Sábado, 22 Enero 2022 05:57

Tecnohegemonías

Tecnohegemonías

 

Entre las concepciones que ha evaporado la pandemia del covid-19, hay una que resulta tan evidente que, acaso por ello, pasa por desapercibida. Como en el cuento de la Carta robada de Edgar Allan Poe, donde la evidencia del crimen se encuentra frente a los ojos de todos y, por evidente y manifiesta, escapa a la vista de los implicados.

Durante tres décadas hemos hablado de la globalización como si fuera un proceso que da sentido a las contradicciones del mundo contemporáneo y parece referirlo a un horizonte de intelegibilidad. Pero, ¿qué tan certera es esta noción? Por más que sea un concepto polémico, como lo son todos los geoabarcantes, se entiende grosso modo que implica la hipercirculación de mercancías, capitales, signos, culturas y seres humanos de tal manera que los lazos y relaciones que producen tiende a su desterritorilización. Lugares, manufacturas y seres que antes se hallaban desconectados ingresan en un grado de conectividad impredecible e impensable hace unas cuantas décadas. La digitalización del mundo es, acaso, su premisa básica; digamos, el océano donde nadan sus peces.

Y sin embargo, el mundo que reveló la pandemia parece, en efecto, moverse en esta dirección, aunque bajo coordenadas mucho más precisas y acotadas de las que se desprenden de la vaguedad del concepto de lo global. Sobre todo, si se observan las nuevas estructuras de poder que fijan, determinan y definen las formas de globalidad.

La sorpresa fue la desagregación radical de lo global en naciones que se amurallaron por completo en términos de semanas cuando comenzaron los contagios en marzo de 2020. Ninguna institución, ninguna actitud respondió –la OMS es un fantasma propagándistico– al reto de una epidemia efectivamente global. A la hora del peligro, de la implosión económica, cada país se amuralló en su propio miedo. El America first (Estados Unidos primero) de Trump devino el China primero, el Alemania primero, el Rusia primero. Como ha observado Wendy García, incluso las vacunas llevan signaturas nacionales: Sputnik, Pfizer (en estados las marcas expresan la nación), Sinovac, Soberana Y el Estado y la nación se transformaron en las últimas trincheras de la esperanza y la indignación, ya no como estados-nación, sino como naciones-muralla.

Y es aquí donde la globalización devino un suplemento de conglomerados político-corporativos que hoy ejercen sus imperativos sobre ella y definen una forma singular de expansión y dominación: las tecnohegemonías. Aceptémoslo: el concepto de globalización, a diferencia del de imperio o imperialismo, evade la distinción de las estructuras de poder y expoliación que encierra.

En rigor, sólo existen en la actualidad dos estados y medio que han mostrado su adaptabilidad para adecuarse a esta nueva forma de dominación global: Estados Unidos y China. El medio corresponde, sorpresivamente, a Rusia. Ni Europa, ni Japón ni los tigres asiáticos entran en esta categoría. Es impresionante cómo la Unión Europea no cuenta con ninguna plataforma digital con capacidad de intervención política general. En el mundo de las tecnohegemonías, Europa representa una provincia.

Una potencia tecnohegemónica es aquella capaz de producir tecnologías que se adapten, en días, a las condiciones, materiales, culturales y políticas de las sociedades y países en los que se propone intervenir. Fue Michel Foucault quien desdibujó los cuatro tipos de tecnologías que requieren un orden social para autorreproducirse. Partamos de esa tipología.

  1. Las tecnologías de producción. China se ha revelado como la única potencia capaz de producir bienes a la carta en un tiempo, precio y calidad inalcanzables para cualquier competidor. Estados Unidos olvidó que la industria de la manufactura es la infantería de cualquier forma de hegemonía. La pregunta que se hacen muchos analistas es si este proceso transcurre hoy bajo formas estrictamente capitalistas. Las grandes corporaciones hacen hoy sus ganancias, más que del consumo, de su relación con los bancos centrales. Acaso vivimos un proceso que se asemeja más a un tecnopatrimonialismo. Acaso habría que hablar de un poscapitalismo.
  2. Las tecnologías del signo. Es la parte más débil de China y el centro del dominio estadunidense. La esfera de la construcción del drama social e individual es nula en China. Es aquí donde una potencia produce los arquetipos bajo los cuales la vida íntima e individual resulta en horizontes de sentido y bloques de afectos.
  3. Las tecnologías del poder. Los sistemas de control, vigilancia e intervención para modificar conductas y percepciones se han desplazado ya a la esfera digital. En este ámbito, Estados Unidos se asemeja más a una potencia del siglo XX que a una del XXI.

¿En qué cabeza coherente cabe abrir simultáneamente tres frentes de alta conflictividad al mismo tiempo, como hace hoy Washington en Ucrania, Taiwán e Irán? Por otro lado, el poder chino es autoritario, vertical, abrasivo y sofocante. Simplemente inaceptable. Todo está abierto en esta esfera.

  1. Las tecnologías del yo. En china marchan en dirección del hipertrabajo; en Estados Unidos, del hedonismo. Difícil augurar el resultado final.
Singapur puso robots a patrullar las calles y preocupa la violación de la privacidad y las libertades individuales

Avanzan los sistemas de vigilancia intrusiva

Singapur puso a prueba unos robots de patrullaje que lanzan advertencias a personas envueltas en "comportamiento social no deseable", lo que aumenta el arsenal tecnológico de vigilancia en esta ciudad-estado fuertemente controlada.

Desde el amplio número de cámaras hasta los postes de iluminación equipados con tecnología de reconocimiento facial, actualmente a prueba, Singapur ha visto una explosión de herramientas para vigilar a sus habitantes.

Las autoridades han impulsado su visión de una "nación inteligente", hipereficiente y tecnológica, pero activistas dicen que se sacrificó la privacidad y que las personas tienen poco control de lo que se hace con sus datos.

Singapur ha sido criticada por reducir las libertades civiles y su población se acostumbró a los fuertes controles, pero hay una preocupación creciente con la tecnología intrusiva.

Los más recientes aparatos de vigilancia son los robots con ruedas y siete cámaras, que emiten advertencias al público y detectan "comportamientos sociales no deseados".

Eso incluye fumar en áreas prohibidas, estacionar mal las bicicletas o violar las reglas de acercamiento por el coronavirus.

Durante un reciente patrullaje, uno de los robots "Xavier" ingresó a una zona residencial y se detuvo frente a un grupo de ancianos que observaban un partido de ajedrez.

"Por favor mantengan un metro de distancia", "por favor aténganse a cinco personas por grupo", alertó una voz robótica, mientras una cámara del aparato los enfocaba.

Durante una prueba de tres meses, en septiembre, dos robots fueron enviados a patrullar esa zona residencial y un centro comercial.

"Me recuerda a Robocop", comentó Frannie Teo, una asistente de investigación de 34 años que caminaba por el centro comercial. Trae a la memoria "un mundo distópico de robots (...) Estoy un poco indecisa sobre este tipo de concepto", agregó.

Lee Yi Ting, una activista de los derechos digitales, dijo que los aparatos son la forma más reciente de vigilar a los singapurenses. "Todo contribuye con la sensación de que la gente debe cuidar lo que dice y hace en Singapur, más de lo que lo harían en otros países", declaró a AFP.

Pero el gobierno defiende el uso de los robots, al decir que durante la fase de prueba no podrán identificar o tomar acciones contra quienes cometan ofensas, y que son necesarios para atender la falta de trabajadores ante el envejecimiento poblacional.

"La fuerza laboral está decreciendo", dijo Ong Ka Hing, de la agencia gubernamental que desarrolló los robots Xavier. Agregó que podrían ayudar a reducir el número de oficiales requeridos para patrullar las calles.

Singapur, una isla controlada

La isla de 5,5 millones de habitantes tiene 90.000 cámaras policiales, y la idea es duplicar esa cifra para 2030, al tiempo que podría instalar en toda la ciudad la tecnología de reconocimiento facial que ayuda a las autoridades a distinguir rostros en la multitud.

Este año se dieron muestras de rechazo público cuando las autoridades admitieron que la policía tuvo acceso a la información sobre casos de covid-19 recogida por un sistema oficial.

El gobierno posteriormente aprobó leyes para limitar su uso.

Pero los críticos dicen que las leyes de la ciudad-estado suelen limitar poco la vigilancia gubernamental, y los singapurenses tienen poco control sobre lo que ocurre con los datos recogidos.

