Congreso de los Pueblos

Un debate necesario, urgente: que entre todos los sectores sociales y políticos que proyectan un porvenir diferente para la sociedad que somos, asuman el debate de el qué, cómo, con quiénes, del país por construir.

Invitación a tal debate, reposa en la invitación a participar en el Foro: La reconstrucción social y sus sujetos, ¿unidad de la izquierda?, que el 20-21 de noviembre toma cuerpo en Bogotá.

En el marco de su preparación en Bogotá y Cali se efectuaron sendos pre-foros. A continuación una de las intervenciones presentadas en la sesión capitalina.

 

Al leer la convocatoria del Foro del 20 y 21 de noviembre, encontramos que se habla de la reconstrucción social y sus sujetos y enseguida de la unidad de la izquierda, por lo cual, al preguntarnos por los movimientos sociales y sus articulaciones, uno tendría que entender que los organizadores tienen en mente la posibilidad de que a partir de la articulación de esos movimientos se construya una propuesta política que los lleve a ser gobierno y a ser poder en Colombia.

 

Tengo una inquietud al respecto: esto supone que existen los movimientos sociales, pero yo creo que el supuesto no es tan evidente. Ese será mi punto de partida. Y algo más: lo que acabamos de escuchar a propósito de Bogotá nos ilustra sobre un aspecto muy particular de la realidad colombiana que también debemos tener en cuenta ahora: la distancia entre lo rural y lo urbano.

 

Desde un punto de vista meramente estadístico, uno se haría la pregunta: ¿Cuántas personas movilizan eso que acostumbramos llamar "movimientos sociales"? Evidentemente, si acaso suman centenares de miles, pero este es un país en el cual, para no aludir a que somos 47 millones de habitantes, digamos que la población económicamente activa estaría entre 20 y 25 millones de habitantes. Entonces, debemos reconocer que, desde ese punto de vista cuantitativo, eso es muy poco. Ustedes me dirían que, desde de una mirada sociológica, eso está mal planteado porque la dinámica de los movimientos sociales no es importante por lo cuantitativo sino por lo cualitativo y por la capacidad que tienen de introducir en el conjunto social una dinámica de transformación. Correcto, hay que admitir que se han ganado una presencia, incluso en el imaginario nacional. Pero ¿Y el resto de la población? En cuanto a la capacidad de inducir transformaciones, la cosa no es tan clara. Eso nos lleva al tema de la política.

 

Cuando pienso en la relación entre movimientos sociales y la política, inevitablemente, en Colombia, tengo que asomarme, desafortunadamente, al fenómeno electoral. Colombia, a pesar de las cosas que se han querido ver después de la Constitución del 91, sigue siendo una democracia representativa, por no decir "delegativa". Y cuando uno mira los resultados electorales resulta que Santos ganó con 8 millones de votos y el siguiente llegó a 3.5 ó 4. En cambio, la vez que un movimiento político progresista (en el sentido amplio de la palabra), tuvo sus mejores resultados (con Carlos Gaviria) apenas llegó a 2 millones 600 mil. Los datos electorales, entonces, también nos dejan muchas dudas. Y es como pasar de los movimientos sociales a lo político; en los datos electorales como que se ve ese "resto" de la población. Curiosamente nosotros siempre hablamos mal de las encuestas. Como se sabe, le dan a Uribe un porcentaje altísimo de popularidad, casi 80%; a Clara le dan alrededor del 20% y más o menos lo mismo a Navarro. Decimos entonces que son amañadas. Sin embargo, los resultados electorales se parecen mucho a las encuestas; eso es lo que a uno lo deja, como diría un bogotano, "rabón". La "rabonería" consiste en que, desde hace años, hablamos mal de las encuestas y luego miramos los resultados electorales y tenemos que reconocer que la encuesta tenía razón.

 

En términos políticos no ve uno tampoco grandes masas acaudilladas por los movimientos sociales y ahí es donde cabe la reflexión inicial: la brecha entre lo rural y lo urbano. Si uno mira los movimientos sociales en Colombia y en el continente, los movimientos sociales fundamentales tienen base territorial. En cierta forma, rural. Además, como todo movimiento social están circunscritos a unos objetivos muy particulares y suelen ser episódicos, es decir, tienen problemas para garantizar continuidad. El gran paro nacional agrario y popular que acaba de verificarse, y que con mucha razón algunos decimos: en realidad fue más importante que el mítico paro cívico nacional del 77, ese paro agrario nacional fue ante todo una movilización que resultó de la composición y la confluencia de numerosos movimientos locales, no solo de los campesinos, que por definición están relacionados con la tierra y la producción agropecuaria, sino también de los movimientos más significativos de los últimos años originados en la resistencia en contra de los megaproyectos: la minería, las hidroeléctricas, etc.,

 

Aquí hay que mencionar otro movimiento muy importante que es el de los pueblos indígenas, particularmente los del Cauca, que en realidad no participaron sino muy marginalmente en el paro nacional agrario, pero, en cambio, recuperando la consigna de la minga, recientemente hicieron otra movilización, propia, exclusiva. El movimiento indígena, cuya reivindicación fundamental es territorio y autonomía en el territorio, también podría definirse como un movimiento territorial y hasta local, aunque es más político en el sentido de que reclama un estatus de ejercicio de soberanía propia dentro del conjunto de la nación colombiana. Es decir, reclamarían una configuración política plurinacional como la que se planteó en la constitución boliviana. En ese sentido sería el movimiento más político de todos, con la particularidad de que es político porque, se asumen como poder y reclaman una definición política para sí mismos como si fueran un proyecto de Estado. Pero no dialogan con el conjunto de movimiento popular. Y ese déficit no lo resuelve que se añadan diez mil apelativos (todos lo hacen, especialmente en el contexto del Congreso de los Pueblos), "Minga, indígena, social, popular, comunitaria". Con buena intención le pueden agregar a lo indígena 10 adjetivos pero nunca superarán la reducción del movimiento indígena a lo indígena.

 

Lo urbano parecería ser el escenario de lo sectorial y económico (no territorial), y de la continuidad de los movimientos sociales estructurados; sin embargo, de todos ellos sólo queda el movimiento sindical, como organización permanente y como movimiento que garantiza continuidad. Pero, la organización sindical está reducida a su mínima expresión, la tasa de afiliación no llega al 4%, y si se miran las centrales sindicales, el panorama no es alentador. La espina dorsal de la Cut son los trabajadores del Estado y en éstos el Magisterio, Fecode. Si en Colombia se hiciera una ecuación, ésta sería: Movimiento Sindical Colombiano = Fecode.

 

Cuando uno examina eso, descubre que la relación que tiene con la política es lo menos político del mundo. ¿Por qué? Porque si se plantea en relación con el legislativo y con propuestas de ley, hay política, pero estrictamente circunscrita a defender, por ejemplo, el régimen especial de salud, a defender el régimen especial de los maestros en materia de pensiones, a defender las primas, etc., Muy justo todo, pero tampoco dialoga, en términos políticos con el conjunto del movimiento popular. Prácticamente ninguno de los fragmentos del sindicalismo colombiano dialoga con el conjunto sindical y menos con el movimiento popular en términos de la política.

 

Intentemos una explicación, volviendo a las estadísticas. En Colombia cuando se mira la población empleada, (una fracción de la población económicamente activa), los porcentajes de "trabajo por cuenta propia", o del que llaman informal, y del subempleo son altísimos. El porcentaje global es considerable, pero es todavía más alto cuando le sumamos los empleados de los servicios en general, incluyendo los financieros, en las actividades de comercio y en entidades de servicio del gobierno, el porcentaje es abrumador. En la industria manufacturera (o mejor obreros fabriles) hoy por hoy ya no superamos los 400.000 en todo el país, (el resto, digamos un millón y medio, están en minúsculas "empresas" o por cuenta propia). En el campo, pequeños propietarios, entre 800 mil y 1 millón. El hecho es que este es un país, en lenguaje de los economistas, de trabajadores por cuenta propia y en lenguaje más común un país de rebusque. En esas condiciones, ¿cómo podrían surgir los movimientos sociales? Ahí está la brecha entre lo rural y lo urbano. Lo rural es el escenario de los movimientos de base local, territorial; lo urbano es el reino de la individualización, no construye movimiento social. En cuanto a los movimientos cívicos, éstos desaparecieron en medio de la represión, entre la violencia y la cooptación y el soborno. No hay movimiento urbano equivalente al rural, porque podría haber movimiento de base local o territorial también en las ciudades, pero no lo hay.

 

Ahora bien, se ha visto en América latina que cuando predomina la individualización los fenómenos sociales y políticos no nacen desde abajo sino desde arriba, porque el referente del individuo no es su prójimo inmediato sino hacia arriba. Se configura de esa manera el fenómeno del caudillismo. Y entonces la idea que a uno se le podría ocurrir es: propongamos un movimiento político basado en la unidad del sector popular en torno a una idea, un programa y un caudillo. Es decir, la gente no se estructura socialmente alrededor de su reivindicación sino que se estructura alrededor de una idea y de la posibilidad de la asistencia social a partir de los instrumentos del Estado. Esta descripción está, por ejemplo, en la historia del Peronismo, claro que el peronismo tuvo una base importante sindical, la Confederación General de Trabajadores de Argentina que todavía es peronista en sus muchas fracciones, pero que fue la base de los históricos y legendarios gobiernos de Perón en los años 50.

 

Tenemos el mismo fenómeno en Venezuela que tiene una población trabajadora y un pueblo en condiciones parecidas a las de Colombia, así, individualizado, con un peso enorme en las ciudades, con un consumismo enfermizo. Se fue reuniendo en torno a un descontento, a una idea, –hubo un golpe que se intentó dar y que fracasó, pero alimentó la ilusión– y avanza políticamente un caudillo que es Chávez. Luego llega el gobierno de Chávez y se cierra el círculo porque, desde el Estado, ese gobierno empieza a otorgar una serie de beneficios sociales lo cual refuerza la ideología.

 

En casi todos esos procesos el Partido Político se construye a posteriori, desde arriba, desde el caudillo y desde el Estado, y se construye así con una suma de ingredientes de corrientes antiguas pero sobre todo con el enorme apoyo popular. Se construye ese partido alrededor de Chávez, lo mismo que sucede en Ecuador con Correa –Alianza País– que se construye a posteriori desde arriba, o en Bolivia con Morales que impulsa y construye el Mas.

 

Es decir el partido el movimiento político nace desde arriba, desde el caudillo. La explicación sociológica es que no hay lazos dentro del pueblo que permitan construir movimientos sociales, sino que hay una masa formada por individuos que espontáneamente tienden a seguir a un caudillo y a un programa.

 

Esa podría ser la búsqueda en Colombia. Habría que pensar una idea fuerza y habría que pensar en un caudillo, habría que pensar en llegar al gobierno, habría que pensar en desarrollar unas políticas sociales para reforzar esa fuerza. Claro que ha sido un misterio ese surgimiento de los caudillos: ¿qué es lo que le llega al pueblo y los convierte en tales? Es como en los programas de TV llamados "Factor x". Por ejemplo, en realidad el verdadero líder indígena de Bolivia no era Evo, era Felipe Quispe a quien llamaban el Mallku que en aymara quiere decir el Cóndor, o sea lo máximo; él era el hombre radical, el hombre reconocido por todo el mundo, pero se fue eclipsando y surge en su reemplazo un hombre que no era tan indígena; tenía origen indígena como muchos, pero en realidad venía del movimiento sindical campesino cocalero. Y con todo el proceso electoral va creciendo y Evo Morales se convierte en el gran caudillo.

 

Es un misterio cómo se construye el caudillo o cómo se identifica ese caudillo. Por ejemplo Gaitán, cómo nació, cómo creció, cómo se convirtió en ese hombre que movilizaba miles y miles. Cuando pronuncia la oración por la paz reúne en Bogotá en la Plaza de Bolívar creo que a 50.000 personas, en 1948 cuando Bogotá tendría tal vez 400.000 habitantes. Y nosotros, hoy en día, con dificultad reunimos 20.000. No tenemos movilización de masas, no tenemos la idea fuerza, no tenemos el caudillo, pero esa podría ser la propuesta para responder a la necesidad que se está enunciando en este Foro.

 

La pregunta que les hago ahora tiene como base lo que está pasando en América Latina: ¿Vale la pena ese riesgo? Miremos la experiencia de Venezuela; miremos las otras experiencias. ¿No sería un error garrafal? Pero si esa es su apuesta, si es así, busquemos el "factor x"!!.

 

Gracias.

 

* Transcripción de la ponencia presentada en el Pre-Foro del 6 de noviembre.

Publicado enEdición N°197
Viernes, 08 Febrero 2013 08:36

Política de alianzas o hermanamiento

Política de alianzas o hermanamiento

Itacumbú, en 1962, fue el primer campamento de los cortadores de caña de azúcar (cañeros) en Bella Unión, departamento de Artigas, norte de Uruguay. El campamento fue, por un lado, un espacio de convivencia, debate y elaboración colectiva de respuestas de un grupo de cañeros ante el acoso policial y patronal que sufrían. En ese sentido los campamentos contribuyeron a soldar potentes lazos de solidaridad entre oprimidos, condición elemental para afrontar los duros combates que les esperaban.

 

En segundo lugar, a los campamentos llegaron personas de todo el país para apoyarlos en una lucha tan desigual contra las grandes empresas que implementaban formas de trabajo cercanas a la esclavitud. Acudieron estudiantes, obreros, cooperativistas, profesionales, sacerdotes franceses y comunidades católicas, que convivían en el campamento y en casas de familias de la localidad. Trabajaron junto a los cañeros levantando la policlínica, tarea que demandó tres años de trabajo colectivo, y realizaban tareas culturales, recreativas y cursos de formación.

 

Los campamentos de los cañeros, agrupados en el sindicato de nombre UTAA (Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas), deben mucho a la inspiración de su líder, Raúl Sendic Antonaccio, aunque la forma-campamento ya era y seguirá siendo un modo de acción de los oprimidos en muchos lugares del mundo. La experiencia vivida por centenares de jóvenes, y no tanto, en los campamentos cañeros fue decisiva en la conformación de un vasto movimiento de liberación nacional que detonaría años después. Fueron escuelas de autoformación popular, antes de que naciera la educación popular y muchísimo antes de que ésta fuera codificada como "método" de trabajo por las ONG afines a las políticas de "combate de la pobreza" en línea con el Banco Mundial.

 

Lo sucedido hace medio siglo entre cañeros y jóvenes citadinos no fue algo excepcional aunque, debe reconocerse, no sucede todos los días. Algo similar está sucediendo en Chile entre los sectores más activos y autónomos del pueblo mapuche y los estudiantes organizados en torno a la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES). Decenas y luego cientos de estudiantes liceales comenzaron a poblar las marchas mapuches y crearon en el seno de la asamblea "una comisión especial para trabajar en forma directa con los mapuches", como explican algunos de sus integrantes.

 

Los estudiantes mapuches están también organizados y ambos colectivos apoyan a las comunidades militarizadas en el sur chileno. Los vínculos entre los dos movimientos más importantes del país se profundizan de forma capilar, participando en acciones y en algunos casos acudiendo en pequeños grupos a las comunidades para, simplemente, estar, acompañar, aprender, apoyar. No creo apropiado denominar a este tipo de vínculos "solidaridad", ya que se trata de una relación sujeto-objeto en el que una parte decide, cuando y como le parece, apoyar, del modo que considere adecuado, a otros y otras a mayor o menor distancia. Pero sin moverse del lugar material y simbólico que ocupa.

 

Lo que sucede en el Chile actual y sucedió hace medio siglo en Uruguay, y tantas y tantas veces en tantos abajos, es otra cosa. Prefiero llamarle "hermanamiento". Es un vínculo entre iguales, entre dos sujetos que construyen una nueva realidad, material y simbólica, moviéndose ambos del lugar que ocupaban. Eso supone autoaprendizaje colectivo sin alguien que enseñe y otro que aprende, sino algo mucho más fuerte: la construcción de algo nuevo entre todos y todas los que participan en la experiencia de vida, algo que no pertenecerá a unos y otras porque es un resultado colectivo.

 

Esto no pasa por llevar cosas a quienes se supone que las necesitan porque tienen alguna "carencia". La fuerza motriz de este hermanamiento no es ayudar, algo que nunca se sabe bien qué es, sino crear. No es ni dar ni recibir. Históricamente, ha sido el camino de los de abajo para construir movimientos rebeldes, no para ganar elecciones, sino para crear un mundo nuevo, algo que pasa inevitablemente por la destrucción del sistema capitalista y militarista actual.

 

En Chile, los estudiantes secundarios han transitado un camino empinado en dos años de masivas movilizaciones. Comenzaron con demandas a favor de una educación gratuita y de calidad para poner en pie, ante las elecciones municipales de octubre, la campaña Yo no presto el voto, llamando a la abstención. El 60 por ciento se ausentó de las urnas, mostrando el alto grado de desprestigio del sistema político. La combatividad y radicalidad de los estudiantes, la valentía demostrada al enfrentar a los Carabineros en la calle y al conjunto del sistema de partidos, su creatividad y persistencia en el tiempo, los han convertido en un actor central en el escenario chileno.

 

El movimiento mapuche, como señala Gabriel Salazar en su reciente Movimientos sociales en Chile, hace un tipo de política que "no se rige por la Constitución (...) ni se constituye como partido político; ni acopla su ritmo al calendario de elecciones, ni pretende devenir en poder parlamentario". Tampoco disputa "la conquista de un 'cargo' (fetiche de poder) en el Estado". La política para los mapuches es "el cuidado de un 'pueblo' sobre sí mismo. De la 'vida' sobre sí misma...Y todo eso es, sin duda, una tarea de toda la comunidad, no de uno que otro individuo. Por eso es política, y a la vez, soberanía". En suma, "viven luchando y luchan viviendo".

 

Llamar "política de alianzas" al vínculo entre dos sujetos parece no sólo insuficiente, sino pretende nombrar con palabras del arriba las relaciones entre los abajos. La política de los primeros se rige por la "correlación de fuerzas", concepto que no puede disimular su hechura con base en cálculos mezquinos de intereses inmediatos. Hablemos entonces de hermanarnos, de hacernos carne y sangre, y barro. Para hermanarnos, nos juntamos, nos mezclamos, nos enredamos, nos mestizamos; dejamos de ser para seguir siendo en, y con, otros.

 

Raúl Zibechi

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El falso debate entre la democracia de EU y el autoritarismo chino
La lucha bipolar entre Estados Unidos (EU) y China por la hegemonía del océano Pacífico ha desatado un debate ultrarreduccionista y linealmente maniqueo encabezado desde Washington por quienes abultan su dizque modelo democrático de corte militarista y entonaciones teológicas (v. gr.Robert Kagan y el modelo CPD (Committee on the Present Danger, ver Bajo la Lupa, 22/2/12) y desprecian el sistema chino como autoritario.

El debate es asimétrico debido al control totalitario y orwelliano que ejerce elmodelo CPD en los multimedia anglosajones, que impiden dialécticamente lalibertad de expresión de las antítesis.

De allí que haya sido inusual que Eric Li, quien se ostenta como capitalista de asociaciones estratégicas, aduzca desde Shanghai que el modelo político de China sea superior (NYT, 17/2/12).

