Del Homo chatarris a la nutrición agroecológica

Nos adentramos peligrosamente en una etapa de cambio nutricional erosionador de las infraestructuras sociales más cercanas, comunes y colectivas. Los oligopolios acaban imponiendo sus 3M: mundialización, monocultivos, y mercantilización de nuestra vida.

 

La pandemia global está dejando tras de sí huellas visibles en términos de enfermos, muertes, atenciones hospitalarias, polémicas sobre medidas sanitarias. Quedan invisibilizados efectos a largo plazo que condicionarán, en un futuro no muy lejano, cómo estamos viviendo y cómo podemos vivir. Toda una nueva revolución civilizatoria, silenciosa, quizás comparable a la emergencia de focos agrícolas hace 14.000 años. Nuestro mundo se contrae vertiginosamente.

Sobre qué hacer, dónde adquirir productos, cómo alimentarnos o con quien relacionarse cada día, más que nuestras decisiones individuales o colectivas pesan sobre todo las innovaciones incesantes de plataformas virtuales que nos alientan a comprar o entretenernos, las medidas gubernamentales de urgencia para colocarnos mascarillas o frecuentar determinados espacios. Sobre esas decisiones, sobre esas potencialidades, como justificaremos en este texto, aún más está pesando una dinámica de erosión de lazos sociales y un avance de unos hábitos nutricionales que nos alejan de nuestra genética de especie: ¿el Homo sapiens sapiens muta hacia un Homo chatarris?

El siglo XXI será recordado por cómo buena parte de la humanidad abandona hábitos y espacios de socialización que han sido recurrentes en los últimos milenios, como los mercados de proximidad o las redes vecinales o comarcales que propiciaban dinámicas y políticas en las que decidíamos y podíamos intervenir más. Quizás no dure mucho más allá de unas décadas, teniendo en cuenta que la energía fósil y determinados materiales (pensemos en el aluminio o el cobre, en los fosfatos imprescindibles para la agricultura química) se vuelven cada vez más inaccesibles, más “caros” en los mercados monetarios. Pero, mientras tanto, estamos comprobando cómo nuestro mundo se encoge y se enmarca en torno a interacciones sociales, paradójicamente, no-personales. Es lo que señala Eric Klinenberg en su texto Palacios del pueblo (Capitán Swing, 2021): las sociedades se vuelven más desiguales y menos saludables, con menos motivos para vivir, en la medida en que pierde infraestructura social básica como espacios vecinales y deportivos, sindicatos, librerías o los mercados comunitarios están menos presentes en nuestras vidas.

La decadencia de infraestructuras sociales tiene su reflejo directo en nuestra alimentación: en cómo adquirimos productos, en cómo transformamos en ingesta de kilocalorías lo que debería ser una nutrición saludable. Es decir, la erosión social y biofísica del planeta nos está llevando a una revolución nutricional para la que el homo sapiens no estaba preparado. No en tan corto espacio de tiempo, apenas unas décadas. El exhaustivo estudio de la catedrática Dolores Raigón Manual de la nutrición ecológica. De la molécula al plato documenta los concluyentes estudios que indican una pérdida constante en los últimos 70 años de las propiedades de nuestros alimentos, lo que poco a poco los reduce a meros productos comestibles. Como muestra, nuestras manzanas, las cuales perdieron un 70% de vitamina C entre 1985 y 2002. Pero en general, las verduras y muchas de las frutas examinadas tienen un menor contenido de vitaminas, minerales, proteínas y sustancias antioxidantes.

La agricultura convencional y la industria agroalimentaria son responsables de estas pérdidas, siendo un caso muy ilustrativo el de los productos refinados, como el grano del cereal al que, retirando su cascarilla, se le reduce considerablemente la vitamina E, así como algunos minerales y fibra alimenticia. El procesado industrial introduce además aditivos tóxicos. Emerge una dieta a base de productos ultraprocesados que nos alejan del cuidado de nuestra salud, de nuestra cultura alimentaria y de nuestros ecosistemas. Dichos productos, como los alimentos precocinados, la bollería y dulces industrailes, los lácteos azucarados o las pizzas elevan nuestra ingesta de azúcares, grasas saturadas o sodio, a la vez que retiran proteínas, fibra alimentaria o minerales. El ensayo Fast Food Nation, de Eric Schlosser, establece que en países como los Estados Unidos el 90% que dicha “comida chatarra” supone el 90% del presupuesto medio que una persona gasta en su cesta “alimentaria”. El informe Global Burden of Disease analizó las causas de mortalidad en 195 países del mundo entre 1990 y 2017. La dieta de buena parte de la humanidad en estos años se caracteriza por una disminución de la ingesta de verduras y frutas frescas, con apenas presencia de cereales integrales. Todo, mientras aumentaba el consumo de azúcar, sal y grasas saturadas, colocándonos en una verdadera emergencia nutricional como apunta el informe Viaje al Centro de la Alimentaciónque nos enferma que publicaba en 20217 la ONG Justicia Alimentaria. Como consecuencia de esta fuerte ingesta de productos ultraprocesados, se vincularon 10 millones de muertes en 2017 a enfermedades cardiovasculares, 900.000 por algún tipo de cáncer y 340.000 por diabetes tipo 2.

La erosión social, la erosión de la fertilidad de la tierra y nuestros crecientes problemas de nutrición están entrelazados. El planeta ve alterado determinados ciclos que son fundamentales para la reproducción de la fertilidad agrícola: mineralización y suelos muertos son la consecuencia del empleo rutinario de agrotóxicos, los monocultivos demandan más agua y la reducción de la biodiversidad donde son instalados, el 40% de la superficie agraria útil se dedica a piensos para sostener una dieta basada en productos cárnicos que llegarán a nuestros cuerpos cargados de restos de antibióticos. Desde los monocultivos, la industria agroalimentaria mundializada nos lleva a los productos ultraprocesados como ingrediente básico de nuestra dieta. Se trata de ofertar una gama que es variada en colores, pero no en sabores ni en variedades de plantas o de animales. Se trata también de ofrecer productos que son considerados “comestibles” y que resisten largos transportes, duran mucho tiempo en las estanterías, poseen texturas que seducen a la persona consumidora y amplían los márgenes de beneficios como consecuencia del abaratamiento monetario en su producción.

Como consecuencia de esta extensión masiva de ultraprocesados en nuestras cestas de la compra aumenta la mortalidad derivada de tumores, alergias, enfermedades cardiovasculares y obesidades, según señala el catedrático de Tecnología de Alimentos Pau Talens Oliag en su artículo Alimentos ultraprocesados: impacto sobre las enfermedades crónicas no transmisibles. A su vez, se recombinan factores, que resultan mortales, no dirigidos a sostener la vida, en sociedades donde el tiempo se vuelve “escaso”, “líquido” como buena parte de los lazos auspiciados por las sociedades capitalistas escribía el sociólogo Zygmunt Bauman. Todo ello nos hace co-evolucionar en dirección opuesta a las condiciones en las que el Homo sapiens acopló su cuerpo, y en particular su sistema digestivo, a un medio nutricional para tratar de hacernos más “sapiens”. Y para sostener simplemente un tono muscular, pues a mayor ingesta de productos ultraprocesados menor es la capacidad de oxidar la glucosa en nuestros músculos: más fatiga, menos capacidad para realizar un ejercicio continuo.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Lo que somos y las encrucijadas nutricionales a las que nos enfrentamos son el resultado de adaptaciones al medio natural, saltos tecnológicos-energéticos y formas de organizar la sociedad o la producción de alimentos. Todo ello ha desembocado en visiones concretas y aprovechamientos ligados a un territorio específico donde el ser humano ha expresado diferentes formas de relacionarse con su casa (hogar, territorio, relación con el planeta), con el cuidado del cuerpo (a través de la alimentación) y con el sostenimiento de lazos (organización social, afectos, identidades). Las culturas americanas son hijas del maíz, mientras que Europa es hija del trigo y Oriente se inclina hacia el arroz como fuente de hidratos de carbono. Somos diversos y diversas. Sin embargo, el Homo sapiens y sus necesidades alimentarias tomaron ya forma hace 200.000 años. Artemis Simopoulus, investigadora genetista y presidenta del Center for Genetics, Nutrition and Health, al referirse al cambio de dieta entre la era Paleolítica y la actual, expresa en un artículo sobre enfermedades crónicas que: “en los últimos 10.000 años apenas han acontecido cambios en nuestra genética, quizás en torno al 0.005%. Nuestros genes son muy similares a aquellos de nuestros ancestros del Paleolítico, hace 40.000 años, cuando se fijó nuestro perfil genético. Los humanos vivimos hoy en un entorno nutricional que difiere de aquel en el que nuestra constitución genética fue establecida”.