"No hay leyes de privacidad que restrinjan lo que el gobierno pueda o no hacer", comentó Indulekshmi Rajeswari, un abogado singapurense especialista en temas de privacidad radicado actualmente en Alemania.

7 de octubre de 2021

Detalles de la manifestación contra la segregación en al barrio de Usera, en Madrid, en septiembre de 2020. Edu León

Si la ciudad es un centro comercial, el mundo es un mercado, donde la vidas de las personas no son más que una mercancía.

 

El espacio no es una coordenada absoluta, como la pensó Isaac Newton, sino que existen formas diferentes de pensarlo, de ocuparlo y de vivirlo, lo mismo ocurre con el tiempo. El tiempo de la física no es el tiempo vivido, del que escribía Proust en su obra. El tiempo vivido es el tiempo que da sentido a mi vida, que me permite desarrollarme como persona y convivir con los demás y con el medio. Y lo mismo pasa con el espacio. Espacio y tiempo siempre están unidos, son los ejes de coordenadas donde nos movemos y también el lugar donde podemos construir realidades.

Pero como ya expresó el filósofo Michel Foucault, el uso del espacio y del tiempo puede servir para generar mecanismos de control del cuerpo. El panóptico, que es un sistema carcelario basado en el control del espacio y del tiempo y cuya estructura se traspasó a otras instancias de control, como la fábrica, el ejército y los colegios, es la mejor muestra de ello. El control del espacio y del tiempo generar cuerpos dóciles, cuerpos que aceptan lo que venga sin darse cuenta de las estructuras de control que hay tras ellos. Entonces, el espacio y el tiempo se convierten en hilos que atan nuestras vidas a esos mecanismos, que nos dicen cuando dormir, cuando comer, cuando divertirse, cuando consumir.

En la sociedad neoliberal estos mecanismos, que en el pasado se dieron en lugares como los conventos o los sanatorios, se ponen al servicio de la lógica del mercado. La ciudad se convierte en un centro comercial, en la todo está enfocado para el consumo, para fomentar el individualismo y destruir las alternativas de vida y de ocio, que se alejen de esta mentalidad. Ciudades como Tokyo llevan esto a su máximo esplendor, ya que hay barrios enteros que son enormes centros comerciales. Si la ciudad es un centro comercial, el mundo es un mercado, donde la vidas de las personas no son más que una mercancía.

Nada me parece más inhóspito que un centro comercial. Es un lugar cerrado, lleno de gente y de tiendas, de ruido y de luces. Todo ahí está pensado para consumir, para que gastemos. Son lugares estresantes, pero también lugares de emociones. La sociedad, en la que vivimos, es la sociedad de las emociones rápidas, de la libertad entendida solo como libertad de consumo y de mercado. Es la sociedad adicta a los deseos y al consumo, que funcionan como droga para no pensar. Y el espacio está puesto al servicio de este consumismo aislante y enfermizo, que está acabando con los recursos del planeta y llevando a las personas a un vacío y una insatisfacción crónica.

Se crean ciudades que funcionan como prisiones, como panópticos, donde se controla a las personas de forma sutil, controlando los lugares y los tiempos. Y si el panóptico tenía una gran torre de vigilancia en el centro, que generaba la sensación de estar siendo constantemente observado, esta sociedad tiene las redes sociales, donde son las propias personas las que vulneran su privacidad, convirtiéndose en mercancías que se anuncian en esas redes- escaparates.

Hemos construido un mundo donde los lugares verdes, los espacios tranquilos y naturales cada vez escasean más, donde contaminamos las playas, los bosques, el agua y el aire; un mundo donde siempre hay que ir con prisas y siempre estar haciendo algo; donde las otras personas son competidores en los mercados y en el mundo laboral; un mundo donde cada vez más personas tienen problemas de ansiedad, de estrés o de soledad, cuando no problemas psicológicos aún más graves. Pero ante todo esto estamos sedados por el ruido de esta sociedad de consumo, por las luces de los escaparates y por los deseos inacabables que generan. Somos ratas dentro de un laberinto, pero sin darnos cuenta de ese mismo laberinto.

Por ello cualquier voz que se alce para criticar esta sociedad, este consumo alocado, es tachada de radical y ridiculizada o criminalizada. Hablar en contra de la sociedad neoliberal, de la sociedad de consumo es ir en contra de una mal entendida libertad. Libertad de consumo, de elegir comprar y comprar, porque eso es lo que hay dentro del laberinto. Libertad apoyada en el expolio de la naturaleza, en la contaminación globalizada y en la explotación laboral de las personas menos favorecidas. El uso del espacio y del tiempo favorece esta falsa libertad, que nos conduce a una prisión.

Pero, frente a este uso del espacio en favor del consumismo y de la lógica de mercado, caben alternativas, que buscan crean otras realidades sociales ocupando los espacios. Frente a la ciudad inhóspita, de asfalto, contaminación y ruido, aparecen los huertos urbanos, las ciudades en transición, las ecoaldeas o los ecobarrios, como el de Vauban, en Friburg. Frente al consumismo de los centros comerciales se crean espacios como los centros sociales autogestionados, donde el ocio no implica mercantilización.

Estar en el espacio es vivirlo y generar sociedad, es tejer redes, conocer a las personas con las que convives y crear lazos. Pero para ello hay que cambiar el sistema, hay que cambiar la forma de entender la realidad y la forma de movernos, de organizar nuestro tiempo y nuestro espacio. Destruir los centros comerciales, la mercantilización y el individualismo y generar lugares donde entremos todxs y donde la naturaleza y las otras especies no corran peligro.

1. Los cuerpos dóciles

Para mostrar cómo se generan las instancias de control hay que acercarse al pensamiento de Foucault. Este pensador deconstruye la idea del poder que manejaban pensadores como Bakunin, Marx o los contractualistas, como Rousseau o Hobbes. El poder no es visto ya como una instancia superior que aplasta a los individuos, sino como una red tejida a partir de las relaciones de fuerza. El poder no es el Estado de Hobbes, el Leviatán absoluto, que reprime a los sujetos nacidos libres. El filósofo deconstruccionista lo entiende como un tejido que construye a los propios individuos. Los sujetos son el efecto de los mecanismos de poder. El poder produce a los propios sujetos, por lo tanto, no basta con eliminar el Estado para acabar con la represión. Los mecanismos de control se han introducido en el individuo creándolo, condicionándolo, sin que éste se dé cuenta. Él mismo no es más que un producto de ese poder.

Por lo tanto, no hay una instancia superior que nos reprima, no hay un Leviatán, sino un engranaje, unas relaciones que penetran en nosotras y nos van creando. La forma de generar esos sujetos dóciles es a través del control del espacio y del tiempo. Pero conviene destacar que no hay salida de las relaciones de poder en el pensamiento foucaultiano, no hay un paraíso perdido al que regresar, ni una identidad al margen de esa construcción social y política, que son los sujetos. No hay nada detrás de la máscara que la sociedad y las relaciones de poder nos han puesto, sino que nuestra identidad es ya esa construcción. Si no cabe salida, un escape a una utopía, lo que sí se puede dar es una visibilización de los hilos que nos atan y una relajación de las relaciones de poder. 

Viento Sur

Desde esta perspectiva se entiende la idea de Simone de Beauvoir de que no se nace mujer, se llega a serlo. No se nace de ninguna manera, sino que es la sociedad la que construye a los sujetos. O, como apunta Judith Buthler, que la invocación a un “antes” de este sujeto es solo una ficción, que sirve al propio poder para legitimarse. Buthler y de Beauvoir hablan de la creación del género, pero se podría ampliar a todo el sujeto. De tal manera que resulta imposible separar a éste de las intersecciones políticas y culturales en las que se produce y se mantiene. Esto viene a significar que somos productos culturales y políticos, donde el espacio y el tiempo juegan, como ya decíamos, un papel fundamental.

El control del espacio y del tiempo es el que generar los cuerpos dóciles, el que sirve para disciplinar a los sujetos. Si nos fijamos en el experimento llevado a cabo por el psicólogo Zimbarno, conocido como el experimento de la cárcel de Stanford, se ve como la teoría de Foucault se cumple. El experimento consistió en otorgar a una serie de estudiantes el rol de carceleros y a otro grupo el rol de prisioneros en un cárcel construida en los sótanos de la Universidad de Stanford. El papel que jugaba cada grupo dejó de ser un juego y pasó a penetrar en su conducta. Pero esto es lo que había analizado Foucault en su obra, donde realiza un genealogía de las instituciones que a través de la disciplina han creado cuerpos dóciles, desde los conventos medievales hasta las cárceles, pasando luego a las fábricas, los colegios, los hospitales. 

