Jueves, 26 Mayo 2022 08:11

¿La segunda guerra fría?

¿La segunda guerra fría?

A unque tímidamente, la idea de la posibilidad de una segunda guerra fría surgió en la prensa occidental durante la crisis de Ucrania en 2014. Las sanciones económicas que impuso Occidente a Rusia después de la anexión de Crimea evocaban, de alguna manera, el congelamiento de las relaciones económicas característico del orden bipolar que privó al conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante cuatro décadas. No se han estudiado con detalle los estragos que produjeron esas sanciones en la economía rusa. En tan sólo dos años, el PIB descendió 25 por ciento, el desempleo aumentó 17 por ciento y centenares de empresas locales se fueron a la ruina. Fue Angela Merkel quien supo lidiar con un reorden europeo que, distanciándose de Estados Unidos, logró mantener las relaciones abiertas con Moscú. El establishment ruso jamás olvidaría el efecto devastador de esa primera ola de sanciones, y a partir de 2015 empezó a prepararse masivamente para una segunda confrontación. La que hoy observamos a raíz de la intervención militar en Ucrania.

La siguiente ocasión que el término de la guerra fría cubrió a los análisis políticos del momento ocurrió durante el conflicto entre la Casa Blanca y Pekín en la administración de Donald Trump. La batalla de los aranceles, el intento de desacoplar a China de la economía europea, las cancelaciones tecnológicas trajeron de nuevo el fantasma. Finalmente, China derrotó a la política de Trump, y Occidente descubrió que dependía mucho más de la fábrica china que China de los mercados europeos.

Sin embargo, nunca habíamos estado tan cerca de una nueva edición de otro tipo de bipolaridad como la que hoy se vive a raíz de la guerra entre Rusia y Ucrania. El tsunami de sanciones económicas ha desacoplado prácticamente a la economía rusa de sus contrapartes occidentales –con excepción de las exportaciones de gas y petróleo–. La Organización del Tratado del Atlántico Norte continúa su expansión y se refuerza cada día –ahora con presupuesto alemán–. Una vez más, tanques germanos disparan contra soldados rusos. El intento de aislar a Moscú alcanza a la mayor parte de los organismos internacionales y la rusofobia ha creado ya, en el imaginario europeo, el fantasma de un enemigo mortal.

Washington decidió repetir una estrategia que, hace 40 años, le rindió evidentes frutos. Sin embargo, la situación no resulta tan sencilla. La guerra en Ucrania no parece favorecer la estrategia estadunidense. La Casa Blanca cometió acaso un error largamente anunciado y muchas veces reiterado: nunca enfrentes a Rusia por tierra. Las tropas rusas ocupan ya el este del país, el ejército de Volodymir Zelensky dista de mostrar la cohesión de los primeros días, las deserciones se multiplican, la emigración de jóvenes es irreversible y la situación económica se ha vuelto más que precaria. Tan sólo el bloqueo de las exportaciones de trigo y del transporte del gas ruso han derrumbado el PIB de Ucrania en 60 por ciento. ¿Cuánto tiempo resistirá Kiev? El ejército ucranio es de leva obligatoria y además los soldados reciben paga. La mayor parte de la población rechaza la invasión, pero no ve en la oligarquía que representa Zelensky una razón necesariamente suficiente para soportar los sacrificios.

Por su parte, Europa ha empezado a dudar de la estrategia del Pentágono. Hoy la mayor parte de sus fuerzas políticas empiezan a orientarse por una solución diplomática. El costo de las sanciones sobre la propia economía europea está causando estragos. ­Washington podría quedar aislado. Lo cierto es que, a diferencia de lo que sucedió en el siglo XX, ya no cuenta ni con la economía ni con los grandes relatos para mantener en marcha a la maquinaria europea. Por lo pronto, ni siquiera puede abastecerla con gas.

La realidad es que la nueva ola de sanciones a Rusia no ha afectado sensiblemente a su economía. Por el contrario, en binomio con China, parece orientarse a una nueva definición de fronteras con Occidente. Tampoco parece intimidarle la posibilidad de un aislamiento prolongado. Ya pasó por eso, ahora tiene otras salidas.

Una nueva guerra fría sería muy distinta a la primera. No estaría entrecruzada por el choque de ideologías, sino por los grandes relatos nacionales –o, si se quiere, nacionalistas–. Pekín no promovería revoluciones ni cambios de régimen, sino tan sólo la expansión de su economía. Y el destino de Rusia es incierto. De facto, las sanciones occidentales expropiaron a su oligarquía, y Putin podría aprovechar la situación para reorientar todo el modelo económico interno. Sin embargo, Occidente provocó un agravio difícil de enmendar: la rusofobia hirió muchos de los hilos más sensibles del actual imaginario ruso. Eso que derribó a la Unión Soviética, las expectativas y los fetiches de la modernidad europea, son hoy vistos, por una parte considerable de la población rusa, como una suma vacía de promesas fatuas.

En realidad, todo depende del desenlace de la guerra en Ucrania. Lo que Estados Unidos ha descubierto es que ya no es capaz de ostentar una hegemonía unipolar. Lo demás son preguntas abiertas.

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El presidente ruso, Vladimir Putin, visitó ayer en un hospital de Moscú, por primera vez, a soldados heridos en la operación militar desplegada desde el 24 de febrero en Ucrania. Foto Afp

 Los puertos ucranios, bloqueados desde la invasión

 

Moscú. El vicecanciller ruso, Andrei Rudenko, aseguró ayer que Rusia está dispuesta a “garantizar un corredor humanitario” a los barcos por el Mar Negro y exigió el fin de las sanciones impuestas por Occidente para evitar una crisis alimentaria mundial debido a la interrupción de las exportaciones ucranias de cereales desde que la ofensiva rusa comenzó, el 24 de febrero.

Rusia y Ucrania suelen representar casi un tercio del suministro mundial de trigo y la falta de exportaciones significativas de grano desde los puertos ucranios está contribuyendo a una creciente crisis alimentaria mundial. Las potencias occidentales debaten la idea de establecer “corredores seguros”, aunque éstos necesitarían el consentimiento de Rusia.

“Hemos dicho varias veces que una solución al problema alimentario requiere un enfoque global que implica sobre todo el fin de las sanciones que se han impuesto contra las exportaciones y transacciones financieras rusas”, señaló Rudenko.

Además, apuntó que se “requiere el desminado por la parte ucrania de todos los puertos donde están anclados los barcos” y garantizó que “Rusia está dispuesta a proporcionar el paso humanitario necesario”.

La agencia de noticias RIA citó a Rudenko diciendo que Rusia estaba en contacto con la Organización de Naciones Unidas sobre este asunto. Los puertos ucranios en el Mar Negro están bloqueados desde la invasión y más de 20 millones de toneladas de grano están atascadas en los silos del país.

El canciller ucranio, Dmytro Kuleba, rechazó la sugerencia de Moscú al asegurar que “no se puede encontrar un ejemplo mejor de chantaje en las relaciones internacionales”.

En un encuentro al margen del Foro Económico Mundial de Davos, Kuleba acusó a la Organización del Tratado del Atlántico Norte de “no estar haciendo literalmente nada” para responder a la invasión rusa de su país, y garantizó que Kiev no tiene “condiciones previas” para reanudar las conversaciones diplomáticas con Rusia para el fin de este conflicto.

Al rechazar el levantamiento de sanciones propuesto por Rudenko, el ministro de Defensa británico, Ben Wallace, afirmó que Rusia debe permitir la salida de los buques cargados con cereales de Ucrania.

Hizo un llamado a Rusia “a hacer lo correcto para mostrar humanidad”, luego de una reunión en Madrid con su homóloga española, Margarita Robles.

El jefe del Centro de Control de Defensa Nacional de Rusia, coronel Mijail Mizintsev, anunció la apertura de corredores humanitarios marítimos, garantizados por las autoridades rusas de 8 a 19 horas (locales), para evacuar barcos extranjeros de los puertos de Jerson, Mikolaev, Chernomorsk, Ochakov, Odesa y Yuzhni, todos en el Mar Negro, mientras en el Mar de Azov atenderá a los de Mariupol.

El alto mando militar, citado por la agencia Interfax, detalló que en el Mar Negro hay unas 70 embarcaciones de 16 países y denunció que el gobierno ucranio “no permite que los barcos salgan a mar abierto”.

El vocero del Ministerio de Defensa de Rusia, mayor general Igor Konashenkov, agregó que el puerto de Mariupol volvió a operar luego de que fue desminado, por lo que zarparon cinco barcos extranjeros.

En el frente bélico, el ejército ruso siguió su avance en el este del país eslavo que enfrenta una situación “en extremo difícil” y un riesgo de destrucción masiva, afirmó el presidente ucranio, Volodymir Zelensky, y lamentó la “falta de unidad” de Occidente para entregar armas a su país.

En tanto, el mandatario ruso, Vladimir Putin, quien visitó por primera vez a soldados heridos en la invasión en un hospital militar de Moscú, dispuso un aumento de 10 por ciento en pensiones y salario mínimo para amortiguar la inflación local.

Putin firmó una orden que permite a los residentes de las regiones de Zaporiyia y Jerson, en el sur de Ucrania, solicitar la ciudadanía rusa mediante un procedimiento acelerado. Pasaportes rusos fueron distribuidos en Mariupol, indicó Petro Andryushchenko, asesor del alcalde del estratégico puerto, Vadim Boychenko.

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Biden advirtió que EE.UU. defenderá a Taiwán si China invade la isla

Para Beijing, Washington "está jugando con fuego" con esas declaraciones

De visita en Japón, el presidente demócrata dio una conferencia conjunta con el primer ministro Fumio Kishida. Ambos abogaron por su "visión común de una región Indo-Pacífica libre y abierta" y acordaron vigilar la actividad naval china. 

El presidente estadounidense, Joe Biden, se comprometió este lunes a defender militarmente Taiwán si China intenta tomar por la fuerza el control de la isla autónoma, ante lo que las autoridades chinas advirtieron que el mandatario está "jugando con fuego".

Biden hizo esas declaraciones en Tokio durante una visita oficial a Japón, donde se reunió con el primer ministro Fumio Kishida. Previamente había visitado Corea del Sur.

Las autoridades estadounidenses califican a Japón y Corea del Sur como ejes de la ofensiva de Washington contra el creciente poderío comercial y militar de China, así como aliados en la alianza occidental para aislar a Rusia tras su agresión contra la vecina Ucrania.

En conferencia de prensa común, Biden y Kishida adoptaron un tono firme ante China y abogaron por su "visión común de (una región) Indo-Pacífica libre y abierta" y acordaron vigilar la actividad naval china en la zona donde Beijing tiene crecientes ambiciones.

Al preguntársele a Biden si Estados Unidos intervendría militarmente contra China en caso de que intentara tomar por la fuerza el control de Taiwán, el presidente respondió: "Es el compromiso que asumimos".

"Estamos de acuerdo con la política de una sola China, y hemos firmado por ella (...) pero la idea de que Taiwán deba ser tomada por la fuerza no es apropiada", agregó.

China considera a Taiwán como una provincia rebelde que debe ser integrada en el país, por la fuerza si fuera necesario.

Horas después, el gobierno chino replicó que Washington está "jugando con fuego" con ese tipo de declaraciones.

Estados Unidos está "usando la 'carta de Taiwán' para contener a China, y se quemará", dijo Zhu Fenglian, una portavoz de la Oficina de Asuntos de Taiwán del Consejo de Estado, a menudo descrito como el gabinete de China, citado por la agencia Xinhua.

Según esa fuente, Zhu "instó a Estados Unidos a dejar de hacer declaraciones o acciones" que violen los principios establecidos entre los dos países.

En este sentido, el secretario de Defensa estadounidense, Lloyd Austin, sostuvo que la "política de una sola China" de Washington hacia Taiwán "no ha cambiado".

"Nadie debería subestimar la firme determinación, la firme voluntad y capacidad del pueblo chino de defender la soberanía nacional y la integridad territorial", recalcó por su parte el portavoz del Ministerio chino de Relaciones Exteriores, Wang Wenbin.

Sobre la guerra en Ucrania

Biden también atacó al gobierno ruso, que "tiene que pagar un precio a largo plazo" por su "barbarie en Ucrania", aludiendo a las duras sanciones impuestas por Washington y sus aliados.

"No se trata solo de Ucrania. Si no se mantienen las sanciones en muchos aspectos, ¿qué señal enviaríamos a China sobre el costo de un intento de tomar de Taiwán por la fuerza?", se preguntó.

El martes, Biden buscará reforzar el liderazgo estadounidense en la región Asia Pacífico en una cumbre con los gobernantes de Australia, India y Japón, el grupo denominado "Quad".

Sin embargo, India ha destacado ahora por su negativa a condenar abiertamente la guerra en Ucrania o a reducir sus intercambios con Rusia. Biden se entrevistará el martes a solas con el primer ministro indio, Narendra Modi.

Nuevo Marco económico 

Durante su intensa jornada, el presidente estadounidense anunció además el lanzamiento de un nuevo marco económico para la región Asia-Pacífico que inicialmente tendrá 13 países miembros, incluyendo a India y Japón, pero sin China.

"Estados Unidos y Japón junto con otros 11 países lanzarán el Marco Económico Indo-Pacífico", dijo Biden sobre el mecanismo, que no será un acuerdo de libre comercio. Este marco prevé la integración en cuatro áreas clave: la economía digital, las cadenas de suministro, las energías verdes y la lucha contra la corrupción.

