Monopolios e inflación, la combinación fatal

Hasta EE.UU. debate cómo enfrentar el poder de las corporaciones

El debate sobre las corporaciones ha llegado hasta la Universidad de Chicago, cuna del neoliberalismo. Recuerdan que en el New Deal, de los años 30, se adoptaron duras políticas antimonopólicas en respuesta a una disparada de precios   "muy similar a la actual". ¿Podrá Argentina recoger estos antecedentes?

 

"Existe un peligro real de que los precios se desboquen. Entonces, a menos que se tomen medidas firmes, vendrá la carrera entre el poder adquisitivo y los precios inflados, una carrera perdida ya que el poder adquisitivo no puede seguir el ritmo”.

“Muchos de estos precios están siendo elevados deliberadamente por dispositivos monopólicos”.

“Algunos de los aumentos de precios se deben a prácticas monopólicas y otros a la escasez de suministros”.

Tres frases que podrían ser adjudicadas a algún crítico de la falta de firmeza del gobierno argentino para controlar y castigar a las corporaciones responsables de los aumentos de precios, fundamentalmente de alimentos, en las últimas semanas y también meses. Pero no. No fueron dichas en referencia a la situación de la economía argentina, sino a la de Estados Unidos. Pero tampoco fueron expresadas en el marco de los debates actuales sobre la inflación en aquel país. 

Los comentarios anteriores fueron escritos en 1937 por un asesor del presidente Franklin D. Roosevelt, cuando Estados Unidos enfrentaba los abusos de sectores dominantes en los mercados de productos masivos, todavía soportando las interrupciones de suministros en el marco de la Gran Depresión de los años 30 y en los umbrales de la segunda guerra mundial. ¿Y cuál fue la recomendación que recibió el presidente estadounidense en ese momento? Ponerle freno a las corporaciones y revisar, para cambiarlas, todas las políticas que le habían dado tanto poder para controlar los mercados y fijar precios a su entera voluntad. 

Con todo, para nosotros, argentinos y latinoamericanos, lo más sorprendente y significativo es que quien trajo ahora esos argumentos a la discusión sobre la inflación, en tiempos de pos Covid y en un escenario de guerra en el este europeo, fue nada menos que la Universidad de Chicago, la cuna del neoliberalismo.

Se trata de un artículo publicado la semana anterior (13 de abril), en la revista digital Promarket, órgano de prensa de la Escuela de Negocios del Centro Stigler, de la citada universidad. Su autor es Erik Peinert, director de Investigación y Editor del Proyecto de Libertades Económicas Estadounidenses. El sugerente título del artículo es "Inflación, Poder Corporativo y el New Deal olvidado". 

Cartelización y abusos

Señala el texto del mencionado artículo que la década del 30 estuvo caracterizada por la cartelización (acuerdo de producción y de precios para repartirse el mercado y no competir entre ellos) de grandes empresas y por un aumento persistente en los precios. Pero cuanto en 1937, "los precios repentinamente se dispararon aun más rápido, varios asesores de Roosevelt argumentaron que estas prácticas monopólicas eran el motor de muchos aumentos de precios y, si no se hacía nada, podría frenar la recuperación o causar otra recesión".

El autor señala, en su artículo, que estas prácticas monopólicas se han vuelto a ver favorecidas en años recientes. "Desde la década de 1980, los tribunales estadounidenses y las agencias reguladoras han respaldado la capacidad de las corporaciones poderosas para fusionarse, monopolizar, confabularse para fijar precios, excluir o controlar otras empresas y reducir los salarios". 

"A partir de las décadas de 1970 y 1980, se puso de moda una nueva forma de pensar sobre las leyes antimonopolio, favoreciendo las fusiones como supuestamente eficientes y viendo poco riesgo en permitir que las industrias se consolidaran. Con ironía, sostiene el autor que "el propósito de las leyes antimonopolio ahora se había convertido, en parte, en preservar el monopolio".

Prosigue Peinert señalando que, "al igual que en la década de 1930, estos cambios han aumentado los precios en toda la economía estadounidense, pero hasta ahora no de manera muy clara o notoria. Antes del año pasado, estos aumentos de precios fueron lentos, progresivos e imperceptibles durante décadas". Pero se aceleraron en los últimos meses. Los márgenes de ganancias , se estima en Estados Unidos, aumentaron de una media del 21 por ciento a principios de los 80, al 61% actual. No es aventurado suponer que en Argentina la tendencia haya sido la misma.

Y una observación que hace el autor sobre el comportamiento en materia de precios de las empresas dominantes en estos tiempos, que también le sonará cercana a cualquier observador de la economía argentina. Dice Erik Peinert: "Aprovechando tanto su posición de negociación como la ignorancia de los consumidores sobre la verdadera escala de subas en los insumos, las principales empresas han estado aumentando los precios mucho más allá de sus aumentos de costos".

¿Multicausal o sin causa conocida?

Sin embargo, los especialistas no se ponen de acuerdo, ni aquí ni allá, sobre las causas de la inflación. El economista neoliberal Peinert dice, en su artículo publicado por la Universidad de Chicago: "Habiendo decidido que el poder de mercado no es responsable de la inflación, o que la defensa de la competencia tomaría demasiado tiempo, la conclusión parece ser no hacer nada". "La inacción deja la política de respuesta a la inflación en manos de la Reserva Federal independiente, cuya única palanca contra la inflación es aumentar las tasas de interés, con base en la teoría de que la inflación es impulsada por el exceso de poder adquisitivo". sobre la base de esta lógica, recuerda Peinert, el 16 de marzo la FED elevó las tasas. 

Crítico de ese enfoque, el autor se pregunta: "¿Quién debería soportar la carga del ajuste: los trabajadores o las poderosas corporaciones?". "El debate entre la avaricia corporativa y el poder adquisitivo no es sólo técnico; es una cuestión de valores. La inacción en este caso es tomar partido, aceptando que las grandes corporaciones sean libres de mantener sus márgenes de beneficio inflados y sin precedentes".

El autor va más allá en el análisis, señalando que "existen alternativas, y no fue éste el enfoque adoptado en 1937" por el gobierno de Roosevelt. "Atacar a los monopolios que suben los precios, poniendo en peligro la recuperación", fue la propuesta que le formularon sus asesores. "Robert Jackson, el fiscal general adjunto antimonopolio de Roosevelt, hizo exactamente eso al pronunciar una serie de discursos en el otoño de 1937 atacando a las grandes corporaciones por retrasar la recuperación a través de aumentos de precios monopólicos", repasa Peinert en su artículo.

El análisis publicado en la revista de la Universidad de Chicago refiere incluso propuestas actuales "para obtener resultados más rápidos, por ejemplo, el economista Hal Singer sugiere iniciar investigaciones antimonopolio automáticas en cualquier industria concentrada con un aumento significativo de precios, una sanción que sin duda ayudaría a disuadir otros aumentos".

Estas son las cuestiones que se están discutiendo en torno a la inflación en las economías centrales. No por sesgo ideológico anticapitalista, sino por la conciencia de que los aumentos de precios abusivos están atentando contra la misma recuperación de la economía en sus propios países. 

"No hay más tiempo"

La postura de los neoliberales del centro es que "no hay tiempo" para restablecer las condiciones de competencia. Entonces, ataquemos a las corporaciones antes que la estantería se derrumbe. No parece una cuestión de conciencia, sino de supervivencia. Pero es una buena oportunidad de "imitar a los países serios" y legitimar medidas correctivas en Argentina, con niveles de inflación que le preocupan hasta a Kristalina Georgieva. 

En defnitiva, si Erik Peinert puede afirmar en una publicación de la Universidad de Chicago que "las políticas antimonopolio no son una cuestión limitada en torno a tecnicismos económicos: son una declaración de nuestras prioridades como país". ¿No podría sostenerse lo mismo con respecto a la Argentina, nuestro país? Incluso ante el FMI, en oportunidad de la primera revisión del acuerdo y el programa, ya que coincide en que el problema de la inflación urge.

Y recordarle al Fondo lo que dice Peinert al cierre de su artículo: "Estados Unidos ha visto esta combinación de aumentos de precios, especulación corporativa y una recuperación económica incierta antes; la última vez que enfrentaron esta situación, los estadounidenses no dejaron su destino en manos de los amos corporativos".

Publicado enEconomía
La primera vez que se implantó un microchip en un ser humano fue en 1998 y su uso comercial tiene una década.

Cada vez que Patrick Paumen paga algo en una tienda o en un restaurante causa un revuelo.