El cuerpo se convierte en el objeto y el blanco del poder. Es el cuerpo que se controla, que se le da forma, que se le educa, que obedece, el cuerpo al que se manipula. Al final, el cuerpo no es más que un muñeco político, una producción del poder. A los métodos que permiten esto, que llevan al control y a la construcción del cuerpo se les denomina disciplinas.

Foucault distingue estas disciplinas de la esclavitud, que se apoya en la apropiación de los cuerpos, y también de la domesticación, que supone una relación de dominación constante, y de otras formas de control, como el vasallaje. Las disciplinas de las que habla penetran en los cuerpos, los desarticula y los recomponen. Se trata, en realidad, de una “microfísica” del poder y procede a partir de la distribución de los individuos en el espacio y a partir del control de la actividad y del tiempo. Esta “microfísica” del poder tiene como objetivo enderezar conductas.

Este poder funciona también a través de la individuación. Se vigila, se separa los cuerpos para normalizarlos. Cuanto más se individualiza a un sujeto mejor controlado estará, más disciplinas podrán “corregir” sus desviaciones. De esta forma, hay que controlar, individualizar a los sujetos, sobre todo a aquellos que parecen separarse de la norma. Lo normal sustituye en la sociedad disciplinaria al modelo ideal. Lo “anormal” hay que corregirlo, encauzarlo, enderezar su conducta. De ahí que las disciplinas se fijen en aquellos sujetos, como el niño, el loco, el delincuente, que escapan de la norma. Por ello se les individualiza, se les controla y vigila más.

“El individuo es sin duda el átomo ficticio de una representación “ideológica” de la sociedad; pero es también una realidad fabricada por esa tecnología especifica de poder que se llama la “disciplina”. Hay que cesar de describir siempre los efectos de poder en términos negativos: “excluye”, “reprime”, “rechaza”, “censura”, “abstrae”, “disimula”, “oculta”. De hecho, el poder produce; produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad. El individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción.” (Vigilar y castigar, Michael Foucault).

2. El espejismo de la libertad en el neoliberalismo

¿Cómo rebelarse contra unos mecanismos de los que ni siquiera somos conscientes y que han construido nuestra identidad? ¿Cómo superar la represión si es ella la que nos constituye? Decía Bakunin que, contra el Estado, como instancia superior, era fácil, dentro de lo que cabe, oponerse, pero contra el condicionamiento social, no es tan fácil, porque ha penetrado en nosotras. 

El consumismo no es más que otra forma de encauzar la conducta, un elemento más de la “microfísica” del poder. La sociedad neoliberal se percata que una manera de controlar a los individuos no es solo a través de las disciplinas del cuerpo, sino también a través del placer. El deseo juega un papel fundamental en la vida del ser humano. Si este deseo se puede controlar, organizar y encauzar, se obtendrá sujetos que compren, que gasten sin pensar, sujetos obligados, condicionados a buscar una felicidad embotellada, sujetos adictos a las emociones, como si fueran drogas.

La sociedad de consumo y las disciplinas del cuerpo se unen en el sistema neoliberal para generar sujetos no pensantes, sujetos que consumen y consumen, como si bebieran el SOMA de la novela Un mundo feliz. Se consume productos, ropa, juguetes, tecnología, sin pensar en la destrucción del planeta y en la explotación laboral que hay detrás de ello; se consume emociones, viajes, vacaciones, para colgar las fotos en Instagram y ser nosotras mismas un producto más, en la que vendemos nuestra propia vida; se consumen serie y películas en plataformas como Netflix, sin que detrás de esos relatos entre ninguna crítica social y política; se consume hasta relaciones afectivas y sexuales, donde los cuerpos son cosificados y anunciados como un producto en plataformas como Tinder. Nos movemos en una sociedad individualista, que aísla a los sujetos y los controla, pero que lo hace a través del deseo y del placer y de la defensa de una supuesta libertad.

Los sujetos, los cuerpos dóciles creados en esta sociedad solo piden más y más, más control, más droga, más SOMA con la que acallar las posibles voces discordantes, para normalizar lo “anormal”, lo indisciplinado. También para controlar lo que hay en cada uno de “loco”, de “inconformista”. Ciudades pensadas como centros comerciales, libertades reducidas a libertad de consumo y fiscalización de las necesidades y de los deseos, todo ello para conseguir una sociedad de sujetos obedientes, sujetos que no cuestionen las estructuras, por muy injustas que estás se vuelvan. A pesar de la contaminación globalizada que produce nuestro estilo de vida, de la explotación laboral y del cada vez mayor número de personas que quedan fuera, como náufragos de este mundo, a pesar de los problemas psicológicos, de ansiedad, estrés, soledad; se sigue vendiendo este sistema como el mejor, como el único posible. Y los sujetos aceptan la publicidad, la manipulación porque la “microfísica” del poder, de la que hablaba Foucault, funciona, y porque cuestionar la sociedad y el sistema es, al final, cuestionar nuestra forma de ser, de ocupar el espacio, de llenar nuestro tiempo.

¿Y si nuestra sociedad se ha convertido en una película de ciencia- ficción? ¿Si cada vez encontramos más semejanzas entre este sistema y lo que se ve en novelas como Un mundo feliz y 1984 o películas como Están vivos? En la novela de Huxley las personas son controladas a través de los deseos y del placer, obligados a ser felices constantemente. ¿No se persigue lo mismo con las compras compulsivas y las emociones constantes de nuestro estilo de vida? ¿Qué sujetos son rechazados, llamados radicales y marginados? ¿No son aquellos que cuestionan las bases del sistema neoliberal y de la sociedad de consumo? En la novela el personaje que cuestiona todo era el hombre salvaje, que era, al final, el único libre.

Un ejemplo de este rechazo lo tenemos en el feminismo. Cuando este movimiento trata de ir a la base, a la raíz del sistema patriarcal, entonces se habla de “feminazis” y se le ridiculiza o se le demoniza. Mas de una vez, cuando me he enfadado en alguna conversación en la que salía comportamientos machistas, me han llamado la atención, incluso para decirme que si no aguanto una broma o que si siempre destaco esas conductas solo voy a conseguir la reacción contraria. Esto implica que el ataque al sistema ya sea desde la perspectiva feminista, desde la ecológica o la de justicia social, va a tener como respuesta la defensa del propio sistema. ¿Cómo no defender el sistema, si sus relaciones de poder y sus mecanismos de control, son los que han construido a los sujetos?

En una conversación hace poco con amigos y amigas sobre modelos de masculinidad, un amigo me acabó preguntando cómo debería ser él para no caer en comportamientos machistas que tenemos interiorizados. La cuestión no es fácil de resolver, ya que estas conductas, como muchas otras, están impresas en nuestro ADN social y político. La deconstrucción de una subjetividad que esconde comportamientos machistas, racistas. clasista o capacitistas conlleva mucho trabajo, tanto a nivel individual como colectivo. Pero esta dificultad deja de manifiesto las relaciones de poder que han construido nuestra subjetividad.

Masculinidad en demolición

¿Dónde queda la libertad cacareada por el neoliberalismo, si ni siquiera en nuestras relaciones personales somos libres de los condicionamientos? El filósofo alemán Kant considerada que la muestra de la existencia de la libertad era el ser capaz de obrar al margen de los interés egoístas de cada uno en favor de aquello que consideráramos justo y del respeto hacia los demás. La libertad neoliberal es justo lo contario, se apoya en anteponer mis interés, creados y manipulados por la lógica del mercado, por encima de todo juicio racional y ético.

No importa que ciertas bromas y conductas basadas en los estereotipos de género, de los que ni siquiera somos conscientes en muchas ocasiones, supongan un desprecio, una falta de respeto, un insulto hacia mujeres, mientras los varones no consideran necesario revisar sus privilegios. No importa que mi consumo alocado implique explotación laboral, que estemos expoliando el planeta y contaminándolo, que pueblos, como el saharaui, levante su voz por las injusticias ante la pasividad de Occidente, que se aprovecha de su situación. No importa que la extracción de materiales como el coltán provoquen guerras, explotación de niños y trata de mujeres, mientras yo pueda tener un móvil de última generación. Las injusticias, la contaminación y el expolio forman parte de este sistema neoliberal, machista, racista, clasista y capacitista. No son es algo pasajero, las crisis son estructurales, como lo es también la construcción de sujetos dóciles, que se creen libres, cuando se mueven en una jaula de oro, de emociones y consumo, de gastos y vacío existencial, de estrés y soledad.