Li juzga que EU representa la democracia electoral más poderosa del mundo y China constituye el mayor Estado monopartidista. ¿No es más bien EU una plutocracia bursátil militarizada disfrazada de democracia decimonónica que aún no cuenta con el voto directo en la elección presidencial?

Aduce que mientras EU ve al gobierno democrático como un fin en sí mismo, China ve su presente forma de gobierno, o cualquier sistema político, meramente como un medio para conseguir fines nacionales más amplios.
Pregunta la razón por la cual varios en forma temeraria proclaman que han descubierto el sistema político ideal para todo el género humano, cuyo éxito está asegurado para siempre (léase: el presente experimento democrático). Como que suena a sarcasmo.

Considera que tal proclama temeraria proviene de la Ilustración europea que ostentaba dos ideas fundamentales: el individuo es racional (¡supersic!), y se encuentra dotado (sic) con derechos inalienables, lo que en su conjunto configura la base de la fe laica en la modernidad, de la cual el último manifiesto político es la democracia. A los sofistas ultrarreduccionistas de la supuesta racionalidadnortrasatlántica se les pasa por alto el cerebro triuno de McLean (los tres cerebros: el racional, el emocional y el reptíleo, totalmente integrados).

Juzga que en sus inicios las ideas democráticas en la gobernabilidad política facilitaron la revolución industrial y forjaron un periodo sin precedente de prosperidad económica y poder militar en el mundo occidental, aunque sus creadoresestaban conscientes de su falla fatal (sic) incrustada en su experimento, lo cualtrataron de contener (sic).
Li ignora que en el hemisferio occidental se habían gestado otras prosperidades económicas y poderíos militares (muy sui generis, sin duda) con otras civilizaciones (olmeca, maya, azteca, inca, etcétera). Aduzco que la prosperidad económica y el poder militar no necesariamente estén correlacionados con la democraciaanglosajona (por cierto, un invento helénico).

Arguye que los federalistas de EU fueron muy claros al establecer una república (¡supersic!) y no una democracia (léase: la clásica dicotomía romana entre imperio yrepública, con la constante del poder militar), por lo que diseñaron una miríada de medios para restringir la voluntad popular. A mi juicio, tal voluntad popular –sin hablar de Occupy Wall Street (simbólico 99%, hoy aplastado económicamente por la bancocracia)– ha sido yugulada por los trucos democráticos del Colegio Electoral decimonónico el cual elige indirectamente al presidente.

Li arguye que la fe (sic) en su modelo pudo más que sus reglas. ¿Cuáles? ¿No es acaso el gran dinero de Wall Street el que lubrica las elecciones e impone su voluntad en los tribunales?

Refiere que en Atenas la mayor participación popular en política llevó a gobernar por demagogia y hoy en EU el dinero es ahora el gran habilitador de la demagogia.

Juzgo que la seudodemocracia de EU constituye una bancocracia demagógicagracias al engaño permanente de sus multimedia totalitarios y orwellianos. La genuina democracia del siglo XXI pasa por la pluralidad cuantitativa y cualitativa de los medios masivos de comunicación (públicos, privados y sociales), lo cual se ha vuelto imperativamente un fin en sí, como dirían los fenomenólogos.

Li cita a Michael Spence, Premio Nobel de Economía, de que EU ha pasado deuna persona y un voto; a un dólar y un voto. Juzga que, bajo cualquier medida, EU es una república constitucional solamente de nombre, y que sus elegidos carecen de medios y responden solamente a los caprichos (sic) de la opinión pública conforme buscan su relección, cuando los intereses especiales (sic) manipulan a la gente a votar por impuestos cada vez menores y por mayor gasto gubernamental, algunas veces aun apoyando guerras autodestructivas.

Li contrasta que la competencia entre EU y China no es entre democracia y autoritarismo, sino que exhibe la colisión entre dos visiones políticas diferentes.

Li se quedó estancado en la Ilustración europea de hace cuatro siglos y considera que la democracia y los derechos humanos son el pináculo del desarrollo humano para el Occidente moderno (sic): una creencia basada en la fe absoluta. Pues será para los filósofos occidentales en vías de extinción, porque hoy el Occidentenortrasatlántico vive su fase de OTAN-cracia/plutocracia/bancocracia con máscara democrática.

Para China, según Li, todo depende de los fines para adoptar y/o adaptar sus medios: se permite mayor participación popular en la toma política de decisiones siempre y cuando conduzcan al desarrollo económico y sean favorables al interés nacional, como en los pasados 10 años, y su estabilidad resultante que colocó a China en el segundo lugar económico mundial”, después del ciclo violento Revolución Cultural/rebelión estudiantil en Tiananmen/ aplastamiento militar. Se trata de una muy discutible visión economicista supremacista que obliga a excavar la añeja herramienta de la axiología universal de que el fin no justifica los medios –curiosamente aplicable tanto a la postura bursátil-militarista de EU como a la actitud economicista supremacista de China, en cuyos casos, por lo visto, no cabe mucha democracia que se diga.

Aduce que la diferencia fundamental radica en que EU juzga que los derechos políticos son dados por Dios y, por tanto, son absolutos (sic), mientras que para China son privilegios para ser negociados (sic) con base en las necesidades y condiciones del país.

Juzga que hoy EU se parece mucho a la URSS, que consideraba su sistema político como un fin en sí y concluye discutiblemente que EU es incapaz de sermenos democrático y que la historia no le favorece al enseñar que la soberbia de una ideología basada en la fe (sic) puede arrojar a la democracia al abismo.

Li no está actualizado sobre la transmogrificación que ha sufrido la democracia decimonónica en EU, según el texano Ron Paul, precandidato presidencial del Partido Republicano, quien ha fustigado que el sistema está siendo empujado por los empresarios y el gobierno a un fascismo del siglo XXI (corporatocracy, Russia Today, 23/2/12).
Lo real es que en la coyuntura presente la democracia peligra seriamente por doquier.

Alfredo Jalife-Rahme

http://alfredojalife.com 
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Una de las grandes y reiteradas quejas que se escuchan al interior del Polo Democrático Alternativo (PDA) se desprende de la ausencia de espacios para el debate político colectivo y la evaluación de sus dinámicas cotidianas. Con origen en sus colectivos de base, los activistas recuerdan que desde prácticamente su origen como fuerza política el Polo no cuenta con eventos colectivos de carácter decisorio donde se puedan revisar la ideología, la política y las formas prácticas, y cómo y dónde se concretan éstas cada día.

No es de extrañar, por tanto, la motivación y el interés que despertó entre los diversos colectivos, equipos, fuerzas y militancia en general el llamado a un Congreso Ideológico, que, aunque proyectado hace varios años, y aplazado de manera indefinida, en reciente reunión de su Ejecutivo Nacional recibió como fecha para su realización la segunda quincena de febrero.

La respuesta desprendida de la citación se mide en la variedad de documentos que circulan sobre el tema en cuestión, los talleres y seminarios citados por región y la motivación generalizada por asistir de manera directa –y no delegada– al evento central. Entonces, llama la atención que, siendo esta la dinámica, el Congreso haya sido degradado a seminario, y, por tanto, de un evento donde se podrían tomar decisiones para corregir el rumbo del partido en aspecto tan importante como el ideológico, ahora solamente se pueda deliberar, eso sí, de todo como en botica.

Para algunos dirigentes polistas, el debate ideológico aún, y a pesar de todo lo sucedido en la vida pública del partido, no es procedente, pues lo ideológico es un tema confuso, poco claro o práctico, y por ello es mejor que en el seminario que ahora ha sido programado para la última semana de abril se debata de todo para decidir sobre nada.

Se olvidan estos dirigentes que en el orden de la ideología se encuentran ética y moral, dos importantísimos temas que pueden explicarnos el porqué del comportamiento de funcionarios públicos elegidos a nombre del partido, los que, una vez seleccionados por la sociedad como burgomaestres, terminan actuando a nombre propio e irrespetando los principios de la organización amarilla, y con ello contribuyendo a degradar la importancia de la política y el interés que por ella debiera tener el conjunto social.

No sobra llamar la atención en que la ideología es un tema sustancial a la hora de caracterizar un proyecto político de izquierda, así ahora sea menospreciado por el pragmatismo politiquero que ha terminado por imponerse en la sociedad moderna, donde prima el llamado realismo político. Esta realidad es lo que propicia que se admita en una fuerza política alternativa a personas u organizaciones que en su vida colectiva –y personal de sus dirigentes– han demostrado hasta la saciedad que no son fieles a ideología alguna, claro, a no ser que se trate de lucro personal.

Importancia menospreciada esta de la ideología, inexplicable para un partido que pretende ser gobierno y poder, es decir, que aspira a liderar la concreción del sueño colectivo de justicia, libertad, dignidad, hermanamiento, paz, soberanía, etcétera, de una nación. Más aún cuando, de la mano de la ideología, caminan aspectos sustanciales para una colectividad y para la vida de cualquier ser humano que se pretende referente, como ética y moral, difuminados en una parte de la dirigencia del PDA en el brumoso espacio del pragmatismo y el reformismo.

Más allá de lo elemental que pueda parecer el asunto, no está de más recordar que ideología viene de ideas, y que sin éstas la política es inexistente. Y que si bien, cuando se trata de definir lo que no debe ser, el discurso de la dirigencia del Polo puede calificarse de coherente, no pasa lo mismo cuando se trata de definir lo que debe ser. No se necesita mucho esfuerzo para estar en contravía de los principios neoliberales, por ejemplo, pero ser propositivo y concreto en las prácticas sociales que los deben sustituir es un asunto de mayor envergadura. ¿Se tiene claro acaso cuáles son las conquistas inmediatas que se persiguen en los diferentes campos de lo social cuando se accede al gobierno? Además, ¿se tiene claro cómo propiciar el apoyo popular y lograr su movilización a la hora de aplicar ciertas reformas estructurales?

Estos son temas en los que no se puede improvisar. La búsqueda real del bien colectivo exige no sólo desprendimiento y entrega sino además claridad sobre la sociedad que se anhela. El mundo se transforma de manera acelerada y el proceso de acumulación de capital se encuentra en una encrucijada que muchos analistas de diferentes tendencias no dudan en calificar como sin antecedentes. ¿No es ese un hecho suficientemente importante que nos obliga a poner en suspenso nuestras estrategias?

El tema es intenso. Como se sabe, son consustanciales a la ética y la moral algunos valores nada despreciables –e irrenunciables en esta hora de crisis del capital– como lo público, lo colectivo, la solidaridad, todos los cuales dan al traste con el individualismo, soporte del afán de lucro, y de la acumulación sin límite que propicia y difunde el sistema vigente, manifestado entre los funcionarios públicos en prácticas como la corrupción, la ineficiencia, el desdén a la hora de prestar su servicio, etcétera.

Precisamente, la importancia de la ideología y su debida atención en un partido, cuyos funcionarios públicos son cuestionados por manejos indebidos de los bienes de todos, pudiera conducir a corregir y poner en marcha muchas decisiones como la de constituir, allí donde salgan elegidos sus candidatos a instancias como presidencia, gobernaciones o alcaldías, unas contralorías populares, instancias de control independientes del aparato del Estado, conformadas por integrantes de la propia fuerza, pero además por personas de reconocido valor civil y ético a toda prueba, sin importar su procedencia política. Hay que buscar así que nunca se vuelva a repetir que un funcionario de elección popular de militancia amarilla irrespete la voluntad y la confianza popular, para que se cumpla a cabalidad no sólo con los bienes públicos sino asimismo con el ideario de su partido.

Una queja y un anhelo

Entre los elementos para el debate que carga el PDA desde su constitución, postergado por las prácticas consolidadas en sus cortos años de vida pública –en que prima el calendario institucional–, resalta el tema electoral, y con él la relación entre dirigentes y base.

Es un anhelo de la base partidaria que este tema se revise. Se cuestiona que el partido concentre todas sus energías en tal forma de lucha, perdiendo de vista que el acceso al poder local puede tener otras rutas, como el control territorial, alcanzable por medio de una extendida presencia y una legitimidad nacida de la implementación de acompañamientos sociales.

Esta, que es una histórica discusión entre las formaciones de izquierda en todo el mundo, en el caso colombiano terminó relegada al cuarto del olvido, elevando a rango de indispensable la presencia en puestos ejecutivos, en el Congreso de la República y en los concejos municipales, derivando de esta decisión pragmática una relación dirigente-base supeditada a lo institucional. De este énfasis –clara manipulación política– se desprenden los liderazgos perpetuos, los mismos que, para hacerse efectivos, terminan construyendo sus clientelas o cultos personales de tan graves y cuestionadas prácticas. Se pierden así el sentido colectivo y transformador de la política y también la propia necesidad y el reto de impulsar en todo momento (si se quiere romper de verdad el orden establecido) una dualidad de poderes a través de la cual la sociedad en su conjunto actúe para darle forma a un nuevo relacionamiento económico-político, del que surja una nueva institucionalidad.

Si bien, como dice Jorge E. Robledo en su entrevista (pág. 11), “lo que se propone el Polo son reformas”, no hay que limitarse a ellas. Por tanto, hay que proponerse sin dilaciones que el partido luche de verdad –como lo dice el mismo congresista en otro apartado de su entrevista– por el poder, para ser consecuente con lo cual debe entender que las reformas son un tiempo y una forma, pero no el todo. De ahí que lo electoral sea una de las expresiones de la política moderna pero no su todo. Los relacionamientos y los acompañamientos sociales son lo fundamental, y con ello las acciones cotidianas de distinto tipo que siembran vida y esperanza.
Reformar significa transformar en algún grado, y por eso no podemos seguir escudándonos en la supuesta imposibilidad de una sedicente ‘revolución’, para esquivar la identificación y la precisión de los cambios más sentidos por los cuales estamos dispuestos a jugarnos en el futuro más inmediato. Y eso, sin lugar a dudas, corresponde al campo de lo ideológico, pues las metas de lo político nunca son ajenas a cosmovisiones estructuradas y materializadas en teorías.

Este es un tema sustancial por discutir a la hora de revisar lo que se entiende por ideología, también, como se sabe, concretada en formas políticas. Es una temática sustancial de revisar, no sea que de nuevo, como ha sucedido por varios años, las discusiones orgánicas queden supeditadas a la agenda oficial o institucional, en este caso el afán por la campaña de 2014, para que así continúe primando en el Polo la instrumentalizada relación dirigente-base, sin afán de poder pero sí con vocación de reformas.

También buscan espacio

Así como desde la base territorial se pretenden espacios y cambios, otro sector también reclama lo mismo: los intelectuales. Como se sabe, una importante cantidad de éstos integra las filas amarillas o está dispuesta a colaborar en su labor reflexiva, investigativa y legislativa. Pero, menospreciando tal ofrecimiento, semejante cantera de conocimiento es relegada por la dirección polista. De manera extraña no se integra un organismo asesor del Ejecutivo Nacional que funcione regularmente, atendido por una tríada delegada por los elegidos a la conducción polista. Sería un organismo que tenga carácter consultivo, que brinde opiniones sobre todos los temas, que lidere investigaciones de distinto orden, que proponga agenda legislativa y acompañe hasta donde estén dispuestos los debates que se desprendan de su ejercicio.

A este organismo asesor se podrían integrar otros conocedores, en este caso no salidos de la universidad sino de la vida misma: abuelos indígenas y campesinos, dirigentes sociales de distinta procedencia, líderes naturales de amplio reconocimiento territorial. Se integraría de este modo, sabiamente, el conocimiento consuetudinario con el racionalismo académico, esto es, las fibras de la academia con las de la vida, que sin duda harían una bella integración y un sabio acompañamiento a la dirección del PDA.

Y de su mano, como un anhelo siempre reclamado y nunca atendido en forma cabal, la constitución de una escuela de formación humana, ética, política, económica y social, que comparta conocimientos y saberes con toda la militancia, en un esfuerzo por profundizar en una identidad y dibujar entre todos el proyecto social, nacional e internacional que requiere nuestra sociedad y que anhelamos para el mundo como un todo que se particulariza en una parte: Colombia.

Todos estos son, sin duda, temas que se desprenden de la ideología, la que nunca se puede despreciar si de verdad se aspira a que el Polo algún día sea un verdadero referente de gobierno y poder.

Publicado enEdición 177
“Debemos buscar que la guerra termine cuanto antes”
Héctor Arenas. Se aproxima la Conferencia Ideológica del PDA, y aún no se escucha un reconocimiento de los errores cometidos por parte de la dirección del PDA que condujeron a la colosal crisis de credibilidad que se evidenció en el desastre electoral en Bogotá.

Iván Cepeda. Uno de los grandes ingredientes de la crisis del Polo Democrático es la ausencia de claridad ante la opinión pública sobre sus responsabilidades. Yo creo que en esto la presidenta del partido asumió una actitud correcta. La manera como se desempeñó en los últimos meses en la Alcaldía corresponde al espíritu de enmienda que debe tener el Polo con relación a los problemas presentados. Pero, sin lugar a dudas, debe haber un mea culpa y el Polo podría aprovechar su Conferencia Ideológica o su Congreso Nacional para hacerlo. Es necesario que rindamos cuentas.

HA. La necesidad de construir una fuerza amplia condujo a aceptar que se incorporaran personas más comprometidas con ambiciones y personalismos que con los deberes de una izquierda ejemplar, en un país que ha ahogado en sangre la vida de millares de integrantes de la oposición democrática.
IC. Uno de los procesos de control que debe desarrollar el PDA, y en general cualquier fuerza alternativa de izquierda, con relación a las personas elegidas, es exigirle –como mínimo– algunas condiciones de cumplimento de su trabajo. Primero: no puede haber un dirigente político elegido a una corporación que no esté vinculado a un movimiento social. Segundo: esa persona elegida debe consultar con ese movimiento su labor en las Corporaciones Públicas. Tercero: en su rendición de cuentas, los elegidos deben señalar periódicamente a qué procesos de movilización están vinculados. Así lograríamos demostrar, pero también controlar, la participación de los elegidos en la gran política, la política que cambia la sociedad.

HA. ¿Qué temas deben ser tratados en la Conferencia Ideológica?
IC. No concibo que se pueda hablar de la realidad de nuestro país sin aludir a la guerra y la paz. Este es, en mi consideración, un interrogante central para la Conferencia Ideológica del PDA. No digo que el PDA deba concentrase exclusivamente el problema de la paz y la guerra, pero creo que sí debe ubicar ese problema como prioritario en la agenda política. ¿En que lugar ubica el PDA la lucha por la paz? ¿Es un elemento más? ¿Es una cuestión en una larga lista de punto de agenda? ¿O es el problema central de la sociedad colombiana?

HA. ¿Por qué lo considera prioritario?
IC. Sin resolver el problema de la guerra en Colombia, el problema de la solución política, de las reformas necesarias, difícilmente podremos avanzar en temas de democratizar el país. La Constitución colombiana fue un momento de inflexión, de reformas. Pero esas reformas han sido muy limitadas. Si se quiere poner esto en términos un poco crudos, habría que contar los muertos que van desde la Constitución de 1991 hasta nuestros días. No para decir que esta Carta Política ha sido un desastre sino para señalar que el proceso de democratización del país, el proceso de respeto pleno a los derechos humanos, requiere que resolvamos el conflicto armado.

