Lunes, 25 Octubre 2021 05:41

Nuevos paradigmas económicos

Nuevos paradigmas económicos

En su más reciente entrega, el semanario británico The Economist publicó un interesante artículo titulado “Una revolución en tiempo real acabará con la práctica de la macroeconomía”. Como anuncia el título, el texto sugiere que el análisis tradicional macroeconómico enfrenta el riesgo de ser sustituido por el estudio en tiempo real que posibilitan las nuevas tecnologías que hacen más accesible e interpretables los datos.

No es ningún secreto que, desde 2007, el crecimiento exponencial en la capacidad computacional, detonado por la fabricación de chips a partir de materiales sin silicón y el incremento en la capacidad de almacenamiento, posibilitado por el famoso marco para software llamado Hadoop, operado por Google, así como el primer IPhone, anunciado en enero del mismo año, no sólo dieron origen a motores de búsqueda más potentes y refinados, sino que habilitaron la masificación del acceso y recolección de datos, creando una nueva industria centrada en el Big Data.

La banda ancha, el teléfono móvil y el almacenamiento en la nube posibilitaron el desarrollo de Facebook, Twitter, Amazon, Instagram, WhatsApp, Netflix, Airbnb y Linkedin, empresas todas ellas que actualmente tienen un alto valor en el mercado.

A más de una década de su irrupción en el plano global, podemos asegurar que dichas redes sociales se han transformado en agentes económicos disruptivos que dominan, incluso en ocasiones de manera monopólica, sectores como la publicidad, el turismo, los servicios financieros o el mercado laboral.

Hoy, la transformación iniciada a comienzos de siglo se prepara para entrar en una nueva fase, impulsada por la red inalámbrica 5G, cuyos desarrolladores han asegurado que permitirá una conexión entre 10 y 20 veces más rápida que la actual y el procesamiento de datos complejos en tiempo real.

La automatización del transporte público o el monitoreo constante de la logística comercial, el clima, las ventas minoristas y los procesos industriales, son algunas posibilidades concretas que promete dicha red. Para valernos de términos económicos, 5G ofrece la posibilidad de reducir aún más la brecha temporal en la comunicación y así disminuir discordancias significativas entre la oferta y la demanda, calculándolas de manera anticipada y más precisa.

La disrupción ocasionada por las tecnologías de la comunicación es un fenómeno reciente; no obstante, como acertadamente ha descrito el filósofo japonés Kojin Karatani, se trata de un proceso que se ha estado gestando durante más 30 años y coincide con la decadencia de la industria manufacturera de Estados Unidos.

El fin del patrón oro en 1971 y la recesión económica de 1973-1975, ocasionada por el incremento en la oferta de productos a raíz de la recuperación de las industrias japonesa y alemana, así como el alza en el precio del petróleo, marcaron el inicio declive de la industria orientada a la producción de bienes duraderos, cerrando de paso, el capítulo del Estado del bienestar.

Aunque polémicas, las políticas económicas implementadas por Ronald Reagan y Margaret Thatcher son la consecuencia lógica ante la inflación experimentada en la década de los 70. El viraje de la economía, la privatización de los monopolios estatales y la relocalización geográfica de la industria manufacturera hacia países con sueldos más competitivos dan cuenta del fin de un ciclo económico.

El desplazamiento de la manufactura implicó que otro tipo de commodity, la información, tomara su lugar como mercancía hegemónica. La desregulación del sistema financiero y la reducción de las tasas impositivas, políticas comúnmente calificadas de neoliberales, responden a un contexto histórico en el que Estados Unidos y las potencias económicas buscaban asegurar el rendimiento de las inversiones realizadas en el sistema financiero global.

El rendimiento de capital está asegurado cuando es posible obtener un precio más adecuado, donde éste genera mayor utilidad. Tecnologías como las redes sociales o la red 5G hacen que el proceso de descubrimiento de dichas condiciones no sólo sea más sencillo, sino costeable e inmediato.

Extraer, ordenar e interpretar la información para colocar los productos y servicios de acuerdo con el conocimiento de la demanda en tiempo real, es quizá, el pináculo de la economía neoliberal.

La intención de los estados de regular la obtención, utilización y monetización de dicha información es entendible y hasta cierto punto deseable. No obstante, las medidas fiscales y la regulación antimonopólica no serán suficientes para contrarrestar las inequidades que pueden resultar de la implementación de estos procesos. La tentación por parte de países como China de controlar dicha información para su beneficio propio representa aún mayores riesgos para la democracia global.

La tendencia monopólica de las entidades que encabezan la revolución tecnológica representa grandes retos para las entidades políticas que buscan controlarlas. Atacar estos desafíos de manera aislada, desde paradigmas políticos como la soberanía será imposible. Después de todo, se trata de entidades trasnacionales cuyo número de usuarios supera la población de varios países.

La regulación como la ha entendido adecuadamente la Unión Europea, debe llevarse a cabo desde bloques económicos coordinados, buscando que el acceso y utilización de dicha información esté disponible para todos los agentes económicos que forman parte del mercado.

Publicado enEconomía
Ecología y Marxismo: ¿Y si el cambio climático genera revoluciones?

El cambio climático se ha transformado en un problema de dimensión histórica. Si antes de la revolución industrial había 280 partes por millón (ppm) de CO2 en la atmósfera, actualmente nos acercamos a las 420 ppm. Este ha sido un proceso acumulativo vinculado directamente al desarrollo del capitalismo.

El sexto informe del Panel Intergubernamental sobre cambio climáico (IPCC), que se conoció en agosto, ha encendido una vez más todas las alarmas. A menos que se reduzcan drásticamente las emisiones de CO2 -junto con otros gases de efecto invernadero-, hasta llegar a un nivel neto cero en 2050, la meta de que la temperatura no aumente más 1,5°C (ni sobrepase los 2°C) en este siglo se superarán ampliamente. Sobrepasar ese umbral implica consecuencias graves para el desarrollo de la vida en el planeta. Recordemos que esa meta fue la pauta fundamental que estableció Acuerdo de la Cumbre de París de 2015, cuyo fracaso es el último de una larga sucesión de fiascos.

La farsa de las cumbres climáticas es quizá la máxima expresión del fracaso de la política del capitalismo verde, cuya política se ha a promover medidas de “mitigación” y “adaptación” que ni siquiera son capaces de cumplir. Desde la entrada en vigor del Protocolo de Kioto en 1997 se han lanzado a la atmósfera el 50% de las emisiones totales de CO2 que han tenido lugar desde el inicio de la era industrial (en 1750), y solo en los últimos siete años se ha emitido el 10%. Tras la Cumbre de París (2015) se registraron los mayores incrementos en las emisiones de CO2 de la historia del capitalismo.

La COP26, que tendrá lugar en Glasgow entre 1 al 12 de noviembre, no será una excepción. Por el contrario, se espera que su fracaso sea aún más estrepitoso. Especialmente en un marco de la crisis energética mundial y planes por parte de los 15 principales productores de combustibles fósiles del mundo de producir más del doble de petróleo, gas y carbón hasta 2030.

“Si el capitalismo destruye el planeta, destruyamos el capitalismo”, decía el lema de las pancartas qué muchos jóvenes levantaron en la pasada huelga del clima en varios países. Entonces, ¿qué hacemos? ¿cuál es la estrategia para no sucumbir ante la catástrofe a la que nos lleva el capitalismo?

En esta charla, tratamos de abordar esta cuestión en términos estratégicos en una polémica con las elaboraciones de Andreas Malm, escritor, periodista y activista sueco experto en cambio climático. Especialmente en relación con su artículo “Una estrategia revolucionaria para un planeta en llamas”, publicado originalmente en inglés en la revista Climate & Capitalism en marzo de 2018, y sus libros “Como hacer volar un oleoducto”, publicado en junio de 2020 y el más reciente, “El murciélago y el capital”, publicado en castellano en octubre del mismo año.

En una entrevista en Monthly Review el pasado 1 de abril de 2020, John Bellamy Foster afirma que “el sistema capitalista ha fallado. Ahora, la humanidad, en línea con la libertad como necesidad, tendrá que avanzar en la lucha para construir un mundo nuevo más sostenible y más igualitario, confiando en los medios materiales que están a la mano, lo que es nuevo y creativo que podemos aportar en un orden más colectivo. Pero esto no sucederá automáticamente.” Requerirá del famoso apotegma de Danton “audacia, más audacia, siempre audacia”, que Foster le atribuye a Samir Amin). “Necesitará una ruptura revolucionaria no solo con el capitalismo en sentido estricto, sino también con toda la estructura del imperialismo, que es el campo en el que opera la acumulación hoy. La sociedad tendrá que ser reconstituida sobre una base radicalmente nueva. La elección que tenemos ante nosotros es cruda: ruina o revolución.”

Foster no puede tener más razón en lo que dice. La clave entonces es determinar qué estrategia, qué táctica, qué programa y qué organización hace falta para aprovechar las rebeliones que puedan propiciar una ruptura revolucionaria con este sistema abriendo el paso a la planificación democrática y racional de la economía mundial, mediante como escribió León Trotsky, “la introducción de la razón en la esfera de las relaciones económicas”.

Esto solo puede ser posible si la planificación de la economía se encuentra en manos de la única clase que por su situación objetiva y sus intereses materiales tiene la capacidad de liderar al resto de los sectores oprimidos para evitar la catástrofe: la clase trabajadora. La clase obrera, en toda su heterogeneidad –que incluye a sus diferentes nacionalidades, pueblos originarios y la lucha de las mujeres contra la opresión patriarcal– cuenta con la fuerza social para llevar adelante una alianza obrera, popular y juvenil que terminar con doble alienación del trabajo y la naturaleza que impone el capitalismo y avanzar planificación realmente democrática y racional de la economía.

Ante la catástrofe ambiental que nos amenaza, la disyuntiva planteada por Rosa Luxemburg, “socialismo o barbarie”, adquiere una renovada significación. En nuestro siglo, las condiciones de la época imperialista que la Tercera Internacional definió como de “las crisis, las guerras y las revoluciones” se reactualizan, enfrentando a la clase obrera y los pueblos del mundo no sólo a la barbarie de la guerra y la miseria, sino también de la catástrofe ambiental y la potencial destrucción del planeta.

La crisis ambiental y sus consecuencias plantean uno de los grandes problemas estratégicos para la revolución del siglo XXI que merecen ser analizados en toda su amplitud y profundidad. Un proyecto socialista que enfrente la crisis ambiental a la que nos conduce el capitalismo, sólo pude serlo en tanto la clase trabajadora, aliada al conjunto de los sectores populares, se disponga a una lucha revolucionaria contra la resistencia de los capitalistas.

Publicado enMedio Ambiente
Cadenas de producción, cuellos de botella y posiciones estratégicas

Con la recuperación económica pospandemia todavía buscando afirmarse, EE. UU. y otros países imperialistas sufren múltiples trastornos en las cadenas de suministro. Una muestra de las fragilidades de la configuración del capitalismo basado en la internacionalización productiva. Y una muestra de las potencialidades que tienen sectores de la clase trabajadora que ocupan lugares clave en la logística de estas cadenas.

Tormenta perfecta y cuellos de botella

En las últimas semanas recorrieron el mundo las imágenes de los barcos varados ante los puertos estadounidenses, abarrotados estos últimos de contenedores que no llegan a descargarse. También fueron noticia las góndolas de supermercados vacías de una amplia variedad de productos. Las compras por vía electrónica que los consumidores acostumbran recibir gratis en días (u horas), podrían demorarse semanas. Lo que se ve en EE. UU. de manera exacerbada ocurre también en varios otros países que, de manera similar, satisfacen buena parte de su consumo con el ingreso de bienes producidos en otras latitudes a través de las cadenas globales de producción. Estas cadenas son el resultado de décadas de una internacionalización productiva organizada por las multinacionales para aprovechar salarios bajos, exenciones impositivas y la posibilidad de realizar “dumping” ambiental en los países pobres y en desarrollo. Se basó en localizar buena parte de los procesos productivos fuera de los países imperialistas que hasta la década de 1970 tenían la primacía industrial indiscutida, y se apoyó en esquemas de “justo-a-tiempo” que buscan disminuir stocks para reducir costos. Una serie de fallas en este mecanismo derivó en los problemas que se acumulan en estos días.