Este hombre de 37 años no necesita una tarjeta bancaria o su teléfono celular para pagar. En su lugar, simplemente pone su mano izquierda cerca del lector de tarjetas sin contacto y se realiza el pago.

“¡Las reacciones que recibo de los cajeros no tienen precio!” dice Paumen, un guardia de seguridad de los Países Bajos.

Puede pagar con la mano porque en 2019 le implantaron un microchip de pago sin contacto debajo de la piel. “El procedimiento duele tanto como cuando alguien te pellizca la piel”, dice Paumen.

La primera vez que se implantó un microchip en un ser humano fue en 1998, pero para su uso comercial solo ha estado disponible durante la última década.

Pagar un café en Nueva York o un coctel en Río

Cuando se trata de chips de pago implantables, la firma británico-polaca Walletmor dice que el año pasado se convirtió en la primera compañía en ponerlos a la venta.

“El implante se puede usar para pagar una bebida en la playa de Río, un café en Nueva York, un corte de cabello en París, o en su supermercado local”, dice el fundador y director ejecutivo Wojtek Paprota. “Se puede usar en cualquier lugar donde se acepten pagos sin contacto”.

El chip de Walletmor, que pesa menos de un gramo y es un poco más grande que un grano de arroz, está compuesto de un pequeño microchip y una antena recubierta de un biopolímero, un material de origen natural, similar al plástico.

Paprota agrega que es completamente seguro, tiene los permisos necesarios, funciona inmediatamente después de ser implantado y se mantendrá en su lugar sin moverse. Tampoco requiere una batería u otra fuente de energía. La firma dice que ha vendido más de 500 chips.

La tecnología que utiliza Walletmor es la NFC (Near-Field Communication, conexión de proximidad), el sistema de pago sin contacto en los teléfonos inteligentes. Otros implantes de pago se basan en la identificación por radiofrecuencia (RFID), que es la tecnología que normalmente se encuentra en las tarjetas físicas de débito y crédito sin contacto.

Comodidad frente a privacidad

Patrick Paumen tiene un microchip bajo la piel de su mano izquierda y se enciende cuando entra en contacto con un punto de pago electrónico.

Para muchos de nosotros, la idea de tener un chip de este tipo implantado en nuestro cuerpo puede ser espantonsa, pero una encuesta de 2021 hecha a más de 4.000 personas en el Reino Unido y la Unión Europea encontró que el 51% de los entrevistados lo consideraría como una opción.

Sin embargo, sin dar una cifra porcentual, el informe agregó que “cuestiones como la invasividad y la seguridad son las principales inquietudes”  para los encuestados.

Patrick Paumen dice que no tiene ninguno de estos temores.

“Los implantes de chips contienen el mismo tipo de tecnología que la gente usa a diario”, dice, “desde llaveros para desbloquear puertas, tarjetas de transporte público como la Oyster (usada en el metro de Londres) o tarjetas bancarias con función de pago sin contacto”.

“La distancia de lectura está limitada por la pequeña antena que hay dentro del implante. El implante debe estar dentro del campo electromagnético de un lector RFID [o NFC] compatible. Solo cuando hay un acoplamiento magnético entre el lector y el transpondedor el implante puede ser leído”.

Agrega que no le preocupa que se pueda rastrear su paradero.

“Los chips RFID se utilizan en las mascotas para identificarlas cuando se pierden”, dice. “Pero no es posible localizarlos usando un implante de chip RFID: la mascota desaparecida debe encontrarse físicamente. Luego se escanea todo el cuerpo hasta que se encuentra y lee el chip”.

Sin embargo, el problema con tales chips (y lo que causa preocupación) es si en el futuro se vuelven cada vez más avanzados y se llenan de datos personales. Y, a su vez, si esta información es segura y si, de hecho, puede ser rastreada.

La experta en tecnología financiera o fintech Theodora Lau es coautora del libro “Beyond Good: How Technology Is Leading A Business Driven Revolution” (Más allá de lo bueno: cómo la tecnología está liderando una revolución impulsada por los negocios).

Lau dice que los chips de pago implantados son solo “una extensión del internet de las cosas”. Con eso se refiere a otra nueva forma de conectarse e intercambiar datos.

Sin embargo, aunque dice que muchas personas están abiertas a esta idea, ya que haría el pago de las cosas más rápido y fácil, deben sopesarse los beneficios y los riesgos. Especialmente a medida que los chips incorporados llevan cada vez más información personal.

“¿Cuánto estamos dispuestos a pagar en aras de la comodidad? ¿Dónde trazamos la línea cuando se trata de privacidad y seguridad? ¿Quién protegerá la infraestructura vital y los humanos que forman parte de ella?”, se pregunta Theodora Lau.

El lado oscuro de la tecnología

Nada Kakabadse, profesora de política, gobernanza y ética en la Escuela de Negocios Henley de la Universidad de Reading, también se muestra cautelosa sobre el futuro de los chips integrados más avanzados.

“¿Y quién posee los datos? ¿Quién tiene acceso a ellos? Y, ¿es ético ponerle un chip a la gente como hacemos con las mascotas?”, se cuestiona.

El resultado, advierte, podría ser “la pérdida de poder de muchos en beneficio de unos pocos”.

Steven Northam, profesor titular de innovación y emprendimiento en la Universidad de Winchester, dice que las preocupaciones son injustificadas. Además de su trabajo académico, es el fundador de la firma británica BioTeq, que fabrica chips de este tipo, sin contacto e implantados, desde 2017.

Sus implantes están dirigidos a personas con discapacidad que pueden utilizarlos para abrir puertas automáticamente.

“Tenemos consultas diarias y hemos realizado más de 500 implantes en el Reino Unido, pero la covid ha hecho que todo se frene un poco”, cuenta.

“Esta tecnología se ha utilizado en animales durante años. Son objetos muy pequeños e inertes. No hay riesgos”, argumenta.

De vuelta en los Países Bajos, Paumen se describe a sí mismo como un “biohacker”, alguien que pone piezas de tecnología en su cuerpo para tratar de mejorar su rendimiento. Tiene 32 implantes en total, incluidos chips para abrir puertas e imanes incrustados.

“La tecnología sigue evolucionando, así que sigo recolectando más”, dice. “Mis implantes mejoran mi cuerpo. No me gustaría vivir sin ellos”.

“Siempre habrá personas que no quieran modificar su cuerpo. Deberíamos respetar eso, y ellos deberían respetarnos como biohackers”.

19 abril 2022

(Con información de BBC Mundo)

Un vagabundo duerme mientras las palomas se calientan junto a las rejillas de ventilación de un centro comercial subterráneo, centro de Kiev, a 9 de marzo de 2021. — Serguéi Supinsky / AFP

Las sanciones históricas impuestas contra Putin pueden convertirse en un arma de doble filo sacudiendo la estabilidad financiera internacional en una etapa marcada por la inflación o los problemas en las cadenas de suministro.

 

La guerra en Ucrania creará más hambrunas y más tensión social, advierte el Fondo Monetario Internacional (FMI). El impacto del conflicto ya traspasa las fronteras de un país que suma más de 50 días de invasión y de ataques rusos. El reequilibrio de poderes, el aumento del precio de los combustibles y de los alimentos o el incremento de armamento en el Viejo Continente son algunas de sus consecuencias inmediatas.

Hace unos días, Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, acusaba a Vladimir Putin de "provocar hambre en el mundo" a través de bombardear las reservas de trigo y de impedir la salida de los buques con cargamento de granos de los puertos ucranianos. La escasez de este producto básico amenaza la seguridad alimentaria global, especialmente en los países del norte de África y de Oriente Próximo.

Esta última región depende en más de un 60% del grano procedente de Kiev y Moscú, dos de los mayores productores del mundo. El aumento de los precios en países ya muy golpeados por la desigualdad amenaza con endurecer el drama humanitario, lo que podría provocar nuevos éxodos migratorios hacia Europa. Países como Túnez ha racionalizado la venta de harina. Un escenario complicado porque para una UE con una discurso de refugiados cada vez más duro, este tipo de huida corresponde a migrantes económicos y no refugiados.

De regreso en suelo europeo, la guerra también está teniendo un impacto directo en el bolsillo de los ciudadanos. Desde el inicio, la consigna en Bruselas ha sido que las sanciones contra Rusia no pueden doler más a los países europeos que al propio Kremlin, pero en la capital comunitaria siempre han asumido que las medidas punitivas en términos económicos y energéticos no serían a coste cero para los europeos, que ya arrastraban meses de precios históricos en los precios de la electricidad. Las sanciones históricas impuestas contra Putin pueden convertirse en un arma de doble filo sacudiendo la estabilidad financiera internacional en una etapa marcada por la inflación o los problemas en las cadenas de suministro.

