Miércoles, 08 Junio 2022 06:13

Una voz multiplicada en voces

Svetlana Aleksiévich

La noche de abril cuando se clausuró el Festival de Poesía de Granada, Svetlana Aleksiévich sube al escenario en el patio rodeado de columnas del palacio de Carlos V en la Alhambra, y su voz melodiosa se desgrana entre pausas para dar paso a la traductora que, sentada a su lado, va recogiendo sus palabras en ruso, y me parece que así deben sonar los parlamentos de Chejov cuando hablan en el escenario sus personajes femeninos.

Ante una de las preguntas iniciales de la entrevistadora, recuerda que nació en territorio de Ucrania, entonces parte de la Unión Soviética, su padre bielorruso, y su madre ucrania, aunque creció en Bielorrusia, cuya nacionalidad tiene. El ombligo mismo del infierno, cuyas llamas vuelven a alzarse ahora aventadas por los fuelles de guerra de Putin, a quien no tiene reparos en llamar monstruo en una de las numerosas entrevistas que ha concedido.

Detrás de la dulce barrera del ruso, habla con la sencillez de gestos de una maestra de escuela que ha sabido explicar la historia de su tiempo, que es en muchos sentidos su propia historia personal. Uno de sus méritos es haber creado una nueva manera de contar a través de una polifonía que se repite en episodios; o de voces desoladas, protagonistas y antagonistas que cantan la tragedia en contrapunto, hasta que, al final, tenemos ante nuestros ojos todo el friso vivo del que fue el país inconmensurable donde nació, y cuyas costuras se rompieron para dar paso a incertidumbres e interrogaciones, y enfrentamientos, persecuciones raciales, guerras intestinas. Un molde quebrado en pedazos que ya no encajarían más.

Svetlana ha creado un género, el de la novela escrita con voces múltiples, las voces de los entrevistados. La novela que no se aparta de la fidelidad a las historias escuchadas, pasadas por la criba del trabajo de edición que atrapa la sustancia de las emociones. La crónica que fija en las palabras el lamento, le da categoría estética a la desolación y al desconsuelo, y convierte la tragedia de la historia en la tragedia de las almas que han perdido la esperanza o se aferran al pasado que fue fabricado para ellas.

Cada una de las historias es un hilo de la trama de ese gran tejido que fue la URSS, que, si dejó de existir en términos políticos, o geopolíticos, sobrevive de manera persistente en la mente y en la memoria, como una gran fabricación cultural, y social, recordada con desconcierto, a veces con orgullo, otras con nostalgia, pero una marca, al fin y al cabo, como lo deja patente en El fin del "Homo sovieticus". El orgullo y la nostalgia de la grandeza perdida, tan útil a las ambiciones expansionistas de Putin.

Un país desaparecido, pero un fantasma vivo que puede rastrearse hablando con la gente que habita sus viejos territorios, y que Svetlana ha recorrido hasta sus últimos confines, igual que Heródoto lo hizo en el mundo conocido hasta entonces, cuando lo irreal no podía separarse de lo verdadero, o como Ryszard Kapuściński, otro viajero incansable.

Mientras la escucho, recuerdo mi lectura de Voces de Chernóbil, igual que sus demás libros un oratorio con voces de solistas, coro y orquesta, donde está, a manera de prólogo, una de las grandes historias de amor de la literatura. En Una solitaria voz humana, Liudmila Ignatenko relata la pasión y muerte de su marido Vasili, un bombero víctima de las radiaciones provocadas por la explosión del reactor atómico, ocurrida el 26 de abril de 1986.

Ese poder suyo de darle una tesitura sentimental al horror, el cuerpo del amado que va descomponiéndose ante los ojos de la amada que ara cielo y tierra por superar las prohibiciones y estar siempre junto a su lecho, me hace recordar que la literatura es eso, despejar los velos en llamas del apocalipsis para penetrar en la intimidad del dolor. La voz de Ludmila, en su monólogo desesperado, tiene ecos de Ibsen.

No hay tropas de asalto válidas para este enemigo invisible. "La muerte se escondía por todas partes; pero se trataba de algo diferente. Una muerte con una nueva máscara. Con aspecto falso". Miles son obligados a abandonar sus aldeas, las cosechas maduras, los implementos de labranza, sus casas con todos sus enseres. Los refugiados por los caminos, como ahora, cuando la guerra sí tiene un rostro visible. Y tiene agresores, y cómplices.

El más connotado de los cómplices de Putin, en la guerra contra Ucrania, Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia. "¡Vete antes de que sea tarde, antes de que hundas al pueblo en un terrible abismo, el abismo de la guerra civil! ¡Vete!", clamó Svetlana en 2020, y luego se encaminó al exilio en Alemania.

De volver, iría a dar a la cárcel, dice al final, ante una pregunta sobre su regreso a su patria. No sobreviviría en las mazmorras de la dictadura. Y, entonces, me siento aún mucho más cerca de ella.

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Pesimismo del intelecto, optimismo de la ballena

Los socialistas también tienen que leer Moby Dick

Hace algunos años —no importa exactamente cuántos—asistí junto a cientos de personas a la maratón de Moby Dick del New Bedford Whaling Museum, una lectura colectiva y continua de 25 horas de la obra cumbre de Herman Melville que se celebra todos los años desde 1997. La lectura comenzó en una galería luminosa y de altos techos que albergaba una réplica de un barco ballenero de la mitad del tamaño de uno original. Era un hervidero: la gente se amontonaba en el casco, presionaba contra la cubierta y copaba la terraza para contemplar el panorama a través de la jarcia.

Díganme Ismael. Todo el mundo aplaudió y así empezamos.

«La idea empezó con un docente llamado Irwin Marks», dice Amanda McMullen, directora del Whaling Museum, refiriéndose a los orígenes de la maratón. «Había visto que se estaba haciendo una maratón de lectura de Moby Dick en Mystic Seaport y pensó que New Bedford debía hacer lo propio porque es aquí donde comienza la historia». Hoy la maratón del Whaling Museum es una institución local: el alcalde de New Bedford lee todos los años, y Ed Markey, senador de Massachusetts —y campeón del Green New Deal—, también participó en 2020.

Seguimos a Ismael a través de la calle de adoquines hasta la Seaman’s Bethel. Cenotafios de piedra colgaban de las paredes, tumbas vacías que tenían tallados los nombres de marineros perdidos en el océano. Nos amontonamos en la capilla donde oímos el «grave rumor de pesadas botas marineras entre los bancos, y el arrastrarse todavía más leve de los zapatos femeninos». De pronto entró un cura, nuestro propio padre Mapple. Subió al púlpito remodelado a imitación de la proa de un barco del siglo veinte, que satisfacía las expectativas de los fans de Moby Dick. Un órgano sombrío nos guió a lo largo del himno ballenero de Melville y el sermón del cura sobre Jonás advirtió lo que nos esperaba: un desastre de proporciones bíblicas.

Moby Dick desafía todo reduccionismo. Es a la vez terriblemente seria, hilarantemente exagerada y gravemente existencial. Melville intenta captar los lazos que traman sus aislados, esos personajes provenientes de distintas islas del mundo. Con tensión y ternura los compañeros de tripulación van creando un sentido de pertenencia. Bajo el aguijón de las órdenes y fascinados por el carisma de Ahab, trabajan y viven juntos a bordo del Pequod (y no logran contener el impulso de su capitán, que terminará siendo su condena).

En su época —entre la expansión perturbadora del capitalismo y del imperio, los levantamientos populares y los atrincheramientos reaccionarios en Europa, y el conflicto de la esclavitud y la inminente guerra civil en Estados Unidos— la recepción de Moby Dick fue bastante pobre. Pero su tratamiento de la aniquilación de la naturaleza, su retrato del trabajo y del despotismo patronal y su crítica del supremacismo blanco y del imperio impactan en los lectores contemporáneos y reverberan como una profecía.

«Moby Dick será o bien quemada universalmente, o bien reconocida universalmente en todas las lenguas como la primera declaración literaria de las condiciones y perspectivas de supervivencia de la civilización occidental», predijo en 1953 C. L. R. James, intelectual socialista trinitense. Para los socialistas de hoy, pasmados ante una acumulación de catástrofes que pone en duda el futuro, Moby Dick es una señal de alerta y plantea una pregunta urgente: ¿qué hacer frente al desastre?

En plena acción

Replegándose en el museo, los participantes empezaron a leer por turnos a los pies de una enorme pintura del puerto de New Bedford, en intervalos marcados por el amable «Gracias» de los voluntarios. Algunos leían en lenguas distintas, otros dejaban relucir un definido acento neoinglés. Era fácil identificar a los veteranos por la forma en que pronunciaban palabras como «gunwale» [borda] y «forecastle» [camarotes de proa]. No eran muchas las personas que actuaban realmente la lectura y que ponían magia en las voces de los marineros, pero siempre provocaban el aplauso. 

La mayoría de los asistentes había traído su propia copia del libro, que seguían con ojos atentos mientras esperaban su turno junto al micrófono. Yo miré por encima del hombro de un amigo para apreciar mejor las deslumbrantes xilografías de su edición ilustrada Rockwell Kent. Un hombre viejo se acomodó a nuestro lado: sobre el mango de su bastón había tallada y pintada una ballena blanca. Definitivamente no era la primera vez que leía a Melville. Pero como bien saben los profesores reales y los ficticios, Moby Dick no deja de atraer a nuevas generaciones de lectores.

«Hace mucho tiempo que los estudiantes ya no se enfocan tanto en las lecturas religiosas de la novela», dice Hester Blum, profesor de Literatura Inglesa en la Universidad Estatal de Pensilvania y expresidente de la Sociedad Melville. Nos cuenta que, además del ambiente histórico de la novela, a los estudiantes de hoy «les vuela la cabeza que sea tan queer y tan graciosa. No pueden creer la cantidad de chistes sobre pijas y están más comprometidos que los protagonistas con el matrimonio entre Ismael y Queequeg». Moby Dick tal vez sea desordenada y salvaje, pero eso permitió que… ehm… penetrara profundamente en nuestra sociedad.

China Miéville, escritor de ficción especulativa que, entre otras cosas, escribió una aventura para jóvenes adultos inspirada en Moby Dick, me dijo que el «excedente de evasión» que lo atrae al texto «está vinculado a la naturaleza enciclopédica del libro, el hecho de que esté constantemente tensionando su propia forma y las formas literarias en general, con el fin de abarcarlo todo, de ser un libro que no es solo “sobre algo”, sino que abarca la “todidad”. Por supuesto que fracasa, pero lo hace magníficamente». Definiendo a Moby Dick como «una obra de ambición y genio excepcionales», Miéville alienta a los principiantes a que intenten leer la novela a pesar de su intimidante grosor. 

Un buen punto de entrada es la Moby Dick Big Read, un proyecto de audiolibro en el que Tilda Swinton, Benedict Cumberbatch y el mismo Miéville, entre otros, se turnan para leer la novela. Suelen generar una conexión alegre entre los lectores y cada uno de los temas del libro. 

David Attenborough encara el capítulo que reflexiona sobre la caza excesiva y la extinción de las ballenas. Tony Kushner extrae, hasta quedarse sin aliento, todos los sentidos posibles de «Un apretón de manos», capítulo seminal del libro donde Ismael y sus amigos procesan entre sus dedos los glóbulos del esperma de una ballena. John Waters se encarga de «La sotana», el apartado en el que unos cuantos marineros crean unas vestiduras protectoras con la piel del «grandísimo» —es decir, el pene— de una ballena para que el trinchador afeite la grasa hasta dejar el cuero con el grosor de una hoja de biblia. 

Probablemente el trinchador habría sido un buen lector, pues los pedazos cortados caen en un enorme barril debajo de él «veloces como las hojas del atril de un orador arrebatado».

Pez amarrado y pez suelto

Recuperamos fuerza con un café negro y unos boles de almejas gratuitos, cortesía de una pescadería local. Levanté la mirada y vi el esqueleto de una ballena azul que colgaba del techo. El aceite de los huesos punteaba el suelo de la galería, recordándonos esa industria antaño mortífera y en expansión. 

«¡Por el amor de Dios, economiza velas y aceite de lámparas!», implora Ismael, pues «Cada litro de aceite que quemas ha costado por lo menos una gota de sangre humana».

La caza de ballenas llevó a toda una especie al borde de la extinción, y la cantidad de vidas humanas afectadas en el proceso no caben en las paredes de ninguna pequeña capilla. Millones de personas forzaron los límites de la fatiga lubricando máquinas de hilado de algodón y alumbrando las fábricas, acelerando así el ritmo de la producción industrial y extendiendo los límites de la jornada laboral. Y también aumentaron la demanda de algodón que consecuentemente expandió el dominio de la esclavitud y la ocupación de tierras indígenas. La extracción de aceite de ballena preparó el escenario y fundó el patrón expansivo de la industria de los combustibles fósiles, además de prefigurar el lugar que ocupa en el capitalismo contemporáneo. 

El mundo de la explotación y de la expropiación nunca está ausente de la trama de Moby Dick. Un Ismael sin una moneda decide subir a bordo del Pequod y acepta a cambio una mínima porción de las inciertas ganancias del viaje. «¿Quién no es esclavo?», pregunta retóricamente para justificar su sometimiento ante los jefes del ballenero. 

Más adelante leemos la historia de un grupo de «pobres marineros tostados por el sol», que debieron entregar a un duque la ballena que habían cazado porque —bajo las reglas del derecho marítimo— «Le pertenece». Las mismas reglas (de «Pez amarrado y pez suelto») justifican la invasión inglesa de la India y la ocupación estadounidense de México. 

Estos interludios ilustran bien el argumento presentado por Cornel West en su libro de 2004, Democracy Matters: Melville fundó una tradición de «crítica vituperante» del imperialismo estadounidense, exponiendo «las ideas marciales y los principios monárquicos que se escondían detrás del pacífico lenguaje y la benigna retórica de la democracia».Occidente está montado sobre la vieja idea de Toni Morrison, quien en 1988, en «Unspeakable Things Unspoken», argumentó que Moby Dick ilustra la lucha de Melville contra el espectro de la ideología del supremacismo blanco y contra los efectos distorsivos que tiene sobre el mundo social. «Era, sobre todo, la blancura de la ballena lo que más me aterraba», confiesa Ismael. 