El abarrotamiento de mercancías, ya sea que permanezcan dentro de los contenedores que esperan en los barcos o están apilados en los puertos, o en el –ahora tortuoso– recorrido a lo largo de la cadena de logística dentro de los países, es resultado de un abrupto aumento de la demanda que se topó con la estrechez de la infraestructura –resultado de años de débil inversión– y con la falta de personal suficiente para hacer frente al stress en la distribución. Pero esta es apenas la punta del iceberg de la tormenta perfecta que aqueja las cadenas globales de valor.

“Lo sentimos. No hay papa fritas con ningún pedido. No tenemos papas”. Este anuncio se vio poco tiempo atrás en un local de Burger King en la ciudad de Florida, Miami. Que no haya papas para acompañar las hamburguesas en el países de McDonald’s basta para ilustrar el alcance que tiene la disrupción de las cadenas de suministro. Faltan alimentos básicos, gaseosas (entre otras cosas por faltante de botellas de vidrio para envasado), escasean productos a base de maíz como tortillas. Ropa y zapatillas. Asimismo, aumentaron los precios de los que llegan a las góndolas de los supermercados. También hay escasez de medicamentos y equipo médico. Celulares, computadoras, automóviles, lavarropas, heladeras, microondas. También hay faltantes de juguetes, árboles de navidad y vasos de plástico. Básicamente, todo lo que ingresa a EE. UU. desde los puertos, pero también lo que depende de extensas cadenas de distribución dentro del país, escasea o –en el mejor de los casos– se encareció por el aumento de los costos para llegar a destino, lo que explica en gran medida el aumento de la inflación que se registra en los últimos meses.

¿Qué es lo que está pasando acá? Comencemos por el final, con el embudo que aqueja la entrada de bienes en EE. UU., y que se replica de forma similar en otros países ricos. Tenemos, en primer lugar, un fuerte aumento de la demanda. Si ya durante la pandemia se observó una tendencia a canalizar en la compra de bienes los recursos que dejaron de gastarse en otros servicios y actividades restringidos por las cuarentenas, con la recuperación estos gastos crecieron de manera pronunciada. De acuerdo a Container Trades Statistics, el crecimiento de los despachos desde Asia hacia la principal economía del planeta tuvo un crecimiento muy pronunciado: en enero-agosto de este año fue 25 % mayor que en 2019, el año previo a la pandemia y que fue de crecimiento económico en EE. UU. Esta estimación es consistente con la robustez del consumo de bienes en dicho país, que según Capital Economics fue 22 % más elevada en agosto de 2021 que en febrero de 2020, cuando el Covid-19 parecía un problema solo de China y las compras en EE. UU. continuaban normalmente.

Podría parecer que este porcentaje de mayor volumen de mercadería podría ser manejable sin fricciones. Pero no fue así. Tras un largo tiempo de desinversión en infraestructura portuaria que reforzó la lógica de operar con lo justo para maximizar las ganancias, el margen extra con el que contaban los principales puertos de EE. UU. no debía ser de más de 5 %, según estimó Gary Hufbauer del Instituto Peterson de Economía Internacional. Un incremento que quintuplicó ese margen previsiblemente podría dar lugar a un embotellamiento que rápidamente se convierte en caos. Todo lo que en condiciones normales se tramita sin problemas se vuelve un trastorno: los contenedores, que por lo general son rápidamente vaciados y retornados a los barcos, se acumulan en el puerto por la falta de personal portuario y porque no hay camiones suficientes para cargar la mercadería fuera del puerto; los buques con nuevos contenedores se demoran frente al puerto, o son desviados a otros puertos –generalmente peor preparados– donde se tiende a reproducir la congestión.

A los problemas de infraestructura, se sumó la falta de personal en los puertos y de conductores de camiones. Si bien en parte esto fue resultado de la pandemia, responde también a un problema de más largo alcance, que es la degradación de las condiciones laborales del rubro, que no tienen nada que ver con las que existían décadas atrás. Como afirma en Vox Rebecca Heilweil, “el empeoramiento de las condiciones para los conductores de camiones en los EE. UU. ha hecho que el trabajo sea increíblemente impopular en los últimos años, a pesar de que la demanda de conductores ha aumentado a medida que el comercio electrónico se ha vuelto más popular”. Que Amazon, que no se caracteriza justamente por ofrecer buenas condiciones laborales para los conductores que despachan sus productos, esté robando choferes a las empresas de camiones, es un dato suficiente para hacerse una idea de cómo está el sector. Como observa Matt Stoller,

Conducir un camión, que solía ser un trabajo de clase media en la década de 1970, se ha convertido en una profesión cíclica mal pagada con alto desgaste y poca estabilidad, una de las llamadas “fábricas de explotación sobre ruedas”. Si bien es tentador culpar de esta situación a las empresas de camiones, la realidad es que el problema se debe a la estructura de mercado del transporte creada por la desregulación de la década de 1970.

Con la pandemia, muchos camioneros veteranos se jubilaron anticipadamente, y nuevos conductores no pudieron obtener licencias porque las escuelas de camiones estaban cerradas durante el cierre. Esto significó que “a medida que los estadounidenses dependían más de las compras en línea durante la pandemia, llevar mercancías desde los puertos hasta las puertas ha sido un desafío”. Ahora, el gobierno de Biden logró el compromiso de las empresas de logística de trabajar las 24 horas para liberar el congestionamiento de mercancías. Pero la falta de personal puede conspirar contra estos esfuerzos.

Pero los cuellos de botella en la entrada de mercancías en los lugares de destino son apenas uno de los trastornos a los que se ven confrontadas las cadenas globales. Después de los parates productivos que ocurrieron durante lo peor de la pandemia –aunque hay que decir que los empresarios hicieron todos los esfuerzos por encuadrar sus actividades como esenciales sin importar los riesgos sanitarios de la fuerza de trabajo– muchas empresas vieron reducir los stocks por debajo de los niveles normales, lo cual genera dificultades para hacer frente a aumentos pronunciados de la demanda. Recomponer stocks lleva tiempo. Exige poner el aparato productivo a toda máquina para producir a ritmos más veloces que los normales, pero depende además de contar con materias primas y componentes que no siempre están disponibles. El faltante de stocks se extiende todo a lo largo de las cadenas de producción. Sumado al hecho de que el tránsito entre países (del que depende el despacho a destino de los productos pero también el tránsito de componentes hasta los lugares de ensamblado) no termina de normalizarse y los tiempos del flete se hicieron más largos.

A esto se agregan otros conflictos que vienen desde antes de la pandemia, como el que aqueja la producción de semiconductores. Como observa Chad P. Bown en Foreign Affairs, uno de los mayores culpables en la escasez de semiconductores “fue un cambio repentino en la política comercial de Estados Unidos”. En 2018, la administración Trump lanzó una guerra comercial y tecnológica con China “que sacudió toda la cadena de suministro de semiconductores globalizada. El fiasco contribuyó a la escasez actual, perjudicando a las empresas y trabajadores estadounidenses”. En mayo, los tiempos de espera para los pedidos de chips se extendieron a 18 semanas, cuatro semanas más que el pico anterior. Esto afecta a los más variados sectores: informática, telefonía, automotriz, línea blanca. También la producción de aviones se vio trabada por la falta de este componente crítico.

Que la cosa está lejos de normalizarse, lo preanuncia el hecho de que China, principal productor y exportador industrial del mundo, atraviesa una crisis energética que lo obligó a imponer recurrentes paradas de su sector manufacturero. Esto significa nuevas estrecheces que seguirán poniendo en tensión una cadena de suministro que ya está en máximo stress.

Cadenas globales de valor, beneficios y contradicciones

Durante las últimas décadas, las empresas multinacionales perfeccionaron estructuras de producción internacionalizadas que fueron bautizadas como cadenas globales de valor. Las mismas se configuraron como resultado de una formidable reestructuración de la producción de bienes (y cada vez más también de servicios). Dos procesos fueron de la mano. El primero, la descomposición paulatina de las líneas productivas en una serie de producciones parciales para llevar a cabo en distintas unidades productivas independientes que se encargan de una sola etapa del proceso productivo o se especializan en una serie de componentes. El segundo, una relocalización geográfica de la producción que mudó buena parte de estas operaciones, especialmente las caracterizadas como “intensivas en trabajo” fuera de los países ricos (históricamente definidos como “industrializados”, aunque dejaron de serlo relativamente en estos años) hacia una serie de países dependientes, en su gran mayoría del sudeste asiático. De esta forma, la “línea de montaje” puede llegar a recorrer decenas de miles de kilómetros o más, y desplegarse en decenas de países.

La creación de las cadenas globales de valor estuvo posibilitada técnicamente por el perfeccionamiento de las comunicaciones y el abaratamiento del transporte (que tuvo un gran hito con la implementación de los contenedores y sufrió desde entonces numerosas “revoluciones” que bajaron los costos de carga). Su motor principal fue la búsqueda de aprovechar estas condiciones para sacar ventaja como nunca antes de la fuerza laboral barata de los países pobres y de ingreso medio, que vieron así crecer su producción industrial. El taller manufacturero del mundo se trasladó desde finales del siglo XX a China, y más de conjunto a una serie de países dependientes, que de conjunto vieron pasar su fuerza de trabajo volcada a la industria de 322 a 361 millones, mientras en los países desarrollados esta fuerza de trabajo en la manufactura descendía de 107 millones a 78 millones (lo que sigue siendo un número significativo que desmiente cualquier idea de una desaparición de la fuerza laboral industrial en estos países) [1]. La industrialización que tuvo lugar en esta periferia que se benefició con la relocalización de la producción estuvo en la mayor parte de los casos de manera deformada por la especialización en procesos productivos muy parciales, siempre comandados por las multinacionales. Esto genera trasformaciones muy limitadas en las estructuras productivas en comparación con lo que fue la industrialización en los países desarrollados, o incluso en los países dependientes durante parte del siglo XX. La aspiración de trepar la escalera del desarrollo a gracias a la inserción en las cadenas de valor resultó esquiva en la abrumadora mayoría de los casos.

Las cadenas globales de valor se volvieron el último grito de la moda de la eficiencia productiva, bajo la noción de que todos los procesos productivos que utilizan intensivamente el “factor” trabajo, es decir, aquellas tareas más simples y repetitivas, debían localizarse en los países que ofrecían abundancia de dicho “factor” (todo esto dicho en los términos de la economía mainstream). Las consultoras y analistas más reputados invitaron a las firmas industriales y de servicios de los países imperialistas, grandes o pequeñas, a tomar parte de esta gran deslocalización e internacionalización de la producción en nombre de la “racionalidad” económica, so pena de quedar relegadas a manos de los competidores más avezados para internacionalizarse, y hasta correr el riesgo de perecer. Con el afianzamiento de las cadenas globales y el desarrollo de tecnologías que aumentan la posibilidad de prestar servicios digitales a la distancia, la relocalización e internacionalización, pudo abarcar cada vez más también producciones intangibles, con lo cual ya no fueron solo las labores más sencillas y repetitivas las que estuvieron sometidas a esta competencia internacional que impuso el capital a las fuerzas laborales de todo el mundo.