"Es un compromiso para trabajar con nuestros amigos cercanos y socios en la región, ante desafíos para garantizar la competitividad económica en el siglo XXI", agregó el presidente estadounidense, que dijo considerar el levantamiento de algunas barreras arancelarias para China.

Estados Unidos no tiene mayor interés en regresar a un acuerdo comercial vinculante con Asia luego de que el expresidente Donald Trump se retirara en 2017 de la Alianza Transpacífica.

Biden terminó su día con una cena con Kishida y la esposa del primer ministro en el jardín de un selecto restaurante de Tokio, donde comieron sushi y otras especialidades de la gastronomía tradicional japonesa.

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AMLO no irá a la cumbre si EU excluye países; mandará a Ebrard

Si Estados Unidos no reconsidera e insiste en no convocar a la novena Cumbre de las Américas a todas las naciones del hemisferio, el presidente Andrés Manuel López Obrador no acudirá a la cita, y enviará en su representación a una delegación encabezada por el canciller Marcelo Ebrard.

Así lo informó el mandatario en su conferencia de prensa de ayer a pregunta expresa, debido a que La Casa Blanca –anfitrión de la cumbre que se realizará en junio en Los Ángeles– no contempla la participación de Cuba, Venezuela y Nicaragua (este último ya anunció su desinterés en acudir), naciones con las que tiene diferencias políticas.

De concretarse su inasistencia al foro continental, López Obrador se convertiría en el primer presidente mexicano en tiempos recientes en rechazar una invitación del vecino del norte. "Si se excluye, si no se invita a todos, va a ir una representación del gobierno de México, pero no iría yo", advirtió, aun cuando ya había confirmado su presencia en Los Ángeles.

Descartó que su eventual ausencia en el foro impacte de forma negativa en la relación bilateral México-Estados Unidos o moleste a su homólogo Joe Biden. "Todavía falta para la cumbre y podemos llegar a un acuerdo. Pero sí, tenemos que unirnos todos, buscar la unidad de América".

Sin embargo, horas más tarde de las afirmaciones del mandatario, el embajador de Estados Unidos en México, Ken Salazar, acudió a Palacio Nacional, igual que el canciller Ebrard. Ambos se retiraron sin hacer declaraciones.

En la última llamada telefónica entre López Obrador y Biden –el 29 de abril–, el mexicano le planteó la necesidad de invitar a todas las naciones de la región, a lo que su par estadunidense respondió que lo analizaría. Fuentes de la cancillería dijeron ese día a La Jornada que eso fue motivo de un diferendo entre los dos mandatarios durante esa conversación.

–¿Sería un mensaje de protesta? – se le insistió al Presidente durante la mañanera.

–Sí, porque no quiero que continúe la misma política en América y quiero en los hechos hacer valer la independencia, la soberanía, y manifestarme por la fraternidad universal. No estamos para confrontaciones, sino para hermanarnos, unirnos. Y aunque tengamos diferencias, las podemos resolver cuando menos escuchándonos, dialogando, pero no excluyendo a nadie. Nadie tiene el derecho de excluir.

Para apoyar su posición, López Obrador se acogió a una frase de George Washington: "Las naciones no deben aprovecharse del infortunio de otros pueblos".

Consideró que la negativa a invitar a ciertos países responde al interés de grupos minoritarios en Estados Unidos que "sacan provecho de esa política facciosa, pero eso no es la mayoría del pueblo" estadunidense.

Insistió en su propuesta de la unidad de América y dejar atrás la política "intervencionista" de más de dos siglos.

Subrayó una vez más que el bloqueo económico a Cuba –firmado por el presidente John F. Kennedy en febrero de 1962– "es indebido e inhumano. Es una vileza utilizar una estrategia política de esta naturaleza con propósitos políticos-electorales", expuso.

En cambio, ponderó que en su gira por Centroamérica y Cuba, "la gente nos trató de maravilla", y eso no es un reconocimiento a su gobierno, sino al pueblo mexicano.

Contrastó con la "actitud irresponsable y servil" de Vicente Fox en el episodio del "comes y te vas", para evitar que el comandante Fidel Castro se cruzara en Monterrey con George W. Bush. Y justo en su visita a Cuba, dijo, le informaron que Castro, por su afecto a México, evitó difundir en la isla ese "vergonzoso incidente, porque no quiso que se ofendiera al pueblo de México".

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Lunes, 02 Mayo 2022 05:54

¿Hacia una geoeconomía bipolar?

¿Hacia una geoeconomía bipolar?

El sistema capitalista globalizado está en crisis. Vive una crisis económica, estructural, pero también política, de legitimidad de los estados y de la hegemonía capitalista. El actual conflicto entre Estados Unidos y la OTAN contra Rusia con epicentro en Ucrania, no es la causa sino la consecuencia de la crisis general del capitalismo global. Estados Unidos lucha por mantener la hegemonía intercapitalista, pero existen indicios sobre la inminente desintegración del sistema económico basado en el dólar y su sustitución por un nuevo orden socioeconómico internacional liderado por China, que combina la planificación estratégica centralizada y la economía de mercado, el control estatal sobre la infraestructura monetaria y la participación empresarial privada.

Como ha señalado el economista Michael Hudson, durante más de una generación destacados diplomáticos estadunidenses advirtieron sobre lo que creían representaría la última amenaza exterior del imperio: una alianza de Rusia y China que dominaría Eurasia. La guerra económica, las sanciones y la guerra híbrida de EU contra China y Rusia han terminado uniendo a ambos países, y están empujando a otros a su emergente órbita euroasiática. Lo que a mediano plazo podría configurar una geoeconomía bipolar: "Occidente" vs Eurasia.

Según Sergey Glazyev, miembro de la Academia Rusa de Ciencias y ministro de Integración y Macroeconomía de la Unión Económica de Eurasia, asistimos a un periodo de cambio de patrones tecnológicos y mundiales que siempre va acompañado de crisis económicas estructurales y guerras, respectivamente. El cambio de patrones tecnológicos comienza con un aumento de los precios de la energía, tras el cual las economías de los países desarrollados se sumergen en una depresión prolongada, de la cual se sale por una "tormenta de innovaciones". Durante ese periodo las tensiones político-militares se intensifican y la carrera armamentista impulsa a la economía a entrar en una nueva y larga ola de crecimiento basada en un nuevo orden tecnológico. Glazyev sostiene que hoy ese periodo se está cerrando con el salto de China e India al liderazgo del desarrollo técnico y económico mundial, con base en un nuevo orden tecnológico cuyo núcleo es un complejo de tecnologías nano, bioingeniería, información, digitales, aditivas y cognitivas.

Al mismo tiempo, se transita hacia un sistema alternativo de gestión de desarrollo económico, cuyo núcleo también radica en el sudeste asiático, y como ocurre siempre en esos periodos, apunta Glazyev, la élite dirigente de los países centrales provoca una guerra mundial para intentar mantener la hegemonía intracapitalista global.

En el marco de una estrategia planificada de histerización de la población (rusofobia), en la coyuntura la élite plutocrática y militar estadunidense está desplegando una guerra híbrida informacional-cognitiva y monetaria-financiera contra China y Rusia, para caotizar a ambos países, y también a India.

Michael Hudson y Sergey Glazyev coinciden en que la reciente confiscación (robo) del oro y de 300 mil millones de dólares en reservas extranjeras rusas en cuentas de custodia de los bancos centrales occidentales –como ocurrió antes con Venezuela, Irak, Irán y Afganistán−, junto con el asalto selectivo a las cuentas bancarias de multimillonarios rusos, socavaron el estatus del dólar, el euro, la libra esterlina y el yen como monedas de reserva global, lo que acelerará el desmantelamiento en curso del orden económico global, ya que es poco probable que algún país soberano continúe acumulando reservas en esas monedas, y busque remplazarlas por monedas nacionales y oro, o una nueva moneda de pago digital fundada a través de un acuerdo internacional.

La mayoría de las transacciones entre los países miembros de la Unión Económica de Eurasia ya están denominadas en monedas nacionales y se está produciendo una transición similar en el comercio con China, Irán y Turquía; tendencia que podría incluir a India. En forma paralela se impulsa el desarrollo de un sistema de pago digital no bancario, que estaría ligado al oro y otras materias primas negociadas en bolsa.

La crisis de los precios de la energía y los alimentos –Rusia y Ucrania son grandes exportadores de granos− está afectando a los países del sur global. Pero también a las economías de EU y Europa que tienen que encarar el boicot al gas ruso, y además necesitan cobalto, aluminio, paladio y otras materias primas básicas que podrían ser usadas por el Kremlin como medio de presión para la remodelación de la diplomacia y el comercio mundial.

La estrategia estadunidense de utilizar a Ucrania como cuña entre Rusia y China no ha funcionado. En cambio, el aluvión de sanciones contra Moscú ha tenido el impacto de reforzar la compleja integración integral de las economías rusa y china, que podría fortalecerse con la articulación de la Nueva Ruta de la Seda de Xi Jinping y la Unión Económica Euroasiática impulsada por Putin.

A su vez, como señaló Hudson, la diplomacia de fuerza de EU le ha refregado en la cara a la Unión Europea su "abyecto servilismo", por lo que el próximo enfrentamiento podría producirse dentro de Europa, cuando políticos nacionalistas traten de liderar la ruptura del telón de acero impuesto por la Casa Blanca para encerrar a sus satélites en la dependencia de los suministros estadunidenses de gas licuado con tarifas más altas.

En definitiva, en el marco de la actual fase de "acumulación militarizada" −como la llama William I. Robinson−, que a raíz del suministro masivo de armas a Ucrania dispararon las acciones de megacorporaciones militares y de seguridad estadunidenses como Raytheon, General Dynamics, Lockheed Martin, Northrop Grumman y Boeing, la maniobra del Estado profundo que controla a Joe Biden pudo ser garantizar que Europa contribuya más a la OTAN, compre más material bélico al complejo militar-industrial y se encierre más en la dependencia comercial y monetaria impuesta por EU.

Sin descartar, que como ha ocurrido históricamente con otros presidentes de EU, la administración Biden se involucre directamente en la guerra con fines electorales, o utilice a Polonia y Rumania para desestabilizar más el entorno ucranio.

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Miércoles, 27 Abril 2022 05:27

Rusia le corta el gas a Polonia y Bulgaria

Rusia le corta el gas a Polonia y Bulgaria

Por no pagar en rublos

El grupo ruso Gazprom interrumpirá a partir de este miércoles el suministro de gas a Polonia y Bulgaria, informaron las empresas estatales del sector, la polaca PGNiG y la búlgara Bulgargaz.

Bulgaria

En el caso de Bulgaria, un escueto comunicado de la empresa: "Hoy, 26 de abril, Bulgargaz recibió una notificación de que el suministro de gas natural por parte de Gazprom Export LLC se detendrá a partir del 27 de abril de 2022", según la agencia de noticias Sputnik. La vocera del gobierno búlgaro, Lena Borislavova, aseguró que el suministro de gas en Bulgaria está garantizado y que no hay riesgo para la seguridad energética del país". "Hemos estado preparándonos para tal escenario durante mucho tiempo", agregó.

Polonia

En tanto, el anuncio de la empresa polaca se produjo días después de que expirara el plazo para que Varsovia saldara los pagos por el combustible en moneda rusa. "El 26 de abril de 2022, Gazprom informó PGNiG de su intención de suspender completamente los suministros en el marco del contrato Yamal el 27 de abril", señaló la firma en un comunicado, en el que precisó que Polonia estaba preparada para obtener el gas que falte de otras fuentes. La empresa polaca "rechazó la posibilidad de realizar pagos en rublos rusos desde las cuentas bancarias de PGNiG, que se iban a abrir en Gazprombank", fundado por Gazprom, tal y como lo estipula el decreto del presidente ruso, Vladímir Putin.

El pasado viernes expiró el plazo para que Polonia pagase el gas ruso en rublos, tal como lo exige Moscú desde el pasado 23 de marzo a un grupo de países que considera "hostiles" como respuesta a las sanciones que le fueron impuestas por su invasión de Ucrania.

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La era de los imperialismos continúa. Así lo demuestra Putin

La invasión rusa de Ucrania es una muestra de su imperialismo. Pero el imperialismo es también una estructura del espacio mundial dominada por unos pocos países que se apoyan de forma particular en su poder económico y en sus capacidades militares.

En este espacio mundial, la interacción entre el nuevo ciclo de militarización y la intensificación de la competencia económica es cada vez más intensa. La humanidad se enfrenta, como en las anteriores coyunturas del imperialismo, a los más graves peligros.

La inserción de Rusia en la economía mundial, de Yeltsin a Putin

Rusia entró en una dinámica capitalista tras la desaparición de la URSS, y desde el principio fue la integración en el mercado mundial la que guio las reformas del gobierno de Yeltsin. El desarrollo del «capitalismo de los oligarcas» fue diseñado por economistas estadounidenses y rusos y nunca faltó el apoyo financiero del FMI. Los programas iniciados por el FMI y el Banco Mundial fueron calificados de «terapia de choque» por el profesor de Harvard Jeffrey Sachs, que fue uno de los promotores de la misma [1]. En los países ex «socialistas», estas recetas dieron lugar a lo que Marx llamaba una «acumulación primitiva de capital» basada en los métodos más brutales de puesta en movimiento de la fuerza de trabajo.

