abogados, habitaciones de hotel y consultas de dentistas; qué tipo de personas los pintan y en qué mercados se compran y venden sus trabajos. Las marinas apagadas, los retratos urbanos pintorescos, las pastorales bucólicas que solemos ver en oficinas y despachos carecen de personalidad; late casi un misterio en ese anhelo por no expresar nada con la pintura, que sea tan solo un elemento decorativo más, una forma de eludir nuestro horror vacui mientras esperamos con inquietud la lectura de un testamento o un diagnóstico.

Pero, sin duda, los creadores de estos cuadros sí tienen una personalidad, y puede que se hayan cuestionado más de una vez el papel que juegan sus obras en lo que entendemos por práctica artística. No debemos olvidar que, si se recurre a originales de artesanos contemporáneos o a su reproducción masiva es porque resultan más baratos que las reproducciones de cuadros célebres, lo que supone un agravio añadido: estas pinturas no solo están obligadas a ser ruido blanco, si existen es además porque sería más costoso comprar pinturas de verdad.

Se ha escrito mucho sobre el carácter funcional, imitativo y un tanto kitsch de estos cuadros, equivalente al de las imágenes fotográficas de stock y la música de ascensor. Diane Keaton ha adquirido durante años cuadros de payasos que encontraba en hospitales, colegios, domicilios particulares y comercios. En 2002 coordinaba un volumen colectivo,Clown Paintings, en el que ella misma y comediantes amigos como Robin Williams, Whoopi Goldberg, Steve Martin y Woody Allen reflexionaban sobre lo que podía deducirse de figuras tan elocuentes como los payasos a partir de los retratos sin vida, debidos casi siempre a pinceles anónimos, coleccionados por la actriz y directora.

A un nivel más ensayístico, Martin S. Lindauer estima que las pinturas originales producidas en masa constituyen una “estética de todos los días”; un aporte necesario a los escenarios en que desarrollamos nuestras actividades más prosaicas, al tender puentes entre los sentidos del arte elevado y las inquietudes cotidianas. Para Lindauer, “los bodegones lúgubres, las estampas chillonas de niños y payasos, las abstracciones de colores neutros, satisfacen el criterio estético de muchos ciudadanos que no se sienten representados en las obras de arte consideradas como tales por museos y especialistas, que incluso son percibidas como amenazas para la estabilidad psicológica de quien las contempla”.

Estos espectadores, concluye el investigador estadounidense, son ajenos a las nociones canónicas de arte bueno y arte malo. Por razones educativas o ideológicas las desconocen, o recelan de los cánones establecidos por las autoridades culturales. Se limitan a integrar en su campo visual manifestaciones artísticas en las que perciben un hálito popular, cercano, de trazos que podrían llegar a reconocer como suyos, y que no interrumpen su flujo de pensamiento en cuanto a lo que les corresponde hacer en el lugar donde se hallan. A juicio de Lindauer, “nos gusta decir que una imagen vale por mil palabras, pero, en el caso de la estética de todos los días, preferimos que no nos diga nada o, en su defecto, que sea una interlocutora amable”.

Esta idea trae aparejada la de un cierto conformismo político ligado al estético. Hermann Hesse condensaba en El lobo estepario (1927) el desprecio recurrente del intelectual moderno ante la producción artística de masas y sus implicaciones en cuanto a la integración acrítica del individuo en el sistema. El protagonista de la novela de Hesse se topa en el salón de un conocido rendido a la normalidad con un Funko de la época: un retrato cualquiera de Goethe que convierte al exaltado poeta romántico en “un académico apuesto y honorable, idóneo para servir como estampita en un hogar burgués”.

El malestar de Hesse ante la reducción de lo extraordinario a lo conveniente y apropiado trasciende las producciones humanas para abarcar a las plantas, que no dejan de ser en domicilios y oficinas adornos asimismo artificiales, a la medida de nuestro espacio y nuestro sentido del decoro: “La araucaria del vestíbulo estaba siempre limpia y magníficamente cuidada, trasladando a quien pasaba por allí un aroma de civilización”. En Que no muera la aspidistra (1936), una de las novelas más agudas jamás escritas sobre la sumisión amorosa del individuo a los cantos de sirena del establishment, George Orwell vinculaba también las plantas adaptadas a los domicilios con la estética de todos los días, con la música de ascensor.

No todos los artesanos al servicio de la producción y distribución de cuadros al peso se sienten avergonzados por el conformismo que enmarcan sus obras. Alisa y Lysandra Fraser, hermanas célebres en Australia por su labor indisociable como pintoras, fotógrafas y diseñadoras de interiores, presumen sin complejos de que sus cuadros “tienen un impacto emocional en los espacios tan profundo o más que el que pueden causar los artículos para el hogar o los utensilios de cocina”. Pero, por lo general, se estila la invisibilidad, que no atenta contra la autoestima de los patronos y garantiza más encargos indistinguibles los unos de los otros. El capital simbólico de un artista del ruido blanco radica en su humildad y su eficacia.

Hay una tercera razón para el anonimato, y aquí las cosas se ponen interesantes: que el artífice de cuadros de payasos, música de ascensor, fotografías de stock o estéticas de todos los días más gentrificadas —campañas publicitarias, manuales y guías, encargos institucionales, galerías de arte en barberías—, tenga una doble vida como creador de mayor o menor renombre en ámbitos artísticos legitimados como tales, pero que no procuran emolumentos suficientes para la supervivencia.