Repasemos un poco nuestro recorrido como especie. Los primeros homínidos seguían hace millones de años una dieta vegetariana. El acceso fácil y abundante a frutos, brotes o raíces proporcionaba la energía necesaria para la existencia del Ardipithecus o el Australopithecus, aunque éstos últimos incorporaban esporádicamente proteína animal o de insectos a su dieta. Hace casi tres millones de años el boscoso paisaje africano fue siendo transformado por diversas glaciaciones y periodos interglaciales. En el paisaje marcado por las sabanas comenzaron a escasear plantas nutritivas.

Se inició un gran cambio en la dieta de nuestros antecesores homínidos para permitir el acopio de energía en un menor tiempo. Hace un millón y medio de años, el cerebro de uno de nuestros antepasados, el Homo ergaster, pasó a doblar el volumen cerebral con respecto al Australophitecus, hasta alcanzar una masa de 900 cm³. La nueva maquinaria neuronal demandaba más y nuevas fuentes de energía. El consumo de animales, primero desde la caza y luego a través de pescados y moluscos, aportaba dicha energía y favorecía la reducción de nuestro aparato digestivo y, por tanto, de sus demandas energéticas. Nos hicimos menos pesados y con digestiones más rápidas en comparación con otros mamíferos herbívoros que precisan de aparatos digestivos más largos. Los neandertales usaron el fuego de manera sistemática tanto para cocinar como para ahumar, y así conservar los alimentos. Más robustos que otras familias de homínidos, necesitaban ingerir un promedio de 4.000 kilocalorías (mujeres) y 5.000 kilocalorías (hombres) diarias. Un mayor cerebro facilitó la diversificación de estrategias de obtención de alimentos durante su presencia en Europa y Asia Central, hace 200.000 años.

Por su parte, el Homo sapiens llegará a consumir habitualmente tanto alimentos de procedencia acuática (peces o crustáceos) como variedades terrestres (aves, plantes, mamíferos). La emergencia del lenguaje facilitaba estrategias de cooperación socio-técnica. El Homo sapiens aparece ya manejando un utillaje variado de piedras, de huesos y de marfiles tallados para la caza o la pesca, hace 30.000 años. Y se le supone conocedor de las migraciones de grandes hervíboros, como los bisontes, o las posibles travesías de peces, aplicándose en técnicas colectivas para la obtención de alimentos. Las dietas y la organización social se complejizan. Las sociedades cazadoras y recolectoras centradas en frutos silvestres aceleraron así el camino hacia dietas omnívoras.

La tecnología del paleolítico avanzaba hacia la mejora de utensilios que permitían realizar construcciones, cortar árboles o extraer bulbos, lo que acabaría alentando el surgimiento de focos agrícolas y de domesticación de animales hace 14.000 años. La domesticación de plantas y animales daba lugar a la ampliación de la dieta: consumo de lácteos y derivados, pan, vino, cerveza. La gastronomía surge como arte y como saberes en torno al cocinado y conservación de alimentos, adaptándose al contexto local, tanto para la obtención de materias primas como de energía. Buena parte de los manejos agroganaderos se orientaban hacia la reposición de la fertilidad (restos de cosecha, estiércol) o la mejora de ésta, interviniendo en los ciclos del agua. El regadío agrícola demanda planificación y adecuación de cauces, lo que impulsa formas colectivas de apoyo entre el incipiente campesinado y formas indígenas que perdurarán miles de años. En paralelo surgen las primeras acumulaciones de grano y los primeros Estados. Mudamos paisajes y lazos sociales. Pero no cuerpos: las bases de nuestra genética y de nuestra orientación alimentaria estaban ya establecidas hace 200.000 años.

La revolución industrial supuso el aterrizaje de nuevos procesamientos mecánicos en el que quedaron incrustados muchos aspectos de nuestra vida. El molino de piedra sí garantizaba la presencia de proteínas y micronutrientes en la harina resultante. El creciente hacinamiento en las ciudades tiene que ver mucho con la mecanización a base de combustibles fósiles que favorecía el disciplinamiento de la incipiente clase obrera, por encima de criterios de eficiencia energética o interés de la población, como sostiene el investigador Andreas Malm en su libro Capital Fósil. El procesamiento de la caña de azúcar a gran escala a partir del siglo XIX dio lugar a la extensión de los azúcares refinados en nuestras platos y, bajo la mundialización de marcas gaseosas, es ahora demasiado abundante en nuestras bebidas. De la misma manera, en el siglo XX los aceites vegetales entraron en nuestra cesta de la compra merced al procesamiento mecánico de semillas oleaginosas. El consumo de alcoholes se extiende. Suponemos que, al contrario que hoy en día con la irrupción de potenciadores de sabor, el ser humano apenas conocía la sal en el periodo del Paleolítico. La dieta cárnica se establece como referencia y como rutina alimentaria de producción-consumo, siguiendo la McDonalización de la sociedad, a decir del sociólogo George Ritzer.

Entramos ahora en la uberización del mundo: se acelera la distribución de comida rápida, la precariedad de las relaciones laborales y la creación de marcas que controlan los sistemas de producción y consumo sin apenas responsabilidad laboral o fiscal con las sociedades de las que se nutren. Por el camino se eliminan empleos. Y también desaparecen de nuestra mesa las legumbres, las verduras frescas y el tiempo para cocinar, compartir y conservar alimentos cultivados en la proximidad. En España el consumo de verdura y fruta fresca se reduce, siendo un 40% quien las consume diariamente. La mecánica industrial del tiempo (re)productivo se impone sin, paradójicamente, límite de tiempo para salirse de la rueda que gira sobre nuestros cuerpos. Particularmente incide en las cargas laborales de las mujeres hoy en día según encuestas sobre nuestro uso del tiempo. La actividad fabril y febril en torno al consumo se orienta desde, y hacia, una industria global que no reconoce en sus 200 años de vida estaciones, ciclos de vida esenciales asociados al nitrógeno al agua, o la importancia de cultivar fertilidad y biodiversidad en nuestros campos. En la actualidad, la interrupción de cadenas de suministros sobrevenidas por escasez energética o de materiales nos hace suponer que el reconocimiento puede abrir puertas a una recuperación de la conciencia de especie. O, por el contrario, seguir la senda del confinamiento de clases populares bajo la extensión de la pobreza alimentaria y energética.

Estamos siendo sometidos a un proceso de desconexión ambiental y nutricional, desconexión crítica para nuestra supervivencia: cuerpos, lazos y casa habitable son elementos que pueden resultar “extraños” en un mundo aparentemente virtualizado. Decimos “aparentemente” porque cualquier click está cargado de producción material y requerimientos energéticos. Y también porque el Homo sapiens es carne de necesidades básicas relacionadas con el sostenimiento de cuerpos, el afecto, la expresión y la relación con la naturaleza.

La pandemia del coronavirus pareció poder actuar como revulsivo en los primeros tiempos de las medidas que se imponían: la alimentación se declaraba “esencial”, subían las demandas de productos de naturaleza ecológica en tiendas especializadas y grupos de consumo, nuestras herramientas en torno a la salud comenzaba a preocuparnos. En un año hemos observado que la política y lo político, las instituciones y nuestro cotidiano, no han seguido una dinámica más nutritiva y menos discordante con nuestra composición genética y nuestro hábitat planetario. La reflexión alimentaria no ha pasado más allá de favorecer la implantación de grandes cadenas de distribución. El sector ecológico aparece cada vez más convencionalizado: menos frescos y más procesamiento, mismas dificultades para producir y comercializar en entornos cercanos, integración vertical en grandes empresas que comercializan o facilitan los insumos orgánicos a gran escala, políticas no centradas en el acompañamiento a la pequeña producción (caso de La Granja a la Mesa en la Unión Europea) lo que supone en la práctica su exclusión inminente del sistema agroalimentario. En los titulares mediáticos y en los pantallazos de memes políticos poca alusión tendremos a la creciente inseguridad alimentaria. No escuchamos, ni parece que sentimos y reconocemos la importancia del segundo cerebro (o el cerebro complementario y que nos relaciona muy activamente con el mundo) que alojamos en nuestro aparato digestivo, según señala el neurobiólogo Antonio Damasio en El extraño orden de las cosas.

En conclusión: podemos afirmar que nos estamos adentrando en un reinicio nutricional legitimado por la erosión de las infraestructuras sociales más cercanas, comunes y colectivas. Los oligopolios que controlan cada sector de la cadena agroalimentaria con media docena de empresas acaban determinando lo que se produce (patentes), cómo se produce (insumos) y qué esta accesible (distribución) acaban imponiendo sus 3M: mundialización, monocultivos, mercantilización creciente de aspectos “mecanizables” de nuestra vida. Y, junto a buena parte de las políticas pública, se erosionan las 3C que caracterizaron nuestro metabolismo social y personal propio del camino del Homo sapiens: cooperación, cerrar ciclos en nuestras proximidades, circuitos cortos como base resiliente de nuestros mercados. Como señalan autores como Mike Davis o Rob Wallace la consecuencia son la emergencia de grandes gripes asociadas a grandes deforestaciones y grandes granjas: gripe aviar, gripe porcina, Zika, SARS, familias de coronavirus. Son las 6G que nos ayudan a completar la ecuación del desastre: 3C – 3M = 6G.