La clase dirigente rusa, llamada «oligarquía» pero típicamente capitalista, se formó durante las reformas (perestroika) iniciadas en la URSS por Mijaíl Gorbachov en los años ochenta. Se sumaron a ella los directivos de las fábricas privatizadas en el marco de la «terapia de choque». A finales de los años 90, tres o cuatro grupos de oligarcas dominaban la economía y la política rusas [2]. Habían integrado la economía rusa en la «globalización» tras el ingreso de Rusia en el FMI en 1992. Sin embargo, las dramáticas consecuencias sociales de la acumulación primitiva (disminución de la esperanza de vida, pérdida de derechos sociales, caída de los ingresos, etc.) -como atestiguan, por ejemplo, las huelgas de los mineros del carbón en mayo de 1998, el saqueo organizado de los recursos naturales, el default de la deuda pública rusa en 1998 y la sumisión del gobierno de Yeltsin a la dominación del bloque transatlántico (ver más adelante)- hicieron que fuera sustituido por Putin. La declaración conjunta de Bill Clinton y Boris Yeltsin de 1993, en la que se afirmaba la «unidad dentro del área euroatlántica desde Vancouver hasta Vladivostok», acabó provocando el hundimiento de Rusia y la expansión de la OTAN, calificada ya de «inaceptable» en un documento de seguridad nacional de 1997 [3].

Vladimir Putin llevó a cabo una seria reorganización/depuración del aparato estatal ruso. Su política económica fue reconstruida en torno a un Estado fuerte y se basó en el aparato militar-industrial, la definición de objetivos planificados e incluso algunas renacionalizaciones. Uno de sus asesores, que abandonó Rusia en 2013 en desacuerdo con él y que se convirtió en economista jefe del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD), recuerda que el objetivo de las reformas de la década de 2000 consistía en una mejora radical del clima de negocios con el objetivo de atraer a los inversores extranjeros [4]. En 2011, Rusia se incorporó a la OMC.

Por ello, Vladimir Putin mantuvo el objetivo de integrar a Rusia en la mundialización. No tenía ninguna intención de volver a una especie de «capitalismo en un solo país», parafraseando la visión de Stalin. En 2008, uno de los think tanks estadounidenses más influyentes se congratuló de ello y subrayó que «Rusia forma parte intrínsecamente de la comunidad internacional y utiliza su integración económica [con el mundo, C. S.] para que su economía pueda alcanzar los objetivos fijados». [5] En 2019, el Banco Mundial seguía situando a Rusia en el puesto 31 en su clasificación que indicaba la facilidad para hacer negocios, un puesto por delante de Francia [6]… Desde 2003, este informe anual, basado en 41 criterios y diseñado por economistas neoclásicos reconocidos, ha sido utilizado para justificar la necesidad de desregular y privatizar las infraestructuras y los servicios públicos hasta que estalló el escándalo: algunas clasificaciones estaban falseadas bajo la presión de los gobiernos (sin embargo, Rusia no fue incriminada). ¡Qué descuido! El FMI no se aplicó a sí mismo ni a sus dirigentes las recomendaciones de buena gobernanza que les impone a los pueblos.

Las propias grandes empresas apreciaban las ambiciones económicas de Putin, como afirma el ex director general de BP (la octava empresa del mundo): «Lejos de ser visto como un aprendiz de dictador, Putin era visto como el gran reformador, alguien que haría una buena limpieza. [7] Y por no hacer una larga letanía, citemos al director general de BlackRock, el mayor fondo de inversiones del mundo: «A principios de los años 90, la inserción de Rusia en el sistema financiero mundial fue bien recibida, se conectó con el mercado mundial de capitales y se vinculó fuertemente con Europa Occidental». [8]

En resumen, el gobierno de Putin respaldó íntegramente la expansión del capitalismo en Rusia y su integración en el mercado mundial, pero con la condición de mantener un estricto control sobre su economía y su población.

La política económica tuvo éxito durante algunos años. El PIB y los ingresos de los hogares aumentaron, llegó la inversión extranjera y aumentaron los ingresos por exportaciones. Este boom económico desapareció a finales de la década de 2000. El fuerte crecimiento del PIB (+7% anual entre 1999 y 2008) dio paso a un cuasi estancamiento: entre 2009 y 2020, la tasa de crecimiento del PIB no superó el 1% anual. De hecho, el período de fuerte crecimiento fue el resultado de la acumulación masiva de rentas de petróleo y de gas: entre 1999 y 2008 la producción de petróleo y gas se quintuplicó y su precio se duplicó con creces durante el mismo período. A falta de una amplia diversificación industrial, la economía y las finanzas públicas siguen aún hoy dependiendo estrechamente de las rentas de petróleo y de gas. En 2018, el sector del petróleo y del gas representó el 39% de la producción industrial, el 63% de las exportaciones y el 36% de los ingresos del Estado ruso (fuente: OCDE). Esta adicción a las rentas es tanto más peligrosa cuanto que los precios de estos recursos naturales y su evolución se amplifican en los mercados de productos básicos (materias primas y productos agrícolas) mayoritariamente dominados por la lógica financiera.

La inversión directa del resto del mundo en Rusia (FDI entrante, eFDI, Inversiones extranjeras directas entrantes, por sus siglas en inglés) y de Rusia hacia el resto del mundo (FDI saliente, sFDI, por sus siglas en inglés) a través de adquisiciones de empresas (fusiones y adquisiciones) así como la construcción de nuevos centros de producción son cuidadosamente analizadas por los economistas como emblema de la internacionalización del capital. El gráfico 1 confirma los tres periodos de la IED y la IED rusa: de 1991 a 2000, su derrumbe bajo el mandato de Yeltsin, su fuerte crecimiento entre 2000 y 2008 y desde 2008 su tendencia a la baja, a pesar de un repunte momentáneo (2016-2018)

El objetivo central de Putin era restaurar el peso geopolítico de Rusia en el mundo. Desde el principio de su mandato, reconstruyó una industria de armamento que había quedado destrozada durante los años de Yeltsin. El número de empresas de defensa había caído de 1.800 en 1991 a 500 en 1997 y su producción (militar y civil) se había reducido en un 82% [9]. Putin reorganizó la industria, creó estructuras de exportación centralizadas y mantuvo un fuerte crecimiento del gasto militar tras la crisis de 2008, aumentando mecánicamente su participación en el PIB hasta 2017 (ya que el PIB estaba estancado). El gasto en sistemas de armamento representa alrededor del 62-65% del presupuesto militar (que también incluye los gastos de personal y de funcionamiento), una proporción mucho mayor que en los países desarrollados [10]. Una idea de la sangría de riquezas que esto provoca la da el indicador de gasto militar/PIB: la proporción de los gastos de defensa con respecto al PIB se situaba entre el 4,2 y el 4,5% durante la década de 2010, una cantidad ligeramente superior a la de Estados Unidos.

Putin reforzó así las dos fuerzas motrices -los oligarcas y el aparato militar-industrial- que estructuraron la Rusia postsoviética para restablecer su estatus internacional.

A finales de la década de 2000, la acumulación de dificultades económicas fue acompañada de ambiciones militares cada vez mayores. Cuanto más estancada se encuentra la economía, más caro resulta hacer la guerra. Cuantas más guerras se libran, mayor es la sangría de los sectores productivos, ya sea por la integración de las actividades civiles (automóviles, compañías aéreas, etc.) en los conglomerados de defensa o por la obligación de las empresas mineras y energéticas de comprar parte de sus productos a las empresas de defensa [11]. Hay que añadir que cientos de empresas de defensa rusas, a las que la industria ucraniana suministraba una serie de subsistemas electrónicos hasta la anexión de Crimea en 2014, han tenido que buscar otros proveedores. Por último, la proporción de las ventas de armas rusas en el comercio mundial de armas ha disminuido considerablemente desde 2014.

Resulta muy tentador establecer una relación causal lineal entre la intensificación del militarismo ruso, por un lado, y sus dificultades económicas y el continuo declive de la economía mundial, por otro, sin que el sentido de la causalidad quede claro. De hecho, las interrelaciones existen y se han ido construyendo a lo largo de las décadas anteriores. El desmoronamiento del régimen soviético en la década de 1980 no destruyó el aparato militar-industrial. Tampoco fue barrido por la privatización de empresas decidida por los oligarcas del gobierno de Yeltsin. Putin le devolvió al aparato militar-industrial el poder que había perdido momentáneamente orientándolo hacia el objetivo de restaurar la ‘posición de Rusia en el mundo’.

La invasión de Ucrania es la culminación de un intervencionismo militar que se aceleró durante la década de 2000. Se explica por las profundas transformaciones internas que sufrió Rusia tras la llegada de Putin al poder. Pero la ascensión militar de Rusia se vio también facilitada por las convulsiones en el orden geopolítico y económico internacional que conforman lo que denominé el «momento 2008» y que pusieron fin al período de dominación estadounidense sin precedentes, iniciado con la desaparición de la URSS en 1991. Cuatro grandes acontecimientos resumen estas transformaciones: la crisis financiera de 2008, que debilitó las economías de los países desarrollados y sobre todo de Estados Unidos y la UE; la emergencia de China como potencia geoeconómica; el empantanamiento de los ejércitos estadounidenses en Irak y Afganistán; y la explosión popular (las «primaveras árabes») que sacudió el Magreb y el Oriente Medio. Estas transformaciones del espacio mundial fueron aprovechadas en primer lugar por el imperialismo ruso en su periferia. La guerra en Ucrania es el último eslabón de una cadena de invasiones decididas por Vladimir Putin: en Chechenia (1999-2000), en Georgia para apoyar la independencia de Osetia del Sur y Abjasia (2008), en Ucrania para apoyar la independencia de las regiones de Luhansk y Donetsk y unir Crimea a Rusia (2014) y el envío de tropas para ayudar a reprimir las manifestaciones en Kazajistán (enero de 2022). Vladimir Putin también aprovechó esta nueva situación internacional para consolidar sus posiciones militares en Oriente Medio mediante la intervención del ejército ruso contra el pueblo sirio, que también vivía una «primavera árabe» desde 2011. La intervención rusa se llevó a cabo en nombre del lema consagrado de la «guerra contra el terrorismo». 

¿Un imperialismo multisecular?

El término ‘imperialismo’ resurgió con la invasión rusa de Ucrania. Había desaparecido prácticamente, salvo para los críticos radicales de la política internacional de los Estados Unidos, que en su mayoría prefieren el término ‘imperio’. Sin embargo, los nuevos pensadores del capitalismo ya lo habían utilizado después de los atentados del 11 de septiembre. Robert Cooper, asesor diplomático de Tony Blair y luego de Javier Solana, Alto Representante de la UE para la Política de Defensa y Seguridad, resumió el estado de ánimo imperante al hablar de la necesidad de un ‘imperialismo liberal’ capaz de hacer la guerra a esa otra parte de la humanidad que él llamaba los ‘bárbaros’. El imperialismo ‘liberal’ y ‘humanitario’ era la ‘misión del hombre occidental’ en la era de la globalización. Las guerras de Afganistán, Irak y Libia constituyen sus sangrientos estandartes.

La mayor parte de los comentaristas utilizan hoy el término imperialismo en un sentido completamente diferente al de hace veinte años para justificar el comportamiento de los Estados Unidos y de Occidente. Hoy, el imperialismo ruso describe una invasión que reactiva el uso directo de la fuerza armada para conquistar nuevos territorios y, según estos mismos comentaristas, la guerra en Ucrania forma parte de una tradición rusa multisecular. Un influyente think-tank estadounidense cita una declaración de Catalina II, hecha en 1772, para establecer una «continuidad directa con los dos imperios rusos: el primero bajo los zares Romanov (1727-1917) y el segundo con la URSS» [12]. Un comentarista francés experimentado señala que «su actual zar, Vladimir Putin» persigue las ambiciones imperiales del Imperio ruso y lanza la siguiente pregunta: «Vladimir Putin, ¿hacia un nuevo imperialismo ruso?» [13].

Estos atajos transhistóricos tienen muy poca importancia analítica. Por supuesto, la historia es esencial para explicar el presente, pero no es suficiente. ¿Quién podría conformarse con un análisis que explicara el redespliegue del ejército francés en el Sahel tras su salida de Malí en 2022 a través de la promulgación por Luis XIV del Código Negro [Code Noir] que legalizaba la esclavitud en 1685? Y lo que es más importante, la afirmación de la inmutabilidad del imperialismo ruso no menciona la ruptura, muy temporal pero profunda, que tuvo lugar al principio del régimen soviético [14]. El presidente ruso también reprocha violentamente a la «Rusia bolchevique y comunista» el hecho de haber apoyado el derecho del pueblo ucraniano (pero también el de los pueblos de Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Georgia, etc.) a la autodeterminación. Es cierto que ya en 1914, Lenin había declarado: «Ucrania se ha convertido para Rusia en lo que Irlanda era para Inglaterra: explotada hasta el extremo, no recibe nada a cambio. Así, los intereses del proletariado mundial en general y del proletariado ruso en particular exigen que Ucrania recupere su independencia estatal.» [15] A Lenin le preocupaba sobremanera el comportamiento de Stalin en la cuestión de las nacionalidades, y entendió lo que podía poner en práctica. Uno de sus últimos escritos antes de su muerte lo advertía: «Una cosa es la necesidad de un frente, todos juntos, contra los imperialistas occidentales, defensores del mundo capitalista. […] Otra cosa es comprometernos, incluso en cuestiones de detalle, en las relaciones imperialistas con respecto a las nacionalidades oprimidas, despertando así la sospecha sobre la sinceridad de nuestros principios, sobre nuestra justificación de principios de la lucha contra el imperialismo [16]. Trotsky también se enfrentó al exterminio del pueblo ucraniano por parte de Stalin, exigiendo «el derecho a la autodeterminación nacional [que] es, por supuesto, un principio democrático y no socialista» y reivindicó una Ucrania independiente contra «el saqueo y el dominio arbitrario de la burocracia»[17].