La escena de «Medianoche. Las amuradas del castillo de proa», representadas en el auditorio del museo por una compañía de teatro local, termina con los insultos racistas que un marinero blanco profiere contra Dagoo, el arponero africano; una tormenta violenta se cierne sobre sus cabezas y entre ellos, y Pip, joven ayudante negro, reza por su salvación a un «gran Dios blanco que estás en lo alto, allá, en la oscuridad». Spoiler alert: las plegarias son ignoradas.

La primera guardia nocturna

Mientras el atardecer escapaba hacia la noche, las filas de la maratón empezaron a adelgazar. Algunos forzaban su cuerpo a una atención culposa: el primer ronquido llegó a las 9:43 p. m., cuando un hombre empezó a cabecear bajo la pintura del ojo imperturbable y solitario de una ballena. Intentamos mantenernos despiertos con más café y con el aire frío de enero en la terraza del museo, mientras buscábamos entrever las estrellas sobre las luces del puerto. Recién después de la 1 a. m. pasamos la mitad del libro y una pequeña botella de ron revitalizó el café lavado de nuestras tazas. 

El pasaje que leíamos marca un punto de inflexión en la crítica del supremacismo blanco y de la esclavitud: estamos a cientos de páginas del comienzo y es la primera vez que la tripulación del Pequod mata una ballena. Fatigados después de la caza y de remolcar la ballena hasta el barco, casi todos se duermen. Stubb, el segundo de a bordo, tiene hambre y ordena a dos personajes negros (de los tres que aparecen en el libro) que le preparen un bife de ballena. Dagoo es enviado por la borda a cortar la carne del animal muerto; el cocinero del barco, un viejo negro, llamado Copo de Nieve, que Melville nos cuenta que había sido esclavo, está encargado de preparar la comida nocturna. 

Stubb está insatisfecho con la receta y amonesta a Copo de Nieve, humillándolo con la orden de sermonear a los tiburones. Estos tiburones, dice Ismael, «eternos acompañantes de todas las naves negreras del Atlántico», que se alimentan de la muerte en masa de millones de esclavos africanos durante el Pasaje del medio: los que murieron o fueron muertos a bordo y los que saltaron buscando escapar de su terrible condición. Forzado a obedecer, Copo de Nieve se aleja cojeando y murmura para sí mismo que Stubb es «un tiburón peor que el propio Maese Tiburón…». 

En el personaje de Stubb encontramos una denuncia de las jerarquías de poder y la lógica del capitalismo racial. En un episodio anterior, Ahab había insultado a Stubb tan ardorosamente como para haber puesto en duda su permanencia junto a la tripulación. Sin embargo, Stubb nunca confronta con Ahab, salvo en un sueño donde aprende que es un honor recibir la patada «de un gran hombre, propiciada con una hermosa pierna de marfil». Por eso, durante la vigilia justifica su sometimiento y maltrata en cambio a Copo de Nieve y a los otros. Cuando Pip salta del bote atemorizado después del golpe de la ballena, Stubb amenaza con abandonarlo, recordándole que «En Alabama, una ballena se vendería a un precio treinta veces mayor que el tuyo».

Deshumanizado como una mera propiedad que genera valor, y mucho menos valor que el animal que están cazando o la mercancía que extraerán de su cuerpo, Pip salta de nuevo. Después de pasar largas horas solo en la vasta extensión del océano todas sus amarras psicológicas empiezan a deshacerse.

La trompada universal

El relato había llegado hasta el infierno industrial de los Try-Works que transforman a la ballena cazada en combustible. Nuestras propias energías empezaban a flaquear. Atravesábamos las difíciles horas de la madrugada, confrontando los límites de nuestros cuerpos envejecidos y su encuentro prolongado con unas sillas despiadadas. Nos alejamos del ron y volvimos al café, y cumplimos con nuestros turnos en el micrófono, avanzando a través de los capítulos con una cadencia deliberada: el sentimiento rítmico que surge de trabajar con otros en función de un objetivo común. 

En el libro, el trabajo ballenero, sus reglas y su disciplina son retratados de forma vívida y detallada. Toda emancipación es dudosa; nacen muertos todos los potenciales motines del libro, desde la planificación del asesinato de Ahab a la que se lanza Starbuck hasta la obra dentro de la obra de «Historia del Town-Ho», donde un grupo de «parisienses del mar construyeron una barricada y se refugiaron en ella» antes de que su revuelta sea traicionada y aplastada.

  1. L. R. James examinó el hecho de que la tripulación del barco —protagonista del título de su libro de 1953, Marineros, renegados y náufragos— no solo es incapaz de rebelarse contra Ahab, sino que no tiene ningún interés en hacerlo. En cambio, la misión de este último se convierte en la misión de todos. Siempre fascinado por la dinámica que vincula a líderes y masas, James escribe que la experiencia de Melville como trabajador marítimo le permite observar los modos en que «los hombres racionalizaban su subordinación a la tiranía» y los tiranos los convertían en partidarios de sus objetivos. 

Leyendo Moby Dick en la época de Hitler y de Stalin, James percibe en Ahab «el tipo social más destructivo y peligroso que haya surgido en la civilización occidental». Argumenta que el genio de Melville está en su proceso creativo casi profético, que prefiguró los totalitarismos del siglo veinte percibiendo a la vez las enormes transformaciones que estaba sufriendo el mundo y los desastres a los que estas darían lugar. Para James, el núcleo de Moby Dick gira en torno a una cuestión fundamental: cómo la sociedad del individualismo y de la libertad daría lugar al totalitarismo y sería incapaz de defenderse contra él. 

Por eso critica fulminantemente a los primeros oficiales a bordo del Pequod —que «representan la competencia, la cordura y la tradición»— y sus intentos tímidos, dubitativos y bastante familiares de detener a Ahab. Es como si no comprendieran todo lo que se juega en la situación en la que están. 

«A toda protesta», escribe James, «le sigue una capitulación».

El diluvio de Noé todavía no terminó

Nos retiramos hasta el amanecer. Un lote de dulces malasadas azorianas desapareció tan rápido como había desaparecido frente a un grupo mañanero y bien descansado de lectores listos para la vertiginosa caza final. Me sentía medio dormido y deliraba, un poco como Ahab cuando dice que «El relámpago me atraviesa el cráneo, me duelen las pupilas, todo mi cerebro destruido parece haberse desprendido y rodar por un suelo que lo embota». 

Estábamos sobre la ballena (y ella estaba sobre nosotros).

Moby Dick tiembla siempre al borde de la catástrofe: Pip oceánicamente abandonado, Tashtego, que casi se ahoga dentro de la cabeza de una ballena, la enfermedad misteriosa que casi mata a Queequeg. El libro amenaza, una y otra vez, con que las cosas siempre pueden empeorar… Hasta que de pronto empeoran. Es probable que Melville haya encontrado en su obra una especie de absolución. Eso parece haberle transmitido a Nathaniel Hawthorne, cuando confesó: «Escribí un libro maldito y me siento limpio como un cordero». Hawthorne contó más tarde que Melville «se había hecho a la idea de terminar completamente destruido».

Pero, ¿qué política puede surgir de la desesperación? Para Ismael, los viajes en búsqueda de los «lejanos misterios con que soñamos» resultan en «laberintos estériles» o en un barco hundido. La meditación inicial sobre el deseo humano de acercarse al agua contrasta con este cierre centrado en Ismael, que flota a la deriva en el océano aferrado al ataúd vacío de su amante ahogado. Escapar —como hizo una vez Melville en las islas Marquesas—, o simplemente sobrevivir, tal vez sea lo mejor cabe esperar en el caso de una persona singular. 

Pero, ¿qué sucede cuando se trata de todas las personas? La catástrofe nos lame los pies: incendios que consumen todo lo que encuentran a su paso y marejadas cada vez más altas, resurgencia de movimientos políticos autoritarios de derecha, que sacaron provecho de una pandemia implacable. Los multimillonarios corren una carrera hacia fuera del planeta con el fin de evitar el destino al que condenan a todo el resto de la población (aunque, como habría notado Melville con cierta alegría, hasta ahora no hicieron más que rozar el espacio). Se avecinan desastres enormes, y nos acomodamos a cada nuevo escenario con miedo a perder el poder en términos literales y figurativos.

Los socialistas saben que un mundo mejor es posible. A veces es reconfortante pensar que también está predestinado. El triunfo de la clase obrera es inevitable, proclamaron Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista. Pero leer Moby Dick es incómodo porque adopta el punto de vista contrario: el arco del universo no siempre se inclina hacia la justicia y el arca parece estar a punto de hundirse. 

En mi fragmento preferido, Ismael describe la línea unida al arpón, que amenaza con arrastrar a todos los tripulantes con sus «complicadas vueltas, que la ciñen en casi todas las direcciones». De hecho, comprendemos que el bote es la condición humana:

no es posible permanecer inmóvil en el corazón de estos peligros —puesto que el bote se mece como una cuna y proyecta a los marineros a uno y otro lado sin el mínimo aviso—; sólo mediante cierto equilibrio personal y cierta simultaneidad de voluntad y acción puede cada uno evitar ser reducido a un Mazeppa y verse arrastrado a donde ni el mismo sol, que todo lo ve, podría distinguirlo.

No todo está perdido, pero Melville nos muestra la facilidad con que podríamos llegar a ese escenario. Sin embargo, este aterrador encuentro también podría ser liberador, pues nos enseña que no podemos quedarnos quietos: necesitamos movimiento

Los socialistas —igual que todo el mundo— deberían leer Moby Dick porque es una obra literaria impresionante. Sus capas reverberan y nos perturban como un espejo que refleja nuestro pasado y nuestro presente. Pero a diferencia del libro, nuestro futuro todavía no está escrito. Sacudidos por las olas y los vientos, todavía tenemos alternativas y capacidad de actuar, mucho más que los aislados, con el fin de encaminarnos y remar hacia un horizonte difícil de contornear y mucho más difícil de atravesar con nuestra mirada. 

Fuerzas que parecen operar más allá del control humano están destruyendo nuestro mundo habitable. Son como monstruos y síntomas mórbidos que debemos reconocer. Pero en vez de extraviarnos en la desesperación, estas advertencias podrían incentivarnos a la acción. Envueltos en la línea, los proverbiales dogales ajustan cada vez más nuestros cuellos, y, sin embargo, todavía queremos respirar. Nos tanteamos en la niebla en busca de un camino, de un sentido, de compañerismo y de comprensión. 

Y, como nos recuerda Ismael mientras contempla el juego del sol con la niebla que deja el chorro de una ballena, «el arcoíris no visita el aire vacío: solo aparece en el vapor».

Por Chas Walker

Traducción: Valentín Huarte

Salvo ligeras variaciones, los fragmentos de la obra fueron tomados de la traducción de Enrique Pezzoni.

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Miércoles, 04 Mayo 2022 05:20

La libertad vigilada de los libertarios

Asalto al Capitolio, 6 de enero de 2021.. Imagen: AFP

El gobernador Ron DeSantis de Florida ha prohibido 54 libros de matemáticas alegando que incluyen la Teoría crítica de la raza y nuevos métodos pedagógicos que, según él, “no son efectivos” como el Aprendizaje social y emocional (SEL). No explicó ni discutió qué párrafos de las matemáticas pueden ser antirracistas, pero dio una conferencia de prensa con el estilo propio de los políticos de la negación: con furiosa obviedad sobre cómo se creó el universo, la moral y el sexo de los caracoles.

Los medios y las plataformas crean una necesidad psicológica y los políticos de la negación venden a los consumidores la droga que los alivia, droga con todos los ingredientes reaccionarios que se puedan imaginar: seguridad, inmediatez, victimización. Algunas alucinaciones son tan viejas como la Teoría del genocidio blanco, inventada en el siglo XIX cuando los negros se convirtieron en ciudadanos, casi en seres humanos.

Esta política de la negación profundiza y limita la discusión de la política de identidad (como la negación del racismo; la negación de la existencia de gays y lesbianas) silenciando la matrices como la existencia de una lucha de clases y cualquier forma de imperialismo propio. Si de eso no se habla, eso no existe.

Este producto se vende tan bien que, como ha ocurrido desde hace siglos, se ha exportado manufacturado a las colonias del sur. Por ejemplo, solo el nombre “libertarismo”, ahora bandera de figuras ascendentes de la extrema derecha en América latina como el argentino Javier Milei, es una copia literal de los “libertarians” que surgieron en Estados Unidos como reacción a la humillante elección de un mulato como presidente de Estados Unidos en 2008. Como el Tea Party, estos grupos siempre se justifican en una tradición que toman de los llamados Padres Fundadores. Incluso en Argentina y Brasil se han usado la bandera amarilla con la serpiente que representaba la unión de las Trece Colonias y que enroscada sobre el lema “No pases sobre mí” más bien parece un emoji de excremento humano. También en Europa, en América latina y hasta en Hong Kong los grupos de derecha han ondeado la bandera racista y esclavista de la Confederación.

Muchos estadounidenses que flamean esta bandera en sus 4×4 se sorprenden cuando uno les recuerda que es la bandera del único grupo que estuvo cerca de destruir el país que dicen defender (Estados Unidos) con el objetivo de mantener la esclavitud y el privilegio de los blancos. Muchos ni siquiera lo saben porque en este país la historia cruda es uno de los tabúes más consolidados.

No sin paradoja, fue un conservador libertario, el representante por Texas y candidato a la presidencia Ron Paul, quien reconoció y condenó la tradición imperialista de Washington y la responsabilidad de los líderes latinoamericanos como Fidel Castro y Hugo Chávez. “Nosotros no recordamos nada y ellos no se olvidan de nada”, dijo en un debate. Por esta insistencia, fue silenciado por la gran prensa y muchos de sus seguidores (entre ellos algunos de mis ex estudiantes, quienes continúan militando en política) se convirtieron en votantes del socialista Bernie Sanders.

El nuevo mote de “libertario” fue una estrategia conocida en los negocios: cuando una empresa está quebrada por las deudas, se la declara en bancarrota, se le cambia el nombre y se continúa con en el mismo negocio. Lo mismo ha ocurrido con el neoliberalismo. Impuesto a la fuerza de las armas en Chile con Pinochet y por la fuerza de los bancos internacionales en decenas de otros países en los 80s y 90s y, más recientemente, con Mauricio Macri en Argentina y Luis Lacalle Pou en Uruguay, siempre ha terminado en un doloroso fracaso, no sólo económico sino social. Fracaso, naturalmente, no para sus intereses de clase.