La racionalidad de las cadenas globales de valor desde el punto de vista del capital multinacional se basó en el hecho de que los países compitieron por ofrecer condiciones laborales más “flexibles” (léase, precarizadas), cobrarles menos impuestos y aceptar prácticas contaminantes que los países imperialistas ya no toleran. De esta forma, parecía razonable, porque era rentable para las firmas, descomponer los procesos productivos especializando tareas en determinadas unidades productivas, lo cual puede perfectamente aumentar la productividad y bajar costos, pero haciéndolo de tal forma que multiplicaron las exigencias de la logística. No se trata solo de que los productos terminados deben recorrer enormes distancias para llegar a los mercados de consumo; también deben recorrerlo los componentes para llegar a los lugares de ensamblado final. En tiempos de combustible barato –que no son el actual, con el barril de crudo superando los 80 dólares– se trata de un despilfarro contaminante que a nivel social no tiene ninguna eficiencia ni racionalidad, sino todo lo contrario. Las “externalidades” (otro término del mainstream que convierte arbitrariamente las consecuencias del accionar de las firmas sobre su entorno en algo “externo”) de las cadenas de valor se tradujeron en un agravamiento de la huella ambiental generada por esta ampliación de la escala geográficas de las líneas de producción. La internacionalización de la producción, que bajo otros términos y sobre otras bases sociales podría permitir una mejor articulación de la producción de lo socialmente necesario en todo el mundo, haciendo eje en la reducción del tiempo de trabajo y buscando una relación armoniosa entre la sociedad y la naturaleza que hoy tienen una relación alienada, es llevada al absurdo por las multinacionales que solo buscan maximizar sus ganancias. Los mismos líderes empresarios que en los foros de Davos ponen gestos compungidos cuando hablan del cambio climático y defienden la necesidad de involucrarse, son los principales protagonistas de esta internacionalización productiva que solo tiene lógica –tal como se lleva a cabo en la actualidad– para los capitalistas. E incluso para ellos, solo la tiene bajo ciertas condiciones. Cuando como hoy el combustible sube por las nubes y se multiplica el costo del flete de contenedores (que de acuerdo a Statista creció 8 veces entre julio de 2019 y septiembre de 2021) puede ser económicamente catastrófico.

Las cadenas globales, con todas las ventajas que otorgan para que las firmas trasnacionales puedan ofrecer mercancías abaratadas en la puerta de tu casa a bajo costo en tiempos normales, se pueden transformar en una pesadilla cuando ocurren eventos inesperados como los cierres fronterizos y las cuarentenas del año 2020. Por eso, ese año ganó fuerza el concepto de “resiliencia”, como nuevo elemento a incorporar en el álgebra de las cadenas de valor. Ante la evidencia de la precariedad de este esquema de internacionalización productiva, que amenazó con dejar sin bienes básicos a numerosos países o regiones, ahora los consultores concluyeron que depender excesivamente de pocas firmas o países proveedores puede multiplicar los riesgos y es necesario diversificar. Es una forma de poner en medias palabras su desconcierto y nerviosismo ante un mundo que aparece como cada vez menos propicio para que las multinacionales saquen provecho de las diferencias de costos que tan rentables les resultaron durante las últimas décadas. Si ya antes de la pandemia los fantasmas proteccionistas y los atisbos de guerras comerciales pusieron un signo de pregunta sobre la continuidad de la internacionalización productiva, que en los hechos desde 2015 o antes mostró numerosas señales de debilidad (el comercio y la inversión extranjera crecieron por detrás del ritmo de la economía mundial), después de los trastornos de la pandemia y los de hoy, los interrogantes sobre sobre el futuro se multiplican. Pero todo eso está por verse. Lo seguro es una serie de trastornos que, a pesar de los esfuerzos por acelerar los ritmos de la logística para destrabar puertos, seguirán durante varios meses más, porque seguirán apareciendo las consecuencias de los problemas que existen todo a lo largo de la cadena de producción mundial.

Los puntos de estrangulamiento como dimensión estratégica

El shock producido en las cadenas de suministro por una acumulación de cuellos de botella, puso a la vista de todos algo que algunos sectores de la clase trabajadora de los sectores de logística ya pudieron experimentar y aprovechar de primera mano. El capitalismo organizado a través de las cadenas de valor que permitió a las empresas sacar provecho de poner en competencia a las fuerzas de trabajo de todo el mundo para imponer un arbitraje que degradó las condiciones laborales y remuneraciones en todo el mundo, está expuesto a numerosas fragilidades que son intrínsecas a la configuración de estas líneas de montaje trasnacionalizadas, que se están poniendo de manifiesto. Pero no se trata solo de una serie de puntos de falla que pueden dar lugar a disrupciones como las que observamos en estos días como resultado de factores objetivos contingentes. También está en juego la posibilidad que tienen sectores de la fuerza de trabajo de actuar sobre eslabones fundamentales de las cadenas de producción, que el capital necesita que funcionen con la precisión de un mecanismo de relojería. Estos puntos de estrangulamiento son fundamentales desde la perspectiva estratégica en la lucha contra el capital.

Como observa Kim Moody en el libro On New Terrain, “cada vez más aspectos de la producción están entrelazados en las cadenas de suministro justo-a-tiempo que han reproducido la vulnerabilidad de la que el capital buscaba escapar a través de los métodos de producción flexible y la relocalización” [2].

Consideremos el caso de EE. UU.. El desarrollo que tuvieron las cadenas de suministro con el objetivo de acelerar los ritmos de la circulación de mercancías, concentraron en este segmento una formidable fuerza laboral: hoy emplean a 9 millones de personas, el 6,3 % de la fuerza de trabajo del país. Esto incluye sectores que lejos de estar difuminados y presentar desafíos para la organización, se encuentran concentrados en depósitos de gran escala que emplean cientos de personas.

En una entrevista más reciente, Moody retoma esta cuestión. Allí observa que la concentración de recursos y fuerzas de trabajo en la logística, destinada a hacer que el tránsito de mercancías ocurra de la forma veloz y fluida, creó clusters gigantescos. Solo en Chicago, calcula, conforman un ejército de 200 mil personas empleadas en el sector.

Lo que han hecho –sostiene– es recrear lo que las empresas estadounidenses intentaron destruir hace treinta años cuando se mudaron de ciudades como Detroit, Gary o Pittsburgh. Intentaron alejarse de estos enormes clusters de trabajadores de cuello azul, particularmente los sindicalizados y los trabajadores de color. Ahora, para mover mercancías, a través de cadenas de producción mucho más dispersas que en el pasado, han recreado estas enormes concentraciones de trabajadores mal pagos. Estos clusters son puntos de estrangulamiento en un sentido muy real. Si detenés un pequeño porcentaje de la actividad en estos lugares, trabás todo el movimiento de las mercancías y el conjunto de la economía.

En el mismo sentido, Jake Alimahomed-Wilson e Immanuel Ness afirman en el prólogo de Choke Points: Logistics Workers Disrupting the Global Supply Chain que:

Los trabajadores de la logística se encuentran en una posición única en el sistema capitalista global. Sus lugares de trabajo también se encuentran en los puntos de estrangulamiento del mundo, nodos críticos en la cadena de suministro capitalista global, que, si están organizados por la clase trabajadora, representan un desafío clave para la dependencia del capitalismo de la “circulación fluida” del capital. En otras palabras, la logística sigue siendo un sitio crucial para aumentar el poder de la clase trabajadora en la actualidad [3].

Los empresarios son conscientes del peligro que implica el reagrupamiento de miles de trabajadores en estos clusters, por eso tienen una agresiva política antisindical que mediante chantajes y amenazas buscan evitar la organización de los trabajadores –contando para esto con colaboración de sectores de la propia burocracia– . Es el caso de Amazon que enfrenta denodadamente los intentos de organización tanto en sus almacenes como con su flota de camiones, siguiendo el ejemplo de Walmart y McDonalds, los dos principales empleadores (a los que la firma de Bezos va camino a destronar).

Los sectores de la fuerza laboral abocados a la logística, están hoy, como resultado de las cadenas de producción “justo-a-tiempo”, más entrelazados que nunca con los sectores abocados a la elaboraciones de bienes (que en EE. UU. a pesar de la tan mentada “desindustrialización” siguen abarcando una fuerza laboral de nada menos que 12 millones, el 8,5 % del total del país) y también con los que prestan diversos servicios. Lejos de cualquier idea de “fin del trabajo” o pérdida de relevancia de la clase trabajadora, no podría ser mayor la centralidad que las cadenas globales le otorgan en la producción y distribución de bienes básicos y en la prestación de servicios fundamentales –sin contar las labores de reproducción de la fuerza laboral que se desarrollan fuera del mercado y están invisibilizadas por la economía política del capital–. Esta es la fuerza social que puede tomar en sus manos el desafío de activar el freno de emergencia ante la irracionalidad del capital que vuelve a ofrecer nuevas muestras en las múltiples crisis de las cadenas globales de producción. Las posiciones estratégicas que ocupa la fuerza de trabajo de la logística, pero también sectores abocados a la producción de bienes y la prestación de servicios en estas cadenas de suministro cada vez más integradas, les otorgan un poder central en el enfrentamiento contra el capital; pueden paralizar la normal circulación de mercancías y la valorización. Estas posiciones estratégicas son también un punto de apoyo fundamental para –superando a las burocracias sindicales que mantienen la división de la clase trabajadora– articular una fuerza independiente capaz de aglutinar al pueblo explotado y oprimido, a partir de las unidades de producción y otros centros neurálgicos (empresa, fábrica, escuela, hospital, centro logístico, sistema de transporte con sus estaciones, etc.) y con sus propios métodos de autoorganización, con miras al enfrentamiento contra el capital con la perspectiva de reorganizar la sociedad sobre nuevas bases. Es fundamental sacar las conclusiones de lo que implican para la lucha de clases estos puntos de estrangulamiento que quedaron expuestos por la crisis de la cadena de suministro, en un momento en el que la clase trabajadora se está poniendo en movimiento en EE. UU. como muestra una serie de luchas en numerosas empresas acompañadas también de procesos antiburocráticos.

Por Esteban Mercatante | 25/10/2021

Notas

[1] UNIDO, Industrial Development Report 2018. Demand for Manufacturing: Driving Inclusive and Sustainable Industrial Development, Viena, 2017, p. 158.

[2] Kim Moody, On New Terrain, Chicago, Haymarket Books, 2017.

[3] Jake Alimahomed-Wilson e Immanuel Ness (Eds.), Choke Points Logistics Workers Disrupting the Global Supply Chain, Londres, 2018, p. 2.

Publicado enEconomía
Viernes, 22 Octubre 2021 05:48

La mercantilización de la atmósfera

La mercantilización de la atmósfera

[El Dr. Guillermo Foladori entrevista a Ricardo Vega sobre la creciente mercantilización del espacio atmosférico de algunos países, entre ellos México.  El tema es de gran actualidad dado los crecientes impactos del cambio climático a nivel mundial. Ricardo Vega ha estado investigando esta tendencia a la mercantilización desde hace años, y ha realizado estudios de caso y revisado la literatura más avanzada al respecto. Su opinión difiere de otras por el enfoque y el abundante caudal de información empírica que la sostiene.]

GF: Hola Ricardo. Gracias por responder a esta entrevista. He leído trabajos tuyos sobre la mercantilización del espacio atmosférico que me han resultado muy interesantes. Este es un tema desconocido en general, excepto a veces por el nombre de mercados de emisiones; pero difícilmente se tiene conocimiento de lo que ellos implican. Cuando los trata, la prensa se refiere a ellos como un hecho de mercado natural y benéfico para la sociedad global. Dado que tú tienes una interpretación diferente, creo muy útil una entrevista al respecto.  ¿Cuál es tu tema de tesis y cómo se relaciona con el cambio climático?