Sin dudas, el recurso a la historia es algo útil, pero con la condición de que no sustituya al análisis concreto [18].

Los imperialismos contemporáneos

El planeta no se parece al ‘gran mercado’ imaginado por las teorías económicas dominantes. Constituye un espacio global en el que la dinámica de la acumulación de capital interactúa permanentemente con la organización del sistema internacional de los Estados. Una vez más, debemos recordar que el capital es una relación social que se construye políticamente en torno a los Estados ‘soberanos’ y que se despliega en territorios definidos por las fronteras nacionales. Es cierto que las medidas de desregulación han permitido que el capital monetario de préstamo circule en los mercados financieros internacionales, pero su valorización depredadora depende, en última instancia, de la acumulación productiva que sigue siendo la base de la creación de valor y que, por definición, está territorializada. La tendencia del ‘capital a crear el mercado mundial’ que Marx y Engels ya analizaron a mediados del siglo XIX no ha abolido las fronteras nacionales, y menos aún las rivalidades económicas y políticas que resultan de ellas.

En consecuencia, el espacio mundial es muy desigual y está jerarquizado según el peso de los países. El estatus internacional de un país depende de los resultados de su economía -lo que los economistas llaman su competitividad internacional- y de sus capacidades militares. En regla general, los mismos países se encuentran en las jerarquías mundiales de las potencias económicas y militares. Podemos entonces definir como imperialistas a aquellos pocos países que dirigen el funcionamiento del sistema internacional de Estados en su beneficio -en el seno de las instituciones internacionales y a través de acuerdos bi o multilaterales- y que capturan parte del valor creado en otros países. Los economistas marxistas proponen, con diferentes métodos de cálculo, una evaluación de la cantidad de transferencias de valor a los países dominantes. Por ejemplo, Guglielmo Carchedi y Michael Roberts calculan que estas transferencias han pasado de 100.000 millones de dólares (constantes) al año en la década de 1970 a 540.000 millones (constantes) en la actualidad [19].

Sin embargo, el comportamiento de los países imperialistas no es uniforme y las diferencias radican en la forma en que combinan sus resultados económicos con sus capacidades militares. Rusia moviliza sus capacidades militares de forma masiva para defender su estatus global frente a EE.UU. y la OTAN, y lo hace tanto más cuanto más se deterioran sus resultados económicos (véase más arriba). Sus guerras de conquista territorial recuerdan a las guerras de colonización de los países europeos antes de 1914. Sin embargo, los efectos positivos que tuvieron en los países capitalistas europeos no se ven hoy en día, aunque algunos sostienen que el objetivo de Vladimir Putin es permitir que Rusia se quede con los recursos naturales de Ucrania (gas, petróleo, hierro, uranio, cereales, algunos materiales esenciales para la fabricación de componentes electrónicos) [20] y la ampliación de su acceso al Mar Negro.

Sin embargo, el imperialismo contemporáneo no puede ya reducirse en la actualidad a la conquista armada y la colonización que antes de 1914. La capacidad de un país para captar una parte del valor creado en el mundo revela también una estructura del espacio mundial dominada por los imperialismos. Alemania es un claro ejemplo de ello y está en el extremo opuesto a Rusia. El país tiene todo para ganar a través de la expansión y apertura de la economía mundial, de la que obtiene grandes ingresos, comportamiento que se resume en la fórmula que suele utilizar el personal político de ese país: ‘cambio (de régimen) a través del comercio’.

Los Estados Unidos son un caso especial y único en muchos sentidos. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, junto con los países de Europa Occidental, creó un «bloque transatlántico» contra la URSS y China, basado en un trípode sólido: una creciente integración económica del capital financiero e industrial, una alianza militar (OTAN) y una comunidad de valores que combina economía de mercado, democracia y paz. Estados Unidos ha formado alianzas en la región de Asia-Pacífico basadas en el mismo trípode (Japón y ANZUS, que reúne a Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos). Así, el bloque transatlántico puede considerarse no sólo como América del Norte y Europa, sino como un espacio geoeconómico que incluye algunos países de la zona Asia-Pacífico.

La superioridad militar de Estados Unidos es innegable. Estados Unidos representa el 40% del gasto militar mundial, lo que representa un poco más que el total combinado de los 9 países que le siguen. Un investigador estadounidense calcula que hay cerca de 800 bases militares en más de 70 países, con un costo de 85.000 a 100.000 millones de dólares al año (aproximadamente el doble de todo el presupuesto anual de defensa de Francia) [21]. Esta supremacía militar, que tiene su origen en la Segunda Guerra Mundial, ha descartado de manera definitiva la transformación de la competencia económica en conflicto armado dentro del bloque transatlántico. La brecha en las capacidades militares entre Estados Unidos y los demás países aumentará aún más como resultado de la guerra en Ucrania. La administración Biden anunció un aumento del presupuesto militar nunca visto en varias décadas, que alcanzará los 813.000 millones de dólares en 2023.

Francia, al igual que Estados Unidos, se caracteriza por un posicionamiento internacional que combina estrechamente la presencia económica y las capacidades militares, pero se entiende que no compite en la misma división que Estados Unidos. Su condición de potencia nuclear la mantiene como potencia mundial, pero en el nuevo entorno internacional posterior a 2008, las intervenciones de sus cuerpos expedicionarios en África -cuyo estancamiento es cada vez más evidente- ya no son suficientes para ocultar el debilitamiento de su peso económico en el mundo.

La mundialización armada

La invasión rusa de Ucrania echó por tierra el mito de la ‘mundialización pacífica’ que parecía respaldada por la integración de Rusia en la economía mundial tras la desaparición de la URSS. Este mito del capitalismo pacífico fue difundido por los economistas dominantes que explicaban que la paz sería el resultado de la extensión de la economía de mercado, ya que el mercado logra la síntesis de las voluntades individuales de agentes libres y soberanos. Agregaban también que la paz saldría reforzada con el crecimiento del comercio y de los intercambios financieros entre las naciones, ya que la interdependencia económica reduce los impulsos bélicos [22].  Los politólogos de la corriente dominante complementaron la nueva ortodoxia añadiendo que la difusión de la democracia tras la desaparición de la URSS mejoraría la paz entre las naciones. Thomas Friedman, un reputado columnista del New York Times, tradujo la nueva ortodoxia en términos populares: «dos países que tienen restaurantes McDonald’s no van a la guerra» [23] porque comparten una visión común. ¿Se habrá traducido al ruso su libro? En cualquier caso, la presencia en 2022 de 850 restaurantes en Rusia que emplean a 65.000 personas no fue suficiente para convencer a Putin [24].

Había llegado la hora del «fin de la historia» anunciado por Francis Fukuyama, y los economistas y politólogos nos proponían una economía política de la globalización en formato PDF (Peace-Democracy-Free markets: Paz-Democracia-Libertad de Mercados). En realidad, el periodo abierto por la destrucción del Muro de Berlín tenía todos los ingredientes de una mundialización armada [25]. Sin duda, la atención puesta actualmente en Europa respecto a la guerra de Rusia contra Ucrania no debería esconder el panorama general. Desde 1991, los conflictos armados han proliferado: en 2020, el Instituto UDCP/PRIO contabilizó 34 conflictos armados en el mundo. Se calcula que el 90% de los muertos en las guerras de los años 90 fueron civiles. En el año 2000, las Naciones Unidas contabilizaron 18 millones de refugiados y desplazados internos, pero en 2020 fueron 67 millones. La mayoría de esos conflictos armados tienen lugar en África y, dado que se producen entre facciones dentro de los países, han sido calificados como ‘guerras civiles’, ‘guerras étnicas’, etc. Por ello, los principales pensadores, especialmente los del Banco Mundial, los atribuían a la mala gobernanza interna de estos países. Pero es todo lo contrario. Las guerras ‘locales’ no son enclaves en un mundo conectado, sino que se integran a través de múltiples canales en la ‘globalización-realmente existente’ [26]. El saqueo de los recursos que enriquece a las élites locales y a los ‘señores de la guerra’ alimenta las cadenas de suministro globales construidas por los grandes grupos industriales. Un ejemplo que se cita a menudo es el del coltán/tántalo en la República Democrática del Congo, comprado por las grandes empresas de la economía digital. Otros canales vinculan estas guerras a los mercados de los países desarrollados. Las élites gubernamentales, generalmente apoyadas por los gobiernos de los países desarrollados, que las legitiman como miembros de la ‘comunidad internacional’ (ONU), reciclan a través de las instituciones financieras europeas y los paraísos fiscales sus inmensas fortunas acumuladas en estas guerras y mediante la opresión de sus pueblos.

También ha habido guerras en nombre del ‘imperialismo liberal’. Estados Unidos se encargó de dirigir las operaciones con el apoyo de la OTAN. Por lo general, obtuvo una autorización del Consejo de Seguridad de la ONU -una excepción notoria fue la de la guerra en Irak en 2003-, si bien ha ido más allá de lo permitido por el mandato, como en Serbia (1999) y Libia (2011). Por último, siguen existiendo conflictos a gran escala en zonas donde hay países que aspiran a un papel regional (India, Pakistán) y en Oriente Medio (Irán, Israel, monarquías petroleras, Turquía).

El mundo contemporáneo se enfrenta así a cuatro tipos de guerras: las guerras de Putin, las ‘guerras por los recursos’, las guerras del ‘imperialismo liberal’ y los conflictos armados regionales. En conjunto, confirman que el espacio mundial está fracturado por rivalidades económicas y político-militares que involucran en primer lugar a las grandes potencias.

La economía continuación de la guerra por otros medios

Las guerras no son la única característica del período contemporáneo. Desde 2008, las interferencias entre la competencia económica y las rivalidades geopolíticas son más intensas. Los grandes países no solo movilizan medios ‘civiles’, como los medios de comunicación y el ciberespacio con fines militares en las llamadas guerras ‘híbridas’. Transforman los intercambios económicos en un terreno de confrontaciones geopolíticas, lo que conduce a una “militarización del comercio internacional” (weaponization of trade) [27]. Por tanto, podríamos invertir la fórmula de Clausewitz diciendo que, más que nunca, «la competencia económica es la continuación de la guerra por otros medios». En concreto, los países del G20 que son los más poderosos han incrementado seriamente las barreras proteccionistas y, para aparentar no derogar las reglas liberales controladas por la OMC, lo hacen invocando razones de seguridad nacional que siguen siendo en principio un asunto soberano. de las naciones [28]. La pandemia ha ampliado esta militarización del comercio internacional.

Las sanciones económicas, a menudo utilizadas por los países occidentales, especialmente contra Rusia desde la anexión de Crimea en 2014, pero también por las administraciones de Trump y Biden contra China, acentúan igualmente la “militarización del comercio internacional”. Se invocan preocupaciones militares y de seguridad nacional, mientras que muy a menudo el objetivo de las sanciones adoptadas por los gobiernos de los países occidentales es apoyar a sus grupos principales y proteger sus industrias, incluso contra otros países occidentales.

Las sanciones que ahora se están tomando contra Rusia, y que además se presentan como un sustituto de una imposible intervención militar directa de la OTAN, constituyen sin embargo un salto cualitativo. Son de una amplitud sin precedentes ya que, según Joe Biden, están «destinadas a poner de rodillas a Rusia por muchos años». Su objetivo es reenfocar la economía mundial en el bloque transatlántico con consecuencias más que inciertas (ver más abajo).

Las guerras y la “militarización del comercio” conviven así hoy con la interdependencia económica que produce la globalización. No es realmente una cosa nueva. La corta distancia que separaba la economía de la geopolítica ya era una característica importante del mundo de antes de 1914 y los marxistas la convirtieron en un elemento clave del imperialismo [29]. Menos conocida que la dada por Lenin en El imperialismo, la etapa suprema del capitalismo [30], la definición de Rosa Luxemburg «El imperialismo es la expresión política del proceso de acumulación capitalista» [31] enfatiza esta interacción entre economía y política, la disociación imposible entre la competencia entre capitales y las rivalidades militares. Los marxistas ya analizaban el imperialismo como una estructura global de cooperación y rivalidad entre capitales y entre Estados. Una ilusión retrospectiva hace olvidar que antes de 1914, las economías de los países europeos ya estaban profundamente integradas, y esto era incluso el caso de Francia y Alemania, que sin embargo se preparaban para ir a la guerra [32]. Hoy, su cooperación pasa por la existencia de organismos económicos internacionales como el FMI y el Banco Mundial que coordinan y apoyan medidas favorables al capital (las políticas “neoliberales”). La convergencia de las políticas gubernamentales contra las y los explotados de los países imperialistas tiene como trasfondo común el hecho de que “los burgueses de todos los países confraternizan y se unen contra los proletarios de todos los países, a pesar de sus luchas mutuas y de su competencia en el mercado mundial” [33].