Libertario y neoliberal son la misma cosa, pero los libertarios le agregaron la furia de Savonarola y Lutero. Es la misma diferencia que hay entre el sermón pausado de un sacerdote católico y la arenga sudorosa de un pastor protestante. ¿Recuerdan aquellos muchachos tan amables con acento inglés que predicaban barrio por barrio salvando almas (sobre todo las suyas) allá en los 70s y 80s? Bueno, la semilla ha dado frutos.

Contrario a las de los Padres Fundadores estadounidenses que insistían en separar la religión del Estado (herencia de los filósofos de la Ilustración), los libertarios han metido al misionero en los gobiernos. En Brasil organizaron rezos en un congreso; la misma esposa del presidente Bolsonaro es una influyente pastora; en Costa Rica la esposa de un candidato “hablaba en lenguas” para apoyar la campaña electoral; más recientemente el diputado Milei argumentó en la cámara contra los impuestos citando la Biblia: los judíos se fueron de Egipto para escapar de la esclavitud y de los impuestos, como ahora se van los empresarios de Argentina. La lista es larga y significativa.

La política de la negación es la política del exitismo frustrado: “la derecha sabe gobernar pero tiene mala suerte”, por eso fracasa siempre. El sentimiento de frustración fue una razón para que tantos millones de europeos civilizados apoyasen el fascismo y el nazismo hace cien años. Si ya no lo vemos venir, es porque estamos dentro de ese absurdo suicida.

Por si todo este fanatismo fuese poco, el gobernador DeSantis, como ahora sus remedos del Sur, también insiste en que los profesores y los activistas por los derechos civiles adoctrinan a los jóvenes, pero ¿qué adoctrinación es más radical que enseñar a negar la historia en nombre de Dios, la libertad, la patria y la familia?

¿Qué hay más adoctrinador que repetirle a los niños que somos los campeones de la libertad? Que nunca invadimos para defender intereses económicos sino, como decía Roosevelt y los esclavistas, por altruismo, para llevar la libertad a los países de negros que no saben gobernarse. ¿Qué hay más adoctrinador que negar los horrores de una historia de la que no somos responsables pero la adoptamos cuando decimos “nosotros” y acto seguido negamos haber hecho nada malo?

¿Qué más radical que presentar a los tradicionales opresores de clase, de género y de etnias ajenas como víctimas?

¿Qué más radical que el poema de Kipling, “La pesada carga del hombre blanco”, bandera del imperialista feliz que en una mano cargaba la Biblia y en la otra el látigo?

¿Qué más radical y qué peor adoctrinación que la política de la negación que permite que se comentan viejos crímenes colectivos como si fuesen nuevos derechos tribales?

¿Qué más radical, dogmático, doctrinario e hipócrita que llenar tribunas con discursos contra la “cancel culture” (cultura de la cancelación), furiosos discursos sobre la libertad y, apenas llegan al poder se dedican a aprobar una y otra vez leyes prohibiendo decir esto, discutir aquello, hacer lo otro? La misma hipocresía de los esclavistas de Estados Unidos que defendían la expansión de la esclavitud en nombre de la libertad, el orden y la civilización. Nada diferente a los dictadores latinoamericanos promovidos por las Transnacionales, herederas de los poderosos esclavistas sureños.

Esta derecha rancia y rejuvenecida a fuerza de cirugía es tan libertaria que solo prohíbe algo cuando los de abajo amenazan con obtener o conservar algún derecho. Siempre en nombre de la Ley y el Orden. Como decía Anatole France, “la Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”.

4 de mayo de 2022

Publicado enPolítica
Francesca Gargallo

Recuento de la vida y la obra de Francesca Gargallo (Siracusa, Italia, 1956-Ciudad de México, 2022), novelista, poeta, historiadora, traductora, ensayista y teórica del feminismo, y autora de ‘La decisión del capitán’, ‘Al paso de los días’, ‘Los extraños de la planta baja’, ‘Ideas feministas latinoamericanas’ y ‘Estar en el mundo’, entre otros títulos.

“El verdadero lugar del nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente”. Plasmada en boca del emperador Adriano por Marguerite Yourcenar, esta sabiduría define, en paralelo, a una escritora italiana que decidió hacerse mexicana cuando a principios de los ochenta llegó, por azar, a Concepción del Oro, Zacatecas, e hizo de ésta su Ítaca. Aunque por cuestiones relacionadas con su labor docente Francesca Gargallo residió, hasta su prematuro fallecimiento, acaecido el 3 de marzo de 2022, en Ciudad de México, hizo de su obra maestra, La decisión del capitán (Era, México, 1997, reeditada en 2021 por el Fondo de Cultura Económica), una carta de amor a esa entidad: “Me sedujo a través de no hacer nada, esos son los verdaderos seductores, los que no necesitan mover un dedo”.

Nacida en Siracusa, Italia, el 25 de noviembre de 1956, Francesca Isabella Gargallo di Castel Lentini Celentani es un personaje tan o más fascinante que los creados por ella: Isabella, Lucía, Mariana, Begonia, Constanza de Andrada y “la escritora” de Marcha seca (Era, 1999), apasionadas, autosuficientes, aventureras, en las que, simultáneamente, conviven Ulises y Penélope; capaces de defender a un amigo en un pleitode cantina y surcar los mares con sólo una mochila. De amar abnegadamente, no nada más al amante, también al hijo, al hijo del hermano, al amigo.

Novelista, poeta, historiadora y una de las más progresistas teóricas del feminismo; licenciada en Filosofía por la Universidad de La Sapienza en Roma y doctora en Estudios Latinoamericanos por la Unam, empezó a escribir desde que, a los seis años, le enseñaron a hacerlo. Estaba enamorada de su maestra y pensaba que algún día le escribiría lo que sentía por ella. A los doce años se propuso reescribir la Constitución italiana porque no le gustaba. Su abuela paterna, Ada Sdrin Comnena, griega y exaltadamente romántica, pobló su mundo de sentimientos heroicos alucinados tras leerle La Ilíada. La abuela materna, Gilda Cosmo, era sobrina del más importante dantista de sus tiempos. No es coincidencia, pues, que la nieta lleve el nombre de la heroína oscura de Dante, antítesis de Beatrice, Francesca de Rimini, castigada en el Infierno con la melancolía eterna de mirar a su amado Paolo sin llegar a tocarlo. Gilda, a decir de Francesca, era una mujer fría que, sin embargo, adoró a su nieta, “era la más amorosa, viva, vital y empujadora mujer del mundo; la que me decía que durante las menstruaciones se puede comer todo lo que una quiere porque no se engorda; teoría que me hizo amar el menstruar”. Su madre, en cambio, era una bióloga que se frustró porque tuvo seis hijos. Su padre, Gioacchino Gargallo-Sdrin (1923-2007), era un escritor de filosofía de la historia, de quien la propia Francesca tradujo al español su entera Historia de la Historiografía moderna, en cuatro volúmenes, no obstante la cordial enemistad que los enfrentó toda la vida.

De Siracusa a Zacatecas

El nomadismo lo llevaba en la sangre y en los astros. Necesitaba desbaratar el estigma de su nombre: dejar de anhelar, salir a tocar. Aunque su familia era rica, más aún, aristócrata, viajó en calidad de estudiante pobre, quedándose en casas de pueblo y comiendo en fondas. Recorrió los Balcanes y el Mediterráneo, pasó por Nueva York, donde trabajó como baby sitter. Un día, harta de esta aséptica ciudad, se montó, mochila al hombro, a un camión Greyhound que la depositó en Texas. Fue ahí donde pidió aventón a un camionero mexicano: “lléveme a donde vaya usted”, le dijo, valiente o demasiado ingenua. Pero llegó a Zacatecas: el mejor lugar del mundo. Para entonces ya había publicado dos libritos en italiano: Itinerare (poesía, 1980) y Le tre Elene (cuento, 1980), pero en México no sólo se reafirmó en su pasión por la escritura: enamorada del idioma, adoptó el castellano como lengua literaria. “Llegar a escribir español me costó cinco años de silencio. Le debo al maestro Jorge de la Serna, en la Unam, haberme obligado a hacerlo. Me hizo leer, hasta el placer absoluto, a Quiroga, a Jorge Isaacs, a todo Riva Palacio y a Josefina Vicens. En un principio creí que sufriría limitaciones para expresar todo lo que quería, pero dos amigos, Rosario Galo Moya y Eduardo Molina y Vedia, me dijeron que no tuviera miedo, que ellos corregirían el estilo”. Su primera novela en castellano y publicada en México fue Días sin Casura (Leega Literaria, México, 1986), donde aborda la dura experiencia de una periodista italiana inmersa en la guerrilla de un país extranjero. Nos sorprendió con personajes femeninos que se asumen potencialmente libres. Mujeres que estudian, aman, desean y, sobre todo, viajan. Ejercen, además, una bisexualidad como búsqueda de sí y de las otras.

La libertad, la experiencia, la ecología, el humanismo, la solidaridad y la maternidad son los temas predominantes en su narrativa. La mejor de sus novelas, la que la consagró como una de las más destacadas escritoras mexicanas –Juan Villoro la ubicó entre Rosa Beltrán y Carmen Boullosa– es una de corte histórico cuyo protagonista es un varón: La decisión del capitán. Ambientada en el siglo xvi, narra el itinerario bélico, vital y pasional de Miguel de Caldera, fundador de San Luis Potosí, y de quien Francesca aporta una visión que no por personal se aleja de la verdad histórica.

Al paso de los días: la tragedia del mundo

Ninguna, sin embargo, tan radical y apasionante como Al paso de los días (Terracota, México, 2013). Recoge un poco de las demás; la tragedia ecológica de Marcha seca; los dilemas existenciales de Estar en el mundo y la crítica y denuncia sociopolítica de Los pescadores del Kukulkán… tiene, además, a los pasajeros de un avión secuestrado y, posteriormente, abandonados a su suerte en el desierto. Siete sobrevivientes de un singular acto terrorista, perpetrado, al parecer, por la propia tripulación de aquel vuelo Marsella-París, entre los que destacan un famoso escritor con una fatwa pendiendo sobre su cabeza (¿Salman Rushdie?), un afamado galán de cine de acción, un exmilitar serbio, una profesora y escritora que es una especie de amazona –como la propia autora– y una niña de trece años. Su periplo será captado por una cámara de ubicación desconocida que proyecta estas imágenes al mundo gracias al estertor del único satélite que se mantiene en funciones… un mundo que parece a punto de desmoronarse por un apocalipsis forjado a conciencia por la ambición desmesurada de algunos. El mundo, como señala uno de los personajes, se ha transformado en un cadáver que sigue vivo porque sus uñas siguen creciendo. Y esta es la única transmisión televisiva que se puede sintonizar y que algunos, particularmente los involucrados con estos personajes, la siguen como si se tratara de una telenovela. No hay un protagonista definido, ni siquiera la amazona que, ya muy avanzada la narración, descubriremos que se llama Irene y cuyo firme carácter la convierte en líder. Cada personaje, tanto las víctimas del ataque como aquellos que siguen su periplo a través de televisión, incluso los políticos y funcionarios de países remotos que deben coordinarse para resolver aquel problema que podría propiciar un desastre diplomático, así como los científicos, responsables indirectos del desastre ecológico que tiene íntima relación con el suceso, todos, tienen voz. Posteriormente, en una interesante editorial colombiana, Desde Abajo, publicó Los extraños de la planta baja, su novela más personal, cuyo origen es el cambio de un hermoso departamento de la Condesa, herencia de su padre, por un gran terreno en Santa María la Ribera donde, de a poco, erigió una comuna para artistas marginales. “La Santa María –explica– me ofreció una ruina de casa hermosa, señorial, de 450 metros, construida originalmente en 1901 para dos hermanos panaderos devotos de

San Pascual Bailón. Esos muros a medio caer, que hemos reconstruido entre muchos, respetando su diseño original, nos ofrecen vivir y llevar a cabo proyectos artísticos, proyectos que hacen barrio”.

Ideas feministas latinoamericanas, ensayo filosófico sobre el feminismo latinoamericano, puede ser también una guía para comprender su narrativa, en principio porque aborda ampliamente a autoras cuya influencia se advierte en su prosa: Graciela Hierro, Rosario Castellanos, la colombiana Marvel Moreno y las poetas mexicanas Dolores Castro y Enriqueta Ochoa. Se identifica más con ellas que con Simone de Beauvoir –podría decirse incluso que le simpatiza más el entrañable amigo de ésta... no, Sartre no, sino Maurice Merleau-Ponty–, pese a que, como la francesa, se define feminista integral.

América Latina y más

El latido de su narrativa, no obstante, no es exclusivamente latinoamericano: imposible no asociarla con Elsa Morante, con Doris Lessing… con Fatima Mernissi en su faceta ensayística. Testigo presencial de las más devastadoras guerrillas sudamericanas, en medio de las cuales elaboró su tesis de doctorado y de las que se nutre gran parte de su narrativa, en particular su novela Estar en el mundo (Era, México, 1994), nos hace una descripción terrible, poética y sorprendente de un continente que visualiza como a una esposa sometida esforzándose por levantar cabeza. Sus últimos libros fueron Plan campesino de mujeres, amorosa edición realizada en Oaxaca por una editorial pequeñita –y feminista– de nombre Campamocha, que logró sacar un tiraje de mil ejemplares. La otra, La costra de la tierra, impreso en “zona autónoma” (sic), aparece bajo el enigmático sello Cisnenegro (lectores de alto riesgo), con apenas cien ejemplares. Plan campesino de mujeres, pese a su título panfletario, es una novela tan espléndida como las anteriores, complementaria con La costra de la tierra y el thriller Al paso de los días. Extraordinarias aventuras con un trasfondo de crítica política global y, por lo mismo, más “peligrosas”. Plan campesino… es muy informativa, no menos literaria, no menos novela; de hecho, Francesca vuelve poesía cuanto toca, detalles sobre los riesgos de que el maíz transgénico termine mezclándose con el natural; o cómo la ayuda humanitaria a los países pobres ha terminado por servir de puente a compañías de agroquímicos para filtrar organismos genéticamente modificados, mientras que en La costra de la tierra, una médica forense, un chamán, un pintor y un geólogo libran una lucha contra la modernidad depredadora que amenaza con colonizar las libertades individuales… algo tan simple como caminar a placer, en espacios abiertos. No es de extrañar su confesa afinidad con ecofeministas como Ibone Guevara y Vandana Shiva y, estéticamente, con la canadiense Margaret Atwood.

