La industria mundial de los chips se enfrenta a un gran problema y no es la escasez

La escasez de los semiconductores hizo sonar una señal de alerta alrededor del globo, pero este no es el único problema al que se enfrenta esta industria.

La reciente crisis de los chips mostró la enorme importancia de estos diminutos dispositivos en el mundo altamente tecnológico en el que vivimos. Pero si bien son vitales para la economía, el impacto que los chips causan en el planeta no siempre es positivo.

De acuerdo con una investigación llevada a cabo por la Universidad de Harvard el año pasado, la fabricación de semiconductores "representa la mayor parte de la producción de carbono" de los dispositivos electrónicos en el mundo.

La fabricación de estos dispositivos utiliza enormes cantidades de energía y, si bien parte de esta energía es de fuentes renovables, la mayor parte de ella proviene de combustibles fósiles como el carbón y el gas, detalla CNBC.

La mayor parte de los chips del mundo se fabrica en Asia, siendo Taiwán un gran centro de esta industria. Esto se debe a la presencia en la isla de la empresa Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), el mayor productor de semiconductores del mundo.

De acuerdo con Yung-Jen Chen, un investigador de Greenpeace en Taiwán que dirige el equipo corporativo climático de la organización benéfica, TSMC emite más carbono que cualquier otro fabricante de chips. La empresa, que fabrica semiconductores para empresas como Apple y Tesla, utiliza anualmente más electricidad que toda Taipéi, la capital de Taiwán.

Solo en 2020, la compañía liberó en la atmósfera 15 millones de toneladas de carbono. En los últimos años, las emisiones de gases de efecto invernadero de TSMC han superado a las del gigante automotriz General Motors, según datos de Bloomberg.

A TSMC le siguen Samsung e Intel en términos de huella de carbono en la industria de los semiconductores.

"Para reducir las emisiones de carbono, es clave cambiar las fuentes de electricidad a energía limpia", dijo Chen.

Las tres compañías en cuestión aseguran que ya están tomando medidas para reducir sus emisiones de carbono a medida que amplían sus operaciones.

TSMC, por ejemplo, ya ha anunciado que planea llegar a cero emisiones netas para 2050. La compañía busca alcanzar para el 2030 el objetivo de utilizar un 40% de energía renovable en su producción.

Las plantas de semiconductores de Samsung, a su vez, emitieron 12,9 millones de toneladas de carbono solamente el año pasado. Si bien la compañía no ha anunciado oficialmente sus planes para llegar a cero emisiones netas, la empresa es una parte fundamental del objetivo de Corea del Sur de reducir a cero las emisiones de carbono para el 2050.

Por su parte, Intel se ha destacado en los últimos años justamente por reducir su huella de carbono. En 2020, la compañía produjo unos 2,88 millones de toneladas de carbono. Sin embargo, un 82% de la energía que se ha consumido en la producción de semiconductores provino de fuentes verdes como la solar y la geotérmica.

Si bien las empresas se muestran interesadas en disminuir sus emisiones de gases de efecto invernadero, convertir las promesas en práctica será la parte difícil, considera Abishur Prakash, estratega geopolítico del Centro para Innovar el Futuro.

"Cumplir estos objetivos requerirá que la cadena de suministro, distribuida en varios niveles, también se sume y cree sus propias estrategias. (...) Eso no va a ser fácil", opinó el especialista.

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Miércoles, 03 Noviembre 2021 05:40

Las negras contradicciones verdes de Biden

Las negras contradicciones verdes de Biden

El grave problema del pretendido "liderazgo global" de Estados Unidos con sus medidas para el cambio climático en casi un cuarto de siglo es la geopolitización de la "agenda verde". Así, el Protocolo de Kyoto, firmado en 1997 por Clinton, con su vicepresidente fariseo Al Gore –que se ostenta como el supremo ambientalista de la Vía Láctea–, fue rechazado campantemente en marzo de 2001 por Baby Bush. Bill Clinton y Baby Bush se tiraron mutuamente la pelota del rechazo porque su aplicación le iba a costar a su país 4 millones de millones de dólares.

De igual manera, Trump, con la mano en la cintura, rechazó el Acuerdo Climático de París, de 2016 –firmado por la dupla Obama/Biden– y que, en gran medida, conforma la matriz operativa del COP26 que ha tenido 25 reuniones anticipadas con exagerada cacofonía estridente, pero sin ninguna concreción. Ni la Cumbre del G-20 en Roma ni la Cumbre del COP26 en Glasgow, Escocia, contaron con la insustituible presencia de las otras dos superpotencias del "nuevo (des)orden tripolar", China y Rusia, lo cual deslegitima cualquier resolución intrínsecamente no-vinculante, aunque el zar Vlady Putin (https://reut.rs/2Y8TKOw) y el mandarín Xi (https://bit.ly/3CFxsmL) participaron con sendas teleconferencias en las que se mostraron dúctiles para mitigar, según las circunstancias de cada nación, el innegable cambio climático.

El problema de Biden no es global, ni siquiera contra China, Rusia y Arabia Saudita, sino doméstico, donde su propio correligionario demócrata, el senador Joe Manchin –por Virginia Occidental, segundo estado productor de carbón detrás de Wyoming, no se diga sus recursos de gas lutita/esquisto– inhibe su idílica agenda verde que resulta también perniciosa para los estados petroleros de Texas y Oklahoma. Resulta y resalta que Biden pregona una cosa, mientras hace lo contrario, como es el caso del incremento "por primera vez en siete años" de la "cantidad de electricidad en Estados Unidos generada" por el impío carbón, según el rotativo británico Daily Mail (31/10/21), muy cercano al MI6, que afirma que la credibilidad del atribulado presidente ha quedado seriamente erosionada.

Debido al disparo del costo del gas natural –que por cierto afecta a México desde la inconcebible ingenuidad de López Portillo– "ha cambiado de nuevo al carbón" (¡megasic!), según la Administración de Información Energética de Estados Unidos.

Los conocedores apuntan que el surgimiento del uso del carbón en dicho país "es el resultado de políticas que demonizan al gas natural". Ya se sabe que tanto Biden como Bill Gates libran una guerra geopolítica contra el gas natural para derrumbar el liderazgo de Rusia, Irán, Qatar y Turkmenistán (https://bit.ly/3GNUb2b). Otro problema yuxtapuesto radica en que el gas natural sigue siendo el primer generador de electricidad en Estados Unidos, delante del carbón, que aumentó 22 por ciento en lo que va del año de las plantas nucleares (siendo éste el primer país en este rubro), muy por delante de las incipientes energías eólica/solar y la hidráulica (https://bit.ly/31kb701).

En forma sorprendente, el rotativo globalista pro-"verde", The New York Times, expone la flagrante contradicción de Biden quien, mientras "empuja a la energía limpia, busca una mayor producción de petróleo" (¡megasic!). El mismo Biden asintió al decir que "parece una ironía que pida a los países ricos en energía impulsar la producción de petróleo", mientras "implora al mundo aplacar el cambio climático" (https://nyti.ms/3q1ZWDI).

Según The New York Times, Darren Woods, jerarca de Exxon Mobil, ante un panel de la Cámara de Representantes asentó que "en el presente no disponemos de las fuentes adecuadas de energía alternativa", por lo que "el petróleo y el gas seguirán siendo necesarios en el futuro previsible".

Los jóvenes europeos que comulgan con la agenda ambientalista no están dispuestos a demoras y contemplaciones para descarbonizar al planeta cuando Biden tiene a sus mayores críticos en su propio partido, no se diga con la mayoría de los republicanos. Quizá el verdadero mapa de ruta y cronograma del COP26 se decida en la elección crucial a gobernador de Virginia; no en Glasgow ni en Roma.

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Frontera agrícola en la Amazonía.

Críticas de las organizaciones ecologistas al acuerdo, voluntario y no vinculante, firmado por cien países para frenar la deforestación de cara a 2030.