HA. ¿Fin del conflicto armado y avance en derechos humanos?
IC. No podemos pensar que la crisis de derechos humanos, que tiene que ver con las grandes violaciones del derecho a la vida y la integridad, vaya a desaparecer de la faz de nuestra realidad sin que se resuelva el conflicto armado. Creo que toda lucha social, directa o indirectamente, se conecta con esto.

Pongo un ejemplo reciente: los estudiantes, que hicieron una gran movilización, obteniendo resultados sin precedentes al lograr que el Gobierno recogiera su proyecto de ley y entrara en un diálogo, plantearon que las soluciones a los problemas de la educación pública pasan por resolver los problemas que tienen que ver con la guerra. Porque la guerra absorbe muchas energías y recursos que pudieran estar al servicio de la formación académica, de la investigación, del mejoramiento de la educación en Colombia.

HA. En la deliberación ciudadana pareciera imperar hoy un hastío con relación a debatir la resolución del conflicto armado. El anhelo de finalizar la guerra y sus horrores quizás se mantiene como un sentimiento mayoritariamente compartido, pero se ha perdido la fe en quienes toman las decisiones en este asunto…
IC. Los gobiernos de Uribe tuvieron un efecto nefasto en hurtarle a la ciudadanía su derecho a debatir y actuar por la paz.

El problema de un país que vive 50 años de guerra es que no se les puede pedir a los ciudadanos que no discutan por la paz. En esto estamos en abierto desacuerdo con el presidente Santos, porque discutir sobre la paz no sólo es un derecho sino además un deber. Otra cosa es que eso se confunda con inmiscuirse en procesos que requieren mucha discreción, mucha reserva. Pero entonces son dos niveles distintos de la discusión. Si el Gobierno tiene unas iniciativas y unos procesos de diálogo de manera reservada con la guerrilla o en el futuro se da un proceso de paz, obviamente esto no puede ser un tema de discusión de infinidad de actores.

HA. ¿Cómo avanzar hacia la paz cuando hay intereses muy poderosos en mantener el conflicto armado y formas de ceguera que impiden ver los beneficios de un acuerdo que le ponga fin?
IC. El modelo de paz, el modelo de búsqueda del fin del conflicto, no puede ser cualquiera. Aquí hay una gran discusión entre si la guerrilla debe simplemente desmovilizarse, o debe haber un modelo que involucre grandes reformas o medianas reformas. Creo que debemos buscar que la guerra termine cuanto antes. Podríamos hacer una discusión eterna acerca de si hay que cambiar las grandes condiciones estructurales para ponerle fin a la guerra o si el fin de la guerra puede contribuir a que en el plano político aunemos fuerzas para producir los grandes cambios estructurales que requiere el país.

HA. La confrontación se ha mantenido con un tremendo desangre, una descomunal pérdida de energía social en el conflicto y terribles heridas en el tejido social que precisarán muchos años para ser curadas o al menos aliviadas…
IC. Lo que nos demuestra la historia es que en 50 años de guerra no hemos podido lograr esos grandes cambios estructurales por la ausencia de las fuerzas políticas necesarias para hacerlos. Es evidente que la guerra ha sido un obstáculo. Se ha presentado siempre como un pretexto de los sectores más poderosos para aniquilar a los movimientos sociales. Considero que en nuestra agenda democrática la paz es necesaria. Creemos que no puede ser a cualquier precio; que no puede darse sin alguna clase de discusiones serias, de fondo. Pero es un imperativo.

HA. ¿Puede surgir un movimiento de transformación en Colombia en medio del conflicto armado?
IC. Hasta ahora, lo que nos demuestra la historia contemporánea es que eso es o muy difícil o imposible. Se pueden lograr avances parciales. La izquierda ha obtenido posiciones de representación política, poderes locales; ha avanzado en procesos de unidad. Pero efectivamente la guerra sigue como un obstáculo y creo que debemos discutir en torno a esto para buscarle una salida. No podemos seguir pensando que la guerra es una condición perenne y normal.

HA. Muchos consideran que, como la vía de los diálogos ha fracaso, la violencia sólo se puede terminar por la vía de la fuerza…
IC. Lo que demuestra nuestra historia es que la vía militar no nos llevará a la solución de este conflicto.

En Colombia tenemos cuatro grandes vertientes de violencia. El conflicto armado, la violencia del despojo, la violencia del narcotráfico y la criminalidad de Estado. Es muy ingenuo creer que, acentuando los niveles de violencia, vamos a llegar a un punto de cero violencia, a un languidecimiento del conflicto armado. Colombia no tiene una salida para su situación de violencia si no es por la vía del diálogo.

HA. ¿Cómo articular las fuerzas sociales que consideran prioritario alcanzar la resolución negociada del conflicto armado?
IC. Actuando con mucha sensatez, buscando que prevalezcan las fuerzas más constructivas y más sanas. Veo con gran preocupación que, mientras los sectores tradicionales y oficialistas tienden a compactarse cada vez más en la mesa de unidad nacional, en la izquierda estamos en un proceso de dispersión y difuminación. Espero que sea algo pasajero. Porque para 2014, que ya está a la vuelta, es necesario pensar en cómo va a llegar la izquierda. Creo que para ese año la izquierda tendrá un escenario muy interesante para llegar con una propuesta distinta ante la ciudadanía, siempre y cuando pueda encontrar los caminos del diálogo, del reconocimiento mutuo.

HA. En este contexto, ¿qué ocurre con la relación entre partidos políticos y movimientos sociales?
IC. Los partidos deben vincularse a los movimientos sin pretensión alguna de conducirlos sino con el ánimo de tener un espacio en esa amplísima movilización social que está en las calles y estremece al mundo.

HA. ¿Cómo ve la nueva administración distrital?
IC. Yo espero que conserve lo bueno que ha hecho el PDA y traiga nuevos elementos. Hay anuncios que comparto y otros que no. No comparto ni las condenas a ultranza ni los respaldos acríticos frente a la nueva administración. Creo que debe haber un diálogo constructivo. Creo que debemos pensar no sólo en la ciudad, en la política actual, sino asimismo en cómo vamos a trabajar para cambiar el poder político en las próximas elecciones y en los próximos grandes debates públicos. Y en esto es necesario que todas las fuerzas que se reclaman a sí mismas como fuerzas de izquierda tengan un diálogo.
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Prosigue el esfuerzo por darle cuerpo al Congreso de los Pueblos. Diferentes reuniones de coordinación, precisión de agendas, identificación de problemáticas y construcción de dinámicas articuladoras prosigue por diferentes regiones rurales y urbanas.

El esfuerzo es dinámico, aunque todavía no se logra llegar al ritmo necesario, por no decir el ideal, el ritmo requerido por la lucha social. Como lo sienten muchos compañeros y equipos sociales, las discusiones transcurren en medio de una total complejidad (temores en el manejo del lenguaje, inseguridad en los énfasis por inyectar en las agendas en construcción) que se traduce ocasionalmente en un alargue innecesario de varios de los intercambios políticos e ideológicos que caracterizan las reuniones en marcha.

Con este escenario al frente, es claro que hace falta comprender y ahondar las identidades y las diferencias que se presentan entre las diferentes fuerzas sociales y los individuos que concurren a la construcción de esta experiencia. Pero al mismo tiempo es claro que hace falta identificar territorios, y construir calendarios y agendas comunes para levantar y cimentar la propuesta Congreso de los Pueblos en poblaciones específicas y con ellas.

Como antesala de todo esto, y como una deuda que debe ser encarada con prontitud, hay que abordar a fondo la discusión sobre el carácter del Congreso de los Pueblos, para evitar que las diversas comprensiones que conviven en su interior terminen tensionadas en medio de una construcción y unos énfasis contradictorios.

La coyuntura

Tratando de darles base conceptual a algunas de estas preocupaciones, se realiza durante los próximos 4 y 5 de febrero el debate sobre la coyuntura por la que estamos atravesando. Se intenta correr una persiana para ver mejor el panorama nacional e internacional, y desde esa atalaya definir el quehacer de 2011.

Responsables con tal decisión, con la pretensión de alimentar el debate en cierne, el equipo desde abajo le presenta al conjunto de la base social que impulsa el Congreso de los Pueblos, así como al país todo, una nueva entrega del Cuaderno del Congreso de los Pueblos.

El artículo inicial, a cargo de Héctor-León Moncayo, se adentra en la caracterización del actual gobierno, brindando elementos de reflexión que con toda seguridad serán polémicos y, por lo mismo, útiles para propiciar una reflexión más abierta y propositiva.

El nuevo gobierno, como se podrá aceptar, se afana por profundizar un reconocimiento y una legitimidad del Estado que no impliquen solamente la fuerza bruta y sí la persuasión. El afán por superar la disputa interna dentro del establecimiento mismo, la disposición por los derechos humanos (al menos en su parte formal), una agenda comunicativa menos pugnaz, esto y mucho más son aspectos de algo que vira pero que no rompe con lo esencial de lo heredado. De esto y mucho más trata el análisis sobre el actual gobierno.

En el aspecto internacional, integramos un aporte del investigador y educador popular Helio Gallardo, que desde Costa Rica nos envía una reflexión con tesis gruesas sobre el tema por debatir, todas y cada una de las cuales constituyen aspectos para una profunda discusión. Sin duda, sus tesis servirán de referente indispensable para abordar la situación del mundo y el Continente, así como el proceso y los riesgos que viven y afrontan los gobiernos progresistas de la región.

Por último, integramos una reflexión sobre el socialismo posible que para Luis Humberto Hernández se debe abordar en plural. Se trata de una elaboración que parece de largo plazo pero que, desde las referencias en que se sitúa, no deja por fuera aspectos de la coyuntura, facilitando así una mirada en proyección que se ubica en el ahora pero sin dejar de lado el futuro, que en todos los lugares está en construcción.

Aunque el suplemento ha sido pensado para estimular el debate por darse entre el 3 y el 4 de febrero, así como el que abordará el Polo durante los días 4 y 5 del mismo mes, no se pueden dejar de lado los análisis que trae el conjunto del periódico: el abordaje de la crisis ambiental, la reflexión sobre el territorio y la pobreza que se desprende de ella, la corrupción y el poder, la Ley de Víctimas, Venezuela, etcétera, todo lo cual le otorga a esta edición del periódico desde abajo el carácter de oportunidad y utilidad.

Es del interés de sus editores mantener estas páginas abiertas al debate. Quedan, pues, todas y todos invitados para hacer llegar sus documentos y sus artículos, y en esta forma garantizar la continuidad de los debates abiertos.

La nueva máscara del poder

Héctor-León Moncayo S.

Ha transcurrido ya tiempo suficiente para que se comience a deshacer el embrujo santista. Aunque, a juzgar por las encuestas de opinión, es mucho más poderoso que el de Uribe. Pero en estos tiempos de embrujos la verdad es que últimamente no suelen durar mucho. Como la “ola verde”, que, sustentada precisamente en la necesidad de evitar a toda costa que Santos ganara las elecciones, hoy el agua apenas le alcanza para disputar las elecciones regionales de nuevo con el trajinado argumento de las virtudes de los técnicos ‘antipolíticos’. De todas maneras, no hay que creer mucho en los embrujos; se forman, en buena parte, en las oficinas de los grandes medios de comunicación. Un mes antes de abandonar la presidencia y ya elegido Santos, Uribe intentó volver sobre el ‘escandaloso’ apoyo del gobierno venezolano a las farc, cuyos dirigentes estarían en territorio del vecino país, con el propósito pueril de exacerbar el enfrentamiento en la forma de una denuncia ante la OEA; pero ya no tuvo eco: lo que durante los ocho años anteriores se hubiera convertido en el centro de la política y motivo de desbordados elogios para nuestro líder ‘patriótico’ terminó en una anécdota burlesca. Al contrario, sirvió para celebrar la extraordinaria capacidad diplomática del nuevo presidente, que quería buscar la reconciliación. A rey muerto, rey puesto.

Ya se terminó el período de la “luna de miel” de los primeros cien días. Pero el nuevo embrujo cuenta probablemente con algo de combustible para un rato más. Sobre todo porque la llamada tragedia invernal obra en favor suyo, concentrando la atención y ocultando el verdadero sentido de la política del Gobierno. El encanto sólo se romperá definitivamente, sin embargo, cuando sean aclaradas las confusiones que suscitó la sorpresa –ciertamente infundada– del llamado cambio de estilo. Hasta ahora, éste ha sido el principal motivo de discusión. Y no gratuitamente: el embrujo santista radica enteramente en que parece haber roto con Uribe; ha vivido del contraste que los propios uribistas puros y duros se han encargado de alimentar. Es por eso que la corriente mayoritaria de la única oposición política que resta, el Polo Democrático Alternativo, ha resumido su postura en una simpática fórmula: Santos I equivale a Uribe III. Otros han decidido poner todo el énfasis en el cambio. Al parecer, se ha eliminado el lenguaje belicista, agresivo y provocador. Se habla por ello del fin de la ‘polarización’ y por consiguiente de un ‘respiro’. Es todavía una pobre oferta de cambio pero suficiente para satisfacer a un sector poco ambicioso. Para algunos es casi como pensar con el deseo.

La disyuntiva, sin embargo, es completamente falsa; y tramposa porque da a entender que, si concedemos que hubo un cambio, estamos aceptando que la situación de hoy es mejor. Al contrario, puede decirse que, en muchos sentidos, es peor. Pero no es difícil reubicar la discusión. Para empezar, es claro que la continuidad nunca significa que hayan de adelantarse las mismas tareas que en el gobierno anterior; en realidad, como suele decirse, se trata de construir sobre lo ya construido. La escasa ambición de algunos sectores anteriormente oposicionistas se explica justamente porque ya habían sido doblegados por la brutal política de Uribe. Ha sido la tradición en Colombia, bien conocida en regiones y localidades rurales, primero machacar, crear el terror, eliminar hasta el deseo de resistencia, para luego adelantar operaciones cívico-militares. En el nuevo statu quo cabe la ‘tolerancia’; es el modelo del programa de desarrollo y paz del Magdalena Medio. A todo ello puede adicionarse un logro importante de Uribe: deslegitimar cualquier tentativa de oposición social y política, identificándola con el terrorismo; sobre todo cualquier tentativa de reconocimiento de un conflicto armado interno que pudiera resolverse mediante negociación política. Santos cuenta con ese capital político para invertirlo en otros objetivos; no tiene que recorrer el mismo camino. A menos que la situación lo obligue; y ya dio muestras de lo que es capaz de hacer.

Pero lo más importante es el análisis, digamos, sociológico. No es posible hacer un análisis político y sobre todo fijar una posición a partir de la superficialidad anecdótica exclusivamente. ¿Es el gobierno de Santos expresión de una alteración sustancial de la dominación económica y política en Colombia? No hay problema con aceptar que sí ha habido un cambio, una recomposición tanto en el orden nacional como en el orden internacional, pero de ninguna manera una ruptura. No nos ubica en un escenario incierto en el cual el desenlace de alguna manera estuviera pendiente. El cambio se da sobre un eje de continuidad; representa justamente una cualificación del mismo proyecto económico social y político.

Aspectos de la recomposición de fuerzas


El secreto de la “unidad nacional”


Como se ha dicho, el cambio ha sido visible sobre todo en el escenario político. Aunque no deja de sorprender el hecho de que muchos de los que celebran ese cambio, precisamente en lo que Santos se diferencia de Uribe, son los mismos que hasta hace pocos meses no dudaban en elogiar a este último en forma incondicional. Sin embargo, hoy casi nadie duda de que lo que hacía, principal aunque no únicamente con las interceptaciones realizadas a través del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), era una guerra contra todo tipo de oposición. Se dirá que es una simple operación mediática, encaminada a sobrevalorar el cambio de estilo. Pero poco a poco, además, se destapa la olla nauseabunda de la multifacética corrupción. Todo esto, junto con los innumerables crímenes cometidos en nombre de la lucha contra el terrorismo, ya se sabía; lo nuevo es el reconocimiento generalizado por parte de los comentaristas de prensa. Pero no se trata de un ataque a fondo contra el uribismo o de un ajuste de cuentas, y ni siquiera de una crítica sino de una calculada indiferencia frente a su suerte. Aunque es un hecho que está quedando al margen (no malherido ni derrotado) un grupo social, económico y político.

A primera vista encontramos una reestructuración del bloque de poder, para utilizar el conocido enfoque de Gramsci. Pero, ¿se trata de un cambio radical de hegemonía? ¿O, como sostienen algunos, de una disputa por la misma, que, en su indefinición pudiera abrir una fisura para la irrupción de fuerzas ‘democráticas’? La respuesta es negativa. La hegemonía no está, ni ha estado, en disputa. Para entenderlo, es necesario recordar lo que representaba el referido grupo social. En pocas palabras, se puede decir que se trata de un grupo de base esencialmente provincial, rural, que combina narcotráfico, poder sobre la tierra y acción paramilitar. En cuanto terrateniente, es muy antiguo, lo mismo que el hecho de ser la sustancia material del sistema de partidos, y la base de reproducción de los gobiernos locales y del aparato legislativo. De las últimas tres décadas, sin embargo, data la combinación mencionada. Es, entonces, este grupo el que llega a la Presidencia con Uribe. Pero, aunque crece y se afianza, incluso económicamente, en estos ocho años, no es su resultado; por el contrario, la Presidencia fue el premio de un ascenso logrado a través de la más atroz operación criminal de masacres, terror y desplazamiento poblacional. Ya en 2002, S. Mancuso declaraba que su cauda política tenía más del 35 por ciento de las curules del Congreso de la República, lo cual se ha conocido con el nombre de “parapolítica”. No obstante, es indispensable aclarar que no se trata simplemente de que los paramilitares hayan comprado o controlado por la fuerza la representación política. Ser político y terrateniente ya era un hecho cuando este grupo –que, desde luego, va cambiando– decide comprometerse en el narcotráfico y la acción paramilitar simultáneamente. Téngase en cuenta que la estrategia paramilitar ha sido esencialmente una estrategia de Estado.

En realidad, la hegemonía dentro del bloque de poder ha estado siempre en cabeza de la oligarquía financiera. Es ésta la que, con el apoyo del gobierno de los Estados Unidos, incapaz de la menor concesión, incluso respecto a la propiedad territorial, y sintiéndose amenazada, no sólo por la insurgencia armada sino por la insubordinación social, decide entregarle a este grupo social, primero, el “trabajo sucio” y luego el oficio de gobernar. El triunfo de Uribe, y sobre todo su largo gobierno, hubiera sido imposible sin el apoyo de personajes como Sarmiento Angulo, Ardila Lulle y Santo Domingo, dueños, por cierto, de los medios de comunicación, con el respaldo de otros más discretos como el grupo de Davivienda, encabezado por don Efraín Forero y los exportadores, entre quienes se destacan los de las flores, además de los grandes grupos considerados locales como el ‘sindicato antioqueño’, los Lloredas y Caicedos, y otras familias ‘prestantes’. Y, por supuesto, de las multinacionales y sus testaferros o voceros.