Los interrogantes saltan a la palestra de inmediato: ¿dónde acaba el artista que presume de serlo y empieza el que prefiere no serlo? ¿Puede un autor renunciar a ser él mismo con un pestañeo, a partir de determinada hora o con determinados clientes? ¿Es legítimo rendir pleitesía al aroma de la civilización para poder aullar a la luna en los días de libre disposición? ¿Y cuál de las dos pulsiones tiene un cariz más político, responde en mayor medida a las inquietudes del común de los mortales?

Vienen al caso las siguientes reflexiones de C.S. Lewis, que nos invitan a profundizar en las cualidades de las estéticas ligadas a la vivencia de la realidad y a poner en cuestión las que pretenden arrogarse una posición superior a ellas aprovechando la fortaleza de sus hombros: “A la gente no le gusta la mala pintura porque los rostros que se le muestran parezcan de títeres, porque las líneas carezcan de dinamismo o porque el conjunto del cuadro en cuestión esté exento de gracia. Sencillamente, la gente no percibe esos defectos porque no interfieren ni con sus ilusiones ni con sus propósitos. Son tan invisibles para ellos como lo es el rostro real del osito de peluche para el niño imaginativo que juega absorto con él. Los ojos del peluche son cuentas de vidrio, pero el niño no las ve”.

Elisa McCausland

@reinohueco

Diego Salgado

@diegos_lgado

11 oct 2021 09:50

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La muerte de Junior Jein y el poder que tiene miedo

Cuenta el primer libro de Samuel que el rey Saúl tenía muchos miedos de perder el poder y andaba ansioso y muy estresado; para aliviarlo de estos males alguno de sus funcionarios le aconsejó que se trajera a su palacio al joven David que tenía fama de sonar el arpa y cantar bien. Y así fue, David resultó en la corte y tocaba para el rey y lo calmaba; pero, muy pronto, a Saúl le empezó a chocar la música de David y empujado por sus demonios intentó clavarlo en la pared y así deshacerse de él: Las melodías del muchacho no le entretenían más y más bien alborotaban sus miedos, su ansiedad, su estrés y sus demonios.

El poder corrupto, ese que ostentaba Saúl, y todos los otros arbitrarios antes y después de él, nunca resiste el arte y esto porque la belleza, allí donde se le permita brotar, en la música o en la poesía, en la pintura o en los tatuajes, en los grafiti o en la fotografía, en las caricaturas o en las trovas, en los libros o en la danza, en la liturgia o en las fiestas populares, en los monumentos o también en los anti monumentos, en lo que sea, nombra lo innombrable, empuja desde dentro a los que se extasían en ella, y porque delante de una obra maestra ya no hay masas, hay personas y gente muy digna y esto, que es también muy sencillo y sin alardes, desarma a los tiranos de sus señuelos para manipular.

La historia de David se repitió en Colombia,el pasado domingo,13 de junio; el poder, no se sabe todavía si el poder legal o el ilegal, porque aquí en este país hay de los dos y no raramente son cómplices y se mezclan, se fastidió con la música de Junior Jein, un cantante del pueblo negro que con su salsa choke y la música tradicional del Pacífico hacía temblar consciencias; sus letras y su ritmo eran más que entretenimiento y resultaron retratando la realidad de nuestro país. Tristemente, hay que anotar que Junior Jein no tuvo la misma suerte del músico David: mientras que Saúl falló en su intento criminal contra David, los sicarios contratados en el caso de Junior Jein le descargaron cargas de fúsil y de pistola y lo dejaron bien muerto.

El poder en el Israel de la Biblia no resistía las canciones de David y el poder en Colombia no resistió las canciones de Junior Jein; es que también aquí el poder tiene miedo de perder y anda ansioso, estresado y lleno de demonios y ya sólo sabe disparar; estas canciones nos entregaban toda la fiesta y la fuerza de la cultura negra, la belleza del Pacífico, la alegría de Buenaventura y todo eso fastidió. Es que este país, lo hemos visto en la forma como el gobierno y la autodenominada “gente de bien” han reaccionado ante la protesta social, quiere oír un solo relato, se obstina en desaparecer y asesinar a los líderes que proponen alternativa. Este país, es doloroso escribirlo, parece no resistir el arte, nunca ha oído lo que un día apuntó Dostoievski y es que la belleza salvará el mundo.

La primera vez que vi actuar a Junior Jein fue el año pasado cuando después de la masacre de Llano Verde en Cali, en la que murieron cinco niños negros, él y sus amigos, a ritmo de currulao y de rap, compusieron y cantaron para preguntar “¿Quién los mato?”; como homenaje, ahora que lo hemos enterrado, quiero recordar la estrofa que le tocó interpretar a Junior Jein, en esa obra que es, como en su momento tituló el diario El Espectador, “más que una canción, un clamor por la justicia en Colombia”. Así cantaba el artista reclamando por los menores masacrados: “Le exijo a la justicia que este caso se aclare y que no quede impune como casi siempre lo hacen; nada, la vida de los negros no importa nada, lo primero que dicen es: «andaba en cosas raras»…. como Jean Paul, Jair, Leyder, Álvaro y Fernando; somos víctimas del sistema y abandono del Estado. Pero el pueblo no se rinde, ¡carajo!”. Ahora, en este día triste y de esperanza, tendríamos que hacer coro con él y pedir que no solo la muerte de los de Llano Verde, sino también la del mismo Junior Jein, y la de tantos y tantos masacrados en este país, encuentren justicia y no queden en la impunidad.

Miles de personas que despidieron a Junior Jein, en Buenaventura y en Cali, gritaban bien duro y con honda fe -“no se fue, no se fue”… y tienen razón, Saúl no pudo callar la música de David, los poderes de aquí tampoco la de Junior Jein. La belleza es lo más revolucionario y esto porque nadie la puede matar.

Por Jairo Alberto, mxy

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