¿Qué hacer? Revertir la desconexión, reconectarnos. Re-establecer el papel de la alimentación como proceso de nutrición saludable y no como ingesta diaria de productos comestibles. Adentrarnos en territorios agroecológicos como fuente de relocalización de sistemas agroalimentarios sobre la base y el protagonismo de un territorio dado. Como afirma la investigadora Meleiza Figueroa en el texto Soberanía alimentaria: Un diálogo crítico es preciso “contemplar los sistemas alimentarios en términos de vidas sociales como conjuntos de relaciones, articulaciones y transmisores de significado”. Los sistemas de producción diversificada y más local son producto de una infraestructura social que facilita y es facilitada por el cultivo de nuestra biodiversidad cultural: espacios, conocimiento y lenguajes conectados al territorio; tecnologías convivenciales que nos dan autonomía y no están supeditadas (o lo están menos) a cadenas de suministros globalizadas; culturas que facilitan el hacer en común. Todo esto ha sido argumentado en las últimas décadas por Elionor Ostrom (El gobierno de los bienes comunes), Víctor Toledo y Narciso Barrera-Bassols (La memoria biocultural) o Javier Sanz Cañada (coordinador científico del European Research Group “Local Agro-Food Systems”). Es preciso reconectar nuestro paladar: aprender y retornar a sabores que nos enseñen a distinguir y apreciar patatas que no han sido congeladas y lechugas que no son un iceberg de agua. La industria de los antojos se caracteriza por el procesamiento de productos para que nos aparezcan tensos y crujientes por fuera, cremosos y dulces o muy saborizados por dentro, aunque perjudiciales por su contenido, su fabricación y su envasado ricos en contaminantes hormonales, como viene investigando el catedrático Nicolás Olea.

Reconectar es también relocalizar desde territorios. Relocalizar sistemas agroalimentarios es un primer paso, pero no basta. Es necesario reconciliarnos con sensaciones nutritivas, establecer seguridades alimentarias, promover prácticas agroecológicas, activar encuentros desde lógicas y protagonismos rurales y campesinos, invitar a una transición del reino de lo comestible al mundo de lo saludable. Se trata, pues, de avanzar en formas de soberanía alimentaria desde una perspectiva que incorpore las voces y formas de relación de quienes producen, dinámicas de igualdad de género y haga de la producción y la nutrición saludable un derecho real. En concreto, siguiendo a Dolores Raigón, una nutrición agroecológica sería una actividad holística que contempla todos los elementos de la cadena agroalimentaria para lograr una sostenibilidad fuerte: una dieta que sostiene nuestra salud y nuestro entorno ambiental, y a la vez procura bienestar y se adapta a las diferentes culturas de quien produce o distribuye alimentos. Frente al mundo pandémico, carecterizado por la desconexión, nos hemos encontrado gran cantidad de articulaciones de la pequeña producción que, no tan paradójicamente, son las que más se han preocupado porque sectores populares y de bajo poder adquisitivo pudieran acceder a una nutrición agroecológica, según se concluye en el último informe del Observatorio del derecho a la alimentación y a la nutrición.

Urge, en definitiva, iniciar una reconexión agroecológica, desde abajo. Fomentar para ello una gastronomía anclada en propiedades nutricionales, recuperar lazos para la relocalización de sistemas agroalimentarios, defender territorios destinados a la explotación o al sacrificio en medio de un colapso de suministros globalizados, reinventar las relaciones campo-ciudad. Y para ello, hablando desde nuestro contexto europeo, son insuficientes o sesgadas hacia un insostenible capitalismo verde las propuestas de la Unión Europea o desde cualquier entidad financiera que no contemplen directamente la implicación y activación del tejido productivo en el medio rural y de las más desfavorecidas en el medio urbano. El mercado no resolverá cuando se ofrece como panacea por sí mismo, como motor de una supuesta autorregulación, ya criticada hace si un siglo por el historiador y antropólogo económico Karl Polanyi. Incluso aunque tenga acentos locales, pues por ahí se colarán distribuidores y políticas orientadas, en el mejor de los casos, a una sustitución de insumos, aunque globalizantes y no centrales para la transformación del terreno productivo. Las instituciones liberales tampoco son la panacea, sujetos pasivos de dinámicas muy desiguales e insostenibles ligadas, por ejemplo, al reparto de fondos provenientes del programa NextGeneration-EU. Se debería construir y empujar desde un músculo social que sea el protagonista de la relocalización de sistemas agroalimentarios. O comenzamos a hablar desde el lenguaje de territorios agroecológicos, y no de lo que permitan instituciones (neo)liberales, o acabaremos malnutridos social y corporalmente por la gramática del Homo chatarris.

Por:

Ángel Calle Collado

Integrante de la Cooperativa Ecojerte

Isabel Álvarez Vispo

Presidenta Red Urgenci

22 ene 2022

Jueves, 20 Enero 2022 06:27

Genes humanos: robo, negocios y más

Genes humanos: robo, negocios y más

Desde hace algunos años, en casos más de una década, se ha expandido el negocio de la apropiación y venta de datos genéticos humanos. Es una “industria” con muchas aristas e impactos, sobre la que en general hay poca información. Cada vez es más común que los gobiernos y empresas privadas establezcan bancos de datos con nuestra información genética, con o sin nuestro consentimiento, en la mayoría de los casos sin plena conciencia de cómo pueden ser usados. En la era de los hackeos digitales, estas bases no son una excepción.

El botín de la identificación forense

En diciembre 2021, un cuidadoso trabajo de investigación periodística de Paula Mónaco Felipe y Wendy Selene Pérez (Traficantes de ADN) puso en evidencia que las bases de datos genéticos de la Fiscalía General de la República (México) se han usado como fuente de negocios para la firma privada Central ADN, engañando además a parientes en busca de personas desaparecidas. El reportaje expone que desde la institución se permitió acceso y copias irregulares e ilegales de las bases de datos genéticos de la FGR (antes PGR), y que computadoras de la firma privada estuvieron conectadas por meses a esas bases, sin conocimiento ni consentimiento de las personas cuyos datos están allí.

La empresa Central ADN consiguió además nuevas muestras de familiares de las personas desaparecidas, prometiéndoles que de esa forma podrían cotejar coincidencias con los datos de la FGR. Como resume Paula Mónaco, en un país con 95,000 personas desaparecidas y 52,000 cadáveres sin identificar, la identificación forense –para la cual en repetidos casos las autoridades contratan a firmas privadas–, es un negocio millonario.

Biopiratería humana e industria farmacéutica

Este caso terrible por la falta de escrúpulos y la crueldad con las familias de las personas desaparecidas, no es sin embargo la única forma de apropiación y uso de información genética en México. Desde estudios de “herencia genética” a toma de muestras en laboratorios privados o de instituciones públicas de salud, la información genética de la población mexicana es valiosa para muchas industrias, empezando por la gran farmacéutica, la industria que junto a la digital más ha lucrado en tiempo de pandemia.

La llamada medicina genética o genómica se basa en el análisis de los genomas e intentar definir cómo diferentes enfermedades pueden estar influidas por los genes. Aunque todos los seres humanos tenemos el mismo genoma como especie, cada persona tiene una composición genómica única (parcialmente coincidente con sus parientes biológicos) y además pequeñas variaciones que pueden indicar tendencias a ser más propensos o a resistir mejor algunas enfermedades. Eso motivó desde la década de 1990 la caza de variaciones genéticas a nivel global, a menudo dirigida desde universidades de Estados Unidos con financiamiento del gobierno y/o empresas farmacéuticas, sobre todo en poblaciones indígenas. En el Grupo ETC hicimos denuncias de este tipo de proyecto que recorrían el planeta tomando muestras de sangre y otros tejidos, así como del comercio de tejidos humanos que derivaron de estos proyectos.

El “atractivo” de las variaciones genéticas presentes en comunidades indígenas, es que se podrían diferenciar de variaciones en poblaciones que se han mezclado más con otras (por ejemplo, en grandes ciudades) y por tanto permite enfocar en la búsqueda de rasgos particulares de interés para las industrias farmacéuticas y relacionadas.

Históricamente, esto ha derivado en el patentamiento de la información genética. Al comienzo, directamente de líneas celulares completas, como denunciamos en 1994 el patentamiento a nombre del gobierno de Estados Unidos de la información genética de una mujer de la población Ngobe (guaymí en castellano), por su resistencia a la leucemia. Pese a que junto al pueblo Ngobe se logró cancelar esa patente, el mecanismo se siguió repitiendo, aunque con modificaciones de qué y cómo se patenta para intentar evadir cuestionamientos legales.