La agresión de Rusia ha supuesto una sacudida para un bloque comunitario que instalado en una especie de misión de bomberos no daba abasto para apagar las crisis que se sucedían en su suelo: financiera, de valores, migratoria, Brexit o pandemia. En este estado de máxima tensión, la relación con Rusia tras la invasión de 2014 quedó postrada en una especie de laissez faire. En los últimos ocho años, Bruselas ha vivido somnolienta con Moscú, a excepción de unas sanciones discretas renovadas periódicamente. Y se dejó llevar por la ingenuidad con su vecino más importante y también más impredecible, al que continuó apostando buena parte de su seguridad energética.

La crisis actual ha obligado a los europeos a repensar su modelo de abastecimiento de energía a contrarreloj. La UE quiere prescindir de los hidrocarburos rusos en 2027, aunque a partir de agosto dejará de comprar su carbón y se prepara para hacer lo propio con el petróleo. El próximo paso sería decretar un embargo al gas –aunque para ello habrá que superar las resistencias alemanas y húngaras–. Este movimiento subirá la tarifa para los ciudadanos, obligará a los europeos a establecer nuevas alianzas con países con dudoso historial democrático como Egipto y empujará a Rusia a buscar nuevos mercados y clientes, principalmente en Asia.

Expansión de la OTAN y más armas

En términos geopolíticos, la guerra en Ucrania ha invocado a los fantasmas de la Guerra Fría aumentando la brecha entre Occidente y Rusia y explotando las tensiones preexistentes. Además, ha reafirmado la postura de sus tres bloques resultantes: Este (principalmente Rusia, Bielorrusia, Siria) Occidente (Estados Unidos y la UE) y no alienados (primordialmente China e India). Especialmente interesante será ver qué papel juega un Pekín que ha mantenido hasta la fecha una postura ambigua. La guerra también ha revertido las prioridades de política exterior de la Administración Biden, que estaban centradas en contener el músculo económico de China en el mundo.

Cuando termine, ya muchas cosas habrán cambiado para siempre. La confianza con Moscú tardará mucho tiempo en restablecerse y no llegará sin un cambio de sillones en el Kremlin. Otras consecuencias directas sobre la arquitectura de seguridad europea es la aproximación de Ucrania, Georgia y Moldavia a la Unión Europea, aunque sus adhesiones no se vislumbran en el corto plazo. Y la de Dinamarca celebrando un referéndum sobre su incorporación en la Política Europea de Seguridad y Defensa Común.

No obstante, el mayor paso cualitativo e histórico sería la entrada de Finlandia y Suecia en la OTAN. Los dos países escandinavos mantienen desde la Segunda Guerra Mundial una política de neutralidad no alineada que les ha permitido vivir con independencia y tranquilidad junto a Rusia. Pero ello podría cambiar ya. Finlandia, que comparte más de 1.300 kilómetros de frontera con Rusia, tomará una decisión en las próximas semanas. A finales de este año podría materializarse este hecho ante el que Moscú advierte ya de consecuencias. El Kremlin amenaza con desplegar armas nucleares en Kaliningrado si se produce su entrada.

Y es que otra lección amarga que deja la contienda es que se ha probado la capacidad coercitiva del material bélico y, especialmente de las armas nucleares. Europa está ahora más llena de misiles y soldados que en cualquier momento durante las últimas décadas. La OTAN ya prepara unidades de despliegue permanentes en el flanco oriental y cuenta con 40.000 militares desplegados en el Este bajo su mando y otros 100.000 en alerta máxima. La UE paga por primera vez las armas para enviarlas a un país en guerra, la mayoría de sus países se ha comprometido a aumentar su gasto en defensa -Alemania incluso a roto su política pacifista- y el trasiego de munición, tanques o misiles anti-aéreos es una constante. El destino de todo ese material, la amenaza nuclear, el desminado o la limpieza de los artefactos sin explotar serán nuevos retos que se sumen a las tareas de reconstrucción una vez que la guerra concluya.

Bruselas

16/04/2022 21:25

Por María G. Zornoza@MariaGZornoza

Publicado enInternacional
La invasión de Ucrania, crisis no sólo de energía sino de supervivencia

El gas no es sólo energía, es estrategia, política y diplomacia. Y también, en el futuro inmediato, pura supervivencia de nuestra economía.

La  guerra paralela a la que hay sobre el terreno. Nos daremos cuenta cada vez más más de ello, y más ahora que la batalla por el gas ruso está llegando al corazón del asunto, mientras se interrumpe el suministro (fuente: Reuters) del  gasoducto Yamal (uno de los tres directos a Europa), con una alerta preventiva de Alemania y Austria, y con el Kremlin aplazando, de momento, los pagos de sus materias primas en rublos. Putin avanza y retrocede en la campaña militar, pero también en el frente del gas, para poner a prueba la dependencia de los europeos.

Las perspectivas para europeos e italianos son, con todo, poco tranquilizadoras.

No es posible sustituir de la noche a la mañana el gas ruso, que cubre el 38% de todas las importaciones (unos 28.000-29.000 millones de metros cúbicos de un total de 76.000 millones de metros cúbicos de consumo anual). Según algunas estimaciones (Nomisma Energia) – a pesar de las contramarchas y de un poco de gas licuado norteamericano – podría faltar en última instancia, ya durante el verano, una cuota de entre 10 y 12 mil millones de metros cúbicos. En el próximo invierno, una vez quemadas las reservas, se perfila el racionamiento.

Se entiende bien, con estas cifras, la importancia de la llamada telefónica de ayer entre Draghi y Putin. Estratégica para nosotros, pero también para Moscú. Desde que Putin ha invadido Ucrania, Europa ha gastado más de 17.000 millones de euros en comprar gas, petróleo y carbón a Rusia.

Alemania e Italia son especialmente dependientes del gas ruso, y en 2021 han gastado respectivamente 14.000 y 10.000 millones de euros. La batalla del gas en nuestro país se desarrolla en dos frentes. Uno, en Ucrania, una tragedia, a ojos vista de todos, que comenzó, primero  subterránea y luego cada vez más abiertamente, a lo largo de las rutas de los gasoductos, y acompañada por la expansión de la OTAN hacia el Este. Otro, en Libia -un teatro que nadie quiere mencionar- tiene un aspecto casi de comedia, con una tragedia, real, que se quiere mantener oculta.

El lado libio de la comedia es principalmente italiano. Draghi se reunió con Erdogan en la OTAN y no pronunció ni una palabra sobre Libia, donde se disputan el poder dos primeros ministros, Daibaba y Bashaga.

Nadie se atreve a preguntar: ¿qué está pasando en Libia? Como si no fuera éste el país del oleoducto Greenstream y de los pozos del ENI [Ente Nazionale Idrocarburi, la mayor empresa petrolera italiana, originariamente pública]. Y sin embargo, Libia -donde los huidos de la diáspora africana han desaparecido de los medios de comunicación, pese a que siguen sufriendo una violencia inaudita en la más completa  impunidad- sería nuestro surtidor de gasolina y energía debajo de casa. El condicional es obligatorio: el Greenstream, en funcionamiento desde 2004, tiene una capacidad de 30.000 millones de metros cúbicos, cuando esté a pleno rendimiento, pero hoy desempeña un papel casi insignificante en nuestros suministros.

De Libia preferimos no hablar, porque la han perdido dos veces nuestros estrategas. Una vez, en 2011, con las incursiones decididas por Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos, a las que se unió Italia bajo bandera de la OTAN. La segunda, en 2019, cuando -con Trípoli bajo asedio de Haftar- la defensa del gobierno de Sarraj, que nos había pedido una modesta ayuda, se dejó en manos de la Turquía de Erdogan. Así que nadie ha invertido más en Libia, que tiene muchas más reservas de gas que Argelia, por poner un ejemplo.

El otro frente de gas es como descubrir el Mediterráneo. ¿Hacía falta una guerra para saber que Europa dependía de Moscú? La atroz  iniciativa de Putin ha convulsionado Ucrania, pero también ha dejado fuera de juego a Europa, que obtiene de Rusia entre el 40 y el 50% de su gas. Ahora son los Estados Unidos los que nos venderán gas con precios superiores a los de los rusos, un 20% más de media.

El caso del Nord Stream 2 es emblemático de cómo entran en conflicto los intereses norteamericanos y europeos. No se trata sólo de una cuestión económica, sino estratégica. Fuertemente deseado por la ex canciller Angela Merkel, el Nord Stream 2 era la verdadera palanca política y económica que disuadía a Putin de llevar a cabo acciones insensatas como la guerra. Muchos no lo habían entendido porque atribuían al gas ruso un valor solamente económico: tenía, por el contrario, un enorme valor político para mantener a Moscú enganchado  a Europa.