Podemos incluso aplicar esta dialéctica cooperación/rivalidad al dominio geopolítico. Al día siguiente de la adopción del Tratado para la Proscripción de las Armas Nucleares en 2017 en la ONU por una imponente mayoría de países, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad -China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia- emitieron una declaración conjunta: “Nuestros países nunca firmarán ni ratificarán este tratado, que no establece nuevas normas”. Así, los gobiernos de estos países, que por otra parte exhiben una peligrosa rivalidad para los pueblos, presentan un frente unido para mantener sus mortíferos privilegios.

El certificado de defunción de los análisis marxistas del imperialismo como un espacio global de interdependencia económica y rivalidad geopolítica ha sido proclamado a menudo desde 1945 debido al fin de la guerra entre las grandes potencias. Es cierto que dos factores modificaron profundamente la relación entre economía y guerra después de la Segunda Guerra Mundial. Por un lado, el arma nuclear ha disuadido a los países que la poseen, desde su uso contra el pueblo japonés, de convertir sus rivalidades económicas y geopolíticas en confrontaciones armadas. El riesgo de una conflagración nuclear también ha sido un argumento utilizado por Estados Unidos y la UE para rechazar cualquier intervención directa en Ucrania. Por otro lado, la supremacía económica y militar de Estados Unidos sobre los demás países capitalistas desarrollados de Europa y Asia ha prohibido cualquier uso de la herramienta militar como solución de disputas dentro del mundo “occidental”. Este término suele utilizarse como sinónimo de ‘mundo libre’, por lo que también incluye países asiáticos.

Estas dos grandes características son ciertamente parte de la coyuntura histórica resultante de la Segunda Guerra Mundial, pero más bien nos invitan a actualizar los aportes de las teorías del imperialismo que a decretar su obsolescencia.

La fragmentación geopolítica del mercado mundial en el orden del día

La guerra en Ucrania ya tiene dos consecuencias principales: el deseo de los Estados Unidos de fortalecer la cohesión del bloque transatlántico en su beneficio y la fragmentación del espacio mundial bajo los efectos combinados y potencialmente devastadores del proteccionismo económico y los conflictos armados. Durante una intervención sobre la guerra en Ucrania ante la asociación de líderes de los principales grupos estadounidenses, el presidente Biden recordó que «todos somos capitalistas en esta sala». Dijo que la guerra en Ucrania marca un «punto de inflexión en la economía global, e incluso en el mundo, como sucede cada tres o cuatro generaciones». Añadió que «Estados Unidos debe liderar el nuevo orden mundial uniendo al mundo libre», en otras palabras, soldar el bloque transatlántico con más fuerza.[34]

No cabe duda de que el nuevo orden mundial está dirigido contra China, que sigue siendo la principal amenaza geopolítica y económica para los Estados Unidos. Por lo tanto, la Administración Biden sigue esencialmente la política de Donald Trump contra China. Los países europeos ya habían expresado su acuerdo con la posición de los Estados Unidos en un documento publicado en 2020 «Una nueva agenda transatlántica para una cooperación mundial basada en valores comunes, intereses (sic) e influencia mundial». El documento europeo designa a China como «un rival sistémico» y observa que «Estados Unidos y la UE, como sociedades democráticas y economías de mercado, están de acuerdo en el desafío estratégico lanzado por China, aunque no siempre estén de acuerdo en la mejor manera de abordarlo» [35]. La OTAN también declaró a finales de marzo de 2022 que China plantea «un desafío sistémico» al negarse a cumplir con las normas de derecho que sustentan el orden internacional.

La Administración Biden tiene la intención de consolidar la dominación estadounidense sobre el bloque transatlántico que el mandato de Trump había más bien debilitado. En el plano militar, no hay duda de ello. En esta guerra que tiene lugar en Europa, se demuestra que los avances en defensa de los países de la UE solo pueden tener lugar bajo la dominación estadounidense. Por el momento, la OTAN está fortaleciendo su unidad, desmintiendo el comentario de Emmanuel Macron sobre su «estado de muerte cerebral».

El fortalecimiento del liderazgo económico sobre sus aliados es un objetivo aún más importante de la Administración de los Estados Unidos. Pues la guerra no eliminará la competencia económica dentro del propio bloque transatlántico, más bien la exacerbará. Las sanciones económicas contra Rusia provocan efectos negativos menos violentos en los Estados Unidos que en Europa, donde Alemania sigue siendo el principal competidor de los Estados Unidos. Donald Trump incluso lo había convertido en un objetivo casi tan importante como China. El presidente Biden procede de otra forma, pero ha obtenido de Alemania lo que ha estado pidiendo en vano desde su elección: el freno definitivo del funcionamiento del gasoducto Nord Stream 2 y el fin del aprovisionamiento de gas ruso, lo que plantea un desafío a corto y tal vez a medio plazo para Alemania.

La fragmentación del espacio mundial ya está muy avanzada con las medidas contra Rusia adoptadas por los Estados Unidos y sus aliados. Se han tomado dos medidas muy importantes: la exclusión de parte de los bancos rusos del sistema de pago internacional SWIFT, al que pertenecen más de 11 000 instituciones financieras y cuyo centro de datos se encuentra en Virginia (Estados Unidos), y la prohibición de aceptar dólares en poder del Banco Central de Rusia. Por lo tanto, los Estados Unidos utilizan una vez más el activo político que constituye la emisión de la moneda internacional utilizada en los pagos internacionales y que en 2022 representa alrededor del 60 % (en comparación con el 70 % en 2000) de las reservas en poder del conjunto de los bancos centrales.

Sin embargo, esta medida es de doble filo: debilita la capacidad financiera de Rusia, pero también presenta un riesgo para los Estados Unidos. En primer lugar, a nivel técnico, los economistas observan que la tenencia de dólares se basa en las garantías ofrecidas por la Reserva Federal (el banco central de los Estados Unidos) y, por lo tanto, en la confianza en una posibilidad ilimitada de utilizar la moneda estadounidense como medio de pago. Sin embargo, la Administración de los Estados Unidos confirma al congelar los activos en dólares en poder del Banco Central de Rusia que sus propios intereses estratégicos prevalecen sobre el respeto del correcto funcionamiento de la moneda internacional. Luego, en el plano político, esta medida unilateral acelerará la búsqueda de soluciones alternativas al dólar. China estableció un sistema de pago internacional basado en el renminbi en 2015, que sigue siendo de uso limitado, pero podría utilizarse para eludir el dólar. En resumen, la «militarización del dólar», según la expresión del Financial Times [36], va a amplificar los enfrentamientos geopolíticos. Porque Estados Unidos ya no se encuentra en la situación hegemónica de posguerra que le permitió imponer, incluso a sus aliados europeos, un sistema monetario internacional, materializado en los Acuerdos de Bretton Woods en 1944, en el que «el dólar es tan bueno como el oro». El «momento 2008» reveló una configuración de las relaciones de poder económico completamente diferente a la de la de la posguerra. La guerra en Ucrania ya revela los juegos geopolíticos que están funcionando. Los esfuerzos de la Administración Biden por constituir un frente común del «mundo libre» erigido contra los regímenes autoritarios se enfrentan a dificultades ya que la India, «la democracia más grande del mundo», e Israel, a la que los medios de comunicación occidentales llaman la «única democracia en Oriente Medio» [37], mantienen sus relaciones con Rusia.

Un analista financiero muy escuchado explica que «las guerras a menudo ponen fin a la dominación de una moneda y dan lugar a un nuevo sistema monetario». En consecuencia, augura un nuevo sistema de Bretton Woods porque «cuando la crisis (y la guerra) terminen, el dólar estadounidense debería ser más débil y, por otro lado, el renminbi, apoyado por una cesta de divisas, podría ser más poderoso». [38]

La guerra en Ucrania y el deseo de la Administración Biden de consolidar el bloque transatlántico amplificarán la fragmentación del espacio global, y los discursos sobre la «desglobalización» que han surgido desde la crisis de 2008 se están multiplicando [39]. Tras la crisis financiera de 2008, el comercio internacional se estancó. Luego, la crisis sanitaria puso de relieve la fragilidad de la forma en que se internacionaliza el capital. Ha causado un aumento del proteccionismo que ha llevado a interrupciones del suministro dentro de las cadenas de valor construidas por los principales grupos mundiales, así como a la reubicación de las actividades de producción basadas en criterios geopolíticos y la seguridad del acceso a los recursos. Sin embargo, el capital necesita el espacio mundial más que nunca para aumentar la masa de valor producida, pero sobre todo la parte que es apropiada por el capital, a la que Marx llama plusvalía. Desde este punto de vista, la crisis que comenzó en 2008 no se ha superado realmente y lo es tanto menos, ya que las sangrías operadas sobre el valor por el capital financiero nunca han sido más fuertes.

Por lo tanto, los impulsos que impulsan la dinámica del capital para abrirse constantemente nuevos mercados están muy presentes, pero están enredados con las rivalidades nacionales, que resultan de la competencia entre los capitales controlados por grandes grupos financiero-industriales. Sin embargo estos siguen siendo, a pesar de todos los discursos radicales sobre el «capitalismo global» y la emergencia de una «clase capitalista transnacional», adosados a su territorio de origen, del que siguen obteniendo una gran parte de sus ganancias gracias a las instituciones estatales que les garantizan las condiciones sociopolíticas para la acumulación exitosa de su capital.

La agresión imperialista de Rusia actúa como un precipitado químico porque acelera las tendencias que ya están funcionando. La competencia económica entre los capitales de los bloques y las alianzas de países se transforma por un deslizamiento continuo en un enfrentamiento armado. Y ya está produciendo consecuencias sociales mortíferas en docenas de países del sur que son dependientes de las grandes potencias.

Los pretextos

Algunos análisis críticos del capitalismo todavía reservan el término imperialismo solo a los Estados Unidos. Sus autores no parecen saber contar más allá del número uno y exoneran a la Rusia de Putin de este calificativo. La fijación en el «monoimperialismo» estadounidense no puede justificarse por el hecho de que «los enemigos de mis enemigos son mis amigos».

Observar la existencia de una arquitectura internacional basada en rivalidades interimperialistas, como ha hecho este artículo, no exime de un análisis concreto de la guerra en Ucrania, y menos aún justifica la intervención del ejército ruso. El derecho de los pueblos a su libre disposición debería ser el hilo conductor de todas las personas que se reclaman del antiimperialismo [40]. El apoyo al pueblo ucraniano se convierte entonces en una demanda obvia, sin tener que limitar las críticas a la invasión rusa con consignas como «no a la guerra» ni hablar de «guerra ruso-ucraniana», formulaciones que en realidad enmascaran la diferencia entre el país agresor y el país atacado. El pueblo ucraniano es una víctima y la solidaridad internacional es esencial [41].

Quienes en las filas de la izquierda se niegan a condenar la agresión rusa afirman que Rusia está amenazada por los ejércitos de la OTAN estacionados en sus fronteras y que está librando una «guerra defensiva». Es indiscutible que la OTAN amplió su base después de la desaparición de la URSS e integró a la mayoría de los países de Europa Central y Oriental en este bloque económico-militar. Hay que lamentarlo, pero esta extensión se vio facilitada por el efecto repulsivo ejercido sobre los pueblos de los países orientales por los regímenes sometidos a Moscú que combinan la opresión económica y la represión de las libertades. Estos pueblos experimentaron el «socialismo de los tanques» que la URSS neoestalinista y sus satélites implementaron en Berlín Oriental (1953), Budapest (1956) y Praga (1968) y Polonia (1981).

Además, el argumento de la amenaza de la OTAN es obviamente reversible: los países cercanos a Rusia pueden temer las armas rusas. El óblast ruso de Kaliningrado (un millón de habitantes, anteriormente la ciudad alemana de Königsberg), situada en el Mar Báltico y a varios cientos de kilómetros de Rusia, tiene fronteras comunes con Polonia y Lituania. Este exclave ruso es el hogar de grandes fuerzas armadas, equipadas con misiles nucleares tácticos, misiles tierra-mar y tierra-aire.

Por lo tanto, no podemos detenernos ante las amenazas recíprocas entre las grandes potencias, ya que han sido desde finales del siglo XIX la base del militarismo y su «carrera de armamentos». En el contexto de sus rivalidades interimperialistas, algunos países eran agresores y otros estaban en posición defensiva. Los roles también eran intercambiables, lo que explicaba por qué quienes se reclamaban del internacionalismo se negaban a apoyar a uno de los dos bandos opuestos. Sin embargo, la guerra en Ucrania no es una guerra entre potencias imperialistas, sino que es librada por el imperialismo contra un pueblo soberano. Es la negación absoluta del derecho de los pueblos a la autodeterminación, a menos que, por supuesto, consideren que el pueblo ucraniano no existe.

El abandono de un análisis basado en la soberanía popular conduce a una reificación del estado y, en la situación actual, a considerar que Vladimir Putin tiene razón, ya que se siente amenazado, incluso «humillado» por la extensión de la OTAN. Esta posición legitima el establecimiento por parte de Rusia de un «cordón sanitario» que pasa por la anexión de Ucrania, considerada, siguiendo a Stalin y Putin, como una provincia de la Gran Rusia. Esta posición, bajo el disfraz del antiimperialismo estadounidense, se une a la llamada corriente «realista» de las relaciones internacionales. Ésta analiza el mundo a través del prisma de los estados racionales que defienden sus intereses, de ahí el hecho de que «en un mundo ideal, sería maravilloso que los ucranianos fueran libres de elegir su propio sistema político y política exterior», pero que «cuando tienes una gran potencia como Rusia a tu puerta, debes tener cuidado» [42]. En el mundo de estas teorías «realistas», no existen las «realidades» del derecho de los pueblos a la autodeterminación o la solidaridad internacional de las clases explotadas y oprimidas.