La “ventaja” de la diversidad genética de los pueblos indígenas de México para las empresas farmacéuticas fue justamente uno de los argumentos claves que esgrimió Gerardo Jiménez Sánchez para la creación del INMEGEN, del cual fue su primer director y permaneció hasta 2009. El principal proyecto de este instituto ha sido el “Mapa del genoma de las poblaciones mexicanas”, que no representa ningún beneficio para las comunidades y pueblos indígenas que fueron muestreados. Pero sí coloca en acceso público la información de variaciones genómicas obtenidas del muestreo de poblaciones en Sonora, Zacatecas, Guanajuato, Veracruz, Guerrero, Yucatán y “zapotecos de Oaxaca”, donde especifican el pueblo indígena, porque en otros estados, aunque tomaron mayoritariamente muestras de pueblos indígenas, también incluyeron población que consideraron mestiza.

Ese proyecto estuvo especialmente enfocado en poblaciones indígenas, pero la transferencia de datos genéticos de la población mexicana a empresas e instituciones públicas y privadas de Estados Unidos y otros países ocurre todo el tiempo, sea a través de proyectos de “investigación”, sea porque la mayoría de los laboratorios (públicos y privados) hacen firmar un acta de consentimiento -complicada, larga, difícil de entender- cuando tenemos que realizarnos algún análisis de tejidos biológicos, según el cual pueden disponer de nuestras muestras biológicas para investigación, que puede ser en el país o internacional. La mayoría de las personas firma este “consentimiento” sin haberlo leído ni entender sus implicaciones, tal como generalmente ocurre cuando aceptamos las condiciones de los programas digitales, de comunicación, etc.

Hackeo de biodatos

El valor de las bases de datos genómicos, de una forma parecida a lo que sucede con otras bases de datos de nuestra información digital, en mucho se basa en la cantidad y diversidad de datos que pueden acumular y la capacidad de programas -generalmente de inteligencia artificial- de manejar esos enormes volúmenes de datos.

A ello abonan proyectos como los descriptos antes, así como la toma de muestras por diversas razones de instituciones públicas, policiales, médicas y muchas privadas. En México una causa importante de por qué las personas dan voluntariamente su información genética es la búsqueda de familiares desaparecidos. En Estados Unidos y otros países, una serie de empresas privadas ofrecen buscar árboles genealógicos, rastrear antepasados lejanos, también pruebas de paternidad, etc. En varios países la toma de muestras genéticas y su conservación en manos de instituciones ocurre desde el nacimiento y/o puede ser una política pública manejada y/o impuesta por el estado, como sucede por ejemplo en China, Suecia, Islandia.

Al igual que sucede con todas las bases de datos digitales, también las bases de biodatos -sean de procedencia de proyectos investigación, médicos, policiales, comerciales- pueden y han sido hackeados a gran escala.

Existen muchos ejemplos recientes de irrupciones ilegales y robo de información en bases de biodatos de compañías privadas o públicas, que han accedido a millones -hasta decenas de millones – de datos personales. En 2020, el FBI entró aprovechando una brecha que alegan no haber sido su responsabilidad, a los datos de un millón de personas de las bases genéticas de la empresa GEDMatch para realizar búsquedas no autorizadas. Varias otras empresas que guardan biodatos entregados y pagados por consumidores han sido hackeadas con robo de información.

Los fines de tales irrupciones pueden ser comerciales, para estafas, fraude de identidad, chantajes, etc. A los gobiernos de China y Estados Unidos lo que más les preocupa es el uso que se podría hacer para desarrollar potenciales armas biológicas adaptadas a grupos poblacionales. Por lo cual seguramente lo estén intentando desarrollar ellos mismos, pero por supuesto no hay datos públicos al respecto.

La toma de muestras individuales de integrantes de un pueblo indígena, aporta datos sobre todo ese pueblo. La extracción, comercio y uso de datos digitales personales -incluyendo biológicos y genéticos – va mucho más allá que el uso individual, para generar además de abusos comerciales, nuevas formas de control y vigilancia, cruzando la información con la plétora de otros datos individuales y colectivos digitalizados.

Todo esto pone sobre la mesa, nuevamente y desde otras aristas, el impacto que tiene la digitalización en muchas áreas de nuestras vidas, que es mucho más que la suma de impactos y efectos individuales. Necesitamos enfrentar esta realidad desde la información, debate y acciones colectivas.

19 enero 2022

Indígenas de Ecuador presentan más de 365 mil firmas contra el extractivismo

Se espera que en las próximas fechas las Corte Constitucional de Ecuador se pronuncie respecto a la petición indígena. 

Organizaciones indígenas de Ecuador presentaron este martes más de 365.000 firmas ante la Corte Constitucional para exigir su derecho de que previo a autorizar cualquier tipo de extracción minera o petrolífera en la zona amazónica esta les sea consultada.

Un número importante de pobladores de comunidades endémicas de la selva amazónica, encabezados por miembros de los A’i Kofán de Sinangoe, y Waraoni de Pastaza se personaron en la sede judicial constitucional para presentar las 365.515 rúbricas.

Ante esta acción, se prevé que la corte ecuatoriana se pronuncie en las próximas fechas respecto al pedido que ha sido apoyado, además, por otras organizaciones sociales del país suramericano.

“El mundo tiene sus ojos sobre Ecuador debido a los históricos casos de la comunidad A’i Kofán de Sinangoe y Waorani de Pastaza, que vencieron al poder empresarial y al Estado ecuatoriano que entregó concesiones mineras y petroleras en sus territorios ancestrales, sin la debida consulta”, expresa el comunicado publicado por los firmantes de la petición.

El texto continúa detallando que la petición se posiciona contra la intención del Gobierno encabezado por Guillermo Lasso “de aplicar políticas petroleras y mineras que plantean la expansión de estas actividades, poniendo en riesgo a territorios indígenas de todo el país, en especial de la Amazonía”.

Por su parte, el líder de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de la Amazonía Ecuatoriana (Confenaie), Marlon Vargas se refirió al precedente que sentó la comunidad del A’i Kofán y subrayó que la corte tiene “la oportunidad histórica” de emitir un fallo favorable que garantice el derecho de las comunidades autóctonas a la consulta y “el consentimiento previo, libre e informado”.

El presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), Leónidas Iza Salazar se refirió a la amenaza del cambio climático como un producto del sistema de la explotación capitalista.

También emitió criterio el presidente Comunidad A’i Kofán de Sinangoe, Victor Quenamá quien aseveró que la comunidad indígena no desea explotar los bosques, ni que lo exploten mineros, ni maquinaria pesada, así como reafirmaron su deseo de defender la selva.

Por su parte, la presidenta de la Organización Waorani de Pastaza, Silvana Nihua afirmó que se sienten respaldados por la comunidad nacional e internacional, así como expresó su deseo de que la corte respalde la solicitud de los pueblos indígenas.

Vale mencionar que el presidente de Ecuador, Guillermo Lasso, emitió el pasado mes de julio un decreto que busca duplicar la producción petrolífera nacional, acción que fue vista como inconstitucional por varias organizaciones sociales del país; pues tomó la decisión sin tomar en cuenta el criterio de las comunidades que podrían verse

19 enero 2022afectadas por la explotación del crudo.

Publicado originalmente en teleSUR

Publicado enInternacional
Bisontes europeos en una finca privada en Segovia. Álvaro Minguito

A pesar de que los ritmos de desaparición de especies se están acelerando, un estudio alerta de que la estructura de la Lista Roja de Especies Amenazadas, así como algunas tendencias opinativas, podrían estar quitando hierro a un problema alarmante y global.

 

Como ocurre con la crisis climática, la avalancha de datos sobre la pérdida de biodiversidad global es innegable. Desde la extinción masiva del Cretácico, un evento que acabó con tres cuartas partes de las especies animales y vegetales de la Tierra hace 66 millones de años, no se ha producido un ritmo de extinción de especies tan acuciado y alarmante como el que lleva ocurriendo desde la presencia del Homo sapiens sobre el planeta, especialmente desde la revolución industrial. La mano del ser humano comienza a acercarse al poder destructor del mismísimo meteorito que acabó con los dinosaurios, aunque no todo el mundo lo vea.

Tal como sucede en otras materias, el negacionismo también está aquí presente. Y por supuesto la indiferencia. Un nuevo estudio publicado en la revista Biological Reviews, elaborado por tres científicos adscritos al Centro de Investigación en Biociencias del Pacífico (Universidad de Hawai, EE UU) y al Instituto de de Evolución Sistemática de la Biodiversidad (Universidad de la Sorbona, París), ha analizado las últimas informaciones científicas en lo que respecta a la pérdida de biodiversidad del planeta y el grado de aceptación de lo que ya se considera como la sexta extinción masiva de especies.