3. La ocupación del espacio

Ante esto no cabe solo volverse contra el Estado, como si él fuera el encargado de mantener esa prisión, sino que hay que visibilizar los hilos, mostrar que la libertad de consumo no es más que una quimera, una falsa libertad, y que esconde una esclavitud, un control. Si Foucault tenía razón y no es posible salir de las relaciones de poder, al menos creemos relaciones lo más laxas posibles y siendo conscientes de las mismas. No fundemos la sociedad en relaciones basadas en la opresión, sino en un intento de alcanzar un consenso y en un respeto hacia la libertad real. Busquemos deconstruir esa subjetividad fundada en el dominio y en el privilegio, el privilegio de ser varón, blanco, occidental, rico o con capacidades consideradas normales, para poder saber quiénes queremos ser y cómo queremos relacionarnos con los demás y con la naturaleza.

Si el control comienza con el uso del espacio y del tiempo, busquemos usos diferentes, que no escondan una disciplina del cuerpo. Ocupemos los espacios para construir una vida no basada en la mercantilización de todo y en las injusticias que esto conlleva, sino una vida en la que los demás importen y en la que no destruyamos todo a nuestro paso, también una vida en la que me pueda desarrollar como persona y no solo consumir y consumir. En lugar de vivir en ciudades inhóspitas, contaminadas, donde el uso del coche tiene prioridad, construyamos desde los barrios y pueblos espacios verdes, lugares donde tener un ocio que no se ajuste a la lógica del mercado, donde entren todxs, lugares donde se priorice otro tipo de vida más sostenible. 

Si el consumismo explota nuestra capacidad de desear, ¿por qué no cambiar el punto de mira? En lugar de mirar a los deseos insaciables y a las emociones rápidas, ¿por qué no buscar un placer moderado, como el que proponía el filósofo griego Epicúreo? En lugar del individualismo y la competitividad promovidos por este sistema, ¿por qué no tejer relaciones y afectos dentro de los barrios y de los pueblos? ¿No aprendimos durante el confinamiento que las relaciones sociales y afectivas eran más importantes que todos esos productos superfluos, que nos venden como imprescindibles?

¿Y si en lugar de centrarnos en comprar y comprar, nos centramos en las necesidades reales que tienen los seres humanos y en satisfacerlas de la manera más justa y sostenible? Conviene destacar aquí la postura de Max Neef, que, en lugar de hablar de deseos, que nos hunde en una cadena infinita, habla de necesidades, que van desde la alimentación y la protección contra el clima hasta el desarrollo de la persona, la creatividad, la vida afectiva y social, la justicia y el vivir en un medio vivo.

Una de las paradojas de la sociedad de consumo, de la opulencia es que lo más esencial va a menos o es infravalorado. Durante el confinamiento se vio que ciertos trabajos, ya fueran remunerados o no, eran lo esencial, los que mantenían la vida. Sin embargo, la lógica del mercado no prioriza esto, sino solo el beneficio. El mercado por encima de la vida. Los deseos de unos pocos por encima de la necesidades más básicas de la mayoría. La sociedad de la opulencia, donde consumimos sin límites, no se ajusta a los ritmos de la naturaleza ni tiene en cuenta a los que sostienen este sistema. Es la extralimitación del consumismo la que está acabando con el planeta y agravando las desigualdades sociales.

Frente a este consumo sin freno, frente a la sociedad del exceso, que contamina, explota, expolia la riqueza natural, y deja sujetos vacíos, se puede optar por alternativas. Si el consumo funciona como una droga, si la emociones nos alienan, ¿por qué no pararse a pensar a donde vamos por este camino, antes de llegar a un precipicio?  ¿Y si el espacio deja de estar al servicio de los interés del mercado y comienza a centrarse en las necesidades de las personas, como la necesidad de sociabilizar? El ocupar los espacios de otra manera rompe con el esquema de la lógica del mercado. En los huertos urbanos, por ejemplo, se busca no solo crear espacios verdes dentro de las ciudades, sino generar tejido social, en una sociedad que cada vez aísla a los individuos y además busca que las relaciones sean lo más horizontales posibles. Los centros sociales autogestionados proponen alternativas de ocio, que no implican un consumo ni una mercantilización.

El crecimiento y el consumo constante no solo es insostenible desde el punto de vista ecológico, sino que aísla a los sujetos. No se preocupa de lo esencial, sino que tras una mala entendida libertad, esconde mercantilización, precariedad, desigualdades, vacío, aislamiento, depresión y un largo etcétera.

Así, “la lógica de la acumulación y el crecimiento permanente choca con la lógica de la vida“. Porque ”la una busca la concentración de poder y el beneficio, al margen de los criterios éticos. La otra pretende el mantenimiento de los procesos vitales y busca la resolución de las necesidades y el bienestar humano. Hay una honda contradicción entre el proceso de reproducción de personas y el proceso de acumulación de capital. […] Si hay contradicción, gana el mercado” (Cambiar las gafas para mirar el mundo, VV AA).

Gana el mercado, ganan las relaciones de poder que generan sujetos dóciles, atados al SOMA. Y quienes perdemos somos nosotras. Perdemos la libertad real frente a un servidumbre casi voluntaria, que se disfraza de libertad; perdemos frente a los mecanismos de la disciplina que nos dicen lo que debemos hacer, lo que es “normal”. Pero las relaciones de poder no son el Leviatán de Hobbes, no controlan todos los efectos de su control. Por ello, siempre surgen voces discordantes, que buscan escapar de la telaraña, buscan espacios donde generar una auténtica libertad, no vendida al mercado ni a los privilegios, ya que la lucha siempre es posible. 

Los espacios no tienen que ser lugares de control ni las ciudades centros comerciales, que aíslen a los sujetos y los muevan solo al consumo. Se puede ocupar el espacio de forma distinta y generar relaciones no mercantilizadas. Ocupemos el espacio, seamos dueñas de nuestro tiempo y paremos el ritmo, antes de destruir todo.

Publicado enSociedad
Domingo, 18 Octubre 2020 05:46

El dilema de las redes sociales

El dilema de las redes sociales

Una tiranía silenciosa. Uno de los documentales más comentados en estos tiempos de pandemia es El dilema de las redes sociales ( Social dilemma, 2020), del realizador estadunidense Jeff Orlowski, presentado en el pasado festival de Sundance e incluido ahora en el catálogo de la plataforma Netflix. La propuesta es novedosa, perturbadora y, sobre todo, muy oportuna. A partir de testimonios de varios ex empleados, entre ejecutivos y diseñadores de gigantes tecnológicos como Facebook, Google o Instagram, se describen las principales estrategias y modelos de negocios utilizados en las redes sociales para inducir, predecir y manipular los comportamientos de millones de seres humanos. Una de las personas entrevistadas señala la ironía suprema de ver cómo en poco tiempo un grupo de 50 diseñadores en alta tecnología digital –una élite blanca y adinerada, cuya edad fluctúa entre los 20 y los 35 años– ha logrado tener un impacto desmesurado en la vida cotidiana de dos billones de personas en todo el mundo. Este mecanismo de control no es del todo nuevo, pues la lógica de lo que hoy se denomina un capitalismo de vigilancia ha estado presente en ficciones literarias como Un mundo feliz ( Brave New World, Aldous Huxley, 1932) o el clásico 1984, del británico George Orwell (1949). Lo notable es valorar hasta qué punto una inmensa mayoría de usuarios de las redes sociales acepta hoy, sin mayores cuestionamientos, esta tiranía soterrada y silenciosa.