Grandes anuncios y titulares se promulgan siempre en las cumbres del clima, aunque todos tienen su letra pequeña. Un centenar de naciones del mundo se ha comprometido a frenar la deforestación para el año 2030, en lo que ya se ha considerado el primer gran acuerdo de la Cumbre del Clima de Glasgow (COP26).

El plan supone una inversión de 10.300 millones de euros públicos, a ser aportados por una docena de países entre 2021 y 2025, además de otros 7.200 de inversión privada, con el fin no solo de frenar la pérdida de masa boscosa en el planeta, sino de revertirla mediante la restauración de amplias extensiones degradadas.

El acuerdo, que sustituye a la Declaración de Nueva York sobre los Bosques de 2014, ha sido firmado por los países que albergan el 85% de las masas boscosas del planeta, incluido el que se ha erigido en los últimos años como el gran devorador del principal pulmón del planeta: Brasil, una nación que no firmó la mencionada Declaración en 2014.

Hechos, no palabras

Más allá del titular, desde las organizaciones ecologistas se muestran escépticas, más cuando la Declaración de Nueva York tenía el objetivo de “reducir a la mitad la pérdida anual de bosques naturales para 2020 y esforzarse para alcanzar la cero deforestación en 2030”. Tal objetivo no se ha cumplido, ya que, según señala el informe Estado de los Bosques del Mundo 2020, realizado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), entre 2015 y 2020 la tasa de deforestación global se estima en unas 10 millones de hectáreas anuales, frente a las 12 del lustro anterior. “Los nuevos anuncios sobre las cadenas de suministro parecen carecer de fuerza y es poco probable que reviertan los años de fracaso empresarial en esta materia”, remarcan desde Greenpeace.

Desde posiciones ecologistas se muestran muy críticas con el hecho de que el acuerdo es voluntario y no vinculante, lo que puede hacer que quede en papel mojado como la anterior declaración, a pesar de que en esta ocasión Brasil síha firmado el documento.

“Hay una muy buena razón por la que Bolsonaro se sintió cómodo firmando este nuevo acuerdo. Permite otra década de destrucción de bosques y no es vinculante”, denuncia Carolina Pasquali, directora ejecutiva de Greenpeace Brasil. “Mientras tanto, la Amazonia ya está al borde y no puede sobrevivir a años más de deforestación. Los pueblos indígenas piden que se proteja el 80% del Amazonas para 2025, y tienen razón, es lo que se necesita. El clima y el mundo natural no pueden permitirse este acuerdo”.

Bolsonaro sigue en el poder

El nodo brasileño de la organización ecologista denuncia que las emisiones de gases de efecto invernadero de Brasil aumentaron un 9,5% en 2020, impulsadas por la destrucción de la Amazonia y resultado de las decisiones políticas deliberadas del gobierno de Bolsonaro. “Teniendo en cuenta su historial, hay pocas posibilidades de que acate este acuerdo totalmente voluntario e impulse políticas que sitúen a Brasil en la senda del cumplimiento del nuevo compromiso. De hecho, actualmente está tratando de impulsar un paquete legislativo que aceleraría la pérdida de bosques”, denuncian.

Brasil es una de las naciones que amenaza con reventar las negociaciones de la COP26 si no se escuchan sus demandas de cara a sacar un acuerdo sobre el artículo 6 del Acuerdo de París, relativo a los mecanismos de carbono y los mercados de emisiones globales conforme a sus intereses. “Con este artículo, Brasil demanda la creación de herramientas de mercado para poder seguir desarrollando su política económica y de desarrollo aunque continúe con la deforestación del Amazonas”, denuncian desde Ecologistas en Acción.

El paquete aprobado en el acuerdo tiene otras importantes lagunas, en opinión de los ecologistas, como la falta de medidas para reducir la demanda de carne y productos lácteos industriales, una industria que está provocando la destrucción de los ecosistemas a través de la producción ganadera y el uso de soja para la alimentación animal.

 “Hasta que no pongamos fin a la expansión de la agricultura industrial, empecemos a avanzar hacia dietas basadas en plantas y reduzcamos la cantidad de carne y lácteos industriales que consumimos, los derechos de los pueblos indígenas seguirán amenazados y la naturaleza seguirá siendo destruida, en lugar de tener la oportunidad de restaurarse y recuperarse”, señalaba la responsable de bosques de Greenpeace Reino Unido, Anna Jones.

Mínima fracción

A pesar de que, en el contexto de la COP26, se acaba de anunciar nuevos fondos a países con grandes zonas forestales, “las sumas que se presentan son una pequeña fracción de lo que se necesita para proteger la naturaleza a nivel mundial”, continúa Jones.

Aunque el acuerdo menciona expresamente la necesidad de cuidar la cuenca del río Congo, el Gobierno de la República Democrática del Congo levantó el pasado julio la moratoria sobre nuevas concesiones de tala, por lo que a los activistas les preocupa que la oferta de nuevos fondos no esté supeditada al restablecimiento de la prohibición.

“El levantamiento de la moratoria pone en peligro un área de bosque tropical del tamaño de Francia, amenaza a las comunidades indígenas y locales y arriesga futuros brotes de enfermedades zoonóticas que pueden causar pandemias”, señalan desde Greenpeace África. “Con tanto en juego, cualquier nuevo dinero sólo debería ofrecerse al gobierno de la RDC si se restablece la prohibición de nuevas concesiones de tala”, finalizan.   

El acuerdo incluye el compromiso de los los países que representan el 75% del comercio global de productos vinculados a la pérdida de bosques de reducir la deforestación, así como el de los CEO de las 30 instituciones financieras del mundo de eliminar antes de 2030 todas sus inversiones relacionadas con la pérdida de masa boscosa.

Por Pablo Rivas

@PabloRCebo

2 nov 2021

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Miembros de milicias armadas afroamericanas marcharon con sus armas en Tulsa, Oklahoma, para conmemorar el aniversario 100 de la masacre contra la comunidad afroamericana de esa ciudad. Foto: Getty Images.

La notoria Asociación Nacional del Rifle (National Rifle Association, NRA) de Estados Unidos, un grupo que históricamente ha tenido formidable influencia para promover la venta, posesión y uso de armas y frenar los intentos de control de éstas, se encuentra actualmente en decadencia y enfrenta severos problemas legales que podrían imponerle su disolución.

Pero la compra, posesión y portación de armas de fuego en Estados Unidos tienen actualmente niveles récord y, en paralelo, otros grupos han surgido para promover, afirman, el ejercicio de la Segunda Enmienda entre poblaciones diferentes.

Es el caso, por ejemplo, de la Latin Rifle Association (LRA, que podría traducirse como Asociación del Rifle Latino) que, como comenta la televisora CBS News, fue constituida como autodefensa y para promover visiones de izquierda de propietarios latinos de armas de fuego.

Sus argumentos

“No creo que la defensa propia, que es fundamentalmente autonomía corporal, deba se ejercida exclusivamente por personas políticamente de derecha”, dijo P.B. Gómez, fundador de LRA de 23 años.

La LRA fue fundada en 2020 y se afirma cuenta ya con cientos de miembros en varias partes de Estados Unidos.

“Nuestros principales simpatizantes han sido izquierdistas, han sido socialistas, progresistas. Uno tiene que tener una desconfianza de la autoridad. La policía y el gobierno no estaban cuidándome, así que yo tuve que hacer las cosas por mi cuenta”, añadió Gómez a CBS News.

Gómez cuenta que la masacre provocada por un tirador en un Walmart de El Paso, Texas, lo impulsó a crear la LRA, ante el hecho de que un supremacista blanco haya específicamente atacado a latinos.

Así, la LRA promueve la posesión y portación de armas, y en la lógica de Gómez eso sería una forma de dar a latinos como él la capacidad de protegerse y lograr esa autonomía corporal en un contexto hostil. El ejercicio de la Segunda Enmienda, él considera, no es exclusivo de los anglosajones o de la derecha.