A la espera del advenimiento del «mundo ideal», la tarea inmediata es denunciar la guerra de Rusia en Ucrania y los peligros extremos que la prosecución de las rivalidades interimperialistas hace correr a la humanidad.

Por Claude Serfati | 21/04/2022

Claude Serfati, economista, investigador del IRES (Instituto de Investigación Económica y Social). Su próximo libro,  L’Etat radicalisé. La France à l’ère de la mondialisation armée (El estado radicalizado. Francia en la era de la globalización armada) será publicada por las ediciones La Fabrique a principios de octubre de 2022.

Notas

[1] https://www.jeffsachs.org/newspaper-articles/zw4rmjwsy4hb9ygw37npgs97bmn9b9

[2]  Nesvetailova Anastasia (2005), « Globalization and Post-Soviet Capitalism: Internalizing Neoliberalism in Russia”, In Internalizing Globalization. Palgrave Macmillan, London, 2005. p. 238-254.

[3] Jakob Hedenskog and Gudrun Persson, “Russian security policy”, en FOI Russian Military Capability in a Ten-Year Perspective – 2019, diciembre 2019, Stockholm.

[4] Sergey Guriyev, “20 Years of Vladimir Putin: The Transformation of the Economy”, Moscow Times, 16 de agosto de 2019.

[5] https://www.csis.org/analysis/russias-2020-strategic-economic-goals-and-role-international-integration

[6] https://www.doingbusiness.org/content/dam/doingBusiness/media/Annual-Reports/English/DB2019-report_web-version.pdf

[7] Tom Wilson, “Oligarchs, power and profits: the history of BP in Russia”, Financial Times, 24 ars 2022.

[8]  “To our shareholders”,  24 de marzo de 2022.

[9] Alexei G. Arbatov, “Military Reform in Russia: Dilemmas, Obstacles, and Prospects,” International Security, vol. 22, no. 4 (1998).

[10] Westerlund Fredrik Oxenstierna Susanne (Sous la direction de), “Russian Military Capability in a Ten-Year Perspective – 2019”, FOI-R–4758—SE, diciembre 2019.

[11] Pavel Luzin, 1 avril, 2019, https://www.wilsoncenter.org/blog-post/the-inner-workings-rostec-russias-military-industrial-behemoth

[12] Lukasz Adamski, “Vladimir Putin’s Ukraine playbook echoes the traditional tactics of Russian imperialism”, 3 de febrero de 2022, https://www.atlanticcouncil.org/blogs/ukrainealert/vladimir-putins-ukraine-playbook-echoes-the-traditional-tactics-of-russian-imperialism/   

[13] Dominique Moïsi, https://www.institutmontaigne.org/blog/vladimir-poutine-en-marche-vers-un-nouvel-imperialisme-russe?_wrapper_format=html

[14] Sobre la distancia entre los objetivos fijados por Lenín y la realización de la “sovietización” de los países no rusos, ver  Zbigniew Marcin Kowalewski, “Impérialisme russe”,  Inprecor, N° 609-610 octobre-décembre 2014, http://www.inprecor.fr/~1750c9878d8be84a4d7fb58c~/article-Imp%C3%A9rialisme-russe?id=1686

[15] Citado por Rohini Hensman en Les cahiers de l’antidote, « Spécial Ukraine », n°1, 1° de marzo de 2022, Edition Syllepse.

[16] La cuestión de las nacionalidades o de la “autonomía”, 31 de diciembre de 1922, https://www.marxists.org/francais/lenin/works/1922/12/vil19221231.htm#note1  

[17] La independiencia de Ucrania y los borradores sectarios, 30 de julio de 1939, https://www.marxists.org/francais/trotsky/oeuvres/1939/07/lt19390730.htm#sdfootnote8anc

[18] Sobre la toma en cuenta de esta dimensión, ver el artículo de Denis Paillard, Legado imperial: Putin y el nacionalismo de una gran Rusia.  https://vientosur.info/legado-imperial-putin-y-el-nacionalismo-de-una-gran-rusia/

[19] https://thenextrecession.wordpress.com/2021/09/30/iippe-2021-imperialism-china-and-finance/ Los autores se interesan solo por las dimensiones económicas del imperialismo.

[20] Jason Kirby, “In taking Ukraine, Putin would gain a strategic commodities powerhouse” (La toma de Ucrania ofrecería a Putin recursos de materias primas estratégicas). Globe And Mail, 25 de febrero de 2022.

[21] David Vine, Base Nation: How U.S. Military Bases Abroad Harm America and the World,2015, Metropolitan Books, New York. http://www.amazon.com/Base-Nation-Military-America-American/dp/1627791698

[22] En su “Discurso sobre la cuestión del libre-cambio” (1848), Marx satirizaba ya esta tesis: “Designar con el nombre de fraternidad universal la explotación en su estado cosmopolita, es una idea que solo puede tener su origen en el seno de la burguesía”, https://www.marxists.org/francais/marx/works/1848/01/km18480107.htm

[23] Friedman Thomas, The Lexus and the Olive Tree, Harper Collins, Londres, 2000. Es cierto que añadía inmediatamente después que “McDonald no puede prosperar sin McDonell Douglas”. Mc Donnell Douglas era entonces uno de los principales productores americanos de aviones de combate. 

[24] https://corporate.mcdonalds.com/corpmcd/en-us/our-stories/article/ourstories.Russia-update.html

[25] Serfati Claude, La mondialisation armée. Le déséquilibre de la terreur, Editions Textuel, Paris, 2001.

[26] Aknin Audrey, Serfati Claude, « Guerres pour les ressources, rente et mondialisation », Mondes en développement, 2008/3 (n° 143).

[27] Véase, por ejemplo, J. Pisani-Ferry, “Europe’s economic response to the Russia-Ukraine war will redefine its priorities and future”, Peterson Institute for International Economics”, 10 de marzo de 2022.

[28] Discutí el impacto de estas medidas en la economía mundial en el artículo “La sécurité nationale s’invite dans les échanges économiques internationaux”, Chronique Internationale de l’IRES, 2020/1-2.

[29] Claude Serfati (2018) “Un guide de lecture des théories marxistes de l’impérialisme” http://revueperiode.net/guide-de-lecture-les-theories-marxistes-de-limperialisme/

[30] «Era de dominación del capital financiero monopolista», el imperialismo tiene, según Lenin, las siguientes características: «formación de monopolios, nuevo papel de los bancos, capital financiero y oligarquía financiera, exportaciones de capital, división del mundo entre grupos capitalistas , división del mundo entre grandes potencias”. Lo menos que podemos decir es que no están obsoletos.

[31] Luxemburgo Rosa, La acumulación de capital, cap 31. https://www.marxists.org/espanol/luxem/1913/1913-lal-acumulacion-del-capital.pdf

[32] Véase, por ejemplo, en el caso de las industrias metalúrgicas – industrias esenciales para el armamento – Strikwerda, C. (1993).  “The Troubled Origins of European Economic Integration: International Iron and Steel and Labor Migration in the Era of World War I”. The American Historical Review, 98(4).

[33] Marx Karl, “Discours sur le parti chartiste, l’Allemagne et la Pologne”, 9 de diciembre de 1847, https://www.marxists.org/francais/marx/works/1847/12/18471209.htm.

[34] Comentarios del presidente Biden antes de la reunión trimestral de directores ejecutivos de Business Roundtable, 21 de marzo de 2022.

[35] «Joint Communication: A new EU-US agenda for global change”, 2 de diciembre de 2020.

[36] Valentina Pop, Sam Fleming y James Politi, «Weaponization of finance: how the west unleashed ‘shock and awe’ on Russia», Financial Times, 6 de abril de 2022.

[37] Sobre este tema, véase Thrall Nathan: » Israël est-il une démocratie ? Les illusions de la gauche sioniste», Orient XXI, 24 de febrero de 2021, https://orientxxi.info/magazine/israel-est-il-une-democratie-les-illusions-de-la-gauche-sioniste,4551

[38] Zoltan Pozsar: «We are witnessing the birth of a new world monetary order», 21 de marzo de 2022, https://www.credit-suisse.com/about-us-news/en/articles/news-and-expertise/we-are-witnessing-the-birth-of-a-new-world-monetary-order-202203.html

[39] Véase, por ejemplo, la declaración a los accionistas del CEO de BlackRock, el mayor fondo de inversión del mundo, https://www.blackrock.com/corporate/investor-relations/larry-fink-chairmans-letter .

[40] Véase la entrevista de Yuliya Yurchenko con Ashley Smith, «La lutte pour l’autodétermination de l’Ukraine «, 12 y 13 de abril de 2022, https://alencontre.org/europe/russia/the-fight-for-Lself-determination-of-lukraine-i.html

[41] Rousset Pierre y Johnson Mark «En esta hora de grave peligro, en solidaridad con la resistencia ucraniana, reconstruyamos el movimiento antiguerra internacional», 11 de abril de 2022, https://vientosur.info/en-esta-hora-de-grave-peligro-en-solidaridad-con-la-resistencia-ucraniana-reconstruyamos-el-movimiento-antiguerra-internacional/  https://www.contretemps.eu/ukraine-invasion-russe-mouvement-anti-guerre-rousset-johnson/

[42] Mersheimer, entrevistado por Isaac Chotiner, «Why John Mearsheimer Blames the U.S. for the Crisis in Ukraine», The New Yorker, 1 de marzo de 2022.

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Un hombre recibe una vacuna de refuerzo contra la covid-19 en Ciudad de México. — Sáshenka Gutiérrez / EFE

Pfizer estima que durante 2022 ingresará casi siete millones menos que en el año anterior por las dosis y Johnson & Johnson rehúsa ofrecer sus perspectivas de ventas debido al "excedente mundial de la oferta y la incertidumbre de la demanda".

La época dorada para los fabricantes de vacunas contra la covid-19 parece llegar a su fin. Con casi un 65% de la población mundial inoculada con al menos una dosis del fármaco, la caída de la demanda ya se nota en las previsiones de las grandes farmacéuticas, que durante el 2021 duplicaron los beneficios de todo el sector en años anteriores a la pandemia.

Y es que Pfizer, BioNTech, Moderna, AstraZeneca y Johnson & Johnson cerraron el último ejercicio con 65.600 millones de euros facturados gracias a la venta de viales de la vacuna contra el coronavirus, según informó El País. Unos números que quedan lejos de los esperados para este 2022. Pfizer estima que durante 2022 registrará unas ventas de 32.000 millones de dólares solo por la venta de su vacuna mientras el dato obtenido el año anterior fue de 36.781 millones.

Por su parte, Johnson & Johnson, la encargada de fabricar la vacuna Janssen ha anunciado este martes un beneficio neto de 5.149 millones de dólares en el primer trimestre de 2022, un 16,9% menos que los 6.197 millones del mismo periodo del año anterior. Así, Johnson & Johnson ha reducido sus perspectivas de ingresos globales para 2022 en torno a mil millones de dólares.

La multinacional estadounidense además dejará de ofrecer sus perspectivas de venta de su vacuna contra la covid-19 a debido al "excedente mundial de la oferta y la incertidumbre de la demanda", aunque sí que ha informado de que en los primeros meses del año se embolsó 457 millones de dólares por la venta de sus viales.

Polonia no aceptará ni pagará más dosis

El ministro de Sanidad polaco, Adam Niedzielski, ha anunciado este martes que Polonia no aceptará ni pagará más dosis de la vacuna contra la covid-19. "A finales de la semana pasada hicimos uso de la cláusula de fuerza mayor e informamos tanto a la Comisión Europea como al principal productor de vacunas de que nos negamos a aceptar estas vacunas por el momento y también nos negamos a pagar", ha explicado el miembro del Ejecutivo polaco. 

La negativa del Gobierno polaco a seguir adquiriendo viales anticipa, en palabras del titular de Sanidad, "un conflicto legal que ya está teniendo lugar". La causa: Polonia no puede rescindir directamente el contrato de suministro de vacunas, ya que las partes de los contratos son la Comisión Europea y los fabricantes de las vacunas. 

El valor del contrato para el suministro de vacunas a Polonia, cuyo mayor proveedor es Pfizer, hasta finales de 2023 asciende a más de 6.000 millones de zloty, unos 1.400 millones de dólares, de los cuales más de 2.000 millones corresponden al suministro en 2022, según recoge Reuters

El país ha registrado una menor aceptación de las vacunas que la mayor parte de la Unión Europea. En concreto, el 59% de la población ha sido vacunada con dos dosis y el 31% ha recibido una vacuna de refuerzo. Mientras, en España, el 82,3% de la población total en tiene la doble dosis. Esto ha generado un excedente de viales, parte de los cuales ya se han vendido o donado a otros países.

19/04/2022 21:43

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Alberto Fernández y Cristina Fernández asumieron el Gobierno en diciembre de 2019 después de derrotar a Mauricio Macri. / Wikiwand

El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional para el pago de una deuda adquirida por el anterior Gobierno neoliberal despierta la indignación en las calles y fuerza la división dentro del ejecutivo.

 

El Gobierno del presidente Alberto Fernández ha rubricado a fines de marzo un compromiso con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que generó fuertes resistencias sociales y políticas de la izquierda y dentro del propio peronismo. En opinión de sus detractores, ese acuerdo ya ratificado por la ejecutiva del Fondo representa una concesión inmerecida a la banca transnacional y una claudicación del programa de gobierno con el que tomó posesión el Frente de Todos en diciembre de 2019.