Hablando de usuarios, conviene destacar una de las observaciones más provocadoras en el documental: “Existen sólo dos industrias en el mundo que a sus clientes los llaman usuarios, la de las drogas ilegales y la del software”. Algo más. Ese usuario vive continuamente con la ilusión de que lo que se le ofrece en la red es totalmente gratis. Y en apariencia lo es, aunque uno de los antiguos ejecutivos de una de las grandes firmas desliza insidiosamente: "Si usted no paga por el producto, es porque es usted el producto". Estas sentencias abrumadoras sólo son el preludio para una exploración más profunda de lo que realmente sucede en Silicon Valley. Lo que empezó como un simple modelo de comunicación y negocio –con evidentes intenciones de promoción de productos mercantiles– paulatinamente se volvió no sólo un mecanismo de manipulación de apetencias inducidas de consumo a través de la programación de algoritmos, sino también de estados de ánimo y preferencias políticas mediante la tergiversación facciosa de la realidad y la circulación incontenible de informaciones falsas en las redes. Al respecto, el híbrido de ficción y documental que propone Orlowski señala el papel que jugó la proliferación de posverdades y noticias falsas ( fake news) en el proceso electoral estadunidense de 2016, cuando se supuso que Rusia había intervenido las redes cuando, en opinión de uno de los entrevistados, sólo supo aprovechar los múltiples espacios de acción incontrolada que dichas redes mantienen siempre abiertos. Otro caso mencionado es la polarización social y la campaña de odio incitadas desde esos mismos ámbitos en contra de una comunidad musulmana en Birmania —un ejemplo de cómo la manipulación mediática puede orillar a un país a una guerra civil. Huelga precisar la forma en que dicha manipulación y dichos estragos sociales se presentan hoy en muchas otras naciones.

Sin embargo, el documental coloca el énfasis mayor en el carácter adictivo del uso de las redes sociales, señalando con gráficas alarmantes la tasa creciente de estados depresivos, ansiedades y suicidios en jóvenes y pre-adolescentes que recurren a ellas de modo compulsivo. Podría objetársele al trabajo de Orlowsky cierto tono catastrofista o una clara parcialidad en su punto de vista. Decir, por ejemplo, que el ser humano posee madurez o discernimiento suficientes para decidir lo que mejor le conviene en el dilema de vivir cerca o lejos de las redes. Lo cierto es que una de las consecuencias del apego obsesivo a la comunicación instantánea y a la tiranía de las notificaciones, ha sido la progresiva infantilización de muchos adultos que antes se creían intelectualmente maduros. El dilema de las redes sociales es un trabajo sobresaliente e indispensable para comprender los peligros desestabilizadores que en política pueden propiciar las redes sociales y, de modo más directo, la amenaza que cada día éstas le presentan a un ser humano que hasta hace poco tiempo se sentía muy seguro de la inviolabilidad de su libre albedrío.

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Lunes, 18 Mayo 2020 06:13

La vida es bella en cuarentena

La vida es bella en cuarentena

La concepción previa de una sociedad individualista en la que el otro es contagioso o peligroso se materializa. Y contamina la visión del sí mismo: “yo soy potencialmente contagioso o peligroso, o sea, culpable”. Una cuarentena de enfermos y sanos transforma a todos en potenciales enfermos o enfermantes. Poner a toda la humanidad en cuarentena obligatoria es posible porque la humanidad globalizada ya viene entrenada a las respuestas masivas, uniformes, dirigidas, calculadas. Esta vez la consigna es unificada, no selectiva según el nivel socioeconómico del receptor. Porque la consigna es para todos: cuidarse del contagio de un virus altamente peligroso por la rapidez de su transmisión.

La efectiva reacción de un Estado en indicar el aislamiento cuando resulta la única respuesta posible evita el desastre de un contagio incontrolable. Pero no podemos dejar de inquietarnos ante el destino futuro de esta práctica. Porque más allá de las consideraciones sanitarias, podemos vislumbrar que el hombre aislado es más fácil de controlar y manejar. La desconfianza y la denuncia se ponen al orden del día tiñendo las interacciones cotidianas. La convicción de estar luchando contra el virus desde el encierro, como una gesta patria gloriosa, es un modo de negar que esta detención implacable de las agendas, esta “desaceleración” radical, es consecuencia de que la conducción planetaria no ha tomado a tiempo las medidas para evitarla. Y que estamos padeciendo las consecuencias, no como héroes ni culpables por no haber sabido lavarnos las manos. Sino como víctimas.

Los virus aparecen, naturalmente, por accidente, por actos deliberados. Cumplen su ciclo destructivo, desaparecen. ¿Es un castigo bíblico ante la ambición consumista o un derivado inevitable del neoliberalismo salvaje que ni siquiera se frena y acepta tomar la única medida de protección conocida hasta ahora, el aislamiento? Si existieran prevenciones e inversiones en sanidad, los dañados y los muertos serían menos. Si se contara con suficiente presupuesto destinado a la investigación, si hubiera cuidado ambiental y alimentario, el futuro sería más previsible y manejable. Son decisiones políticas. Se ha parado el mundo y es difícil saber cuáles serán las consecuencias económicas, psicológicas y físicas. ¿Cuántas más muertes como efecto colateral? La ruptura del equilibrio ecológico trae consecuencias siniestras en la naturaleza, ¿y en la vida humana? ¿Cómo impactarán tantas bodas y funerales interrumpidos?

La economía empuja cada vez más a la perversión, la política se convierte en aliada o se ve obstaculizada cuando intenta torcer el camino. En el desconcierto, puede surgir de pronto de las masas, como Freud ya lo descubriera en su genial “Psicología de las masas” un liderazgo impersonal que conduce a la masa con impensables derivados económicos y afectivos, trocando la incertidumbre por certezas a través del autoritarismo, buscando protección en la persecución. El miedo también es una cuestión política: asustar para convertir la supervivencia en principal y único motivo. Se acallan las protestas por la injusticia distributiva, por las desigualdades y atropellos de todo tipo. Sobrevivir es lo único que importa, y el poder que no se ve aplaude.

Desde la sabiduría popular que dice “al mal tiempo buena cara” hasta la pretensión del film “La vida es bella” de introducir la risa en un campo de concentración hay un largo trecho. La cuarentena masiva es cosa seria pese a los cantos o bailes en los balcones. La supuesta “enseñanza” que nos puede dejar este acontecimiento no es la de ser más solidario o higiénico. Se trata de hacer consciente y revelar, como en un psicoanálisis, las fuerzas que nos manejan y están provocando un daño global. A partir de allí, quizás, será posible un cambio.

18 de mayo de 2020

Diana Litvinoff es psicoanalista.

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Cómo funciona la aplicación del Gobierno colombiano que será obligatoria para salir a la calle

Por medio de CoronApp el Gobierno planea diseñar su estrategia de “aislamiento inteligente” para cuando termine la cuarentena. Esta ampliación funcionará como un “pasaporte de movilidad” para los ciudadanos

El Gobierno colombiano lanzó una aplicación para centralizar y monitorear toda la información referente al desarrollo del coronavirus en el país y que será obligatoria para la movilidad de las personas en la calle una vez termine el periodo de cuarentena decretada hasta el 27 de abril.

La aplicación se llama CoronApp Colombia y con ella se busca facilitar los protocolos de protección y mitigación del virus en el país. De acuerdo con la ministra de las TIC (Tecnologías de la Información y Comunicaciones), Sylvia Constaín, la aplicación ya cuenta con un millón de descargas en todo el país, pero se está promoviendo una campaña llamada “Por tu vida, por mi vida”, para instar a todos los colombianos a descargarla en su celular.

CoronApp Colombia es totalmente gratis y no consume datos, es decir, es zero rating, y entre sus diferentes aplicaciones sirve para que las personas puedan reportar en tiempo real la aparición de síntomas, identificar si hay motivos de alerta, u obtener información sobre los centros de atención más cercanos.

De acuerdo con la ministra Constaín en un futuro cercano esta aplicación funcionará como “un pasaporte de movilidad, en momentos en los que se busque reactivar la economía”.

En concreto, mediante CoronApp los ciudadanos podrán soportar los permisos para transitar por las calles en los casos de excepción que definió el decreto de cuarentena nacional. La aplicación permitirá escoger entre una de las 35 excepciones que a la fecha se tienen para transitar por las calles y con ella se entregarán los detalles e información que validan esas reglas.

La aplicación entregará al usuario información sobre cuidados en casa, consejos de salud mental y podrá mantenerlo actualizado sobre los nuevos casos, recuperados y demás estadísticas del coronavirus en el país. Pero, sobre todo, le servirá al Gobierno para recopilar datos y diseñar la estrategia de “aislamiento inteligente” que ya ha sido mencionada varias veces por el presidente Iván Duque en sus alocuciones sobre los siguientes pasos a tomar en el plan de mitigación de la emergencia sanitaria.