Por Eve Gil -13 Mar 2022 07:29

Publicado enCultura
Eduardo Esparza, sin título (Cortesía del autor)

El pasado 10 de diciembre el Premio Nobel de Literatura cumplió 120 años. El primero en recibirlo fue –1901– el francés Sully Prudhomme y el más reciente ganador (2021) fue Abdulrazak Gurnah (Tanzania, 1948). A lo largo de estos años ha sido otorgado a 118 escritores (102 hombres y 16 mujeres) y, su entrega solamente ha sido suspendida entre 1940 y 1943 debido a la Segunda Guerra Mundial. El país más premiado ha sido Francia (15 veces), seguido por Estados Unidos de América (12), Reino Unido (11) y Alemania (8). Esto significa, entre muchas otras cosas, que el francés, el inglés y el alemán son los idiomas a través de los cuales, a juicio de los jurados, se ha expresado lo mejor del arte “universal” hecho con palabras.


Como era de esperar, con 120 años de historia, el premio más prestigioso no ha estado exento de controversias. Para algunos, este premio representa el triunfo de la industria editorial capitalista sobre el genio literario del autor o de la autora, el contubernio entre genio creativo e interés de lucro mediante la programación de lectores por la vía del creciente y cada vez más intensivo mercadeo global, un culto radical al individualismo artístico, o un verdadero reconocimiento a las y los mejores, una hoja de ruta para perseguir las huellas de nuestras maneras de echarnos cuentos, entre otras menores y mayores polémicas.


Por ejemplo, no hay que olvidar que en 1964 el ganador del premio lo rechazó porque no quería que su palabra escrita fuera “institucionalizada”, ni tampoco quería “presionar” a sus lectores. Se trataba nada más y nada menos que del filósofo francés Jean-Paul Sartre. Tampoco hay que olvidar que cuando en 2016 el turno le correspondió al músico estadounidense Bob Dylan, él mismo, quien además no asistió a la ceremonia de premiación aduciendo problemas de salud, manifestó irónicamente que sus posibilidades de ganar eran tan escasas como poner “un pie en la luna”. De hecho, cuando se conoció la noticia, muchas personas en América Latina vaticinaron que si a Dylan le habían otorgado el Premio Nobel de Literatura, no tardaría mucho en pasar lo mismo con Rubén Blades. La mujer de mayor edad en recibirlo hasta hoy ha sido Doris Lessing, una de los íconos del feminismo británico, quien al ser laureada (2007) contaba con 88 años de edad, y tampoco asistió a la ceremonia de premiación bajo el mismo argumento esgrimido por Dylan. Lo más paradójico de este último caso es que la misma Lessing se desescolarizó por voluntad propia cuando contaba con 13 años, y, además, ella nunca creyó en la educación institucional y formal como una opción legítima para aprender sobre sí misma y los demás, sobre todo para aportarle algo al mundo. Una creencia que, como era de suponer, puso en jaque al oficio de algunos de sus seguidores, sobre todo entre aquellas personas que han dedicado su vida a enseñar literatura en centros educativos para niños, niñas, adolescentes y jóvenes universitarios de pregrado o posgrado.


Entre todas las polémicas desatadas desde 1901, y partiendo por reconocer la pertinencia del Nobel de Literatura, desde el reconocimiento de la opción por el proceder desescolarizado y desescolarizante de personas que, como Lessing, no le dieron crédito a ningún centro de educación de baja o alta calidad, ni a las asignaturas de literatura, ni mucho menos a los maestros y maestras dedicados a su enseñanza, dos pregutas: 1) ¿Por qué –sin desconocer las críticas que se le hacen– hay que seguir defendiendo al Premio Nobel de Literatura? 2) ¿Cómo deberíamos leer literatura, es decir, arte hecho con palabras? (¿Hay algún manual de lectura?).


Si bien desde una actitud desescolarizada y desescolarizante hay una plétora de razones para defender la existencia de este premio, importante resaltar la más evidente: como tal, este premio permite acceder a un inventario de autores, autoras y obras de manera más o menos libre en relación con los currículos institucionalizados, más o menos pública en cuanto a que ni siquiera en China se puede ocultar o censurar este listado para la ciudadanía en general y más o menos gratuita en términos monetarios. En esta vía, recuerdo al viejo Noé (q.e.p.d.), a quien conocí en el Pacífico colombiano. Noé aprendió a leer y a escribir en 1999, a los 50 años de edad, gracias a que su nieto Fidel, quien apenas contaba con 16, decidió dedicar dos horas de sus días, durante un año, a motivar a su abuelo a aprender el abecedario y con ello abrir con sus propias manos las puertas de la literatura. Conocí a Noé en el año 2010, mientras mis pasos me llevaban por los territorios negros de Chocó en pos de un trabajo de campo y él, con orgullo, me contó que estaba leyendo, en orden (del más antiguo al más reciente), al menos algún fragmento de los premios Nobel, empezando por la traducción al español de algunos apartes de la obra de Prudhomme. “Voy leyendo Nobel por Nobel”, me dijo con la misma sonrisa orgullosa que alegraba su rostro cuando hablaba acerca de, o se refería a su nieto Fidel. Desde entonces, con algunos y algunas colegas, solemos referirnos al Premio Nobel de Literatura como “el método de Noé”.


Como Noé antes de 1999, según los datos más recientes (de 2015) del Instituto de Estadística de la Unesco (IEU), “cerca del 84% de la población mundial adulta sabe leer y escribir. Esto representa un aumento de un 8 por ciento desde 1990, pero deja todavía a alrededor de 774 millones de adultos analfabetos […]. La mayor parte de adultos analfabetos vive en Asia occidental y meridional y en el África subsahariana. Dos tercios de ellos son mujeres”. Noé murió en 2021, a los 72 años, en el contexto de la pandemia por covid-19. Ignoro cuántas millas de literatura premiada alcanzó a saborear, pero sí sé que se sentía orgulloso, como negro, del Nobel que le fue otorgado en 1986 a Wole Soyinka, el primer africano marcado con el sello de Alfred Nobel.


De otra parte, ¿hay algún manual para leer a un/una premio Nobel? Al respecto, recuerdo que alguna vez un maestro me habló de la diferencia que, según él, estableció Julio Cortázar entre “el lector macho y el lector hembra” (ya el sexismo en la frase me generó sospecha). Nunca corregí a mi maestro de su error porque la vida no nos dio la oportunidad, sobre todo porque años después sí encontré lo que exactamente quería decir Cortázar. Lo dijo en 1980 en el marco de una entrevista que le realizó la profesora peruana, emérita, Sara Castro-Klaren, quien por entonces trabajaba para el Department of Romance Languages and Literature del Darmouth College en Estados Unidos de América. En la conversación, la profesora Sara le preguntó a Cortázar lo siguiente: “¿Existiría algún paralelo entre el lector macho, es decir, edificador de un orden, con el escritor capaz de destruir la literatura para conseguir desde ahí elaborar una nueva obra? ¿Qué tipo de lector (hembra/macho) eres tú, digamos, al leer Don Quijote…?”


A mi juicio, la respuesta de Cortázar fue mejor imposible, como decimos coloquialmente en Bogotá: “No comprendo demasiado esa referencia a un posible paralelo entre un lector macho, es decir, edificador de un orden según vos, con el escritor capaz de destruir la literatura para conseguir desde allí elaborar una nueva obra. Creo que estás mezclando elementos heterogéneos. En todo caso no lo comprendo demasiado. En la frase siguiente cuando me preguntás qué tipo de lector si lector hembra o lector macho era yo cuando leía una serie de libros que citás empezando por Don Quijote, te diré que yo como lector no tengo nunca una actitud agresiva que parecería a priori ser el signo de la virilidad, del machismo. Aunque todo esto, sabemos muy bien que es un juego muy relativo. Mi conducta de lector, tanto en mi juventud como en la actualidad, es profundamente humilde. Es decir, te va a parecer quizá ingenuo y tonto, pero cuando yo abro un libro lo abro como puedo abrir un paquete de chocolate, o entrar en el cine, o llegar por primera vez a la cama de una mujer que deseo; es decir, es una sensación de esperanza, de felicidad anticipada, de que todo va a ser bello, de que todo va a ser hermoso. No tengo ninguna prevención previa […]. Me alegro de que cuando abro un libro lo abro como una especie de premonición de goce, de que todo va a estar bien. Y, claro, si las cosas no salen así, bueno, abandono el libro o lo termino con una cierta decepción”.


En la misma línea de inspiración que traza la respuesta que Cortázar le dio a la profesora Sara en 1980, hasta aquí, como lo comprenderá el lector, frente a la segunda pregunta formulada es indispensable resaltar que no hay un manual ni para leer a un/una premio Nobel de literatura en particular, ni para leer literatura en general y, sobre todo, no es deseable que exista. Como en el amor, en la vida, ante la muerte, ante la crisis, no hay una fórmula mágica para amar, vivir, asumir la muerte o enfrentar las crisis. Leer literatura es como tocar a la puerta del lugar en el que vive una persona desconocida. Si te abren la puerta, sugiero que te presentes y que le pidas a esa persona que se presente también. Luego, si deciden conversar (en la puerta o más hacia el interior del lugar), como en cualquier diálogo es posible que te resulte agradable o desagradable, pero eso ya lo podrás juzgar luego de un tiempo, o ahí mismo y con base en la experiencia. Sin embargo, lo importante, lo preocupante es que puedas al menos tocar a la puerta. Por eso, quizás, el único manual para leer a un/una premio Nobel es poder saber leer y escribir y, la verdad, por esta razón es un escándalo que el 16 por ciento de la población mundial no pueda hacerlo, y que las más perjudicadas por esto sean las mujeres y, entre ellas, las mujeres asiáticas y africanas. De lo cual se deriva otro escándalo, y no menor: ¿quiénes pueden además acceder a Internet y quiénes no? Sobre todo porque hoy no es suficiente con leer, sino que también se requiere con urgencia que todas y todos podamos acceder a la posibilidad de hacerlo a través de las autopistas de información que hoy nos ofrecen las tecnologías. Por eso duele que desde los fondos públicos o bien no se invierta en ese acceso, o se malversen los recursos destinados a ello. En el manual para leer a un/una premio Nobel de literatura el primer paso es esforzarnos en conseguir un Fidel para cada Noé.


Coda: entre diciembre de 2021 y enero de 2022 pude leer la novela Paraíso, escrita por el más reciente premio Nobel de literatura. Solo tengo unas pocas recomendaciones: ojalá cada lector o lectora que pueda leer y, además, pueda acceder a Internet, no deje de buscar las palabras en suajili o en árabe que por allí se mencionan, pero, además, no deje de investigar los nombres de los lugares, de los paisajes, de la comida, de los vestidos, de las religiones que allí figuran. Y tenga en cuenta dos cosas más, por favor: no compare a Gurnah con nadie más (cada autor o autora es único, única) y sepa usted que está ante el arte hecho con palabras del segundo hombre negro en recibir el premio más codiciado del mundo erudito.

 

*Director de la Fundación Sujetos en Luto, “porque todos y todas hemos perdido algo o a alguien”

 

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Sábado, 11 Diciembre 2021 05:50

Ventana al virus: las formas que no vemos

Ventana al virus: las formas que no vemos

¿Quién escribirá la novela de la pandemia?, se pregunta el autor en este ensayo en el que recorre los meses de confinamiento, espera y virus a través de una cantidad de imágenes tomadas de la literatura universal y de sus propias vivencias. Finalmente, como él mismo dice, el género humano no sobrevive en silencio; lo primero que hacemos al sortear un cataclismo es comentarlo. 

Nunca sabremos en qué momento la palabra pasó al arte. De pronto, en torno de una fogata, se concibieron historias. Una de ellas conservó el nombre de Odisea. Su tema no ha sido superado. ¿Hay mayor angustia que la dificultad de volver a casa? Salir al mundo ayuda a entender el peso del retorno; el destino mejora con los esfuerzos para obtenerlo; por ello, en su poema «Ítaca», Constantino Cavafis pide «que el camino sea largo».

La crisis del coronavirus nos replegó a las habitaciones en las que no siempre queremos estar y adquirió la condición de una Odisea inmóvil. Sin mediación alguna, el punto de partida se transformó en punto de llegada. Estábamos donde teníamos que estar, pero eso representaba un tránsito hacia ninguna parte. Ya en el siglo xvii, Pascal había advertido que la tragedia de un hombre comienza cuando no puede estar solo en su cuarto. Nadie había hecho planes para el encierro, y no es fácil que una nación gregaria como la mexicana, donde lo importante ocurre en compañía, acepte que la ayuda consiste en ocultarse. El aislamiento, sinónimo del purgatorio, se transformó en mérito ciudadano.

Un título de Samanta Schweblin adquirió nuevo significado: Distancia de rescate. La escritora argentina se refiere a la proximidad necesaria para salvar a alguien. En la pandemia, la distancia útil fue el alejamiento. En ese ámbito, empezamos a buscar ventanas. Nos asomamos de otro modo a la calle, subimos a las azoteas y vimos el horizonte rayado por antenas de televisión. Esta actividad se complementó con otra para ganar profundidad de campo. Tiempo de pantallas encendidas. Algunos volvimos a un objeto que se abre al modo de una puerta, el libro en papel. Kafka soñaba con ser un chino que vuelve a casa. En esta variante, Ulises es un extraño que regresa a un sitio común. Si Kafka hubiera sido chino, seguramente habría imaginado a un checo que vuelve a casa. Varados en nuestro cuarto, concebimos otros cuartos. A partir de marzo de 2020, el horizonte fueron las paredes. Sin pasar por los predicamentos del rey griego, asumíamos la difícil tarea de regresar.

Leer, abrir ventanas

En 1348 Italia fue devastada por la peste negra. Testigo de la tragedia, Boccaccio señaló que el contagio había golpeado «distintas partes del Oriente, donde hizo perecer a muchísimos habitantes», y se extendió hasta llegar a Florencia, la desdichada ciudad donde él vivía:

Contra ella fracasaron todos los esfuerzos de la previsión humana; ni los oficiales encargados de sanear la ciudad, ni la prohibición de que se permitiera la entrada a ningún apestado, ni las más prudentes precauciones, así como tampoco las más humildes plegarias dirigidas todos los días a Dios por las personas piadosas, fuera en las procesiones organizadas a tal fin o de otra manera cualquiera, pudieron impedir que en los primeros días del año comenzara a hacer los mayores daños.