La deuda fue contraída por el Gobierno neoliberal de Mauricio Macri (Cambiemos) en condiciones muy desventajosas para el erario público y fue un caballo de batalla de la oposición contra el macrismo. Mientras que los anteriores gobiernos kirchneristas consiguieron reducir el peso de la deuda pública y llegaron a cortar lazos con el FMI en 2006, eso cambió con el Gobierno de Cambiemos: la deuda pública, que al comienzo del Gobierno de Macri (2015) representaba el 53% del PIB, alcanzó a fines del 2018 el 100% del PIB. Además, de los 100.000 millones de dólares que ingresaron al país en divisas durante su período presidencial (2015-2019), su Gobierno permitió la fuga de 86.000 millones, según se desprende de un informe del Banco Central (BCRA) fechado en mayo de 2020. Más allá de estas cifras, la vuelta del FMI a la Argentina supuso someter a la economía nacional a un tremendo ajuste con grandes repercusiones sociales, como el aumento del desempleo y de las tarifas de todos los servicios, la caída de los salarios reales y una elevada inflación.

El pacto acordado por el Gobierno actual oficializa la supervisión del FMI sobre la política económica y monetaria del país. Sus lineamientos fueron rechazados por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner y por el grupo de parlamentarios más afines, incluido su hijo, Máximo Kirchner, quien dimitió como presidente del bloque oficialista del Frente de Todos (peronista) en la Cámara de Diputados por no compartir la estrategia y el resultado de la negociación. Ante la falta de quorum en su propio grupo parlamentario, el Gobierno tuvo que negociar con la oposición y contar con los votos de los legisladores de los partidos que fueron responsables de contraer la deuda.

La renegociación de la deuda macrista

Los problemas de Argentina con los programas económicos del FMI son recurrentes y en algunos casos, como en 2001, llevaron al colapso del sistema financiero, el caos político y una gran debacle social. El Gobierno de Néstor Kirchner adoptó a partir de 2003 una serie de medidas económicas que permitieron devolver la deuda contraída por el Gobierno anterior y despedirse de la tutela del FMI, en gran parte gracias al superávit alcanzado en un ciclo muy favorable a las exportaciones nacionales. El organismo internacional más odiado por los argentinos desapareció del escenario en 2006, hasta que el Gobierno de Mauricio Macri volvió a recurrir al Fondo en 2018 para solicitarle el préstamo más cuantioso (y temerario) de la historia del FMI, por un total 57.000 millones de dólares, de los cuales se llegaron a desembolsar 44.000 millones.

Las negociaciones con el FMI para refinanciar la gigantesca deuda contraída por el Gobierno de Macri comenzaron en octubre de 2020. El ministro de Economía, Martín Guzmán, afirmó entonces que el objetivo era conseguir un “préstamo de facilidades extendidas” para cubrir el principal (44.000 millones de dólares) y los intereses (5.000 millones) de esa deuda. El ministro de Economía llevó a cabo las negociaciones en un contexto muy inflacionario y con una brecha cambiaria entre el dólar oficial y el paralelo superior al 100%. Las negociaciones avanzaron muy lentamente.

En junio de 2021, cuando Argentina debía pagar 2.400 millones de dólares, el Gobierno consiguió acordar “un puente temporal” con el Club de París para no caer en default al mes siguiente. El compromiso fue efectuar solo un pago parcial de 400 millones de dólares y aplazar el saldo pendiente hasta el 31 de marzo de 2022. Durante el mes de marzo el Gobierno mantuvo una carrera contra reloj para impedir que el incumplimiento de ese plazo llevara al país a una cesación de pagos. La propuesta de acuerdo final para evitar el temido default se aprobó días antes y fue el punto culminante de la tensión social y política que provocó este debate durante el último año.

Un amplio rechazo social

Hacia el final de la negociación entre el Gobierno y el FMI, cuando ya se anticipaban las concesiones que se harían al organismo, las marchas de protesta tomaron las calles. Hubo varias movilizaciones a mediados de marzo, principalmente en Buenos Aires, donde decenas de miles de personas llegadas en su mayor parte de las barriadas periféricas desfilaron ordenadamente por las principales avenidas del centro de la ciudad.

Entre los convocantes más representativos participaron muchas organizaciones sociales, partidos de izquierda y las centrales sindicales no alineadas directamente con el justicialismo. El secretario general de la CTA Autónoma, Ricardo Peidro, declaró que el ajuste previsto llevará a “agudizar los niveles de pobreza e indigencia” y sostuvo: “Nuestra posición es histórica con esta y con otras deudas: hay que investigar la deuda. Las deudas se pagan, las estafas no”. Esta última frase fue el lema de las marchas.

El economista Claudio Lozano, líder del partido Unidad Popular (integrado en el Frente de Todos), dijo por su parte: “Lo que se ha hecho hasta acá es un verdadero fracaso. No se ha logrado reducir el capital adeudado, no se ha logrado bajar las tasas, no se ha logrado alargar los plazos… no se logró nada; es prácticamente un contrato de adhesión a los planteos del Fondo con una injerencia pocas veces vista”.

La marcha de protesta convocada ante al Congreso mientras se debatía el acuerdo fue multitudinaria. En su transcurso hubo un grave incidente: algunos manifestantes hicieron hogueras en las inmediaciones y arrojaron piedras contra el despacho de la vicepresidenta Cristina Kirchner. La autoría de estos desmanes no se pudo corroborar y se sospecha que podrían haber sido instigados por alborotadores.

Las críticas más radicales al acuerdo con el Fondo proceden de la izquierda trotskista, que cuenta con una creciente capacidad de movilización en el extrarradio de las ciudades y ha mejorado ligeramente sus resultados en las últimas elecciones. La principal formación trotskista, el Frente de Izquierda y de Trabajadores (FIT), representa poco más del 5% de los electores y se ha convertido en la tercera fuerza política nacional. 

Claudio Katz, economista marxista y profesor de la UBA, es una de las voces más críticas con lo pactado. Katz considera que sólo se acordó “una relativa tregua para el próximo bienio, que mantiene activada la bomba de un endeudamiento explosivo”. Esto es así porque “a partir de 2025 reaparecerá toda la carga de los 45.500 millones de dólares adeudados al Fondo. En ese momento resurgirá la imposibilidad de pago y la consiguiente obligación de concertar otro acuerdo más gravoso”.

Katz es concluyente en su valoración política de lo actuado por el equipo negociador de Alberto Fernández: “El Gobierno argentino legitimó la estafa y la renegociación eterna de un pasivo impagable. De esta forma, dilapidó un contexto favorable para apuntalar la reactivación, aislar a la derecha y forjar un frente latinoamericano de resistencia a los acreedores”. Y a quienes aseguran que dentro de dos años se podrá renegociar con el Fondo en mejores condiciones, les contesta que no hay motivos para afirmarlo y que en cualquier caso “se habrá perdido la gran carta de la ilegitimidad del pasivo” contraído por el Gobierno de Mauricio Macri que permitió la fuga de capitales.

En contrapunto, el economista estadounidense Joseph Stiglitz elogió en febrero pasado el principio de acuerdo y destacó positivamente que el organismo haya renunciado a su tradición de imponer políticas contractivas al renegociar las deudas. Hay que relativizar esta sentencia, porque si bien el FMI no impuso esta vez las consabidas “reformas estructurales” (recortes de jubilaciones y de salarios de empleados públicos, cambios en la legislación laboral y rebaja de impuestos), habrá un duro ajuste fiscal para reducir el déficit en los próximos años y se limitará la emisión monetaria, restando autonomía al Gobierno en el uso de estas herramientas de política económica que quedarán tuteladas por el organismo internacional.

El acuerdo divide al peronismo

A la fuerte oposición de la izquierda en las calles, se sumó la importante división en el propio partido de Gobierno. Los términos del acuerdo fueron rechazados por los representantes de La Cámpora, el sector del peronismo más próximo a la vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Este no fue el primer motivo de discrepancias internas durante la presidencia de Alberto Fernández, pero sí el punto culminante de la tensión social y política trasladada al interior del Gobierno.

El malestar ya era palpable con el batacazo electoral que recibió el Gobierno de Alberto Fernández en las elecciones legislativas de noviembre de 2021, con un claro retroceso del peronismo en casi todo el país. Dos meses antes ese resultado ya podía anticiparse en las elecciones Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), cuando el Frente de Todos redujo su caudal de votos en 23 de las 24 provincias. Con esos datos a la vista, la vicepresidenta y los ministros kirchneristas tomaron distancia de Alberto Fernández. Estos ministros renunciaron a sus cargos para obligar al presidente a remodelar el gabinete; pero no hubo cambios en el Ministerio de Economía, el principal punto de discordia. Cristina Kirchner expuso públicamente los desacuerdos internos en una carta abierta a sus compatriotas publicada en su página web cuatro días después de la derrota en las primarias, el 16 de septiembre. La vicepresidenta remarcaba allí sus objeciones a una política económica que, en su opinión, ha descuidado a los sectores más vulnerables de la sociedad en el último tramo de la pandemia, y no ahorró detalles sobre su agenda de entrevistas con el presidente, admitiendo con cierta amargura que casi todas fueron a pedido suyo. Y aprovechó también la ocasión para recordar que fue ella quien tomó la decisión de promover la candidatura de Alberto Fernández a la presidencia. Aviso para navegantes: la lealtad es un valor de primer orden para todo dirigente peronista.

En las elecciones legislativas de noviembre se confirmó la previsión de amplia derrota del oficialismo. El macrismo, reorganizado en Juntos por el Cambio, consiguió un resultado del 42,75% estas elecciones de renovación parcial de las cámaras, superando por casi dos millones de votos al Frente de Todos, que obtuvo un 34,56%. La relación entre el tándem de Gobierno siguió por lo tanto muy tensionada.

Posteriormente, cuando la disputa volvió a aflorar por las negociaciones con el FMI, el conflicto interno se trasladó a la arena mediática a través de sendas solicitadas de dos conjuntos heterogéneos de intelectuales que se manifestaron en un caso a favor de Alberto Fernández, en el otro respaldando a Cristina Kirchner. Se hizo una puesta en escena sin precedentes de la división interna, larvada en un movimiento en el que históricamente conviven los dos extremos del arco político, la derecha y la izquierda, y no siempre en paz entre ambos.

Contra la propuesta de acuerdo del Gobierno se manifestaron también los líderes de agrupaciones políticas situadas a la izquierda del Partido Justicialista (PJ) pero que apoyaron la candidatura de Alberto Fernández y Cristina Kirchner en 2019, sumándose al Frente de Todos. Entre estos se cuenta Juan Grabois, activista y líder social del Frente Patria Grande, y el sindicalista Juan Carlos Alderete, de la Corriente Clasista y Combativa (CCC). Grabois recuerda que en el programa de Gobierno de la coalición gobernante estaba implícita la “anulación del acuerdo ilegítimo entre el Gobierno de Mauricio Macri y el FMI”, y remata: “No podemos naturalizar que se festeje como si fuera un orgullo que los gobiernos populares paguen las deudas de los neoliberales. Menos en este caso donde pagar no implica mayor autonomía sino continuar con la dependencia”.

Finalmente, en la Cámara de Diputados el proyecto de acuerdo con el FMI se aprobó con el voto afirmativo de 77 de los 118 representantes del Frente de Todos; hubo 28 votos negativos y 13 abstenciones. La aprobación en el Senado, una semana más tarde, obtuvo 56 votos a favor y 13 en contra. Durante la votación estuvo ausente la titular del Senado y vicepresidenta del país, Cristina Kirchner.

Entre quienes rechazaron el acuerdo se cuentan los diputados pertenecientes a La Cámpora y los más afines a la vicepresidenta, incluido su hijo Máximo Kirchner, que el 31 de enero de este año renunció a la presidencia del bloque de diputados del oficialismo por no compartir “la estrategia utilizada y mucho menos los resultados obtenidos en la negociación con el FMI”, que fue “llevada adelante exclusivamente por el gabinete económico y el grupo negociador que responde y cuenta con la absoluta confianza del presidente de la Nación, a quien nunca dejé de decirle mi visión para no llegar a este resultado”.

El presidente Alberto Fernández admitió los desacuerdos: “Cristina también tiene sus matices con el tema del Fondo, pero el presidente soy yo y hay un punto en el que tengo que tomar las decisiones y resolverlo”. Aseguró también que “ningún acuerdo con el FMI es bueno, pero de todos este era el mejor posible”. La vicepresidenta guardó silencio pero es sabido que el diálogo entre ambos lleva tiempo interrumpido. 

El Directorio Ejecutivo del FMI aprobó el preacuerdo alcanzado con Argentina el 25 de marzo de 2022, después de más de un año de negociaciones. Los requisitos claves para la aceptación del acuerdo fueron la reducción del déficit fiscal, de manera escalonada durante los próximos tres años, y el recorte de los subsidios a los servicios públicos, en particular los de suministros energéticos (luz y gas), en un contexto en el que los ingresos de muchas familias no permiten asumirlo. El Gobierno de Alberto Fernández considera un beneficio del acuerdo que el FMI no haya exigido reformas laborales o ni del sistema de pensiones, pero la tutela del organismo sobre las finanzas nacionales será considerable, ya que se harán revisiones trimestrales antes de cada desembolso acordado. Como contrapartida se establece que habrá diez desembolsos, el primero inmediato por 9.400 millones de dólares. Esa cantidad permitirá el repago de los últimos vencimientos de deuda postergados y mejorará la liquidez en divisas.