“Aunque una considerable evidencia indica que existe una crisis de biodiversidad con extinciones crecientes y poblaciones que caen en picado, algunos no aceptan que esto equivale a una sexta extinción masiva”, denuncian en el paper, titulado La sexta extinción masiva: ¿hecho, ficción o especulación?

El grupo de investigadores señala que la forma de elaboración de la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), un instrumento clave para conocer el estado de la fauna y la flora global, es a menudo utilizada para restar importancia al problema y no considerarlo un evento de extinción masiva, “argumentando que la tasa de pérdida de especies no difiere significativamente de la tasa natural”, así como que las tasas de pérdida de especies han sido exageradas. 

Asimismo, denuncian que hay voces que niegan este proceso, una tendencia que consideran que, debido a que los humanos son parte del mundo natural, las extinciones causadas por humanos son un fenómeno natural, una parte de la trayectoria evolutiva de la vida en la Tierra. “Algunos incluso abrazan” este enfoque, señalan, “con el deseo de manipularlo para el beneficio humano”, una tesis con la que los investigadores se muestran en absoluto en desacuerdo, recordando que los humanos somos la única especie capaz de manipular la Tierra a gran escala y conseguir que ocurra una crisis de semejantes proporciones.

Lista limitada

La Lista Roja de Especies Amenazadas estaría, para este grupo de científicos, muy sesgada en lo que se refiere a las especies que la forman: en ella se evalúa el estado de conservación de casi todas las especies de aves y mamíferos, pero tan solo una pequeña fracción de los invertebrados.

“La incorporación de estimaciones del número real de extinciones de invertebrados lleva a la conclusión de que la tasa supera con creces la tasa natural y que, de hecho, podemos estar presenciando el comienzo de la sexta extinción masiva”, señalan los investigadores en el artículo publicado en Biological Reviews. De hecho, remarcan que el uso de los datos de la Lista Roja conduce inevitablemente a la subestimación de las tasas de extinción, a excepción de las aves, los mamíferos y, probablemente, los anfibios.

 “Es posible que la sexta extinción masiva aún no haya ocurrido, pero ya se han producido tasas elevadas de extinción y una gran disminución de la población y el rango, y como sea que se califique, la biodiversidad está cambiando a un ritmo mayor de lo que lo haría en ausencia de influencias antropogénicas”, concluyen.

En concreto, la Lista Roja incluye 120.372 especies de plantas y animales, pero eso supone solo el 5,6% del total de en torno a 2,14 millones existentes, según la propia IUCN acepta. El listado estaría, entonces, “fuertemente sesgado hacia los vertebrados no marinos, especialmente mamíferos y pájaros”, apunta el informe.

Mayoría invertebrada

Así, “muchos de los argumentos tanto a favor como en contra de la realidad de la sexta extinción masiva se han basado en análisis de vertebrados, principalmente mamíferos y aves, y en cierta medida anfibios, que han sufrido disminuciones y extinciones significativas”, señalan. “Los arrecifes de coral a veces se incorporan a dichos análisis, al igual que las plantas, pero los invertebrados rara vez se consideran”, continúan los autores del estudio. 

Esto llevaría, según sus conclusiones, a que se haga la suposición implícita, o incluso explícita, de que las evaluaciones de las tasas de extinción de mamíferos y aves reflejan las tasas de extinción de toda la biodiversidad, cuando los invertebrados suponen el 97% del total de especies animales conocidas.

Incluso si se toma solo en consideración el grupo de los vertebrados, los datos son alarmantes. El último informe Planeta Vivo, realizado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), concluye que entre 1970 y 2016 las poblaciones de especies de vertebrados han disminuido una media del 68%. Dicho informe, que recoge múltiples indicadores, como el Índice Planeta Vivo elaborado por la Sociedad Zoológica de Londres, analiza el estado de 21.000 poblaciones monitorizadas de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios.

Con 19 ediciones detrás y una abrumadora cantidad de datos, desde WWF señalan como conclusión que “la actividad humana insostenible está empujando los sistemas naturales del planeta que sustentan la vida en la Tierra al límite”.

“Como biólogos sistemáticos, fomentamos el fomento de la apreciación humana innata de la biodiversidad, pero reafirmamos el mensaje de que la biodiversidad que hace que nuestro mundo sea tan fascinante, hermoso y funcional se está desvaneciendo desapercibida a un ritmo sin precedentes”, concluye por su parte el grupo de investigadores sobre la aceptación social y científica de la sexta extinción masiva.

 “Ante una crisis creciente, los científicos deben adoptar prácticas de arqueología preventiva y recolectar y documentar tantas especies como sea posible antes de que desaparezcan”, advierten, remarcando que “negar la crisis, simplemente aceptarla y no hacer nada, o incluso aceptarla en beneficio ostensible de la humanidad, no son opciones apropiadas y allanan el camino para que la Tierra continúe en su triste trayectoria hacia una sexta extinción masiva”.

Por Pablo Rivas

@PabloRCebo

20 ene 2022

Publicado enMedio Ambiente
Investigadores advierten que la contaminación química superó el “límite seguro” para la vida en la Tierra (+ Video)

Un equipo internacional de investigadores publicó recientemente un estudio en la revista Environmental Science & Technology, en el que advierten que los niveles de contaminación química del planeta ya provocan le desestabilización de los ecosistemas y, por lo tanto, constituyen una grave amenaza para los humanos y el resto de seres vivos.

Si bien existen muchos tipos diferentes de contaminación provocada por los humanos que afectan a la Tierra, la química es una de las más peligrosas.

Entre los peores contaminantes de este tipo están los plásticos, pues son extremadamente duraderos y se han detectado en los rincones más aislados del mundo, como el fondo del océano o las cimas de las montañas.

De acuerdo con los investigadores, otros 350 000 productos químicos sintéticos (incluidos pesticidas, compuestos industriales y antibióticos) también constituyen una seria fuente de preocupación, pues entre todos han posibilitado que la contaminación química cruce un “límite planetario”, el punto en el que los cambios provocados por el hombre en la Tierra son tan impactantes que generan reacciones en cadena desestabilizadoras.

“Ha habido un aumento de 50 veces en la producción de productos químicos desde 1950 y se prevé que se triplique nuevamente para 2050”, explicó a The Guardian Patricia Villarrubia-Gómez, coautora del estudio y asistente de investigación en el Centro de Resiliencia de Estocolmo (Suecia). 

“El ritmo al que las sociedades están produciendo y liberando nuevos productos químicos al medio ambiente no es consistente con permanecer dentro de un espacio operativo seguro para la humanidad”, precisó.

Los investigadores determinaron que la tasa de producción de productos químicos está aumentando rápidamente y su liberación al medio ambiente ocurre a mucha más velocidad que la capacidad de las autoridades para rastrear o investigar los impactos.

“Hay evidencia de que las cosas apuntan en la dirección equivocada en cada paso del camino”, advirtió la profesora Bethanie Carney Almroth de la Universidad de Gotemburgo.

“Por ejemplo, la masa total de plásticos ahora excede la masa total de todos los mamíferos vivos. Eso para mí es una indicación bastante clara de que hemos cruzado un límite. Estamos en problemas, pero hay cosas que podemos hacer para revertir algo de esto”, añadió. 

Entre las amenazas que ya se han abordado de forma masiva y efectiva están los clorofluorocarburos, químicos responsables de la destrucción de la capa de ozono que ya se han prohibido en la mayoría de países.

No obstante, los científicos concluyen que aún existe una gran cantidad de compuestos químicos en uso y que solo una pequeña fracción de estos ha sido evaluada para determinar su seguridad.

20 enero 2022

Publicado enMedio Ambiente
Foto : Pixabay

En lo que respecta a descubrimientos sobre dinosaurios, el 2021 no decepcionó. Como cada año, los investigadores han descrito nuevas especies, precisado sus apariencias y especificado sus hábitats. No obstante, de todo un sinfín de hallazgos, hay algunos que destacan.

  1. El primer ano de dinosaurio encontrado y descrito en perfectas condiciones

Durante el último siglo, los paleontólogos han encontrado todo tipo de fósiles de dinosaurios —desde huesos y dientes hasta impresiones de su piel y plumaje— pero nunca un ano… hasta el 2021. Aparentemente era utilizada por el Psittacosaurus para defecar, orinar, reproducirse y poner huevos, lo que la diferencia de los órganos similares de otros animales.

Más que eso, "la preservación de los patrones de color y el sombreado permitió una reconstrucción detallada de la apariencia física de este individuo", detalla el resumen del estudio publicado en enero del 2021 en Current Biology.