No es ciertamente un caso único. “Hemos visto un dramático incremento de grupos que apoyan el derecho a las armas para personas LGBTQ, personas de color y otros grupos de orientación de izquierda en los años recientes”, dijo a la CBS News el profesor de derecho constitucional de UCLA, Adam Winkler.

Con todo, Winkler señala que esos grupos aún son pocos y distanciados unos de otros.

También entre los afroamericanos

Otro caso es la Asociación Nacional Afroamericana de Armas (National African American Gun Association) que actualmente suma ya 30,000 miembros y ha crecido en los años recientes.

Casos de grupos afroamericanos que portan abiertamente armas no son nuevos, y se han dado casos de diversos cuños desde hace décadas. Van desde grupos históricos como los Black Panthers hasta otros de reciente creación como la Not Fucking Around Coalition, que ha organizado notorias marchas de personas afroamericanas fuertemente armadas.

Nick Bezzel, fundador del Elmer Geronimo Pratt Gun Club, también promueve la posesión y portación de armas entre los afroamericanos. Su organización fue bautizada en alusión a Elmer Geronimo Pratt, veterano del ejército y uno de los líderes de los Black Panthers a finales de los años 60 y principios de los 70 que pasó casi tres décadas en prisión tras una condena por asesinato que luego fue anulada.

“Todos tienen derecho a la autopreservación, sin importar quién sea… No promuevo la violencia, pero sí la autodefensa”, dijo Bezzel a CBS News.

El auge de organizaciones como las fundadas por Gómez y Bezzel se da en un contexto de severa polarización en Estados Unidos, y en el rudo contexto de masacres como la de El Paso o de la Iglesia Emanuel AME o del asesinato a manos de policías del afroamericano George Floyd.

Y, al parecer, ambos ven a las armas y al ejercicio irrestricto de la Segunda Enmienda como una forma de protegerse de ataques supremacistas y racistas ante una autoridad que no los protege.

Con todo, la proliferación de armas y la actividad de grupos que las poseen y portan abiertamente y en gran escala puede catalizar las tensiones, y algunos expertos cuestionan que esas expresiones, así sean de autodefensa y en reacción a presiones ominosas, pueden ser destructivas “del debate político y del tupo de comunicad que necesitamos para salir adelante en los grandes problemas que enfrenta Estados Unidos”, señaló el profesor Winkler.

29 octubre 2021

(Tomado de Yahoo Noticias)

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¿Qué es Build Back Better World, la respuesta de EEUU a la Nueva Ruta de la Seda china?

América Latina y sus necesidades en infraestructura se convertirán en el nuevo escenario de medición de fuerzas de las principales potencias económicas, afirma en conversación con Sputnik el analista internacional Bienvenido Chen Weng.

La 47ª cumbre del G7 celebrada en junio de 2021 en Cornualles, Reino Unido, fue la plataforma de lanzamiento de la iniciativa Build Back Better World (B3W) como respuesta a la Iniciativa de la Franja y la Ruta china —BRI, por sus siglas en inglés—.

La iniciativa B3W, liderada por Estados Unidos y secundada por los países miembros del G7, aspira a reducir las necesidades de alrededor de 40.000 millones de dólares en inversiones y proyectos de infraestructura en países en vías de desarrollo para el año 2035.

La Iniciativa de la Franja y la Ruta de 2013 —también conocida como la Nueva Ruta de la Seda china— es una estrategia global orientada a perfeccionar las vías de transporte y de comercio existentes y crear nuevas, como en el caso de América Latina, vinculando entre sí a más de 60 países.

La Nueva Ruta de Seda fue promovida por el presidente de China, Xi Jinping, en septiembre de 2013 durante su visita de Estado a Kazajistán.

La propuesta china ha crecido de forma rápida y gana terreno en América Latina, teniendo como principal objetivo el desarrollo de infraestructura en la construcción de carreteras, sistemas de ferrocarriles, puertos, dragados de ríos, entre otros.

¿Por qué no antes?

China se ha convertido en el mayor socio comercial de América Latina y el comercio entre ambos alcanzó la cifra récord de 307.400 millones de dólares en mediciones prepandemia en 2018.

Este escenario provocó la reacción de Estados Unidos, "que ha lanzado y liderado este proyecto [B3W] para hacer frente y otorgar una alternativa diferente a la BRI", explica a Sputnik el analista en Relaciones Internacionales Bienvenido Chen Weng del Observatorio de Política de Asia-Pacífico de Madrid.

Estados Unidos ha criticado el proyecto chino, en varios aspectos de la iniciativa como la transparencia y el impacto medioambiental. Además, la firma de memorándums de entendimiento para unirse a la ambiciosa iniciativa de infraestructura, "tampoco están supeditados a cambios en el régimen político, ni le exigen ninguna política de derechos humanos o cambios democráticos", sostiene Chen Weng.

Nuevo actor en el 'patio trasero'

La cooperación económica no ha tenido el efecto esperado en los países en vías de desarrollo. Las economías latinoamericanas "han tenido la sensación de que no han cubierto las necesidades que tenían, y luego de 70 años no han logrado el desarrollo aún. Siguen estando prácticamente en el mismo punto que hace siete décadas", subraya el analista internacional.

Antes de la aparición de China, de su ascenso como potencia económica, "Estados Unidos y el mundo occidental en general, no tenía una competencia real".

Aparece un nuevo actor, que es China, un actor con mucho dinero, "logrado con el superávit que ha tenido en el ámbito de la exportación y con mucho dinero disponible para prestar", afirma Chen Weng.

'Modus operandi' chino

Hay un concepto acuñado por el analista indio Brahma Chellaney, llamado "la trampa de la deuda", vale decir, que los proyectos chinos "al final buscan ofrecer acuerdos insostenibles para luego apropiarse de la infraestructura de esos países cuando estos no pudieran pagar", explicó el analista.

En Sri Lanka, ejemplifica el analista, han llegado al punto de no ser capaces de devolver préstamos chinos y "han tenido que entregar la gestión del puerto de Hambantota, que es un puerto bastante estratégico que da hacia el océano Índico", en un contrato con una duración de 99 años.

El interés real de China con la nueva Ruta de la Seda, "no es un tema estratégico, sino más bien económico"

.Occidente en general y Estados Unidos en particular, "se sienten amenazados —porque ha aparecido un actor muy importante, muy potente, que puede incluso rivalizar con ellos— al proponer un proyecto tan grande como el BRI chino, pues al final tienen que dar la sensación de que ellos también tienen esa capacidad, y no solo China", concluyó Chen Weng.

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Una imagen muestra el aromático cultivado de forma sostenible una vez finalizado el proceso; el color más oscuro se debe al tostado en el laboratorio de investigación de VTT. Foto Afp

La temperatura, luz y oxígeno son controlados en un biorreactor // Una vez tostado, el polvo se prepara de la misma manera que la bebida clásica, explican

Helsinki. Después de la carne, ¿café de laboratorio? Científicos finlandeses desarrollaron una nueva técnica que permite fabricar de forma más sostenible una de las bebidas más consumidas del planeta.

"Es realmente café, porque no hay otra cosa que materia del aromático en el producto", asegura a Heko Rischer.

Este nuevo oro negro no ha sido molido, pero resulta de un cúmulo de células procedentes de una planta de café, en unas condiciones de temperatura, luz y oxígeno controladas al detalle en un biorreactor.

Una vez torrefacto (tostado), el polvo se prepara exactamente de la misma manera que el café clásico.

Para el equipo de Rischer, el instituto finlandés de investigación técnica VTT, este método permite evitar los actuales problemas ambientales del aromático, cuya producción mundial se acerca a 10 millones de toneladas de grano.

"El café es claramente un producto problemático", afirmó el especialista, señalando que el cambio climático resta productividad a las plantaciones y empuja a los agricultores a ganar terreno al bosque tropical para ampliar cultivos.

"También está el aspecto del transporte, del uso de combustibles fósiles (...), por tanto es lógico buscar alternativas", insistió.