Boccaccio tenía entonces 35 años. Escritor autodidacta, dominaba la versificación sin ser un auténtico poeta; además, no podía compararse con las inimitables figuras de su siglo: Dante y Petrarca. La mayor parte del tiempo se le iba en conquistas amorosas. Hijo natural, fue enviado por su padre a Nápoles para que no incomodara a su madrastra. Acaso por ello, siguió la ruta de otros célebres donjuanes, buscando en un sinfín de mujeres a la que nunca conoció. Al ver cadáveres en las calles y cerdos que morían por lamer sus vendas, decidió ser fiel a su época. Repudió las rimas eruditas, tuvo urgencia de ser comprendido y acudió a la forma más alta de la expresión vulgar: la prosa. En 1353 concluyó el Decamerón.

La trama se ubica en Florencia durante la peste. Siete mujeres, que oscilan entre los 18 y los 28 años, se reúnen en la iglesia de Santa María Novella. Llevan luto por la pérdida de sus familiares. Una de ellas propone que en vez de sumirse en el dolor o en vanos placeres, recuperen el gusto por la vida en un refugio campestre. Tres jóvenes entran a la iglesia y las chicas los invitan a la más productiva tertulia de la literatura. Durante diez días los convidados cuentan cien historias sobre el triunfo del deseo. El macabro entorno es refutado por tramas de lúbrica comicidad, donde nadie se arrepiente y donde el pecado es una forma del ingenio. Frailes, marqueses, abadesas, presbíteros y mujeres casadas buscan una atrevida felicidad erótica. En una era de cuerpos enfermos, Boccaccio exalta el organismo. No le importa que una boca estornude; le importa que bese. Los personajes pertenecen a una sociedad hipócrita en la que para ser sincero hay que hacer trampa. De acuerdo con Salvador Novo, «pretenden imponer una conciencia moral fundada en la improcedencia de las inhibiciones». Hijo ilegítimo, Boccaccio quiso normalizar estigmas. Novo advirtió su «deseo latente de hacer reconocer a todo el mundo la pureza del adulterio, del que fue producto lato, e instaurar el amor libre como prueba de que su presencia en el mundo no era espuria».

En su condición de católico practicante, Boccaccio conoció a la primera de sus musas en la iglesia (también Petrarca vio a Laura ante un altar). Al concluir el Decamerón, hizo algo que sus personajes jamás harían: se arrepintió y pidió consejo al poeta admirado. Petrarca lo instó a publicar los cuentos, aunque años después diría que se trataba de «un libro juvenil, escrito en prosa para uso del pueblo». A diferencia de Dante, Boccaccio hace que el Infierno y el Paraíso estén en la tierra. Juzga que la epidemia pueda ser una maldición divina, pero revela la condición humana en ausencia de Dios. En 1348, diez personajes se reunieron en un jardín de Italia. Al mediodía buscaban la sombra para contar historias: cada palabra alargaba la vida. Esa inspirada reclusión daría otro nombre a los tiempos de la peste: Renacimiento.

Biopolítica

Cuando un Estado entra en crisis, se multiplican las metáforas bélicas, límite y derrota de la imaginación social. En 2020, varios gobiernos cedieron a la tentación de referirse al covid-19 en términos militares, recurso inútil, pues el frente era ilocalizable, el enemigo avanzaba sin ser visto y la defensa consistía en evitar el acontecimiento. Esa narrativa vacía dominaba al grueso de la población. Los sucesos pasaban en islas alejadas: los hospitales. ¿Es posible contar una «épica de la inacción»? El personal sanitario y los infectados vivían un drama concreto mientras la inmensa mayoría respiraba en puntos suspensivos.

Los gobiernos normalizan el estado de excepción apelando al bien común. El filósofo Paul B. Preciado distinguió dos métodos de combate a la epidemia: el aislamiento físico (Francia, Italia, España) y las pruebas para distinguir contagiados (Corea del Sur, Taiwán, Singapur). Ambas estrategias obligaban a recordar el término de «biopolítica» usado por Michel Foucault para señalar que el objetivo último del poder es el cuerpo. La moderna supervisión biopolítica anuncia la llegada de ciudadanos inmateriales, progresivamente desprovistos de la capacidad de elegir e interactuar con los demás. De acuerdo con Preciado, en la pandemia, el ciudadano

no intercambia bienes físicos ni toca monedas, paga con tarjeta de crédito. No tiene labios, no tiene lengua. No habla en directo, deja un mensaje de voz. No se reúne ni se colectiviza. Es radicalmente individuo. No tiene rostro, tiene máscara. Su cuerpo orgánico se oculta para poder existir tras una serie indefinida de mediaciones semio-técnicas, una serie de prótesis cibernéticas que le sirven de máscara: la máscara de la dirección de correo electrónico, la máscara de la cuenta Facebook, la máscara de Instagram. No es un agente físico, sino un consumidor digital, un teleproductor, es un código, un píxel, una cuenta bancaria, una puerta con un nombre, un domicilio al que Amazon puede enviar sus pedidos.

Toda epidemia describe el país donde ocurre. En México la principal peste es el hambre. De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), cuatro de cada diez mexicanos viven en la pobreza. Para ellos, las posibilidades de morir por no salir a la calle superan a las de sobrevivir por quedarse en casa. Además, nuestro espacio doméstico es una zona de alto riesgo. En The Washington Post, Laura Castellanos abordó la «dimensión oculta» de la pandemia. Del 28 de febrero al 13 de abril de 2020, cien mujeres murieron por coronavirus y 367 por violencia de género; hubo 40.910 llamadas de emergencia al número 911 (la mayor cantidad desde 2016), y se abrieron 33.645 carpetas de investigación: 23,3 denuncias por hora. Un problema estructural se agudizó con el encierro. Por otra parte, también aumentó la disposición a denunciar. El imprescindible hashtag #QuédateEnCasa parecía reclamar otro igualmente urgente: #¿ConQuién?

El coronavirus mostró un mundo interconectado pero desunido. Preciado señala que «comunidad» comparte una partícula etimológica con «inmunidad»: munus, tributo. La comunidad comparte los tributos; la inmunidad prescinde de ellos. El cuerpo social solo será inmune en comunidad. La paradoja del otro: nuestra salud depende de aliviar su malestar. La biopolítica responde, en última instancia, a un criterio económico. En 2021, la vacunación nos convirtió en portadores de marcas. Del mismo modo en que Coca-Cola se vende en una cadena de cines y Pepsi en otra, Pfizer permite circular por ciertos países y Sputnik por otros. Recibí la primera vacuna y mi esposa la segunda. El mundo nos ofrecía rutas diferentes. Mientras el cuerpo se mercantiliza, los gobiernos anuncian recortes a la cultura en nombre de la economía. Y, sin embargo, el tedio del encierro confirmó que la cultura es un remedio ancestral: desde hace siglos, el esfuerzo de lavar la ropa se supera cantando.

Churchill aseguraba que Gran Bretaña ganó la guerra por no cerrar los teatros. Un pueblo que representa Hamlet durante los bombardeos no puede ser vencido. La contradictoria y carismática figura del legendario bulldog inglés no dejará de inspirar películas y series de televisión. Su afición a la pintura y la literatura fue vista como una extravagancia similar a su ingesta de puros y whisky, y tuvo repercusiones imprevistas (el nombre de la banda de jazz-rock Blood Sweat and Tears [Sangre, Sudor y Lágrimas] surgió del más inflamado de sus discursos y la Academia sueca perfeccionó su lista de errores al concederle el Premio Nobel de Literatura). Más allá de las circunstancias de su vida, conviene rescatar una de sus convicciones: la política carece de sentido al margen del arte. En una carta al ministro de Cultura de España, el director de teatro Lluís Pasqual recordó una frase de Churchill: «Si sacrificamos nuestra cultura… ¿alguien me puede explicar para qué hacemos la guerra?».

En tiempos en que nadie es capaz de una tribuna parlamentaria con el ánimo de Churchill, por no decir con su retórica, el confinamiento se superó con la imaginación ciudadana. Para salir del presidio mental, se compartieron tuits, poemas, canciones, llamadas telefónicas, sesiones en Zoom, sueños y series de televisión. Los artistas regalaron en línea obras de teatro, películas, libros, conciertos. La especie resistió gracias a formas de representación de la realidad eliminadas de los presupuestos públicos como una parte prescindible de la realidad.

En un capítulo de Los hermanos Karamázov, «El gran inquisidor», Dostoyevski reflexiona sobre el eterno dilema de las prioridades humanas. Iván, el hermano intelectual, cuenta una parábola a Aliosha, el hermano religioso. En el siglo xvi, un viejo inquisidor sevillano encuentra a Cristo y lo arresta porque su regreso pone en entredicho a una Iglesia que se ha apartado de su prédica. El anciano explica al mesías el peor de sus errores. Cuando oyó la voz de Dios en el desierto, pudo haber pedido cualquier cosa. El Padre Eterno le ofreció pan para alimentar a la humanidad entera; eso le hubiera conferido un poder incontestable. La respuesta de Jesús fue desconcertante: «No solo de pan vive el hombre». ¿A qué se refería? Rehusó ser el proveedor de la gente, su autoridad asistencial, y promovió la libertad aun a riesgo de que se usara en su contra. Ya en la cruz, no pidió un milagro para subir al cielo escoltado por los ángeles. La fe no puede ser impuesta con un truco; debe ser atributo del albedrío.

Los milagros y el reparto del pan son coacciones. Iván presenta la historia como un fracaso del cristianismo (un sacrificio inútil en nombre de la decisión individual); Aliosha lo entiende como un triunfo de la fe sin ataduras. Entre ambos, media otra figura: Dostoyevski sugiere que el pan y la libertad son inseparables. Imaginar que el trigo puede ser horneado y compartirlo son actos culturales. Ponerle precio es otra cosa. En 1929, escribió Federico García Lorca: «No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos claman a gritos». La mitad de nuestra existencia es imaginaria: el pan sabe mejor en libertad.

La civilización comenzó en torno de una fogata. Los gobiernos olvidan que eso sirvió para tres cosas imprescindibles: calentar las manos, preparar comida y contar historias.

La espera

El problema de disponer de mucho tiempo es que no llega el momento de aprovecharlo. Antes de la pandemia, buscábamos ratos que importaban por contraste, arrebatados a la tiranía del horario. El confinamiento cambió las nociones de descanso y día hábil. Siempre estábamos ahí. El trabajo a distancia nos volvió personas disponibles.

Los presos conocen este drama. En su espléndida antología de textos de Ricardo Garibay, Josefina Estrada incluye la crónica «Cárcel». Después del movimiento estudiantil de 1968, el escritor visita a presos políticos en el «Palacio Negro» de Lecumberri que soportan la reclusión con estoicismo y han convertido sus celdas en cubículos de trabajo. Garibay no conocía a Heberto Castillo, pero sintió que continuaban un diálogo de viejos amigos. Dueño de una sonrisa «fácil», «impensada», el anfitrión había renunciado a sus brillantes desempeños como ingeniero y maestro universitario, y se disponía a fundar un nuevo partido político, deseoso de complicarse la vida. Ante esta figura de entusiasmo crónico, Garibay hizo la pregunta decisiva: «¿Qué es lo peor, ingeniero?». El anfitrión dio una cátedra sobre la ingeniería del tiempo:

Lo peor es la relación entre trabajo y tiempo. Se rompe, ¿comprende? Me explico: «afuera» uno se hace de un método, horas diarias, precisas, donde se va acumulando el material, el trabajo: libros, notas, clases, viajes, investigaciones; el tiempo sirve para eso. Aquí el tiempo sirve para esperar, esperar una audiencia determinada, una visita, una noticia, un rumor, una sentencia: eso da y quita sentido al tiempo de la cárcel, porque la espera paraliza, anula los métodos, corrompe los programas. Hay que luchar con todas las fuerzas, vivir como si no se esperara, y no siempre se puede.

Las palabras de Heberto Castillo resumen el predicamento de vivir entre paréntesis, aguardando una noticia, un rumor que acabe con la pausa. Martín Caparrós escribió con ironía que la tierra volvió a ser plana: solo la vemos en la pantalla. También recordó la renovada pertinencia de la dedicatoria de Zama, novela de Antonio di Benedetto: «A las víctimas de la espera». Fiel a su estética, ese libro aguardó a sus lectores durante años. La historia se ubica en el siglo xviii. Un funcionario de la Corona española es enviado a una lejana frontera rural y anhela ser trasladado a Buenos Aires. No hace otra cosa que esperar: «Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera, y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí. Siempre se espera más».

En 1956, cuando apareció la novela, el destino de Diego de Zama fue visto como el de un existencialista del siglo xviii. Condenado a la posposición, no tiene recompensa cierta, pero mantiene el resistente ejercicio de aguardar. Su desilusionada entereza no es la de un desencantado, sino la de alguien que persiste.

La historia cultural de la paciencia tiene antecedentes que dependen más de la lectura que de la escritura. Quien se adentra en un libro es, necesariamente, un esperanzado. El infinito acervo de la Biblia ofrece anécdotas que los exégetas convierten en parábolas. Erri De Luca, poeta italiano, activista ecológico, montañista y traductor del hebreo, ha dedicado un hermoso libro a un pasaje del Génesis: Vita di Noè/Nòah. Sus reflexiones aprovechan los recursos detectivescos de las etimologías, comenzando por el nombre del protagonista, Nòah, que en hebreo antiguo remite al verbo «reposar». Horrorizado ante la violencia y la corrupción de los seres humanos, Dios no solo elige a un hombre justo para reiniciar la especie humana, sino a alguien que sabe esperar. Las cosmogonías ofrecen estadísticas desaforadas. De acuerdo con el relato bíblico, Noé vive 950 años. Se podría decir que a alguien de tan garantizada longevidad no le queda más remedio que ser paciente, pero no hay que minimizar las pruebas que enfrentó.

El diluvio es el arrepentimiento de Yahvé ante su creación inicial. Noé recibe instrucciones precisas para construir la embarcación (sin popa, con tres pisos, etc.). De Luca destaca un detalle esencial: la nave carece de timón, «está hecha para flotar, no para navegar». A bordo, no hay mayor recurso náutico que la fe.

El marino accidental se embarca con su esposa, sus tres hijos y sus parejas, y con ejemplares macho y hembra de todos los animales. Durante 40 días y 40 noches llueve sin cesar. Durante esa cuarentena primordial los demás seres vivos son aniquilados. Después del diluvio, el viento sopla de otro modo. Durante 150 días las aguas bajan de nivel. Al mes décimo, las cumbres de los montes vuelven a ser vistas. Pasan otros 40 días y Noé suelta un cuervo que revolotea en torno del barco. Siete días después suelta una paloma que no encuentra dónde posarse y regresa al navío. Noé se comporta como un relojero místico: no conduce la nave, mide el paso de los días. «Se atiene al intervalo temporal de la creación; sabe que está ante el segundo nacimiento del mundo», escribe De Luca.