Todo esto es archiconocido. Basta, en todo caso, repasar las declaraciones de los gremios. No estuviera en discusión, sería ocioso repetirlo, un verdadero crimen de la oligarquía y de la burguesía que algún día la justicia histórica habrá de cobrarles. Desde este punto de vista, es posible decir que la fracción narco-para-terrateniente ha sido clase reinante, dominante en el escenario político, mas no hegemónica. Y contaba con condiciones para serlo: como ya hemos dicho, es indisoluble de la función de representación política; antes cumplía su papel como poder regional y local en el juego de alianzas que garantizaba la reproducción del poder burgués en su conjunto; en estos nefastos ocho años, gracias al imperativo de la guerra sucia, pudo gozar de los atributos de gobierno nacional.

El cambio significa, por consiguiente, que la oligarquía financiera considera cumplida y satisfecha la tarea encomendada. Decide retomar el papel de fracción reinante; directamente –Santos es uno de sus vástagos–, e indirectamente a través de la tecnocracia neoliberal, para lo cual le es indispensable reconstruir el esquema de alianzas. He ahí el secreto de la “unidad nacional”. Desde luego, está obligada a hacerse cargo de los desastres ocasionados por el poder (inclusive económico) y por las ínfulas que había ganado esta fracción rústica, brutal e ignorante, y sobre todo del riesgo representado por la popularidad que le habían fabricado al mesías troglodita. De ahí que tuvieran que ofrecer el cambio como prolongación del uribismo, y que al mismo tiempo redujeran el cambio a cuestión de estilo y buenas maneras. El ‘destape’ permite justamente atribuir la empresa criminal a un grupo ajeno –cosas del pasado–, lavándose las manos. Pero la reorientación era, de todos modos, indispensable.

Las calculadas sorpresas internacionales

El objetivo actual de la oligarquía financiera tiene que ver, en efecto, con las posibilidades que ofrece para sus ganancias el contexto internacional, y por tanto con la consolidación del modelo de desarrollo que se ha propuesto imponer en el país. Es por eso que el signo dominante de la política de Santos es lo económico: avanzar en el esquema neoliberal. Es cierto que Uribe llevó a cabo una tarea importante en esta materia, especialmente cuando era necesario utilizar métodos bárbaros, por ejemplo, en el programa de privatizaciones. Pero resultaba incapaz –e incluso un estorbo– para seguir adelante. En este punto es preciso aclarar que había un factor fundamental que tornaba necesario utilizar la fracción narco-para-terrateniente: en realidad, la clave del modelo de desarrollo está en el área rural, toda vez que se trata de entregar los recursos naturales para la explotación y el aprovechamiento de la inversión extranjera. Se habla de oligarquía financiera porque el resorte de su existencia es la especulación, pero sus negocios se distribuyen en diversas actividades. Por eso –y por su naturaleza de grupos familiares tradicionales–, no se habla de burguesía industrial o de cualquier otro ámbito. Y de ahí su capacidad para establecer alianzas con otras fracciones de las clases dominantes. Y en subordinación frente al capital extranjero.

Así, pues, el uribismo criminal había sido útil en la empresa de limpiar de oposición, y de seres humanos, extensas porciones del territorio nacional, pero el esfuerzo no podía quedarse en especulación inmobiliaria o ganadería, y ni siquiera en el monocultivo de la palma aceitera, sobre todo si permanecía en manos de estos advenedizos. Los logros en materia de guerra contra las farc, en especial en el ámbito político, se podían considerar suficientes. Cumplida esta tarea, venía la de la construcción, sobre todo con relación al objetivo indiscutiblemente estratégico del momento y en el cual Uribe, inseparable de la práctica de la corrupción, nada había adelantado: la construcción de infraestructura de transporte. Al menos eso es lo que a la oligarquía le dicta su análisis. Otra cosa es saber si está en lo cierto y si es capaz de llevar a cabo su propósito.

Ahora bien, Uribe ha sido no sólo proimperialista en relación con los Estados Unidos sino también aliado o, mejor, lacayo, de una fracción política en ese país, la de la fracción más derechista del complejo militar industrial, expresada por la corriente de Bush en el partido republicano. Como se sabe, uno de los factores que más favorecieron el éxito del gobierno de Uribe fue el predominio simultáneo de la fracción Bush, ocupada, después del 11 de septiembre, en la cruzada antiterrorista y, líder de las peores doctrinas derechistas, en la política mundial. Pero en este momento, particularmente después del triunfo de Obama, esta afiliación del gobierno colombiano, unilateral y sectaria, dejó de ser ventajosa para la oligarquía financiera. Varias demostraciones ya habían podido apreciar, una de ellas la negativa del Congreso estadounidense a la aprobación del TLC; otra, la más importante, la reducción radical de la ‘ayuda’ militar, materializada en el ‘plan Colombia’. De hecho, lo único que pudo lograr Uribe en las postrimerías de su mandato fue mediante el ofrecimiento de siete bases militares, una jugada que en principio iba en interés de los Estados Unidos, pero, en la lógica de Uribe, significaba golpear a las farc mediante el hostigamiento a Venezuela. Sobra decir que con Uribe era imposible una reorientación.

Por otra parte, es claro que, a pesar de la hegemonía político-militar del imperialismo de Estados Unidos, el mundo es multipolar. Las multinacionales de origen europeo y principalmente español tienen presencia decisiva en Colombia. Nuevas potencias, llamadas emergentes, incluso en nuestro continente han ganado un papel de primera importancia. Sin tenerlo en cuenta, no es posible –y eso lo sabe la oligarquía financiera colombiana– avanzar en la reinserción dentro de la globalización. Uribe, es cierto, le otorgó enormes garantías y gabelas a la inversión extranjera, en lo que llamó “confianza inversionista”. Pero su modelo ha sido discrecional, inseparable de los intereses mezquinos de sus grupos de apoyo, corruptos y criminales. Lo que impone el ‘consenso’ actual es la seguridad jurídica pero de manera general y homogénea. Son urgentes la multiplicación y la diversificación de acuerdos bilaterales de inversión y de tratados de libre comercio. Se impone mirar hacia el Pacífico en interés propio y del capital extranjero, pues establecer relaciones con los grupos de capital de otros países latinoamericanos aparece como una necesidad. De ahí el imperativo de la reorientación.

En síntesis, también en el orden internacional es visible una recomposición de la relación de fuerzas. No otra cosa expresa el gobierno de Santos, muy lejos de la simple modificación de las prácticas de la diplomacia, aunque el cambio en el estilo –notorio en la reconciliación con Chávez, pero definitivo sobre todo en el tratamiento de la propuesta de Unasur– es un componente insoslayable. La oligarquía colombiana juega a la explotación de los nuevos equilibrios mundiales pero no a favor de la potenciación de la autonomía nacional sino en la línea de la entrega al mejor postor. Y ello tiene mayor aceptación en el conjunto de las clases dominantes.

Redefinición del régimen político

En fin, si bien no se debe exagerar el cambio tampoco es correcto subestimarlo. Junto con las maneras, han cambiado las políticas. Y es evidente asimismo que otro tipo de funcionarios que hoy forman parte del gobierno. Como se ha dicho, el signo dominante de la política de Santos es económico. Todo lo que hace en el plano de la política, en sentido estricto, está subordinado a este propósito supremo.

Materialización de la unidad nacional

Una vez posesionado, Santos lanza su oferta de “unidad nacional” cuyo mayor logro es la sorpresa. Obviamente, en el plano económico –neoliberal– era fácil encontrar un terreno común con sectores anteriormente oposicionistas como el partido liberal y el movimiento, de última hora, de los verdes, para no mencionar otros como Cambio Radical. La oposición –sobra decirlo– era frente a lo más primitivo y brutal del uribismo; si bien se aceptaba la política de ‘seguridad democrática’, ya que convenían con éste en que el mayor enemigo eran las farc, no podían aceptar que la lucha contra el terrorismo se extendiera a todo tipo de ‘disidente’. En este sentido, la unidad nacional no significa la conformación de una coalición de fuerzas disímiles que a posteriori (ya que no había sido durante la campaña electoral) contribuyeran a definir el programa; es una iniciativa de cooptación –es decir, sobre el programa inicial– aceptada de buen grado por quienes finalmente confluyeron en la unidad.

La iniciativa de Santos en materia legislativa ha sido avasalladora y audaz. En términos de “unidad nacional”, la propuesta que más confusión ocasiona es la de “restitución de tierras” y reparación de las víctimas. No es una concesión. Tiene un doble objetivo. En primer lugar, apunta a materializar un propósito que Uribe nunca pudo hacer convincente: el comienzo de una etapa de posconflicto y por tanto de reconciliación. Como se sabe, si algo intentó el gobierno anterior fue legitimar la empresa criminal del paramilitarismo. Logró instalar en la cultura nacional la idea de que los “actores armados” eran todos iguales, y por tanto la idea de la reducción de penas, de la ‘justicia transicional’, la ‘reinserción’, y por tanto la reconciliación, aplicable en principio a los paramilitares. Estabilidad y ‘paz’ indispensable para los negocios. En segundo lugar, saneamiento de los títulos de propiedad sobre la tierra, indispensable, como seguridad jurídica, para el gran proyecto mundial de acaparamiento de tierras por las multinacionales. En lo inmediato, sin embargo, opera como oferta atractiva para las víctimas, campesinos desplazados, despojados de sus tierras. Ya se verá su limitación intrínseca en el desarrollo y la reglamentación de la ley. El gran supuesto consiste en que lo fundamental de la guerra ya ha sido ganado por el establecimiento. Ese es un interrogante, también para nosotros.

La unidad nacional se presenta también como forma de democratización. ¿Cuál será la situación en materia de derechos humanos, políticos y civiles? Ya sabemos que para algunos, con tal de que no haya chuzadas ni ‘falsos positivos’, no importa lo que se haga en política económica. Al respecto, conviene reiterar que esta situación va más allá del conflicto armado. La mayoría de las violaciones, aunque toma como pretexto la insurgencia armada –el ‘terrorismo’–, en realidad tiene que ver con la necesidad de eliminar la insubordinación social. En tal sentido, independientemente de las justificaciones, lo cierto es que, para desgracia nuestra, continuará. La diferencia consiste probablemente en que ahora serán atribuibles a grupos privados, particulares, bandas criminales, aparentemente sin relación con motivaciones políticas. No solamente se descarta su relación con el Estado sino que además aparecen sin vinculación con las antiguas auc, de las que se había admitido su naturaleza ‘política’. Como ya se ha visto, las víctimas estarán quizás entre los posibles reclamantes de tierras. En síntesis, la característica del gobierno Santos será que, al igual que en otras épocas, por ejemplo, en tiempos de Samper, el Estado aparece como un actor ajeno a las violaciones de los derechos humanos, e incluso como otra víctima.

Eje del programa santista

Como se ha dicho, el objetivo principal es económico: la continuidad del programa neoliberal. Este tema, sin duda, merece un análisis más detallado que tome en cuenta el Plan de Desarrollo recientemente dado a conocer y, sobre todo, la agenda legislativa que ha venido concretando logros importantes en el Congreso, como la reforma a la salud. Pero es posible hacer algunas anotaciones preliminares. En las condiciones de Colombia, la tarea urgente es la construcción de infraestructura. Sin duda, es definitiva la inversión extranjera, pero desde el Estado es necesario aportar una base. De ahí que la cuestión fiscal y de las posibilidades de endeudamiento externo se convierta en definitiva. Mucho se ha hablado de ‘bonanza’ en el sector externo y de su correcta utilización para evitar la llamada “enfermedad holandesa”, pero la oligarquía financiera y la tecnocracia a su servicio no se engañan tampoco con su propia propaganda. Algunos aspectos de su programa de conjunto pueden ser los siguientes:

a)    Trato igualitario. Homogeneización de las condiciones para todas las multinacionales.
b)    Modelo de desarrollo, sobre la base de la inversión extranjera: energía, minería, monocultivos.
c)    Asignatura pendiente: infraestructura, en especial para el transporte.
d)    Problema: déficit fiscal; racionalización de gastos; incremento de ingresos.
e)    La cuestión social: el fin del Estado Social de Derecho. La sostenibilidad fiscal. El mercado de los servicios sociales.
f)    La solución neoliberal: flexibilización del mercado de trabajo; programas asistencialistas.

En cierto modo es una reiteración de la conocida cartilla neoliberal. Pero implica una coherencia específica: está anudada alrededor del equilibrio fiscal. De esto dependen, según las exigencias del mercado financiero internacional, las posibilidades del endeudamiento. Se entenderá por ello, fácilmente, la importancia de la estabilidad política –la gobernabilidad, o el “buen gobierno”, como gusta denominarlo Santos–, la ilusión de la apertura democrática a cambio del proyecto económico. El talón de Aquiles está en lo social. Las soluciones neoliberales, sea para el empleo o para la formalización del trabajo, son tan limitadas que incluso sus promotores abrigan no pocas dudas. Sólo la propuesta de “sostenibilidad fiscal”, que se pretende incluir como un ‘derecho’ en la Constitución, pudiera garantizar el desarrollo de la tarea fundamental: la infraestructura. Pero, al mismo tiempo, puede ser inminente la reacción social.

Porvenir de la unidad nacional

El cambio, como hemos dicho, seguramente nos conduce a un escenario peor. Una forma de entenderlo es recurrir a la conocida noción de la integralidad de los derechos humanos. Incluso si en una dimensión se ofrece el derecho a la vida por parte del Estado (si se cree en el discurso oficial), en cambio la negación de las condiciones sociales, económicas y culturales hace que no se pueda hablar de condiciones democráticas ni siquiera en términos burgueses. Pero desgraciadamente no es posible creer en el discurso oficial. Lo único que queda es el “respeto del equilibrio entre los poderes”, la “libertad de prensa” y la reiteración del ritual electoral. En Colombia ya hemos vivido esta situación. Hasta cierto punto, la época de Uribe fue una excepción. Las aguas vuelven a su cauce normal. Como sucedió en Perú después de Fujimori. No gratuitamente se sigue diciendo que Colombia es la “democracia más antigua de América”.

El peso de la tragedia que hemos vivido –no digamos en los pasados ocho años sino durante casi tres décadas– sigue oprimiéndonos, sin embargo, como un chantaje atroz y una amenaza criminal. Determina, como decíamos al principio, la escasa magnitud de nuestras ambiciones. De ello depende la continuidad de la unidad nacional. Con su habitual cinismo lo expresaba recientemente Humberto de la Calle: “El fenómeno sorprendente, por el contrario, es la nueva izquierda santista. Después de décadas de calificarlo como el adalid del neoliberalismo, centralista, clubman, alejado del pueblo, educado en el exterior, ajeno a la mesocracia mestiza, ahora para esta nueva izquierda Santos es su campeón. La razón no es lo que aparenta; es que entienden que sostener a Santos es un seguro contra el uribismo recalcitrante. Tal neoizquierda se pega a Santos como una lapa para protegerse de Uribe. De modo que, mientras Uribe esté activo, como piensa estarlo, Santos no corre riesgos por este flanco. O sea que, a la vez, Uribe también es un seguro para Santos en una combinación sinalagmática perfecta”.

Decir uribismo equivale a paramilitarismo, y también a un grupo social hoy probablemente marginado, en la función mediática de chivo expiatorio, pero que no ha desaparecido ni va a desaparecer, toda vez que constituye, ese sí, el más eficaz seguro para la oligarquía financiera contra toda tentativa de cambio social. En realidad, el embrujo santista no es más que la prolongación, aparentemente contraria, del embrujo uribista. Sólo desaparecerá cuando éste haya muerto definitivamente.


El capital global como sujeto geopolítico


Notas sobre la geopolítica actual

Helio Gallardo

Aunque estas Notas se escriben desde América Latina, no pueden ser aplicadas directamente a ninguno de sus países o regiones. Ello requiere otro tipo de información y análisis que no puede hacerse aquí por razones de espacio. Las menciones a realidades específicas deben ser entendidas, por tanto, sólo como ejemplificaciones descontextualizadas de situaciones básicas. Las indicaciones sobre las izquierdas latinoamericanas se refieren exclusivamente a las que se empeñan en un trabajo sociopolítico parlamentario.

1.-    Se utilizará aquí, declarativamente, un doble ingreso al concepto de geopolítica. El primero nos remite a su noción como cierta ‘espacialidad’ del poder (o poderes) que traspasa y causa transgresión a las fronteras internacionales. La segunda nos la indica como el territorio y los recursos que un Estado o un poder proclaman requerir para lograr la autosuficiencia (espacio vital). La noción de ‘espacio vital’ remite tanto a la economía como a la política y la cultura. La imagen del ‘pasar por encima’ de los límites y de la transgresión espacial posee relevancia por el peso económico-político y geopolítico de los medios de información/comunicación (y las tecnologías que hoy los sostienen) en el mundo actual. La inmediatez de las ‘acciones’ del capital en tiempo real tiende a ignorar el carácter socio-político y natural de los espacios en los cuales se inserta. Este ‘pasar por encima’ tiene también importancia en tanto que enfatiza la conflictividad inherente a la geopolítica.

2.-    Se trata de ‘geopolítica’ en la fase actual de mundialización capitalista. La apertura de esta fase, en su sentido de coyuntura larga en un proceso civilizatorio, puede fijarse en la década de los 70 con el primer impacto de las tecnologías de punta en la acumulación de capital y, en un sentido más restringido, desde el punto de vista ideológico, en la autodisolución de la Unión Soviética a comienzos de los 90 del siglo pasado. En esta fase pierden peso relativo los Estados nacionales desplazados por ‘constelaciones de poder’ determinadas por la lógica de la acumulación mundial de capital a la que resultan funcionales. Las constelaciones de poder (cuyos actores protagonistas son Estados, corporaciones transnacionales, organismos internacionales y medios masivos, pero cuyo sujeto es la acumulación global) se articulan mediante los requerimientos de la lógica de acumulación global de capital. No se habla aquí de una etapa ya instalada sino de la tendencia principal de un proceso que encuentra dificultades y conflictos para desplazar las prácticas geopolíticas anteriores, aún existentes, de asumir las relaciones internacionales como espacio determinado por la acción de un Estado nacional o de grupos de Estados. Otras conflictividades surgen por las resistencias, cada vez más desagregadas, generadas en los diversos frentes y espacios de quienes sufren el carácter de esta etapa del capitalismo.

3.-    El sector dominante de la lógica de acumulación global es el financiero, ya bajo su forma de ‘palanca’ de otros procesos económicos (producción, circulación, consumo), ya bajo su forma especulativa (“burbujas”). Se trata de un estilo de acumulación que se expande en la escala mundial, cabalgando en sus monopolios tanto la estratificación y la desagregación de la fuerza laboral y de sectores empresariales como la transformación del planeta (Naturaleza), en puntos de “inversión privilegiada” para un capitalismo monopólico y transformado también en sensibilidad cultural única. El estilo mundial de la acumulación (concretamente la mundialización efectiva de la forma mercancía) genera “públicos” y “consumidores” estratificados (y también contingentes de desocupados y subocupados que pueden transformarse en emigrantes) y es probablemente factor central del desafío contenido en las transformaciones, hasta hoy negativas, del ambiente natural (desafío ecológico).