El café desarrollado por ellos se basa en los mismos principios de agricultura celular que se usan cada vez más para la carne cultivada en laboratorio, que no implica matar animales.

Este producto fue aceptado para la venta en 2020 por las autoridades de Singapur, una primicia en el mundo.

El equipo finlandés desarrolla ahora un análisis más profundo de la sostenibilidad de su producto si se fabrica a gran escala.

"Sabemos ya que nuestro consumo en agua, por ejemplo, es netamente inferior a lo que es necesario para el crecimiento en los campos", explicó Rischer. La técnica necesitaría también menos mano de obra que la producción tradicional.

Una de las naciones de más consumo en el mundo

El proyecto adquiere una importancia particular en Finlandia que, según analistas del centro de datos Statista, se sitúa entre las naciones con más consumo de café del mundo, con una media de 10 kilos por persona al año.

Para los amantes del café, la clave de su éxito será el gusto. Hasta ahora, sólo un panel de "expertos sensoriales" especialmente formados recibió autorización para degustar esta nueva bebida por su estatuto de "nuevo alimento".

"Una de las directivas del comité de ética es sólo probar y escupir, no tragar", señaló Heikki Aisala, quien dirige a los catadores.

"Respecto del café ordinario, el café celular es menos amargo", según Aisala, que avanza la tesis de un contenido en cafeína ligeramente más bajo. También es menos pronunciado el gusto afrutado.

"Dicho esto, tenemos que admitir que no somos torrefactores profesionales y que una gran parte de la creación de aromas se origina en el proceso de torrefacción", expuso Rischer.

Una vez que las pruebas y el perfeccionamiento del proceso están terminados, el equipo espera encontrar un socio para aumentar la producción y poder comercializar su café celular.

Los investigadores estiman que se precisarán al menos cuatro años para que el café de laboratorio llegue a los estantes de los supermercados.

Hay otras iniciativas en marcha para encontrar una alternativa más sostenible al café.

La empresa emergente Atomo de Seattle anunció en septiembre haber recaudado 11.5 millones de dólares para un "café molecular" con el mismo gusto que el café, pero procedente de materia orgánica de otra planta.

Aun así, estudios realizados en Estados Unidos y Canadá desvelan una desconfianza del público, especialmente de mayor edad, ante los sustitutos alimentarios cultivados en laboratorio.

Dejando de lado las ventajas para el medio ambiente, algunos especialistas de política alimentaria también advirtieron que la subsistencia de los productores de café puede verse amenazada si se generalizan estos productos.

Liu He y Janet Yellen, en diálogo comercial y político.. Imagen: AFP

Ambas delegaciones señalaron sus preocupaciones

Estados Unidos y China vuelven a dialogar sobre sus disputas comerciales. El viceprimer ministro chino, Liu He, que supervisa asuntos económicos, y la secretaria del Tesoro estadounidense, Janet Yellen, hablaron por video conferencia en un intento por reanudar el diálogo seriamente dañado durante el mandato de Donald Trump.

El líder negociador comercial chino y uno de los vice primeros ministros del país, Liu He, y la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen, celebraron hoy una reunión virtual en la que mantuvieron un "amplio diálogo" sobre economía, informó la agencia de noticias Xinhua. Según ese medio el intercambio, celebrado en la mañana de este martes se centró en asuntos como la situación macroeconómica o la cooperación multilateral, y fue "franco, práctico y constructivo".


Ambas delegaciones estuvieron de acuerdo en que la recuperación económica mundial se encuentra en "un momento crucial" y que, frente a ella, es importante que ambas superpotencias "fortalezcan la coordinación y la comunicación de sus políticas macroeconómicas", informó Xinhua. La delegación china mencionó su preocupación por las sanciones y los aranceles impuestos por Estados Unidos y por el trato que reciben las empresas chinas.

Preocupaciones

Por su parte, Yellen "planteó con franqueza cuestiones que le preocupan". El gobierno estadounidense emitió un brevísimo comunicado sobre la conversación. En el texto no detallaron las preocupaciones de Washington, pero añaden que la funcionaria estadounidense espera mantener futuras conversaciones con Liu, encargado de liderar las relaciones comerciales del gigante asiático con EE.UU.

En un comunicado del ministerio de Comercio de China indicaron que ambas partes señalaron la importancia de reforzar la comunicación y la coordinación de las políticas macroeconómicas. Beijing también expresó su preocupación por los aranceles estadounidenses y el trato justo a las empresas chinas, según el comunicado.

Esta es la segunda reunión entre Liu y el Gobierno de Biden este mes después de un intercambio con la Representante Comercial de Estados Unidos, Katherine Tai.
"La evolución de nuestras economías tienen importantes implicaciones para la economía mundial", señaló Yellen, según el informe oficial estadounidense, que califica el intercambio con Liu de "franco".

Los dos países habían firmado una tregua a principios de 2020, justo antes de que el mundo fuera paralizado por la epidemia de Covid-19. Según los términos del acuerdo, China aceptó comprar productos estadounidenses por dos años por un monto de 200.000 millones adicionales de dólares. 

China y Estados Unidos intentan reanudar el diálogo sobre sus disputas comerciales desde que el presidente Joe Biden llegó a la Casa Blanca. Las relaciones entre las dos potencias se habían deteriorado bajo la anterior administración del presidente Trump (2017-2021), que lanzó una guerra comercial contra el gigante asiático. El enfrentamiento llevó a tarifas aduaneras adicionales recíprocas sobre muchos bienes, que aún se aplican a pesar de una tregua firmada entre los dos países en enero de 2020. 

Después de Trump

Durante el gobierno de Trump otros aranceles se adoptaron como una forma de castigar a empresas “consideradas como una amenaza para la seguridad nacional” de Estados Unidos. La Casa Blanca incluso publicó una lista de entidades con las que el país norteamericano no podía comerciar y que llegó a 300 inclytendo a grandes empresas de telecomunicaciones como Huawei y ZTE, Corporación Internacional de Fabricantes de Semiconductres SMIC (fabricante de tarjetas informáticas a quien Trump limitó el acceso a las tecnologías de última generación de EEUU) y al fabricante de drones DJI.

El gobierno de Biden también tiene en su gabinete a funcionarios con una línea dura sobre las relaciones comerciales con China. La secretaria de Comercio de EE.UU., Gina Raimondo había asegurado que desde su cargo planeaba "ser muy agresiva para ayudar a los estadounidenses a competir con las prácticas injustas de China”.

“China se comportó de formas que claramente son anticompetitivas”. Tras las declaraciones de Raimondo durante su audiencia de confirmación, Beijing le pidió a Washington "corregir sus errores".  “El último gobierno de Estados Unidos optó por el proteccionismo y la intimidación e inició malévolamente una guerra comercial" contra China, afirmó entonces Zhao Lijian, el vocero del ministerio de Relaciones Exteriores de China.

27 de octubre de 2021

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Lunes, 25 Octubre 2021 05:49

Ciclo de escasez

Ciclo de escasez

Por ahora, mientras los efectos de la pandemia se han ido paliando en muchas partes del mundo, la demanda se recupera, pero las trabas en las cadenas de suministros y los altos precios de la electricidad contienen la expansión esperada.

La situación exhibe rasgos asociados con las distorsiones que provocó en los mercados el Covid-19. También muestran las condiciones de la infraestructura de distribución de los productos. En cuanto a la energía, el gas natural aparece como el factor que impulsa los precios al alza.

Se dice que estos problemas son transitorios, pero no se sabe cuánto durarán, y mientras se resuelven, toda una serie de procesos productivos están interrumpidos. Los bienes intermedios no llegan a las fábricas y los productos finales no llegan a las tiendas entorpeciendo la distribución en los mercados. Por la otra parte, empresas y hogares confrontan altos precios por la energía que consumen. La inflación resurge.

La cuestión energética es hoy preponderante en Europa, donde los gobiernos están presionados por la situación y buena parte de las pugnas políticas se centran en el impacto del alto precio de la electricidad.