Con Merkel fuera de escena, los Estados Unidos se han encontrado con el campo libre. La guardiana de Putin y del gas ya no estaba, y los norteamericanos han comprendido que el presidente ruso se había vuelto más peligroso, pero también más vulnerable. Durante dos meses, los Estados Unidos han advertido de la invasión de Ucrania, porque sabían que, oponiéndose al Nord Stream 2, como han hecho, se abría una brecha en el corazón del continente. Los gasoductos han sido el cordón umbilical que unía a Moscú con Europa, nuestra dependencia daba a Putin una sensación de seguridad, el instrumento para condicionar a los europeos y hacerlos más flexibles e interesados en la suerte de Rusia.

Cuando Moscú ha comprendido que, con el débil canciller Scholz, el Nord Stream 2 no sería algo seguro, empezó a amenazar a Ucrania, a la que rusos y alemanes habían pagado previamente para que no protestara demasiado por la construcción del gasoducto, tan temido por Polonia, en tanto en cuanto lo veía como instrumento de expansión de la influencia de Putin. Además, los norteamericanos ya habían puesto a Merkel contra las cuerdas, obligándola a comprar incluso gas licuado norteamericano, del que Berlín no tenía entonces necesidad alguna,  ya que ni siquiera disponía de regasificadores.

Y así con la guerra, estamos en rendición de cuentas. Europa tendrá que pagar más por su cuota de la OTAN, comprando evidentemente más armas y aviones de combate norteamericanos, y también más gas estadounidense. Todo en beneficio de las corporaciones y del complejo militar-industrial. Esta es la receta de Biden, tentado de prolongar un conflicto que desgasta a Putin y llena las arcas norteamericanas. Un mundo perfecto para «exportar» una vez más la democracia.

16/04/2022

Por Alberto Negri, prestigioso periodista italiano, ha sido investigador del Istituto per gli Studi degli Affari Internazionali y, entre 1987 y 2017, enviado especial y corresponsal de guerra para el diario económico Il Sole 24 Ore en Oriente Medio, África, Asia Central y los Balcanes. En 2007 recibió el premio Maria Grazia Cutuli de periodismo internacional y en 2015 el premio Colombe per la Pace. Su último libro publicado es “Il musulmano errante. Storia degli alauiti e dei misteri” del Medio Oriente, galardonado con el Premio Capalbio.

Publicado enInternacional
Banco Mundial: Mayoría de mercados emergentes y economías en desarrollo están mal preparados para crisis de deuda que se avecina

“En los próximos 12 meses, una decena de economías en desarrollo podría no estar en condiciones de atender el servicio de su deuda, lo que generaría la mayor oleada de crisis de la deuda en las economías en desarrollo en una generación”, advirtió el BM en un tuit. Foto: Tomada de bancomundial.org.

El Banco Mundial ha advertido que la depreciación monetaria y la inflación están golpeando con fuerza a los pobres, a lo que se suma que la deuda de los países en desarrollo ha aumentado marcadamente hasta alcanzar el nivel máximo de los últimos 50 años y hoy es alrededor del 250% de los ingresos públicos.

Durante un discurso este martes en Varsovia, previo a las Reuniones de Primavera de 2022, el presidente del BM, David Malpass, afirmó que, en un escenario agravado por la crisis de la covid, la guerra en Ucrania y sus consecuencias “también han generado una escasez repentina de energía, fertilizantes y alimentos (…) Incluso las personas que se encuentran geográficamente lejos de este conflicto sienten sus impactos”.

Malpass señaló que las alzas de los precios de los alimentos “afectan a todos y tienen consecuencias devastadoras para los más pobres y vulnerables. Se prevé que, por cada punto porcentual de aumento en los precios de los alimentos, 10 millones de personas caerán en la pobreza extrema”.

El presidente del BM advirtió que en 2022, antes del comienzo de la guerra en Ucrania, la recuperación ya estaba perdiendo impulso debido al aumento de la inflación y a los persistentes cuellos de botella en la oferta.

Según las previsiones, en 2023 las economías avanzadas prácticamente regresarían a las tasas de crecimiento anteriores a la pandemia, mientras que las economías en desarrollo están muy rezagadas.

“Las alzas de los precios de los alimentos afectan a todos y tienen consecuencias devastadoras para los más pobres y vulnerables (...) Las alteraciones en el comercio ya han provocado que los precios de los cereales y los productos básicos se disparen. Las exportaciones de trigo desde los puertos del mar Negro han mermado de forma abrupta. Y la intensa sequía de América del Sur está reduciendo la producción mundial de alimentos.

“(...) Hay otros factores que agudizan los actuales problemas en la oferta de alimentos: el suministro de fertilizantes, los precios de la energía y las restricciones a la exportación de alimentos impuestas por los propios países”, dijo el presidente del Banco Mundial.

“La violencia no se limita a Ucrania”, dijo el número uno del Banco Mundial, y precisó que este año, 39 de los 189 países miembros del Grupo Banco Mundial están atravesando situaciones de conflicto abierto o muestran niveles de fragilidad inquietantes.

“El número de personas que vive en zonas de conflicto casi se duplicó entre 2007 y 2020. En la actualidad, en Oriente Medio y Norte de África, una de cada cinco personas vive en una zona afectada por conflictos. Este deterioro de la seguridad ha provocado un aumento en el número de refugiados, que en la última década se elevó a más del doble hasta superar los 30 millones en 2020”.

Añadió que “cada una de las crisis en curso afecta más a las personas vulnerables, a menudo mujeres y niñas. Y, mientras tanto, seguimos padeciendo las consecuencias sanitarias, económicas y sociales de una pandemia mundial y de los cierres económicos. Se han perdido millones de vidas, y millones más sufren debido a los enormes retrocesos en el desarrollo, que afectaron especialmente a los pobres”.

Según Malpass, “nunca tantos países estuvieron en recesión al mismo tiempo, con las consiguientes pérdidas de capital, empleos y medios de subsistencia. Paralelamente, la inflación continúa acelerándose y reduce los ingresos reales de los hogares de todo el mundo, en especial de los pobres.

“Las políticas monetarias y fiscales de excepción que las economías avanzadas han estado implementando para estimular su demanda, combinadas con las limitaciones y alteraciones de la oferta, han impulsado los aumentos de precios y han agravado la desigualdad en todo el mundo”.

Mencionó la probabilidad de que la pobreza continúe aumentando en 2022 debido a los efectos de la inflación, la depreciación de la moneda y la suba de los precios de los alimentos, y alertó sobre la crisis de deuda que se avecina.

Según el presidente del BM, las vulnerabilidades derivadas de la deuda son particularmente graves en los países de ingreso bajo: el 60% de ellos ya se encuentra sobreendeudado o presenta un alto riesgo de caer en esa situación.

“La mayoría de los mercados emergentes y las economías en desarrollo están mal preparados para enfrentar la crisis de deuda que se avecina”, dijo.

“Las economías avanzadas con sistemas de protección social bien desarrollados están protegiendo a una parte de su población de los daños causados por la inflación y los bloqueos comerciales, pero los países más pobres cuentan con recursos fiscales limitados y sus sistemas para apoyar a los necesitados son deficientes.

“La depreciación monetaria y la inflación están golpeando con fuerza a los pobres, lo que está provocando rápidos aumentos de las tasas de pobreza en 2022”, añadió.

13 abril 2022

(Con información de Banco Mundial)

Publicado enEconomía
EE.UU: Récord inflacionario y peligro de estanflación en la mayor economía del mundo

Con el nuevo récord inflacionario registrado por Estados Unidos, podría generarse una estanflación, definida como una mezcla de recesión económica, inflación elevada y creciente desempleo, afirmó hoy un analista.

Los precios al consumidor en la norteña nación reportaron en marzo su mayor aumento en 16 años y provocaron un avance de la inflación anual, informó el Departamento de Trabajo.

Ese indicador subió un 1,2 por ciento durante el tercer mes de 2022, marcado por la subida en los costos en los alimentos y la gasolina, que representó más de la mitad del incremento.

Sobre el tema el economista mexicano y experto en temas energéticos del Centro de Investigación y Docencia Económicas, Rodrigo Benedith recordó que hasta febrero, los precios al consumidor habían aumentado un 7,9 por ciento, también un máximo de 40 años, luego de un récord de cuatro décadas de 7,5 por ciento en enero.