4.- Para América Latina, los aspectos anteriores son significativos en varios frentes: la necesidad de formar parte de ‘constelaciones de poder’ potencia la adhesión a bloques internacionales y ello debilita la autonomía (si alguna vez la tuvieron o pretendieron tenerla) de los gobiernos y los Estados latinoamericanos. En efecto, estos gobiernos y Estados nunca o casi nunca resultan ser actores decisivos en estas constelaciones actuales. El punto posee varios alcances. Se mencionan aquí tres en curso: la proliferación de ‘megaproyectos’ (el Plan Puebla-Panamá-Bogota, por ejemplo) que ignoran las realidades de las poblaciones involucradas en ellos o valoran la naturaleza latinoamericana como obstáculo para el comercio y la productividad. Sin embargo, desde América Latina, y espoleados por el capital financiero internacional, los gobiernos también promueven estos megaproyectos bajo el nombre de Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA). Un segundo alcance, hasta el momento o lento o tímido, y con tendencia a la burocratización, es el esfuerzo por constituir aparatos políticos que pudieran implicar una ‘constelación latinoamericana’ de poder, tal como lo expresa Unasur. Este último tipo de aparatos debiera fracasar. La iniciativa estadounidense por avanzar en acuerdos bilaterales o microrregionales de ‘libre comercio’, decisión que reemplazó a la frustrada intención de un acuerdo hemisférico de ‘libre comercio’, se inserta asimismo en la propuesta básica de articulación bajo la lógica del capital global. El ‘plan Colombia’ (al que hoy desea integrarse América Central) es una propuesta más tradicional (política y geopolítica) de asegurar el control político-militar-cultural del área por parte de la potencia hegemónica en el hemisferio. Es enteramente compatible con el Plan Puebla-Panamá-Bogotá. Por supuesto, en este momento no hay capacidad para crear una constelación de poder popular (poder local en el sentido de autoconstitutivo de sujetos sociales). Ni siquiera se da la voluntad para crear esta capacidad en el largo plazo.

5.-    En el plano de las sensibilidades y las ideologías de esta universalización efectiva (en curso material) de la forma-mercancía sobredeterminada por el sector financiero y sus constelaciones de ‘poder’, se impone en el mundo un pensamiento único que se valora a sí mismo pragmático (quiere decir ‘sin ideología’) y que en América Latina toma principalmente la forma del neoliberalismo en su versión latinoamericana. Ideologías específicas de este pensamiento son, por tanto, el neoliberalismo (expresión del carácter totalitario de la acumulación de capital), el tecnocratismo (y en menor medida el cientificismo) y el pragmatismo (como la única manera de estar en política y hacerla). El principal sostén ideológico del período es el crecimiento económico que desplaza la antigua apuesta por el “desarrollo” (entendido como mejoramiento de la calidad de la existencia). En términos doctrinales, sus núcleos centrales de discurso son el “libre comercio” (y la ‘estabilidad’ social que lo sostiene) y el de la “guerra global preventiva contra el terrorismo” (Administración Bush, 2001) impulsada por EUA y a la que se asimilan países militarmente poderosos como China, Rusia, Inglaterra y Francia. Esta doctrina estuvo en la base de la reconfiguración de la Otan que hoy día extiende su campo de intervenciones (que se han diversificado) a todo el planeta y tornó inoperante en la práctica a Naciones Unidas desde cuando EUA decidió unilateralmente invadir a Iraq (en contra de la posición del Consejo de Seguridad). Su transgresión quedó no sólo impune sino que además el Estado que rompió la institucionalidad vigente sigue haciendo parte decisiva del organismo. Así, las relaciones internacionales volvieron a un punto semejante al existente antes de la Primera Guerra Mundial: se rigen en último término por el poder del militarmente más fuerte. Existen, sin embargo, diferencias en relación con la situación de comienzos del siglo XX: la más importante es la existencia actual de armamentos de destrucción masiva (nuclear, química, bacteriológica) no monopolizados; la segunda es la evidencia de la declinación del poderío estadounidense (sigue siendo el Estado militarmente más poderoso del planeta, pero su economía y su política son deficitarias en relación con sus pretensiones de hegemonía) y el surgimiento de Estados emergentes (el principal es China) que pudieran configurar una nueva constelación de poder en el capitalismo; la tercera es la configuración posible de una constelación político-militar de poder (Otan) que sea instrumento de una guerra planetaria. Las posibilidades de un enfrentamiento total entre EUA (Otan) y China pudieran estar a la vuelta de la esquina. Se trata de un efecto de la tendencia, en la coyuntura larga, a la militarización de los conflictos (destrucción creativa), propia del capitalismo monopólico aunque acentuada tras la autodestrucción de la Unión Soviética. Ejemplo claro de esta situación son las guerras de invasión y ocupación que afectaron y afectan a Iraq y Afganistán y que pudieran abrirse también en Corea y Oriente Medio.

La militarización de los conflictos (como los flujos migratorios y el narcotráfico) tiene como uno de sus efectos el despliegue de una nueva carrera armamentista, con sus dos tipos de frentes, abiertos e ilegales, situación que también afecta a América Latina. Tampoco, desde este punto de vista, puede hablarse de una coyuntura que estimule, por ejemplo, la producción masiva de ‘capital humano’ (educación, salud, empleo). El gasto se orienta más bien a “ganar las guerras” derivadas de la tendencia a militarizar los conflictos (por materias primas, mercados, control de la población y hegemonía) y no a encontrar salidas centradas en la cooperación. La realidad mundial no es interdependiente sino sujecionada. Lo que está en juego, por supuesto, es el imperio total sobre el mundo (que supone el imperio total, objetivo y subjetivo, sobre sus poblaciones). En América Latina, la denuncia del armamentismo (Colombia, Venezuela, Chile, por citar tres Estados), impulsado por el sistema y las industrias de armamentos, y la acentuación del desafío sobre seguridad que pudieran estar proponiendo la narcoguerrilla y la delincuencia organizada como narcotráfico (México, Colombia, América Central), que únicamente puede ser combatido y derrotado en alianza (es decir en sujeción) militar con EUA, son expresiones de este rasgo de la coyuntura.

6.- Privilegiar un capitalismo determinado por su sector financiero, que tiene como discursos centrales los de guerra global preventiva contra el terrorismo (y su ‘eje del mal’) y crecimiento económico –operacionalizado como pragmatismo tecnocrático– (“no importa el color del gato sino que cace ratones”), supone la ausencia (o la reconfiguración ideológica) del Estado de Derecho y con él de derechos humanos, el debilitamiento (que conduce a la extinción) del régimen democrático como expresión de una ciudadanía activa (principio de agencia) y la reaparición de ideologías específicas como el racismo, la explícita justificación política de la tortura y la impunidad de los crímenes si son cometidos por sectores, naciones, Estados o individuos poderosos. Esta ‘sensibilidad cultural’ alcanza especial significación para América Latina y el Caribe porque se trata de regiones que constituyen una frontera estratégica para Estados Unidos (y las constelaciones de poder a las que se agrega como actor o central o importante) o un ámbito históricamente determinado para su ejercicio de hegemonía (Doctrina Monroe). A esta significación primaria se agrega que el área es muy abundante en recursos naturales (agua, bosques, petróleo, etcétera) que sus poblaciones (y gobiernos) locales no tienen capacidad social ni técnica para explotar y comercializar. Para la lógica de acumulación de capital global, se trata de ‘poblaciones sobrantes’ (población que no produce con eficiencia ni consume con opulencia) que causan ‘daño’ con su mera existencia, al deseado nuevo ‘orden mundial’. Desde este básico punto de vista, las tendencias dominantes de la coyuntura global pueden coincidir en muchos puntos con las formas de dominación oligárquica y neooligárquica que son históricamente propias de América Latina. Se resuelve de esta manera, en la práctica, una antigua discusión latinoamericana acerca de la existencia o la inexistencia de una burguesía interna y de sus alcances para los caracteres de un movimiento popular. Si existió antes esa burguesía, cuestión polémica, ahora no resulta factible.

7.-    Desde el punto de vista de las instituciones y de su reconfiguración, los procesos anteriores, vistos desde América Latina, apuntan a la acentuación de la vulnerabilidad de su ejército industrial de reserva, en especial jóvenes y mujeres, sectores rurales e indígenas, lo cual afecta a los trabajadores asalariados, entre quienes se acentúa asimismo la precariedad del empleo y la penuria o no factibilidad de su acceso a los mercados (en particular al financiero), asuntos que tienden a reforzar su ensimismamiento y desagregación. La lógica ‘cultural’ del capitalismo global erosiona asimismo las tramas sociales históricas de los grupos intermedios (en particular, la familia urbana y rural), mientras los ‘buenos negocios’ inherentes a la mundialización y sus enclaves locales pueden enfrentar en diversos grados a sectores de sus oligarquías y neooligarquías. En esta forma, a la flacura de la sociedad civil en América Latina se puede sumar una tendencia a la descomposición del sistema político en sentido amplio (Estado, gobierno, partidos, aparatos clericales, ideologías) y también otra tendencia, esta vez a su orquestación (la política se transforma en ‘espectáculo’). Una expresión generalizada de esta situación es el auge de la emigración como desplazamiento geográfico (en el mismo país o al exterior) o como emigración subjetiva (el abandono de la iglesia católica y el paso a otras denominaciones o cultos, la adhesión a una ‘cultura’ posmoderna, el refugio en las drogas autodestructivas, el travestismo ideológico y partidario, etcétera) y ciudadana (la indiferencia ante lo público y la abstención electoral, por ejemplo, aunque también el auge del clientelismo). Objetivamente, una situación de crisis socioeconómica prolongada, con variantes de país en país, que van desde el colapso (Argentina, 2000, Guatemala y México en este siglo, Colombia en la administración Uribe) hasta el ‘éxito’ (Chile con crecimiento sostenido y peor distribución interna de la riqueza), no se traduce en una sensibilidad que pudiera materializar una crisis política y eventualmente sistémica.

Un alcance puntual: la actual crisis financiero-productiva (con sus efectos desastrosos sobre el empleo y los salarios), gestada por la “burbuja inmobiliaria” estadounidense, ha sido asumida con cifras sociales relativamente positivas por América Latina. Las cifras de pobres y miserables han caído, según los datos oficiales, desde más de un 40 por ciento el comienzo del siglo XXI a un 33 en 2007. El dato es engañoso porque contiene realidades disímiles como las de Haití y Honduras (75 y 68,9 por ciento, respectivamente; Colombia, 46,8%) y Chile (13,7%), y además circunstanciales porque las economías latinoamericanas siguen siendo muy sensibles a los entornos internacionales. Igualmente, la caída abstracta de las cifras de miseria y pobreza va acompañada por una acentuación de la inequidad en la distribución de la riqueza en los pocos países que mejor la repartían (Uruguay y Costa Rica), y por el auge de la violencia social y delincuencial. En América Latina existen hoy 2,5 millones de guardias privados, la industria del blindaje de vehículos y vestimentas es pionera en el mundo y la tasa de homicidios es la más alta del planeta (27,5 por cada 100 mil habitantes). De modo que, pese a ciertas cifras, para la mayoría seguimos siendo un “valle de lágrimas”, y para una minoría lugares donde todavía es posible “vivir confortablemente”.

Los sectores dominantes reaccionan ante la situación global en términos básicamente politicistas y en menor medida tecnocráticos (estabilidad macroeconómica, desregulaciones, cautela en el gasto, etcétera). Nos centramos aquí en las primeras. El Estado acentúa su carácter patrimonial y clientelar (lo que contiene una alta corrupción y venalidad) y no nacional o republicano; el régimen de gobierno se materializa en instituciones de democracias restrictivas, o sea, sin participación ciudadana y social efectiva y centrada en simulacros electorales, declara ‘ingobernable’ un sistema con más de dos partidos con opción de triunfo electoral y se busca la reelección inmediata o discontinua de los mandatarios como mecanismo para asegurar un acceso continuo de los mismos grupos a los ‘buenos negocios’. Recientemente, un golpe de Estado exitoso en Honduras (2009) hizo retornar el tema del monitoreo del régimen democrático, primero por los grupos empresariales y, a la espera, por las fuerzas armadas. El punto pone de relieve dos expresiones latinoamericanas de la coyuntura: el sistema no tolera cambios que los poderes reinantes estimen negativos para sus intereses, y el sistema no admite un régimen democrático efectivo, con participación ciudadana y social efectiva. Los regímenes democráticos restrictivos son, en efecto, sólidamente autoritarios.

El golpe de Estado de Honduras mostró asimismo que en el actual “valle de lágrimas” latinoamericano la función de los aparatos clericales se torna más inmediatamente política en su sentido restrictivo. La vulnerabilidad y el desamparo (incluyendo la violación de derechos humanos fundamentales) tornan imprescindible el apoyo de sacerdotes y pastores al sistema de dominación oligárquico. Es la sanción divina al sistema, que forma parte sustancial de la cultura de sometimiento en América Latina. Esta es una referencia sólo a la dirigencia clerical y no al pueblo religioso. El fenómeno comprende también la multiplicación y la diversificación del mercado clerical: hay ofertas religiosas para todos los gustos y disponibilidades. Aunque el asunto puede resultar pintoresco, es una señal de la descomposición final del antiguo sistema de dominación y su ingreso a uno nuevo. La lógica de la acumulación global puede tomar infinitos rostros y mudanzas ‘espirituales’. Su dios, sin embargo, es siempre el mismo: la ganancia sin beneficio humano.

8.-    En el marco anterior, sectores de prensa hablan de un “retorno de la izquierda” en América Latina. Bajo el rótulo de “izquierda” comprenden básicamente triunfos electorales de candidatos no deseados por el sistema reinante y sus experiencias de gobierno. Se trata de candidatos ‘no deseados’ porque de alguna manera movilizan electoralmente (y a veces socialmente) a sectores que la dominación desea que siempre estén deprimidos. En el caso chileno, se preferían candidatos pinochetistas a anti-pinochetistas. Lula tenía en su pasado el ‘estigma’ de haber sido dirigente sindical. La pareja Kirchner tuvo como interlocutores a amplios sectores de los trabajadores y capas medias argentinas. Ortega arrastraba un pasado de comandante revolucionario, etcétera. Además de este aspecto ‘no deseable’, algunos de estos dirigentes políticos no repudiaban ni repudian la experiencia cubana, o tenían alguna cercanía con movimientos como la teología latinoamericana de la liberación o las legítimas reivindicaciones de los pueblos originarios.

Pasados 10 años de este falso “retorno de la izquierda” (en realidad, un invento interesado o no del periodismo comercial), las aguas se han decantado de algún modo. Algunos de estos izquierdistas resultan relativamente ‘aceptables’, para el sistema porque son racionales y moderados (Lula y los gobiernos de ‘concertación’ en Chile, por ejemplo), otros son enteramente repudiables, como la experiencia venezolana, la boliviana, la argentina. El caso extremo ha sido la demonización de la administración venezolana con su democracia ‘participativa’ y su esfuerzo de articulación bolivariana, al que se califica geopolíticamente como parte del ‘eje del mal’ mundial (calificación que en este hemisferio comparte con Cuba). Según la prensa internacional (The Economist, CNN), estos regímenes repudiables, apiñados bajo el anatema de “populistas” o “neopopulistas”, llevan a sus pueblos a la ruina y la tiranía, y están condenados al fracaso porque se orientan por ‘ideologías’. Sobre ellos pende siempre la factibilidad de un golpe de Estado.

Estos gobiernos ‘de izquierda’ latinoamericanos constituyen en realidad experiencias sociales y ‘nacionales’ altamente disímiles. Para efectos de su mejor comprensión (siempre difícil para quienes no están insertos en sus procesos), es mejor calificarlos según los siguientes parámetros nada antojadizos:
  • Plantean o no plantean políticas públicas (y las materializan de acuerdo con sus posibilidades políticas) que incidan positivamente en la configuración de capital humano. Esto significa transformar cualitativamente el sistema educativo, institucionalizar la seguridad social y dotarla de financiamiento adecuado, e intervenir en la expansión y la calidad de la oferta laboral. Si no hacen esto, no son de izquierda. Al anterior programa mínimo habrá que añadir: crear las condiciones para una participación ciudadana y social efectiva en las políticas públicas;
  •  
  • Los asuntos anteriores suponen un esfuerzo sostenido en la reconfiguración de la propiedad y la posesión de medios y herramientas productivas. En América Latina esto contiene, al menos, una reforma agraria (propietarista o campesina) y la creación de un área cooperativa de la economía como primeros pasos hacia un orden sociopolítico no oligárquico y no neooligárquico;
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  • El trabajo político-cultural de esta ‘izquierda’ pasa, tanto cuando se es gobierno como cuando no se lo es, en generar una sensibilidad generalizada que legitime social y política y culturalmente los anteriores procesos de cambio. No se trata sólo de ganar elecciones o levantar personalidades individuales destacadas sino de estar siempre presente como programa y posibilidad-de-país en la sensibilidad política y la ideológica de la población. Esto hace que una eventual derrota electoral tenga menos importancia porque ella se inscribe en una ‘cultura’ que permanece y rejuvenece día con día en la subjetividad y la acción diaria de la población y sus instituciones. Ejemplo: la gente pudiera interesarse permanentemente en organizarse desde sus necesidades sentidas y expresadas (articuladas) para ser permanente actor (sujeto) de las políticas públicas;
  • Los dirigentes y los partidarios de estas nuevas izquierdas conocen y asumen sin sectarismo los éxitos y errores de las experiencias de izquierda y sus gobiernos en el siglo XX; lo hacen para no reiterar errores que precipitaron mayoritariamente sus colapsos o enrarecimientos, y para recrear en un nuevo y todavía más difícil contexto las acciones que resultaron procesualmente exitosas. Tal error no debiera repetirse: adoptar, desde ‘la izquierda’ o política o social, la falsa separación y conflictividad entre izquierda político-ideológica (partidaria) e ‘izquierdas sociales’ o movimientistas.

Se pueden añadir otros criterios, pero algunos de los mencionados, su presencia o ausencia, resultan decisivos.

Retos, fortalezas y oportunidades


Los socialismos latinoamericanos:
una crítica a la ortodoxia marxista


Por Luis Humberto Hernández

Se trata de procesos de construcciones socialistas,
no de simples actos de toma de poder.


Presentación

Procesos en perspectivas socialistas recorren a nuestra América Latina, realidades que no llegaron de otros lares sino que emergen a partir de sus propias necesidades para desplegarse en sus diversas condiciones socio-históricas. Intentos de construcción de Socialismos, reitero, con mayúscula y en plural y no en singular, que emergen no sólo como condición crítica de la crisis del capitalismo sino asimismo como una critica crítica, teórica y práctica, a la ortodoxia marxista europea.

Es una crítica a esa ortodoxia, porque el fantasma del comunismo único, moderno, nacido en Europa, se derrumbó en 1989, paradójicamente, o, para ironía de la historia, en la misma puerta de Brandenburgo que había asistido 50 años antes al entierro de la máxima expresión del capitalismo corporativista: el nazismo; al tiempo que emergía en nuestra Latinoamérica la posibilidad de socialismos diversos, para abrirse camino en la conquista de la realización utópica de las potencialidades humanas del hombre.

Intentos y no realidades consolidadas aún, condenadas a sufrir los dolores de sus propios partos, no fáciles, por cierto, en un mundo dominado por un capitalismo globalizado en crisis. Una crisis que no podemos prospectar si es orgánica o funcional pero que parece indicar una crisis de civilización.