Duque ha dicho que después de la cuarentena muchas medidas de aislamiento social van a mantenerse, pero otras se van a flexibilizar, permitiendo que ciertos sectores de la economía empiecen a reactivarse y gradualmente retomen a sus actividades regulares.

“Es muy importante, que todos los colombianos, sin excepción, descarguemos CoronApp porque es parte de la estrategia de prevención”, expresó el Consejero Económico de transformación digital Víctor Muñoz.

Él explicó que gracias a los datos recopilados por CoronApp se van a poder tener reportes diarios y en tiempo real de los colombianos que estén presentando síntomas, permitiendo hacer trazabilidad en mapas de calor que identifiquen las zonas de mayor riesgo. Esto le ayudará a las autoridades a priorizar en la recolección de muestras, también a endurecer controles de ser necesario.

Además, los usuarios podrán recibir alertas y notificaciones si han pasado más de 15 minutos cerca a una persona diagnosticada positivo por coronavirus durante los últimos 7 o 15 días.

Todo lo anterior será la piedra angular de la estrategia de “aislamiento inteligente”, por lo que el Ministerio de las TICS reitera la importancia de que todos los colombianos descarguen la aplicación y de que sean honestos y transparentes con su uso.

Aplicaciones similares se están usando en países como Estados Unidos, España, Corea del Sur y Singapur, y el Gobierno colombiano está alianza con ellos para la coordinación de las estrategias derivadas de su uso. Incluso ha conversado con Apple y Google para que CoroApp sea respaldado por sus plataformas.

Aunque innovadora, los anuncios alrededor de la aplicación no han estado exentos de polémica, pues surgen grandes interrogantes sobre el manejo que se hará de los datos recolectados. No se ha especificado, por ejemplo, cuanto tiempo quedará almacenada la información entregada por los ciudadanos ni qué se hará con ella una vez pase el perÍodo de la emergencia.

Al respecto de esto el consejero Muñoz dijo que el manejo de los datos se hará cumpliendo con “todos los protocolos de ciberseguridad y habeas data" y que toda la información recolectada será encriptada. Dijo también que para los “mapas de calor” y demás estrategias de monitoreo estadístico los datos serán anonimizados.

Por Jorge Cantillo

15 de abril de 2020

desde Bogotá, Colombia

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“Ubicar en los jóvenes los males de la sociedad los deja sin salida”

La adolescencia es un momento de exposición a circunstancias inéditas, experiencias inaugurales y desafíos: un tránsito bueno si es creativo y no perjudicial para el sujeto. La especialista plantea precisamente cómo y cuándo intervenir desde la clínica analítica.


El mismo término define el estado: en el pasaje de la niñez a la siguiente etapa de la vida de un ser humano el sujeto adolece. La psiquiatra infantojuvenil y psicoanalista Sara Cohen, de larga trayectoria, lo estudió con detalle en Morir joven. Clínica con adolescentes (Editorial Paidós). Miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina y de la Asociación Psicoanalítica Internacional, Cohen entiende que la adolescencia es un momento de exposición a circunstancias inéditas, experiencias inaugurales y desafíos en el que la subversión del statu quo se vuelve central. Eso es bueno siempre y cuando el tránsito sea creativo y no perjudicial para el sujeto. El trabajo de Cohen plantea precisamente cómo y cuándo intervenir desde la clínica analítica. Para ello, combina relatos clínicos con textos literarios y casos que la propia autora se vio enfrentada en su labor terapéutica. 

Cohen destaca que cada sociedad tiene su manera de mandar a la muerte a sus jóvenes de manera directa o indirecta. “La actualidad es tremendamente hostil para cualquier ciudadano. Primero, hay un ofrecimiento de consumo muy grande. Pero además los jóvenes se encuentran con padres bastante castigados y tironeados por distintas circunstancias”, plantea la autora sobre la sociedad actual. En el momento en que un joven sale a probar suerte en muchos aspectos que la vida infantil lo protegía (aparentemente, porque está la singularidad de cada caso) “hay una emergencia de lo pulsional y pone en juego muchas cosas que hasta ese momento eran de otra manera”, entiende esta prestigiosa psiquiatra y psicoanalista, también poeta, sobre el pasaje más conflictivo de la vida humana. “Además, hay un abandono de lo que serían ciertas posiciones libidinales infantiles. Dentro de todo ese contexto, cómo están ubicados los padres es sustancial. Hay que admitir que, a veces, los padres están más castigados que los pibes y viven circunstancias muy graves actualmente.

Ahora, no es directo. Vivimos en una democracia que no es el gobierno militar que mandaba a matar a los jóvenes. O sea que dentro de nuestro sistema no es directo cómo los mandan a matar. Pero estamos en un sistema donde no hay soporte social y, a la vez, a los jóvenes no se les ofrecen perspectivas más o menos buenas. Además, es una sociedad que cree que el joven es como el punto fantástico para venderle cosas de consumo. Esa no es la situación más favorable para que el adolescente encuentre un eje con posibilidades vitales que implican su sexualidad, su desempeño de actividades, distintas posibilidades que le dan un margen creativo”, argumenta Cohen, quien forma parte del Servicio de Salud Mental Pediátrica del Hospital Alemán.


–¿Por todo lo que dice es que usted señala que cada joven llega a la adolescencia del modo que puede?


–Tal cual, porque el modo que puede involucra todo. A veces, se tiende a demonizar o patologizar a la juventud. En realidad, los casos son muy diversos. No es que todos tengan que decir:”¡Qué mal que anda la juventud!”. Hay manifestaciones sintomáticas que, por supuesto, asustan porque suponen riesgos. Cuando eso sucede, hay que indagar de qué se trata. Muchas veces pueden ser situaciones impulsadas por cuestiones del medio ambiente. No necesariamente quiere decir que el joven tenga una patología grave. Por eso, hay que escuchar al joven. El crecimiento también supone, en general en la adolescencia, un grado de oposición, de denuncia, de rebeldía porque para diferenciarse de los padres también hay que poder cuestionar. Eso no tiene que devenir en contra del pibe o la piba.


–Es que a nivel social hay una estigmatización de la juventud: “Los jóvenes de ahora se drogan, no quieren trabajar”, suele decirse con los prejuicios sociales del mundo adulto. Está muy instalado ese discurso.


–Y cuando lo ves en lo singular te encontrás con muchas situaciones que son lo contrario. Padres que por ahí tienen un consumo importante de psicofármacos que se autoadministran. No es que la psicofarmacología es mala sino que tiene que ser administrada cuando se necesita. En realidad, ubicar en los jóvenes los males de la sociedad es una situación que es engañosa y los perjudica porque los deja sin salida. Un joven que encuentra con quién discutir y con quién pelear se robustece. Pero los que pelean y discuten tienen que ser padres bien plantados, una sociedad que tenga algunos parámetros que funcionan porque si no, ¿a dónde vamos?


–¿Y la clínica consiste en articular esa emergencia pulsional con la singularidad de cada sujeto?


–Sí. Cada uno no sólo llega a la adolescencia de una manera que le es singular sino que además tiene diversos encuentros en la adolescencia. Los encuentros de esa etapa son sustanciales. Pueden ser encuentros con profesores, con intereses, con un amor. Los encuentros de la adolescencia son cruciales, son inaugurales. Es un hito muy importante. Ahí hay que ver cómo el joven puede encauzar algunas cuestiones de las que le están ocurriendo en ese momento evolutivo.


–¿El mayor conflicto en la etapa de la adolescencia está marcado por la relación entre sexualidad y muerte?


–Ahí hay un lazo muy fuerte entre la emergencia de lo pulsional y el tema de la posibilidad de muerte. No quiere decir que no pueda haber una modalidad en la cual esto se implemente más creativamente. Nosotros tenemos que separar, enojarnos, pelear, pero si eso está libidinizado, si eso es una posibilidad libidinal para un crecimiento, para un desarrollo es buenísimo. Alguien que se queda en una situación en la que no puede llevar a cabo mínimamente una actitud hostil de discusión, de pelea para ir armando algo que lo configure y que sea significativo para esa persona, es alguien que no va a poder crecer. El asunto es que esto no quede libre en condiciones que sean mortíferas para el joven. Si dejás en cualquier condición o en situaciones que son muy hostiles, donde el joven no puede procesar un montón de cosas que le pasan en las cuales también hay elementos que podrían devenir mortíferos, estás favoreciendo que ocurran cosas dramáticas o trágicas.