Al respecto señaló que la alta inflación que experimenta actualmente Estados Unidos, su tasa de crecimiento negativa, así como los bonos del Tesoro que traen tendencia negativa son indicadores de que el país podría experimentar una crisis económica.

En una entrevista publicada por Sputnik, Bendith puntualizó que si bien hubo una recesión por la pandemia, a diferencia de ésta, la mayor economía mundial muestra una inflación elevada lo cual conllevaría a una estanflación.

Aclaró que la alta inflación estadounidense se compone de tres elementos básicos: el aumento en el precio de los alimentos, de la vivienda y de los combustibles, este último ligado a las sanciones económicas que Washington impuso a Moscú, específicamente en el sector energético.

Con esas penalidades está considerablemente reducida la importación de petróleo, gas y energía, procedentes de Rusia, precisó el experto.

La medida fue parcialmente aplicada, pues si Estados Unidos saca completamente del mercado al petróleo ruso, las consecuencias económicas podrían ser aún más catastróficas, explicó Benedith.

Si el bloqueo al crudo ruso se aplica como se hizo con Venezuela e Irán, el precio del barril podría elevarse a más de 200 dólares, y si se les ocurre sancionar el gas va a ser peor, sentenció el economista.

Entre las medidas de Washington contra Moscú también están la prohibición de nuevas inversiones en el sector energético de Rusia, y la financiación o habilitación de empresas extranjeras con negocios para producir energía en el país euroasiático.

Senador demócrata culpa a Biden por cifra récord de inflación en EEUU

El senador demócrata Joe Manchin culpó hoy a la administración de Joe Biden y a la Reserva Federal por el aumento de la inflación.

De acuerdo con la publicación The Hill, el anuncio ocurrió después de que los datos del Departamento de Trabajo revelaran que dicho parámetro aumentó un 8,5 por ciento en los últimos 12 meses, una cifra récord.

La Reserva Federal y la Administración no actuaron con la suficiente rapidez, y los datos de hoy son prueba de las consecuencias que se están sintiendo en todo el país, dijo Manchin en un comunicado.

En lugar de actuar con valentía, nuestros líderes electos y la Reserva Federal respondieron con medias tintas y fracasos retóricos, mientras buscaban a quien echarle la culpa. El pueblo estadounidense merece la verdad sobre la crisis y qué debe hacerse para controlarla, añadió.

Manchin calificó los datos como una historia escalofriante sobre cómo los impuestos están fuera de control, mientras los bolsillos de los estadounidenses se vacían en las compras de productos básicos y combustibles, y pago de impuestos.

Cifras oficiales muestran que los precios de los alimentos aumentaron un 8,8 por ciento en los últimos 12 meses y en uno por ciento solo en marzo, mientras que el valor de la gasolina creció en un 48 por ciento.

Para The Hill, los números son una mala noticia para los demócratas y Biden de cara a las elecciones de mitad de mandato de este otoño, ya que los republicanos se aprovechan de la inflación para abogar por un cambio de liderazgo.

La Casa Blanca culpa del aumento de los costes, especialmente de los precios de la gasolina y la energía, al presidente ruso Vladimir Putin por la crisis bélica en Europa del Este, pero algunos políticos estadounidenses opinan lo contrario.

Estos dramáticos aumentos de la inflación no han sido causados por Putin, sino son resultado de las malas decisiones del presidente y los demócratas que controlan el Congreso, comentó el senador Lindsey Graham (R. Carolina del Sur).

Si quieren que los precios bajen, los estadounidenses tendrán que cambiar de liderazgo, apuntó el principal republicano de la Comisión de Presupuestos del Senado.

12 abril 2022

(Información de Prensa Latina)

Publicado enEconomía
Domingo, 10 Abril 2022 06:21

Terapia de shock para los neoliberales

Buquetanque en un depósito de combustible para calefacción cerca de la refinería de BP Gelsenkirchen, en Alemania. Después de que la UE prohibió la importación de carbón ruso, el mercado teme que el embargo llegue al gas y el petróleo.Foto Afp

Los efectos colaterales de la invasión de Ucrania por parte de Rusia nos han recordado las alteraciones imprevisibles que constantemente enfrenta la economía global. Nos han enseñado esta lección muchas veces. Nadie podría haber previsto los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, y pocos anticiparon la crisis financiera de 2008, la pandemia de covid-19 o la elección de Donald Trump, cuyo resultado fue que Estados Unidos se volcara hacia el proteccionismo y el nacionalismo. Incluso quienes sí anticiparon estas crisis no podrían haber dicho con precisión cuándo ocurrirían.

Cada uno de estos acontecimientos ha tenido enormes consecuencias macroeconómicas. La pandemia nos hizo tomar conciencia de la falta de resiliencia de economías aparentemente robustas. Estados Unidos, la superpotencia, ni siquiera podía producir productos simples como mascarillas y otros dispositivos de protección, mucho menos artículos más sofisticados como tests y respiradores. La crisis nos hizo entender mejor la fragilidad económica, al repetir una de las lecciones de la crisis financiera global, cuando la quiebra de una sola firma, Lehman Brothers, desató (https://bit.ly/37rR9DI) prácticamente el colapso de todo el sistema financiero global.

De la misma manera, la guerra del presidente ruso, Vladimir Putin, en Ucrania está agravando un incremento (https://bit.ly/3rebUJY) ya preocupante de los precios de los alimentos y la energía, con ramificaciones potencialmente graves para muchos países en desarrollo y mercados emergentes, especialmente aquellos cuyas deudas se han disparado durante la pandemia. Europa también es profundamente vulnerable, debido a su dependencia (https://bit.ly/3LSz5le) del gas ruso –un recurso del cual economías importantes como Alemania no pueden desprenderse rápidamente o sin costos. A muchos les preocupa, y con razón, que esa dependencia atenúe la respuesta a las acciones atroces de Rusia.

Esta situación particular era previsible. Hace más de 15 años, en Making Globalization Work (https://bit.ly/3KwTCvq), yo preguntaba: “¿Cada país simplemente acepta los riesgos [de seguridad] como parte del precio que enfrentamos por una economía global más eficiente? ¿Europa simplemente dice que si Rusia es el proveedor más económico de gas entonces deberíamos comprarle a Rusia más allá de las implicaciones para su seguridad…?” Desafortunadamente, la respuesta de Europa fue ignorar los peligros obvios en búsqueda de réditos a corto plazo.

Detrás de la falta actual de resiliencia está el fracaso fundamental del neoliberalismo y del marco de políticas que sustenta. Los mercados por sí solos tienen una visión de corto alcance y la financiarización de la economía los ha vuelto aún más miopes. No se hacen plenamente responsables de riesgos claves –especialmente aquellos que parecen distantes– incluso cuando las consecuencias pueden ser enormes. Asimismo, los participantes de mercado saben que cuando los riesgos son sistémicos –como fue el caso en todas las crisis mencionadas más arriba– los responsables de las políticas no pueden sentarse tranquilamente a ver cómo suceden los hechos.

Precisamente porque los mercados no se responsabilizan plenamente de esos riesgos, habrá muy poca inversión en resiliencia, y los costos para la sociedad terminan siendo aún mayores. La solución que se propone comúnmente es "cuantificar" el riesgo, obligando a las empresas a asumir un porcentaje mayor de las consecuencias de sus acciones. La misma lógica dictamina que contemplemos las externalidades negativas como las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin un precio al carbono, habrá demasiada contaminación, un uso excesivo de combustibles fósiles y muy poca inversión e innovación verdes.

Pero cuantificar el riesgo es mucho más difícil que ponerle un precio al carbono. Y si bien otras opciones –políticas y regulaciones industriales– pueden hacer mover a una economía en la dirección correcta, las "reglas del juego" neoliberales han hecho que las intervenciones para mejorar la resiliencia sean más difíciles. El neoliberalismo se predica en base a una visión fantasiosa de empresas racionales que buscan maximizar las ganancias a largo plazo en un contexto de mercados perfectamente eficientes. En el régimen de globalización neoliberal, se supone que las empresas compran a la fuente más barata y si las empresas individuales no asumen correctamente el riesgo de depender del gas ruso, se supone que los gobiernos no tienen que intervenir.

Es verdad, el marco de la Organización Mundial de Comercio (OMC) incluye una exención de seguridad nacional (https://bit.ly/3rc9Y50) que las autoridades europeas podrían haber invocado para justificar intervenciones destinadas a limitar su dependencia del gas ruso. Pero, durante muchos años, el gobierno alemán pareció ser un promotor activo de la interdependencia económica. La interpretación bondadosa de la posición de Alemania es que esperaba que el comercio domara a Rusia. Pero desde hace mucho tiempo hay un tufillo a corrupción, personificada por Gerhard Schröder, el canciller alemán que presidió instancias críticas del involucramiento cada vez más profundo de su país con Rusia y luego pasó a trabajar para Gazprom (https://on.ft.com/3v6au5n), el gigante del gas de propiedad del estado ruso.