En ese escenario, Latinoamérica traduce en la realidad política mundial la famosa afirmación que Marx hacía acerca de la ciencia, según la cual no existe vía regia, y en la que sólo pueden escalar sus cumbres luminosas aquellos que no teman escalar sus escarpados senderos, señalando que no hay ni vías regias ni caminos únicos para la teoría y para la acción prácticas, es decir, para la ciencia y la política. En consonancia, esos procesos socializantes que emergen en Latinoamérica nada tienen de expeditos, pues afrontan monumentales retos teóricos, acompañados en su tortuoso andar de condiciones o fortalezas propicias, por lo que se constituye en el continente de la esperanza.

Los retos teóricos

Podemos considerar un primer reto teórico el poder consolidar esos intentos socializantes en crítica objetiva al pensamiento único marxista europeo que colapsa en 1989 con su expresión histórica la Unión Soviética. Esa propuesta se sustentó en el racionalismo cartesiano, simplicador y reduccionista de la realidad social, que busca verdades objetivas únicas, medibles y cuantificables, que a manera de leyes eternas operan independientes de los sujetos.

Su concepción de proceso se entiende como el devenir de un progreso lineal, predecible, que responde a la lógica mecanicista newtoniana o la dialéctica hegeliana, que, cabeza abajo, pone la realidad y los hechos históricos tozudos por debajo de la especulación filosófica.

Una concepción rancia marxista proclive a pensamientos y realizaciones únicas, por ejemplo, de construcción del socialismo a partir de un solo país, bajo la égida de una dictadura del proletariado agenciada por vanguardias iluminadas.

Tales realizaciones únicas no caben siquiera en el sistema capitalista mismo, que, como cualquier otro sistema, si bien se corresponde con un comportamiento lógico tendencial estructural, propio de su modo de su producción, sólo se valida en el árbol diverso de su propia existencia, es decir, en las diversas formaciones sociales concretas en ciclos sistémicos, como lo ilustran su historia y el momento actual: 1. El ciclo genovés hasta el siglo XVII; 2. El ciclo holandés hasta finales del siglo XVIII; 3. El ciclo británico desde mediados del siglo XVIII hasta el siglo XIX y los primeros años del siglo XX; y 4. El ciclo americano, que comenzó a finales del siglo XIX (Arrighi, 1999). Una hegemonía norteamericana en veremos, que convive con la versión japonesa y la alemana, junto a las denominadas economías capitalistas emergentes.

Es en ese ámbito frondoso de la vida real donde domina lo diverso de las formaciones sociales concretas y de sus combates políticos, y no en el gris de los debates de la teoría por dogmas únicos; es donde se conjuran las pesadillas de las transformaciones sociales; en un momento en que el capital –como señala Bensaid– deviene “efectivamente planetario, como el espíritu de nuestra época sin espíritu y el poder impersonal del reino de la mercancía, donde se hace nuestro horizonte plomizo y triste el destino” (2003:19): Una vigencia que actualiza la crítica marxista al capitalismo y valida la crítica permanente a los propios proyectos socialistas en mención, que en su novedad deben recomenzar constituyendo el reverso y la negación del fetichismo mercantil universal (2003:19), y poniendo a prueba nuevamente el andar del comunismo, que al decir de Marx “no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado actual de cosas” (Marx.1966: 36).


Ligado a lo anterior, emerge para esos proyectos socialistas un segundo reto teórico trascendental y difícil de abordar. Se refiere a la posibilidad de la construcción utópica marxista, es decir, “la conquista del tiempo libre creativo del hombre contra el tiempo esclavizante y alineado del trabajo asalariado, el enriquecimiento de la especie y de la personalidad individual a través del desarrollo y la diversificación de las necesidades” (Grundrisse). Es éste un asunto sin resolver en los intentos socialistas reales conocidos y que, por el contrario, parece convertirse en el eslabón débil de las posibilidades socialistas habidas y por haber, cuyos fracasos habilitan y fortalecen el renacimiento y el remozamiento de las relaciones capitalistas. De esto dan razón la Unión Soviética, derrumbada en aras del despliegue del capitalismo salvaje ruso; la China comunista maoísta, convertida realmente en una China emergente capitalista; y las noticias recientes de Cuba de dar pasos que, aunque se dicen tímidos, incuban formas proclives al potencial despliegue del trabajo asalariado.

En ese sentido, se debe tener en cuenta que la diversidad de los intentos socialistas latinoamericanos se corresponde con desarrollos desiguales de sus fuerzas productivas, en países donde hace presencia el despliegue del trabajo asalariado propio del capitalismo, combinado con formas de producción y apropiación colectivas premodernas, que han resistido al dominio del capital.

Desde proyectos como Brasil y Argentina, en los cuales dominan plenas fuerzas capitalistas asalariadas con sus dos sectores modernos desarrollados, productor de bienes de capital junto al productor de bienes de consumo, que, como dijera Marx, han llegado “al nivel necesario de la productividad del trabajo” sine qua non para una revolución triunfante (Marx, Engels.1980); hasta proyectos como el boliviano, el paraguayo, el nicaragüense, el venezolano y el cubano mismo, con precarios desarrollos del trabajo asalariado al dominar en sus economías el sector productor de bienes de consumo, que los hace presa fácil de la dependencia del sector de bienes de capital ubicado en el exterior, y de la demanda del mercado externo en esta época del capitalismo global.

Son países y proyectos que, como en los casos de Bolivia y Venezuela, al sostenerse sobre una riqueza natural minero-energética, no creada por el desarrollo de su modernización, corren el riesgo de impedir el desarrollo de la fuerzas productivas modernas, pues, como señala Marx, no es suficiente la expropiación de la clase dominante si la clase trabajadora no es capaz de fundar la comunidad socialista sin “la premisa práctica absolutamente necesaria” de una productividad elevada, pues, en estos casos, una apropiación estatal de los medios de producción puede significar la generalización del trabajo asalariado bajo la forma de un comunismo burdo, de un colectivismo burocrático, que está lejos de llevar el intento a la emancipación real; que con el tiempo conduciría a la generalización de la escasez y también a la restauración capitalista bajo las peores condiciones (Bensaid), tal como parecen ilustrarlo los hechos históricos. Así que estas experiencias no pueden correr el riesgo de andar caminos ya trillados, ahorrándose el aprendizaje de sus lecciones.

Pero, además, en el marco de esas condiciones necesarias ¿cómo aprovechar las experiencias colectivas, socioeconómicas premodernas existentes, indígenas y campesinas, y de sus propios valores culturales humanos y ambientales, para que contribuyan en el apalancamiento y el desarrollo de sus particulares proyectos históricos?

Son esos retos lo que pone al orden del día la necesidad de su revolución cultural como condición que fundamente la elevación de la conciencia critica y organizacional de sus pueblos y sus dirigentes colectivos, que no precisamente operen como las vanguardias iluminadas de la vieja usanza doctrinal sino como los facilitadores del ejercicio de la democracia participativa que conlleve el empoderamiento de las diversas comunidades.

Esta es una revolución cultural propiciada por la misma revolución informacional en que se encuentra el mundo, y por la emergencia de intelectuales orgánicos o no, en otros tiempos extraños, por no decir inexistentes en nuestra Latinoamérica. Intelectuales con capacidad de pensar por cuenta propia, es decir, críticamente, tanto en el nivel científico como en el humanista.

En ese orden cabe reseñar actores de ese pensamiento actual latinoamericano que vale la pena difundir: Científicos naturalistas como los chilenos Humberto Maturana (1995) y Francisco Varela (2004); los colombianos Rodolfo Llinás (2000), Julio Carrizosa, Luisa Villamil y Sandra Zapata; los mexicanos Mario Molina y Luis Miramontes; los brasileños María Vibranoski, Rodrigo da Silva Galhardo y Beatriz Barbuy; los argentinos René Favarolo y Paula Villar, el venezolano Jacinto Conuit, el uruguayo José Sotelo, los cubanos Giraldo Martín y Fernando Funes, la peruana Cecilia González, la mexicana Berta González, entre otros. Cientistas y pensadores sociales como los colombianos Orlando Fals Borda, Darío Botero (q.e.p.d.) y Arturo Escobar; los chilenos Manfred Max-Neef, Luis Razeto y Julio César Jobet; los argentinos José Luis Coraggio, Enrique Dussel y Adriana Puiggros; los brasileños Boaventura de Soussa, Fernando Henrique Cardoso y Fray Beto; los mexicanos Pablo González Casanova, Rodolfo Stavenhagen y el Subcomandante Marcos; los venezolanos Lucila Luciani de Pérez Díaz, Héctor y Agustín Silva Michelena, y J.M. Briceño; los peruanos Aníbal Quijano, Santiago Urzúa y Mariano Valderrama; el paraguayo León Pomer; los cubanos Faure Chaumon, Thalia Fung Rivero y Juan Noyola: el nicaragüense Sergio Ramírez, los bolivianos Tristán Maroff y Guillermo Lora, el ecuatoriano Manuel Agustín Aguirre. Escritores y novelistas como Pedro Ángel Palou mexicano; Rafael Rojas y Wendi Guerra, cubanos; Santiago Roncagliolo y Daniel Alarcón peruanos; los chilenos Roberto Bolaños e Isabel Allende; los argentinos Ricardo Piglia, Elena Bossi, Ricardo Coler, Guillermo Orsi y Ana María Shualos; los uruguayos Mario Benedetti y Eduardo Galeano, el boliviano Edmundo Paz Soldán; los colombianos William Ospina, Laura Restrepo y Fernando Vallejo; los mexicanos Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes, el guatemalteco Martin Kohan (Volpi, 2009), (Rodríguez, noviembre, 2009), (Pensadores. 2010).

Donde los científicos de la naturaleza canalizan esfuerzos hacia el desarrollo de la biología y la genética, las ciencias de la salud, el medio ambiente, la seguridad alimentaria y las nuevas fuentes energéticas que posibilitan el posicionamiento mundial de unas líneas de desarrollo de investigación propias, atadas a la riqueza de la diversa naturaleza biosistémica con que cuentan sus diversas geografías, y en prospectiva de satisfacer, en ese orden, las necesidades propias y ajenas de la comunidad humana universal.

Donde sus pensadores sociales y literarios manifiestan un estado de alerta permanente contra formas autoritarias y antidemocráticas de cualquier pelambre, ponen en tela de juicio la modernidad colonizadora (Lander.2000)1, consideran la democracia como una obra de arte (Maturana.1995)2, reivindican la realización tópica de la utópica (Fals Borda, 2008)3 y de pensamientos diversos, al validar no sólo a la razón como fuente de conocimientos sino asimismo a otros dominios explicativos (Maturana.1998)4 como el sentido común, el pensamiento mágico-religioso, y sus prácticas y conocimientos tradicionales; al igual que la literatura, la música, la ética y la estética, creadoras del sentido bueno y bello de la vida, al calor del diálogo de saberes. Que consideran la vida y su defensa (Varela. 2000)5, como la razón, si no única sí fundamental de nuestra existencia; poniendo en el centro de sus quehaceres vinculantes, lenguajeantes de la sociedad, la emoción del amor (Maturana.1995)6.

Esta es una razón suficiente para poner en tela de juicio, en la actualidad, la vieja consideración hegeliana de nuestra minoría de edad, o la kantiana de la incapacidad para pensar por cuenta propia, además de superar la dicotomía de un mundo maniqueo que ha de tomar partido por la barbarie o la civilización, dilema que no nos espanta, pues lo bárbaro nos es familiar por su original significado que comprende lo extraño, lo diferente, que es precisamente lo que queremos ser ante la avasallante modernidad colonizadora, llegada por equivocación e impuesta a sangre y fuego.
Porque es su reto recrear y actualizar la modernidad única heredada en modernidades diversas, manteniendo de aquella el arma de la crítica para develar en el individuo burgués su imprescriptible condición humana colectiva o social. Definición social que no va siendo ajena a los propios idearios y las propuestas de los partidos de centro o de derecha, que incluye la tercera vía de la Unión Nacional Santista colombiana.

Es en esa consecución permanente y dinámica de escenarios ideales utópicos realizables donde los sujetos revolucionarios socialistas latinoamericanos van descubriendo, como observaba Marx de las revoluciones liberales de 1848 europeas, que los procesos revolucionarios que enfrentan, a diferencia de aquellas que avanzaban “arrolladoramente de éxito en éxito”, serán tortuosas y objeto de critica permanente; que se interrumpirán continuamente en su propia marcha, volviendo sobre lo que parecía terminado, para comenzar de nuevo, burlándose “concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flacos y de la mezquindad de sus primeros intentos, que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retrocediendo constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crean una situación que no les permitirá volver atrás” (Marx. 1851-1852:98).
En ese zigzagueante proceso histórico, comprenderán que sus proyectos no pueden ser continuidad del mundo burgués por otros medios, pues, como la burguesía misma lo comprendió en su momento ante el orden feudal, cuando entendió que sus intereses, su concepción del mundo y sus valores resultaban mejores, que eran entonces la medida para la humanidad. Tal asunto se asumió con la convicción histórica de que así era, y tal como fue.

De ahí que estos socialismos latinoamericanos son para la historia del ser humano otros mundos diferentes del capitalismo o no lo serán. Ese aspecto se constituye en un tercer reto teórico, el cual debe demostrar que otros mundos son posibles. Sin pretender ser un modelo universal único sino diverso, no un universo sino multiversos, como dijera Maturana de la ciencia. No son sistemas simplificadores sino complejos, cuyos objetivos socioeconómicos no pueden pretender que cada individuo tenga más de lo humanamente necesario, en un mundo de por sí ambientalmente limitado. Sus proyectos no pueden pretender la continuación de los intereses y los valores burgueses, ofreciéndole a cada individuo más valores tangibles de lo que el mismo capitalismo puede satisfacer. Ello implica una inflexión en los conceptos y las prácticas de sus modelos de desarrollo cuya modernización y/o tecnologización se redefinan priorizando lo mejor sobre lo más, es decir, enfatizando lo cualitativo sobre lo cuantitativo y el futuro sobre el presente. En un despliegue de su propia identidad, sin más referente que el emerger de las potencialidades de su propios quehaceres históricos y políticos.

Condiciones propicias que van andando

Que existan en la actualidad, en Latinoamérica, 10 gobiernos: Cuba, Nicaragua, El Salvador, Brasil, Venezuela, Argentina, Ecuador, Bolivia, Paraguay y Uruguay, como las alcaldías de ciudades capitales de Colombia y Perú, que agencian proyectos políticos enmarcados en referentes socialistas, es la razón práctica más significativa que valida la utopía socialista en nuestro continente.

Son gobiernos de formaciones sociales que han tenido diferentes procesos históricos y con niveles de desarrollo socioeconómico desiguales. Unos, como Cuba y Nicaragua, producto de tomas de poder por la vía armada y en procesos de vindicación; los demás, producto de procesos democráticos electorales, que, como el brasileño, el argentino y el uruguayo, se encuentran en auge, consolidando sus procesos de modernización económica, ampliando y profundizando sus mercados internos, en contra del recetario exportador neoliberal, y profundizando el desarrollo científico y tecnológico. Ahora mismo, liderando la conformación del bloque regional del sur.

Los gobiernos andinos de Venezuela, Bolivia y Ecuador más radicales en su propósitos ideológicos, pero igualmente con más dificultades para afianzarlos, por su dependencia del tipo de economía rentera, producto de la explotación de sus recursos minero-energéticos, que bloquea sus procesos de modernización interna, que los hace dependientes de las fuerzas del mercado internacional, y objetivo estratégico de los poderes políticos y corporativos transnacionales de los países del centro, urgidos de su riqueza energética y minera.

Los demás, una serie de países con mediocres desarrollos modernos y precarios, con regímenes democráticos que son jaqueados por la violencia centenaria, y proclives aún a regímenes autoritarios, civiles o armados. Son las experiencias más frágiles y débiles de la cadena.

Esa fortaleza puede ser consolidada en la medida en que profundicen la solidaridad por la vía de los procesos de alianzas como comunidades solidarias de naciones: Unasur, el Alba, etcétera, que hagan críticas las viejas alianzas como el Pacto Andino, la OEA, la ONU etcétera, y ligados a acuerdos concretos y confiables, económicos, sociales, ambientales, políticos y de defensa.

Esos intentos van mostrando sus primeros éxitos políticos en la recién decisión consensuada de oponerse a los actos de desestabilización del gobierno ecuatoriano, blindando por ese medio las decisiones democráticas electorales de los intentos autoritarios de los cuarteles, tan comunes a sus historias. Como van siendo modernizantes los proyectos económicos y de infraestructura que corren paralelos entre Brasil y Bolivia, Argentina y Uruguay, Brasil y Venezuela, Venezuela y los países centroamericanos, vía petroamérica. Son alianzas que, respetando los niveles de desarrollo de sus propios procesos, los fortalecen sistémicamente hacia adentro y hacia afuera.

Pero la mejor condición para estos procesos es la oportunidad que le brinda la debilidad que presenta el ejercicio de la hegemonía norteamericana en el contexto internacional y regional, hegemonía que oficiaba a manera de tutelaje de sus sistemas políticos pero venida a menos a partir del derrumbe mismo del Muro de Berlín y arreciada a raíz de su crisis financiera de 2008.

La recién confesión de parte del presidente Bill Clinton, que cree necesario que Washington se vaya preparando para la pérdida del dominio global ante el rápido desarrollo de economías emergentes, como China e India, es muy ilustrativa al respecto.

 Cuando una nación tenga economía superior a la nuestra, dependerá exclusivamente de ella, no de Estados Unidos, el adquirir también un mayor poderío militar.

Quisiera que, una vez perdido el dominio, aún fuésemos influyentes en el sentido positivo, señaló el ex presidente al agregar que su intención es tender “puentes de amistad” entre Estados Unidos y otras naciones.
Temprano o tarde, cualquier sistema alcanza un punto en que prefiere preservar las cosas como están en vez de evolucionar [...] Necesitamos coraje para cambiar una vida muy confortable, a fin de que nuestros hijos y nuestros nietos vivan en un mundo que aún cambia para mejor, dijo (Voltairenet.org. octubre 2 de 2010).

Tal opinión, sabemos, no es el consenso de los poderes dominantes norteamericanos o que señale que su espectro imperialista haya sido desterrado de su práctica del poder mundial, contando además en la región con regímenes que todavía le hacen eco, pero que, es innegable, ilustra la situación venida a menos del poder norteamericano, y que gatilla y fortalece el desarrollo y la consolidación de las experiencias gubernamentales prosocialistas en mención.

Lo cierto es que ha tenido que reconocer gobiernos diferentes de su discurso hegemónico, verse impedido para agenciar golpes de Estado y libres desembarcos de tropas, como dejar de ser el convocante para ir convirtiéndose en otro invitado en lo que se refiere a la decisión sobre los asuntos regionales. Prueba manifiesta de que estos países van dejando de ser su patio trasero.