Noé aguarda otra semana para volver a enviar la paloma, que ahora regresa con una rama de olivo, señal de que la tierra está cerca. Todo parece resuelto, pero el protagonista decide esperar una semana más. Esos últimos siete días confirman su naturaleza. El poeta italiano Paolo Vachino observa que vuelve a la vida «no a través del excitado desenfreno de la supervivencia, sino con la serenidad del hombre en cuyo nombre está inscrito el reposo».

Ya en tierra, Noé sigue atento a la cronología: planta una viña, reloj vegetal. La siembra, la cosecha, la fermentación y el añejamiento son los nuevos plazos de su espera. Hace vino para beber el tiempo. Hombre al fin, se emborracha y sus hijos lo encuentran desnudo. Antes de salir de escena maldice a los herederos de su estirpe. Noé aceptó la difícil espera que le fue impuesta. Lo más importante fue que se asignó a sí mismo una semana adicional para aquilatar la nueva vida desde el reposo: «deja que el mundo respire siete días más, ahorrándole la presencia de las mujeres y los hombres», comenta Vachino. Años después, en su viñedo, descubrirá la maravilla y el peligro de ser dueño del tiempo.En el siglo xviii, Lichtenberg consideró, con irrenunciable optimismo, que toda felicidad comienza con su anticipación (esperarla es parte de la dicha) y en el xx, los personajes de Beckett entendieron en Esperando a Godot que la existencia es una broma donde se aguarda lo que no llega. La pandemia obligó a repasar los contradictorios trabajos de Cronos. El virus no podía ser visto, carecía de lugar, pero marcaba el tiempo. Las ventanas, las páginas y las pantallas perdieron su condición de sitios y se convirtieron en transcursos, alternos devenires, hechos de otros minutos, otras horas.

El trompetista

En marzo de 2020, el cielo provocó declaraciones de un enclave tecnológico que a menudo se consulta con fines esotéricos: la nasa. Para paliar el encierro, la gente salía al balcón con deseos de amplitud. Sin embargo, el pacífico afán de ver nubes deparó una sorpresa. Allá arriba sonaba una trompeta. Como no estábamos para bromas, el ruido parecía anunciar el fin del mundo.

La educación católica ofrece un condensado de malas noticias. Entre las truculencias de esa pedagogía, destacan el Apocalipsis y los siete ángeles trompetistas que prometen calamidades. Ante el rumor en las alturas, numerosas personas consultaron inútilmente al Vaticano y tuvieron que pedir una segunda opinión a la nasa. La institución aeronáutica explicó que el ruido no se debía a seres sobrenaturales. El cielo confirmaba lo que siempre ha sido: un instrumento de viento. El aire caliente había chocado con el frío, produciendo un «cielomoto», lo cual sucede con frecuencia pero es opacado por los motores que vibran en las ciudades. Gracias al silencio, nos acordamos de los ángeles.

El invento de la trompeta se remonta al año 1500 a.C. y se atribuye a un faraón cuyo nombre anticipaba cómo debía sonar: Tut. Durante milenios, sirvió para hacer llamadas de larga distancia. Sus notas limitadas y su timbre poderoso se prestaban para dar órdenes inconfundibles. Ningún otro instrumento ha sido tan informativo.

En las bandas de guerra, el corneta toca música, pero su principal misión es impartir instrucciones para despertar a la tropa, izar una bandera o lanzar una carga de caballería. En el elenco bíblico, el arcángel Gabriel ocupa un cargo semejante, sirviéndose de su trompeta para despertar almas dormidas. Desde que los siete sacerdotes elegidos por Josué soplaron cuernos de carnero para derribar las murallas de Jericó, se espera que las trompetas produzcan sacudidas. Algunas ocurrieron en el jazz gracias a Louis Armstrong, Miles Davis y otros virtuosos que reventaron sus labios en favor de los pulmones. Igor Stravinski y Olivier Messiaen compusieron para la trompeta y mi generación se emocionó con las fanfarrias de Carlos Jiménez Mabarak que anunciaban la entrega de medallas en la Olimpiada de México 68. Aun así, el trompetista goza de rara reputación. Dispone de una herramienta que ha liberado tribus, ganado batallas y prometido el cielo, y al mismo tiempo carece de la sofisticada aura del clarinetista. García Márquez escribió la crónica de un muchacho que se atrevió a decirles a sus padres que deseaba ganarse la vida soplando: «Ahora nacía un descastado. Una especie de Caín parroquial que pretendía deshonrar los ídolos familiares con el estridente cobre de una trompeta».

México encontró el modo de emplear trompetas en el mariachi, que empezó como música de cuerdas y luego se convirtió en el estruendo que altera cualquier reunión. Su repertorio incluye «El niño perdido», pieza en la que el trompetista debe alejarse de sus compañeros. Corre el rumor de que algunos músicos no vuelven al grupo y vagan por las ciudades como arcángeles fugados. Uno de ellos llegó a mi calle. En dos años, sus notas destempladas no han dejado de sonar. Una y otra vez, toca «Historia de un amor». Mientras la epidemia se cierne sobre México la melodía dice: «Ya no estás más a mi lado, corazón / En el alma solo tengo soledad…». Es la historia de un amor como no habrá otro igual. «Ay que vida tan oscura / Sin tu amor no viviré», clama la trompeta, que se inventó en el Egipto de las plagas y se afianzó en un país donde la supervivencia depende del corazón.

La mermelada del profeta

Así como la metafísica no tiene sentido sin la física, los perfumes incluyen ingredientes apestosos. El inasible Miguel de Nostradamus nació en 1503, en Provenza. Un acontecimiento definió su sino: la peste. Ante un mago de tal calibre hay más conjeturas que certezas. Alberto Savinio procuró interpretarlo sin acudir al ocultismo. Hermano de Giorgio de Chirico, Savinio fue escritor, músico, comediógrafo y pintor. Artista minoritario, casi secreto, apreciaba la erudición de los iniciados. No es casual que se interesara en el «Doctor Nuestraseñora».Nacido en el seno de una familia de ascendencia judía e italiana, Nostradamus se aficionó desde niño a las preguntas sin respuesta. En su juventud practicó la astrología y la astronomía, entonces inseparables. Concibió ideas sobre la redondez de la Tierra hasta que su padre le advirtió que eso podía llevarlo a la hoguera. Aceptó que la Tierra era plana y profesó la fe católica. Estudió Medicina en Montpellier, donde los estudiantes podían desalojar a los vecinos ruidosos que impedían leer. En las clases de Anatomía conoció una superficie más interesante que el cielo: la piel de las mujeres. Casto hasta el prejuicio, idealizó la epidermis femenina y preparó sublimados para protegerla. «La iridiscente gama de los maquillajes nace de sus manos», escribe Savinio: «como un arco iris capturado y puesto al servicio de la cosmética. Su cráneo es el lecho del Instituto de Belleza. ¿Qué sería de Elizabeth Arden, de Helena Rubinstein, del mismísimo gran Antoine, sin las enseñanzas de Miguel de Nostradamus?».

Su habilidad para la farmacopea lo llevó a confeccionar mermeladas y gelatinas para que la fragancia de los frutos tonificara el cuerpo. El gran cambio llegó con un flagelo que era representado como una «bestia selvática», una criatura con alas de murciélago que sostenía una antorcha de la que salía humo amarillo. La peste se había apoderado de Europa. No se trataba de un nuevo adversario; entre el año 1000 y 1400 se habían registrado 32 epidemias de ese tipo. Nostradamus se interesó tanto en el mal que decidió seguirlo a las ciudades donde actuaba con cruel capricho. Quienes no morían eran víctimas de otro virus: el frenesí erótico. Los médicos usaban la «escafandra de la peste», con lentes protectores y esponjas en la nariz. Además masticaban ajo. Autor de un Tratado de los afeites, Nostradamus concibió otro remedio, una receta aromática con clavel, aloe, cañas doradas y rosas recogidas antes del rocío. De acuerdo con la leyenda, quienes tomaron ese específico sobrevivieron al mal. La fama del doctor aumentó en forma desmedida. Fue agasajado en banquetes hasta que conoció la más paralizante de las amenazas: la Felicidad, encarnada en una mujer que respondía a sus sueños de cosmetólogo. El misántropo que hacía el bien se encontró ante la posibilidad de disfrutar la vida sin tener que solucionarla. Había ayudado a erradicar la peste, tenía celebridad, amor y fortuna. Pronto llegarían dos hijos hermosos. ¿Qué hace alguien que lo tiene todo pero no deja de pensar? La parte diurna del doctor cedió espacio a su parte nocturna. El taller de las compotas se convirtió en el santuario de un mago.

Abrumado por la dicha, comenzó a tener «crisis de clarividencia». Vio a un joven fraile en la calle y se arrodilló, llamándolo «Santidad». Tiempo después, ese religioso sería Sixto v. A partir de entonces, se convirtió en profeta. Su mujer y sus hijos murieron sin que él pudiera hacer nada al respecto. «¿Era para este resultado, oh Felicidad, para lo que insististe tanto en ofrecerle tus gracias?», se pregunta Savinio. Nostradamus dejó numerosas profecías para el futuro, la mayoría terribles, ninguna tan enigmática como su vida. Antes de la peste, ofrecía ungüentos, remedios y sabores; sorteó con entereza la epidemia, pero no pudo con el adversario secreto de una mente inquieta: la Felicidad. Rebelde ante la enfermedad, fue vencido por la plenitud. Una enseñanza amarga, digna del contradictorio profeta que preparaba mermeladas.

La novela del virus

Después de dos años de pandemia una pregunta se reitera: ¿quién escribirá la novela de esta época? El género humano no sobrevive en silencio; lo primero que hacemos al sortear un cataclismo es comentarlo. La pregunta sobre la novela del virus se plantea como una urgencia. Todas las épocas tienen ansiedad de presente y piden testimonios. Sin embargo, los testigos más singulares suelen estar en los márgenes, registran los hechos con la distancia de quienes los ven en forma única y tardan en dar respuesta. Lo más importante en la vida de un escritor ocurre antes de los 12 años. La infancia es el laboratorio de la escritura. Los novelistas de la pandemia serán quienes dejaron de ver a sus amigos y recibieron lecciones en una pantalla. Desconocemos sus sentimientos y seguramente ellos no han podido formularlos. Pero los largos meses de vida negada, sin respirar el olor del pasto, sin sentir en los dedos la pegajosa sorpresa de un dulce desconocido, sin padecer la angustia del escarnio o la repentina complicidad de una mirada en el salón de clases, ya gravitan en quienes contarán el porvenir. Por suerte, para todo hay un ejemplo histórico. En 1665, Londres sucumbió a la peste. La mejor crónica de ese tiempo sería escrita por alguien que entonces tenía cinco años. No fue mucho lo que pudo recordar, pero algunas cosas se le grabaron con la retentiva que solo ocurre en la infancia, cuando todas las oportunidades son únicas. El nombre del testigo era Daniel Defoe, y su principal desafío, conseguir golosinas. No es casual que atesorara un detalle en la tienda donde le compraban caramelos: en el mostrador, las monedas se desinfectaban con vinagre. El olfato es un poderoso auxiliar de la memoria. A partir de entonces, todas las ensaladas harían que Defoe recordara el año de la peste.

Denle a un genio de cinco años una moneda que huele a vinagre; denle una vida desesperada y suficiente tiempo y surgirá una obra maestra. En 1722 Daniel Defoe publicó Diario del año de la peste. A mediados de 2021, las monedas comenzaron a escasear en Estados Unidos porque la gente dejó de usarlas para prevenir contagios. Ahora contamos con el gel antibacterial que no existía en tiempos de Defoe, pero también con transacciones digitales que evitan todo contacto. ¿Qué recuerdos traerán esas monedas fugitivas? Los mejores temas literarios suelen venir de una pérdida. La gran novela de la pandemia será escrita por una niña o un niño capaz de recordar lo que ahora le hace falta, alguien que hoy no entiende nada, está harto, dispone de sensaciones que no sabe acomodar. Esas carencias alimentarán los días futuros en que superará todo lo que se dijo en el lejano año de 2021.

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El escritor Abdulrazak Gurnah en agosto de 2017 en le Festival de Edimburgo.Simone Padovani (Getty Images)

Una nueva traducción de ‘Paraíso’, la cuarta novela del premio Nobel de 2021 en la que reconstruyó el crisol cultural de Tanzania a principios del siglo XX, inaugura el desembarco en las librerías del laureado, y apenas conocido, autor

 

Poco más de un mes después de recibir la llamada de la Academia Sueca para informarle de que le había sido concedido el premio Nobel de Literatura de 2021, el escritor tanzano Abdulrazak Gurnah (Zanzíbar, 1948) se conectaba el pasado lunes por videollamada desde Barbados. Aunque mantiene su residencia habitual en Reino Unido, en el condado de Kent, en cuya universidad se doctoró y dio clase durante cerca de tres décadas, viaja con frecuencia a las Antillas desde hace años, puesto que su esposa tiene familia allí.

Escueto y cortés, viste una camisa de hilo blanco y habla desde una habitación de madera pintada del mismo color que ofrece pocas pistas. Ya tiene listo el discurso de aceptación del Nobel, que no recogerá en Estocolmo sino en la Embajada de Suecia en Londres. La organización ha optado por mantener la precaución pandémica y dispersar las celebraciones según el país de residencia de los premiados. Gurnah despacha el asunto afirmando que sus palabras en la ceremonia “no darán grandes sorpresas” y sin querer adelantar las ideas o temas que abordará en esa clase magistral.

Autor de una decena de novelas, Gurnah no figuraba en las quinielas del Nobel. Según contó, recibió la llamada del comité sueco con genuina sorpresa, pero lo cierto es que su nombre ya había aparecido en la lista de nominados de dos de los galardones más reputados en lengua inglesa: el premio Booker y el Whitebread. Fue en 1994, gracias a su cuarto libro de ficción, Paraíso, que se reedita en diciembre en español con una nueva traducción en el sello Salamandra. “Fue la novela que me permitió llegar a muchos y nuevos lectores. El proceso de nominación del Booker en aquel momento no era tan largo como ahora, era algo más fresco y emocionante, o por lo menos lo fue para mí”, recuerda. Hacía tiempo que había dejado Tanzania, en 1968, cuando el sultanato de Zanzíbar fue violentamente derrocado, y se había formado en Reino Unido. Tras pasar un par de años dando clase en Nigeria, regresó a la Universidad de Kent, empezó a escribir novelas y ya nunca se marchó.