El desafío ahora es establecer normas globales apropiadas con las cuales distinguir un proteccionismo total de respuestas legítimas a la dependencia y a cuestiones de seguridad, y desarrollar las correspondientes políticas domésticas sistémicas. Esto exigirá una deliberación multilateral y un diseño de políticas cuidadoso para impedir acciones de mala fe como el uso de las cuestiones de "seguridad nacional" por parte de Trump para justificar aranceles (https://≠bit.ly/3rc0nuU) a los automóviles y al acero canadienses.

Pero el punto no es simplemente retocar el marco de comercio neoliberal. Durante la pandemia, miles de personas murieron innecesariamente porque las reglas de propiedad intelectual de la OMC prohibían (https://bit.ly/3rcnKnW) la producción de vacunas en muchas partes del mundo. En tanto el virus siguió propagándose, adquirió nuevas mutaciones, lo que lo hizo más contagioso y resistente a la primera generación de vacunas.

Claramente, ha habido demasiado foco en la seguridad de la IP, y muy poco en la seguridad de nuestra economía. Necesitamos empezar a repensar la globalización y sus reglas. Hemos pagado un precio alto por la ortodoxia actual. La esperanza ahora reside en prestar atención a las lecciones de los grandes shocks de este siglo.

Por Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es profesor en la Universidad de Columbia y miembro de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional

Copyright: Project Syndicate, 2022.www.project-syndicate.org

Publicado enEconomía
La disputa del orden capitalista más allá de la guerra y la militarización

La situación de guerra en Europa agrava las condiciones de funcionamiento de la economía mundial, especialmente motorizadas por las sanciones desde EEUU y sus socios occidentales a Rusia. Junto a ello, también intervienen las respectivas respuestas emanadas desde Moscú, explicitadas recientemente en la disposición de cobrar el gas exportado a países hostiles en rublos rusos.

Remitimos a sanciones comerciales, financieras, políticas, las que actúan en una dinámica de confrontación militar, con incrementos de presupuestos para la guerra y reactivación de una esfera de la economía que aleja objetivos hasta hace poco enunciados como de privilegio, sea la salud, el empleo, la lucha contra la pobreza y el desempleo, o el cuidado del medio ambiente en contra del cambio climático.

Como parte de la asistencia a Ucrania, el FMI aprobó el 9 de marzo pasado un desembolso de 1.400 millones de dólares a Ucrania[1].

Guerra económica, guerra monetaria

Más allá de la situación de guerra, vale considerar impactos en los propios países y en el orden mundial, en rigor, no solo a propósito de la actual situación en Europa, sino con la seguidilla de sanciones unilaterales de EEUU y sus socios sobre un conjunto de países, entre ellos, China, Irán, Cuba o Venezuela.

Entre otros indicadores, resulta interesante verificar lo que ocurre en las cotizaciones monetarias, importante en tanto las monedas nacionales referencian la capacidad de intervención global de cada país en el orden económico del capitalismo. Las monedas son parte esencial de una lógica de acumulación capitalista, definida por las relaciones monetarios mercantiles, en donde el fetiche del dinero orienta la cotidianeidad en un marco creciente de mercantilización.

La moneda rusa venía sufriendo un proceso devaluatorio en los últimos años contra el dólar estadounidense, la moneda de referencia en el ámbito mundial. Está clara la asimetría entre uno y otro país, y la lógica subordinada de Rusia a la dominación global de EEUU, aun cuando las definiciones desde Moscú apuntan reiteradamente a una desvinculación de esa norma de organización económica global. El avance de convenios y acuerdos con otros países, especialmente con China apuntan en ese sentido.

Ese proceso devaluatorio escaló desde mediados de febrero, antes de la invasión, y ya con la acción militar sobre Ucrania y las sanciones económicas impulsadas desde Washington, la debilidad del rublo fue evidente. Si el 23/3 se necesitaban 83,67 rublos para obtener un dólar estadounidense, al día siguiente, jornada de la incursión militar, el rublo pasó a 105,21 dólares y alcanzó a 143,87 dólares el 7/3/2022. Desde entonces y con réplicas a las sanciones, en particular con el anuncio de vender el gas en rublos, especialmente a Europa, la cotización se corrigió hasta llegar a los 84,02 rublos por dólar el primero de abril de 2022, recuperando las cotizaciones al momento previo a la guerra.

Se trata de un sube y baja de cotizaciones, como señal de la inestabilidad monetaria en un país ante sanciones orientadas desde la hegemonía económica, financiera y monetaria, asentadas en el poder del dólar estadounidense y el euro. Información reciente del FMI señala que, si las reservas internacionales asignadas por monedas de alcance global ascienden a los 12.050,53 billones de dólares estadounidenses, se reconocen a la moneda emitida desde Washington unos 7.087,14 billones, el 58,81% del total, y al euro, unos 2.486,88 billones de la misma moneda, un 20,63%.[2] Entre ambas monedas expresan un 79,44% de las tenencias de divisas en reservas en el sistema mundial.

El dólar de EEUU y el euro hegemonizan las finanzas globales y en la sociedad capitalista, monetario mercantil, ponen de manifiesto la hegemonía integral del capitalismo contemporáneo. La información del Fondo continúa indicando que las reservas en yenes alcanzan al 5,557%; las libras esterlinas al 4,78%; el yuan un 2,78%; el dólar canadiense un 2,38%; el dólar australiano un 1,80%; los francos suizos un 0,20% y un conjunto de otras divisas un 3,01%. Queda clara la preeminencia del dólar como resguardo de valor expresado en las reservas internacionales.

Sin embargo, el propio FMI, hace casi un año llamó la atención en la caída importante del dólar en el total de las reservas internacionales del conjunto de países.[3] Allí se anuncia que:

“…la participación de los activos en dólares estadounidenses en las reservas del banco central se redujo en 12 puntos porcentuales, del 71 al 59 por ciento…”

Destaca la nota que la participación del euro (desde 1999)

“…fluctuó alrededor del 20 por ciento, mientras que la participación de otras monedas, incluidos el dólar australiano, el dólar canadiense y el renminbi chino, subió al 9 por ciento…” a fines del 2020.

Entre otros aspectos, la nota concluía:

“Algunos esperan que la participación del dólar estadounidense en las reservas globales continúe cayendo a medida que los bancos centrales de las economías de mercados emergentes y en desarrollo busquen una mayor diversificación de la composición de monedas de sus reservas. Algunos países, como Rusia, ya han anunciado su intención de hacerlo.”

La disputa por la hegemonía

Por ende, la hegemonía estadounidense existe, pero en una tendencia declinante y disputado por otros países y polos del desarrollo capitalista, en el que las nuevas alianzas militares, económicas, comerciales y financieras, exacerbadas en tiempos de guerras explícitas, suman nuevos ámbitos de confrontación, los que animan horizontes más complejos para la lucha anticapitalista.

Un dato relevante es la incorporación de la moneda de China en 2015 para referir las valorizaciones de los Derechos Especiales de Giro (DEG), el activo del FMI.[4] Según la fuente, los DEG se componen de 41,73% en dólar estadounidense; 30,93% de euros; 10,92% del yuan; 8,33% del yen y 8,09% de la libra esterlina. Queda clara la importancia creciente de China, de reciente incorporación entre las monedas globales para referenciar el activo del Organismo internacional.

El FMI señala que una vez que se rompieron los acuerdos de Bretton Wodds en 1971, por la decisión unilateral de EEUU al declarar la inconvertibilidad del dólar, los DEG pasaron a referirse a una cesta de monedas, reconocidas por su papel en el comercio mundial y la generalizada aceptación global.

La incorporación de la moneda china, el yuan o renminbi en 2015 es el reconocimiento del lugar del gigante asiático en la economía mundial capitalista, posicionado como tercera moneda de referencia en el organismo internacional, por su peso en el comercio global y el nivel de circulación y aceptación en el mercado mundial. La próxima asignación de porcentuales se hará a mediados del 2022 y allí se podrá calibrar la evolución de la referencia de cada moneda de la cesta con vinculo en las relaciones económicas internacionales.