Hay un conjunto de factores centrados en el funcionamiento de los mercados de productos energéticos; en aquellos asociados con la transición a las energías limpias y, también, están involucrados asuntos de índole geopolítica.

A medida que se acerca el invierno, las presiones se acrecientan pues las facturas de consumo eléctrico se han elevado, podrían hacerlo aún más y no hay una salida a la vista. La situación está marcada por factores temporales, pero existen igualmente, otros de tipo estructural.

Un dato que se toma como referencia del problema de los precios es el Dutch Title Transfer Facility, un lugar virtual del comercio de gas natural. El precio ha subido de 16 euros el magavatio por hora a principios de enero hasta 88 euros actualmente.

Ya en 2020 la energía renovable fue la fuente principal de generación de electricidad, pero el precio del gas sigue siendo un componente relevante de la industria.

En la medida en que el carbón, que es el insumo más contaminante, se descarta, el gas natural es el recurso que se utiliza en una transición hacia las energías verdes: turbinas de aires y paneles solares. El gas es la fuente de energía más usada en la calefacción y las cocinas en las casas, lo que hace que el precio se resienta directamente en el consumidor final.

Los precios se han alzado por la creciente demanda en esta etapa de recuperación y por una menor oferta, debido a que las reservas de gas han caído desde el invierno pasado por las bajas temperaturas, a las que siguieron las inusualmente altas registradas este verano.

Hay también un componente de restricción en el abasto que proviene de Rusia, Noruega y Argelia. Rusia es el principal proveedor de gas en Europa (y en Turquía). El gasoducto Nord Stream 2 que se ha tendido entre Rusia y Alemania por la empresa Gazprom, de propiedad mayoritariamente estatal, cubre una distancia de mil 230 kilómetros y pasa por debajo del mar Báltico. Por razones de la regulación alemana aun no está en operación y la presión crece para que se abra.

El ducto tiene además de los aspectos eminentemente industriales del caso otros de índole geopolítico que son relevantes. Se manifiesta tanto en la Unión Europea como en Estados Unidos. El caso del gasoducto se entiende como una muestra el lugar predominante que Alemania ocupa en la región y su autonomía de gestión. Igual que exhibe la creciente influencia rusa en la región. Por otro lado, Rusia evitó el paso del ducto por Ucrania, que habría de beneficiarse de estar en ruta del gas y que mantiene una fuerte disputa política con Rusia que ha ocupado ya parte de su territorio.

Un aspecto de esta cuestión pone de relieve el significado de la noción de soberanía que impone la dependencia energética. Su significado más tradicional se ha modificado ya en el curso del proceso de la globalización y de los acuerdos político-económicos de índole regional.

En todo caso el asunto de la energía, como ocurre con el gas natural, crea nuevos espacios y formas de las relaciones entre las naciones. La dinámica de este tipo de procesos es un elemento significativo en esta etapa del desarrollo del capitalismo.

Que la fuerte dependencia del gas ruso ocurra en Alemania es llamativo. La noción de espacio vital ( lebensraum) propuesta por Friedrich Ratzel como base de la geografía política a principios del siglo pasado, ha sido un elemento notorio en la historia política y militar de ese país, así como sus consecuencias durante el siglo pasado.

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Lunes, 25 Octubre 2021 05:41

Nuevos paradigmas económicos

Nuevos paradigmas económicos

En su más reciente entrega, el semanario británico The Economist publicó un interesante artículo titulado “Una revolución en tiempo real acabará con la práctica de la macroeconomía”. Como anuncia el título, el texto sugiere que el análisis tradicional macroeconómico enfrenta el riesgo de ser sustituido por el estudio en tiempo real que posibilitan las nuevas tecnologías que hacen más accesible e interpretables los datos.

No es ningún secreto que, desde 2007, el crecimiento exponencial en la capacidad computacional, detonado por la fabricación de chips a partir de materiales sin silicón y el incremento en la capacidad de almacenamiento, posibilitado por el famoso marco para software llamado Hadoop, operado por Google, así como el primer IPhone, anunciado en enero del mismo año, no sólo dieron origen a motores de búsqueda más potentes y refinados, sino que habilitaron la masificación del acceso y recolección de datos, creando una nueva industria centrada en el Big Data.

La banda ancha, el teléfono móvil y el almacenamiento en la nube posibilitaron el desarrollo de Facebook, Twitter, Amazon, Instagram, WhatsApp, Netflix, Airbnb y Linkedin, empresas todas ellas que actualmente tienen un alto valor en el mercado.

A más de una década de su irrupción en el plano global, podemos asegurar que dichas redes sociales se han transformado en agentes económicos disruptivos que dominan, incluso en ocasiones de manera monopólica, sectores como la publicidad, el turismo, los servicios financieros o el mercado laboral.

Hoy, la transformación iniciada a comienzos de siglo se prepara para entrar en una nueva fase, impulsada por la red inalámbrica 5G, cuyos desarrolladores han asegurado que permitirá una conexión entre 10 y 20 veces más rápida que la actual y el procesamiento de datos complejos en tiempo real.

La automatización del transporte público o el monitoreo constante de la logística comercial, el clima, las ventas minoristas y los procesos industriales, son algunas posibilidades concretas que promete dicha red. Para valernos de términos económicos, 5G ofrece la posibilidad de reducir aún más la brecha temporal en la comunicación y así disminuir discordancias significativas entre la oferta y la demanda, calculándolas de manera anticipada y más precisa.

La disrupción ocasionada por las tecnologías de la comunicación es un fenómeno reciente; no obstante, como acertadamente ha descrito el filósofo japonés Kojin Karatani, se trata de un proceso que se ha estado gestando durante más 30 años y coincide con la decadencia de la industria manufacturera de Estados Unidos.

El fin del patrón oro en 1971 y la recesión económica de 1973-1975, ocasionada por el incremento en la oferta de productos a raíz de la recuperación de las industrias japonesa y alemana, así como el alza en el precio del petróleo, marcaron el inicio declive de la industria orientada a la producción de bienes duraderos, cerrando de paso, el capítulo del Estado del bienestar.

Aunque polémicas, las políticas económicas implementadas por Ronald Reagan y Margaret Thatcher son la consecuencia lógica ante la inflación experimentada en la década de los 70. El viraje de la economía, la privatización de los monopolios estatales y la relocalización geográfica de la industria manufacturera hacia países con sueldos más competitivos dan cuenta del fin de un ciclo económico.

El desplazamiento de la manufactura implicó que otro tipo de commodity, la información, tomara su lugar como mercancía hegemónica. La desregulación del sistema financiero y la reducción de las tasas impositivas, políticas comúnmente calificadas de neoliberales, responden a un contexto histórico en el que Estados Unidos y las potencias económicas buscaban asegurar el rendimiento de las inversiones realizadas en el sistema financiero global.

El rendimiento de capital está asegurado cuando es posible obtener un precio más adecuado, donde éste genera mayor utilidad. Tecnologías como las redes sociales o la red 5G hacen que el proceso de descubrimiento de dichas condiciones no sólo sea más sencillo, sino costeable e inmediato.

Extraer, ordenar e interpretar la información para colocar los productos y servicios de acuerdo con el conocimiento de la demanda en tiempo real, es quizá, el pináculo de la economía neoliberal.

La intención de los estados de regular la obtención, utilización y monetización de dicha información es entendible y hasta cierto punto deseable. No obstante, las medidas fiscales y la regulación antimonopólica no serán suficientes para contrarrestar las inequidades que pueden resultar de la implementación de estos procesos. La tentación por parte de países como China de controlar dicha información para su beneficio propio representa aún mayores riesgos para la democracia global.

La tendencia monopólica de las entidades que encabezan la revolución tecnológica representa grandes retos para las entidades políticas que buscan controlarlas. Atacar estos desafíos de manera aislada, desde paradigmas políticos como la soberanía será imposible. Después de todo, se trata de entidades trasnacionales cuyo número de usuarios supera la población de varios países.