–Usted toma algunas tragedias clásicas y algunas preexistentes al psicoanálisis para articular con el relato clínico. ¿Qué fundamentos de la literatura sirven para la clínica psicoanalítica?


–A mí me sirve un montón. Todos los psicoanalistas somos distintos. A mí me gusta leer, escribo y las obras, tanto literarias como de otras disciplinas, aportan un material de una riqueza muy grande. Hay que entender que eso no es para aplicar algo que nosotros ya conocemos. Al contrario: es para aprender de eso que tiene quizás una riqueza mayor de muchas cosas que nosotros sabemos. Entonces, a uno lo deja con muchas preguntas y, a partir de eso, uno entra con ciertas preguntas. En realidad, uno tiene un pilar teórico, pero escucha, lee, ve qué pasa, se pregunta cosas. Si no, uno nunca podría servirle a ningún paciente pero, además, tampoco podría escribir nada ni ninguna obra de arte nos podría transformar. Yo creo que el arte también puede tener una condición transformadora.


–¿Dice “transformadora” en sentido terapéutico?


–No en forma directa. En realidad, el último capítulo del libro apunta a un devenir creativo. Esto supone que hay algún orden de experiencia en lo estético, a mi parecer, que algún punto de viraje condiciona algunas posibilidades interesantes para quienes pueden. A veces, pueden ser experiencias tempranas de la adolescencia respecto al encuentro con algunas obras, o encuentros azarosos ligados con el amor pero que, a la vez, condicionan algunas búsquedas y cuestiones estéticas. O cosas traumáticas que frente a cómo explicarse eso, el joven hizo ciertas búsquedas que le condicionan posibilidades futuras que tienen que ver con la creación. Esto es muy para cada uno. No puede decirse que el arte en sí mismo sea terapéutico. Ahora, que el encuentro con algunas obras es muy importante para algunas personas, eso es claramente así.


–¿La marca de la sociedad que impone reglas y modos de ser puede llevar a los jóvenes a tendencias autodestructivas?

–Hay una sociedad en un sentido amplio que usted menciona y después está el pequeño mundo de cada joven. Atendiendo a chicos y adolescentes, uno se sorprende muchísimo de cuántos mundos hay. Con los chicos o los adolescentes, los padres a veces tienen que recurrir porque “no hay otra”. No recurrirían jamás a que sea atendido y tienen un mundo cultural, personal, a veces muy endogámico, y uno se va dando cuenta de las reglas que funcionan ahí cuando va trabajando con ellos. Por eso, hablar en general es difícil porque hay muchos mundos. Es increíble la cantidad de contextos y de situaciones que se van develando a partir de alguna cosa que aparece en un síntoma en un adolescente. Pero cuando vas indagando ves distintas circunstancias que hacen a un modo de funcionamiento que ni te imaginabas. Y por más que estén incluidos acá en Buenos Aires, tienen un mundo en lo familiar y en lo social que tiene su cultura propia.


–La pregunta también apuntaba a esa escala de valores o disvalores que se bajan desde la sociedad. Por ejemplo, la cultura del exitismo. Se promueve mucho que la juventud tiene que ser exitosa, al menos en este sistema. ¿Eso puede afectar a un joven que, por ejemplo, tiene sensibilidad al fracaso?


–A ver: el tema es que cuando empezás a atender a un joven y lo escuchás, muchas cosas empiezan a caer. Te habla de que “Fulanito publicó esto” y todas estas cuestiones que circulan. Entonces, uno indaga un poco más y va al grano, va a las cuestiones que le pasan a ese adolescente. Y algunas cosas van cayendo. Cualquier pibe pensante, en definitiva, reubica las cosas. Las cuestiones actuales pueden amplificar algunas cosas que a los pibes los dejan mal parados pero, en realidad, un pibe tiene que ver con cómo está ubicado en su medio, con sus vínculos con sus pares, en la sociedad donde se mueve. No puede ser que eso en forma directa lo envíe a una cuestión autodestructiva. Tiene que ver con otras dinámicas.


–En ese sentido, usted también señala que hay casos en que los adolescentes son los seres más sensatos en una familia riesgosa. ¿Cómo se da eso?


–Eso se ve bastante. Para que un pibe tenga algún tipo de situación donde es adulto dentro de un contexto familiar, primero tiene que tener recursos para poder serlo, ya que si todo se viene abajo en una familia por ahí el pibe también se viene abajo. Ahora, si el pibe trata de sostener algunas cosas con los recursos que tiene, eso tiene un costo elevado porque es una cuestión de sobreadaptación, pero se entiende también que tiene los recursos para eso. No es bueno para el desarrollo del mismo porque, en realidad, el pibe tiene que ser el que puede discutir, pelear, salir, vivir su adolescencia. Es decir, todas las cosas que hace un adolescente como el experimentar cosas. Si un adolescente se vuelve muy responsable frente a todo lo que se está cayendo en su entorno es como que pierde el vivenciar de su adolescencia porque tiene que hacer un adultito desde jovencito. Es una macana pero son las maneras que encuentran para poder sobrellevar algunas circunstancias que son muy difíciles.


–Un tema que aborda en el libro tiene que ver con la intimidad. ¿Es una búsqueda en la adolescencia?


–Es importante y, a veces, paradójica porque parece que los jóvenes muestran mucho y con lo que uno se encuentra es que son tímidos y le temen a la presencia del otro y no a lo virtual. Hay que entender que depende de la psicopatología. Una gran cantidad de jóvenes, en realidad, tienen miedo de encontrarse con alguien. Inclusive, beber alcohol y todo eso es para vencer la timidez porque no saben cómo hablar, cómo estar. Y todo esto que se puede llegar a decir de “cuánto que se muestran”, en realidad son conductas que no quiere decir que sean desfachatados y que vaya a saber todo lo que hacen.

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Viernes, 12 Abril 2019 06:26

Control social, designio del siglo XXI

Control social, designio del siglo XXI

Cuando el control social que ejercen los estados y las empresas se convierte en una malla tan fina que atrapa y sujeta todas las manifestaciones de la vida cotidiana, ¿es importante quién gobierna? El concepto de gobierno (instituciones estatales, nacionales, federales o municipales) es absolutamente insuficiente para comprender lo que está sucediendo en el día a día de nuestras sociedades.

La semana pasada en Bogotá, escuché asombrado los relatos sobre los niveles a los que está llegando la aplicación del Código de Policía. Un joven de 22 años, trabajador y estudiante universitario, fue castigado con una multa de 280 dólares (más de cinco mil pesos mexicanos) por comprar una empanada en la calle. La vendedora también fue multada.

En apenas dos años de vigencia del código se impusieron 400 mil multas, por situaciones cotidianas como correr en una estación de autobuses, comprar a vendedores ambulantes o defender a quien sufre multa policial, por "obstrucción" de la labor de los uniformados.

El Código de Policía fue aprobado en 2017, mientras se negociaba la paz con las FARC. El objetivo es evidente: taponar los poros por donde respira la cultura popular y juvenil, ya que se castigan hábitos como beber en las plazas, hacer malabarismo, actitudes circenses hacia la policía, entre muchas otras. Para los de abajo, el nuevo código implementa el "estado de excepción permanente" del que nos hablaba Walter Benjamin, que forma parte de la vida cotidiana de las personas oprimidas.

En China el control de la sociedad por el Estado es mucho más estricto aún. El sistema de "crédito social" otorga o quita puntos a las personas que, por ejemplo, fumen en lugares prohibidos, y se los sube a los que tienen actitudes condescendientes. En el puntaje entran todos los comportamientos de las personas, incluso algunos íntimos, como el consumo de películas o libros "eróticos", o hablar en forma grosera con alguien.

Los modos de control combinan las cámaras de videovigilancia (China tiene casi la mitad de las existentes en el mundo), con la inteligencia artificial y el reconocimiento facial. De ese modo, el Estado puede saber cuántos viajes has hecho en taxi y a dónde, qué compras, tus facturas médicas y hasta tus "generosidades" con los demás, como destaca el informe de Le Monde Diplomatique titulado "Chinos buenos y chinos malos" (edición de enero).