Queda de manifiesto el creciente papel de China en la economía mundial, disputando la preeminencia en la producción y disputando un lugar como referencia de su moneda en el lugar del “dinero mundial”. Hay que pensar que ese papel de dinero mundial fue asumido históricamente por el oro, la libra esterlina y el dólar desde 1945, que mantiene aún su lugar de predominio.

La discusión que instala la crisis mundial capitalista a inicio del siglo XXI, el fenómeno de las “punto com”; acrecentada en el estallido del 2007/09; la recesión de la pandemia durante el 2020 y el lento recupero del 2021/22; junto a la actual guerra y las sanciones asociadas a réplicas, habilitan a pensar en nuevos horizontes de la reestructuración del orden capitalista, algo que involucra en sí mismo a la guerra: militar, económica, financiera y monetaria.

Asistimos a un tiempo de incertidumbres, poblado de manipulaciones mediáticas que dificultan considerar los avatares de la coyuntura, pero que, buceando en diversas informaciones nos permiten evaluar la dinámica económico social de cambios en perspectiva en el presente y el futuro cercano.

En todo caso, interesa pensar cual es el lugar que disputa la región latinoamericana y caribeña en las condiciones actuales. La revista “The Economist”, de marzo 2022, grafica en un cuadro el horizonte político latinoamericano para el 2023, con una derecha en retroceso en los probables gobiernos resultantes de las elecciones próximas. Más allá de lo institucional, la conflictividad social creciente muestra las aspiraciones de cambios que demandan los pueblos, algo poco considerado en la contabilidad de combates militares y económicos del poder.

Por Julio Gambina | 06/04/2022

Notas:

[1] FMI. https://www.imf.org/es/News/Articles/2022/03/09/pr2269-ukraine-imf-executive-board-approves-usd-billion-in-emergency-financing-support-to-ukraine

[2] FMI. https://data.imf.org/?sk=E6A5F467-C14B-4AA8-9F6D-5A09EC4E62A4

[3] FMI. Serkan Arslanalp y Chima Simpson-Bell. “La participación del dólar estadounidense en las reservas mundiales de divisas cae al mínimo en 25 años”, del 5/5/2021, en: https://blogs.imf.org/2021/05/05/us-dollar-share-of-global-foreign-exchange-reserves-drops-to-25-year-low/

[4] FMI. Derechos Especiales de Giro (DEG), en: https://www.imf.org/es/About/Factsheets/Sheets/2016/08/01/14/51/Special-Drawing-Right-SDR

Julio C. Gambina. Presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP.

Visitá mi blog www.juliogambina.blogspot.com /face – twitter – instagram

Publicado enEconomía
Martes, 05 Abril 2022 05:45

Sobre el nuevo desorden mundial

Las estaciones de tren de Lviv se han convertido en el lugar desde el que escapar del país. Edu León

La guerra en Ucrania ha sacado todos los demonios que llevamos dentro y está mostrando, además de la propia dureza de la misma, las contradicciones de un modelo que revienta ya por demasiadas de sus costuras.

 

Hablar del orden mundial suele llevar a pensar en la situación de las grandes potencias y sus intereses en la globalidad del planeta. Sin embargo, en este texto hablaremos del Nuevo Desorden Mundial. Hablaremos de esos grandes estados, pero sin olvidar a aquellos otros que, siempre invisibilizados, siguen jugando un mero papel de subalternos en este desorden, proveedores de recursos y sede de oscuros negocios. Empecemos. 

La mayoría de los analistas políticos coinciden en señalar, no vamos a entrar en la discusión sobre sus capacidades o intereses, que vivimos los tiempos más turbulentos, los más peligrosos, desde la famosa crisis de los misiles en 1962. En aquellas semanas, en plena “guerra fría”, el mundo se calentó al máximo y se acercó al abismo nuclear; 60 años después, los grandes dirigentes del mundo vuelven a llevarnos a un vertiginoso tobogán sin fondo. Dejan de lado los discursos sobre la paz cueste lo que cueste, sobre el dialogo siempre antes que echar más leña al fuego, sobre el valor intrínseco de la diplomacia para solucionar los conflictos, y abocan al planeta a una renovada crisis de los misiles. 

Mientras esto ocurre, fijas nuestras miradas solo en Ucrania, Rusia, Europa y Estados Unidos, el resto del mundo queda desenfocado, casi invisibilizado. Por ejemplo, los medios nos cuentan machaconamente que todo el mundo está inmerso en esta guerra y que hay un boicot mundial hacia Rusia; luego, buceando en informaciones semiocultas, encontramos que las sanciones son de los países arriba citados, salvo la propia Rusia claro, más Australia, Nueva Zelanda, Corea del Sur y Japón. El mundo de nuevo se asemeja a uno de esos viejos mapas en los que este quedaba reducido a las potencias coloniales; el resto era “terra nullius”, que es lo mismo que decir tierra vacía, inexistente, que no cuenta. 

Ya no hay pandemia, ya no hay crisis climática y tampoco hay otros conflictos bélicos. Que el pueblo palestino, el saharaui o el yemení, así como muchos otros, sumen décadas inmersos en guerras injustas, alimentadas convenientemente por intereses ajenos (léase comercio de armas, apropiación y explotación de recursos naturales…) nunca ocupó las portadas de la prensa ni abrió las noticias en nuestras televisiones. Y hoy, esas mismas y crueles realidades se vuelven a esconder pues podrían evidenciar las hipócritas contradicciones de muchos gobiernos. Sobre todo, de aquellos que dicen defender al precio que sea la libertad y los derechos del pueblo ucraniano, mientras nunca moverán un solo dedo ante las atrocidades de regímenes como el israelí, el saudí o el marroquí. Por cierto, a este último, además se le premia respaldando sus políticas genocidas contra el pueblo saharaui. Ya saben, Europa necesita nuevos policías que alejen a migrantes indeseables de sus fronteras, mientras, una vez más de forma hipócrita, abre sus brazos a quienes, si son blancos, cristianos y de ojos azules. Y conste, aquí y ahora, que este escrito rechaza la invasión rusa e insta a la acogida de la población refugiada. Sin embargo, un matiz en este último caso, de toda la población migrante.

En la misma Ucrania hay infinidad de denuncias de personas asiáticas y africanas a las que se está discriminando en sus posibilidades de salida; por otra parte, Europa debe acoger también a aquella otra población refugiada de diferentes partes del planeta, resultado de guerras invisibles o procesos de empobrecimientos tangibles, generalmente causados, unas y otros por los intereses inconfesables de las élites económicas del llamado mundo desarrollado, el enriquecido. 

Pero no solo se esconden conflictos olvidados que suponen todos los días miles de víctimas. También se aprovecha el momento de cierta confusión o miradas desviadas para seguir haciendo negocios, y no nos referimos solo a eléctricas o empresas energéticas. Hablamos de ese negocio que aprovecha cualquier situación, aunque esta sea en países en permanente situación de violación sistemática a los derechos humanos. 

Pongamos un ejemplo que ilustra esta otra realidad. Hablemos un poco de Guatemala. ¿De qué?, ¿de quién? Si, de ese país centroamericano que, aunque catalogado como democrático, tiene un régimen pleno de represión contra su población, además de corrupción y narcotráfico. Un país en el que se violan tanto los derechos que incluso la justicia tiene que huir del mismo. Hasta la fecha se contabilizan más de 20 operadores de justicia —jueces, juezas y abogados— que han tenido que exilarse de Guatemala. Y todo por el hecho de que se les ocurrió ejercer la justicia e investigar casos de corrupción que alcanzan a las máximas autoridades y estamentos del Estado. En paralelo, cientos de comunidades y defensores y defensoras son criminalizados por defender los derechos humanos y del territorio frente a la voracidad de oligarquías y transnacionales, ávidas por explotar los recursos naturales de este país. 

Ejemplos de esto último hay cientos. Como la mina de níquel de El Estor, de propiedad de una empresa ruso-suiza, donde las investigaciones independientes llevadas a cabo, entre otras, por Prensa Comunitaria, acaban de sacar a la luz todo tipo de feas implicaciones. El proyecto extractivo de El Estor es centro de acciones que van desde la explotación y destrucción del territorio, pasando por su contaminación, hasta la cooptación de las estructuras judiciales, policiales y ministeriales a su servicio y la represión contra toda aquella persona u organización comunitaria que, simplemente, se atreva a expresar que el pueblo q’eqchi’ y su territorio tienen derechos y se están violando. 