La regulación como la ha entendido adecuadamente la Unión Europea, debe llevarse a cabo desde bloques económicos coordinados, buscando que el acceso y utilización de dicha información esté disponible para todos los agentes económicos que forman parte del mercado.

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Cadenas de producción, cuellos de botella y posiciones estratégicas

Con la recuperación económica pospandemia todavía buscando afirmarse, EE. UU. y otros países imperialistas sufren múltiples trastornos en las cadenas de suministro. Una muestra de las fragilidades de la configuración del capitalismo basado en la internacionalización productiva. Y una muestra de las potencialidades que tienen sectores de la clase trabajadora que ocupan lugares clave en la logística de estas cadenas.

Tormenta perfecta y cuellos de botella

En las últimas semanas recorrieron el mundo las imágenes de los barcos varados ante los puertos estadounidenses, abarrotados estos últimos de contenedores que no llegan a descargarse. También fueron noticia las góndolas de supermercados vacías de una amplia variedad de productos. Las compras por vía electrónica que los consumidores acostumbran recibir gratis en días (u horas), podrían demorarse semanas. Lo que se ve en EE. UU. de manera exacerbada ocurre también en varios otros países que, de manera similar, satisfacen buena parte de su consumo con el ingreso de bienes producidos en otras latitudes a través de las cadenas globales de producción. Estas cadenas son el resultado de décadas de una internacionalización productiva organizada por las multinacionales para aprovechar salarios bajos, exenciones impositivas y la posibilidad de realizar “dumping” ambiental en los países pobres y en desarrollo. Se basó en localizar buena parte de los procesos productivos fuera de los países imperialistas que hasta la década de 1970 tenían la primacía industrial indiscutida, y se apoyó en esquemas de “justo-a-tiempo” que buscan disminuir stocks para reducir costos. Una serie de fallas en este mecanismo derivó en los problemas que se acumulan en estos días.

El abarrotamiento de mercancías, ya sea que permanezcan dentro de los contenedores que esperan en los barcos o están apilados en los puertos, o en el –ahora tortuoso– recorrido a lo largo de la cadena de logística dentro de los países, es resultado de un abrupto aumento de la demanda que se topó con la estrechez de la infraestructura –resultado de años de débil inversión– y con la falta de personal suficiente para hacer frente al stress en la distribución. Pero esta es apenas la punta del iceberg de la tormenta perfecta que aqueja las cadenas globales de valor.

“Lo sentimos. No hay papa fritas con ningún pedido. No tenemos papas”. Este anuncio se vio poco tiempo atrás en un local de Burger King en la ciudad de Florida, Miami. Que no haya papas para acompañar las hamburguesas en el países de McDonald’s basta para ilustrar el alcance que tiene la disrupción de las cadenas de suministro. Faltan alimentos básicos, gaseosas (entre otras cosas por faltante de botellas de vidrio para envasado), escasean productos a base de maíz como tortillas. Ropa y zapatillas. Asimismo, aumentaron los precios de los que llegan a las góndolas de los supermercados. También hay escasez de medicamentos y equipo médico. Celulares, computadoras, automóviles, lavarropas, heladeras, microondas. También hay faltantes de juguetes, árboles de navidad y vasos de plástico. Básicamente, todo lo que ingresa a EE. UU. desde los puertos, pero también lo que depende de extensas cadenas de distribución dentro del país, escasea o –en el mejor de los casos– se encareció por el aumento de los costos para llegar a destino, lo que explica en gran medida el aumento de la inflación que se registra en los últimos meses.

¿Qué es lo que está pasando acá? Comencemos por el final, con el embudo que aqueja la entrada de bienes en EE. UU., y que se replica de forma similar en otros países ricos. Tenemos, en primer lugar, un fuerte aumento de la demanda. Si ya durante la pandemia se observó una tendencia a canalizar en la compra de bienes los recursos que dejaron de gastarse en otros servicios y actividades restringidos por las cuarentenas, con la recuperación estos gastos crecieron de manera pronunciada. De acuerdo a Container Trades Statistics, el crecimiento de los despachos desde Asia hacia la principal economía del planeta tuvo un crecimiento muy pronunciado: en enero-agosto de este año fue 25 % mayor que en 2019, el año previo a la pandemia y que fue de crecimiento económico en EE. UU. Esta estimación es consistente con la robustez del consumo de bienes en dicho país, que según Capital Economics fue 22 % más elevada en agosto de 2021 que en febrero de 2020, cuando el Covid-19 parecía un problema solo de China y las compras en EE. UU. continuaban normalmente.

Podría parecer que este porcentaje de mayor volumen de mercadería podría ser manejable sin fricciones. Pero no fue así. Tras un largo tiempo de desinversión en infraestructura portuaria que reforzó la lógica de operar con lo justo para maximizar las ganancias, el margen extra con el que contaban los principales puertos de EE. UU. no debía ser de más de 5 %, según estimó Gary Hufbauer del Instituto Peterson de Economía Internacional. Un incremento que quintuplicó ese margen previsiblemente podría dar lugar a un embotellamiento que rápidamente se convierte en caos. Todo lo que en condiciones normales se tramita sin problemas se vuelve un trastorno: los contenedores, que por lo general son rápidamente vaciados y retornados a los barcos, se acumulan en el puerto por la falta de personal portuario y porque no hay camiones suficientes para cargar la mercadería fuera del puerto; los buques con nuevos contenedores se demoran frente al puerto, o son desviados a otros puertos –generalmente peor preparados– donde se tiende a reproducir la congestión.

A los problemas de infraestructura, se sumó la falta de personal en los puertos y de conductores de camiones. Si bien en parte esto fue resultado de la pandemia, responde también a un problema de más largo alcance, que es la degradación de las condiciones laborales del rubro, que no tienen nada que ver con las que existían décadas atrás. Como afirma en Vox Rebecca Heilweil, “el empeoramiento de las condiciones para los conductores de camiones en los EE. UU. ha hecho que el trabajo sea increíblemente impopular en los últimos años, a pesar de que la demanda de conductores ha aumentado a medida que el comercio electrónico se ha vuelto más popular”. Que Amazon, que no se caracteriza justamente por ofrecer buenas condiciones laborales para los conductores que despachan sus productos, esté robando choferes a las empresas de camiones, es un dato suficiente para hacerse una idea de cómo está el sector. Como observa Matt Stoller,

Conducir un camión, que solía ser un trabajo de clase media en la década de 1970, se ha convertido en una profesión cíclica mal pagada con alto desgaste y poca estabilidad, una de las llamadas “fábricas de explotación sobre ruedas”. Si bien es tentador culpar de esta situación a las empresas de camiones, la realidad es que el problema se debe a la estructura de mercado del transporte creada por la desregulación de la década de 1970.

Con la pandemia, muchos camioneros veteranos se jubilaron anticipadamente, y nuevos conductores no pudieron obtener licencias porque las escuelas de camiones estaban cerradas durante el cierre. Esto significó que “a medida que los estadounidenses dependían más de las compras en línea durante la pandemia, llevar mercancías desde los puertos hasta las puertas ha sido un desafío”. Ahora, el gobierno de Biden logró el compromiso de las empresas de logística de trabajar las 24 horas para liberar el congestionamiento de mercancías. Pero la falta de personal puede conspirar contra estos esfuerzos.

Pero los cuellos de botella en la entrada de mercancías en los lugares de destino son apenas uno de los trastornos a los que se ven confrontadas las cadenas globales. Después de los parates productivos que ocurrieron durante lo peor de la pandemia –aunque hay que decir que los empresarios hicieron todos los esfuerzos por encuadrar sus actividades como esenciales sin importar los riesgos sanitarios de la fuerza de trabajo– muchas empresas vieron reducir los stocks por debajo de los niveles normales, lo cual genera dificultades para hacer frente a aumentos pronunciados de la demanda. Recomponer stocks lleva tiempo. Exige poner el aparato productivo a toda máquina para producir a ritmos más veloces que los normales, pero depende además de contar con materias primas y componentes que no siempre están disponibles. El faltante de stocks se extiende todo a lo largo de las cadenas de producción. Sumado al hecho de que el tránsito entre países (del que depende el despacho a destino de los productos pero también el tránsito de componentes hasta los lugares de ensamblado) no termina de normalizarse y los tiempos del flete se hicieron más largos.