  1. Algunos dinosaurios eran extremadamente rápidos, pero no el T. rex

Los carnívoros terópodos corrían a velocidades de casi 45 km/h, según el análisis de dos huellas de dinosaurios encontradas en el norte de España, reveló un estudio publicado en diciembre en la revista Scientific Reports.

Las marcas fueron dejadas por dos individuos diferentes que corrían sobre el lecho de un lago blando durante el Cretácico temprano. El descubrimiento revela que estas bestias eran tan veloces como el humano más rápido, Usain Bolt, que alcanzó brevemente los 44,3 km/h en una carrera en 2009.

No obstante, este no era el caso del Tyrannosaurus rex, el carnívoro quizá más famoso de todos. Según otro estudio, publicado en abril en la revista Royal Society Open Science, el dinosaurio rey caminaba a la par con el ser humano, a 5 km/h.

  1. El Supersaurus era más largo de lo que se creía

El dinosaurio más largo conocido es el llamado Supersaurus, que excedió los 39 metros y posiblemente incluso alcanzó los 42 metros de longitud, según una investigación inédita presentada este año en la conferencia anual de la Sociedad de Paleontología de Vertebrados.

Siempre se supo que el saurópodo, descubierto en 1972, era largo, con estimaciones anteriores de hasta 34 metros. Pero ahora, huesos recién excavados y analizados revelan cuán verdaderamente largo era este dinosaurio.

  1. Los tiranosaurios se peleaban pero no se mataban

Como era de esperar, los temibles tiranosaurios se peleaban entre ellos, mordiéndose la cara por comida, territorio o apareamiento. Sin embargo, un minucioso análisis publicado en septiembre en la revista Paleobiology revela que no buscaban matarse.

Esta comprensión del comportamiento de los dinosaurios fue posible gracias al estudio de 202 cráneos y mandíbulas de T. rex. Según se encontró, la profundidad y la localización de las huellas dejadas indican que no buscaban infringirse heridas mortales. Solo la mitad de los tiranosaurios tenían estas cicatrices, por lo que probablemente se trate de peleas entre machos por las hembras.

  1. Un extraño anquilosaurio tenía una cola en forma de garrote de guerra azteca

Hasta ahora los anquilosaurios se conocían por vivir en el hemisferio norte con sus impresionantes colas armadas con picos y garrotes. Pero ahora, el recién descrito Stegouros elengassen, encontrado en Chile, muestra que estos reptiles evolucionaron de manera muy diferente en el hemisferio sur: desarrollaron su propio tipo de cola armada que parece un macuahuitl, la reconocible espada azteca.

El anquilosaurio recién descubierto murió hace más de 70 millones de años junto a un río, posiblemente en arenas movedizas, lo que explicaría por qué el espécimen estaba tan bien conservado.

 

25 diciembre 2021

(Tomado de Sputnik)

Sábado, 25 Diciembre 2021 07:09

MÁS LEÍDO 2021: Abuelo

MÁS LEÍDO 2021: Abuelo

De barbas pronunciadas
cuerpo arbóreo
naturaleza viva
con rémoras bebiendo de tu saber
simbiosis florida y trepada a lo largo de tus encajes
arbusto, solidario y paciente
con brazos en procura de energía,
y más vida.
Luz y sombra
Cuerpo majestuoso que no niega vida
soportado por raíces profundas,
como solo el paso de los años y una base profunda lo permiten.
Planta, enraizamiento/cerebro,
biomasa que es saber, savia y alimento.
Naturaleza en flor,
conjunción de tierra, aire, agua, minerales, oxígeno; materia.
Vida y sabiduría, creciendo, y erguida desde abajo
como todo lo que pretendamos
que alcance prolongación en el tiempo.

¿Por qué los humanos no podemos emularte?

 

 

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Publicado enColombia
Domingo, 19 Diciembre 2021 06:11

Una ventana a la gran escasez

Una ventana a la gran escasez

La escasez de materias primas y de energía que ha experimentado la economía global en los últimos meses es una pequeña muestra de lo que puede ocurrir en los próximos años si no se cambian los patrones de consumo.

 

Primero fue el gel hidroalcohólico, las mascarillas, los respiradores e incluso, en algún supermercado, el papel higiénico. Durante unos pocos meses, la población de los países más desarrollados del mundo observó pasmada —con la misma incredulidad con la que miraba en directo cómo se extendía una pandemia global— que en las sociedades de la abundancia podían faltar cosas. 

A medida que la vida comenzaba a normalizarse, cada vez resultaba más evidente que algo había fallado en el reseteo de la economía después del parón de la economía. La era de la escasez no estaba finalizando. Más bien al contrario, acababa de comenzar.

Un año después del fin del confinamiento más duro y del reinicio de la actividad, la escasez y los problemas de suministro ya afectaban en diferentes grados a casi todas las materias primas y a todos los sectores. En septiembre de 2021, la escalada en los precios de la energía iniciada antes de verano adoptaba la forma de apagones en toda China y el cierre de fábricas en EE UU y Europa. El aumento del precio de la electricidad, del gas, de la gasolina, del diésel y del carbón no tardó en trasladarse a toda la economía y ha generado unas tasas de inflación inéditas en los países ricos desde la última gran crisis energética, en los años 70.

La explicación oficial a este caos generalizado es el desajuste entre la oferta y la demanda, unos “cuellos de botella” de una recuperación rápida, agravados por las tensiones geoestratégicas con China, Rusia o Argelia. Según estos análisis, se trata de una crisis coyuntural que se irá resolviendo en cuestión de meses. Sin embargo, cada vez son más las voces desde la comunidad científica que advierten de los aspectos estructurales que hay detrás de estos desbarajustes, unos cortocircuitos que solo pueden ir a más a medida que el crecimiento exponencial del consumo choca con los límites físicos del planeta. 

Pasen y vean, la gran escasez

A mediados de octubre, algunos indicadores empezaban a señalar que lo peor había pasado, con descensos en el precio del transporte marítimo o en la cotización de la madera. Sin embargo, al cierre de esta edición la crisis energética continúa agravándose y la falta de materiales básicos para el funcionamiento de la economía sigue siendo un problema de primer orden. La industria tecnológica prevé problemas en el suministro de chips hasta 2023 y el cierre de las fábricas de fertilizantes compromete las cosechas de 2022. A la vez, la falta de materias primas vitales para la industria mundial, como el magnesio, el papel o el acero, entre una larga lista, sigue sin tener una solución a la vista.

Las escenas de desabastecimiento seguirán en 2022 y serán cada vez más habituales, sostiene Antonio Turiel, científico del CSIC en una conversación con El Salto. Cuando ya ha pasado más de un año desde el inicio de la recuperación económica, la excusa de los “cuellos de botella” ya no cuela, sostiene este investigador. Los cortocircuitos en la economía global se deben, continúa, sobre todo a motivos estructurales, en especial, a una crisis energética que viene de lejos y va para largo. 

Para Turiel, el “efecto más directo” de la pandemia ha sido que las petroleras han acelerado un proceso de desinversión que no es nuevo y “ha precipitado hacia el vacío” el sistema económico mundial, basado en los combustibles fósiles. Las previsiones de escasez de energía y de materiales ya estaban contempladas en diversos estudios científicos, pero estos se han visto superados por la realidad: “No tendríamos que caer tan deprisa”, resume.

Estamos a las puertas de lo que Turiel llama “la gran escasez”, un proceso que amplios sectores de la comunidad científica llevan décadas documentando. “Hemos tocado el punto máximo y, a partir de ahora, lo que nos espera es un proceso de declive que en algunos momentos irá más rápido, en otros momentos irá más lento, pero en cualquier caso es una bajada que durará mucho tiempo. No es que los recursos se acaben de hoy para mañana, pero cada vez habrá menos, cada vez tendremos que aprender a hacer las cosas con menos”, sostiene el autor de Petrocalípsis (Alfabeto, 2020).

Un punto de inflexión

Alicia Valero es investigadora de la Universidad de Zaragoza y directora del grupo de Ecología Industrial en el instituto Circe. Ha escrito más de cien publicaciones sobre el agotamiento de los recursos del planeta y trabaja también como consultora de diversas empresas, Seat entre ellas, a las que asesora sobre la disponibilidad de materias primas.  

Durante años, cuenta a El Salto, hablar sobre escasez de recursos era un tabú, pero esto ha cambiado en el último año después de que la gente y muchos sectores económicos “vivieran en primera persona el desabastecimiento”. Para la coautora del Thanatia, los límites minerales del planeta (Icaria, 2021), esta crisis de materiales y suministros es una “ventana” hacia un mundo en el que “los problemas de escasez serán el pan nuestro de cada día”. 