Había empezado esa novela mucho tiempo atrás y lo primero que había escrito fue precisamente la escena con la que se cierra la historia. “Así arrancó Paraíso, pero luego estuve escribiendo otras cosas, trabajando en otros asuntos. Aquello se quedó en mi cuaderno seis o siete años sin que hiciera nada con ello, aunque claramente lo tenía en la cabeza. Quería escribir sobre la Primera Guerra Mundial en el oeste de África. El tiempo pasaba y empecé a preguntarme cómo se llegó a ese momento en que los alemanes empezaron a reclutar soldados allí”, recuerda.

En un viaje en solitario bastante largo por varios países de la zona se impregnó del paisaje y de otros relatos que escuchó en aquellos lugares. Y así fue acercándose a “otra dimensión” sobre el lugar y su historia, sobre esa costa de Tanzania y el archipiélago de Zanzíbar. Todo aquello desembocó de forma tangencial en uno de los temas centrales del conjunto de la obra de Gurnah: el colonialismo. “El primer encuentro con los colonos europeos es otro de los asuntos sobre los que empecé a reflexionar. Vi a mi padre muy mayor poco antes de que muriera y pensé que él debía de ser un niño cuando eso ocurrió. Aquello me llevó a tratar de imaginar cómo eran las cosas antes de que se produjera ese encuentro, antes de que llegaran estos extraños y dijeran que ellos se ponían al frente de todo”, explica, y añade que con frecuencia su escritura va tomando forma a lo largo de mucho tiempo, y siguiendo distintos vericuetos de manera que el principio puede acabar siendo el final.

Esa extensa geografía de ideas acaba por permear en la trama y el terreno que recorre Paraíso. En la novela, el niño protagonista queda en manos de un rico mercader por las deudas de su padre y, tras pasar unos años trabajando en dos colmados, se suma a una gran expedición comercial, a una mítica caravana. Hay referencias a una montaña nevada, a un lago que logran cruzar en un solo día y a unas majestuosas cataratas, pero no hay nombres, ni mapas. “Escribí asumiendo que quien lo leyera conocería el terreno y reconocería el Kilimanjaro o el lago Tanganica. Y de hecho es posible ver la ruta que siguen, pero al no ponerle nombre se abre de alguna manera la posibilidad de que sea más mítico, y que lo narrado pueda suceder en otro lugar. El lector puede imaginar sin tener que estar sujeto a un sitio específico”, argumenta.

Sin duda, uno de los mapas más variados de cuantos describe en su novela Gurnah es el humano, con su rica descripción de la mezcla de personajes de religiones y razas distintas, desde árabes a sijs, que habitaban esa parte del mundo a principios del siglo XX y competían entre sí antes de la llegada de los poderes europeos. “Había distintas sociedades y culturas que estaban en contacto sin que hubiera una autoridad central o algo similar. Eran grupos que no creo que sea correcto llamar naciones. Entre ellos vivían en una negociación permanente, tanto cultural como lingüística. No había una cultura dominante”, afirma. “Esta gente eran mercaderes que comerciaban entre sí y se declaraban la guerra o lo que fuera”. La descripción del crisol de culturas que pueblan la novela de Gurnah escapa cualquier simplificación o idealización del pasado precolonial. La violencia y la crueldad asoman sin reparo y sin necesidad de que llegara el colonialismo europeo. “Las simplificaciones del pasado y del presente deben ser contestadas”, sostiene.

Aquellas personas hablaban distintas lenguas, aunque el protagonista, Yusuf, se hace entender en suajili, un idioma cuya génesis, explica Gurnah, es muy similar al criollo y que además es su lengua materna, aunque él siempre ha escrito sus libros en inglés. “En parte porque es un idioma que siempre se me dio bien, incluso en la escuela frente a otros compañeros. Pero quizá lo más determinante es que yo no pensaba en escribir hasta que llegué a Inglaterra, e incluso entonces tardé un tiempo en aceptar que eso era lo que quería hacer. Y a lo largo de ese periodo ya vivía en Reino Unido y estudiaba literatura y leía en inglés. Porque había muchas cosas malas, pero una de las mejores es cuánto había para leer, cuantos libros tenía a mi disposición en las bibliotecas”, expone. “La lectura y la escritura van juntas, siempre lo he pensado. Es un ingrediente tan fundamental para los escritores como las experiencias vitales, es lo que te da contexto y ofrece relieve al trabajo, lo que te permite entender el campo en el que te desarrollas. Así que cuando empecé la cuestión de en qué idioma hacerlo no se me pasó por la cabeza, lo hice en el mismo en el que leía”. ¿Ha cambiado su perspectiva sobre esto con el paso del tiempo? “Como les ocurre a los atletas, a veces uno no puede elegir la prueba en la que competir. Te puede gustar mucho el salto de altura, pero no ser tan bueno como en los maratones. Algo así ocurre con mi escritura, no fue del todo una elección. ¿Lo haría hoy de otra forma? No, porque me gusta escribir en inglés y disfruto haciéndolo”.

La literatura poscolonial ha sido su campo de investigación desde los años ochenta, y en su obra de ficción juega un papel central, tal y como destacó el jurado del Nobel. En Paraíso, un personaje habla de cómo se escribirá la historia y cómo los colonizadores les harán leer esa versión como si fuera “la palabra sagrada”. ¿Siente Gurnah que literatura poscolonial es un término adecuado? “Lo primero es que eso ni siquiera existía cuando yo estudiaba mi posgrado”, apunta. El estudio de las distintas literaturas se planteaba entonces desde un prisma geográfico y cada zona contaba con expertos que defendían su terreno. “¿Quién eres tú para hablar de literatura del Caribe o literatura africana? Esa era la actitud hasta que un grupo de teóricos del poscolonialismo como Edward Said, Gayatri Spivak y Homi K. Bhabha empezaron a aplicar ciertos modelos para identificar algunas experiencias comunes y lanzaron las primeras flechas. Fue eso lo que permitió agrupar a escritores de distintos lugares y alejarse de las autoridades regionales. No fue hasta mediados de la década de 1990 cuando empezamos a dar una asignatura de literatura poscolonial y ocurrió porque era algo útil, no el fin de todo”, relata. “Hoy la discusión sobre el término literatura poscolonial no me preocupa. Lo veo como una expresión provisional que nos permite juntar distintos textos para su estudio. Es útil en el plano académico, pero no creo que lo sea como fórmula para describir la literatura fuera de ese campo”, matiza, y prosigue diciendo que si alguien le describe como escritor poscolonial él estaría de acuerdo, aunque eso dice poco sobre la escritura en sí. “La escuela poscolonial no debe ser tirada por la borda porque vale para algunas cosas, especialmente para enseñar y escribir crítica. Pero esa utilidad no creo que le sirva al autor; es para quien estudia su obra, no para el creador. Cuando me preguntan si soy un escritor británico o africano o zanzibarí, pues no lo sé, soy todo eso, ¿pero eso sirve de algo? A los lectores les puede dar un poco de contexto, supongo, pero después hay que leer los libros para llegar al escritor”.

Sobre el éxito de la lectura poscolonial en el campo académico, Gurnah tiene una visión positiva por su enorme diversidad y alcance. “Los especialistas del siglo XVIII, los medievalistas o los estudiosos de la danza moderna están interesados en ello. Las mentes se han abierto con esta idea del colonialismo y sus consecuencias, algo que está relacionado con cualquier aspecto de la cultura, tanto europea como de los lugares colonizados. Esa conciencia ha surgido y ha aumentado la conexión con el mundo no europeo. Los estudios poscoloniales han puesto en cuestión cosas tan obvias como los mismos escritos sobre colonialismo. Y es una disciplina que va en muchas direcciones, que estudia relaciones que se remontan a muchos siglos atrás y que permite comprenderlas mejor”.

La coincidencia este año de varios escritores de origen africano en el palmarés de importantes galardones literarios (el Nobel, el Booker, el Goncourt, el Camões y el Neustadt) ha dado pie a que algunos se refieran a un fenómeno. ¿Cuál es su postura? “Han ganado no por ser de origen africano, sino porque su escritura lo merecía. Que estos premios hayan sido otorgados a esos escritores es bueno, el año pasado no fue así. No es que mundialmente se haya decidido que hay que galardonar a africanos, es la escritura la que ha sido premiada”, sostiene. Esa literatura ¿siempre ha estado ahí y hasta ahora no se le ha prestado atención? ¿Es esta una edad oro? “Hay muchos escritores a quienes no se les presta atención y hay muchos jóvenes, y algunos que no lo son tanto, que están destacando. Y habrá muchos más. Puede ser que haya un cierto tipo de corriente, pero no estoy seguro de que la concesión de los premios signifique que hay una conciencia por parte de los lectores… Insisto, es la escritura lo que se premia, no la percepción de los lectores, aunque eso tenga algo que ver. Lo que he leído sobre este asunto son titulares que sugieren que este es el año de África, y comprendo que los periodistas tienen que tratar de agrupar y resumir, pero esto lo que hace es disminuir el logro de cada uno de los escritores premiados. Y la historia se presenta como un fenómeno cultural más que literario”.

Gurnah cuenta que está trabajando en un nuevo libro y se despide amable y apresurado.

26 nov 2021 - 03:15 CET

Por, Andrea Aguilar

Es periodista cultural. Licenciada en Historia y Políticas por la Universidad de Kent, fue becada por el Graduate School of Journalism de la Universidad de Columbia en Nueva York. Su trabajo, con un foco especial en el mundo literario, también ha aparecido en revistas como The Paris Review o The Reading Room Journal.

Publicado enCultura
Domingo, 21 Noviembre 2021 07:06

Un oficio peligroso

Un oficio peligroso

La literatura es un oficio peligroso cuando se enfrenta a las desmesuras del poder de las tiranías, que nunca dejan de sentirse amenazadas por las palabras. El poder que se ejerce con crueldades y excesos tiene rostro de piedra y es contrario a las verdades y a la invención, y al humor, y a la risa, que son cualidades cervantinas.

Ovidio fue desterrado a los confines más inhóspitos del imperio romano en el Mar Negro, "allá, donde ninguna otra cosa hay, sino frío, enemigos y agua de mar que se congela en apretado hielo", porque sus poemas, o su irreverencia, o sus opiniones, eso ya nunca llegará a saberse, ofendieron al emperador Augusto, y habría de morir lejos.

Extrañado. Cuando a un escritor se le envía al exilio, la pretensión es convertirlo en un extraño de su propia tierra, de su vida y de sus recuerdos.

"Como el hierro abandonado atacado por la mordaz herrumbre, y como el libro archivado devorado por la polilla", dice de sí mismo en sus Tristes, porque aún en aquellas lejanías siguió escribiendo. Más bien, la necesidad de escribir se exacerba entonces, si uno se debe a las palabras, o debe su vida a las palabras.

El arte de amar, uno de sus libros capitales, quedó prohibido y fue sacado de las bibliotecas públicas. Prohibidas sus palabras, y alejado para siempre de su tierra, que era, según él mismo lo dijo, como "ser llevado al sepulcro sin haber muerto".

En América Latina se ha pagado siempre un alto precio por la palabra libre. Muerte, desaparición, cárcel, destierro. Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, asesinados por la dictadura del general Videla en Argentina.

Al destierro fue a dar dos veces Ró-mulo Gallegos, primero bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez, y luego con la de Marcos Pérez Jiménez, después de que fue derrocado de la presidenciade Venezuela.

Exiliado Juan Bosch por la dictadura del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo, y luego de muerto Trujillo, electo presidente de la República Dominicana, sólo para ser derrocado por los militares trujillistas, y vuelto otra vez al exilio.

Pablo Neruda se comprometió en 1946 con la candidatura de González Videla, pero, ya en el poder, aquél lo mandó perseguir y tuvo que huir a través de la cordillera hacia Argentina.

Exiliados tras el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala, Tito Monterroso y Luis Cardoza y Aragón, por la dictadura de Castillo Armas. Exiliado Augusto Roa Bastos por la dictadura de Stroessner en Paraguay. Exiliado Mario Benedetti de Uruguay, exiliado Juan Gelman de Argentina, su hijo asesinado y su nuera secuestrada y llevada a Uruguay donde dio a luz a una niña, desaparecida por largos años, y él mismo canta mejor que nadie esa desolada canción del exilio: “huesos que fuego a tanto amor han dado/exiliados del sur sin casa o número/ahora desueñan tanto sueño roto/una fatiga les distrae el alma…”

Y exiliados de Cuba Reinaldo Arenas, y Guillermo Cabrera Infante, y Severo Sarduy, y de Venezuela, hoy, tantos escritores y artistas que forman una inmensa e intensa, diáspora.

De modo que yo pertenezco a esa larga tradición de quienes pagan un precio por sus palabras, dos veces bajo orden de prisión, y otras tantas obligado al exilio, primero en mi juventud por una dictadura familiar, y tantos años después, por otra dictadura familiar.

Pero hay algo de lo que nunca nadie podrá exiliarme, y es de mi propia lengua. Porque mi lengua de escribir realidades y de crear mundos imaginarios, es una lengua que no conoce fronteras.

Hay lenguas que tienen el país por cárcel, lenguas que terminan donde terminan las fronteras. No sé lo que es vivir en uno de esos espacios verbales cerrados. Ese sentimiento de que la voz se escucha de cerca, pero no de lejos.

Que le quiten a uno su lengua por la fuerza. Sándor Márai sintió que había muerto cuando sus libros, que entonces sólo podían leerse en húngaro, también fueron prohibidos en su patria. Le extirparon la voz como castigo. No sólo nadie podría leerlo al otro lado de la guardarraya, ni siquiera en Polonia, o en Austria, donde no estaba traducido, sino que tampoco podría ser leído en su propio nación. Como que no existiera. Y se suicidó en el exilio, ya sin lengua.

Nicaragua es un país más pequeño que la Hungría de Sándor Márai, y por eso me intriga, y me aterra, esa posibilidad de que nadie pudiera oírme más allá de mis fronteras, o la de quedarme alguna vez sin lengua. El limbo de las palabras, o su infierno.