A esto se agregan otros conflictos que vienen desde antes de la pandemia, como el que aqueja la producción de semiconductores. Como observa Chad P. Bown en Foreign Affairs, uno de los mayores culpables en la escasez de semiconductores “fue un cambio repentino en la política comercial de Estados Unidos”. En 2018, la administración Trump lanzó una guerra comercial y tecnológica con China “que sacudió toda la cadena de suministro de semiconductores globalizada. El fiasco contribuyó a la escasez actual, perjudicando a las empresas y trabajadores estadounidenses”. En mayo, los tiempos de espera para los pedidos de chips se extendieron a 18 semanas, cuatro semanas más que el pico anterior. Esto afecta a los más variados sectores: informática, telefonía, automotriz, línea blanca. También la producción de aviones se vio trabada por la falta de este componente crítico.

Que la cosa está lejos de normalizarse, lo preanuncia el hecho de que China, principal productor y exportador industrial del mundo, atraviesa una crisis energética que lo obligó a imponer recurrentes paradas de su sector manufacturero. Esto significa nuevas estrecheces que seguirán poniendo en tensión una cadena de suministro que ya está en máximo stress.

Cadenas globales de valor, beneficios y contradicciones

Durante las últimas décadas, las empresas multinacionales perfeccionaron estructuras de producción internacionalizadas que fueron bautizadas como cadenas globales de valor. Las mismas se configuraron como resultado de una formidable reestructuración de la producción de bienes (y cada vez más también de servicios). Dos procesos fueron de la mano. El primero, la descomposición paulatina de las líneas productivas en una serie de producciones parciales para llevar a cabo en distintas unidades productivas independientes que se encargan de una sola etapa del proceso productivo o se especializan en una serie de componentes. El segundo, una relocalización geográfica de la producción que mudó buena parte de estas operaciones, especialmente las caracterizadas como “intensivas en trabajo” fuera de los países ricos (históricamente definidos como “industrializados”, aunque dejaron de serlo relativamente en estos años) hacia una serie de países dependientes, en su gran mayoría del sudeste asiático. De esta forma, la “línea de montaje” puede llegar a recorrer decenas de miles de kilómetros o más, y desplegarse en decenas de países.

La creación de las cadenas globales de valor estuvo posibilitada técnicamente por el perfeccionamiento de las comunicaciones y el abaratamiento del transporte (que tuvo un gran hito con la implementación de los contenedores y sufrió desde entonces numerosas “revoluciones” que bajaron los costos de carga). Su motor principal fue la búsqueda de aprovechar estas condiciones para sacar ventaja como nunca antes de la fuerza laboral barata de los países pobres y de ingreso medio, que vieron así crecer su producción industrial. El taller manufacturero del mundo se trasladó desde finales del siglo XX a China, y más de conjunto a una serie de países dependientes, que de conjunto vieron pasar su fuerza de trabajo volcada a la industria de 322 a 361 millones, mientras en los países desarrollados esta fuerza de trabajo en la manufactura descendía de 107 millones a 78 millones (lo que sigue siendo un número significativo que desmiente cualquier idea de una desaparición de la fuerza laboral industrial en estos países) [1]. La industrialización que tuvo lugar en esta periferia que se benefició con la relocalización de la producción estuvo en la mayor parte de los casos de manera deformada por la especialización en procesos productivos muy parciales, siempre comandados por las multinacionales. Esto genera trasformaciones muy limitadas en las estructuras productivas en comparación con lo que fue la industrialización en los países desarrollados, o incluso en los países dependientes durante parte del siglo XX. La aspiración de trepar la escalera del desarrollo a gracias a la inserción en las cadenas de valor resultó esquiva en la abrumadora mayoría de los casos.

Las cadenas globales de valor se volvieron el último grito de la moda de la eficiencia productiva, bajo la noción de que todos los procesos productivos que utilizan intensivamente el “factor” trabajo, es decir, aquellas tareas más simples y repetitivas, debían localizarse en los países que ofrecían abundancia de dicho “factor” (todo esto dicho en los términos de la economía mainstream). Las consultoras y analistas más reputados invitaron a las firmas industriales y de servicios de los países imperialistas, grandes o pequeñas, a tomar parte de esta gran deslocalización e internacionalización de la producción en nombre de la “racionalidad” económica, so pena de quedar relegadas a manos de los competidores más avezados para internacionalizarse, y hasta correr el riesgo de perecer. Con el afianzamiento de las cadenas globales y el desarrollo de tecnologías que aumentan la posibilidad de prestar servicios digitales a la distancia, la relocalización e internacionalización, pudo abarcar cada vez más también producciones intangibles, con lo cual ya no fueron solo las labores más sencillas y repetitivas las que estuvieron sometidas a esta competencia internacional que impuso el capital a las fuerzas laborales de todo el mundo.

La racionalidad de las cadenas globales de valor desde el punto de vista del capital multinacional se basó en el hecho de que los países compitieron por ofrecer condiciones laborales más “flexibles” (léase, precarizadas), cobrarles menos impuestos y aceptar prácticas contaminantes que los países imperialistas ya no toleran. De esta forma, parecía razonable, porque era rentable para las firmas, descomponer los procesos productivos especializando tareas en determinadas unidades productivas, lo cual puede perfectamente aumentar la productividad y bajar costos, pero haciéndolo de tal forma que multiplicaron las exigencias de la logística. No se trata solo de que los productos terminados deben recorrer enormes distancias para llegar a los mercados de consumo; también deben recorrerlo los componentes para llegar a los lugares de ensamblado final. En tiempos de combustible barato –que no son el actual, con el barril de crudo superando los 80 dólares– se trata de un despilfarro contaminante que a nivel social no tiene ninguna eficiencia ni racionalidad, sino todo lo contrario. Las “externalidades” (otro término del mainstream que convierte arbitrariamente las consecuencias del accionar de las firmas sobre su entorno en algo “externo”) de las cadenas de valor se tradujeron en un agravamiento de la huella ambiental generada por esta ampliación de la escala geográficas de las líneas de producción. La internacionalización de la producción, que bajo otros términos y sobre otras bases sociales podría permitir una mejor articulación de la producción de lo socialmente necesario en todo el mundo, haciendo eje en la reducción del tiempo de trabajo y buscando una relación armoniosa entre la sociedad y la naturaleza que hoy tienen una relación alienada, es llevada al absurdo por las multinacionales que solo buscan maximizar sus ganancias. Los mismos líderes empresarios que en los foros de Davos ponen gestos compungidos cuando hablan del cambio climático y defienden la necesidad de involucrarse, son los principales protagonistas de esta internacionalización productiva que solo tiene lógica –tal como se lleva a cabo en la actualidad– para los capitalistas. E incluso para ellos, solo la tiene bajo ciertas condiciones. Cuando como hoy el combustible sube por las nubes y se multiplica el costo del flete de contenedores (que de acuerdo a Statista creció 8 veces entre julio de 2019 y septiembre de 2021) puede ser económicamente catastrófico.