RV: En mi investigación doctoral La mercantilización de la atmósfera. Cambio climático, mercados de carbono y producción de compensaciones, me concentro en analizar cómo se construyó el principal instrumento internacional para tratar el problema del cambio climático: el mercado de emisiones de gases de efecto invernadero. El cambio climático es uno de los problemas ecológicos más importantes que enfrentan las sociedades contemporáneas. Las consecuencias de este fenómeno ambiental son cada vez más palpables: inundaciones, pérdida de biodiversidad, derretimiento de los casquetes polares, extinciones masivas, aumento de la temperatura planetaria, migración masiva obligada, pérdidas económicas, modificación de los ciclos naturales del planeta y un largo etcétera. Los científicos más reconocidos en el tema están de acuerdo en que si no se mitiga el cambio climático de origen antrópico estará en peligro la continuidad de las sociedades, de la especie humana, de muchas formas de vida y ecosistemas del planeta.

La relevancia del cambio climático, como problema para las sociedades, se ha expresado en múltiples acuerdos, tratados, protocolos y convenciones a nivel regional, continental e internacional. El organismo internacional más importante, construido con el acuerdo de la mayoría, y de los más poderosos, Estados Nacionales del mundo es la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), creada en 1992. Siete años después de su creación, en 1997, esta Convención se reunió en Japón, donde firmó el llamado Protocolo de Kyoto que estableció que el principal medio para enfrentar el cambio climático sería un mercado de emisiones de gases de efecto invernadero y sus dos mecanismos complementarios, el Mecanismo de Desarrollo Limpio y el Mecanismo de Implementación Conjunta. Hasta hoy este mercado de emisiones de gases de efecto invernadero es la principal apuesta de la comunidad internacional para enfrentar el problema del cambio climático de origen antrópico. Mi investigación doctoral se concentra en analizar este mercado, sobre todo en cómo se construyó y cómo funciona.

GF: ¿Qué es el mercado de emisiones de gases de efecto invernadero para combatir el cambio climático?

RV: Para entender ese mercado, es necesario conocer a grandes rasgos qué es el cambio climático. Dentro de las ciencias que se encargan de estudiar el clima del planeta existe un extendido acuerdo de que el cambio climático que experimentamos en la actualidad es en gran medida causado por ciertas actividades humanas, como la quema de petróleo o carbón, que emiten gases contaminantes que van a parar a la atmósfera. Acumulados en la atmósfera actúan como una cubierta transparente que retiene el calor, como un invernadero, aumentando la temperatura media del planeta, por tal razón se les denomina gases de efecto invernadero. En otras palabras, para las ciencias encargadas de estudiar el fenómeno, el cambio climático es causado por una acumulación excesiva de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

El mercado de emisiones instaurado por la CMNUCC pretende detener o desacelerar el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero. Dado que, según los registros históricos, los países desarrollados son los que más han emitido este tipo de gases, el Protocolo de Kyoto les impuso límites a la cantidad de gases que pueden emitir, mediante la asignación de una determinada cantidad de permisos de emisión a cada uno de esos países. Así, los principales responsables de la contaminación solamente podrán emitir la cantidad de gases que tienen autorizada en sus permisos. De esta forma, la Convención pretende detener o desacelerar las emisiones de gases de efecto invernadero que se acumulan en la atmósfera y que provocan el cambio climático.

Sin embargo, los contaminadores tienen una alternativa para emitir más gases contaminantes de los que tienen autorizados en sus permisos e, incluso, esta alternativa les permite obtener ganancias extras a partir de los permisos de emisión que poseen. Tal alternativa es el mercado de emisiones: cuando un contaminador excede sus límites de emisión o, en caso contrario, reduce sus emisiones al punto que no necesita utilizar todos sus permisos, puede acudir a un mercado especialmente creado para intercambiar permisos de emisión, sea para comprar permisos adicionales o para vender los que logró ahorrar. Precisamente, esta comercialización de permisos para colocar gases contaminantes en la atmósfera es lo que se le conoce como mercado de emisiones de gases de efecto invernadero o mercado de carbono, llamado así porque el dióxido de carbono es uno de los principales gases causantes del cambio climático. En suma, el mercado de carbono permite que cuando algún contaminador específico haya excedido el nivel de emisiones que tiene permitido, pueda comprar los permisos que ahorró otro contaminador, de tal forma que, en teoría, la cantidad de gases que entran en la atmósfera se mantenga dentro de cierto nivel, debido a que los excesos de un contaminador se compensan con los ahorros de otro, todo ello por medio de la compra y venta de permisos de emisión.

En principio, esta forma de abordar el problema del cambio climático puede parecer conveniente pues permite cierta flexibilidad entre las empresas o países contaminantes. La mayor reducción de emisiones provendrá de aquellos agentes que tengan posibilidades de reducir emisiones a un menor costo, mientras que los que no puedan o les resulte oneroso, acudirán al mercado a comprar permisos baratos. Sin embargo, esta forma de abordar el problema tiende a concentrarse en buscar una mejor redistribución y costo de la contaminación, pero no atiende la causa fundamental: detener las actividades humanas generadoras de gases de efecto invernadero. Así, el mercado de emisiones se concentra en las consecuencias y no en las causas. Es como si en lugar de evitar que las personas fumen se permite cierta cantidad de cigarrillos por día y la venta a otros que fuman menos, “distribuyendo el cáncer” en lugar de curarlo. El centro del problema es cómo y quién produce la contaminación y cómo detener las actividades que la generan. En su lugar el mercado de emisiones mejora la distribución de la contaminación mediante el abaratamiento de los permisos, pero permite la continuidad de la producción contaminante; busca gestionar de mejor manera la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, pero no atiende la causa principal del problema.

GF: ¿Qué es lo que se compra y se vende con los permisos de emisión que creó la CMNUCC?

RV: Cada vez es más común escuchar hablar de “bonos de carbono”, “permisos de emisión”, “bonos verdes”, y otras formas de nombrar estas mercancías, sin embargo, estos nombres pueden llevar a confusión, por ejemplo, hablar de “bonos de carbono” podría dar lugar al equívoco de pensar que lo que se compra y se vende es el carbono.

Lo que hay que entender es que el mercado de carbono trata a la atmósfera como si fuese un depósito aéreocon capacidad limitada para almacenar contaminantes, gases de efecto invernadero. La atmósfera es una esfera de gases que envuelve al planeta y no tiene un límite físico para almacenarlos, pero en tanto que los especialistas aseguran que una concentración de gases de efecto invernadero que sobrepase cierto umbral (de 450 a 550 partículas por millón) sería catastrófica para la civilización, la Convención ha impuesto legalmente un límite sobre la atmósfera. Con el supuesto objetivo de que esos gases no sobrepasen el umbral establecido (entre 450 y 550 partes por millón), una parte del espacio que aún puede almacenar gases dentro del límite fue repartida entre los países desarrollados mediante los permisos de emisión. Esos permisos no son otra cosa que la representación legal de porciones del espacio atmosférico con capacidad de almacenar esos gases por debajo del límite señalado. Es decir, lo que la CMNUCC le entrega a los países desarrollados es una parte del espacio atmosférico para almacenar contaminantes. En el mercado de carbono se compran y se venden esos permisos, esos fragmentos, legalmente representados en un papel, del espacio atmosférico. Para decirlo brevemente, lo que vende y compra un contaminador cuando acude al mercado de carbono de la CMNUCC no es carbono, ni un simple papel, sino una porción del espacio en la atmósfera, socialmente convertida en un depósito aéreo, que podrá utilizar para colocar sus contaminantes.

Comerciar con el espacio atmosférico en tanto que depósito de gases contaminantes es un fenómeno inédito del que desconocemos sus consecuencias. Sin embargo, hoy sabemos que tratar a la naturaleza como una mercancía ha generado consecuencias peligrosas para la civilización y para la vida en el planeta. Las sociedades que han tratado los recursos naturales, como el petróleo o los combustibles fósiles, como si fueran mercancías a disposición del mejor postor han provocado la excesiva concentración de gases contaminantes en la atmósfera. Utilizaron esos combustibles motivados por la ganancia y el lucro sin pensar en las consecuencias que tendría sobre el ambiente, sin prever que con ello se generaría el cambio climático que padecemos en la actualidad. Lo más sorprendente es que para enfrentar el cambio climático se ha establecido un mercado sobre un espacio del planeta Tierra que antes no era tratado como una mercancía: el espacio atmosférico. En este sentido, resulta paradójico y muy cuestionable que para atender un problema que fue causado por tratar a la naturaleza como un medio para la obtención de ganancias, se establezca una “solución” que busca detener el cambio climático motivando a los agentes a que obtengan ganancias por ello, es decir, estableciendo un mercado de emisiones que permite la generación de ganancias mediante el intercambio de espacio atmosférico para colocar gases contaminantes. Es como el adicto al tabaco que busca liberarse de su adicción mediante parches de nicotina, pero que termina transformándolo en adicto a los parches, debido a que la supuesta “solución” estimula la causa: la adicción a la nicotina. Lo mismo sucede con el mercado de emisiones de la Convención, tratar a la naturaleza como un medio para obtener ganancias generó el cambio climático, y ahora se pretende enfrentar ese problema creando un mercado motivado por la generación de ganancias. Como en cualquier otro mercado capitalista, la lógica de la ganancia es la que predomina en el mercado de emisiones y esto hace que el objetivo de combatir el cambio climático quede subsumido por esa lógica. En este sentido, el mercado de emisiones parece más un medio de expansión de los mercados capitalistas que una solución para el cambio climático.

GF: ¿Cómo complementan el mecanismo de Implementación Conjunta y el Mecanismo de Desarrollo Limpio, instituidos también por el Protocolo de Kyoto, el mercado de carbono?

RV: En el protocolo de Kioto se establece que estos dos mecanismos contribuirán a alcanzar los objetivos de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en la atmósfera y, con ello, mitigar el cambio climático. Básicamente tanto el mecanismo de Implementación Conjunta (IC) como el Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) implementan proyectos de reducción de emisiones, como por ejemplo la sustitución de centrales eléctricas a base de carbón por centrales eléctricas eólicas. Mediante la cuantificación de las emisiones que se evitaron por la transformación de la central se determina cuántos permisos de emisión creó el proyecto de reducción de emisiones (cada permiso es igual a una tonelada de dióxido de carbono equivalente). Estos permisos de emisión adicionales se ofrecen en los mercados de emisiones para que sean adquiridos por los contaminadores. En general, esta es la función principal de los dos mecanismos, reducir emisiones y generar permisos adicionales.

Ahora bien, lo primero que distingue al Mecanismo de Implementación Conjunta del Mecanismo de Desarrollo Limpio es el espacio geográfico en el que se implementa. Los proyectos de reducción de emisiones pertenecientes al mecanismo de IC se ejecutan en los países desarrollados, mientras que los proyectos del MDL se realizan en los llamados países en desarrollo, como los latinoamericanos. La diferencia entre “países desarrollados” y “países en desarrollo” fue fundamental en el Protocolo de Kioto firmado por la CMNUCC. No solo porque les impuso límites de emisión únicamente a los países desarrollados, en tanto que principales responsables del cambio climático, sino porque estableció como un objetivo que los países en desarrollo contribuirían a mitigar el cambio climático si logran desarrollarse mediante tecnologías y procesos productivos menos contaminantes. Así, el MDL no solo busca reducir emisiones y generar permisos adicionales, también pretende que los países en los que se ejecuta alcancen el desarrollo de forma menos contaminante, mediante la transferencia de recursos y tecnologías desde los países desarrollados. Por lo que además de reducir emisiones y generar permisos adicionales, el MDL busca contribuir al desarrollo de los países atrasados, de ahí que lleve por nombre Mecanismo de Desarrollo Limpio.