Pero yo, con mi lengua recorro todo un continente, atravieso el mar, y siempre me dejaré escuchar. Y si mis libros están prohibidos en Nicaragua, las veredas clandestinas de las redes sociales hacen que lleguen a miles de lectores, igual que pasaba antes con los libros inscritos en las listas negras de la inquisición, que atravesaban de contrabando las fronteras a lomo de mula, o burlaban las aduanas escondidos en barriles de vino o de tocino.

Por eso que las palabras se vuelven tan temibles. Porque tienen filo, porque desafían, porque no se las puede someter. Porque son la expresión misma de la libertad.

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Viernes, 05 Noviembre 2021 05:52

Resonancias

Resonancias

Émile Zola fue muy conocido en el último tercio del siglo XIX; sus novelas fueron traducidas y publicadas en muchos países, incluso en la Argentina, donde influyó mucho en los escritores que comenzaban a observar lo que pasaba en la sociedad y no poseían todavía los instrumentos para manejarlos con voces propias. Eugenio Cambaceres lo tuvo en cuenta y su presencia llega hasta Manuel Gálvez unos años después: su novela Naná es modelo de El mal metafísico y seguramente de otros textos pero, además, el hecho de que defendiera (J’accuse) al injustamente encarcelado Deyfuss, lo convirtió en referencia constante de la responsabilidad de los intelectuales. Quizás la “Carta de un escritor a la Junta Militar”, de Rodolfo Walsh, está en esa línea. Debe haber mucho más.

Como lo saben quiénes han leído las novelas de Zola, su propósito narrativo era mostrar -–denunciar-- a través de la historia de una familia y sus diferentes expresiones individuales, los vicios y aberraciones, siguiendo las prescripciones del triunfante “naturalismo”, de la sociedad francesa durante el llamado “Segundo Imperio”, la Francia industrializada y colonialista, la locura en sus diferentes manifestaciones, los fracasos de las tentativas de una vida posible, quizás con restos del idealismo romántico que el arrollador capitalismo destruía implacablemente y por los más diversos medios. Cada novela los va registrando y son muchas: Zola, como Balzac y Suè, era infatigable, las novelas salían una tras otra, sin descanso. Una de ellas, La obra, creo que de las últimas de la serie, se diferencia en parte del conjunto, se presenta en ella un mundo muy particular, el del arte, donde estaban pasando muchas cosas, el impresionismo en primer lugar, y se insinuaban los lineamientos de las vanguardias.

Es la historia de un pintor de extraordinario talento pero que, tal vez, porque arrastra estigmas hereditarios, no consigue hacerse ver ni escuchar, su existencia es una cadena de dolorosos fracasos, pocos comprenden lo avanzado de su propuesta pictórica, los colegas lo ignoran y la Academia rechaza sus temáticas que son de una audacia sin igual. En especial, su obra maestra: un grupo de hombres, pintores se supone que son, están en un prado sentados en el suelo rodeando con curiosidad a una mujer desnuda, junto a un mantel extendido en el pasto. Ignorado, el pintor termina por morir pobre, enfermo, despreciado. Una escena final de la novela me pareció muy potente y no dejo de recordarla: cuando se procede a su sepelio, sólo dos amigos acompañan el coche fúnebre; dialogan y uno de ellos, melancólicamente, dice más o menos esto: “creímos que la ciencia salvaría a la humanidad pero, al final del camino, al terminar el siglo, la religión ha regresado con toda su fuerza”. ¿Estamos en lo mismo ahora, regresa la religión o las creencias o el sin sentido y la ciencia está arrinconada y la cultura apagada? Espero que en América Latina eso no suceda y estemos a punto de recuperar una fuerza que parecía haberse apagado precisamente con el incomprensible triunfo de las derechas que si no en nombre de la religión, se impusieron seguramente en el del irracionalismo, ver nomás a los Bolsonaros, Macris, Morenos, Añez, Trump, hoy quizás durmiendo el sueño de los canallas.

Pero si bien esa cuestión, razón versus creencias, no cesa de plantearse y parece ser un núcleo de las idas y vueltas que sufren nuestros países, y bien valdría la pena no dejarla de lado, la novela propone al mismo tiempo una cuestión que tiene su importancia: la suerte del pintor y su menospreciada obra. Cuando salió la novela, Cézanne se disgustó: creyó que Zola se había referido a él. No tenía motivos para creerlo porque era bastante evidente que no se tratabade él ni del pintor Edouard Manet sino de su cuadro, “Le déjeuner sur l’herbe” (“El almuerzo campestre”). Zola recreó, ficcionalmente, al desdichado pintor siguiendo su filosofía del fracaso y lo ligó, no con Manet, su autor, sino con la suerte que tuvo el cuadro, rechazado por el Salon y objeto hasta de burlas y escasos reconocimientos: el mismo tema, casi la misma composición le brindó el éxito, poco tiempo después, a otros pintores, a Monet y a Renoir, creo.

En este punto me desvío, dejo a Zola, y voy yendo a lo que más me interesa: Manet también fue rechazado por otra obra, célebre a posteriori, “Olympia”; una mujer desnuda, tendida en un lecho y asistida por una mujer negra. Cuando la mostró una oleada de burlas y de insultos cayeron sobre él. ¿Se habrá deprimido? Es probable pero, con el tiempo, las lecturas que se hicieron fueron siendo consagratorias, críticos de arte y escritores formularon interpretaciones, la obra está y queda, forma parte de un reducido elenco que compone un museo quintaesenciado, el “museo de la pintura” propiamente dicha, que alberga las obras más sobresalientes que se pudieron haber pintado en todos los tiempos. Vale la pena detenerse en ella y lo que muestra.

Desnuda, por cierto, pero como algo indiferente a lo que implicaría la desnudez, o sea indefensión, sexualidad, provocación, tantas cosas que busca la mirada en la desnudez femenina. El cuerpo se extiende, es una gran llanura que va del cuello hasta los tobillos, todo es de una naturalidad tranquila, no hay nada de violento ni de perturbador, salvo, precisamente eso, perturba esa calma, obliga a comprenderla. El desnudo es el gran desafío al que casi todos los pintores responden, tal vez busquen en esas figuras femeninas la gran respuesta sobre lo esencialmente humano. No lo sé y no lo afirmo pero sí me parece ver en ese gesto una actitud metafísica, un incontenible deseo de saber lo que se ignora, la gran falta.

Pero no es sólo eso, es algo más poderoso, difícil de poner en palabras: siento una muda resonancia que brota de ese cuerpo pintado, no importa si es fiel a un modelo o no, es real en la prisión de la tela, no importa si representa a un ser de carne y hueso o sitúa su belleza en una esfera ideal. En esa resonancia, me atrevo a decirlo, descansa lo que significa no la figura y su desafío, técnico u obediente a normas y exigencias, sino la pintura misma, en sí misma, y que es lo que la justifica, así como justifica esas obras que componen el museo al que me referí líneas arriba. Y eso, por contraste, me permite comprender aquellas que no la emiten y que, más que muda resonancia, exhalan sorda vibración.

Se diría que la resonancia es todo y es nada o, mejor dicho, es generada desde un lugar y por determinados medios: una mano que maneja pinceles y colores, una textura sobre la que se va cubriendo, formas que van brotando y que pueden tener todos los orígenes que se quieran pero cobra identidad y existencia una vez concluidas. No (me) importa si lo que resulta se coloca en determinado estante, realismo o fantástico o abstracto, lo que me importa es la resonancia que se puede percibir, afinando el oído, en lo obtenido que, a su vez, conduce a otra parte, me gustaría designar ese lugar como “significación”, vehículo, además, de lo que es el “reino de este mundo”. 

Por esa soberana razón es claro que no se trata sólo y únicamente de la pintura sino de lo que emerge de cualquier manifestación humana, empezando por la poesía --un verso iluminado resuena--, por la música más allá de los sonidos, de las llamaradas discursivas, de las declaraciones más íntimas; por contraste, cuando no hay resonancia es que no hay significación y, en consecuencia, todo se disipa en la niebla de la inutilidad. La resonancia está en el convencimiento y en la memoria, en la credibilidad y la persuasión. Sin eso, creo, o sea si no se produce o si no se percibe cuando se produjo, la sociedad chapotea en el fango, no queda sino perdurar y esperar que alguna resonancia seque el pantano y todo empiece a palpitar. 

5 de noviembre de 2021

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´En su alocución, el Premio Cervantes y colaborador de este diario evocó al primer escritor exiliado, Ovidio; luego, hizo un recuento de otros grandes autores de AL que han sido expulsados por tiranos y dictadores. “Pertenezco a esa larga tradición de quienes pagan un precio por sus palabras”. Foto Armando G. Tejeda

Con un discurso vibrante, Sergio Ramírez agradeció la medalla Círculo de Bellas Artes y que España lo acoge en su destierro forzado // "De lo que ni el más tirano de los poderes podrá exiliarme es de mi lengua", sentenció

 

Madrid. El escritor nicaragüense Sergio Ramírez explicó por qué la literatura "es un oficio peligroso cuando se enfrenta a las desmesuras del poder de las tiranías", esas que tienen "rostro de piedra" y les incomodan la verdad, la invención, el humor y la risa. "Las palabras se vuelven tan temibles porque tienen filo, porque desafían, porque no se les puede someter, porque son la expresión misma de la libertad", afirmó el novelista durante el discurso con el que agradeció la concesión de la medalla del Círculo de Bellas Artes y que España lo acoja para vivir su exilio forzado, andadura que inició hace menos de dos meses.

Ramírez, nacido en Masatepe, Nicaragua, en 1942, fue expulsado de su patria por el régimen de Daniel Ortega, quien fue, hace varias décadas, compañero de la lucha sandinista contra la tiranía de los Somoza. Ahora, ese viejo sandinista que decidió dedicarse sólo a la literatura hace más de 25 años, tuvo que dejar su biblioteca, su casa y sus objetos más personales para iniciar un nuevo camino de la mano de su inseparable esposa, Tulita.

Desde que se giró la orden de aprehensión en su contra, y se prohibió que entrara y se distribuyera en Nicaragua su novela más reciente, Tongolele no sabía bailar (Alfaguara), hace menos de dos meses, Ramírez ha ido poco a poco reflexionando sobre su nueva condición de exiliado. Desplegó toda esa introspección en su discurso del Círculo de Bellas Artes, en el que hizo una vibrante y bella defensa de la lengua, la palabra y la libertad.

"La literatura es un oficio peligroso cuando se enfrenta a las desmesuras del poder, a las tiranías que nunca dejan de sentirse amenazadas por las palabras. El poder, visto de esta manera, como una anomalía recurrente del destino democrático de América Latina, y que se ejerce con crueldades y excesos, tiene rostro de piedra y es contrario a la tolerancia y las verdades, y a la invención y al humor y a la risa, que son cualidades cervantinas", afirmó.

El precio de imaginar

Después se presentó bajo su nueva condición: "Hablo delante de ustedes como un escritor forzado al exilio y bajo una orden de prisión arbitraria. La misma que ha caído sobre la cabeza de más de 150 de mis compatriotas presos por pensar diferente, por disentir, por hacer valer su derecho de opinar, por creer en la democracia y por defenderla. A mí, además de todo eso, se me ha enjuiciado por mis palabras, por el hecho de escribir, por mostrar la realidad de un país sometido a la violencia de la tiranía y por imaginar. Por crear. La invención también tiene un precio porque a los ojos del poder absoluto la novela se vuelve subversiva".

De ahí recordó al que es quizás el primer gran escritor exiliado, Ovidio, quien fue desterrado por el emperador Augusto a los confines más inhóspitos del imperio romano en el Mar Negro, donde –según decía él mismo– no había ninguna otra cosa sino frío, enemigos y agua de mar que se congela en apretado hielo. Y recordó algunas de las reflexiones de Ovidio durante ese destierro: "Cuando a un escritor se le envía al exilio, la pretensión es convertirlo en un extraño de su propia tierra, de su propia vida, de sus propios recuerdos; como la nave podrida que es devorada por la invisible carcoma, como los acantilados socavados por el agua marina, como el hierro abandonado, atacado por la mordaza y como el libro archivado, devorado por la polilla".

Más adelante hizo un largo, pero aun así incompleto, recuento de algunos de los grandes escritores latinoamericanos expulsados por tiranías, por dictaduras criminales, por regímenes fascistas que tiñeron de sangre y violencia la región: Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, el dos veces condenado al destierro Rómulo Gallegos, Pablo Neruda, Tito Monterroso, Luis Cardoza y Aragón, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti y Juan Gelman, el mismo que escribió la "canción más triste del desolado exilio".

Ramírez se sintió parte de esa peculiar y macabra costumbre: "Pertenezco a esa larga tradición de quienes pagan un precio por sus palabras. Dos veces bajo orden de prisión y dos veces obligado al exilio; primero en mi juventud por una dictadura familiar y tantos años después por otra dictadura familiar. La historia mordiéndose siempre la cola en un país desvalido, hermoso y trágico a la vez. Pero hay algo de lo que nadie podrá exiliarme, ni el más tirano de los poderes, y es de mi propia lengua. Porque mi lengua es describir realidades, de crear mundos imaginarios, de inventar universos nuevos; es una lengua que no conoce fronteras".

Limbo o infierno

Después, Ramírez recordó a dos escritores europeos para explicar otros dos fenómenos similares al exilio, el del autor trasplantado por la mutilación de su lengua, como el caso del checo Milan Kundera, y el del escritor enterrado en vida, el húngaro Sándor Márai, quien murió en el anonimato, con sus libros prohibidos y su obra oculta, enterrada.

Así remató su discurso: "Nicaragua es un país más pequeño que la Hungría de Sándor Márai o de lo que fue la antigua Checoslovaquia de Milan Kundera; por eso me intriga y me aterra esa posibilidad de que nadie pudiera oírme más allá de mis fronteras. O la de quedarme alguna vez sin lengua. El limbo de las palabras o su infierno. Pero yo, con mi lengua, recorro todo un continente, atravieso el mar, y siempre me estarán escuchando. Y si mis libros están prohibidos en Nicaragua, las veredas clandestinas de las redes sociales hacen que lleguen a miles de lectores, igual que pasaba antes con los libros inscritos en las listas negras de la Inquisición, que atravesaban de contrabando las fronteras a lomo de mula o burlaban las aduanas escondidos en barriles de vino, de frutos secos o de tocino. Por eso es que las palabras se vuelven tan temibles, porque tienen filo, porque desafían, porque no se les puede someter, porque son la expresión misma de la libertad".

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