Finalmente, como señala Jorge Volpi, asistimos

a la mejor manera de festejar nuestras independencias, es decir, los dolorosos procesos que convencieron a los distintos pueblos latinoamericanos a aislarse unos de otros, sea renunciado de una vez por todas a estas convicciones patrióticas , a los himnos y banderas, a los odios y las exclusiones, a las caducas ideas de soberanías, para entrar en un mundo nuevo, en una era donde la pertenencia a un solo país no sea crucial, donde sea posible articular una ciudadanía –y una identidad– más amplia, donde América Latina vuelva a convertirse en una realidad posible, donde la aplicación de soluciones primero regionales y luego globales sirva para mejorar las condiciones de vida de esa gigantesca parte de la población latinoamericana sumida en la pobreza desde hace 200 años (2009:250).
Bibliografía

Arrighi, Giovanni, 1999. El largo siglo XX. Ediciones Akal, España.
Bensaid, Daniel, 2003. Marx intempestivo. Ediciones Herramienta, Argentina.
Fals Borda, Orlando. La subversión en Colombia. Cepa, 2008, Colombia.
Lander, Edgardo (compilador), 2000. La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Clacso, Buenos Aires.
Marx, Carlos. 1971. Grundrisse. 1857-1858. Ediciones Siglo XXI, México.
Marx, Carlos, 1966. La ideología alemana. Edición Revolucionaria, La Habana.
Marx, Carlos, 1851-1852. El dieciocho brumario, en Obras escogidas. Editorial Progreso, Moscú.
Maturana, Humberto, 1997. La objetividad un argumento para obligar. Dolmen. Tercer Mundo, Colombia.
Maturana, Humberto, 1995. La democracia es una obra de arte. Magisterio, Colombia.
Margarita Rodríguez, 2009. Científicos latinoamericanos. BBC Mundo, noviembre. edutecno.org/2009/12/científicos-latinoamericanos. Consultado el 1º de octubre de 2010.
Varela, Francisco. El fenómeno de la vida. Océano, 2000. Santiago de Chile.
Volpi, Jorge. 2009. El insomnio de Bolívar. Debate. Argentina.
Pensadoreslatinoamericanistascontemporáneos. Consultado el 1º octubre de 2010.www.archivochile.com/Ideas_Autores/vitalel/2lvc/02.

*    Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).


*    Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).

1 “En el pensamiento social latinoamericano, desde el continente y desde afuera de éste –y sin llegar a constituirse en un cuerpo coherente– se ha producido una amplia gama de búsqueda de formas alternativas del conocer, cuestionándose el carácter colonial/eurocéntrico de los saberes sociales sobre el continente, el régimen de separaciones que les sirven de fundamento y la idea misma de la modernidad como modelo civilizatorio universal (Lander. 2000:27).
2 “Precisamente la democracia es una forma de vivir distinta del patriarcado y por eso es una obra de arte” (Maturana, 1995:65).
3 “Tanto Mannheim como Landauer están de acuerdo, por tanto, en que las utopías sólo se ganan parcialmente, dejando residuos en las topías y los órdenes sociales, o produciendo utopías relativas. Esto implica no sólo un proceso evolutivo histórico sino también uno dialéctico, pues la topía o el orden vigente permiten que surjan ‘ideas y valores que contienen […] las tendencias irrealizadas que representan las necesidades de cada época […] capaces de destruir el orden vigente’” (Mannheim, 1941, p. 75), citado por Fals Borda. 2000:26-27.
4 “Por consiguiente, juegos, ciencia, religiones, doctrinas políticas, sistemas filosóficos, ideologías en general, son diferentes dominios de coherencias operacionales en la praxis de vivir del observador que él o ella vive como diferentes dominios de explicación o como diferentes dominios de acciones (y, por tanto, de cognición), de acuerdo a sus diferentes preferencias operacionales (Maturana, 1997:29).
5 “Lo que me interesa es el fenómeno de la vida en toda su gloria y majestad. Esto quiere decir evitar caer en la tentación dominante de reducir el fenómeno de la vida a la sorpresa de ver que surge de un mundo material molecular muerto y sin significación. ¿Cómo puede ser posible tal fenómeno? Curiosa sorpresa de la modernidad que parte del mundo impersonal y muerto del universo físico, y que se ve forzada, casi a contrapelo, a rescatar lo que lo contradice centralmente, puesto que su especificidad es lo vivo significante” (Varela.2.002:14).
6 “La emoción que hace posible la intimidad en la convivencia, con cierta permanencia, es el amor, y el amor es un dominio de la conducta, una clase de conducta. El amor como dominio conductual, como emoción, es el dominio de las conductas en las cuales el otro surge como legítimo otro en convivencia con uno” (Maturana.1995:46-47).
 

Video relacionado: Congreso de los Pueblos

Miércoles, 08 Diciembre 2010 07:27

El control de la comunicación

Una reflexión sobre la dialéctica entre lo global y lo local puede ayudar a desarrollar una nueva comprensión del lugar de la comunicación en nuestro propio contexto. Hoy sabemos, por ejemplo, que con lo sucedido en la guerra del Golfo en 1991 se ha experimentado, de una manera acabada, lo que significa el control de la comunicación en el ámbito global. El conglomerado político-militar estableció las reglas del juego para la comunicación, y los medios debieron ajustarse a ellas. Por las así llamadas razones de seguridad, los principios del libre flujo de la información fueron suspendidos. La libertad de expresión fue controlada aduciendo protección y preservación. Pero ha sido demostrado que se ha experimentado una comunicación que ha sido utilizada para crear fantasía en lugar de informar al público sobre la situación real. La censura ejercida añadió una nueva dimensión, como afirmó Knightley: “Cambió la percepción de la naturaleza misma de la guerra”.

Frente a esta realidad son muchas las preguntas que se agolpan. ¿De qué manera esto afecta y determina la comprensión de otros hechos posteriores? ¿Se han intensificado las limitaciones a la información? ¿Hay garantías de una información veraz? ¿Se es hoy más consciente de esa realidad? ¿De qué manera la comunicación masiva que se recibe influencia la comprensión de lo que sucede en el mundo, y cómo determina la visión del ámbito local y global? ¿De qué manera las fuentes de información masiva refuerzan prejuicios, oscurecen la realidad sobre situaciones que difícilmente ganan los titulares de la prensa y obvian su imagen? La tensión entre lo global y lo local en relación con las comunicaciones está determinada, en buena parte, por la elevada concentración de la propiedad de los medios en el ámbito internacional. Los medios están tan imbricados en la estructura socioeconómica de las sociedades afluentes que no hacen otra cosa que reflejarla, estimulando el individualismo, los valores consumistas y el relativismo ético y, para ello, tienden a ser manipuladores, apelar a los sentimientos y reafirmar la cultura dominante.

Baste un ejemplo.

El auge tecnológico ha permitido el desarrollo de un sistema global de vigilancia, que ha llegado a ser uno de los temas claves de la comunicación internacional. Sus orígenes se remontan a comienzos de la posguerra y hoy, gracias al enorme desarrollo de la tecnología, se ha puesto en marcha una nueva teoría de la seguridad. Sandra Braham, quien ha hecho una seria investigación del tema, considera que la nueva teoría de la seguridad está basada en cinco hechos. Uno: las fronteras geopolíticas de las naciones han perdido importancia para los propósitos de la seguridad nacional. Dos: la noción de seguridad nacional ha sido extendida más allá del ámbito militar para incluir los ámbitos comerciales y penales. Tres: la distinción entre ámbito público y privado ha sido eliminada. Cuatro, la nueva teoría de la seguridad, destacando el carácter efímero de la defensa, pone énfasis en la recolección y procesamiento de la información y en el desarrollo de formas organizativas para lograrlo. Cinco: la nueva teoría de la seguridad se apoya, especialmente, en la infraestructura global de la información, en forma particular con el sistema global de vigilancia.

En la consideración de éstas y otras preguntas habrá que indagar sobre el lugar que los seres humanos juegan en todo el desarrollo de la comunicación global. Porque, en último término, son las personas las afectadas por las decisiones que países hegemónicos o grupos de poder toman en el ámbito global. Al mismo tiempo, deberá tenerse en cuenta cómo las regulaciones en el ámbito internacional pueden afectar las posibilidades de una creativa y saludable comunicación.

Este nuevo panorama de relaciones y tensiones dinámicas entre lo global y local que vive hoy el mundo, claramente ilustrado en el ámbito de las comunicaciones, tiene que ayudar a poner en consideración nuevos paradigmas, si es que verdaderamente se quiere responder a los desafíos presentes. De lo contrario se estará dándole la espalda a la realidad del mundo y de la gente.

Por Carlos Valle
, Comunicador social. Ex presidente de la Asociación Mundial para las Comunicaciones Cristianas
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Domingo, 18 Julio 2010 08:35

Weigelgate

El debate sobre el presente y futuro del periodismo explotó en Estados Unidos como una bomba de tiempo programada para estallar exactamente el 25 de junio. Ese día, el Washington Post renunció a su blogger Mark Weigel por sus opiniones en una red social semiprivada. El tema ya disparó más de 500 artículos y los principales diarios, revistas, programas de televisión y portales de Internet de ese país han publicado opiniones sobre el tema. Decenas de miles de soldados de a pie se sumaron al debate por Twitter y la blogósfera y la discusión cruzó el Atlántico para instalarse en la redacción de The Economist. ¿Por qué tanto ruido?

Porque lo que algunos llaman “Weigelgate”, otros “La guerra entre el Cuarto y el Quinto Poder”, derrumbó las certezas sobre las que se construyó el modelo del periodismo estadounidense. Un modelo que fue copiado por los manuales de estilo de los principales diarios del mundo, incluyendo los de acá, aunque rara vez se llevó a la práctica fronteras afuera. El modelo se basa en la supuesta neutralidad y asepsia del periodista (“el periodismo es un sacerdocio”) y en la idea de que toda noticia debe reflejar los distintos puntos de vista de las partes interesadas, porque ese equilibrio marca la diferencia entre noticia y opinión, periodismo y publicidad, periodismo y propaganda.

Más allá de las distintas posturas, lo que Weigelgate demuestra, entre otras cosas, es que el mismo debate que acá se presenta como una pelea entre los Kirchner y el Grupo Clarín excede largamente ese marco de referencia.

Para resumir, hace cuatro meses el Post contrató a Weigel para dirigir un blog llamado “Right Now” o “La Derecha Hoy”, dedicado a cubrir el movimiento conservador. La decisión se tomó porque algunos lectores se quejaron de que todos los bloggers del Post eran “liberals”, o sea, se ubicaban en el centroizquierda del arco político estadounidense, y por eso no cubrían bien los temas que les interesaban a los conservadores.

Hasta sus críticos reconocen que la cobertura que hizo Weigel para el Post fue entre equilibrada y complaciente. Y nadie se quejó hasta que dos sitios web que cubren política en Washington publicaron los mails que Wiegel escribió en el sitio semiprivado JournoList. En esos mails, casi todos escritos antes de su llegada al Post, Weigel criticaba y se burlaba de las principales figuras del conservadurismo norteamericano. Decía que Matt Drudge debía prenderse fuego, le deseaba un ataque al corazón a Rush Limbaugh, decía que estaba podrido de tratar seriamente a los infradotados que hacían los Tea Party y cosas por el estilo, todo con un lenguaje que suena desubicado en un medio de comunicación, pero que no desentonaría en ningún bar donde se juntan periodistas para descargar las tensiones del día.

Al día siguiente, en su última entrada de “La Derecha Hoy” Weigel pidió perdón por las ofensas personales pero no por sus opiniones y pidió ser juzgado por su trabajo profesional y no por sus chats con amigos. También pidió disculpas al Post por sus indiscreciones y ofreció su renuncia.

Mientras tanto miles de conservadores enardecidos le escribían al diario. Varios dijeron que les gustaría encontrarse con Weigel a solas en un cuarto para cagarlo a trompadas. Pero la mayoría se la agarró con el diario: en distintos tonos lo acusaron de izquierdista, obamista, discriminador y portavoz mal disimulado del establishment “liberal” de Washington. También hubo lectores que saltaron a favor de Weigel: ¿qué tiene de malo que diga lo que piensa?, le preguntaban al diario, apelando a un razonamiento tan sencillo como contundente.

Horas después de la publicación de los mails, en medio del tiroteo, lejos de respaldar a su bloguero, el Post le aceptó la renuncia y ya nada fue igual.

La explicación del diario le echó más gasolina al fuego. “Los e-mails de Weigel demostraron una llamativamente pobre habilidad para tomar decisiones y revelaron su parcialidad, lo cual coronó quejas existentes de lectores conservadores acerca de que no los podía cubrir con objetividad. Pero su ida también genera preguntas sobre si el Post ha definido adecuadamente el rol de los bloggers como Weigel. ¿Son periodistas neutrales o ideólogos?”, escribió el ombudsman del diario, Andrew Alexander, pretendiendo reducir el caso a un problema de recursos humanos. El director ejecutivo del diario, Raju Narisetti, fue aún más lejos en la misma dirección. “Los periodistas necesitan ser imparciales... Habría que preguntarse si no conviene preguntarles a potenciales periodistas de este diario si no hicieron algún comentario en privado que pudiera perjudicar su trabajo.”

En defensa del Post, ya que he trabajado tres años en ese diario, puedo afirmar que los editores están convencidos de lo que dicen. Es tradición en el diario que el director ejecutivo no vote en las elecciones presidenciales. Los periodistas teníamos prohibido asistir a cualquier evento financiado por un partido político, a menos que fuéramos a cubrirlo. Esa decisión me costó la oportunidad de alquilar un frac y ver a Clinton tocar el saxo en su fiesta inaugural. También la de marchar en favor del aborto legal o la igualdad racial. Cada fin de año una gigantesca pila se armaba en el medio de la redacción con los regalos que les llegaban a los periodistas. Nadie se quedaba con nada, salvo el orgullo de llamar a las fuentes y empresas para avisarles que el obsequio sería donado a una obra de caridad y pedirles amablemente que no mandaran más.

A cambio, y dentro de los parámetros establecidos, teníamos total libertad para investigar a los principales avisadores del diario y a los mejores amigos de sus dueños. Más que influir en el debate público, el objetivo era destapar el próximo Watergate.

Pero aun en Estados Unidos la idea de un periodismo sin opinión, o de un medio sin ideología, sin intereses por defender, resulta hoy en día insostenible. Por eso cuando estalló la bomba Weigelgate, las críticas no tardaron en llegar.

“Nosotros en el Quinto Poder continuaremos luchando contra la idea de imparcialidad. ¿Es siquiera posible informar sobre un tema sin traer tu lente personal a la situación? Muchos de nosotros argumentaríamos que no, y especialistas en medios suelen señalar agendas ocultas o parcialidad en artículos, particularmente en temas controvertidos como raza, género y orientación sexual. De algún modo el Quinto Poder prefiere la transparencia a la imparcialidad. Entonces, por lo menos, el prejuicio es reconocido y asumido”, escribió Latoya Peterson en el sitio del Poynter Institute.

Por su parte la centenaria y ultraliberal revista británica The Economist, publicación que no lleva la firma de sus periodistas, destiló su habitual ironía desde su blog Democracy in America:

“Esto indica que los periodistas que firman en medios no ideológicos como el Post y otros diarios anticuados sólo podrán cubrir temas ideológicos si amputan sus propias opiniones políticas. Pero eso es algo muy opresivo como para forzarlo sobre alguien, una forma de corrección política que deriva en un discurso aplacado, distorsionado y falso. La única manera de encontrarle la vuelta al problema, para permitirles a los periodistas que informen y analicen la política de manera honesta e inteligente, sin tener que preocuparse por acusaciones de parcialidad basadas en los contenidos de sus e-mails privados, sería tener un diario en el que los periodistas no firmaran sus notas, y todo estuviera escrito por una voz colectiva. Pero claro, se trata de una idea loca que obviamente nunca funcionaría.”

Mientras tanto Ari Mebler le apuntó al corazón del problema desde la revista de izquierda The Nation: “No es cierto que los grandes medios prohíben las opiniones, lo que prohíben son las opiniones que los incomodan. Es un hecho que las empresas periodísticas modernas les dan mucho espacio a sus periodistas para que escriban opiniones positivas sobre sus fuentes y los temas que cubren. Los periodistas con frecuencia alaban a las tropas, festejan los nombramientos presidenciales y hacen fuerza para que el gobierno tenga éxito contra los terroristas, las recesiones y los derrames. Pero la idea de parcialidad sólo entra en juego cuando se ataca al poder”.

Bienvenidos a la Era de la Información, es decir, de la información gratis, globalizada, interactiva y multiplataforma. En este nuevo mundo, las voces de las corporaciones han copado el espacio público de debate, desplazando a los intermediarios.

La verdad universal que apuntalaba al modelo de periodismo independiente se ha segmentado en nichos temáticos y económicos, territorios hiperlocalizados y corrientes de opinión. Con sus bemoles, la distancia entre el cronista, su empresa periodística y el grupo de interés que la sostiene se ha acortado casi hasta desaparecer. Esa, y no otra, es la madre de todas las guerras mediáticas.

Por Santiago O’Donnell

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Martes, 03 Febrero 2009 10:29

Dios y ateísmo: un debate abierto

La jerarquía católica de España se ha sentido agredida por la campaña publicitaria de diferentes asociaciones de ateos y librepensadores en los autobuses, y ha expresado su condena de la misma con especial beligerancia, volviendo así a dar muestras de intolerancia para con los increyentes. La Conferencia Episcopal Española (CEE) ha calificado de "blasfemia" la tímida insinuación de que "probablemente Dios no existe". Su vicepresidente, monseñor Ricardo Blázquez, ha manifestado que la campaña encierra una clara intención anticristiana y anticatólica. Su presidente, el cardenal Rouco Varela, la considera "lamentable" porque, a su juicio, implica hablar mal de Dios, socava derechos fundamentales, hiere el sentimiento religioso de las personas creyentes que toman el autobús, pretende "arrancar la fe del corazón de los hombres (sic)" y constituye un abuso en el ejercicio de la libertad religiosa. Por ello ha osado pedir a las autoridades una tutela especial para los derechos y las convicciones de los creyentes.

La campaña de los ateos es un respetuoso ejercicio de la libertad de expresión

Sorprende para empezar la desproporción entre el tono respetuoso de la campaña y las gravísimas acusaciones de los obispos españoles. Algunas organizaciones cristianas han pasado incluso de las palabras a los hechos. El Centro Cristiano de Reunión, comunidad evangélica de Fuenlabrada, y el colectivo E-cristians han replicado con una campaña similar en defensa de la existencia de Dios. Esta situación me sugiere estas reflexiones.

1. La campaña de los ateos es una respuesta a los fundamentalismos religiosos instalados con frecuencia en las cúpulas de las religiones, que se muestran agresivos con la increencia en sus distintas manifestaciones: ateísmo, agnosticismo e indiferencia religiosa. Los fundamentalistas llegan a afirmar que el hombre sin Dios es como un animal que pace y que Dios es el único fundamento de los derechos humanos. Reclaman el protagonismo de las religiones en la esfera pública, pretenden imponer la moral religiosa -en España, la cristiana- a toda la ciudadanía, no respetan la autonomía de las realidades temporales y ocupan los espacios públicos para deslegitimar la democracia. Condenan asimismo la teoría científica de la evolución y defienden como ciencia el mito de la creación y la teoría del diseño inteligente.

2. Creyentes y no creyentes están en su derecho a expresar libremente sus ideas. Se trata de un derecho humano fundamental e inalienable. La Constitución Española garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que el mantenimiento del orden público. Y, ciertamente, estas campañas en nada alteran el orden público. Son, más bien, un ejemplo del pluralismo ideológico y religioso, un ejercicio de la libertad de expresión, una muestra de respeto hacia todas las creencias e ideologías y un signo de madurez de los ciudadanos españoles.