Un ejemplo del MDL son los proyectos de Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación Evitada de Bosques, mejor conocidos como REDD+. Estos proyectos que se ejecutan en países en desarrollo, como los latinoamericanos, reducen emisiones mediante la conservación de los bosques. Los árboles, como cualquier otra planta, utilizan el dióxido de carbono que capturan del aire para construir sus células. Ese carbono permanece “secuestrado” mientras el árbol se conserve vivo, pues en el momento en que muere, el carbono capturado se libera y vuelve a la atmósfera. Es decir, los proyectos REDD+ reducen emisiones mediante la conservación de los bosques que funcionan como bancos o sumideros de carbono. El carbono fijado en el bosque y conservado por el proyecto REDD+, cuantificado mediante diversos procesos, se transforma en una cantidad específica de permisos de emisión que podrán ser ofrecidos a los países desarrollados y sus empresas contaminantes.

Como todos los proyectos MDL, los REDD+ además de buscar la reducción de emisiones pretenden contribuir al desarrollo de las comunidades y/o gobiernos de los países desarrollados que poseen los bosques en los que se implementan. En teoría estos proyectos permiten a las comunidades acceder a recursos económicos, tecnología limpia y fuentes de empleo realizando actividades de conservación forestal. Sin embargo, los resultados de la investigación muestran que estos proyectos no solo no están creando las condiciones que permitan el acceso a mejores condiciones de desarrollo en los países pobres, sino que originan nuevas condiciones de subordinación hacia los países desarrollados, empresas y organismos internacionales.

GF: ¿Los bosques en los que se implementan los proyectos REDD+ son bosques naturales? ¿Cómo es que la conservación de un bosque natural puede transformarse en permisos de emisión, una mercancía deseada por los contaminadores?

RV: Así es, los proyectos REDD+ se ejecutan en bosques que han sido creación de la naturaleza. Las empresas altamente contaminantes de los países desarrollados tienen cierta preferencia por los permisos generados en estos proyectos forestales, principalmente por el bajo precio al que se venden (en promedio 10 dólares por un permiso que permite colocar una tonelada de dióxido de carbono equivalente en la atmósfera). Su precio suele ser bajo, respecto de los permisos generados en otros proyectos de reducción de emisiones, porque necesitan poca inversión para ejecutarse, pues en buena medida el trabajo de capturar el dióxido de carbono ya lo ha realizado la naturaleza.

Es muy importante aclarar que lo que se vende como mercancía en los permisos de emisión generados por un proyecto REDD+ no es el bosque y mucho menos el carbono secuestrado en él, sino el espacio atmosférico libre de dióxido de carbono que fue liberado por los árboles que componen el bosque. Debido a que no es posible percibir, mediante la simple observación, el espacio en la atmósfera que el bosque logró liberar de carbono, resulta difícil imaginar que lo que se vende y se compra con estos permisos de emisión es un pedazo de espacio atmosférico para colocar contaminantes. Pero, aunque resulte difícil imaginarlo eso es lo que se vende y se compra con estos permisos. Por ello es que los contaminadores están ansiosos de obtener permisos de emisión generados por proyectos REDD+ en bosques naturales, porque a través de ellos logran obtener una autorización barata para seguir colocando sus gases contaminantes en la atmósfera.

No todos los bosques son idóneos para que funcionen como bancos o sumideros de carbono capturado de la atmósfera. Los más adecuados para ese fin son los bosques tropicales, algunos de los más importantes de ellos se encuentran en América Latina. Aunque la mayoría de los países de nuestra región implementan proyectos REDD+ en sus territorios, no todos han logrado comercializar permisos, principalmente porque para poder generar y vender permisos es necesario que los países desarrollen procesos institucionales que permita a las agencias de la CMNUCC tener certeza de la veracidad de que el bosque existe y se está conservando para que no se degrade o deforeste. En México, por ejemplo, desde hace años se ejecutan este tipo de proyectos, pero solo en modalidad piloto, pues no han logrado consolidarse hasta el punto en que puedan ofrecer permisos al mercado de carbono y financiarse mediante su venta.

Algunos de los países que más han logrado avanzar en el proceso de comercialización de permisos generados en proyectos REDD+ son Colombia, Ecuador y Costa Rica. En los últimos años Colombia se posicionó, en América Latina, como uno de los principales vendedores de permisos a las empresas contaminantes de los países desarrollados. Mi investigación se concentró en analizar los proyectos que se ejecutan en Colombia, uno de los países más importantes en cuanto a proyectos REDD+ se refiere de toda América Latina. Del lado de los compradores de permisos REDD+, países como Alemania, Noruega e Inglaterra suelen ser los más importantes. En vez de invertir en tecnología y en procesos productivos menos contaminantes o detener el consumo de combustibles fósiles, estos países desarrollados optan por comprar permisos baratos de este tipo en el mercado de emisiones o mediante acuerdos bilaterales o multilaterales con los países en desarrollo. Así, mediante la compra de permisos adicionales en el mercado los países desarrollados pueden sobrepasar el límite de emisiones que les había fijado la CMNUCC.

GF: Si la contaminación de un país desarrollado, supongamos Alemania, se compensa con la captación de esos contaminantes en un país en desarrollo, como Colombia, ¿qué tiene eso de “malo”?

RV: Por varias razones la compensación de emisiones no es tan sencilla como pretenden mostrar los intercambios comerciales de los mercados de emisiones. Podría abundar en las diferentes complicaciones que crea el comercio de permisos de emisión, como aquellas relacionadas con la incertidumbre científica de que emisiones realizadas en diferente espacio, lugar, tiempo y tipo de gas contaminante se hagan equivalentes entre sí mediante los intercambios comerciales. Como botón de muestra se puede mencionar que los permisos de emisión que vende Colombia son resultado de la captura de dióxido de carbono atmosférico realizada por los árboles, es decir son resultado de la formación de carbono vegetal. Cuando una empresa como una central eléctrica alemana, que utiliza un combustible fósil como el carbón, compra permisos generados por el REDD+ colombiano, está compensando las emisiones contaminantes generadas por el uso de carbono fósil, el carbón que utilizó como combustible, mediante carbono vegetal, el dióxido de carbono capturado por el árbol. Larry Lohmman ha mostrado la intensa polémica y el debate científico sobre las incertidumbres de compensar o hacer equivaler el carbono fósil con el carbono vegetal, principalmente porque el carbono vegetal es más inestable que el carbono fósil y, por tanto, puede regresar a la atmósfera más fácilmente, lo que en vez de compensar aumentaría la concentración de dióxido de carbono atmosférico.

Además de estas incertidumbres científicas, las compensaciones también abren un problema sobre la democracia internacional relacionado con la privatización de los bienes comunes, como la atmósfera, que en principio son de todos y nadie debería de expropiarlos de forma privada. Sin embargo, eso es lo que ha sucedido con el mercado de emisiones para combatir el cambio climático. Lo que está en el centro de los intercambios comerciales en los mercados de emisiones es, como ya decía, la atmósfera que es tratada como un depósito aéreo con capacidad limitada para almacenar gases de efecto invernadero. Lo que le vende Colombia a Alemania es espacio en ese depósito (espacio atmosférico). Con la compra que realiza, Alemania obtiene una extensión mayor de espacio en el depósito del que se le había cedido en los permisos que le otorgó la CMNUCC. Cada permiso vendido por un país en desarrollo a un país desarrollado significa una mayor extensión de la propiedad sobre el espacio en el depósito aéreo en beneficio de los países desarrollados. De esta forma el mercado de emisiones, a través del Mecanismo de Desarrollo Limpio, no solo permite que los países desarrollados excedan el límite de emisiones que les fue fijado en el Protocolo de Kioto, sino que además les posibilita la apropiación privada de espacio en el depósito, esto es, la apropiación de un bien común global como lo es la atmósfera. Esta privatización se hizo y continúa realizándose sin el menor debate democrático entre las naciones, estados y pueblos del mundo.

GF: ¿No es una ayuda a las comunidades colombianas para conservar sus bosques y obtener un ingreso de ello?

RV: Los proyectos de reducción de emisiones que se implementan en los países en desarrollo lo hacen bajo el discurso de contribución al desarrollo e, incluso, de donaciones al desarrollo. Sin embargo, el análisis del funcionamiento de ese mercado muestra que los proyectos de reducción de emisiones no responden a las necesidades de desarrollo de los países atrasados, sino a la necesidad de acrecentar la masa de permisos baratos que necesitan las empresas contaminantes de los países desarrollados altamente contaminantes. Y aunque es cierto que estos proyectos generan empleos, realmente suelen ser muy escasos. En mi investigación sobre proyectos REDD+ en Colombia se documenta que un proyecto de reducción de emisiones que suele ser presentado como un ejemplo a nivel internacional, no generó más de 30 empleos formales durante más de una década de implementación. Esto es así porque estos proyectos necesitan de pocos trabajadores para poder funcionar, básicamente un equipo forestal que se encarga de realizar las labores de medición y cuantificación del carbono capturado por el bosque y que también desempeñará las tareas de conservación, además del equipo forestal se precisa de una pequeña oficina administrativa para realizar las labores de comercialización y certificación de los permisos generados, pero no más. A ello hay que sumar que la mayor parte de las ganancias generadas por estos proyectos suelen ser acaparadas por consultoras, certificadoras, ONG´s y empresas transnacionales altamente especializadas en el comercio internacional de emisiones, un mercado que precisa de saberes técnicos altamente especializados. Las comunidades del bosque son las últimas beneficiadas.

No solo eso, en tanto que el espacio en la atmósfera libre de dióxido de carbono que Colombia vende como permisos de emisión fue creado por el bosque, ese espacio sólo podrá ser utilizado por las empresas contaminantes de los países desarrollados si el bosque es conservado por largo tiempo. Esto es así porque las emisiones de gases de efecto invernadero suelen permanecer por períodos prolongados en la atmósfera, decenas e incluso cientos de años, dependiendo del gas que se trate. Los contaminadores alemanes necesitan que los permisos de emisión que compran garanticen que el espacio aéreo liberado de gases de efecto invernadero por el proyecto colombiano permanezca así por largo tiempo. De ahí que las agencias de la CMNUCC tengan que realizar labores periódicas para verificar que el bosque, que liberó el espacio atmosférico que fue vendido a la empresa contaminadora, no ha sido deforestado. Es decir, la venta de permisos de emisión generados por proyectos REDD+ implica no sólo la transferencia de la propiedad del espacio en el depósito aéreo liberado de dióxido de carbono por los bosques, también implica que la comunidad dueña del bosque quede imposibilitada de utilizarlo por decenas de años para actividades que no sean las de conservación. Numerosos estudios han documentado que actividades de subsistencia de las comunidades, como la caza selectiva, la recolección y la siembra agrícola, quedan estipuladas legalmente como delitos ambientales con la ejecución de los proyectos REDD+, privando a las comunidades de los recursos necesarios para su sobrevivencia.

De esta forma, mediante los REDD+ las comunidades se ven privadas de emprender proyectos productivos que les permitan acceder a condiciones de desarrollo y a otras fuentes de ingreso utilizando su bosque. Así, las comunidades, que generalmente han habitado los bosques sin ponerlos en peligro, se tienen que sacrificar a realizar labores exclusivamente de conservación por el bien de la humanidad y de la vida en el planeta, mientras que las empresas de los países desarrollados no detienen su producción y mantienen e, incluso, aumentan sus niveles de contaminación. Se supone que el Protocolo de Kioto impuso la carga de los sacrificios a los principales causantes del cambio climático, a los países desarrollados y sus empresas, pero el MDL permite, mediante intercambios comerciales, traspasar la responsabilidad hacia los países en desarrollo, y con los proyectos REDD+, hacia las comunidades del bosque que son las que menos se han visto beneficiadas por la contaminación atmosférica, pero que son las más vulnerables a las consecuencias del cambio climático. De esta forma el mercado de emisiones de gases de efecto invernadero es, también, un mecanismo de elusión de la responsabilidad histórica que los países desarrollados y sus empresas altamente contaminantes tienen como causantes de la emergencia climática que nos acecha.