Las cadenas globales, con todas las ventajas que otorgan para que las firmas trasnacionales puedan ofrecer mercancías abaratadas en la puerta de tu casa a bajo costo en tiempos normales, se pueden transformar en una pesadilla cuando ocurren eventos inesperados como los cierres fronterizos y las cuarentenas del año 2020. Por eso, ese año ganó fuerza el concepto de “resiliencia”, como nuevo elemento a incorporar en el álgebra de las cadenas de valor. Ante la evidencia de la precariedad de este esquema de internacionalización productiva, que amenazó con dejar sin bienes básicos a numerosos países o regiones, ahora los consultores concluyeron que depender excesivamente de pocas firmas o países proveedores puede multiplicar los riesgos y es necesario diversificar. Es una forma de poner en medias palabras su desconcierto y nerviosismo ante un mundo que aparece como cada vez menos propicio para que las multinacionales saquen provecho de las diferencias de costos que tan rentables les resultaron durante las últimas décadas. Si ya antes de la pandemia los fantasmas proteccionistas y los atisbos de guerras comerciales pusieron un signo de pregunta sobre la continuidad de la internacionalización productiva, que en los hechos desde 2015 o antes mostró numerosas señales de debilidad (el comercio y la inversión extranjera crecieron por detrás del ritmo de la economía mundial), después de los trastornos de la pandemia y los de hoy, los interrogantes sobre sobre el futuro se multiplican. Pero todo eso está por verse. Lo seguro es una serie de trastornos que, a pesar de los esfuerzos por acelerar los ritmos de la logística para destrabar puertos, seguirán durante varios meses más, porque seguirán apareciendo las consecuencias de los problemas que existen todo a lo largo de la cadena de producción mundial.

Los puntos de estrangulamiento como dimensión estratégica

El shock producido en las cadenas de suministro por una acumulación de cuellos de botella, puso a la vista de todos algo que algunos sectores de la clase trabajadora de los sectores de logística ya pudieron experimentar y aprovechar de primera mano. El capitalismo organizado a través de las cadenas de valor que permitió a las empresas sacar provecho de poner en competencia a las fuerzas de trabajo de todo el mundo para imponer un arbitraje que degradó las condiciones laborales y remuneraciones en todo el mundo, está expuesto a numerosas fragilidades que son intrínsecas a la configuración de estas líneas de montaje trasnacionalizadas, que se están poniendo de manifiesto. Pero no se trata solo de una serie de puntos de falla que pueden dar lugar a disrupciones como las que observamos en estos días como resultado de factores objetivos contingentes. También está en juego la posibilidad que tienen sectores de la fuerza de trabajo de actuar sobre eslabones fundamentales de las cadenas de producción, que el capital necesita que funcionen con la precisión de un mecanismo de relojería. Estos puntos de estrangulamiento son fundamentales desde la perspectiva estratégica en la lucha contra el capital.

Como observa Kim Moody en el libro On New Terrain, “cada vez más aspectos de la producción están entrelazados en las cadenas de suministro justo-a-tiempo que han reproducido la vulnerabilidad de la que el capital buscaba escapar a través de los métodos de producción flexible y la relocalización” [2].

Consideremos el caso de EE. UU.. El desarrollo que tuvieron las cadenas de suministro con el objetivo de acelerar los ritmos de la circulación de mercancías, concentraron en este segmento una formidable fuerza laboral: hoy emplean a 9 millones de personas, el 6,3 % de la fuerza de trabajo del país. Esto incluye sectores que lejos de estar difuminados y presentar desafíos para la organización, se encuentran concentrados en depósitos de gran escala que emplean cientos de personas.

En una entrevista más reciente, Moody retoma esta cuestión. Allí observa que la concentración de recursos y fuerzas de trabajo en la logística, destinada a hacer que el tránsito de mercancías ocurra de la forma veloz y fluida, creó clusters gigantescos. Solo en Chicago, calcula, conforman un ejército de 200 mil personas empleadas en el sector.

Lo que han hecho –sostiene– es recrear lo que las empresas estadounidenses intentaron destruir hace treinta años cuando se mudaron de ciudades como Detroit, Gary o Pittsburgh. Intentaron alejarse de estos enormes clusters de trabajadores de cuello azul, particularmente los sindicalizados y los trabajadores de color. Ahora, para mover mercancías, a través de cadenas de producción mucho más dispersas que en el pasado, han recreado estas enormes concentraciones de trabajadores mal pagos. Estos clusters son puntos de estrangulamiento en un sentido muy real. Si detenés un pequeño porcentaje de la actividad en estos lugares, trabás todo el movimiento de las mercancías y el conjunto de la economía.

En el mismo sentido, Jake Alimahomed-Wilson e Immanuel Ness afirman en el prólogo de Choke Points: Logistics Workers Disrupting the Global Supply Chain que:

Los trabajadores de la logística se encuentran en una posición única en el sistema capitalista global. Sus lugares de trabajo también se encuentran en los puntos de estrangulamiento del mundo, nodos críticos en la cadena de suministro capitalista global, que, si están organizados por la clase trabajadora, representan un desafío clave para la dependencia del capitalismo de la “circulación fluida” del capital. En otras palabras, la logística sigue siendo un sitio crucial para aumentar el poder de la clase trabajadora en la actualidad [3].

Los empresarios son conscientes del peligro que implica el reagrupamiento de miles de trabajadores en estos clusters, por eso tienen una agresiva política antisindical que mediante chantajes y amenazas buscan evitar la organización de los trabajadores –contando para esto con colaboración de sectores de la propia burocracia– . Es el caso de Amazon que enfrenta denodadamente los intentos de organización tanto en sus almacenes como con su flota de camiones, siguiendo el ejemplo de Walmart y McDonalds, los dos principales empleadores (a los que la firma de Bezos va camino a destronar).

Los sectores de la fuerza laboral abocados a la logística, están hoy, como resultado de las cadenas de producción “justo-a-tiempo”, más entrelazados que nunca con los sectores abocados a la elaboraciones de bienes (que en EE. UU. a pesar de la tan mentada “desindustrialización” siguen abarcando una fuerza laboral de nada menos que 12 millones, el 8,5 % del total del país) y también con los que prestan diversos servicios. Lejos de cualquier idea de “fin del trabajo” o pérdida de relevancia de la clase trabajadora, no podría ser mayor la centralidad que las cadenas globales le otorgan en la producción y distribución de bienes básicos y en la prestación de servicios fundamentales –sin contar las labores de reproducción de la fuerza laboral que se desarrollan fuera del mercado y están invisibilizadas por la economía política del capital–. Esta es la fuerza social que puede tomar en sus manos el desafío de activar el freno de emergencia ante la irracionalidad del capital que vuelve a ofrecer nuevas muestras en las múltiples crisis de las cadenas globales de producción. Las posiciones estratégicas que ocupa la fuerza de trabajo de la logística, pero también sectores abocados a la producción de bienes y la prestación de servicios en estas cadenas de suministro cada vez más integradas, les otorgan un poder central en el enfrentamiento contra el capital; pueden paralizar la normal circulación de mercancías y la valorización. Estas posiciones estratégicas son también un punto de apoyo fundamental para –superando a las burocracias sindicales que mantienen la división de la clase trabajadora– articular una fuerza independiente capaz de aglutinar al pueblo explotado y oprimido, a partir de las unidades de producción y otros centros neurálgicos (empresa, fábrica, escuela, hospital, centro logístico, sistema de transporte con sus estaciones, etc.) y con sus propios métodos de autoorganización, con miras al enfrentamiento contra el capital con la perspectiva de reorganizar la sociedad sobre nuevas bases. Es fundamental sacar las conclusiones de lo que implican para la lucha de clases estos puntos de estrangulamiento que quedaron expuestos por la crisis de la cadena de suministro, en un momento en el que la clase trabajadora se está poniendo en movimiento en EE. UU. como muestra una serie de luchas en numerosas empresas acompañadas también de procesos antiburocráticos.

Por Esteban Mercatante | 25/10/2021

Notas

[1] UNIDO, Industrial Development Report 2018. Demand for Manufacturing: Driving Inclusive and Sustainable Industrial Development, Viena, 2017, p. 158.

[2] Kim Moody, On New Terrain, Chicago, Haymarket Books, 2017.

[3] Jake Alimahomed-Wilson e Immanuel Ness (Eds.), Choke Points Logistics Workers Disrupting the Global Supply Chain, Londres, 2018, p. 2.

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