3. Creo, sin embargo, que el problema de la existencia o inexistencia de Dios es demasiado serio como para dirimirlo a través de anuncios cruzados a favor o en contra en unos autobuses. Es necesario crear otros escenarios de reflexión y debate en torno al tema. En los años sesenta del siglo pasado prestigiosos intelectuales cristianos, ateos y agnósticos de la talla de Roger Garaudy, Karl Rahner, J. Baptist Metz, Gilbert Mury, Lombardo Radice, Giulio Girardi y Milan Machovec participaron en los diálogos cristiano-marxistas en torno a Dios, la trascendencia, el futuro de la religión y su significación en las sociedades modernas. González Ruiz, participante en aquellos diálogos, recordaba años después la petición de los intelectuales marxistas a los teólogos cristianos: "No maltraten el Misterio. Respétenlo porque es fuente de espiritualidad". Cristianos y marxistas renunciaron a sus respectivos dogmatismos y pasaron, en feliz expresión del filósofo Garaudy, "del anatema al diálogo", sin por ello renunciar a sus respectivas cosmovisiones. Fue una iniciativa fructífera que debería continuarse hoy en el nuevo escenario sociorreligioso.

4. Me preocupa el tono de confrontación entre creyentes y no creyentes que pueden tomar la campaña y la contracampaña, ya que corre el peligro de seguir la estrategia del choque de civilizaciones y religiones diseñada por el politólogo norteamericano recientemente fallecido Samuel Huntington. En cuyo caso, superadas ya las guerras de religiones, el siglo XXI se iniciaría bajo el signo del enfrentamiento entre personas religiosas y no religiosas. Las creencias e increencias religiosas volverían a ser motivo de división o de conflicto, cuando son, más bien, expresión del pluriverso ideológico, de la diversidad religiosa y de la riqueza de lo humano.

El nuevo siglo debe caminar por la senda del encuentro entre culturas, el diálogo entre religiones y entre creyentes y no creyentes, y la alianza contra la pobreza con un objetivo bien definido: la construcción de una sociedad más justa y fraterna, intercultural, interétnica e interreligiosa. En la tarea han de colaborar creyentes y no creyentes desde el reconocimiento del otro y el respeto a sus diferencias. Exista Dios o no, hay que disfrutar de la vida, pero luchando contra las injusticias, sin caer en el individualismo insolidario, sea éste ateo o creyente.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid.
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Martes, 03 Febrero 2009 06:41

El color

Sobre el color

 En los Independientes oigo siempre al “padre” Pissarro exclamar, ante una hermosa naturaleza muerta de Cézanne que representa una jarra de agua de cristal tallado, estilo Napoleón III, toda una armonía azul: “Es como un Ingres”.

 Cuando mi asombro pasó, encontré y sigo encontrando que tenía razón. Sin embargo, Cézanne sólo hablaba de Delacroix y de Poussin.

 Algunos pintores de mi generación han visitado y frecuentado a los Maestros del Louvre, donde fueron guiados por Gustave Moreau antes de haber tenido contacto con los Impresionistas. Sólo más tarde fueron a la rue Laffite, y fueron para ver, sobre todo, en lo de Durand-Ruel, la célebre Vista de Toledo y la Ascensión al Calvario del Greco; también estudiaban algunos retratos de Goya e incluso admiraban el David y Saúl de Rembrandt. Es de destacar que Cézanne, al igual que Gustave Moreau, haya hablado de los Maestros del Louvre. Cézanne se pasaba sus tardes dibujando en el Louvre, en la época en que le hacía el retrato a Vollard. Al anochecer volvía a su casa, y cuando pasaba por la rue Laffite le decía a Vollard: “Creo que la sesión de mañana va a ser buena, ya que estoy contento con lo que he hecho esta tarde en el Louvre”. Esas visitas al Louvre enriquecían las observaciones de cada mañana, cuando el artista enfrentaba nuevamente el trabajo y juzgaba lo realizado en la sesión de la víspera.

En lo de Durand-Ruel vi dos hermosísimas naturalezas muertas de Cézanne, bizcochos, lecheras, frutas de azules apagados. Fui a verlas por indicación del padre Durand, a quien yo mostraba mis naturalezas muertas: “Vea estos Cézannes –me decía–, que no puedo vender. Trate de pintar interiores con figuras como este trabajo o de la calidad de aquél”.

Como hoy, el camino de la pintura parecía completamente bloqueado a las nuevas generaciones; los Impresionistas acaparaban toda la atención.

Van Gogh y Gauguin eran ignorados. Fue necesario derribar un muro para pasar.

 A propósito de las diferentes corrientes modernas, pienso en Ingres y en Delacroix a quienes en su época todo parecía separar; y de tal manera que los respectivos discípulos hubieran podido organizar dos bandas rivales si ellos se lo hubieran propuesto. Y, sin embargo, es fácil ver sus similitudes.

 

Los dos se expresaban a través del arabesco y del color. Ingres, por su color casi “compartimentado” y “entero” fue llamado “un chino perdido en París”. Ambos forjaron los mismos eslabones de la cadena. Sólo los matices impiden confundirlos.

Gauguin y Van Gogh, años después, darán la impresión de haber vivido el mismo tiempo: arabescos y color también. La influencia que siente Gauguin parece haber sido más directa que la de Van Gogh. Incluso Gauguin parece salir de Ingres.

El joven pintor que no puede desprenderse de la influencia de la generación precedente va hacia un estancamiento.

Y para salvarse del hechizo de la obra de sus mayores inmediatos, que por otra parte aprecia, trata de buscar nuevas fuentes de inspiración en las producciones de diferentes civilizaciones, y de acuerdo también con sus propias afinidades. Cézanne se inspiró en Poussin.

Si es sensible, un artista no puede perder, rechazar, ni negar el aporte de la generación anterior, pues a pesar de él mismo toda esa carga va a gravitar en su aporte. Sin embargo, es necesario que él se libere para dar de sí en su momento una cosa nueva y algo de fresca inspiración.

“Desconfíen ustedes del maestro influyente”, decía Cézanne.

Un pintor joven, que sabe que no va a inventarlo todo, debe ordenar su cabeza para poder conciliar los diferentes puntos de vista, tanto de las obras hermosas que lo impresionen como de las interrogaciones que haga a la naturaleza.

Tras haber tomado conocimiento de sus medios de expresión, el pintor debe preguntarse: “¿Qué es lo que yo quiero?”, e ir en su búsqueda de lo simple a lo complejo para tratar de descubrirlo.

Si sabe conservar su sinceridad frente a su sentimiento íntimo, sin trampas ni autocomplacencias, su curiosidad no lo abandonará nunca, como tampoco lo abandonará, ni siquiera al final de su vida, el entusiasmo ante el trabajo arduo y aquella necesidad de aprender que tuvo en su juventud.

¡Qué puede existir más hermoso que esto!

 

París, 30 de agosto de 1945
Verve, vol. N° 13, noviembre de 1945.
Por Matisse

Función y modalidades del color

 

Decir que el color ha vuelto a ser expresivo es hacer su historia. Durante mucho tiempo no fue sino un complemento del dibujo. Rafael, Mantegna o Durero, como todos los pintores del Renacimiento, construyeron a través del dibujo y le agregaron luego el color local.

 Por el contrario, los primitivos italianos y sobre todo los orientales habían hecho del color un medio de expresión. Se tuvo alguna razón cuando se bautizó a Ingres como un chino ignorado en París, ya que iba a ser el primero en usar colores francos, limitándolos sin desnaturalizarlos.

 De Delacroix a Van Gogh y sobre todo Gauguin, pasando por los Impresionistas que hacen una limpieza, sin olvidar a Cézanne, que da un impulso definitivo e introduce los volúmenes coloreados, se puede seguir esta rehabilitación de la función del color, y la restitución de su poder emotivo.

 Los colores tienen una belleza propia que hay que tratar de preservar, así como en música hay que tratar de conservar los timbres. Cosa de organización, de construcción, para no alterar esta hermosa frescura del color.

 Los ejemplos no faltaban. Teníamos, delante de nosotros, no sólo pintores sino también el arte popular y las telas japonesas que se vendían entonces. Para mí, el fovismo fue también la prueba de los medios: ubicar los colores, el uno al lado del otro, unir de manera expresiva y constructiva un azul, un rojo, un verde. Era el fruto de una necesidad que nacía en mí y no el resultado de un acto voluntario, de una deducción o un razonamiento donde la pintura no tiene nada que hacer.

 Lo que cuenta con mayor fuerza en el mundo de los colores son las relaciones. Gracias a ellas y a esos colores en sí, un dibujo puede ser intensamente coloreado sin que sea necesario poner color.

 Sin duda, hay mil maneras de trabajar el color, pero cuando se lo compone, como el músico compone sus armonías, se trata simplemente de hacer valer las diferencias.

 En verdad, música y color no tienen nada en común, pero siguen líneas paralelas. Siete notas con ligeras modificaciones alcanzan para escribir un mundo de partituras. ¿Por qué no ha de ser lo mismo en plástica?

 El color no es jamás cuestión de cantidad sino de elección. En sus orígenes, los ballets rusos y en especial Scheherazade, de Bakst, rebosaban color. Profusión sin medida. Se podría haber dicho que el color había sido repartido indiscriminadamente. El conjunto era alegre por la materia, pero no por la organización. Sin embargo, los ballets han sido campo de ensayo de medios novedosos, que a la vez los han enriquecido ampliamente.

 Un alud de colores no tiene fuerza. La culminación del color sólo se da cuando está organizado, cuando responde a la intensidad emocional del artista.

 En el dibujo, incluso en el de una sola línea, se puede dar, en cualquier zona que esa línea encierre, una infinidad de matices. La proporción desempeña una función primordial.

 No es posible separar dibujo y color. Puesto que el color no ha sido jamás aplicado a la ventura, desde el momento que hay límites y sobre todo proporciones, hay escisión. Es allí donde interviene la creación y la personalidad del pintor. El dibujo cuenta mucho, también. Es la expresión de la posesión de los objetos. Cuando uno conoce a fondo un objeto puede contornearlo con un trazo exterior que lo va a definir por completo. Ingres decía sobre este punto que el dibujo es como una canasta a la que no se le puede arrancar una tirilla de mimbre sin hacer un agujero.

 Todo, incluso el color, debe ser creación. Primero analizo mi sentimiento antes de llegar al objeto. Y luego hay que recrear todo. Tanto el objeto como el color.

 Si los medios empleados por los pintores han sido atrapados por la moda, pierden su honda significación. Esos medios no disponen ya de ningún poder sobre el espíritu. Su influencia no modifica sino la experiencia de las cosas. Cambia solamente matices.

 El color contribuye a expresar la luz, no el fenómeno físico sino la luminosidad que existe como hecho, la que está en el cerebro del artista.

 Cada época aporta su propia luz, su sentimiento particular del espacio, como una necesidad. Nuestra civilización, incluso para aquellos que no hayan viajado en avión, ha traído una nueva comprensión del ciclo, de la superficie, del espacio. Y hoy se ha llegado a exigir una posesión total de este espacio.

 Suscitados y sostenidos por lo Divino, todos los elementos se encuentran en la naturaleza. El creador, ¿no es él mismo la naturaleza?

 Llamado y alimentado por la materia, recreado por el espíritu, el color podrá traducir la esencia de cada cosa y responder al mismo tiempo a la intensidad del choque emotivo. Pero dibujo y color no son sino una sugestión. A través de la ilusión que despierten, deben provocar en el espectador la posesión de las cosas. Y la medida del artista estará dada por su posibilidad de sugestionarse y trasladar esa sugestión a su obra, y de allí al espíritu del espectador. Un viejo proverbio chino dice: “Cuando se dibuja un árbol, se debe sentir poco a poco que uno se eleva”.

 El color, sobre todo, es tal vez, más aún que el dibujo, una liberación. La liberación es el abandono de las convenciones; son los medios antiguos reemplazados por los aportes de las nuevas generaciones.

 Como el dibujo y el color son medios de expresión, son modificados. De ahí la extrañeza que provocan los nuevos medios, ya que ellos se refieren a cosas diferentes de las que interesaban a las generaciones anteriores.

 Finalmente, el color es suntuosidad y reclamo. Y he ahí el privilegio del artista: transformar en precioso al más humilde de los objetos y ennoblecerlo.

 Reflexiones recopiladas por Gaston Diehl en Problemas de la pintura, 1945. Lyon, Ed. Confluentes.

 


El negro es un color

El negro, como color, tiene el mismo derecho que los otros colores: el amarillo, el azul o el rojo.

Los orientales han empleado el negro como color, sobre todo los japoneses en las estampas. Más cercano a nosotros, tengo presente un cuadro de Manet, en el que recuerdo que la chaqueta de terciopelo negro del hombre joven con sombrero de paja es de un color negro franco y luminoso.

 En el retrato de Zacarías Astuc, hecho por Manet, hay una nueva chaqueta de terciopelo también expresado por un negro decidido e intenso. En mi panel de los Marroquíes, ¿no hay acaso una zona grande y con tanta luminosidad como los otros colores del cuadro?

 Derrière le Miroir, N° 1, diciembre de 1946.

 


El camino del color


El color existe en sí, posee una belleza propia. Fueron los géneros japoneses que comprábamos por monedas en la rue de Saine, los que nos lo revelaron. Comprendí, entonces, que se podía trabajar con colores expresivos, que no son obligatoriamente colores descriptivos. Por cierto que los originales eran sin duda decepcionantes. Pero, la elocuencia, ¿no es acaso más poderosa y más directa cuando los medios son más burdos? Van Gogh también se entusiasmaba con aquellos géneros japoneses.

Una vez liberado el ojo, limpiado por las telas japonesas, me sentí preparado para recibir verdaderamente a los colores en función de su poder emotivo. Si admiraba instintivamente a los primitivos del Louvre, y después al arte oriental, en particular la extraordinaria exposición de Munich, fue porque encontré allí una nueva confirmación. Las miniaturas persas, por ejemplo, me mostraban toda la posibilidad de mis sensaciones. Yo podía volver a encontrar en la naturaleza cómo esas sensaciones deben venir. Por lo accesorio, este arte sugiere un espacio más amplio, un verdadero espacio plástico. Eso me ayudó a salir de la pintura intimista.

La revelación, pues, me vino del Oriente. Fue años más tarde cuando comprendí y me emocionó la pintura bizantina frente a los iconos de Moscú. Uno se libera tanto más cuando ve sus esfuerzos conformados por una tradición, por antigua que esa tradición sea. Y ella nos ayuda a saltar el foso.

Había que salir de la imitación, incluso de la imitación de la luz. Se puede provocar la luz por la invención de colores lisos, como se estila con los acordes musicales. Yo empleé el color como medio de expresión de mi emoción y no como elemento de transcripción de la naturaleza. Utilizo los colores más simples. Yo mismo no los transformo. Son las relaciones que se establecen las que se encargan de hacerlo. Se trata solamente de hacer valer las diferencias, de hacerlas resaltar, de acusarlas. Nada impide componer con sólo algunos colores, la música fue elaborada únicamente sobre siete notas.

Basta con inventar signos. Cuando se siente auténticamente la naturaleza, se pueden crear signos que establezcan una equivalencia entre el artista y el espectador.

En los primeros ballets rusos, Bakst ponía enormes cantidades de color. Era magnífico, pero sin expresión. Porque no es la cantidad lo que cuenta sino la elección, la organización. La única ventaja que se obtuvo fue que el color, súbitamente, tuviera carta de ciudadanía y entrada hasta en las grandes tiendas.

A pesar de nosotros mismos, hemos hecho esa elección; fue imposible escapar a ella, era una fatalidad. Por eso, la elección del color representa tan profundamente el espíritu de una época. Pero no hay necesidad de quedarse en eso, hay que avanzar, continuar, ir más lejos.

Reflexiones recopiladas por Gaston Diehl, en Art Présent, N° 2, 1947. 

Notas sobre el color

 

En pintura, los colores tienen su fuerza y elocuencia cuando se los emplea en estado puro, cuando su brillo y pureza no son alterados, rebajados por mezclas extrañas a su naturaleza (el azul y el amarillo, que hacen el verde, pueden yuxtaponerse, pero no mezclarse; si no, se puede emplear el verde tal como la industria nos lo fabrica. Lo mismo que para el color naranja, la mezcla del rojo y amarillo sólo da un tono sin pureza, ni vibración). Es evidente que los colores empleados en estado de pureza o degradados con blanco pueden dar más que puras sensaciones retinianas, ya que esos colores son el producto del aprovechamiento de la riqueza cerebral de quien les dio vida. Los colores pueden ser multiplicados por las gradaciones con el blanco o con el negro. Hay una diferencia entre un negro mezclado con azul de Prusia y un negro mezclado con azul de ultramar. El mezclado con ultramar tiene la calidez de las noches tropicales, mientras que el otro posee la frescura de los ventisqueros...

 Lo mismo que la modificación de la expresión musical puede provenir de una fruslería, ya que hay tanta diferencia entre el modo mayor y el menor como la que hay entre el sol y la sombra, ocurre lo mismo con el color; pues la disminución, en un acorde de muchos colores, de uno solo de sus elementos que permita que otro se destaque, cambia la expresión del acorde, altera la relación, suponiendo desde ya que ese acorde ha sido establecido por el pintor, que tiene la posibilidad de imprimir un carácter expresivo a la reunión de varias superficies coloreadas. Desde ya que el color puro, con su intensidad y sus reacciones sobre las cantidades vecinas, es un medio difícil. Los vitrales como en el caso de los de Chartres, que son los más hermosos, son raros. No es que las materias de los componentes sean particulares sino que es la proporción del color lo que hace la calidad. Pero no hay que confundir vitral y superficie pintada. El vitral está aclarado por transparencia y la tela está pintada directamente. Una superficie pintada puede dar la sensación de ser iluminada desde dentro; cosa que está mal, ya que debe ofrecer al ojo la resistencia de una superficie; sin esa condición, esa superficie es insoportable.

Publicadas en el cátalogo de la Exposición Henri Matisse, Acuarelas y Dibujos, Galería Jacques Dubours, París, 1972.

 


Reflexiones sobre el color

El color exige enorme precisión en cuanto a los aportes de las distintas partes componentes y exige también que su acción sea empleada de la manera más directa y más completa. De esta manera se obtiene firmeza; las relaciones vagas dan como resultado expresiones vagas y blandas. La mutua influencia de los colores es esencial para el colorista, y los tintes más hermosos, más fijos, más inmateriales se obtienen sin que sean materialmente expresados esos colores. Por ejemplo: el blanco puro se transforma en liláceo, rosado ibis, verde veronés o azul angélico gracias a la le, vecindad de sus contrarios. Signac decía: “Es simple, sólo que nosotros sabemos demasiado para actuar”. Sí, en efecto, es muy simple. Como es simple el violín: cuatro cuerdas en un determinado punto de tensión, algunas crines de caballo colocadas en un arco. Y agregaba: “Sólo la divina proporción lo hace todo”.

 Publicadas en el cátalogo de la Exposición Henri Matisse, Acuarelas y Dibujos, Galería Jacques Dubours, París, 1962.
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