GF:  Muchas Gracias Ricardo

10/10/2021

Ricardo Vega es doctorando y en proceso de titulación en Estudios Latinoamericanos en la UNAM y en Estudios del Desarrollo en la UAZ. Es Mtro. en Estudios Latinoamericanos por la UNAM y Lic. en Ciencias Sociales: Antropología y Sociología por la UACM. Actualmente forma parte de la Oficina de Rectoría de la UACM, email: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Guillermo Foladori es profesor-investigador del Doctorado en Estudios del Desarrollo de la Universidad Autónoma de Zacatecas y miembro del sistema nacional de investigadores de Conacyt. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enInternacional
Con 88 mil investigaciones se confirma que humanos han causado el cambio climático

Fundamental, admitir el papel de las emisiones de gases de efecto invernadero para aportar nuevas soluciones, alertan

 

Más de 99.9 por ciento de los artículos científicos revisados por pares coinciden en que el cambio climático es causado principalmente por los humanos, según 88 mil 125 estudios relacionados con el tema.

La investigación de la Universidad de Cornell actualiza un documento similar de 2013 que revela que 97 por ciento de los estudios publicados entre 1991 y 2012 apoyaron la idea de que las actividades humanas están alterando el clima. La actual examina la literatura publicada desde 2012 hasta noviembre de 2020 para explorar si el consenso ha cambiado.

"Estamos virtualmente seguros de que el consenso está muy por encima de 99 por ciento ahora y que está prácticamente cerrado el caso de cualquier conversación pública significativa sobre la realidad del cambio climático causado por los humanos", destacó Mark Lynas, miembro visitante de la Alianza para la Ciencia en Cornell University y el principal autor del artículo.

"Es fundamental reconocer el papel principal de las emisiones de gases de efecto invernadero para que podamos movilizar rápidamente nuevas soluciones, dado que ya somos testigos en tiempo real de los devastadores impactos de los desastres relacionados con el clima en las empresas, las personas y la economía", señaló Benjamin Houlton, decano de la Facultad de Agricultura y Ciencias de la Vida en Cornell y coautor del estudio, publicado en Environmental Research Letters.

A pesar de estos resultados, las encuestas de opinión pública, así como los juicios de políticos y representantes públicos, apuntan a creencias falsas y afirman que todavía existe un debate significativo entre los científicos sobre la verdadera causa del cambio climático.

En 2016, el Centro de Investigaciones Pew descubrió que sólo 27 por ciento de los adultos estadunidenses creen que "casi todos" los científicos estaban de acuerdo en que el cambio climático se debe a la actividad humana, según el documento. Una encuesta de Gallup de 2021 señaló una división partidista cada vez más profunda en la política de Estados Unidos sobre si el aumento de las temperaturas desde la revolución industrial fue causado principalmente por los hombres.

"Para comprender dónde existe un consenso, es necesario cuantificarlo. Eso significa examinar la literatura de una manera coherente y no arbitraria para evitar intercambiar papeles seleccionados, que es a menudo la forma en que estos argumentos se llevan a cabo en la esfera pública."

Publicado enMedio Ambiente
Interpretación ética de los Papeles de Pandora

En esta sociedad capitalista, los empresarios junto a las llamadas élites culturales, actrices, escultores, pintores, literatos, cantantes, son quienes perciben rentas por encima del nivel medio. Junto a ellos, deportistas, arquitectos, médicos, ingenieros, modelos, etcétera. No importa si son hombres o mujeres, representan una minoría, pero gozan de popularidad, en parte gracias a sus fortunas y al éxito mediático. La prensa rosa les dedica cientos de páginas donde desnudan su vida privada, placeres, extravagancias, divorcios, amantes y hobbies. Todo en ellos es lujo. Sus viajes, fiestas, coches, yates, jets privados son noticia siempre. Parte importante de la población los consideran íconos, envidian su suerte y desearían ser como ellos.

No importa su ideología, son personajes cuyas fortunas se tasan cada año. Jeff Bezos, Elon Musk, Bernard Arnault, Bill Gates o Mark Zuckerberg. A la cola, le siguen los millonarios del montón, sean mexicanos, estadunidenses, chilenos, españoles, etcétera. Sus nombres también ocupan portadas. Crean fundaciones con sus apellidos. Rockefeller, March... Sus donaciones son objeto de alabanzas y se les considera filántropos. Carlos Slim, Donald Trump, Sebastián Piñera, Amancio Ortega, Ana Botín, Françoise Bettencourt, Alice Walton, MçKenzie Scott, Esther Koplowitz, Julia Koch, Miraim Andelson, Susanne Klatten o Gina Rineheartvich se benefician de esta publicidad. Participan de actos sociales para remarcar su compromiso. Participan de galas benéficas, prestan sus nombres a la Cruz Roja, la asociación contra el cáncer, la lucha contra el hambre, el sida, la defensa de las ballenas o el cambio climático. Incluso después de su muerte, donarán su fortuna a sus fundaciones. Algunos dan el salto a la política, otros prefieren seguir entre bambalinas, pero les financian sus campañas, les protegen, les hacen regalos, en definitiva, les dominan y compran.

Unos y otros se consideran ciudadanos ejemplares. Pero la realidad es tozuda. Cada vez con mayor frecuencia se ven implicados en escándalos por evasión de impuestos y lavado de dinero. Su indignidad les precede. La fórmula es variopinta, paraísos fiscales, sociedades pantalla, cuentas opacas, la lista es interminable. Esta red de evasión de impuestos cuenta con la complicidad de grandes despachos de abogados, asesores fiscales y banqueros. Sin su participación sería imposible robar a la hacienda pública. Si por algún motivo son descubiertos, niegan la mayor, piden clemencia y perdón. Ante la evidencia, reconocen ser o haber sido propietarios de compañías offshore, pero agregan: las hemos cerrado. Como si el problema fuera un desliz pasajero, y no remitiera a un compromiso ético con la sociedad y el bien común. Su conducta la justifican como si de una agresión sexual se tratase, argumentando que sólo violaron a la víctima en una ocasión, pero decidieron no reincidir. En nuestro caso: defraudé un poquito.

Para ellos, sus millones son sagrados. Responden al esfuerzo, el mérito y el sacrificio individual. Han tenido iniciativa, visión para los negocios, pensamiento positivo. Su riqueza les pertenece. No de­ben a nadie. Se han sacrificado. No son privilegiados, son emprendedores y la sociedad tiene una deuda con ellos. Crean riqueza, promueven el empleo, financian investigaciones, becas, apoyan la ciencia, mecenas por convicción. Pagar impuestos proporcionalmente a sus fortunas lo consideran un exceso. El Estado les roba. Este relato incorpora cantantes, deportistas y en la actualidad, youtubers e influencers.

Los Papeles de Pandora son un ejemplo. En ellos hay 35 jefes de Estado y ex jefes de Estado, reconocen nombres como Mario Vargas Llosa, Shakira, Miguel Bosé, Julio Iglesias, Elton John, Luis Miguel, Alejandra Guzmán, Santiago Calatrava, Tony Blair, Dominique Strauss-Kahn, Claudia Schiffer, Abdala II de Cisjordania, Andrés Babis, premier de la República Checa; el ministro de Finanzas holandés, Wopke Hoekstra; los presidentes de Ucrania, Volodimir Zelenski; de Ecuador, Guillermo Laso; de Dominicana, Luis Abinader; de Chile, Sebastián Piñera, y los legionarios de Cristo. Sólo piensan en engañar, mentir, y reírse de sus conciudadanos. Se reconocen en el fraude y la codicia, en una sociedad donde el dinero es la medida de todas las cosas, el fraude fiscal, es más bien un acto inherente al capitalismo.

Pagar impuestos es cuestión de pobres. Descubrir la evasión no es noticia. Las multas, por fraude a la hacienda pública, salpican continuamente a personajes públicos. Futbolistas como Leo Messi, Cristiano Ronaldo, Casillas, llegan a pactos por valor de decenas de millones de euros para evitar la cárcel. Otros se benefician de amnistías fiscales o se declaran insolventes. Además, existe la ingeniería fiscal que facilita a las grandes trasnacionales cotizar a la baja, pagando cantidades irrisorias a la hacienda pública. ¿Cuál es el mensaje de los defraudadores? Sencillo: evada hasta que le pillen, está en su derecho. Sólo recibirá un rapapolvo. Para más inri, la Unión Europea decide en medio del escándalo, retirar de la lista negra de paraísos fiscales a Seychelles, Anguila y Dominica. Su mundo está alejado de los valores éticos y el bien común. Ya sabe, defraudar es de listos, sea inteligente y hágalo. Nadie le pasará factura, pero todos sufriremos su decisión corrupta. Habrá menos escuelas, hospitales, viviendas sociales, transporte público, zonas verdes y, sobre todo, justicia social, igualdad y democracia. Usted decide. Viva el capitalismo.

Publicado enEconomía
 Sancho R. Somalo

La nueva filtración nos muestra una vez más que la estructura económica, comercial y jurídica global está diseñada específicamente para las personas y empresas que aparecen en los papeles.

 

LuxLeaks, Panama Papers, Paradise Papers y ahora los Pandora Papers. Vuelve a salir otro de esos escándalos de la mano de periodistas que nos muestran las cloacas fiscales globales y su funcionamiento. Desde presidentes latinoamericanos que repiten mucho eso de que “el dinero está mejor en el bolsillo del contribuyente” a artistas y deportistas que no dudan en abanderar sus nacionalismos frente a las cámaras. Ya no solo aparecen los más ricos del planeta o las empresas más rentables, la industria de la evasión de impuestos toca a las puertas de todo aquel que tenga el suficiente capital como para dejarle una suculenta comisión al mover ese dinero. Ya no es una cuestión solo de grandes empresarios. Existen despachos de abogados con oficinas en la Castellana o la Diagonal que moverán tu capital a Andorra o Panamá, seas rey o youtuber. Y entendedme, no quiero decir que El Rubius o Vargas Llosa no sean ricos, pero no son ningún Amancio ni ningún rey.

La evasión de impuestos cada vez está más disponible y al alcance de todo tipo de capitales. A todos los niveles y en todos los lugares. Y lo peor de todo es que la gran mayoría de esas prácticas son legales, porque el sistema lo permite. O más bien porque el sistema lo promueve, está diseñado para ello.

Erramos al considerar lo que nos cuentan estas nuevas filtraciones como un escándalo, aunque nos escandalice. Es mucho más que eso. Lo que muestran los Pandora Papers y el resto de filtraciones es que el mundo está hecho para los que aparecen en ellos. Los gobiernos liberales (incluidos los que se hacen llamar socialdemócratas) y las organizaciones supranacionales, como el Banco Mundial, el FMI o la Comisión Europea, han estructurado un planeta bajo las normas del libre mercado y la libre circulación de capitales diseñado para que las empresas y los grandes capitales puedan escapar de las haciendas públicas, para que puedan esquivar el reparto de la riqueza que realizan los Estados para repartirla únicamente entre sus accionistas o simplemente no repartirla.

Los bufetes y asesorías no son más que facilitadores. Son aquellos que conocen bien esas estructuras, porque en muchas ocasiones han formado parte de los partidos políticos o son funcionarios que las han diseñado, y saben construir una estructura personalizada al gusto del cliente.

Que quieres comprar una mansión o un yate y no pagar impuestos, pues una sociedad pantalla en Bahamas. Que quieres que los dividendos que recibes de tus acciones en empresas no paguen impuestos al rendimiento del capital, pues los repartes en Luxemburgo y los cobras mediante otra empresa pantalla en Islas Caimán. Que tu empresa necesita instaurarse en Europa pero no quieres contribuir a las arcas de los países europeos, pues te diseñan una estructura con base en Irlanda, que paga dividendos a Luxemburgo y que acaban en una de esas islas caribeñas. Hay técnicas de evasión para todos los gustos y necesidades.