Como ejemplo de las puntuaciones que se imponen a los ciudadanos, el mensuario destaca: un punto por ayudar a un anciano a acudir a un hospital; cinco puntos menos y una multa por arrojar la basura al río. Pero por colocar un adhesivo contra el gobierno, te quitan 50 puntos y mil yuanes de multa. Como en los buenos regímenes autoritarios, todo viene mezclado: el castigo a los disidentes con la ayuda al prójimo y los malos hábitos.

Pero ahí comienzan los verdaderos problemas. Los que se portan bien, reciben regalos el día del Año Nuevo chino o tienen facilidades para obtener créditos para viajes o estudios. Los que tienen pocos puntos no pueden postularse a ciertos empleos, tomar vacaciones, subirse a trenes rápidos durante un año, reservar una habitación en un hotel o inscribir a su hijo en una buena escuela.

Las listas negras van de la mano de humillaciones públicas, ya que los datos se ventilan en páginas web, pero en algunos pueblos "los malos puntajes y el nombre de sus titulares son repetidos por altoparlante el viernes por la noche", de modo que el sistema convierte a tus vecinos en centinelas, según Le Monde Diplomatique.

El investigador de Amnistía Internacional para China, Patrick Poon, considera que el sistema de otorgar recompensas y castigos es una "práctica de control social a gran escala que legitima la clasificación jerárquica de los ciudadanos" (https://bit.ly/2G1diaz).

Cuando se producen hechos políticos importantes, como la Asamblea Nacional Popular, el régimen impone "vacaciones forzadas" a los disidentes obligándolos a salir de la ciudad, acompañados por agentes policiales para ser alojados en hoteles y complejos turísticos alejados con todos los gastos pagados (https://bit.ly/2Z3cRp4).

Hay muchos más ejemplos sobre el control social. La realidad se acerca cada vez más al concepto de "democracia totalitaria", del portugués João Bernardo. En su libro de próxima aparición en castellano, registra la estrecha relación entre el autoritarismo empresarial y el gubernamental, ya que los trabajadores pasan buena parte de su vida sometidos a la estricta disciplina imperante en el horario laboral.

Se pregunta qué quiere decir democracia, en nuestras sociedades donde reina el poder omnímodo de las empresas. "La sociedad neoliberal llegó a un punto en que es muy difícil aplicarle las antiguas definiciones del estado de derecho que hasta hace poco distinguían las democracias de los regímenes donde impera la arbitrariedad política", sigue Bernardo. Nos queda la tarea de trazar los caminos para cambiar el mundo ante estas mutaciones sistémicas.

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Domingo, 03 Diciembre 2017 14:53

No se puede disciplinar la investigación

No se puede disciplinar la investigación

Están pretendiendo controlar el pensamiento mismo de los investigadores. Ya no solamente el de los educadores y profesores. Con ello, de consuno, se trata de controlar a posibles futuros lectores, a los estudiantes y a una parte de la sociedad. Una empresa de control total.


Una tendencia peligrosa tiende a hacer carrera en muchas universidades hoy en día, con paso cada vez más apretado y voz cada vez más elevada. Se trata de los intentos por disciplinar la investigación. Esto es, que los economistas deben publicar en revistas de economía, los administradores en revistas de administración, los politólogos en revistas de su disciplina y los médicos, por ejemplo, en las revistas de su área.


Se les quieren cortar las alas a los investigadores para que publiquen en revistas diferentes a su propia disciplina, y es creciente la tendencia a que, por ejemplo, para efectos de reconocimiento por producción intelectual, se valore poco y nada publicar artículos de alta calidad en revistas de otras áreas, incluso aunque esas revistas puedan ser 1A.


Esta es una tendencia evidente en Colombia y en otros países. Por tanto, cabe pensar que se trata de una estrategia velada que sólo se podría ver como anomalías locales. Falso.


Se trata, manifiestamente, de un esfuerzo cuyas finalidades son evidentes: adoctrinar a los investigadores y ejercer un control teórico —ideológico, digamos—, sobre su producción y su pensamiento. Y claro, de pasada, cerrarle las puertas a enfoques cruzados, a aproximaciones transversales, en fin, a la interdisciplinariedad.


Esta es una política a todas luces hipócrita: en efecto, mientras que de un lado cada vez más los gestores del conocimiento hablan de la importancia de la interdisciplinariedad, de otra parte se cierran; de un lado, en los programas de enseñanza y de otra parte, en los procesos mismos de investigación; libertades básicas que corresponden a lo mejor del avance del conocimiento en nuestros días.
Ciertamente que el conocimiento en general puede tener un avance al interior de cada disciplina. Pero ese progreso es limitado, técnico y minimalista. Dicho con palabras grandes: ese avance beneficia a la disciplina, pero deja intacto el mundo. No cambia para nada la realidad, ni la de la naturaleza ni la de la sociedad.


En realidad, disciplinar la investigación corresponde a la emergencia y consolidación del capitalismo académico. Bien vale la pena volver a leer, incluso entre líneas, el libro fundamental de Slaughter, S., and Rhoades, G., (2009). Academic Capitalism and the New Economy. Johns Hopkins University Press. Un texto invaluable sobre el cual los gestores del conocimiento en países como Colombia han arrojado un manto de silencio. Mientras que en los contextos académicos y de investigación de algunos países desarrollados sí es un motivo de reflexión y crítica.


Están pretendiendo controlar el pensamiento mismo de los investigadores. Ya no solamente el de los educadores y profesores. Con ello, de consuno, se trata de controlar a posibles futuros lectores, a los estudiantes y a una parte de la sociedad. Una empresa de control total.


En muchos colegios, los mecanismos de control ya están establecidos, notablemente a partir de las fuentes que trabajan; los libros, por ejemplo, muchos de ellos, concentrados en dos o tres fondos editoriales. El control ya viene desde las editoriales elegidas por numerosos colegios para la formación del pensamiento de los niños.


En las universidades se ha establecido ya la elaboración de los syllabus y de los programas. La libertad de enseñanza, la libertad de cátedra, como se decía, quiere ser más cercenada y manipulada. Incluso hay numerosos lugares donde se discuten colectivamente los programas, todo con la finalidad de ajustarlos finalmente a los syllabus.


Y a nivel de la investigación, el más reciente, el control ha venido a introducirse justamente con el llamado a la publicación de artículos en revistas de la disciplina. La libertad de pensamiento (= investigación) queda así limitada, si no eliminada.


En un evento internacional hace poco conocí a un profesor que había estudiado un pregrado determinado, había hecho su doctorado en otra área en un país europeo, y como resultado investiga en otros temas diferentes; pero, como pude comprobarlo, en investigación de punta (spearhead science). Pues bien, este profesor anda por medio país, y ahora por medio continente, buscando trabajo, pues las convocatorias en muchas ocasiones exigen disciplinariedad. Así, por ejemplo, haber estudiado economía y tener un doctorado en economía. De manera “generosa” (ironía), se escribe con frecuencia: “o en áreas afines”. Economía es aquí tan sólo un ejemplo.


El subdesarrollo —eso ha quedado en claro hace ya tiempo— no es un asunto de ingresos, dinero o crecimiento económico. Es ante todo una estructura mental. Pues bien, con fenómenos como los que estamos señalando, las universidades están reproduciendo las condiciones del atraso, la violencia, el subdesarrollo y la inequidad. Por más edificios que compren o reestructuren, por más aparatos y dispositivos que introduzcan en las clases y en los campus.


Como se aprecia, parece haber toda una estrategia política. Y sí, la política se ha convertido en un asunto de control y manipulación, no de libertad y emancipación.


Disciplinar la investigación es, en muchas ocasiones, un asunto de improvisación, en otras, una cuestión de mala fe (en el sentido Sartreano de la palabra), y en muchas ocasiones también un asunto de ignorancia.
Muchos profesores, simplemente por cuestiones básicas de supervivencia, terminan ajustándose a elaborar programas en concordancia con los syllabus, y a investigar y publicar en acuerdo con las nuevas tendencias y políticas. Por miedo, por pasividad. Pero siempre hay otros que conservan su sentido de independencia y autonomía.


Como sea, en el futuro inmediato, parece que el problema no se resolverá a corto plazo. Debemos poder elevar alertas tempranas contra la disciplinarización de la investigación. Y hacer de eso un asunto de discusión, estudio y cuestionamiento. Son numerosos los amigos y colegas que conozco que enfrentan este marasmo.
Diciembre 3 de 2017