Otro ejemplo es la reciente salida de la cárcel del defensor Bernardo Caal después de más de cuatro años injustamente encerrado que llevó a Amnistía Internacional a declararle preso de conciencia. Su delito fue defender el recurso vital que es el agua y su acceso libre para toda la población; el problema es que para ello se enfrentó a grandes intereses económicos que construían represas hidroeléctricas para privatizar ese derecho básico, estrechamente relacionado con la vida. Entre esas empresas la conocida ACS, cuyo presidente es Florentino Pérez, quizá más conocido por esa otra faceta que ejerce, la de presidente del Real Madrid. En algún momento fue a Guatemala, y repartió alguna camiseta del equipo de futbol, mientras movía hilos para que su negocio siguiera adelante, sin oposición social, que siempre es engorrosa y puede enturbiar la “buena imagen”, vendida por su propia propaganda, de gran empresario y mejor persona. 

Así, dando cobertura a estas y otras muchas actuaciones similares, el conocido en Guatemala como “pacto de corruptos”, que reúne a la clase política tradicional más oligarcas y otros oscuros grupos de poder, se hace con el control absoluto de las estructuras estatales, políticas, judiciales y económicas de uno de los países más empobrecidos del continente americano. Un país que por ello bien podría calificarse como república bananera, pero que, seguramente, es más apropiado citar como república extractivista regalada al servicio de las élites económicas locales y transnacionales. O, directamente, como estado fallido, si pensamos en los servicios que, teniendo que ver con la mejora de las condiciones de vida de la población, todo estado está obligado a procurar y que en el caso de Guatemala han desaparecido. 

De esta forma, mientras asistimos desconcertados en el mundo televisado a la carrera loca de una guerra europea que nadie quiso, conocemos que en este país centroamericano, se lleva a cabo una reunión que pasa ciertamente desapercibida: las Jornadas de Partenariado Multilateral para el Desarrollo en Guatemala 2022. Según la revista Forbes, “más de 20 inversionistas y funcionarios, principalmente españoles, se encuentran en Guatemala para explorar oportunidades de negocios”. Loable reunión y bendito objetivo ese de aportar al desarrollo de un país que, como hemos dicho, ocupa uno de los primeros puestos del continente respecto a los índices de pobreza y en cuanto a la corrupción de su clase política y económica tradicional. Entiéndase la ironía, pues lo que en realidad se pretende es solo aumentar los beneficios de las empresas transnacionales que hoy copan este país. 

Solo dos preguntas para finalizar este texto. La primera sobre cuándo despertaremos los pueblos y nos daremos cuenta de que estamos en manos de descerebrados militaristas que nos arrastran ciegamente hacia un pozo sin fondo a través de guerras televisadas y de otras invisibilizadas. La segunda, más sencilla, aunque quizá, más improbable en cuanto a su respuesta: para cuándo esas urgentes Jornadas de Partenariado Multilateral para la Paz y los Derechos Humanos en Guatemala y el Mundo. 

Mientras tanto, unos y otros, en Ucrania, en Guatemala o en tantos otros territorios de este planeta, seguirán poniéndonos la vida en juego y ese es un mal plan para la humanidad. 

Por Jesús González Pazos / Mugarik Gabe

5 abr 2022

Publicado enInternacional
Domingo, 03 Abril 2022 05:42

Confianza perdida

Confianza perdida

ESTADOS UNIDOS ARRIESGA LA HEGEMONÍA DEL DÓLAR

El 26 de febrero Estados Unidos y sus aliados confiscaron las reservas de oro y divisas que el Banco Central de Rusia tenía en Occidente, alrededor de la mitad del total de sus reservas, es decir, unos 300.000 millones de dólares. Ni la Reserva Federal de Estados Unidos ni el Banco Central Europeo fueron consultados al respecto. Son muchos los observadores que estiman que la medida será autodestructiva para la hegemonía global del dólar, sobre la que reposa la estabilidad de la deficitaria y monumentalmente endeudada economía de Estados Unidos.

Desde 1971, cuando Estados Unidos abandonó el patrón oro en la convertibilidad del dólar –el sistema de Bretton Woods–, los bancos centrales organizaron sus reservas en dólares en lugar de oro. Al hacerlo, compraban bonos del tesoro de Estados Unidos y financiaban los déficits presupuestarios y de la balanza de pagos del país. El comercio del petróleo en dólares añadía poderío a esa divisa como indiscutida moneda global de referencia. Estados Unidos ha venido utilizando esa posición de poder para ordenar el mundo a su gusto e interés. Puede bloquear pagos, congelar activos y hacer confiscaciones en cualquier momento. Ahora, al confiscar las reservas de Rusia, ha lanzado un mensaje inequívoco a todo el mundo. En palabras del exdiplomático británico Alastair Crooke: «Si hasta un país importante del G20 puede ver sus reservas confiscadas con solo pulsar un botón, para aquellos que aún tienen reservas en Nueva York el mensaje es meridiano: hay que sacarlas de allí mientras sea posible».

Rusia no es un caso aislado. Las reservas de Irán ya fueron confiscadas en el pasado. Los 9.000 millones de dólares de fondos de Afganistán, que impedirían la catástrofe humana y el hambre que está padeciendo ese país, también fueron confiscados por Joe Biden como cruel represalia por la espantada militar occidental forzada por los talibanes en agosto. El año pasado Reino Unido le robó a Venezuela el oro que tenía en el Banco de Inglaterra, del que Caracas intentó disponer para comprar recursos médicos contra la pandemia. Con todas estas medidas, lo que Estados Unidos dice al mundo es que cualquier país que tenga sus reservas allí está expuesto a que, si su política no gusta a Washington –bien porque comercia con países adversarios; bien porque reparte demasiado su renta entre las clases populares, en perjuicio de los beneficios de multinacionales; bien porque simplemente busca una mayor independencia política o económica del entramado controlado por Estados Unidos–, sus reservas sean confiscadas.

«Hemos convertido los depósitos en euros y dólares en un factor de riesgo», dice en Eurointelligence Wolfgang Münchau, un conocido analista alemán de derechas y estrella de Financial Times. «Confiscando los fondos de Afganistán, Venezuela, Irán y ahora Rusia, politizando el mecanismo de pagos y transferencias del SWIFT [sigla en inglés de Sociedad para las Comunicaciones Interbancarias y Financieras Mundiales], la influencia global de Estados Unidos disminuye», dice, por su parte, el exembajador estadounidense Chas Freeman. La confiscación de las reservas rusas «animará a rusos, chinos, BRICS [Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica], etcétera, a buscar otras monedas y mecanismos más seguros», augura Münchau, pero, en realidad, esto no es un horizonte, sino un proceso ya en marcha. Desde hace ocho años, cuando se impusieron a Rusia sanciones por la anexión de Crimea, la participación del dólar en el conjunto de los pagos internacionales ha disminuido 13,5 puntos: pasó del 60,2 por ciento en 2014 al 46,7 por ciento en 2020. «El dólar se ha convertido en una moneda tóxica», dice el economista ruso y consejero de Vladimir Putin Sergei Glaziev en una columna del 25 de febrero en la revista Expert. ¿Qué pasará a partir de ahora con esta tendencia?

La principal consecuencia es que se están creando las condiciones para el crecimiento de un bloque no occidental en la economía global, que tendrá un impacto negativo para los intereses del hegemonismo. Hace más de una década Luiz Inácio Lula da Silva comprendió que había que salirse mancomunadamente del dólar y su entramado. Parece que fue Lula el primero que compartió con Putin y Hu Jintao, el entonces presidente chino, la idea de avanzar conjuntamente en una política en esa dirección, algo que los chinos tenían claro desde hacía mucho tiempo. El protagonismo de Lula en aquella iniciativa pudo haber sido determinante para el irregular derrocamiento de su sucesora y su posterior encarcelamiento. Hoy las cosas han cambiado, y no solo porque Lula puede regresar a la presidencia de Brasil.

Ningún país de BRICS ha participado en las sanciones contra Rusia: ni India, ni el Brasil de Jair Bolsonaro, ni África del Sur. Tampoco la atlantista Turquía ni los países del Golfo. Tampoco, por supuesto, China… El miércoles, la conferencia de ministros de Exteriores de la Organización de la Conferencia Islámica (57 países miembros) rechazó sumarse a las sanciones contra Rusia. Ningún país de África, Asia occidental y Asia central ha impuesto sanciones a Rusia. Y de Asia oriental solo lo han hecho Singapur y Japón, con China e India marcando la línea general. Aún más significativo: Arabia Saudita está conversando con China para comerciar en yuanes el pago de su petróleo. El 25 por ciento del petróleo saudí va a China. Que el petróleo deje de venderse en dólares, ¿no equivale a una quiebra de la economía de Estados Unidos?

31 marzo, 2022

(Publicado originalmente en CTXT. Titulación de Brecha.)

Publicado enEconomía