Y con esto no quiero decir que no sean culpables y cómplices de prácticas ilegales o de ayudar a limpiar dinero negro de todo tipo de oscuras procedencias, sino que creo que es necesario mirar a la luna y no quedarse tan solo escandalizados mirando al dedo.

Evadir para subsistir

Sí, suena raro, pero es así. El libre mercado, la competencia globalizada y la esclavitud de las empresas hacia sus accionistas que exigen beneficios y reparto de dividendos en el corto plazo, sumado a que al gran capital cada vez le cuesta más encontrar nuevos mercados que explotar y nuevos países que sangrar, ha endurecido la competencia entre empresas. Es difícil ser “más productivos”, se complica cada vez más explotar trabajadores y los circuitos financieros apenas dan beneficios con los tipos de interés en mínimos históricos. En medio de todo eso, la única manera que tienen para poder crear márgenes de beneficios es ahorrarse la factura fiscal. O evades impuestos o eres más caro que tus competidores. O te llevas tus beneficios a un paraíso fiscal o no repartes tanto dividendo como tus competidores y los inversores venderán tus acciones para comprar de tus competidores, bajará su precio y el valor de tu empresa. Evaden impuestos porque todo el mundo en su nivel y de su clase social lo hace.

Ahí entra la industria de la evasión fiscal y los paraísos fiscales: “¿Quieres ser más competitivo y tus productos más baratos? ¿Quieres contentar a tus accionistas repartiendo un mayor dividendo? Pues te podemos ayudar”. Otra vez, insisto, los bufetes de abogados no son más que pequeñas partes del engranaje de un capitalismo podrido que ya no busca la innovación, sino el ahorro egoísta. La evasión fiscal es un freno a la innovación, porque quién va a querer invertir en I+D para ser más productivos cuando puedes serlo evadiendo impuestos.

Y ojo, no me malinterpretéis de nuevo, no digo que esas empresas no tengan culpa y responsabilidad de sus egoístas actos. Si acabáramos con todos los paraísos fiscales y muchas de esas empresas quebraran no me daría ninguna pena, porque los que me dan pena realmente son las pymes que pagan un 25% de su beneficio y que quiebran porque no pueden competir con multinacionales que pagan un 3% de manera global. Me da pena la empresa que ética y responsablemente contribuye a las arcas públicas y ve cómo una Amazon o una Zara destroza los precios y quiebra al no poder competir con ellas. La evasión fiscal y los paraísos fiscales deforman y desprecian esa “libre competencia” que los liberales dicen defender.

Países compiten, empresas ganan, ciudadanos pierden

En toda esa vorágine, los Estados también se quedan sin ideas para hacer más atractivos sus países para las empresas y la inversión. La vía que han seguido muchos países es la competición fiscal a la baja, o sea, rebajar tus impuestos a las empresas y a los rendimientos del capital hasta que el ahorro en impuestos atraiga a las empresas, generen negocio y beneficio en el propio país o no. Pequeños territorios que ante la falta de una industria o de exportaciones deciden atraer a pequeñas oficinas donde conviven miles de domicilios fiscales de empresas pantalla a cambio de no cobrarles ni un euro en impuestos.


Más sangrante todavía es el ejemplo de la Unión Europea. Ya no hablamos de pequeñas islas sin industria que han encontrado en la evasión fiscal su nicho de mercado, sino de países en el corazón de Europa. Luxemburgo, Países Bajos, Irlanda y Malta. Los dos primeros responsables de la mayor pérdida de ingresos tributarios para el resto de países europeos, según la organización Tax Justice Network.

Estados que practican un juego sucio frente a sus vecinos porque, claro, queda muy bien decir a tus conciudadanos que les vas a bajar los impuestos mientras llenas las arcas públicas con el dinero que corresponde a los países de tu entorno. Queda muy bien aparentar ser un país que “crea riqueza” en vez de mostrar que no eres más que una sanguijuela de la riqueza creada en otros lugares y que estás al servicio de las multinacionales y no al de las personas.

Entre todas las revelaciones de famosos, esta misma semana se han dado dos noticias que han pasado más bien desapercibidas, pero que tienen mucho que ver con los Papers. La primera, es la publicación por parte de la Agencia Tributaria del resumen de los datos del Informe País por País de 2018 que recoge 122 multinacionales con sede fiscal en España. Los datos mostraban que 20 multinacionales españolas han pagado un tipo impositivo efectivo sobre beneficios del 1,8% de media global.

La otra noticia es que la Unión Europea ha sacado de la lista negra de territorios no cooperantes a Anguila, Dominica y las Islas Seychelles pese a que esta última aparece en los Papeles de Pandora como uno de los territorios protagonistas y fundamentales en las estructuras de evasión de impuestos. Europa, o sea los gobiernos que conforman la Unión Europea, decide justo esta semana levantar el veto de un país que está en el centro del nuevo “escándalo”. Que Europa haga esto no es un escándalo en sí, aunque lo sea un poco, sino que es el “sistema” global y europeo que impulsa.

Más allá de señalar al millonario

¿Cuántos escándalos hacen falta para que dejen de serlo? O, mejor dicho, cuántos escándalos debemos conocer para darnos cuenta de que no son hechos puntuales, sino un sistema global de egoísmo forjado en los dogmas neoliberales. No es la “ingeniería fiscal de una empresa”, sino la estructura global económica hecha a medida para un mundo empresarial y de grandes riquezas. La estructura del, por y para el capital.

Y los nombres que llenan los medios estos días no son simples evasores, sino una nueva clase social que ha decidido que lo del progreso común y los sistemas de bienestar sociales no va con ellos. Se juntan en sus fiestas, comparten los contactos de sus asesores y se suben al carro de la evasión de impuestos. No se ven como delincuentes, sino como integrantes de una nueva élite global por encima del bien y del mal. Se creen seres superiores porque el mundo globalizado está hecho a su medida. En esta última revelación de documentos, además, hemos visto a varios jefes de Estado. Personas encargadas de dirigir un país, eludiendo las responsabilidades fiscales del mismo. Una impunidad absoluta de los lobos que cuidan de las gallinas.

Por todo ello, lo que se necesita no es hacer pagar a los evasores lo que deben más su sanción correspondiente, que también, sino que se necesita atajar de raíz las técnicas y estructuras globales que facilitan la ingeniería fiscal y las prácticas de planificación fiscal, o sea de evasión de impuestos. No llega con hacer dimitir a un par de políticos, sino que necesitamos decisiones políticas valientes y tomadas de manera conjunta entre Estados para acabar con el negocio de la evasión de impuestos. No podemos contentarnos con señalar a unos cuantos bufetes de abogados, debemos señalar a las instituciones europeas y globales. Ejercer una presión a nuestros gobiernos para empezar un proceso global que desmonte esas redes cooperantes de paraísos fiscales, para sancionar a quienes no cumplan con esas reformas, para dejar sin negocio a esos bufetes y sin posibilidad de evadir a esos millonarios y esas empresas. El escándalo de los Pandora Papers nos ayuda a enfadarnos y a abrir los ojos, pero a lo que tenemos que mirar y señalar es al sistema.

Por Yago Álvarez Barba

@EconoCabreado

7 oct 2021 19:18

Publicado enEconomía
Con una fortuna de 2.5 mil mdd Donald Trump no alcanzó a ingresar a la lista de los 400 estadunidenses más ricos, el mínimo requerido es de 2.9 mil mdd. A la derecha, Jeff Bezos, fundador de Amazon, quien repite por cuarto año consecutivo en el número uno de los más ricos del país. Ambos en imagen de archivo. Foto Ap

Incrementaron sus fortunas 40% en año de pandemia // Trump sale de la lista de Forbes por primera vez en 25 años // Pagan tasas muy por debajo de la mayoría de los contribuyentes

 

Nueva York., Los 400 estadunidenses más ricos incrementaron su riqueza total 40 por ciento el año pasado, en plena pandemia, cuyas consecuencias económicas han devastado a millones de personas en este país y el resto del mundo, elevando el monto de su fortuna colectiva a 4.5 billones de dólares.

Casi todos en este exclusivo club tienen más dinero ahora que hace un año, pero entre las excepciones está un ex presidente, según la lista anual de los 400 más ricos de Estados Unidos calculada y publicada por Forbes.

Muchos de estos mismos individuos y sus empresas legalmente pagaron poco o nada de impuestos federales, con tasas muy por debajo de la gran mayoría de los contribuyentes, a tal extremo que no requieren de los servicios para ocultar sus fortunas del fisco en cuentas y entidades offshore como las reveladas por los Papeles de Pandora esta semana.

Jeff Bezos, fundador de Amazon, repitió por cuarto año consecutivo en su puesto número uno en la lista de Forbes de los estadunidenses más ricos con una fortuna personal de 201 mil millones de dólares (su ahora ex esposa MacKenzie Scott está en el número 15 con 58.5 mil millones). Elon Musk, de Tesla, le sigue con una fortuna de 190.5 mil millones y en tercero está Mark Zuckerberg, de Facebook, con 134.5 mil millones. Bill Gates está en cuarto puesto con 134 mil millones (su ex esposa Melinda French Gates ocupa el número 158 con 6.3 mil millones). Los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin ocupan los siguientes dos lugares, y entre los 20 más ricos también están Michael Bloomberg, y en los sitios 11, 12 y 13 están los integrantes de la familia Walton, dueños de Walmart. (Para ver la lista completa: https://www.forbes.com/forbes-400/).

Para ingresar a este exclusivo club de los 400 más ricos, se requiere una fortuna mínima de 2.9 mil millones. Unos 51 fueron expulsados de la lista de ricos supremos, entre ellos, el ex presidente Donald Trump, quien por primera vez en 25 años no figura en la lista, su fortuna se calcula en sólo 2.5 mil millones. Fue uno de los pocos ricos que no disfrutaron del auge de los multimillonarios del año pasado, con la fortuna del autoproclamado "genio" empresarial perdiendo 600 millones.

La concentración de riqueza que este club representa es parte de la mayor desigualdad económica en la historia de Estados Unidos desde 1928, tema que está al centro del debate político y social nacional. El hecho de que se volvieran más ricos que nunca durante una pandemia con consecuencias económicas masivas para las mayorías en el país expresadas en mayor pobreza, más hambre, y por un tiempo con niveles de desempleo dramáticos, sólo confirmó para muchos un sistema que algunos críticos –como el senador Bernie Sanders o intelectuales como Noam Chomsky, Cornel West y Robert Reich– califican de llegar casi a una oligarquía.

Los Papeles de Pandora, proyecto de investigación periodística del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), que está provocando un terremoto al revelar los clientes y cómplices de una economía clandestina internacional para los ricos y sus métodos de operación, arrojó una interrogante al no encontrar a muchos estadunidenses entre los individuos ultra-rricos que suelen usar los llamados paraísos fiscales.

Una razón de ello, concluyen algunos de los investigadores, es que estos estadunidenses no necesitan esos paraísos fiscales para ocultar sus fortunas, ya que bajo las leyes y el sistema tributario de su país logran evitar el pago de impuestos de manera legal.

Los más ricos de Estados Unidos, Bezos, Musk, Bloomberg... pagan casi nada en impuestos federales sobre sus ingresos, y muchas veces ni un solo centavo, confirma una investigación reciente de ProPublica. La organización de periodismo de investigación obtuvo un enorme acervo de la agencia federal de impuestos –el IRS– de los datos sobre miles de los individuos más ricos del país a lo largo de15 años, y concluyó que "destruye el mito de la piedra angular del sistema de impuestos estadunidense: que todos pagan su justa parte y que los más ricos pagan más que todos". Los documentos oficiales muestran que los más ricos, de manera legal, logran pagar apenas una mínima fracción en impuestos sobre el crecimiento por cientos de millones, y hasta miles de millones, de sus fortunas.