Muchos de los problemas coyunturales irán desapareciendo, sostiene, en especial aquellos provocados por una demanda disparada y unas fábricas y cadenas logísticas limitadas. Pero quedará la crisis de fondo: “Al igual que las fábricas tienen un límite, si extrapolamos el problema a la gran fábrica que es la naturaleza, tarde o temprano toparemos con esos límites”. Y esos límites “están muy cerca”, si se continúa con este “consumo exponencial”, dice. 

Entre los múltiples ejemplos a mano, Valero habla del cobre: en los últimos 20 años se ha extraído tanto de este material como en toda la historia de la humanidad. Y ocurre lo mismo con todos y cada uno de los elementos clave de la economía mundial: en las próximas décadas habrá problemas de suministro de cromo, germanio, estaño, cobalto, níquel, litio, cadmio, galio, indio, plata, platino, selenio, teluro, titanio, vandanio, zinc o de los 17 elementos de las tierras raras. Dicho de otro modo, las baterías de los móviles y los coches eléctricos, las pantallas táctiles y los paneles fotovoltaicos, las lámparas led y los semiconductores, es decir, prácticamente todo lo que se necesita para la revolución digital y verde depende de unos material finitos que, al ritmo actual de consumo, no se puede garantizar su suministro en la segunda mitad de siglo. Mucho menos si se cumplen las previsiones y en 25 años el mundo consume el doble que ahora. 

El gran problema, cuenta Valero, es que no hay reservas explotables suficientes y abrir un nuevo yacimiento tarda unos 16 años de media, detalla. A esto se suma una gran dependencia de los países suministradores de componentes y materias primas. Taiwán produce el 90% de los chips más avanzados. Las reservas de litio —vital para las baterías de todo tipo— están concentradas en Australia y en el triángulo del litio en Sudamérica, aunque es China quien monopoliza su refinado. También es China quien controla el 86% de la producción de tierras raras —imprescindibles para los electrodomésticos, los ordenadores, móviles o vehículos— y controla una proporción similar del magnesio, imprescindible en toda la industria que utiliza aluminio. La decisión de China de dejar de exportar algunos de estos materiales para garantizar el suministro de sus propias fábricas es clave para entender la actual crisis de desabastecimiento. 

 “Estamos cerca de alcanzar los límites geológicos del planeta. Y no digo que agotemos todos los recursos, sino que agotemos los recursos accesibles. Prácticamente, ya hemos extraído lo que es más accesible y ahora se habla de ir hacia los océanos, hacía la Amazonía, hacia la Antártida… Pero, ¿a qué coste?”, se pregunta. 

La crisis de escasez de recursos corre paralela a las otras dos grandes crisis que atraviesan el planeta: el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. “Tenemos un problema de cambio climático por una sobreexplotación de recursos fósiles y si hoy hay escasez de petróleo es porque lo hemos consumido de forma exagerada y esto ha provocado a su vez los problemas que tenemos de cambio climático”, señala Valero. El consumo exponencial de recursos naturales también ha llevado a la pérdida de biodiversidad con consecuencias tan graves como las crisis de los polinizadores o la misma pandemia del coronavirus, provocada en última instancia por el avance de la actividad humana sobre los ecosistemas naturales.

La madre de todas las crisis

A pesar de que el debate sobre la escasez de recursos ha entrado en la agenda pública, Turiel reconoce que sigue habiendo “cierto malditismo” que condena a quienes señalan razones estructurales detrás de la crisis de suministro. “En la comunidad científica, entre los investigadores que trabajan con recursos esto es un tema bien conocido, bien discutido... Pero en el debate público es diferente. Cuando empiezas a hablar de que no se puede seguir incrementando el consumo de materiales y energía entras en contradicción con la idea de mantener un sistema económico basado en el crecimiento continuo”, dice Turiel. “Si aceptas que hay un problema de escasez, aceptas que el capitalismo se está acabando y hay gente que podría perder mucho dinero porque no va a haber inversores para sus negocios”, añade.

De hecho, esto es exactamente lo que lleva ocurriendo con el petróleo desde antes de la pandemia, en concreto desde 2014, cuando la industria renunció a buscar nuevos pozos petroleros. 

Ya en 1998, los geólogos Colin Campbell y Jean Laherrere, en un artículo publicado en la revista Scientific American, justificaban con datos de la industria que el petróleo convencional, aquel que es más fácil de extraer, con mayores rendimientos energéticos, se estaba agotando a toda velocidad. Al mismo tiempo, el crudo que quedaba por explotar, el petróleo no convencional, el que está bajo el mar, mezclado en arenas bituminosas o que se debe extraer mediante la contaminante inyección hidráulica o fracking, sería tan caro de extraer que tarde o temprano habría problemas de suministro. 

Y así ocurrió, explica Turiel. En 2005, se alcanzó el pico del petróleo convencional o, dicho de otra manera, en 2006 la humanidad comenzó a consumir la segunda mitad de las reservas mundiales del mejor petróleo. Entre 1998 y 2014, las petroleras multiplicaron por tres sus inversiones para buscar nuevos yacimientos, pero obtuvieron un “magro resultado”: la producción solo creció un 26% en el mismo periodo. Lo que vino después era esperable: redujeron su inversión en nuevas prospecciones en un 60%. Algunas empresas petroleras, como Repsol, han abandonado por completo la búsqueda de nuevos yacimientos. “Lo que pasa es que se cansaron de perder dinero”, dice. Los efectos de esta desinversión provocó que en 2018 se alcanzara el pico en la extracción de todos los tipos de petróleo. Al cierre de esta edición, el precio de la gasolina y del diésel estaba cerca de superar su máximo histórico, alcanzado en la crisis de 2008.

Historias y futuros parecidos se repiten con los otros combustibles fósiles. “Hemos llegado a los máximos de extracción de petróleo, de carbón, de uranio y pronto llegaremos al del gas. Teniendo en cuenta que estas cuatro materias primas no renovables aportan casi el 90% de toda la energía primaria que se consume en el mundo, esto nos deja en una situación complicada. Y no tiene remedio”, argumenta Turiel.

Para este doctor en Física Teórica por la Universidad Autónoma de Madrid, todavía no hay sobre la mesa ninguna tecnología que pueda sustituir a los combustibles fósiles. La revolución de las renovables, al menos tal como se concibe actualmente, choca con los límites materiales del planeta y solo podría reemplazar una parte de la energía fósil que se utiliza actualmente. La prometida energía de fusión —la que alimenta las estrellas— es un “experimento a 35 años que llega tarde”. Y los intentos de resucitar la energía nuclear vuelven a chocar con la realidad: las centrales son peligrosas, caras, tardan años en construirse, cuentan con una enorme oposición ciudadana y necesitan de un combustible fósil, el uranio, cuya producción ha caído un 20% desde 2016.

Valero también identifica límites en la transición ecológica anunciada: “Lo que no podemos hacer es seguir creciendo en consumo energético y sustituir los fósiles por energías renovables. No hay suficiente cobalto, no hay suficiente litio, no hay suficiente teluro, y así sucesivamente. Pintar de verde la economía actual va a ser imposible”.

Pero no todo son malas noticias. La gran escasez es “inevitable”, pero, al menos según defienden Antonio Turiel y Alicia Valero, no está escrito cómo termina la historia. La forma en la que los Gobiernos y la ciudadanía se enfrenten a este nuevo desafío determinará si este declive lleva a un colapso del sistema o a un reajuste de los estándares de consumo que nos permita vivir dentro de los límites físicos del planeta.

¡Decaigamos!

Las guerras por los recursos, la pérdida de población o de interconexión, las hambrunas y el ascenso de soluciones autoritarias, entre un largo abanico de posibilidades que podría traer un colapso, son evitables. Lo que no es evitable, afirma Turiel, es el decrecimiento.

Todos los caminos llevan a decrecer, sostienen tanto Turiel como Valero. La diferencia “es si pilotas el proceso o no”, señala el primero. “O lo hacemos a las buenas o al final los límites físicos nos impondrán recular a las malas”, indica la segunda. 

 “Con el conocimiento científico-técnico que tenemos hoy en día podemos garantizar un nivel de vida igual al actual, e incluso superior, consumiendo muchísima menos energía y muchísimos menos materiales”, defiende este científico del CSIC. Aunque no todos los países ni todos los sectores sociales deberían decrecer al mismo ritmo, añade. Según Oxfam, el 1% de la población mundial es responsable del 16% de las emisiones globales.

Sin embargo, para Turiel, el camino está lejos de estar despejado y el problema es social y cultural: “No se concibe nada fuera del capitalismo. La gente se cree que el final del capitalismo es el final del mundo, pero no es verdad. El capitalismo solo tiene dos siglos de existencia y lo que hay que hacer es superar esta etapa”.