El FMI legitima su intervención

No todos los críticos del pacto con el FMI rechazan que el país asuma el pago de la deuda fraudulenta concedida al Gobierno anterior. Sin embargo, aun entre quienes consideran que Argentina debe cumplir en cualquier caso con sus compromisos internacionales, hay quienes critican amargamente que el Gobierno haya aceptado la tutela permanente del Fondo, al que deberá entregar informes trimestrales, mensuales, semanales e incluso diarios sobre distintos aspectos de la situación financiera.

Uno de los riesgos que más preocupa a los economistas del FMI es la inflación, entre las más elevadas del mundo (50,7% en 2021) y que podría aumentar aún en el nuevo contexto de la guerra de Ucrania. La meta se fijó antes de que irrumpiera este conflicto en un rango inferior al 48% para el año 2022. El empeoramiento del contexto económico internacional podría dificultar el cumplimiento del acuerdo. Algunas voces críticas sostienen que en el escenario más previsible “la meta de acumulación de reservas internacionales netas pactada con el FMI” solo se podría cumplir en una economía que no crece.

Por otra parte, el equipo técnico del FMI admitió que existen “riesgos de implementación, en medio de un panorama social y político complejo y una hostilidad abierta de algunos sectores hacia el Fondo debido a su larga participación en Argentina”.

Para los detractores del acuerdo, el presidente ha claudicado porque la deuda contraída por Macri debió ser denunciada e impugnada desde el primer día de gobierno. Con este pacto se habría legitimado la entrada de dinero al país para la fuga de capitales que se produjo durante el Gobierno de Cambiemos y que favoreció a las grandes fortunas locales, pero también se estaría dando así cobertura a una política del FMI que violó sus propios estatutos por la cuantía del préstamo y la falta de garantías sobre su devolución, permitiendo al mismo tiempo la fuga de esas divisas. Una política denunciada en su momento como un retorno al cepo de la tutela del capital financiero internacional sobre la economía argentina. Claudio Katz resume la desazón que ha dejado el resultado de esta negociación entre los sectores populares con esta frase lapidaria: “Mientras el país se hace cargo de la estafa, los funcionarios del FMI respiran aliviados”.

La grieta interna debilita al Gobierno

El conflicto al interior del Frente de Todos muestra que las desavenencias entre las distintas familias peronistas siguen representando un obstáculo para llevar adelante una política de reformas ambiciosa. La elección como ministro de Economía de un tecnócrata como Martín Guzmán y su falta de empatía con los sectores más desfavorecidos en parte de la pandemia fue un motivo de permanentes fricciones internas. Durante las presidencias de Néstor y Cristina Kirchner, ambos tenían un control directo sobre las negociaciones con los organismos internacionales, del que ahora no goza el kirchnerismo en el actual esquema de poder. 

Cristina Fernández de Kirchner llegó a crear un partido propio, Unidad Ciudadana, que tuvo un exitoso desempeño electoral en las legislativas de 2017, y en este sentido no depende de la vieja estructura anquilosada del peronismo. Pero la ex presidenta nunca se dispuso a dar el salto que la llevase a consolidar un nuevo movimiento político emergente a partir de las cenizas de la vieja maquinaria justicialista, un proyecto que le permitiese romper amarras con los lastres ideológicos y los personalismos del pasado. El pragmatismo sugiere descartar una travesía del desierto que le restaría muchos apoyos circunstanciales pero imprescindibles para poder gobernar.

El Partido Justicialista (PJ) es mayoritario en la coalición oficialista Frente de Todos, cuenta con el mayor número de afiliados, con más de 3.300.000 inscritos, y pertenecen al mismo tanto el presidente como 12 gobernadores de provincias. Tanto Máximo Kirchner como el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof (un destacado ideólogo keynesiano que fue ministro de Economía de Cristina Kirchner), se inscribieron como miembros del PJ recién en 2021. En la junta directiva del partido, renovada hace un año, Alberto Fernández fue nombrado presidente y Kicillof vicepresidente. La “lista de unidad” fue acordada con Máximo Kirchner meses antes de que la relación entre ambos sectores se deteriorase tras el fracaso electoral en las primarias.

Por otra parte, el pasado 6 de abril se empezó a debatir en el Senado una propuesta respaldada por la vicepresidenta y que en principio estaría avalada por la mayor parte de los legisladores del Frente de Todos. El proyecto, que ya ha sido rechazado por la oposición y tiene pocas posibilidades de aprobarse en la Cámara de Diputados, propone la creación un “Fondo Nacional para la cancelación de la deuda con el FMI” con dinero fugado al exterior. Las personas o entidades alcanzadas por esta medida deberían ceder al fisco el 20% de sus bienes no declarados, o el 35% después de seis meses desde la aprobación de la ley. Este debate está abierto y uno de sus objetivos sería recomponer la unidad entre el viejo tronco peronista y el kirchnerismo. 

Cristina Kirchner es la única dirigente genuina de ese espacio político que podría disputar el voto popular a otras corrientes del movimiento, pero en la carta abierta que publicó después de las primarias declaró: “Fui, soy y seré peronista”, antes de lamentar que el 12 de septiembre el peronismo hubiera sufrido “una derrota electoral sin precedentes”. Su posicionamiento es claro, que no se espere una ruptura del Frente de Todos, aunque sí vendrán más turbulencias que tensionarán al Gobierno hasta el final de esta presidencia. La incógnita principal es cómo se articulará el espacio político kirchnerista en la perspectiva de las elecciones de 2023, con el peronismo más conservador en política económica liderado de hecho por el propio presidente.

Por Eduardo Giordano

@eduardogior

16 abr 2022

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Pantallas muestran la aprobación de una resolución de condena contra la invasión rusa de Ucrania, llevada a cabo por la Asamblea General de la ONU, con el apoyo de 141 de los 193 Estados miembros de Naciones Unidas este miércoles 2 de marzo de 2022. — Justin Lane / EFE

La iniciativa promovida por Estados Unidos tuvo el voto favorable de 93 países, 24 votos en contra y 58 abstenciones.

 Rusia catalogó de ilegal a su suspensión del organismo y denunció que Ucrania modificó los acuerdos previamente consensuados durante las negociaciones en Estambul que se realizaron a fines de marzo.

Rusia fue removida del Consejo de Derechos Humanos de la ONU por las denuncias de presuntas masacres en la ciudad de Bucha en el contexto de su invasión a Ucrania. La iniciativa obtuvo el voto favorable de 93 países, entre ellos Argentina (ver aparte), 24 en contra y 58 abstenciones. El Kremlin catalogó la medida como ilegal. En tanto, el canciller ruso Serguei Lavrov, acusó a Kiev de modificar las propuestas que había realizado durante las negociaciones en Turquía. A su vez, el diplomático dijo que mantiene la disposición a seguir negociando con Ucrania. Moscú además denunció que ya recibieron más de seis mil sanciones, aunque aseguraron que pueden resistir. La OTAN aseguró que la guerra en Ucrania podría prolongarse por años.

Suspensión

Bajo acusaciones de violencias graves y sistemáticas de los derechos humanos, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la iniciativa de Washington para suspender la participación de Rusia en el Consejo de Derechos Humanos. La propuesta superó la mayoría de dos tercios necesaria (las abstenciones no cuentan) y obtuvo 93 votos a favor, 24 en contra y 58 abstenciones.

Se trata de la segunda suspensión del Consejo de DDHH desde su creación en 2006. En 2011 la primera expulsión fue a Libia, entonces liderada por Muamar al Gadafi. Esta vez la decisión implica suspender a un país que además es uno de los cinco miembros del Consejo de Seguridad, donde tiene poder de veto.

"Rusia no sólo está cometiendo violaciones de los derechos humanos, sino que está sacudiendo los cimientos de la paz y seguridad internacionales", dijo previo a la votación el embajador ucraniano ante la ONU, Sergiy Kyslytsya. Por su parte, la embajadora estadounidense, Linda Thomas-Greenfield, aseguró que con la medida de hoy se envía "un claro mensaje de que Rusia tendrá que rendir cuentas".

Tras la suspensión, Rusia anunció su retiro voluntario del Consejo de DDHH al considerar que éste se ha convertido en un instrumento de Occidente. "Nuestra decisión no significa que Rusia renuncie a sus obligaciones internacionales en el campo de la defensa de los derechos humanos", explicó Guennadi Kuzmín, embajador adjunto ruso ante la ONU. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, lamentó la decisión de la ONU y volvió a rechazar las acusaciones de haber perpetrado una masacre en Bucha. "Los cadáveres allí encontrados no fueron víctimas de militares rusos", aseguró en entrevista con la cadena británica Sky News.

Los votos

Entre los países latinoamericanos que apoyaron la medida, además de Argentina, están Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Haití, Honduras, Paraguay, Perú, República Dominicana y Uruguay. Mientras que Brasil, El Salvador y México se abstuvieron al considerar que es importante realizar una investigación sobre los presuntos crímenes antes de tomar medidas contra Rusia que podrían quebrantar un posible diálogo con Moscú.

En tanto, 24 países votaron en contra de la expulsión de Rusia, entre ellos Bolivia, Cuba, Nicaragua, China, Vietnam y Corea del Norte. Beijing por su parte denunció el “uso político” del Consejo y el doble rasero en el ámbito de los derechos humanos, en este sentido, se mostró en contra de "ejercer presión sobre otros países en nombre de los derechos humanos".

Mientras tanto este jueves el Papa recibió al nuevo embajador ucraniano ante el Vaticano, Andrei Yurash, que estuvo cerca de media hora con el Francisco. El encuentro fue en la Biblioteca Privada del Palacio Apostólico y se dio en medio de una sostenida condena del argentino Jorge Bergoglio a la invasión rusa, a la que ese jueves sumó su denuncia de "nuevas atrocidades".

Negociaciones sin acuerdo

Rusia acusó a Ucrania de modificar algunas de las propuestas que presentaron durante las negociaciones en Turquía. Según el ministro de Exteriores, Serguei Lavrov, Kiev quiere que el diálogo se alargue o fracase. El canciller además aseguró que las autoridades ucranianas están controladas por Washington y sus aliados.

"La incapacidad de llegar a acuerdos caracteriza una vez más las auténticas intenciones de Kiev y su política de alargar e incluso abortar las negociaciones a través de la renuncia a los entendimientos ya alcanzados", afirmó Lavrov en una declaración grabada. Según el jefe de la diplomacia rusa el proyecto de acuerdo presentado por Ucrania esta semana renuncia a los entendimientos previamente alcanzados y abandona puntos importantes consensuados en Estambul.

"En ese documento los ucranianos formularon claramente que las futuras garantías de seguridad de Ucrania no se extenderían a Crimea y Sebastopol. En el proyecto de ayer esa clara afirmación está ausente", explicó. "Figura la idea de que los asuntos de Crimea y el Donbás se abordarán en la reunión de los presidentes de Rusia y Ucrania. Todos recordamos cómo el presidente Zelenski aseguró más de una vez que dicha reunión es posible solamente después del cese de las acciones militares", subrayó.

Lavrov indicó que Kiev modificó sobre el estatus neutral, así como la necesidad de un acuerdo previo a la realización de cualquier ejercicio militar con la participación de “contingentes extranjeros”. Según el ministro de Exteriores ruso, ese punto fue modificado en la nueva propuesta y Kiev podría celebrar maniobras "con el beneplácito de la mayoría de los países garantes, sin ninguna alusión a Rusia".

Por su parte, Mijail Podoliak, integrante de la delegación ucraniana en las negociaciones, respondió a los dichos de Lavrov. "Lo importante es la fórmula de garantías de seguridad propuesta por Ucrania. Una fórmula clara, ponderada y con una gran cantidad de contrapesos", dijo. “Si Rusia quiere mostrar que está dispuesto al diálogo, debe reducir su hostilidad", declaró en su cuenta de Twitter.

"Nosotros hemos resistido"

Rusia además se expresó sobre las sanciones que recibió de occidente desde el inicio de la invasión a Ucrania. según el primer ministro, Mijail Mishustin, Moscú logró resistir el efecto negativo de las sanciones económicas y financieras.

"Los autores de esa estrategia esperaban que la tormenta de sanciones hundiría nuestra economía en unos pocos días. Su guion no se hizo realidad. Casi ningún otro Estado, excepto Rusia, hubiera podido haberle hecho frente a eso. Nosotros hemos resistido", subrayó Mishustin, al presentar un informe a la Duma (cámara baja del Parlamento). "La economía necesita tiempo para adaptarse. Es imposible no tener como mínimo medio año para adecuarse a un golpe como ese", dijo.

Mishustin se refirió a las más de 6.000 sanciones impuestas contra Rusia y aseguró que no tiene precedentes. "Se trata de sanciones individuales y sectoriales contra el Estado, pero lo más importante consiste en que van dirigidas contra todos los ciudadanos", precisó.

"Su objetivo era retrasarnos años o incluso décadas. Aislarnos del mundo. Forzar a Rusia a abandonar proyectos económicos y sociales prometedores. Atacar el nivel de vida de nuestros ciudadanos. Ellos están haciendo todo lo posible para impulsar la inflación, crear un déficit de bienes de consumo y, en última instancia, provocar una tensión social", señaló el primer ministro.

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