La tasa media de impuestos federales de un hogar estadunidense es de 14 por ciento, y el más alto sobre una pareja llega a 37 por ciento si tienen ingresos superiores a 628 mil 300. Pero el análisis realizado por ProPublica descubre que lo que llaman la "tasa real de impuestos" sobre el incremento de riqueza cada año de los 25 estadunidenses más ricos es de sólo 3.4 por ciento. La tasa real para Jeff Bezos entre 2014 y 2018, cuando su fortuna creció 99 mil millones, fue de 0.98 por ciento, la de Warren Buffett de 0.10 por ciento, y así (https://www.propublica.org/article/the-secret-irs-files-trove-of-never-before-seen-records-reveal-how-the-wealthiest-avoid-income-tax).

En algunos años, estos megarricos pagaron cero en impuestos –fue el caso de Bezos, entre otros–, en 2007 y lo mismo en 2011.

Fideicomisos para heredar

A la vez, más de la mitad de los 100 estadundienses más ricos usan fideicomisos para evitar el pago de impuestos cuando trasladan sus fortunas a sus herederos, descubrió ProPublica. Bloomberg, los hermanos Koch, la viuda del fundador de Apple están entre los que usan estos mecanismos especiales, todo lo cual lleva a que las arcas públicas pierdan, según algunos cálculos, cientos de miles de millones.

Chuck Collins, especialista en maniobras de los más ricos para proteger sus fortunas y coordinador del programa sobre desigualdad económica del Institute for Policy Studies (https://inequality.org), bautiza a los banqueros, abogados y contadores dedicados a esta sagrada misión como "la industria de defensa de los ricos" en su libro Los acaparadores de la riqueza.

Así, los estadunidenses con más dinero ya viven esencialmente en un paraíso fiscal, y no necesitan recurrir al extranjero, o sea, offshore, bajo las reglas del juego actuales en su país para evitar pagar impuestos, aunque muchos desean ocultar partes de sus fortunas por otras razones, y varias empresas estadunidenses siempre buscan formas de trasladar parte de sus activos a otros "paraísos", a fin de reducir sus impuestos.

Con las revelaciones de los Papeles de Pandora, junto con el trabajo de otros como ProPublica e IPS, es cada vez más difícil fingir que los más ricos en Estados Unidos viven bajo las mismas reglas que los demás.

Todo eso está provocando un debate nacional que buena parte de la cúpula económica y los políticos cómplices de este juego clandestino habían logrado evitar durante años sobre la existencia, transparencia y legitimidad del paraíso de los ricos

Publicado enInternacional
¿Modernización ecológica o «ecologización transmoderna»?

La sustentabilidad ha devenido, indudablemente, en un imperativo ético-político y un principio de responsabilidad en el presente y a nivel intergeneracional. Sin embargo, no siempre es claro qué se entiende al respecto. Por ejemplo, la necesidad de proteger y/o conservar la naturaleza es una posición común, pero la misma idea o concepto de naturaleza no lo es. Una muestra de ello es la discusión sobre sus derechos. Dicho debate varía mucho según el enfoque que se asuma. Hay perspectivas antropocéntricas, ecocéntricas y biocéntricas que reflejan, en parte, las tres grandes corrientes de la sustentabilidad (débil, fuerte y superfuerte) y los tres grandes tipos de ecologías políticas descritos por Eduardo Gudynas. Todo ello ocurre, a su vez, auspiciando o tensionando la propuesta de una modernización ecológica. En este escrito, quiero referirme puntualmente a los límites de dicha proposición y señalar, por consiguiente, qué implicaría un giro hacia lo que llamaré una «ecologización transmoderna».

En términos generales, la modernización ecológica se basa en la religión secular del optimismo tecnológico. Esto supone que los cambios sociotécnicos por sí solos son suficientes para optimizar los procesos productivos, disminuyendo su impacto ambiental y sin necesidad de imponer límites al desarrollo y crecimiento económico. La modernización ecológica se enmarca en la corriente de la sustentabilidad débil al considerar viable el establecimiento de políticas de conservación en simultáneo a la ejecución de planes de industrialización sostenible o el fomento de un ecologismo pronuclear. Bajo esta mirada, los derechos de la naturaleza en sí mismos no existen. Por el contrario, se reconoce y promueve el derecho a un medio ambiente sano, lo que permite apreciar el carácter especista y utilitarista de esta propuesta. La naturaleza, esa idea no-tan-común que todos dicen enarbolar, solo tiene sentido y valor en tanto es útil a las y los seres humanos.

Por tanto, más que una modernización reflexiva, la modernización ecológica se autoafirma en la falsa complacencia que produce la tecnofilia. Iniciativas como la agricultura climáticamente inteligente o la biotecnología asociada al manejo de plantaciones forestales dan forma a un régimen de tecno-naturaleza que promueve y celebra un mundo “más verde”, pero que guarda silencio ante la alta conflictividad socioambiental a lo largo y ancho del planeta. En suma, los límites de la modernización ecológica son, precisa y paradójicamente, sus pilares: un modo de ser autocentrado, uno modo de hacer mecanicista, un modo de sentir egocéntrico, un modo de pensar dualista y un modo de vivir hiperconsumista.

¿Cómo trascender, entonces, la programática ecomodernizadora? En principio, explicitando los lugares de enunciación en el análisis de la crisis ecológica global y la recomendación de propuestas de transformación y/o emancipación socioecológica. Esto es importante porque, en el fondo, la ontología política de la modernización ecológica produce y reproduce continuamente una única idea de naturaleza. Esta estrecha visión cercena las posibilidades de una ecología de mundos donde diversos conocimientos, técnicas, espiritualidades, sensibilidades y naturalezas conformen en su heterogeneidad un núcleo ético-mítico pluriversal.

Aquí es donde quisiera sugerir un juego de palabras que va más allá de la mera inversión de uno u otro vocablo, buscando proponer vías para abrazar otras ideas de naturaleza y sus respectivas formas de organización comunitaria. Lo que llamo una ecologización transmoderna remite a dos puntos centrales profundamente entrelazados. Por un lado el reconocimiento de que la naturaleza solo existe en pluralidad. Y por otro lado el establecimiento de un diálogo crítico intercultural en contextos asimétricos de poder. Para que tal diálogo no quede en una teorización abstracta y para que la pluralidad de visiones sobre la naturaleza no sea reducida al multiculturalismo liberal, es necesario identificar, tematizar y analizar los contenidos últimos de cada cosmovisión y su sistema de conocimientos y técnicas.

Esto nos lleva a la hermosa pregunta formulada por el profesor Eduardo Rueda sobre qué significa pensar míticamente el mundo. A mi juicio, una posible respuesta puede hallarse en una reflexión del maestro Enrique Dussel a propósito de su idea de transmodernidad, es decir, pensar míticamente el mundo implica ahondar en los supuestos ontológicos y en las estructuras ético-políticas de cada narrativa. De esta manera podríamos conocer concretamente los temas de tan necesaria conversación y los términos sobre los cuales activar políticamente el pluriverso.

La ecologización transmoderna busca una ambientalización de las existencias y los entramados comunitarios al tiempo que va recuperando creativa y críticamente todas las experiencias y expectativas de vida negadas por la modernidad, así como aquellas que le anteceden y las que continúan reexistiendo en contra/desde/y más allá de ella. En consecuencia, en lugar de continuar insistiendo en las promesas prometeicas de una razón tecnocientífica indolente, que está en la raíz de la crisis ecológica global, es importante abrirnos al estudio y comprensión de otras racionalidades para poder diseñar en conjunto un futuro con muchos futuros.

En síntesis se trata de un giro biocéntrico o de un enfoque de sustentabilidad superfuerte, donde la identificación de los lugares de enunciación en el debate sobre el reconocimiento de los derechos de la naturaleza es un primer paso para tejer, como ya había mencionado, una ecología de mundos donde otras temporalidades, otras escalas y otras estéticas, por nombrar unos pocos tópicos, formen parte de la conversación junto a temáticas acuciantes como otras formas de política, otros marcos jurídicos y otras economías.

Ante la elección que plantea la interrogante que abre este texto, la ecologización transmoderna es el camino más largo, la opción más utópica, pero la más honesta y consecuente con la diversidad biocultural del planeta.

Esta breve reflexión fue escrita en el marco del Diploma Superior en Ambiente y Sociedad que ofrece el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), bajo la coordinación académica del profesor Augusto Castro (Pontificia Universidad Católica del Perú), y como una asignación para el módulo sobre bioética, derechos y emancipación socioambiental en América Latina dictado por el profesor Eduardo Rueda Barrera (Pontificia Universidad Javeriana, Colombia).

04/10/2021

Por Marx José Gómez Liendo. Laboratorio de Ecología Política
Centro de Estudios de la CienciaInstituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC)

Publicado enMedio Ambiente
La jefa del Tesoro de EEUU advierte sobre una "catástrofe económica" por la deuda del país

Si el Congreso no eleva el techo de la deuda, EEUU se "hundirá" en una crisis financiera, advirtió la secretaria del Tesoro, Janet Yellen, a los legisladores. El Departamento del Tesoro ya invocó medidas de ahorro de emergencia y así evitar que la economía más endeudada del mundo incumpla sus compromisos que ascienden a billones de dólares.

"EEUU siempre ha pagado sus facturas a tiempo, pero el consenso abrumador entre los economistas y los funcionarios del Tesoro de ambos partidos es que no aumentar el límite de la deuda produciría una catástrofe económica generalizada", escribió Janet Yellen en un artículo de opinión para el diario Wall Street Journal.

La jefa del Tesoro enfatizó que "en cuestión de días" millones de estadounidenses podrían tener problemas de efectivo. "Podríamos ver retrasos indefinidos en pagos críticos y casi 50 millones de personas mayores podrían dejar de recibir cheques del seguro social por un tiempo. Las tropas podrían quedarse sin paga. Millones de familias que dependen de los créditos fiscales mensuales por hijos podrían sufrir retrasos. EEUU, en definitiva, incumpliría con sus obligaciones", advirtió la responsable de las arcas públicas del país.

El artículo de Yellen llega justo cuando aumenta la presión sobre los demócratas para que voten por elevar el techo de la deuda antes de que en octubre se agoten las reservas para pagar las deudas existentes del Gobierno federal. El Congreso no extendió la suspensión del techo de la deuda antes de partir para unas vacaciones de seis semanas y los republicanos, encabezados por el líder de la minoría del Senado, Mitch McConnell, han prometido no apoyar el aumento del límite, supuestamente por un sentido de conservadurismo fiscal.

El techo existente se restableció el 1 de agosto, cuando la deuda estadounidense se situó en unos 28,4 billones de dólares. Esa cifra supone más del 150% del PIB de la economía estadounidense, la más grande y también la más endeudada del mundo. En agosto, el Departamento del Tesoro invocó medidas de emergencia para ahorrar efectivo y así evitar que EEUU incumpla sus decenas de billones de dólares de deuda federal.

Para evitar un cierre de Gobierno, los legisladores deberán aprobar un proyecto de ley de financiación temporal de emergencia, conocida como resolución continua. EEUU ya ha experimentado este escenario unas 10 veces desde 1980, incluido un cierre de 35 días entre finales de 2018 y principios de 2019 durante la Administración Trump.

El Congreso ha elevado el techo de la deuda de EEUU aproximadamente 80 veces desde los años sesenta. Estimaciones apuntan a que, para el 2029, el total de la deuda federal más otras obligaciones públicas y privadas ascenderá a unos 89 billones de dólares o más de cuatro veces la economía estadounidense actual.

Publicado enEconomía
Página 1 de 50