El autor de Petrocalipsis compara el capitalismo con la adolescencia de la humanidad. “Nosotros estamos teniendo una adolescencia difícil, un periodo en el que se crece rápidamente. Pero lo que hay que hacer es madurar y llegar a una situación de equilibrio con la naturaleza. Podemos seguir viviendo en este planeta si lo hacemos a partir de lo que se puede regenerar cada año, de una forma realmente sostenible”. Los tres grandes desafíos de la humanidad y del planeta pasan por el mismo cuello de botella, el decrecimiento. “El decrecimiento es inevitable, pero estamos a tiempo, podemos reaccionar, tenemos conocimientos para adaptarnos a él”. Tal como recuerda Turiel, el colapso de las civilizaciones “siempre es un daño autoinfligido”. ¿Seremos capaces de superar la adolescencia de la humanidad?

Por Martín Cúneo

@MartinCuneo78

19 dic 2021

Publicado enEconomía
Grupo de científicos descubre a un milpiés “auténtico”

Un grupo de científicos descubrió a un milpiés “auténtico”, según un estudio publicado el jueves que describe a una criatura larga, delgada y dotada de mil 306 patas, más de las que tiene cualquier otro animal viviente.

Los miriápodos, un grupo de criaturas parecidas a los gusanos, son vulgarmente conocidos como milpiés, pero hasta ahora ninguno de los especímenes conocidos superaba las 750 extremidades.

Esta especie que tiene un récord de mil 306 patas, fue descrita en la revista especializada Scientific Report, y fue descubierta a 60 metros bajo tierra, en un pozo de exploración minera en el oeste de Australia.

El animal fue bautizado como Eumillipes Perséphone, en referencia a la diosa griega casada con Hades, rey del inframundo, dijo el autor de estudio, Paul Marek, académico de la Universidad Virginia Tech, en Estados Unidos.

El animal parece un hilo de sólo un milímetro de ancho, pero tiene 10 centímetros de largo, con una “cabeza en forma de cono, con enormes antenas y un pico para alimentarse”, señaló el estudio.

La criatura, que carece de ojos, tampoco tiene color, una característica de los seres que viven debajo de la tierra.

“¡Es un bicho extraordinario!”, destacó el entomólogo André Nel, del Instituto de Sistemas, Evolución y Biodiversidad, no relacionado con el estudio.

Estos animales tienen un rol vital en los ecosistemas en los que habitan, ya que se alimenta de desechos y reciclan nutrientes. Al eclosionar tiene solamente cuatro patas, pero va desarrollando nuevos segmentos, con sus respectivas extremidades hasta alcanzar la adultez

Jueves, 16 Diciembre 2021 06:18

El turbocapitalismo, Amazon, y la muerte

Un coche pasa junto a restos de una nave destruida por el tornado en Edwardsville (Illinois, Estados Unidos). ABC 7 NEWS

Una tragedia en tres actos

Primer acto

Se abre el telón. Vemos un descampado lleno de escombros. Un paisaje desolado y desolador. Nos encontramos en el estado de Illinois. En la ciudad de Edwardsville, donde no recuerdan un tornado así. Menos aún en diciembre. Un mes habitualmente más tranquilo. Vemos los restos de lo que hasta hace unas horas era un almacén de Amazon. Seis cuerpos yacen entre los restos. Eran trabajadores del almacén. Uno de ellos es el de Larry Virden. 46 años. Cuatro hijos. En su teléfono, uno de los últimos mensajes que pudo enviar es a su pareja, Cherie Jones, que es quien lo ha hecho público: “Amazon no nos deja irnos”.

Los peores tornados en la historia de Kentucky nos dejan otra espantosa postal turbocapitalista. A los empleados de una fábrica de velas en Mayfield también les pilló el tornado trabajando para la campaña de ese ritual –primero pagano, luego católico, ahora consumista– que llamamos navidad. Son ocho las personas fallecidas allí. 74 de momento en todo el estado. Hay varias personas sin localizar.

Mientras caía el telón, me dio por pensar en la Gran Dimisión, y en que ojalá hubiera mecanismos de redistribución de la riqueza para que fuese aún más grande. Pero, claro, más que desearlo habría que exigirlo. Imponerlo.

Segundo acto

Al abrirse nuevamente el telón, aparece, visiblemente afectado, el gobernador del estado de Kentucky, el demócrata Andy Beshear, que declara: “Me gustaría entender por qué nos ha afectado tanto la pandemia, la histórica tormenta de hielo, las inundaciones y ahora el peor tornado de nuestra historia todo en un lapso de 19 meses”.

Quizá el gobernador, abrumado, no puede o no quiere recordar que en esos mismos 19 meses se han batido los récords de temperatura del Ártico (38°), Europa (48,8°), Canadá (casi 50°) y tantos otros lugares. Que los últimos siete años son los más calientes de la historia conocida. Que por primera vez desde que hay registros, llovió, en lugar de nevar, en la cima del manto de hielo de Groenlandia, y que eso es a todas luces una señal clara de muy malos augurios, un punto de no retorno para la isla más grande del mundo. Que recientemente han saltado todas las alarmas en la Antártida también. Que el Amazonas, antiguo santuario de la vida, emite ya más carbono del que puede absorber. Que crecen los incendios, inundaciones, olas de frío y calor, tornados hasta en lugares tan poco habituales como el Mediterráneo, en definitiva, que los hijos del caos climático cuyo padre es el turbocapitalismo, cada vez vienen más a visitarnos. Y que cada vez su potencia es y será mayor. Y aunque él, quizá debido a la tensión del momento no quiera recordarlo, no quiera entender, nosotros haríamos bien en hacerlo. Y en decirlo. Gritarlo a los cuatro endiablados vientos: la estabilidad climática se está acabando. Cuanto más tiempo dejemos pasar sin actuar con determinación, peor será el final de esta historia.

Tercer acto

Al alzarse por última vez el telón vemos a un hombre inquieto. Masculla algo ininteligible, cabizbajo. Se encuentra en su mansión, o en uno de sus yates, o en el interior de uno de sus cohetes. Qué más da. Desde allí, tras un largo silencio por el que ha sido muy criticado, lanza una orden para que su gabinete de comunicación publique un tuit, que será doble. En él reza: “Las noticias de Edwardsville son trágicas. Tenemos el corazón roto por la pérdida de nuestros compañeros de equipo allí, y nuestros pensamientos y oraciones están con sus familias y seres queridos.”

“Todos los habitantes de Edwardsville deben saber que el equipo de Amazon se ha comprometido a apoyarles y estará a su lado durante esta crisis. Extendemos nuestra más profunda gratitud a todos los increíbles miembros del equipo de primeros auxilios que han trabajado incansablemente en el lugar”.

Tira el móvil. Está visiblemente cabreado. Unas horas antes le dio por publicar en su cuenta de Instagram una foto con personal de otra de sus empresas, la dedicada a los vuelos espaciales, al turismo para ricos. Y por eso está siendo juzgado en el tribunal en que se convierte en ocasiones la red. Ese ignorar a los muertos, a aquellos que ya son tierra y cenizas, mientras juega a escapar de la Tierra con sus sueños megalómanos, no podía sentar bien.

Casi todos somos víctimas de un cierto tipo de negacionismo blando. Aquel que nos permite seguir sin inmutarnos mientras el sistema se dirige hacia el precipicio

Y sí, es megalomanía, no simplemente negocio. Estamos hablando del hombre que tiene construido un reloj de 42 millones de dólares para que funcione 10.000 años sin que nadie intervenga. “El reloj durará más que nuestra civilización”, declaró una vez. Estamos hablando del hombre que con un solo vuelo de su empresa, de once minutos, emite tanto como una de las mil millones de personas más pobres durante toda su vida.

No lo queremos reconocer, pero casi todos somos víctimas de un cierto tipo de negacionismo blando. Aquel que nos permite seguir prácticamente sin inmutarnos mientras el sistema se dirige cada vez a mayor velocidad hacia el precipicio. Seguimos con la inercia de nuestras vidas sin percibir que esa misma inercia, aparentemente salvadora para nuestra vida individual, es la que nos va a condenar como colectivo. Por eso necesitamos un punto de ruptura. Un lugar, tal vez un suceso, desde el que poder decir: hasta aquí. Al menos un discurso disruptivo y valiente parece estar ganando fuerza y espacio. Aunque falta recorrido hasta que sea tan evidente que por fin se traduzca en avances concretos. El problema es que quizá falte, pero no hay tiempo.

O paramos pronto el ritmo de ese Moloch que es el sistema actual o vamos a exponernos a sufrimientos incalculables. Y para parar bien, también habría que redistribuir mejor. Detener el turbocapitalismo de gigantes como Bezos, o el flamante hombre del año para la revista Time, Musk –una civilización enferma solo puede encumbrar a sujetos perversos–, para evitar tener cada vez más sucesos y malas noticias, para evitar vivir historias con finales tan tristes e injustos como el de Larry Virden. 

Por Juan Bordera 15/12/2021

Publicado enMedio Ambiente
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